A los 150 años
de un gran invento
Breve historia de la tarjeta postal
Francisco Montellano
¿ Qué es una tarjeta postal?, pregunta Ado Kyrou en su libro L’Age
d’or de la carte postale.1 Es una tarjeta con un lado destinado a la
correspondencia y el otro ilustrado. Ésa es la definición clásica, pero
si rastreamos la historia de este objeto veremos que es una defini-
ción muy simple. Kyrou hace un recorrido por la historia de la tarjeta,
que algunos remontan al siglo x en Oriente. En efecto, desde tiem-
pos remotos, la gente intercambiaba tarjetas grabadas, y frecuen-
temente con algo escrito, que circulaban abiertas a la vista de todo
el mundo. Esto sucedió también con las carte de visite, pero éstas
eran iniciativas personales, reproducidas en número reducido y que
nunca alcanzaron una difusión equivalente a la de la tarjeta postal.
Es bien sabido que la primera postal surgió en el contexto de la gue-
rra franco-prusiana. Pero existen algunos antecedentes interesantes
de recordar. Corría el fin de la década de 1860 cuando en Europa
surgió la idea de crear un nuevo medio de comunicación postal más
ágil y económico. A pesar de que existieron objetos similares a la
tarjeta postal,2 en términos estrictos, no constituyen un referente de
ésta; no obstante, algunos coleccionistas o expertos en el tema los
distinguen como un antecedente.3
Son reconocidos como creadores de la postal los doctores Heinrich
von Stephan y Emanuel Herrmann. Cuando era secretario de Esta-
do de Correos del Imperio alemán, Von Stephan propuso la creación
de un formato postal libre de formalidades, sin la complejidad que
6 Alquimia
Un entierro. El cadáver a la puerta de la iglesia, México, ca. 1910, colección particular.
Alquimia 7
Organillero, México, ca. 1910, colección particular.
8 Alquimia
Bautizos socialistas, Comapa, Veracruz, 1930, colección particular.
implicaba redactar una carta, y que facilitara el contacto entre la
gente de su tiempo, poco instruida en general, que necesitaba for-
mas rápidas y cómodas de comunicación. Estableció también que
dicho formato no debería ser mayor al tamaño de un sobre y que en
él se pudiera escribir un breve mensaje en uno de sus lados, reser-
vando el otro para la dirección del destinatario; asimismo, debería
incluir un timbre ya impreso con el valor correspondiente. Sin la ne-
cesidad de un sobre, se convertiría en un sistema de comunicación
al descubierto.4
La propuesta se puso en marcha hasta 1868, cuando se organizó
la Confederación de Estados Germánicos del Norte y Von Stephan
fue nombrado director general de Correos y consejero superior de
Correos de Prusia. Entretanto, en 1869, Emanuel Herrmann publi-
có en Viena un estudio sobre el sistema postal austriaco, en el que
consideraba el alto costo del sistema postal tradicional y concluía
que un formato como la tarjeta postal disminuiría los costos del ser-
vicio a casi la mitad del precio regular.
Alquimia 9
Las autoridades pertinentes consideraron la propuesta, y nueve
meses después, el 1º de octubre de 1869, se puso a la venta la pri-
mera tarjeta postal que, a pesar de haber estado restringida al uso
exclusivo e interno del Imperio, causó gran furor y en el primer año
de su existencia circularon millones de copias.
En la Confederación Alemana del Norte la postal apareció el 6 de
junio de 1870, su precio fue muy similar al de una carta ordinaria y
carecía de timbres impresos. A partir de ahí su uso se diversificó,
y para finales de la década de 1870 se encontraba en circulación
en la mayor parte del continente europeo. Canadá, en 1871, fue el
primer país en adoptarla fuera de esa región.5
Hacia 1875 las tarjetas comenzaron a circular por el mundo gracias
a la creación de la Unión General de Correos, en Berna, Suiza, que
fue suscrita por 22 países. Su meta principal fue crear un territorio
postal homogéneo para el intercambio de correspondencia interna-
cional. A partir de entonces el correo quedó dividido en tres estructu-
ras básicas: cartas ordinarias, tarjetas postales y papeles impresos.
En 1878, la Unión General de Correos adoptó el nombre de Unión
Postal Universal. Un año después legalizó un nuevo convenio entre
33 países, se fijó una tarifa única para el correo entre los miembros,
así como el empleo de dos lenguas —la del país de origen y el fran-
cés— en los títulos impresos de todo material de correspondencia.
Cabe mencionar que los primeros ejemplos de postales ilustradas
aparecieron en Europa y en los Estados Unidos en 1872, gracias a
la concesión de producción a particulares. En ese momento la pos-
tal, conforme a la autoría de fotografías y dibujos impresos en ella,
se transformó en una herramienta de la memoria, en un documen-
to historiográfico.
México se incorporó a los tratados en 1879 y ratificó lo acordado en
la junta de la Unión Postal Universal. Gabino Barreda, ministro ple-
nipotenciario en Alemania, fue nombrado delegado y firmó los con-
venios correspondientes con los 33 países miembros. Ya en 1882
la primera tarjeta postal estaba circulando por el país. Se trataba de
un cartón rígido de forma rectangular de aproximadamente 140 × 90
milímetros, con perfecta tipografía en color azul, decorado con finos
arabescos; el valor de los timbres impresos era de un centavo cada
uno y ambos llevaban la efigie de don Benito Juárez en el centro. En
letras mayúsculas se podían leer las iniciales eum (Estados Unidos
10 Alquimia
Hugo Brehme, Neveros, Toluca, ca. 1920, colección particular.
Alquimia 11
R. M. Mateos, Estadio, Jalapa, Veracruz, ca. 1930, colección particular.
Mexicanos) atravesadas por una banda, donde aparecía la leyenda
“Tarjeta Postal” con su traducción al francés, carte postale. Durante
los siguientes 20 años, las tarjetas postales oficiales circularon por
todo México, Estados Unidos y Canadá, utilizando un sistema muy
funcional en el que el pago incluía la contestación del mensaje.
Debido al éxito de las tarjetas mexicanas en Estados Unidos y Eu-
ropa, la dirección postal encomendó en 1897 a la casa Ruhland &
Ahlschier, ubicada en los bajos del Casino Español, la elaboración
de una serie con vistas fotográficas de la Catedral Metropolita-
na y de Chapultepec en impresión litográfica.6 Se trataba de una
edición de distribución limitada que, en realidad, nunca estuvo en
circulación. Sin embargo, a partir de ese momento, se sentaron las
bases para la producción privada de tarjetas postales mexicanas,
lo cual diversificó sus usos y enriqueció sus contenidos iconográ-
ficos.
Esta privatización supuso el florecimiento de varias casas impreso-
ras, así como de varios fotógrafos y artistas que trabajaron en las
imágenes de las tarjetas. Éste es el caso de fotógrafos como Char-
les B. Waite, Alfred Briquet y Guillermo Kahlo, o de editores como
Félix Miret, Latapi & Bert, La Sonora Co., Ruhland & Ahlscher, J. H.
Hatton, Casa Osuna, Osuna y Cía., Buznego y León, entre otros,
que alternativamente comisionaban o compraban colecciones fo-
tográficas para reproducir en este formato viajero. A ellos debemos
la posibilidad de admirar ahora estos testimonios, ya que, si bien es
12 Alquimia
cierto que la fotografía llegó a desempeñar esa función con bastante
anterioridad, su uso estaba confinado a la privacidad de quien las
fabricaba. Al mismo tiempo y gracias a su constante producción,
podemos contar con el hecho de que también estarán, durante un
buen tiempo aún, documentando nuestro devenir, resguardándolo
para tiempos futuros, en los que nosotros mismos formaremos par-
te de los anales de la historia.
La foto postal: de los pioneros
hasta los años treinta
A partir de 1903 el universo de las tarjetas y la fotografía gozó de un
avance: la foto postal. La empresa Kodak introdujo en el mercado
la Folding Pocket Kodak. Estas cámaras estaban diseñadas para el
tamaño de tarjeta postal (3½ × 5½ pulgadas) y se hicieron los so-
portes adecuados para imprimir este formato. En México fueron muy
populares los reversos Artura, Velox, Azo y Kodak en sus dos pre-
sentaciones, de acuerdo con las reglas de la Unión Postal Universal.7
Con la aparición de esta novedad, la creación de la foto postal (o
rrpc por sus siglas en inglés) se multiplicó; no había necesidad de
recurrir a las imprentas, y los temas testimoniales tuvieron gran éxi-
to. Además, esta innovación produjo una apertura impresionante de
la técnica fotográfica; ya no era necesario ser fotógrafo (como su-
cede hoy en día con la cámara digital) y cualquiera con una cáma-
ra tenía la posibilidad de fotografiar la boda, el bautizo, la reunión
familiar, su casa, un viaje en coche. En fin, gracias a la facilidad de
realizar una toma, la tarjeta postal logró insertarse en todas las fa-
milias mexicanas de clase media y alta.
Ahora bien, otra cosa fueron los fotógrafos profesionales —como
Hugo Brehme, Alfred Briquet, Yáñez, Sabino Osuna, José M. Lu-
percio— y las grandes empresas de fotografía, entre las cuales
son destacables la Compañía Industrial Fotográfica (cif) y México
Fotográfico (mf), de Demetrio Sánchez Ortega,8 que contrataban fo-
tógrafos profesionales, y gracias a ellos barrieron el país. También
resulta ilustrativo mencionar a algunos de los fotógrafos regionales
que se encontraban entre sus filas, por ejemplo, Juan D. Vasallo,
J. J. Pintos, Valdez, Navarro, quienes fueron, verdaderamente, ex-
traordinarios en su trabajo.
Alquimia 13
Sabino Osuna, Vendedores de canastas, Oaxaca, ca. 1910, colección particular.
14 Alquimia
Alquimia 15
J. J. Pintos, Tigre marino o tiburón ballena, Acapulco, Guerrero, ca. 1930, colección particular.
Espino Barros, El Chairel, Tampico, ca. 1935, colección particular.
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Dos acontecimientos consecutivos provocaron una explosión de la
foto postal en México: el centenario de la Independencia, en 1910,
y la Revolución mexicana. En los días del ocaso del gobierno de
Porfirio Díaz, la conmemoración del centenario de la Independencia
de México fue un evento a contracorriente de lo que se venía. Los
desfiles históricos —los de los comercios fueron relumbrantes—,
con carros alegóricos, tropas españolas y nativas; las inauguracio-
nes de obras de interés público y los banquetes, muchos de ellos,
fueron registrados por decenas de fotógrafos, entre ellos Kososki,
García, Brehme y Casasola. Muchas postales anónimas reproduje-
ron esas celebraciones.
Diez meses después, en mayo de 1911, el clima social cambió.
Francisco I. Madero iba a la alza en la simpatía de la gente, y Porfi-
rio Díaz partía al exilio. Una convulsión estaba a punto de estallar en
el país. En febrero de 1913 el complot de la Embajada de Estados
Unidos junto a militares poco escrupulosos derribaron al presiden-
te Madero, en lo que se conoce como la Decena Trágica. La gue-
rra civil, para ese entonces ubicada en la ciudad de México, atrajo
a multitud de fotógrafos y cineastas para cubrir el suceso. El caos
fue tan grande que, a 10 días del golpe, las postales publicadas y
comercializadas se contradecían de manera tan evidente que algu-
nos fotógrafos adjudicaron imágenes idénticas a diferente bando.
Muerto Madero y consumado el golpe militar, los gobernadores y
líderes populares desconocieron el gobierno golpista de Victoria-
no Huerta y se inició un largo pesar que sacudió todo el país. La
Revolución mexicana tuvo más fotógrafos que disparos. Walter P.
Hadsell, Hugo Brehme —asentados en México años antes del con-
flicto—, Walter H. Horne —quien hizo fortuna con sus imágenes—9
y compañías como Kavanaugh concentraron su atención en la fron-
tera de México en los años del maderismo revolucionario y durante
la expedición punitiva contra Francisco Villa.
Los fotógrafos (Flores Pérez, José Mendoza, Casasola, Osuna) y
editores (Miret) mexicanos se prodigaron con el conflicto bélico.
Miles de fotos postales dieron testimonio de la conflagración. Des-
de la llamada casa presidencial de Madero en Ciudad Juárez y la
entrada a la ciudad de México de Madero, Zapata, Villa y Carranza,
hasta la Convención de Aguascalientes y las jornadas de Consti-
tucionalistas en 1917 fueron hechos históricos plasmados en las
tarjetas postales.
Alquimia 17
Recuerdo del centenario, “El Gran Lente”, Chihuahua, 1910, colección particular.
Félix Miret, Fiestas del primer centenario de la Independencia. Gran desfile histórico.
Doña Marina (Malitnzin) y su corte de indias nobles, México, 15 de septiembre de 1910, colección particular.
18 Alquimia
Manuel Ramos, Decéna Trágica. Muertos frente al Palacio Nacional, México, 1913, colección particular.
Fernando Kososki, Los sucesos políticos en México, D. F. Manifestaciones de los días 24 y 25 de mayo de 1911, México, 1911, colección particular.
Alquimia 19
Durante la década de 1920, en pleno proceso de reconstrucción
posrevolucionaria, los intereses del gobierno por mostrar el renaci-
miento del país tuvieron en los fotógrafos un gran apoyo. Los feste-
jos del centenario de la consumación de la Independencia, en 1921,
mostraban una normalidad social que probablemente no existía.
Como fuera, esos años parecían promisorios.
El coleccionismo10
Coleccionar desde preciosas obras de arte hasta autógrafos de celebridades; desde
raros minerales hasta flores campesinas disecadas entre las páginas del herbario, es
interesarse en la cultura humana, arte o ciencia,
de la manera más fácil y cautivadora.
Porque el coleccionador no busca sólo el goce de la posesión, sino persigue también
el estímulo de la misteriosa aventura… De lo contrario, bastaría ser rico; pero al
comprar en bloque y de una vez, se sacrificarían todos los placeres sucesivos
y diseminados en el tiempo que la palabra “colección” implica.
José Juan Tablada, Nueva York, febrero de 1931
Fue hasta finales del siglo xix cuando la tarjeta postal, como la cono-
cemos ahora, conquistó una gran difusión en el mundo entero. A par-
tir de entonces surgieron los coleccionistas y cartófilos y, con ellos,
las revistas especializadas, las sociedades y los clubes. En 1899
se creó la primera asociación de intercambio: el Poste-Card Club,
círculo francés de coleccionistas promovido por Émile Strauss.11
Los temas que ilustraban las tarjetas se multiplicaron y para 1900,
año que señala el inicio de su época de oro, el coleccionismo se
volvió muy popular. Esto es fácilmente corroborable por la canti-
dad de tarjetas postales que llevan un texto alusivo a esta práctica.
“¿Le agrada a usted esta postal? Si tiene Ud. gusto en ella, le enviaré
también algunas otras de costumbres y tipos de las razas indígenas
de este país.” “¿Desearía Ud. cambiar postales de lugares y monu-
mentos históricos de España conmigo?” “¡Ya conseguí tarjetas a su
gusto!” Éstos son algunos mensajes que se encuentran en un sin-
número de postales que, además, no tienen timbres ni franqueo, por
lo que seguramente se mandaron por correo en un paquete cerrado
20 Alquimia
H. J. Gutiérrez, Manifestación al popular candidato Francisco I. Madero, México, 1911, colección particular.
para el coleccionista y numeradas por el remitente para indicar
cuántas postales enviaba. El Mundo Ilustrado reseñaba este auge:
Hoy en día la tarjeta postal se divide en dos clases: existe la
tarjeta simple, la primitiva, la que sigue sirviendo como me-
dio de correspondencia barata y cada día más aceptada;
y junto a esa pobre plebeya ha surgido la tarjeta artística,
la aristocrática, que más señaladamente se emplea para
formar colecciones.
Al principio fueron los paisajes, las vistas regionales, los
edificios públicos lo que sirvió de tema para los grabados
de las tarjetas postales; pero más tarde el repertorio fue
ensanchándose y en nuestros días las tarjetas postales
ostentan los más variados asuntos: retratos de personajes,
retratos de mujeres, reproducciones de cuadros, historietas
gráficas por series, etc.
Alquimia 21
Guillén, Capitán José D. González, coronel Francisco Reynosa. 10 minutos antes de fusilarlos, Mazatlán, 1914, colección particular.
22 Alquimia
Alquimia 23
La manía de los coleccionistas ha recibido gran incremento
merced a la adopción de la nueva tarjeta postal, y las sec-
ciones de anuncios en los diarios europeos y americanos
se ven henchidas de demandas de coleccionadores que
desean entablar relaciones de cambio con sus congéneres.
[…]
¡Quién sabe qué modificaciones experimente todavía en lo
sucesivo la tarjeta postal!… Mas, de todos modos, su impe-
rio está asegurado.12
En muchos países, los comerciantes de postales encontraron gran
ayuda para el fomento de la cartofilia en las asociaciones de colec-
cionistas que se habían fundado desde fines del siglo xix. En Mé-
xico, esta práctica se llevó a cabo mediante el trueque individual:
los coleccionistas intercambiaban las vistas de su gusto por medio
del correo.
El coleccionista de postales es, mucho más que en otras especia-
lidades, un acaparador de nostalgias, un modesto historiador del
pasado reciente, un creador de ilusiones capaz de interesarse en
personas que nunca conoció y de las que nada sabe. En muchos
casos, una colección de postales constituye un acervo gráfico in-
sustituible, pues recoge lugares de los que ya no existen fotografías
de la época. Testimonio de grandes y pequeños acontecimientos, de
hechos diversos de la vida cotidiana, una tarjeta postal contiene
también otra información que se descubre con la observación me-
ticulosa de los elementos que, variopintos en su origen, coinciden
en este frágil objeto: un timbre o varios, un matasellos, un destinata-
rio y un remitente, una calle y un país, un mensaje y una firma, todo
confluye en un pequeño cartón de 14 × 9 cm.13
Francisco Montellano es historiador, especialista en cartofilia. Entre sus obras
se encuentran Antonio L. Cosmes de Cossío: un precusor del fotorreportaje y C.B. Waite, fo-
tógrafo: una mirada diversa sobre el México de principios del siglo xx.
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Alfred Briquet, Garita de la Viga, México, ca. 1890, colección particular.
Vasallo, Estación del F. C. Mexicano, Orizaba, ca. 1910, colección particular.
Alquimia 25
1 Ado Kyrou, L’Âge d’or de la carte postale (París: André Balland et Le Terrain, 1966).
Adonis Kyrou (1923-1985) fue un cineasta y escritor griego, entre otras obras autor
de Le surréalisme au cinéma, Immalie et l’homme en noir.
2 Se trata de tarjetas de visita y de presentación, sobres impresos o decorados a mano,
tarjetas comerciales ilustradas, material fotográfico como ferrotipos con mensajes
escritos, entre otros. Durante el siglo xviii llegaron incluso a circular, a través de los
servicios postales europeos, imágenes con mensajes escritos; sin embargo, la con-
solidación de la tarjeta postal como medio oficial ocurrió después de la primera mi-
tad del siglo xix. Isabel Fernández de Tejedo, Recuerdo de México, la tarjeta postal
mexicana 1882-1930 (México: Banco Nacional de Obras y Servicios Públicos S. N. C.,
1994), p. 17.
3 A propósito de objetos anteriores a la tarjeta postal y similares a ésta, véase Paul
Charbon, “La carte postale a 100 ans”, Revue P. T. T. de France, núm. 2 (1972).
4 Fernández de Tejedo, Recuerdo de México, la tarjeta postal mexicana 1882-1930,
17.
5 Le agradezco mucho a Alejandro Pérez Tamayo por su apoyo en esta investigación.
6 En las ediciones de Ruhland & Ahlschier destaca la participación de la fotógrafa
alemana Caecilie Seler-Sachs, quien, en compañía de su esposo Eduard George
Seler, recorrió buena parte del sureste mexicano.
7 Antes de 1907 sólo se podía escribir un mensaje en el frente y la dirección del des-
tinatario en el reverso. A partir de esa fecha, los reversos fueron divididos como los
conocemos hoy en día.
8 Mayra N. Uribe Eguiluz, “La compañía México Fotográfico en la política de turismo
nacional de los años veinte”, Alquimia 14, núm. 42 (mayo-agosto de 2011): 22-28.
9 Paul J. Vanderwood y Frank N. Samponaro, Los rostros de la batalla (México: Grijalbo,
1993).
10 Mi agradecimiento a mi amiga Susan Frost, quien me aproximó hace ya más de 30
años al mundo del coleccionismo de postales.
11 La colección de Paul Eluard, la reina Victoria y Eduard Fuchs son de las más gran-
des de fines del siglo xix y principios del xx.
12 S. A., “Tarjetas postales”, El Mundo Ilustrado X, t. II, núm. 1, 5 de julio, 1903, 6-7.
13 Francisco Montellano, Charles B. Waite. La época de oro de las postales en México
(México: Conaculta, 1998).
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