HISOTIRA DE LOS MEDICAMENTOS
EL PAPIRO DE EBERS
La medicina egipcia data de alrededor de 2.900 A.C., es tan antigua como la medicina tradicional
china pero anterior a la de la India, reconocida entre otras por el famoso AyurVeda del 700 A.C.; el
estudio de las prácticas médicas de la época de los faraones se ha basado en lo encontrado en unos
documentos denominados “papiros”, así como en la observación de la representación artística de la
enfermedad en el Valle del Nilo y además en el detenido análisis de los tejidos blandos y esqueléticos
de los restos humanos, más el estudio de las momias (Fig.2-1).
Fig.1-2. Egipcio con pie equino por polio Fig.2-2. Fascímil del papiro de Georg Ebers
La principal literatura egipcia está representada por los llamados Libros Herméticos del dios Thoth
(quien era identificado por los griegos con su dios Hermes), buena parte de los cuales se han perdido.
Los papiros médicos son fragmentos de estos libros y son varios los disponibles en la actualidad en
los diferentes museos y bibliotecas en que se encuentran; tal vez el más representativo en cuanto a
los medios medicamentosos que se utilizaban es el llamado “Papiro de Ebers”, documento de 110
páginas que incluye 877 recetas y menciona unas 700 drogas (Fig.2-2).
Otro papiro que se debe mencionar de los nueve existentes es el quirúrgico de Edwin Smith,
ligeramente anterior al Ebers (aunque ambos se ubican alrededor del 1.550 A.C.); más lógicamente
escrito que el último, el texto, que comienza con el diagnóstico y tratamiento de las lesiones de la
cabeza, llega sólo hasta las lesiones del hombro, pues dicho texto está mutilado. Vale la pena anotar
que ambos papiros fueron encontrados al tiempo y en el mismo lugar; los dos fueron comprados en
1862 por Smith, aventurero, prestamista y anticuario, pero el de Ebers fue adquirido en Luxor, donde
al parecer había sido encontrado entre las piernas de una momia, distrito de Assassif en la necrópolis
de Theben. Diez años más tarde fue comprado por George Ebers, egiptólogo y novelista, quién
publicó una portada del documento con una introducción y un vocabulario inglés y latín; este
investigador consideraba su papiro el cuarto libro de la colección Hermética. Aunque parece haber
sido escrito en el 9º año del reinado de Amenothep, contiene un anacronismo histórico que lo situaría
cerca de la primera dinastía, unos 3000 años A.C. Ciertamente el papiro hace referencia a prácticas
médicas anteriores a las de su escritura, que debió haber sido dictada por algún “Jefe de Farmacia”;
en aquellos tiempos había además recolectores de ciertas materias primas con acciones
farmacológicas y también preparadores de fórmulas. El papiro tiene 839 párrafos, ordenados en
forma casual.
Podríamos decir que los egipcios recomendaban un estilo de vida saludable, practicaron la cirugía y
creían en los efectos mágicos de sus medicinas, que ayudaban a sacar del organismo los espíritus
malévolos, por lo que los medicamentos debían ser ingeridos mientras se recitaba algún conjuro. Los
temas tratados con más énfasis son los de las enfermedades del estómago, con especial referencia a
las parasitosis intestinales; los antiguos egipcios sufrían, al igual que ahora, de Bilharsiasis y de
enfermedades de los ojos. Los tratamientos han sido más factibles de identificar, no así los
diagnósticos. Dicen que algunas de las medicinas han sido personalmente usadas por varios dioses,
y en los márgenes del documento se encuentran comentarios tales como “este es bueno”, o “a mi me
ha dado buenos resultados”, primera manifestación de las pruebas anecdóticas o testimoniales que
dan los galenos de hoy en día. Aunque el texto médico más antiguo que existe es una tablilla
cuneiforme mesopotámica, los papiros médicos egipcios son los libros con cierta extensión y detalle
más antiguos que se conocen. Los remedios deben curar dolencias que van desde la mordedura de
un cocodrilo hasta el dolor de una uña del pie, pasando por la erradicación de plagas de ratas, moscas
y escorpiones. Tiene una descripción sorpresivamente exacta del sistema circulatorio y anota la
existencia de vasos sanguíneos que tienen su centro de distribución en el corazón. Los egipcios tenían
conocimientos de anatomía, pues en sus prácticas de embalsamamiento debían extraer todas las
vísceras pero dejando el corazón en su sitio; por otro lado, al cerebro no le concedían mucha
importancia. Personajes posteriores de la época greco-romana como Heròdoto y Plinio el Viejo,
estudiaron con mas detalle estas actividades médicas egipcias.
El aceite de ricino era muy usado como purgante y también para combustible de las lámparas. De los
treinta productos vegetales más importantes usados en la época, podemos destacar los siguientes: La
albahaca(para el corazón), la sábila (acíbar) o áloe, para los parásitos, la belladona para el insomnio
y el dolor (aunque esta como la sena, tuvieron su auge en la época de los árabes); el cardamomo
como digestivo, la colchicina para reducir la inflamación del reumatismo; el ajo y la cebolla (según
el historiador griego Heròdoto, los obreros que construyeron las pirámides consumían grandes
cantidades de estos dos vegetales para obtener fuerza física); la miel, la mostaza y el anís, la menta,
el apio, la mirra, el sen, el enebro y la linaza, amén de la hiel (o bilis) de diferentes animales, así
como combinaciones de grasas de estos para combatir la calvicie. Se habló del molido de pene de
asno para el tratamiento de la impotencia, es decir, como antiguo precursor del moderno Viagra. Los
remedios para las enfermedades de la piel se categorizan como irritativos, exfoliativos y exudativos.
Veamos algunas curas concretas. Para la diarrea: Un octavo de taza que contenga higos y uvas, pasta
de pan, maíz, tierra fresca, cebolla y un tipo de fresa; imaginémonos el sabor de semejante pócima.
Para la piel: cuando cae la costra, mezclar excremento de Escriba con leche fresca y aplicar. Para la
indigestión: macerado de dientes de cerdo, revuelto en cuatro tortas de azúcar, comer por cuatro días.
Como medicinas asociadas a conjuros, podemos mencionar una para las quemaduras: mezcla de
leche materna (si ha sido parido un niño), con goma y pelo. Diga cuando lo toma: “El hijo de Horus
(dios de la salud, que recuperó por medios milagrosos su ojo perdido) se quema en el desierto. ¿Hay
agua allí? No hay agua. Tengo agua en mi boca y un Nilo entre mis muslos. He venido a extinguir el
fuego” (¡Qué fantasías!).Para las cataratas: mezclar cerebro de tortuga con miel, colocar en el ojo y
decir: “Gritan en el cielo del sur, en medio de la oscuridad; rugen en el cielo norteño, el Corredor de
las Columnas cae en las aguas. Te dirijo para que alejes al dios de las Fiebres y cualquier otro arte
mortal”. También:”Bienvenido remedio, bienvenido; tu me quitarás el mal que hay en este mi
corazón, y en estos mis miembros”. Los campesinos de hoy en día usan conjuros de esta clase para
tratar las enfermedades de sus animales.
El historiador médico Lyons dice en su libro que en cuanto a los remedios medicamentosos de los
egipcios “su farmacopea era amplia” (Dioscòrides, Galeno y Plinio describen posteriormente muchos
de ellos); fueron los primeros en importar materias primas, Ya que trajeron del exterior “azafrán y
salvia de Creta, canela de China, perfumes y especias de Arabia y Abisinia (hoy Etiopía), madera de
sándalo, gomas y antimonio”. Creían mucho en los enemas, pero no para tratamiento del
estreñimiento o preparación para algún procedimiento, sino para “devolver el color... o vigorizar los
cabellos débiles”o hasta “para producir olores agradables” pues los enemas eran “ de agua, leche,
cerveza y vino, endulzados con miel”. Entre los minerales usaban mucho el antimonio y el cobre,
entre otros; las pinturas que usaban las mujeres para maquillarse los ojos tenían una elevada
concentración de antimonio, sustancia que en el Renacimiento llegó a tener una gran importancia
farmacológica. Entre estas pinturas, las de color verde contenían sales de cobre, curiosamente de las
que se usan hoy día para el tratamiento del tracoma, enfermedad ocular muy común en Egipto desde
tiempos milenarios.
UN ALQUIMISTA QUE HIZO HISTORIA
Los postulados de Galeno sobre los cuatro humores y sus conceptos sobre anatomía y fisiología,
reinaron por siglos hasta que fueron cuestionadas por importantes figuras renacentistas como
Vesalio, Harvey y en el siglo XVI, el filósofo y alquimista suizo Paracelso. Este postuló
revolucionarias teorías, entre otras cosas al decir que semillas infecciosas podían causar la
enfermedad.
Teophrastus Bombastus von Hohenheim (1493-1541), el nombre suizo de Aurelio Felipe Paracelso
(Fig. 18-1) fue un original personaje, iconoclasta y conflictivo, alcohólico y petulante, místico que
consideraba que no era posible ejercer el arte de curar sin tener una fe profunda en el Ser Supremo.
No hizo sino granjearse enemistades por sus actitudes y enseñanzas, y en una época en que
universidades como la de Basilea (ahora ciudad sede de los gigantes farmacéuticos Novartis y
Roche), era tradicional dar las clases en latín, él las dictaba en alemán. Y por cosas similares había
salido antes de Salzburgo, ciudad austriaca donde originalmente se estableció. Aunque su
pensamiento es medieval, de allí fue naciendo el estudio de los fármacos (¿“Padre de la
Farmacología”?), pues introdujo el uso de compuestos químicos en el tratamiento de la enfermedad.
Muchos en su época lo consideraron un charlatán, pero con el tiempo se empezaron a rescatar muchas
cosas importantes, entre ellas varios de sus libros que fueron publicados después de su muerte; dicen
sus biógrafos que utilizaba un lenguaje confuso para escribir, por lo que se hacía difícil entender sus
obras.
Fig.18-1. Paracelso
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Fue un médico famoso en su tiempo, que merced a vivir cerca de una mina, desde joven se interesó
en la mineralogía; viajó intensamente y fue un filósofo que creyó en la influencia de las estrellas
sobre la salud del “cuerpo astral” humano, mas no propiamente en los horóscopos. Este es uno de los
cinco entes que, según lo escrito en su obra “Paramirum”, regulan la salud y la enfermedad; otro es
el “ente venenoso”, una visión que podríamos llamar moderna pues postula que aunque el ser humano
nace libre de venenos, con el tiempo, merced al aire que respira, a los alimentos que ingiere y a los
remedios que toma, se va envenenando; hoy diríamos que el efecto nocivo del ambiente (incluido el
tabaco), la dieta a base elementos chatarra y la toxicidad de los medicamentos, induce el deterioro
progresivo del organismo, en medio de la producción de radicales libres oxidantes.
Los otros tres entes son el natural, el espiritual y Dios.
Aunque más cerca de la verdad que Galeno, Paracelso sostenía que la medicina se apoyaba sobre
cuatro columnas: la filosofía, la astronomía, la alquimia y la virtud. El hombre es un microcosmos
integrador de todos los procesos, ritmos y fuerzas de la naturaleza; Dios es el “Supremo Boticario”,
y el alquimista tiene que conocer y aislar los remedios específicos colocados por Él en la naturaleza.
Aboga también por teorías demasiado simples como la de que el cuerpo estaba compuesto por los
tres principios de los alquimistas árabes, el mercurio (volátil), el azufre (inflamable) y la sal
(incombustible); el mercurio es lo que humea, el azufre lo que quema y las cenizas son sal; como
vemos, esas no son las sustancias que hoy llevan esos nombres. Pensaba que las curas debían tener
relación con las enfermedades que se trataban, o tener algún parecido con ellas, por lo que los
tratamientos debían basarse en los tres principios o sus derivados. Rechazó las sangrías y concluyó
que la alquimia no tenía por objeto producir oro o plata sino producir compuestos que sirvieran para
tratar las diversas patologías. Se consideró yatroquìmico y reformador de la alquimia; la
yatroquìmica( de la cual habla en su libro Paragranum) tenía por objeto preparar sustancias de la
manera más simple, desarrollar métodos que aseguraran resultados consistentes, descubrir las
propiedades medicinales de los compuestos y encontrar nuevas sustancias de valor medicamentoso.
En contraposición a este tipo de médicos que en el siglo XVII siguieron a Paracelso, estuvieron los
yatrofìsicos, que con Descartes a la cabeza tuvieron más en cuenta el funcionamiento puramente
mecánico de los órganos. Paracelso intentó aplicar principios científicos a la medicina, pero tuvo
actitudes incomprensibles como su membresía en el culto hermético, o su adherencia mística a la
investigación en alquimia.
La experimentación (intuición directa del mundo sensible) marcó sin embargo su filosofía; desde
esa época trataron los médicos de conocer mejor el funcionamiento del cuerpo humano y la forma
de combatir sus enfermedades; el ensayo y el error se volvieron importantes, pero no se siguieron
métodos verdaderamente científicos para determinar cuál terapia es más efectiva que otra, o cuál
tiene simplemente un efecto placebo. Como se diría en términos modernos, para verificar si una
terapéutica determinada ha sido “ventajosamente sustituida”.
Puso de moda un metal como medicamento en “El carro triunfal del antimonio”, y usó el hierro, el
cobre, albúmina, arsénico, zinc, potasa, soda y en general las sales minerales, que hasta esa época
habían estado prohibidas. A estas drogas había que buscarles su
“quintaesencia”, es decir, su principio activo. Muchos de sus seguidores pertenecieron a la secta de
“Los Rosacruces”. Su remezòn tuvo la importancia de revolver las aguas mansas de unas enseñanzas
obsoletas, y de preparar el camino para unos renacentistas con aportes científicos que aún perduran,
Vesalio el anatomista y Harvey, el fisiólogo de la circulación. 19 LA QUINA
VINO DE AMERICA
Los indígenas americanos habían hecho descubrimientos prehistóricos de las propiedades de algunas
drogas, que en algunos casos eran adictivas como el tabaco y la cocaína, y en otras eran además
alucinógenas como la mezcalina, que provenía de un cactus. De estas drogas adictivas no nos
ocuparemos aquí, para concentrarnos en la quina.
El árbol de la quina (cinchona) crece agreste en las selvas sub-andinas: los indígenas la llamaban
quinquina (la corteza de las cortezas). Conscientes del futuro de sus plantaciones, el gobierno peruano
por ejemplo prohibió su exportación, particularmente porque cuando la quina realmente ganó
aceptación en Europa, la deforestación resultante acabó con veinticinco mil árboles anuales (Fig. 19-
1). En 1839, William Hooker propuso cortar totalmente los árboles de quina, en vez de quitarle
simplemente la corteza, pues de la última manera el árbol era víctima de los insectos, mientras que
al cortar y cultivar nuevamente, otro árbol estaba listo en seis años. Luego se comprobó que estos
nuevos árboles tenían una mayor concentración de los alcaloides de la quina. Todas estas
deforestaciones han aumentado el calentamiento global, lo que ha favorecido la diseminación del
paludismo, mientras los hemoparàsitos se hicieron resistentes.
Fig. 19-1. Hojas y flores del
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Pero tal como ahora vemos con el tráfico de narcóticos, negocio es negocio, y el gobierno holandés
se consiguió una libra de semillas de cinchona sacadas de Bolivia de contrabando: pagó por ello 20
dólares en 1865. Estas fueron sembradas en la isla de Java, donde obtuvieron 12.000 árboles de alta
potencia y se desarrollaron grandes plantaciones, por lo que dominaron el 97% del mercado hasta
antes de la segunda guerra mundial. Gracias a la quinina, los europeos pudieron colonizar los
trópicos, e incluso importar mano de obra barata procedente de India y China, para el manejo de
plantaciones y minas; y también gracias a este antimalàrico fue posible construir el Canal de Panamá.
Lo cual muestra el enorme impacto macroeconómico que esto logró, y lo bueno y rentable que para
la humanidad sería encontrar una vacuna que redujera la incidencia de esta mortal enfermedad.
Muchos han sostenido que los remedios para las patologías de los seres vivos se encuentran en la
misma naturaleza. Y la historia de la milagrosa corteza del “árbol de la fiebre”, como lo llamaban en
la tierra de Loxa y la describe el monje agustino Calancha en Lima, pareciera confirmarlo. Lo
interesante es que aunque hoy conocemos a la malaria como una enfermedad tropical y en realidad
se originó en el África, en aquellas épocas de la Edad Moderna era una patología que diezmaba sin
remedio a los europeos, mas no existía en los Andes. Es algo parecido a la historia de la sífilis, que
la habían dejado los franceses en Nápoles, y allí contagió a los españoles y quizá de esta forma vino
a América, aunque sobre este tema hay varias hipótesis. El polvo color canela de la corteza de la
quina, tomada como bebida, cambió la historia del tratamiento de las fiebres palúdicas.
La corteza de la quina fue llevada a Europa donde se utilizaba para el tratamiento de las fiebres en
general y para el manejo de la malaria en particular. Doscientos años más tarde dos químicos
franceses –Joseph Caventou (1795-1877) y Pierre Pelletier (1788-1842)-, aislaron la quinina de esta
corteza. Una leyenda al respecto dice que la esposa del Virrey del Perú, el Conde de Chinchon, fue
curada en 1638 de una malaria con fiebre terciana gracias a que un indio le administró corteza de
quina. Agradecida, la condesa (cuyo nombre era Francisca Henríquez de Ribera), distribuyó la
corteza a otros pacientes en Lima y alertó a los españoles sobre la posible utilidad de la planta en el
tratamiento de la malaria. Definitivamente hay un error histórico en cuanto a la esposa de este Conde,
ya que la primera (¿Ana de Osorio?) se dice que murió en España antes de su viaje al Perú, y la
segunda esposa, que sí lo acompaño a América, gozó de muy buena salud; no tuvo pues que acudir
al uso de la corteza de quina, y además, jamás regresó a España pues cuando viajaba de regreso a la
península, falleció en Cartagena en 1641. Pero de allí resultó que por un tiempo esta medicina fue
denominada “los polvos de la condesa”.
El famoso naturalista Carl von Linnè o Linneo (1707-1778) fue el que bautizó Cinchona al árbol,
aunque por accidente, pues ha debido en realidad llamarse Chinchona. Otros dicen que el término se
originó del inca “kinia”.
Los jesuitas y el Vaticano mismo resultaron muy importantes para la promoción de la quina; los
jesuitas a menudo la regalaron, los comerciantes la vendieron y los reyes de España lo obsequiaron
a los poderosos de la tierra, pues el paludismo no respetaba la posición social. Un jesuita, el Cardenal
y filósofo Juan de Lugo la dio a conocer al médico del Papa Inocencio X, gustó mucho allá y más
tarde consiguió no sólo el respaldo de la Iglesia, sino que apareció una Cédula Romana con
instrucciones para su uso. Por esto la droga se llamó “Corteza de los jesuitas” o “del Cardenal”. Pero
en muchas regiones esto fue contraproducente, porque las prevalentes teorías de Galeno sostenían
que la “fiebre de los pantanos”era una enfermedad de los humores que se debía limpiar con sangrías
o con eméticos que junto con las purgas, los diaforéticos y los vesicatorios se denominaban “terapias
de agotamiento”. Además la quina se usó en toda clase de fiebres incluso las no palúdicas, por lo que
a menudo resultaba ineficaz; y otra, porque en regiones no partidarias de Roma como en Inglaterra,
pensaban que se trataba de un complot papal. Cromwell por ejemplo prefirió morir de malaria, antes
de ingerir el “ polvo del demonio”. Sin embargo fue en la Farmacopea londinense donde se hizo
reconocimiento por primera vez a la quina, poniéndola en la lista como “Cortex peruana”. Y fue allí
donde ganó renombre, de la forma más curiosa posible. El boticario y charlatán Robert Talbor –
autodenominado“fiebròlogo”la usó como remedio secreto (finales del XVII) y con ella curó al rey
Carlos II. En público sin embargo, Talbor condenaba el uso de estos polvos de quina, pero luego
vendió los derechos de su remedio secreto a Luis XIV de Francia para el tratamiento de su hijo
enfermo; cuando después de la muerte de Talbor se analizaron los polvos, resultaron ser de Cinchona.
La verdad es que a Europa la quina llegó procedente del Perú, pero el trasplante del árbol a Java
convirtió al Asia en el origen de las importaciones, mientras aparecieron los productos sintéticos
que reemplazaron a la quinina.
El uso de los alcaloides de la quina mejoró la actividad terapéutica. Y se observó también que los
pacientes malàricos con fibrilación auricular mejoraban con la quinina, y mucho más aún toda clase
de pacientes con la fibrilación mejoraban por la quinidina, que fue preparada por el propio Pasteur.
Carl Friedrich Wenckebach (el del bloqueo aurìculoventricular de segundo grado) fue uno de los que
usó la quinina para esta indicación (1914), que luego fue reemplazada por la quinidina. Como
residente de medicina interna en los sesenta, muchas veces hube de “quinidinizar” pacientes con esta
arritmia cardiaca. Algo parecido a “digitalizar” insuficientes cardiacos o“colchicinizar” enfermos
con ataque agudo de Gota; es decir, que la máxima eficacia comenzaba con los primeros signos de
intoxicación.
El polvo de la corteza alcanzaba valores de su peso en oro en la época en que este escaseaba, y esto
se convirtió en verdadero problema durante las guerras europeas, pues esta Isla de Java y Sri Lanka
eran más bien inaccesibles, lo cual se volvió peor cuando los japoneses ocuparon Java y Malasia. En
Colombia hubo a comienzos del siglo XX, plantaciones de quina en el Magdalena Medio que
producían buenos réditos de exportación, mientras que la quinina era ampliamente usada en esas
mismas zonas que eran palúdicas.
La historia de la quinina no terminó allí. El interés por sintetizar quinina llevó al joven químico
William Perkins a descubrir por arte de casualidad o “serendipity”, la malva púrpura, que se convirtió
en el primer colorante anilìnico. No sólo de allí nacieron las importantes industrias europeas de
colorantes (particularmente las suizas, como Geigy) sino también su uso en histopatologìa y
microbiología, que llevó a Paul Ehrlich, descubridor del “Salvarsán” o arsénico salvador para la lùes,
a encontrar que el azul de metileno por ejemplo, tenía una débil actividad plasmodicida; más tarde
se encontró que al sustituir un grupo N-metilo por otro aminodialquìlico, aparecieron las 8-
aminoquinolinas con efecto antipalúdico, dentro de ellas, la primaquina como la más usada. Y
también hizo que la industria alemana de colorantes investigara la posibilidad de generar antibióticos
de allí, lo que llevó al descubrimiento de las sulfas en 1935 por Gerhard Domagk.
El descubrimiento de nuevas drogas en las Indias occidentales (y en las orientales), hizo que el clásico
texto botánico de Dioscòrides debiese ser actualizado, lo que logró exitosamente en el siglo XVI
Pietro Andrea Mattioli (1501-1577), de Siena, tratado sobre fármacos en italiano que alcanzó
numerosas ediciones sucesivamente actualizadas con la incorporación de nuevas plantas medicinales.
La Flora de las nuevas tierras es divulgada por el portugués García Da Orta (1501-1568) en su
“Coloquio de las simples”, quien da pie para que Acosta escriba el “Tratado de las drogas y medicinas
de las Indias Orientales” y el sevillano Monardes, que destaca las cosas útiles para la medicina que
se traen de aquellas Indias.
El material farmacológico más abundante es traído de México por Francisco Hernández (1514-1578)
quien herborizó durante siete años y luego llevó numerosos manuscritos y centenares de dibujos al
Escorial, donde fue depositado, sufriendo numerosas vicisitudes, ya que el Escorial sufrió un
incendio, los manuscritos originales o publicados parcialmente hasta que en 1961 se hizo honor a
este gran trabajo, con la publicación en tres volúmenes de la “Historia Natural de la Nueva España”,
con material sobre plantas, minerales y animales. Hernández fue médico de cámara del rey Felipe II,
y tradujo al castellano los veinticinco tomos de la “Historia Natural” de Plinio, al que le añadió
numerosas notas que firmó como “El intérprete”.
Otros que escribieron sobre estas nuevas plantas americanas fueron el agustino Farfán y el Badiano,
con su “Manuscrito”, que incluyó 183 nuevas plantas. En un pequeño listado, el médico e historiador
Juan Mendoza-Vega incluye “el palo de guayaco (para la sífilis), el bálsamo del Perú y el de Tolú,
la zarzaparrilla, el sasafrás, la jalapa, la ratania, la angostura, la ipecacuana... ”. Que por muchos años
mantuvieron un arsenal terapéutico a la mano de los practicantes generales.