Capitulo 1: El Misterio de La Iglesia
Capitulo 1: El Misterio de La Iglesia
1. INTRODUCCIÓN
Luz de los Pueblos es Cristo. Por eso, este Sagrado Concilio, congregado bajo la acción del
Espíritu Santo, desea ardientemente que su claridad, que brilla sobre el rostro de la Iglesia,
ilumine a todos los hombres por medio del anuncio del Evangelio a toda criatura (cf. Mc., 16,
15). Y como la Iglesia es en Cristo como un sacramento o señal e instrumento de la íntima
unión con Dios y de la unidad de todo el género humano, insistiendo en el ejemplo de los
Concilios anteriores, se propone declarar con mayor precisión a sus fieles y a todo el mundo su
naturaleza y su misión universal. Las condiciones de estos tiempos añaden a este deber de la
Iglesia una mayor urgencia, para que todos los hombres, unidos hoy más íntimamente por toda
clase de relaciones sociales, técnicas y culturales, consigan también la plena unidad en Cristo.
El Padre Eterno creó el mundo universo por un libérrimo y misterioso designio de su sabiduría
y de su bondad; decretó elevar a los hombres a la participación de su vida divina y, caídos por
el pecado de Adán, no los abandonó, dispensándoles siempre su ayuda, en atención a Cristo
Redentor, "que es la imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura" (Col., 1, 15). A
todos los elegidos desde toda la eternidad el Padre "los conoció de antemano y los predestinó
a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que éste sea el primogénito entre muchos
hermanos" (Rom., 8, 29). Determinó convocar a los creyentes en Cristo en la Santa Iglesia, que
fue ya prefigurada desde el origen del mundo, preparada admirablemente en la historia del
pueblo de Israel y en el Antiguo Testamento[1], constituida en los últimos tiempos,
manifestada por la efusión del Espíritu Santo, y que se perfeccionará gloriosamente al fin de los
tiempos. Entonces, como se lee en los Santos Padres, todos los justos descendientes de Adán,
"desde Abel el justo hasta el último elegido"[2], se congregarán junto al Padre en una Iglesia
universal.
Vino, pues, el Hijo, enviado por el Padre, que nos eligió en El antes de la creación del mundo, y
nos predestinó a la adopción de hijos, porque en El se complugo restaurar todas las cosas (cf.
Ef., 1, 4-5 y 10). Por eso Cristo, para cumplir la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el reino
de los cielos, nos reveló su misterio y efectuó la redención con su obediencia. La Iglesia, o reino
de Cristo, presente ya en el misterio, crece visiblemente en el mundo por el poder de Dios.
Comienzo y expansión significada de nuevo por la sangre y el agua que manan del costado
abierto de Cristo crucificado (cf. Jn., 19, 34) y preanunciadas por las palabras de Cristo alusivas
a su muerte en la cruz: "Y yo, si fuere levantado de la tierra, atraeré todos a mí" (Jn., 12, gr.).
Cuantas veces se renueva sobre el altar el sacrificio de la cruz, "en el cual nuestra Pascua,
Cristo, ha sido inmolada" (1 Cor., 5, 7), se efectúa la obra de nuestra redención. Al propio
tiempo en el sacramento del pan eucarístico se representa y se reproduce la unidad de los
fieles, que constituyen un solo cuerpo en Cristo (cf. 1 Cor., 10, 17). Todos los hombres son
llamados a esta unión con Cristo, luz del mundo, de quien procedemos, por quien vivimos y
hacia quien caminamos.
Consumada, pues, la obra que el Padre confió al Hijo en la tierra (cf. Jn., 17, 4) fue enviado el
Espíritu Santo en el día de Pentecostés, para que continuamente santificara a la Iglesia, y de
esta forma los creyentes pudieran acercarse por Cristo al Padre en un mismo Espíritu (cf. Ef., 2,
18). El es el Espíritu de la vida, o la fuente del agua que salta hasta la vida eterna (cf. Jn., 4, 14;
7, 38-39), por quien vivifica el Padre a todos los muertos por el pecado hasta que resucite en
Cristo sus cuerpos mortales (cf. Rom., 8, 10-11). El Espíritu habita en la Iglesia y en los
corazones de los fieles como en un templo (1 Cor., 3, 16; 6, 19) y en ellos ora y da testimonio de
la adopción de hijos (cf. Gál., 4, 6; Rom., 8, 15-16 y 26). Con diversos dones jerárquicos y
carismáticos dirige y enriquece con todos sus frutos a la Iglesia (cf. Ef. 4, 11-12; 1 Cor. 12, 4;
Gal., 5, 22), a la que guía hacia toda verdad (cf. Jn., 16, 13) y unifica en comunión y ministerio.
Con la fuerza del Evangelio hace rejuvenecer a la Iglesia, la renueva constantemente y la
conduce a la unión consumada con su Esposo[3]. Pues el Espíritu y la Esposa dicen al Señor
Jesús: "[exclamdown]Ven!" (cf. Apoc., 22, 17).
Así se manifiesta toda la Iglesia como "una muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo"[4].
5. EL REINO DE DIOS
El misterio de la santa Iglesia se manifiesta en su fundación. Pues nuestro Señor Jesús dio
comienzo a su Iglesia predicando la buena nueva, es decir, el Reino de Dios prometido muchos
siglos antes en las Escrituraas: "Porque el tiempo se cumplió y se acercó el Reino de Dios" (Mc.,
1, 15; cf. Mt., 4, 17). Ahora bien: este Reino brilla delante de los hombres por la palabra, por las
obras y por la presencia de Cristo. La palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el
campo (Mc., 4, 14); quienes la reciben con fidelidad y se unen a la pequeña grey (Lc., 12, 32) de
Cristo, recibieron el Reino: la semilla va germinando poco a poco por su vigor interno, y va
creciendo hasta el tiempo de la siega (cf. Mc., 4, 26-29). Los milagros, por su parte, prueban
que el Reino de Jesús ya vino sobre la tierra: "Si expulso los demonios por el poder de Dios, sin
duda que el Reino de Dios ha llegado a vosotros" (Lc., 11, 20; cf. Mt., 12, 28). Pero, sobre todo,
el Reino se manifiesta en la Persona del mismo Hijo del Hombre, que vino "a servir, y a dar su
vida para redención de muchos" (Mc., 10, 45).
Pero habiendo resucitado Jesús, después de morir en la cruz por los hombres, apareció
constituido como Señor, como Cristo y como Sacerdote para siempre (cf. Hech., 2, 36; Heb., 5,
6; 7, 17-21), y derramó en sus discípulos el Espíritu prometido por el Padre (cf. Hech., 2, 33).
Por eso la Iglesia, enriquecida con los dones de su Fundador, observando fielmente sus
preceptos de caridad, de humildad y de abnegación, recibe la misión de anunciar el Reino de
Cristo y de Dios, de establecerlo en medio de todas las gentes, y constituye en la tierra el
germen y el principio de este Reino. Ella, en tanto, mientras va creciendo poco a poco anhela el
Reino consumado, espera con todas sus fuerzas, y desea ardientemente unirse con su Rey en la
gloria.
Como en el Antiguo Testamento la revelación del Reino se propone muchas veces bajo figuras,
así ahora la íntima naturaleza de la Iglesia se nos manifiesta también bajo diversas imágenes,
tomadas de la vida pastoril, de la agricultura, de la construcción, de la familia y de los
esponsales, que ya se vislumbran en los libros de los profetas.
Porque la Iglesia es un "redil", cuya única y obligada puerta es Cristo (Jn., 10, 1-10). Es también
una grey, de la cual Dios mismo anunció que sería el Pastor (cf. Is., 40, 11; Ez., 34, 11 y ss.) y
cuyas ovejas, aunque aparezcan conducidas por pastores humanos, son guiadas y nutridas
constantemente por el mismo Cristo, buen Pastor y Jefe de pastores (cf. Jn., 10, 11; 1 Ped., 5,
4), que dio su vida por las ovejas (cf. Jn., 10, 11-16).
La Iglesia es "campo de labranza" o arada de Dios (1 Cor., 3, 9). En este campo crece el vetusto
olivo, cuya santa raíz fueron los patriarcas, en el cual se efectuó y concluirá la reconciliación de
los Judíos y de los Gentiles (Rom., 11, 13-26). El celestial Agricultor la plantó como viña elegida
(Mat., 21, 33-43 par.: cf. Is., 5, 1 y ss.). La verdadera vid es Cristo, que comunica la savia y la
fecundidad a los sarmientos, es decir, a nosotros, que permanecemos en El por medio de la
Iglesia y sin el cual nada podemos hacer (Jn., 15, 1-5).
Muchas veces también la Iglesia se llama "edificación" de Dios (1 Cor., 3, 9). El mismo Señor se
comparó a una piedra rechazada por los constructores, pero que fue puesta como piedra
angular (Mt., 21, 42 par.; cf. Hech., 4, 11; 1 Pe., 2, 7; Salm., 117, 22). Sobre aquel fundamento
levantan los apóstoles la Iglesia (cf. 1 Cor., 3, 11) y de él recibe firmeza y cohesión. A esta
edificación se le dan diversos nombres: casa de Dios, (1 Tim., 3, 15) en que habita su "familia",
habitación de Dios en el Espíritu (Ef., 2, 19-22), tienda de Dios con los hombres (Apoc., 21, 3) y
sobre todo "templo" santo, que los Santos Padres celebran representado con los santuarios de
piedra, y en la liturgia se compara justamente a la Ciudad santa, la nueva Jerusalén[5]. Porque
de ella formamos parte aquí en la tierra como piedras vivas (1 Pe., 2, 5). San Juan, en la
renovación final del mundo, contempla esta ciudad que baja del cielo, de junto a Dios, ataviada
como una esposa que se engalana para su esposo (Apoc., 21, 1 y s.).
La Iglesia, que es llamada también "la Jerusalén celestial" y "madre nuestra" (Gál., 4, 26; cf.
Apoc., 12, 17), se representa como la inmaculada "esposa" del Cordero inmaculado (Apoc., 19,
1; 21, 2 y 9; 22, 17), a la que Cristo "amó y se entregó por ella, para santificarla" (Ef., 5, 26), a la
que unió consigo con alianza indisoluble y sin cesar la "alimenta y cuida" (Ef., 5, 29), y a la que,
limpia de toda mancha, quiso unida a sí y sujeta por el amor y la fidelidad (cf. Ef., 5, 24), a la
que, por fin, enriqueció para siempre con tesoros celestiales, para que podamos comprender la
caridad de Dios y de Cristo para con nosotros, que supera todo conocimiento (cf. Ef., 3, 19).
Pero mientras la Iglesia peregrina en esta tierra lejos del Señor (cf. 2 Cor., 5, 6), se considera
como desterrada, de forma que busca y aspira a las cosas de arriba, donde está Cristo sentado
a la diestra de Dios, donde la vida de la Iglesia está escondida con Cristo en Dios, hasta que se
manifieste gloriosa con su Esposo (cf. Col., 3, 1-4).
La vida de Cristo en este cuerpo se comunica a los creyentes, que se unen misteriosa y
realmente a Cristo paciente y glorificado por medio de los sacramentos[6]. Por el bautismo nos
configuramos con Cristo: "Porque también todos nosotros hemos sido bautizados en un solo
Espíritu para formar un solo cuerpo" (1 Cor., 12, 13). Rito sagrado con que se representa y
efectúa la unión con la muerte y resurrección de Cristo: "Con El hemos sido sepultados por el
bautismo, para participar en su muerte", mas si "hemos sido injertados en El por la semejanza
de su muerte, también lo seremos por la de su resurrección" (Rom., 6, 4-5). En la fracción del
pan eucarístico, participando realmente del cuerpo del Señor, nos elevamos a una comunión
con El y entre nosotros mismos. Puesto que hay un solo pan, aunque somos muchos,
formamos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan" (1 Cor., 10, 17). Así todos
nosotros quedamos hechos miembros de su Cuerpo (cf. I Cor., 12, 27), "pero cada uno es
miembro del otro" (Rom., 12, 5).
Pero como todos los miembros del cuerpo humano, aunque sean muchos, constituyen un
cuerpo, así los fieles en Cristo (cf. 1 Cor., 12, 12). También en la constitución del cuerpo de
Cristo hay variedad de miembros y de funciones. Uno mismo es el Espíritu, que distribuye sus
diversos dones, para el bien de la Iglesia, según su riqueza y la diversidad de las funciones (cf. 1
Cor., 12, 1-11). Entre todos estos dones sobresale la gracia de los Apóstoles, a cuya autoridad
subordina el mismo Espíritu incluso a los carismáticos (cf. 1 Cor., 14). Unificando el cuerpo, el
mismo Espíritu por sí y con su virtud y por la interna conexión de los miembros, produce y
estimula la caridad entre los fieles. Por tanto, si un miembro sufre, todos los miembros sufren
con él; o si un miembro es honrado, gozan juntamente con él todos los miembros (cf. 1 Cor., 12,
26).
La Cabeza de este cuerpo es Cristo. El es la imagen del Dios invisible, y en El fueron creadas
todas las cosas. El es antes que todos, y todo subsiste en El. El es la cabeza del cuerpo que es la
Iglesia. El es el principio, el primogénito de los muertos, para que tenga la primacía sobre todas
las cosas (cf. Col., 1, 15-18). El domina con la excelsa grandeza de su poder los cielos y la tierra
y con su eminente perfección y con su acción colma de riquezas todo su cuerpo glorioso (cf. Ef.,
1, 18-23)[7].
Es necesario que todos los miembros se asemejen a El hasta que Cristo quede formado en ellos
(cf. Gál., 4, 19). Por eso somos incorporados a los misterios de su vida, conformes con El,
muertos y resucitados juntamente con El, hasta que reinemos con El (cf. Filp., 3, 21; 2 Tim., 2,
11; Ef., 2, 6; Col., 2, 12, etc.). Peregrinos todavía sobre la tierra, siguiendo sus huellas en el
sufrimiento o en la persecución, nos unimos a sus dolores como el cuerpo a la Cabeza,
padeciendo con El, para ser con El glorificados (cf. Rom., 8, 17).
Por El "el cuerpo entero, alimentado y trabado por las coyunturas y ligamentos, crece con
crecimiento divino" (Col., 2, 19). El dispensa constantemente en su cuerpo, es decir, en la
Iglesia, los dones para las funciones con los que por virtud de El mismo nos ayudamos
mutuamente en orden a la salvación, para que siguiendo la verdad en la caridad, crezcamos
por todos los medios en El, que es nuestra Cabeza (cf. Ef., 4, 11-16).
Mas para que incesantemente nos renovemos en El (cf. Ef., 4, 23), nos concedió participar de su
Espíritu, que siendo uno mismo en la Cabeza y en los miembros, de tal forma vivifica, unifica y
mueve todo el cuerpo, que su operación pudo ser comparada por los Santos Padres con el
servicio que realiza el principio de la vida, o el alma, en el cuerpo humano[8].
Cristo, por cierto, ama a la Iglesia como a su propia Esposa, como el varón que amando a su
mujer ama su propio cuerpo (cf. Ef., 5, 25-28); pero la Iglesia, por su parte, está sujeta a su
Cabeza (ibid., 23-24). "Porque en El habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad"
(Col., 2, 9), colma de bienes divinos a la Iglesia, que es su cuerpo y su plenitud (cf. Ef., 1, 22-23),
para que ella anhele y consiga toda la plenitud de Dios (cf. Ef., 3, 19).
Cristo, Mediador único, estableció su Iglesia santa, comunidad de fe, de esperanza y de caridad
en este mundo como una trabazón visible y la sustenta constantemente[9], y por ella comunica
a todos la verdad y la gracia. Pero la sociedad dotada de órganos jerárquicos y el Cuerpo
místico de Cristo, la reunión visible y la comunidad espiritual, la Iglesia terrestre y la Iglesia
dotada de bienes celestiales, no han de considerarse como dos cosas, porque forma una
realidad completa, constituida por un elemento humano y otro divino[10]. Por esta profunda
analogía se asimila al Misterio del Verbo encarnado. Pues como la naturaleza asumida sirve al
Verbo divino como órgano de salvación a El indisolublemente unido, de forma semejante la
unión social de la Iglesia sirve al Espíritu de Cristo, que la vivifica, para el incremento del cuerpo
(cf. Ef., 4, 16)[11].
Esta es la única Iglesia de Cristo, que en el Símbolo confesamos una, santa, católica y
apostólica[12], la que nuestro Salvador confió después de su resurrección a Pedro para que la
apacentara (Jn., 24, 17), confiándole a él y a los demás Apóstoles su difusión y gobierno (cf.
Mt., 28, 18, etc.), y la erigió para siempre como "columna y fundamento de la verdad" (I Tim.,
3, 15).
Esta Iglesia, constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia
católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él[13], aunque
puedan encontrarse fuera de ella muchos elementos de santificación y de verdad que, como
dones propios de la Iglesia de Cristo, inducen hacia la unidad católica.
La Iglesia "va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios"[14],
anunciando la cruz y la muerte del Señor, hasta que El venga (cf. 1 Cor., 11, 26). Se vigoriza con
la fuerza del Señor resucitado, para vencer con paciencia y con caridad sus propios
sufrimientos y dificultades internas y externas, y manifiesta fielmente en el mundo el misterio
de Cristo, aunque entre penumbras, hasta que al fin de los tiempos se descubra con todo
esplendor.
CAPITULO 2: EL PUEBLO DE DIOS
En todo tiempo y lugar son aceptos a Dios los que le temen y practican la justicia (cf. Hech., 10,
35). Quiso, sin embargo, el Señor santificar y salvar a los hombres no individualmente y
aislados entre sí, sino constituir con ellos un pueblo que le conociera en la verdad y le sirviera
santamente. Eligió como pueblo suyo el pueblo de Israel, con quien estableció un pacto, y a
quien instruyó gradualmente, manifestándosele a Sí mismo y sus divinos designios a través de
su historia y santificándolo para Sí. Pero todo esto lo realizó como preparación y símbolo del
nuevo pacto perfecto que había de efectuarse en Cristo, y de la plena revelación que había de
hacer por el mismo Verbo de Dios hecho carne: "He aquí que llega el tiempo, dice el Señor, y
haré un nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. Pondré mi ley en sus entrañas y
la escribiré en sus corazones, y seré Dios para ellos, y ellos serán mi pueblo... Todos, desde el
pequeño al mayor me conocerán, afirma el Señor" (Jer., 31, 31-34). Pacto nuevo que estableció
Cristo, es decir, el Nuevo Testamento en su sangre (cf. 1 Cor., 11, 25), convocando un pueblo de
entre los judíos y los gentiles, que se fundiera en unidad, no según la carne, sino en el Espíritu,
y constituyera el nuevo Pueblo de Dios. Pues los que creen en Cristo, renacidos de un germen
no corruptible, sino incorruptible, por la palabra de Dios vivo (cf. 1 Ped., 1, 23), no de la carne,
sino del agua y del Espíritu Santo (cf. Jn., 3, 5-6), constituyen por fin "un linaje escogido, un
sacerdocio real, una nación santa, un pueblo de su patrimonio... que en un tiempo no era ni
siquiera un pueblo y ahora es pueblo de Dios" (1 Pe., 2, 9-10).
Ese pueblo mesiánico tiene por Cabeza de Cristo, "que fue entregado por nuestros pecados y
resucitó para nuestra salvación" (Rom., 4, 25), y habiendo conseguido un nombre que está
sobre todo nombre, reina gloriosamente en los cielos. Tiene por condición la dignidad y
libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo.
Tiene por ley el mandato del amor, como el mismo Cristo nos amó (cf. Jn., 13, 14). Tiene
últimamente como fin la dilatación del Reino de Dios, incoado por el mismo Dios en la tierra,
hasta que sea consumado por El mismo al fin de los tiempos, cuando se manifieste Cristo,
nuestra vida (cf. Col., 3, 4), y "la misma criatura será libertada de la servidumbre de la
corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios" (Rom., 8, 21). Aquel
pueblo mesiánico, por tanto, aunque de momento no abrace a todos los hombres, y muchas
veces aparezca como una pequeña grey, es, sin embargo, el germen firmísimo de unidad, de
esperanza y de salvación para todo el género humano. Constituido por Cristo en orden a la
comunión de vida, de caridad y de verdad, es también como instrumento suyo de la redención
universal y es enviado a todo el mundo como luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt., 5, 13-16).
Así como el pueblo de Israel, según la carne, peregrino del desierto, es llamado alguna vez
Iglesia de Dios (cf. 2 Esdr., 13, 1; cf. Núm., 20, 4; Deut., 23, 1 ss.), así el nuevo Israel, que va
avanzando en este mundo en busca de la ciudad futura y permanente (cf. Heb., 13, 14) se llama
también Iglesia de Cristo (cf. Mt., 16, 18), porque El la adquirió con su sangre (cf. Hech., 20, 28),
la llenó de su Espíritu y la proveyó de medios aptos para una unión visible y social. La
congregación de todos los creyentes que miran a Jesús como autor de la salvación y principio
de la unidad y de la paz, es la Iglesia convocada y constituida por Dios, para que sea para todos
y cada uno sacramento visible de esta unidad salvífica[15]. Rebasando todos los límites de
tiempos y de lugares, entra en la historia humana para extenderse a todas las naciones.
Caminando, pues, la Iglesia a través de peligros y de tribulaciones, de tal forma se ve
confortada por la fuerza de la gracia de Dios que el Señor le prometió, que en la debilidad de la
carne no pierde su fidelidad absoluta, sino que persevera siendo digna esposa de su Señor, y no
deja de renovarse a sí misma bajo la acción del Espíritu Santo, hasta que por la cruz llegue a la
luz sin ocaso.
Cristo Señor, Pontífice tomado de entre los hombres (cf. Heb., 5, 1-5), hizo de su nuevo pueblo
"reino y sacerdote para Dios, su Padre" (cf. Apoc., 1, 6; 5, 9-10). Pues los bautizados son
consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo por la regeneración y por la unción del
Espíritu Santo, para que por medio de todas las obras del cristiano ofrezcan sacrificios
espirituales y anuncien las maravillas de quien los llamó de las tinieblas a su luz admirable (cf. 1
Pe., 2, 4-10). Por ello todos los discípulos de Cristo, perseverando en la oración y alabanza a
Dios (cf. Hech., 2, 42, 47), han de ofrecerse a sí mismos como hostia viva, santa y grata a Dios
(cf. Rom., 12, 1), han de dar testimonio de Cristo en todo lugar, y a quien se la pidiere han de
dar también razón de la esperanza que tienen en la vida eterna (cf. 1 Pe., 3, 15).
Los fieles todos, de cualquier condición y estado que sean, fortalecidos por tantos y tan
poderosos medios, son llamados por Dios, cada uno por su camino, a la perfección de la
santidad con la que el mismo Padre es perfecto.
El Pueblo santo de Dios participa también del don profético de Cristo, difundiendo su vivo
testimonio sobre todo por la vida de fe y de caridad, ofreciendo a Dios el sacrificio de la
alabanza, el fruto de los labios que bendicen su nombre (cf. Heb., 13, 15). La universalidad de
los fieles que tiene la unción del que es Santo (cf. 1 Jn., 2, 20 y 27) no puede fallar en su
creencia, y ejerce ésta su peculiar propiedad mediante el sentimiento sobrenatural de la fe de
todo el pueblo, cuando "desde los Obispos hasta los últimos fieles seglares"[22] manifiesta el
asentimiento universal en las cosas de fe y de costumbres. Con ese sentido de la fe que el
Espíritu Santo mueve y sostiene, el Pueblo de Dios, bajo la dirección del sagrado magisterio, al
que sigue fielmente, recibe, no ya la palabra de los hombres, sino la verdadera palabra de Dios
(cf. 1 Tes., 2, 13), se adhiere indefectiblemente a la fe confiada una vez a los santos (cf. Jud., 3),
penetra profundamente con rectitud de juicio y la aplica más íntegramente en la vida.
Además, el mismo Espíritu Santo, no solamente santifica y dirige al pueblo de Dios por los
Sacramentos y los ministerios y lo enriquece con las virtudes, sino que "distribuyendo sus
dones a cada uno según quiere" (1 Cor., 12, 11), reparte entre toda clase de fieles, gracias
incluso especiales, con las que los dispone y prepara para realizar variedad de obras y de
oficios provechosos para la renovación y más amplia y provechosa edificación de la Iglesia,
según aquellas palabras: "A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común
utilidad" (1 Cor., 12, 7). Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más sencillos y
comunes, por el hecho de que son muy conformes y útiles a las necesidades de la Iglesia, hay
que recibirlos con agradecimiento y consuelo. Los dones extraordinarios no hay que pedirlos
temerariamente, ni hay que esperar de ellos con presunción los frutos de los trabajos
apostólicos; pero el juicio sobre su autenticidad y sobre su aplicación pertenece a los que
tienen autoridad en la Iglesia, a quienes sobre todo compete no apagar el Espíritu, sino
probarlo todo y quedarse con lo bueno (cf. 1 Tes., 5, 12 y 19-21).
Todos los hombres son llamados a formar parte del Pueblo de Dios. Por lo cual este pueblo,
siendo uno y único, ha de abarcar el mundo entero y todos los tiempos, para cumplir los
designios de la voluntad de Dios, que creó en el principio una sola naturaleza humana, y
determinó congregar en un conjunto a todos sus hijos, que estaban dispersos (cf. Jn., 11, 52).
Para ello envió Dios a su Hijo, a quien constituyó heredero universal (cf. Heb., 1, 2), para que
fuera Maestro, Rey y Sacerdote de todos, Cabeza del nuevo y universal pueblo de los hijos de
Dios. Para ello, por fin, envió al Espíritu de su Hijo, Señor y Vivificador, que es para toda la
Iglesia y para todos y cada uno de los creyentes principio de unión y de unidad en la doctrina
de los Apóstoles y en la comunión, en la fracción del pan y en la oración (cf. Hech., 2, 42, gr.).
Así, pues, entre todas las gentes de la tierra está el Pueblo de Dios, porque de todas recibe los
ciudadanos de su Reino, no terreno, sino celestial. Pues todos los fieles esparcidos por el haz
de la tierra están en comunión con los demás en el Espíritu Santo, y así "el que habita en Roma
sabe que los indios son también sus miembros"[23]. Pero como el Reino de Cristo no es de este
mundo (cf. Jn., 18, 36), la Iglesia, o Pueblo de Dios, introduciendo este Reino, no arrebata a
ningún pueblo ningún bien temporal, sino al contrario fomenta y recoge todas las cualidades,
riquezas y costumbres de los pueblos en cuanto son buenas, y recogiéndolas, las purifica, las
fortalece y las eleva. Pues sabe muy bien que debe recoger juntamente con aquel Rey a quien
fueron dadas en heredad todas las naciones y a cuya ciudad llevan dones y ofrendas [c. Salm.,
71 (72), 10; Is., 60, 4-7; Apoc., 21, 24]. Este carácter de universalidad, que distingue al pueblo
de Dios, es un don del mismo Señor por el que la Iglesia católica tiende eficaz y
constantemente a recapitular la Humanidad entera con todos sus bienes bajo Cristo como
Cabeza, en la unidad de su Espíritu[24].
En virtud de esta catolicidad cada una de las partes presenta sus dones a las otras y a toda la
Iglesia, de suerte que el todo y cada uno de sus elementos se aumentan con todos los que
mutuamente se comunican y tienden a la plenitud en la unidad. De donde resulta que el
Pueblo de Dios no sólo congrega gentes de diversos pueblos, sino que en sí mismo está
integrado por diversos elementos. Porque hay diversidad entre sus miembros, ya según las
funciones, pues algunos desempeñan el ministerio sagrado en bien de sus hermanos, ya según
la condición y ordenación de vida, pues otros muchos en el estado religioso, tendiendo a la
santidad por el camino más estrecho, estimulan con su ejemplo a los hermanos. Así también,
en la comunión eclesiástica existen Iglesias particulares que gozan de tradiciones propias,
permaneciendo íntegro el primado de la Cátedra de Pedro, que preside todo el conjunto de la
caridad[25], defiende las legítimas diferencias, y al mismo tiempo procura que estas
particularidades no sólo no perjudiquen a la unidad, sino incluso cooperen a ella. De aquí
dimanan finalmente entre las diversas partes de la Iglesia los vínculos de íntima comunión de
bienes espirituales, de operarios apostólicos y de recursos económicos. En efecto, los
miembros del Pueblo de Dios son llamados a la comunicación de bienes, y a cada una de las
Iglesias pueden aplicarse estas palabras del apóstol: "El don que cada uno haya recibido,
póngalo al servicio de los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios"
(1 Pe., 4, 10).
Todos los hombres son admitidos a esta unidad católica del Pueblo de Dios, que prefigura y
promueve la paz universal, y a ella pertenecen de varios modos o se destinan tanto los fieles
católicos como los otros cristianos, e incluso todos los hombres en general llamados a la
salvación por la gracia de Dios.
El sagrado Concilio dirige ante todo su atención a los fieles católicos. Enseña, fundado en la
Escritura y en la Tradición, que esta Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación, pues
Cristo es el único Mediador y el camino de salvación, presente a nosotros en su Cuerpo, que es
la Iglesia, y El, inculcando con palabras concretas la necesidad del bautismo (cf. Mt., 16, 16; Jn.,
3, 5), confirmó a un tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el
bautismo como por una puerta. Por lo cual no podrían salvarse quienes, sabiendo que la Iglesia
católica fue instituida por Jesucristo como necesaria, no quisieran entrar o permanecer en ella.
La Iglesia se siente unida por varios vínculos con todos los que se honran con el nombre de
cristianos, por estar bautizados, aunque no profesan íntegramente la fe, o no conservan la
unidad de comunión bajo el Sucesor de Pedro[28]. Pues son muchos los que veneran
efectivamente las Sagradas Escrituras como norma de fe y de vida y muestran un sincero celo
religioso, creen con amor en Dios Padre todopoderoso, y en el Hijo de Dios Salvador[29], están
marcados con el bautismo, con el que se unen a Cristo, e incluso reconocen y reciben en sus
propias Iglesias o comunidades eclesiales otros sacramentos. Muchos de ellos tienen
Episcopado, celebran la sagrada Eucaristía y fomentan la piedad hacia la Virgen Madre de
Dios[30]. Hay que contar también la comunión de oraciones y de otros beneficios espirituales;
más aún: cierta verdadera unión en el Espíritu Santo, puesto que también obra en ellos con su
virtud santificante por medio de dones y de gracias, y a algunos de ellos les dio la fortaleza del
martirio. De esta forma el Espíritu promueve en todos los discípulos de Cristo el deseo y la
acción para que todos se unan en paz, de la manera que Cristo estableció en un rebaño y bajo
un solo Pastor[31]. Para obtener eso la Madre Iglesia no cesa de orar, de esperar y de trabajar,
y exhorta a todos sus hijos a la santificación y renovación, para que la imagen de Cristo
resplandezca con mayores claridades sobre el rostro de la Iglesia.
Por fin, los que todavía no recibieron el Evangelio, están ordenados al Pueblo de Dios por varios
motivos[32]. En primer lugar ciertamente, aquel pueblo a quien se confiaron las alianzas y las
promesas y del que nació Cristo según la carne (cf. Rom., 9, 4-5); pueblo, según la elección,
amadísimo a causa de sus padres; porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables (cf.
Rom., 11, 28-29). Pero el designio de salvación abarca también a aquellos que reconocen al
Creador, entre los cuales están en primer término los Musulmanes, que confesando profesar la
fe de Abraham, adoran con nosotros a un solo Dios, misericordioso, que ha de juzgar a los
hombres en el último día. Este mismo Dios tampoco está lejos de otros que entre sombras e
imágenes buscan al Dios desconocido, puesto que les da a todos la vida, el aliento y todas las
cosas (cf. Hech., 17, 25-28), y el Salvador quiere que todos los hombres se salven (cf. 1 Tim., 2,
4). Pues los que inculpablemente desconocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, y buscan con
sinceridad a Dios, y se esfuerzan bajo el influjo de la gracia en cumplir con obras su voluntad,
conocida por el dictamen de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna[33]. La Divina
Providencia no niega los auxilios necesarios para la salvación a los que sin culpa por su parte no
llegaron todavía a un claro conocimiento de Dios y, sin embargo, se esfuerzan, ayudados por la
gracia divina, en conseguir una vida recta. La Iglesia aprecia todo lo bueno y verdadero que
entre ellos se da, como preparación al Evangelio[34], y dado por quien ilumina a todos los
hombres, para que al fin tengan la vida. Pero más frecuentemente los hombres, engañados por
el Maligno, se hicieron necios en sus razonamientos y trocaron la verdad de Dios por la
mentira, sirviendo a la criatura en lugar del Creador (cf. Rom., 1, 21 y 25), o viviendo y
muriendo sin Dios en este mundo, están expuestos a una horrible desesperación. Por eso, para
la gloria de Dios y la salvación de todos éstos, la Iglesia, recordando el mandato del Señor:
"Predicad el Evangelio a toda criatura" (cf. Mc., 16, 16), promueve con toda solicitud las
misiones.
Como el Padre envió al Hijo, así el Hijo envió a los Apóstoles (cf. Jn., 20, 21), diciendo: "Id y
enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre
hasta la consumación del mundo" (Mt., 28, 18-20). Este solemne mandato de Cristo, de
anunciar la verdad salvadora, la Iglesia lo heredó de los Apóstoles con la misión de llevarla
hasta los confines de la tierra (cf. Hech., 1, 8). De aquí que haga suyas las palabras del Apóstol:
"[exclamdown]Ay de mí si no evangelizara!" (1 Cor., 9, 10), y por eso se preocupa
incansablemente de enviar evangelizadores hasta que queden plenamente establecidas nuevas
Iglesias y éstas continúen la obra evangelizadora. Porque se ve impulsada por el Espíritu Santo
a cooperar para que se cumpla efectivamente el plan de Dios, que puso a Cristo como principio
de salvación para todo el mundo. Predicando el Evangelio mueve a los oyentes a la fe y a la
confesión de la fe, los dispone para el bautismo, los arranca de la servidumbre del error y los
incorpora a Cristo, para que amándolo, crezcan hasta quedar llenos de El. Con su obra consigue
que todo lo bueno que halla depositado en la mente y en el corazón de los hombres, en los
ritos y en las culturas de los pueblos, no solamente no desaparezca, sino que se purifique y se
eleve y se perfeccione para la gloria de Dios, confusión del demonio y felicidad del hombre.
Sobre todos los discípulos de Cristo pesa la obligación de propagar la fe según su propia
posibilidad[35]. Pero, aunque cualquiera puede bautizar a los creyentes, es, no obstante,
propio del sacerdote el consumar la edificación del Cuerpo de Cristo por el sacrificio
eucarístico, realizando las palabras de Dios, dichas por el profeta: "Desde donde sale el sol
hasta el poniente se extiende mi nombre grande entre las gentes, y en todas partes se le ofrece
una oblación pura" (Mal., 1, 11)[36]. Así, pues, ora y trabaja a un tiempo la Iglesia, para que la
totalidad del mundo se incorpore al pueblo de Dios, Cuerpo del Señor y Templo del Espíritu
Santo, y en Cristo, Cabeza de todos, se rinda todo honor y gloria al Creador y Padre universal.
CAPITULO III
CONSTITUCION JERARQUICA DE LA
18. "PROEMIO"
Para apacentar el Pueblo de Dios y acrecentarlo siempre, Cristo Señor instituye en su Iglesia
diversos ministerios ordenados al bien de todo el Cuerpo. Porque los ministros que poseen la
sagrada potestad están al servicio de sus hermanos, a fin de que todos cuantos son miembros
del Pueblo de Dios y gozan, por tanto, de la dignidad cristiana, tiendan libre y ordenadamente a
un mismo fin y lleguen a la salvación.
Este Santo Concilio, siguiendo las huellas del Vaticano I, enseña y declara, a una con él, que
Jesucristo, eterno Pastor, edificó la santa Iglesia enviando a sus Apóstoles como El mismo había
sido enviado por el Padre (cf. Jn., 20, 21) y quiso que los sucesores de éstos, los Obispos, hasta
la consumación de los siglos, fuesen los pastores en su Iglesia. Pero para que el Episcopado
mismo fuese uno solo e indiviso, puso al frente de los demás apóstoles al bienaventurado
Pedro, e instituyó en él el principio visible y perpetuo fundamento[37] de la unidad de fe y de
comunión. El santo Concilio propone nuevamente como objeto firme de fe a todos los fieles
esta doctrina de la institución, perpetuidad, fuerza y razón de ser del sacro primado del
Romano Pontífice y de su magisterio infalible, y prosiguiendo dentro de la misma línea, se
propone, ante la faz de todos, profesar y declarar la doctrina acerca de los Obispos, sucesores
de los Apóstoles, los cuales, junto con el sucesor de Pedro, Vicario de Cristo[38] y Cabeza
visible de toda la Iglesia, rigen la casa del Dios vivo.
El Señor Jesús, después de haber hecho oración al Padre, llamando a sí a los que El quiso, eligió
a los doce para vivir con El y enviarlos después a predicar el Reino de Dios (cf. Mc., 3, 13-19;
Mt., 10, 1-42); a estos Apóstoles (cf. Lc., 6, 13) los fundó a modo de colegio, es decir, de grupo
estable, y puso al frente de ellos, sacándolo de en medio de ellos, a Pedro (cf. Jn., 21, 15-17).
Los envió Cristo, primero a los hijos de Israel, luego a todas las gentes (cf. Rom., 1, 16) para
que, con la potestad que les entregaba, hiciesen discípulos suyos a todos los pueblos, los
santificasen y gobernasen (cf. Mt., 28, 16-20; Mc., 16, 15; Lc., 24, 45-48; Jn., 20, 21-23) y así
dilatasen la Iglesia y la apacentasen, sirviéndola, bajo la dirección del Señor, todos los días
hasta la consumación de los siglos (cf. Mt., 28, 20). En esta misión fueron confirmados
plenamente el día de Pentecostés (cf. Hech., 2, 1-26), según la promesa del Señor: "Recibiréis la
virtud del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos así en Jerusalén como
en toda la Judea y Samaria y hasta el último confín de la tierra" (Hech., 1, 8). Los Apóstoles,
pues, predicando en todas partes el Evangelio (cf. Mc., 16, 20), que los oyentes recibían por
influjo del Espíritu Santo, reúnen la Iglesia universal que el Señor fundó sobre los Apóstoles y
edificó sobre el bienaventurado Pedro, su cabeza, poniendo como piedra angular del edificio a
Cristo Jesús (cf. Apoc., 21, 14; Mt., 16, 18; Ef., 2, 20)[39].
Esta divina misión, confiada por Cristo a los Apóstoles, ha de durar hasta el fin de los siglos (cf.
Mt., 28, 20), puesto que el Evangelio que ellos deben transmitir es el principio de la vida para la
Iglesia en todo tiempo. Por lo cual los Apóstoles, en esta sociedad jerárquicamente organizada,
tuvieron cuidado de establecer sucesores.
En efecto, no sólo tuvieron diversos colaboradores en el ministerio[40], sino que, a fin de que
la misión a ellos confiada se continuase después de su muerte, los Apóstoles, a modo de
testamento, confiaron a sus cooperadores inmediatos el encargo de acabar y consolidar la obra
por ellos comenzada[41], encomendándoles que atendieran a toda la grey en medio de la cual
el Espíritu Santo los había puesto para apacentar la Iglesia de Dios (cf. Hech., 20, 28).
Establecieron, pues, tales colaboradores y dejaron dispuesto que, a su vez, otros hombres
probados, al morir ellos, se hiciesen cargo del ministerio[42]. Entre los varios ministerios que
ya desde los primeros tiempos se ejercitan en la Iglesia, según testimonio de la tradición, ocupa
el primer lugar el oficio de aquellos que, constituidos en el Episcopado, por una sucesión que
surge desde el principio[43], conservan el vástago de la semilla apostólica[44]. Así, según
atestigua San Ireneo, por medio de aquellos que fueron establecidos por los Apóstoles como
Obispos y como sucesores suyos hasta nosotros, se manifiesta[45] y se conserva la tradición
apostólica en el mundo entero[46].
Así, pues, los Obispos, junto con los presbíteros y diáconos[47], recibieron el ministerio de la
comunidad presidiendo en nombre de Dios la grey[48] de la que son pastores, como maestros
de doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros dotados de autoridad[49]. Y así como
permanece el oficio concedido por Dios singularmente a Pedro como a primero entre los
Apóstoles, que debe ser transmitido a sus sucesores, así también permanece el oficio de los
Apóstoles de apacentar la Iglesia que debe ser ejercitado continuamente por el orden sagrado
de los Obispos[50]. Enseña, pues, este sagrado Sínodo que los Obispos han sucedido por
institución divina en el lugar de los Apóstoles[51] como pastores de la Iglesia, y quien a ellos
escucha, a Cristo escucha, y quien los desprecia, a Cristo desprecia y al que le envió (cf. Lc., 10,
16)[52].
Así, pues, en la persona de los Obispos, a quienes asisten los presbíteros, Jesucristo Nuestro
Señor está presente en medio de los fieles como Pontífice Supremo. Porque, sentado a la
diestra de Dios Padre, no está lejos de la congregación de sus pontífices[53], sino que
principalmente, a través de su excelso ministerio, predica la palabra de Dios a todas las gentes
y administra sin cesar los sacramentos de la fe a los creyentes y por medio de su oficio paternal
(cf. 1 Cor., 4, 15) va agregando nuevos miembros a su Cuerpo con regeneración sobrenatural;
finalmente, por medio de su sabiduría y prudencia, orienta y guía al pueblo del Nuevo
Testamento en su peregrinación hacia la eterna felicidad. Estos pastores, elegidos para
apacentar la grey del Señor, son los ministros de Cristo y los dispensadores de los misterios de
Dios (cf. 1 Cor., 4, 1) y a ellos está encomendado el testimonio del Evangelio de la gracia de Dios
(cf. Rom., 15, 16; Hech., 20, 24) y el glorioso ministerio del Espíritu y de la justicia (cf. 2 Cor., 3,
8-9).
Para realizar estos oficios tan altos, fueron los Apóstoles enriquecidos por Cristo con la efusión
especial del Espíritu Santo (cf. Hech., 1, 8; 2, 4; Jn., 20, 22-23) y ellos a su vez, por la imposición
de las manos, transmitieron a sus colaboradores el don del Espíritu (cf. 1 Tim., 4, 14; 2 Tim., 1,
6-7), que ha llegado hasta nosotros en la consagración episcopal[54]. Este santo Sínodo enseña
que con la consagración episcopal se confiere la plenitud del sacramento del Orden, que por
esto se llama en la liturgia de la Iglesia y en el testimonio de los Santos Padres "supremo
sacerdocio" o "cumbre del ministerio sagrado"[55]. Ahora bien: la consagración episcopal,
junto con el oficio de santificar, confiere también los de enseñar y regir, los cuales, sin
embargo, por su naturaleza, no pueden ejercitarse sino en comunión jerárquica con la Cabeza y
miembros del Colegio. En efecto, según la tradición, que aparece sobre todo en los ritos
litúrgicos y en la práctica de la Iglesia tanto de Oriente como de Occidente, es cosa clara que
con la imposición de las manos se confiere la gracia del Espíritu Santo[56] y se imprime el
sagrado carácter[57] de tal manera que los Obispos, en forma eminente y visible, hagan las
veces de Cristo, Maestro, Pastor y Pontífice, y obren en su nombre[58]. Es propio de los
Obispos el admitir, por medio del Sacramento del Orden, nuevos elegidos en el cuerpo
episcopal.
Así como, por disposición del Señor, San Pedro y los demás Apóstoles forman un solo Colegio
Apostólico, de semejante modo se unen entre sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los
Obispos, sucesores de los Apóstoles. Ya la más antigua disciplina, conforme a la cual los
Obispos establecidos por todo el mundo comunicaban entre sí y con el Obispo de Roma con el
vínculo de la unidad, de la caridad y de la paz[59], como también los Concilios convocados[60]
para resolver en común las cosas más importantes[61], contrastándolas con el parecer de
muchos[62], manifiestan la naturaleza y forma colegial propia del orden episcopal. Forma que
claramente demuestran los Concilios ecuménicos que a lo largo de los siglos se han celebrado.
Esto mismo lo muestra también el uso, introducido de antiguo, de llamar a varios Obispos a
tomar parte en el rito de consagración cuando un nuevo elegido ha de ser elevado al ministerio
del sumo sacerdocio. Uno es constituido miembro del cuerpo episcopal en virtud de la
consagración sacramental y por la comunión jerárquica con la Cabeza y miembros del Colegio.
MAPA MENTAL
1. Introducción
5. El Reino de Dios
graph TD
B --> D[Introducción]