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SOBRE ESCRIBIR Y HACER OTRAS COSAS QUE NO SON ESCRIBIR

Carlos G. de Marcos

No escribo todos los días, pero sí cocino, friego y hago las camas todos los días. Es mi

vida cotidiana de desempleado. Una especie de liturgia doméstica que, a pesar de su

repetición, no deja de tener algo de consuelo, incluso cuando no quiero hacerlo, incluso

cuando todo me pesa. O sea, yo me percibo como escritor. No como cocinero ni como

limpiador ni como amo de casa, aunque esos roles se cuelan inevitablemente en mi

identidad porque, simplemente, no puedo eludirlos. Necesito escribir, aunque a veces no

lo haga demasiado bien. No porque me crea un artista maldito o un genio incomprendido,

sino porque al escribir, aunque sea solo una frase, mi neurosis se estabiliza. Es como si

esa parte de mí que se revuelca en el fango de los pensamientos repetitivos, del ruido

mental, del miedo difuso, encontrara un respiro. No sé qué necesitáis vosotros para

funcionar, para sentiros en equilibrio, pero seguro que algo necesitáis. Todos necesitamos

algo.

También me sirve hacer otras cosas creativas, como trabajar con imágenes. Vengo

dándole vueltas a algo que he dado en llamar foto-teoría-ficción. Es un término híbrido,

una especie de criatura que mezcla reflexión visual, ensayo especulativo y una estética

que aún no tengo del todo clara. Quizá no necesito tenerla clara. Quizá la gracia está en

la indeterminación. Como cuando sueño una historia que no acabo de entender del todo

pero que me obsesiona por días. O hacer música, siempre a través de la informática, de

samples que recorto y manipulo como si fueran pedazos de recuerdos, de atmósferas, de

cosas que nunca ocurrieron del todo pero que se sienten reales. La música me da otra
clase de placer, una que no tiene que ver con las palabras ni con la lógica. Es más

intuitiva, más corporal incluso.

El problema es que no siempre tengo la energía para hacer estas cosas. Hay días en los

que mi apatía me aplasta, en los que la neurastenia o la psicastenia —palabras viejas y

médicas que suenan como enfermedades de otro siglo— me impiden moverme. La

procrastinación se convierte entonces en una especie de refugio y castigo al mismo

tiempo. Y cuando los daimones o las musas me desprecian, cuando no vienen a visitarme

ni siquiera en sueños, cuando no me dictan ni una sola línea, me siento mal. La neurosis

avanza como una maleza y me enredo en ella, la alimento sin querer, me sumerjo en ese

ouroboros que se muerde la cola de imposibilidad, en esa pescadilla de frustración, de “ya

escribiré mañana”, de “esto no vale para nada”, de “nadie lo va a leer”, de “¿para qué?”.

Es una lucha interna constante, una dialéctica sin fin entre el deseo de crear y la

imposibilidad de hacerlo.

Victoria Nelson, en su obra Sobre el bloqueo del escritor, aborda el fenómeno del bloqueo

creativo desde una perspectiva psicológica y reflexiva. Considera que este bloqueo no es

simplemente una falta de inspiración, sino una manifestación de conflictos internos más

profundos. Nelson describe el bloqueo como un "veto del yo inconsciente al programa

exigido por el ego consciente". Es decir, cuando el escritor se impone metas o

expectativas que no vibran con su interior, el inconsciente puede resistirse, generando

una parálisis creativa. Este conflicto interno puede llevar a una espiral de autocrítica y

frustración.

Para superar este bloqueo, Victoria Nelson sugiere que deberíamos reconectar con el

placer y el juego en la escritura. En lugar de forzar la producción, recomienda bajar las

expectativas iniciales y permitir que la escritura fluya de manera más natural. Reconocer y

respetar el propio ritmo creativo es fundamental. Además, dice que es importante tratarse
con compasión, evitando comparaciones con otros y aceptando que el proceso creativo

incluye tanto momentos de fluidez como de silencio.

Victoria Nelson también identifica diversas causas del bloqueo, como el perfeccionismo

excesivo, el miedo al fracaso o al éxito, y la presión de cumplir con estándares externos.

En todos estos casos, la autora enfatiza la necesidad de autoconocimiento y de

establecer una relación más saludable y equilibrada con la escritura.

Cocinar, fregar, hacer las camas... esas tareas no me piden que esté “conectado”, no me

exigen una atención total como cuando escribo. Puedo estar medio dormido, distraído,

escuchar música de fondo o un podcast absurdo mientras las realizo. No necesitan de mí

más que la acción mecánica, casi robótica. Son tareas que hago como quien reza un

mantra en una clase de yoga de a 50 pavos las cuatro clases al mes. Y sin embargo,

también en ellas hay algo ritual, algo que ordena el día, que estructura el tiempo cuando

el tiempo parece diluirse en la incertidumbre del desempleo. En cambio, escribir o crear

requieren un “peak moment”, como lo llamaba Colin Wilson. Ese instante donde todo se

alinea, donde algo se abre en tu consciencia y, de repente, hay paso. Una especie de

trance lúcido. Pero ese momento es esquivo, no siempre llega, y no siempre se puede

forzar. Escribir me predispone a tanto como necesita de mí. Es un acto de reciprocidad

con algo invisible. Una especie de pacto con lo desconocido. Al menos así funciona para

mí. Supongo que no opera de este modo para todos. Habrá quien escriba con una

disciplina de relojero, como si fuera un trabajo más, y me parece admirable. Pero no soy

de esos. Vivo mucho más la “normalidad” de lo cotidiano que la realidad alterada o

aumentada del hecho creativo. Es de cajón. En realidad, esa “normalidad” de lo cotidiano

está continuamente asediada por estados alterados de consciencia. No hace falta tomar

nada para entrar en uno de ellos. Basta con estar muy cansado, o muy triste, o muy
ansioso. Basta con tener la mente llena de pensamientos contradictorios, de frustraciones,

de expectativas que no se cumplen.

Esos estados alterados no son necesariamente psicodélicos ni reveladores. Muchas

veces son viscosos, como si uno estuviera inmerso en una placenta espesa, en un

ectoplasma invisible que te impide avanzar con ligereza. Es esa sensación de estar

atrapado en una especie de sueño lúcido del que no puedes despertar. Y ahí estás,

cocinando arroz, fregando la encimera, haciendo las camas, buscando trabajo en Infojobs

con una mezcla de escepticismo y desesperanza, viendo de reojo algún concurso banal

en la televisión o un programa sobre alienígenas o nazis o alienígenas nazis. Todo eso

que se supone que es “normalidad”, que es “vida cotidiana”, está atravesado por

fantasmas, por deseos truncados, por preguntas sin respuesta, por una sensación difusa

de que algo se te escapa.

Los místicos orientales dicen que la consciencia “verdadera” es la que está en calma, sin

ansiedad, sin estrés, sin expectativas. Una especie de vacío fértil. No sé cómo lograr tal

cosa. No sé si alguna vez la he experimentado realmente. El alcohol, las drogas, los

rituales... no son más que accesorios. Esperanzas de acceder a un estado diferente,

quizá más “real”, pero que no dejan de ser también expectativas disfrazadas. Y como todo

lo que se espera con ansia, decepcionan. Lo cierto es que todo es un ritual. Incluso

escribir esto. Incluso fregar los platos. Incluso mirar por la ventana y perderse en una

nube. Quizá especialmente eso: perderse en una nube, en una forma sin forma, en un

tiempo sin tiempo.

Es curioso, pero cuanto más consciente soy de mi rutina, más veo en ella señales,

símbolos, repeticiones que parecen tener un sentido oculto. Como si el hecho de hacer la

cama cada mañana no fuera solo un acto higiénico o práctico, sino una forma de

prepararme para algo. Como si cocinar fuera una alquimia. Como si fregar el suelo fuera
un acto de purificación. Puede sonar místico o exagerado, pero cuando uno pasa mucho

tiempo consigo mismo, sin muchas distracciones externas, la mente empieza a funcionar

de otra manera. Se vuelve simbólica. Interpreta. Lee signos en todas partes. Y eso, a su

manera, también es una forma de escritura. Una escritura sin palabras, hecha de gestos,

de rutinas, de repeticiones. Una especie de palimpsesto vital.

A veces pienso que lo que realmente hago no es escribir ni cocinar ni limpiar, sino

sostener. Sostener la estructura, sostener el día, sostener mi identidad tambaleante en

medio del vacío. Porque si dejo de hacer esas cosas, me desarmo. Me vuelvo pura

entropía. Y entonces sí, la neurosis gana. Por eso sigo. Por eso me levanto cada día,

incluso cuando no quiero, incluso cuando no tengo una razón clara. Porque en medio del

sinsentido, los actos simples siguen teniendo valor. Aunque nadie los vea. Aunque no se

publiquen. Aunque no den likes. Aunque no me den trabajo. Son mis rituales. Y mientras

los haga, sigo aquí.

Nos gusta imaginar las vidas de nuestros ídolos literarios, musicales o artísticos en

general como plenas y llenas de aventuras: las borracheras y peleas de Hemingway, la

locura luminosa de Gérard de Nerval paseando un cangrejo atado con una cinta azul por

las calles de París, las correrías alucinadas de Hunter S. Thompson y Arthur Rimbaud por

el mundo y por su propio caos interno, los viajes marinos y metafísicos de Joseph Conrad

o las aventuras de Pérez-Reverte. ¿Será siempre así? ¿Será esa la vida real del artista?

Todas ellas vidas excitantes, desbordadas y, en apariencia, maravillosas, dignas de ser

vívidas, mitificadas, puestas por escrito y revividas con envidia. Pero sospecho que detrás

de cada uno de estos nombres existe un reverso menos deslumbrante, una dimensión

más silenciosa, más doméstica, menos heroica.

No me quito de la cabeza, por ejemplo, la imagen de Philip K. Dick cambiando pañales o

preparando un biberón para su pequeño hijo Chris mientras, en su cabeza, se desarrolla


un diálogo interior con Thomas, su más que probable daimón, y lucha por no olvidar lo

que escucha, lo que piensa, lo que le dictan o le inducen a pensar —para después

trasladarlo a alguna narración que no será exactamente suya, sino de ese otro que lo

posee. En esa simbiosis extraña entre lo cotidiano y lo sagrado, Dick accede a un

conocimiento imposible, a una iluminación psicótica o revelación gnóstica, mientras suena

de fondo Strawberry Fields Forever de los Beatles. Le es revelada una verdad médica y

mística sobre su hijo, una certeza que se cuela como una ráfaga entre los gritos del niño y

los residuos de la botella de leche en el fregadero. Esa dualidad —de lo sagrado en lo

doméstico— me fascina.

También me asalta la figura de Austin Osman Spare escribiendo sus teorías mágicas

sobre el inconsciente y la voluntad mientras cuece col para comer, unta mantequilla rancia

en un pan aún más rancio, y limpia las deposiciones de sus numerosos gatos en el

cuchitril oscuro de Brixton en el que vivía. Un lugar casi subterráneo, de paredes sucias y

luz ausente, que no obstante albergaba a un visionario, a un artista-mago que pintaba sus

obsesiones en cuadros que apenas vendía por cinco libras. Spare, con sus gatos, sus

libros y su col, parecía el anacoreta moderno de una ciudad monstruosa, una megápolis.

El escritor de ciencia ficción Fritz Leiber, imaginó la "megapolisomancia" en su obra Our

Lady of Darkness, un arte adivinatorio propio de las ciudades, que se revela en sus

edificios, en sus calles, en la textura misma de sus materiales, en la masa anónima de los

peatones. La ciudad como organismo paranormal. En ella se esconden chamanes, como

Spare, que escriben grimorios entre la miseria, la rutina y el olor a col hervida.

Y no puedo evitar pensar en Albert Cossery, otro místico a su manera, un santo laico de la

pereza elevada a forma de vida, quien vivió durante cincuenta y siete años en la misma

habitación de un hotel barato de París. Desde ahí, observaba el mundo, leía, pensaba,

medía sus palabras con la calma de un alquimista. Dicen que escribía unas ocho frases al
día cuando estaba inspirado. Su vida, entregada a la contemplación, a la procrastinación

consciente y programada, se alejaba de las gestas románticas del escritor atormentado.

Era otra forma de santidad, un rechazo absoluto al frenesí moderno. No sabemos si

cocinaba, si barría su habitación o si hacía la cama. Quizás no lo necesitaba. Su

propuesta vital era dejar que el pensamiento se extendiera como una niebla, como un

incienso sin altar, sin acción. La pereza como protesta, como filosofía.

De un modo muy distinto, y sin embargo similar en su entrega a la rutina, aparece la figura

de J.G. Ballard en Shepperton, su suburbio londinense, cuidando a sus tres hijos tras la

muerte de su esposa. Ballard, que había vivido en su infancia el horror de los campos de

concentración japoneses en Shanghái, se refugia en una cotidianidad casi burguesa.

Madruga, prepara el desayuno, lleva a los niños al colegio, vuelve a casa, se sirve el

primer whisky con agua del día, enciende un cigarro, pone la televisión —quizás un

documental, quizás un anuncio cualquiera— y se sienta a escribir. Ese hombre que relata

distopías clínicas, que escarba en lo más profundo de la psicopatología moderna, es

también el padre que da la merienda y ayuda con los deberes. La realidad para Ballard es

una cosa fluida, un escenario que muta constantemente. El cuarto con la reproducción del

cuadro de Paul Delvaux y la palmera de plástico no es solo un salón: es un espacio

ontológicamente ambiguo, una caja de resonancia entre lo real y lo simulado. En algún

momento, sin que sepamos cómo, cruzamos el umbral. Ballard se enciende otro cigarrillo.

Su cabeza vuelve a sumergirse.

Y luego está Agota Kristof, la escritora húngara que huyó de su país con veintiún años,

escapando del totalitarismo con su marido y su hijo, para acabar en Neuchatel, Suiza. Allí,

aún sin escribir, trabaja durante años en una fábrica de relojes, rodeada de voces que no

entiende, de un idioma que rechaza. Dirá luego que "dos años en una prisión soviética

habrían sido mejores que cinco en esa fábrica". El trabajo le repugna, la vida con su
marido la asfixia. Cuando por fin se libera, comienza a estudiar francés. A pesar de

considerarlo una lengua enemiga —como lo cuenta en La analfabeta—, lo domina con

una precisión y una potencia narrativa inusuales. En francés escribe El gran cuaderno, un

libro implacable, perturbador, donde la realidad se trastorna como un cristal bajo tensión.

De pequeña ya contaba historias, corregía a su abuela cuando esta le narraba cuentos

que Agota creía poder contar mejor. Y lo hacía. Años después, ya consagrada, aún se

siente una extranjera, una exiliada, una niña en un autobús rodeada de voces ajenas. Esa

extrañeza nunca la abandona.

También aparece ante mí la figura espectral de Thomas Ligotti, encerrado en su

apartamento, con las cortinas corridas, la televisión encendida todo el día. Vive en un

décimo piso desde el que apenas se ve el cielo. Hay un gato, desorden, algo de suciedad.

Ligotti, tumbado en un sillón de cuero gastado, observa el parpadeo hipnótico del

televisor. Lo que ve no es cine de culto, ni documentales esotéricos, ni cine expresionista

alemán. Ligotti ve telebasura. Talk shows absurdos, concursos bizarros, noticieros con

música de película de acción. Y lo ve durante horas. Sus biógrafos lo confirman: pasa la

mayor parte del tiempo haciendo eso. Y uno se pregunta: ¿es eso una renuncia, una

forma de evasión? ¿O es el núcleo mismo de su arte? Porque si lo pensamos bien, ese

zambullirse en la basura mediática, en lo grotesco sin filtro, en la risa enlatada y el grito

impostado, es también una forma de horror. Un horror más auténtico, quizás, que el de los

relatos góticos. La telebasura como visión del vacío. Ligotti no necesita explorar

catacumbas ni grimorios. Su descenso es otro: hacia la banalidad total, hacia la anulación

del sentido. Su ritual es ver lo que no debería existir, como un médium captando una

señal del otro lado, solo que ese otro lado es el zapping.

Me gusta pensar en Kafka lavando obsesivamente sus manos antes de sentarse a

escribir. No porque estuvieran sucias, sino como parte de un ritual. Lo imagino cerrando
con cuidado la puerta de su habitación, ya bien entrada la noche, después de haber

cumplido con su jornada en la oficina de seguros, después de haber comido con sus

padres, después de haber soportado las conversaciones triviales de la sobremesa. Kafka,

con su palidez de espectro y su traje perfectamente abotonado, escribiendo de pie en una

mesita minúscula, mientras todos duermen. No sé si esa escena me reconforta: saber que

no era un escritor “a tiempo completo”, que tenía que pelearle al mundo cada minuto de

escritura. Como yo. Como tantos.

Kafka vivía con su familia. No tenía un estudio, ni una cabaña en el bosque, ni becas de

creación. Tenía ruido, interrupciones, enfermedades psicosomáticas, un jefe, miedo al

padre, cartas no respondidas, días grises. Tenía un cuartucho donde se levantaba por las

mañanas creyendo haberse convertido en un insecto. Y escribía. A veces hasta las tres de

la mañana. A veces no escribía nada. A veces solo pensaba en escribir, y eso también le

dolía. Me pregunto si alguna vez se permitió un paseo sin culpa, un rato de ocio sin

remordimiento. Lo dudo. Pero me consuela saber que también él sintió la vergüenza de

no estar escribiendo cuando debía, la angustia del tiempo perdido, la fatiga del cuerpo

como enemigo. Y no está solo.

Balzac no dejó nunca de recurrir al ritual para crear la atmósfera ideal a la hora de

ponerse a escribir: se hacía despertar a medianoche en punto después de haber dormido

toda la tarde, se hacía acompañar de dos velas encendidas en su escritorio y una cafetera

de porcelana perpetuamente llena de café y se vestía como un monje con una túnica

blanca de cachemira que le acompañaría toda su vida. Entonces ya estaba preparado

para sus largas sesiones de escritura de entre doce y dieciocho horas, siempre sobre

hojas de color azul. Lo que no sabemos es si se lavaba tanto las manos como Kafka.

Pienso en Pessoa, con sus miles de heterónimos, caminando por Lisboa, escribiendo

desde la tristeza anónima de un escritorio de oficina. Imaginando mundos infinitos


mientras sellaba formularios, firmaba papeles, copiaba datos. El genio oculto entre

carpetas. Pessoa vivía solo, comía poco, bebía algo, y pasaba tardes enteras entre cafés

y paseos, escribiendo cosas que muchas veces tiraba o escondía en baúles. Nunca

publicó un libro en vida. Murió como un empleado discreto. Pessoa tenía no poco de

Bartleby. Me fascina esa imagen: el escritor como figura sumergida, invisible para su

tiempo, pero ardiendo por dentro.

Y también me acuerdo de Virginia Woolf, que no tenía que fichar en una oficina, pero sí

luchar con fantasmas mucho más íntimos. Con su cabeza. Con sus crisis. Con sus

propias olas. Se encerraba a escribir en su cuarto —ese cuarto propio que tanto reclamó

para todas—, pero aún allí se filtraban las voces de la casa, los ruidos, las preguntas, la

vida doméstica. Porque escribir no es un acto puro: siempre hay una tetera silbando, un

perro ladrando, alguien llamando a la puerta. Escribir, como vivir, sucede en el intermedio.

Yo también barro antes de escribir. Cocino. Voy al súper. Miro el correo, respondo lo

urgente. Me distraigo en YouTube. Me acuerdo de que hay que poner la lavadora. Y

luego, si tengo suerte —si no me vence el cansancio o la duda—, escribo. Ballard también

pasaba por eso. Ligotti también. Woolf también. No hay grandeza sin rutina. No hay

revelación sin tedio.

Thomas Bernhard, por ejemplo, escribía en una casa en el campo, pero tenía que salir

cada mañana a buscar el pan. Iba a la panadería, hablaba mal del panadero, volvía

refunfuñando, y entonces se ponía a escribir sus parrafadas furiosas, sus monólogos sin

aire. Dijo que la literatura se escribe "contra el mundo", pero lo cierto es que también se

escribe desde el mundo. Desde la experiencia más simple. Desde la sopa que no hierve,

desde la cama sin hacer.


Me da por pensar que, en el fondo, todos escribimos como podemos. No como queremos.

Algunos lo hacen en los márgenes de una vida agotadora, como Agota Kristof, en una

fábrica de relojes suizos, entre voces que no entendía y un idioma que no era el suyo.

Otros lo hacen en la desidia, como Albert Cossery, escribiendo ocho frases al día en una

habitación de hotel. Otros lo hacen contra su propia depresión, como Ligotti, rodeado de

telebasura y sombras.

Y a veces no escribimos. A veces solo vivimos. O lo intentamos. Kafka decía: “no hay

necesidad de salir de casa. Quédate sentado y escucha. No escuches siquiera, solo

espera”. Y en ese esperar, en ese latido entre lo que se hace y lo que no se hace, entre lo

que se dice y lo que se piensa, es donde —me gusta creer— nace de verdad la literatura.

A veces imagino a Marcel Proust en su habitación forrada de corcho, no como un

aristócrata de la sensibilidad, sino como un asmático crónico intentando protegerse del

polvo, del ruido, de la vida misma. Proust no escribía entre fiestas ni rodeado de

perfumes. Escribía entre ataques, entre cucharadas de medicinas, entre pañuelos. Y sin

embargo, fue capaz de reconstruir un mundo entero. No uno inventado, sino el suyo, con

una minuciosidad casi microscópica. ¿Cómo lo logró? Tal vez porque no tenía más

remedio. Porque su cuerpo no le permitía otra cosa. Porque cuando no puedes salir al

mundo, no te queda más que recordarlo, reimaginarlo, recomponerlo frase a frase.

Me da la impresión de que escribir no es tanto una vocación como una consecuencia. Es

algo que aparece cuando no podemos hacer otra cosa. Cuando fracasa todo lo demás.

Cuando la realidad no basta o nos expulsa. Pero digo esto y no estoy seguro si lo digo

convencido. También creo que es la escritura quien nos elije. Te señala y ya está, quedas

atrapado.
Marguerite Duras decía que “escribir es tratar de saber lo que uno escribiría si uno

escribiera”, y aunque este pequeño trabalenguas pueda parecer una obviedad o un

pensamiento algo superficial decididamente no lo es tanto. Por el contrario, parece que

Duras habla de voluntad y de descorrer velos, del misterio del acto de escribir: tratar de

saber qué ocurriría, qué cambios pueden producirse en uno mismo o qué tipo de

comunicación estamos entablando y saber el alcance de esa decisión o esa voluntad

puesta en marcha; hasta dónde nos conduce esa comunicación.

Agota Kristof trabajaba en una fábrica, pero escribía para sobrevivir a esa fábrica. Kafka

no tenía hijos, pero le escribía cartas a su padre como si intentara salir de una prisión

simbólica. Woolf llenaba su diario con frases que a veces eran más verdaderas que sus

novelas. Ligotti escribía para no desaparecer del todo. No se trata de una vida

glamourosa. Se trata de una especie de resistencia.

Raymond Carver escribía mientras sus hijos veían la televisión o peleaban en la cocina.

Lo hacía en la mesa del comedor, en ratos sueltos, con cafés baratos y el reloj apretando.

Philip K. Dick mientras sus matrimonios se desmoronaban antes que los mundos que

creaba y buscaba una casa más barata. Como la madre de Stephen King mientras este

escribía en el cuarto que compartía con su hermano David. Esa precariedad, esa

urgencia, está en los cuentos de Carver. También en los de King. Lo cotidiano no como

fondo, sino como materia misma del relato. La gente piensa que para escribir hace falta

una vida extraordinaria, pero no. Hace falta atención. Mirar bien. Escuchar. Cualquier

conversación en el supermercado puede convertirse en un potencial relato de horror.

Cualquier discusión con tu pareja puede esconder un poema o, bueno, otro relato de

horror. Todo sirve. Todo duele. Todo brilla.

Como Dick o como King, Roberto Bolaño también vivió en una precariedad constante. En

una mudanza tras mudanza. Escribiendo en una cocina fría de Blanes mientras su hijo
pequeño duerme. La precariedad de su cuerpo enfermo y su decisión de escribir como si

le fuera la vida en ello, porque —literalmente— se le iba. Pienso en cómo sus personajes,

sus detectives salvajes, vagan por ciudades baratas, por pensiones, por bibliotecas, por

plazas vacías, por cafés en los que no pasa nada. ¿De dónde viene toda esa intensidad?

De la intemperie. Del vacío. De la resistencia al olvido.

Muchos de mis días no tienen nada de especial. Me levanto. Tomo café. A veces leo. A

veces solo veo pasar la mañana. Hago tareas. Reviso el móvil. Me digo que voy a escribir

“después de comer”, “cuando esté más despierto”, “cuando esté solo”. Y muchas veces no

lo hago. Pero incluso en esos días fallidos, hay algo que se acumula. Algo que se prepara.

Como si escribir no fuera solo teclear palabras, sino también vivirlas. Como si los

silencios, las pausas, la repetición absurda de las rutinas, también fueran parte del texto.

Flannery O'Connor vivía en una granja con pavos reales. Tenía lupus. Escribía por las

mañanas, hasta que el cuerpo le permitía. El resto del día lo pasaba leyendo,

respondiendo cartas, observando el paisaje. No era una vida movida, pero sí intensa.

Decía que quien ha sobrevivido a la infancia tiene suficiente material para escribir toda la

vida. Y creo que tenía razón. La infancia y la adolescencia es como pertenecer a una

sociedad secreta, como los muchachos de El marino que perdió la gracia del mar. Lo que

no cambia, lo que está ahí todos los días, eso es lo que realmente deja marca. V.C.

Andrews vivió una vida aislada, atada a su madre y a una silla de ruedas y entre y

analgésico y analgésico le dio tiempo a escribir novelas tan morbosas como Flores en el

ático o Mi dulce Audrina y muchas otras, consideradas obras clave de la

literatura trashy, comercial, adictiva, provocadora, a menudo moralmente ambigua, y con

altas dosis de morbo, sexo, drama, transgresión y escándalo.

Una imagen que me gusta es la de un escritor que vuelve a casa con las bolsas de la

compra. Las deja sobre la mesa. Suspira. Se sienta. Mira el reloj. Sabe que tiene media
hora antes de que algo lo interrumpa. Y en ese hueco, en esa grieta, decide escribir. No

para cambiar el mundo. No para ganar premios. Sino para dejar constancia de que estuvo

aquí. De que vivió. De que sintió algo. Y, bueno, también para no olvidarlo (aunque luego,

con el tiempo, volverá a leer ese texto, relato o fragmento y pensará que lo ha escrito otro)

Quizás por eso me interesan los escritores en sus momentos más comunes. Cuando

están cansados, inseguros, aburridos. Cuando dudan. Cuando no encuentran la palabra.

Cuando se levantan al baño y vuelven a mirar la página en blanco o una palabras apenas

garrapateadas. Esa es la parte que no se ve en las biografías. Pero es la parte más

verdadera.

Yo escribo entre tareas. Entre la ducha y la lavadora. Y, ahora que vuelvo a "ganarme la

vida" como una persona sensata y responsable en un trabajo mediocre, cuando recupero

las energías y puedo recomponerme y acallar la ansiedad. Escribo entre el ruido de la

calle y el pensamiento de si debí decir otra cosa ayer. Escribo desde la fragilidad. Desde

la falta de certezas. Como tantos. Como todos. A veces me consuela saber que Kafka

también tuvo días en los que no escribió nada. Que Proust se quedaba dormido entre

páginas. Que Bolaño tenía miedo. Que Virginia Woolf escuchaba los ruidos de la casa

mientras trataba de pensar. O que Bukowski tuvo tantos empleos de mierda como yo.

Quizás escribir no sea otra cosa que eso: seguir intentándolo. A pesar del ruido. A pesar

de uno mismo.

Entonces, ¿qué nos queda? ¿Qué hay en común entre todos estos nombres, tan

dispares, tan alejados en estilo, época y geografía? La respuesta, quizás, es la conjunción

de lo extraordinario con lo banal. La vida de los escritores —como la de todos nosotros—

es una negociación constante entre lo sublime y lo tedioso, entre el biberón y el éxtasis,

entre el pan rancio y la visión mística. Tal vez el arte no nazca solo de la inspiración, ni del
tormento romántico, sino también del roce con lo cotidiano, del roce con el polvo, con la

rutina, con las voces que no entendemos, con la televisión encendida a todo volumen. Tal

vez sea precisamente allí, en medio del ruido, donde susurra el daimón.

Por supuesto, escribir ofrece diferentes capas de inmersión, desde la más superficial, en

la que la persona apenas es capaz de enfocar su atención en los signos escritos, en las

palabras y las frases que en ese momento le resbalan como si fueran agua tibia, apenas

perceptible, hasta ese otro estado más profundo y esquivo en el que todo lo demás

desaparece completamente: la habitación, el ruido del mundo, incluso el cuerpo.

Entonces, esas palabras y esas frases se transforman en conjuros, en líneas de contacto

con una dimensión distinta, con una suerte de tejido invisible donde las potencias —los

daimones, las musas, lo Otro— habitan. Escribir, en esos momentos, deja de ser una

acción voluntaria para volverse un trance. Uno no escribe, es escrito. Uno no ordena, sino

que obedece. No manda, sino que traduce.

He sentido a veces que la escritura se parece más a una forma de mediumnidad que a

una tarea creativa en el sentido convencional. Una especie de canalización. Uno se

convierte en emisario, en médium, en antena receptora. Emitimos, sí, porque las frases

que surgen tienen nuestra voz, nuestro estilo, nuestra sintaxis, pero también recibimos.

Nos llega algo. Algo que no sabemos muy bien de dónde procede. Una imagen. Un ritmo.

Una intuición. A veces una frase completa, como si alguien la hubiera dictado en el interior

de la cabeza. Y luego hay que seguirla, como quien sigue el hilo de una telaraña a través

del bosque. Escribir puede convertirse en una forma de adivinación, de contacto con lo

invisible.

Y en ese estado, en ese descenso o elevación —porque no sé si se trata de ir más

profundo o más arriba—, se produce una desconexión del mundo ordinario. Se borra el

reloj, el estómago, el frío. Se diluye la ansiedad cotidiana. Se entra en otro ritmo. Como si
uno respirara de otra manera. Como si el cuerpo obedeciera una lógica que no es la del

día a día, sino la de los sueños, la de las ficciones, la de la mitología personal.

El problema es que ese estado no siempre se alcanza. Es más: la mayor parte del tiempo

no se alcanza. Y entonces escribir se convierte en una lucha. Una fricción. Un acto de

insistencia. En esos momentos uno está lejos del hechizo. Lejos del trance. Todo pesa,

todo cuesta. El lenguaje es torpe. La mente está distraída. Uno se siente impostor, vacío,

cansado. Escribir se convierte en una forma de remar contra la corriente de uno mismo.

No fluye. Pero incluso ahí, en esa fase ingrata, hay valor. Hay algo que se está

construyendo, algo que a veces solo cobra sentido después, cuando releemos, cuando

corregimos, cuando volvemos a mirar lo que parecía inútil y descubrimos que había una

semilla.

Pero a veces uno no escribe. No puede. No encuentra cómo. El cansancio, el trabajo, la

rutina, los asuntos pendientes, la tristeza, el ruido del mundo, la sensación de que todo da

igual… Todos esos factores se acumulan y uno se aleja del texto. Entonces no escribir se

vuelve una condena silenciosa. Se siente en el cuerpo, en la mente, como un malestar

difuso. Un desequilibrio. Como si algo se hubiera desajustado y ya no encajara del todo.

No escribir también jode. Pero jode de otra manera. Es una forma de angustia más íntima.

Una especie de pérdida del centro. No escribir cuando uno necesita hacerlo —no por

obligación sino por necesidad ontológica— es como no dormir, no soñar, no respirar bien.

Y lo peor es que muchas veces eso sucede precisamente porque hay que ocuparse de

otras cosas: las facturas, la búsqueda de empleo (o de mantener un empleo que, en

realidad, no quieres mantener), cocinar, fregar, hacer las camas, responder mensajes,

cumplir con una vida que a menudo no tiene nada que ver con lo que uno siente que ha

venido a hacer. Escribir y vivir rara vez son compatibles. El tiempo de la escritura se
parece más al tiempo mítico, ritual, cíclico. El tiempo de la vida es lineal, utilitario,

económico. Encontrar un punto de cruce entre ambos es difícil.

A veces, imposible.

Y sin embargo, hay que seguir. Incluso cuando no se puede. Incluso cuando todo parece

sin sentido. Porque escribir, para quienes estamos enredados en esto, no es tanto un lujo

como una forma de mantenerse cuerdo. O al menos de seguir existiendo. A veces

escribimos no porque tengamos algo que decir, sino porque si no lo hacemos sentimos

que nos vamos disolviendo, que vamos dejando de ser. Escribir es una forma de

sostenerse, incluso cuando lo que se escribe es caótico, fragmentado, oscuro o banal.

Incluso cuando nadie lo va a leer. Incluso cuando uno mismo lo detesta.

Hay días en los que la escritura no sirve para nada visible, pero salva. Días en los que

una frase, una línea, una imagen, hacen de ancla. Y otros días, escribir es apenas llenar

el tiempo, estirar una cuerda. Pero también eso cuenta. También eso forma parte del

ritual. Porque escribir no es solo producir textos: es crear un lugar donde podamos

habitar, aunque sea por un momento. Un refugio. Un umbral. Una grieta por donde filtrar

lo inefable.

Quizás por eso escribir también duele. Porque confronta. Porque revela. Porque uno se

enfrenta a sí mismo más de lo que quisiera. Lo que aparece en la página muchas veces

no es lo que esperábamos encontrar. A veces es peor. A veces más verdadero. Escribir,

en ese sentido, es una forma de desnudarse ante un espejo oscuro. Pero también puede

ser un regreso. Un retorno a casa. Una manera de recordarnos quiénes somos, incluso

cuando lo hemos olvidado todo. Cuando el mundo afuera es inhóspito. Cuando todo

parece ruido. Uno escribe una frase, luego otra. Y en algún momento algo se enciende.

Algo se ordena. Algo respira. Y entonces, por un instante, uno siente que hay sentido. No
necesariamente un sentido grandioso, absoluto, trascendental. A veces basta con una

chispa, un temblor. Una señal de que todavía hay algo ahí, esperando ser dicho.

Y eso, a veces, es suficiente.

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