INFORMACIÓN PRELIMINAR.
A principios del verano de 1895 sometí al
tratamiento psicoanalítico a una señora joven, a la que tanto yo como
todos los míos profesábamos una cariñosa amistad. La mezcla de esta
relación amistosa con la profesional constituye siempre para el médico —
y mucho más para el psicoterapeuta— un inagotable venero de
inquietudes. Su interés personal aumenta y, en cambio, disminuye su
autoridad. Un fracaso puede enfriar la antigua amistad que le une a los
familiares del enfermo. En este caso terminó la cura con un éxito parcial:
la paciente quedó libre de su angustia histérica, pero no de todos sus
síntomas somáticos. (Freud, p. 127)
No me hallaba yo por aquel entonces completamente seguro del criterio
que debía seguirse para dar un fin definitivo al tratamiento de una
histeria, y propuse a la paciente una solución que le pareció inaceptable.
Llegaba la época del veraneo, hubimos de interrumpir el tratamiento en
tal desacuerdo. Así las cosas, recibí la visita de un joven colega y buen
amigo mío que había visto a Irma —mi paciente— y a su familia en su
residencia veraniega. Al preguntarle yo cómo había encontrado a la
enferma, me respondió: «Está mejor, pero no del todo». Sé que estas
palabras de mi amigo Otto, o quizá el tono en que fueron pronunciadas,
me irritaron. (p. 127)
Creí ver en ellas el reproche de haber prometido demasiado a la paciente,
y atribuí —con razón o sin ella— la supuesta actitud de Otto en contra mía
a la influencia de los familiares de la enferma, de los que sospechaba no
ver con buenos ojos el tratamiento. De todos modos, la penosa sensación
que las palabras de Otto despertaron en mí no se me hizo muy clara ni
precisa, y me abstuve de exteriorizarla. Aquella misma tarde redacté por
escrito el historial clínico de Irma con el propósito de enviarlo —como
para justificarme— al doctor M., entonces la personalidad que solía dar el
tono en nuestro círculo. En la noche inmediata, más bien a la mañana,
tuve el siguiente sueño, que senté por escrito al despertar y que es el
primero que sometí a una minuciosa interpretación. (Freud, p. 127)
El sueño de La inyección de Irma 1
C) SUEÑO DEL 23-24 DE JULIO DE 1895.— En un amplio hall. Muchos
invitados, a los que recibimos. Entre ellos, Irma, a la que me acerco en
seguida para contestar, sin pérdida de momento, a su carta y reprocharle
no haber aceptado aún la «solución». Le digo: «Si todavía tienes dolores
es exclusivamente por tu culpa». Ella me responde: «¡Si supieras qué
dolores siento ahora en la garganta, el vientre y el estómago!… ¡Siento
una opresión!…» (P. 128)
El sueño de La inyección de Irma 2
Asustado, la contemplo atentamente. Está pálida y abotagada. Pienso que
quizá me haya pasado inadvertido algo orgánico. La conduzco junto a una
ventana y me dispongo a reconocerle la garganta. Al principio se resiste un
poco, como acostumbran hacerlo en estos casos las mujeres que llevan
dentadura postiza. Pienso que no la necesita. Por fin, abre bien la boca, y
veo a la derecha una gran mancha blanca, y en otras partes, singulares
escaras grisáceas, cuya forma recuerda al de los cornetes de la nariz.
Apresuradamente llamo al doctor M., que repite y confirma el
reconocimiento… El doctor M. presenta un aspecto muy diferente al
acostumbrado: está pálido, cojea y se ha afeitado la barba… (p. 128)
El sueño de La inyección de Irma 3
… Mi amigo Otto se halla ahora a su lado, y mi amigo Leopoldo percute a
Irma por encima de la blusa y dice: «Tiene una zona de macidez abajo, a la
izquierda, y una parte de la piel, infiltrada, en el hombro izquierdo» (cosa
que yo siento como él, a pesar del vestido). M. dice: «No cabe duda, es
una infección. Pero no hay cuidado; sobrevendrá una disentería y se
eliminará el veneno…» Sabemos también inmediatamente de qué procede
la infección. Nuestro amigo Otto ha puesto recientemente a Irma, una vez
que se sintió mal, una inyección con un preparado a base de propil,
propilena…, ácido propiónico…, trimetilamina (cuya formula veo impresa
en gruesos caracteres). No se ponen inyecciones de este género tan
ligeramente… Probablemente estaría además sucia la jeringuilla. (p. 129)
Este sueño presenta, con respecto a otros muchos, una ventaja; revela en
seguida claramente a qué sucesos del último día se halla enlazado y cuál
es el tema de que se trata. Las noticias que Otto me dio sobre el estado de
Irma y el historial clínico, en cuya redacción trabajé hasta muy entrada la
noche, han seguido ocupando mi actividad anímica durante el reposo. Sin
embargo, por la información preliminar que antecede y por el contenido
del sueño, nadie podría sospechar lo que el mismo significa. Yo mismo no
lo sé todavía. Me asombran los síntomas patológicos de que Irma se queja
en el sueño, pues no son los mismos por los que hube de someterla a
tratamiento. La desatinada idea de administrar a un enfermo una
inyección de ácido propiónico, y las palabras consoladoras del doctor M.
me mueven a risa. El sueño se muestra hacia su fin más oscuro y
comprimido que en su principio. Para averiguar su significado habré de
someterlo a un penetrante y minucioso análisis. (p. 129)
El hall de Bellevue ANÁLISIS
Un amplio «hall»; muchos invitados, a los que recibimos. Durante este
verano vivíamos en una villa, denominada «Bellevue», y situada sobre una
de las colinas próximas a Kahlenberg. Esta villa había sido destinada
anteriormente a casino, y tenía, por tanto, habitaciones de amplitud
superior a la corriente. Mi sueño se desarrolló hallándome en «Bellevue»,
y pocos días antes del cumpleaños de mi mujer. En la tarde que le
precedió había expresado mi mujer la esperanza de que para su
cumpleaños vinieran a comer con nosotros algunos amigos, Irma entre
ellos. Así, pues, mi sueño anticipa esta situación. Es el día del cumpleaños
de mi mujer, y recibimos en el gran hall de «Bellevue» a nuestros
numerosos invitados, entre los cuales se halla Irma. (p. 129)
Freud descubre el sentido de los sueños en Bellevue, con el sueño de La
inyección de Irma
Reprocho a Irma no haber aceptado aun la «solución». Le digo: «Si todavía
tienes dolores, es exclusivamente por tu culpa». Esto mismo hubiera
podido decírselo o se lo he dicho realmente en la vida despierta. Por aquel
entonces tenía yo la opinión (que luego hube de reconocer equivocada) de
que mi labor terapéutica quedaba terminada con la revelación al enfermo
del oculto sentido de sus síntomas. Que el paciente aceptara luego o no
esta solución —de lo cual depende el éxito o el fracaso del tratamiento—
era cosa por la que no podía exigírseme responsabilidad alguna. A este
error, felizmente rectificado después, le estoy, sin embargo, agradecido,
pues me simplificó la existencia en una época en la que, a pesar de mi
inevitable ignorancia, debía obtener resultados curativos. Pero en la frase
que a Irma dirijo en mi sueño advierto que ante todo no quiero ser
responsable de los dolores que aún la aquejan. Si Irma tiene
exclusivamente la culpa de padecerlos todavía, no puede hacérseme
responsable de ellos. ¿Habremos de buscar en esta dirección el propósito
del sueño?
(Irma no acepta su solución)
Irma se queja de dolores en la garganta, el vientre y el estómago, y de una
gran opresión. Los dolores de estómago pertenecían al complejo de
síntomas de mi paciente, pero no fueron nunca muy intensos. Más bien se
quejaba de sensaciones de malestar y repugnancia. La opresión o el dolor
de garganta y los dolores de vientre apenas si desempeñaban papel
alguno en su enfermedad. Me asombra, pues, la elección de síntomas
realizada en mi sueño y no me es posible hallar por el momento razón
alguna determinante. Está pálida y abotagada. Mi paciente presenta
siempre, por el contrario, una rosada coloración. Sospecho que se ha
superpuesto aquí a ella una tercera persona.
(Dolores de garganta, palidez)
Pienso, con temor, que quizá me haya pasado inadvertida una afección
orgánica. Como fácilmente puede comprenderse, es éste un temor
constante del especialista que apenas ve enfermos distintos de los
neuróticos y se halla habituado a atribuir a la histeria un gran número de
fenómenos que otros médicos tratan como de origen orgánico. Por otro
lado, se me insinúan — no sé por qué— ciertas dudas sobre la sinceridad
de mi alarma. Si los dolores de Irma son de origen orgánico, no me hallo
obligado a curarlos. Mi tratamiento no suprime sino los dolores histéricos.
Parece realmente como si desease hubiera existido un error en el
diagnóstico, pues entonces no se me podría reprochar fracaso alguno.
¿Se me pasó algo orgánico? (Freud)
La conduzco junto a una ventana y me dispongo a reconocerle la garganta.
Al principio se resiste un poco, como acostumbran hacerlo en estos casos
las mujeres que llevan dentadura postiza. Pienso que no lo necesita. No he
tenido nunca ocasión de reconocer la cavidad bucal de Irma. El suceso del
sueño me recuerda el reciente reconocimiento de una institutriz, que me
había hecho al principio una impresión de juvenil belleza, y que luego, al
abrir la boca, intentó ocultar que llevaba dentadura postiza. A este caso se
enlazan otros recuerdos de reconocimientos profesionales y de pequeños
secretos, descubiertos durante ellos para confusión de médico y enfermo.
Mi pensamiento de que Irma no necesita dentadura postiza es, en primer
lugar, una galantería para con nuestra amiga, pero sospecho que encierra
aún otro significado distinto. En un atento análisis nos damos siempre
cuenta de si hemos agotado o no los pensamientos ocultos buscados. La
actitud de Irma junto a la ventana me recuerda de repente otro suceso.
Irma tiene una íntima amiga, a la que estimo altamente. Una tarde que fui
a visitarla, la encontré al lado de la ventana en la actitud que mi sueño
reproduce, y su médico, el mismo doctor M., me comunicó que al
reconocerle la garganta había descubierto una placa de carácter diftérico.
La persona del doctor M. y la placa diftérica retoman en la continuación
del sueño. Recuerdo ahora que en los últimos meses he tenido razones
suficientes para sospechar que también esta señora padece de histeria.
Irma misma me lo ha revelado. Pero ¿qué es lo que de sus síntomas
conozco? Precisamente que sufre de opresión histérica de la garganta,
como la Irma de mi sueño.
(Otra paciente con histeria es revisada por un médico)
Así, pues, he sustituido en éste a mi paciente por su amiga. Ahora
recuerdo que he acariciado varias veces la esperanza de que también esta
señora se confiase a mis cuidados profesionales; pero siempre he acabado
por considerarlo improbable, pues es persona de carácter muy retraído.
Se resiste a la intervención médica, como Irma en mi sueño. Otra
explicación sería la de que no lo necesita, pues hasta ahora se ha
mostrado suficientemente enérgica para dominar sin auxilio ajeno sus
trastornos. Quedan ya tan sólo algunos rasgos que no me es posible
adjudicar a Irma ni a su amiga: la palidez, el abotagamiento y la dentadura
postiza. Esta última despertó en mí el recuerdo de la institutriz antes
citada. A continuación se me muestra otra persona, a la que los rasgos
restantes podrían aludir. No la cuento tampoco entre mis pacientes, ni
deseo que jamás lo sea, pues se avergüenza ante mí, y no la creo una
enferma dócil. Generalmente, se halla pálida, y en temporada que gozó de
excelente salud engordó hasta parecer abotagada [294] . Por tanto, he
comparado a Irma con otras dos personas que se resistirán igualmente al
tratamiento. ¿Qué sentido puede tener el haberla sustituido por su amiga
en mi sueño? Quizá el de que deseo realmente una tal sustitución, por
serme esta señora más simpática o porque tengo una más alta idea de su
inteligencia. Resulta, en efecto, que Irma me parece ahora ininteligente
por no haber aceptado mi solución. La otra, más lista, cedería antes. Por
fin abre bien la boca; la amiga de Irma me relataría sus pensamientos con
más sinceridad y menor resistencia que aquélla [295].
(Detrás de Irma, su amiga y la mujer de Freud)
En la garganta veo una mancha blanca y escaras de forma semejante a los
cornetes de la nariz. La mancha blanca me recuerda la difteria y, por
tanto, a la amiga de Irma, y, además, la grave enfermedad de mi hija
mayor, hace ya cerca de dos años, y todos los sobresaltos de aquella triste
época. Las escaras que cubren las conchas nasales aluden a una
preocupación mía sobre mi propia salud. En esta época solía tomar con
frecuencia cocaína para aliviar una molesta rinitis, y había oído decir pocos
días antes que una paciente, que usaba este mismo medio, se había
provocado una extensa necrosis de la mucosa nasal. La prescripción de la
cocaína para estos casos, dada por mí en 1885, me ha atraído severos
reproches. Un querido amigo mío, muerto ya en 1885, apresuró su fin por
el abuso de este medio.
(Escaras blancas, enfermedades y drogas, recuerdos penosos)
Apresuradamente llamo al doctor M., que repite el reconocimiento. Esto
correspondería sencillamente a la posición que M. ocupaba entre
nosotros. Pero «mi apresuramiento» es lo bastante singular para exigir
una especial explicación. Evoca en mí el recuerdo de un triste suceso
profesional. Por la continuada prescripción de una sustancia que por
entonces se creía aun totalmente innocua (sulfonal) provoqué una vez una
grave intoxicación en una paciente, teniendo que acudir en busca de
auxilio a la mayor experiencia de mi colega el doctor M., más antiguo que
yo en el ejercicio profesional. Otras circunstancias accesorias prueban que
es éste realmente el suceso a que en mi sueño me refiero. La enferma,
que sucumbió a la intoxicación, llevaba el mismo nombre que mi hija
mayor. Hasta el momento no se me había ocurrido pensar en ello, pero
ahora se me aparece este suceso como una represalia del Destino y como
si la sustitución de personas hubiera de proseguir aquí en un distinto
sentido: esta Matilde por aquella Matilde; ojo por ojo y diente por diente.
Parece como si fuera buscando todas aquellas ocasiones por las que me
puedo reprochar una insuficiente conciencia profesional.
(¿Por dañar a Matilde va a pagar otra Matilde?)
El doctor M. está pálido, se ha quitado la barba y cojea. Lo que de verdad
entraña esta parte del sueño se reduce a que el doctor M. presenta a
veces tan mal aspecto, que llega a inquietar a sus amigos. Los dos
caracteres restantes deben de pertenecer a otras personas. Recuerdo
ahora a mi hermano mayor, residente en el extranjero, que llevaba el
rostro afeitado y al que, si no me equivoco, se parecía
extraordinariamente el doctor M. de mi sueño. Hace algunos días nos
llegó la noticia de que un ataque de artritismo a la cadera le hacía cojear
un poco. Tiene que existir una razón que me haya hecho confundir en mi
sueño a ambas personas en una sola. Recuerdo, en efecto, que me hallo
irritado contra ambas por algún motivo: el de haber rechazado una
proposición que recientemente les hice.
(Detrás del Dr. M., su hermano mayor)
Nuestro amigo Otto ha puesto recientemente a Irma, una vez que se sintió
mal, una inyección. Otto me había referido realmente que durante su
corta estancia en casa de la familia de Irma le llamaron del hotel próximo
para poner una inyección a un individuo que se había sentido
repentinamente enfermo. Las inyecciones me recuerdan de nuevo a aquel
infeliz amigo mío que se envenenó con cocaína. Yo le había aconsejado el
uso interno de esta sustancia únicamente durante una cura de
desmorfinización, pero el desdichado comenzó a ponerse inyecciones de
cocaína.
(Una recomendación que terminó mal)
Con un preparado a base de propil…, propilena…, ácido propiónico.
¿Cómo puede incluirse esto en mi sueño? Aquella misma tarde, después
de la cual redacté por cierto el historial clínico de Irma y tuve el sueño que
ahora me ocupa, abrió mi mujer una botella de licor, en cuya etiqueta se
leía la palabra ananás (piña)[297] , y que nos había sido regalada por Otto.
Tiene éste la costumbre de aprovechar toda ocasión que para hacer un
regalo pueda presentársele; costumbre de la que es de esperar le cure
algún día una mujer[298] . Destapada la botella, emanaba del licor un tal
olor amílico, que me negué a probarlo. Mi mujer propuso regalárselo a los
criados; pero yo, más prudente, me opuse, observando humanitariamente
que tampoco ellos debían envenenarse. El olor a amílico despertó en mí,
sin duda, el recuerdo de la serie química: amil, propil, metil, etc., y este
recuerdo proporcionó al sueño el preparado a base de propil. De todos
modos, he realizado aquí una sustitución. He soñado con el propil después
de haber olido el amil, pero tales sustituciones se hallan quizá permitidas
precisamente en la química orgánica.
(El licor del tío Otto)
Trimetilamina. En mi sueño veo la fórmula química de esta sustancia, cosa
que testimonia de un gran esfuerzo de mi memoria, y la veo impresa en
gruesos caracteres, como si quisiera hacer resaltar su especial importancia
dentro del contexto en que se halla incluida. ¿Adónde puede llevarme la
trimetilamina sobre la cual es atraída mi atención en esta forma? A una
conversación con otro amigo [299] mío, que desde hace muchos años
sabe de todos mis trabajos en preparación como yo de los suyos. Por
aquella época me había comunicado ciertas ideas sobre una química
sexual, y, entre otras, la de que la trimetilamina le parecía constituir uno
de estos productos del metabolismo sexual. Este cuerpo me conduce,
pues, a la sexualidad; esto es, a aquel factor al que adscribo la máxima
importancia en la génesis de las afecciones nerviosas, cuya curación me
propongo. Irma, mi paciente, es una joven viuda. Si me veo en la
necesidad de disculpar el mal éxito de la cura en su caso, habré
seguramente de alegar este hecho, al que sus amigos pondrían gustosos el
remedio. Pero ¡observemos cuán singularmente construido puede hallarse
un sueño! La otra señora, a la que yo quisiera tener como paciente en
lugar de Irma, es también una joven viuda.
(Veo la trimetilamina, la química sexual)
No se ponen inyecciones de este género tan ligeramente. Acuso aquí,
directamente, de ligereza a mi amigo Otto. Realmente creo haber pensado
algo análogo la tarde anterior a mi sueño, cuando me pareció ver
expresado en sus palabras o en su mirada un reproche contra mi
actuación profesional con Irma. Mis pensamientos fueron,
aproximadamente, como sigue: «¡Qué fácilmente se deja influir por otras
personas, y cuán ligero es en sus juicios!» Esta parte del sueño alude,
además, a aquel difunto amigo mío, que tan ligeramente se decidió a
inyectarse cocaína. Como ya he indicado antes, al prescribirle el uso
interno de esta sustancia no pensé jamás que pudiera administrársela en
inyecciones. Al reprochar a Otto su ligereza en el empleo de ciertas
sustancias químicas observo que rozo de nuevo la historia de aquella
infeliz Matilde, de la que se deduce un análogo reproche para mí.
Claramente se ve que reúno aquí ejemplos de mi conciencia profesional,
pero también de todo lo contrario.
(Inyecciones, su amigo muerto y Otto)
Probablemente estaría, además, sucia la jeringuilla. Un nuevo reproche
contra Otto, pero de distinta procedencia. Ayer encontré casualmente al
hijo de una señora de ochenta y dos años, a la que administro diariamente
dos inyecciones de morfina. En la actualidad se halla veraneando, y ha
llegado hasta mí la noticia de que padece una flebitis. Inmediatamente
pensé que debía tratarse de una infección provocada por falta de limpieza
de la jeringuilla. Puedo vanagloriarme de no haber causado un solo
accidente de este género en dos años que llevo tratándola a diario. Bien
es verdad que la total asepsia de la jeringuilla constituye mi constante
preocupación. En estas cosas soy siempre muy concienzudo. La flebitis me
recuerda de nuevo a mi mujer, que padeció de esta enfermedad durante
un embarazo. Después surge en mí el recuerdo de tres situaciones
análogas, de las que fueron, respectivamente, protagonistas mi mujer,
Irma y la difunta Matilde; situaciones cuya entidad es, sin duda alguna, lo
que me ha permitido sustituir entre sí a estas tres personas en mi sueño.
(Su mujer, Irma y Matilde, su hija)
Aquí termina la interpretación emprendida[300] . Durante ella me ha
costado trabajo defenderme de todas las ocurrencias a las que tenía que
incitarme la comparación del sentido del sueño con las ideas que tras él se
ocultaban. El «sentido» del sueño ha surgido a mis ojos. He advertido una
intención que el sueño realiza, y que ha tenido que constituir su motivo. El
sueño cumple algunos deseos que los sucesos del día inmediatamente
anterior (las noticias de Otto y la redacción, del historial clínico) hubieron
de despertar en mí. El resultado del sueño es, en efecto, que no soy yo,
sino Otto, el responsable de los dolores de Irma. Otto me ha irritado con
sus observaciones sobre la incompleta curación de Irma, y el sueño me
venga de él, volviendo en contra suya sus reproches. Al mismo tiempo me
absuelve de toda responsabilidad por el estado de Irma, atribuyéndolo a
otros factores, que expone como una serie de razonamientos, y presenta
las cosas tal y como yo desearía que fuesen en la realidad. Su contenido
es, por tanto, una realización de deseos, y su motivo, un deseo
(El sueño realiza deseos de Freud)
Escojo para ello el sueño de la inyección de Irma [págs. 127 y sigs.]. En
este ejemplo advertiremos sin dificultad que en la formación de los
sueños el trabajo de condensación no se sirve de un medio único sino de
varios. La persona principal del contenido onírico fue mi paciente Irma, a
quien vi con todos los rasgos que le pertenecen en la vida real; por tanto,
en primer término se figura a ella misma. Pero la situación en que yo la
examino junto a la ventana está tomada de la reminiscencia de otra
persona, aquella dama por quien querría permutar a mi paciente, según
muestran los pensamientos oníricos.. En la medida en que Irma presenta
una placa diftérítica, que me lleva a recordar el cuidado que me inspiró mi
hija mayor, ella figura también a esta hija mía, tras la cual, enlazada por la
identidad del nombre, se oculta la persona de una paciente que murió por
intoxicación. En el discurrir del sueño va cambiando el significado de la
personalidad de Irma (pero sin que se modifique la imagen suya que veo
en el sueño): se convierte en uno de los niños que examinamos en el
consultorio externo del instituto pediátrico, y que fue motivo para que mis
amigos mostraran la diversidad de sus disposiciones espirituales. Esa
transición, es evidente, se vio facilitada por la representación de mi hijita.
(La condensación tiene varias formas de operar en el sueño)
Debido a su renuencia en abrir la boca, esta misma Irma pasa a aludir a
otra señora que yo examiné una vez, y además, en el mismo contexto, a
mi propia mujer. Y en las alteraciones patológicas que descubro en su
garganta también he reunido alusiones a una serie de otras personas.
Todas estas personas a que llego pesquisando a «Irma» no aparecen en el
sueño en su figura propia; se ocultan tras la persona onírica «Irma», que
así es constituida como una imagen de acumulación {Sammelbild], dotada
por cierto de rasgos contradictorios. Irma deviene la subrogada de estas
otras personas sacrificadas en el trabajo de condensación, en la medida en
que hago que ocurra en ella todo lo que, rasgo por rasgo, me recuerda a
esas personas. Hay otro modo por el que puedo crearme una persona de
acumulación a los fines de la condensación onírica: reuniendo rasgos
actuales de dos o más personas en una imagen onírica. De tal suerte se
engendró el doctor M. de mi sueño: lleva el nombre del doctor M., habla y
actúa como él; sus características corporales y su dolencia son las de otra
persona, mi hermano mayor; un rasgo singular, la palidez del rostro, está
determinado doblemente, puesto que en la realidad es común a ambas
personas.
Personas de acumulación y personas mixtas
Una persona mixta [Mischperson] similar a la mencionada es la del doctor
R. del sueño sobre mi tío [págs. 155 y sigs. ]. Pero aquí la imagen onírica se
preparó de otro modo. No reuní rasgos pertenecientes a uno con los del
otro, suprimiendo para ello ciertos rasgos de la imagen mnénica de
ambos; adopté el procedimiento mediante el cual Galton producía sus
retratos de familia, a saber, proyectando las dos imágenes una sobre la
otra; de ese modo los rasgos comunes cobran realce, y los discordantes se
borran y se vuelven desdibujados en la imagen. En el sueño sobre mi tío se
realza la barba dorada como rasgo destacado de un rostro que pertenece
a dos personas y es por tanto borroso. Además, ese rasgo contiene una
alusión a mi padre y a mí mismo, por intermedio del encanecimiento. La
creación de personas de acumulación y de personas mixtas es uno de los
principales recursos con que trabaja la condensación onírica.
Personas de acumulación y personas mixtas