Práctico 1
Método analítico
Regla fundamental y Atención flotante: sus fundamentos Abstinencia y neutralidad.
Freud “Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico” (1912)
La técnica desautoriza todo recurso auxiliar, incluso tomar apuntes.
Consiste en no querer fijarse en nada en particular y prestar a todo cuanto se escucha la
misma atención parejamente flotante. Evita los esfuerzos de atención y el peligro de escoger
entre el material ofrecido.
En tensar la atención escoge, y en esa selección obedece a sus propias expectativas o
inclinaciones.
Expectativas: se corre el riesgo de no hallar nunca más de lo que ya se sabe.
Inclinaciones: falsea la percepción posible.
Si el médico no obedece a la atención parejamente flotante, aniquila la ganancia de la
asociación libre.
Los elementos del material que ya se ensamblan en un nexo quedarán a la disposición
consciente del médico, lo que brota en caótico desorden reaflora en la memoria tan pronto
como el analizado presenta algo nuevo a lo cual referirlo y a través de lo cual se lo pueda
continuar.
Los errores ocurren sólo cuando hay perturbaciones por haberse envuelto uno mismo.
b) tomar apuntes es una práctica dañina de selección del material. Es una impresión
desfavorable para el paciente, salvo en casos de textos de sueños o fechas, que Freud igual
realiza al final del trabajo del día.
d) pretender de antemano que un caso sea de interés científico obtura el éxito. Por el
contrario, se asegura el éxito terapéutico cuando uno procede como al azar, se deja
sorprender por sus virajes, abordándolos cada vez con ingenuidad y sin premisas.
e) la ambición del logro terapéutico expone al analista a las resistencias del paciente, juego
de fuerzas del cual la curación depende en primer lugar. Freud aconseja obrar como el
cirujano, despojado de lo afectivo.
f) estas reglas pretenden crear el correspondiente, para el médico, de la regla
analítica fundamental instituida para el analizado. Debe volver hacia el icc emisor del
paciente su propio icc como órgano receptor.
El médico debe haberse sometido a una “purificación psicoanalítica” para que sus resistencias
icc y sus propios complejos no generen un nuevo tipo de selección, más dañino que el de la
atención consciente.
Cualquier represión no solucionada es un punto ciego en su percepción analítica.
Quien se autoanaliza tendrá la modestia de esperar siempre nuevos hallazgos tanto dentro
como fuera de él mismo.
g) El compartir la propia experiencia de par a par, lo íntimo, en confianza, se aproxima a las
técnicas por sugestión e inhabilita al paciente a superar resistencias más profundas.
El médico no debe ser transparente para el analizado, sino como la luna de un espejo,
mostrar sólo lo que le es mostrado.
h) Cuidado con la ambición pedagógica, entender las debilidades de los pacientes y no forzar
a la sublimación. Contentarse con que haya adquirido en alguna medida mayor posibilidad de
producir y gozar.
i) Debemos aprender que ni la reflexión, los esfuerzos de atención o voluntad, podrán con los
enigmas de la neurosis. Abstenerse de dar tarea y ser inflexible con la regla fundamental,
teorizar, leer sobre psa no ayuda, sino que intelectualizar el proceso escapa a lo icc.
Freud “Sobre la iniciación del tratamiento” (1913)
Son consejos. La extraordinaria diversidad de las constelaciones psíquicas intervinientes, la
plasticidad de todos los procesos anímicos y la riqueza de los factores determinantes se
oponen a una mecanización de la técnica.
La iniciación del tratamiento planteado en semanas tiene una motivación diagnóstica. No
siempre es claro que es histeria o neurosis obsesiva, puede ser parafrenia y uno errar en el
procedimiento desde el comienzo, incluso fallar a la promesa de curación.
Trabajar con alguien ya conocido, o sus variables, hacen que el paciente enfrente al médico
con una actitud transferencial ya hecha, que éste descubre poco a poco, en vez de presenciar
su construcción.
La confianza o desconfianza en el psa o el tratamiento apenas cuenta frente a las resistencias
internas.
Tiempo y dinero
Aconseja una hora de sesión estipulada y fija. La tolerancia con esto promueve las
inasistencias. Las limitaciones de tiempo no son ventajosas para médico ni para paciente. La
pregunta por cuánto durará el tratamiento es de respuesta imposible.
Aún en personas inteligentes, se pierde la relación entre tiempo, trabajo y resultado. La
neurosis es tratada como una forastera que no sabe de dónde vino y algún día se irá.
Aconseja prevenir a los pacientes que el tratamiento será largo, con tal de que luego no digan
que fue mañoso. Se les permite interrumpir el tratamiento, advirtiendo que no tendrá
resultados positivos.
La abreviación de la cura analítica sigue siendo un deseo justificado cuyo cumplimiento, como
veremos, se procura por diversos caminos. Por desgracia, un factor de mucho peso se les
contrapone: unas alteraciones anímicas profundas sólo se consuman con lentitud; ello sin
duda se debe, en última instancia, a la «atemporalidad» de nuestros procesos icc.
No se puede librar de los síntomas aisladamente. La neurosis de un ser humano posee los
caracteres de un organismo; sus fenómenos parciales no son independientes unos de otros,
pues se condicionan y suelen apoyarse recíprocamente.
En la estima del dinero coparticipan poderosos factores sexuales. Opino que es más digno y
está sujeto a menos reparos éticos confesarse uno mismo sus pretensiones y necesidades
reales, y no, como suele ocurrir todavía hoy entre los médicos, hacer el papel del filántropo
desinteresado.
Al comunicarle espontáneamente en cuánto estima su tiempo le demuestra que él mismo ha
depuesto toda falsa vergüenza.
El paciente no estima más el análisis porque sea barato, de hecho, lo contrario.
Aconseja no realizar tratamientos gratuitos.
Muchas de las resistencias del neurótico se acrecientan enormemente por el tratamiento
gratuito; así, en la mujer joven, la tentación contenida en el vínculo trasferencial, y en el
hombre joven, su renuencia al deber del agradecimiento, renuencia que proviene del
complejo paterno y se cuenta entre los más rebeldes obstáculos de la asistencia médica.
Aconseja el diván, para no ser observado tantas horas por día, y para no mostrar reacciones
al librarse a sus propios pensamientos icc.
Iniciación
Que el paciente haga su relato y elija el punto de partida. Cuénteme lo que sepa de usted
mismo.
Desaconsejar la preparación, practicada sólo para protegerse del afloramiento de ocurrencias
indeseadas, en pos de “aprovechar el tiempo de terapia”.
No se debe ceder, ni esta primera vez ni las ulteriores, a su ruego de que se les indique
aquello sobre lo cual deben hablar.
Todo lo que se anuda a la situación presente (ocurrencias sobre psa, la habitación, etc.)
corresponde a una trasferencia sobre el médico, la que prueba ser apta para una resistencia.
Así, uno se ve forzado a empezar poniendo en descubierto esa trasferencia; desde ella se
encuentra con rapidez el acceso al material patógeno.
Así como la primera resistencia, también los primeros síntomas o acciones casuales del
paciente merecen un interés particular y pueden denunciar un complejo que gobierne su
neurosis.
¿Cuándo debemos empezar a hacer comunicaciones al analizado? ¿Cuándo es oportuno
revelarle el significado secreto de sus ocurrencias, iniciarlo en las premisas y procedimientos
técnicos del análisis?
La respuesta sólo puede ser esta: No antes de que se haya establecido en el paciente una
trasferencia operativa, un rapport en regla. La primera meta del tratamiento sigue siendo
allegarlo a este y a la persona del médico. Para ello no hace falta más que darle tiempo. Si se
le testimonia un serio interés, se pone cuidado en eliminar las resistencias que afloran al
comienzo y se evitan ciertos yerros, el paciente por sí solo produce ese allegamiento y
enhebra al médico en una de las imagos de aquellas personas de quienes estuvo
acostumbrado a recibir amor.
La comunicación prematura de una solución pone fin a la cura prematuramente.
La comunicación consciente de lo reprimido no deja de producir efectos en el enfermo. Claro
que no exteriorizará los efectos deseados —poner término a los síntomas—, sino que tendrá
otras consecuencias. Primero incitará resistencias, pero luego, una vez vencidas estas, un
proceso de pensamiento en cuyo decurso terminará por producirse el esperado influjo sobre
el recuerdo icc.
Ya es tiempo de obtener un panorama sobre el juego de fuerzas que ponemos en marcha
mediante el tratamiento. El motor más directo de la terapia es el padecer del paciente y el
deseo, que ahí se engendra, de sanar.
Simoes “¿Una nueva clínica psicoanalítica? Consejos al médico hoy” (2000)
La clínica es cambiante por definición.
En el texto de Freud, la clínica es una cuestión personal, individual, que no puede ser regulada
desde afuera.
“Los psicoanalistas dóciles no supieron entender la elasticidad, de las reglas que les impuse.
Se sometieron a ellas como si fueran tabúes.”
Lo invariante es la atención flotante.
La resistencia es a esa comunicación de Inc. a Inc. y no a la palabra del analista. Las reglas
tratan de impedir o disminuir las resistencias a esa comunicación en ambos. No hay técnicas
para producir tal encuentro, que es aleatorio. Son intentos de suprimir los obstáculos cuando
el encuentro se hace viable.
Negamos menos la realidad, que se impone de todos modos. Quizás aprendimos que es inútil
oponerse a lo real y que el trabajo psicoanalítico tiene sus límites. Los tiempos son otros. Las
sesiones no serán más cortas por la velocidad de la vida actual; pero el modo de vida actual
se opondrá a los tratamientos prolongados.
Yo sostengo que “Encuadre” es el modo de hacer posible la situación o el discurso
psicoanalítico. Es un producto de la Teoría, que encuadra a ambos, tanto al paciente como al
psicoanalista.
El dispositivo psicoanalítico es imperfecto. La comunicación icc a icc ocurre y no podemos
forzarlo, solo generar las condiciones de facilitación para que ocurra.
No puede reglamentarse la duración del tratamiento.
Todo indica que las instituciones perdieron la capacidad de orientar la práctica de sus
miembros. Esto, más que las diferencias teóricas, indujo a rupturas, fragmentaciones y
clandestinidades. Hoy, por esas cosas, sabemos poco de lo que pasa en el interior de los
consultorios.
El dinero: fue exagerado su lugar en la resistencia; más de uno pagaría por no venir, y los
tratamientos, hoy, se hacen sin relación de dinero entre paciente y analista. Nosotros
cobramos porque vivimos de esto; no porque sea mejor para el paciente. Los tiempos de
crisis, la inflación, la realidad.
La práctica no solo es contextuada sino, además, determinada por la realidad social
compartida.
Práctico 2
Primeras entrevistas
Consulta. Pedido. Demanda.
Aulagnier “Las entrevistas preliminares y los movimientos de apertura” (1992)
Si en nuestra práctica no ignoramos los constreñimientos temporales —esperamos al menos
que así sea—, tenemos la obligación de reservar una libertad muy grande al tiempo de la
interpretación. No podemos prever cuándo esta se hará posible, ni qué trabajo de
preparación, de elaboración hará falta para que el sujeto pueda apropiarse de ella y utilizarla
en provecho de su organización psíquica.
No podemos acrecentar demasiado la cantidad de las entrevistas preliminares sin correr el
riesgo de que nuestra negativa se produzca demasiado tarde, con menoscabo de la economía
psíquica del sujeto. La ruptura —por nosotros decidida- de la relación se vivirá, con toda
probabilidad, como la repetición de un rechazo, la confirmación de la existencia de un
perseguidor, la reapertura de una herida, reacciones que pueden tener un efecto
desestructurante, provocar la descompensación de un frágil equilibrio.
Cuando se trata de pronunciarse sobre la analizabilidad o la no analizabilidad de un sujeto
«abstracto», cuando sólo se toma en cuenta su pertenencia a tal o cual conjunto de nuestra
psicopatología —neurosis, psicosis, perversión, caso fronterizo—, es posible recurrir a
conceptos teóricos y generales sobre los que se puede llegar a un acuerdo.
Cuando se trata, no de un sujeto abstracto, sino de un sujeto viviente, real, la cosa se
complica.
El analista tendrá que decidir si tiene o no interés de proponerse a este sujeto como eventual
analista.
El analista deberá hacer un «autodiagnóstico» sobre sus resistencias, su capacidad de investir
y de preservar una relación trasferencial no con un neurótico, un psicótico, un fronterizo, sino
con lo que llegado el caso entrevea, más allá del síntoma, acerca de la singularidad del sujeto
a quien se enfrenta.
Las entrevistas preliminares deberán entonces proporcionarle los elementos y el tiempo
necesarios para llevar a buen puerto ese trabajo de autointerrogación.
Analizable
1) Juzgar a un sujeto analizable es creer o esperar que la experiencia analítica ha de permitir
traer a la luz el conflicto icc que está en la fuente del sufrimiento psíquico y de los síntomas
que señalan el fracaso
2) que el sujeto sea capaz de poner aquella iluminación al servicio de modificaciones
orientadas de su funcionamiento psíquico. Reforzar la acción de Eros a expensas de Tánatos,
hacer más fácil el acceso al derecho y al placer de pensar, de disfrutar, de existir, facilitar un
trabajo de sublimación que permita al sujeto renunciar, sin pagarlo demasiado caro, a ciertas
satisfacciones pulsionales.
Advierte del peligro de extender las entrevistas preliminares, pero también de entrar en
análisis muy rápido. Quedan, analizado y analizante, en una relación transferencial de
repetición e interpretación inocua.
Movimientos de apertura
Posición de silencio, de aliento, formas de diálogo. El analista persigue un objetivo bien
preciso: elegir la apertura más idónea para reducir, en la transferencia que se habrá de
establecer, los efectos de los movimientos de resistencia, de huida.
Los movimientos de apertura son función de lo que el analista prevé y anticipa sobre la
relación trasferencial futura.
Todo analista convendrá en que tiene que privilegiar lo que ha podido aprehender de la
intensidad y la cualidad de los afectos movilizados en los dos.
Relación con la demanda, desafección del discurso, contratransferencia.
La relación del sujeto con su historia infantil y, sobre todo, el investimiento o desinvestimiento
que sobre ese pasado recae son, a mi parecer, las manifestaciones más de superficie, y hasta
más directamente perceptibles, respecto de otras tres relaciones que sólo un prolongado
trabajo analítico permite traer a la luz; la relación del yo con su propio ello, la relación del yo
con ese «antes» de él mismo que lo ha precedido, su relación con su tiempo presente y con
los objetos de sus demandas actuales.
La apertura de la partida en la psicosis
Así en la neurosis como en la psicosis, desde luego, la «buena apertura» siempre será la que
más garantías me ofrezca de que el lugar que inicialmente he ocupado no quedará fijado de
una vez para siempre, ni por mis movimientos de apertura ni por los de mi compañero.
Están primero los representantes que su propia psique se ha formado de los padres; y
después, esos mismos representantes, según el exterior se los envía en la forma de esas
voces.
No se puede evitar que el sujeto nos haga ocupar uno de esos lugares. Uno no puede ni debe
oponerse a ese mecanismo proyectivo, pero tenemos que intentar, con variables perspectivas
de éxito, probarle al sujeto que en ciertos momentos, más o menos fugaces, podemos
también estar «en otro lugar».
En la neurosis podemos tener interés en favorecer el mecanismo proyectivo, en apoyamos en
él para permitir al sujeto la reactualización de sus conflictos infantiles, su confrontación con
un deseo incestuoso nunca realizado pero nunca «disuelto».
En psicosis, la apertura se tiene que dirigir a la exigencia inversa: hacer sensible al sujeto lo
que dentro de esta relación no se repite, lo diferente que ella ofrece; lo no experimentado
todavía.
El concepto de «neurosis de transferencia» sólo tiene sentido porque define un mecanismo
bien particular: la removilización, merced a la transferencia, de la forma infantil de una
neurosis, que permitirá al sujeto recuperar el enunciado de demandas, la expresión de
deseos, que el adulto en que ha devenido había ya reelaborado y disfrazado en la forma de
síntomas.
Freud: Sustituir la neurosis infantil por una neurosis de transferencia que puede «ser curada
por el trabajo terapéutico».
(En psicosis) Creo que cualesquiera que fueren las proyecciones que por el camino se
produzcan sobre nuestra persona, el investimiento del encuentro y de la relación por parte del
psicótico tiene como condición primera (en el orden temporal y en el jerárquico) su encuentro
con una función de él mismo, recuperada, que es su función de escuchante de su propio
discurso.
Kohan “Notas sobre el dinero” (2023)
Hay muchos lugares comunes en referencia al pago del análisis. Y considero que esos lugares
comunes funcionan coaccionando la disposición de un analista a inventar. Porque el análisis
es un ejercicio en el que se inventan respuestas cada vez, respuestas que no se saben de
antes. Cuanto más reglas hay, menos margen de invención.
Las reglas son un corsé que no permiten moverse y lo cierto es que si aplastamos el espacio
analítico con reglas, se convierte en otra cosa. La única regla es la regla fundamental:
asociación libre y su contraparte, atención flotante.
Si algo caracteriza el análisis, es estar dispuestos a la sorpresa, al hallazgo, a la contingencia.
Una regla hace de la cosa algo invariable, fijo y regulado, algo anticipable y calculable. Y si
algo tiene la transferencia, es que resulta incalculable.
Freud: “tratar las relaciones monetarias ante el paciente con la misma natural sinceridad” con
la que tratan los asuntos sexuales. Saber hacer, saber inventar.
Lo que paga un paciente no es el equivalente a lo que cobra un analista. No hay transacción
posible. En esa diferencia, en ese hiato, se abre todo el espacio en el que no queda otra cosa
que la transferencia como invención, no queda otra cosa que la invención transferencial. El
analista paga con su persona.
La relación con el dinero nunca es limpia, ni directa. Está contaminada de neurosis. Miserable
o generoso, agarrado o desprendido, despilfarrador o retentivo, impedido o arriesgado: las
formas de dar y de tener se comportan de manera similar, se trate de dinero, de afecto, de
amor, de odio. Hay una transmisión familiar de esas formas.
Miller Cap. 1: “Introducción a un discurso del método analítico” (2005)
No hay ningún punto técnico en el análisis que no se vincule con la cuestión ética.
Las cuestiones técnicas son siempre cuestiones éticas, y esto por una razón muy precisa:
porque nos dirigimos al sujeto.
No tenemos patrones en la orientación lacaniana, tenemos principios.
El primer pedido en la experiencia analítica es la demanda de ser admitido como paciente.
La primera avaluación es hecha por el paciente, es él el que primero avala su síntoma.
Aceptarlo o rechazarlo ya es un acto analítico.
La práctica de las entrevistas preliminares es una consecuencia directa de cómo damos una
estructura a las “bienvenidas”. Esto es lo que significa la práctica de las entrevistas
preliminares. Significa que el comienzo es aplazado, el analista se demora en iniciar el
proceso del análisis hasta que esté satisfecho, en el sentido de poder autorizar la demanda de
análisis.
No hay práctica standard, las entrevistas preliminares pueden durar semanas, meses, años.
Tres niveles que se superponen, que describen los principios metódicos del psa:
1) Avaluación clínica subjetivación
2) Localización subjetiva rectificación
3) Introducción al icc.
(subjetivación y rectificación son los nombres de los vínculos entre los niveles)
Avaluación clínica: realizar el diagnóstico diferencial. Importancia de reconocer la
estructura, sobre todo en psicosis no desencadenadas.
Indicación de Winnicott: si aborrece al paciente, envíelo al psiquiátrico, si no, consérvelo.
Posición ética respecto a la contratransferencia, como operativa. Si duele la cabeza, la
barriga, da indicios de la estructura clínica del paciente.
Lacan se diferencia: diferenciar por el saber clínico, no por la contratransferencia, sino por los
fenómenos elementales.
1) fenómenos de automatismo mental: irrupción de voces, discursos de otros.
2) fenómenos de cuerpo: extrañeza en relación con el cuerpo, despedazamiento, distorsión de
lo temporal.
3) fenómenos del sentido y la verdad: el paciente distingue signos que le conciernen a él, que
no puede precisar su significación.
Diferenciar histeria y psicosis. Alucinaciones histéricas, relación con el cuerpo. Delirios
obsesivos. Neuróticos con goce sexual perverso.
El verdadero perverso, que en realidad no encontramos mucho, se ve cuando viene a pedir
formación analítica porque quiere satisfacer su pulsión voyeurista de conocer y rectificar el
goce de los otros. Es una demanda que considero que se debe rechazar.
El diagnóstico no puede ser separado de la localización subjetiva que introduce, en la propia
práctica analítica, la necesidad de considerar como un operador práctico la categoría
lingüística de la enunciación.
Miller Cap. 2: “Diagnóstico psicoanalítico y localización subjetiva” (2005)
En el campo analítico buscamos un diagnóstico del sujeto, al contrario de la objetividad
psiquiátrica.
La función operativa de la ignorancia, una ignorancia “elegida”, es la misma que la de la
transferencia, la misma que la de la constitución del Sujeto supuesto Saber. El Sujeto
supuesto Saber no se constituye a partir del saber sino que se constituye a partir de la
ignorancia.
Subjetivación
El homosexual tiene su manera de gozar, hay que respetarla. El elemento nuevo que puede o
debe introducir la experiencia analítica, es la posición que el paciente asume en relación a su
homosexualidad.
Las personas que vienen al análisis se sienten “mal-hechos”.
Una cuestión fundamental del sujeto en análisis es: ¿a qué cosas tengo derecho? Se ve que
un neurótico puede negarse a abandonar las cosas que le impiden gozar porque,
inconscientemente, no tiene derecho a eso. Sabemos que el derecho es siempre una ficción
simbólica.
El sujeto en la clínica es un sujeto de derecho, un sujeto que establece su posición con
relación al derecho, o sea, no se trata de un sujeto de hecho.
Localización subjetiva
Más allá de la observación zoológica, de la vestimenta y la conducta no verbal, lo esencial es
lo que el paciente dice.
Separarnos de la dimensión del hecho para entrar en la dimensión del dicho, que no está muy
lejos de la dimensión del derecho.
Ir de los hechos a los dichos no es suficiente. Localizar al sujeto de la enunciación, su posición
con relación a sus propios dichos.
Alguien puede decir alguna cosa sin creer en lo que dice y, por qué no decirlo, ésta es la
regla. Eventualmente, en el análisis, el sujeto dice algo para verificar si el analista le cree y, si
le cree, el propio sujeto comienza a creer, o aun, por el contrario, si el analista cree, el sujeto
se asegura de que el analista es un tonto.
Tenemos que permitir al sujeto algunos engaños y no ir a buscar, inmediatamente, al sujeto
en su fondo para decir que no es verdad, que hay una contradicción. Al contrario, es preciso
permitir, principalmente en las entrevistas preliminares, que continúe mintiendo un poco en
sus propios dichos. Y eso, de hecho, ya constituye una introducción al inconsciente. La
localización subjetiva introduce al sujeto en el inconsciente.
El neurótico no puede aceptar el deseo sin la marca de la negación sobre éste.
Formula Lacan, “Usted lo dice, yo no se lo hago decir”. Es presentar al sujeto su propio dicho,
lo que de cierto modo significa “Coma lo que usted dice”.
No hay discurso que no ponga, continuamente, el dicho anterior entre comillas tal y como si
fuese una cita.
Un paciente, por ejemplo, dice “Soy un don nadie”. Esto es un dicho, pero el sujeto puede
decir, inmediatamente después “Es lo que mi padre siempre decía" y, con eso, el valor de la
primera frase cambia con la segunda y, asimismo, esta situación produce cierta ambigüedad
pues se debe verificar si el padre decía eso respecto del paciente o si lo decía de sí mismo.
Esto responde a la estructura significante mínima, según la cual el significante, en este caso
una frase, toma su sentido solamente a partir de la retroacción de un segundo significante.
En general, no hay una unidad de la cadena significante desde el punto de vista de la
enunciación. Una palabra es, en realidad, la repetición del discurso del Otro. Tiene carácter de
cita. Es la voz del padre cuando el sujeto dice, por ejemplo: “Soy un don nadie".
Para un psicótico, a pesar de no conocer todos los detalles de sus alucinaciones, la
alucinación es un punto de certeza, todo a su alrededor puede ser confuso, pero no la
alucinación: él escuchó una voz en su cabeza.
Eso es la dirección de la cura: saber lo que debe y lo que no debe ser tomado en serio. Es
posible que el analista se interese por una alucinación histérica, pero si manifiesta ese
interés, esa alucinación puede durar meses porque, para satisfacer o frustrar su deseo,
manifestado por las alucinaciones, el sujeto histérico puede producir esto a lo largo de mucho
tiempo.
Mi primera frase fue: “Usted no quiere cambiar”. Evidentemente, ésta le parecía ser la mejor
posición del mundo porque era la posición paterna. Muestra ser un neurótico obsesivo muy
decidido y la inferioridad supuesta de su mujer era, para él, una condición de su deseo.
Después de algunos minutos, mi segunda frase fue: “Para usted las mujeres son seres
inferiores”. Eso me llevó a no aceptar, a no avalar, esa demanda de análisis así formulada.
Práctico 3
Función de las primeras entrevistas
Condiciones de posibilidad de un Tratamiento. Diagnóstico. Analizabilidad.
Rubinstein “Algunas cuestiones relativas al diagnóstico en psicoanálisis” (1999)
La semiología psiquiátrica, en su precisión clasificatoria, busca los signos objetivos de los
trastornos de las funciones psíquicas pero desatiende los procesos de su determinación
subjetiva.
La obtención de un diagnóstico que nombre adecuadamente la enfermedad tiene un efecto
tranquilizador especialmente para el médico, en tanto cree reducir su no saber.
Hablar de diagnóstico es hacer teoría, es construir un saber. No se trata de una cuestión
meramente especulativa ya que esta teoría tiene consecuencias al nivel de nuestra práctica,
al mismo tiempo que surge de ella.
El diagnóstico en psicoanálisis no es sólo un nombre ni se limita a poner la etiqueta a un tipo
clínico. Es diagnóstico del sujeto, producido en transferencia, da cuenta de la posición del
sujeto en la estructura.
En Freud, la precisión diagnóstica va más allá de un simple sistema clasificatorio descriptivo.
Verifica la posibilidad de transferir como condición para iniciar un tratamiento.
El diagnóstico permite distinguir formas de funcionamiento y organización subjetiva y en esta
perspectiva se acerca al sentido etimológico del término.
La búsqueda de recurrencias y el establecimiento de diferencias forma parte del intento del
pensamiento por construir un saber que nos permite ordenar y penetrar en la complejidad de
lo real. Freud va a encontrar que en la variabilidad de lo fenoménico hay un orden, una
legalidad. A esto apunta la idea de estructura. Hay reglas recurrentes, un ordenamiento que
organiza el campo de lo que aparece.
La producción teórica y la práctica analítica constituyen dos momentos diferenciados del
quehacer analítico, aunque sin duda interdependientes.
Mientras el analista está en su posición en el dispositivo, no puede estar pensando en el
diagnóstico. Anteponer el “saber referencial” al “saber textual” no permite estar atento a la
singularidad de las asociaciones del paciente.
Si el analista identifica rápidamente al paciente con lo que ya sabe, corre el riesgo de
comprender demasiado rápido, de escuchar lo que ya cree saber.
Lacan: “...es indispensable que el analista sea al menos dos, el analista para tener efectos y
el analista que, a esos efectos, los teoriza”.
No se trata de hacer una clasificación de superficie, sino de penetrar en la trama de
relaciones, en la posición del sujeto en la estructura, y esto no siempre puede establecerse de
entrada. Podría decirse que el diagnóstico es una conjetura que se construye a partir de lo
que se escucha y que debe ser verificada también en lo que se escucha. Esto requiere que el
analista pueda soportar sus errores y que esté dispuesto a redefinir la conjetura si aparece
algo nuevo, o si escucha algo que hasta ese momento había sido pasado por alto.
Práctico 4
Transferencia
Instalación de la transferencia
Freud “Sobre la dinámica de la transferencia” (1912)
Todo ser humano, por efecto conjugado de sus disposiciones innatas y de los influjos que
recibe en su infancia, adquiere una especificidad determinada para el ejercicio de su vida
amorosa, o sea, para las condiciones de amor que establecerá y las pulsiones que satisfará,
así como para las metas que habrá de fijarse.
Esto da por resultado un clisé que se repite de manera regular en la trayectoria de la vida.
Sólo una parte de las mociones deviene consciente, otra parte es icc y se despliega en las
fantasías.
La necesidad de amor insatisfecha puede volcarse en representaciones-expectativa, donde
confluyen ambas partes.
Una de ellas puede ser el médico. Inserta al médico en una de esas series psíquicas.
Freud observa que cuando se detiene la asociación (se deniega, no se silencia), es posible
eliminar la parálisis indicando que el paciente tuvo una ocurrencia referida al médico.
La transferencia es intensa por la neurosis en sí, no por el dispositivo psicoanalítico.
La transferencia como resistencia:
Toda contracción de neurosis supone una introversión de la libido. Disminuye la libido vuelta
hacia la realidad, y aumenta el sector de la libido extrañada de la realidad, perteneciente a lo
icc (aunque pueda alimentar fantasías).
La libido regrede a imagos infantiles.
El análisis busca volverla de nuevo asequible de conciencia, y eso despierta las resistencias.
La libido siempre estuvo bajo atracción de complejos icc, cayó en la regresión por haberse
relajado la atracción de la realidad.
Para liberarla es preciso vencer la atracción icc, cancelar la represión (esfuerzo de desalojo)
de las pulsiones icc y sus producciones.
La resistencia acompaña todos los pasos del tratamiento, es producto del conflicto entre
sanar y las fuerzas contrarias.
Si se persigue el síntoma hasta lo icc, y algo de eso es transferible a la persona del médico,
sobreviene una ocurrencia inmediata y se manifiesta en forma de resistencia, por ej. se
detienen las asociaciones.
La idea transferencial deviene cc porque acata a la moción pero también a la resistencia.
Cuando se aproxima a un núcleo patógeno, la parte transferible es la que primero se muestra,
pero esto no quiere decir que sea lo clave, puede ser una elección “táctica” de la resistencia,
defenderse con intensidad sólo por esta vez.
Freud distingue la transferencia positiva de la negativa, y señala que las mociones tiernas,
amistosas, empáticas tienen origen en apetitos puramente sexuales que han sido debilitados
de su meta.
La transferencia, entonces es resistencia en la cura cuando es negativa, o cuando responde a
mociones eróticas reprimidas.
El análisis pone al descubierto mociones icc, que como tales responden al proceso primario, la
pulsión busca satisfacerse en su atemporalidad y en su carácter alucinatorio, al modo de los
sueños.
“El paciente quiere actuar sus pasiones sin atender a la situación objetiva (real).”
En los fenómenos transferenciales se juega la lucha entre médico y paciente, actuar y
discernir, intelecto y pulsión.
Freud “Puntualizaciones sobre el amor de transferencia” (1914)
En este texto, Freud advierte que el núcleo del análisis se juega en el manejo de la
transferencia.
La aparición del fenómeno del enamoramiento del paciente en el análisis es análogo a la
suspensión de una obra teatral al grito de fuego. Todo se paraliza, el interés por el análisis, las
asociaciones, todo se vuelve en función de la demanda amorosa.
Sobreviene con regularidad cuando se insta al paciente a recordar un fragmento muy penoso.
El enamoramiento estaba de antes, pero ahora sirve a la resistencia.
Freud indica no reprimir las mociones, incitando a abandonarlas, tampoco a actuar una
correspondencia. Eso afectaría la base de veracidad del método psicoanalítico, de valor
pedagógico y ético.
“Hay que dejar subsistir en el enfermo necesidad y añoranza como unas fuerzas pulsionantes
del trabajo y la alteración, y guardarse de apaciguarlas mediante subrogados. Es que uno no
podría ofrecer otra cosa que subrogados, puesto que la enferma, a consecuencia de su estado
y mientras no hayan sido levantadas sus represiones, será incapaz de lograr una efectiva
satisfacción.”
Si el médico corresponde pensando que es la cura, sólo el paciente satisface su meta, es una
derrota para la cura.
“Ella habría conseguido aquello a lo cual todos los enfermos aspiran en el análisis: actuar,
repetir en la vida algo que sólo deben recordar, reproducir como material psíquico y conservar
en un ámbito psíquico.”
Uno retiene la trasferencia de amor, pero la trata como algo no real, como una situación por
la que se atraviesa en la cura, que debe ser reorientada hacia sus orígenes icc y ayudará a
llevar a la conciencia lo más escondido de la vida amorosa de la enferma, para así gobernarlo.
La paciente, cuya represión de lo sexual no ha sido cancelada, sino sólo empujada al
trasfondo, se sentirá entonces lo bastante segura para traer a la luz todas las condiciones de
amor, todas las fantasías de su añoranza sexual, todos los caracteres singulares de su
condición enamorada, abriendo desde aquí el camino hacia los fundamentos infantiles de su
amor.
La resistencia no ha creado este amor; lo encuentra ahí, se sirve de él y exagera sus
exteriorizaciones.
No hay ningún derecho a negar el carácter de amor «genuino» al enamoramiento que
sobreviene dentro del tratamiento analítico. Si parece tan poco normal, ello se explica
suficientemente por la circunstancia de que todo enamoramiento, aun fuera de la cura
analítica, recuerda más a los fenómenos anímicos anormales que a los normales.
1) es provocado por la situación analítica; 2) es empujado hacia arriba por la resistencia que
gobierna a esta situación, y 3) carece en alto grado del miramiento por la realidad objetiva, es
menos prudente.
Si es provocado por la situación analítica, es prohibición firme tomar ventaja personal de ello.
La ética se funde con la técnica, la meta es que esta mujer estorbada en su capacidad de
amar por unas fijaciones infantiles alcance la libre disposición sobre esa función de
importancia inestimable para ella, en la vida real.
Práctico 5
Transferencia como motor y como obstáculo.
Freud “Conferencia 27: La transferencia” (1915)
La posición del psicoanalista difiere de ser un mentor, ansiamos que el paciente decida de
manera autónoma.
La tarea de la terapia consiste en posibilitar que el conflicto psíquico se resuelva en el mismo
terreno (traducir lo icc a lo cc).
Cancelamos represiones, eliminamos condiciones para la formación de síntomas, mudamos
conflicto patógeno en normal.
No basta con comunicarle nuestro saber sobre su icc al paciente, sino buscar en el recuerdo el
lugar en que eso icc se produjo por acción de la represión.
Primero, buscar la acción de la represión, luego eliminar la resistencia que la sostiene.
La resistencia es producida por la contrainvestidura frente a la moción chocante. Pertenece al
yo (no quiere decir cc exclusivamente, puede ser la parte icc del yo, 1915)
Buscamos interpretar y comunicar al paciente la resistencia, para eliminarla.
Se trabaja con el yo del paciente, que es colaborador, y su inteligencia cc.
El trabajo sobre las resistencias se libra en el mismo terreno psicológico, el yo. La lucha es
entre los motivos por mantener la contrainvestidura y los esfuerzos por resignarla. Se renueva
el conflicto viejo, infantil en que el había operado la represión. Se trabaja con un yo más
maduro.
El paciente desarrolla un interés particular hacia el médico que genera un primer tiempo de
análisis muy agradable, esto en un momento se detiene.
Freud conjetura que el paciente transfiere intensos sentimientos de ternura, que estaban ya
preparados y en la oportunidad del tratamiento analítico se transfieren sobre la persona del
médico.
Freud afirma que la transferencia ocurre desde el comienzo del tratamiento, es el resorte
impulsor del trabajo, aunque no se registra.
Superamos la transferencia cuando demostramos al enfermo que sus sentimientos no
provienen de la situación presente y no valen para la persona del médico, sino que repiten lo
que a él le ocurrió una vez, con anterioridad.
De tal manera lo forzamos a mudar su repetición en recuerdo. Pasa de ser amenaza al mejor
instrumento para la cura.
En esta situación, se trabaja con una neurosis recién creada, que uno vio nacer y crecer, y el
analista ocupa una posición de objeto, ventajosa para el trabajo analítico.
Todos los síntomas del enfermo han abandonado su significado originario y se han
incorporado a un sentido nuevo, que consiste en un vínculo con la trasferencia.
El domeñamiento de esta nueva neurosis artificial coincide con la finiquitación de la
enfermedad que se trajo a la cura, con la solución de nuestra tarea terapéutica. El hombre
que en la relación con el médico ha pasado a ser normal y libre del efecto de unas mociones
pulsionales reprimidas, sigue siéndolo también en su vida propia, cuando el médico se ha
hecho a un lado.
Las neurosis narcisistas no son tratables, porque no hacen transferencia, son indiferentes al
médico.
Freud “Conferencia 28: La terapia analítica” (1916)
La sugestión directa es una sugestión dirigida contra la exteriorización de los síntomas, una
lucha entre la autoridad de ustedes y los motivos de la enfermedad. Al practicarla, ustedes no
hacen caso de estos motivos; sólo exigen al enfermo que sofoque su exteriorización en
síntomas.
La cura analítica impone a médico y enfermo un difícil trabajo que es preciso realizar para
cancelar unas resistencias internas. Mediante la superación de estas, la vida anímica del
enfermo se modifica duraderamente, se eleva a un estadio más alto del desarrollo y
permanece protegida frente a nuevas posibilidades de enfermar.
La solución de sus conflictos y la superación de sus resistencias sólo se logra si se le han dado
las representaciones-expectativa que coinciden con su realidad interior.
El neurótico es incapaz de gozar y de producir (rendir); de lo primero, porque su libido no está
dirigida a ningún objeto real, y de lo segundo, porque tiene que gastar una gran proporción de
su energía restante en mantener a la libido en el estado de represión (desalojo) y defenderse
de su asedio. Sanaría si el conflicto entre su yo y su libido tocase a su fin, y su yo pudiera
disponer de nuevo de su libido. La tarea terapéutica consiste, entonces, en desasir la libido de
sus provisionales ligaduras sustraídas al yo, para ponerla de nuevo al servicio de este. Ahora
bien, ¿dónde está la libido del neurótico? Fácil es averiguarlo; está ligada a los síntomas, que
le procuran la satisfacción sustitutiva, la única posible por el momento.
Es preciso renovar este conflicto y llevarlo a otro desenlace con el auxilio de fuerzas
impulsoras que en su momento no estaban disponibles. Toda la libido, así como toda
resistencia contra ella, converge en una única relación, la relación con el médico.