P. A.
HILLAIRE
Ex profesor del Seminario Mayor de Mende Superior de los Misioneros del S.C.
LA RELIGIÓN DEMOSTRADA
LOS FUNDAMENTOS DE LA FE CATÓLICA ANTE LA RAZÓN Y
LA CIENCIA
Orden natural y orden sobrenatural. Cada uno de los seres de la Creación tiene señalada una
función en el universo; tiene su destino y recibe, con su naturaleza los medios que le permitan
dirigirse fácilmente y con seguridad a su fin. El orden es la proporción existente entre la
naturaleza de un ser, el fin para el cual ha sido creado por Dios y los medios que le da para
alcanzarlo. 138 Lo natural es lo que, viene de la naturaleza, lo que un ser trae consigo al nacer
y que debe rigurosamente poseer, sea para existir, sea para ejercer su actividad en vista del fin
que le es propio. Lo sobrenatural es algo sobreañadido, sobrepuesto a lo natural para
perfeccionarlo, elevarlo y hacerlo pasar a un orden superior. Así, lo sobrenatural es lo que está
por encima del poder y de las exigencias de la naturaleza: es como el injerto que hace que el
patrón produzca frutos de una especie superior. El orden natural para el hombre es el estado
de ser racional, provisto de los medios necesarios para alcanzar el fin conforme a su
naturaleza. El orden sobrenatural es el estado al cual Dios eleva al hombre, dándole un fin
superior a su naturaleza y medios proporcionados para conseguir este nuevo destino. I. Orden
natural. _Un orden supone tres cosas: 1º, un ser activo; 2º un fin; 3º, los medios para alcanzar
este fin. En el orden natural, el hombre obraría con las solas fuerzas de su naturaleza. Tendría
por fin, por destino, la Verdad suprema y el Bien absoluto, es decir, Dios; un ser inteligente no
puede encontrar en otra parte su felicidad perfecta. Cómo medios naturales el hombre, posee
facultades proporcionadas al fin que exige su naturaleza; una inteligencia capaz de conocer
toda verdad; una voluntad libre capaz de tender al bien. Estas dos facultades permiten al
hombre conocer q amar a Dios, que, es la verdad y el bien por excelencia. Pero, en la vida
futura, Dios puede ser conocido y poseído de dos maneras: directa e indirectamente; Se
conoce a Dios directamente, cuando se le contempla cara a cara; e indirectamente, cuando se
le percibe en sus obras. Viendo las obras de Dios, el hombre ve reflejada en ellas, como en un
espejo, la imagen de las perfecciones divinas de este modo se conoce a una persona viendo su
retrato. Ninguna inteligencia creada puede, con sus fuerzas naturales, ver a Dios de una
manera directa. Vera Dios cara a cara, tal como es en sí mismo es verle corno Él se ve, es
conocerlo coma Él mismo se conoce, es hacerse participante de un atributo que no pertenece
sino a la naturaleza divina. Por consiguiente, si Dios se hubiera limitado a dejarnos en el estado
natural, el hombre fiel, durante el tiempo de la prueba, por la observancia de los preceptos de
la ley natural, habría merecido una felicidad conforme a su naturaleza. Hubiera conocido a
Dios de una manera más perfecta que en esta vida, pero siempre 139 bajo el velo de las
criaturas. Hubiera amado a Dios con un amor proporcionado a este conocimiento indirecto,
corno un servidor ama a su dueño, un favorecido a su bienhechor. En este conocimiento y en
este amor, el hombre habría hallado la satisfacción de sus deseos. No podría exigir más. Tal es
el orden natural. Este orden jamás ha existido, porque el primer hombre fue creado para un fin
sobrenatural. Pero era posible. Según la opinión común de los teólogos, los niños muertos sin
bautismo obtienen este fin natural... Gozan de una felicidad conforme a la naturaleza humana;
conocen a Dios por sus obras, mas no le pueden ver cara a cara: no contemplan su belleza
inmortal sino a través del velo de las criaturas. II. Orden sobrenatural. _En este orden, el ser
activo es siempre el hombre, pero el hombre transformado por la gracia divina, a la manera
que el patrón rústico se transforma por el injerto. El fin sobrenatural del hombre consiste en
ver a Dios cara a cara, en contemplar la esencia divina en la plenitud de sus perfecciones. Un
niño conoce mucho mejora su padre cuando le ve en persona, cuando goza de sus caricias, que
cuando ve su retrato. Esta visión intuitiva de Dios procura al alma un amor superior y un gozo
infinitamente más grande. Así ver a Dios cara a cara en su esencia y en su vida íntima, amarle
con un amor correspondiente a esta visión inefable, gozar de Él, poseerle de una manera
inmediata, de ahí el fin sobrenatural de los hombres y de los ángeles. Nada más sublime... El
fin exige medios, que deben ser proporcionados al mismo. Un fin sobrenatural pide medios
sobrenaturales. El hombre necesita para alcanzar este fin superior de luces que eleven su
inteligencia por encima de sus fuerzas naturales; de auxilios que vigoricen su voluntad para
hacerle amar, al Sumo Bien, como Él merece ser amado. Estas luces y estos auxilios se llaman,
aquí en la tierra, gracia actual y gracia santificante; en el cielo, luz de la gloria. La gracia
santificante es una participación de la naturaleza de Dios, según, las hermosas palabras de San
Pedro: Divinae consortes naturae; es una cualidad verdaderamente divina que transforma la
naturaleza del alma y sus facultades y se hace en ella el principio de las virtudes y de los
hábitos sobrenaturales, moviéndole a ejecutar actos que le merecen un galardón infinito: la
participación de la felicidad de Dios. Por la gracia santificarte, el 140 hombre deja de ser mera
criatura y siervo de Dios para convertirse en su hijo adoptivo y poseedor de una vida divina. Así
como el fuego penetra el hierro y le comunica sus propiedades, y entonces el hierro, sin perder
su esencia, alumbra como el fuego, calienta como el fuego, brilla como el fuego; así también el
alma, transformada por la gracia santificarte, sin perder nada de su propia naturaleza, tiene no
ya solamente una vida humana o una vida angélica, sino una vida divina. Ve como Dios, ama
como Dios, obra como Dios, pero no tanto corno Dios. Ya no hay entre ella y Dios tan sólo una
vinculación de amistad, sino una unión real. La naturaleza divina la penetra y le comunica algo
de sus perfecciones. Sin embargo, el hombre no queda absorbido por esta transformación,
conserva su naturaleza, su individualidad, su personalidad. La gracia no destruye la naturaleza,
sino que la presupone y perfecciona. Tal es el orden sobrenatural. Después de esto, se
comprende bien que todas las obras hechas sin la gracia santificarte nada valgan para
merecernos el fin sobrenatural. 4º OBLIGACIÓN DE ABRAZAR LA RELIGIÓN REVELADA. 87. P.
_¿Estamos obligados a aceptar la religión revelada por Dios? R. _Sí; todos los hombres están
obligados a aceptar la religión revelada, a creer en sus dogmas, a cumplir sus preceptos y al
practicar su culto. Siendo Dios la verdad suma y la autoridad suprema, tenemos el deber de
creer en su palabra y obedecer sus leyes. No hay libertad de conciencia ante Dios. Todo
hombre nace súbdita de la verdad, y está obligado a profesarla en la medida de su
conocimiento. Dios, como Creador, posee un soberano dominio sobre todas sus criaturas. Al
crearlas, no renuncia al derecho de perfeccionarlas. Después de haber dotado al hombre de
una naturaleza excelente, puede elevarle, si así le place, a un destino más excelente todavía,
con lo cual no sólo ejerce un acto de amor, sino también un acto de autoridad: da, pero quiere
que se le acepte lo que da. Si la arcilla no tiene derecho para decir al alfarero ¿Por qué haces
de mí un vaso de ignominia?, menos puede decir: ¿Por qué haces de mí un vaso 141 de honor?
La obra no puede rehusar la perfección de que quiere dotarla el obrero. Nobleza obliga es un
axioma. Ahora bien, para el hombre, la cualidad de hijo de Dios, la vocación a la gloria del
cielo, es la mayor de las noblezas; Quienquiera que llegare a delinquir contra ella, se hace
culpable ante el Soberano Señor, y será tratado coma esclavo, ya que no ha querido ser
tratado como hijo. Aparte de esto, una vez establecido y probado el hecho de la revelación y
de la venida del Hijo de Dios a este mundo, seríamos infieles a la razón misma y a la sana
filosofía si no creyésemos en la revelación. El pecado contra la religión revelada se convierte en
pecado contra la religión natural, que enseña claramente que el hombre tiene obligación de
someter su razón a la palabra de Dios, creyendo lo que enseña y practicando lo que demanda.
88. P._Para enseñarnos la verdadera religión ¿es necesario que Dios hable directamente a cada
uno de nosotros? R._No; esto no es necesario y ni siquiera conveniente. Basta que Dios
instruya a algunos hombres y les confíe la misión de enseñar a sus hermanos la verdadera
religión y de probar la divinidad de la propia misión con señales evidentes. Para hacernos
conocer la religión, Dios puede hablar directamente, a cada uno de nosotros, o bien encargar a
algunos embajadores que nos hablen en su nombre. El primer método se llama revelación
inmediata, y el segundo, revelación mediata. El primer método lleva consigo graves
inconvenientes, y ésta es la razón por la cual Dios no podía, convenientemente empleárlo. 1º
Si la revelación divina se hiciera a cada hombre inmediatamente, los impostores podrían dar
como revelados por Dios los dogmas y preceptos que más les agradara seguir, sin que pudieran
ser convencidos de mentira por la autoridad de una revelación pública y común, pues no
existiría. Bien pronto se verían tantas religiones como hombres; con todos los males que
pueden resultar de la ilusión y del fanatismo. 2º El genero de revelación por vía de enseñanza y
de autoridad es más sencillo, porque necesita menos de la intervención sobrenatural de Dios.
Es igualmente eficaz cuando los enviados de Dios nos hablan, estamos tan seguros de la
verdad como si nos hubiera hablado Él mismo. 142 Basta que el hombre tenga señales ciertas
para controlar que los que han recibido de Dios la misión de transmitirnos sus di posiciones no
se han engañado, ni nos engañan. ¿No se trataría de insensato y rebelde a aquel súbdito que
se negara a ejecutar las órdenes de su soberano, alegando que él no las ha recibido del
príncipe mismo sino de su intermediario? 3º Tampoco es necesario que cada hombre en
particular sea testigo de las señales divinas que dan los legados de Dios para probar su misión.
Si así fuera, habría que rechazar todo testimonio histórico, aunque nos ofrezca una verdadera
certeza, la certeza moral, que excluye toda duda y aun la más ligera sospecha de error.
Objeción: ¿Por qué hay hombres intermediarios entre Dios y nosotros? R. _Rechazáis la
religión revelada porque os ha sido transmitida por intermediarios entre Dios y vosotros. Pero,
entonces, si sois consecuentes debéis rechazar todo lo que habéis recibido de Dios por medio
de los hombres: la vida, el alimento, el vestido, la educación, el lenguaje que habláis, el
nombre que lleváis y los derechas de que gozáis en la sociedad... Vuestra pretensión es
absurda. ¿Acaso no necesitáis de los hombres para nacer, alimentaros e instruiros? Pues bien,
lo que es verdad para la vida natural debe serlo también para la religión. Entre Dios y nosotros
median, en el orden natural, nuestros padres, nuestros maestros de ciencias profanas; entre
Dios y nosotros, en el orden de la religión, existen los patriarcas, los profetas, los apóstoles, los
sacerdotes, los embajadores de Dios... Todo lo que podéis exigir, con derecho, a estos
embajadores son sus credenciales: las señales evidentes que prueban su misión divina. Nada
más.