Ponencia Sandler
Ponencia Sandler
Ahora y después_________________________________________________34
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xDEVELANDO EL MISTERIO
Raíces de la Crisis Argentina
Héctor Raúl Sandler, Argentina
En memoria de mi querido amigo Bob Andelson
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La cuestión de la tierra y el derrumbe argentino
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muy bien – porque es una seria verdad - que la propiedad “debía definirse
mejor en sus relaciones económicas: el derecho a gozar del fruto de su
trabajo, el derecho de trabajar y de ejercer sus facultades como cada uno
lo encuentre mejor” (art.2506 , 2° párrafo de la nota ). Sin embargo es
este derecho menos vigente en la Argentina de hoy. Pese a ser un país
relativamente vacío, hay casi 4 millones de desocupados o mal ocupados y
unos 3 millones de emigrados. ¿Qué es lo que se opone a la realización de
aquella verdad? Un mecanismo legal a resultas del cual, los hombres sin
otro recurso para vivir que se capacidad para trabajar, se ven impedidos
de acceder a la tierra – rural y urbana – por su alto costo en el mercado.
Cuando se permite legalmente que el dueño de la tierra se quede con el
aumento de su valor se genera un orden económico primero y un orden
cultural después, que obran de manera tal que en los hechos no hay sitio
donde trabajar. La tierra existe desde luego, pero solo emblemáticamente
como territorio nacional. Pero este territorio no aparece accesible en la
vida cotidiana de la mayoría de los hombres. El actual régimen legal ha
convertido a la tierra en la base de negocios especulativos de toda índole,
porque ella misma, en lugar de estar a disposición del trabajo y la
inversión del capital real, fue y es objeto de una obscena especulación.
Hoy, como ocurría hace casi un siglo y medio atrás , no más del 1% de su
población, es dueña de más del 95% de las tierras de toda clase (Jacinto
Oddone [33])
Causa asombro que sean ojos extranjeros los que denuncien lo que está a
la vista de todo aquel que quiera ver. Esta ceguera general, proviene, en
parte, de los intereses y las ideologías que , de propósito o de rebote ,
mantienen en pie tan inhumana situación, cuyos efectos se aprecia en la
emergencia (en la Capital, sus alrededores o en las grandes ciudades) de
miles de villas miserias, de casas tomadas y de hoteles clandestinos. Miles
de familias cuya fuente de recursos es la limosna y su hábitat la plaza
pública. Descontada la densidad de Buenos Aires (unos 15.000 h/km2 y el
Gran Buenos Aires con unos 4.500 h/km2), la densidad media del resto del
país apenas alcanza a 5 h/km2. Pero es solo la media, pues en verdad hay
provincias que a pesar que por sus recursos territoriales equivalen a países
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enteros, su densidad no llega a 2 h/km2. Para colmo la mayoría de
población vive del empleo público o de “planes de subsistencia” . Si bien
los intereses creados obran para impedir se corra el velo que oculta la
causa de tales dislates, tal ignorancia y desvarío hay que rastrearlos en el
contenido de los planes de estudio, en todos los grados de la enseñanza,
especialmente en la carreras de economía y derecho, que tanta influencia
tienen en la formulación de diagnósticos y adopción de políticas de
gobierno. De hecho, salvo excepciones individuales que no pesan en la
formación del conocimiento dominante, solo en obras extranjeras se
encuentran pensamientos como el siguiente:
“El proceso de colonización de la pampa ya estaba bien avanzado
antes de que el gobierno intentara corregir la tendencia hacia la
concentración de propiedades y tenencia, sancionando leyes cuyo
objetivo consistía en la creación de un patrón jeffersoniano de
tenencia de la tierra. Las leyes fueron tardías y nunca recibieron
respaldo. En la época del centenario, los estudios oficiales realizados
por el Ministerio de Agricultura confirmaban lo qué ya se sabía: que
la tierra más productiva de la pampa era aquella que estaba en
manos de relativamente pocos dueños y que existía en todo el país
una amplia clase de arrendatarios que trabajaban en condiciones
miserables y quienes tenían poca o ninguna esperanza de lograr
alguna vez tener su propia tierra. El patrón de tenencia de la tierra
era tal que la organización de la producción permitía la maximización
de las ganancias de los dueños de la tierra sin que ello
necesariamente implicara el aumento de la producción o el beneficio
para el bien común , ni por cierto la presencia de una iniciativa
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de crecimiento eran tan evidentes en la ciudad como en el campo y
se destacaban tan claramente en los informes oficiales como en el
Congreso, la prensa y en una larga serie de trabajos de análisis
social. La respuesta habitual profesaba que el "prob1ema social" -
como se denominaba a estas dificultades - era el resultado de
influencias extranjeras nefastas, que se habla permitido un tipo
equivocado de inmigración y que el hacinamiento y otras evidencias
de desigualdad social serían eliminadas a su debido tiempo junto con
las influencias antisociales del cuerpo político para conceder tiempo
al maravilloso y restablecedor proceso de crecimiento que
aumentaría la riqueza nacional para resolver el prob1ema social.
Cualquiera que pensara de otra manera era antinacionalista. La vasta
mayoría aceptaba la idea de que la exportación de carne, granos,
lana y cueros garantizaría el futuro dorado del país [Tulchin, J.A, p.79
y siguientes]
Lo que sigue es un nuevo intento de quien esto escribe para estimular a
los estudiosos y a los preocupados por los problemas sociales de la
Argentina y América Latina , a abocarse al examen de la principal causa de
carácter legal que los genera. Esta perspectiva, si bien fuera bastante
conocida alrededor del primer centenario, ha sido olvidada por
académicos, políticos, dirigentes sociales y la gente del común. Una niebla
intelectual cubre ésta causa y, en consecuencia, la opinión pública yerra al
pronunciar sobre los problemas que aqueja a la sociedad.
Cualquiera sea el régimen legal que se establezca para que los hombres
de una sociedad accedan al espacio económico configurado por su
territorio nacional, en tanto y en cuanto la población aumente, la inversión
pública y privada se incremente y el desarrollo social en la amplia
expresión del término se multiplique, habrá de producirse un efecto
inevitable: el valor de ese espacio económico crecerá en proporción directa
a aquellos crecimientos. Esto es válido para cualquier organización social
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considerada en su totalidad como nación o en su parcialidad como región
dentro de determinado país. La primera causa es económica. El espacio
económico o territorio nacional es un dato finito, inextensible e
irreproducible. Sobre él debe cumplirse toda la actividad. No sólo la
económica sino toda la actividad individual y social de un pueblo.
Del suelo y sobre el suelo con el esfuerzo individual y colectivo son
creados los valores de riqueza (valores de producción) que los hombres
necesitan para vivir y desarrollarse. Escaso desde su origen el suelo es -
relativamente - cada vez más escaso dado el crecimiento de la población,
las necesidades de inversión, la multiplicación de la actividad individual.
Incurren en error graven quienes creen que con el progreso tecnológico la
importancia de la tierra disminuye; ocurre justamente al revés.
En la compleja división del trabajo dentro de una sociedad en la que
sería insensato que todos hicieran lo mismo, no todos necesitan - para
producir y para trabajar - acceder al espacio de modo directo; pero todos
lo necesitan por igual para vivir. En parte lo necesitan para residir. Pero de
manera fundamental porque para saciar sus necesidades requieren valores
de producción por otros producidos . Y toda cosa producida por el hombre
es tierra manufacturada. Somos consumidores indirectos de tierra. De
manera que el espacio económico de un pueblo de ninguna manera es
cuestión de los hombres del campo o de la ciudad; de los trabajadores
industriales o de cuello blanco; de los ancianos o de los niños; de hombres
en la chacra o las mujeres en el hogar. Es absolutamente problema de
todos. Sin embargo, paradójicamente, es la cuestión menos tratada por
académicos, intelectuales, dirigentes sociales , políticos y hombres de
gobierno. Es posible que por ser un hecho tan transparente resulte invisible
para el hombre y , en consecuencia, en cada lugar se piense que la forma
en que está reglado el derecho para acceder a ese bien primordial es el
único modo correcto de hacerlo. Esto es un grueso error.
Un impropio modo de ordenar jurídicamente el uso directo y el indirecto
del espacio económico nacional determina la mayoría de nuestros
problemas sociales. Que muchos hombres del mundo no puedan poblar
nuestro vacío país y que no pocos hijos de nuestra patria emigren en busca
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de mejores horizontes (según Juan C. Zuccotti 10 de cada 100 argentinos
viven en el exterior [25]). Tienen un origen en el sistema actual de
propiedad en conjunción con el sistema de recursos del Estado.
Por la misma razón que el valor del espacio crece con la población, la
inversión y el desarrollo, los espacios económicos vacíos- por la causa que
fuere- tienen menor valor que los más poblados. Cualquiera por su propia
experiencia sabe del mayor valor del espacio en la Capital Federal con otro
semejante en cualquier ciudad del interior. Sabe también que en el centro
de cualquiera de esas ciudades el espacio cuesta más que en la periferia, y
en ésta más que en el campo abierto. También sabe que en igualdad de
condiciones naturales tienen mayor valor los terrenos mejor ubicados, de
más fácil acceso o más cercanos a los centros de producción y consumo.
Una hectárea en el centro de la Capital Federal demandaría una cifra con
muchos más ceros de los que habitualmente estamos acostumbrados a
manejar para calcular el precio de una hectárea agrícola en las mejores
zonas del país.
En estudios recientes realizados durante los años 1998 y 1999 se ha
medido el valor de toda la superficie de la Capital Federal (200 km2) y el
gradiente de valorización entre medición y medición, con estos resultados:
Jul/98, u$s 109.000 millones; dic/98 u$s 111.477 millones ( +2.2%) ;
Mayo/99 u$s 115.077 millones ( + 4.6%); a julio de 1999 rondaría los
118.000 millones. Esto equivale a decir que el valor de la tierra ha crecido
en un año alrededor de ¡ 9.000 millones de dólares!
Cuando Juan de Garay hizo la traza de la ciudad y repartió los lotes, no
valían nada. Ya en 1605, un solar en el barrio del Cabildo ( hoy la Plaza de
Mayo) el mismo predio valía unos $300 y en 1750, en el barrio San Miguel
(en alguna medida "las afueras") una casa costaba unos $ 1800 (Juan
Agustín García [27] ).
El mayor valor del espacio, según el lugar del país y según la época que
se considere, no es hechura de su ocupante individual, sea propietario,
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inquilino, arrendatario o usurpador. Es el producto del quehacer social.
Toda vez que este mayor valor del espacio se manifiesta como un rédito de
la tierra, ha sido denominado renta fundiaria (Achilles Loria, La Rendita
Fundiaria)
El espacio económico nacional - esto es, el espacio sobre el cual
nuestros antepasados han desplegado, los actuales habitantes despliegan
y nuestros descendientes deberán seguir desplegando su actividad, es el
territorio argentino. La renta fundiaria se extiende como un manto sobre
toda esa superficie, y midiendo el valor en cada punto se podría trazar una
peculiar orografía. A diferencia de la natural, que es permanentes, la
orografía de la renta fundiaria varía tanto como varía su agente productor:
el desarrollo social. Si levantáramos la planimetría de la renta fundiaria
construiríamos el mapa orográfico de la renta fundiaria nacional. Algunos
pocos picos serían tan bajos como las sierras y corresponderían a las
principales ciudades del interior. Sus laderas descenderían en cada
periferia abruptamente para convertirse en la prolongada meseta de la
zona pampeana. Deprimidos valles correspondientes a la mayoría de los
terrenos que integran el resto del país. Pero en un punto, al borde del Río
de la Plata, la línea se elevaría logarítmicamente hacia arriba: valor del
suelo correspondiente al Gran Buenos Aires. Esta malformación llamaría
poderosamente la atención. En una superficie apenas del 0.1% del
territorio patrio, se asienta más del 40% de la población y tiene lugar el
90% de la actividad financiera y cultural del país. Su valor frisa los 120.000
millones de dólares, suma equivalente a la deuda externa.
La unidad de este manto pondría en evidencia la continuidad sin
cortes de todo el espacio económico nacional y su renta fundiaria, a la vez
que pondría de manifiesto la carencia de fundamento, desde el punto de
vista económico, de la costumbre de dividir la superficie argentina en tierra
rural y urbana. Esta diferenciación -que existe y es útil para otros fines -
carece de interés en relación con el problema de la renta fundiaria y el
orden social. Por el contrario, enturbia la visión del problema y ha
conducido a pésimas soluciones.[3]
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Dos aspectos sobresalientes caracterizan la renta fundiaria: a) ella
no depende de la actividad de un determinado propietario en particular y
b) ella existe en función de la actividad cooperativa de la sociedad como
grupo comunitario. Un terreno en el centro de la ciudad no vale un céntimo
menos por el hecho de que el propietario nunca haya hecho nada en él; su
valor estará dado por la cota de valor de la tierra para la zona en que la
parcela se encuentre. A la inversa, todo esfuerzo que haga el propietario,
no aumentará su valor rentístico en un solo centavo.
La renta fundiaria se acumula sobre cada parcela integrante del
espacio económico bajo la presión de las demandas de la sociedad, la que
para satisfacer sus necesidades debe invertir sus fuerzas de trabajo y sus
capitales reales sobre aquel espacio. En la ciencia económica fue
inicialmente apreciada como una renta diferencial en el sentido de que una
misma cantidad de trabajo y capital invertido sobre dos parcelas distintas
de tierra, si dan rendimientos diferentes, la diferencia es propia de la
condición de cada parcela (así los fisiócratas franceses y David Ricardo,
Principios de economía política [ 34]). Esta condición puede derivar de
causas endógenas (calidad natural del terreno, como describió Francois
Quesnay ) o exógenas, si devienen de su ubicación dentro de un espacio
mayor, como lo señalaron Heinrich von Thünen, Alred Weber entre otros
August Lösch [35]
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acaparamiento de tierras produce una falsa renta fundiaria, pues los
elevados precios de las pocas tierras que están efectivamente en
comercio se desinflarían si las acaparadas, entraran al mercado (Fernando
A. Scornik, [36]). Obsérvese que las acaparadas, en tanto excluidas del
comercio, no tienen precio, pero sí tienen el valor llamado renta fundiaria.
En países en que esa compraventa estuviese prohibida, caso de sistemas
colectivistas, la renta fundiaria no dejaría de existir, aunque -en este caso-
no podría ser medida por el precio ni por tanto conocida.
La demanda determina la existencia y valor de la renta fundiaria
sobre cada parcela del espacio; pero en ciertas circunstancias cuando la
demanda de tierra se incrementa no solo por la necesidad económica sino
por la pretensión de proteger el valor del dinero (inflación), como
acabamos de anticipar suele generarse la “falsa renta”, que se incorpora al
precio de compraventa sin que este refleje, en consecuencia, la efectiva
renta fundiaria. La falsa renta - sin embargo- obstaculiza tal cual y a veces
peor que la renta verdadera el acceso de trabajadores e inversores por lo
que su tratamiento práctico no debe ser distinto.
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valor que éste adquiera; o sea, se apropia de la renta fundiaria. A esto lo
llamamos privatización de la renta fundiaria.
La apropiación por parte del propietario de la renta fundiaria se
produce de modo principal por alguna de estas dos vías: el contrato de
venta o el contrato de locación. En cualquiera de ambos negocios jurídicos
siempre nos referimos sólo al espacio, es decir, el terreno libre de mejoras.
Las mejoras son riqueza, cosas producidas por el hombre.
En el primer supuesto - la venta- el propietario transfiere el título que
contiene derecho real de propiedad, contra lo cual recibe un precio. Este
precio con las salvedades antes efectuadas, es la renta fundiaria
capitalizada sobre la parcela al momento de la venta. En el supuesto de la
locación, el propietario solo constituye en favor del inquilino un derecho
personal de uso sobre la cosa, por lo cual recibe un alquiler. Este alquiler
es un tanto por ciento de la renta fundiaria capitalizada. El propietario
considera al “valor del terreno” como un capital, y cobra el alquiler como el
"interés" de ese capital. En ambos supuestos el propietario es beneficiario
del mayor valor del terreno, o sea de la renta fundiaria acumulados por
obra del trabajo social.
La renta fundiaria depende de la variable desarrollo social: el general del
país, el especial de la región o particular de la zona en que está enclavada
la parcela. El propietario, según la velocidad de ese desarrollo y la
intensidad de inversión de capital y trabajo ajenos, puede tener modestos
o extraordinarios ingresos sin necesidad que haya hecho el más mínimo
esfuerzo. La conjunción de la facultad jurídica de poder vender y arrendar -
comercialización del espacio- con el constante incremento de la renta
fundiaria por el desarrollo social, alientan el negocio conocido como
especulación en tierras. Mediante la privatización de la renta fundiaria se
han amasado las fantásticas fortunas que algunas familias detentaron a
fines del pasado siglo y comienzos del presente. Fortunas inmensas que
han dejado rastros en la ciudad, como el viejo Palacio San Martín, la actual
embajada del Brasil, o el palacio que sirve de sede al arzobispado de
Buenos Aires. Todas casas de familias particulares.
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Múltiple contenido del derecho real de propiedad del
suelo
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competencia. Las cosas creadas por el hombre, no son eternas, no
conservan su utilidad inicial y dejan de ser apetecibles por los
consumidores por las más variadas y a veces caprichosas razones. ¡Cuán
distinta es la suerte del suelo! Por aumento de la población, por mayores
demandas de la inversión, por el incremento exponencial de las
necesidades humanas impulsadas por el deseo de mayor bienestar de un
mayor número e incluso por la tendencia al consumismo, es constante la
demanda de tierra. Pero se trata de un bien no creado ni creable por el
hombre, finito e irreproducible. No hay hombre que pueda vivir sin tierra,
sea que la consuma directa o indirectamente . Ella es la base del derecho
a la vida, razón por la que su valor no decrece con el tiempo, sino que
aumentará hasta que la humanidad desaparezca de la faz de la Tierra. De
esto se ha ido adquiriendo conciencia de soslayo, por causa de la polución
ambiental, las crisis del petróleo o lo que es peor, la amenaza de la falta
de agua potable. Sin embargo en lugar de revelarse a la inteligencia
humana la necesidad de abordar el problema que plantea el Código Civil,
ha nacido la especialidad del “ambientalismo” y el derecho ambiental. Esta
fragmentación de la realidad da resultados paradójicos : los ambientalistas
suelen sufrir por ballenas o pingüinos empetrolados, pero no atisban la
conexión de estas catástrofes con otra bastante mayor: la mendicidad, los
niños de la calle, los emigrados, los homeless y otras llagas de la moderna
sociedad argentina. La seguridad del negocio especulativo existe donde la
especulación está legalmente permitida. En ordenamientos como el
nuestro, ni la expropiación por razones de utilidad pública mella esa
seguridad. Cuando se dicta una ley de expropiación, no es un comprador
individual sino toda la sociedad la habrá de pagar la renta fundiaria al
propietario particular. Uno de los fenómenos jurídicos más absurdos de la
jurisprudencia: obligar a la sociedad entera a pagar al propietario la renta
que ella generó.
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Renta fundiaria y locación
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titulo es un título más. Es decir, un valor de obligación. La diferencia con
todos los demás es que, asegurada por ley la apropiación particular de la
renta del suelo, estos títulos no se “derrumban”, a pesar que en medio de
la crisis los precios del suelo bajen. “Ladrillos son ladrillos” suelen decir los
viejos agentes de inmobiliarias conocedores de cierta verdad, aunque
fallan en el nombre: no son los ladrillos los que conservan el valor del título
de propiedad. Es la tierra. Haya o no ladrillos sobre ella.
La condición de ser el título de propiedad inmobiliario un valor de
obligación, lo asimila a la moneda. No es corriente, pero se puede pagar
total o parcialmente una deuda transfiriendo ese título de propiedad a
favor del acreedor. Si se contemplan las cosas sin prejuicio de especialista
y se recuerda que la tierra aumenta constantemente de valor, se ve claro
que el titulo de propiedad es una “moneda” que no solo conserva su valor
sino que se “aprecia” en forma lenta pero constante. Pero por lento que
sea el incremento de su valor con relación a los otros títulos, incluyendo la
moneda legal, todos ellos – en relación con él – se irán “depreciando”.
Cuando este proceso de apreciación unilateral del titulo de propiedad sea
acelerado por algún vasto plan de construcción, de obra publica o privada,
o por la simple reactivación general de la economía , ocurre el conocido
“boom inmobiliario” que remata, indefectiblemente (en el actual sistema
legal) en una “crisis” financiera y económica, cayendo la economía en
recesión. Tal es el caso del Japón a partir de la crisis ocurrida luego de su
“boom inmobiliario” hace unos diez años atrás.
(Joseph Stiglitz [22])
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con el suelo lo hace mucha gente de modo bien consciente. Tal es el caso
del financista internacional G. Soros que a fines de los 1990 viajo a Buenos
Aires para comprar cuatro manzanas en un barrio de la Capital por la suma
de 2,800.000 dólares, para venderlas pocos meses después en casi 11
millones de igual moneda. Es decir, que se alzó con una ganancia de casi 8
millones de dólares en un año con solo poner un par de firmas. Pero esta
especulación si bien ocurre por el “ojo de aguila” de los especuladores,
solo son posibles porque el sistema jurídico lo hace viable. Si el mal solo se
atribuye a la moral del especulador, jamás se alcanzará a comprender el
problema y mucho menos a resolverlo. Por el contrario, un mal diagnóstico
ha conducido a gobiernos bien intencionados a tomar medidas de las que
se puede decir , viendo los resultados generales , que el remedios fue peor
que la enfermedad (Carlos P. Carranza [3]).
Atribuir los malos efectos al “sistema” no significa ignorar que los intereses
creados por ese sistema oponen resistencia, en ocasiones una férrea
resistencia , a los cambios para poner fin a ese modo de obtener ganancias
sin trabajar. El ejemplo más notable entre nosotros, poco conocido, sucedió
durante la dictadura de Rosas. Sabido es que la Sala de Representantes, la
legislatura de su gobierno, no solo le era afín sino que en ocasiones llegaba
a la obsecuencia. Sin embargo cuando Rosas, bajo la presión de ciertos
apremios financieros en 1838 presentó un proyecto de ley para aumentar
el canon enfitéutico, la legislatura se rebeló, obligando al poderoso
dictador dar marcha atrás (John Lynch [13]). Por lo demás Rosas habrá
entrado pronto en razones pues era el más grande terrateniente del país.
Cabe ahora hacerse otra pregunta: Si el propietario no vende ni arrienda el
terreno de su propiedad ¿alcanza a gozar de los beneficios de la renta
fundiaria?
A primera vista pareciera que no es así. Sin embargo, corresponde hacer
algunas aclaraciones. En primer lugar, es verdad que no obtiene ningún
beneficio en dinero si nunca vende ni arrienda. Pero si el propietario usa de
la parcela desarrollando sobre ella su trabajo, tiene un beneficio: no tiene
que pagar -por el uso de esa parcela- el mayor valor de la renta fundiaria.
Si bien es claro que esa tierra valdrá cada vez más por obra del
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crecimiento de la renta, el propietario no sufrirá los impactos de ese
crecimiento. Solo en sus especulaciones contables calculará estos valores
para apreciar la rentabilidad de su negocio. Es decir: revaluando para sí el
crecimiento del valor del inmueble. En consecuencia aumentará sus costos
en la medida que el mercado lo permita. En este caso con la venta de la
mercadería recibirá un plus extra beneficio: lo equivalente a la apropiación
de la renta del suelo cobrada a los consumidores en el precio. Es muy
frecuente ver en el centro de las grandes ciudades, que quien es dueño
puede vender sus productos a precios inferiores a los que lo hace la
competencia que paga alquileres. Como así también se puede ver como el
alquiler, en poco tiempo, arrastra a la quiebra a los jóvenes y entusiastas
emprendedores en los más diversos rubros, en especial, en el comercio,
pues este tipo de negocio tiene que instalarse en lugares adonde concurre
mucha gente, o sea en sitios donde la tierra es más cara. La legión de
jóvenes e incluso no tan jóvenes con “negocios en la vereda”, desde la
miriada de vendedores ambulantes hasta las extensas ferias de artesanías
y muchos “puestos”, en plazas y lugares de paseo público, son sido
causados por la imposibilidad de pagar el alquiler (Héctor Sandler [19])
Este beneficio comercial de ser propietario, dicho sea de paso, es una
de las razones de la persistente tendencia a ser propietario del inmueble,
aunque ésto le signifique, en un primer momento un fuerte desembolso de
dinero. Ésto es un despilfarro, pues bien podría aplicárselo a mejorar sus
instalaciones o al giro del negocio comercial. Se prefiere hacer ese gasto
(que es capital financiero congelado, tan necesario para el giro
empresarial) para no correr el riesgo que importa la locación y en cambio
aprovechar los beneficios que importa apropiarse de la renta del suelo.
Esta tendencia es contraria a la movilidad que debe privar en una
economía social e importa, como hemos dicho, un despilfarro al que
tienden productores y comerciantes por causa del sistema.
Las empresas constructoras de edificios con su misma acción suelen
provocar la “crisis de la construcción”. El asunto se vio con claridad cada
vez que se recurrió a la construcción como motor de la economía. La
construcción masiva de viviendas o caminos lleva a un inmediato aumento
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del valor de las tierras. Las empresas dedicadas a esa actividad, cada vez
que construyen nuevos edificios en serie, ven pronto disminuir sus
ganancias, pues los terrenos que deben adquirir para poder seguir con su
actividad han subido de precio. En los años 1960 el gran impulso dado a la
construcción bajo el gobierno de Frondizi, terminó en fenomenales
quiebras de las empresas constructoras. Estos efectos son también
inconvientes para la marcha normal de la economía general. Como la
renta fundiaria, resultado del desarrollo social, sigue creciendo
inexorablemente, no son pocos los empresarios que luego de años de
trabajo y sacrificio -en el campo o en la ciudad- advierten que con la venta
del inmueble pueden ganar en un instante mucho más de lo que han
ganado en décadas de sufrido trabajo. Se genera y propaga un desánimo
empresarial. Producir deja de ser interesante. Una prueba pública de la
ventaja de ser propietario sobre la de ser industrial la hemos tenido a la
vista hace poco. Una antigua empresa de molienda (Molinos Morixe) cayó
en convocatoria de acreedores. Pese a la aceptación de su oferta de pago
con quitas y plazos, sus deudas no podían ser pagadas con la producción.
En cambio pudieron ser solventadas gracias al precio del terreno dónde
estaban las instalaciones de la fábrica. Una manzana, comprada a principio
de siglo por una monedas, a través del tiempo se valorizó a tal punto que
con su venta o traspaso se pagaron las cuentas. El terreno estaba tal cual
hacia un siglo; la única diferencia es que a su alrededor se había
construido el elegante barrio de Caballito.
Enorme cantidad de gente en plena juventud ingreso a la vida económica
con ímpetu empresario; pero el sistema los convirtió en especuladores del
suelo. ¿Qué enseñanzas pueden extraer las nuevas generaciones, savia
renovadora de la economía, de esta lección práctica de sus mayores? La
lección es tan simple como dañina para la sociedad y sus miembros: que
hay mejores formas de enriquecerse que trabajar, fabricar o comerciar lo
que la gente necesita. Lamentablemente sin una capa de emprendedores
entusiastas ninguna economía social puede ser poderosa y sin un vigoroso
orden económico un país vive en constante estado de postración.
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En síntesis: la renta fundiaria es creada por toda la comunidad; pero por
obra de nuestro ordenamiento jurídico tiene como destino beneficiar a
quien es propietario del suelo. El beneficio se percibe en el momento de
vender la parcela; durante el tiempo por la que ha sido arrendada o
durante el tiempo en que la usa. Como la falta de uso de la tierra no causa
desapoderamiento ni trae otras consecuencias negativas, el derecho de
propiedad también sirve como una caja de ahorros para su propietario.
Esta consecuencia ocurre dentro de un organismo que se llama sociedad.
Así como un solo órgano enfermo tiene efectos catabólicos para todo el
organismo, esa mala conjunción entre la ley y la propiedad, lleva a la ruina
social.
21
egoísmo. No solo domina una visión estrecha y burdamente materialista
sino que, además, aparecen pústulas sociales como el vandalismo, la
delincuencia, la mendicidad profesional, y la corrupción en todos los
niveles de la sociedad, particularmente en la esfera de lo público.
Estas pústulas, cuando aparecen a la luz, causan estupor primero y rencor
después. Cierto es que también convocan a la solidaridad para con
algunos de los más castigados. Pero a decir verdad podría decirse que el
crecimiento de organizaciones y conductas solidarias es directamente
proporcional a la ausencia de una sana organización de la economía social.
Por otra parte se trata siempre de un socorro parcial: millares inteligencias
frustradas, millones de emigrados, no reciben ningún beneficio de la
solidaridad. Se pasa por alto que es justo el orden económico el único lugar
en que los hombres pueden ejercer la efectiva fraternidad que exige la
condición humana. Ni el orden cultural ni el orden político-jurídico para
existir exigen de la fraternidad como ejercicio. Las distintas actividades
que se cumplen en el orden cultural requieren en modo principal de la
libertad del individuo para desarrollar su personalidad; el orden político-
juridico demanda la practica de la igualdad. Solo la economía social exige
para existir la cooperación entre los hombres. Esta cooperación puede
lograrse y de hecho se ha logrado y se logra aun hoy, por la fuerza, es
decir de manera forzada. Pero éste tipo de economía no sirve a la
sociedad ni al desarrollo de la persona. Una economía sana debe
apuntalarse en la fraternidad, porque la actividad económica sólo se da
con la de los hombres entre sí. (Rudolf Steiner [17]).
Para colmo, la falta de conocimiento sobre la causa originaria, hace que
muchos demanden una firme actitud de las autoridades e incluso una
franca represión para acabar con abundancia de mendigos, cargosos
vendedores ambulantes, usurpadores de viviendas, perturbadores
piqueteros, corrupción en el manejos de los subsidios sociales, etc. No
dejan de tener razón cuando sostienen que no son propios de una sana
vida social tales hechos. Pero olvidan que la Argentina ha vivido muy
dolorosamente el fracaso de las soluciones de fuerza. Lo que debiera
llamar la atención es que ahora esta viviendo el doloroso fracaso de su
22
opuesto: la democracia reinstalada en 1983. Aunque parezca absurdo
aquellos males son indiferentes al orden político que se instale y a quienes
ocupen los cargos que ofrece. Clara señal que la causa originaria de tantos
males ha de estar en algún punto menos visible del jurídico. Menos visible
no tanto porque esté oculto, sino por no tener preparada la visión para
verlo (Héctor Sandler [20])
23
corrobora y que los actuales pensadores ignoran. Esa experiencia
argentina, relacionada por Cortés Conde, debiera gravarse a fuego en la
mente de todos los que se preocupan por la suerte del campo. A la luz de
esa experiencia, de ninguna manera la caída de los precios de la
producción agrícola es primera causa del malestar agrario. El examen de la
situación debe comenzar por revisar el orden interno en cuanto no permite
producir, pese a la feracidad de las tierras, a precios competitivos en el
mercado mundial. Cierto que el “proteccionismo” norteamericano y
europeos es una barrera también. Pero su causa es justo el mal sistema del
régimen de la tierra en ambas regiones.
La producción económica de bienes - más allá de las complejidades
económicas que impone la siempre creciente división social del trabajo y
de la sofisticación que exige la técnica moderna - es fundamentalmente la
aplicación de trabajo humano a la tierra auxiliado con bienes de
capital real. Podemos graficar este pensamiento con una sencilla fórmula,
en la que P es la producción o riqueza, T es el trabajo, C el capital real y N
la naturaleza o tierra, del siguiente modo:
P = T+C+N
24
Si a cada una de las partes le damos los nombres corrientes , la
producción P debiera repartirse en tres partes; a) Salarios, o alícuota parte
correspondiente a los aportadores de trabajo; b) Intereses o alícuota parte
correspondiente a los aportadores de capital y c) Renta fundiaria o alícuota
parte correspondiente a los dueños de la tierra. La distribución de la
producción puede representarse mediante esta ecuación:
(1) P = S+I+RF
Esta ecuación nos permite afirmar lo siguiente:
25
porque la renta fundiaria de esas tierras era mayor y los dueños absorbían
gran parte del producto. Esto sucede aun hoy. Si el Mercado Común
Europeo y los EEUU cierran las puertas a los productos agrarios argentinos
mediante el proteccionismo aduanero, es porque pese a nuestro
defectuoso sistema, aun siguen siendo los nuestros más baratos. Y si en
ambos mercados el Estado debe subsidiar a los productores agrarios, es
porque los propietarios del suelo embolsan gran parte de la renta fundiaria,
a punto tal que de no ser subsidiados, los precios para el consumidor
interno se irían por las nubes. Sea esto dicho al pasar para recordar que
tampoco es bueno el sistema actual de propiedad de la tierra vigente en
los EEUU y en Europa.
La formula (2) revela otro hecho muy importante, desvirtuado por los
slogans políticos. Contra lo que habitualmente se sostiene no hay una
contradicción necesaria entre el trabajo y el capital, sino de ambos con la
renta fundiaria.
Debe advertirse, además, que del trabajo de Cortés Conde surge que
esos salarios eran superiores a los que se pagaban en otras zonas muy
productivas del mundo y más adelantadas que nuestro país. En efecto, los
años tomados en cuenta por el historiador nombrado fueron aquellos de la
masiva inmigración a la Argentina proveniente de países de ultramar; entre
los que se encontraban España, Italia, Austria, Prusia, Francia, Polonia,
etcétera. Ninguno de estos países podían ser considerados
subdesarrollados en el sentido en que actualmente se usa el término.
Cualquiera de ellos contaba con una cultura milenaria y de algunos
habíamos obtenido nuestro propio acervo cultural. España, entre otros,
seguía siendo un país imperial y hasta un siglo atrás ella gobernaba gran
parte del mundo. Sin embargo, sus habitantes no dudaron en abandonar
aquellas “cunas de la cultura occidental”, sin que pudieran retenerlos el
hecho de que sus patrias fueran orgullo de la civilización. Rompiendo con
ancestrales raíces, con lazos familiares, viajando hacia lo desconocido,
muchas veces en condiciones infrahumanas, prefirieron venir a poblar
nuestro país. La razón es sencilla: allá formaban parte del ejercito de
26
trabajadores de reserva; aquí esperaban ser hombres libres. Es decir vivir
de su trabajo con mayor bienestar.
La Argentina de entonces como todos los países nuevos, con tierras
abundantes y baratas, brindaba la posibilidad de más altos salarios que
aquellos viejos y desarrollados, incluyendo la poderosa potencia imperial
Inglaterra.
27
masiva de nuevas poblaciones e inversión de capitales reales, conforme a
la fórmula indicada al comienzo, generó desde el vamos la tendencia a
frenar el ingreso de trabajadores e inversores. El freno se aplicó
automáticamente por causa de la autorizada apropiación de la renta del
suelo por los propietarios con más el sistema de impuestos creado para
solventar los gastos del Estado.
28
modos lograr leyes de privilegio para no pagar impuestos y, si es posible,
lograr una posición monopólica en el mercado interno o incluso en el
mercado regional si este se establece. Los gobiernos ignorantes también
de la cuestión central, no alcanzan a resolverla. Según las circunstancias y
las personas los gobiernos argentinos se bambolean entre un
irresponsable populismo o un insensible ajuste del cinturón de los
ciudadanos.
Esta debilidad intrínseca convierte al país en campo orégano para
explotadores multinacionales. Con su base económica en regiones menos
deteriorantes, usan de su fuerza financiera para manipular gobiernos , la
enseñanza superior y la opinión pública y finalmente para hacer aquí
negocios que no podrían hacer en sus países de origen.
sociedad
29
construir un tipo de país “fabricante para el mercado internacional”. Ya en
1900 la Argentina pisaba fuerte en el mercado mundial de productos
agrarios, lo cual no significa que su sociedad toda haya disfrutado de esa
posición. No es sorprendente entonces que al producirse la quiebra del
mercado internacional, primero en 1914, pero substancialmente a partir
del crack de 1929, nuestro país quedara con un orden económico privado
de su sentido fundamental. Por esta razón se suele fijar el mojón de la
detención del proceso de crecimiento argentino en 1930. Sin embargo si
pensamos en los efectos del encarecimiento del espacio económico a fines
del siglo XIX, hay que sospechar que el sobrante de mano de obra, una
caída de los salarios y los réditos de la inversión y consecuentemente una
detención del desarrollo, debió producirse mucho antes.
Por empezar no puede pasarse por alto que hubo una gran crisis en 1873
causada por una especulación que “se dirigió principalmente sobre la
propiedad raíz, elevando su precio fabulosamente” ( Jose Panettieri [15]).
Le siguió la nombrada crisis de 1890 en la que la especulación inmobiliaria
no fue ajena (José Panettieri [16]) . Pero por otra parte hay estudios
importantes que revelan que la crisis empezó mucho antes que en 1930.
Alejandro E. Bunge, en 1923 descubría quince años de paralización
anteriores a la fecha de estudio: Con ser notable entonces el crecimiento
de la población el de los factores económicos lo superaba en casi cuatro
veces. Es decir que al principio de 1860 por cada habitante que se
incorporaba, la producción se multiplicaba por cuatro. En cambio, agrega,
en estos últimos quince años se crece el equivalente de la población, lo
cual representa una paralización efectiva. Bunge descubría que la
paralización efectiva había comenzado a ocurrir quince años antes a la
primera guerra mundial. La fijaba alrededor de los años 1907/1908, al filo
del Centenario. ¿ Qué es lo que había reducido tan manifiestamente el
rendimiento de la población y de los capitales?
Los capitales no habían dejado de llegar y mucho menos los inmigrantes.
Pero rendían cada vez menos. El costo económico de la tierra - por obra de
la renta fundiaria- estaba produciendo sus funestos efectos. En 1907
estalla una huelga de inquilinos en la Capital motivado por el elevado
30
precio de los alquileres ( Juan Suriano [23]). En pocos años más (1912), en
el campo, se oiría el Grito de Alcorta. Una masiva rebelión de arrendatarios
de chacras en la provincia de Santa Fe asfixiados por los altos precios de
los arrendamientos que cobraban los propietarios (Plácido Grela [8]).
No mucho después el país sufriría la huelga de los trabajadores industriales
de los talleres Vasena en la Capital, con la sangrienta represión recordada
como la Semana Trágica ( 1919). Los trabajadores urbanos sobraban cada
vez más en el país. Apenas comenzada la década de los 1920, acontecen
los dramáticos hechos descriptos por Osvaldo Bayer en su saga sobre la
rebelión de los trabajadores laneros en la Patagonia que terminó con el
fusilamiento de la mayoría de ellos. En 1923, Las huelgas azucareras de
Tucumán (Daniel Santamaría [21])
¿Es serio afirmar que la crisis argentina comenzó por la crisis mundial de
1929? Cierto es que con la caída vertical de la exportación habrían de caer
los principales ingresos del tesoro nacional consistentes en derechos
aduaneros, de los cuales – dicho sea de paso - se apropió definitivamente
en desmedro de las provincias por la reforma de la Constitución en 1866
(Isidoro Ruiz Moreno [18]). Pero la postración argentina había comenzado
medio siglo antes, cuando el alud de inmigrantes y la enorme inversión de
capitales , posible gracias a la incorporación de millones de hectáreas tras
la campaña al desierto comandada por Roca. El país se engrandeció
territorialmente en más de 15.000 leguas cuadradas. Una legua cuadrada
son 1600 hectáreas, lo que equivale decir que el territorio se agrandó en
alrededor de 24 millones de hectáreas. Entre el acaparamiento y la
colonización no podía dejar de producirse el "boom" de los valores
inmobiliarios. Valores que no son riqueza - como hemos visto - sino
créditos que la gente debía pagar para acceder al suelo por compra o
alquiler. No se alcanza a comprender éstos efectos sin, al menos, dar un
vistazo a la próspera Argentina de 1910.
31
La increíble ola especulativa en tierras y sus efectos al filo del Centenario
puede apreciar en el colorido aguafuerte del francés Jules Huret que nos
visitara para ese entonces. Unos pocos párrafos reflejan que existiendo el
mismo derecho y similitud de situaciones, el mal continúa.
Para apreciar una ciudad como Buenos Aires, narra el cronista, hay
que saber que en 1870 no tenía más que 175.000 habitantes mientras hoy
tiene 1 millón 300.000. Las anécdotas más comunes y el fondo de toda
conversación, se refieren a las fortunas hechas en diez años, a los
emigrantes de ayer, hoy millonarios, a las vastas regiones que están por
desmontar...a los terrenos a adquirir a 20 pesos la hectárea y que valdrán
200 dentro de cuatro años. Al perspicaz cronista no se le escapa lo que
está pasando: Casi todas las grandes fortunas tienen, en efecto, su origen
en el mayor valor de los terrenos...A la hora actual los que mas pronto se
enriquecen no son los industriales, sino los propietarios, los especuladores
y los bancos. Es tan cierto que un comerciante enriquecido por el negocio ,
se apresura a comprar tierras. Si es listo , en muy pocos años dobla o
triplica su fortuna [10](p. 577/578).
Pero el festín no es para todos: Los barrios obreros están formados por
casas miserables... que se llaman en la Argentina conventillos... tugurios
oscuros y sin aire que son las habitaciones. Lo verdaderamente
escandaloso es el alquiler que pagan los 50 infelices que viven en tales
antros [10](p.137).
Sin embargo hay gente pobre que está peor. En esta ciudad que progresa
desde hace treinta años, aun quedan por hacer muchas cosas. El barrio de
San Cristóbal , llamado barrio de las Ranas , es un vestigio persistente del
Buenos Aires de antaño. Allí se refugian los miserables refractarios a la
asistencia pública, los libertarios que prefieren la miseria y la
independencia ...La arquitectura de sus viviendas es el "estilo lata de
petróleo" ...El Trust del Standard Oil ha proporcionado casi todos los
materiales...(p.78). Se ve a toda esa población compuesta de rufianes y
prostitutas sentados a las puertas de sus casuchas tomando mate y
alrededor de ellos montañas de inmundicias y basuras que los carros van a
vaciar allí incesantemente [10](p.79).
32
Contrafuerte de una ciudad en la que a pocas cuadras, en la Plaza San
Martín , aparece como un barrio de suntuosas moradas de la gente rica de
Buenos Aires , de la aristocracia como dicen aquí: hoteles de los Alvear,
Bary, Anchorena, Cobo, Casares, Unzue, Quintana y Pereyra. [10](p.89).
violentos
33
que gobiernan al comportamiento humano determinan que sigan viniendo
nuevos seres a este mundo y a pesar que la tasa de natalidad se reduzca
drásticamente, al tiempo que aumenta la de los abortos y la mortandad
infantil, el saldo neto de crecimiento vegetativo alcanza al 1% anual. Sobre
una población de 36 millones significa que cada año unos 360.000 niños se
incorporan a nuestra población, que por la diversidad de sexos, en dos
décadas formarán alrededor de 150.000 hogares. Por mínima que sea esta
tasa , dada la barrera que constituye la renta fundiaria, ese modesto
crecimiento es una fuerza tremenda, que a semejanza de la ley de Boyle-
Mariotte, fijo el volumen (espacio económicamente alcanzable) , provocará
una elevación de la presión social (conflictos latentes) que causará no
pocos estallidos en el orden (manifestaciones y choques violentos).
El capital real carece también de nuevas oportunidades de inversión
y sus ingresos disminuyen lo mismo que los salarios de los trabajadores.
Es partir de entonces que rápidamente operan fuerzas tendientes a
asegurar la sobrevivencia de los miembros de la sociedad asfixiados por el
sistema. Cambia notoriamente la estructura de la sociedad: de una
sociedad razonablemente abierta se pasa a una cada vez más cerrada; sus
miembros no encuentran horizontes para desarrollarse según sus naturales
inclinaciones. El fenómeno de poder comienza a dominar en todas y cada
una de las relaciones sociales. Los más perspicaces pronto advierten que
solo una suficiente concentración de poder en sus manos , el goce de
privilegios especiales, el dominio monopólico del mercado y si es posible el
apoderamiento del aparato del Estado , por sí o por elementos afines ,
puede asegurarles ingresos que les permitan llevar sus planes y vivir a
tono con las formas más refinadas de la civilización de su tiempo.
Respetando el sistema de la apropiación privada de la renta fundiaria, las
empresas y el capital tienden a tener un poder monopólico en su campo de
actuación; a igual que los trabajadores asalariados , con la diferencia que
la organización de estos últimos suele ser más lenta y a veces deben
sobreponerse a la represión de los gobiernos. Respetando la privatización
de la renta fundiaria los beneficios del empresario se logran a costa de los
trabajadores; el capital en su forma de capital financiero es escurridizo.
34
Como el recorte recae sobre el salario de los trabajadores, éstos entran en
conflicto abierto con los empresarios y los capitalistas en general, pues en
ellos visualizan la fuente de su malestar. Por lo demás carecen de una
teoría capaz de exponerles la raíz inmobiliaria del conflicto. Los
trabajadores no distinguen entre empresario, inversor de capital y
capitales en posición monopólica y quien lucra con la renta fundiaria.
Muchas veces se trata de las mismas personas ejerciendo esos diferentes
roles. La explotación de los trabajadores asalariados se manifiesta en la
caída de sus ingresos lo que se da sobretodo cuando la desocupación
emerge como la peor amenaza que asecha.
La relación laboral que debiera ser de cooperación, pasa a ser latente y
permanentemente conflictiva. La cosa empeora cuando una concepción
del mundo tipo "amigo / enemigo" se instala en la sociedad. Por el lado de
los afortunados, se crean ideologías que confirman su propia superioridad,
justificando enormes ingresos, miles de veces superiores a los de los
infelices incapaces de salir de pobres. En cuanto a éstos también se
forman prejuicios deletéreos para un orden social de cooperación. Se
alcanza el colmo cuando en cada campo adversario se llega a pensar
cuánto mejor estaría en el país sin “los otros”, aquellos visualizados como
el enemigo nato. Tales prejuicios por malos o erróneos que fueren son
pensamientos operativos que condicionan la realidad. Al fin de un relativo
largo proceso las clases enfrentadas quedan constituidas en la realidad
social (sobre el pensamiento como conformador de la realidad, David Bohm
[1]) .
Por el lado de los trabajadores asalariados, que es la mayoría de la
población, se generan muchísimas deformaciones. El peor es el repudio al
trabajo como instrumento para ganarse el pan. Una sorda antipatía para
con los empresarios en general domina en el animo de la mayoría de los
trabajadores, aun cuando lo consideren un "dador de trabajo". Esta
antipatía latente es como una herida mal cerrada que en cualquier
instante puede infectarse, lo que hace de la relación laboral así constituida
algo conflictivo por naturaleza, hecho que mina lentamente a la economía
social. Otro efecto es la creencia por parte de los asalariados - creencia
35
que se propaga por toda la sociedad - que el trabajo con el cual uno se
gana la vida, debe ser "dado" por alguien. No es extraño que los
trabajadores se forjen la ilusión de que el Estado es el más importante
"dador de trabajo". Esto tiene funestas consecuencias no solo en la
economía sino en el estilo que toma el orden político y la degradación de la
moral social. La sorda hostilidad de los trabajadores comunes contra todo
aquel que desempeñe el rol de empresario es un mal ambiente moral,
muy poco propicio para que se desarrolle una vigorosa juventud
empresaria, indispensable para establecer una economía de mercado
autosustentable. No puede dejarse de citar una general esperanza puesta
en otro título: “el diploma”, obtenido tras cursar largos estudios, no
cumplidos para saber, sino para obtener una mejor oportunidad para vivir.
sociales
36
tiene en cuenta las relaciones violentas que se han ido conformando por
causa del acaparamiento de tierras y la apropiación privada de la renta
fundiara . Son estos actos extremadamente violentos. Basta con imaginar
la violencia estructural que se establecería si alguien pudiera monopolizar
el aire que respiramos para vendérnoslo en el mercado ( Ian Lambert [11]
y Fred Harrison [9]). Pero lo grave es que muy pocos, si alguno, tiene
conciencia que las relaciones violentas entre capitalistas y empresarios por
un lado y trabajadores asalariados por el otro tienen origen en el sistema
de propiedad inmobiliaria. ¿Quién piensa en la relación que existe entre la
creciente violencia en la sociedad argentina (asesinatos, robos, secuestros
y corrupción) y en el sistema de propiedad del suelo?. Nadie conoce el
siguiente pensamiento científico:
“¿De dónde vendrán los nuevos bárbaros? ¡Pasad por los barrios
miserables de las grandes ciudades, y desde ahora podréis ver sus hordas
amontonadas! ¿Cómo morirá la ciencia? ¡Los hombres dejarán de leer y
con los libros encenderán o los convertirán en cartuchos!. (Henry George,
[32])
El enfrentamiento empresarial / sindical se debió a la progresiva
concreción de hechos dañinos que ambas partes se infligieron (y a aun se
causan), pero mucho más por las visiones erróneas sobre las causas
profundas del conflicto. Ninguna de ellas, sobretodo en los sectores
urbanos, tuvo en cuenta la cuestión del acaparamiento de la tierra, la
apropiación privada de la renta fundiaria y la expoliación impositiva del
Estado. En sus visiones erradas jugó un papel importante la teoría
económica a la que apelaba como un catecismo cada una de las partes.
Los empresarios e inversores de capital explicaban la economía, en una
primera etapa, desde el punto de vista de la Riqueza de las Naciones de
Adam Smith (1853/1945), y en una segunda, desde la perspectiva
neoliberal iniciada por Alfred Marshall y cultivada por los economistas
norteamericanos (M. Gaffney-
F. Harrison, [7]) , todos los cuales se caracterizan por ignorar,
menospreciar o ignorar por completo las cuestiones de la tierra, la renta
del suelo y los impuestos (Así Peter Schumpeter [29]). Los trabajadores
37
argentinos por su lado, en un una primera etapa (1890/1945) veían las
cosas desde el punto de vista de la teoría de El Capital de Carlos Marx, y en
la siguiente, a partir de l945, desde el punto de vista de los discursos y
hechos del presidente y líder Juan D. Perón, quienes a su modo también
daban por sentado “a priori” el enfrentamiento entre el capital y el trabajo,
solo que Perón sostenía que podían ser conciliados mediante la férrea
acción del Estado convertido en el tercer vértice de un triángulo. Para
ambas posiciones aquellas tres cuestiones (el acaparamiento de tierra, la
apropiación privada de la renta del suelo y la exacción impositiva del
Estado), no eran operativas.
¿Con tales concepciones de la vida social, cómo esperar que se lleve
adelante un cambio que ponga fin al desorden crónico y una paz social en
que la cooperación humana - aprovechando los ingentes recursos naturales
de nuestro territorio - pueda dar sus frutos?
38
En primer lugar por apropiarse de la renta del suelo; pero también por
gozar de monopolios, privilegios y posiciones preferenciales de toda clase
generadas dentro la distorsionada organización de la sociedad que
permite la apropiación privada del la renta fundiaria. Dada la complejidad
de la organización de la sociedad humana es imposible determinar
individualmente con exactitud si cada uno recibe lo que le corresponde en
función de lo que aporta con su trabajo o capital a la producción de
riqueza. Sin embargo, tomando los grandes conjuntos, si el producto bruto
per cápita de la sociedad crece y en lugar de un mejoramiento general de
la vida de todos, lo que aparece es una franja de gente opulenta
distanciada de otra mucho mayor de gente trabajadora pero menesterosa,
hay que sospechar la existencia de alguna estructura del orden que
impone esa crónica injusta distribución de la riqueza.
Importa poner en claro esta realidad si se aspira a contar con un
propio mercado de consumo. Un reducido número de propietarios de todo
el territorio nacional , beneficiario de la renta fundiaria que sobre él se
acumula, por mucho que consuma no es un mercado interno dinamizador
de la economía. Pueden forjar una clase económica y políticamente
poderosa; pero no alcanza para constituir un mercado de consumo
nacional al que se destinen los productos que puede producir el país. Por
mas que aquella clase opulenta hiciese ingentes consumos, el resto de la
población -numéricamente mucho mas importante-, con sus salarios
deprimidos , conforman un mercado consumidor interno de escaso poder
adquisitivo. En consecuencia el aparato productivo se volcará a mercados
externos, haciendo de la Argentina un país substancialmente exportador.
Este sesgo ha dominado y domina hoy en la historia argentina.
Esta marca cultural, de fundamento material, es tan honda, que los sueños
de crecimiento de la Argentina están siempre atados a la exportación de
bienes, como si fuese Hong Kong u otro puerto semejante. En verdad, un
país con una ciudad puerto de habitada a razón de 15.700 personas por
kilómetro cuadrado y la mitad de su población total concentrada en la
estrecha franja de corre de Buenos Aires a Rosario, con una enorme
capacidad de producción dada la feracidad de sus tierras , pero
39
prácticamente vacías de gente , tiene que depender de la exportación. No
es un país, es un puerto.
El daltonismo visual sobre este asunto es propio de todos los países
latinoamericanos con la única excepción, según algunos, de Costa Rica,
distinguida en el continente por un aceptable reparto de la tierra (James
Busey [2]). En el Afán de exportar lo que sus propios pueblos no pueden
consumir, cada país latinoamericano "cree que es más verde el pasto del
otro lado de la frontera" y a resulta de ello sus diplomacias trabajan a
fondo para forjar mercados arbitrarios como el MERCOSUR. Para estos
constructores de mercados regionales parece no tener importancia alguna
que en Brasil deambulen 20 millones de hambrientos sin tierra, que en
Argentina un tercio de su población esté ubicada por debajo del nivel de
pobreza extrema, que la mitad de la población del Uruguay se haya
diseminado por el mundo y que en Paraguay pululen tanto los latifundios
como los empobrecidos. Se comprende que industrias nacidas y protegidas
en países bajo tan inhóspitas condiciones busquen con verdadera
desesperación la protección de los Estados para poder colocar sus
productos. Lo que no se alcanza a comprender es la no percepción de la
realidad que acabo de describir, hecha pública por la Iglesia en
importantes documentos difundidos en países con amplia mayoría de
católicos (así, El reto de la Reforma Agraria, producido por el Pontificio
Consejo de Paz y Justicia, Enero de 1998 [28]) . Es este otro hecho que
prueba que la carencia de una teoría acertada no deja ver la realidad.
impuestos
40
público en importante proporción. Se explica entonces que en el interior
del país no solo los terratenientes se embolsaran la renta fundiaria sino
que la población en general pagara pocos impuestos. Pero alrededor de
1930 el mercado mundial , por razones propias razones de cada país, y la
crisis financiera mundial , redujo mucho la demanda de productos
argentinos. Las exportaciones se redujeron entre 1928 y 1933 en cerca de
la mitad en cuanto a valores y los mismo sucedió con las importaciones
(Jaime Fuchs, [6] p.234).
El Estado nacional quedó sin recursos suficientes. La crisis mundial no fue
la causante de el ruinoso derrotero de la economía argentina posterior;
pero agravó las consecuencias perversas de la estructura acaparamiento
de tierra / privatización de la renta fundiaria. El gobierno frente a la crisis
financiera tenía que elegir entre dos caminos: comenzar a recaudar la
renta fundiaria y de ese modo hacerse de los recursos por vía legítima (tal
como la habían proyectado el presidente Roque Saenz Peña [30] en 1912 y
el diputado Carlos Rodríguez [31] en 1919), lo que al mismo tiempo
comenzaría a reordenar la estructura socio económica del país, o en lugar
de ello proteger a los particulares beneficiarios de la renta fundiaria
optando para hacerse de recursos mediante impuestos a la producción, al
trabajo y la inversión y al consumo.
Por la naturaleza del gobierno de entonces, derivado de un golpe militar
conservador, vinculado a las familias que formaban el núcleo terrateniente
originario, eligió el segundo de los caminos: la creación de impuestos a
todas esas actividades económicas. Esto significo lisa y llanamente
estaquear la economía social argentina, pues desde el primer “impuesto a
las rentas” hasta los actuales Impuestos al Valor Agregado, Impuesto a las
Ganancias y el Impuesto a los Ingresos Brutos – núcleo del financiamiento
llamado “genuino”- con más la miríada de otros que de continuo se
inventan para satisfacer un lastimoso gasto público, el Estado se ha
convertido en un asaltante del producto del trabajo y la inversión real. No
puede salir de una situación miserable un país gobernado por un principio
que en pocas palabras dice: “Trabaja y perecerás”. La apropiación privada
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de la renta del suelo más los impuestos se encargan de ejecutar ésta
sentencia.
Desde 1943 hasta mediados de los 1950 hubo un cambio gigantesco del
orden económico argentino que habría de repercutir en las otras esferas de
la vida social. Los gobiernos militares de 1943 y en especial el democrático
de masas que le siguió, deseoso de poner en vigencia de una vez por todas
una sociedad justa, prácticamente no dejo cosa por cambiar. Pero aquí
cabe reproducir las palabras finales de Alexis de Tocqueville en Antiguo
Régimen y Revolución: “La revolución francesa cambió todo, incluso hasta
los nombres de los meses y el calendario, todo, salvo lo peor del antiguo
régimen”. El gobierno de la época que hablamos también cambió casi todo
en el país, incluyendo la Constitución Nacional en 1949. Cambio todo ,
salvo lo peor del antiguo régimen: el sistema de acceso al suelo, la
privatización de la renta fundiaria y el mantenimiento del sistema de
impuestos, agregando para colmo como método la emisión monetaria sin
correlato en la producción.
Ahora y después
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un milagro que no se ha de repetir. Así expresamente la expone Humberto
“Cacho” Costantini en su obra de teatro “!Chau Pericles!”[5]. Pericles,
Platón, Aristóteles, son la Grecia luminosa, es verdad: pero también es
verdad – según Costantini – que el griego actual distribuidor de golosinas,
nada tiene que ver con ellos. La Argentina de los 1860, ¿fue también un
milagro como la antigua Grecia? ¿No es por lo tanto repetible?
Puede ser que nuestro poeta tenga razón en buena medida. Pero si
se ama a la Argentina y se desea de plena buena fé que ella se recupere
para sí y para el mundo, en el grado que todos una vez esperaban con
absoluta seguridad, de una cosa habrá que estar convencido : que tal
recuperación es imposible si no se aborda serena y razonablemente la
cuestión de la renta fundiaria. Los argentinos deben darse cuenta que ella
no puede quedar en manos privadas, pues es el fondo básico del tesoro
público. Si se recauda la renta del suelo, es posible eliminar los impuestos
que traban al trabajo y la inversión. Esto no es todo; pero sin esto no habrá
un nuevo milagro argentino.
Buenos Aires, 2004
43
Bibliografía
45
Buenos Aires.
[34] David Ricardo, Principios de economía política, Sarpe, 1985,
Madrid
[35] August Lösch, Teoría económica espacial, El Ateneo, s/f
[36] Fernando Scornik, El impuesto a la tierra, Instituto Social Agrario,
1971,
Buenos Aires
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