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Capítulo 8 (MH)

El capítulo describe el envejecimiento de Samuel y la corrupción de sus hijos, lo que lleva a Israel a solicitar un rey. A pesar de las advertencias de Samuel sobre las dificultades que conllevará la monarquía, el pueblo insiste en su demanda. Finalmente, Dios instruye a Samuel a concederles un rey, permitiendo que experimenten las consecuencias de su elección.

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Capítulo 8 (MH)

El capítulo describe el envejecimiento de Samuel y la corrupción de sus hijos, lo que lleva a Israel a solicitar un rey. A pesar de las advertencias de Samuel sobre las dificultades que conllevará la monarquía, el pueblo insiste en su demanda. Finalmente, Dios instruye a Samuel a concederles un rey, permitiendo que experimenten las consecuencias de su elección.

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CAPÍTULO 8

Los días buenos de Israel rara vez duraban mucho. Vemos aquí: I. A Samuel
envejecido (v. 1). II. A sus hijos, degenerados (vv. 2, 3). III. A Israel descontento
con el actual régimen y deseoso de cambio. 1. Piden a Samuel que les instituya la
monarquía (vv. 4, 5). 2. Samuel presenta el asunto a Dios (v. 6). 3. Dios le dice lo
que les ha de responder, en forma de reproche (vv. 7, 8), haciéndoles ver las
consecuencias de tal cambio de régimen, y cuán duras les habían de resultar bien
pronto las condiciones de la monarquía (vv. 9-18). 4. Ellos insisten en su petición
(vv. 19-20). 5. Samuel les promete, de parte de Dios, que pronto verán satisfechos
sus deseos (vv. 21, 22).

Versículos 1-3

Hallamos dos cosas tristes, aunque no nos son extrañas:

I. Un hombre bueno y provechoso que se vuelve viejo e inhábil para el ministerio


(v. 1): Habiendo Samuel envejecido. Ya no podía juzgar a Israel, como lo venía
haciendo. No tenía todavía sesenta años; es muy probable que no pasase de los
cincuenta y cuatro, pero parece ser que las dificultades que hubo de arrostrar y las
preocupaciones que, ya desde niño, experimentó, le hicieron envejecer
prematuramente. Los frutos primeros en madurar suelen ser los más expuestos a
echarse a perder. Había gastado sus fuerzas y sus ánimos en el servicio a la
comunidad y ahora se siente demasiado fatigado para seguir adelante. Quienes
están en la flor de la vida deben aprovechar bien el tiempo, pues no saben por
cuánto tiempo gozarán de salud y de fuerza suficiente.

II. Los hijos de un hombre bueno que se desvían y no siguen las huellas de su
padre. Tenemos razones para suponer que Samuel les comisionó para el oficio, no
porque fuesen hijos suyos, sino porque, por lo que parecía, eran lo
suficientemente aptos para desempeñarlo. Pero ¡ay!, no anduvieron los hijos por
los caminos de su padre (v. 3), y al ser el carácter de ellos tan diferente del de su
padre, el ser hijos suyos, lo que de otro modo les habría servido de honor fue para
ellos, en realidad, una desgracia. Al ser constituidos jueces y residir lejos de la
familia, se descubrió lo que eran. Muchos que se han portado bien en un estado
de sujeción, se han echado a perder con el ejercicio del poder, pues los honores
cambian la mentalidad de los hombres y, con mucha frecuencia, la cambian en
peor. No parece ser que los hijos de Samuel fuesen tan malvados y viciosos como
los hijos de Elí, pero, fuesen como fuesen en otros aspectos, eran jueces
corruptos que se volvieron tras la avaricia, dejándose sobornar y pervirtiendo el
derecho. La versión caldea dice que se volvieron tras el mammón de injusticia.
Aun cuando el sagrado texto no reprocha a Samuel por la mala conducta de sus
hijos, es muy fácil que, en su afán por servir los intereses de la comunidad,
descuidase la educación de los mismos, lo cual, después de su experiencia de
primera mano sobre lo sucedido a los hijos de Elí, no deja de ser una circunstancia
agravante.
Versículos 4-22

Comienzo de un asunto totalmente nuevo y sorprendente cual fue el


establecimiento de la monarquía en Israel.

I. La petición de los ancianos a Samuel (vv. 4, 5). Acudieron a su casa en Ramá


con un comunicado que contenía:

1. Un cargo de agravios; bien breve: Tú has envejecido, y tus hijos no andan en


tus caminos. (A) Era cierto que Samuel había envejecido, pero esto le daba
prudencia y experiencia y, por tanto, competencia para seguir gobernando. (B) Era
cierto que sus hijos no andaban en los caminos de su padre, lo cual no dejaría de
apenarle, pero no se nos dice que estuviese enterado de la conducta de sus hijos
como lo estaba Elí de la conducta de los suyos. Si hubo alguna negligencia previa
por su parte, no hubo indulgencia como en el caso de Elí.

2. Una petición para resarcir los sobredichos agravios mediante la constitución de


un rey sobre ellos: Constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas
las naciones. Es cierto que no se sublevaron en rebelión contra Samuel ni
intentaron nombrar ellos mismos al rey. Pero, por lo que sigue, se muestra que fue
una malvada propuesta, y arrogantemente presentada, que no agradó a Dios.
Quieren tener un rey que los juzgue con pompa exterior y poder ostentoso, como
todas las naciones. Un modesto profeta con su manto, aun cuando era favorecido
con la comunión y las visiones del Omnipotente, resultaba despreciable a los ojos
de los que juzgaban por las apariencias externas; pero un rey vestido de púrpura,
con su guardia y sus ministros de Estado, les parecía algo muy grande; y eso es lo
que apetecían y pedían.

II. El resentimiento de Samuel ante esta petición (v. 6). 1. Fue algo que le llegó a
lo profundo del corazón. Probablemente fue una sorpresa para él. No agradó a
Samuel esta palabra que dijeron: Danos un rey que nos juzgue, porque, al menos
indirectamente, era una queja contra el gobierno y el honor de Dios. 2. Le incitó a
orar. No les dio respuesta de momento, sino que se tomó tiempo para considerar
la propuesta y orar al Señor para que le instruyese sobre lo que debía hacer.

III. Las instrucciones que Dios le dio con respecto a este asunto. Le dijo:

1. Algo que podía servirle de alivio a su resentimiento. Samuel estaba muy


disgustado con la propuesta, pero Dios le dice que no debe considerarla dura ni
extraña. (A) No ha de pensar que sea cosa dura el que le hayan menospreciado
de esta manera, pues a quien en realidad han menospreciado es a Dios mismo. Si
Dios mismo se preocupa de las indignidades que se cometen contra nosotros,
bueno será que nos dispongamos a soportarlas con paciencia. Samuel no debe
quejarse de que estén cansados de su gobierno, porque realmente estaban
cansados del gobierno de Dios. El régimen de Israel había sido hasta entonces
una teocracia, esto es, un gobierno divino; los jueces recibían directamente de
Dios su llamamiento y su comisión, y los asuntos de la nación estaban bajo la
dirección especial de Dios. (B) Tampoco ha de parecerle extraña la propuesta,
pues se comportan ahora como siempre se han comportado. Siempre habían sido
rudos con sus gobernadores, cosa que experimentaron Moisés y Aarón en su
propia carne.

2. Le dice también cómo ha de responder a las demandas de ellos. Samuel no


habría sabido qué decirles si Dios no le hubiese dado instrucciones, pero ahora
puede comunicarles con toda seguridad la respuesta que Dios les daba.

(A) Debe decirles que tendrán rey: Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan
(v. 7; y, de nuevo, en el v. 9). Dios mandó a Samuel que les diera gusto en esto:
(a) A fin de que fuesen golpeados con su propio bastón y sintiesen, a costa suya la
diferencia entre el gobierno de Dios y el de un rey. (b) A fin de prevenir algo peor.
Si no se les daba gusto en esto, podían sublevarse en rebelión contra Samuel, o
desertar en masa de su religión y adherirse a los dioses de las naciones para
poder tener reyes como ellas.

(B) Pero ha de decirles también que, cuando hayan tenido un rey, pronto se
cansarán de él y se arrepentirán, cuando sea demasiado tarde, de la decisión que
han tomado.

IV. Samuel les transmitió fielmente lo que Dios pensaba sobre el asunto (v. 10): Y
refirió Samuel todas las palabras de Jehová al pueblo; cómo se había resentido de
la propuesta, tomándola como si le rechazasen a Él mismo, lo que equivalía a
servir a dioses ajenos (v. 8). Y les expone con todo detalle cuáles habían de ser,
no los derechos de un rey en general, sino la forma en que había de reinar el rey
que iban a tener, conforme al modelo de los reyes de las otras naciones (v. 11).

1. Si desean tener un rey como lo tienen las naciones, que tengan en cuenta: (A)
Que un rey ha de tener una guardia numerosa y una multitud de ayudantes. ¿Y de
dónde los va a sacar? Por supuesto, «tomará vuestros hijos» (v. 11) y los pondrá
a que aren sus campos y sieguen sus mieses (v. 12), y tenerlo además como un
privilegio (v. 16). (B) Ha de disfrutar de buena mesa. (C) Necesitará un gran
ejército para guardias y guarniciones. (D) «Habéis de esperar también que tenga
un gran número de favoritas y cortesanas, a las que, después de haberlas
ennoblecido con títulos, las enriquecerá a costa de vuestras heredades (vv. 13,
14). ¿Os gustará eso?» (E) «Necesitará también copiosos ingresos para mantener
su pompa y su poder. Tomará el diezmo de los frutos de vuestras tierras (v. 15) y
de vuestro ganado (v. 17)».

2. No tardarán en percatarse de lo gravoso de las cargas que ellos mismos se han


echado encima. Pero, cuando se quejen a Dios a causa de ello, Dios no les hará
caso (v. 18).
V. El pueblo se obstinó en su demanda (vv. 19, 20): «Tendremos un rey sobre
nosotros, digan lo que digan en contra tanto Dios como Samuel; lo tendremos a
toda costa y por muchos que sean los inconvenientes que nos sobrevengan a
nosotros y a nuestra posteridad por ello». Se hicieron el sordo a las razones, y el
ciego a sus propios intereses. No pudieron atenerse al tiempo fijado por Dios,
pues Dios había dado a entender en la Ley (Deuteronomio 17:14, 15) que Israel
habría de tener rey a su debido tiempo. Si hubiesen aguardado unos diez o doce
años más, habrían tenido por rey a David, un «rey según el corazón de Dios», es
decir, elegido por Dios y se habrían visto libres de todas las calamidades que
sufrieron con el nombramiento de Saúl.

VI. Samuel los despidió con una insinuación de que pronto tendrían lo que
deseaban. l. Samuel refirió todas las palabras del pueblo en oídos de Jehová (v.
21). Esto nos habla de una santa familiaridad, a la que Dios admite
benévolamente a su pueblo: los creyentes hablan en los oídos de Dios, como
cuando alguien susurra algo al oído de un amigo. 2. Dios dio orden de que
tuvieran rey, ya que tan empeñados estaban en tenerlo (v. 22): «Pon rey sobre
ellos, y que saquen de él las mayores ventajas que puedan». Así los entregó Dios
a las concupiscencias de sus corazones (Romanos 1:24). De momento, Samuel
los envió a sus casas: «cada uno a vuestra ciudad», porque el modo de designar a
la persona se había de dejar en manos de Dios; ellos no tenían nada que hacer
por ahora.

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