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Te o Cafe

El documento es un boceto de comedia titulado '¿Té o Café?' escrito por Antonio L. Buenretiro y estrenado en el Teatro Infanta Isabel en 1916. La obra presenta una trama en la que los personajes, Ricarda y Julianna, interactúan en un ambiente de tensión y humor, mientras lidian con la llegada inesperada de Pepín, quien muestra interés romántico por Ricarda, a pesar de su estado civil. Se destaca la propiedad literaria de la obra y los derechos de representación reservados por el autor.
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Te o Cafe

El documento es un boceto de comedia titulado '¿Té o Café?' escrito por Antonio L. Buenretiro y estrenado en el Teatro Infanta Isabel en 1916. La obra presenta una trama en la que los personajes, Ricarda y Julianna, interactúan en un ambiente de tensión y humor, mientras lidian con la llegada inesperada de Pepín, quien muestra interés romántico por Ricarda, a pesar de su estado civil. Se destaca la propiedad literaria de la obra y los derechos de representación reservados por el autor.
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J.

Ü o /i J

ANTONIO L. BUENRETIRO

dTÉ O CAFÉ?
BOCETO DE COMEDIA

ORIOIIMAI- V E ISI RROSA

Copyright, by Antonio L. Buenretlro, 1916

SOCIEDAD DE AUTORES ESPAÑOLES


Calle del PradOi núm. 24
¿"riS o OA.B^:!©'?
Efte obra es propiedad de sn antor, y nadie po-
diA, Bln en permiso, reimprimirla ni representarla en
España ni en los países con los cuales se hayan ce^e
brado, ó se celebren en adelante, tratados internado
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El autor se reserva el derecho de tradncclón.
Los comisionados y representantes de la SocMad <U
Autortt Españoles son los encargados exclaslvamenta
de conceder ó negar el permiso de representación j
del cobro de los derechos de propiedad.

Drolts do representatlon, de traductlon et de repio»


doctlon reserves povr toas les pays, y oomprli la Saé-
de, la Norvége et la Hdllande.

Qoeda hecho el depósito qne marca 1« ley.


¿TÉ O CAFÉ?
BOCETO DE COMEDIA. EN PROSA

«BieiNAL DB

ANTONIO L. BUENRETIRO

Estrenado con éxito extraordinario en ei TEATRO INFANTA ISABEL la ooche


del 5 de Febrero de 1916

-*

MADRID
R. Velasoo, impresor, Marqués de Santa An», 11, dup
TELáPONO, NÚMKRO 551
1916
REPARTO
PERSONAJES ACTORES

RICARDA ('¿O a 25 años) Seta. Paloü.

JULIANA (doncella de servicio) Sea. Cahabebo.

CARLOS (esposo de Ricarda; 88 a

40 años) ....i Se. Heeníndkz.

PEPÍN (23 a 26 años). Vilches.

La acoión en Madrid. — Epooa actual

Derecha e izquierda, las d I actor


II II 'I II II II II II II II II II II II II II II II II II II II II
II II II II II II II II II

ACTO ÚNICO

Sala-comedor lujosa, de una casa particular. En lateral derecha, ua


halcón cubierto con stor. En lateral izquierda puerta practicable
cubierta por colgaduras, que da paso a otras habitaciones. Eu el
foro dos puertas, también practicables, siendo la de la izquierdfl,
la que se supone que da acceso a esfa habitación llegando a ella
desde la calle. Sn el entrepaño que separa las dos pueitas del
foro, un aparato telefónico. Casi en primer término y próxima a
la puerta de lateral izquierda, una mesa para cuatro cubiertos,
provista de mantel lujoso. En el centro de la mesa, un jarrón o
florero con flores. Es de noche. Una lámpara colgada en el centro
de la habitación, ilumina la escena.

ESCENA PRIMERA
RICARDA y JULIANA

Al levantarse el telón aparece Ricarda hablando por teléfono. A al-


guna distancia de ella se encuentra Juliana

liic. en eso estamos conformes, pero...


Sí... SÍ...
no me
negarás que es muy natural que yo
no ría con la gana que tú lo haces... De
acuerdo. ¡Divertidísimo! Pero... Oye, oye,
.

¿de veras que no pasará nada? ¿Me lo pro-


metes?... ¡No seas así, por Dios!... ¡Qué ma-
nera de reirl... Sí. Aquí está, (volviéndose para
mirar a Juliana.) ¡Ah!... Hasta hace un mo-
mento, sí. Aguarda y te lo diré. (Hace un signo
a Juliana que se aproxima al balcón y levantando deli-
cadamente el stor, mira hacia la calle
)

60S415
—6—
Juf . Sigue en el mismo sitio.
Ríe. Que sigue... ¿Lo has oído?... Bueno. Como-
tú quieras... ¿En seguida, en seguida? En-
tonces... Adiós. No, no, no. No admito nada
tuyo a distancia. Convenido. ¡Adiósl (cuelga-
el aparato.)

ESCENA II

RICARDA y JULIANA

Ric. (a Juliana.) Tengo miedo. No lo puedo reme-


diar.
JuL. Pues yo no, señorita.
Ríe. ¡Es muy peligroso! Tú no sabes...
JuL. Debe eer muy divertido.
Ríe. iQuién sabe!... (pausa.) ¿Y el hombre, imper-
térrito?
JuL. ¡Tan decidido! Apenas me aproximo al bal
con, ya está haciendo señas.
Ríe. ¡Qué ridiculez, y qué osados son algunos
hombres!
JüL. Sí que lo son, señorita, y éste, por lo que yo
le he oído...
Ric. Pero, vamos a ver; ¿qué motivos le he dado
yo para esta persecución y qué idea tendrá
formada de una mujer casada?
Jui.. ¡Creerá que usted no lo es!
Ríe. ¿Cómo va a creer eí^o, cuando está en conti-
nuo acecho para presentarse, así que mi
marido está fuera de casa y atreverse, algu-
nas veces a seguirme, aún yendo acompa-
ñada de Cario"?
JüL. Eso creerá él que son méritos, señorita.
Ríe. Para que le rompan alguna costilla.
Jui.. (Riendo.) ¡Pues se iba a quedar arreglado!
RlC. (como venciendo una indecisión.) El CaSO eS... No
sé qué hacer... ¡Ea! (con resolución.) Mira, Ju-
liana... Acércate al balcón y hazle señas con
la mano para que suba, si es que se atreve.
Puede creer que es cosa tuya, porque de ti,
¡vete a saber lo que habrá pensado tam-
biénl
JuL. ¿Por fin se decide usted? ¡Claro! (Se dirige re-
sueltamente al balcón deteniéndose antes de llegara él.^
Ríe. ¿Qué?...
JüL. Ahora soy yo la que tiene miedo.
Ríe. jPues es lo único que nos faltabal Déjalo
para otra ocasión y haz lo que te digo.
JüL. ¡Señorital ¡Señorita!
Ríe. ¡Vamos, mujer! Ya sabes que nada va a pa-
sar.
JüL. (Levantando el stor y sin volverse hacia donde está
BU señorita cuando habla con esta.) Ya me ha
visto.
Ríe. ¿Y qué hace? ¿qué te dice?
JuL. Yo no lo entiendo. No hace más que alar
gar la barbilla y guiñar un ojo.
Rio. ¡üebe estar muy feo en esa actitud! (Riendo.)
JoL. Ahora cruza la acera y se pone aquí de-
bajo.
Ríe. Esta es la ocasión.
JüL. Se lo digo por señas, ¿verdad?
Ríe. ¡Claro, mujer!
JuL. (Después de hacer señas.) Ya está... ¡Ay, Señori-
ta!...¡Se dirige al portal!... ¡Ya debe estar
entrando!... ¡Ay, Dios mío!... (sentándose.)
Ric. jCalIa, mujer, que tengo yo más miedo que
tul...
(Quedan las dos en silencio denotando por sus actitu-
des algún temor. Suena uu timbre.)
JuL. ¡Ya está ahí! ¿Quiere usted que no abra?
Ríe. Eso no. Ya es tarde.Abre y estáte con cui-
dado.
JüL. Voy allá, (cómicamente.) ¡Ay, JesÚs! (sale.)

ESCENA III

RICARDA y PEPÍN que aparece precedido de JULIANA que se reti-


ra al hacerle indicaciones de ello coa cierta malicia Pepln

Pepín (Desde la puerta.) Señora... Yo no sé cómo de-


cir a usted, cuanto agradezco...
Ríe. (Reponiéndose.) ¡Caballero!... Ignoro el por qué
de su agradecimiento y supongo que ven-
drá usted en buFca de mi marido.
Pepín Señora... A su marido le he visto salir de
aquí. Sé que no está en casa.
Ríe. ¿Entonces?...
— 8 —
Pepín No pienso ocuparme de él, pues ei alguna
vez lo he hecho, ha sido para envidiarle.
Ríe. Gracias en su nombre, (con sequedad.)
Pepín (con despreocupación ) No hay de qué .. Euvi-
diar al hombre que tiene por esposa a la
mujer mas ideal que pisa la tierra, es una
envidia que denota buen gusto.
Ríe. Mejor gusto denota... y hablemos claro, se-
ñor mío, respetar a la mujer del prójimo y
no comprometerla con persecacione.'i im-
pertinentes y peligrosas.
Pepín Nada de cuanto usted diga, aunque se lo
proponga, puede impresionarme desagrada-
blemente... porque... (Aproximándose a ella con
Cierta violencia.) estoy loco por usted, la adora
desesperadamente y... sus reproches serán
caricias para mí, y sus desdenes, nuevos in
centivos par i mi amor.
RiC. (con dignidad.) Ruego a usted, en el tono que
más le convenga, que no emplee un len-
guaje, para el que por mi parte, no tiene
motivos y... repare que es una señora casa-
da la que está en su presencia, a la que ha
llegado usted osadamente, e ignoro, aunque
me lo presumo, qué cou la complicidad de
alguien de esta casa.
Pepím Cada uno llega como puede. Lo principal
es llegar y... usted comprenderá que una
vez aquí no puedo hablar... (Acercándose mien
tras ella letrocede ) sillO de USted.
Ríe. Suplico a usted, fíjese bien, se lo suplico,
que modere sus impulsos y no dé lugar a
que grite. ¡Salga usted! Es mejor.
Pepín ¿Pero cree usted que una vez a su lado, bas-
ta decir: «vayase usted» para que uno, aun-
que lo intente, pueda hacerlo? No, ¡por
Dios!... Pídame, qué digo pídame, ordéneme
usted lo más absurdo, lo que crea más difí-
cil, lo que considere bastante para conocer a
un hombre frenéticamente enamorado y ..
lo haré sin vacilaciones, sugestivamente,
con resolución inquebrantable, pero... pedir
que me separe de usted, cuando viéndola,
creo que dejaría mi vida al dejar a usted,
es crueldad, es... no saber a donde llega un
hombre apasionado.
—9—
Ric. El hacer lo que usted hace y ha hecho, si
que es no saber a dónde llega un hombre
digno y apasionado. Ha olvidado usted que
soy casada, vuelvo a repetirle, y que otro
honabre, puede apreciar, con legítimo dere-
cho, lo que usted elogió hace un instante y
siendo añ... ¡figúrese usted qué no haría
con el que tratase de perturbar su felici-
dad!... Salga usted y olvide esta locura. Sea
razonable y coloqúese a distancia de estos
riesgos que usted, como todos, tendrá reser-
vada la parte de felicidad que le corres-
ponda.
Pepín La oigo a usted... y su voz... sus gestos... sus
mirada?, parece que se encargan do negar
lo que afirman sus palabras...
Ríe. ¡Cabalkro!
Fepín Señora... le ruego que me escuche y discul-
pe mi insistencia. He averiguado cuanto a
usted se refiere, no por indiscreta curiosi-
dad, sino por interés de confirmar mis sos-
pechas, y...
Ríe. (Alarmada )
¡SuS SOSpCChaS dicc!...
Pepín No alarme usted, que va a conocerlas. Sé
se
que está usted casada, con un hombre edu-
cado en el extranjero, y que cuenta veinte
años lo menos más que usted.
Ríe, ¡Qué atrocidad!
Fepín Un hombre extraño a nuestro temperamen-
to. Un hombre frío, incapaz de apreciar las
exaltaciones de una mujer joven y delicada
como usted. Un hombre, en fin, que segura-
mente ha escrito sus cartas de amor, en pa-
pel comercial.
Ríe. Las ha escrito en papel, como todo el mun
do, y para mí, mejor que todo el mundo.
¿Acaso usted las escribe sobre «papirus?»
Pepín Yo las escribo... sobre el corazón. Un cora-
zón que nunca me ha engañado y ahora me
dice: «¡Pepín, Pepín, he aquí tu ftlieidadl»
Ríe. (Riendo.) Y yo que tampoco he engañado a
usted nunca, le digo también: ¡«Pepín, Pe-
pín, vayase usted. Lo demás es temera-
rio. »
Fepín Sería una cobardía, de la que me acordaría
siempre para avergonzarme. No he tenida
- 10 —
miedo nunca a nadie y no es esta la ocasión
de debutar con él.
Ríc. Es que ú usted no lo tiene, ni lo ha tenido,
yo lo tengo por los tres.
Pepím (iPor los tres?
Ríe. Sí, señor, por los tres. Por mi marido, por
mí y particularmente por usted.
Pépín Tranquilícele entonces. (Tomando asiento con
gran osadía y despreocupación, mientras I- Icarda hace
gestos alarmada. Pausa. Suena un timbre.)
Ríe. ¡Dios nos ampare!
Pepín (cómicamente.) ¡Caray!

ESCENA IV
DICHOS y JULIANA entrando azorada

JuL. ¡Señorita! ¡"señorita! ¡Es el señor!


Pepín (Levantándose) ¡Caray! ¡i'aray!
Ric. Y ahora... ¿qué hacenDS, caballero?
JuL. ¡Vaya un compromiso, señoiita!
Pepín (Azóralo) Si a usted le parece, diremos que
he venido...
Ríe. Ya lo verá.
Pkpín ...que traigo una visita de unos amigos...
Ríe. Sería inútil.
(vuelve a sonar el timbre )
JuL. ¡Que sitardo, se enfada, señorita! ¡;pronto!l
Pepín Eso digo yo... pronto... pongámonos de
acuerlo.
Ríe. Vé a abrir, (a Jniiana.)
JuL. Pero., ¿y el señorito?...
Pepín ¡¡Yo!! (asustado.)
Ríe. (indicándole la puerta derecha del fondo.) Pase US-
ted ahí y ¡quieto!
JuL. (ai ver entrar a Pepin, se lleva la mano a la boca
para contener la lisa y sale. Ricarda cierra cuidadosa-
mente las colgaduras de la habitación en que entró
Pepio.)
— 11 —

ESCENA V
RICARDA y CARLOS, que trae un paquetito en la mano

Durante esta escena se deja en libertad al actor encargado del papet


de Pepín, para que por entre las colgaduras de la habitación en que
se encuentra haga el juego, en gestos, movimientos y actitudes, que
lleguen al público y que convengan a las situaciones creadas por el
diálogo de loa otros personajes, cuidando siempre ocultarse de-

Carlos

Caf. (Entrando.) ¡Buenas noches, nenita!


Ríe (Abrazándole cariñosamente.) ¡CaileteS de Düi
alma!
Car. (Corrtspondlendo efusivamente al abrazo y sin soltar
el paquete.) Hoy te prepaio una sorpresa con
el postre de la cena.
Ric. ¿A que lo adivino?
C\R, Me varece que no.
Ríe. ¿Que me das si lo acierto?
(Jar. Pues te doy... el postre. Ya comprenderás
que no es el de ordinario, cuando te he ha-
blado de sori re.«as y la r^zón de que no lo
sea, está en que he traído distinto camino.
Ríe, E.-a es entonc^-s la sorpresa. Ya no me inte-
resa el postre. (Mimosa.) Dime, ¿dónde has
ido?
Car. Fui a la salada armas. Estuve en casa del
maestro Lancho. Hacía algún tiempo, des-
de mi regreso de Londres, que no practicaba
niiígtán ejercicio en forma debida y he creí-
do convenien»e rí anudarlo con la esgrima,
pero .. volvamos al postre.
Ríe. Ño. Dejemos eso. (Preocupada.) ¡En la sala de
armat^l (pausa.) Dime, Carlos, ¿no hay otro
motivo que el del ejercicio, ál presentarte
en eee sitio?
Car. [Qué niñada! Ninguno, bien mío. En mis
tiempos de Inglaterra, fui un buen tirador.
Tuve gran afición, constancia y según de-
cían, condiciones. Como comprenderás, bas-
ta con esto, para que quiera conocer el pa
peí que hago entre los tamateurs» de por
acá.
— 12 —
Ríe. ¿De veras? ¿No es más que eso?...
Car ¡y tú me
preguntas que si es de veras!
¿Cuándo empleo yo para ti otras palabras
que las de la verdad?
Ríe. Es cierto, Carlos mío, pero... 8i no por ti,
cuya prudencia es la de todos los hombres
dignos y valerosos, temo sin embargo, por-
que nadie está libre de un provocador im-
prudente o pendenciero.
Car, Contra esos no son necepaiias las enseñan-
zas de la esgrima. Allá empleamos procedi-
miento? más expeditivos ¡e inmediatos. El
boxeo del que me has oido hablar, es un
arte de ataque y defensa, para romperle los
huesos a cualquier mortal, con todas las re-
glas aprendidas a fuerza de cuidado y cos-
corrones. ¡Es maznifico! Y»> le dediqué en
mi vida de sport los honores de la predilec-
ción.
Ríe. Pero esc no se practica aquí en España.
Car Di má? bien que no se enseña, porque
aplicarlo, se puede aplicar en cualquier
latitud.
Ríe. Siempre es mejor no tener que servirse de
esas enseñanzas.
Car. De acuerdo, pero no me negarás que es con.
veniente poseerlas.
Ríe. Yo uo la sé, ni me prcocupan
(zalameramente.)
y te be oído en algunas ocasiones, que allí
son bastantes, las mujeres iniciadas en ese
mí me daría horror!
juego. ¡A
Car. Tú eres una mujercita muy
(Enamorado.)
mona que ha aprendido otro arte más difí
cil, que es el de ser encantadora y querer
mucho a su marido.
Ric. Que no dará nunca disgustos de esa ni otra
naturaleza a so mujer, teniéndolo presente.
Car. Siempre que éi?ta no olvide que, una nece-
sidad imprescindible, para cualquier estó-
mago, correspondiente a un organismo que
conozca o no el boxeo, es la de cenar y...
Ric. Tienes muchísima razón, porque con mi
charla olvido lo efencial,.. (Toca el timbre. A
Juliana que se presenta.) DispÓn la CCUa.
(Desde este momento lo efectúa Juliana entrando y sa-
liendo con la oportunidad requerida.)
— 18 —
JuL. En seguida.
JRlC. el paquete que llevó Carlos.) Llévate
(Entregándole
esto para servirlo con los postres.
Car ¿No quieres verlo antes, ingrata?
Ríe. Me preparo para la sorpresa. Cuanto más la
espero, mayor es mi ilusión. ¡Qué bobadas!
¿verdad, Carlos?
Car. Mayores que las mías no puedes tenerlas;
pero yo me las disculpo porque he aprendi-
do que casi todas las cosas tienen un aspee
, to subjetivo, que es el que las da o quita
importancia, y tratándose de ti, no sé donde
termina el chiquillo sin juicio y empieza el
hombre formal. ¡Te quiero tanto, tanto
que!...
Ríe. Te vas aproximando a lo que yo siento
por ti.

Car. (cogiéndole las manos amorosamente y dirigiéndose


en esta actitud, distraídamente por parte de Carlos,
a la habitación en que está Pepln.) ¡Aproximándo-
me nada más!
Ríe. ¡Y si supieras cuanto vale esa aproximación!
(cubriendo con su cuerpo la puerta de la habitación
en que se haya Pepln y echando los brazos al cuello
a Carlos.)
Car ¡Ricarda! ¡vida mía! (Tratando de abrazaría.)
Ríe. (Señalando a Juliana) ¡Cuidado!
JuL. Cuando gusten los señores.
Car ¡Andando! (Se levantan ambos, sentándole a la mesa
de tal modo, que Carlos presente la espalda a la habi-
tación en que está Pepln.)
Ríe (Sirviéndole.) ¿Tienes apetito?
Car. Formidable.
Ric. Me alegro, me alegro mucho. ¡Si vieras
cuanto me contenta ese síntoma de buena
salud!
Car. La mía fué siempre inmejorable.
Ríe. También yo puedo decir lo mismo.
Car. No tiene nada de extraño. Si así no fuera,
no podríamos ser tan felices, y el serlo es
una profilaxis casi segura.
-Ríe. Oye, Carlos. ¿No te ha ocurrido alguna vez
pensar en que, por cualquier circunstancia
independiente de nuestra voluntad, hubiese
una interrupción en éste vivir dichoso?
-Car. a mí, no, ¿Y a ti?
— 14 —
Ríe. y tal vez lo he pensado porque lo
Yo... pí,
sentiríamás.
Car. Pues vive contenta y desecha esos temores.
No se amaría tanto la vida si de continuo
recordásemos la muerte.
Ríe. ¡Hay tantos que empezaron como nosotros
y acabaron de tan distinto modol
Car, Se querrían menos.
Ríe. Pero no lo pensarían ellos así.
Car. y más tarde sin pensarlo, se demostraría.
Mira, yo recuerdo un caso, pero...
Ríe. Cuéntameio.
Car No es nada agradable. Dejémoslo.
Ríe. Ya sabes que soy muy curiosa y te escucho
con mucho interés. Tienes cierto talento de
narrador...
C.ÍR. Pues... vaya por el interés, (pansa prolongada.)
Conocí yo en Liverpool, un matrimonio jo-
ven y rico formado por dos yankees. Ella
pertenecía a ese tipo elegido de las norte-
americanas que no encuentran rival en her-
moí-ura entre las mujeres de otros países.
Alta sin exageración, proporcionada de car.
nes y más bien inclinániloee a una delgadez
verdaderamente distinguida. Sus cabellos
rubios, más que rubios dorados, orlaban co-
ronando un óvalo perfecto de carne como el
nácar. Sus ojos, muy luminosos, eran ver-
den, de mirar ingenuo y candoroso, bonitos,
muy bonitos, pero... mencs que los tuyos.
Ríe. (con curiosidad.) ¡Qué tonto!... Sigue... sigue.
Car. Había en aquella mujer, y en grado sumo,
ese aire de inocencia, de infantilismo, más
bien, que es para los hombres el mayor
atractivo. Su voz era el complemento de sus
gracias. Acariciaban sus palabras. Perdóna-
me que, por una vez, diga que jamás oí otra
igual.
Ríe. Perdonado y adelante.
Car. El marido ¡cómo no! adoraba a su mujer y
su amor, mas que amor, era una obsesión,
que alguna vez, hizo que perdiese la tradi-
cional sangre fría de los de su raza, ya con
arrebatos coléricos y alarmantes, ya con mi-
moseilas inoportunas. Era un hombre joven
y fuerte, honrado, trabajador, dueño de un
- 16 —
gran capital y disculpablemente celoso.,. No
te describo su físico, porque )'0 en ellos, re-
paré siempre poco y por dejarte en libertad,
de que otra vez, al referirme tú algo, me
describas a alguno, con la proligidad que yo
he puesto en la mujer.
Ríe Aceptado.
(Jar. Creíamos las gentes de su trato, que fatal-
, mente, habría de ocurrir algo desagradable
en aquel matrimonio, pues se advertía una
desproporción de afectos entre ellos. El,
como te he dicho, la amaba rudamente, con
pasión irrefrenable, sin medida; ella, más
dueña de sí, se ignora lo que sentiría en
otroa tiempos por su marido, ya que al final
se vio...
Ríe. ¿Qué se vio al final?
Car. Que no le quería.
Ric. Pues ¿cómo se supo?
Car. Del único modo en que se puede asegurar.
Tenia un amante.
Ríe. (Asustada.) ¡Qué horror! No sigas, Carlos.
Car. Ya te advertí, antes de empezar, que no era
agradable mi sucedido. Lo dejaremos.
Ríe. No, no. Prefi-ro que continúes.
Car. (Reparando que Ricarda ha dejado de comer.) Si te
abstraes de tal modo que no comes, lo doy
por terminado.
Ríe. Seré razonable. Sigue.
Car. Entre laf amistades del matrimonio, figura-
ba un francés catalogado entre los irresisti-
bles. Un verdadero ente, cuya única ocupa-
ción debía ser la de amador furtivo. Fatuo,
superficial y majadero, son condiciones que
trastornan a muchas mujeres que, induda-
blemente, están tan por bajo, que no al-
canzan ni estos defectos. Y una de ellas era
la yankee.
Ric. ¡Infeliz!
<3ar. Para un hombre celoso, siempre hay un
propicio a explotar su enfermedad, y al-
guno, conocedor de sn fortuna, vio el filón,
quiso aprovecharlo y por el ruin interés del
dinero, descubrió, lo que la pasión celosa
del marido jamás había podido ver, sino en
las fiebres de su desconfianza.
— 16 —
Ktc. ¡Qué bajeza y cuanta maldadl
Car. ün día trágico y con la horrible convicción
de 8U desgracia, el esposo finge un viaje por
algunos días, y la mujer, incauta y liviana,
acuerda recibir a su amante por la noche.
Todo lo había dispuesto con feroz calma el
marido, y sorprendidos en flagraiite delito
delito de adulterio, el francés, al que hirió
en los primeros momentos, y la yankee,
amarró a ésta, a su mujer, a uno de los ba
rrotes del lecho de la infamia, y en su pre-
sencia y a su vista, dio la más espiíntosa de
las muertes al seductor, en tanto que la in-
feliz mujer perdía la razón y con ella el co-
lor de sus cabellop, que, de oro y fuego, pa-
saron rápidamente a la fría blancura de la
nieve.
Ríe. ¡Dios mío, qué horror!
Car. Grande fué el delito, pero tampoco anduvo
reacio el ofendido, al aplicar el castigo.
Ric. ¡Fué cruel, inhumano y vengativo!
Car. Kra un pobre loco enamorado.
Ríe. Ki aún así es disculpable su crueldad.
Car. ¡üios nos libre de situacionts tan dolorosas!
Ríe. ¿Acaso hallas tú, disculpas o atenuaciones
para semejante atrocidad?
Car. jQué sé yo, Ricarda mía! Hay pasiones tan
hondas, tan sentida?, tan firmes, que son
toda nuestra vida. Si al que trata de despo-
jarte de algo tuyo que puede recuperarse o
sustituiríe, das muerte, al sorprenderle en el
robo, y esto tiene atenuantes y a veces exi-
mentes, ;cómo no las va a tener el que
mata, aunque sea con ensañamiento, al la-
drón que le roba lo que jamás puede resti,
tnir? (E7aitándose) ¡Yo mataría, asesinaría-
haría pedazos, con toda la crueldad que pu-
sieron en la ignominia!
(ai oir esto, Pepín pretende escapar aprovechando la
postura de Carlos y vuelve a su escondite como con-
secuencia de otro movimiento de aquél, que bien pue-
de ser el de recoger la servilleta que en el momento
de exaltación anterior, arrojó bruecamente al suelo.)
RlC» (Levantándose de la mesa muy asustada.) ¡CarloS,.
por Dios!
Car. Perdón, Ricarda, un momento de olvido,.
— 17 —
basta para que se asome a nuestro pesar, la
bestezuela que todos llevamos dentro. Te
pido perdón nuevamente.
Ríe Nada he de perdonarte. Soy medrosa }'
como jamás te he visio tan excitado, he lle-
gado a asustarme como una colegiala.
Car ¡Qué torpeza! ¿No sigues cenando?
Ríe. No, tomaré el té y nada más.
Car. (a. Juliana) Prepare usted el té para la se-
ñorita.
JuL. ¿Y el señor?
Car. Yo, tomaré café.
JUL. Está bieo. (Haciendo intención de retirarse. Pausa
larga.)

Car. (a Juliana.) Oiga, Juliana. Pregante a ese se-


ñor (señalando la habitación en que está Pepín) qué
quiere tomar.
(ai oír estas palabras de Carlos, puede verse a PepOí
caer al suelo produciendo algún ruido.)
JuL. (eonteniendo la risa y dirigiéndose a la habitación de
la que separa las cortinas, apareciendo en el suelo-
casi en cuclillas y tembloroso, Pepin.) Mi Señor pre-
gunta, que es lo que más le agrada, ¿te o
café? (no obteniendo respuesta. A Carlos.) Señori-
to, está en el saelo y no conte?tá.
Car. ¿Dice usted que está en el suelo? entonces
es que querrá tomarlo a lo oriental. Insista
usted.
JüL. ¿Prefiere té o café, señorito? (Ante ei silencio de
Pepin.) Ya lo ve usted, señorito, no contesta.
Car. ¡Es natural! No está acostumbrado a recibir
invitaciones de la servidumbre. Verá usted.
(Levantándose de la mesa y dirigiéndose a Pepin que
al verle llegar se levanta con gran rapidez y del modo
más cómicamente posible.) Verá usted cómo aho-
ra acepta. La doncella ignora sus preferen-
cias. ¿Té ü café?

ESCENA VI

DICHOS y PEPÍN

Pepín (Balbuciendo.) ¡üa... ba... He... ro! ¡Ca... ca...


Car. (con gran calma. A Juliana.) Café, ya lo Oye US-
ted.
— 18 —
Ríe. (a media voz.) Carlos, ¡por Dios!
Car. (Kn el mismo louo.) Nada temas. (Haciéndole ua
gesto para que se retire. Sale Ricarda. A Pepln.) No
le invité a cenar porque supuse que usted»
hombre prevenido, ya lo habría hecho,
pero... una taza de té o café, puede tomarse
a cualquier hora. ¿No está usted conforme
conmigo?
PePIN (fiace signos afirmativos con la cabeza.)
Car. ¡Naturalmente! Puede ocurrir también que
no tenga usted costumbre de tomarlo a esta
hora, pero un extraordinario de infusorio?,
no perjudica, ¿verdad?
Pepín Ca... ba... lie... ro...
Car. No se esfuerce usted ni guarde etiquetas,
porque yo le voy a tratar con toda llaneza
y a mi satisfacción. No sé si a la de usted,
pero espero conseguirlo, dejándole recuerdo
(Esta frase debe coincidir con un movimiento de sacar
el pañuelo o algún otro objeto que Pepin confunda
con algún arma.) de esta buena noche, por si lo
quiere contar.
PepIn (Asustado.) Yo le suplico a usted que...
Car. Lo dicho, veo (jue es usted persona tan fina
que ni aún brindándole con la franqueza,
prescinde de las frases amables.
Pepín Yo quisiera que...
Car. (Adelantándose.) Lo que USted quiera. (Llaman-
do.) ¡Julianal
Pepín No. sino...
.

Car. ¿No? Pues entonces, nada, (a juliana qne se


presenta.) No es nada, Juliana. Sirva usted el
café.
Pepín (snpiicante.) Caballero... que está usted equi-
vocado.
Car. ¡Hombre! Ya no es usted tan amable como
yo creía. ¿Cómo sabe usted que yo estoy
equivocado?
Pepín Porque usted ha creído una cosa y es otra?
Car. ¡Qué pretensiones! ¿Cómo puede usted
saber que es otra, si no conoce usted la
una?
Pepín Le diré a usted.
Car. (viendo qne Juliana ha servido e! café para los dos.)
Después, después de tomar el café.
Pepín !áe lo agradezco mucho, pero...
— 19 —
Car. ¿Teme usted que le excite? ¿Excita? ¿Ver-^
dad que excita?
Pepín No, señor, no; yo le aseguro a usted que no
es cita.
Car. Me refiero al café. No
es mala medida que
se priven de nerviosos, pero usted que
él los
parece un hombre reposado, tranquilo, inal-
terable, creo que es un exceso de precau-
ción. En fin ,. sea... ¿Y decía usted?
Pepín Decía, que usted ha creído que yo... que su
esposa...
Car. (cogiéndole de un brazo y sacudiéndole cou cierta vio-
lencia, mientras contrasta la acción con el tono que ea
todo dulzura y amabilidad.) Hábleme de UStcd.
De usted nada más.
Pepím |Sí, señor! (Dolorido.) Sí, de mí nada más, que
yo he venido aquí con un propósito equivo-
co y. no, no señor... yo he venido...
.

Car A la fuerza, y en vez de equívoco, equivo-


cado.
Pepín Eso... usted lo ha dicho... Equivocado.
Car. Pues mire usted, lo siento y .. ¿Sabe usted
por qué lo siento? (sentándole violentamente.)
Pepín (ingenuamente y con alguna esperanza.) ^,^01C qué?
Car. Por el café.
Pepín (Rápido y pretendiendo tomarse el café.) No, CSO
no, porque me lo tomo. [Vaya si me lo
tomol
Car (Conteniéndole.) Le puede a ustcd sentar mal.
Digo que lo siento, (volviéndole a sentar.) por-
que uo es cosa de creer que se invita a una
persona que mi mujer me anuncia por telé-
fono y con la que se cuenta desde antes de
empezar a cenar, para que luego resulte que
no hay tal persona.
Pepín Yo... sí... Estaba antes que usted llegase,.
pero, créame usted que... no pensaba tomar
nada.
Car Maia opinión, sin duda, que de mí había
formado. Usted no me conoce, ¿verdad?
Pepín No, señor; no tengo ese honor.
Car. Ni ninguno. Y lo que es peor, que quería
usted dejarnos a todos igual.
Pepín jCómo puede usted creer...
Car. De usted y de todos los «pollos-tango» de-
eu calaña, cualquier majadería.
_ 20 -
PepÍ'í Mi situación, caballero, comprendo que se
presta a...
Car. a muy tristes consideraciones, pero yo las
hago por el lado opuesto y las encuentro di
vertidas.
Pepín (con resolución.) Se hará usted cargo de que
no puedo seguir... (Tratando de huir.)
Car (Deteniéndole.)El camiuo eoiprendido, porque
yo ledetengo.
Pepin (Azorado.) ¿Q,ué se propoue usted?
C^R. Que salga usted como entró.
Pepín (con ingenuidad, señalando la puerta.)Por ahí.
Car (Después de algún tiempo de duda.) ¿Por ahí? Sí,
pero... no ahora.
Pepín Pues, ¿cuando, caballero?
Car. ¿Cuando?... Ausente yo de esta casa, entró
usted en ella. Ausente he de estar también,
para que usted salga.
Pepín (con resignación.) Sea.
Car. Pero le advierto, que no acostumbro a salir
de noche, y hasta mañana a las once, estaré
en mi capa.
Pepín (Cae sobre una silla casi desplomado.) ¡Tenga US-
ted compasión de mí!
Car La tengo... y premeditada. En esa misma
habitación, pasará usted la noche. No muy
lejos de nosotros. I'ara impedir recelos, ce-
rraré por fuera la puerta, y en vista de que
esta noche no se ha decidido por el té ni el
café, en las primeras horas de la mañana,
se le servirá chocolate con mojicones, o con
lo que usted se digne indicar.
Pepín ¡No sea usted así!...
CaU. (Descorriendo las colgaduras, abriendo las puertas e

más fino ademán.) ¡jPaáe USted,


invitándole con el
trovador de rinconera!! ¡¡Pase u.'ted a la
conquista amorosa de las sombras!! ¡¡¡To
das para usted!.'! ¡Al fin consiguió su supre-
mo deseo! Entregúese desde ahora al miste-
rioso amor de la obscuridad, en una noche
sin igual, cuyo fin lo señalará la cl.'iridad in-
discreta, filtrándose por las rendijas de la
puerta, y para que tengan estos desposorios
la grandeza que les da la competencia del
amante, le advierto (Oáudole la mano y oprimién-
dosela mientras que Pepln grita y se retuerce.) qUC
— 21 —
jiii un grito!... ¡ni una quejal ¡ni el más leve

ruido: (Dándole un puntapié y metiéndole dentro de-


la habitacióo.)

PepÍN (Entrando.) PerO...


Car. (cerrando con llave la puerta.)¡Ni UH glíto! ¡Ni
una queja! ¡Ni el más leve ruido!

ESCENA FINAL
CARLOS y RICARDA, saliendo por donde anteriormente se retiró,
seguida de JULIANA

Ric. (A media voz.) ¡Carlos!


Car (Cómicamente.) ¡.Silencio!! ¡Pepín descansa!
Esta noche pueden dormir tranquilos los
maridos.
RlC (Con tristeza, indicando la habitación donde está Pe-
pín. Pausa.) Pero, ¿y nosotros?
Car. (Reflexiona y atendiéndola indicación de Ricarda, en-
trega la llave de la habitación a Juliana, a la que indi-
ea por señas que expulse a Pepín.) NoSOtrOS dire-
mos como Crispín en «Los Intereses crea-
dos». ¡Quién podrá vencernos, si es nuestro
el amor!
(Se retiran abrazados por lateral izquierda, mientras
Juliana queda haciendo muecas frente al encierro de
Pepín.)

FIN DE LA OBRA
Precio: HNfl P«s«ta

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