Nyros
Eil’wynne
(Sylvaran)
Nuestra historia comienza en la tranquila y aislada tribu humana de los Niall, un grupo devoto al
dios Diancecht, conocido por conceder a sus fieles grandes dones de sanación. Debido a esto,
usualmente los Niall gozaban de algunas peculiaridades respecto a los humanos comunes. Solían
mantenerse en forma con baja actividad física, rara vez caían en enfermedad, y hacía ya muchas
generaciones que sus cabellos fueron aclarándose, hasta alcanzar el color de las nieves, y sus
ojos se tornaban verdosos, de tanto admirar el reino de su dios.
Los Niall estaban ubicados en la aldea de Diandor, ubicada en algún lugar de las Montañas del
Corredor de los Gigantes.
Figura 1: Ubicación aproximada de Diandor
Los Niall vivían en armonía con la naturaleza, manteniendo su fe en las tradiciones y rituales. El
momento más esperado en la tribu era, cada año, la bendición del poder curativo de su dios a
todo joven de la aldea que cumplía los 18 años. Tal evento se celebraba en la plaza central de la
aldea, frente a los ojos de todos los residentes.
Los protagonistas de la ceremonia eran rociados con agua de la gran fuente localizada en la
plaza central, utilizando un pequeño cuenco. Esta fuente portaba un agua limpia y pura que los
Niall consideraban la misma sangre de Diancecht. Cuando un Niall adulto es rociado por esta
agua, despiertan en su interior los poderes curativos de su dios, lo que completa la primera fase
de la ceremonia.
Al momento, la segunda fase comienza. Se coloca un pequeño brote marchito frente a cada uno
de los participantes y estos deben emplear su nuevo don para sanarlo. Lo saludable y fuerte que
resulte el brote será indicador de la resonancia de cada individuo con su don. También se cree
que la forma en la que crezca el brote reflejará la personalidad de la persona que lo devolvió a
la vida.
Una vez ha terminado la ceremonia, el pueblo festeja el evento con música y alimento, y el brote
es transportado a casa de las respectivas familias para ser cuidados por las mismas en su jardín
hasta volverse un robusto árbol. Para los Niall, es gran motivo de orgullo disponer de un jardín
vistoso y poblado, ya que indica la gran afinidad de la familia con Diancecht.
Todo transcurría con la misma calma de siempre en Diandor. Un tranquilo día, un elfo forastero
llegó a la tribu. Era un evento extraño, pero de vez en cuando siempre llegaba algún mercader o
aventurero perdido. El desconocido elfo vestía ropas cómodas y ligeras, así como cabellos
largos y rubios y unos brillantes ojos plateados. Se regía por el nombre Caelum Sylvaran y decía
ser un viajero en busca de paz. Éste se presentó a la tribu como un curioso explorador que
partió antaño en busca de las más grandes maravillas del mundo, sin embargo, tras numerosos
viajes, era hora de asentar cabeza y migrar a un estilo de vida más sosegado.
Rápidamente, Caelum se hizo con la amistad y aceptación de la tribu. Muchas eran las noches en
las que los más jóvenes se reunían alrededor del cobijo de una hoguera mientras escuchaban las
increíbles y trepidantes historias de lugares lejanos que Caelum compartía.
Gracias a su gran carisma y labia, Caelum conoció a Nyssa Eil’wynne, una mujer joven y sabia de
la tribu con la que poco después tuvieron un hijo. El pequeño semielfo recibió el nombre de
Nyros en honor al color de sus ojos y pelo, que recordaban a Nyssa del cielo nocturno.
Pocas semanas después del nacimiento de Nyros, Caelum se marchó prometiendo su regreso,
excusándose en que era incapaz de no acudir al reclamo de la aventura. A cambió, prometió
traer grandes tesoros y maravillas del mundo consigo.
La infancia de Nyros se desarrolló tranquila y normal, siendo criado por su madre y contando
con el apoyo del resto de la aldea. Nyros pasaba tardes pensando en su padre e imaginando su
apariencia, su carácter y las grandes aventuras que estaría viviendo mientras esperaba su
regreso.
Los años pasaron hasta que Nyros alcanzó los 16 años y Caelum regresó en un emotivo
encuentro con su hijo. Como prometió antaño, portaba con él curiosidades y tesoros de lugares
dispares y lejanos. Además, también portaba con él grandes historias que compartir con la tribu
una vez más.
Desde la llegada de su padre, Nyros fue entrenado en el arte de la espada. Muchos eran los días
en los que el cielo sobre ellos se apagaba mientras entrenaban juntos. Ésto nunca le hizo mucha
gracia a Nyssa, ya que los Niall eran una tribu muy pacífica; sin embargo, viendo como se
estrechaban los lazos padre e hijo, pensó que no era para tanto.
Y, como a todo joven de la aldea le ocurre algún día, Nyros alcanzó la adultez.
La ceremonia comenzó como se esperaba. La tribu se reunío alrededor de la gran fuente,
expectantes de la ceremonia de Nyros. Sin embargo, no todo sucedió como se esperaba. Tras
ser rociado con la sangre de Diancecht y disponer del pequeño tallo delante, Nyros trató de
utilizar sus nuevos poderes para salvarlo, sin embargo, el tallo no sanó lo más mínimo.
Ante tal escena, el pueblo Niall intercambiaron miradas con asombro. Pese a que se tiene
constancia de ello, no se recuerda la última vez que un Niall no recivió el don de Diancecht.
Entre ellos, una de las miradas más destacables era la de Caelum, que más que duda parecia
reflejar decepción. Nyros, incrédulo, trató de usar sus poderes repetidas veces, en vano. Tras
ello, recogió su brote y se marchó a casa, avergonzado por tal humillación.
A la mañana siguiente, Caelum desapareció sin dejar rastro. Ningún miembro de la tribu tenía
pista alguna. Tanto Nyssa como Nyros se preocupaban por lo sucedido y por la seguridad de
Caelum.
Las semanas pasaron y el desconcierto se mantenía en la aldea. Suponían que Nyros, por ser
semielfo, no era lo suficientemente puro para Diancecht. La desaparición de Caelum dejaba más
dudas todavía. Algunos teorizaban que su trabajo lo llamaba de nuevo, otros decían que su
desaparición era fruto de un ataque. Nadie se atrevía a señalar a Nyros como fuente de una
posible fuga de su padre.
Los problemas no cesaron ahí, pues una noche de aquellas un grupo entero de hombres
armados llegó para arrasar la tribu. No parecía un grupo de vándalos ni nada por el estilo. Su
organización, vestimenta, armas y armaduras decía claramente que eran un ejército completo.
Era absurdamente extraño, pues la tribu no tenía enemigos. Los soldados arrasaron con todo:
Casas, estatuas, gente, todos vecinos y amigos. El orden militar se perdió al poco tiempo.
Parecían bárbaros mientras entraban casa por casa quemándolas y asesinando a quienes se
encontrasen.
Entraron dos soldados a casa de los Eil’wynne, preparados para repetir la estrategia. Ambos,
madre e hijo, se escondieron en una de las habitaciones, esperando ser descubiertos en
cualquier momento. A Nyssa, en un arrebato de instinto protector, se le ocurrió una mortífera
idea. Se giró hacia Nyros y le dijo que huyera por la ventana en unos instantes.
Acto seguido, Nyssa salió corriendo desde la puerta de la habitación, gritando para llamar la
atención de los asesinos que asediaban su escondrijo. No llegó muy lejos, apenas unos metros,
antes de que uno de aquellos soldados frenase su carrera. La agarró con la brusquedad con la
que se coge un trapo y se la mostró a su compañero, como si de una pequeña presa se tratase.
Nyros se quedó mirando perplejo la escena desde el espacio que había dejado la puerta
entreabierta. Jugaron con ella como si fuera un insecto antes de asesinarla con desprecio y
seguir con su misión en apatía absoluta a su víctima. Obligado a mirar por su propia parálisis,
Nyros captó un detalle en la escena.
Las armaduras portaban un símbolo grabado. Una especie de emblema que debiera representar
al ejército. Guardó esa imagen en su mente, junto con la escena alrededor que jamás llegaría a
olvidar. Huyó de la casa por la ventana como le había ordenado su madre. Todo estaba en
llamas afuera. Comenzó a moverse entre las paredes de las casas, escabulléndose. Sigiloso y
cauto pudo escapar del poblado, hazaña digna de un milagro.
Solo y lleno de rabia e impotencia, Nyros vagó por los bosques y poblados cercanos,
sobreviviendo como pudo y escondiendo sus cabellos y orejas. Semanas más tarde, en la
taberna de uno de aquellos pueblos, escuchó hablar a unos pueblerinos de un ejército que
reclutaba por la zona. Preguntó por ello y le dijeron que “Los Heraldos del Olvido”, el ejército
más honorable de las guerras del este, estaba reclutando por la zona para formar nuevos
pelotones de reclutas. Le dijeron que un cartel colgado en la taberna lo explicaba con mayor
detalle.
“Los Heraldos del Olvido habían llegado a aquellas montañas por razones tácticas y querían
darle una oportunidad a los jovenes guerreros de las aldeas para que demostrasen su valía.” Lo
que leyó después lo dejó atónito. “El ejército con menos bajas de toda la guerra, gracias a la
valía y las estrategias del Gran Comandante Sylvaran.” Finalmente, el cartel estaba firmado por
un símbolo que Nyros reconocería al instante. Aquel grupo, “Los Heraldos del Olvido” fueron
aquellos que destruyeron su hogar, y finalmente supo la verdad: su padre, Caelum Sylvaran, no
solo había traicionado a su madre y a su tribu, sino que también había comandado el ataque que
acabó con ellos.
En realidad, Caelum era un comandante de un lejano ejército, cuyas fuerzas se desgastaban día
a día, año tras año, por las heridas de una de aquellas guerras interminables del este. Llegó a
sus oídos una leyenda sobre Diancecht y la aldea Niall, en la que se decía que todo aquel que
nacía en aquella tribu era bendecido por la deidad con poderes de sanación muy por encima de
la magia común de cualquier clérigo o druida. Con ello en cuenta ideó un plan retorcido:
engendrar un hijo con una mujer de la tribu y usar el vínculo sagrado entre los Niall y su dios
para obtener el poder curativo que tanto ansiaba directamente en su primogénito.
Lleno de odio, Nyros recordó los antiguos rituales de su tribu, pero esta vez no acudió a
Diancecht, el dios que no lo había bendecido. En su lugar, buscó un pacto con un ente sombrío,
lo más alejado posible del dios de su tribu. Formó un vínculo con este ente, el cual le otorgó sus
actuales poderes de Warlock y, como muestra de confianza de la entidad, una espada sombría
que el ser prometía ser procedente de otro mundo.
Ahora, armado con su nuevo poder, Nyros ha jurado destruir a su padre, Caelum, y cualquier
cosa que se interponga en su camino.