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Esau

Un alumno es llamado a la dirección de su escuela, donde la directora intenta entender las razones detrás de su bajo rendimiento académico. A medida que la conversación avanza, se produce un momento inesperado de conexión entre ambos, culminando en un beso que deja al alumno en un estado de confusión. La narrativa explora la lucha del joven con su entorno escolar y sus emociones, contrastando la autoridad de la directora con su propia experiencia de aislamiento y descontento.

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Esau Araujo
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Un alumno es llamado a la dirección de su escuela, donde la directora intenta entender las razones detrás de su bajo rendimiento académico. A medida que la conversación avanza, se produce un momento inesperado de conexión entre ambos, culminando en un beso que deja al alumno en un estado de confusión. La narrativa explora la lucha del joven con su entorno escolar y sus emociones, contrastando la autoridad de la directora con su propia experiencia de aislamiento y descontento.

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Un alumno

No era la primera vez que sucedía, no me sorprendió cuando la directora apareció en la puerta del salón,
solicitando al profesor en turno mi presencia en la dirección, escuché mi nombre y la requisa para
abandonar la clase... cosas más importantes me esperaban.

Ahí estaba ella, parada en el umbral, medio cuerpo amable esperando que saliera, medio cuerpo
impaciente por impartir un repetido sermón.

Con calma y dirigiendo la mirada a nadie, coloque el bolígrafo en medio de la libreta, borré cualquier
indicio de nerviosismo al cerrarla, me levanté del pupitre con muchísimo cuidado, en cada paso se dibujó
con claridad el suelo, intenté no pisar una sola línea de las uniones del piso, lograrlo me habría hecho ver
ridículo.

-¿Tienes algún problema?, ¿Te drogas?, ¿Tus padres pelean mucho?, ¿Estás enamorado de alguna
compañera? ¿Te masturbas?

Alguna o todas esas y otras preguntas seguro escucharía, con una sola palabra o silencio respondería.

Me encontraba cursando segundo semestre de preparatoria, odiaba esa escuela. Malditas amigas de mi
madre y sus recomendaciones bien intencionadas.

-Deberías meter a tu hijo a la preparatoria General Azueta; es buenísima, los grupos son reducidos, la
atención personalizada, mucha disciplina, la colegiatura es barata y no está lejos de tu casa.

Yo quería continuar cerca de mis antiguos amigos de secundaria. Aborrecía mis actuales compañeros y
sus tontas bromas, el uniforme era feo y cualquiera tenía autoridad para obligarte a portar la camisa
dentro del pantalón, inclusive cuando usábamos bermudas para deportes.

La ignorancia es menos importante que: las camisas mal fajadas, los zapatos sucios, cabellos desaliñados,
portes jorobados y rostros maquillados.

– !Esos pelos! parece que les explotó el boiler. Señorita: ¿dónde es la fiesta?, ¿usted va de payaso?. ¡Pero
qué falsa seriedad! parecen creyentes después de comer la hostia, quién no los conoce que les crea. A
muchos maestros les encantaba el regaño broma.

La directora no solo se molestaba en atender las causas de mis bajas calificaciones, también le
preocupaba a sobre manera mis precarias habilidades sociales. Aun no comprendo, porque no me
gustaba me vieran comer ¿?. Durante el receso me sentaba en una jardinera a la orilla de la escuela,
mirando a lo lejos pasaba los escasos 30 minutos dando la espalda a todo.

... Camine a la dirección detrás de ella, ¿qué me dirá esta ocasión?, estar calmado es lo mejor. Entramos
a su oficina, me ofreció tomar asiento, puso su mano derecha sobre el escritorio, la deslizó sobre la orilla
hasta que llegó a su silla. Se sentó, cruzó los dedos, respiró profundo, comenzó su discurso. -Hablemos,
¿qué es lo que te pasa? esto, no es un regaño, entiendo que todos tenemos un mal día, pero no excusa
tener mal desempeño. Me levanté tarde, se echó a perder la leche y se la puse al último plato de cereal,
se acabó el gas y no me bañe, mi uniforme no se secó. A cualquiera le pasa, sin embargo no justifica
tener malas calificaciones. Por ejemplo, hoy me corte mientras me depilaba las piernas, las medias me
han molestado todo el día y aquí estoy, cumpliendo mis obligaciones, haciendo bien mi trabajo.

Se levantó de la silla, de nuevo con su mano recorrió del escritorio la orilla, se detuvo a mi lado
izquierdo, levantó un poco su falda gris y bajó la pantimedia rosa humo de su pierna derecha, me mostró
la herida que se había hecho por la mañana, era una cortada fina de unos 2 centímetros hecha en
horizontal, estaba pintada por una delgada línea roja de sangre coagulada.

Presa de una extraña hipnosis mi dedo índice llegó a su delicada herida, recorrí la línea roja tratando de
no tocar su piel, mi mano actuó ajena a mi conciencia, fue un contacto tenue, casi inexistente, sentí
electricidad.

La directora caminó a la puerta, me miró a los ojos y giró el seguro, el sonido seco hizo eco en el
reducido espacio. Ahora estamos solos dijo, se acercó. La sangre de mi cuerpo era una marea, sentía
oleadas de calor frío, llevó su rostro hacia el mío y me dió un fugaz beso que dibujó en mis labios algo
extrañamente fresco, esa sensación me abstrajo de todo, me succionó de la fantasía.

Perdí la vista, no podía ver nada, todo era blanco intenté mirar mis manos pero no pude, me desesperé
tratando de ver, ¡estaba ciego!. Con mucho trabajo y después de intentarlo demasiado abrí los ojos. El
sol pegaba en mi rostro.

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