NAVARRO PEREZ, Jorge - Ranke
NAVARRO PEREZ, Jorge - Ranke
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Leopold von Ranke (1795-1886) no fue sólo uno de los historiadores eu-
ropeos más importantes del siglo XIX, sino que además fue un pensador po-
lítico de cierta relevancia. A continuación, voy a proponer una interpretación
de la conexión que pueda haber entre los dos aspectos. Procedo en tres pasos.
Primero, expongo algunos de los rasgos fundamentales de la teoría de la his-
toria de Ranke. Después, explico qué consecuencias cree Ranke que tiene el
trabajo del historiador para la política. Por último, presento las ideas políticas
centrales de Ranke.
1 Este trabajo forma parte del proyecto de investigación «Soberanía, Estado y Europa: cri-
sis del Estado nacional y construcción europea» (PB97-1055-C02-C01), subvencionado por la
Dirección General de Investigación Científica y Técnica del Ministerio de Educación y Cultura
de España. Mi dirección de correo electrónico es: [email protected].
2 Cito a Ranke según las siguientes ediciones, traducciones y siglas: LEOPOLD VON RANKE,
Sämmtliche Werke. Zweite Gesammtausgabe, Duncker & Humblot, Leipzig, 1873 y sigs., 54
vols. (= SW); Aus Werk und Nachlass, ed. W.P. FUCHS y Th. SCHIEDER, Oldenbourg, Múnich y
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Viena, 1964 y sigs., 4 vols. (= WN); Das Briefwerk, ed. W.P. FUCHS, Hoffmann & Campe, Ham-
burgo, 1949 (= B); Sobre las épocas de la historia moderna, trad. D. Negro Pavón, Editora Na-
cional, Madrid, 1984 (= E); Pueblos y Estados en la historia moderna, trad. W. Roces, Fondo de
Cultura Económica, México, 1948 (= P).
3 Para una exposición más amplia de la teoría de la historia de Ranke, me permito remi-
tir a las páginas 219-234 de mi libro La filosofía de la historia de Wilhelm von Humboldt: Una
interpretación, Alfons el Magnànim-IVEI, Valencia, 1996. Seguramente, el estudio sobre Ranke
más recomendable de las últimas décadas es el libro de LEONARD KRIEGER Ranke: The Meaning
of History, The University of Chicago Press, 1977.
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do gestae sint, homines quales fuerint, oculis denuo subjiciat eamque memo-
riam in omne aevum conservet» (SW 24: 276; P 514-515). Se trata de «traer
a la luz» el contenido de una época (12: 116), pues la verdadera historiogra-
fía ha de «contar lo que ve» (43/44: XVI).
¿Cómo ha de exponer el historiador a su público la «verdad objetiva» que
ha visto? Ranke propone un método que consta de tres momentos: «estudio
crítico de las fuentes auténticas, interpretación [Auffassung] imparcial, ex-
posición objetiva» (SW 21: 114). Por desgracia, Ranke no aclaró cómo en-
tendía el tercero de estos momentos, del que depende precisamente la
posibilidad de «mostrar» lo que el historiador ha visto. Por el contrario, del
estudio de las fuentes da testimonio cada página de sus libros, y la cuestión
de la imparcialidad también la trató ampliamente. Este último momento pa-
rece ser en su opinión el decisivo. Ranke identifica la objetividad con la im-
parcialidad (31/32: VIII), y define a esta última como la elevación por
encima de «los puntos de vista partidistas» (WN: IV 295) y la visión de la
«peculiaridad» de cada una de las partes en conflicto (SW 31/32: VIII;
40/41: 452). La imparcialidad consiste, por tanto, en conocer y no juzgar: al-
canzamos «la intuición de la esencialidad de los elementos que se oponen y
luchan; no mediamos entre ellos; no tenemos en absoluto que juzgar sobre
error y verdad» (WN: IV 81). En suma: «No queremos hacer política, sino
ver las cosas tal como han sido» (307). En esta abstención del juicio inter-
vienen dos factores. Por una parte, Ranke considera que con frecuencia los
historiadores distorsionan el pasado al juzgarlo a la luz de los conflictos del
presente (80-81). Por otra parte, Ranke busca «en el error la verdad», ve «to-
da existencia como penetrada por la vida originaria»: «Podemos ver el error,
pero ¿dónde no habría error? No por ello condenamos la existencia. Cierta-
mente, al lado de lo bueno reconocemos lo malvado, pero se trata también
de algo humano» (81). Ranke, que era un piadoso protestante (sobrino, nie-
to, bisnieto, tataranieto, hermano, padre, tío, cuñado y primo de pastores pro-
testantes)4, intenta de este modo redimir a quienes la historia haya
condenado, presentarlos como no del todo despreciables, sino aún dignos de
salvación. El procedimiento para alcanzar la imparcialidad consiste en libe-
rarse de «las pasiones del momento» (162), en no introducir en el trabajo his-
tórico los «intereses del presente» (SW 14: X). Más aún: la imparcialidad
4 Sobre el protestantismo de Ranke, más allá de estos vínculos familiares, cfr. W. SCHULTZ,
«Der Einfluss lutherischen Geistes auf Rankes und Droysens Deutung der Geschichte», en: Ar-
chiv für Reformationsgeschichte 39 (1942), págs. 108-142; M. SALEWSKI, «Die Mär der Welt-
geschichte», en: RANKE-VEREIN (ed.), Leopold von Ranke: Vorträge und Reden zur Festwoche
anlässlich des 200. Geburtstages, Moritzen, Itzehoe, 1997, págs. 14-29; y W. ULLMANN, «Die
Wahrheit ist nie trostlos. Zu den theologischen Voraussetzungen der Geschichtsschreibung Ran-
kes», en: ibíd., págs. 70-78.
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5 M.-J. ZEMLIN, Geschichte zwischen Theorie und Theoria: Untersuchungen zur Ges-
chichtsphilosophie Rankes, Königshausen & Neumann, Würzburg, 1988, pág. 291, califica la
postura de Ranke como un «realismo epistemológico ingenuo». Por el contrario, Th. NIPPERDEY,
«Zum Problem der Objektivität bei Ranke», en: W.J. MOMMSEN (ed.), Leopold von Ranke und die
moderne Geschichtswissenschaft, Klett-Cotta, Stuttgart, 1988, págs. 131-165, considera que el
realismo de Ranke no es ingenuo, sino crítico, kantiano. También es de interés la tesis de
J. WACH, «Die Lehre vom geschichtlichen Verstehen bei Ranke», en: id., Das Verstehen: Grund-
züge einer Geschichte der hermeneutischen Theorie im 19. Jahrhundert, Mohr, Tübingen, 1933,
vol. III, págs. 89-133, según la cual Ranke sabía que la objetividad histórica es imposible, pero
no derivó de ahí consecuencias escépticas (págs. 122-124).
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lora a cada época por lo que ésta signifique en comparación con la anterior y
la posterior, sino por sí misma6.
Mientras que la teoría de la objetividad es claramente apolítica, la teoría
de la individualidad tiene importantes implicaciones políticas. Ranke esce-
nifica a este respecto una polémica entre filosofía e historiografía que se de-
sarrolla sobre un transfondo político: «La filosofía recuerda continuamente
a la exigencia del pensamiento supremo; la historiografía, siempre a las con-
diciones de la existencia. Aquélla pone siempre el interés general en la ba-
lanza; ésta, el interés particular. La filosofía considera que lo esencial es el
curso, todo lo individual le vale algo sólo como miembro en el todo; la his-
toriografía se dirige con inclinación también a lo individual. Aquélla repro-
cha eternamente, y la situación que aceptaría la sitúa en la lejanía, por su
naturaleza es profética, dirigida hacia adelante; ésta ve en lo existente lo bue-
no y lo beneficioso, e intenta sostenerlo, dirige la mirada hacia atrás» (WN:
IV 76). Ranke tachó en el manuscrito la frase: «La filosofía es político-re-
volucionaria, en el buen sentido del término; la historiografía es estaciona-
ria. Aquélla es movimiento; ésta es resistencia» (76, n. l). Por el contexto
sabemos que Ranke aquí se refiere a Fichte cuando habla de «la filosofía»;
y evidentemente se refiere a sí mismo cuando habla de «la historiografía».
La diferencia entre Fichte y Ranke consiste, en opinión de Ranke, en que
Fichte detesta el presente debido a sus imperfecciones, por lo que para so-
portarlo lo piensa como un paso hacia la época definitiva de perfección to-
tal, mientras que Ranke acepta lo individual con todos sus defectos porque
piensa que la vida terrenal no da más de sí. Fichte es impaciente, corre hacia
una perfección supra-humana, mientras que Ranke protege a la vida indivi-
dual y existente de los ataques de los filósofos irresponsables. En todo caso,
Ranke matiza esta dicotomía entre progresismo y conservadurismo cuando
extiende su desconfianza a ambos principios, tanto al revolucionario como al
estacionario. Ranke reprocha a la conservadora Escuela Histórica del Dere-
cho (Savigny) su incapacidad para comprender «que lo existente se ha for-
mado también a través de mil luchas que han arruinado otro existente más
antiguo». Lo que Ranke propone es aceptar el «principio del movimiento»,
no considerar definitivo ningún estado alcanzado; y al mismo tiempo enten-
der el movimiento «como evolución, no como revolución», de manera que
se respete el curso natural de la vida. Debido a esto último, Ranke reconoce
6 Para un examen de las implicaciones éticas de estas ideas (inspirado por Hans Blumen-
berg y Odo Marquard), cfr. R. BENDER, «Rankes Philosophie der Geschichte als Ethik der Ges-
chichtsbetrachtung», en: RANKE-VEREIN (ed.), Leopold von Ranke: Vorträge und Reden zur
Festwoche anlässlich des 200. Geburtstages, Moritzen, Itzehoe, 1997, págs. 54-69. Siguiendo el
impagable consejo de Bender, es fundamental leer el elogio del «historicismo» en: H. BLUMEN-
BERG, Wirklichkeiten in denen wir leben, Reclam, Stuttgart, 1981, págs. 168-172.
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II
malas: nadie afirma que nuestra mente sea tan ciega y oscura como para que
no podamos distinguir las características de las épocas pasadas» (271; P 510).
Así pues, la apuesta de Ranke es que la capacidad de conocer la verdad nos
saque del atolladero.
El primer paso de la investigación es explicar en qué consiste cada una de
estas dos ciencias, la historiografía y la política. Aquélla no se limita a reco-
pilar los hechos del pasado, sino que se esfuerza por comprenderlos («ejus of-
ficium non tam in rerum gestarum collectione et quadam coacervatione quam
in earundem intelligentia versari dicimus»). Difícil tarea, según explica Ran-
ke, pues no basta con seguir el hilo visible de los acontecimientos, sino que
además hay que buscar sus «causas ocultas». La historiografía es así «parte
de la ciencia divina» (SW 24: 272-273; P 510-511). Por su parte, la política
es para Ranke el arte o la ciencia de la «administración del Estado». Cuando
Ranke piensa en el Estado, ve ante todo un fenómeno histórico en el que se
hace patente de manera innegable la «continuidad» de la vida humana. Éste
es el argumento conservador (tal vez sería mejor decir historicista) que Ran-
ke hará valer frente a las revoluciones burguesas de la época. Los Estados tie-
nen continuidad porque, al igual que los seres humanos, no son mecanismos
intercambiables, sino individuos diferenciados los unos de los otros. Cada Es-
tado consta no sólo de corpus, sino también de animus, lo cual le da una «ín-
dole», una «vida» propia (273-274; P 512-513). Ranke deriva de aquí una
obligación fundamental de los gobernantes: no prestar atención a quienes
consideran «obsoleto» todo lo antiguo y defienden cambios radicales en el or-
denamiento político que lo adapten a una teoría universal, abstracta y ahistó-
rica. La prudentia civilis exige a los gobernantes que «cuiden, conserven y
perfeccionen» el Estado, para lo cual es fundamental la referencia a la «vida
interior» del mismo. La condición para que un gobernante pueda hacer esto
es que conozca la «naturaleza» individual de su Estado y tenga con él el ma-
yor «parentesco y afinidad» (274-275; P 513). Para Ranke, el Estado es un ser
vivo colectivo (una nación, como veremos más adelante) que no puede cam-
biar su forma de ser.
Ranke ya está en condiciones de afirmar la dependencia de la política res-
pecto de la historiografía, pues el conocimiento de los Estados lo proporcio-
na esta ciencia. La historiografía y la política tienen el mismo fundamentum:
el «conocimiento perfecto y pleno» del Estado. Un político no puede gober-
nar si no conoce el pasado de su Estado; su tarea es precisamente sumarse al
desarrollo ya iniciado en el pasado, proseguirlo. El político necesita la his-
toria para orientarse, pero además la historia necesita la política para ser
completa, para no ser sólo pasado: «Así pues, la historia ha de sacar a la luz
y comprender la naturaleza del Estado a partir de la serie de los hechos del
pasado, y la política ha de fomentar y perfeccionar esa naturaleza que ha
Historia magistra politices. Notas sobre la conexión entre teoría … 101
III
Ranke expuso sus ideas políticas ante todo en los artículos que publicó en-
tre 1832 y 1836 en la Historisch-Politische Zeitschrift, una revista que él di-
rigió (con escaso éxito) por encargo del Gobierno prusiano para responder a
la propaganda revolucionaria8. El más importante de esos artículos es el Diá-
logo político (SW 49/50: 314-339). A continuación, voy a presentar en seis
puntos los aspectos centrales de las ideas políticas de Ranke, a las que él con-
sideraba (al parecer) representativas de «lo justo y sano».
1) En una época de extremismos, Ranke reivindica la política y la ciencia
como herramientas de orientación. La política no intenta cambiar las institu-
ciones heredadas, sino continuar el movimiento histórico: «La verdadera polí-
tica [...] aspira al avance [Fortgang] tranquilo, al desarrollo gradual y seguro».
Por su parte, la ciencia deja de lado las teorías generales y abstractas y dirige
su atención a la individualidad: «Un juicio puro sólo es posible si se valora a
cada cual de acuerdo con su propia posición, de acuerdo con su aspiración par-
ticular». Frente a la tiranía de «las teorías», Ranke defiende «el derecho de una
existencia incondicionada, que vive desde su propio principio» (SW 49/50: 3-
4). Lo real queda así protegido contra los ataques de lo irrealizable.
2) Gracias a esta nueva orientación, Ranke puede proponer una tercera vía
entre la revolución y la reacción que garantice tanto la continuidad con el pa-
sado como la apertura al futuro: «Nada es más urgente que recordar la dife-
rencia entre el progreso legaliforme y la renovación impacientemente
destructiva, entre la persistencia sensata y una afirmación unilateral de lo en-
vejecido y ya muerto» (SW 49/50: 4-5). Recapitulando en 1875 las intencio-
nes del proyecto de 1832, Ranke explica: «La dirección que tomé no era ni la
revolución ni la reacción. Mi atrevida empresa era dar voz entre las dos ten-
dencias opuestas a una tercera tendencia que enlazara con lo existente y abrie-
ra un futuro en el que se pudiera hacer justicia a las nuevas ideas en la medida
en que éstas contuvieran verdad» (53/54: 50)9. Para convencer a sus contem-
poráneos de la bondad de su propuesta, Ranke apela a «los principios inmu-
tables, eternos», de los que dice lo siguiente: «Los sabios de todos los tiempos
han sabido muy bien qué es bueno y grande, qué es lícito y correcto, qué es
progreso y qué decadencia. A grandes rasgos, está escrito en el pecho huma-
no: una simple reflexión basta para captarlo» (4). En consonancia con esta
8 Cfr. FRIEDRICH MEINECKE, «Rankes Politisches Gespräch» (1924), en: id., Werke, ed.
H. Herzfeld et al., vol. VII, Oldenbourg, Múnich, 1968, págs. 74-75.
9 Para un intento de presentar la historiografía de Ranke como una reacción contra los
cambios que en el mundo de la cultura estaba introduciendo la época de las revoluciones, cfr.
PETER BURKE, «Ranke the Reactionary», en: G.G. IGGERS y J.M. POWELL (eds.), Leopold von
Ranke and the Shaping of the Historical Discipline, Syracuse University Press, 1990, págs. 36-44.
Historia magistra politices. Notas sobre la conexión entre teoría … 103
Por tanto, los gobernantes han de tomar de la «esencia interior» del Estado la
«regla de su comportamiento»: «En su pensamiento, en su espíritu, se con-
centra la existencia espiritual del Estado. [...] No se les ocurrirá hacer algo
nuevo. Ellos no son el Estado, aunque el Estado esté en ellos. Con claridad
tienen su tarea ante sí: es la prosecución de la vida ya comenzada, su eleva-
ción de momento a momento, elr afianzamiento de su salud, que consiste (me
gustaría decir) en la fresca circulación de la sangre espiritual por todas las ve-
nas» (246). La recomendación de Ranke a los gobernantes en una época de
desorientación es: «ser fuerte, infundir confianza, permanecer fiel a sí mismo
y, al conectar lo nuevo con lo antiguo, la resistencia con el avance, tomar el
camino del desarrollo con seguridad y grandeza» (247)11.
4) En cuanto a la forma de gobierno, Ranke se declara partidario de la mo-
narquía. Ésta permite que «el hombre adecuado ocupe el lugar adecuado».
Pues cada persona sirve para una cosa: «El provecho general exige que cada
cual haga lo suyo» (SW 49/50: 335). Esto vale también para «el difícil arte»
de gobernar, que requiere «talento innato, preparación y una larga práctica».
Hay que ceder el gobierno «a quienes entienden de ello», elaborando «una se-
lección entre los más hábiles de toda la nación que hayan cultivado esa capa-
cidad» (336). Si se cumplen estas condiciones, no hay por qué intentar
cambiar el Gobierno: «A veces se habla como si una estirpe extranjera hubie-
ra usurpado el Gobierno. Pero yo te pregunto: ¿quiénes son los que gobier-
nan, los que administran? ¿No salen inmediatamente de la nación? No
comprendo cómo puede herir el orgullo que, digamos, de un número de her-
manos y parientes uno se dedique a la actividad industrial, otro a la mercan-
til, un tercero al estudio, un cuarto a la agricultura, etc., y que uno de ellos se
eleve a la capacidad de participar en el gobierno, donde se ocupa de los asun-
tos comunes de los otros» (335). A Ranke le parece «evidente» que «este ins-
tituto está fundado en la naturaleza de la cosa, promovido por la idea de
nuestras monarquías y capacitado para el desarrollo más grandioso» (336).
Ranke prefiere la monarquía orgánica a las formas representativas. Lo funda-
mental para él no es la división de poderes, que el Gobierno tenga un «con-
trapeso formal», sino que el «espíritu de la comunidad» prevalezca. Esto le
parece más factible con la monarquía que con las formas representativas o de-
liberativas: «Yo no condeno esas formas; [...] pero soy de la opinión de que
el espíritu público tiene otros órganos que a menudo le sirven incluso mejor».
Pues: «Lo que está unido por la naturaleza no necesita un contrato. Entre pa-
dres e hijos, entre hermanos y miembros de una familia no hace falta nego-
11 F. MEINECKE, «Rankes Grosse Mächte» (1916), en: id., Werke, ed. H. Herzfeld et al.,
vol. VII, Oldenbourg, Múnich, 1968, pág. 67, afirma que este conjunto de ideas es «el programa
del realismo histórico moderno», que «fue llevado a la práctica por Bismarck».
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aquí se deriva, por lo demás, que la Iglesia ha de evitar mezclarse en los asun-
tos mundanos (SW 49/50: 338-339).
Por otra parte, «hay una comunidad europea» (SW 49/50: 329), ya que
«el complejo de los pueblos cristianos de Europa ha de ser considerado co-
mo un todo, en cierto modo como un Estado» (E 133). Aquí tiene su lugar la
célebre teoría de las «grandes potencias», a la que Ranke dedicó un artículo
en la Historisch-Politische Zeitschrift (SW 24: 1-40; P 69-97)12. Ranke pen-
saba que a partir del siglo XV se estableció en Europa un sistema de equili-
brio entre los principales Estados que hacía imposible que alguno de ellos
predominase hegemónicamente. Esta limitación del poder de los Estados hi-
zo posible la libertad en Europa: «Tomaremos como punto de partida el he-
cho de que en el siglo XVI se consideraba el antagonismo y el equilibrio de
poder entre Francia y España como la garantía de la libertad de Europa. Los
países oprimidos por una parte de estas dos potencias buscaban refugio en la
otra» (P 70; véase también E 157). Dicho más ampliamente: «Claro está que
a los menos poderosos les quedaba el recurso de unirse para hacer frente a
aquel incremento arrollador de poder y de prepotencia política. Así lo hicie-
ron, en efecto; concertaron alianzas, crearon asociaciones. El concepto del
equilibrio europeo se interpreta ahora en el sentido de que los débiles, mu-
chos y sueltos, vienen a unirse para poner un dique, como entonces se decía,
a las arrogancias desmesuradas de la corona francesa. [...] Es cierto que, en
los momentos de gran peligro, puede uno fiarse tranquilamente en el genio
que parece guardar siempre a Europa de la suerte de caer bajo una tendencia
violenta y unilateral, que opone siempre a la presión de un lado la resisten-
cia del otro y que, gracias a una cohesión que ha ido haciéndose más y más
estrecha con cada década, ha sabido salvar siempre con fortuna la libertad y
la independencia de sus naciones» (P 75). Las grandes potencias surgen en
los siglos XV y XVI, pero en el siglo XIX el sistema se rejuvenece median-
te «el nuevo desarrollo de las nacionalidades» (P 95): «Estos sucesos han ve-
nido a revelar y han inculcado de nuevo en la conciencia general la gran
importancia que el factor moral y la nacionalidad tienen para los estados.
¿Qué habría sido de los nuestros si no hubiesen recibido nueva vida del prin-
cipio nacional sobre el que se fundaron?» (P 96). Ranke contesta de la si-
13 Conviene anotar, con Friedrich Jaeger y Jörn Rüsen (Geschichte des Historismus: Eine
Einführung, Beck, Múnich, 1992, pág. 84), que Ranke mantuvo hasta en las épocas de mayor na-
cionalismo en Alemania su fe en la unidad supranacional de Europa y su rechazo de la hegemo-
nía de alguna nación en particular.
14 Por tanto, la historia universal de Ranke no discurre por el «tiempo homogéneo y vacío»
que Benjamin parece atribuirle (cfr. W. BENJAMIN, «Über den Begriff der Geschichte», en: id.,
Gesammelte Schriften, ed. R. Tiedemann y H. Schweppenhäuser, Suhrkamp, Frankfurt, 1974,
vol. I/2, págs. 691-704, aquí pág. 701), sino por el tiempo irregular de las luchas en torno a los
bienes culturales. Benjamin establece una dicotomía entre el tiempo homogéneo y la detención
108 Jorge Navarro Pérez
mo» de Ranke15 consiste en la tesis de que esas luchas las han ganado siem-
pre las naciones occidentales (cfr. WN: IV 436).*
del tiempo en el presente mesiánico en la que no tiene cabida la noción de continuidad de Ran-
ke. La diferencia fundamental entre el «materialismo histórico» de Benjamin y el «espiritualis-
mo histórico» (o historicismo) de Ranke consiste en que Benjamin ve en todo «documento de la
cultura» al mismo tiempo un «documento de la barbarie» (pág. 696), mientras que Ranke no de-
grada la lucha a barbarie. Pero esto no justifica el reproche (aunque no sé si Benjamin lo dirige
a Ranke) de que la historiografía historicista se centre en los vencedores (pág. 696). El optimis-
ta Ranke pensaba que el espíritu y la cultura, aun habiendo sido derrotados por la fuerza bruta,
acaban imponiéndose gracias a su mayor sustancia: «Pues la naturaleza de las cosas humanas ha-
ce que la parte más vigorosa (ya haya abandonado el campo de batalla como vencedora o como
vencida) se imponga poco a poco y elimine la peculiaridad de la parte menos robusta» (SW
49/50: 274; P 512). Esta capacidad del espíritu para sobreponerse a la derrota es precisamente lo
que hace posible la historia universal: «Y no hay problema más importante en el campo de la his-
toria universal que el de saber cómo este elemento de la cultura, ya de suyo desarrollado, pero
vinculado siempre a una determinada existencia política, ha podido conservarse y trasplantarse a
través de las vicisitudes de los destinos de los pueblos, sus titulares y exponentes, cómo ha sido
capaz de perdurar por sobre todas las sangrientas destrucciones de estados antiguos y las violen-
tas instauraciones de otros nuevos» (P 475).
15 Cfr. G. IGGERS y K. v. MOLTKE, «Introduction», en: iid. (eds.), Leopold von Ranke:
The Theory and Practice of History, Bobbs-Merill, Indianápolis y Nueva York, 1973, págs. XV-
LXXI, aquí págs. LIII-LVII, LXVII-LXXI.
* Por desgracia, al escribir este artículo no he podido tomar en consideración el libro (a pri-
mera vista, muy interesante) de Siegfried Baur, Versuch über die Historik des jungen Ranke,
Duncker & Humblot, Berlín, 1998.