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La Modernidad

El documento analiza la modernidad como un proyecto incompleto, destacando su relación con la posmodernidad y la crítica a la tradición. Se exploran las implicaciones culturales y estéticas de la modernidad, así como las tensiones entre la vanguardia y la historia. Además, se discuten las consecuencias sociales y económicas de la modernización, incluyendo el hedonismo y la falta de identificación social.
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La Modernidad

El documento analiza la modernidad como un proyecto incompleto, destacando su relación con la posmodernidad y la crítica a la tradición. Se exploran las implicaciones culturales y estéticas de la modernidad, así como las tensiones entre la vanguardia y la historia. Además, se discuten las consecuencias sociales y económicas de la modernización, incluyendo el hedonismo y la falta de identificación social.
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LA MODERNIDAD, UN PROYECTO INCOMPLETO “JURGEN HABERMAS”

-1980 La Bienal de Venecia admitió que los arquitectos estaban sacrificando la concepción de modernidad.
-La posmodernidad se presenta claramente como anti modernidad, Esta afirmación ha penetrado en la vida
intelectual, Instaurando teorías de las “postilustracion”, posmodernidad e incluso posthistórica.
-Definición etimológica de “Moderno”: Latina, “Modernus”, se utilizó por primera vez en el Siglo V a fin de distinguir
el presente, que se había vuelto oficialmente cristiano, del pasado romántico, se había envuelto oficialmente
cristiano, del pasado romano y pagano, expresa la conciencia de una época que se relaciona con el pasado, la
antigüedad, a fin de considerarse a sí misma como resultado de un transición de lo antiguo a lo nuevo.
-Algunos escritores limitan este concepto de Modernidad al renacimiento, El concepto de modernidad apareció en
distintos lugares de Europa, producto de la proyección del espíritu de los tiempos posteriores de la ilustración
francesa.
-La consecuencia del cuestionamiento, de la modernidad era por la variedad de apreciaciones de cánones.

LA DISIPLINA DE LA MODERNIDAD ESTÉTICA.


-La cconciencia d estética de la imagen se encuentra en común con las actitudes del tiempo “La modernidad estética
se caracteriza por actitudes que encuentran un centro común en una conciencia cambiada por el tiempo”.
La modernidad se rebela a las funciones normalizadoras de la tradición, además vive de la experiencia de rebelarse
de todo lo normativo.
-El espíritu de moderno, de vanguardia, ha tratado de usar el pasado de una forma diferente; se deshace de aquellos
pasados a los que ha hecho disponibles la erudición objetivadora del historicismo, pero al mismo tiempo opone una
historia neutralizada que está encerrada en el museo historicismo.
-Walter Benjamín, explica que la relación de la modernidad con la historia posee una actitud posthistoricista. A este
proceso le denomino Jeztziet, en cual consiste que el tiempo se está enredando o entrelazando
-Octavio Paz, manifiesta que las vanguardias repiten las acciones y gestos. (1967-1917), desde ese entonces se le
considera arte posvanguardista.

MODERNIDAD CULTURAL Y MODERNIZACION DE LA SOCIEDAD


-Bell se enfoca en una actitud que se está extendiendo en Alemania y tanto como en estados unidos, un
enfrentamiento intelectual y político del a modernidad cultura.
- Aparece el enfoque Ad hominem en Alemania en cual consiste en una problematizar el escrito del escrito
neoconservador, sino más bien debería enfocarse en la capacidad analítica de la misma doctrina conservadora.

Consecuencias de las actitudes Neoconservadora, producto de la modernización social


I) Desarrollo cultural.
II) Revelan las causas económicas y sociales de las causas del trabajo; el consumo, ocio y trabajo. Consecuencia de
esto trae: Hedonismo, Falta de identificación social, falta de obediencia, narcicismo, la retirada de posición social y
competencia por el éxito.

EL PROYECTO DE LA ILUSTRACÍO
-La idea de modernidad va unida íntimamente al desarrollo del arte europeo, Según Max Weber esta se expresan de
tres formas. Ciencia, Moralidad y Arte.
- Esto tratamiento de la tradición cultural pone en práctica los limites intrínsecos de la cultura Como;
RacionalidadCognoscitiva-Instrumental, Moral-Práctica y estética-Expresiva.
-Consecuencia de esto trae el aumento del a distancia entre la cultural de los expertos y la del público general, esto
acredita la cultura a través del tratamiento especializado y reflexivo en la praxis cotidiana.
- El proyecto De Modernidad se formuló en el siglo XVIII, por los filósofos de la ilustración, planea una ciencia
objetiva, moralidad y leyes universales y un arte autónomo, Este proyecto pretende liberar potenciales cognoscitivos
de cada uno de estos campos es sus formas esotéricas.

LOS FALSOS PROGRAMAS DE LA NEGACION Cultural.


-A finales del siglo XIX, emergió una concepción estética del arte que alentó al artista a producir sus obras, acuerdo a
una clara conciencia del arte por el arte.
- El artista presenta autentica expresión a aquellas experiencias a su subjetividad descentrada, separada de la
concepción del arte.
2

- Acorde con el pensamiento Surrealista el arte se ha convertido en un espejo crítico de la naturaleza irreconocible
de los mundos estéticos y sociales, a partir de estas corrientes emocionales se abocaron en el intento surrealista que
hace estallar autárquica del arte.
- Los surrealista cometieron dos errores destruyeron y generaron una revuelta; Primero rompieron los recipiente de
una esfera cultural desarrollando de manera autónoma y el contenido se dispersó, Segundo la comunicación
cotidiana, los significados cognoscitivos, expectativas morales expresiones subjetivas y las evaluaciones deben
relacionarse entre sí

Modernidad: un proyecto incompleto


Jürgen Habermas
En 1980, la Bienal de Venecia incluyó arquitectos en la muestra. La nota dominante en esa primera bienal de
Arquitectura fue la desilusión. Diría que los que estaban en Venecia formaban parte de una vanguardia que había
invertido sus frentes, sacrificando la tradición de la modernidad en nombre de un nuevo historicismo. En esa
ocasión, el crítico del Frankfurter Allgemeine Zeitung esbozó una tesis cuya significación superaba el hecho mismo de
la bienal para convertirse en un diagnóstico de nuestro tiempo: “La posmodernidad se presenta, sin duda, como
Antimodernidad”. Esta afirmación se aplica a una corriente emocional de nuestra época que ha penetrado todas las
esferas de la vida intelectual. Y ha convertido en puntos prioritarios de reflexión a las teorías sobre el posiluminismo,
la posmodernidad e, incluso, la poshistoria.
De la historia nos llega una expresión: “Antiguos y modernos”. Comencemos por definir estos conceptos. El término
“moderno” ha realizado un largo camino, que Hans Robert Jauss investigó2. La palabra, bajo su forma latina
modernus, fue usada por primera vez a fines del siglo V, para distinguir el presente, ya oficialmente cristiano, del
pasado romano pagano. Con diversos contenidos, el término “moderno” expresó una y otra vez la con ciencia de una
época que se mira a sí misma en relación con el pasado, considerándose resultado de una transición desde lo viejo
hacia lo nuevo.
Algunos restringen el concepto de “modernidad” al Renacimiento; esta perspectiva me parece demasiado estrecha.
Hubo quien se consideraba moderno en pleno siglo XII o en la Francia del siglo XVII, cuando la querella de Antiguos y
Modernos. Esto significa que el término aparece en todos aquellos períodos en que se formó la conciencia de una
nueva época, modificando su relación con la antigüedad y considerándosela un modelo que podía ser recuperado a
través de imitaciones. Este hechizo que los clásicos de la antigüedad mantenían sobre el espíritu de épocas
posteriores fue disuelto por los idea les del Iluminismo francés. La idea de ser “moderno” a través de una relación
renovada con los clásicos, cambió a partir de la confianza, inspirada en la ciencia, en un progreso infinito del
conocimiento y un infinito mejoramiento social y moral. Surgió así una nueva forma de la conciencia moderna. El
modernismo romántico quiso oponerse a los viejos ideales de los clásicos; buscó una nueva era histórica y la
encontró en la idealización de la Edad Media. Sin embargo, este nuevo período ideal, descubierto a principios del
siglo XIX, no se convirtió en un punto inconmovible. En el curso del siglo XIX, el espíritu romántico, que había
radicalizado su conciencia de la modernidad, se liberó de remisiones históricas específicas. Ese nuevo modernismo
planteó una oposición abstracta entre tradición y presente. Todavía somos hoy, de algún modo, los contemporáneos
de esa modernidad estética surgida a mediados del siglo XIX. Desde entonces, la marca distintiva de lo moderno es
“lo nuevo”, que es superado y condenado a la obsolescencia por la novedad del estilo que le sigue. Pero, mientras
que lo que es meramente un “estilo” puede pasar de moda, lo moderno conserva un lazo secreto con lo clásico. Se
sabe, por supuesto, que todo lo que sobrevive al tiempo llega a ser considerado clásico. Pero el testimonio
verdaderamente moderno no extrae su clasicidad de la autoridad pretérita, sino que se convierte en clásico cuando
ha logrado ser completa y auténticamente moderno. Nuestro sentido de la modernidad produce sus pautas
autosuficientes. Y la relación entre “moderno” y “clásico” ha perdido así una referencia histórica fija.

Disciplina de la modernidad estética


El espíritu y la disciplina de la modernidad estética se diseñó claramente en la obra de Baudelaire. La modernidad se
desplegó luego en varios movimientos de vanguardia y, finalmente, alcanzó su culminación en el Café Voltaire de los
dadaístas y en el surrealismo. La modernidad estética se caracteriza por actitudes que tienen sueje común en una
nueva conciencia del tiempo, expresada en las metáforas de la vanguardia. La vanguardia se ve a si misma
invadiendo territorios desconocidos, exponiéndose al peligro de encuentros
inesperados, conquistando un futuro, trazando huellas en un paisaje que todavía nadie ha pisado. Pero este volcarse
hacia adelante, esta anticipación de un futuro indefinible y ese culto de lo nuevo, significan, en realidad, la exaltación
del presente. La nueva conciencia del tiempo, que penetra en la filosofía con los escritos de Bergson, expresa algo
más que la experiencia de la movilidad en lo social de la aceleración en la historia, de la discontinuidad en la vida.
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Este valor nuevo atribuido a la transitoriedad, a lo elusivo y efímero, la celebración misma del dinamismo, revela una
nostalgia por un presente inmaculado y estable. Todo esto explica el lenguaje bastante abstracto con el cual el
moderno se refiere al “pasado”. Las épocas pierden sus rasgos distintivos. La memoria histórica es reemplazada por
la afinidad heroica del presente con los extremos de la historia: un sentido del tiempo en el cual la decadencia se
reconoce a sí misma en la barbarie, lo salvaje y lo primitivo. Se detecta la intención anárquica de hacer explotar el
continuum de la historia, a partir de la fuerza subversiva de esta nueva conciencia estética. La modernidad se rebela
contra la función normalizadora de la tradición; en verdad, lo moderno se alimenta de la experiencia de su rebelión
permanente contra toda normatividad. Esta rebelión es una manera deneutralizar las pautas de la moral y del
utilitarismo. La conciencia estética pone constantemente en escena un juego dialéctico entre ocultamiento y
escándalo público; se fascina con el horror que acompaña a toda profanación y, al mismo tiempo, siempre termina
huyendo de los resultados triviales de la profanación. Por otro lado, la conciencia del tiempo articulada por el arte de
vanguardia no es simplemente ahistórica; se dirige más bien contra lo que podría denominarse una falsa
normatividad de la historia. El espíritu moderno y de vanguardia ha tratado de utilizar el pasado de manera
diferente; dispone de esos pasados que le son proporcionados por la erudición objetivizante del historicismo,
oponiéndose al mismo tiempo a la historia neutralizada que permanece en el encierro del museo historicista. A
partir del espíritu del surrealismo, Walter Benjamin construye la relación de la modernidad con la historia, desde una
actitud que yo llamaría poshistoricista. Recuerda la autocomprensión de la Revolución Francesa: “La Revolución
citaba a la Roma antigua, del mismo modo que la moda cita un vestido viejo. La moda tiene el olfato de lo actual,
incluso moviéndose en la espesura de lo que alguna vez lo fue”. Este es el concepto de Benjamín del Jetztzeit, del
presente como momento de revelación: un momento en que se mezclan destellos de actualidad mesiánica. En este
sentido, la Roma antigua era, para Robespierre, un pasado cargado de revelaciones actuales3.
Ahora bien, este espíritu de la modernidad estética ha comenzado aenvejecer. Citado nuevamente en los años
sesenta, debemos reconocer que, después de los setenta, este modernismo origina respuestas mucho más débiles
que hace quince años. Octavio Paz, un compañero de ruta de la modernidad, señalaba que ya a mediados de la
década del sesenta “la vanguardia de 1967 repite los gestos de 1917. Estamos enfrentados a la idea del fin del arte
moderno”. La obra de Peter Bürger nos enseña hoy la idea de “posvanguardia”, término elegido para indicar el
fracaso de la rebelión surrealista4. Pero, ¿cuál es el significado de este fracaso? ¿Significa un adiós a la modernidad?
¿La existencia de la posvanguardia marca una transición hacia ese fenómeno más amplio denominado
posmodernidad? Esta es, en realidad, la interpretación de Daniel Bell, el más brillante de los neoconservadores
norteamericanos. En su libro, The Cultural Contradictions of Capitalism, Bell afirma que las crisis de las sociedades
desarrolladas de Occidente deben remitirse a una escisión entre cultura y sociedad. La cultura moderna ha
penetrado los valores de la vida cotidiana; el mundo está infestado de modernismo. A causa del modernismo, son
hegemónicos el principio de autorrealización ilimitada, la exigencia de una auto experiencia auténtica y el
subjetivismo de una sensibilidad hiperestimulada. Estas tendencias liberan motivaciones hedonísticas,
irreconciliables con la disciplina de la vida profesional en sociedad. Más aún, continúa Bell, la cultura modernista es
totalmente incompatible con las bases morales de una conducta dirigida yracional. De este modo, Bell responsabiliza
de la disolución de la “ética protestante” (fenómeno que ya había preocupa do a Max Weber) a la “cultura enemiga”.
En su forma moderna, la cultura alimenta el odio por las convenciones y virtudes de la vida cotidiana, que habían
sido racionalizadas bajo las presiones de imperativos económicos y administrativos.
Me gustaría llamar la atención sobre un pliegue particularmente complejo de este punto de vista. Se nos dice que el
impulso de la vanguardia está agotado, que cualquiera que se considere de vanguardia puede ir leyendo su condena
a muerte. Aunque la vanguardia siga expandiéndose, ya no es más creativa. El modernismo dominaría, pero muerto.
Aquí surge la pregunta para el neoconservador: ¿cómo se originarán las normas en una sociedad que limitará los
impulsos libertinos y restablecerá la ética de la disciplina y el
trabajo? ¿Qué normas frenarán la nivelación producida por el estado de bienestar, para que vuelvan a ser
dominantes las virtudes de la competencia individual por el éxito? Bell cree que la única solución está en un
resurgimiento religioso. La fe religiosa y la fe en la tradición podrían proporcionar a los hombres una identidad
definida y seguridad existencial.

Modernidad cultural y modernización social


Evidentemente, no hay magia que pueda conjurar y producir las creencias necesarias a este principio de autoridad.
Análisis como los de Bell desembocan, entonces, en actitudes difundidas en Alemania y Estados Unidos:
confrontaciones intelectuales y políticas con los cursos de la modernidad. Cito a Peter Steinfels, observador del
nuevo estilo que los neoconservadores impusieron en la escena intelectual durante los años setenta: “La lucha toma
la forma de la denuncia de toda manifestación que pueda ser considerada propia de una mentalidad de oposición,
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diseñando su lógica para vincularla con las diversas formas de extremismo: la conexión entre modernismo y
nihilismo, entre regulación estatal y autoritarismo, entre crítica del gasto militar y rendición al comunismo, entre la
liberación femenina o los derechos homosexuales y la destrucción de la familia, entre la izquierda en general y el
terrorismo, el antisemitismo y el fascismo...”5.
El argumento ad hominem y estas ácidas acusaciones intelectuales se difundieron en Alemania. No deberían
explicarse en los términos de la psicología de los ensayistas neoconservadores, sino que testimonian más bien la
debilidad de la doctrina neo conservadora misma. El neoconservatismo desplaza sobre el modernismo cultural las
incómodas cargas de una más o menos exitosa modernización capitalista de la economía y la sociedad. La doctrina
neoconservadora esfuma la relación entre el proceso de modernización societal, que aprueba, y el desarrollo
cultural, del que se lamenta. Los neoconservadores no pueden abordar las causas económicas y sociales del cambio
de actitudes hacia el trabajo, elconsumo, el éxito y el ocio. En consecuencia, responsabilizan a la cultura del
hedonismo, la ausencia de identificación social y de obediencia, el narcisismo, el abandono de la competencia por el
estatus y el éxito. Pero, en realidad, la cultura interviene en el origen de todos estos problemas de modo sólo
indirecto y mediado. Desde el punto de vista neoconservador, los intelectuales que están todavía comprometidos
con el proyecto de la modernidad ocupan el lugar de esas causas aún no analizadas. El estado de ánimo
neoconservador no se origina, hoy, en el descontento frente a las consecuencias opuestas de un flujo de cultura que
irrumpe en la sociedad desde los museos. Su descontento no ha nacido por obra de los intelectuales modernos. Está
arraigado en reacciones muy profundas frente a los procesos de modernización societal. Bajo las presiones de la
dinámica económica y de la organización de las tareas y logros del Estado, esta modernización social penetra cada
vez más profundamente en formas previas de la existencia humana.
Así, por ejemplo, los neopopulistas expresan en sus protestas un difundido temor respecto de la destrucción del
entorno urbano y natural y de las formas de relación entre los hombres. Los neoconservadores se permiten ironías
sobre estas protestas. Las tareas de transmisión de una tradición cultural, de integración social y de socialización
requieren una determinada adhesión a lo que yo denomino racionalidad comunicativa. Las situaciones de donde
surgen la protesta y el descontento se originan precisamentecuando las esferas de la acción comunicativa, centradas
sobre la reproducción y transmisión de valores y normas, son penetradas por una forma de modernización regida
por estándares de racionalidad económica y administrativa, muy diferentes de los de la racionalidad comunicativa de
la que dependen esas esferas. Justamente, las doctrinas neoconservadoras desvían su atención de esos procesos
societales, proyectando las causas, que no iluminan, hacia el plano de una cultura subversiva y sus defensores. Sin
duda, la modernidad cultural genera también sus propias aporías. Independientemente de las consecuencias de la
modernización societal y dentro de una perspectiva de desarrollo cultural, se originan motivos que arrojan dudas
sobre el proyecto de la modernidad. Después de haber abordado una crítica débil a la modernidad como la de los
neoconservadores, permítaseme ahora pasar a la cuestión de las aporías de la modernidad cultural, cuestión que
muchas veces sólo sirve corno pretexto para la defensa del posmodernismo, para recomendar una vuelta a alguna
forma premoderna o, por último, para rechazar de plano la modernidad.

El proyecto del Iluminismo


La idea de modernidad está íntimamente ligada al desarrollo del arte europeo, pero lo que llamo el “proyecto de la
modernidad” sólo se pone a foco cuando se prescinde de la habitual focalización sobre el arte. Permítaseme
comenzar un análisis diferente, recordando una idea de Max Weber. Élcaracterizó, la modernidad cultural como la
separación de la razón sustantiva expresada en la religión y la metafísica en tres esferas autónomas: ciencia,
moralidad y arte, que se diferenciaron porque las visiones del mundo unificadas de la religión y la metafísica se
escindieron. Desde el siglo XVIII, los problemas heredados de
estas viejas visiones del mundo pudieron organizarse según aspectos específicos de validez: verdad, derecho
normativo, autenticidad y belleza. Pudieron entonces ser tratados como problemas de conocimiento, de justicia y
moral o de gusto. A su vez pudieron institucionalizarse el discurso científico, las teorías morales, la jurisprudencia y la
producción y crítica de arte. Cada dominio de la cultura correspondía a profesiones culturales, que enfocaban los
problemas con perspectiva de especialistas. Este tratamiento profesional de la tradición cultural trae a primer plano
las estructuras intrínsecas de cada una de las tres dimensiones de la cultura. Aparecen las estructuras de la
racionalidad cognitivo-instrumental, de la moral-práctica y de la estético-expresiva, cada una de ellas sometida al
control de especialistas, que parecen ser más proclives a estas lógicas particulares que el resto de los hombres.
Como resultado, crece la distancia entre la cultura de los expertos y la de un público más amplio. Lo que se incorpora
a la cultura a través de la reflexión y la práctica especializadas no se convierte necesaria ni inmediatamente en
propiedad de la praxis cotidiana. Con una racionalización cultural de estetipo, crece la amenaza de que el mundo,
cuya sustancia tradicional ya ha sido desvalorizada, se empobrezca aún más.
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El proyecto de modernidad formulado por los filósofos del iluminismo en el siglo XVIII se basaba en el desarrollo de
una ciencia objetiva, una moral universal, una ley y un arte autónomos y regulados por lógicas propias. Al mismo
tiempo, este proyecto intentaba liberar el potencial cognitivo de cada una de estas esferas de toda forma esotérica.
Deseaban emplear esta acumulación de cultura especializada en el enriquecimiento de la vida diaria, es decir en la
organización racional de la cotidianeidad social. Los filósofos del iluminismo, como Condorcet por ejemplo, todavía
tenían la extravagante esperanza de que las artes y las ciencias iban a promover no sólo el control de las fuerzas
naturales sino también la comprensión del mundo y del individuo, el progreso moral, la justicia de las instituciones y
la felicidad de los hombres. Nuestro siglo ha conmovido este optimismo. La diferenciación de la ciencia, la moral y el
arte ha desembocado en la autonomía de segmentos manipulados por especialistas y escindidos de la hermenéutica
de la comunicación diaria. Esta escisión está en la base de los intentos, que se le oponen, para rechazar la cultura de
la especialización. Pero el problema no sedisuelve: ¿deberíamos tratar de revivir las intenciones del iluminismo o
reconocer que todo el proyecto de la modernidad es una causa perdida? Quiero volver ahora al problema de la
cultura artística, después de haber señalado lasrazones por las que, desde un punto de vista histórico, la modernidad
estética es sólo una parte de la modernidad cultural.

Los falsos programas de la negación de la cultura


Simplificando, diría que en la historia del arte moderno puede detectarse la tendencia hacia una autonomía aún
mayor de sus definiciones y prácticas. La categoría de Belleza y la esfera de los objetos bellos se constituyeron en el
Renacimiento. En el curso del siglo XVIII, la literatura, las bellas artes y la música fueron institucionalizadas como
actividades independientes de lo sagrado y de la corte. Luego, a mediados del siglo XIX, emergió una concepción
esteticista del arte, que impulsó a que el artista produjera sus obras de acuerdo con la conciencia diferenciada del
arte por el arte. La autonomía de la esfera estética se convertía así en un proyecto consciente y el artista de talento
podía entonces trabajar en la búsqueda de la expresión de sus experiencias, experiencias de una subjetividad
descentralizada, liberada de las presiones del conocimiento rutinizado o de la acción cotidiana.
Hacia mediados siglo XIX, comenzó un movimiento en la pintura y la literatura, que Octavio Paz piensa puede
resumirse en los textos de crítica de arte de Baudelaire. Las líneas, el color, los sonidos, el movimiento dejaron de
servir, en primer lugar, a la representación, en la medida en que los medios de expresión y las técnicas de
producción se convirtieron, por sí mismos, en objeto estético. Por eso Theodor Adorno pudo comenzar su Teoría
estética de este modo: “Hallegado a ser evidente que nada referente al arte es evidente: ni en él mismo, ni en su
relación con la totalidad, ni siquiera en su derecho a la existencia”. Y esto es precisamente lo que el surrealismo
rechazó: das Existenzrecht der Kunst als Kunst. Seguramente, el surrealismo no hubiera cuestionado el derecho del
arte a la existencia, si el arte moderno no hubiera prometido la felicidad de su propia relación “con la totalidad” de la
vida. Para Schiller, esa promesa se basaba en la intuición estética, pero no se realizaba por ella. En sus Cartas sobre
la educación estética de los hombres se refiere a una utopía colocada más allá del arte. Pero cuando llegamos a la
época de Baudelaire, que repitió esta promesse de bonheur por el arte la utopía de la reconciliación con la sociedad
ya tenía un gusto amargo. Una relación de opuestos había surgido a la existencia; el arte se había convertido en un
espejo crítico, que mostraba la naturaleza irreconciliable de los mundos estético y social. El costo doloroso de esta
transformación moderna aumentaba cuanto más se alienaba el arte de la vida y se refugiaba en una intocable
autonomía completa. De estas corrientes, finalmente, nacieron las energías explosivas que se descargaron en el
intento del surrealismo de destruir la esfera autárquica del arte y forzar su reconciliación con la vida.
Pero todos estos intentos de poner en un mismo plano el arte y la vida, la ficción y la praxis; los intentos de disolver
las diferencias entre artefacto y objeto de uso, entre puesta en escena conscientey excitación espontánea; los
intentos por los cuales se declaraba qué todo era arte y todos artistas, disolviendo los criterios de juicio y
equiparando el juicio estético con la expresión de las experiencias subjetivas: todos estos programas se demostraron
como experimentos sin sentido. Experimentos que sólo lograron revivir e iluminar con intensidad a exactamente las
mismas estructuras artísticas que pretendían disolver. Otorgaron una nueva legitimidad, como fines en sí mismos, a
la forma en la ficción, a la trascendencia del arte sobre la sociedad, al carácter concentrado y planificado de la
producción artística y al especial estatuto cognoscitivo de los juicios de gusto. El proyecto radicalizado de negar el
arte terminó, irónicamente, legitimando justamente aquellas categorías mediante las cuales el iluminismo había
delimitado la esfera objetiva de lo estético. Los surrealistas protagonizaron las batallas más extremas y encarnizadas,
pero su rebelión se vio profundamente afectada por dos errores. En primer lugar, cuando los continentes de una
esfera cultural autónoma se destruyen, sus contenidos se dispersan. Nada queda en pie después de la desublimación
del sentido o la desestructuración de la forma. El efecto emancipatorio, esperado no se produce. El segundo error
tuvo consecuencias más importantes. En la vida diaria, los significados cognoscitivos, las expectativas morales, las
expresiones subjetivas y las valoraciones deben relacionarse unas con otras. El proceso de comunicación necesita de
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una tradición cultural quecubra todas las esferas. La existencia racionalizada no puede salvarse del empobrecimiento
cultural sólo a través de la apertura de una de las esferas – en este caso, el arte- y, en consecuencia, abriendo los
accesos a sólo uno de los conjuntos de conocimiento especializado. La rebelión surrealista reemplazaba a sólo una
abstracción. Pueden encontrarse otros ejemplos de intentos fallidos de lo que es una falsa negación de la cultura,
también en las esferas del conocimiento teórico o de la moral. Pero son menos marcados. Desde la época de los
jóvenes hegelianos se ha hablado de la negación de la filosofía. Desde Marx, es central la relación entre teoría y
práctica. Sin embargo, los marxistas intentaron confluir en el movimiento social y sólo en sus márgenes se
produjeron intentos sectarios de una negación de la filosofía similar a la del programa surrealista de la negación del
arte. El paralelo con los errores de los surrealistas se hace visible cuando se observan las consecuencias del
dogmatismo y el rigorismo moral.
Una práctica cotidiana reificada sólo puede modificarse por la creación de una interacción libre de presiones de los
elementos cognitivos, morales, prácticos y estéticoexpresivos. La reificación no puede ser superada sólo mediante la
apertura de una de estas esferas culturales, altamente estilizadas y especializadas. En determinadas circunstancias,
nos fue dado descubrir una relación entre las actividades terroristas y la extensión extrema de cualquiera de las
esferas sobre las otras. Abundan los ejemplos de unaestetización de la política, o del reemplazo de la política por el
rigorismo moral o su sumisión al dogmatismo de una doctrina. Estos fenómenos, sin embargo, no deben conducirnos
a denunciar la tradición del iluminismo como arraigada en una “razón terrorista”. Quienes juntan el proyecto de la
modernidad con la conciencia y la acción espectacular del terrorismo son tan ciegos como quienes proclaman que el
persistente y extenso terror burocrático practicado en la oscuridad de las celdas militares y policiales, es la raison
d’étre del Estado moderno, por la sola razón de que el terror administrativo utiliza los medios proporcionados por
las burocracias modernas.

Alternativas
Me parece que, en lugar de abandonar el proyecto de la modernidad como una causa perdida, deberíamos
aprender de los errores de aquellos programas extravagantes que trataron de negar la modernidad. Quizá la
recepción del arte ofrezca un ejemplo que, por lo menos, señale un camino de salida.
El arte burgués despertaba, al mismo tiempo, dos expectativas en su público. Por un lado, el lego que gozaba con el
arte debía educarse hasta convertirse en un especialista. Por el otro, también debía comportarse como un
consumidor competente que utiliza el arte y vincula sus experiencias estéticas a los problemas de su propia vida.
Esta segunda modalidad, al parecer inocua, ha perdido sus implicaciones radicales porque mantuvo una relación
confusa con las actitudes del experto y del profesional.
Sin duda, la producción artística se debilitaría, si no se la realizarasegún las modalidades de un abordaje
especializado de problemas autónomos y si dejara de ser el objeto de especialistas que no prestan demasiada
atención a cuestiones externas. Tanto estos críticos como estos artistas aceptan el hecho de que tales problemas
están sometidos a la fuerza de lo que antes llamamos “lógica interna” de una esfera cultural. Sin embargo, esta
delimitación clara, esta concentración exclusiva sobre un aspecto de validez, con exclusión de los aspectos
concernientes a la verdad y la justicia, se deshace tan pronto como la experiencia estética se acerca a la vida
individual y su historia y es absorbida por ella. La recepción del arte por parte del lego y del “experto común” tiene
una dirección diferente de la del crítico profesional.
Albert Wellmer me señaló uno de los modos en que una experiencia estética, que no ha sido enmarcada por juicios
críticos especializados, puede ver alterada su significación. En la medida en que esa experiencia es utilizada para
iluminar una situación de vida y se relaciona con sus problemas, entra en un juego de lenguaje que ya no, es el del
crítico. Así la experiencia estética no sólo renueva la interpretación de las necesidades a cuya luz percibimos el
mundo, sino que penetra todas nuestras significaciones cognitivas y nuestras esperanzas normativas cambiando el
modo en que todos estos momentos se refieren entre sí.

Vayamos a un ejemplo.
Esta modalidad de recepción está sugerida en el primer volumen de Die Asthetik desWiderstands (La estética de la
resistencia) de PeterWeiss. Weiss describe el proceso de reapropiación del arte a través de un grupo políticamente
motivado, e integrado por obreros ávidos de conocimiento, en el Berlín de 19376. Gente joven que, a través de la
educación secundaria nocturna, adquiere los medios intelectuales para sumergirse en la historia social general del
arte europeo. Del resistente edificio del arte, y de las obras que visitaban una y otra vez en los museos de Berlín,
comenzaron a extraer bloques de piedra, juntándolos y rearmándolos en su propio medio, lejano tanto al de la
educación tradicional como al del régimen político Imperante. Estos jóvenes obreros iban y venían entre el edificio
del arte europeo y su propio mundo hasta llegar a iluminar a ambos. En ejemplos como éste, que ilustran la
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reapropiación de la cultura de los expertos desde el punto de vista de la vida, puede descubrirse un elemento que
hace justicia a las Intenciones de las rebeliones surrealistas y, quizás más todavía, al interés de Benjamin y Brecht
sobre cómo funciona el arte cuando, después de perdida su aura, todavía puede ser percibido de manera
iluminadora. En una palabra: el proyecto de la modernidad todavía no se ha realizado. Y la recepción del arte es sólo
uno de sus aspectos. El proyecto intenta volver a vincular diferenciadamente a la cultura moderna con la práctica
cotidiana que todavía depende de sus herencias vitales, pero que se empobrece si se la limita al tradicionalismo. Este
nuevo vínculo puede establecerse sólo si la modernización societal se desarrolla en una direccióndiferente. El mundo
vivido deberá ser capaz de desarrollar instituciones que pongan límites a la dinámica interna y a los imperativos de
un sistema económico casi autónomo y a sus instrumentos administrativos.
Si no me equivoco, nuestras posibilidades actuales no son muy buenas. En casi todo el mundo occidental se impone
un clima que impulsa los procesos de modernización capitalista y, al mismo tiempo, critica la modernidad cultural. La
desilusión frente a los fracasos de los programas que abogaban por la negación del arte y la filosofía se ha convertido
en un pretexto para posiciones conservadoras. Quisiera distinguir aquí el antimodernismo de los “jóvenes
conservadores”, del premodernismo de los “viejos conservadores” y del posmodernismo de los neoconservadores.
Los “jóvenes conservadores” recuperan la experiencia básica de la modernidad estética. Reclaman como propias las
revelaciones de una subjetividad descentrada, emancipada de los imperativos, del trabajo y la utilidad, y con esta
experiencia dan un paso fuera del mundo moderno. Sobre la base de actitudes modernistas, justifican un
irreconciliable antimodernismo. Colocan en la esfera de lo lejano y lo arcaico a las potencias espontáneas de la
imaginación, la experiencia de sí y la emoción. De manera maniquea, contraponen a la razón instrumental un
principio sólo accesible a través de la evocación, sea éste la voluntad de Poder, el Ser o la fuerza dionisíaca de lo
poético. En Francia esta línea va de Georges Bataille, vía Michel Foucault a Derrida.
Los “viejos conservadores” no se permiten la contaminación con el modernismo cultural. Observan con tristeza la
declinación de la razón sustantiva, la especialización de, la ciencia, la moral y el arte, la racionalidad de medios del
mundo moderno. Y recomiendan retirarse hacia posiciones anteriores a la modernidad. De allí el relativo éxito actual
del neoaristotelismo. En esta línea, que se origina en Leo Strauss, pueden ubicarse obras interesantes como las de
Hans Jonas y Robert Spaemann.
Finalmente, los neoconservadores saludan el desarrollo de la ciencia moderna, en la medida en que posibilite el
progreso técnico, el crecimiento capitalista y la administración racional. Sin embargo, recomiendan al mismo tiempo,
una política que diluya el contenido explosivo de la modernidad cultural. Según una de sus tesis, la ciencia carece de
significación en la orientación de la vida. Otra tesis es que la política debe estar tan escindida como sea posible de las
justificaciones morales. Una tercera tesis afirma la inmanencia pura del arte, no le reconoce un contenido de utopía
y subraya su carácter ilusorio para limitar la experiencia estética a la esfera privada. En esta línea podrían incluirse el
primer Wittgenstein, Carl Schmitt en su segunda etapa y Gottfried Benn, en su última manera. Pero con el
confinamiento definitivo de laciencia, la moral y el arte en esferas autónomas, separadas de la vida y administradas
por especialistas, lo que queda del proyecto de la modernidad cultural es irrisorio. Como reemplazo se apunta a
tradiciones que, sin embargo, parecen ser inmunes a las demandas de justificación normativa y de validación.
Esta tipología es, como suelen serlo las tipologías, una simplificación, aunque no del todo inútil para el análisis de las
confrontaciones intelectuales y políticas contemporáneas.
Me temo que las ideas de la antimodernidad junto con un toque de premodernizad están teniendo amplia
circulación en los círculos de la cultura alternativa. Cuando se observan las transformaciones de la conciencia en los
partidos políticos alemanes, se hace visible un cambio de tendencia: la alianza de los posmodernistas con los
premodernistas. De ninguno de los partidos puede decir se que monopolice el ataque a los intelectuales y las
posiciones del neoconservatismo. Debo entonces agradecer al espíritu liberal de la ciudad de Frankfurt que me ha
otorgado un premio que lleva el nombre de Theodor Adorno, uno de los significativos hijos de esta ciudad, quien
como filósofo y escritor forjó una imagen de intelectual que se ha convertido en un modelo para intelectual.

Este ensayo fue, en su origen, una conferencia pronunciada por Habermas, en septiembre de 1980, en ocasión de
recibir el premio Theodor Adorno. Habermas la repitió en 1981 en el New York Institute of Humanities y fue
publicada en New German Critique, en 1981.

A partir de la lectura del texto: LA MODERNIDAD, UN PROYECTO INCOMPLETO

1. Explicar la evolución del concepto/término “moderno”.


2. Según el autor, ¿cuál es la esencia de la “modernidad estética”?
3. Enunciar la teoría neoconservadora de Daniel Bell y la crítica que esta recibe por parte de Habermas.
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4. ¿Qué alternativa/s propone el autor al respecto? ¿Acordás o no con él? ¿Por qué?

1-La palabra moderna, proveniente del latín “modernus”, se utilizó por primera vez en el siglo V para distinguir el
presente, que se había vuelto oficialmente cristiano, del pasado romano y pagano.

El término “moderno” expresa la conciencia de una época que se relaciona con el pasado, la antigüedad; el resultado
de una transición de lo antiguo a lo nuevo.
Algunos escritores limitan el concepto ”modernidad” al renacimiento, pero esto, históricamente, es demasiado
reducido. La Sociedad europea se consideraba moderna en aquellos períodos en los que se formó la conciencia de
una nueva época a través de una relación renovada con los antiguos, y además, siempre que la antigüedad se
consideraba con un modelo a recuperar a través de alguna clase de imitación.

Aquello que los clásicos del mundo antiguos habían proyectado sobre el espíritu de tiempos posteriores se disolvió
con los ideales de la ilustración francesa. La idea de ser “moderno” dirigiendo la mirada hacia los antiguos cambió
con la creencia inspirada porla ciencia moderna, el progreso infinito del conocimiento y el avance hacia la mejoría
social y moral.

Los modernistas románticos querían oponerse a los ideales de la antigüedad clásica, buscaban una nueva época
histórica y la encontraron en la idealizada Edad Media. Sin embargo esta nueva idea surgida a principios del siglo XIX,
no permaneció como un ideal fijo. A lo largo del siglo XIX el espíritu romántico, que había radicalizado su conciencia
de la modernidad, se liberó de remisiones históricas específicas. Ese nuevo modernismo planteó una oposición
abstracta entre tradición y presente.

Todavía somos hoy, de algún modo, los contemporáneos de esa modernidad estética surgida a mediados del siglo
XIX. Desde entonces lo moderno es “lo nuevo”, que es superado y condenado a la obsolescencia por la novedad del
estilo que le sigue. Lo que está “de moda” será remplazado por algo nuevo pero lo moderno conserva un vínculo
secreto con lo clásico.

Todo lo que sobrevive al tiempo llega a ser considerado clásico. Pero lo verdaderamente moderno no extrae su
clasicidad de las épocas pasadas, sino que se convierte en clásico porque una vez fue auténticamente moderno.
Nuestro sentido de la modernidad crea sus propios cánones de clasicismo. Y la relación entre “moderno” y “clásico”
ha perdido así una referencia histórica fija.

2- La modernidad estética se caracteriza por actitudes que tienen su eje común en una nuevaconciencia del tiempo,
expresada en las metáforas de la vanguardia que invaden territorios desconocidos, se exponen al peligro de
encuentros inesperados y conquistan el futuro. Pero este volcarse hacia adelante, esta anticipación de un futuro
indefinible y ese culto de lo nuevo, significan, en realidad, la exaltación del presente.
Este valor nuevo atribuido a la transitoriedad, a la celebración misma del dinamismo, revela una nostalgia por un
presente inmaculado y estable. De aquí el porqué del lenguaje abstracto con el que el temperamento modernista se
refiere al “pasado”. Las épocas individuales pierden sus fuerzas distintivas. Cada época no es, sino en relación con las
otras. La modernidad se revela contra las funciones normalizadoras de la tradición, vive de rebelarse contra todo lo
normativo.

3- En relación al planteo de una posible despedida a la modernidad o la aparición de “posvanguardias” que llevarían
a la transición de la modernidad a la posmodernidad, Daniel Bell, uno de los más brillantes neoconservadores
norteamericanos, argumenta en su libro Las condiciones culturales del capitalismo, que la crisis de las sociedades
desarrolladas de Occidente se remontan a una división entre cultura y sociedad. La modernidad llegó a penetrar los
valores de la vida cotidiana. A causa del modernismo, son hegemónicos el principio de autorrealización ilimitada, la
exigencia de una auto experiencia auténtica y elsubjetivismo de una sensibilidad hiperestimulada. Bell responsabiliza
de la disolución de la “ética protestante” (fenómeno que ya había preocupado a Max Weber) a la “cultura
adversaria”. En su forma moderna, la cultura alimenta el odio por las convenciones y virtudes de la vida cotidiana,
que habían sido racionalizadas bajo las presiones de imperativos económicos y administrativos.
Bell ve un renacimiento religioso como la única solución. La fe religiosa unida a la fe en la tradición proporcionará
individuos con identidades claramente definidas y seguridad existencial.
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CRÍTICA
Habermans sostienen que no hay magia que pueda conjurar y producir las creencias necesarias a este principio de
autoridad. Análisis como los de Bell desembocan, entonces, en actitudes difundidas en Alemania y Estados Unidos:
confrontaciones intelectuales y políticas con los cursos de la modernidad.
Según Habermans, el neoconservatismo responsabiliza al modernismo de una más o menos exitosa modernización
capitalista de la economía y la sociedad. Los neoconservadores no pueden abordar las causas económicas y sociales
del cambio de actitudes hacia el trabajo, el consumo, el éxito y el ocio. En consecuencia, responsabilizan a la cultura
del hedonismo, la ausencia de identificación social y de obediencia, el narcisismo, el abandono de la competencia
por el estatus y el éxito. Desde el punto de vista neoconservador, los intelectuales que estántodavía comprometidos
con el proyecto de la modernidad ocupan el lugar de esas causas aún no analizadas.
A partir de esto, realiza una crítica sobre un pliegue particularmente complejo de este punto de vista. Se nos dice
que el impulso de la vanguardia está agotado, que cualquiera que se considere de vanguardia puede ir leyendo su
condena a muerte. Aunque la vanguardia siga expandiéndose, ya no es más creativa.
El modernismo dominaría, pero muerto. Aquí surge la pregunta para el neoconservador: ¿cómo se originarán las
normas en una sociedad que limitará los impulsos libertinos y restablecerá la ética de la disciplina y el trabajo? ¿Qué
normas frenarán la nivelación producida por el estado de bienestar, para que vuelvan a ser dominantes las virtudes
de la competencia individual por el éxito?

4- Habermans propone que en lugar de abandonar el proyecto de la modernidad como una causa pérdida,
deberíamos aprender de los errores de aquellos programas extravagantes que trataron de negar la modernidad.
Quizá la recepción del arte ofrezca un ejemplo que, por lo menos, señale un camino de salida.
Así la experiencia estética no sólo renueva nuestra interpretación de las necesidades percibidas del mundo, sino que
penetra todas nuestras significaciones cognitivas y nuestras esperanzas normativas cambiando el modo en que
todos estos momentos se refieren entre sí.
El proyecto de la modernidad todavía no se ha realizado. Yla recepción del arte es sólo uno de sus aspectos. El
proyecto intenta volver a vincular diferenciadamente a la cultura moderna con la práctica cotidiana. Este nuevo
vínculo puede establecerse sólo si el mundo vivido es capaz de desarrollar instituciones que pongan límites a la
dinámica interna y a los imperativos de un sistema económico casi autónomo y a sus instrumentos administrativos.
Habermans explica que nuestras posibilidades actuales no son muy buenas. En casi todo el mundo occidental se
impone un clima que impulsa los procesos de modernización capitalista y, al mismo tiempo, critica la modernidad
cultural. Esta tipología es, como suelen serlo las tipologías, una simplificación, aunque no del todo inútil para el
análisis de las confrontaciones intelectuales y políticas contemporáneas.
Las ideas de la antimodernidad junto con un toque de premodernizad están teniendo amplia circulación en los
círculos de la cultura alternativa. Cuando se observan las transformaciones de la conciencia en los partidos políticos
alemanes, se hace visible un cambio de tendencia: la alianza de los posmodernistas con los premodernistas.

-Estoy de acuerdo en la reformulación de las ideas y no en el descarte total de la modernidad. El partir de los errores
que llevaron al “fracaso” de las ideas del modernismo para llegar al punto medio que analice la sociedad en forma
racional y a su vez vuelva a las bases de la ilustración.

La ilusión posmoderna. Oscar del Barco

Vale la pena reflexionar sobre la actualidad de este texto de 1995, donde el filósofo Oscar del Barco se pregunta qué
pasa cuando “el sistema-de-máquinas, el ‘gran autómata’, como lo llamó Marx, ha tomado el control del desarrollo
del sistema en su conjunto y ha hecho entrar en crisis el concepto esencial de la sociedad moderna. ¿Puede haber
historia de un mundo absolutamente tecnificado?, ¿puede haber historia sin hombre, sin totalizaciones y sin
prioridades?, ¿puede haber historias en un mundo plano, en dispersión y carente de cualquier tipo de centralidad y
de proyectos?”. Por Oscar del Barco *
Pensar lo posmoderno exige pensar lo moderno. Lo posmoderno puede ser descalificado adjudicándolo a una moda,
en un sentido peyorativo; pero con eso no se dice mucho ya que, más allá del nombre que se le dé, hay algo que está
pasando en el nivel de las economías, de las ideologías, de las políticas, de las artes y de las filosofías. Y a eso que
está pasando en el mundo se lo ha dado en llamar, nos guste o no el término, posmoderno. Moderno y posmoderno
son entonces calificaciones que mentan el conjunto de formas sociales constitutivas de nuestra época. Max Weber
caracterizó lo moderno como un proceso de racionalidad y de racionalización de la sociedad occidental (capitalista)
que producía una creciente laicización-profanación de su cultura, cuyo efecto más fuerte en el nivel de las
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conciencias era el desencanto. Se trataba, según laexpresión de Habermas, de “una gavilla de procesos
acumulativos”, entre los cuales los más significativos fueron la formación del capital, el desarrollo de las fuerzas
productivas, el incremento de la productividad del trabajo, los poderes políticos centralizados, el desarrollo de las
entidades nacionales, la participación política, la vida urbana, la educación formal. Finalmente, y ya en su límite, la
modernidad social “se habría desprendido de la modernidad cultural ya obsoleta” (Gehlen), despejando de esta
manera el espacio para una deriva cultural flotante o posmoderna.
Lo que caracteriza este período de cambio es la incorporación masiva a los procesos productivos del desarrollo
científico-técnico, la que por lo menos ha revolucionado tres grandes espacios: primero, el de la composición social
del sistema mediante el desplazamiento de la fuerza productiva humana y su reemplazo por la fuerza productiva
técnica, lo que implica una caída sustancial de la importancia de la clase obrera (Habermas), con implicancias
decisivas para lo que se ha dado en llamar “crisis de lo político”; segundo, el de la subjetividad y la individualidad,
penetradas y disueltas por los productos de la informática y de los medios; tercero, el de la teoría, mediante la
creación de inmensos bancos de saber y la utilización reglada de ellos.
El sistema-de-máquinas, el “gran autómata”, como lo llamó Marx, ha tomado el control del desarrollo del sistema en
su conjunto y ha hecho entrar en crisis el concepto esencial de la sociedadmoderna. Esta caída deja entrever los
alcances de la partícula pos en la palabra “posmoderno”: pérdida de todo fundamento, de toda verdad y de toda
historia, en cuanto ya se habrían realizado los proyectos que conformaron lo moderno; dicho de otra manera:
¿puede haber historia de un mundo absolutamente tecnificado?, ¿puede haber historia sin hombre, sin
totalizaciones y sin prioridades?, ¿puede haber historias en un mundo plano, en dispersión y carente de cualquier
tipo de centralidad y de proyectos? Lo pos señalaría así, por un lado, la realización de lo moderno, y, por el otro, el
desierto, según la expresión de Nietzsche.
La terminología teórica que trata de rendir cuenta de esta problemática está marcada por una suerte de
indecibilidad producida por la rapidez de las transformaciones económico-sociales y por la incerteza y la
evanescencia de los principios a los que obedecen. Esta confusión generalizada no es una confusión del
pensamiento, sino que está en las cosas mismas como un nuevo orden-confuso (aunque la expresión parezca
paradójica), y constituye el escenario de lo posmoderno. Se trata de un concepto equívoco, pues tiene como
correlato algo así como un real-imposible: lo imposible de ordenar, de someter a un sentido o a una lógica; o, a la
inversa, se trataría de una realidad irreal, en disolución y dispersión, y por lo tanto no subsumible en una teoría
unitaria; de una “realidad” que ha disuelto, en cuanto ha despojado de fundamentos, las utopías y los ideales de lo
que hasta hace muy pococonstituyó el sentido de la praxis de una gran parte de la humanidad.

Lo moderno
Pero ante todo hay que definir lo moderno. Marx lo visualizó como una conformación contradictoria estructurada
alrededor de la disimetría entre fuerzas productivas y relaciones de producción y consideró que las primeras, en las
que privilegiaba la forma-obrero por sobre la forma-máquina, harían estallar los modos de propiedad, dando
comienzo así a una nueva etapa histórica. Captó la autonomización creciente de la máquina, pero apostó a la
posibilidad de su control mediante la realización revolucionaria.
Weber, por su parte, entendió lo moderno como el proceso de racionalización del conjunto de la sociedad a partir de
la racionalidad de la producción capitalista y la consecuente formación de una capa burocrática depositaria de esa
razón y encargada de realizarla. Uno pensó que la salvación estaba en los obreros en cuanto sujetos de la
negatividad, el otro pensó que no había salvación, pues la “sociedad burocrática” era socialmente insuperable. Tanto
uno como el otro se equivocaron, como hoy podemos verlo, y es posible que este poder ver, a lo que posibilita que
se pueda ver semejante fracaso teórico y práctico, sea lo que se llama posmoderno.
Producción, racionalidad, la clase obrera como depositaria del sentido de la historia y realizadora de la gran
reconciliación a lo Hegel, burocracia dominante, libertades del hombre, democracia política, vanguardias estéticas,
moral utilitaria... Si todos estos elementos pudieran sumarse,tendríamos posiblemente una vaga imagen del sistema
en el momento ideal-extático de su historia que se denomina moderno. Una época dominada por la idea de
evolución, de progreso y de novedad, en la cual se creyó en un desarrollo “infinito del conocimiento y en un infinito
mejoramiento social y moral” (Habermas).
Si pretendiéramos una descripción exhaustiva del fenómeno moderno, intentando definir su contenido, no
terminaríamos nunca. Sí puede afirmarse que se trata del momento del lanzamiento del sistema en cuanto
modo-cultural. También puede decirse que estamos en una etapa de tránsito, y que se llama posmoderno a ese
punto que articula el momento pasado con el que viene: se trataría de una nueva nominación de la historia del
sistema; una nominación a la que es preciso no aferrarse, no únicamente porque su valor es descriptivo, sino porque
ya está siendo cuestionada por otras nominaciones que responden a otras tantas oscilaciones de la gran masa de lo
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social ordenada por el ritmo de la técnica, la que, como una especie de agujero negro social, nulifica-
conformanulifica permanentemente las configuraciones de su propia movilidad.
Así, lo posmoderno se referiría a un mundo teórico-ideológico-estético que actuaría como “correlato” (las comillas
buscan señalar los equívocos de este concepto) de las transformaciones aceleradas que se producen en las
distintas estructuras del sistema. Con esto quiero darle todo su peso a la figura posmoderna: el nombre es
secundario, mientras que las transformaciones que se producen enel sistema son formas de vida que involucran al
conjunto de los seres humanos.
Por supuesto que la palabra “posmoderno”, como afirma Lyotard, carece “de consistencia”; pero no es allí donde
está el problema. El problema está planteado por el hecho masivo ante el que nos encontramos y que es reconocido
por todos, desde Bell hasta Habermas y desde Lyotard hasta Baudrillard o Vattimo. Ya se le denomine sociedad
poscapitalista, posindustrial, poshistórica o como se quiera, lo cierto es que en la sociedad capitalista moderna se ha
producido una transformación esencial: la ciencia y la técnica han pasado a ser efectivamente las principales fuerzas
productivas (Habermas), desapareciendo de esta manera (según Lyotard) “la perspectiva de una sociedad sin clase”.
Información y comunicación se han constituido en las claves de las dinámicas actuales del sistema, cuya aceleración
(y en este aspecto son válidos los estudios de Paul Virilio) implica una modificación sustancial de “las jerarquías y las
oposiciones tradicionales entre lo real y lo simulado, entre lo real y la imagen”.
Esto, entre otros efectos, produce lo que Lyotard llama “incredulidad frente a los grandes relatos”, es decir: fin de los
metarrelatos legitimatorios y fundantes de lo real en la autoridad de un Sujeto de la emancipación, ya fuera éste el
Pueblo, la Humanidad o la clase obrera. El desarrollo abrupto de una realidad impensada ha echado por tierra todas
las creencias y fundamentos que hasta ayer mismo sostenían el gran proyecto moderno. La cosaya está entre
nosotros; ha sumergido a una buena parte de la humanidad en un ámbito y una pasión autista; ha modificado las
identidades y está arrasando las tierras, los océanos y el aire; está extinguiendo las especies y las comunidades. La
“comunicación” invade todo, transitando por sobre los pueblos y las naciones. El propio sistema ha destruido o se ha
“desprendido” de los grandes relatos de la metafísica que fundaban su ética, su estética y su política alrededor de
esa idea esencial que era la del Hombre como sujeto constituyente, como fundamento de toda acción y de toda
creación.
Se trata de una destrucción nulificante que convierte al hombre en una pieza más de la gran maquinaria producida
por la técnica, precisamente como efecto de su movimiento global y no como efecto de una intención perversa:
precisamente este superar la conciencia para instalar la decisión en la propia técnica es lo que le da su significación
trágica al problema.
Desde esta perspectiva, el concepto de lo posmoderno sintetizaría los efectos de ese mundo de transformaciones en
cuanto reordenamiento específico de la cultura; pero no se trata de un efecto unívoco y esto debe tenerse en cuenta
para orientarse en el complejísimo entramado de tendencias que caracterizan lo posmoderno. En él actúan fuerzas
tanto positivas como reactivas (en un sentido nietzscheano) que van desde las posiciones débiles de la democracia
hasta las posiciones fuertes del neoconservadurismo, todas unificadas por el impacto de la revolución
científicotécnicaque está experimentando el sistema y que nosotros consideramos la entrada en escena del nihilismo
europeo. En resumen: un nuevo mundo regido por la utilidad y la eficiencia (lo que Benjamin denominó “atrofia de
experiencia”) que hacen tabla rasa con la idea de Verdad que sostenía los “grandes” discursos del período moderno.
Lo posmoderno se entiende, pues, como lo que ocurre al fin de la historia, al fin de la política, al fin de los relatos
metafísicos. Sin olvidar, y esto hace a uno de los núcleos de la discusión, que tanto la historia (el progreso, la
teleología) como el sujeto (el hombre, el alma) fueron el centro de la crítica a la conformación logocéntrica del
sistema que realizaron Marx y Nietzsche; crítica que apuntaba a una trascendencia del sujeto y no a suprimirlo
mediante el crecimiento de la alienación.
Existen por lo tanto dos supresiones del sujeto-hombre: la producida por el proceso de cosificación capitalista y
poscapitalista, y la producida por la superación (no dialéctica) propia del Eterno Retorno; en los hechos, una oculta a
la otra: la aniquilación maquínica del hombre aparece como el más-allá anunciado en el Zaratustra de Nietzsche,
taponando toda posibilidad de liberación al hacer pasar por liberación el mundo nihilista de la técnica.

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