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CAINELLI TFMundo

El documento analiza las transformaciones contemporáneas en la sociedad, la educación y el trabajo, destacando la inestabilidad social y emocional que ha surgido desde finales del siglo XVIII. Se plantea la necesidad de que las instituciones educativas se adapten a las nuevas demandas de los estudiantes y se cuestiona el sentido del trabajo en un contexto capitalista. Finalmente, se propone que la educación debe enseñar a los estudiantes a comprender y transformar el mundo que los rodea, fomentando un futuro significativo y comprometido.

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El documento analiza las transformaciones contemporáneas en la sociedad, la educación y el trabajo, destacando la inestabilidad social y emocional que ha surgido desde finales del siglo XVIII. Se plantea la necesidad de que las instituciones educativas se adapten a las nuevas demandas de los estudiantes y se cuestiona el sentido del trabajo en un contexto capitalista. Finalmente, se propone que la educación debe enseñar a los estudiantes a comprender y transformar el mundo que los rodea, fomentando un futuro significativo y comprometido.

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Curso: El mundo contemporáneo y sus transformaciones:

Sociedad, escuelas y estudiantes.

Cursante: Cainelli Daiana Romina.

D.N.I: 37.211.655

Ciudad/Provincia: Vera, Santa Fe.

Periodo de cursada: 20/03/2023-29/05/2023


Nuestro tiempo.

Que decir de nuestros tiempos contemporáneos, tiempos de caos, de convulsión, de


inestabilidad social… y emocional.

Pero ¿Por qué? Desde hace un tiempo atrás, más precisamente desde finales del siglo XVIII
hasta llegado nuestros días se ha desarrollado la época contemporánea marcada por
profundos cambios en lo económico, social, político, cultural e ideológico, a causa de las
revoluciones europeas (Industrial y Francesa) que cambiaron el orden mundial vigente. Junto
con esta nueva forma de organización mundial se desarrolla otro gran fenómeno llamado
Globalización de la mano con el desarrollo y consolidación del sistema capitalista como sistema
económico mundial. Otras características de nuestra contemporaneidad, y como efecto revote
de la globalización, encontramos los avances tecnológicos, la producción en masas, el
consumismo y el derroche desmedido, el uso y abuso de los recursos naturales y la
degradación ambiental. Sumado a esto las frecuentes luchas por el poder y el dominio de
recursos naturales que desencadenan en conflictos bélicos como lo fueron la Primera Guerra
Mundial, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría y un sinfín de contrariedades entre países.

Cuanto hemos avanzado en desarrollo en todos los aspectos, y cuanto hemos retrocedido
como humanidad.

Así el declive de una etapa y el surgimiento de otra, que parce nunca terminar de emerger,
genera crisis en el ordenamiento vigente. Las instituciones están en crisis, y la escuela no es la
excepción. Los individuos de hoy no se interesan por el pasado, viven el presente y proyectan
un futuro, entonces ¿Qué pasa con la escuela en este contexto? Si enseñamos a partir del
pasado. En palabras de Foster “las instituciones siguen presentes pero se duda de su eficacia”.

Esto pasa porque los contenidos, las estrategias, los recursos, la modalidad, la misma
estructura institucional educativa ya no responde a las demanda de la nueva sociedad, de los
nuevos estudiantes. Esos famosos dichos “antes estas cosas no pasaban” o “antes realmente
enseñaban en las escuelas” responden al antiguo régimen social, hoy las cosas, los estudiantes,
las escuelas son diferentes. Es preciso un nuevo ordenamiento en las estructuras escolares.

Este mismo nuevo sistema que originó la crisis de las instituciones también afectó al trabajo y
a las formas en las que este se organiza.

Pero… ¿Qué es el trabajo? Podríamos decir que es una condición que destaca a los humanos,
donde se luce nuestra capacidad. La forma en la que el trabajo se organizó y/o dividió fue
variando conforme pasó el tiempo. Pasamos de trabajar para la subsistencia a trabajar para el
consumo.

El trabajo hoy se considera como un mecanismo de subsistencia y ascendencia o pertenencia


social, en una sociedad capitalista donde quien más tiene más vale, somos conforme a los
bienes y servicios que consumimos. Vivimos para trabajar, vivimos para pertenecer, vivimos
para encajar socialmente. Y ¿A dónde nos lleva todo esto? A no pertenecer a ningún lugar. Tal
como lo describió Richard Sennett en su libro “La corrosión del carácter, las consecuencias
personales del trabajo en el nuevo capitalismo”, donde relata las historias de Enrico, padre de
familia durante los 30 años glorioso, y la historia de su hijo Rico, trabajador después del fin del
Estado de Bienestar. Enrico vivió en una época de relativa estabilidad social que implicaba
estabilidad laboral, política, económica. Fue la generación posterior a la Segunda Guerra
Mundial, es decir en pleno desarrollo del Estado de Bienestar. Por su parte la vida de Rico
estuvo influenciada por el fin de la etapa del Estado Benefactor. La realidad ahora se
caracteriza por ser más caótica, la economía más inestable, la sociedad más frenética y el
futuro de completa incertidumbre. En esta nueva época ya no se proyecta a largo plazo debido
a que no se sabe que puede pasar, ya nada es seguro. Se vuelve frecuente la movilidad, sobre
todo por cuestiones de trabajo, lo que crea lazos sociales frágiles ya que hoy se está pero
mañana no, la palabra también pierde credibilidad al igual que el compromiso, ya casi nada es
sólido, todo está en constante cambio. Esta situación repercute en las relaciones familiares,
sociales, laborales y de las amistades, manteniendo continuamente un lazo tenso que da la
sensación de que en cualquier momento se rompe. Y estas son las principales consecuencias
del sistema laboral y social actual, a las que podemos sumarles el estrés, la falta de tiempo
personal, la soledad, la angustia, la débil relación con los hijos, el bajo compromiso con
cuestiones sociales, entre otras miles de consecuencias más que podríamos nombrar.

¡Que cosa de locos este mundo!

Para Arendt, el mundo es todo lo que nos rodea, todo lo creado por el hombre y que le otorga
sentido a la realidad: los artefactos, las obras de arte, los muebles, todo. Podría decir que el
mundo hace a nuestra existencia, y nuestra existencia hace al mundo.

Pero como venía relatando, lo que caracteriza a nuestra actualidad contemporánea es la


inestabilidad de todas sus estructuras, esto provoca que el mundo se aleje, pierda
significatividad, se escape de nuestra percepción, es decir que pase a convertirse en
“inmundo” dicho sea de paso, también creado por los humanos.

Siguiendo la idea de la autora, el objetivo de la escuela ha de ser enseñar cómo es el mundo y


no instruirlos. Con esto nos quiere decir que debemos enseñar a vivir el mundo tal cual es,
debemos mostrar el mundo a nuestros estudiantes. Desde mi consideración si enseñamos el
mundo, estamos enseñando también a otorgarle sentido, a amarlo y tener la capacidad de
transformarlo (para bien, que es lo que necesita), es acercar nuevamente al individuo al
mundo que tan lejano lo percibimos.

Preguntemosno entonces… ¿Qué mundo queremos para estos nuevos estudiantes, en estas
nuevas instituciones?

Y para responder a este interrogante voy a hacer referencia a lo respondido por los
estudiantes en las entrevistas previas.

El futuro que imaginamos para nuestros estudiantes es que sea en un futuro con un mundo
lleno de significados, cercano, activo y comprometido. El trabajo para lograrlo es y será arduo
pero ahí radica el sentido de la escuela y de la actividad docente y porque no de la sociedad
también. Los principales desafíos serán devolverle el sentido al “mundo”, entender que el
cambio social está en manos de cada uno de nosotros y más de ellos que son jóvenes, ser
críticos y reflexivos de la realidad. Así lograremos como humanidad salvar nuestra casa común
de lo catastrófico a lo que nosotros mismos la hemos condenado.

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