El río que devora la voz
Autor: Cristian Andrés Báez
El Paraná siempre tuvo un rumor propio. No era solamente el ruido del agua contra las
barrancas, ni el golpe sordo de las lanchas que amarraban en el viejo puerto. Había algo
más.
Un murmullo que se deslizaba entre las corrientes y que, cuando el sol caía, parecía
transformarse en una respiración.
Los pescadores del pueblo lo sabían, pero no lo decían en voz alta. Al atardecer, cuando
regresaban con sus redes, miraban el agua como quien evita una mirada incómoda. Se
santiguaban al pasar frente a la cruz de palo en la orilla, y callaban.
Matías, hijo de un viejo remero, había crecido con esas advertencias, aunque nunca las creyó
del todo. Para él, el río era una fuerza viva, sí, pero no un monstruo ni un espíritu maligno.
Al menos hasta la noche en que escuchó su nombre bajo el agua.
II
Todo comenzó un verano en que el calor era insoportable. El pueblo parecía hervir. Las
cigarras no callaban ni de noche, y el Paraná bajaba lento, con un olor espeso a barro y a
juncos podridos. Esa noche Matías decidió dormir en el muelle, buscando un poco de fresco.
Llevaba consigo una linterna y una vieja radio portátil. Encendió la radio, pero solo
escuchaba estática. Fue entonces cuando lo oyó.
—Matías…
El sonido venía de abajo, del agua. Era un murmullo alargado, como si el río mismo lo
pronunciara.
Se quedó inmóvil. Pensó que era un engaño del cansancio. Pero lo volvió a escuchar. Su
nombre repetido, flotando en la negrura líquida.
III
Durante los días siguientes trató de convencerse de que había sido un sueño. Sin embargo,
el rumor continuaba. A veces lo llamaba al amanecer, otras en plena siesta, como si la voz
brotara de las honduras invisibles.
Le contó a su amigo Ricardo, un pescador de su misma edad. Este palideció al escucharlo.
—No tenías que responderle —dijo—. Nunca respondas cuando el río te nombra.
Matías se rió, aunque por dentro sintió un escalofrío. Ricardo le explicó que, según los
viejos, quien contestaba al murmullo del Paraná desaparecía sin dejar rastro. Algunos
decían que se los tragaba el río. Otros, que eran llevados a otro mundo, un mundo que se
ocultaba bajo las aguas.
IV
La curiosidad pudo más que el miedo. Una madrugada, Matías llevó su canoa a la mitad del
cauce. El río estaba quieto, como dormido. Se inclinó y dejó que su mano tocara la superficie.
El murmullo surgió de inmediato, más fuerte, más cercano.
—Matías…
Por primera vez, él respondió.
—Aquí estoy —susurró.
El agua se agitó. Una corriente invisible golpeó la canoa. Y durante un instante, antes de
perder el equilibrio, juró ver un rostro debajo: una boca desmesurada que se abría en
silencio, como un abismo que lo esperaba.
Desde esa noche, el pueblo cambió. Animales muertos aparecían en la orilla, como si
hubieran sido chupados desde dentro. Los pescadores escuchaban voces que imitaban a sus
seres queridos, llamándolos desde el río. Nadie se animaba a salir de noche.
Matías comenzó a tener sueños donde caminaba bajo el agua. Allí no había ahogo ni luz, solo
un horizonte infinito de cuerpos flotando. Todos tenían la boca abierta, y de cada boca
surgía un murmullo idéntico al del Paraná.
VI
Su padre lo confrontó.
—Ya respondiste, ¿verdad? —le dijo, con lágrimas en los ojos—. Tu destino está sellado.
Entonces le reveló el secreto de la familia: generaciones atrás, un ancestro había hecho un
pacto con aquello que habitaba en las profundidades. Un intercambio. El río protegería al
pueblo de tormentas y sequías, a cambio de que, cada cierto tiempo, alguien respondiera al
llamado.
El elegido siempre era un Baéz. Y ahora le tocaba a él.
VII
El último día, Matías sintió que la voz lo reclamaba sin descanso. No podía comer, no podía
dormir. Caminaba como un sonámbulo hacia la orilla. El río lo esperaba con su rumor
incesante.
—Matías… ven…
Los vecinos lo observaron en silencio. Nadie lo detuvo. Nadie lo acompañó. Sabían que
resistirse solo traería desgracias.
Matías subió a la canoa y remó hacia la oscuridad. Cuando alcanzó el centro del cauce, se
puso de pie. El agua se abrió como una boca inmensa, y lo devoró sin resistencia.
VIII
Dicen que, desde entonces, el río corre más tranquilo. Que las tormentas ya no golpean con
tanta furia y que las crecidas se han vuelto menos destructivas. Pero también dicen que, en
las noches de calor, si uno se acerca demasiado a la orilla, puede escuchar una nueva voz en
el murmullo del Paraná.
Una voz joven que susurra desde las honduras, esperando la próxima respuesta.