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The Neighbor

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THE NEIGHBOR

Volver del colegio nunca era lo más emocionante del día, pero esa tarde algo llamó mi atención.
Al doblar la esquina, vi un camión de mudanzas estacionado junto a mi casa. Un par de tipos
descargaban muebles y cajas. Me quedé mirando un momento, curioso. No todos los días alguien
nuevo se muda al vecindario.

Dejé mi bicicleta al lado del porche, subí los escalones y entré a la casa.

—¿Mamá? —llamé.

—En la cocina —respondió.

Me asomé solo para verla ahí, como siempre, preparando algo.

—¿Tenemos nuevo vecino?

—Sí —dijo sin mirar—. Se llama Alfredo. Me lo encontré esta mañana. Parece buena gente.

—¿Tiene hijas? —pregunté con una media sonrisa.

—No, vive solo. Me lo dijo cuando nos presentamos.

—Ah, ok.

No pregunté más. Subí directo a mi cuarto, como casi todos los días.

El segundo piso era simple: un pasillo corto, el baño al fondo y mi habitación al final. Tenía lo
típico de un adolescente: algo de desorden, videojuegos por ahí, un escritorio con tareas a medio
hacer. Dos ventanas: una que daba a la calle y otra al costado, con vista directa a la casa del
nuevo vecino.

Desde esa ventana lateral se veían claramente un par de ventanas en el primer piso y una en el
segundo, justo frente a la mía. Las cortinas estaban entreabiertas y vi movimiento, sombras
cruzando de un lado a otro, aunque no distinguí a nadie.

Me tiré en la cama sin cambiarme. Afuera, el sol bajaba lento. Cerré los ojos por un momento,
aunque no del todo tranquilo. Desde que llegamos a este pueblo, hacía poco más de un año, las
cosas habían sido normales. O eso creía.

Pero ese día, algo cambió.

Me había quedado dormido sin darme cuenta. No sé cuánto tiempo pasó, pero lo siguiente que
sentí fue un golpe en el colchón y una voz gritando:

—¡¡Richard, despierta que el mundo se acaba!!


—¡¿Qué carajo?! —brinqué sobresaltado—. ¡Idiota! ¿¡Quieres matarme de un susto!?

Miguel se tiró al piso riéndose como si hubiera contado el mejor chiste del mundo.

—Tu cara, hermano. ¡Fue épica!

—Solo espera que te descuides —le advertí, lanzándole una almohada.

Forcejeamos un poco, como siempre. No era raro que Miguel se apareciera así. Es el hijo de mi
tía, y tenía casi mí misma edad. Pasábamos casi todas las tardes juntos. A veces jugábamos a la
Play, otras íbamos al cine o a la pista de patinaje. Aunque, siendo honestos, íbamos más por las
chicas que por otra cosa.

Me levanté del todo y fui hacia la ventana. Miré de nuevo hacia la casa del vecino.

—¿Qué tanto miras? —preguntó Miguel, tirado en el suelo.

—Nada… es el nuevo vecino. Parece que se mudó hoy.

—¿Tiene hijas? —preguntó, levantando las cejas.

—Nah. Mamá dice que vive solo.

—Vaya decepción —resopló, cruzándose de brazos.

Después de un rato de estar hablando tonterías, decidimos salir. Mientras bajábamos las
escaleras, grité hacia la cocina:

—¡Ma, voy con Miguel al arcade ese de la avenida!

—¡Está bien! ¡Pero no se tarden!

Salimos como si nada. Nos encontramos con un par de amigos en el camino y pasamos la tarde
en el local de siempre: un lugar con máquinas de videojuegos, luces de neón, olor a pizza vieja y
chicos gritando en cada esquina. Todo como de costumbre. Estuvimos ahí una o dos horas.
Luego volví a casa, cené algo rápido y me fui a la cama sin darle más vueltas al día.

Al día siguiente, la mañana transcurrió sin sobresaltos.

Desayuné lo que mamá había dejado servido —pan tostado y un café con leche más dulce de lo
normal—. Le gustaba sobrecargarlo de azúcar, decía que así el mundo sabía menos amargo.
Me preguntó si tenía alguna evaluación. Le dije que no, aunque era mentira. No porque quisiera
ocultarle algo… sino porque no importaba.
Ella me miró un momento, como si supiera que había algo más, pero solo dijo:

—No vuelvas muy tarde. Hoy tengo turno doble.


Asentí, agarré la mochila y salí.

El aire era más fresco de lo habitual. Monté mi bicicleta y tomé la ruta de siempre, esa que
serpentea entre las casas con paredes despintadas, perros flojos dormitando junto al andén y
cables colgando como telarañas eléctricas.

El colegio quedaba lejos. No lo suficiente para ser una excusa válida, pero sí lo bastante como
para que en invierno dolieran los dedos y en verano la camiseta se pegara al cuerpo como papel
húmedo.
Yo siempre hacía el mismo trayecto en bicicleta. Quince minutos exactos si no había tráfico, o si
no me cruzaba con el camión de basura que, por alguna razón, siempre decidía tomar la misma
ruta que yo los viernes.

Ese día no llovía, pero el cielo estaba cargado. Nubes bajas, de esas que parecen al borde de un
llanto que nunca llega.

Pedaleaba con ritmo constante, sin apurarme. Me gustaba tener tiempo para pensar. El aire frío
cortaba los bordes de mis orejas y me mantenía despierto. La mochila golpeaba ligeramente mi
espalda a cada bache del camino.

Pasé frente al viejo cartel oxidado que indicaba la zona escolar. Estaba torcido desde hacía años,
como si alguien lo hubiese empujado y nadie se hubiese molestado en enderezarlo. Para mí era
una especie de campana muda: el aviso de que el mundo que conocía estaba a punto de quedarse
atrás, y que el mundo del ruido, de las reglas, de los demás… empezaba ahí.

A la derecha, un roble enorme se alzaba en medio del parque lineal. Tenía una rama en forma de
horquilla donde alguna vez —cuando era más niño y más valiente— me trepé sin que nadie lo
notara. Cada vez que pasaba por ahí, lo miraba. El árbol seguía igual. El que había cambiado era
yo.

En el camino pensaba en la escuela. No en las materias ni en las clases. Pensaba en los pasillos,
en las caras, en lo que uno no dice, pero se percibe igual.
A veces, el colegio me parecía más una sala de observación que un lugar de aprendizaje.
Un sitio donde las personas jugaban a ser quienes no eran, y donde yo… simplemente observaba.

Doblé por la calle final. El colegio apareció, gris y grande, con su estructura típica de secundaria
estatal: ladrillo visto, ventanas altas, rejas verdes. El nombre del instituto colgaba sobre la
entrada, a medio pintar; Abajo, un cartel anunciaba el almuerzo del día y recordaba el evento de
lectura del viernes, como si a alguien le importara.

Dejé la bici en el estacionamiento trasero. La mayoría llegaba en bus o caminando. Yo era de los
pocos que usaban bicicleta, no por convicción ecológica, sino porque me gustaba tener una
excusa para evitar conversaciones demasiado temprano.

Entré por la puerta lateral. El olor familiar a desinfectante y lápiz gastado me golpeó de
inmediato.
Pasé junto a las taquillas azules, algunas abolladas, otras rayadas con nombres que ya nadie
recordaba.
Los pasillos estaban llenos de estudiantes, voces altas, pasos apresurados, lockers golpeados.
Pero yo no escuchaba todo eso con claridad.
Era como si caminara dentro de un río lleno de gente que nadaba a contracorriente. Yo solo
flotaba.

Vi a Miguel a la distancia, en su sitio habitual, apoyado contra una columna como si el tiempo
pasara distinto para él. Me lanzó un gesto con la barbilla, que respondí igual.
A unos metros, ella.
No diré quién. No todavía.
Solo que tenía esa forma de caminar que parecía no necesitar dirección. Como si supiera
perfectamente a dónde iba, aunque nadie más lo entendiera.

Y entonces, el timbre.
Un zumbido agudo, demasiado largo.
Hora de entrar.

El aula ya estaba casi llena cuando entré. Me senté en mi sitio habitual, tercera fila desde el
fondo, al lado de la ventana que no cerraba del todo. La silla crujió al recibirme. Afuera, el cielo
seguía nublado, como si también estuviera a la espera.

Los demás seguían en lo suyo. Hanna hablaba en voz baja con alguien del otro grupo. Carlos
revisaba algo en su cuaderno, subrayando con un marcador rojo que olía fuerte incluso desde
donde yo estaba. Miguel no había llegado aún. A mi derecha, un par de chicos reían por algo que
uno mostraba en el celular.

Yo solo miraba el reloj.

Las manecillas se acercaban a las 08:29.

La profesora entró justo un minuto después. No era su entrada habitual. No traía el café en la
mano ni hizo el comentario breve que solía lanzar al cruzar el umbral.
Entró como si no quisiera hacerlo.

Llevaba los papeles en una mano y la otra cerrada, apretada como si contuviera algo invisible.
Caminó hasta el escritorio sin decir una palabra. Nadie notó la diferencia de inmediato. El ruido
en el aula persistió como una lluvia de fondo.
Solo cuando dejó los papeles sobre el escritorio —no los arrojó, pero tampoco los puso con
cuidado—, empezó el silencio.

Se quedó de pie, mirando hacia el pizarrón, como si necesitara un segundo más para ordenar las
palabras.

—Silencio, por favor… —dijo finalmente.


Su voz no era dura. Pero era otra. Como cuando alguien intenta sonar firme sin conseguirlo del
todo.

—Lo que voy a decir no es parte del plan de clases —añadió—. Pero necesito que todos presten
atención.

Y en ese momento, el aula se congeló.

Lo supe porque incluso los que siempre susurraban algo, se callaron. Porque el ruido del
ventilador —ese zumbido mecánico pegado a la pared— fue lo único que se escuchó durante
unos segundos, como un mosquito atrapado en el techo.

—Ayer por la tarde… —empezó, y luego tragó saliva—. Una estudiante del colegio no regresó a
casa.

El ambiente cambió. No por lo que dijo. Sino por cómo lo dijo.

Yo me incorporé apenas, sin querer. Sentí un nudo difuso en la base del cuello, como si una parte
de mí hubiese sabido que algo venía… pero no qué.

—Su nombre es Daniela. Estaba en décimo; No era de este grupo, pero algunos la conocían.

Una estudiante soltó un pequeño jadeo. Otro murmuró "¿cuál Daniela?". La profesora los miró
un instante, sin molestarse. Solo los vio.

—Sus padres reportaron la desaparición anoche. No se sabe mucho aún. Hay una investigación
en curso. Por eso les pedimos, por favor, que, si alguien la vio ayer, si habló con ella, si escuchó
algo… lo diga.

Un zumbido largo recorrió el aula. No un sonido real. Una tensión. Como cuando el aire se
espesa justo antes de una tormenta.

Y entonces, algo aún más extraño: el silencio se llenó de ruido.

Pude oír la aguja del reloj al otro lado del aula. Un zapato arrastrarse en la última fila. El leve
golpeteo de una gotera, como si el techo también escuchara.

Mi mente fue directo a la lista de rostros que recordaba.


No conocía a Daniela. O eso pensé. ¿La había visto? ¿En el patio? ¿En el comedor? ¿Pasando
junto a Rosa o Hanna?

Volví a mirar a la profesora. Seguía de pie, pero parecía más pequeña que al entrar.

—La policía ya está buscando pistas —continuó—. No sabemos si se trata de una desaparición
como tal o si simplemente decidió irse sin avisar.
Hizo una pausa. No parecía del todo convencida de esa segunda posibilidad.

—Estaremos pendientes durante el día. Habrá personal de orientación si alguno lo necesita —


agregó, casi como un apunte—. Y, por favor, nada de rumores. Seamos respetuosos.

—Por ahora, se les pedirá que vayan directamente a casa después de clases, ¿entendido? Nada de
quedarse por fuera, ni visitas innecesarias. Solo por precaución.

El ambiente cambió. No por lo que dijo. Sino por cómo lo dijo.


Un zumbido recorrió el aula. El ventilador, la gotera, el reloj… todo parecía más fuerte que
antes.

Y entonces, con una respiración apenas audible, añadió:

—Estaremos pendientes durante el día. Habrá personal de orientación si alguno lo necesita. Y,


por favor, nada de rumores. Seamos respetuosos.

Respiró hondo.

—Eso es todo. Ahora sí… saquen el libro de historia. Página treinta y seis.

La clase continuó.

Yo abrí el libro sin mirar. Mi mente no estaba ahí.


Seguía repasando nombres, rostros, pasillos.
Y una pregunta martillaba bajo todo lo demás:

¿Y si esto… no era casualidad?

El aula seguía en silencio incluso después de que la profesora nos pidió abrir el libro en la página
treinta y seis.
Muchos lo hicieron por reflejo. Otros, simplemente se quedaron mirando al frente, como si las
palabras que acababan de escuchar todavía estuvieran flotando en el aire.

Miguel, en cambio, se giró hacia mí, con esa sonrisa suya que parecía un escudo.

—¿Y si te vas temprano hoy, Ricardito? ¿O tienes miedo?

—Vete al diablo —le dije sin mirarlo, pero con una leve mueca. Era su forma de descomprimir.
Y, a veces, también la mía.

Pero el silencio en el aula pesaba. Pesaba más que cualquier broma.


Pasé los dedos por el borde del pupitre, como si esperara encontrar una respuesta allí. Daniela.
Décimo A. El Diablo. La advertencia de ir directamente a casa.

Me crucé de brazos y dejé la vista clavada en la página abierta. No leí nada.


Horas más tarde — Afuera de la escuela

El cielo seguía gris. La tarde estaba caliente, pero sin sol.


Miguel y yo caminábamos hacia la zona de las bicicletas, junto a la reja lateral, donde el asfalto
se partía en líneas irregulares. El lugar de siempre.

Él soltó un bostezo largo, se estiró y se dejó caer sobre su manubrio como si fuera una silla.

—Clase muerta la de historia —dijo—. ¿Tú crees que esa tipa en verdad se perdió?

—No lo sé. Pero nadie inventa algo así.

Estábamos por subirnos cuando una voz conocida nos detuvo.

—Ey, chicos.

Era Carlos.

Se acercaba rápido, con la mochila mal cerrada, los lentes un poco bajos y ese andar suyo que era
entre decidido y casi esquivo. Venía solo, y eso no era raro. Carlos no se mezclaba mucho.
Prefería moverse en su propio eje.

—Tienen que irse a casa ya. No saben qué está pasando en el pueblo.

Miguel alzó una ceja, con una sonrisa perezosa.

—¿Otra de tus teorías, Mulder?

Carlos ni se inmutó. Solo se empujó los lentes con el dedo y bajó un poco la voz.

—Es serio. Dicen que El Diablo está aquí.

—¿El qué? —pregunté yo.

Carlos nos miró como si ya supiera que no le creeríamos.

—El Diablo. Así lo llaman. Se dice que si te lo cruzas… te arrastra. Nadie vuelve.

Miguel se río en seco.

—¿De qué mierda estás hablando, pedazo de loco?

Carlos no respondió de inmediato. Miró a ambos, como evaluando cuánto podía decir.

—Solo cuiden sus traseros. Vayan directo a casa.


Y se fue. Rápido, sin mirar atrás.

Nos quedamos mirando cómo desaparecía entre los estudiantes.

Miguel chasqueó la lengua.

—Ese tipo siempre ha sido raro. Su papá le metió todas esas películas de crimen en la cabeza.

Yo no respondí de inmediato. Miraba el cielo. Las nubes no se movían.

—¿Y si es cierto? —pregunté.

—¿Lo del Diablo? —Miguel río—. Por favor.

—No lo del Diablo como tal —dije—. Pero lo que dijo. Su papá es policía. Tal vez sabe más de
lo que parece. Carlos lo exagera todo, pero no siempre habla por hablar.

Miguel se quedó callado. Parecía pensarlo.

Y luego, de golpe:

—Más bien dime, ¿cuándo le vas a decir a Rosa que te gusta?

Me detuve, otra vez.

—No me cambies el tema, loco.

Miguel se río y me dio una palmada en el hombro.

—Vamos, Ricardito. Tarde o temprano tendrás que hacerlo.

—Un día de estos —respondí, bajando la mirada.

—Eso espero. Si no, lo haré yo —bromeó mientras se subía a su bici.

Llegamos a la esquina. Miguel tomó su ruta habitual.

—Nos vemos mañana —me dijo, ya pedaleando.

—Nos vemos.

Y mientras lo veía alejarse, las palabras de Carlos seguían retumbando en mi cabeza como una
campana que nadie más escuchaba:

“El Diablo está aquí.”


En el camino de regreso, luego de despedirme de Miguel, seguí en mi bici como siempre.
Pedaleaba sin prisa, pero con esa sensación que no se va: la de que algo no está bien, aunque no
sepas exactamente qué.

La tarde se disolvía en tonos ocres, con el cielo perdiendo color y los postes de luz
encendiéndose como si lo hicieran por costumbre, no por necesidad. Las casas pasaban a mi lado
en silencio, con sus jardines cuidados, buzones abollados, bicicletas viejas tiradas en las
entradas. Todo era familiar. Todo estaba en su sitio.

Y sin embargo… algo no cuadraba.

El vecindario estaba demasiado tranquilo. Como cuando llegas tarde a una reunión y sientes que
todos ya saben algo que tú no.

Doblé la última esquina y mi casa apareció al fondo, modesta, de madera blanca, con dos
ventanas al frente y el pequeño pórtico que daba al jardín. El camino de cemento estaba cubierto
por hojas secas, que crujían bajo las ruedas.

Me bajé de la bici justo al cruzar el borde del césped.

Fue entonces que lo vi.

Un hombre estaba en el jardín de la casa vecina.

Parado junto al seto bajo que separaba su césped del nuestro.


No se movía. No parecía estar haciendo nada. Solo… estaba ahí. Esperando.
Llevaba una chaqueta gris oscuro, jeans rectos y zapatos impecables.
El cabello negro, perfectamente peinado hacia atrás.
Y un bigote delgado, demasiado simétrico, como dibujado con plantilla.

—¡Eh, hola! —dijo, alzando la mano con un gesto tranquilo—. Tú debes ser Richard, ¿cierto?

Me detuve. No tenía miedo. Pero tampoco me gustaba la situación.

—Eh… sí. Usted debe ser Alfredo, ¿no?

Se acercó un par de pasos. Tendió la mano.

—Tu mamá me habló de ti —dijo, sin añadir nada más.

Le estreché la mano por reflejo. Tenía un apretón firme, seco. No fue largo, pero tampoco
apresurado.
Parecía alguien que sabía exactamente cuánto tiempo debía durar un saludo para parecer
confiable sin ser invasivo.
Mientras me soltaba, lo observé con más atención.

Su cuerpo era atlético, pero no de gimnasio moderno.


Más bien parecía… funcional. Como si trabajara con el cuerpo. O como si se mantuviera en
forma por necesidad, no por vanidad.
El tipo de complexión que se obtiene corriendo de noche o cargando cosas pesadas.
Y su piel no era bronceada, pero tampoco pálida. Como si viviera entre dos mundos: el interior
de su casa, y… algo más.

Todo en él era exacto. Y eso era lo que me molestaba.

No había error en su forma de pararse, ni en su ropa, ni en su voz.


Y nadie es así. Nadie es tan... medido.

—Bueno… nos vemos —murmuré, dando un paso hacia mi casa.

—Claro —dijo, con un leve movimiento de cabeza.

Subí por el caminito de cemento. Las hojas secas se aplastaban bajo mis zapatillas. Subí los tres
escalones del porche y crucé la puerta sin mirar atrás.

Al cerrarla, no respiré aliviado.

Solo me quedé quieto, con la espalda apoyada en la madera.

No había sido una mala conversación. No había pasado nada raro.

Y sin embargo…

Algo en Alfredo no encajaba.

Y yo lo sabía.

Aunque aún no supiera por qué.

Miguel llegó como siempre: sin avisar, con la mochila mal colgada y su voz rompiendo la
quietud de la casa.

Yo estaba en mi cuarto, sentado en el suelo con la espalda apoyada en la cama, jugando con una
vieja baraja que me había regalado mi abuelo. No jugaba nada en particular, solo las ordenaba,
las movía, como si fueran piezas de un rompecabezas invisible. Escuché la puerta abrirse abajo,
su saludo rápido a mi madre y el crujido reconocible de los escalones. Cuando entró, ya sabía
que era él.

—¡Heeey, primito! ¿Cómo va la cosa? —dijo, estirando la mano para nuestro saludo tonto de
siempre.
—Nada nuevo —le respondí mientras recogía las cartas.

Miguel me miró con una ceja alzada, con esa expresión que usaba cuando ya tenía una teoría en
la cabeza.

—¿Otra vez pensando en la vecina?

—No… no es eso —dije, mirando hacia la ventana, como si esperara encontrar respuestas en el
jardín—. Es el vecino. No sé, tiene algo raro. No sabría explicarlo.

Miguel soltó una risa breve, levantando los puños como si boxeara con el aire.

—Tranquilo, si intenta algo raro lo golpeamos. ¡Pa! ¡Pow! Tú sabes cómo va eso.

Sonreí. Pero no del todo.

—Quizá solo estoy sugestionado con todo este tema de Daniela, la chica desaparecida.

Miguel se encogió de hombros.

—Puede ser. Pero yo sigo pensando que se escapó. No sería la primera.

Después de un rato decidimos salir. Miguel sugirió ir al arcade, al “Pit”, como lo llamábamos.
Bajamos las escaleras en segundos, le grité a mi madre que salíamos, y en pocos minutos ya
caminábamos por la acera lanzando piedritas a los postes, diciendo tonterías.

Íbamos justo doblando una esquina cuando Miguel se detuvo de golpe y alzó una ceja.

—Ey, ey, ey… mira quién va ahí.

Era Rosa.

Sentí que el corazón me daba un salto breve. No de susto. Algo más sutil. Una especie de tensión
en el estómago.

Me arreglé el cabello con disimulo.

—Ignórala —le susurré—. Mejor sigamos caminando.

Pero él ya la estaba saludando, agitando la mano como si fuera un desfile.

—¡Rosa! ¡Hey!

Me miró de lado, con esa risa entre cómplice y fastidiosa.

—Hoy es tu día, hermano. ¡Aprovecha!


Rosa se acercó con una sonrisa que no sabría describir bien. No era amplia, ni tímida. Era... suya.
Llevaba una blusa azul y una falda sencilla. Su postura era relajada, pero atenta. Y sus ojos —
oscuros y curiosos— parecían escanearlo todo.

—¿Qué tal, chicos? ¿Van al Pit?

Miguel reaccionó rápido.

—No… en realidad íbamos a ver una peli —mintió con total naturalidad.

Rosa sonrió como si supiera que no era cierto, pero le siguió el juego.

—Genial. Yo iba a encontrarme con Hanna. Vamos a la Guarida del Lobo.

—Pensándolo bien… —interrumpió Miguel— nosotros también íbamos para allá. Te


acompañamos.

Rosa alzó una ceja, divertida, y me miró. Yo apenas logré articular:

—Sí… claro… vamos para allá también.

—Estupendo —dijo ella, girándose con suavidad—. Voy primero por Hanna y nos encontramos
allá.

La seguimos hasta una casa más adelante. Ella tocó la puerta y entró. Miguel y yo nos quedamos
esperando afuera, apoyados en la verja.

—Estás loco, primo —le susurré—. ¿Cómo me haces esto? ¡Sabes que Rosa es la más bonita del
colegio! No creo que se fije en mí.

Miguel sonrió y me palmeó el hombro.

—Hasta la más bonita se fija en quien se atreve. Hoy serás el príncipe Paris… y ella tu Helena.
Aunque solo la vamos a raptar por un rato.

Solté una risa ahogada, nerviosa.

Unos minutos después, la puerta se abrió. Rosa salió acompañada de Hanna.

Pelo rojizo, postura firme, expresión seria pero viva. Llevaba un suéter anudado a la cintura y
una mirada que parecía ir siempre un paso adelante de los demás.
Venía hablando con Rosa, casi sin notar que estábamos ahí. Aunque lo cierto era que sí nos
habían visto. Solo se hacían esperar.

Nosotros dos, mientras tanto, las seguíamos como dos idiotas. Caminaban unos pasos por
delante, hablando de cosas que no entendíamos, riendo entre ellas.
De pronto, Hanna se volvió.

—¿Y entonces, Miguel? ¿Qué se supone que vas a hacer allá?

Miguel no titubeó.

—A escoltarlas, por supuesto.

Lo dijo con tal naturalidad que no parecía un chiste. Pero era su estilo: decir lo que otros no se
atreven, con ese tono que dejaba la duda.

Hanna sonrió. Y por un segundo, noté algo en sus ojos.


No era burla. Era otra cosa.

Interés.

Tal vez Miguel no lo veía. Pero yo sí.

Rosa me miró también. No dijo nada. Solo cruzó su mirada con la mía por un segundo más largo
de lo normal. Y esa pequeña sonrisa suya… no supe cómo interpretarla.

Solo sabía que me gustaba estar allí.

Y que algo estaba a punto de empezar.

Cuando llegamos a La Guarida del Lobo, el ambiente era justo como lo recordaba: luces
tenues, una mezcla entre neón azul y rojo que pintaba las paredes de tonos extraños, olor a papas
fritas rancias, y música pop filtrándose desde unos parlantes que colgaban como murciélagos en
las esquinas.

Había mesas repartidas de manera caótica, adolescentes con ropa demasiado planificada riéndose
fuerte, otros jugando cartas o uno que otro videojuego portátil, y muchos —demasiados—
mirándose en los espejos laterales como si fueran vitrinas humanas.

No era nuestro lugar natural.


Pero ese día, por alguna razón, no se sentía tan mal.

Rosa caminaba a mi lado, tranquila, como si conociera bien cada rincón del local. Hanna iba
delante, hablando con Miguel de algo que no alcanzaba a oír, pero que por sus gestos y la forma
en que él reía, sabía que era alguna de sus conversaciones absurdas.

Nos acomodamos en una de las mesas cercanas a la pista, justo al lado de una columna iluminada
con una tira LED parpadeante. Pedimos sodas, hablamos de música y de lo mal que sabía la
comida allí, y por un instante, todo parecía fluir. Incluso yo hablaba sin tropezarme tanto con las
palabras.
Fue Hanna quien se levantó primero.

—Vengo ahora, Rosa. Acompáñame al baño —dijo, ya con media vuelta.

Rosa me miró con una sonrisa rápida y se levantó también. Sus ojos brillaban con esa luz entre
divertida y despreocupada que siempre me desarmaba.

—Cuida la mesa, Richard —dijo, guiñando un ojo.

Me quedé solo con Miguel. Y no pasaron ni dos minutos cuando la atmósfera cambió.

Los vimos entrar.

Juan Diego y Fabián.

Caminaban como si el lugar les perteneciera. Juan Diego tenía ese paso elástico, como de gato
flaco y agresivo. Fabián, en cambio, era más robusto, siempre con la chaqueta abierta y los
brazos cruzados como si cada músculo fuera un aviso.

Ambos nos habían causado problemas en el pasado. Cosas adolescentes: empujones en los
recreos, roces en partidos de fútbol, palabras cruzadas que terminaron en amenazas estúpidas.
Nunca una pelea real. Pero el resentimiento estaba ahí.

Me tensé al instante. Miguel lo notó.

—Tranquilo —dijo en voz baja, aunque su mandíbula también se marcó un poco más—. No les
demos el gusto.

Pero era tarde.

—¡Heeey! —exclamó Juan Diego desde la barra—. Pero miren quiénes están aquí… el dúo
dinámico: Miguelito y su escudero Richiee.

Se acercaron con esa sonrisa chueca que usan los que disfrutan incomodar. Fabián venía detrás,
con una bebida en la mano.

—¿Qué quieren? —preguntó Miguel sin girarse del todo.

—Relajado, campeón. Solo nos sorprendió verlos aquí. Pensé que ustedes eran más de quedarse
en casa jugando detectives —dijo Juan Diego con tono burlón.

Yo respiré hondo.

—No venimos a buscar problemas —dije—. Solo estamos pasando el rato.

—¿Y si nosotros sí? —intervino Fabián, dando un paso hacia Miguel.


Miguel se giró, despacio. No habló. Solo lo miró.

Yo me interpuse.

—No vale la pena, primo —le susurré—. No aquí.

Él tenía el puño cerrado ya, dentro del bolsillo de su chaqueta. Lo conocía bien: esa mirada baja,
fija, el temblor leve en los dedos. Era el tipo de Miguel que no salía seguido… pero que cuando
lo hacía, era difícil de detener.

Y entonces, justo a tiempo, regresaron ellas.

—¿Todo bien por aquí? —preguntó Hanna, con tono claro y firme.

Rosa vino directa hacia mí, y se apoyó levemente en mi hombro. Fue un gesto mínimo. Pero
suficiente.

Juan Diego y Fabián se congelaron. Se miraron entre ellos, luego a Hanna y Rosa.

Y retrocedieron.

Literalmente.

No dijeron nada. Solo mascullaron algún insulto vago sobre “niñitas de por medio” y se alejaron
como si de pronto recordaran que tenían algo mejor que hacer.

Miguel soltó un resoplido.

—Cobardes.

Me giré hacia él y sonreí.

—¿Ves? Solo eran un par de estúpidos.

—No lo sé —dijo él, aún mirando en su dirección—. Tal vez le tienen miedo al hermano de
Rosa. ¿No dicen que es cinturón negro o algo así?

Asentí, bajando un poco la voz.

—Y justo por eso me da un poco de miedo intentar algo con ella…

Miguel giró hacia mí, sonriendo.

—¡Aja! ¡No sea bobo! Él ya no vive aquí.

Yo suspiré.
—Pero vuelve en vacaciones. Y con cinco minutos le basta para hacerme mierda.

Miguel soltó una carcajada y me dio una palmada en el hombro.

—Tranquilo, bro. Estoy aquí para ti. Ya sabes… Double Dragon.

Levantó los puños con esa pose tonta que siempre hacía y Hanna no tardó en notarlo.

—Bueno, ¿ustedes vinieron a bailar o solo a hacer poses raras?

Miguel reaccionó al instante.

—Prepárate… hoy te enseño los pasos prohibidos.

Le tomó la mano y se la llevó directo a la pista. Ella no protestó. De hecho, sonrió más de lo
habitual.

Me quedé con Rosa. Solos.

Nos miramos.

Ella rompió el silencio.

—¿Y tú, Richard? ¿Cómo has estado?

—Bien… sí. Tranquilo.

La conversación se volvió fluida. Hablamos de películas viejas, bandas que nos gustaban, cosas
pequeñas que de pronto se volvían importantes.

Y entonces, sin pensarlo demasiado, lo dije:

—¿Quieres bailar?

Ella asintió con suavidad.

—Claro.

Nos movimos hacia la pista, entre luces de colores, música chillona y el murmullo de decenas de
historias cruzándose en el aire.

No bailábamos bien. Pero no hacía falta.


A veces nos tocábamos sin querer.
A veces… parecía que era completamente a propósito
La noche terminó antes de que lo notáramos. Afuera, el aire se había vuelto más frío, y las luces
de la Guarida del Lobo parpadeaban como si también se estuvieran despidiendo. Caminamos
juntos, los cuatro, sin prisa. Miguel iba delante con Hanna, hablando de algo sobre películas
malas y monstruos en CGI. Ella reía como si lo conociera de toda la vida, aunque apenas se
habían cruzado un par de veces antes.

Yo iba al lado de Rosa, en silencio al principio, pero con esa comodidad rara que aparece
cuando ya no hace falta decir nada. Sus brazos rozaban los míos de vez en cuando, y en uno de
esos roces, ella no se alejó. Solo siguió caminando como si fuera lo más natural del mundo.

La dejamos primero a ella. Su casa tenía una lámpara de porche amarilla que parecía una
luciérnaga solitaria. Antes de subir los escalones, Rosa se volvió y me miró.
—Gracias por la noche —dijo.
Asentí. No dije nada brillante. Solo eso. Pero sonreí. Y ella también.

Después dejamos a Hanna. Ella le dio un golpe suave a Miguel en el brazo antes de entrar. Algo
entre juego y afecto. Él se rió.

—Nos vemos, caballeros Poirot —dijo, antes de cerrar la puerta tras ella.

Miguel y yo seguimos en silencio por un par de cuadras. No hacía falta decir mucho.

—Buena noche, ¿no? —dijo finalmente.

—Sí. Bastante.

Se detuvo en la esquina donde tomábamos caminos distintos para casa.

—¿Quieres que te acompañe un poco más? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

—No. Todo bien. Vete tranquilo.

Chocamos los puños.

—Double Dragon —dijo él.

—Double Dragon —repetí, con media sonrisa.

Lo vi alejarse. Luego seguí solo.

Esa noche no me importó que fueran las ocho pasadas. Llevaba un recuerdo hermoso en la
mente… y la esperanza, tímida pero fuerte, de que algo estaba empezando a florecer; El camino
a casa, luego de dejar a Miguel en la esquina de siempre, se sintió más largo de lo normal. El aire
estaba tibio, pero algo en el ambiente me ponía la piel como de gallina. Caminaba solo,
arrastrando los pies, y por algún motivo no podía dejar de pensar en todo lo que había pasado, en
la sonrisa de Rosa. En sus ojos. En su voz cuando dijo mi nombre, al llegar a casa, apenas puse
un pie en el porche cuando la puerta se abrió. Y ahí estaba él.

Alfredo.

—¡HE, Richie! —dijo como si nos conociéramos de toda la vida—. ¿Qué tal?

Mi cuerpo se tensó al instante. No dije nada al principio. Solo lo miré. Ese bigote tan
perfectamente recortado ya me tenía harto. Era como si lo tuviera un propósito para que no
olvidaras su cara.

—Hola —murmuré, casi sin mirarlo.

¿Qué demonios hace este tipo saliendo de mi casa a estas horas?

No me detuve a averiguarlo. Pasé de largo, abrí la puerta y entre. A mis espaldas, él aún tuvo la
cortesía —o la molestia— de despedirse:

—Nos vemos, Richard.

No respondí. Cerré la puerta más fuerte de lo necesario y me quedé ahí, apoyado, como si la
madera pudiera protegerme de algo que no entendía.

—¿Mamá? —llamé.

—En la cocina —respondió, como siempre.

Cuando llegué, la encontré con un trapo en la mano, secando algo. Normal. Demasiado normal.

— ¿Qué hacía el vecino aquí?

Tardó un segundo en contestar. Justo un segundo. Suficiente para que se me active la alarma
mental.

—Ah… nada importante. Me ayudó con un problema que tenía… con algo.

—¿Con algo? —repetí, levantando una ceja.

—Sí, cosas de la casa.

Lo dijo sin mirarme. Cambio de tema rápido. Quiso despistarme. O al menos eso sentí. Hay algo
raro aquí.

No pregunté más. No tenía sentido discutir si ella no quería decirlo, cené en silencio, subí a mi
habitación, y después traté de dormir… aunque me costó; A la mañana siguiente, mamá ya se
había ido a trabajar. Era sábado, así que la rutina era más o menos la misma de siempre:
desayunar algo rápido, adelantar las tareas que tenía pendientes, y en los descansos hacer los
quehaceres que me había dejado anotados en un papel pegado al refrigerador; Después de todo
eso, terminé viendo una serie vieja en la tele. Una de esas donde todo se resuelve en media hora
y nadie termina sintiéndose más confundido que al principio.

Entonces sonó el timbre.

Miguel.

— ¿Cómo estás, hermano? —dijo entrando con esa energía de siempre, sin pedir permiso.

—Bien… más o menos —respondí.

Me tiré de nuevo al sofá y lo miré.

—Oye, ayer pasó algo raro.

—Ajá, ¿qué? ¿El vecino ya te invitó a jugar ajedrez? —soltó entre risas.

—Sin bromas. Estaba en casa. Salía justo cuando llegaba. Como si fuera un visitante habitual.

—Ajajaja… parece que tendrás nuevo papá muy pronto.

—Ni en broma digas eso —bufé.

—¿Y qué? ¿El tipo te cae tan mal?

—Sí, no lo sé… tiene algo raro. Es muy confianzudo. Me da mala espina.

Miguel se encogió de hombros.

—Na, solo quiere a mi tía. O quizás es uno de esos tipos bonachones que no saben estar solos y
buscan hacer amigos. Está recién mudado, recuerda. No es tan raro.

—Me da igual. Lo mejor sería que se mantuviera lejos. No me gusta la idea de que esté cerca de
mamá.

Miguel me miró un momento, serio, pero luego cambió de tema como siempre hacía.

—Bueno hermano. Y cambiando de canal… ¿cómo te fue con Rosa?

No pude evitar sonreír.

—La verdad… bastante bien. Hablamos mucho. Bailamos. Y al final me dio un beso en la
mejilla.
—¡Boom! —gritó Miguel, levantando la mano para chocar la mía—. Te lo dije. Para eso
estamos, amigo.

—Gracias, en serio. Si no fuera por ti, seguiría escondiéndome como un cobarde.

—Pff, ya basta que te pongas romántico. En cambio, yo... digamos que no la pasé mal, pero no
sé. Hanna a veces me parece antipática. Sí, es linda y todo eso, pero no estoy interesado en
alguien que se cree un tesoro inalcanzable.

Lo miré de reojo.

—Pues yo diría que está bastante a tu disposición. ¿No te has dado cuenta? Me parece que le
gustas.

Miguel se quedó pensativo, como si esa idea nunca se le hubiera cruzado por la cabeza.

—¿Tú crees?

—Sí, claro. Solo que tan ocupado estás burlándote de todo, que no lo notas.

Se río. Luego se estiró como si el sofá fuera suyo y soltó:

—Bueno, ¿y qué hacemos hoy? Ya es tarde. Este fin de semana se va a ir volando. —Podríamos
salir otra vez con las chicas —dijo sin pensar mucho.

—¿No te que no interesaba? le dije

—Pues… no del todo. Pero algo es algo. Peor es nada.

Nos reímos los dos.

Al final resolvimos salir, como siempre. Esta vez fuimos directo a “Pit”, nuestro refugio
electrónico de luces de neón y botones pegajosos. No es que tuviéramos muchas opciones. Solo
era sábado por la tarde y, honestamente, prefería estar ahí que, en casa, pensando en bigotes
perfectos.

Jugábamos sin mucho entusiasmo, cada uno frente a su máquina, cuando Carlos apareció otra
vez. Esa forma suya de llegar siempre con aire urgente me irritaba. Y esa voz medio nasal que
usaba como si narrara un documental secreto.

—Hee chicos… ¿saben qué? —dijo arrastrando las palabras mientras se acercaba—. Otra
persona desapareció. Y se rumorea que ya saben quién es el culpable.

Miguel resopló y sin dejar de mirar la pantalla le soltó de una:

—Será mejor que te calles. De verdad que eres pendejo, Carlos.


—Eh, calma, Miguel —dije, girándome hacia él—. Deja que termine la historia.

Carlos se acomodó los lentes como siempre hacía antes de lanzar “la gran noticia”. Esa forma
suya de construir suspenso me parecía más teatral que efectiva, pero aun así... yo escuchaba.

—Bueno, pues verán... —bajó un poco la voz, inclinándose como si hablara de un secreto de
estado—. Supe de buena fuente que encontraron una serie de cuerpos… de personas
desaparecidas. Resulta que son víctimas de ese sujeto.

Hizo una pausa dramática y luego agregó:

—Ya saben… El Diablo.

Dicho en voz baja, como si invocar el nombre pudiera despertar algo.

Miguel rodó los ojos con fastidio, sin dejar de apretar botones.

—Na, pendejadas.

Yo, en cambio, solo escuchaba. Algo en mí no quería tomárselo a risa, aunque me esforzaba por
no mostrarlo.

Carlos seguía hablando, con esa mezcla de entusiasmo morboso y seriedad innecesaria.

—Dicen que estos casos están relacionados con las desapariciones que se están presentando acá.
Que podrían ser parte de un patrón o algo así.

Miguel, ahora sí, levantó la vista por un segundo.

—Eso tiene algo de sentido... pero esa tontería del Diablo no te la creo.

Carlos alzó una ceja.

—Tu problema es que todo lo tomas literal, amigo. Abre tu mente.

La verdad es que, aunque me costara admitirlo, yo entendía que Carlos a veces decía cosas
reales… enterradas entre sus cuentos mal viajados. Una vez nos habló sobre un grupo de
criminales que se había escapado, y según él, estaban cerca de este pueblo. Sonaba a película,
claro… pero algo en su tono, y el hecho de que su papá fuera detective, le daba cierto peso; De
hecho, su papá fue trasladado acá justamente por todas esas situaciones raras que empezaron a
surgir en el pueblo hace un par de años. Y Carlos, bueno, robaba información de los archivos
policiales como si fueran cómics prohibidos.

Miguel, claro, entendía que no todo era falso… pero la forma en que Carlos contaba las cosas lo
sacaba de quicio. Su tono. Su dramatismo. Lo hacía ver como el típico loco con teorías sin
sentido.
Yo, en cambio, lo tenía en cuenta. No confiaba del todo, pero tampoco lo ignoraba. Carlos estaba
algo tostado, sí. Pero no era un idiota.

—En fin, muchachos —dijo al final, encogiéndose de hombros—. Solo les advierto porque los
estimo de verdad.

Eso último lo decía mucho. Tal vez porque una vez lo defendimos de los imbéciles de Juan
Diego y Fabián. Desde entonces, Carlos nos consideraba aliados, casi como si fuéramos sus
protectores. A cambio, él nos ofrecía lo que para él era información “vitalicia”.

Y aunque no supiera cómo agradecérselo… en el fondo, valoraba ese gesto.

Carlos se fue a otra máquina, como si no hubiera soltado una bomba. Miguel y yo seguimos ahí
el resto de la tarde. No dijimos mucho más.

El domingo fue un poco de lo mismo. Series, tareas, aburrimiento. Un día plano.

Pero el lunes...

En clases, la maestra volvió a hablar de nuevas desapariciones. Mencionó que la policía estaba
tomando medidas más estrictas. Y cuando lo dijo, miré a Miguel… y él me miró también. Esa
expresión en su rostro no fue de burla esta vez. Fue... preocupación. Silenciosa. Sincera.

Seguimos el día como si nada, fingiendo que no pasaba nada. Pero cuando salíamos del colegio,
Miguel rompió el silencio:

—Quizá… lo que dice el loco de Carlos no es del todo mentira. Quizá deberíamos mantener un
ojo abierto.

Solté una risa breve, solo para quitarle peso. Pero no dije que no.

—Bueno… por si acaso —dije.

Caminamos juntos, como siempre. Pero algo en el ambiente había cambiado. Como si el aire
fuera más denso. Como si las calles ya no fueran tan seguras. La policía patrullaba más seguido.
O quizá solo ahora empezábamos a notarlo.

Pasaron semanas.

Y sin más, los policías dejaron de patrullar tanto. Las noticias sobre desapariciones cesaron.
Nadie volvió a decir nada.

Todo parecía indicar...

La calma antes de la tormenta.


más tarde ese día me encontré en mi habitación. leía un artículo cualquiera en la computadora,
algo sobre criaturas marinas que jamás han sido capturadas con claridad por cámaras. cosas que,
si las miras desde el ángulo correcto, parecen más creíbles de lo que uno admitiría en voz alta. de
vez en cuando desviaba la vista hacia la ventana, no porque esperara ver algo, sino porque era
costumbre. la luz del cuarto seguía encendida, aunque la pantalla del monitor dominaba el
ambiente con ese brillo constante que hacía que todo se viera un poco más azul de lo normal.

miguel no había pasado ese día, lo cual me pareció extraño...

él casi siempre venía, incluso si no tenía nada que decir. su silencio se sintió más que su
presencia. tal vez estaba cansado o simplemente no tenía ánimo. o quizás algo de lo que dijo
Carlos le había quedado dando vueltas, como a mí; entonces vi algo que me sacó del sopor. la
casa del vecino, que a esa hora usualmente mostraba señales de vida, estaba completamente
apagada. ninguna luz. ni en la sala, ni en el corredor, ni siquiera en la ventana del segundo piso
que solía parpadear con la televisión encendida.

Me acerqué a la ventana con más intención.

al cabo de unos minutos, un auto dobló la esquina y se detuvo frente a su cochera. no reconocí el
vehículo de inmediato, pero cuando vi al conductor bajar supe que era él. Alfredo. su andar era
igual de tranquilo que siempre, pero había algo distinto en su postura. Caminaba más encorvado,
como si llevara rato manejando o estuviera cargando con algo más que cansancio; se dirigió a la
parte trasera del carro y abrió el maletero. de ahí sacó un bulto envuelto en bolsas negras, algo
grande y pesado, porque lo sostuvo con ambas manos y lo apoyó un momento contra la cadera
antes de caminar hacia la entrada lateral de la casa.

Desde donde estaba, no podía ver con claridad qué era, pero vi que algo goteaba. un líquido
oscuro que caía con lentitud, dejando pequeñas manchas en el suelo. Me incliné un poco más, sin
pegarme al vidrio, solo lo justo para no perder detalle.

no sentí miedo. más bien una especie de emoción contenida. como si por fin algo rompiera con la
rutina absurda de los últimos días. no me moví. simplemente observado.

entonces él se detuvo. Aún con el bulto en brazos, giró el rostro lentamente y levantó la mirada
sus ojos subieron hasta mi ventana; se quedó así, quieto, sin decir una sola palabra, yo no me
escondí, pero sí apagué la luz del cuarto, casi por instinto. la pantalla de la computadora siguió
encendida, y por un instante quedó a oscuras salvo por el brillo tenue del monitor y la luz que
venía desde el poste de la calle. cuando me asomé de nuevo, ya no estaba ahí..., unos segundos
después escuché el motor del auto encendiéndose de nuevo. vi las luces retroceder y entrar a la
cochera. Luego el portón bajó, emitiendo ese sonido metálico que ya me era familiar.

y nada más.

Todo volvió a quedarse en silencio.

bajé a cenar. No por hambre, sino porque ya no tenía sentido seguir allí.
No tenía idea de qué era lo que había llevado dentro, y mientras masticaba, solo una idea
rondaba en mi cabeza:

Ese tipo cada vez me parecía menos un vecino y más un signo de interrogación.

los siguientes días pasaron con una calma inquietante. miguel dejó de venir. Al principio pensé
que estaría ocupado, pero luego noté que evitaba incluso los mensajes. su ausencia no tenía
explicación directa, pero era evidente que algo lo tenía consternado. Probablemente no era solo
miedo, sino esa clase de incomodidad que se instala cuando uno empieza a sospechar que hay
algo más oscuro de lo que aparenta.

Carlos, por su parte, no hacía más que alentar esa tensión con su presencia constante y sus
insinuaciones. cada vez que lo cruzaba en los pasillos o lo veía al fondo del salón, su forma de
mirar parecía decir: "te lo advertí". no necesitaba decirlo.

En casa, las cosas no eran más normales. mi madre empezó a llegar más tarde de lo habitual. no
daba explicaciones, y tampoco preguntaba mucho por mí. de cierta forma, parecía estar distraída
con otros asuntos. Algunas noches simplemente cruzaba la puerta con una sonrisa que no era
habitual en ella, como si cargara consigo un secreto que ya no le pesaba.

Mi tía apareció un par de veces. Decía que venía a dejarme algo de comer, y en otras ocasiones
se quedaba un rato, cocinaba lo justo, hablaba poco. Cuando pregunté por qué venía tan seguido,
solo mencionó algo vago sobre un favor que le debía a mi madre. No insistí.

yo, en cambio, me mantenía pendiente de todo. miraba las noticias en el celular, repasaba en la
televisión los pocos canales locales que hablaban del pueblo. Escuchaba atenciones vagas en la
escuela, especialmente si nuestra profesora dejaba entrever alguna novedad. pero no pasaba
nada. ni una nueva desaparición, ni una alerta, ni una sospecha. Todo seguía extrañamente bien.

hasta que un día, estando en casa, vi a mi madre llegar acompañada. Desde la ventana de la sala
los vi acercarse caminando juntos, hablando de algo que no alcancé a oír. Él, por supuesto, era
Alfredo. sonreía. ella también.

entraron como si eso fuera natural. y tal vez lo era. tal vez yo era el único al que le parecía todo
fuera de lugar; Cuando más tarde intenté saber algo, mi madre no ocultó la situación. habló de
una oportunidad, de conocer a alguien, de lo inesperado que puede ser todo a veces. me dijo que
me lo tomara con calma, como si ya lo hubiera ensayado antes; Pero a mí no me importaba la
parte romántica. No era eso lo que me molestaba. no era celos ni incomodidad por verla con
alguien. era el hecho de quién era ese alguien.

intenté decirle que el tipo no me parecía confiable. que había algo en él que no cuadraba. sus
apariciones, sus gestos demasiado oportunos, esa forma de acercarse a todos sin realmente
mostrarse del todo. todo en él parecía ensayado. incluso sus silencios.

quise advertirle sobre lo que había visto desde mi ventana. No lo dije como si hubiera pasado
anoche exactamente, pero me referí al momento en que lo vi bajando aquel bulto envuelto en
bolsas negras. Le mencioné el líquido que goteaba al piso, el que me pareció tan familiar, ella no
se mostró alterada. dijo que él ya le había contado sobre eso. que había atropellado algo
volviendo a casa, un venado, o al menos eso creyó, le respondí que lo que bajó no tenía forma de
venado. ni de ningún animal, ella no lo negoció. Tampoco lo confirmo. simplemente cambió de
tema. dijo que se iba a bañar, que estaba cansada, que necesitaba dormir, yo me quedé solo en la
sala, no era que ella no me creyera. era peor; Había decidido no pensarlo más. y eso era lo que
empezaba realmente a inquietarme.

quise cerciorarme de que lo que venía pensando eran solo ideas sueltas, quizá alimentadas por las
teorías cada vez más conspiranoicas de Carlos o por el propio nerviosismo que me habían dejado
los últimos días. al final, todo podía deberse a eso: a la sugestión, a la forma en que uno empieza
a ver cosas donde no las hay solo porque quiere encontrar una respuesta que no llegan. por eso
decidí hacer lo que no había hecho antes: ir directamente. sin avisar, sin vueltas. una tarde,
después de regresar del colegio, salí por la puerta principal, avancé unos pasos por el porche y
toqué el timbre de la casa de al lado.

esperé unos segundos. la puerta se abrió con lentitud. Alfredo me miró desde el umbral,
visiblemente sorprendido.

—Richard… —dijo, pronunciando mi nombre con una voz que sonó casi temblorosa.

lo primero que noté fueron sus manos. estaban sucias. no con grasa ni polvo, sino con algo más
indefinido, como si hubiera estado manipulando tierra húmeda o algo pegajoso. me preguntó si
quería pasar. asentí con un leve gesto. él sonrió de una forma que intentaba parecer relajada, pero
se notaba forzada.

—estaba cocinando, pequeño Richie —murmuró, usando ese tono empalagoso que quería sonar
cercano, pero que a mí no me inspiraba confianza.

entré. la casa era limpia, demasiado limpia. no había ni una mota de polvo visible. el piso, de
cerámica grisácea, brillaba como si lo hubieran pulido esa misma mañana. las paredes eran color
crema, lisas, sin cuadros, salvo uno: un relieve metálico colgado sobre la sala, que mostraba lo
que parecía ser una escena de caza, con ciervos y árboles estilizados. la televisión estaba
apagada, encajada en una especie de mueble de madera oscura, flanqueada por estanterías vacías.
los sillones eran de cuero, negros, y olían a desinfectante. cada cosa en su lugar. tanto que
resultaba casi artificial.

—qué extraña tu visita —comentó Alfredo mientras me hacía pasar—. supongo que esto tiene
que ver con tu madre... ¿no?

asentí, aunque en realidad no venía por eso. solo quería verlo de cerca. observarlo sin filtro.

—espera aquí, voy por algo de beber —dijo, girándose sin esperar respuesta.

aproveché el momento. caminé despacio por el pasillo que llevaba a las habitaciones. abrí una
puerta al azar: un cuarto sin uso, vacío, salvo por una alfombra enrollada en la esquina. abrí otra:
una habitación impecable, cama hecha con precisión, sin un solo objeto fuera de lugar. todo
estaba alineado, medido, casi quirúrgico. me sentí incómodo ahí. bajé al fondo del pasillo,
guiado por la intuición, y encontré una puerta interior. la empujé.

era la entrada a la cochera.

descendí un par de escalones y noté el cambio de temperatura: más frío, más húmedo. la cochera
era amplia, con el piso cubierto por placas plásticas negras, de esas que se usan para evitar que el
aceite manche el suelo. al fondo, contra la pared, había un congelador horizontal, de esos que se
abren hacia arriba. era blanco, algo viejo, con esquinas desgastadas y una tapa pesada. tenía un
candado sencillo en la parte delantera. me acerqué sin hacer ruido. pasé los dedos sobre la tapa.
estaba húmeda, como si alguien la hubiera abierto no hace mucho.

—¿qué haces aquí, Richie?

la voz me sobresaltó. giré con rapidez. Alfredo estaba en la entrada de la cochera, con dos vasos
de jugo en las manos. su expresión era neutra, pero sus ojos tenían algo más. una chispa
contenida.

—pensé que te esperaba en la sala —añadió, con tono calmo.

volvimos. me senté en uno de los sillones de la sala, y él se acomodó frente a mí. me entregó el
vaso y comenzó a hablar. mucho. sobre su trabajo, sobre cómo se había mudado al pueblo
buscando tranquilidad, sobre los problemas de ruido en la ciudad de dónde venía. luego saltó a
temas de cacería, anécdotas que no pedí escuchar. después a los autos, a mecánicas que sonaban
más a un guión ensayado que a experiencias reales. curiosamente, no había ni una sola
herramienta en su cochera. ni llaves, ni cajas, ni grasa, ni piezas viejas. nada. era un espacio
vacío, pulcro, con el carro bien estacionado y ese congelador como único objeto fuera de
contexto.

yo asentía con la cabeza. lo dejaba hablar. pero lo observaba. sus gestos, sus pausas, su forma
casi robótica de mantener todo bajo control.

—tu casa es... demasiado ordenada —solté en un momento, buscando sacarlo de su zona de
comodidad.

él sonrió.

—es lo normal cuando se vive solo. no hay nadie que te desordene nada, y tampoco me paso el
día aquí. trabajo mucho.

—claro —respondí, forzando una sonrisa—. y con mi madre, ¿verdad?

lo dije con un tono ambiguo, una mueca que no ocultaba mi incomodidad. él desvió la mirada un
segundo, apenas un pestañeo, antes de responder.
—sí… claro —dijo, y cambió el tema.

cuando me levanté para irme, pasamos por el pasillo que daba a la puerta principal. ahí, sobre
una mesita alargada, noté algo. un pequeño contenedor de madera, hecho a mano, con tallados
que parecían símbolos rústicos o dibujos vagos. en su interior, parcialmente cubierto por un
paño, había un reloj antiguo. me llamó la atención por su forma: redonda, de carcasa metálica
negra, con una correa gruesa de cuero, envejecida. no supe por qué, pero algo en ese reloj me
resultó familiar. lo tomé con suavidad.

Alfredo reaccionó de inmediato. me lo arrebató con una rapidez que no esperaba. su expresión se
endureció por un segundo.

—iba a ser un regalo para tu madre. arruinaste la sorpresa —dijo con tono seco, sin mirarme
directamente.

no respondí. asentí, como si creyera esa excusa. pero no lo hice.

al salir, solo tuve que dar unos pasos para volver a casa. subí las escaleras, cerré la puerta tras de
mí, y me quedé de pie frente a la ventana que daba hacia su casa.

la casa vecina. la que estaba tan cerca... y sin embargo cada vez más lejos de todo lo que
entendía como normal.

Al llegar a casa, mi madre aún no había vuelto. Subí directo a mi habitación. Dejé la mochila
sobre el escritorio, encendí la lámpara de la esquina y me senté frente a la computadora. no tenía
intenciones de hacer tarea. Mi mente seguía enganchada en lo que había visto en la casa del
vecino, en los gestos, en la precisión con la que hablaba, de la manera en que me quitó ese reloj
de las manos. Era como si lo hubiera hecho antes, como si supiera exactamente cómo controlar
cada situación.

el reloj... algo en él me resultaba conocido. intenté recordarlo con calma, como quien rebobina
una cinta antigua, comparando caras, objetos, lugares. algo no terminaba de encajar.

Entonces sonó el timbre.

No me lo esperaba. bajé las escaleras sin apuro, esperando encontrar a mamá con alguna bolsa de
supermercado o quizás a mi tía trayendo comida. pero al abrir la puerta, me quedé quieto, miguel
y Carlos juntos.

esa imagen me desconcertó. miguel siempre había sido impaciente con Carlos, a veces hasta
burlón. lo toleraba más por educación que por interés. o eso creía. sin decir palabra, me hice a un
lado y ambos entraron. miguel llevaba puesta su chaqueta negra de siempre, esa que usaba desde
que había empezado a creerse parte de una banda de rock, aunque nunca tocó ni una guitarra.
Carlos venía con una camiseta gris con letras deslavadas, pantalones oscuros y, por supuesto, sus
lentes horribles. Esos que parecían demasiado grandes para su rostro; Subimos a mi habitación.
ellos entraron como si fuera una visita habitual. miguel se tiró sobre la cama, como de
costumbre, con las piernas cruzadas y las manos tras la cabeza. Carlos prefirió sentarse en el
escritorio, girando lentamente en la silla, observando cada rincón con ese aire calculador que
tenía cuando algo lo absorbía.

—te sorprende vernos juntos, ¿cierto? —dijo miguel al fin, sin mirarme directamente.

Yo cerré la puerta, algo confundido.

—jamás lo habría imaginado. ¿Desde cuándo son tan amigos?

miguel soltó un bufido y se encogió de hombros. Carlos se quitó las lentes con un gesto casi
teatral y, por un instante, pareció otra persona. sus ojos eran pequeños, agudos, más expresivos
de lo que uno esperaría. al dejar los lentes sobre la mesa, sonriendo apenas.

—en realidad, no los necesito —dijo con voz más seria de lo habitual—. solo los uso para
despistar.

—y ahí está de nuevo el Carlos que conozco —pensé en voz baja, cruzando los brazos.

—es un truco —añadió él—. me ayuda a parecer alguien que pasa desapercibido. lo aprendí de
mi padre. en este mundo es más fácil conseguir información cuando nadie te toma en serio.

—sí, sí —interrumpió miguel, haciendo un gesto circular con la mano como si acelerara una
película—. ahora cuéntale a Richard por qué estamos aquí. ya mucho suspenso.

los miré a ambos, aún de pie, intentando entender.

—¿así que por esto es que habías dejado de venir? —le dije a miguel—. y yo pensando que
estabas asustado o algo.

—nada de eso —respondió él, sentándose—. solo estuve poniéndome un poco al día con Carlos.
Necesitaba saber si lo que decía era real o solo una de sus locuras.

Carlos se inclinó un poco hacia adelante, ahora con el rostro más enfocado. sus movimientos
eran pausados, casi coreografiados. Puso las manos juntas, como un expositor. Comenzó a hablar
con claridad, aunque su tono tenía esa emoción contenida de quien está por contar algo
importante.

—verás, Richard… todo lo que mencioné antes, sobre el diablo, no era una leyenda. es solo un
nombre. un seudónimo que le pusieron a un asesino serial que lleva años actuando. no es una
figura mítica. es real. y la policía lleva tiempo siguiéndolo, pero es escurridizo. No deja rastros.
al menos no hasta hace poco.

Yo me senté lentamente, sin quitarle la vista de encima.


—los crímenes —continuó— comenzaron hace algunos años. al principio eran desapariciones
aisladas, pero luego hubo patrones. víctimas jóvenes, adolescentes, casi siempre. en los
documentos que mi padre guarda… encontré coincidencias. descripciones, perfiles, ubicaciones.
y todo parece indicar que el tipo está aquí. en este pueblo.

miguel asintió.

—confirmaron la desaparición de Daniela torres, la chica que mencionó en clase. La policía lo


sabe, pero no ha hecho nada público. Carlos dice que es para no alertar al asesino.

Carlos giró en la silla lentamente, como si pensara en las palabras adecuadas antes de continuar.

—y hay más. en los últimos días, han desaparecido otras personas… pero los indicios no apuntan
al mismo asesino. Eso complica todo. Podría tratarse de más de una amenaza. y por eso quería
advertirles. en los perfiles filtrados, todas las víctimas tenían entre trece y diecisiete años. como
nosotros.

el silencio se quedó un momento en el cuarto. solo se oía el ventilador de la computadora y el


leve golpeteo de las ramas contra la ventana.

—Tienen idea de cómo luce? —pregunté, sin moverme.

—los informes lo vinculan a un hombre de unos treinta y tantos —dijo Carlos—. varias pistas lo
sugieren. algunas cámaras lo captaron en ciudades vecinas. su modus operandi incluye moverse,
cambiar de nombre, de apariencia. nunca deja una identidad fija.

miguel tamborileó los dedos contra su rodilla, visiblemente tenso.

—por eso creemos que debemos estar pendientes. entre nosotros. si pasa algo raro, lo
compartimos. si alguien nota algo, lo dice. nada de quedarse callados.

Yo los observaba. no sabía si estaba más impresionado por lo que decían o por la forma en que
Carlos lo contaba. Había una especie de convicción en él, una seguridad que nunca había notado.
parecía disfrutar cada giro del relato, cada dato revelado como si dirigiera una obra.

—tú ya sospechabas de alguien —dijo miguel de pronto, mirándome—. ¿cierto?

Lo pensé un segundo. luego lo vi claro.

el reloj.

el diseño, la correa, la pequeña abolladura junto a la esfera. lo había visto antes. no en mi casa, ni
en la tienda del centro, ni en una película.

lo había visto en la muñeca de Daniela torres.


Me quedé en silencio, procesando todo. no lo dije en voz alta aún. no por miedo. Solo necesitaba
asegurarme.

Pero por dentro, algo empezó a moverse con más fuerza. como si una pieza del rompecabezas
hubiera encajado sin que yo la forzara.

el vecino, el reloj, el candado en el congelador, la sonrisa forzada.

—hay algo que tenemos que seguir —murmuré, más para mí que para ellos.

—Vi el reloj —dije, con la voz más firme de lo que esperaba—. No uno parecido. El reloj.

Carlos levantó la mirada, escéptico.

—¿Y cómo puedes estar tan seguro?

—Porque lo conozco. Daniela me lo mostró una vez. Tenía una marca en la carátula, como una
rayita en diagonal, muy fina. Nadie más tendría uno igual.

—Podría ser coincidencia —murmuró—. Hay relojes similares por todas partes.

—¿Una coincidencia justo en la casa del vecino? ¿Después de que Daniela desaparece? Vamos,
Carlos.

Miguel frunció el ceño. Se notaba que estaba procesando la información.

—No podemos lanzarnos a acusar sin pruebas. Una sospecha no es suficiente. Si nos
equivocamos, nos podemos meter en problemas serios… y podríamos arruinar cualquier
posibilidad de descubrir la verdad.

Carlos asintió lentamente.

—De acuerdo. ¿Entonces qué propones?

—Investigar —dijo Miguel—. Sin levantar sospechas. Si ese reloj está ahí, debe haber más. Algo
que lo conecte con ella… o con alguien más. Tal vez no está solo. Tal vez ni siquiera es el único
implicado.

Carlos se inclinó un poco hacia nosotros.

—¿Crees que podrían ser dos?

—Si alguien más lo ayuda, o lo encubre, tendría sentido —respondí—. Pero lo primero es
conseguir más información. Tenemos que volver a esa casa. No a irrumpir ni a hacer locuras.
Solo… una visita.
—¿Y si nos descubre?

—Por eso hay que hacerlo con cuidado —dije—. A partir de mañana, compartimos ubicación en
tiempo real entre los tres. Creamos un grupo de chat. Si algo pasa, si alguien desaparece,
sabremos dónde buscar. No dejemos nada al azar.

Carlos hizo una pausa, luego asintió.

—Me parece bien. Pero hay que ir paso a paso.

Miguel cerró el tema con una última frase.

—Sin impulsos. Solo hechos. Observamos, registramos, y si algo nos da certeza… entonces
decidimos qué hacer.

y desde ese momento supe que ya no estábamos solo mirando desde la ventana.

íbamos a entrar.

y ver qué tan oscuro era todo lo que había del otro lado.

Pasaron seis días.

Durante ese tiempo, nada cambió… al menos en apariencia.

Alfredo seguía actuando como si el mundo fuera normal. Salía en las mañanas, pasaba a buscar a
mi madre, la llevaba en su carro oscuro, sonreía con esa expresión falsa que me revolvía el
estómago. A veces pasaban frente a mí y levantaban la mano en un saludo educado. Yo apenas
respondía; Me dediqué a observar. No dormía bien. A veces me quedaba despierto hasta las tres
de la madrugada, mirando desde mi ventana, esperando que hiciera algo… cualquier cosa. Pero
no.
Nada; Ninguna bolsa sospechosa. Ningún movimiento extraño. Ni siquiera una mirada
inquietante. Solo esa maldita tranquilidad, la pregunta no me dejaba en paz. Era como una astilla
mental que no podía quitarme; Había preguntado con frialdad a mi madre, y su respuesta fue tan
normal que dolía:
“No, Alfredo no me ha regalado nada. Él no es de dar detalles, es más bien seco.”
Eso fue todo. Ni sospecha, ni sorpresa. Solo una respuesta sencilla que parecía cerrarlo todo…
Pero no lo hizo.

Porque el reloj seguía allí.


En la caja.
En su casa.

Volvíamos de clases más temprano, cortesía de la semana cultural. Miguel iba con las mangas
remangadas, una barra de cereal medio comida en la mano y ese aire despreocupado que siempre
arrastraba, aunque la situación fuera más tensa que cuerda de violín. Carlos caminaba a nuestro
lado, medio encorvado como de costumbre, con los auriculares colgándole del cuello, pero sus
ojos iban escaneando cada detalle del camino, las casas, los carros estacionados. A veces actuaba
como si estuviera en su mundo, pero yo sabía que lo veía todo.

—Tenemos como dos horas —dijo Carlos, sin mirarnos, más para sí que para nosotros—. Si nos
movemos rápido, podemos entrar, revisar al menos la planta baja, y salir sin que nadie lo note.

—¿Y si la puerta está cerrada? —preguntó Miguel, masticando aún—. Digo, no planeo romper
ventanas, Bro. No soy tan ninja.

—Podríamos intentar desde la cocina trasera —respondí—. A veces deja la ventana entreabierta.
La vi una vez cuando recogía la basura. Y no tiene alarma. Lo comprobé.

Carlos asintió con un leve gesto.

—Y las cámaras… son falsas. Están sin cableado.

Miguel lo miró sorprendido.

—¿Y tú cómo sabes eso?

Carlos se encogió de hombros con una sonrisita.

—Lo revisé con un láser apuntador. El lente no reaccionó. Además, están instaladas en lugares
sin lógica de cobertura. Es solo para asustar.

—¿Y cómo carajos sabes tú esas cosas? —soltó Miguel, genuinamente impresionado.

Carlos alzó una ceja, pero no respondió. Solo caminó un poco más rápido.

Yo sonreí por dentro. Carlos jugaba a ser el nerd despistado… pero estaba a tres pasos de ser
Batman.

—Igual no podemos confiarnos —dije—. Hay que entrar, ver lo que podamos, tomar fotos si es
necesario… pero nada de tocar cosas. Ni dejar huellas.

—A estas alturas deberíamos tener guantes y todo eso —comentó Carlos.

—Guantes tengo —dijo Miguel—. De los de gimnasio. No son CSI, pero algo hacen.

—Eres un genio, hermano —dije, medio riéndome, medio sorprendido.

Miguel me guiñó un ojo con su típica seguridad despreocupada.

—Por eso me quieren cerca. Pienso en todo.


Estábamos a media cuadra de mi casa cuando escuchamos: —¡Oye! ¡Richaaaard!

Me detuve como si me hubieran puesto un freno de mano. Al girar, vi a Rosa trotando hacia
nosotros, con Hanna detrás. La primera parecía risueña, algo agitada; la segunda, decidida y con
el ceño fruncido.

—¿Ya se iban? —preguntó Rosa, jadeando un poco—. Quedamos de ir a comer algo.


¿Recuerdan?

Hanna nos escaneó con la mirada como si fuéramos sospechosos de algo.

—No me digan que se olvidaron —dijo, cruzándose de brazos—. Porque si sí, les juro que les
saco los ojos.

—No, no… bueno, sí, un poco —admitió Miguel, alzando las manos—. Es que surgió algo.
Una… tarea urgente.

—Estamos en la misma clase —le respondió Hanna, seca—. No dejaron nada.

Miguel le guiñó un ojo.

—Capaz era tarea del alma.

Ella soltó un bufido, sin sonreír.

Carlos bajó la mirada con gesto culpable, aunque notoriamente fingido. Luego se encogió de
hombros y habló:

—Tal vez deberíamos contarles.

—¿Contarnos qué? —preguntó Hanna.

Rosa los miraba en silencio. Aunque no hablaba, su atención estaba clavada en mí. Su expresión
no era de molestia, era más bien… expectante.

—Estamos investigando al vecino —dije.

—¿A Alfredo? —Rosa ladeó la cabeza.

—Sí —asentí—. Creemos que puede estar implicado en algo… algo serio. El reloj de Daniela
apareció en su casa. El mismo. Estoy seguro.

—¿Y ustedes están… qué? ¿Jugando a Scooby-Doo? —dijo Hanna, arqueando una ceja.

Miguel chasqueó los dedos.


—Más estilo Stranger Things. Sin demogorgons. Por ahora.

Carlos añadió:

—No estamos jugando —dijo Carlos, con un tono más firme de lo habitual, mientras miraba a
ambas chicas—. Llamémoslo una… recopilación de patrones. Observamos, cruzamos datos,
sacamos conclusiones. No tenemos pruebas aún, pero hay indicios. Si hay algo que no encaja, lo
vamos a encontrar. Sin llamar la atención.

Hanna parecía debatirse entre regañarnos o unirse. Al final, se volvió a Rosa.

—¿Tú qué opinas?

—Si están en peligro… deberían tener respaldo —respondió Rosa con voz suave, pero firme.
Luego me miró—. Y si crees que ese reloj era de Daniela, no podemos dejarlo pasar.

Hanna suspiró. Luego extendió el puño hacia el centro del grupo.

—Bueno. Club secreto entonces.

Carlos chocó el puño sin decir palabra. Miguel lo hizo con fuerza, como si activara un hechizo.
Rosa lo hizo con una sonrisa tímida. Yo fui el último.

Y así, sin darnos cuenta, empezaba lo que sería nuestro club. Aún sin nombre… aunque uno de
nosotros ya lo tenía en mente.

La casa de Alfredo nos esperaba, quieta, como si presintiera que esta vez no veníamos a mirar
desde lejos. El ambiente se sentía denso, y algo en el silencio del vecindario parecía presionarnos
desde los bordes. Habíamos decidido que esta vez, lo haríamos bien. Sin titubeos.

Nos acercamos por el jardín lateral. La ventana de la cocina seguía igual: floja, casi como una
invitación. Carlos tanteó la cerradura principal por si acaso, probando con un pequeño gancho
improvisado, pero no cedió. Estaba bien asegurada. Al final, optamos por la ventana. No era la
primera vez que la usaba para observar, pero sí sería la primera vez que cruzábamos esa línea
juntos. Miguel ayudó a Hanna a trepar primero. Ella lo hizo sin dudar, cayendo dentro con un
ligero golpe seco. Él fue tras ella, bromeando algo sobre ser un espía profesional. Rosa, más
sigilosa, pasó con ayuda de Carlos, que miraba alrededor con atención. Yo cerré la marcha,
sintiendo el vértigo familiar en el estómago. Justo cuando me disponía a entrar, escuché una voz
desde el jardín vecino. Era el señor Méndez, apoyado en su reja, mirándonos con sospecha.

—¿Otra vez buscando pelotas perdidas?

—Sí, señor —respondí rápido—. Alfredo nos dio permiso. Dijo que no había problema si
veníamos hoy.
El hombre entrecerró los ojos, murmuró algo sobre "jóvenes y sus juegos" y desapareció tras su
seto.

No era mucho, pero bastaba para saber que no éramos tan invisibles como pensábamos.

Adentro, todo seguía en su lugar. Demasiado perfecto. Demasiado frío. Era una casa sin alma. La
cocina estaba impecable. Cada superficie relucía como si nadie la tocara. Ni un vaso fuera de
sitio, ni una huella.

Nos separamos, como habíamos planeado desde el inicio. Hanna y Miguel subieron por las
escaleras, intercambiando bromas en voz baja. La escuché decir algo como: "Si encuentro un
secreto oscuro, me lo quedo", a lo que Miguel respondió con una carcajada: "Solo si es más
aterrador que tú". Aun entre risas, sus pasos eran cautelosos.

Carlos y Rosa se dirigieron al estudio. Él caminaba con las manos entrelazadas detrás de la
espalda, examinando cada detalle de los estantes como si buscara patrones invisibles. Rosa, en
cambio, abría cajones y anotaba mentalmente lo que encontraba. En un momento, Carlos le
murmuró algo que la hizo sonreír con complicidad.

Mientras tanto, yo regresé al garaje. No por intuición, sino por esa clase de presentimiento que
uno no puede sacarse de encima. Revisé cada rincón, Hanna y Miguel subieron a la planta alta.
Carlos y Rosa revisaban el estudio. Yo regresé al garaje; La nevera seguía allí. Blanca. Sólida.
Cerrada con el mismo candado. Llamé a Carlos, que apareció al poco tiempo, agachándose sin
hablar. En segundos, el candado se abrió con un clic casi imperceptible.

—No quiero saber dónde aprendiste eso —le dije.

Él solo sonrió de lado. No hacía falta decir nada.

Levanté la tapa. Un frío seco me golpeó en la cara. Dentro, varias bolsas selladas. Carne. Oscura,
cortada con precisión, apilada con orden casi quirúrgico.

—Venado —dijo Carlos, tras mirarla unos segundos—. O eso parece. No es ilegal. Pero sigue
siendo raro.

—Muy raro —murmuré.

Antes de reagruparnos, Miguel bajó con el ceño fruncido y se detuvo frente a una pequeña puerta
trasera. —Voy a echar un vistazo al jardín —dijo, como si no esperara permiso.

Lo seguimos desde la distancia. Lo vimos caminar por el patio, detenerse junto a un cantero. Se
inclinó, tocó la tierra con la punta de los dedos, y se quedó mirando unas plantas oscuras y altas,
distintas al resto del jardín.

—Estas no son comunes por aquí —murmuró, casi para sí. Luego se levantó, se sacudió las
manos y volvió sin más.
Nadie dijo nada. Era como si todos estuviéramos procesando cosas distintas.

No encontramos nada más en la casa. Ni papeles fuera de lugar, ni objetos sospechosos. Todo
estaba donde debía estar. Todo salvo el reloj.

Subí por las escaleras. No con prisa, sino con ese paso firme de quien necesita una respuesta. Fui
directo a la habitación de Alfredo. Impecable. Estéril. Ni un rastro de desorden. Revisé los
cajones. Nada. Hasta que, debajo de una gorra doblada sobre la cómoda, lo vi.

El reloj.

Lo tomé. Era el mismo. Inconfundible.

Salimos sin hablar. El aire de la calle me pareció más pesado que antes.

Ya en mi casa, nos sentamos en círculo en la sala. Todos mirábamos el reloj, como si


esperáramos que hablara. No lo hacía, pero gritaba en silencio.

Hicimos un breve repaso de todo lo visto en la casa. Las bolsas en la nevera, la carne de venado,
las plantas raras del jardín, el reloj. Fue entonces cuando Rosa, con tono pensativo, dijo:

—¿Y si no es el mismo reloj? Podría ser solo uno parecido —dijo Rosa, frunciendo el ceño—.
¿Estás seguro de que era ese, Richard?

—Al principio creí que sí —respondí—. Vi una pequeña raya en el marco, como la que tenía el
de Daniela... pero ahora no la encuentro. Tal vez solo lo imaginé. Tal vez... solo quise verlo. Hay
muchos modelos iguales. Podría no tener nada que ver con Daniela.

Nadie contestó al instante. Nos limitamos a mirarnos, sabiendo que, aunque el reloj no fuera una
prueba, algo sí habíamos empezado a desenterrar.

No dijimos mucho más. El reloj quedó sobre la mesa, como símbolo silencioso de lo que
habíamos empezado. No teníamos todas las respuestas. Tal vez ni siquiera estábamos haciendo
las preguntas correctas. Pero sí sabíamos una cosa: habíamos cruzado una línea.

—Es algo —dijo Rosa—. No es todo. Pero es algo.

—No basta —añadió Hanna—. Si lo llevamos a la policía, terminamos explicando cómo lo


conseguimos.

—Necesitamos otra forma —dije—. Algo más estructurado. Tiempo, cobertura, libertad para
seguir investigando sin llamar la atención.

—¿Un club? —preguntó Miguel, alzando una ceja.


—Sí —respondió Carlos—. Oficial. Pedimos espacio en la escuela. Decimos que es para algo
como… periodismo investigativo.

—Pero solo nosotros sabremos la verdad —dijo Rosa. Su voz era suave, pero su convicción era
sólida.

—¿Y cómo lo llamamos? —preguntó Hanna, con los pies cruzados sobre la mesa y la mirada fija
en el techo—. Necesitamos un nombre con estilo. Nada cursi.

—Detectives sin fronteras —bromeó Miguel, recostado contra el sofá con una botella de soda en
la mano.

—Parece una ONG —soltó Carlos, rodando los ojos tras sus gafas.

—¿Qué tal Los Vigilantes? —sugirió Rosa, sentada junto a mí, abrazando sus piernas.

—Demasiado cómic —dije.

—¿Y si fuera algo más sutil? Algo que nadie entienda de inmediato —comentó Carlos—. Algo
que suene serio… pero no levante sospechas.

—Estamos haciendo periodismo, ¿no? —preguntó Hanna, alzando una ceja con una sonrisa
sarcástica—. Periodismo de campo.

—Sí, de campo y de sombra —respondió Miguel, estirándose—. En realidad, lo que hacemos es


simple: buscar la verdad.

—Y evitar que desaparezcan más chicos —añadí.

—Entonces nuestra misión es clara —concluyó Rosa—. Investigar los casos no resueltos.
Detectar lo que otros no ven. Sin esperar a que los adultos actúen.

—¿Y cuál es la ganancia? —preguntó Miguel—. Porque yo también tengo tareas pendientes,
¿saben?

Carlos lo miró con media sonrisa y dijo:

—¿Tienes algo mejor que hacer?

El silencio fue la respuesta. Seguimos lanzando ideas un rato más, algunas absurdas, otras
demasiado obvias. Yo me quedé observando el reloj sobre la mesa, con los dedos cruzados frente
a los labios. Entonces hablé, casi sin pensarlo:

—Club Poirot.
Todos voltearon hacia mí. Carlos sonrió primero, como si hubiera estado esperando que lo dijera.
Rosa asintió, como si lo hubiese leído en mis pensamientos.

—Preciso. Y elegante —dijo Carlos.

Carlos alzó su botella como brindis simbólico, mientras los demás asentían con gestos distintos:
Rosa sonrió apenas, Hanna chocó los nudillos con Miguel, que bromeó algo sobre tener nombre
de espías, y yo me quedé viendo el reloj otra vez. Algo no terminaba de encajar; No pude evitar
sonreír, como lo haría Poirot al ver el misterio tomar forma ante sus ojos. Porque, como él decía:
"Es el orden y el método lo que lleva a la verdad". Y yo estaba listo para seguir ese camino.
Hasta el final, si era necesario.

Volver a clases después de aquel día no fue exactamente igual. Había algo que flotaba en el aire,
una especie de promesa tácita entre nosotros. No dijimos mucho en el grupo de WhatsApp, pero
al vernos en la mañana, con solo cruzarnos las miradas, entendimos que estábamos dentro. Los
cinco.

—¿Y ahora qué? —dijo Miguel, tirando su mochila en la mesa del fondo de la biblioteca—.
¿Nos tatuamos un ojo que todo lo ve o qué?

Carlos rodó los ojos. Hanna resopló.


Rosa, en cambio, se inclinó ligeramente hacia adelante, con los ojos brillando un poco.

—Bueno… no es una mala idea —dijo, como si realmente lo estuviera considerando—. Aunque
preferiría algo menos permanente. Ya sabes, algo más... simbólico.

Miguel se rio.

— ¿Qué, como una pulsera secreta o una contraseña estilo espía?

—Podría funcionar —añadió Rosa, mirándome con ese fervor curioso que siempre tenía cuando
hablábamos de cosas que rompían la rutina—. Pero antes de eso, necesitamos algo más básico.
Un lugar.

Carlos y yo nos miramos. Claro. Era lógico.

—Un club… de lectura —dije—. Eso nadie lo cuestionaría. Al contrario, les parecerá hasta sano.

—El Club Poirot de Lectura y Misterio —musitó Carlos, acariciando la idea con una sonrisa.

Nos tomó unos minutos ubicar a la profesora Carmen Encinas. Después de su última clase, solía
dirigirse al cubículo de coordinación académica, al fondo del edificio administrativo, donde se
encargaba de revisar informes y supervisar las actividades extracurriculares. Era una mujer de
movimientos meticulosos, mirada atenta detrás de sus lentes de marco delgado y un leve gesto de
impaciencia cuando alguien la interrumpía sin cita previa.
Rosa caminaba decidida, apretando una hoja de papel doblada entre sus dedos. Yo iba justo a su
lado, más por compromiso que por iniciativa. No era el tipo de conversaciones que me resultaban
naturales, pero ella parecía saber exactamente qué decir.

—Profesora —comenzó Rosa al asomarse por la puerta entreabierta—, ¿tiene un minuto?

Carmen levantó la vista desde un fajo de documentos y nos hizo un gesto para pasar. Al vernos
entrar juntos, su expresión cambió brevemente de la neutralidad al interés.

—Vaya… ¿Richard también? —comentó con cierta sorpresa, esbozando una sonrisa breve y
profesional—. Tú no sueles involucrarte mucho en estas cosas.

Me limité a asentir.

—Queremos abrir un club —dijo Rosa sin perder tiempo—. Un club de lectura.

—¿Lectura? —repitió Carmen, cruzando los brazos con curiosidad—. Hacía tiempo que no me
proponían uno. ¿Y por qué un club de lectura?

Rosa desenrolló con calma la hoja que llevaba. Su lenguaje corporal era firme, ensayado pero
natural. Extendió la lista frente al escritorio y respondió con claridad:

—Creemos que podría aportar algo distinto al ambiente escolar. Un espacio donde podamos
compartir ideas, debatir libros que de verdad nos interesan y motivar a otros estudiantes a leer
por gusto, no por obligación. Y ya reunimos el mínimo requerido: cinco miembros.

—Carlos viene del club de periodismo, Hanna estaba en atletismo, Miguel en básquet —agregué
yo, casi murmurando—. Todos dejaron sus actividades anteriores para unirse. Rosa y yo no
estábamos en ningún club, así que también es una oportunidad para comenzar desde cero.

La profesora tomó la lista y la examinó, bajando brevemente los lentes para leer mejor. Luego
alzó la vista, ladeó la cabeza y nos observó con un aire reflexivo.

—Me alegra verlos tan comprometidos. —Sus palabras salieron con una calidez que rara vez
mostraba en clase—. Actividades como esta podrían traer algo de equilibrio a esta escuela, que
tanto necesita espacios de pensamiento y creatividad. Me sorprende gratamente verte aquí,
Richard. —Se volvió a Rosa—. Aunque de ti no me sorprende tanto. Siempre has sido
organizada y proactiva.

Rosa le dedicó una sonrisa apenas contenida.

—Gracias, profesora.

—Está decidido entonces. Les asignaré el aula 3B. Está al final del segundo pasillo, junto a la
sala de música. Es un poco… polvorienta, pero está libre y cumple con los requisitos.
Anotó algunos datos en su hoja de control y agregó:

—Yo misma seré la profesora guía de su club. Necesitarán una responsable adulta para
supervisión mínima y reportes mensuales. Pero mientras mantengan el orden y el compromiso,
tendrán bastante libertad.

Nos sonrió con más amplitud esta vez. Rosa se lo agradeció de inmediato; yo asentí con una
mezcla de alivio y timidez.

Ya afuera, en el pasillo, Rosa soltó un suspiro que no sabía que estaba aguantando.

—Te dije que lo lograríamos —dijo bajito, con una sonrisa satisfecha.

El aula 3B nos esperaba al día siguiente: un salón olvidado, con una puerta que chirriaba,
estantes vacíos y una única ventana alta que apenas dejaba entrar la luz. Era oscuro, polvoriento,
con sillas apiladas en un rincón.

Un lugar olvidado por todos… perfecto para comenzar algo que nadie más debía ver.

Durante los siguientes días, nos dedicamos a transformar ese espacio en nuestro centro de
operaciones.

Yo llevé una pizarra giratoria de doble cara que había rescatado del cuarto de trastos de casa.
Antes solía estar en mi habitación, y cuando mi madre me vio salir con ella, preguntó:

—¿Y eso?

—Para el nuevo club… uno de lectura.

Ella solo ascendió, como si eso lo explicara todo.

Esa pizarra se convirtió en el corazón del aula.

Una cara era la fachada: fragmentos de libros, autores, citas célebres. Rosa lo decoró con
marcadores de colores, con frases de novelas clásicas y carteles impresos. También trajo libros
de su casa —Asesinato en el Orient Express, Sherlock Holmes, algunos de terror gótico— y los
colocados estratégicamente en una estantería. Incluso colgó un cartel con letras doradas que
decía “Círculo Literario Escolar”, todo para hacer más creíble la puesta en escena.

La otra cara era nuestro verdadero tablero: una superficie llena de recortes, tachuelas, notas,
mapas, fotos y esquemas escritos con marcador permanente. Ahí reunimos toda la información
que teníamos hasta ese momento, Carlos fue quien trajo el mapa del vecindario. Lo imprimió en
varias hojas y lo armó sobre la pared con cinta y chinchetas, marcando los lugares clave donde
habían ocurrido desapariciones o cosas extrañas. También llegó con una carpeta repleta de
documentos que había conseguido entre los archivos viejos de su padre, informes que ya
habíamos revisado juntos una noche, cuando todo esto parecía una idea demasiado grande. Había
reportes policiales, fechas, testimonios y fragmentos que no parecían tener sentido por separado,
pero que en conjunto… daban miedo. Carlos los resumió en notas breves, precisas, como si
supiera exactamente qué mirar. Dibujó patrones, hizo comparaciones por edades, por ubicación,
por frecuencia. A veces era escalofriante lo claro que veía las cosas.

Miguel, mientras tanto, se encargó de lo que nadie más quería hacer. Movió estantes, limpió,
arregló una silla coja y colgó cosas en la pared. No era meticuloso, pero su forma de estar allí,
sin quejarse, hacía todo más llevadero. De vez en cuando lanzaba teorías locas que hacían que
nos reíamos… y otras veces, sin querer, soltaba algo que terminaba dándonos una pista real.

Hanna, que al principio parecía no estar convencida de dejar el atletismo, empezó a cargar con
carpetas vacías, un frasco con caramelos que puso sobre la mesa y hasta una caja con libros para
préstamos ficticios, por si alguien se acercaba a revisar. No hablaba mucho, pero cuando lo
hacía, su tono era claro, directo. Sabía organizar sin perder tiempo.

Rosa, como siempre, tenía un ojo para el orden. Trajo algunas lámparas pequeñas, libros que
parecían seleccionados con intención, decoraciones discretas, marcadores y carteles con frases
literarias que hacían ver el aula como un lugar perfectamente inocente. Pero más allá de eso,
estaba atenta a todo. Escuchaba, escribía, observaba las reacciones de los demás y, cada tanto,
lanzaba preguntas que hacían que tuviéramos que repensar lo que creíamos saber.

Y yo… bueno, además de llevar la pizarra giratoria, fui armando una línea de tiempo en la parte
de atrás. Nada muy elaborado, solo fechas escritas a mano, conectadas con flechas: Martín
Herrera, Paula Díaz, el caso sin denuncia de 2022, Daniela Gaitán… y un pequeño dibujo de un
reloj.
No era una prueba ni una certeza. Tal vez solo una coincidencia. O un error de mi parte. Pero,
aun así, no podía dejarlo fuera.

El nombre de Alfredo estaba allí, arriba a la izquierda. No como una acusación directa. Solo una
pregunta que flotaba sobre todo lo demás.

Un rumor empezó a correr por los pasillos más pronto de lo esperado. Alguien —probablemente
un imbécil de segundo año— escuchó algo mientras Miguel hablaba por teléfono a la salida.

—Dicen que no leen nada —nos dijo Mariana, una compañera curiosa—. Que ustedes resuelven
misterios.

Miguel, lejos de negarlo, sonriendo con descaro.

— ¿Quién te lo dijo? ¿Una fuente confiable o solo un testigo nervioso?

Desde ese momento, empezaron a llegar pequeños casos. Tonterías. Pero casos.

Caso 1: La calculadora perdida


Todo comenzó con algo simple. Una chica llamada Ivonne —de último año, siempre callada,
siempre puntual— se acercó a Rosa en el pasillo, con expresión tensa.

—Perdí mi calculadora. Bueno, no la perdí. Alguien la tomó. La dejé sobre la carpeta, fui al
baño, y cuando volví… nada.

Rosa me lo comentó esa misma tarde, ya en el aula del club.

—No me lo pidió como un caso —dijo, con los brazos cruzados y la mirada seria—, pero se
notaba que quería que alguien hiciera algo.
—¿Y tú se lo ofreciste? —pregunté.

—Le dije que intentaríamos ayudar. Sin promesas.

El grupo se activó de inmediato. No había grandes expectativas. Solo el impulso de probar


nuestras propias capacidades.

Hanna fue la primera en moverse. En cuanto escuchó el relato, tomó un cuaderno y comenzó a
reconstruir mentalmente la rutina de Ivonne ese día. Hora por hora. A quién había visto, por
dónde se había movido, qué clases tuvo, y en qué momento había ido al baño.

—Estaba en ciencias exactas antes del recreo —anotó, repasando su propia memoria—. Esa
clase fue con el profe Méndez, en el aula A-2. Son cuarenta y cinco minutos. Luego recreo.
Luego educación física.

—Y durante ese recreo fue que desapareció, ¿no? —intervino Miguel, mientras apoyaba los pies
sobre una silla.

—Exacto —dijo Hanna, sin mirarlo.

Mientras tanto, Rosa habló con algunas amigas de Ivonne. No directamente, no como si estuviera
investigando algo serio. Más bien lo hizo como si chismeara sobre cualquier cosa. Le preguntó
por sus hábitos, si tenía problemas con alguien, si había tenido discusiones últimamente. Todo en
tono casual.

—Parece que hubo un pequeño malentendido con otra compañera la semana pasada —nos contó
luego—. Nada grave. Pero no es irrelevante.

Carlos, por su parte, tuvo una idea más directa: entrevistó al profesor Méndez bajo pretexto de
hacer una nota para el club de periodismo. Le preguntó por la clase, los materiales, quiénes se
quedaron después, si alguien regresó al aula durante el recreo. El profesor apenas se inmutó. Dijo
que había salido rápido al baño y que no notó nada extraño, pero que no cerró el salón.

—Es decir —dijo Carlos— que cualquiera pudo entrar en esos cinco minutos.

—¿Y por qué alguien entraría solo por una calculadora? —preguntó Miguel.
—Porque era una calculadora científica de esas caras —dije yo—. Y porque el recreo no es tan
largo como para rebuscar mochilas. Quien la tomó sabía dónde buscar.

Yo me dediqué a algo más simple: revisé el horario de Ivonne. A qué hora salía, dónde tenía
clases antes, cuánto tiempo pasaba en cada zona del colegio. Y algo no encajaba. Según todo lo
que sabíamos, la calculadora debía haber estado con ella hasta antes de recreo. Pero no había
rastro después. No en su mochila. No en la clase de educación física.

—¿Y el casillero? —pregunté, alzando la vista de mi cuaderno.

—¿Qué casillero? —dijo Hanna.

—El de educación física. Lo usan para guardar cosas mientras están en clase.

Se hizo un pequeño silencio.

Veinte minutos después, Carlos y Miguel bajaron al bloque de deportes. Fingieron que buscaban
un balón olvidado, mientras Hanna hablaba con una profesora cercana para distraerla.
Encontraron el casillero de Ivonne.

Estaba allí.

La calculadora.

Envuelta en su camiseta de repuesto, tal como ella la había dejado antes de subir al aula A-2.

—Fue ella misma quien la olvidó —dije más tarde, cuando nos reunimos en el club para repasar
todo—. La tomó para usarla, fue a clase, la dejó en el casillero sin darse cuenta… y cuando
volvió creyó que la había dejado arriba.

—O sea, nadie la robó —resumió Miguel, sonriendo.

—Nadie —respondí—. Pero todos lo creímos posible. Porque estamos entrenados para buscar
culpables.

Rosa anotaba todo. Carlos sonreía como si estuviéramos afinando una máquina. Hanna cruzaba
los brazos con gesto satisfecho. Incluso Miguel parecía tomarse el asunto más en serio de lo
normal.

Y yo… yo solo pensaba en cómo ese pequeño caso, resuelto sin drama, decía más de nosotros de
lo que imaginábamos.
Que el Club Poirot no era solo una fachada. Era entrenamiento.
Y que, si queríamos enfrentar algo más grande… teníamos que aprender a leer lo que nadie más
leía.

Caso 2: El mensaje de traición


Fue un martes cualquiera, aunque ya habíamos aprendido que eso no significaba nada. Las cosas
raras no avisan. Simplemente aparecen.

Aquella mañana, en el salón 2A, un papel estaba pegado sobre el escritorio compartido de
Camila y Julián, una de esas parejas escolares que siempre parecían de revista: sonrientes,
inseparables, populares sin esfuerzo. El mensaje, escrito con marcador negro, decía:

“Tú lo hiciste primero. Y sí, yo también me besé con alguien más. Ahora estamos a mano.”

No estaba firmado. Pero era lo suficientemente específico para que la tensión en el aula se
pudiera cortar con una regla.

Rosa se enteró antes que nadie. Lo escuchó por los pasillos, interceptó a una amiga de Camila, y
cuando llegó al aula del club, ya tenía el papel doblado entre los dedos.

—Lo tomé antes de que la profesora lo viera —dijo, dejando la nota sobre la mesa como si fuera
una bomba desactivada—. No lo leyó nadie más. Camila lo vio y lo rompió de inmediato. Pero
su amiga recogió los pedazos por ella. Me los dio.

Carlos se inclinó con interés. Yo también.

El papel tenía marcas. Doblado en cuatro, pero no de cualquier manera. Los pliegues eran
precisos, angulados, con una especie de doblez triangular que alguien había hecho con
costumbre.

Rosa lo notó primero.

—Conozco esa forma. Solo una persona doblaba así sus notas. Lo hacía cuando pasábamos
papelitos en séptimo.

—¿Quién? —preguntó Hanna, que había llegado justo a tiempo.

—Aleta —respondió Rosa con un suspiro—. Era muy amiga de Camila… hasta que dejaron de
hablarse.

Miguel frunció el ceño.

—¿Y por qué haría algo así? ¿Celos?

—Tal vez. Tal vez no —dije, tomando el papel con cuidado—. Pero si queremos saberlo, hay
que hacer más que suponer.

Carlos ya estaba en modo operativo. Sacó de su mochila una pequeña libreta y se ajustó los
lentes. No los necesitaba. Eran de marco grueso, sin fórmula. Puro efecto.

—Interrogación sutil —murmuró—. Estilo BBC. Voz neutral. Preguntas en orden inverso.
—¿Te vas a disfrazar también? —se burló Miguel.

—No hoy —respondió Carlos, acomodándose el cabello hacia atrás—. Pero si esto escala, no lo
descarto.

Decidimos no confrontar directamente. Carlos fue a hablar con Aleta durante el recreo. Fingió
interés en un proyecto sobre escritura creativa, y mientras conversaban, deslizó preguntas
casuales sobre Camila, los viejos tiempos, los malos entendidos. Regresó con una media sonrisa.

—Está nerviosa —nos dijo—. Fingió que no le importaba. Pero cada vez que nombraba a
Camila, se tocaba el cuello.

—¿Y eso qué significa? —preguntó Hanna.

—Incomodidad reprimida. Culpabilidad. O que usa collar nuevo —dijo, encogiéndose de


hombros.

Aun así, no teníamos pruebas. Solo intuiciones. Rosa insistió en que debíamos hablar con Camila
directamente. Ver qué deseaba hacer. Qué necesitaba. Así lo hicimos. Rosa fue con ella. Yo fui
detrás, en silencio.

Camila estaba dolida, pero no parecía enfadada. Confesó que ya sospechaba de Aleta. Que
habían tenido problemas, que su amistad se había enfriado sin un motivo claro. Que Aleta era…
intensa.

—No quiero hacer escándalo —dijo ella—. Solo quiero que pare.

Entonces Hanna intervino. Sin rodeos.

—¿Quieres que hable con ella?

Camila dudó. Luego asintió.

Y Hanna fue.

La confrontación ocurrió al final del día, cerca de la cancha. Hanna se le acercó con firmeza, sin
rodeos ni amenazas. Le dijo lo que sabíamos. Lo del papel. Lo del pliegue. Lo que Camila
deseaba.

Aleta negó al principio. Pero algo en la forma de Hanna —su postura, su tono— hizo que se
quebrara. Lloró un poco. Dijo que lo sentía. Que no supo por qué lo hizo. Que pensó que era una
broma. Que estaba cansada de sentirse invisible.

—Eso no lo justifica —dijo Hanna.

Y no lo justificaba.
Al día siguiente, Camila recibió una carta de disculpas escrita a mano. Sin drama. Sin
espectáculo. Solo una hoja simple. Rosa la leyó junto a ella. Luego nos la mostró, con el
consentimiento de ambas. Era sincera. Dolorosa. Y honesta.

—No resolvemos crímenes —dijo Carlos esa tarde, ya de vuelta en el aula del club—. Pero
arreglamos cosas que parecían rotas.

—A veces es más difícil eso —agregué, mirando el tablero.

Miguel asintió, en silencio. Hanna cruzó los brazos, pero no discutió. Rosa sonrió apenas, como
quien se siente orgullosa, pero no lo dice.

Y yo… yo pensé que ese caso, simple en apariencia, nos había hecho más fuertes. Más unidos.
Más conscientes de lo que hacíamos. Porque el Club Poirot no era solo pistas y culpables.

Era gente. Heridas. Y decisiones.

Caso 3: El chantaje

Cuando nos buscaron por ese caso, supe que algo estaba cambiando. Ya no éramos solo un club
de lectura con pizarras ocultas. Ya no resolvíamos simples malentendidos o dramas adolescentes.
Lo que llegó a nuestras manos era serio. Delicado. Y con consecuencias reales.

La víctima se llamaba Mariana. Rubia ceniza, ojos azul pálido, expresión dura, casi borde.
Había estado en el equipo de atletismo el semestre anterior, por eso Hanna la conocía. No eran
amigas, pero sí se respetaban. Hanna fue quien la trajo al club una tarde, cuando ya los demás
habían llegado. Mariana no quería hablar. Tenía los brazos cruzados, las piernas inquietas.
Parecía a punto de irse.

—No estoy aquí para contarles todo —dijo al principio—. Solo quiero saber si pueden
ayudarme.

Nos miramos entre nosotros.

Carlos fue el primero en reaccionar. Se acomodó en la silla, cruzó una pierna sobre la otra con c
exagerada elegancia, como si la petición lo hubiera intrigado, pero también desafiado. Había ese
brillo sutil en sus ojos, el que solo aparecía cuando olía un buen enigma. Sacó su cuaderno sin
decir palabra, como un médico que prepara el estetoscopio antes de diagnosticar.

Rosa, sentada junto a él, ladeó ligeramente la cabeza, en ese gesto que siempre hacía cuando
algo le parecía preocupante pero no quería parecer alarmista. Acarició la tapa de su libreta de
notas con los dedos, luego alzó la mirada hacia Mariana. No habló, pero su expresión era clara:
estaba dispuesta a escuchar.

Miguel se recostó en el respaldo, con los brazos cruzados y el ceño ligeramente fruncido. No era
desinterés, sino una tensión contenida. Cuando algo le molestaba o lo indignaba, prefería
quedarse callado al principio. Pero sus nudillos estaban apretados sobre los brazos cruzados.
Siempre fue transparente sin quererlo.

Hanna, en cambio, se incorporó un poco, como si su cuerpo respondiera antes que su voz.
Apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos, observando a Mariana con una mezcla de
desconfianza y empatía que solo alguien que ya conocía sus heridas podía entender. Le costaba
ocultar la preocupación cuando la cosa se ponía seria.

Y yo… yo solo la observaba. Había algo en su postura, en su tono. No era el miedo lo que me
llamó la atención. Era la determinación. Mariana no venía a llorar. Venía a resistir.

Entonces hablé:

—No tenemos que saberlo todo —dije, con voz suave pero firme—. Solo lo que nos permita
actuar con precisión.

Mariana mantuvo el silencio unos segundos más. Como si aún evaluara si podíamos con esto. Si
éramos más que un rumor o un grupo de curiosos con complejo de héroes. Luego respiró hondo,
cerró los ojos un instante... y habló sin rodeos.

Había recibido mensajes anónimos durante las últimas semanas. Correos con un tono cordial al
principio. Luego… se volvieron exigencias. Un nombre desconocido le pedía que saliera con él.
Que le diera “una oportunidad”. Decía cosas como: "No me ignores esta vez", o "no volveré a
pasar por lo mismo". Al principio, creyó que era un tonto intentando hacerse el misterioso. Pero
luego llegaron las amenazas; El último mensaje traía algo peor: una foto de Mariana en ropa
interior, tomada en su habitación, claramente privada. La imagen no era explícita, pero sí lo
suficientemente íntima para causar un escándalo. El remitente le advirtió que tenía más. Que, si
no aceptaba salir con él, las filtraría.

—No sé cómo las consiguió —dijo Mariana, mirando el suelo—. Pero sé que no es cualquiera.
Me escribe como si me conociera desde hace años.

Carlos pidió ver los correos. Rosa le pidió permiso. Mariana, tras respirar hondo, aceptó.

Los analizamos esa misma tarde. Carlos se encerró en su personaje de detective: se puso sus
falsos lentes de marco grueso, bajó la voz, revisó cabecera por cabecera.

—VPN —dijo—. Está ocultando la IP. Pero no es muy bueno en esto. Usó una red distinta para
los primeros mensajes y otra para los últimos. En uno cometió un error: una frase exacta que
Mariana nos dijo que él repetía cuando estaban en atletismo.

—¿En atletismo? —pregunté, girándome hacia Hanna.

—No hay muchos chicos que hayan pasado por el equipo de atletismo —dijo ella—. Pero ahora
recuerdo… hubo uno que se transfirió a básquet hace poco. Alto. Piel canela. Siempre callado,
pero con cara de que escucha todo.
—¿Nombre? —preguntó Carlos, afilando su tono.

—Esteban —dijo Hanna.

Miguel levantó la mirada. Lo conocía.

—Juega conmigo —dijo, en voz baja—. Es rápido, pero no habla casi nada. Tiene un grupo que
lo respeta. Parece buena gente.

—Los que parecen —interrumpí—, a veces lo son menos, que los que no.

Empezamos a trazar los pasos. Carlos investigó los movimientos digitales. Hanna y Miguel
usaron su presencia en los clubes para acercarse a Esteban. Rosa y yo buscamos patrones de
conducta. Mariana nos dio algunas pistas: momentos en los que notó que la seguían, frases que
solo él podría saber, miradas en el pasillo.

Esteban no parecía el tipo que haría estas cosas, era físicamente impecable. Simpático. Buen
promedio. Pero esa era justamente la máscara.

Carlos propuso una trampa.

—Hanna —dijo mientras se ajustaba los lentes falsos—, puedes escribirle. Fingiendo ser una
compañera que está pasando por algo similar. Una que lo entiende. Que no lo juzga. Que solo
quiere escucharlo.

—¿Y si no cae? —preguntó Rosa, cruzada de brazos, pero con el ceño fruncido como si ya
estuviera buscando otra vía.

Carlos se encogió de hombros, sin perder su tono casi teatral.

—Caerá —dijo Carlos, ajustándose los lentes falsos con parsimonia—. No hay nada más
peligroso que alguien que necesita ser escuchado y nunca lo fue. En su mente, la compasión no
es una amenaza: es una puerta abierta.
Hizo una pausa, y luego añadió con voz baja:
—Los manipuladores no buscan empatía. La temen. Porque cuando alguien los comprende,
también los desnuda. Y en el fondo… quieren ser vistos. Pero no juzgados.

Miguel resopló, pensativo.

—¿Y cómo hacemos para que no huela que es una trampa?

Ahí entré yo.

—Hay que construirle una historia creíble. Un perfil que encaje. Una chica de otro grado, con
una situación parecida, que escuchó rumores de que él es “alguien que comprende”. Le haremos
sentir que no está solo.
Carlos ya estaba tomando nota.

—Y usamos la frase clave. La que usó con Mariana: “Ya no quiero quedarme solo otra vez”. Si
la repite, lo tenemos. Porque eso no lo diría cualquiera. Es personal. Es suyo.

Montamos todo como si fuera una obra.

Creamos una cuenta falsa en redes con un perfil visualmente coherente, con referencias creíbles,
fotos cuidadas que Hanna se encargó de editar para que parecieran auténticas. Un nombre
sencillo, ningún vínculo con Mariana o el grupo. Enviamos el primer mensaje: corto, confuso,
con la intención de generar curiosidad.

El segundo, más emocional: “Me pasó algo similar. No sé si hablarlo. Solo supe de ti. Que tal
vez tú... entiendas”.

Pasaron horas. Silencio. Días, incluso. Esteban no respondió de inmediato.

Pero lo hizo.

Un mensaje breve. Solo una línea:

“Yo también pensé que nadie me entendería. Ya no quiero quedarme solo otra vez.”

Ahí estaba. La frase.

Carlos sonrió como un mago viendo que el truco salió perfecto.

—Ese es nuestro punto de anclaje —dijo—. El patrón de lenguaje se repite. Y fue exactamente lo
que Mariana nos dijo que le escribió. Es él.

Durante días, siguió escribiendo. Cada vez más abierto. Se notaba eufórico. Hanna mantuvo el
papel con frialdad calculada, sin burlarse, sin apartarse del guion. Le hizo creer que estaba en
control. Que podía confiar.

Cuando le pidió hablar en persona, Hanna cambió el tono. Le habló de límites. De que necesitaba
tiempo. Eso lo irritó. Entonces volvió a amenazar. Pero no con fotos: con “decir la verdad sobre
lo que pasó”. Era su forma de presionar.

Ya lo teníamos.

—Es él —confirmé—. Y va a dar la cara.

Carlos ya tenía todo preparado. Con ayuda de Mariana, trazamos el paso final.

Ella lo citaría para “hablar sin máscaras”, y él ayudó. Esteban no podía resistirse a una audiencia
donde creyera tener el control.
Eligieron un lugar apartado del colegio: la vieja cancha de voleibol blancas que quedaba detrás
del bloque de laboratorios, apenas usada, con su malla caída a un lado y las líneas ya casi
borradas por el tiempo. Nadie iba allí después del almuerzo. Nadie vigilaba.

Pero ella no iría sola. Iríamos todos.

Miguel se colocó en una esquina, detrás del viejo poste oxidado, en sombra. Rosa nos siguió con
su libreta, fingiendo que íbamos a una tutoría cualquiera. Llevaba un par de cuadernos más, por
si alguien preguntaba. Carlos tenía su celular en la chaqueta, el micrófono apenas sobresalía de la
costura interior, conectado a una aplicación que ya conocía al milímetro. Hanna caminaba al
centro de la cancha, como quien va a un encuentro casual. Serenidad controlada. Cuidado en
cada gesto.

Y yo… yo observaba. Cada paso, cada mirada. Sabía que algo se iba a romper esa tarde. Y no
iba a apartar la vista.

Nos encontramos en una zona tranquila del colegio.

Esteban llegó con su andar relajado, como si nada lo tocara. Estaba vestido con ropa deportiva, la
mochila al hombro, y una sonrisa casi falsa. Mariana lo enfrentó primero, sin temblar.

—Sabía que eras tú.

Esteban se río, fingiendo sorpresa.

—¿De qué hablas?

Hanna dio un paso adelante, firme, con los brazos relajados a los costados. Esteban estaba justo
frente a ella, de pie en medio de la cancha descascarada, donde las sombras de los árboles
cercanos comenzaban a alargarse.

—La frase —dijo ella, mirándolo a los ojos—. “No quiero quedarme solo otra vez.” La usaste
con Mariana. Y luego con otra chica. Pero no sabías que era yo. No sabías que te estábamos
escuchando.

Por primera vez, su sonrisa se quebró. Una grieta apenas visible en el rostro seguro que había
sostenido durante toda la conversación. Trató de abrir la boca, de justificar algo, pero las
palabras se le quedaron atrapadas en la garganta; Entonces, desde la izquierda, Carlos salió de
entre los arbustos del borde de la cancha, lento, sin decir una palabra. Llevaba el celular aún
encendido en la mano, pero lo mantenía abajo, con la pantalla en negro. Se cruzó de brazos al
llegar a la línea lateral.

—¿Sabes qué es lo más triste? —dijo, con una seriedad nueva en su voz—. Que ni siquiera
recuerdas por qué ella te rechazó.

Esteban giró hacia él, sorprendido. Dio un paso atrás.


Desde la derecha, apareció Rosa, saliendo desde detrás de las gradas viejas. Llevaba su libreta
cerrada contra el pecho y el rostro serio, sin rastro del nerviosismo habitual.

—Te creías intocable —dijo, sin alzar la voz—. Porque sabías sonreír cuando el profesor miraba.
Porque entrenabas. Porque no dabas problemas. Hasta que los diste.

Miguel fue el último en aparecer, saliendo de la sombra del poste, detrás de Esteban. Sus pasos
fueron pesados, lentos, casi amenazantes. Se colocó justo detrás de él, brazos cruzados, sin decir
nada.

Esteban giró de nuevo, buscando salida con la mirada. Pero ya estaba claro. Estaba rodeado.

—Esto es una trampa —soltó, con un tono agudo que no pudo disimular.

—Es una verdad —respondí yo, desde la banca lateral, donde había permanecido observando—.
Solo que esta vez no puedes correr.

Esteban tragó saliva. Se dio cuenta. En sus ojos brillaba ya el miedo. No a nosotros. Sino a lo
que venía después. A lo que había hecho.

—Podemos probarlo. Tenemos los mensajes. Tenemos la grabación. El patrón de lenguaje. Las
fechas. Tus horarios. Incluso la red WiFi a la que te conectaste en el colegio cuando enviaste el
primer correo.

Esteban parpadeó. Titubeó. Y se derrumbó.

—Ella me humilló. Hace dos años. Se río en mi cara. Dijo que yo era “menos que nada”. Nunca
lo olvidé. Nunca.

Rosa se adelantó entonces, con voz tranquila pero firme.

—Eso no justifica lo que hiciste, la seguiste, la espiaste, le robaste. la coaccionaste no eres


víctima. Eres el agresor.

Esteban no dijo nada más. Solo giró en seco y salió disparado hacia el pasillo lateral.

El grito ahogado de Mariana lo acompañó como una explosión. En su escape, Esteban la empujó.
Unas aves que estaban en un árbol cercano alzaron el vuelo por el ruido del grito, batiendo las
alas con fuerza mientras el aire se llenaba de tensión

—¡A dónde crees que vas, perro desgraciado!? —bramó Miguel, ya corriendo detrás de él.

El pasillo era angosto y resbaloso, mojado por la lluvia de la mañana. Más adelante, una puerta
vieja conectaba con el jardín trasero del gimnasio. Esteban iba directo allí. Lo sabíamos.
Miguel lo alcanzó justo antes de que pudiera abrirla por completo. Lo embistió por el costado,
tirándolo al suelo. Esteban rodó, pero intentó levantarse de nuevo.

Yo llegué de inmediato, le corté la salida desde el otro ángulo y me lancé sobre él. Lo tumbé con
fuerza y lo mantuve contra el piso, clavando las rodillas para impedirle moverse.

—Tranquilo —le dije entre dientes—. Ya estuvo.

Carlos apareció grabando, firme. Rosa miraba desde el fondo, con la mano en el pecho, los ojos
enormes. Hanna sostenía a Mariana, que no dejaba de mirar a Esteban, respirando rápido, casi
sin parpadear.

Lo sujetamos entre los dos. Miguel y yo. Con la coordinación de quienes ya se han metido en
líos antes.

Carlos detuvo la grabación. Miguel apretó los puños. Hanna se pasó la mano por la frente. Y
yo... yo me quedé mirando a Mariana. Había algo en su mirada. Algo distinto. Como si hubiese
recuperado algo que no sabía que había perdido.

Lo llevamos directo a la rectoría. No opuso más resistencia. Solo bajó la cabeza, con la
respiración pesada y el barro pegado al cuello de la camisa. Al llegar, pidieron que Mariana
entrara primero. Lo contó todo. Con voz temblorosa, pero firme. Carlos le entregó la grabación a
la rectora. No mencionamos el club. Solo dijimos que estábamos con ella cuando decidimos
confrontarlo. Lo demás… lo dejamos en sus manos.

Esteban fue suspendido por tiempo indefinido. Los orientadores llamaron a sus padres. Mariana
también fue citada con los suyos. La escuela activó un protocolo interno. Supimos que le
ofrecieron terapia obligatoria, y que su familia ayudó, sin protestas. Nadie lo volvió a ver en el
club de básquet. En los pasillos, bajaba la mirada. Pasó de ser “el chico popular” a un susurro
que pocos querían nombrar.

Mariana se mantuvo alejada un tiempo. No hablaba mucho, pero las vimos sonreír una vez en
clase. Pequeño gesto. Suficiente.

Al final del día, Hanna se acercó a nosotros fuera del aula. Aún tenía el cabello húmedo por la
llovizna, y su expresión se debatía entre el cansancio y el alivio. Se detuvo frente a nosotros, con
las manos en los bolsillos.

—Gracias —dijo, mirando a cada uno—. En serio.

Miguel levantó una ceja, incómodo con las emociones.

—No fue nada —respondió, rascándose la nuca.

—Sí lo fue —insistió ella—. Mariana no lo habría hecho sola.


Carlos sonriendo de lado, cruzado de brazos.

—Ya sabes cómo es… orden y método.

Rosa solo asentada, tranquila, aunque había algo orgulloso en su postura.

Yo me quedé en silencio, observándolos. Pensé en lo que habíamos construido, sin quererlo del
todo. En lo que este club había empezado a significar. No solo un pasatiempo… sino una red. Un
lugar seguro. Un espejo.

Esa tarde, como tantas otras desde que empezó todo, nos quedamos en el club hasta justo antes
de que comenzara a oscurecer. El sol descendía lento, colándose por las persianas polvorientas.
Afuera, los ruidos del colegio se apagaban uno a uno: los pasos, las voces, las risas lejanas. Ya
no quedaban otros clubes activos. Solo nosotros, y ese aire tibio que anunciaba el final del día.

Estábamos sentados alrededor del tablero, ese que ya no necesitaba presentación. Hanna
colocaba nuevas fichas en orden; Carlos reorganizaba los documentos con precisión quirúrgica;
Rosa repasaba sus notas con un marcador violeta; Miguel estiraba los brazos con pereza, girando
lentamente en su silla.

Fue entonces cuando, casi como un susurro lanzado al viento, Miguel preguntó:

—¿Y si cobráramos?

El comentario flotó en el aire, sin respuesta inmediata.

—¿Por resolver misterios? —dijo Hanna, sin levantar la vista.

—No sé… algo simbólico. Para mantener el club. Esto ya no es un juego.

Carlos se quitó los lentes. Los limpió con calma y luego los volvió a colocar.

—Podríamos hacerlo. Pero eso cambia todo —dijo, sin adornos.

Rosa negó con la cabeza, en voz baja pero firme.

—Ayudamos porque creemos que vale la pena. No por lo que ganamos. Si perdemos eso,
perdemos el motivo.

Yo me quedé mirando la pizarra. En su cara oculta seguían allí las huellas de todo lo que
habíamos vivido: la calculadora perdida, la traición escrita a mano, el chantaje disfrazado de
amor, y en una esquina, todavía, el nombre que lo empezó todo: Alfredo. Rodeado de fechas,
puntos en un mapa, y esa única palabra en rojo: ¿Culpable?

Respiré hondo, sintiendo el olor a marcador seco, a libros viejos y a tierra húmeda que entraba
por las rendijas de la ventana.
—Aunque la experiencia… vale más que cualquier pago —dije.

Nadie respondió. Pero el silencio fue un asentimiento. Una convicción compartida.

El Club Poirot ya no era una excusa. Ni un juego. Era lo que nos mantenía despiertos. Lo que nos
daba propósito.

Y mientras recogíamos todo, mientras Rosa guardaba los libros prestables, Miguel cerraba las
ventanas, Carlos desconectaba el cable del cargador oculto, y Hanna acomodaba la caja de
pruebas en su rincón habitual, pensé en lo lejos que habíamos llegado sin siquiera buscarlo.

Tal vez, pensé, eso era lo que hacía la diferencia. No el deseo de ser héroes. Sino la incapacidad
de mirar hacia otro lado.

El espacio del club quedó en silencio. Afuera, el cielo comenzaba a tornarse violeta.

Y supe, con absoluta claridad, que el misterio principal apenas estaba comenzando.

Volver a casa después de lo que habíamos hecho no se sintió como regresar. Era como volver al
sitio del crimen… aunque no hubiera crimen todavía, Sabía que algo no iba bien desde que crucé
la puerta. No hubo gritos. No hubo preguntas inmediatas. Solo el silencio... ese tipo de silencio
que parece esconder algo debajo.

Al girar hacia la sala, escuché el leve crujido de los escalones.

Mi madre venía bajando, con una mano en la baranda y la otra ajustando la blusa blanca a la
altura del hombro, como si aún se estuviera acomodando. Se detuvo en el último peldaño cuando
me vio.
Su mirada fue lo primero que habló.

—¿Tú estuviste rondando por la casa de Alfredo?

No hubo saludo. Ni pausa. La pregunta cayó de golpe, como si la hubiera tenido atrapada entre
los dientes desde hacía días.

—¿Qué?

Lo dije sin pensar, pero por dentro ya sabía exactamente a qué se refería.

Ella bajó el último escalón y cruzó la sala despacio, sin apartar los ojos de mí.

—El vecino de Alfredo. Ese señor mayor que vive al lado. Dijo que vio a unos chicos en el patio,
muy tarde. Dijo que uno se parecía a ti. Se lo comentó a Alfredo… y Alfredo me lo contó.

“Alfredo.” No “el señor Alfredo.” Su nombre, así, suelto, sin distancias, ya sonaba como una
grieta.
Mi madre se detuvo a unos pasos de mí. No gritaba. Ni siquiera alzaba la voz. Pero el tono era
distinto. Casi quirúrgico.

—¿Qué hacías allí, Richard?

Tragué saliva. El cuello de la camiseta me raspaba como si se hubiera encogido de repente. Podía
sentir el sudor en la espalda, frío y pegajoso, pegado a la piel como una mentira mal sostenida.

—No fue como él lo dijo —respondí, buscando que sonara casual—. Fui a buscar una libreta que
se me quedó la última vez que hablé con Alfredo.

Ella ladeó apenas la cabeza, escaneándome con la mirada como si buscara la grieta exacta por
donde romper la versión.

—¿Y no se te ocurrió decírmelo?

No era un reclamo. Era una incisión.

—No pensé que fuera importante.

Sus labios temblaron casi imperceptiblemente. Se pasó una mano por el rostro, como si tratara de
borrar algo que ya no quería sentir. O fingir que podía hacerlo.

—Richard, sé que todo ha cambiado —dijo finalmente, con una voz más cansada que suave—.
Pero Alfredo ha sido... amable conmigo. Me ha escuchado. Ha estado ahí.

No hacía falta que dijera más. No para mí.

“Y yo no”, pensé. Pero lo tragué sin voz.

—No quiero que tus sospechas o tus juegos de niño saboteen algo que… que me está haciendo
bien.

Esa frase. “Tus juegos de niño”. Sentí el estómago cerrarse de golpe.

—No lo estoy saboteando —repliqué con firmeza, aunque por dentro ya me desarmaba—. Solo
fue una libreta.

Ella me sostuvo la mirada. Pero ya no era una mirada de madre buscando verdad. Era otra cosa.
Una especie de muralla detrás de la que ya no me dejaban entrar.

—Solo prométeme que vas a parar. Que no vas a espiar, ni hacer cosas extrañas. ¿Puedes hacer
eso?

Asentí. Porque no quería discutir. Porque no podía decirle la verdad.


Entonces ella giró sin decir nada más y caminó hacia la cocina. La luz del pasillo dibujó su
silueta sobre la pared: la misma figura de siempre, pero ahora me parecía lejana. Como si cada
paso suyo la arrastrara más allá de donde yo podía alcanzarla.

Y por primera vez, sentí que estaba en una casa donde ya no se me esperaba. Como si, sin
querer, me hubiera convertido en el intruso.

La puerta del aula 3B se cerró con un clic que sonó más fuerte de lo normal.
Entrada. Nadie me miró de inmediato.

Miguel y Hanna estaban en plena guerra de fuercitas sobre la mesa central. Las manos
entrelazadas, los músculos tensos, y una mirada entre juego y orgullo. La sonrisa de Hanna era
cortante, segura. Miguel apretaba la mandíbula; Rosa, encogida en su rincón, pasaba las páginas
de un libro de pasta azul con lentitud. No parecía leerlo de verdad. Más bien lo sostenía como
escudo entre ella y el mundo. El resaltador rosa se movía de un lado a otro, sin rumbo real,
Carlos tenía su laptop sobre las piernas y una hoja de cálculo abierta. Revisaba algo, anotaba,
comparaba. Había líneas con nombres y fechas, y otras con símbolos que no entendía. Parecía
preparar un informe más que jugar a ser detective.

Yo avancé hasta la mitad del aula, mis pasos se sintieron pesados. Y sin pensarlo, solté:

—Tenemos un problema.

Eso bastó.

Hanna bajó la mano con la que casi vencía a Miguel. Él se dejó caer hacia atrás con un suspiro
exagerado.

—Siempre interrumpes mis victorias —murmuró Miguel, intentando aligerar la tensión.

— ¿Qué pasa ahora? —preguntó Carlos, sin alzar mucha la voz, pero dejando de teclear.

—El vecino de Alfredo nos vio. Aquella tarde. Nos reconocemos. Le dijo a Alfredo. Y Alfredo...
se lo dijo a mi mamá.

— ¿Cómo que se lo dijo a tu mamá? —saltó Hanna, frunciendo el ceño.

— ¿Y cómo lo sabe tu madre? —añadió Rosa, dejando el libro en su regazo.

Tragué saliva.

—Me regañó cuando llegué. No fue un regaño normal. Fue uno de esos que empiezan con calma
y te hacen sentir como un ladrón sin juicio. Me dijo que no invente cosas. Que Alfredo ha sido
amable con ella.
Carlos dejó de escribir en su portátil y alzó la mirada, pero no dijo nada de inmediato. A veces
parecía que escuchaba todo sin mostrarlo. Había algo en su forma de observar, como si viera
patrones que nosotros aún no sabíamos que existían.
—Entonces… la está usando —dijo al fin, con ese tono suyo que suena más a afirmación que a
opinión

—¿Qué? —dije.

—A tu mamá —continuó Carlos—. No para atacarte. Para controlarte. Es una forma elegante de
decir “te estoy observando y puedo mover tus hilos si quiero”.

—Eso suena una película de espías —comentó Miguel, rascándose la cabeza.

—No es tan descabellado —dijo Rosa, en voz baja—. Es más fácil silenciar a alguien si haces
que sus propios cercanos dejen de creerle.

La idea se asentó con un silencio denso.

Carlos se levantó y caminó hacia el tablero, como si necesitara moverse para pensar.

—Piénsenlo —dijo Carlos, levantando apenas la voz—. No nos denunció. No nos enfrentó
directamente. Usó al vecino para sembrar la duda. Y a tu madre… para transmitirnos el mensaje.

Se hizo un silencio breve.

—Eso confirma algo —añadió, más serio—. Este tipo no solo es raro… también es inteligente.
Sabe cómo mover las piezas sin mancharse las manos. Y si es capaz de eso, es porque tal vez
tiene algo que esconder. O peor… porque no tiene miedo de jugar sucio.

—Y además lo hizo a través de tu mamá —añadió Hanna, seria ahora—. Lo cual es brillante… y
jodido. Porque si ella empieza a desconfiar de ti, ya no es solo una madre preocupada.

Hizo una pausa breve y se cruzó de brazos.

—Se convierte en control. En límites. En un muro que él puede usar para frenarte sin mover un
dedo. Alfredo acaba de convertir a tu zona segura… en una cerca.

Miguel se pasó una mano por el cabello. No sonreía ahora.

—Y si… ¿nos equivocamos con Alfredo?

—¿A qué te refieres? —preguntó Rosa, cargando la cabeza.

—El reloj que encontramos. No era el mismo que describió la familia de Daniela. Tenían
diferencias. El broche. La marca.
Carlos asintió lentamente.

—Tal vez lo estamos subestimando —dijo Carlos, sin apartar la vista de su pantalla—. Alfredo
no nos confrontó, no reaccionó de forma impulsiva.

Hizo una pausa, como si pusiera las piezas en orden.

—Pero eso no lo hace menos sospechoso… al contrario. Nadie es tan precavido a menos que esté
intentando ocultar algo. Y Alfredo ha sido demasiado cuidadoso —dijo Carlos, sin apartar la
vista de su pantalla.

—Pero entonces ¿por qué enviar el mensaje? —insistió Hanna, con los brazos cruzados y esa
ceja ligeramente arqueada que aparecía cuando algo no le cerraba del todo.

—Exacto —respondió Carlos—. Eso es lo que no cuadra. Si no tiene nada que esconder, ¿por
qué asegurarse de que Richard reciba un aviso indirecto?

—Quizá le gusta el control —aventuró Rosa, que había dejado su resaltador y ahora tenía las
manos cruzadas sobre el regazo.

Carlos alzó la mirada lentamente. Sus ojos se clavaron en los míos como si hubieran estado
esperándome todo el tiempo.

—Creo que quiso demostrar poder. Que puede influenciar a tu madre con solo una conversación.
Y eso… era un mensaje para ti.

Sus palabras me cayeron como agua helada en la nuca. Y tenía razón. No lo confrontó. No nos
expuso. Sólo sembró la duda, y dejo que mi propia madre hiciera el resto.

—Y además… están las flores —dijo Miguel, desde su rincón junto a la ventana.

Todos volteamos hacia él.

—¿Las del patio? —preguntó Hanna, girando apenas el cuerpo.

—Sí. Después de todo esto me puse a investigar. Se parecen a caléndulas. ¿Sabían que en la
antigüedad las usaban para cubrir olores? En casas donde había cuerpos. O cuando alguien moría
y el cadáver permanecía dentro varios días.

Rosa soltó un suspiro, cerrando su cuaderno lentamente.

—Eso no puede ser coincidencia —dijo en voz baja.

—¿Por qué alguien tendría flores que ayuden a mitigar olores… justo en un rincón solitario de su
patio? —preguntó Carlos, como lanzando la pregunta al aire.
El recuerdo volvió, nítido.

—Yo vi algo más —dije—. Alfredo. Un día bajó del carro con algo en los brazos. No sé qué era.
Estaba envuelto. Al día siguiente, tenía tierra en las manos. Como si hubiera cavado.

—¿Y no dijo que le gustaba la jardinería o algo así? —preguntó Rosa, con tono curioso.

—No. Nunca lo mencionó. Y mamá tampoco dijo nada sobre eso. Pero ahora que lo pienso…
sabía demasiado de plantas. Cómo estaban dispuestas, qué tipo de sombra necesitaban. Hasta
cómo florecían. Como si tuviera experiencia. Y nunca lo dijo.

Nos acercamos todos al tablero. Miguel tomó un marcador y escribió "Caléndulas = cobertura de
olor" en rojo, subrayándolo. Hanna se acercó con una hoja donde habíamos anotado "zona
alterada del jardín". Rosa pegó una nota donde decía: "uso botánico sospechoso".

—Todo encaja —dijo Carlos—. Manipulación emocional. Cobertura física. Precaución excesiva.
Y una inteligencia que lo aleja de cualquier sospecha directa.

Miguel asintió.

—Y reforzó su seguridad justo después. Ya lo esperaba. Como si nos llevara dos pasos adelante.

—Entonces no estamos locos —murmuró Rosa.

Carlos se puso de pie. Cerró con cuidado su portátil, se ajustó los lentes con un leve gesto casi
automático y se acercó al tablero. Lo miró como quien observa un crimen resuelto, pero aún sin
justicia.

—Ya no es una teoría —dijo—. Es un patrón. Y en el centro está Alfredo. Este tipo no solo
oculta algo. Se está asegurando de que nadie lo descubra.

Nos quedamos todos en silencio un momento, asimilando lo que acabamos de construir juntos.
No con emoción. No con histeria. Con lógica. Como verdaderos detectives.

Y por primera vez, sentimos que el juego había terminado.

Ahora… comenzaba la investigación real.

Carlos fue el primero en moverse. No dio órdenes. Solo hizo lo que sabía hacer: planificar. Abrió
su portátil y empezó a revisar en silencio, ajustando configuraciones. Su forma de actuar era
como su forma de hablar: precisa, contenida, sin desperdicio.

—Necesitamos un canal limpio para este operativo —dijo sin levantar la vista—. Lo que
compartamos debe desaparecer cada 24 horas. Nada de bromas, stickers, ni archivos fuera de
contexto. Esto no es un foro. Es un tablero; Todos lo entendimos. Carlos nunca sonaba
autoritario, pero imponía estructura. Se había convertido en el eje del grupo sin que nadie lo
designara. Simplemente porque era el único que parecía pensar a cinco movimientos por delante,
Rosa se acercó al tablero y miró las notas que habíamos ido pegando. No dijo nada enseguida.
Pasó los dedos por el papel donde había escrito "uso botánico sospechoso". Luego se volvió
hacia nosotros.

—No sé si esto cuenta como prueba —dijo Rosa con calma—, pero hay algo que me viene dando
vueltas desde hace días.

Volteé a verla sin querer perderme ninguna palabra.

Tal vez era su tono… o la manera en que miraba el tablero, como si pudiera leer lo que había
detrás de cada nota. No sabría explicarlo. Pero cuando Rosa hablaba, yo solía prestarle más
atención de la que admitía. No por costumbre, sino por algo que solo ahora, quizás, empezaba a
notar.

—Richard, tú has dicho que tu mamá y Alfredo a veces hablan del jardín. Pero… siempre es ella
quien inicia esas charlas, ¿cierto?

Asentí.

—Él contesta, sí. Da detalles. Pero nunca es él quien abre ese tema. Y tampoco se queda mucho
rato en él. Como si prefiriera no profundizar. Eso me llamó la atención.

Hizo una pausa breve, como si buscara el equilibrio exacto entre decir demasiado y decir lo
justo.

—Me dio la impresión —continuó— de que ese espacio, el jardín, tiene algo más que plantas.
Porque cuando alguien cuida algo con tanto detalle, pero evita hablar de ello… es porque lo
protege más allá de lo visible. Porque le pesa, o le duele, o simplemente… lo oculta.

No hubo juicios en su tono. Solo una percepción desnuda, limpia. Como si lo hubiera sentido en
el aire y lo tradujera en palabras que a los demás se nos escapaban.

Y, por un momento, sentí que el tablero entero —con sus líneas rojas, sus anotaciones, sus
patrones de evidencia— no era tan claro como esa única frase.

Carlos la observó de reojo, sin interrumpir.

Miguel ni se movió.

Y yo, sin entender del todo por qué, anoté mentalmente cada palabra.

No porque fueran una pista.

Sino porque venían de ella.


Hanna se cruzó de brazos, con ese gesto que le era tan natural. No parecía del todo inquieta, pero
su atención estaba en todos. Observaba las caras. Las pausas. Las intenciones no dichas.

—Ese jardín es importante para él. Y para ustedes también. Todos lo han mencionado, una y otra
vez —dijo—. Pero nadie ha dicho qué es lo que les da miedo de entrar ahí.

Carlos parpadeó, como si esa frase lo hubiera desmontado un segundo.

—No es miedo —contestó al fin, seco.

—Claro que lo es —replicó Hanna, sin levantar la voz—. Y está bien.

Miguel se había mantenido en silencio. Parecía distraído, pero sabía que no lo estaba. Había
estado mirando una foto del patio en su celular, una que había tomado de lejos, días atrás.

—Esa maceta. ¿La ven? La que está junto al muro —dijo, mostrando la imagen—. No siempre
estuvo ahí. Cambió de posición hace como una semana. Lo sé porque la última vez que pasé,
choqué sin querer con el tubo que está detrás… y eso ahora está tapado.

Lo miramos todos.

Miguel se encogió de hombros, incómodo con la atención.

—No sé si significa algo. Pero lo noté.

Carlos se acercó para ver mejor la foto. Asintió una sola vez, breve.

—Buena observación.

Miguel no respondió. Pero se le notó el orgullo. No el de quien presume, sino el de quien se


reconoce útil.

Hanna, por su parte, sacó su celular y lo conectó al pequeño proyector que habíamos instalado en
el Club para nuestras sesiones de análisis. Lo encendimos al principio solo por curiosidad, pero
terminó volviéndose parte del ritual: cuando algo era importante, lo proyectábamos, como si
estuviéramos inmersos en un caso real.
En segundos, la pared mostró la interfaz del grupo que ya usábamos desde hacía semanas.

—Listo. Le cambié el nombre —anunció Hanna—. Poirot_Channel. Solo lo que tenga que ver
con el plan. Lo demás, por fuera.

Carlos asintió.

—Códigos limpios. Nada de chistes, emojis o enlaces externos. Esto es solo para datos y
horarios. Si alguien necesita hablar en serio, será aquí. Nada más.
Los nombres estaban allí, como siempre. Pero algo había cambiado. El mismo espacio, otro
peso.
Como si, al cambiar el nombre, hubiéramos cruzado un umbral que ya no nos permitiría
retroceder.

—El viernes lo hacemos —dije al fin—. Tres y media en punto. Mamá y Alfredo estarán fuera.
Rosa, Hanna y Carlos pueden entrar por el jardín lateral. Miguel y yo por la entrada trasera. La
reja siempre está floja.

—¿Y si pasa algo? —preguntó Rosa.

Miguel fue el único que dijo algo:

—Entonces sabremos si valía la pena hacerlo.

No lo dijo como una provocación. Lo dijo como alguien que ya había tomado su decisión. Como
alguien que, si bien no entendía todo, sí sabía lo esencial: lo que no se enfrenta, te persigue.

Carlos cerró la pantalla.

—No lo repitan por fuera del canal. Cada uno prepara su parte. El viernes, a las 15:00,
conectamos.

Todos asintieron.

Nos fuimos desconectando uno por uno. Recogiendo cosas, guardando celulares, saliendo sin
apuro.

Yo me quedé de último.

Y mientras recogía el marcador que había usado Miguel, miré las palabras aún visibles en el
tablero.

"Caléndulas = cobertura de olor"

"Zona alterada del jardín"

"Uso botánico sospechoso"

Y entonces lo sentí con claridad.

Todos lo sabíamos.
Pero nadie quería decirlo.

Porque si lo decíamos… dejaba de ser intuición. Y se volvía realidad.


Y en la realidad, esta vez, ya no iba a tener vuelta atrás.

Viernes, 07:32 AM.

Me desperté antes de que el primer rayo de sol tocara la cortina. No recuerdo haber dormido en
realidad. Solo pasé horas mirando el techo, repasando mentalmente lo que debía ocurrir hoy.
No había emoción en mi pecho, ni adrenalina. Solo ese cosquilleo extraño en la nuca, como
cuando uno está a punto de entrar a un examen sin saber si tiene todas las respuestas.

El plan parecía sencillo en papel: engañar a nuestras familias, asegurarnos de estar todos en el
lugar correcto, evitar fallos de comunicación.
Pero la parte más frágil no era el sistema ni las coartadas. Éramos nosotros.

Me senté en la cama y revisé el canal.

Poirot_Channel

Miguel (07:35):
Desde la cancha. Dos partidos antes del mío. Estoy en la sombra, comiendo una empanada que
sabe a cartón mojado. Les aviso cuando salga para allá.

Carlos (07:39):
Estoy haciendo la prueba del último puente para el firewall. La señal se debilita si estoy más
allá de la ventana. Necesito el punto exacto donde capturar la transmisión sin alertar sensores.
Requiere 6 metros de visión directa. Ya tengo los medidores.

Rosa (07:42):
Mi papá dijo que sí. Pero quiere que me devuelva antes de las 5. Me dejó con ese reloj viejo que
siempre se adelanta cinco minutos.

Fruncí el ceño. No era solo el contenido. Era la forma. Rosa solía escribir con ligereza, incluso
en medio de los casos anteriores. Hoy no. Cada palabra parecía medida, como si una parte de ella
ya quisiera que esto fallara.

La conocía lo suficiente como para saber que algo le incomodaba. Pero no lo suficiente como
para entender qué.

Hanna (08:01):
Lo de siempre. Mamá me pidió que la acompañe a hacer unas compras para el local. Nada
raro, pero nos vamos al centro. Regreso antes del almuerzo.

Carlos (08:03):
Sin margen. Si a las 13:30 no están todos, abortamos.
Nadie discutió. Eso era lo más raro. En otro momento, Miguel habría lanzado una broma, Hanna
se habría quejado, yo habría mediado.
Hoy solo leímos, asenti en silencio. Como si todos hubiéramos dejado el juego atrás.

08:35 AM

Desayuné solo. La casa estaba en calma, como casi todos los viernes cuando mamá salía
temprano.

Sobre la mesa, encontré la nota:

“Salí con Alfredo. Vamos a dar una vuelta y quizás pasemos por el sitio de pastas que te
mencioné. No me esperes. Te dejo algo listo en la nevera. —Mamá”

Nada fuera de lo habitual.


No era la primera vez que salía con él.
Y aunque nunca lo habíamos hablado directamente, era evidente que entre ellos ya había algo.

No me molestaba. Nuestra relación era buena, transparente, sin rodeos.


Pero Alfredo… era otra historia.

Guardé la nota y me acerqué al ventanal. Desde ahí, confirmé lo que necesitaba: la casa
quedaba vacía. El acceso estaba disponible.

Abrí el grupo y escribí:

Poirot_Channel (08:42 AM)

Richard:
Confirmado. Salieron hace unos minutos. Alfredo pasó por ella a pie. No llevaron el carro.
Probable destino: zona norte, restaurante del centro. Ruta usual en viernes. Tienen al menos 2
horas.
La casa queda libre. Punto de entrada intacto (reja trasera sin candado).

No hacía falta decir más.


Carlos sabría cómo interpretar cada dato. Rosa lo releería en busca de incoherencias. Hanna —si
ya había visto el mensaje— no tardaría en cuestionar el margen.
Y Miguel, probablemente, seguiría durmiendo o estaría ya en camino.

Me quedé junto al ventanal un momento más.


El día había comenzado.

Ahora todo dependía de nosotros.


El mensaje ya estaba enviado. La casa de Alfredo estaba vacía. Teníamos vía libre. Pero aún
quedaban horas. Y las horas, cuando esperas algo que podría cambiarlo todo, no pasan. Se
arrastran.

El grupo estaba activo. No como en otras ocasiones. Esta vez, cada palabra en el chat tenía peso,
y cada segundo entre respuestas.

Poirot_Channel (09:14 AM)


Carlos:
En camino. Paso por el minimercado. Mi papá no está, así que usaré el maletín de herramientas
del sótano.
El maestro Antony dice que cualquier proyecto, mientras se diga escolar, es legal. Hoy seré un
estudiante... con licencia para abrir cerraduras.

No pude evitar imaginar a Carlos con su mochila negra, caminando por la calle como si nada,
mientras llevaba en su interior el tipo de herramientas que haría sudar a un agente del FBI.

Poirot_Channel (09:26 AM)


Rosa:
Llego en unos minutos, sigo pensando que este reloj es un fastidio, pero… así es papá con sus
extrañas reglas. Solo me queda acatarlas.

Tranquila —respondí—. De cualquier forma, no creo que nos lleve mucho tiempo.

Mientras enviaba el mensaje, no pude evitar imaginarla mirando ese reloj como si fuera un
grillete brillante en su muñeca.

Poirot_Channel (09:42 AM)


Hanna:
Siento el retraso. Me tomé una ruta larga. Me crucé con alguien en la esquina. Me miraba. No
hizo nada. No dijo nada. Pero lo he visto antes. Cerca del parque. En la tienda de bicis. No es de
por aquí. O al menos no lo parece.

No se preocupen. Estoy bien. Ya voy de regreso.

Leí su mensaje tres veces. Sabía cómo escribir Hanna. Siempre directa. Sin exageraciones. Si
ella lo escribía, era porque lo consideraba serio.

Poirot_Channel (09:58 AM)


Carlos:
Ese tipo que viste, Hanna... tal vez no era la primera vez que te seguía. Si ya lo habías visto
antes, puede que simplemente esté dando vueltas por el mismo barrio... o puede que esté
prestando atención a más de uno de nosotros.
Cuando llegues, revisa bien si alguien más te sigue. No queremos distracciones hoy.
Poirot_Channel (10:03 AM)
Miguel:
...

Nada. Ni un visto. Miguel, como siempre, silencioso en los momentos más importantes. Me
levanté, casi por impulso, y bajé a la sala.

Y ahí estaba. Golpeó la puerta tres veces, sin apuro. Cuando la abrí, traía puesta la sudadera gris
que solía usar para jugar básquet, y el cabello húmedo, como si se hubiera duchado a medias.

—No respondiste —le dije, abriéndole el paso.

—Tampoco tenía mucho que decir —se encogió de hombros—. Ya sabías que iba a venir.

Subimos juntos. Se dejó caer en mi cama como si le perteneciera.

—No pensé que fueras a llegar tan temprano —comenté.

—No podía quedarme quieto. Es raro... ¿no? Saber que hoy puede cambiar todo.

No respondí. Me senté frente a él. Él miraba al techo; yo, la pantalla de mi celular.

Un nuevo mensaje apareció.

Poirot_Channel (10:17 AM)


Carlos:
Estoy en la esquina. Paso en cinco.

Poco después, se escuchó un par de golpes secos en la puerta lateral. Fui yo quien abrió. Carlos
estaba ahí, con la mochila cruzada al pecho, una carpeta bajo el brazo y su expresión neutral
habitual.

Entró sin hacer ruido, observando todo a su alrededor con esa atención quirúrgica suya. Se
dirigió directo a mi escritorio, echó un vistazo a la laptop, al cableado, y asintió como si todo
estuviera en orden.

—Buena red —murmuró para sí mismo.

—¡Traje la magia! —dijo, sin siquiera saludar.

Abrió la mochila y desplegó lo que parecía un kit de espía en miniatura: ganzúa de presión,
pinzas, sensor de frecuencias, y algo que no sabía si era una linterna o una cámara infrarroja.

—Mi viejo nunca pregunta. Pero Antony... ese sí que sabe. Me dio esto cuando le dije que
necesitaba ayudar a mis amigos con un proyecto escolar sobre seguridad doméstica.
—Eso suena más real de lo que debería —dijo Miguel.

Carlos se encogió de hombros.

—Tal vez porque lo es.

No había nada más que agregar. A veces, Carlos simplemente tenía la razón.

Pero entonces, mientras acomodaba sus cosas en la mesa, alzó la voz con la misma naturalidad
con la que uno comenta el clima:

—Ah, y por cierto. Yo no voy con ustedes.

—¿Qué? —dijimos Miguel y yo al mismo tiempo.

Carlos levantó una ceja.

—La red de vigilancia de Alfredo. Lo que sea que tenga... no es común. Vi unas antenas
discretas, cajas de conexión sin etiquetar. Y la distribución de cámaras es irregular, lo cual es
sospechoso. O tiene seguridad avanzada o alguien se la instaló a propósito para que parezca
básica.

Se incorporó, caminando frente a nosotros como si expusiera ante una clase. Abrió su portátil.

—Voy a quedarme en casa de Miguel. Desde ahí voy a interceptar la señal del sistema, usaré un
analizador de espectro que me prestó Antony y un decodificador básico. Si tengo suerte, podré
desactivar o al menos neutralizar las cámaras durante una ventana de cinco a ocho minutos.

—¿Eso funciona? —pregunté.

—No es perfecto. Pero es lo más cerca que vamos a estar de tener un sistema de ceguera
controlada. Además, si algo sale mal, podré avisarles desde fuera sin comprometerme
físicamente.

—Carlos, eres un maldito genio —dijo Miguel, cruzando los brazos.

Minutos después, la puerta principal sonó de nuevo. Miguel fue quien abrió esta vez.

—Ey —saludó Rosa al entrar, con su mochila crema al hombro y una carpeta de apuntes falsos
bajo el brazo—. Mi papá me dejó venir, pero con condiciones absurdas. Me revisó hasta los
cordones. Creo que piensa que vamos a hacer una fiesta.

Miguel le sonrió.

—De algún modo… sí lo es.


Rosa rodó los ojos, pero sonrió también.

Se dirigió a un rincón del cuarto, dejó su mochila con cuidado, y saludó a Carlos con una
inclinación de cabeza, como reconociendo su papel sin necesidad de palabras.

Finalmente, cuando el reloj casi marcaba el mediodía, Hanna llegó. Ni muy apurada ni del todo
relajada. Cruzó el umbral como quien ya ha tomado una decisión y solo viene a cumplirla.

—¿Todo bien? —pregunté, apenas la vi.

—Sí. Solo una sensación. Pero no pasó nada —respondió, restándole peso, aunque sus ojos
tardaron más de la cuenta en enfocarse en los míos.

Se unió al grupo, cruzándose de brazos mientras observaba el material desplegado. Rosa le


ofreció una pequeña sonrisa, breve pero honesta.

Fue entonces cuando Carlos desplegó sus herramientas y comenzó a explicar.

Carlos se encogió de hombros otra vez, pero esta vez con una sonrisa casi imperceptible.

—Y sí, haré todo eso desde aquí —añadió, señalando mi escritorio donde estaba la laptop
conectada al cable del módem—. Tu red es más estable que la mía, Richard. Y al estar dentro del
mismo sector residencial, me da mejor acceso a los puntos de rebote del sistema de Alfredo.

Miguel chasqueó la lengua, impresionado.

—¿Entonces Alfredo no solo es raro, también tiene vigilancia avanzada?

Necesito acceso directo al decodificador, un rastreador de paquetes, y la antena mini que traje en
la mochila. Si todo sale bien, tendré imagen y control parcial de las cámaras mientras ustedes
estén adentro.

Rosa lo observaba desde su lugar junto a la ventana. Tenía el ceño apenas fruncido, pero no dijo
nada enseguida. Solo después, con voz calmada:

—¿Y tú vas a estar monitoreando todo desde aquí? ¿Nos vas a ver... en tiempo real?

Carlos asintió, esta vez más serio.

—Y si pasa algo, seré el primero en decirlo.

Hanna, que hasta ese momento había estado en silencio, se acercó y se apoyó en el escritorio,
junto a Carlos.

—Entonces no estamos solos del todo.


—Nunca lo estuvieron —dijo Carlos sin levantar la voz, pero con una convicción que nos
atravesó a todos.

Rosa sonrió, leve. Como si esa última frase hubiera derrumbado su última barrera de duda.

Carlos colocó el plano improvisado de la casa de Alfredo sobre la cama. Usé una regla para
trazar el recorrido. Miguel se estiraba al fondo, sin hablar. Estaba concentrado.

—Reja trasera, reja lateral. El objetivo principal es el jardín. La zona alterada. Miguel, Richard y
Hanna entran por atrás. Rosa toma el costado. Nos encontramos en la cocina. Yo monitoreo
desde afuera.

—Y si hay alguien... —preguntó Rosa.

—No debería. Pero si lo hay... improvisamos. Como siempre —respondió Carlos.

Rosa se quedó en silencio un momento. Luego se sentó, apoyando el libro falso sobre las piernas.
Sus dedos lo sostenían con firmeza, aunque su rostro se veía tenso.

—Solo... ¿estamos seguros de que debemos hacer esto? —preguntó, sin mirar a nadie en
particular.

Nadie contestó de inmediato.

—No se trata de estar seguros —dijo Hanna, cruzando los brazos—. Se trata de saber que, si no
lo hacemos, vamos a arrepentirnos.

—Y que si hay algo ahí... tiene que salir a la luz —añadió Miguel.

Yo asentí. No porque tuviera una gran frase. Sino porque en mi interior, ya no había vuelta atrás.

Nadie se levantó. Nadie aplaudió. Pero todos supimos que el plan estaba en marcha.

Yo pensaba en el jardín. En las flores. En la maceta movida. En la tierra removida.

Hoy no habría teorías. No habría "tal vez".

Hoy entraríamos.

Y una vez dentro... no podríamos fingir que no vimos lo que vimos.

Viernes, 13:00 PM

El reloj sobre mi escritorio marcaba la hora exacta. La pantalla de mi celular brillaba con el
último mensaje de Carlos. Todo lo que habíamos planeado durante días se resumía en cinco
líneas de texto.
Carlos (13:00): Sistema en ceguera. Cuento cinco minutos desde ahora.

La habitación estaba en silencio. Hanna se amarraba el cabello en una coleta baja, Miguel
ajustaba los cordones de sus zapatillas deportivas, y Rosa... Rosa sostenía su mochila con ambas
manos, como si en su interior llevara algo más que libros falsos.

Fue ella quien escribió primero.

Rosa (13:00): ¿Están seguros? ¿Y si algo falla? ¿Y si las cámaras siguen activas?

No era el contenido lo que me inquietó. Fue el ritmo. Las pausas. El modo en que escribía
cuando no quería estar en ese lugar, aunque ya estuviera dentro. Y yo lo noté.

La duda no se grita. La duda se filtra. Y en Rosa, hoy, esa duda era como una fisura en el vidrio:
pequeña, silenciosa... pero capaz de romperlo todo si se extendía lo suficiente.

Hanna (13:01): Vamos. No hay tiempo para eso. Lo planeamos todo. Si no es ahora, no será
nunca.

Miguel (13:01): Si nos ven, fingimos que seguimos a un gato. O que se nos voló un balón. Lo de
siempre.

Carlos (13:02): Tres minutos. En movimiento.

Salimos de mi casa con precisión medida. Habíamos tardado casi una hora en prepararnos:
mochilas con excusas, herramientas bien escondidas, rutas establecidas. Ahora no había vuelta
atrás.

Rosa y yo tomamos la vía directa al patio trasero. La reja floja —la misma por donde a veces
veía salir a Alfredo cuando pensaba que nadie lo observaba— cedió sin ruido. Cruzamos. Y ahí
estaba: el jardín de Alfredo.

Una composición casi perfecta. Flores dispuestas en semicírculos armónicos, líneas de grava
delimitando los parterres, macetas alineadas con el tipo de precisión que solo tienen los
obsesivos… o los que ocultan algo.

—¿Lo recuerdas? —susurré, señalando la maceta del centro.

Rosa asintió. Sus movimientos eran lentos, no por miedo, sino por la carga de lo no dicho. Nos
acercamos.

La tierra estaba oscura, húmeda… removida. No del todo. Lo justo. Como si alguien la hubiese
trabajado con el esmero de un jardinero que no quería dejar rastros, pero tampoco sabía del todo
cómo ocultarlos.

Me arrodillé. Rosa sacó la pequeña espátula. Comenzamos a cavar.


Del otro lado de la casa, sabíamos que Hanna y Miguel estaban forzando una ventana. No era
una entrada secreta: era una distracción cuidadosamente diseñada. Si Alfredo regresaba,
queríamos que viera eso. No el jardín. Nunca el jardín.

Carlos (13:03): Movimiento al sur. Mujer con carrito de mercado. Sin riesgo.

Miguel (13:04): Ya dentro. Hay algo raro aquí.

No explicaron qué. No había tiempo. Y de alguna manera, esa omisión lo hizo más inquietante.

Seguimos cavando. La tierra cedía con facilidad. Había raíces, sí. Humedad. Insectos. Pero no
capas distintas. No objetos. No bolsas. No huesos.

Nada.

—Richard… —dijo Rosa, apenas por encima de un susurro—. No hay nada.

No respondí. Mis manos estaban negras de barro, y mi garganta seca como ceniza. Quise
encontrar algo. Lo necesitaba. Porque si no encontrábamos nada, entonces todo lo que habíamos
hecho, todo lo que habíamos creído… ¿era solo una construcción nuestra?

Hanna apareció primero por el lateral de la casa. Su rostro estaba serio. Miguel venía detrás, con
el ceño fruncido. Sus manos no estaban limpias.

—¿Y ustedes? —preguntó Hanna, sin alzar la voz.

—Tierra —respondí—. Solo tierra.

Miguel miró los restos de flores, arrancadas, pisoteadas sin querer.

—Se va a notar.

—Entonces que parezca un animal —dije—. Un perro callejero, un mapache. Alfredo es de los
que odian el desorden. Si ve que es aleatorio, lo atribuirá a la casualidad.

Carlos (13:06): Ceguera termina en 30 segundos. Hora de salir.

La precisión de Carlos era más tranquilizadora que las palabras de cualquiera. No gritaba. No
dudaba. Solo medía.

Trepamos la reja de vuelta. Rosa fue la última. Al caer del otro lado, sus pies se hundieron
apenas en el barro del jardín contiguo.

Yo me giré a mirar por última vez.


El jardín de Alfredo, que hasta ahora había sido un mapa de secretos, se veía vacío. Vacío no
solo de pistas. Vacío de sentido.

Y eso era peor.

—¿Crees que lo sospeche? —preguntó Rosa, mientras avanzábamos entre arbustos.

—Sí —respondí, sin suavizar la verdad—. Pero no podrá probarlo.

—¿Entonces fue un error?

—No. Fue una posibilidad agotada.

Ella no respondió. Solo caminó a mi lado, más callada que nunca. Miguel y Hanna se alejaron
primero, bordeando las casas. Con Miguel había una familiaridad que venía de años —éramos
primos, después de todo—, pero con Hanna todo era reciente. Apenas hacía unas semanas que
había empezado a conocerla, lo que hacía cada gesto suyo un terreno aún incierto para mí.

Carlos envió un último mensaje. Aún no lo conocía del todo —apenas llevábamos semanas
compartiendo este tipo de cosas—, pero algo en su manera de actuar imponía respeto. Como si
supiera siempre qué hacer incluso antes de que el resto pensara en moverse.

Carlos (13:08): Sistema reactivado. Todos fuera. Buen trabajo.

Pero no se sentía como un buen trabajo.

No cuando te miras las manos y solo ves tierra. No cuando los silencios pesan más que los
descubrimientos. No cuando lo único que queda después de tanto… es la certeza de que quizás
cavaste en el lugar equivocado.

Y, sin embargo, el jardín no dejaba de estar en mi mente.

No por lo que encontramos.

Sino por lo que no.

Porque a veces, la ausencia… pesa más que cualquier evidencia.

Y ahora, esa ausencia, era toda nuestra.

La habitación estaba en calma, apenas iluminada por la luz que se colaba por las cortinas. Los
cinco nos habíamos reunido nuevamente, esta vez en mi cuarto, después de cruzar de vuelta por
el jardín. Nadie hablaba con prisa. Nadie reía. Todo tenía el peso del silencio post batalla.
Yo estaba sentado en el borde de la cama, con los codos sobre las rodillas. Miraba el suelo, pero
no veía nada en particular. La tierra bajo mis uñas, la humedad en los zapatos... todo eso se
sentía ajeno, como si hubiese pasado en otro día.

—No debimos hacerlo —dijo Rosa de pronto. Su voz no era acusadora. Era suave, cargada de
una decepción que no sabía si era hacia nosotros o hacia ella misma.

Carlos cerraba su mochila, guardando cuidadosamente sus herramientas. No levantó la vista al


hablar: —Tal vez. Pero lo hicimos. Y no nos atraparon. Eso cuenta para algo.

—¿Para qué? —replicó Rosa—. ¿Para confirmar que no había nada? ¿Para arruinar un jardín que
no era nuestro?

Miguel se dejó caer sobre la alfombra, cruzando los brazos detrás de la cabeza. —No lo sé... Pero
aún siento que algo no cuadra.

—Yo vi algo —intervino Hanna entonces. Todos volteamos hacia ella. Su tono había cambiado.
Ya no sonaba molesta ni sarcástica. Sonaba atenta, como si aún estuviera allá dentro.

—¿Qué viste? —pregunté, levantando la cabeza por primera vez en varios minutos.

—Aceite —dijo—. En el piso. Aceite de motor. Estaba justo bajo la ventana, en el pasillo. Como
si alguien hubiera estado manipulando piezas o herramientas… dentro de la casa.

Carlos dejó lo que hacía. Alzó la mirada. —¿Aceite de motor dentro de la casa? No tiene sentido.
A menos que…

—A menos que estuviera arreglando el auto —completó Hanna—. Lo pensé. Así que fui hasta la
cochera. Había herramientas tiradas, el capó estaba abierto, y el motor parecía estar desmontado
parcialmente. Me llamó la atención… y miré dentro del carro.

Miguel frunció el ceño. —Eso fue cuando yo iba detrás de ti. No me di cuenta de tantos detalles.
Eres perspicaz.

Hanna sonrió de lado, breve. —No es nada. Solo fue instinto. Pero vi algo más. En la parte
trasera del auto había una mochila. No una herramienta. Una mochila escolar. Oscura, de esas
comunes. Como si alguien más hubiera estado usando ese carro… o como si alguien más viviera
ahí.

Me incorporé un poco. —¿Estás segura?

—No lo suficiente como para apostar —dijo ella—. Pero estaba ahí. Y luego tuvimos que salir.
No pude mirar más.

Carlos anotaba en su libreta con rapidez. —Una mochila… ¿y el auto en reparación? Es raro. Si
Alfredo sabe de motores —me miró—, ¿tú dijiste que lo hacía?
Asentí. —La primera vez que lo visité, hablamos un poco de coches. Fue él quien mencionó que
sabía de motores. Dijo que antes, cuando vivía en otra ciudad, trabajó en talleres. Que le gustaba
reparar cosas, aunque ya no lo hacía tanto desde que se mudó aquí.

—Entonces no es raro que arregle su auto —intervino Rosa, más tranquila ahora—. La
mochila… quizá sea suya. O de algún familiar.

—Quizá —admití, aunque mi mente ya iba por otro camino.

—Igual, no tenemos más tiempo —dijo Hanna, levantándose—. Mejor me voy antes de que mi
madre empiece con las llamadas.

Rosa asintió. —Voy contigo —le dijo a Hanna, con naturalidad. —Claro —respondió Hanna,
como si no hiciera falta decir más. Después de todo, eran amigas.

Carlos ya tenía la mochila en el hombro. —Yo también me voy. Tengo que devolverle esto a
Antony. Si me tardo, empieza a sospechar que no era para un proyecto escolar.

Miguel se estiró y se puso de pie. —Te acompaño. De paso tengo que hacer un mandado para mi
mamá. Compra pendiente. Así no tengo que explicar dónde estuve todo este tiempo.

Nos despedimos sin mucha ceremonia. No hacía falta.

Y cuando todos se fueron, el silencio volvió a ocupar cada rincón de mi habitación.

Me senté de nuevo. Solo. Con las manos aún sucias. La ropa arrugada. El reloj marcando las
14:10.

Una hora. Solo una hora. Pero en esa hora, algo había cambiado.

Dos veces. Dos veces me había dicho a mí mismo que tal vez debía dejar esto. Que no era
nuestra responsabilidad. Que no había pruebas. Que quizá... solo era paranoia.

Pero mi mente… mi lado analítico, la parte que conecta puntos y busca patrones donde otros solo
ven coincidencias, esa parte seguía inquieta.

Había algo ahí.

Aunque no supiera aún qué era.

Mi madre llegó poco después de las dos y media. La escuché entrar por la puerta principal,
hablando sola sobre el tráfico y lo caro que estaba el postre que compró. Subió con una sonrisa
suave, aún con las gafas puestas y una bolsa colgando del brazo.

—¿Richard? ¿Cómo te fue hoy? —preguntó desde la puerta.


—Normal —dije, alzando la voz para que me oyera desde el pasillo—. Leí un rato. Vi una
película. Estuve tranquilo.

Ella asomó la cabeza y me sonrió. Entró con pasos suaves y dejó la bolsa sobre la cama.

—Qué bien. Alfredo me llevó a ese sitio que te mencioné. Y luego caminamos un poco por el
parque. Es tan considerado… ¿no crees?

Asentí. Sin mucho entusiasmo. No quería abrir la caja de Pandora que era Alfredo.

Justo entonces, escuchamos la puerta de entrada abrirse. Alfredo entró saludando con su tono
pausado, casi calculado.

—¿Puedo pasar? —preguntó, ya casi dentro.

—Claro —dijo mamá, bajando las escaleras—. Estamos aquí.

Estaba sentado en la sala, con el televisor encendido, pero sin prestarle mucha atención, cuando
Alfredo cruzó la puerta principal con su saludo pausado y esa sonrisa ensayada. Sonriente.
Camisa perfectamente planchada. Pero desde donde estaba, noté algo en su mano derecha… un
rasguño leve, rojizo, justo en el dorso. Y cuando notó que yo lo miraba, bajó la mano con
naturalidad, deslizándola dentro del bolsillo como si solo acomodara algo., deslizándola dentro
del bolsillo como si fuera una manía más.

Pero yo ya lo había notado.

Y él sabía que lo había notado.

Tras una breve conversación con mamá sobre lo bien que la pasaron, Alfredo miró su reloj y dijo
con voz amable:

—Bueno, tengo que revisar unas cosas en casa. Les dejo, que aún me queda por ordenar algunas
cosas del auto.

Y sin esperar respuesta, dio media vuelta y salió por la puerta principal con una naturalidad tan
precisa que parecía ensayada.

Conversaron unos minutos. Yo no hablé mucho. Me limité a asentir cuando tocaba. Hasta que se
despidieron y él volvió a su casa.

El sábado pasó lento. Decidí quedarme en casa. No tenía energía para mucho más. Afuera, el sol
parecía inofensivo. Dentro, cada cosa me recordaba que, por más que caváramos, aún estábamos
lejos de saber la verdad.

Un poco después del mediodía, escuché a Alfredo hablando por teléfono. Estaba en su patio, lo
suficientemente cerca para que su voz se colara por mi ventana.
—Sí, eso parece. Alguien entró, o intentó hacerlo. Pero no se llevaron nada. Lo raro fue el jardín.
Parecía… destrozado. Como si un perro o algo así hubiera estado escarbando.

Caminé hacia la cocina, pero me detuve junto a la pared. Mamá hablaba en altavoz, como
siempre.

—Qué raro, Alfredo. ¿Y no viste huellas? ¿Nada roto?

—No —respondió él—. Pero fue extraño. Estoy considerando poner otro candado.

Sus voces se desvanecieron. Subí a mi cuarto en silencio.

El resto del sábado transcurrió entre el letargo y la duda. El domingo fue similar. Miguel pasó
por mí en la tarde y fuimos donde Pit. Jugamos un rato, charlamos. Nada importante.

Ni Hanna ni Rosa aparecieron ese fin de semana. Carlos tampoco. Desapareció por completo.

Tal vez todos necesitábamos un descanso.

Y así, entre palabras vacías, juegos improvisados y silencios que no sabíamos llenar, llegó el
lunes.

Y con él, la certeza de que el misterio… no había terminado.

El lunes amaneció sin sorpresas. Las clases transcurrieron con una calma casi irónica, como si
todo el fin de semana no hubiese existido, como si la tierra removida, los silencios sospechosos y
las mochilas olvidadas fueran parte de una película mal editada.

Durante el descanso del almuerzo, Miguel y yo estábamos sentados en nuestro sitio habitual, en
una de las mesas del comedor escolar donde se agrupan los estudiantes en grupos dispersos.
Estábamos uno al lado del otro, con ese espacio entre nosotros que a veces se llenaba, otras no.
Hoy no dijimos mucho. El ruido de fondo de los demás se desdibujaba, como si no nos tocara.

Carlos apareció sin hacer ruido. Llevaba su bandeja en una mano y una carpeta bajo el brazo. Se
sentó justo entre nosotros, como si ese espacio lo hubiera estado esperando, y bajó la voz al
instante, como si supiera que traía algo que no debía oírse demasiado alto. Su expresión lo
delataba antes de que dijera palabra.

—¿Pasa algo? —preguntó Miguel, notando su cara.

Carlos no respondió enseguida. Se sentó junto a nosotros y bajó un poco la voz, como si midiera
cada sílaba:

—Otra víctima.
Lo dijo sin rodeos. Sin dramatismo. Como quien suelta un dato técnico en una conferencia. Pero
esa simple frase bastó para que el aire pareciera espeso.

—¿Qué? ¿Cuándo? —pregunté, el corazón latiéndome más rápido de inmediato.

Carlos revisó su celular y luego nos miró.

—Fue la madrugada del viernes. Cerca de la carretera al norte. Un sitio apartado. Intentaron
hacerlo pasar por un accidente… dijeron que parecía un atropello, pero los forenses confirmaron
que la víctima murió antes del impacto.

—¿Cómo supiste eso? —preguntó Miguel, frunciendo el ceño.

Carlos alzó ligeramente la carpeta.

—Accedí a los archivos de mi papá. Otra vez. Lo dejó abierto cuando revisaba unos reportes.
Copié lo que pude antes de que cerrara sesión.

—¿Y qué más sabes? —pregunté.

—No hay noticias oficiales todavía. Parece que quieren contenerlo. Tal vez para evitar el pánico.
Pero hubo un testigo. Un conductor que pasó por ahí, vio un auto detenido y una figura
alejándose. Luego vio el cuerpo. Y algo más… —Carlos bajó la voz aún más—. Había marcas
de aceite en el piso. Y lo más inquietante: además de la sangre de la víctima… encontraron
sangre del agresor.

Miguel soltó un leve silbido, como si procesar todo de golpe fuera demasiado.

—¿Saben quién era la víctima? —pregunté.

Carlos asintió.

—Una mujer. Se llamaba Ágata Cristie. Vivía cerca del límite norte del pueblo. Tenía cabello
claro, piel pálida. Usaba gafas. Cuarenta y cinco años. Trabajaba en una tienda local.

No dije nada de inmediato. Pero en mi mente, los datos comenzaron a ensamblarse.

Ágata. Gafas. Piel clara. Edad aproximada de mi madre. Vivía relativamente cerca. El tipo de
mujer común. Invisible en el panorama general. Como si… como si no importara.

Y de pronto, esa coincidencia me estremeció.

Porque ya era la segunda vez que alguien con características similares a mamá aparecía
vinculada a un crimen. Daniela, ahora Ágata. ¿Qué si no era coincidencia? ¿Qué si el patrón no
era solo el método, sino también el tipo de víctima?
—¿La sangre del agresor? —pregunté con voz más baja.

—Sí. No mucha. Pero estaba ahí. En el asfalto. Como si hubo un forcejeo o… algo salió mal.

Y entonces recordé el rasguño en la mano de Alfredo.

Rojizo. Fresco. El viernes.

Pero el crimen había sido en la madrugada del viernes.

—¿Estás seguro de que fue ese mismo viernes? —pregunté, sintiendo que el corazón se me
clavaba en la garganta.

Carlos asintió con cautela.

—La madrugada del viernes. Muy temprano. Mi papá estaba en turno esa noche, por eso lo supo.
Yo accedí a los registros poco después. No creo que Alfredo supiera aún que lo sabíamos cuando
tú lo viste más tarde.

Me quedé en silencio. Un choque repentino de escalofríos recorrió mi cuerpo, como si una


alarma muda se hubiera activado en algún rincón profundo de mi mente. Miguel masticaba lento,
procesando como podía.

—Aceite… sangre… un coche… ¿el jardín? ¿el auto en su cochera? —murmuré casi para mí.

—¿Qué dices? —preguntó Miguel, curioso.

Carlos me miró. No insistió. Sabía que yo estaba uniendo piezas. Como siempre.

Y aunque aún no tenía el rompecabezas completo… cada nueva ficha parecía encajar más cerca
de casa de lo que quisiéramos.

Esa tarde no les dije nada a los demás. No por desconfianza. No exactamente. Pero algo en mi
interior —esa voz que a veces se siente más vieja que yo mismo— me decía que, si había algo
que descubrir, debía hacerlo solo. El grupo servía para armar teorías. Yo necesitaba certezas.

Tomé mi celular, una linterna pequeña y una libreta. No era mucho, pero no iba como quien
necesita fuerza. Iba como quien necesita claridad. Eran las 6:30 de la tarde cuando llegué al
lugar.

La carretera norte tenía ese aire solitario que solo ciertos caminos rurales pueden sostener. Recta,
sin adornos. Unas pocas señales oxidadas, pasto largo en los bordes y árboles dispersos que
parecían viejos guardianes desganados. El sitio exacto, según lo que Carlos había descrito, estaba
a unos quince metros de una curva cerrada, justo antes de una bifurcación menor que conducía a
un camino de tierra. Había un árbol con la corteza astillada y una marca reciente a medio metro
del suelo, como si algo lo hubiera golpeado de lado. Me detuve frente a él.
"¿Habría sido en la huida?", pensé. Era posible. Si el asesino huyó en la oscuridad, o con prisa,
pudo no haberlo notado.

Saqué el celular. Empecé a tomar fotos. Las ramas, el suelo. Incluso un par de piedras que, si
bien parecían inofensivas, estaban algo desplazadas, como si alguien las hubiera pisado o
empujado.

El viento era tenue. Se escuchaban aves a lo lejos, y de vez en cuando, un vehículo pasaba sin
detenerse. Todos seguían su rumbo. Nadie se detenía aquí. Nadie quería hacerlo.

Me agaché. El suelo estaba seco, salvo por un rincón donde aún se notaba humedad. No era
agua. Olía distinto. Me acerqué más.

Aceite. Como el que Hanna había descrito. Aún quedaba una mancha oscura, casi imperceptible
si no sabías qué buscar.

Seguí un poco más hacia el borde del camino. El pasto era más alto allí. A pocos metros,
encontré algo que me hizo quedarme quieto.

Huellas.

No muchas. Solo dos impresiones bien marcadas. Huellas de botas. Con suela ancha,
posiblemente número 42 o más. No parecían coincidir con las de Alfredo. Él usaba calzado más
formal. Y aunque su complexión era media, estas parecían de alguien más robusto.

"¿Podría haber sido él… usando otro tipo de calzado? ¿O había otra persona involucrada?"

El aceite. El rasguño. La mochila. ¿Todo eso era coincidencia?

Sentía cómo mi mente trabajaba, enlazando cada fragmento como si las respuestas estuvieran
escondidas en la forma de una pisada o el ángulo de un tronco herido.

Me detuve a observar el entorno. Árboles dispersos, los restos de un cartel caído, una valla
oxidada. Todo parecía parte de una escena olvidada. Y, sin embargo, sabía que no lo era.

Volví a mirar la tierra, los arbustos. Ya no había sangre, ni cintas policiales. El tiempo había
hecho lo suyo. Pero en un rincón del terreno, casi entre los arbustos, vi algo más.

Un trozo de tela. Oscura. Arrugada. Pequeña. Podía ser parte de cualquier prenda. O de la
mochila que Hanna había visto. O nada. Aun así, lo recogí con cuidado, usando una servilleta
que llevaba.

"Esto no servirá de nada si no encaja con algo más", pensé.

Y entonces me golpeó la idea más cruda de todas:


Incluso si era Alfredo. Incluso si había cometido un crimen, ¿de qué servía lo que tenía? Fotos.
Aceite. Huellas. Todo circunstancial. Y si la policía ya había investigado… si ya habían visto
esto y lo descartaron… ¿qué podía hacer yo?

Volver a entrar a su casa no era una opción. No había nada que lo incriminara directamente. Ni
siquiera el jardín. Solo sospechas. Solo hilos sueltos que parecían acercarse y luego perderse.

Pero ahora… ahora ya no era solo un misterio. Ahora había una posibilidad real. Mi madre podía
ser el siguiente paso en ese patrón invisible. Y eso lo cambiaba todo.

Guardé las fotos. El fragmento de tela. La libreta. Me alejé del lugar sin mirar atrás, aunque sentí
todo el tiempo que algo me seguía con la mirada.

Como si la oscuridad supiera que la estaba interrogando.

La noche me envolvía mientras pedaleaba por el borde de la carretera. El sol ya se había


escondido tras las colinas, dejando solo un resplandor gris entre los árboles. Pensaba en las
huellas, en el trozo de tela, en todo lo que no encajaba. Sentía que algo me faltaba… pero no
sabía qué.

Y entonces lo sentí.

No fue un ruido ni un movimiento. Fue una sensación. Como si la brisa hubiera cambiado de
dirección. Como si una presión invisible me empujara la nuca. Me giré brevemente… nada. La
carretera vacía detrás de mí.

Hasta que una luz.

Un haz de faros se encendió de pronto, a lo lejos. Venía por el mismo carril. Rápido. Demasiado
rápido.

No tenía tiempo de pensar. Instinto puro. Salté de la bici, que cayó al suelo con un chasquido
metálico. Me lancé al borde, rodé cuesta abajo por un pequeño desnivel y sentí la tierra, las
ramas, las hojas rasgarme la piel. Un segundo después, escuché el chirrido del vehículo al pasar a
toda velocidad. El sonido de algo metálico destrozándose: mi bicicleta.

Me dolía la pierna. El costado. Las manos. Raspones. Tal vez una torcedura. Pero estaba vivo.

Me arrastré como pude unos metros, jadeando. El auto se detuvo. Escuché la puerta abrirse. Una
linterna alumbró hacia la carretera… luego hacia los bordes.

Tenía que desaparecer.

A unos metros, vi una formación natural entre los arbustos: una especie de hoyo seco, como si
alguna criatura lo hubiese usado de madriguera. Me lancé hacia allí, metiendo medio cuerpo,
cubriendo el resto con hojas y ramas.
Recordé algo. Un libro. Una técnica de camuflaje de campo. O quizá fue en aquel campamento
con Miguel. Una mezcla de ambos.

Borré con el pie como pude el pequeño rastro de sangre. Me quité los zapatos. Pisé sobre hojas
sueltas para confundir el trayecto. Oculté la suela. Luego me metí en el agujero por completo,
tenso como una cuerda.

El tipo bajó.

Escuché sus pasos. Casi pude sentir su respiración. Caminaba con cuidado. Iluminaba todo a su
paso. A veces murmuraba cosas que no logré entender. Pasó a dos metros de mí.

Y entonces lo vi.

Su mano. La que sostenía la linterna. Tenía una cicatriz larga, curva, justo en el dorso. Algo
vieja. Algo visible. Pero su rostro… no pude verlo. La misma linterna que lo delataba era la que
lo ocultaba.

Estuvo buscando más de diez minutos. Cada crujido de rama me hacía contener el aire. Hasta
que, finalmente, se detuvo. Escuché de nuevo la puerta del carro. El encendido. Y el sonido de
los neumáticos alejándose.

Esperé.

Una hora, quizá más. El cuerpo entumecido. La pierna palpitando. Pero no me moví hasta que
sentí que era seguro.

Volví a subir a la carretera, cojeando. La bicicleta estaba destruida: la cadena rota, el plato
doblado, el manubrio arrancado. Cargué lo que pude. Caminé. Tres kilómetros hasta casa.

Cuando crucé la puerta, mi madre estaba en la sala. Se levantó de golpe.

—¡Richard! ¿Qué pasó? ¡Estás cubierto de tierra! ¿Qué te ocurrió?

Yo respiraba con dificultad. El dolor comenzaba a instalarse en cada músculo. Me sostuve de la


pared.

—Me caí de la bici —mentí—. De regreso de la escuela. Creo que… me golpeé la cabeza. Me
quedé un rato atontado. No sabía qué hora era.

Ella se acercó de inmediato. Me revisó las manos, el rostro, la pierna. No preguntó más. Al
menos no en ese momento.

—Ay, hijo… qué suerte que no fue peor. Si hubieras perdido el conocimiento…

—Estoy bien. Solo raspones —dije, bajando la mirada.


Me ayudó a lavarme. Puso desinfectante en las heridas. Encontró el tobillo torcido y lo vendó
con vendas viejas que guardaba para emergencias. Mientras lo hacía, hablaba casi para sí misma.

—Esas bicicletas son peligrosas… uno nunca sabe. Mañana iremos al centro de salud, por si
acaso. No quiero que duermas con algo roto.

—No, mamá. No es necesario. Estoy bien —dije con calma, intentando sonar convincente.

Ella me miró por unos segundos, luego asintió.

—Está bien. Pero si mañana te sientes mal, me lo dices. ¿De acuerdo?

Yo solo asentía.

No podía decirle la verdad. No aún.

Porque ya no era solo sospecha. Ya no era un juego. Alguien había intentado matarme.

Y no… no parecía ser Alfredo.

¿Entonces quién demonios era?

A la mañana siguiente, el dolor en la pierna seguía ahí, pero ya era más un susurro que un grito.
Los raspones ardían y me costaba caminar con normalidad, pero nada de eso me inquietaba tanto
como lo otro: el asesino sabía que yo estaba tras su rastro. Y si había intentado eliminarme, era
porque estaba más cerca de lo que imaginaba.

Desayunaba en silencio cuando mamá entró a la cocina con su bolso ya en el hombro.

—Tengo que salir temprano, cariño. Alfredo se ofreció a llevarte a la escuela. Así que alístate
rápido, ¿sí? Y de regreso puedes venir con Miguel, ¿no es cierto?

Asentí sin responder.

No me gustaba la idea, pero al mismo tiempo... era una oportunidad. Si Alfredo era inocente,
podría descartarlo. Pero si no… cualquier cosa podía delatarlo.

Salí unos minutos después, cojeando levemente. Alfredo estaba afuera, apoyado contra su auto
con las manos en los bolsillos, como si nada. Me observó con una ceja alzada y esa sonrisa
neutra que a veces parecía demasiado medida.

—Hola, Richie —dijo—. ¿Estás bien? Tu mamá me dijo que te caíste. Aunque… —sonrió
apenas, apenas—. Parece que fue una caída dura.

Esa sonrisa. Fue un destello. Apenas un segundo. Como si algo se filtrara por la máscara. Luego
volvió a su expresión habitual. Pero yo lo vi. O creí verlo.
No respondí. Solo asentí con la cabeza y subí al auto.

Durante el trayecto, habló poco. Comentarios banales sobre el clima, el tráfico, la rutina. Yo
respondía con monosílabos, midiendo cada palabra. Hasta que, de pronto, sin cambiar el tono:

—Deberías dejarme ayudarte con la bicicleta. Me gusta arreglar cosas. Podría echarle un vistazo
al plato. Seguramente quedó hecho trizas, ¿no?

Sentí que el aire se comprimía. El plato.

No le había dicho nada de eso a mamá. Ni a nadie. Solo lo mencioné mentalmente anoche,
mientras miraba la bicicleta destrozada. Y dudaba que mi madre hubiera reparado en un detalle
tan específico.

—Sí… supongo —dije, fingiendo indiferencia.

Él asintió con una sonrisa breve, sin apartar la vista del camino. Como si no se diera cuenta del
peso de sus palabras.

Pero yo sí lo noté.

Era una grieta.

Una grieta que podía ser clave.

Al llegar al colegio, se detuvo frente a la entrada. Puso la palanca de cambios en punto muerto y
me miró por el retrovisor.

—Cuídate, Richie. Y avísame si necesitas algo con la bici.

—Lo haré —mentí.

Me bajé. El auto se alejó con suavidad, como si no llevara ningún secreto en su interior. Lo vi
desaparecer tras la esquina.

—¡Ey, cojo! —me dijo una voz familiar detrás.

Miguel apareció, riéndose. Me dio un empujón suave en el hombro.

—¿Qué te pasó? Pareces salido de una pelea con un Perro callejero.

—Algo así —respondí, forzando una sonrisa.

Pero no era momento para bromas.


Ese detalle sobre el plato… era nuevo. Era peligroso. Y si Alfredo sabía eso, entonces estaba
más involucrado de lo que parecía.

Ya no podía seguir cargando esto solo.

Esta vez… el Club debía enterarse.

Esa tarde, después de clases, regresamos al club que ya era más nuestro que de la escuela.
Miguel caminaba a mi lado, aun procesando todo lo que le había contado durante el almuerzo.
No dijo mucho, solo me miró con una mezcla de enojo, respeto y preocupación que no se le daba
bien ocultar.

—¿Así que casi te matan y no dijiste nada? —murmuró mientras subíamos la escalera trasera.

—No quería preocuparlos —respondí.

—Pues lo lograste igual —refunfuñó.

El club nos recibió con su silencio habitual, pero pronto llegaron los demás. Rosa fue la primera
en entrar, con su mochila al hombro y los ojos alertas. Al verme, dejó caer los libros y corrió
hasta mí.

—¡Richard! —exclamó, revisando con rapidez las vendas en mis brazos—. ¿Qué te pasó?
¿Dónde estabas? ¿Por qué estás así?

No pude evitarlo. Me abrazó. No un abrazo largo ni melodramático. Fue rápido, cálido y fuerte.
Como si quisiera asegurarse de que estaba completo. Yo no supe qué hacer. Solo correspondí,
torpemente. Sentí su respiración junto a mi cuello. Y cuando se separó, sus ojos evitaban los
míos.

—Te pasaste, idiota —dijo Hanna desde la puerta, recargándose contra el marco con los brazos
cruzados—. ¿Y si te hubiera pasado algo grave? ¿Y si ese malnacido te hubiera alcanzado?

—Estoy de acuerdo —añadió Miguel—. Debemos darle su golpiza a ese tipo. Quien sea.

Carlos llegó último, con su portátil y una bolsa con cables y cuadernos. Se detuvo al ver la
escena.

—Parece que nos perdimos de mucho —dijo, con tono neutro, pero con la vista clavada en mí.

Nos sentamos. Yo en mi silla habitual, aunque con el tobillo aún algo resentido. Carlos desplegó
su laptop, conectó el proyector portátil y encendió el tablero digital improvisado. Las pistas
seguían ahí. El reloj, las flores, la zona alterada del jardín, la posible manipulación emocional.

—Encontré esto —dije, colocando sobre la mesa el fragmento de tela que había recogido en el
sitio del crimen—. No parecía mucho, pero…
Carlos se inclinó. Lo examinó con detenimiento.

—Es tela sintética. Aislamiento térmico. Y esto… —tomó una lupa de su estuche—. Costura
lateral. No es de ropa común. Esto parece… parte de un guante.

Rosa abrió los ojos.

—¿Un guante?

—Sí. No uno de lana —aclaró Carlos—. Uno de trabajo. O de protección. Eso explicaría por qué
el asesino no dejó huellas visibles… salvo por las botas.

—¿Y entonces el aceite? —preguntó Hanna.

—Lo conecta todo —dijo Carlos—. El tipo estuvo arreglando algo. El coche. Lo usó para
moverse después del crimen. Tal vez tenía prisa. Tal vez se cortó.

—¿Y Alfredo? —preguntó Rosa, casi sin querer—. ¿Sigue siendo sospechoso?

Carlos asintió lentamente.

—Richard me contó lo del comentario del plato de la bici. Ese detalle… no lo pudo haber
adivinado. A menos que haya estado ahí. O que haya sido él quien lo atropelló.

—Pero no parecía ser él —intervine—. La complexión no coincidía. El tipo era más grande.

—¿Y si no trabaja solo? —dijo Hanna, cruzándose de brazos.

El silencio que siguió fue inquietante. Carlos deslizó varios archivos en la pantalla. Información
de los reportes anteriores. Patrones. Posibles fechas. Mapas. Vectores de ubicación.

—Si hay algo cierto —dijo—, es que este tipo actúa con lógica. No improvisa. Si el patrón se
mantiene…

—Actúa los viernes por la noche —concluyó Miguel.

Carlos asintió.

—Y si Alfredo está involucrado, aunque no sea el asesino directo, entonces no guarda nada en
casa. No sería tan estúpido. Lo lleva con él. Lo guarda en otro sitio. O simplemente colabora.

Yo asentí, aunque aún me costaba creerlo.

—Siento no haberles dicho nada antes —dije al fin—. Creí que… era mejor manejarlo solo.

—Y por poco no lo cuentas —dijo Rosa, sin dureza, pero con firmeza.
—A veces ser el detective solitario no es lo más valiente —añadió Hanna, sin mirarme del todo.

Miguel me dio un leve golpe en el hombro.

—Ya estás con nosotros. Eso es lo que importa.

Carlos ajustó sus lentes, como quien termina de tomar una decisión.

—Vamos a seguirlo este viernes. No en grupo. En turnos. Por separado, pero en contacto —dijo
con firmeza.

El tablero se actualizó. Las fotos. Los mapas. Las fechas. Todo comenzaba a trazar

Durante la reunión en el club, todos coincidimos en que lo más prudente era observar a Alfredo
sin levantar sospechas. No podíamos seguirlo descaradamente ni presionarlo, pero sí aprovechar
cualquier excusa para acercarnos. La oportunidad surgió cuando él mismo se ofreció a ayudarme
con mi bicicleta, aún dañada desde aquel incidente que prefería no detallar en voz alta, pero que
seguía fresco en mi memoria. Acepté, consciente de que su gesto podía ser algo más que
cortesía.

La cita fue un miércoles por la tarde. El cielo estaba gris y el aire cargado de humedad. Alfredo
movió su sedán oscuro hasta dejarlo fuera, estacionado frente a la casa, para que la cochera
quedara libre. El lugar estaba impecablemente ordenado: piso de cemento limpio, cubierto en
gran parte por un plástico grueso y manchado, de esos que usan los mecánicos para no ensuciar
el suelo con grasa o aceite. Ese detalle, junto con el ligero olor a combustible mezclado con
metal y algo más… un aroma difícil de identificar, me dio la sensación de que aquel espacio
guardaba más de lo que mostraba a simple vista.

Ahora sí pude fijarme en las herramientas. La vez anterior apenas había lanzado una mirada
rápida, pero esta vez las observé con atención: colgaban perfectamente alineadas en un panel,
algunas brillantes por el uso frecuente, otras con marcas de desgaste en los mangos. No era un
improvisado; aquello hablaba de oficio y experiencia.

Mientras revisaba la bicicleta, Alfredo dejó la llave que tenía en la mano y se dirigió al
refrigerador del fondo.

—Te voy a invitar algo frío —comentó, sacando un par de latas de refresco.

Yo me acerqué para recibir la mía, y en ese momento lo vi: en el estante inferior seguía el mismo
paquete de carne roja que Miguel y yo habíamos visto en otra ocasión. Envuelto en plástico
transparente, con un tono oscuro y un brillo húmedo que dejaba escapar un ligero hilo de sangre
hacia la base del recipiente. No podía apartar la vista.

—Nada como un buen pedazo de venado cazado con mis propias manos —dijo de repente,
notando que yo miraba el paquete—. Es deliciosa esa carne. Estoy pensando en hacer un asado el
fin de semana… y quizá unas hamburguesas. Te voy a guardar una, claro. —Sonrió con malicia,
y añadió—: Tranquilo, no es carne de humano —remató con una risa seca, como si quisiera
insinuar que conocía cada una de mis sospechas, y al mismo tiempo, desarmarlas.

No respondí. Por dentro, me repetí que, hasta el momento, aquello parecía lo que él decía… pero
ya veremos.

En un momento de descuido de Alfredo, mientras él se inclinaba sobre la bicicleta ajustando la


cadena, recordé las palabras de Carlos la tarde anterior, cuando me entregó el pequeño
rastreador. Lo había llamado CP-G, una mezcla de “Club Poirot” y “GPS”, como si fuera un
guiño privado a nuestra investigación. Me explicó con calma cómo debía colocarlo en un punto
oculto del chasis, asegurándome de activarlo antes de retirarme. El dispositivo enviaría la
ubicación en tiempo real a mi teléfono, y también estaba vinculado al suyo, ya que éramos los
que mejor entendíamos su funcionamiento.

Aproveché ese instante, fingiendo que buscaba una pieza caída o una herramienta extraviada
cerca de la rueda delantera. Me agaché y, con un movimiento rápido y preciso, adherí el CP-G
debajo del carro de Alfredo. El clic suave al quedar sujeto me hizo contener la respiración. Desde
ese instante, un ojo invisible seguiría cada uno de sus movimientos.

La semana siguió su curso, entre las apariencias de normalidad y una sensación constante de que
Alfredo jugaba su partida, y yo apenas empezaba a entender las reglas.

El CP-G no tardó en mostrarnos con precisión los movimientos de Alfredo. Su recorrido habitual
era casi monótono: de su casa al mercado, del mercado al taller, y de regreso. En apariencia,
nada fuera de lo normal. Sin embargo, el simple hecho de poder seguir cada paso suyo nos
mantenía expectantes.

Fue Miguel quien, junto a Hanna, se acercó al taller días después para confirmar lo que Alfredo
siempre decía. Al volver, nos contaron que sí, efectivamente trabajaba allí desde su llegada a
Sleeping Forest, un pueblo apartado, rodeado de bosques densos que parecían absorber la luz y
la calma. El lugar tenía fama de guardar historias inquietantes: desapariciones sin rastro,
accidentes extraños y un par de desastres naturales que nadie había podido explicar del todo. La
bruma matinal y el silencio de las calles contribuían a esa sensación de que algo, bajo la
superficie, estaba fuera de lugar.

Seguimos observando la rutina de Alfredo, esperando una anomalía. Y entonces, una noche, el
CP-G marcó un desvío. El punto de seguimiento se alejó de las calles principales y tomó una vía
bifurcada en las afueras, no muy lejos de donde habían encontrado el cuerpo de aquella mujer
con un parecido perturbador a mi madre. La imagen en la pantalla del teléfono me provocó un
escalofrío.

—Bingo —susurré, seguro de que habíamos encontrado una pista más sólida.

Aquella noche nos reunimos los cinco en el club, repasando lo que cada uno había averiguado en
la semana. Hanna relató su visita al taller con Miguel, Carlos mostró el registro de movimientos
de Alfredo, y yo detallé la ubicación exacta del desvío. Entre todo aquello, nos dimos cuenta de
que Rosa no estaba con nosotros.

—¿Y Rosa? —preguntó Carlos, mirando alrededor.

Hanna suspiró—. Su papá la castigó por algo… le quitó el teléfono. No creo que podamos contar
con ella por ahora.

El silencio que siguió no fue solo por la ausencia de Rosa, sino por lo que sabíamos que
debíamos hacer: ir a ese sitio y descubrir qué lo había llevado allí.

El viernes por la tarde, el día estaba extrañamente soleado para lo que acostumbraba Sleeping
Forest. El CP-G marcaba a Alfredo en su trabajo, lo que nos daba un margen perfecto para
actuar.

Cuando sonó la campana en la escuela, tomé mi bicicleta y salí rápido, con Miguel pedaleando a
mi lado. No hablamos mucho en el trayecto, solo alguna broma sobre quién llegaría primero a mi
casa. El camino era el de siempre: calles amplias bordeadas de árboles, el rumor lejano de autos,
y el eco de estudiantes saliendo en todas direcciones. Al llegar, dejamos las bicis contra la cerca.

Carlos y Hanna llegaron poco después. Ella, al volante de una camioneta SUV gris de su tío,
transmitía una confianza natural al conducir. El vehículo, alto y con espacio de sobra, parecía
perfecto para lo que íbamos a hacer.

—Me la presta desde que tengo licencia —dijo con una media sonrisa—. Mientras no la raye,
está bien.

Miguel soltó una risa breve.

—Ojalá tuviera tu suerte. Yo tengo licencia, pero mi mamá no suelta su carro ni para ir a la
tienda.

Carlos miró su teléfono con impaciencia.

—Vamos, antes de que caiga la noche.

Justo entonces escuché una voz conocida.

—¡Esperen, muchachos! —Rosa corría hacia nosotros, con una determinación distinta a la de
otros días.

Se detuvo junto a mí, respirando agitada.

—Me escapé. Hanna me contó todo. Antes dudaba, pero ya no. No voy a quedarme mirando
desde mi ventana.
—¿Y tu papá? —preguntó Miguel.

—Que piense lo que quiera —respondió con firmeza—. Cree que me meto en algo malo, pero no
voy a dejar que me controle.

Subimos a la SUV. Yo iba en el asiento del copiloto; Hanna conducía, Carlos detrás de mí, Rosa
en el centro y Miguel junto a la ventana. En el retrovisor veía sus rostros: Carlos, serio y
concentrado; Rosa, con un brillo de rebeldía en los ojos; y Miguel, mirando el paisaje como si
buscara algo más allá de los árboles.

Salimos por la carretera principal, una vía de dos carriles —uno de ida y otro de vuelta— que
servía como entrada natural al pueblo. A la derecha, a lo lejos, estaba el desvío hacia un lago al
que solíamos ir en verano, a unos 15 kilómetros. Pero esta vez seguimos la ruta que marcaba el
CP-G.

El asfalto dio paso a la grava, y la grava a un camino de tierra que se adentraba en la espesura. El
aire cambió, más húmedo, y el sol apenas se filtraba entre las copas altas. La vegetación se
cerraba sobre nosotros hasta que, de pronto, apareció la construcción: no era la cabaña vieja que
esperaba, sino una edificación grande, de madera cuidada, con techo limpio y ventanas amplias.
Más que una cabaña, parecía una casa aislada, sólida y ajena al desgaste del tiempo.

Estacionamos a una distancia prudente, ocultos tras unos arbustos. Desde allí, comenzamos a
discutir quién entraría, quién vigilaría y cómo avisarnos si algo salía mal. La tensión era real, y
yo no podía sacudirme la sensación de que estábamos a punto de abrir una puerta que no
podríamos cerrar.

Carlos se quedó en la SUV, con el motor apagado y la mirada fija en la pantalla del CP-G. Los
otros cuatro —Hanna, Miguel, Rosa y yo— bajamos en silencio. El cielo, aunque ya teñido de
tonos anaranjados, dejaba ver jirones de nubes pálidas que se extendían sobre las copas de los
árboles. El aire estaba quieto, como si el bosque entero contuviera la respiración.

El trayecto desde el vehículo hasta la cabaña era un sendero estrecho, cubierto de hojas secas que
crujían bajo nuestros pasos. A cada lado, los pinos se erguían como centinelas, y el olor a resina
se mezclaba con algo más tenue y extraño que no lograba identificar. La estructura se alzaba ante
nosotros, más grande de lo que parecía desde la distancia: madera oscura, ventanas limpias, y
una puerta principal reforzada.

Rosa y yo nos acercamos primero. El picaporte estaba frío y firme, sin ceder. Recordé entonces
la técnica que habíamos usado antes para entrar a la casa de Alfredo: el juego de ganzúas que
Carlos nos había prestado, guardado en un estuche negro. Me agaché, seleccioné la pieza
adecuada y trabajé el mecanismo con paciencia, sintiendo cada clic interno hasta que la cerradura
cedió con un chasquido seco. Fue un sonido idéntico al que había escuchado aquella otra vez.

Mientras tanto, Hanna y Miguel se dividieron para inspeccionar la parte exterior. Hanna se
movía por el lado derecho, observando cada ventana como si buscara un indicio de movimiento
Miguel se dirigió hacia la parte trasera, donde el bosque comenzaba a cerrarse sobre la
propiedad.

Rosa y yo fuimos los primeros en decidirnos a entrar en la cabaña. Empujé la puerta, y la


penumbra nos recibió con un silencio denso, roto solo por el crujido sordo de la madera bajo
nuestros pasos. La luz del atardecer apenas se filtraba por las ventanas cubiertas de polvo. Frente
a mí, en la sala principal, un candelabro colgaba del techo, sus brazos curvados cubiertos de una
fina capa gris. A la izquierda, una chimenea de piedra conservaba el último rescoldo de un fuego
reciente, y sobre las paredes, cabezas de ciervo, un oso disecado erguido y vitrinas con aves
embalsamadas nos observaban como guardianes inmóviles.

Detrás de nosotros, resonaron pasos apresurados y el roce de telas. Miguel y Hanna aparecieron
en el umbral; Miguel se acomodaba la chaqueta, y Hanna, con una media sonrisa, sacudía el
polvo de sus pantalones, como si vinieran de algún recorrido rápido. Miguel levantó la mano y
dijo en voz baja: —Conseguimos algo.

No pregunté qué. Les indiqué con un gesto que nos siguieran. Fue entonces cuando Rosa,
avanzando con cautela, tropezó levemente con algo en el suelo: un anillo metálico incrustado,
medio oculto bajo la piel del oso. Se agachó, lo tomó y tiró hacia arriba. El panel de madera se
levantó con un quejido de bisagras oxidadas, revelando una trampilla. Un olor más acre y
penetrante emergió de la abertura, imposible de identificar del todo.

Saqué mi teléfono, encendí la linterna y vi las escaleras de madera descendiendo hacia la


oscuridad. —Vamos —murmuré.

Afuera, Carlos seguía atento, la mano cerca de las llaves y la vista fija en el GPS, listo para
avisar si el punto que representaba a Alfredo comenzaba a moverse hacia nosotros.

Bajamos los cuatro, cada peldaño crujiendo bajo nuestro peso. El haz de mi teléfono proyectaba
sombras alargadas que parecían moverse. Podía sentir el pulso martilleando en mis sienes; no era
miedo puro, sino expectación mezclada con desconfianza.

—No puede ser… —susurró Miguel al llegar al último escalón.

Hanna respiró hondo. Rosa, detrás de mí, me rozó el brazo, buscando un punto de apoyo. Palpé
la pared hasta encontrar un interruptor y lo accioné. La luz blanca reveló un sótano amplio y
meticulosamente ordenado.

Estantes llenaban los muros, repletos de frascos con flores sumergidas en líquidos ambarinos o
secas, etiquetadas con precisión. El aroma dulzón y penetrante del cobertizo estaba allí,
mezclado con un matiz metálico y húmedo.

En una esquina, un escritorio improvisado sostenía papeles garabateados, frascos abiertos y


morteros manchados. Eran notas sobre mezclas florales: solas, efectos moderados; juntas,
sedantes potentes, cicatrizantes rápidos y reacciones que apenas comprendía. Un nombre se
repetía: caléndula.
Mientras leía, vi a Hanna y Miguel detenerse ante una pequeña puerta al fondo, junto a una
ventanita alta que dejaba pasar un hilo pálido de luz. —Escucha… —susurró Hanna.

Un roce, un golpe amortiguado, vino del otro lado. Miguel probó el picaporte: cerrado con un
candado por nuestro lado. Usaron una herramienta para forzar cerraduras, y el metal cedió con
un chasquido seco.

Nos giramos todos hacia la puerta, conteniendo la respiración. Hanna la empujó y yo,
adelantándome, encendí las luces del interior. Lo que apareció ante nosotros…

La luz del interior reveló un cuarto estrecho, apenas iluminado por una bombilla desnuda que
colgaba del techo. Las paredes, recubiertas de madera húmeda, parecían absorber el aire frío que
se respiraba allí. En una esquina, una cama vieja con un colchón hundido y sábanas sucias
ocupaba casi todo el espacio. Al lado, un retrete oxidado desprendía un olor agrio que se
mezclaba con la humedad.

Allí, encadenada por los tobillos, estaba Daniela. Su cabello, antes castaño brillante, era ahora
una maraña enmarañada y grasienta. Su rostro estaba demacrado, con las mejillas hundidas y los
labios resecos. Al vernos, apenas pudo emitir un sonido débil, como un lamento ahogado.
Comprendí de inmediato: era ella quien había golpeado la puerta para que la escucháramos.

—Lo sabía… —murmuré, sintiendo cómo la certeza me quemaba por dentro—. Siempre tuve
razón.

Rosa y Hanna corrieron hacia ella, intentando liberar los grilletes que la sujetaban. Buscaban con
desesperación alguna herramienta cuando, de pronto, la puerta del sótano se abrió de golpe.
Carlos apareció, sudando y con los ojos muy abiertos.

—¡Rápido, salgan! ¡Alfredo viene! —gritó.

—¡Idiota! ¿Por qué no avisaste antes? —le espetó Miguel.

—¡Lo hice! —replicó Carlos, agitado—. Pero aquí abajo la señal se corta.

Al ver a Daniela, Carlos se quedó paralizado un segundo, comprendiendo lo que aquello


significaba. Entre todos, logramos romper las cadenas y liberarla. Afuera, el ruido de un vehículo
acercándose nos heló la sangre.

—Lo sabía… ese tipo es un psicópata —dije, alzando la voz—. Hanna, tenemos que irnos ya.
Llama a la policía, yo ganaré tiempo.

Carlos, Hanna y Rosa comenzaron a salir por una ventanilla del sótano. Desde afuera, las chicas
ayudaban a subir a Daniela, que estaba tan débil que apenas podía mantenerse en pie. Miguel y
yo discutimos brevemente.

—No voy a dejarte aquí —me dijo con firmeza.


—Es mejor que se vayan todos. Si alguien debe quedarse, soy yo. Esto es culpa mía —respondí.

Miguel sonrió de lado. —¿Tonto, lo olvidaste? Double Dragon.

No pude evitar sonreír también. —Está bien… hagamos lo siguiente.

El sonido de pasos en la escalera de madera hizo que todo se detuviera. La figura descendía
lentamente, cada peldaño crujía bajo su peso. Aún no veía su rostro, pero el aire se volvió más
pesado… y supe que estábamos a punto de enfrentarnos a él.

La figura terminó de descender y, cuando emergió de las sombras, Alfredo quedó de pie en el
sótano, observándome fijamente. Su bigote, recortado con meticulosa precisión, temblaba apenas
al respirar. Yo me mantuve inmóvil, con las manos detrás de la espalda, sosteniendo algo que él
no podía ver.

—Así que tú… al final descubriste mi pequeño secreto —dijo, con una media sonrisa que no
alcanzaba sus ojos.

—¿Por qué lo haces? —pregunté, conteniendo la rabia.

Avanzó un paso, sus botas resonando contra el suelo. —Digamos que es una cuestión de
venganza.

—¿Cómo supiste que estaba aquí?

—Sistema de vigilancia por infrarrojo —señaló la pantalla de su teléfono—. En cuanto entraste,


me llegó la alerta.

—Eres un maníaco despreciable.

—Niño… no sabes nada en verdad.

—No me importa saber —respondí, firme.

Sonrió con frialdad. —Ahora tendré que matarte a ti y a la niña. Gracias a tu estúpido intento de
héroe.

—No te será tan fácil —le repliqué.

Suspiró, como si estuviera a punto de concederme una última lección. —Te lo contaré. El padre
de Daniela, el doctor Jonathan Merlow, fue mi compañero en la universidad y luego colega.
Compartimos años de estudio, noches interminables en laboratorios húmedos, incluso una
amistad que creí sincera. En medio de nuestras investigaciones, descubrimos propiedades únicas
en la botánica, algo que podría haber cambiado la medicina. Pero él… él me robó todo. Se
apropió de nuestras notas, nuestros experimentos, y los presentó como suyos. El mundo lo
premió; a mí me dejaron en la oscuridad.
Su voz se endureció, las venas de su cuello tensas. —La comunidad científica lo apoyó. Siempre
supo manipular a las personas. Yo, en cambio, fui relegado al olvido. Y en ese olvido, me
obsesioné con una flor: la caléndula. ¿Conoces la leyenda de Hécate?

Negué en silencio.

—Cuenta el mito que Hécate, traicionada por un mortal al que confió su amor y secretos, usó la
caléndula para sumergir a sus enemigos con un sueño eterno. En la noche más oscura, preparó un
brebaje con sus pétalos dorados, y uno a uno, sus traidores cayeron, sin despertar jamás. Dicen
que la caléndula creció después en las tumbas de aquellos que la habían ofendido… un
recordatorio de su furia y su justicia, así mismo yo enviaré a un sueño eterno de pesadilla a mis
enemigos cobrando mi venganza.

Su mirada se encendió. —Mito o no, la realidad es que la caléndula posee propiedades únicas
que he aprovechado en mi investigación. Mi nueva y auténtica investigación. No me detendría
hasta lograrlo.

En ese momento, mi vista se posó en su muñeca: llevaba el reloj de Daniela. Lo había notado
aquel día, pero ahora entendía todo. Ese reloj, un obsequio que el padre de Daniela recibió
cuando fue premiado por aquel descubrimiento robado, estaba ligeramente modificado. Alfredo
lo había reparado, eliminando un rasguño en el vidrio. Planeaba enviarlo como prueba de que
tenía a la niña.

—Lo supe ese día —murmuré para mí mismo—. Era extraño… y la carne en tu refrigerador…

Alfredo sonrió. —En verdad me gusta la caza, nada más. Y… sí, me estaba empezando a
enamorar de tu madre.

—Entonces no fuiste tú quien mató a esa mujer.

—Claro que no —respondió sin titubeos—. Eso debió ser ese asesino.

—¿Entonces cómo supiste lo de mi bicicleta?

—Tengo cámaras inalámbricas en varias zonas. Vi cuando casi te atropellan y grabé el vehículo.
Posiblemente era el asesino.

—¡Maldito! —le espeté—. Y si sabes que ese tipo está suelto, matando gente inocente, ¿por qué
no lo delatas?

Alfredo encogió los hombros, con un gesto frío. —Me conviene que siga causando revuelo… así
puedo servirme de ello.

Alfredo dio un paso adelante, sus ojos ardiendo con una mezcla de furia y determinación. Antes
de que pudiera reaccionar, se abalanzó sobre mí, su mano cerrándose como un cepo en torno a
mi cuello. La presión me cortó el aire y sentí el pulso retumbarme en las sienes. Creía que estaba
solo… y que esta vez no escaparía.

Pero yo aún conservaba lo que había apretado en mi puño, oculto tras mi espalda: un puñado de
polvo de tono dorado, similar al de la caléndula, que había guardado en el bolsillo mientras
revisaba las notas y frascos en aquel escritorio. En el instante en que Alfredo me tomó por
sorpresa, supe que era mi única oportunidad. Con un movimiento brusco, le lancé el polvo
directo al rostro.

El efecto fue inmediato. Alfredo soltó un gruñido ronco, retrocediendo con las manos en los ojos,
cegado y tosiendo entre insultos.

En ese momento, Miguel emergió de entre las sombras, veloz como una descarga. Lo tacleó con
fuerza, y mientras Alfredo trataba de recomponerse, le asestó un golpe seco en el costado que lo
hizo tambalear y chocar contra una mesa.

—¡Vamos, ahora! —gritó Miguel.

No lo dudé. Salimos disparados hacia la puerta y nos lanzamos al exterior. El bosque nos
envolvió con su oscuridad espesa, el aire frío golpeándonos el rostro. La tierra húmeda se pegaba
a nuestras zapatillas, y cada rama que crujía bajo nuestros pies parecía señalar nuestra ubicación.
A nuestras espaldas, un rugido de furia rompió el silencio: Alfredo ya nos seguía.

Entre los árboles, apenas iluminados por destellos de luna, corrimos con el corazón desbocado y
los músculos tensos, sabiendo que la cacería había comenzado.

El corazón me golpeaba con tanta fuerza que parecía querer escapar antes que yo. El aire
nocturno se colaba en mis pulmones en bocanadas cortas y afiladas, y el sudor, frío como agua
de pozo, me corría por la espalda. Mis piernas, tensas y ardientes, obedecían a un único mandato:
correr.

Miguel me seguía de cerca, su respiración entrecortada mezclándose con el crujir de hojas y


ramas bajo nuestros pies. Sentía más que veía su silueta a mi lado, un compañero en esta carrera
desesperada. A nuestras espaldas, un golpe seco: la puerta abriéndose con violencia. No hizo
falta mirar; Alfredo ya estaba afuera.

El bosque, denso y lleno de sombras, apenas dejaba pasar destellos de luna que dibujaban
siluetas inquietantes en los troncos. El olor a tierra húmeda y madera podrida impregnaba cada
inhalación. Y entonces, un destello metálico cortó la penumbra. Giré la cabeza lo justo para
verlo: Alfredo, erguido, con un rifle encaramado a su hombro.

El disparo rasgó el silencio con un estallido seco. Sentí la ráfaga caliente del proyectil pasar a
centímetros de mi rostro, levantando un golpe de viento que me quemó la mejilla. El eco del
disparo se desvaneció entre los árboles, pero su voz lo sustituyó, grave y colérica.

—¡Malditos niños! ¡Se atrevieron a liberarla!


Nos dejamos caer tras unos matorrales, los tallos ásperos arañándome la piel. A través de las
hojas, vi su figura avanzar, lenta, implacable, el arma lista.

—Los desollaré como a las presas que cazo —rugió—. Preparé un polvo que los dormirá… para
que no sientan cómo les arranco la piel. Aunque… —una carcajada breve, perturbadora— tal vez
pierda la gracia. Lo mismo usé con Daniela.

Su mirada se inclinó hacia el suelo, siguiendo nuestras huellas. No había más tiempo. Me
impulsé hacia adelante, saliendo de la cobertura, y me lancé sobre él. Rodamos sobre la
hojarasca, su olor acre mezclándose con el de la tierra. Sus manos se cerraron como tenazas en
mi cuello.

—¡Richard! —la voz de Miguel llegó como un trueno. Salió de su escondite, y con una patada
certera en el costado de Alfredo lo arrancó de encima mío.

Las hojas volaron, el viento azotó nuestros rostros, y bajo la luz fría de la luna vi el brillo salvaje
en sus ojos. Supe, con una certeza escalofriante, que aquello solo terminaría cuando el ya no
pudiera continuar.

El forcejeo se volvió encarnizado. Alfredo, a pesar de estar cegado y debilitado, se defendía con
una ferocidad instintiva, esquivando y lanzando golpes que apenas lográbamos bloquear. Sin
embargo, la fuerza combinada de Miguel y la mía comenzó a doblegarlo. Cada impacto lo hacía
retroceder un paso más, cada embestida le arrancaba un gruñido de frustración.

De pronto, noté algo: su respiración era más pesada, sus movimientos más torpes. Recordé lo que
él mismo había dicho sobre su polvo somnífero y no pude evitar una risa breve, incrédula. —
Parece que aquel polvo era tu somnífero, Alfredo… —dije, antes de asestarle un golpe que lo
dejó tambaleando.

—Me las… pagarás… —balbuceó, antes de desplomarse al suelo, inconsciente.

Lo amarramos con una cuerda improvisada, asegurándonos de que no pudiera liberarse. Pasó
casi media hora antes de que escucháramos las sirenas. Carlos y las chicas habían logrado avisar
a las autoridades, que llegaron con un despliegue de luces rojas y azules iluminando el bosque.
Policías armados, paramédicos, y detrás, las madres de Miguel y mía, corriendo hacia nosotros
con rostros pálidos de preocupación.

La escena fue un torbellino de voces, linternas y manos que nos revisaban por si estábamos
heridos. Alfredo fue llevado esposado, todavía inconsciente. Daniela, cubierta con una manta, se
aferraba a Rosa mientras subían a una ambulancia.

Al día siguiente, en mi casa, nos reunimos todos para procesar lo ocurrido. Miguel y yo
relatamos cada detalle, y tras un silencio denso, comenté: —Tal parece que “El Diablo” sigue
suelto.

—¿Vayamos a la guarida del lobo, ¿no? —respondió Miguel con una media sonrisa.
—Mejor donde pit —interrumpió Hanna, cruzada de brazos mientras Rosa asentía con una
sonrisa cómplice.

Carlos se recostó en la silla y dijo: —Bueno, el club está más unido que nunca.

Miré a todos, consciente de que, aunque una batalla había terminado, la guerra seguía abierta. —
La venganza que Alfredo buscaba no se le concedió… y eso es justicia. Porque la justicia real no
nace del odio, sino de evitar que otros caigan en él. Pero siempre habrá quienes confundan la
venganza con justicia… y esos, son los verdaderos enemigos de todos nosotros.

El forcejeo se volvió encarnizado. Alfredo, aunque cegado y debilitado, se defendía con una
ferocidad instintiva, lanzando puñetazos con una precisión brutal. Uno de ellos impactó de lleno
en mi rostro; sentí el crujir seco de la carne contra el hueso y un destello rojo nubló mi visión.
Mis piernas temblaron, la sangre me brotó por la nariz y, al caer, las hojas húmedas se pegaron a
mi mejilla. Miguel, jadeando, me tomó del brazo y me ayudó a incorporarme. Hombro con
hombro, arremetimos contra él, descargando patadas y trompadas que resonaban como
martillazos contra roca.

Alfredo recibía los golpes como una piñata, maldiciendo y devolviendo embestidas que nos
sacudían hasta los huesos. Su musculatura era como acero vivo, pero sabíamos que no podíamos
retroceder. Y aunque no existe roca que resista cien cinceladas precisas… al final, la roca cedió.

Recordé lo que había dicho sobre su polvo somnífero y sonreí con crueldad. —Parece que aquel
polvo era tu somnífero, Alfredo…

—Me las… pagarás… —alcanzó a decir, antes de desplomarse inconsciente.

Lo amarramos con una cuerda improvisada. Pasó media hora antes de oír las sirenas. Carlos y las
chicas habían logrado avisar a las autoridades. Las luces rojas y azules iluminaron el bosque
mientras los policías se desplegaban. Nos cubrieron con mantas térmicas; el frío de la noche se
colaba en los huesos. Una enfermera me limpiaba la sangre seca del labio roto y me ponía una
curita de mariposa sobre la ceja. A lo lejos, vi a Hanna y Rosa bajar con prisa de una camioneta
policial y correr hacia nosotros, sus rostros bañados de alivio. Miguel, igual de magullado, me
observaba mientras un enfermero revisaba sus costillas; al verme, me dedicó una sonrisa
cansada.

Mi madre apareció junto a mí, con el rostro desencajado. —Perdóname, hijo… debí hacerte más
caso con lo de Alfredo. —Tranquila, mamá —le dije, apretando su mano.

Los demás amigos llegaron poco después, agitados y preocupados. —Son increíbles… qué
bueno que están bien —dijo Rosa, con los ojos vidriosos, mientras Hanna apretaba mi hombro
con fuerza.

—¿Y Daniela? —pregunté. —Ya la están atendiendo. Sus padres fueron notificados y te
agradecen mucho lo que hiciste —respondió Carlos.
Asentí y, para mis adentros, pensé que al fin podría estar un poco más en paz.

Al día siguiente, en mi casa, nos reunimos todos. Miguel y yo relatamos cada detalle. Hubo un
silencio denso antes de que yo comentara: —Tal parece que “El Diablo” sigue suelto.

—Eso será un caso para después —intervino Carlos con media sonrisa—. The Poirot Club no
deja cabos sueltos.

—Vayamos a la guarida del lobo, ¿no? —añadió Miguel —Mejor donde pit —replicó Hanna, y
Rosa rio, asintiendo. —El club está más unido que nunca —concluyó Carlos.

Los miré a todos. Una batalla había terminado, pero no la guerra. —La venganza que Alfredo
buscaba no se le concedió… y eso es justicia. Porque la verdadera justicia no nace del odio, sino
de evitar que otros caigan en él. Y siempre habrá quienes confundan la venganza con justicia…
esos son los verdaderos enemigos de todos nosotros.

FIN

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