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Cuadernillo Cuarto PDL

El documento es un cuaderno de actividades para estudiantes que incluye cuentos, textos expositivos, historietas y reflexiones sobre el lenguaje. Presenta la historia de 'El Gato con Botas' de Charles Perrault, donde un gato astuto ayuda a su amo, el hijo de un molinero, a convertirse en un noble. A través de ingeniosas artimañas, el gato logra que su amo se case con la princesa y se convierta en un gran señor.

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Cuadernillo Cuarto PDL

El documento es un cuaderno de actividades para estudiantes que incluye cuentos, textos expositivos, historietas y reflexiones sobre el lenguaje. Presenta la historia de 'El Gato con Botas' de Charles Perrault, donde un gato astuto ayuda a su amo, el hijo de un molinero, a convertirse en un noble. A través de ingeniosas artimañas, el gato logra que su amo se case con la princesa y se convierta en un gran señor.

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MI CUADERNO DE

ACTIVIDADES
NOMBRE DEL ESTUDIANTE:
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CUENTOS
MARAVILLOSOS

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TEXTOS
EXPOSITIVOS

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HISTORIETAS

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24 / 85
25 / 85
26 / 85
27 / 85
LA
COMUNICACIÓN

28 / 85
29 / 85
30 / 85
31 / 85
32 / 85
33 / 85
34 / 85
35 / 85
36 / 85
37 / 85
38 / 85
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REFLEXIÓN
SOBRE EL
LENGUAJE

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43 / 85
44 / 85
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TÉCNICAS DE
ESTUDIO

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LITERATURA

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EL GATO
con botas
Charles Perrault | Ilustraciones de Leicia Gotlibowski

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Este material ha sido elaborado por la Dirección Provincial de Educación Primaria dependiente
de la Subsecretaría de Educación de la Dirección General de Cultura y Educación de la Provincia
de Buenos Aires.
Autor de la obra: Charles Perrault. Ilustraciones: Leicia Gotlibowski.
Febrero 2023

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El gato con botas

El gato con botas

Había una vez un molinero que, antes de morir, llamó a sus tres hijos y
les dejó todos sus bienes: un molino, un asno y un gato. El reparto de la
herencia se hizo enseguida, sin llamar al notario ni al procurador, pues
probablemente se hubieran llevado todo el pobre patrimonio. El hijo mayor
se quedó con el molino; el segundo, con el asno, y al más pequeño solo le
correspondió el gato.

El hijo menor no podía consolarse de haber recibido tan poca cosa.


–Mis hermanos –decía– podrán ganarse la vida honradamente juntándose
los dos. En cambio yo, en cuanto me haya comido el gato y me haya hecho
un manguito con su piel, me moriré de hambre.

El gato, que entendía estas palabras


pero ponía cara de que no, le dijo con
aire serio y sosegado:
—No se aflija en absoluto, mi amo.
No tiene más que darme un saco y
hacerme un par de botas para ir por los
matorrales y ya verá que su herencia
no es tan poca cosa como usted cree.

Aunque el amo del gato no puso


muchas esperanzas en él, lo había
visto valerse de tantas tretas para cazar ratas y ratones, como cuando se
colgaba por sus patas traseras o se escondía en la harina haciéndose el
muerto, que no perdió totalmente la ilusión de que lo socorriera en su
miseria.

En cuanto el gato tuvo lo que había solicitado, se calzó rápidamente las


botas, se echó el saco al hombro, tomó los cordones con sus patas delanteras
y se dirigió a un coto de caza en donde había muchos conejos. Puso salvado
y hierbas dentro del saco, se tendió en el suelo como si estuviese muerto, y
esperó que algún conejillo, poco conocedor de las trampas de este mundo,
viniera a meterse en el saco para comer lo que
en él había echado.

Apenas se recostó, tuvo la primera


satisfacción; un distraído conejito entró en el
saco. El gato tiró enseguida de los cordones
para atraparlo y lo mató sin compasión.

El gato, muy orgulloso de su presa, se


dirigió hacia el palacio del rey y pidió a los
guardias que lo dejaran entrar para hablar
con él.

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El gato con botas

Lo hicieron pasar a los aposentos de Su Majestad y, después de hacer una


gran reverencia al rey, le dijo:
—Majestad, aquí tenéis un conejo de campo que el señor Marqués de Carabás
(que es el nombre que se le ocurrió dar a su amo) me ha encargado ofreceros
de su parte.
—Dile a tu amo –contestó el rey– que se lo agradezco, y que me halaga en
gran medida.

Tiempo más tarde, se escondió en un campo de trigo con el saco abierto. En


cuanto dos perdices entraron en él, tiró de los cordones y las cazó. Enseguida
fue a ofrecérselas al rey, tal como había hecho con el conejo de campo. Una
vez más, el rey se sintió halagado al recibir las dos perdices. Ordenó a sus
criados que dieran al gato una propina y le sirvieran, además, lo que deseara
comer y beber.

Durante dos o tres meses, el gato continuó llevando al rey las piezas que
cazaba. Siempre le decía que lo enviaba su amo, el Marqués de Carabás.

Un día el gato se enteró que el rey iba a dar un paseo por la orilla del río con
su hija, la princesa más hermosa del mundo. Sin perder un segundo, le dijo
a su amo:
—Si sigue mi consejo podrá hacer fortuna.
No tiene más que bañarse en el río, en el
lugar que yo le indique, y luego déjeme
hacer a mí. Pero recuerde que ahora es
usted el Marqués de Carabás; ya no es más
el hijo de un pobre molinero.

El Marqués de Carabás hizo lo que su gato le


aconsejaba, sin saber con qué fines lo hacía.

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El gato con botas

Mientras el joven se bañaba, pasó por allí el rey. Apenas lo vio, el gato se
puso a gritar con todas sus fuerzas.

¡SOCORRO! ¡SOCORRO!
¡Se ahoga el Marqués de Carabás!

Al oír los gritos, el rey se asomó


por la ventanilla de su carruaje y,
reconociendo al gato que tantas
piezas de caza le había llevado,
ordenó a sus guardias que fueran
enseguida en auxilio del Marqués
de Carabás.

Mientras sacaban del río al pobre


Marqués, el gato se acercó a la
carroza y le dijo al rey que unos
ladrones se habían llevado la ropa
de su amo a pesar de que él gritó
con todas sus fuerzas pidiendo ayuda. Pero la verdad era que el pícaro gato
las había escondido debajo de una enorme piedra.

Al instante, el rey ordenó a los encargados de su guardarropa que fueran a


buscar uno de sus más hermosos trajes y vistieran con él al señor Marqués
de Carabás.

El rey quiso que subiera a la carroza y lo acompañara en su paseo. A partir de


ese momento le ofreció mil muestras de amistad al hijo del molinero.

El hermoso traje que acababan de darle realzaba


su figura, pues el muchacho era guapo y de buena
presencia. Incluso la hija del rey lo encontró muy
de su agrado y, en cuanto el Marqués de Carabás
le dirigió dos o tres miradas muy respetuosas y un
poco tiernas, ella se enamoró locamente de él.

El gato, encantado a ver que su plan empezaba a dar resultado, se adelantó


y, encontrando a unos campesinos que segaban un campo, les dijo:

—¡Eh, oigan, buenas gentes, si no decís


al rey que el campo que estáis segando
pertenece al señor Marqués de Carabás,
seréis hecho picadillo como carne de
pastel!

Al pasar por allí, el rey no dejó de preguntar


a los segadores de quién era el campo que
estaban segando.

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El gato con botas

—Estos campos pertenecen al señor Marqués de Carabás –respondieron


todos a la vez, pues la amenaza del gato los había asustado.
—Tiene usted una hermosa heredad –le dijo el rey al Marqués de Carabás.
—Como usted ve, señor –respondió el Marqués– es un prado que no deja de
dar en abundancia todos los años.

Mientras tanto, el gato, que seguía yendo adelante, se encontró con un grupo
de cosechadores y les dijo:
—¡Eh, oigan, buenas gentes, si no decís al rey que todo este trigo pertenece
al señor Marqués de Carabás, seréis hecho picadillo como carne de pastel!

Un momento después, pasó el rey y quiso saber a quién pertenecía todo el


trigo que veía.
—Todo el trigo pertenece al señor Marqués de Carabás –respondieron todos
a la vez, pues la amenaza del gato los había asustado.

Y el rey se sentía cada vez más complacido con el Marqués.

Finalmente, el Gato con Botas llegó a un grandioso castillo. Su dueño era un


temible ogro, el más rico de todo el reino, ya que todas las tierras por donde
el rey había pasado le pertenecían.

El gato, que sabía quién era aquel ogro y qué cosas sabía hacer, llamó a la
puerta y pidió hablar con él para presentarle sus respetos. El ogro lo recibió
tan cortésmente como puede hacerlo un ogro y lo invitó a descansar un rato.

—Me han asegurado –comentó el gato


mientras recuperaba el aliento– que
tenéis la habilidad de convertiros en
cualquier clase de animal. Que podéis,
si os place, transformaros en león o en
elefante.
—Es cierto –contestó el ogro
bruscamente–. Y para demostrarlo, me
veréis convertido en un león.

El gato se asustó mucho de encontrarse


de pronto delante de un león y, con gran
esfuerzo y dificultad, pues sus botas no
servían para andar por las tejas, se trepó
al alero del tejado.

Un rato después, en cuanto el gato comprobó que el ogro había tomado


otra vez su aspecto habitual, bajó del tejado y le confesó que había pasado
mucho miedo.
—También me han asegurado –dijo el gato– que sois capaz de convertiros en

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El gato con botas

un animal pequeño, como una rata o un ratón, aunque debo confesaros que
esto sí me parece del todo imposible.
—¿Imposible? –replicó el ogro–. ¡Ya lo veréis!
Y mientras decía esto se transformó en un ratón que se puso a correr por el
suelo. El gato, en cuanto lo vio, se arrojó sobre él y se lo comió.

Mientras tanto, el rey, al pasar ante el


hermoso castillo, quiso entrar en él.
El gato, que había oído el repiqueteo
de la carroza al atravesar el puente
levadizo, corrió a su encuentro y
saludó al rey con una gran reverencia.
—Sea bienvenido Vuestra Majestad
al castillo del señor Marqués de
Carabás.
—¡Pero bueno, señor Marqués! –
exclamó el rey–. ¿Este castillo
también es vuestro? ¡Qué belleza de
patio! Y los edificios que lo rodean
son también magníficos. ¿Pasamos al interior?

El Marqués de Carabás tomó de la mano a la princesa y, siguiendo al rey,


entraron en un majestuoso salón, donde los esperaban unos exquisitos
manjares que el ogro tenía preparados para obsequiar a unos amigos suyos
que habían de visitarlo ese mismo día. Pero los amigos del ogro no creyeron
conveniente acercarse al castillo cuando se enteraron que el rey estaba allí.

El rey, encantado de las buenas


cualidades del señor Marqués de
Carabás, lo mismo que su hija, que
estaba loca por él, y contemplando
los grandes bienes que poseía, le dijo,
después de beber cinco o seis copas.
—Solo depende de usted, señor
Marqués, que sea mi yerno.

El Marqués, haciendo grandes


reverencias, aceptó el honor que le
hacía el rey y, ese mismo día, se casó
con la princesa.

El gato se convirtió en un gran señor


y ya no corrió detrás de los ratones
más que por diversión.

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DIRECCIÓN GENERAL DE
CULTURA Y EDUCACIÓN

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El traje nuevo del Emperador

El traje nuevo del Emperador


Hans Christian Andersen

Hace muchos años vivía un Emperador tan aficionado a los trajes nuevos
que gastaba todo su dinero en vestir con la máxima elegancia. No se
interesaba por sus soldados, ni le atraía el teatro, ni le gustaba pasear en
coche por el bosque, a menos que fuera para lucir sus atuendos nuevos.
Tenía un traje distinto para cada hora del día, y de la misma manera que se
dice que un rey se encuentra en el Consejo, de él se decía siempre:

—El Emperador está en el ropero.

La gran ciudad en que vivía era


visitada a diario por numerosos
forasteros.

Un día, se presentaron dos


pícaros que se hacían pasar por
tejedores. Decían a todos que
eran capaces de tejer las telas
más espléndidas que pudiera
imaginarse. No solo los colores
y dibujos eran de una insólita
belleza, sino que las prendas con ellas confeccionadas poseían la
milagrosa virtud de convertirse en invisibles para todos aquellos que no
fuesen merecedores de su cargo o que fueran irremediablemente tontos.

La noticia no tardó en llegar a la corte.

El Emperador pensó: “¡Deben ser trajes


magníficos! Si los llevase, podría averi-
guar qué funcionarios del reino son in-
dignos del cargo que desempeñan. Po-
dría distinguir a los listos de los tontos.
Sí, debo encargar inmediatamente que
me hagan un traje”.

Y entregó mucho dinero a los estafado-


res para que comenzaran su trabajo.

Los pícaros instalaron entonces dos


telares y simularon que trabajaban
en ellos aunque estaban totalmente
vacíos. Con toda urgencia, exigieron
las sedas más finas y el hilo de oro de

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El traje nuevo del Emperador

la mejor calidad. Guardaron en sus alforjas todo esto y trabajaron en los


telares vacíos hasta muy entrada la noche.

“Me gustaría saber lo que han avanzado con la tela”, pensaba el Emperador,
pero se encontraba un poco confuso en su interior al pensar que el que
fuese tonto o indigno de su cargo no podría ver lo que estaban tejiendo.
No es que tuviera dudas sobre sí mismo; pero, por si acaso, prefería enviar
primero a otro, para ver cómo andaban las cosas.

Todos los habitantes de la ciudad estaban informados de la particular


virtud de aquella tela, y todos estaban deseosos de ver lo tonto o inútil
que era su vecino.

“Enviaré a mi viejo ministro a que visite a los tejedores”, pensó el


Emperador. “Es un hombre honrado y el más indicado para ver si el
trabajo progresa, pues tiene buen juicio, y no hay quien desempeñe el
cargo como él”.

El viejo y digno ministro se presentó, pues, en la sala ocupada por los dos
pícaros, que seguían trabajando en los telares vacíos.

“¡Dios me guarde!”, pensó, abrien-


do unos ojos como platos. “¡No
veo nada!”. Pero tuvo buen cuida-
do en no decirlo.

Los dos estafadores le pidieron


que se acercase y le preguntaron si
no encontraba preciosos el color
y el dibujo. Al decirlo, señalaban
el telar vacío, y el pobre ministro
seguía con los ojos desencajados,
pero sin ver nada, puesto que
nada había.

“¡Dios mío!”, pensó. “¿Seré tonto


acaso? ¿Es posible que sea inútil
para el cargo? No debo decir a
nadie que no he visto la tela”.

—¿Qué? ¿No decís nada del tejido?


–preguntó uno de los pillos.

—¡Oh, precioso, maravilloso! –respondió el viejo ministro mirando a través


de los lentes–. ¡Qué dibujos y qué colores! Desde luego, diré al Emperador
que me ha gustado extraordinariamente.

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El traje nuevo del Emperador

—Cuánto nos complace –dijeron los tejedores, dándole los nombres de


los colores y describiéndole el raro dibujo.

El viejo ministro tuvo buen cuidado de quedarse las explicaciones en la


memoria para poder repetirlas al Emperador; y así lo hizo.

Los estafadores volvieron a pedir más dinero, más seda y más oro, ya que
lo necesitaban para seguir tejiendo. Lo almacenaron todo en sus alforjas,
pues ni una hebra se empleó en el telar, y ellos continuaron, como antes,
trabajando en el telar vacío.

Poco después el Emperador envió a otro funcionario de confianza a


inspeccionar el estado del tejido. Al segundo le ocurrió lo que al primero;
miró y remiró pero, como en el telar no había nada, nada pudo ver.

—Precioso tejido, ¿verdad? –preguntaron los dos tramposos, señalando y


explicando el precioso dibujo que no existía.

“Yo no soy tonto”, pensó el


funcionario. “Luego, ¿será mi alto
cargo el que no me merezco? ¡Qué
cosa más extraña! No diré nada a
nadie. Es preciso que nadie se dé
cuenta”.

Así es que elogió la tela que no


veía, y les expresó su satisfacción
por aquellos hermosos colores y
aquel precioso dibujo.

Al día siguiente, se presentó ante


el Emperador y le informó:

—¡El tejido es digno de admira-


ción!

Todos en la ciudad hablaban de la


espléndida tela como si la hubie-
sen visto. El Emperador, enton-
ces, también quiso verla antes de
que la sacasen del telar.

Seguido de una multitud de personajes distinguidos, entre los cuales


figuraban los dos viejos y buenos funcionarios que habían ido antes,
se encaminó a la sala donde se encontraban los pícaros, los cuales
continuaban tejiendo afanosamente, aunque sin hebra de hilo.

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El traje nuevo del Emperador

—¿Verdad que es admirable?


–preguntaron los dos honrados
funcionarios–. Fíjese, Vuestra
Majestad, en estos colores y estos
dibujos –y señalaban el telar
vacío, creyendo que los demás
veían perfectamente la tela.

“¿Qué es esto?”, pensó el Empera-


dor. “¡Yo no veo nada! ¡Esto es te-
rrible! ¿Seré tonto? ¿O es que no
merezco ser emperador? ¡Resulta-
ría espantoso que fuese así!”.

—¡Oh, es bellísima! –dijo en voz


alta–. Tiene mi real aprobación.
–Y con un gesto de agrado miraba
el telar vacío, sin decir ni una
palabra de que no veía nada.

Todo el séquito miraba y remiraba,


pero ninguno veía absolutamente
nada. Sin embargo, exclamaban,
como el Emperador.

—¡Es preciosa, elegantísima, estupenda! –y le aconsejaron que se hi-


ciese un traje con esa tela nueva y maravillosa, para estrenarlo en el
desfile que debía celebrarse próximamente.

El Emperador concedió a cada uno de los dos bribones una Cruz de


Caballero para que las llevaran en el ojal, y los nombró Caballeros
Tejedores.

Durante toda la noche que


precedió al día de la fiesta, los
dos embaucadores estuvieron
levantados, con más de dieciséis
lámparas encendidas. La gente pudo
ver que trabajaban activamente en
la confección del nuevo traje del
Emperador.

Simularon quitar la tela del telar,


cortaron el aire con grandes tijeras
y cosieron con agujas sin hebra de
hilo; hasta que al fin, gritaron:

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El traje nuevo del Emperador

—¡Mirad, el traje está listo!

A la mañana siguiente, llegó el Emperador en compañía de sus caballeros


más distinguidos, y los dos truhanes, levantando los brazos como si
sostuviesen algo, dijeron:

—¡Estos son los pantalones! ¡La casaca! ¡El manto!

Y así fueron nombrando todas las piezas del traje.

—Las prendas son ligeras como si fuesen una tela de araña –elogiaron
los bribones–. Se diría que no lleva nada en el cuerpo, pero esto es
precisamente lo bueno de la tela.

—¡En efecto! –asintieron todos los cortesanos, sin ver nada, porque nada
había.

—¿Quiere dignarse Vuestra Majestad a quitarse el traje que lleva


–preguntaron los bandidos– para que podamos probarle los nuevos
vestidos ante el gran espejo?

El Emperador se despojó
de todas sus prendas, y los
pícaros simularon entregarle
las diversas piezas del vestido
nuevo, que pretendían haber
terminado poco antes. Luego
hicieron como si atasen algo a
la cintura del Emperador: era
la cola y el Monarca se movía y
contorneaba ante el espejo.

—¡Dios, y qué bien le sienta, le


va estupendamente! –exclama-
ron todos–. ¡Qué dibujos! ¡Qué
colores! ¡Es un traje precioso!

—El palio para el desfile os


espera ya en la calle, Majestad
–anunció el maestro de
ceremonias.

—¡Sí, estoy preparado! –dijo el Emperador–. ¿Verdad que me sienta bien?


–Y de nuevo se miró al espejo, haciendo como si estuviera contemplando
sus vestidos.

Los chambelanes encargados de llevar la cola bajaron las manos al suelo


para levantarla, y siguieron con las manos en alto como si estuvieran

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El traje nuevo del Emperador

sosteniendo algo en el aire;


por nada del mundo hubieran
confesado que no veían nada.

Y de ese modo marchó el Empera-


dor bajo el espléndido palio, mien-
tras que todas las gentes, en la ca-
lle y en las ventanas, decían:

—¡Qué precioso es el nuevo traje


del Emperador! ¡Qué magnífica
cola! ¡Qué bien le sienta!

Nadie permitía que los demás se


dieran cuenta de que no veían
nada, porque eso hubiera signifi-
cado que eran indignos de su car-
go o que eran tontos de remate.
Ningún traje del Emperador había
tenido tanto éxito como aquel.

—¡Pero si no lleva nada! –exclamó


de pronto un niño.

—¡Dios mío, escuchad la voz de la inocencia! –dijo su padre.

Y todo el mundo empezó a cuchichear sobre lo que acababa de decir el


pequeño.

—¡Pero si no lleva nada puesto! ¡Es un niño el que dice que no lleva nada
puesto!

—¡No lleva traje! –gritó, al fin, todo el pueblo.

Aquello inquietó al Emperador, porque pensaba que el pueblo tenía razón;


pero se dijo: “Hay que seguir en la procesión hasta el final”.

Y se irguió aún con mayor arrogancia que antes; y los chambelanes


continuaron portando la inexistente cola.

Este material ha sido elaborado por la Dirección Provincial de Educación


Primaria dependiente de la Subsecretaría de Educación de la Dirección
General de Cultura y Educación de la Provincia de Buenos Aires.
Autor de la obra: Hans Christian Andersen. Ilustraciones: Virginia Piñón
Marzo 2023

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64 / 85
DIRECCIÓN
GENERAL DE
CULTURA Y
ALADINO
Y LA LÁMPARA MARAVILLOSA
EDUCACIÓN

Cuento oriental
Ilustraciones de Leicia Gotlibowski

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Provincia de Buenos Aires

Gobernador
Axel Kicillof

Vicegobernadora
Verónica Magario

Director General de Cultura y Educación


Alberto Sileoni

Jefe de Gabinete
Pablo Urquiza

Subsecretaria de Educación
Claudia Bracchi

Directora Provincial de Educación Primaria


Mirta Torres

Directora Provincial de Comunicación


Carla Tous

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ALADINO Y LA LÁMPARA
MARAVILLOSA

Parte 1
Un extraño encuentro y un jardín
encantado

ecuerdo que en tiempos muy lejanos, en


una ciudad de la China, vivía un hombre
de nombre Mustafá que era sastre. Aquel
hombre tenía un hijo llamado Aladino,
un niño mal educado y peleador, a quien el padre
quiso enseñarle su oficio.
Sin embargo, Aladino prefería jugar con los
muchachos de su barrio y no pudo acostumbrarse
a trabajar en la sastrería. En cuanto su padre
dejaba de vigilarlo, corría a reunirse con otros
bribones como él.

Cuando el sastre murió, la madre de Aladino


debió pasar sus días y sus noches hilando lana
y algodón para alimentarse y alimentar a su
hijo. Pero Aladino, libre de su padre, se pasaba
todo el día fuera de casa y regresaba sólo a las
horas de comer. Así fue como llegó a la edad de
quince años. Era verdaderamente hermoso, con
magníficos ojos negros, una tez de jazmín
y aspecto seductor.

3
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Un día estaba Aladino en la plaza con otros
vagabundos, cuando pasó por allí un extranjero que se
detuvo y lo observó largo rato. El extranjero era un mago
con tanto poder de su hechicería que podía hacer chocar
unas con otras las montañas más altas. «¡He aquí
–pensaba el extranjero– al joven que busco desde hace
largo tiempo!».
El mago se aproximó al joven y le dijo:
—¿No eres Aladino, el hijo del sastre Mustafá?

Y él contestó:
—Sí, pero mi padre hace mucho que
ha muerto.
Al oír estas palabras, el extranjero
lo abrazó llorando y el muchacho le
preguntó:
—¿Por qué llora, señor?
—¡Ah, hijo mío!, —exclamó el
hombre—. Soy tu tío y acabas de
revelarme la muerte de mi pobre
hermano. En cuanto te vi descubrí el
parecido en tu rostro.
El extranjero miró al joven a los ojos
y le dijo:
—¡Es mi deber tratarte como a
un hijo! Mañana volveré a buscarte y
visitaremos a maestros de distintos
oficios para que elijas o te abriré una
tienda en el mercado para que trabajes
como un hombre honrado.

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A la mañana siguiente, Aladino y el mago a quien creía
su tío se encontraron en ese mismo lugar y echaron a andar
juntos hasta atravesar las murallas de la ciudad, de donde
nunca antes había salido Aladino. Anduvieron por el campo
y llegaron a un valle al pie de una montaña. ¡Para llegar
allí el mago había salido de su país y había viajado hasta la
China!

Se sentó entonces sobre una roca y le ordenó a Aladino:


—¡Recoge ramas secas y trozos de leña y tráelos!
Aladino obedeció.
—Ya es bastante —dijo el mago—. ¡Ponte detrás de mí!

Entonces prendió fuego, sacó del bolsillo una cajita, la


abrió y tomó incienso que arrojó en medio de la hoguera.
Se levantó un humo oscuro y el mago murmuró palabras
en una lengua incomprensible para Aladino.

Tembló en ese instante la tierra y se abrió en el


suelo una ancha abertura. En el fondo de aquel agujero
apareció un trozo de mármol con una argolla de
bronce en el medio.

Aladino lanzó un grito y empren­dió la fuga.


Pero el mago extendió su brazo y lo atrapó. Lo miró
fijamente y le explicó con furia:
—¡Debes saber que debajo de ese mármol que
ves en el fondo del agujero se halla un tesoro que no
puede abrirse más que en tu presencia! ¡Sólo tú serás
el dueño de un tesoro que repartiremos en dos partes
iguales, una para ti y otra para mí!

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Al oír la palabra tesoro, el pobre Aladino contestó: Aladino sin olvidar las recomendaciones del mago a
—¡Oh, tío mío!, ¡mándame lo que quieras! quien todavía creía su tío, cruzó el jardín sin detenerse, vio la
—¡Baja al fondo del agujero, toma con tus manos la lámpara encendida y la tomó. Vertió en el suelo el aceite y la
argolla de bronce y levanta la piedra! ¡Sólo tendrás que ocultó en su pecho. Volvió luego sobre sus pasos y llegó de
pronunciar tu nombre y el nombre de tu padre al tocar la nuevo al jardín.
argolla!
Los árboles del maravilloso jardín estaban cargados
Entonces se inclinó Aladino y tiró de la argolla de de frutas de formas, tamaños y colores extraordinarios.
bronce diciendo: Las había blancas casi transparentes como el cristal. Y
—¡Soy Aladino, hijo de Mustafá! rojas como los granos de la granada. Y verdes, azules y
amarillas. El pobre Aladino no sabía que las frutas blancas
eran diamantes, las frutas rojas eran rubíes, las verdes eran
Y levantó con gran facilidad el mármol. Debajo, vio una
esmeraldas, que las azules eran turquesas y las amarillas eran
cueva que conducía a una puerta de cobre rojo. El mago le topacios.
ordenó:
—Aladino, entra por la puerta. Encontrarás un jardín Entonces, se acercó Aladino a los magníficos árboles y
con árboles cargados de frutas. ¡No te detengas! Camina y recogió frutas de todos los colores, llenándose el cinturón,
verás sobre un pedestal de bronce, una lámpara de cobre los bolsillos y guardándolas entre sus ropas. Agobiado por el
encendida. Tomarás esa lámpara, la apagarás, verterás peso, se ciñó cuidadosamente el traje y avanzó lentamente.
en el suelo el aceite y te la esconderás en el pecho. ¡Y En la puerta vio al mago que, sin paciencia para esperar,
volverás por el mismo camino! Al regreso podrás recoger le dijo:
del jardín tantas frutas como quieras. Una vez que te —¿Aladino, dónde está la lámpara?
hayas reunido conmigo, me entregarás la lámpara.
El mago se quitó un anillo que llevaba y se lo puso a Aladino contestó:
Aladino en el pulgar, diciéndole: —¿Cómo quieres que te la dé tan pronto si está entre
—Este anillo, hijo mío, te pondrá a salvo de todos los las frutas de vidrio con que me he llenado la ropa por todas
peligros. partes? ¡Espera a que salga de esta cueva!
Pero el mago supuso que Aladino quería guardarse la
lámpara y lanzó un grito de rabia. Al momento el mármol se
cerró y Aladino quedó atrapado en la cueva.

El mago, furioso, se alejó por el camino. Seguramente


volveremos a encontrarlo.

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Parte 2
El genio del anillo y el genio
de la lámpara

Desesperado, el muchacho empezó a


restregarse las manos. De ese modo, frotó sin
querer el anillo que llevaba en el pulgar y surgió
de pronto ante él un inmenso genio con ojos rojos
que parecían echar fuego. Se inclinó ante Aladino y
con una voz de trueno,
le dijo:

¡AQUÍ TIENES A TU ESCLAVO!


¡SOY EL SERVIDOR DEL ANILLO EN LA TIERRA,
EN EL AIRE Y EN EL AGUA!
¿QUÉ QUIERES?

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Aladino quedó aterrado pero cuando pudo hablar,
contestó:
—¡Oh genio, sácame de esta cueva!

Apenas pronunció estas palabras, se vio fuera


de la cueva. Aladino se apresuró a regresar. Llegó
extenuado a la casa donde lo esperaba su madre y le
pidió de beber y de comer. Vació el cántaro de agua
en la garganta y comió de prisa.

Mientras comía, le contó a su madre lo que


le había sucedido. Cuando acabó su relato, puso
sobre la mesa las maravillosas frutas transparentes y
coloreadas que había recogido en el jardín.
También sacó de entre sus ropas la vieja lámpara
por la que tanto se había enfurecido el mago.

La madre apretó contra su pecho a Aladino, lo


besó llorando y dijo:
—¡Agradezcamos a Alá que te ha ayudado a
regresar sano y salvo!

Aladino no tardó en dormirse. Al despertarse, el


muchacho pidió el desayuno pero su madre le dijo:
—¡Ten paciencia! Iré a vender un poco de algodón
y compraré pan.
—Deja el algodón y ve a vender esa lámpara vieja
que traje de la cueva.

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La madre tomó la lámpara y se puso a
limpiarla. Pero apenas había empezado a frotarla
cuando surgió otro genio, más feo que el de
la cueva, que dijo con voz ensordecedora:

¡AQUÍ TIENES A TU ESCLAVO!


¡SOY EL SERVIDOR DE LA LÁMPARA
EN EL AIRE POR DONDE VUELO
Y EN LA TIERRA POR DONDE ME ARRASTRO!
¿QUÉ QUIERES?

La madre de Aladino se quedó inmóvil por el terror.


Pero Aladino, que estaba ya un poco acostumbrado, tomó
la lámpara de las manos de su madre y dijo al genio:
—¡Oh, servidor de la lámpara! ¡Tengo hambre y deseo
alimentos exqui­sitos!

El genio desapareció para volver al instante con una


bandeja llena de manjares. Aladino y su madre se pusieron
a comer con gran apetito.

Desde entonces, no abusaron del tesoro. Continuaron


llevando una vida modesta, distribuyendo entre los
pobres lo que necesitaban. Entre tanto, Aladino trataba
de instruirse dialogando con los mercaderes y con otras
personas que frecuentaban el mercado.

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Parte 3 Ella exclamó:
La bella hija del sultán —¿Dónde están los regalos que deberé ofrecer al
sultán como home­­naje?
El joven contestó:
Un día, el joven escuchó a dos pregoneros del —¡Oh madre!, las frutas de colores que traje del jardín
sultán que anunciaban a todo el pueblo: subterráneo son piedras preciosas. ¡Trae una fuente de
—¡Oh vosotros, mercaderes y habitantes! ¡Por porcelana!
orden del sultán, cerrad vuestras tiendas porque va Aladino colocó las piedras en la fuente, combinando
a pasar por aquí la perla única, la maravillosa, Badrul los colores y las formas. Su madre exclamó:
Budur, hija del sultán! —¡Qué bello es esto!
Aladino se escondió detrás de una puerta para Cuando el sultán vio a la madre de Aladino, le dijo:
mirar a la hija del sultán por las rendijas. —¡Oh mujer! ¿Qué traes en ese pañuelo que sostienes
Sus ojos descubrieron entonces a una joven de por las cuatro puntas?
quince años, con una cintura como la rama más tierna La madre de Aladino desató el pañuelo en silencio.
de los árboles. Al momento se iluminó el lugar con el resplandor de
Los ojos de Badrul Budur eran negros como la las piedras y el sultán quedó deslumbrado. La madre le
noche, sus mejillas semejantes a pétalos de rosa y una trasmitió la petición de su hijo.
boca de labios encarnados.
El rey dijo:
—¡Oh madre! —dijo al llegar a su casa—, he visto a —El joven Aladino me envía un hermoso presente,
la princesa Badrul Budur, hija del sultán y deseo pedirla merece que escuche su pedido. Dile que se hará
en matrimonio! Tú serás quien vaya a hacer el matrimonio cuando me haya enviado la dote: cuarenta
al sultán esa petición. fuentes de oro macizo llenas hasta los bordes de las
mismas piedras en forma de frutas.

Cuando escuchó de su madre la


petición del sultán, Aladino sonrió. Se
apresuró a encerrarse en su cuarto,
tomó la lámpara y la frotó.

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Aladino expresó su pedido y en un momento
regresó el genio seguido por esclavas que traían sobre
sus cabezas las fuentes de oro macizo.

El sultán recibió al cortejo en la escalera de su


palacio. Hasta allí ascendió Aladino, con un hermoso
traje. El sultán le preguntó:
—Aladino, ¿cuándo deseas que se celebre la boda?

Y contestó Aladino:
—¡Oh, sultán! Estoy ansioso por
celebrar la boda pero deseo antes hacer
¡AQUÍ TIENES A TU ESCLAVO! construir un palacio digno de Badrul
¡SOY EL SERVIDOR DE LA LÁMPARA Budur.
EN EL AIRE POR DONDE VUELO
Y EN LA TIERRA POR DONDE ME ARRASTRO!
¿QUÉ QUIERES?

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Dicho esto, Aladino se despidió del sultán y regresó
a su casa. Tomó la lámpara mágica y la frotó como de
costumbre.

¡AQUÍ TIENES A TU ESCLAVO!


¡SOY EL SERVIDOR DE LA LÁMPARA
EN EL AIRE POR DONDE VUELO
Y EN LA TIERRA POR DONDE ME ARRASTRO!
¿QUÉ QUIERES?

—¡Oh, genio de la lámpara! ¡Cons­truye un


palacio digno de mi esposa! Hazle un jardín
hermoso, con estanques y bellas plazoletas.

Al despuntar el día se alzaba, frente al palacio


del sultán, un palacio con un jardín hermoso, con
estanques y plazoletas espaciosas.

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Se celebró entonces la boda. La madre de Parte 4
Aladino vestía un bello traje. Badrul Budur la recibió El regreso del mago
con ternura. La princesa caminó hacia el nuevo
palacio donde la esperaba Aladino. Salió él a su Un día, aquel hechicero que había engañado
encuentro sonriendo y ella quedó encantada de a Aladino quiso saber qué había sido del joven.
verlo tan juvenil y hermoso. Preparó su mesa de arena adivinatoria, alisó la arena
y murmuró ciertas fórmulas:
Aladino, lejos de sentirse orgulloso de su nueva —¡Oh, arena del tiempo! ¿Qué ha sido de la
vida, trató de socorrer a las gentes pobres porque lámpara mágica? ¿Cómo murió Aladino?
no olvidaba su antigua miseria.
Con inmensa sorpresa, el mago descubrió que
Aladino no estaba muerto y resolvió vengarse de él
y destruir su felicidad. Sin vacilar se puso en camino
para la China y llegó al palacio de Aladino.

El mago fue al mercado, entró en la tienda de un


mercader de lámparas de cobre, adquirió una docena
completamente nuevas y las puso en un cesto. Entonces se
dedicó a recorrer las calles gritando:
—¡Lámparas nuevas! ¡Cambio lámparas nuevas por
otras viejas!

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Una de las mujeres que trabajaba en el palacio le dijo a El mago le dijo:
la princesa Badrul Budur: —¡Oh genio! ¡Transporta a mi país el palacio
—¡Oh mi señora! Al limpiar el cuarto de mi amo de Aladino con los seres y las cosas que contiene y
Aladino, he visto una lámpara vieja de cobre. ¡Permíteme transpórtame a mí con el palacio!
que vea si el viejo está tan loco como para cambiarla!
—¡Desde luego! —le respondió la princesa. En un abrir y cerrar de ojos, el hechicero se
encontró en su país, en el palacio de Aladino con la
princesa Badrul Budur en sus aposentos.

Amanecía cuando retornó A­la­di­­no de una


cacería. Al atravesar el último cruce del camino,
levantó la mirada para observar su palacio. ¡Pero no
lo vio! Solo había un inmenso terreno desierto. Sintió
un gran dolor en el pecho.
Cuando el mago vio la lámpara, la tomó y se la guardó
El joven salió de la ciudad y comenzó a errar por
en el pecho. Le ofreció su canasto a la muchacha, diciendo:
el campo hasta llegar a las orillas de un gran río.
—¡Elige la que más te guste!
Se arrodilló a la orilla del río, tomó agua en el
Enseguida echó a correr y cuando llegó a un barrio
hueco de las manos y se frotó los dedos tratando de
desierto se sacó del pecho la lámpara y la frotó. El genio
reanimarse. Al hacerlo, frotó su anillo.
siempre obedecía a quien tuviera la lámpara en sus manos.

¡AQUÍ TIENES A TU ESCLAVO!


¡SOY EL SERVIDOR DE LA LÁMPARA
EN EL AIRE POR DONDE VUELO
Y EN LA TIERRA POR DONDE ME ARRASTRO!
¿QUÉ QUIERES?

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¡AQUÍ TIENES A TU ESCLAVO!
¡SOY EL SERVIDOR DEL ANILLO
EN LA TIERRA, EN EL AIRE Y EN EL AGUA!
¿QUÉ QUIERES?

Aladino se puso de pie y dijo:


—¡Oh, genio del anillo! ¡Trans­pór­tame a mi palacio y
déjame bajo las ventanas de mi esposa, la princesa Badrul
Budur!

Apenas hizo su pedido, Aladino se vio en medio de un


jardín magnífico.

Aquella tarde, la servidora de la princesa abrió una


ventana y dijo:
—¡Oh mi señora! ¡El amo Aladino está bajo las
ventanas del palacio!

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Badrul Budur se precipitó a la ventana y gritó: Parte 5
—¡Oh querido mío!, ¡te abriré la puerta secreta! El rescate de su amada
Aladino subió al aposento y ambos se besaron con
gran alegría. Badrul Budur contó a Aladino lo que había El hechicero llegó a la hora anunciada. Y la princesa,
ocurrido en el palacio en su ausencia. con una sonrisa, lo invitó a sentarse junto a ella y
le dijo:
—Después de transportarnos aquí, el maldito mago —¡Oh, señor! Me he convencido de que Aladino ha
ha venido cada atardecer y no ha cesado de afirmar que muerto y mis lágrimas no le darán vida. ¡Te ofrezco un
habías muerto para hacerme sufrir. brindis por nuestra amistad!
—Dime, Badrul Budur, ¿en qué sitio del palacio está
escondida la lámpara? Se dirigió a la mesa y echó el líquido en la copa de oro
—El mago la lleva en el pecho continuamente — que ofreció al mago. Él tomó la copa, se la llevó a los labios
respondió la princesa. y la vació de un trago. ¡Al instante cayó a los pies de Badrul
Budur!
Entonces Aladino se quedó a solas, frotó el anillo y dijo
al genio: Aladino salió de su escondite, se precipitó sobre el
—¡Te ordeno que me traigas un frasco con líquidos mago y le sacó del pecho la lámpara. Corrió hacia una
que adormezcan al mago! alcoba solitaria y frotó la lámpara.

Luego, Aladino llamó a su esposa y tramaron qué


hacer. La princesa mandó a sus mujeres que la peinaran y
se vistió con su traje más hermoso. Más bella que nunca,
esperó la llegada del mago.
¡AQUÍ TIENES A TU ESCLAVO!
¡SOY EL SERVIDOR DE LA LÁMPARA
EN EL AIRE POR DONDE VUELO
Y EN LA TIERRA POR DONDE ME ARRASTRO!
¿QUÉ QUIERES?

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—¡Oh genio de la lámpara! —dijo Aladino—.
Transporta este palacio, con todo lo que contiene, al
reino de la China.

Sin tardar un minuto, el palacio estuvo


nuevamente frente al palacio del sultán.
Aladino volvió a invocar al genio de la lámpara
y le ordenó que se llevara el cuerpo del mago y
lo arrojara al mar.

—¡Oh Badrul Budur! —dijo a su esposa—,


¡demos gracias a Alá que nos ha librado por
siempre de nuestro enemigo!

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Los jóvenes se arrojaron uno en
brazos del otro y desde entonces
vivieron una vida feliz. Tuvieron dos hijos
hermosos como lunas. De nada careció
su dicha hasta la llegada inevitable de
la separadora de amigos, la muerte.

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DIRECCIÓN
GENERAL DE
CULTURA Y
ALADINO
Y LA LÁMPARA MARAVILLOSA
EDUCACIÓN

Cuento oriental
Ilustraciones de Leicia Gotlibowski

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