Theodore Sturgeon
CAVIAR
Ultramar Editores
Título original: CAVIAR.
Traducción: MARÍA TERESA PARELLADA.
Portada: ANTONI GARCÉS.
1." Edición: Noviembre, 1988.
© 1955 by Theodore Sturgeon.
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© Ultramar Editores, S.A., 1988.
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ISBN: 84-7386-508-1.
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Impresión: Gráficas Estella, S.A., Estella (Navarra).
Printed in Spain
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LA CLARIDAD POR UNA RENDIJA
Jamás, antes de entonces, había llevado a una muchacha en brazos. No
es que estuviera aterrado; antes sí lo habría estado, cuando la llevó dentro y,
tras de cerrar la puerta de golpe empujándola con un pie, oyó el constante
gotear de sangre de su falda enlodada y, también antes, cuando creyó que
estaba muerta junto a la acera e igualmente, mucho antes, cuando ella
produjo aquel sonido, aquella especie de ronquido sibilante. La recogió, la
metió en su casa y, cuando vio tanta sangre, miró de un lado para otro sin
saber qué hacer y, por fin, la dejó en el suelo. Parecía como si se estuviera
batiendo la masa cerebral para hacer un revoltijo y en sus sienes, que latían
subiendo y bajando, aparecían y desaparecían unos pequeños bultitos.
Sólo era capaz de pensar:
«No deben quedar señales en la colcha»
Encendió la luz y, por un instante, esperó pestañeando y jadeante;
apresuradamente se dirigió hacia la ventana para bajar la persiana y
protegerse así de los curiosos de la calle.
Se contempló las manos al buscar la persiana y se detuvo: estaban rojas
y mancharían cuanto tocaran. Exhaló un quejido, y la parte lúcida de su
cerebro lo confundió con el mismo silbido agonizante que ella había lanzado
cuando estaba todavía caída en la oscura y húmeda calleja. Saltó al
conmutador de la luz y comprobó que ya había en él un tiznón rojo, dándose
cuenta de que, al pasar la mano por encima, dejaba nuevas señales. Corrió
hacia el fregadero que había en un rincón y se lavó las manos: las lavó de
nuevo, mirando por encima del hombro hacia el cuerpo de la muchacha, del
que iba saliendo un hilillo de sangre que avanzaba hacia él sobre el linóleo.
Ya había recobrado su respiración normal y volvió con mayor tiento
hacia la ventana. Bajó la persiana, corrió las cortinas y, por debajo de ellas y
por los lados, procuró que no quedara la menor rendija. Tanteó, a ciegas por
la oscuridad, su camino de vuelta a la pared opuesta, llegando hasta donde
se terminaba el linóleo y volvió a encender la luz. El dedo de sangre se había
convertido ahora en un tentáculo que palpaba el esponjoso entarimado,
ávido de chupar manchas. De la mesa esmaltada que había al lado del
hornillo sacó una esponja de plástico y la colocó al extremo del tentáculo.
Quedó satisfecho: aquello ya no era como un dedo extendido que podía
alcanzarle: era algo que se había desparramado y podía ser recogido.
Retiró la colcha y la colgó en la cabecera de latón de la cama. Del cajón
de la alacena que había en la parte inferior de la mesa tomó dos manteles
de plástico. Cubrió con ellos la cama, haciendo que cabalgaran bien, uno
encima del otro. Quedó un momento vacilante y preocupado, estirándose el
labio inferior con los dedos índice y pulgar.
«Tiene que quedar requetebién», se decía con firmeza, «aunque se
muera antes de que termines, no importa: todo hay que hacerlo
requetebién.»
Respiró con fuerza y tomó unos libros de la repisa de la alacena: un
Almanaque Mundial de seis años antes, media docena de novelas en rústica
y un grueso catálogo de joyería. Empujó la cama desde la cabecera,
separándola de la pared, y colocó los libros, uno a uno, bajo dos de las patas,
de modo que la cama se inclinara hacia abajo y también, ligeramente, hacia
un costado. Cogió una manta, la dobló, y la colocó debajo del plástico, de
manera que hiciera como una valla del lado que subía. De debajo del
fregadero sacó un bote de aluminio y lo dejó en el suelo, en el lado más
inclinado de la cama e introdujo en él la punta inferior del plástico.
«Ahora, sangra cuanto quieras», le dijo quedamente y satisfecho a la
chica.
Se inclinó sobre ella, gruñendo, y la levantó por los sobacos. La cabeza
cayó hacia atrás, casi como si no tuviera huesos en el cuello, y él la dejó
caer. La arrastró hacia la cama, dejando una amplia faja colorada, porque su
falda se había restregado por el charco escarlata que se había formado
donde estuviera tendida. La levantó del suelo por completo, apoyó sus pies
con firmeza y se dirigió hacia la cama con ella en brazos. Tuvo que hacer un
gran esfuerzo para lograrlo. Entonces se dio cuenta de lo cansado, gastado y
viejo que estaba. La colocó allí desmañadamente, casi tirándola en un
esfuerzo para evitar que los manteles se arrugaran y perdieran su perfecta
disposición. Casi se cayó sobre ella encima de la cama. Recobró el equilibrio
apoyándose en sus brazos, que parecían de goma, y permaneció un
momento de pie, respirando afanosamente.
Siguiendo el dobladillo empapado de la falda, la sangre empezó a
gotear y, tal como él había previsto, encontró fácil camino hacia el ángulo
inferior.
«Hay demasiada sangre en una persona», pensó. «Hay que atajarla;
pero, ¿cómo detener la hemorragia si no se para?»
Echó una rápida ojeada a la puerta cerrada, a la ventana oscura y al
reloj. Escuchó. Llovía con fuerza y el agua golpeaba y repiqueteaba en
aquella hora negra. Aparte de esto, no se oía nada: la casa estaba dormida,
y la calle muerta. Estaba solo con su problema.
Tiró de su labio inferior y retiró la mano al notar que sabía a sangre.
Tosió y se fue hacia el fregadero: escupió, se lavó la boca y luego las manos.
«Está bien: ahora voy a llamar...»
¿Llamar? ¿Llamar a quién? ¿Al Hospital, que avisaran a la policía?
«Ya lo mismo da que llame a la policía. ¡Imbécil! ¿Qué podría decirles?
¿Es mi hermana, la ha atropellado un coche? ¿Van a creerme? Digo la
verdad: unas manzanas más allá veo que alguien la tira fuera de un coche y
huye con las luces apagadas. Yo la recojo bajo la lluvia y, en casa, encuentro
que se desangra. ¿Me van a creer? Imbécil. ¿Por qué eres tan tonto? Cuídate
de tus asuntos. ¿Por qué no lo haces?»
También pensó que podría sacarla y devolverla a la lluvia:
«¡Sí! ¿Y si alguien te ve, imbécil?»
Vio que la ancha y alistada mancha de sangre del linóleo perdía brillo en
los trozos más delgados, secándose y empapándose. Levantó la esponja,
roja en sus dos terceras partes, y de su color azulina natural en uno de sus
extremos, que había adquirido la forma de un mendrugo de pan, como si
hubiese sido dibujado con un fino lápiz encarnado. Le dio la vuelta, de modo
que no goteara mientras la llevaba al fregadero para lavarla, exprimiéndola
una y otra vez en el chorro de agua.
«Imbécil, llama a alguien y consigue ayuda»
¿Llamar a quién?
Pensó en el almacén, donde durante dieciocho años estuvo sacándole
brillo al entarimado y limpiando las alfombras por la noche. Pensó en el
vecindario, en el que conocía al de la tienda de ultramarinos y al carnicero.
Todo estaría cerrado, todo el mundo dormía, ya todos se habían ido; no
quedaban más que nombres y números a los que él no conocía, y, de todos
modos, ¿en quién podía tener confianza?
«Dios mío —pensó—, en cincuenta y tres años no has conseguido un
solo amigo»
Cogió la esponja húmeda, y, arrodillándose sobre el linóleo, vio que la
cinta serpenteante de sangre procedente de la cama, había llegado hasta el
extremo, convirtiéndose en un afilado reguero; se vertía dentro del bote
haciendo piti-piti-piti con impulso y luego, drip-drip-drip-drip, tres veces por
segundo, sin detenerse.
Entonces tuvo la certeza absoluta, aunque tardía, de que la mujer se
estaba desangrando y que la hemorragia no se pararía por sí sola.
Con un leve sollozo en la garganta, se levantó y se dirigió hacia la cama.
—No te mueras —dijo en voz alta, y el propio sonido de su voz le asustó.
Apoyó su mano en el pecho de la chica; pero la retiró al darse cuenta de que
la blusa estaba desgarrada y que también por allí manaba la sangre.
Tragó saliva y empezó a manosear con los vestidos. Llevaba unas
zapatillas como de baile, muy gastadas. Estaban empapadas y frías. Llevaba,
además, unas cositas de seda que él nunca había visto, igual que el pie de
una media. Más sangre: pero, no; era esmalte medio saltado que manchaba
los dedos de sus pies blancos y helados. La falda tenía un botón a un lado y
una cremallera, con la cual luchó durante un momento; pero logró bajarla y
le quitó la falda gracias a una serie ininterrumpida de tirones que daba
asiéndola por el dobladillo y moviéndola de un lado para otro, mientras ella
giraba suavemente impulsada por sus movimientos. Llevaba un pantaloncito
de seda, completamente empapado y tan desgarrado por la parte izquierda,
que pudo acabar de romperlo fácilmente con los dedos; por el otro lado se
mantenía fuertemente y tuvo que coger unas tijeras para cortarlo. La blusa,
abrochada por delante, no ofrecía ninguna dificultad; debajo de ella estaba
el sostén, que había sido partido en dos pedazos por el centro. Lo levantó
para quitárselo; pero, para lograrlo, tuvo que cortar una de las cintas.
Llevó la esponja hasta el lavadero; la lavó y escurrió, llenó una cacerola
con agua caliente y se volvió. Lavó aquel cuerpo con la esponja; parecía
firme, pero demasiado delgado, con el sombreado escalonado de las costillas
a cada lado y la aguda protuberancia de los huesos de la cadera. Bajo el
pecho izquierdo había un gran corte que se iniciaba en la costilla y se
prolongaba hasta llegar casi a la punta del pecho. El otro corte estaba en la
ingle, y echaba sangre constantemente a gotas regulares, una después de
otra, incesantemente, pero sin fuerza. Había visto algo parecido antes,
cuando Garber se aprisionó un brazo en el cuarto de cables del ascensor;
pero en aquella ocasión la sangre salía a borbotones y saltaba a un palmo de
distancia.
«Quizás esta sangre haya saltado así también y ahora está yendo más
despacio y pronto va a detenerse, claro; y tú, idiota, tienes un cadáver, y ya
podrás ir con historias a la policía»
Sacó la esponja del agua y limpió la herida. Antes de que se llenara de
nuevo, abrió los labios del corte y miró dentro. Pudo ver claramente la
arteria femoral: se parecía a un trozo de spaguetti y estaba casi
completamente cortada en redondo; luego no vio más que sangre de nuevo.
Se agachó, apoyándose firmemente en sus tacones y tirándose
rabiosamente de los labios con la mano ensangrentada e intentando pensar:
«Pellizcar, cerrar. Algo para apretar: ¡pinzas!»
Fue hacia su caja de herramientas y, para abrirla, la despanzurró. Años
atrás había aprendido a hacer cadenitas con alambre de plata y tenía la
costumbre de matar el tiempo haciendo anillas, una tras otra, soldando una
contra otra por medio de una lámpara de alcohol y un alfiler de punta de
acero. Pescó las pinzas grandes y las dejó caer, prefiriendo la pequeña pinza
con muelle que empleaba para sujetar la cadena mientras trabajaba en ella.
Fue hacia el fregadero para limpiar la pinza, y volvió a la cama de nuevo.
Pasó otra vez la esponja para limpiar el pequeño charco de sangre y,
rápidamente, se inclinó para coger con los finos dientes de los alicates la
arteria cerca de su corte. Inmediatamente salió un nuevo chorro de sangre.
Volvió a pasar la esponja y, como en un relámpago de inspiración, soltó las
pinzas, las trasladó al otro lado del corte y pinzó de nuevo.
Manaba todavía sangre del interior de la herida; pero aquel terrible
chorro como un latido, había desaparecido. Se apoyó agachado sobre sus
tacones y soltó un suspiro, que había mantenido en espera por lo menos
durante dos minutos. Los ojos le dolían por el esfuerzo, y su cerebro seguía
dando vueltas; pero al mismo tiempo germinó en él un sentimiento, un
sentimiento nuevo que era casi como un dolor o una pena, que estaba
dentro de él en algún sitio y en ninguna parte. Sintió el impulso de reír y, sin
embargo, de sus ojos salieron lágrimas como sal caliente, que le escocían
como si las aberturas por donde manaban fuesen demasiado pequeñas para
ello.
Pasado un momento se recuperó, sacudiendo su agotamiento y se
creció abrumado por la urgencia.
«Hay que hacerlo todo requetebién», se dijo.
Se dirigió al armario de los medicamentos que estaba sobre el
fregadero. Esparadrapo, paquetes de almohadillas de gasa.
«Puede que no sean bastante grandes; no importa, las uniré con
esparadrapo y quedarán requetebién»
«Este tubo nuevo de sulfa-tia-dia demonios coronados, lo arregla todo.
Cuando se me metió el polvo de la aspiradora en un corte de la mano,
arregló la infección. Cura granos también»
Llenó una cafetera y su cacerola con agua limpia y las puso al fuego.
Habría que coser, claro. Encontró agujas e hilo blanco y lo metió todo en el
agua. Volvió hacia la cama y permaneció pensativo durante largo tiempo,
observando cómo manaba la sangre del pecho de la muchacha. Pasó otra
vez la esponja por la herida femoral y contempló, reflexionando, su interior
hasta que la sangre cubrió de nuevo la arteria cogida con las pinzas. No
estaba seguro; pero tenía la vaga idea de que había que hacer algo con los
torniquetes, que debían abrirse de vez en cuando, y si no, había fallo.
¿Puede que, con una arteria, ocurriera lo mismo? Sería mejor que
cosiera la arteria; sólo estaba abierta y no del todo cortada. Tenía que
averiguar cómo hacerlo, para dejarla soldada como una tubería y no como
un calcetín zurcido.
Así, pues, introdujo en la cacerola las pinzas y un par de pequeños
alicates. Luego de haber pensado un poco más, añadió una docena de
imperdibles que sacó de sus enseres de joyería. Mientras esperaba a que
hirviera el agua, volvió a inspeccionar las heridas.
Se tiraba del labio, ceñudo. Luego cogió otra aguja fina y, sosteniéndola
con los alicates, la puso a la llama del gas hasta enrojecerla, y con otro de
los alicates de su colección la retorció en un pequeño semicírculo y la
introdujo en el agua. Cortó, de la esponja, una serie de pequeñas rajas
planas y también las metió en el recipiente.
Echó una mirada al reloj y luego, durante diez minutos, restregó la
blanca superficie esmaltada de la mesa con polvos detergentes. La inclinó
dentro del fregadero y la enjuagó al chorro del grifo. Después, lentamente,
vertió encima el contenido de la cafetera. La acercó al hornillo, la sostuvo
con una mano mientras, con un cuchillo de plata, pescaba en la cacerola los
alicates, hasta que consiguió que sus mangos salieran fuera del agua. Los
cogió cuidadosamente con un paño limpio y, con gran tiento, uno a uno, los
fue trasladando desde la cacerola a la mesa. Mientras luchaba por encontrar
la última de las agujas y sustraía los escurridizos imperdibles, el sudor
penetraba en sus ojos y el brazo que sostenía el tablero de la mesa parecía
que se le iba a caer de cansancio. Pero él apretó los amarillos dientes y
siguió con su trabajo.
Mientras llevaba el tablero de la mesa daba empujones a una silla de
madera, paso a paso, hasta que logró colocarla al lado de la cama, y dejó su
carga sobre el asiento.
«Esto no es como un hospital —pensó —; pero todo saldrá muy bien»
¡Hospital! ¡Claro! Lo había visto en las películas...
Se dirigió a un cajón y tomó un pañuelo blanco y limpio e intentó
atárselo sobre la boca y la nariz, como en el cine. Su cara, llena de
protuberancias, y su cabeza cuadrada, eran mucha cosa para un solo
pañuelo; necesitó tres, atados juntos, para hacer lo que quería y quedó con
un nudo blanco que le colgaba por la espalda como las alas de un aeroplano.
Se miró con desamparo las manos, y luego se encogió de hombros.
¡Qué diablos!, no tenía guantes de goma.
«Me las lavaré bien»
Tenía las manos sonrosadas y agrietadas por el trabajo; pero se fue al
fregadero y raspó una barra de jabón hasta que sus uñas duras se llenaron
de espuma de jabón. Luego las limpió con una lima, hasta hacerse daño, y
las lavó y aclaró de nuevo. Al final se arrodilló junto al lecho, manteniendo
en alto sus manos cuya piel había quedado arrugada de tanto lavado, como
si estuviera haciendo zalemas. Tuvo la tentación de tirarse del labio; pero
logró contenerse.
Hizo salir, apretando el tubo encima de la mesa, dos porciones de
pomada de sulfamidas, y con los alicates aplastó sobre ellas dos trozos de
esponja hasta que quedaron empapados con aquella pomada. Secó la herida
femoral y colocó una esponja, así desinfectada, a cada lado de la herida,
dejando visible la arteria en su interior. Empleando pinzas y alicates,
trabajosamente enhebró la aguja encorvada, dominando el deseo de mojar
en sus labios el extremo del hilo.
Se las apañó para dar cuatro puntadas finas desde dentro de la arteria,
debajo del corte, hasta la superficie. Ataba cada una con cuidado exquisito,
de manera que el hilo no rompiera el tejido; pero procurando, sin embargo,
que uniera los cortados bordes. Luego se agachó sobre sus talones para
descansar. Sus hombros ardían por la tensión y sus ojos estaban
empañados. Después, exhalando una profunda inspiración, quitó las pinzas.
La sangre llenó la herida y empapó las esponjas. Pero aparecía
lentamente, no a chorros. Se encogió de hombros. ¿Qué podía hacer? ¿Poner
un parche como en los neumáticos? Secó la sangre una vez más y,
rápidamente, llenó la incisión con pomada, colocando encima una gasa, más
para taparla que para curarla.
Se limpió las cejas, primero con un antebrazo y luego con otro, y clavó
sus ojos en la pared opuesta, como acostumbraba a hacer cuando trabajaba
en sus cadenitas de plata.
Cuando pudo ver con claridad, volvió a fijar su atención en el largo corte
de debajo del pecho. Grande como era, no sabía cómo lograría coserlo; pero
él era un buen cocinero y sabía cómo hay que bandearse para coser un
pollo. Mordiéndose la lengua, clavó el primero de sus imperdibles de plata en
la carne, haciendo un ángulo recto con el corte, apretándolo al través de la
herida y haciéndolo salir por el otro lado. Plantó el siguiente
aproximadamente a una pulgada más allá y lo mismo hizo con el tercero. El
cuarto tropezó con algo en la herida; se asustó como cuando se oye un
portazo y se mordió la lengua hasta hacerse daño. Sacó el alfiler y tanteó
cuidadosamente con las pinzas. Sí; allí había algo duro. Probó más hacia el
fondo con las dos patas de las pinzas penetrando en el tejido que no estaba
cortado y sintió un crujido que únicamente podía apreciar con la punta de
sus dedos sensibles. Tembló de miedo y echó una mirada al rostro de la
chica. Decidió no mirarla de nuevo: era la cara de un cadáver.
«¡Imbécil!» Pero su mismo insulto perdió todo sentido en el momento de
proferirlo.
Las pinzas asían algo duro, resbaladizo y tenaz. Trabajó expertamente,
empujando y tirando, sintiendo una lástima compleja por aquella carne que
no le era familiar y que no se resistía a sus movimientos. Gradualmente, con
mucho tiento, fue haciendo aparecer un ángulo de algo afilado. Persistió en
su esfuerzo hasta que salió lo bastante para tomarlo con las yemas de los
dedos. Luego dejó a un lado las pinzas y con gran esmero trabajó para
sacarlo. Antes de que estuviese a medio salir, la sangre fluyó libremente;
pero él no se detuvo hasta haberlo sacado del todo. La luz brillaba sobre el
desnudo acero de una hoja de afeitar que tenía quebrados sus bordes. Tuvo
que darle vueltas dos veces antes no se convenció de que se trataba, en
efecto, de un trozo de verdadera navaja. La dejó sobre la mesa esmaltada,
reflexionando sobre lo que habría podido decir la policía si él la hubiese
entregado, contando aquella historia del accidente de automóvil. Secó la
sangre y abrió los bordes de la herida tanto como pudo. El pezón tembló
bajo sus dedos, con su corola rosada, arrugada y contraída; refunfuñó
imaginando que podía ser un chinche que se había deslizado bajo su mano;
pero luego se dio cuenta de que, fuese lo que fuese lo que le causaba aquel
cosquilleo, lo único que significaba era que no se trataba de la muerte:
todavía no.
Volvió a inclinarse sobre la herida, restañando el corte, y esparciendo en
él, exprimiendo el tubo, tanto ungüento como pudo contener. Luego volvió a
su trabajo de inserción de los alfileres de plata hasta que hubo hecho una
escalerilla con una docena de ellos, desde un extremo a otro de la herida.
Tomó el hilo, lo dobló, y enganchó el lazo en la primera aguja, haciendo
pasar las dos partes del hilo por debajo. Manteniendo ambos cabos con una
mano, pinchó cuidadosamente los labios de la herida, uniéndolos en
dirección a la aguja. Entonces tiró del lazo apretándolo, pero sin cortarlo;
luego cruzó los cabos y los colocó bajo el alfiler siguiente, volviendo a cerrar
la herida. Continuó así, atando el corte y cerrándolo alrededor de los
alfileres. Al final anudó el hilo y cortó. Por encima de su trabajo había sangre
y ungüento, pero, cuando lo limpió, su trabajo le pareció perfecto.
Se levantó y dejó que volviera la sensibilidad a sus pies entumecidos.
Estaba empapado en sudor; podía sentir cómo éste buscaba su camino por
entre los pelos de sus piernas, como si se tratara de una procesión de
chinches. Se miró de arriba abajo: no veía más que arrugas, agua y sangre.
Se contempló ante el ondulante espejo, y vio un duende vendado, con unas
cejas tan salientes que parecían un estante sobre sus ojos hundidos y de
deficiente mirada; vio su cabello grisáceo y estropajoso que parecía sucio y
notó un sabor de sangre en la boca, que llevaba escondida tras el vendaje...
Se lo quitó.
«Es mejor que te cubras la cara, no importa con qué»
Se apartó del espejo; pero no de su cara, que soportaba con la triste
paciencia de un asno que camina cargado con las llagas que le produce la
cincha de su montura.
Trabajosamente trasladó el tablero esmaltado de la mesa al fregadero.
Se lavó la cara y los brazos, se quitó los pañuelos del cuello y se lavó la cara.
Luego tomó lo que quedaba de su esponja y una cacerola con agua jabonosa
y caliente y volvió hacia la cama.
Empleó muchas horas. Pasó la esponja por los manteles donde ella
descansaba y la trasladó cuidadosamente, de modo que no sufrieran las
heridas, y limpió y secó el lugar que ella había ocupado. La lavó de la cabeza
a los pies, volviéndose a por más agua limpia, y luego tuvo que secar de
nuevo la cama. Cuando levantó la cabeza de la muchacha, vio sus cabellos
manchados y enmarañados por la lluvia y la sangre seca y fresca mezcladas.
Así, pues, mantuvo sus espaldas un poco altas por medio de un gran
almohadón que deslizó debajo del plástico, e, inclinando hacia atrás su
cabeza, pudo lavarle y secarle el cabello, descubriendo un feo bulto y una
contusión que sangraba detrás de la cabeza. Partió su cabello hacia los lados
y le aplicó agua fría, deteniendo la hemorragia; pero había un chichón del
tamaño de una ciruela. Separó media docena de gasas y las aplicó alrededor
del bulto, de manera que no sintiera el peso de su cabeza. Ya no se atrevía a
darle la vuelta. Mientras su cabello estuvo mojado y sucio, no era más que
una greña oscura; pero una vez limpio y peinado, era de un color castaño
rojizo oscuro, perfectamente estirado. Encima de la cama, a cada lado de la
cara, lucía una ancha y lustrosa banda. El rostro parecía ahora radiante en
su palidez, como si fuera una fría luna. La cubrió con la colcha y durante
mucho tiempo permaneció a su vera, lleno de ese extraño dolor que sentía
en todas y en ninguna parte, sin desearlo; pero temeroso de que se apartara
de él... porque tal vez nunca jamás volvería a sentirlo.
El suspiro que lanzó procedía, a la vez, del tuétano de sus huesos y del
fondo de sus muchos años, y, con tenacidad, se puso al trabajo, fregando el
suelo. Cuando terminó, cuando hubo guardado las agujas y el hilo y se hubo
desprendido de los trozos de venda que no había necesitado, de los
envoltorios de las gasas, del bote de aluminio, lleno de sangre, del lado de la
cama, y tuvo todas sus herramientas limpias y guardadas de nuevo en sus
cajas respectivas, había transcurrido la noche y la claridad del día empujaba,
suavemente, tras la cerrada persiana. Apagó la luz y permaneció sin
respirar, escuchando con toda su atención para cerciorarse, desde donde se
encontraba, de si ella seguía viviendo. Podía acercarse para averiguar si
había muerto. Pero, ¡ah, no! Necesitaba saberlo desde allí.
Pero pasó un camión, una mujer llamó a un chico y alguien soltó la risa;
por esto él se dirigió a la cama y, arrodillándose, cerró los ojos y suavemente
le aplicó la mano en la garganta. Estaba fresca, pero no fría; estaba tranquila
corno si fuera un guante abandonado.
Luego vio que los pelos del dorso de la mano se agitaban con la
respiración de ella; pronto notó un movimiento ligerísimo.
Los pinchazos repercutieron de nuevo en sus ojos y sintió la terrible
necesidad de hacer algo; hervir unas copas, comprar medicamentos, tal vez
adquirir, para ella, una cinta o un reloj; limpiar la casa, irse al almacén... y,
mientras hiciera todas estas cosas, chillaría y gritaría, sin palabras, pero para
decirse a sí mismo que ahora podía estar bien seguro de que ella estaba
viva.
En el punto culminante de esta excitación explosiva, ocurrió que se
deslizó grotescamente hacia un lado y se quedó dormido.
Soñó que alguien le estaba cosiendo las piernas, juntándolas con una
aguja de saco, grande y curvada, para lo cual al mismo tiempo extraía el hilo
de su barriga. Podía sentir el carrete dentro de sí, cómo iba rodando y
vaciándose. Gimió y abrió los ojos: al instante supo dónde se encontraba y
todo lo que había ocurrido y se odió a sí mismo por el ruido que había hecho.
Levantó las manos y movió los dedos para asegurarse de que tenían tacto, y
los estiró amorosamente hacia la garganta de ella. Estaba tibia; no, caliente,
demasiado caliente. Se echó de la cama y se alejó casi gateando por el suelo
sobre sus nudillos y sus piernas entumecidas y flácidas. Resoplando
maldiciones en silencio, alcanzó la silla de madera y se apoyó en ella para
levantarse. No se atrevía a soltarla, de modo que, auxiliándose con ella, llegó
lentamente hasta el rincón. Allí dio la vuelta y se apoyó en el borde del
fregadero, notando la ardiente acidez de la orina que le bajaba por las
piernas. En cuanto le fue posible, se roció la cara y el cuello con agua fría y,
secándose con una toalla, llegó a trompicones hasta la cama. Arrancó el
cubrecama y, «¡estúpido!», chilló, casi al tiempo que daba el tirón. La colcha
se había pegado a la herida de la ingle y estaba seguro de que la había
desgarrado, arrancando una sección entera de la arteria que tan
chapuceramente había remendado. No pudo verlo: debía ser de noche,
afuera. ¿Cuánto tiempo había estado allí, en cuclillas? Fue hacia el
conmutador de la luz y saltó hacia atrás. Sí: sangrando; estaba sangrando de
nuevo.
Pero un poco solamente, muy poco. Un trozo de gasa se había
levantado, y, aunque la herida estaba húmeda de sangre, no había
hemorragia. Había sangrado mientras él estaba durmiendo; pero no lo
bastante para mojar el colchón. Con mucho cuidado, levantó el extremo
desprendido del apósito y encontró que estaba fuertemente pegado. Las
pequeñas esponjas impregnadas de sulfamidas que había puesto en la
herida permanecían en su sitio. Había pensado quitarlas al cabo de un par de
horas y no dejarlas allí, con el coágulo formándose a su alrededor.
Fue a buscar agua caliente y su esponja grande. Sí: tenía jabón dentro.
Se agachó al lado de la cama, pese a que sus piernas protestaban en
silencio, y empezó a empapar la gasa con toques suaves.
Algo le obligó a levantar la vista. Ella tenía los ojos abiertos y le estaba
mirando. Su cara y sus ojos carecían de expresión. Vio cómo los párpados se
volvían a cerrar y como se abrían de nuevo los ojos, deslumbrados y sin
interés.
«Muy bien, muy bien —dijo secamente—. Todo ha salido requetebién»
Ella siguió mirando. Él afirmó violentamente con la cabeza. Con el gesto,
quería transmitir todos los consuelos, todos los ánimos y esperanzas para
ella, una promesa total y absoluta; pero el gesto rápido fue sólo un meneo
brutal de su cabeza grande y fea. Fastidiado, como se sentía siempre por su
propia mudez, reanudó el trabajo.
Desprendió la gasa y empezó a empaparla con la punta de una de las
esponjas. Cuando le pareció que el apósito ya estaba a punto de soltarse, le
dio un ligero tirón para arrancarlo.
Como en un alto susurro de soprano, ella exclamó:
—¡Oh...!
Era, a la vez, una pregunta y un sollozo. Volvió la cabeza hacia la
izquierda:
—¡Oh...!
Torció la cabeza de nuevo y cayó otra vez en la inconsciencia.
—Yo —dijo él, muy alto y excitado, y repitió—: Yo.
Y esto fue todo. Ella no le oía. Quedó quieto hasta que sus manos
pararon de temblar y volvió a su cometido.
La herida parecía maravillosamente limpia, a pesar de lo cual la piel de
su alrededor estaba seca y caliente.
En el interior de la herida pudo ver la arteria como metida en un nido de
gelatina húmeda. Probablemente era esto lo que tenía que ocurrir, aun
cuando él no lo sabía. Pero parecía estar bien: no la tocaría. Llenó la abertura
de pomada, apretó los bordes juntándolos con esmero y puso encima un
trozo de esparadrapo. Rápidamente se despegó, de modo que lo tiró y secó
la piel alrededor de la herida, puso primero una gasa encima y luego volvió a
colocar el esparadrapo. Esta vez se mantuvo firme.
El otro corte estaba absolutamente bien cerrado, bien que mejor por
donde habían estado clavando los alfileres que los espacios intermedios.
También a su alrededor la piel estaba seca, roja y caliente.
La herida de la parte posterior de la cabeza no tenía sangre; pero el
chichón era mucho más grande. La cara y el cuello estaban secos y
ardientes; pero el resto del cuerpo parecía frío. Fue a buscar un paño frío y lo
puso encima de sus ojos y luego contra sus mejillas, y ella suspiró. Cuando
quitó el paño, ella le miraba de nuevo.
—¿Está usted bien? —le preguntó. Y repitió tontamente—: ¿Está usted
bien?
Ella, por un instante, frunció un poco las cejas; después cerró los ojos.
Algo le dijo que esta vez se había dormido.
Tocó sus mejillas con la parte externa de los dedos.
—Muy caliente —susurró.
Apagó la luz y, en la oscuridad, se cambió el traje. Del fondo de un cajón
sacó un cuaderno escolar de ejercicios y en él encontró un trozo de papel
con el número de un teléfono escrito en lápiz con grandes caracteres negros.
—Ya vuelvo —dijo en la oscuridad.
Ella no respondió.
Él salió, cerrando la puerta tras de sí.
Haciendo un gran esfuerzo, llamó por teléfono a su oficina desde la
farmacia. Consultaba el papel a cada número y sujetaba el disco al marcar
cada cifra durante tres o cuatro segundos, como si quisiera estar
completamente seguro de que no se equivocaba.
Primero se puso al aparato el gran jefe, Mr. Laddie, cosa que resultaba
extraordinariamente embarazosa. En doce años, jamás le había hablado.
Su voz de toro, después del tercer «¿Diga?» impaciente de Mr. Laddie,
dejó resbalar temeroso:
—Enfermo... Yo, enfermo.
Oyó que el teléfono decía:
—¡Quién demonios...!
Y la carcajada de Mr. Wismer, y luego:
—Dame el aparato. Debe tratarse de esta especie de orangután que
tengo.
Y, ya en su oído:
—¿Dígame?
—Enfermo esta noche —gritó.
—¿Qué le ocurre?
Engulló saliva.
—No puedo —chilló.
—Achaques de la vejez —dijo Mr. Wismer.
Oyó que Mr. Laddie se reía también. Mr. Wismer decía:
—¿Cuántas noches faltó en estos últimos quince años?
Tuvo que pensarlo.
—Nunca —rugió—; además, no son quince, sino dieciocho años.
—¿Sabe usted que es cierto? —dijo Mr. Wismer, sin preocuparse de
tapar el teléfono y hablando con Mr. Laddie—. Quince años y jamás ha
pedido permiso para faltar una noche antes de ahora.
—De todos modos, ¿para qué sirve? ¿Quién le necesita? Dale todas las
noches libres que quiera.
—Con lo que cobra, ni hablar —dijo Mr. Wismer. Y, volviendo al teléfono
—. Desde luego, tú, el mudito, puedes descansar. Pero no nos vengas con
excusas.
En el aparato resonó una carcajada y él siguió esperando hasta que
estuvo seguro que no le dirían nada más. Entonces colgó el auricular y salió
a la gran farmacia, notando que toda la gente que había le estaba mirando.
«Bueno, siempre hacen lo mismo» Esto no le preocupaba. Sólo una cosa
le preocupaba: la voz de Mr. Laddie, que resonaba una y otra vez en su
cabeza, repitiendo:
«—¿Quién le necesita?»
Sabía que tenía que detenerse a pensar en aquellas palabras y en lo
que significaban. Pero no entonces, por favor, no entonces.
Consiguió olvidarse concentrándose en su tarea. Compró esparadrapo,
gasas y pomada. Luego adquirió un catre plegable y tres bolsas para hielo.
Al final, después de pensarlo un poco, compró aspirinas, porque alguien le
había dicho una vez... Después se fue al supermercado y compró lo
suficiente para que comiera una familia de nueve personas durante nueve
días, y, a pesar de todos sus paquetes, todavía le quedaban brazos para
llevar una barra de hielo de diez kilos.
Después de abrir la puerta y de dejar el hielo en la nevera, salió de
nuevo al descansillo y tomó los paquetes para entrarlos. Entonces se dirigió
hacia ella. Estaba ardiendo y su respiración era como el aleteo de las
gaviotas volando en el aire, con un leve batir, un leve batir y una larga
espera balanceante.
Rompió una punta de la barra de hielo, la arrolló dentro de un paño de
secar la vajilla y vapuleó con él, rabiosamente, contra el fregadero. Colocó el
hielo desmenuzado dentro de una de las bolsas y se la puso encima de la
cabeza. Ella gimió, pero no abrió los ojos. Llenó las otras bolsas y le puso una
sobre el pecho y otra en la ingle.
Se quedó restregándose las manos, contemplándola sin hacer nada,
hasta que se le ocurrió que ella tenía que comer, puesto que perdía sangre
de tal modo.
Por esto se puso a guisar como un poseído, vigilándola a cada segundo.
Hizo caldo y repollo al horno, puré de patatas y chuletas de ternera. Cortó un
pastel y calentó buñuelos de canela: tenía café caliente y crema helada
dispuesta para mezclarla. Ella no comió nada de todo aquello ni bebió una
sola gota. Permanecía allí, echada, y de vez en cuando dejaba caer la cabeza
a un lado. Entonces él corría en busca de la bolsa de hielo y se la colocaba
de nuevo. Gimió otra vez y le pareció que había vuelto a abrir los ojos; pero
no estaba seguro.
Al segundo día ella tampoco comió ni bebió y su fiebre era extrema.
Durante la noche, se tendió en el suelo, como acostumbraba, a su lado. Una
vez se despertó porque le parecía haber oído sollozos dentro de la
habitación; pero debía de haberlo soñado.
Otra vez cortó el trozo más tierno y gustoso de una chuleta y la depositó
entre sus labios. Tres horas más tarde separó sus labios para ponerle otro
pedazo, pero el primero seguía allí. Lo mismo ocurrió con la aspirina, que
puso en pequeñas y blancas migajas sobre su lengua seca.
Pronto llegó el momento en que, no teniendo nada que hacer, se sintió
corroído por un reflejo angustioso que le iba minando. El hecho de
reflexionar con nuevos pensamientos le hacia el efecto de una trampa que le
obligaba a hacer frente a los viejos, y, en consecuencia, desde luego no
quedaba más remedio que dejarles seguir hasta el fin, con todo el dolor y
toda la humillación que llevaban consigo. Intentó pensar en una cosa nueva:
en lo que ocurriría si llamaba a un médico y el doctor decía que era
necesario llevarla a un hospital, y argüía:
—Lo que ella necesita es que se la cuide, hombre de Dios. No le hace
usted ninguna falta.
Y esto estaba fijo en su mente, dispuesto a dispararse como...
Cuando tenía once años era un muchachote corpulento, fuerte y tímido.
Recordaba que, una vez, estando en el quicio de la puerta de la cocina,
colgando su caja de madera por sus correas, e intentando formular en sus
labios el gesto debido para que las recalcitrantes palabras salieran con
exactitud, vio que allí estaba su madre, inclinada sobre una botella de
ginebra como un gato ante un pájaro a medio tragar, atisbándole. Observó
su boca sin labios, ancha y crispada, que le dijo:
—No te quedes ahí como un pasmarote, farfullando y picoteando.
¡Habla, hombre, habla! ¿Qué estás intentando decir? ¿Que te marchas?
Asintió. Era lo más sencillo. Y ella dijo:
—Márchate, pues, márchate. Nadie te necesita.
Y él se marchó.
Recordó cuando era un muchacho rechoncho y fuerte de dieciséis años
y se presentó a la caja de reclutas. El sargento, cargado de papeles y
documentos, le preguntó:
—¿Qué quiere el andova?
Y él intentaba, lo intentaba y no podía decirlo. Por eso movió la cabeza
indicando el poste que rezaba en su inscripción: «El Tío Sam te necesita»
Y las miradas del sargento se dirigieron hacia allí y luego hacia «ti» y
luego, su dedo, señalándote a media pulgada de tu nariz, a causa de lo cual
tus ojos bizquearon violentamente, te miró mientras gruñía:
—¡Bueno! ¡El Tío Sam no te necesita!
Y tú te esperas atisbando su dedo, sin moverte, hasta que has
comprendido; entiendes bien las cosas, lo único que pasa es que tardas en
oír bien lo que dicen. Por esto te quedaste bizqueando y se rió todo el
mundo...
O bien, yendo mucho más lejos, cuando tenías ocho años y estabas en
la escuela y Phyllis, con sus hileras de tirabuzones finos y morenos que
revoloteaban cuando movía la cabeza, presumía con su faz limpia y rosada y
tan bonita... Tú tenías chocolatinas envueltas en papel de plata atadas en
una bolsita de malla dorada. Te levantaste de tu sitio y te acercaste a su
pupitre, dejando allí los bombones y te volviste corriendo. Ella se vino a tu
puesto y arrojó tan fuerte sobre tu escritorio las golosinas, que se rompió la
malla, mientras decía:
—No me hace falta esto ni necesito nada de ti. Y mírate, que llevas
mocos en la cara.
Y tú levantas las manos, y resulta que es verdad que los llevas.
Y esto es todo. Únicamente siempre alguien que dice:
—¿Quién te necesita?
O algo parecido. Tuvo que repasar todos estos episodios, uno por uno.
Por más que intentara evitarlo, tenía que volverlos a pensar.
«Voy a buscar un médico. Tú no me necesitas»
«Te mueres. No me necesitas»
«Por piedad...»
De lo más profundo de su garganta surgió un silbido y sus labios se
movieron. Ella fijó sus ojos en los de él y de nuevo se movieron sus labios en
silencio y reapareció el silbido. Él no sabía cómo fue que acertó; pero acertó:
trajo agua y la echó muy despacito, gota a gota, entre sus labios. Ella la
lamía, ansiosamente, levantando la cabeza. Él se la sostuvo con la mano,
cuidando de no rozar el bulto que allí tenía, y así la ayudó. Al cabo de un rato
volvió a echarse atrás y sonrió débilmente, mirando la taza. Luego levantó la
vista hasta su cara y, aunque desapareció la sonrisa, él se sintió mucho
mejor. Fue hacia el hornillo y la nevera y se trajo vasos y pajas: uno tenía
jugo de naranja, otro chocolate con leche, otro leche sola, otro caldo que
extrajo de una lata y otro, finalmente, agua helada. Los puso en hilera sobre
el asiento de la silla del lado de la cama, y, mirándola ansiosamente a ella y
a los vasos, recordaba la actitud de una foca amaestrada cuando, en el circo,
se dispone a interpretar «América» con una hilera de bocinas.
Esta vez ella se sonrió débilmente, desmayadamente, pero le sonrió a él
y no al vaso, y fue él quien escogió el vaso de caldo. Ella, por medio de la
pajita, sorbió la mitad del contenido y se quedó dormida.
Más tarde, cuando él se decidió a mirar si las heridas volvían a sangrar,
encontró que la sábana de plástico estaba húmeda; pero no de sangre.
¡Imbécil!, se dijo rabiosamente. Y salió corriendo a comprar una silleta.
Ahora dormía profundamente y comía a menudo, aunque ligeramente.
Empezó a espiarle, mientras andaba atareado de un lado para otro; a veces,
cuando pensaba que estaría dormida, se daba la vuelta para verla y se
encontraba con su mirada. Aquellos últimos días le miraba especialmente a
las manos. Él lavaba y planchaba los vestidos de ella y se los cosía y
remendaba con pequeñas puntadas. Luego, apoyando los codos en el borde
de la mesa esmaltada, trabajaba con su alambre de plata para hacerle un
broche como una flor sobre un abanico, un medallón con su cadenita de
plata y una pulsera que hiciera juego. Ella observaba sus manos mientras él
cocinaba, mientras se fabricaba sus propios tallarines, alisando y alisando la
pasta, hasta convertirla en una gran hoja suave que luego arrollaba en
espiral, como un barquillo de gelatina muy apretado, cortando luego finas
rebanadas, muy rápido, con un cuchillo afilado, e iban apareciendo unas
cintas planas de un blanco amarillento que parecían cordones para los
zapatos. Tenía unas manos que jamás encontraban dificultad en nada,
porque él no admitía que hubiese dificultad. Nada le importaba tanto en la
vida a ese hombre como sus manos y, puesto que ellas hacían una cosa,
esto quería decir que podían hacerlo todo.
Pero cuando le cambiaba los vendajes o la lavaba, o la ayudaba con su
silleta, ella nunca le miraba las manos. Yacía perfectamente inmóvil y le
miraba a la cara.
Al principio estaba muy débil y sólo podía mover la cabeza. Él estaba
satisfecho porque los puntos que le puso se curaban rápidamente. Cuando le
quitó los alfileres, tenía que haberle dolido; pero ella no exhaló la menor
queja: hubo sólo doce pequeños guiños de sus cejas, uno por cada alfiler que
arrancaba.
—Duele —le susurró.
Asintió ligeramente con la cabeza. Ésta fue la primera comunicación
entre ellos, aparte de sus ojos expresivos pero mudos que le seguían por
todas partes. Además, esta vez, se sonrió al mover la cabeza. Y él se volvió
de espaldas y se frotó los ojos con el revés de la mano: se sintió maravillado.
A partir de la sexta noche volvió al trabajo. Durante todo el día hacía
ruido a propósito y la instigaba sin parar para no dejar que se durmiera hasta
que llegara la hora de su partida. No se marchaba hasta estar seguro de que
la dejaba descansando profundamente. Entonces solía encerrarla y dirigirse
rápido a su labor, activo y despabilado, dispuesto a hacer el trabajo de tres
hombres. Luego volvía a casa a las primeras y todavía sombrías horas del
día, tan deprisa como le permitían sus combadas piernas, llevándole un
regalito todas las mañanas: una pequeña radio, un pañuelito para el cuello,
alguna golosina... Al llegar, cerraba bien la puerta, corría hacia ella, tocaba
su frente y sus mejillas para ver la temperatura que tenía y arreglaba las
ropas de su cama con cuidado de no despertarla.
Luego se apartaba adonde ella no pudiera verle, cerca del fregadero, se
desnudaba y se ponía los calzoncillos largos que usaba para dormir, y
después se acurrucaba en su catre de tijera. Puede que durante hora y
media durmiese como un bendito; pero pasado este tiempo, al más ligero
movimiento de la sábana de ella, al más ligero ronquido, pegaba un brinco y
se acercaba:
—¿Está usted bien? —y se quedaba inclinado tensa y frenéticamente
sobre ella, intentando adivinar lo que pudiera necesitar, lo que podría hacer
o adquirir para ella.
Cuando nacía el día le daba su leche batida con una yema dentro, y
luego la levantaba y le cambiaba los vendajes, la peinaba y, cuando ya no
quedaba nada que hacer por ella, limpiaba la habitación, fregaba el suelo,
lavaba las ropas y los platos y otra vez se ponía a guisar.
Por la tarde hacía las compras, andando por todas partes deprisa,
volviendo cuanto antes a casa para enseñarle lo que había comprado, lo que
había pensado hacer para la comida. Durante todos aquellos días, durante
todas aquellas semanas, resplandecía interiormente y se sentía eufórico
cuando estaba lejos de ella, sintiendo que vivía de su presencia cuando
estaban juntos.
Una tarde, durante la segunda semana, la encontró llorosa, mirando la
pequeña radio con lágrimas en los ojos que se deslizaban por su cara. El
pronunció una sola y áspera sílaba que quiso fuera un arrullo, le secó las
mejillas con una toalla y retrocedió con una expresión de angustia en su cara
bestial. Ella, débilmente, le dio unos golpecitos en la mano e hizo una serie
de gestos desfallecidos que le desconcertaron grandemente. Se sentó en la
silla de al lado de la cama y acercó su cara muy cerca de la suya como si
quisiera, mirándola fijamente, arrancarle lo que ella quería decir con sus
ojos. Tenía algo diferente. Hasta ahora le había mirado con la atención
fascinada, incomprensible, de un gato que espía a un pez en su pecera; pero
ahora había algo más en su mirada, en la forma de mover los ojos.
—¿Le duele? —carraspeó.
Ella movió la cabeza, sus labios se agitaron y, señalándose la boca,
volvió a llorar.
—¡Ah! ¡Tiene hambre! Yo lo arreglo requetebién.
Se levantó, pero ella le retuvo agarrándolo por las muñecas, moviendo
la cabeza y llorando, pero sonriendo al mismo tiempo. Él se volvió a sentar,
desgarrado por la duda. Volvieron a agitarse los labios, y señalándolos,
movió la cabeza.
—No puede hablar —dijo él.
Respiraba tan fuerte que le asustó; pero cuando vio que emitía sonidos
entrecortados y que medio se levantaba, la sujetó por los hombros y la
obligó a recostarse. Ella insistió, haciendo signos desesperados, moviendo la
cabeza...
—No puede hablar —repitió.
«¡Eso, eso!», indicó ella con un gesto.
La contempló durante un largo rato. La música de la radio se paró y
alguien empezó a anunciar coches con una voz crepitante de barítono. Lanzó
una mirada al aparato y sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas. Él
comprendió y cerró la conexión. Después de un gran esfuerzo logró colocar
sus labios en la posición debida y soltó un desdeñoso resoplido:
—¡Bah! ¿Por qué necesita hablar? Para mí está muy bien lo que quiere
decir. No hace falta. Yo...
Se le terminaron las palabras. Por esto, en lugar de ellas, se golpeó con
fuerza el pecho y le señaló el hornillo, la silleta, la bandeja con los vendajes.
Repitió:
—¿Para qué quiere hablar?
Ella levantó la vista, mirándole, abrumada por su violencia, y se
acurrucó más en el lecho. Él, con ternura, le volvió a secar las mejillas,
musitando:
—Todo está requetebién.
Una mañana llegó a casa cuando todavía estaba oscuro, y después de
comprobar que ella estaba cómoda, según sus ideas más bien ascéticas, se
fue hacia su cama. Desde luego creyó que el olor a jamón y café recién
hecho formaba parte de un sueño. No podía ser otra cosa. Los suaves ruidos
de movimientos que oía por la habitación tenían que ser producto de su
imaginación agotada.
Abrió sus ojos, medio dormido, y los volvió a cerrar, riéndose de sí
mismo por ser un estúpido medio loco que veía visiones. Pero luego se
quedó helado y volvió a abrir los ojos.
Al lado de su catre estaba la silla con un plato de huevos fritos con
jamón, una taza de café negro muy fuerte y tostadas con el oro de la
mantequilla que se derretía convirtiéndose en oro viejo. Miró estas cosas con
absoluta incredulidad y luego levantó la vista.
Ella estaba sentada a los pies de su lecho, en el espacio de un palmo
que había entre su cama y su catre. Llevaba puesta la blusa remendada y
planchada y su falda. Sus hombros se hundían por el cansancio y parecía
tener dificultad en poder mantener su cabeza erguida. Las manos le
colgaban flácidas sobre las rodillas. Pero su cara resplandecía de gozo y
expectación, esperando su despertar ante el desayuno.
Su boca dibujó una mueca y mostró los dientes raspados y amarillos
mientras lanzaba un grito de furia. Fue un sonido ahogado, ronco, y ella saltó
como si se hubiese quemado y se acurrucó en el centro de su cama, con los
ojos grandes abiertos y la boca pasmada. Él avanzó con los brazos en alto y
los puños apretados. Ella escondió su rostro en la cama y se cubrió el cuello
con ambas manos, temblando. Durante un largo momento permaneció
inclinado sobre ella; después, dejó caer los brazos. Tiró de su falda:
—Quítesela —murmuró. Y volvió a tirar de ella con más fuerza.
Ella le echó una mirada y se volvió, suave. Luchó débilmente con el
botón. Él la ayudó. Tiró de la falda y la echó sobre el catre gesticulando
severamente, señalando la blusa. Ella la desabrochó y él la levantó sobre sus
hombros. Tiró la sábana hacia abajo, con cuidado, por debajo de ella. Cogió
cuidadosamente sus tobillos con sus manos fuertes y tiró de ellos hasta que
se quedó estirada encima de la cama y luego la tapó con esmero. Respiraba
fuerte. Ella le miraba sobrecogida por el espanto. Con tranquilidad pasmosa
se volvió hacia su catre y su silla repleta que estaba al lado. Despacio,
levantó la taza de café y la estrelló contra el suelo. Acompasadamente,
como lo hace el hacha de un leñador, siguieron el platillo, la fuente de
tostadas, el plato con los huevos. La porcelana y las yemas, rociaron y
pulverizaron el suelo y las paredes. Cuando hubo terminado, se volvió:
—Yo lo hago todo requetebién —dijo roncamente.
Puso un gran énfasis en cada sílaba, subrayándolas con su grueso índice
al repetir.
—Todo muy requetebién.
Ella se puso boca abajo, enterró la cara en la almohada y empezó a
sollozar con tal fuerza, que él pudo notar, a través de las suelas de sus
zapatos, el golpear de las patas de la cama sobre el suelo. Se apartó muy
enojado, y cogiendo un cubo, un cepillo, la escoba y el cubo de la basura,
trabajosamente y con método, limpió todo aquel desastre.
Dos horas después se acercó a ella, que seguía rígida, tendida boca
abajo y sin moverse. Se tomó mucho tiempo para pensar lo que quería decir:
—Mire, ¿ve?; usted está enferma, ¿comprende?
Lo dijo todo lo amablemente que pudo. Le puso las manos sobre los
hombros, pero ella se desprendió con un movimiento brusco. Herido y
desconcertado, se echó hacia atrás y se sentó sobre la cama,
contemplándola tristemente.
Ella no comió nada al mediodía.
Cuando llegó la hora de irse al trabajo, ella se volvió. Seguía todavía
sentado en su catre, enfundado en sus calzoncillos largos, respirando
tristeza por su cara y por cada pliegue de su cuerpo horrible. Ella le miró con
los ojos arrasados en llanto. Él cruzó su mirada con la suya, pero no se
movió. Ella suspiró de súbito y alargó la mano. Él saltó hacia ella y la atrajo
hacia su frente, se puso de rodillas e inclinándose empezó a llorar. Ella daba
golpecitos en sus cabellos hasta que pasó la tormenta, cosa que ocurrió de
repente, sin transición. Se soltó como un resorte, apartándose, y se oyó el
repiqueteo de las cacerolas sobre el hornillo y, en poco tiempo, le trajo pan,
jugo de asado, y una alcachofa asada, aliñada con aceite de oliva y hierbas
aromáticas.
Ella sonrió, fatigada, y tomó el plato. Comió despacio mientras él la
contemplaba a cada bocado: estaba radiante de gratitud.
Luego, se cambió de traje y se fue al trabajo.
Le trajo una bata de casa encarnada, cuando empezó a sentarse en la
cama, aunque no la dejaba todavía que se levantara. Le trajo un globo de
cristal en el que había una flor encerrada, metida en agua, y que se
mantenía fresca durante toda una semana. Le trajo dos tortugas vivas en un
cilindro de plástico y un muñeco que era un conejito de color azul pálido con
una caja de música que tocaba el «Rock-a-bye-Baby» y un lápiz rojo de
labios.
Ella obedecía y estaba más despabilada que nunca. Cuando él
terminaba con todo su ajetreo y ocupaba su hueco en el catre, esperando
adivinar cualquier cosa que ella necesitara, sus ojos se cruzaban, y, cada vez
más, él era el primero en bajar la mirada. Ella solía mantener el conejito azul
apretado contra el pecho, mientras le miraba sin pestañear, o sonreía de
repente, separando los labios, como si algo de vital importancia y
especialmente agradable fuese a escaparse de ellos. A veces parecía
profundamente triste y otras veces estaba tan inquieta, que él se acercaba a
acariciarle el pelo hasta que se quedaba profundamente dormida, o, por lo
menos, lo parecía. Se le ocurrió que hacía tal vez dos días que no había visto
sus heridas y que quizá la estaban molestando en aquellos arrobos y
desasosiegos. Entonces la empujó con cuidado hacia atrás y la destapó. Tocó
con delicadeza la cicatriz y ella, súbitamente, empujó su mano y asió
fuertemente su carne macerándola, golpeándola. Extrañado, la miró frente a
frente y vio que se reía, asintiendo con la cabeza.
—¿Duele?
Dijo que no con un gesto. Él, con orgullo, comentó mientras la tapaba:
—Soy estupendo. Lo hago todo requetebién.
Ella asintió y le tomó rápidamente la mano, apretándola entre la barbilla
y el hombro.
Fue aquella noche, después que él se había hundido en su profundo
primer sueño al volver del almacén, cuando sintió el calor de todo su firme
cuerpo pegado junto a él, en el catre. Permaneció quieto durante un
momento, soñoliento, sin comprender, mientras unos dedos ágiles
manoseaban en los botones de sus calzoncillos. Levantó las manos y la
aprisionó agarrándola por las muñecas. Ella, inmediatamente, se quedó
quieta, aunque su respiración se hizo más fuerte y su corazón golpeaba el
pecho de él con un martilleo colérico. Él confeccionó una sílaba
trabajosamente inquisitiva:
—¿Qué...?
Se acurrucó más contra él y se detuvo, temblorosa. Él mantuvo sujetas
sus muñecas durante más de un minuto, intentando comprender aquello y,
al fin, se sentó. Le pasó un brazo alrededor de los hombros y otro bajo las
rodillas. Se levantó. Ella se pegó a él y su respiración se hizo sibilante por las
ventanas de la nariz. Se fue hacia el lado de la cama y, encorvándose
ligeramente, la depositó allí. Antes de poder erguirse, tuvo que hacer un
esfuerzo para desprenderse de sus brazos que se le colgaban del cuello.
—Usted, a dormir —dijo.
Buscó la sábana, se la echó encima y la arropó con ella.
Ella estaba estirada, perfectamente inmóvil, y él le acarició el cabello y
se volvió a su catre. Se echó y después de un largo rato cayó en un sueño
inquieto. Pero algo le despertó, estuvo escuchando y no oyó nada. Recordó
de pronto, con angustia, aquella noche en que ella luchaba entre la vida y la
muerte, cómo el eco de un suspiro le había despertado y cómo esperó en
vano que el suspiro se repitiera. Con un temor impulsivo saltó de la cama y
se acercó a ella, se inclinó y le tocó la cabeza. Estaba de bruces.
—¿Llora usted? —susurró.
Ella movió la cabeza negativamente, con rapidez.
Gruñendo, se apartó de la cama.
Era la novena semana y estaba lloviendo. Se afanaba camino de su
casa, a través de las calles negras y enlosadas y, al dar la vuelta a la
manzana, vio el encharcado y lustroso riachuelo que se extendía entre él y
los faroles de la calle, frente a su casa. Por un momento se desbocó su
fantasía, sintió la desorientación de un sueño, le pareció, por un instante,
que nada de aquello había ocurrido, que dentro de un momento pasaría el
coche rozándole y se hundiría en la curva de la carretera mientras que un
cuerpo flácido saltaría al exterior y él tendría que correr a recogerlo, y
entonces, sangraba y sangraba y quizá se moriría. Se sacudió como lo
hubiera hecho un perro grande y agachando la cabeza bajo la lluvia, se dijo
para sus adentros:
«¡Imbécil!»
Ahora todo iría mejor. Había encontrado una forma de vivir y no
permitiría que nadie se atreviera a alterarla.
Pero algo había ocurrido y se dio cuenta de ello incluso antes de entrar
en la casa.
En la ventana de la calle había un opaco resplandor anaranjado, que no
podía ser debido solamente al reflejo de la luz de la calle. Puede que ella
estuviera leyendo una de aquellas novelas en rústica que él había heredado
con el apartamento; puede que ella hubiese usado la silleta o que,
precisamente, estuviera consultando el reloj... pero aquellos pensamientos
no le tranquilizaron. Cuando abrió la puerta de la entrada, estaba sufriendo
con un temor indecible. De la misma entrada se filtraba la luz por debajo de
la puerta, y, forcejeando con las llaves, se le cayeron, hasta que, por fin,
pudo abrir la puerta.
Jadeaba como si le hubiesen golpeado en el plexo solar. La cama estaba
hecha, lisa, aseada y ella no estaba dentro. Giró a su alrededor: su mirada
frenética la vio y siguió buscando la suya sin que pudiera dar crédito a lo que
veían sus ojos. Alta, majestuosa, con su bata encarnada, estaba de pie, al
otro extremo de la habitación, junto al fregadero.
Se quedó contemplándola con asombro. Ella se le acercó, mientras él
llenaba sus pulmones para dar uno de sus ásperos alaridos. Ella se puso un
dedo en los labios y, con la otra mano, cubrió su boca. Ninguno de aquellos
gestos, ni los dos a un tiempo, eran bastante para hacerle callar
normalmente; pero había en ella algo más, algo que no estaba pendiente de
lo que pudiera hacer y que no iba a ceder ante lo que él hiciera. Se quedó
inmediatamente confundido y silencioso. La contemplaba sin respirar,
mientras ella, a grandes pasos, cruzó por delante de él y cerró la puerta. Le
tomó la mano y se encontró con las llaves; ella las arrancó de sus dedos y
las tiró encima de la mesa, y entonces cogió de nuevo su mano con firmeza.
Estaba segura, decidida, era alguien que había reflexionado sobre cosas, que
las había descartado y sopesado y que ahora sabía lo que tenía que hacer.
En cierto modo se sentía triunfador: poseía el equilibrio de un vencedor y el
resplandor de un testigo de un milagro. En cierto modo, hasta cierto punto,
él podría luchar con su debilidad; pero esto él tendría que pensarlo, y ella no
le daba tiempo de pensar.
Le condujo hacia la cama, y, apoyando las manos en sus hombros, le
obligó a dar la vuelta y a que se sentara. Se sentó muy junto a él, con la cara
iluminada y, cuando él hubo llenado de nuevo sus pulmones...
—¡Shhh...! —susurró secamente, y sonriéndole tapó de nuevo la boca
con su mano.
Volvió a tocarle los hombros y mirándole fijamente a los ojos, le dijo
claramente:
—Ahora ya puedo hablar; ¡puedo hablar!
Paralizado, él se quedó mirándola, boquiabierto.
—Hace ya tres días; era mi secreto, quería sorprenderle.
Su voz era oscura, casi ronca, y, sin embargo, clara y mucho más grave
de lo que su cuerpo endeble permitía presumir.
—He hecho ejercicios para estar segura. Ya estoy curada, curada del
todo. Realmente, lo ha hecho usted muy bien.
Dijo esto y se rió. Oyendo su risa y viendo el orgullo y la alegría de su
rostro, él no supo qué contestar.
—¡Ah!... —dijo, maravillado.
Volvió a reír y canturreó:
—Puedo irme, puedo irme...
Saltaba haciendo piruetas y se le acercaba riendo. Él levantó los ojos
hasta el rostro de ella, hasta su cabello suelto, y entornó los párpados como
si mirara al sol.
—¿Irse? —dijo, resoplando. Y, en su furia explosiva, la primera de las
sílabas resonó como un cornetín.
Inmediatamente ella recuperó su compostura y volvió a sentarse muy
cerca, a su lado.
—¡Oh!, encanto. No me mire como si le hubiese apuñalado o algo por el
estilo. Usted sabe que no puedo quedarme aquí, que no puedo vivir siempre
a su costa.
—¡Nada, nada! Usted se queda —soltó con una expresión de angustia.
—Mire —dijo ella, habiéndole sencilla y suavemente, como se habla a un
chiquillo—. Estoy ya bien, me he puesto buena, ya puedo hablar. No sería
razonable que me quedara aquí encerrada... aquí, con la silleta y con todo
eso... Pero espere, ¡espere! —añadió antes de que él tuviera tiempo de
formular ninguna palabra—. Esto no quiere decir que no esté muy
agradecida... que usted no haya sido bueno, muy bueno. Tan bueno que ni
puedo decirlo. Mire usted, nadie en la vida hizo por mí lo que usted ha
hecho. Quiero decir... yo tuve que escaparme cuando tenía trece años,
¿comprende?, desde entonces he hecho muchas cosas malas... Mire, lo que
quiero decir es esto: Hasta ahora he sido una pilluela, le he robado a todo el
mundo y me ha importado un comino... Y me pregunto: ¿Por qué no iba a
hacerlo?
Le sacudió suavemente para que comprendiera. Luego, dándose cuenta
de su turbación y de la tristeza de su mirada, se humedeció los labios y
habló de nuevo:
—Lo que quería decirle es que, siendo usted tan bueno... después que
ha hecho todo esto... —y movió las manos hacia el conejito azul, hacia la
caja de las tortugas, hacia cuanto había en la habitación— ... No puedo
seguir aceptando. Pero nada más, ni el desayuno. Si yo pudiera pagarle de
algún modo, no importa cómo, lo haría. Usted sabe que lo haría...
En su ronca voz había un matiz de amargura.
—A usted nadie puede pagarle nada. Usted no necesita nada de nadie.
Yo no puedo darle nada que a usted le haga falta ni puedo hacer nada por
usted, porque usted lo hace todo. Si en mí hubiera algo que usted deseara...
Retorciendo las manos, colocó los dedos entre sus pechos e inclinó la
cabeza en un gesto de rara sumisión que a él le causó pena.
—Pero no, usted se lo hace todo requetebién. —Y repitió su gesto. No
había burla en ello. Ásperamente, él murmuró:
—No, no. Usted no se irá.
Ella le golpeó las mejillas y le miró amorosa:
—Tengo que irme —dijo, sonriendo. Pero pronto desapareció su sonrisa.
—Voy a explicarle; si aquellos individuos me hirieron fue porque yo me
lo busqué. Yo... estaba haciendo algo muy malo... Se lo voy a decir: era un
camello ¿comprende? ¿Sabe lo que esto significa? Me refiero a drogas, era
yo quien las vendía.
Él la miraba sin expresión alguna. No comprendía una palabra de cada
diez, sólo estaba rumiando y rumiando sobre la vacuidad de todo, sobre la
inutilidad y la soledad, sobre la verdad terrible de aquella habitación sin ella,
sin el conejito azul, sin nada más que lo que había contenido durante todos
aquellos años: un linóleo de dibujo borroso, seis novelas que no podía leer,
un hornillo a la espera de que alguien cocinara, todo sucio, todo vulgar y,
además, el eterno: ¿Quién te necesita?
Ella interpretó mal su expresión:
—¡Cariño, cariño, no me mires así! Jamás volveré a hacerlo. Sólo lo hice
porque nada me importaba: me gustaba que la gente se destrozara. ¡Sí! Esto
es lo que me pasaba. Nunca encontré a nadie bondadoso como tú. Siempre
creí que la bondad era una especie de mentira, igual que en las películas.
Una cosa bonita, pero que no era para mí...
Hubo una pausa.
—He de contártelo todo. Yo robé algunas drogas, Dios mío, por valor de
veinte o veintidós mil dólares. Los tuve cuarenta minutos, pero ellos me
alcanzaron. —Sus ojos se agrandaron, como si contemplara cosas más allá
de la habitación.
—Fue con una navaja. Llegó a golpearme con tanta fuerza que se le
rompió con el montante superior de la portezuela del coche. Me golpeó aquí
abajo y aquí arriba. Creí que iba a sacarme las tripas; pero la navaja se
rompió.
Lo explicaba jadeante, echando el aire por la nariz. Luego se fijó de
nuevo en el cuarto.
—Creo que el bulto de la cabeza me lo hice al caer del coche. Imagino
que era esto lo que no me dejaba hablar, he oído contar casos parecidos.
¡Cariño!, no me mires así, me estás desgarrando el alma.
Él la miraba tristemente, meneando desamparado su cabezota de un
lado para otro. De pronto, ella se arrodilló y le tomó las manos:
—Escucha, tienes que comprenderme. Iba a huir mientras estabas en el
trabajo; pero me he quedado sólo para que me comprendieras. Después de
todo lo que tú has hecho... Mira, ya estoy bien. No puedo quedarme
enjaulada en una habitación por el resto de mi vida. Si pudiese, buscaría un
trabajo cerca y podría verte siempre; te juro que lo haría. Pero mi vida en
esta ciudad no vale ni diez centavos. Tengo que irme de aquí porque tengo
que irme de la ciudad. Estaré bien, cariño. Te escribiré. No te olvidaré nunca.
¿Cómo podría olvidarte?
Él no podía seguir lo que ella decía. Sólo comprendía que quería dejarle;
luego, también comprendió que quería marcharse de la ciudad.
—No te irás —dijo apagadamente— . Tú me necesitas.
—Pero tú no me necesitas a mí —replicó, mimosa—, y yo tampoco te
necesito. Así son las cosas, cariño, tú lo arreglas así y eso es lo bueno,
¿comprendes?, lo que está requetebién.
Esto fue lo tercero que él comprendió.
Se levantó con calma, sintiendo cómo las manos de ella se deslizaban
de las suyas, desde las rodillas hasta el suelo, cuando él se apartó.
—¡Oh, Dios mío! —gritó desde el suelo donde había quedado arrodillada
—. Me estás matando si lo tomas de ese modo. ¿No te puedes alegrar por
mí?
Él se tambaleó cruzando la habitación y se apoyó en la repisa inferior de
la alacena. Miró hacia atrás, hacia dentro de su vida y, a lo largo, vio sólo la
oscuridad cavernosa en el corredor de sus años, que se extendían tan lejos y
tan tristemente. Miró luego hacia este brillante rayo de luz resbaladizo que
estaba huyendo de él... Oyó los rápidos pasos de ella tras de sí, y cuando se
volvió, se encontró que tenía la plancha en la mano. Ella no se dio cuenta. Se
le acercaba, con la cara iluminada, queriendo convencerle y él extendió los
brazos y ella se aprisionó en ellos. La plancha giró en redondo y se aplastó
en la parte posterior de su cabeza.
La extendió cuidadosamente encima del linóleo y permaneció inclinado
sobre ella durante un largo rato, llorando en silencio.
Después, puso la plancha a un lado y llenó la cafetera y una cacerola
con agua, y en la cacerola puso agujas y unos alicates, y el hilo, las
pequeñas rajas de esponja, y un cuchillo y unas pinzas. De la repisa inferior
de la mesa, y de un cajón, sacó sus dos manteles de plástico y empezó a
colocarlos encima de la cama...
—Yo todo lo hago bien —murmuraba mientras iba trabajando— . Yo lo
hago todo requetebién.
UN DIOS MICROCÓSMICO
Ésta es la historia de un hombre que tuvo demasiado poder y de otro
hombre que cobraba demasiado dinero; pero no se preocupen, no voy a
empezar a hablar de política: el hombre que tenía poder se llamaba James
Kidder y el otro era un banquero.
Kidder era lo que se dice un tipo interesante. Era un científico y residía
en una pequeña y lejana isla de la costa de Nueva Inglaterra, de la que era
único habitante. No se trata de uno de esos enanos diminutos y sabios sobre
los cuales ya han leído ustedes bastante. Su chifladura no era egoísta y
tampoco era un megalómano de nombre ruso y sin escrúpulos. No era
insidioso ni exageradamente subversivo. Seguía llevando el pelo corto, tenía
limpias las uñas y vivía y pensaba como cualquier otro ser humano
razonable. Tenía cara de niño y más parecía inclinado a la vida de los
anacoretas. Era pequeño, regordete y... brillante. Se había especializado en
bioquímica y era conocido como Mr. Kidder: nada de «doctor» ni «profesor»;
simplemente Mr. Kidder.
Era, y había sido siempre, algo extraordinario; lo que podríamos llamar
una especie de mirlo blanco. Nunca se graduó en ningún colegio o
universidad, porque la pauta de los estudios en estos lugares era demasiado
lenta y no quería someterse a ningún sistema disciplinario para su
educación. Nunca creyó que los catedráticos supieran media palabra de lo
que enseñaban y lo mismo pensaba de sus textos. Siempre estaba
poniéndoles pegas y no le desagradaba ponerles en ridículo. Consideraba a
Gregorio Mendel como un embustero chabacano, a Darwin como un filósofo
humorista y a Lutero Burbank como un sensacionalista. En cuanto abría la
boca, dejaba a su víctima descorazonada. Si su contrincante era hombre que
tenía buenos argumentos, lo embestía y se los retorcía hasta dejarle sin
respiración. Si hablaba con alguien cuyos conocimientos él ya poseía, no
paraba de preguntarle una y otra vez:
—¿Cómo lo sabe?
Su placer predilecto consistía en interrumpir la peroración de cualquier
fanático y hacerle polvo. Por esto, la gente fue dejándolo solo: nunca lo
invitaban a tomar el té. Era cortés, pero no era político.
Tenía algún dinero y, con él, arrendó la isla y se construyó un
laboratorio. Ya he dicho antes que era bioquímico; pero, debido a su
carácter, no supo evitar meter las narices en otros campos de investigación.
Nada tenía de raro que emprendiera una excursión científica lo bastante
amplia para llegar a perfeccionar un método económicamente productivo de
cristalización de la vitamina B1, que podía rendir toneladas, si es que alguien
la necesitaba por toneladas. Lo cierto es que, con esto, ganó mucho dinero,
compró inmediatamente su isla y puso ochocientos hombres a trabajar en un
acre y medio de terreno, junto a su laboratorio, y les mandó construir un
edificio para sus trabajos. Se metió en el negocio de la fibra sisal,
resolviendo la manera de tratarla, e impulsando la industria de los plátanos,
produciendo una cuerda realmente irrompible con sus cáscaras. No habrán
olvidado ustedes la pintoresca demostración que organizó sobre el
mismísimo Niágara, ¿verdad? Cuando mandó colocar un tramo de la nueva
cuerda de punta a punta sobre las cascadas y suspendió en el centro un
camión de diez toneladas colgando del filo de unas hojas de afeitar apoyadas
en la cuerda. Por esto, ahora, las naves atracan con esta especie de
calabrotes, no más gruesos que un lápiz y que pueden ser enrollados en
carretes como si se tratara de la manga de riego de un jardín. Con el dinero
que esto le dio tuvo para cigarrillos y le quedó bastante para comprarse un
ciclotrón.
Pero, a partir de entonces, el dinero ya no fue jamás dinero para él. Se
convirtió en grandes números que se inscribían en pequeños libros. De
momento, Kidder empleaba pequeñas cantidades para adquirir alimentos y
equipo que le era enviado; pero pasado algún tiempo ni siquiera esto
ocurrió. El Banco envió en hidroavión a un mensajero para que averiguara si
Kidder seguía con vida. El hombre volvió dos días después, en estado de
estupefacción, terriblemente maravillado de las cosas que había visto en la
isla. Kidder estaba vivo, desde luego, y se dedicaba a producir abundantes
cantidades de alimentos de una rara y simplificada forma sintética. El Banco
le escribió de inmediato preguntándole si deseaba dar a la publicidad, en su
propio beneficio, el secreto de su limpio cultivo. Kidder contestó que con
mucho gusto, e incluso les acompañó las fórmulas. Añadió en la carta que no
había publicado su información porque no creía que pudiese interesar a
nadie. Esto dijo el nombre responsable de la transformación social más
importante de la segunda mitad del siglo XX, gracias a su elaboración de
cultivos. Claro que tal elaboración le hizo todavía más rico; o mejor dicho:
hizo todavía más rico a su banquero. A él le importaba un comino.
En realidad, Kidder no puso en marcha la fabricación hasta después de
transcurridos unos ocho meses de la visita del mensajero. Si se piensa que
se trataba de un bioquímico que ni siquiera tenía el título de «doctor», no
puede negarse que lo hizo bien. He aquí una lista parcial de las cosas que
logró transformar:
Obtuvo una aleación de aluminio, de rendimiento comercial aceptable,
que era más duro que el mejor acero y que podía usarse como material de
construcción.
Exhibió una especie de chisme, al que él llamaba «bomba de luz», que
trabajaba apoyándose en la teoría de que la luz es una forma de la materia y
que, por tanto, está sujeta a las leyes físicas y electromagnéticas. Cerraba
una habitación en la que hubiese una sola fuente de luz y, por medio de la
bomba, proyectaba un campo cilíndrico-magnético-vibratorio de manera que
la luz se deslizara por él. La luz pasaba luego a través de la «lente» de
Kidder, una especie de anillo que perpetúa un campo eléctrico a lo largo de
un obturador de cámara, tipo iris, de alta velocidad. Debajo de esto se
encontraba el centro de la bomba de luz, es decir, un aparato que absorbía
la luz, como una especie de cristal que se podría decir que la escondía o
perdía entre sus facetas internas. El efecto de oscurecimiento de una
habitación con este aparato es pequeño pero mensurable. Perdonen mi
lenguaje profano, pero espero que valga para dar una idea general.
Clorofila sintética en barriles.
Un avión impulsado eficazmente a ocho veces la velocidad del sonido.
Un aparato sencillo que sirve para cepillar las viejas pinturas, las
endurece y luego las arranca como si fuesen jirones de tela. La vieja pintura
desaparece. Esto consiguió, amigos, rápidamente.
Un generador automático desintegrador de átomos del isótopo del
uranio 238, que es doscientas veces más abundante que el antes tan
cotizado U-235.
Esto era todo, por el momento. Si se me permite repetirme, diré que
para el bioquímico que no era todavía «doctor», no estaba mal.
Al parecer, Kidder no se daba cuenta de que, en su pequeña isla, tenía
bastante poder como para apoderarse del mundo. Su mente no se
interesaba por detalles de esta naturaleza. Con tal de que le dejaran
tranquilo con sus experimentos, no tenía inconveniente y se complacía en
dejar al resto del mundo con sus chapuceros y primarios recursos. El único
sistema de establecer contacto con él consistía en un radiófono, de su propia
invención, cuyo único modelo estaba encerrado bajo llave en los
subterráneos de un Banco de Boston. Cínicamente un hombre podía hacerlo
funcionar. El transmisor, de extraordinaria sensibilidad, sólo reaccionaba al
contacto de las vibraciones que producía, precisamente, el cuerpo de
Conant.
Kidder había advertido a Conant que no debía molestarle más que con
mensajes de extraordinaria importancia. Las ideas patentadas que Conant
había logrado arrancarle, estaban registradas bajo seudónimos que sólo
Conant conocía. Pero a tal clase de detalles, Kidder no prestaba la menor
atención.
En consecuencia, el resultado fue la vulgarización de los más pasmosos
adelantos producidos desde los albores de la civilización. La nación sacó de
ello provecho, como lo sacó el mundo entero; pero quien se aprovechó más
que nadie fue el propio Banco, que empezó a engrandecerse no poco.
Empezó a meter baza en otros asuntos, y, como esto dio ocasión a que se
movieran más dedos, hubo necesidad de más bazas y de mayor cantidad de
naipes. Pasados algunos años, el poder del Banco fue tan grande gracias a
las armas que le había proporcionado Kidder, que casi podía competir, en
fuerza, con el propio Kidder.
Ya sé que muchos que me están leyendo están murmurando que ese
Kidder es inverosímil y que no es posible que un hombre pueda
perfeccionarse a sí mismo en tantas disciplinas y en tantas ciencias.
Bien, puede que en cierto modo tengan razón. Kidder era un genio.
Concedido. Pero no era un genio creador. Era simplemente un estudiante
que aplicaba lo que sabía, lo que veía, lo que le habían enseñado. Cuando
empezó a trabajar en su nuevo laboratorio de la isla, más o menos razonaba
en esta forma:
«Yo sólo sé lo que he aprendido gracias a las observaciones y a los
escritos de otros hombres que han observado y leído lo escrito por otros
hombres que, a su vez... Y así sucesivamente. Alguna vez, en algún tiempo,
alguien tropieza con una idea nueva y él, u otro más inteligente, utiliza la
idea y la populariza. Pero, para uno que descubre realmente algo nuevo, hay
un par de millones que sólo recogen y entregan a sus descendientes
información que ya es conocida. Si pudiera saltar por encima de las leyes
evolucionistas, yo sabría más. Esperar que se produzcan los accidentes que
pueden acrecentar el conocimiento humano -mi conocimiento- requiere
demasiado tiempo. Si yo fuese más audaz, podría encontrar un medio de
saltar en el punto y, resbalando por encima de su superficie, podría pararme
precisamente allí donde encontrara algo nuevo. Pero el tiempo no es buen
camino para eso. No se puede dejar atrás ni empujarlo hacia adelante. ¿Qué
otro camino queda?»
«Bien: la fórmula consiste en acelerar la evolución intelectual de
manera que yo pueda observar lo que se trama. Esto parece poco práctico.
Disciplinar para ello a las mentes humanas me tomaría más tiempo que el
que necesitaría yo mismo para aprender a pensar de este modo. Pero yo no
puedo tampoco, por mí mismo, obtener dicha aceleración. Ningún hombre
podría.»
«Me declaro vencido. Yo no puedo acelerarme ni puedo acelerar las
mentes de otros hombres. ¿No existe otra alternativa? Debe haberla: en
alguna parte, alguien, puede dar con la respuesta.»
Así, pues, fue sobre esto, y no sobre eugenesia, bombas de luz, o
botánica o física atómica, que se encaminaron las investigaciones de James
Kidder. Como hombre práctico encontró que el problema era demasiado
metafísico; pero lo abordó con peculiar perfección, mediante su lógica propia
y característica. Día tras día, vagabundeaba por su isla, echando
desperdicios a las gaviotas y soltando tacos, desesperado. Luego siguió una
época en que permaneció encerrado y meditabundo. Poco después de
ocurrir esto, se entregaba febrilmente a su trabajo.
Trabajaba en el terreno que le era más conocido de la bioquímica y se
concentraba en dos temas principales: la genética y el metabolismo animal.
Aprendía y archivaba en su mente insaciable muchas cosas que nada tenían
que ver con el problema del momento y muy poco con lo que andaba
buscando. Pero él juntaba este poco a lo poco que sabía e intuía y, con el
tiempo, logró una serie de factores conocidos con los cuales era posible
trabajar. Su trabajo era típicamente arbitrario. Hacía cosas equivalentes a
multiplicar manzanas por peras y equilibraba ecuaciones añadiendo el
logaritmo V1- a un lado y al otro. Cometía errores, pero únicamente uno de
cada género y, más tarde, sólo uno de cada especie. Pasó tantas horas ante
su microscopio, que tuvo que dejar de trabajar durante dos días para librarse
de una especie de alucinación que consistía en creer que su propia sangre
circulaba por los tubos del microscopio. No se valió nunca del método de
tanteo porque lo consideraba algo chapucero.
Obtuvo resultados. La suerte le acompañó desde el principio, sobre todo
cuando llegó a plantear la ley de probabilidades y la redujo a un número de
términos tan limitado, que llegó a saber casi individualmente qué
experimentos no iban a dar resultado.
Cuando vio sobre el cristal de observación que aquella materia parda,
viscosa y semifluida empezaba a moverse sola, supo que se encontraba en
la buena pista. Cuando empezó a buscar en sí misma la manera de
alimentarse, comenzó a sentirse excitado. Cuando se dividió y, a las pocas
horas, se volvió a dividir y comprobó que cada parte crecía y volvía a
dividirse, se sintió triunfante y comprendió que había creado vida.
Alimentaba aquellos diminutos productos de su inteligencia y sudaba
esforzándose en prepararles caldos de cultivo adecuados y, además, los
inoculó, los dosificó y los roció. Cada paso que daba le anunciaba el
siguiente y, en sus probetas, sus tubos y sus incubadoras, aparecieron
criaturas como ambas y luego pequeños animálculos ciliados, y más y más
rápidamente, fueron apareciendo seres con una mancha ocular, con quistes
nerviosos y, finalmente -victoria de las victorias-, un verdadero blastópodo
que poseía varias células en lugar de una sola. Con mayor calma, logró
desarrollarlo hasta conseguir el gastrópodo y, una vez obtenido, no le resultó
muy difícil dotarle de órganos, cada uno para realizar una función específica,
cada uno heredable.
Luego empezó el cultivo de seres parecidos a moluscos y luego
criaturas con branquias cada vez más perfeccionadas. El día que logró que
una cosa indescriptible trepara por una tablilla inclinada al exterior de uno
de sus tanques llenos de agua e hinchara sus agallas para respirar aire,
Kidder abandonó su trabajo y se fue al otro extremo de la isla y se
emborrachó como un cosaco. Mas pronto volvió a su trabajo, olvidándose de
comer y dormir, obsesionado con su problema.
Exploró otro camino de su ciencia y así cazó otro triunfo: el del
metabolismo acelerado. Extrajo y refinó los factores estimulantes en alcohol,
coca, heroína y en cannabio indica, que constituye el mejor traficante en
drogas de nuestra madre naturaleza.
Al igual que los científicos que, analizando los varios agentes
coagulantes para el tratamiento de la sangre, han encontrado que el ácido
oxálico es el único factor activo, Kidder separó los aceleradores de los
desaceleradores, los estimulantes de los soporíferos de cada sustancia que,
perennemente, corroen la moralidad humana, logrando así un «noble
experimento». En el curso del proceso encontró algo que le era muy
necesario: un elixir incoloro que hacía que el sueño fuese la evitable e inútil
pérdida de tiempo que debía ser. Inmediatamente inició una jornada de
veinticuatro horas.
Sintetizó artificialmente las substancias que había encontrado y, al
aislarlas, se desprendió de gran cantidad de componentes inútiles. Siguió el
ensayo a lo largo del trazado de las radiaciones y vibraciones. En las
radiaciones rojas más largas descubrió algo que, al ser proyectado a través
de un recipiente lleno de aire, vibrara a velocidades supersónicas y luego
fuera polarizado, acelerando veinte veces los latidos del corazón de los
pequeños animales. En consecuencia, comían veinte veces más, crecían
veinte veces más deprisa y morían veinte veces más pronto.
Kidder construyó una habitación grande y herméticamente cerrada.
Encima había otra habitación de igual amplitud y anchura, pero menos alta.
Constituía su cámara de control. La gran habitación estaba dividida en
cuatro secciones cerradas, cada una con diminutas cabrias y grúas para
ayudar al manejo de maquinaria de toda clase. Había también escotillones
con cerraduras a presión, que comunicaban la habitación con las otras
inferiores.
Entre tanto, el otro laboratorio había producido un cuadrúpedo de
sangre caliente, con piel de serpiente y ciclo vital sorprendentemente rápido.
Una generación cada ocho días con una duración de vida de unos quince. Se
parecía al erizo, era ovíparo y mamífero. Sus períodos de gestación eran de
seis horas; los huevos se incubaban en tres días. Los recién nacidos
alcanzaban madurez sexual en cuatro días. Cada hembra ponía cuatro
huevos y vivía lo suficiente para cuidar de los jóvenes después que habían
nacido. El macho, por lo general, moría dos o tres horas después del
apareamiento. Eran unos seres altamente adaptables. Eran pequeños, no
tenían más de ocho centímetros de largo y cinco de alto. Sus garras
delanteras tenían tres dedos y un pulgar con tres articulaciones y
movimiento de oposición. Estaban adaptados para vivir en una atmósfera de
gran concentración de amoníaco. Kidder cogió cuatro de las criaturas y puso
un grupo en cada sección de la habitación hermética.
Desde entonces todo fue fácil. Con sus atmósferas controladas, varió las
temperaturas, la dosificación del oxígeno y la humedad. Los mataba como
moscas con excesos de anhídrido carbónico, por ejemplo, y los
supervivientes transmitían su resistencia física a la próxima generación.
Periódicamente cambiaba los huevos de una de las secciones cerradas a
otra, para obtener variaciones raciales. Rápidamente, bajo tales condiciones
controladas, las criaturas comenzaron a evolucionar.
De modo que ésta fue la contestación a su problema. No podía acelerar
lo bastante el avance intelectual de la humanidad para que pudiesen
mostrarle las cosas «avanzadas» por las que su mente suspiraba. Tampoco
podía acelerar su avance intelectual. Por esto creó una raza nueva, una raza
que podía desenvolverse y evolucionar tan rápidamente, que pronto llegaría
a sobrepasar la civilización del hombre: y éste aprendería de ella.
Estaban por completo en poder de Kidder. La atmósfera normal
terrestre podía envenenarles y así se preocupó de demostrárselo a cada
cuarta generación. No podían intentar nada para escapársele. Vivirían sus
vidas y progresarían, harían sus propios experimentos y cometerían sus
aciertos y sus errores, centenares de veces más rápidamente que no podrían
hacerlo los hombres. Tenían cierta ventaja sobre el hombre porque Kidder
les guiaba. El hombre había necesitado, en realidad, seis mil años para
descubrir la ciencia y otros trescientos para aplicarla al trabajo. Las criaturas
de Kidder necesitaron doscientos días para lograr el nivel mental humano.
Desde entonces, la espasmódica producción de Kidder hizo que el lejano y
genial Thomas Edison se convirtiera en un artesano intentando hacer
chapuzas.
Les llamó Neoterics y les obligó a que trabajaran para él. Kidder
disponía de inventiva ideológica; es decir, podía plantearse problemas
imposibles con tal de que no tuviera que resolverlos él mismo. Por ejemplo,
quería que los Neoterics encontraran por sí mismos un medio de construir
refugios con material poroso. Creó la necesidad de tales refugios sometiendo
a una de las secciones a una temperatura tan altamente fuerte, que
aplastaba a sus moradores. Rápidamente los Neoterics inventaron refugios
impermeables con el delgado material de tal clase que había apilado en un
ángulo. Inmediatamente Kidder les derribó la frágil estructura con una ráfaga
de aire frío. Ellos levantaron de nuevo la construcción de manera que
resistiera al viento y a la lluvia. Kidder bajó tan rápidamente la temperatura,
que no pudieron adaptar sus cuerpos a ella. Entonces calentaron sus
refugios con pequeños braseros. Kidder, rápidamente, lo cambió en calor,
hasta que empezaron a asarse y a morir. Después de unas pocas muertes,
uno de los jóvenes, más despierto, resolvió la manera de construir una fuerte
casa aislante usando tres capas de goma con la capa de en medio perforada
miles de veces para crear delgadas bolsas de aire.
Con tales tácticas, Kidder les obligaba a desarrollar altamente su
pequeña cultura. Produjo una sequía en una sección y un exceso de
humedad en otra y luego abrió el tabique de comunicación entre ambas.
Inmediatamente se encendió una gran guerra espectacular y el libro de
notas de Kidder se llenó de información relativa a armas y tácticas militares.
También inventaron la vacuna contra el catarro corriente, razón por la cual
esta calamidad ha sido absolutamente extinguida en el mundo, ya que ésta
fue una de las cosas de que Conant, presidente del Banco, pudo apoderarse.
En una tarde de invierno, habló a Kidder a través del radiófono con una
voz tan ronca por la laringitis que Kidder le mandó un frasco de vacuna y le
dijo, chillando, que jamás le volviese a llamar en semejante estado, que le
hacía inaudible. Conant mandó analizar la vacuna y de nuevo se engrosaron
las cuentas de Kidder y las del Banco.
Al principio, Kidder se limitaba a proporcionar los materiales que
imaginaba que podrían necesitar; pero cuando ellos llegaron a un desarrollo
tal de su inteligencia que podían fabricárselos por sí mismos, se limitó a dar
a cada sección un stock de primeras materias. El proceso para la obtención
de aluminio fuerte se desarrolló cuando él construyó un vasto émbolo en una
de las secciones, que se extendía de pared a pared y que estaba proyectado
para que pudiera descender a razón de diez centímetros por día, hasta que
aplastara todo lo que hubiese en su base. Los Neoterics, para su propia
defensa, usaron el material duro que encontraron a mano para detener la
muerte inexorable que les amenazaba. Pero Kidder había arreglado las cosas
de modo que sólo disponían de óxido de aluminio y cierta mezcla de otros
elementos con abundancia de fuerza eléctrica. Al principio amontonaron
docenas de pilares y cuando éstos fueron aplastados y retorcidos, intentaron
modelarlos de manera que el blando material aguantara más peso. Cuando
éstos fallaron, rápidamente construyeron otros más fuertes y cuando por fin
el émbolo fue detenido, Kidder quitó uno de los pilares y lo analizó. Era
aluminio reforzado y más tenaz que el molibdeno-acero.
La experiencia demostró a Kidder que debía hacer ciertas
modificaciones si quería conservar su dominio sobre los Neoterics antes de
que fueran demasiado ingeniosos. Había cosas que podían hacerse con
fuerza atómica, sobre las cuales sentía gran curiosidad; pero no quería ver
metidos a sus pequeños supercientíficos en una cosa como ésta, a no ser
que pudiera confiar en que la emplearían estrictamente como Dios manda.
Entonces ideó la invención de una «Regla de temor». La más trivial
desviación de lo que él consideraba el camino recto para hacer las cosas,
llevaba aparejada, al instante, la muerte de la mitad de la tribu. Si él se
proponía desarrollar, por ejemplo, una instalación de fuerza de tipo Diesel
que operaría sin volante, y alguno de los jóvenes e inteligentes Neoterics
empleaba tales materiales con fines arquitectónicos distintos, la mitad de la
tribu desaparecería en el acto. Desde luego, los Neoterics habían establecido
una especie de lenguaje escrito: el Lenguaje de Kidder. Colocó un teletipo en
una zona rodeada de cristal en un rincón de cada sección, que fue respetada
como un relicario. Todas las disposiciones que allí se inscribían debían ser
obedecidas, de lo contrario... Después de tal innovación, el trabajo de Kidder
resultó mucho más sencillo. No hubo necesidad de vigilar las conductas
equívocas. Todo lo que él necesitaba que se hiciera, se hacía. No importaba
que se tratara de encargos imposibles: bastaban cuatro generaciones de
Neoterics para que encontrasen la manera de realizarlos.
El siguiente documento procede de un papel que una de las rápidas
cámaras foto-telescópicas de Kidder descubrió mientras circulaba entre los
Neoterics más jóvenes. Lo traducimos de la escritura altamente simplificada
que utilizaban los Neoterics.
«Estos mandamientos serán obedecidos por todos los Neoterics, bajo
pena de muerte. El castigo será aplicado por la tribu al rebelde para
protegerse contra su rebeldía.
«Las órdenes que aparezcan en la Máquina, tendrán prioridad de interés
y de fuerza individual y tribal.
«Cualquier mal uso de material o de fuerza en sentido contrario al
dispuesto por la Máquina, será castigado con la muerte, a no ser que no
existiera disposición escrita que se oponga a tal uso.
«Cualquier información relativa al problema que se está resolviendo o
cualquier idea o experimento que pueda contribuir a la solución del
mencionado problema, son de propiedad de la tribu.
«Cualquier fallo individual en la cooperación al esfuerzo que realiza la
tribu, cualquiera que sea el culpable de no emplear todos sus esfuerzos en el
trabajo, o cualquiera que sea susceptible de tal sospecha, será castigado con
la pena de muerte.»
Tales fueron los resultados de una dominación total. Este papel
impresionó mucho a Kidder por lo que tenía de espontáneo. Era algo
inventado por los mismos Neoterics y desarrollado por ellos, en defensa de
su propio bienestar.
De este modo, Kidder llegó a su apoteosis. Agachado en la habitación
superior, yendo de un telescopio a otro, revelando lentamente las películas
que le procuraban sus rápidas cámaras, llegó a ser poseedor de una fuente
de información manejable y dinámica. Encerrado en el gran edificio
cuadrado, con sus cuatro secciones de medio acre de extensión, disponía de
un mundo nuevo, del cual era el verdadero dios.
La mente de Conant se parecía a la de Kidder en el sentido de que
ambos iban a la solución de no importa qué problema, siguiendo la distancia
más corta entre dos puntos y sin preocuparse de si siguiendo esta ruta se
encontraba mayor o menor resistencia. Su ascenso a la presidencia del
Banco fue el resultado de crueles intrigas, que no tuvieron mayor
justificación que la que puede ofrecer la consecución de lo que se había
propuesto. Como un general superdotado, no vencía a sus enemigos con la
sola fuerza del número. También sabía atacar por los flancos y no sólo en
uno sino en los dos. Los infelices que asistían a su progreso eran criaturas
que no merecían la menor consideración.
Cuando tomó, por ejemplo, posesión de cierta propiedad de unos mil
acres, que había pertenecido a un hombre llamado Grady, no le bastó con la
propiedad de la tierra. Grady era propietario de un aeropuerto que había
sido suyo toda la vida y de su padre antes que de él. Conant ejerció toda
clase de presiones sobre este individuo para apoderarse del aeropuerto;
pero le encontró dispuesto a ofrecer una resistencia impertérrita. Con
juiciosa persuasión, logró que los funcionarios municipales decidiesen
excavar una zanja destinada a unas cloacas a todo lo largo del campo y por
su mitad, con lo cual logró arruinar el negocio de Grady. Sabiendo que esto
daría a Grady motivos para una venganza, adquirió su Banco por su valor
más la mitad e hizo quiebra. Cuando Grady hubo perdido todo su dinero y
fue a terminar sus días en un asilo, Conant se sintió muy orgulloso de su
táctica.
Como muchos otros que se sujetan a la cola de Mammón, el dios de las
riquezas, Conant no deseaba soltarse. Su vasta organización le producía más
dinero y poder del que jamás hubiese obtenido nadie a través de la historia;
pero todavía no estaba satisfecho. El dinero era para Conant lo que el saber
para Kidder. Las empresas piramidales de Conant representaban para éste lo
que los Neoterics para Kidder. Cada uno se había construido su mundo
particular; cada uno lo empleaba para su propia instrucción y su provecho
particular. Sin embargo, Kidder no molestaba a nadie excepto sus Neoterics
y, pese a todo, Conant no era simplemente un miserable. Era un hombre
astuto que había descubierto a tiempo lo que vale agradar a la gente.
Ningún hombre puede pasar cierto período de años robando constantemente
al prójimo, sin dejar de agradar a las gentes a quienes roba. La técnica para
hacer esto es bastante complicada; pero cuando se logra dominarla, puede
decirse que ya se puede acuñar su propia moneda.
El gran temor de Conant era que llegase un día en que Kidder se
interesara por las cosas de este mundo y empezara a intervenir. ¡Cielos!
¡Con el espantoso poder de que disponía! Para un hombre como Kidder, el
insignificante asunto de hacer cambiar una elección podría llevarse a cabo
con la misma facilidad que se daba la vuelta en la cama. Lo único que podía
hacer para evitarlo era llamarle de vez en cuando y preguntarle si
necesitaba alguna cosa, con el fin de tenerle ocupado. Kidder apreciaba esta
atención. Conant, de vez en cuando, sugería algo a Kidder, que le tenía
preocupado durante algunas semanas. La «bomba de luz» era uno de los
resultados de la imaginación de Conant. Conant apostó con él a que no iba a
lograrlo. Kidder la fabricó. Cierta tarde, Kidder contestó al chillido de señal
del radiófono. Jurando por lo bajo, dejó de pasar la película que estaba
viendo, y cruzó el campamento hacia el laboratorio. Se acercó al radiófono,
estiró el enchufe y el chillido cesó.
—¿Qué hay?
—¿Oye? —dijo Conant—. ¿Estás ocupado?
—No mucho —dijo Kidder. Estaba encantado con las imágenes de la
película que había captado: mostraba el hábil trabajo de un grupo de
Neoterics sintetizando goma del azufre puro. Le hubiese gustado hablar de
ello con Conant pero, fuere por lo que fuese, jamás le había dicho nada de
los Neoterics y no iba a empezar entonces. Conant decía:
—Mmm... Kidder. El otro día bajé a mi club y un grupo de los nuestros se
pasaron la noche en una charla desatada. Algo dijeron que podría
interesarte.
—¿Qué?
—Había un par de muchachos que trabajaban en los servicios públicos.
Estás enterado de la energía que se utiliza en este país, ¿no? Un treinta por
ciento de energía atómica y el resto entre eléctrica, Diesel y vapor...
—Lo ignoraba —dijo Kidder, que en lo que respecta a los
acontecimientos corrientes, estaba menos enterado que un niño.
—Bien. Discutimos sobre la probabilidad de éxito que podría tener una
nueva fuente de energía. Uno de los que estaban allí dijo que, en vez de
hablar de ello, sería mejor inventar primero una fuente de energía. Otro, en
cambio, dijo que no sabría cómo llamar a esta nueva fuente de energía, pero
que podría describirla. Decía que debería tener todas las condiciones de las
actuales más una o dos más. Como, por ejemplo, que fuera más barata y
más eficiente. Podría superar a las otras en su fácil transporte desde el lugar
en que se instalara la fuerza hasta el consumidor. ¿Comprendes lo que
quiero decir? Cualquiera de estos factores puede justificar una nueva fuente
de energía que compita con las que ya tenemos. Pero lo que yo quisiera ver
es una fuerza nueva que tuviera todos esos factores. ¿Qué te parece?
—No es imposible.
—¿Tú crees?
—Lo intentaré.
—No pierdas el contacto.
El transmisor de Conant dio un golpe seco. El enchufe consistía en una
pequeña pieza de engaño que Kidder había introducido en el aparato sin que
lo supiera Conant. Cuando Conant se separó del receptor, éste siguió
funcionando mientras él creía que estaba desconectado. Así Kidder oyó
cómo el banquero murmuraba:
—Si lo logra, me pongo las botas. Si no lo logra, por lo menos este loco
extravagante seguirá ocupado y encerrado en su isla.
Kidder se quedó mirando el radiófono durante largo tiempo, frunciendo
las cejas; luego se encogió de hombros. Resultaba evidente que Conant
tenía algo entre ceja y ceja; pero esto a Kidder no le preocupaba. ¿Había
alguien en la tierra que necesitara perjudicarle? Él no incomodaba a nadie.
Se volvió hacia el edificio de los Neoterics, preocupado con la nueva idea de
la fuente de energía.
Once días después, Kidder llamó a Conant y le dio instrucciones
concretas sobre la forma de equipar su receptor con una colección de planos
que podrían hacer que Kidder pudiese transmitir su escritura por los aires. En
cuanto estuvo hecho esto y Kidder tuvo noticia de ello, el bioquímico, por
una vez en la vida, habló con cierta locuacidad:
—Conant, tú dabas por sentado que no existe una nueva fuente de
energía más barata, más eficiente y más fácilmente transportable que las
que existen hoy día. Puede que te interese el nuevo generador que acabo de
instalar. Tiene fuerza, Conant, una fuerza increíble. Mando un hermoso haz
compacto. Anda, ve esto y regístralo en tus planos.
Kidder deslizó una hoja de papel por debajo de los sujetadores de su
transmisor y la hoja apareció en el aparato de Conant.
—Aquí tienes el diagrama para montar un receptor de fuerza. Ahora
escucha: el haz es tan compacto, tan altamente dirigible, que ni un mil por
ciento de la fuerza se perdería en tres mil kilómetros de transmisión. Es un
circuito cerrado. O sea que cualquier mengua en el haz produce una señal a
lo largo del mismo haz hasta que automáticamente acrecienta la producción
de energía. Claro que eso tiene un límite, pero es un límite muy alto. Y hay
más: este pequeño aparato puede transmitir ocho haces por minuto, con un
total de unos ocho mil caballos de fuerza por haz y por minuto, y, de cada
uno de ellos, se puede derivar la energía necesaria, ya sea para volver la
página de un libro o para hacer volar un aparato hasta la estratosfera.
¡Espera! Todavía no he terminado: cada haz, como te decía antes, devuelve
una señal del receptor al transmisor. Esto permite, no sólo controlar la suma
de energía del destello, sino también dirigirla. Establecido el contacto, el haz
es permanente: sigue al receptor a todas partes. De este modo puede
proporcionar fuerza para vehículos de tierra, mar y aire y para una
instalación estacionaria. ¿Te gusta?
Conant, que era banquero y no científico, se secó la frente, abrillantada
por el sudor, con el dorso de la mano, y dijo:
—Me consta, Kidder, que nunca me has dirigido por senderos
equivocados. ¿Cuánto puede costar, más o menos, este aparato?
—Mucho —contestó Kidder rápidamente— . Tanto como una instalación
atómica. Pero no habrá cables de alta tensión, ni alambres, ni tuberías ni
nada. Los receptores son un poco más complicados que los receptores de
radio. El transmisor, ¡bueno!, éste sí que requiere verdadero trabajo.
—No te ha tomado mucho tiempo —dijo Conant.
—No —admitió Kidder—. No me lo tomó.
Se trataba del trabajo de toda la vida de casi doce centenares de seres
altamente cultos; pero Kidder no iba a hablar de eso.
—Claro está que, lo que yo tengo aquí, es el modelo —añadió.
La voz de Conant vibró más fuerte:
—¿El modelo? ¿Y cuánto rinde?
—Por encima de los sesenta mil caballos de fuerza —respondió Kidder
jovialmente.
—¡Cielos! Entonces, en una máquina de gran tamaño, un transmisor
bastaría para...
Durante un momento, Conant se sintió sofocado al pensar en las
enormes posibilidades de aquel mecanismo.
—Y, ¿cómo se la alimenta?
—De ningún modo —dijo Kidder—. No voy a contártelo ahora. He
encontrado una fuerza de energía de poder inimaginable. Es algo muy
grande. Algo tan grande, que no puede desperdiciarse.
—¿Cómo? —interrumpió Conant—. ¿Qué quieres decir con esto?
Kidder frunció el ceño. Estaba claro que Conant preparaba alguna treta.
Ante la nueva interrupción del banquero, Kidder, pese a que era el menos
suspicaz de los hombres, se puso en guardia:
—Quiero decir lo que digo. No intentes comprender demasiado; ¿me
entiendes? Apenas si yo me comprendo a mí mismo. Pero la fuente de esta
energía es un resultado monstruoso obtenido por el desequilibrio de dos
fuerzas previamente igualadas. Estas dos fuerzas son cósmicas en cantidad.
En realidad, se fabrican soles y desintegran átomos del mismo modo como
se desintegran los átomos que forman el compañero de Sirio. No te figures
que es un juguete con el que podrías divertirte.
—Yo, no —dijo Conant con voz embarullada.
—Voy a explicártelo con un ejemplo —dijo Kidder—. Supongamos que
tomas dos varillas, una en cada mano. Coloca sus puntas juntas y aprieta.
Mientras la presión pasa directamente a lo largo de sus largos ejes, la
presión se compensa: la de la mano derecha es anulada por la izquierda y
viceversa. Pero ahora llego yo y toco las varillas en el lugar en que se juntan:
éstas se separan violentamente y tú te rompes un par de nudillos. La fuerza
resultante está en ángulo recto con las fuerzas que ejercías. Mi sistema de
transmisión de fuerza se basa en el mismo principio. Basta una cantidad
infinitesimal de energía para arrastrar aquellas fuerzas fuera de su línea. Es
algo muy sencillo cuando se sabe cómo lograrlo. Lo que importa es saber si
se puede controlar la fuerza resultante cuando se obtiene. Yo, sí puedo.
—Ya. Ya veo —afirmó Conant. Y, por unos segundos, se permitió un
gesto de soberbia—. Dios proteja a las Compañías de Servicios Públicos; no
voy a ser yo quien las ampare. ¡Kidder! Necesito un transmisor de gran
tamaño.
—¡Menudo ambicioso! —dijo, burlón, por el micrófono—. Ya sabes,
Conant, que carezco de personal. Y no puedo dedicarme a fabricar, yo solo,
cuatro o cinco mil toneladas de aparatos.
—En cuarenta y ocho horas, te mando quinientos ingenieros y operarios.
—No. No lo hagas. ¿Para qué quieres fastidiarme con esto? Aquí soy
enteramente feliz, Conant, y una de las razones de mi felicidad es que no
tengo a nadie cerca que me moleste.
—¡Pero, Kidder! No seas así. Yo te pagaré...
—No tienes dinero bastante —replicó Kidder con viveza.
Y desconectó el aparato de Conant, ya que él sí podía desconectarlo.
Conant se puso furioso. Gritó por el fono reiteradamente y empezó a
apretar el pulsador de señales. Kidder, en su isla, dejó que la máquina
llamara y se volvió a su cámara de proyecciones. Se arrepentía ahora de
haber radiado el diagrama al receptor de Conant. Darle fuerza a un coche o
a un avión con el modelo de transmisor que había conseguido de los
Neoterics podía ser interesante. Pero, ya que Conant se ponía así... ¡bueno!
Al fin y al cabo, el receptor no podía funcionar sin el transmisor: cualquier
ingeniero de radio podría comprender el diagrama, pero ninguno dispondría
del haz que lo ponía en funcionamiento. Conant no podría conseguirlo.
Era una lástima que Kidder no conociera suficientemente a Conant.
Kidder pasaba los interminables días ocupado en aprender siempre
algo. Ni él ni sus Neoterics dormían jamás. Comía regularmente cada cinco
horas, y, cada doce, dedicaba media hora a hacer ejercicio. Jamás sabía el
día en que vivía, porque el tiempo carecía de sentido para él. Si tenía
necesidad de alguna fecha o de saber el año en que estaba, siempre podría
preguntárselo a Conant. A él no le importaba y eso era todo. Repartía su
tiempo entre la observación y plantearles nuevos problemas a los Neoterics.
Por el momento, sus investigaciones iban exclusivamente dedicadas a la
defensa. La idea se le había ocurrido mientras conversaba con Conant: era
una idea fundamental; las causas que la motivaran carecían de importancia.
Los Neoterics empezaron a trabajar en un campo vibratorio de naturaleza
casi eléctrica. Kidder no creía que pudiera tener ninguna aplicación práctica.
Se trataba de un muro invisible que podía matar a cualquier ser viviente que
lo tocara.
Pero, de todos modos, la idea era sugestiva.
Estiró sus miembros al apartarse del telescopio de la habitación
superior, desde donde había estado observando a sus criaturas mientras
trabajaban. En su habitación de control se sentía profundamente feliz. Le
fastidiaba tener que salir de allí para ir al laboratorio a comer algo.
Cada vez que cruzaba los edificios, sentía como la necesidad de decirles
adiós a todos, y, cuando volvía, tenía ganas de lanzarles un «¡Hola!» alegre.
Él mismo se sorprendía de tales sentimientos.
Había como una burbuja negra, a unas pocas millas de la isla en
dirección al Continente. Se trataba de un bote a motor. Kidder se detuvo y lo
contempló con disgusto. Como un pétalo blanco, el oleaje lamía los lados de
la embarcación, que iba acercándose. Gruñó recordando que hacía ya algún
tiempo también llegó un yate cargado de unos locos que habían
desembarcado una tarde, llenos de curiosidad, y que se habían
desparramado por toda su querida isla, bombardeándole con preguntas
absurdas y desequilibrando sus nervios por unos días. ¡Dios mío!, cómo
odiaba a aquellas gentes.
Este recuerdo desagradable engendró en su mente, de manera
semiinconsciente, otros dos pensamientos, mientras cruzaba el campamento
para entrar en el laboratorio. Uno era que debía haber dispuesto una valla
alrededor de sus construcciones, con una corriente de energía cualquiera, y
colocar anuncios para que la valla no fuese cruzada. El otro pensamiento se
refería a Conant y a la vaga intranquilidad que le había causado en las
últimas semanas a través del radiófono. Recordaba su sugerencia de hacía
un par de días, de que en la isla podía erigirse una instalación de energía.
Era una idea horrible.
Cuando Kidder penetró en el laboratorio, Conant, que estaba sentado en
un banco, se levantó. Durante largo rato se miraron sin pronunciar palabra.
Hacía años que Kidder no había visto al presidente del Banco. La presencia
de aquel hombre le daba escalofríos.
—¡Hola! —dijo Conant cordialmente—. Tienes muy buen aspecto.
Kidder contestó con un gruñido. Conant acomodó su pesado cuerpo en
el asiento y dijo:
—Voy a librarte de la molestia de hacer preguntas, Kidder. Hace un par
de horas que he llegado en un pequeño bote. Un medio de transporte
asqueroso. Quería darte una sorpresa: mis dos hombres han tenido que
remar durante las dos últimas millas. Estás mal equipado para defenderte.
Cualquiera puede deslizarse hasta aquí, al igual que yo lo he hecho.
—¿Y quién iba a hacerlo? —gruñó Kidder. La voz vibrante de aquel
hombre le hería el cerebro. Hablaba demasiado fuerte para una habitación
tan pequeña; o al menos ésta era la sensación que causaba en las orejas de
ermitaño de Kidder. Se encogió de hombros y empezó a prepararse una
frugal colación.
—Bien —dijo lentamente el banquero—. A mí me ha interesado hacerlo.
—Y sacó una petaca de cigarros— . ¿No te importa que fume?
—Sí que me importa —dijo Kidder bruscamente. Conant rió con
desenvoltura y guardó los cigarros.
—A mí me puede convenir insistir en que construyas en tu isla esa
instalación de energía.
—¿A través del radiófono?
—¡Oh, sí! Pero ahora que estoy aquí, no puedes cortar me la
comunicación. ¿Qué hay de eso?
—Mi opinión no ha variado.
—Debes hacerlo, Kidder. Debes hacerlo. Piensa en ello. Reflexiona en el
favor que les harías a multitud de personas que están pagando facturas
exorbitantes de energía.
—Odio a las multitudes. Y, ¿por qué tienes que construir aquí?
—Eso es claro. Se trata de un sitio ideal. En tu propia isla. Los trabajos
comenzarían sin dar lugar a comentarios de ninguna clase. La instalación no
se lanzaría al mercado hasta que estuviera concluida. Todo se haría en
secreto y la isla podría convertirse en una fortaleza inexpugnable.
—No quiero que se me moleste.
—Nadie te molestará. Construiremos en la punta norte de la isla. A unos
dos kilómetros de distancia de aquí y de tu trabajo. Y, a propósito, ¿dónde
está el modelo de transmisor de energía?
Kidder, con la boca llena de comida sintética, indicó con la mano una
mesita sobre la que estaba colocado el modelo. Era un intrincado
mecanismo de plástico y acero, lleno de pequeñas bolas y que medía poco
más de un metro.
Conant se levantó y fue a contemplarlo.
—Y funciona, ¿eh? —Suspiró profundamente y añadió—: Kidder, me
repugna hacer esto; pero necesito realizar esta instalación, aunque sea por
la fuerza. ¡Carson! ¡Robbins!
Dos hombrones con cuello de búfalo salieron de sendos rincones de la
habitación, donde habían estado escondidos. Pausadamente y con
indiferencia, uno de ellos blandía amenazador su revólver. Kidder,
inexpresivamente, paseó su mirada de uno a otro.
—Estos caballeros cumplirán mis órdenes al pie de la letra, Kidder.
Dentro de media hora desembarcará una partida de ingenieros y
contratistas. Examinarán la punta norte de la isla para construir la
instalación de energía. Estos muchachos sienten hacia ti los mismos
sentimientos que yo. ¿Puedo contar o no con tu colaboración? A mí me da lo
mismo matarte que dejarte vivo, para que puedas seguir con tus trabajos.
Mis ingenieros pueden copiar tu modelo.
Kidder seguía en silencio. Había dejado de mascar al ver a los hombres
armados y sólo entonces se acordó de engullir. Permanecía sentado,
inclinado sobre su plato, sin moverse ni hablar. Conant rompió el silencio,
mientras se dirigía a la puerta:
—Robbins, ¿puede usted trasladar el modelo?
El hombrón se guardó el revólver y levantó con cuidado el modelo,
mientras afirmaba con la cabeza.
—Llévelo a la playa y acérquese al otro bote. Dígale al ingeniero Mr.
Johansen, que éste es el modelo sobre el que tiene que trabajar.
Robbins salió y Conant se volvió hacia Kidder:
—No tenemos por qué enfadarnos —dijo suntuosamente—. Eres muy
obstinado; pero yo no te guardo rencor. Me hago cargo de lo que sientes. Te
dejaremos solo; te doy mi palabra. Pero estoy decidido a realizar este trabajo
y una cosa insignificante como tu vida no puede obstruirme el camino.
—¡Sal de aquí! —dijo Kidder. Dos venas se hinchaban en sus sienes. Su
voz era profunda y temblorosa.
—Está bien; buenos días, Kidder. Hay que reconocer que eres un diablo
inteligente.
Nadie, hasta entonces, se había referido al escolástico Mr. Kidder en
tales términos.
—Creo posible que intentes volarme la isla. Yo, en tu lugar, no lo haría.
Estoy dispuesto a darte lo que necesitas: independencia. En cambio, sólo te
pido lo mismo. Si algo me ocurre mientras estoy aquí, la isla será
bombardeada por gente a mis órdenes. Admito que puedan fallar, pero en
este caso, el Gobierno de los Estados Unidos tomaría cartas en el asunto.
Esto no lo quieres, ¿verdad? Es algo muy grande para un hombre solo,
plantear una batalla con el Gobierno de los Estados Unidos. Lo mismo
ocurrirá si la instalación es saboteada, sea como fuere, cuando yo haya
vuelto al continente. Tú puedes ser asesinado, puede molestársete
constantemente... De todos modos, gracias por tu cooperación.
El banquero, acompañado de su taciturno guardaespaldas, salió
satisfecho.
Kidder permaneció mucho rato sin moverse. Luego sacudió la cabeza y
la apoyó en las palmas de las manos. Estaba muy asustado; no tanto porque
su vida estuviese en peligro, sino porque su independencia y su trabajo -todo
su mundo- se veían amenazados. Se sentía azorado y vencido. No era un
hombre de negocios; no sabía manejar a los hombres. Toda la vida había
huido de los humanos y de lo que para él representaban. Se sentía como un
chiquillo asustado, cuando los demás hombres se le acercaban.
Serenándose algo, se preguntó qué ocurriría cuando la instalación de
energía funcionara. Seguro que el Gobierno tomaría cartas en el asunto. A no
ser... a no ser que, para entonces, el Gobierno fuera el mismo Conant. La
instalación constituiría una fuente inimaginable de energía y no sólo de la
clase de energía que hace mover las ruedas. Se levantó y volvió al mundo
que era su hogar, el mundo donde sus objetivos eran comprendidos y donde
estaban aquellos que podían ayudarle. Volvió al edificio de los Neoterics y se
escapó de este modo del mundo de los hombres, para refugiarse en su
trabajo.
A la semana siguiente, con gran sorpresa del banquero, Kidder le llamó.
Después de pasar dos días en la isla, donde se había realizado un buen
trabajo a destajo, se había marchado aprovechando la llegada de un barco
con obreros y material. Por radio se mantenía en contacto constante con
Johansen, el ingeniero jefe. Éste, y toda su gente, realizaban el trabajo a
ciegas. Sólo los recursos infinitos del Banco habían podido cubrir un hombre
como aquél y el equipo que con él trabajaba.
La primera reacción de Johansen al ver el modelo fue de éxtasis. Quería
hablar a sus amigos de aquella maravilla, pero el único aparato de radio que
podía utilizar estaba conectado con el despacho privado de Conant en el
Banco y sus guardias particulares -uno para cada dos trabajadores- tenían
las órdenes estrictas de destruir cualquier otro aparato transmisor que
descubrieran. Necesitó poco tiempo para darse cuenta de que estaba
prisionero en la isla. Después de su primer impulso de cólera, se calmó
pensando que no era tan mala cosa ser prisionero a razón de cincuenta mil
dólares por semana. Dos de sus ayudantes y un ingeniero no lo entendieron
así y estuvieron protestando dos días después de su llegada. Una noche
desaparecieron. Fue la misma noche en que se oyeron cinco disparos en la
playa. No se hicieron más preguntas y se terminaron las rebeldías.
Conant disimuló su sorpresa por la llamada de Kidder y se mostró tan
ofensivamente cordial como acostumbraba:
—¡Vaya, vaya! ¿Puedo hacer algo por ti?
—Sí — dijo Kidder. Su voz era opaca y particularmente inexpresiva—.
Necesito que hagas publicar un aviso para tus hombres para que no crucen
la línea blanca que he trazado a quinientos metros al norte de mis edificios,
atravesando en línea recta la isla.
—¿Para qué un aviso, mi querido compañero? Ya tienen la orden de no
molestarte bajo ningún pretexto.
—Tú les has ordenado esto. Bien está; pero ahora avísales de lo otro. He
establecido un campo eléctrico que bordea mis laboratorios que matará a
cualquier ser viviente que se atreva a penetrar en él. No quiero cargar mi
conciencia con ningún asesinato. Nadie morirá si no cruza mis líneas.
¿Informarás a tus obreros?
—Está bien, Kidder —contestó el banquero—. Esto no hacía ninguna
falta. Nadie te habría molestado, porque...
Pero se dio cuenta de que estaba hablando ante un micrófono
desconectado. Sabía que era inútil volver a llamar. En cambio, llamó a
Johansen y le informó de todo aquello. A Johansen no le hizo ninguna gracia;
pero repitió el mensaje y lo firmó, como se le ordenaba. A Conant le gustaba
aquel hombre. Por un momento lamentó que nunca hubiese de volver vivo al
Continente. Pero aquel Kidder empezaba a ser un verdadero problema.
Mientras sus armas fueran puramente defensivas, no constituiría ninguna
amenaza real. Pero habría que ocuparse de él cuando la instalación
empezara a funcionar. Conant no podía darse el lujo de tener genios a su
alrededor, a menos que estuviesen de su parte. El transmisor de energía y
los ambiciosos planes de Conant no corrían peligro mientras Kidder
estuviese abandonado a sí mismo y, por otra parte, Kidder sabía que, por lo
menos temporalmente, podía esperar de Conant un trato más agradable que
el que le dispensaría una horda de investigadores del Gobierno.
Desde que empezaron los trabajos en el norte de la isla, Kidder sólo
abandonó una vez su encierro y, para hacerlo, empleó toda su desmañada
diplomacia. Conociendo la fuente de energía del transmisor y sabiendo lo
que podría ocurrir si se malograba, pidió permiso a Conant para inspeccionar
los trabajos cuando ya se estaban terminando. Aseguró su propia vida,
negándose a dar su opinión a Conant hasta que estuviera de nuevo a salvo
en su laboratorio, cerró su barrera de protección y se dirigió a la punta norte.
Tuvo una visión de espanto. El modelo de un metro estaba aumentado
un centenar de veces. Dentro de una torre maciza de cien metros, el espacio
estaba ocupado por el mismo laberinto de bombas y émbolos que los
Neoterics habían creado tan delicadamente para su modelo. En la
extremidad superior había un globo hecho de una aleación de oro pulido,
que constituía la antena transmisora. De ella partirían miles de apretados
haces de fuerza, de los que se podía extraer energía en cualquier proporción
por otros tantos millares de receptores colocados en cualquier lugar y a
cualquier distancia. Kidder se enteró de que los receptores ya habían sido
construidos; pero Johansen, su informador, sabía poco de esta parte de los
trabajos y estaba dispuesto a decir todavía menos. Kidder se detenía ante
cada uno de los detalles de la estructura, y, cuando hubo terminado de verlo
todo, dio a Johansen un apretón de manos en señal de admiración.
—Yo no quería eso —dijo tímidamente— , y sigo sin quererlo. Pero he de
confesar que, para mí, es un placer contemplar esta clase de trabajo.
—Lo que es un placer es poder saludar al hombre que lo ha inventado.
Kidder contestó, radiante:
—No lo he inventado yo. Puede que un día le enseñe quién lo hizo. Yo...
bueno, ¡adiós!
Dio la vuelta antes de hablar demasiado y salió al sendero.
—¿Disparo? —dijo una voz al lado de Johansen. Un guardia de Conant
había sacado una escopeta.
Johansen dio un golpe al brazo armado del hombre:
—No. —Y se rascó la cabeza—. De modo que ésta es la misteriosa
amenaza del otro lado de la isla... ¡No me digan! Si es un hombrecito la mar
de simpático...
Construida sobre las ruinas de Denver, destruida durante la gran batalla
de las Montañas Rocosas, cuando las guerras del Oeste, se levanta la más
bonita ciudad del mundo: la capital de nuestra nación, Nueva Washington.
En una habitación circular, en lo más profundo de la Casa Blanca, el
Presidente, tres miembros del Ejército y un paisano, estaban reunidos.
Debajo del escritorio del Presidente, un dictáfono discreto anotaba cada una
de las palabras que allí se decían. A más de tres mil kilómetros de distancia,
Conant estaba pendiente de un receptor de radio, adaptado para captar las
señales del diminuto transmisor que llevaba en su bolsillo el personaje civil.
Hablaba uno de los oficiales:
—Señor Presidente, las afirmaciones inaceptables que se han hecho del
producto de este señor, son absolutamente ciertas. Nos ha demostrado,
hasta más allá de ninguna duda posible, cada una de las afirmaciones del
folleto.
El Presidente miró al hombre de paisano y de nuevo al oficial:
—No puedo esperar su informe — dijo —. Dígame, ¿qué ocurrió?
Otro de los elementos del Ejército, secándose con un pañuelo el sudor
de la cara, empezó a decir:
—No podemos pedirle que nos crea, señor Presidente. Pero ésta es la
verdad. Mr. Wright, aquí presente, lleva en su maleta tres o cuatro docenas
de estas... pequeñas bombas.
—No se trata de bombas —dijo Wright.
—Muy bien. No son bombas. Mr. Wright rompió dos de ellas sobre un
yunque por medio de un martillo. No dio ningún resultado. Puso otras dos en
un horno eléctrico. Se consumieron como si fueran de estaño y cartón.
Nosotros metimos una por la boca de un cañón y disparamos. Nada.
Hizo una pausa y miró al tercer oficial que había redactado el informe.
—Visto esto, seguimos adelante. Volamos sobre los terrenos de prueba,
dejamos caer uno de estos objetos y nos elevamos hasta diez mil metros.
Desde allí, con un pequeño detonador manual no más grande que un puño,
Mr. Wright disparó la cosa. Jamás vi nada semejante. Cuarenta acres de
tierra subieron hacia nosotros, desmenuzándose mientras se acercaban. La
conmoción fue terrible, debe de haberse notado desde aquí, a setecientos
kilómetros de distancia.
—La oí. Los sismógrafos de las antípodas la registraron.
—El cráter que originó tenía casi medio kilómetro de profundidad en el
centro. Desde luego, un aeroplano cargado con estas cosas, podría destruir
cualquier ciudad. No hace falta ninguna precisión.
—Todavía no lo ha oído usted todo, señor Presidente —interrumpió el
tercer oficial— . El automóvil de Mr. Wright está dotado de una pequeña
instalación similar, que constituye su motor. Nos lo ha demostrado. No había
allí ningún depósito para carburante de clase alguna ni ningún conductor.
Con una instalación de energía cuyo mecanismo no ocupa más de un palmo,
este coche puede arrastrar un peso muerto equivalente a un tanque del
Ejército.
—Otra prueba —dijo un tercero, excitado—. Puso uno de los objetos en
el interior de una imitación de cámara acorazada del Tesoro. Las paredes
eran de más de tres metros de espesor, construidas con hormigón
superreforzado. Él se puso a un centenar de metros de distancia. ¡Hizo
estallar aquella cueva! No fue una explosión, fue como si una fuerza
poderosa, de una expansión increíble, se hubiese metido dentro y
derrumbara las paredes desde dentro. Se rompieron, se partieron, se
pulverizaron, y las vigas de acero y las barras de hierro, saltaron torciéndose
y retorciéndose como... ¡Diablos! Después de esto, insistió en ver al señor
Presidente. Sabemos que no es la costumbre, pero añadió que tenía algo
más que decir y que sólo lo diría en presencia del señor Presidente.
El Presidente lo interrogó con gravedad:
—Y, ¿qué es ello, Mr. Wright?
Wright se levantó, tomó su maleta, la abrió y sacó un pequeño cubo de
unos veinte centímetros de lado, fabricado con un material encarnado que
absorbía la luz. Los cuatro hombres se separaron de él, nerviosos.
—Estos señores —empezó— sólo han visto parte de lo que este ingenio
puede hacer. Voy a demostrarle con qué delicadeza se gobierna.
Hizo un reajuste con un pequeño botón de mando que había al lado del
cubo, y lo colocó en un extremo del escritorio del Presidente.
—Usted me ha preguntado más de una vez si este invento es mío o si yo
represento a alguien. Lo último es lo cierto. También le interesa saber que el
hombre que gobierna este cubo se halla a varios millares de kilómetros de
distancia. Sólo él puede evitar que estalle, ahora que yo he hecho esto.
Y, al decirlo, sacó un detonador de la maleta y apretó un botón.
—Explotará de la misma manera que lo hizo el que tiramos desde el
aeroplano, destruyendo completamente esta ciudad, y cuanto hay en ella,
dentro de cuatro horas. También explotará —dio un paso atrás y sacó un
pequeño enchufe de su detonador— si cualquier objeto que se mueva se
acerca a una distancia de un metro, o si alguien sale de esta habitación,
exceptuándome a mí mismo. Si cuando yo me haya ido soy molestado,
explotará en cuanto una mano se pose sobre mí. Ninguna bala puede
matarme bastante de prisa para evitar mi control.
Los tres hombres del Ejército permanecieron en silencio. Uno de ellos se
secaba nerviosamente el sudor frío que corría por su frente. Los demás no se
movían. El Presidente dijo suavemente:
—¿Cuál es su proposición?
—Una muy razonable. Mi representado no da la cara, por razones
evidentes. Todo lo que él exige es que esté usted de acuerdo en ejecutar sus
órdenes; usted nombrará los miembros del Gabinete que él escoja y usará su
influencia del modo que él dicte.
»Ni el público ni el Parlamento tienen por qué enterarse de estas cosas.
Por mi parte, puedo añadir que si usted acepta esta proposición, esta
«bomba», como ustedes la llaman, no estallará. Pero puede estar seguro de
que miles de ellas están esparcidas por todo el país. Nunca sabrá usted
cuándo se encuentra cerca de alguna. En cualquier momento, su
desobediencia significará el aniquilamiento instantáneo para usted y para
cuantos se encuentren en un perímetro de cinco o seis kilómetros
cuadrados.
»Dentro de tres horas y cincuenta minutos, exactamente a las siete, la
emisora de radio R.P.R.S. da un programa comercial. Usted dirá al locutor
que, después de identificar su estación, añada la palabra "Convenido". Esto
pasará desapercibido por todo el mundo, menos para mi representado. Es
inútil que me hagan seguir: mi trabajo ha terminado. Jamás veré a mi
representado ni me pondré en contacto con él. Esto es todo. ¡Buenas
noches, señores!
Wright cerró su maleta con el chasquido característico de los viajantes
de comercio, se inclinó y abandonó la habitación. Los cuatro hombres
siguieron contemplando el pequeño cubo encarnado.
—¿Piensan ustedes que puede ejecutar todo lo que dice? —preguntó el
Presidente.
Los tres afirmaron con la cabeza y en silencio. El Presidente buscó su
teléfono.
Alguien escuchó en secreto cuanto se había hablado. Conant,
acurrucado tras de su escritorio en la cueva donde tenía su sancta-santorum,
no lo supo. A su lado estaba la masa compacta del radiófono de Kidder. Con
sólo su presencia establecía la comunicación y Kidder, en su isla, bendecía el
día en que había ideado este ingenio. Toda la mañana había tenido la
tentación de hablar con Conant; pero no se había decidido. Su conversación
con el joven ingeniero Johansen le había impresionado grandemente. El
hombre era un científico tan completo, tan entregado al gozo de su trabajo,
que por primera vez en la vida, Kidder había sentido el deseo de volver a ver
otra vez a una persona.
Pero temía por la vida de Johansen si le llevaba a su laboratorio. El
trabajo del ingeniero estaba en la isla y lo más seguro era que Conant le
mataría si se enteraba de su visita, temeroso de que Kidder influyera sobre
él y lograra sabotear el gran transmisor. Por otra parte, si era Kidder quien
iba a la instalación de energía, sería a él probablemente a quien mataría.
Pasó todo el día luchando consigo mismo y, por fin, decidió llamar a
Conant. Afortunadamente no dio señal alguna, sino que enchufó su receptor
cuando la luz encarnada le indicó que el transmisor de Conant había entrado
en funcionamiento. Por curiosidad escuchó todo lo que ocurría en la
habitación del Presidente, a cinco mil kilómetros de distancia. Horrorizado,
se dio cuenta de lo que habían hecho los ingenieros de Conant. Metidos en
pequeños depósitos, existían docenas de miles de receptores de energía.
Carecían de fuerza en sí mismos; pero por medio de un mando a distancia,
podían captar uno o todos los miles de millones de caballos de fuerza que la
gran instalación de la isla emitía.
Kidder permaneció ante su receptor, sin atreverse a respirar. Nada
podía hacer. Si proyectaba algún sistema para destruir la emisora de
energía, seguramente intervendría el Gobierno y se apoderaría de la isla.
¿Qué le ocurriría, entonces, a él y a sus Neoterics?
Otro sonido se dejó oír por el receptor. Se trataba de un programa
comercial. Unos pocos compases de música, una voz masculina
recomendando el pago a plazos de los viajes por las líneas estratosféricas y
un breve silencio. Luego:
«Estación R.P.R.S., la voz de la Capital de la Nación, Distrito de Colorado
del Sur.»
Los tres segundos de pausa le parecieron interminables.
«La hora exacta... eh... convenido. Son las siete de la tarde, hora media
de la montaña.»
Notó, en aquel instante, como una risita ahogada, malévola. A Kidder le
costó trabajo creer que se trataba de Conant. Sonó un teléfono y, en el
auricular, la voz de Conant:
—¿Bill? Todo de acuerdo. Salga con sus fuerzas y bombardee la isla.
Preserve la instalación; pero aniquile todo lo demás. Hágalo rápido y salga
de allí corriendo.
Casi histérico por el miedo, Kidder salió de la habitación dando un
portazo y atravesó todos los edificios. Había quinientos hombres inocentes
trabajando en barracones a menos de un kilómetro de la instalación. Ahora
Conant ya no los necesitaba y tampoco necesitaba a Kidder. La única
salvación consistía en trasladarse a la propia instalación; pero Kidder no
permitiría que se destruyera a sus Neoterics. Saltó escaleras arriba
dirigiéndose al teletipo más próximo. Rugió:
—¡Dadme algo con que defenderme! Necesito un escudo impenetrable.
¡Urgente!
Las palabras surgieron de sus dedos en forma de escritura funcional
para sus Neoterics. Kidder no pensaba en lo que estaba escribiendo. En
realidad, no se daba cuenta de lo que pedía. Pero había hecho cuanto podía
hacer. Entonces tenía que dejarlos, llegarse hasta los barracones, prevenir a
aquellos hombres. Subió la cuesta que conducía a la instalación, y saltó por
encima de la raya blanca que él mismo había trazado para señalar la
indicación de muerte para quienes se atrevieran a cruzarla.
Una escuadrilla de nueve aviones, desprovistos de alas y llamados
mosquitos, se elevaron de una caleta del continente. No hacían ningún
rumor de motores, puesto que no los llevaban. Cada aparato estaba
alimentado con la energía que le proporcionaba un pequeño receptor y
arrastraba sus alas minúsculas y sin matrícula, que absorbían la luz, a través
del aire, impulsados por la fuerza que procedía de la isla. En muy pocos
minutos llegaron a ella. El jefe de la escuadrilla hablaba rápidamente a
través del micrófono:
—Atacad primero los barracones. Hay que hacer una limpieza total.
Luego, hacia el sur.
Johansen se encontraba solo en una pequeña colina del centro de la isla.
Llevaba consigo la máquina fotográfica y, aun cuando sabía que no tenía
ninguna probabilidad de salir sano y salvo de la isla, le gustaba tomar
fotografías de su torre desde distintos ángulos y las impresionó en gran
cantidad. La primera noticia que tuvo de los aeroplanos fue al oír el zumbido
que producían al atacar en picado por encima de los barracones. Se quedó
clavado. Vio caer un rosario de pequeñas bombas, que convirtieron los
barracones en ruinas, un amasijo de maderas rotas, de metales y cuerpos
triturados. La visión de la cara contraída de Kidder pasó por su mente.
—¡Pobre muñeco! Si se les ocurre bombardear la punta de la isla...
Pero, ¿y su torre? ¿Irían a bombardear su instalación?
Esperó, terriblemente asustado, mientras los aviones se dirigían hacia el
mar, para dar la vuelta y volver. Parecía que iban a dirigirse hacia el sur.
Cuando atacaron por tercera vez, lo vio claro. Aunque ignoraba si podía
hacer algo se dirigió hacia donde estaba Kidder. Dio la vuelta a la cerca y
tropezó con el pequeño bioquímico. La cara de Kidder estaba amoratada de
cansancio y era la cosa de aspecto más aterrado que Johansen había
contemplado.
Agitaba una mano señalando hacia el norte.
—¡Es Conant! —vociferaba con grandes rugidos— . ¡Es Conant! Nos va a
asesinar a todos.
—¿Las instalaciones? —preguntó Johansen palideciendo.
—Están seguras. Eso no lo tocará. Pero... mi puesto... ¿Qué ocurrirá con
aquellos hombres?
—Es demasiado tarde —chilló Johansen.
—Tal vez yo pueda. ¡Venga! —gritó Kidder lanzándose hacia abajo en
dirección al sur.
Johansen corría tras de él. Las pequeñas y cortas piernas de Kidder casi
no se distinguían de lo deprisa que corría, cuando vio a los aeroplanos volar
sobre sus cabezas, dejando caer las bombas sobre el lugar donde antes
estuvieran ellos.
Al salir corriendo del bosque, Johansen, tomando impulso, alcanzó al
científico y le golpeó para echarle al suelo, escasamente a tres metros de la
línea blanca.
—Por... por...
—¡No adelante más, loco! Mire su propio y endiablado campo de fuerza.
¡Va usted a matarse!
—¿Campo de fuerza? ¡Si lo crucé cuando subía! Aquí. Espere. A ver si
puedo...
Kidder empezó a buscar furiosamente en la hierba. A los pocos
momentos volvió donde se encontraban, llevando un gran saltamontes. Lo
echó por encima de la raya. Permaneció quieto en el suelo.
—¿Lo ve? —dijo Johansen —. Ya está...
—¡Mire! ¡Ha saltado! ¡Vamos! No sé qué es lo que no funciona; puede
que los Neoterics lo hayan interceptado. Son ellos quienes inventaron este
campo. No yo.
—¿Neo... qué?
—¡Déjelo! —interrumpió el bioquímico. Y echó a correr. Exhalando el
aliento entrecortado por la fatiga, se dirigieron hacia dentro, hacia la
habitación de control de los Neoterics. Kidder aplicó sus ojos al telescopio y
exclamó loco de júbilo:
—¡Lo han conseguido! ¡Lo han conseguido!
—¿Quiénes?
—Mi pequeño pueblo. ¡Los Neoterics! Han inventado una protección
impenetrable. ¿No lo está usted viendo? Corta la línea de energía que hace
funcionar el campo de allí fuera. Su generador todavía cerca el campo, pero
las vibraciones ya no pueden salir. ¡Están salvados! ¡Están salvados!
Aquel ermitaño empezó a llorar, enfebrecido. Johansen le miraba con
verdadera lástima, mientras agitaba la cabeza:
—Seguro que sus hombrecitos están muy bien. Pero nosotros no lo
estamos.
Y mientras pronunciaba estas palabras, el suelo tembló por la explosión
de una bomba.
Johansen cerró los ojos, se sobrepuso, y logró que la curiosidad venciera
a su miedo. Se dirigió hacia el telescopio binocular y miró hacia abajo. No
había más que una hoja curva de metal gris. Nunca había visto un gris
semejante. Era absolutamente neutro. No parecía ni suave ni duro y, al
mirarlo, el cerebro se desvanecía. Alzó la mirada.
Kidder estaba manipulando con los mandos del teletipo, esperando
ansiosamente la llegada de la cinta amarillenta.
—No puedo establecer contacto con ellos. No sé lo que ocurre. ¡Ah!
¡Claro!
—¿Qué?
—El protector es absolutamente impenetrable. Las emisiones del
teletipo no pueden cruzarlo. No puedo comunicarme con ellos. Si pudiera,
haría que extendieran la pantalla sobre mis edificios, sobre toda la isla. ¡No
existe nada que mi gente no pueda hacer!
—Está loco —murmuró Johansen —. ¡Pobre hombrecito!
El teletipo empezó a sonar agudo. Kidder se inclinó hacia él;
prácticamente lo tenía abrazado. A medida que salía la cinta, iba leyéndola.
Johansen vio los caracteres; pero no pudo comprenderlos.
—Omnipotente —leía Kidder de manera entrecortada—, os suplicamos
que tengáis piedad de nosotros y que tengáis paciencia hasta que
terminemos de hablar. Sin vuestras órdenes hemos quitado la pantalla que
nos habéis ordenado. ¡Oh, Gran Ser! Nuestra pantalla es verdaderamente
impenetrable y por esto se han cortado vuestras palabras en la máquina
parlante. Ningún Neoteric recuerda haber estado nunca sin vuestra palabra.
Perdonad nuestras acciones. Esperamos con angustia vuestra contestación.
Los dedos de Kidder bailotearon por encima de su clave.
—Mire ahora —musitó— . Vamos al telescopio.
Johansen, procurando olvidar la amenaza de muerte que se cernía sobre
sus cabezas, intentó mirar.
Vio algo parecido a la tierra, campos fantásticos de cultivo, una especie
de colina, fábricas y unos seres. Todo se agitaba con una rapidez increíble.
No podía distinguir a los habitantes: únicamente algo así como rayas, como
flechas rojas y blancas. Fascinado lo contempló todo durante un largo
minuto. Un ruido tras de sí le hizo dar la vuelta. Era Kidder que se frotaba las
manos con viveza.
—Ellos lo han hecho —decía feliz— . ¿Lo está usted viendo?
Johansen no vio nada hasta que empezó a notar que un silencio de
muerte venía del exterior. Miró por la ventana. Afuera era de noche. Era una
noche negra, profunda, cuando, por la hora, sólo debería oscurecer.
—¿Qué ha ocurrido?
—Los Neoterics —dijo Kidder, riendo como un chiquillo—. Mis amigos de
ahí abajo. Han levantado la coraza impermeable sobre toda la isla. Ahora no
podemos ser atacados.
[Aunque durante algunos años hubo una intensa actividad naval en la
costa de Nueva Inglaterra. Según cuentan las crónicas aquellos seres de allá
abajo.]1
Fuera de aquel cascarón estaban ocurriendo cosas. Súbitamente nueve
aviones habían sido derribados. Nueve pilotos resbalaban lentos en su caída,
sin fuerza. Algunos fueron a parar al agua y otros chocaron en la milagrosa
1
Párrafo que aparece en esta edición; incomprensible (nota de revisión)
cúpula gris que asomaba por encima de la isla. Resbalaban por ella y se
hundían.
En tierra, un hombre llamado Wright, sentado en un coche, medio
muerto de miedo, ante los hombres del Gobierno que le rodeaban, se
acercaba con precaución a una fuente de muerte que ya estaba agotada.
En una habitación dispuesta en los sótanos de la Casa Blanca, un jefe de
alta graduación del Ejército chillaba:
—¡No puedo permanecer así ni un minuto más! ¡No puedo!
Y, pegando un salto, arrebató un cubo rojo de encima del escritorio del
Presidente y lo tiró al suelo, pisoteándolo con sus zapatos relucientes.
A los pocos días, sacaron a un viejo arruinado de su Banco y lo llevaron
a un manicomio, donde murió al cabo de una semana.
La coraza había resultado verdaderamente impenetrable. La instalación
de energía no se tocó y siguió emitiendo sus haces; pero los haces tampoco
podían salir y todo lo que significaba energía en la instalación quedó sin
funcionar.
Nunca se hizo pública esta historia: aunque, durante algunos años, hubo
una intensa actividad naval en la costa de Nueva Inglaterra. Según cuentan
las crónicas, la Armada disponía ahora de un nuevo campo de tiro por allá.
Una gran extensión semiovoide de material gris. Le dispararon bombas y
granadas, rayos X y cargas de barreno a su alrededor. Pero jamás lograron
producirle ni la más mínima abolladura.
Kidder y Johansen no quitaron nunca la coraza. Con sus Neoterics y sus
descubrimientos, eran sobradamente felices. No percibían ni oían el
bombardeo, porque la coraza era verdaderamente impenetrable.
Sintetizaban sus alimentos, su luz y su aire con los elementos que tenían a
mano y no se preocupaban. Eran los únicos supervivientes del bombardeo,
aparte de tres pobres diablos mutilados que no tardaron en perecer.
Todo esto ocurrió hace muchos años y Kidder y Johansen puede ser que
sigan viviendo todavía o que hayan muerto. Pero esto importa poco. Lo único
importante es que vale la pena vigilar la gran coraza gris. Los hombres
mueren; pero las razas sobreviven. Algún día los Neoterics, después de
innumerables generaciones y de inconcebibles adelantos, derribarán la
coraza y aparecerán.
Cuando pienso en esto, me siento asustado.
FANTASMA POR TRUCO
De pronto, dijo con voz ronca:
—Algo me está siguiendo. —Y empezó a correr.
Me sobrecogí. Quizá porque era tan pequeñita y tenía el cabello tan
blanco, parecía tan joven y desvalida. Pero creo que fue por lo que dijo:
«Algo me está siguiendo.» No «alguien»; «algo». Por esto, precisamente, me
lancé tras ella.
La alcancé en la esquina y le puse la mano en el hombro. Ella, casi sin
aliento, huyó de mí como una flecha.
—Calma, señora —le dije, jadeante—. No permitiré que esto la alcance.
Se detuvo con tal rapidez, que casi tropecé con ella. Nos miramos un
instante. Tenía unos enormes y maravillosos ojos oscuros que resaltaban
bajo la albura del pelo. Le dije:
—¿Qué demonios hace usted, corriendo por ahí a las tres de la
madrugada?
—¿Y usted, por qué pregunta? —Su voz era suave y angelical—. ¡Oiga!,
que conste que fue usted quien empezó.
Ella iba a hablar; pero algo detrás de mí llamó su atención. Se quedó
petrificada por un momento. Yo estaba tan fascinado por el juego de
expresiones distintas que se pintaron en su cara, que no seguí la dirección
de sus ojos para ver lo que estaba mirando. De pronto, me miró con
violencia y me atizó un bofetón. Me dolió, desde luego. Me eché hacia atrás
y lancé un taco. Cuando me di cuenta, ya estaba más allá de media
manzana. Me quedé frotándome la mejilla y la dejé escapar.
Dos días más tarde me encontré con Henry Gade y se lo conté. Henry es
un psicólogo práctico. Será mejor decir que su campo de estudio es la
sicología práctica, porque lo que es de hombre práctico no tiene nada. Tiene
más teorías que ningún otro hombre en el mundo. Ha cumplido treinta años,
es calvo y gana montones de dinero sin dar golpe.
—Creo que estaba loca —le dije.
—¡Ah! —dijo, apoyando un dedo en la nariz, de manera que ésta me
pareció más larga— . ¿Le preguntaste en qué estaba pensando?
—No. Sólo le dije qué demonios hacía a aquellas horas de la noche.
—La pena, Gus, es que no tienes nada de romántico. Lo que tenías que
hacer era tomarla en tus brazos y serenarla dándole besos.
—Me hubiera abofeteado.
—¿No lo hizo? —Henry no dijo más y me dejó plantado.
Henry es muy bromista; pero cuando habla en serio, suelta idioteces de
este estilo.
Tres meses después, encontré de nuevo a la muchacha. Yo estaba en la
cervecería-jardín de Duke, contemplando su famoso girasol. Tenía tres
metros y medio de alto y, para que no se torciera, lo sostenía con unas
muletas. Crecía a un lado de la sucia avenida principal. Había unos parterres
apolillados con flores y, entre ellas, los veladores. Había linternas japonesas
que habían sufrido más de un chaparrón y una orquestina de negros que
parecían sufrir todos de laringitis. Estaba lleno de parroquianos y yo dejaba
que su parloteo me machacara los oídos mientras contemplaba el girasol.
Duke aseguraba que, con sus semillas, podía llenar una gran bolsa de papel.
Ella dijo:
—¡Hola! Siento haber tenido que abofetearle.
Estaba apoyada contra el tronco del girasol, perdido su rostro entre las
sombras y las hojas. Yo le contesté:
—¡Vaya, conque aquí tenemos a mi pequeña púgil! ¿Qué quiere decir
que tuvo que abofetearme? Lo que debería decir es que siente haberlo
hecho.
—¡Oh!, tuve que hacerlo. No lo hice porque sí.
—¿Es que yo hice algo? ¿Es que me había ganado el bofetón?
—Por favor... —añadió—. Crea que lo siento.
La miré. Parecía sincera. Dije:
—¿Qué hace usted aquí? ¿Escondiéndose?
Afirmó con la cabeza.
—¿De quién se está usted escondiendo? —No quiso decírmelo. Se limitó
a encogerse de hombros y repitió que sólo estaba –bueno- escondiéndose.
—¿Por el mismo motivo que la hizo huir la otra noche?
—Sí.
Le dije que no se hiciera la boba.
—Cuando usted se fue, miré a mi alrededor y no había nadie en la calle.
—Sí, había algo.
—Pues no lo vi.
—Ya lo sé.
De pronto me di cuenta de que sosteníamos una conversación idiota.
—Salga de ahí y venga a tomarse una cerveza conmigo.
—¡Oh! No puedo hacerlo.
—Claro que puede. No cuesta nada. Mire. —Me metí entre el follaje y la
sujeté.
—Podría hacerlo con más cuidado —dijo. Y, entonces, ocurrió algo. El
palo del enorme girasol se rompió. Se tambaleó y se cayó con un estrépito
tan grande como si fuera uno de los grandes pinos de California. La gran flor
aterrizó sobre la bandeja de Giuseppe, el camarero. Había ocho grandes
cervezas, dos jarras y un martini. Las cervezas y una gran cantidad de vidrio
roto, salieron volando en distintas direcciones. El martini retrocedió en
sentido contrario y fue a estrellarse contra los barrotes de la jaula donde
Duke guarda su ardilla amaestrada. Hubo alguna confusión. La chica del pelo
blanco se había ido. Mientras Duke me decía la clase de calamidad que yo
era, contemplé por encima de su hombro a la ardilla, que estaba
relamiéndose con el martini que había salpicado el interior de la jaula. Duke
me lanzó algunos motes de cinco letras y luego me hizo echar a la calle.
Hasta entonces siempre habíamos sido buenos amigos.
Tan pronto como pude, le pedí ayuda a Henry:
—He vuelto a ver a aquella muchacha y la he agarrado del brazo como
tú me dijiste que hiciera.
Le conté lo que había ocurrido. Henry se burló de mí: siempre me toma
el pelo.
—No te pongas tan serio por tan poca cosa —dijo, golpeándome la
espalda—. Un poco de excitación es buena para la sangre. Da alegría. ¿Y
Duke? ¿Te pidió daños y perjuicios?
—No —contesté—. No fue eso exactamente. Pero la ardilla se comió la
aceituna que tenía el cóctel que cayó dentro de la jaula. Se puso enferma.
Duke llamó al veterinario y me mandó a mí la cuenta. Hubo que hacerle un
lavado de estómago.
Henry, que estaba comiendo cacahuetes tostados, cuando le dije eso,
soltó un resoplido tal que la mitad de los cacahuetes mascados se le
introdujeron en la nariz. Le dolieron. En cierto modo, me encantaba que
Henry se fastidiara.
—Necesito ayuda —añadí, en cuanto se hubo repuesto— . Puede que
esta chica esté loca; pero estoy seguro de que está en algún apuro.
—Seguro que lo está —dijo Henry—. Pero no veo cómo puede...
—Algo se me ocurrirá.
—No sé por qué diantre tienes que ser tú quien la saque de apuros.
—Me divierte —dije despacio—. Tú ya me conoces, Henry. Sólo ando
detrás de las mujeres si no se fijan en mí. Por algo agradable que te hacen,
te meten luego en un lío.
Henry engulló sus cacahuetes y luego se rió:
—Acabo de resumir, por lo menos, siete tomos de observación varonil
objetiva. Pero ¿qué tiene eso que ver con tu Némesis de cabellos de plata?
—¿Némesis? Más me parecía polaca. De momento sólo me ha gastado
algunas jugarretas. Por esto me parece distinta de las otras. Tal vez siga un
sistema inverso y luego venga lo agradable. Me conviene estar con ella
cuando ocurra.
—Tienes una lógica complicada, pero segura.
Añadió algo, todavía, sobre para qué servía ser inteligente y educado,
cuando el sentido común habla por boca de un primitivo; pero le comprendí.
—Bueno. Lo que yo quiero saber es si puedes o no hacer algo por ella.
Adelante y arriésgate. No sé dónde vive, ni nada.
—¡Ah!, si es por eso... —Sacó un pequeño cuaderno de notas y, con un
lapicero de plata, anotó algo—. Aquí —dijo. Y, arrancando la hoja, me la dio.
Decía: «Yola Harvester, 2336 Dungannon Street.»
—¿Quién es ésta?
—Tu damisela en apuros. Tus ojos negros repartidores de tortas.
—¿Cómo demonios sabes su nombre?
—Fue paciente mía durante algún tiempo.
—¿Ella? ¡Maldita sea! ¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Porque no me lo habías preguntado.
Me dirigí a la puerta para salir, mientras leía el nombre y la dirección.
—¿Sabes una cosa, Henry?
—¿Qué?
—Que Yola es un nombre muy bonito.
Henry se rió.
—Cuéntame cómo te ha ido.
Subí y llamé al timbre. Era una gran casa de pisos. Yola vivía en el
cuarto. La puerta de entrada se entreabría delante de mí. La empujé para
abrirla y entré. Había un ascensor sin muchacho que lo hiciera funcionar, y,
por eso, subí por las escaleras. Esta clase de cosas me ponen nervioso.
Ella estaba esperando arriba, en su piso, pensando quién sería el que
había tocado el timbre. Llevaba una bata negra de andar por casa que le
llegaba hasta los pies y se cerraba sobre su garganta. La bata tenía un cuello
que se mantenía tieso y parecía acunar, en cierto modo, su cabecita. Tenía
una cremallera por delante y dos iniciales de plata sobre el pecho izquierdo.
Me quedé sin resuello, y no por culpa de las escaleras.
—¡Ah! —dijo—. ¿Es usted?
—¡Ole! —dije. Y la miré un minuto—. ¡Atiza! No sabía que fuese usted
tan pequeñita.
Había algo en ella que daba ganas de soltar el trapo. Y no es que se
viera nada divertido. Cuando se lo dije se puso roja como una amapola.
—No sé si puedo invitarle a que pase —dijo—. Ni sé cómo se llama.
—Me llamo Gus. De manera que ya puede abrir la puerta.
—En mi vida he conocido un hombre que sea más fresco, sin llegar a ser
grosero —dijo, y se echó a un la do. No supe lo que quería decir; pero entré,
de todos modos. Era un sitio bonito. Todo allí era diminuto y delicado como
Yola. Me quedé de pie en el centro de la habitación, dándole vueltas a mi
sombrero, hasta que ella me lo quitó.
—Siéntese —me dijo.
Lo hice, y ella también; pero toda la habitación quedó entre nosotros.
—¿Qué le trae a usted por aquí? ¿Cómo ha encontrado mi dirección? Y,
ante todo, ¿quiere usted café o prefiere beber algo?
—He venido porque me parece que está usted en un aprieto y quizá
necesite ayuda. Un amigo mío me ha dado su nombre y su dirección. No
quiero café; pero, ¿qué tiene para beber?
—Sauternes —dijo —. Ron, whisky de centeno y scotch.
—Jamás cato esas inmundicias. Ya se lo he dicho, Yola: quiero ayudarla.
—¿Pues qué es lo que bebe?
—Ginebra. —Pareció alarmada—. O leche. ¿Tiene usted leche?
Tenía. Me trajo un gran vaso lleno. Ella también tomó un poquito. Luego
dijo:
—Dígame lo que está pensando. Usted no puede hacer nada.
—Sí puedo. Tiene que haber algo. Tiene que decirme qué es lo que la
estaba molestando, para esconderse entre los girasoles y huir de nada. Creo
que yo podría libertarla. ¿De qué se ríe?
—Lo dice usted con tanta convicción... —contestó.
—Todo el mundo se ríe de mí —dije tristemente—. Bueno: ¿qué hay de
eso?
La sonrisa desapareció de su cara y estuvo largo rato mirando en el
vacío. Fui hacia ella, me senté a su lado y la miré. Ni por un momento
intenté tocarla. De pronto sacudió la cabeza y empezó a hablar.
—Lo mismo da; tengo que contárselo. Aunque sea una cosa muy íntima.
La mayor parte de la gente se ríe de mí; un médico que fui a ver se me quitó
de encima, porque me encontraba demasiado pesada. Decía que me
excitaba yo sola. Afirmaba que no podía ocurrir lo que estaba ocurriendo,
que todo era imaginación mía. Pero usted... Creo que puedo confiar en
usted. No sé por qué.
»Todo empezó hace un par de años. Me enamoré un poquito de un
compañero en un campamento de verano. Una noche me llevó al baile. Era
uno de esos bailes de las playas de los pueblos. Había mucho jolgorio y
bailamos hasta caer rendidos. Salimos juntos por las riberas del lago y él...
¡bueno!, ¿para qué voy a contar?, la luna, todo..., usted ya me entiende, me
pasó el brazo por la cintura. En aquel instante me habló una voz. Decía: "Si
sabes lo que te conviene, te alejarás de este tipo." Inicié el regreso y le
pregunté al muchacho si había oído algo. No: nada había oído. Yo me asusté
y eché a correr hacia mi casa. Él intentó alcanzarme; pero no pudo. Le vi al
día siguiente y quise darle explicaciones; pero no era mucho lo que le podía
decir. Intenté ser amable con él; pero cada día se ponía más irritable. Perdió
peso. Fue a parar a un hospital. Casi se muere. ¿Comprende usted? No podía
dormir. Le daba miedo dormirse. Tenía unos sueños terribles. Una vez me
contó uno. Era horroroso.
»Entonces no me percaté de que el hecho de que nos habláramos
tuviera algo que ver con su enfermedad. En cuanto lo llevaron al hospital,
empezó a mejorar, si yo no lo visitaba. Si lo hacía, tenía una recaída. En
cuanto abandonó el campamento y se fue a su casa, se puso bueno del todo.
»No ocurrió nada más durante algún tiempo, hasta que luego noté que
el camarero de un bar donde yo acostumbraba ir a tomarme unos bocadillos,
empezaba a hacer cosas raras. Le veía todos los días, pero nada había entre
nosotros. Una noche, mientras yo estaba comiendo, empezaron a caérsele
cosas. Al principio no era mucho, pero luego fue empeorando. No podía ni
levantar una cucharilla sin que se le cayera. Se le vertía una taza de café
después de otra. Intentaba hacer un bocadillo y se le caían todos los
ingredientes al suelo o sobre el mostrador. No podía aguantar su puesto en
la barra ni servir a nadie, ¡durante todo el tiempo en que yo estaba allí! Al
principio, él lo tomaba a broma y me llamaba su muñeca. Pero al cabo de
una semana, o algo así, se me acercó en el momento en que me sentaba y
me dijo: "Miss Harvester, espero que no le importe lo que voy a decirle, pero
algo tengo que hacer. Perderé mi empleo si no dejo de tirar al suelo tantas
cosas. ¡Sólo me ocurre cuando está usted aquí! No sé por qué será, pero
esto es lo que ocurre. ¿Se enfadará si le pido que deje de venir a comer por
una temporada?" Me quedé aturdida, pero daba tanta pena y estuvo tan
correcto que no he vuelto a comer por allí. He sabido por mis amigos que
jamás se le han vuelto a caer las cosas de las manos.
»A partir de entonces, todo fue de mal en peor. Un policía de tránsito,
un viejecillo simpático al que acostumbraba a saludar con la mano todas las
mañanas porque estaba de servicio por el camino de mi trabajo, empezó a
rascarse. Podía verlo, cada vez que pasaba por su lado. Yo le saludaba y él
me saludaba, y luego empezaba a rascarse como si tuviera un escozor tan
fuerte que no encontrase manera de quitárselo. El botones de mi oficina, que
pasaba mucho tiempo al lado de mi escritorio, empezó a no acertar con las
puertas. Quiero decir que no conseguía cruzar una puerta sin darse de
narices contra el quicio. El pobre chico casi se volvió loco. Andaba despacio
hacia la puerta, apuntaba cuidadosamente, e intentaba atravesarla; pero no
podía hacerlo sin tropezar antes con el quicio. Me dio tanta pena verle, que
abandoné mi trabajo y conseguí otro. ¡Esto curó también al simpático
policía! Ninguno de los dos volvió a ser inquietado.
»Así han seguido las cosas hasta ahora. Cualquier hombre que yo vea
con cierta frecuencia, empieza a sufrir terriblemente de alguna perturbación
rara. Es bastante molesto para los que sólo me ven en mis tratos rutinarios.
Pero, ¡ay de los pobres hombres que intentan llevarme a paseo o a algún
espectáculo! Entonces, aquella voz rara me vuelve a hablar y me dice que
me libre del hombre. Y, si no lo hago, él cae terriblemente enfermo, o pierde
la serenidad al cruzar las calles, o hace cosas que le hacen perder el empleo
o andar mal en sus negocios. ¿Se da usted cuenta de contra qué tengo que
luchar?
—No llore, miss Yola. Por favor, no llore.
—No estoy llo... llorando Mr. Gus.
—Llámeme únicamente Gus.
—Bien; entonces tiene usted que llamarme solamente Yola. Miss
Harvester sí, pero no miss Yola.
—Tendría que tener ciertos propósitos hacia usted para llamarla Yola —
dije con suavidad— . Y otra clase de propósitos para llamarla miss Harvester.
Voy a llamarla miss Yola.
—¡Oh, Gus! —exclamó—. ¡Qué pillo es usted!
Sonreía y sorbió un poco de leche. Luego siguió contando su historia.
—Ahora trabajo para una señora propietaria de un negocio de
cosméticos. Tengo un jefe femenino, un director del mismo sexo y el resto
de los empleados y la mayor parte de los parroquianos son mujeres. Y yo las
odio. ¡Odio a todas las mujeres!
—Yo también —dije.
Ella me miró como a un bicho raro.
—Por primera vez, desde hace mucho tiempo, me veo libre de esta
cosa. No puedo decirle por qué, pero así es. Es como si se me hubiese
aliviado la presión. Pero estoy paseando por la calle y siento que intenta
agarrarme, igual que si me estuviera buscando y me estuviera siguiendo. A
veces puedo esconderme y librarme de ello. Generalmente, no puedo.
—¿Y es por esto por lo que estaba corriendo aquella noche en que la vi
por primera vez? Pero, ¿por qué me abofeteó usted?
—Porque usted me agrada.
—Rara manera de demostrarlo, miss Yola.
— ¡Oh, no! La cosa, sea lo que fuere, se había apoderado de mí en
aquel instante. Ella sabía que usted me gustaba y habría hecho con usted
cualquier cosa terrible si yo no le hubiese abofeteado para darle a entender
que no me gustaba. Y, después que lo hube hecho, me dio tanta vergüenza
que eché a correr.
—¿Por qué rompió el palo del girasol?
—Gus, yo no lo hice. Fue la cosa quien lo hizo para perjudicarle a usted.
—Tuvo éxito.
—¡Oh, Gus! Cuánto lo siento.
—¿Por qué? No fue culpa suya.
—No, Gus. Créame. ¿Me cree?
Me besó. Fue tan sólo un beso pequeñito, en la cara, pero hizo brincar el
corazón y sentí cómo me aporreaba el pecho.
—Bien — dije, en cuanto pude recobrar la respiración y la palabra —.
Sea lo que sea esta cosa, la ayudaré a vencerla. Y, por cierto, ¿de qué se
trata? ¿Tiene usted alguna idea?
—Sí —dijo tranquilamente—. Seguro que la tengo. Cuando se lo dije al
médico, la cosa logró convencerle de que yo había sorbido una dosis
exagerada de consejos de viejas comadres. ¿No le parece raro que, después
de todo lo que le he dicho que les ocurre a los hombres con quienes hablo
demasiado, a usted no le haya ocurrido nada?
—Ahora que lo pienso, sí que es raro.
—Entonces, mire —dijo ella, señalando con el dedo—: Aquí, y aquí, y
aquí.
Miré. En la parte superior de las tres puertas de la habitación y sobre las
dos grandes ventanas, había ristras de ajos.
—Ya he oído hablar de esto —dije—. Contra los fantasmas, ¿verdad?
—Un fantasma —dijo Yola—. Un fantasma celoso. Un corrompido y sucio
perro fantasmal que me sigue los pasos. ¿Por qué no me deja tranquila?
—Yo le obligaré a retirarse —gruñí.
Ella sonreía, sonreía con la más pequeña, más triste y más enfurruñada
sonrisa que haya visto jamás.
—No, no, Gus. Usted es fuerte, sí; pero esta clase de fuerza de poco me
servirá contra mi obsesión.
—Encontraré algún medio, miss Yola —dije entonces—. Lo encontraré,
¡vive Dios!
—Lo intentará usted —dijo suavemente—. Y que Dios me ayude.
Me dio el sombrero y me abrió la puerta. Pero la cerró con estrépito y
giró en redondo, para quedarse pegada de espaldas a ella.
—¡Gus! —Solía estar pálida, pero ahora parecía exangüe—. ¡Está ahí
fuera! ¡El fantasma! ¡Sabe que está usted aquí y le está esperando!
Me miré las manos, que se contrajeron:
—Apártese de mi camino, entonces, miss Yola —le dije en voz baja—, y
déjeme con él.
—¡No, Gus, no!
—Ahora, quieta aquí. Se hace tarde, demasiado tarde para tener un tipo
como yo en su habitación. Me marcho.
Me dirigí hacia ella, la sujeté por los hombros, apartándola de mi
camino. Su rostro estaba tan cerca que la besé antes de volver a depositarla
en el suelo.
—Buenas noches —le dije.
Ella no contestó. Estaba llorando, de modo que me figuro que no podía.
La vi enormemente asustada. Yo estaba contento: veía que no era por ella
por lo que tenía miedo.
Me desperté al día siguiente y pensé que seguía durmiendo en medio de
un sueño asqueroso. Me sentía frío, frío como la piedra, frío como la
humedad. Me sentía viscoso como una anguila metida en un barril de aceite.
Abrí los ojos e intenté desembarazarme de esta sensación. No podía. Mi
última cena se revolvió en el estómago al darme cuenta de que la viscosidad
estaba allí, impregnando mis dos sábanas. Podía sentir su humedad, su
masa espesa que cubría todo mi cuerpo. Separé un brazo y, con la otra
mano, pude hacer que escupiera aquella linfa hacia el suelo.
No vi nada.
Jadeante y sintiendo náuseas me fui al cuarto de baño. Mis pies
parecían resbalar sobre aquella inmundicia y tuve dificultades para dar la
vuelta al pomo de la puerta con mis dedos viscosos. Salté bajo la ducha más
caliente que haya tomado en la vida; me enjaboné, me aclaré, me volví a
enjabonar y me volví a aclarar. Pero salí de la bañera sintiéndome frío,
viscoso, pegajoso como antes.
Intenté ponerme algunos vestidos, pero no podía resistir su presión.
Parecía como si me apretaran aquella masa espesa contra mis poros. Me los
quité y me eché de nuevo en la cama, tiré de los cobertores para taparme,
pero con un gruñido de perro salté otra vez. Malo era llevar aquello encima,
pero todavía era peor estar encenagado con ello. Sonó el teléfono. Yola.
—Gus, estoy terriblemente preocupada por usted. Ha... Diga, ¿le ha
hecho algo?
Dudaba. No sería bueno mentir.
—Sí, ha estado por aquí gastándome bromas.
—Gus, ¿qué ha hecho?
—Nada que valga la pena.
—¡Oh!, no me lo dirá. Debe de ser algo terrible.
—¿Por qué?
—Porque yo... yo... bueno, yo... ¡Gus! ¿No va usted a ser el primero en
decirlo? ¿Por qué ha de tratarle a usted peor que a cualquier otro hombre?
Empecé a vislumbrar lo que ella estaba esperando.
—Miss Yola. Usted no me am... ¿Le gusto un tanto así?
—¡Querido!
¡Demonios coronados!
Pensé algo después de haber colgado. No podía permitir que aquel ser
me venciera. No podía permitirlo después de haber escuchado aquellas
maravillosas palabras. Apreté las mandíbulas y fui a buscar ropa interior
limpia y calcetines. Recordé algo que me dijo mi padre después de mi
primera pelea callejera: «Si te han lastimado, déjalo; no permitas que otros
compañeros lo sepan. Si piensan que no pueden zurrarte, les harás morder
el polvo». Por eso me vestí. Con el traje, aplastaba sobre mi cuerpo el limo
frío, y cuando crucé la puerta, al andar, aquella especie de linfa goteaba por
los pliegues de mi carne. Anduve por la calle vacilante, pero, gracias al
Todopoderoso, aquello era invisible.
Cuando me desperté al día siguiente, la viscosidad había desaparecido.
Fui a ver a Henry Gade y me apoderé de una pluma y un papel. Sólo le había
dicho lo que había oído de labios de Yola acerca de sus apuros. Pero nada
más.
—¿A quién estás escribiendo? —me preguntó, mirándome por encima
de su pipa mientras yo garrapateaba sobre el papel para escribir mi carta.
—Estoy haciendo lo que haría cualquiera en apuros: consultando a un
experto —le dije. Y continué escribiendo.
—Miss Beatrice Dix, The Daily Mail. —Leyó en alta voz y soltó una
sonora carcajada—. Por lo que veo, también tú has tenido tropiezos, ¿no?
¡Ajajá! Beatrice Dix: ¡Consejos para enamorados solitarios!
—Oye, tú. Cierra el pico si no quieres que te lo parta —refunfuñé. Él
siguió leyendo lo que yo estaba escribiendo:
—Querida miss Dix.
«Tengo un problema con una chica por la que estoy seriamente
interesado. Esta chica tiene un individuo que la quiere, pero ella no le quiere
en absoluto. Él sigue molestándola y ordenándole que evite la compañía de
cualquier otro hombre. Pero nunca va a verla ni le dice nada ni la saca de
paseo. Para colmo, sigue molestando a cualquier otro hombre y
especialmente a mí, porque...
—¡Santo Dios, Gus! ¿No podrías poner punto final a eso, sea como sea?
«...porque, por el momento, yo soy su gran ocasión. Las cosas que él
hace son de ésas que caen bajo la jurisdicción de la ley. Lo que yo necesito
saber es qué derecho tiene ese individuo para ser tan celoso cuando la chica
no le quiere y qué podríamos hacer para librarnos de él.
—O eres un estudioso de los distintos estilos literarios —dijo Henry— o
perteneces al tipo de personas que escriben en las columnas de Beatrice
Dix. Siempre me he preguntado qué jeta tendrían los bobos estos. —Y,
levantándose, me miró pensativo, como si yo fuese un ejemplar de museo—.
Dime, ¿quién es el entrometido que se mete con tu pequeño idilio?
—Un fantasma.
—¿Un fantasma? ¿El fantasma celoso de Yola? Gus, mejoras a cada hora
que pasa. ¿Y, realmente, esperas exorcizarlo con la ayuda de esa
insignificante correspondencia para corazones lacerados?
—Él no necesita ejercicios.
—Vete de aquí, Gus. Me estás matando.
—Muy bien. Me voy antes de que te mate de verdad.
Al día siguiente, el encantamiento de Yola creó algo nuevo para mí. Pero
esta nueva cosa no pude desafiarla. Permanecí todo el día en casa después
de llamar por teléfono a mi jefe diciéndole que estaba muy, pero que muy
enfermo. Lo que ocurrió, exactamente, no es para explicarlo.
La respuesta a mi carta llegó mucho más pronto de lo que había
esperado. No había pedido una contestación personal, de modo que apareció
impresa, junto con mi carta, al día siguiente:
«G. S.
«Ha tropezado usted con un problema muy difícil si es que
comprendemos correctamente la situación. Ya nos hemos ocupado de casos
semejantes anteriormente. El joven que les está persiguiendo a los dos
seguirá haciéndolo mientras siga encontrando atractiva a la chica, según su
manera personal de ver. ¿Qué puede usted hacer contra esto?
«Puede usted ignorarlo en absoluto.
«O pueden ustedes, los dos juntos o simplemente uno, obligar al
hombre a tener una explicación con usted para disuadirle.
«O puede intentar buscarle otra persona que le interese más. Pero debe
tener paciencia. Por favor, en beneficio de su tranquilidad, de la de los dos,
no haga nada temerario.
La leí entera media docena de veces. Imaginaba a esta señora Dix como
una experta en su especialidad y ella tenía que saber lo que había que
hacer. Pero ¿cómo? «¡Ignorarle por completo!» ¿Cómo se puede estar
casado con una mujer cuando se sabe que uno puede volverse viscoso en el
momento preciso? «¡Apelar a su benevolencia; hablar con él para
disuadirle!» ¡Primero hay que agarrarle! «Buscar a alguien que pueda
interesarle.» ¡Hacerse con un fantasma femenino y convencerla para que
sea una vampiresa para con él!
Tomé el periódico y se lo llevé a Henry Gade. Él es más técnico que yo
para sacar buenas consecuencias. En el momento en que entré estaba
soltando el periódico.
—Ya lo he visto —dijo—. Te estuve buscando.
—¿Qué piensas?
—Pienso que es un modelo de no decir nada; pero dio en el clavo
cuando dijo que el gavilán seguirá molestando a los dos palomos, mientras
siga encontrando atractiva a la muchacha. No puedo creerlo —dijo
mirándome de soslayo— ¡Mi pobre amigo Gus! ¡Enamorado a tus años!
—Quizá por esto me haya dado más fuerte —dije. Desapareció su
sonrisa burlona y me apoyó una mano en el hombro.
—Me imagino que así es. A veces dices verdades como puños, amigo.
Tuve carta de Yola. La encontré al volver a casa.
«Queridísimo Gus
«Es terrible lo que voy a hacer, pero debo hacerlo. Adivino qué tipo de
cosas has estado aguantando con tanta valentía. Él me habló la pasada
noche y me dijo algo de lo que está haciendo contigo.
«No debes escribir, Gus querido, no debes telefonear y, sobre todo, no
debes verme nunca, nunca. Es la única salida para los dos y si este medio es
doloroso y cruel, es mejor al principio.
«Mi bien amado, no intentes establecer contacto conmigo. He comprado
un revólver y, si lo intentas, me mataré. No son palabras vanas, Gus. No me
asusta hacerlo. Ya he vivido demasiado sufriendo.
«Dulce, dulce, dulce corazón mío. ¡Mi corazón está sangrando por ti!
La leí de nuevo e intenté leerla otra vez porque había algo que no
comprendía. Entonces corrí al teléfono, pero recordando lo del revólver,
reflexioné. ¡Lo haría! La conozco bien.
Entonces salí.
Henry dio conmigo. Quizá fuera tres semanas después, tal vez cuatro.
No sé, porque ya nada me importaba. Estaba sentado en un banco con una
pareja de desarrapados.
—Vete, Henry. Ya sé quién eres. Vete.
—Levántate de una vez, Gus, y sal de aquí. ¡Estás borracho! Ven a casa.
Uno de los individuos que estaba conmigo fue lo bastante miserable
para aceptar dinero de Henry para llevarme a casa. Henry me llevó a la
suya. Allí dormí un día entero.
Henry me despertó mojándome la cara con agua caliente.
—Has perdido por lo menos doce kilos, llevas un traje asqueroso y una
barba de diez días —estaba murmurando.
—Ya sabes lo que me pasa —dije, como si esto lo excusara todo.
—Sí, sé lo que pasa —chilló él—. Has perdido a tu muñequita de cabeza
de algodón. Y ¿qué has hecho? ¿Aguantar como un hombre? ¡No! Te has
tumbado y te has dejado patear como un don Nadie.
—Pero ella no quería.
—Ya sé, ya sé. Ella rehusó volver a verte. Eso no tiene nada que ver.
Has terminado con ella. Y quieres escapar. Quieres escapar hundiéndote en
una pocilga de puerco y podrido licor. ¿No comprendes que de este modo
sólo consigues quemar lo que te queda de limpio y enconar tu herida con lo
más podrido?
Me volví de espaldas pero no por eso pude contener su voz:
—Levántate, báñate y aféitate y toma una cena decente. Intenta
portarte como un ser humano, que todavía puedes convertirte en una buena
imitación, como lo eras antes.
—No —dije débilmente.
Rápido, se arrodilló al lado de mi cama, pasándome un brazo por la
espalda.
—Déjate de lamentaciones —dijo con suavidad—. Gus, ya eres un
hombre mayorcito. —Se dejó caer sentado sobre sus posaderas, ceñudo y
respirando profundamente. De pronto, me dio la vuelta sobre mis espaldas y
empezó a abofetearme la cara con la mano derecha, a diestra y siniestra.
Entonces, algo se rompió dentro de mí, me levanté de la cama y le solté
un directo como una flecha. Él se agachó y me sacudió con un izquierdazo
las sienes. Empezó la pelea. Yo era grande y flaco, él pequeño y lleno de
inspiración. Fue un gran espectáculo. Terminó con él estirado sobre la
alfombra.
—Gracias, Gus —murmuró débilmente.
—¿Por qué me has hecho rabiar así? ¿Por qué has querido que te
pegara?
—Sicología aplicada —dijo levantándose vacilante. Yo le ayudé.
Sentí mi nariz hinchada.
—Creí que la sicología era cosa del cerebro.
—Escucha, codelincuente. Entre tú y yo estamos enderezando al viejo
Gus, y va de veras. Has pasado por algo muy profundo que dolía, ¿no es eso?
¿Qué has visto en esa niña de cabeza blanca? ¿Eh?
—Ella es... ella es... No puedo vivir sin ella.
—Te estás volviendo de barro. Tienes un gusto desastroso.
Los ojos de Henry estaban medio cerrados y se balanceaba sobre sus
tacones. Sabía que andaba por un terreno muy resbaladizo, pero seguía
hablando.
—¿Qué has visto en una mocita de aspecto anémico como ésta? Dame
chicas bellas, firmes, con algo de sangre en las venas. ¡Bah! ¡Ella, con su
cabello blanco, con su tez blanca y dos grandes agujeros negros en lugar de
ojos! ¡Parece un fantasma! No tiene ni...
Chillé y me lancé enfurecido sobre él. Se apartó de mi camino. Lo
empujé para meterme en el cuarto de baño.
—¿Dónde está la navaja? —pregunté—. ¿Dónde está el jabón?
Volé debajo de la ducha. Cuando salí del cuarto de baño y me hube
metido en mi traje, me pidió una explicación.
—¿Qué he dicho? ¿Qué he hecho?
Saltaba de gozo, apoyándose ora en un pie ora en otro.
—Tú lo dijiste hace mucho tiempo —exclamé—. Lo mismo que Beatrice
Dix: «Les seguirá molestando mientras encuentre atractivo en la chica.»
Estaba atando mi zapato izquierdo y le pedí algo de dinero. Salté a la
calle antes de terminar lo que quería decir.
Hice sonar el timbre de otra persona en la casa de pisos, y, cuando se
abrió la puerta principal, eché a correr escaleras arriba. Pulsé el timbre de
Yola y esperé sin respirar. Dio la vuelta al cerrojo y entré directamente.
Estaba poniéndose un peinador y tenía los ojos enrojecidos.
—¡Gus! —se echó hacia atrás, dio la vuelta y se acercó a una mesita—.
¡Loco! ¿Por qué lo pones peor para los dos?
Andaba tan deprisa que no pude detenerla. Tenía el revólver en la
mano.
—Detente, mariposa —chillé—. Ésta puede ser una forma de escapar,
pero no te vas a escapar sola. Iremos juntos.
—Gus...
—Y para hacerlo juntos, no hace falta este camino. ¡Dame este
cacharro!
Crucé a grandes pasos la habitación y se lo quité de la mano. Abrí la
recámara y empuñando el cañón por un lado y la culata por otro, quité el
cargador y lo tiré todo, por separado, a sus pies.
—Ahora, vete adentro y vístete.
Ella dudaba y la empujé rudamente hacia el dormitorio.
—O te vistes tú o soy yo quien lo haga —le dije, sombrío.
Dio un chillido y se puso en acción. Me paseé arriba y abajo por el salón,
contento, dándole un puntapié al revólver cada vez que pasaba por su lado.
Estuvo dispuesta a los cuatro minutos: salió asustada y preocupada, pero
radiante. La agarré por la muñeca y la saqué violentamente del piso. En
cuanto pasamos por debajo de los ajos, empecé a sentir un escozor en la
piel, luego una comezón terrible, como si la carne se me abriera con
enconadas llagas. Para que nada faltara, volvió a aparecer la viscosidad. Me
armé de valor y logré vencer el dolor en un completo triunfo.
Nos metimos en un taxi y di una dirección. Cuando Yola me preguntaba,
yo contestaba riendo, muy feliz. Nos paramos junto al borde de una acera y
pagué al conductor.
—Entra ahí —ordené.
—Un salón de belleza. ¿Para qué?
La empujé hacia dentro. Un estetista uniformado de blanco avanzó
tímido. Tomé un mechón del blanco pelo de Yola y se lo mostré:
—Tiña esto —dije—. ¡Tíñalo de negro!
—Gus —susurró ella—. Estás loco. No quiero convertirme en una
morenita. Mi color no le va.
—¿Colorido? ¿Sabes tú qué colorido tienes con estos grandes agujeros
negros por ojos y los cabellos y la tez blancos? ¡Pareces un fantasma! ¿No lo
estás viendo? Y es por esto que a él le encantabas. ¡Por esto él te amaba y
estaba celoso de ti!
Sus ojos se hicieron muy brillantes. Se miró en un espejo y dijo:
—¡Gus! ¿Recuerdas aquel verano del que te hablé y que él se me dirigió
por vez primera? Llevaba un largo traje blanco, zapatos blancos...
—Entra allí y conviértete en una morenita —rugí.
El empleado la condujo. Estaba sufriendo un millar de agonías distintas,
un centenar de tormentos diferentes. Dolores y terribles hormigueos
flagelaban todo mi cuerpo, tal como cambian los colores en un calidoscopio.
Estaba allí sentado, sufriendo, hasta que oí la voz del empleado detrás del
estudio:
—Ya está, señora. Hemos terminado. Mírese ahí. ¿Le gusta?
Desde el fondo de mi ser oí como un resoplido de disgusto y, entonces,
experimenté una sensación de infinita ligereza. Mi cuerpo estaba de nuevo
fresco e íntegro y los fantásticos dolores habían desaparecido.
Yola salió y me echó los brazos al cuello. Como morenita estaba
desconcertante.
Henry Gade fue nuestro padrino de boda.
PRODIGIO
Mayb, guardiana jefe del Tercer Sector de la Casa Cuna, tenía un sueño
agitado. Apretó su cabeza grisácea contra la almohada y su rostro se
contrajo. Estaba profundamente dormida, pero su sueño no la libraba de la
inquietante y silenciosa presión que se había deslizado en su mente. El
sueño era una protección tan fútil como la misma sábana que,
instintivamente, estaba tirando hacia arriba para taparse con ella los oídos.
«¡Mayb!»
Dio la vuelta, quedando de cara a la pared; su mente se negaba a
distinguir entre el sonido de su nombre en el cuadro de llamada y esta otra
cosa interna, silenciosa e imperativa.
«¡Mayb!»
Abrió los ojos, vio en la pared el resplandor rojizo del cuadro indicador, y
se sentó, gruñendo malhumorada, al tener plena conciencia de las dos
llamadas.
Sacando las piernas fuera de la cama, se inclinó hacia adelante y tiró de
la palanca del indicador:
—Sí, Inspector.
La voz era sonora pero abatida.
—¿No puede usted hacer algo con este pequeño estúp... con este niño
Andi? Necesito que me dejen dormir.
—Iré a ver lo que quiere —contestó resignada—. Aunque yo pienso,
Inspector, que estas atenciones a medianoche le están haciendo más daño
que provecho. Ése no es modo de cuidar a los chicos.
—Éste no es un chico cualquiera —dijo el altavoz, sin que hiciera falta
que se lo recordasen—. Y me hace mucha falta dormir. Haga lo que pueda,
Mayb. Y gracias.
La luz desapareció.
«Hubo un momento —pensaba Mayb, malhumorada, mientras se vestía
— que imaginé que podría proteger a ese diablillo. Pensaba que podría hacer
algo en su favor. Pero esto fue antes de que él se diera cuenta de su propia
fuerza.»
Ya estaba en el vestíbulo:
—Ingenioso —murmuró para sí misma con amargura.
Sector Uno, donde entran los chicos en la Casa Cuna cuando cumplen
los nueve meses, y Sector Dos, donde van a parar aquellos que, después de
dieciocho meses de observación, no han presentado nada anormal. Era
sencillo. Los mutantes y aberrantes son fáciles de descubrir. Había que
empezar a usar de ingenio en el Sector Tres, cuando los metabolismos
anormales, los que tenían miembros u órganos mal desarrollados o sin
desarrollar, y los que tenían mentalidades con un umbral de reacción muy
alto, ya estaban descartados y no quedaba más que la conducta para decidir
si eran normales o no.
A Mayb le gustaban los niños, todos los niños, y ésta era una de las
condiciones más importantes para ser buena Guardiana. Cuando se
presentaba el momento de mandar un niño a la Distribución, siempre
procuraba retrasarlo un poco y, a veces, cuando ya la cosa había sido
cumplida, lloraba mucho. Pero lo que tenía que hacer, lo hacía, y ésta
constituía otra de las buenas condiciones para ser buena Guardiana.
De todos modos, con Andi no había sido tan ecuánime. Puede que aquel
diablejo se hubiese metido más adentro de su afecto o, por lo menos, había
sido así al principio, pese a su cara fea como de duendecillo, a su
pigmentación extraordinaria, a su cabello de oro tostado y a sus ojos de
pelirrojo. Recordaba -aunque en aquel momento era difícil sentir ternura-
incluso haber imaginado síntomas de que sus exigencias desesperantes eran
sólo cosa temporal; que, en cualquier momento, podía surgir un proceder
normal en vez del salvaje talento que tenía para fastidiar.
«Por otra parte, pensaba mientras seguía arrastrando los pies por el
vestíbulo, no es que yo tenga un corazón demasiado duro, pero este tipo de
cosas justifican nuestro Código de la Regla. Hay que recordar eso, cuando es
inevitable mandar a algún mocosillo a la Cámara del Silencio y esperar a que
suene el silbido del gas y la caída en el incinerador.»
Mayb reaccionó con violencia, estremeciéndose al preguntarse si con la
edad se estaría endureciendo o si hacía objeto de un resentimiento personal
al chiquillo por las molestias que le causaba. Apartó este pensamiento y, por
un instante, procuró no pensar en nada. Entonces apareció la sombra de una
nostalgia por aquellos días ya lejanos en que se practicaba el programa de la
Normalidad, tal como se hacía doscientos años antes.
Aquello debió de ser maravilloso. Los chicos entraban en la Casa Cuna
para su observación; o eran normales o se desprendían de ellos. El Súper-
Homo podía esperar. Era la alternativa que le quedaba a la Humanidad: o
reintegrarle a lo que había sido antes de la Cuarta Guerra: un mamífero
capaz de engendrar siempre el mismo tipo, o bien resignarse a un futuro de
batallas entre naciones que, individualmente o en grupos, se encenderían en
cruzadas basadas en el axioma de: «lo normal es ser como yo soy.»
Y a la sazón, aunque la idea primitiva del programa siguiera siendo la
misma, y la organización de las Casas Cuna no hubiese cambiado, había
aparecido una nueva idea que adquiría mayor auge de día en día. Había que
examinar a los Irregulares cada vez con mayor meticulosidad, para decidir si
había que concederles una vida que pudiera ser beneficiosa a la Humanidad,
precisamente por el hecho de su diferenciación. Una vida que podía ser la de
un genio, la de un gran artista en alguna especialidad, o que pudiera generar
un talento descomunal para la organización o para cualquier forma de
ingeniería. Era la punta afilada de la cuña que podía hacer surgir al Súper-
Homo que, por definición, era un Irregular. Sin embargo, no todos los
Irregulares eran Súper-Homos y el proceso de dilucidación se hacía cada vez
más penoso. Como ocurría con Andi, por ejemplo.
Conteniendo su respiración, abrió la puerta del pequeño dormitorio. Al
hacerlo, encendió la luz y los terribles berridos del chico cesaron. Emergía de
su cama como una pequeña foca encarnada. Estaba de rodillas, mirándola
con los ojos semicerrados, en el centro de la cama.
—Vamos, ¿qué quieres?
—Quiero un vaso de agua y un muñeco de plástico e irme a nadar con él
—dijo el niño de cuatro años.
—¡Vamos, Andi! —dijo Mayb cariñosamente —. En tu habitación tienes
agua. Los muñecos de plástico ya están guardados y no es ahora el
momento de ir a nadar. ¿Por qué no has de ser un buen chico y dormir como
hacen los demás?
—Yo no soy como los demás —dijo enfáticamente—. Yo quiero un
muñeco de plástico.
Mayb lanzó un suspiro y echó mano de un viejo ardid psicológico.
—¿Qué te gustaría más, un vaso de agua o un muñeco de plástico?
Mientras hablaba, deslizó su pie encima del pedal de una fuente que
había en un rincón del pequeño dormitorio. El agua borboteaba seductora.
Antes de que se diera cuenta de lo que hacía, Andi saltó de la cama y bebió
el agua, cancelando el deseo de un muñeco de plástico que había arraigado
en su mente.
—Sabe mejor cuando tú aprietas el pedal —dijo mimosamente.
—Bien. Es cariñoso de tu parte, Andi. Pero, ¿sabes que yo estaba
dormida y que he tenido que levantarme para venir aquí a hacer esto?
—Hiciste bien —dijo Andi suavemente.
Ella se dirigió a la puerta, mientras él se volvía a la cama, brincando.
—Yo quiero ir a nadar.
—Nadie nada de noche.
—Los peces, sí.
—Tú no eres un pez.
—Bueno, entonces, los patos.
—Tú no eres... ¡Oh, no! Esto podría durar toda la noche. Tienes que
dormir, jovencito.
—Cuéntame un cuento.
—Ahora no es el momento de contar cuentos. Ya te conté uno antes de
la hora de acostarte.
—Lo contaste para todo el mundo. Ahora, cuéntame para mí solo.
—Lo siento, Andi —dijo ella con firmeza—. No es el momento.
Tocó el conmutador para apagar la luz, mientras cerraba la puerta.
—Cierra los ojos y que tengas un bonito sueño. Buenas noches, Andi.
Cerró la puerta moviendo la cabeza y bostezando. Instantáneamente la
orden sin ruido, apremiante, empezó a invadirla, sin parar, indudable. La
telepatía no era ninguna novedad en estos días, después de las exaltadas
mutaciones que habían erguido sus extrañas y no viables cabezas desde la
Cuarta Guerra; pero aquello estaba más allá de todo límite. Era insoportable.
Mayb podía percibir al Inspector levantándose sobre su cama, aplastando
furioso sus manos sobre sus oídos y jurando desesperado. Abrió la puerta:
—¡Andi!
—Bueno, pues cuéntame un cuento.
—No, Andi.
El niño se revolvió en la cama y se puso de cara a la pared. Vio que su
cuerpo se ponía tenso. A la primera oleada de furor del chico, ella exclamó,
golpeándose las sienes:
—Muy bien, muy bien. ¿Qué cuento quieres que te cuente?
—Cuéntame el del oso y el monstruo.
Se sentó sobre el lecho, fatigada. Él se escurrió hacia arriba, con la
espalda apoyada en la pared. Sus ojos, raros, de un castaño rojizo, daban
vueltas, completamente despiertos y sin piedad.
—Échate y te lo contaré.
—No quiero.
—¡Andi! —dijo ella, severamente. Por una vez obedeció. Se echó.
Ella cubrió su cuerpo blando y rosa, arropándolo cuidadosamente con la
colcha del mismo modo como lo hacía, a veces, con los demás niños, en el
momento de acostarse. Era un gesto hábil, confortante, tibio y tranquilo y,
sobre todo, adormecedor. A Andi no le causó ninguno de esos efectos.
—Érase una vez un oso pelado porque su madre era radiactiva —
empezó—. Un día, mientras paseaba a lo largo de las laderas de una mina de
neón, salió de ella un monstruo. Bueno, un monstruo que era mitad león y
mitad tigre. Y dijo: Vete de aquí, oso canelo. No eres normal, no tienes pelo.
»Y el oso contestó:
»No me eches, monstruo, que sé tu mal, Eres estéril, no eres normal.
»Entonces empezaron a pelear. Él monstruo combatía al oso porque,
según su ley, era legítimo ser hijo natural, aunque no pudiera tener hijos. Y
el oso combatía al monstruo porque pensaba que era de ley ser como era,
mientras pudiera tener hijos, aunque su madre fuera radiactiva. Así pues,
pelearon y pelearon hasta que el uno mató al otro. Y esto ocurrió porque los
dos estaban equivocados.
»Entonces, de entre las rocas que había alrededor de la mina de neón,
salieron un centenar de lirones. Y brincaban y jugaban en torno al oso
muerto y al monstruo muerto, y eran capaces de engendrar y pronto
tuvieron niños, un millar de ellos, y todos vivieron y crecieron gordos. Y
¿sabes por qué?
—¿Qué eran ellos?
—Lirones, bueno, ellos...
—Quiero zumo de limones —dijo Andi.
Mayb levantó las manos desesperada. No hay manera de curar a un
Irregular con la pedagogía, pensó. Y añadió:
—No he terminado. Ves, los lirones podían vivir por que sus niños eran
lo mismo que ellos habían sido. A esto se llama engendrar. Ellos eran Nor...
—¿Sabes lo que yo hubiese hecho si fuera un oso sin pelo? —chilló Andi,
emergiendo de debajo de las sábanas—. Me hubiese separado de ese
monstruo odioso y le hubiera dicho: No me toques. Te odio y no puedes
tocarme.
El fluido emotivo del chico casi tiró a Mayb de la cama.
—¡Si te acercas a mí voy a FREÍRTE los sesos!
Con la última sílaba lanzó tal cantidad de fuerza psíquica, que hizo
estremecer a Mayb como si un relámpago hubiese cruzado la oscuridad.
Andi volvió a echarse y le dedicó una dulce sonrisa.
—Esto es lo que yo hubiese hecho —dijo con gracia.
—¡No! —dijo Mayb. Se levantó y se apartó de él, como si se tratara de
un cargamento de explosivos. Su movimiento fue absolutamente
involuntario.
—Ahora ya puedes irte —dijo Andi.
—Muy bien. Buenas noches, Andi.
—Mejor que corras, tú, ¡viejo monstruo! —añadió él, levantándose sobre
un codo.
Ella se precipitó al exterior y se apoyó contra la puerta, sudando
copiosamente. Esperaba en tensión por si oía nuevas señales desde dentro
del dormitorio, y cuando, pasados unos minutos, comprobó que no se oía
nada, lanzó un profundo suspiro y se fue a la cama. Era la tercera vez que
ocurría en una semana y el extraordinario trabajo de aquella noche hacía
gravitar sobre ella todo el esfuerzo de veintiocho años al servicio de la Casa
Cuna. Enojada y bostezando, se dispuso a aprovechar lo que quedaba de
noche para dormir.
«¡Mayb!»
Ella se agitó en su sueño.
«Otra vez, ¡no! —dijo su subconsciente. Otra vez no. Mándenlo a la
Cámara del Silencio y terminaremos de una vez.»
Repitió el gesto fútil, inconsciente, de subirse la sábana hasta la cabeza.
«¡Mayb! ¡Mayb!»
La luz del cuadro de aviso parecía más tenue, como el ligero rubor de
una persona pálida. Mayb bajó las coberturas de su cama y miró a la pared.
Parpadeó y se levantó dando un chillido.
Su mirada se fijó en el indicador. Tuvo que mirar tres veces para creer
lo que indicaba.
—¡Oh no, oh no! —dijo, y tiró de la palanca.
—Sí, Inspector. Oh, lo siento. Se me han pegado las sábanas y estoy con
tres horas completas de retraso. ¿Qué voy hacer?
—Esto no importa —dijo el Inspector—. Tenía su gong desconectado.
Usted necesitaba dormir. Pero sería mejor que se acercara a mi despacho.
Andi se ha escapado.
—¿Escapado? No puede haberlo hecho. Precisamente se disponía a
dormir. ¡Oh! ¡La puerta! Estaba tan aturdida cuando lo dejé; debo haber
dejado la puerta abierta. ¡Oh, Inspector, es terrible!
—No, está bien —dijo el Inspector—. Essie la ha suplido a usted, y como
es nueva, no conoce a todos los muchachos. Por esto no lo ha echado de
menos hasta la hora del recreo, cuando en la Observación número dos se le
encontró a faltar. Bueno, venga. Veremos lo que podemos hacer.
La luz se apagó y bajó la palanca. Mayb murmuraba entre dientes
mientras se vestía. Subió volando el pasadizo, bajó por una rampa y torció
hacia la derecha para empujar con violencia la puerta que llevaba el rótulo:
INSPECTOR, flotando en el aire.
—Oh, amigo mío —dijo, mientras se detenía confusa en el centro de la
habitación que mejor parecía una antesala que un despacho.
—Pobre Mayb.
El Inspector era un hombre jovial, de piel tersa y sonrosada, con unos
cabellos que parecían algodón.
—Desde el principio ha llevado usted la peor parte en este asunto. No se
reproche tanto a sí misma.
—¿Qué podemos hacer?
—¿Conoce a la madre de Andi?
—Sí. Trabaja en la librería Beth.
—Exacto —asintió el Inspector—. Iba a buscarla para advertirla, pero
pensé que tal vez usted lo haría mejor.
—Todo, Inspector. Haré todo cuanto pueda hacer. Porque, este pobre
diablillo perdido por ahí...
El Inspector tuvo una breve sonrisa.
—Piense en los pequeños que tropiecen con él. ¡Uf! Llame a su casa
ante todo.
Mayb se fue hacia un rincón y recorrió con el índice la lista de las
librerías. Encontró el número y lo deletreó dentro de la pantalla, que se
iluminó en el acto. Un momento más tarde, su espacio se aclaró, como una
ráfaga de viento aclara la niebla, para dejar aparecer una cara de mujer. No
cabía duda de que Andi había heredado los ojos de aquella pelirroja.
—¿Me recuerda usted? —dijo Mayb — . Soy Mayb, de la Casa Cuna.
Guardiana del Sector de Andi.
—Ju, ju —dijo la mujer, afirmativamente.
—Está... ¿está aquí Andi?
—Ju, ju —repitió la mujer; pero ahora negativamente.
—Dígame, Beth, ¿está usted segura?
La mujer se humedeció los labios.
—Claro que estoy segura. ¿No está encerrado en su vieja Casa Cuna?
¿Qué pretende usted? ¿Engañarme otra vez para hacerme firmar este papel
para que le metan en la Cámara del Silencio?
—¡Vaya, Beth! Nadie ha intentado nunca engañarla. Nosotros sólo le
hemos mandado nuestro informe y nuestro consejo.
—Ya sé, ya sé —dijo la mujer con displicencia—. Y si yo lo firmo, ustedes
lo quitarán de en medio, y, si no lo firmo, recurrirán al Comité de Inspección
para justificarse. Es lo que hacen siempre.
—En esto andamos con mucho tiento. Los Guardias...
—¡Los Guardias! —gruñó Beth—. ¿Qué clase de Guardias, que permiten
que un chiquillo de cuatro años ande vagabundeando fuera de la Casa Cuna?
—Nosotros no somos niñeras —dijo Mayb con repentina dignidad—.
Nosotros somos guardianes de la Norma.
—¡Bueno! ¿Sabe lo que le digo? Que jamás volverán a tenerlo —rugió
Beth—. Nunca, ¿lo oye?, nunca.
La pantalla se volvió negra.
—¿Está allí Andi? —los ojos del Inspector centelleaban.
—¡Madre mía! —murmuró Mayb—. ¡Ay, madre mía! Ojalá que estos
exámenes previos a la eliminación no hubieran sido aprobados por el
Comité. Si no fuera por ellos, esto no hubiese ocurrido. Diez años atrás,
tranquilamente, nos hubiéramos deshecho del niño al comprobar que era un
Irregular. Ahora tendremos que esperar tres semanas y atizar y pinchar y
analizar para asegurarnos de si la irregularidad puede convertirse en un
genio. Le aseguro que esto ha echado a perder la Casa Cuna. La madre del
último aborto de la naturaleza irá chillando por el mundo asegurando que su
hijo era un genio. Si por lo menos yo no hubiese tenido el descuido de dejar
abierta esta condenada puerta... —Mayb se estrujaba las manos.
—No se excite, Mayb. Todo irá bien. Estoy seguro.
—¡Es usted tan bueno! —Su voz resultaba demasiado fuerte en aquella
habitación tan pequeña—. ¡Oh, amigo mío! Suponga que esta mujer
realmente lo esconde. Su ponga que se lo lleva, quiero decir. ¿Se da usted
cuenta de lo que será este chico si se le permite desarrollarse?
—Esto constituye un pensamiento terrible.
—Reflexionemos. Ya sabe lo que puede hacer y sólo tiene cuatro años.
Piense en sus radiaciones cuando sea un hombre. Supongamos que
apareciera de súbito, una vez desarrollado, en una ciudad. Lo que quisiera,
lo conseguiría. No se podría evitar, lo conseguiría. Y no habría manera de
detenerle. ¡No se le puede detener cuando hace esto!
El Inspector la sujetó por el brazo y la condujo ante un espejo que había
en la pared.
—Mírese, Mayb. Como ve, no se parece en nada a la fina y segura
Guardiana que es usted. Supongamos que Essie la viese ahora. Usted ya no
sería nunca capaz de enseñarle nada. Yo soy el jefe de la Casa Cuna.
Constituye un privilegio y hay cierta cantidad de quebraderos de cabeza que
tengo que resolver yo para ganarlo. Así pues, permítame que sea yo quien
resuelva el asunto.
—Usted es demasiado bueno —dijo ella sollozando—. Pero, ¡estoy
asustada!
—Yo también lo estoy —repuso él, sobriamente—. Es un mal asunto;
pero no se preocupe. Le diré lo que debe hacer. Se va usted y se acuesta un
rato. Llore a solas, si necesita hacerlo. Le hará bien. Y luego siga con su
trabajo. —Le dio unos golpecitos en la espalda—. No se trata del fin del
mundo.
—Lo puede ser —susurró ella— con criaturas como ésta, perdidas en él,
forcejeando, apretando, empujando sin parar hasta conseguir lo que quieren.
—Ahora váyase.
Ella salió, retorciéndose las manos.
Casi a la misma hora exactamente del día siguiente, Mayb fue llamada
mientras estaba en la Sala de Asamblea, enseñando a cantar a sus
pequeños:
Smitti era su nombre,
vivía en un pueblo de anormales
y por mucho que os asombre
sus hijos eran feos animales y zánganos con dos testas.
Querida, uf, qué cosas más molestas.
Entre la maliciosa algazara de los chiquillos ante la cómica situación de
Smitti, llegó la llamada del Inspector. La sonrisa desapareció de su rostro y
ordenó:
—¡Recreo!
Los chicos se fueron a jugar. Los Vigilantes, ocultos tras un espejo
transparente, se pusieron en posición de Observación número uno y número
dos, inclinándose sobre los cristales con las Tarjetas de Reacción de
Normalidad a su lado.
Mayb, presurosa, se dirigió hacia la oficina del Inspector. Le encontró
solo y frotándose las manos.
—Bueno, Mayb —le dijo—. Ya sabía yo que todo iría bien.
—¿Se trata de Andi? ¿Lo han encontrado? ¿Ha avisado a la policía?
—Es ella quien la ha llamado —añadió riendo—. Ella, ella misma, su
propia madre, que se siente incapaz de aguantarlo.
—¿Dónde está?
—Ahora viene con él. Creo que acaba de llegar.
La puerta se abrió. Un Subguardián dijo:
—La librera Beth, Inspector.
Dando un empujón al subordinado, la librera Beth entró sin esperar a
ser llamada. Su pelo llameante estaba despeinado; su cara estaba lívida y
sus ojos tenían una expresión salvaje. En los brazos llevaba la débil forma de
Andi.
—Aquí lo tienen... ¡Quédenselo! Yo no puedo con él. Creí que podría,
pero es imposible. No sabía lo que hacía. Soy una buena ciudadana, quiero
cumplir con mis deberes; respeto la Ley, las Normas y la Raza. Creo que
estaba como loca. Tenía todo un discurso preparado a propósito de Andi,
defendiendo su supervivencia, esto es, su supervivencia, y él puede
sobrevivir mejor que cualquier otro sobre la Tierra, porque puede conseguir
lo que se proponga con sólo desearlo y nadie es capaz de oponérsele, aun
que esto a él le trae sin cuidado. —Le salía toda esta verborrea como un
torrente; para tomar aliento, colocó la criatura encima del canapé y
prosiguió—: Pero yo no sabía que fuese así. Me ha tenido toda la noche sin
poder dormir. Ha salido por la mañana y no podía encontrarle. Me odiaba.
Cuando le vi y me acerqué a él, sentí que me odiaba con su pensamiento,
que me odiaba más y más a medida que iba acercándome, de modo que no
me atrevía a tocarle. La gente se amotinaba a su alrededor y le miraba como
si fuese un monstruo; y eso es lo que es: un monstruo que lo odia todo y a
todo el mundo. Alguien llamó a un policía, que le arrojó polvos de hacer
dormir, y Andi lanzó tal odio, que obligó a todos a huir horrorizados. Y odió a
todo el mundo, hasta que se quedó dormido. Tómelo. ¿Dónde está ese
papel? ¿Dónde lo tienen?
—¡No grite, Beth, no grite! ¡Por favor! Va usted a trastornar a los demás
chicos y a todo el mundo.
—¿Dónde está ese papel? —chillaba desaforadamente, hasta el punto
de que los oídos de Mayb zumbaron como si le hubiesen disparado un timbre
muy cerca del tímpano.
El Inspector fue en busca del formulario, tomó dos copias y acercó una
pluma a Beth. Ella las firmó, y luego se cayó en una silla, llorando
amargamente.
—¿M...mayb? —La voz era débil.
—Se está despertando. Rápido, Mayb. Llévelo a la Cámara del Silencio.
Mayb tomó el chiquillo en brazos y abrió la puerta de un puntapié.
En el vestíbulo había un cubículo, aparentemente igual a los demás,
pero con la particularidad de que su puerta era negra. Oculto en su interior
había determinado equipo. Esta vez no se le olvidó de apretar la puerta
hasta asegurarse de que quedaba bien cerrada. Gris por la tensión, volvió
hacia el despacho.
—Está hecho, Inspector.
El Inspector asintió y se acercó, lentamente, a su tablilla de pulsadores.
Apretó cierto botón con firmeza y apareció una luz encarnada.
—¡Andi! —se lamentó Beth.
Mayb se acercó a ella y la rodeó con sus brazos.
—Así. Nos guía el mejor propósito. Ya no ocurrirá muchas veces más.
Antes teníamos que hacerlo muy a menudo. Pronto podremos dejar de
hacerlo.
La expresión del Inspector era triste y pesarosa. «A las víctimas, aunque
estén en las memorias —pensaba—, les tienen sin cuidado las estadísticas.»
Mayb cambió su táctica de consuelo.
—Beth, estamos intentando volver a nuestra Norma. Piense, piense de
verdad en lo que esto significa. Los seres humanos vivían antes con la plena
confianza de que podían ser, plenamente, cien por cien humanos: con todos
los sentidos, con el talento y la habilidad que los seres humanos pueden
tener. ¡Nosotros hacemos que sea posible volver a tales conceptos! Es
sensible, mil veces sensible; pero tiene que hacerse por este medio; no hay
otro camino.
Sus pensamientos, cuidadosamente escogidos, no conseguían dominar
la presión mental que empezaba a agobiarles, procedente de alguna parte:
de la Cámara del Silencio.
La luz de la tablilla se mudó en amarilla.
—Andi.
—Es una buena Norma —razonaba Mayb desesperadamente— .
Decidida en un Congreso por las más maravillosas y objetivas mentes que
jamás hayan existido sobre la Tierra. ¡Si hasta algunos de ellos no eran
normales, según el Código que redactaron! Piense cuan valiente...
La agonizante llamada sonó débil, disminuida, vaciló un momento,
volvió a resurgir y desapareció súbitamente de sus mentes. A través de la de
Mayb se deslizó la frase:
—Está muriendo.
Supuso que procedía del pensamiento del Inspector, que seguía de pie,
sofocado, con una expresión de horripilante repugnancia en el rostro.
Dio una vuelta rápida y tiró de la palanca.
El incinerador quedó alimentado...
Mayb se dirigió a la mujer, que lloraba:
—No llore. Esto es lo mejor. Lo mejor para él. Nunca hubiese sido feliz,
aunque los hombres le dejaran suelto. ¡Pobre pequeña cosa inacabada!
Imagine la vida que hubiese llevado, siendo capaz de hablar, ignorando si
gritaba o vociferaba; siendo sólo capaz de oír por los oídos: ¡único no-
telepático, en el mundo entero!
MEDUSA
No tenía motivo de queja. No sabía, exactamente, lo que habían hecho
conmigo. Me constaba que no todo había sido juego limpio y que,
probablemente, jamás volvería a ser lo que había sido. Pero, ¿acaso no era
yo un voluntario? Había firmado un papel autorizando al Departamento de
Comercio de la Liga para que me utilizaran como lo juzgaran conveniente.
Cuando me sacaron del Ejército para someterme a un examen rutinario, y
luego empezaron con otros que nada tenían de rutinarios, yo no protesté.
Cuando pidieron voluntarios para un proyecto que no se preocuparon en
detallar, yo acepté, firmando a ciegas. Y ahora...
—¿Cómo se siente usted, Rip? —me preguntó el viejo doctor Renn.
Me habló como sin darle importancia, con la barbilla descansando en el
dorso de la mano y los codos apoyados sobre la mesa. Era el hombre más
importante en psico-ciencia y me hablaba como si fuese mi padre. Y eso lo
hacía delante de todo el Departamento Psíquico.
—Excelentemente, señor —dije. Miré a mi alrededor. Conocía a todos los
doctores y a uno o dos de los visitantes. Durante los últimos tres años, todos
aquellos científicos habían realizado algún trabajo sobre mí. Chico, no se
dejaron nada en el tintero.
Yo comprendía sólo parte de aquellos misterios. Los primeros tests
sobre el color, por ejemplo, y las rutinas de la electrocoordinación. Pero esta
máquina torturadora de Grenfell y este casco de cobre que Winton me hizo
llevar durante dos meses... ¡ríanse ustedes de las pesadillas! Lo que estaban
haciendo conmigo sólo podía tratar de adivinarlo. Quizá me estaban
probando para algo. Quizá me tuviesen como a un conejito de Indias. Quizá
me estaban entrenando. Pero de nada servía hacer preguntas. Yo era un
voluntario, ¿no es eso?
—Bueno, Rip —siguió diciendo entonces el doctor Renn—. Esto es todo,
por el momento. Se acabaron los preliminares. Ahora empezaremos con el
trabajo propiamente dicho.
—¿Preliminares? —interrogué con los ojos muy abiertos—. ¿Quiere usted
decir que todo lo que he hecho durante tres años eran sólo preliminares?
Renn asintió, mirándome con atención.
—Usted va a realizar un pequeño viaje. Puede que no sea muy divertido;
pero será interesante.
—¿Un viaje? ¿Hacia dónde?
Se trataba de una buena noticia. Los repetidos ensayos que había
practicado en las naves técnicas del espacio y los repasos que me habían
hecho hacer de los rumbos de la astrogación, me habían dejado unas ganas
enormes de salir de nuevo hacia la oscuridad.
—Se trata de órdenes secretas, guardadas bajo sello — dijo Renn, casi
agresivo—. Ya se enterará usted. Lo único que importa que recuerde es que
va a representar un gran papel.
Hizo una pausa. Le observé, inquieto, y noté que procuraba suavizar el
tono de su voz, generalmente tajante. ¿Por qué diantre se volvía, ahora, tan
cauteloso conmigo?
—Se le conducirá a bordo de una Súper-Forfield. El último y más
perfecto de que puede disponer la Liga. Su trabajo consiste en cuidar de los
aparatos de mando y actuar como ayudante astrogador, ocurra lo que
ocurra. No cabe duda de que su misión puede convertirse en difícil en ciertas
ocasiones. Lo único que tiene usted que hacer es obedecer las órdenes que
se le den, sin preguntar a nadie y, en lo posible, sin emplear la fuerza.
Todo aquello me sonaba a tontería. Pero, todo esto, palabra por palabra,
está escrito en el Manual Náutico. Recordé con ternura que era en el
apartado «Deberes de la tripulación».
—Cada vez que he sacado una nave he tenido que cumplir esto que dice
usted. ¿Hay en esta nave algo especial que justifique tanta insistencia?
Él estaba molesto y, en el despacho, se oyó el restregar de veintidós
pares de pies. Pero su tono se mantuvo amistoso y persuasivo mientras
siguió hablándome.
—Evidentemente, hay algo especial en esta nave. Se trata de su equipo.
Usted ha respondido satisfactoriamente en todas las pruebas a que se le ha
sometido como volador de colores. Sinceramente, ha sido sometido a
fuerzas psíquicas flotantes que hubiesen bastado para enloquecer
completamente a cualquier hombre normal. Tengo el estricto deber de
comunicarle que el resto de la tripulación está loca. La naturaleza de nuestra
expedición exige que la dotación de la nave se encuentre en estas
condiciones. Su puesto en ella es una posición clave. Su responsabilidad es
enorme.
—Un momento, señor. No discutiré sus órdenes y me considero, por
entero, a su disposición. ¿Puedo formular algunas preguntas?
Él asintió.
—Usted dice que la tripulación está loca. ¿No es ésta una manera muy
vaga de designarla para un psicólogo?
No pude resistirme a lanzarle aquella pulla; él, haciendo un gran
esfuerzo, procuró conservar la calma, sonriendo burlonamente.
—Lo es. Para ser más exacto le diré que se trata de esquizoides.
Personalidades dobles. Su «ego» primitivo es paranoico. Son perfectamente
razonables, salvo si se roza su fobia particular, o su manía, como puede
ocurrir. Su personalidad recesiva es la de maníacos depresivos.
Según yo recordaba, la mayoría de los paranoicos tienen delirio de
grandezas unido a su manía persecutoria. Y un maníaco depresivo es el
prototipo de los que dicen siempre «amén», o «sí, maestro». No parece que
estos tipos puedan ir juntos. Me permití recordarlo al más importante
psicocientífico de la tierra.
—Desde luego que no van juntos —asintió Renn—. No he dicho que
vayan juntos. No hay intercomunicación de «egos» en estos casos. Son
esquizoides. La división es perfecta.
Yo tenía un lunar debajo del brazo que me picaba cuando pensaba
profundamente. Me lo estaba rascando.
—No sabía que existieran casos así —dije.
Renn parecía dispuesto a mantener aquel tono de confianza. Yo le
sacaba todo el jugo que podía. Tuve la sensación de que aquélla era la única
oportunidad que se me presentaría de obtener información sobre la
expedición.
—Nunca existió ningún caso así hasta hace poco —añadió Renn con
paciencia—. Son hombres que han salido de nuestros laboratorios.
—¡Ah!, ¿se trata de una locura hecha a la medida?
Asintió.
—Y, ¿por qué, señor?
—Ordenes secretas —respondió, tajante. Sus maneras se volvieron más
bruscas—. Saldrá usted mañana. Será embarcado esta noche. Su
comandante en jefe es el capitán William Parks.
Me sonreí, complacido. Parks... ¡ese viejo y curtido bruto! Se decía de él
que podía crear manchas en el sol, escupiendo hacia el cielo. Era un
verdadero hombre del espacio, de los pies a la cabeza.
—Y no lo olvide, Rip —terminó Renn—. Sólo habrá un hombre cuerdo a
bordo de la nave. Esto es todo.
Saludé y me fui.
Una Súper-Forfield es la nave más suave que se ha botado hasta ahora.
No es como ninguna de esas grandes masas ruidosas, impulsadas a través
del éter por una numerosa tripulación, ni se parece, en absoluto, a la
astronave automática Yospero, llamada así porque, una vez se ha hecho
resbalar la cinta maestra de control en el piloto automático, se acostumbra a
decir: «Ya estás en tu ruta, pequeño pedazo de metal, ¡yo espero!»
Con una tripulación de ocho hombres, una Forfield puede correr más y
adelantar a no importa qué en el espacio. Sin necesidad de cohetes, ni de
hélices celestiales, ni de otras chapucerías disparatadas que la empujen. No
necesita la tripulación para viajar, sino para estarse quieta. Quiero significar
con esto que la nave realiza lo que los legos han dado en llamar la
«estabilidad universal».
La Galaxia viaja en su órbita alrededor del mítico punto muerto y a una
velocidad increíble. Una Forfield, con su ímpetu anulado, permanece inmóvil
mientras la Galaxia pasa. Cuando aparecen el objetivo, se reanuda el
impulso, y la nave se planta en el espacio normal con sólo un par de miles de
kilómetros de velocidad.
Esto es posible porque la falta de movimiento vigoriza su potencia
motriz: el movimiento, como es algo relativo, produce una colección de
valores relativos.
Desde luego, al decir «acción» y «reacción», refiriéndome a la
conducción de la Forfield, quiero significar «estática» y «reestática». Me
gustaría explicar esto con más detalle, pero hoy me he dejado mi regla de
cálculo esférica en casa. Déjenme añadir solamente que una Forfield puede
conseguir la «estática» en relación con todo el sistema planetario, solar,
galáctico y en todas las órbitas universales. Mézclense sus posibilidades en
las proporciones debidas y conseguirán ustedes resultados que les pueden
llevar a cualquier sitio y rápido.
Estuve tan ocupado desde el preciso momento en que penetré en
cubierta, que no tuve tiempo de pensar en las múltiples facetas de aquel
viaje, evidentemente particular. Tuve que revisar y volver a revisar todos los
controles e instrumentos, desde el miliámetro al vasto y complejo
integrador, y en un espacio de veinticuatro horas, esto no era grano de anís.
También tuve que recibir instrucciones de un maestro mecánico de la Liga,
que había instalado a bordo un par de chismes diseñados y comprobados a
última hora expresamente para aquel viaje. Presté poca atención a lo que
ocurría a mi alrededor y no me di cuenta de que el patrón había embarcado
hasta que me levanté de donde estaba, puesto que me había arrodillado
para examinar uno de nuestros integradores. Estaba dando vueltas a mi
alrededor, dirigiéndose por mi camino hacia el cuadro de mandos y casi eché
por el suelo al viejo veterano al tropezar con él.
—¡Rip! ¡Maldito! —rugió—. No me diga que usted también se ha
enrolado.
—¡Eh! —dije—. Suelte mi mano, patrón. En una hora, poco más o
menos, tengo que colocar un par de brújulas. ¿Qué? He oído decir que usted
va a ser el capitán de este barril. ¿Qué tal le parece a usted?
—Bárbaro —dijo, mirando a su alrededor y con una sonrisa burlona. Sólo
sonreía así un par de veces al año, porque le dolía la cara cuando sonreía;
pero, cuando lo hacía, lo hacía con toda ella.
—¿Qué sabe usted de este viaje?
—Nada; excepto que recibiremos órdenes selladas.
—Bueno. Apostaría que se trata de alguna trampa que vamos a
encontrar al final del camino —dijo Parks—. Usted y yo hemos estado..., ¿en
cuántos?, en seis u ocho. No importa; hemos estado una multitud de veces
juntos y, cada vez que hemos zarpado, nos las hemos arreglado para
desembarcar de un modo u otro. Confío en que podremos llegar cerca de
Aldebarán. Me han dicho que Susie ha cambiado de nuevo de dirección. ¡Eh!,
¿se acuerda de cuando nosotros...?
Me reí.
—Déjelo ahora, patrón. Tengo que darme prisa para terminar esta
revisión. Pero, hombre, crea que me alegro de verle de nuevo.
Estábamos contemplándonos mutuamente cuando de pronto algo me
golpeó en la cabeza y sentí que la sonrisa se me escapaba. ¿Qué era lo que
había dicho el doctor Renn? «Recuerde que sólo hay un hombre cuerdo a
bordo.» ¡Oh, no!, al pobre capitán Parks no le habrían hecho aquella mala
faena, porque... Dije:
—¿Cómo se encuentra, mi capitán?
—Magnífico —dijo. Y, frunciendo las cejas, añadió—: ¿Por qué me lo
pregunta? Y usted, ¿se siente bien?
En aquel momento no me sentía muy tranquilo, precisamente. ¿El
capitán Parks, majareta? Me parecía demasiado asqueroso. Si Renn decía la
verdad -y siempre la decía-, el Departamento había trabajado con Parks igual
que con el resto de la tripulación. Todos, excepto yo: eso me había dicho.
Además, yo sabía que no estaba loco. No me sentía loco.
—Me siento magníficamente —contesté.
—Entonces, adelante.
Y me volvió la espalda.
Me dirigí al tablero de instrumentos, desconecté la fuerza del
radioscopio y revisé los cuadrantes. Durante cinco minutos sentí la mirada
del viejo que me taladraba el cogote; pero estaba demasiado ocupado para
seguir charlando. Pequeños rumores se filtraron en la cámara de mando
procedentes de otros puestos de la nave. Finalmente, sentí que rozaba el
quicio de la puerta al salir.
¿Qué sabría el capitán sobre nuestro viaje? ¿Sabía que, como equipo, le
habían entregado sólo una pandilla de chalados? Intenté imaginar que Renn
informaba a Parks de que él era un paranoico y un maníaco depresivo, y me
resultó inconcebible. Seguramente que Parks le hubiese soltado un mojicón
que le hubiese dejado tambaleante. Aquello me daba miedo, por su falta de
sentido común. Se me ocurrió pensar que «tener sentido común», era un
concepto en el que confiamos demasiado. ¿Qué hacer, cuando se tropieza
con algo que ni siquiera debe de tener sentido?
Di un golpecito a la caja del radioscopio, conecté la fuerza y me dije que
todo estaba listo. El locutor del poste lejano carraspeó:
—Que todo el mundo se presente en la cámara de mando.
Aligeré el paso, guardé todas las herramientas en sus cajas, las puse
bajo la mesa de derrota y me dirigí hacia la puerta. Entonces me acordé de
que yo ya estaba en la cámara de mando y me detuve apoyándome en un
mamparo.
Entraron todos en tropel. Todos parecían sonrosados, bien cebados e
impacientes. Saludé con la cabeza a tres de ellos y estreché la mano a un
cuarto. El patrón entró sin mirarme. Me dio la impresión de que evitaba mis
ojos. Entró firme, sin vacilar y apoyó las manos sobre el plano inclinado del
tablero de instrumentos, lo bastante para poder sentarse sobre él. Galleta, el
intendente, un viejo compañero de la Marina, se me acercó y se quedó al
lado mío. Hubo un murmullo de voces impacientes mientras esperábamos a
dos rezagados. Galleta susurró:
—Juré una vez que si Bill Parks era el capitán de la nave, no me
importaría ir hasta el propio infierno.
—¿Entonces? —le dije con disimulo.
—Entonces, me parece que lo estoy haciendo.
El capitán pasó lista. El grupo había sido escogido minuciosamente. Los
nombres que iba cantando me sonaban, relacionándolos con alguna famosa
aventura.
Harry Voight era nuestro químico. Un hombre que sostuvo a doscientos
pasajeros vivos durante un mes, con un poco más de la ración para una
semana de aire y agua, después que la nave chocó con un meteorito en la
órbita de Pleione. Bort Brecht era el primer maquinista. Un hombre que
podía realizar el trabajo de tres con sólo su mano artificial. La perdió en el
desastre del Pretoria. El artillero era Hoch McCoy, el individuo que «inventó»
el arco y la flecha y salvó la vida cuando le abandonaron sobre un asteroide
en medio de una manada de cabrillas estelares, más peligrosas que las
liebres americanas de diente venenoso. Los mecánicos eran Phil y Jo Hartley,
mellizos cuya semejanza les permitió desplazarse varias veces durante la
Insurrección, y llevar informes muy importantes a los altos jefes de la Liga.
—Informe —me dijo Parks.
—Todo correcto en la cámara de mando, señor —contesté solemne.
—¿Brecht?
—Todo está bien a popa, señor.
—¿Intendente?
—Las provisiones están a bordo y debidamente almacenadas, capitán —
dijo Galleta.
Parks se volvió hacia el tablero de instrumentos y bajó una palanca. La
esclusa de aire comprimido se deslizó, cerrándose mientras la señal de
partida empezaba a sonar a treinta segundos de intervalo en el oscilador,
encima de la cúpula, y en el cuadro de señales del mando y de la cámara del
maquinista. Parks levantó la voz para que se le oyera por encima del
estruendo.
—Ignoro a dónde vamos —dijo con una extraña sonrisa, al tiempo que
cesaban las señales ensordecedoras—. Pero ya estamos en camino.
El piloto artificial que había puesto en marcha había cumplido con todos
los detalles del despegue; gravitación artificial, estabilidad solar y planetaria,
bombas de aire, generadores de humedad: todo. Aparte del hecho que, de
repente, desapareció la luz que se filtraba por las troneras, no hubo la menor
sensación de cambio. Parks extendió la mano y rompió el precinto que
cerraba la ranura encima de los integradores y el armario que guardaba los
folletos del Reglamento. Abrió el cubículo y extrajo un gran sobre. En mi
garganta había algo que no me permitía deglutir.
Rasgó el sobre para abrirlo y extrajo ocho sobres y algunas hojas de
papel dobladas. Con las cejas enarcadas, miró los sobres y me los entregó.
Los tomé. Había uno dirigido a cada miembro de la tripulación. A una
indicación del patrón, los repartí. Parks desplegó sus órdenes y les echó un
vistazo.
Leyó:
—Orden emanada de la Liga Solar relativa al destino y operación de la
Expedición a Xantippa número Uno.
Unos a otros nos lanzamos miradas de asombro. ¡Xantippa! Jamás había
estado nadie en Xantippa. El fantástico planeta cometario de Betelgeuse era
y había sido siempre tabú y por buenos motivos.
La voz de Parks era tensa:
—Ordenes para ser leídas por el capitán a la tripulación,
inmediatamente después del despegue.
El patrón se acercó a la silla del piloto, la hizo girar sobre sí misma y se
sentó. El equipo avanzó por los lados en grupos compactos.
—La Liga se felicita por su elección de tripulantes destinados a una
misión sumamente importante. De los dos mil setecientos voluntarios, sólo
estos ocho hombres han sobrevivido a los tests y a los ejercicios dispuestos
por la Liga.
«Darnos la orden general de seguir hasta Xantippa. El capitán y su
tripulación han sido adecuadamente protegidos contra su campo. El objetivo
de la expedición es descubrir la causa del campo de Xantippa y destruirlo.
Las órdenes especiales para cada miembro de la tripulación van incluidas en
sobres sellados por separado. Se manda a los tripulantes que lean estas
instrucciones, que las graben en su memoria y las destruyan luego, junto con
los sobres. La Liga quiere que estas órdenes sean leídas en el más estricto
secreto por cada miembro de la tripulación y que el contenido de los sobres
sea mantenido en el más riguroso secreto individual hasta que la Liga
ordene lo contrario.
Parks lanzó un profundo suspiro y miró a los componentes de su equipo.
Constituían un conjunto heterogéneo. Era evidente la excitación, la
sorpresa y, por lo menos en un caso, el pasmo. Pero no había miedo.
Predominaba una especie de exultación que se notaba en las caras
requemadas y curtidas. Todos sentían la misma sensación de gloria y de
odio. «Esto no es sensato —me dije a mí mismo—. No es natural, ni normal,
ni cuerdo, que ocho hombres se enfrenten con la locura, con años de locura,
con esta luz alegre en los ojos. Pero, bueno, ¿no están ya locos? ¿Lo están o
no lo están?»
Aquello era contagioso. Empecé a odiar a Xantippa, cosa que resultaba
bastante idiota. Xantippa no era más que un planeta: Xantippa nunca mató a
nadie. Volvía locos a los hombres; esto era todo. Más que volverles locos,
fundía sus sinopsis, los reducía a seres tambaleantes, a organismos
insensatos y babeantes. Sus mentes resultaban un peso muerto en un
cuerpo inútil. En los viejos tiempos, Xantippa había tendido trampas para
cazar una nave después de otra. Se trataba de naves que iban destinadas a
otros planetas de la Gran Estrella. Él planeta loco empezaba por envolverlas
con su manto de vibraciones y nunca más se volvía a oír hablar de ellas.
Pasaron años antes de que la Liga averiguara dónde habían ido a parar las
naves y, al descubrirlo, mandó varias patrullas para que investigaran. De
este modo se perdieron dieciocho naves y treinta mil hombres.
En esta coyuntura se descubrió el motor Forfield. Dada la condición de
espacio hiperestático en el que maniobraban estas naves, era de esperar
que pasarían el cerco, quedando sanas y salvas. En otros planetas había
colonos cuyas provisiones dependían del Sol. Había ricos yacimientos de
radón, uranio, tantalio y cobre. Seguramente una nave Forfield podría...
Pero no podían. Fueron las primeras naves que penetraron en el campo
y salieron por el otro lado. Las naves estaban intactas, pero sus tripulaciones
no podrían valerse nunca más de sus cerebros. Era indudable: odiaba a
Xantippa, ese planeta loco con su órbita cometaria y su elíptica compleja e
imprevisible. Xantippa equivalía a un enorme complot: nos acechaba, en
este mismo momento estaba preparada para lanzarnos su zarpa, para
cogernos a todos y desecar nuestras mentes.
Me sacudí para despojarme de mis pensamientos. Estaba
sugestionándome con aquellas ideas terribles. Si yo no podía conservar
serena la cabeza sobre mis hombros a bordo de esta cámara de observación
del espacio, ¿quién podría hacerlo, quién?
La tripulación salió en silencio. Parks, sentado en la silla del piloto, los
examinó paseando su brillante mirada de uno a otro. Cuando hubieron
salido, empezó a contemplarme a mí, no a mirarme: a contemplarme. Las
llamaradas de sus ojos me hacían daño.
—Bueno —dijo, después de un momento.
—Bueno ¿qué? —chillé—. ¿Por qué no va usted y se lee esta historieta?
Yo voy a hacerlo.
Rompí el sobre y extraje mis órdenes. El capitán hizo lo propio en el otro
extremo de la cámara. Leí:
«Ordenes del Mando de la Liga Solar, relativas a la línea de conducta que
debe seguir Harl Rippley, astromecánico de la Expedición a Xantippa
número Uno.
«El mencionado Harl Rippley seguirá las normas y ordenanzas conforme a
lo dispuesto en el Código Náutico, hasta que la nave penetre en el campo
de Xantippa. En este momento debe seguir las órdenes del jefe, excepto
en el caso de que proceda su apartamiento del servicio activo, por alguna
causa imprevista. En tal emergencia, la dirección no debe
necesariamente recaer en el mencionado Harl Rippley, sino en el
miembro de la tripulación que, con mayor pericia, proponga un plan
viable para alcanzar el siguiente objetivo. La expedición tiene que
aterrizar en Xantippa; si no está habitado, el planeta tiene que ser
explorado hasta encontrar el origen del campo y destruirlo. Si está
habitado, la actuación del jefe interino se acomodará a las circunstancias.
No obstante, hay que meterse en la cabeza que el principal y único objeto
de la expedición es destruir el campo de Xantippa.
Aquí terminaban las órdenes; pero garrapateado al pie de la página
había un aditamento casi ilegible:
Recuerde su último encuentro en el despacho, Rip, y ¡buena suerte!
Las iniciales a lápiz correspondían a C. Renn, M. Ps. S. No cabía duda
que se trataba del doctor Renn.
Me sentía tan perdido, que mis oídos empezaron a zumbar. Era evidente
que el Gobierno había gastado una enorme cantidad de dinero en el
adiestramiento y equipo de la expedición. Pero nuestras órdenes eran todo
lo confusas que se pueda imaginar. ¿A qué venía esta idea de dar las
órdenes, por separado, a cada miembro de la tripulación? ¡Y qué órdenes!
«El proceder del comandante interino se acomodará a las circunstancias.» A
esto le llamo dejarle a uno abandonado a sí mismo. Aquéllas no eran las
órdenes firmes, detalladas, que cualquier hombre de la Armada está
acostumbrado a recibir. Aquello era una locura. Bueno, claro que era una
locura. ¿Qué podía esperarse de aquella tripulación? Empecé a desear, en
serio, que el Comité me hubiese vuelto loco a mí también, como a los
demás.
Estaba trabajando encima de la carta de navegar, cifrando la hora cien
en la bitácora de anotación previa, para traspasarla al imprimator, cuando
noté la presencia de alguien tras de mí. Se trataría del comandante, desde
luego. Permaneció allí durante mucho rato y me daba cuenta de que me
estaban espiando.
Seguí quieto hasta que no pude más:
—Entre —dije sin moverme. No ocurrió nada. Escuché con tal atención,
que podía percibir su respiración contenida. Empecé a sentirme inquieto.
Tuve la desagradable sospecha de que, si daba la vuelta, quizá me tropezara
con la caricia que emanaría de alguna pistola. Apretando las mandíbulas
hasta que me dolieron los dientes, me levanté con calma y, sin mirar a mi
alrededor, me dirigí al axiómetro y lo examiné. No sabía lo que me pasaba.
Nunca había temido antes que me atacaran en cualquier momento y desde
cualquier sitio. Soy un pobre diablo, un buen chico, acostumbrado a ser el
mejor de los hombres: en aquel momento sentía que no seguía siéndolo.
Yendo hacia el axiómetro, me separaba del hombre de la puerta cosa de
unos dos metros. Era más seguro para ambos. Y de este modo, para volver a
la mesa, tendría que dar la vuelta. Lo hice. No era el patrón. Era el químico
Harry Voight. Habíamos sido compañeros desde antiguo en la Armada y
sabía muy bien qué pie calzaba.
—¡Hola, Harry! ¿A qué viene este gesto?
Estaba tenso. Había unas gotas de sudor en su labio superior. Sus raros
ojos -el iris era tan negro como la pupila- estaban despiertos y tan separados
hacia las sienes que no podía verlos porque la luz del pasillo caía
directamente sobre su cabeza. En su frente desnuda y prominente había dos
profundas sombras rojizas y, por debajo de ellas, me estaba mirando.
— Hola, Rip. ¿Ocupado?
—No mucho. Entra y siéntate.
Entró y se sentó. Dio la vuelta, pasando por delante de mí, y fue a tomar
la silla del piloto de mando. Yo me senté sobre la carta de navegar; esto
parecía natural, pero estaba a la que salta. Si tenía que moverme hacia
cualquier dirección, e incluso levantarme, estaba a punto. Después de un
momento, dijo:
—¿Qué piensas de esto, Rip? —y, con su gesto, quiso indicar la nave,
Xantippa, la Liga: todo.
—«Me limito a trabajar aquí» —cité.
Este era nuestro lema. Nuestra insignia, es el signo de la Liga sobre un
sol llameante bajo el cual hay una pantalla de ultrarradio con estas palabras
escritas: «Me limito a trabajar aquí.» La famosa frase simboliza el más alto
sentido del deber.
Harry sonrió con una sonrisa verdaderamente enfermiza. Si he visto
alguna vez a un hombre con algo que le corroía su interior, éste era Voight.
—¿Qué te ocurre? —le pregunté tranquilo —. ¿Alguien te ha hecho algo?
Miró furtivo y se acercó:
—Rip, quiero hablarte. ¿Quieres cerrar la puerta?
Iba a negarme, pero pensé que las ordenanzas podían relajarse un poco
en aquel ataúd. Me levanté y fui a empujar la puerta, que se deslizó,
cerrándose.
—Date prisa —dije—. Si viene el comandante y encuentra la puerta
cerrada, empezará a repartir puñetazos.
En cuanto la puerta estuvo cerrada, Harry se desmoronó del todo.
—Es la primera vez, en dos días, que me siento cómodo — dijo.
Me miró con súbita suspicacia:
—Rip, cuando compartíamos la misma habitación en Venus-City, ¿de
qué color era la cubierta en que acostumbraba a guardar mi Manual Náutico?
Fruncí las cejas. Sólo la había visto un par de veces.
—Azul —dije.
—Muy bien. —Se secó la frente—. Es exacto. —Dio un par de respingos y
prosiguió—: Rip, ¿querrás mantener en secreto lo que voy a contarte? Aquí
no puede uno fiarse de nadie. ¡De nadie!
Asentí.
—Bueno —siguió con voz forzada—. Yo sé que éste es un viaje cicatero.
Me consta que la tripulación ha sido elegida entre una especie de... ¡bueno!,
que no es normal.
Lo dijo con convicción.
—La Liga tendrá sus razones especiales para enviarnos y yo no los
censuro. Pero algo se ha estropeado. ¿Piensas que Xantippa se apoderará de
nosotros? ¡Hum! ¡Xantippa ya se está apoderando de nosotros, ahora!
Se volvió a sentar triunfante.
—¡No me digas!
—Lo digo. Ya sé que está lejos, a una distancia de innumerables millares
de años-luz. Pero no hace falta que te explique el poder que tiene Xantippa.
Para un poder tan enorme, nuestro miserable proyecto no es nada. Cualquier
fuerza que puede irradiarse hasta a casi mil millones de millas de diámetro,
puede lanzar al mismísimo infierno contra nosotros aún a una mayor
distancia.
—Puede ser —dije—. ¿Y qué están haciendo ahora?
—Nos están estudiando —susurró—. Están espiando a cada uno de
nosotros, cada acto que realizamos, cada reflejo mental. Y, uno a uno, se nos
están llevando. Ya han pillado a los mellizos Hartley y a Bort Brecht; pronto
me tendrán a mí. De los demás, no sé nada; pero ya les llegará el turno.
Están apoderándose de nuestras personalidades y sustituyéndolas por las
suyas propias. Te digo que aquellos tres hombres, y pronto yo con ellos, ya
no son humanos: ¡son xantippianos!
—Espera —le dije con paciencia—. ¿No estás haciendo conjeturas?
Nadie sabe si Xantippa está habitado y dudo mucho que la sustitución de
que me hablas pueda hacerse.
—¿No lo crees? Por piedad, Rip, por tu propio bien, ¡haz un esfuerzo
para creerme! El campo de Xantippa es una idea-fuerza, ¿verdad? Escucha,
si tú lo ignoras, a mí me consta: se ha escogido a esta tripulación por su odio
contra Xantippa. ¿Sabes por qué? La Liga espera que este odio actúe como
una defensa natural para desviar, en cierto modo, el campo. Piensan que
quedará lo suficiente de nuestras mentes, cuando estemos dentro del
campo, para que cumplamos nuestro objetivo. Están equivoca dos, Rip,
equivocados. La misma existencia de este odio común es lo que nos ha
descubierto. Ellos, los xantippianos, se han estado preparando durante estos
días y ya están realizando su trabajo a bordo.
Se calmaba y yo procuraba animarle con preguntas cariñosas.
—¿Cómo sabes que los xantippianos se han apoderado de esos tres
hombres?
—Oí hablar a los mellizos Hartley en el corredor, hace dos días. Estaban
discutiendo a propósito de sus órdenes. Ya sé que no tenía que haber
escuchado; pero tenía mis sospechas.
—¿Hablaban de sus órdenes? Tenía entendido que se trataba de
órdenes confidenciales.
—Lo eran. Pero no puedes esperar que los Hartley se preocupen por
eso. Sea como sea, lo cierto es que Jo hacía confidencias a propósito de una
nota que había al pie de sus órdenes y que le indicaba que únicamente había
un hombre cuerdo a bordo. Phil se burlaba. Decía que él sabía que él estaba
cuerdo y que sabía que Jo también lo estaba. Entonces yo voy y digo:
Solamente un loco se hubiese atrevido a dudar de la Liga; un loco o un
enemigo. Los Hartley pueden estar desequilibrados; pero son todavía
racionales. Son todavía hombres de la Armada. Por consiguiente, deben de
ser enemigos, ya que un hombre de la Armada jamás dudaría de la Liga.
Oía aquella lógica dudosa, formulada con voz intensa y convincente, y
no sabía qué pensar.
—¿Y qué me dices de Bort Brecht y de ti mismo?
—¡Bort! ¡Ah! —Sus labios se fruncieron—. Puedo percibir un ego extraño
cuando le hablo. Es desesperante. Odio a Xantippa —dijo salvajemente—,
pero todavía odio más a Bort Brecht. Lo único que puedo odiar más que a
Xantippa es a un xantippiano. ¡Y esto prueba lo que estaba diciendo!
Extendió las manos, como en un juramento.
—En cuanto a mí, Rip, me estoy volviendo loco. Lo noto. Veo cosas, y,
cuando ya lo sea, seré uno de ellos. Y entonces todos estaremos perdidos.
Por el momento sólo hay un hombre cuerdo a bordo y éste soy yo. Cuando
me haya convertido en un xantippiano, estaremos predestinados a la
destrucción y cuando esto ocurra, te ruego que me mates.
Estaba medio histérico y, durante un momento, le dejé que se cociera
en su propia salsa.
—Así, yo, te parezco loco —pregunté—, puesto que tú eres el único
hombre en sus cabales.
—Loco, no —dijo precipitadamente—. Un esquizo... Pero sigues siendo
racional; de no ser así, no hubieses recordado el color de la cubierta de mi
libro.
Me levanté y le tendí una mano para ayudarle a levantarse. Se echó
hacia atrás.
—¡No me toques! —chilló y, cuando yo retrocedí, in tentó sonreírme —.
Perdona, Rip, pero no puedo fiarme de nada: podrías ser un xantippiano y, al
tocarme, podrías... Pero me voy. Yo...
Salió con sus ojos negros y llameantes entornados.
Me quedé mirándole cómo se alejaba por el corredor, desde el umbral
de la puerta. Adivinaba lo que le estaba ocurriendo: una paranoia, pero de
las de verdad. Tenía la manía de persecución característica, la intensidad de
expresión, la lógica peculiar dirigida hacia un solo objetivo e, incluso, delirio
de grandezas. ¡Bah! Y se figuraba que él era el único hombre a bordo que
conservaba íntegras sus facultades mentales...
Me volví hacia la carta de navegar, profundamente preocupado. Harry
siempre había sido un hombre muy reservado. Seguro que no sería él quien
esparciera el pánico a bordo. Pero lo mejor sería advertir al capitán. Me
estaba preguntando por qué les habrían dicho a los mellizos Hartley, a Harry
Voight y a todos los demás que todos los de a bordo estaban majaretas
menos yo, cuando entró el comandante.
—Rip —dijo sin más preámbulo—: ¿Se ha peleado usted alguna vez con
Hoch McCoy?
—¡No, por Dios! —dije—. Nunca le había visto antes de embarcarnos.
Desde luego, he oído hablar de él. ¿Por qué me lo pregunta?
Parks me miraba de una manera rara.
—Acaba de salir de mi cámara. Me ha soltado todo el argumento de una
comedia, incluyendo cantables y bailables, según el cual todo el mundo le
conoce a usted como a un consumado saboteador interplanetario. Ha dado
nombres y fechas. Los nombres me son de sobra conocidos; pero en cuanto
a las fechas, bueno, yo mismo le puedo proporcionar una magnífica coartada
para la mitad de ellas. Esto no se lo he dicho; pero, ¡diantre!, casi me
hubiese convencido.
—¡Otro! —exclamé. Y entonces le conté lo de Harry Voight.
—No creo que el doctor Renn se figurara que empezarían a
desmoronarse tan pronto —dijo Parks, cuando hube terminado—. Estos
muchachos estuvieron en observación en el laboratorio durante tres años
tremendos; usted ya lo sabe.
—No lo sé —dije—. No sé ni jota de lo que aquí ocurre y sería mejor que
supiera algo antes de que mi sentido común empiece también a estropearse.
—¡Vaya, Rip! ¡Está usted muy excitado!
Bien, sí. Lo estaba. Parks añadió:
—No sé mucho más que usted; pero esta historia que le ha contado
Harry Voight comprende dos conjeturas muy astutas. Por ejemplo, creo que
tiene razón cuando dice que el Departamento algo les ha hecho a las mentes
de... ¡bueno!... de algunos de los tripulantes, para convertirlas en una coraza
contra el campo. Pocos hombres se han acercado a él conscientemente, y
los que lo han hecho, estaban muertos de miedo. Ya se sabe que el miedo es
la mejor de las puertas para que pueda entrar la cosa temida: si no me cree,
pregúnteselo a un buen hipnotizador. El odio es algo muy distinto. El odio
puede convertirse en un bloque psicológico contra el miedo y la cosa
temible. Y la clase de odio que estos pobres diablos sienten por Xantippa, es
algo fuera de lo normal. Son locos; pero no están ajustados, y esto no es
pura casualidad. Cuando choquemos con el campo, me apuesto cualquier
cosa a que ejercerá menos efecto en nosotros que sobre la multitud de
pobres diablos que intentaron atacarlo.
—Esto parece sensato. Y... oiga, capitán; ¿qué me dice usted de esa
historia de que haya a bordo «un solo hombre cuerdo»?
—Más coraza —dijo Parks—. Pero coraza contra el mismo hombre.
Harry, por ejemplo, fue convertido en paranoico, que es un tipo de alienado
razonador: pero al mismo tiempo está convencido de que es el único que
está cuerdo. Si él se figurara que su mente fue manipulada y no únicamente
experimentada, ya se habría alzado para transformarlo todo y más de la
mitad por lo menos del trabajo llevado a cabo por el Departamento de
Sicología habría quedado anulado.
Esto trajo algunos recuerdos alarmantes a mi memoria.
—Capitán, ¿cree usted que hay un hombre cuerdo, normal, a bordo?
—Sí; uno. —Se sonreía en silencio—. Sé lo que está usted pensando.
Usted daría algo para comparar sus órdenes con las mías, ¿no es eso?
—Exacto. Pero no lo haré. Son confidenciales. No me permitiría hacerlo,
aunque usted lo quisiera. Por que...
—Bueno, diga...
—Porque usted es un oficial y yo soy un caballero.
Por fin, ya en mi litera, pude descansar, deseando que llegáramos al
campo y acabar de una vez. Quería pensar en algo constructivo. Intenté
recordar lo que había dicho exactamente el doctor Renn y, cuando lo logré,
me dolió haberlo alcanzado. «Usted está cuerdo —dijo. Y añadió—: Ha
estado usted sujeto a fuerzas psíquicas que eran capaces de volver
absolutamente loco a un hombre normal.» Ambas afirmaciones podían ser
dos cosas absolutamente distintas. Había sido lo bastante pretencioso para
creer que ambas significaban lo mismo. Bueno: había que dar la cara.
¿Estaba loco? No me sentía tal. Pero tampoco se sentía así Harry Voight. Él
pensaba que se volvería loco; pero estaba seguro de que todavía no lo era.
Y, en todo caso, ¿en qué consistía la «demencia»? A bordo de esta nave era
normal odiar a Xantippa, de tal modo que, al pensar en ella, se sintiera
enfermo y que sudores fríos le recorrieran el cuerpo. Paranoia. Persecución.
¿Me sentía yo perseguido? Únicamente me perseguía el pensamiento de
nuestro deber hacia Xantippa y que la persecución era Xantippa y no el
deber. ¿Tenía yo delirios de grandeza? Desde luego que no. Pero ¿no había
yo deducido, lógicamente, que Voight sentía aquellos delirios, puesto que
pensaba que era él el único hombre cuerdo a bordo? ¿Por qué motivo el
Departamento había puesto un hombre cuerdo a bordo... si es que lo había?
Tal vez para estar seguros de que un hombre reaccionaría diferentemente
de los demás cuando llegásemos al campo y, de este modo, podría dirigir.
Tal vez, únicamente para hacer creer a cada uno que era él el cuerdo,
aunque no lo estuviese ninguno. Mi pobre y fatigado cerebro descansó y me
puse a dormir.
Tuvimos dos accidentes antes de que llegáramos al cerco. Harry Voight
se degolló en el lavabo, y mi dulce y viejo amigo Galleta aplastó la cabeza de
Hoch McCoy.
—Era un espía insurreccionista —insistía una y otra vez, mientras lo
encerrábamos bajo llave.
Después de esto, todos nos manteníamos a distancia unos de otros.
Desde aquel día hasta que nos lanzamos a la estación galáctica, cerca de
Betelgeuse, no creo que cruzara más de diez palabras con los compañeros,
aparte las que exigiera el servicio. Sentía lo de Hoch porque, después de
todo, era un buen chico; pero mi pesar se atenuó recordando su visita al
capitán. Había faltado poco para que él me hiciera lo mismo.
Metidos de nuevo en el espacio normal, hacíamos maniobrar nuestro
ágil y pequeño barquichuelo dentro de una órbita alrededor del inmenso sol
y expelíamos nuestros detectores. Su información no sería mucha, llegado el
momento, puesto que su radio de acción no era mucho mayor que el
diámetro del temible cerco. El planeta loco apareció flotando en nuestras
pantallas de observación y en cuanto pude observarlo llamé a nuestro
comandante. Xantippa era un planeta extrañamente deslustrado a pesar de
estar muy cercano a su estrella. Relucía como plata muerta, como la carne
de un cadáver iluminado por la luna. Parecía como arrugado y remendado, y,
tal vez a causa de algún disturbio etéreo, parecía latir suavemente de polo a
polo. No era redondo, en absoluto, sino que parecía ovoide, con la punta más
pequeña dirigida hacia Betelgeuse. Tendría, aproximadamente, el tamaño de
dos o tres lunas. Mirándole, pensaba en los millares de hombres de mi
misma condición que habían sido presa de sus garras y en las bellas naves
de guerra que habían caído dentro de su campo de acción para desaparecer.
¿Habían estallado, en realidad? ¿Eran cautivas de alguna rara y horrible
raza?
Xantippa había resistido siempre a cualquier clase de ataque. Había
engullido minas atómicas y torpedos sin el menor efecto visible.
Aparentemente, era impenetrable a cualquier vibración de rayos conocida
por el hombre; pero era materia y fácilmente podría ser roída por la acción
de la infra-artillería si podíamos acercarnos lo bastante. Las corrientes
gemelas de la nueva arma de fuego, intensamente cargadas de positrones
por un lado y de mesatrones por el otro, podrían destruir cualquier cosa que
se encontrara en el punto de su convergencia. Pero un infracañón tiene un
alcance inferior a las quinientas millas. En los casos pasados, las
tripulaciones que llevaban consigo armas de este tipo habían llegado
muertas o enloquecidas al campo de tiro.
En cuanto llegó, el capitán Parks convocó a toda la tripulación en la
cámara de mando. Nadie habló mucho: nadie necesitaba mayor información,
en cuanto vieron la imagen de Xantippa en la pantalla, que se encontraba
emplazada en la parte alta de la pared delantera de la habitación. Bort
Brecht, el moreno ingeniero, quiso saber cuándo llegaríamos al campo.
—Dentro de unas dos horas —dijo amablemente el capitán.
Tuve que sujetarme con las dos manos para no dejar escapar un
gruñido. Estaba mintiendo a sangre fría. Toparíamos con él dentro de media
hora y puede que antes todavía, según mis cálculos. Sospeché que tendría
sus motivos para mentir. Quizá pensara que así daba facilidades a la
tripulación. Parks se apoyó negligentemente en los integradores y dijo, como
si estuviera haciendo un brindis en un banquete:
—Caballeros, pronto sabremos a qué atenernos. Tengo instrucciones de
la Liga para que les dé cierta información. Todo el mundo debe estar
preparado para obedecer al que evidentemente sea el caudillo, cuando nos
encontremos dentro del campo. Puede que no sea yo este caudillo. Ese caso
ha sido previsto. Cada hombre debe fijar en su mente nuestro único objetivo:
la destrucción del campo de Xantippa. Uno de nosotros conducirá a los
demás hacia este objetivo. Si no parece que nadie esté en disposición de
mandar, tendremos que designar un capitán interino.
Brecht levantó la voz.
—Capitán, ¿cómo sabemos que este caudillo que ha sido previsto no es
ni Harry Voight ni McCoy?
—Lo ignoro —dijo Parks gravemente—. Pero lo sabremos, lo sabremos.
Veintitrés minutos después de haber aparecido Xantippa en la pantalla,
ya entrábamos en su campo.
Todo el mundo se hallaba todavía en la cámara de mando cuando
penetramos en él. Recuerdo que se me doblaron las piernas y cinco de los
demás resbalaron y cayeron sobre cubierta.
—Les digo que se trata sólo de un puerco complot insurreccionista —
gorgojeó Galleta.
Entonces me caí también sobre cubierta. Algo me hacía daño; pero no
sabía exactamente dónde me encontraba. Estaba bajo la máquina de tortura
del doctor Grenfell; estaba atormentando mi mente, escalofriando mi
cerebro. Podía sentir todas y cada una de sus circunvoluciones. Eran cada
vez más frías, más amplias y, muy pronto, ahora mismo, harían estallar mi
cráneo, el laboratorio, los edificios y enfriarían la tierra. Dentro de mi pecho
sentía calor y, desde luego, no ignoraba la causa. Yo era Betelgeuse, el más
poderoso de los soles y mi propio calor caldeaba la mitad de una galaxia.
Pronto la destrozaría y entonces empezaría lo bueno. Toda la oscuridad del
Gran Espacio cayó sobre mí.
—Déjenme solo. No me importa lo que ustedes quieren que se haga.
Quiero estar solo, aquí.
Pero nadie quería que yo hiciera nada. ¿De dónde procedían entonces
aquellos murmullos? ¡Ah! Yo quería que se hiciera algo. Hay algo que hacer.
Levantarme, levantarme, levantar...
—Está muerto. La muerte no es más que un sueño y un olvido y él está
dormido y lo ha olvidado todo; luego está muerto.
Era Phil Hartley. Había caído con toda la fuerza de su peso a mi lado, y
se desgañitaba chillando a voz en cuello, como un mono apresado en la
evidencia de sus propios argumentos. Y era raro, porque, en realidad, no
discutía con nadie. El comandante estaba sentado silenciosamente en la silla
del piloto, y las lágrimas corrían por sus mejillas. Jo Hartley estaba muerto o
desmayado sobre cubierta. Galleta y Bort Brecht estaban sentados en el
suelo, con las manos asidas, como chiquillos, contemplando extasiados la
pantalla. Un cuadrante de Xantippa la ocupaba por completo. La superficie
del planeta palpitaba evidentemente y era una visión bellísima. Yo quería
contemplarla más según iba acercándose; pero antes, había algo que tenía
que hacer. Me levanté dolorido.
—Dadme un poco de agua — le murmuré a Phil Hartley. Me miró, chilló
y fue a esconderse debajo de la mesa de derrota.
La visión de Xantippa me cautivó de nuevo; pero pude apartarme de
ella. Era la cosa más deseable que jamás había visto y me prometía cuanto
yo pudiera desear. Pero, antes, tenía que hacer algo. Quizás alguien pudiera
decirme qué era. Sacudí el hombro del capitán:
—Márchese —dijo. Lo volví a sacudir. No me contestó. La furia estallaba
en mi cerebro. Le abofeteé a diestra y siniestra. Se levantó muy erguido y
vociferó:
—¡Dejadme solo! —Y volvió a caerse sobre su asiento. Al oír el ruido,
Bort Brecht se balanceó sobre sus pies y se nos acercó. Cuando soltó la
mano de Galleta, éste empezó a llorar silenciosamente.
—Voy a ser yo quien dé las órdenes —dijo Bort. Yo estaba encantado.
Hacía tiempo que se había dicho algo sobre alguien que sabía dar órdenes.
—Tengo que hacer algo —le dije—. ¿Sabe usted qué es?
—Venga conmigo. —Y se dirigió fanfarroneando hacia la pantalla—.
¡Mire! —ordenó. Y luego se sentó al lado de Galleta y volvió a perderse en su
ensimismamiento.
Galleta seguía llorando.
—No es esto —dije, dudando—. Creo que me da una orden equivocada.
—¿Equivocada? —berreó —. ¿Equivocada? Yo no me equivoco nunca.
Se levantó de nuevo y, antes de que me diera cuenta de lo que iba a
hacer, me dio tres puñetazos en la mandíbula. Di contra el suelo al caerme y
tropecé con Jo Hartley. Jo no se movió. Estaba vivo, pero parecía que le
importaba todo un bledo; no le quedaban ánimos ni para soltar un taco.
Permanecí echado allí mucho rato antes de poder levantarme de nuevo.
Quería matar a Bort Brecht, pero había algo que tenía que hacer antes.
Volví hacia el capitán y le eché de la silla a puntapiés. Refunfuñó y fue a
agazaparse junto al mamparo. Las lágrimas seguían surcando sus mejillas.
Me hundí en el asiento; mis manos vagabundearon ociosas sobre los mandos
sin tocarlos y mis ojos, desesperadamente abiertos, intentaban huir de la
fascinación de Xantippa.
Me pareció que me encontraba muy cerca de aquella cosa que tenía
que hacer. Mi mano derecha tocó el interruptor de disparo del infracañón, se
adelantó, volvió hacia atrás y volvió a adelantarse.
Audazmente, conecté otro enchufe. Una red de fibras cruzadas y un
brillante círculo central aparecieron en la pantalla. Eso era, pensé. Bort
Brecht aulló como un perro apaleado cuando apareció la red; pero no se
movió. Puse el arma en acción y empuñé el gatillo con una mano, fijando el
punto de mira. Cerca de la superficie del planeta revoloteaba una esfera de
llamas con un punto negro en el centro.
¡Era esto! Me reía nerviosamente y presioné el gatillo hacia delante. La
bala se sumergió dentro del misterio de plata vieja, dejando el vacío de un
gran cráter.
Empujé y tiré del punto de mira, sabiendo que mi querida y pequeña
bala estaba quemando y despedazando marcando un inexorable camino
sobre las partes vitales del planeta. Lo alargué hacia la superficie, lo subí, lo
bajé, lo dirigí a la derecha y a la izquierda, corté y volví a accionarlo y lo
separé con violencia. Bort Brecht estaba acurrucado como un antropoide,
con las rodillas dobladas, los nudillos encima de la cubierta, la rabia
endureciendo sus facciones, los ojos fijos en aquella escena de destrucción.
Tras de mí, Phil Hartley se balanceaba sobre la punta de los pies, y cada vez
que aparecía la bola de fuego exhalaba pequeños chillidos de dolor. Bort giró
como una peonza y, de un salto, se puso a mi lado.
—¿Qué está ocurriendo? ¿Quién ha hecho eso?
—Ha sido él —dije inmediatamente, señalando a Jo Hartley. Ya sabía
que, con esto, le jugaba una mala pasada a Jo; pero sabía que estaba
haciendo lo que tenía que hacer y que Bort intentaría detenerme. Bort saltó
sobre la silueta postrada empleando los dientes, los puños, las uñas y los
pies. Phil Hartley dudó sólo un momento: se arrancó de la visión fascinante
de Xantippa obedeciendo a una orden muy lejana. Entonces Jo lloró agónico
y Phil, prototipo humano de una catapulta, golpeó a Bort en el centro de la
nave.
Detrás y delante, a un lado y a otro, la batalla sangrienta se endurecía
mientras Galleta sollozaba y el comandante, sumido en su estado de
introspección, lloraba silenciosamente.
Y yo hería, destruía, desmenuzaba Xantippa.
Puse ahora mayor tiento y logré un corte casi de polo a polo. Los bordes
del corte se abrieron como si el planeta hubiese estado recubierto por una
capa de papel. Bajo el corte apareció un color aceituna, salpicado de rojo.
Corté por esta incisión una y otra vez. Cada vez profundizaba más en el
corte con mis granadas. El ovoide, debilitado, intentaba cerrar los bordes,
pero la granada irresistible rebanaba los propios bordes al pasar. Cuando ya
casi lo había cortado del todo, toda su estructura cayó sobre sí misma,
horriblemente.
Tuve una sensación súbita de ligereza y luego experimenté una agonía
insoportable. Recuerdo que me tendí, echándome hacia atrás en la silla,
luchando contra aquella horrible sensación de angustia que nacía dentro de
mi cuerpo y luego me caí contra la cubierta, dando con la cabeza y los
hombros en el suelo. Entonces, volví a encontrarme a mí mismo, en una
magnífica oscuridad.
Había una sucesión de luces que me herían, de olores reconfortantes,
de sonidos de arcos y de caídas de agua. Algunas de estas sensaciones
estaban separadas de las otras por espacios de semanas; otras por
momentos. A veces estaba consciente y me daba cuenta de que había gente
que andaba de puntillas a mi alrededor. Una vez me pareció oír música.
Pero, por fin, me desperté. Suavemente, una mano, se había puesto
sobre mi hombro. Levanté la vista. Era el doctor Renn. Parecía más viejo.
—¿Cómo se siente, Rip?
—Hambriento.
Se rió.
—Espléndido. ¿Sabe dónde se encuentra?
Agité la cabeza, maravillándome de que no me doliera.
—En la Tierra —dijo—. En el hospital psiquiátrico. Hijo mío, las ha
pasado usted moradas.
—¿Qué ha ocurrido?
—Ha ocurrido absolutamente todo lo que debía ocurrir. Conocemos toda
la historia gracias a las cintas magnetofónicas de fuera y de dentro de la
nave. Usted hizo pedazos a Xantippa. Accidentalmente, hizo usted que Bort
Brecht se lanzara sobre el grupo Hartley que, luego, materialmente, le
despedazaron. Esto costó tres vidas, pero Xantippa ya no existe.
—Quiere usted decir que rompí el proyector, la pantalla, o lo que fuere...
—Quiero decir que destruyó usted Xantippa: que mató a Xantippa. El
planeta era algo... algo que difícilmente me atrevería a pensar. ¿Ha visto
usted, alguna vez, en la Tierra, a una medusa?
—¿Quiere usted decir uno de esos seres gelatinosos que extienden sus
tentáculos para pescar peces mientras flotan sobre la superficie del mar?
—Exacto. Una medusa. Pues bien: esto era Xantippa, y tenía un extraño
campo mental a su alrededor, como sus tentáculos. Era un habitante del
espacio. Arrebataba cuanto entraba en su camino, mataba cuanto vivía y
digería lo que podía digerir. El examen de las fotografías demuestra que se
disponía a lanzar un gran número de esporas. Después de otra vuelta
alrededor de Betelgeuse, lo hubiese hecho.
Empezaba a recordar.
—Y, ¿cómo ha sido que me encuentro en este estado?
—Usted estaba menos protegido que los demás. Cuando adiestramos a
la tripulación, separamos cuidadosamente sus personalidades: el odio
paranoico les llevó hasta el campo y hubo una reversión instantánea a un
estado maníaco depresivo una vez estuvieron bajo la influencia del campo.
Pero usted fue la única personalidad que no pudimos disgregar. Por esto
usted tenía que ser el caudillo. Por esto estaba destinado a realizar el
trabajo. Nosotros no pudimos hacer otra cosa que imponerle un deseo: el de
destruir Xantippa, y usted hizo el resto. Cuando el peso psíquico del campo
quedó destruido, su mente sufrió un colapso. Y nos ha dado un trabajo muy
laborioso lograr reedificarle, permítame que se lo diga.
—Y ¿por qué todo aquello de que «sólo había un hombre cuerdo»?
Renn se sonrió,
—Para mantener al resto de la tripulación lo suficientemente seguros de
sí mismos, y para evitarle a usted la tentación de hacerse cargo de todo
antes de llegar al campo, sabiendo que todos los demás, incluido el capitán,
no eran responsables de sus actos.
—¿Qué les ocurrió a los otros cuando desapareció el campo?
—Se convirtieron en algo que parece normal. Pero no lo son
enteramente. El intendente, por ejemplo, detuvo a toda la tripulación al
llegar a la Tierra, y nos la entregó como espías. Pero, en cuanto a usted, hay
una misión que le espera. Si es que quiere.
—Sí, quiero.
Me golpeó la espalda y me dejó.
Entonces me sirvieron un rancho extraordinario.
CHISMOSA
Era ella muy pizpireta y, antes de que ambos nos diésemos cuenta, le
había rodeado la cintura con mis brazos y sus ojos profundos me cautivaron
con sus pestañas. Quizá yo apretara demasiado y me entretuviera en la
caricia: debió de ser así porque, al recobrar el equilibrio, ella se soltó,
esquivándome como una anguila.
—Lo siento —balbucí.
Pícara, levantó una ceja, mientras los dos párpados descendían,
modestos.
—No hay de qué —dijo, con el son melodioso de un violonchelo en sus
notas graves—. Pero podía usted haber indicado que iba a cambiar de
dirección.
Lo que había ocurrido era que yo quise adelantar a aquel grueso
individuo que intentaba apoderarse de mi taxi y, al hacerlo, tropecé con la
chica y a poco la hago caer. Ella saludó y yo junté los tacones y me llevé la
mano al sombrero para despedirme. Suspiré y llamé a otro coche. No me
faltaban amistades y mi pequeño carnet de notas estaba lleno de
«encantos» como el que dejaba: podía exhibir una larga lista de teléfonos.
Pero aquella chica me recordaba algo, me parecía haberla visto en mis
mejores tiempos de calavera, cuando, en vez de pasar todas las noches
aguantando todo un programa de radio y los días tomando notas para mis
artículos, yo era alumno de una escuela de categoría y capitán de su equipo
de baloncesto.
Entré en el coche y di la dirección del restaurante donde había quedado
citado con Silvia. Me había costado mucho convencerla para que me
acompañara a cenar, y, ahora que lo había conseguido, no me hacía ni pizca
de gracia comer con ella. Miré por la ventanilla del taxi y vi a la preciosidad
con quien acababa de tropezar.
Andaba lentamente, como si mirara ensimismada algo fascinante que
debía de encontrarse a dos kilómetros de distancia y a cien metros de altura,
y que se reflejaba en su media sonrisa encantadora. Su cabello era largo y
negro y se ensortijaba hacia dentro justo al nivel de su cintura, acentuando
la finura del talle. Jamás había visto pelo más bonito y, por si fuera poco, la
línea de su rostro era preciosa y el ángulo de sus ojos garzos...
—¡Pare! —le grité al taxista. Debió de figurarse que me había dado un
ataque. En esto se equivocaba, porque el ataque había sido antes, bien que
entonces no me diera cuenta. Sea lo que fuere, frenó con tal fuerza que hizo
un estropicio de dólar y medio en sus frenos, mientras tomaba mi dólar, que
casi le tiré, al tiempo que me lanzaba fuera del coche. Le dejé que
prosiguiera su improductiva carrera.
—Oiga, yo...
—¿Eh? —dijo con su voz de contralto—. Mí amigo la apisonadora.
—¡No se confunda! —repliqué, rápido—. Diga su muy querido amigo
Eddie Gretchen.
—¡Oh! —guiñó un ojo. Y añadió— : ¿Desde cuándo y dónde Eddie
Gretchen se ha convertido en mi muy querido amigo?
—Desde Damfino —dije.
Y empezamos a andar. Ella me miró sin torcer la cabeza y me dio a
entender que una cosa era seguir el mismo camino que hacerlo juntos.
—Esto sólo depende de usted —le dije—, y crea que me gustaría que me
lo permitiera. En realidad, ya la conozco y la he seguido como un sabueso.
Pero he de confesarle que no recuerdo cuándo ha sido. Usted es como un
sueño truncado por un maldito despertar. Pero, dígame: usted conoce mi
cara y ha retenido mi nombre, ¿qué le dicen estos dos datos?
—Nunca me casé con usted —dijo altanera—. De modo que mal puedo
retener su nombre. Y no me gusta su cara.
—Acostumbrada a la de usted, no puedo censurarla.
Ahora se sonrió.
—Eres incorregible, Eddie.
Por un momento me sentí radiante; pero pronto me di cuenta de que no
tenía la menor intención de darme facilidades.
—¿Qué le vamos a hacer? ¿Cuándo nos conocimos, entonces?
—El año que el Covina High les zurró a sus Cinco Gamberros por 48 a
17.
—Fue por 48 a 19 —corregí, indignado—. Y se llamaban los Cinco
Guerreros.
—Pero eran unos gamberros —dijo ella, riéndose con ganas.
—Eran auténticos guerreros — gruñí—. Y, además, los árbitros... ¡ejem!
¿No será usted la taimada Mazie?
—No. Nadie me conoce lo bastante para llamarme de ese modo. Soy
María Undergaard. Para usted, miss Undergaard, Mr. Gretchen.
—¡Aja! Mazie, confiesa, cariño: ¿cómo se llamaba el equipo?
—Los Cinco Guerreros —reconoció, risueña.
—Así está bien, María.
La tomé del brazo y me sentí feliz.
—Pero eran unos gamberros —insistió. No quise discutir.
En una terraza de la avenida encontramos una mesa donde pudimos
seguir nuestra charla. Creo que, durante tres horas, no aparté ni una sola
vez los ojos de su cara. Era increíble. Cuando la había encontrado por
primera vez, era una refugiada que había venido de alguno de los Países
Bajos hacía cuatro años. Tenía entonces un acento encantador, que había
sustituido por una bella dicción académica, de modo que hablaba un inglés
perfecto, como sólo lo gastan los que lo aprenden como una lengua
extranjera. En sus días escolares había sido una pequeña vampiresa. Era
muy formalita y poseía una energía profunda y especial. Mi mayor recuerdo
era la noche en vela que había pasado después de nuestra primera y única
salida. Era algo maravilloso. Me preguntaba qué clase de mujer sería una
chica como aquélla cuando madurara, y lo que más me maravillaba era
pensar cómo, durante toda la tarde, había conseguido mantenerme a
respetable distancia sin necesidad de llegar a las manos. Y lo más gracioso
era que esto me parecía estupendo. Nunca estropeé esta sensación,
pidiéndole otra cita: era demasiado perfecta. Para la especie de indio salvaje
que yo acostumbraba a ser, una cosa así significaba algo. Y ahora la tenía
aquí, a mi lado, contándome que había heredado algo de dinero y que,
después de haberse licenciado, había pasado cuatro años en un pequeño
colegio del Norte, en los Lagos, estudiando hasta quemarse las cejas.
—¿Qué ha estudiado?
Me miró extrañamente.
—Espiritismo. Manifestaciones psíquicas. Más que nada, los misterios de
la posesión. He leído un millón de libros y he rechazado un millón de teorías
equivocadas. Pero creo que he comprobado la mía desde un principio hasta
el fin.
—¿De qué se trata?
—La posesión es un hecho cierto. Cualquiera puede ser un poseído. Yo
misma puedo ser poseída.
—Me gustaría comprobarlo —dije.
Ella lo tomó en el buen sentido, si bien sus ojos me dijeron que no se le
escapaba la malicia.
—La posesión psíquica es algo muy raro. Pero no tan raro en la forma
que usted se figura. Estoy segura que habrá leído libros, historias, artículos
sobre este tema. De cómo los espíritus se mueven a nuestro alrededor y
entre nosotros y de cómo estos seres, ya sea bajo la forma de espíritus
elementales o familiares, a veces se apoderan de nuestro ánimo y nos
obligan a hacer cosas extrañas, ajenas a nosotros mismos. Bueno, no es esto
en absoluto, no se trata de nada psíquico, sino psicológico. Lo he
comprobado.
Mientras hablaba, su voz empezó a apagarse y a hacerse opaca y su
mirada parecía lejana. Diríase que luchaba desesperadamente para
mantener la atención en lo que estaba diciendo; pero parecía como si otra
conversación, inaudible para mí, la distrajera.
—¿Sabe usted que una cuerda vibratoria nunca da su tono completo si
no tiene una caja de resonancia tras de sí? Igual ocurre con el «espíritu» que
posee a la gente. Mi cuerda vibratoria, en esta comparación, es la punta de
este espíritu. Existe una mente que emana un recelo y la caja de resonancia
es...
Se interrumpió mirando hacia atrás, por encima del hombro, a una
mujer que estaba sentada sola en una mesa próxima. Yo me había dado
cuenta antes que ella porque tenía una expresión de maldad en su cara y
por la escueta galantería del hombre que había estado sentado con ella.
Parecía como si fueran algo así como casados, y lo estuvieran encontrando
pesado. María medio se levantó, me miró y, haciendo un esfuerzo, volvió a
sentarse.
—¿Que le ocurre? ¿No se siente bien? —pregunté.
—Oh no, no, estoy bien. Únicamente que...
Sorbió su bebida, volvió a mirar por encima del hombro, lanzó un
profundo suspiro y sonrió.
—¿Alguien que usted conoce? —pregunté. Sacudió su cabecita.
—¿Dónde estábamos?
—Estaba aquí, conmigo, mirándome muy cariñosa y acababa de
decirme que el espíritu poseedor es, en realidad, una emanación de la
suspicacia.
— Eso es. Y tiene su caja de resonancia en la mente de alguien que
tiene una conciencia culpable. Suspicacia y culpabilidad: cuando estas dos
cosas se combinan forman una poderosa entidad psicológica que se apodera
de la mente que está predispuesta a ser poseída.
—Esta musiquita es muy intrincada para mí y es un tema que no me
interesa demasiado —dije, rascándome una oreja—. Y, ahora que usted lo ha
puesto en claro, ¿qué ha conseguido con ello?
Se encogió de hombros:
—¿De qué sirve cualquier conocimiento una vez conseguido? Puede que
algún día, alguien más inteligente que yo averigüe cómo aprovechar lo que
yo he descubierto. En lo que a mí se refiere, ya me he enterado de cuanto
quería saber.
Me miró: había algo detrás de esta declaración y tras la profunda
mirada que la acompañó.
Era una chiquilla suave y esbelta; el ser humano más equilibrado y
reposado que jamás hubiese visto; pero, sin embargo, tras esta armadura
que llevaba puesta como una defensa, había una especie de terror infantil
hacia algo que no podía comprender. No encajaba lo uno con lo otro: carecía
de sentido. Me hacía temblar un poco y sentirme dispuesto con devoción
extremada a compartir con ella no importa lo que fuera. ¡No importa lo que
fuera!
Se reía a escondidas. Dije:
—¿Eh?
—Estaba pensando en algo, Eddie. Usted parecía llevar una prisa
tremenda cuando me hizo tambalear al chocar conmigo en la Avenida. ¿Qué
habrá ocurrido con el compromiso que tenía?
—¡Oh! Esto... yo... ¡Repámpanos!
Me levanté de un brinco. Apareció en mi mente el horrible cuadro de
Silvia sentada durante tres horas en un restaurante. Me excusé ante la
sonrisa de María y salté al teléfono. A mitad de camino tuve la impresión de
que María había recordado de un modo misteriosamente súbito. Una de las
cabinas telefónicas vi que estaba ocupada por aquel señor de gesto glacial
que estaba sentado en la mesa cercana a la nuestra. Estaba ante el
micrófono y le sonreía con una mirada de almíbar. Odio esta clase de tipejos.
Me deslicé hasta la próxima cabina y marqué un número. Mientras esperaba
la conexión, eché una mirada a la mesa. María no estaba allí. Me quedé
helado. ¡Esto estaba bueno! Mientras yo llamaba a una chica para
excusarme de haberla dado un plantón, otra hacía conmigo lo mismo.
Cuando tuve línea, pedí que llamaran a Silvia. Mientras esperaba, miré otra
vez: me había equivocado, María no se había ido. Estaba en la mesa
próxima, hablando seriamente con el basilisco que allí estaba sentado. Noté
cómo se me levantaban las cejas. ¿Qué significaba mentirme diciéndome
que no conocía a aquella gente? ¿Por qué habría mentido?
Pese a la distancia, pude ver cómo la cara de la mujer se ponía sombría
y hosca, mientras María le susurraba algo al oído. Cuando su rostro adquirió
todas las apariencias de un mascarón de proa de un barco de combate, se
levantó y se dirigió hacia los teléfonos. Tuve el impulso de irrumpir en la
próxima cabina y advertir al hombre que la ocupaba de la llegada de la
mujer iracunda. Pero no quería perder mi llamada. En el mismo instante en
que ella llegaba junto a las cabinas y aplicaba el oído contra los cristales, oí
la voz de Silvia en mi receptor:
—¿Oiga?
—¿Silvia? Aquí Eddie Gretchen.
—¡Con que Eddie Gretchen! Ojalá no te conociera lo bastante para
recordar tu nombre. ¿Qué te ha pasado? ¿Dónde estás ahora?
—Mira lo que pasa —dije amable—. Un viejo amigo se encuentra en un
apuro. Estoy echándole una mano. No puedo abandonarle.
Esto era bastante cierto y, de todos modos, tampoco iba a creerme.
—¿No se te ha ocurrido una excusa mejor? —dijo ella amargamente —.
Durante dos horas y media te he espera do en un restaurante donde no me
conocen, he tomado un almuerzo magnífico y me he comprado un paquete
de cigarrillos caros, y todo esto sin haber traído dinero. Y presumo que no
vas a venir por aquí, ¿verdad?
—Te juro, Silvia, que no me es posible. En cuanto a la cuenta, dile al
encargado que se ponga al aparato. Me conoce. Puedo arreglarlo. Lo siento
mucho, Silvia. Yo...
Pero había colgado el receptor. Al cabo de un momento oí la voz del
encargado. Le expliqué la situación, dijo que «de acuerdo» y llamó a Silvia.
—Lo siento —volvió a sonar la voz del encargado—. La señorita, bueno,
parecía algo sofocada. Me encargó que le dijera que la próxima vez que
llame, se meta usted los dedos en la garganta para ver si puede echar
afuera lo que sea. Supongo que usted ya lo entiende.
Fingí una risita de conejo y colgué. Salí de la cabina y me encontré
envuelto en la marejada de un conflicto doméstico. Nunca había visto cosa
semejante: se trataba de la señora con la que había estado hablando María.
Acababa de entrar violentamente en la cabina contigua. Dándole
materialmente en la cabeza al desgraciado que estaba dentro, daba rienda
suelta a sus emociones con chillidos en falsete.
—¡Viejo asno apolillado! ¿Cómo te atreves a dejarme sola, sentada en
un garito semejante, mientras estás llamando a esta pequeña trotacalles
cualquiera? Suelta la mano del receptor, monigote. Deja que me oiga a mí.
Anda, lárgate. —Y ya en el aparato—: ¡Oiga usted, ruina de las familias! Si
quiere a mi puerco marido ya puede quedarse con él. Pero solito, ¿eh? Si lo
que pretende es dinero, va arreglada. No he conseguido un vestido en seis
meses, aunque apostaría que usted sí lo tiene. Usted... Ha colgado.
Colgó a su vez el receptor y se revolvió contra su esposo paralizado.
—Muy lejos han de haber llegado las cosas —le chilló—, cuando incluso
personas extrañas pueden acercárseme para contarme tus andanzas. Tú...
Pero empezó a repetirse y mi interés disminuyó. Me escabullí entre la
multitud que se había congregado y llegué hasta donde estaba María. Se
había sentado con la cabeza gacha y me parece que no se dio cuenta de mi
regreso hasta que me hube sentado y le hablé.
—María.
—¡Oh, Eddie! —dijo, con una sonrisa brillante y falsa—. ¿Ha podido
arreglarlo bien?
—Sí. —La estaba mirando sombrío—. Usted también, supongo.
—¿Qué? —preguntó, con toda inocencia.
—Algo que ha arreglado usted muy bien. No me gusta espiar, Mazie,
pero menuda polvareda ha levantado usted. ¿Cómo se le ha ocurrido
informar a esta señora, confidencialmente, de que su marido estaba
cortejando por teléfono a su bomboncito? En primer lugar ¿cómo supo usted
lo que estaba ocurriendo? ¿Por qué me dijo que no los conocía?
Estaba aterrorizada. Sus ojos se agrandaron y con sus manos me agarró
las muñecas. Ella lo ignoraba, pero el roce de sus manitas sobre mi brazo,
remachaba cualquier argumento que inventara con una eterna evidencia.
Mientras me asiera de aquel modo y me mirara de aquella manera, tenía
razón en todo: el equivocado era yo.
—Por favor, no se me enfade, Eddie. Quería que usted lo ignorara. No,
no le he mentido. Nunca les había visto antes. ¿Cómo supe lo que estaba
ocurriendo? Sólo sé que lo sabía. Eddie. ¡Por favor, tiene que creerme, y no
me catequice, Eddie! Olvídelo por esta vez. Procuraré que no vuelva a
ocurrir. De veras que lo intentaré, Eddie.
Intenté burlarme de las lágrimas que aparecían en sus ojos, relucientes
como estrellas. Puse un puño debajo de su barbilla y la golpeé cariñoso,
moviendo la cabeza:
—Claro, María, claro. Ya pasó. No fue nada. Olvidémoslo.
¿Cómo fue que no se me ocurrió relacionar el incidente con su teoría de
la posesión? No lo supe nunca.
La cuarta vez que la vi, la rogué que se casara conmigo. Esto ocurrió
tres horas después de la tercera vez, que tuvo lugar un día después de la
segunda, que había sido después de cinco semanas enteras que me
separaban de la primera. Sí: me costó cinco semanas persuadirla de que se
confiara a mí, después del primer espectáculo, que nos ofrecimos en el bar
de la Avenida. Por dos veces, casi me lloró por teléfono, después de lo cual,
ella misma se burlaba. Cuando por fin ya no le quedaron más razones para
que no nos viéramos, confesó que temía ponerme de nuevo en una situación
evidentemente cómica. Tuve que decirle que, en particular, no me había
molestado y, en segundo lugar, que me importaba un comino si volvía a
ocurrir: lo único que necesitaba era verla. No lo conseguí hasta que le
anuncié que me echaría por una ventana del Estudio si no accedía y, por
último, me citó por segunda vez. Ochenta y siete pisos son un largo trecho, y
seguro que hubiese hecho lo que le dije.
Insistía siempre en que fuésemos a lugares donde estuviésemos más o
menos solos, o que nos metiéramos en un cabriolé para pasear por el Parque
Central o para cruzar el Puente de Brooklyn. Esto me agradaba tanto, que no
me molestaba en preguntarle nada. Ella hacía todo lo posible para evitar
estar conmigo y entre extraños al mismo tiempo. De modo que fue allí, en el
parque, un día que yo me había levantado temprano para llevarla a
almorzar, donde me declaré. Fue fácil: sencillamente tomé sus manos y sentí
cierto miedo; le dije mirándola a los ojos:
—Vamos a casarnos.
Ella sonrió con su gracia característica y asintió. La besé. Cuando un poli
que pasaba refunfuñando nos interrumpió, ella se enderezó el sombrero,
golpeó el dorso de mi mano, y, meneando la cabecita:
—No puedo casarme con usted, Eddie —dijo tranquilamente.
Mi sangre se convirtió en agua salada y empezó a verterse fuera por los
poros. No tuve que decirle que lo repitiera porque ya lo hizo. Se levantó:
—Déjeme marchar, Eddie.
Uno de mis brazos se alzó y le di un tirón que la hizo caer sentada en el
banco. Yo contemplaba como un estúpido a los muchachos que les echaban
comida a los patos del lago.
—Por un momento me he asustado —dije. Mi voz hacía daño—. Creí que
me decía que no quería casarse conmigo.
—Es lo que dije, Eddie.
—Ya. —Me volví hacia ella y, cuando vio mi cara, levantó sus manos y se
encogió—. ¿Por qué? —pregunté—. ¿No es usted soltera?
Ella asintió.
—Se trata de algo que... Eddie, ¿quiere hacerme el favor de dejar de
preguntarme esto de una vez?
—No —dije—. Esto ya lo hice en otra ocasión, por «una sola vez». De
modo que, ahora, a decir lo que sea.
—Es a propósito de las cosas que he estudiado. No hace mucho tiempo
que pasé cosa de un mes en la montaña, ¿no se lo dije? Durante cuarenta y
dos días no vi bicho viviente. Siempre he sido susceptible a lo que se llama
psíquico. Allí arriba, estudié y descifré muchas cosas y experimenté muchas
otras. Fue entonces cuando entré en mi verdadero camino. Me refiero a la
posesión, naturalmente. Encontré el modo de abrir mi mente a la posesión.
Fui demasiado lejos. Mi receptividad se mantuvo abierta en exceso. Y sigue
abierta. No puedo cerrarla. Estoy en una receptividad permanente, Eddie.
Cuando bajé de la montaña, era distinta. Ya lo seré siempre.
—¿Qué demonios me está contando? —gruñí—. ¿Me quiere o no me
quiere?
—Eso no hace falta que lo preguntes —susurró.
La miré. No hacía falta preguntárselo. Le enlacé el talle y le dije, con los
labios en el lóbulo de su orejita:
—El resto de este disparate se lo contarás a tu marido en tu luna de
miel.
El poli volvió a pasar. Le señalé, con mi pulgar, hacia el lago y le dije
que se fuera allí y se bañara. Siguió su camino sonriendo.
Puede que fuese distinta, pero, para mí, la única diferencia consistía en
que era la mujer más serena y más dulce del mundo. Esto creía después de
nuestra luna de miel. Ahora lo creo también, con una sola enmienda.
Pensaba que lo que yo había dicho, las abarcaba todas; pero luego supe algo
más: María era completamente distinta de las demás mujeres.
La cosa no resultó evidente hasta que volvimos a la ciudad y yo me metí
de nuevo en mis tareas de la emisora. Tenía un largo programa a mi cargo y
ella se acomodó a ello muy amablemente. Dirigía un radioprograma todas
las noches, desde las dos hasta las siete de la mañana. Esto significaba
levantarse hacia las cuatro y desayunar a la hora de la cena. Es algo
estupendo. De este modo uno se siente fresco y ágil durante la noche,
cuando todo el mundo que ha trabajado para vivir está fatigado de su
jornada. Antes de casarme tenía un millar de amigos y un millar de sitios
donde ir cada noche. Después, no entendía por qué María no podía venir
conmigo por lo menos a quinientos de ellos. No le gustaba la idea. Parecía
asustarle. Yo la mimaba, le juraba, la molestaba y la persuadía.
—Un hombre como yo debe tener amigos —le dije—: Mira, mi programa
tiene sus patrocinadores. Mientras la gente telefonea pidiendo discos
solicitados, los padrinos saben que, para escuchar sus discos, no pueden
cerrar el aparato. Ellos renuevan sus contratos y así yo obtengo la calderilla
y la plata necesaria para comprarte helados y automóviles y otras bagatelas.
Te sorprendería la cantidad de gente que llama por teléfono desde los bares
y los restaurantes, y lo hacen precisamente porque me conocen o porque les
gusta conocerme y presumen de que me vieron allí una noche. Por esto
tengo que ir a todas partes. Si no estoy al pie del cañón durante un par de
semanas, se produce la calma. Anoche solté cincuenta y ocho minutos de
discos y reclamos, sin obtener una simple llamada. Esto no es buena señal,
nenita.
Ella me interrumpió, diciendo:
—Ve entonces tú, Eddie. Me parece muy bien. No me separaré de ti
porque me dejes sola durante unas horas. Vete con tus amigos.
Esto hice. Pero no logré nada. No se trataba de ir a tertulias de hombres
solos. Los muchachos sabían que yo estaba casado, y cuando me vieron solo
empezaron a formarse ideas equivocadas. Aguanté un poco esto, pero una
noche volví a casa y dicté la ley.
A ella no le agradó; pero no hizo ningún comentario. Pasó mucho tiempo
arreglándose la cara para salir, sin decir ni pío. Yo no esperaba esta
mansedumbre y se lo dije. Ella sonrió sin entusiasmo:
—Te había pedido que no me obligaras a ir contigo — dijo tristemente—.
Veo que tendrás que convencerte por ti mismo.
Empezamos por la calle Oeste Cincuenta y dos y nos fue bastante bien.
Tuvimos cuatro invitaciones para comer, tres pares de butacas para unas
representaciones y un total de noventa y dos telegramas para el programa
de la noche. María me hizo sentirme orgulloso.
No había mujer más encantadora y más hermosa bajo las luces de la
noche; pero después de la primera media hora pareció más contenta.
Cuando la metí en un coche delante del estudio a la una y treinta, ella
sonreía y me apretó la mano:
—Puede que estuviese equivocada, Eddie. Por lo menos, así lo espero.
Fue una noche estupenda de verdad.
Subí al estudio sintiendo un calórenlo por dentro y no precisamente por
los focos. Jackie Felter le estaba dando cuerda a la monserga de «Música
para el Hogar», dos horas de música grabada de moda en los distintos
centros de Nueva York, con un fondo de charla grabada en night-clubs para
dar la sensación al que escucha que está oyendo las orquestas desde sus
lugares respectivos. Me echó una mirada especial a través del cristal,
señalándome con la mano mi mesa de trabajo. Yo me abrí camino entre
montañas de discos y tomé la cinta del teletipo donde quedaban impresos
los telegramas de madrugada con destino a mi audición. Como un favor
especial, Jackie acostumbraba a leer los telegramas que llegaban entre la
una y media y las dos y apilar los primeros discos que había que tocar,
mientras los suyos seguían tocando. Me pareció que había dado con un
telegrama de particular interés. Así era. Entre la riada de peticiones encontré
esta pequeña perla con la indicación de «PERSONAL» impresa en letras
mayúsculas:
«Oiga, Eddie.- Será mejor que guarde a esta cotilla. Ha ido al encuentro
de cinco mujeres una detrás de otra y a cada una le ha contado lo que
quería saber. Ha hablado a mi esposa del ascenso que obtuve hace dos
meses. He tenido un lío padre. Será mejor que la deje en casa la próxima
vez.
DUQUE DE DUBUQUE»
Lo leí tres veces. El Duque era uno de mis asiduos y, al parecer, cursaba
una ristra de telegramas cada día de cobro. Le he visto remitir veintiocho en
dos horas. Nunca supe quién era, pero por lo visto él me veía muy a
menudo.
—Bonito ¿eh? —dijo Jackie, cerrando la acolchada puerta a prueba de
sonidos y viniendo hacia mí.
—Sí —dije. Él estaba mirando el telegrama del Duque por encima de mi
hombro—. Este tío está chiflado.
—Oh, éste, puede ser. Puede que todos éstos sean también burradas.
Metió la mano en el cesto y extrajo otros tres:
Querido Eddie: Vino la novia y llegaron los detalles de mis asuntillos a
todas las orejas atentas del mundo entero. Si usted no puede pagarle un
bozal y a le mandaré yo uno. Haga el favor de poner: Estaré contento
cuando se haya muerto. Y dedíqueselo a su esposa.
UN AMIGO
Hola, Eddie: Encontré a la nueva Mata-Hari en la calle Cincuenta y dos y
me han dicho que te pertenece. ¿Quién podía pensar que te casarías con
un enemigo público? Haz el favor de tocar: Murmullos de la selva.
ANA ONYMUS
Eddie: No tuve ocasión de decírselo antes pero hubiera querido que lo
mantuviese secreto. Su esposa ha hablado a Bergen de mis proyectos de
asociación con Williamson, que tenía que realizarse mañana. Esto me
costará ocho mil. Sospecho que no es culpa de María, pero debería usted
haberle dicho cuando se lo contó que no lo repitiera.
HARRY ELLIOT
Todos eran bochornosos, pero el último fue el que más me dolió. Harry
había sido amigo mío durante años. María y yo nos habíamos unido a su
pandilla hacía un par de horas en el club de Dave. Estaban él y su esposa.
Bergen era el rival número uno de Harry y su competidor en asuntos de
publicidad. Sabía, hacía tiempo, que Harry tenía un contrato con Williamson
que le proporcionaría fuerza bastante para destruir a Bergen. Comprendí que
el asunto había salido a la luz por culpa de María. Bergen se las había
arreglado para caer sobre Williamson y romper la unión. Esto ya era
bastante grave; pero imaginen lo que sentí cuando recordé que «estaba
seguro que no había dicho una sola palabra a María de los asuntos de Harry
Elliot».
Jackie dijo, melifluo:
—Lo siento, Eddie.
Le miré. Sentí que mis mandíbulas temblaban locamente y le hice señas
para que se fuera.
—Vuelve a tus platinas, Jackie. Estás emitiendo, ¿re cuerdas?
—Ya. —Se dirigió hacia la puerta, se volvió para lanzarme una lenta
mirada y luego saltó hacia el micrófono cuando su número ya había
terminado. Jackie era un buenazo. Hubiera hecho cualquier cosa por mí, ya lo
sabía; pero en este caso no podía hacer nada.
¿Cómo podía haber hecho estas cosas María? Si lo hizo, ¿por qué lo
hizo? No era difícil adivinarlo. Cualquiera que vaya al club conmigo, tiene
que pasarse largos ratos solo y pasar el tiempo, porque yo conozco
muchísima gente. Siempre voy saltando de una mesa a otra. Mientras yo
estaba haciendo mis visitas, María realizaba su trabajo.
—Esto me huele mal —me dije.
Cierta práctica radiofónica me había enseñado a comportarme siempre
con desenfado, fuere lo que fuese lo que me ocurriera, y aun cuando la
suerte o la desgracia, se hubiese volcado sobre mí antes de la emisión.
Jackie puso mi guión encima de mi mesa y, ante mí, se encendió la luz
encarnada. Me senté, rumiando aquel desagradable asunto, y, cuando el
último coro de mi firma desapareció, tomé el micrófono y empecé a trabajar.
—Feliz y alegre semana para todos, chicos y chicas. Aquí está el hombre
que, tras el micrófono, mete tanto ruido con sus charlas en medio de la
música. Su nombre es Eddie Gretchen. Tenemos nuestra oficina abierta
hasta que sale el sol y nos cierra la emisora. Si hay alguna cosita que
ustedes quieran lanzar por los aires, mándenme un telegrama y díganme de
qué se trata. No me llamen por teléfono, porque no soy lo bastante
inteligente para hacerlo funcionar.
«Antes de que les radie algunas grabaciones y algunos chistes que me
bullen en la cabeza, hay algo que les quiero decir. No hay ninguna ley en el
país que les prohíba a ustedes mandarme telegramas personales mientras
estoy trabajando. Es una diversión para ustedes y para mí. Pero no tiene
ninguna chispa mandar golpes bajos. Acabo de recibir un montón de ellos y
no me han hecho mucha gracia, muchachos. Pero no les digo que dejen de
mandarlos. ¡Nada de eso, señores! Pero, cuando lo hagan, firmen con sus
nombres y direcciones. Si yo averiguo que la información es falsa, puedo
correr a todos lados y deshacer algunas caras a puñetazo limpio. Piensen en
ello mientras la formidable pequeña banda de Reddik interpreta su
«Ensalada de demandas».
Hice girar el plato y lo puse en marcha.
Bueno: la cosa dio resultado. Durante la emisión recibí catorce
telegramas de la misma clase. Pienso que todos los elementos de aquel
famoso tocador estaban representados. Los había jocosos y asquerosos;
otros, sencillamente, se mostraban heridos. Conseguí nombres y direcciones.
Nueve de ellos eran mujeres. Parecía como si María hubiese realizado la
labor de chismorreo más corrompida que se oyera jamás. Hablaba a los
maridos de sus esposas y a las esposas acerca de sus mejores amigos.
Destruyó innumerables negocios y ocasionó puñetazos y separaciones en
más de una pareja que hasta entonces había sido feliz. No logré comprender
de dónde diablos sacaba tanta información ni qué la poseía para difundirla
así a su alrededor. Poseía, poseía... la palabra le dijo algo a mi mente. Era de
esto que ella siempre había querido hablarme. Ésta era la razón por la cual
no quería mezclarse con la gente. Había tropezado antes con mujeres
charlatanas, pero como ella, ¡diablos! ¡Ella, tan reservada! Todos sus
pensamientos y movimientos parecían tan bien controlados. Bueno, me dije,
esta noche tendrá ocasión de explicarse. Tendrá que aclararme todas estas
sucias y miserables tonterías.
Estaba dormida cuando llegué. Permanecí a su lado deseando besarla,
deseando darle un puñetazo en la boca y hundirle los dientes, deseando que
me echara los brazos alrededor del cuello, de modo que pudiera llorar sobre
sus hombros. Debió de darse cuenta de que yo estaba a su vera. Levantó los
brazos y sonrió sin abrir los ojos. Saqué los telegramas del bolsillo interior de
mi chaqueta y se los embutí en la mano, cerrando sus dedos sobre ellos. Sin
una palabra me dirigí al cuarto de baño y cerré la puerta. Mientras me
despojaba de mis vestidos y me metía en el pijama, cubriéndome con una
bata, oí cómo empezaba a llorar y luego cómo quedaba en silencio. Cuando
volví tenía la cara sepultada entre los arrugados telegramas.
—Veo que me has tomado la delantera —dije suavemente.
Ella volvió la cabeza un poquito de modo que uno de sus negros ojos me
miró de una manera que me inspiraba lástima.
—¿Qué quieres decir?
—Iba a ser yo quien restregara tus naricillas con esos telegramas.
Se dio la vuelta y se sentó en la cama. Su cara estaba asustada y
retadora a un tiempo. No parecía muy dispuesta a dar explicaciones. Yo no
esperaba nada de esto, excepto el miedo.
—No dirás que no te previne —dijo suavemente—. No digas que no he
intentado, una y otra vez, evitar que me llevaras a aquellos lugares. No digas
que no he intentado contártelo todo, incluso antes de casarnos.
—La culpa es mía, por haberte hecho callar. Prosigue, ahora tienes la
palabra.
—¿Qué esperas que diga? ¿Que lo siento?
—Chiquilla, esto de poco me vale.
Me acerqué a ella. Me dolían las encías de tanto apretar las mandíbulas,
clavando en ellas mis dientes.
—Quiero la historia completa. Necesito saber por qué tienes esta
asquerosa boquita chismosa, y cómo conseguiste enterarte de tanta basura
para luego esparcirla a tu alrededor por la noche.
—Siéntate —dijo ella con frialdad—. O te dará un patatús.
Sus ojos estaban muy abiertos y había en ellos aquella profundidad
opaca que me dio escalofríos el día que la encontré. Crucé la habitación y
me senté. Empezó a hablar con voz apagada:
—Eddie, anoche estuve poseída. No sólo una vez, sino una y otra vez.
¡Eres tan tonto a veces! Yo me daba cuenta de que esto iba a ocurrir, me
daba cuenta; pero tú fuiste tan obstinado... No puedo criticarte por eso; sólo
te reprocho que no intentaras comprenderme. Lo intentaré de nuevo. Tienes
que tomarlo o dejarlo, Eddie; sabía que esto iba a ocurrir y sé lo que tengo
que decir. Tiene gracia, ¿no?
«¿Recuerdas lo que te expliqué sobre el ser concebido por la suspicacia
y dado a luz por la culpabilidad? Es algo perverso, una especie de gnomo,
casi una personificación del odio. Y yo soy muy receptora, Eddie; no puedo
permanecer en la misma habitación con dos personas, cualesquiera que
sean, portadoras de suspicacia y del correspondiente sentido de
culpabilidad. El mundo está lleno de esta clase de gentes y no puedes
evitarlas. Todo el mundo tiene docenas y docenas de pequeños odios y
prejuicios. Deja que te ponga un ejemplo: Supongamos que tú sientes un
odio racial, digamos, contra los tibetanos. Tú y yo estamos sentados aquí y
entra un tibetano. Tú ya le conoces. Posee una mente esclarecida, o te ha
hecho algún favor, o es amigo de un amigo tuyo muy querido. Durante
media hora, hablas cortésmente con él y todo marcha de maravilla. No
obstante, por dentro, te estás diciendo: "No le gusto, a causa de la raza a
que pertenezco." Entonces, en aquel preciso momento, acaba de nacer el
gnomo. La habitación está llena de esta atmósfera, está cargada de ella. Por
sí misma, tiene cuerpo y fuerza y obra con completa independencia de ti y
del tibetano. Yo soy muy susceptible. El ser se me acerca. Intento evitarlo.
Hago consideraciones brillantes. Me paseo por la habitación, me ocupo de
las flores, tomo un libro, me entretengo en cualquier cosa; pero no sirve de
nada. No puedo evitarlo; no puedo echarlo ni sustraerle mi yo. De pronto se
apodera de mí por completo. Formo parte de él. Me dirige y me conduce. Su
único afán es el odio. Quiere sacar a la luz su desagrado y su suspicacia y yo
me convierto en su instrumento. Mi dominio apenas si es bastante para
suavizar las palabras que queman mis labios. Por esto, en lugar de gritar: "Él
te odia, porque odia tu raza amarilla", me acerco mucho al hombrecito y le
susurro por lo bajo: "Sería mejor que se marchara usted pronto. A él no le
gustan los tibetanos y no sé cuánto va a durar su buena educación." Una vez
dicho esto, el gnomo queda anulado. Ya es cosa pública el odio entre
vosotros dos, ya no puede mantenerse secreto y se ha consumado la
verdadera esencia de mi gnomo. Una vez él desaparecido, yo quedo libre;
pero el mal ya está hecho. Lo más que puedo hacer es presentar excusas,
decir que ha sido una broma, que sólo quería divertirme. Nadie me va a
creer porque mi declaración, por malévola que fuera, era verdadera en su
esencia y nada puede negarla. Aun cuando yo fuese creída, las semillas del
odio y de la suspicacia ya están sembradas, y el gnomo volvería de nuevo a
la carga, y se apoderaría de mí en el acto. Para ahorrarme tal cosa, nunca
niego lo que he dicho y nunca pido excusas. Sólo sirve para empeorarlo.
»Esto es lo que ocurre, Eddie, y nada puede cambiarlo. Siempre he sido
receptiva y, por mis estudios y mis experimentos, convertí esta idiosincrasia
en permanente y más aguda. No puedo cambiar, Eddie. Puesto que me casé
contigo, no debería haberte hecho esta faena. Creo que ha llegado el final;
me marcharé.
Intentó una débil y triste sonrisa.
—Ha sido una verdadera suerte que no hayamos permanecido casados
el tiempo suficiente para haber compra do una casa y amontonado una
infinidad de muebles, ¿verdad?
—Sí —dije.
La contemplé mientras se levantaba, se ponía una bata y empezaba a
hacer paquetes. Andaba suavemente de un lado para otro, recogiendo las
pequeñas nonadas que había esparcido por el apartamento y a las que yo ya
me había acostumbrado. Me había costado lo mío. Los apartamentos de
soltero, desde luego, cambian cuando una mujer se mete en ellos. Al cabo
de un momento, me sobrepuse y me metí en la cama. Estaba todavía
calentita y olía muy bien. Me puse de cara a la pared y, al cabo de un
minuto, oí cómo una maleta saltaba de entre las otras al centro de la
habitación. Ella estaba mirándome; pude sentir sus ojos en mi nuca. Supe
que se había vestido para salir a la calle y que estaba dispuesta a partir.
—María.
—Sí, Eddie —respondió con demasiada precipitación para poder
esconder el hecho de que ella no estaba tan segura de sí misma como quería
aparentar.
—Despiértame a las cuatro, ¿quieres? Cenaremos unos huevos
escalfados y luego daremos una vuelta por el parque como cuando éramos
novios.
Hubo un ruido causado por el maletín al dejarlo caer y luego se me echó
encima. Pasé mis brazos alrededor de ella y la apretujé contra mí hasta casi
ahogarla. Luego le sonreí y me dispuse a dormir.
Después de esto, pasé mis tertulias solo en el club, y le dejé a María que
me construyera un hogar. Esto le agradaba. Si echaba de menos el verse con
alguien, no se quejaba. Me figuro que se había acostumbrado a ello al cabo
de un tiempo; confieso que yo me acostumbré. Todo fue bien hasta que Ivor
Jones, el gerente de la emisora, una noche nos llamó a Jackie Feltner y a mí.
Ninguno de los dos sabíamos de qué se trataba, pero lo sospechábamos.
Jones torció el gesto y se quitó las gafas en cuanto entramos. Era un
hombre pequeño y enjuto, meticuloso en todos los detalles; pero magnífico
para trabajar con él. Nos dijo que nos sentáramos y nos ofreció cigarrillos.
—Necesito que me ayudéis, muchachos. No hace falta que os diga que
la emisora va teniendo éxito. Creo que todos nos alegramos de ello; pero
tanto vosotros como yo sabemos que una pequeña emisora independiente
no puede hacer tanto ni pagar tanto como una emisora que pertenezca a
una amplia red. Ahora va a suprimirse una de las redes de emisoras de este
distrito. Debería ampliar su equipo y a la corporación no le importaría
hacerlo. Pero como ya hay aquí demasiadas emisoras y, por otro lado,
nosotros estamos equipados con las últimas novedades, creo que les
gustaría apoderarse de nosotros. Ellos aumentarían nuestro volumen hasta
diez mil vatios. Nosotros nos quedaríamos con sus clientes y, con tal motivo,
participaríamos en sus beneficios. Vosotros, muchachos, como locutores,
vais a obtener un veinte por ciento de aumento. ¿Qué tal os suena esto?
—Bárbaro —dijo Jackie. Yo asentí.
—Estoy tramitando este asunto —dijo Jones—. Si pudiéramos conseguir
que Shanaman, el gerente general de la Red del Este, fuese de nuestra
opinión, podríamos llegar a un acuerdo. He hecho cuanto he podido desde y
en el terreno comercial. Pero hay que hacer algo más. Si ablando al viejo con
una fiesta brillante, podré ponerle papeles a la firma entonces. Necesito que
vengáis los dos y que traigáis a vuestras mujeres. Será el próximo viernes
por la noche. Shanaman vendrá con su esposa. Será en mi casa. ¿Cuento
con vosotros?
—¿De etiqueta? —preguntó Jackie. Jones asintió.
—A mí no me será posible, Mr. Jones —dije—. Tengo ya otro
compromiso.
—Cancélalo —dijo Jones—. Shanaman quiere saludarte. En realidad, tu
emisión constituye uno de nuestros mejores tantos. Tiene mucho valor para
nuestra emisora. Tienes que venir. Y trae a tu joven esposa. Quiero
saludarla.
Jackie se rió y se levantó golpeándome la espalda.
—La convenceré, Mr. Jones. Estaremos allí sin falta; no se preocupe.
Feltner era un gran amigo. Me sacó de allí antes de que supusiera lo
que iba a seguir. Arrastrándome al comedor, me dijo:
—Hay que ser deportivo, Eddie. No estropees esta fiesta. Significa
mucho para mí. Clara se ha portado de un modo muy especial últimamente y
esta reunión podrá cancelar los disgustos. En serio, Eddie, tienes que
hacerlo.
—Veré lo que dice María —murmuré. Y le saludé, marchándome a casa.
A María no le gustó la idea. Tuvimos una larga discusión a propósito del
asunto. Insistí en que se trataba de una reunión de etiqueta, de un asunto de
negocios y que las ocho personas que estaríamos allí nos conocíamos muy
poco los unos a los otros y que nuestros puntos en común eran muy
generales; que en todo caso no podía evitarlo. Era una orden. También
mencioné el hecho de que Jackie quería que yo fuera y que yo era un buen
amigo suyo.
Los argumentos de María eran todos viejos para mí; pero había uno
nuevo. Temía que no sería capaz de aguantarlo. En los tiempos en que había
estado más o menos en contacto con la gente, estaba condicionada a la
afluencia de las posesiones. Ahora era diferente. Tenía miedo. Habían
pasado meses desde la última vez que había sido poseída; la asustaba lo que
pudiera ocurrirle. Pero yo gané la partida, y el viernes por la noche nos
encontramos andando hacia la casa de Jones, en Queens Village.
Se trataba de una fiesta bien surtida. Jones tenía buenos ingresos y le
agradaba lucirlos. Una gran casa, magníficas habitaciones y un mayordomo
imponente.
Fuimos los últimos en llegar. Nos despojamos de nuestros abrigos y
entramos en la biblioteca, donde se estaban sirviendo los cócteles. Me
detuve en la puerta y miré alrededor de la habitación. En un ángulo, Jones
estaba hablando con un viejo grueso y rechoncho, todo inmaculado con su
pechera almidonada: Shanaman, supuse. Hablando sin entusiasmo con la
esposa de Jones, estaba Clara, la mujer de Feltner. La conocía
perfectamente, porque había venido muchas veces al estudio. Se me ocurrió
un pensamiento desagradable: recordé que Clara venía muy a menudo,
precisamente cuando Jackie no estaba. Jones aparecía fatalmente en estas
ocasiones.
Comprendí entonces por qué Jackie tenía tanto interés en situar a Clara
y a Jones en la misma habitación. Decidí observarles. Esto tenía muy mal
cariz.
Rescaté a Jackie de la voluminosa contrapartida femenina de
Shanaman. La esposa del gerente de la Red tenía al pobre Feltner metido en
un rincón y machacaba terriblemente sus oídos con la relación detallada del
metabolismo de su esposo.
Se hicieron las presentaciones y dejé a María con Jackie mientras yo me
unía a Jones y Shanaman. La conversación era general y en voz demasiado
alta. Precisamente entonces empecé a desear no haber venido. Tuve esta
sensación durante todo el tiempo. Me desagradaba especialmente que
estuviéramos en esta gran habitación que nos daba libertad de movimientos
durante no sé cuánto tiempo antes de que se sirviera la comida. En cualquier
momento, María podía tropezar con cualquiera de sus pequeños gnomos y
armar la de San Quintín. Bueno, la armó.
Shanaman estaba creando un clima terrorífico contando una historia sin
gracia, cuando vi a María en el otro extremo de la habitación, mirando de
Shanaman a la mujer de Jones y de la mujer de Jones a Shanaman. Algo
había en su actitud y en sus ojos que me indicó que estaba luchando contra
aquello. En cuanto pude, me aparté de Shanaman con la mayor rapidez;
pero no fue bastante: María había llegado junto a la señora Jones antes de
que yo lo hiciera, se sentó a su lado y empezó a hablarle rápidamente.
Cuando llegué, la señora Jones se había levantado, mirando a Shanaman, y
se dirigió a su marido.
—¿Qué ocurre? —pregunté ansiosamente.
—¡Oh, Eddie! Ha vuelto a ocurrir. —Se hubiese echado a llorar si yo no
le hubiese apretado las manos hasta hacerle daño—. Los planes de
Shanaman consisten en poner un nuevo equipo en tu emisora, si logra
apoderarse de ella. Todo el mundo perderá su puesto menos tú, Eddie.
—¿Y has dicho esto a la señora Jones?
—Sí. ¿No lo comprendes? Ella lo sospechaba y Shanaman está decidido
a hacerlo. ¡No tuve otro remedio, Eddie!
—Está bien, chiquilla —susurré—. No va a tomarnos el pelo.
Yo espiaba a los Jones. No parecía que él diese crédito a su esposa. Ella
estaba realmente furiosa por su estupidez y se lo estaba diciendo al oído. Él
le volvió la espalda y se dirigió a Clara Feltner. Ella dio la vuelta para ver si
podía sonsacar alguna información de Shanaman. Jackie estaba de pie junto
a ellos, espiando malhumorado cómo su esposa coqueteaba con Jones.
—Procura separarte de Jackie —dije, volviéndome hacia María.
Pero ella se deslizó cuando yo estaba mirando a Jones. Estaba de pie,
junto a la ventana, tras de mí, estrujándose las manos y contemplando la
noche. Me imaginé que era mejor dejarla sola todo el tiempo que ella
pudiese resistir.
Entre tanto, iba a intentar separar de ella al resto de la concurrencia. Me
mezclé en la conversación de Shanaman con la señora Jones. Era
entrecortada y tranquila. Ella estaba terminando precisamente lo que
seguramente había sido una brillante pieza oratoria de vituperación:
—... y no se figure que no sé lo que usted se propone, viejo rapaz —
terminó. Estaba portándose como una loca. Shanaman aparentaba una
salvaje indignación. Ya no había remedio.
—Querida señora —dijo él con afectación—. Lamento mucho que su
suspicacia la haya puesto en este estado. Ah, Mr. Jones, ¿quiere usted
acercarse un minuto?
Jones levantó la mirada, vio lo que estaba ocurriendo, y se le acercó
corriendo. Vi que el contrato sobre el estudio saltaba por la ventana al
observar que Jones extendía la mano para cerrar la boca de su mujer.
Shanaman levantó los brazos horrorizado. Luego balanceóse a través de la
habitación, dirigiéndose hacia su mujer.
A partir de entonces, todo ocurrió rápidamente. María saltó desde algún
sitio, le tocó con el codo a Jackie Feltner, le susurró algo al oído, indicando a
Clara con un movimiento de cabeza. Jackie rugió, tomó impulso, hizo girar a
Jones sobre su eje y le sacudió un gancho terrible. Shanaman, temeroso de
la publicidad, lívida de miedo su ancha cara, agarró a su esposa, se fue hacia
la puerta y la cerró tras de sí con un tremendo portazo.
Así terminó la deliciosa cena ofrecida por nuestro director.
María me dio todos los detalles mientras regresábamos a casa. Parece
ser que Jones se había estado timando con la mujer de Jackie, y María,
poseída, le dijo a Jackie hasta dónde habían llegado las aguas y éste le
propinó a Jones un puñetazo en plena boca. La histérica denuncia de los
planes de Shanaman por parte de la señora Jones se debió, creo, a los celos
y el deseo de perjudicar a su marido. Fue una reunión de todos los diablos,
una de aquellas cosas terribles cuando ocurren, pero que luego resultan muy
divertidas. Excepto por una cosa. Jones no se levantó cuando el puñetazo de
Jackie le hizo caer. Se partió su recia crisma contra los morillos de bronce de
la chimenea.
Todo lo demás fue triste. Cuando terminó el juicio y el pobre y viejo
Feltner fue enviado a la cárcel por treinta años, culpable de asesinato en
segundo grado, a mí no me quedó nada mucho mejor. La publicidad
desfavorable hizo que se perdieran gran número de contratos y, de todos
modos, como ya he dicho, la verdad es que hay demasiadas emisoras de
radio en esta ciudad.
Pero la notoriedad no había acabado conmigo y no se quedó tranquila
con quitarme mi sustento. Eddie Gretchen resultó ser el pobre diablo que
tenía un millar de amigos que jamás habían oído hablar de él. El filón de la
radio había terminado para mí. Al viejo Shanaman, el cerrar la puerta la
noche del asesinato, no le sirvió de nada. Fue llamado como testigo y lo pasó
tan mal como el peor. No me gustó ni pizca la forma como se lamentaba de
esto -después de todo, todos estábamos embarcados en la misma galera-.
Procuró perjudicarme, y lo consiguió, al pasar la consigna a todos los
estudios, para que yo no consiguiera una audición en ninguno de ellos. ¡Esto
me ocurría después de siete años de dedicarme a la radio!
Sí, la cosa era grave. Yo siempre había tenido dinero y no sabía cómo
arreglármelas siendo pobre. Aprendí. María tenía un par de los grandes en
reserva; pero pronto desaparecieron junto con los que yo había guardado,
que constituían un considerable montón. Apuré el cáliz hasta las heces el día
que intenté conseguir un trabajo como botones de un estudio, y fui bien
tratado hasta que alguien me recordó y me pusieron de patitas en la calle.
El hedor llegó hasta las casas editoriales y los artículos que
acostumbraba a vender, me proporcionaron, cada seis meses, los mismos
cheques que antes obtenía en dos semanas. Pude encajar algunos bajo
seudónimo; si no hubiera sido por eso, María y yo nos hubiéramos muerto de
hambre.
Perdimos nuestra casa, nuestros muebles y nuestro coche. Esto era
malo; pero no podía perder a María. Ella intentó abandonarme, después del
juicio, sintiéndose responsable del asesinato de Jones. La convencí de lo
contrario, diciéndole que, de todas maneras, tarde o temprano lo hubiera
matado alguien. Se volvió morbosa y un día abrió la espita del gas. Llegué a
tiempo y la patrulla de policía de urgencia se la llevó. Después de esto, como
un encanto que era, se dedicó al trabajo plenamente y procuró ayudar en
lugar de estorbar. ¡Dios mío!, cuando la recuerdo agachada sobre sus huesos
fregando los suelos y limpiando mis camisas hasta dejarse las blancas
manos hechas polvo, comprendo lo que significa aquello que nos dicen: en la
riqueza y en la pobreza...
Estaba de pie en la acera frente al auditorium de la radio y temblaba de
frío porque hacía seis semanas que había vendido mi abrigo. No tenía otra
parte donde recurrir y no me atrevía a volver junto a María tan temprano.
Subir, bajar, cruzar, todo me daba lo mismo.
Un hombre que subía, me miró y me dio un trozo de papel. Decía:
«¿Podría decirme cómo puedo llegar al South Ferry, desde aquí?»
Yo dije:
—¡Claro! Tome el metro de la Séptima Avenida.
Movió la cabeza señalándome el oído. Era sordo. Tomé el lápiz que me
ofrecía, escribí la dirección. Se tocó el sombrero y siguió su camino.
Recuerdo que me pregunté cómo semejante pobre diablo podría tener tan
magnífico abrigo. «Alguna buena operación», me dije. Yo gozaba de todas
mis facultades; pero no tenía abrigo. Él era sordomudo y tenía abrigo.
Tendría abrigo.
Fue entonces cuando se me ocurrió la gran idea. Me froté las manos y
lancé un grito como un indio borracho. Me dirigí precipitadamente hacia una
calleja oscura del lado Oeste, donde María, en una buhardilla exterior y
excesivamente húmeda, intentaba fabricarme un hogar. Llegué, enfilé las
escaleras subiéndolas de tres en tres, y caí en nuestro cuarto casi sin poder
respirar. María no sabía qué hacer, y menos lo supo cuando recobré el
aliento y empecé a explicarme. Si ella era poseída de nuevo, ¿podría
guardarse para sí las ideas que sonsacaba si escribía la información?
—No lo sé, Eddie. Nunca lo he intentado.
—Bueno, pues inténtalo, diablos, inténtalo.
—¿Có... cómo?
Eché una ojeada al reloj despertador de noventa y ocho centavos que
teníamos sobre la estufa.
—Vamos, nena. Ponte el abrigo. Vamos a conseguir algún dinero.
Si ella no hubiese estado acostumbrada a mi modo de ser, nunca lo
habría conseguido. Hasta que llegamos al monte de piedad, no le dije que el
dinero saldría de una cosa de valor que ella conservaba todavía. La estrella
de zafiros que yo le había regalado como sortija de noviazgo el día antes de
casarnos. Debajo de las tres esferas redondas, insignia de este género de
antros, se la quité, le entregué un sobre viejo, puse en sus manos un lápiz y
la hice entrar.
Por aquellos días, el encargado me era de sobras conocido. Era el único
irlandés que jamás viera en un establecimiento de tal calaña.
—Terry, amigo mío, le voy a hacer un favor —le dije—. Empéñeme esta
sortija por ochenta pavos, que no puede usted perder nada.
Se la di. Él masculló algo, sordamente. María avanzó dispuesta a hablar.
La empujé hacia un baúl y le señalé el papel. Ella sonrió y empezó a escribir.
—Le daré a usted diez —dijo Terence.
—Me haré cliente de otro sitio —contesté en tono de escarnio.
—Veinte y es usted el joven más pillo...
—Setenta y siete, ladrón de cadáveres.
—Veintidós y medio y así te condenes. Se trata de oro blanco y no de
platino.
—El platino está a veinte pavos la onza en el mercado libre. Y usted lo
sabe, viejo y peligroso celta. Y el oro está a treinta y cinco. No me quiera
engañar con sus trampas de joyero.
No había habido, todavía, ninguna interrupción por parte de María.
Terence miraba cuidadosamente la sortija a través de su lente.
—Treinta dólares.
—¿Y por qué no treinta y dos cincuenta?
—Bueno; pero aquí me planto.
—Es usted un buen comerciante, Terence, y voy a tratarle bien. Suba
usted diez dólares y yo bajaré diez. Nos encontramos a medio camino:
sesenta y cinco dólares.
El lápiz de María garrapateaba muy ocupado.
—Cincuenta dólares para verle fuera de mi tienda —dijo el chalán
haciendo un gran esfuerzo.
—Cincuenta y siete cincuenta.
Nos paramos en cincuenta y cinco. Firmé el libro y salimos.
En cuanto estuvimos en la calle le arranqué el sobre de las manos.
María había escrito, por lo menos una docena de veces:
«No sea loco. Él sólo pagó sesenta cuando era nuevo.»
La besé en el acto.
—¡Funciona! —respiré—, ¡funciona!
Ella miró el sobre y sonrió:
—Descubrirá la verdad. Y además, Eddie; yo no quería empeñar esta
sortija. Yo...
—Tú a callar y a dejarme hacer; codelincuente —interrumpí—. Ahora
vete a casa, quiero que desentierres aquel vestido, ¿sabes cuál? El marrón y
negro que tiene una especie de trufados.
—¡Fruncidos! —dijo ella—. Las trufas son para comer. Pero es un traje
de noche, Eddie. Dónde quieres... ¿a dónde vamos a ir?
—A la calle Cincuenta y dos, Oeste, nenita. Y vamos a escarbar toda la
basura, de cabo a rabo, como los periódicos de escándalo.
Me detuve ante una sucursal de estos almacenes que alquilan trajes.
—Yo me quedo aquí. Tú vete a casa y ponte guapa.
Obedeció, aunque protestando. Adquirí un esmoquin casi nuevo y lo
llevé a casa. En dos horas parecíamos unos millonarios. Guardé el ligero fajo
de billetes en un bolsillo y echamos a andar. Cogimos el metro hasta la
Cincuenta y allí alquilamos un coche hasta la Cincuenta y dos. Una carrera
de treinta centavos hace el mismo efecto que una de tres dólares cuando se
llega al final del trayecto. Yo llevaba una batería de lápices afilados y María
un pequeño memorándum negro.
Bueno, la verdad es que dimos el golpe. Yo me sentaba a una mesa y
como tenía el aspecto próspero y me sentía animoso, los «amigos» se
imaginaron que yo volvía a estar en el candelero y por esto estaba
tranquilamente, con su libretita de notas ante ella. Dije a todo el mundo que
estaba recogiendo material para una novela. De vez en cuando miraba
rápida dos caras y empezaba a borronear. Por primera vez en la vida permití
que otros pagaran mis cuentas y, prácticamente, recorrimos toda la calle.
Salimos de allí que todavía nos quedaban dieciocho dólares, lo que
constituye un récord y, como premio, me permití llevar, pero ahora todo el
camino, a mi señora en taxi, hasta casa. Pasamos el resto de la noche
descifrando el libro.
¡Dios mío! ¡Y qué manera de sonsacar! Había allí tanta basura como
para rellenar la Pirámide de Cheops y diez como ella. Informaciones
anticipadas sobre los negocios de grandes firmas; interioridades de la Bolsa;
quién se había entrevistado con quién, cuánto tiempo, por qué, y cuánto le
iba a costar; qué guión iban a comprar unos Grandes Estudios; la verdad
sobre determinada pelea que tuvo lugar en el Parque el lunes por la noche.
Encontré en María un colaborador excelente. En cuanto el pequeño y viejo
gnomo desaparecía, ella permanecía absolutamente impersonal respecto a
cuanto había descubierto.
Escogimos de entre más de doscientos temas llenos de jugo, diez que
se producirían dentro de las veinticuatro horas. Los escogí cuidadosamente
para hacer el menor mal posible al hacerlos públicos, pero, en conjunto,
todos iban cargados con bala. Había un acto de sabotaje, tres raptos, una
decisión sobre cuál iba a ser el local para el estreno de una película, dos
negocios financieros, una maniobra genial en el terreno diplomático, el
declive seguro de una ex gran estrella cinematográfica y el nombre y la
dirección de la firma que iba a obtener el contrato gubernamental para la
construcción de las calderas de alta presión de los barcos de guerra que
estaban construyendo en los Astilleros Navales de Boston. Escribí sobre todo,
arreglándolo de manera que fuese más espectacular, y lo primero que hice
por la mañana fue llevarlo al periódico de mayor circulación del país. Estuve
en el despacho del director durante cuarenta minutos y salí con cincuenta
machacantes adelantados. Al día siguiente recibí un telegrama citándome
para hacerme cargo de un trabajo regular. Todos los asuntos se
desarrollaron tal y como yo había previsto. Fue un acierto del ciento por
ciento.
De este modo volví a mis mejores tiempos. En efecto; yo soy el tipo de
quien se habla. Aquel de quien se dice:
—¿Ha visto usted el artículo de hoy? ¡Que se mueran los feos! ¿De
dónde saca ese hombre tanta información?
Y también dicen de mí:
—Me gustaría saber cómo un periodista puede adquirir esta
personalidad radiofónica.
Bien, en primer lugar la adquiero de mi mujer que, sentada
tranquilamente, va escribiendo en su librito negro. Consigue el material de
un millar de millones de pequeños gnomos que trabajan a su servicio. Y, por
favor, no vuelvan a hablarme de radio. El nombre de Eddie Gretchen todavía
suena mal; pero a mí no me importa. Dejé de usarlo para siempre. Supongo
que, en estos momentos, ya saben ustedes quién soy.
SOMBRAS CHINESCAS
Había pasado mucho, mucho tiempo, desde la hora de acostarse y
Bobby estaba dormido, soñando con un país donde había mariposas negras
y un perro con hocico adormilado que tenía los dientes de goma que no
podían hacer daño. Era un lugar oscuro y acogedor, cuyos límites eran
borrosos y suaves y que se podían mover y ensancharse por donde quisiera
si Bobby lo quisiera.
Pero, de pronto, apareció un rayo brillante de luz y se lo tragó todo.
Todo menos la suave sombra de la blanca pared de al lado de la puerta: allí,
siempre vivía alguien. Era que Mami Given entraba en el cuarto y, tras ella,
estaba el rastro brillante del pasillo iluminado. Hizo girar el conmutador,
aquel tan alto que Bobby no podía alcanzar, y la lámpara de la habitación se
encendió cruel. Mami Given, que había parecido como de cartón y
compuesta de planos triangulares y oscuros, con bordes iluminados por la
luz del pasillo, parecía entonces la Mami Given de todos los días.
Su cabellera era ancha y su barbilla estrecha; sus espaldas eran anchas
y su cintura estrecha; sus caderas eran anchas y su falda estrecha. Debajo
de todo ello estaban las recias piernas como bastones de seda. Sus brazos
colgaban al extremo de sus anchos hombros y se mantenían tiesos y sin
codo mientras andaba. Nunca movía sus brazos al andar. Nunca los movía ni
por pienso, a menos que necesitara hacer algo con ellos.
—¿Estás despierto?
Su voz era dura, ancha, igual y también segura.
—Estaba dormido —dijo Bobby.
—No me repliques. Levántate.
Bobby se sentó y se frotó los ojos:
—¿Papi está?
—Tu padre no está en casa. Ha salido. No volverá en todo el día y puede
que en dos. Así que no hace falta que des alaridos llamándole.
—No iba a dar alaridos para llamarle, Mami Given.
—Está bien, entonces. Levántate.
Bobby se levantó, sorprendido. Su pelele de franela le cubría desde las
espaldas hasta la planta de los pies bien abrigados. Se dio cuenta de que
estaba despeinado.
—Ve a buscar tus juguetes, Bobby.
—¿Qué juguetes, Mami Given?
La voz vibraba como la ropa húmeda tendida en un día de vendaval.
—¡Todos tus juguetes!
Se fue al cajón de sus cosas y empezó a levantar la tapadera. Se paró,
dio la vuelta y se quedó mirándola. Las manos de Mami Given colgaban a
sus lados, tan tiesas e inexpresivas como sus ojos horizontales bajo la
sombra de sus cejas. Él se inclinó en la caja: salieron Gulliver y Pinocho y
otros tesoros. Salió la estrellita giratoria y mohosa del viejo fonógrafo, el
huevo de azúcar rajado con la niña atisbando en él, el calidoscopio de cartón
y el juego de magia con sus siete anillos plateados que hacían un truco que
él no sabía hacer; pero que papaíto manejaba tan ricamente. Lo cogió todo y
lo dejó en el suelo.
—¡Aquí! —dijo Mami Given, moviendo uno de sus rígidos brazos en línea
recta y señalando a sus pies con el índice prolongado en una raya tiesa. Él
recogió sus juguetes y se los fue llevando, uno a uno, hasta que estuvieron
todos allí.
—Ordénalos bien —murmuraba ella.
Ella se inclinó en el centro, ancha y negra como la puerta de un garaje,
y barajó los tesoros con los juguetes, de modo que la pila esparcida se
convirtió en un montón cuadrado.
—Tráete el resto —dijo.
Él miró dentro del cajón y sacó la pizarra enmarcada en madera, y la
revuelta caja de lápices, su libro de cuentas y una vieja candela: esto era
todo en cuanto al cajón de los juguetes. En el armario había unos diminutos
guantes de boxeo, una raqueta de tenis con las cuerdas rotas y un viejo
ukelele sin cuerda alguna. Se lo llevó todo y ella lo fue colocando junto con lo
demás.
—También esas cosas —dijo. Y, por fin, se dobló su codo para señalar a
su alrededor.
De la coqueta salieron las dos ardillas y el mono que papi había tallado;
el pedacito cuadrado de vidrio que había encontrado en Henry Street; la
campana de una maquinaria de relojería, que sonaba como el reloj de la
iglesia, y el reloj roto que Jerry había dejado en el porche la semana pasada.
Bobby llevó todo aquello a Mami Given.
—¿Es que va usted a mudarme de habitación?
—No. No se trata de eso.
Mami Given cogió el curioso montón de juguetes y lo levantó con sus
brazos. La campanilla se cayó y resonó en el suelo, rebotó y empezó a correr
trazando un círculo inclinado.
—Recógela —dijo Mami Given.
Bobby la alcanzó y se la entregó. Ella se agachó hasta que él pudo
ponerla encima de la pila, bien sujeta entre la raqueta y la caja de lápices.
Mami Given no dijo ni gracias; pero salió por la puerta, dejando a Bobby
plantado, contemplándola. Oyó sus pesados pies arrastrándose por el
vestíbulo y el topetón de su rodilla al empujar la puerta del cuarto de los
invitados. Hubo otro ruido característico al soltar el montón de juguetes
sobre la cama, la única, que tenía una tela azul polvorienta cubriendo el
colchón. Luego volvió.
—¿Por qué no estás en cama? —Dio una palmada. Sus manos sonaban
secas, como bastones que se rompieran. Asustado, se metió en el lecho y se
subió el embozo hasta la barbilla. Antes había siempre alguien que, cuando
él hacía eso, tenía una palmadita cariñosa y una palabrita tierna; pero esto
no ocurría desde hacía mucho tiempo. Permaneció con los ojos abiertos a la
luz, mirando a Mami Given.
—Has sido malo —dijo—. Has roto una ventana del cobertizo y has
dejado rastros de barro en la cocina. Has sido chillón y desaliñado. Por esto
te quedarás en tu cuarto, sin juguetes, hasta que te dé permiso para salir.
¿Me comprendes?
—Sí —dijo. Y añadió rápido, porque se acordó a tiempo—: Sí, señora.
Sin prevenirle, apagó la luz, y él se quedó sorprendido por la oscuridad,
ciego. Pero, de nuevo, apareció en la habitación aquella estría de luz en el
rincón sombrío, en el ángulo de la pared, cerca de la puerta. Allí, siempre
había algo moviéndose.
Luego ella salió, dando un portazo para cerrar, dejando la oscuridad y
llevándose la luz, y no quedó más que una línea polvorienta, como una
alfombra amarilla debajo de la puerta. Bobby separó la vista de allí, y en un
momento, nada más que en un momento, se encontró mezclado con sus
imágenes de sombras: allí permanecían el chucho de colmillos de goma y las
jugosas y negras mariposas.
A veces las mariposas permanecían allí, pero generalmente se
marchaban en cuanto él se movía. O quizá se transformaban en algo
distinto. Sea lo que fuere, a él le gustaba aquel lugar donde vivían y le
hubiera agradado estar allá en el país de las sombras. Un momento antes de
dormirse las vio moverse en la lisa pared, cerca de la puerta. Les sonrió y se
quedó dormido.
Se despertó muy temprano. Tanto, que todavía no se percibía el aroma
del café que subía desde abajo. En una esquina de la pared, blanca, estaba
esperándole una rudimentaria muestra de un sol amarillo, formando un
cuadro ladeado. Saltó de la cama y se fue hacia él. Bañó sus manos en la luz
y se agachó en el suelo, apoyándose en sus delgados brazos.
—Ahora —dijo.
Cruzó los pulgares y, suavemente, agitó las manos. En la pared apareció
una negra mariposa moviendo las alas. Bobby exclamó:
—Buenos días, mariposilla.
La hizo saltar como si contestara. La hacía girar y la dejaba quieta en el
fondo del rayo de luz, levantando ahora una, ahora otra, sus dos alitas hasta
que se juntaban. De pronto, separaba una mano, arremangaba la manga de
un pelele y, ¡paf!, aparecía un pato con su largo cuello.
—¡Grazna! —le decía Bobby imperativo.
Y el pato, cortésmente, abría el pico y estiraba la cabeza para graznar.
Bobby le abarquillaba el pico hasta que lo convertía en un águila. No sabía
qué clase de chillido lanzaban las águilas, de modo que le dijo:
—Agula, águila; agula, águila. —Esto sonaba bien y le hacía reír.
Estaba riendo cuando, de pronto, se abrió violentamente la puerta y
apareció Mami Given, embuchada en su bata blanca de baño y en sus
zapatillas.
—¿Con qué estás jugando?
Bobby levantó sus manos vacías.
—Estaba...
Mami avanzó dos pasos:
—Levántate —dijo.
Tenía los labios lívidos. Bobby se levantó preguntándose por qué estaría
enojada.
—Te he oído reír —dijo con una especie de murmullo sibilante. Le miró
de arriba abajo y examinó el suelo a su alrededor. Repitió—: ¿Con qué
estabas jugando?
Y Bobby dijo:
—Con un águila.
—¿Con qué? Dime la verdad.
Bobby hizo revolotear sus manos vacías de manera imprecisa, evitando
mirarla: tenía una cara tan enfadada... Ella avanzó, lo pilló y con su pesada
mano le apretó la muñeca. Le levantó tanto el brazo que él se quedó de
puntillas, mientras ella le cacheaba con la otra mano, a diestra y siniestra.
—Me escondes algo. ¿Qué es? ¿Dónde está? ¿Dónde has metido aquello
con lo que estabas jugando?
—Nada. De veras, de veras que no tengo nada —balbucía Bobby
mientras ella le zarandeaba y palpaba.
Porque Mami no pegaba. Nunca pegaba: hacía otras cosas.
—Estas castigado —dijo en un murmullo desagradable— . Imbécil, más
que imbécil. Ni siquiera te das cuenta de que estás castigado.
Le dejó caer con un empujón y se dirigió a la puerta.
—Que no vuelva a oír tus risitas. Has sido malo y no te he dejado en
este cuarto para que te diviertas; aquí te quedas, y piensa en lo malo que
has sido rompiendo ventanas, manchando con el barro y mintiendo.
Salió y cerró la puerta con tanta precisión que pareció un portazo
silencioso. Bobby miró hacia la puerta y pensó un momento en aquella
ventana rota. Lo había sentido de veras: la cosa ocurrió porque la pelota de
golf rebotó demasiado fuerte. Papi le había advertido que tenía que andarse
con cuidado y él le había contemplado compungido mientras colocaba un
cristal nuevo. Luego papito le había dado un poco de masilla para que jugara
con ella y le había dicho que no volviera a ocurrir, y él juró que no volvería a
hacerlo. Entonces, Mami Given se había callado, la muy tuna. Sólo le había
mirado muchas veces con sus ojos y con su boca fría y dura, y él sabía que
estaba esperando. Estaría esperando hasta que papaíto se hubiese
marchado.
Pero Bobby volvió a su rayo de luz, y olvidó todo lo referente a Mami
Given.
En cuanto hubo hecho otra mariposa, y una cabeza de perro y un
lagarto sobre la pared, el rayo de luz se hizo tan delgado que no cabía en él
otra cosa que pequeños deditos de sombra que bajaban y subían, como
hacen las hormiguitas por los tallos de las plantas. Pronto desapareció del
todo el rayo de luz y entonces él se sentó en el borde de la cama y esperó la
vaga presencia de algo que vivía en la pared más lejana. Era cierta cosa
distinta a las demás. No era nada ni bueno ni malo. Vivía allí, lo que la
diferenciaba de las otras cosas, como las mariposas, el perro, los patos y las
águilas; era que vivía allí sin que necesitara de sus manos para que viviese.
La cosa se estaba quieta. Algún día él también sabría hacer algo, una
mariposa, un perro o un caballo, que se quedara allí quieto cuando él quitara
las manos. Entretanto, lo único que permanecía, lo único que vivía en el país
de las sombras, era esta cosa que fluctuaba allí, donde las dos paredes se
juntaban en el techo.
—Voy a ir ahí y jugaré contigo —le dijo Bobby—. Ya verás.
En el patio había un cajón con tres ruedas y un árbol nudoso en el que
era fácil encaramarse. Jerry vino y llamó durante largo tiempo. Pero Mami
Given le despidió.
—Ha sido malo —dijo. Y Jerry se fue.
Malo, malo, malo... Era curioso cómo las cosas se habían vuelto malas
desde que papaíto se casó con Mami Given. Mami Given no quería a Bobby.
¡Bueno! Tampoco Bobby la quería, a Mami Given. Papaíto decía a veces a las
personas mayores que Bobby estaba mucho mejor con alguien que le
cuidara. Bobby recordaba los tiempos en que lo decía con un brazo alrededor
de los hombros de Mami Given, y una voz alegre. Recordaba, después,
cuando papá lo decía andando de una parte a otra de la habitación, con una
voz triste que parecía significar, «lo siento». Y ahora, desde hacía mucho
tiempo, papaíto ya no lo decía nunca.
Bobby, sentado en el borde de la cama, canturreaba pensando en estas
cosas, y también canturreaba sin pensar en nada absolutamente. Descubrió
una mariquita que trepaba por la coqueta y le cerró con astucia el camino,
interceptándoselo con el índice y el pulgar, de modo que, ella misma, se
metió en su mano. A veces, si se las toma entre los dedos, revientan. Se fue
al antepecho de la ventana y buscó hasta encontrar el pequeño agujero de la
persiana que podía haber empleado la mariquita para entrar. La dejó que se
paseara por la persiana y la dirigió hacia el agujero. Voló, feliz, hacia el
exterior.
La habitación estaba inundada por una luz cálida y apagada que
reflejaba el techo negro y reluciente del cobertizo. De modo que no podía
hacer ninguna figura en el país de las sombras y estuvo haciéndolas en su
cabeza hasta que se sintió soñoliento. Entonces se echó en la cama y
canturreó hasta que se quedó dormido. Y todo el rato, aquella cosa rara del
ángulo de la pared fluctuó, se movió y estuvo viva.
Al anochecer volvió Mami Given. Bobby pudo oírla subir las escaleras,
de modo que cuando abrió la puerta del cuarto oscuro, ya estaba sentado en
la cama frotándose los ojos.
El techo brilló.
—¿Qué estás haciendo?
—Creo que dormía. ¿Es ya de noche?
—Pronto. ¿Tienes hambre?
—Mmmm...
—¿Qué manera de responder es ésta? —regañó.
—Sí, señora; tengo hambre, Mami Given —dijo rápidamente.
Llevaba un plato tapado.
—Esto ya está mejor. Vamos a ver. —Empujó el plato hacia él. Bobby lo
tomó y quitó el plato que servía de tapadera, poniéndolo debajo. Gachas. Lo
miró y luego la miró a ella.
—¿Bueno?
—Gracias, Mami Given. —Empezó a comer sirviéndose de la cuchara
que encontró entre aquel amasijo gris castaño. No tenía azúcar.
—Supongo que esperas a que vaya a buscarte el azúcar — dijo ella al
cabo de un rato.
—No... —dijo sinceramente, y se preguntó por qué su cara se habría
puesto tan triste.
—¿Qué has estado haciendo durante todo el día?
—Nada. Primero jugué y luego me quedé dormido.
—Pequeño zángano —le chilló de repente—. ¿Qué pasa contigo? ¿Eres
demasiado estúpido para tener miedo? ¿Eres tan tonto que ni me pides que
te deje bajar las escaleras? ¿Es que no sabes ni llorar? ¿Por qué no lloras?
Él la contemplaba con los ojos muy abiertos.
—Si se lo hubiese pedido, tampoco me hubiese usted dejado bajar... —
dijo—. Por eso no se lo he pedido. —Llenó su cuchara de comida—. Y no
tengo ganas de llorar, Mami Given; no me duele nada.
—Eres malo, estás castigado y debería dolerte —dijo indignada. Apagó
la luz con un golpe de su mano fuerte y dura y salió dando un portazo.
Bobby volvió a permanecer a oscuras y deseó poder ir al país de las
sombras tal como había soñado. Se iría allí a jugar con las mariposas y los
perros y las jirafas de felpa con dientes enroscados, y allí se quedaría él, sin
que Mami Given pudiese entrar jamás. Sólo que papaíto tampoco podría
venir y tampoco Jerry, y esto le daba mucha pena.
Saltó silencioso de la cama y miró un momento a la pared cerca de la
puerta. Seguro que casi podía ver la cosa fluctuante que vivía allí, pese a la
oscuridad. Cuando había luz, fluctuaba una sombra oscura, más oscura que
la luz. Por la noche, fluctuaba una sombra más luminosa que la oscuridad.
Siempre estaba allí y Bobby sabía que estaba viva. Lo sabía tan cierto como
«que me llamo Bobby» y que «Mami Given no me quiere».
Quedamente, con mucho cuidado, fue de puntillas hasta el otro lado de
la habitación, donde había una lamparilla de velador. La bajó y la puso
cuidadosamente en el suelo. La desenchufó y pasando el cable por debajo de
la alfombra que había junto a la mesa, lo extendió tirante a través del piso,
hasta el enchufe de la pared, donde la conectó de nuevo. Así podía mover la
lámpara, dentro del cuarto, casi hasta el centro.
La lámpara tenía una pantalla redonda que quedaba abierta en su parte
superior. Inclinándola sobre un costado, la sombra dirigía su extremo abierto
hacia la pared blanca del lado de la puerta. Bobby, con la seguridad de su
larga práctica, se dirigió en la oscuridad hacia su armario y extrajo de su
percha la bata de franela de baño, que era de color rojo oscuro. La plegó y la
arregló de modo que tapara el extremo inferior de la pantalla y encendió la
lámpara. En el país de las sombras apareció un brillante disco de luz cruzado
tan sólo por las cuatro aristas que sujetaban la pantalla. Había un punto
oscuro en el centro, donde se encontraban. Bobby lo examinó
concienzudamente. Entonces, acurrucándose entre la lámpara y la pared,
sacó la mano.
—Un pato, guá, guá —musitó.
—Un águila. Águila, agula; agula, águila —dijo apagadamente.
—Un lagarto. Bap, bap.
Hizo el lagarto que abría y cerraba su largo hocico.
Apartó las manos y estudió la redonda y enrejada claridad en la pared.
La sombra borrosa del centro y sus líneas radiales le parecían un bicho de
esos de agua, que llaman tejedores y que pueden andar sobre la superficie
de los arroyos. Pronto le parecieron aburridos. Estaban allí, sin hacer nada.
Se metió el pulgar en la boca y lo chupó hasta que se le ocurrió una idea.
Entonces se fue al lecho, debajo del cual encontró sus zapatillas. Puso una
en el suelo ante la lámpara y apoyó la otra con la punta levantada en ella.
Miró hacia la pared gravemente durante un rato y luego se echó en el suelo,
boca abajo. Mirando cuidadosamente la sombra, puso sus codos juntos sobre
la alfombra, juntó los brazos y unió la sombra de sus manos con la sombra
de las zapatillas.
El resultado le encantó. Se parecía a una araña y a un gorila. Era algo
nuevo que nunca nadie había visto. Torció los dedos y los mantuvo así.
Ahora la cabeza de la cosa estaba llena de bultos y tenía unos ojos
triangulares luminosos y una mandíbula que oscilaba bostezando. Tenía
largos brazos que se extendían y un delicado conjunto de tentáculos.
A la más pequeña indicación, se movía jugueteando con la cabezota y le
hacía guiños. Al mirarlo se dio cuenta de que, de pronto, la cosa fluctuante
que vivía en el ángulo superior de la pared se había escurrido y bajado hacia
la bestia que él había creado, acercándose más y más hasta que, ¡diablos!,
llegó a fundirse, sin meter ruido, con la misma bestia. Fue algo tan rápido y
total como la fusión de dos gotas de lluvia en el cristal de una ventana.
Bobby movía los brazos, encantado:
—¡Para, para! —suplicaba—. Detente ahí. ¡Te acariciaré! ¡Te daré cosas
buenas para comer! Por favor, para, ¡por favor!
La cosa le miraba. Creyó que iba a detenerse, pero no se atrevía a
mover las manos todavía.
Se oyó el ruido al abrirse la puerta y el golpe seco del conmutador
eléctrico: la habitación quedó inundada por una explosión de luz.
—¿Qué estás haciendo?
Bobby se quedó helado, con los codos sobre la alfombra ante sí, los
antebrazos unidos y las manos retorciéndose extrañamente. Apoyó la
barbilla sobre el hombro y así pudo mirarla, mientras ella permanecía de pie
allí, tiesa y amenazadora.
—Estaba, estaba solamente...
Se agachó hacia él. Lo agarró, levantándolo del suelo, y lo tiró sobre la
cama. De una patada esparció las zapatillas. Levantó la lámpara tirando del
cordón de la pared mientras decía con voz sibilante:
—Tenías prohibidos los juguetes. Esto quería decir que no podías
inventarte ninguno. Y por haber hecho esto, te quedarás aquí... ¿Qué estás
mirando?
Bobby extendió las manos y las puso juntas, manteniéndolas
estáticamente unidas. Sus ojos centelleaban y sus pequeños y blancos
dientes se asomaron para poder ver de qué se estaba sonriendo Bobby.
—¡Se ha parado! ¡Lo ha hecho! ¡Se ha parado! —dijo Bobby.
—No sé de lo que me hablas y no voy a quedarme para averiguarlo —
dijo Mami Given—. Creo que estás loco. — Se fue y cerró la luz.
La habitación quedó a oscuras, a excepción de la pared blanca, cerca de
la puerta.
Mami Given dio un alarido.
Bobby se tapó los ojos.
Mami Given volvió a gritar, ahora roncamente. Era un sonido como el
ladrido de un perro, pero más y más prolongado.
Hubo un largo silencio. Bobby, a través de sus dedos, miró hacia la
pared, que resplandecía opaca. Bajó sus manos, se sentó muy tieso, levantó
las rodillas hasta el pecho y pasó los brazos a su alrededor.
—¡Vaya! —dijo.
Se oyeron unos pasos que subían las escaleras.
—¡Given! ¡Given!
—¡Hola, papaíto!
Papaíto entró, encendiendo la luz.
—¿Dónde está Mami Given? Bob, hijo mío, ¿qué ha ocurrido? He oído
un...
Bobby señaló la pared.
—Está allí dentro —dijo.
Papaíto no le comprendió, de modo que se volvió y corrió hacia la
puerta gritando:
—¡Given! ¡Given!
Bobby seguía sentado, contemplando la sombra diluida de la pared,
absolutamente visible, pese al destello de luz de la lámpara del techo. La
sombra seguía moviéndose y moviéndose. Era un triángulo con el vértice
hacia abajo, introducido también en un triángulo con el vértice hacia abajo,
que estaba montado sobre un tercero y, por dentro, estaban los dos fuertes
bastones de sus piernas. Tenía los brazos levantados, con los puños de
sombra prietos e iba golpeando la pared silenciosamente.
—Ya nunca más iré al país de las sombras —dijo Bobby, encantado—.
Ella está allí.
Y cumplió lo que dijo.
TWINK
Dejé el teléfono, incapaz de hacer nada. Pensé que tenía que salir de
allí, que tenía que pedirle permiso al viejo Cara de Palo, que tenía que irme a
casa.
El viejo salía precisamente en aquel instante de su despacho. Por vez
primera me alegré de que mi mesa estuviera enfrente de la brillante placa
de roble que había en su puerta, cual un saludo de bienvenida. Levanté la
vista para mirarle y creo que le debí de parecer preocupado.
Se detuvo a mi lado:
—¿Ocurre algo malo?
Me pasé la lengua por los labios; pero, como un tonto, no pude articular
palabra; ni siquiera supe decir: «Tengo que irme.»
—¿La niña? —interrogó.
—Sí —dije—. Debemos llevarla esta tarde.
—Bien, váyase —dijo de pronto. Me levanté sin atreverme a mirarle.
—Gracias.
—Cállese la boca —dijo agriamente—. Telefonee si necesita algo.
—No necesitaré nada.
Nada. Sólo valor. Fe, dirían algunos con esta hipocresía que se necesita
para esconder a un crío que se tiene miedo.
Tomé mi sombrero. El viejo Cara de Palo seguía allí; de pie. Cuando me
volví, desde la puerta exterior, todavía permanecía inmóvil, contemplando el
lugar donde yo había estado.
Casi me dieron ganas de chillarle, de cantarle las cuarenta, para que se
diera cuenta de que yo no era ningún bicho raro. «¿Por qué no mira el
pliegue de mi pantalón azul, mis relucientes zapatos, que son igual que los
suyos? ¡Mire, me estoy quedando calvo! ¡Mire!, ¡mire! ¡Soy como los demás!
¡Tengo ardor de estómago y un nudo en la garganta!»
Y, al mismo tiempo, hubiese querido chillarle otra cosa: «Usted es
bondadoso conmigo porque sabe lo que me está ocurriendo con la pequeña;
pero nunca logrará entender lo que esto significa. Soy ajeno a usted. Soy
como los casos tristes que salen en la hoja parroquial. No duda usted de que
son casos reales; pero no puede saber lo que significan.»
De este modo, mientras una voz quería gritarle: «Soy igual que usted»,
y la otra quería decirle: «Usted no lo entiende», opté por callarme dejando
que un impulso destruyera el otro, mientras procuraba que la gran puerta
vidriera se cerrara suavemente y me dirigía hacia los ascensores.
Tuve que esperar y no me gustó. Miré los indicadores, vi que todas las
jaulas estaban funcionando, y tampoco me gustó. ¡Debería detenerse todo,
excepto mi ascensor, que debería presentarse al instante! Aguardé,
consciente de que lo que pensaba no era razonable; pero no por eso dejaba
de estar tan furioso que trinaba.
Tras de mí, croe, croe, croe, croe, y vi, por el rabillo del ojo, que era
Bernie Pitt con sus muletas. Me volví rápido para darle la espalda. Bernie es
un tipo simpático; pero en aquel instante, yo no quería hablar con nadie. Era
como si, al charlar con alguien, pudiera retrasar el ascensor.
Confié en que él no se hubiese dado cuenta de mi vuelta repentina. Me
di cuenta de que podía verle reflejado en el bruñido mármol verdegrís de la
pared donde estaban las puertas de los ascensores. Me estaba mirando, vi
como inclinaba la cabeza a un lado, observando como yo daba vueltas a mi
sombrero entre mis manos. Luego echó la cabeza hacia atrás y algo hacia
arriba, como si mirara la parte superior de las puertas, haciendo lo mismo
que hacen todos cuantos quieren aparentar que están absortos en sus
propios pensamientos. Él, al verme con el sombrero, había comprendido que
yo salía y sabía cuanto me ocurría y lo de Twink y lo del accidente y, de este
modo, se comportaba con consideración.
El viejo Cara de Palo, también era considerado. El maldito viejo hacía
siempre las cosas con consideración. Y así, le daba una plaza a Bernie, que
era un inválido.
Sentí asco por haber pensado una cosa semejante.
Esto me hizo odiar a Bernie. Miré fijamente su imagen reflejada.
Precisamente entonces una de las puertas de los ascensores se abrió en el
pasillo. Salté dentro y di la vuelta.
—Subida —dijo el ascensorista.
Bernie había entrado sin mirarme. La puerta se cerró. Si hubiese tenido
una piedra se la hubiese tirado. Pero procuré contenerme. Veía claro lo que
estaba ocurriendo. Cuando un hombre está terriblemente asustado y lo que
le asusta es difuso e inconcreto, ataca indistintamente a todo y a todos. Pues
bien: métete con todo el mundo, me dije a mí mismo, y libera tu mezquina
cabeza de pájaro de tu rabia antes de llegar.
—¿Baja? —me preguntó el ascensorista.
Dando un codazo al entrar en el ascensor, me sentí con derecho a estar
furioso con el muchacho por haber tardado tanto. El ascensor estaba lleno
de intrusos y el descenso fue largo. Por un momento me sentí furioso; juro
que pensé en dar empellones a todos con los hombros y que, materialmente,
podía salpicarles con mis descargas de adrenalina. Luego, las puertas se
volvieron a abrir y apareció el rellano. Ya las oficinas de arriba habían dejado
de aprisionarme y no me sentía confinado en ellas. Las gentes que las
poblaban habían dejado de ser intrusos.
Eché a correr, escabulléndome entre la muchedumbre en dirección a la
estación interurbana; confié en mis pies, dejando que el resto de mi persona
volara a la ventura, como una paloma de la paz cuando la sueltan en el
festival de un colegio.
Me preguntaba: ¿Cómo puede ser que, en mi mundo, exista algo que no
sea real? Ha llegado el día en que Twink debe ser llevada al Hospital: es hoy.
Ha llegado. Ha sido real todo este tiempo, aunque se situaba en el futuro, y
este futuro era ya más real que todas las demás cosas del mundo. Ha
llegado ya, y ahora están andando con el agua al cuello, mirando el futuro
más negro.
Pero se podía contar con la colaboración de todos. Nada es tan absurdo,
para un viajero habituado a sus horas, como una estación de viajeros
habituales, a las diez de la mañana. Los trenes, aparcados bajo los toldos
que reproducen los ruidos como un eco, parecen grandes larvas sin vísceras.
Los ferroviarios de aquel tren fúnebre, cuchicheaban como si no debieran
hacer su trabajo, como si no fuera misión suya llevarme a casa antes de que
los sierrahuesos empezaran a trabajar sobre mi pequeña.
Me acerqué al grupo:
—¿Baytown?
Me miraron: un conductor, un maquinista, un jefe de andén. Eran de
distintas tallas y formas; pero sus caras tenían un idéntico tono gris y daban
la misma maldita sensación de las cosas adecuadas. Estaban en el puesto
que les correspondía, haciendo lo que debían en el momento debido. Eran
conscientes y sensatos: estaban allí, al servicio de los viajeros habituales
que aparecían por millares. Pero no es tan fácil atender a un hombre que
viaja hacia las afueras, a las diez de la mañana. Ésta no parecía misión suya.
Me metí en el tren y me senté mirando mi reloj. ¡Cuatro minutos! ¡Iban
a hacerme esperar cuatro minutos!
Me senté en el coche vacío y miré el amarillo reluciente del entretejido
de plástico que pretendía ser una redecilla, los paneles de acero que
simulaban madera y los anuncios. Había tres clases de anuncios: los
imperativos, que decían: Compre, y Beba, y Use; los comparativos, que
decían: Mejor, Más bueno, Más fino (y nunca aclaraban en qué eran mejores,
en qué más buenos y en qué más finos); y los nominales, que,
estúpidamente, sin ninguna explicación, proclamaban un nombre.
Di un bufido contra todo aquello y alargué la mano para tomar un
periódico que alguien había dejado abandonado en un asiento próximo al
mío. Si su propietario hubiese estado allí, creo que le hubiese encajado un
directo a la mandíbula. Siempre he respetado los libros y siempre he
considerado que un periódico es una especie de libro. Aquel genial idiota
había puesto la sección del centro patas arriba, había doblado algunas hojas
al revés, sobre sí mismas, por la columna central, de modo que estas
páginas tapaban y escondían todo, y había arrugado y mutilado el blanco
cuerpo muerto, antes de abandonarlo.
Refunfuñando, empecé a juntarlo y a ponerlo en orden:
TONY EL ANIMOSO, MÁS DÉBIL
El muchacho condenado, está empeorando. — Se reciben postales y
regalos adelantándose a su cumpleaños
New York, 25 de junio (A.P.).— El muchacho Tony Parshuall, de cinco años
de edad, ha sido puesto en una tienda de oxígeno en el Memorial
Hospital, mientras un cuadro de médicos especialistas del cáncer
permanecen veinticuatro horas diarias a su cabecera. Se ha abandonado
toda esperanza de que alcance su sexto aniversario en agosto.
El muchacho, cuya famosa sonrisa le ha dado a conocer, de costa a costa,
como Tony el Animoso, sufre de leucemia muy avanzada.
Furioso, arrugué el periódico y lo arrojé lejos de mí. Se rompió en el aire
y se agitó en el suelo, quedándose allí como acusándome y plantándome
cara. Solté un terno y me levanté; lo recogí y lo dejé apartado de mi vista en
el asiento de enfrente.
Tony el Animoso. Un repliegue en los músculos faciales, cualquier
accidente en el arco dental, un relámpago de magnesio y la presencia
fortuita de un fotógrafo reportero. Así tuvo la suerte igual a la del individuo
que consiguió enarbolar la bandera en Iwo. Se baraja todo esto y se obtiene
un héroe nacional. ¿A quién aprovecha leer o escribir sobre el Alegre Tony?
¿Le aprovecha de algo a él? Por un momento asqueroso, quise ponerme en
el lugar del padre de Tony. Todo lo que tenía que temer era cáncer -¡qué
agradable, la seguridad del cáncer!- y, una vez terminado, esto sería todo...
No envidiaba aquella publicidad, y mil y mil veces agradecí al
Todopoderoso que hubiese tan poca gente que conociera lo que le ocurría a
Twink.
Se cerraron las puertas y el tren inició la marcha. Dejé escapar un
suspiro de alivio y me apoyé en mi asiento, preguntándome qué podía hacer
para que el tiempo corriera más deprisa. No, el tiempo no; el tren. Apoyé los
pies sin efecto contra las patas del asiento de enfrente e hice un cuidadoso e
infantil cálculo de lo que estaba haciendo: veinte kilos de impulso de mis
pies hacia delante, y veinte kilos de presión de mis espaldas hacia atrás:
igual a cero. Me levanté, sintiéndome estúpido. Empecé a mirar de nuevo los
anuncios:
Imperativo, comparativo, nominativo.
Puede que mi técnica hubiese sido siempre equivocada. Quizás hubiese
debido emplear la misma táctica que los amigos con Twink. Después de
todo, tal sistema había sido empleado y probado desde hacía más de una
centuria.
—Relájate con oxígeno —debería haberle dicho—. ¡Vive! —hubiera
debido repetirle doce veces por minuto, de la manera más imperativa—.
Vive... vive. No te resistas. Deja que el doctor trabaje. Será más fácil —(¿más
fácil qué?). Y, desde luego, tenía que haber repetido el nominativo
penetrante, institucional: Twink. Hasta que ella se lo creyera todo.
Mi furia se había tornado en histeria y ahora se convertía en una
serpenteante depresión. Se apoderaba de mí como la sombra de un gran
reptil, como algo que se movía suave e implacablemente sin que la mente
humana lo pudiera comprender. Me sentí profundamente solo. Yo era
distinto. Aparte. Más aparte que Bernie, que había dejado la mitad de una
pierna en Formosa. Más que Sue Gaskell, que era la única negra empleada
en el departamento de copias. ¡Dios mío!, otra bondad del viejo Cara de
Palo.
¿Por qué no podría alguien (además de Twink) compartir esto conmigo?
Ni tan sólo Doris podría. Doris me quería; comía conmigo, dormía conmigo,
sufría y se alegraba conmigo; pero este «algo» con Twink no lo podía
comprender. No estaba capacitada. Me preguntaba cómo podría soportarlo.
Aquello podría seguir durante años... si es que Twink vivía todavía. Twink y
yo compartíamos una cosa que Doris no sabría nunca, pese a ser la madre
de Twink.
De pronto encontré otra cosa que me enfurecía y la depresión se alivió
lo suficiente para que pudiera darle rienda suelta a mi rabia. «Vosotros,
peleles —pensé—, vosotros, gentes de buena voluntad que hacéis
soldaduras en los carriles sobre los cimientos de la vía; vosotros, que ponéis
sordina en el registro regulador del tiro de las chimeneas; vosotros, que
dibujáis neumáticos y ruedas con cojinetes para los trenes; ¿no se os ha
ocurrido alguna vez que un hombre puede necesitar oír algo, viajando en un
tren de 1973? Hace veinte años, hubiese podido escuchar las ruedas y
hubiera inventado una canción mientras viajaba:
Tuc a truc, tuc a truc, tuc a trine,
Pobre pequeña Twink.
No la dejéis que muera al fin...
Pero, bueno, amigos; pensándolo mejor, ya está bien que sigáis
soldando vuestros carriles.»
—Baytown —dijo el anunciador, con voz monótona. Y la aminoración de
la marcha me ayudó a levantarme del asiento.
Me fui hacia la puerta y la crucé antes de que se hubiese deslizado del
todo para abrirse. Salté al andén, manoseando en busca de mi carnet de
viajero, equivoqué la ranura para taladrarlo y me lastimé los nudillos. Se me
cayó el carnet, lo recogí, lo metí de nuevo en la ranura; esperé una eternidad
-bueno, tres segundos- mientras se perforaba, tiré de él y salió
entregándome el recibo.
Estaba a punto de echar una maldición porque no había taxi, pero allí
estaba. No tuve que aullar mi dirección, porque el taxista la conocía y no
pude ofrecerle propina si corría más, porque pertenecía al sindicato y sus
turbinas estaban controladas por un regulador que no le permitía correr tan
de prisa como yo deseaba. Lo único que pude hacer fue acurrucarme sobre
los cojines y morderme la punta del pulgar.
La casa estaba en silencio. No sé por qué, pero había esperado
encontrarlas en la habitación de los niños; pero no había allí ningún ruido.
Encontré a Doris tendida en el canapé del rincón, como adormilada.
—¡Doris!
—¡Shh! Twink está dormida.
Me dirigí hacia ella:
—Está... habéis... has...
Ella me desarregló el pelo cariñosamente.
—¡Shh! —repitió—. Virgencita mía, todo va bien.
Me acerqué mucho y le susurré:
—Asustado. Estoy asustado.
—Yo también lo estoy — dijo reflexiva —. Pero no quiero desanimarme.
Me arrodillé a su lado, absorbiendo con fuerza la paz que de ella
emanaba.
—Lo siento, querida. He estado... —Me estremecí—. En el tren he leído
algo a propósito del Alegre Tony. Estaba pensando que, si lo supieran,
habrían hecho lo mismo con nosotros.
—Más todavía. —Sonreía a medias—. Toda esta correspondencia, todos
aquellos periodistas, aquellos reporteros. Hubiésemos tenido toda esta
gloria; todo este... escándalo.
Escuchábamos juntos el silencio de la mañana. Era la primera vez,
desde que me había llamado, que me enteraba de que hacía un día
hermoso.
—Gracias —musitó ella.
—¿De qué?
—Por no decírselo. Por ser bueno, por ser precisamente como eres; esto
es lo que quiero decir. Y por Twink.
—¿Por Twink?
—Claro. Es mi hijita. Si no fuera por ti, nunca la hubiera conocido.
—Pienso que la forma como la maternidad vuelve locas a las mujeres es
una de las cosas más bellas que existen.
Ella me contestó sólo con una mirada. Dijo:
—Tenemos que estar allí a las doce.
Miré mi reloj. Di un brinco salvaje y empecé a dar vueltas a tontas y a
locas.
Doris se rió, mirándome.
—¿Cuánto tiempo necesitamos para llegar allí? —preguntó.
—Diez minutos. Pero antes tenemos que..., no tenemos que... ¿eh?
—No, no. Nos queda más de una hora. Siéntate y haz el favor de estarte
quieto. ¿Vas a comer algo antes de marcharnos?
—Imposible. No podría.
—Yo tampoco.
Me senté de nuevo. Me miró sonriendo y dijo:
—Resultas divertido.
—¿Yo?
—¿Tuviste alguna dificultad en venir?
Hablaba por hablar, la cosa estaba clara; pero yo aparentaba no darme
cuenta.
—En realidad, no. El viejo Cara de Palo me miró cuando me llamaste y
me dijo que me marchara.
—Es un hombre estupendo, cariño. No le llames con ese mote.
Gruñí y dije:
—Me saca de quicio.
—¿A pesar de todo lo que ha hecho?
—Sí; pese a cuanto hizo —añadí con enojo—. Precisamente a causa de
todo lo que ha hecho. Toda mi vida he sido un bicho raro por alguna razón.
En la Universidad, descubrieron esta particularidad mía y tuve que
adaptarme a ser una curiosidad de laboratorio. Salí, incluso, en los
periódicos. No es que hablaran mucho de mí, pero sí lo bastante para que no
pudiese obtener ningún trabajo decente cuando me gradué. Excepto con
Cara de Palo, naturalmente: ni tuve que solicitarlo; fue él quien me escribió.
Sólo emplea a gentes de esta categoría. Gente con media pierna. Tiene a
ciegos entre el personal. Ex convictos a quienes nadie daría una
oportunidad.
»Al principio, parece como si todo el mundo se sintiera libre de sus
preocupaciones, gracias a él. Pero al cabo de un tiempo, te das cuenta de
que, si no hubiese en ti algo raro, no te hubiera buscado. Es como estarte
muriendo de hambre toda la vida y luego convencerte que te puedes ver
bien alimentado y cuidado hasta el día que te mueras... pero en una
leprosería.
Pero me callé todo esto y dije solamente:
—Lo siento, Doris. Es que soy un ingrato... Creo que Twink se está
despertando.
—¡Vaya por Dios! Esperé que durmiera hasta...
—¡Shh!
Desde que ocurrió el accidente (decían que era imposible que volara un
coche modelo 1970; pero yo soy tan loco que lo logré), Twink me asustaba
cada vez que despertaba. Salía de un sueño normal de una chiquilla normal,
para entrar en una espantosa quietud, un cese de todo absolutamente,
menos la vida humana. Era como si entrara en coma. Pero yo había vivido
siete semanas así y en este tiempo y aun ahora, este paro, aunque
momentáneamente, me hacía sentirme alborozado y culpable, hasta tal
punto que no podía soportarlo. Y lo peor es que tenía que disimularlo, que
ante todo debía ser fuerte para ella y animarla cuando despertaba. Al poco
tiempo, había pasado: se había despertado, confusa, oscuramente contenta.
—¡Hola nena! ¿Cómo está mi pequeña Twink?
Doris, ansiosa en el canapé, no osaba ni respirar.
—¡Muy bien, Twink; está muy bien! —dije.
—¡Claro está!
Miré a Doris. No había ni una sola arruga en su cara inexpresiva. Pero de
pronto comprendí que no podía seguir utilizándola como un apoyo en mis
preocupaciones. Me incliné y la besé. Y, procurando dar a mis palabras un
tono festivo, porque yo sabía que ella lo prefería, le dije:
—Está bien, cariño. Desde ahora puedes echar maldiciones, si quieres.
—Buena idea, lo haré —contestó, reconocida.
¿Fue todo a causa del accidente o se trataba de algo que ya estaba en
mi propio ser? Champlain tiene unas teorías a este respecto. (Sí, él,
Champlain, siguió investigando allí donde Rhine abandonó sus
investigaciones.) La que más me gusta creer es la que afirma que cuando
ocurrió el desastre, durante la terrible hora siguiente, yo pude irradiar tal
fuerza vital a Twink, que logré crear en ella una reacción.
Lo podríamos llamar telepatía (éste es el nombre que le da Champlain,
pero a mí no me agrada). Admito, desde luego, que tengo ciertos prejuicios.
Pueden ustedes quedarse con todos los fenómenos extraordinarios, todos
absolutamente y... bueno, y a mí que me dejen en paz.
Tal vez estoy mejor dotado que otro individuo cualquiera, puesto que,
durante ocho años, viví con la aureola de ser el único muchacho que logró
alcanzar 88 puntos en las cartas de Rhine. Pero, personalmente,
constitucionalmente, no hay razón para que se me considere distinto a los
demás. Lo que quiero decir es que esta inútil habilidad mía (no la considero
un talento, ni quiero llamarla un don) no me hace distinto a los demás.
Puedo ser tan bueno como un vulgar cocinero o tan malo como el que
recoge los billetes en una estación. Pero nunca he podido vivir como un ser
humano normal. Podría quedarme en los laboratorios de parapsicología y
ganarme así la vida, como vive un mono en un jardín zoológico. (Pero no me
la ganaría muy bien, porque incluso en esta era ilustrada no hay ningún
parapsicólogo que sea rico.) Pero también puedo soltarme de las
experiencias y conseguir un trabajo, pese a que la forma como había vivido
me convertía en algo así como un hombre que llevara un platillo volante
como aureola.
—¿De modo que es usted el hombre que puede leer el pensamiento?
Así lo dicen: y piensen ustedes lo que esto significa como propaganda.
Generalmente no lograba encontrar trabajo. Cuando lo encontraba, no
tardaban en averiguarlo. Dos veces conseguí trabajo y lo descubrieron luego.
Cada vez hubo quien se fue al jefe e invocando que era un empleado más
antiguo, dijo:
—Mire usted: o él o yo.
Y ya se adivina quién era el que saltaba.
¿Es que le gustaría a usted trabajar día tras día con alguien que pudiera
leer su pensamiento? ¿Quién no tiene secretos? ¿Hay vida alguna que sea
como un libro abierto? Le juro que yo mismo no quisiera trabajar con alguien
así, aunque yo soy tan inofensivo como el que más. Lo que me volvía loco -y
estaba más de dos tercios loco cuando me encontré con Doris y más tarde
con Cara de Palo- era que todo el mundo creía que yo podía leer el
pensamiento. Y, lo más grande, es que yo no puedo leer el pensamiento.
Pero Doris, a pesar de que había oído hablar de mí antes de conocerme,
nunca hizo la menor alusión a ello. Primero resultaba agradable estar con
ella, luego me resultó indispensable, y, finalmente, tuve que tomar una gran
decisión y se lo confesé todo una noche. Ella me besó en la punta de la nariz
y me dijo que ya lo sabía y que no tenía importancia. Si yo le decía que no
podía leer el pensamiento sino que únicamente podía adivinar las tarjetas de
Rhine, ella me creería; pero si alguna vez aprendía a leer las mentes, lo
único que quería con la mayor impaciencia era que leyera la suya. Después
de esto me hubiera casado con ella aunque hubiera tenido la pinta de un
monstruo. En realidad se parecía a una princesa de cuento de hadas.
Cuando me recuperé de la impresión de este encuentro, resultó que la
gente me era mucho más simpática que nunca. Creo que esto significa que,
en realidad, empezaba a gustarme un poco yo mismo.
Luego vino la carta de Cara de Palo, apareció Twink y ocurrió el
accidente.
Y, después del accidente, se presentó una habilidad de pesadilla de
poder sumergirme en aquel silencio viviente que era Twink: algo inmóvil que
no podía ver ni oír ni hablar, algo que estaba espantosamente herido y en
suspenso, algo que apenas si llegaba a vivir. ¡Mi hija! Después de siete
semanas había aparecido el primer movimiento, apenas una débil tensión.
Era como un leve eco de miedo y siempre se presentaba una especie de
retroceso que volvía a llevar de nuevo a aquel pequeño ser muy cerca de la
muerte. Luego siguió otra vez el silencio, el moverse un poco, el nuevo
retroceso.
No sé por qué lo intenté, cómo se me ocurrió el intentarlo; pero hice
todo lo posible para darle ánimos. Mantenía mi tensión hasta el dolor, e iba
diciéndole: Estás bien, cariño; no te asustes, ya todo está vencido. Pensaba
que así la ayudaba; luego comprendí que era verdad, y, una noche, tuve la
convicción de mi utilidad porque sentí cómo aparecía la tensión y luego
desaparecía y se hizo un silencio distinto, como un sueño, y no un coma.
Después de esto mejoró deprisa y yo me así a la esperanza de que un
día podría ver y correr y saltar como las demás chiquillas, oír música, ir a la
escuela... Tenía que hacerlo, tenía que lograrlo, porque, de lo contrario, yo
era un asesino. Peor que un asesino, porque ellos saben lo que hacen y lo
hacen para conseguir algo para su provecho. Pero yo, ¿queréis saber lo que
hice?
Habíamos salido a dar un paseo en nuestro flamante coche nuevo -
bueno, claro que era de segunda mano, pero era el más nuevo que había
poseído hasta entonces- y yo quería comprar un par de cartones de
cigarrillos antes de cruzar la frontera del Estado para ahorrar -¡supongo!-
unos pocos centavos de impuestos. Marchábamos por una carretera de seis
pistas, tres en cada dirección. Yo adelantaba por la mía del centro.
Doris señaló un gran cartel luminoso:
—Allí hay una expendeduría.
Le di al volante y me disparé en línea recta cruzando la pista de mi
derecha. El camión dio en el guardabarros posterior y volcamos.
Por seis centavos. Bien mirado ni llegué a comprar los cigarrillos, de
modo que no tuve ni tan miserable compensación.
He ahí el superhombre con sus «talentos excepcionales» y todo. En
realidad, un infeliz, un idiota de la carretera.
Doris y Twink fueron a parar al hospital ensangrentadas. Allí
permanecieron días y días, como si fueran de cera, como muñecos rotos.
Doris iba repitiendo que no había sido culpa mía, que no había sido culpa
mía... Pero, ¡Dios mío!, a Twink podía dársela por muerta.
Estaban esperándonos dos eminencias de la medicina: Mr. Clintock y
Zein y, naturalmente, Champlain. ¡Valiente metomentodo! Por nada del
mundo se hubiese perdido esto. Afortunadamente, no había periodistas.
—Venga, tengo que hablarle —me dijo Champlain, jovial como siempre.
Era el tipo de quien hubiera sospechado menos que fuera un
parapsicólogo. Nunca le había tenido simpatía a Champlain, pero era la única
persona en el mundo, además de Doris, con quien osaba hablar sin sentirme
cohibido. En este momento, sin embargo, hubiera querido no haberle
hablado nunca. Especialmente de Twink. Pero él estaba enterado y no había
escapatoria.
Me separó de Doris y de Twink. Doris gritó:
—¡No! —Y Twink estaba asustada.
—No se asuste, mujercita. Estará de vuelta antes de que empecemos
nada —dijo cordialmente. Y yo le seguí por un lado, mientras Doris y Twink
desaparecían por otro. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Me empujó a través de una puerta y me hizo correr de tal modo, que
estuve a punto de caerme antes de poderme sentar en una butaca. De un
puntapié cerró la puerta.
—Aquí tengo medicina —dijo sacando una botella del cajón superior de
su escritorio—. Ese Clintock dejó que viera dónde la guarda, el idiota.
—No quiero.
—Venga.
—Déjeme en paz —dije. Y lo dije con toda mi alma. Me contemplé a mí
mismo, admirando mi tono rígido, imperativo y áspero. Siempre pensé que
sólo los gángsters de película podían hablar así y hacer que sonara a
verdadero. Mientras me admiraba a mí mismo, me desmoroné de repente y
empecé a sollozar y a lanzar maldiciones. Maldije y sollocé. Era algo
espantosamente nauseabundo.
—Vaya —dijo Champlain. Apartó la botella y tomó algunas píldoras.
Llenó un vaso de papel con agua fría y me lo acercó.
—Tómese esto.
—No quiero.
—Usted se lo torna o le agarro la nariz y se lo empujo pescuezo abajo
con un palo.
Tomé las píldoras y el agua. Desde luego no soy un superhombre.
—¿Qué son?
—Dexamil. Lo despabilará y lo calmará en el acto. Y ahora, cuénteme lo
que le pasa.
Dije lo que hasta entonces no había traducido nunca en palabras.
—Twink va a morir. Quiero que muera.
—Los dos mejores especialistas del mundo dicen que no morirá.
—¡Déjenla que se muera! Si no se muere, saldrá de ahí como un
muñeco roto. Lo sé. Lo sé mejor que nadie. Ciega, sorda, paralítica. Lo más
que puede hacer es desmoronarse. ¡Déjenla que se muera!
—No sea tan terriblemente egoísta.
Una patada en la cara no me hubiese sorprendido más. Le miré
torpemente.
—¡Claro!, egoísta —repitió—. Usted estrelló el coche como podía haberle
ocurrido a cualquiera. Ni su esposa le acusa. Para usted ha sido un desastre
porque nunca, hasta ahora, se había sentido responsable de nada
importante. El único modo que tiene de demostrar que es importante es
sufriendo un castigo importante. Lo peor que puede usted imaginar es la
muerte de Twink. De fallar esto, lo peor que puede ocurrir es que su vida
siga en el estado en que ahora se encuentra. Usted quiere que ocurra una de
estas dos cosas.
Le llamé algo que no puede ser repetido.
—Seguro que lo soy —asintió—. Del todo. El que no tiene razón siempre
cree esto del que la tiene.
Le lancé otro exabrupto.
—Sí, esto también —dijo. Y se sonrió con toda la cara. Levanté mis
manos y luego las dejé caer.
—¿Qué quiere usted que haga? ¿Por qué se mete conmigo?
Se acercó y se sentó a mi lado.
—Necesito que usted nos ayude. Que ayude a Twink.
—No haré más que estorbar.
Me golpeó la espalda. Quiso ser un gesto amistoso, pero me dio con
demasiada fuerza.
—¿Usted puede comunicar con ella, no?
—Sí.
—Ha sufrido una herida, una herida grave. Lo que vamos a hacerle va a
dolerle muchísimo. Es posible que ella no quiera aguantarlo.
—¿Es que puede escoger?
—Todos los pacientes pueden escoger. Dadas las mismas
circunstancias, viven o no viven. Si han sufrido ya y notan que se presenta
más dolor, puede muy bien ser que no quieran hacer frente a ello.
—Pero no veo cómo yo...
—¿Le gustará preguntarse todo el resto de su vida: quizás hubiera
podido salvar la suya?
—De todos modos, va a morir.
Se levantó y permaneció de pie, frente a mí, con los puños sobre los
costados, mirándome silenciosamente, férreamente, en silencio, hasta que
levanté el rostro. Aguantó mi mirada hasta que yo no pude más y entonces,
amable y duro a la vez, dijo con el ronroneo de un tigre:
—Usted casi la ha matado una vez y ahora quiere terminar su trabajo.
¿No es eso?
—Está bien, está bien —chillé—. Haré lo que sea.
—¡Claro!
De pronto, se apoyó en una rodilla y me tomó las manos entre las
suyas. Era algo sorprendente que hiciera tal cosa y resultaba raramente
efectivo. Pude sentir la corriente de su poderosa vitalidad a través de sus
manazas; era como si mi yo, arrugado como una pasa, se volviera reluciente
y bruñido y lleno de vigor. Lentamente y con profunda seriedad, dijo:
—Todo lo que usted tiene que conseguir es que ella quiera vivir. Usted
va a estar con ella, va a ampararla y ayudarla, va a infundirle la convicción
de que no importa cuanto ocurra, no importa cuanto duela, vale la pena
sufrirlo porque, de ese modo, va a vivir.
—Muy bien —susurré.
—Es sólo una chiquilla. Acepta las cosas como son y no tiene paciencia.
Si algo le da miedo o rabia, no pensará más allá. Si algo parece darle amor u
ofrecer sabiduría o fuerza, lo tomará como tal. Sea usted fuerte y sensato
para ella.
—¿Yo? —Se levantó.
—Usted.
Se fue hacia el escritorio, tomó la botella y llenó un vaso de papel. Me lo
tendió. Me froté los ojos con el dorso de la mano y me levanté.
—No, gracias. No lo necesito.
Enarcó las cejas y se bebió el licor él mismo. Luego salimos.
Me hicieron lavarme como si fuera uno de los cirujanos: guantes,
mascarilla, todo. Después entramos en el quirófano. Doris ya estaba allí
preparada también. Me acerqué y la besé a través de la mascarilla. Ella
sonrió y dijo:
—Estás muy guapo de blanco.
Luego me pregunté de dónde había sacado yo esta frase. Luego añadí:
—Hola, Twink.
En algún punto de aquella ceguera, en los confines de la parálisis, había
una sombra de terror y, dentro de ella, una pequeña y cálida respuesta. El
miedo se disipó. Levanté la vista y me crucé con la mirada de Champlain.
Ante mi propia sorpresa, estaba sonriendo bajo mi mascarilla. Moví la cabeza
afirmativamente y él, guiñándome un ojo, dijo:
—Creo que puede empezar, Mc.
Con todo mi corazón dije:
—Ahora escucha, Twink. Te quiero mucho y estoy aquí. No importa lo
que ocurra, yo estoy aquí contigo. Va a ocurrir algo, algo grande, y todo va a
cambiar para ti. Algo de esto no va a ser... no va a ser agradable. Pero ellos
tienen que hacerlo. Por ti, Twink. Aunque no sea agradable lo hacen por ti.
Tienes que dejarles hacer. Tienes que ayudarles. Te quieren mucho, pero yo
te quiero más que nadie. No debes marcharte. Si te duele demasiado, me lo
dices, y yo haré que se detengan.
En aquel momento estaba ocurriendo algo, algo muy de veras. Me
acerqué inquieto, intentando ver lo que McClintock estaba haciendo.
—Apártese un poco —gruñó.
—¿Que me aparte? ¡Y un cuerno! ¿Qué demonios está atando a su
cabeza?
Champlain vociferaba:
—¡Déjelo! No debe usted enfadarse.
Doris lanzó un pequeño suspiro. Me volví hacia ella. Estaba sonriendo.
No. No era eso. Sus ojos estaban cerrados con fuerza. Se le caía una lágrima.
—¡Doris!
Su cara se relajó al instante como si le hubiesen cortado los nervios.
Luego abrió los ojos y me miró:
—No es nada —dijo.
Hubo una llamada, una llamada, una llamada.
—Sí, Twink. Estoy aquí. No me he ido. Estoy aquí mismo, cielo. Si
quieres que se detengan no tienes más que decirlo.
Una pausa: luego una pregunta temblorosa.
—Sí, sí —dije—. Estoy aquí. Todos los segundos. No me voy.
Otra pausa, y luego, como una chispa de luz, como una cálida y alegre
respuesta.
Doris se lamentaba casi como en un susurro. La miré a ella y luego a
Champlain.
—¿Quieres que paren? —pregunté.
—No —dijo—. Le he prometido que podría.
La mano de Doris se agitó. La sujeté: estaba húmeda. Ella me apretó la
mía con fuerza.
Hubo algo en Twink completamente distinto de cuanto yo antes hubiese
sentido. Algo como cuando el accidente... y ¡Pare! ¡Pare!
—¡Pare! —susurré—. ¡Pare!
McClintock siguió trabajando como si yo no hubiese dicho nada. El otro
especialista, Zein, le dijo a Champlain, como si yo no pudiese oírle:
—¿Es necesario aguantar esto?
—Diablos, ya lo creo que sí —contestó Champlain. Mientras seguía
trabajando, McClintock preguntó:
—¿Pare? ¿Qué quiere decir, que pare?
Zein le musitó algo. McClintock asintió y una enfermera cruzó de prisa
con una bandeja llena de jeringuillas hipodérmicas. McClintock le puso
algunas de aquellas inyecciones.
Twink quedó tranquila. Por un momento pensé que se desvanecería de
alivio.
—¿Qué tal cariño? ¿Todo va bien? He hecho que se pararan, Twink.
—¿Todo bien?
—¡Twink!
—¡Twink!
Hice algún ruido. No sé cómo fue. Las manos de Champlain estaban
sobre mis hombros, triturándolos como si fueran dos enormes tenazas.
Encogiéndome, me desprendí de una y le golpeé la otra con mis puños.
—¡Twink! —exclamé.
Entonces Doris chilló de un modo penetrante y Twink vibró como un
gong.
—Esto no puede ser —interrumpí, gesticulando y agitando la cabeza.
—¿Quiere que la saquemos?
—¡No te atrevas! —dijo Doris.
—¡Sí! Ahora.
McClintock empezó.
—¿Quién?
Pero Champlain intervino:
—Cállese usted. Sáquenla fuera.
Después de esto, todo fue muy deprisa.
—Un poco más, Twink, y todo habrá terminado y estarás cómoda y
podrás dormir. Y yo estaré contigo mientras duermes, y cuando te
despiertes.
Intenté detener de nuevo a McClintock cuando cogió el bracito que
había estado todo el tiempo inmóvil sobre el pecho de Twink y lo movió
brutalmente hacia arriba y atrás. Pero esta vez Champlain estaba del lado de
McClintock y tenía razón: el dolor paró casi instantáneamente.
¿Habían pasado semanas o sólo horas? Lo principal estaba vencido y
empezaron a hacerle cosas en los ojos y en la boca, mientras yo acumulaba
medios y más medios para retener la furia, para ignorar la fatiga, para negar
el miedo e insistir, insistir por todas partes, penetrando más y más con un:
—Te quiero, Twink; estoy aquí, todo va bien. Sólo un poquito, un
poquito... aquí, ya está. ¿Estás bien, Twink?
Estaba bien. Estaba maravillosa. Cuando terminaron con ella se la veía
débil y parecía un guiñapo; pero ahora era seguro que estaba bien. La miré y
la miré y no llegaba a creerlo. No sabía qué hacer. Por eso empecé a reír.
—Magnífico. Salgamos de aquí.
Champlain cayó sobre mí como hace un paracaidista al tomar tierra.
—Ya. Esperaré.
Le dejé a un lado y me dirigí a McClintock.
—Gracias —dije—. Y perdone.
—Nada —contestó sin ninguna inflexión en la voz. Zein me volvió la
espalda.
Me senté al lado de la cama donde habían instalado a Doris y esperé,
fatigado...
Aquel hospital era muy distinto del otro. Entonces yo había cometido
algo malo y estaba lleno de terror. Ahora yo había realizado algo y me sentía
lleno de esperanza... y de licor. El licor tenía el mismo sabor que la
esperanza. Twink estaba dormida, respirando tranquila, demasiado cansada
para sentir miedo.
Estaba contento por muchas cosas y, mentalmente, las enumeraba una
a una con una delicia inmensa y tranquila.
Creo que de lo que me sentí más dichoso fue de poder decir a
Champlain:
—Ella también se hubiese portado bien, si yo no hubiese estado aquí.
Lo que más me gustaba es que lo afirmé: no lo pregunté. El se rió y
volvió a llenar el vaso.
—Es usted un lector de pensamientos —dijo.
Y fue la primera vez que, al oírlo, me pareció divertido.
—Usted lo que quería era una historia clínica de un ser humano nacido
sin trauma de nacimiento, o con un trauma mínimo, hijo mío. Desde luego,
nunca se había dado un caso así —admitió—. Hubiera tenido muchas menos
preocupaciones en mi juventud si un papaíto hubiese podido dirigirme a
través de este cañón como si fuéramos en un carrito.
—Es usted un granuja —le dije—. Y valía la pena hacerlo.
Doris movió la cabeza, impaciente.
—Estoy aquí —murmuré.
Ella me miró con su imperturbable cara de porcelana.
—Mmm... ¿Cómo está tu amiguita?
—Mi otra amiguita, Doris. Está bonita. Es toda de color de rosa. Tiene
dos ojos. Diez dedos en los pies... ocho dedos.
—¿Cómo?
—Ocho dedos... y dos pulgares. Está muy bien, querida, de verdad muy
bien. Es una niña recién nacida, perfecta.
—¡Oh! Estoy... tan contenta... ¿Puedes todavía, después de la cesárea?
Asentí con la cabeza y, al mismo tiempo, deseé que la cabeza se me
cayera por ser tan idiota. Porque al decir que sí, me di cuenta de que había
podido mentirle. Ella lo hubiera preferido.
Empezó a llorar, diciendo:
—Hiciste que me anestesiaran y lo has hecho todo tú solo. Le has
podido hablar todo el tiempo y lo harás siempre, mientras ambos viváis.
Nunca volveré a llorar por eso, lo prometo, porque no es culpa tuya y yo te
quiero de todos modos. Pero, por esta vez, déjame que llore.
Me agaché apoyando mi cabeza sobre su almohada durante mucho,
mucho tiempo. Luego me marché porque no parecía que pudiera terminar en
mucho rato.
Pero, de veras, que jamás volvió a llorar. Nunca en la vida.
Creo que debe de existir algún medio por el cual un hombre pueda
compensar a su esposa por una cosa así.
Hay que encontrarlo.
Por lo menos, eso espero.