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Capítulo 2

El Trabajo Social Comunitario (TSC) surge como respuesta a la fragmentación social provocada por el individualismo, promoviendo la cooperación y la ciudadanía activa. La Global Agenda for Social Work and Social Development establece ejes prioritarios que incluyen la equidad social, la dignidad humana, la sostenibilidad ambiental y el fortalecimiento de relaciones humanas. En un contexto de cambio social y desafíos contemporáneos, el TSC debe adaptarse y redefinir su papel, integrando nuevas tecnologías y fomentando la participación colectiva para reconstruir el tejido social.

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El Trabajo Social Comunitario (TSC) surge como respuesta a la fragmentación social provocada por el individualismo, promoviendo la cooperación y la ciudadanía activa. La Global Agenda for Social Work and Social Development establece ejes prioritarios que incluyen la equidad social, la dignidad humana, la sostenibilidad ambiental y el fortalecimiento de relaciones humanas. En un contexto de cambio social y desafíos contemporáneos, el TSC debe adaptarse y redefinir su papel, integrando nuevas tecnologías y fomentando la participación colectiva para reconstruir el tejido social.

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Capítulo 2 – Altruismo, cooperación, ciudadanía: fundamentos del TSC

1. Alejándonos del individualismo: The Global Agenda for Social Work and Social

Development

En las últimas décadas, las sociedades occidentales han estado marcadas por un
modelo individualista que

ha erosionado los vínculos comunitarios, debilitado el sentido de pertenencia y


obstaculizado las respuestas

colectivas frente a los grandes retos sociales. Este modelo, basado en la autosuficiencia,
el mérito individual

y la competencia, ha provocado una creciente fragmentación social y un repliegue hacia


lo privado. Sin

embargo, la pandemia de la COVID-19 y otras crisis recientes han puesto en evidencia los
límites del

individualismo y han revelado la necesidad de repensar las relaciones sociales desde una
lógica solidaria y

cooperativa.

En este contexto, el Trabajo Social Comunitario (TSC) reaparece con fuerza como una
propuesta

transformadora, que no se limita a gestionar necesidades individuales, sino que


promueve el fortalecimiento

del tejido social, la construcción de vínculos y la creación de condiciones para una vida
colectiva más justa,

equitativa y sostenible. Frente a la lógica del “sálvese quien pueda”, el TSC defiende una
ciudadanía activa,

corresponsable y solidaria, capaz de generar respuestas desde lo colectivo.

La Global Agenda for Social Work and Social Development, elaborada conjuntamente por
la Federación

Internacional de Trabajadores Sociales (IFSW), la Asociación Internacional de Escuelas de


Trabajo Social

(IASSW) y el Consejo Internacional de Bienestar Social (ICSW), se convierte en un


referente fundamental

para orientar esta transformación. Esta Agenda establece cuatro ejes prioritarios para el
trabajo social a nivel

mundial:

1. Promover la equidad social y económica: Se reconoce la necesidad de redistribuir los


recursos y
corregir las desigualdades estructurales que atraviesan a nuestras sociedades.

2. Reconocer la dignidad y el valor de todas las personas: Cada ser humano tiene un valor
intrínseco

que debe ser respetado, más allá de su utilidad productiva o su posición social.

3. Fomentar la sostenibilidad medioambiental: No puede haber justicia social sin


sostenibilidad

ecológica; el bienestar de las comunidades depende de su entorno natural.

4. Fortalecer las relaciones humanas: El vínculo con los otros es el núcleo de cualquier
proceso de

bienestar. Las relaciones cuidadosas, justas y solidarias son la base de una vida buena.

La Agenda Global no solo define objetivos, sino que ofrece un diagnóstico crítico del
mundo actual: el

empobrecimiento creciente, la precarización del empleo, la exclusión, el colapso


ecológico y la desconexión

afectiva son síntomas de un sistema agotado. Ante esto, el TSC se presenta como una
herramienta para

recomponer lo social desde la base, a través de procesos participativos, democráticos y


vinculados a los

territorios.

Además, se subraya la importancia de articular lo local con lo global: el trabajo


comunitario debe tener en

cuenta las dinámicas mundiales (globalización, migraciones, crisis ecológica), pero


aterrizarse en prácticas

situadas, contextualizadas y culturalmente respetuosas. No existe un único modelo de


TSC, sino múltiples

formas de desarrollarlo según las necesidades, capacidades y deseos de cada


comunidad.

La recuperación del valor de lo común, del cuidado y de la responsabilidad colectiva es,


por tanto, el eje que

articula tanto la Agenda Global como el enfoque comunitario en Trabajo Social. Frente a
la fragmentación y

la soledad, se reivindica la interdependencia; frente al miedo, la solidaridad; frente a la


competencia, la

cooperación. En definitiva, el TSC, guiado por esta agenda global, nos invita a reconstruir
el mundo desde

los márgenes, desde lo cotidiano, desde los lazos que nos sostienen.
2. El trabajo social comunitario en entornos cambiantes

El Trabajo Social Comunitario (TSC) desempeña un papel crucial en entornos marcados


por el cambio

social acelerado, la fragmentación y la vulnerabilidad estructural. Lejos de ser una


metodología aplicable

únicamente en contextos de emergencia o pobreza extrema, el TSC constituye una forma


de intervención

compleja y adaptativa, capaz de dar respuesta tanto a las carencias materiales como a
las fracturas

simbólicas y relacionales que atraviesan nuestras sociedades.

Históricamente, el TSC ha tenido una presencia significativa en regiones del Sur global,
donde los déficits

estructurales del Estado han obligado a las comunidades a organizarse para satisfacer
sus necesidades. En

estos contextos, las prácticas comunitarias han demostrado su capacidad para


transformar la exclusión en

participación, la invisibilidad en visibilidad y la dependencia en autonomía. Ejemplos


como los procesos

llevados a cabo con mujeres indígenas en Centroamérica, o con población refugiada en


Brasil, Colombia o

Turquía, ponen de relieve el potencial de la intervención comunitaria para generar


diagnóstico participativo,

liderazgo local y procesos de emancipación. A través de estos casos, se han creado


materiales, bancos de

buenas prácticas y redes de colaboración que fortalecen la ciudadanía activa y el


empoderamiento colectivo.

Pero estas experiencias no deben entenderse como algo ajeno a los países del Norte.
También en contextos

con estados del bienestar desarrollados, como el español, el TSC es hoy más necesario
que nunca. Aunque se

ha producido una consolidación normativa y administrativa del sistema de servicios


sociales, esta ha ido

acompañada en muchos casos de una progresiva institucionalización, tecnificación y


burocratización de la

intervención. El enfoque centrado en la gestión individualizada de prestaciones ha


desplazado, en gran
medida, el trabajo con grupos y comunidades, lo que ha contribuido a una pérdida del
carácter transformador

del trabajo social.

La intervención comunitaria es una forma de pensar y actuar en lo social que pone el


acento en la

participación, la corresponsabilidad y la construcción colectiva de alternativas. No se


trata de sustituir la

acción estatal, sino de complementarla, democratizarla y enraizarla en el territorio. El TSC


actúa así como

un contrapeso frente a las dinámicas de dependencia, asistencialismo o pasividad que a


veces genera el

sistema. Al mismo tiempo, permite revalorizar el conocimiento situado, la experiencia de


vida de las

personas y las prácticas de apoyo mutuo como elementos centrales del bienestar.

En un mundo globalizado, interdependiente y cambiante, el TSC debe ser capaz de


adaptarse a nuevas

realidades sociales, culturales y tecnológicas. Esto implica reconocer la diversidad,


fomentar la inclusión y

diseñar estrategias que articulen los recursos formales e informales de cada comunidad.
La flexibilidad, la

escucha activa y la sensibilidad hacia lo local son cualidades esenciales para intervenir
con eficacia.

En definitiva, el trabajo social comunitario en entornos cambiantes exige una mirada


compleja, crítica y

creativa, que supere las lógicas lineales de intervención. La comunidad no es un


escenario vacío donde

aplicar programas diseñados desde fuera, sino un espacio vivo, dinámico y conflictivo
donde se construye la

vida en común. Por eso, el TSC no puede limitarse a "hacer cosas por la comunidad", sino
que debe

acompañarla en la construcción de su propio relato, sus propios recursos y su propio


poder.

3. Nuevos y viejos retos para el trabajo social comunitario

El Trabajo Social Comunitario (TSC), como forma de intervención social centrada en la


participación y la

transformación colectiva, se enfrenta a una serie de retos que combinan desafíos


históricos no resueltos con
nuevas condiciones surgidas en las sociedades contemporáneas. Estos retos afectan
tanto al sentido mismo

de la comunidad como a las condiciones de ejercicio profesional del trabajo social, en un


contexto

atravesado por la fragmentación, la desvinculación social, la digitalización y las


consecuencias de sucesivas

crisis sistémicas.

Uno de los principales desafíos es recuperar la legitimidad de la comunidad como


espacio de intervención y

como sujeto político. En muchas sociedades occidentales, marcadas por la expansión


del individualismo y la

delegación total en las instituciones, la comunidad ha quedado relegada a un segundo


plano, cuando no

reducida a una mera agrupación de individuos consumidores de servicios. Esta visión


empobrece el

potencial de la comunidad como agente activo, diverso y deliberativo. Frente a ello, el TSC
debe apostar por

formas comunitarias abiertas, participativas y solidarias, que reconozcan el conflicto, la


pluralidad y la

construcción colectiva como fundamentos de la convivencia.

Un segundo reto importante es afrontar la desvinculación social. El debilitamiento de los


vínculos

familiares, vecinales o asociativos ha generado una creciente sensación de soledad,


aislamiento y

desprotección, especialmente en las personas mayores, los jóvenes o los colectivos


empobrecidos. La

desvinculación no solo produce sufrimiento individual, sino que debilita el tejido


democrático. El TSC tiene

la tarea de reconstruir el sentido de pertenencia y de comunidad desde prácticas que


generen confianza,

cooperación y redes afectivas y sociales sólidas. Esto requiere intervenir más allá de la
prestación puntual de

servicios, apostando por procesos que promuevan la convivencia, la escucha y el


reconocimiento mutuo.

El tercer reto está en redefinir el papel profesional del trabajo social. Muchos
profesionales han asumido
funciones centradas en la gestión burocrática, la tramitación administrativa o la
respuesta urgente a

demandas individuales, dejando de lado la dimensión colectiva, política y estructural de


la intervención.

Recuperar el trabajo comunitario no es simplemente una opción metodológica, sino una


necesidad ética y

estratégica. El profesional debe actuar como facilitador, dinamizador y mediador,


generando condiciones

para que la comunidad se reconozca como protagonista y construya su propio camino.


Para ello, es clave

fortalecer la formación específica en intervención comunitaria, generar condiciones


institucionales que

favorezcan este tipo de trabajo y defender espacios autónomos de relación y organización


social.

El cuarto reto tiene que ver con la integración de las nuevas tecnologías y los entornos
digitales. La

irrupción de las redes sociales, los foros virtuales y otras plataformas de interacción ha
transformado la

manera en que las personas se relacionan, participan y construyen comunidad. Lejos de


ver esto como una

amenaza, el TSC debe desarrollar un enfoque propositivo que incorpore lo digital como un
espacio legítimo

de intervención. Las comunidades virtuales, los movimientos sociales en red y las


prácticas de participación

digital ofrecen oportunidades valiosas para movilizar a la ciudadanía, visibilizar


problemáticas y construir

redes de apoyo. Es necesario, por tanto, desarrollar un Trabajo Social Digital que sea
sensible a los nuevos

lenguajes, respetuoso con la diversidad de voces y capaz de fomentar vínculos sólidos en


el ámbito virtual.

Estos retos, aunque complejos, no deben ser vistos como obstáculos insuperables, sino
como oportunidades

para repensar y actualizar el papel del TSC en un mundo en transformación. La


comunidad sigue siendo un

espacio fecundo para la creación de sentido, para la defensa de los derechos y para la
construcción de lo

común. Pero para que esto sea posible, es imprescindible recuperar el valor de la
implicación, la confianza,
la cooperación y el cuidado como pilares fundamentales del trabajo comunitario.

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