La Casa del Número 11
Desde el primer día que Camila llegó a su nuevo barrio, la casa del número 11 le pareció extraña. A
diferencia del resto de las casas, esa tenía las cortinas cerradas a toda hora, las luces titilaban,
aunque no hubiera nadie a la vista, y el jardín parecía descuidado, pero no del todo abandonado.
Como si alguien viviera allí, pero no le importara ser visto.
Los vecinos evitaban hablar del tema. "Mejor no te acerques a esa casa, niña. Solo trae problemas",
le había dicho la señora del almacén, pero Camila no era de las que se dejaban intimidar fácilmente.
Si había algo que le causaba más curiosidad que el misterio, era saber por qué todos parecían tener
miedo.
Un día, mientras regresaba del colegio, creyó ver una figura en la ventana del segundo piso. No
pudo distinguir mucho, solo que alguien o algo la estaba mirando. Sintió un escalofrío, pero decidió
ignorarlo. Sin embargo, al pasar por la reja notó un detalle inquietante: colgaba una pequeña nota
doblada cuidadosamente entre los barrotes. La curiosidad fue más fuerte que la prudencia. La tomó
y la leyó.
“Gracias por mirar hacia arriba. Ahora eres parte de esta casa.”
Camila se rió en silencio, pensando que alguien del barrio la estaba molestando. Esa misma noche,
mientras hacía sus tareas, escuchó tres golpes suaves en su ventana. Su habitación daba justo hacia
la casa número 11. Se acercó despacio. No había nadie. Solo la noche y la ventana de esa casa…
abierta.
Los días siguientes la inquietud creció. Empezó a tener sueños confusos: escuchaba pasos que
subían las escaleras de su casa, veía sombras que no le pertenecían y, en cada sueño, alguien le
entregaba la misma nota: “Gracias por mirar hacia arriba.”
Cuando decidió contarles a sus padres, ellos solo le pidieron que no volviera a pasar por allí. Pero
Camila no podía evitarlo. Algo la empujaba, como si la casa la llamara. Finalmente, una tarde
decidió acercarse y cruzar la oxidada reja del jardín. Tocó la puerta. Nadie respondió. Empujó
despacio. Estaba abierta.
Por dentro, la casa parecía congelada en el tiempo: muebles cubiertos por sábanas, retratos
antiguos, una lámpara que parpadeaba sin sentido. Subió las escaleras lentamente hasta llegar al
segundo piso. La puerta de la habitación con la ventana estaba entreabierta. Al empujarla, encontró
algo que no esperaba.
Una niña. Sentada en una silla frente a la ventana. De espaldas. Peinaba el cabello de una muñeca
rota. La habitación estaba llena de notas idénticas a la que había encontrado. En las paredes, en el
suelo, en el techo:
"Gracias por mirar hacia arriba."
Camila retrocedió. Pero la niña habló sin voltearse:
—No debiste entrar. Ahora tú cuidarás la casa.
El suelo crujió. La puerta se cerró sola. Cuando los vecinos pasaron días después, notaron algo
nuevo en la ventana del segundo piso: una niña que miraba hacia la calle.