EL LAGARTO “Cantos y cuentos quechuas I”
Había un hombre sumamente rico. Tenía incontables ovejas, vacas, tierras. Se
casó con una mujer hermosísima. Pero no tuvo hijos. Se había casado pensando
en que necesitaba herederos para sus riquezas. “Todo lo que tengo lo dejaré a mis
hijos”, había dicho.
Pero se casó y no tuvo hijos. No tuvo descendencia. Su mujer era bellísima; y
todos los hombres la contemplaban; pero resultó siendo estéril. Y el hombre
tampoco tuvo hijos en otras mujeres. La esposa no pudo concebir por ningún
medio.
Entonces fue a la iglesia a rogar a Dios. Fueron los dos. Prendieron velas
“¡Tantísimo ganado, tantísimas tierras! ¿A quién hemos de dejarlos?”, clamaban.
Lloraban a ratos; a ratos no lloraban.
Pasaron cinco años, seis años, y no tuvieron hijos. Cumplieron diez años de
matrimonio, y no pudieron tener un hijo. Y como les torturaba la idea de que no
tenían a quien dejar su fortuna, el hombre dijo: “¿Quizás debiéramos adoptar un
hijo ajeno?” Pero la mujer se opuso: “¿Cómo hemos de criar un hijo ajeno? No
será de nuestra sangre. Volvamos donde el Señor a pedirle su gracia; que me
conceda su gracia, para que tengamos un hijo. Prendámosle velas en su altar” Y
así fue.
Pasó el tiempo… A los quince años de matrimonio la mujer concibió, y apareció
encinta. Se llenó de alegría; el marido también fue dichoso. “Allí está mi hijo.
¡He engendrado!”, diciendo, fue a dar la noticia a unos y otros. Bebió con ellos.
Expresó su felicidad. Se arrodilló a los pies del Señor. ¡Ya no era un hombre
estéril, un cuerno!
Y así, en ese estado de dicha, pasaron cinco meses, nueve meses. A los diez
meses la mujer parió. Dio a luz en su casa-hacienda; la atendieron cuatro mujeres
de esas que saben. Entonces…, entonces… ¡qué te diré! La mujer parió un
lagarto, no un ser humano. ¡Un lagarto! Su rostro era humano; su cuerpo era de
saurio, todo, hasta las uñas. Sólo la cabeza era humana. Su cuerpo era de lagarto.
“¡Nadie puede hacer nada de nada! Resignaos. Debe ser Dios quien les ha
enviado este lagarto, de tanto que le pedisteis”, dijeron las comadronas.
Y entonces, por eso, ¡así lo criaron! El asqueroso animal mamaba los pechos de
la madre; y ella no le temía. ¡Era, pues, su hijo! Lo crió dentro de la casa, bajo
techo; no le permitía salir. El padre lloraba y se entregó a la bebida.
Y así, del mismo modo, día a día, cumplió cinco años y aprendió a hablar.
¡Hablaba el lagarto! Pero no podía erguirse, caminaba arrastrándose sobre la
barriga. Sin embargo, su rostro era humano. Nada cambió, todo continuó igual
hasta que el lagarto cumplió diez años, quince años. Aprendió a leer; sí, aprendió
a leer, pero no pudo escribir con sus dedos de saurio; eso no pudo. Tenía cuatro
manos; cuatro, como todo lagarto. Su rabo era largo como una reata. Y creció,
todo él; la bestia se hizo recia y enorme. Maduró, maduró fuertemente. Y
aparecía rojizo, verdaderamente rojo, pletórico.
Entonces, cuando cumplió dieciocho años, pidió mujer. Le dijo a la madre:
“Deseo casarme” “¿Cómo? – le preguntó ella- ¿Cómo puedes tú casarte?”. “¿Y
para qué tienes tantas riquezas, tantos bienes? ¡Hacedme casar! Sin duda con este
fin me pedisteis. Yo no os pedí venir”, dijo el lagarto.
“Es nuestro hijo. Tendremos que hacerlo casar, de algún modo. Ha de tener
mujer”, dijeron los padres. Y fueron a pedir una muchacha para él. Todos sabían
que el hijo de éste hombre poderoso era un lagarto. Pero como era tan
inmensamente rico, a causa de su opulencia, los padres de la muchacha solicitada,
entregaron a su hija. “Quizá no le ocurra nada” dijeron.
Y el matrimonio de del lagarto fue esplendoroso. Se realizó en la casa del cura;
allí dijo la misa el sacerdote; en su propia casa ofició el matrimonio. La mujer del
lagarto era bellísima. Se la llevó. Sin embargo, el lagarto tuvo que ir cargado en
hombros. Cantando llevaron a los novios hasta la cámara nupcial. El padrino y la
madrina guiaron la comitiva. Ellos desnudaron a la novia; cerraron la puerta de la
cámara nupcial y le echaron tres candados.
Era de noche. El lagarto apagó la vela y ordenó a su esposa: “¡Acuéstate!” Ella
no sospechaba nada malo, era inocente. Obedeció y se acostó, se cubrió con las
frazadas. Entonces el lagarto se lanzó sobre ella y la devoró; le bebió la sangre.
Luego de beber la sangre le comió todos los miembros, la carne de la esposa,
hasta la última fibra. Y amaneció repleto, cubierto de sangre, el piso
ensangrentado; la boca de la bestia enrojecida.
Al día siguiente, el padrino, la madrina y los padres abrieron la puerta. Llevaban
jarros de ponche para los recién casados…. Encontraron al lagarto repleto; de la
mujer no quedaban sino huesos descarnados en el suelo. “¡Qué hacer, qué hacer
ahora!” dijeron gimiendo.
Y entregaron a los padres la joven mucho dinero, para que no se quejaran, para
que no dijeran nada. El padrino, la madrina y los padres del lagarto lo arreglaron
todo así, todo.
“¿Cómo pudiste devorar a quien te dimos por esposa?”, preguntaron al lagarto.
“¡No tiene remedio lo que no puedo remediar! ¡Tengo hambre!, contestó.
Le trajeron otra esposa de otro pueblo. Celebraron nuevo matrimonio. Y también
del mismo modo, apenas cerraron la puerta de la cámara nupcial, él ordenó a la
mujer que se acostara primero; se lanzó sobre ella, le bebió la sangre y la devoró.
Le bebió la sangre mordiéndola por el cuello y luego devoró las carnes, hasta la
última fibra.
Y así, así le dieron muchas mujeres más. Hasta que en todos los pueblos supieron
que ese lagarto devoraba a sus esposas. Y había una muchacha muy bella, que no
tenía bienes de ninguna clase. Era pobrísima. Donde ella fueron, finalmente, el
padre y la madre del lagarto. Fueron a pedirla. “¡No! –dijo el padre de la joven-.
Sabemos muchas cosas de tu hijo. No sé lo que podría ocurrir.” “Ocurra lo que
ocurra. Tengo dinero. Si algo le sucede a tu hija, daremos su precio. Te daré lo
que sea”, contestó el padre. (Es que su hijo, el lagarto, lo martirizaba: “¡Hazme
casar…, hazme casar!”, diciéndole, exigiéndole.)
“Volved. Voy a hablar con mi hija”, contestaron el padre y la madre de la
muchacha.
Lloraron ambos: “¡Qué hemos de hacer!”, decían. “¡Tengo tantos hijos!”,
exclamó el padre, y rogó a su hija: “Quizás puedas lograr nuestra felicidad –le
dijo-. Me ha ofrecido ganado, tierras, vacas, dinero. Si algo te sucede te
mandaremos cantar hermosas misas, como para ti. Criaremos bien a tus hermanos
menores, a tus hermanas.” La joven entristeció. “¿Qué he de hacer, qué debo
hacer? ¡Mis padres son tan miserables”, decía.
Y como el llanto no la calmaba, la joven fue a consultar con una bruja. Había en
ese pueblo una señora que era bruja. “¡Ay, huérfana, es cierto, de verdad estás
destinada a casarte! Aquí, en la palma de tu mano aparece claramente….,
pero…., no has de vivir con él, con ése”, dijo la bruja. “A mí también me matará,
me devorará como a las otras”, contestó la muchacha. “A ti no te matará –afirmó
la bruja-. Eso está en tus manos.” “¿De que modo?”
“Cuando os lleven a dormir, después de la boda, el lagarto te dirá: Acuéstate
primero. Tú no le obedecerás. Harás que él entre en la cama, antes que tú.
Cuando se haya acostado y lo veas dentro de las frazadas, tú entrarás a la cama.
Cuando ya esté dormido te acostarás junto a él”; así habló la bruja. “Bueno”,
contestó la joven.
“Al momento de acostarse él –continuó la bruja-, oirás cómo se descarna el cuero
y se lo saca.” “¿Es posible?” “Es verdad. Y no te sucederá nada –afirmó la bruja-.
No tengas pena.”
La hermosa muchacha predestinada, volvió muy alegre donde sus padres y les
dijo: “Qué puedo hacer, qué no puedo hacer, padres míos. Me casaré, pues. Si
algo mi sucede, habré pagado mi destino. ¡Que todo se haga por vuestra fortuna!”
Los padres, al oírla, fueron muy contentos donde los padres del lagarto…
“Ha aceptado, ha aceptado nuestra hija”, anunciaron. “Los casaremos”, dijeron
los otros.
El inmundo lagarto empezó a dar saltos, grandes saltos de felicidad. Trepó
después a la cama; y se estiró allí; quedó como empozado sobre las frazadas. Esa
era su vida. No caminaba en el suelo sino raras veces.
Y así. ¡Se celebraron las bodas! Y nuevamente, con la solemnidad y la
abundancia de siempre. Arpas y violines cantaban en todas partes de la casa.
Levantaron esta vez una ramada, esta vez para el matrimonio del asqueroso
lagarto. Él permaneció adormilado sobre una banca mientras se realizaba la
ceremonia. Su rostro era humano, sus ojos grises.
Y se llevaron a dormir a los novios. El padrino y la madrina guiaron a la comitiva
que marchó mientras cantaban harawis. Cerraron la puerta de la cámara nupcial;
le echaron candados.
El lagarto apagó la vela. “La apagaremos”, dijo. Luego ordenó a su esposa:
“¡Acuéstate!” “No –contestó la joven-. Acuéstate tú primero. ”¡Tú has de
acostarte”, insistía el animal. “No me acostaré sino después que tú. Yo no he de
irme. ¿A dónde he de irme?” “¡Acuéstate!”, volvió a ordenar el lagarto. “¡No lo
haré, no me acostaré!”, contestó firmemente la muchacha.
Entonces…, el lagarto se acostó. Ya dentro de la cama, de pronto, “¡qall,
qaaash!”, se sintió el ruido que hacía al descarnarse el cuero. Empezó a
desollarse. Y la mujer sintió miedo. “Algo, algo está haciendo”, pensó. Y ya
perturbada, se olvidó de la recomendación final de la bruja. “¡Acuéstate!”, le
llamaba el lagarto. Había concluido de desollarse, y la llamaba. “¿Cómo he de
echarme junto a él si he oído ese ruido? Es un lagarto, me va a devorar”, decía la
muchacha.
Y encendiendo una vela, acercó la llama al lagarto. Estaba convencida que ni
debía mirarlo. La bruja le había dicho: “No has de mirarlo”; le había advertido
claramente. “No has de mirarlo, cuidado con encender una vela delante de él.” Y
ella se olvidó. El espanto de ser devorada por el lagarto oscureció su memoria.
Delante de la llama no apareció el lagarto sino un joven hermosísimo, de
cabellera roja. Entonces ella se inclinó para abrazarlo…., lo iba a abrazar… Pero
él se convirtió en viento. “¡Uúúú…., úúú….! , silbando, desapreció por entre las
maderas del techo. La joven se quedó muy sola. Y desde entonces fue
considerada por sus suegros como una verdadera nuera, como hija de los
poderosos padres del monstruo. Pues no tuvieron más hijos, nadie en la casa.
Cuando desapareció el lagarto, la gente del pueblo murmuraba; le decían a la
madre: “Después de que mueras, una serpiente mamará de uno de tus pechos, y
del otro un sapo. Ése será tu castigo. Pediste a Dios lo que no quiso darte. Jamás
tendrás hijos.”