Mi autobiografía lectora, narrada desde la perspectiva de alguien que ha vivido en la ciudad de
Lima y que, a lo largo de las décadas, ha visto cómo sus experiencias lectoras han moldeado su
identidad.
Mis primeros encuentros con la lectura no fueron en una biblioteca con estanterías
imponentes, sino en el suelo de mi casa, en un rincón de la sala en Lima. Los libros eran
objetos casi mágicos, con tapas duras y dibujos vibrantes que prometían aventuras. Recuerdo
con especial cariño una edición ilustrada de los cuentos de Hans Christian Andersen. Historias
como El Patito Feo o La Sirenita no solo me entretenían, sino que me presentaban por primera
vez emociones complejas como la tristeza, la soledad y la esperanza. Mi madre, una lectora
ávida, a pesar de no haber tenido secundaria completa, fue la primera narradora, y yo la
escuchaba, fascinada, mientras las palabras se convertían en imágenes en mi mente.
A medida que crecí, los cuentos de hadas dieron paso a los cómics de Condorito y, sobre todo,
a las enciclopedias infantiles que se compraban por fascículos en los quioscos. Estas
enciclopedias, con sus ilustraciones de dinosaurios, planetas y el cuerpo humano, fueron mis
primeras ventanas al conocimiento formal. Leerlas me hacía sentir que no solo exploraba
mundos de fantasía, sino que también desentrañaba los secretos del universo real. La lectura,
en esta etapa, era un acto lúdico, un descubrimiento constante. Los libros no eran una
obligación escolar, sino un escape y una fuente de asombro.
La adolescencia marcó un cambio radical en mi relación con la lectura. Los libros se
convirtieron en una herramienta de exploración de la identidad. Dejé los cuentos infantiles y
empecé a buscar historias que se parecieran a mi realidad o que me ofrecieran una visión de
otros mundos posibles. Fue la época de los libros de fantasía y ciencia ficción, pero también de
los clásicos de la literatura juvenil. Un autor que me marcó profundamente fue Julio Verne.
“Viaje al centro de la Tierra” y “La vuelta al mundo en ochenta días” me enseñaron el valor de
la curiosidad, el ingenio humano y la audacia.
Simultáneamente, la escuela nos introdujo a la literatura peruana, y con ella, un encuentro
más serio y, a veces, desafiante, con la realidad social. Los textos de José María Arguedas y Ciro
Alegría, con sus descripciones del mundo andino, me hicieron reflexionar sobre un Perú que
yo, desde mi burbuja en Lima, apenas conocía. La lectura dejó de ser solo entretenimiento
para convertirse en un acto de conciencia social, una forma de entender las complejidades de
mi propio país. En esta etapa, la lectura era un puente entre mi vida cotidiana y un mundo más
amplio, tanto imaginario como real.
La universidad, ya en la juventud, transformó mi lectura en un proceso analítico y crítico. Los
libros se volvieron textos, fuentes, argumentos. Cada página era un campo de batalla
intelectual donde debía identificar la tesis, los argumentos y las debilidades del autor. El
tiempo libre para leer por puro placer disminuyó, pero la calidad de la lectura se intensificó. Leí
a autores como Mario Vargas Llosa, no solo sus novelas, sino también sus ensayos políticos
(por ejemplo: "Hacia el Perú totalitario" (1987), artículo publicado en “El Comercio” que marcó
su crítica al anuncio del gobierno de Alan García de estatizar la banca. En él, Vargas Llosa
expone su oposición al autoritarismo estatal y motiva el surgimiento de su candidatura
presidencial y sus críticas literarias (por ejemplo: “Historia de un deicidio” (1971), un análisis
exhaustivo sobre la obra de Gabriel García Márquez que surgió como su tesis doctoral en la
Universidad Complutense de Madrid, presentada el 25 de junio de 1971, bajo el título original
García Márquez: lengua y estructura de su obra narrativa. Vargas Llosa examina desde los
primeros cuentos hasta Cien años de soledad, desarrollando la idea del escritor como un
"deicida" que sustituye la realidad con su propia ficción, que me enseñaron a pensar con más
rigor.
Fue en esta etapa donde descubrí la no ficción como una fuente de fascinación. Obras de
historia, filosofía, y sociología pasaron a formar parte de mi lectura habitual. El libro se
convirtió en una herramienta para debatir, argumentar y formar mi propia visión del mundo.
También fue la época en que la lectura digital comenzó a ganar terreno. El acceso instantáneo
a artículos y artículos científicos a través de internet amplió mis horizontes, pero también me
hizo consciente de la superficialidad de la lectura en pantalla. Empecé a valorar la lectura
profunda y concentrada, sin las distracciones del mundo digital.
En la adultez, mi lectura ha alcanzado un equilibrio entre lo académico y el disfrute personal.
Ahora elijo de forma consciente reconectarme conmigo misma y comprender distintas
perspectivas. Me intereso por autores como Haruki Murakami, con Kafka en la orilla o 1Q84,
que mezcla lo cotidiano con lo surreal, explorando la soledad y la fragilidad de las relaciones en
la vida moderna. He redescubierto la poesía y obras que reflexionan sobre el tiempo y las
relaciones humanas, viendo los libros como fuente de sabiduría y consuelo. Ivonne Bernuy
(peruana) en “Disección”, publicado en 2020 abre una puerta a su universo íntimo, explorando
lo corporal y lo emocional desde una escritura intensa, simbólica y profundamente sentida. El
poemario combina imágenes anatómicas e íntimas con una mirada crítica hacia lo social, lo
urbano y el paso del tiempo.
En un mundo saturado de lo digital, leer se ha vuelto un refugio y un viaje a nuevos mundos,
tal como en mi infancia en Lima.
CARMEN CECILIA JAVIER ISLA
IESPP “13 DE JULIO DE 1882”- SAN PABLO-CAJAMARCA.