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El Extraño Caso de Benjamin Button

El relato narra la experiencia de un joven soldado en Tarleton, donde se enamora de Ailie Calhoun, una de las pocas mujeres en el lugar. A medida que se desarrolla su relación, se enfrenta a la competencia de otros hombres y a la tragedia de la muerte de un aviador, lo que complica sus sentimientos. A través de sus interacciones, se exploran temas de amor, pérdida y la complejidad de las relaciones en tiempos de guerra.

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El Extraño Caso de Benjamin Button

El relato narra la experiencia de un joven soldado en Tarleton, donde se enamora de Ailie Calhoun, una de las pocas mujeres en el lugar. A medida que se desarrolla su relación, se enfrenta a la competencia de otros hombres y a la tragedia de la muerte de un aviador, lo que complica sus sentimientos. A través de sus interacciones, se exploran temas de amor, pérdida y la complejidad de las relaciones en tiempos de guerra.

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CONTENIDO:

1.- La última belleza


2.- Regreso a Babilonia
3.- El diamante tan grande como el Ritz
4.- El palacio de hielo
5.- El pirata de la costa
6.- El extraño caso de Benjamin Button
La última belleza

Después de la exquisita y teatral interpretación de los encantos del Sur que nos ofreció
Atlanta, todos menospreciábamos Tarleton. Era un poco más caluroso que cualquiera de los
sitios donde habíamos estado —una docena de reclutas se desmayó el primer día bajo el
sol de Georgia—, y cuando veías manadas de vacas desfilar por las calles del centro
arreadas por boyeros negros, la luz caliente te iba hipnotizando y querías mover una mano
o un pie para asegurarte de que seguías vivo.

Así que me quedaba en el campamento y el teniente Warren me hablaba de mujeres. Hace


ya quince años de aquello, y he olvidado qué sentía entonces, aparte de que los días
pasaban, uno tras otro, mejor que ahora, y que tenía el corazón desolado, porque en el
Norte se casaba aquélla de cuya leyenda yo había estado enamorado tres años. Había visto
recortes y fotografías de periódicos. Era una “romántica boda de guerra”, muy suntuosa y
muy triste. Sentía en carne viva la oscura luminosidad del cielo bajo el que se celebraría la
ceremonia y, como joven esnob, sentía menos dolor que envidia.

Y un día que fui a Tarleton a cortarme el pelo me encontré a un tal Bill Knowles, un antiguo
compañero de Harvard, muy simpático. Había formado parte de la división de la Guardia
Nacional que nos había precedido en el campamento; a última hora se había pasado a la
aviación y se había quedado en Tarleton.

—Me alegro de verte, Andy —dijo con excesiva seriedad—. Te pasaré toda la información
que tengo antes de irme a Texas. Sabes, en realidad aquí solo hay tres chicas…

Me interesaba el asunto: era algo místico que solo hubiese tres chicas.

—… y ahora mismo vas a conocer a una.

Estábamos frente a una heladería, y entramos y me presentó a una señora que


inmediatamente me pareció detestable.

—Las otras dos son Ailie Calhoun y Sally Carrol Happer.

Supuse, por cómo había pronunciado el nombre, que le interesaba Ailie Calhoun. Le
preocupaba lo que la chica haría cuando él se fuera: quería que llevara una vida tranquila y
aburrida.

A mi edad no me duele confesar que acudió a mi mente un tropel de imágenes


absolutamente poco caballerosas de Ailie Calhoun, nombre adorable. A los veintitrés años
no se reconocen los derechos adquiridos, por decirlo así, sobre una belleza; pero, si Bill me
lo hubiera pedido, me habría comprometido sin vacilación y con total sinceridad a cuidar de
Ailie como si fuera mi hermana. No me lo pidió: solo se quejaba de tener que irse. Tres días
después me dijo por teléfono que se iba a la mañana siguiente, que lo acompañara aquella
noche a casa de Ailie.
Nos encontramos en el hotel y fuimos dando un paseo hacia la zona residencial al calor de
un atardecer que olía a flores. Las cuatro columnas blancas de la casa de los Calhoun
miraban hacia la calle, y, protegida por las columnas, la galería era oscura como una gruta
por donde trepaba y se enredaba una parra.

Cuando cruzábamos el jardín, una chica vestida de blanco salió corriendo de la casa,
gritando:

—¡Perdón por llegar tarde! —y, al vernos, añadió—: Ay, me había parecido oíros llegar hace
diez minutos.

Calló de repente cuando crujió una silla y un hombre, un aviador del aeródromo Harry Lee,
emergió de las sombras de la galería.

—¡Canby! —exclamó la chica—. ¿Cómo estás? El aviador y Bill Knowles esperaban, tensos
como enemigos declarados.

—Canby, tengo que decirte un secreto, cariño —dijo Ailie inmediatamente—. Perdónanos,
Bill.

Se apartaron. Y unos segundos después el teniente Canby, terriblemente disgustado, dijo


con voz torva:

—Entonces lo dejamos para el jueves, pero en serio. Apenas si nos saludó con un gesto, y
se alejó por el jardín, y las espuelas, con las que presumiblemente espoleaba el avión,
brillaban a la luz de las farolas.

—Entrad. Todavía no sé cómo te llamas. Allí estaba: la mujer del Sur en toda su pureza.
Hubiera reconocido a Ailie Calhoun aunque nunca hubiese oído hablar de Ruth Draper ni
hubiese leído a Marse Chan. Poseía desenvoltura, pero esa desenvoltura dulcificada con
encanto y enérgica sencillez; un halo que sugería una historia de padres devotos, hermanos
y admiradores, que hundía sus raíces en la época heroica del Sur; la infalible
imperturbabilidad adquirida en la lucha sin fin contra el calor. Había en su voz notas que
gobernaban a esclavos y fulminaban a capitanes yankis, pero también suaves notas
mimosas que se disolvían en la noche con belleza sin igual.

Apenas si la veía en la oscuridad, pero cuando me levanté para irme —estaba claro que no
debía quedarme mucho tiempo— se paró bajo la luz naranja de la puerta. Era pequeña y
muy rubia; llevaba demasiado colorete en la cara, acentuado por una nariz empolvada de
blanco, de payaso, pero, a través del maquillaje, brillaba como una estrella.

—Cuando Bill se vaya, pasaré las noches sentada aquí, sola, noche tras noche. Quizá
puedas llevarme a las fiestas del Club de Campo —la patética profecía hizo reír a Bill—.
Espera un minuto —murmuró Ailie—. Tienes la insignia torcida.
Me arregló la insignia del cuello, mirándome a la cara un segundo con algo más que
curiosidad. Fue una mirada indagatoria, como si preguntara: “¿Serás tú?”. Como el teniente
Canby, me adentré de mala gana en la noche que, de pronto, parecía demasiado corta.

Y dos semanas más tarde estaba sentado con ella en la misma galería, o, mejor, ella
descansaba a medias entre mis brazos, aunque apenas si me tocaba: no recuerdo cómo lo
conseguía. Yo, sin éxito, estaba intentando besarla: llevaba intentándolo casi una hora.
Bromeábamos, o algo así, sobre mi poca sinceridad. Mi teoría era que, si me dejaba
besarla, me enamoraría de ella. Ailie sostenía que, estaba claro, yo no era sincero.

Durante una tregua entre dos de estas batallas me habló de su hermano, que había muerto
en Yale, en el último curso. Me enseñó la foto —era guapo, serio, con un bucle al estilo
Leyendecker— y me dijo que, cuando encontrara a alguien a la altura de su hermano, se
casaría. Aquel idealismo de familia me pareció desalentador; incluso mi descarada
confianza en mí mismo no podía competir con los muertos.

Así pasaron aquella y otras tardes, que acababan cuando volvía al campamento con el
recuerdo del aroma de las magnolias y una vaga insatisfacción. Nunca la besé. Fuimos al
vodevil y al Club de Campo los sábados por la noche, donde Ailie rara vez conseguía bailar
diez pasos seguidos con el mismo hombre, y me invitaba a barbacoas al aire libre y
ruidosas meriendas con sandía, y nunca se le ocurrió que valiera la pena cambiar por amor
lo que yo sentía por ella. Ahora me doy cuenta de que no hubiera sido difícil, pero Ailie, a
sus diecinueve años, era sabia y debió de comprender que, en lo que se refiere a los
sentimientos, éramos incompatibles. Y así me convertí en su confidente.

Hablamos de Bill Knowles. Pensaba en la posibilidad de casarse con él; porque, aunque no
quisiera admitirlo, un invierno en un colegio de Nueva York y un baile estudiantil en Yale
habían conseguido que mirara hacia el Norte. Me dijo que no creía que se casara con un
sureño. Y poco a poco me di cuenta de que era, consciente y voluntariamente, distinta de
aquellas chicas que cantaban canciones de negros y jugaban a los dados en el bar del Club
de Campo. Por eso nos atraía a Bill, a mí, a tantos. Nos resultaba familiar.

Durante junio y julio, mientras el rumor de las batallas y los terrores de Europa nos llegaba
debilitado, estéril, las miradas de Ailie revoloteaban por la pista de baile, buscando entre los
jóvenes oficiales. Conquistó a varios, eligiéndolos con infalible perspicacia —salvo en el
caso del teniente Canby, a quien aseguraba despreciar, aunque se citara con él de vez en
cuando, “porque era sincero”—, y pasamos el verano repartiéndonos sus tardes.

Un día canceló todas las citas: Bill Knowles estaba de permiso y volvía. Hablamos del
acontecimiento con científica impersonalidad. ¿La obligaría Bill a tomar una decisión? El
teniente Canby, por el contrario, no se tomó el asunto de un modo impersonal: se convirtió
en un fastidio. Le dijo que si se casaba con Knowles ascendería dos mil metros en su
aeroplano y apagaría el motor. La asustó. Tuve que cederle a Canby mi última cita con Ailie
antes de que Bill volviera.

El sábado por la noche Ailie y Bill Knowles fueron al Club de Campo. Formaban una
espléndida pareja y yo volví a sentir envidia y tristeza. Mientras bailaban en la pista, los tres
músicos de la orquesta tocaban Cuando te hayas ido de una manera imperfecta y
conmovedora que me parece estar oyendo ahora mismo, como si de cada compás brotara
un precioso minuto de aquel tiempo. Entonces me di cuenta de que le había tomado cariño
a Tarleton, y miré a mi alrededor casi temiendo descubrir que algún rostro venía a buscarme
desde la oscuridad cálida y musical de la terraza, donde se fraguaban sin cesar parejas de
organdí y verde oliva. Era una época de juventud y guerra, y nunca hubo tanto amor como
entonces.

Cuando bailaba con Ailie, me sugirió súbitamente que fuéramos al coche. Quería saber por
qué aquella noche no la sacaban a bailar. ¿Es que creían que ya se había casado?

—¿Te vas a casar?

—No lo sé, Andy. A veces, cuando Bill me trata como si fuera una diosa, me emociono
—hablaba en voz muy baja, lejana—. Y entonces…

Se echó a reír. Me rozaba con su cuerpo, tan frágil y suave, levantaba la cara hacia mí, y
allí, de pronto, con Bill Knowles a cinco metros, por fin hubiera podido besarla. Nuestros
labios se rozaban experimentalmente. Entonces un oficial de aviación apareció en la
esquina de la galería más próxima a nosotros y se asomó, dudando, a la oscuridad.

—Ailie.

—Sí.

—¿Te has enterado de lo que ha pasado esta tarde?

—¿Qué? —se inclinó hacia delante, y ya se le notaba la inquietud en la voz.

—Horace Canby se ha estrellado. Ha muerto en el acto.

Se levantó despacio y bajó del coche.

—¿Estás diciendo que se ha matado? —dijo.

—Sí. No se sabe qué ha podido fallar. El motor…

Ahhh —un murmullo ronco brotó entre las manos con las que de repente se había cubierto
la cara. La mirábamos sin poder hacer nada mientras apoyaba la cabeza en el coche,
sofocando un llanto sin lágrimas. Un instante después fui a buscar a Bill, que, entre los
hombres sin pareja, miraba a todas partes para ver por dónde andaba Ailie, y le dije que
Ailie quería volver a casa.

Me senté en los escalones de la entrada. Canby nunca me había caído simpático, pero su
muerte terrible y sin sentido me pareció más real entonces que los miles de muertos por los
que cada día doblaban las campanas en Francia. Ailie y Bill se fueron enseguida. Ailie
gimoteaba, pero, cuando me vio, se me acercó rápidamente.
—Andy… —hablaba de prisa, en voz baja—, nunca le digas a nadie lo que te conté sobre
Canby ayer por la tarde. Me refiero a lo que me había dicho.

—Claro que no.

Me miró durante un segundo muy largo, como si quisiera estar segura. Y por fin estuvo
segura. Entonces suspiró de una manera tan singular que yo no podía dar crédito a mis
oídos y enarcó las cejas en un gesto que solo podría ser descrito como una parodia de la
desesperación.

—¡Andy!

Miré al suelo, incómodo, consciente de que quería llamar mi atención sobre los efectos
desastrosos que involuntariamente causaba en los hombres.

—¡Buenas noches, Andy! —gritó Bill cuando se metían en un taxi.

—Buenas noches —dije yo, y estuve a punto de añadir—: Pobre tonto.

II

Es evidente que debería haber tomado una de esas magníficas decisiones morales que la
gente toma en los libros, y despreciarla. Pero, por el contrario, no me cabe la menor duda
de que Ailie me hubiera tenido a sus pies con solo mover un dedo.

Pocos días más tarde, lo arregló todo diciendo tristemente:

—Ya sé que piensas que fue terrible que pensara en mí misma en una situación semejante,
pero me pareció una coincidencia tan espantosa…

A los veintitrés años yo no estaba convencido de nada, excepto de que algunas personas
eran fuertes y atractivas y podían hacer lo que quisieran, y otras habían nacido para la
vergüenza, sin remedio. Yo esperaba ser de las primeras. Estaba seguro de que Ailie lo era.

Tuve que rectificar algunas de mis ideas sobre ella. En el curso de una larga discusión con
alguna chica sobre los besos —en aquellos días la gente todavía empleaba más tiempo en
hablar de los besos que en besarse—, le mencioné el hecho de que Ailie solo había besado
a dos o tres hombres, y solo cuando creía estar enamorada. Para mi mayor desconcierto la
chica, por hablar figuradamente, se cayó al suelo de risa.

—Pues es verdad —le aseguré, y en aquel mismo instante supe que no lo era—. Me lo ha
dicho ella.
—¡Ailie Calhoun! ¡Dios mío! Pero si el año pasado, en la fiesta de primavera de la Escuela
Técnica…

Eso fue en septiembre. Cualquier día podíamos embarcar hacia Europa, y para sumarse a
nuestro regimiento llegó del cuarto campamento de instrucción una nueva hornada de
oficiales. El cuarto campamento no era como los otros tres: los aspirantes a oficiales
provenían de la tropa, incluso de las divisiones de nuevos reclutas. Tenían extravagantes
apellidos sin vocales, y, excepto algunos miembros jóvenes de la Guardia Nacional, era
dudoso que hubieran recibido la menor formación. A nuestra compañía se sumó el teniente
Earl Schoen, de New Bedford, en Massachusetts. Era, físicamente, el mejor ejemplar que
he visto en mi vida. Medía un metro noventa, tenía el pelo negro, buen color y los ojos
oscuros y vivos. No era muy inteligente y era claramente un analfabeto, pero era un buen
oficial, con firmeza y dotes de mando, y con esa pizca justa de vanidad que sienta bien a los
militares. Yo tenía la idea de que New Bedford era una aldea en el campo, y a eso atribuía
sus cualidades y su engreimiento.

En los barracones tuvimos que dormir de dos en dos, y Schoen y yo compartimos


dormitorio. Antes de que hubiera pasado una semana, había clavado brutalmente en la
pared la foto de una chica de Tarleton.

—No es una cualquiera. Es una chica de la alta sociedad: se junta con lo mejor de la
ciudad.

El domingo siguiente, por la tarde, conocí a la señorita en una piscina de las afueras.
Cuando Ailie y yo llegamos, el cuerpo musculoso de Schoen se salía del bañador en el otro
extremo de la piscina.

—¡Hola, teniente!

Cuando le devolví el saludo, me sonrió y guiñó un ojo, señalándome con la cabeza a la


chica que estaba a su lado. Y luego, dándole un codazo en las costillas, también me señaló
a mí con la cabeza. Era una manera de presentarnos.

—¿Quién es ése que está con Kitty Preston? —preguntó Ailie, y, cuando se lo dije, me
respondió que parecía un tranviario y fingió buscar su billete.

Un momento después Schoen atravesaba la piscina nadando con fuerza y estilo, y salió del
agua donde nosotros estábamos. Se lo presenté a Ailie.

—¿Qué le parece mi chica, teniente? —preguntó—. Ya le había dicho que era estupenda,
¿no? —señaló con la cabeza a Ailie, esta vez para indicar que su chica y Ailie frecuentaban
los mismos ambientes—. ¿Qué tal si comemos juntos en el hotel una de estas noches?

Los dejé solos un momento después, divertido, porque me daba cuenta de que Ailie había
decidido ostensiblemente que aquél no era, en ningún caso, su ideal. Pero no era posible
deshacerse del teniente Earl Schoen con tanta facilidad. Recorrió con la mirada,
alegremente, sin ofender, la figura delgada, preciosa, de Ailie, y decidió que incluso estaba
mejor que la otra. Diez minutos más tarde los vi juntos en el agua: Ailie huía nadando con
su estilo mecánico y remilgado, y Schoen alborotaba ruidosamente a su alrededor, y la
alcanzaba, y a veces se detenía para mirarla, fascinado, como un niño miraría a una
muñeca nadadora.

Pasó toda la tarde con ella. Por fin Ailie se me acercó y me dijo al oído:

—Me está siguiendo. Piensa que no he pagado el billete del tranvía.

Se volvió con rapidez. La señorita Kitty Preston, con evidentes signos de nerviosismo,
estaba frente a nosotros.

—Ailie Calhoun, no te creía capaz de quitarle deliberadamente el hombre a otra —una


expresión de angustia ante la escena inminente revoloteó por la cara de Ailie—. Creía que
te considerabas por encima de esas cosas.

La voz de la señorita Preston era baja, pero tenía esa tensión que, más que oírse, se
percibe a distancia, y vi cómo los ojos limpios y preciosos de Ailie miraban aquí y allá,
aterrorizados. Pero, por suerte, el propio Earl se acercaba ya, despacio, alegre e inocente,
hacia nosotros.

—Si te gusta, no deberías rebajarte delante de él —dijo Ailie como un relámpago, con la
cabeza bien alta.

Era, frente a la ingenua y feroz ansia posesiva de Kitty, la familiaridad de Ailie con los
modos tradicionales de comportamiento, o, si se prefiere, la educación de Ailie frente a la
vulgaridad de la otra. Ailie dio media vuelta para irse.

—¡Espera un momento, niña! —exclamó Earl Schoen—. ¿No me das tu dirección? A lo


mejor se me ocurre llamarte por teléfono.

Lo miró de una manera que debía hacerle entender a Kitty que Earl no le interesaba lo más
mínimo.

—Tengo mucho trabajo este mes en la Cruz Roja —dijo, con una voz tan fría como su
cabellera rubia—. Adiós.

Camino de casa se reía. Se había esfumado aquel aire de haberse visto envuelta sin querer
en un episodio lamentable.

—No va a conservar a ese chico —dijo—. Él quiere una nueva.

—Parece que quiere a Ailie Calhoun.

Mi sugerencia le hizo gracia.

—Podría regalarme, como si fuera la insignia de un club, el aparato para picar los billetes.
¡Es ridículo! Si mamá viera a alguien así en casa se moriría de repente.
Y, para no desmentir a Ailie, pasaron quince días antes de que Schoen fuera a su casa,
aunque fue él quien insistió y le metió prisa, y, en el siguiente baile del Club de Campo, Ailie
fingía sentirse molesta.

—Es un verdadero cabezón, Andy —me susurró—. Pero es tan sincero…

Usaba la palabra cabezón sin el tono de crítica que hubiera contenido si Schoen fuera un
joven del Sur. La usaba intuitivamente: su oído no distinguía entre una palabra yanki y otra.
Y el caso es que la señora Calhoun no expiró cuando Schoen apareció en la puerta de su
casa. Los prejuicios supuestamente inextirpables de los padres de Ailie eran un fenómeno
que desaparecía a su gusto y según convenía. Pero sus amigas se quedaron de una pieza.
Ailie, que siempre había estado un poco por encima de Tarleton y siempre había elegido a
sus acompañantes entre los oficiales más distinguidos del campamento… ¡Ailie y el teniente
Schoen! Me cansé de asegurarle a la gente que solo era un capricho de Ailie, y la verdad es
que cada semana más o menos Ailie aparecía con alguien nuevo —un alférez de
Pensacola, un antiguo amigo de Nueva Orleans—, pero siempre, entre uno y otro, estaba
Earl Schoen.

Se recibió la orden de que un primer grupo de oficiales y sargentos se trasladara al puerto


de embarque y zarpara hacia Francia. Mi nombre figuraba en la lista. Había pasado una
semana en unas maniobras y en cuanto volví al campamento Earl Schoen me buscó.

—Vamos a celebrar una fiesta de despedida en el comedor de oficiales: solo tú, yo, el
capitán Craker y tres chicas.

Earl y yo nos encargaríamos de recoger a las chicas. Recogimos a Sally Carrol Happer y
Nancy Lámar, y luego fuimos a casa de Ailie, y nos recibió el mayordomo con la noticia de
que Ailie no estaba en casa.

—¿No está en casa? —repitió Earl, atónito—. ¿Dónde está?

—No ha dejado dicho nada. Solo ha dejado dicho que no está.

—¡Pues sí que tiene gracia la cosa! —exclamó. Paseaba a la sombra de la galería que ya
conocía bien mientras el mayordomo esperaba en la puerta, y algo se le ocurrió—. Oye
—me dijo—, creo que se ha peleado conmigo.

Esperé. Y Schoen le ordenó secamente al mayordomo:

—Dígale que tengo que hablar con ella un momento.

—¿Cómo voy a decírselo si no está en casa?

Earl volvió a pasearse por el porche. Luego asintió varias veces con la cabeza y dijo:

—Está enfadada por algo que ocurrió en el centro.

En pocas palabras me resumió el asunto.


—Mira, espérame en el coche —le dije—. Quizá pueda arreglarlo —y, cuando de mala gana
se fue, le dije al mayordomo—: Oliver, dile a la señorita Ailie que quiero verla a solas.

Tras una breve discusión, llevó el mensaje y un instante después volvió con la respuesta.

—La señorita Ailie dice que no quiere volver a ver al otro caballero nunca más. Dice que
usted puede entrar, si quiere.

Estaba en la biblioteca. Yo esperaba encontrarme la fría imagen de la dignidad ofendida,


pero tenía la cara descompuesta: estaba desesperada y confundida. Tenía los ojos
enrojecidos como si hubiera pasado horas llorando, lenta, dolorosamente.

—Ah, hola, Andy —dijo con palabras entrecortadas—. Hace mucho que no nos vemos. ¿Se
ha ido?

—Vamos, Ailie…

—¡Vamos, Ailie! —gritó—. ¡Vamos, Ailie! ¡Se atrevió a dirigirme la palabra! ¿Te das cuenta?
Y se quitó el sombrero. Estaba a menos de tres metros de distancia con aquella horrible…
con aquella horrible mujer cogida del brazo, hablando con ella, y me vio, y se quitó el
sombrero. Andy, yo no sabía qué hacer. Me metí en la heladería y pedí un vaso de agua, y
tenía tanto miedo de que me siguiera que le pedía al señor Rich que me dejara salir por la
puerta de atrás. No quiero volver a verlo ni saber nada de él.

Hablé. Dije lo que se suele decir en casos semejantes. Estuve hablando media hora. No
pude convencerla. Varias veces me interrumpió murmurando algo sobre que no era sincero,
y por cuarta vez me pregunté qué significaría aquella palabra para ella. Constancia, no,
desde luego; era, intuí a medias, la manera especial en que quería ser respetada.

Me levanté para irme. Y entonces, de manera increíble, el claxon del coche sonó tres veces
con impaciencia. Era pasmoso. Decía, tan a las claras como si Earl hubiera estado en la
habitación: “Muy bien, ¡al diablo! No voy a esperar aquí toda la noche”.

Ailie me miró horrorizada. Y de repente una expresión singular apareció en su cara, se


extendió, brilló y se apagó, convirtiéndose en una sonrisa al borde de las lagrimas, histérica.

—¿No es una persona terrible? —exclamó con inútil desesperación—. ¿No es horrible?

—Vamos —me apresuré a decirle—. Coge el abrigo. Es nuestra última noche.

Y todavía puedo revivir aquella última noche con la misma intensidad, la luz de la vela que
parpadeaba sobre la basta mesa del comedor de oficiales y sobre los adornos de papel
ajado que quedaban de la fiesta de despedida de la compañía de aprovisionamiento, la
triste mandolina que por las calles del campamento seguía tocando Mi hogar en Indiana con
la nostalgia universal del final del verano. Las tres chicas perdidas en aquella misteriosa
ciudad de hombres también sintieron algo: una impresión de hechizada precariedad, como
si estuvieran en una alfombra mágica que se había posado en los campos del Sur y que en
cualquier momento podía ser empujada y arrastrada por el viento. Brindamos por el Sur y
por nosotros. Luego dejamos las servilletas y los vasos vacíos y un poco del pasado sobre
la mesa, y cogidos de la mano salimos a la luz de la luna. Ya había sonado el toque de
silencio; no había ni un ruido, salvo el lejano relincho de un caballo, y un fuerte y persistente
roncar que nos hizo reír, y el taconazo de un centinela que desfilaba en el puesto de
guardia. Craker estaba de servicio; nosotros subimos al taxi que esperaba, fuimos a
Tarleton y dejamos en casa a la chica de Craker.

Entonces Ailie, Earl, Sally y yo, de dos en dos en el amplio asiento trasero, cada pareja
dándole la espalda a la otra, absortos y susurrantes, nos adentramos en la inmensidad de la
noche.

Viajamos a través de bosques de pinos cargados de líquenes y musgo, entre algodonales


en barbecho, por una carretera blanca como el confín del mundo. Nos detuvimos a la
sombra informe de un molino donde solo se oía el correr del agua y el gritar de los pájaros
desvelados y donde sobre todas las cosas reinaba una claridad que intentaba filtrarse por
todas partes: en la perdidas barracas de los negros, en el coche, en lo más hondo del
corazón. Era la canción del Sur: me pregunto si los demás aún pueden recordarlo. Yo me
acuerdo: la palidez de las caras frías, los ojos soñolientos, amorosos, y las voces:

—¿Estás cómoda?

—Sí. ¿Y tú?

—¿De verdad estás cómoda?

—Sí.

De repente nos dimos cuenta de que era tarde y estábamos solos. Volvimos.

Nuestro regimiento partió hacia Camp Mills al día siguiente, pero al final no llegué a ir a
Francia. Pasamos un mes de frío en Long Island, embarcamos a paso de marcha a bordo
de un transporte, con los cascos de acero colgando del correaje, y a paso de marcha
desembarcamos. Me había perdido la guerra. Cuando volví a Tarleton intenté conseguir que
me licenciaran, pero mis obligaciones de oficial me retuvieron la mayor parte del invierno.
Earl Schoen fue uno de los primeros en ser desmovilizado. Quería encontrar un buen
empleo “antes de que hubiera demasiada competencia”. Ailie no había querido
comprometerse en matrimonio, pero los dos daban por sobreentendido que Earl volvería.

Para enero los campamentos, que durante dos años habían dominado la vida de la
pequeña ciudad, iban desapareciendo. Solo el persistente olor del incinerador aún
recordaba toda aquella actividad y todo aquel bullicio. La poca vida que quedaba se centró
amargamente en el puesto de mando de la división, lleno de irritados militares profesionales
que también se habían perdido la guerra.

Y entonces los jóvenes de Tarleton empezaron a volver desde todos los rincones del
planeta: unos con uniforme canadiense, otros con muletas o mangas vacías. Un batallón de
la Guardia Nacional, que regresaba del frente, desfiló por las calles, y en sus filas estaban
vacíos los puestos de sus muertos, e inmediatamente los soldados renunciaron para
siempre a las historias románticas y empezaron a vender toda clase de mercancías en los
mostradores de las tiendas de la localidad. Muy pocos uniformes se mezclaban con los
esmoqúines y los trajes de noche en el baile del Club de Campo.

Poco antes de Navidad, Bill Knowles llegó sin avisar un día para volver a irse al día
siguiente: o le había dado a Ailie un ultimatum o ella había tomado por fin una decisión. Yo
la veía algunas veces, cuando no estaba ocupada con los héroes que habían regresado de
Savannah y Augusta, pero me sentía como un superviviente pasado de moda: y lo era. Ella
estaba esperando a Earl Schoen con tanta incertidumbre que prefería no hablar del asunto.
Earl llegó tres días antes de que me dieran la licencia definitiva.

Me los encontré por primera vez cuando paseaban por la calle principal, y no creo haber
sentido tanta pena por una pareja en mi vida; aunque me figuro que la misma situación se
repetía entonces en todas las ciudades en las que había habido campamentos militares. El
aspecto de Earl era todo lo lamentable que pueda imaginarse. Llevaba un sombrero verde,
con una pluma. Su traje seguía esa moda grotesca con la que han conseguido terminar la
publicidad y las películas. Era evidente que había vuelto a su barbería de toda la vida, pues
llevaba el pelo bien aplastado sobre la nuca rosa y afeitada. No es que tuviera la limpieza
de los pobres, sino que su ostensible familiaridad con las salas de baile suburbiales y los
clubes pueblerinos hacía daño a la vista, o, más bien, le hacía daño a Ailie. Pues Ailie
nunca había podido imaginarse la realidad: con la ropa que Earl llevaba puesta, incluso la
gracia natural de aquel magnífico cuerpo había desaparecido. Al principio Earl alardeó de su
estupendo trabajo; les permitiría arreglárselas hasta que “empezara a ganar dinero fácil”.
Pero, desde el mismo momento en que volvió al mundo de Ailie con su verdadero aspecto,
debería haberse dado cuenta de que no tenía esperanzas. No sé lo que ella le dijo, ni hasta
qué punto el dolor pesó más que la estupefacción de Ailie. Ella reaccionó con rapidez: tres
días después de su llegada, Earl y yo volvíamos al Norte en el mismo tren.

—Bueno, se acabó lo que se daba —dijo, de mal humor—. Era una chica maravillosa, pero
demasiado intelectual para mí. Me figuro que se casará con algún ricachón que pueda
asegurarle una buena posición social. Yo no soporto tanta tontería —y, poco después, me
dijo—: Me ha pedido que vuelva dentro de un año, pero no volveré jamás. Tanta aristocracia
no está mal si te sobra el dinero, pero…

“Pero no era real”, pensaba añadir. La sociedad provinciana en que se había desenvuelto
con tanta satisfacción durante seis meses ahora le parecía amanerada, artificial, de
petimetres.

—Oye, ¿has visto lo mismo que yo al subir al tren? —me preguntó un momento después—.
Dos tipas maravillosas, solas. ¿Qué tal si vamos a su vagón y las invitamos a comer? Yo
quiero la del traje azul —en mitad del pasillo del tren, se volvió de pronto y me preguntó,
frunciendo el entrecejo—: Oye, Andy, una cosa, ¿cómo crees que se enteró de que yo era
tranviario? Yo no se lo había dicho.

—No tengo ni idea.


III

Este relato llega a una de las grandes lagunas que más me llamaban la atención cuando
empecé. Durante seis años, mientras acababa mis estudios de derecho en Harvard y
construía aviones comerciales e invertía en un tipo de asfaltado que se resquebrajaba al
paso de los camiones, Ailie Calhoun apenas fue algo más que un nombre en una felicitación
de Navidad, apenas una brisa que soplaba en mi imaginación en las noches cálidas cuando
recordaba las magnolias. Alguna vez un conocido de los días del ejército me preguntaba:
“¿Qué fue de aquella rubia que tenía tanto éxito?”, pero yo no lo sabía. Me encontré con
Nancy Lámar en el Hotel Montmartre de Nueva York una tarde y me enteré de que Ailie se
había comprometido con uno de Cincinnati, había ido al Norte a conocer a la familia y había
roto el compromiso. Seguía siendo tan encantadora como siempre, y siempre tenía
alrededor uno o dos pretendientes que la asediaban. Pero ni Bill Knowles ni Earl Schoen
habían vuelto jamás.

Y por aquel entonces, no sé dónde, me enteré de que Bill Knowles se había casado con una
chica que había conocido en un barco. Y eso es todo: poco remiendo para un agujero de
seis años.

Aunque parezca extraño, una chica apenas entrevista a la luz del crepúsculo en una
pequeña gasolinera de Indiana empezó a sugerirme la idea de volver al Sur. La chica, que
llevaba un vestido de organdí rosa, abrazó a un hombre que se bajó de nuestro tren y lo
empujó hacia un coche que estaba esperando, y yo sentí una especie de punzada. Me
pareció que la chica arrastraba a aquel hombre al mundo veraniego y perdido de mis
primeros veinte años, donde el tiempo se había detenido y chicas encantadoras,
difuminadas como el pasado, todavía paseaban por las calles oscuras. Creo que la poesía
es el Sur que sueña uno del Norte. Pero pasaron meses antes de que le mandara un
telegrama a Ailie, e inmediatamente, tras el telegrama, partí hacia Tarleton.

Era julio. El Hotel Jefferson parecía extrañamente pobre, estropeado y agobiante: un grupo
de pesados cantaba intermitente y escandalosamente en el comedor que mi memoria
reservaba y consagraba a oficiales y chicas. Reconocí al taxista que me llevó a casa de
Ailie, pero su “¿Cómo no voy a acordarme de usted, teniente?” me pareció poco
convincente. Yo solo era uno entre veinte mil.

Fueron tres días raros. Me figuro que algo del primer y juvenil esplendor de Ailie habría
corrido la suerte de cualquier otro fulgor mortal, pero no me atrevería a jurarlo. Seguía
teniendo tanto atractivo físico que te daban ganas de tocar la personalidad que le temblaba
en los labios. No: el cambio era mucho más profundo.

De repente me di cuenta de que había cambiado de estilo. Las modulaciones del orgullo, las
alusiones al hecho de que conocía los secretos de antes de la guerra, cuando los días eran
más radiantes y mejores, habían desaparecido de su voz; ya no había tiempo para aquello,
mientras divagaba con las bromas, entre risueñas y desesperadas, del Sur más moderno. Y
todo cabía en aquellas bromas, para que nunca cesara el parloteo y no quedara tiempo
para pensar: pensar en el presente, en el futuro, en ella, en mí. Fuimos a una ruidosa fiesta
en casa de unos recién casados, y Ailie era el centro nervioso, resplandeciente, de la fiesta.
Ya no tenía dieciocho años, pero incluso en el papel de payaso atolondrado estaba más
atractiva que nunca.

—¿Has tenido noticias de Earl Schoen? —le pregunté la segunda noche, cuando íbamos al
baile del Club de Campo.

—No —se puso seria un instante—. Me acuerdo mucho de él. Fue el… —dudó.

—Sigue.

—Iba a decir que fue el hombre a quien más he querido, pero no sería verdad. Nunca lo
quise de verdad; si no, me hubiera casado con él a pesar de los pesares, ¿no? —me miró
interrogante—. Por lo menos no lo hubiera tratado como lo traté.

—Era insoportable.

—Desde luego —reconoció sin mucha decisión. Su humor cambió; ahora parecía
bromear—: ¡Cómo nos engañaron los yankis a las pobres chicas del Sur! ¡Qué tonta fui!

Cuando llegamos al club se confundió como un camaleón con la multitud, para mí, de
desconocidos. Llenaba la pista de baile una nueva generación con menos dignidad que la
que yo había tratado, pero la máxima representante de su esencia perezosa y febril era
Ailie. Seguramente se había dado cuenta de que en su intento inicial de escapar del
provincianismo de Tarleton se había quedado sola, miembro de una generación condenada
a no tener sucesores. No sé en qué momento había perdido la batalla, librada tras las
columnas blancas de la galería de su casa. Pero había calculado mal, en algún momento se
había equivocado. Su desenfrenada animación, que seguía atrayendo al suficiente número
de hombres como para rivalizar con las chicas más jóvenes y atrevidas, era el
reconocimiento de la derrota.

Salí de su casa, como tantas veces en aquel perdido mes de julio, con una especie de
insatisfacción. Horas después, dando vueltas en la cama del hotel, descubrí cuál era el
motivo, cuál había sido siempre el motivo: yo estaba profundamente, incurablemente
enamorado de ella. Más allá de toda incompatibilidad, Ailie era todavía, y para mí siempre lo
seguiría siendo, la chica más atractiva que había conocido en mi vida. Y así se lo dije la
tarde siguiente. Era uno de esos días calurosos que yo conocía ya a la perfección, y Ailie se
sentaba en el sofá, a mi lado, en la biblioteca en penumbra.

—No, no puedo casarme contigo —dijo, casi asustada—. No te quiero de esa manera…
Nunca te he querido así. Y tú tampoco me quieres. No pensaba decírtelo ahora, pero me
caso el mes que viene. No lo hemos anunciado porque ya llevo anunciadas dos bodas —de
pronto se le ocurrió que quizá me habían dolido sus palabras—: Andy, solo ha sido una de
tus tonterías, ¿verdad? Tú sabes que no me casaría nunca con un hombre del Norte.

—¿Quién es? —pregunté.


—Es de Savannah.

—¿Estás enamorada?

—Por supuesto —los dos sonreímos—. ¡Por supuesto que sí! ¿Qué estás intentando que
diga?

No había ninguna duda, como no había habido dudas con los otros. No podía permitirse
tener dudas. Lo sé porque hacía mucho que Ailie había dejado de fingir cuando estaba
conmigo. Y sé que aquella naturalidad se debía a que no me consideraba un pretendiente.
Bajo la máscara de buena crianza, instintiva, siempre había sido la misma y jamás había
creído que pudiera quererla de verdad alguien que no hubiera alcanzado un estado de
adoración ciega. A aquel estado lo llamaba “ser sincero”; se sentía más segura con
hombres como Canby y Earl Schoen, que eran incapaces de juzgar a un corazón solo en
apariencia aristocrático.

—Me parece muy bien —dije, como si me hubiera pedido permiso para casarse—. Y, ahora,
¿me harías un favor?

—Lo que quieras.

—Vamos al campamento.

—Pero, cariño, allí no queda nada.

—No me importa.

Fuimos al centro dando un paseo. El taxista de la parada del hotel puso el mismo reparo:

—Allí no hay nada, capitán.

—Da igual. Vamos.

Veinte minutos después paró el taxi en una llanura polvorienta, desconocida, salpicada de
algodonales nuevos y pinares aislados.

—¿Quiere que vayamos a donde se ve humo? —preguntó el taxista—. Es la nueva cárcel.

—No. Siga por esta carretera. Quiero buscar dónde estuve viviendo.

Un antiguo hipódromo, que ni siquiera llamaba la atención en los días gloriosos del
campamento, erigía en la desolación su tribuna desmoronada. Intentaba en vano
orientarme.

—Siga la carretera, pase aquellos árboles y gire a la derecha. No, no, a la izquierda.

Obedeció, con antipatía profesional.


—No encontrarás nada, querido —dijo Ailie—. Los contratistas lo demolieron todo.

Circulábamos despacio, entre algodonales. Podría haber sido allí…

—Vale. Quiero bajar —dije de pronto.

Dejé a Ailie en el coche: estaba preciosa, y la brisa cálida le agitaba el pelo largo y rizado.

Podría haber sido allí. Allí podrían haber estado las calles de la compañía y, un poco más
abajo, el comedor de oficiales, donde cenamos aquella noche.

El taxista me miraba con indulgencia mientras yo tropezaba, hundido hasta las rodillas en la
maleza, buscando mi juventud en una tabla, unos restos de techumbre o una lata de tomate
oxidada. Intenté usar como orientación un grupo de árboles que me resultaba vagamente
familiar, pero cada vez era más de noche, y no podía estar seguro de que aquéllos fueran
los árboles que yo creía.

—Van a reconstruir el viejo hipódromo —gritó Ailie desde el coche—. Tarleton, a la vejez, se
está volviendo presumida.

No. No parecían, pensándolo bien, los árboles que yo había creído. De lo único que podía
estar seguro era de que aquel lugar, tan lleno una vez de vida y esfuerzo, había
desaparecido, como si no hubiese existido nunca, y que, dentro de un mes, Ailie también
habría desaparecido y el Sur, para mí, se quedaría vacío para siempre.

*FIN*
Regreso a Babilonia

-¿Y dónde está el señor Campbell? -preguntó Charlie.

-Se ha ido a Suiza. El señor Campbell está bastante enfermo, señor Wales.

-Lo lamento. ¿Y George Hardt? -preguntó Charlie.

-Ha vuelto a Estados Unidos, a trabajar.

-¿Y dónde está el Pájaro de las Nieves?

-Estuvo aquí la semana pasada. De todas maneras, su amigo, el señor Schaeffer, está en
París.

Dos nombres conocidos entre la larga lista de hacía año y medio. Charlie garabateó una
dirección en su libreta y arrancó la página.

-Si ve al señor Schaeffer, dele esto -dijo-. Es la dirección de mi cuñado. Todavía no tengo
hotel.

La verdad es que no sentía demasiada decepción por encontrar París tan vacío. Pero el
silencio en el bar del hotel Ritz resultaba extraño, portentoso. Ya no era un bar
norteamericano: Charlie lo encontraba demasiado encopetado; ya no se sentía allí como en
su casa. El bar había vuelto a ser francés. Había notado el silencio desde el momento en
que se bajó del taxi y vio al portero, que a aquellas horas solía estar inmerso en una
actividad frenética, charlando con un “chasseur” junto a la puerta de servicio.

En el pasillo sólo oyó una voz aburrida en los aseos de señoras, en otro tiempo tan
ruidosos. Y cuando entró en el bar, recorrió los siete metros de alfombra verde con los ojos
fijos, mirando al frente, según una vieja costumbre; y luego, con el pie firmemente apoyado
en la base de la barra del bar, se volvió y examinó la sala, y sólo encontró en un rincón una
mirada que abandonó un instante la lectura del periódico. Charlie preguntó por el jefe de
camareros, Paul, que en los últimos días en que la Bolsa seguía subiendo iba al trabajo en
un automóvil fuera de serie, fabricado por encargo, aunque lo dejaba, con el debido tacto,
en una esquina cercana. Pero aquel día Paul estaba en su casa de campo, y fue Alix el que
le dio toda la información.

-Bueno, ya está bien -dijo Charlie-, voy a tomarme las cosas con calma.

Alix lo felicitó:

-Hace un par de años iba a toda velocidad.

-Todavía aguanto perfectamente -aseguró Charlie- Llevo aguantando un año y medio.


-¿Qué le parece la situación en Estados Unidos?

-Llevo meses sin ir a Estados Unidos. Tengo negocios en Praga, donde represento a un par
de firmas. Allí no me conocen.

Alix sonrió.

-¿Recuerda la noche de la despedida de soltero de George Hardt? -dijo Charlie-. Por cierto,
¿qué ha sido de Claude Fessenden?

Alix bajó la voz, confidencial:

-Está en París, pero ya no viene por aquí. Paul no se lo permite. Ha acumulado una deuda
de treinta mil francos, cargando en su cuenta todas las bebidas y comidas y, casi a diario,
también las cenas de más de un año. Y cuando Paul le pidió por fin que pagara, le dio un
cheque sin fondos.

Alix movió la cabeza con aire triste.

-No lo entiendo; era un verdadero dandi. Y ahora está hinchado, abotargado… -dibujó con
las manos una gorda manzana.

Charlie observó a un estridente grupo de homosexuales que se sentaban en un rincón.

“Nada les afecta”, pensó. “Las acciones suben y bajan, la gente haraganea o trabaja, pero
ésos siguen como siempre”.

El bar lo oprimía. Pidió los dados y se jugó con Alix por el trago.

-¿Estará aquí mucho tiempo, señor Wales?

-Cuatro o cinco días, para ver a mi hija.

-¡Ah! ¿Tiene una hija?

En la calle los anuncios luminosos rojos, azul de gas o verde fantasma, fulguraban
turbiamente entre la lluvia tranquila. Se acababa la tarde y había un gran movimiento en las
calles. Los “bistros” relucían. En la esquina del Boulevard des Capucines tomó un taxi. La
Place de la Concorde apareció ante su vista majestuosamente rosa; cruzaron el lógico
Sena, y Charlie sintió la imprevista atmósfera provinciana de la Rive Gauche.

Le pidió al taxista que se dirigiera a la Avenue de l’Opera, que quedaba fuera de su camino.
Pero quería ver cómo la hora azul se extendía sobre la fachada magnífica, e imaginar que
las bocinas de los taxis, tocando sin fin los primeros compases de La plus que lent, eran las
trompetas del Segundo Imperio. Estaban echando las persianas metálicas de la librería
Brentano, y ya había gente cenando tras el seto elegante y pequeño burgués del
restaurante Duval. Nunca había comido en París en un restaurante verdaderamente barato:
una cena de cinco platos, cuatro francos y medio, vino incluido. Por alguna extraña razón
deseó haberlo hecho.

Mientras seguían recorriendo la Rive Gauche, con aquella sensación de provincianismo


imprevisto, pensaba: “Para mí esta ciudad está perdida para siempre, y yo mismo la eché a
perder. No me daba cuenta, pero los días pasaban sin parar, uno tras otro, y así pasaron
dos años, y todo había pasado, hasta yo mismo”.

Tenía treinta y cinco años y buen aspecto. Una profunda arruga entre los ojos moderaba la
expresividad irlandesa de su cara. Cuando tocó el timbre en casa de su cuñada, en la Rue
Palatine, la arruga se hizo más profunda y las cejas se curvaron hacia abajo; tenía un
pellizco en el estómago. Tras la criada que abrió la puerta surgió una adorable chiquilla de
nueve años que gritó: “¡Papaíto!”, y se arrojó, agitándose como un pez, entre sus brazos. Lo
obligó a volver la cabeza, cogiéndolo de una oreja, y pegó su mejilla a la suya.

-Mi cielo -dijo Charlie.

-¡Papíto, papito, papito, papito, papi, papi, papi!

La niña lo llevó al salón, donde esperaba la familia, un chico y una chica de la edad de su
hija, su cuñada y el marido. Saludó a Marion, intentando controlar el tono de la voz para
evitar tanto un fingido entusiasmo como una nota de desagrado, pero la respuesta de ella
fue más sinceramente tibia, aunque atenuó su expresión de inalterable desconfianza
dirigiendo su atención hacia la hija de Charlie. Los dos hombres se dieron la mano
amistosamente y Lincoln Peters dejó un momento la mano en el hombro de Charlie.

La habitación era cálida, agradablemente norteamericana. Los tres niños se sentían


cómodos, jugando en los pasillos amarillos que llevaban a las otras habitaciones; la alegría
de las seis de la tarde se revelaba en el crepitar del fuego y en el trajín típicamente francés
de la cocina. Pero Charlie no conseguía serenarse; tenía el corazón en vilo, aunque su hija
le transmitía tranquilidad, confianza, cuando de vez en cuando se le acercaba, llevando en
brazos la muñeca que él le había traído.

-La verdad es que perfectamente -dijo, respondiendo a una pregunta de Lincoln-. Hay
cantidad de negocios que no marchan, pero a nosotros nos va mejor que nunca. En
realidad, maravillosamente bien. El mes que viene llegará mi hermana de Estados Unidos
para ocuparse de la casa. El año pasado tuve más ingresos que cuando tenía dinero. Ya
sabes, los checos…

Alardeaba con un propósito específico; pero, un momento después, al adivinar cierta


impaciencia en la mirada de Lincoln, cambió de tema:

-Ustedes tienen unos niños estupendos, muy bien educados.

-Honoria también es una niña estupenda.

Marion Peters volvió de la cocina. Era una mujer alta, de mirada inquieta, que en otro
tiempo había poseído una belleza fresca, norteamericana. Charlie nunca había sido
sensible a sus encantos y siempre se sorprendía cuando la gente hablaba de lo guapa que
había sido. Desde el principio los dos habían sentido una mutua e instintiva antipatía.

-¿Cómo has encontrado a Honoria? -preguntó Marion.

-Maravillosa. Me ha dejado asombrado lo que ha crecido en diez meses. Los tres niños
tienen muy buen aspecto.

-Hace un año que no llamamos al médico. ¿Cómo te sientes al volver a París?

-Me extraña mucho que haya tan pocos norteamericanos.

-Yo estoy encantada -dijo Marion con vehemencia-. Ahora por lo menos puedes entrar en
las tiendas sin que den por sentado que eres millonario. Lo hemos pasado mal, como todo
el mundo, pero en conjunto ahora estamos muchísimo mejor.

-Pero, mientras duró, fue estupendo -dijo Charlie-. Éramos una especie de realeza, casi
infalible, con una especie de halo mágico. Esta tarde, en el bar -titubeó, al darse cuenta de
su error-, no había nadie, nadie conocido.

Marion lo miró fijamente.

-Creía que ya habías tenido bares de sobra.

-Sólo he estado un momento. Sólo tomo una copa por las tardes, y se acabó.

-¿No quieres un coctel antes de la cena? -preguntó Lincoln.

-Sólo tomo una copa por las tardes, y por hoy ya está bien.

-Espero que te dure -dijo Marion.

La frialdad con que habló demostraba hasta qué punto le desagradaba Charlie, que se limitó
a sonreír. Tenía planes más importantes. La extraordinaria agresividad de Marion le daba
cierta ventaja, y podía esperar. Quería que fueran ellos los primeros en hablar del asunto
que, como sabían perfectamente, lo había llevado a París.

Durante la cena no terminó de decidir si Honoria se parecía más a él o a su madre. Sería


una suerte si no se combinaban en ella los rasgos de ambos que los habían llevado al
desastre. Se apoderó de Charlie un profundo deseo de protegerla. Creía saber lo que tenía
que hacer por ella. Creía en el carácter; quería retroceder una generación entera y volver a
confiar en el carácter como un elemento eternamente valioso. Todo lo demás se
estropeaba.

Se fue enseguida, después de la cena, pero no para volver a casa. Tenía curiosidad por ver
París de noche con ojos más perspicaces y sensatos que los de otro tiempo. Fue al Casino
y vio a Josephine Baker y sus arabescos de chocolate.
Una hora después abandonó el espectáculo y fue dando un paseo hacia Montmartre,
subiendo por Rue Pigalle, hasta la Place Blanche. Había dejado de llover y alguna gente en
traje de noche se apeaba de los taxis ante los cabarés, y había cocottes que trabajaban la
calle, solas o en pareja, y muchos negros. Pasó ante una puerta iluminada de la que salía
música y se detuvo con una sensación de familiaridad; era el Bricktop, donde había dejado
tantas horas y tanto dinero. Unas puertas más abajo descubrió otro de sus antiguos puntos
de encuentros e imprudentemente se asomó al interior. De pronto una orquesta entusiasta
empezó a tocar, una pareja de bailarines profesionales se puso en movimiento y un maître
d’hòtel se le echó encima, gritando:

-¡Está empezando ahora mismo, señor!

Pero Charlie se apartó inmediatamente.

“Tendría que estar como una cuba”, pensó.

El Zelli estaba cerrado; sobre los inhóspitos y siniestros hoteles baratos de los alrededores
reinaba la oscuridad; en la Rue Blanche había más luz y un público local y locuaz, francés.
La Cueva del Poeta había desaparecido, pero las dos inmensas fauces del Café del Cielo y
el Café del Infierno seguían bostezando; incluso devoraron, mientras Charlie miraba, el
exiguo contenido de un autobús de turistas: un alemán, un japonés y una pareja
norteamericana que se quedaron mirándolo con ojos de espanto.

Y a esto se limitaba el esfuerzo y el ingenio de Montmartre. Toda la industria del vicio y la


disipación había sido reducida a una escala absolutamente infantil, y de repente Charlie
entendió el significado de la palabra “disipado”: disiparse en el aire; hacer que algo se
convierta en nada. En las primeras horas de la madrugada ir de un lugar a otro supone un
enorme esfuerzo, y cada vez se paga más por el privilegio de moverse con mayor lentitud.

Se acordaba de los billetes de mil francos que había dado a una orquesta para que tocara
cierta canción, de los billetes de cien francos arrojados a un portero para que llamara a un
taxi.

Pero no había sido a cambio de nada.

Aquellos billetes, incluso las cantidades más disparatadamente despilfarradas, habían sido
una ofrenda al destino, para que le concediera el don de no poder recordar las cosas más
dignas de ser recordadas, las cosas que ahora recordaría siempre: haber perdido la
custodia de su hija; la huida de su mujer, para acabar en una tumba en Vermont.

A la luz que salía de una brasserie una mujer le dijo algo. Charlie la invitó a huevos y café, y
luego, evitando su mirada amistosa, le dio un billete de veinte francos y cogió un taxi para
volver al hotel.

II

Se despertó en un día espléndido de otoño: un día de partido de fútbol. El abatimiento del


día anterior había desaparecido, y ahora le gustaba la gente de la calle. Al mediodía estaba
sentado con Honoria en Le Grand Vatel, el único restaurante que no le recordaba cenas con
champán y largos almuerzos que empezaban a las dos y terminaban en crepúsculos
nublados y confusos.

-¿No quieres vegetales? ¿No deberías comer un poco de vegetales?

-Sí, sí.

-Hay épinards y chou-fleur, zanahorias yharicots.

-Quiero chou-fleur.

-¿No preferirías dos vegetales?

-Normalmente sólo almuerzo uno.

-El camarero fingía sentir una extraordinaria pasión por los niños.

–Qu’elle est mignonne la petite! Elle parle exactement comme une française.

-¿Y de postre? ¿Esperamos?

El camarero desapareció. Honoria miró a su padre con expectación.

-¿Qué vamos a hacer hoy?

-Primero iremos a la juguetería de la Rue Saint-Honoré y compraremos lo que quieras.


Luego iremos al vodevil, en el Empire.

La niña titubeó.

-Me gustaría ir al vodevil, pero no a la juguetería.

-¿Por qué no?

-Porque ya me has traído esta muñeca -se había llevado la muñeca al restaurante-. Y ya
tengo muchos juguetes. Y ya no somos ricos, ¿no?

-Nunca hemos sido ricos. Pero hoy puedes comprarte lo que quieras.

-Muy bien -asintió la niña, resignada.

Cuando tenía a su madre y a una niñera francesa, Charlie solía ser más severo; ahora se
exigía mucho más a sí mismo, procuraba ser más tolerante; tenía que ser padre y madre a
la vez y ser capaz de entender a su hija en todos los aspectos.

-Me gustaría conocerte -dijo con gravedad-. Permítame primero que me presente. Soy
Charles J. Wales, de Praga.
-¡Oh, papi! -no podía aguantar la risa.

-¿Y quién es usted, si es tan amable? -continuó, y la niña aceptó su papel inmediatamente:

-Honoria Wales, Rue Palatine, París.

-¿Casada o soltera?

-No, no estoy casada. Soltera.

Charlie señaló la muñeca.

-Pero, madame, tiene usted una hija.

No queriendo desheredar a la pobre muñeca, se la acercó al corazón y buscó una


respuesta:

-Estuve casada, pero mi marido murió.

Charlie se apresuró a continuar:

-¿Cómo se llama la niña?

-Simone. Es el nombre de mi mejor amiga del colegio.

-Este mes he sido la tercera de la clase -alardeó-. Elsie -era su prima- sólo es la dieciocho y
Richard casi es el último de la clase.

-Quieres a Richard y a Elsie, ¿verdad?

-Sí. A Richard lo quiero mucho y a Elsie también.

Con cautela y sin darle mucha importancia Charlie preguntó:

-¿Y a quién quieres más, a tía Marion o a tío Lincoln?

-Ah, creo que a tío Lincoln.

Cada vez era más consciente de la presencia de su hija. Al entrar al restaurante los había
acompañado un murmullo: “…adorable”, y ahora la gente de la mesa de al lado, cada vez
que interrumpían sus conversaciones, estaba pendiente de ella, observándola como a un
ser que no tuviera más conciencia que una flor.

-¿Por qué no vivo contigo? -preguntó Honoria de repente-. ¿Por qué mamá ha muerto?

-Debes quedarte aquí y aprender mejor el francés. A mí me hubiera sido muy difícil cuidarte
tan bien.
-La verdad es que ya no necesito que me cuiden. Hago las cosas sola.

A la salida del restaurante, un hombre y una mujer lo saludaron inesperadamente.

-¡Pero si es el amigo Wales!

-¡Hombre! Lorraine… Dunc…

Eran fantasmas que surgían del pasado: Duncan Schaeffer, un amigo de la universidad.
Lorraine Quarrles, una preciosa, pálida rubia de treinta años; una más de la pandilla que lo
había ayudado a convertir los meses en días en los pródigos tiempos de hacía tres años.

-Mi marido no ha podido venir este año -dijo Lorraine, respondiéndole a Charlie-. Somos
más pobres que las ratas. Así que me manda doscientos dólares al mes y dice que me las
arregle como pueda… ¿Es tu hija?

-¿Por qué no te sientas un rato con nosotros en el restaurante? -preguntó Duncan.

-No puedo.

Se alegraba de tener una excusa. Seguía notando el atractivo apasionado, provocador, de


Lorraine, pero ahora Charlie se movía a otro ritmo.

-¿Y si quedamos para cenar? -preguntó Lorraine.

-Tengo una cita. Dame tu dirección y te llamaré.

-Charlie, tengo la completa seguridad de que estás sobrio -dijo Lorraine solemnemente-.
Estoy segura de que está sobrio, Dunc, te lo digo de verdad. Pellízcalo para ver si está
sobrio.

Charlie señaló a Honoria con la cabeza. Lorraine y Dunc se echaron a reír.

-¿Cuál es tu direccion? -preguntó Dunc, escéptico.

Charlie titubeó; no quería decirles el nombre de su hotel.

-Todavía no tengo dirección fija. Ya los llamaré. Vamos al vodevil, al Empire.

-¡Estupendo! Lo mismo que yo pensaba hacer -dijo Lorraine-. Tengo ganas de ver payasos,
acróbatas y malabaristas. Es lo que vamos a hacer, Dunc.

-Antes tenemos que hacer un recado -dijo Charlie-. A lo mejor nos vemos en el teatro.

-Muy bien. Estás hecho un auténtico esnob… Adiós, guapísima.

-Adiós.
Honoria, muy educada, hizo una reverencia.

Había sido un encuentro desagradable. Charlie les caía simpático porque trabajaba, porque
era serio; lo buscaban porque ahora tenía más fuerza que ellos, porque en cierta medida
querían alimentarse de su fortaleza.

En el Empire, Honoria se negó orgullosamente a sentarse sobre el abrigo doblado de su


padre. Era ya una persona, con su propio código, y a Charlie le obsesionaba cada vez más
el deseo de inculcarle algo suyo antes de que su personalidad cristalizara completamente.
Pero era imposible intentar conocerla en tan poco tiempo.

En el entreacto se encontraron con Duncan y Lorraine en la sala de espera, donde tocaba


una orquesta.

-¿Tomamos una copa?

-Muy bien, pero no en la barra. Busquemos una mesa.

-El padre perfecto.

Mientras oía, un poco distraído, a Lorraine, Charlie observó cómo la mirada de Honoria se
apartaba de la mesa, y la siguió pensativamente por el salón, preguntándose qué estaría
mirando. Se encontraron sus miradas y Honoria sonrió.

-Está buena la limonada -dijo.

¿Qué había dicho? ¿Qué se esperaba él? Mientras volvían a casa en un taxi la abrazó, para
que su cabeza descansara en su pecho.

-¿Querida, algunas veces recuerdas de tu madre?

-A veces -contestó vagamente.

-No quiero que la olvides. ¿Tienes alguna foto suya?

-Sí, creo que sí. De todas formas, tía Marion tiene una. ¿Por qué no quieres que la olvide?

-Porque te quería mucho.

-Yo también la quería.

Callaron un momento.

-Papá, quiero vivir contigo -dijo de pronto.

A Charlie le dio un vuelco el corazón; así era como quería que ocurrieran las cosas.
-¿Es que no estás contenta?

-Sí, pero a ti te quiero más que a nadie. Y tú me quieres a mí más que a nadie, ¿verdad?,
ahora que mamá ha muerto.

-Claro que sí. Pero no siempre me querrás a mí más que a nadie, cariño. Crecerás y
conocerás a alguien de tu edad y te casarás con él y te olvidarás de que alguna vez tuviste
un papá.

-Sí, es verdad -asintió, muy tranquila.

Charlie no entró en la casa. Volvería a las nueve, y quería mantenerse despejado para lo
que debía decirles.

-Cuando estés ya en casa, asómate a esa ventana.

-Muy bien. Adiós, papi, papi, papi, papi.

Esperó a oscuras en la calle hasta que apareció, cálida y luminosa, en la ventana y lanzó a
la noche un beso con la punta de los dedos.

III

Lo estaban esperando. Marion, sentada junto a la bandeja del café, vestía un elegante y
majestuoso traje negro, que casi hacía pensar en el luto. Lincoln no dejaba de pasearse por
la habitación con la animación de quien ya lleva un buen rato hablando. Deseaban tanto
como Charlie abordar el asunto. Charlie lo sacó a colación casi inmediatamente:

-Me figuro que saben por qué he venido a verlos, por qué he venido a París.

Marion jugaba con las estrellas negras de su collar, y frunció el ceño.

-Tengo verdaderas ganas de tener una casa -continuó-. Y tengo verdaderas ganas de que
Honoria viva conmigo. Aprecio mucho que, por amor a su madre, se hayan ocupado de
Honoria, pero las cosas han cambiado… -titubeó y continuó con mayor decisión-, han
cambiado radicalmente en lo que a mí respecta, y quisiera pedirles que reconsideren el
asunto. Sería una tontería negar que durante tres años he sido un insensato…

Marion lo miraba con dureza.

-…pero todo eso se ha acabado. Como les he dicho, hace un año que sólo bebo una copa
al día, y esa copa me la tomo deliberadamente, para que la idea del alcohol no cobre en mi
imaginación una importancia que no tiene. ¿Me entienden?

-No -dijo Marion sucintamente.

-Es una especie de truco que me hago a mí mismo, para no olvidar la medida de las cosas.
-Te entiendo -dijo Lincoln- No quieres admitir que el alcohol te atrae.

-Algo así. A veces se me olvida y no bebo. Pero procuro beber una copa al día. De todas
maneras, en mi situación, no puedo permitirme beber. Las firmas a las que represento están
más que satisfechas con mi trabajo, y quiero traerme a mi hermana desde Burlington para
que se ocupe de la casa, y sobre todas las cosas quiero que Honoria viva conmigo. Ustedes
saben que, incluso cuando su madre y yo no nos llevábamos bien, jamás permitimos que
nada de lo que sucedía afectara a Honoria. Sé que me quiere y sé que soy capaz de
cuidarla y… Bueno, ya les he dicho todo. ¿Qué piensan?

Sabía que ahora le tocaba recibir los golpes. Podía durar una o dos horas, y sería difícil,
pero si modulaba su resentimiento inevitable y lo convertía en la actitud sumisa del pecador
arrepentido, podría imponer por fin su punto de vista.

“Domínate”, se decía a sí mismo. “Quieres a Honoria”.

Lincoln fue el primero en responderle:

-Llevamos hablando de este asunto desde que recibimos tu carta el mes pasado. Estamos
muy contentos de que Honoria viva con nosotros. Es una criatura adorable, y nos alegra
mucho poder ayudarla, pero, claro está, ya sé que ése no es el problema…

Marion lo interrumpió súbitamente.

-¿Cuánto tiempo aguantarás sin beber, Charlie? -preguntó.

-Espero que siempre.

-¿Y qué crédito se les puede dar a esas palabras?

-Saben que nunca había bebido demasiado hasta que dejé los negocios y me vine aquí sin
nada que hacer. Luego Helen y yo empezamos a salir con…

-Por favor, no metas a Helen en esto. No soporto que hables de ella así.

Charlie la miró severamente; nunca había estado muy seguro de hasta qué punto se habían
apreciado las dos hermanas cuando Helen vivía.

-Me dediqué a beber un año y medio poco más o menos: desde que llegamos hasta que…
me derrumbé.

-Demasiado tiempo.

-Demasiado tiempo -asintió.

-Lo hago sólo por Helen -dijo Marion-. Intento pensar qué le gustaría que hiciera. Te lo digo
de verdad, desde la noche en que hiciste aquello tan horrible dejaste de existir para mí. No
puedo evitarlo. Era mi hermana.
-Ya lo sé.

-Cuando se estaba muriendo, me pidió que me ocupara de Honoria. Si entonces no


hubieras estado internado en un sanatorio, las cosas hubieran sido más fáciles.

Charlie no respondió.

-Jamás podré olvidar la mañana en que Helen llamó a mi puerta, empapada hasta los
huesos y tiritando, y me dijo que habían echado la llave y no la habías dejado entrar.

Charlie apretaba con fuerza los brazos del sillón. Estaba siendo más difícil de lo que se
había esperado. Hubiera querido protestar, demorarse en largas explicaciones, pero sólo
dijo:

-La noche en que le cerré la puerta…

Y Marion lo interrumpió:

-No pienso volver a hablar de eso.

Tras un momento de silencio Lincoln dijo:

-Nos estamos saliendo del tema. Quieres que Marion renuncie a su derecho a la custodia y
te entregue a Honoria. Yo creo que lo importante es si puede confiar en ti o no.

-No culpo a Marion -dijo Charlie despacio-, pero creo que puede tener absoluta confianza en
mí. Mi reputación era intachable hasta hace tres años. Claro está que puedo fallar en
cualquier momento, es humano. Pero si esperamos más tiempo perdería la niñez de
Honoria y la oportunidad de tener un hogar. -Negó con la cabeza-. Perdería a Honoria, ni
más ni menos, ¿no se dan cuenta?

-Sí, te entiendo -dijo Lincoln.

-¿Y por qué no pensaste antes en estas cosas? -preguntó Marion.

-Me figuro que alguna vez pensaría en estas cosas, de cuando en cuando, pero Helen y yo
nos llevábamos fatal. Cuando acepté concederle la custodia de la niña, y no me podía
mover del sanatorio, estaba hundido, y la Bolsa me había dejado en la ruina. Sabía que me
había portado mal y hubiera aceptado cualquier cosa con tal de devolverle la paz a Helen.
Pero ahora es distinto. Estoy trabajando, me va malditamente bien, así que…

-Te agradecería que no utilizaras ese lenguaje en mi presencia.

La miró, estupefacto. Cada vez que Marion hablaba, la fuerza de su antipatía hacia él era
más evidente. Con su miedo a la vida había construido un muro que ahora levantaba frente
a Charlie. Aquel reproche insignificante quizá fuera consecuencia de algún problema que
hubiera tenido con la cocinera aquella tarde. La posibilidad de dejar a Honoria en aquella
atmósfera de hostilidad hacia él le resultaba cada vez más preocupante. Antes o después
saldría a relucir, en alguna frase, en un gesto con la cabeza, y algo de aquella desconfianza
arraigaría irrevocablemente en Honoria. Pero procuró que su cara no revelase sus
emociones, guardárselas; había obtenido cierta ventaja, porque Lincoln se dio cuenta de lo
absurdo de la observación de Marion y le preguntó despreocupadamente desde cuándo le
molestaba la palabra “malditamente”.

-Otra cosa -dijo Charlie-: estoy en condiciones de asegurarle ciertas ventajas. Contrataré
para la casa de Praga a una institutriz francesa. He alquilado un apartamento nuevo…

Dejó de hablar: se daba cuenta de que había metido la pata. Era imposible que aceptaran
con ecuanimidad el hecho de que él ganara de nuevo más del doble que ellos.

-Supongo que puedes ofrecerle más lujos que nosotros -dijo Marion-. Cuando te dedicabas
a tirar el dinero, nosotros vivíamos contando cada moneda de diez francos… Y supongo
que volverás a hacer lo mismo.

-No, no. He aprendido. Tú sabes que trabajé con todas mis fuerzas diez años, hasta que
tuve suerte en la Bolsa, como tantos. Una suerte inmensa. No parecía que tuviera mucho
sentido seguir trabajando, así que lo dejé. No se repetirá.

Hubo un largo silencio. Todos tenían los nervios en tensión, y por primera vez desde hacía
un año Charlie sintió ganas de beber. Ahora estaba seguro de que Lincoln Peters quería
que él tuviera a su hija.

De repente Marion se estremeció; una parte de ella se daba cuenta de que ahora Charlie
tenía los pies en la tierra, y su instinto de madre reconocía que su deseo era natural; pero
había vivido mucho tiempo con un prejuicio: un prejuicio basado en una extraña
desconfianza en la posibilidad de que su hermana fuera feliz, y que, después de una noche
terrible, se había transformado en odio contra Charlie. Todo había sucedido en un período
de su vida en el que, entre el desánimo de la falta de salud y las circunstancias adversas,
necesitaba creer en una maldad y un malvado tangibles.

-Me es imposible pensar de otra manera -exclamó de repente-. No sé hasta qué punto eres
responsable de la muerte de Helen. Es algo que tendrás que arreglar con tu propia
conciencia.

Charlie sintió una punzada de dolor, como una corriente eléctrica; estuvo a punto de
levantarse, y una palabra impronunciable resonó en su garganta. Se dominó un instante, un
instante más.

-Ya está bien -dijo Lincoln, incómodo-. Yo nunca he pensado que tú fueras responsable.

-Helen murió de una enfermedad cardiaca -dijo Charlie, sin fuerzas.

-Sí, una enfermedad cardiaca -dijo Marion, como si aquella frase tuviera para ella otro
significado.
Entonces, en el instante vacío, insípido, que siguió a su arrebato, Marion vio con claridad
que Charlie había conseguido dominar la situación. Miró a su marido y comprendió que no
podía esperar su ayuda, y, de pronto, como si el asunto no tuviera ninguna importancia, tiró
la toalla.

-Haz lo que te parezca -exclamó levantándose de pronto-. Es tu hija. No soy nadie para
interponerme en tu camino. Creo que si fuera mi hija preferiría verla… -consiguió frenarse-.
Decídanlo ustedes. No aguanto más. Me siento mal. Me voy a la cama.

Salió casi corriendo de la habitación, y un momento después Lincoln dijo:

-Ha sido un día muy difícil para ella. Ya sabes lo testaruda que es… -parecía pedir
excusas-: cuando a una mujer se le mete una idea en la cabeza…

-Claro.

-Todo irá bien. Creo que sabe que ahora tú puedes mantener a la niña, así que no tenemos
derecho a interponernos en tu camino ni en el de Honoria.

-Gracias, Lincoln.

-Será mejor que vaya a ver cómo está Marion.

-Me voy ya.

Todavía temblaba cuando llegó a la calle, pero el paseo por la Rue Bonaparte hasta el Sena
lo tranquilizó, y, al cruzar el río, siempre nuevo a la luz de las farolas de los muelles, se
sintió lleno de júbilo. Pero, ya en su habitación, no podía dormirse. La imagen de Helen lo
obsesionaba. Helen, a la que tanto había querido, hasta que los dos habían empezado a
abusar de su amor insensatamente, a hacerlo trizas. En aquella terrible noche de febrero
que Marion recordaba tan vivamente, una lenta pelea se había demorado durante horas.
Recordaba la escena en el Florida, y que, cuando intentó llevarla a casa, Helen había
besado al joven Webb, que estaba en otra mesa; y recordaba lo que Helen le había dicho,
histérica. Cuando volvió a casa solo, desquiciado, furioso, cerró la puerta con llave. ¿Cómo
hubiera podido imaginar que ella llegaría una hora más tarde, sola, y que caería una
nevada, y que Helen vagabundearía por ahí en zapatos de baile, demasiado confundida
para encontrar un taxi? Y recordaba las consecuencias: que Helen se recuperara
milagrosamente de una neumonía, y todo el horror que aquello trajo consigo. Se
reconciliaron, pero aquello fue el principio del fin, y Marion, que lo había visto todo con sus
propios ojos e imaginaba que aquélla sólo había sido una de las muchas escenas del
martirio de su hermana, nunca lo olvidó.

Los recuerdos le devolvieron a Helen, y, en la luz blanca y suave que cuando empieza a
amanecer rodea poco a poco a quien está medio dormido, se dio cuenta de que volvía a
hablar con ella. Helen le decía que tenía razón en cuanto al asunto de Honoria y que quería
que Honoria viviera con él. Dijo que se alegraba de que estuviera bien, de que le fuera bien.
Le dijo muchas cosas más, amistosas, pero estaba sentada en un columpio, vestida de
blanco, y cada vez se balanceaba más, cada vez más deprisa, así que al final no pudo oír
con claridad lo que Helen decía.

IV

Se despertó sintiéndose feliz. El mundo volvía a abrirle las puertas. Hizo planes, imaginó un
futuro para Honoria y para él, y de repente se sintió triste, al recordar los planes que había
hecho con Helen. Ella no había planeado morir. Lo importante era el presente: el trabajo,
alguien a quien querer. Pero no querer demasiado, pues conocía el daño que un padre
puede hacerle a una hija, o una madre a un hijo, si los quiere demasiado: más tarde, ya en
el mundo, el hijo buscaría en su pareja la misma ternura ciega y, al no poder encontrarla, se
rebelaría contra el amor y la vida.

Volvía a hacer un día espléndido, vivificador. Llamó a Lincoln Peters al banco donde
trabajaba y le preguntó si Honoria podría acompañarlo cuando regresara a Praga. Lincoln
estuvo de acuerdo en que no había ninguna razón para aplazar las cosas. Quedaba una
cuestión: el derecho a la custodia. Marion quería conservarlo durante algún tiempo. Estaba
muy preocupada con aquel asunto, y se sentiría más tranquila si supiera que la situación
seguía bajo su control un año mas. Charlie aceptó: lo único que quería era a la niña,
tangible y visible.

También estaba la cuestión de la institutriz. Charlie pasó un buen rato en una agencia
sombría hablando con una bearnesa malhumorada y con una campesina bretona regordeta,
a ninguna de las cuales hubiera podido soportar. Había otras candidatas a quienes vería al
día siguiente.

Comió con Lincoln Peters en el Griffon, intentando dominar su alegría.

-No hay nada comparable a un hijo -dijo Lincoln-. Pero tú comprendes cómo se siente
Marion.

-Ya no recuerda de todo lo que trabajé durante siete años en Estados Unidos -dijo Charlie-.
Sólo recuerda una noche.

-Eso es distinto -titubeó Lincoln-. Mientras tú y Helen derrochaban dinero por toda Europa,
nosotros luchábamos por salir adelante. No he sido ni remotamente rico, nunca he ganado
lo suficiente para permitirme algo más que un seguro de vida. Yo creo que Marion pensaba
que aquello era una especie de injusticia… Tú ni siquiera trabajabas entonces y cada vez
eras más rico.

-El dinero se fue tan rápido como vino -dijo Charlie.

-Sí, y mucho fue a parar a manos de los “chasseurs” y los saxofonistas y los maitres
d’hotel… Bueno, se acabó la gran fiesta. Te he dicho esto para explicarte cómo se siente
Marion después de estos años de locura. Si pasas un momento por casa a eso de las seis,
antes de que Marion esté demasiado cansada, acordaremos los últimos detalles sin ningún
problema.
De vuelta al hotel, Charlie encontró un pneumatique que le habían enviado desde el bar del
Ritz, donde Charlie había dejado su dirección para un antiguo amigo.

Querido Charlie:

Estabas tan raro cuando nos vimos el otro día, que me pregunté si había hecho algo que
pudiera molestarte. Si es así, no me he dado cuenta. La verdad es que me he acordado
mucho de ti durante el año pasado, y siempre he abrigado la esperanza de que nos
viéramos de nuevo cuando yo volviera a París. Lo pasamos muy bien en aquella primavera
disparatada, como aquella noche en que tú y yo robamos la bicicleta de reparto del
carnicero, y aquella vez que intentamos hablar por teléfono con el presidente, cuando
usabas bombín y bastón. Todos parecen haber envejecido últimamente, pero yo no me
siento ni un día más vieja. ¿No podríamos vernos hoy, aunque sólo sea un rato, en honor de
aquellos viejos tiempos? Ahora tengo una resaca miserable. Pero me sentiré mucho mejor
esta tarde, y te esperaré a eso de las cinco en el Ritz.

Siempre tuya,

Lorraine

La primera sensación de Charlie fue de espanto: espanto de haber robado, ya en edad


madura, una bicicleta de reparto para pedalear, con Lorraine a bordo, por la plaza de
L’Étoile, de madrugada. Al recordarlo, parecía una pesadilla. Haberle cerrado la puerta a
Helen no armonizaba con ningún otro episodio de su vida, pero sí el incidente de la
bicicleta: era uno entre muchos. ¿Cuántas semanas o meses de disipación habían sido
necesarios para llegar a ese punto de absoluta irresponsabilidad?

Intentó recordar qué le había parecido Lorraine entonces:muy atractiva; a Helen le


molestaba, aunque no dijera nada. Hacía veinticuatro horas, en el restaurante, Lorraine le
había parecido vulgar, ajada, estropeada. No tenía ninguna, ninguna gana de verla, y se
alegraba de que Alix no le hubiera dado la dirección de su hotel. Y era un consuelo pensar
en Honoria, imaginar domingos dedicados a ella,y darle los buenos días y saber que pasaba
la noche en casa y respiraba en la oscuridad.

A las cinco tomó un taxi y compró regalos para la familia Peters: una graciosa muñeca de
trapo, una caja de soldados romanos, flores para Marion, pañuelos de hilo para Lincoln.

Cuando llegó al apartamento, comprendió que Marion había aceptado lo inevitable. Lo


recibió como si fuera un pariente díscolo, más que una amenaza ajena a la familia. Honoria
sabía ya que se iba con su padre, y Charlie disfrutó al ver cómo, con tacto, la niña
procuraba disimular su alegría excesiva. Sólo sentada en sus rodillas le dijo en voz baja lo
contenta que estaba y le preguntó, antes de volver con los otros niños, cuándo se irían.

Marion y Charlie se quedaron solos un instante y, dejándose llevar por un impulso, él se


atrevió a decirle:
-Las peleas de familia son muy desagradables. No respetan ninguna regla. No son como el
dolor ni las heridas: son más bien como llagas que no se curan porque les falta tejido para
hacerlo. Me gustaría que tú y yo nos lleváramos mejor.

-Es difícil olvidar ciertas cosas -contestó Marion-. Es cuestión de confianza -Charlie no
contestó y Marion preguntó entonces-: ¿Cuándo piensas llevártela?

-Tan pronto como encuentre una institutriz. Pasado mañana, espero.

-No, es imposible. Tengo que preparar sus cosas. Antes del sábado es imposible.

Charlie cedió. Lincoln, que acababa de volver a la habitación, le ofreció una copa.

-Bueno, me tomaré mi whisky diario.

Se notaba el calor, era un hogar, gente reunida junto al fuego. Los niños se sentían seguros
e importantes; la madre y el padre eran serios, vigilaban. Tenían cosas importantes que
hacer por sus hijos, mucho más importantes que su visita. Una cucharada de medicina era,
después de todo, más importante que sus tensas relaciones con Marion. Ni Marion ni
Lincoln eran estúpidos, pero estaban demasiado condicionados por la vida y las
circunstancias. Charlie se preguntó si no podría hacer algo para librar a Lincoln de la rutina
del banco.

Sonó un largo timbrazo: llamaban a la puerta. La bonne a tout faire atravesó la habitación y
desapareció en el pasillo. Abrió la puerta después de que volviera a sonar el timbre, y luego
se oyeron voces, y los tres miraron hacia la puerta del salón con curiosidad. Lincoln se
asomó al pasillo y Marion se levantó. Entonces volvió la criada, seguida de cerca por voces
que resultaron pertenecer a Duncan Shaeffer y Lorraine Quarrles.

Estaban contentos, alegres, muertos de risa. Por un instante Charlie se quedó estupefacto:
no podía entender cómo habían podido conseguir la dirección de los Peters.

-Ajá -Duncan agitaba el dedo pícaramente en dirección a Charlie-. Ajá.

Dunc y Lorraine soltaron un nuevo aluvión de carcajadas. Nervioso, sin saber qué hacer,
Charlie les estrechó la mano rápidamente y se los presentó a Lincoln y Marion. Marion los
saludó con un gesto de la cabeza y apenas abrió la boca. Retrocedió hacía la chimenea; su
hijita estaba cerca y Marion le echó el brazo por el hombro.

Cada vez más disgustado por la intromisión, Charlie esperaba que le dieran una
explicación. Y, después de pensar las palabras un momento, Duncan dijo:

-Hemos venido a invitarte a cenar. Lorraine y yo insistimos en que ya está bien de rodeos y
secretitos sobre dónde te alojas.

Charlie se les acercó más, como si así quisiera empujarlos hacia el pasillo.
-Lo siento, pero no puedo. Díganme dónde van a estar y los llamaré por teléfono dentro de
media hora.

No se inmutaron. Lorraine se sentó de pronto en el brazo de un sillón y, concentrando toda


su atención en Richard, exclamó:

-¡Que niño tan precioso! ¡Ven aquí, cielo!

Richard miró a su madre y no se movió. Lorraine se encogió de hombros ostensiblemente, y


volvió a dirigirse a Charlie:

-Ven a cenar. Estoy segura de que tus primos no se molestarán. Te veo tan solem… tan
solemne.

-No puedo -respondió Charlie, cortante-. Cenen ustedes, ya los llamaré por teléfono.

La voz de Lorraine se volvió desagradable:

-Bien, nos vamos. Pero acuérdate de cuando aporreaste mi puerta a las cuatro de la
mañana y yo tuve el suficiente sentido del humor para darte una copa. Vámonos, Dunc.

Con movimientos pesados, con las caras descompuestas, irritados, con pasos titubeantes,
se adentraron en el pasillo.

-Buenas noches -dijo Charlie.

-¡Buenas noches! -respondió Lorraine con énfasis.

Cuando Charlie volvió al salón, Marion no se había movido, pero ahora echaba el otro brazo
por el hombro de su hijo. Lincoln seguía meciendo a Honoria de acá para allá, como un
péndulo.

-¡Que poca vergüenza! -estalló Charlie-. ¡No hay derecho!

Ni Marion ni Lincoln le respondieron. Charlie se dejó caer en el sillón, cogió el vaso, volvió a
dejarlo y dijo:

-Gente a la que no veo desde hace dos años y tienen la increíble desfachatez de…

Se interrumpió. Marion había dejado escapar un «Ya», una especie de suspiro sofocado,
rabioso; le había dado de repente la espalda y había salido del salón.

Lincoln dejó a Honoria en el suelo con cuidado.

-Niños, vayan a comer. Empiecen a tomarse la sopa -dijo, y, cuando los niños obedecieron,
se dirigió a Charlie-: Marion no está bien y no soporta los sobresaltos. Esa clase de gente la
hace sentirse físicamente mal.
-Yo no les he dicho que vinieran. Alguien les habrá dado el nombre y la dirección de
ustedes. Deliberadamente han…

-Bueno, es una pena. Esto no facilita las cosas. Perdóname un momento.

Solo, Charlie permaneció en su sillón, tenso. Oía comer a los niños en el cuarto de al lado:
hablaban con monosílabos y ya habrían olvidado la escena de los mayores. Oyó el
murmullo de una conversación en otro cuarto, más lejos, y el ruido de un teléfono al ser
descolgado, y, aterrorizado, se cambió a otra silla para no oír nada más.

Lincoln volvió casi inmediatamente.

-Charlie, creo que dejaremos la cena para otra noche. Marion no se encuentra bien.

-¿Se ha disgustado conmigo?

-Más o menos -dijo Lincoln, casi con malos modos-. No es fuerte y…

-¿Quieres decir que ha cambiado de opinión sobre Honoria?

-Ahora está muy afectada. No sé. Llámame al banco mañana.

-Me gustaría que le explicaras que en ningún momento se me ha pasado por la cabeza traer
aquí a esa gente. Estoy tan ofendido como tú.

-Ahora no le puedo explicar nada.

Charlie dejó la silla. Cogió su abrigo y su sombrero y atravesó el pasillo. Abrió la puerta del
comedor y dijo con una voz rara:

-Buenas noches, niños.

Honoria se levantó y corrió a abrazarlo.

-Buenas noches, corazón -dijo, ensimismado, y luego, intentando poner más ternura en la
voz, intentando arreglar algo, añadió-: Buenas noches, queridos niños.

Charlie se dirigió directamente al bar del Ritz con la idea furibunda de encontrarse con
Lorraine y Duncan, pero no estaban allí, y cayó en la cuenta de que, en cualquier caso,
nada podía hacer. No había tocado el vaso de whisky en casa de los Peters, y ahora pidió
un whisky con soda. Paul se acercó para saludarlo.

-Todo ha cambiado mucho -dijo con tristeza-. Ahora el negocio no es ni la mitad de lo que
era. Me han dicho que muchos de los que volvieron a Estados Unidos lo perdieron todo, si
no en el primer hundimiento de la Bolsa, en el segundo. He oído que su amigo George
Hardt perdió hasta el último céntimo. ¿Usted ha vuelto a Estados Unidos?
-No, trabajo en Praga.

-Me han dicho que perdió una fortuna cuando se hundió la Bolsa.

-Sí -asintió con amargura-, pero también perdí todo lo que quise cuando subió.

-¿Vendiendo a la baja?

-Más o menos.

El recuerdo de aquellos días volvía a apoderarse de Charlie como una pesadilla: la gente
que había conocido en sus viajes, y la gente que era incapaz de hacer una suma o de
pronunciar una frase coherente. El hombrecillo con quien Helen había aceptado bailar en la
fiesta del barco, y que luego la insultó a tres metros de su mesa; las mujeres y las chicas
que habían sido sacadas a rastras de los establecimientos públicos, gritando, borrachas o
drogadas…

Hombres que dejaban a sus mujeres en la calle, cerrándoles la puerta, en la nieve, porque
la nieve de 1929 no era real. Si no querías que fuera nieve, bastaba con pagar lo necesario.

Fue al teléfono y llamó al apartamento de los Peters; Lincoln descolgó.

-Te llamo porque no me puedo quitar el asunto de la cabeza. ¿Ha dicho Marion algo?

-Marion está enferma -respondió Lincoln, cortante-. Ya sé que tú no tienes toda la culpa,
pero no puedo permitir que esto la destroce. Me temo que tendremos que aplazarlo seis
meses; no puedo arriesgarme a que pase otro mal rato como el de hoy.

-Ya.

-Lo siento, Charlie.

Volvió a su mesa. El vaso de whisky estaba vacío, pero negó con la cabeza cuando Alix lo
miró, interrogante. Ya no le quedaba mucho por hacer, salvo mandarle a Honoria algunos
regalos; al día siguiente se los mandaría. Más bien irritado, pensó que sólo era dinero:le
había dado dinero a tanta gente…

-No, se acabó -dijo a otro camarero-. ¿Cuánto es?

Algún día volvería; no podían condenarlo a estar pagando sus deudas eternamente. Pero
quería a su hija, y al margen de eso ninguna otra cosa le importaba. No volvería a ser joven,
lleno de las mejores ideas y los mejores sueños, sólo suyos. Estaba absolutamente seguro
de que Helen no hubiera querido que estuviese tan solo.

FIN
El diamante tan grande como el Ritz

John T. Unger descendía de una familia notable, desde hacía varias generaciones, en
Hades, pequeña ciudad en la ribera del Misisipí. El padre de John había conservado el título
de campeón de golf aficionado en numerosas y reñidas competiciones; la señora Unger era
conocida en los antros del vicio y la corrupción, como decían en el pueblo, por sus arengas
políticas; y el joven John T. Unger, que apenas había cumplido los dieciséis años, sabía
bailar todos los bailes a la moda de Nueva York antes de ponerse pantalones largos. Ahora
tenía que pasar algún tiempo lejos de casa. El respeto por la educación impartida en Nueva
Inglaterra, verdadero azote de todas las ciudades de provincia, a las que arrebata cada año
los jóvenes más prometedores, había alcanzado a sus padres. Lo único que podía
satisfacerlos era que estudiara en el colegio de San Midas, cerca de Boston. Hades era
demasiado pequeña para su querido e inteligente hijo.

Pero en Hades —como bien sabe cualquiera que haya estado allí— los nombres de los más
elegantes colegios preuniversitarios y las más elegantes universidades significan muy poco.
Sus habitantes llevan tanto tiempo alejados del mundo que, aunque presumen de estar al
día en moda, costumbres y literatura, dependen en gran medida de lo que les llega de
oídas, y una ceremonia que en Hades se consideraría perfecta sería juzgada «quizá un
poco cursi» por la hija del rey de las carnicerías de Chicago.

Era la víspera de la partida de John T. Unger. Mientras la señora Unger, con maternal
fatuidad, le llenaba las maletas de trajes de lino y ventiladores eléctricos, el señor Unger le
regaló a su hijo una billetera de asbesto atiborrada de dinero.

—Acuérdate de que aquí siempre serás bien recibido —le dijo—. Puedes estar seguro, hijo,
de que mantendremos viva la llama del hogar.

—Lo sé —contestó John con voz ronca.

—No olvides quién eres y de dónde vienes —continuó su padre con orgullo—, y no hagas
nada de lo que te puedas avergonzar. Eres un Unger… de Hades.

Y el viejo y el joven se estrecharon la mano, y John se alejó llorando a mares. Diez minutos
después, en cuanto cruzó los límites de la ciudad, se detuvo para mirarla por última vez. El
anticuado lema Victoriano inscrito sobre las puertas le pareció extrañamente atractivo. Su
padre había intentado muchas veces cambiarlo por algo con más garra y brío, algo como
«Hades: tu oportunidad», o incluso un simple «Bienvenidos» estampado sobre un caluroso
apretón de manos dibujado con luces eléctricas El viejo lema era un poco deprimente, pero
en aquel momento…
Así que John miró por última vez la ciudad y luego, con resolución, se encaró a su destino.
Y, mientras se alejaba, las luces de Hades contra el cielo parecían llenas de una cálida y
apasionada belleza.

El Colegio Preuniversitario de San Midas está a medía hora de Boston en un automóvil


Rolls-Pierce. Nunca se sabrá la distancia real, porque nadie, excepto John T. Unger, ha
llegado hasta allí como no sea en un Rolls-Pierce, y probablemente un caso como el de
Unger no volverá a repetirse. San Midas es el colegio preuniversitario masculino más caro y
selecto del mundo.

Los dos primeros cursos transcurrieron apaciblemente. Todos los alumnos eran hijos de
reyes de las altas finanzas, y John pasó los dos veranos invitado en alguna playa de moda.
Aunque apreciaba mucho a los amigos que lo invitaban, los padres le sorprendían porque
todos parecían cortados por el mismo patrón, y, desde su juvenil punto de vista, a veces se
maravillaba de su excesiva similitud. Cuando les decía dónde vivía, le preguntaban
despreocupadamente: «Hace calor allí, ¿no?», y John se veía obligado a añadirle a la
respuesta una débil sonrisa: «Desde luego que sí». Habría respondido con mayor
cordialidad si todos no repitieran siempre el mismo chiste, a veces con una variante que no
le parecía menos odiosa: «Allí no te quejarás del frío, ¿no?».

A mediados del segundo curso, pusieron en la clase de John a un chico tranquilo y atractivo
que se llamaba Percy Washington. El recién llegado tenía modales agradables y vestía
extraordinariamente bien, incluso para San Midas, pero, a pesar de todo, quién sabe por
qué, se mantenía al margen de los otros chicos. El único con quien hizo amistad fue John T.
Unger, pero ni siquiera con John hablaba abiertamente de su casa y su familia. No había
ninguna duda de que era rico, pero, aparte de lo poco que podía deducir, John no sabía casi
nada de su amigo, así que, cuando Percy lo invitó a pasar el verano en su casa del Oeste,
fue como si le prometieran un banquete para saciar su curiosidad. Aceptó sin vacilar.

Ya en el tren, Percy se volvió, por primera vez, más comunicativo. Y un día, mientras
comían en el vagón-restaurante y hablaban de los defectos de algunos de sus compañeros
de colegio, Percy cambió de repente de tono e hizo una observación inesperada:

—Mi padre —dijo— es, con mucho, el hombre más rico del mundo.

—Ah —respondió John cortésmente. No sabía qué contestar a semejante confidencia.


Pensó contestar: «Es magnífico», pero le sonaba a hueco; y estuvo a punto de decir: «¿De
verdad?», pero se contuvo, porque hubiera parecido que dudaba de la afirmación de Percy.
Y una afirmación tan asombrosa como aquella no admitía dudas.

—El más rico, con mucho —repitió Percy.

—He leído en el Almanaque Mundial —empezó a decir John— que en Estados Unidos hay
uno que gana más de cinco millones al año, y cuatro que ganan más de tres millones, y…

—Ah, eso no es nada —la boca de Percy se curvó en una mueca de desprecio—.
Capitalistas de cuatro cuartos, financieros de poca monta, pequeños comerciantes y
prestamistas. Mi padre podría comprarles todo lo que tienen y ni siquiera lo notaría.
—Pero ¿cómo…?

—¿Que cómo no figura en las listas de Hacienda? Porque no paga impuestos. Si acaso,
paga un poco, pero no de acuerdo con sus ingresos reales.

—Debe de ser muy rico —se limitó a decir John—. Me alegro. Me gusta la gente muy rica.
Cuanto más rica es la gente, más me gusta —había un brillo de apasionada franqueza en
su cara morena—. En Semana Santa me invitaron los Schnlitzer-Murphy. Vivian
Schnlitzer-Murphy tenía rubíes tan grandes como huevos y zafiros que parecían bombillas
encendidas.

—Me encantan las joyas —asintió Percy con entusiasmo—. Prefiero que en el colegio nadie
lo sepa, claro, pero yo tengo una buena colección. Colecciono joyas como otros coleccionan
sellos.

—Y diamantes —dijo John con pasión—. Los Schnlitzer-Murphy tenían diamantes como
nueces…

—Eso no es nada —Percy se le acercó y bajó la voz, que ahora solo era un susurro—. Eso
no es nada. Mi padre tiene un diamante más grande que el Hotel Ritz-Carlton.

II

El crepúsculo de Montana se extendía entre dos montañas como una moradura gigantesca
de la que se derramaran sobre un cielo envenenado arterias oscuras. A una distancia
inmensa, bajo el cielo, se agazapaba la aldea de Fish, diminuta, tétrica y olvidada. Vivían
doce hombres, o eso se decía, en la aldea de Fish, doce almas sombrías e inexplicables
que mamaban la leche escasa de las rocas casi literalmente desnudas sobre las que los
había engendrado una misteriosa energía repobladora. Se habían convertido en una raza
aparte, estos doce hombres de Fish, como una de esas especies surgidas de un remoto
capricho de la naturaleza: una naturaleza que, tras pensárselo dos veces, los hubiera
abandonado a la lucha y al exterminio.

Más allá de la moradura azul y negra, en la distancia, se deslizaba por la desolación del
paisaje una larga fila de luces en movimiento, y los doce hombres de Fish se reunieron
como espectros en la mísera estación para ver pasar el tren de las siete, el Expreso
Transcontinental de Chicago. Seis veces al año, más o menos, el Expreso Transcontinental,
por orden de alguna autoridad inconcebible, paraba en la aldea de Fish; cuando esto
sucedía, descendían del tren uno o dos bultos, montaban en una calesa que siempre surgía
del ocaso y se alejaban hacia el crepúsculo amoratado. La observación de este fenómeno
ridículo y absurdo se había convertido en una especie de rito entre los hombres de Fish.
Observar: eso era todo. No quedaba en ellos nada de esa cualidad vital que es la ilusión,
necesaria para sorprenderse o pensar; si algo hubiera quedado, aquellas visitas misteriosas
hubieran podido dar lugar a una religión. Pero los hombres de Fish estaban por encima de
toda religión —los más descarnados y salvajes dogmas del cristianismo no hubieran podido
arraigar en aquella roca estéril—, y en Fish no existían altar, sacerdote ni sacrificio; solo, a
las siete de la tarde, la reunión silenciosa en la estación miserable, una congregación de la
que se elevaba una oración de tenue y anémica maravilla.

Aquella tarde de junio, el Gran Encargado de los Frenos, a quien, en caso de haber
deificado a alguien, los hombres de Fish podrían haber elegido perfectamente su héroe
celeste, había ordenado que el tren de las siete dejara en Fish su carga humana (o
inhumana). A las siete y dos minutos Percy Washington y John T. Unger descendieron del
expreso, pasaron de prisa ante los ojos embelesados, desmesurados, espantosos, de los
doce hombres de Fish, montaron en una calesa que evidentemente había surgido de la
nada y se alejaron.

Media hora más tarde, cuando el crepúsculo se coagulaba en la oscuridad, el negro


silencioso que conducía la calesa gritó en dirección a un cuerpo opaco que les había salido
al paso en las tinieblas. En respuesta al grito, proyectaron sobre ellos un disco luminoso que
los miraba como un ojo maligno desde la noche insondable. Cuando estuvieron más cerca,
John vio que era la luz trasera de un automóvil inmenso, el más grande y magnífico que
había visto en su vida. La carrocería era de metal resplandeciente, más brillante que el
níquel y más rutilante que la plata, y los tapacubos de las ruedas estaban adornados con
figuras geométricas, iridiscentes, amarillas y verdes: John no se atrevió a preguntarse si
eran de cristal o de piedras preciosas.

Dos negros, con libreas relucientes como las que se ven en los cortejos reales londinenses
de las películas, esperaban firmes junto al coche, y, cuando los jóvenes bajaron de la
calesa, los saludaron en una lengua que el invitado no pudo entender, pero que parecía ser
una degeneración extrema del dialecto de los negros del Sur.

—Ven —le dijo Percy a su amigo, mientras colocaban las maletas en el techo de ébano de
la limosina—. Siento que hayas tenido que hacer un viaje tan largo en la calesa, pero es
preferible que no vean este coche los viajeros del tren y esos tipos de Fish dejados de la
mano de Dios.

—¡Qué barbaridad! ¡Qué coche!

Esta exclamación fue provocada por el interior del vehículo. John vio que la tapicería estaba
formada por mil minúsculas piezas de seda, entretejidas con piedras preciosas y bordados,
y montadas sobre un paño de oro. Los brazos de los asientos en los que los chicos se
habían hundido voluptuosamente estaban cubiertos por una tela semejante al terciopelo,
pero que parecía fabricada en los innumerables colores del extremo de las plumas de las
avestruces.

—¡Vaya coche! —exclamó John una vez más, maravillado.

—¿Qué? ¿Esto? —Percy se echó a reír—. Pero si es solo un trasto viejo que usamos como
furgoneta.

Se deslizaban silenciosamente a través de la oscuridad hacia una abertura entre las dos
montañas.
—Llegaremos dentro de hora y media —dijo Percy, mirando el reloj—. Será mejor que te
diga que vas a ver cosas que no has visto nunca.

Si el coche era un indicio de lo que John iba a ver, estaba preparado para maravillarse. El
primer mandamiento de la sencilla religión que impera en Hades ordena adorar y venerar
las riquezas: si John no hubiera sentido ante ellas una radiante humildad, sus padres
hubieran vuelto la cara, horrorizados por la blasfemia.

Habían llegado al paso entre las dos montañas, y en cuanto empezaron a atravesarlo el
camino se hizo mucho más escabroso.

—Si la luz de la luna llegara hasta aquí, verías que estamos en un gran barranco —dijo
Percy, intentado ver algo por la ventanilla. Dijo unas palabras por el teléfono interior e
inmediatamente el lacayo encendió un reflector y recorrió las colinas con un inmenso haz de
luz.

—Rocas, ya ves. Un coche normal se haría pedazos en media hora. La verdad es que se
necesitaría un tanque para viajar por aquí, si no conoces el camino. Habrás notado que
vamos cuesta arriba.

Estaban subiendo, sí, y pocos minutos después el coche coronó una cima, desde donde
vislumbraron a lo lejos una luna pálida que acababa de salir. El coche se paró de repente y,
a su alrededor, tomaron forma numerosas figuras que salían de la oscuridad: también eran
negros. Volvieron a saludar a los jóvenes en el mismo dialecto vagamente reconocible.
Entonces los negros se pusieron manos a la obra: engancharon cuatro inmensos cables
que caían de lo alto a los tapacubos de las ruedas llenos de joyas. Y, a la voz resonante de
«¡Hey-yah!», John notó que el coche se elevaba del suelo, más y más, por encima de las
rocas que lo flanqueaban, más y más alto, hasta que pudo divisar un valle ondulado, a la luz
de la luna, que se extendía ante él en neto contraste con el tremedal de rocas que
acababan de abandonar. Solo a uno de los lados se veían aún rocas, y enseguida, de
repente, no quedaron rocas, ni cerca de ellos ni en ninguna otra parte.

Era evidente que habían superado un inmenso saliente de piedra, como cortada a cuchillo,
perpendicular en el aire. Y entonces empezaron a descender y por fin, con un choque
suave, se posaron sobre un terreno llano.

—Lo peor ya ha pasado —dijo Percy, echando un vistazo por la ventana—. Solo faltan ocho
kilómetros, por nuestra carretera: es como una tapicería de adoquines. Todo es nuestro. Mi
padre dice que aquí termina Estados Unidos.

—¿Estamos en Canadá?

—No. Estamos en las Montañas Rocosas. Pero estás ahora mismo en los únicos ocho
kilómetros cuadrados del país que no aparecen en ningún registro.

—¿Por qué? ¿Se les ha olvidado?


—No —dijo Percy, sonriendo—. Han intentado hacerlo tres veces. La primera vez mi abuelo
corrompió a un departamento completo del Registro Oficial de la Propiedad; la segunda,
consiguió que cambiaran los mapas oficiales de Estados Unidos… Así retrasó quince años
el asunto. La última vez fue más difícil. Mi padre se las arregló para que sus brújulas se
encontraran en el mayor campo magnético que jamás ha sido creado artificialmente.
Consiguió un equipo completo de instrumentos de planimetría y topografía levemente
defectuosos, incapaces de registrar este territorio, y los sustituyó por los que iban a ser
usados. Luego desvió un río y construyó en la ribera una aldea ficticia, para que la vieran y
la confundieran con un pueblo del valle, quince kilómetros más arriba. Mi padre solo le teme
a una cosa —concluyó—: el único medio en el mundo capaz de descubrirnos.

—¿Cuál es?

Percy bajó la voz: su voz se convirtió en un murmullo.

—Los aviones —susurró—. Tenemos media docena de cañones antiaéreos, y nos las
vamos arreglando; pero ya ha habido algunas muertes y muchos prisioneros. No es que eso
nos preocupe a mi padre y a mí, ya sabes, pero mi madre y las chicas se asustan, y existe
la posibilidad de que alguna vez no podamos solucionar el problema.

Fragmentos y jirones de chinchilla, nubes galantes en el cielo de verde luna, pasaban ante
la luna como preciosos tejidos de Oriente exhibidos ante los ojos de algún kan tártaro. A
John le parecía que era de día, y que veía aviadores que navegaban por el aire y dejaban
caer una lluvia de folletos publicitarios y prospectos medicinales con mensajes de
esperanza para los desesperados caseríos perdidos en la montaña. Le parecía que miraban
a través de las nubes y veían… veían todo lo que había que ver allí adonde él se dirigía.
¿Qué pasaría entonces? Serían obligados a aterrizar por algún artefacto maligno, y
encerrados entre muros lejos de los prospectos medicinales y publicitarios hasta el día del
Juicio; o, en caso de burlar la trampa, los derribaría una rápida humareda y la terrible onda
expansiva de la explosión de una granada, que asustaría a la madre y las hermanas de
Percy. John negó con la cabeza y el fantasma de una sonrisa irónica se insinuó en sus
labios entreabiertos. ¿Qué negocio desesperado se escondía en aquel lugar? ¿Qué astucia
moral de algún excéntrico Creso? ¿Qué misterio dorado y terrible?

Las nubes de chinchilla se amontonaban a lo lejos y, fuera del automóvil, la noche de


Montana era clara como el día. Aquella carretera que era como una alfombra de adoquines
pasaba suavemente bajo los grandes neumáticos mientras bordeaban un lago tranquilo e
iluminado por la luna; atravesaron una zona de oscuridad durante un instante, un bosque de
pinos aromático y fresco, y desembocaron en una amplia avenida de césped, y la
exclamación de placer de John coincidió con las palabras taciturnas de Percy:

—Hemos llegado a casa.

Magnífico a la luz de las estrellas, un primoroso castillo se levantaba a orillas del lago,
irguiéndose con el esplendor de sus mármoles hasta la mitad de la altura de un monte
vecino, para fundirse al fin, con simetría perfecta y transparente languidez femenina, con las
densas tinieblas de un bosque de pinos. Las torres innumerables, las esbeltas tracerías de
los parapetos inclinados, el cincelado prodigioso de un millar de ventanas amarillas, con sus
rectángulos, octógonos y triángulos de luz dorada, la pasmosa suavidad con que se
cruzaban el resplandor de las estrellas y las sombras azules, vibraron en el alma de John
como la cuerda de un instrumento musical. En la cima de una de las torres, la más alta, la
que tenía la base más negra, un juego de luces exteriores creaba una especie de país de
ensueño flotante. Y cuando John miraba hacia arriba en un estado de encantamiento
entusiasta, un tenue y amortiguado sonido de violines descendió y lo envolvió en una
armonía rococó nunca jamás oída. Y, casi inmediatamente, el automóvil se detuvo ante una
escalinata de mármol, ancha y alta, a la que el aire de la noche llevaba la fragancia de
millares de flores. Al final de la escalinata dos grandes puertas se abrieron silenciosas y una
luz ambarina se derramó en la oscuridad, perfilando la figura de una dama elegantísima, de
cabellos negros, con un alto peinado, una dama que les tendía los brazos.

—Madre —estaba diciendo Percy—, este es mi amigo John Unger, de Hades.

Más tarde John recordaría aquella primera noche como un deslumbramiento de muchos
colores, sensaciones fugaces, música dulce como una voz enamorada: deslumbramiento
ante la belleza de las cosas, luces y sombras, gestos y rostros. Había un hombre con el
pelo blanco que, de pie, bebía un licor de múltiples matices en una copa de cristal con el pie
de oro. Había una chica, con la cara como una flor, vestida como Titania, con sartas de
zafiros entre el pelo. Había una habitación en la que el oro macizo y suave de las paredes
cedía a la presión de la mano, y otra habitación que era como la idea platónica del prisma
definitivo: estaba, del techo al suelo, recubierta por una masa inagotable de diamantes,
diamantes de todas las formas y tamaños, de tal manera que, iluminada desde los ángulos
por altas lámparas violáceas, deslumbraba con una claridad que solo en sí misma podía
encontrar parangón, más allá de los deseos o los sueños humanos.

Los dos chicos vagabundearon por aquel laberinto de habitaciones. A veces el suelo que
pisaban llameaba con brillantes dibujos de fulgor interior, dibujos de colores mezclados en
bárbaros contrastes, o dibujos que tenían la delicadeza del pastel, o el blancor más puro, o
mosaicos sutiles y complejos, procedentes sin duda de alguna mezquita del mar Adriático. A
veces, bajo losas de espeso cristal, John veía un torbellino de aguas celestes o verdes,
pobladas de peces exóticos y una vegetación que mezclaba todos los colores del arco iris.
Y pudieron andar sobre pieles de todas las texturas y colores, o a través de corredores del
más pálido marfil, inacabables, como si hubieran sido excavados en los gigantescos
colmillos de los dinosaurios extinguidos antes de la era del hombre.
Hay luego un intervalo confuso en la memoria, y ya estaban cenando: cada plato estaba
hecho con dos capas casi indistinguibles de puro diamante entre las que habían insertado
con extraña labor una filigrana de esmeraldas, casi filamentos de puro aire, verdes e
intangibles. Una música quejumbrosa y discreta fluía a través de lejanos corredores: la silla,
de plumas e insidiosamente curvada en torno a su espalda, parecía tragárselo y aprisionarlo
mientras se bebía la primera copa de oporto. Intentó soñolientamente contestar a una
pregunta que acababan de hacerle, pero el lujo melifluo que oprimía su cuerpo intensificó el
espejismo del sueño: joyas, tejidos, vinos y metales se desdibujaban ante sus ojos en una
dulce niebla…

—Sí —contestó con esfuerzo, por cortesía—, allí paso calor de sobra.
Consiguió añadir a sus palabras una risa espectral; luego, sin un movimiento, sin ofrecer
resistencia, le pareció flotar a la deriva, alejarse flotando, dejando atrás el postre, un helado
que era rosa como un sueño… Se durmió.

Cuando despertó, supo que habían pasado horas. Estaba en una habitación grande y
silenciosa, con paredes de ébano y una iluminación desvaída, demasiado débil, demasiado
sutil para poder ser llamada luz. Su joven anfitrión se inclinaba sobre él.

—Te has quedado dormido mientras cenábamos —le decía Percy—. Yo estuve a punto de
dormirme también: era tan agradable sentirse cómodo después de un año de colegio. Los
criados te han desnudado y lavado mientras dormías.

—¿Esto es una cama o una nube? —suspiró John—. Percy, Percy, antes de que te vayas,
quisiera pedirte perdón.

—¿Por qué?

—Por haber dudado de ti cuando dijiste que tenías un diamante tan grande como el Hotel
Ritz-Carlton.

Percy sonrió.

—Sabía que no me creías. Es esta montaña, ¿sabes?

—¿Qué montaña?

—La montaña sobre la que está construido el castillo. No es demasiado alta para ser una
montaña. Pero, aparte de unos quince metros de hierba y grava, es un diamante puro. Un
diamante único en el mundo, un diamante de unos 1500 metros cúbicos, sin un solo
defecto. ¿Me estás escuchando? Oye…

Pero John T. Unger había vuelto a quedarse dormido.

III

Era por la mañana. Mientras se despertaba, percibió entre sueños que la habitación se iba
llenando de luz solar. Los paneles de ébano de una de las paredes, deslizándose por una
especie de raíles, habían entreabierto la habitación para que entrara la luz del día. Un negro
voluminoso, en uniforme blanco, estaba de pie junto a la cama.

—Buenas noches —murmuró John, ordenándole a su propia mente que volviera de las
regiones de la insensatez.

—Buenos días, señor. ¿Desea darse un baño, señor? Por favor, no se levante. Yo lo llevaré.
Basta con que se desabotone el pijama… así. Gracias, señor.

John permaneció tranquilamente en la cama mientras le quitaban el pijama: aquello le


divertía y le gustaba. Esperaba que lo cogieran como a un niño los brazos de aquel negro
Gargantúa que lo atendía, pero no sucedió nada parecido; sintió que la cama se inclinaba
hacia un lado, y John empezó a desplazarse, sorprendido al principio, hacia la pared, pero,
cuando iba a tocarla, las cortinas se abrieron y, deslizándose por un blando plano inclinado
que no llegaba a los dos metros de longitud, se hundió suavemente en agua que estaba a la
misma temperatura que su cuerpo.
Miró alrededor. La pasarela o el tobogán que lo había conducido al agua se había plegado
lenta y automáticamente. Había sido proyectado a otra habitación y estaba sentado en una
bañera empotrada en el suelo: su cabeza quedaba exactamente por encima del nivel del
suelo. Todo a su alrededor, las paredes de la habitación y el fondo de la bañera, formaba
parte de un acuario azul, y, mirando a través de la superficie de cristal en la que estaba
sentado, podía ver cómo nadaban los peces entre luces ambarinas, deslizándose sin
ninguna curiosidad junto a los dedos de sus pies, separados solo por la espesura del cristal.
Desde lo alto, la luz del sol se filtraba a través de un vidrio verdemar.

—He pensado, señor, que esta mañana preferiría agua de rosas caliente con espuma de
jabón y, para terminar, quizá agua salada fría.

El negro seguía a su lado.

—Sí —asintió John, sonriendo como un tonto—. Como usted quiera.

La sola idea de ordenar aquel baño hubiera resultado, de acuerdo con su pobre nivel de
vida, presuntuosa e incluso perversa.

El negro apretó un botón y una ducha templada empezó a caer, en apariencia desde arriba,
pero en realidad, según pudo descubrir John muy pronto, de una especie de fuente que
había junto a la bañera. El agua tomó un color rosa pálido, y chorros de jabón líquido
brotaron de cuatro cabezas de morsa en miniatura situadas en los ángulos de la bañera. Y,
en un instante, doce minúsculas ruedas hidráulicas, fijadas a los lados, habían agitado y
convertido la mezcla en un radiante arco iris de espuma rosa que envolvía a John en una
delicia de suavidad y ligereza y estallaba a su alrededor por todas partes en burbujas
resplandecientes y rosa.

—¿Conecto el proyector de cine, señor? —sugirió el negro respetuosamente—. Hoy hay


preparada una buena comedia de un solo rollo, pero puedo poner una película más seria, si
así lo prefiere.

—No, gracias —contestó John con educación y firmeza. Disfrutaba demasiado del baño
como para desear otra distracción. Pero llegó la distracción: ahora oía, procedente del
exterior, una música de flautas, flautas que derramaban una melodía semejante a una
cascada, tan fresca y verde como aquella habitación, y acompañaban a un volátil octavín,
más frágil que el encaje de espuma que lo envolvía y fascinaba.

Tras una ducha de agua salada y fría, salió de la bañera en un albornoz con tacto de lana y,
sobre un diván tapizado con el mismo tejido, recibió un masaje de aceite, alcohol y
perfumes. Luego se sentó en una voluptuosa silla para que lo afeitaran y le recortaran un
poco el pelo.
—El señor Percy lo espera en su salón —dijo el negro, cuando acabaron estas
operaciones—. Me llamo Gygsum, señor Unger. Todas las mañanas estaré al servicio del
señor Unger.

John encontró lleno de sol el cuarto de estar, donde el desayuno lo esperaba, y a Percy,
resplandeciente en pantalones de golf blancos de piel de cabra, fumando cómodamente
sentado.

IV

Esta es la historia de la familia Washington, tal como Percy se la resumió a John durante el
desayuno.
El padre del actual señor Washington había nacido en Virginia, descendiente directo de
George Washington y lord Baltimore. Cuando terminó la Guerra Civil era un coronel de
veinticinco años, propietario de una plantación destruida y unos mil dólares de oro.

Fitz-Norman Culpepper Washington, pues ese era el nombre del joven coronel, decidió
regalarle a su hermano menor la propiedad de Virginia e irse al Oeste. Eligió a veinticuatro
de sus negros más fieles, que, por supuesto, lo adoraban, y compró veinticinco billetes de
tren para el Oeste, donde pensaba obtener concesiones de tierra a nombre de los
veinticinco y montar un rancho de ovejas y vacas.

Cuando llevaba en Montana menos de un mes y las cosas le iban verdaderamente mal, se
topó con su extraordinario descubrimiento. Se había perdido cabalgando por las colinas, y
después de un día sin comer, empezó a sentir hambre. Como no tenía rifle, se vio forzado a
perseguir a una ardilla, y en el curso de la persecución se dio cuenta de que la ardilla
llevaba algo brillante en la boca. Cuando ya desaparecía en su madriguera —la Providencia
no quiso que aquella ardilla aplacase el hambre de Fitz-Norman Washington—, el animal
soltó su carga. Al sentarse para considerar la situación, Fitz-Norman vislumbró un fulgor
entre la hierba, muy cerca. Diez segundos después, había perdido completamente el apetito
y ganado cien mil dólares. La ardilla, que había evitado con irritante obstinación convertirse
en comida, le había regalado un diamante perfecto y descomunal.

Más tarde, aquella misma noche, Washington encontró el camino hasta el campamento, y
doce horas después todos sus negros de sexo masculino ocupaban los alrededores de la
madriguera de la ardilla y cavaban con furia en la falda de la montaña. Les dijo que había
descubierto una mina de cuarzo y, dado que solo uno o dos negros habían visto antes algo
parecido a un diamante, lo creyeron sin ningún género de dudas. Cuando estuvo seguro de
la magnitud de su descubrimiento, se encontró en un verdadero aprieto. Toda la montaña
era un diamante: solo era, literalmente, un diamante puro. Llenó cuatro sacos de muestras
rutilantes y partió a lomos de su caballo hacia Saint Paul; allí consiguió vender media
docena de piedras pequeñas. Cuando intentó vender una piedra más grande, un tendero se
desmayó y Fitz-Norman fue detenido por escándalo público. Se escapó de la cárcel y tomó
el tren de Nueva York, donde vendió algunos diamantes de tamaño mediano y recibió a
cambio doscientos mil dólares de oro. Pero no se atrevió a mostrar ninguna gema
excepcional. Y, de hecho, abandonó Nueva York en el momento oportuno. Una tremenda
conmoción se había producido en los ambientes próximos a los joyeros, no tanto por el
tamaño de los diamantes, como por su aparición en la ciudad sin que nadie conociera su
misteriosa procedencia. Empezaron a correr estrafalarios rumores de que la mina había
sido descubierta en los montes Catskill, en la costa de Jersey, en Long Island, bajo
Washington Square. Trenes especiales, llenos de hombres con picos y palas, empezaron a
salir de Nueva York rumbo a distintos y cercanos El Dorados. Pero, para entonces, el joven
Fitz-Norman viajaba ya camino de Montana.

Quince días después, había calculado que el diamante de la montaña equivalía


aproximadamente a todos los diamantes que, por lo que se sabe, existen en el mundo. No
habría sido posible, sin embargo, valorarlo con exactitud, pues se trataba de un único
diamante purísimo, y si hubiese sido puesto a la venta, no solo hubiese provocado el
hundimiento del mercado, sino que, si, de acuerdo con la costumbre, el valor varía según el
tamaño en progresión aritmética, no hubiera habido oro en el mundo para comprar la
décima parte. Y, además, ¿qué se podía hacer con un diamante de semejantes
dimensiones?

Era una situación difícil y extraordinaria. Era, en cierto sentido, el hombre más rico de todos
los tiempos, pero ¿le valía de algo? Si su secreto llegaba a saberse, quién sabe a qué
medidas tendría que recurrir el Gobierno para evitar el pánico, tanto en el mercado del oro
como en el de las piedras preciosas. Incluso podrían expropiar el diamante y crear un
monopolio.

No le cabía otra alternativa: tenía que explotar la montaña en secreto. Fitz-Norman recurrió
a su hermano menor, que se encontraba en el Sur, y le confió el mando de su séquito de
negros, pobres negros que no se habían dado cuenta de que la esclavitud había sido
abolida. Para mayor seguridad, les leyó una proclama que él mismo había redactado, en la
que se anunciaba que el general Forrest había reorganizado los destrozados ejércitos del
Sur y derrotado a los nordistas en una batalla campal. Los negros lo creyeron sin reservas,
e inmediatamente lo celebraron con alegría y ceremonias religiosas.

Fitz-Norman partió hacia países extranjeros con cien mil dólares y dos baúles llenos de
diamantes sin pulir de todos los tamaños. Navegó rumbo a Rusia en un junco chino, y, seis
meses después de salir de Montana, llegó a San Petersburgo. Encontró un oscuro
alojamiento y fue a ver al joyero de la Corte para anunciarle que tenía un diamante para el
zar. Se quedó en San Petersburgo dos semanas, en constante peligro de ser asesinado,
cambiando sin cesar de alojamiento, con miedo de abrir más de tres o cuatro veces sus
baúles durante aquellos quince días.

Después de prometer que volvería un año más tarde con piedras más grandes y más bellas,
recibió permiso para zarpar rumbo a la India. Pero, antes de que partiera, los tesoreros de la
Corte le habían depositado en bancos norteamericanos, en cuentas abiertas bajo cuatro
diferentes nombres supuestos, la suma de quince millones de dólares.

Volvió a Estados Unidos en 1868, después de una ausencia de algo más de dos años.
Había visitado las capitales de veintidós países y hablado con cinco emperadores, once
reyes, tres príncipes, un sah, un kan y un sultán. En aquel momento Fitz-Norman calculaba
su fortuna en mil millones de dólares. Un factor contribuía decisivamente al mantenimiento
del secreto: ninguno de sus diamantes de mayor tamaño permanecía a la vista del público
más de una semana sin que inmediatamente le atribuyeran una historia tan rica en
desgracias, amores, revoluciones y guerras, que forzosamente había de remontarse a los
días del primer imperio babilonio.

Desde 1870 hasta su muerte en 1900, la historia de Fitz-Norman Washington fue una larga
epopeya del oro. Hubo también asuntos secundarios, claro: consiguió eludir a los
registradores de la propiedad, se casó con una dama de Virginia, de la que tuvo un único
hijo, y se vio obligado, por una serie de desafortunadas complicaciones, a matar a su
hermano, que tenía la desdichada costumbre de emborracharse hasta caer en un estupor
indiscreto que muchas veces había puesto en peligro la seguridad de todos. Pero pocos
asesinatos más turbaron aquellos felices años de progreso y expansión.

No mucho antes de morir, adoptó una nueva política, e invirtiendo solo algunos millones de
dólares de su patrimonio líquido, adquirió grandes cantidades de metales preciosos y los
depositó en las cámaras acorazadas de bancos de todo el mundo como si fueran
antigüedades. Su hijo, Braddock Tarleton Washington, siguió, a escala aún mayor, la misma
política. Los metales preciosos fueron sustituidos por el más raro de todos los elementos, el
radio: el equivalente en radio a mil millones de dólares de oro cabe en un recipiente no más
grande que una caja de puros.

Tres días después de la muerte de Fitz-Norman, su hijo Braddock decidió que los negocios
habían ido demasiado lejos. La cuantía de las riquezas que su padre y él habían extraído de
la montaña estaba por encima de todo cálculo. Registró en un dietario, en clave, la cantidad
aproximada de radio depositada en cada uno de los mil bancos de los que era cliente, y los
nombres falsos que poseían la titularidad de las cuentas. Luego hizo una cosa muy sencilla:
cerró la mina.

Cerró la mina. Lo que ya habían extraído mantendría, con lujo sin precedentes, durante
generaciones, a todos los Washington que pudieran nacer. Su única preocupación sería
guardar el secreto, para que el previsible pánico que causaría su revelación no lo redujera a
la miseria absoluta, junto con todos los capitalistas del mundo.

Aquella era la familia con la que se encontraba John T. Unger. Esta fue la historia que le
contaron en el cuarto de estar de paredes de plata la mañana después de su llegada.

Después del desayuno, John se dirigió hacia la gran entrada de mármol, desde donde
contempló con curiosidad el panorama que se ofrecía a su vista. Todo el valle, desde la
montaña de diamante hasta el abrupto precipicio de granito ocho kilómetros más allá, aún
despedía un hálito dorado que flotaba perezosamente sobre la magnífica extensión de
prados, lagos y jardines. Aquí y allí, grupos de olmos formaban delicados bosquecillos de
sombra, en extraño contraste con las duras masas de los pinos que se agarraban a las
colinas como puños de un verde azulado y oscuro. Vio a tres cervatos que, con pasos
ligeros, salieron en fila de entre unas matas, a menos de un kilómetro de distancia, y
desaparecieron con desmañada vivacidad en la penumbra veteada de negro de otras
matas. John no se hubiera sorprendido si hubiera visto a un fauno tocar la flauta a su paso
entre los árboles, o si hubiera vislumbrado una piel rosa de ninfa y una cabellera rubia
flotando al viento entre las más verdes de las hojas verdes.
Con aquella remota esperanza descendió los peldaños de mármol, perturbando ligeramente
el sueño de dos sedosos perros lobos rusos al pie de la escalinata, y se puso en camino a
través de un paseo de losas azules y blancas que parecía no llevar a ningún sitio preciso.

Disfrutaba cuanto podía. La felicidad de la juventud, así como su insuficiencia, estriba en


que los jóvenes no pueden vivir en el presente, sino que siempre deben comparar el día que
pasa con el futuro, imaginado con esplendor: flores y oro, chicas y estrellas, solo son
premoniciones y profecías del incomparable e inalcanzable sueño juvenil.

John siguió una suave curva donde los macizos de rosas llenaban el aire de intensos
aromas y, a través de un parque, se dirigió hacia un claro de musgo a la sombra de unos
árboles. Nunca se había tendido sobre el musgo y quería comprobar si de verdad era tan
blando como para justificar que su nombre fuera utilizado para designar la blandura.
Entonces vio a una chica que se acercaba por el prado. Era la criatura más bella que había
visto en su vida.

Vestía una falda corta, blanca, que apenas le tapaba las rodillas, y le ceñía el pelo una
guirnalda de resedas unidas con pasadores de zafiros azules. Sus desnudos pies rosados
salpicaban rocío conforme se iba acercando. Era más joven que John: no tenía más de
dieciséis años.

—Hola —exclamó con voz suave—, soy Kismine.

Ya era, para John, mucho más. Avanzó hacia la chica, y, cuando estuvo más cerca, casi ni
se atrevía a dar un paso, por temor a pisarle los pies desnudos.

—No nos conocíamos —dijo con aquella voz suave. Y sus ojos azules añadieron: «¡Y te has
perdido muchísimo!»—. Anoche conociste a mi hermana Jasmine. Yo estaba mala: me
había sentado mal la lechuga —prosiguió la voz suave, y los ojos añadieron: «Y soy muy
dulce cuando estoy mala… Y cuando estoy bien».

«Me has causado una enorme impresión», dijeron los ojos de John, «y yo no soy tan fácil».

—¿Cómo estás? —dijo su voz—. Espero que te encuentres mejor esta mañana —y sus
ojos añadieron, tímidos: «Querida».

John se dio cuenta de que estaban paseando por el prado. Kismine propuso que se
sentaran en el musgo: John había olvidado probar su blandura.

Era muy exigente con las mujeres. Un simple defecto —unos tobillos gruesos, una voz
ronca, una mirada fría— bastaba para que dejaran de interesarle. Y he aquí que, por
primera vez en su vida, estaba con una chica que le parecía la encarnación de la perfección
física.

—¿Eres del Este? —le preguntó Kismine con un interés encantador.

—No —respondió John con sencillez—. Soy de Hades.


O nunca había oído hablar de Hades, o no se le ocurrió ningún comentario amable, porque
no volvió a nombrar aquel sitio.

—Este otoño voy a ir a un colegio del Este —dijo Kismine—. ¿Crees que me lo pasaré
bien? Iré a Nueva York, al colegio de la señorita Bulge. Es un colegio muy severo, pero,
¿sabes?, los fines de semana los pasaré con mi familia en nuestra casa de Nueva York,
porque papá se ha enterado de que las alumnas tienen que pasear de dos en dos, en fila.

—Tu padre quiere que tengas orgullo —observó John.

—Somos orgullosas —contestó, y los ojos le brillaban de dignidad—. Jamás nos han
castigado. Papá dice que jamás debemos ser castigadas. Una vez, mi hermana Jasmine,
cuando era pequeña, lo empujó escaleras abajo, y papá solo se levantó y se fue cojeando…
Mamá se quedó… —continuó Kismine—, bueno, un poco sorprendida cuando oyó que eras
de…, ya sabes, de ese sitio de donde eres. Dice que, cuando era joven… Pero es que, ya
sabes, es española y anticuada.

—¿Pasas mucho tiempo aquí? —preguntó John, para disimular que aquellas palabras lo
habían molestado. Parecían una alusión poco amable a su provincianismo.

—Percy, Jasmine y yo venimos todos los veranos, pero el verano que viene Jasmine irá a
Newport. El año que viene irá a Londres para ser presentada en sociedad ante la Corte.

—¿Sabes —comenzó John indeciso— que eres mucho más sofisticada de lo que me había
imaginado al verte?

—No, no, qué va —se apresuró a responder Kismine—. Ni pensarlo. Creo que los jóvenes
que son sofisticados son terriblemente vulgares, ¿no te parece? Yo no lo soy, en absoluto,
de verdad. Si me dices que soy sofisticada, me echaré a llorar.

Estaba tan dolida que le temblaba el labio. John se vio obligado a declarar:

—No creo que seas sofisticada; solo lo he dicho para hacerte rabiar.

—Porque, si lo fuese, no me importaría —insistía ella—, pero no lo soy. Soy muy inocente y
muy niña. Nunca fumo ni bebo y solo leo poesías. Casi no sé nada de matemáticas o
química. Me visto con mucha sencillez. La verdad es que casi no me visto. Lo último que
puedes decir de mí es que soy sofisticada. Creo que las chicas deben disfrutar la juventud
de un modo saludable.

—Yo también lo creo —dijo John sinceramente.

Kismine estaba otra vez alegre. Le sonreía, y una lágrima que nacía sin vida se escurrió por
la comisura de un ojo azul.

—Me caes simpático —le murmuró en tono íntimo—. ¿Vas a pasar todo el tiempo con Percy
mientras estés aquí, o serás simpático conmigo? Piénsalo… Soy un territorio absolutamente
virgen. Nunca he tenido novio. Nunca me han dejado estar sola con chicos… salvo con
Percy. He venido al bosque porque quería verte sin tener a toda la familia alrededor.

Profundamente halagado, John hizo una reverencia, tal como le habían enseñado en la
academia de baile de Hades.

—Es mejor que nos vayamos —dijo Kismine con dulzura—. He quedado con mamá a las
once. Todavía no me has pedido que te dé un beso. Creía que era lo que hacían los chicos
de hoy.

John hinchó el pecho, lleno de orgullo.

—Algunos lo hacen —contestó—, pero yo no. Las chicas no hacen esas cosas… en Hades.

Volvieron juntos a la casa.

VI

John estaba frente al señor Braddock Washington, a pleno sol. Era un hombre de unos
cuarenta años, con un semblante orgulloso e inexpresivo, mirada inteligente y complexión
robusta. Por la mañana le gustaban los caballos, los mejores caballos. Se apoyaba en un
sencillo bastón de paseo, de abedul, con un gran ópalo en el puño. Le enseñaba, con Percy,
el lugar a John.

—Las viviendas de los esclavos están allí —el bastón de paseo señalaba, a la izquierda, un
claustro de mármol que, con la gracia del estilo gótico, se extendía al pie de la montaña—.
Cuando yo era joven, un periodo de absurdo idealismo me apartó de la vida real. Durante
aquel tiempo, los esclavos vivieron en el lujo. Por ejemplo, hice que cada uno tuviera baño
en sus habitaciones.

—Me figuro —se aventuró a decir John, con una sonrisa zalamera— que usarían las
bañeras para guardar el carbón. El señor Schnlitzer-Murphy me contó que una vez…

—Las opiniones del señor Schnlitzer-Murphy no deben de tener demasiada importancia —lo
interrumpió Braddock Washington con frialdad—. Mis esclavos no usaban las bañeras como
carboneras. Tenían órdenes de bañarse cada día, y obedecían. Si no lo hubieran hecho, yo
hubiera podido ordenar que se lavaran la cabeza con ácido sulfúrico. Interrumpí los baños
por otra razón. Varios se resfriaron y murieron. El agua no es buena para ciertas razas, si no
es para beber.

John se rió, e inmediatamente decidió limitarse a asentir escuetamente con la cabeza.


Braddock Washington lo hacía sentirse incómodo.

—Todos esos negros son descendientes de los que mi padre se trajo del Norte. Ahora debe
de haber unos doscientos cincuenta. Te habrás dado cuenta de que han vivido tanto tiempo
al margen del mundo que su dialecto nativo se ha convertido en una jerga casi ininteligible.
A algunos les hemos enseñado a hablar inglés: a mi secretario y a dos o tres criados de la
casa. Este es el campo de golf —continuó, mientras paseaban por el césped verde,
invernal—. Ya ves que todo lo ocupa el green: aquí no hay fairway, ni rough, ni riesgos.

Le sonreía cordialmente a John.

—¿Hay muchos hombres en la jaula, padre?

Braddock Washington tropezó, y se le escapó una maldición.

—Uno menos de los que debería haber —exclamó sombríamente, y añadió un instante
después—: Hemos tenido problemas.

—Mamá me lo había dicho —exclamó Percy—; aquel profesor italiano…

—Un terrible error —dijo Braddock Washington, muy enfadado—. Pero, desde luego, hay
muchas posibilidades de que lo encontremos. Puede que haya caído en alguna parte del
bosque, o que se haya precipitado por un barranco. Y siempre existirá la posibilidad de que,
si consigue huir, nadie crea su historia. De cualquier modo, he mandado dos docenas de
hombres para que lo busquen por las aldeas de los alrededores.

—¿Y no ha habido resultados?

—Alguno. Catorce hombres le han dicho a mi agente que habían matado a un individuo que
respondía a la descripción, pero puede ser, desde luego, que solo quisieran cobrar la
recompensa.

Se interrumpió. Se habían acercado a una gran cavidad en el suelo, un círculo más o


menos del tamaño de un tiovivo, cubierto por una fuerte reja de acero. Braddock
Washington le hizo señas a John y apuntó el bastón hacia la profundidad, a través de la
reja. John se acercó al agujero y miró, y de repente le hirió los oídos una desenfrenada
gritería que surgía de las profundidades.

—¡Baja al infierno!

—¡Eh, chico! ¿Cómo es el aire ahí arriba?

—¡Eh, échanos una cuerda!

—¿No tendrás un bollo duro, hijo, o un par de bocadillos de segunda mano?

—Oye, amigo, si le empujas al tipo ese que está contigo, te haremos una demostración del
arte de la desaparición súbita.

—Dale una paliza de mi parte, ¿vale?

Había demasiada oscuridad para ver con claridad en el interior del foso, pero, por el rudo
optimismo y la brava vitalidad de aquellas frases y voces, John hubiera dicho que
pertenecían a norteamericanos de clase media y del tipo más atrevido. Entonces el señor
Washington alargó el bastón y oprimió un botón que había entre la hierba, y el foso se
iluminó de repente.

—Son marineros, aventureros que han tenido la desgracia de encontrar El Dorado —señaló.

Había aparecido a sus pies, en la tierra, un gran agujero que tenía la forma del interior de un
tazón. Las paredes eran empinadas, y parecían de vidrio pulido, y sobre el fondo
ligeramente cóncavo había, de pie, dos docenas de hombres en uniforme de aviador,
mezclando ropa militar y civil. Sus rostros, vueltos hacia arriba, encendidos por la cólera, el
rencor, la desesperación, el cinismo, estaban cubiertos por largas barbas, pero, excepto
unos pocos que se consumían a ojos vistas, parecían bien alimentados, sanos.

Braddock Washington acercó una silla de jardín al filo del foso y se sentó.

—Bueno, ¿cómo están ustedes, muchachos? —preguntó afablemente.

Un coro de abominaciones, en el que participaron todos, menos los que estaban demasiado
abatidos para gritar, se elevó hasta el aire soleado, pero Braddock Washington lo oyó con
imperturbable serenidad. Cuando el último eco se apagó, habló de nuevo.

—¿Han encontrado alguna salida para sus problemas?

De aquí y allá brotaron algunas respuestas.

—¡Hemos decidido quedarnos aquí por gusto!

—¡Súbenos y verás qué pronto encontramos la salida!

Braddock Washington esperó a que volvieran a callar. Entonces dijo:

—Ya les he explicado la situación. No quisiera que estuvieran aquí. Le pido a Dios no
haberlos visto nunca. Su propia curiosidad los trajo aquí, y en cuanto se les ocurra una
salida que nos salvaguarde a mí y a mis intereses, estaré encantado de tomarla en
consideración. Pero mientras limiten sus esfuerzos a excavar túneles —sí, ya estoy al
corriente del último que han empezado— no llegarán muy lejos. Esto no es tan duro como
quieren hacer creer, con todos sus alaridos, a los seres queridos de mi casa. Si hubieran
sido el tipo de personas que se preocupa por los seres queridos, jamás se hubieran
dedicado a la aviación.

Un hombre alto se separó de los demás y levantó una mano para llamar la atención.

—¡Permítame hacerle algunas preguntas! —gritó—. Usted pretende ser un hombre


equitativo.

—Qué absurdo. ¿Cómo puede un hombre de mi posición ser equitativo con ustedes? ¿Por
qué no pides que un perro cazador sea equitativo con un pedazo de carne?
Ante esta observación despiadada, las caras de las dos docenas de pedazos de carne
acusaron el golpe, pero el hombre alto continuó:

—¡Muy bien! —gritó—. Ya hemos discutido antes estas cosas. Usted no es humanitario, ni
equitativo, pero es humano, o al menos dice serlo, y será capaz de ponerse en nuestro
lugar y entender hasta qué punto… Hasta qué punto…

—¿Hasta qué punto, qué? —preguntó Washington fríamente.

—Hasta qué punto es innecesario…

—Para mí, no.

—Bueno, hasta qué punto es cruel…

—Eso ya lo hemos hablado. No existe crueldad cuando está en juego la propia


conservación. Han sido soldados, lo saben. Busca otro argumento.

—Bueno, entonces, hasta qué punto es una estupidez.

—Bien —admitió Washington—, eso lo reconozco. Pero intenten pensar en una alternativa.
Me he ofrecido a ejecutarlos sin dolor a todos, o a quien quiera, cuando lo deseen. Me he
ofrecido a secuestrar a sus mujeres, novias, hijos y madres, para traerlos hasta aquí.
Ampliaremos sus alojamientos en la fosa, y los alimentaremos y vestiremos durante el resto
de sus vidas. Si hubiera algún método que produjera amnesia permanente, se lo hubiera
aplicado a todos y los hubiera liberado de inmediato, lejos de mis propiedades. Pero no se
me ocurre otra cosa.

—¿Y si te fiaras de que no te íbamos a delatar? —gritó alguien.

—No lo dices en serio —dijo Washington con sarcasmo—. Dejé salir a uno para que le
enseñara italiano a mi hija. Huyó la semana pasada.

Un grito salvaje de júbilo salió de repente de dos docenas de gargantas y le siguió un


estallido de alegría. Los prisioneros bailaron y aplaudieron con entusiasmo, cantaron a la
tirolesa y lucharon entre sí en un repentino e increíble ataque de optimismo animal. Incluso
treparon por las paredes de vidrio del agujero, hasta donde pudieron, y resbalaron otra vez
hasta el fondo, sobre el cojín natural de sus cuerpos. El hombre alto empezó una canción
que todos corearon:

Sí, colgaremos al káiser


de un manzano ácido.

Braddock Washington guardó un silencio inescrutable hasta que la canción terminó.

—Ya ven —observó, en cuanto consiguió un mínimo de atención—. No les guardo rencor.
No me gusta verlos tristes. Por eso no les había contado todo de golpe. Ese tipo… ¿Cómo
se llamaba? ¿Crichtichiello? Uno de mis agentes le disparó y acertó en catorce puntos
distintos.

Los prisioneros no sospechaban que los puntos a los que se refería eran catorce ciudades
diferentes: las ruidosas manifestaciones de alegría cesaron inmediatamente.

—De todas maneras —exclamó Washington con cierta rabia—, intentó huir. ¿Pretenden que
vuelva a arriesgarme con ustedes después de una experiencia semejante?

Se repitieron las imprecaciones y los gritos.

—¡Claro!

—¿Quiere aprender chino tu hija?

—¡Eh! ¡Yo hablo italiano! Mi madre era italiana.

—¡Lo mismo quiere aprender a hablar como en Nueva York!

—¡Si es la chica de los ojos azules, puedo enseñarle cosas mucho mejores que hablar
italiano!

—Yo sé canciones irlandesas, y, si hace falta, sé batir el cobre.

El señor Washington alargó repentinamente el bastón y pulsó el botón entre la hierba, y la


escena del foso desapareció al instante y solo quedó la gran boca oscura, cubierta
tristemente por los dientes negros de la reja.

—¡Eh! —gritó una voz desde el fondo—, ¿te vas a ir sin bendecirnos?

Pero el señor Washington, seguido por los dos chicos, se encaminaba ya a grandes pasos
hacia el agujero número nueve del campo, como si el foso y todo lo que contenía solo fuera
un obstáculo más que hubiera superado con facilidad su hábil palo de golf.

VII

Julio, al abrigo de la montaña de diamante, fue un mes de noches frescas y días cálidos,
esplendorosos. John y Kismine estaban enamorados. John no sabía que el pequeño balón
de fútbol de oro (con la inscripción Pro deo et patria et St. Midas) que le había regalado a
Kismine descansaba sobre el pecho de la chica, colgado de una cadena de platino. Pero así
era. Y Kismine no sabía que John guardaba con ternura en su joyero un gran zafiro que un
día se había desprendido de su sencillo peinado.

Una tarde, cuando reinaba el silencio en la sala de música de rubíes y armiño, pasaron una
hora juntos. John le cogió la mano y Kismine lo miró de tal manera que él murmuró su
nombre. Kismine se inclinó hacia él y luego titubeó.

—¿Has dicho Kismine? —preguntó suavemente—. O…


Quería estar segura. Pensaba que quizá se estaba equivocando.

Ninguno de los dos sabía lo que era un beso, pero una hora después parece que las cosas
eran un poco diferentes.

Se fue yendo la tarde. Aquella noche, cuando un último soplo de música descendió desde la
torre más alta, soñaban despiertos con cada uno de los minutos del día. Habían decidido
casarse tan pronto como fuera posible.

VIII

Todos los días el señor Washington y los dos jóvenes iban a cazar o a pescar a lo más
hondo del bosque, o a jugar al golf en el campo soñoliento —partidas en las que
diplomáticamente John dejaba ganar a su anfitrión—, o a nadar en la frescura montañosa
del lago. El señor Washington le parecía a John un hombre de carácter un tanto riguroso:
indiferente por completo a otras ideas y opiniones que no fueran las suyas. La señora
Washignton era siempre distante y reservada. Parecía despreocuparse absolutamente de
sus dos hijas y dedicarse por completo a su hijo Percy, con quien mantenía durante la
comida conversaciones interminables en un español fluido.

Jasmine, la hija mayor, se parecía a Kismine a primera vista —salvo que tenía las piernas
un poco arqueadas, y las manos y los pies demasiado grandes—, pero poseía un
temperamento completamente distinto. Sus libros preferidos trataban de chicas pobres que
cuidaban la casa de su padre viudo. Kismine le contó a John que Jasmine no se había
podido recuperar del impacto y la decepción producidos por el fin de la guerra mundial,
cuando estaba a punto de partir hacia Europa para servir en las cantinas militares. Incluso
había pasado algún tiempo muy triste, y Braddock Washington había dado algunos pasos
para provocar una nueva guerra en los Balcanes, pero Jasmine vio la foto de unos soldados
serbios heridos y perdió el interés por todo lo que se refiriera a aquel asunto. Sin embargo,
Percy y Kismine parecían haber heredado la arrogancia de su padre, en toda su cruel
magnificencia. Un egoísmo casto y consecuente moldeaba todas y cada una de sus ideas.

A John le encantaban las maravillas del castillo y del valle. Braddock Washington, según le
contó Percy, había mandado secuestrar a un diseñador de jardines, un arquitecto, un
escenógrafo y un poeta del decadentismo francés superviviente del siglo pasado. Puso a su
disposición toda la fuerza de sus negros y les procuró los materiales más preciosos y raros
que existen en el mundo, dejándoles libertad para que llevaran a cabo algunas de sus
ideas. Pero uno tras otro habían demostrado su incapacidad. El poeta decadentista
enseguida empezó a quejarse de estar lejos de los bulevares en primavera: hizo algunas
vagas observaciones sobre especias, monos y marfiles, pero no dijo nada que tuviese valor
práctico. El escenógrafo, por su parte, quería convertir el valle en una sucesión de trucos y
efectos sensacionales: algo de lo que los Washington se hubieran cansado pronto. En
cuanto al arquitecto y al diseñador de jardines, solo pensaban en términos convencionales.
Querían hacer esto según este modelo, y aquello según aquel otro.

Pero por lo menos resolvieron el problema de lo que cabía hacer con ellos: enloquecieron
una mañana temprano, después de pasar toda la noche reunidos, intentando ponerse de
acuerdo sobre dónde colocar una fuente, y ahora estaban internados cómodamente en un
manicomio de Westport, en Connecticut.

—Pero —preguntó John con curiosidad— ¿quién proyectó estos maravillosos salones, los
vestíbulos, los accesos al castillo y los cuartos de baño?

—Bueno —contestó Percy—, me da vergüenza decírtelo, pero fue uno que hace películas,
la única persona que encontramos acostumbrada a manejar cantidades ilimitadas de dinero,
aunque comía vorazmente con la servilleta atada al cuello y no sabía leer ni escribir.

Agosto se acababa, y John empezó a sentir pena: pronto debería volver al colegio. Kismine
y él habían decidido fugarse juntos en junio del año siguiente.

—Sería más bonito casarnos aquí —confesó Kismine—, pero la verdad es que mi padre no
me daría nunca permiso para casarme contigo. Y, además, prefiero la fuga. Es terrible para
los ricos casarse en Estados Unidos en estos tiempos: tienen que mandar comunicados a la
prensa anunciando que la boda se celebrará con sobras, cuando lo que quieren decir es
que se casarán con un puñado de perlas de segunda mano y algún encaje que una vez
llevó la emperatriz Eugenia.

—Lo sé —asintió John vehementemente—. Cuando fui a casa de los Schnlitzer-Murphy, la


hija mayor, Gwendolyn, se casó con el hijo del dueño de media Virginia. Escribió a casa
diciendo lo difícil que era arreglárselas con el sueldo del marido, empleado de banco. Y
terminaba diciendo: «Gracias a Dios, tengo cuatro criadas, y eso me ayuda un poco».

—Es absurdo —comentó Kismine—. Creo que hay millones y millones de personas,
trabajadores y gente así, que se las arreglan con solo dos criadas.

Una tarde de finales de agosto, unas palabras casuales de Kismine cambiaron la situación
por completo y sumieron a John en un estado de terror.

Estaban en su bosquecillo preferido, y entre besos John se abandonaba a románticos


presentimientos que creía que añadían patetismo a sus relaciones.

—A veces pienso que nunca nos casaremos —dijo con tristeza—. Tú eres demasiado rica,
demasiado suntuosa. Una persona tan rica como tú no puede ser como las otras chicas.
Tendré que casarme con la hija de cualquier acomodado ferretero al por mayor de Omaha o
Sioux City, y contentarme con medio millón de dólares de dote.

—Yo conocí una vez a la hija de un ferretero —señaló Kismine. No creo que te hubieses
sentido a gusto con ella. Era amiga de mi hermana. Estuvo aquí.

—Ah, ¿han tenido otros invitados? —exclamó John sorprendido.

Kismine pareció arrepentirse de lo que había dicho.

—Bueno, sí —se apresuró a decir—; hemos tenido algunos.


—Pero… ¿No temen…? ¿No temía tu padre que lo contaran todo cuando se fueran?

—Hasta cierto punto, ¿no? Hasta cierto punto —contestó—. ¿Por qué no hablamos de algo
más agradable?

Pero aquello había despertado la curiosidad de John.

—¡Algo más agradable! —exclamó—. ¿Es que esto no es agradable? ¿No eran simpáticas
aquellas chicas?

Para su gran sorpresa, Kismine se echó a llorar.

—Sí… Y ese… Ese es precisamente el problema. Me había hecho muy amiga de algunas.
Y Jasmine, también, pero seguía invitando a otras. No puedo entenderlo.

Una oscura sospecha nació en el corazón de John.

—¿Quieres decir que hablaron y que tu padre las… eliminó?

—Peor —murmuró Kismine, y se le quebraba la voz—. Mi padre no corrió ningún riesgo. Y


Jasmine seguía escribiéndoles para que vinieran… ¡Y se lo pasaban tan bien!

Kismine estaba deshecha de dolor.

Perplejo por el horror de esta revelación, John la miraba con la boca abierta, sintiendo los
nervios agitarse como si muchos gorriones se hubieran posado en su espina dorsal.

—Ya te lo he dicho, y no debería haberlo hecho —dijo Kismine, tranquilizándose de golpe y


secándose sus ojos azul oscuro.

—¿Quieres decir que tu padre las asesinó antes de que se fueran?

Kismine asintió.

—Normalmente en agosto, o a principios de septiembre. Es natural que antes quisiéramos


disfrutar de su compañía todo lo que pudiéramos.

—¡Es abominable! Dios mío, debo de estar volviéndome loco. ¿Has dicho en serio que…?

—Sí —lo interrumpió Kismine, encogiéndose de hombros—. No podíamos encerrarlas como


a los aviadores: nos hubiera estado remordiendo la conciencia todo el día. Y siempre han
tenido cuidado de que a Jasmine y a mí no nos resultara muy difícil: papá daba la orden
antes de lo que esperábamos. Así evitábamos las escenas de despedida…

—¡Así que ustedes las asesinaron! —gritó John.

—Fue de una manera muy agradable. Las drogaron mientras dormían. Y a las familias les
dijimos que habían muerto de escarlatina en Butte.
—Pero… ¡No entiendo cómo siguieron invitando a otras!

—Yo, no —estalló Kismine—. Yo nunca he invitado a nadie. Fue Jasmine. Y siempre se lo


han pasado muy bien. En los últimos días Jasmine les hacía los regalos más maravillosos.
Seguramente yo también invitaré a alguna amiga. Me acostumbraré a esas cosas. No
permitiremos que algo tan inevitable como la muerte nos impida disfrutar la vida mientras
podamos. Piensa qué solo estaría el castillo si nunca pudiéramos invitar a nadie. Y papá y
mamá han sacrificado a algunos de sus mejores amigos, como nosotros.

—Y así… —exclamó John acusadoramente—. Así has dejado que me enamorara de ti y


has fingido que me correspondías, hablando de matrimonio y sabiendo perfectamente que
nunca iba a salir vivo de aquí…

—No —protestó Kismine con pasión—. Ya, no; solo al principio. Estabas aquí. No podía
evitarlo, y pensé que tus últimos días podían ser agradables para los dos. Pero me enamoré
de ti y… Ahora siento sinceramente que tengas que… desaparecer. Aunque prefiero que
desaparezcas a que alguna vez beses a otra chica.

—¿Sí? ¿Lo prefieres? —gritó John ferozmente.

—Desde luego que sí. Además, siempre he oído que las chicas se lo pasan mejor con los
hombres con los que saben que no se casarán nunca. Ay, ¿por qué te lo he contado?
Seguramente te he echado a perder los buenos ratos que nos quedaban: lo hemos pasado
verdaderamente bien cuando no sabías nada. Ya sabía yo que te ibas a deprimir un poco.

—¿Lo sabías? ¿De verdad lo sabías? —la voz de John temblaba de ira—. Ya he oído
bastante. Si tienes tan poco orgullo y tan poca decencia como para coquetear con alguien
que sabes que es poco más que un cadáver, no quiero tener nada que ver contigo.

—¡Tú no eres un cadáver! —protestó horrorizada—. No eres un cadáver. ¡No quiero que
digas que he besado a un cadáver!

—¡No he dicho nada parecido!

—¡Sí! ¡Has dicho que he besado a un cadáver!

—¡No!

Las voces habían ido elevándose, pero una imprevista irrupción los obligó a callar en el
acto. Unas pisadas se acercaban por el sendero, y un instante después las ramas del rosal
se abrieron y apareció Braddock Washington: sus inteligentes ojos, engastados en un rostro
hermoso e inexpresivo, estudiaban a John y a Kismine.

—¿Quién ha besado a un cadáver? —preguntó con evidente disgusto.

—Nadie —contestó Kismine rápidamente—. Estábamos bromeando.


—¿Qué hacen aquí? —preguntó de mal humor—. Kismine, tendrías que estar leyendo o
jugando al golf con tu hermana. Vamos, ¡a leer! ¡A jugar al golf! ¡No quiero encontrarte aquí
cuando vuelva!

Después saludó cortésmente a John con la cabeza y siguió su paseo.

—¿Has visto? —dijo Kismine, enfadada, cuando ya no podía oírla—. Lo has estropeado
todo. No podremos vernos nunca más. Mi padre no me dejará verte. Mandaría envenenarte
si supiera que estamos enamorados.

—¡Ya no estamos enamorados! —exclamó John con rabia—. Tu padre puede estar
tranquilo. Y no te creas que voy a quedarme aquí. Dentro de seis horas habré cruzado las
montañas y estaré camino del Este, aunque tenga que cavar un túnel con los dientes.

Se habían puesto de pie y, tras estas palabras, Kismine se le acercó y lo cogió del brazo.

—Yo también voy.

—Debes de haberte vuelto loca…

—Ya lo creo que voy —lo interrumpió con impaciencia.

—Desde luego que no. Tú…

—Muy bien —dijo con calma—. Buscaremos a mi padre y hablaremos con él.

Derrotado, John consiguió esbozar una sonrisa forzada.

—Muy bien, amor mío —asintió, con apagada y poco convincente ternura—; iremos juntos.

El amor por Kismine volvía a asentarse plácidamente en su corazón. Kismine era suya… Lo
acompañaría y correría los mismos peligros que él. La abrazó y la besó con pasión. A pesar
de todo, Kismine lo quería. En realidad, lo había salvado.

Hablando de la fuga, volvieron despacio al castillo. Decidieron que, puesto que Braddock
Washington los había visto juntos, sería mejor huir aquella misma noche. Pero, a la hora de
la cena, John tenía la boca insólitamente seca y, nervioso, tragó de tal manera una gran
cucharada de consomé de pavo real que acabó en su pulmón izquierdo. Lo tuvieron que
llevar a la sala de juego decorada con turquesas y pieles de marta, para que uno de los
ayudantes del mayordomo le golpeara en la espalda. A Percy le divirtió mucho la escena.

IX

Mucho después de medianoche, un estremecimiento nervioso recorrió el cuerpo de John,


que se irguió de golpe, sentándose muy derecho en la cama, mirando a través de los velos
de somnolencia que tapizaban la habitación. Por los rectángulos de tiniebla azul que eran
las ventanas abiertas, había oído un sonido débil y lejano que murió bajo un capa de viento
antes de que su memoria lo reconociera entre nubarrones de malos sueños. Pero el ruido
penetrante había continuado, se acercaba, estaba ya al otro lado de las paredes de su
habitación: el sonido del picaporte de una puerta, un paso, un murmullo, no sabría decir
qué; sentía un pellizco en la boca del estómago y le dolía todo el cuerpo en el esfuerzo
desesperado para oír. Entonces uno de los velos pareció disolverse y vio una figura confusa
junto a la puerta, de pie, una figura esbozada y esculpida débilmente en la oscuridad,
confundida de tal manera con los pliegues de las cortinas que parecía deformada, como un
reflejo sobre un cristal empañado.

Con un movimiento imprevisto de miedo o de resolución, John oprimió el botón que había
junto a la cama y, en un segundo, estaba sentado en la bañera de la habitación vecina, bien
despierto, gracias al choque del agua fría.

Saltó afuera y, con el pijama mojado que dejaba un rastro de agua tras sus pasos, corrió
hacia la puerta de aguamarina que, como sabía, daba al vestíbulo de marfil del segundo
piso. La puerta se abrió sin ruido. Una sola lámpara escarlata, que ardía en la gran cúpula,
iluminaba con profunda belleza la magnífica curva de la escalinata esculpida. Durante un
instante John titubeó, aterrado por el inmenso y silencioso esplendor que lo rodeaba como
si quisiera envolver entre sus pliegues gigantescos a la figurilla solitaria y empapada que
tiritaba en el vestíbulo de marfil. Entonces sucedieron dos cosas a un mismo tiempo. La
puerta de su propio salón se abrió y tres negros desnudos se precipitaron en el pasillo, y,
cuando John se lanzaba loco de terror hacia las escaleras, otra puerta se abrió en la pared,
en el otro extremo del pasillo, y John vio a Braddock Washington, de pie en el ascensor
iluminado, con una pelliza y botas de montar que le llegaban a las rodillas y relucían sobre
el brillo de un pijama rosa.

En aquel instante, los tres negros —John no los había visto antes y le pasó por la cabeza,
como un rayo, la idea de que debían de ser verdugos profesionales— dejaron de correr
hacia él y se volvieron expectantes hacia el hombre del ascensor, que lanzó una orden
imperiosa:

—¡Aquí, adentro! ¡Los tres! ¡Rápidos como el demonio!

Entonces los tres negros salieron disparados hacia el ascensor, el rectángulo de luz
desapareció mientras las puertas del ascensor se cerraban suavemente, y John se quedó
solo en el vestíbulo. Se dejó caer sin fuerzas en un peldaño de marfil.

Era evidente que algo portentoso había ocurrido, algo que, por el momento al menos, había
aplazado su propio e insignificante desastre. ¿Qué había sucedido? ¿Se habían rebelado
los negros? ¿Los aviadores habían forzado los barrotes de hierro de sus rejas? ¿O los
hombres de Fish se habían abierto paso, torpe, ciegamente, a través de las montañas y
contemplaban con ojos desesperanzados y sin alegría el valle espectacular? John no lo
sabía. Oía un tenue zumbido de aire mientras el ascensor volvía a subir y, poco después,
mientras descendía. Era probable que Percy se hubiera apresurado a ayudar a su padre, y
se le ocurrió a John que aquella era la ocasión para reunirse con Kismine y planear una
fuga inmediata. Esperó hasta que el ascensor permaneció en silencio unos minutos;
tiritando un poco, porque sentía el frío de la noche a través del pijama mojado, volvió a su
habitación y se vistió de prisa. Luego subió un largo tramo de escaleras y siguió el pasillo
alfombrado con piel de marta rusa que llevaba a las habitaciones de Kismine.
La puerta del salón de Kismine estaba abierta y las lámparas encendidas. Kismine, en
kimono de angora, estaba levantada, cerca de la ventana, como a la escucha, y, cuando
John entró silenciosamente, se volvió hacia él.

—¡ Ah, eres tú! —murmuró, mientras cruzaba la habitación—. ¿Lo has oído?

—He oído que los esclavos de tu padre entraban en mi…

—No —lo interrumpió nerviosa—. ¡Aviones!

—¿Aviones? Quizá fuera eso el ruido que me despertó.

—Había por lo menos una docena. He visto uno, hace unos minutos, exactamente delante
de la luna. El centinela del desfiladero disparó su fusil y eso es lo que ha despertado a
papá. Abriremos fuego inmediatamente contra ellos.

—¿Han venido a propósito?

—Sí. Ha sido ese italiano que se escapó…

Al tiempo que pronunciaba la última palabra, una sucesión de explosiones secas penetró en
la habitación a través de la ventana abierta. Kismine sofocó un grito, con dedos temblorosos
cogió una moneda de una caja que había sobre el tocador, y se acercó corriendo a una de
las lámparas eléctricas. En un instante todo el castillo estaba a oscuras: Kismine había
hecho saltar los fusibles.

—¡Vamos! —gritó—. ¡Vamos a la azotea a ver los aviones desde allí!

Se echó una capa, le cogió la mano y salieron a tientas. Solo un paso los separaba del
ascensor de la torre, y, cuando Kismine apretó el botón para que subiera, John la abrazó en
la oscuridad y la besó en la boca. Por fin John Unger estaba viviendo una aventura de
novela romántica. Un minuto después salieron a la terraza blanca. Arriba, bajo la luna
brumosa, entrando y saliendo a través de las manchas de niebla que se arremolinaban bajo
la luna, en incesante trayectoria circular flotaban una docena de negras máquinas aladas.
Aquí y allá, en el valle, ráfagas de fuego ascendían hacia los aeroplanos, seguidas por
secas detonaciones. Kismine aplaudió con alegría, una alegría que, un instante después, se
convertía en desesperación cuando los aviones, a una señal convenida, comenzaron a
lanzar sus bombas y todo el valle se transformó en un paisaje de estallidos resonantes y
espeluznantes llamaradas.

Pronto la puntería de los atacantes se concentró sobre los puntos donde estaban situadas
las baterías antiaéreas, y uno de los cañones fue casi inmediatamente convertido en un
ascua gigantesca que se consumía despacio sobre un jardín de rosas.

—Kismine —dijo John—, te alegrará saber que el ataque ha empezado un momento antes
de mi asesinato. Si no hubiese oído el disparo del centinela, ahora estaría muerto…
—¡No te oigo! —gritó Kismine, atenta a lo que ocurría ante sus ojos—. ¡Habla más fuerte!

—¡Solo he dicho —gritó John— que sería mejor que saliéramos antes de que empiecen a
bombardear el castillo!

De repente el pórtico de las viviendas de los negros saltó hecho pedazos, un géiser de
llamas entró en erupción bajo las columnas y grandes fragmentos de mármol triturado
fueron lanzados a tanta distancia que alcanzaron las orillas del lago.

—Ahí van cincuenta mil dólares en esclavos —exclamó Kismine— según los precios de
antes de la guerra. Muy pocos norteamericanos respetan la propiedad privada.

John renovó sus esfuerzos para convencerla de que debían salir. La puntería de los aviones
se volvía cada vez más precisa, y solo dos antiaéreos seguían respondiendo al ataque.
Parecía evidente que la guarnición, sitiada por el fuego, no podría resistir mucho tiempo.

—¡Vamos! —gritó John, tirando del brazo de Kismine—. Tenemos que irnos. ¿No te das
cuenta de que los aviadores te matarían sin dudarlo si te encontraran?

Kismine cedió de mala gana.

—¡Tenemos que despertar a Jasmine! —dijo, y corrieron hacia el ascensor. Y Kismine


añadió con una especie de felicidad infantil—: Vamos a ser pobres, ¿verdad? Como los
personajes de los libros. Seré huérfana y completamente libre. ¡Libre y pobre! ¡Qué
divertido!

Se detuvo y unió sus labios a los de John en un beso feliz.

—Es imposible ser las dos cosas a la vez —dijo John con crudeza.—. La gente se ha dado
cuenta. Y yo, entre las dos cosas, eligiría ser libre. Como precaución extra, sería mejor que
te echaras al bolsillo lo que tengas en el joyero.

Diez minutos después, las dos chicas se reunieron con John en el pasillo oscuro y bajaron
al piso principal del castillo. Recorrían por última vez la suntuosidad de los espléndidos
salones, y salieron un instante a la terraza para ver cómo ardían las viviendas de los negros
y las ascuas llameantes de dos aviones que habían caído al otro lado del lago. Un solitario
cañón antiaéreo aún resistía con tenaces detonaciones, y los atacantes parecían tener
miedo de descender más y seguían lanzando estruendosos fuegos de artificio, hasta que
una bomba aniquiló a la dotación etíope del cañón antiaéreo.

John y las dos hermanas bajaron la escalinata de mármol, giraron abruptamente a la


izquierda y empezaron a ascender por un estrecho sendero que rodeaba como una cinta la
montaña de diamante. Kismine conocía una zona muy boscosa a medio camino, donde
podrían esconderse y descansar mientras veían la terrible noche en el valle… Y, cuando
fuera necesario, podrían huir por fin a través de un camino secreto, entre las rocas de un
barranco.

X
Eran las tres de la mañana cuando llegaron a su destino. La amable y flemática Jasmine se
quedó dormida inmediatamente, apoyada en el tronco de un gran árbol; John y Kismine se
sentaron, abrazados, a mirar el desesperado flujo y reflujo de la batalla, que agonizaba
entre las ruinas de aquel paisaje que, hasta aquella misma mañana, había sido un vergel.
Poco después de las cuatro, un estruendo metálico surgió del último cañón que seguía
disparando: quedó fuera de servicio entre una repentina lengua de humo rojo. Aunque la
luna estaba muy baja, vieron cómo las máquinas voladoras giraban cada vez más cerca de
tierra. Cuando estuvieran seguros de que los sitiados habían agotado sus recursos, los
aviones aterrizarían y habría concluido el oscuro y esplendoroso reinado de los Washington.

Con el cese del fuego, el valle quedó en silencio. Las cenizas de los dos aviones derribados
fulguraban como los ojos de un monstruo acurrucado en la hierba. El castillo se elevaba
silencioso en la tiniebla, bello sin luz como bello había sido bajo el sol, mientras las carracas
de Némesis llenaban el aire con un lamento que iba expandiéndose y disminuyendo.
Entonces John se dio cuenta de que Kismine, como su hermana, se había quedado
dormida.

Eran más de las cuatro cuando oyó pasos en el sendero que acababan de recorrer, y
esperó, aguantando la respiración, sin hacer ruido, a que los dueños de aquellas pisadas
dejaran atrás el lugar estratégico donde se encontraba. Algo flotaba en el aire, algo que no
era de origen humano, y el rocío era frío; John pensó que pronto amanecería. Esperó a que
los pasos estuvieran a una distancia segura, montaña arriba, y dejaran de oírse. Entonces
los siguió. A medio camino de aquella cumbre, los árboles desaparecían y un abrupto
collado de roca se extendía sobre el diamante enterrado. Poco antes de alcanzar este
punto, John disminuyó el paso: un instinto animal le había advertido que algo vivo le
precedía, muy cerca. Cuando llegó a una gran piedra, levantó poco a poco la vista sobre el
borde. Su curiosidad quedó satisfecha. He aquí lo que vio:

Allí estaba Braddock Washington, de pie, inmóvil, perfilado contra el cielo gris, silencioso,
sin un signo de vida. El amanecer, que desde el Este le daba a la tierra un matiz verde y
frío, hacía que la figura solitaria pareciera insignificante a la luz del nuevo día.

Mientras John lo observaba, su anfitrión permaneció un instante absorto en insondables


meditaciones; luego les hizo una señal a dos negros acurrucados a sus pies para que
cogieran el fardo que se encontraba entre ellos. Mientras se levantaban trabajosamente, el
primer rayo de sol amarillo se refractó en los prismas innumerables de un inmenso diamante
exquisitamente tallado, y un resplandor blanco fulguró en el aire como un fragmento del
lucero del alba. Los porteadores se tambalearon un instante bajo su peso; luego, sus
músculos vibrantes se tensaron y endurecieron bajo el brillo húmedo de la piel y las tres
figuras volvieron a inmovilizarse en un gesto de desafiante impotencia frente a los cielos.

Un instante después, el hombre blanco levantó la cabeza y lentamente alzó los brazos para
reclamar atención, como quien exige ser oído por una gran muchedumbre: pero no había
ninguna muchedumbre, solo el vasto silencio de la montaña y el cielo, roto por el tenue
canto de los pájaros en los árboles. La figura, sobre la roca, empezó a hablar,
enfáticamente, con un inextinguible orgullo.
—¡Eh, tú! —gritó con voz temblorosa—. ¡Eh, tú, ahí!

Calló, con los brazos todavía extendidos hacia lo alto, la cabeza levantada, a la escucha,
como si esperara respuesta. John aguzó la vista para ver si alguien bajaba de la montaña,
pero en la montaña no había rastro de vida humana: solo el cielo y el silbido burlón del
viento entre las copas de los árboles. ¿Estaría rezando Washington? John se lo preguntó un
instante. Pero la ilusión duró poco: en la actitud de aquel hombre había algo que era la
antítesis de una plegaria.

—¡Eh! ¡Tú! ¡Ahí, arriba!

La voz era ahora más fuerte, más segura. No se trataba de una súplica desesperada. Si
algo caracterizaba a aquella voz, era un tono de monstruosa condescendencia.

Las palabras, pronunciadas con demasiada rapidez para ser comprendidas, se disolvían
unas en otras. John escuchaba aguantando la respiración, captando alguna frase suelta,
mientras la voz se interrumpía, volvía a empezar y volvía a interrumpirse, ahora fuerte y
porfiada, ahora coloreada por una impaciencia asombrada y contenida. Y entonces el único
que la oía empezó a comprender, y mientras la certeza lo invadía, la sangre fluyó más
rápida por sus venas. ¡Braddock Washington estaba tratando de sobornar a Dios!

Se trataba de eso: no había duda. El diamante que sostenían sus esclavos solo era una
muestra, una promesa de lo que vendría después.

John comprendió por fin que aquel era el hilo conductor de las frases. Prometeo
Enriquecido invocaba el testimonio de antiguos sacrificios olvidados, ritos olvidados,
plegarias obsoletas desde antes del nacimiento de Cristo. De repente su discurso tomó la
forma de un recordatorio: le recordaba a Dios esta o aquella ofrenda que la divinidad se
había dignado aceptar de los hombres: grandes iglesias si había salvado ciudades de la
peste, ofrendas de oro, incienso y mirra, vidas humanas y bellas mujeres y ejércitos
prisioneros, niños y reinas, animales del bosque y del campo, ovejas y cabras, cosechas y
ciudades, territorios conquistados, ofrendados con codicia y derramamiento de sangre para
aplacar a Dios, para comprar el apaciguamiento de la ira divina. Y ahora, Braddock
Washington, emperador de los Diamantes, rey y sacerdote de la edad de oro, arbitro del
esplendor y el lujo, iba a ofrendarle un tesoro que ninguno de los príncipes que lo habían
precedido hubiera podido soñar, y no lo ofrecía suplicante, sino con orgullo.

Le daría a Dios, continuó, descendiendo a los detalles, el mayor diamante del mundo. Ese
diamante sería tallado con miles y miles de facetas, muchas más de cuantas hojas tiene un
árbol, y, sin embargo, tendría la perfección de una piedra no mayor que una mosca. Muchos
hombres lo pulirían durante muchos años. Sería montado en una gran cúpula de oro
maravillosamente labrada, con puertas de ópalo e incrustaciones de zafiro. En su centro
sería excavada una capilla presidida por un altar de radio iridiscente, desintegrándose,
siempre cambiante, capaz de quemar los ojos de cualquier fiel que levantara la cabeza
durante la oración. Y sobre este altar, para Su regocijo, se inmolaría a la víctima que el
Divino Benefactor eligiera, aunque fuera el hombre más grande y poderoso de la tierra.
A cambio solo pedía una cosa, una cosa que para Dios sería absurdamente fácil: solo pedía
que la situación volviera a ser como el día antes a la misma hora, y que así se quedase
para siempre. ¡Era extraordinariamente fácil! Que abriera los cielos, para que se tragaran a
aquellos hombres y aquellos aviones, y los cerrara de nuevo. Que le devolviera a sus
esclavos, vivos, sanos y salvos.

Jamás había necesitado tratar o pactar con ningún otro ser.

Solo tenía una duda: si el soborno que ofrecía era lo suficientemente grande. Dios tenía Su
precio, desde luego. Dios estaba hecho a imagen del hombre, así estaba escrito: tenía un
precio, podía ser comprado. Y el precio había de ser excepcional: ninguna catedral
edificada a lo largo de muchos años, ninguna pirámide construida por diez mil esclavos,
podrían igualar a esta catedral y esta pirámide.

Calló un instante. Esta era su propuesta. Todo se llevaría a cabo según su descripción, y no
había nada caprichoso en su afirmación de que pedía muy poco a cambio. Estaba dando a
entender que la Providencia podía tomarlo o dejarlo.

Sus frases, conforme terminaba de hablar, se volvieron entrecortadas, breves y confusas, y


su cuerpo pareció ponerse en tensión, como si se esforzara para captar en el aire el más
leve contacto o rumor que transmitiera un signo de vida. El pelo se le había ido poniendo
blanco mientras hablaba, y ahora elevaba la cabeza hacia el cielo como un antiguo profeta,
majestuosamente loco.

Entonces, mientras lo miraba con obnubilada fascinación, a John le pareció que un


fenómeno curioso tenía lugar a su alrededor. Era como si el cielo se hubiera oscurecido un
instante, como si se hubiera oído un murmullo imprevisto en una ráfaga de viento, un sonido
de trompetas lejanas, un suspiro semejante al frufrú de una inmensa túnica de seda;
durante un instante la naturaleza entera participó de esta oscuridad: el canto de los pájaros
cesó; las ramas de los árboles permanecieron inmóviles, y a lo lejos, en las montañas,
retumbó un trueno sordo y amenazante.

Y nada más. El viento se extinguió sobre las hierbas altas del valle. El amanecer y el día
recuperaron su lugar en el tiempo, y el sol naciente irradió cálidas ondas de niebla amarilla
que iban iluminándole su propio camino. Las hojas reían al sol, y su risa agitó los árboles,
hasta que cada rama pareció un colegio de niñas en el país de las hadas. Dios había
rechazado el soborno.

John contempló el triunfo del día unos segundos más. Luego, al volverse, vio un dorado
aleteo junto al lago, y otro aleteo, y otro más, como una danza de ángeles de oro que
descendieran de las nubes. Los aviones habían aterrizado.

Se deslizó resbalando por la roca y corrió por la ladera de la montaña hacia la arboleda
donde las dos chicas se habían despertado y lo esperaban. Kismine se levantó de un salto,
con las joyas tintineando en sus bolsillos y una pregunta en sus labios entreabiertos, pero el
instinto le dijo a John que no había tiempo para palabras. Debían abandonar la montaña sin
perder un minuto. Les dio la mano a las chicas y, en silencio, se abrieron paso entre los
árboles, bañados ahora por la luz y la niebla que se iba levantando. Ningún ruido llegaba del
valle, a sus espaldas, salvo el lejano lamento de los pavos reales y el murmurar suave de la
mañana.

Cuando llevaban recorrido casi un kilómetro, evitaron los jardines y siguieron un estrecho
sendero que conducía a la elevación de terreno más cercana. En el punto más alto se
detuvieron y volvieron la vista atrás. Sus ojos se posaron en la ladera que habían
abandonado. Los oprimía la sensación de una oscura y trágica amenaza.

Perfilado nítidamente contra el cielo, un hombre abatido, con el pelo blanco, descendía
despacio la ladera escarpada, seguido por dos negros gigantescos e impasibles, cargados
con un bulto que aún resplandecía y fulguraba al sol. A mitad de la cuesta, otras dos figuras
se les unieron: John pudo ver que eran la señora Washington y su hijo, en cuyo brazo se
apoyaba. Los aviadores habían descendido de sus máquinas en el majestuoso prado que
había ante el castillo y, en patrullas, empuñando sus armas, empezaban a ascender por la
montaña de diamante.

Pero el reducido grupo de cinco personas que se había formado en la ladera y sobre el que
se concentraba la atención de todos se había detenido sobre un saliente de la roca. Los
negros se agacharon y abrieron lo que parecía ser una trampilla en la falda de la montaña.
Por allí desaparecieron, el hombre de pelo blanco en primer lugar, y luego su mujer y su
hijo, y por fin los dos negros: las relucientes puntas de sus gorros enjoyados reflejaron el sol
un segundo, antes de que la trampilla descendiera y se los tragara a todos.

Kismine apretó el brazo de John.

—Ah —exclamó con desesperación—, ¿adonde vamos? ¿Qué vamos a hacer?

—Debe de haber algún túnel por donde podamos escapar…

Los gritos de las dos chicas interrumpieron su frase.

—¿No te has dado cuenta? —exclamó Kismine, histérica—. La montaña está electrificada.

Mientras hablaba, John se llevó la mano a los ojos para protegerlos. La superficie de la
montaña había virado de improviso a un amarillo deslumbrador e incandescente, que
resaltaba a través de la capa de hierba como la luz a través de la mano de un hombre. El
insoportable resplandor duró un instante y, luego, como un filamento que se apaga,
desapareció, revelando un negro yermo del que surgía un humo lento y azul, que arrastraba
consigo cuanto quedaba de vegetación y carne humana. De los aviadores no quedó ni
sangre ni huesos: fueron consumidos completamente, como las cinco criaturas que habían
desaparecido en el interior de la montaña.

Simultáneamente, y con inmensa conmoción, el castillo saltó literalmente por los aires,
estalló en encendidos fragmentos mientras se elevaba, y luego cayó sobre sí mismo en una
imponente masa humeante que sobresalía entre las aguas del lago. No hubo fuego: el
humo se disipó, mezclándose con la luz del sol, y durante algunos minutos una nube de
polvo de mármol se elevó de la masa informe que había sido la mansión de las joyas. No se
oía nada y los tres jóvenes estaban solos en el valle.
XI

Al atardecer, John y sus dos compañeras alcanzaron la cumbre del desfiladero que había
señalado los confines de los dominios de los Washington, y, volviéndose a mirar atrás,
encontraron el valle hermoso y apacible a la luz del crepúsculo. Se sentaron a terminar la
comida que Jasmine llevaba en una cesta.

—¡Aquí! —dijo. Y extendió el mantel y colocó los bocadillos en un pulcro montón—. ¿No
tienen buena pinta? Siempre he pensado que la comida sabe mejor al aire libre.

—Con esta frase —señaló Kismine— Jasmine acaba de ingresar en la clase media.

—Y ahora —dijo John impaciente— vacía los bolsillos y enséñanos qué joyas te has traído.
Si has hecho una buena selección, los tres podremos vivir cómodamente el resto de
nuestras vidas.

Obedientemente, Kismine metió la mano en el bolsillo y esparció ante John dos puñados de
piedras resplandecientes.

—No está mal —exclamó John con entusiasmo—. No son muy grandes, pero… ¡Eh!

Su expresión cambió mientras exponía una de las piedras a la luz del sol poniente.

—¡No son diamantes! ¡Ha tenido que pasar algo!

—¡Dios mío! —exclamó Kismine, con ojos espantados—. ¡Qué idiota soy!

—¡Son bisutería! —gritó John.

—Lo sé —se echó a reír—. Me he equivocado de cajón. Eran del vestido de una de las
invitadas de Jasmine. Se las cambié por diamantes. Yo solo había visto piedras preciosas.

—¿Y esto es lo que te has traído?

—Me temo que sí —removió con un dedo, pensativamente, los diamantes falsos—. Creo
que prefiero estos. Estoy un poco cansada de diamantes.

—Muy bien —dijo John con tristeza—. Tendremos que vivir en Hades. Y envejecerás
contándoles a mujeres incrédulas que te equivocaste de cajón. Por desgracia, los talonarios
de cheques de tu padre se han consumido con él.

—Bueno, ¿qué tiene de malo Hades?

—Si a mi edad vuelvo a casa casado, es muy fácil que mi padre me desherede y me deje
un poco de carbón caliente, como dicen allí en el Sur.

Jasmine se animó a hablar.


—A mí me gusta lavar la ropa —dijo en voz baja—. Siempre me he lavado mis pañuelos.
Lavaré ropa para la calle y los mantendré a los dos.

—¿Hay lavanderas en Hades? —preguntó Kismine inocentemente.

—Claro que sí —respondió John—. Como en cualquier parte.

—Yo pensaba que hacía demasiado calor y la gente no llevaba ropa.

John se rió.

—Prueba tú —le sugirió—. Echarán a correr detrás de ti antes de que empieces a


desnudarte.

—¿Estará allí papá? —preguntó Kismine.

John la miró asombrado.

—Tu padre ha muerto —contestó sombríamente—. ¿Por qué iba a ir a Hades? Has
confundido Hades con otro lugar clausurado hace mucho tiempo.

Después de cenar, recogieron el mantel y extendieron las mantas para pasar la noche.

—Qué sueño tan raro —suspiró Kismine, mirando las estrellas—. ¡Qué extraño me resulta
estar aquí con un solo vestido y un novio sin dinero…! Bajo las estrellas —repitió—: Nunca
me había fijado en las estrellas. Siempre me las he imaginado como grandes diamantes que
tenían un dueño. Ahora me dan miedo. Me dan la sensación de que todo ha sido un sueño,
toda mi juventud.

—Ha sido un sueño —dijo John en voz baja—. La juventud siempre es un sueño, una forma
de locura química.

—¡Pues es agradable estar loco!

—Eso me han dicho —murmuró John con tristeza; y no sé mucho más. Pero podemos
querernos algún tiempo, tú y yo, un año o así. Es una forma de embriaguez divina al
alcance de cualquiera. Solo hay diamantes en el mundo, diamantes y quizá el miserable
don de la desilusión. Bueno, yo lo tengo ya, pero, como es normal, no sabré aprovecharlo
—se estremeció. Y añadió—: Álzate el cuello del abrigo, chiquilla, la noche es fría y vas a
pillar una pulmonía. Quien descubrió la consciencia cometió un pecado mortal. Perdámosla
unas horas.

Se envolvió en su manta y se durmió.


El palacio de hielo

La luz del sol se derramaba sobre la casa como pintura dorada sobre un jarrón artístico, y
las manchas de sombra aquí y allá solo intensificaban el rigor del baño de luz. Las casas de
los Butterworth y de los Larkin, colindantes, se atrincheraban tras árboles grandes y
pesados; solo la casa de los Happer recibía el sol de lleno, y durante todo el día miraba
hacia la calle polvorienta con paciencia tolerante y amable. Era una tarde de septiembre en
la ciudad de Tarleton, en el extremo más meridional de Georgia.

En la ventana de su dormitorio, Sally Carrol Happer apoyó la joven barbilla de diecinueve


años en el viejo alféizar de cincuenta y dos años y observó cómo el viejo Ford de Clark
Darrow doblaba la esquina. El coche estaba ardiendo, porque al ser, en parte, de metal,
retenía todo el calor que absorbía y producía, y Clark Darrow, sentado rígido al volante,
tenía una expresión dolorida y tensa, como si se considerara a sí mismo una pieza más con
bastantes posibilidades de sufrir una avería. Superó con dificultad dos baches polvorientos
y, entre los chirridos de las ruedas indignadas por el tropezón, con una mueca terrorífica dio
un último y violento volantazo y dejó al coche y a sí mismo aproximadamente frente a las
escaleras de los Happer. Se oyó un rugido lastimero y agónico, un estertor de muerte,
seguido por un breve silencio, y entonces un silbido sobrecogedor rasgó el aire.

Sally Carrol miraba con ojos de sueño. Empezó a bostezar, pero, dándose cuenta de que
era absolutamente imposible a menos que levantara la barbilla del alféizar, cambió de idea y
siguió mirando en silencio el coche, donde el propietario seguía sentado con rigidez militar,
tan brillante como rutinaria, en espera de una respuesta a su señal. Un instante después, el
silbido volvió a herir el aire polvoriento.

—Buenos días.

Con esfuerzo, Clark giró su largo cuerpo y miró de reojo por la ventanilla.

—Ya es por la tarde, Sally Carrol.

—¿De verdad? ¿Estás seguro?

—¿Qué haces?

—Me estoy comiendo una manzana.

—¿Te vienes a nadar?

—Creo que sí.


—¿Puedes darte un poco de prisa?

—Claro.

Sally Carrol lanzó un enorme suspiro y, superando una inercia casi invencible, se levantó
del suelo, donde había pasado el rato deshaciendo en pedazos una manzana y pintando
muñecas de papel para su hermana pequeña. Se acercó a un espejo, observó su aspecto
con satisfecha y agradable languidez, se dio dos toques de carmín en los labios y una pizca
de polvos en la nariz, y se cubrió con un sombrero atestado de rosas el pelo corto, de chico,
color maíz. Luego les dio una patada a las acuarelas, dijo «Maldita sea» y, sin recoger las
pinturas, salió.

—¿Qué tal, Clark? —preguntaba un minuto después, mientras se subía ágilmente al coche.

—Mejor que bien, Sally Carrol.

—¿Adonde vamos a nadar?

—A la piscina Walley. Le he dicho a Marilyn que iríamos a recogerlos a Joe Ewing y a ella.

Clark era moreno y delgado, y tendía a andar encorvado. Sus ojos eran malignos y había
algo de insolencia en su expresión, salvo cuando los iluminaba por sorpresa una de sus
frecuentes sonrisas. A Clark le habían quedado unas rentas —apenas suficientes para
sobrevivir sin dificultad y echarle gasolina al coche— y había pasado aquellos dos años,
desde que se diplomó en la Escuela Técnica de Georgia, vagando por las dormidas calles
de su ciudad natal y hablando de la mejor manera de invertir su capital para hacerse rico
inmediatamente.

No era difícil dar vueltas sin hacer nada; multitud de chiquillas se habían hecho
maravillosamente mujeres, la sorprendente Sally Carrol mejor que ninguna, y todas eran
felices si las invitabas a bailar y bailar y jugar al amor en las tardes veraniegas llenas de
flores, y a todas les gustaba Clark inmensamente. Y cuando empezabas a cansarte de la
compañía femenina, había siempre media docena de muchachos dispuestos a hacer
cualquier cosa, y siempre prontos a hacer con Clark unos hoyos de golf, o a jugar una
partida de billar, o a beberse medio litro de whisky. De vez en cuando uno de estos
coetáneos hacía una visita de despedida antes de irse a Nueva York o Filadelfia o
Pittsburgh, para entrar en el mundo de los negocios; pero, en su mayoría, se contentaban
con aquel lánguido paraíso de cielos de ensueño, noches de luciérnagas, ferias ruidosas
llenas de negros y, sobre todo, de chicas preciosas de voz suave, educadas con recuerdos
más que con dinero.

Tras infundirle al Ford un soplo de vida resentida y turbulenta, Clark y Sally Carrol bajaron
con gran estrépito por Valley Avenue hasta Jefferson Street, donde el polvo de la calle se
convirtió en asfalto; a través de la narcotizada Millicent Place, donde había media docena
de mansiones prósperas e imponentes, desembocaron por fin en el centro de la ciudad. Allí
conducir se volvía peligroso, porque era la hora de la compra: la gente vagaba sin meta por
las calles y una manada de bueyes que mugían mansamente se resistía a dejarle el camino
libre a un plácido tranvía; incluso las tiendas parecían abrir sus puertas en un bostezo y
parpadear con sus escaparates frente a la luz del sol antes de hundirse en un absoluto y
definitivo estado de coma.

—Sally Carrol —dijo Clark de pronto—, ¿es verdad que tienes novio?

Sally lo miró fugazmente.

—¿Dónde has oído eso?

—Es verdad, ¿no? ¿Tienes novio?

—¡Bonita pregunta!

—Una chica me ha dicho que tienes novio, un yanki que conociste en Asheville el verano
pasado.

Sally Carrol suspiró.

—No he visto un pueblo más cotilla que éste.

—No te cases con un yanki, Sally Carrol. Te necesitamos aquí.

Sally Carrol guardó silencio un momento.

—Clark —preguntó de repente—, ¿con quién, Dios mío,

podría casarme?

—Yo te ofrezco mis servicios.

—Cariño, tú no puedes mantener a una esposa —respondió alegremente—. Además, te


conozco demasiado bien para enamorarme de ti.

—Eso no significa que tengas que casarte con un yanki —insistió.

—¿Y si me hubiera enamorado?

Clark negó con la cabeza.

—No. Tiene que ser totalmente distinto de nosotros, en todos los sentidos.

Se interrumpió. Había parado el coche ante una casa destartalada y en ruinas: Marilyn
Wade y Joe Ewing aparecieron en la

puerta.

—Hola, Sally Carrol.


—Hola.

—¿Qué tal?

—Sally Carrol —preguntó Marilyn en cuanto volvieron a ponerse en marcha—, ¿es verdad
que tienes novio?

—Santo Dios, ¿de dónde ha salido esa historia? ¿No puedo mirar a un hombre sin que
digan que es mi novio?

Clark miraba al frente, los ojos fijos en un tornillo del estridente parabrisas.

—Sally Carrol —dijo con curiosa intensidad—, ¿te caemos bien?

—¿Cómo?

—Sí, nosotros, los de por aquí.

—Tú sabes que sí, Clark. Os adoro a todos.

—Entonces, ¿por qué te has echado un novio yanqui?

—Clark, no lo sé. No sé lo que haré, pero… Sí, quiero viajar y conocer gente. Quiero
desarrollar mi inteligencia. Quiero vivir donde rodo sucede a gran escala.

—¿Qué quieres decir?

—Ay, Clark, te quiero, y quiero a nuestro Joe, y a Ben Arrot, y a todos vosotros, pero todos
seréis… todos seréis…

—¿Todos seremos un fracaso?

—Sí. Y no digo solo un fracaso en lo que se refiere al dinero, sino algo más, algo torpe y
triste, y… Ay, ¿cómo podría explicártelo?

—¿Lo dices porque vivimos aquí, en Tarleton?

—Sí, Clark; y porque os gusta vivir así y jamás querréis cambiar las cosas, ni pensar en
ello, ni mejorar.

Clark asintió, y Sally le cogió la mano.

—Clark —dijo con ternura—, no te cambiaría por nadie en el mundo. Eres un encanto tal
como eres. Y amaré siempre las cosas que hacen que fracases: vivir en el pasado, tus
noches y días de pereza, y toda tu despreocupación y generosidad.

—Pero ¿te vas?


—Sí, porque nunca podría casarme conrigo. Ocupas un lugar en mi corazón que no
ocupará nadie, pero si me quedara aquí perdería la cabeza. Me sentiría… desperdiciada.
En mí hay dos aspectos, ¿sabes? El pasado soñoliento que a ti te gusta tanto, y una
especie de energía… un estado de ánimo que me obliga a hacer las cosas más
disparatadas. Esta es la parte de mí que me servirá en cualquier parte, y que durará incluso
cuando yo ya no sea guapa.

Calló de repente, con su brusquedad característica, suspiró: «¡Ay, cariño!», y ya había


cambiado de estado de ánimo.

Con los ojos entrecerrados, echando hacia atrás la cabeza, hasta apoyarla en el respaldo
del asiento, dejó que el aire áspero le diera en los ojos y le enredara los bucles de pelo
corto y encrespado. Habían llegado al campo y atravesaban un bosquecillo de vegetación
verde y brillante, entre pastos y altos árboles que derramaban follaje sobre la carretera y les
ofrecían una fresca bienvenida. De vez en cuando pasaban ante alguna maltrecha cabana
de negros, y el más viejo de sus habitantes, con el pelo ya blanco, fumaba a la puerta una
pipa hecha con una mazorca de maíz, y enfrente, entre hierbajos, media docena de
chiquillos mal vestidos enseñaban osrenrosamente unos muñecos andrajosos. A lo lejos se
extendían adormilados campos de algodón donde hasta los braceros parecían sombras
inrangibles añadidas por el sol a la tierra, no para que se fatigaran, sino para que
cumplieran apaciblemente alguna tradición antigua en los dorados campos de septiembre.
Y, en torno a aquel paisaje ointoresco y amodorrado, sobre los árboles y las chozas y los
ríos fangosos, fluía el calor, nunca hostil, solo reconfortante, como un seno grande, tibio y
nutritivo para la párvula tierra.

—Sally Carrol, ¡ya hemos llegado!

—La pobre duerme como un tronco.

—Cariño, ¿te has muerto por fin de pura pereza?

—¡Agua, Sally Carrol! ¡El agua fresca te está esperando!

Los ojos se le abrieron soñolientamente.

—¡Ah! —murmuró, sonriendo.

II

En noviembre Harry Bellamy, alto, fuerte y dinámico, del Norte, llegó de su ciudad para
pasar cuatro días. Tenía la intención de resolver un asunto que había quedado pendiente
desde que Sally Carrol y él se conocieron en Asheville, en Carolina del Norte, en verano.
Para resolverlo bastaron una tarde tranquila y una noche frente a la chimenea, porque Harry
tenía todo lo que Sally Carrol deseaba; y además Sally lo quería: lo quería con esa parte de
sí misma que reservaba especialmente para el amor. Sally Carrol estaba dividida en partes
perfectamente definidas.

Paseaban durante su última tarde juntos, y ella se dio cuenta de que, casi
inconscientemente, dirigía sus pasos hacia uno de sus refugios preferidos, el cementerio.
Cuando estuvo ante sus ojos, blanco grisáceo y verde dorado bajo el alegre sol poniente,
Sally se detuvo, indecisa, ante la cancela.

—¿Eres una persona triste, Harry? —preguntó con una sombra de sonrisa.

—¿Triste? Claro que no.

—Entremos entonces. Este sitio deprime a mucha gente, pero a mí me gusta.

Cruzaron la verja y siguieron un sendero que corría a través de un ondulado valle de


tumbas: tumbas grises de polvo y moho para los muertos de los años cincuenta; esculpidas
caprichosamente con motivos florales y ánforas para los muertos de los setenta;
excesivamente adornadas, horribles, para los muertos de los años noventa, con gordos
querubines de mármol sumergidos en un sueño profundo sobre cojines de piedra, y una
exuberante e imposible vegetación de anónimas flores de granito. De vez en cuando veían
una figura arrodillada que dejaba una ofrenda de flores, pero sobre la mayoría de las
tumbas solo había silencio y hojas secas, y solo la fragancia que sus oscuros recuerdos
podían despertar en la imaginación de los vivos.

Alcanzaron la cima de una colina y se encontraron frente a un lápida alta y redonda,


picoteada por manchas oscuras de humedad y casi cubierta de hiedra.

—«Margery Lee» —leyó Sally—, «1844—1873». Tuvo que ser bonita, ¿verdad? Murió a los
veintinueve años. Querida Margery Lee —añadió en voz baja—. ¿Te la puedes imaginar,
Harry?

—Sí, Sally Carrol.

Harry sintió una mano pequeña que se metía dentro de la suya. —Era morena, me parece;
y llevaba siempre un lazo en el pelo y maravillosas faldas en forma de campana, celestes y
rosa.

—Sí.

—¡Era tan dulce, Harry! Y era de esas chicas que nacieron para esperar a los invitados en
un porche inmenso, con columnas. Me parece que muchos hombres se fueron a la guerra
pensando volver junto a ella, y quizá ninguno volvió.

Harry se acercó a la lápida, para buscar una fecha de matrimonio.

—Aquí no dice nada.

—Claro que no. ¿Qué podría ser más elocuente que el nombre, Margery Lee, y la fecha?
Se acercó a Harry y él sintió un inesperado nudo en la garganta cuando ella le rozó la
mejilla con su pelo rubio.

—La estás viendo, ¿verdad, Harry?

—La estoy viendo —asintió con ternura—. La veo a través de tus ojos preciosos. Estás
maravillosa ahora mismo: así tuvo que ser ella.

Estaban de pie, juntos y en silencio, y Harry sentía cómo temblaban un poco los hombros
de Sally. Un airecillo barrió la colina y agitó el ala de la pamela de Sally.

—¡Bajemos!

Sally Carrol señalaba con el dedo una llanura al otro lado de la colina: mil cruces blancas,
grisáceas, se extendían sobre la hierba verde en ordenadas filas interminables, como los
fusiles de un batallón.

—Son los confederados muertos —dijo Sally escuetamente.

Iban paseando y leyendo las inscripciones, siempre un nombre y una fecha, a veces casi
indescifrables.

—La última fila es la más triste… Mira, en aquella zona. Cada cruz solo lleva una fecha y
una palabra: «Desconocido».

Lo miró y los ojos se le llenaron de lágrimas.

—No puedo explicarte lo real que todo esto es para mí, querido…, si ya no lo sabes.

—Para mí es maravilloso lo que sientes.

—No, no, no se trata de mí, sino de ellos, de aquel tiempo pasado que yo intento mantener
vivo dentro de mí. Fueron solo hombres, sin importancia evidentemente, o no serían
«desconocidos»; pero murieron por lo más maravilloso del mundo: por el muerto Sur. Ya
sabes —añadió con la voz aún velada y los ojos brillantes de lágrimas—, la gente tiene
sueños que la ligan a las cosas, y yo he crecido con este sueño. Ha sido fácil, porque son
cosas muertas que no podían desilusionarme. Creo que he intentado vivir, según los
criterios de noblesse oblige del pasado, pero solo quedan los últimos vestigios, ya sabes,
como las rosas de un antiguo jardín que murieran a nuestro alrededor: el atisbo en algún
chico de una cortesía y una caballerosidad extraordinarias, las historias que me contaron
muchas veces algunos negros muy viejos y un soldado confederado que vivía junto a mi
casa. Ay, Harry, ¡había algo verdadero en todo eso! Nunca he sabido explicártelo bien, pero
había algo verdadero.

—Te entiendo —volvió a asegurarle dulcemente.


Sally Carrol sonrió y se secó las lágrimas con el pico del pañuelo que asomaba del bolsillo
superior de Harry.

—No estás triste, ¿verdad, amor mío? Hasta cuando lloro, soy feliz aquí: me da una especie
de fuerza.

Dieron la vuelta y, de la mano, se alejaron despacio. Encontraron hierba blanda, y Sally hizo
que Harry se sentara a su lado, con la espalda apoyada en lo que quedaba de un bajo muro
en ruinas.

—Me gustaría que aquellas tres viejas se largaran —se quejó Harry—. Quiero besarte, Sally
Carrol.

—Yo también.

Esperaron impacientes a que las tres figuras encorvadas se alejaran, y entonces Sally lo
besó hasta que el cielo pareció apagarse poco a poco, y todas sus sonrisas y lágrimas se
desvanecieron en el éxtasis de un minuto eterno.

Luego regresaron lentamente, mientras en las esquinas de la calle el crepúsculo jugaba a


las damas soñolientamente, negras contra blancas, con el final del día.

—Tienes que ir al Norte a mediados de enero —dijo Harry—, y quedarte un mes por lo
menos. Será magnífico. Es el carnaval de invierno, y, si no has visto nunca la nieve, será
como si estuvieras en el país de las hadas. Habrá patinaje y esquí, y toboganes y trineos, y
desfiles y cabalgatas a la luz de las antorchas con raquetas para andar por la nieve. Hace
años que no se celebra el carnaval de invierno, así que quieren montar lo nunca visto.

—¿Pasaré frío, Harry? —preguntó Sally de pronto.

—Claro que no. Quizá se te congele la nariz, pero no tiritarás de frío. Es un frío seco,
¿sabes?

—Creo que estoy hecha para el verano. Jamás me ha gustado el frío.

Calló, y guardaron silencio un instante.

—Sally Carrol —dijo Harry muy despacio—, ¿qué te parecería marzo?

—Digo que te quiero.

—¿Marzo?

—Marzo, Harry.

III
En el coche—cama hizo mucho frío toda la noche. Sally llamó al revisor para pedirle otra
manta y, como no se la pudieron dar, intentó en vano, acurrucándose en el fondo de su
litera y doblando las mantas, dormir por lo menos unas horas: quería estar resplandeciente
por la mañana.

Se levantó a las seis y, después de vestirse con dificultad, fue dando traspiés al vagón
restaurante, a tomar un café. La nieve se había filtrado en los pasillos y cubría el suelo con
una capa resbaladiza. Era un misterio este frío que invadía todos los rincones. El aliento de
Sally era perfectamente visible, y lo lanzaba al aire con ingenuo placer. Sentada en el vagón
restaurante, miraba a través de la ventanilla colinas blancas y valles y pinos en los que cada
rama era una fuente verde para un frío banquete de nieve. De vez en cuando una granja
solitaria pasaba rapidísima, fea, inhóspita y desolada en la tierra blanca y baldía; y cada
casa le provocaba un escalofrío de compasión por las criaturas que, encerradas allí,
esperaban la primavera.

Cuando dejó el vagón restaurante y, tambaleándose, volvió al coche—cama, sintió una


oleada de energía y se preguntó si aquélla era la sensación del aire vivificador del que Harry
le había hablado. Aquél era el Norte, el Norte: ahora era su tierra.

—¡Soplen los vientos, evohé! / Vagabunda seré —cantó exultante entre dientes.

—¿Cómo ha dicho? —preguntó educadamente el mozo.

—He dicho: «Déjeme en paz».

Los largos cables del telégrafo se duplicaron. Dos raíles corrían junto al tren, luego tres,
cuatro… Siguió una sucesión de casas con el tejado blanco, entre las que aparecía y
desaparecía un tranvía con las ventanas empañadas, y calles, y más calles: la ciudad.

Se quedó inmóvil y aturdida un momento, de pie en la estación cubierta de escarcha, antes


de ver a tres figuras cubiertas de pieles que se le acercaban.

—¡Allí está!

—¡Eh, Sally Carrol!

Sally Carrol dejó caer la maleta.

—¡Eh, hola!

Un rostro vagamente familiar y frío como el hielo la besó, y se vio de pronto entre un grupo
de caras que parecían arrojar grandes nubes de humo pesado. Estrechaba manos. Eran
Gordon, un hombre bajo y entusiasta, de unos treinta años, que parecía una copia torpe e
imperfecta de Harry; y su mujer, Myra, una señora lánguida con el pelo muy rubio bajo una
gorra de piel, de automovilista. Casi inmediatamente Sally Carrol pensó que tenía rasgos
vagamente escandinavos. Un alegre chófer se hizo cargo de su maleta, y entre un ir y venir
de frases a medio terminar, exclamaciones y superficiales y lánguidos «querida mía» de
Myra, se fueron empujando unos a otros hacia la salida de la estación.

Y ya atravesaban en coche una tortuosa sucesión de calles nevadas en las que docenas de
chiquillos ataban trineos a los coches y a las furgonetas de reparto.

—¡Oh! —exclamó Sally Carrol—. Yo también quiero hacerlo. ¿Podemos, Harry?

—Eso es cosa de niños. Pero podríamos…

—Esto parece un circo —dijo con pena.

La casa era una construcción irregular sobre un lecho de nieve, y allí conoció a un hombre
grande, de cabellos blancos, que le cayó bien, y a una señora que parecía un huevo, y que
la besó: eran los padres de Harry. Luego transcurrió una hora indescriptible y sin respiro,
llena de frases a medias, agua caliente, huevos con beicon y confusión; y después se
quedó sola con Harry en la biblioteca, y le preguntó si podía fumar.

Era una amplia habitación con una Virgen sobre la chimenea y filas y filas de libros
encuadernados en oro y oro viejo y rojo brillante. Todas las sillas tenían piezas de encaje
sobre las que apoyar la cabeza, y el sofá apenas si era cómodo, y algunos libros, solo
algunos, parecían haber sido leídos: Sally Carrol volvió a ver por un instante la vieja y
maltrecha biblioteca de su casa, con los enormes tomos sobre medicina de su padre, y los
retratos al óleo de sus tres tías abuelas, y el viejo sofá que llevaba aguantando con
remiendos desde hacía cuarenta y cinco años y seguía siendo una maravilla para soñar
echada en él. De pronto le pareció que aquella habitación no era ni agradable ni nada en
particular. Solo era una habitación con un montón de cosas caras que parecían tener menos
de quince años.

—¿Qué te parece todo esto? —preguntó Harry con ansiedad—. ¿Te has llevado una
sorpresa? Quiero decir si era lo que esperabas.

—Tú eres lo que yo esperaba, Harry —respondió apaciblemente, y le tendió los brazos.

Después de un beso breve, Harry se empeñó en sacarle a la fuerza una muestra de


entusiasmo.

—La ciudad, digo. ¿No te gusta? ¿No sientes la energía en el aire?

—Ay, Harry —se rió—, dame tiempo. No puedes acribillarme a preguntas.

Aspiró el humo del cigarrillo con un suspiro de satisfacción.

—Solo quiero decirte una cosa —comenzó él, casi con tono de excusa—: vosotros, los del
Sur, ponéis mucho énfasis en la familia y en todas esas cosas… No es que eso esté mal,
pero aquí encontrarás una pequeña diferencia. Quiero decir que… descubrirás un montón
de cosas que te parecerán al principio un alarde de vulgaridad, Sally Carrol; pero recuerda
que ésta es una ciudad de solo tres generaciones. Todos tienen padre, y la mitad más o
menos tenemos abuelo. Pero no vamos más allá.

—Por supuesto —murmuró Sally.

—Verás, nuestros abuelos fundaron la ciudad y muchos de ellos hubieron de adaptarse a


los trabajos más insólitos mientras la fundaban. Hay, por ejemplo, una mujer que es el
modelo de buenas maneras para todos, y su padre fue el primer basurero que tuvo la
ciudad… Cosas así pasan.

—Pero ¿cómo has creído —preguntó Sally Carrol, perpleja— que yo iba a andar por ahí
criticando a la gente?

—No es eso —interrumpió Harry—; ni estoy defendiendo a nadie. Solo es que… Bueno, el
verano pasado vino una chica del Sur y dijo algunas cosas poco agradables, y… Bueno…
solo quería decírtelo.

Sally Carrol se sintió de repente indignada —como si hubiera sido injustamente


abofeteada—, pero evidentemente Harry consideraba terminado el asunto, pues continuaba
con el mayor entusiasmo:

—Estamos en carnaval, ya sabes: el primero desde hace diez años. Y están levantando un
palacio de hielo, el primero desde 1885. Lo están construyendo con los bloques de hielo
más transparentes que han encontrado, y es enorme.

Sally se levantó, se acercó a la ventana, apartó los pesados cortinones y miró a la calle.

—¡ Ah! —exclamó de repente—. ¡Hay dos niños haciendo un muñeco de nieve! Harry,
¿puedo salir a ayudarles?

—¡Estás soñando! Ven y dame un beso.

Se apartó de la ventana a regañadientes.

—No creo que este clima sea el mejor para besarse, ¿no te parece? Vaya, que no tienes
ninguna gana de quedarte quieto, sin hacer nada, ¿no?

—No vamos a quedarnos quietos. Tengo libre la primera semana que vas a pasar aquí, y
esta noche vamos a ir a cenar y a bailar.

—Ay, Harry —confesó, sentándose a medias en sus piernas y en los cojines—, me siento
confundida, de verdad. No tengo la menor idea de si me gustará este sitio, y no sé lo que la
gente espera de mí, ni nada de nada. Tienes que ayudarme, querido.

—Te ayudaré —dijo con ternura—, si me dices que estás contenta de haber venido.

—Claro que estoy contenta, ¡terriblemente contenta! —murmuró Sally, introduciéndose


entre sus brazos como ella solo sabía hacerlo—. Donde tú estás, está mi casa, Harry.
Y, cuando lo dijo, tuvo la sensación, quizá por primera vez en su vida, de que estaba
representando un papel.

Aquella noche, a la luz de los candelabros, en una cena en la que los hombres parecían
llevar el peso de la conversación, mientras las chicas mantenían una arrogante frialdad, ni
siquiera la presencia de Harry, sentado a su izquierda, consiguió que se sintiera cómoda.

—Buena gente, ¿no te parece? —le preguntó Harry—. Mira a tu alrededor: aquél es Spud
Hubbard, defensa del equipo de Princeton el curso pasado, y aquel es Junie Morton: el
pelirrojo que está a su lado y él han sido capitanes del equipo de hockey de Yale; Junie es
de mi promoción. Sí, los mejores atletas del mundo son de los Estados de por aquí. Es una
tierra de hombres, te lo digo yo. ¡Acuérdate de JohnJ. Fishburn!

—¿De quién? —preguntó Sally Carrol inocentemente. —¿No lo conoces? —Lo he oído
nombrar.

—Es el mayor productor de trigo del Noroeste y uno de los hombres de negocios más
importantes del país.

Sally se volvió de repente hacia una voz que le hablaba a su derecha.

—Creo que han olvidado presentarnos. Soy Roger Patton. —Yo soy Sally Carrol Happer
—respondió, con simpatía. —Sí, lo sé. Harry me dijo que ibas a venir. —¿Eres pariente
suyo? —No, soy su profesor. —Ah —se rió.

—En la universidad. Tú eres del Sur, ¿no? —Sí, de Tarleton, en Georgia.

Le gustaba: bigote entre castaño y pelirrojo, y ojos celestes y húmedos que tenían algo que
les faltaba a otros ojos: capacidad para apreciar las cosas. Durante la cena intercambiaron
de vez en cuando alguna frase, y Sally se propuso volver a verlo.

Después del café le presentaron a muchos jóvenes bien parecidos que bailaban con
consciente afectación y parecían dar por supuesto que ella no quería hablar de otra cosa
que no fuera Harry.

«¡Dios mío! —pensó—, me tratan como si el hecho de que tenga novio me hiciera mayor
que ellos, ¡como si fuera a contarles a sus madres lo que me dicen!»

En el Sur una chica con novio, incluso una joven casada, espera las mismas bromas y los
mismos cumplidos cariñosos que una debutante en sociedad, pero allí eso parecía estar
prohibido. Un joven, que había empezado a tomar los ojos de Sally como tema de
conversación, diciendo que lo habían fascinado desde que llegó, pareció terriblemente
confundido en cuanto supo que estaba invitada en casa de los Bellamy y era la novia de
Harry. Parecía tener la sensación de haber incurrido en una metedura de pata soez e
imperdonable, y adoptó inmediatamente una actitud ceremoniosa y estirada, y, a la primera
oportunidad, la dejó sola.
Sally se sintió feliz cuando, en uno de los cambios de pareja, mientras bailaba con otro,
Roger Patton le sugirió que descansaran un rato.

—Bueno —preguntó con un alegre guiño—, ¿qué tal está nuestra Carmen del Sur?

—Mejor que bien. ¿Y qué tal… qué tal está Dangerous Dan McGrew? Lo siento, pero es el
único nordista del que sé algo.

Roger parecía divertido.

—Desde luego —confesó—, como profesor de literatura no debería haber leído nada de
Dangerous Dan McGrew.

—¿Eres de aquí?

—No, soy de Filadelfia. Importado de Harvard para enseñar francés. Pero llevo aquí diez
años.

—Nueve años y trescientos sesenta y cuatro días más que yo.

—¿Te gusta el Norte?

—Pues… ¡Claro que sí!

—¿De verdad?

—Bueno, ¿por qué no? ¿No tengo cara de estar pasándomelo bien?

—Te he visto mirar por la ventana hace un minuto: estabas temblando.

—Solo es mi imaginación —se rió Sally Carrol—. Estoy acostumbrada a ver que nada se
mueve, y, a veces, cuando miro por la ventana y veo los copos de nieve, me parece como si
algo muerto se estuviera moviendo.

Él asintió, como si la entendiera.

—¿Nunca habías estado en el Norte?

—He pasado dos veces el mes de julio en Asheville, en Carolina del Norte.

—Es gente agradable, ¿no? —sugirió Patton, señalando hacia el remolino de la pista de
baile.

Sally Carrol dudó. Era lo mismo que Harry había dicho.

—¡Claro que sí! Son… caninos.

—¿Cómo?
Sally enrojeció.

—Perdona; lo que he dicho suena peor de lo que yo quería. ¿Sabes? Cuando pienso en las
personas, las divido en felinos y caninos, con independencia de su sexo.

—¿Tú qué eres?

—Yo soy felina. Y tú también. Así son la mayoría de los hombres del Sur y la mayoría de
esas chicas.

—¿Y Harry qué es?

—Harry es inconfundiblemente canino. Todos los hombres que he conocido esta noche
parecen caninos.

—¿Qué implica ser canino? ¿Cierta masculinidad deliberada, opuesta a la sutileza?

—Puede que sí. Nunca lo he analizado a fondo. Yo solo observo a las personas y digo de
golpe: canino o felino. Me figuro que es totalmente absurdo.

—En absoluto. Me interesa. Yo tenía una teoría sobre esta gente. Me parece que están
helándose.

——¿Qué?

—Creo que se están convirtiendo en suecos… Ya sabes… ibsenianos. Poco a poco se


están volviendo pesimistas y melancólicos. Es por estos inviernos tan largos. ¿Nunca has
leído a Ibsen?

Sally negó con la cabeza.

—Bueno, sus personajes tienen cierta severidad taciturna. Son virtuosos, intolerantes,
sombríos, sin demasiada capacidad para grandes dolores ni grandes alegrías.

—¿Sin sonrisas ni lágrimas?

—Exactamente. Ésa es mi teoría. Aquí, sabes, hay miles de suecos. Me figuro que vienen
porque el clima es muy similar al suyo, y poco a poco se van mezclando con los otros. Es
probable que esta noche, aquí, no lleguen a la media docena, pero… Hemos tenido cuatro
gobernadores suecos. ¿Te aburro?

—Me interesa mucho.

—Tu futura cuñada es medio sueca. Personalmente, me cae bien, pero tengo la teoría de
que los suecos, en general, ejercen una influencia negativa sobre nosotros. Los
escandinavos, no sé si lo sabes, poseen el mayor porcentaje de suicidios del mundo.
—¿Por qué vives aquí si es tan deprimente el lugar?

—Ah, no me afecta. Llevo una vida de ermitaño, y creo que los libros significan para mí más
que la gente.

—Pero todos los escritores dicen que el Sur es trágico. Ya sabes: señoritas españolas, pelo
negro, puñales y músicas embrujadoras.

Él negó con la cabeza.

—No, las razas nórdicas son las razas trágicas: no se permiten el lujo consolador de las
lágrimas.

Sally Carrol se acordó del cementerio: pensó que aquello era vagamente lo que ella quería
expresar cuando decía que no la ponía triste.

Los italianos quizá sean el pueblo más alegre del mundo…

Pero, bueno, es un tema aburrido —se interrumpió—. De todas maneras, quiero decirte que
vas a casarte con un hombre estupendo.

Sally Carrol sintió la tentación de hacer confidencias.

Lo sé. Soy de esas personas que necesitan que las cuiden un

poco, y estoy segura de que me van a cuidar.

—¿Bailamos? Es estimulante —continuó mientras se ponían de pie— encontrar a una chica


que sabe por qué se casa. Nueve de cada diez imagina el matrimonio como una especie de
crepuscular paseo de película.

Sally se rió: lo encontraba tremendamente simpático.

Dos horas después, camino de casa, en el coche, se acurrucó junto a Harry en el asiento de
atrás.

—Ah, Harry —murmuró—, ¡qué frío hace!

—Pero aquí estamos calientes, cariño.

—Pero afuera hace frío; y, ay, ese rugido del viento…

Sumergió la cara profundamente en el abrigo de piel de Harry y, sin querer, tembló cuando
los labios fríos le besaron el lóbulo de la oreja.

IV
La primera semana de su visita pasó como un torbellino. Un frío atardecer de enero dio el
paseo en trineo, tirado por un coche, que le habían prometido. Envuelta en pieles, pasó una
mañana lanzándose en trineo por la colina del club de campo; incluso se empeñó, mientras
esquiaba, en flotar en el aire durante un instante glorioso antes de aterrizar, fardo risueño y
revuelto, sobre un blando montón de nieve. Todos los deportes de invierno le gustaron,
excepto una tarde que pasó en un llano deslumbrador, sobre raquetas de nieve, bajo un sol
amarillo pálido. Pero pronto se dio cuenta de que estas cosas eran para niños: que la
mimaban para complacerla, y que la alegría que la rodeaba era solo un reflejo de la suya.

Al principio la familia Bellamy la desconcertaba. Los hombres eran leales y le gustaban; el


señor Bellamy, especialmente, con su pelo color de acero y su dignidad llena de energía:
Sally le tomó cariño inmediatamente cuando supo que había nacido en Kentucky; este
detalle lo convirtió en un vínculo entre la antigua vida y la nueva. Pero hacia las mujeres
sentía una clara hostilidad. Myra, su futura cuñada, parecía la esencia del convencionalismo
sin alma. Su conversación estaba tan desprovista de personalidad que Sally Carrol, que
venía de una tierra en la que cierto encanto y cierta desenvoltura casi se les suponía a las
mujeres, más bien la despreciaba.

«Si estas mujeres no fueran guapas —pensaba—, no serían nada. Se desvanecen cuando
las miras. Son como criadas presuntuosas. Los hombres son el centro de todas las
reuniones.»

Estaba, por fin, la señora Bellamy, a quien Sally Carrol detestaba. La impresión del primer
día, la impresión de haber visto un huevo, había sido confirmada: un huevo de voz cascada
e insidiosa y andares de culibaja regordeta y sin gracia que le hacían pensar a Sally Carrol
que, si alguna vez se cayera, terminaría hecha una tortilla. Además, la señora Bellamy
parecía personificar la hostilidad de la ciudad hacia los forasteros. Llamaba «Sally» a Sally
Carrol, y no hubo manera de convencerla de que el nombre compuesto era algo más que un
apodo ridículo y fastidioso. Para Sally Carrol, abreviar su nombre era como presentarla
medio desnuda ante la gente. «Sally Carrol» le gustaba; «Sally» le parecía detestable.
Sabía también que la madre de Harry desaprobaba que tuviera cortado el pelo como un
chico; y no se había atrevido a fumar en la planta principal desde el primer día, en que la
señora Bellamy había entrado en la biblioteca olfateando agresivamente.

De todos los hombres que había conocido prefería a Roger Patton, que visitaba con
frecuencia la casa. Nunca volvió a aludir a las tendencias ibsenianas del populacho, pero,
cuando un día entró y la encontró leyendo Peer Gynt, se echó a reír y le dijo que olvidara lo
que le había dicho: solo eran tonterías.

Y, entonces, una tarde de la segunda semana, Harry y ella bordearon peligrosamente el filo
de una arriscada bronca. Sally Carrol consideraba que Harry tenía toda la culpa, aunque
Serbia había sido, en aquella ocasión, un desconocido que no se había planchado los
pantalones.
Volvían a casa entre montañas de nieve y bajo un sol que Sally Carrol apenas reconocía.
Dejaron atrás a una chiquilla tan envuelta en lana gris que parecía un osito de peluche, y
Sally Carrol no pudo reprimir un comentario maternal.

—¡Mira, Harry!

—¿Qué?

—Esa chica… ¿Le has visto la cara?

—Sí, ¿por qué?

—La tenía roja como una fresa. ¡Qué linda!

—¿Sí? Pues tú tienes la cara casi igual de roja. Aquí todos están sanos. Nos da el aire frío
en cuanto empezamos a andar. ¡Un clima maravilloso!

Lo miró y tuvo que darle la razón. Parecía completamente sano: como su hermano. Y
aquella misma mañana se había dado cuenta del nuevo color de sus mejillas.

Algo atrajo sus miradas de pronto, y por un instante fijaron la vista en la esquina de la calle:
allí parado, había un hombre con las rodillas flexionadas y los ojos vueltos hacia arriba con
una expresión tensa, como si estuviera a punto de saltar hacia el cielo helado. Y entonces
los dos estallaron en un ataque de risa porque, al acercarse más, descubrieron que se
había tratado de una absurda y momentánea ilusión óptica producida por la exagerada
holgura de los pantalones abolsados del hombre.

—¡Vaya tipo! —rió Sally.

—Debe de ser del Sur, a juzgar por sus pantalones —insinuó Harry con malicia.

—¡Oye, Harry!

La mirada sorprendida de Sally pareció irritarlo.

—¡Estos malditos sudistas!

Los ojos de Sally Carrol chispearon.

—¡No los llames así!

—Lo siento, querida —dijo Harry, disculpándose, pero con malicia—, tú ya sabes lo que
pienso de ellos. Son una especie de… de degenerados: no tienen nada que ver con los
antiguos sudistas. Han vivido tanto tiempo allí abajo, con todos esos negros, que se han
vuelto perezosos e inútiles.
—¡Cierra la boca, Harry! —gritó Sally, furiosa—. No son así. Quizá sean perezosos…,
cualquiera lo sería en aquel clima, pero son mis mejores amigos y no soporto que los
critiquen así, tan tajantemente. Algunos son los mejores hombres del mundo.

—Sí, lo sé. Son perfectos cuando estudian en las universidades del Norte, pero, de todos
los individuos mezquinos, mal vestidos y sucios que he conocido en mi vida, los peores eran
una pandilla de pueblerinos del Sur.

Sally Carrol había cerrado los puños enguantados y se mordía furiosamente el labio.

—¡Cómo! —continuó Harry—. Había uno en mi curso, en New Haven. Todos creíamos
haber encontrado por fin un auténtico representante de la aristocracia del Sur, pero resultó
que no era ni mucho menos un aristócrata: solo era el hijo de un politicastro del Norte,
dueño de casi todo el algodón de Mobile y sus alrededores.

—Un hombre del Sur no hablaría como tú estás hablando ahora —dijo Sally sin alterarse.

—¡Le faltaría el coraje suficiente!

—U otra cosa.

—Lo siento, Sally Carrol, pero tú misma has dicho que no te casarías con uno del Sur…

—Eso es completamente distinto. Yo te he dicho que no uniría mi vida a ninguno de los


chicos que dan vueltas por Tarleton, pero nunca he hecho generalizaciones tan tajantes.

Siguieron paseando en silencio.

—Quizá haya cargado demasiado las tintas, Sally Carrol. Lo siento.

Asintió, pero no contestó. Cinco minutos más tarde, ya en el recibidor de la casa, de repente
lo abrazó.

—Ay, Harry —exclamó, con los ojos llenos de lágrimas—, casémonos la semana que viene.
Me dan miedo estas peleas. Estoy asustada, Harry. Sería distinto si estuviéramos casados.

Pero Harry, que tenía la culpa de la discusión, todavía estaba enfadado.

—Sería una idiotez. Hemos decidido que sea en marzo.

Las lágrimas desaparecieron de los ojos de Sally; su expresión se endureció levemente.

—Muy bien; supongo que no debería haber dicho nada.

Harry se enterneció.

—¡Mi niña tonta! Ven, dame un beso, y no le demos más vueltas.


Aquella misma noche, al final de un espectáculo de variedades, la orquesta tocó Dixie y
Sally Carrol sintió muy adentro algo más fuerte y perdurable que las lágrimas y sonrisas de
aquel día. Se inclinó hacia delante, agarrándose a los brazos del sillón con tal fuerza que su
cara se puso escarlata.

—¿Te has emocionado, querida? —murmuró Harry.

Pero no lo oyó. Al vibrante brío de los violines y al redoblar excitante de los timbales
desfilaban en la oscuridad sus viejos fantasmas, y, mientras los pífanos murmuraban y
suspiraban, parecían tan próximos, casi visibles, que hubiera podido decirles adiós con la
mano.

¡Adelante, adelante,
adelante, hacia el Sur, a Dixie!
¡Adelante, adelante,
adelante, hacia el Sur, a Dixie!

Era una noche especialmente fría. El día anterior un deshielo imprevisto casi había
despejado las calles, pero ahora volvía a invadirlas un polvoriento fantasma de nieve que
avanzaba en líneas onduladas a los pies del viento y llenaba las capas de aire más bajas de
una niebla de partículas impalpables. No había cielo: solo una carpa oscura y amenazadora
que se cernía sobre las calles y que, en realidad, era un inmenso ejército de copos de nieve
en marcha, mientras, por todas partes, helando el reconfortante fulgor dorado y verde de las
ventanas iluminadas, y amortiguando el trote uniforme del caballo que tiraba del trineo, el
viento del norte soplaba interminablemente. La ciudad era tétrica, pensaba Sally Carrol:
tétrica.

A veces, durante la noche, había tenido la impresión de que nadie la habitaba: todos se
habían ido hacía mucho, dejando que las casas iluminadas fueran cubiertas, al pasar el
tiempo, por sepulcrales montañas de nieve. ¡Ah, si la nieve cubriera su tumba! Permanecer
bajo montañas de nieve todo el invierno, donde su lápida sería una sombra clara entre
sombras claras. Su tumba: una tumba que debería estar llena de flores, lavada por el sol y
la lluvia.

Volvía a pensar en las granjas aisladas que el tren había dejado atrás, en cómo sería la vida
allí durante el largo invierno: mirar interminablemente por la ventana, la costra de hielo
sobre los blandos montones de nieve, y, por fin, el lento deshielo sin alegría y la áspera
primavera de la que le había hablado Roger Patton. Su primavera… Perder su primavera
para siempre, con sus lilas y la dulzura perezosa, que le encendía el corazón. Estaba
renunciando a aquella primavera, y más tarde tendría que renunciar a aquella dulzura.
Con una intensidad creciente, la tormenta se fue desatando. Sally Carrol sentía cómo una
película de copos de nieve se disolvía rápidamente sobre sus cejas, y Harry alargó el brazo
cubierto de piel y le bajó la complicada capucha de franela. Y entonces los copos pequeños
iniciaron una nueva escaramuza y el caballo inclinó pacientemente el cuello mientras una
capa transparente, blanca, aparecía fugazmente sobre su manta.

—Tiene frío, Harry —dijo Sally Carrol de pronto.

—¿Quién? ¿El caballo? No, no. ¡Le gusta!

Diez minutos después doblaron una esquina y avistaron su destino. Sobre una alta colina
que se dibujaba en un verde intenso y deslumbrante contra el cielo invernal, se alzaba el
palacio de hielo. Tenía tres pisos, con almenas y troneras y estrechas ventanas de las que
coleaban carámbanos, y las imnumerables lámparas eléctricas del interior le daban al gran
salón central una transparencia maravillosa. Sally Carrol apretó la mano de Harry bajo la
manta de piel.

—¡Es extraordinario! —exclamó Harry con entusiasmo—. ¡Caramba! ¡Es espléndido! ¡No
construían uno igual desde 1885!

Inexplicablemente, la idea de que no hubiera existido otro igual desde 1885 le pareció
angustiosa a Sally. El hielo era un fantasma, y aquella mansión de hielo estaría habitada
seguramente por los espectros del siglo pasado: rostros lívidos y borrosas cabelleras de
nieve.

—Vamos, querida—dijo Harry.

Salió tras él de mala gana y esperó a que Harry atara el caballo. Un grupo de cuatro
personas —Gordon, Myra, Roger Patton y otra chica— se detuvo junto a ellos con un
terrible tintinear de campanillas. Se había ido congregando una verdadera multitud, envuelta
en pieles o zamarras, que gritaba y voceaba mientras avanzaba entre la nieve, tan espesa
ya que la gente apenas se distinguía a pocos metros de distancia.

—¡Mide cincuenta metros de alto! —le decía Harry a una figura embozada que caminaba
penosamente a su lado hacia la entrada—; ocupa una superficie de cinco mil quinientos
metros cuadrados.

Sally captaba fragmentos de conversación: «Un salón principal…» «Muros de medio metro
o un metro de espesor…» «Y la gruta de hielo tiene casi kilómetro y medio de…» «El
canadiense que lo ha construido…»

Encontraron la entrada, y, deslumbrada por la magia de los grandes muros de cristal, Sally
Carrol se sorprendió repitiendo una y otra vez unos versos de Kubla Khan:

Era un milagro de raro artificio,


una cúpula de placer,
iluminada por el sol y con grutas de hielo.

En la grande y resplandeciente caverna, que negaba las tinieblas del exterior, se sentó en
un banco, y la angustia de la noche se disipó. Harry tenía razón: era precioso; y su mirada
recorrió la superficie suave de los muros, los bloques de hielo elegidos por su pureza y
claridad con el fin de obtener aquel efecto de opalescencia translúcida.

—¡Mira! ¡Allá vamos, chicos! —gritó Harry.

Una banda de música, en la esquina más lejana, entonó «¡Bienvenidos, bienvenidos, la


banda ya está aquí!», y los ecos de la música llegaron hasta ellos frenética y confusamente,
y entonces se apagaron las luces: el silencio parecía fluir por las paredes heladas y
derramarse sobre ellos. Sally Carrol aún veía su aliento blanco en la oscuridad, y, frente a
ella, una fila difuminada de rostros lívidos.

La música disminuyó hasta ser un suspiro y una queja disuelta en los cantos atronadores
que llegaban del exterior: el canto de los clubes que desfilaban. Se fue haciendo más
poderoso, como el himno de una tribu vikinga que atravesara un antigua tierra virgen.
Aumentó: se estaban acercando. Entonces surgió una fila de antorchas, y otra y otra y otra,
y, marcando el paso, una larga columna calzada con mocasines y envuelta en capotes
grises, con raquetas de nieve a la espalda, entró en la caverna, y las antorchas ardían y las
llamas se elevaban y parpadeaban mientras las voces ascendían por las paredes altas.

La columna gris terminó, y otra la siguió, y ahora la luz fluía misteriosamente sobre
capuchas rojas de esquiador y llameantes capotes escarlata, y los recién llegados se
sumaron a la canción; entonces apareció un regimiento con uniformes de color azul, verde,
blanco, marrón y amarillo.

—Los de blanco son el Club Wacouta —murmuró Harry, emocionado—; son los hombres
que has ido conociendo en las fiestas.

Crecía el volumen de las voces; la gran cueva era una fantasmagoría de antorchas
ondulantes como lenguas de fuego, de colores, al ritmo suave de los pasos. La columna de
cabeza giró y se detuvo, pelotón frente a pelotón, hasta que la procesión entera compuso
una extraordinaria bandera de llamas, y entonces de millares de gargantas surgió un grito
poderoso que llenó el aire como el fragor de un trueno e hizo temblar el fuego de las
antorchas. Era magnífico, formidable. Era como si el Norte, pensaba Sally Carrol, ofreciera
un sacrificio sobre un inmenso altar al Dios de la Nieve, gris y pagano. Mientras el grito se
apagaba, la banda volvió a tocar, y se sucedieron las canciones y los resonantes vítores de
los clubes. Sally Carrol permanecía inmóvil, a la escucha, mientras los gritos intermitentes
rompían el silencio; y entonces se sobresaltó, porque se produjo una lluvia de explosiones y
grandes nubes de humo inundaron la cueva: las luces de magnesio de los fotógrafos en
plena tarea. Y la ceremonia terminó. Con la banda a la cabeza, los clubes, en formación,
reanudaron los cantos y desfilaron hacia la salida.
—¡Vamos! —gritó Harry—. Tenemos que ver el laberinto subterráneo antes de que apaguen
las luces.

Se levantaron y se pusieron en marcha hacia la rampa. Harry y Sally Carrol iban en cabeza:
la pequeña manopla de Sally se hundía en el gran guante de piel de Harry. Al final de la
rampa había una inmensa y vacía sala de hielo con el techo tan bajo que tenían que
agacharse. Entonces sus manos se separaron. Antes de que Sally se diera cuenta de lo que
él pensaba hacer, Harry se había lanzado hacia uno de los seis corredores resplandecientes
que partían de la sala y solo era un mancha vaga y huidiza contra el trémulo fulgor verde.

—¡Harry! —lo llamó.

—¡Vamos! —le contestó él.

Sally Carrol miró a su alrededor en la sala vacía; era evidente que el resto del grupo había
decidido volver a casa: ya estaría fuera, deslizándose por la nieve. Titubeó un instante y
echó a correr tras Harry.

—¡Harry! —gritó.

Corrió nueve metros y llegó a una encrucijada; le pareció que alguien respondía, una voz
apagada, casi imperceptible, lejos, a la izquierda, y, aguijoneada por el pánico, huyó en
aquella dirección, y pasó otra encrucijada, otros dos largos corredores.

—¡Harry!

No hubo respuesta. Echó a correr hacia delante, pero inmediatamente, como un rayo, dio
media vuelta y se lanzó en la misma dirección por donde había venido, dominada por un
terror súbito y helado.

Alcanzó un recodo —¿era allí?—, siguió a la izquierda y llegó a lo que debería de haber
sido la salida a la sala grande y baja, pero solo era otro corredor reluciente que terminaba
en la oscuridad. Gritó otra vez, pero las paredes le devolvieron un eco plano, sin vida, sin
resonancia. Volviendo sobre sus pasos, dobló otra esquina y se adentró en un ancho
pasillo: era como cruzar el pasadizo verde que abrieron las aguas divididas del mar Rojo,
como una húmeda cripta que comunicara tumbas vacías.

Empezaba a resbalarse al andar, por el hielo que se había formado en la suela de los
chanclos; tenía que apoyar la mano enguantada en la superficie resbaladiza y viscosa de
las paredes para mantener el equilibrio.

—¡Harry!

Tampoco respondió nadie. Su voz rebotó burlonamente al fondo del corredor.

Un instante después, las luces se apagaron y se quedó en la más completa oscuridad. Se le


escapó un gemido asustado, y se dejó caer sobre un frío montón de hielo. Se dio cuenta de
que al caer se había hecho algo en la rodilla izquierda, pero apenas lo notó, porque la
invadía un terror profundo, mucho más grande que el miedo a haberse perdido. Estaba a
solas con esa presencia que emanaba del Norte, la triste soledad que se alzaba de los
balleneros atrapados en los hielos del océano Ártico, de las extensiones baldías, sin una
hoguera ni una huella, donde yacen diseminados los blanqueados huesos de la aventura.
Soplaba el helado aliento de la muerte; venía hacia ella, bajo tierra, para atraparla.

Con un ímpetu frenético y desesperado, volvió a levantarse y se adentró a ciegas en la


oscuridad. Tenía que salir. Podía perderse, estar perdida durante días, morir congelada, y
permanecer en el hielo como esos cadáveres que, según había leído, se conservaban
perfectamente hasta que se derretía un glaciar. Harry seguramente creería que había salido
con los otros; seguramente se había ido ya. Nadie sabría nada hasta el día siguiente. Tocó
lastimosamente la pared: medio metro de espesor, le habían dicho. ¡Medio metro de
espesor!

—¡Ay!

A ambos lados, por las paredes, sentía cosas que se arrastraban, húmedas almas que
habitaban aquel palacio, aquella ciudad, aquel Norte.

—¡Aquí! ¡Que venga alguien! —gritó.

Clark Darrow se hubiera dado cuenta de lo que pasaba; o Joe Ewing; no la hubieran dejado
allí, perdida para siempre, hasta que se le congelaran el corazón, el cuerpo y el alma. A ella,
a Sally Carrol, que era una criatura feliz, una chiquilla alegre a la que le gustaban el calor, el
verano y el Sur. ¡Qué extraño era todo, qué extraño!

«No llores —algo le hablaba en voz alta—. No vuelvas a llorar. Tus lágrimas se congelarán;
¡aquí se congelan todas las lágrimas!»

Se derrumbó sobre el hielo.

—¡Ay, Dios mío! —se le quebró la voz.

Pasaron, largos, los minutos, y, muy cansada, sintió que los ojos se le cerraban. Entonces
tuvo la sensación de que alguien se sentaba a su lado y con manos cálidas y dulces le
cogía la cara. Levantó los ojos con gratitud.

—Ah, es Margery Lee —canturreó en voz baja—. Sabía que vendrías.

Era verdad: era Margery Lee, tal y como Sally Carrol había adivinado que era, con una
frente blanca y joven, y ojos grandes y cariñosos, y una falda con mucho vuelo, de un tejido
suave sobre el que daba gusto descansar.

—Margery Lee.

Todo se oscurecía, se oscurecía. Todas aquellas tumbas necesitaban una mano de pintura,
claro que sí, pero la pintura nueva las estropearía, sí. Aunque, ¿sabes?, tendrías que
verlas.
Y entonces, después de que los minutos se sucedieran, primero con rapidez y luego con
lentitud, para disolverse por fin en una multitud de rayos borrosos que convergían en un sol
amarillo pálido, oyó un gran estrépito que rompió la tranquilidad recién encontrada.

Había sol, había luz: una antorcha, y otra, y voces; una cara se materializó bajo la antorcha,
brazos fuertes la levantaban, y sintió algo en la mejilla… algo húmedo. Alguien la había
cogido y le frotaba la cara con nieve. ¡Qué ridículo! ¡Con nieve!

—¡Sally Carrol! ¡Sally Carrol!

Era Dangerous Dan McGrew; y dos rostros desconocidos.

—¡Chica, chica! ¡Te llevamos buscando dos horas! ¡Harry está medio loco!

Las cosas recuperaron su lugar inmediatamente: las canciones, las antorchas, el clamor de
los clubes en marcha. Sally Carrol se revolvió en los brazos de Patton y emitió un gemido
bajo y prolongado.

—¡Quiero irme de aquí! ¡Quiero volver al Sur! —su voz se elevó, se convirtió en un grito que
heló el corazón de Harry, que llegaba a todo correr por el pasillo vecino—. ¡Mañana! —gritó
Sally con pasión desenfrenada, delirando—. ¡Mañana! ¡Mañana! ¡Mañana!

VI

La luz del sol, abundante y dorada, derramaba un calor enervante, aunque singularmente
confortador, sobre la casa que todo el día miraba hacia el camino polvoriento. Dos pájaros
armaban un tremendo alboroto en un rincón fresco que habían encontrado entre las ramas
del árbol más cercano a la puerta, y calle abajo una negra pregonaba fresas
melodiosamente. Era una tarde de abril.

Sally Carrol Happer, sentada con la barbilla en el brazo, y el brazo en el marco de la


ventana vieja, miraba soñolientamente entre el polvo de lentejuelas brillantes del que, por
primera vez en aquella primavera, se desprendía una oleada de calor. Miraba cómo un Ford
viejísimo tomaba una curva peligrosa entre traqueteos y quejidos y se detenía con una
sacudida al final de la calle. No dijo nada, y un momento después un silbido estridente y
familiar atravesó el aire. Sally Carrol sonrió y parpadeó.

—Buenos días.

Una cabeza surgió tortuosamente bajo la capota del automóvil.

—Ya es por la tarde, Sally Carrol.


—¿Seguro? —dijo Sally con afectada sorpresa—. Ya me lo parecía a mí.

—¿Qué haces?

—Me estoy comiendo un melocotón verde. Creo que me moriré dentro de un minuto.

Clark hizo una última contorsión imposible para poder verle la cara.

—El agua está caliente como si hirviera en una olla. ¿Te vienes a nadar?

—Odio moverme —suspiró Sally Carrol con pereza—, pero creo que iré.

*FIN*

“The Ice Palace”,


The Saturday Evening Post, 1920
El pirata de la costa

Esta historia inverosímil empieza en un mar que era como un sueño azul, de un color tan
vivo como el de unas medias de seda azul, y bajo un cielo tan azul como el iris de los ojos
de los niños. Desde la mitad oeste del cielo el sol lanzaba pequeños discos dorados sobre
el mar: si mirabas con suficiente atención, podías ver cómo saltaban de ola en ola para
unirse en un largo collar de monedas de oro que confluían a un kilómetro de distancia antes
de convertirse en un crepúsculo deslumbrante. Entre la costa de Florida y el collar de oro,
fondeaba un flamante y airoso yate blanco, y bajo la toldilla de popa azul y blanca, tendida
en una tumbona de mimbre, una joven rubia leía La rebelión de los ángeles de Anatole
France.

Tendría unos diecinueve años, y era delgada y flexible, con seductores labios de niña
mimada y vivaces ojos grises llenos de radiante curiosidad. Sin calcetines, con un par de
zapatillas de raso azul que le servían más de adorno que de calzado y le pendían
descuidadamente de la punta de los dedos, apoyaba los pies en el brazo del sillón vacío
que tenía más cerca. Mientras leía, se deleitaba de vez en cuando pasándose por la lengua
medio limón que tenía en la mano. El otro medio, chupado y seco, yacía en cubierta, a sus
pies, meciéndose suavemente de acá para allá al ritmo casi imperceptible de la marea.

La segunda mitad del limón estaba casi exprimida y el collar de oro se había dilatado
asombrosamente, cuando, de pronto, un rumor de pesadas pisadas rompió el silencio
soñoliento que envolvía al yate, y un hombre maduro, coronado por una cabellera gris y
bien cortada, que vestía un traje de franela blanca, apareció por la escalera que llevaba a
los camarotes. Se detuvo un momento, hasta que sus ojos se acostumbraron al sol, y,
cuando vio a la chica bajo la toldilla, lanzó un largo gruñido recriminatorio.

Si había querido producir algún tipo de sobresalto, estaba condenado a la decepción. La


chica, sin inmutarse, pasó dos páginas, retrocedió una, levantó el limón mecánicamente a la
distancia requerida para saborearlo, y luego, muy débilmente pero de modo inconfundible,
bostezó.

—¡Ardita! —dijo enfadado el hombre del pelo gris.

Ardita emitió un ruidito que no significaba nada.

—¡Ardita! —repitió—. ¡Ardita!

Ardita levantó lánguidamente el limón y dejó que dos palabras se le escaparan antes de
lamerlo.

—Ay, cállate.
—¡Ardita!

—¿Qué?

—¿Quieres escucharme, o tengo que llamar a un criado para que te sujete mientras hablo
contigo?

El limón descendió lenta y desdeñosamente.

—Dímelo por escrito.

—¿Puedes tener la amabilidad de cerrar ese libro abominable y dejar ese repugnante limón
un par de minutos?

—¿Puedes dejarme en paz un segundo?

—Ardita, acabo de recibir una llamada de la costa…

—¿Una llamada? —por primera vez mostraba un leve interés.

—Sí, era…

—¿Quieres decir —lo interrumpió, sorprendida— que han llamado desde la costa?

—Sí, y precisamente ahora…

—¿Y los otros barcos también han captado la llamada?

—No. Es una línea submarina. Hace cinco minutos…

—¡Qué barbaridad! La ciencia es oro, o algo por el estilo, ¿no?

—¿Quieres dejar que termine?

—¡Suéltalo!

—Bien, parece… He subido porque… —hizo una pausa y tragó saliva varias veces, como
un loco—. Ah, sí. Jovencita, el coronel Moreland ha llamado otra vez para preguntarme si
era seguro que te llevaría a cenar. Su hijo Toby ha venido desde Nueva York para conocerte
y ha invitado a otros jóvenes. Por última vez, ¿quieres…?

—No —cortó Ardita—. No quiero. He venido a esta maldita travesía con la única idea de ir a
Palm Beach, y tú lo sabes, y me niego terminantemente a ver a ningún maldito coronel ni a
ningún maldito muchacho, se llame Toby o como se llame, y a poner el pie en alguna otra
maldita ciudad de este Estado de locos. Así que, o me llevas a Palm Beach, o te callas y te
vas.
—Muy bien. ¡Es el colmo! Encaprichándote de ese hombre, un hombre famoso por sus
excesos, un hombre al que tu padre ni siquiera le hubiera permitido pronunciar tu nombre, te
has dejado llevar por la mundanería de medio pelo más que por los ambientes en los que
cabe presumir que has crecido. Desde ahora…

—Ya lo sé —lo interrumpió Ardita con ironía—. Desde ahora tú seguirás tu camino y yo el
mío. Ya he oído ese cuento. Y sabes que es lo que más me gustaría.

—De ahora en adelante —anunció solemnemente— no eres mi sobrina. Yo…

—¡Ahhhh! —el grito surgió de Ardita con la agonía de un alma en pena—. ¿Por qué no
dejas de darme la lata? ¿Por qué no te vas? ¡Salta por la borda y ahógate! ¿Quieres que te
tire el libro a la cabeza?

—¡Si te atreves a…!

¡Zas! La rebelión de los ángeles surcó los aires, erró el blanco por un pelo y se estrelló
alegremente en cubierta.

El hombre del pelo blanco dio instintivamente un paso atrás y luego dos pasos adelante con
cautela. Ardita se irguió sobre su metro setenta de estatura y lo miró desafiante, echando
chispas por sus ojos grises.

—¡Lárgate!

—¿Cómo te atreves?

—¡Porque me da la gana!

—¡Te has vuelto insoportable! Tienes un carácter…

—¡Vosotros me habéis hecho así! Ningún niño tiene mal carácter si no es por culpa de su
familia. Si soy así, es culpa vuestra.

Murmurando algo entre dientes, su tío dio media vuelta, avanzó unos pasos y ordenó a
voces que sirvieran el almuerzo. Luego volvió a la toldilla, donde Ardita se había sentado de
nuevo para concentrarse en su limón.

—Voy a desembarcar —dijo el tío lentamente—. Volveré esta noche, a las nueve, y
regresaremos a Nueva York. Te devolveré a tu tía para que sigas tu vida normal, o más bien
anormal.

Calló un instante y la miró, y de repente algo en el puro infantilismo de su belleza pareció


atravesar su rabia como se pincha un neumático, y lo dejó sin defensa, dubitativo,
completamente atontado.
—Ardita —dijo no sin amabilidad—, no estoy loco. Sé lo que digo. Conozco a los hombres,
y, chiquilla, los libertinos recalcitrantes no se reforman hasta que se cansan, y entonces ya
no son ellos mismos, sino una sombra de lo que fueron.

La miró como si esperara un signo de asentimiento, pero, al no recibir ni una mirada ni una
palabra, prosiguió:

—Puede que ese hombre te quiera, es posible. Ha querido a muchas mujeres y querrá a
muchas más. Hace menos de un mes, un mes, Ardita, mantenía una escandalosa relación
con esa pelirroja, Mimi Merril; le prometió que le iba a regalar la pulsera que el zar de Rusia
le regaló a su madre. Ya sabes… lees los periódicos.

—«Espeluznantes escándalos de un tío angustiado» —bostezó Ardita—. Haz una película.


Depravado hombre de mundo intenta seducir a una virtuosa chica moderna. Chica moderna
y virtuosa engatusada completamente por el terrible pasado de un hombre de mundo. Cita
en Palm Beach. El tío angustiado frustra los planes.

—¿Puedes decirme por qué demonios quieres casarte con él?

—Estoy segura de que no sabría decírtelo —atajó Ardita—. Quizá porque es el único
hombre que conozco, bueno o malo, que tiene imaginación y el valor de mantener sus
convicciones. Quizá sea para escapar de esos niñatos idiotas que malgastan su tiempo libre
en perseguirme por todo el país. En cuanto a la famosa pulsera rusa, puedes estar
tranquilo: me la regalará a mí en Palm Beach, si demuestras un poco de inteligencia.

—¿Y la pelirroja?

—Hace seis meses que no la ve —dijo con rabia—. ¿Crees que no tengo el orgullo
suficiente como para preocuparme de esas cosas? ¿No te has dado cuenta de que puedo
hacer lo que me dé la gana con el hombre que me dé la gana?

Alzó la barbilla al aire como la estatua de la libertad y estropeó un poco la pose cuando
volvió a levantar el limón.

—¿Es la pulsera rusa lo que te fascina?

—No, solo estoy intentando darte el tipo de explicaciones que convienen a tu inteligencia. Y
quiero que te largues —dijo otra vez de mal humor—. Sabes que nunca cambio de opinión.
Llevas fastidiándome tres días y me vas a volver loca. ¡No quiero desembarcar! ¡No quiero!
¿Me has oído? ¡No quiero!

—Muy bien —dijo él—, tampoco irás a Palm Beach. De todas las chicas egoístas, mimadas,
caprichosas, imposibles y desagradables que he…

¡Paf! La mitad del limón le dio en el cuello. Al mismo tiempo se oyó una voz:

—La mesa está servida, señor Farnam.


Muy enfadado y con tantas cosas que decir que no podía articular palabra, el señor Farnam
fulminó con la mirada a su sobrina y, dando media vuelta, desapareció rápidamente por la
escala.

II

Las cinco de la tarde cayeron desde el sol y se hundieron silenciosamente en el mar. El


collar dorado creció hasta ser una isla resplandeciente, y de repente una canción llenó la
débil brisa que había estado jugueteando con los bordes de la toldilla y balanceando una de
las zapatillas azules que colgaban de la punta de los pies. Era un coro de hombres en
completa armonía y perfectamente acompasados con el sonido de los remos que surcaban
las aguas azules. Ardita levantó la cabeza y escuchó:

Zanahorias y guisantes,
judías en las rodillas,
cerdos en los mares,
¡camaradas felices!
Moved la brisa,
moved la brisa,
moved la brisa
con vuestro rugido.

Las cejas de Ardita se fruncieron de asombro. Se sentó y, muy quieta, escuchó atentamente
cuando el coro empezó la segunda estrofa.

Cebollas y judías,
Mariscales y Deanes
Goldbergs y Greens
y Costellos.
Moved la brisa,
moved la brisa,
moved la brisa
con vuestro rugido.

Con una exclamación tiró el libro en cubierta, donde rodó y se quedó abierto, y corriendo se
asomó por la borda. A veinte metros de distancia se acercaba un gran bote de remos con
siete hombres: seis remaban y uno, de pie en la popa, marcaba el compás de la canción
con una batuta de director de orquesta.

Ostras y rocas,
serrín y puñetazos,
¿quién puede hacer relojes
con violonchelos?

Los ojos del jefe se clavaron de repente en Ardita, que se inclinaba sobre la borda
hechizada por la curiosidad. El jefe hizo un rápido movimiento con la batuta y la canción
cesó instantáneamente. Era el único blanco en la barca: los seis remeros eran negros.

—¡Ah del barco! ¡Ah del Narciso! —llamó según las normas.

—¿A qué se debe toda esta barahúnda? —preguntó Ardita alegremente—. ¿Sois el equipo
de remo del manicomio local?

La barca rozaba ya el costado de yate y un hombretón negro en la proa se agarró a la


escala de cuerda. Inmediatamente, el jefe abandonó su posición en la popa y, antes de que
Ardita se diera cuenta de sus intenciones, había subido por la escala y se había plantado,
jadeante, en cubierta.

—¡Perdonaremos a las mujeres y a los niños! —dijo enérgicamente—. ¡Ahogad sin


contemplaciones a los niños que lloren y echad dobles cadenas a los hombres!

Hundiendo las manos en los bolsillos de su vestido, Ardita lo miraba fijamente. El asombro
la había dejado sin habla.

Era un joven con un gesto de desdén en los labios y, en el rostro atezado y atractivo, los
ojos azules y vivos de un niño saludable. Tenía el pelo negro como la pez, mojado y
ensortijado: el pelo de una estatua griega que se hubiera bronceado al sol. Tenía una
constitución armoniosa, iba armoniosamente vestido y era garboso y ágil como un futbolista.

—¡Seré pasada por las armas! —dijo atónita.

Se miraban fríamente.

—¿Rindes el barco?

—¿Es un golpe de ingenio? —preguntó Ardita—. ¿Eres idiota o estás haciendo las pruebas
de ingreso en alguna hermandad de estudiantes?

—Te he preguntado si rindes el barco.


—Creía que la bebida estaba prohibida por la ley —dijo Ardita con desdén—. ¿Has estado
bebiendo esmalte de uñas? Será mejor que te largues del yate.

—¿Cómo? —la voz del joven mostraba incredulidad.

—¡Fuera del yate! ¡Ya me has oído!

La miró un instante como si estuviera meditando lo que había dicho.

—No —dijo lentamente con aquella expresión de desdén—; no, no me iré del yate. Vete tú,
si quieres.

Desde la barandilla dio una orden seca e inmediatamente la tripulación de la barca subió
por la escalerilla y se alineó frente a él; un negro negro como el carbón y corpulento en un
extremo, y en el otro un mulato minúsculo de metro y medio de estatura. Parecían llevar
uniforme, una especie de traje azul adornado con polvo y barro, hecho jirones; llevaban al
hombro una pequeña bolsa blanca que parecía pesada y bajo el brazo grandes estuches
negros con aspecto de contener instrumentos musicales.

—¡Firmes! —ordenó el joven, entrechocando secamente los talones—. ¡Un paso al frente,
Babe!

El negro más pequeño dio un paso al frente y saludó.

—¡Sí, señor!

—Toma el mando, baja a la cabina, haz prisionera a la tripulación y átalos a todos menos al
maquinista. Tráemelo. Ah, y amontona las bolsas junto a la borda.

—¡Sí, señor!

Babe volvió a saludar y dio media vuelta empujado por los otros cinco que se apiñaban a su
alrededor. Luego, después de un breve murmullo de consulta, enfilaron ruidosamente el
camino de los camarotes.

—Ahora —dijo el joven alegremente a Ardita, que había presenciado esta última escena en
un silencio desdeñoso—, si juras por tu honor de flapper o chica a la moda (lo que
seguramente no vale mucho) que mantendrás cerrada esa boquita de niña mimada durante
las próximas cuarenta y ocho horas, te dejaremos que remes hasta la costa en nuestro
bote.

—¿Y si no?

—Si no, tendrás que navegar.

Con un pequeño suspiro, como si acabara de superar un mal momento, el joven se


acomodó en la silla que Ardita acababa de dejar vacía y estiró los brazos perezosamente.
Las comisuras de sus labios se aflojaron de manera visible cuando miró a su alrededor y vio
la rica toldilla a rayas, el bruñido bronce y el lujoso equipamiento de cubierta. Entonces vio
el libro y el limón exprimido.

—Humm —dijo—, Stonewall Jackson asegura que el zumo de limón le aclara las ideas.
¿Tienes tus preciosas ideas claras?

Ardita no se dignó contestar.

—Porque dentro de cinco minutos tendrás que decidir si te vas o te quedas.

Cogió el libro y lo abrió con curiosidad.

—La rebelión de los ángeles. Suena de maravilla. Francés, ¿no? —ahora la miraba con un
nuevo interés—. ¿Eres francesa?

—No.

—¿Cómo te llamas?

—Farnam.

—¿Farnam qué?

—Ardita Farnam.

—Muy bien, Ardita, no tienes por qué quedarte ahí de pie, mordiéndote los carrillos.
Deberías terminar con esas costumbres nerviosas ahora que todavía eres joven. Ven aquí y
siéntate.

Ardita sacó del bolsillo una pitillera de jade tallado, extrajo un cigarrillo y lo encendió con
estudiada frialdad, aunque sabía que le temblaba un poco la mano; luego se acercó con sus
andares flexibles, contoneándose, y se sentó en la otra tumbona lanzando una bocanada de
humo hacia la toldilla.

—Tú no puedes echarme de este yate —dijo con serenidad—; y no debes de ser muy
inteligente si piensas que vas a llegar lejos con él. Mi tío lleva enviando mensajes
radiofónicos desde las seis y media a todos los puntos del océano.

—Hum.

Ardita lo miró rápidamente a la cara y captó un signo de ansiedad en la curva de los labios,
claramente más pronunciada.

—Me da lo mismo —dijo, encogiéndose de hombros—. El yate no es mío. No me importa


hacer una travesía de dos horas. Incluso puedo prestarte el libro para que tengas algo que
leer en el barco que te lleve a Sing Sing. Se rió, desdeñoso.
—Te podías haber ahorrado el consejo. Ni siquiera sabía que existía este yate cuando
preparé este plan. Si no hubiera sido éste, hubiera sido el siguiente que encontráramos
anclado cerca de la costa.

—¿Quién eres? —preguntó Ardita de repente—. ¿A qué te dedicas?

—¿Has decidido no desembarcar?

—Ni siquiera se me ha ocurrido.

—Se nos conoce habitualmente —dijo—, a los siete, como Curtis Carlyle y sus Seis
Compadres Negros, hasta hace poco en el Winter Garden y el Midnight Frolic.

—¿Sois cantantes?

—Lo éramos hasta hoy. En este momento, por esas bolsas blancas que ves ahí, somos
fugitivos de la justicia, y si la recompensa que ofrecen por nuestra captura no ha alcanzado
ya los veinte mil dólares es que he perdido la intuición.

—¿Qué hay en las bolsas? —preguntó Ardita con curiosidad.

—Bueno, por el momento diremos que… arena…, arena de Florida.

III

Diez minutos después, tras la conversación de Curtis Carlyle con un aterrorizado


maquinista, el yate Narciso navegaba hacia el sur, en un atardecer tropical y balsámico. El
pequeño mulato, Babe, que parecía gozar de la absoluta confianza de Carlyle, había
tomado el mando. El criado y el cocinero del señor Farnam, los únicos miembros de la
tripulación que, además del maquinista, se encontraban a bordo, después de haber opuesto
resistencia meditaban ahora, bien amarrados en sus literas. Trombón Mose, el negro más
grande, se dedicaba con una lata de pintura a borrar del casco el nombre Narciso,
sustituyéndolo por el nombre Hula Hula, y los demás, reunidos en la popa, jugaban a los
dados con un interés cada vez mayor.

Tras ordenar que prepararan y sirvieran la cena en cubierta a las siete y media, Carlyle se
reunió con Ardita y, repantingándose en la tumbona, entrecerró los ojos y cayó en un estado
de profundo ensimismamiento.

Ardita lo observó con atención y lo clasificó inmediatamente como personaje romántico.


Aparentaba una imponente confianza en sí mismo, cimentada sobre una base endeble: bajo
la superficie de cada una de sus decisiones, Ardita descubría una vacilación que estaba en
acusado contraste con el arrogante frunce de sus labios.
«No es como yo», pensaba. «Hay alguna diferencia.»

Al ser una completa egoísta, Ardita pensaba con frecuencia en sí misma; como nadie le
había recriminado su egoísmo, lo consideraba algo completamente natural, que no
disminuía su indiscutible encanto. Aunque tenía ya diecinueve años, daba la impresión de
ser una niña precoz y animosa, y en el presente esplendor de su juventud y belleza todos
los hombres y mujeres que había conocido no eran sino maderas a la deriva en la corriente
de su carácter. Había conocido a otros egoístas —y de hecho consideraba a los egoístas
mucho menos aburridos que a quienes no lo eran—, pero hasta entonces no había habido
ninguno que con el tiempo no hubiera caído rendido a sus pies.

Pero, aunque reconocía a un egoísta en la tumbona de al lado, no sentía en la cabeza el


acostumbrado cierre de compuertas que significaba zafarrancho de combate; por el
contrario, su instinto le decía que aquel hombre era absolutamente vulnerable e inofensivo.
Si Ardita desafiaba las convenciones —y últimamente éste había sido su principal
entretenimiento— era porque deseaba intensamente ser ella misma, y tenía la sensación de
que a aquel hombre, por el contrario, solo le preocupaba el desafío consigo mismo.

Estaba mucho más interesada por él que por su propia situación, que la afectaba de la
manera que afecta a una niña de diez años la perspectiva de ir al cine. Tenía una confianza
absoluta en su capacidad para cuidar de sí misma en cualquier circunstancia.

La noche se hizo más cerrada. Una pálida luna nueva sonreía sobre el mar con los ojos
húmedos, y, mientras la costa se desvanecía y nubes negras volaban como hojarasca en el
lejano horizonte, una gran neblina de luz lunar inundó de repente el yate y, a su paso veloz,
desplegó una avenida de malla fulgurante. De vez en cuando brillaba la llamarada de un
fósforo cuando uno de los dos encendía un cigarrillo, pero, salvo el ruido de fondo de las
máquinas vibrantes y el chapoteo imperturbable de las olas en la popa, el yate estaba en
silencio, como un barco que navegara en un sueño a través de los cielos, rumbo a una
estrella. En torno a ellos fluía el olor del mar nocturno, que traía consigo una languidez
infinita.

Carlyle rompió el silencio por fin.

—Eres una chica con suerte —suspiró—; siempre he querido ser rico para comprar toda
esta belleza.

Ardita bostezó.

—Yo preferiría ser tú —dijo con franqueza.

—Te gustaría… un día. Aunque parece que tienes demasiado temperamento para ser una
flapper, una chica a la moda.

—No me gusta que me llames así.

—Perdona.
—En cuanto a temperamento —continuó despacio—, es la única cualidad que tengo. No le
temo a nada, ni en el cielo ni en la tierra.

—Hum, yo sí.

—Para tener miedo —dijo Ardita—, tienes que ser o muy grande y fuerte, o un cobarde. Yo
no soy ninguna de esas cosas —se detuvo un momento, y la impaciencia se insinuó en el
tono de su voz—. Pero me gustaría hablar de ti. ¿Qué diablos has hecho? ¿Y cómo lo
hiciste?

—¿Por qué? —preguntó cínicamente—. ¿Vas a escribir un guión de cine sobre mí?

—Adelante —lo animó Ardita—. Cuéntame mentiras a la luz de la luna. Invéntate una
historia fabulosa.

Apareció un negro, encendió algunas luces tenues bajo la toldilla y empezó a poner la mesa
para la cena. Y, mientras cenaban pollo frío, ensalada, alcachofas y mermelada de fresas de
la nutrida despensa del yate, Carlyle empezó a hablar, vacilante al principio, pero con ilusión
cuando se dio cuenta de que Ardita lo seguía con interés. Ardita apenas probó la comida
mirando aquella cara joven y morena, hermosa, irónica, sin afectación. Había sido un niño
pobre en un pueblo de Tennessee, le contó, tan pobre que su familia era la única familia
blanca de su calle. No recordaba a ningún niño blanco, pero había habido una pandilla de
niños negros que inevitablemente seguían su estela, admiradores apasionados que él
llevaba a remolque por la viveza de su imaginación y la cantidad de líos en los que siempre
estaba metiéndolos y de los que siempre los sacaba. Y parece que estas amistades
encauzaron por un camino inusual unas dotes musicales fuera de lo común.

Había habido una mujer negra, llamada Belle Pope Calhoun, que tocaba el piano en las
fiestas de los niños blancos, simpáticos niños blancos que hubieran acuchillado a Curtis
Carlyle. Pero el harapiento «pobretón blanco» solía sentarse junto al piano de Belle una
hora y se empeñaba en introducir un solo de saxo con uno de esos kazoos con los que los
chicos tararean las canciones. Antes de los trece años se ganaba la vida extrayendo
ragtimes de un astroso violín en los cafetuchos de los alrededores de Nashville. Ocho años
después la locura del ragtime se apoderó del país, y Carlyle contrató a seis negros para
hacer una gira por salas de fiestas. Cinco de aquellos negros eran chicos con los que había
crecido; el sexto era el pequeño mulato, Babe Divine, que trabajaba en los muelles de
Nueva York, y mucho tiempo antes había sido bracero en una plantación de las Bermudas,
hasta que clavó un cuchillo de veinte centímetros en la espalda de su amo. Casi antes de
darse cuenta de su buena suerte, Carlyle estaba en Broadway con contratos de todas
clases y más dinero del que había soñado nunca.

Y entonces se empezó a operar un cambio radical en su actitud, un cambio más bien


curioso, amargo. Fue cuando se dio cuenta de que estaba dilapidando los mejores años de
su vida farfullando en los escenarios con un puñado de negros. Su espectáculo era bueno
dentro del género —tres trombones, tres saxofones y la flauta de Carlyle—, y su propio y
peculiar sentido del ritmo marcaba la diferencia; pero empezó a volverse extremadamente
susceptible respecto a su trabajo, empezó a aborrecer la idea de tener que aparecer en el
escenario y a temerlo cada día más.
Estaban ganando dinero —y cada contrato que firmaba era más alto—, pero, cuando les
dijo a los empresarios que quería separarse del sexteto y continuar su carrera como
pianista, se rieron en su cara y le dijeron que estaba loco: aquello supondría un suicidio
artístico. Algún tiempo después se reiría de aquella expresión: suicidio artístico. Todos los
empresarios la usaban.

Tocaron unas cuantas veces en bailes, a tres mil dólares la noche, y parecía como si en
aquellas actuaciones cristalizara toda su aversión por aquel modo de vida. Tocaban en
clubes y casas en los que no lo hubieran dejado entrar de día. Después de todo, solo
representaba el papel del eterno mono de la fiesta, una especie de cabaretero sublimado.
Lo ponía enfermo el olor de los teatros, el olor a colorete y lápiz de labios, el chismorreo de
lús camerinos y el aplauso condescendiente de los palcos. Ya no tenía fe en lo que estaba
haciendo. La idea de una lenta aproximación al lujo del ocio lo volvía loco. Se iba acercando
a eso, desde luego, pero, como un niño, se comía el helado tan despacio que no podía
cogerle el gusto.

Quería tener montones de dinero y mucho tiempo libre, la oportunidad de leer y divertirse, y
vivir como los hombres y mujeres que lo rodeaban, esos que, si hubieran pensado en él, lo
hubieran considerado despreciable; en una palabra, deseaba todas aquellas cosas que
había empezado a agrupar bajo el genérico rótulo de aristocracia, una aristocracia que,
según parecía, no podía comprarse con dinero, a no ser que fuera con dinero ganado como
él lo ganaba. Tenía entonces veinticinco años, y no tenía familia, ni estudios, ni posibilidad
de abrirse camino en el mundo de los negocios. Empezó a invertir en especulaciones
disparatadas, y en tres semanas había perdido todo el dinero que había ahorrado.

Entonces estalló la guerra. Se fue a Plattsburg, pero incluso hasta allí lo persiguió su
profesión. Un teniente coronel lo llamó a su despacho y le dijo que podría servir mejor a su
país como director de una orquesta de baile. Así que se pasó la guerra entreteniendo a
celebridades tras la línea de combate con una orquesta del cuartel general. No era tan
malo, pero cuando la infantería volvía sin fuerzas de las trincheras, quería ser uno de
aquellos soldados. El sudor y el barro que los envolvía parecían uno de aquellos inefables
símbolos de aristocracia que siempre estaban escapándosele.

—Pero fueron los bailes en casas particulares los que lo consiguieron. Cuando volví de la
guerra, otra vez empezó la rutina de siempre. Teníamos una oferta de una cadena de
hoteles en Florida. Solo era cuestión de tiempo.

Se interrumpió y Ardita lo miró expectante, pero entonces hizo un gesto de negación con la
cabeza.

—No —dijo—, no voy a seguir contándotelo. Me lo estoy pasando demasiado bien, y temo
perder un poco de esta alegría si la comparto con alguien más. Quiero conservar estos
instantes heroicos, emocionantes, en que he llegado a estar por encima de todos ellos, y les
he hecho saber que era más que un maldito payaso que graznaba y bailaba.

Desde proa les llegó de pronto el runruneo de un canto. Los negros se habían agrupado en
cubierta y sus voces se elevaban al unísono en una melodía embrujada que ascendía hacia
la luna, armónica y conmovedora. Y Ardita escuchaba, como bajo el influjo de un
encantamiento.

Al Sur…
al Sur.
Mami me quiere llevar al Sur, por la Vía Láctea.
Al Sur…
al Sur.
Papi dice: mañana;
pero mami dice: hoy.
Sí, mami dice: hoy.

Carlyle suspiró, y durante un momento se quedó en silencio, mirando la multitud de estrellas


que titilaban como arcos voltaicos en el cielo templado. El canto de los negros se había
apagado hasta ser un quejumbroso tarareo y parecía como si minuto a minuto el fulgor y el
silencio inmenso fueran aumentando, hasta que casi llegó a oír cómo se arreglaban a
medianoche las sirenas, cuando se peinan los chorreantes cabellos de plata a la luz de la
luna y cuchichean sobre los restos de los naufragios que habitan en las verdes y
opalescentes avenidas de las profundidades.

—Sí —dijo Carlyle en un susurro—, ésta es la belleza que deseo. La belleza debe ser
asombrosa, sorprendente. Debe arder dentro de ti como un sueño, como los ojos preciosos
de una chica.

Se volvió hacia Ardita, que callaba.

—Lo entiendes, ¿verdad, Ardita? ¿Verdad, Ardita?

No le contestó. Se había quedado dormida.

IV

En la tarde espesa e inundada de sol del día siguiente, una lejana mancha en el mar fue
convirtiéndose en un islote verde y gris, aparentemente formado por un gran acantilado de
granito en su extremo norte, que declinaba hacia el sur a través de poco más de un
kilómetro de vivido bosquecillo y prado hasta una playa arenosa que se perdía
perezosamente entre las olas. Cuando Ardita, que leía en su tumbona preferida, llegó a la
última página de La rebelión de los ángeles, cerró el libro ruidosamente, alzó la vista y vio el
paisaje, lanzó un grito de placer y llamó a Carlyle, que estaba apoyado melancólicamente
en la baranda.
—¿Es ahí? ¿Es ahí adonde vamos?

Carlyle se encogió de hombros con indiferencia.

—Me coges en blanco —dijo, y alzando la voz llamó al capitán en funciones—: Eh, Babe,
¿es ésa tu isla?

La minúscula cabeza del mulato apareció en cubierta.

—Sí, señor; ésa es.

Carlyle se acercó a Ardita.

—Parece una buena playa, ¿no?

—Sí —asintió ella—; pero no parece lo bastante grande para ser un buen escondite.

—¿Sigues confiando en esos mensajes por radio que tu tío se dedicó a mandar?

—No —dijo Ardita con franqueza—. Estoy de tu parte. Me gustaría mucho ver cómo te
escapas.

Carlyle se echó a reír.

—Tú eres nuestra Señora de la Suerte. Me temo que, por el momento, tendrás que
quedarte con nosotros, así que serás nuestra mascota.

—No te atreverías a pedirme que volviera a nado —dijo Ardita con frialdad—. Si lo hicieras,
empezaría a escribir novelas baratas basadas en la interminable historia de tu vida que me
contaste anoche.

Carlyle se sonrojó: se había puesto serio.

—Siento mucho que te aburrieras.

—No, no me aburrí… Hasta que, al final, empezaste a contarme la rabia que te daba no
poder bailar con las señoras para las que tocabas.

Se levantó, enfadado.

—Menuda lengüecita.

—Perdona —dijo, muerta de risa—, pero no estoy acostumbrada a que los hombres me
entretengan contándome las ambiciones de su vida: especialmente si es una vida tan
mortalmente platónica.

—¿Por qué? ¿Qué te cuentan los hombres?


—Ah, me hablan de mí —bostezó—. Me dicen que soy la quintaesencia de la juventud y la
belleza.

—¿Y tú qué les dices?

—Les doy la razón.

—¿Todos los hombres que has conocido se te han declarado?

Ardita asintió.

—¿Y por qué no iban a declararse? Toda la vida consiste en acercarse y alejarse de una
sola frase: Te quiero.

Carlyle se echó a reír y se sentó.

—Es verdad. No está mal, no. ¿Se te ha ocurrido a ti?

—Sí… O a lo mejor lo leí en algún sitio. No significa nada en especial. Solo es una frase
inteligente.

—Es el tipo de comentario —dijo muy serio— propio de tu clase.

—Ah —lo interrumpió, impaciente—, no empieces otra vez con esa perorata sobre la
aristocracia. No me fío de la gente que puede ser profunda a esta hora de la mañana. Es
una variedad benigna de la locura, una especie de resaca. La mañana es para dormir, nadar
y no preocuparse de nada.

Diez minutos más tarde habían cambiado de rumbo, trazando un amplio círculo, como si se
acercaran a la isla por el norte.

«Aquí hay gato encerrado», observó Ardita, pensativamente; «no puede pretender fondear
al pie del acantilado».

Ahora se dirigían directamente a las rocas, que debían de alcanzar más de treinta metros
de altura, y, hasta que no estuvieron a unos cincuenta metros, Ardita no descubrió el lugar
hacia donde se dirigían. Entonces aplaudió, alegre. Había una abertura en el acantilado
completamente oculta por un extraño pliegue de la roca, y a través de esta abertura penetró
el yate, y muy lentamente atravesó un estrecho canal de aguas critalinas entre altas
paredes grises. Y luego echaron el ancla en un mundo diminuto de oro y vegetación, una
bahía dorada, lisa como cristal y rodeada de palmeras enanas. Parecía uno de esos
mundos que los niños construyen con montones de arena, espejos que son lagos y ramitas
que son árboles.

—¡No está mal, maldita sea! —exclamó Carlyle, entusiasmado—. Creo que ese negro sabe
por dónde se anda en esta zona del Atlántico.
Su euforia era contagiosa, y Ardita también estaba exultante.

—¡Es un escondite absolutamente seguro!

—¡Sí, por Dios! Es una isla de las que salen en los cuentos.

Echaron el bote al lago dorado y remaron hasta la costa.

—Adelante —dijo Carlyle cuando desembarcaron en la arena blanda—, vamos a explorar.

La franja de palmeras estaba rodeada por un kilómetro y medio de territorio plano y


arenoso. La siguieron hacia el sur y, dejando atrás una zona de vegetación tropical, llegaron
a una playa virgen, gris perla, donde Ardita se quitó las zapatillas de golf marrones
—parecía haber abandonado los calcetines para siempre— y se mojó los pies. Luego
volvieron paseando hasta el yate, donde el infatigable Babe ya les tenía preparada la
comida. Había apostado un vigía en lo alto del acantilado, hacia el norte, para que oteara el
mar en todas las direcciones, aunque dudaba que la entrada a través del acantilado fuera
conocida: nunca había visto un mapa en el que la isla estuviera señalada.

—¿Cómo se llama? —preguntó Ardita—. La isla, ¿cómo se llama?

—No tiene nombre —masculló Babe con una risilla—. A lo mejor se llama simplemente isla,
¿no?

A la caída de la tarde se sentaron en la parte más alta del acantilado, con la espalda
apoyada en grandes peñascos, y Carlyle resumió sus confusos planes. Estaba seguro de
que en aquellos instantes lo estaban buscando. El producto total del golpe que había dado,
y sobre el que se negaba a informar a Ardita, lo estimaba en algo menos de un millón de
dólares. Pensaba quedarse en la isla varias semanas y después partir hacia el sur, evitando
las rutas habituales, bordeando el cabo de Hornos, rumbo al Callao, en Perú. Los detalles
del aprovisionamiento de víveres y combustible quedaban enteramente en manos de Babe,
que, según parecía, había navegado por aquellos mares desempeñando los más diversos
menesteres, desde grumete en un barco cafetero hasta primer oficial sin serlo de un barco
pirata brasileño, a cuyo capitán habían ahorcado hacía mucho tiempo.

—Si Babe hubiera sido blanco, sería hace mucho rey del sur de América —dijo Carlyle
categóricamente—. En lo que se refiere a inteligencia, a su lado Booker T. Washington es
un imbécil. Posee la astucia de todas las razas y nacionalidades de las que lleva sangre en
las venas, y, o yo soy un embustero, o llegan a media docena. Me adora porque soy el
único que toca el ragtime mejor que él. Nos sentábamos juntos en la dársena del puerto de
Nueva York, él con un fagot y yo con un oboe, y mezclábamos en tono menor milenarias
melodías africanas hasta que las ratas escalaban los postes y se reunían a nuestro
alrededor gimiendo y chillando como perros frente a un gramófono.

Ardita rugió.

—¿Cómo puedes contar esas cosas?


Carlyle sonrió.

—Te juro que…

—¿Qué vas a hacer cuando llegues al Callao? —lo interrumpió.

—Me embarcaré rumbo a la India. Quiero ser un raja. Lo digo en serio. Mi plan es llegar a
Afganistán, comprar un palacio y una reputación, y dentro de cinco años aparecer en
Inglaterra con acento extranjero y un misterioso pasado. Pero primero iré a la India. Ya
sabes lo que dicen: que todo el oro del mundo va a parar poco a poco a la India. Es una
historia fascinante. Y quiero tener tiempo para leer, mucho, mucho.

—¿Y después?

—Después —respondió, desafiante— viene la aristocracia. Ríete si quieres, pero, por lo


menos, tendrás que admitir que sé lo que quiero, así que, me imagino, ya sé más que tú.

—Al contrario —lo contradijo Ardita, mientras buscaba en el bolsillo la pitillera—. Cuando
nos conocimos, tenía absolutamente escandalizados a mis amigos y parientes porque sabía
muy bien lo que quería.

—¿Qué era?

—Un hombre.

Carlyle se sobresaltó.

—¿Es que tienes novio?

—En cierto modo. Si no hubieras subido a bordo, me habría escapado ayer por la tarde…,
parece que ha pasado tanto tiempo…, y me habría encontrado con él en Palm Beach. Me
está esperando con una pulsera que perteneció a Catalina de Rusia. Y no vayas ahora a
refunfuñar cualquier cosa sobre la aristocracia —añadió rápidamente—. Simplemente me
gustaba porque tenía imaginación y un coraje total para mantener sus convicciones.

—Pero tu familia no está de acuerdo, ¿no?

—Mi familia son un tío tonto y una tía aún más tonta. Parece que tuvo un lío escandaloso
con una pelirroja que se llama Mimi no sé qué. Pero me ha dicho que han exagerado
espantosamente el asunto, y a mí los hombres no me mienten: y, además, no me importaría
que fuera verdad. Lo único que cuenta es el futuro. Y del futuro me encargo yo. Cuando un
hombre se enamora de mí, se olvida de otros entretenimientos. Le dije que la soltara, como
si fuera una patata caliente, y lo hizo.

—Estoy un poco celoso —dijo Carlyle, frunciendo el ceño, y se echó a reír—. Creo que te
quedarás con nosotros hasta que lleguemos a Callao. Entonces te daré el dinero necesario
para que vuelvas a Estados Unidos. Así tendrás tiempo para pensarte un poco más lo de
ese hombre.
—¡No me hables así! —se enfureció Ardita—. ¡No le tolero a nadie que se ponga
paternalista! ¿Entendido?

Se le escapó una risilla, pero se contuvo, avergonzado: la cortante irritación de Ardita


parecía haberle caído como un jarro de agua fría.

—Lo siento —dijo, indeciso.

—¡No pidas perdón! No soporto a los hombres que piden perdón con ese tono viril y
reservado. ¡Cállate de una vez!

Se produjo un instante de silencio, un silencio que a Carlyle le resultó bastante violento,


pero que Ardita parecía no advertir mientras disfrutaba alegremente de su cigarrillo y miraba
el mar resplandeciente. Y entonces avanzó a gatas por la roca, se tendió y, con la cara en el
filo, se asomó al fondo del acantilado. Carlyle, observándola, pensó que parecía imposible
que Ardita adoptara una postura que no fuera airosa.

—¡Mira! —gritó—. ¡Hay arrecifes! ¡Grandes! ¡De todos los tamaños!

Carlyle se acercó, y juntos se asomaron a la vertiginosa altura. —¡Podemos ir a nadar esta


noche! —dijo Ardita, entusiasmada—. ¡A la luz de la luna!

—¿No prefieres ir a la otra playa?

—No, no. Me gusta bucear. Puedes usar el bañador de mi tío, aunque te sentará como un
saco, porque mi tío es un hombre muy gordo. Mi bañador es todo un acontecimiento, tiene
conmocionados a los nativos de la costa del Atlántico desde Biddeford Pool hasta San
Agustín.

—Imagino que nadarás como un tiburón. —Sí, soy una maravilla. Y estoy estupenda. Un
escultor de Rye me dijo el verano pasado que mis pantorrillas valían quinientos dólares.

No había nada que alegar, así que Carlyle guardó silencio y solo se permitió una discreta
sonrisa interior.

Cuando la noche se insinuaba azul y plata, se abrieron paso por el espejeante canal en el
bote, ataron el bote a una roca y comenzaron a escalar el acantilado. El primer saliente
estaba a unos tres metros de altura, era ancho y servía de trampolín natural. Y allí, a la
brillante luz de la luna, se sentaron a mirar el movimiento incesante y suave de las olas casi
inmóviles en la marea baja.
—¿Eres feliz? —preguntó Carlyle de repente.

Ardita asintió.

—Siempre soy feliz junto al mar. ¿Sabes? —continuó—, he estado pensando todo el día
que somos un poco diferentes. Los dos somos rebeldes, pero por diferentes razones. Hace
dos años, cuando yo tenía dieciocho y tú…

—Veinticinco.

—Sí… Hace dos años los dos éramos dos triunfadores convencionales. Yo era una chica
absolutamente irresistible que acababa de presentarse en sociedad y tú eras un músico de
éxito al servicio del ejército…

—Caballero por decisión del Congreso —añadió con ironía.

—Bueno, en cualquier caso, los dos encajábamos. Si nuestros polos no estaban


desgastados por el uso, al menos se atraían. Pero, muy dentro de nosotros, había algo que
nos obligaba a pedir más felicidad. Yo no sabía lo que quería. Iba de hombre en hombre,
incansable, impaciente, y pasaban los meses y cada día me sentía menos conforme y más
insatisfecha. Me pasaba las horas mordiéndome los carrillos: creía que me estaba volviendo
loca. Tenía una espantosa sensación de que el tiempo se me escapaba. Quería las cosas
ya, al momento, lo más rápido posible. Yo era… preciosa. Lo soy, ¿no?

—Sí—asintió Carlyle, sin mucha seguridad.

Ardita se levantó de repente.

—Espera un segundo. Quiero probar el agua: parece que está estupenda.

Caminó hasta el filo del saliente y saltó al mar, doblándose en el aire para enderezarse
luego y penetrar en el agua como la hoja de un cuchillo en un perfecto salto de carpa.

Y un minuto después Carlyle oía su voz.

—¿Sabes? Me pasaba los días leyendo, y las noches, casi. Empezó a molestarme la vida
en sociedad.

—Sube —la interrumpió—. ¿Qué haces ahí?

—Estoy haciendo el muerto. Tardo un minuto. Te voy a decir una cosa. Lo único que me
divertía era escandalizar a la gente: ponerme el traje más imposible y elegante para una
fiesta de disfraces, salir con los hombres más atrevidos de Nueva York y meterme en los
líos más terribles que te puedas imaginar.

El chapoteo se mezclaba con sus palabras, y luego Carlyle oyó su respiración agitada
mientras escalaba la roca.
—¡Tírate! —gritó.

Se levantó y saltó, obediente. Cuando volvió a la superficie, chorreando, y empezó a subir,


descubrió que Ardita no estaba ya en el saliente, pero, después de un instante de
preocupación, oyó su risa luminosa en otra roca, tres metros más arriba. Se reunió con ella
y se sentaron juntos, con los brazos alrededor de las rodillas, jadeando un poco después de
la escalada.

—Mi familia estaba como loca —dijo de pronto—. Intentaron casarme. Y, cuando empezaba
a pensar que la vida no valía la pena, descubrí algo —elevó los ojos al cielo
jubilosamente—: ¡Descubrí algo!

Carlyle esperó y las palabras de Ardita cayeron como un torrente.

—Coraje: eso es; coraje como regla de vida, algo a lo que hay que mantenerse fiel siempre.
Empecé a construir esta enorme fe en mí misma. Empecé a darme cuenta de que, en todos
mis ídolos del pasado, lo que inconscientemente me había atraído era alguna prueba de
coraje. Empecé a separar el coraje de las otras cosas de la vida. Todos los tipos de coraje:
el boxeador golpeado, ensangrentado, que se levanta para seguir recibiendo golpes… Solía
pedirles a los hombres que me llevaran al boxeo; la mujer en desgracia que se pasea entre
una carnada de gatos y los mira como si fueran el barro que pisa; disfrutar de lo que
siempre te ha gustado; el desprecio absoluto de las opiniones ajenas: vivir como quiero y
morir a mi manera… ¿Has traído tabaco?

Le dio un cigarrillo y encendió un fósforo sin decir una palabra. —Pero los hombres
—continuó Ardita— seguían persiguiéndome, viejos y jóvenes, y la mayoría eran menos
inteligentes y menos fuertes que yo, y todos se volvían locos por conquistarme, por robarme
la fama de orgullo imponente que me había labrado. ¿Me entiendes?

—Más o menos. ¿Nunca te han hecho daño ni has tenido que pedir perdón?

—¡Nunca!

Se acercó al borde de la roca, extendió los brazos y, durante un instante, pareció un


crucificado contra el cielo; luego, describiendo una inesperada parábola, se hundió sin
salpicar entre dos ondas plateadas siete metros más abajo.

Carlyle volvió a oír la voz de Ardita.

—Y coraje significa sumergirme en esa niebla gris y sucia que cubre la vida, desdeñando no
solo a la gente y a las circunstancias, sino también a la desolación de vivir: una especie de
insistencia en el valor de la vida y en el precio de las cosas transitorias.

Otra vez escalaba las rocas, y, mientras pronuciaba la última frase, su cabeza apareció a la
altura de Carlyle, el pelo rubio y mojado, perfectamente liso, hacia atrás.
—Todo eso está muy bien —objetó Carlyle—. Le puedes llamar coraje, pero tu coraje solo
es orgullo de familia. Te han educado para que tengas esa actitud desafiante. En mi vida
gris incluso el coraje es una de las cosas que son grises y sin fuerza.

Ardita se había sentado muy cerca del borde, con los brazos alrededor de las rodillas, y
miraba ensimismada la luna blanca; Carlyle estaba detrás, lejos, cobijado como un dios
ridículo en un nicho de rocas.

—No quiero parecerte Pollyanna —empezó—, pero todavía no me has entendido. Mi coraje
es fe, fe en mi inagotable capacidad de adaptación: fe en que la alegría volverá, y la
esperanza y la espontaneidad. Y creo que, mientras me dure, tengo que mantener la boca
cerrada y la cabeza bien alta y los ojos bien abiertos, y las sonrisas tontas sobran. Sí,
también he bajado al infierno sin una lágrima muchas veces. Y el infierno de las mujeres es
mucho más terrible que el de los hombres.

—¿Y si todo se acaba —sugirió Carlyle— antes de que vuelvan la alegría, la esperanza y la
espontaneidad?

Ardita se levantó y escaló con alguna dificultad la roca, hasta alcanzar otro saliente, tres o
cuatro metros más arriba.

—Pues entonces —exclamó— habré ganado.

Carlyle se asomó a la roca, hasta que pudo ver a Ardita.

—¡No saltes desde ahí! Te vas a matar —se apresuró a decir.

Ardita se rió.

—¡Yo, no!

Abrió los brazos con lentitud, y se quedó quieta: parecía un cisne, y su juventud perfecta
irradiaba un orgullo que encendió un cálido resplandor en el corazón de Carlyle.

—Atravesaremos el aire tenebroso con los brazos abiertos —gritó— y los pies extendidos
como colas de delfines, y creeremos que nunca llegaremos al agua hasta que de repente
nos rodee la tibieza y las olas nos besen y acaricien.

Entonces saltó, y Carlyle, en un acto reflejo, contuvo la respiración. No se había dado


cuenta de que era un salto de más de quince metros. Pareció transcurrir una eternidad
antes de que oyera el ruido breve y brusco que se produjo cuando Ardita llegó al agua.

Y con un alegre suspiro de alivio cuando su risa luminosa y húmeda llegó por el acantilado a
sus oídos angustiados, se dio cuenta de que la quería.

VI
El tiempo, perdido el eje sobre el que gira rutinariamente, derramó sobre ellos tres días de
atardeceres. Cuando el sol iluminaba la portilla del camarote de Ardita, una hora después
del alba, se levantaba feliz, se ponía el bañador y subía a cubierta. Los negros dejaban el
trabajo cuando la veían y, riendo entre dientes y murmurando, se apelotonaban en la
baranda mientras Ardita nadaba y buceaba en el agua clara como un ágil pececillo de
estanque. Y por la tarde, cuando refrescara, volvería a nadar, a tumbarse y a fumar con
Carlyle en el acantilado; o se tumbarían en la arena de la playa del sur, casi sin hablar,
mirando solo cómo el día, multicolor y trágico, se disolvía en la infinita languidez de una
noche tropical.

Y, a medida que pasaban las largas horas de sol, Ardita dejó poco a poco de concebirlas
como un episodio accidental, atolondrado, un brote de amor en un desierto de realidad. Le
daba miedo el instante en que reemprendieran camino hacia el sur; le daban miedo todas
las posibilidades que tenía ante sí; pensar era una molestia y tomar decisiones resultaba
odioso. Si rezar hubiera ocupado algún espacio en los rituales paganos de su alma, solo le
hubiera pedido a la vida que la dejaran tranquila un tiempo, entregada perezosamente a las
ingenuas e ingeniosas ocurrencias de Carlyle, a la viveza de su imaginación adolescente, y
a la veta de monomanía que parecía recorrer todo su carácter y dar color a cada uno de sus
actos.

Pero ésta no es la historia de una pareja en una isla, ni tiene como tema principal el amor
que nace de la soledad. Solo es la presentación de dos temperamentos, y su idílica
localización entre las palmeras de la Corriente del Golfo es puramente accidental. Casi
todos nos contentamos con existir y reproducirnos, y luchar por el derecho a hacer ambas
cosas, pero la idea esencial, el intento condenado al fracaso de controlar el propio destino,
está reservada a unos pocos afortunados o desgraciados. Lo que más me interesa de Ardita
es el coraje, el coraje que se empañará a la par que su juventud y su belleza.

—Llévame contigo —dijo una noche, echados perezosamente en la hierba bajo las
palmeras abiertas como abanicos oscuros. Los negros habían desembarcado sus
instrumentos, y la música del ragtime se propagaba suavemente con la brisa templada de la
noche—. Me gustaría volver a aparecer dentro de diez años transformada en una fabulosa y
riquísima princesa india.

Carlyle se apresuró a contestar.

—Ya sabes que puedes.

Ella se rió.

—¿Es una proposición de matrimonio? ¡Edición especial! Ardita Farnam se casa con un
pirata. Chica de la alta sociedad raptada por un jazzista atracador de bancos.

—No fue un banco.


—¿Qué fue? ¿Por qué no me lo cuentas?

—No quiero desilusionarte.

—Querido amigo, yo no me hago ninguna ilusión contigo.

—Me refiero a las ilusiones que te haces sobre ti misma.

Lo miró sorprendida.

—¡Sobre mí! ¿Qué diablos tengo yo que ver con tus crímenes?

—Eso habría que verlo. Ardita se le acercó y le acarició la mano. —Querido señor Curtis
Carlyle —murmuró—, ¿estás enamorado de mí?

—Como si eso te importara.

—Claro que me importa: creo que me he enamorado de ti. La miró con ironía.

—Así la cuenta total de enero asciende a media docena —sugirió—. ¿Te imaginas que me
tomara en serio el farol y te pidiera que te vinieras conmigo a la India? —¿Y si me fuera?
Carlyle se encogió de hombros. —Nos casaríamos en Callao.

—¿Qué vida puedes ofrecerme? No quiero molestarte, pero te lo pregunto en serio: ¿Qué
será de mí si te coge esa gente que quiere la recompensa de veinte mil dólares? —Creía
que no tenías miedo.

—Nunca tengo miedo. Pero no voy a arruinar mi vida solo por demostrarle a un hombre que
no tengo miedo.

—Ojalá hubieras sido pobre: solo una chica pobre que sueña sentada en una cerca en una
calurosa tierra de vacas. —¿Te hubiera gustado?

—He sido feliz asombrándote, viendo cómo se te abrían los ojos ante las cosas. ¡Si
pudieras desear las cosas! ¿Te das cuenta?

—Sí, te endiendo. Como las chicas que miran embobadas los escaparates de las joyerías.

—Sí… Y quieren el reloj ovalado de platino ribeteado de diamantes. Entonces tú decidirías


que es demasiado caro y elegirías uno de oro blanco que vale cien dólares. Y yo diría:
¿Caro? No me lo parece, Y entraríamos en la joyería, e inmediatamente el reloj de platino
estaría brillando en tu muñeca.

—Suena muy agradable y muy vulgar, y divertido, ¿no?, murmuró Ardita.

—¿A que sí? ¿Nos imaginas viajando por el mundo, gastando dinero a manos llenas,
venerados por porteros y camareros? Ah, bienaventurados sean los ricos puros, porque
ellos poseerán la tierra.
—Sinceramente: me gustaría que las cosas fueran así.

—Te quiero, Ardita —dijo Carlyle con ternura.

La cara de Ardita perdió su expresión infantil un instante y se puso extraordinariamente


seria.

—Me gusta estar contigo —dijo—, más que con ningún otro hombre de los que he conocido.
Y me gusta cómo me miras y tu pelo negro, y cómo te asomas por la borda cuando vamos a
la playa. La verdad es, Curtis Carlyle, que me gusta todo lo que haces cuando te comportas
con absoluta naturalidad. Creo que tienes temperamento, y ya conoces mis ideas sobre el
asunto. Algunas veces, cuando te tengo cerca, me dan ganas de besarte de pronto y decirte
que solo eres un chico idealista con un montón de tonterías inocentes en la cabeza. A lo
mejor, si yo fuera un poco mayor y estuviera más aburrida, me iría contigo. Tal como son las
cosas, creo que volveré y me casaré… con el otro.

En el lago plateado las siluetas de los negros se retorcían y contorsionaban a la luz de la


luna, como acróbatas que, después de pasar un largo periodo de inactividad, necesitaran
derrochar en sus volatinerías un exceso de energías. Avanzaban en fila india, en círculos
concéntricos, echando la cabeza hacia atrás o inclinándose sobre sus instrumentos como
faunos sobre sus caramillos. Y del trombón y el saxofón se derramaba sin cesar una
melodía armoniosa, a ratos alegre y desenfrenada, y a ratos lastimera y obsesionante como
una danza de la muerte en el corazón del Congo.

—¡Bailemos! —gritó Ardita—. No me puedo estar quieta mientras suena este jazz tan
estupendo.

La cogió de la mano y la llevó hasta una amplia extensión de arena endurecida que la luna
inundaba de esplendor. Flotaban como mariposas que se dejaran llevar por la intensa nube
de luz, y, mientras la sinfonía fantástica gemía y ascendía y se debilitaba y desaparecía,
Ardita perdió el poco sentido de la realidad que le quedaba y abandono su imaginación al
perfume de ensueño de las flores tropicales y a los aéreos e infinitos espacios estrellados, y
tenía la impresión de que si abría los ojos se encontraría bailando con un fantasma en un
país creado por su fantasía.

—Esto es lo que yo llamaría una fiesta selecta y privada —murmuró Carlyle.

—Creo que me he vuelto loca… deliciosamente loca.

—Nos han hechizado. Las sombras de innumerables generaciones de caníbales nos vigilan
desde la cima de ese acantilado.

—Y apuesto lo que quieras a que las caníbales están diciendo que bailamos demasiado
pegados, y que es una vergüenza que no me haya puesto el anillo en la nariz.
Se reían suavemente, y de pronto las risas se apagaron porque, en la otra orilla del lago,
habían callado los trombones en mitad de un compás, y los saxofones emitían un gemido
asustado y dejaban poco a poco de oírse.

—¿Qué pasa? —gritó Carlyle.

Después de un instante de silencio distinguieron la silueta oscura de un hombre que


rodeaba el lago corriendo. Cuando estuvo más cerca, vieron que era Babe en un estado de
nerviosismo insólito. Se acercó y les contó las nuevas noticias, sofocado, comiéndose las
palabras.

—Un barco, un barco a menos de un kilómetro, señor. Dios bendito, nos vigila y ha echado
el ancla.

—¿Un barco? ¿Qué tipo de barco? —preguntó Carlyle angustiado.

Su voz denotaba inquietud, y a Ardita se le encogió el corazón de repente cuando le vio la


cara desencajada.

—No lo sé, señor.

—¿Han mandado un bote?

—No, señor.

—Vamos —dijo Carlyle.

Subieron la colina en silencio, la mano de Ardita aún en la de Carlyle, como cuando dejaron
de bailar. Sentía cómo él cerraba la mano de vez en cuando, nervioso, como si no fuera
consciente del contacto, pero, aunque le hacía daño, no intentó soltarse. Pareció transcurrir
una hora antes de que alcanzaran la cima y reptaran sigilosamente hasta el borde del
acantilado. Tras una breve ojeada, Carlyle sofocó un grito involuntario. Se trataba de un
guardacostas con cañones de seis pulgadas colocados de popa a proa.

—¡Nos han descubierto! —dijo con un suspiro—. ¡Nos han descubierto! Han debido
encontrar nuestro rastro en algún sitio.

—¿Estás seguro de que han descubierto el canal? Quizá solo esperan para echar un
vistazo a la isla por la mañana. Desde donde están no pueden ver la abertura en el
acantilado.

—Pueden verlo con los prismáticos —dijo, sin esperanza. Miro el reloj—. Ya casi son las
dos. No podrán hacer nada hasta que amanezca, eso está claro. Y siempre existe la remota
posibilidad de que solo estén esperando a otro barco, o combustible.

—Creo que nosotros podemos también quedarnos aquí.


Las horas pasaban. Estaban tumbados, en silencio, juntos, las manos en la mejilla, como
niños que durmieran. Detrás de ellos, encogidos, los negros, pacientes, resignados,
conformes, proclamaban con sus sonoros ronquidos que ni siquiera la presencia del peligro
podía domeñar su invencible ansia africana de sueño.

Poco antes de las cinco de la mañana Babe se acercó a Carlyle y le dijo que había media
docena de fusiles en el Narciso. ¿Había decidido no ofrecer resistencia? Babe creía que
podían montar una buena batalla si lo planeaban bien.

Carlyle se echó a reír y negó con la cabeza.

—Esto no es una película, Babe. Es un guardacostas lo que nos espera. Sería como
enfrentarse con arco y flechas a una ametralladora. Si quieres enterrar las bolsas en alguna
parte, para poder recuperarlas más tarde, hazlo. Pero será inútil: excavarán la isla de punta
a punta. Es una batalla perdida, Babe.

Babe agachó la cabeza en silencio y se fue, y la voz de Carlyle era más ronca cuando le
dijo a Ardita:

—Es el mejor amigo que he tenido. Daría la vida por mí, y estaría orgulloso de poder
hacerlo, si yo se lo pidiera.

—¿Te das por vencido?

—No tengo otra posibilidad. Es verdad que siempre hay una salida, la más segura, pero
puede esperar. No pienso perder la cabeza. No me perdería mi propio juicio por nada del
mundo: así viviré la interesante experiencia de ser famoso. «La señorita Farnam declara
que el comportamiento del pirata fue en todo momento propio de un caballero.»

—¡Cállate! Me da una pena horrible.

Cuando el color se diluyó en el cielo y el azul apagado se convirtió en un gris de plomo,


percibieron un gran tumulto en la cubierta del barco y divisaron a un grupo de oficiales en
uniforme blanco reunidos junto a la borda. Tenían prismáticos y examinaban el islote con
atención.

—Se acabó —sentenció Carlyle, inexorable.

—¡Maldita sea! —dijo Ardita entre dientes. Sentía cómo los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Volveremos al yate —dijo Carlyle—. Prefiero que me encuentren allí a ser cazado como
una alimaña.

Abandonaron la cima y descendieron por la colina, y, cuando llegaron al lago, los remeros
negros, silenciosos, los llevaron al yate. Entonces, pálidos y abatidos, se echaron en las
tumbonas, a esperar.
Media hora después, bajo la débil luz gris, la proa del guardacostas apareció en el canal y
se detuvo: era evidente que temían que la bahía fuera demasiado poco profunda. Por la
apacible apariencia del yate, el hombre y la chica en las tumbonas, y los negros apoyados
con curiosidad en la barandilla, habían deducido que no encontrarían resistencia, y lanzaron
dos botes: en uno iban un oficial y seis policías, y en el otro cuatro remeros y, a popa, dos
hombres canosos con ropa deportiva. Ardita y Carlyle se levantaron y, casi sin pensarlo, se
miraron a los ojos. Entonces Carlyle se metió la mano en el bolsillo y sacó un objeto circular,
fulgurante, y se lo dio.

—¿Qué es esto? —pregunto, maravillada.

—No estoy muy seguro, pero, por las palabras rusas que lleva grabadas en el interior, creo
que es la célebre pulsera que te habían prometido.

—Pero… Pero… ¿De dónde diablos…?

—Estaba en una de las bolsas. Ya sabes: Curtís Carlyle y sus Seis Compadres Negros, en
plena actuación en el salón de té de un hotel de Palm Beach, cambiaron sus instrumentos
por pistolas automáticas y atracaron al público. Yo le quité esta pulsera a una preciosa
pelirroja con demasiado maquillaje encima.

Ardita frunció las cejas y sonrió.

—¡Así que eso fue lo que hiciste! Sí, tienes temperamento.

Carlyle hizo una reverencia.

—Una conocida cualidad burguesa.

Entonces el amanecer avanzó intrépidamente por la cubierta y obligó a las sombras a


retroceder hasta sus esquinas grises. El rocío se evaporaba, volviéndose niebla dorada,
sutil como un sueño, y los envolvía, y parecían de gasa, vestigios de la noche, infinitamente
fugaces, a punto de disolverse. Durante un instante mar y cielo dejaron de respirar, y la
aurora de dedos rosados tocó los jóvenes labios de la vida… Luego, de más allá del lago,
llegó el quejido de un bote y el crujir de los remos.

De pronto, recortándose contra el horno de oro que nacía en el este, dos gráciles siluetas se
fundieron en una y él besó sus labios de niña mimada.

—Es como estar en la gloria —murmuró Carlyle.

Ardita le sonrió.

—¿Eres feliz?

Suspiró, y aquel suspiro era una bendición: la seguridad encantada de que en aquel
momento era más joven y bella que nunca. Y la vida volvió a ser radiante, y el tiempo era un
fantasma, y sus fuerzas eran eternas. Entonces hubo una sacudida y un crujido al rozar el
bote el casco del yate.

Por la escalerilla subieron los dos hombres de pelo gris, el oficial y dos marineros que
empuñaban revólveres. El señor Farnam cruzó los brazos y miró a su sobrina.

—Muy bien —dijo, asintiendo con la cabeza lentamente. Ardita suspiró, dejó de abrazar a
Carlyle, y sus ojos, transfigurados y ausentes, se posaron en el pelotón de abordaje. Su tío
observaba cómo su labio superior poco a poco se alzaba, en ese orgulloso puchero que él
conocía tan bien.

—Muy bien —repitió, furioso—. Así que ésta es la idea que tienes del amor: fugarte con un
pirata.

Ardita lo miró con indiferencia.

—¡Qué tonto eres! —dijo, muy tranquila.

—¿Eso es lo mejor que se te ocurre decir?

—No —dijo, como si estuviera reflexionando—. No, hay algo más: esa frase que conoces
tan bien, con la que he terminado la mayoría de nuestras conversaciones de los últimos
años. ¡Cállate!

Y, dicho esto, les dedicó a los dos vejestorios, al oficial y a los dos marineros una breve
mirada de desprecio, dio media vuelta y desapareció orgullosamente por la escotilla que
llevaba a los camarotes.

Pero, si hubiera esperado un poco, hubiera oído algo bastante infrecuente en las
conversaciones con su tío: su tío había estallado en carcajadas incontrolables, a las que se
había unido el otro vejestorio.

Este último se dirigió con energía a Carlyle, que había estado observando la escena con un
aire de misterioso regocijo.

—Bien, Toby —dijo afablemente—, caradura incurable, romántico perseguidor de arcoiris,


¿has encontrado por fin la mujer que buscabas?

Carlyle sonrió, muy seguro.

—Por supuesto —dijo—. Sabía que sería así desde la primera vez que oí hablar de sus
correrías disparatadas. Por eso le ordené a Babe que lanzara el cohete de señales anoche.

—Me alegro —dijo el coronel Moreland, serio—. Os seguíamos de cerca por si teníais algún
problema con estos seis negros tan raros, pero no esperábamos encontraros a los dos en
una situación tan comprometida —suspiró—. Bueno, ¡manda a un loco a cazar a un loco!
—Tu padre y yo —dijo el señor Farnam— pasamos la noche en vela esperando lo mejor,
que quizá sea lo peor. Bien sabe Dios que le has gustado a Ardita, hijo mío. Me estaba
volviendo loco. ¿Le diste la

pulsera rusa que el detective que contraté consiguió de esa tal Mimi?

Carlyle asintió.

—¡Shhh! —dijo—. Viene Ardita.

Ardita apareció en la escalerilla de los camarotes, y los ojos se le fueron involuntariamente a


las muñecas de Carlyle. Una expresión de perplejidad se dibujó en su cara. Los negros
empezaron a cantar en la popa, y el lago, frío con el fresco del amanecer, devolvía
serenamente el eco de sus voces profundas.

—Ardita —dijo Carlyle, tímidamente.

Ardita se acercó más.

—Ardita —repitió, con la respiración entrecortada—. Tengo que decirte… la verdad. Todo ha
sido una trampa, Ardita. No me llamo Carlyle. Me llamo Moreland, Toby Moreland. Toda la
historia ha sido un invento, Ardita, fruto del clima de Florida.

Lo miró fijamente: el asombro, la perplejidad, la incredulidad y la rabia se reflejaban


sucesivamente en su cara. Ninguno de los tres hombres se atrevía a respirar. El señor
Moreland dio un paso hacia Ardita. La boca del señor Farnam empezó a curvarse
tristemente, a la espera, presa del pánico, del previsible estallido.

Pero no llegó. La cara de Ardita se iluminó de repente, y con una risilla se acercó de un
salto al joven Moreland y lo miró sin rastro de rabia en los ojos grises.

—¿Me juras —dijo dulcemente— que todo ha sido solo producto de tu imaginación?

—Lo juro —dijo el joven Moreland, anhelante.

Ella atrajo su rostro y lo besó suavemente.

—¡Qué imaginación! —dijo con ternura y casi con envidia—. Quiero que me mientas toda mi
vida, con toda la dulzura de que eres capaz.

Las voces de los negros llegaban soñolientas desde la popa, mezcladas con una melodía
que Ardita ya les había oído cantar:

El tiempo es un ladrón;
alegrías y penas
se van con las hojas
en otoño…

—¿Qué había en las bolsas? —preguntó en voz baja.

—Arena de Florida. Es una de las dos verdades que te he dicho.

—Tal vez yo pueda adivinar la otra —dijo Ardita. Y, poniéndose de puntillas, lo besó
dulcemente… en la ilustración.
El extraño caso de Benjamin Button

Hasta 1860 lo correcto era nacer en tu propia casa. Hoy, según me dicen, los grandes
dioses de la medicina han establecido que los primeros llantos del recién nacido deben ser
emitidos en la atmósfera aséptica de un hospital, preferiblemente en un hospital elegante.
Así que el señor y la señora Button se adelantaron cincuenta años a la moda cuando
decidieron, un día de verano de 1860, que su primer hijo nacería en un hospital. Nunca
sabremos si este anacronismo tuvo alguna influencia en la asombrosa historia que estoy a
punto de referirles.

Les contaré lo que ocurrió, y dejaré que juzguen por sí mismos.

Los Button gozaban de una posición envidiable, tanto social como económica, en el
Baltimore de antes de la guerra. Estaban emparentados con esta o aquella Familia, lo que,
como todo sureño sabía, les daba el derecho a formar parte de la inmensa aristocracia que
habitaba la Confederación. Era su primera experiencia en lo que atañe a la antigua y
encantadora costumbre de tener hijos: naturalmente, el señor Button estaba nervioso.
Confiaba en que fuera un niño, para poder mandarlo a la Universidad de Yale, en
Connecticut, institución en la que el propio señor Button había sido conocido durante cuatro
años con el apodo, más bien obvio, de Cuello Duro.

La mañana de septiembre consagrada al extraordinario acontecimiento se levantó muy


nervioso a las seis, se vistió, se anudó una impecable corbata y corrió por las calles de
Baltimore hasta el hospital, donde averiguaría si la oscuridad de la noche había traído en su
seno una nueva vida.

A unos cien metros de la Clínica Maryland para Damas y Caballeros vio al doctor Keene, el
médico de cabecera, que bajaba por la escalera principal restregándose las manos como si
se las lavara —como todos los médicos están obligados a hacer, de acuerdo con los
principios éticos, nunca escritos, de la profesión.

El señor Roger Button, presidente de Roger Button y Compañía, Ferretería Mayorista, echó
a correr hacia el doctor Keene con mucha menos dignidad de lo que se esperaría de un
caballero del Sur, hijo de aquella época pintoresca.

—Doctor Keene —llamó—. ¡Eh, doctor Keene!

El doctor lo oyó, se volvió y se paró a esperarlo, mientras una expresión extraña se iba
dibujando en su severa cara de médico a medida que el señor Button se acercaba.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó el señor Button, respirando con dificultad después de su


carrera—. ¿Cómo ha ido todo? ¿Cómo está mi mujer? ¿Es un niño? ¿Qué ha sido?
¿Qué…?

—Serénese —dijo el doctor Keene ásperamente. Parecía algo irritado.


—¿Ha nacido el niño? —preguntó suplicante el señor Button.

El doctor Keene frunció el entrecejo.

—Diantre, sí, supongo… en cierto modo —y volvió a lanzarle una extraña mirada al señor
Button.

—¿Mi mujer está bien?

—Sí.

—¿Es niño o niña?

—¡Y dale! —gritó el doctor Keene en el colmo de su irritación—. Le ruego que lo vea usted
mismo. ¡Es indignante! —la última palabra cupo casi en una sola sílaba. Luego el doctor
Keene murmuró—: ¿Usted cree que un caso como este mejorará mi reputación profesional?
Otro caso así sería mi ruina… la ruina de cualquiera.

—¿Qué pasa? —preguntó el señor Button, aterrado—. ¿Trillizos?

—¡No, nada de trillizos! —respondió el doctor, cortante—. Puede ir a verlo usted mismo. Y
buscarse otro médico. Yo lo traje a usted al mundo, joven, y he sido el médico de su familia
durante cuarenta años, pero he terminado con usted. ¡No quiero verlo ni a usted ni a nadie
de su familia nunca más! ¡Adiós!

Se volvió bruscamente y, sin añadir palabra, subió a su faetón¹, que lo esperaba en la


calzada, y se alejó muy serio.

El señor Button se quedó en la acera, estupefacto y temblando de pies a cabeza. ¿Qué


horrible desgracia había ocurrido? De repente había perdido el más mínimo deseo de entrar
en la Clínica Maryland para Damas y Caballeros. Pero, un instante después, haciendo un
terrible esfuerzo, se obligó a subir las escaleras y cruzó la puerta principal.

Había una enfermera sentada tras una mesa en la penumbra opaca del vestíbulo.
Venciendo su vergüenza, el señor Button se le acercó.

—Buenos días —saludó la enfermera, mirándolo con amabilidad.

—Buenos días. Soy… Soy el señor Button.

Una expresión de horror se adueñó del rostro de la chica, que se puso en pie de un salto y
pareció a punto de salir volando del vestíbulo: se dominaba gracias a un esfuerzo ímprobo y
evidente.

—Quiero ver a mi hijo —dijo el señor Button.

La enfermera lanzó un débil grito.


—¡Por supuesto! —gritó histéricamente—. Arriba. Al final de las escaleras. ¡Suba!

Le señaló la dirección con el dedo, y el señor Button, bañado en sudor frío, dio media
vuelta, vacilante, y empezó a subir las escaleras. En el vestíbulo de arriba se dirigió a otra
enfermera que se le acercó con una palangana en la mano.

—Soy el señor Button —consiguió articular—. Quiero ver a mi…

¡Clanc! La palangana se estrelló contra el suelo y rodó hacia las escaleras. ¡Clanc! ¡Clanc!
Empezó un metódico descenso, como si participara en el terror general que había desatado
aquel caballero.

—¡Quiero ver a mi hijo! —el señor Button casi gritaba. Estaba a punto de sufrir un ataque.

¡Clanc! La palangana había llegado a la planta baja. La enfermera recuperó el control de sí


misma y lanzó al señor Button una mirada de auténtico desprecio.

—De acuerdo, señor Button —concedió con voz sumisa—. Muy bien. ¡Pero si usted supiera
cómo estábamos todos esta mañana! ¡Es algo sencillamente indignante! Esta clínica no
conservará ni sombra de su reputación después de…

—¡Rápido! —gritó el señor Button, con voz ronca—. ¡No puedo soportar más esta situación!

—Venga entonces por aquí, señor Button. Se arrastró penosamente tras ella. Al final de un
largo pasillo llegaron a una sala de la que salía un coro de aullidos, una sala que, de hecho,
sería conocida en el futuro como la «sala de los lloros». Entraron. Alineadas a lo largo de
las pareces había media docena de cunas con ruedas, esmaltadas de blanco, cada una con
una etiqueta pegada en la cabecera.

—Bueno —resopló el señor Button—. ¿Cuál es el mío?

—Aquel —dijo la enfermera.

Los ojos del señor Button siguieron la dirección que señalaba el dedo de la enfermera, y
esto es lo que vieron: envuelto en una voluminosa manta blanca, casi saliéndose de la
cuna, había sentado un anciano que aparentaba unos setenta años. Sus escasos cabellos
eran casi blancos, y del mentón le caía una larga barba color humo que ondeaba
absurdamente de acá para allá, abanicada por la brisa que entraba por la ventana. El
anciano miró al señor Button con ojos desvaídos y marchitos, en los que acechaba una
interrogación que no hallaba respuesta.

—¿Estoy loco? —tronó el señor Button, transformando su miedo en rabia—. ¿O la clínica


quiere gastarme una broma de mal gusto?

—A nosotros no nos parece ninguna broma —replicó la enfermera severamente—. Y no sé


si usted está loco o no, pero lo que es absolutamente seguro es que ese es su hijo.
El sudor frío se duplicó en la frente del señor Button. Cerró los ojos, y volvió a abrirlos, y
miró. No era un error: veía a un hombre de setenta años, un recién nacido de setenta años,
un recién nacido al que las piernas se le salían de la cuna en la que descansaba.

El anciano miró plácidamente al caballero y a la enfermera durante un instante, y de repente


habló con voz cascada y vieja:

—¿Eres mi padre? —preguntó.

El señor Button y la enfermera se llevaron un terrible susto.

—Porque, si lo eres —prosiguió el anciano quejumbrosamente—, me gustaría que me


sacaras de este sitio, o, al menos, que hicieras que me trajeran una mecedora cómoda.

—Pero, en nombre de Dios, ¿de dónde has salido? ¿Quién eres tú? —estalló el señor
Button exasperado.

—No te puedo decir exactamente quién soy —replicó la voz quejumbrosa—, porque solo
hace unas cuantas horas que he nacido. Pero mi apellido es Button, no hay duda.

—¡Mientes! ¡Eres un impostor!

El anciano se volvió cansinamente hacia la enfermera.

—Bonito modo de recibir a un hijo recién nacido —se lamentó con voz débil—. Dígale que
se equivoca, ¿quiere?

—Se equivoca, señor Button —dijo severamente la enfermera—. Este es su hijo. Debería
asumir la situación de la mejor manera posible. Nos vemos en la obligación de pedirle que
se lo lleve a casa cuanto antes: hoy, por ejemplo.

—¿A casa? —repitió el señor Button con voz incrédula.

—Sí, no podemos tenerlo aquí. No podemos, de verdad. ¿Comprende?

—Yo me alegraría mucho —se quejó el anciano—. ¡Menudo sitio! Vamos, el sitio ideal para
albergar a un joven de gustos tranquilos. Con todos estos chillidos y llantos, no he podido
pegar ojo. He pedido algo de comer —aquí su voz alcanzó una aguda nota de protesta— ¡y
me han traído una botella de leche!

El señor Button se dejó caer en un sillón junto a su hijo y escondió la cara entre las manos.

—¡Dios mío! —murmuró, aterrorizado—. ¿Qué va a decir la gente? ¿Qué voy a hacer?

—Tiene que llevárselo a casa —insistió la enfermera—. ¡Inmediatamente!


Una imagen grotesca se materializó con tremenda nitidez ante los ojos del hombre
atormentado: una imagen de sí mismo paseando por las abarrotadas calles de la ciudad con
aquella espantosa aparición renqueando a su lado.

—No puedo hacerlo, no puedo —gimió.

La gente se pararía a preguntarle, y ¿qué iba a decirles? Tendría que presentar a ese… a
ese septuagenario: «Este es mi hijo, ha nacido esta mañana temprano». Y el anciano se
acurrucaría bajo la manta y seguirían su camino penosamente, pasando por delante de las
tiendas atestadas y el mercado de esclavos (durante un oscuro instante, el señor Button
deseó fervientemente que su hijo fuera negro), por delante de las lujosas casas de los
barrios residenciales y el asilo de ancianos…

—¡Vamos! ¡Cálmese! —ordenó la enfermera.

—Mire —anunció de repente el anciano—, si cree usted que me voy a ir casa con esta
manta, se equivoca de medio a medio.

—Los niños pequeños siempre llevan mantas.

Con una risa maliciosa el anciano sacó un pañal blanco.

—¡Mire! —dijo con voz temblorosa—. Mire lo que me han preparado.

—Los niños pequeños siempre llevan eso —dijo la enfermera remilgadamente.

—Bueno —dijo el anciano—. Pues este niño no va a llevar nada puesto dentro de dos
minutos. Esta manta pica. Me podrían haber dado por los menos una sábana.

—¡Déjatela! ¡Déjatela! —se apresuró a decir el señor Button. Se volvió hacia la


enfermera—. ¿Qué hago?

—Vaya al centro y cómprele a su hijo algo de ropa.

La voz del anciano siguió al señor Button hasta el vestíbulo:

—Y un bastón, papá. Quiero un bastón.

El señor Button salió dando un terrible portazo.

II

—Buenos días —dijo el señor Button, nervioso, al dependiente de la Tienda Chesapeake—.


Quisiera comprar ropa para mi hijo.

—¿Qué edad tiene su hijo, señor?

—Seis horas —respondió el señor Button, sin pensárselo dos veces.


—La sección de bebés está en la parte de atrás.

—Bueno, no creo… No estoy seguro de lo que busco. Es… es un niño extraordinariamente


grande. Excepcionalmente… excepcionalmente grande.

—Allí puede encontrar tallas grandes para bebés.

—¿Dónde está la sección de chicos? —preguntó el señor Button, cambiando


desesperadamente de tema. Tenía la impresión de que el dependiente se había olido ya su
vergonzoso secreto.

—Aquí mismo.

—Bueno… —el señor Button dudó. Le repugnaba la idea de vestir a su hijo con ropa de
hombre. Si, por ejemplo, pudiera encontrar un traje de chico grande, muy grande, podría
cortar aquella larga y horrible barba y teñir las canas: así conseguiría disimular los peores
detalles, y conservar algo de su dignidad, por no mencionar su posición social en Baltimore.

Pero la búsqueda afanosa por la sección de chicos fue inútil: no encontró ropa adecuada
para el Button que acababa de nacer. Roger Button le echaba la culpa a la tienda, claro
está… En semejantes casos lo apropiado es echarle la culpa a la tienda.

—¿Qué edad me ha dicho que tiene su hijo? —preguntó el dependiente con curiosidad.

—Tiene… dieciséis años.

—Ah, perdone. Había entendido seis horas. Encontrará la sección de jóvenes en el


siguiente pasillo.

El señor Button se alejó con aire triste. De repente se paró, radiante, y señaló con el dedo
hacia un maniquí del escaparate.

—¡Aquel! —exclamó—. Me llevo ese traje, el que lleva el maniquí.

El dependiente lo miró asombrado.

—Pero, hombre —protestó—, ese no es un traje para chicos. Podría ponérselo un chico, sí,
pero es un disfraz. ¡También se lo podría poner usted!

—Envuélvamelo —insistió el cliente, nervioso—. Es lo que buscaba.

El sorprendido dependiente obedeció.

De vuelta en la clínica, el señor Button entró en la sala de los recién nacidos y casi le lanzó
el paquete a su hijo.

—Aquí tienes la ropa —le espetó.


El anciano desenvolvió el paquete y examinó su contenido con mirada burlona.

—Me parece un poco ridículo —se quejó—. No quiero que me conviertan en un mono de…

—¡Tú sí que me has convertido en un mono! —estalló el señor Button, feroz—. Es mejor
que no pienses en lo ridículo que pareces. Ponte la ropa… o… o te pegaré.

Le costó pronunciar la última palabra, aunque consideraba que era lo que debía decir.

—De acuerdo, padre —era una grotesca simulación de respeto filial—. Tú has vivido más,
tú sabes más. Como tú digas.

Como antes, el sonido de la palabra «padre» estremeció violentamente al señor Button.

—Y date prisa.

—Me estoy dando prisa, padre.

Cuando su hijo acabó de vestirse, el señor Button lo miró desolado. El traje se componía de
medias de lunares, pantalones rosados y una blusa con cinturón y un amplio cuello blanco.
Sobre el cuello ondeaba la larga barba blanca, que casi llegaba a la cintura. No producía
buen efecto.

—¡Espera!

El señor Button empuñó unas tijeras de quirófano y con tres rápidos tijeretazos cercenó
gran parte de la barba. Pero, a pesar de la mejora, el conjunto distaba mucho de la
perfección. La greña enmarañada que aún quedaba, los ojos acuosos, los dientes de viejo,
producían un raro contraste con aquel traje tan alegre. El señor Button, sin embargo, era
obstinado. Alargó una mano.

—¡Vamos! —dijo con severidad.

Su hijo le cogió de la mano confiadamente.

—¿Cómo me vas a llamar, papi? —preguntó con voz temblorosa cuando salían de la sala
de los recién nacidos—. ¿Solo “Bebé”, a secas, hasta que pienses un nombre mejor?

El señor Button gruñó.

—No sé —respondió agriamente—. Creo que te llamaremos Matusalén.

III

Incluso después de que al nuevo miembro de la familia Button le cortaran el pelo y se lo


tiñeran de un negro desvaído y artificial, y lo afeitaran hasta el punto de que le
resplandeciera la cara, y lo equiparan con ropa de muchachito hecha a la medida por un
sastre estupefacto, era imposible que el señor Button olvidara que su hijo era un triste
remedo de primogénito. Aunque encorvado por la edad, Benjamín Button —pues este
nombre le pusieron, en vez del más apropiado, aunque demasiado pretencioso, de
Matusalén— medía cinco pies con ocho pulgadas de alto². La ropa no disimulaba la
estatura, ni la depilación y el tinte de las cejas ocultaban el hecho de que los ojos que había
debajo estaban apagados, húmedos y cansados. Y, en cuanto vio al recién nacido, la niñera
que los Button habían contratado abandonó la casa, sensiblemente indignada.

Pero el señor Button persistió en su propósito inamovible. Benjamín era un niño, y como un
niño había que tratarlo. Al principio sentenció que, si a Benjamín no le gustaba la leche
templada, se quedaría sin comer, pero, por fin, cedió y dio permiso para que su hijo tomara
pan y mantequilla, e incluso, tras un pacto, harina de avena. Un día llevó a casa un juguete
de cascabel y, dándoselo a Benjamín, insistió, en términos que no admitían réplica, en que
debía jugar con él; el anciano cogió el cascabel con expresión de cansancio, y todo el día
pudieron oír cómo lo agitaba de vez en cuando obedientemente.

Pero no había duda de que el cascabel lo aburría, y de que disfrutaba de otras diversiones
más reconfortantes cuando estaba solo. Por ejemplo, un día el señor Button descubrió que
la semana anterior había fumado muchos más puros de los que acostumbraba, fenómeno
que se aclaró días después cuando, al entrar inesperadamente en el cuarto del niño, lo
encontró inmerso en una vaga humareda azulada, mientras Benjamín, con expresión
culpable, trataba de esconder los restos de un habano. Aquello exigía, como es natural, una
buena paliza, pero el señor Button no se sintió con fuerzas para administrarla. Se limitó a
advertirle a su hijo que el humo frenaba el crecimiento.

El señor Button, a pesar de todo, persistió en su actitud. Llevó a casa soldaditos de plomo,
llevó trenes de juguete, llevó grandes y preciosos animales de trapo y, para darle veracidad
a la ilusión que estaba creando —al menos para sí mismo—, preguntó con vehemencia al
dependiente de la juguetería si el pato rosa desteñiría si el niño se lo metía en la boca.
Pero, a pesar de los esfuerzos paternos, a Benjamín nada de aquello le interesaba. Se
escabullía por las escaleras de servicio y volvía a su habitación con un volumen de la
Enciclopedia Británica, ante el que podía pasar absorto una tarde entera, mientras las vacas
de trapo y el arca de Noé yacían abandonadas en el suelo. Contra una tozudez semejante,
los esfuerzos del señor Button sirvieron de poco.

Fue enorme la sensación que, en un primer momento, causó en Baltimore. Lo que aquella
desgracia podría haberles costado a los Button y a sus parientes no podemos calcularlo,
porque el estallido de la Guerra Civil dirigió la atención de los ciudadanos hacia otros
asuntos. Hubo quienes, irreprochablemente corteses, se devanaron los sesos para felicitar
a los padres; y al fin se les ocurrió la ingeniosa estratagema de decir que el niño se parecía
a su abuelo, lo que, dadas las condiciones de normal decadencia comunes a todos los
hombres de setenta años, resultaba innegable. A Roger Button y a su esposa no les agradó,
y el abuelo de Benjamín se sintió terriblemente ofendido.

Benjamín, en cuanto salió de la clínica, se tomó la vida como venía. Invitaron a algunos
niños para que jugaran con él, y pasó una tarde agotadora intentando encontrarles algún
interés al trompo y las canicas. Incluso se las arregló para romper, casi sin querer, una
ventana de la cocina con una honda, hazaña que complació secretamente a su padre.
Desde entonces Benjamín se las ingeniaba para romper algo todos los días, pero hacía
cosas así porque era lo que esperaban de él, y porque era servicial por naturaleza.

Cuando la hostilidad inicial de su abuelo desapareció, Benjamín y aquel caballero


encontraron un enorme placer en su mutua compañía. Tan alejados en edad y experiencia,
podían pasarse horas y horas sentados, discutiendo como viejos compinches, con
monotonía incansable, los lentos acontecimientos de la jornada. Benjamín se sentía más a
sus anchas con su abuelo que con sus padres, que parecían tenerle una especie de temor
invencible y reverencial, y, a pesar de la autoridad dictatorial que ejercían, a menudo lo
trataban de usted.

Benjamín estaba tan asombrado como cualquiera por la avanzada edad física y mental que
aparentaba al nacer. Leyó revistas de medicina, pero, por lo que pudo ver, no se conocía
ningún caso semejante al suyo. Ante la insistencia de su padre, hizo sinceros esfuerzos por
jugar con otros niños, y a menudo participó en los juegos más pacíficos: el fútbol lo
trastornaba demasiado, y temía que, en caso de fractura, sus huesos de viejo se negaran a
soldarse.

Cuando cumplió cinco años lo mandaron al parvulario, donde lo iniciaron en el arte de pegar
papel verde sobre papel naranja, de crear mapas de colores y de construir collares eternos
de cartón. Tenía propensión a adormilarse, e incluso a dormirse, en mitad de esas tareas,
costumbre que irritaba y asustaba a su joven profesora. Para su alivio, la profesora se quejó
a sus padres y estos lo sacaron del colegio. Los Button dijeron a sus amigos que el niño era
demasiado joven.

Cuando cumplió doce años los padres ya se habían habituado a su hijo. La fuerza de la
costumbre es tan poderosa que ya no se daban cuenta de que era diferente a todos los
niños, salvo cuando alguna anomalía curiosa les recordaba el hecho. Pero un día, pocas
semanas después de su duodécimo cumpleaños, mientras se miraba al espejo, Benjamín
hizo, o creyó hacer, un asombroso descubrimiento. ¿Lo engañaba la vista, o le había
cambiado el pelo, del blanco a un gris acero, bajo el tinte, en sus doce años de vida? ¿Era
ahora menos pronunciada la red de arrugas de su cara? ¿Tenía la piel más saludable y
firme, incluso con algo del buen color que da el invierno? No podía decirlo. Sabía que ya no
andaba encorvado y que sus condiciones físicas habían mejorado desde sus primeros días
de vida.

—¿Será que…? —pensó en lo más hondo, o, más bien, apenas se atrevió a pensar.

Fue a hablar con su padre.

—Ya soy mayor —anunció con determinación—. Quiero ponerme pantalones largos.

Su padre dudó.

—Bueno —dijo por fin—, no sé. Catorce años es la edad adecuada para ponerse
pantalones largos, y tú solo tienes doce.
—Pero tienes que admitir —protestó Benjamín— que estoy muy grande para la edad que
tengo.

Su padre lo miró, fingiendo entregarse a laboriosos cálculos.

—Ah, no estoy muy seguro de eso —dijo—. Yo era tan grande como tú a los doce años.

No era verdad: aquella afirmación formaba parte del pacto secreto que Roger Button había
hecho consigo mismo para creer en la normalidad de su hijo.

Llegaron por fin a un acuerdo. Benjamín continuaría tiñéndose el pelo, pondría más empeño
en jugar con los chicos de su edad y no usaría las gafas ni llevaría bastón por la calle. A
cambio de tales concesiones, recibió permiso para su primer traje de pantalones largos.

IV

No me extenderé demasiado sobre la vida de Benjamín Button entre los doce y los veinte
años. Baste recordar que fueron años de normal decrecimiento. Cuando Benjamín cumplió
los dieciocho estaba tan derecho como un hombre de cincuenta; tenía más pelo, gris
oscuro; su paso era firme, su voz había perdido el temblor cascado: ahora era más baja, la
voz de un saludable barítono. Así que su padre lo mandó a Connecticut para que hiciera el
examen de ingreso en la Universidad de Yale. Benjamín superó el examen y se convirtió en
alumno de primer curso.

Tres días después de matricularse recibió una notificación del señor Hart, secretario de la
Universidad, que lo citaba en su despacho para establecer el plan de estudios. Benjamín se
miró al espejo: necesitaba volver a teñirse el pelo. Pero, después de buscar
angustiosamente en el cajón de la cómoda, descubrió que no estaba la botella de tinte
marrón. Se acordó entonces: se le había terminado el día anterior y la había tirado.

Estaba en apuros. Tenía que presentarse en el despacho del secretario dentro de cinco
minutos. No había solución: tenía que ir tal y como estaba. Y fue.

—Buenos días —dijo el secretario educadamente—. Habrá venido para interesarse por su
hijo.

—Bueno, la verdad es que soy Button —empezó a decir Benjamín, pero el señor Hart lo
interrumpió.

—Encantando de conocerle, señor Button. Estoy esperando a su hijo de un momento a otro.

—¡Soy yo! —explotó Benjamín—. Soy alumno de primer curso.

—¿Cómo?

—Soy alumno de primero.

—Bromea usted, claro.


—En absoluto.

El secretario frunció el entrecejo y echó una ojeada a una ficha que tenía delante.

—Bueno, según mis datos, el señor Benjamín Button tiene dieciocho años.

—Esa edad tengo —corroboró Benjamín, enrojeciendo un poco.

El secretario lo miró con un gesto de fastidio.

—No esperará que me lo crea, ¿no?

Benjamín sonrió con un gesto de fastidio.

—Tengo dieciocho años —repitió.

El secretario señaló con determinación la puerta.

—Fuera —dijo—. Váyase de la universidad y de la ciudad. Es usted un lunático peligroso.

—Tengo dieciocho años.

El señor Hart abrió la puerta.

—¡Qué ocurrencia! —gritó—. Un hombre de su edad intentando matricularse en primero.


Tiene dieciocho años, ¿no? Muy bien, le doy dieciocho minutos para que abandone la
ciudad.

Benjamín Button salió con dignidad del despacho, y media docena de estudiantes que
esperaban en el vestíbulo lo siguieron intrigados con la mirada. Cuando hubo recorrido unos
metros, se volvió y, enfrentándose al enfurecido secretario, que aún permanecía en la
puerta, repitió con voz firme:

—Tengo dieciocho años.

Entre un coro de risas disimuladas, procedente del grupo de estudiantes, Benjamín salió.

Pero no quería el destino que escapara con tanta facilidad. En su melancólico paseo hacia
la estación de ferrocarril se dio cuenta de que lo seguía un grupo, luego un tropel y por fin
una muchedumbre de estudiantes. Se había corrido la voz de que un lunático había
aprobado el examen de ingreso en Yale y pretendía hacerse pasar por un joven de
dieciocho años. Una excitación febril se apoderó de la universidad. Hombres sin sombrero
se precipitaban fuera de las aulas, el equipo de fútbol abandonó el entrenamiento y se unió
a la multitud, las esposas de los profesores, con la cofia torcida y el polisón mal puesto,
corrían y gritaban tras la comitiva, de la que procedía una serie incesante de comentarios
dirigidos a los delicados sentimientos de Benjamín Button.
—¡Debe ser el Judío Errante!

—¡A su edad debería ir a un preparatorio!

—¡Miren al niño prodigio!

—¡Creería que esto era un asilo de ancianos!

—¡Que se vaya a Harvard!

Benjamín aceleró el paso y pronto echó a correr. ¡Ya les enseñaría! ¡Iría a Harvard, y se
arrepentirían de aquellas burlas irreflexivas!

A salvo en el tren de Baltimore, sacó la cabeza por la ventanilla.

—¡Se arrepentirán! —gritó.

—Ja, ja! —rieron los estudiantes—. Ja, ja, ja!

Fue el mayor error que la Universidad de Yale haya cometido en su historia.

En 1880 Benjamín Button tenía veinte años, y celebró su cumpleaños comenzando a


trabajar en la empresa de su padre, Roger Button y Compañía, Ferretería Mayorista. Aquel
año también empezó a alternar en sociedad: es decir, su padre se empeñó en llevarlo a
algunos bailes elegantes. Roger Button tenía entonces cincuenta años, y él y su hijo se
entendían cada vez mejor. De hecho, desde que Benjamín había dejado de teñirse el pelo,
todavía canoso, parecían más o menos de la misma edad, y podrían haber pasado por
hermanos.

Una noche de agosto salieron en el faetón vestidos de etiqueta, camino de un baile en la


casa de campo de los Shevlin, justo a la salida de Baltimore. Era una noche magnífica. La
luna llena bañaba la carretera con un apagado color platino, y, en el aire inmóvil, la cosecha
de flores tardías exhalaba aromas que eran como risas suaves, con sordina. Los campos,
alfombrados de trigo reluciente, brillaban como si fuera de día. Era casi imposible no
emocionarse ante la belleza del cielo, casi imposible.

—El negocio de los productos textiles tiene un gran futuro —estaba diciendo Roger Button.
No era un hombre espiritual: su sentido de la estética era rudimentario—. Los viejos ya
tenemos poco que aprender —observó profundamente—. Son ustedes, los jóvenes con
energía y vitalidad, los que tienen un gran futuro por delante.

Las luces de la casa de campo de los Shevlin surgieron al final del camino. Ahora les
llegaba un rumor, como un suspiro inacabable: podía ser la queja de los violines o el susurro
del trigo plateado bajo la luna.
Se detuvieron tras un distinguido carruaje cuyos pasajeros se apeaban ante la puerta. Bajó
una dama, la siguió un caballero de mediana edad, y por fin apareció otra dama, una joven
bella como el pecado. Benjamín se sobresaltó: fue como si una transformación química
disolviera y recompusiera cada partícula de su cuerpo. Se apoderó de él cierta rigidez, la
sangre le afluyó a las mejillas y a la frente, y sintió en los oídos el palpitar constante de la
sangre. Era su primer amor.

La chica era frágil y delgada, de cabellos cenicientos a la luz de la luna y color miel bajo las
chisporroteantes lámparas del pórtico. Llevaba echada sobre los hombros una mantilla
española del amarillo más pálido, con bordados en negro; sus pies eran relucientes capullos
que asomaban bajo el traje con polisón.

Roger Button se acercó confidencialmente a su hijo.

—Esa —dijo— es la joven Hildegarde Moncrief, la hija del general Moncrief.

Benjamín asintió con frialdad.

—Una criatura preciosa —dijo con indiferencia. Pero, en cuanto el criado negro se hubo
llevado el carruaje, añadió—: Podrías presentármela, papá.

Se acercaron a un grupo en el que la señorita Moncrief era el centro. Educada según las
viejas tradiciones, se inclinó ante Benjamín. Sí, le concedería un baile. Benjamín le dio las
gracias y se alejó Se alejó tambaleándose.

La espera hasta que llegara su turno se hizo interminablemente larga. Benjamín se quedó
cerca de la pared, callado, inescrutable, mirando con ojos asesinos a los aristocráticos
jóvenes de Baltimore que mariposeaban alrededor de Hildegarde Moncrief con caras de
apasionada admiración. ¡Qué detestables le parecían a Benjamín; qué intolerablemente
sonrosados! Aquellas barbas morenas y rizadas le provocaban una sensación parecida a la
indigestión.

Pero cuando llegó su turno, y se deslizaba con ella por la movediza pista de baile al compás
del último vals de París, la angustia y los celos se derritieron como un manto de nieve.
Ciego de placer, hechizado, sintió que la vida acababa de empezar.

—Usted y su hermano llegaron cuando llegábamos nosotros, ¿verdad? —preguntó


Hildegarde, mirándolo con ojos que brillaban como esmalte azul.

Benjamín dudó. Si Hildegarde lo tomaba por el hermano de su padre, ¿debía aclarar la


confusión? Recordó su experiencia en Yale, y decidió no hacerlo. Sería una descortesía
contradecir a una dama; sería un crimen echar a perder aquella exquisita oportunidad con la
grotesca historia de su nacimiento. Más tarde, quizá. Así que asintió, sonrió, escuchó, fue
feliz.

—Me gustan los hombres de su edad —decía Hildegarde—. Los jóvenes son tan tontos…
Me cuentan cuánto champán bebieron en la universidad, y cuánto dinero perdieron jugando
a las cartas. Los hombres de su edad saben apreciar a las mujeres.
Benjamín sintió que estaba a punto de declararse. Dominó la tentación con esfuerzo.

—Usted está en la edad romántica —continuó Hildegarde—. Cincuenta años. A los


veinticinco los hombres son demasiado mundanos; a los treinta están atosigados por el
exceso de trabajo. Los cuarenta son la edad de las historias largas: para contarlas se
necesita un cigarro entero; los sesenta… Ah, los sesenta están demasiado cerca de los
setenta, pero los cincuenta son la edad de la madurez. Me encantan los cincuenta.

Los cincuenta le parecieron a Benjamín una edad gloriosa. Deseó apasionadamente tener
cincuenta años.

—Siempre lo he dicho —continuó Hildegarde—: prefiero casarme con un hombre de


cincuenta años y que me cuide, a casarme con uno de treinta y cuidar de él.

Para Benjamín el resto de la velada estuvo bañado por una neblina color miel. Hildegarde le
concedió dos bailes más, y descubrieron que estaban maravillosamente de acuerdo en
todos los temas de actualidad. Darían un paseo en calesa³ el domingo, y hablarían más
detenidamente.

Volviendo a casa en el faetón, justo antes de romper el alba, cuando empezaban a zumbar
las primeras abejas y la luna consumida brillaba débilmente en la niebla fría, Benjamín se
dio cuenta vagamente de que su padre estaba hablando de ferretería al por mayor.

—¿Qué asunto propones que tratemos, además de los clavos y los martillos? —decía el
señor Button.

—Los besos —respondió Benjamín, distraído.

—¿Los pesos? —exclamó Roger Button—. ¡Pero si acabo de hablar de pesos y básculas!

Benjamín lo miró aturdido, y el cielo, hacia el este, reventó de luz, y una oropéndola bostezó
entre los árboles que pasaban veloces…

VI

Cuando, seis meses después, se supo la noticia del enlace entre la señorita Hildegarde
Moncrief y el señor Benjamín Button (y digo «se supo la noticia» porque el general Moncrief
declaró que prefería arrojarse sobre su espada antes que anunciarlo), la conmoción de la
alta sociedad de Baltimore alcanzó niveles febriles. La casi olvidada historia del nacimiento
de Benjamín fue recordada y propalada escandalosamente a los cuatro vientos de los
modos más picarescos e increíbles. Se dijo que, en realidad, Benjamín era el padre de
Roger Button, que era un hermano que había pasado cuarenta años en la cárcel, que era el
mismísimo John Wilkes Booth disfrazado… y que dos cuernecillos despuntaban en su
cabeza.

Los suplementos dominicales de los periódicos de Nueva York explotaron el caso con
fascinantes ilustraciones que mostraban la cabeza de Benjamín Button acoplada al cuerpo
de un pez o de una serpiente, o rematando una estatua de bronce. Llegó a ser conocido en
el mundo periodístico como El Misterioso Hombre de Maryland. Pero la verdadera historia,
como suele ser normal, apenas tuvo difusión.

Como quiera que fuera, todos coincidieron con el general Moncrief: era un crimen que una
chica encantadora, que podía haberse casado con el mejor galán de Baltimore, se arrojara
en brazos de un hombre que tenía por lo menos cincuenta años. Fue inútil que el señor
Roger Button publicara el certificado de nacimiento de su hijo en grandes caracteres en el
Blaze de Baltimore. Nadie lo creyó. Bastaba tener ojos en la cara y mirar a Benjamín.

Por lo que se refiere a las dos personas a quienes más concernía el asunto, no hubo
vacilación alguna. Circulaban tantas historias falsas acerca de su prometido, que Hildegarde
se negó terminantemente a creer la verdadera. Fue inútil que el general Moncrief le
señalara el alto índice de mortalidad entre los hombres de cincuenta años, o, al menos,
entre los hombres que aparentaban cincuenta años; e inútil que le hablara de la
inestabilidad del negocio de la ferretería al por mayor. Hildegarde eligió casarse con la
madurez… y se casó.

VII

En una cosa, al menos, los amigos de Hildegarde Moncrief se equivocaron. El negocio de


ferretería al por mayor prosperó de manera asombrosa. En los quince años que
transcurrieron entre la boda de Benjamín Button, en 1880, y la jubilación de su padre, en
1895, la fortuna familiar se había duplicado, gracias en gran medida al miembro más joven
de la firma.

No hay que decir que Baltimore acabó acogiendo a la pareja en su seno. Incluso el anciano
general Moncrief llegó a reconciliarse con su yerno cuando Benjamín le dio el dinero
necesario para sacar a la luz su Historia de la Guerra Civil en treinta volúmenes, que había
sido rechazada por nueve destacados editores.

Quince años provocaron muchos cambios en el propio Benjamín. Le parecía que la sangre
le corría con nuevo vigor por las venas. Empezó a gustarle levantarse por la mañana,
caminar con paso enérgico por la calle concurrida y soleada, trabajar incansablemente en
sus envíos de martillos y sus cargamentos de clavos. Fue en 1890 cuando logró su mayor
éxito en los negocios: lanzó la famosa idea de que todos los clavos usados para clavar
cajas destinadas al transporte de clavos son propiedad del transportista, propuesta que, con
rango de proyecto de ley, fue aprobada por el presidente del Tribunal Supremo, el señor
Fossile, y ahorró a Roger Button y Compañía, Ferreterría Mayorista, más de seiscientos
clavos anuales.

Y Benjamín descubrió que lo atraía cada vez más el lado alegre de la vida. Típico de su
creciente entusiasmo por el placer fue el hecho de que se convirtiera en el primer hombre
de la ciudad de Baltimore que poseyó y condujo un automóvil. Cuando se lo encontraban
por la calle, sus coetáneos lo miraban con envidia, tal era su imagen de salud y vitalidad.
—Parece que está más joven cada día —observaban. Y, si el viejo Roger Button, ahora de
sesenta y cinco años, no había sabido darle a su hijo una bienvenida adecuada, acabó
reparando su falta colmándolo de atenciones que rozaban la adulación.

Llegamos a un asunto desagradable sobre el que pasaremos lo más rápidamente posible.


Solo una cosa preocupaba a Benjamín Button: su mujer había dejado de atraerle.

En aquel tiempo Hildegarde era una mujer de treinta y cinco años, con un hijo, Roscoe, de
catorce. En los primeros días de su matrimonio Benjamín había sentido adoración por ella.
Pero, con los años su cabellera color miel se volvió castaña, vulgar, y el esmalte azul de sus
ojos adquirió el aspecto de la loza barata. Además, y por encima de todo, Hildegarde había
ido moderando sus costumbres, demasiado plácida, demasiado satisfecha, demasiado
anémica en sus manifestaciones de entusiasmo: sus gustos eran demasiado sobrios.
Cuando eran novios ella era la que arrastraba a Benjamín a bailes y cenas; pero ahora era
al contrario. Hildegarde lo acompañaba siempre en sociedad, pero sin entusiasmo,
consumida ya por esa sempiterna inercia que viene a vivir un día con nosotros y se queda a
nuestro lado hasta el final.

La insatisfacción de Benjamín se hizo cada vez más profunda. Cuando estalló la Guerra
Hispano-Norteamericana en 1898, su casa le ofrecía tan pocos atractivos que decidió
alistarse en el ejército. Gracias a su influencia en el campo de los negocios, obtuvo el grado
de capitán, y demostró tanta eficacia que fue ascendido a mayor y por fin a teniente coronel,
justo a tiempo para participar en la famoso carga contra la colina de San Juan. Fue herido
levemente y mereció una medalla.

Benjamin estaba tan apegado a las actividades y las emociones del ejército, que lamentó
tener que licenciarse, pero los negocios exigían su atención, así que renunció a los galones
y volvió a su ciudad. Una banda de música lo recibió en la estación y lo escoltó hasta su
casa.

VIII

Hildegarde, ondeando una gran bandera de seda, lo recibió en el balcón, y en el momento


preciso de besarla Benjamín sintió que el corazón le daba un vuelco: aquellos tres años
habían tenido un precio. Hidelgarde era ahora una mujer de cuarenta años, y una tenue
sombra gris se insinuaba ya en su pelo. El descubrimiento lo entristeció.

Cuando llegó a su habitación, se miró en el espejo: se acercó más y examinó su cara con
ansiedad, comparándola con una foto en la que aparecía en uniforme, una foto de antes de
la guerra.

—¡Dios santo! —dijo en voz alta. El proceso continuaba. No había la más mínima duda:
ahora aparentaba tener treinta años. En vez de alegrarse, se preocupó: estaba
rejuveneciendo. Hasta entonces había creído que, cuando alcanzara una edad corporal
equivalente a su edad en años, cesaría el fenómeno grotesco que había caracterizado su
nacimiento. Se estremeció. Su destino le pareció horrible, increíble.
Volvió a la planta principal. Hildegarde lo estaba esperando: parecía enfadada, y Benjamín
se preguntó si habría descubierto al fin que pasaba algo malo. E, intentado aliviar la tensión,
abordó el asunto durante la comida, de la manera más delicada que se le ocurrió.

—Bueno —observó en tono desenfadado—, todos dicen que parezco más joven que nunca.

Hildegarde lo miró con desdén. Y sollozó.

—¿Y te parece algo de lo que presumir?

—No estoy presumiendo —aseguró Benjamín, incómodo.

Ella volvió a sollozar.

—Vaya idea —dijo, y agregó un instante después—: Creía que tendrías el suficiente amor
propio como para acabar con esto.

—¿Y cómo? —preguntó Benjamín.

—No voy a discutir contigo —replicó su mujer—. Pero hay una manera apropiada de hacer
las cosas y una manera equivocada. Si tú has decidido ser distinto a todos, me figuro que
no puedo impedírtelo, pero la verdad es que no me parece muy considerado por tu parte.

—Pero, Hildegarde, ¡yo no puedo hacer nada!

—Sí que puedes. Pero eres un cabezón, solo eso. Estás convencido de que tienes que ser
distinto. Has sido siempre así y lo seguirás siendo. Pero piensa, solo un momento, qué
pasaría si todos compartieran tu manera de ver las cosas… ¿Cómo sería el mundo?

Se trababa de una discusión estéril, sin solución, así que Benjamín no contestó, y desde
aquel instante un abismo comenzó a abrirse entre ellos. Y Benjamín se preguntaba qué
fascinación podía haber ejercido Hildegarde sobre él en otro tiempo.

Y, para ahondar la brecha, Benjamín se dio cuenta de que, a medida que el nuevo siglo
avanzaba, se fortalecía su sed de diversiones. No había fiesta en Baltimore en la que no se
le viera bailar con las casadas más hermosas y charlar con las debutantes más solicitadas,
disfrutando de los encantos de su compañía, mientras su mujer, como una viuda de mal
agüero, se sentaba entre las madres y las tías vigilantes, para observarlo con altiva
desaprobación, o seguirlo con ojos solemnes, perplejos y acusadores.

—¡Mira! —comentaba la gente—. ¡Qué lástima! Un joven de esa edad casado con una
mujer de cuarenta y cinco años. Debe de tener por lo menos veinte años menos que su
mujer.

Habían olvidado —porque la gente olvida inevitablemente— que ya en 1880 sus papás y
mamás también habían hecho comentarios sobre aquel matrimonio mal emparejado.
Pero la gran variedad de sus nuevas aficiones compensaba la creciente infelicidad
hogareña de Benjamín. Descubrió el golf, y obtuvo grandes éxitos. Se entregó al baile: en
1906 era un experto en el boston, y en 1908 era considerado un experto del maxixe,
mientras que en 1909 su castle walk fue la envidia de todos los jóvenes de la ciudad.

Su vida social, naturalmente, se mezcló hasta cierto punto con sus negocios, pero ya
llevaba veinticinco años dedicado en cuerpo y alma a la ferretería al por mayor y pensó que
iba siendo hora de que se hiciera cargo del negocio su hijo Roscoe, quien había terminado
sus estudios en Harvard.

Y, de hecho, a menudo confundían a Benjamín con su hijo. Semejante confusión agradaba


a Benjamín, que olvidó pronto el miedo insidioso que lo había invadido a su regreso de la
Guerra Hispano-Norteamericana: su aspecto le producía ahora un placer ingenuo. Solo
tenía una contraindicación aquel delicioso ungüento: detestaba aparecer en público con su
mujer. Hildegarde tenía casi cincuenta años, y, cuando la veía, se sentía completamente
absurdo.

IX

Un día de septiembre de 1910 —pocos años después de que el joven Roscoe Button se
hiciera cargo de la Roger Button y Compañía, Ferretería Mayorista— un hombre que
aparentaba unos veinte años se matriculó como alumno de primer año en la Universidad de
Harvard, en Cambridge. No cometió el error de anunciar que nunca volvería a cumplir los
cincuenta, ni mencionó el hecho de que su hijo había obtenido su licenciatura en la misma
institución diez años antes.

Fue admitido, y, casi desde el primer día, alcanzó una relevante posición en su clase, en
parte porque parecía un poco mayor que los otros estudiantes de primero, cuya media de
edad rondaba los dieciocho años.

Pero su éxito se debió fundamentalmente al hecho de que en el partido de fútbol contra Yale
jugó de forma tan brillante, con tanto brío y tanta furia fría e implacable, que marcó siete
touchdowns y catorce goles de campo a favor de Harvard, y consiguió que los once
hombres de Yale fueran sacados uno a uno del campo, inconscientes. Se convirtió en el
hombre más célebre de la universidad.

Aunque parezca raro, en el tercer año apenas fue capaz de formar parte del equipo. Los
entrenadores dijeron que había perdido peso, y los más observadores repararon en que no
era tan alto como antes. Ya no marcaba touchdowns. Lo mantenían en el equipo con la
esperanza de que su enorme reputación sembrara el terror y la desorganización en el
equipo de Yale.

En el último año, ni siquiera lo incluyeron en el equipo. Se había vuelto tan delgado y frágil
que un día unos estudiantes de segundo lo confundieron con un novato, incidente que lo
humilló profundamente. Empezó a ser conocido como una especie de prodigio —un alumno
de los últimos años que quizá no tenía más de dieciséis años— y a menudo lo
escandalizaba la mundanería de algunos de sus compañeros. Los estudios le parecían más
difíciles, demasiado avanzados. Había oído a sus compañeros hablar del San Midas,
famoso colegio preuniversitario, en el que muchos de ellos se habían preparado para la
Universidad, y decidió que, cuando acabara la licenciatura, se matricularía en el San Midas,
donde, entre chicos de su complexión, estaría más protegido y la vida sería más agradable.

Terminó los estudios en 1914 y volvió a su casa, a Baltimore, con el título de Harvard en el
bolsillo. Hildegarde residía ahora en Italia, así que Benjamín se fue a vivir con su hijo,
Roscoe. Pero, aunque fue recibido como de costumbre, era evidente que el afecto de su
hijo se había enfriado: incluso manifestaba cierta tendencia a considerar un estorbo a
Benjamín, cuando vagaba por la casa presa de melancolías de adolescente. Roscoe se
había casado, ocupaba un lugar prominente en la vida social de Baltimore, y no deseaba
que en torno a su familia se suscitara el menor escándalo.

Benjamín ya no era persona grata entre las debutantes y los universitarios más jóvenes, y
se sentía abandonado, muy solo, con la única compañía de tres o cuatro chicos de la
vecindad, de catorce o quince años. Recordó el proyecto de ir al colegio de San Midas.

—Oye —le dijo a Roscoe un día—, ¿cuántas veces tengo que decirte que quiero ir al
colegio?

—Bueno, pues ve, entonces —abrevió Roscoe. El asunto le desagradaba, y deseaba evitar
la discusión.

—No puedo ir solo —dijo Benjamín, vulnerable—. Tienes que matricularme y llevarme tú.

—No tengo tiempo —declaró Roscoe con brusquedad. Entrecerró los ojos y miró
preocupado a su padre—. El caso es —añadió— que ya está bien: podrías pararte ya, ¿no?
Sería mejor… —se interrumpió, y su cara se volvió roja mientras buscaba las palabras—.
Tienes que dar un giro de ciento ochenta grados: empezar de nuevo, pero en dirección
contraria. Esto ya ha ido demasiado lejos para ser una broma. Ya no tiene gracia. Tú… ¡Ya
es hora de que te portes bien!

Benjamín lo miró, al borde de las lágrimas.

—Y otra cosa —continuó Roscoe—: cuando haya visitas en casa, quiero que me llames tío,
no Roscoe, sino tío, ¿comprendes? Parece absurdo que un niño de quince años me llame
por mi nombre de pila. Quizá harías bien en llamarme tío siempre, así te acostumbrarías.

Después de mirar severamente a su padre, Roscoe le dio la espalda.

Cuando terminó esta discusión, Benjamín, muy triste, subió a su dormitorio y se miró al
espejo. No se afeitaba desde hacía tres meses, pero apenas si se descubría en la cara una
pelusilla incolora, que no valía la pena tocar. La primera vez que, en vacaciones, volvió de
Harvard, Roscoe se había atrevido a sugerirle que debería llevar gafas y una barba postiza
pegada a las mejillas: por un momento pareció que iba a repetirse la farsa de sus primeros
años. Pero la barba le picaba, y le daba vergüenza. Benjamín lloró, y Roscoe había
acabado cediendo a regañadientes.
Benjamín abrió un libro de cuentos para niños, Los boy scouts en la bahía de Bimini, y
comenzó a leer. Pero no podía quitarse de la cabeza la guerra. Hacía un mes que Estados
Unidos se había unido a la causa aliada, y Benjamín quería alistarse, pero, ay, dieciséis
años eran la edad mínima, y Benjamín no parecía tenerlos. De cualquier modo, su
verdadera edad, cincuenta y cinco años, también lo inhabilitaba para el ejército.

Llamaron a la puerta y el mayordomo apareció con una carta con gran membrete oficial en
una esquina, dirigida al señor Benjamín Button. Benjamín la abrió, rasgando el sobre con
impaciencia, y leyó la misiva con deleite: muchos militares de alta graduación, actualmente
en la reserva, que habían prestado servicio durante la guerra con España, estaban siendo
llamados al servicio con un rango superior. Con la carta se adjuntaba su nombramiento
como general de brigada del ejército de Estados Unidos y la orden de incorporarse
inmediatamente.

Benjamín se puso en pie de un salto, casi temblando de entusiasmo. Aquello era lo que
había deseado. Cogió su gorra y diez minutos después entraba en una gran sastrería de la
calle Charles y, con insegura voz de tiple, ordenaba que le tomaran medidas para el
uniforme.

—¿Quieres jugar a los soldados, niño? —preguntó un dependiente, con indiferencia.

Benjamín enrojeció.

—¡Oiga! ¡A usted no le importa lo que yo quiera! —replicó con rabia—. Me llamo Button y
vivo en la Mt. Vernon Place, así que ya sabe quién soy.

—Bueno —admitió el dependiente, titubeando—, por lo menos sé quién es su padre.

Le tomaron las medidas, y una semana después estuvo listo el uniforme. Tuvo algunos
problemas para conseguir los galones e insignias de general porque el comerciante insistía
en que una bonita insignia de la Asociación de Jóvenes Cristianos quedaría igual de bien y
sería mucho mejor para jugar.

Sin decirle nada a Roscoe, Benjamín salió de casa una noche y se trasladó en tren a Camp
Mosby, en Carolina del Sur, donde debía asumir el mando de una brigada de infantería. En
un sofocante día de abril Benjamín llegó a las puertas del campamento, pagó el taxi que lo
había llevado hasta allí desde la estación y se dirigió al centinela de guardia.

—¡Que alguien recoja mi equipaje! —dijo enérgicamente.

El centinela lo miró con mala cara.

—Dime —observó—, ¿adonde vas disfrazado de general, niño?

Benjamín, veterano de la Guerra Hispano-Norteamericana, se volvió hacia el soldado


echando chispas por los ojos, pero, por desgracia, con voz aguda e insegura.
—¡Cuádrese! —intentó decir con voz de trueno; hizo una pausa para recobrar el aliento, e
inmediatamente vio cómo el centinela entrechocaba los talones y presentaba armas.
Benjamín disimuló una sonrisa de satisfacción, pero cuando miró a su alrededor la sonrisa
se le heló en los labios. No había sido él la causa de aquel gesto de obediencia, sino un
imponente coronel de artillería que se acercaba a caballo.

—¡Coronel! —llamó Benjamín con voz aguda.

El coronel se acercó, tiró de las riendas y lo miró fríamente desde lo alto, con un extraño
centelleo en los ojos.

—¿Quién eres, niño? ¿Quién es tu padre? —preguntó afectuosamente.

—Ya le enseñaré yo quién soy —contestó Benjamín con voz fiera—. ¡Baje inmediatamente
del caballo!

El coronel se rió a carcajadas.

—Quieres mi caballo, ¿eh, general?

—¡Tenga! —gritó Benjamín exasperado—. ¡Lea esto! —y tendió su nombramiento al


coronel.

El coronel lo leyó y los ojos se le salían de las órbitas.

—¿Dónde lo has conseguido? —preguntó, metiéndose el documento en su bolsillo.

—¡Me lo ha mandado el gobierno, como usted descubrirá enseguida!

—¡Acompáñame! —dijo el coronel, con una mirada extraña—. Vamos al puesto de mando,
allí hablaremos. Vamos.

El coronel dirigió su caballo, al paso, hacia el puesto de mando. Y Benjamin no tuvo más
remedio que seguirlo con toda la dignidad de la que era capaz: prometiéndose, mientras
tanto, una dura venganza.

Pero la venganza no llegó a materializarse. Se materializó, dos días después, su hijo


Roscoe, que llegó de Baltimore, acalorado y de mal humor por el viaje inesperado, y escoltó
al lloroso general, sans uniforme, de vuelta a casa.

XI

En 1920 nació el primer hijo de Roscoe Button. Durante las fiestas de rigor, a nadie se le
ocurrió mencionar que el chiquillo mugriento que aparentaba unos diez años de edad y
jugueteaba por la casa con soldaditos de plomo y un circo en miniatura era el mismísimo
abuelo del recién nacido.
A nadie molestaba aquel chiquillo de cara fresca y alegre en la que a veces se adivinaba
una sombra de tristeza, pero para Roscoe Button su presencia era una fuente de
preocupaciones. En el idioma de su generación, Roscoe no consideraba que el asunto
reportara la menor utilidad. Le parecía que su padre, negándose a parecer un anciano de
sesenta años, no se comportaba como un «hombre de pelo en pecho» —esta era la
expresión preferida de Roscoe—, sino de un modo perverso y estrafalario. Pensar en aquel
asunto más de media hora lo ponía al borde de la locura. Roscoe creía que los «hombres
con nervios de acero» debían mantenerse jóvenes, pero llevar las cosas a tal extremo… no
reportaba ninguna utilidad. Y en este punto Roscoe interrumpía sus pensamientos.

Cinco años más tarde, el hijo de Roscoe había crecido lo suficiente para jugar con el
pequeño Benjamín bajo la supervisión de la misma niñera. Roscoe los llevó a los dos al
parvulario el mismo día y Benjamín descubrió que jugar con papeles de colores y hacer
mantelitos y bonitos dibujos era el juego más fascinante del mundo. Una vez se portó mal y
tuvo que quedarse en un rincón, y lloró, pero casi siempre las horas transcurrían felices en
aquella habitación alegre, donde la luz del sol entraba por las ventanas y la amable mano
de la señorita Bailey de vez en cuando se posaba sobre su pelo despeinado.

Un año después el hijo de Roscoe pasó a primer grado, pero Benjamín siguió en el
parvulario. Era muy feliz. Algunas veces, cuando otros niños hablaban de lo que harían
cuando fueran mayores, una sombra cruzaba su carita como si de un modo vago, pueril, se
diera cuenta de que eran cosas que él nunca compartiría.

Los días pasaban con alegre monotonía. Volvió por tercer año al parvulario, pero ya era
demasiado pequeño para entender para qué servían las brillantes y llamativas tiras de
papel. Lloraba porque los otros niños eran mayores y le daban miedo. La maestra habló con
él, pero, aunque intentó comprender, no comprendió nada.

Lo sacaron del parvulario. Su niñera, Nana, con su uniforme almidonado, pasó a ser el
centro de su minúsculo mundo. Los días de sol iban de paseo al parque; Nana le señalaba
con el dedo un gran monstruo gris y decía «elefante», y Benjamín debía repetir la palabra, y
aquella noche, mientras lo desnudaran para acostarlo, la repetiría una y otra vez en voz
alta: «leíante, lefante, leíante». Algunas veces Nana le permitía saltar en la cama, y
entonces se lo pasaba muy bien, porque, si te sentabas exactamente como debías,
rebotabas, y si decías «ah» durante mucho tiempo mientras dabas saltos, conseguías un
efecto vocal intermitente muy agradable.

Le gustaba mucho coger del perchero un gran bastón y andar de acá para allá golpeando
sillas y mesas, y diciendo: «Pelea, pelea, pelea». Si había visita, las señoras mayores
chasqueaban la lengua a su paso, lo que le llamaba la atención, y las jóvenes intentaban
besarlo, a lo que él se sometía con un ligero fastidio. Y, cuando el largo día acababa, a las
cinco en punto, Nana lo llevaba arriba y le daba a cucharadas harina de avena y unas
papillas estupendas.

No había malos recuerdos en su sueño infantil: no le quedaban recuerdos de sus


magníficos días universitarios ni de los años espléndidos en que rompía el corazón de
tantas chicas. Solo existían las blancas, seguras paredes de su cuna, y Nana y un hombre
que venía a verlo de vez en cuando, y una inmensa esfera anaranjada, que Nana le
señalaba un segundo antes del crepúsculo y la hora de dormir, a la que Nana llamaba el sol.
Cuando el sol desaparecía, los ojos de Benjamín se cerraban, soñolientos… Y no había
sueños, ningún sueño venía a perturbarlo.

El pasado: la salvaje carga al frente de sus hombres contra la colina de San Juan; los
primeros años de su matrimonio, cuando se quedaba trabajando hasta muy tarde en los
anocheceres veraniegos de la ciudad presurosa, trabajando por la joven Hildegarde, a la
que quería; y, antes, aquellos días en que se sentaba a fumar con su abuelo hasta bien
entrada la noche en la vieja y lóbrega casa de los Button, en la calle Monroe… Todo se
había desvanecido como un sueño inconsistente, pura imaginación, como si nunca hubiera
existido.

No se acordaba de nada. No recordaba con claridad si la leche de su última comida estaba


templada o fría; ni el paso de los días… Solo existían su cuna y la presencia familiar de
Nana. Y, aparte de eso, no se acordaba de nada. Cuando tenía hambre lloraba, eso era
todo. Durante las tardes y las noches respiraba, y lo envolvían suaves murmullos y susurros
que apenas oía, y olores casi indistinguibles, y luz y oscuridad.

Luego fue todo oscuridad, y su blanca cuna y los rostros confusos que se movían por
encima de él, y el tibio y dulce aroma de la leche, acabaron de desvanecerse.

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