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NAVARRO PEREZ, Jorge - Ranke

ANALISIS TEXTOS RANKE

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Res publica, 4 1999, pp.

93-108 93

Historia magistra politices. Notas sobre la conexión entre


teoría de la historia y teoría política en Ranke

Jorge Navarro Pérez1

Leopold von Ranke (1795-1886) no fue sólo uno de los historiadores eu-
ropeos más importantes del siglo XIX, sino que además fue un pensador po-
lítico de cierta relevancia. A continuación, voy a proponer una interpretación
de la conexión que pueda haber entre los dos aspectos. Procedo en tres pasos.
Primero, expongo algunos de los rasgos fundamentales de la teoría de la his-
toria de Ranke. Después, explico qué consecuencias cree Ranke que tiene el
trabajo del historiador para la política. Por último, presento las ideas políticas
centrales de Ranke.

Ranke ha pasado a la historia de la historiografía como el apóstol de la ob-


jetividad (frente a Droysen) y el defensor de la individualidad (frente a He-
gel). Las miles y miles de páginas que escribió a lo largo de su vida quedan
reducidas así (injustamente, por supuesto) a dos frases, que cito a continua-
ción. En el prólogo a su primer libro, las Historias de los pueblos románicos
y germánicos entre 1494 y 1514 (de 1824), Ranke explica de la siguiente ma-
nera que su objetivo principal es exponer la realidad del pasado y no emitir
juicios de valor sobre ella: «Se ha atribuido a la historia la función de juzgar
el pasado, de instruir al mundo contemporáneo para beneficio de los años fu-
turos: el presente ensayo no se arroga funciones tan elevadas: simplemente,
quiere mostrar cómo fue propiamente [wie es eigentlich gewesen]» (SW
33/34: 7; P 38)2. La segunda frase procede de las conferencias Sobre las épo-

1 Este trabajo forma parte del proyecto de investigación «Soberanía, Estado y Europa: cri-
sis del Estado nacional y construcción europea» (PB97-1055-C02-C01), subvencionado por la
Dirección General de Investigación Científica y Técnica del Ministerio de Educación y Cultura
de España. Mi dirección de correo electrónico es: [email protected].
2 Cito a Ranke según las siguientes ediciones, traducciones y siglas: LEOPOLD VON RANKE,
Sämmtliche Werke. Zweite Gesammtausgabe, Duncker & Humblot, Leipzig, 1873 y sigs., 54
vols. (= SW); Aus Werk und Nachlass, ed. W.P. FUCHS y Th. SCHIEDER, Oldenbourg, Múnich y
94 Jorge Navarro Pérez

cas de la historia moderna, pronunciadas ante el rey Maximiliano II de Ba-


viera en septiembre de 1854. En ella, Ranke reivindica la noción de indivi-
dualidad frente a la filosofía «progresista» de la historia: «Si, en
contradicción con el punto de vista aquí manifestado, se supusiera que este
progreso consiste en que en cada época la vida de la humanidad se potencia
con mayor altura, de modo que cada generación supera por completo a la an-
terior y la última es la preferida, mientras que las anteriores sólo son las por-
tadoras de las siguientes, esto sería una injusticia de la divinidad. En sí y para
sí, esta generación mediatizada (por decirlo así) no tendría significado algu-
no. Sólo significaría algo en la medida en que fuera el escalón de la genera-
ción siguiente, y no guardaría una relación inmediata con lo divino. Pero yo
afirmo: Cada época guarda una relación inmediata con Dios [jede Epoche ist
unmittelbar zu Gott], y su valor no reposa en lo que brota de ella, sino en su
existencia misma, en lo que es propio de ella» (WN: II 59-60; E 77).
Wie es eigentlich gewesen, y Jede Epoche ist unmittelbar zu Gott: estas
dos expresiones, que conocen todos los historiadores de la historiografía y de
la filosofía de la historia y todos los que creen tener algo que decir sobre el
«historicismo» (aunque no conozcan más frases de Ranke), pueden servirnos
para delimitar los dos aspectos fundamentales de la teoría de la historia de
Ranke: objetividad (o imparcialidad) e individualidad. El primero aleja a la
historiografía de la política; el segundo, las acerca3.
a) No es casualidad que Ranke hable en la primera frase de mostrar. Pues
él pensaba que en el ámbito de la historia hay una «verdad objetiva» (WN: IV
188) que se puede ver y mostrar. En 1862, Ranke dice a sus alumnos de la
universidad de Berlín: «La intención de la investigación histórica consiste en
conocer la verdad de los hechos por un camino metódico; y el espíritu de la
exposición histórica consiste en hacer presente esto como algo objetivo»
(301). Unos años antes ya les había explicado que la historiografía aspira a
«la intuición [Anschauung] de lo objetivo», a «hacer visible lo pasado como
algo presente» (295). Antes todavía, en los años cuarenta, Ranke había ano-
tado en su diario que el historiador ha de elevarse a «la intuición pura» (I
241). Y en la conferencia de 1836 De historiae et politices cognatione atque
discrimine dice de la historiografía lo siguiente: «id enim agit ut res quomo-

Viena, 1964 y sigs., 4 vols. (= WN); Das Briefwerk, ed. W.P. FUCHS, Hoffmann & Campe, Ham-
burgo, 1949 (= B); Sobre las épocas de la historia moderna, trad. D. Negro Pavón, Editora Na-
cional, Madrid, 1984 (= E); Pueblos y Estados en la historia moderna, trad. W. Roces, Fondo de
Cultura Económica, México, 1948 (= P).
3 Para una exposición más amplia de la teoría de la historia de Ranke, me permito remi-
tir a las páginas 219-234 de mi libro La filosofía de la historia de Wilhelm von Humboldt: Una
interpretación, Alfons el Magnànim-IVEI, Valencia, 1996. Seguramente, el estudio sobre Ranke
más recomendable de las últimas décadas es el libro de LEONARD KRIEGER Ranke: The Meaning
of History, The University of Chicago Press, 1977.
Historia magistra politices. Notas sobre la conexión entre teoría … 95

do gestae sint, homines quales fuerint, oculis denuo subjiciat eamque memo-
riam in omne aevum conservet» (SW 24: 276; P 514-515). Se trata de «traer
a la luz» el contenido de una época (12: 116), pues la verdadera historiogra-
fía ha de «contar lo que ve» (43/44: XVI).
¿Cómo ha de exponer el historiador a su público la «verdad objetiva» que
ha visto? Ranke propone un método que consta de tres momentos: «estudio
crítico de las fuentes auténticas, interpretación [Auffassung] imparcial, ex-
posición objetiva» (SW 21: 114). Por desgracia, Ranke no aclaró cómo en-
tendía el tercero de estos momentos, del que depende precisamente la
posibilidad de «mostrar» lo que el historiador ha visto. Por el contrario, del
estudio de las fuentes da testimonio cada página de sus libros, y la cuestión
de la imparcialidad también la trató ampliamente. Este último momento pa-
rece ser en su opinión el decisivo. Ranke identifica la objetividad con la im-
parcialidad (31/32: VIII), y define a esta última como la elevación por
encima de «los puntos de vista partidistas» (WN: IV 295) y la visión de la
«peculiaridad» de cada una de las partes en conflicto (SW 31/32: VIII;
40/41: 452). La imparcialidad consiste, por tanto, en conocer y no juzgar: al-
canzamos «la intuición de la esencialidad de los elementos que se oponen y
luchan; no mediamos entre ellos; no tenemos en absoluto que juzgar sobre
error y verdad» (WN: IV 81). En suma: «No queremos hacer política, sino
ver las cosas tal como han sido» (307). En esta abstención del juicio inter-
vienen dos factores. Por una parte, Ranke considera que con frecuencia los
historiadores distorsionan el pasado al juzgarlo a la luz de los conflictos del
presente (80-81). Por otra parte, Ranke busca «en el error la verdad», ve «to-
da existencia como penetrada por la vida originaria»: «Podemos ver el error,
pero ¿dónde no habría error? No por ello condenamos la existencia. Cierta-
mente, al lado de lo bueno reconocemos lo malvado, pero se trata también
de algo humano» (81). Ranke, que era un piadoso protestante (sobrino, nie-
to, bisnieto, tataranieto, hermano, padre, tío, cuñado y primo de pastores pro-
testantes)4, intenta de este modo redimir a quienes la historia haya
condenado, presentarlos como no del todo despreciables, sino aún dignos de
salvación. El procedimiento para alcanzar la imparcialidad consiste en libe-
rarse de «las pasiones del momento» (162), en no introducir en el trabajo his-
tórico los «intereses del presente» (SW 14: X). Más aún: la imparcialidad

4 Sobre el protestantismo de Ranke, más allá de estos vínculos familiares, cfr. W. SCHULTZ,
«Der Einfluss lutherischen Geistes auf Rankes und Droysens Deutung der Geschichte», en: Ar-
chiv für Reformationsgeschichte 39 (1942), págs. 108-142; M. SALEWSKI, «Die Mär der Welt-
geschichte», en: RANKE-VEREIN (ed.), Leopold von Ranke: Vorträge und Reden zur Festwoche
anlässlich des 200. Geburtstages, Moritzen, Itzehoe, 1997, págs. 14-29; y W. ULLMANN, «Die
Wahrheit ist nie trostlos. Zu den theologischen Voraussetzungen der Geschichtsschreibung Ran-
kes», en: ibíd., págs. 70-78.
96 Jorge Navarro Pérez

exige «olvidar la propia personalidad» (WN: I 158), «borrar mi yo y hacer


hablar a las cosas» (SW 15: 103; P 461). La contraposición que Ranke pre-
senta se da, pues, entre la objetividad y el subjetivismo, y no admite media-
ción. Es decir, para que el historiador pueda ser objetivo ha de cancelar por
completo los elementos subjetivos de su actividad. Ranke no toma en cuen-
ta la posibilidad (que le brindaba Kant) de atribuir a lo subjetivo un momen-
to de universalidad que lo haga capaz de fundamentar un conocimiento
«objetivo», sino que siempre lo entiende como un obstáculo5. No obstante, a
veces Ranke desdramatiza un poco la situación al reconocer que la subjeti-
vidad no es eliminable y que, por tanto, la noción de objetividad funciona
simplemente como un contrapeso que impide que el historiador caiga en la
arbitrariedad. Esto sucede, por ejemplo, cuando le escribe al rey de Baviera
en noviembre de 1859 que, en relación con la cuestión de la objetividad, su
opinión es que el historiador «ha de ponerse este fin tanto más cuanto que la
limitación personal le impide alcanzarlo: lo subjetivo se da por sí mismo» (B
432; P 523). Esta presencia inevitable de lo subjetivo tiene como conse-
cuencia que la objetividad ahora ya sólo es un ideal no realizable por com-
pleto (SW 21: 114). Ese ideal consistiría en que «el sujeto pudiera
convertirse en órgano del objeto, de la propia ciencia, sin que los límites na-
turales o contingentes de la existencia humana le impidieran conocer y ex-
poner toda la verdad» (B 432; P 523). Ahora bien, Ranke vuelve a radicalizar
la cuestión de la objetividad en pasajes como éste: «Nos dicen que es impo-
sible entregarse por completo al objeto, hacer que sólo él y tal como es ope-
re sobre nosotros, recibirlo en nosotros mismos y reproducirlo, pues cada
cual aporta su opinión preconcebida, su manera de interpretar. A ello hay que
replicar que no queremos investigar si esto ha sucedido ya en alguna oca-
sión; pero que como el objeto lo exige, lo trae consigo, no dudamos en que
puede suceder». Pues el historiador es «únicamente órgano del espíritu ge-
neral, que a través de él habla y se hace presente a sí mismo» (WN: IV 133-
134). Que el ideal de objetividad se cumpla en mayor o menor grado
depende, en opinión de Ranke, de la «fuerza moral» (459), la cual probable-

5 M.-J. ZEMLIN, Geschichte zwischen Theorie und Theoria: Untersuchungen zur Ges-
chichtsphilosophie Rankes, Königshausen & Neumann, Würzburg, 1988, pág. 291, califica la
postura de Ranke como un «realismo epistemológico ingenuo». Por el contrario, Th. NIPPERDEY,
«Zum Problem der Objektivität bei Ranke», en: W.J. MOMMSEN (ed.), Leopold von Ranke und die
moderne Geschichtswissenschaft, Klett-Cotta, Stuttgart, 1988, págs. 131-165, considera que el
realismo de Ranke no es ingenuo, sino crítico, kantiano. También es de interés la tesis de
J. WACH, «Die Lehre vom geschichtlichen Verstehen bei Ranke», en: id., Das Verstehen: Grund-
züge einer Geschichte der hermeneutischen Theorie im 19. Jahrhundert, Mohr, Tübingen, 1933,
vol. III, págs. 89-133, según la cual Ranke sabía que la objetividad histórica es imposible, pero
no derivó de ahí consecuencias escépticas (págs. 122-124).
Historia magistra politices. Notas sobre la conexión entre teoría … 97

mente está relacionada con lo que Ranke considera el primer requisito de la


investigación histórica: el «amor puro a la verdad» (77). Así las cosas, Ran-
ke llega incluso a comparar el oficio del historiador con el «sacerdotal», en-
tre otras razones porque «con toda imparcialidad dirige su atención al objeto
mismo, y a nada más» (B 518; P 525).
b) La teoría de la individualidad de Ranke tiene una base religiosa. El
«fundamento» de la vida es para Ranke «el espíritu» (WN: IV 63); todo lo que
existe posee un «fundamento divino», un «principio vital» que procede de
Dios (77). En todo lo que hace y dice el ser humano hay algo «que aparece»,
a saber: «la vida interior y secreta del espíritu», que es «en sí misma eterna e
invisible» y se encuentra «por encima de todo fenómeno» (III 398-399). Es-
ta vida tiene en nosotros carácter individual porque ningún ser humano es ca-
paz de expresar por completo su contenido. En efecto, Ranke sostiene que,
«desde el punto de vista de la idea divina, [...] la humanidad encierra en sí una
infinita multiplicidad de desarrollos que aparecen poco a poco» (II 67; E 79).
De ahí la importancia fundamental de la historia: «Tal vez sea lícito decir que
las épocas se siguen unas a otras precisamente para que en todas suceda lo
que no es posible en una sola, para que toda la plenitud de la vida espiritual
imbuida al género humano por la divinidad llegue a la luz en la serie de los
siglos» (SW 4: 3). Así pues, la tesis del fundamento espiritual de la vida le
permite a Ranke considerar «importante» cada «momento positivo» de la his-
toria en tanto que contiene «una modificación de la vida espiritual» (WN: IV
85). Ranke atribuye a cada pueblo «un espíritu particular, surgido mediante
un hálito divino»; en consecuencia, cada pueblo es «un pensamiento del es-
píritu divino» (129-130). Este tipo de consideración se opone a aquella otra
(representada, para Ranke, por Hegel) que habla de una época final o defini-
tiva de la historia en la que la humanidad alcanza la perfección que ninguna
época anterior supo exponer por completo. Esta teoría, que ya rechazaron
Herder y Humboldt, es criticada por Ranke en los siguientes términos (que ya
conocemos aproximadamente): «Poner la plenitud de las cosas al final de los
tiempos sería una idea que no corresponde a la divinidad. (¿Qué es el tiempo
ante Dios?) El pensamiento de que cada generación precedente sea superada
en general por las siguientes, y que por tanto la última sea la preferida y las
anteriores sólo las portadoras de las siguientes, sería casi una injusticia de la
divinidad. Las generaciones sólo significarían algo en la medida en que son
los escalones hacia las siguientes; si puedo servirme de esta expresión, que-
darían mediatizadas. Por el contrario, yo pienso que cada una se encuentra en
una relación inmediata con Dios [jede steht zu Gott in einem unmittelbaren
Verhältnis]; su valor se halla en su propia existencia» (260). Dios es al mar-
gen del tiempo, y Ranke extrae de aquí la consecuencia de que en la relación
de cada época con Dios no puede intervenir el tiempo; es decir, Dios no va-
98 Jorge Navarro Pérez

lora a cada época por lo que ésta signifique en comparación con la anterior y
la posterior, sino por sí misma6.
Mientras que la teoría de la objetividad es claramente apolítica, la teoría
de la individualidad tiene importantes implicaciones políticas. Ranke esce-
nifica a este respecto una polémica entre filosofía e historiografía que se de-
sarrolla sobre un transfondo político: «La filosofía recuerda continuamente
a la exigencia del pensamiento supremo; la historiografía, siempre a las con-
diciones de la existencia. Aquélla pone siempre el interés general en la ba-
lanza; ésta, el interés particular. La filosofía considera que lo esencial es el
curso, todo lo individual le vale algo sólo como miembro en el todo; la his-
toriografía se dirige con inclinación también a lo individual. Aquélla repro-
cha eternamente, y la situación que aceptaría la sitúa en la lejanía, por su
naturaleza es profética, dirigida hacia adelante; ésta ve en lo existente lo bue-
no y lo beneficioso, e intenta sostenerlo, dirige la mirada hacia atrás» (WN:
IV 76). Ranke tachó en el manuscrito la frase: «La filosofía es político-re-
volucionaria, en el buen sentido del término; la historiografía es estaciona-
ria. Aquélla es movimiento; ésta es resistencia» (76, n. l). Por el contexto
sabemos que Ranke aquí se refiere a Fichte cuando habla de «la filosofía»;
y evidentemente se refiere a sí mismo cuando habla de «la historiografía».
La diferencia entre Fichte y Ranke consiste, en opinión de Ranke, en que
Fichte detesta el presente debido a sus imperfecciones, por lo que para so-
portarlo lo piensa como un paso hacia la época definitiva de perfección to-
tal, mientras que Ranke acepta lo individual con todos sus defectos porque
piensa que la vida terrenal no da más de sí. Fichte es impaciente, corre hacia
una perfección supra-humana, mientras que Ranke protege a la vida indivi-
dual y existente de los ataques de los filósofos irresponsables. En todo caso,
Ranke matiza esta dicotomía entre progresismo y conservadurismo cuando
extiende su desconfianza a ambos principios, tanto al revolucionario como al
estacionario. Ranke reprocha a la conservadora Escuela Histórica del Dere-
cho (Savigny) su incapacidad para comprender «que lo existente se ha for-
mado también a través de mil luchas que han arruinado otro existente más
antiguo». Lo que Ranke propone es aceptar el «principio del movimiento»,
no considerar definitivo ningún estado alcanzado; y al mismo tiempo enten-
der el movimiento «como evolución, no como revolución», de manera que
se respete el curso natural de la vida. Debido a esto último, Ranke reconoce

6 Para un examen de las implicaciones éticas de estas ideas (inspirado por Hans Blumen-
berg y Odo Marquard), cfr. R. BENDER, «Rankes Philosophie der Geschichte als Ethik der Ges-
chichtsbetrachtung», en: RANKE-VEREIN (ed.), Leopold von Ranke: Vorträge und Reden zur
Festwoche anlässlich des 200. Geburtstages, Moritzen, Itzehoe, 1997, págs. 54-69. Siguiendo el
impagable consejo de Bender, es fundamental leer el elogio del «historicismo» en: H. BLUMEN-
BERG, Wirklichkeiten in denen wir leben, Reclam, Stuttgart, 1981, págs. 168-172.
Historia magistra politices. Notas sobre la conexión entre teoría … 99

también el «principio de la resistencia» y concluye: «Sólo donde ambos prin-


cipios se mantienen en equilibrio, sin caer en estas luchas virulentas que aca-
ban con todo, puede prosperar la humanidad. [...] La historiografía ni
siquiera tiene que decidir teóricamente la lucha de estos dos principios, pero
sí enseñar su pasado; bien sabe que esa lucha se decide según la voluntad de
Dios» (82). Pues que Dios nos pille confesados.

II

Hemos visto que Ranke proclama la independencia de la historiografía


respecto de la política: el historiador imparcial no permite que sus conviccio-
nes políticas alteren su visión del pasado. Ahora tenemos que ver cómo Ran-
ke subordina, por el contrario, la política a la historiografía: ésta ha de ser la
maestra de aquélla.
Ranke expuso estas ideas en una ocasión solemne, su Antrittsvorlesung en
la universidad de Berlín Sobre el parentesco y la diferencia entre la historia
y la política, pronunciada en latín en 1836 (SW 24: 269-279; P 509-517)7. El
punto de partida es el diagnóstico de la desorientación que padece la época en
asuntos políticos. Ranke ve a sus contemporáneos obsesionados por la idea de
cambiar el ordenamiento político, debido por una parte al «tedio» que les cau-
san las instituciones heredadas y por otra parte a la difusión de «cierta» opi-
nión sobre la mejor forma de Estado. Pero estos esfuerzos no han conducido
al resultado apetecido, sino que han desencadenado una «tempestad» que ha
impedido que los gobernantes manejen «con prudencia» el timón de la nave
del Estado y que los gobernados sean capaces de discernir lo provechoso de
lo nocivo. Peor todavía: la libertad a la que se aspiraba se ha convertido a ve-
ces en una «esclavitud odiosísima para el hombre honesto», como es la que
se deriva del imperium multitudinis stolidae et crudelis. En pocas palabras:
«Se prefieren los extremos a lo que es justo y sano» (269-270). ¿Qué hacer?
¿Cómo devolver la primacía a lo justo y sano? Ranke se propone averiguar si
la historiografía puede servirnos aquí de algo, aunque sabe que esta ciencia
corre el peligro de ser «corrompida» por la política y que también en ella rei-
na la confusión, pues la diversidad de opiniones se ha adueñado de ella. Ran-
ke piensa, sin embargo, que la historiografía es posible como ciencia: «Nadie
puede atreverse a negar que la naturaleza y la divina Providencia nos han per-
mitido penetrar hasta cierto punto en las causas de la felicidad y de la des-
gracia y discernir en qué se diferencian las leyes buenas de las costumbres

7 La traducción española de esta conferencia en el volumen Pueblos y Estados en la his-


toria moderna está hecha a partir de la traducción alemana de un tal F. R., que al parecer es un
hermano de Ranke. Además, le faltan los primeros párrafos.
100 Jorge Navarro Pérez

malas: nadie afirma que nuestra mente sea tan ciega y oscura como para que
no podamos distinguir las características de las épocas pasadas» (271; P 510).
Así pues, la apuesta de Ranke es que la capacidad de conocer la verdad nos
saque del atolladero.
El primer paso de la investigación es explicar en qué consiste cada una de
estas dos ciencias, la historiografía y la política. Aquélla no se limita a reco-
pilar los hechos del pasado, sino que se esfuerza por comprenderlos («ejus of-
ficium non tam in rerum gestarum collectione et quadam coacervatione quam
in earundem intelligentia versari dicimus»). Difícil tarea, según explica Ran-
ke, pues no basta con seguir el hilo visible de los acontecimientos, sino que
además hay que buscar sus «causas ocultas». La historiografía es así «parte
de la ciencia divina» (SW 24: 272-273; P 510-511). Por su parte, la política
es para Ranke el arte o la ciencia de la «administración del Estado». Cuando
Ranke piensa en el Estado, ve ante todo un fenómeno histórico en el que se
hace patente de manera innegable la «continuidad» de la vida humana. Éste
es el argumento conservador (tal vez sería mejor decir historicista) que Ran-
ke hará valer frente a las revoluciones burguesas de la época. Los Estados tie-
nen continuidad porque, al igual que los seres humanos, no son mecanismos
intercambiables, sino individuos diferenciados los unos de los otros. Cada Es-
tado consta no sólo de corpus, sino también de animus, lo cual le da una «ín-
dole», una «vida» propia (273-274; P 512-513). Ranke deriva de aquí una
obligación fundamental de los gobernantes: no prestar atención a quienes
consideran «obsoleto» todo lo antiguo y defienden cambios radicales en el or-
denamiento político que lo adapten a una teoría universal, abstracta y ahistó-
rica. La prudentia civilis exige a los gobernantes que «cuiden, conserven y
perfeccionen» el Estado, para lo cual es fundamental la referencia a la «vida
interior» del mismo. La condición para que un gobernante pueda hacer esto
es que conozca la «naturaleza» individual de su Estado y tenga con él el ma-
yor «parentesco y afinidad» (274-275; P 513). Para Ranke, el Estado es un ser
vivo colectivo (una nación, como veremos más adelante) que no puede cam-
biar su forma de ser.
Ranke ya está en condiciones de afirmar la dependencia de la política res-
pecto de la historiografía, pues el conocimiento de los Estados lo proporcio-
na esta ciencia. La historiografía y la política tienen el mismo fundamentum:
el «conocimiento perfecto y pleno» del Estado. Un político no puede gober-
nar si no conoce el pasado de su Estado; su tarea es precisamente sumarse al
desarrollo ya iniciado en el pasado, proseguirlo. El político necesita la his-
toria para orientarse, pero además la historia necesita la política para ser
completa, para no ser sólo pasado: «Así pues, la historia ha de sacar a la luz
y comprender la naturaleza del Estado a partir de la serie de los hechos del
pasado, y la política ha de fomentar y perfeccionar esa naturaleza que ha
Historia magistra politices. Notas sobre la conexión entre teoría … 101

comprendido y conocido. La ciencia del pasado es imperfecta sin el conoci-


miento del presente, y la comprensión del presente no es nada sin el conoci-
miento del pasado» (SW 24: 275-276; P 514). Pero Ranke no desea ser
entendido en clave conservadora. Su tesis no es que no deba suceder «nada
nuevo». Los gobernantes no han de conservar temerosamente la situación
heredada, sino que han de continuar decididamente el movimiento de pro-
greso al que se debe la situación presente: «Prudentia civilis ex nostra sen-
tentia non in conservatione tantum quantum in promotione et augmento
versatur». Pues al género humano aún le falta mucho para llegar a la «per-
fección suprema» (276; P 514). De este modo, Ranke evita tanto el despre-
cio del pasado en nombre del futuro (= el progresismo, el utopismo) como la
glorificación del pasado a costa del presente (= el conservadurismo, la reac-
ción).
Hasta ahora, Ranke sólo ha hablado del alma del Estado, pero no del cuer-
po. De éste se limita a decir que la «economía política» se ocupa de mante-
nerlo sano. El gobernante no puede ser un esclavo de esta ciencia, sino que ha
de subordinarla al punto de vista espiritual: «Él sigue otras leyes de mayor
transcendencia, puntos de vista más elevados, que provienen del impulso de
la vida interior, conciernen al ingenio y al ánimo y hacen a los hombres par-
tícipes de la libertad divina» (SW 24: 276-277; P 515-516).
Para acabar, Ranke se enfrenta una vez más a quienes piensan que se pue-
de elaborar una teoría general y ahistórica de la política, aplicable a todos los
Estados. No hay un Estado ideal (civitas optima) al que deban aproximarse
todos los países. Ranke piensa que es precisamente la fe en esa teoría lo que
ha conducido al caos diagnosticado al principio de la conferencia: alterar el
curso propio (natural) de un Estado sólo produce calamidades. El mejor ejem-
plo del caos es España, dice Ranke cien años antes de la Guerra Civil (SW 24:
277-278; P 516-517).
En suma, Ranke piensa que la historia sirve a la política para librarse de
las doctrinas engañosas que la han desorientado. La historia nos aparta tanto
de la destructiva utopía como del paralizante pesimismo y nos reconcilia con
el humilde presente. Esto lo consigue al mostrar que cada época tiene sus pro-
pias virtudes y sus propios defectos y que depende de nosotros mismos al-
canzar los fines que nuestra época nos impone: «Mediante la historia
aprendemos que cada época tiene su propio defecto y su propia capacidad pa-
ra la virtud, de modo que no podemos ni desesperar ni enorgullecernos. Tam-
bién aprendemos que a cada época (incluida la nuestra) le está asignada una
tarea que tenemos que acometer con decisión. Por último, comprendemos que
las cosas humanas no las dirige ni el destino ciego e inevitable ni los fantas-
mas que algunos inventan, sino que prosperan gracias a la virtud, la inteli-
gencia y la sabiduría» (SW 24: 278-279; P 517).
102 Jorge Navarro Pérez

III

Ranke expuso sus ideas políticas ante todo en los artículos que publicó en-
tre 1832 y 1836 en la Historisch-Politische Zeitschrift, una revista que él di-
rigió (con escaso éxito) por encargo del Gobierno prusiano para responder a
la propaganda revolucionaria8. El más importante de esos artículos es el Diá-
logo político (SW 49/50: 314-339). A continuación, voy a presentar en seis
puntos los aspectos centrales de las ideas políticas de Ranke, a las que él con-
sideraba (al parecer) representativas de «lo justo y sano».
1) En una época de extremismos, Ranke reivindica la política y la ciencia
como herramientas de orientación. La política no intenta cambiar las institu-
ciones heredadas, sino continuar el movimiento histórico: «La verdadera polí-
tica [...] aspira al avance [Fortgang] tranquilo, al desarrollo gradual y seguro».
Por su parte, la ciencia deja de lado las teorías generales y abstractas y dirige
su atención a la individualidad: «Un juicio puro sólo es posible si se valora a
cada cual de acuerdo con su propia posición, de acuerdo con su aspiración par-
ticular». Frente a la tiranía de «las teorías», Ranke defiende «el derecho de una
existencia incondicionada, que vive desde su propio principio» (SW 49/50: 3-
4). Lo real queda así protegido contra los ataques de lo irrealizable.
2) Gracias a esta nueva orientación, Ranke puede proponer una tercera vía
entre la revolución y la reacción que garantice tanto la continuidad con el pa-
sado como la apertura al futuro: «Nada es más urgente que recordar la dife-
rencia entre el progreso legaliforme y la renovación impacientemente
destructiva, entre la persistencia sensata y una afirmación unilateral de lo en-
vejecido y ya muerto» (SW 49/50: 4-5). Recapitulando en 1875 las intencio-
nes del proyecto de 1832, Ranke explica: «La dirección que tomé no era ni la
revolución ni la reacción. Mi atrevida empresa era dar voz entre las dos ten-
dencias opuestas a una tercera tendencia que enlazara con lo existente y abrie-
ra un futuro en el que se pudiera hacer justicia a las nuevas ideas en la medida
en que éstas contuvieran verdad» (53/54: 50)9. Para convencer a sus contem-
poráneos de la bondad de su propuesta, Ranke apela a «los principios inmu-
tables, eternos», de los que dice lo siguiente: «Los sabios de todos los tiempos
han sabido muy bien qué es bueno y grande, qué es lícito y correcto, qué es
progreso y qué decadencia. A grandes rasgos, está escrito en el pecho huma-
no: una simple reflexión basta para captarlo» (4). En consonancia con esta

8 Cfr. FRIEDRICH MEINECKE, «Rankes Politisches Gespräch» (1924), en: id., Werke, ed.
H. Herzfeld et al., vol. VII, Oldenbourg, Múnich, 1968, págs. 74-75.
9 Para un intento de presentar la historiografía de Ranke como una reacción contra los
cambios que en el mundo de la cultura estaba introduciendo la época de las revoluciones, cfr.
PETER BURKE, «Ranke the Reactionary», en: G.G. IGGERS y J.M. POWELL (eds.), Leopold von
Ranke and the Shaping of the Historical Discipline, Syracuse University Press, 1990, págs. 36-44.
Historia magistra politices. Notas sobre la conexión entre teoría … 103

apelación, Ranke le dirá en 1854 al rey de Baviera que en la política no ha ha-


bido progreso, pues «los principios generales de la misma ya los indicaron los
antiguos con la mayor seguridad [...]. Los tiempos posteriores sólo tienen so-
bre los antiguos la ventaja de que han tenido a su disposición una cantidad
mayor de experiencias en el campo político» (WN: II 80-81; E 81).
3) Ranke atribuye individualidad al Estado porque piensa que éste —al
igual que el lenguaje y el arte— reposa «en las leyes originarias del espíritu
humano», de modo que «lleva su ley en sí mismo» (SW 49/50: 244). El Es-
tado no se puede estudiar desde fuera, mediante una teoría universal, sino que
para conocerlo hay que sumergirse en él y en su peculiaridad espiritual. Ran-
ke sostiene que el Estado «no es una sección de lo general, sino vida, indivi-
duo, él mismo» (323). Cada Estado está dominado por una «idea» (321), que
es «la vida originaria mediante la cual todas las formas reciben su contenido».
Por tanto, los Estados tienen «vida interior» (323) y están sostenidos por «un
cemento moral» (246). Al contrario de lo que piensan los liberales, los Esta-
dos no son simples mecanismos para garantizar la seguridad de los indivi-
duos, sino que están animados por «tendencias particulares, propias de ellos».
Esas tendencias son «de tipo espiritual, y el carácter de todos los conciuda-
danos está determinado por ellas, les está impreso indeleblemente por ellas»
(328). Ranke extrae de aquí dos consecuencias. Por una parte, considera jus-
tificado que los Estados se atribuyan un origen divino: «Todo depende de la
idea suprema. Esto quiere decir que los Estados deriven su origen de Dios.
Pues la idea es de origen divino» (328-329). Por tanto, los Estados son indi-
viduos creados por Dios a través de los seres humanos: «Individualidades,
una análoga a la otra, pero esencialmente independientes. En vez de aquellos
fugaces conglomerados que se te alzan como nubes desde la teoría del con-
trato, yo veo entidades espirituales, creaciones originales del espíritu huma-
no, se puede decir: pensamientos de Dios» (329). Por otra parte, Ranke
historiza la política al afirmar que ésta ha de tener una «base histórica», es de-
cir, que ha de partir de «la observación de los Estados poderosos y que en sí
mismos han prosperado en un desarrollo ilustre». La razón es la siguiente:
«Sin un salto, sin un nuevo comienzo, no se puede pasar de lo general a lo
particular. Lo real-espiritual que de repente tienes ante ti con una originalidad
imprevista no se puede derivar de un principio superior. Desde lo particular
puedes ascender cuidadosa y atrevidamente a lo general; pero desde la teoría
general no hay camino que conduzca a la intuición de lo particular» (325)10.

10 Se suele considerar exageradamente ingenua a la teoría de Ranke sobre la inducción des-


de lo particular a lo general. Cfr., por ejemplo, H. SCHNÄDELBACH, Geschichtsphilosophie nach
Hegel: Die Probleme des Historismus, Alber, Freiburg y Múnich, 1974, págs. 42-44. En todo
caso, esa teoría es coherente con el deseo de ver que caracteriza a la teoría de la historia de
Ranke. Cfr. WN: IV 82-83; 87-89 (P 518-520).
104 Jorge Navarro Pérez

Por tanto, los gobernantes han de tomar de la «esencia interior» del Estado la
«regla de su comportamiento»: «En su pensamiento, en su espíritu, se con-
centra la existencia espiritual del Estado. [...] No se les ocurrirá hacer algo
nuevo. Ellos no son el Estado, aunque el Estado esté en ellos. Con claridad
tienen su tarea ante sí: es la prosecución de la vida ya comenzada, su eleva-
ción de momento a momento, elr afianzamiento de su salud, que consiste (me
gustaría decir) en la fresca circulación de la sangre espiritual por todas las ve-
nas» (246). La recomendación de Ranke a los gobernantes en una época de
desorientación es: «ser fuerte, infundir confianza, permanecer fiel a sí mismo
y, al conectar lo nuevo con lo antiguo, la resistencia con el avance, tomar el
camino del desarrollo con seguridad y grandeza» (247)11.
4) En cuanto a la forma de gobierno, Ranke se declara partidario de la mo-
narquía. Ésta permite que «el hombre adecuado ocupe el lugar adecuado».
Pues cada persona sirve para una cosa: «El provecho general exige que cada
cual haga lo suyo» (SW 49/50: 335). Esto vale también para «el difícil arte»
de gobernar, que requiere «talento innato, preparación y una larga práctica».
Hay que ceder el gobierno «a quienes entienden de ello», elaborando «una se-
lección entre los más hábiles de toda la nación que hayan cultivado esa capa-
cidad» (336). Si se cumplen estas condiciones, no hay por qué intentar
cambiar el Gobierno: «A veces se habla como si una estirpe extranjera hubie-
ra usurpado el Gobierno. Pero yo te pregunto: ¿quiénes son los que gobier-
nan, los que administran? ¿No salen inmediatamente de la nación? No
comprendo cómo puede herir el orgullo que, digamos, de un número de her-
manos y parientes uno se dedique a la actividad industrial, otro a la mercan-
til, un tercero al estudio, un cuarto a la agricultura, etc., y que uno de ellos se
eleve a la capacidad de participar en el gobierno, donde se ocupa de los asun-
tos comunes de los otros» (335). A Ranke le parece «evidente» que «este ins-
tituto está fundado en la naturaleza de la cosa, promovido por la idea de
nuestras monarquías y capacitado para el desarrollo más grandioso» (336).
Ranke prefiere la monarquía orgánica a las formas representativas. Lo funda-
mental para él no es la división de poderes, que el Gobierno tenga un «con-
trapeso formal», sino que el «espíritu de la comunidad» prevalezca. Esto le
parece más factible con la monarquía que con las formas representativas o de-
liberativas: «Yo no condeno esas formas; [...] pero soy de la opinión de que
el espíritu público tiene otros órganos que a menudo le sirven incluso mejor».
Pues: «Lo que está unido por la naturaleza no necesita un contrato. Entre pa-
dres e hijos, entre hermanos y miembros de una familia no hace falta nego-

11 F. MEINECKE, «Rankes Grosse Mächte» (1916), en: id., Werke, ed. H. Herzfeld et al.,
vol. VII, Oldenbourg, Múnich, 1968, pág. 67, afirma que este conjunto de ideas es «el programa
del realismo histórico moderno», que «fue llevado a la práctica por Bismarck».
Historia magistra politices. Notas sobre la conexión entre teoría … 105

ciación alguna» (337-338). Ahora bien, en 1854 Ranke modera el principio


monárquico en la cuestión de la soberanía. La soberanía no puede seguir per-
teneciendo en exclusiva al rey, pero tampoco se puede aceptar sin más la pre-
sión en favor de la soberanía nacional (E 207-208): «Resultaría muy difícil
rechazar absolutamente la tendencia predominante actualmente; tampoco ca-
be ignorarla. La verdad está justamente en el medio. El príncipe tiene que
afirmar mientras pueda su principio hereditario; el gobierno, desde arriba, pe-
ro teniendo en cuenta en todo lo que haga lo que subyace en la dirección del
tiempo y también lo que hubiera hecho un poder originado por la soberanía
nacional» (E 220).
5) Ranke piensa que el Estado es el producto de «un genio creativo», que
no es una persona en particular, sino una nación. Los Estados «son la expre-
sión del carácter nacional» (SW 49/50: 244). Pues las naciones tienen la «ten-
dencia» a formar Estados. Que lo consigan depende de su «energía moral» en
la guerra, por lo que al principio todos los Estados son militares (328). La na-
ción es tan importante que Ranke pone el patriotismo por encima del indivi-
dualismo, es decir: «El desarrollo de las características personales depende de
la verdad de la participación no tanto en las formas de la constitución como
en el avance del bienestar público, en la comunidad» (334). El Estado «ver-
dadero» o «correcto» se caracteriza por la «unidad de esfuerzos privados y
públicos». En él no hay «una existencia puramente privada», pues el indivi-
duo «no sería el que es si no perteneciera a este Estado determinado en tanto
que su patria espiritual» (333). El Estado ha de esforzarse por «reunir todas
sus partes en unidad voluntaria». Por consiguiente, el «patriotismo» ha de ser,
«en cierto sentido, el principio de la actividad». Esto sucederá cuando «la idea
del Estado capture a cada cual» (334). Así —piensa Ranke— se habrá conse-
guido el objetivo: «En todos tiene que vivir el yo espiritual del Estado» (336).
Pero el objetivo no se consigue siempre. A este respecto hay «grados y nive-
les». Esto equivale a «la diferencia entre salud y enfermedad», donde la salud
consiste en lo siguiente: «Una existencia política sana llena a todos los miem-
bros del Estado. Reposa segura en su principio» (336-337). Esta teoría de la
gradación permite a Ranke pensar el Estado en movimiento: «El Estado es
una existencia viva que por su naturaleza está implicada en un desarrollo in-
cesante, en un progreso incontenible. [...] Toda vida lleva su ideal en sí: el im-
pulso más íntimo de la vida espiritual es el movimiento en pos de la idea, en
pos de una excelencia mayor. Este impulso le es innato, le ha sido implanta-
do en su mismo origen» (337).
6) El nacionalismo de Ranke no es ilimitado, sino que tiene dos topes. Por
una parte, los Estados están subordinados a «la comunidad suprema de la
Iglesia», cuyas normas y principios han de respetar. El Estado es una mezcla
de «hálito divino» e «impulso humano», mientras que la Iglesia es pura. De
106 Jorge Navarro Pérez

aquí se deriva, por lo demás, que la Iglesia ha de evitar mezclarse en los asun-
tos mundanos (SW 49/50: 338-339).
Por otra parte, «hay una comunidad europea» (SW 49/50: 329), ya que
«el complejo de los pueblos cristianos de Europa ha de ser considerado co-
mo un todo, en cierto modo como un Estado» (E 133). Aquí tiene su lugar la
célebre teoría de las «grandes potencias», a la que Ranke dedicó un artículo
en la Historisch-Politische Zeitschrift (SW 24: 1-40; P 69-97)12. Ranke pen-
saba que a partir del siglo XV se estableció en Europa un sistema de equili-
brio entre los principales Estados que hacía imposible que alguno de ellos
predominase hegemónicamente. Esta limitación del poder de los Estados hi-
zo posible la libertad en Europa: «Tomaremos como punto de partida el he-
cho de que en el siglo XVI se consideraba el antagonismo y el equilibrio de
poder entre Francia y España como la garantía de la libertad de Europa. Los
países oprimidos por una parte de estas dos potencias buscaban refugio en la
otra» (P 70; véase también E 157). Dicho más ampliamente: «Claro está que
a los menos poderosos les quedaba el recurso de unirse para hacer frente a
aquel incremento arrollador de poder y de prepotencia política. Así lo hicie-
ron, en efecto; concertaron alianzas, crearon asociaciones. El concepto del
equilibrio europeo se interpreta ahora en el sentido de que los débiles, mu-
chos y sueltos, vienen a unirse para poner un dique, como entonces se decía,
a las arrogancias desmesuradas de la corona francesa. [...] Es cierto que, en
los momentos de gran peligro, puede uno fiarse tranquilamente en el genio
que parece guardar siempre a Europa de la suerte de caer bajo una tendencia
violenta y unilateral, que opone siempre a la presión de un lado la resisten-
cia del otro y que, gracias a una cohesión que ha ido haciéndose más y más
estrecha con cada década, ha sabido salvar siempre con fortuna la libertad y
la independencia de sus naciones» (P 75). Las grandes potencias surgen en
los siglos XV y XVI, pero en el siglo XIX el sistema se rejuvenece median-
te «el nuevo desarrollo de las nacionalidades» (P 95): «Estos sucesos han ve-
nido a revelar y han inculcado de nuevo en la conciencia general la gran
importancia que el factor moral y la nacionalidad tienen para los estados.
¿Qué habría sido de los nuestros si no hubiesen recibido nueva vida del prin-
cipio nacional sobre el que se fundaron?» (P 96). Ranke contesta de la si-

12 La teoría de las grandes potencias es la mejor plasmación de la «primacía de la política


exterior» sobre las cuestiones económicas y sociales que se suele atribuir a la historiografía de
Ranke (cfr. F. MEINECKE, «Rankes Politisches Gespräch» [1924], en: id., Werke, ed. H. Herzfeld
et al., vol. VII Oldenbourg. Múnich, 1968, págs. 76-77). Muchos años después de la muerte de
su autor, esta teoría ha renacido en estos dos libros: LUDWIG DEHIO, Gleichgewicht oder Hege-
monie: Betrachtungen über ein Grundproblem der neueren Staatengeschichte, Manesse, Zürich,
1997 (1ª ed. 1948); PAUL KENNEDY, The Rise and Fall of the Great Powers: Economic Change
and Military Conflict from 1500 to 2000, Unwin Hyman, Londres, 1988.
Historia magistra politices. Notas sobre la conexión entre teoría … 107

guiente manera a la objeción de que el conflicto entre las nacionalidades obs-


taculizará «la obra de crear entre las naciones una comunidad cada día más
estrecha»: «Si se nos permite un pequeño símil, diremos que ni es agradable
ni estimulante vivir en una sociedad en que habla uno y los demás escuchan,
como tampoco lo es encontrarse en aquella en que todos, por ser igualmen-
te mediocres, dicen lo mismo. El hombre sólo se encuentra a gusto allí don-
de las más diversas peculiaridades, desarrolladas en toda su pureza y con
toda libertad, se armonizan dentro de un todo superior y común e incluso lo
crean a cada momento, al enlazarse y complementarse de un modo vivo. [...]
No, la unión de todos tiene como base la independencia de cada uno. Y sólo
pueden convivir de un modo permanente y vivo e impulsarse los unos a los
otros por el contacto mutuo a condición de que ninguno pretenda dominar a
los demás ni menoscabar su propio ser. Otro tanto acontece con los estados,
con las naciones. Todo lo que sea predominio positivo de uno va siempre en
detrimento de los otros. La mescolanza de todos sólo serviría para matar la
esencia de cada uno. La independencia y el desarrollo puro y libre de cada
cual son condición y base de la verdadera armonía» (P 97). La idea es, pues,
que la unión de los Estados europeos sólo tiene sentido si está integrada por
naciones que hayan desplegado por completo su individualidad13. Por lo de-
más, Ranke sitúa aún algo más por encima de Europa: la historia universal.
Pues: «Junto a la historia particular de los distintos pueblos y por encima de
esa historia, reivindicamos como principio específico de la historia general
el principio de la vida común de la humanidad, que une a las naciones y las
domina, aunque sin dejarse absorber por ellas» (P 474). Lo que se dilucida
en la historia universal es la capacidad de la humanidad para conquistar «to-
dos los conocimientos que, una vez adquiridos, ya no se pierden, los talen-
tos y las aptitudes que un siglo hereda y recibe de otro, los conceptos
generales de la moral y el derecho, que, si bien innatos al hombre, pueden y
quieren desarrollarse y elevarse a clara conciencia, y, en general, un senti-
miento de solidaridad por todo lo que honra y enaltece al hombre». Ranke,
que era menos irenista de lo que se suele decir, entiende este proceso como
«la historia de una cadena interminable de luchas en torno a los supremos
bienes de la humanidad» (P 475)14. Lo que se suele llamar el «eurocentris-

13 Conviene anotar, con Friedrich Jaeger y Jörn Rüsen (Geschichte des Historismus: Eine
Einführung, Beck, Múnich, 1992, pág. 84), que Ranke mantuvo hasta en las épocas de mayor na-
cionalismo en Alemania su fe en la unidad supranacional de Europa y su rechazo de la hegemo-
nía de alguna nación en particular.
14 Por tanto, la historia universal de Ranke no discurre por el «tiempo homogéneo y vacío»
que Benjamin parece atribuirle (cfr. W. BENJAMIN, «Über den Begriff der Geschichte», en: id.,
Gesammelte Schriften, ed. R. Tiedemann y H. Schweppenhäuser, Suhrkamp, Frankfurt, 1974,
vol. I/2, págs. 691-704, aquí pág. 701), sino por el tiempo irregular de las luchas en torno a los
bienes culturales. Benjamin establece una dicotomía entre el tiempo homogéneo y la detención
108 Jorge Navarro Pérez

mo» de Ranke15 consiste en la tesis de que esas luchas las han ganado siem-
pre las naciones occidentales (cfr. WN: IV 436).*

del tiempo en el presente mesiánico en la que no tiene cabida la noción de continuidad de Ran-
ke. La diferencia fundamental entre el «materialismo histórico» de Benjamin y el «espiritualis-
mo histórico» (o historicismo) de Ranke consiste en que Benjamin ve en todo «documento de la
cultura» al mismo tiempo un «documento de la barbarie» (pág. 696), mientras que Ranke no de-
grada la lucha a barbarie. Pero esto no justifica el reproche (aunque no sé si Benjamin lo dirige
a Ranke) de que la historiografía historicista se centre en los vencedores (pág. 696). El optimis-
ta Ranke pensaba que el espíritu y la cultura, aun habiendo sido derrotados por la fuerza bruta,
acaban imponiéndose gracias a su mayor sustancia: «Pues la naturaleza de las cosas humanas ha-
ce que la parte más vigorosa (ya haya abandonado el campo de batalla como vencedora o como
vencida) se imponga poco a poco y elimine la peculiaridad de la parte menos robusta» (SW
49/50: 274; P 512). Esta capacidad del espíritu para sobreponerse a la derrota es precisamente lo
que hace posible la historia universal: «Y no hay problema más importante en el campo de la his-
toria universal que el de saber cómo este elemento de la cultura, ya de suyo desarrollado, pero
vinculado siempre a una determinada existencia política, ha podido conservarse y trasplantarse a
través de las vicisitudes de los destinos de los pueblos, sus titulares y exponentes, cómo ha sido
capaz de perdurar por sobre todas las sangrientas destrucciones de estados antiguos y las violen-
tas instauraciones de otros nuevos» (P 475).
15 Cfr. G. IGGERS y K. v. MOLTKE, «Introduction», en: iid. (eds.), Leopold von Ranke:
The Theory and Practice of History, Bobbs-Merill, Indianápolis y Nueva York, 1973, págs. XV-
LXXI, aquí págs. LIII-LVII, LXVII-LXXI.
* Por desgracia, al escribir este artículo no he podido tomar en consideración el libro (a pri-
mera vista, muy interesante) de Siegfried Baur, Versuch über die Historik des jungen Ranke,
Duncker & Humblot, Berlín, 1998.

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