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Frag de Facundo

El gaucho argentino valora la destreza física y el valor, utilizando su cuchillo como un símbolo de honor y un instrumento de combate que raramente busca la muerte de su oponente. Facundo Quiroga es retratado como un hombre de genio y naturaleza indomable, que desprecia las leyes y busca el terror como medio de control social. En un episodio trágico, Quiroga y su grupo son emboscados, resultando en una masacre que culmina con la muerte de un niño, dejando a su atacante con un remordimiento persistente.

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Frag de Facundo

El gaucho argentino valora la destreza física y el valor, utilizando su cuchillo como un símbolo de honor y un instrumento de combate que raramente busca la muerte de su oponente. Facundo Quiroga es retratado como un hombre de genio y naturaleza indomable, que desprecia las leyes y busca el terror como medio de control social. En un episodio trágico, Quiroga y su grupo son emboscados, resultando en una masacre que culmina con la muerte de un niño, dejando a su atacante con un remordimiento persistente.

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CAPÍTULO III (fragmento)

El gaucho estima, sobre todas las cosas, las fuerzas físicas, la destreza en el
manejo del caballo, y, además, el valor. (...)
El gaucho anda armado del cuchillo que ha heredado de los españoles:
esta peculiaridad de la Península, este grito característico de Zaragoza (16):
¡guerra a cuchillo!, es aquí más real que en España El cuchillo, a más de un
arma, es un instrumento que le sirve para todas sus ocupaciones: no
puede vivir sin él; es como la trompa del elefante, su brazo, su mano, su
dedo, su todo. El gaucho, a la par de jinete, hace alarde de valiente, y el
cuchillo brilla a cada momento, describiendo círculos en el aire, a la
menor, provocación, sin provocación alguna, sin otro interés que medirse
con un desconocido; juega a las puñaladas, como jugaría a los dados. Tan
profundamente entran estos hábitos pendencieros en la vida íntima del
gaucho argentino, que las costumbres han creado sentimientos de honor y
una esgrima que garantiza la vida. El hombre de la plebe de los demás
países toma el cuchillo para matar, y mata; el gaucho argentino lo
desenvaina para pelear, y hiere solamente. Es preciso que esté muy
borracho, es preciso que tenga instintos verdaderamente malos, o
rencores muy profundos, para que atente contra la vida de su adversario.
Su objetivo sólo es marcarlo, darle una tajada en la cara, dejarle una señal
indeleble (17). Así se ve a estos gauchos llenos de cicatrices, que rara vez
son profundas. La riña, pues, se traba por brillar, por la gloria del
vencimiento, por amor a la reputación. Ancho círculo se forma en torno de
los combatientes, y los ojos siguen con pasión y avidez el centelleo de los
puñales, que no cesan de agitarse un momento. Cuando la sangre corre a
torrentes; los espectadores se creen obligados, en conciencia, a
separarlos.
Si sucede alguna desgracia (18), las simpatías están por el que se
desgració: el mejor caballo le sirve para salvarse a parajes lejanos y allí lo
acoge el respeto o la compasión. Si la justicia le da alcance, no es raro que
haga frente, si corre a la partida, adquiere un renombre, desde entonces,
que se dilata sobre una ancha circunferencia. Transcurre el tiempo, el juez
ha sido mudado, y ya puede presentarse de nuevo en su pago, sin que se
proceda a ulteriores persecuciones; está absuelto. Matar es una desgracia,
a menos que el hecho se repita tantas veces, que inspire horror el
contacto del asesino.
CAPÍTULO V (fragmento)

Toda la vida pública de Quiroga me parece resumida en estos datos. Veo en


ellos el hombre grande, el hombre de genio, a su pesar, sin saberlo él, el César,
el Tamerlán, el Mahoma. Ha nacido así, y no es cuIpa suya; descenderá en las
escalas sociales para mandar, para dominar, para combatir el poder de la
ciudad, la partida de la policía. Si le ofrecen una plaza en los ejércitos la
desdeñará, porque no tiene paciencia para aguardar los ascensos; porque hay
mucha sujeción, muchas trabas puestas a la independencia individual, hay
generales que pesan sobre él, hay una casaca que oprime el cuerpo, y una
táctica que regla los pasos; ¡todo esto es insufrible! La vida de a caballo, la vida
de emociones fuertes, han acerado su espíritu y endurecido su corazón; tiene
odio invencible, instintivo, contra las leyes que lo han perseguido, contra los
jueces que lo han condenado, contra toda esa sociedad y esa organización a
que se ha sustraído desde la infancia y que lo mira con prevención y
menosprecio. Aquí se eslabona insensiblemente el lema de este capítulo: "Es
el hombre de la Naturaleza que no ha aprendido aún a contener o a disfrazar
sus pasiones, que las muestra en toda su energía, entregándose a toda su
impetuosidad. Este es el carácter original del género humano"; y así se
muestra en las campañas pastoras de la República Argentina. Facundo es un
tipo de la barbarie primitiva: no conoció sujeción de ningún género; su cólera
era la de las fieras: la melena de sus renegridos y ensortijados cabellos caía
sobre su frente y sus ojos en guedejas como las serpientes de la cabeza de
Medusa; su voz se enronquecía, y sus miradas se convertían en puñaladas.
Dominado por la cólera, mataba a patadas, estrellándole los sesos a N. por una
disputa de juego; arrancaba ambas orejas a su querida porque le pedía, una
vez, 30 pesos para celebrar un matrimonio consentido por él; y abría a su hijo
Juan la cabeza de un hachazo, porque no había forma de hacerlo callar; daba
de bofetadas, en Tucumán, a una linda señorita a quien ni seducir ni forzar
podía. En todos sus actos mostrábase el hombre bestia aún, sin ser por eso
estúpido y sin carecer de elevación de miras. Incapaz de hacerse admirar o
estimar, gustaba de ser temido; pero este gusto era exclusivo, dominante,
hasta el punto de arreglar todas las acciones de su vida a producir el terror en
torno suyo, sobre los pueblos como sobre los soldados, sobre la víctima que
iba a ser ejecutada, como sobre su mujer y sus hijos. En la incapacidad de
manejar los resortes del gobierno civil, ponía el terror como expediente para
suplir el patriotismo y la abnegación; ignorante, rodeábase de misterios y
haciéndose impenetrable, valiéndose de una sagacidad natural, una capacidad
de observación no común de la credulidad del vulgo, fingía una presciencia de
los acontecimientos que le daba prestigio y reputación entre las gentes
vulgares.
CAPÍTULO XIII: BARRANCA YACO (fragmento)

El doctor Ortiz hace un último esfuerzo por salvar su vida y la del compañero;
despierta a Quiroga, y le instruye de los pavorosos detalles que acaba de
adquirir, significándole que él no le acompaña, si se obstina en hacerse matar
inútilmente. Facundo, con gesto airado y palabras groseramente enérgicas, le
hace entender que hay mayor peligro en contrariarlo allí, que el que le aguarda
en Barranca Yaco, y fuerza es someterse sin más réplica. Quiroga manda a su
asistente, que es un valiente negro, a que limpie algunas armas de fuego que
vienen en la galera y las cargue: a esto se reducen todas sus precauciones.
Llega el día, por fin, y la galera se pone en camino. Acompáñale, a más del
postillón que va en el tiro, el niño aquel, dos correos que se han reunido por
casualidad y el negro, que va a caballo. Llega al punto fatal, y dos descargas
traspasan la galera por ambos lados, pero sin herir a nadie; los soldados se
echan sobre ella con los sables desnudos, y en un momento inutilizan los
caballos y descuartizan al postillón, correos y asistente. Quiroga entonces
asoma la cabeza, y hace, por el momento, vacilar a aquella turba. Pregunta por
el comandante de la partida, le manda acercarse, y a la cuestión de Quiroga
"¿Qué significa esto?", recibe por toda contestación un balazo en un ojo, que le
deja muerto. Entonces Santos Pérez atraviesa repetidas veces con su espada
al malaventurado ministro y manda, concluida la ejecución, tirar hacia el
bosque la galera llena de cadáveres, con los caballos hechos pedazos, y el
postillón, que con la cabeza abierta se mantiene aún a caballo. "¿Qué
muchacho es éste? — pregunta, viendo al niño de posta, único que queda vivo
—. — Este es un sobrino mío — contesta el sargento de la partida —; yo
respondo de él con mi vida." Santos Pérez se acerca al sargento, le atraviesa
el corazón de un balazo, y en seguida, desmontándose, toma de un brazo al
niño, lo tiende en el suelo y lo degüella, a pesar de sus gemidos de niño que se
ve amenazado de un peligro. Este último gemido del niño es sin embargo, el
único suplicio que martiriza a Santos Pérez; después, huyendo de las partidas
que lo persiguen, oculto en las breñas de las rocas, o en los bosques
enmarañados, el viento le trae al oído el gemido lastimero del niño. Si a la
vacilante claridad de las estrellas se aventura a salir de su guarida, sus miradas
inquietas se hunden en la oscuridad de los árboles sombríos, para cerciorarse
de que no se divisa en ninguna parte el bultito blanquecino del niño; y cuando
llega al lugar donde hacen encrucijada dos caminos lo arredra ver venir por el
que él deja, al niño animando su caballo (19).
Facundo decía también que un solo remordimiento lo aquejaba: ¡la muerte de
los veintiséis oficiales fusilados en Mendoza!

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