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Antología de Textos Líricos 2024

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UNIVERSIDAD NACIONAL DE CUYO

Teoría y crítica literaria 2024

ANTOLOGÍA TEMÁTICA DE TEXTOS LÍRICOS

Víctor Gustavo Zonana


UNCuyo - CONICET
2

PAISAJES
1) Eduardo González Lanuza. “Árbol”. Prismas (1924)

“En las ramas torturadas


se ha desgarrado la angustia.
La mano del árbol pide
una limosna de luna”.

2) Oliverio Girondo. “Fiesta en Dakar”. Veinte poemas para ser leídos en un tranvía.
(1922)

“La calle pasa con olor a desierto, entre un friso de negros sentados sobre el cordón de la
vereda.

Frente al Palacio de la Gobernación:


¡Calor! ¡Calor!
Europeos que usan una escupidera en la cabeza.
Negros estilizados con ademanes de sultán.

El candombe les bate las ubres a las mujeres para que, al pasar, el ministro les ordeñe una taza
de chocolate.

¡Plantas callicidas! Negras vestidas de papagayo, con sus crías en uno de los pliegues de la
falda. Palmeras, que de noche se estiran para sacarle a las estrellas el polvo que se les ha
entrado en la pupila.

¡Habrá cohetes! ¡Cañonazos! Un nuevo impuesto a los nativos. Discursos en cuatro mil lenguas
oscuras.

Y de noche:
¡ILUMINACIÓN!
a cargo de las constelaciones”.

3) Eugenia Segura. “adiós dragones” de herencia china/ fondo blanco (2017)

“amanece al borde de todo


cada piedra cada árbol
aliviados de ese peso invisible

en el arroyo el agua canta que por fin se han ido


y es otra vez su voz de antes

todavía no es la hora en que salen a laburar las hormigas


la parte incandescente de las nubes empuja al horizonte
los últimos azules que quedaban de la noche
3

se abre paso entre las ramas, las manchas del vidrio


entre el frío que hay hasta donde está el cuaderno

amanece de nuevo en el mundo


en el pasto de ya casi es el final de agosto

y ya nada va a volver a ser lo que era


esta luz recién parida que lo atraviesa todo
que le devuelve a los yuyos su sombra y su inocencia

de tan nuevo que está el mundo es que amanece


de este lado del vidrio empañado del poema

y ya nadie va a volver a ser lo que era antes


(las piedras del arroyo cantan que por fin se han ido)”

4) Carlos Mastronardi. “Regreso” Tierra amanecida (1926)

“Es casi verdadera la queja del crepúsculo,


Los colonos regresan aquietando sus vagos
ademanes tranquilos y pesados de sombra.
Regresan lentamente rezando su cansancio.

Con la boca agravada de silencio me advierten


rumbo al ocaso donde los cielos se arrodillan.
(Clima de corazones gozo por estos predios).
Las ráfagas nocturnas se van contando espigas.

La sombra es una pena desnuda en las estrellas.


El grito de algún teru se afila entre los pastos.
La noche se estremece llorosa de candiles
que brotan como angustias del pecho de los campos.

5) Manuel J. Castilla “Orán verde” El verde vuelve (1970)

Como entre polvaredas de seda vuelve a ver mi memoria esta médula verde,
esta desparramada blancura pegajosa que me deja en el sueño su interminable primavera vieja.

Yo quiero que me crean que canto con el último pájaro del cielo
cuando en Orán desgrana sus racimos el mediodía de oro
y vaga sobre carros resbalando pomelos
hasta partirse en ubre sobre la boca seca de los indios rotosos.

Desde ese doramiento del día estoy viniendo.

Y canto al ángel rosa que siempre está por irse del lapacho
4

y al otro, al amarillo, que por alzar las flores que derrama


el vuelo se le queda dormido en el olvido.

Adentro de las aguas calladas del Bermejo yo he visto


ir un cielo rameando su tumulto de hervores.
Tan solo yo he mirado sobre la piel en fiesta de las palometas1
latir la vía láctea
alhajamientos lilas.
La negrura nocturna respiraba tierna y agonizante
y el aire, vuelto toro, resollaba melazas y cebada.

Desando sus picadas y la furia del sol desmenuzándolas,


su tierra machacada y volandera como un aroma ciego,
paso entre la greda blanda y tiesos bobadales 2
y una como memoria de olivares llega a mis ojos y los entristece.
Entonces en el alma, en su lacio sosiego,
dura el trozo de la noche que cae, su golpe negro, su ruido
de barranca hundiéndose en el agua, su manotón de ahogado.

Veo pasar tucanes con el pico embarrado de crepúsculos,


bueyes tirando apenas madera y soñolencia por el monte al ocaso
y soltando en las babas deshilado al lucero.

Venía el silencio a veces


y empezaba a envolvernos
como el musgo que pisan recordando los ciegos.
Entonces todo el monte, las totoras
y los zorros y yo, sus antas3, sus coatíes4
sus muertos bajo cruces tapadas de hojas secas
bajo las invisibles cálidas vaharadas5,
todo era una semilla inmensa y grávida, una semilla sola
pariendo eternamente
desde las distraídas manos de Dios”.

6) Laura Wittner. “Oí:” Lugares donde una no está. (Poemas 1996-2016).

“Calladita la boca
en el corazón de una ciudad:
martilleos, mazazos, piares,

1
Pez de agua dulce de color plateado y de un tamaño de hasta 60 cm.
2
Montes de palo bobo, árbol de porte medio (5 a 9 metros de altura), de copa pequeña y follaje verde gris. En
Argentina es endémico. Crece a la orilla de los ríos.
3
Anta o tapir: Mamífero más grande de los bosques de América del Sur. Llega a pesar entre 200 y 300 kg. Animal
herbívoro grande y robusto, tiene muy desarrollado los sentidos del olfato y del oído. No existe característica que
diferencie a los sexos. Habita la selva del río Paraná y sus afluentes.
4
Coatí: mamífero americano pequeño, de pelaje oscuro.
5
Ráfaga de viento o humo.
5

medias lenguas, metales del almuerzo;


se ronca, se silba, se pone la radio
a cualquier hora y a cualquier volumen,
se le da con ganas al teclado, se llora,
se oye llover
como quien oye llorar,
se respira despacio, se oye
cómo respiran las paredes
(aún azulejadas)
así como en el campo
respiran los caballos quietos
y los árboles de tronco pétreo
y respiran, en realidad, las piedras
en una orilla y hasta hablan
- dicen una, dos palabras”.

FAUNA
1) Alfredo Veiravé “Blatta orientalis o phyllodromia germánica” Historia natural
(1980)

“Como una tía posesiva de Henry James


como la madre edípica de un pianista
me sigue y me persigue constantemente
desde los roperos crujientes
desde las azucareras abandonadas
desde las habitaciones solitarias de los hoteles.
Camina rápidamente con sus caderas amplias
se esconde en los salones iluminados detrás de otras personas notables
y distraídamente vigila mis movimientos imaginarios
que van desde los helechos de la era carbonífera de los ojos de Ayesha
a las mariposas petrificadas entre bebidas
que consumo frente al barman de chaleco rojo.

Su silencio es un rugido que se arrastra


por el piso de mosaicos negros me sigue y se esconde
entre los olores de las otras mujeres entre las hermosas pasajeras del avión intercontinental
y a pesar de que me oculto en el baño del aeropuerto
para sacarla de encima
cuando recojo las valijas en la aduana y entro
en la ciudad de Resistencia, o de Nueva York, o de Buenos Aires
allí está detrás de mí
caminando con sus antenas sonoras o moviéndose gordamente.
No goza de mi simpatía por eso
y no la aplasto con el pie por dos razones muy visibles:
porque el ruido de su cáscara marrón y sus alas
6

destrozadas me hace mal a mis oídos


y porque creo que merezco este castigo de saberme vigilado día y noche
en febrero o en noviembre,
a veces halagado por delirios publicitarios de
papel y tinta (esos alimentos imprudentes
que dejamos a su alcance desde hace millones de años
en los roperos en las azucareras en los oscuros agujeros del piso.

Además, porque creo que cada uno de nosotros tiene en sí


la paradoja
de este I Ching falso, este código secreto, este
ángel cursi transformado: una cucaracha con antenas móviles
que nos sigue y vigila sin comprendernos”.

2) Ricardo H. Herrera “XVI” Imágenes del silencio cotidiano (1999)

“…Vacío y pérdida, escribo al fin;


pero el zorzal irrumpe en el jardín
y detiene el suplicio con su magia.
Solo un instante, un vuelo que presagia
una dicha fugaz. Pisa la hierba.
Colmado de temblor y vida observa
la luz, mi ventanal. Como un emblema
de la osadía, el pájaro: el poema
de Dios. Súbitamente, lanza un trino
de límpida altivez. Y aunque aún me obstino
en buscar las figuras del vacío
y la pérdida, el césped y el rocío
reverberan; la desmemoria acosa
en la corola umbría de la rosa”.

3) Olga Orozco “II” Cantos a Berenice (1977)

“No estabas en mi umbral


ni yo salí a buscarte para colmar los huecos que fragua la nostalgia
y que presagian niños o animales hechos con la sustancia de la frustración.
Viniste paso a paso por los aires,
pequeña equilibrista en el tablón flotante sobre un foso de lobos
enmascarado por los andrajos radiantes de febrero.
Venías condensándote desde la encandilada transparencia
probándote otros cuerpos como fantasmas al revés,
como anticipaciones de tu eléctrica envoltura
- el erizo de niebla,
el globo de lustrosos vilanos encendidos,
la ráfaga emplumada que gira y se detiene alrededor de un ascua,
en torno de un temblor -.
Y ya habías aparecido en este mundo,
7

intacta en tu negrura inmaculada desde la cara hasta la cola,


más prodigiosa aún que el gato de Cheshire,
con tu porción de vida como una perla roja brillando entre los dientes”.

4) Leopoldo Lugones “El carpintero” El libro de los paisajes (1917)

“El maestro carpintero


De la boina colorada,
Va desde la madrugada
Taladrando su madero.

No corre en el bosque un soplo


Todo es silencio y aroma
Solo él monda la carcoma
Con su revibrante escoplo.

Y a ratos, con brusco ardor,


Bajo la honda paz celeste,
Lanza intrépido y agreste
El canto de su labor”.

LLUVIAS

1) Idea Villariño “Una lluvia pausada…” Primeros poemas (1939-1944)

“Una lluvia pausada, alargada, serena,


envolvente, inquietante, sostenida, perfecta.
He dejado la música, ahogué todas las voces
para escuchar la suya que suena tenazmente
como un hilo de plata dentro de un viejo odre.

Y me digo, tendida, sin voz, pausadamente,


que la lluvia cayendo hace un ruido de gente
cayendo sobre el mundo a lo ancho de los siglos
acompasadamente.

Dentro de mí no hay ruidos.


Hay cántaros vacíos, campanarios en ruinas,
hogueras apagadas, hay agotadas minas
blancos ojos de estatua, grandes estrellas huecas,
relojes sin agujas y libros sin palabras
y violines sin cuerdas.

Y un silencio espantoso en que cae la música


8

armoniosa, cansada, perfecta, de la lluvia


con un ruido de perlas contra el fondo de un cofre,
con un ruido de alas, de dedos; con un ruido
monótono, angustioso, ancestral, monocorde.

AMORES
1) Leopoldo Lugones. “El pañuelo”. Los crepúsculos del jardín (1905)

A Javier de Viana6
Poco a poco, adquiriendo otra hermosura
Aquel cielo infantil de primavera
Se puso negro, cual si lo invadiera
Una sugestión lánguida7 y oscura.

Tenía algo de parque la espesura


Del bosque, y en la pálida ribera,
Padecía la tarde cual si fuera
Algún ser fraternal en desventura.

Como las alas de un alción8 herido,


Los remos de la barca sin consuelo
Azotaron el piélago9 dormido.

Cayó la noche, y entre el mar y el cielo,


Quedó por mucho tiempo suspendido
El silencioso adiós de tu pañuelo.

2) Jorge Calvetti “Otra cortesana” Memoria terrestre. Antología general (1983)

“Se ha derramado el fuego de mi vida


y mis caricias mueren en la tierra.
Bajo este cielo oscuro y apretado
me corteja el silencio.
¡Pero él también muere entre mis brazos!”

6
Javier de Viana: escritor uruguayo. Nació en Canelones (Uruguay) el 5 de agosto de 1868 y murió en La Paz
(departamento de Canelones) el 5 de octubre de 1926. Su vida fue difícil y azarosa. Se dedicó al periodismo y a la
escritura de memorias, cuentos y novelas. Colaboró en Caras y Caretas y en Mundo Argentino, Atlántida, El Hogar.
Publicó en relatos, reunidos en tres volúmenes: Macachines (1910), Leña seca (1911) y Yuyos (1912). Otras obras:
Cardos (1919), Abrojos (1919), Sobre el recado (1919), Bichitos de luz (1920), La biblia gaucha (1925).
7
Lánguida: Flaco, débil, fatigada. De poco espíritu, valor o energía.
8
Alción: Martín pescador.
9
Piélago: Parte del mar que dista mucho de la tierra. Mar.
9

3) Leopoldo Marechal “Balada para los niños que serán poetas” (Fragmento) Días
como flechas (1926)

“La reina Til desnuda una risa de fragua.


Todos los pájaros de la danza nacen en su pie volátil.
Sus ojos parecen dos lebreles recién castigados…
Desde un país donde se abre el huevo de las mañanas
vino el Príncipe a caballo de su alegría:
- ¡Busco tu risa forjada por herreros musicales
y alegre como la sal gema que hacen arder los brujos!
Tu reír es el hasta donde flamean los días asoleados;
yo soy un hondero que soñó con el pájaro de tu risa…
Pero no busco tu danza
ni tus ojos más tristes que dos viudas.
El Príncipe se fue a caballo de su alegría:
la reina Til desnuda una risa de fragua…”

II

Desde su río que se estira como un lagarto bajo el sol


llega el rey Bamb:
—¡Amo tu pie gracioso como el de un elefante
y más grato que la muerte de los tíos ilustres!
Las abuelas textiles no poseen dos agujas como tus pies;
amo el viento de tu danza que te hace girar, linda veleta...
Pero no busco tu reír inútil
ni tus ojos de gata soltera.
El rey Bamb se fue a su país de lunas incautas:
la reina Til ha quedado sola...

III

Mas, he ahí que Sir Olaf llegó en trineo


desde su estepa geográficamente sentimental:
—¡Quiero tus ojos iguales a dos mediodías con lluvia
y helados como dos focas en el mismo témpano!
En tu mirar, oh Reina, se posan las golondrinas cansadas;
busco tus ojos más largos que la noche de seis meses...
Pero no amo tu risa de lobo
ni la danza que incendia tu pie.
Sir Olaf huyó en su trineo
hacia un país de soles resfriados...

IV
10

La reina Til se ha convertido en una cisterna


y ha de dormir por muchos días;
hasta que llegue un Rey que busque
los pies bailarines
los ojos que llueven,
la risa de fragua”.

4) Alejandra Pizarnik. “Sentido de su ausencia”. Los trabajos y las noches (1965)

“si yo me atrevo
a mirar y a decir
es por su sombra
unida tan suave
a mi nombre
allá lejos
en la lluvia
en mi memoria
por su rostro
que ardiendo en mi poema
dispersa hermosamente
un perfume
a amado rostro desaparecido”

5) Daniel Devoto. “Canción X”. Canciones de verano (1950)

“Amor que por las islas amarillas transitas


rodeándome la cara con tus ramas amargas
aparta de mis párpados tus dos manos de sándalo,
déjame solamente que recuerde sin verte
la pasión que murió, lo que no pasó.

Mírame aquí escribiendo que el viento se va yendo


que la noche - ¿de dónde? - brota del horizonte;
que espero, como puedo, al compasivo sueño.

Prosigue, déjame que te olvide, si es posible”.

6) Alfonsina Storni “Olvido” Ocre (1925)

“Lidia Rosa: hoy es martes y hace frío. En tu casa,


de piedra gris, tú duermes tu sueño en un costado
de la ciudad. ¿Aún guardas tu pecho enamorado,
ya que de amor moriste? Te diré lo que pasa:

El hombre que adorabas, de grises ojos crueles,


en la tarde de otoño fuma su cigarrillo.
11

detrás de los cristales mira el cielo amarillo


y la calle en que vuelan desteñidos papeles.

Toma un libro, se acerca a la apagada estufa,


en el tomacorriente al sentarse la enchufa
y sólo se oye un ruido de papel desgarrado.

Las cinco. Tú caías a esta hora en su pecho,


y acaso te recuerda... Pero su blando lecho
ya tiene el hueco tibio de otro cuerpo rosado”.

7) Juan Ramón Jiménez “28” Eternidades (1916-1917)

“Te conocí, porque al mirar la huella


de tu pie en el sendero,
me dolió el corazón que me pisaste.

Corrí loco: busqué por todo el día,


como un perro sin amo.

…¡Te habías ido ya! Y tu pie pisaba


mi corazón, en un huir sin término,
cuál si el fuera el camino
que te llevaba para siempre”.

8) Sor Juana Inés de la Cruz “II Que expresan sentimientos de ausente”

“Amado dueño mío:


escucha un rato mis cansadas quejas,
pues del viento las fío
que breve las conduzca a tus orejas,
si no se desvanece el triste acento
como mis esperanzas en el viento.
Óyeme con los ojos,
ya que están tan distantes los oídos
y de ausentes enojos
en ecos de mi pluma mis gemidos;
y ya que a ti no llega mi voz ruda,
óyeme sordo, pues me quejo muda.
Si del campo te agradas,
goza de sus frescuras venturosas,
sin que aquestas cansadas
lágrimas te detengan enfadosas;
que en él verás, si atento te entretienes,
ejemplo de mis males y mis bienes.
12

Si el arroyo parlero
ves galán de las flores en el prado,
que amante y lisonjero
a cuantas mira intima su cuidado,
en su corriente mi dolor te avisa
que a costa de mi llanto tienes risa.
Si ves que triste llora
su esperanza marchita en ramo verde
tórtola gemidora,
en él y en ella mi dolor te acuerde
que imitan con verdor y con lamento
él a mi esperanza y ella mi tormento.
Si la flor delicada,
si la peña, que altiva no consiente
del tiempo ser hollada,
ambas me imitan, aunque variamente,
ya con fragilidad, ya con dulzura,
mi dicha aquélla y ésta mi firmeza.
Si ves el ciervo herido
que baja por el monte acelerado,
buscando, dolorido,
alivio al mal en un arroyo helado,
y sediento al cristal se precipita,
no en el alivio, en el dolor me imita.
Si la liebre encogida
huye medrosa de los galgos fieros,
y por salvar la vida
no deja estampa de los pies ligeros,
tal mi esperanza en dudas y recelos
se ve acusada de villanos celos.
Si ves el cielo claro,
tal es la sencillez del alma mía;
y si, de luz avaro,
de tinieblas emboza el claro día,
es con su oscuridad y su clemencia
imagen de mi vida en esta ausencia.
Así que, Fabio amado,
saber puedes mis males sin costarte
la noticia cuidado,
pues puedes de los campos informarte,
y pues yo a todo mi dolor ajusto,
saber mi pena sin dejar tu gusto.
13

Mas ¿cuándo ¡ay, gloria mía!


mereceré gozar tu luz serena?
¿Cuándo llegará el día
que pongas dulce fin a tanta pena?
¿Cuándo veré tus ojos, dulce encanto,
y de los míos quitarás el llanto?
¿Cuándo tu voz sonora
herirá mis oídos, delicada,
y el alma que te adora,
de inundación de gozos anegada,
a recibirte con amante prisa
saldrá a los ojos desatada en risa?
¿Cuándo tu luz hermosa
revestirá de glorias mis sentidos?
¿Y cuándo yo dichosa
mis suspiros daré por bien perdidos,
teniendo en poco el precio de mi llanto
que tanto ha de penar quien goza tanto?
¿Cuándo de tu apacible
rostro alegre veré el semblante afable
y aquel bien indecible,
a toda humana pluma inexplicable
que mal se ceñirá a lo definido
lo que no cabe en todo lo sentido?
Ven, pues, mi prenda amada,
que ya fallece mi cansada vida
de esta ausencia pesada;
ven, pues, que mientras tarda tu venida,
aunque me cueste su verdor enojos,
regaré mi esperanza con mis ojos”.

9) César Fernández Moreno “El padre besa a su hija”. Veinte años después (1953)

“Estos pequeños besos que te doy,


que te estoy dando desde que naciste,
cuando te dejo al alba o por la noche,
muy apenas, livianos, en el aire,
para que no despiertes, estos besos
que ignoras, que no sientes, hija mía,
siempre te seguirán por donde vayas.
Leve aureola en torno de tu cuerpo,
cota invisible, piel más delicada
pero más tutelar, serán por siempre
transición entre el mundo y tu pureza,
14

foso y puente a la vez, estos pequeños


besos que tú no sabes”.

10) Andrés Neuman “(Un reloj olvidado”) Sonetos del extraño (1997-2006)

He olvidado el reloj en tu casa, mi vida,


y de repente pienso que si no vuelvo a verte
viviré confundido y dejado a la suerte
del correr de las horas, con la pista perdida.

Será vano el recuerdo de la luz y el inerte


trabajo de los días en la piel, cada herida
mantendrá su dolor. Sin tiempo no se olvida
igual que, sin olvido, el tiempo se hace fuerte.

Te imagino en tu cama perezosa, desnuda.


El verano atraviesa los visillos de seda
y un abanico inglés te presta exacta ayuda.

En tu mesa el reloj que quizá ya no pueda


recuperar: quererte es esa eterna duda
entre el amor perdido y todo el que nos queda.

11) Alfonso Sola González “Mallarmé y la verdad de tu cuerpo”. Obra poética (2015)

La chair est triste, hélas! et j’ai lu tous les livres

La carne es triste, ¡ay!, y he leído todos los libros.


No, tu carne no es triste, mi amor,
no son tristes tus dientes que muerden el pan de la mañana,
no son tristes tus huesos que levantan tus pasos por el día,
ni el pelo aéreo y alto
ni el más oculto de la rosa que quema.
Solo ellos, los pérfidos son tristes,
los libros
donde no se puede escribir tu belleza.
Tu carne no tiene letras o símbolos o nadie.
Tu cuerpo es el pan de la luna mojada,
es mi cuerpo en tu cuerpo
aunque la muerte diga que es un libro y que es triste.

12) César Vallejo “Idilio muerto”, Los heraldos negros (1918)

Qué estará haciendo a esta hora mi andina y dulce Rita


15

de junco y capulí10
ahora que me asfixia Bizancio11, y que dormita
la sangre como flojo cognac, dentro de mí.

Dónde estarán sus manos que en actitud contrita


planchaban en las tardes blancuras por venir
ahora, en esta lluvia que me quita
las ganas de vivir.

Qué será de su falda de franela; de sus


afanes; de su andar;
de su sabor a cañas de mayo del lugar.

Ha de estarse a la puerta mirando algún celaje12,


y al fin dirá temblando: ‘¡Qué frío hay… Jesús!’
Y llorará en las tejas un pájaro salvaje.

13) Pablo Anadón Estudios de la luz (2005-2007) “Amanece”

“La luz leve del día en la ventana,


La cama con las sábanas caídas,
Libros, vasos, colillas, desvaídas
Esencias de sahumerio y marihuana.

Lentamente se enciende la mañana


En el espejo: vuelven las perdidas
Formas, desde el cristal, a sus sabidas
Dimensiones; la sombra se hace humana.

La cabellera negra en la blancura


De la almohada, una pierna entrelazada
A otra, el brazo en torno a una cintura

Y dos bocas que alientan cadenciosas…


Calla el mundo. La angustia, arrodillada,
Vela sobre las frentes silenciosas”.

14) Idea Villarino “Carta II” Poemas de amor (1957)

“Estás lejos y al sur


allí no son las cuatro.
Recostado en tu silla

10
Capulí: en Bolivia y Perú, fruto de una planta solanácea, parecido a una uva, de sabor agridulce, que se usa como
condimento.
11
Bizancio: de acuerdo con la crítica, la referencia a la ciudad central del imperio romano de Oriente, famosa por
su riqueza y exuberancia y hoy conocida como Estambul, es una metáfora de Lima.
12
Celaje: aspecto del cielo cuando está atravesado por nubes tenues y de distintos colores.
16

apoyado en la mesa del café


de tu cuarto
tirado en una cama
la tuya o la de alguien
que quisiera borrar
—estoy pensando en ti no en quienes buscan
a tu lado lo mismo que yo quiero—.
Estoy pensando en ti ya hace una hora
tal vez media
no sé.
Cuando la luz se acabe
sabré que son las nueve
estiraré la colcha
me pondré el traje negro
y me pasaré el peine.
Iré a cenar
es claro.
Pero en algún momento
me volveré a este cuarto
me tiraré en la cama
y entonces tu recuerdo
qué digo
mi deseo de verte
que me mires
tu presencia de hombre que me falta en la vida
se pondrán
como ahora te pones en la tarde
que ya es la noche
a ser
la sola única cosa
que me importa en el mundo”.

DEFICIONES/ DESCRIPCIONES DEL YO


1) Olga Orozco “Entre perro y lobo”. Los juegos peligrosos (1962)

“Me clausuran en mí.


Me dividen en dos.
Me engendran cada día en la paciencia
y en un negro organismo que ruge como el mar.
Me recortan después con las tijeras de la pesadilla
y caigo en este mundo con media sangre vuelta a cada lado:
una cara labrada desde el fondo por los colmillos de la furia a solas,
y otra que se disuelve entre la niebla de las grandes manadas.
No consigo saber quién es el amo aquí.
Cambio bajo mi piel de perro a lobo.
17

Yo decreto la peste y atravieso con mis flancos en llamas las planicies del porvenir y
del pasado;
yo me tiendo a roer los huesecitos de tantos sueños muertos entre celestes pastizales.
Mi reino está en mi sombra y va conmigo dondequiera que vaya,
o se desploma en ruinas con las puertas abiertas a la invasión del enemigo.
Cada noche desgarro a dentelladas todo lazo ceñido al corazón,
y cada amanecer me encuentra con mi jaula de obediencia en el lomo.
Si devoro a mi dios uso su rostro debajo de mi máscara,
y sin embargo sólo bebo en el abrevadero de los hombres
un aterciopelado veneno de piedad que raspa las entrañas.
He labrado el torneo en las dos tramas de la tapicería:
he ganado mi cetro de bestia en la intemperie,
y he otorgado también jirones de mansedumbre por trofeo.
Pero ¿quién vence en mí?
¿Quién defiende mi bastión solitario en el desierto, la sábana del sueño?
¿Y quién roe mis labios, despacito y a oscuras desde mis propios dientes?”

2) Enrique Banchs. “Tornasolando el flanco…”. La urna (1911)

“Tornasolando el flaco a su sinuoso


paso va el tigre suave como un verso
y la ferocidad pule cual terso
topacio el ojo seco y vigoroso.

Y despereza el músculo alevoso


de los ijares, lánguido y perverso
y se recuesta lento en el disperso
otoño de las hojas. El reposo…

El reposo en la selva silenciosa.


La testa chata entre las garras finas
y el ojo fijo, impávido custodio.

Espía mientras bate con nerviosa


cola el haz de las férulas vecinas,
en reprimido acecho… así es mi odio”.

3) Juan Rodolfo Wilcock. “Soneto 8”. Sexto (1953)

“Casi no sé de quién son estas manos,


las manos que acarician tus mejillas;
¿son las que en otras tardes amarillas
arrancaban la flor de los manzanos,

las que en los mediodías suburbanos


18

se hundían en las húmedas gramillas,


las de un joven absorto en las orillas
del Tigre, ante unos álamos, mis manos?

En este íntimo nimbo que es la espuma


de Venus verde y rosa entre la bruma
sé que éstas son las manos de tu amante;

pero no sé cómo uniré este instante


en que me siento agudamente vivo
con las horas de un Wilcock primitivo”.

4) Olga Orozco. “Jardín de las delicias”. Museo salvaje (1974)

“¿Acaso es nada más que una zona de abismos y volcanes en plena ebullición, predestinada
a ciegas para las ceremonias de la especie en esta inexplicable travesía hacia abajo? ¿O tal vez
un atajo, una emboscada oscura donde el demonio aspira la inocencia y sella a sangre y fuego su
condena en la estirpe del alma? ¿O tan sólo quizás una región marcada como un cruce de
encuentro y desencuentro entre dos cuerpos sumisos como soles?
No. Ni vivero de la perpetuación, ni fragua del pecado original, ni trampa del instinto, por
más que un solo viento exasperado propague a la vez el humo, la combustión y la ceniza. Ni
siquiera un lugar, aunque se precipite el firmamento y haya un cielo que huye, innumerable,
como todo instantáneo paraíso.
A solas, sólo un número insensato, un pliegue en las membranas de la ausencia, un
relámpago sepultado en un jardín.
Pero basta el deseo, el sobresalto del amor, la sirena del viaje, y entonces es más bien un
nudo tenso en torno al haz de todos los sentidos y sus múltiples ramas ramificadas hasta el árbol
de la primera tentación, hasta el jardín de las delicias y sus secretas ciencias de extravío que se
expanden de pronto de la cabeza hasta los pies igual que una sonrisa, lo mismo que una red de
ansiosos filamentos arrancados al rayo, la corriente erizada reptando en busca del exterminio o
la salida, escurriéndose adentro, arrastrada por esos sortilegios que son como tentáculos de mar
y arrebatan con vértigo indecible hasta el fondo del tacto, hasta el fondo sin fin que se desfonda
cayendo hacia lo alto, mientras pasa y traspasa esa orgánica noche interrogante de crestas y de
hocicos y bocinas, con jadeo de bestia fugitiva, con su flanco azuzado por el látigo del horizonte
inalcanzable, con sus ojos abiertos al misterio de la doble tiniebla, derribando con cada sacudida
la nebulosa maquinaria del planeta, poniendo en suspensión corolas como labios, esferas como
frutos palpitantes, burbujas donde late la espuma de otro mundo, constelaciones extraídas vivas
de su prado natal, un éxodo de galaxias semejantes a plumas girando locamente en el gran
aluvión, en ese torbellino atronador que ya se precipita por el embudo de la muerte con todo el
universo en expansión, con todo el universo en contracción para el parto del cielo, y hace estallar
de pronto la redoma y dispersa en la sangre la creación.

El sexo, sí,
más bien una medida:
la mitad del deseo, que es apenas la mitad del amor”.
19

5) Daniel Devoto. “Hoja de setiembre en Ciboure”. Herbalario (1980)

“Una hoja que cae,


suspendida en el aire un infinito instante,
me devuelve un paisaje
olvidado.
Renace
de la penumbra grácil otra penumbra, grave
para los ojos que hace
tiempos la vieron casi idéntica, inmutable,
como el giro en que yacen las sombras de los árboles,
en ínfimos detalles
rígidamente iguales.

Su retorno me trae, me opone al que fui antes:


crueles identidades me tachan de inestable
siendo lo único ya
que perece y no renace.

Una hoja es que cae


sostenida en un aire
que en mi memoria bate”.

6) Héctor Viel Temperley “El arroyo”. El nadador (1967)

“He buscado un arroyo


que conoció mi infancia.
He buscado su puente
y el viento de sus pastos.

A veces un jinete
lo cruzaba al galope.
Con la humedad, el tiempo
era verde allá abajo.

Un miedo como a víboras


me daba el agua en sombras.
Tal vez con botas de hombre
yo me hubiera animado.

He buscado el arroyo,
el puente, el alto pasto
junto al rostro del niño.
No encontré más que asfalto.

Hoy, por primera vez,


pude ver a mi muerte.
20

Con la humedad, qué verde


era el tiempo allá abajo”.

7) Joaquín Osvaldo Gianuzzi “La dispersión” Señales de una causa personal (1977)

“Sobre esta mesa he apoyado los brazos y la cabeza.


Piedad y desprecio por mi mundo. Los lugares comunes
de la materia que me rodea. Un lápiz, una caja
de fósforos, una taza de café, ceniza
de cigarrillos sobre un desorden de papeles.
Cuánta desesperanza de poesía sin porvenir.
Y de pronto la certeza de que morir es apartarse de la mesa,
La noción de que todo se perderá.
Cada cosa se ausentará de la otra,
los objetos de quienes soy el centro dejarán de amarse.
Yo mismo, agonía volcada, volumen apretado al planeta
me veré arrojado por la ventana,
pedazo a pedazo, a trozos que se odian
hacia la fría unidad de la noche”.

8) Claudia Masin. “Resistencia”. Geología (2001)

“Nací en una ciudad rodeada por defensas de tierra.


Montañas de utilería para que cuando llueva,
el río, en su crecida, no invada nuestras casas
y arrase la ciudad. Pero se ha tenido la precaución
de construir murallas precarias, abiertas. Para mantener
al enemigo vivo. Los que hemos nacido en Resistencia
tenemos para qué levantarnos cada mañana:
quien tiene a qué temer ya no está solo.
Aquí, el uniforme de guerra incluye botas de lluvia
amarillas. Nos sentimos impermeables
cuando caminamos por las calles, cómplices
como sobrevivientes de un desastre secreto.
Una vez, la lluvia nos sitió por tres días y tres noches.
Los chicos soñábamos con la amistad del agua,
salir descalzos a la invasión, cada gota
un disparo fresco en el pecho. Pero permanecíamos
tras las trincheras, cristales dibujados al vapor
con nuestros nombres. Casa del agua.
¿Un barco ebrio? No, mi casa era un blanco quieto.
Guardado en una botella, como una cabaña de los Alpes,
una miniatura olvidada en un estante.
Soñé entonces con construir un arca, pero no llevaría
animales sino palabras. Las elegiría al azar, por capricho.
Por la música que despedían de sí al ser dichas.
21

¿No es más importante preservar la belleza que la especie?


Zarparía en silencio hasta que la tierra
se perdiera de mis ojos por la distancia y el diluvio.
¿Noé sabría de su audacia al huir? Soldado que huye
sirve para huir de la próxima batalla.
¿Y si escribir no fuera temblar en la tormenta sino
- a lo sumo- presumir bajo el alero?
¿Y si la crecida de las aguas no existiera?
Un mito. La fundación de algo. De una ciudad: Resistencia.
Construida para ofrecerse a un ataque imaginario,
a una corriente asesina que no existe. Acuario seco
en que los peces sofocados resistimos
hasta que las agallas sangran. Nunca fue cierto
que en las guerras se venciera por un arte sutil
de resistencia”.

DESGARRADURAS PROFUNDAS
1) Jacobo Regen. “Elegía a José Nieto Palacios”. Poemas reunidos (1992)

“Estás del otro lado,


del lado verdadero.
Yo todavía insisto en engañarme
con justificaciones y pretextos.

En un bar
como aquellos
que solíamos
bebo contigo, solo, José Nieto.

Están junto a nosotros


los recuerdos.
(Se acerca un metalúrgico, Durbá,
el que tenía el corazón de oro y los puños de acero.
Y el fotógrafo inglés y trotamundos
con su raído terno
de las cuatro estaciones.)

Cuando pasa el estruendo


que apenas deja el rastro
de agua de un insecto
pisoteado,
te sacudes como un erizo, ajeno
al persuasivo ademán
de los enterradores de tus sueños.
22

Después
de haberme muerto
contigo unos minutos,
bebo
tus óleos, tus pinceles,
y sepulto mi vida para seguir muriendo”.

2) Oliverio Girondo. “Yolleo”. En la masmédula (1954)

“Eh vos
tatacombo
soy yo
di
no em oyes
tataconco
soy yo sin vos
sin voz
aquí yollando
con mi yo sólo solo que yolla y yolla y yolla
entre mis subyollitos tan nimios micropsíquicos
lo sé
lo sé y tanto
desde el yo mero mínimo al verme yo harto en todo
junto a mis ya muertos y revivos yoes siempre siempre yollando y yoyollando siempre
por qué
si sos
por qué di
eh vos
no me oyes
tatatodo
por qué tanto yollar
responde
y hasta cuándo”

3) Alfonsina Storni. “Voy a dormir”. Diario La Nación (1938)

“Dientes de flores, cofia de rocío,


manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.


Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito.
23

Déjame sola: oyes romper los brotes...


te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases

para que olvides... Gracias. Ah, un encargo:


si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido...”

4) Jorge Luis Borges. “Dos formas del insomnio” La cifra (1981)

“¿Qué es el insomnio?
La pregunta es retórica; sé demasiado bien la respuesta.
Es temer y contar en la alta noche las duras campanadas fatales, es ensayar con magia inútil
una respiración regular, es la carga de un cuerpo que bruscamente cambia de lado, es apretar
los párpados, es un estado parecido a la fiebre y que ciertamente no es la vigilia, es pronunciar
fragmentos de párrafos leídos hace ya muchos años, es saberse culpable de velar cuando los
otros duermen, es querer hundirse en el sueño y no poder hundirse en el sueño, es el horror de
ser y seguir siendo, es el alba dudosa.

¿Qué es la longevidad?
Es el horror de ser un cuerpo humano cuyas facultades declinan, es un insomnio que se mide por
décadas y no con agujas de acero, es el peso de mares y pirámides, de antiguas bibliotecas y
dinastías, de las auroras que vio Adán, es no ignorar que estoy condenado a mi carne, a mi
detestada voz, a mi nombre, a una rutina de recuerdos, al castellano, que no sé manejar, a la
nostalgia del latín, que no sé, a querer hundirme en la muerte y no poder hundirme en la muerte,
a ser y seguir siendo”.

5) Diego Ignacio Muzzio. “Carta a mi padre” de Sheol, sheol (1997)

La luz que crecía detrás del palomar,


entre las patas de los pájaros;
esos pequeños filamentos de luz
entre una pata y otra,
esa luz ya no está.
Lanzábamos piedras a las palomas
rojas del barro del aire,
y esperábamos, junto a los pinos,
que volaran a dormir en nuestras manos.
Las hormigas que iban y venían
en la cocina,
entre cáscaras de papa y fósforos apagados
han cambiado de territorio;
ya no se las ve, laboriosas,
correr entre las legumbres.
Los primos las perseguían;
debajo de la lupa
24

el sol las calcinaba.


Yo miraba, fuera del círculo infantil,
y pensaba en nosotros en lugar de las hormigas.

El tiempo sólo me ha dado tiempo.


Ahora recuerdo
estas pequeñas cosas que nos pertenecían.
Ayer una paloma quedó enredada
en las ramas de un árbol
como el barrilete rojo hecho de cañas;
ya no seré sacerdote,
sigo creyendo en Cristo.

A veces siento que hunde sus manos


en la neblina verde que rodea mi cabeza,
y su sangre entra en mi sangre
como un torrente oscuro, un río melancólico;
entonces apoya sus labios en mi mejilla
y en un susurro me dice:
"Resiste. Debo abandonarte."

6) Magalí Etchebarne. “Soy la que sostiene la cabeza de su madre…”. Cómo cocinar


un lobo (2023)

“Soy la que sostiene la cabeza de su madre


para que vomite, una y otra vez, durante horas
y no puede evitar, mientras tanto,
mirar las raíces que nacen blancas,
su cuello papel de arroz dulce,
el esmalte saltado en las uñas de las manos
agarradas al inodoro como cangrejos pelados.
Soy la que sostiene la cabeza de su madre
con una palma en la frente fría, la otra en la espalda dolorida,
y no puede evitar mirar, mientras tanto,
la humedad entre los azulejos,
los mismos azulejos amarillos
en los que cuando era chica veía manchas con formas
de guanacos, de caballos, de trigo…
Soy la que sostiene a su madre por detrás
y espera la arcada como se espera
una contracción y piensa, qué piensa. No piensa.
Soy la que sostiene a su madre y abre la puerta del baño,
la misma puerta de la que en verano colgaba su malla
desinflada, una gallina degollada.
Soy la que levanta a su madre y la lleva a la cama,
se acuesta a su lado, cierra los ojos
y ruega: que sus pulmones vuelvan a ser alas limpias,
25

cortinas que apenas se agitan


durante una siesta de verano”.

PALABRA/ POESÍA
1) Darío Cantón. “El canto”. La corrupción de la naranja (1968)

“Esto no es poesía
se dijo
y destruyó lo escrito.
Manzana
pensó
¿qué es lo más cerca de manzana?
¿Acaso el pan que muerdo
crocante
igual que el ruido seco
de las ramas
caídas
que piso por el bosque?
Manzana
pensó
mañana será otra fruta.
- ¿Quieres agua?
La busco.
- ¿Y la poesía?
No, gracias, ahora no”

2) Jorge Luis Borges. “Poema de los dones” El hacedor (1960)

“Nadie rebaje a lágrima o reproche


esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.

De esta ciudad de libros hizo dueños


a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden

las albas a su afán. En vano el día


les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.

De hambre y de sed (narra una historia griega)


26

muere un rey entre fuentes y jardines;


yo fatigo sin rumbo los confines
de esta alta y honda biblioteca ciega.

Enciclopedias, atlas, el Oriente


y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
brindan los muros, pero inútilmente.

Lento en mi sombra, la penumbra hueca


exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.

Algo, que ciertamente no se nombra


con la palabra azar, rige estas cosas;
otro ya recibió en otras borrosas
tardes los muchos libros y la sombra.

Al errar por las lentas galerías


suelo sentir con vago horror sagrado
que soy el otro, el muerto, que habrá dado
los mismos pasos en los mismos días.

¿Cuál de los dos escribe este poema


de un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?

Groussac o Borges, miro este querido


mundo que se deforma y que se apaga
en una pálida ceniza vaga
que se parece al sueño y al olvido”.

3) Susana Slednew. “También me ensucié las manos con cal y barrí la arena”. Los
bordes del azar (2017)

“Cuando pienso en las palabras


recuerdo a mi padre con una cuchara de albañil
quitando restos de cemento entre ladrillos
lo veo repasar con ternura de obrero
la piel rugosa de la mezcla
Recuerdo que lo miraba transformar el espacio
guiado por la claridad de un sencillo piolín
de extremo a extremo de la obra
con la misma sencillez con que transformaba la vida
No se borra de mí esa dicha
27

la tarea fina del fratacho


pasando dulcemente por la cara de la casa
como si fuera el rostro de la infancia
como si fuera un poeta
buscando el mejor poema para dar
Él logró con su manera de estar
volver dichosa la mía
logró
mejor dolerme los ladrillos
la mezcla la cuchara
el hilo que tensa esta vida mía
entre extremo y extremo”.

4) Santiago Sylvester “(efecto de la x)”. La palabra y (2010)

“No hay mucha expectativa con la letra x: es cierto


que se exhibe demasiado pero
es más un efecto acústico, más
exceso de protagonismo que exactitud: no intenta explicar este mundo que se expande y
se expande mientras llega por el fondo algo parecido a una extenuación: no hay en ella ni rastro
de ese sexto sentido que esperamos todos.

Y sin embargo,
suprima usted la x y sentirá el efecto de asfixia: una
prueba de que todo, incluso
la letra x
es un pretexto para existir”.

5) Juan López “la palabra taxi” La palabra taxi y otros poemas (2013)

hoy
en la calle
casi grité la palabra taxi
de inmediato un taxi se detuvo
cómo iba a saber yo
que una palabra puede dominar el mundo

una vez en el coche


comencé a sentir miedo de pronunciar otras palabras y que todo se cumpliera
murmuré cuatro o cinco para que nadie me escuchara
tuve miedo de decir fuego lluvia dolor
pensé y no dije grieta sombra amnesia hambre
temí decir lo siento
y comenzar a sentir que lo sentía

llegué a mi lugar
comí solo
28

en silencio
con temor de decir lo inapropiado
sonó el teléfono
no atendí
sonó el timbre del portero eléctrico
escuché su voz en silencio
‘hola soy yo ¿me perdonás? ¿me abrís?’
no supe qué decir y no le abrí
una vez en la cama
hice lo que hacen muchos cuando sueñan
hablé dormido”.

6) Marcelo Rioseco. “Hoy he despertado en español” La vida doméstica (2016)

“Hoy he despertado en español y me he puesto remoto,


hoy me he sentado en español y he escrito
para no olvidarme que despierto y me siento en español,
pero vivo en inglés. Esa es la única realidad que me obliga
llena de palabras duras, de verbos sajones e industriales,
de pronombres que me cierran el paso
y son grandes en número como mis recuerdos.
Hoy soy torpe, pero torpe en español. Todavía.
Y no sé hablar, no sé decir gracias sin pensar
que digo ‘bienvenido’, sin saber si esto es
lo que debe suceder o en qué idioma debe suceder.
Hoy soy en español, poco funcional, sudamericano,
un poco indio, un poco colonizado
como los cuatro rincones de mi país
que tiene fe en el vidrio y en los números.
Hoy he despertado en español, mis extremidades
en español, mi nariz en español;
mis ojos, mi pelo, mi boca en español
y no he sabido traducir
porque traducir ya no es ser uno,
sino otro, que traduce y habla”.

7) Fogwill. “El adjetivo”. Últimos movimientos (2004)

“Sí: si no da vida mata


Pero cuando da vida engaña
al entendimiento
a la razón
a los sentidos
Y al sentido de todos los sentidos
La poesía no es el motivo del poema.
Tal vez no sea siquiera un efecto del poema.
La poesía es una institución.
29

Quizás inevitable como todas


las cosas concertadas de la vida.

Tus ojos son parte del poema.


Me miran.
Este olor que quedó
debiera ser parte del poema
o envolver una parte del poema
como de mí.
Tu olor es el motivo del poema.
Imaginario, causa, efecto
O instrumento del poema llamado a contenerlo.
Nuestro olor, descriptible.
No adjetivo, envolvente”.

8) Juan Manuel Inchauspe. “1. Me voy temprano y regreso muy tarde”. Trabajo
nocturno. Poemas completos. (2010)

“Me voy temprano y regreso muy tarde


cuando la noche ha hecho ya
gran parte de su trabajo
y no queda tiempo para detenerse a mirar.

Así paso los días. Como si lo mejor de mí


estuviera paralizado y muerto
o mejor como si no hubiera existido nunca.

Nada más que este rostro hipnotizado.


Como un pájaro nocturno
alguna palabra escala mi sangre.

Entiendo que debo quemar mis manos una vez más.

Abro el cuaderno y escribo rápidamente.

Todo arde”.

9) Amelia Biagioni “Oh tenebrosa fulgurante, impía…” El humo (1967)

“Oh tenebrosa fulgurante, impía


que reinas entre cábala y quimera,
oh dura poesía
que hiciste mi imprevista calavera.

Por qué me diste huesos


si yo era, entre lenguas, “la que nombra
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muriendo transparente”, y entre besos


“llovizna” desde el beso hasta la sombra.

Si yo era la pálida costumbre


de cruzar el otoño trashumante,
mientras tú suavemente, ave de lumbre,
alta volabas y constante.

Por qué bajaste oscura. Mis despojos


creas, desencadenas mi esqueleto.
Devoraste mis párpados, mis ojos,
mi corazón secreto.

Oh sacrílega maga que ceñiste


la gracia en hambre, alazo, pico y garra,
por qué en tu salamandra convertiste
a mi tristísima cigarra.

Por qué. Pero me ofrezco y apaciento


mis huesos, y mi cara se acostumbra
a ser tan sólo profecía y viento.
Come, cuerva. Y relumbra”.

10) Alfredo Veiravé “Radar en la tormenta”, Historia natural (1980)

“Y alguna vez, no siempre, guiado por el radar


el poema aterriza en la pista, a ciegas,
(entre relámpagos)
carretea bajo la lluvia, y al detener sus turbinas, descienden
de él, pasajeros aliviados de la muerte: las palabras”.

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