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Resumen 2do Parcial

El documento aborda diversas propuestas clínicas que priorizan lo corporal y lo afectivo en contextos de trauma y crisis, destacando la intervención sin palabra de Alfredo Moffatt y la clínica grupal de Marcelo Percia. Además, se analizan críticas a las instituciones y la crueldad en la salud mental, así como la importancia de la interseccionalidad y el cuidado en tiempos de precarización. En conjunto, se enfatiza la necesidad de enfoques empáticos y situados que reconozcan la complejidad de las experiencias humanas.

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Resumen 2do Parcial

El documento aborda diversas propuestas clínicas que priorizan lo corporal y lo afectivo en contextos de trauma y crisis, destacando la intervención sin palabra de Alfredo Moffatt y la clínica grupal de Marcelo Percia. Además, se analizan críticas a las instituciones y la crueldad en la salud mental, así como la importancia de la interseccionalidad y el cuidado en tiempos de precarización. En conjunto, se enfatiza la necesidad de enfoques empáticos y situados que reconozcan la complejidad de las experiencias humanas.

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Teo 1

Cossi, Eduardo Fabián (2014). Entrevista a Alfredo Moffatt.

En su intervención ante la tragedia de Cromañón, Alfredo Moffatt desarrolla una


propuesta clínica que se aleja del discurso verbal y prioriza lo corporal, lo afectivo y lo
simbólico. La “intervención sin palabra” representa una modalidad de abordaje que
parte del reconocimiento de que, en situaciones de trauma extremo, el lenguaje resulta
insuficiente o incluso contraproducente.

Este enfoque se basa en el uso del cuerpo como herramienta terapéutica, lo que
Moffatt conceptualiza como una forma de “maternaje”: una contención física y
silenciosa que busca sostener al otro en el umbral del quiebre psíquico, evitando el
pasaje al brote o al desborde emocional. Se trata de una clínica de la urgencia que
reconoce el valor del vínculo inmediato, primario, no mediado por la palabra, y que
apunta a restaurar mínimamente el lazo social y simbólico allí donde ha sido
violentamente roto.

Este modo de intervención se inscribe en una lógica antiautoritaria y comunitaria,


propia de los dispositivos que Moffatt construyó desde una perspectiva crítica de la
salud mental: se trata de estar con el otro, no de interpretarlo; de sostener desde el
afecto, no de intervenir desde el saber. Es, en definitiva, una apuesta por una clínica
situada, empática y radicalmente humana.

Gorodischer, Julián (2005) “Hay que pasar de la ira al llanto”. Entrevista a Alfredo Moffatt.

En la entrevista “Hay que pasar de la ira al llanto”, Alfredo Moffatt profundiza su


concepción de una clínica para situaciones de crisis extremas, donde la palabra resulta
insuficiente. Propone la técnica del maternaje corporal, que consiste en abrazar
firmemente y en silencio a una persona en estado de shock o disociación, como forma
de sostén y contención.

Este gesto busca acompañar el pasaje de la ira —una defensa psíquica frente al dolor—
hacia el llanto, entendido como una catarsis corporal y emocional que permite
comenzar a elaborar el trauma. El llanto afloja la tensión muscular y simboliza una
vuelta al registro humano del sufrimiento.

Moffatt plantea así una clínica del cuerpo, del afecto y de la urgencia, en la que el
terapeuta interviene desde la presencia empática, no desde el saber o la interpretación.
Es una propuesta situada y radicalmente humana, que prioriza la contención afectiva
por sobre el lenguaje, para restituir el lazo social y subjetivo en escenarios de catástrofe.

Percia, Marcelo (2017) “Estancias en común”: asuntos: grupales, lo común y técnicas.

En “Estancias en común”, Marcelo Percia propone pensar lo grupal no desde una


unidad cerrada o totalizante, sino como una pluralidad en tensión, donde lo común no
se impone ni se define, sino que se inventa en el entrecruce de diferencias.
Percia se distancia de la idea de un “nosotros” homogéneo o de una “voz grupal” que
hable por todos. En cambio, trabaja la noción de enunciación colectiva como habla
impersonal, plural y pasajera. Lo común no es una identidad compartida, sino una
ficción que permite encontrarse en lo simultáneo sin necesidad de coincidir. En esa
simultaneidad, cada uno transita lo común desde su diferencia.

Asimismo, cuestiona el rol del coordinador como figura de saber o de control. En lugar
de organizar el sentido del grupo, propone un descentramiento de la coordinación,
que habilita el juego, la espontaneidad y la emergencia de lo inesperado.

Las técnicas en este marco no son herramientas cerradas ni procedimientos


predeterminados, sino prácticas abiertas, situadas e inventivas, que deben ser capaces
de alojar lo que aún no tiene forma, lo no previsto, lo incapturable.

En síntesis, Percia propone una clínica grupal que trabaja con lo común como
acontecimiento y no como esencia, una ética del cuidado de la diferencia en el
entramado colectivo.

Ulloa, Fernando (1995) “La tragedia y las instituciones”.

En “La tragedia y las instituciones”, Fernando Ulloa analiza cómo las instituciones
pueden convertirse en escenarios de mortificación subjetiva, generando lo que llama
encerronas trágicas: situaciones donde el sujeto queda atrapado entre lo instituido y lo
instituyente, sin salida posible que no implique claudicar o repudiarse a sí mismo.

Estas encerronas no siempre son visibles, pero producen un sufrimiento silencioso y


extendido, ligado al maltrato o “distrato” institucional. Ulloa considera que estas
condiciones afectan tanto a los usuarios como a los trabajadores de las instituciones,
volviéndolos víctimas o incluso verdugos involuntarios, por el precio de pertenecer al
sistema.

Desde una perspectiva clínica, propone trabajar en el pasaje desde la mortificación


alienante hacia una dramatización del conflicto, como modo de reactivar la
subjetividad adormecida. En este marco, la utopía clínica aparece como una
herramienta que permite negar lo que niega, es decir, resistir simbólicamente las causas
encubiertas del sufrimiento, a través de una forma de negación crítica y activa.

En síntesis, Ulloa ofrece una mirada crítica sobre las instituciones como lugares donde
se juega una dimensión trágica de la subjetividad, y propone una clínica que se atreva a
intervenir en esa escena, reconociendo tanto el peso estructural como la posibilidad de
creación subjetiva y colectiva desde el drama.

Sobre la crueldad”.

En “Contra la crueldad”, Fernando Ulloa conceptualiza la crueldad como una forma


extrema de desamparo que se expresa en la figura clínica de la encerrona trágica: una
situación sin ley ni tercero de apelación, donde la víctima queda sometida a quien la
rechaza y a quien también rechaza, sin posibilidad de salida. Esta estructura puede
trasladarse a múltiples ámbitos sociales, institucionales y políticos.
Ulloa distingue tres niveles:

1. “Lo cruel”: una forma social e impersonal de crueldad, que se vuelve invisible
por su naturalización. Se instala como costumbre y cultura, generando una ética
abstinente que evita intervenir en las condiciones estructurales que la sostienen.
2. La crueldad: se trata de un dispositivo cultural y político que organiza y
legitima el ejercicio de la violencia. Ejemplos como la apropiación de niños
durante la dictadura muestran cómo la crueldad necesita de un saber mentiroso,
fetichista, que niega la verdad y protege al perpetrador.
3. El acontecer de la crueldad: es el momento en que cada sujeto toma conciencia
de su propia disposición para ejercer crueldad. Implica una responsabilidad
ética individual en tanto posibilidad de asumir o resistir esa tendencia latente.

Ulloa contrapone la crueldad a la ternura como primer amparo del sujeto, entendida
no solo como afecto, sino como un dispositivo simbólico que humaniza, sostiene y
habilita la autonomía del otro.

En síntesis, Ulloa propone una lectura compleja y multiescalar de la crueldad: como


fenómeno social, como tecnología del poder y como disposición subjetiva, e invita a
pensar una clínica y una ética que actúen sobre sus condiciones de producción.

Rolón, Cintia (2014) “Figuras para pensar posiciones clínicas: artificios para inventar gestos
clínicos”.

En “Figuras para pensar posiciones clínicas”, Cintia Rolón plantea que la clínica no es
una posición fija ni un saber que se ocupa de forma definitiva, sino una práctica en
constante movimiento, situada y afectada por las condiciones concretas en las que se
produce. El posicionamiento clínico se construye cada vez, no se hereda ni se conserva:
se inventa a partir de lo que acontece, de lo que interrumpe, de lo que afecta.

La autora propone pensar la clínica como un campo en el que se cruzan fuerzas que nos
exceden, nos convocan y nos interpelan, en donde la técnica no es un protocolo cerrado
sino un artificio abierto que posibilita gestos clínicos singulares. Se trata de alojar lo
impensado, de intervenir sin certezas, de aceptar la inestabilidad y de escuchar también
desde el cuerpo y desde lo que nos pasa como sujetxs.

En esa línea, pensar y vivir no se oponen, sino que se entraman. La clínica no puede
disociarse de la vida, ni del modo en que el devenir cotidiano nos atraviesa: la escucha
no es igual todos los días, porque quienes la ejercemos tampoco lo somos. Por eso, el
gesto clínico no se repite: se produce en la tensión entre lo singular y lo común, entre el
saber y el no saber, entre el decir y el callar.

Rolón, Cintia (2024) “Derivas Marinas”.

En “Derivas marinas”, Rolón desarrolla una reflexión poética y política sobre la clínica
entendida como deriva, es decir, como una práctica que no responde a mapas fijos ni
trayectos previsibles. En lugar de un rumbo determinado, la clínica se plantea como un
andar afectado, como una apertura al encuentro con lo incierto, con lo fragmentario, con
lo que no cierra.

La autora escribe desde una sensibilidad que habilita lo que se desborda, lo que no se
nombra fácilmente, lo que aún no tiene forma. La clínica se vuelve entonces un modo
de caminar entre restos, de alojar lo que no encaja, de escuchar en el borde. Hay una
ética de la vacilación, de la fragilidad, de la intemperie: se trata de estar con otrxs sin
pretensión de dirección, sabiendo que todo gesto clínico implica también un gesto de
escritura, de invención y de resistencia.

La figura del naufragio y del mar como lo inabarcable y movedizo permite pensar la
clínica no como un sistema cerrado, sino como una experiencia vital que se
transforma en el hacer mismo, que se escribe con el cuerpo y con la palabra, pero
también con el silencio y la espera. Es una apuesta por una clínica que se sostiene en la
deriva, que se mueve con el oleaje de lo que conmueve.

Zito-Lema, Vicente (1976) “Descubrimiento de Freud. La profesión del psiquiatra.


Impugnación y Defensa. Los hospicios”.

En “Descubrimiento de Freud. La profesión del psiquiatra. Impugnación y defensa. Los


hospicios”, Vicente Zito Lema conversa con Enrique Pichon-Rivière y construye una
crítica profunda a la psiquiatría tradicional, especialmente en su versión asilar y
autoritaria. El texto se centra en tres grandes ejes:

1. El descubrimiento de Freud como revelación clínica: Pichon encuentra en el


psicoanálisis no solo un saber sobre el inconsciente, sino una herramienta para
pensar el sufrimiento desde su dimensión simbólica, afectiva y relacional. A
partir de Freud, se habilita una mirada que va más allá de lo orgánico o lo
conductual, y que valora la curiosidad como impulso clínico y la culpa como
signo de humanidad.
2. Impugnación y defensa de la figura del psiquiatra: Se denuncia el rol médico
tradicional, ligado al poder, la autoridad y la represión. En cambio, se reivindica
una clínica humanizada, sensible a las condiciones sociales y culturales, capaz
de integrar saberes populares, artísticos y filosóficos. Pichon y Zito Lema
critican la formación académica fragmentaria y proponen una visión
totalizadora del sujeto, inserto en su contexto histórico y colectivo.
3. Los hospicios como lugares de exclusión y crueldad institucional: Se analiza
la lógica asilar como dispositivo de encierro, desubjetivación y marginación.
Frente a ello, se propone un modelo de asistencia extramuros, comunitario, que
reemplace el encierro por el acompañamiento, y que piense la salud mental
como parte de una transformación social más amplia.

En síntesis, este texto refleja una posición crítica, política y comprometida con la
vida: el psicoanálisis y la psiquiatría, para Pichon y Zito Lema, deben ser herramientas
de liberación y no de sometimiento, y la clínica solo puede tener sentido si se orienta a
humanizar el lazo y transformar la realidad colectiva.
Teo 2

Andrada Leandro (2025): “Interseccionalidad, conocimiento situado y grupalidad”.

En el texto “Interseccionalidad, conocimiento situado y grupalidad”, Leandro


Andrada propone una mirada crítica sobre cómo se piensan los colectivos, los grupos y
la clínica en clave contemporánea. A partir del legado de autoras como Kimberlé
Crenshaw, Donna Haraway y Judith Butler, plantea que no se puede seguir pensando
lo grupal desde abstracciones universales que borran las diferencias, sino que es
necesario incorporar la complejidad, la afectación y las condiciones materiales en las
que se producen las experiencias.

La interseccionalidad es pensada como una herramienta tanto epistemológica como


política, que permite desarmar categorías totalizantes como “la mujer”, “el trabajador”
o incluso “el grupo”, y mostrar cómo género, clase, raza, sexualidad, corporalidad,
edad y otras variables se entrecruzan en la forma en que las personas viven y son
leídas socialmente. Por su parte, el conocimiento situado denuncia la supuesta
objetividad del saber y exige reconocer desde dónde se habla y con qué cuerpo se
piensa.

En relación con lo grupal, el texto discute tanto el modelo psicoanalítico (que organiza
al grupo alrededor de una ilusión de unidad) como el esquizoanálisis deleuziano (que
propone pensar al grupo como multiplicidad). Sin embargo, Andrada señala que incluso
estas teorías, aunque útiles, pueden volverse insuficientes si no consideran las
relaciones de poder que atraviesan cada experiencia grupal: no es igual habitar un
grupo siendo mujer trans racializada, que siendo varón cis blanco de clase media,
y no considerar estas diferencias puede reproducir violencias.

La propuesta, entonces, es pensar lo grupal desde una ética de la complejidad y la


afectación, donde los gestos clínicos no se basen en modelos universales, sino que se
inventen desde lo situado. En este punto, se puede vincular con Cintia Rolón, quien
también plantea que el posicionamiento clínico no es fijo ni neutral, sino que se
construye cada vez, afectado por lo que se vive.

Finalmente, Andrada analiza la pandemia de COVID-19 como caso paradigmático: un


mismo hecho que no afectó a todos por igual. Las políticas como “quedate en casa”
partían de un ideal homogéneo, pero ignoraban que no todas las personas tenían casa,
ni las mismas condiciones para sostener el aislamiento, y que ciertas identidades —
mujeres, personas trans, racializadas, pobres, adultxs mayores— vivieron una
vulnerabilidad agravada. La pandemia, lejos de igualar, exacerbó las desigualdades
preexistentes, y mostró la urgencia de pensar lo común desde lo múltiple.

De la Aldea Elena (2019) “Los cuidados en tiempos de descuidos”

reflexiona sobre la fragilidad estructural de los sistemas de cuidado en el contexto


actual, marcado por la precarización, el neoliberalismo y el individualismo. La autora
advierte que, si bien se habla mucho del “cuidado” en discursos públicos y académicos,
en la práctica cotidiana se vive un tiempo de descuido, donde cuidar parece un lujo o
una carga, más que una responsabilidad compartida.

El texto propone pensar el cuidado no solo como una tarea asignada (habitualmente a
mujeres) sino como una práctica relacional, afectiva y política, que construye lazos y
sostiene vidas. Cuidar no es solo asistir o proteger: es también reconocer la
interdependencia, asumir que nadie se sostiene por completo a sí mismo, y que todos
los cuerpos son vulnerables en distintos grados. En este sentido, el cuidado desarma la
fantasía de autonomía neoliberal y convoca a una ética de la responsabilidad mutua.

La autora retoma la noción de lo común, no como propiedad ni identidad, sino como


una experiencia situada de coexistencia en lo incierto, donde se afirma la vida desde su
fragilidad. Cuidar en tiempos de descuido implica resistir a las lógicas de
productividad, desecho y meritocracia, y abrir espacio para otras formas de estar con
otrxs: más lentas, sensibles y sostenidas en la afectación.

Este planteo dialoga con las ideas de Cintia Rolón y Leandro Andrada, en tanto
subraya que las intervenciones clínicas o políticas no se hacen desde lugares fijos ni
saberes cerrados, sino desde lo que se habita, se siente y se construye en el presente.
También se vincula con la interseccionalidad y el conocimiento situado: no se cuida
igual desde todas las posiciones sociales, y las desigualdades marcan quién puede
cuidar, cómo y a quién.

“Sobre la crueldad”.

Fernando Ulloa analiza la crueldad como un fenómeno estructural, que atraviesa


tanto lo social como lo subjetivo, y que puede volverse invisible cuando se
institucionaliza como norma. La crueldad no es solo el acto violento evidente, sino
también la configuración de situaciones en las que el otro queda encerrado en una
relación sin salida, sin ley ni terceridad, donde la única respuesta posible parece ser el
sometimiento o la ruptura psíquica.

Ulloa distingue entre “la crueldad” como fenómeno activo, visible, y “lo cruel” como
una forma más disfrazada y sistémica, que se naturaliza en instituciones, discursos y
prácticas cotidianas. Este tipo de violencia es sostenida por saberes que niegan la
verdad, operando con mecanismos de fetichización y justificación.

El autor contrapone a la crueldad la ternura, entendida no como un afecto blando, sino


como una forma simbólica de sostén y de restitución del lazo humano. La ternura
funciona como amparo: construye subjetividad allí donde el sistema ha quebrado su
posibilidad. En este sentido, Ulloa propone una clínica y una ética que no solo
denuncien la crueldad, sino que actúen sobre sus condiciones de posibilidad, alojando
al sujeto desde el cuidado y no desde el control.

“Fraude en una cátedra de psicología”.

En este texto, Ulloa analiza un caso concreto de violencia institucional dentro del
ámbito universitario: un fraude académico cometido en una cátedra de Psicología,
donde se manipuló la información para silenciar y desplazar a un grupo docente crítico,
con el objetivo de mantener el poder y proteger intereses corporativos.

Lo que pone en cuestión no es solo el acto fraudulento en sí, sino la lógica de


impunidad, silenciamiento y connivencia que lo sostiene. Ulloa entiende esta
situación como una manifestación más de lo que llama la patología institucional,
donde las estructuras dejan de garantizar derechos y se convierten en espacios de
violencia simbólica.

El texto es una denuncia que también propone una lectura clínica: señala que estas
formas de poder destruyen los vínculos, degradan los procesos de transmisión y afectan
la salud mental tanto de estudiantes como de docentes. La crítica no se limita al hecho
puntual, sino que invita a pensar qué subjetividades produce una universidad cuando
prioriza la obediencia por sobre el pensamiento.

Ambos textos de Ulloa pueden leerse en diálogo con las propuestas de Rolón y
Andrada, ya que comparten la preocupación por intervenir en lo colectivo desde lo
situado, reconociendo las tramas de poder y afectación que atraviesan cualquier práctica
clínica, institucional o pedagógica.

Sobre dos formas de comprender del coordinador grupal”.

Eduardo Pavlovsky y Luis Frydlewsky abordan el rol del coordinador desde una
perspectiva sensible a la complejidad del trabajo grupal. Proponen dos modos de
comprensión de la dinámica grupal: uno más teórico y sistemático, apoyado en
modelos referenciales, y otro más intuitivo y corporal, basado en la experiencia
directa, la afectación y la creación.

Estas formas no se oponen, sino que se entrelazan. El coordinador necesita herramientas


conceptuales, pero también debe desarrollar una escucha corporal, situada, que le
permita captar lo que circula en el grupo de manera no explícita. El cuerpo, en este
sentido, piensa, siente e interviene: hay actitudes corporales que acompañan los
procesos de comprensión, y gestos que habilitan intervenciones eficaces.

El texto subraya que no se escucha igual a un paciente solo que en grupo. El discurso
cambia, se modifica por la presencia de otros cuerpos y miradas. Esto requiere que el
coordinador se desplace de la idea de un rol técnico a una función creativa, dramática
y ética, capaz de acompañar procesos colectivos sin apropiarse de ellos.

La figura del coordinador no se equipara a la del líder: debe poder sostener la tensión
entre cercanía y distancia, sin fundirse con el grupo ni retirarse por completo. También
se menciona la necesidad de elaborar un duelo: dejar ir al grupo y su producto,
evitando caer en la fantasía de propiedad. Reconocer esta pérdida es parte del gesto
clínico y ético del coordinador, y enseña al grupo a pensar sus propias limitaciones y
transiciones.
La poesía en psicoterapia”

Eduardo Pavlovsky propone una mirada sensible y poética sobre la práctica clínica, en
la que la fantasía, el juego y la imaginación no solo no son ajenos a la psicoterapia,
sino que son su materia viva. Lejos de considerar la fantasía como un obstáculo o una
desviación infantil, Pavlovsky la concibe como una forma legítima —y necesaria— de
estar en el mundo, una vía de acceso a la realidad psíquica.

El texto está atravesado por una invitación lúdica: imaginar lo que imagina el otro,
dejarse atravesar por imágenes compartidas, jugar con lo que se crea entre palabras y
silencios. Para Pavlovsky, la poesía es una vía de acceso a lo clínico, porque trabaja
como la fantasía: no explica, no clausura, alude, sugiere, sorprende. En ese gesto, se
abre una vía de comunicación con lo indecible, lo fragmentario, lo que no puede
formularse en términos racionales o técnicos.

La psicoterapia, entonces, se vuelve un espacio que no se reduce a la técnica ni a la


teoría, sino que cobra vida en la relación, en la escena, en lo dramático y lo creativo.
Se trata de abandonar el ideal de control y abrazar el desconcierto, la incertidumbre y el
juego como parte del proceso. El peligro —dice Pavlovsky— es dejar de sorprenderse.

“La subjetividad heroica”.

En “La subjetividad heroica”, *Elena de la Aldea e Ignacio Lewkowicz* analizan


críticamente una figura habitual en las prácticas de salud mental comunitaria: la del
profesional que, movido por el deber, la urgencia o los valores éticos elevados, asume el
rol de *salvador ante la catástrofe. A esta forma de posicionarse ante los problemas la
llaman **subjetividad heroica, y la definen como un **obstáculo para el pensamiento,
la transformación y el trabajo colectivo*.
El profesional que encarna esta subjetividad actúa desde una posición de saber y de
superioridad moral: no llega a una comunidad para *pensar con otros, sino para **hacer
por otros, reforzando una lógica de víctimas y salvadores. Esta actitud impide ver al otro
como sujeto y bloquea la construcción colectiva de sentido. El héroe **no escucha, no
se deja afectar, y su omnipotencia termina generando **impotencia y parálisis*, tanto
en él como en el entorno.

El texto cuestiona también cómo esta lógica heroica *refuerza las instituciones* que,
aunque en crisis, siguen funcionando como si nada hubiese cambiado. En vez de
habilitar nuevas formas de estar en comunidad, la subjetividad heroica *reafirma
modelos instituidos* y busca “repararlos” sin repensarlos, sosteniendo una concepción
idealizada del pasado y un diagnóstico moralizante del presente.

Los autores proponen una clínica y una política *sin supuestos, donde pensar sea una
práctica situada, compartida y no anticipada por teorías cerradas. Frente al gesto de
salvar, proponen el gesto de **habitar la situación con otros, construir comunidad como
**colectivo de pensamiento, abrir tiempo para sostener el problema y no taparlo con
soluciones urgentes. La tarea no es eliminar obstáculos, sino **leerlos como
condiciones para pensar*.

*En síntesis, la subjetividad heroica, aunque animada por buenas intenciones, **impide
el trabajo comunitario, porque clausura el pensamiento, niega la alteridad y refuerza
relaciones de poder. Sin embargo, el texto no busca desechar esa energía heroica, sino
**desviarla de la lógica del deber ser hacia la lógica del “lo que puede ser”,
promoviendo una práctica transformadora que no actúe por el otro, sino **con el otro*,
desde el encuentro, la reciprocidad y el deseo de pensar juntos.

"El curso de la herida III – De clínicas y conversaciones" (Cintia Rolón, 2020)*

En esta entrega, Cintia Rolón retoma y despliega una reflexión profundamente poética y
política sobre la experiencia clínica universitaria, partiendo del gesto de conversar como
acto clínico. La autora propone pensar la clínica no como un espacio cerrado de técnica
profesional, sino como un territorio de cruce entre Universidad, Hospital y comunidad,
donde se urden pasajes y encuentros entre cuerpos, afectos, palabras y miradas.

Rolón se apoya en la figura de Fernando Ulloa para pensar esa "puesta singular" que
instala la clínica en lo común, aquello que ella nombra como "comunidad clínica". Allí
se vislumbra una práctica que se aleja del modelo disciplinario, para habitar un entre—
el entremedio—en el que se produce el cuidado de la lengua, la afectación de las
miradas, la escucha sensible y la fragilidad del decir.

El texto postula que la clínica se hace conversación, se performa como acontecimiento,


y que en esa provisionalidad y vaivén —como una marea— cobra sentido la palabra
compartida. Conversar es, en este marco, una práctica de desposesión: sin identidad fija,
sin pertenencia asegurada, sin origen determinado. Lo común es ese “sin” que conjuga
la fragilidad compartida.

La experiencia clínica entonces no es acumulación de saberes, sino acontecimiento


afectivo que trabaja con materiales vivos e intangibles, con la precariedad y la potencia
del lenguaje. No se trata de curar o corregir, sino de alojar lo fragmentario, de
acompañar el padecer y abrir sentidos posibles.

Este enfoque desborda los límites técnicos de la psicología clínica tradicional: pone el
cuerpo, la voz, el silencio y el entrelazamiento político de los vínculos en el centro. La
clínica se vuelve un ejercicio de resistencia frente a las formas de dominación
institucionales, y de invención ante las posibilidades de vida.

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