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El Poder de La Integridad

Jhon Macarthur

Capitulo 2

LA INTEGRIDAD DOCTRINAL

Un viejo refrán dice: «Todo hombre tiene su


precio». ¿Es eso verdad? ¿Tenemos todos
nosotros normas morales que son válidas sólo
mientras convienen a nuestros objetivos y
deseos personales? ¿0 estamos dispuestos a
poner a un lado nuestros deseos en favor de
esas normas que afirmamos creer?

La historia de la iglesia abunda en personas


que se negaron a transigir en cuanto a las
normas bíblicas. Mientras se hallaba de pie
ante la Dieta de Worms y se le ordenaba que
se retractara de sus escritos si no quería
perder su vida, Martín Lutero no negó a Cristo.
Hugo Latimer y Nicolás Ridley, dos
reformadores ingleses, fueron quemados en la
hoguera por su fe en Cristo.

Esos hombres representan a la gente que no


puede comprarse; ningún precio les hará
venderse.
EL COSTO DE HACER CONCESIONES

Hay una gran falta en la iglesia hoy de


hombres que se aferren a sus convicciones.
Muchos que se llaman cristianos se ufanan de
sus normas morales y alaban su recto
carácter, pero abandonan sus convicciones
cuando hacer concesiones resulta más
beneficioso y oportuno. Quizás usted
reconozca alguna de las situaciones
siguientes:

que dicen creer en la Biblia, pero asisten a


iglesias en donde no se enseña la Biblia.

que están de acuerdo en que el pecado debe


castigarse, pero no si esos pecados son
cometidos por sus hijos.

que se oponen a la deshonestidad y a la


corrupción hasta que deben confrontar a sus
jefes y arriesgarse a perder su empleo.

que mantienen altas normas morales hasta


que relaciones contrarias a la Palabra de Dios
encienden sus deseos.

que son honestas hasta que un pequeño acto


de deshonestidad les ahorrará dinero.
que mantienen una convicción sólo hasta que
ésta es desafiada por alguien a quien admiran
o temen

Lamentablemente, estas concesiones no son


excepciones, sino que se han convertido en la
regla. Pero no piense que los cristianos del
siglo veinte son los únicos expertos en el arte
de hacer concesiones. Las Escrituras están
llenas de personas que comprometieron sus
convicciones, entre ellas algunos grandes
servidores de Dios.

comprometió la ley de Dios, pecó al igual que


su esposa y perdió el paraíso (Gn. 3:6, 22-24).

comprometió la verdad, mintió acerca de su


relación con Sara y casi perdió su esposa (Gn.
12:10-12).

comprometió la Palabra de Dios y envió a


Abraham a Agar, quien concibió a Ismael y
destruyó la paz en el Oriente Medio (Gn. 16:1-
4, 11-12).

comprometió la orden de Dios y perdió el


privilegio de entrar en la tierra prometida (Nm.
20:7-12).

comprometió su devoción como nazareo y


perdió su fuerza, su vista y su vida (Jue. 16:4-
6, 16-31).
comprometió las órdenes del Señor, vivió en
pecado y, cuando peleó contra os filisteos
perdió el arca de Dios También comprometió
la ley de Dios con su pecado e idolatría y
perdió su patria (2 Cr. 36:14-17).

comprometió la palabra divina de Dios al no


matar a los animales de su enemigo y perdió
su reino

comprometió las normas de Dios, cometió


adulterio con Betsabé, asesinó a Urías y perdió
a su bebé

comprometió sus convicciones, se casó con


mujeres extranjeras y perdió el reino unido

comprometió por treinta monedas de plata su


supuesta devoción a Cristo y fue separado de
Él por toda la eternidad (Mt. 26:20-25, 47-49;
27:1-5; cp. Jn. 17:12).

comprometió su convicción acerca de Cristo,


lo negó y perdió su gozo (Mr. 14:66-72). Un
tiempo después, comprometió la verdad con el
objeto de ser aprobado por los judaizantes y
perdió su libertad

y Safira comprometieron su palabra sobre su


ofrenda, le mintieron al Espíritu Santo y
perdieron sus vidas
Estos ejemplos me traen a la mente dos
observaciones. En primer lugar, en cada caso
el efecto de la concesión fue perder algo
valioso a cambio de algo temporal y que no
satisface, de un deseo pecaminoso. ¡Qué
contrario es eso a lo que descubrimos en el
primer capítulo! Allí aprendimos que uno gana
algo valioso (nuestra salvación y relación con
Cristo) a cambio de algo sin valor (nuestro
pecado y fariseísmo).

En segundo lugar, nótese lo que se


comprometió en cada uno de esos ejemplos: o
la Palabra de Dios, un mandamiento divino, o
una convicción acerca de Dios. Así, el
verdadero precio de la concesión es un
rechazo de la Palabra de Dios, lo que viene a
ser un acto de rebelión en contra suya y la
elevación de uno mismo como la autoridad
final.

Ésa es la situación actual en muchas iglesias.


Incluso en las que antes eran genuinamente
evangélicas, donde la Biblia era la norma
divina en cuanto a la creencia y al estilo de
vida, la Palabra de Dios se halla ahora
comprometida. A veces se le quita su claro
significado o es relegada a un lugar de
autoridad secundaria. En muchas iglesias que
antes predicaban la sana doctrina, se
consideran ahora aceptables males que Dios
condena de plano una y otra vez. Las
Escrituras son a menudo reinterpretadas para
acomodarlas a estos conceptos anti bíblicos.
El pragmatismo está de moda; la obediencia a
la verdad bíblica es menospreciada por ser
considerada una pobre estrategia de
mercadotecnia.

El hecho es que la gente se satisface con


nociones no bíblicas que elevan su nivel de
comodidad, y justifican o ignoran sus pecados.
Se apresuran a acusar de falta de amor a
cualquiera que pretenda hacerlos
responsables de sostener creencias
doctrinales y normas morales que ellos
consideran anticuadas e irrelevantes.

Actualmente la iglesia está llena de bebés


espirituales «llevados por doquiera de todo
viento de doctrina, por estratagema de
hombres que para engañar emplean con
astucia las artimañas del error» la antítesis de
un cristiano maduro espiritualmente. Los
bebés espirituales están en constante peligro
de ser presa de toda nueva moda religiosa que
aparezca. Como no están anclados en la
verdad divina, están sujetos a todo tipo de
verdad falsa: humanística, cultista, pagana,
demoníaca, o la que sea. Del mismo modo que
las familias de hoy están dominadas por sus
hijos, también lo están muchas iglesias. ¡Qué
tragedia tan grande es que creyentes
inmaduros de la iglesia estén entre sus
maestros y líderes influyentes!

PROTEGER LA VERDAD

¿Dónde reside el problema? Sin duda alguna,


la culpa se halla fundamentalmente en los
líderes: en los pastores y los dirigentes laicos
cuya responsabilidad es enseñar, guiar y
proteger al pueblo de Dios. Como bien advirtió
Pablo a los ancianos de Éfeso: «Yo sé que
después de mi partida entrarán en medio de
vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al
rebaño; y de entre vosotros mismos se
levantarán hombres que hablarán cosas
perversas para arrastrar tras sí a los
discípulos» Los falsos maestros son
inevitables, y debería ser la responsabilidad de
los líderes estar a su acecho.

Pero también hay un sentido en que el pueblo


debe compartir parte de la culpa. La Palabra
de Dios también está a su alcance, y por eso
no pueden seguir ciegamente su liderazgo
espiritual. Los que han sido edificados y
fortalecidos en la Palabra de Dios son capaces
de discernir la verdad del error, por lo que
tienen el deber, por su propio bienestar
espiritual, de asegurarse de que sus dirigentes
estén a la altura de la norma de las Escrituras.
Todos los creyentes deben actuar como
guardianes de la verdad. Cuando Pablo se
refirió al privilegio de la identidad de Israel, dijo:
«¿Qué ventaja tiene, pues, el judío? ¿o de qué
aprovecha la circuncisión? Mucho, en todas
maneras. Primero, ciertamente, que les ha
sido confiada la palabra de Dios» (Ro. 3:1. 2).
El principal regalo de Dios a Israel fue su
Palabra. La iglesia se halla en la misma
posición, porque Él nos ha confiado el depósito
y la comunicación de su verdad.

Unidad e integridad doctrinal

Antes de que la iglesia pueda cumplir con el


ideal de Dios en cuanto a ella en este mundo,
todos los creyentes deben consagrarse a la
integridad doctrinal. El apóstol Pablo lo
corroboró cuando dijo que uno de los papeles
del pastor-maestro es «la edificación del
cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos a la
unidad de la fe» (Ef. 4:12, 13). Por «fe» Pablo
no se refiere al acto de creer o al de la
obediencia. sino al cuerpo de la verdad
cristiana: la doctrina cristiana. La fe es el
contenido del evangelio en su forma más
completa.

En los últimos años se ha hecho mucho en


cuanto a la necesidad de unificar a la iglesia, y
el resultado que hemos visto dentro de los
círculos evangélicos es la inclusión de todo
tipo de religiones y sectas. Pero ésa no es la
unidad que Dios desea para su iglesia. La
unidad de la fe es imposible, a menos que sea
erigida sobre la verdad establecida y
reconocida. Jesús oró, diciendo: «Santifícalos
en tu verdad: tu palabra es verdad... Y por ellos
yo me santifico a mí mismo, para que ellos
también sean santificados en la verdad. Mas
no ruego solamente por éstos, sino también
por los que han de creer en mí por la palabra
de ellos: para que todos sean uno» (Jn. 17:17-
21, énfasis del autor).

La unidad sólo es posible si es el resultado de


la santificación de los creyentes en la verdad.
El compañerismo que abandona o
menosprecia las doctrinas cruciales de la le no
es unidad cristiana: es una concesión impía.

La verdad de Dios no está fragmentada ni


dividida contra sí misma. Pero cuando su
pueblo lo está, están viviendo apartados de su
verdad y de la fe del conocimiento y
entendimiento correctos. Sólo una iglesia
equipada bíblicamente, sirviendo con fidelidad
y espiritualmente madura puede alcanzar la
unidad de la fe. Cualquier otra unidad existirá
sólo a un nivel puramente humano y estará
separada de la unidad de la fe, así como en
constante conflicto con ella. En la iglesia no
puede haber unidad si no hay integridad
doctrinal.

Depositarios de la verdad

Hoy la iglesia existe en un mundo profetizado


por el apóstol Pablo, quien dijo a Timoteo:
«Vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana
doctrina» (2 Ti. 4:3). A través de la historia, la
iglesia verdadera ha permanecido fiel a la
verdad en medio de las persecuciones de
afuera y de las enseñanzas falsas de adentro.
Hemos recibido ese legado de aquellos que
han partido antes que nosotros. Nuestro único
medio de contrarrestar la tendencia actual de
la claudicación doctrinal es el esfuerzo
renovado de ser depositarios de la verdad, y
de proclamarla y transmitirla sin adulteración a
la generación inmediata de creyentes.

Al igual que la iglesia de hoy, los creyentes de


Éfeso del primer siglo se enfrentaron a la
tentación de comprometer la verdad de la
Palabra de Dios. Éfeso era una ciudad
fervientemente pagana, y el lugar del templo
de la diosa Diana (Artemis), una de las siete
maravillas del mundo antiguo. Tras ministrar
allí por tres años, Pablo conocía muy bien las
presiones y tentaciones de comprometer o
abandonar la verdad. Sus cartas a Timoteo,
que estaba sirviendo como pastor en la iglesia
de Éfeso, están llenas de exhortaciones a vivir,
proclamar y defender la verdad.

En uno de esos pasajes de exhortación, Pablo


establece la misión de la iglesia con la
siguiente imagen: la iglesia es «columna y
baluarte de la verdad» (1 Ti. 3:15). Pablo tomó
prestada esa imagen de las columnas del
templo de Diana: de todas las 127. Del mismo
modo que esos pilares aguantaban el enorme
tejado del templo, la iglesia es el fundamento y
la columna que sostiene a la verdad. Así como
el fundamento y los pilares del templo de Diana
eran un testimonio del error de la falsa religión
pagana, la iglesia ha de ser un testimonio de la
verdad de Dios. Ésa es la misión de la iglesia
en el mundo.

Toda iglesia tiene la solemne responsabilidad


de mantener con firmeza la verdad de la
Palabra de Dios. La iglesia no inventa la
verdad, y la altera sólo al precio del juicio
divino. Dios ha confiado a la iglesia la
mayordomía de las Escrituras, y su deber es
mantener y preservar la Palabra como la
posesión más preciosa sobre la tierra. Las
iglesias que alteran, falsean, menosprecian o
abandonan la verdad bíblica destruyen su
única razón de existir y experimentan la
impotencia y el juicio divino.
Cóm o preservar la Verdad

Aunque mantener la Palabra de Dios es la


responsabilidad colectiva de toda iglesia local,
eso no puede ocurrir a menos que cada
creyente individual se consagre a ese deber.
Hay varios nodos de hacerlo.

Creerla.

Pablo dio el siguiente testimonio ante Félix, el


gobernador romano de Judea: «Así sirvo al
Dios de mis padres, creyendo todas las cosas
que en la ley y en los profetas están escritas»
(Hch. 24:14). Su creencia en la Palabra de
Dios se extendía al Nuevo Testamento. A los
corintios les escribió, diciendo: «Nosotros
también creernos, por lo cual también
hablamos» (2 Co. 4:13). Las muchas
exhortaciones a oír la Palabra también se
refieren a oír con fe. Jesús dijo: «El que oye mi
palabra, y cree al que me envió, tiene vida
eterna; y no vendrá a condenación, mas ha
pasado de muerte a vida» (Jn. 5:24). Usted no
puede mantener la Palabra si no la oye y no la
cree.
Mem orizarla.

El salmista escribió: «En mi corazón he


guardado tus dichos, para no pecar contra ti»
No hasta con oír la Palabra: hay que guardarla
en la memoria. Sólo entonces estaremos
«siempre preparados para presentar
defensa... ante todo el que os demande razón
de la esperanza que hay en vosotros» (1 P.
3:15).

Meditarla.

Josué 1:8 dice: «Nunca se apartará de tu boca


este libro de la ley, sino que de día y de noche
meditarás en él, para que guardes y hagas
conforme a todo lo que en él está escrito:
porque entonces harás prosperar tu camino, y
todo te saldrá bien.» El salmista también
profesa: «iOh, cuánto amo tu ley! Todo el día
es ella ni] meditación» (Sal. 119:97).

Estudiarla.

Pablo instó a Tiroteo: «Procura con diligencia


presentarte a Dios aprobado, como obrero que
no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la
palabra de verdad» (2 Ti. 2:15).
Obedecerla.

Jesús dijo: «Bienaventurados los que oyen la


palabra de Dios, y la guardan» (Lc.1 1:28). y
«Si vosotros permaneciereis en mi palabra,
seréis verdaderamente mis discípulos» (Jn.
8:31). De poco sirve oír la Palabra,
memorizarla, meditar en ella y estudiarla, si
usted no la obedece.

Defenderla.

Pablo dijo a los filipenses que había sido


«puesto para la defensa del evangelio» (Fil.
1:17). La verdad siempre será atacada, y usted
debe estar listo para defenderla con gran vigor.
Es por eso que Judas dijo: «Que contendáis
ardientemente por la fe que ha sido una vez
dada a los santos» La expresión griega
traducida como "contendáis ardientemente" es
epag6niz6. Incluye la palabra griega ag6n, de
la que procede la palabra castellana agonía.
Ag6n se refería, en un principio, a un estadio.
Cuando entramos en el estadio para
involucrarnos en una guerra espiritual,
tenemos que batallar por la pureza de la fe.
Vivirla.

Pablo le recordó a Tito que los creyentes «en


todo adornen la doctrina de Dios nuestro
Salvador» Tener la mente controlada por la
Palabra de Dios produce un comportamiento
piadoso (Col. 3:16).

Proclam arla.

En obediencia al mandato de nuestro Señor,


debemos ir y hacer «discípulos a todas las
naciones. bautizándolos en el nombre del
Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo,
enseñándoles que guarden todas las cosas
que os he mandado» (Mt. 28:19, 20). Pablo
encargó a Timoteo: «Que prediques la palabra:
que instes a tiempo y fuera de tiempo:
redarguye, reprende, exhorta con toda
paciencia y doctrina» (2 Ti. 4:2). El apóstol
escribió a Tito que Dios «a su debido tiempo
manifestó su palabra por medio de la
predicación que me fue encomendada por
mandato de Dios nuestro Salvador» (Tit. 1:3).
«Predicación» es la traducción de kérugma,
que se refería al mensaje que transmitía un
heraldo en nombre del gobernante o de las
autoridades de la ciudad a los que servía. En
el Nuevo Testamento, este término se usa
siempre para la proclamación pública de la
Palabra de Dios, que lleva a los hombres a la
fe salvadora, que los desarrolla en la verdad
divina, y que los fortalece para tener una vida
piadosa.

¡Qué privilegio el nuestro de defender la


verdad que nos ha sido dada por nuestro
Señor! Que cada uno de nosotros seamos
fieles cada día a ese deber, y que en este
proceso de defender la integridad de la
Palabra de Dios, demostremos también
nuestra propia integridad.

PROCLAMAR LA VERDAD

La esencia de la proclamación

La Palabra de Dios es una inmensa e


inagotable mina de verdades espirituales. De
todas esas verdades, ¿cuál es la más
importante a ser defendida y proclamada por
la iglesia? Pablo nos ofrece la respuesta en 1
Timoteo 3:16: «Dios fue manifestado en la
carne, justificado en el Espíritu, visto de los
ángeles. predicado a los gentiles, creído en el
mundo, recibido arriba en gloria.» El mensaje
que predicamos no es otro que Jesucristo; Él
es el centro de lo que enseñamos y
predicamos.
No es raro hoy día oír a pastores y maestros
evangélicos afirmar que el sencillo evangelio
bíblico no es pertinente al hombre moderno.
Dicen que debe ser reforzado y adornado con
diversas adaptaciones culturales para hacerlo
más atractivo y aceptable. ¡Qué atrevimiento
es pensar que un imperfecto y pecaminoso ser
humano pueda mejorar el mismísimo mensaje
de Dios para traer los hombres a Él! Cuando el
evangelio es predicado con claridad a hombres
y mujeres pecadores, el Espíritu Santo
regenerará, en algún momento, a aquéllos a
quienes Dios ha elegido, y éstos creerán y
disfrutarán del beneficio completo de su
elección.

El apóstol Pablo sabía que la fe salvadora que


había sido llamado a predicar, nunca podría
ser producida o mejorada por su propia
sabiduría, inteligencia o persuasión. A la
mundana iglesia de Corinto le escribió:

Nosotros predicamos a Cristo crucificado, para


los judíos ciertamente tropezadero, r para los
gentiles locura; más para los llamados, así
judíos. Cristo poder de Dios, Y sabiduría de
Dios. Porque lo insensato de Dios es más
sabio que los hombres, y lo débil de Dios es
más, fuerte que los que, hermanos, cuando fui
a vosotros para anunciaras el testimonio de
Dios, no fui con excelencia de palabras o de
sabiduría. Pues me propuse no saber entre
vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, V a
éste crucificado.

La sencilla, pero infinitamente poderosa


verdad del evangelio de «Jesucristo, y a éste
crucificado» nunca dejará de suscitar fe
salvadora, a su debido momento, en aquellos
que han sido elegidos por Dios.

La única fuente de esta verdad monumental, el


único mensaje verdadero acerca de Dios, está
manifestado en su Palabra ¿Cómo podría
cualquier pastor o maestro que llame a Cristo
su Señor y Salvador, proclamar otra cosa que
no sea la Palabra de Dios? Toda verdad que
necesitemos para evangelizar se encuentra en
su Palabra: ella es la única simiente que da
vida eterna Cualquier verdad que necesitemos
para edificar a los creyentes está en su
Palabra Esas verdades absolutas, y todas las
demás que tienen que ver con la vida
espiritual, no se hallan sino allí.

Lealtad en el liderazgo

Si bien lo que sigue es responsabilidad de


todos los cristianos, tiene implicaciones
especiales para los que son o piensan
convertirse en pastores, diáconos o ancianos
de la iglesia. La base de toda enseñanza
efectiva de la Palabra de Dios es su
comprensión de esa revelación y su
obediencia a ésta. Por tanto, usted debe ser
inquebrantablemente fiel a las Escrituras.

Pablo le escribió a Tito diciéndole que fuera


«retenedor de la palabra fiel tal como ha sido
enseñada» (Tit. 1:9). «Retener» significa
«aferrarse o adherirse firmemente a algo o a
alguien.» Por tanto, usted debe aferrarse a la
Palabra con ferviente devoción y constante
solicitud. En una palabra. debe amarla: ella es
su alimento espiritual. Usted debe estar
«nutrido con las palabras de la fe y de la buena
doctrina» Eso implica dedicación a la autoridad
y suficiencia de la Palabra de Dios como la
única fuente de verdad moral y espiritual.

El liderazgo en la iglesia no se logra por las


capacidades naturales de una persona, ni por
su educación, sentido común o sabiduría
humana. Se logra por su conocimiento y
comprensión de la Biblia, su consagración a
ella y su sumisión al Espíritu Santo, que aplica
las verdades de la Palabra de Dios en su
corazón y en su vida. El hombre que no se
aferra a la Palabra de Dios y que no se
consagra a vivirla, no está preparado para
predicarla ni enseñarla. La verdad de la
Palabra de Dios debe ser parte intrínseca de
su manera de pensar y de vivir. Sólo entonces
el poder de la integridad del líder causará un
impacto en aquellos que ministra.

Quienes pecan de deslealtad a las Escrituras,


son en gran parte responsables de la
predicación y enseñanza superficial y
egocéntrica que está presente hoy en muchas
iglesias evangélicas. Esa falta es la verdadera
culpable que ha llevado a tantos a convertirse
a lo que consideran importante y, por tanto, a
predicar una psicología indulgente o un
evangelio insípido.

Pero el pastor fiel, como Esdras, tiene


«preparado su corazón para inquirir la ley de
Jehová y para cumplirla, y para enseñar en
Israel sus estatutos y decretos» (Esd. 7:10).
Sabe que la Biblia no es un recurso para
establecer la verdad, sino la fuente de verdad
divinamente revelada. No es un texto
complementario, sino el único texto. Sus
verdades no son opcionales, sino obligatorias.
El propósito del pastor no es hacer las
Escrituras relevantes a su gente, sino
capacitarles para que entiendan la doctrina,
que llega a ser el fundamento de su vida
espiritual.

VIVIR LA VERDAD
No se puede vivir una vida efectiva sin una
sólida comprensión de la doctrina cristiana.
Por eso el apóstol Pablo, en Tito 1: 1. conecta
«el conocimiento de la verdad» con «la
piedad». Más adelante, en la misma epístola,
Pablo dice: «La gracia de Dios se ha
manifestado para salvación a todos los
hombres, enseñándonos que, renunciando a
la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos
en este siglo sobria, justa y piadosamente»
(2:11. 12).

La verdad divina y la piedad están íntimamente


relacionadas. Por muy sinceras que sean
nuestras intenciones, no podemos obedecer la
voluntad de Dios si no sabemos cuál es. No
podemos ser piadosos si no sabemos cómo es
Dios y lo que Él espera de los que le
pertenecen. La verdad de Dios produce
piedad. El comentarista D. Edmond Hiebert
escribe: «Hay una conexión íntima entre la
verdad y la piedad. Una posesión vital de la
verdad es inconsistente con la irreverencia...
La auténtica verdad nunca se desvía de la
senda de la piedad. Una profesión de verdad
que permite que un individuo viva en la
impiedad, es una profesión falsa

En su libro Plensing God (Cómo agradar a


Dios), el teólogo R.C. Sproul explica lo
importante que es una sana doctrina para una
vida piadosa:

Debemos rechazar la falsa dicotomía entre


doctrina y vida. Podemos tener una doctrina
sana sin una vida santa. Pero es
extremadamente difícil avanzar en la
santificación sin una doctrina sana. La sana
doctrina no es una condición suficiente para
producir una vida piadosa. No produce
santificación de manera automática. La sana
doctrina es una condición necesaria para la
santificación. Es un prerrequisito fundamental.
Es como el oxígeno y el fuego. La mera
presencia de oxígeno no garantiza el fuego,
pero no se puede tener fuego sin oxígeno.

Sólo los que se aferran a la Palabra de Dios


como su única fuente de autoridad y conducta,
pueden tener una vida sin concesiones. En el
siguiente capítulo examinaremos cómo

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