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TOMA DE DECISIONES RESPONSABLE

En la escuela, los conflictos forman parte inherente de las relaciones interpersonales y de la profesión docente,
afectando la calidad de las relaciones, la enseñanza y el bienestar de la comunidad educativa. No solo los
conflictos entre personas generan malestar, sino también los dilemas morales internos (Colnerud, 2015). Los
docentes enfrentan constantemente conflictos éticos debido al poder que poseen en las escuelas, lo que los obliga
a tomar decisiones éticas sobre cómo actuar correctamente en diversas situaciones (Zhu et al.; Colnerud, 1997,
2006; Davies y Heyward, 2019). La formación socioemocional y ética desde la Educación Superior es clave para
mejorar su preparación en la gestión de conflictos y la toma de decisiones morales (Buxarrais et al., 2015;
Escámez et al., 2008; Shapira-Lishchinsky, 2011). La toma de decisiones implica elegir entre cursos de acción
basándose en información relevante (Pitz y McKillip, 1984) y se apoya en procedimientos analíticos para guiar las
elecciones. Puede tratarse de dilemas morales si implica conflictos éticos o ser decisiones con menor implicación
moral, aunque toda acción tiene valores y consecuencias. Algunas decisiones afectan de manera relativa la vida,
mientras que otras representan puntos de inflexión. Los pasos para la toma de decisiones en las que están
implicados los valores serían:
CONCEPTOS CLAVE EN LA TOMA DE DECISIONES RESPONSABLE
Según López et al. (2010), los valores son ideas, opiniones y convicciones que consideramos deseables y que dan
sentido a nuestra vida. Actúan como criterios para determinar lo correcto, bueno o deseable, y juegan un papel
fundamental en la percepción de los problemas, la toma de decisiones, los sentimientos y la conducta. Los valores
presentan diversas características:

- Dimensión ideal: Los valores abarcan infinitas posibilidades que siempre pueden complementarse.

- Relatividad y universalidad: Los valores varían según la sociedad, la cultura y el contexto histórico,
aunque existen valores universales relacionados con los Derechos Humanos.

- Bipolaridad: Cada valor tiene un polo positivo y un polo negativo. Cada valor tiene su correspondiente
antivalor.

- Jerarquía: Cada persona establece una organización propia de valores, dividiéndolos en superiores e
inferiores.

- Base afectiva: Los valores generan bienestar cuando actuamos en coherencia con ellos o cuando los demás
los respetan.

- Orientación: Los valores guían nuestros juicios y se reflejan en nuestra conducta.

Comprender los propios valores es esencial para tomar decisiones informadas, evitar manipulaciones sociales,
conocerse mejor y mejorar la autoestima. Además, las sociedades adoptan valores compartidos como referencia,
plasmados en documentos fundamentales como la Declaración Universal de Derechos Humanos o la Convención
sobre los Derechos de la Infancia. A nivel profesional, el ejercicio ético se rige por códigos deontológicos, como el
de la profesión docente, que establecen principios éticos para guiar la práctica educativa.

Los contravalores son actitudes o conductas que se oponen a los valores aceptados socialmente, obstaculizando el
desarrollo armonioso del individuo y afectando al conjunto de la comunidad. Un ejemplo es la arrogancia, que es el
contravalor de la humildad.

Un dilema moral es una situación donde se debe elegir entre dos o más acciones que implican conflictos éticos o
valores morales, generando un conflicto interno sobre lo correcto o incorrecto. Según Berlak y Berlak, los dilemas
éticos presentan opciones con obstáculos que complican la elección del curso de acción. Fransson y Grannäs (2013)
describen los dilemas como un contexto dilemático en el contexto de la práctica docente y las relaciones
interpersonales.
TEORÍAS DE LA CONDUCTA MORAL
1. Enfoque cognitivista-evolutivo. Teoría del desarrollo moral: La teoría del desarrollo moral más difundida es la de
Lawrence Kohlberg (1984, 1992), basada en el desarrollo del razonamiento moral a través de dilemas morales,
que identifica seis estadios de desarrollo moral agrupados en tres niveles:

- Nivel preconvencional: En este se encuentran el estadio heterónomo, centrado en la búsqueda de placer y


evitar castigos y caracterizado por obediencia egocéntrica, y el estadio hedonista instrumental del
intercambio, donde predomina el individualismo y la satisfacción de necesidades mediante intercambios
equitativos.

- Nivel convencional: En este se encuentran el estadio de conformidad y relaciones interpersonales, guiado


por convenciones sociales y el deseo de aceptación, y el estadio del sistema social y conciencia, con
cumplimiento de leyes por convicción personal para ser un buen ciudadano.

- Nivel postconvencional: En este se encuentran el estadio del contrato social, que define el bien según
derechos básicos, valores y contratos sociales, y el estadio de principios éticos universales, basado en hacer el
bien siguiendo principios éticos universales aplicables a toda la humanidad.

Una crítica relevante a esta teoría proviene de Carol Gilligan (1982), quien señala un sesgo masculino en el
enfoque de Kohlberg, centrado en la “justicia”. Gilligan introduce la “moralidad del cuidado”, destacando la
importancia de la empatía y la atención al otro como componentes esenciales del razonamiento moral, integrando
así la dimensión emocional en la ética. Su enfoque se considera precursor en el estudio del desarrollo moral
desde una perspectiva más inclusiva. Además de estas aportaciones, existen otros referentes significativos en la
educación moral y en valores, como González Lucini (1993), Noddings (2009), Pérez Delgado y García Ros (1991),
y Savater (1991), entre otros. Aunque no se profundiza en ellos aquí, su influencia es relevante en el campo del
desarrollo ético y la enseñanza de valores.

2. Enfoques emotivistas actuales: Los enfoques emotivistas actuales, según Etxebarría (2020), representan una
nueva perspectiva en psicología moral, influenciada por el sentimentalismo moral de David Hume (1739-1740,
1777). Hume analiza la moral desde un enfoque empírico, estudiando cómo actuamos en lugar de cómo
deberíamos actuar. Afirma que los juicios morales no pueden basarse únicamente en la razón, ya que esta se
ocupa de hechos y conclusiones, pero no puede determinar por qué preferir una opción sobre otra. Solo los
sentimientos pueden hacerlo, ya que las decisiones morales se fundamentan en las emociones más que en el
pensamiento racional. En la intervención educativa, los enfoques emotivistas promueven la educación de las
emociones morales. La empatía ha sido la emoción que más interés ha generado debido a su relevancia intrínseca
y la gran cantidad de estudios que la destacan. Sin embargo, otras emociones como la culpa, la indignación y el
orgullo moral, aunque también importantes, reciben menos atención y conciencia en la práctica educativa actual.
EMOCIONES MORALES
El interés por la relación entre emociones y moralidad ha impulsado el uso del término “emociones morales”.
Según Bisquerra et al. (2021), las emociones influyen significativamente en las decisiones éticas, aunque muchas
personas no son conscientes de este impacto. Los expertos afirman que no se puede tomar decisiones morales sin
considerar las emociones.

Las emociones morales son aquellas que incluyen aspectos morales en la experiencia emocional y en la
predisposición a la acción. Estas emociones motivan comportamientos moralmente relevantes y pueden generar
sentimientos morales (Tey, 2005). Por ejemplo, la indignación surge al presenciar actos injustos, mientras que la
compasión predispone a ayudar, y la culpa o el arrepentimiento conducen a reparar el daño causado. En
contraste, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno revela una falta de empatía. Las emociones morales, por tanto,
juegan un papel clave en la motivación hacia la acción moral.

Según Etxebarría (2020), las emociones son respuestas adaptativas que coordinan valoraciones, gestos,
respuestas fisiológicas y tendencias de acción para resolver problemas cruciales, incluidos los del ámbito social.
Las emociones morales forman parte de este conjunto, pero no existe consenso sobre su definición exacta ni
sobre cuáles deberían considerarse como tales, siendo el término altamente polisémico. Florian Cova y
colaboradores (2015) identifican cinco sentidos en los que las emociones pueden ser consideradas morales:

1. Cuando presentan un objeto con valor moral, positivo o negativo, como la indignación que señala la injusticia.

2. Al contribuir al conocimiento moral o influir en las valoraciones morales, como las emociones desaprobatorias
(culpa) y aprobatorias (orgullo) en los juicios morales.

3. Por motivar acciones moralmente correctas, como la compasión que impulsa a ayudar o la culpa que lleva a
reparar daños.

4. Cuando su cultivo favorece la moralidad individual o social, considerando sus efectos, como la culpa que se ve
más moral que la vergüenza.

5. Cuando las emociones mismas son objeto de juicio moral, como criticar la indiferencia hacia el sufrimiento o
elogiar el arrepentimiento.

Aunque el debate permanece abierto, estos criterios permiten considerar una emoción como moral si cumple uno
o varios de ellos. Prinz (2007) define las emociones morales como aquellas que surgen en contextos de conducta
moralmente relevante.
EMOCIONES MORALES
La distinción entre emociones morales y no morales es compleja, ya que casi cualquier emoción puede surgir en
un contexto moralmente relevante. Aunque algunas emociones, como la culpa, son consideradas prototípicamente
morales, también pueden surgir en situaciones sin relevancia moral, como sentir culpa por comer en exceso.
Asimismo, emociones aparentemente no morales, como el miedo, pueden tener implicaciones morales en ciertas
variantes, como el temor de Dios. Según Haidt (2003a), no existe una división clara entre emociones morales y
no morales.

Haidt propone una clasificación ampliamente aceptada, similar a la de Prinz (2007a), que agrupa las emociones
en cuatro familias. La primera comprende las emociones relacionadas con el sufrimiento ajeno, como la empatía y
sus derivadas. La segunda abarca las emociones autoconscientes, que incluyen la culpa, la vergüenza y el
orgullo. La tercera categoría se refiere a las emociones de condena de los demás, como el desprecio, la ira y el
asco. Finalmente, la cuarta familia engloba las emociones de elogio de los demás, como la gratitud y la
admiración.

Además, la perspectiva cultural influye en qué emociones se consideran morales. Por ejemplo, el temor de Dios
fue moralmente relevante en la Edad Media, pero ha perdido fuerza en sociedades occidentales desacralizadas.
En otras culturas, emociones específicas pueden ser moralizadas, como la sama en la tradición hindú, asociada a
la serenidad y el desapego, cuya inacción contribuye al avance espiritual y a la armonía cósmica. En contraste,
los occidentales valoran sus beneficios para la salud mental, pero sin connotaciones morales.

DESENGANCHE O DESCONEXIÓN MORAL


El concepto de desconexión moral, desarrollado por Bandura (2002), se refiere al proceso mediante el cual las
personas se desenganchan de los valores y normas morales adquiridos, justificando conductas socialmente
reprochables mediante argumentos lógicos para evitar sentimientos negativos como la vergüenza o la culpa. Los
mecanismos de desconexión moral ocurren cuando el sistema de monitoreo para evaluar las conductas no se activa,
permitiendo una desconexión selectiva de los marcos éticos. De este modo, los individuos reestructuran su
percepción de las acciones para minimizar sus consecuencias y mantener coherencia entre el comportamiento y los
principios morales y criterios éticos, evitando autosanciones y conflictos morales.

Mischel y Mischel (1976) señalan que las personas buscan justificar su conducta, por reprochable que sea, para
conservar su autoconcepto y autoestima. Este proceso también puede explicarse mediante el concepto de disonancia
cognitiva de Festinger (1957), que describe cómo los individuos generan nuevas creencias cuando se enfrentan a
una situación en la cual su comportamientos entra en conflicto con sus principios morales, minimizando así el
malestar y restableciendo la percepción de coherencia interna.

Bandura (1991) identifica cuatro técnicas de racionalización con ocho mecanismos de defensa que desactivan las
autorreacciones o autosanciones, facilitando la adopción de conductas inapropiadas sin comprometer la autoimagen
ética. Estas creencias racionalizadoras permiten que la desconexión moral ocurra, proporcionando a los individuos
una justificación interna que les exime de las implicaciones morales de sus acciones. Estas técnicas son:
DESENGANCHE O DESCONEXIÓN MORAL
1. La reinterpretación de la conducta: En esta técnica el individuo utiliza los siguientes mecanismos de
desconexión moral:

- Justificación moral: Este mecanismo convierte un acto condenable en uno loable al asociarlo con un
propósito ético o heroico. A través de este mecanismo, la conducta se resignifica tanto personal como
socialmente, convirtiendo el acto en algo socialmente aceptable e indiscutible con propósitos elevados. Este
tipo de justificación es común en acciones cometidas bajo el pretexto de la religión, la paz o el nacionalismo
donde se cometen crueldades. Es común que las personas que emplean este mecanismo se perciban como
moralmente superiores a sus víctimas o adversarios, justificando así actos dañinos.

- Etiquetación eufemística: Se basa en el uso de expresiones suavizadas o palabras atenuantes para encubrir
la naturaleza dañina de las acciones. Este mecanismo transforma el lenguaje en una herramienta que modela
el pensamiento, despojando de su gravedad a conductas reprobables. Entre las estrategias empleadas están
las expresiones que minimizan los hechos, como referirse a los celos como “demostraciones de amor”, o el
uso de voz pasiva sin agente, como “el arma se disparó”. También se emplean términos positivos para hechos
negativos, como “carrusel” para describir actos de corrupción o “falsos positivos” para referirse a ejecuciones
extrajudiciales.

- Comparación ventajosa: Consiste en minimizar la gravedad de una conducta al compararla con otra más
grave. Este mecanismo permite considerar actos crueles como leves o incluso benévolos cuando se contrastan
con otros percibidos como mucho más graves. Por ejemplo, justificar el castigo físico a los niños mediante
palmadas argumentando que otros utilizan castigos más severos, como golpes con correas.

2. La confusión de la responsabilidad del acto: El individuo emplea los siguientes mecanismos de desconexión
moral para no asumir la responsabilidad que tiene sobre el mismo:

- Transferencia de la responsabilidad: El individuo no se considera responsable de sus acciones moralmente


reprochables, pues argumenta que solo sigue órdenes. Este proceso facilita la comisión de actos atroces, ya
que el individuo no se siente responsable, sino simplemente un ejecutor de directrices ajenas. Según Waller
(2013), las acciones bárbaras de organizaciones terroristas no dependen únicamente de la personalidad de
sus miembros, sino de una jerarquía legitimada con ideologías crueles. Este mecanismo reduce las
autorreacciones y la empatía hacia las víctimas. Se dará una mayor obediencia y corrección cuando la
autoridad es legítima y está físicamente cerca, ocurriendo lo contrario si el individuo puede interactuar o
ver el sufrimiento de la víctima.

- Difusión de la responsabilidad: En las acciones grupales, la responsabilidad se diluye, ya que el actuar


individual queda oculto por el colectivo. Cuando un grupo actúa, la responsabilidad personal se desvanece,
ya que todos y, a la vez, nadie son responsables. Cuantas más personas estén involucradas, menor será la
sensación de responsabilidad individual. Un ejemplo típico ocurre en las protestas violentas, donde los daños a
establecimientos se atribuyen al grupo en general, haciendo que la responsabilidad individual se pierda en el
grupo.
DESENGANCHE O DESCONEXIÓN MORAL
3. Ignorar las consecuencias: Los efectos de las acciones pueden minimizarse recurriendo a los siguientes
mecanismos:

- Distorsión de las consecuencias: Consiste en minimizar, negar o distorsionar las consecuencias del daño
causado a las personas para evitar la responsabilidad de los actos. Si la minimización no es suficiente, se
desacreditan las pruebas del daño. Este mecanismo es más frecuente cuando el daño no es visible o las
consecuencias son distantes, lo que facilita que se cometan actos perjudiciales, como ocurre con el uso de la
tecnología para dañar a otros.

- Detrimento de la víctima: Implica depositar en la víctima el origen de la conducta inmoral generada en su


contra, culpabilizándola o deshumanizándola. De esta forma, esta técnica se lleva a cabo a partir del uso de
los siguientes mecanismos:

- Culpabilización de la víctima: Se traslada la responsabilidad a la víctima, señalándola como provocadora


del acto. El agresor justifica su conducta como una respuesta a dicha provocación y no como una acción
deliberada del agresor y, en algunos casos, llega a considerar que su respuesta fue la indicada y se
siente orgulloso de su acción. Este mecanismo puede llevar a la víctima a convencerse de que es su culpa
y que merece el maltrato, generando autodesprecio y sentimientos de inferioridad.

- Deshumanización de la víctima: Este es el mecanismo más grave y tiene serias consecuencias tanto
para la víctima como para la sociedad. Se basa en privar a la víctima de sus cualidades humanas, lo que
facilita la agresión al eliminar cualquier barrera moral. La empatía, que normalmente inhibe el deseo de
dañar a otros, desaparece cuando el agresor percibe a la víctima como un ser inferior. Para lograr esta
deshumanización, se atribuyen a las víctimas características animales o demoníacas. Bandura (1991)
observó que, en sus experimentos, los estudiantes mostraban una mayor disposición a maltratar a otros
cuando estos eran calificados como “animales”. Este fenómeno también ocurre cuando se asocian las
acciones de un grupo a supuestas características esenciales de sus miembros. La deshumanización se ve
favorecida en situaciones en las que un grupo mayoritario percibe a minorías étnicas, religiosas o
ideológicas como una amenaza, evocando crímenes pasados, reales o imaginarios, atribuidos a dichas
minorías. El proceso de deshumanización lleva a que el agresor ignore por completo las normas morales
contra la agresión, ya que al considerar a la víctima como un ser sin valor, deja de percibirla como un
ser humano.

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