Introducción
La economía ecuatoriana ha estado históricamente caracterizada por una
fuerte dependencia de la exportación de recursos naturales, particularmente del
petróleo, lo que ha condicionado tanto su estructura productiva como sus
políticas públicas. Desde la segunda mitad del siglo XX, la renta petrolera ha
constituido uno de los principales pilares de financiamiento del Estado,
determinando la orientación de los planes de desarrollo, la política fiscal y las
relaciones económicas internacionales del país. Esta dependencia también ha
expuesto a la economía nacional a una alta vulnerabilidad frente a los cambios
del mercado internacional, la volatilidad de los precios del crudo y las
limitaciones propias de un modelo extractivista centrado en productos
primarios.
El período comprendido entre 2012 y 2023 resulta especialmente
significativo, ya que refleja una transformación progresiva en la composición de
las exportaciones del Ecuador, marcada por el crecimiento de productos no
petroleros como el banano, el camarón, el cacao y las flores. Este cambio no
solo ha contribuido a dinamizar el Producto Interno Bruto (PIB), sino que ha
abierto nuevas posibilidades para fortalecer la economía real, diversificar
fuentes de ingreso y promover una mayor estabilidad macroeconómica.
El presente trabajo tiene como objetivo analizar la evolución de las
exportaciones petroleras y no petroleras en relación con el PIB del Ecuador
durante el período 2012–2023, identificando los factores que han determinado
su comportamiento, el impacto que han tenido en el crecimiento económico y
las implicaciones sociales y políticas derivadas de este modelo.
Se reflexiona desde la perspectiva de la economía política sobre cómo la
estructura exportadora ha influido en la distribución del poder económico y en
la generación de desigualdades sociales, abordando también un pronóstico
razonado sobre el comportamiento futuro de las exportaciones no petroleras.
Se proponen recomendaciones orientadas a la diversificación productiva, la
sostenibilidad ambiental y la inclusión económica, enmarcadas dentro de un
modelo de desarrollo más equitativo, resiliente y soberano.
Desarrollo
1. Evolución de la participación de las exportaciones petroleras en el
PIB del Ecuador (2012-2023)
La economía ecuatoriana ha mantenido una fuerte dependencia de las
exportaciones petroleras a lo largo de su historia reciente. Entre 2012 y 2014,
la participación de este rubro en el Producto Interno Bruto (PIB) fue
significativa, impulsada por los elevados precios internacionales del crudo
(Galarza, 2019). En ese período, los ingresos provenientes del petróleo
representaban una fuente primordial de financiamiento del presupuesto
nacional, reforzando el rol central del Estado en la economía. Esta
dependencia estructural expuso al país a una elevada vulnerabilidad ante
choques externos.
A partir de 2015, el Ecuador enfrentó una caída abrupta en los precios del
petróleo, lo cual tuvo un efecto negativo en su contribución al PIB. Esta
situación derivó en un fuerte impacto fiscal, dado que buena parte del gasto
público dependía de las rentas petroleras. Como respuesta, el gobierno debió
recurrir al endeudamiento externo para mantener sus niveles de inversión y
gasto social. A nivel macroeconómico, este deterioro generó inestabilidad y
presionó sobre el sistema de dolarización, al reducirse significativamente la
entrada de divisas.
El artículo de Mora Guerrero, Torres Matamoros y Rojas Obando (2024)
señala que, en los últimos años, la participación de las exportaciones petroleras
en el PIB ha disminuido notablemente. Esto no solo por los factores exógenos
relacionados con los precios, sino también por el envejecimiento de los campos
petroleros y la falta de inversión sostenida en exploración y tecnología
(Kovačević Petrović, 2022). Conflictos sociales y ambientales, especialmente
en la Amazonía, han limitado la expansión del sector. Estas restricciones han
impedido que el petróleo recupere su peso anterior en la economía nacional.
En el período 2020–2021, el impacto de la pandemia de COVID-19
profundizó aún más la crisis del sector petrolero. La caída de la demanda
mundial de crudo redujo drásticamente los precios, llevando incluso a valores
negativos en los mercados de referencia. Este fenómeno sin precedentes
golpeó con fuerza a economías dependientes del petróleo como la ecuatoriana.
A pesar de una posterior recuperación parcial de los precios, el volumen
exportado no fue suficiente para lograr una incidencia significativa en el PIB.
Conforme avanzaba la década, el Ecuador se vio obligado a revisar su
modelo económico centrado en el extractivismo petrolero. Esta reflexión se
tradujo en políticas de diversificación productiva, con el objetivo de disminuir la
exposición ante los vaivenes del mercado petrolero (Primicias, 2023 ). A pesar
de estos esfuerzos, la economía aún mantiene una fuerte correlación con la
actividad petrolera. Los datos revelan una tendencia clara hacia una menor
participación del petróleo en la estructura económica nacional.
En términos fiscales, la menor participación del petróleo implicó una
transformación en la forma en que el Estado financia sus operaciones. La
pérdida de ingresos obligó a ajustar el gasto público, incrementar la
recaudación tributaria y reestructurar parte de la deuda externa. Esto generó
tensiones políticas internas, ya que muchos programas sociales y de inversión
fueron recortados o postergados. De ahí que la caída de las exportaciones
petroleras no solo afectó la economía, la gobernabilidad.
A nivel estructural, este proceso expuso la necesidad urgente de una
reforma del aparato productivo. La sobredependencia de un recurso no
renovable y de alto impacto ambiental representa una limitación para el
desarrollo sostenible. Diversos expertos han planteado la urgencia de fortalecer
sectores con mayor valor agregado, como la agroindustria, el turismo o la
economía del conocimiento (BNAamericas, 2024). Esta estrategia permitiría
reducir la volatilidad macroeconómica asociada al petróleo.
Cabe mencionar que, si bien el petróleo continúa siendo una fuente
relevante de divisas, su capacidad para impulsar el crecimiento ha perdido
fuerza. El análisis de la última década muestra que su efecto multiplicador se
ha reducido, y su contribución al desarrollo humano es cada vez más
cuestionada. Se abren debates sobre la necesidad de transitar hacia un modelo
post-extractivista. Este cambio estructural implicaría una redefinición del rol del
Estado y una planificación más equilibrada del desarrollo territorial.
2. Rol de las exportaciones no petroleras en el crecimiento del PIB
(2012-2023)
En contraposición al comportamiento volátil del sector petrolero, las
exportaciones no petroleras mostraron un crecimiento sostenido en el período
2012–2023. Particularmente, los productos estrella han sido el banano, el
camarón, las flores, el cacao y el atún (Esparza, 2020). El crecimiento de estos
sectores respondió tanto a la diversificación de mercados como a mejoras
tecnológicas y logísticas. Esta evolución permitió al Ecuador amortiguar, en
parte, los efectos negativos derivados de la caída de los ingresos petroleros.
El camarón se consolidó como el producto no petrolero más dinámico,
impulsado por una creciente demanda asiática y por avances en biotecnología.
De igual forma, el banano mantuvo su liderazgo como principal producto
agrícola de exportación, gracias a su posicionamiento tradicional en Europa y
Norteamérica (Cajas, 2020). El desarrollo de estos sectores ha permitido la
creación de empleo, la atracción de inversiones y el fortalecimiento del
comercio exterior. Se han convertido en ejes estratégicos para sostener el PIB
en contextos de crisis.
A pesar de este crecimiento, el estudio destaca que el impacto de las
exportaciones no petroleras en el PIB no ha sido estadísticamente significativo
en comparación con las petroleras. Su valor radica en su estabilidad, ya que
presentan menor volatilidad frente a las condiciones externas. Esta resiliencia
convierte a las exportaciones no petroleras en una herramienta útil para
planificar políticas económicas de mediano y largo plazo. Su desarrollo también
implica un menor riesgo fiscal para el Estado.
Desde la perspectiva de la política económica, las exportaciones no
petroleras han contribuido indirectamente a la sostenibilidad fiscal del país. Al
generar divisas de forma continua, han permitido sostener el esquema de
dolarización, evitando presiones sobre la balanza de pagos (Escobar, 2023).
Estos sectores han servido como fuente alternativa de financiamiento público
mediante impuestos a las exportaciones e ingresos laborales. En tiempos de
crisis petrolera, han sido un salvavidas para el presupuesto nacional.
El auge de estos sectores no ha sido casual, sino resultado de estrategias
públicas y privadas orientadas a mejorar la competitividad. Inversiones en
infraestructura portuaria, acuerdos comerciales con países estratégicos y
certificaciones de calidad han sido fundamentales. Las asociaciones
productivas y el uso de tecnología han permitido aumentar el rendimiento por
hectárea y reducir costos. Todo esto ha reforzado la posición de Ecuador como
un actor relevante en mercados agrícolas y acuícolas globales.
Estos sectores también enfrentan desafíos estructurales que deben ser
abordados para garantizar su sostenibilidad. Entre ellos destacan la
informalidad laboral, la presión ambiental y la concentración del ingreso
(Oliveros, 2020). Existe el riesgo de reproducir un modelo primario-exportador,
pero con productos no petroleros. Para evitarlo, se requiere una visión de
desarrollo integral que incorpore valor agregado, innovación y equidad en la
distribución de los beneficios.
A medida que estos sectores crecen, también se convierten en actores
políticos con capacidad de influencia. Las grandes empresas exportadoras
tienen poder para incidir en decisiones de política pública, lo cual genera
tensiones con sectores tradicionales o rezagados. El Estado, debe equilibrar
sus políticas para fomentar la competitividad sin dejar de lado la equidad
territorial.
El papel de las exportaciones no petroleras ha sido crucial para estabilizar
la economía nacional ante la caída del petróleo (Escobar, 2023). Aunque su
efecto inmediato en el PIB ha sido moderado, su crecimiento constante ofrece
perspectivas positivas para el futuro. Su consolidación representa una
oportunidad para Ecuador de avanzar hacia un modelo económico más
equilibrado y menos dependiente de los recursos fósiles.
3. Implicaciones de la dependencia histórica de Ecuador en
exportaciones primarias para la estabilidad económica y
recomendaciones políticas
La economía ecuatoriana ha sido históricamente dependiente de la
exportación de materias primas, inicialmente con productos agrícolas como el
cacao y posteriormente con el petróleo. Esta estructura primaria-exportadora
ha configurado un modelo de acumulación centrado en recursos naturales sin
valor agregado. Si bien esta dependencia ha permitido financiar grandes obras
e impulsar políticas sociales, también ha creado una economía vulnerable a
factores exógenos como los precios internacionales o desastres naturales
(Internacional, 2024). Esta inestabilidad limita la capacidad del país para
mantener un crecimiento sostenido y equitativo.
La volatilidad del mercado internacional impacta directamente la
planificación fiscal. Cuando los precios del petróleo caen abruptamente, como
ocurrió en 2015 o durante la pandemia en 2020, el Estado sufre fuertes
restricciones presupuestarias. Esto deriva en ajustes fiscales que afectan áreas
sensibles como salud, educación o inversión pública. Se acentúa la necesidad
de recurrir a endeudamiento externo, lo cual incrementa la carga financiera y
reduce la soberanía económica del país. Esta dinámica reproduce ciclos de
auge y crisis con efectos sociales profundos.
La excesiva concentración en sectores primarios también impide una
integración profunda en las cadenas globales de valor. Al vender productos sin
transformación, el país obtiene rentas limitadas y reduce su capacidad de
innovar y generar empleo de calidad. Sectores industriales, tecnológicos o de
servicios han quedado rezagados en el modelo económico ecuatoriano
(Escobar, 2023). Esta falta de diversificación limita la resiliencia del aparato
productivo ante choques externos y frena las posibilidades de crecimiento
inclusivo y sostenible.
Otro problema derivado de la dependencia primaria es la presión
ambiental. Actividades como la extracción petrolera, la minería o la
agroindustria intensiva generan conflictos socioambientales, particularmente en
territorios indígenas y áreas protegidas. Además de impactos ecológicos, estos
sectores muchas veces no redistribuyen de manera adecuada sus beneficios.
Se profundizan desigualdades territoriales y sociales, especialmente en zonas
rurales y de la Amazonía. Esto plantea un dilema entre crecimiento económico
y sostenibilidad.
Frente a este panorama, los autores del estudio recomiendan avanzar
hacia un modelo económico más diversificado y basado en el conocimiento. Es
fundamental priorizar sectores con potencial de encadenamientos productivos,
como la agroindustria, el turismo sostenible, las energías renovables o las
industrias culturales. Se debe fortalecer la infraestructura, el crédito productivo
y la capacitación técnica. Estas medidas permitirían construir una economía
menos vulnerable a las oscilaciones del mercado externo.
Se sugiere fomentar un marco normativo que estimule la innovación y el
valor agregado. Esto incluye incentivos tributarios para las empresas que
invierten en tecnología, investigación o mejoras ambientales. Igualmente, se
deben promover clústeres productivos regionales que conecten a pequeños
productores con mercados nacionales e internacionales (Escobar, 2023). Estas
estrategias contribuirían a un desarrollo más inclusivo, en donde la riqueza no
dependa únicamente del azar de los precios internacionales.
La planificación estatal debe incorporar criterios de sostenibilidad
intergeneracional. Esto implica no solo diversificar exportaciones, sino también
proteger ecosistemas estratégicos y reconocer los derechos de las
comunidades locales. El desarrollo económico debe entenderse como un
proceso integral que incluye la dimensión ambiental, cultural y social. La
economía ecológica y el desarrollo territorial equilibrado deben guiar las
decisiones de política pública en las próximas décadas.
Es vital, también, repensar el rol del Estado en la economía. Más que un
mero regulador o recaudador de rentas, el Estado debe actuar como
planificador estratégico y promotor de capacidades productivas (Internacional,
2024). Esto requiere institucionalidad técnica sólida, estabilidad jurídica y una
visión de largo plazo. Solo así se podrá romper con la inercia extractivista y
construir un modelo que combine crecimiento, equidad y sostenibilidad.
La dependencia histórica del Ecuador en exportaciones primarias ha
generado vulnerabilidad económica, desequilibrios fiscales, tensiones sociales
y daños ambientales. Para garantizar una mayor estabilidad, se requiere una
reforma estructural del modelo productivo. Esta reforma debe estar centrada en
la diversificación, el valor agregado, la sostenibilidad y la equidad. Solo con una
política económica transformadora se podrá romper con la lógica extractivista y
sentar las bases de un desarrollo integral.
4. Relación entre el modelo de exportaciones primarias, distribución
del poder económico y desigualdad social desde la economía política
Desde la economía política, el modelo de exportaciones primarias en
Ecuador ha configurado una estructura de poder concentrado en élites
económicas vinculadas al control de recursos naturales (Moncayo, 2021). El
acceso a tierras productivas, concesiones mineras o contratos petroleros ha
estado históricamente mediado por relaciones desiguales, favoreciendo a
grupos con alta capacidad de lobby y alianzas con el poder político. Esta
concentración no solo limita la distribución equitativa de la riqueza, condiciona
las políticas públicas a intereses particulares.
Estas dinámicas generan un círculo vicioso donde las decisiones
estratégicas se subordinan a mantener el flujo de ingresos, sin cuestionar las
consecuencias sociales o ambientales. Esta lógica rentista impide reformas
estructurales profundas y reproduce desigualdades históricas, especialmente
en el acceso a servicios básicos, tierras y oportunidades productivas.
El artículo analizado advierte que esta concentración del poder económico
se traduce en brechas sociales persistentes. Mientras los beneficios de la
exportación se acumulan en manos de grandes exportadores o compañías
transnacionales, las comunidades locales muchas veces quedan excluidas o
afectadas negativamente (Navarro, 2020). Este modelo limita el desarrollo de
capacidades locales. Al priorizar la exportación de materias primas, se
desincentiva la formación de capital humano en ciencia, tecnología o
innovación. Esto perpetúa la subordinación del país en el sistema económico
global como proveedor de recursos baratos, sin capacidad para avanzar hacia
etapas superiores de la cadena de valor.
Desde esta perspectiva, se requiere repensar el modelo de desarrollo con
criterios de justicia distributiva y democratización económica. Es fundamental
fortalecer la participación de las comunidades en la toma de decisiones sobre
el uso de sus recursos. Mecanismos como presupuestos participativos,
consulta previa y control social pueden ayudar a equilibrar las relaciones de
poder.
Otro elemento crucial es la política tributaria. Un sistema fiscal progresivo,
que grave adecuadamente las ganancias del capital exportador, permitiría
financiar políticas redistributivas y disminuir la dependencia del petróleo (Otilio,
2024 ). Es necesario proteger los derechos laborales en sectores de
exportación no petroleros, donde muchas veces prevalece la precariedad y la
explotación.
La educación y el acceso a conocimiento también son herramientas clave
para reducir la desigualdad estructural. Programas de formación técnica y
profesional orientados a sectores productivos emergentes pueden empoderar a
las poblaciones excluidas. Desde la economía política, también es necesario
analizar las relaciones internacionales del país. Los tratados de libre comercio
o las condiciones impuestas por organismos multilaterales muchas veces
refuerzan la lógica extractivista (Ureña, 2021). Se necesita una política exterior
soberana que priorice el desarrollo interno, sin caer en una dependencia ciega
del capital foráneo.
El modelo de desarrollo debe asumir un enfoque interseccional, que
reconozca cómo la desigualdad se articula con factores como género, etnia y
territorio. Las mujeres rurales, los pueblos indígenas y las comunidades
afrodescendientes suelen ser los más afectados por el modelo primario
exportador (Cajas, 2020). El modelo de exportaciones primarias en Ecuador ha
reforzado la concentración del poder económico y la desigualdad social.
Superar esta situación requiere políticas redistributivas, democratización del
acceso a los recursos, fortalecimiento del capital humano y una visión de
desarrollo integral.
5. Pronóstico sobre la participación de las exportaciones no
petroleras en el PIB ecuatoriano para los próximos cinco años y variables
influyentes
A partir de la tendencia observada en el período 2012–2023, se puede
prever que las exportaciones no petroleras continuarán incrementando su
participación en el Producto Interno Bruto (PIB) del Ecuador. Este cambio
estructural responde tanto a la necesidad de diversificar la economía ante la
volatilidad del petróleo como al fortalecimiento de sectores como el banano, el
camarón y el cacao. De hecho, durante años críticos en los que el precio del
crudo cayó drásticamente, las exportaciones no petroleras jugaron un papel
compensatorio clave para sostener la balanza comercial.
El artículo de Mora Guerrero et al. (2024) demuestra con cifras que las
exportaciones no petroleras representaron en promedio el 54,61 % del total
exportado entre 2012 y 2023, destacando un crecimiento constante. Este
dinamismo se debe en parte a mejoras en productividad, apertura de nuevos
mercados y políticas de incentivo comercial (Kovačević Petrović, 2022).
En base a este comportamiento, se estima que, de mantenerse las
condiciones actuales y de aplicarse políticas adecuadas, la participación de las
exportaciones no petroleras en el PIB podría superar el 60 % hacia el año 2030
(Ekos, 2022). Este crecimiento, dependerá de múltiples factores tanto internos
como externos. Entre ellos, la infraestructura logística, la calidad de los tratados
comerciales, la estabilidad política y el acceso a financiamiento son variables
que incidirán directamente en el ritmo de crecimiento de las exportaciones no
petroleras.
Una de las principales variables que influirá en este comportamiento es la
política comercial exterior. La firma de acuerdos de libre comercio con bloques
como la Unión Europea, China o Corea del Sur puede abrir nuevos mercados
para los productos ecuatorianos.
La política agrícola y pesquera será determinante para sostener el ritmo
de crecimiento. El sector camaronero, por ejemplo, ha logrado una expansión
impresionante gracias a la tecnificación, la inversión privada y la apertura de
mercados asiáticos. Enfrenta riesgos como enfermedades, contaminación y
competencia regional. La innovación tecnológica y la digitalización del comercio
exterior también tendrán un peso importante (Alayo & Diaz, 2019). Facilitar
trámites aduaneros, implementar sistemas de trazabilidad y adoptar normas
internacionales de calidad permitirán aumentar la competitividad del sector
exportador. El uso de tecnologías como blockchain, inteligencia artificial o
sistemas de riego inteligente puede optimizar procesos productivos y atraer
nuevas inversiones.
Factores geopolíticos y climáticos también pueden alterar el
comportamiento proyectado. Eventos como guerras, bloqueos logísticos o
fenómenos naturales extremos pueden afectar tanto la producción como la
demanda internacional. Un ejemplo es el impacto de El Niño, que ha afectado
históricamente cultivos como banano o cacao (Robert G. Allen,, 2019). No se
puede dejar de lado la importancia de la estabilidad macroeconómica y la
institucionalidad. Inflación controlada, reglas claras para los inversionistas,
combate a la corrupción y reducción del riesgo país son elementos
fundamentales para proyectar crecimiento sostenido.
En este escenario, las exportaciones no petroleras pueden constituirse en
el pilar de una nueva etapa de crecimiento económico más sostenible y
resiliente. Para lograrlo, el país debe dejar de verlas únicamente como una
fuente de divisas y empezar a integrarlas como parte de un modelo productivo
territorialmente equilibrado (Bazzani C. & Cruz, 2020). El pronóstico para los
próximos cinco años es optimista respecto al crecimiento de las exportaciones
no petroleras en el PIB ecuatoriano.
Conclusión
El análisis de la evolución de las exportaciones petroleras y no petroleras
en el Ecuador entre 2012 y 2023 permite comprender con mayor claridad la
estructura económica del país y su alta dependencia histórica de los recursos
primarios. Las exportaciones petroleras, si bien han sido tradicionalmente el eje
principal de los ingresos externos del Estado, han mostrado una tendencia
decreciente en su participación en el PIB, influenciada por factores como la
caída de los precios internacionales del crudo, la reducción de los volúmenes
exportados y la creciente inestabilidad geopolítica. Esta situación ha obligado a
replantear la necesidad de diversificar la matriz productiva y reducir la
vulnerabilidad externa.
El crecimiento sostenido de las exportaciones no petroleras,
especialmente en sectores como el banano, el camarón y el cacao, ha
evidenciado la capacidad del Ecuador para desarrollar actividades económicas
competitivas y sostenibles. Estas exportaciones han contribuido
significativamente al crecimiento del PIB, al financiamiento de políticas públicas
y a la generación de empleo en diversas regiones del país. Su consolidación ha
sido posible gracias a la apertura comercial, la tecnificación productiva y la
mejora en las cadenas logísticas. Su fortalecimiento exige políticas integrales
que promuevan la inversión, la calidad, la sostenibilidad ambiental y la inclusión
productiva.
La dependencia estructural del Ecuador en exportaciones primarias tiene
profundas implicaciones para la estabilidad macroeconómica y para el
desarrollo social. Esta dependencia no solo limita la capacidad de planificación
estatal, perpetúa desigualdades territoriales, concentración del poder
económico y debilidad institucional. Desde una perspectiva de economía
política, este modelo extractivista ha favorecido a élites con acceso privilegiado
a los recursos, en detrimento de sectores históricamente marginados. Se hace
indispensable una reestructuración del sistema productivo que incorpore valor
agregado, innovación y participación social amplia.
Recomendaciones
Se hace necesario fortalecer la infraestructura logística y de exportación,
especialmente en áreas clave como puertos, aeropuertos, redes viales y
conectividad digital. La mejora de esta infraestructura permitirá reducir los
costos de transporte, acortar los tiempos de exportación y facilitar el acceso de
productos no petroleros a mercados internacionales. Se debe consolidar la
estrategia de inserción comercial a través de acuerdos comerciales con países
o bloques estratégicos que garanticen condiciones favorables de acceso a
nuevos mercados, siempre bajo el principio de sostenibilidad económica, social
y ambiental.
Otra recomendación importante es impulsar políticas públicas que
fomenten la sostenibilidad ambiental en los sectores exportadores,
especialmente en el caso de productos como el banano y el camarón, cuya
demanda internacional está cada vez más sujeta a estándares ecológicos y
sociales. Se requiere incorporar buenas prácticas agrícolas, certificaciones
internacionales y mecanismos de control ambiental que garanticen la
permanencia de estos productos en mercados exigentes. Es necesario
fortalecer las capacidades institucionales del país para atraer inversiones
sostenibles, reducir el riesgo país y garantizar estabilidad jurídica,
transparencia gubernamental y cumplimiento de normas internacionales,
factores determinantes para mejorar el clima de negocios y la confianza del
inversor.
Se recomienda implementar políticas que fomenten la inclusión
económica de pequeños y medianos productores en el comercio exterior,
brindando acceso a financiamiento, asistencia técnica, formación y canales de
comercialización. Esto permitirá democratizar los beneficios del crecimiento
exportador y combatir la concentración económica. Debe priorizarse la
inversión pública y privada en investigación, desarrollo e innovación tecnológica
(I+D+i), con el fin de crear productos con mayor valor agregado, aumentar la
competitividad y sentar las bases para un cambio estructural hacia una
economía del conocimiento.
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