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Huaman Turco Grupo6.3

La Gran Depresión de 1929 tuvo un impacto devastador en la economía peruana, reduciendo las exportaciones en más del 50% y aumentando el desempleo y la crisis fiscal. El modelo primario-exportador colapsó, revelando la fragilidad del sistema económico y provocando tensiones sociales y laborales significativas. En respuesta, el Estado adoptó medidas limitadas y tardías, mientras que el APRA emergió como una fuerza política clave en la búsqueda de justicia social y cambio estructural.
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La Gran Depresión de 1929 tuvo un impacto devastador en la economía peruana, reduciendo las exportaciones en más del 50% y aumentando el desempleo y la crisis fiscal. El modelo primario-exportador colapsó, revelando la fragilidad del sistema económico y provocando tensiones sociales y laborales significativas. En respuesta, el Estado adoptó medidas limitadas y tardías, mientras que el APRA emergió como una fuerza política clave en la búsqueda de justicia social y cambio estructural.
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UN SIGLO EN LA VIDA

ECONOMICA DEL PERU:


1889 - 1989
(LOS DIFICILES AÑOS TREINTA)
(CAPITULO XIV)

Cátedra: Historia Economíca del Perú


Catedrático: Dr. Yofré Fidel López Balbin
Alumno: Huaman Turco Augusto
Semestre: Quinto
Grupo: 6.3
CONTEXTO INTERNACIONAL: LA GRAN DEPRESIÓN DE 1929
La Gran Depresión fue una de las crisis económicas más severas del siglo XX, iniciada en
octubre de 1929 con el colapso de la Bolsa de Nueva York. Esta crisis se extendió
rápidamente por todo el mundo debido a la interconexión de los mercados financieros
y comerciales. La caída del consumo en los Estados Unidos y Europa redujo la demanda
de materias primas, afectando gravemente a los países exportadores, como los de
América Latina. El comercio internacional se contrajo drásticamente, los precios de
productos básicos como el azúcar, el algodón y el cobre descendieron a niveles
históricamente bajos. La deflación, el desempleo masivo y el cierre de bancos e
industrias marcaron el panorama económico global.
En el plano ideológico, la crisis debilitó la confianza en el liberalismo clásico y en la
autosuficiencia del mercado, abriendo paso a nuevas ideas económicas
intervencionistas. La década del treinta comenzó así bajo el signo de una profunda
incertidumbre económica, con fuertes repercusiones sociales y políticas que se irían
intensificando en los años siguientes.
IMPACTO INMEDIATO EN LA ECONOMÍA PERUANA
Los efectos de la Gran Depresión en el Perú fueron rápidos y devastadores. Al depender
de un modelo primario-exportador, la economía nacional se vio duramente golpeada
por la caída de los precios internacionales de sus principales productos de exportación:
el azúcar, el algodón, el guano, el cobre y el estaño. Entre 1929 y 1932, el valor de las
exportaciones peruanas se redujo en más del 50%, lo que provocó una grave
contracción en la recaudación fiscal. Esto afectó el funcionamiento del Estado, limitando
su capacidad para sostener el empleo público, pagar la deuda externa y mantener
servicios básicos.
El desempleo urbano aumentó significativamente, y los trabajadores industriales y
portuarios vieron reducidos sus salarios o perdieron sus empleos. El sector bancario
también fue afectado, ya que la escasez de crédito redujo las inversiones y provocó el
cierre de muchas empresas. En el campo, la baja en la demanda internacional perjudicó
a las haciendas, generando despidos y mayor explotación sobre los campesinos. Las
grandes empresas extranjeras redujeron sus operaciones, y algunas se retiraron del
país.
CRISIS DEL MODELO PRIMARIO-EXPORTADOR
Durante los años treinta, el Perú sufrió una severa contracción de sus exportaciones, eje
central de su economía desde fines del siglo XIX. El modelo primario-exportador, basado
en la venta de materias primas al mercado internacional, entró en crisis cuando los
precios mundiales de productos clave como el azúcar, el algodón, el cobre y el estaño se
desplomaron. Entre 1929 y 1932, las exportaciones peruanas cayeron más del 60% en
términos de valor, afectando tanto a grandes empresas como a medianos productores.
Esta dependencia de unos pocos productos expuso la fragilidad del sistema económico
nacional. No solo se trataba de una disminución en los ingresos externos, sino también
de una reducción en la capacidad del Estado para sostener el gasto público. La
contracción de divisas generó una crisis en la balanza de pagos, mientras que las
haciendas agrícolas y las compañías mineras comenzaron a despedir trabajadores y a
reducir sus operaciones. El sistema bancario, estrechamente vinculado al comercio
exterior, también se debilitó. La crisis evidenció que el modelo exportador no solo era
vulnerable a los vaivenes del mercado internacional, sino que además había
concentrado la riqueza y el poder
REACCIÓN DEL ESTADO FRENTE A LA CRISIS
Ante el impacto devastador de la crisis económica mundial, el Estado peruano reaccionó de
manera limitada y tardía. A comienzos de los años treinta, el aparato estatal carecía de
instrumentos eficaces para intervenir en la economía y mitigar los efectos sociales de la
recesión. El modelo liberal dominante, que promovía un Estado mínimo y una economía
abierta al exterior, restringía la capacidad de acción del gobierno. La falta de reservas
internacionales, la caída de ingresos fiscales y el peso de la deuda externa limitaron aún
más la respuesta estatal.
El presidente Augusto B. Leguía, cuyo gobierno colapsó en 1930 en medio de la crisis, dejó
al país con una economía debilitada y un Estado altamente endeudado. Su caída abrió paso
a un periodo de inestabilidad política en el que los gobiernos de transición y militares
buscaron medidas de contención. Sin embargo, estas acciones fueron en gran parte
improvisadas y centradas en mantener el orden social más que en reformar el sistema
económico. Se aplicaron algunas políticas proteccionistas, como restricciones a
importaciones para defender a la industria nacional naciente, pero sin una estrategia clara.
CRISIS FISCAL Y ENDEUDAMIENTO EXTERNO
La contracción del comercio exterior durante los años treinta provocó una drástica
disminución de los ingresos fiscales en el Perú, ya que una gran parte del presupuesto
del Estado dependía de los impuestos a las exportaciones e importaciones. Con menos
ingresos por aranceles y tributos, el Estado enfrentó serias dificultades para sostener el
gasto público, pagar sueldos a funcionarios, invertir en infraestructura y, sobre todo,
cumplir con el servicio de la deuda externa.
Durante el gobierno de Leguía (1919–1930), el Perú había acumulado una deuda
significativa con bancos extranjeros, particularmente con entidades estadounidenses
como el Grace & Co. y el J.P. Morgan. Esta deuda había sido contraída para financiar
obras públicas, pero muchas de ellas no generaban ingresos directos para el Estado.
Cuando estalló la crisis, el país quedó atrapado en un círculo vicioso: no podía pagar sus
deudas sin exportar, y no podía exportar sin crédito ni demanda externa. Las reservas
internacionales se agotaron rápidamente, lo que forzó al país a negociar nuevos plazos
de pago y aceptar condiciones impuestas por los acreedores.
TENSIONES SOCIALES Y LABORALES EN LAS CIUDADES
La crisis económica de los años treinta tuvo profundas repercusiones en las ciudades
peruanas, especialmente en Lima, que era el principal centro industrial y comercial del
país. El cierre de fábricas, la caída del comercio y el estancamiento de las obras públicas
provocaron un fuerte aumento del desempleo urbano. Miles de trabajadores perdieron
sus empleos o vieron reducidos sus salarios, generando una situación de precariedad
generalizada en los sectores populares.
La clase trabajadora, que en décadas anteriores ya había comenzado a organizarse,
intensificó su actividad sindical en busca de mejores condiciones laborales y protección
frente a los despidos masivos. Aumentaron las huelgas, las protestas callejeras y los paros,
muchas veces reprimidos con violencia por las fuerzas del orden. Las mujeres y los
jóvenes, quienes también sufrían el desempleo, comenzaron a participar activamente en
manifestaciones y redes de ayuda comunitaria. En los barrios populares, surgieron ollas
comunes, redes de solidaridad y formas de economía de subsistencia. Las tensiones
también se reflejaron en una creciente polarización política. Por un lado, sectores
conservadores reclamaban mano dura para controlar la subversión.
.
EL AGRO EN CRISIS: CAMPESINOS Y HACIENDAS AFECTADAS
La crisis de los años treinta también golpeó duramente al sector agrario, especialmente
en la costa y la sierra peruana. Las haciendas azucareras y algodoneras, que abastecían
principalmente al mercado externo, sufrieron la caída de los precios internacionales y la
reducción de la demanda en Estados Unidos y Europa. Esto afectó sus ingresos,
obligándolas a reducir costos mediante despidos, rebajas salariales y aumento de la
explotación sobre los trabajadores rurales.
En la sierra, donde predominaban relaciones semi-feudales entre hacendados y
campesinos, el panorama fue igualmente sombrío. La caída de la economía monetaria
dificultó el pago de tributos y rentas, mientras que los abusos de los terratenientes se
intensificaron en un intento por mantener sus privilegios. Muchos campesinos se vieron
forzados a emigrar a las ciudades en busca de mejores condiciones de vida, lo que
contribuyó a la expansión desordenada de los barrios marginales. La crisis también
generó un ambiente de malestar en el campo que desembocó en protestas agrarias,
ocupaciones de tierras y levantamientos localizados, especialmente en regiones como el
sur andino.
EL PAPEL DE LA OLIGARQUÍA Y LA RESISTENCIA AL CAMBIO
Durante los años treinta, las élites económicas peruanas —compuestas por grandes
terratenientes, exportadores y banqueros— desempeñaron un papel clave en la
configuración de la respuesta a la crisis, aunque más por su resistencia al cambio que por
iniciativas constructivas. Esta oligarquía, que se había beneficiado del modelo primario-
exportador, intentó mantener sus privilegios a toda costa, aún cuando el colapso del
comercio internacional mostraba la inviabilidad del esquema económico vigente.
En lugar de promover reformas, las élites apostaron por la defensa del orden establecido:
exigieron al Estado medidas de austeridad fiscal, protección para las grandes empresas y
represión frente a las protestas sociales. Se opusieron a cualquier iniciativa que implicara
una redistribución de la riqueza, como reformas laborales o tributarias progresivas.
También influyeron en la política para preservar sus intereses, promoviendo gobiernos
autoritarios o débiles que actuaran como garantes del statu quo. A través de sus vínculos
con el capital extranjero, especialmente estadounidense y británico, los sectores
oligárquicos también respaldaron acuerdos que comprometían la soberanía económica del
país
ASCENSO DEL APRA Y MOVILIZACIÓN POPULAR
En el contexto de crisis económica, desempleo masivo y represión estatal, el Partido Aprista
Peruano (APRA), fundado en 1924 por Víctor Raúl Haya de la Torre, comenzó a consolidarse
como una de las principales fuerzas políticas del país. Su mensaje de justicia social, unidad
latinoamericana, nacionalización de recursos y reforma estructural caló hondo entre los
sectores populares, especialmente jóvenes, obreros, empleados públicos y estudiantes. Para
muchos, el APRA representaba una esperanza frente a la ineficiencia del Estado y la
insensibilidad de las élites.
Durante los años treinta, el aprismo extendió su presencia en las principales ciudades del país
y en algunas regiones del norte, como Trujillo, donde se convirtió en una fuerza política de
masas. A través de sindicatos, asociaciones estudiantiles y redes barriales, el partido organizó
protestas, huelgas y manifestaciones que desafiaban el orden establecido. En un país sin
tradición de participación política amplia, el APRA abrió espacios de representación para los
sectores tradicionalmente excluidos. Sin embargo, su crecimiento fue percibido como una
amenaza por las élites y los sectores militares, que asociaban al aprismo con el comunismo y
el desorden. Esta percepción llevó a una dura represión por parte del Estado
GOBIERNO DE SÁNCHEZ CERRO Y REPRESIÓN DEL APRISMO
La década de 1930 en el Perú estuvo marcada por una profunda inestabilidad política. La
crisis económica socavó la legitimidad del régimen de Augusto B. Leguía, cuya caída en
1930 dio inicio a una sucesión de gobiernos de facto, golpes de Estado y regímenes
autoritarios. El primero en asumir el poder tras la caída de Leguía fue el teniente coronel
Luis Miguel Sánchez Cerro, quien lideró una Junta Militar antes de ser elegido presidente
constitucional en 1931. Su gobierno enfrentó una fuerte oposición del APRA y del Partido
Comunista, lo que llevó a una política de represión sistemática.

Durante su mandato, se decretó el estado de emergencia en varias regiones del país, se


clausuraron periódicos de oposición y se persiguió a dirigentes sindicales. En 1932, la
violencia escaló con la insurrección aprista en Trujillo, que fue brutalmente reprimida por el
Ejército. Más de mil personas fueron ejecutadas sin juicio, lo que marcó un episodio
sangriento en la historia política nacional. Sánchez Cerro fue asesinado en 1933, y asumió
el poder el general Óscar R. Benavides, quien gobernó hasta 1939 con poderes casi
dictatoriales.
TRANSFORMACIONES ECONÓMICAS HACIA MEDIADOS DE
LOS AÑOS 30
Hacia mediados de la década de 1930, el Perú comenzó a experimentar un lento proceso de
recuperación económica, aunque no exento de dificultades y desigualdades. Uno de los
principales cambios fue el inicio de una incipiente industrialización orientada al mercado
interno, impulsada en parte por las restricciones a las importaciones que la crisis había
generado. Esta sustitución de productos importados por manufactura local favoreció el
crecimiento de pequeñas industrias textiles, alimentarias, de calzado y bienes de consumo.
El gobierno de Óscar R. Benavides adoptó algunas medidas proteccionistas, como aranceles
a productos extranjeros, créditos para industriales y obras públicas financiadas por el
Estado, lo que ayudó a reactivar el empleo urbano. Aunque estas políticas no constituyeron
un verdadero plan de desarrollo industrial, sentaron las bases para el surgimiento de una
burguesía industrial en las décadas posteriores. También se consolidó una mayor presencia
del Estado en la economía, con organismos reguladores, nuevos impuestos y controles
cambiarios. Si bien estas acciones fueron limitadas, reflejaban un viraje respecto al
liberalismo económico previo. En el agro, sin embargo, los cambios fueron mínimos: las
estructuras latifundistas permanecieron intactas y la pobreza rural continuó.
EFECTOS ECONÓMICOS, SOCIALES Y POLÍTICOS
Los años treinta fueron una década crítica en la historia del Perú, marcada por el colapso
del modelo primario-exportador, profundas tensiones sociales y una creciente
militarización de la política. En lo económico, la caída de las exportaciones sumió al país en
una crisis prolongada, reduciendo ingresos fiscales, aumentando el desempleo y
deteriorando el nivel de vida de amplios sectores. La economía mostró su vulnerabilidad
frente a los vaivenes del mercado mundial y reveló la necesidad de diversificación
productiva.
En el plano social, la crisis acentuó las desigualdades preexistentes. Las clases populares
urbanas y rurales sufrieron los efectos más duros, pero también protagonizaron procesos
de organización, resistencia y movilización inéditos hasta entonces. Surgieron nuevas
formas de solidaridad comunitaria y se fortalecieron movimientos sociales como el
aprismo, que expresaban demandas de justicia social, inclusión y soberanía nacional.
Políticamente, la década estuvo dominada por la inestabilidad: golpes de Estado, gobiernos
autoritarios y represión sistemática. El sistema político excluyó a grandes sectores de la
población
BIBLIOGRAFIA

TITULO: UN SIGLO EN LA VIDA ECONOMICA DEL


PERU 1889 - 1989
AUTORES: GIANFRANCO BARDELLA
EDITORIAL: BANCO DE CREDITO DEL PERU
EDICION: 1989
N° DE PAGINAS: 628
AÑO DE PUBLICACIÓN: 1989

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