Cap 003
Cap 003
a) Justicia y orden social. – El recto orden de la vida social, dentro del marco
generado por los principios enunciados en los capítulos precedentes, exige un afirme
disposición por parte de los individuos, las agrupaciones menores y el Estado, tendiente a
reconocer a cada una de las partes del todo comunitario aquello que les pertenece.-
Es que para que exista tal orden, para que reine la paz social, es preciso que la acción
de todos los componentes de la comunidad se encuentre presidida y guiada por una
“constante y perpetua voluntad” de dar a cada cual lo que le es debido. Esta conducta tiene,
entonces, un doble efecto: por un lado, en lo inmediato y directo, satisface la situación del
que es sujeto pasivo o acreedor del acto justo; por otro lado, de manera indirecta y mediata
aunque a veces también directa e inmediata, satisface el interés de la sociedad toda en el
cumplimiento de cada acto por el cual se le da a cada uno lo suyo, encuentra reforzada y
asegurada la armonía que es condición indispensable para la paz social y, por ende, el logro
del bien común001.-
El reconocer a cada miembro del todo social y a la comunidad misma lo que en
justicia le pertenece puede también ser expresado a través del principio que la Corte
Suprema de Justicia de los Estados Unidos denomina de “ordenada libertad”002. De
manera sintética, agregamos nosotros, este principio tiene en cuenta la multiplicidad de
opciones que se presentan en la vida de relación –la vida en sociedad– que en general no
reciben respuestas impuestas, pero donde el ejercicio de cada una de ellas se realiza
contemporáneamente con el reconocimiento de los derechos ajenos; es decir, ejerzo mi
derecho sin violar, o bien afirmándolo, el derecho del otro. En este caso, la expresión
“derecho” debe ser tomada tanto con respecto a lo que le pertenece a un individuo como a
un conjunto, incluso el conjunto social. Debe destacarse que la vida en libertad exige
necesariamente el buen orden en el ejercicio de los derechos, lo que normalmente ocurre
por la propia voluntad de las partes. Y sólo excepcionalmente, como veremos, gracias a la
directa acción estatal.-
La disposición firme y perpetua de dar a cada cual lo suyo –de reconocer sus
derechos– es un hábito de la voluntad, es decir, una virtud: la virtud de la justicia.-
Así, de acuerdo con la definición tomista, la justicia es la virtud según la cual “uno
con constante y perpetua voluntad, da a cada cual su derecho”003.-
La realización de la justicia en la vida comunitaria trasciende el ámbito de la moral
individual, puesto que, como lo indica Casares, dicha virtud “es como la estructura ósea de
todo organismo de relaciones humanas”004.-
No debe sorprender, entonces, que se exija la presencia de dicha virtud en la conducta
de agrupaciones sociales, es decir, no sólo de hombres (únicos sujetos de las virtudes
morales) sino de cuerpos que si bien están formados por un conjunto de individuos, tienen
una actuación y responsabilidad independiente de sus miembros.-
Debe tenerse presente, en este sentido, que la virtud de la justicia se da en la
ocurrencia de tres condiciones: el otro (alteridad) como término; lo debido como objeto; la
igualdad como medida1. Debe darse o reconocerse al otro exactamente lo que le
corresponde según su derecho.-
Por ello, a diferencia de lo que ocurre en las otras virtudes, la perfección del acto
justo se establece sólo cuando se entrega al otro lo que le pertenece o corresponde en su
estricta igualdad. Interesa, así, sólo el acto exterior y no la disposición interior.-
De aquí que pueda predicarse como justo o injusto el acto exterior de una persona
ideal –y en este sentido será un acto virtuoso o vicioso–, si bien la calificación moral de
sujeto virtuoso o vicioso sólo corresponde a los seres humanos2.-
Si de acuerdo con lo expuesto en el capítulo anterior, el orden social se basa en el
reconocimiento de la diversidad de competencias entre las distintas agrupaciones sociales,
el ejercicio de esta competencia propia colocará a cada persona ideal como sujeto –activo o
pasivo– de relaciones de alteridad, en las que necesariamente existirán créditos y débitos.-
El someter la conducta de la persona ideal o agrupación de personas, logrando que su
acción externa se ajuste al derecho del otro, corresponde también a la virtud de la justicia,
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la que permitirá valorar la perfección o imperfección del comportamiento de la agrupación
con respecto a sus miembros y con respecto a terceros.-
Es decir que, en la vida social, la virtud de la justicia no sólo debe predicarse con
relación a las conductas –reflejadas en el acto exterior; el acto justo– de los individuos, sino
de las propias agrupaciones sociales y, consecuentemente, de la máxima agrupación social
u órgano superior de conducción de la vida comunitaria, que es el Estado. Habrá así
relaciones de justicia entre individuos, entre los individuos y las organizaciones que
integran, entre las organizaciones entre sí y también con respecto a terceros ajenos a la
organización.-
En consecuencia, la vida práctica de la sociedad es un entramado de relaciones de
justicia. Esta virtud, al dar a cada cual –individuo, agrupación u organización– su derecho,
establece una forma de orden social, el orden justo, en un clima de pacífica y libre
convivencia. Esta convivencia se altera cuando las relaciones son “de injusticia”, es decir,
contradictorias con la realización del acto justo, por el desconocimiento o negación de los
derechos de los otros. La víctima de la injusticia sufre un agravio físico, moral y
psicológico que lo predispones, siquiera, a una violencia interior contra el injusto, aunque
tal sentimiento de violencia no se exteriorice en acciones prácticas, como ocurre en la
mayoría de las situaciones. En este clima social no existe verdadero orden, el orden en
libertad, que no es otra cosa que el ejercicio y disfrute pacífico de los derechos de cada uno,
incluso del cuerpo social. El orden impuesto por las tiranías o sistemas totalitarios –por
definición injustos –es un desorden sustancial, un estado de desequilibrio que sólo logra
mantenerse por la fuerza y por tanto es contrario a la paz.-
Dice Santo Tomás que “la materia de la justicia es la acción exterior con el deber de
proporcionarse a la persona a la que se ordena la justicia. Luego esto es dicho con respecto
a alguien, a quien le es debido según la igualdad de proporción. Se sigue, que el acto propio
de la justicia no es nada más que dar a cada uno lo que le corresponde”3.-
De aquí se sigue lo que ya adelantáramos en el párrafo anterior: las condiciones de la
justicia consisten en el otro como término; lo debido como objeto y la igualdad como
medida.-
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ordenar a unos con relación a otros, significa poner en la actividad de uno la rectitud que
reclaman las cualidades, los títulos y las prerrogativas del otro”4.-
Así, tanto en las relaciones interindividuales como en las intergrupales, como también
en las que vinculan al Estado con los demás grupos sociales y con los individuos, el obrar
exterior de las partes tiene como término el derecho del otro, la alteridad.-
Por tanto, ya sea en línea vertical u horizontal, todas las “comunicaciones” que se
producen en el cuerpo de nuestra pirámide social se encuentran signadas por la virtud de la
justicia, ya que “es lo propio de la justicia, entre todas las otras virtudes, ordenar al hombre
en las cosas que tienen relación con otro”5.-
De ahí que Santo Tomás considere esta virtud como “el bien del otro” 6, a diferencia
de las otras virtudes que sólo producen el bien propio (inmediatamente, se entiende).-
Sólo analógicamente puede decirse que alguien es justo consigo mismo, en tanto que
alguien realiza para sí la conducta que considera ajustada a su propio bien. Por otra parte
sólo se puede ser justo con un igual en la esencia, con otro humano o conjunto de humanos
que precisan de nosotros la realización del acto justo y son, por tanto, acreedores de ello.
También desde un punto de vista analógico podemos afirmar que alguien es justo para con
Dios, aunque Dios estrictamente, nada precisa de nosotros, ya que de lo contrario no sería
perfecto, le faltaría lo que nosotros le estaríamos debiendo y alcanzaría su perfección sólo
cuando nosotros cumpliésemos con lo debido.-
De la misma manera no es posible ser justo con los animales o con las cosas, ya que
ellos no son acreedores nuestros, aunque analógicamente podamos afirmarlo, pero sólo en
el sentido de conveniencia: debemos dar a los animales y a las cosas el trato que les
conviene, muchas veces para nuestra propia satisfacción (el cuidado de un animal que sirve
a nuestra alimentación, el cuidado de una obra de arte que sirve para nuestro solaz espiritual
y el desarrollo de nuestra cultura, etc.).-
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libertad, su fama, dignidad, etcétera. Insistimos en que el “bien del otro” no se agota en
cosas con contenido económico. El “otro” es también acreedor; de todos, con relación a los
derechos que la actual civilización jurídica universal califica como derechos humanos.-
Este “suyo del otro” puede tener diversos contenidos, pero siempre, en el acto de la
virtud de la justicia “hay el reconocimiento de una pertenencia ajena, de una propiedad, de
la dependencia de algo con respecto a alguien”7. Por ello se afirma que el derecho es el
objeto de la justicia8.-
Es que el acto propio de la virtud de la justicia no es sino el reconocimiento del
derecho del otro, lo que nos inclina a ajustar a él nuestra conducta hasta su completa
cancelación, como se verá más adelante. Aquí se encuentra el núcleo del problema de los
“derechos humanos”: algunos, los fundamentales, integran el ámbito de lo que al hombre le
corresponde por su condición de tal y fuera de cualquier circunstancia –como la vida o el
derecho a que la vida propia no sea eliminada por el acto de un tercero– otros sólo pueden
ser ejercidos y por lo tanto reconocidos según las circunstancias –como el derecho a una
vivienda digna– aunque la afirmación del derecho debe actuar como un acicate que mueva
al cuerpo social a lograr que aquellas circunstancias sean favorables para el disfrute
efectivo del derecho.-
Si bien esta cuestión merece un tratamiento especial, cabe desde ya adelantar que
mientras el objeto de la justicia es el derecho del otro, lo que le pertenece, su derecho
subjetivo9, el objeto del derecho es realizar el bien común mediante el orden10.-
En este último sentido se utiliza el término “derecho” como derecho objetivo o
positivo, que tiene por objeto determinar lo propio de cada uno en cada circunstancia, pero
sólo aquello que es propio porque así lo exige la ley natural o –cuando a ella le es
indiferente– porque conviene, incluso circunstancialmente, al buen orden de la vida
comunitaria.-
Si el derecho objetivo busca realizar el bien común, garantiza también –y por ello –el
imperio de la virtud de la justicia en las relaciones comunitarias puesto que, mediante la
coacción, obliga a concretar el acto de justicia, a dar a cada uno lo suyo.-
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Por ello, dice Santo Tomás, que la ley –derecho objetivo– no es “el derecho mismo,
propiamente hablando, sino cierta razón del derecho”11.-
c) La igualdad como medida. – Pero ¿en qué consiste “lo debido al otro”?. Se trata de
conformar nuestro acto exterior al “suyo del otro”, la igualdad o ajuste (de ahí la expresión
justicia) de nuestra conducta al derecho del otro sujeto en la relación jurídica.-
Es la relación de proporción que se establece entre la cosa con la cual pago lo debido
y aquello que es derecho para la persona a la cual hago el pago, según enseña Casares
siguiendo al Doctor Angélico12.-
La virtud es siempre un medio entre dos excesos, y en la virtud de la justicia dicho
medio “consiste en cierta igualdad y proporción entre la cosa exterior y la persona
exterior”13.-
Por lo tanto, la virtud de la justicia consiste en un medio real, ya que si, como quedó
dicho, en dicha virtud no interesa la disposición interior a los efectos de la perfección de su
acto propio, sino sólo la conducta exterior que debe estar ajustada al derecho del otro, la
medida del acto virtuoso se encuentra en la cosa dada, en la prestación, es decir el
contenido del acto que se ajusta a lo que es reclamado, con razón, por el otro como su
propio bien. No basta, entonces, el mero elenco de “derechos y garantías” contenido en
algún documento solemne. Lo importante es que tales derechos y garantías tengan medios
de realización posible, es decir, se efectivicen en prestaciones concretas, en la medida en
que le corresponde a cada acreedor o miembro del cuerpo social.-
Mientras que en las otras virtudes que tratan de nuestra perfección interior el medio
tiene que estar en nosotros mismos, es decir, se trata de un medio subjetivo, en la virtud de
la justicia “el medio se establece fuera y con prescindencia de nosotros; ese medio, esa
proporción, esa igualdad, es objetiva, es real”14.-
Debe tenerse presente que hay diversas formas de igualdad según cuál sea la
naturaleza de lo debido. En consecuencia, la igualdad es un equilibrio o balance entre la
conducta debida y la prestación esperada15, que puede expresarse en términos puramente
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aritméticos o bien geométricos o proporcionales, y en algunos casos –como ocurre con la
justicia general– aun en términos de conveniencia razonablemente considerados.-
Estas tres condiciones o elementos de la justicia se encuentran presentes en cada
relación de justicia concreta. Cuando estas relaciones de justicia son de trascendencia para
el derecho objetivo, para el ordenamiento jurídico, este las considera relaciones jurídicas, es
decir, relaciones de justicia con efectos jurídicos o efectos tomados en cuenta por el
ordenamiento. Toda relación jurídica es una relación de justicia, pero no a la inversa, ya
que existen obligaciones de justicia que resultan intrascendentes para el ordenamiento, lo
que queda librado a la prudencia del legislador, sin perjuicio de la vigencia de la ley
natural. Para esta última, que es también ley moral, toda relación de justicia tiene
trascendencia en cuanto es donde se ejercita el acto virtuoso.-
Resumiendo lo señalado en párrafos anteriores y en orden a identificar claramente el
contenido de la virtud de la justicia, seguiremos el método escolástico, que comienza
afirmando que las virtudes se definen por su objeto.-
Pero el objeto de las virtudes se divide en material y formal, y este último se
subdivide en formal quod y formal quo16.-
El objeto material de una virtud es todo lo que ella alcanza, directa o indirectamente,
y, por tanto, un mismo objeto puede se de dominio común de dos o más virtudes.-
Así, el objeto material de la justicia es la operación exterior y todo lo que esta
alcanza. El arte, lo prudencia política y muchas otras virtudes, aun siendo inmanentes,
tienen también repercusión en el exterior.-
El objeto formal quod, en cambio, es una delimitación del objeto material, el punto de
vista especial con que lo considera la virtud de que se trate.-
En la virtud de la justicia, su objeto formal quod es la acción exterior (objeto
material) en cuanto debe estar ordenada a otro.-
El objeto material quo es la rectitud especial que las virtudes morales introducen en
su materia propia. En la virtud de la justicia, la rectitud especial que esta introduce en el
acto exterior relacionado con el “otro” es la igualdad. En consecuencia, realizar la igualdad
es la perfección última a la que tiende la justicia 17. Se trata , claro está, de una igualdad no
“igualitarista”, es decir, no pretende que todos sean iguales, lo que sería injusto, ya que no
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daría a cada uno o suyo. Una sociedad ordenada según la justicia reconoce las
desigualdades que, en definitiva, resultan de darle a cada uno lo suyo propio. No es lo
mismo ser acreedor de 100 que de 10.000, como no es lo mismo la fama debida a un gran
científico que a un hombre ordinario, o, más aún, a un criminal. Pero no debemos olvidar
que existe un mínimo conceptual –todos tenemos derecho a la fama que nos corresponde–
como un mínimo vital, todos tenemos derecho –como bien propio –a condiciones dignas de
vida según las circunstancias de la sociedad concreta en la que vivimos. Esto es uno de los
temas propios de la justicia social18.-
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dicha igualdad debe establecerse también en vista al efecto que el acto de justicia tiene para
el orden comunitario21.-
En definitiva, según lo afirma Lachance, “la medida última en comparación con la
que el derecho y el título se aprecian, es el bien común”22.-
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Dice Lachance41 que las cosas ordenadas hacia un fin toman su propia “regla del
orden” del mismo fin al que tienden, “pues la mejor disposición que puede tener un
conjunto es la de estar convenientemente ordenado a su fin”.-
En consecuencia, si la regla de orden que se impone a un grupo cualquiera está
extraída de su fin, resulta que el ajuste de este grupo con su fin prima sobre el orden
interno que lo gobierna.-
La justicia general, que ajusta al grupo con su fin, es la “regla del orden” de la
comunidad, y así, es extraída del mismo fin respecto del cual se ajusta, que no es otro que
el bien común.-
Aun cuando se considere que, de un modo estricto, la justicia general no sea una
especie diferenciada de la virtud de la justicia 42, por razones expositivas será conveniente
presentarla como si lo fuese. Sin perjuicio de ello, la justicia general es la virtud que se
encuentra en toda virtud, incluso en el acto propio de la virtud de la justicia distributiva y
de la justicia conmutativa, y así será estudiada por nosotros.-
La justicia general, por ello, no podrá ser aislada en una relación jurídica concreta,
identificada con ella, sino que inspirará a las conductas justas –para que verdaderamente lo
sean– de las justicias distributiva y conmutativa en las relaciones jurídicas que las ponen en
juego.-
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Por ello, en estos últimos casos, la consecuencia de la hipótesis se aplica
imperativamente ante la ocurrencia de la hipótesis por ella prevista. Se trata de las normas
imperativas. No importa aquí la voluntad de las partes: en algunos casos se invalidará la
relación misma (p. ej., matrimonio con impedimentos de ligamen); en otros se
desconocerán sus consecuencias (p. ej., contrato de trabajo por un salario menor que el
mínimo legal, que se considera celebrado por ese mínimo admitido); en otros supuestos, o
conjuntamente, provocará en el Estado una actitud de vigilancia y de sanción,
independientemente de las denuncias de la parte afectada (p. ej., policía de trabajo) o de la
inexistencia de parte afectada alguna en el caso concreto (las denominadas infracciones de
policía).-
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la ley que lo contiene o prevé para su cumplimiento de una manera expresa, objetiva y
directa. Además, según lo visto en el capítulo anterior, sólo el Estado es el responsable de
la realización del bien común. Así no podrían nunca las partes crear, por sí mismas
obligaciones de orden público, ni derogarlas, pues la definición del bien común sólo
compete al Estado.-
Gráficamente esta idea puede expresarse de la siguiente manera:
Justicia general
en la relación de
Justicia justicia particular
particular
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habría campo para la voluntad de los particulares, todo estaría “estatizado”, pues todo
estaría mandado por el legislador –el Estado– y el bien común se resentiría al perder la
riqueza que proviene del pluralismo de las opciones individuales (ver supra, Caps. I y II),
en definitiva garantizadas por la norma clara y terminante del art. 1.197 del mismo cuerpo
jurídico: la autonomía de la voluntad de las partes, al coincidir en la relación jurídica, es la
ley para los comprometidos en aquella concreta relación.-
Sin duda es necesaria la regulación de orden público en los casos donde
indudablemente se encuentren en juego valores,. Objetivos, principios, todos ellos
esenciales para el bien común. Se trata del compelling intrest que justifica, en la
jurisprudencia de la Corte Suprema norteamericana, la limitación por el legislador de
ciertos derechos reconocidos por la Constitución Federal. Un “interés sustancial”, plausible,
razonablemente proporcionado entre el bien que busca proteger y la limitación establecida,
suficiente, apropiado48.-
En los supuestos de la aplicación efectiva y actual de las exigencias de la justicia
general, se trata del “interés sustancial” del Estado de incidir, con una determinada medida
concreta y razonablemente justificada, en las relaciones jurídicas privadas, limitando o
condicionando el pleno desenvolvimiento de la autonomía de la voluntad o capacidad
negocial de las partes.-
La corrección –guiada por la prudencia– de la acción de gobierno consiste en utilizar
esta herramienta sólo en la medida adecuada y, en caso de duda, optar por la libertad de la
iniciativa privada, ya que la experiencia indica que esta es la verdadera impulsora del bien
común, o, dicho de otra manera, que el bien común tiene con respecto a la iniciativa
privada un doble juego de comunicaciones: del bien común hacia la actividad privada,
donde aquel debe generar las condiciones para que esta se desenvuelva ordenadamente y en
plenitud de sus posibilidades; de la actividad privada hacia el bien común, donde aquella,
individualmente y en conjunto, enriquece al bien común y ayuda a su poder distribuidor,
Así, es la actividad privada la que genera la riqueza social que, en tanto que bien común, es
susceptible de ser distribuida por el Estado fomentando a la vez a la actividad privada –
nuevos emprendimientos, nuevos actores, más consumo, etc.– en un ciclo permanentemente
retroalimentado.-
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§ 024. LA JUSTICIA GENERAL Y LAS RELACIONES JURÍDICO–PRIVADAS
INCIDIDAS PARCIALMENTE POR EL DERECHO ADMINISTRATIVO
Resulta oportuno hacer aquí referencia a este tema de gran actualidad en el derecho
administrativo49, ya que el mismo sólo puede ser cabalmente explicado desde la perspectiva
del bien común realizado a través de la virtud de la justicia general.-
Como se verá en los capítulos siguientes, este trabajo propugna la sistematización y
metodización del derecho administrativo, como rama del derecho público que garantiza el
cumplimiento del acto justo en las relaciones de justicia distributiva, y está referido a la
regulación de la relación jurídica Estado (Administración Pública)–administrados.-
Sin embargo, la realidad nos muestra una gran cantidad de situaciones en las que el
derecho administrativo aparece disciplinando relaciones entre particulares, a pesar de que
en ellas sólo los administrados son sujeto activo y pasivo de la relación jurídica, sin que
existan créditos o débitos que comprometan a la Administración Pública con dicha relación
jurídica.-
Rivero Ysern50 sistematiza la incidencia del derecho administrativo en las relaciones
jurídico-privadas, en los siguientes supuestos, todos los cuales precisan de una habilitación
normativa previa.-
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“No se trata –aclara Rivero Ysern 52– de supuestos en los cuales el acto administrativo
es condición de eficacia del negocio jurídico privado (negocios privados sometidos a
autorización administrativa), sino que ahora el acto incide directamente sobre el negocio
limitando la autonomía privada”.-
El resultado de estos actos administrativos constitutivos de relaciones jurídico –
privadas son los llamados “contratos forzosos”, aunque esta calificación no prive al negocio
de su carácter contractual.-
Basta tener presente que, salvo excepciones, este acto administrativo se emite porque
el beneficiario de la constitución forzosa del negocio privado así lo solicita. Pero si,
posteriormente, se negara o desistiera de su solicitud para que la relación jurídico–privada
se constituyera coactivamente, el acto administrativo no se pondría en marcha53.-
Además, una vez constituido el negocio privado en las condiciones impuestas por el
acto administrativo, la vida de aquel transcurre según la libre voluntad de las partes, sin
nuevas injerencias de la Administración Pública.-
Es necesario recordar que estos actos administrativos no gozan de “las características
de la norma jurídica. No son la fuente de la obligación jurídica privada. En efecto, de forma
fundamental, la fuente de estas relaciones de encuentra no en el acto administrativo, sino en
la ley o reglamento donde se prevé la posibilidad de la constitución forzosa de relaciones
jurídico–privadas. Esta posibilidad contemplada en la ley puede ejecutarse de dos formas:
mediante actos administrativos singulares, o bien por la vía de la ley–reglamento–acto
administrativo”54.-
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c) Actos Administrativos Determinantes De Elementos Objetivos De La Relación
Jurídico –Privada. – Es, en estos casos, cuando el acto administrativo, sustentado en una
norma jurídica previa, determina de diferentes formas distintos elementos que hacen al
contenido de las prestaciones emergentes de la relación jurídico –privada. Esta se
constituye mediante el libre acuerdo de las partes y sin precisar de intervención alguna de la
autoridad pública. Pero su contenido queda determinado o limitado por disposiciones
normativas puestas en práctica por los respectivos actos de aplicación.-
Pueden citarse como ejemplos las denominada “policía de subsistencia” o “policía de
abasto”, ene las cuales la intervención administrativa, fundamentalmente en los precios,
estableciendo máximos y mínimos fijos, etc., obedece a imperativos de orden público
económico57.-
También acontece lo mismo en la relación jurídico–laboral, donde los derechos y
deberes de las partes pueden verse interferidos por la intervención administrativa58.-
La tasación de precios, como también la fijación de salarios mínimos en el orden
laboral, es una técnica de policía administrativa que precisa de norma habilitante anterior.
De esta manera se “sustituye parcialmente la voluntad negocial de los particulares por la
voluntad de la Administración”59, autorizada normativamente, en cuanto a determinados
elementos que hacen al contenido de las prestaciones debidas.-
Esta incidencia de la justicia general sobre el contenido de la relación jurídica privada
puede incidir a todos los tipos de acuerdos obligacionales. Así la regla general del art. 953
del Cód. Civil, o, por ejemplo, el régimen establecido por los arts. 7* y 10 de la Ley N*
23.928 (denominada Ley de Convertibilidad) que con la finalidad de interés público
(interés sustancial) de “frenar” el proceso inflacionario, además de derogar a partir del 1*
de abril de 1.991 todas las normas legales o reglamentarias que admitan indexaciones de
precios, actualizaciones monetarias, variaciones de costos o repotenciaciones de deudas,
prohíbe también y establece la inaplicabilidad de los acuerdos convencionales que
establezcan este tipo de cláusulas, lo que es declarado de orden público por el art. 13 de la
misma ley.-
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d) Actos Administrativos Productores De Efectos En Las Relaciones Jurídico–
Privadas. – La incidencia del interés público en la relación jurídico–privada puede producir
la extinción o modificación de la misma.-
Así, por ejemplo, la “declaración de ruina” de un edificio, como actividad de la
policía d seguridad edilicia, puede provocar la extinción del contrato de arrendamiento 60.-
En nuestro derecho (art. 26, Ley de Expropiaciones 21.499) la expropiación, luego de
otorgada la posesión judicial del bien, produce la extinción de los contratos de
arrendamientos que tuvieran como objeto el bien expropiado, aun cuando se hubiesen
celebrado con anterioridad a la ley que declaró dicho bien como de utilidad pública y
sometido a expropiación61.-
Sin duda resulta dificultoso, por la heterogeneidad de los casos y regulaciones
normativas antes mencionadas, formular principios generales comunes a todos ellos.-
Sin embargo, los principios analizados en los parágrafos anteriores sirven de gran
utilidad para identificar el fundamento común de esa cantidad (hay muchos más que los
enunciados) de supuestos heterogéneos. A los expuestos hay que agregar la incidencia de la
justicia general no ya sobre relaciones jurídicas –como las analizadas más arriba– sino
sobre conductas de los particulares que pueden o no dar lugar al nacimiento de una relación
jurídica. El legislador –el congreso y en ciertos caso el Poder Ejecutivo– pueden decidir dar
relevancia jurídica a determinadas conductas limitándolas en su libertad e imponiéndoles
una específica orientación o, en la mayoría de los casos, una prohibición. En general, estas
decisiones –fundadas en un interés sustancial establecido por la norma– buscan asegurar
finalidades de bien común en campos como la seguridad, la moralidad y la salubridad
públicas, habilitando a la Administración Pública a comprobar de oficio –sin petición de
parte– e independientemente de la existencia de un perjudicado concreto –ya que se supone
que lo tutelado es el bien común– la existencia de la contradicción de la conducta personal
con lo impuesto por la norma “de” justicia general y, en este caso, sancionar la infracción.-
A pesar de ciertas afirmaciones doctrinales, la realidad antes apuntada no puede
explicarse a partir de una supuesta “confusión” del derecho público con el derecho privado
–cuya distinción se funda en principios permanentes y no en razones circunstanciales, como
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se verá en los capítulos siguientes – imaginando una “publificación” del derecho privado,
como, frente a la situación originada por la actividad comercial –industrial del Estado,
también se sostiene, contradictoriamente, la existencia de una “privatización” del derecho
público.-
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negativamente al ordenamiento normativo: tienen un amplio margen de libertad hasta
chocar con los límites impuestos por el ordenamiento63.-
Como ya vimos, en el caso de las relaciones jurídicas privadas, el ordenamiento actúa
en el caso de las relaciones jurídicas privadas sólo de manera supletoria: crea normas que
permitirán interpretar la voluntad de las partes, llenar sus lagunas, determinar, en ciertos
casos, sus efectos jurídicos especialmente frente a terceros y, sobre todo, establecer las
consecuencias del incumplimiento a falta de nuevo acuerdo posterior, poniendo a
disposición de las partes la organización estatal –judicial– para exigir el cumplimiento y
determinando para ello las reglas procesales correspondientes. El sistema es, entonces,
sencillo y claro: a la libre iniciativa de los interesados le corresponde regular sus relaciones
jurídicas y estas relaciones y sus regulaciones se consideran beneficiosas para el bien
común, ya que generan el entramado plural de relaciones que dan base a la vida
comunitaria.-
En términos económicos, pero no sólo económicos, esto da vida al “mercado”, es
decir, al conjunto de relaciones intersubjetivas que, en cierta forma, actúa normativamente
sobre los particulares fijando lo que es conveniente y lo que no es conveniente en términos
de competitividad. Normalmente nadie contratará por un valor superior al que es hallable
en el mercado, ni indemnizará por sumas superiores a las habituales, etc., aunque, en todos
los casos, es libre de hacerlo, si quiere.-
En este sentido el mercado no es sólo un mecanismo para la formación de los precios.
Es mucho más, es el ámbito donde se desarrolla y expresa la autonomía de la libertad
negocial en su sentido más amplio.-
El derecho privado –con base en el citado art. 1.197– es el derecho del mercado y por
ello, como veremos en el Cap. IV, es el derecho de la justicia conmutativa.-
b) Los Límites Del Mercado. – Sobre esta ancha base de relaciones jurídicas, regidas
por normas supletorias o dispositivas (no imperativas), actúa la justicia general. En
realidad, como vimos, ella se encuentra presente en todas las relaciones jurídicas (por ello
existe la legislación dispositiva y las garantías que el Estado ofrece, sólo ofrece, frente al
hecho incumplidor) pero en la gran mayoría de ellas sólo de un modo potencial.-
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En otras, la justicia general o del bien común se encuentra presente de manera actual.
Es otro nivel del ordenamiento, donde la norma que incorpora la incidencia de la justicia
general sobre la relación jurídica establece límites, contenidos o condiciones (los analizados
en el parágrafo anterior) a la libertad negocial de las partes. El art. 953 del Cód. Civil –que
debe ser leído luego del 1.197– establece: “El objeto de los actos jurídicos deben ser cosas
que estén en el comercio, o que por un motivo especial no se hubiese prohibido que sean
objeto de algún acto jurídico, o hechos que no sean imposibles, ilícitos, contrarios a las
buenas costumbres o prohibidos por las leyes, o que se opongan a la libertad de las
acciones o de la conciencia, o que perjudiquen los derechos de un tercero. Los actos
jurídicos que no sean conformes a esta disposición, son nulos como si no tuviesen objeto”.-
El expuesto es el principio de la vinculación negativa al ordenamiento. Es una barrera
que en realidad no sólo impide, sino que muchas veces manda, como cuando impone la
obligación de ciertas contrataciones, determina la porción hereditaria, el modo de distribuir
la masa patrimonial del fallido, la duración de los contratos más allá del tiempo pactado por
las partes, etcétera.-
Se trata, entonces, de normas imperativas, que inciden sobre la libertad negocial,
limitándola de diversas maneras.-
Estas normas encuentran su inspiración –y son su ejemplo típico –en la justicia
general. Cuando autorizan al Estado (Administración Pública) a verificar de oficio su
cumplimiento y sancionar –también de oficio e independientemente de la voluntad de las
partes –el incumplimiento, son normas de policía.-
La policía es un concepto técnico–jurídico que expresa la actividad regulatoria de la
Administración, siempre en los casos en que la autorice a la verificación y sanción de
oficio, utilizando aquí el término “regulación” en un sentido estrecho.-
En realidad, toda norma es una regulación o reglamentación. Todo el derecho
infraconstitucional, por ejemplo, es una regulación de los derechos y garantías reconocidos
por la Constitución Nacional. Regular es establecer reglas (también, reglamentar) y toda
norma jurídica es un conjunto de reglas, una regulación o reglamentación.-
Pero, en un sentido más estrecho, hoy se utiliza la expresión “regulación” para indicar
o calificar a la norma negocial, amén de, en ciertos casos, mandatos positivos, como se verá
en el parágrafo siguiente. En este sentido la regulación específica, es decir, en sentido
estricto, es la regulación de policía (en sentido genérico, sin perjuicio de la clasificación
que se verá infra, § 26) aunque existen otros tipos de regulaciones que interesan a los
efectos del derecho administrativo. Estas son las regulaciones de los servicios públicos que
también imponen límites a la libertad negocial, pero en un régimen distinto al que ocurre en
el instituto de la policía; por ello es que las denominamos “regulaciones impropias”.-
La policía es siempre excepcional. Actúa sobre una relación jurídica, o sobre hechos
o actos productores de efectos jurídicos y por tanto susceptibles de dar nacimiento a
relaciones jurídicas o relaciones de justicia, que son esencialmente libres, y lo es salvo en lo
que hace a la regulación de policía. También, como vimos, la norma de policía actúa sobre
conductas determinadas, aun cuando estas, en lo concreto, no puedan dar lugar al
nacimiento de ninguna relación jurídica. Pero siempre se trata de una incidencia sobre una
actividad plenamente sometida al mercado, al mundo de la libertad, que es
excepcionalmente limitada como consecuencia del “interés sustancial” del Estado en
asegurar el directo e inmediato cumplimiento de las exigencias del bien común.-
El servicio público, en cambio –en lo que estrictamente es servicio público– es una
actividad fuera del mercado, ajena al mercado y a la libertad negocial. Su ámbito propio es
la regulación imperativa, que no es la excepción, sino la regla, aunque siempre inspirada en
criterios de justicia general.-
Debe ahora advertirse también que con la regulación de policía y con la regulación de
los servicios públicos, el Estado realiza una actividad intervencionista sobre la vida social,
concretamente sobre el mercado64. Pero son estos sus únicos medios intervencionistas. Lo
son también, en general, la política presupuestaria, el déficit público (si se lo admitiera), la
política monetaria, la política tributaria, etcétera. Sobre todo, un fenómeno también de
importancia para el derecho administrativo como es el de la titularidad por parte del Estado
de los medios de producción a través de las denominadas “empresas comerciales” o
“industriales de propiedad estatal” que actúan en el mercado pero sin estar totalmente
sometidas a sus reglas de competencia y con definidas limitaciones en lo que respecta a su
libertad negocial, que estrictamente no poseen. Volveremos sobre estos temas en los
capítulos correspondientes.-
64
c) La Policía. – Conviene detenerse, a los efectos de un análisis más particularizado,
en el ejemplo quizás más sobresaliente del instituto examinado: la policía, tanto
considerada como “poder” (en realidad se trata sólo de un componente de las funciones
estatales, aunque por hábito continuemos utilizando la tradicional expresión “poder”) o
como “ejercicio”.-
La concepción ideológica liberal desdibujó este concepto, como consecuencia de
imaginar a la sociedad como un hecho dado y terminado, frente al cual el Estado sólo podrá
intervenir para asegurar el orden que posibilitará el mantenimiento de ese hecho dado y
terminado.-
La policía se circunscribió, entonces, a una actividad de reglamentación del ejercicio
de los derechos reconocidos por la Constitución a los ciudadanos.-
De ahí que, en esta concepción reglamentarista de la policía, se atendiera sólo a su
aspecto formal (división de poderes, jurisdicción local o federal) o sus garantías externas
(respeto de la regla del debido proceso, control judicial suficiente) y al mantenimiento de la
estructura jerárquica de la pirámide jurídica (acto de aplicación, reglamento, ley formal,
constitución).-
La policía meramente formal, reglamentarista, se agotaba en sí misma, no tenía un
porqué ni un para qué. El mero orden formal es el orden de los sepulcros, es el orden del
desorden, como que fue expresión de desorden la cuestión social que cubrió todo el lapso
del siglo XX, precisamente, el siglo de la policía … reglamentarista.-
Pero la regulación y actividad de policía encuentra su fundamento en el bien común,
realizado a través de la virtud de la justicia65.-
No se trata de ignorar los aspectos clásicos del estudio de este instituto. Por el
contrario, retrata de asumirlos en un mismo sistema mucho más vigoroso y sustancial, tal
como es el impuesto por las reglas de la virtud social por excelencia: la justicia.-
Desde esta perspectiva, es posible distinguir dos pasos o etapas: la policía como
“poder” y la policía como ejercicio efectivo de ese poder.-
El primer aspecto, el “poder” de policía, se asienta sobre el bien común, causa
causarum el Estado, y hacia el cual tienden todas las conductas humanas de acuerdo con las
65
exigencias de la justicia general a través –en lo que aquí interesa– de la norma de orden
público.-
Como se ve, el “poder” de policía, en tanto que parte inherente del poder estatal,
encuentra su fundamento no en una aislada facultad estatal de reglamentar el ejercicio de
derechos constitucionales (el Código Civil “reglamenta”, p. ej., el ejercicio del derecho de
propiedad, pero la mayoría de sus normas no son policiales) sino en la responsabilidad del
Estado frente al bien común, la causa de las causas, en la necesidad de la realización de este
bien común para la subsistencia de la comunidad y en su necesaria primacía sobre el bien
particular.-
El instituto de la policía, entonces, no es sino una especie del género orden público,
expresión jurídica de las exigencias de la justicia general.-
La norma de policía (de orden público) sólo de manera refleja se hace presente en la
relación jurídica privada, sin formar parte del sistema de derecho (objetivo) que tiene como
meta garantizar el cumplimiento del acto justo en determinada relación jurídica. Este
derecho objetivo será el Código Civil, para la compraventa, o el Código de Trabajo, para el
contrato laboral. Pero, como esa relación jurídica, en un aspecto determinado, puede afectar
directa e inmediatamente el bien común, la norma de orden público, la cualidad de orden
público, se refleja en dicha relación jurídica, estableciendo, por ejemplo, un máximo para el
precio de la compraventa o un mínimo para el salario del trabajador.-
Es decir, la relación jurídica continuará siendo de derecho privado 66, si bien
determinados elementos que hacen al contenido de la misma se verán afectados por la
norma de orden público. Pero, es necesario remarcarlo, de orden público y no de derecho
público.-
El derecho público es el sector del ordenamiento jurídico que regula determinadas
relaciones jurídicas: las regidas por la virtud de la justicia distributiva (ver infra, Cap. V),
mientras que el orden público es una cualidad que afecta a la norma (tanto de derecho
público como, especialmente, de derecho privado), mediante la cual orienta,
imperativamente, el contenido de la relación jurídica en beneficio del bien común.-
Estamos, en este último caso, en el campo de la justicia general, que actúa de manera
refleja, en tanto que las partes en la relación jurídica no son, en sí mismas, sujeto acreedor o
66
deudor del acto justo (cumplir con la exigencia de bien común) objeto de la justicia
general.-
Ahora bien, como se dijo antes, hay una “segunda etapa” que analizar en el instituto
de la policía, que es común a todos los distintos tipos de actividades por las que la
Administración incide sobre la relación jurídico–privada.-
Definidos por la norma de orden público, los límites impuestos por el bien común, el
Estado pone en movimiento los medios coercitivos y coactivos de que goza, es decir, ejerce
el “poder” de policía.-
Al hacerlo entabla relaciones jurídicas concretas con los administrados, de manera tal
que esa configuración abstracta del orden público contenida en la norma se transforma en
un sistema de prestaciones recíprocas a cargo de sujetos de derechos determinados: Estado
y administrado.-
¿Cuál es aquí la prestación del Estado? ¿Cuál es el contenido del “suyo del otro” al
que debe ajustar el Estado su conducta para cumplir con la virtud de la justicia?.-
En esta nueva relación jurídica concreta, nacida del ejercicio del poder de policía, el
Estado se encuentra obligado por el bien particular del administrado, ya que encuentra
frente a sí a un sujeto que sólo es portador de un bien privado, en la medida en que –por
definición– el bien común exclusivamente corresponde a la comunidad.-
Pero el bien común corresponde a la comunidad para el beneficio de sus miembros.
El bien común existe para ser distribuido entre las partes del todo comunitario, dado que, en
definitiva, se resuelve en un bien propio, y lo que es objetivamente bueno en el orden
individual, mediata o inmediatamente enriquece el bien común.-
Se trata, en la relación jurídica producto del ejercicio del “poder” de policía, de un
bien particular de contenido especial: como el “poder” de policía protege el bien común, el
bien propio del sujeto pasivo de su ejercicio no es más que la parte que le corresponde
como carga en la distribución de ese bien común.-
Estamos, entonces, en el ámbito de la virtud de la justicia distributiva, que regla “el
orden existente entre la comunidad y cada una de las personas individuales; este orden es
dirigido por la justicia distributiva, que reparte proporcionalmente los bienes comunes” (ver
infra, Cap. V).-
Esto quiere decir que en el ejercicio policial, la Administración Pública debe respetar
un límite sustancial: no afectar a un administrado con cargas desproporcionadas que alteren
su situación de igualdad comparativa con otros administrados sometidos actual o
potencialmente al mismo tratamiento.-
En síntesis: 1) la incidencia de la justicia general sobre relaciones jurídico–privadas
se realiza a través del “orden público”, como cualidad o característica especial introducida
en la norma jurídica, cuando dicha relación puede afectar directa e inmediatamente el bien
común, y 2) la actividad de la Administración Pública, con uso o no de la coacción,
originada en la aplicación de la norma de orden público, genera relaciones de la justicia
distributiva y sometida a normas de derecho público.-
Lo expuesto puede ser representado gráficamente de la siguiente manera:
67
decir, el mundo del mercado. Aquí las relaciones jurídicas –que son relaciones de justicia–
son absolutamente voluntarias y rige sin cortapisas el art. 1.197 del Cód. Civil: el acuerdo
de voluntades es la ley de las partes. El ordenamiento positivo creado por el Estado es
meramente supletorio, dispositivo y no imperativo, quedando subordinada su aplicación –
como también la puesta en marcha y la continuidad del sistema de garantías (actividad
judicial) que el ordenamiento establece para los supuestos de incumplimientos o conflictos
de cualquier especie– a la voluntad de las partes. Debe destacarse que este primer nivel –el
nivel de la libertad negocial– es la regla de las relaciones jurídicas, lo que así viene exigido
por el principio de subsidiariedad, ya que es el nivel de competencia de la sociedad que el
Estado debe respetar como garantía del pleno ejercicio de los derechos individuales.-
El segundo nivel se presenta siempre sobre las relaciones jurídicas regidas por la
virtud de la justicia conmutativa, pero aquí, por decisión del legislador, la justicia general o
del bien común incide –orden público– sobre ciertos aspectos de la relación jurídica, o
sobre ciertas conductas consideradas con independencia de cualquier relación jurídica.
También aquí debe destacarse que, en este segundo nivel, nos encontramos en el campo de
la excepción, siempre de interpretación restrictiva, ya que se encuentran en juego,
especialmente, las garantías y derechos de los arts. 14 y 17 de la Constitución Nacional –los
derechos de relacionarse según la libre voluntad y la garantía de la propiedad –que sólo un
interés substancial del Estado, bajo determinadas condiciones, puede limitar. Así, el mismo
art. 14 afirma que los derechos allí enumerados pueden ser gozados “conforme a las leyes
que reglamenten su ejercicio” k, siempre que tales reglamentaciones no signifiquen una
“alteración” –una afectación en su sustancia– de aquellos “principios, garantías y
derechos” (art. 28, C. N.). La incidencia de la justicia general, en este supuesto, puede
ocurrir de tres maneras:
a) imponiendo sólo limitaciones negativas que actúan como una barrera
infranqueable para lo voluntad de las partes. Este es el campo propio del art. 953 del Cód.
Civil68, de la limitación negativa de orden público, y de la sanción de la nulidad absoluta a
declarar por los jueces cuando, por cualquier circunstancia, la infracción al límite de orden
público llega a su conocimiento, y excepcionalmente por la Administración, en los casos en
68
que el ordenamiento le impide intervenir (generalmente una actividad sustancial de
registración) en un acto afectado por el mismo vicio;
b) imponiendo limitaciones negativas (con los efectos anteriores) a las que se suma la
actuación de oficio de la Administración Pública para comprobar la existencia de la
infracción y sancionar tal incumplimiento, aun frente a la indiferencia o la oposición de la
posible o real víctima; este es el ámbito de la policía en el sentido estricto del término, y
c) imponiendo limitaciones negativas y mandatos positivos, amén de la actuación de
oficio (o también a requerimiento de parte, como en el caso anterior) de la Administración
para controlar el respeto de la limitación y el cumplimiento del mandato, se trata en sentido
estricto, de la regulación sobre la actividad privada o la actividad que, dentro de la
distribución de competencias que genera el principio de subsidiariedad, es de titularidad de
los particulares.-
Debe destacarse que los tres casos o supuestos antes mencionados se refieren a
regulaciones –en sentido amplio– de conductas y relaciones jurídicas regidas por el derecho
privado, es decir, de justicia conmutativa (como veremos en el capítulo siguiente), que
sufren la excepcional incidencia de la justicia general.-
Aquella incidencia siempre debe encontrarse definida o establecida por el Congreso,
ya que sólo a este órgano constitucional la Constitución le autoriza o confiere tal
competencia regulatoria (“conforme a las leyes que reglamenten su ejercicio”, dice al art.
14, mientras que las leyes sólo pueden emanar del Congreso, sin perjuicio de los
excepcionales “decretos de necesidad y urgencia”, ver infra, Cap. VIII, §§ 87 yss.). Se trata
de una “reserva” constitucional en favor del Congreso, sin perjuicio de las competencias
reglamentarias 8de las leyes) que le correspondan al Poder Ejecutivo o a otros órganos o
entes de la Administración Pública, según lo examinaremos oportunamente (ver infra, Cap.
XI, §§ 134 a 139).-
Pero es posible identificar otro nivel de relaciones jurídicas –y por ende del
ordenamiento que a ellas se refiere– donde surge una aparente regulación, aunque en
sentido estricto no sea tal. Se trata de las actividades de los particulares cumplidas por una
especial delegación (ver infra, en el tomo 2) efectuada por el Estado (Administración
Pública), en especial en lo que se refiere a la gestión de los servicios públicos.-
En realidad toda la actuación de la Administración Pública es ajena al mercado,
carente de libertad negocial, regida por la virtud de la justicia distributiva y no por la
conmutativa, como veremos en el Cap. V. Por consiguiente, aquí no corresponde hablar de
regulación, en sentido estricto, ya que la regulación supone la regla de la libertad negocial y
la excepción de su limitación.-
Sin embargo, cuando la actuación de la Administración es delegada a los particulares,
como ocurre (o puede ocurrir) con los servicios públicos y por ello, como veremos, los
particulares delegados quedan sometidos a la misma situación que desde la perspectiva de
la justicia distributiva le corresponde a la Administración, surge la apariencia de una
regulación, ya que la relación se presenta como si fuese entablada entre particulares pero
sometida a una regulación rigurosa.-
En sentido impropio, por tanto, puede hablarse, en los servicios públicos
concesionados o delegados, de regulación, aunque en la realidad se trata de relaciones
jurídicas que, en lo que se refiere a la prestación servicial estricta o núcleo del servicio
público, básicamente se encuentran regidas por la justicia distributiva.-
Con las aclaraciones antes expuestas podemos calificar a las distintas figuras
concesionales, especialmente la concesión de servicio público, como el tercer nivel de la
regulación, en beneficio, no ya del orden público, sino de la tutela de los usuarios y del
interés de la Administración Pública delegante o concedente, que es siempre un interés
público o de bien común.-
Resta añadir que si bien, como veremos en el lugar oportuno, definir una determinada
actividad como servicio público debería ser una competencia exclusiva del Congreso 69, la
regulación concreta del servicio público, su “marco regulatorio”, como dice el art. 42 de la
Constitución Nacional, es una competencia concurrente del Congreso y del Poder Ejecutivo
(salvo en los casos en que la Constitución lo reserva expresamente para el Congreso) y por
lo tanto, la regulación pude ser efectuada por el Ejecutivo o por las administraciones –p. ej.,
los “entes reguladores”– creadas a tal efecto.-
69
Distintos fallos jurisprudenciales han utilizado el término ¨”justicia social”
elevándolo, incluso, a la categoría de principio de interpretación jurídica de jerarquía
constitucional.-
Así lo ha sostenido nuestra Corte Suprema de Justicia: “El objetivo preeminente de la
Constitución es lograr el bienestar general, lo cual significa decir la justicia en su más alta
expresión, esto es, la justicia social cuyo contenido actual consiste en ordenar la actividad
intersubjetiva de los miembros de la comunidad y los recursos con que esta cuenta con
vistas a lograr que todos sus miembros participen de los bienes materiales y espirituales de
la civilización; de modo que el principio in dubio por iustitia socialis tiene categoría
constitucional70.-
Pero ¿qué es la “justicia social”?.-
La expresión “justicia social” comenzó a ser utilizada hacia mediados del Siglo XIX,
con un contenido ideológico, revolucionario, como una reacción a los males del capitalismo
naciente.-
Sin embargo, en realidad, esta expresión pronto se convirtió en un instrumento más
propio de la filosofía social tradicional que del marxismo y de los distintos socialismos.-
El tema de la justicia no encaja dentro de la dialéctica marxista. En todo caso, para el
marxismo, su planteo indicará una postura reformista, aburguesada, ajena a los verdaderos
intereses del proletariado.-
Para la filosofía social cristiana, en cambio, el problema es trascendente. León XIII,
en el límite del siglo XIX, analizó, en su Encíclica Rerum Novarum, la “cuestión social”.
Esta quedó caracterizada como generadora de una situación de injusticia social.-
Por eso, a partir de la Encíclica Quadragesimo Anno, del Papa Pío XI, el análisis de
las condiciones para sostener y mejorar la justicia social es frecuente en documentos
pontificios y en estudios inspirados en la doctrina social de la Iglesia. Es que la injusticia
social, el desajuste social, debe ser reparado, con un nuevo ajuste, por la justicia social.-
De aquí la dificultad para ubicarla –a la justicia social– en aquella clasificación
recordada en párrafos anteriores y que tiene la antigüedad y el prestigio de Aristóteles y
Santo Tomás de Aquino71.-
En general no se ha admitido como una nueva especie de la virtud de la justicia.-
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Así, sostiene Welty que “la justicia social no es una nueva e independiente especie de
justicia, sino una nueva expresión que comprende conjuntamente la justicia legal y
distributiva”72.-
En cambio, Bigo afirma que “el concepto de justicia social no coincide exactamente
con ninguno de los conceptos elaborados por la escuela”73.-
El autor distingue la justicia social de la justicia distributiva, por cuanto esta última
relaciona la sociedad global con los hombres que son parte de ella.-
En cambio, si bien la justicia social toma también bajo su domino los “problemas de
repartición típicos de la justicia distributiva”, en aquella “se trata de repartición entre
categorías sociales, o más bien entre personas, en cuanto pertenecen a una categoría
social”74.-
Pero, agrega, la relación entre los grupos sociales está regida por la virtud de la
justicia conmutativa, lo mismo que las relaciones existentes en el seno de esos grupos
sociales75. “En consecuencia –afirma– debemos decir que la justicia social no cubre
solamente un aspecto de la justicia distributiva, sino también un aspecto de la justicia
conmutativa”76.-
También “la justicia social abarca una forma muy importante de la justicia legal, la
que obliga a todos los responsables, no sólo a los responsables políticos, a poner en obra
instituciones que permitirán el ejercicio de la justicia distributiva” 77, v. gr., las que se
refieren al salario familiar78.-
Concluye Bigo en que la justicia social –que abarca aspectos propios de la justicia
general, conmutativa y distributiva– tiene dos objetivos específicos: “por una parte,
abolición de las disparidades entre clases, sectores y pueblos; por otro crecimiento de los
recursos globales de la sociedad; en suma, repartición social y crecimiento económico”; “su
campo es tan vasto como el de la economía política”79.-
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Messner, coincide en gran medida con la postura reseñada en los párrafos anteriores;
la justicia social es de principal responsabilidad de los grupos sociales, sin circunscribirse
estrictamente a los campos propios de las tres clásicas especies80.-
En realidad la justicia social es un valor –no una virtud, estrictamente– que informa
toda la vida social y que existe en la realidad cuando los actos propios de las tres especies
de la virtud de la justicia son habitualmente cumplidos: cuando el Estado cumple con las
exigencias de la justicia distributiva en sus relaciones con los administrados; cuando las
partes en una relación jurídico–privada cumplen con sus respectivas obligaciones según lo
manda la justicia conmutativa; cuando todos los miembros de la comunidad obedecen los
postulados de la justicia general, orientando su acción en beneficio del bien común.-
Sólo así se logra la justicia social, pues de esta manera se conformará una sociedad
justa.-
En estas condiciones, la justicia social es criterio de interpretación jurídica, puesto
que todo el ordenamiento jurídico debe estar al servicio de este anhelo, y así corresponde
interpretarlo.-
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