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Capítulo 1

La historia sigue a Axel, un joven apático y cínico que se siente atrapado en su rutina universitaria, hasta que un encuentro inesperado con Lyss, una chica peculiar, comienza a cambiar su perspectiva. A través de interacciones con sus nuevos compañeros, Axel enfrenta su miedo a la conexión y la expectativa, mientras se da cuenta de que su vida está a punto de transformarse. La narrativa explora temas de elecciones, amistad y el desafío de abrirse a los demás.
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Capítulo 1

La historia sigue a Axel, un joven apático y cínico que se siente atrapado en su rutina universitaria, hasta que un encuentro inesperado con Lyss, una chica peculiar, comienza a cambiar su perspectiva. A través de interacciones con sus nuevos compañeros, Axel enfrenta su miedo a la conexión y la expectativa, mientras se da cuenta de que su vida está a punto de transformarse. La narrativa explora temas de elecciones, amistad y el desafío de abrirse a los demás.
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Prólogo.

Bienvenido.

Sí, tú. El que ha abierto estas páginas buscando una historia. O una distracción. O tal vez
una explicación a eso que sientes cuando sabes que algo está por cambiar, pero aún no
puedes ponerle nombre.

Permíteme ser la primera en advertirte —y celebrar contigo— que esta historia no


comienza con un héroe brillante ni una profecía grandiosa. Comienza con un joven cuya
mayor habilidad es llegar tarde a clase sin correr. Un muchacho con la extraña capacidad de
no destacar en absoluto, aunque camine con un incendio en el alma que él mismo aún no ha
notado. Se llama Axel y no, él no te va a gustar al principio. Es apático, cínico y más
preocupado por no meterse en líos que por descubrir que está, de hecho, en medio de uno.

Sin embargo, te garantizo que lo entenderás. Quizá incluso, cuando nadie mire, te
identifiques con él. Esta es una historia de encuentros que parecen accidentes, de amistades
nacidas del silencio compartido y del caos elegantemente coreografiado por aquellos que,
como yo, mueven piezas en más de un plano.

Pero no te confundas. No soy la protagonista de este relato. Mi papel es más sutil... soy la
voz que observa, la sombra que empuja y, cuando hace falta, la mano que saca del fuego
antes de que alguien se convierta en ceniza.

Así que escucha. Lee. Interpreta. Desconfía.

Esta no es una historia de buenos contra malos.

Es una historia de elecciones.

Y si prestas atención, tal vez descubras que tú también estás eligiendo con cada página.

Con toda mi teatralidad,

Gretchen Grace

—la que vigila desde el filo del telón.


Parte I
Axel 101: Introducción al cinismo posmoderno.
"¿Qué haces cuando todo en tu vida cambia, excepto tu deseo de que nada cambie?"

La alarma no sonó. No porque no estuviera programada, sino porque ya me había levantado


diez minutos antes. Supongo que el insomnio es una forma muy eficiente de despertador,
aunque cero recomendable.

Lunes. Café amargo. Profesores que hablan sin mirar. Estudiantes que se repiten.

No tenía ganas de ir a clases. Pareciera que odiara la universidad —Una suposición difícil
de negar en días como este— pero mis quejas se filtraban en el esfuerzo por madrugar para
aprender fórmulas que el mundo ya olvidó. Mis pasos eran automáticos. Un desayuno
rápido, la mochila al hombro y música en los audífonos sin prestar atención a las personas
transitando por mis costados.

Llegar justo a tiempo era la clave. Ni antes para dar pie a conversaciones innecesarias, ni
después para destacar entre los rezagados. Un equilibrio delicado, como caminar sobre una
cuerda floja entre la indiferencia y el reconocimiento. Me funcionaba. Y mientras
funcionara, no tenía razones para cambiar.

El campus es amplio, decorado con jardines aparentemente silvestres y edificios de


arquitectura moderna que aseguran tener historia, aunque la mayoría fueron inaugurados
cuando yo ya caminaba. A veces me entretengo viendo cómo los encargados de
mantenimiento arrancan las hojas de los setos solo para que parezca que crecen ordenadas.

No hay mejor lugar para perderse. En lo absoluto. Ni las cavernas de la era prehistórica ni
los templos olvidados de civilizaciones que se creyeron eternas. Aquí, uno puede
evaporarse entre multitudes, adoptar una rutina miserable con honores y dejar que los días
pasen como copias baratas de uno anterior.

Estaba igual que siempre: lleno de gente que camina como si tuviera un guion
preestablecido. Cada quien en su papel. Las celebridades de los avisos escolares, los del
promedio inalcanzable sin sacrificio, los que creen que hacen la diferencia porque trajeron
su café en vaso reciclable y yo en mi máxima expresión, siendo el extra número 087 con
expresión de “déjenme en paz”.

Entonces, pasó lo de siempre. Mejor dicho, ella pasó.

La chica chocó contra mí como si el pasillo fuera un campo de batalla y me transformara en


el soldado más inútil de todos. Se disculpó sin verme a los ojos, con su voz suave, casi
musical. Me bastó una mirada rápida para notarlo: pelirroja, ojos demasiado intensos para
una estudiante común, y una forma de moverse que no encajaba con esta realidad.

—¡Auch! —dijo una voz femenina, claramente más molesta que dolida.

Me quedé en silencio, viendo cómo se llevaba la mano a la frente, frunciendo el ceño.


Cuando me miró, sus ojos se abrieron apenas, como si me hubiese estado buscando y por
fin diera con mi paradero.

—Ah… Eres tú —dijo, como si eso tuviera algún sentido.

Parpadeé.

—¿Te encuentras bien? —pregunté por cortesía, más que por interés.

—Perfectamente. —Sonrió—. Solo estaba probando algo. Y parece que funcionó.

Se agachó a recoger sus cosas sin más explicaciones. Me quedé ahí, observando en silencio
mientras sus dedos recogían los papeles con símbolos extraños, como garabatos o algún
idioma que no reconocí. No dije nada. Niego desde ahora que esto me dejara atónito —
porque para nada lo estaba—, sino porque aprecio mucho no hacerle preguntas a los demás
cuando algo no tiene sentido. Esa es mi filosofía: si ves a alguien extraño, actúa normal y
aléjate.

Llevaba el uniforme reglamentario para las estudiantes, pero todo en ella gritaba que no
encajaba. La camisa mal abotonada, su corbata floja; podía notar su cabello recogido de
manera desestresada, sin un ápice de cuidado, como si no le importara ni un poco. No me
gusta juzgar la apariencia de las personas, pero su mochila parecía haber sobrevivido una
estampida y eso despertó algunas dudas.
Sin embargo, cuando se incorporó y volvió a mirarme, algo en su mirada me hizo sentir…
incómodo. No asustado. No intimidado. Solo… observado. Como si yo fuera el bicho raro,
y ella la única capaz de verlo.

—Nos veremos pronto, Axel —dijo, dándome una palmada en el hombro.

La sangre me bajó un grado. Nunca le había dicho mi nombre.

Antes de que pudiera responder, se dio la vuelta y se fue, silbando una melodía que no
reconocí.

Me quedé ahí un momento. En silencio. El pasillo vacío frente a mí, como si el mundo se
hubiera detenido por un segundo.

Y entonces, como si nada, seguí caminando hacia clase.

Aunque esa mañana, por primera vez en mucho tiempo, supe que algo había cambiado.

Primero fueron las clases. Después el descanso. Luego descubrí que compartíamos más
asignaturas de lo que debería ser legal para una coincidencia. Su nombre era Lyss. No era
exactamente popular, aunque se las arreglaba para estar en el centro de las conversaciones.
Tenía esa energía de personaje secundario que sabes que no lo es.

Yo fingía no notarla. Ella fingía no darse cuenta. Y así empezó lo que sería el primer día de
una rutina que duraría… bueno, ya llegaremos a eso.
Parte II
El individualista y la comunidad de desconocidos.
“Las personas no se hacen cercanas porque te entiendan. A veces solo se quedan ahí. A
veces eso es suficiente.”

Después de clases, me dirigí al comedor, como siempre, con mi bandeja de comida


mediocre y mi cara de “no estoy disponible para interacciones humanas”. Fue ahí donde
aparecieron ellos.

— Tierra a Axel, ¿Hay un asiento disponible? —me dijo uno de los tres chicos que se
sentaron en mi mesa sin invitación.

—No —respondí sin levantar la vista.

—Sí que los hay, tus amigos imaginarios no ocupan espacio. —dijo otro, sonriendo como si
acabara de ganar algo.

Se presentaron como Jaime, Dalia y Enrique. Tres personalidades distintas en un mismo


paquete de confusión. Jaime era el tipo que habla poco, pero escucha todo. Dalia, puro
fuego en una conversación. Enrique… bueno, Enrique parecía el tipo que habla sin pensar,
lo cual tiene su encanto si estás aburrido.

“Quizá hoy no fue un mal día.”

Lo cual, viniendo de mí, es casi una declaración de amor.

—Escúchame bien, si metes la tarjeta en ese lector sin verificar si es para estudiantes o
profesores, estarás contribuyendo al colapso de la infraestructura académica. —

Dalia. Seria como un tratado de física teórica, con el mismo nivel de entusiasmo al corregir
a alguien. Me hablaba como si cada pequeño acto cotidiano fuese una pieza clave del
equilibrio universal.

— O puedes simplemente dejarlo pasar y vivir tu vida, como el 90% de nosotros.


—¡Exacto! —saltó Enrique desde la banca de al lado—. ¡Eso mismo le dije a mi mamá
cuando suspendí lógica computacional! Pero, bueno, ella no estuvo de acuerdo.

Reí. No porque fuera gracioso. Reí porque su cara de resignación merecía una risa de
cortesía, y porque —en algún nivel que no admito— me gusta que estos tres sigan
apareciendo a mi alrededor.

Luego de un intercambio de palabras, el resto del grupo se había dispersado: Jaime fue por
café, Enrique estaba peleando con una máquina expendedora que “seguro tragó su dinero”
(en defensa de la máquina: nunca puso la moneda), y Lyss… bueno, la chica con la que
choqué a la cual no caracterizaba de nada más allá de un nombre; la que aparecía y
desaparecía de mi mente como un recuerdo con agenda propia, haciendo visitas constantes
a las bifurcaciones de mi día a día para desmoronar la tranquilidad de mi vida.

Parecía broma que eso no era lo más extraño pasándome en ese momento. No tengo idea de
cómo, pero terminé hablando con Dalia a solas. Fue entre clases, en una de esas pausas
innecesarias donde la universidad asume que los alumnos tienen vidas sociales que desean
mantener. Lo cual, en mi caso, es ofensivo.

Dalia se quedó sentada a mi lado, con los codos apoyados en la mesa y una mirada que no
te deja escapar. Tenía ese tipo de expresión que grita "voy a decir algo incómodo y no me
importan tus quejas".

—No entiendo por qué finges que no nos conoces —dijo, sin rodeos.

Yo parpadeé. No porque me sorprendiera, sino que en mi cabeza estaba contando los


segundos que tomaría encontrar una excusa para irme.

—Porque no los conozco —respondí.

—Mentira —sentenció. Ni duda ni pausa. Solo el veredicto.

—Claro que sí. Apenas me hablaron hace dos días.


—¡Fueron 2…! Entiendo si no te importa que llevemos 3 años asumiendo esta vida en la
misma escuela; tal vez tu lista de mejores amigos sea tan estrecha como tu pensamiento
para admitir que sabes quiénes somos. Te hemos saludado. Has compartido clases con
Jaime desde el primer semestre. Enrique te prestó su libro en segundo año. Yo… bueno, yo
soy inolvidable, así que ni se te ocurra negarlo.

—Me estás acusando de antisocial, ¿o de tener mala memoria? — le dije, arrepintiéndome


al recordar con quién establa hablando.

—De tener miedo.

Pum. Directo al estómago. Ni siquiera el tiempo de respirar.

La miré, como si eso fuera suficiente para que retrocediera. Pero Dalia no era de ese tipo de
personas. Ella avanzaba.

—No tienes que ser nuestro mejor amigo, Axel. Pero es estúpido pretender que no
existimos. —Acomodó un mechón de su cabello detrás de la oreja, como si eso aligerara lo
que acababa de soltar—. O bueno… no estúpido. Cobarde.

Podría haberle dicho algo sarcástico. Algo como: "Gracias por el diagnóstico, Anna Freud".
Pero no lo hice. Tal vez porque en parte tenía razón. O porque no quería darle el gusto de
verme defenderme.

—Solo intento no complicarme la vida —dije finalmente, con un suspiro que no recordaba
haber inhalado.

—¿Y te funciona?

—Hasta ahora, sí.

—Mentira otra vez —contestó. Y sonrió. Esa clase de sonrisa que no es amable ni cruel,
sino simplemente cierta.

Hubo un silencio, pero no incómodo. De hecho, tenía algo de cómodo en su incomodidad.


Como cuando sabes que ya no puedes escapar, así que simplemente te sientas y esperas el
impacto.
—A ti te da miedo que la gente empiece a esperar cosas de ti —añadió, casi con lástima,
pero sin perder su tono tajante—. Y peor aún, te da miedo que tú también esperes algo de
los demás.

—¿Y si eso es cierto? —pregunté, más cansado que desafiante.

—Entonces te entiendo. Pero igual voy a empujarte.

Se levantó antes de que pudiera decir nada más. Como si su rol en la escena hubiera
terminado. Como si acabara de entregarme una carta con una bomba dentro y se fuera
caminando, sin mirar atrás.

La vi alejarse, sin dramatismo. Sin pausa.

Y en ese momento, no lo pensé como algo significativo. No lo sentí como una epifanía o un
punto de quiebre.

Solo me quedé sentado ahí, mirando la nada, y pensé:

“Genial. Además de compañía, tengo un faro moral andante.”


Parte III

Arcana VI: Los Amantes

"Lo peor no es que te entiendan. Es que no puedas fingir que no te importa."

Hay lugares diseñados para no ser habitados por pensamientos profundos. El campus
universitario, por ejemplo. Bancas incómodas, estudiantes más interesados en el Wi-Fi que
en el clima, árboles perfectamente podados como si quisieran evitar que alguien se
refugiara bajo ellos.

Aun así, ahí estaba yo. Sentado en la sombra de un ficus deformado, viendo cómo el sol se
filtraba por entre las hojas como si tuviera algo que demostrar. El horario decía que tenía
aún treinta minutos antes de la siguiente clase. Mi cuerpo decía que me largara. Pero mi
cabeza... bueno, mi cabeza estaba ocupada discutiendo con Dalia. O con la idea de Dalia.
La real ya se había ido hace rato.

“Te da miedo que empiecen a esperar cosas de ti.”

¿Y quién demonios no le tendría miedo a eso?

Cuando las personas esperan cosas de ti, también tienen derecho a decepcionarse. Y a
juzgarte. Y a mirarte con esa cara de “no eras lo que imaginé”. Por eso era mejor mantener
las distancias. Saludar sin saludar. Estar sin realmente estar.

La soledad era una forma elegante de no decepcionar a nadie.

Me estiré en la banca, fingiendo que estaba cómodo, como si eso le ganara puntos a mi
argumento interno. Cerré los ojos un instante. No dormí. Solo dejé que el mundo se
difuminara un poco.

La brisa tenía ese olor a pasto húmedo mezclado con concreto caliente. Uno de esos olores
que no son agradables pero te recuerdan que estás vivo.
“Pero igual voy a empujarte.”

Gracias, Dalia. Sutil como una locomotora.

Abrí los ojos justo cuando alguien se sentó al otro extremo de la banca. No me miró. No
habló. Solo cruzó las piernas con elegancia, como si el mundo se acomodara a su ritmo.

Pelirroja. Siempre pelirroja.

No hizo falta verla del todo para saber que era ella. Había algo en la forma en que invadía
el espacio, no físicamente, sino como una presencia inevitable. Como cuando sabes que va
a llover porque el aire se pone denso. Así era Lyss. Una tormenta con perfume.

—¿Qué pensabas? —preguntó Lyss, sin mirarme. Como si la respuesta fuera irrelevante y,
al mismo tiempo, completamente suya por derecho.

La miré de reojo. El uniforme perfectamente entallado, la falda apenas rebelde contra el


reglamento, y esa manera de sentarse que parecía extraída de una pintura renacentista… si
los artistas del Renacimiento hubieran tenido acceso a revistas de moda y armas de fuego.

—En pasto —dije, encogiéndome de hombros—. En el tipo de pasto que usan en esta
universidad. Estoy convencido de que lo compraron en descuento.

Ella no rió, pero la comisura de sus labios se movió apenas. Una micro reacción que podría
haber sido viento… o peligro.

—¿Y qué te parece?

—Demasiado artificial. Como todo acá. —Hice una pausa, dudando si lanzar la siguiente
piedra—. Como tú.

No se ofendió. Por supuesto que no. Eso hubiera sido demasiado fácil. Giró apenas la
cabeza, clavando sus ojos en los míos por primera vez desde que se sentó. Ojos que no
deberían verse así bajo la luz de este mundo. Ni tan claros, ni tan antiguos.

—¿Siempre tratas de alejar a las personas con sarcasmo barato, o soy una excepción?

—Ah, no. Tú eres la regla.

—Entonces estás fallando. —Y ahora sí sonrió. No por cortesía. Sonrió como quien sabe
que el juego ya está en marcha y tú ni siquiera sabes que estás en el tablero.
Me volví hacia el frente otra vez, cruzando los brazos, fingiendo comodidad. No era que me
incomodara ella, es que me incomodaba… la posibilidad de estar cómodo con ella.

—¿No tienes otro lugar en el que puedas jugar a la femme fatale?

—¿No tienes otra banca en la que puedas esconderte del mundo?

Touché.

Se hizo un breve silencio. Pero no era incómodo. Era el tipo de silencio que parece tener
una voz propia. Como si algo estuviera afinando su garganta, a punto de decirnos algo que
ninguno quiere oír.

—Tu mundo es ruidoso —dijo Lyss de pronto, mirando a los estudiantes pasar a lo lejos—.
Gente que habla sin decir nada. Que corre sin saber hacia dónde. Que finge sin saber por
qué.

— ¿No existen los pretenciosos en Alemania?

La miré esperando encontrar una expresión de fastidio o desconcierto. Lo que encontré fue
una carcajada. Una risa de verdad. Casi musical. El tipo de sonido que no debería estar
aquí. El tipo de sonido que te hace pensar que quizás no todo esté mal… justo antes de que
el cielo se caiga encima.

—¿Alemania? —dijo ella, aún con restos de risa en la voz—. Cierto, el rumor de mi
traslado. Me gusta eso, finalmente corre una leyenda sobre mí por pequeña que sea.

Y se puso de pie con una elegancia que el uniforme no merecía. Miró hacia el edificio
principal, como si lo estuviera evaluando por primera vez, y luego volvió a clavar sus ojos
en mí.

—¿Vendrás a clases, o seguirás meditando sobre pasto?

—Ya sabes cómo es —me levanté con ella, sacudiéndome la camisa como si eso sirviera de
algo—. Filosofía aplicada. Nivel avanzado.

—Entonces nos vemos ahí, Cammus.

Se fue. No caminando, desapareciendo entre los demás estudiantes como si nunca hubiera
estado ahí. Como una idea que no puedes probar que tuviste.

Me quedé quieto un segundo. Respirando hondo.

A veces, el aire también huele a advertencia.


Parte IV
Pensamientos intrusivos
“Tu ausencia tiene el mismo peso que verte a la cara”

Todo parecía seguir su curso rutinario, descubriendo con tiempo el salón donde estaban
dando la siguiente clase para pasar de pensar mucho en excusas y retomar la normalidad,
salvo por el hecho de que el grupo de “perfectos desconocidos” que se había formado
alrededor de la mesa de siempre parecía tener, de alguna manera, una vibración más
palpable en el aire.

La pizarra había absorbido toda la atención de la profesora, pero yo no era capaz de mirarla.
Mis ojos flotaban entre Dalia, Enrique y Jaime, como un pingüino saltando de bloque en
bloque, con la ligera esperanza de que algo relevante ocurriera. Y sí, de alguna manera,
algo estaba por ocurrir, pero no era nada que hubiese planeado o siquiera anticipado.

Jaime estaba otra vez en su mundo. Lo notaba porque su rostro, tan sereno y distante,
parecía tan aislado del resto de la clase como si estuviera en un museo mirando una pieza
de arte que no quería tocar. Su mirada no se levantó ni una vez de sus notas. Ni siquiera
cuando Dalia se movió de su asiento para sacar algo de su mochila, lo que generó un sonido
pequeño, pero lo suficiente como para interrumpir el curso de los pensamientos de todos los
presentes.

Dalia, con su cabello recogido y la mirada fija en el cuaderno, parecía tener alguna clase de
meta escondida en esos apuntes. Ya no parecía tan perceptiva en ese momento. O tal vez
estaba simplemente usando su mirada como una pantalla, una barrera para que nadie
supiera lo que realmente pasaba por su cabeza.

Enrique, por su parte, ya estaba en su modo “hablemos de todo menos de lo que está
pasando en el aula”. Lo observé mirarlo a Jaime un par de veces, como si estuviera
esperando que el chico se sumara a su entusiasmo. Su energía de alguna manera me parecía
una mezcla de incomodidad y necesidad de interacción. Su lengua parecía estar atrapada en
su boca, pero aun así no podía evitar lanzar comentarios como chistes improvisados sobre
cosas que nadie había mencionado, solo para romper el silencio.

—¿Quién más pensó que esa ecuación era un chiste? —comentó Enrique, sin esperar una
respuesta. Su tono era ligero, pero aún se sentía la tensión a su alrededor.

Jaime no reaccionó, y eso, de alguna manera, molestó a Enrique. No es que Jaime fuera
insoportable, es que su falta de respuesta era más intrigante que cualquier otra cosa.

Dalia, por otro lado, soltó una risa baja, pero se quedó callada después, probablemente
reflexionando sobre cómo lidiar con un silencio incómodo.
Yo no podía evitar pensar en Lyss. Su ausencia se sentía tanto como la presencia de una
sombra que se niega a desvanecerse, y con todo lo que pasaba en mi cabeza últimamente,
sabía que no podía permitir que eso me distraiga más de lo necesario. No quería caer en esa
espiral de pensar en ella y en todo lo que eso implicaba.

Pero mientras todo esto ocurría, una extraña calma se apoderó del aula. Algo en la forma en
que los cuatro nos mirábamos, como si no supiéramos exactamente qué hacer o cómo
actuar, me hacía pensar que estábamos atrapados en una especie de bucle de incertidumbre.
Nadie había hecho preguntas directas, nadie había tocado temas delicados; sin embargo, el
ambiente estaba cargado de algo. Lo sentía, aunque nadie lo decía en voz alta.

Al principio pensé que esa falta de dirección era lo que me mantenía enganchado a este
grupo, pero había algo más. Un tipo de... reconociendo sin palabras que, aunque no
supiéramos nada del uno al otro, de alguna manera estábamos conectados. Algo se estaba
construyendo, y esa sensación era tan abrumadora que no supe si sentía nervios o
simplemente desconcierto. Tal vez ambas cosas. O tal vez nada.

El timbre sonó, rompiendo el instante, y por un segundo, me sorprendió lo tranquilo que


había sido el espacio.

—Nos vemos —dijo Enrique, demasiado entusiasta para ser tan casual. Y mientras salía de
la clase, Dalia y Jaime hicieron lo propio, cada uno con su propio ritmo, como si fuéramos
un grupo sin nombre, sin pertenencia, pero de alguna manera juntos.

En cuanto me quedé solo, sentí que la claustrofobia del aula me envolvía. El mundo afuera,
tan amplio y tan incierto, parecía aún más inquietante ahora que las sombras que Lyss
dejaba atrás comenzaban a asomar nuevamente.

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