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Documento Sin Título

Lucía vive sola en un apartamento y experimenta una extraña presencia en su despensa, donde escucha un susurro que la llama por su nombre. Al investigar, encuentra un ojo diminuto que provoca la aparición de una figura sombría que la amenaza y la atrapa en su oscuridad. Desde entonces, Lucía siente que está siendo observada y escucha susurros constantes, sin poder escapar de la entidad que ha liberado.
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Lucía vive sola en un apartamento y experimenta una extraña presencia en su despensa, donde escucha un susurro que la llama por su nombre. Al investigar, encuentra un ojo diminuto que provoca la aparición de una figura sombría que la amenaza y la atrapa en su oscuridad. Desde entonces, Lucía siente que está siendo observada y escucha susurros constantes, sin poder escapar de la entidad que ha liberado.
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Lucía era una mujer que vivía sola en un moderno y acogedor apartamento en las afueras

de la ciudad. Aunque disfrutaba de su independencia, la soledad a veces le resultaba


incómoda, especialmente en las largas noches de invierno cuando la oscuridad parecía
apoderarse de la atmósfera. Sin embargo, estaba acostumbrada a su rutina: trabajar desde
casa, ordenar, leer, y salir de vez en cuando a dar una caminata. En general, su vida era
tranquila, sin grandes sorpresas.

Una noche, después de una larga jornada de trabajo, Lucía decidió preparar una cena ligera
antes de irse a dormir. Al entrar a la cocina, un extraño sonido la hizo detenerse. Desde la
despensa, provenía un suave susurro, como si algo se estuviera moviendo detrás de las
puertas cerradas. La mujer frunció el ceño, convencida de que solo era el viento o alguna de
las tuberías que hacían ruidos extraños, como solían hacerlo en el edificio.

Sin embargo, al abrir la puerta de la despensa, algo la desconcertó aún más. No había nada
fuera de lugar, pero el aire estaba inusualmente frío, como si el espacio estuviera vacío de
vida. Lucía tomó una lata de tomates y la dejó sobre la mesa, sin pensarlo demasiado. Pero
el susurro continuó, solo que esta vez sonaba más claro, y parecía llamarla. El sonido,
lejano pero cercano a la vez, le parecía casi humano.

"Lucía..." El susurro pronunció su nombre con suavidad.

Sobresaltada, Lucía cerró la puerta de la despensa de golpe, creyendo que su mente le


estaba jugando una broma. Miró alrededor, pero nada parecía fuera de lugar. Pidió
disculpas a la aparente quietud de su apartamento y se sentó a comer. No era la primera
vez que escuchaba algo extraño, pero lo cierto era que nunca había sentido un escalofrío
tan profundo.

La cena transcurrió con normalidad, pero esa noche Lucía no pudo dormir bien. Sentía
como si algo la observase, como si una presencia invisible acechara cada rincón de la
habitación. El susurro de la despensa había quedado grabado en su mente, y cuando se
apagó la luz, pensó que tal vez, solo tal vez, había algo más allí.

La siguiente noche, después de terminar su trabajo, Lucía volvió a la cocina para preparar
algo más de comer. Al acercarse a la despensa, notó que la puerta estaba entreabierta. El
corazón le dio un vuelco. Estaba segura de que la había cerrado la última vez. Dudó un
momento, pero la curiosidad pudo más. Al abrirla, un viento helado salió disparado, como si
algo estuviera atrapado en su interior.

Entonces lo vio. Un pequeño objeto, casi imperceptible, se encontraba en el suelo de la


despensa. Parecía un fragmento de cristal roto, pero al acercarse, Lucía se dio cuenta de
que no era cristal. Era un ojo, un ojo diminuto, rodeado de una membrana grisácea y
descompuesta. El ojo no tenía pupilas, solo una sombra profunda que la observaba. Se
congeló, incapaz de moverse. Algo le decía que no debía tocarlo, que no debía mirar más
allá de lo que ya había visto.

Pero, como si estuviera bajo el hechizo de esa visión, extendió la mano y lo recogió.
Inmediatamente, el aire en el apartamento se volvió denso y opresivo. Lucía dejó caer el ojo
al suelo, pero al mirar hacia atrás, vio que algo comenzaba a materializarse en la oscuridad
de la despensa: una figura, formada de sombras, lentamente iba tomando forma humana.
Su piel era pálida, como la cera derretida, y sus ojos estaban vacíos, como el ojo que
acababa de tocar.

"Gracias por liberarme", dijo una voz profunda, casi gutural.

Lucía retrocedió, temblando de terror. La figura se deslizó hacia ella, sus pies no tocaban el
suelo. No podía gritar, no podía moverse, solo quedaba observando cómo se acercaba.

La figura avanzó lentamente hasta quedar frente a ella. La desesperación la invadió cuando
la sombra levantó una mano, su dedo largo apuntando hacia su rostro.

"Te esperaba", susurró la entidad. "Has abierto la puerta. Ahora debo quedarme."

Con un temblor incontrolable, Lucía giró y huyó de la cocina, pero al atravesar el umbral del
pasillo, las luces comenzaron a parpadear. A medida que avanzaba, las paredes de su
apartamento se desvanecían en la oscuridad, como si la propia estructura de la casa
estuviera siendo desintegrada. El sonido de las puertas y las ventanas cerrándose con
fuerza resonaba en sus oídos.

Corrió hacia su habitación, buscando desesperadamente el teléfono para llamar a la policía,


pero no pudo encontrarlo. Se giró, y ahí, en la esquina de la puerta de la despensa, estaba
la figura. Ahora, su rostro estaba formado, deformado por la oscuridad y con una sonrisa
macabra que le helaba la sangre.

"Puedes huir", dijo la sombra, su voz más fuerte, más clara. "Pero ya nunca serás libre.
Ahora serás parte de esto."

Lucía, incapaz de resistirse, sintió cómo su mente comenzaba a nublarse. La oscuridad,


ahora más densa, la envolvía. Su visión se desvaneció lentamente, y cuando recuperó el
conocimiento, despertó en el suelo de la cocina. La despensa estaba cerrada, y el ojo ya no
estaba allí. Sin embargo, algo en su interior había cambiado. Algo que no podía explicar.

Desde esa noche, Lucía comenzó a escuchar susurros. No solo por la noche, sino también
durante el día, mientras caminaba por la casa. Algo la observaba, algo la llamaba. Y la
figura de la despensa parecía estar siempre cerca, justo detrás de ella, siempre esperando.

Nunca volvió a abrir la puerta de la despensa. Pero, cada vez que pasaba cerca de ella,
sentía que algo o alguien la vigilaba. Y en la oscuridad, en la quietud de la casa, podía
escuchar el susurro constante, como un eco lejano: “Te espero.”

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