La Canción del Árbol Susurrante
Hoja 1: El Valle del Silencio
Arien vivía en Vallehondo, un lugar encajonado entre montañas tan altas que parecían
sostener el cielo. El sol apenas rozaba el valle al mediodía, y las tardes eran largas sombras
azules. La vida transcurría lenta, predecible como el ciclo de las estaciones: sembrar, cuidar,
cosechar, guardar. El mayor peligro era una lluvia torrencial o una nevada tardía. El mayor
misterio, por qué las marmotas del viejo Tobías eran más gordas cada año. Arien, sin
embargo, sentía un eco en su pecho, un zumbido sordo que no encajaba con el silencio
perpetuo del valle. Soñaba con el mundo más allá de las Crestas Grises, aquellas murallas de
piedra que nadie había escalado jamás, o al menos, nadie había regresado para contarlo.
Su único consuelo era el Árbol Susurrante. Un roble anciano, más ancho que la casa del
alcalde, que crecía solitario en un claro al borde del bosque oscuro que ascendía hacia las
montañas. No hablaba con palabras, claro está. Pero sus hojas, movidas por el viento que
bajaba de las alturas, producían sonidos que, para Arien, formaban melodías tristes, historias
de vientos viajeros y estrellas lejanas. Allí se sentaba horas, apoyando la espalda en su rugosa
corteza, escuchando, imaginando. Los demás lo llamaban "el soñador", con una mezcla de
lástima y desdén.
Una tarde de otoño particularmente fría, mientras las hojas doradas del roble danzaban en
remolinos, el susurro cambió. No era la habitual canción melancólica, sino un sonido agudo,
entrecortado, como un sollozo de madera vieja. Arien puso la mano en el tronco y sintió un
leve temblor. Miró hacia arriba, y en una grieta alta, casi oculta por una rama, vio un destello.
Con cuidado, usando las protuberancias de la corteza como escalones, trepó. En la grieta,
envuelto en musgo seco, había un objeto: una flauta. No era de madera corriente, sino de un
material oscuro y liso como la obsidiana, pero cálido al tacto. Tenía extrañas runas grabadas
que parecían moverse bajo la luz mortecina.
Hoja 2: La Llamada de la Montaña
Al bajar, la flauta pulsó en sus manos, como un corazón diminuto. Sin pensarlo, Arien la
llevó a sus labios y sopló suavemente. No salió un sonido, sino una vibración que recorrió su
cuerpo y resonó en el aire quieto. El Árbol Susurrante se estremeció con fuerza. Las hojas
cayeron en un torbellino dorado, y en el centro del remolino, las sombras y la luz se
entrelazaron formando una imagen borrosa pero reconocible: las Crestas Grises, y en su
punto más alto, un pico dentado que brillaba con una luz blanca y fría, como un diente de
hielo bajo la luna.
La imagen se desvaneció, pero la impresión quedó grabada en la mente de Arien. Aquella
noche, no durmió. La flauta negra descansaba sobre su pecho, emitiendo un calor
reconfortante y una sutil presión, como un recordatorio. Sabía, con una certeza que le
quemaba las entrañas, que debía ir allí, a la Montaña del Diente de Hielo. Era una locura, una
sentencia de muerte, según todos. Pero el silencio de Vallehondo, de repente, le resultó
opresivo, un muro tan alto como las montañas. El susurro del árbol había sido una llamada,
y la flauta, la llave.
Al amanecer, con una mochila con provisiones mínimas, un cayado de fresno y la flauta
oculta bajo su túnica, Arien se despidió del Árbol Susurrante. Puso la mano en su tronco.
"Volveré", susurró. Las hojas susurraron una melodía nueva, breve y aguda, como un grito
de advertencia y al mismo tiempo, una bendición.
Hoja 3: El Bosque de los Ecos Perdidos
El bosque que ascendía hacia las Crestas era denso y antiguo. La luz apenas se filtraba entre
las copas de pinos gigantescos y hayas nudosas. El aire era fresco y olía a tierra húmeda y
resina. Pero había algo más: un silencio profundo, roto solo por sus propios pasos y el crujido
ocasional de una rama. Era el silencio de la observación. Arien sentía miradas invisibles sobre
él.
Pronto descubrió el primer peligro. El suelo, cubierto de hojas y musgo, ocultaba grietas
profundas y pendientes repentinas. Una vez, su pie resbaló en una piedra cubierta de líquenes
y solo se salvó de caer a un abismo oscuro agarrándose a una raíz retorcida. La flauta, colgada
de un cordel, golpeó su pecho, recordándole su presencia.
Al atardecer del segundo día, el bosque cambió. Los árboles se hicieron más extraños, con
troncos retorcidos como serpientes petrificadas y ramas que se entrelazaban formando arcos
oscuros. Y entonces, escuchó los ecos. Primero fue su propio nombre, susurrado desde atrás.
Luego, la risa de su hermano pequeño, muerto hacía años. Después, el sonido del viento en
Vallehondo. Los ecos lo rodeaban, distrayéndolo, confundiéndolo, tratando de llevarlo por
caminos que no existían o hacia precipicios ocultos. El corazón le latía con fuerza. Se sentó,
cerró los ojos y apretó la flauta. Sopló, no para hacer música, sino para emitir esa vibración
sorda, profunda.
La vibración se expandió como un círculo perfecto. Los ecos se callaron de golpe, como si
hubieran sido barridos. Un momento de silencio verdadero, denso. Cuando abrió los ojos, vio
una senda clara, iluminada por los últimos rayos del sol que se colaban por un claro en la
copa de los árboles. La flauta no solo llamaba, también protegía.
Hoja 4: El Guardián de la Cresta y la Canción del Hielo
Tras días de ascenso agotador, saliendo por fin del manto del bosque, Arien llegó a la base
de las Crestas Grises propiamente dichas. Una pared de roca casi vertical, lisa y fría, se alzaba
ante él. El viento aullaba con fuerza, cortante como cuchillos. A lo lejos, en la cima más alta,
el Diente de Hielo brillaba con esa luz blanca y fría, ahora más intensa, casi pulsante.
Empezó a escalar. Las manos se le congelaban, el viento intentaba arrancarlo de la pared.
Usaba el cayado para buscar grietas, apoyándose en salientes mínimos. Fue una lucha de
horas, cada metro ganado con sudor y miedo. Cuando finalmente alcanzó una cornisa amplia,
justo bajo el pico del Diente de Hielo, se encontró no con la cumbre, sino con un guardián.
Era una criatura de piedra y hielo, fusionada con la montaña misma. Tenía la forma de un
gran felino agazapado, pero sus ojos eran esferas de hielo azul intenso que emitían luz. Sus
garras eran picos de obsidiana. No rugió. Solo se levantó, silencioso y letal, bloqueando el
camino hacia la última ascensión. El frío que emanaba era físico, un muro que helaba el aire
y entumecía los dedos de Arien.
El terror lo paralizó. Retrocedió hasta el borde de la cornisa. El guardián avanzó, lento,
implacable. Arien buscó desesperadamente su cayado, su mochila… y sus dedos encontraron
la flauta negra. No tenía elección. Con manos temblorosas, casi congeladas, la llevó a sus
labios. No pensó en una melodía. Pensó en Vallehondo, en el Árbol Susurrante, en el miedo
que lo había impulsado a salir, en la soledad del guardián de piedra en su montaña eterna.
Sopló con todo el aire de sus pulmones, con todo el deseo de su corazón.
Hoja 5: El Susurro del Mundo
No salió un sonido musical, sino la vibración pura, amplificada mil veces por la flauta. Era
un sonido primordial, como el latido de la tierra o el crujido del hielo al nacer. Una onda
visible, como distorsión en el aire, golpeó al guardián de hielo.
La criatura se detuvo. Sus ojos de hielo azul parpadearon. La roca y el hielo de su cuerpo
crujieron, no con violencia, sino como un suspiro profundo. La luz en sus ojos cambió, de
fría amenaza a una curiosidad antigua. Se inclinó ligeramente, como un gato enorme
olfateando algo nuevo. Luego, sin un ruido, se apartó del camino. No desapareció, sino que
se fundió de nuevo con la pared de roca, sus contornos difuminándose hasta ser solo una
sombra más en la montaña. La barrera de frío desapareció.
Arien, con el corazón aún en la garganta, ascendió los últimos metros. La cima del Diente de
Hielo no era un pico afilado, sino una meseta pequeña y plana. En el centro, brotaba de la
roca desnuda un manantial de agua cristalina que no se congelaba. Y sobre él, suspendida en
el aire sin apoyo visible, flotaba una luz. No era la luz fría que había visto desde abajo. Era
cálida, dorada, cambiante como una llama, pero silenciosa. Era la fuente del brillo, el corazón
de la montaña.
Se acercó. La luz no quemaba. Era como sumergir las manos en agua tibia y dorada. Sintió
una paz inmensa, una conexión profunda con el valle lejano, con el Árbol Susurrante, con el
viento, con el guardián de piedra. Entendió sin palabras: la montaña no era una prisión, sino
un faro. La luz era equilibrio, la conexión silenciosa de todas las cosas. El Árbol Susurrante
en Vallehondo era un eco de esta luz, un receptor y transmisor de esa armonía fundamental
que el miedo y la rutina habían apagado en los habitantes del valle.
Sacó la flauta negra. Esta vez, no sopló por necesidad o miedo, sino por gratitud y
comprensión. Emitió una nota única, clara y sostenida, que resonó en la luz dorada. La luz
pulsó, más brillante por un instante, y Arien sintió cómo la vibración recorría no solo el aire,
sino las mismas entrañas de la montaña, descendiendo como una onda suave hacia el valle
lejano.
El regreso fue diferente. La montaña parecía reconocerlo. El camino fue menos arduo, el
bosque de los ecos permaneció en silencio respetuoso. Cuando llegó al claro, semanas
después, el Árbol Susurrante estaba cubierto de nuevos brotes verdes, a pesar del otoño
avanzado. Se sentó a su sombra, exhausto pero transformado. Sacó la flauta. Ahora, cuando
sopló, no fue una vibración sorda, sino una melodía suave, una canción que hablaba de
montañas altas, de luces doradas y de la quietud que reside en el centro de todas las cosas.
Era la canción del mundo, filtrada por su corazón.
Los habitantes de Vallehondo, atraídos por una melodía que nunca antes habían escuchado,
pero que resonaba en algún lugar profundo de su memoria, comenzaron a llegar al claro. Se
sentaron en silencio alrededor de Arien y el árbol. Y por primera vez, en el Valle del Silencio,
escucharon no el vacío, sino el vasto, antiguo y hermoso susurro del mundo. El soñador había
encontrado la voz que el valle había olvidado, y la compartía, nota a nota, con todos los que
estuvieran dispuestos a escuchar. La luz del Diente de Hielo, ahora, brillaba también en sus
ojos.