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Dormision

La tradición de la dormicion de la Virgen
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Hoy celebramos la Dormición de la Santísima Virgen María.

Recopiló: Basílica de Ntra. Sra. de los Remedios.

La Fiesta de la Dormición de la Virgen nos recuerda su tránsito, su paso, de este mundo al Padre.
Y es que es importante meditar este hecho para entender el Dogma de la Asunción de María.
Ciertamente la Virgen murió, mas no experimentó la corrupción.

El Tránsito de María es la glorificación del cuerpo de la Virgen María, pues al contrario que sucede
en la muerte humana, la intervención divina de su Hijo hizo que su cuerpo y alma glorificados, no
se separasen en espera del Juicio Final y ascendieran unidos a los cielos.

Los últimos años de María sobre la tierra, los que transcurrieron desde Pentecostés a la
Asunción, han permanecido envueltos en una neblina tan espesa que casi no es posible
entreverlos con la mirada, y mucho menos adentrarlos. La Escritura calla, y la Tradición nos hace
llegar solamente ecos lejanos e inciertos. Su existencia transcurrió callada y laboriosa: como
fuente escondida que da aroma a las flores y frescura a los frutos. Como cuando estaba junto a
Jesús, pasó inadvertida, velando por la Iglesia en sus comienzos.

Es cosa clara que vivió, sin duda alguna, junto a San Juan, pues había sido confiada a sus
cuidados filiales.

Pero el puesto de María estaba en el Cielo, donde su Hijo la esperaba. Y así, un día que
permanece desconocido para nosotros, Jesús se la llevó consigo a la gloria celestial. Al declarar
el dogma de la Asunción de María, en 1950, el Papa Pío XII no quiso dirimir si la Virgen murió y
resucitó enseguida, o si marchó directamente al cielo sin pasar por el trance de la muerte. Hoy
día, como en los primeros siglos de la Iglesia, la mayor parte de los teólogos piensan que
también Ella murió, pero —al igual que Cristo— su muerte no fue un tributo al pecado —¡era la
Inmaculada!—, sino para asemejarse más completamente a Jesús. Y así, desde el siglo VI,
comenzó a celebrarse en Oriente la fiesta de la Dormición de la Virgen: un modo de expresar que
se trató de un tránsito más parecido al sueño que a la muerte. Dejó esta tierra —como afirman
algunos santos— en un transporte de amor.

Según San Juan Damasceno, Doctor de la Iglesia:

“La Madre de Dios no murió de enfermedad, porque Ella por no tener pecado original no tenía que
recibir el castigo de la enfermedad. Ella no murió de ancianidad, porque no tenía por qué
envejecer, ya que a Ella no le llegaba el castigo del pecado de los primeros padres: envejecer y
acabarse por debilidad. Ella murió de amor. Era tanto el deseo de irse al cielo donde estaba su
Hijo, que este amor la hizo morir.

Recopiló: Basílica de Ntra. Sra. de los Remedios.


Unos catorce años después de la muerte de Jesús, cuando ya había empleado todo su tiempo en
enseñar la religión del Salvador a pequeños y grandes, cuando había consolado tantas personas
tristes y había ayudado a tantos enfermos y moribundos, la Santísima Virgen María se
encontraba orando en el Monte de Eleón (cerca de Jerusalén) cuando se le apareció el Arcángel
Gabriel con una rama de palma del Paraíso en sus manos y le comunicó que en tres días su vida
terrenal iba a llegar a su fin y que el Señor se la llevaría consigo.

María pues, hizo saber a los Apóstoles que ya se aproximaba la fecha de partir de este mundo
para la eternidad.

Los Apóstoles la amaban como a la más bondadosa de todas las madres y se apresuraron a
viajar desde los lugares donde se encontraban misionando hasta donde estaba Ella para recibir
de sus maternales labios sus últimos consejos, y de sus sacrosantas manos su última bendición.

Fueron llegando, y con lágrimas copiosas, y de rodillas, besaron esas manos santas que tantas
veces los habían bendecido. Para cada uno de ellos tuvo la excelsa Señora palabras de consuelo
y de esperanza. Y luego, como quien se duerme en el más plácido de los sueños, fue Ella
cerrando santamente sus ojos; y su alma, mil veces bendita, partió a la eternidad. En el momento
del deceso, una luz extraordinaria iluminó la habitación en la cual yacía la Virgen María. Apareció
el propio Jesucristo, rodeado de Ángeles y tomó su purísima alma.

La noticia cundió por toda la ciudad, y no hubo un cristiano que no viniera a llorar junto a su
cuerpo , como por la muerte de la propia madre. Su entierro más parecía una procesión de
Pascua que un funeral. Todos cantaban el Aleluya con la más firme esperanza de que ahora
tenían una poderosísima Protectora en el cielo, para interceder por cada uno de los discípulos de
Jesús.

En el aire se sentían suavísimos pero fuertes aromas, y parecía escuchar cada uno, armonías de
músicas muy suaves.

Los Apóstoles enterraron el purísimo cuerpo de la Madre de Dios, de acuerdo a su voluntad, al pie
de la montaña de Eleón, en el jardín de Getsemaní, en la gruta donde se encontraban los cuerpos
de sus padres, Santa Ana y San Joaquín, y el de su castídimo esposo, el señor San José. Durante
el entierro ocurrieron muchos milagros. Con sólo tocar el lecho de la Madre de Dios, los ciegos
recobraban la vista, los demonios eran alejados y cualquier enfermedad se curaba.

Pero, Tomás Apóstol, no había alcanzado a llegar a tiempo. Tres días después del entierro de la
Madre de Dios, llegó a Jerusalén el Apóstol Tomás que no pudo arribar a tiempo. Se entristeció
mucho por no haber podido despedirse de la Virgen María y, con toda su alma, expresó su deseo
de venerar su purísimo cuerpo.
“Pedro”, – dijo Tomás- “No me puedes negar el gran favor de poder ir a la tumba de mi Madre
amabilísima y darle un último beso a esas manos santas que tantas veces me bendijeron”. Y
Pedro aceptó.

Se fueron todos hacia el Santo Sepulcro, y cuando ya estaban cerca empezaron a sentir de nuevo
suavísimos aromas en el ambiente y armoniosas músicas en el aire.

Abrieron el sepulcro y en vez de ver el cuerpo de la Vírgen encontraron solamente una gran
cantidad de flores muy hermosas. Jesucristo había venido, se la había llevado al cielo.

Los Apóstoles, asombrados, regresaron a su vivienda. Al anochecer, mientras rezaban, oyeron un


canto angelical y al levantar la vista pudieron ver a la Virgen María suspendida en el aire, rodeada
de Ángeles y envuelta en un brillo de gloria celestial. Ella les dijo a los Apóstoles: “¡Alégrense!
¡Estaré con ustedes todos los días!”

Esto es lo que llamamos La Asunción de la Vírgen María. ¿Y quién de nosotros, si tuviera los
poderes del Hijo de Dios, no hubiera hecho lo mismo con su propia Madre?”

Recopiló: Basílica de Ntra. Sra. de los Remedios.

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