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Sabidurias Invisibles

El documento es una reflexión sobre la magia y el amor, destacando la conexión entre los pensamientos y la realidad. El autor comparte experiencias de su infancia en África, donde vivió con tribus y exploró la curación psíquica y la magia. A través de anécdotas personales, se exploran temas de espiritualidad, muerte y el poder de la creencia en la sanación.

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Sabidurias Invisibles

El documento es una reflexión sobre la magia y el amor, destacando la conexión entre los pensamientos y la realidad. El autor comparte experiencias de su infancia en África, donde vivió con tribus y exploró la curación psíquica y la magia. A través de anécdotas personales, se exploran temas de espiritualidad, muerte y el poder de la creencia en la sanación.

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Al Amor, pura Magia,

el más precioso regalo


que el Creador ha hecho
a los humanos.

A todos cuantos amo.

Somos lo que pensamos.


Todo lo que somos brota
con nuestros pensamientos.
Con nuestros pensamientos
hacemos el mundo.

Gotama Buddha
Agradecimiento s

A Jazi, por aceptar muchas noches de soledad; a Maeva y Jason, por


no molestarme demasiado; a Steve Henningston, por suministrar ordena-
dores que funcionan; a Kiki Braekman, por ayudarme con su amistad; a
Mick Viet, por su amigable apoyo; a Georgina y Marc Otte, y a Minou y
Steven Ball, por darme cobijo y amor; a Ralph Strauch, por todos los co-
nocimientos que ha aportado en un intento por ayudarme a entender me-
jor la «curación psíquica»; a Michel Drachoussoff, por llevarme hasta los
chamanes y hechiceros de los Andes, por compartir conmigo sus expe-
riencias con ellos y por dejarme utilizar los resultados de un estudio que
le llevó un año realizar; a Emmanuel Braquet, por ser mi guía espiritual
entre los derviches ululantes; a Claude Jannel, por hacerme partícipe de
sus conocimientos sobre los toradios; a Geretta G., Paul y Rosemary
Grey y Elliott Salter, por su paciencia infinita.
Muchas gracias a Jeremy P. Tarcher, Inc., empezando por Jeremy,
amigo y editor, que sigue creyendo en mí; a Rick Benzel, por haber in-
tentado dirigirme en el plano creativo; a Aidan Kelly, por ser un editor
paciente y capacitado; y a Paul Murphy, Jennifer Boynton y todos los que
hicieron posible este libro.
Y muchas gracias a quienes disfrutaron leyendo mi libro anterior, Ex-
plorador [publicado por esta misma editorial], y me lo hicieron saber.
Introducción

Soy explorador. He pasado buena parte de la vida viajando por luga-


res de este mundo donde la comprensión del -hombre adquiere otra di-
mensión. He vivido en Asia con los cazadores de cabezas y en el Ama-
zonas, con los miembros de las tribus. He compartido el modo de vida de
las antiguas tribus africanas y del pueblo tuareg, que mora en el desierto
del Sahara. He seguido la llamada, silenciosa pero tenaz, de los bosqui-
manos del Kalahari y de los papuas de Nueva Guinea. He estudiado la
magia del vudú, me he acercado a los hechiceros de África y he investi-
gado los poderes de los chamanes.
Mucha gente cree que en la vida seguimos el camino que el destino
nos ha trazado. Yo, sin embargo, creo haber llevado las riendas del mío.
Me hice explorador porque quería volver a vivir las violentas sensacio-
nes que acompañaron mi niñez en África. Y este indagar sobre los ma-
gos, los chamanes y los hechiceros, esta búsqueda para comprender sus
poderes reales, surgían de la necesidad de encontrar respuesta a los inte-
rrogantes que me legaron aquellos misteriosos acontecimientos ocurri-
dos entonces en África.
Mis padres, que eran refugiados políticos, abandonaron Checoslova-
quia, mi país de nacimiento, y se instalaron en lo más recóndito del Con-
go belga (que hoy en día es el Zaire), donde pasé la infancia y parte de la
adolescencia. Mis vecinos eran los hombres y mujeres de las tribus; selvas
y sabanas fueron mis patios de recreo. Allí fue donde por primera vez sen-
tí que la adrenalina fluía por todas mis venas cada vez que coqueteaba con
el miedo a lo desconocido. Me alimenté de historias misteriosas y de mi-
tologías africanas. Viví según realidades diferentes a las del mundo mo-
derno, y fueron muchas las veces que presencié cosas inexplicables y pro-
digiosas, cosas que fueron haciéndose hueco en la alocada imaginación de
un niño. Tres de estas historias son las que ahora comparto con el lector.

11
Vivíamos en una zona infestada de serpientes venenosas y por esa ra-
zón mis padres recibieron una piedra pequeña y plana, de color negro
brillante, obsequio de unos misioneros católicos belgas que vivían en
una misión no lejos de casa. Según sus palabras, esta piedra tenía el po-
der de eliminar de las heridas la ponzoña, los venenos y las infecciones.
Cuando mi padre quiso saber cuál era el origen de la piedra, los mi-
sioneros respondieron que hacía ya mucho tiempo, un curandero de la In-
dia, en el instante de la muerte, reveló a dos misioneros belgas el secreto
para hacer la piedra negra, bajo la condición de que nunca fuera comer-
cializada. Desde entonces, los misioneros habían seguido elaborando
piedras y distribuyéndolas en las misiones que tenían por todo el mundo.
No se trataba de un objeto mágico; se hacía a mano con diferentes
plantas y compuestos de carbono, que al mezclarse creaban un desequili-
brio químico. La piedra adquiría el equilibrio a base de succionar y absor-
ber los productos químicos presentes en los venenos y en el pus. Después
del uso, era fácil purificarla; había que ponerla primero en leche, que tam-
bién absorbe los venenos y el pus, y luego sumergirla en agua durante
todo un día. El desequilibrio químico de la piedra quedaba así completa-
mente restaurado.
¿Funcionaba? Las piedras negras de los misioneros salvaban la vida
de muchos nativos heridos, y la nuestra salvó a mi madre de morir por
una mordedura de mamba negra, una serpiente que es muy peligrosa por-
que inyecta una gran cantidad de veneno. Ese día, los nativos que traba-
jaban para nosotros llevaron a casa a mi madre; mi padre introdujo pri-
mero la punta del cuchillo en la herida para hacerla sangrar. Luego apli-
có la piedra negra a la herida, en contacto con la sangre, y ésta quedó
firmemente pegada a la llaga por sí sola, absorbiendo el veneno durante
horas. Cuando ya no quedaba más veneno, la piedra se desprendió.
Crecí con la piedra negra de la familia. Ahora tengo una para mí solo,
y la llevo conmigo cada vez que salgo en una expedición. Sin ella no es-
taría vivo hoy en día: he sufrido dos mordeduras de cobra, tres picaduras
de escorpión negro y muchas de arañas venenosas, como la viuda negra.
Gracias a la piedra he podido sobrevivir a varias heridas gravemente in-
fectadas. Y durante mis viajes por el Sahara y Afganistán, he conocido
nómadas que llevaban piedras negras, hechas por sus curanderos, similares
en forma y densidad a la mía, y con las mismas propiedades prodigiosas.

Debido a mi educación católica, fui creciendo con la idea de que el


ser humano está constituido por un cuerpo físico y por un alma. Cuando
el cuerpo muere, el alma, que es inmortal, sigue viviendo. Un hecho que
le ocurrió a mi madre -por entonces yo era adolescente- vino a brindar-
me la oportunidad de constatar la verdad de esta creencia.

12
Temamos un sirviente que se llamaba Joseph. Carecía de familia y
nos había sido leal durante muchos años. Una mañana, mis padres lo en-
contraron inconsciente en el suelo de la cocina. Lo llevaron al hospital de
la ciudad más cercana, Luluabourg (en la actualidad, Kananga), que que-
daba a unos cien kilómetros de casa y a la que se llegaba, tras dos horas
de conducción, por una carretera tortuosa y sin asfaltar.
El médico que atendió a Joseph diagnosticó un tumor cerebral de
considerables proporciones. Joseph no llegó a recobrar la consciencia,
pero mi madre iba a visitarlo cada vez que tenía que desplazarse a la ciu-
dad. Unas semanas más tarde, el médico hizo saber a mi madre que Jo-
seph moriría pronto, aunque no podía decir si sería en cuestión de horas
o de días. Cuando los fallecidos en el hospital no tenían familia que re-
clamara los cuerpos, éstos iban a parar a la fosa común, y mi madre, al
saberlo, dispuso que Joseph fuera enterrado en ataúd y que se celebrara
por él un funeral normal.
Una noche, mi madre, como era habitual en ella, se levantó para ir al
baño; llevaba una vela para iluminar el camino. Al igual que ocurría con
todas las habitaciones de la casa, desde el baño podía verse el amplio sa-
lón de estar y comedor, y también la puerta principal. De repente oyó que
crujía una puerta. Pensando que alguno de sus tres hijos salía del dormi-
torio, fue llamándonos uno por uno. Luego oyó el ruido de unos pasos
que se acercaban al baño, y vio que la puerta se abría lentamente: allí es-
taba Joseph.
Antes de que pudiera expresar la sorpresa por verle en casa y la ale-
gría al saber que estaba vivo, Joseph se puso un dedo sobre los labios y
susurró:
—He venido para darle las gracias por haber dispuesto mi funeral. Es
muy amable por su parte.
Mi madre gritó aterrorizada y Joseph desapareció bruscamente.
Al oír el grito, mi padre corrió al baño provisto de una pistola. Des-
pués de calmarla asegurándole que no corría ningún peligro, prestó aten-
ción a lo que tenía que contar: que había visto a Joseph vivo y con buen
aspecto, de pie frente a ella.
Por mi parte, y puesto que los gritos también me habían despertado,
acudí al baño, desde donde pude oír toda la historia.
Mi padre se dirigió entonces a la puerta principal. Estaba cerrada con
llave. Nos tranquilizó a mi madre y a mí diciendo que seguramente había
sido un sueño. Volvimos a la cama. El reloj marcaba las dos y media de
la madrugada.
A la mañana siguiente mi madre fue a la ciudad a visitar a Joseph.
Pero él ya no estaba allí; habían enviado su cuerpo al depósito de cadá-
veres en espera de que llegara el ataúd. Había muerto durante la noche, y
según la enfermera, la muerte había tenido lugar entre las dos y las tres

13
de la madrugada. Algún tiempo después mi padre llegó a la conclusión de
que ante mi madre había aparecido el alma de Joseph, al poco rato de su
muerte.

Yo tendría unos diez años cuando presencié una ceremonia de hechi-


cería; el oficiante era el vigilante nocturno de nuestra finca, que se sirvió
de un muñeco mágico para matar a un enemigo. El vigilante se llamaba
Moduku y celebró la ceremonia en su casa, una pequeña edificación que mi
padre había construido en un extremo de la finca, justo detrás de la granja.
Moduku, un hombre menudo y vigoroso a punto de cumplir los se-
senta años, era amigo mío. Durante el día lo veía poco, porque era cuan-
do él dormía. Pero yo escapaba por la ventana de mi cuarto para ir a verlo
tantas veces como podía, después de que mis padres se acostaran. Senta-
do con Moduku frente a la hoguera que encendía delante de la puerta de
su casita -sólo tenía una habitación-, escuchaba historias asombrosas so-
bre los animales salvajes, las costumbres de su tribu y las cicatrices que
cubrían su cuerpo, tantas que era imposible contarlas. Muchas de estas
cicatrices habían sido causadas por machetes mortíferos, en el curso de
luchas con enemigos tribales o personales.
-¡Cuéntame la historia de ésta! -dije un día, señalando la enorme ci-
catriz que cruzaba su pecho.
-El año pasado, una persona intentó matarme mientras dormía; con
un machete hendió las costillas y los pulmones.
¿Por qué no había muerto de esa herida?, quise saber.
-Nada puede matarme porque soy un hechicero con mucho poder;
¡sólo moriré el día que yo lo decida! -respondió-. Normalmente ajusto
las cuentas a quienes han intentado matarme; pero no ha sido así con el
hombre que me hizo esto —prosiguió, recorriendo la cicatriz con un dedo
al que faltaba la falange.
-¿Cómo haces para vengarte? ¿Los matas? ¿Luchas con ellos? -pre-
gunté.
—Oh, no. ¡Detesto las peleas! Utilizo... ¡la magia!
Pedí que me contara todo lo que se podía hacer empleando la magia,
y él aceptó. Llegué a pedirle que me enseñara a hacer magia, pero siem-
pre replicaba que para eso debía esperar a ser mayor.
Una mañana, a última hora, vino en mi busca donde yo estaba cazan-
do serpientes, que eran un estorbo porque se comían los huevos de la
granja y se alimentaban con los polluelos.
-¿Cómo es que no estás durmiendo? -pregunté, sorprendido de verle.
-He venido a decirte algo muy importante: el hombre que me hirió en
el pecho está aquí y vive muy cerca -dijo-. ¿Querrás ayudarme a saldar
las cuentas con él?

14
-¡Oh, sí! -contesté.
Ayudar a un amigo a consumar un acto de venganza me parecía, a esa
edad, lógico y normal; y me excitaba la idea de presenciar un rito de magia.
-Necesito un polluelo negro y vivo para esta noche. Cuento contigo.
Antes de que el encargado encerrara a las gallinas para pasar la no-
che, robé un polluelo y lo llevé a casa de Moduku. De paso pregunté si
podría ir más tarde a ver la ceremonia y respondió que sí.
Aquella noche apenas cené, y pareció que se retrasaba eternamente el
momento en que mis padres se iban a la cama. Por fin apagaron las luces
de su habitación, y yo pude salir camino de la casa de Moduku.
Dentro de la vivienda, llena de humo oscuro, Moduku, con la cara cu-
bierta de gotas de sudor, que reflejaban las llamas de la pequeña hoguera
encendida junto a él, tenía un aspecto feroz; estaba en cuclillas, rodeado
de las plumas y los restos sanguinolentos del polluelo. Al entrar yo, hizo
caso omiso de mi presencia y continuó emitiendo una salmodia apenas
audible. Estaba tan excitado y asustado que guardé silencio. Le vi hacer
un muñequito con trapos y hierbas; luego lo cubrió de plumas negras y
de sangre, que vertía con una calabaza. Entonces, prosiguiendo con sus
enigmáticos conjuros, prendió fuego al contenido de la calabaza y co-
menzó a fluir un humo espeso. Con la mirada fija en la calabaza, Modu-
ku empezó a desgranar un canto monótono e ininteligible.
Lentamente el humo adquirió un aspecto muy raro. Los colores co-
menzaron a formar grotescos rostros; no eran rostros humanos, ni de ani-
males o pájaros, pero desde luego eran rostros. Contemplé los rostros en
el humo mientras Moduku, sosteniendo el muñeco con una mano y tres
largas espinas con la otra, temblaba y repetía sin cesar palabras incom-
prensibles. Las gotas de sudor caían sobre el muñeco. De repente, clavó
las tres espinas a la vez en el cuerpo del muñeco, una en la cabeza, otra
en el corazón y otra en el ombligo. Moduku parecía ahora un ser exalta-
do y frenético, su cuerpo temblaba de pies a cabeza; yo me asusté y salí
corriendo. Cuando subía por la ventana para entrar de nuevo en mi cuar-
to, me faltó poco para caer. Tras pasar muchas horas en vela, el sueño
conciliado al fin, tuve bastantes pesadillas en las que aparecían los extra-
ños rostros que había visto en el humo.
A la mañana siguiente, muy temprano, me despertaron las voces y el
ruido de una multitud que se congregaba. Desde el mirador, vi a mi pa-
dre metiéndose en un camión con un grupo de nativos que parecían ate-
rrorizados. Cuando el camión hubo arrancado, pregunté a mi madre qué
sucedía. Respondió que volviera a la cama, pero esperé oculto a sus ojos
a que mi padre volviera.
A su vuelta, desde mi escondite pude oír todo lo que contaba a mi
madre. Con la voz afectada por la emoción, dijo que había visto muerto
al vigilante del cercano aserradero, muerto y completamente rígido pero

15
todavía en pie, apoyado contra la pared de su cabana. Entre los dedos del
vigilante quedaban las cenizas de un cigarrillo que había seguido consu-
miéndose después de su muerte. Según mi padre, el hombre llevaba
muerto por lo menos ocho horas. Añadió que, por lo que sabía, sólo un
rayo mata así, dejando a la víctima en pie. Pero como no había habido
truenos esa noche, prosiguió, la muerte del hombre tenía que haber sido
causada por hechicería. Sin embargo era bastante raro, porque todos los
nativos a quienes mi padre había interrogado dijeron que el vigilante no
había tenido tiempo de ganarse enemigos, ya que no hacía ni dos días que
la compañía del aserradero lo había contratado.
Corrí a casa de Moduku y la encontré vacía y limpia. Había desapa-
recido todo rastro de la ceremonia y tampoco había ningún mensaje para
mí. Moduku se había marchado con todas sus pertenencias personales.

Así crecí, tomando por natural todo lo que oía, aprendía y veía, como
las propiedades maravillosas de la piedra negra, el fantasma de Joseph y
los poderes misteriosos de Moduku, que conocía el secreto para matar
por medio de la hechicería. Pero cuando, a la muerte de mi padre, nos
trasladamos a Bélgica e ingresé en la universidad, me vi abocado a vivir
conforme a las realidades del mundo moderno y a luchar con las cons-
tricciones que imponía el racionalismo. Descubrí que dudaba de mi me-
moria. Cada vez que contaba a alguien estas historias de África, se oía
una carcajada a mi alrededor.
-¡Eres tan candido, Douchan! -decían.
He dedicado mi vida adulta a descubrir si lo que de niño aprendí, vi y
oi en África era real, y si era real, a qué realidad pertenecía. Quería saber
si volvería a ver rostros en el humo en cualquier otro lugar: los he visto.
Los vi en Haití, donde estuve cinco años estudiando el vudú. Los vi en el
desierto del Sahara, con los tuareg, y en los Andes con los chamanes. En
la convivencia con casi todos los pueblos que viven con arreglo a reali-
dades distintas de la nuestra, he podido ver, de una manera o de otra, ros-
tros en el humo.

16
1
Los pueblos de tradición
y la perspectiva moderna

Tendemos a pensar que los miembros de las tribus son seres primiti-
vos, pero yo prefiero llamarlos pueblos de tradición. Con este término me
refiero a todos los pueblos que viven siguiendo tradiciones seculares, en
lugar de moverse al ritmo que marca el siglo xx; no distingo entre los del
Tercer Mundo, los de países en desarrollo o los de las sociedades perte-
necientes al Cuarto Mundo. Todos ellos siguen fuera del mundo moderno.
Pensamos que los pueblos de tradición son retrógrados, ignorantes e
ingenuos; que actúan por instinto, carecen de inteligencia y creen en rea-
lidades falsas. Consideramos que sus costumbres son anticuadas, llenas
de contradicciones y de supersticiones de las que nosotros hemos sabido
escapar, gracias a lo que llamamos inteligencia civilizada. Ellos afirman
que se comunican con los invisibles y que utilizan poderes sobrenatura-
les mientras nosotros construimos ordenadores y naves espaciales.
Pese a ello, las supersticiones no han desaparecido de las civilizacio-
nes modernas. En nuestras sociedades, hay pueblos que creen en Dios,
en que Jesucristo es el Hijo de Dios y en el Espíritu Santo. Algunos creen
que la Virgen María concibió un hijo por acción directa del Espíritu San-
to, y que Jesús se levantó de entre los muertos. La fe judía y otras reli-
giones occidentales abundan en creencias igualmente imposibles. En Oc-
cidente hay cada vez hay más seguidores de las religiones orientales.
¿Son unos ingenuos? Nuestros científicos más famosos pertenecen a las
Iglesias, creen en Dios y cumplen los preceptos de las fes tradicionales.
¿Son supersticiosos?
Para mí, estas consideraciones sugieren que en realidad somos una
sola humanidad. Es posible que los pueblos de tradición carezcan de los
instrumentos y la tecnología del mundo occidental, pero fundamental-
mente tienen las mismas necesidades que nosotros: amar, crear una fa-
milia, creer en una fuerza superior y sobrevivir. Su manera de sentir, pen-

17
sar, relacionarse con la vida y con la muerte, difiere de la occidental por-
que tienen un modo de percibir la realidad que les es propio. La diversi-
dad de realidades es lo que nos separa de los pueblos de tradición y lo
que establece las diferencias culturales y religiosas entre las sociedades
del mundo moderno. Mucho más que las diferencias idiomáticas, la vi-
sión global de la realidad que un pueblo tiene es lo que regula su manera
de vestir, de comer, de creer y pensar, de razonar, sentir y comportarse.
Hay por lo menos un ámbito en el que, según mi opinión, los pueblos
de tradición están más avanzados que nosotros: los poderes de la mente.
El aspecto más asombroso y que mayor perplejidad me ha causado en to-
dos los años vividos con estos pueblos, es la cantidad de sucesos extra-
ños que he podido presenciar, enigmas que abarcan desde la adivinación
hasta la telepatía; desde hombres que vuelan o que atraviesan paredes, has-
ta curaciones milagrosas y muertes provocadas por magia; desde seres
humanos en trance poseídos por entidades, hasta personas que son capa-
ces de soportar -infligido por propia mano- el dolor más horroroso; des-
de hombres que dicen conversar con las divinidades, hasta la evidencia
de la vida después de la muerte. Con todo, lo más sorprendente es que, en
muchos de estos rituales y acontecimientos, la magia empleada funcio-
naba de verdad, independientemente de la clase de magia que los ofi-
ciantes aplicaran; al menos, así me lo parecía. A la mayoría de nosotros
nos resulta difícil aceptar cualquier acto rayano en el prodigio, ya sea de
fuerza, de resistencia o de voluntad; se trate de poderes psíquicos o so-
brenaturales, o del poder de la mente sobre la materia. Como occidenta-
les, hemos llegado a aceptar los dogmas de la ciencia: aquello que no
puede probarse de manera experimental, tiene que ser forzosamente fal-
so; aquello que no puede explicarse racionalmente, tiene que ser un arti-
ficio; aquello que no puede reproducirse en un laboratorio, tiene que ser
puro fraude.
Pese a ello, he conocido un mundo místico y a menudo aterrador, don-
de los seres humanos invocan los poderes de los espíritus. He conocido
gente que ha optado por emplear sus poderes -no por motivos económi-
cos o de avance tecnológico- en pos de la supervivencia cultural y espi-
ritual. He visto los efectos de las fuerzas extrañas y misteriosas que una
persona es capaz de utilizar para controlar su destino y conservar vivos
su identidad y sus sueños; sueños que todos tenemos, sueños de libertad,
de alcanzar un vínculo entre nosotros mismos, el universo y un dios. Es-
tos poderes proceden de la repetición de ceremonias cuyo origen se re-
monta a la Antigüedad; su eficacia es tal que ha asegurado la supervi-
vencia de distintas sociedades a lo largo de los siglos.
En el transcurso de los años, he reflexionado mucho sobre estos mis-
terios (algunos ya están recogidos en mi libro anterior, Explorador). Los
he analizado desde varias perspectivas y sigo llegando a la conclusión de

18
que tiene que haber algo de verdad en ellos. El hecho de que tales ritua-
les hayan sufrido un desarrollo tan similar en todo el mundo, debe otor-
garles una cierta validez. ¿Por qué razón inventa un pueblo una ceremo-
nia donde se desgarra el cuerpo con agujas o se suspende éste de unos
ganchos, sino porque verdaderamente cree que el ritual tendrá por resul-
tado la conexión espiritual con una verdad cósmica?
Jung trató brevemente una parte de estas cuestiones. Su análisis del
inconsciente colectivo parece sugerir que en nuestra mente guardamos
modelos de rituales mágico-religiosos y destrezas que vienen existiendo
desde que el hombre surgiera del caos cósmico. Por otro lado, yo había
leído los escritos de Joseph Campbell sobre la mitología -es decir, sobre
las historias que la humanidad se transmite generación tras generación-,
y me preguntaba qué verdad se ocultaba tras ellas. ¿Es posible que nues-
tros mitos denoten hechos que ocurrieron en realidad y poderes que cier-
tamente existieron?
¿Podría ser que los rituales practicados, aun hoy en día, por los pue-
blos de tradición, sean reflejo de los rituales que la humanidad celebraba
antiguamente en todo el planeta? Sabemos que la Navidad y el Hanukkah
se conmemoran en el mismo momento del año en que tenían lugar los an-
tiguos festivales paganos de invierno dedicados al dios sol, así como sa-
bemos que la Semana Santa y la Pascua de los hebreos coinciden en el
tiempo con los festivales paganos de primavera que también se celebra-
ban entonces. ¿Podría ser que algunos rituales de los que todavía practi-
can los pueblos de tradición, representen creencias básicas que en tiem-
pos fueron comunes a toda la humanidad, aun cuando en la actualidad no
existan en el seno de las sociedades modernas ceremonias que se corres-
pondan?
Por ejemplo, cuando bostezamos o abrimos la boca (con otro motivo
que no sea el de comer o hablar), acostumbramos poner la mano sobre la
boca, pensando en que lo hacemos por educación. También creemos que
los cosméticos, el esmalte de uñas, los pendientes, pulseras y anillos son
manifestaciones del placer que nuestra cultura siente por la belleza.
No obstante, sin saberlo, estamos reproduciendo rituales de origen
secular que reflejan la creencia de nuestros antepasados en los espíritus y
en las fuerzas invisibles que hay a nuestro alrededor. Nuestro comporta-
miento y la lógica de nuestro pensamiento, consciente o inconsciente-
mente, están todavía organizados en torno a mitos y verdades que con-
forman la base de la creencia. Tal como escribe Joseph Campbell en The
Power ofMyth: «La mitología es el canto del universo, la música de las
esferas; es la música que danzamos aun cuando no sepamos nombrarla».
Creo que parte de nuestros comportamientos pueden explicarse estu-
diando a los pueblos de tradición. Para ellos, llevar pendientes todavía se
inscribe dentro de un ritual mágico que impide a los espíritus maléficos

19
penetrar en el cuerpo humano a través de los orificios naturales de las
orejas. Al verse atraídos por algo que brilla, los espíritus malignos pre-
fieren entrar por los agujeros de los aros y evitar los oídos... hasta que se
pierden. Tal vez lo que pretendan algunas tribus, como los dayak de Bor-
neo, cuando ensanchan los lóbulos de las orejas, sea crear más condicio-
nes para que estos espíritus extravíen el camino. Lo mismo sucede, pro-
bablemente, con los aros de la nariz.
Además de tapar la boca con la mano, muchas tribus se aseguran pro-
tección permanente contra los malos espíritus coloreando y tatuándose los
labios, las encías o la barbilla. Algunas aplican color a los párpados para
protegerse de los poderes mentales, restringirlos o concentrarlos. Otras,
pintan de colores las uñas de manos y pies, las palmas, las plantas de los
pies; o llevan distintos tipos de peinado, y pulseras en manos y tobillos,
así como anillos para establecer y reforzar una frontera mágica entre las
extremidades del cuerpo visible y el mundo invisible que existe en de-
rredor.
Recientemente, los físicos cuánticos han confirmado que los líquidos
tienen memoria, que es posible que retengan información. Los pueblos
de tradición, como los dogon de África, saben de este fenómeno desde
los albores de su existencia y lo llaman memoria del agua. Para ellos, el
agua que han utilizado en un ritual conserva la magia de ese ritual; cual-
quier persona que posteriormente se sirva de ella, se beneficiará de los
efectos. ¿Existe alguna diferencia entre esto y el agua bendita consagra-
da por un sacerdote, que los católicos vierten en el bautismo o emplean
para hacer la señal de la cruz cuando entran en una iglesia?
Tiempo ha, también los chinos creían en la memoria de los líquidos.
Antes de beber, fijaban la mirada en la bebida para impregnarla con el po-
der del pensamiento y de los deseos. Al sonido de los vasos que los par-
ticipantes hacían entrechocar, se atribuía el poder de ahuyentar a los ma-
los espíritus que podían interferir en el buen desarrollo del ritual. De esta
antigua tradición china, nosotros hemos heredado la costumbre ritual de
brindar, acción que llevamos a cabo sin tener la menor noción de su po-
tencial mágico.
Los poderes misteriosos que tantas veces he visto actuar en curacio-
nes, trances, levitaciones y en hechos parecidos, podrían de igual mane-
ra ser exponentes de un conocimiento y unas capacidades que en tiempos
lejanos poseía la humanidad entera, ya fuera para tomar contacto con
fuerzas externas a nosotros, ya para hacer uso de poderes (psíquicos o de
otra índole) que aún están en nuestro interior.
Una posible explicación científica de la incapacidad del hombre mo-
derno para sacar partido de lo sobrenatural, podría residir en la teoría del
cerebro «trino», que postula que, a lo largo de la historia evolutiva, el ce-
rebro fue desarrollándose en diversas fases hasta llegar al cerebro huma-

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no, constituido en realidad por tres sistemas cerebrales distintos, cada
uno de ellos basado en el anterior. El doctor Paul McLean llama a estos
tres sistemas cerebrales principales el reptil, el viejo mamífero y el nuevo
mamífero; para Cari Sagan, el cerebro trino del hombre está compuesto
por un núcleo reptil interno, un núcleo límbico intermedio y el neocór-
tex. La capa inferior del cerebro, o parte reptil, conserva ciertos instintos
e impulsos primitivos, y a ella atribuye Sagan nuestras conductas más
primarias; en este ámbito engloba el sexo, la agresión y otros instintos,
como puede ser el hambre. Afirma también que el cerebro reptil es el que
prevalece en los estados del sueño. La capa intermedia o límbica es res-
ponsable de nuestros comportamientos emocionales. La capa superior
regula los comportamientos de tipo más intelectual y el pensamiento; en-
tre otras cosas, por consiguiente, el lenguaje.
En comparación con el mundo moderno, los pueblos de tradición pu-
dieran parecer atrasados, ignorantes, ingenuos, instintivos y carentes de
inteligencia porque, por las razones que sea, no utilizan la parte más evo-
lucionada del cerebro hasta el punto en que lo hacen las gentes del mun-
do moderno. En lugar de ello, confían más en aquellas partes del cerebro
que permiten el acceso a estados alterados de consciencia, como son los
del sueño. Mantienen un contacto más estrecho con los impulsos primi-
tivos del hombre y con la antigua capacidad para relacionarse con los es-
píritus y otras fuerzas cósmicas. Además, gracias a la meditación y a la
experiencia extática inducida por el trance hipnótico y la magia gesticu-
lar, los pueblos de tradición están sintonizados con un depósito cósmico
de energías, del mismo modo que lo están la sabiduría secular y el cono-
cimiento que, tal como indican algunas investigaciones científicas, con-
tiene el sistema humano cuerpo-mente en la memoria genética. Es así
como estos pueblos acceden a poderes que nosotros raramente emplea-
mos, y mucho menos llegamos a entender en todo su alcance con nuestra
mente civilizada consciente.
Es posible que el hombre moderno haya perdido la capacidad de ha-
cer lo que los pueblos de tradición pueden hacer porque ya no utiliza esos
sistemas cerebrales primitivos. ¿Sufrimos una atrofia cerebral? ¿La tec-
nología nos impide emplear esas partes del cerebro? Creo que ninguna de
las dos cosas es cierta. Pienso que tal vez, a medida que usamos cada vez
más la capa superior -es decir, las funciones racionales y lógicas-, des-
conectamos paulatinamente, por lo menos de manera temporal, los otros
dos sistemas cerebrales, que nos otorgan la capacidad de comunicar con
los demás de una forma más emocional, más psíquica, y que nos da pie a
hacer cosas que al principio parecen imposibles. Esto me lleva a pensar
que es nuestra cultura la que ha puesto el acento en lo racional, y en ello
desempeñan un papel estelar la religión y la ciencia.
Reprimiendo la sexualidad, las religiones civilizadas nos han forzado

21
a desconectar esas partes del cerebro que se ocupan directa e instintiva-
mente de la sexualidad. Siendo nuestros dogmas sólo aquellos que la
ciencia respalda -la ciencia para nosotros es la garante de la verdad-, nos
mantenemos en el marco racional de la capa superior del cerebro y re-
chazamos los sentimientos. Por tanto, tecnología y racionalismo nos im-
piden la expansión hacia otras realidades.
Pese a ello, incluso en las sociedades modernas hay personas que,
sean cuales sean las razones, parecen estar sintonizadas con facetas del
cerebro que les permiten llevar a cabo fenómenos paranormales. Tales
fenónemos -frecuentemente denominados psíquicos o psi- se refieren a
sucesos que no pueden ser explicados por las actuales leyes de la física o
de la psicología. Tal como observan Willis Marinan, presidente del Insti-
tute of Noetic Sciences, y Howard Rheingold en el libro del que ambos
son autores, Higher Creativity:

Desde principios de los años sesenta, ha ido incrementándose la


aceptación pública de que tales capacidades [paranormales] verdade-
ramente existen. Los departamentos de policía de varios continentes
han utilizado con frecuencia a los psíquicos para la resolución de crí-
menes. Los arqueólogos también han recabado la ayuda de éstos para
localizar el emplazamiento de lugares de enterramiento y de artefac-
tos. Las compañías mineras y petrolíferas se han servido de los clari-
videntes para encontrar sedimentos subterráneos. A ambos lados del
telón de acero, ha sido patente el interés por la aplicación militar que
los fenómenos psíquicos pudieran tener. En Estados Unidos, diversas
agencias militares y de inteligencia han patrocinado, apoyado y rea-
lizado investigaciones para delimitar las aplicaciones estratégicas de
estas capacidades.

El campo de las habilidades psíquicas se llama psi. El estudio cientí-


fico de los fenómenos psi, o psíquicos, se llama parapsicología o inves-
tigación psíquica. En Estados Unidos existen institutos parapsicológicos,
y hay departamentos de investigación psíquica en numerosas universi-
dades de todo el mundo. La Parapsychological Association, fundada
en 1957, fue admitida en la American Association for the Advancement
of Science en 1969.
Aunque los métodos que se aplican en los experimentos parapsicoló-
gicos están basados en estrictos principios científicos, los fenómenos psi
suelen ser motivo de controversia, porque aceptarlos significa revisar por
completo las actuales teorías científicas. Sin embargo, es posible que,
gracias al sesgo que va adquiriendo el campo de la física de la relatividad
y de las partículas subatómicas, la explicación de los fenómenos psi en-
cuentre acomodo en el marco científico. El extraño universo descrito por

22
estas áreas de la ciencia puede incluir fácilmente el concepto de una
consciencia capaz de traspasar el tiempo y el espacio. Harman y Rhein-
gold escriben que si los resultados de determinados estudios realizados
por el Stanford Research Institute (SRI) son ciertos,

la capacidad de saber lo que ocurre en un lugar que nunca se ha visi-


tado no es un don extraño, sino una destreza que puede aprenderse y
que está latente en todos nosotros. Este aprendizaje requiere funda-
mentalmente la eliminación de las creencias negativas inconscientes,
es decir, las que impiden creer en la posibilidad de ese don [...] Los
resultados de las investigaciones sobre psicocinesis, llevadas a cabo
[...] por organizaciones igualmente prestigiosas, son de todo punto
sobrecogedores. Uno de estos experimentos fue dirigido por Robert
Jahn, decano de Ingeniería y Ciencias Aplicadas de la Universidad de
Princeton [...] Tanto en las investigaciones del SRI [...] como en las
de Princeton [...], los descubrimientos indican que la sapiencia pe-
renne podría ser verdadera, que todos nosotros sabemos inconscien-
temente realizar este tipo de extraordinarias proezas. Tan sólo preci-
samos erradicar la creencia negativa que nos inhibe de llevarlas a
cabo. A la larga, cuando examinamos detenidamente la exigua evi-
dencia de la que disponemos hoy, parece que John Lilly estaba en lo
cierto al decir que no está claro que existan límites a las capacidades
de la mente humana, como no sean sobre todo las «creencias» relati-
vas a los límites de esa mente.

Sobre los fenómenos psi

Lo psi está constituido por una amplia gama de fenómenos que sue-
len estar interrelacionados. Aunque no resulta fácil clasificarlos, los fe-
nómenos psíquicos generalmente se dividen en tres clases principales, a
efectos de investigación: percepción extrasensorial (PES), psicocinesis
(PC) y fenómenos de supervivencia, esto es, de evidencia de vida des-
pués de la muerte.
La percepción extrasensorial tiene que ver con la información que
llega a la mente de un individuo desde fuera.
La psicocinesis se refiere al efecto que la mente de un individuo obra
sobre su entorno (algo que surge de la mente y afecta al exterior); a ve-
ces se denomina mente sobre materia. Aquí se incluyen la teleportación
(mover un objeto de un lugar a otro sin mediar contacto físico directo), la
producción a distancia de efectos termales o electromagnéticos, la levi-
tación, la proyección astral (la capacidad de abandonar el cuerpo físico e
ir a cualquier sitio), el fotopensamiento (plasmación de imágenes sobre

23
películas no impresionadas, mediante el pensamiento), la curación psí-
quica, y el caminar sobre fuego.
Los fenómenos de supervivencia hacen referencia a todos los hechos
que parecen estar provocados por el espíritu de los muertos o las entida-
des inmateriales. En este ámbito se engloban la canalización, la media-
ción espiritista, las sesiones de espiritismo, así como los poltergeist, los
encantamientos y otras apariciones fantasmagóricas. Más adelante trata-
remos estas dos últimas categorías. En este capítulo quisiera abordar so-
bre todo la PES.

Sobre la PES

La percepción extrasensorial podría definirse como la posesión de un


conocimiento sobre algo sin utilizar los cinco sentidos normales o la de-
ducción lógica: un sueño que resulta ser cierto; esa ocasión en que vas a
coger el teléfono para llamar a alguien y en el mismo momento suena por-
que esa persona ha decidido llamar de improviso. La frecuencia de estos
y otros sucesos puede conducirnos a pensar que debe haber alguna expli-
cación más allá de la mera coincidencia. Quizá hay algún aspecto de los
seres humanos que aún desconocemos, un vínculo entre nosotros y el uni-
verso que todavía no hemos identificado; algo que podría justificar tales
sucesos. Una gran parte de las tareas de investigación en parapsicología
tienen por objeto intentar aclarar cómo y por qué ocurren estos hechos.
Aunque no es fácil diferenciarlos, los fenómenos PES suelen clasifi-
carse en cuatro apartados: telepatía, clarividencia, precognición y retro-
cognición. También la visión de auras o campos luminosos alrededor de
una persona, y la localización de sustancias subterráneas, como el agua,
por medio de varitas adivinatorias.
La telepatía es la facultad de conectar con otros, sea cual sea la dis-
tancia. (Esta capacidad es muy común entre los tuareg del desierto del
Sahara.)
La clarividencia es la percepción de objetos ausentes, o de sucesos
que están ocurriendo en otro lugar. En sentido literal, este término signifi-
ca «ver claro», y se aplica a aquellas personas que ven psíquicamente. Las
impresiones de los clarividentes suelen ser en forma de retrato. (Edgar
Cayce, por ejemplo, era considerado un extraordinario clarividente.) Otros
psíquicos reciben impresiones en forma de palabras o mensajes habla-
dos, que solamente oyen ellos; en rigor, a esto se le llama clariaudiencia.
Los que perciben sensaciones que no son ni palabras ni retratos de los su-
cesos, poseen claripercepción.
La precognición es la percepción de los acontecimientos futuros. Su
historia arranca de los tiempos prebíblicos, cuando los oráculos y los

24
profetas interpretaban los sueños u otros presagios como descriptivos de
los hechos que acaecerían en el futuro.
La retrocognición es la percepción de acontecimientos pasados sin
que la persona tenga conocimiento previo de ellos. Un ejemplo de retro-
cognición sería el intuir algo que hubiera ocurrido a alguien cuando era
niño, sin antes haber tenido noticia alguna sobre el hecho.
La clarividencia y la precognición son objeto de experimentos en los
laboratorios de parapsicología. Las pruebas realizadas han dado algunos
resultados positivos, e indican que estos poderes pueden existir verdade-
ramente. Pero estos indicios plantean problemas filosóficos de bastante
envergadura. Si uno es capaz de ver el futuro, ¿significa entonces que el
futuro ya existe? ¿Se puede cambiar? ¿En qué afecta esto al concepto de
libre albedrío?

Sobre la adivinación

El campo de la parapsicología también reconoce que la capacidad de


adivinación pertenece al ámbito de la PES. Según el Webster 's New Co-
llegiate Dictionary, la adivinación es el arte o el acto de predecir el futu-
ro, o la búsqueda que persigue la revelación de un conocimiento oculto
con ayuda de los poderes sobrenaturales. Cuando uno piensa en la adivi-
nación, a la mente acude de forma inmediata la imagen de enigmáticas
gitanas que leen la palma de la mano o echan la buena ventura con las
cartas.
En el Cuarto Mundo y en otras culturas de tradición, la adivinación
se utiliza para predecir si las acciones que uno se propone llevar a cabo
merecerán la aprobación o desaprobación de los invisibles; es decir, si
estas acciones culminarán con el éxito o fracasarán. Principalmente em-
plean tres métodos:

• rituales para requerir el consejo de los invisibles sobre una decisión.


• meticulosa observación de la naturaleza para detectar señales que pue-
dan interpretarse como buenos o malos presagios.
• clarividencia y precognición; esto es, utilización de los poderes huma-
nos sin intervención espiritual o divina.

Augurios o rituales de adivinación

Los augurios, o rituales de adivinación, constituyen un tipo de cere-


monia específica que se lleva a cabo para determinar la respuesta que los
invisibles -dioses o espíritus— tienen reservada para quienes les consul-

25
tan. En nuestra propia cultura, tales rituales vienen precedidos de una
historia considerable. Por ejemplo, durante cientos de años los pueblos
de Grecia y de Asia Menor jamás osaron emprender proyectos de gran
envergadura sin consultar al Oráculo de Delfos, a quien Apolo daba las
respuestas (en el período clásico).
Casi todos los pueblos de tradición creen que los rituales de adivina-
ción son la vía más sencilla para implicar a los invisibles -espíritus, al-
mas de antepasados o divinidades— en su vida cotidiana. Estos rituales
responden a las preguntas o confirman las decisiones.
Los augurios son tarea del jefe espiritual, que emplea sus dones de
mediación para actuar de intermediario entre los invisibles y las perso-
nas, y que, aplicando diversos métodos, será el lector de los mensajes en-
viados por los invisibles.
Entre las muchas técnicas que los pueblos de tradición emplean, una
de las más extendidas es la de examinar órganos -hígados, vesículas y
otros— de animales sacrificados. En los Andes, los adivinos estudian la
posición de las hojas de coca una vez han caído. Las dos técnicas se uti-
lizan también para diagnosticar y curar enfermedades.

Presagios

En algunas ocasiones, las divinidades manifiestan su opinión sobre


las decisiones que están a punto de tomarse, sin necesidad de recurrir a un
ritual que las invoque. (El término latino augur se refería originalmente
al sacerdote encargado de observar ciertos signos que se consideraban
indicios de la voluntad de los dioses: rayos, truenos, el trazado en el vue-
lo de las aves, los cantos de los pájaros. El augurium era el arte de inter-
pretar los presagios.)
Es así como, antes de llevar a cabo cualquier acción, los pueblos de
tradición observan atentamente la naturaleza en busca de signos que pue-
dan interpretarse como buenos o malos presagios, y fijan su atención en
cosas tales como el movimiento espontáneo de las piedras cuando se
pasa junto a ellas, encuentros con determinados pájaros, serpientes o la-
gartos, o los particulares gritos de ciertos animales.

Clarividencia y precognición

Los métodos de clarividencia (emplearé este término tanto para la


clarividencia como para la precognición y la retrocognición) permiten a
una persona ver el pasado o el presente, o predecir el futuro, recurriendo
solamente a los poderes humanos, sin requerir intervención divina. Por

26
lo común, el clarividente busca un foco de atención o de concentración,
generalmente cosas, donde hacer la lectura de las respuestas. Entre los
objetos que leen están: la mano, los posos de café, las hojas de té, bolas
de cristal, naipes ordinarios o de tarot (cartomancia), arena, huesos, sal,
agua, tallos de aquilea o monedas (el I Ching), y las runas.

Sobre la curación psíquica

Toda sociedad humana posee profesionales de la medicina. Depen-


diendo de la cultura a la que pertenezcan, se llamarán médicos, sanado-
res, acupuntores, chamanes, curanderos, hechiceros, o cualquier otra
cosa. Todos ellos tienen teorías y modelos de cómo funciona el cuerpo,
cuáles son sus fallos y por qué, proveyéndose así de una base para el
diagnóstico y el tratamiento acorde con la tradición médica en la que tra-
bajan. (Una tradición médica es un conjunto coherente de nociones y
prácticas relativas a la salud, la enfermedad y la curación; la curación es
el proceso por el cual el cuerpo pasa de la enfermedad a un estado más
saludable; un sanador es aquel que trabaja para contribuir al proceso cu-
rativo; un diagnóstico es el proceso gracias al cual el sanador identifica
y clasifica una enfermedad conforme a la tradición médica que le es pro-
pia; un tratamiento es lo que el sanador hace para aliviar la enfermedad
y contribuir al proceso curativo.)
Mientras que una tradición médica puede ver la enfermedad como un
obstáculo para la circulación del flujo de la fuerza vital, y tratarla cla-
vando agujas en el cuerpo del paciente a fin de que el flujo circule libre-
mente, otra puede ver la enfermedad como la posesión del paciente por
un espíritu maligno y tratarla con alguna forma de exorcismo. Una tercera
tradición puede considerar que la enfermedad es consecuencia de un de-
sequilibrio de energías, y tratarla restituyendo la armonía interna del en-
fermo. Otra verá la misma enfermedad como si fuera una invasión de seres
hostiles y administrará veneno para destruir a los invasores; este último
es el enfoque que más se acerca a la medicina occidental contemporánea,
que llama a los invasores microbios y a los venenos antibióticos.
Se han escrito muchos tratados sobre la eficacia de las medicinas para-
lelas, es decir, sobre sistemas distintos del que comúnmente se practica
en este lado del mundo. Me refiero a la homeopatía, la acupuntura y otros.
Y con el advenimiento de la así llamada Nueva Era, son muchos los es-
critos que nos familiarizan con la curación psíquica y otras tradiciones
médicas basadas en el poder de la mente, en la interacción mente/cuerpo,
en el hecho de que la consciencia puede afectar a la materia, y en que la
enfermedad podría ser debida a un estado psicológico de la mente.
Pero lo cierto es que no estamos ante algo nuevo; la supuesta Nueva

27
Era tan sólo redescubre numerosas tradiciones médicas que se practica-
ban hace miles de años. Algunas de ellas han llegado hasta hoy gracias al
Cuarto Mundo y a otros pueblos de tradición.
Desde los albores de la especie humana, todas y cada una de las cul-
turas ha tenido una tradición médica. En Egipto, Sudamérica y otras par-
tes del mundo, se han encontrado cráneos que muestran vestigios de ha-
ber sido sometidos a cirugía ósea, realizada con enorme pericia hace miles
de años. En algunos huesos de estos cráneos era manifiesto que habían
empezado a sanar, prueba de que los pacientes habían sobrevivido quizá,
varios años. En otros cráneos era evidente que habían sufrido cuatro o más
operaciones. Para poder llevar a cabo estas operaciones sin el concurso
de la anestesia o los antibióticos modernos, estos antiguos cirujanos debie-
ron de estar en posesión de increíbles técnicas y conocimientos médicos.
Son muy pocas las tradiciones curativas que han desaparecido; en al-
gunos casos siguen vivas en los pueblos de tradición, y muchas han sido
revividas por otras culturas y enriquecidas con sus conocimientos. Entre
las que han sobrevivido a la historia, hay algunas que han reaparecido en
el mundo occidental. La homeopatía, por ejemplo, se remonta a las tra-
diciones médicas de los magos de Babilonia, los sabios de China y los
dioses sacerdotes de Egipto.
Hipócrates, el padre de la medicina, fue uno de los primeros en apre-
ciar el valor de este patrimonio. Alrededor del año 400 a. de C. escribía:
«Los contrarios sanan por medio de los contrarios», y «La enfermedad
está producida por los iguales y, por los iguales que ingiere, el paciente
pasa de la enfermedad a la salud; la fiebre se elimina con lo mismo que
la provoca, y la provoca lo mismo que la suprime; así, de dos formas
opuestas, se restablece la salud».
En pocas palabras, Hipócrates estableció de este modo los principios
de dos tradiciones médicas principales: la alopatía (del griego allos, que
significa «contrario»), que es nuestra medicina clásica, y la homeopatía
(del griego homoios, que significa «similar»). Hipócrates fue también
quien descubrió los efectos terapéuticos de la dieta y el ejercicio -ense-
ñaba el arte de comer y el arte de caminar, y trataba a sus pacientes con
dietas, ejercicio y hierbas, centrándose en los elementos del cuerpo hu-
mano que estaban desequilibrados- y quien afirmaba que muchas enfer-
medades están relacionadas con la columna vertebral. En 1875 el osteó-
pata estadounidense Andrew Taylor Still corroboraba que existía relación
entre la columna vertebral y algunos órganos, y entre las articulaciones y
los tejidos.
También concluyó: «Allí donde la sangre fluye normalmente, la en-
fermedad es incapaz de aparecer, ya que nuestra sangre tiene capacidad
para producir todos los principios útiles que aseguran la inmunidad natu-
ral y la lucha contra las enfermedades».

28
La tradición médica occidental es fiel reflejo de la separación entre
hombre y naturaleza, tan arraigada en la visión global propia del mundo
moderno. «Hoy en día, enfermedad no es igual a lo que le ocurre al hom-
bre en su conjunto, sino lo que les ocurre a sus órganos», escribía Stefan
Zweig en La curación por el espíritu. Con el avance en los campos de la
cirugía (es decir, el conocimiento del cuerpo), la bacteriología (el cono-
cimiento de las enfermedades) y la farmacología (el conocimiento de los
productos químicos que combaten las enfermedades), nuestra medicina
ha pasado a ser analítica. A los profesionales de la medicina occidental
les gusta pensar en la medicina como ciencia, y de ahí que establezcan
una separación rotunda entre el observador (médico) y el objeto de ob-
servación (paciente y enfermedad). El tratamiento es algo que el médico
hace al cuerpo del paciente. En la lucha entre médico y enfermedad, el
paciente queda reducido a mero espectador.
Sin embargo, aunque la medicina tradicional occidental no haya aban-
donado la curación química, negándose a admitir que los microbios in-
vasores podrían verse afectados por todo lo que afecta a nuestra vida, en
Estados Unidos empezamos a conocer un enfoque nuevo sobre el tema
de la curación. La influencia creciente de las culturas asiáticas y suda-
mericanas, muchas de las cuales reconocen la existencia de factores fi-
siológicos y psicológicos y admiten la importancia de su influencia en el
cuerpo, trae aires diversos y distintos a nuestra manera de ver el mundo
y las tradiciones médicas de otros pueblos; ahora se realiza un estudio sobre
las circunstancias vitales del paciente en vez de atacar frontalmente una
«enfermedad» en particular. Estos hechos han dado a luz un enfoque ecléc-
tico, a veces denominado medicina holística, que pretende nutrirse de di-
versas tradiciones médicas y combinar lo mejor de cada una de ellas. Una
de sus características más destacadas es la de resaltar y acentuar la res-
ponsabilidad personal que cada individuo tiene sobre su propia salud.
Dentro de este tipo de programas terapéuticos -muy conocidos por
obtener buenos resultados con pacientes de cáncer-, el doctor Cari Si-
monton, radiólogo y autor del libro Getting WellAgain, utiliza sobre todo
la técnica de la visualización junto con otras formas de terapia. Pide a los
pacientes que visualicen a su gusto y de manera simbólica el cáncer que
padecen, y el tratamiento que consideran capaz de atacarlo y destruirlo.
(Uno de los pacientes que llegó a sanar, vio el cáncer como una gran
masa parecida a una hamburguesa, y su tratamiento como a perros ham-
brientos que arrancaban trozos de esa masa y la devoraban.)
Este tipo de tratamiento no es algo que el sanador hace al cuerpo del
paciente, como es el caso de la cirugía o la radioterapia, sino algo que
el paciente hace por y para sí mismo, con el consejo y la orientación del
sanador. Para que sea eficaz, el paciente debe estar dispuesto a emplear
el tiempo y las energías necesarios.

29
Simonton ha descubierto que los pacientes que experimentaron me-
joría fueron aquellos que se dedicaron a la tarea con tesón y con actitud
positiva, mientras que quienes lo hicieron de manera esporádica y con in-
diferencia, apenas mejoraron.
He conocido de cerca muchas tradiciones médicas y diferentes técni-
cas curativas de todo el mundo. He visto con mis propios ojos la asom-
brosa curación de heridas infectadas, tumores, tuberculosis y otras dolen-
cias. Si unos sanadores utilizan hierbas y remedios similares para tratar a
sus pacientes, otros, como los hechiceros africanos, se sirven de la danza
y del canto. (Entre los bosquimanos !kung, por ejemplo, la curación tie-
ne lugar durante las danzas ceremoniales que hacen fluir el n 'um o ener-
gía curativa.) Los exorcismos -de la índole de los practicados por los sa-
cerdotes vudú- constituyen la tradición médica para aquellas culturas
que conceptúan la enfermedad en términos de la posesión del ser huma-
no por espíritus malignos, espíritus que desequilibran a las personas. La
visión de los pueblos que dan considerable importancia a la misión de las
deidades u otros espíritus en el funcionamiento del mundo, tiende a atri-
buir a estas deidades un papel protagonista en el proceso de curación.
Los sanadores por la fe reclaman la intervención divina en el proceso
curativo, mientras que los curanderos gitanos ponen su fe en el poder cura-
tivo de los sapos muertos.
Al examinar este campo, se encuentran ciertos rasgos superficiales,
así como estructuras más profundas, que parecen ser constantes en la
gran variedad de tradiciones médicas practicadas en el Cuarto Mundo,
pese a su diversidad cultural. El hilo común es que estas tradiciones se
basan en los conceptos de equilibrio y de flujo de energía, aunque varían
ostensiblemente los métodos empleados para reequilibrar el cuerpo. Para
algunas culturas, el flujo de energía es interno, forma parte del individuo;
para otras, es parte de la fuerza vital del universo, y fluye a través de todo
ininterrumpidamente.
La idea de que la salud está relacionada con algún tipo de energía o
fuerza vital que fluye a través de nosotros, podría parecer arcaica e inge-
nua, y sin embargo es una creencia que se repite en muchas culturas en
diferentes formas, aunque no pertenezcan al Cuarto Mundo. Si los ha-
waianos y otros polinesios llaman a esta energía mana, y los bosquima-
nos Ikung la llaman n'um, la perspectiva médica tradicional japonesa la
llama ki, los yoguis hindúes prana, y los rusos, que han llegado al con-
cepto gracias a la investigación parapsicológica en lugar de por tradición
cultural, la llaman bioplasma.
La tradición médica china, por ejemplo, ve el cuerpo como un siste-
ma de corrientes de energía que son extensión y reflejo de las corrientes
que los chinos observan en el universo; el mundo interior es el microcos-
mos, y reproduce la complejidad y variación del macrocosmos exterior.

30
Si el universo entero está sujeto a la ley del equilibrio, el hombre, que es
parte integral del cosmos igual que cualquier otro ser viviente, también
debe estar sometido a estas leyes. El ser humano toma la energía funda-
mental, la fuerza de vida, de dos fuentes: el cosmos (la energía Tsri, repre-
sentada por el yang); y la tierra (la energía Siue, representada por el yin).
Se piensa que la fuerza vital que permite al cuerpo funcionar, llamada
chi, circula por cincuenta y nueve sendas conocidas como meridianos (el
sistema hindú tiene setecientos) y debe conservarse en equilibrio por la
acción de dos fuerzas opuestas, yin y yang. Muchas civilizaciones en-
tienden la naturaleza en términos de fuerzas opuestas; para el Tao, el uni-
verso es la fluctuación de las actividades del yin y del yang. En los indi-
viduos sanos este flujo es uniforme, y mantiene el equilibrio entre la
fuerza receptiva femenina, yin, y la fuerza asertiva masculina, yang. Los
meridianos yin tienen que ver con órganos tales como el hígado, los rí-
ñones y el bazo, mientras que los meridianos yang se asocian al estóma-
go, la vesícula y los intestinos. La enfermedad es resultado y reflejo de
una desigualdad entre las fuerzas yin y yang, y se manifiesta como un de-
sequilibrio de chi en alguna zona del cuerpo.
Es posible corregir esta falta de equilibrio estimulando determinados
puntos en los meridianos -hay trescientos sesenta y cinco puntos de co-
nexión o de acupuntura- por medio de masaje digital, estimulación ma-
nual (acupresión), estimulación por calor (moxibustión), o inserción de
finas agujas (acupuntura). También se propicia el reequilibrio del siste-
ma con la administración de hierbas o infusiones de hierbas.
Todas las tradiciones curativas practicadas por los pueblos de tradi-
ción pueden dividirse en tres categorías básicas:

• curación natural por medio de plantas;


• curación por encauzamiento de las energías, o restablecimiento del
equilibrio energético;
• curación psíquica.

Cada categoría comprende diversas técnicas, y cabe la posibilidad de


que interactúen entre sí.
Pese a los resultados positivos que obtienen, la ciencia médica occi-
dental todavía rechaza las prácticas médicas de los pueblos de tradición.
Hablando desde un punto de vista médico, ¿esto es así porque los docto-
res del mundo moderno no alcanzan a comprender plenamente lo que
pasa durante el proceso de «curación mágica»? ¿Por qué nuestros profe-
sionales quieren ser los únicos que ostenten el monopolio de la curación,
dado que los estudios de medicina son largos y económicamente lesivos?
¿O es que sus reacciones vienen dictadas por la industria farmacéutica y
química, que perdería beneficios ingentes si los pacientes fueran tratados

31
con plantas o con poderes psíquicos? La planta que muchos pueblos de
tradición han utilizado para el control de natalidad, ya desde sus oríge-
nes, es tan eficaz como la pildora -esto puede demostrarse fácilmente-, pero
como es posible cultivar esta planta en el jardín, su consumo supondría
miles de millones en pérdidas a las empresas productoras de la pildora.
Muchos científicos afirman que las medicinas de tradición son su-
persticiones, ceremonias oficiadas por charlatanes que se valen de trucos
para aprovecharse de la ingenuidad de sus pacientes. Otros reconocen
que las medicinas de tradición podrían funcionar, pero no con nosotros.
Y algunos dicen que la curación mágica surte efecto por pura coinciden-
cia o en razón de procesos psicosomáticos. Son muy pocos los que se in-
clinan a creer en la realidad de las medicinas de tradición, pero perma-
necen en silencio, a la espera de tener información más detallada.
Desde luego no es cierto que todas las medicinas de tradición sean
fraudulentas. Sin embargo, en algunas ocasiones, está claro que ha habi-
do engaño en el proceso curativo. Algunos sanadores emplean trucos du-
rante las ceremonias porque o no tienen los poderes necesarios, o no po-
seen los conocimientos adecuados para utilizarlos. Numerosos sanadores
psíquicos filipinos, por ejemplo, han sido cogidos en falta: los órganos y
sangre que exhiben como si fueran del paciente, son en realidad órganos
y sangre de algún animal. Pero a pesar de ello, parece ser que consiguen
buenos resultados. ¿Condenaríamos la medicina occidental sólo porque
algún médico haya errado el diagnóstico o realizado operaciones innece-
sarias? Podríamos preguntarnos hasta qué punto influye en la curación
del paciente el poder del sanador filipino, y hasta qué punto la fe del pa-
ciente en el sanador. A lo mejor son las reacciones psicológicas y emo-
cionales del paciente al ver la sangre y los órganos que supuestamente
son suyos las que actúan en favor de la curación.
Algunos científicos afirman que las medicinas de tradición surten
efecto debido tan sólo a meras coincidencias o en razón de procesos psi-
cosomáticos. No obstante, el siguiente informe de un seminario sobre cu-
ración psíquica, en el que se trataron cuestiones de curación biotrónica,
bioenergoterapia y bioenergoterapéutica, contradice ambas conclusio-
nes. Organizado en septiembre de 1975 por el Comité de Cibernética
Aplicada de la Asociación Científico-Técnica Checoslovaca, el semina-
rio presentó este breve resumen, publicado en The Realms ofHealing por
Stanley Krippner y Alberto Villoldo:

Fue acordado definir la bioenergoterapia como la capacidad dt


un organismo para transmitir energía propia a otro organismo, a fir
de mejorar su estado psicosomático. Si nos basamos en las última
investigaciones soviéticas, probablemente este mecanismo sea el plas-
ma biológico. Puede suponerse, por tanto, que tiene lugar una inte-

32
racción entre los dos plasmas biológicos: el del bioenergoterapeuta y
el del paciente. La bioenergoterapia se fundamenta en el conoci-
miento de que el paciente tiene capacidad de regeneración automáti-
ca y de autorrestablecimiento, siempre y cuando no se excedan los lí-
mites impuestos por su estado. Cuando las reservas del paciente son
muy limitadas, la bioenergoterapia le procura una fuente adicional de
reservas, destinada a restituir el equilibrio del paciente, devolviendo
a éste la salud tanto a nivel objetivo como subjetivo. En consecuen-
cia, puede concebirse al bioenergoterapeuta como a un individuo ca-
paz de transferir energía con características terapéuticas a individuos
capaces de valerse de esta energía. Ya en 1956, en la URSS, hubo una
verificación de este tipo de procedimientos. Los resultados fueron
particularmente sorprendentes en el tratamiento de artritis, asma, po-
liomielitis, tuberculosis y, por supuesto, varias dolencias psicosomá-
ticas.

Los científicos • también han observado que en muchos casos un pa-


ciente puede recobrarse de la enfermedad al recibir un placebo en lugar
de medicación, porque cree estar recibiendo la medicación que le curará.
Se llama a esto efecto placebo. Sigmund Freud se dio cuenta del poder
del efecto placebo: «La expectativa teñida de esperanza y de fe es una
fuerza eficaz con la que hemos de contar [...] en todas nuestras tentativas
de tratamiento y cura». Por su parte, el doctor Ted Kaptchuck indicaba en
su libro The Healing Arts:

Debe también destacarse que cuando el placebo surte efecto, sur-


te el mismo efecto que la droga, es decir, produce verdaderos cam-
bios físicos en el cuerpo. No es sólo que el paciente crea que su úlce-
ra está mejor, es que la úlcera sana de verdad; no es que el artrítico
crea que puede caminar, es que la inflamación se reduce sin dejar lu-
gar a dudas. El efecto placebo alcanza virtualmente cualquier órgano
o sistema fisiológico del cuerpo. [...] No hay nada en la «farmacia
verde» o en la moderna batería de medicamentos que tenga un poder
y una versatilidad semejantes. Sería un error considerar el efecto pla-
cebo simplemente como ejemplo de fe o de poder de sugestión.

Existen muchas maneras de inducir el efecto placebo, y una de ellas


es, desde luego, instilando en el paciente confianza y fe en el sanador. El
sanador puede así conseguir milagros médicos, aun sin poseer poderes
curativos, gracias a este principio de autocuración. (Es la fe del creyente
en los predicadores la que otorga a algunos de ellos el poder de curar.)
Yo mismo he logrado hacer muchos milagros médicos a lo largo de
los años. Soy consciente de que, al no estar los pueblos de tradición acos-

33
tumbrados a ingerir medicación occidental, los efectos de una sola aspi-
rina o de una dosis de vitamina C pueden ser sorprendentes, incluso cuan-
do sufren enfermedades a las que nosotros sólo responderíamos con me-
dicaciones mucho más potentes. Pero la clave de mi éxito como sanador
era la fe que la gente ponía en mí. Daba igual lo que recetara; ellos sana-
ban porque creían en mi persona y en mis medicamentos.
Obtenía los resultados más rápidos cuando recetaba aspirina o vita-
mina C efervescente; a mis pacientes les parecían mágicas las pequeñas
burbujas que producía la tableta al disolverse. Además, cada vez que
daba una medicación, inventaba un ritual para ampliar su eficacia. Esto
no sólo aceleraba el proceso de curación, sino que me permitía dispensar
sustitutos cuando se agotaban las existencias de medicamentos.
La primera vez que me di cuenta de la fe que la gente ponía en mis
poderes curativos fue en el desierto del Sahara. Trajeron a casa, en cami-
lla, a un hombre inválido. Tenía las articulaciones tan inflamadas por la
artritis que no podía ni moverse. Pregunté qué le había ocurrido y expli-
có que era sirviente de un tuareg y que se había pasado la vida cavando
pozos y acequias para llevar agua e irrigar los campos. Llevé aparte a uno
de los camilleros y confesé no estar seguro de poder ser de ayuda para
aquel hombre. Contestó que el inválido había insistido mucho en que lo
llevaran ante mí, porque había oído hablar a otros tuareg de mis dones
curativos. Habían caminado cuatro días para llegar al campamento don-
de estaba yo. No quedaba más remedio que inventar un ritual a toda pri-
sa, y en su transcurso, apliqué arroz mojado sobre cada una de las articu-
laciones. Entonces dije:
—Ahora, ¡camina de vuelta a casa!
Jamás olvidaré la expresión de su cara y la gratitud que vi en sus ojos
cuando, por sí solo, pudo ponerse en pie y echar a andar lentamente.
Un fuerte sistema de creencias religiosas constituye también campo
abonado para los milagros, aunque sólo sean los debidos al efecto place-
bo. En Lourdes, en el lugar donde se dice que la Virgen María apareció
ante la niña de catorce años Bernadette Soubirous, en 1858, hay un ma-
nantial que tiene fama de ser milagroso. Después de investigar largamen-
te cada caso, hasta el mismo Vaticano ha admitido que se han producido
muchas curaciones milagrosas en el estanque formado por el manantial,
donde los enfermos se bañan cuando van en peregrinación anual a Lour-
des. Pese a estos hechos, el análisis bioquímico del agua demuestra que
no contiene nada especial.
Repleto de animales muertos y otras inmundicias, se dice que el río
Ganges, en la India, está muy polucionado y acarrea gérmenes y bacte-
rias de todo tipo a su paso por la ciudad de Benarés. No obstante, cada
año son millones los hindúes que se bañan en él y beben sus aguas. Y
hasta el día de hoy no existen pruebas de que un solo hindú haya sido

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contaminado por este río rebosante de gérmenes, porque para los creyen-
tes, el Ganges es sagrado, una diosa. Basta decir su nombre para que to-
dos los pecados cometidos en las dos vidas anteriores del creyente que-
den borrados.
Por la razón que sea, y sin reparar en las técnicas que aplican los sa-
nadores, la medicina de tradición tiene un valor definitivo y, en circuns-
tancias adecuadas, puede curar. No sabemos si lo psi desempeña aquí un
papel importante o limitado, si algunas tradiciones curativas hacen sanar
por algún proceso que aún desconocemos, o por activación de una parte
del cerebro que libera poderes autocurativos, o si es por inducción del
efecto placebo. Lo cierto es que la medicina de tradición puede curar.
Sin embargo, no existe tradición curativa, y la occidental no es ex-
cepción, que demuestre una clara superioridad sobre el espectro de las
enfermedades humanas. Y, pese a su diversidad y aparente incompatibi-
lidad, todas las tradiciones médicas surten efecto hasta cierto punto. To-
das parecen ser capaces de curar unas enfermedades e incapaces de curar
otras. Tal vez la razón resida en el hecho de que, ya que es uno mismo
quien crea las enfermedades propias, sólo uno puede verdaderamente cu-
rarlas. Los agentes externos -medicamentos o sanadores- pueden contri-
buir al proceso de curación y establecer las condiciones para que sea más
fácil recobrar la salud, pero la responsabilidad primordial recae sobre el
paciente. Y son las tradiciones curativas del Cuarto Mundo las que pare-
cen estar más y mejor dispuestas a reconocerlo.
Los estudios demuestran que nuestra actitud psicológica es causa de
muchas enfermedades. Los factores fisiológicos y psicológicos ejercen
una importante influencia en el cuerpo, y según el doctor Ted Kaptchuck:

Incluso los microbios invasores quedan afectados por todo lo que


afecta a nuestra vida. [...] Es más probable que una persona caiga en-
ferma después de haber pasado un período vital estresante; la enfer-
medad contraída estará en estrecha correlación con la gravedad del
estrés sufrido. Un estudio realizado en Gran Bretaña con 5.000 varo-
nes viudos, publicado en The Lancet en 1963, demostraba que la tasa
de enfermedades entre ellos había aumentado un 40 % en los seis me-
ses posteriores a la muerte de la esposa. [...] Una comisión médica
designada especialmente por el gobierno para investigar en Massa-
chusetts los factores que determinaban la supervivencia en caso de
enfermedad coronaria arterioesclerótica, concluyó que el factor más
importante no era ni el no fumar, ni la presión sanguínea normal, ni
los niveles bajos de colesterol, sino la «satisfacción laboral». El indi-
cador que seguía en importancia era el de «contento general». Otro
estudio, realizado durante nueve años con 4.700 hombres y mujeres
en el condado de Alameda, California, y publicado en el American

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Journal of Epidemiology, demostraba que las personas que carecían
de vínculos sociales y comunitarios tenían mayores probabilidades
de caer enfermas y morir.

Cari Jung apuntaba:

Una explicación adecuada o una palabra de consuelo dadas al pa-


ciente podrían tener un cierto efecto curativo que llegaría a influir in-
cluso en la secreciones glandulares. Las palabras del doctor «sola-
mente» son, con toda certeza, vibraciones en el aire, pero aun así
constituyen una serie especial de vibraciones que se corresponden con
un determinado estado psíquico del médico. Las palabras sólo son
eficaces en la medida en que transmiten un mensaje o tienen un sig-
nificado. Pero «significado» es algo mental o espiritual. Llamémoslo
ficción si queremos, y sin embargo, nos permite influir en el curso de
una enfermedad de manera mucho más eficaz que con las prepara-
ciones químicas.

En consecuencia, la medicina ideal para el mañana estaría basada en


la psicofisiología; los profesionales podrían escoger entre todas las tradi-
ciones médicas la que más se adaptara a cada uno de los pacientes. Re-
sulta gracioso observar que lo que podría ser la medicina del mañana
coincide con la que practicaba antiguamente Hipócrates en el mundo oc-
cidental.
Esta tradición curativa fue revivida por los árabes, quienes, más tar-
de, la llevaron a China y la India, donde recibe el nombre de Unani', Una-
ni significa «griego» en árabe. Y hoy en día, siglos más tarde, estamos
redescubriendo los principios de esta tradición. Retornamos a Hipócra-
tes, quien dijo: «No deberíamos sentir vergüenza por pedir en préstamo
a la gente aquello que puede valemos en el arte de la curación».

El almacén cósmico de verdad, sabiduría y conocimiento reside en


nuestro interior, y es igualmente nuestra la tarea de volver a conectar con
él, sirviéndonos otra vez de aquellas partes del cerebro donde venimos
conservando esas destrezas desde los mismos orígenes de nuestra histo-
ria evolutiva.
Muchos estamos experimentando un despertar hacia otros órdenes de
la realidad. No sabiendo adonde más recurrir, buscamos la respuesta en
la ciencia, pero la ciencia tiene límites. Y lo que la ciencia no sabe expli-
car, suele llamarse metafísica; de ahí a la teología hay un paso. Pero ya
hace mucho tiempo que las religiones convencionales del mundo occi-
dental dejaron de ser iniciadoras, metafísicas y metapsíquicas. Han aca-

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bado siendo dogmáticas y morales; han proscrito las verdades que podrían
arrojar alguna luz sobre la vida. Nuestra única solución estriba en retor-
nar a las culturas que todavía no han reprimido aquellas partes de su ser
en las que pueden hallarse estas verdades.
Con este libro pretendo explorar los secretos de muchos pueblos de
tradición que he conocido, y de muchas experiencias llenas de misterio
que han tomado cuerpo ante mis ojos. Espero poder dar alguna idea so-
bre dónde podría estar la verdad y sobre lo que estos misterios podrían
decir con respecto a los poderes humanos.
No poseo explicaciones racionales para justificar los fenómenos so-
brenaturales que he presenciado. De vez en cuando aportaré especula-
ciones personales como complemento a las explicaciones que en su mo-
mento me ofrecieron quienes protagonizaban los hechos. Tampoco tengo
intención de urgir al lector para que crea que los fenómenos psíquicos en
verdad existen, aunque sí espero que los escépticos reconsideren las ra-
zones por las que se niegan a admitir la existencia de fenómenos para-
normales.
Este libro pretende ayudar a aquellos que, a lo largo de mi relato, en-
contrarán medios para renovar su fe en los poderes del hombre y para im-
pulsar hacia fuera su consciente y su subconsciente. Porque, tal como es-
cribía Albert Hofmann, el químico suizo que descubrió el LSD: «Esta re-
novación podría llevar a renunciar a la filosofía materialista de la vida y
al desarrollo de una nueva conciencia de la realidad».

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La cosmología de los pueblos
de tradición

La humanidad se compone de muchas culturas diferentes, y cada una


posee su propia lógica, sistema de creencias y realidad. Cualquier cultu-
ra regula el sistema de pensamiento y raciocinio de la persona, filtra sus
emociones y sentimientos, influye en su manera de entender el mundo, y
por último determina su percepción de éste, creando así una realidad que
es característica de su cultura.
Incluso dentro de las culturas occidentales, existen vastas diferencias
en el modo de ver, entender y experimentar la misma realidad, y ya que
ver es creer, las creencias humanas están de acuerdo con lo que nuestras
respectivas culturas nos han enseñado a ver. Lo que los norteamericanos
creen en cuanto al amor, la muerte, el matrimonio, los hijos y otras cues-
tiones, suele ser bastante diferente de lo que podría creer un francés o un
alemán. La realidad de cada uno de estos aspectos daría lugar a muchas
realidades diferentes a medida que la lógica de cada cultura divergiera
del tronco común para seguir su propio camino.
Los mismos hechos reciben una interpretación distinta en el seno de
las distintas culturas, como ocurre en la típica historia de los tres hom-
bres ciegos que describen un elefante. El primer hombre ciego, que toca
la pata del elefante, cree que un elefante es algo parecido a un árbol; el
que toca la trompa cree que es como una serpiente, y el que toca el cos-
tado, como una pared.
Nuestra cultura filtra la información que recibimos y en última ins-
tancia determina lo que percibimos del mundo que nos rodea. Actúa al
modo de una lente, dándonos algunas imágenes bien enfocadas y dejan-
do otras borrosas. Si cambiamos de cultura, cambiamos nuestro modo de
percibir el mundo. Vivimos entonces en un mundo diferente, donde se
hacen posibles otro tipo de interacciones. Lo que nos parece imposible,
sigue siendo imposible mientras vivamos en el entorno cultural que ha

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formado nuestras percepciones. Así, cada cultura crea por igual sus pro-
pias limitaciones y sus posibilidades ilimitadas.
Otra manera de enfocar el problema de las realidades múltiples viene
de la mano de ciertas filosofías orientales, que sostienen que todo es una
ilusión. Si creemos en una ilusión -por ejemplo, que tenemos un cuerpo
de carne y hueso-, entonces es que de verdad tenemos un cuerpo de car-
ne y hueso. Las creencias hacen la realidad. En consecuencia, es fácil crear
otras realidades distintas en el seno de una realidad determinada, a fin de
encontrarnos más a gusto; para ello basta con creer en las ilusiones que
darán origen a las realidades deseadas. (Tal como el lector comprobará a
lo largo de este libro, muchas culturas de tradición, como los toradios de
las Célebes, se valen de este principio para originar realidades que dan
respuesta a sus necesidades.)
En este capítulo quisiera presentar al lector las diferentes modalida-
des lógicas que utilizan los pueblos de tradición. Sólo desde este punto
de partida podemos empezar a entender su comportamiento, y por ende,
las creencias que inspiran tantos de los misterios que me ha sido dado
presenciar. Aunque generalizar sobre las culturas tradicionales es tan di-
fícil como generalizar sobre las culturas occidentales, es de todo punto
importante esbozar, por lo menos, las creencias culturales que en esencia
comparten todos los pueblos de tradición.
Antes de dar ejemplos específicos, me permito presentar los princi-
pios básicos de los pueblos de tradición, todos los cuales comparten la
creencia en:

• la existencia de un dios principal que, en algunos casos, es el creador


de todas las cosas;
• la existencia de un mundo invisible donde vive la deidad principal, y al
que acompañan dioses y diosas menores, así como otras divinidades;
• la existencia de los invisibles, seres invisibles y espíritus que pueden
estar en activo en el mundo natural y visible;
• la existencia de almas humanas que sobreviven a la muerte;
• la existencia de lo mágico;
• los poderes de su jefe religioso o espiritual.

Todas estas creencias están interrelacionadas y conforman un sistema


interdependiente.

La existencia de un dios principal

Toda cultura de tradición, y de hecho toda sociedad humana, tiene


algo que podríamos llamar una religión. (El término religión se emplea

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aquí para abarcar una gran variedad de instituciones religiosas y sistemas
de creencia humanos, con tantas diferencias significativas como simili-
tudes hay entre ellos.) Pero los pueblos de tradición no viven la religión
de la misma manera que nosotros.
Dedicamos buena parte de la semana a la vida social, y -dependien-
do de nuestra religión- reservamos el viernes, el sábado o el domin-
go a la práctica de la religión (aunque posiblemente dediquemos más
tiempo a medida que nos hacemos mayores). Sin embargo, los pueblos
de tradición no establecen esta dicotomía entre vida social y vida reli-
giosa, ya que para ellos no existe separación entre lo profano y lo sa-
grado.
Gracias a rituales y costumbres, han hecho del mundo en el que viven
un lugar sagrado, mientras que el mundo exterior, fuera de su dominio,
queda como lugar profano. Para los pueblos de tradición, el mundo -al
que han sido enviados para pasar la vida física- es el caos. Convirtiendo
en sagrado el mundo donde viven, crean el orden a partir del caos, vin-
culándose así a la armonía cósmica. Todo lo que hacen en la vida coti-
diana -comer, dormir, hacer el amor, trabajar, cazar, criar hijos- es sa-
grado. Como dice el antropólogo Mircea Eliade: «Estar vivo es ser reli-
gioso».
Las religiones de los pueblos de tradición entran en dos amplias ca-
tegorías. Una es cierta forma de monoteísmo. Los mitos de la creación
presentes en algunas culturas hablan de un solo dios que fue creador del
universo entero, y este dios creador es la deidad principal de su panteón
religioso, que puede albergar también a otros dioses de menor rango, di-
vinidades, ángeles, espíritus y similares.
Según otras culturas, el universo fue creado por alguien o algo que no
era un dios. Por ejemplo, si hacemos caso de los mitos de la creación en-
tre los apayaos de Filipinas, los dayak de Borneo y la mayor parte de las
tribus asiáticas, el universo comenzó con la unión sexual de dos entida-
des cósmicas. De este acto surgieron dos mundos: el de arriba -invisible,
representado por un dios y sus lugartenientes-, y el de abajo, que es visi-
ble y está representado por otro dios y sus subordinados. Tras la creación
tuvo lugar una guerra entre los dos mundos. Aunque eran inmortales, los
lugartenientes de los dos grupos divinos se mataron entre sí. Su muerte
simbolizaba el fin de la inmortalidad. Y al morir, dieron a luz al hombre
y a su universo, que es todo lo que nos rodea. Con esta nueva creación
-los seres humanos- ambos dioses encontraron la unidad, una concordia
y un equilibrio nuevos o renovados, y con frecuencia los dos se conver-
tían en un solo dios. En esta segunda categoría las religiones representan
la unificación del monoteísmo y el politeísmo.

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La existencia de un mundo invisible

Aunque pueden encontrarse variaciones de una cultura a otra, los pue-


blos de tradición creen en la existencia de un mundo invisible que suele
recibir el nombre de mundo primordial. Este mundo invisible se remon-
ta a la misma creación del universo, y es tan viejo como él.
Para algunas culturas, el mundo invisible es el que está en lo alto;
para otras, está alrededor de nosotros. A veces este mundo primordial
guarda correspondencia con el Jardín del Edén.
En muchas culturas existen equivalentes del mito del Jardín del Edén;
hablan de seres humanos que originalmente vivían en el mundo primordial.
Según de qué cultura se trate, este Edén no estaba ubicado en la Tierra. Para
los dayak de Borneo, los toradios de las Célebes y la mayoría de las tribus
asiáticas, tal Edén es la constelación de las Pléyades; para muchas tri-
bus africanas es Sirio, antes Canícula; para los dogon de África es Sirio B, una
estrella diminuta que gravita alrededor de Sirio y no fue descubierta has-
ta 1844; para algunas tribus de indios norteamericanos, se trata de Venus.
Después, por diversas razones, los hombres fueron enviados a la Tie-
rra para que vivieran una vida física. Pero tras la muerte, las almas retor-
nan al mundo primordial.

La existencia de los invisibles

Es en este mundo invisible donde habita el dios principal con toda la


cohorte de invisibles que él gobierna: dioses y diosas menores (a los que
a veces llaman divinidades), héroes de la mitología que han pasado a ser
divinos, antepasados (la familia propia) y otras almas de fallecidos, ade-
más de diversas entidades invisibles.
Algunos dioses y diosas menores simbolizan materias cósmicas o adop-
tan formas astrológicas -el sol, la luna, los planetas-, o bien representan
símbolos temporales, como el día y la noche, o arquetipos como el amor
y la guerra. En otros casos son una representación de elementos y fenó-
menos naturales: agua, fuego, lluvia, viento, trueno, rayo... Para ciertas
culturas, algunas divinidades son energías que han sido divinizadas; es lo
que ocurre con los loas de la religión vudú.
Otras culturas consideran que los habitantes del mundo invisible tie-
nen las mismas necesidades y pasiones que los seres terrenales. Y para
algunas, los invisibles pueden materializarse. Pero todos los pueblos de
tradición coinciden en que los invisibles pueden ocupar el mundo visible
de los vivientes. Estos invisibles podrían ser almas o energías divinas
que animan y habitan la materia, espíritus bondadosos o malignos, y
otras entidades sobrenaturales.

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Aunque con las lógicas diferencias entre culturas, los pueblos de tra-
dición creen que todos los elementos de la naturaleza están vivos; hasta
el trocito de materia más pequeño tiene vida. Cada uno de ellos posee
identidad personal y emociones que no están libres de influencia. Los an-
tropólogos llaman animismo a la creencia de que el mundo está vivo (en
latín, anima, que significa «alma» o «aquello que anima, que da vida»).
Muchas personas atribuyen a los árboles, montañas, ríos y a todo en
general la presencia de un alma o un espíritu que genera la energía de la
vida. Para algunas culturas, la materia no tiene alma propia, sino que está
animada por energías disociadas. Unas cuantas creen que todo elemento
de la naturaleza está habitado por las almas de los antepasados. Pero el
trasfondo es siempre el mismo: cualquiera que sea su origen, estas almas,
energías disociadas o espíritus ancestrales pueden ser objeto de culto y es
posible recabar su ayuda; las gentes deben entrar en tratos con los invisi-
bles cada vez que dañan algún elemento del mundo natural, ya que son
ellos quienes mantienen la armonía cósmica de la naturaleza. Un esqui-
mal iglulik lo contó así a Knud Rasmussen, explorador del Ártico:

El mayor peligro de la vida reside en el hecho de que el alimento


humano está exclusivamente compuesto por almas. Todas las criatu-
ras que hemos de matar para comer, todas aquellas que debemos aba-
tir y destruir para hacernos ropas, tienen alma, alma que no sucumbe
junto con el cuerpo y que en consecuencia debe ser [apaciguada], no
sea que se vengue de nosotros por apropiamos de su cuerpo.

Los dayak, que viven en las selvas de Borneo, llevan a cabo un ritual
de caza que es característico: tras una persecución que puede durar va-
rios días, el cazador dayak sólo disparará a su presa cuando entre los dos
se haya establecido contacto visual. (Desde luego, el cazador corre el
riesgo de que el animal huya, pero es así como rinde honores a su presa.)
Entonces, y sólo entonces, se permite disparar la flecha o el dardo enve-
nenado. Y mientras el veneno destruye lentamente el sistema nervioso
del animal herido, el cazador invoca su espíritu, que está vinculado con
su propio sistema de divinidades, y le explica las razones de haberle dado
muerte, al tiempo que recita unas plegarias. Luego, cuando el animal cae,
ya a punto de morir, el cazador le abraza, le acaricia y le besa pidiendo
perdón e implorando que ese acto de destrucción no perturbe la armonía
que reina entre los hombres, la naturaleza y los dioses.
Ningún miembro de la tribu papua de los asmat, en Nueva Guinea,
puede talar una palmera sagú sin que medie una ceremonia. Los miem-
bros de la tribu se colocan de pie frente al árbol que se proponen derribar,
mientras el chamán golpea suavemente el tronco con un palo a fin de des-
pertar al espíritu del árbol, y recita unas invocaciones que imploran su

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perdón. Entonces hace un pequeño agujero en el tronco para que el espí-
ritu pueda abandonar el árbol por allí. Sólo cortarán la palmera cuando el
chamán sepa que el espíritu ha salido; después la vacían de médula y lle-
van ésta al poblado para hacer harina. Para los asmat la palmera sagú es
el árbol de la vida, ya que en el interior de la médula viven las larvas del
coleóptero llamado Capricornio.
Pero lo cierto es que la razón de que los asmat veneren la palmera
sagú no estriba sólo en que es fuente de alimento. La palabra asmat sig-
nifica «nosotros, los hombres árbol»; ellos se identifican con árboles de
todas clases. Según su mito de la creación, es el primitivo árbol de la vida
lo que dio origen a la nación asmat. Las mujeres asmat se identifican di-
rectamente con la palmera sagú porque, tal como dice un refrán asmat:
«La vida llega del interior de la mujer, igual que la harina viene del inte-
rior de la sagú; las dos hacen posible que nuestra tribu perviva».
El no realizar un ritual que vaya encaminado a mantener la armonía
puede acarrear serios problemas. Los espíritus de los árboles, de los ani-
males o de cualquier otro integrante de la naturaleza, por lo común pací-
ficos, pueden también convertirse en una amenaza para los vivientes;
ahora bien, aquellos que hacen el mal se tornan inocuos si los vivientes les
respetan o saben protegerse bien. Esta naturaleza dual de los espíritus se
refleja en la población de los invisibles que, en muchas culturas, envuel-
ve a los vivientes.
En el vudú se encuentra un ejemplo de esta dualidad bien/mal.
Aunque algunos espíritus vudú, o loas, están más inclinados que
otros a hacer el mal, generalmente los loas no son en sí ni buenos ni ma-
los, pero en cambio pueden utilizarse para ejercer bondad o maldad. En
la religión vudú, sin embargo, los loas jamás sirven para hacer el mal. Un
sacerdote vudú me dijo: «Solamente entrarán en contacto con nosotros
los loas que representan las buenas energías, porque nuestra mente crea
vibraciones positivas». Existen muchas otras sectas paralelas al vudú,
todas ellas en tratos con la hechicería, que se sirven de los loas para ob-
tener beneficios personales en el mundo visible y para hacer el mal, no
para establecer comunicación con lo sagrado.
Los tuareg del Sahara también creen en espíritus malignos. Para ellos,
los djenouns -trasgos que viven en los árboles, las montañas y los pozos—
tienen entre otras cosas la culpa de que los viajeros pierdan el camino.
También creen en fantasmas que embrujan las laderas de las dunas, y en
el maléfico espíritu Efrit, que echa el mal de ojo. Los Kel es Souf son ge-
niecillos que viven en el fondo de los barrancos y dentro de las cuevas;
son invisibles durante el día pero se materializan por la noche, general-
mente tomando apariencia de mujer. Ellos hacen los ecos y los remolinos
de viento; además, hacen fluir los ríos secos. Pero también juegan malas
pasadas, como por ejemplo dejar caer piedras sobre los viajeros.

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La existencia de almas humanas

Todas las culturas de tradición creen que cada ser humano posee un
alma que sobrevive a la muerte del cuerpo. Se celebran rituales funera-
rios a la muerte del individuo, pero también se celebran de otra índole, a
veces mucho tiempo después de la muerte física. Estos rituales pretenden
facilitar la separación de alma y cuerpo —se cree que ningún alma desea
abandonar el mundo de los vivos- y ayudar al alma en el peligroso viaje
hacia la otra vida, donde se unirá a los antepasados y a las divinidades
que habitan en el mundo primordial.
El creer en la existencia de almas humanas es lo que ha dado pie a la
idea de que las almas pueden ser dominadas por medio de rituales espe-
cíficos. Un ejemplo de esta lógica cultural se halla en la práctica de la
caza de cabezas, ritual que aún es moneda común en muchas zonas del
planeta, entre ellas Borneo, Sumatra, Nueva Guinea, Filipinas, Birmania,
el noreste de la India, las regiones montañosas del sudeste asiático, la
cuenca del Amazonas y varios países del África negra.
Nosotros, las gentes de las sociedades civilizadas, hemos dado buena
muestra de nuestra ilimitada capacidad para cometer atrocidades; no obs-
tante, sentimos enorme repulsión por la caza de cabezas (y por el caniba-
lismo o cualquier otra forma de sacrificio humano), y eso nos impide
adoptar una actitud comprensiva con respecto al fenómeno. Es distinto
verlo en el seno de las culturas que prosiguen con estas prácticas; enton-
ces no podríamos considerarlas salvajes, es la misma lógica de estas cul-
turas la que propicia tales acciones. Cualquiera que sea la razón aparente
-ritos de pasaje, venganza, disputas entre dos clanes enemigos, la nece-
sidad de expresar valores guerreros-, la caza de cabezas siempre ha teni-
do componentes mágicos y religiosos.
Se trata de un ritual cuyo principal propósito es el de someter el alma del
enemigo. Cuando un hombre de una tribu ataca al enemigo —jamás es de su
misma tribu-, la víctima es decapitada estando todavía viva; si no fuera así,
el alma escaparía. Entonces, tapa la cabeza con cenizas, que se cree que son
un envoltorio mágico, y así impide al alma abandonar el cráneo, en tanto no
se celebran los rituales concretos que apresan definitivamente al alma den-
tro del cráneo. Quedándose con la cabeza de la víctima, el cazador se con-
vierte en el guardián de esta alma, y es entonces cuando por medios má-
gicos traspasa hacia sí mismo todas las virtudes y las energías de su ene-
migo. Tiene poder sobre el alma, que protegerá del mal tanto a él como a
su familia y su clan. A cambio de ello, el cazador de cabezas promete so-
lemnemente venerar y cuidar el cráneo, adornándolo con flores y ofrecién-
dole alimentos para nutrir al espíritu viviente que está dentro. Cazar cabezas
es también, por tanto, un modo de multiplicar las capacidades del guerre-
ro. Cuantas más cabezas acumula, más energías espirituales adquiere.

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En algunas culturas, las almas capturadas no son las de los enemigos,
sino las de los propios antepasados. Por ejemplo, aunque los cráneos que
los cazadores de cabezas asmat utilizan en las ceremonias de iniciación
son los de sus enemigos, siempre hay también cráneos de parientes varo-
nes para que les brinden protección personal. Cuando el padre de familia
se hace demasiado viejo para gobernarla, es enviado a un poblado ami-
go; allí será alimentado, decapitado y comido. Los moradores del pobla-
do amigo devolverán más tarde el cráneo a los parientes, para que éstos
puedan tener su alma en casa. Entonces el hijo mayor puede ya hacerse
cargo de la familia. Desacatar esta tradición provocaría la ira de los di-
funtos y privaría a los vivientes de un valioso aliado.
Para los asmat, el cráneo del familiar protege a su poseedor del mal y
de los espíritus malévolos. Lo defiende del peligro en el mundo visible,
sobre todo durante el sueño, porque es entonces cuando la consciencia
deja a la mente indefensa frente a las maldiciones. También constituye
una manera de comunicarse durante el sueño con el pariente muerto, a fin
de recibir su sabiduría. Cuando un asmat parte para una cacería de cabe-
zas o un viaje peligroso, lleva el cráneo colgado alrededor del cuello.
Ya que es difícil para el cazador de cabezas desenvolverse bien con el
engorroso trofeo, en especial a la hora de cazar o de luchar, algunos lle-
van puesto algo que lo representa de manera simbólica y que está mági-
camente vinculado con las cabezas que tienen colgadas en casa. Por ejem-
plo, algunos dayak llevan colmillos de jabalí en las perforaciones de las
orejas o en los collares. Con el mismo propósito, del cuello de los papuas
y de los naga de la India cuelgan colmillos de jabalí verrugoso, que tam-
bién llevan en los brazaletes.
En otros lugares de África, Asia y Sudamérica, las cabezas cortadas
encuentran su representación en las conchas marinas o en pequeñas se-
millas rojas, pieles de animales salvajes o de gatos, placas de oro, o plu-
mas puestas en el pelo. En algunas tribus la pintura del cuerpo o el tatua-
je indican que son poseedoras de cabezas humanas. (Los iban de Borneo
llevan pequeños tatuajes en dedos y manos, representando cada línea o
dibujo una cabeza humana.) Los jívaros y los mundurucú, de la selva del
Amazonas, han encontrado una manera más cómoda de llevar consigo
las almas de las víctimas: reducen el tamaño de las cabezas.
El cuero cabelludo es todavía más ligero que la cabeza miniaturiza-
da. Para los maoríes de Nueva Zelanda y para algunos indios norteame-
ricanos nativos, las madejas de pelo o el cuero cabelludo son trofeos que
simbolizan la cabeza entera.
Hay otras tribus que, en sustitución de la cabeza cortada, guardan
ciertas partes del cuerpo de las víctimas: la mandíbula, huesos, dientes,
manos, orejas, nariz, labios, barba o testículos. (Los danakil de Etiopía
llevan alrededor del cuello los testículos resecos de sus víctimas.)

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La caza de cabezas, lo mismo que el canibalismo ritual, simboliza el
sacrificio humano, que tiene por objeto apropiarse de los poderes, virtu-
des, valor y fuerza de la víctima. A lo largo de la historia humana, todas
las culturas han llevado a cabo sacrificios humanos de una manera u otra;
en la actualidad, quedan aún muchos países donde todavía se practica.
Afortunadamente, sin embargo, la mayoría de las tribus han sustituido el
sacrificio de un ser humano por el de un animal.
El sacrificio humano -o su sustituto- refleja facetas de diversos mi-
tos de la creación y sirve para marcar nuevos comienzos en la vida. En
estos mitos, siempre es la muerte de un dios la que da vida al género hu-
mano. La muerte del dios pone fin a la inmortalidad, dando así paso a la
mortalidad humana. Una cosa no puede empezar partiendo de la nada;
antes hay que poner fin a la nada. En consecuencia, para que algo pueda
empezar ha de ir precedido de una muerte, de una matanza.
En la vida cotidiana, este mito dice a sus seguidores que empezar
algo nuevo, y especialmente algo que no entra en el ámbito de la vida
diaria, requiere una muerte. Por lo tanto, cuando un ser humano quiere
crear algo, primero debe llevar a cabo un acto mortal, es decir, debe dar
muerte a un hombre. Al sacrificar a un ser humano, el ejecutor se con-
vierte en un dios que mata a otro dios. ¡Esto se llama vivir el mito!
En la cristiandad conocemos una simbología similar: sólo con la
muerte de una divinidad -Jesús, el Hijo de Dios- puede el hombre sal-
varse y renacer.
Además, dar muerte a los humanos o a los animales se considera ri-
tual de fertilidad, ya que propicia cualquier nuevo comienzo por su víncu-
lo simbólico con la sangre. La idea de que la sangre da paso a la creación
está relacionada con la creencia de que una mujer es capaz de engendrar
vida porque puede menstruar. En consecuencia, el derramamiento de
sangre propicia la creación de algo nuevo.
Entre las tribus de cazadores de cabezas, la caza es símbolo del sa-
crificio humano, y acostumbra practicarse para marcar los acontecimien-
tos importantes de la vida de un individuo o de todo un pueblo: muertes,
bodas y otros ritos de pasaje, la construcción de una casa nueva o de una
canoa, la plantación de un campo de arroz, la recolección de las cosechas
o las grandes partidas de caza.
Por ejemplo, cuando los iban erigen una casa, cavan hoyos de gran
profundidad para colocar pesados troncos de árbol que soporten la es-
tructura de la construcción. En tiempos pasados, cuando izaban el primer
poste, primero metían en el hoyo a una mujer viva, que moría aplastada
al introducir el tronco. Por lo común, se trataba de una esclava que ha-
bían capturado en un poblado enemigo.
La última vez que oí hablar de un caso de sacrificio humano fue en
los años setenta, durante mi estancia en Sarawak, la región malaya de

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Borneo. Mi informante -un malayo educado en la Universidad de Kuala
Lumpur- dirigía por entonces la construcción de un puente sobre un río,
por encargo de una empresa constructora que el gobierno había contrata-
do. Me contó que estaba al frente de un grupo de trabajadores de la tribu
iban. Estos hombres se negaban a comenzar la obra en tanto no pudieran
consagrar el lugar. Aunque habían abandonado la práctica de la caza de
cabezas mucho tiempo atrás y ya estaban integrados en el mundo moder-
no, su mentalidad seguía rigiéndose por la necesidad de perpetuar anti-
quísimos rituales.
Es fácil imaginar la sorpresa de mi amigo cuando el encargado de los
más de cien trabajadores exigió la celebración de un sacrificio humano
para acceder a empezar la obra. Eran excelentes trabajadores y no quería
prescindir de ellos, de modo que trató de hacerles entrar en razón. No hubo
manera.
-Tender un puente sobre el agua no es lo mismo que construir cual-
quier otra cosa -decía el encargado-. Construir un puente es abrir paso
entre un mundo y otro. ¡Si no hacemos el ritual necesario, suscitaremos
la ira de los espíritus y nuestras vidas correrán peligro!
(La idea de abrir paso entre dos mundos -el visible y el invisible- es
un concepto que perdura en la tradición espiritual. Al papa se le llama
Sumo Pontífice, que viene del latín pontifex y significa «constructor de
puentes».)
-¿Qué necesitan para ello? -preguntó mi amigo malayo.
-Hay que hacer un sacrificio humano y enterrar la cabeza bajo el pri-
mer poste que haya de sostener la estructura -respondió el trabajador.
Cuando el ingeniero informó del asunto a la empresa, sólo recibió
una respuesta:
-Haga lo que quiera, pero el puente debe estar acabado a tiempo. De
lo contrario perderemos el trabajo.
En la siguiente reunión con el encargado, el ingeniero propuso que
para la ceremonia emplearan un cráneo humano en lugar de la cabeza,
como modo de evitar la muerte de una persona. Fue en vano. Entretanto,
la empresa había empezado a presionarle insinuando que no tardarían en
despedirle.
Una vez más intentó que los trabajadores cambiaran de parecer, pero
fue inútil. Jamás me dijo cómo lo consiguió, pero una noche se las com-
puso para sacar de la cárcel a un hombre sentenciado a muerte. Esa mis-
ma noche, los iban cumplieron con su ritual. A la mañana siguiente ha-
bía comenzado la construcción del puente.

El sacrificio también tiene otro significado. Igual que la ofrenda de


ropas, alimentos o bebidas, pretende transformar lo visible en invisible

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para que los habitantes del mundo de los invisibles puedan gozar de ello.
El hecho de sacrificar u ofrendar libera la esencia o el cuerpo astral, el ni-
vel de existencia de lo que se ofrece, la parte de las cosas que anima la
materia. Sin esta esencia, la materia deja de existir. Se da por sentado que
si la esencia de algo es enviada en forma de alimento, los invisibles se
alimentarán con ella. Del mismo modo, se vestirán con el vestido ofren-
dado o serán acompañados por el animal sacrificado.

La existencia de la magia

Los pueblos del Cuarto Mundo creen en la magia, igual que la gran
mayoría de las poblaciones del Tercer Mundo, e incluso muchas de las
que viven en países más desarrollados.
Según el Random Home Calle ge Dictionary, la magia es un arte que
se vale de alguna fuerza oculta de la naturaleza. El ocultismo es la doc-
trina o estudio de lo sobrenatural, lo mágico y otras materias similares.
Pero la palabra ocultismo es un término que acuñó en el siglo xix el mago
Eliphas Levi. El término se refiere al esoterismo, aunque desprovisto de
sus características sagradas. Uno debe familiarizarse con el esoterismo
para comprender la teoría sobre la que se basa la magia, y para entender
que la magia, en buena medida, puede ser una realidad que obedezca a
los principios de antiguas ciencias. (Debo mucho a la obra de Michel Mi-
rabail, Les 50 mots clefs de l'ésotérisme, por las definiciones de esoteris-
mo y magia que presento a continuación.)
El esoterismo es un saber. Es la doctrina secreta que revela los miste-
rios del universo, una síntesis de los símbolos y mitos de todas las reli-
giones, y está basado en el autoconocimiento. «Conócete a ti mismo y
conocerás el universo de dios», escribió Sócrates.
El ámbito de estudio del esoterismo toma como punto de partida el
simbólico hilo común de las religiones, mitologías, iniciaciones y cien-
cias sagradas, y abarca una gran diversidad de disciplinas: la astrología,
la alquimia, la magia, la ciencia numérica (cabala), la ciencia sagrada
(hermetismo) y la antropología de lo sagrado, para nombrar unas cuan-
tas. La ciencia esotérica es transmitida por un maestro al adepto para que
éste redescubra los lazos que le unen a las fuerzas cósmicas, a las entida-
des superiores del cielo y de la naturaleza.
En general, el esoterismo se transmite oralmente, siguiendo las reglas
de la tradición oral, para proteger las claves del conocimiento, las cuales
se confían sólo al adepto que ha demostrado ser merecedor de ellas. Y si
la doctrina secreta ha de escribirse, el texto sagrado solamente puede ser
entendido por medio de códigos que ofrecen pistas para su interpreta-
ción. Es el caso de la cabala, o de ciertos pasajes del Nuevo Testamento

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(«sólo aquellos que tienen oídos pueden oír»). Esto es así porque el eso-
terismo se refiere a una tradición oral que Dios, o los dioses, siempre han
poseído, y de la cual son herederos los profetas y los maestros. Presente
en los oráculos caldeos y en los sufíes del Islam, el esoterismo es igual-
mente conocido por los místicos (egipcios, hindúes, tibetanos, chinos, ja-
poneses, griegos, judíos, islámicos, cristianos primitivos, y chamanes), y
por los hombres de ciencia, entre los que mencionaremos a Hipócrates,
Paracelso, Kepler y Newton, además de algunos investigadores de las
ciencias más avanzadas.
Ya que el esoterismo es el antecedente cultural de la magia, podría-
mos decir que magia es el poder de la palabra, el poder de la imagina-
ción, el poder del pensamiento, el poder de la fe.
Utilizada en una salmodia o en un conjuro, la palabra ejerce poder
siempre que surge del hombre, quien goza de la dualidad creación/crea-
dor. Tiene poder para obrar porque el sonido es una vibración, y la vi-
bración es una energía creativa. Dice la Biblia: «Y el Verbo se hizo car-
ne y habitó entre nosotros».
Poseer la palabra es ser capaz de despertar las fuerzas del universo.
Dios pidió a Adán que diera nombre a los seres, y hasta la misma crea-
ción fue el resultado de una palabra dicha en imperativo. La palabra se
convierte así en la razón del mundo, y le da vida. Además, la palabra
es el Hijo: Hochma en la cabala, «a quien se ha dado todo el poder sobre
el cielo y la tierra». La palabra es, por tanto, ciencia y poder. Conse-
cuentemente, magia es «la ciencia de la palabra», según dice Piobb en su
Formulario de alta magia. La magia es la misma práctica esotérica, no
una compulsión mecánica. Si «la magia es autoritaria, su hermana, la re-
ligión, es humilde», escribió F. Ribadeau Dumas en su Histoire de la ma-
gie, y es autoritaria en el sentido en que Jesús hablaba de autoridad, la au-
toridad otorgada por Dios a la palabra.
Empleando la palabra como semilla, el hombre puede fecundar lo
inexistente. El vacío que nos rodea está constituido por infinitos inexisten-
tes, por existentes que aún no son, inexistencias, existencias sin vida, no-
energías, energías latentes, energías inanimadas, energías no conscien-
tes; todos estos nombres diferentes intentan definir la inexistencia. La
inexistencia es como una matriz que es capaz de existir, que tiene poten-
cial para existir. Sin la semilla de la palabra, la «inexistencia» no puede
existir, se halla en estado bruto, es como un huevo sin fecundar; no hay,
por tanto, creación. La palabra es esa chispa que rompe el círculo, el vi-
telo de la energía no consciente, y da a ésta una imagen, una existencia.
La palabra es lo que da vida, lo que animará a la energía no consciente y
le dará una imagen, una existencia.
No podemos negar el poder de la fe, del pensamiento y de la imagi-
nación humana. Frazer escribió: «La imaginación del hombre puede ac-

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tuar sobre él con tanta eficacia como la gravedad, y puede matarlo con la
misma certidumbre que una dosis de ácido prúsico». La fe, que según
la Biblia puede mover montañas, convierte sueños en realidades; trans-
forma en realidad cualquier cosa que haya sido creada por la imaginación
y concentrada en el pensamiento.
De la orientación del poder depende la naturaleza de la magia: blan-
ca o negra. En el caso de la magia negra, la adquisición de poderes es rá-
pida, pero el sujeto puede controlar a los demonios por poco tiempo an-
tes de que se vuelvan contra él. (Conviene recordar aquí la historia de
Fausto, que vendió su alma al diablo.) La magia blanca siempre vence a
la negra, porque en su origen el mal es limitado, mientras que el bien es
infinito.
La magia es un ritual, y la práctica de la magia requiere el conoci-
miento de varios ritos, salmodias y fórmulas para, por ejemplo, iniciar y
finalizar una ceremonia, consagrar dioses y objetos para otorgarles po-
der, o invocar a un espíritu superior.
La magia también es una ciencia puramente natural que desafía las le-
yes científicas actuales. Es el arte de hacer posible lo que no parece serlo.
Es presuntuoso por nuestra parte tachar de falsa a la magia sólo porque
no nos parece que sea probable. No deberíamos negar lo que no podemos
entender con nuestra lógica y lo que nuestros ojos no pueden ver. Creer
en la magia no es necesariamente señal de falta de cultura y de civiliza-
ción ya que, entonces, los griegos y los egipcios de la Antigüedad, que
poseían una civilización moral avanzada, pasarían por ser unos bárbaros.
Oficialmente, la ciencia occidental moderna no concede validez a la
magia; en primer lugar porque es imposible reproducir sus resultados y,
por tanto, se considera que los efectos de la magia son una serie de coin-
cidencias naturales; y en segundo lugar, porque la magia está basada,
teóricamente, en principios que ponen en duda nuestra comprensión de
muchas leyes científicas. Pero llegará el día en que, gracias a otros des-
cubrimientos científicos, los profesionales de las ciencias se darán cuen-
ta de que las leyes que rigen las ciencias naturales y físicas no son en ab-
soluto inmutables, y entonces reconocerán que la magia es una ciencia
verdadera para aquellos que saben emplear sus principios fundamenta-
les. Al fin y a la postre, la electricidad se hubiera considerado un fenó-
meno mágico si Maxwell no hubiera probado que obedece a las leyes de
la física.
Hay razones obvias por las que las gentes del mundo moderno no sa-
ben utilizar la magia. Nuestra fe se ha visto contaminada por una visión
global de índole materialista, unilateral y racional. Solamente creemos
en lo que está aprobado por la ciencia. Si intentáramos hacer magia, en
lugar de concentrar el poder de la fe en lo que estamos haciendo, nos pre-
guntaríamos si surtirá efecto. La palabra se emplea únicamente para afir-

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mar o fingir expresar quiénes somos, para hablar de negocios y para co-
mentar las maravillas de la tecnología avanzada. Por otro lado, la socie-
dad materialista en que vivimos ha fomentado la pérdida de la imagina-
ción en el tránsito desde la infancia hasta la madurez: «Concéntrate en lo
que te gustaría ser de mayor..., concéntrate en los estudios..., concéntra-
te en las obligaciones..., concéntrate en ascender hacia la cumbre del éxi-
to...». Éstos son los únicos temas que a nuestra imaginación le es dado
explorar. Los cuentos de hadas y Santa Claus sólo son para uso y disfru-
te de los niños. Sólo ellos tienen la habilidad de entablar conversación
con un muñeco y de hablar con los invisibles compañeros que pueblan el
vacío de los adultos.

Ahora que ya hemos hablado de lo que es la magia en teoría, veamos


las peculiaridades y los pormenores de la magia en el Cuarto Mundo y en
los pueblos de tradición.
La magia está presente en todos los rituales que celebran los pueblos
de tradición, ya que todos ellos son de orden mágico-religioso. Gracias a
estos rituales, los pueblos de tradición conservan su mundo en equilibrio,
en armonía con las fuerzas cósmicas. Por medio de ellos establecen co-
municación con el mundo divino. Al llamar con plegarias y rituales a los
invisibles -dioses, divinidades, espíritus, almas de difuntos-, los pueblos
de tradición capturan sus energías, las que animan el mundo y a sí mis-
mos. Ellos saben conectar con estas energías que están representadas por
caracteres sobrenaturales. Saben escapar del caos y encontrar orden en el
universo.
El chamán de los apayaos de Filipinas, por ejemplo, celebra un breve
ritual cuando finaliza la plantación del arroz para que los invisibles con-
tinúen felices y para suplicar sus favores. He aquí lo que recita:

Llamo a las almas de los antepasados, llamo a los espíritus de las


montañas del este y de las montañas del oeste, llamo [aquí ennumera
a todos los dioses, divinidades y espíritus] para que todos vengan y
estén presentes en nuestra celebración del fin de la plantación del
arroz.

Y cuando el chamán supone que todas las almas y deidades están pre-
sentes, canta: «Hoy celebramos esta festividad y os invitamos a aceptar
el sacrificio de estos pollos y las ofrendas de arroz que hemos preparado
para vosotros. Proteged a nuestros hijos y hermanos».
Estas gentes saben establecer un vínculo entre sí mismos y el mundo
divino al instituir, por medio de rituales mágico-religiosos, el centro de
su universo. Esto tiende un eje mágico entre el hombre y los dioses, un

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conducto a través del cual las plegarias de los hombres alcanzan a los
dioses, igual que las agujas de nuestras iglesias simbolizan el eje mágico
que enlaza el mundo de los vivos con el cielo de los divinos.
Por ejemplo, en todos los poblados Apayaos, próximos al ato o lugar
ceremonial, hay un poste con plumas en su parte superior; debajo del
poste está enterrada la cabeza de un enemigo. Este poste une simbólica-
mente el mundo humano del poblado con el divino de los dioses. Consti-
tuye el centro del universo de los apayaos, del mismo modo que el tótem
lo es para los indios americanos de la costa noroeste. Un propósito simi-
lar cumplen los llamados árboles viejos en las tribus africanas, o los pos-
tes centrales de los templos vudú haitianos.

Con los rituales mágico-religiosos, estas gentes son capaces de crear


diversas técnicas para afrontar el miedo al mal y para protegerse de los
espíritus maléficos.
Entre los rituales, el primero es el de marcar la piel. Se cree que la
piel es la frontera entre los mundos interiores del individuo -el cons-
ciente, el inconsciente y el subconsciente-, el mundo de los sueños, las
emociones, la sexualidad y las creencias, y el mundo exterior, la sociedad
en la que vive. Cualquiera que sea el método usado para marcar el cuer-
po -mutilación, tatuaje, hierro candente o pintura-, el propósito siempre
es el mismo: se trata de un talismán, el lenguaje gráfico de los signos ca-
balísticos y de los dibujos mágicos que protegen contra los espíritus ma-
léficos exorciza al demonio, y gana el favor de los dioses. Sin embargo,
marcar la piel cumple también otros fines:

• Representa la muerte del individuo, que da lugar al renacimiento en un


estado diferente, marcado por un rito de pasaje.
• Es un emblema mnemotécnico (una indicación visual del dolor soporta-
do en el momento de marcar la piel, y un recordatorio constante de las
enseñanzas recibidas y el conocimiento adquirido durante la iniciación).
• Señala la pertenencia del iniciado a un determinado sexo y la acepta-
ción de los deberes y responsabilidades asociados a ese sexo.
• Expresa la pertenencia a una determinada familia, clan, tribu o sociedad.
• Es un medio para que la sociedad donde vive el individuo envíe men-
sajes simbólicos a los mundos interiores de éste -mensajes que le per-
mitirán ganar en sabiduría-, y para inculcar en él las reglas y códigos
de vida que, en algunos casos, limitarán sus poderes restringiendo el
ejercicio de la libertad en alguno de sus mundos internos: la sexuali-
dad, los sueños u otros.
• Lleva mensajes que expresan su individualidad y que están dirigidos a
la sociedad en que vive.

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Ateniéndonos a los principios mágicos, los pendientes protegen los
oídos contra los malos espíritus, los aros de la nariz protegen la nariz, y
las pinturas o tatuajes en labios, barbilla o encías proporcionan protec-
ción total a la boca. Pintar las uñas de las manos o los pies, o pintar o ta-
tuar los dedos, las manos, los dedos de los pies o los mismos pies, aisla
al cuerpo frente a las malas energías, al igual que ocurre con los aros, los
brazaletes, las pulseras para el tobillo, y con determinados peinados,
En los países modernos muchas personas llevan un pequeño crucifi-
jo o una estrella de David, más por deseo consciente o inconsciente de
protegerse contra la mala suerte que como medio de expresar su creencia
en una religión concreta, con una intención similar a la de las personas
que ponen en el coche medallones de san Cristóbal o imágenes de otros
santos. (¿Y quién no tiene un pequeño fetiche -una pintura o un objeto,
ropa de un determinado color- para protegerse contra el mal de ojo y
para atraer la suerte y la buena fortuna?) Para las pueblos de tradición,
son los rituales mágico-religiosos los que dan poderes y eficacia a los he-
chizos, a los talismanes y a otros amuletos de la buena suerte.
Los tuareg, por ejemplo, llevan muchos amuletos, talismanes, dijes y
pequeños objetos de hierro a fin de protegerse contra los djenouns y otros
espíritus malignos, y obtener su bendición y su misericordia. Antes de
sentarse bajo su sombra, tiran piedras a ciertos árboles para poner en
fuga a los malos espíritus. Y para evitar que los malévolos geniecillos
entren en el cuerpo a través de la boca, nariz y oídos, los hombres llevan
un velo que tapa la cara y que jamás se quitan, ni siquiera para comer; al-
gunas mujeres tuareg han llegado a decirme que nunca han visto la cara
de su marido.
Resulta bastante extraño que las mujeres tuareg no hayan de cubrirse
la cara con el velo, como si el solo hecho de llevar la panoplia de talis-
manes fuera suficiente para ellas. Muchos pueblos de tradición atribuyen
poderes mágicos a las mujeres, más allá de lo imaginable en la cultura
occidental. Lo femenino se venera por el simbolismo mágico de la san-
gre y su asociación con los nuevos comienzos. De hecho, los tuareg,
como algunas otras culturas de tradición, han estructurado una sociedad
matriarcal; hay quien cree que se trata de una de las sociedades humanas
más antiguas, un tipo de sociedad inspirada en la noción de que las mu-
jeres están dotadas del mágico poder de crear la vida, poder que los hom-
bres no poseen. En el seno de estas sociedades, la menstruación puede
verse como el rechazo, por parte de la mujer, de las impurezas o, lo que
es lo mismo, los espíritus malignos que han penetrado en su cuerpo, y
por ende considerar que la mujer goza de la habilidad de purificarse en
un sentido a la vez mágico y físico.
Como consecuencia, la mayoría de los pueblos que integran el Cuar-
to Mundo tienen el concepto de que la mujer es tabú, impura, durante los

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períodos menstruales, razón por la que los miembros de la comunidad la
evitan. Es frecuente que deba abandonar el lugar donde vive y marchar a
otro sitio para que no caigan maldiciones sobre los hombres, animales,
plantas u otras cosas que no gozan de su capacidad de purificarse por sí sola.
La creencia de que una mujer tiene poder para crear vida nueva por-
que le ha sido dado tener menstruos, es una de las fuentes que inspira la
noción de que la sangre debe preceder a cualquier creación, noción que
también se encuentra representada en diversos mitos de creación. En los
rituales que se llevan a cabo con el fin de propiciar la creación de algo
nuevo, algo que no pertenezca al ámbito de lo cotidiano, el símbolo en-
cuentra su correspondencia con el sacrificio humano o animal.

Hay ciertas costumbres de salutación a un extraño que implican la ce-


lebración de rituales cuyo objeto es ahuyentar espíritus malignos. Es el
caso de algunas tribus papuas de Nueva Guinea, que han concebido un
impresionante y terrorífico ritual para espantar a los malos espíritus que los
extraños llevan consigo cuando van a visitarlos. Escenifican un simulacro
de ataque, comúnmente llamado desafío primordial, que sirve para la pu-
rificación mágica del visitante. Creen que si el visitante lleva malas in-
tenciones, huirá, en cuyo caso le darán muerte; si se queda, interpretan
que sus intenciones son limpias y, en efecto, los atacantes le hacen saber:
-Podíamos haberte matado; en lugar de eso, te aceptamos, ¡pero no te
metas en nuestros asuntos!
Además, para la tribu es una manera de poner a prueba el valor y la
fuerza del extraño. Si no demuestra tener miedo durante el simulacro de
ataque, entonces es que merece respeto.
Aunque algunos misioneros me habían puesto sobre aviso de la rara
costumbre de la salutación al visitante, debo admitir que vivirla rebasó
en mucho mis expectativas y fue mucho más aterrador de lo que había
supuesto.
Descendía por el río Balim, en Irian Jaya, la región indonesia de Nue-
va Guinea, en busca de poblados papuas. Aunque generalmente intento
que me acompañe un nativo del poblado que dejo atrás para que me guíe
hasta el siguiente, esta vez iba solo; no encontré ningún nativo que se
aventurara a tener un encuentro con los papuas que vivían río abajo; no
se llevaban bien con aquellas tribus, a las que tenían por salvajes.
Cuando empecé a avistar y oler el humo de las hogueras, supe que es-
taba cerca de un poblado. También podía oír, traídos por el viento, gritos
de niños, chillidos de cerdos que se peleaban, barabúnda de gallos que se
llamaban al desafío en medio de una ópera salvaje de quiquiriquís. Deci-
dí montar el campamento en un pequeño claro que dominaba el río, a
cierta distancia del poblado.

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Los papuas, como muchos otros pueblos de tradición, consideran que
entrar en un poblado, o aproximarse demasiado a él, sin ser previamente
invitado es un modo de proceder inaceptable, e incluso supone un riesgo
para la vida del importuno visitante. Podría ser que a su llegada estuvie-
ran celebrando un funeral, una iniciación o cualquier otra ceremonia se-
creta, y ahí no permiten la presencia de extraños. Si algún miembro de la
tribu estuviera a punto de caer enfermo o de morir, los otros podrían pen-
sar que la culpa es del visitante -directa o indirectamente-, por acarrear
la enfermedad y la muerte.
Encendí una hoguera, no tanto para calentarme y cocinar como para
hacer saber a los habitantes del poblado que yo estaba allí. Y me quedé a
esperarlos. La espera puede durar por siempre, pero si a los cuatro o cin-
co días no han venido a hacer su salutación o a obligarme a marchar, nor-
malmente dejo ese sitio y voy a otro. Como es natural, prefiero perder la
oportunidad de conocer a los habitantes a despertar sus iras con mi pre-
sencia; gracias a esto, aún estoy vivo. Pero incluso para mí, no es fácil
soportar la espera, por lo que tiene de inquietante y de terrible.
En cuanto a los habitantes del poblado, sé que ellos también pasan
por la misma combinación de curiosidad y temor. ¿Dejarán entrar al ex-
traño en el poblado? ¿Es buen momento para hacerlo? ¿El visitante será
amigo o enemigo? ¿Traerá con él espíritus maléficos? ¿Perturbará la ar-
monía del poblado? ¿Cómo reaccionarán las divinidades a su presencia?
Para responder a estas preguntas, los nativos celebran reuniones con
los notables, hombres sabios, jefes de cada familia y clan, y con el jefe
del poblado. El chamán, o hechicero, o cualquier otro jefe religioso, lle-
va a cabo una ceremonia con la que intenta entablar contacto con los in-
visibles para recabar su opinión y pedir respuestas. Todo esto lleva tiempo.
Luego, dependiendo de la decisión divina, los hombres de la tribu o
aceptan al visitante y lo ponen bajo la protección de sus leyes de hospi-
talidad, o le rechazan haciéndole marchar o simplemente ignorándolo. Si
el extraño insiste en quedarse, creerán que los pone en peligro y podrían
darle muerte.
El primer indicio de que los papuas están dispuestos a dar la bienve-
nida al visitante es tocar los tambores, que interrumpen de súbito la sin-
fonía de los pájaros y el rumor de los árboles en la selva. Para el foras-
tero, el sonido de los tambores resulta siniestro; pero de hecho puede
expresar cosas muy distintas.
Hay violentos redobles que son las voces de lo divino; vienen de los
espíritus, las almas de los antepasados y las deidades que pudieran habi-
tar en los tambores. Ciertos redobles lúgubres son una llamada mágica a
los espíritus y fuerzas de la selva, o plegarias dirigidas a los planetas, es-
trellas y otras energías cósmicas. Hay golpeteos repetitivos que signifi-
can el reloj de la tradición recorriendo el ritmo de las estaciones y de la

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vida humana, los casamientos y otros ritos de pasaje, y las iniciaciones al
mundo místico y a veces aterrador de la magia. Algunas melodías miste-
riosas señalan el paso y el intercambio entre el reino de los dioses y la tie-
rra de los hombres. Los redobles atormentados son lamentaciones humanas
que llaman al duelo. En fin, hay ritmos desenfrenados que son el latido
de las gentes, que hablan de historias de amor y de guerra; es la música
del júbilo expresado por medio de la danza.
Pero los redobles de tambor pueden ser, simplemente, un modo de
comunicación; por ejemplo, sirven para anunciar que está a punto de co-
menzar un ritual. Los redobles papuas que proclaman un ataque simula-
do pueden durar días enteros, ya que a los guerreros les lleva tiempo pre-
pararse para el acontecimiento: deben pintarse la piel con los colores de
la guerra y adornarse con plumas multicolores y con pieles de animales.
En aquella ocasión, los tambores empezaron a sonar dos días después
de haber montado el campamento. Al cuarto día, hacia las once de la ma-
ñana, los tambores cesaron de golpe, dando paso al silencio. Pronto el
suelo comenzó a temblar, como si bajo la tierra tocaran otros tambores.
Al principio la vibración era tan débil que podría haber pasado por el
aliento de la tierra y de los árboles. Después, lentamente, las sacudidas
fueron más y más fuertes hasta que, justo cuando más intensidad habían
adquirido, aparecieron en el umbral de la espesa selva unos cincuenta
hombres, guerreros pintados de todos los colores y armados con largas
lanzas, arcos y flechas, que martilleaban el suelo con los talones. Luego,
pararon bruscamente.
Estaban a unos diez metros de mí. No recuerdo cuánto estuvieron ahí,
observándome en silencio, pero tuve tiempo de sentir el peso de la an-
gustia. ¿Qué pasaría si lo que me habían dicho los misioneros no era ver-
dad? ¿Qué pasaría si el ritual de salutación era igual al de sacrificio? Al
fin y al cabo, los muertos no pueden dar fe ni de una cosa ni de otra. ¿Se-
ría mi encuentro con aquellos hombres de aspecto fiero el último en-
cuentro con mi destino? En cualquier caso, ya era demasiado tarde para
pensar en huir. Me habían avisado que permaneciera inmóvil pasara lo
que pasara. De modo que aguanté paralizado, tal vez porque era incapaz
de hacer nada más.
Poniendo fin súbito a la angustia y el miedo que sentía crecer por mo-
mentos, los guerreros, lanzando gritos desgarradores que aceleraron aún
más los latidos de mi corazón, arrancaron a correr hacia donde yo estaba,
lanzas y flechas apuntándome, para hacer el último asalto. Se detuvieron
a unos cinco metros de mí y dispararon las armas, que silbaban al rebasar
mi cabeza y pasar junto a mis costados. Algunas se clavaron en el suelo,
justo a mis pies. Yo estaba literalmente encerrado en un círculo formado
por flechas y lanzas. De inmediato, los gritos de los guerreros cedieron paso
al silencio. Comencé a temblar, víctima de una sobredosis de adrenalina.

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Tendí una mano temblorosa y ofrecí un paquete de hojas de tabaco
que el sudor había dejado empapadas. Uno de los hombres, con la cara
pintada de rojo y negro y una larga púa de puerco espín atravesada en la
membrana nasal, se aproximó y tomó el obsequio; los otros empezaron
a charlar entre sí. Entre risas y discusiones, estos hombres feroces pare-
cieron tranquilizarse. Otro hombre, que podía ser el jefe, tocado con una
especie de peluca hecha con barro y plumas de ave, abrió su bolsa de ta-
baco y me ofreció un poco.
Así fue como mi primer contacto con estas gentes culminó con éxito.
Pero mientras me escoltaban de camino hacia el poblado, no pude evitar
que un escalofrío recomerá mi cuerpo al pensar en lo que habría podido
suceder en caso de moverme siquiera un ápice.

Los rituales mágicos que cuentan con el concurso de las energías so-
brenaturales, las energías de los espíritus o las fuerzas cósmicas, permi-
ten hacer ciertas cosas que desafían la lógica más elemental.
Nosotros, miembros de lo que llamamos civilización, somos conscien-
tes de que el mundo, el universo entero, está compuesto de diversas ener-
gías positivas y negativas. Ya que nosotros mismos somos, sobre todo,
energía, estas energías exteriores pueden interferir, positiva o negativa-
mente, en nuestra existencia. Los pueblos del Cuarto Mundo también son
conscientes de que, además de las fuerzas elementales, hay energías posi-
tivas y negativas que gobiernan el mundo. Algunas culturas creen que las
buenas energías fueron creadas por Dios y que las energías demoníacas
brotaron del diablo; otras creen que las energías positivas son buenos espí-
ritus y las negativas malos. Además de estas energías primarias, hay una
fuerza sobrenatural que reside en el cosmos, en estado libre y puro. El que
la fuerza sea utilizada para el bien o para el mal, es decisión del individuo.
Mediante el proceso mágico, el individuo intenta establecer contacto
con estas energías o espíritus -buenos o malos, dependiendo de la natu-
raleza del ritual y de su propósito- con la esperanza de poder conectar
con la fuerza cósmica. Los pueblos de tradición emplean la inteligencia,
la creatividad y la imaginación para encontrar el modo más o menos ela-
borado -es decir, los rituales mágicos- de crear lo que nuestra realidad
considera imposible, y de tratar con las energías disociadas, las almas,
los espíritus y los dioses que pueblan el mundo invisible.

Los poderes de los jefes espirituales o religiosos

Toda cultura cuenta con sus hombres sabios y con sus héroes, aque-
llos que saben dirigir y enseñar, y aquellos que parecen tener el poder de

57
conectar con Dios. Lo mismo sucede con muchos pueblos de tradición.
También ellos tienen personajes destacados. Se llaman chamanes, hechi-
ceros, curanderos, exorcistas y magos.
Los orígenes del chamán se pierden en el tiempo, son anteriores a la
más remota de las civilizaciones que podamos conocer. La práctica del
chamanismo nació probablemente cuando la consciencia humana empe-
zó a desarrollarse, poniendo al hombre en situación de reparar en reali-
dades más sutiles que las del mundo cotidiano; de ahí a la idea de que
todo en la naturaleza tiene alma, por ejemplo, hay un corto trecho.
Poniéndose en un estado de trance que inducía al viaje metafísico, el
chamán podía entablar contacto con el alma de cada elemento de la na-
turaleza y trasladarse desde el mundo del hombre hasta el mundo de los
invisibles. Era capaz de identificarse metafísicamente con todos los
mundos y de interceder entre dioses y humanos. Viajaba al cosmos para
conocer a fondo la fuerza sobrenatural que allí existía en estado libre y
puro, y para emplearla en la reorganización del caos y la confusión cós-
mica, luchar con las fuerzas elementales y enfrentarse a los demonios.
Para muchos, el chamán tiene hoy en día el mismo poder. Mircea Eliade
escribió:

Aunque el chamán es, entre otras cosas, un mago, no todos los


magos pueden llamarse chamanes. Debe aplicarse la misma distin-
ción en lo referente a la curación chamánica; todos los curanderos
son sanadores, pero el chamán se vale de un método que es única y
exclusivamente suyo. En cuanto a la provocación del éxtasis, ellos no
aprovechan las diversas técnicas que se han documentado en la his-
toria de las religiones y en la etnología religiosa. De ahí que no todos
los extáticos pueden considerarse chamanes; el chamán se especiali-
za en la provocación de un trance durante el que se cree que su alma
deja el cuerpo y asciende hacia el cielo o desciende a los infiernos.

Pese a la diversidad cultural y étnica, hay similitudes interculturales


concernientes al papel, función y poderes del chamán que son nexo de
unión entre todos los chamanes del mundo, aun cuando -como es el caso
de Asia y Sudámerica- el nombre chamán se aplique al jefe espiritual de
una religión que evolucionó desde el chamanismo tradicional hacia una
forma distinta.
El chamán es el guardián de la cultura y las tradiciones. Es el inicia-
dor en los misterios y el conocimiento secreto o, lo que es lo mismo, la
aptitud para conectar con el mundo invisible y las energías sobrenatura-
les que se derivan de él. Es el almacenista de rituales.
Al celebrar rituales, protege o restituye la polifacética armonía exis-
tente dentro de cada una de las personas y en la relación de cada una con

58
su clan, el pueblo, la tribu, sus antepasados, las divinidades y la natura-
leza. Tener la responsabilidad de que los invisibles estén siempre satisfe-
chos o de implorar sus favores, supone que el chamán debe llevar a cabo
rituales cada vez que está a punto de ocurrir algo importante susceptible
de perturbar la armonía entre humanos e invisibles.
El chamán puede interrogar a los antepasados y a los dioses. Mientras
está en trance, es capaz de llegar hasta ellos en las diferentes realidades
donde viven y actuar como intermediario entre dioses y humanos.
Todos estos poderes y habilidades son esenciales para el chamán,
porque los pueblos de tradición creen que todos los desórdenes naturales
-la enfermedad, la sequía y otros similares— son la reacción de los invi-
sibles frente a la perturbación creada por los humanos.
Cuando alguien está enfermo, el chamán devuelve la salud a esa per-
sona exorcizando la perturbación y restableciendo el equilibrio entre la
persona, el clan y el cosmos. Tras la celebración de los rituales adecua-
dos para apaciguar la furia divina que ha sido causa de la enfermedad, el
chamán curará al paciente con hierbas y otras medicinas naturales.
Ya que la identificación mística con el fuego es necesaria durante de-
terminadas ceremonias, en algunas culturas hay chamanes que también
son herreros. La habilidad de dominar el fuego para transmutar minerales
ha ido siempre ligada al poder mágico. De hecho, se denominaba a los al-
quimistas «filósofos del fuego». (En Herreros y alquimistas, Mircea Eliade
resalta que tanto el vaciador como el herrero y el alquimista afirman vi-
vir una experiencia mágico-religiosa en su relación con los metales.)
Uno de los grandes poderes del chamán, que muy pocos poseen, es la
habilidad de traspasar los estratos del tiempo. Se cree que el tiempo se
extiende en una sucesión infinita de estratos. El presente es el estrato de
nuestro tiempo consciente, mientras que el pasado (que todavía existe) y
el futuro (que ya existe) están contenidos en estratos de tiempo que per-
tenecen a otras realidades diferentes de la que percibimos.
Los estratos del tiempo pueden compararse con los surcos de un dis-
co. El presente es el surco donde se coloca la aguja, y transmite la músi-
ca que oímos; la música que ya hemos oído es la contenida en los surcos
que la aguja va dejando atrás; la que está por oírse se halla en los sur-
cos aún por recorrer. Cuando el aparato ha dejado de tocar la Novena sin-
fonía de Beethoven, ¿ha dejado de existir la música? No, todavía está en
los surcos del disco, y podremos escucharla poniéndolo otra vez.
En 1955 Albert Einstein escribió: «Para nosotros, los físicos que cree-
mos, la distinción entre pasado, presente y futuro es solamente una ilu-
sión, aun cuando se trate de una distinción pertinaz». Hoy, los físicos y
los matemáticos cuánticos creen que, ya que el infinito es un hecho tan-
gible, el tiempo debería ser infinito por sí mismo. En consecuencia, pa-
sado, presente y futuro deberían existir al mismo tiempo, quedando el

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pasado y el futuro situados en realidades distintas de la realidad que del
tiempo presente percibimos.
«Algunos físicos identificados con las comentes más avanzadas di-
cen ahora que el viaje a través del tiempo, durante muchos años dominio
exclusivo de la ciencia ficción, podría ser posible al menos en teoría.
Basta con que haya un desgarrón en el tejido del universo». David H.
Freedman escribía estas palabras en su artículo «Cosmic Time Travel»,
en el número de junio de 1989 de la revista Discover. Estos físicos son
Kip Thorne, de Caltech, y Michael Morris, físico y cosmólogo de la Uni-
versidad de Wisconsin, en Milwaukee. Los desgarrones en el tejido del
universo son lo mismo que los agujeros que excava el gusano -éstos y los
agujeros negros son parientes-, «que, al menos teóricamente, podrían
perforar un túnel desde una región del espacio a otra», a medio camino
del cosmos. Y lo que es más: «El agujero del gusano podría también con-
vertirse en un agujero en el tiempo».

En las culturas de tradición donde no existe la palabra chamán, los je-


fes espirituales se llaman magos, exorcistas o hechiceros. Es el caso de
África o de otros lugares donde la religión es distinta del chamanismo,
aunque esté Basada en el principio de trance y posesión como ritual que
pone en contacto al hombre con los invisibles y con las fuerzas sobrena-
turales que derivan de ellos. En el resto de los sitios se le puede llamar
curandero. Sin embargo, no es raro que estos jefes espirituales coexistan
con un chamán.
Todos tienen aproximadamente el mismo papel y funciones que el
chamán, pero sus poderes pueden variar según el grado de conocimiento
que hayan recibido en las iniciaciones tribales respectivas, y según el ta-
lento personal para realizar rituales. Como en cualquier disciplina, el co-
nocimiento desprovisto de talento rara vez produce resultados. Y todos
los jefes espirituales emplean la magia y lo sobrenatural en el transcurso
de las ceremonias mágico-religiosas.
Aunque dedican la vida solamente a hacer el bien -ateniéndose a su
fe, sus principios morales y su creencia en el equilibrio cósmico, que pro-
fetiza que quien siembra el bien, recoge el bien, y quien siembra el mal,
recoge el mal-, los chamanes no son siempre un dechado de integridad.
Como ocurre con los demás jefes espirituales -magos, exorcistas, curan-
deros y hechiceros-, se permiten hacer algún trabajo sucio cuando son la
única autoridad espiritual de la comunidad; esto depende del objetivo
que le propongan, de la demanda de sus creyentes y de su propia con-
ciencia. En la escala de la integridad, parece ser que los magos, los cha-
manes y los exorcistas están menos dispuestos a hacer malas obras que
los hechiceros. Muchos se contentan con utilizar las energías primarias

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positivas y negativas, que resultan más accesibles que la fuerza cósmica,
ya que acceder a ella requiere un alto grado de conocimiento.
Sin embargo, en muchas culturas de tradición, tan pronto como el li-
derazgo espiritual de la comunidad está en manos del chamán -o del
mago- que ha optado por no hacer el mal, aparece, paralelamente y en
oposición a él, un mago negro o un hechicero que invierte sus talentos
en el mal; esto es cierto hasta en las sociedades modernas. Llegados a este
punto, la diferenciación entre chamanes, magos y exorcistas por un lado,
y hechiceros por otro, está clara. (Cuando en un pueblo ya hay un hechi-
cero, el nombre de exorcista o curandero se da sólo a quien tenga pode-
res curativos.)
En Haití se encuentran ejemplos de ello; allí las sectas que practican
la magia negra coexisten con la religión vudú. El jefe espiritual del vudú
se llama houngan si es varón, y mambo si es mujer. Es frecuente que el
houngan inicie a su esposa en la jefatura espiritual si ella tiene aptitudes
para ejercerla. Los que practican la magia negra se llaman bokors, deno-
minación que cabe traducir por «hechiceros».
Igual que el chamán, el houngan es el almacenista de rituales, el ini-
ciador en el conocimiento secreto y en los misterios. Es un sanador, un
exorcista y un adivino; y como sabe tratar con los invisibles y entrar en
su mundo, puede comunicarse con las almas de los difuntos. Según sea
su grado de iniciación en el conocimiento (la aptitud para entrar en el
mundo invisible de las energías -a menudo denominado quinta dimen-
sión- y para servirse de la energía cósmica), el houngan es capaz de ma-
nipular los poderes sobrenaturales; hay algunos que incluso son posee-
dores de esos poderes.
La magia es el medio que el houngan emplea para llevar a cabo sus
obras, pero jamás utiliza la fuerza cósmica para la maldad, como tampo-
co utilizará a los loas malignos, porque dedica su vida y su talento sola-
mente a hacer el bien. Encabeza una religión que va en pos de lo sagra-
do, y por tanto sólo invoca a los loas que representan las buenas energías
para que posean a los miembros de su comunidad.
Sin embargo, hay houngans que, tentados por las comodidades mate-
riales, descuidan sus principios. Dejan de ser houngans, junto con los
principios y valores asignados a esa función sacerdotal, y pasan a ser bo-
kors, que se dedican a practicar la hechicería y a valerse de los espíritus
maléficos y de las almas de los difuntos para ejercer el mal.

Son diversas las formas en que el jefe espiritual elige a un discípulo


para iniciarlo en el conocimiento. En muchas tribus, sobre todo aquellas
en las que se practica la hechicería, al neófito se le escoge por tener un
defecto físico; se cree que los dioses han marcado así a esa persona para

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hacer notar que tiene poderes especiales. Y de hecho, es posible que un
joven con un defecto físico desarrolle ciertos poderes psíquicos.
En muchos casos, sin embargo, se reconoce al neófito por sus dotes y
habilidades paranormales, psíquicas y de médium. Tendrá que ser some-
tido a diversas pruebas para comprobar su personalidad y su resistencia
nerviosa. Sólo si el jefe espiritual queda completamente satisfecho con la
elección, pasará el neófito a ser su pupilo, que deberá esperar años antes
de que tenga lugar la verdadera iniciación.
Para llegar a ser chamán hay que pasar por dolorosas iniciaciones que
requieren años enteros. He tenido noticias de que algunos neófitos mue-
ren a consecuencia de las penurias sufridas. El neófito experimenta los
peores tormentos físicos y psíquicos- llegando incluso hasta la locura-
para librar al alma del cuerpo, despertar a otras realidades cósmicas y es-
tar abierto al conocimiento.
En Shaman: The Wounded Healer, Joan Halifax escribe que ser cha-
mán es ser consciente de que «todo lo que existe en el mundo revelado
tiene en su interior una fuerza viva. El chamán adquiere el conocimiento
de que la vida es poder. La comunión con los proveedores del poder
constituye el trabajo del chamán. El dominio de ese poder: tal es el logro
del chamán».
Sólo es posible encontrar mujeres magas y hechiceras en las socieda-
des más antiguas, donde los hombres todavía les atribuyen poderes má-
gicos. En el resto de las sociedades, los hombres, envidiosos de los po-
deres mágicos de las mujeres, han ido lentamente apoderándose de las
prerrogativas femeninas y han reservado para sí el ejercicio de las fun-
ciones sagradas; es el caso del judeocristianismo, por poner un ejemplo.

No hay pruebas científicas ni tangibles de la existencia de Dios, las


divinidades, los espíritus u otros invisibles. Pero ¿significa eso que no
existen?
Viendo las maravillas que nos rodean, la ingente sensibilidad y las di-
vertidas irregularidades que presenta la naturaleza, es difícil negar la
existencia de un creador, sea cual sea la forma y el nombre que le demos:
Dios, la inteligencia cósmica, la energía primordial, o el aliento funda-
mental de la vida. En consecuencia, yo no negaría la existencia de Dios
como creador de todas las cosas, sobre todo porque creo en ella, y no
creo gracias a la religión, sino porque ésa es la conclusión a la que me ha
llevado el raciocinio. (Ya no practico ninguna religión concreta, no he
encontrado ninguna que satisfaga mis necesidades espirituales; yo soy
mi propia religión, que se basa en la universalidad del amor y el respeto
hacia mí y hacia los demás.)
Si aceptamos la existencia de Dios, podemos especular con que las

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divinidades, espíritus y otros invisibles no son tanto entidades en sí mis-
mas como representación de las diferentes fuerzas elementales y cósmicas.
Somos conscientes de que el mundo entero, el universo entero, está
compuesto por varias energías positivas y negativas. Estas energías pue-
den interferir, positiva o negativamente, en nuestra propia existencia,
ya que también nosotros somos energía. Nada fue más fácil para el hom-
bre que dar nombre y personalidad divina a cada energía positiva y ne-
gativa, a cada fuerza elemental y cósmica, y tratar de comunicar con ellas
concibiendo y realizando los rituales adecuados.
Pero incluso si suponemos que las divinidades, espíritus y otros invi-
sibles no existen de manera intrínseca, queda una segunda posibilidad: la
de que hayan sido creados por la fe, el pensamiento y la imaginación hu-
manos, y sean, en consecuencia, reales. Si la fe del hombre puede hacer
milagros, si la fe, el pensamiento y la imaginación del hombre, con el po-
der creativo de la palabra, pueden hacer magia, es que ciertamente el
hombre es capaz de crear divinidades, espíritus y otras entidades invisi-
bles, dando a todas ellas una imagen y la noción de dualidad que surge de
sí mismo.
Aún hay una tercera posibilidad: las divinidades, espíritus y otras en-
tidades invisibles sí existen, pero dentro de otra realidad. Para alcanzar
esa realidad debemos prescindir de nuestra lógica, que actúa como un
yugo, nos impide expandir la mente y ciega nuestras percepciones.
La lucidez inducida por drogas tiene como resultado experiencias
místico-religiosas mediante las que, tal como escribe Albert Hofmann en
L.S.D. mi hijo monstruo, «nos damos cuenta de que lo que solemos tomar
por realidad, incluida la realidad de la propia persona individual, de nin-
gún modo es algo fijo, sino ambiguo; que no hay una sola, sino muchas
realidades».
Es posible penetrar en diferentes realidades por medio de la medita-
ción. Recurro otra vez a las palabras de Hofmann, que transcriben a la
perfección mi propia experiencia:

La meditación comienza en los límites de la realidad objetiva, en


el punto más alejado que el conocimiento racional y la percepción
son capaces de alcanzar. No hay rechazo de la realidad objetiva; al
contrario, se trata de un ahondamiento en las dimensiones más pro-
fundas de la realidad [...] Sólo con que avance hasta la profundidad
suficiente, inevitablemente llegaremos al inexplicable y primordial
fundamento del universo: a la maravilla, al misterio de lo divino, en
el microcosmos del átomo, en el macrocosmos de la nebulosa espiral,
en las semillas de las plantas, en el cuerpo y el alma de los seres hu-
manos.

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La meditación y la lucidez inducida por drogas son las herramientas
que los pueblos de tradición utilizan durante las iniciaciones para ayudar
al neófito a pasar de un estado de ignorancia -la visión global objetiva-
a distintos niveles de una realidad más profunda donde percibirá la cons-
ciencia cósmica. Es a través de la iniciación como los principios de una
religión se hacen reales, y en consecuencia, su fe está basada en una rea-
lidad percibida de modo distinto, no en una simple idea abstracta. El in-
dividuo experimenta otras realidades mediante la iniciación activa. Sólo
en esa consciencia más profunda y religiosa se dará cuenta de su dua-
lidad creador/creación, y adquirirá el conocimiento transmitido por su
maestro, el chamán, hechicero u otro guardián de su cultura tribal.
La última posibilidad estriba en especular con que Dios, las divinida-
des y los espíritus existen, pero sólo para quienes son conscientes de su
existencia y saben llamarlos. Quizá Dios y las divinidades sean inservi-
bles para aquellos que se hacen inservibles a Dios y a las divinidades.

64
3
Los filipinos

En 1967, cuando tenía veinte años, fui contratado como camarógrafo


por el realizador de cine francés Gabriel Lingé. El equipo de filmación
estaba compuesto únicamente por dos personas: él y yo. El propósito de
la expedición era recorrer la mayor parte de las 7.107 islas (7.110 en ma-
rea baja) del archipiélago de Filipinas, para hacer un documental sobre
los pueblos y su modo de vida.
Tras varios meses de filmación, acabamos la película. Sin embargo,
en lugar de regresar a Europa con Gabriel, decidí quedarme y visitar unos
cuantos lugares que él no quería ver por no ser de importancia para el do-
cumental.
Dos de estos lugares eran las islas Sulú, todavía gobernadas por sul-
tanes y piratas, y las espesas selvas de la zona norte de Luzón, que por
entonces aún albergaban tribus de cazadores de cabezas que no habían
mantenido contacto alguno con el mundo exterior. (Ambas aventuras es-
tán recogidas en mi libro Explorador.)
De camino hacia las montañas del norte de Luzón, me detuve en la
ciudad de Baguio; allí esperaba encontrar un misionero que pudiera de-
cirme dónde buscar tribus que no conocieran la civilización moderna.
A casi cuatrocientos kilómetros al norte de Manila, la ciudad de Ba-
guio está construida sobre un cráter, a una altitud de 1.350 metros, en una
montaña que es el feudo de la tribu guerrera de los ifugaos. Los ifugaos
ya no practican la caza de cabezas ni aterrorizan a los ricos de Manila que
van a Baguio a pasar el verano en busca de un clima más fresco. La coe-
xistencia pacífica entre los exóticos habitantes de la montaña y los ado-
radores de la riqueza ha hecho de Baguio una ciudad de notables con-
trastes.
He descubierto que una de las mejores maneras de conocer gente
nueva y de imbuirse del palpito de un país es deambular por los merca-

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dos al aire libre, el lugar de encuentro de los que van a vender, comprar,
comerciar o simplemente verse; es un lugar que siempre refleja el estado
de ánimo de un pueblo. Uno se entera de la religión que practican, de
cuáles son los intereses vitales predominantes, de sus necesidades y sus
gustos, de si están interesados por la magia y las medicinas alternativas,
y de sus diferentes etnias e identidades culturales. Pasear por un merca-
do es además un festín para los oídos, los ojos y el olfato: gritos de ani-
males, de niños y de vendedores que vocean las mercancías, rostros de
gente, los colores de la ropa y de las mercaderías, las fragancias y los per-
fumes que dejan al paso las gentes, las especias y los alimentos.
En el mercado de Baguio la población filipina se mezcla con las tri-
bus montañesas, vestidas para la ocasión con camisas de corte moderno
que ocultan los tatuajes o con la prenda tradicional, una fina pieza de
ropa de color rojo que se ciñe a la cintura y pasa entre las piernas y las
nalgas. En la parte trasera de la cabeza llevan pequeños gorros de paja
adornados con colmillos de jabalí. Las mujeres, que en el poblado suelen
ir con el pecho descubierto, se cubren para ir a la ciudad con un faldón
multicolor, largo y recto, y fuman en pipas que siempre están boca aba-
jo. Algunas exhiben una especie de tiara hecha con el esqueleto de una
serpiente; otras llevan brazaletes de oro en las muñecas.
En los pintorescos callejones del mercado, donde se ofrecen exóticos
frutos asiáticos junto con fresas (que crecen aquí gracias al clima conti-
nental de la ciudad) y jaulas llenas de cachorros de perro, lagartos, ser-
pientes y otros animales que en la localidad se consideran exquisiteces,
es posible encontrar los ingredientes necesarios para poder masticar una
nuez de betel. Estas nueces son las semillas del betel, que se cubren con
cal viva y se envuelven en hojas de tabaco y de betel. Las nueces de be-
tel son astringentes, y la cal viva libera los alcaloides que contienen las
hojas de betel y la nicotina de las hojas de tabaco. Esta mezcla es un es-
timulante potente que acelera los latidos del corazón, elimina el hambre
y el cansancio, y da euforia. Las nueces de betel son en Asia lo que las
hojas de khat en Arabia, las nueces de cola en África y las hojas de coca
en algunos países de Sudamérica.
Junto con diferentes plantas medicinales, los vendedores ofrecen tam-
bién un afrodisíaco llamado balud, que es un huevo de pato cocido justo
unos días antes de que el polluelo rompa el cascarón. El polluelo está
para entonces completamente formado, con su pico y sus patas palmea-
das, pero sin plumas. El pico, las patas, el cráneo y los huesos tienen la
consistencia del cartílago blando. (Hay veces en que el cliente se lleva
una desagradable sorpresa cuando la cocción del huevo se ha hecho con
un par de días de retraso.) Se puede comprar balud en cualquier sitio, en
cualquier momento del día o de la noche, pero sobre todo en los barrios
donde se apiñan los bares y las salas de fiestas. Al agudo grito de los ven-

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dedores: «Baludí Baludí», los hombres más viejos se precipitan hacia
ellos para comprar huevos; se cree que el balud actúa con rapidez en el
robustecimiento de su personal habilidad para satisfacer a las compañe-
ras sexuales.
Además de suministrar diversos tónicos contra la debilidad física, la
naturaleza ha obsequiado a los pueblos de tradición con los psicodélicos,
que para ellos tienen un valor sagrado. (Suelen llamarlos «plantas de los
dioses».) Estas plantas generalmente son privilegio de los jefes espiri-
tuales y de los magos, además de las personas que deben someterse a ri-
tuales concretos de iniciación.
Mientras hacía lo posible por enterarme de las zonas de la selva que
debía explorar para dar con una tribu aislada cuyo nombre era apayao,
descubrí que Baguio era el refugio de un grupo de gentes conocidas por
ser sanadores psíquicos. Esta gente extraña y misteriosa era capaz de
hundir los dedos en el cuerpo del paciente y extraer los tejidos infectados
u otras causas de enfermedad. Por entonces aún no habían adquirido
fama internacional y los extranjeros no iban a Filipinas para recibir tra-
tamiento. Sus únicos pacientes eran los autóctonos. Intrigado por sus po-
deres misteriosos, decidí que la selva podía esperar y comencé a investi-
gar a los sanadores psíquicos.

Los sanadores psíquicos

En Baguio conocí a muchos sanadores psíquicos. Aunque sus trata-


mientos parecían dar resultado, ya que muchos de los pacientes verdadera-
mente mejoraban, lo que muchos de ellos hacían en la práctica de su tra-
dición curativa no me había convencido. O no me permitían estar lo
suficientemente cerca para apreciar con detalle el proceso quirúrgico com-
pleto, o realizaban la operación de un modo tan evasivo que era imposible
averiguar nada. Eso me hizo poner en duda lo que había presenciado.
Plácido, un sanador cirujano, fue de los pocos que me dejaron estar
tan cerca como para poder seguir a la perfección todo el proceso quirúr-
gico y otros métodos de curación que empleaba. Plácido tenía unos trein-
ta años y era un hombre nervioso y reservado. Al igual que otros sana-
dores filipinos, afirmaba que su conocimiento no era humano, sino un
don de Dios.
-Es Dios quien cura, yo sólo soy su herramienta -decía cada vez que
yo le interrogaba-. Hago simplemente lo que Dios, a través de mi intui-
ción, dice que haga.
Ya que ocupaba las primeras horas de la mañana en las curaciones,
por lo general entre las seis y las ocho o las nueve, Plácido se levantaba
cada día mucho antes del amanecer y dedicaba horas enteras a la lectura

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de la Biblia, a la oración y a la meditación, antes de ir a la capilla donde
oficiaba; era un consultorio médico situado cerca de los barrios pobres.
No pedía dinero a los pacientes; ellos le pagaban con lo que podían y le
llevaban pollos, huevos u otros alimentos. Vivía en una casa sencilla a las
afueras de Baguio.
Toda la capilla se reducía a una habitación pequeña y muy limpia,
con una docena de imágenes de santos católicos que colgaban en una pa-
red alrededor de un crucifijo. Los bancos estaban de cara a una larga
mesa de madera situada en un extremo de la habitación, el opuesto a la
entrada. Era la mesa de operaciones. Tras ella, y apoyado contra la pared,
había un banco viejo repleto de cosas diversas: tazas, vasos, algodón, ho-
jas de papel, sábanas blancas dobladas, un crucifijo... Junto a la mesa de
operaciones descansaba una Biblia abierta sobre un pequeño velador pa-
recido a los que se emplean en las sesiones de espiritismo.
Cuando llegó Plácido, la capilla estaba llena de pacientes y familia-
res, en total unas veinte personas, que se habían sentado en el suelo y en
los bancos. Los presentes entonaban cánticos religiosos católicos bajo la
dirección de uno de los ayudantes de Plácido, una mujer que también ha-
cía de enfermera. El otro ayudante, un joven, estaba ocupado en colocar
una jofaina con agua en el banco próximo a la mesa de operaciones.
Con la entrada de Plácido en la capilla cesaron los cánticos, y la pri-
mera paciente, una mujer que sufría intensos dolores en el abdomen, fue
invitada a tumbarse, vestida, sobre la mesa de operaciones. Mientras los
ayudantes se situaban a ambos lados del sanador, éste dispuso que yo me
colocara a un extremo de la mesa. Plácido se santiguó y cerró los ojos
para rezar una breve plegaria. Entonces, sin apenas atender las quejas de
la paciente, movió las manos con lentitud por encima del cuerpo de la en-
ferma, sin tocarla. Estaba intentando localizar el dolor y descubrir la cau-
sa y alcance de la dolencia.
-El ovario izquierdo está gravemente infectado -me susurró.
La enfermera retiró las ropas de la enferma por la parte donde debía
ser operada. El otro ayudante frotó la zona con un algodón húmedo. Des-
pués, el sanador comenzó a masajear el cuerpo de la mujer, hundiendo
los dedos cada vez con más fuerza y más hondo, hasta que por fin desa-
parecieron en el hueco que se había formado en la carne. De repente, el
hueco comenzó a llenarse de un líquido amarillo que se desbordó por
el abdomen de la paciente; era pus, me diría Plácido más tarde. Con toda
la rapidez de que era capaz, la ayudante enjugó el líquido, que fue cam-
biando de color hasta tornarse rojo, como la sangre.
Ver el líquido brotando del hueco formado por la presión de los de-
dos del sanador ya era como para cortar la respiración, pero lo que siguió
fue aún más pasmoso. El sanador sumergió ambas manos en el cuerpo de
la mujer y retiró una masa sanguinolenta que aún estaba parcialmente

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unida al resto de los órganos internos; según el sanador, se trataba del
ovario izquierdo de la paciente. Examinó el órgano y luego, con unas ti-
jeras, cortó un trozo pequeño de la masa y devolvió la restante al interior
del cuerpo. Después, el sanador unió por presión los dos bordes de la
abertura y su ayudante volvió a frotar un algodón sobre el área afectada.
Y vi el resultado: la piel se había cerrado por completo. No había ni una
sola gota de sangre, ni la menor señal de herida; tan sólo un área rojiza
en la piel, debido a la presión ejercida por los dedos del sanador.
La operación había durado dos minutos. La paciente sonrió y se san-
tiguó, murmurando plegarias inaudibles; besó las manos del sanador
para expresar su profunda gratitud y alegría, bajó de la mesa y salió an-
dando por su propio pie, sin ayuda. No quedaba el menor rastro de en-
fermedad; se había recobrado del todo. Su familia rezaba y gritaba y son-
reía..., y dejaron un pollo en pago por los servicios del sanador.
A continuación, con los mismos métodos de diagnóstico y cirugía, Plá-
cido cortó un fragmento del intestino de un paciente, extirpó un bulto infec-
tado del hombro de otro, y desprendió un quiste de la garganta de un tercero.
Otro paciente, con la cara amarillenta, se quejaba de vomitar un líquido
amarillo y de tener un dolor agudo en la parte derecha del abdomen. Plá-
cido extirpó un trozo sanguinolento de algo que estaba en el abdomen, un
tumor en el hígado, según dijo. Después de ver la causa de su enferme-
dad, el paciente recobró el color normal y marchó, ya curado.
Por el método de la imposición de manos, que describiré más adelan-
te, Plácido eliminó el dolor de cabeza de una mujer. A un hombre le dijo
que no podía hacer nada por él, ya que su dolencia había ido demasiado
lejos. Y despachó a una mujer que se quejaba de tener varias enfermeda-
des, diciendo que no estaba enferma, sino que lo imaginaba.
Era fascinante ver con cuánta rapidez podía apreciarse a simple vista
la recuperación de los pacientes, nada más finalizar el tratamiento que el
sanador aplicaba. Muchos de ellos llegaban a Plácido tan debilitados que
apenas podían moverse sin ayuda. En cambio, tan pronto como termina-
ba la operación, tanto si habían visto sangre u órganos como si no, salían
por su propio pie como si nunca hubieran estado enfermos.
Aunque la mayoría de los sanadores filipinos hacen muy pocas pre-
guntas a sus pacientes, los métodos que emplean para el diagnóstico y la
cirugía varían. Por ejemplo, Plácido explicaba que el pasar las manos por
encima del cuerpo de los pacientes le permitía descubrir el sitio, la causa
y la gravedad de la dolencia; con eso tenía bastante para saber cómo tra-
tarla. De los otros cuatro sanadores que me convencieron, uno dijo que
mientras pasaba las manos podía, literalmente, sentir el dolor en su pro-
pio cuerpo, con lo que ya sabía con exactitud la manera de curarlo. Otro
sanador era capaz de diagnosticar mirando sólo la fotografía del pacien-
te, o concentrándose en su nombre, edad y dirección.

69
Los métodos diagnósticos de los dos restantes eran completamente
diferentes. Nunca pasaban las manos por encima del cuerpo de los pa-
cientes, salvo cuando aplicaban la técnica de la imposición de manos.
Uno de ellos tomaba asiento justo al lado del paciente y se ponía en tran-
ce. Una vez conseguido, el sanador empezaba a anotar datos referentes al
diagnóstico y el proceso curativo del paciente. Otro método que practi-
caba con éxito era el que llamaba «diagnóstico espiritual». Pasaba la Bi-
blia por encima de la cabeza del paciente y así obtenía -de Dios, decía
él- el diagnóstico y el conocimiento de la operación que debía realizar.
El último sanador de los que he mencionado era capaz de ver el aura res-
plandeciente y palpitante del enfermo. Y dependiendo de su forma y co-
lor, podía diagnosticar y aplicar el tratamiento quirúrgico adecuado.
(El aura es el campo de energía, visible como una banda de luz colo-
reada, que rodea a todos los seres vivientes: hombres, animales y plantas.
El profesor Harold Burr, de la Facultad de Medicina de la Universidad de
Yale, lo llamaba «campo L», que es el campo electrodinámico que en-
vuelve a los seres vivos. En las pinturas y estatuas religiosas, las auras se
representan en forma de aureola que circunda la cabeza. Aunque el tema
es muy polémico, esta proyección invisible ha podido ser fotografiada en
Estados Unidos y en la Unión Soviética -donde se cree que es bioplas-
ma-, gracias al proceso fotográfico de alta frecuencia. La doctora Shafi-
ca Karagulla trabaja con psíquicos que, al ver las auras, son capaces de
leer el estado físico, emocional y mental de los individuos, y de diagnos-
ticar enfermedades. Estas lecturas son acertadas cuando se las compara
con los diagnósticos médicos.)
Aún tuve oportunidad de ver otro método de diagnóstico en un pe-
queño poblado de la selva, en Gabón, África. El hechicero rodeaba al pa-
ciente con una sábana blanca y de esta manera era capaz de ver o perci-
bir, sobre la sábana, los órganos internos del paciente, de modo parecido
a una radiografía.
La facultad humana para percibir o ver órganos internos -que se de-
nomina biofeedback, alteroscopia o autoscopia- se inscribe dentro del
ámbito de la PES. Si hacemos caso de la parapsicología, esta facultad
existe. Los investigadores psíquicos han probado que hay personas cuyas
percepciones suelen ser acertadas cuando son comparadas con el diag-
nóstico médico.
Además de emplear distintos métodos de diagnóstico, los cinco sana-
dores filipinos que he mencionado tienen diferentes técnicas para tratar a
los pacientes. Las seis que yo he visto aplicar son la imposición de ma-
nos, la curación del plasma del aura, la inyección psíquica, la cirugía
real, la introducción de los dedos en el cuerpo y la materialización de los
tejidos u órganos enfermos sobre la epidermis.

70
La imposición de manos

Al método de imposición de manos que vi utilizar a Plácido, los sa-


nadores filipinos le dan el nombre de curación espiritual. Yo me incli-
no a llamarlo curación magnética porque antes y después de concen-
trar los poderes curativos en las partes afectadas del cuerpo del pa-
ciente, Plácido impone las manos sobre los puntos donde se localizan los
chakras.
Según los hindúes, los chakras son aquellos puntos donde el cuerpo
físico se une al cuerpo astral. Son centros de energías psíquicas y vitales.
El ser humano tiene siete chakras principales. Uno está fuera del cuerpo,
a unos diez centímetros por encima de la cabeza; los otros están en la
frente, el cuello, el corazón, el ombligo, los genitales y el ano. (Los ja-
poneses consideran que el punto situado justo debajo del ombligo es el
centro vital del cuerpo. Lo llaman hará', es el punto al que dirigen la es-
pada cuando quieren darse muerte, de ahí el harakiri.)

La curación del plasma del aura

No dispongo de mucha información sobre la curación del plasma del


aura. Pero ya que está reconocida la posibilidad de diagnosticar al pa-
ciente leyendo el aura, no veo razones para no poder tratarle curando el
plasma del aura, es decir, concentrando los poderes curativos en ésta a fin
de que recupere todos sus colores.

Inyecciones psíquicas

El sanador se colocaba a un metro y medio del paciente, sin nada en


las manos. Cada vez que le inyectaba psíquicamente, el enfermo sentía el
dolor de un pinchazo, y del punto donde lo había notado, brotaba una
gota de sangre perfectamente visible. Al término del tratamiento podía
apreciarse con claridad que el enfermo había sanado.

Cirugía real

Se practica con pacientes que están plenamente conscientes. El sana-


dor hace una incisión en la piel con un cuchillo corriente y hunde los de-
dos, y a veces las dos manos, en el cuerpo del paciente para extraer los
tejidos enfermos o el órgano entero. Una vez ha extirpado la zona afec-
tada, devuelve el órgano al interior del cuerpo. Luego, durante unos se-

71
gundos, ejerce presión para unir las dos partes de la incisión. Cuando re-
tira las manos, queda una tenue cicatriz.
Es sorprendente que en el transcurso de la operación, que nunca se pro-
longa más allá de uno o dos minutos, casi no haya sangre; los pacientes
sienten muy pocos dolores, y siempre con un cierto retraso. Tampoco se
producen infecciones posoperatorias, cosa que es de todo punto extraordi-
naria si tenemos en cuenta que brilla por su ausencia la necesaria higiene.
Estos tipos de cirugía (quizá similares a la que realizaban hace miles de
años los egipcios, los mayas y los incas) siguen practicándose en muchos
lugares, como por ejemplo en Brasil. En los barrios pobres de Río de Ja-
neiro vi a una mujer, conocida por sus facultades mágico-curativas, hacer
incisiones con un cuchillo viejo en el cuero cabelludo de un paciente que,
al parecer, tenía un tumor cerebral. A continuación abrió un orificio en el
hueso del cráneo con un cincel y un martillo de tipo ordinario, para luego
hundir sus dedos en la zona enferma del cerebro. El paciente no sólo esta-
ba perfectamente consciente, sino que además ayudaba a la mujer mante-
niendo el cuero cabelludo apartado de la herida y enjugando la sangre.
El hecho de aliviar el dolor de un paciente que está en estado cons-
ciente durante la operación, limitar el flujo de sangre y acelerar la cura-
ción de las heridas después de la operación, ya no son fenómenos que
puedan considerarse mágicos. El doctor Beranger, cirujano francés, den-
tista y autor de muchos libros, ha obtenido los mismos resultados apli-
cando una técnica que él llama sofrología, una especie de autohipnosis.
(El doctor Beranger fue uno de los primeros franceses que estudiaron las
técnicas de autocuración.)
Lo conocí muy bien y trabajé con él en diversas ocasiones. Una vez me
pidió que le ayudara en una operación dental; su paciente, una mujer, no
podía admitir la anestesia porque su corazón no hubiera resistido. Utili-
zando sus técnicas, pude detener considerablemente el flujo de la sangre,
eliminar por completo el dolor y acelerar el proceso curativo de la paciente.
Ahora bien, los cirujanos psíquicos filipinos no se valen ni de la hip-
nosis ni de la sofrología. ¿Cuál es su secreto? Juan Blance, un sanador
cirujano a quien tuve la oportunidad de conocer en uno de mis viajes,
acostumbraba hacer incisiones a distancia y sin tocar la piel. Se colocaba
a menos de medio metro del paciente y, sirviéndose del dedo extendido
de alguno de los presentes, trazaba una corta línea en el aire. Mientras
hacia esto, aparecía un corte en la piel del paciente. El resto de la opera-
ción proseguía al estilo de los demás sanadores filipinos.
Tuve que ver muchas veces con mis propios ojos la técnica de Juan
para poder creer lo que veía. Christian de Corgnol también presenció este
tipo de cirugía y la describió en su libro Los sanadores filipinos.* Para él,

'"Publicado por Ediciones Martínez Roca, Barcelona, 1979.

72
este fenómeno no era otro que el de \apsicocinesis, mente sobre materia:
el uso de los poderes mentales para afectar o influir en el entorno, o mo-
ver objetos inanimados. Aunque la ciencia aún no ha emitido el veredic-
to final sobre la psicocinesis, son muchos los estudios estadísticos que
apuntan hacia su veracidad.

Introducción de los dedos en el cuerpo

Esta técnica quirúrgica con la que Plácido operaba es mucho más di-
fícil de comprender y ha dado lugar a numerosas especulaciones. Si nos
atenemos a la hipótesis más interesante, es posible que, gracias a los po-
deres mentales del sanador, se produzca una profunda relajación mental
y física del paciente por intensificación de sus ondas alfa, estado que pro-
voca una alteración momentánea en la estructura de la piel; es entonces
cuando puede atravesarse, incluso con un dedo, sin hacer daño alguno.

Materialización de los tejidos u órganos enfermos

He visto de cerca un caso en el que el sanador hacía aparecer sobre la


piel parte de lo que presuntamente era el estómago del paciente. Por lo que
vi, no había posibilidad alguna de que utilizara un truco. El vientre del pa-
ciente se hallaba perfectamente limpio y, un segundo después, parte del es-
tómago estaba allí encima. Las manos del sanador no estaban manchadas
de sangre, cosa que habría sucedido de haber sido él quien pusiera el órga-
no sanguinolento sobre el vientre. Tal vez pueda entenderse este fenómeno
si aplicamos una lógica distinta de la que rige nuestras leyes científicas.

Los sanadores psíquicos filipinos no suelen ser de mucha ayuda a la


hora de explicar estos fenómenos. Cuando se les pregunta dicen siempre:
-Es un don de Dios. Solamente somos médiums que realizan opera-
ciones espirituales.
Y ciertamente, la mayoría de ellos se dedicaron a curar después de haber
tenido sueños y visiones que se referían a una misión sagrada. En todos los
casos, esta llamada de Dios, por emplear el término que ellos utilizan, les lle-
gó mientras vivían momentos trágicos. Los pocos que intentan comprender
el mecanismo de los métodos curativos dicen: «Para curar a un paciente,
tenemos que reequilibrar sus energías mentales, físicas y espirituales».
Y por último, quisiera hablar de Mauricio X, cuya personalidad me
impresionó tanto como lo que ocurre cuando entra en el estado que le
permite hacer uso de sus poderes psíquicos curativos.

73
De corta estatura y unos cincuenta años de edad, Mauricio es un físi-
co brasileño que trabaja para el gobierno y vive en Brasilia. Con este tra-
bajo mantiene a sus seis hijos. Pero dedica tres días a la semana, y a veces
más, a ir a los hospitales y visitar pacientes en casa, tratándolos gratuita-
mente con sus poderes curativos. Tiene fama de curar cánceres, aun cuando
ya estén muy avanzados; su reputación viene respaldada por el Colegio
de Médicos.
Mauricio trata a muchos pacientes a la vez. Éstos se acuestan uno al
lado de otro, en bancos y camas, en una habitación a oscuras. De los al-
tavoces surge un cántico religioso que, según sea la elección, puede ser
católico, ruso ortodoxo o judío.
—La religión no es importante -dice Mauricio-. En tanto hay fe, hay
magia.
Describo a continuación una de las sesiones curativas que presencié.
Mauricio pide a los tres pacientes, echados juntos y de través sobre
una cama grande, que cierren los ojos, respiren lentamente y relajen el
cuerpo. Entonces empieza a recorrer la habitación, respirando cada vez
más rápida y profundamente hasta alcanzar una especie de trance. Y de
repente, un rayo silencioso, una carga de electricidad estática cruza el te-
cho de la habitación y va a dar en la frente de Mauricio, iluminando todo
el cuarto durante un momento. (Él dice que se trata de energía cósmica
con poderes curativos.) Mauricio se toca la cabeza, como para aliviar un
dolor agudo, y se dirige hacia la cabeza del primer paciente, mientras se
frota las manos y respira ruidosamente. A medida que avanza, su cuerpo
emite docenas de pequeños destellos que recorren la piel. Una vez ha lle-
gado a la altura de la cabeza del paciente, descarga parte de la energía
cósmica recibida y la dirige hacia el enfermo. Toca distintas partes de la
cara de éste y las masajea, mientras su cuerpo entero relumbra con pe-
queños centelleos. Entonces, una vez más, la frente de Mauricio es gol-
peada por un destello cegador que viene del techo. Mauricio toca el co-
razón del paciente y todos los puntos donde están situados los chakras, al
tiempo que traspasa pequeñas chispas de energía desde su cuerpo al del
enfermo. Luego prosigue masajeándole los pies y otras partes del cuerpo.
Finalizado el tratamiento del primer paciente, Mauricio empieza con
el segundo, aplicando la misma técnica que para el primero. Continúa
luego con el tercero. Y durante los veinte minutos que le lleva curar a los
tres, golpean su frente cinco o seis potentes descargas luminosas que car-
gan su cuerpo de energías eléctricas, y que después él libera para traspa-
sarlas al paciente. En ocasiones lo ojos comienzan a despedir un fulgor
verdoso y titilante que crece en intensidad hasta que repentinamente ex-
plota en silencio y, moviéndose en espiral, gira alrededor de todo su cuer-
po antes de romperse en muchos destellos. A veces, también, todo el cuerpo
de Mauricio brilla con cientos de chispas eléctricas que recorren su piel.

74
Cuando el tratamiento del tercer paciente acaba, Mauricio toma un bre-
ve descanso, momento en que los pacientes salen de la habitación, y otro tres
entran en ella. Entonces da comienzo otra sesión curativa de veinte minutos.
Finalmente, con el cuerpo vencido por el cansancio y cubierto de su-
dor, Mauricio pone fin a las sesiones curativas, que pueden durar horas
enteras. Tiene una quemadura en la frente, en el punto exacto donde ha
sido golpeada por las potentes cargas de energía cósmica; la piel está roja
e hinchada y un líquido brota de ella. En su pecho hay dos manchas; tam-
bién allí la piel está roja e hinchada, y exuda un líquido; parecen dos di-
bujos grabados a hierro candente. La quemadura de la izquierda se ase-
meja a una cruz. La de la derecha recuerda un signo cabalístico que Mau-
ricio no ha podido descifrar. Transcurridas dos horas, las quemaduras de
la frente y del pecho desaparecen lentamente, sin dejar señal alguna.
Cuando por primera vez vi la técnica curativa de Mauricio, sospeché
que el físico había inventado un prodigioso sistema electrónico para con-
seguir todos aquellos efectos. Le pedí que me tratara para comprobar
bien de cerca lo que hacía.
Diagnosticó que tenía tres ríñones (de hecho, tengo una malformación
en un riñon que se llama desdoblamiento de la copa superior derecha) y
una úlcera incipiente. Me había dicho que cerrara los ojos, pero hice tram-
pa. Mientras su cabeza estaba sobre la mía, vi que sus ojos empezaban a
brillar y que su piel liberaba, a través de la camisa, una serie de breves
destellos luminosos que golpeaban mi cuerpo sin que yo sintiera nada.
Como era el último paciente, pude quedarme con él y verle a la luz.
Cuando se quitó la camisa para enseñarme las dos quemaduras del pecho,
comprobé que no llevaba ni cables ni nada que pudiera haber producido
los destellos y las chispas que despedían su frente, ojos, pecho, manos y
dedos. No pude hallar ni una sola prueba que delatara algún truco. Tenía
que admitir la veracidad de lo que había visto.
-El rayo que me golpea es una energía cósmica -explicó Mauricio-.
Por él soy capaz de ver los órganos internos de los pacientes. Puedo per-
cibir todo lo que está mal. Y puedo curar utilizando esa energía cósmica,
que, al ser la fuerza vital del cosmos, es una energía curativa.
Para él todo había empezado muchos años atrás, a consecuencia de
sufrir un accidente en el que estuvo a punto de perder la vida. Comenzó
a tener visiones en las que curaba a personas enfermas con su don. Trató
de sanar a una sin saber lo que hacía y dio resultado: fue golpeado por la
fuerza cósmica, hizo el diagnóstico del paciente y le traspasó las energías
curativas; el enfermo curó.
-Todo sucedía según las visiones -dijo Mauricio-. Desde entonces,
cuando paso varios días sin curar, me siento mal interiormente. Sanar me
devuelve el equilibrio interno.
Mauricio es un fenómeno por sí solo. Cuando no cura, este hombre

75
alegre adora el buen vino y la buena mesa; en una fiesta, se convierte rá-
pidamente en el centro de atención por su gracia para contar anécdotas
divertidas y algún que otro chiste verde. Al mismo tiempo, es todo un
erudito. Inclinado por su formación científica a intentar comprender cómo
funciona su técnica curativa, ha leído todo lo que ha podido sobre reli-
gión, filosofía, parapsicología, curación y otros temas de la misma índo-
le. Antes ferviente católico, ahora es más un creyente en la espiritualidad.
-Cometí un error en mi vida anterior, que pasé en una de las Pléyades
-me dijo-. A consecuencia de ello, he sido reencarnado en la tierra y con-
denado a curar.
Cuando le pregunté cómo había llegado a esa conclusión, Mauricio
replicó:
-No estoy seguro de nada. Sólo se trata de la explicación que le doy.
Cada día intento aprender más sobre mí mismo por medio de la medita-
ción. La verdadera meditación no es para proyectarse fuera del cuerpo, es
para proyectarse hacia dentro. Para descifrar los mensajes contenidos en
las células. Allí es posible encontrar las respuestas a todo; la historia de
Dios y del universo está escrita allí. Esto lo sé seguro porque hay cosas
que he aprendido en mis meditaciones y que más tarde he encontrado en
libros que no había leído nunca. De modo que, cuando digo que éstas son
mis explicaciones, es porque las he aprendido en la meditación, pero aún no
he encontrado prueba de ellas ni en los libros, ni en el saber de los demás.

Adivinación

Mientras exploraba las selvas que quedan al norte de Luzón, conocí a


los apayaos, que son cazadores de cabezas, y viví con ellos algún tiempo.
Como todos los pueblos de tradición, los apayaos creen que para evi-
tar la ira de los invisibles hay que consultarles en lo relativo a cualquier
decisión o acción de los miembros de la tribu. Esto lo hacen mediante ri-
tuales de adivinación.
El chamán del poblado donde yo vivía hizo una adivinación de lo
más sorprendente, valiéndose de una técnica para invocar a los invisibles
que yo nunca había visto en ningún sitio. Necesitaba la ayuda de los es-
píritus a fin de determinar cuál era el ritual curativo más indicado para
sanar a una anciana enferma.
El chamán llenó con vino y arroz media cascara de coco hueca. Estuvo
unos diez minutos recitando plegarias al tiempo que examinaba la superficie
del vino, en busca del ritual curativo que debía realizar. Cuando encontró la
cura, utilizó otros dos métodos para que los espíritus le dieran confirmación.
En primer lugar, ató una piedra a una cuerda fina que colgaba del techo.
Cuando la piedra se quedó quieta, comenzó a enumerar todos los rituales

76
curativos que podía celebrar. Al pronunciar el nombre del que había visto
en la superficie del vino, la piedra empezó a girar en movimiento circular.
Para la segunda comprobación, tomó un huevo y lo puso en el suelo,
en equilibrio sobre la punta. Volvió a nombrar todos los rituales y, para
mi sorpresa, el huevo cayó de lado al pronunciar el nombre del ritual que
la piedra había confirmado.
Aunque la técnica original de adivinación que el chamán empleaba es
de por sí bastante misteriosa (la superficie del vino), lo que más me fascina
son los dos métodos de confirmación. Examinemos ambos más de cerca.
La primera técnica se valía de una piedra atada a una cuerda fina he-
cha con hojas de palmera entretejidas. La cuerda colgaba del techo de la
casa ceremonial, donde tuvo lugar la sesión adivinatoria. La casa no te-
nía paredes, y el techo era cónico, de unos cuatro metros y medio de diá-
metro; lo sostenían cinco troncos de árbol de unos dos metros de alto. En
el centro había un poste más alto. Los postes laterales y el central estaban
cubiertos por una estructura hecha de bambú, a la que se fijaba el techo.
La cuerda de adivinación y la piedra iban atadas a una de estas vigas la-
terales de bambú. El otro extremo de la cuerda había sido cortado justo
por debajo del nudo. Aunque no pude comprobar el peso de la piedra, te-
nía el tamaño de una manzana y debía de ser bastante pesada.
Podría sospecharse que el chamán, o cualquier otra persona, hizo algo,
directa o indirectamente, para reiniciar el movimiento de la piedra. Pero el
chamán no la tocó en ningún momento, y estaba demasiado lejos de ella
para poder moverla con su aliento. Tampoco se hallaba cerca de ninguno de
los palos que sujetaban el techo. Yo estaba en pie, fuera del recinto ceremo-
nial, de modo que pude fácilmente comprobar que no había nadie en el techo.
Pocas semanas más tarde tuve la suerte de presenciar el mismo rito de
adivinación. Esta vez tomé asiento cerca de uno de los dos postes que
sostenían la estructura de bambú de donde colgaba la cuerda. Estaba to-
talmente recostado contra el poste. Cuando la piedra empezó a oscilar, no
sentí el menor temblor en el poste, ni nada que indicara la presencia de
alguien más que, apoyándose en el recinto, imprimiera movimiento a la
piedra. Ésta comenzó a moverse en círculos en el mismo momento en
que el chamán pronunciaba el nombre del ritual que previamente había
detectado en la superficie del vino.
Del mismo modo, por dos veces he visto caer el huevo de lado, sin
que nadie hiciera vibrar el suelo o estuviera lo suficientemente cerca para
provocar su caída. La segunda vez puse las manos sobre el suelo, para ver
si notaba alguna vibración anormal. No, el huevo caía cuando el chamán
pronunciaba el nombre del ritual que había de realizar.
¿Qué misterioso fenómeno podía imprimir movimiento a una piedra
y tumbar el huevo para indicar al chamán que seguía el camino apropia-
do? Al preguntarle, éste sonrió y dijo:

77
-Llegará un día en que quizá entiendas los verdaderos poderes de los
espíritus.
Cercano el fin de mi visita, quise hacerme hermano de sangre de
Kuru, un joven guerrero de la tribu. Informado de mi intención, el cha-
mán nos dijo que fuéramos a verle los dos al recinto ceremonial antes del
anochecer, donde yo llevaría a cabo un ritual para requerir el consejo de
los invisibles sobre mi petición.
Cuando llegamos, el chamán sujetaba un pollo vivo. Pidió que nos
sentáramos y, agachándose en el suelo, acarició al pollo y recitó algunas
invocaciones. Luego, decapitó al animal con un cuchillo y lanzó al aire
algunas plumas, observando la posición que tomaban al caer sobre el
suelo. Después, abriendo el cuerpo del ave, examinó meticulosamente la
vesícula y el hígado. Cuando hubo terminado, anunció:
—El momento más propicio será dentro de tres días. ¡Eso es lo que
han dicho los augurios!
Como ya he mencionado, los pueblos de tradición creen que los invi-
sibles expresan a veces su opinión sobre las decisiones que van a tomar-
se sin que nadie los haya invocado a través de un ritual. Por eso los pue-
blos de tradición observan atentamente la naturaleza, en busca de señales
que puedan interpretarse como buenos o malos presagios; puede ser el
movimiento espontáneo de una piedra al paso de un hombre, o el en-
cuentro con ciertos pájaros, serpientes, lagartos, o bien el grito de deter-
minados animales. Si un guerrero apayao, por ejemplo, ve un pájaro azul
que vuela de este a oeste, es señal de que la caza será un completo de-
sastre. Y si al emprender un largo trayecto, ve venir un lagarto hacia él,
interrumpirá el viaje y volverá a casa. Un dayak de Borneo dejará cual-
quier cosa que esté haciendo si frente a él ve volar un mirlo en dirección
norte sur. Para la mayoría de los asiáticos, es señal de mala suerte o de
peligro que la salamanquesa no grite siete veces consecutivas. Los gita-
nos consideran que ver un sapo mientras uno está pensando en hacer una
cosa concreta, es señal de que debe hacerse aquello que se pensaba.
Si el lector cree que interpretar estos acontecimientos naturales como
presagios es algo que sólo los pueblos de tradición practican, reparemos en
la cantidad de personas que evitan pasar por debajo de una escalera y que
piensan que si un gato negro se cruza en el camino es señal de mala suerte.
La adivinación ¿es una realidad?
Aquí la cuestión no es si determinada sesión adivinatoria es genúina
o no, sino si la adivinación como tal es posible. Para responder a la pre-
gunta, debemos darnos cuenta de que el arte de la adivinación tiene que
ver con numerosas realidades distintas.
Comencemos por el fenómeno de la clarividencia. La clarividencia
no se inscribe en ningún sistema religioso de creencias, ni requiere el
concurso de la fe para que dé resultado. Tal vez surte efecto porque todos

78
disponemos de cierta habilidad mental, que hasta hoy la ciencia no ha
descubierto, y que nos permite poseer un grado de conocimiento sobre
algunos aspectos del futuro, quizá poniéndonos en contacto con una cons-
ciencia más desarrollada.
Cuando pensamos en una persona y ésta nos llama esa misma noche,
o recibimos carta suya poco después, no sería una simple coincidencia,
sino una capacidad humana real para tener algún conocimiento del futu-
ro. Si llamamos a esto coincidencia, es porque a la mayoría de nosotros
estas experiencias nos suceden raras veces. Ello podría ser debido a que
no desarrollamos ni estamos en contacto con esta facultad, frecuente-
mente porque carecemos de la fe necesaria para creer en los poderes de
nuestra mente; por tanto, no sabemos aprovechar plenamente la clarivi-
dencia, ni ejercerla de continuo, pese a que hay personas capaces de do-
minarla por completo, tal como indican diversos experimentos realiza-
dos en el campo de la parapsicología.
La adivinación ritual puede ser sólo un medio, un instrumento, para
ejercer esta facultad de la mente que da paso a la clarividencia. O quizá
debiéramos considerar la posibilidad de que verdaderamente haya mo-
dos de conectar, utilizando dones de mediación, con los invisibles o los
seres espirituales que conocen los secretos del mundo y nos los pueden
revelar. He dicho que al llamar a los espíritus, las personas invocan ener-
gías que pasan por el mundo entero. Por medio de su habilidad para vin-
cularse con estas energías, pueden quizá sintonizarse con algún tipo de
armonía cósmica o universal, de la que todos nosotros somos parte. Esta
armonía, a su vez, nos guía de tal manera que nuestras acciones no la
romperán ni interferirán con ella.
Esta visión de la realidad de la adivinación sigue siendo válida en lo
que se refiere a los presagios, mientras los consideremos herramientas
para conectar con la naturaleza.
¿Y qué es la naturaleza sino parte de la armonía cósmica? Cualquier
acción que emprendamos contra ella quedará reflejada en la armonía cós-
mica y la romperá. De modo similar, cualquier acción que interfiera o quie-
bre la armonía cósmica desequilibrará la naturaleza y la pondrá en peligro.
Y esto explicaría por qué nos llegan mensajes de la naturaleza, o presa-
gios, relativos a algunas de nuestras acciones. Dándonos esos presagios, la
naturaleza intenta protegerse de las acciones que podrían dar al traste con
ella; trata de evitar que pongamos en peligro la armonía cósmica.
Tal vez el éxito de los pueblos de tradición al emplear los rituales de
adivinación y al interpretar los presagios no sea más que la medida de su
capacidad para estar en sincronización con la sabiduría de la naturaleza.
Y ya que todos los seres humanos somos parte de ella, es una destreza
que todos tenemos necesidad de aprender.

79
4
El pueblo tuareg

Fui al desierto del Sahara por mero accidente. En marzo de 1970 aca-
bé una gira de conferencias, y partí hacia el sur de Francia en busca de gi-
tanos para hacer una película sobre ellos. Al comienzo del verano, unos
amigos belgas me invitaron a acompañarles en un viaje de cuatro sema-
nas a Tamanrasset, una pequeña ciudad legendaria en la región de las
montañas Hoggar, en pleno corazón del Sahara, para que filmara su ex-
pedición. (El Sahara se extiende desde Libia hasta Mauritania, cruza la
parte sur de Marruecos y Argelia, y el norte de Níger y Malí; las monta-
ñas Hoggar están al sur de Argelia.)
Aunque la película sobre los gitanos me tenía muy ocupado, a la semana
de que mis amigos hubieran hecho la propuesta, mi novia Daniéle (que más
tarde sería mi primera esposa) y yo nos encontramos siguiendo a un Land
Rover y dos autobuses Volkswagen en nuestro utilitario, camino del Sahara.
Tal vez seguí a mis amigos porque sabía que en ese desierto moraba un
pueblo enigmático: los tuareg. Estaba impaciente por conocer a esos nó-
madas.
En aquel entonces, llegar hasta Tamanrasset con un coche pequeño y
poco resistente era una idea descabellada. Había cerca de dos mil kiló-
metros de abruptos caminos sin asfaltar que bajaban de las altas mesetas,
atravesaban lagos secos de arena blanda, y trepaban por las montañas lle-
nas de rocas. Al final, a unos quinientos kilómetros de nuestro destino,
una piedra grande que estaba oculta bajo la arena partió el eje delantero
del coche. Mis amigos aconsejaron que les esperáramos allí hasta que
volvieran con las piezas de recambio.
Aguardar allí era una idea acertada, porque un coche que se queda
solo en el desierto tarda muy poco en ser saqueado y desprovisto de cual-
quier cosa que pueda ser de valor. Sin embargo, cometimos un grave error:
en el Sahara era verano y los amigos nos dejaron poca agua.

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La sed es mucho peor que el hambre. Se piensa obsesivamente en lo
fácil que es conseguir agua abriendo un grifo. Se habla constantemente
de bebidas y de bares. La sequedad es tal que el paladar se desprende y
queda pegado a la lengua, la cual está hinchada y saburrosa, y sabe ho-
rriblemente a sal. Se pierde el apetito y se siente debilidad; las piernas
tiemblan al más mínimo esfuerzo.
Aman imán, «El agua es la vida», dice un viejo proverbio tuareg. Es-
tos nómadas conocen bien la implacable ley del desierto. Saben que
cuando el cuerpo humano pierde agua, empieza a consumir la del plasma
sanguíneo. Entonces la sangre se espesa y la circulación es muy dificul-
tosa, incapaz ya de mantener la temperatura normal del cuerpo. El cora-
zón tiene que trabajar mucho más. El cerebro comienza a deshidratarse,
produciendo lesiones irreversibles. Por último, se agota el agua de los te-
jidos y se sufren dolorosas convulsiones. Y si en ese momento la víctima
consigue agua, ya es demasiado tarde; solamente prolongará su agonía.
Hasta que llega la muerte, pasan horas enteras de horribles sufri-
mientos. Por eso los tuareg, si saben que han alcanzado el punto en que
nada puede salvarlos, yacen sobre la arena caliente con el cuello vuelto
hacia el sol abrasador. La sangre caliente empieza a hervir y, cuando lle-
ga al cerebro, produce una muerte instantánea y tranquila.
Daniéle y yo pensábamos en esto durante la espera. Y confiábamos
en no vernos obligados a hacer lo mismo.
Mientras aguardábamos, descubrí que el Sahara juega con la mente
humana. A veces el ruido de un automóvil nos daba fuerzas para salir del
coche y esperar..., hasta que nos dábamos cuenta de que el raido eran los
granos de arena movidos por la brisa caliente. A veces, la visión de una
densa polvareda en la lejanía nos hacía pensar que venía un coche..., pero
pronto descubríamos que era un remolino de viento absorbiendo polvo y
lanzándolo al aire. Vimos lo que nos parecieron camelleros y salimos del
coche a toda prisa, alzando tanto como pudimos las manos temblorosas
para que nos vieran..., pero luego, cuando el sol cesó en su brutalidad,
nos dimos cuenta de que allí sólo había piedras, algo más grandes de lo
normal, pero piedras al fin y al cabo, que por efecto del calor parecían
ondularse contra el horizonte deformado.
Al tercer día creímos ver a lo lejos un tuareg a lomos de un camello
blanco. Pero esta imagen temblorosa desapareció pronto.
-¿Has visto eso? -susurré.
Daniéle asintió.
-Lo que pasa es que... ¡tenemos alucinaciones! -continué-. Me pre-
gunto hasta cuándo podremos resistir.
Y cerramos los ojos.
De repente, sintiendo que me observaban, los abrí. A pocos centíme-
tros de la ventanilla abierta del coche, vi una cara oculta por un velo. Era

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un muchacho. Casi me quedo sin respiración. Sus ojos grandes y oscuros
contrastaban con la palidez de la piel. Segundos más tarde, giró sobre sí
mismo y desapareció sin más en la luminosidad del desierto. Daniéle y
yo nos miramos y volvimos a entornar los ojos para apresar nuestra últi-
ma esperanza de supervivencia.
Pocos minutos después oímos un ruido. El adolescente con velo esta-
ba allí de nuevo, esta vez con media sandía en las manos. La tendió hacia
nosotros. El muchacho estaba tan callado que no nos atrevíamos a hablar,
como si nuestras palabras pudieran espantar la realidad de lo que nos es-
taba pasando. En silencio le di nuestra última porción de comida, una ga-
lleta. Sus ojos sonrieron. Luego dio la vuelta y se alejó lentamente, la larga
túnica azul ondeando a cada paso. Cuando hubo recorrido unos cuantos
metros se detuvo y volvió a mirarnos, alzando con lentitud una mano
para despedirse. Sin esperar respuesta, giró y desapareció rápidamente
en un espejismo de agua. La silueta se hizo transparente.
Pero la media sandía que estaba en mis manos atestiguaba que el
principito de Saint-Exupéry había reaparecido en el desierto del Sahara,
esta vez con cara de tuareg.
Al día siguiente vino a recogernos un Land Rover enviado por nues-
tros amigos. Con el coche a remolque llegamos a Tamanrasset, donde
nos enteramos de que las piezas de recambio tardarían uno o dos meses.
Antes de lo previsto, nuestros amigos tuvieron que volver a Bélgica.
Pocos días más tarde conocí a un joven, Eric S., y a su hermana, quienes
nos contaron su historia. Cuando el padre de ambos murió, habían vacia-
do la casa, adquirido un Land Rover y emprendido el camino de África
en busca de felicidad. Pero la felicidad no florece en las carreteras africa-
nas si no está en el corazón. Ahora, dos meses después, querían volver a
casa. Eric seguía sin ser feliz, pero había accedido a quedarse en Tamanras-
set mientras su hermana proseguía un affaire amoroso con un sahariano.
Allí estábamos, con un coche estropeado y con ganas de explorar la
región de Hoggar y conocer a los tuareg, mientras que Eric, aburrido de
la vida y con un vehículo recién estrenado, mataba el tiempo a la espera
de su hermana. Tardé dos días en abrirme paso a través de la soledad de
Eric y otro día más en lograr que consintiera hacer de conductor durante
diez días.
Para comprender quiénes son los tuareg y por qué se han visto forza-
dos a conservar operativas ciertas facultades psíquicas, es importante
captar las imágenes del entorno donde viven; se trata de una inmensidad
que inspira temor, un vasto vacío horizontal de belleza sobrecogedora e
insondables abismos celestes que jamás dejan de impresionarme.
El desierto del Sahara es un estado mental. Todos los seres minerales
del desierto se mueven con el sol y cambian de apariencia. Detrás de
cada imagen que tiembla por efecto del calor, aparecen las ilusiones. Hay

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que forzar la mirada ante la constante irrealidad. Aquí y allá se ve lo que
parecen capas de agua flotando por encima del esqueleto de los camellos,
las cabras, las gacelas y, a veces, por encima del cadáver reseco de un ave
que, agotada por el vuelo de la migración, tomó tierra para descansar y
ya no pudo remontar de nuevo. Con una temperatura de más de 50 °C, el
terreno parece convertirse en agua. Debajo de cada duna, de cada arbus-
to, hay una imagen invertida que ondea como si fuera el reflejo del mis-
mo objeto sobre el agua. A medida que uno se aproxima, el agua se reti-
ra y deja sólo una estela de desolación.
A veces el espejismo no es un mero efecto óptico. Puede ser la fantas-
magórica representación de objetos o paisajes reales que están a cientos de
kilómetros de distancia. Este panorama queda reflejado en las capas ca-
lientes más altas y luego se proyecta en las capas bajas, que flotan a un me-
tro o metro y medio del suelo. Ilusiones en una tierra de angustia y miste-
rio, los espejismos siempre han transmitido una atmósfera de inseguridad.
Rodeando la región de las montañas Hoggar hay vastas extensiones
de arena, mares de arena de infinita movilidad sobre los que la naturaleza
estremecida ha dejado su huella. Es una arena polvorienta, tan fina como
la piel de una mujer, tan líquida como las ciénagas y los lodazales, y en
ocasiones tan mortal e intransitable como las arenas movedizas. Grandes
espacios de enormes olas de arena. Castillos de viento. Lomas donde no
se detienen las nubes. Los colores claman en el silencio; la paleta del de-
sierto es rica: resáceos al amanecer, amarillos por la mañana, blancos y
descoloridos al mediodía, marrones y rojos al ponerse el sol. Las dunas
son de una arena tan liviana que, cuando sopla el siroco, desaparecen con
la tormenta dunas enteras, para aparecer reconstruidas kilómetros más allá.
Pronto las grandes extensiones de dunas dieron paso a pilares de pie-
dra, basaltos, mesetas elevadas, viejos testigos de una antigua actividad
volcánica. Es un paisaje quebrado que parece haber estado allí desde los
orígenes del universo y que podría reflejar cómo será el fin del mundo.
Guarda el recuerdo del tiempo en que el agua y el fuego pugnaban por
construir la tierra, cuando la tierra se hizo infierno en el espaciotiempo
de la eternidad. Todo está pintado con colores apagados. Las siniestras
masas rocosas dan sensación de querer partir el cielo.
Si el agua, que tiempo ha elaboró estas formas, hoy ha desaparecido,
el viento ha tomado su lugar y se ocupa de erosionar las atormentadas fi-
guras. Acarrea arena consigo y lima, muerde y roe con una lentitud infi-
nita. Por la noche, la erosión prosigue: es la diferencia de temperaturas
entre el día y la noche. Las piedras estallan, crujen, se desintegran y allí
quedan, afiladas como si de ganas mortíferas se tratara.
Y cuando el sol va subiendo, cada vez más alto, una corriente de ca-
lor baña la atmósfera reseca. La vida es un aliento de fuego; el suelo, ce-
nizas sin apagar.

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Entonces vienen los marrones y rojos del Hoggar, montañas secas y
rocosas, picos parecidos a los del Monument Valley de Estados Unidos,
pero mucho más macizos y más altos. Las rocas se alzan hacia el cielo,
garras gigantes que encrespan a las nubes, las crestas dibujadas contra el
horizonte. Catedrales de piedra y órganos gigantes labrados para los dio-
ses. Valles que parten en dos los altiplanos, inmensas cúpulas de granito.
Hay formaciones que semejan gigantescos libros fosilizados con páginas
que parecen querer desprenderse de la vieja era. Hay flores monstruosas
y bosques de roca. Hay dólmenes y fieros picos volcánicos. Es un caos
indescriptible de peñas negras, marrones y rojas, de lágrimas solidifica-
das, de escupitajos de lava, de babas terreas, un paisaje alucinado por su
fiebre interior. Y la montaña Atakor, con sus 3.000 metros, ¿es una ple-
garia hecha de piedra o es un clamor divino?
Cuando baja el sol, devolviendo los colores a la tierra de las rocas,
una gran armonía desciende sobre ella. Brotan las sombras de las super-
ficies lisas y penetran en todo, en todas partes. El cielo, ahora azul ultra-
mar, parece todavía más infinito. Las dunas cobran el color del oro y sus
sombras semejan órganos femeninos abiertos hacia el sol poniente.
El espectáculo del sacrificio solar es tan grandioso que en el corazón
se despierta un poderoso deseo de bañarse, de sumergirse en el frenesí de
la luz agonizante. La bola roja del sol se clava en el vacío horizontal.
Luego, lenta y majestuosamente, desaparece tras el horizonte; pero el
cielo aún retiene por un momento el mensaje del día, un rosado telón de
fondo ante el que se despliegan banderolas amarillas y rojas, como si la
gran exhibición fuera necesaria para asegurar el retorno del sol.
Con la llegada de la noche, la inmovilidad de estas piedras, rocas y
arenas aparentemente muertas es aún más mágica. Y, con la mirada pues-
ta en el desierto que se extiende ante mí y desaparece por el oeste, adon-
de nadie va y de donde nadie viene, me pregunto qué embriagadores se-
cretos guarda todavía esta movilidad apacible y cruel.
En verano, cuando cae la noche, el aire es fresco; en invierno, hela-
do. El Sahara es una tierra fría con un sol ardiente.
Pero más sobrecogedor aún es estar rodeado de estrellas. Su dibujo
luminiscente y mágico cubre el cielo entero, desde un horizonte hasta el
otro. Parecen estar tan próximas que para acariciarlas bastaría con alar-
gar la mano. Cuando nos acostamos en el suelo, tenemos la sensación de
que nuestros cuerpos son atraídos hacia el profundo azul fosforescente que
separa las estrellas.
Y sólo rompe el silencio el latido del corazón, que llena el inmenso
vacío. Hay un dicho tuareg: «Con el desierto ante ti no digas ¡qué silen-
cio!, sino di: no oigo».

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En este desierto mágico, donde la vida parece ser una enfermedad lar-
ga y terminal, viven los tuareg, una gente que siempre aparece de pron-
to, que da la sensación de pertenecer a un mundo que no es el nuestro.
Son los señores de este universo de desolación, arena y piedras. Uno no
sabe si su reino es la soledad o son estos espacios de otros tiempos don-
de todo puede «ser» o todo puede ser nuevo. Se cubren el rostro con lar-
guísimos velos azules o blancos, por los que sólo asoman unos ojos tala-
drantes. Anteriormente saqueadores, guerreros aún, siempre llenaron de
misterio nuestros sueños.
Se les llama hombres azules del Sahara porque sus ropas están teñi-
das de un índigo oscuro, que destiñe con facilidad e impregna la piel. La
piel queda así bien protegida contra el aire seco, ya que el tinte impide
que la humedad se evapore.
Los tuareg viven bajo un sistema feudal. Hay nobles que han someti-
do a las tribus vasallas; los dos grupos tienen sirvientes. Son de raza cau-
cásica. Los eruditos les consideran parte del grupo étnico beréber. (Los
miembros de un grupo étnico tienen en común la raza, la lengua y la cul-
tura.) Sin embargo, nadie sabe a ciencia cierta quiénes son los bereberes
o de dónde vienen. En cuanto a los mismos tuareg, si nos atenemos a una
de sus leyendas, proceden de una tierra que estaba en medio del océano
Atlántico. Sus antepasados acostumbraban remontar navegando la costa
africana hasta el Sahara, donde vendían, intercambiaban y compraban
mercancías. Un día su tierra desapareció bajo las aguas. Los tuareg de
hoy en día afirman ser los descendientes de aquellos que estaban comer-
ciando en el Sahara cuando ocurrió la catástrofe.
Los tuareg cruzan el Sahara de parte a parte, desde el Hoggar hasta el
desierto de Libia, el norte de Níger, y hasta Tombouctou, en Malí. No es
fácil aproximarse a los guerreros, porque son nobles. De modo que,
mientras aguardábamos en Tamanrasset, Daniéle y yo habíamos pasado
muchos ratos con tuareg sedentarios para enterarnos de sus costumbres y
aprender su lengua, que se llama tamahaq. Así aprendimos unas cuantas
cosas sobre el complicado ritual de salutación y sobre cómo salir airosos
en el primer contacto con los nómadas.
En el primer campamento tuareg que encontramos en la región de Hog-
gar, celebraron un ritual de adivinación sorprendente. El campamento, en-
clavado en la arena blanda del cauce seco de un río, o oued, estaba com-
puesto de seis tiendas situadas a bastante distancia unas de otras. Una
tienda tuareg consiste en un gran baldaquín confeccionado con treinta o
más pieles de animales que se afeitan y se cosen, con un poste central que
sujeta el baldaquín. La entrada está justo en la dirección contraria al viento.
Detuvimos el coche a unos cientos de metros del campamento. Cubrí
mi cara con un velo a la manera de los hombres tuareg, y dejando a Da-
niéle y a Eric en el coche, me encaminé lentamente hacia el grupo de

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tiendas. Mientras me acercaba, comencé a oír los ruidos familiares de una
rutina cotidiana; soplaba un vientecillo suave y hasta mí llegaban las ri-
sas de los niños, los balidos de las cabras, los gritos de los camellos, los
ladridos de los perros.
Cuando estaba a unos cincuenta metros del campamento, vi a un tua-
rcg salir de una tienda y mirarme con fijeza. Yo seguía acercándome, y él
comenzó a caminar hacia mí, pausadamente, sin quitarme la vista de en-
cima. Flotaba tras él la túnica azul oscuro, larga hasta los tobillos, y el
velo se arremolinaba batido por el viento. Con cada paso se oía el tinti-
neo de los amuletos que colgaban de su cuello.
Seguíamos mirándonos fijamente cuando el tuareg paró a un metro
de mí. Los párpados ennegrecidos le daban un aspecto terrible. (Los tua-
reg se ennegrecen los párpados con kohl, un polvo oscuro que protege a
los ojos de las moscas.) Yo también me-detuve, paralizado.
-Ma t toulid? (¿Cómo está usted?) -dijo, sus ojos escrutadores pene-
trando en mi mirada.
—Elrer ras! (¡Sólo con el bien!) -respondí, sabiendo que debía con-
testar a todas sus preguntas con estas dos palabras.
-Ma d'oulan eddounet ennek? (¿Cómo están los de su familia?)
-Elrer ras!
-Ma t toulid d asekel? (¿Cómo ha ido el viaje?)
-Elrer ras!
-Ma t toulid d oudouh? (¿Está cansado?)
La letanía de preguntas continuó durante un minuto. Cuando acabó,
yo dije una vez más «Elrer ras!» y después «Tanemerd!» (gracias). Me
llegó después el turno de hacer el mismo ritual de preguntas mientras el
seguía mirándome fijamente, intentando leer en mi pensamiento para sa-
ber si yo era amigo o enemigo. Un nómada debe decidir entre ambas co-
sas antes de aceptar a un visitante en el campamento. Puede ser una cues-
tión de vida o muerte, no solamente para él, sino para su familia y para
todo el grupo de personas que acampan juntas.
Terminé la serie de preguntas que me correspondía hacer, pero el hom-
bre seguía sin tender la mano para saludar. En lugar de eso, comenzó de
nuevo con la letanía, al parecer todavía insatisfecho con su primera impre-
sión sobre mí. En ocasiones, esto puede repetirse hasta cinco y seis veces.
De pronto ofreció su mano azulada y dijo que su nombre era Brahim.
Puse mi mano abierta contra la suya, palma con palma, y nuestras manos
subieron acariciándose hasta la punta de los dedos. Éste es el saludo tuareg.
Mezclando el francés con el tamahaq, dijo:
-Bebamos té juntos. Conocerá a mi familia.
Según las leyes de la hospitalidad tuareg, la ceremonia del té es la
puerta abierta a la amistad.

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Estábamos sentados con Brahim delante de su tienda, cerca de una
pequeña hoguera, viéndole preparar la tradicional ceremonia del té. Jun-
to a nosotros estaba Zora, su esposa, con un bebé en las faldas y sus otros
dos hijos.
Siguiendo la tradición tuareg, Zora no llevaba velo. Era hermosa,
peinada con decenas de trencitas, la piel clara y ligeramente azulada, una
boca de forma perfecta, delicada la nariz. Mientras atendía a nuestra con-
versación, estiró con suavidad la nariz del pequeño para acentuar la del-
gadez de su forma; los tuareg consideran que es representación de la be-
lleza perfecta. Luego, con una mano, masajeó el cráneo del bebé para
alargarlo, vieja costumbre que ya practicaban corrientemente los anti-
guos egipcios y que perdura hoy sobre todo entre los peulh y algunas tri-
bus massai.
En el suelo, frente a Brahim, había una caja de madera decorada lle-
na de hojas frescas de té verde, y una gran bandeja de cobre con un trozo
de azúcar de más o menos un kilo de peso, que tenía forma ovalada; so-
bre la bandeja reposaban además unos pequeños vasos de té, un vaso
grande, una tetera de cobre y un puñado de hojas de menta.
Brahim echó una pizca de té en la tetera. Tomó una olla de las brasas
donde se calentaba y vertió agua hirviendo en la tetera. Con el fondo
grueso de un vaso, rompió un trozo de azúcar y lo partió en pequeños pe-
dacitos, que añadió a la tetera. Luego, sosteniéndola en alto, a medio me-
tro del vaso grande, vertió lentamente la humeante bebida, que al caer
contra el fondo del vaso formaba espuma en la superficie del líquido.
Cuando la tetera quedó vacía, volvió a llenarla del vaso grande para que
el azúcar se mezclara a la perfección con el té.
Después de repetir esta operación cuatro o cinco veces, sirvió un
poco de la dorada bebida en uno de los vasitos, con la tetera todavía en
alto. Luego cogió el vasito casi con unción, miró con detenimiento el co-
lor del té y, sin descubrirse el rostro, introdujo la mano y el vaso por de-
bajo del velo, olió la bebida y la sorbió ruidosamente y con pasmosa ra-
pidez, manteniendo el líquido unos segundos en la boca para saborearlo
a conciencia. Tras hacer varios gestos de asentimiento, empezó a servir
el té a los demás, siempre con la tetera en alto. Había medido a la per-
fección: todos los vasos estaban llenos, y la tetera estaba vacía.
Emulando a Brahim y a su familia, alcé el vaso hasta los labios ocul-
tos por el velo, susurré un «Bismillah» (Por la gracia de Alá), y sorbí a mi
vez ruidosamente el té, que al ser de primera infusión tenía un sabor
amargo. Y comenzamos a charlar en francés, lengua que Brahim habla-
ba con fluidez. (Todo el Sahara y los países al norte y sur de él fueron co-
lonias francesas durante largo tiempo. Sin embargo, no todos los nóma-
das hablan francés.)
Cuando los vasos estuvieron vacíos, empezó la segunda de las tres

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rondas que componen la ceremonia. Agregando más azúcar a la tetera,
pero conservando las hojas de té que había empleado la primera vez (y
que guardaría hasta el final), Brahim repitió la operación anterior y nos
sirvió un vaso de té a cada uno. Éste era más ligero y más dulce. En la ter-
cera ronda, añadió aún más azúcar y algunas hojas de menta. Según la
tradición tuareg, los invitados varones no tienen derecho a rehusar nin-
gún vaso de té; las mujeres pueden, si quieren, saltarse la primera ronda,
ya que suele ser amarga. Los niños beben té de la cuarta ronda, que es
más insípido y está muy azucarado.
El calor había empezado a ceder y el campamento volvió a cobrar
vida. De una tienda salió una joven con un odre de piel de cabra lleno de
leche. Lo ató a un trípode de madera y comenzó a agitarlo para batir la le-
che y hacer mantequilla primero y después queso. Un poco más allá, los
sirvientes trituraban mijo en sólidos morteros de madera. Por todas par-
tes había niños jugando a ver quién chillaba más.
Brahim dijo que podíamos quedarnos con ellos varios días, y nos dio
permiso para instalar nuestra tienda en el oued. Luego salió del campa-
mento para buscar leña. Zora y los dos niños, acompañados por dos sir-
vientes, subieron hasta el pozo a por agua.
Sacamos del coche la tienda y la comida. Orgullosos como estába-
mos por la buena acogida que Brahim y su familia nos habían dispensa-
do, instalamos la tienda muy cerca de la suya. Pero cuando Brahim vol-
vió de buscar leña, no pareció alegrarse.
-¿Ocurre algo malo? -pregunté.
-Tenemos un dicho -respondió Brahim-. Las tiendas separadas unen
los corazones.
Trasladamos la tienda más lejos.
De vuelta en la tienda de Brahim, Zora empezó a tocar el imzad. Es
un instrumento parecido al violín, con sólo dos cuerdas, que también se
toca con arco. Está hecho con la mitad de una calabaza vacía, cubierta
con una piel estirada de cabra o de lagarto. La música de Zora convocó a
una pequeña multitud.
El imzad es el más importante de los instrumentos musicales de los tua-
reg, y en torno a él han creado todo un culto. Para los tuareg es como para
las tribus gitanas el violín. Las mujeres lo tocan con tanta destreza que
son capaces de expresar dolor, esperanza, la más íntima de las alegrías,
sus amores secretos o declarados. Son capaces de suplicar y de castigar.
El sonido melodioso del imzad suele ir acompañado de canciones o
poemas improvisados que el músico o cualquier otra persona de la reu-
nión canta o recita. Cualquier cosa, cada cosa les inspira; el interminable
crepúsculo color de corzo joven; los brillos de la noche; el humo ascen-
dente que acaricia las estrellas antes de besar la luna; la mirada áurea de
una gacela solitaria que, avistada en el camino del pozo, clama de amor.
La poesía es parte de la educación de los tuareg; una parte que pron-
to se convierte en necesidad. En ella encuentran un lenguaje repleto de
visiones y de imágenes. Su poesía, como su música, es melancolía, y casi
siempre versa sobre el amor. Porque el amor para ellos es lo más impor-
tante de la vida. Y lo cierto es que, además de las tareas cotidianas y de
ver cómo pasa el tiempo, la ocupación favorita del día es la de meditar
sobre la música, componer poemas que les harán célebres en los tindi, o
reuniones musicales y poéticas.
Una cosa que me fascina es la aparente contradicción en que viven
los hombres tuareg. Son bravos guerreros, siempre dispuestos a empuñar
la tabouka -una espada mortífera- para proteger su territorio o a su gen-
te, o para alejar de sus amadas a posibles pretendientes, y pese a ello, la
única manera que tienen de seducir a las mujeres es con la poesía. Al lle-
var velo, los hombres no pueden confiar en su atractivo físico; en su lu-
gar, deben poner al descubierto la belleza de su alma y de su corazón.
Esto suele acaecer avanzada la noche y se llama ahal.
Aunque no posee la calidad artística de los tindi, el ahal también es
una reunión musical, literaria y poética, pero tiene un carácter licencio-
so. Organizada siempre por las mujeres, es una reunión donde sólo acu-
den los solteros con el fin de seducir y hacer el amor. Se considera solte-
ro a cualquier persona que esté libre del vínculo marital.
Para organizar un ahal basta con que haya unas pocas mujeres solte-
ras en el campamento. Entre todas nombran a una presidenta cuyo papel
es el de hacer respetar las reglas. También hace de arbitro cuando surge
una pelea entre dos pretendientes celosos, ya que la libertad de las muje-
res para elegir amante a veces da rienda suelta a sentimientos guerreros
entre los rivales; el asunto puede acabar en un duelo a espadas.
El acontecimiento empieza con música. El sonido quejumbroso del
imzad y los sonoros golpes de tambor se deslizan por las arenas; son los
mensajeros de las mujeres que llaman al amor. Y de los campamentos ve-
cinos, o desde los más lejanos -en ocasiones a cien kilómetros de distan-
cia-, viajando a lomos de camello o de burro, o a pie, los hombres, ves-
tidos con sus mejores túnicas y seguidos por la fragancia excesivamente
fuerte de sus perfumes, se apresuran para ser los primeros en descubrir la
belleza de las mujeres que les están aguardando, para ser los primeros en
cortejarlas y seducirlas.
Rodeadas de hombres, las mujeres, con el rostro maquillado, están sen-
tadas en círculo. Una coge un imzad y empieza a tocarlo con mucha lenti-
tud en busca de inspiración..., luego con más rapidez y más diestramente a
medida que va recordando las rimas de un poema que ha compuesto en la
hora de la siesta. Una muchacha joven toma un tambor, lo golpea, acari-
cia la tersa piel y comienza a cantar unas estrofas acompañada por las voces
de los hombres, que marcan el ritmo con fuerza... y acaban suavemente.

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Los gritos de júbilo de los presentes señalan el final de la canción.
Uno cuenta un chiste. Ríe una mujer. Un hombre canta acompañándose
con redobles de tambor.
Las posiciones han ido cambiando. Los hombres han empezado a co-
larse entre las mujeres. Tres de ellos están alrededor de la más hermosa,
mientras un cuarto, abrazado a su espalda, le susurra versos al oído. Ella
estalla en risas, y esto parece molestar a los otros pretendientes, uno de
los cuales, muy celoso, recuerda en voz alta ciertos detalles desagrada-
bles de la vida del rival, con la esperanza de desacreditarlo.
Pero estos duelos verbales, donde se dicen los peores insultos y se in-
tercambian las peores acusaciones, deben estar regidos por una extraor-
dinaria caballerosidad. Los adversarios sólo pueden replicar con buen ta-
lante, sin refriegas ni disputas de verdad; es muy raro que estos duelos
alienten el rencor. Ésas son las reglas del ahal, y la presidenta tiene de-
recho a expulsar a quien no sea capaz de discutir con dignidad o utilice
un lenguaje grosero.
Lentamente, una atmósfera de sensualidad se apodera de los concu-
rrentes. Hombres y mujeres se arriman amorosos, mirándose a los ojos.
Manos y pies buscan manos, buscan piernas. Se acarician los pechos,
otras partes íntimas. Una mujer hace gemir el imzad. Alguien inventa un
ritmo en el tambor. Uno bromea. Otro lanza picantes indirectas.
Es frecuente que, cuando un hombre cree que la mujer elegida com-
parte sus cálidos sentimientos, continúe cortejándola mientras mira a otra
mujer; lo hace para evitar la reacción celosa de cualquier posible rival.
Vuelve a sonar un imzad. Al principio lanza un grito incierto, luego
la melodía va tomando forma y el grito se convierte en un suspiro. La voz
de una muchacha canta:

No quiero que él vea mis lágrimas


ni sepa cuánto le amo;
aunque en el ahal tiemble como una gacela
y mis manos dejen caer el imzad.
Esperaré hasta que, como el cazador tras de la presa,
al fin me descubra.
Pero ¿por qué no vienes bajo mi tienda ?
Encontrarás, para calentarnos,
un corazón que arde por ti
igual que la arena arde bajo el sol...

De repente se hace el silencio. Incapaz de ocultar su pasión, una pa-


reja nueva va en busca de la oscuridad. Allí, fuera de la vista, juntos res-
pirarán lentamente, nariz contra nariz -es el beso tuareg- y luego más rá-
pido..., hasta quedar maravillosamente embriagados de amor.

90
Se comparten confidencias. Los párpados se abaten furtivamente.
Las sonrisas dejan al descubierto dientes blancos y labios henchidos de
deseo. Hay más risas, más voces que piden que suene la voz del imzad.
Una mujer sonríe y accede a tocar. Los hombres hacen preguntas a las
mujeres; son preguntas como un susurro porque no quieren ser indiscre-
tos. No son así los tuareg.
-De los dos, ¿a quién prefieres, Lila?
-¿Quién es el más guapo, el más valiente?
Una mujer cierra los ojos al sentir que desde lo más hondo del cora-
zón sube una voz que quiere contar una historia; ella la traduce en músi-
ca, en un lánguido encantamiento. Su canto tenue es perturbado sólo por
los murmullos y las caricias consentidas. El brillo de las brasas empieza
a apagarse y al poco, mueren. A nadie le importa. Se absorben los olores
del amado. Los que todavía están solos, o aquellos para quienes aún no
hay nada seguro, queman las últimas naves de la seducción. Tal vez esta-
rán hablando del amor que hay entre una piedra y una planta del desier-
to; porque las piedras y las plantas, y todos los habitantes del desierto que
parecen estar muertos, tienen corazón, historia, un amor no correspondi-
do, una felicidad que merece anunciarse. Y además, ahora, en el ahal,
puede oírse el corazón de todas las cosas: late tan fuerte como el propio
corazón... cuando los dedos se tocan y se aprietan, cuando se intercam-
bian caricias, cuando uno siente un deseo tan intenso de darse que el
cuerpo entero tiembla.
Los corazones laten ardientes y las manos graban mensajes sobre otra
piel. Hay un lenguaje de signos para los amantes, un susurro físico en si-
lencio. Palma contra palma, los dedos entrelazados, con el pulgar opri-
miendo el pulgar, significa «Te deseo muchísimo». Dibujar un círculo
sobre la piel y apretar su centro con el dedo índice es para pedir un en-
cuentro sexual. Si el índice del otro responde dibujando una línea desde
la muñeca hasta la punta de los dedos, la respuesta es no. Pero si sobre esa
misma línea, y después de una ligera vacilación -que siempre hace latir
más rápido el corazón del pretendiente-, se dibuja otra línea en dirección
perpendicular, haciendo así una cruz, eso es como una ardiente caricia,
una nueva comunión de los alientos, el contacto primordial con la piel
del otro, una oleada de calor que arranca desde los genitales. Significa
«Ve con tus amigos y vuelve a reunirte conmigo dentro de un rato, en el
sitio que describiré en la próxima canción». Y en la hondonada de una
duna, o en el suave lecho del oued, el perfume del amor se mezclará con
el olor de la arena caliente...
Así pues, desde la pubertad hasta el matrimonio, chicos y chicas pue-
den tener tantos amantes como deseen. Pero después ya no. (Al parecer,
nosotros hacemos justo al contrario.) Y cuantos más amantes tenga una
mujer, más solicitada estará, quizá por su conocimiento en el área de la

91
gimnasia sexual. Gracias a esa libertad sexual, los hombres y las mujeres
tienen oportunidad de probar cuantas parejas quieran, hasta que hacen la
elección definitiva.
Cabría pensar que tal libertad sexual produce numerosos embarazos
no deseados. Nada más lejos de la realidad. El control de la natalidad es
necesario para la supervivencia de los tuareg. Las mujeres toman una plan-
ta sahariana para mantener estable la población. La infusión mensual de
esta planta inicia un período menstrual que de lo contrario habría sido in-
terrumpido por la ovulación. Algunas tribus indias norteamericanas utili-
zan técnicas naturales similares, que también siguen usándose en las sel-
vas asiáticas y allí donde los pueblos necesitan limitar los nacimientos.

A la noche siguiente, cuando estábamos a punto de dar por termina-


da la cena que todos habíamos compartido alrededor de la hoguera, fren-
te a la tienda de Brahim, llegó al campamento un camellero.
-¡Ha llegado el taleb\o Brahim yendo a saludarlo.
El taleb es un personaje respetado, un hombre de conocimiento y sa-
biduría. Según la necesidad, sirve de chamán, de curandero o de simple
consejero. Hace talismanes que contienen papeles llenos de signos mági-
cos -muchos de ellos cabalísticos- y de versos del Corán. Se cree que
protegen al poseedor contra los malos espíritus y los djenouns, trasgos que
para los tuareg son el origen de las enfermedades y las desgracias.
A una orden del taleb, el camello se arrodilló sobre las patas delante-
ras, suspirando profundamente. Luego, esta vez gritando, encogió las pa-
tas traseras; así pudo desmontar el camellero. El taleb desató y quitó la
silla de montar, y ordenó a la montura que se pusiera en pie. Después, do-
bló una de las patas delanteras del camello y la ató, para que el animal no
pudiera ir demasiado lejos durante la noche, vagando en busca de comida.
Más tarde, durante la ceremonia del té (a cada comida del día sigue
tradicionalmente una de estas ceremonias), empecé a preguntar al taleb
cosas sobre sus deberes y sus poderes; Brahim hacía de intérprete.
-¡Un día sabrás! -dijo cortando nuestra conversación.
-¿Cómo? -pregunté.
—Tu nombre significa «el que sabe». Aún no eres consciente de nada,
pero cuando llegue ese día lo sabrás.
Bebí un sorbo de té sin responder, incapaz de entender qué quería de-
cir el taleb. (Debo decir que bastaba pronunciar mi nombre para que los
tuareg me abrieran sus puertas.)
Un rato después, en un lugar cercano al campamento, el taleb alisó
con la mano la superficie de la arena. Luego me enseñó a hacer marcas
sobre ella usando las yemas de los dedos, unas marcas que semejaban las
huellas de un gato.

92
-¿Cuántas tengo que hacer? -pregunté.
-Tantas como tengas ganas —replicó.
El taleb se inclinó sobre las marcas que yo había hecho en la arena y
las examinó detenidamente. Mientras las descifraba, una por una, dibu-
jaba unos cuantos signos a su lado y borraba unas cuantas de mis marcas.
Dibujó más signos y borró más marcas, hasta que la arena quedó cubier-
ta sólo con sus signos. Entonces comenzó a hablar. Esto es lo que dijo:

Dejaste la tierra donde naciste cuando eras muy pequeño, y fuis-


te a otro país, luego a otro. Eres un hombre de tres culturas. Tu madre
murió cuando eras niño. Viajas mucho y lo seguirás haciendo el resto
de tus días, porque vas buscando pueblos de otras tierras para apren-
der sus conocimientos. Antes de hacerte hombre, estuviste a punto de
morir de una enfermedad. Estuviste a punto de morir otra vez hace
menos de un año. Ocurrió en un pequeño país que está en medio del
agua..., de agua salada. Uno de tus pies ha sido quemado con algo
candente. Agua hirviendo o tierra hirviente... o algo así. Volverás al
Sahara y vivirás con nosotros. Harás dibujos y libros sobre nosotros.
Luego darás la vuelta al mundo para contar nuestro modo de vida.
Mucha gente conocerá a los tuareg. ¡Oh, oh, oh! Te irás a otro país
más allá de una gran, gran extensión de agua, de agua salada, y vivi-
rás allí un tiempo. Aywa! [es una expresión de sorpresa].

Comenzó a reír y, mirando a los otros tuareg que estaban sentados a


nuestro alrededor, les dijo:
-¡Este hombre tendrá cuatro esposas! Aywa!
Más o menos la mitad de los signos que el taleb había dibujado esta-
ban todavía por traducir. Pero esta vez había profundizado demasiado en
mi futuro, diciéndome algunas cosas que aún me niego a contemplar y
otras que no quiero ni mencionar. De modo que lo interrumpí.
-Gracias, taleb -dije—. Pero no quiero saber más de lo que debe ocu-
rrirme. Prefiero descubrirlo por mí mismo cuando llegue el momento.
-Lo comprendo -respondió-. Eres sensato.
Sí, me asusté. Con sólo examinar las marcas que había hecho en la
arena, el hombre había dicho cosas sobre mi pasado que eran ciertas y no
podía saber de antemano. Las personas que estaban sentadas a mi alre-
dedor esa noche eran los primeros tuareg que yo conocía. Y no les había
dicho ni una palabra sobre mi vida. Ni siquiera había tenido tiempo.
Ahora que ya han transcurrido veinte años, me veo capaz de evaluar
si lo que había predicho el taleb es acertado. Revisemos toda la lectura a
fin de entender mejor la correlación entre los hechos de mi vida y lo que
el adivino me dijo.
El taleb había dicho: «Dejaste la tierra donde naciste cuando eras

93
muy pequeño, y fuiste a otro país, luego a otro. Eres un hombre de tres
culturas». Yo nací en Checoslovaquia. Por razones políticas, mis padres
dejaron aquel país cuando yo tenía un año, y marcharon a África. Luego,
cuando mi padre enfermó gravemente, fuimos a Bélgica. De modo que,
efectivamente, soy un hombre de tres culturas diferentes.
También tenía razón cuando dijo que viajo mucho y que seguiré ha-
ciéndolo el resto de mis días. Sin embargo, en aquel momento yo no te-
nía idea de que me dedicaría a la búsqueda de los conocimientos que los
pueblos de tradición poseen.
«Antes de hacerte hombre, estuviste a punto de morir de una enfer-
medad. Estuviste a punto de morir otra vez hace menos de un año. Ocu-
rrió en un pequeño país que está en medio del agua..., de agua salada.
Uno de tus pies ha sido quemado con algo candente. Agua hirviendo o
tierra hirviente... o algo así.»
Sí, a los diecisiete años estuve al borde de la muerte por una menin-
gitis. Y menos de un año antes de estar con los tuareg en aquel campa-
mento, mi pie izquierdo sufrió quemaduras de tercer grado, con azufre
hirviendo. Ya que los tuareg no tienen una palabra que designe el mar, el
taleb empleó la expresión «agua salada» para indicar el océano que baña
Nueva Zelanda, donde ocurrió el accidente. En lugar de utilizar las pala-
bras azufre hirviendo, había dicho «agua hirviendo o tierra hirviente»,
detalle que es muy interesante. Resulté herido en el pie estando en una
zona volcánica llena de sulfataras, donde manaban fuentes de azufre hir-
viente mezcladas con charcas de fango, sobre una traicionera corteza de
pizarra. Por tanto, parece que el taleb intentaba traducir de manera ver-
bal imágenes que iba obteniendo, en vez de extraer su conocimiento di-
rectamente de mi memoria, por cualesquiera que fueran los medios.
«Volverás al Sahara y vivirás con nosotros. Harás dibujos y libros so-
bre nosotros. Luego darás la vuelta al mundo para contar nuestro modo
de vida. Mucha gente conocerá a los tuareg.»
En este caso, no había posibilidad de que estuviera utilizando la tele-
patía o cualquier otra forma de PES, ya que en el momento de la lectura
yo no tenía intención alguna de hacer una película o escribir libros sobre
los tuareg. Estaba obsesionado con el estudio que de los gitanos llevaba
entre manos.
Sin embargo, tras aquella primera experiencia con los tuareg, quedé
tan absolutamente prendado de su modo de vida que un año más tarde
volví al Sahara con Daniele y un ayudante. Pasamos casi un año y medio
viviendo con los tuareg, allí donde los encontraba, por todo el desierto. Y
escribí tres libros sobre ellos que lograron el éxito, además de hacer una
película que fue exhibida de un extremo a otro de Estados Unidos y en
otros países, como parte de lo que sería mi serie televisiva Explore.
«Te irás a otro país más allá de una gran, gran extensión de agua, de

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agua salada, y vivirás allí un tiempo.» El taleb volvía a estar en lo cierto.
Diez años después, decidí de repente dejar Europa y marchar a California.
Cuando predijo, delante de Daniéle, con quien estaba comprometi-
do, que me casaría varias veces, sentí en el alma y en el corazón que era
una tontería. Estaba demasiado enamorado para imaginar que después
de casarnos, llegaría a divorciarme de ella. Desgraciadamente, también
acertó.
Parece, pues, que al leer esas pequeñas marcas impresas en la arena,
el taleb era capaz de extraer imágenes de mi memoria. Podríamos argüir
que ello no era debido a la clarividencia, sino a la telepatía. Pero es que
también podía predecir sucesos que ni siquiera estaban en mi mente. Y
eso me desasosiega; llega incluso a obsesionarme. ¿Podía captar las imá-
genes de mi destino? No me gusta la idea de que, haga lo que haga, no
puedo escapar a él. Yo prefiero otra explicación. ¿Era capaz, por medio
del fenómeno que sea, de entrar en las capas del tiempo, adelantarse al
futuro y prever lo que me ocurriría años más tarde? Tal vez tenía ese po-
der, porque aun hoy, tal como he dicho en el capítulo 2, los científicos no
entienden bien el tiempo. No puedo evitar pensar en Albert Einstein, que
en 1955 escribió: «Para nosotros, los físicos que creemos, la distinción en-
tre pasado, presente y futuro es solamente una ilusión, aun cuando se tra-
te de una distinción pertinaz».
No obstante, debo añadir que el taleb no estaba en lo cierto al decir
que perdí a mi madre cuando era niño. Mi madre aún vive; el que murió
fue mi padre. Pero, mientras escribo sobre aquello, siento un repentino
escalofrío. Recuerdo que a lo largo de la vida, casi todas mis novias han
preguntado si mi madre había muerto. Cuando a mi vez preguntaba por
qué, decían que me comportaba extrañamente, como si hubiera perdido a
mi madre. Y pensándolo bien, quizá tuvieran razón.
A la muerte de mi padre, mi madre intentó asumir el papel de padre
por mi bien y el de mis dos hermanas. Sin embargo, incluso después de
muerto, yo seguía fuertemente unido a él; en lo más hondo, sabía que es-
taba a mi lado. Puede que yo acusara siempre el que mi madre hubiera
dejado de ser única y exclusivamente madre, en su pretensión por ser
también padre. En ese aspecto, por tanto, el taleb tenía razón. Había sido
capaz de captar imágenes emocionales en mi psique.

Un año más tarde, en Tombouctou, conocí a otro taleb. Tenía la habi-


lidad de predecir con meses de antelación y durante la estación seca cuán-
ta lluvia caería en la estación húmeda. Todos los habitantes de la región
decían que jamás se había equivocado.
El taleb era miembro de una tribu seminómada, vasalla de los tuareg,
que tenía su base en una aldea a unos cincuenta kilómetros al este de

95
Tombouctou. Su casa, hecha de caña como todas las demás de la aldea,
estaba construida en la orilla de un oued. Poseía un pequeño rebaño de
cabras y obtenía lo necesario para vivir gracias al cultivo de su huerto, que
tenía un ingenioso sistema de irrigación. Le ayudé unas cuantas veces a
transportar en mi Land Rover las hortalizas, las verduras y las cabras
hasta Tombouctou. En otra ocasión, di antibióticos a uno de sus pacien-
tes, que sufría una fuerte infección dental. Me debía un favor. Un día des-
cubrí la manera en que podía devolvérmelo.
Aquel día, un vecino de otra aldea le había preguntado cuánta lluvia
caería y cuándo empezaría a llover. El taleb le invitó a tomar un té y lue-
go pidió al vecino que esperara, mientras él dejaba la habitación. Yo que-
ría saber su secreto y le seguí. Salió al huerto, y miró al cielo, y los árbo-
les y plantas que crecían en derredor.
Al volver, dijo al hombre:
-Las primeras lluvias caerán dentro de tres meses. En total serán
unos treinta centímetros de agua.
Esperé a que se quedara solo y le pedí:
-Taleb, dime tu secreto.
-Te lo diré, pero sólo si es para un buen fin.
Asentí. Creo que el relatar la anécdota en este libro es con un buen
fin; en los países donde las gentes han perdido contacto consigo mismas
y con la naturaleza, podría servir de ayuda para cobrar conciencia de la
cantidad de información que, sabiendo leerla, nos brinda la naturaleza.
El taleb me llevó al huerto y dijo:
-Mi secreto para predecir la cuantía de la lluvia y el momento en que
empezará reside en este huerto. ¡Mira a tu alrededor y descúbrelo!
Miré por todas partes y no vi nada.
-¿Está escrito en los árboles? -pregunté.
El taleb negó con la cabeza.
-¿Está escrito en las plantas que cultivas?
Sonriendo, respondió que no. Dos horas enteras estuve buscando en
todo el huerto el secreto del taleb, pero fue en vano. El taleb se acercó a
donde yo estaba.
-El secreto está aquí -dijo, señalando unos pequeños nidos que los
pájaros construían en los arbustos bajos-. ¿A qué altura del suelo están
los nidos? —preguntó.
-¡A treinta centímetros!
-Estos pájaros indígenas saben que deben construir sus nidos un poco
por encima del nivel del agua. En consecuencia, tendremos algo menos
de treinta centímetros de agua en el punto culminante de la estación de
las lluvias.
—¿Y no se confunden nunca?
-Si lo hubieran hecho, ¡no quedaría ni un solo pájaro! -replicó.

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-Y supongo que puedes saber cuándo empezarán las lluvias viendo
en qué fase está la construcción de los nidos. ¿Estoy en lo cierto?
—¡Sólo el hombre se equivoca, la naturaleza nunca! -dijo el taleb.
Es obvio que este taleb no se valía de ninguna habilidad relacionada
con la PES para predecir cuándo comenzarían las lluvias y en qué cuan-
tía caerían. No necesitaba dones de clarividencia. En lugar de ello, cono-
cía bien los ciclos de la naturaleza y sabía leer sus mensajes.

Fue en otro pequeño campamento de la región de Hoggar donde pude


conocer de primera mano otra misteriosa facultad psíquica de los tuareg.
Éramos los invitados de un tuareg llamado Oizek. Salvo él y unos
cuantos hombres ancianos, en el campamento sólo había mujeres; pa-
dres, maridos y hermanos habían partido en caravana hacia el Níger para
adquirir cereales, ropas y otras mercancías a cambio de la sal que recogían
en la región. La sal sigue siendo la moneda única de los tuareg.
A las dos semanas de estar allí con ellos, Oizek me dijo:
-¡La caravana volverá pronto!
-¿Cómo lo sabes? -pregunté sorprendido.
-Me lo ha dicho Aicha -repuso-. Aicha es la mujer de un hombre que
viene en la caravana. Hace dos días que está muy inquieta y que no cesa
de mirar el horizonte desde la colina. Siempre sabe estas cosas de ante-
mano.
-¿Cómo puede saberlo?
-No lo sé. Jamás le he preguntado. Pero sabe estas cosas de antema-
no -repitió-. El taleb dice que es capaz de comunicarse mentalmente con
su marido.
-¿Cuándo salió de aquí la caravana?
-Hace más de tres meses -dijo.
-¿Y cuándo esperabais que volviera?
-Hace unas cuantas semanas, o dentro de dos meses. Sólo Alá lo sabe
-replicó. (No existen fechas fijas en estos viajes largos y agotadores por
el duro, peligroso desierto.)
Dejé a Oizek y fui en busca de Aicha. La encontré sentada junto a su
tienda; su hermana la estaba peinando. Quería estar guapa cuando vol-
viera su marido.
-Así que vuelve tu marido -dije sentándome con ellas.
Aicha asintió.
-¿Cómo lo sabes? -pregunté.
-Le he olido en el viento de la mañana -repuso.
Sentí que no era momento para interrogarla sobre esas misteriosas fa-
cultades suyas, de modo que seguí sentado y observé.
Como todas las mujeres del mundo, las tuareg dan mucha importan-

97
cia al peinado. Mientras desenredaba los cabellos de Aicha con un peine
pequeño, la hermana aplicaba sobre ellos ceniza y arena fina; es un
champú natural que utilizan los nativos. Luego despiojó el pelo. Acaba-
da esta tarea, separó los cabellos en mechones con un cuchillo, y fue en-
grasándolos con mantequilla uno por uno para proteger el pelo de la se-
quedad del viento.
Después, empezó a trenzarlo.
Cuando ya estaba hecho la mitad del peinado, Aicha salió del cam-
pamento y yo la seguí hasta la cima de la colina. Desde arriba, mirando
al sur en dirección a Níger, más allá del valle sólo alcanzaban a verse ki-
lómetros y kilómetros de dunas que llegaban hasta el mismísimo hori-
zonte. Observé a Aicha. Hacía algo más que escudriñar los espacios
abiertos; olfateaba la suave brisa mientras se acariciaba la cara. De pie
junto a ella, vi que le temblaban las aletas de la nariz. Luego sonrió y dijo
lentamente que su hombre llegaría pronto.
-¿Cuándo es pronto? -pregunté.
-¡Esta noche! -replicó.
-¿Cómo lo sabes?
-Ya te lo he dicho; el viento trae su olor -respondió riendo.
Y dando media vuelta echó a correr hacia el campamento.
Miré el reloj. Todavía faltaba más de una hora para la puesta de sol.
Corrí hacia el Land Rover y conduje lo más aprisa que pude para llegar
cuanto antes al extremo más alejado del valle. Recorrí el horizonte con
unos binoculares muy potentes y no vi más que el vacío. Trepé por la la-
dera de un monte rocoso y busqué otra vez la caravana hasta que la os-
curidad se cernió sobre el desierto. Pero no vi rastro de seres humanos,
nada que probara que Aicha estaba en lo cierto.
Tardé unas dos horas en llegar al campamento porque ya era noche
cerrada. Eso me dio tiempo para reflexionar. Si desde donde yo estaba, y
pese a los potentes prismáticos, no había podido ver a nadie aproximán-
dose al campamento, Aicha tampoco había podido hacerlo desde donde
ella estaba, unas horas antes. Y ya que nadie puede decir con exactitud
cuándo volverá una caravana, yo era tremendamente escéptico en cuan-
to a la capacidad de Aicha para predecir el regreso de su marido. Pen-
sando en la posibilidad de que Aicha tuviera facultades de clarividencia
o precognición, fui en su busca y pregunté si su marido volvía solo o con
toda la caravana; y si lo hacía solo, si los demás vendrían todos juntos o
irían llegando en pequeños grupos.
—No lo sé —respondió Aicha-. Pero él no vendría nunca solo, no via-
jaría sin la compañía de sus amigos.
Me fui a dormir sabiendo que si la caravana llegaba por la noche, los
ruidos me despertarían.
-Douchan... Douchan...

98
Alguien susurraba mi nombre, al principio con suavidad, calmada-
mente; después, en tonos más altos cada vez, hasta que abrí los ojos. (Los
tuareg lo hacen así para no despertar con brusquedad. Conocen bien la
importancia del despertar, que decide el estado de ánimo de una persona
para todo el día. Muchas culturas de tradición se valen de esta técnica por-
que creen que el alma humana, durante el sueño, viaja a otros universos
y a otros niveles de espaciotiempo; creen que un sueño es el recuerdo, la
rememoración de estos viajes. Decir con suavidad el nombre de la per-
sona a quien se despierta, dará tiempo a su alma para retornar al cuerpo
antes de despertar.) Era Oizek quien llamaba.
-¡El marido de Aicha está aquí! Ella tenía razón; acaba de llegar.
Eran las cinco de la madrugada, y el marido de Aicha había vuelto
solo. Había dejado a sus compañeros de caravana en Níger antes de ce-
rrar los tratos y había viajado con otra caravana que iba a Libia, donde
podía conseguir plata a buen precio. Desde allí, había hecho solo el tra-
yecto de vuelta al campamento.
Si Aicha hubiera tenido facultades de precognición o de clarividen-
cia, habría sabido que su marido regresaba solo. Por tanto, quedaba una
única explicación posible: había tenido contactos telepáticos con su ma-
rido mientras éste se acercaba a casa.
El taleb estaba en lo cierto; ella tenía ese poder.

La historia que relato a continuación también pertenece al ámbito de


los fenómenos telepáticos.
Sin teléfonos ni otros medios modernos de comunicación, y pese a
las distancias, las noticias vuelan en el imperio de viento y silencio de los
tuareg. Las noticias que se producen en el seno de las tribus encuentran
un cauce de transmisión cuando los tuareg que practican el pequeño no-
madismo coinciden durante el viaje. (El pequeño nomadismo consiste en
desplazarse de un pasto a otro, dentro del territorio tribal. Cuando se ago-
ta el pasto en una zona, los tuareg levantan el campamento y marchan ha-
cia la zona de pastos más próxima.) Todo aquello que sucede en el Saha-
ra, suele comentarse alrededor de un pozo, generalmente un hoyo de un
metro o menos de ancho, pero muy profundo. Allí es donde los tuareg
que practican el pequeño nomadismo se encuentran con los que practican
el gran nomadismo, gentes que viajan en largas caravanas de hombres,
animales y mercancías, cruzando el Sahara hasta Gao, Tombouctou, Aga-
dez y otras ciudades del África negra, o que llevan enormes rebaños de
camellos hacia y desde los verdes pastos del Sahel, al sur del desierto. Y
cuando se encuentran, los tuareg beben té caliente y charlan de que tal
hizo esto y lo otro y se encontró con cual, que irá a la boda de aquél, que
se celebrará en el pozo X.

99
A veces, al despedirse, dos hombres acordarán verse otra vez por el
camino en un lugar y fecha determinados, al cabo de tres meses o de un
año, pero nunca olvidan decir «Inch Allah» (Con la voluntad de Alá.)
Un día, en medio de ningún sitio, lejos de los pozos y de los senderos
nómadas, tropecé con un tuareg sentado a la sombra de su camello. A juz-
gar por los rastros que había sobre la arena alrededor del camello, yo
sabía que el hombre debía de llevar allí por lo menos unas veinticuatro ho-
ras. (Se había ido cambiando de sitio para estar en todo momento a la
sombra del camello.) Después de intercambiar el tradicional saludo, le
llevé té que tenía en el coche y, junto con mis acompañantes, bebimos y
charlamos.
-¿Qué está haciendo aquí? -pregunté.
-Espero a un amigo -dijo él.
-¿Desde cuándo?
—Desde hace tres días.
—¿Cuándo tenía que venir?
-Uno de estos días.
—¿Cuánto tiempo esperará aún?
—Quizá dos o tres días. Casi no me queda agua.
—¿Cómo sabrá su amigo que ha estado aquí, esperándole?
—Dejaré un mensaje en una piedra para poder vernos en otra ocasión
y en otro lugar.
La tradición tuareg sólo es oral, y pasa de una generación a otra. Se-
gún estas gentes, no hay que dejar escrito nada de gran importancia por-
que puede leerlo cualquiera. Pese a ello, todo el Sahara está lleno de es-
critos en tifinah, el alfabeto tuareg. Son mensajes como el que este tua-
reg pensaba dejar a su amigo; se descifran tanto de izquierda a derecha
como de derecha a izquierda, de abajo arriba o de arriba abajo, basándo-
se en un código que solamente es conocido por el que escribe y por la
persona a quien va dirigido el mensaje.
-¿Cuándo fijaron la fecha de su encuentro?
—Hace unos siete meses.
-¿Dónde?
-En Gao.
(Gao es una ciudad de Malí, a unos mil kilómetros del lugar donde
estábamos.)
Tuve que hacer pacientemente infinidad de preguntas para enterarme
por fin de que venía del este e iba hacia el sur, y que su amigo se despla-
zaba de oeste a norte. Aquel sitio era, ciertamente, el mejor para la cita.
Miré en derredor y solamente vi colinas rocosas, arena y piedras.
-¿Cómo sabe que éste es el lugar? -pregunté.
-No puede haber error -respondió el hombre, describiendo y dando
los nombres de todo lo que nos rodeaba.

100
Se avecinaba la puesta del sol y decidimos cenar y pasar la noche con
el tuareg. Al día siguiente, mientras tomábamos el desayuno, dije al hom-
bre que le dejaría un poco de agua para que pudiera esperar a su amigo
unos cuantos días más.
-No necesito más agua, gracias. Usted la necesitará para el viaje mu-
cho más que yo.
-No entiendo qué quiere decir -repuse.
-Anoche, mi amigo me dijo dónde estaba. Iba escaseando el agua
que llevaba y tuvo que dar un rodeo para poder llenar sus guerbas [espe-
cie de odres de piel de cabra que se emplean para transportar agua] en un
pozo. Está a dos días de aquí.
-¿Cómo le dijo eso? ¿Soñó usted con él?
-No, no soñé con él. Me dijo dónde estaba.
-Pero ¿cómo pudo decírselo?
-En mi mente. Y de la misma manera yo respondí que le esperaría.
-¿Cómo hace eso?
-Pienso en él, intensamente, repitiendo lo que quiero saber. Y sé que
mi mensaje llega cuando oigo su respuesta.
-Entonces, ¿está seguro de que su amigo llegará aquí dentro de dos
días?
-InchAllah!
Me volví hacia mis acompañantes y les propuse esperar dos días para
ver qué ocurría. Estuvieron conformes.
Al final del segundo día apareció más allá de las colinas rocosas, una
silueta que se movía en dirección a nosotros. Era el amigo que esperaba
el tuareg.
Tras los saludos de rigor y el té ceremonial, pregunté al recién llegado
si sabía que estábamos esperándole junto a su amigo. Respondió que no.
-Mi amigo sólo dijo que él me esperaba.
(Si este tuareg hubiera sido clarividente, habría sabido de nuestra
presencia allí.)

Para concluir, referiré otra historia, una que me parece de lo más asom-
brosa.
Estábamos en Djanet, una ciudad argelina no lejos de la frontera con
Libia. Yo pretendía llegar desde allí hasta Tombouctou cruzando el Sa-
hara en línea recta. Se trataba de un viaje muy arriesgado; había que cubrir
un trayecto de unos mil quinientos kilómetros de montañas rocosas, pro-
fundos valles, amplias llanuras con afiladas piedras volcánicas, y gran-
des extensiones de dunas y arenas movedizas. Los mapas de la zona ca-
recían de precisión y era de todo punto desaconsejable realizar el viaje
sin ayuda de un guía que pudiera reconocer los puntos sobresalientes del

101
paisaje y que nos condujera a salvo en la peligrosa travesía por el desier-
to, además de encontrar pozos en caso de que nos faltara agua.
Generalmente, todos los nómadas tuareg gozan de la rara habilidad
de orientarse en el desierto. Siempre saben dónde están aunque nunca an-
tes hayan estado en el lugar. Forma parte de su herencia cultural; los tua-
reg enseñan las tradiciones a sus hijos y, por medio de fábulas, de sus va-
lores, filosofía y sabiduría, también les enseñan la vida nómada. Graban
el desierto en la memoria de sus hijos: cómo y dónde encontrar agua;
cómo reconocer y utilizar plantas medicinales; cómo orientarse por la
noche mirando a las estrellas y, durante el día, oliendo la arena caliente y
tocando los granos, que se distinguen según la región, y memorizando
los colores y formas de la naturaleza.
El jefe del puesto militar de Djanet nos dijo dónde encontrar a un
hombre llamado Iken quien, según él, sería el mejor guía para nuestro
viaje. Cuando estaba a punto de salir de allí, el comandante agregó que
Iken era ciego, pero que eso no debía preocuparme. Pensé que se trataba
de una broma y así lo dije. Repitió que no debía preocuparme, que Iken
era el mejor guía.
-¿El mejor que tiene, o el mejor que le queda? -pregunté intentando
sonreír.
-¡No se preocupe! -insistió riendo.
-¿Nació ciego o se quedó ciego por alguna enfermedad? -pregunté
nervioso.
-Se quedó ciego hace unos diez años. Una infección ocular -respon-
dió estrechándome la mano para dar a entender que la entrevista había
terminado.
Iken era un hombre alto, de unos cincuenta años. Hablando con él nos
enteramos de que había pasado la infancia y la adolescencia con su pa-
dre, que conducía caravanas por todo el Sahara. Luego él mismo traba-
jó en las caravanas hasta que la Legión Extranjera francesa le contrató
de guía; en aquel entonces los franceses gobernaban Argelia. A los trein-
ta años perdió la vista de resultas de un tracoma mal tratado. (Muchos
nómadas saharianos padecen tracoma. Debido a la falta de medicación,
progresa la infección, que es transmitida por las moscas, y que hincha
tanto los párpados que las pestañas rozan el ojo, inflamando y dañando la
córnea para acabar en una pérdida de vista. En un último intento por evi-
tar la ceguera total, los miembros de Les Petits Fréres de Foucault, una
congregación religiosa que habita en la región Hoggar, realiza una ope-
ración de cirugía menor -que yo aprendí y efectué varias veces- en los
párpados hinchados del paciente. Consiste en cortar horizontalmente una
lámina del párpado a fin de acortarlo para que las pestañas dejen de rozar la
comea. Con ayuda de antibióticos para heridas, los párpados curan bien.)
Describí a Iken el trayecto que pensaba emprender.

102
-Ya veo... Ya veo -repetía mientras yo le informaba.
-¿Ha hecho este viaje alguna vez? -pregunté.
-Exactamente el mismo itinerario no, pero veo perfectamente lo que
quiere hacer. Podemos salir mañana por la noche -dijo.
-¿Por qué por la noche? Preferiría conducir durante las horas de luz
para poder filmar.
-Como quiera, pero en cuanto pasemos la región montañosa no de-
bemos circular entre las diez de la mañana y las cinco de la tarde.
-¿Por qué?
-Allí ya es verano. Es un horno, hay tormentas de arena y una tem-
peratura de sesenta y dos a sesenta y cinco grados durante el día. Los
neumáticos se rompen con facilidad y el motor no resistirá.
Parecerá sorprendente, pero pese a su dolencia yo sentía que Iken era
un guía seguro; tengo un amigo ciego que me ha hecho reparar en que los
ciegos, forzados a manejarse con la pérdida de la visión, suelen gozar de
ciertas facultades psi. Se llama Michel Delacroix y vive en Bruselas. Su ce-
guera no ha sido obstáculo para recibirse de abogado ni para la práctica
de la ley criminal. Solía visitarme cuando yo vivía en Bruselas, una man-
zana más allá de su casa; le encantaba pasar el tiempo tocando, acari-
ciando y oliendo cada objeto de mi colección de arte primitivo. Era ca-
paz de decir si había algún objeto nuevo sin que yo dijera nada. Por la
cantidad de polvo acumulada sobre las cosas, sabía cuánto tiempo hacía
que no limpiaba la casa, y además podía hablar horas enteras sobre el ob-
jeto que tenía en la mano, sobre su forma, características y, más asom-
broso aún, sobre sus colores, que, decía él, literalmente sentía a través de
los dedos.
Un día iba yo siguiendo el laberinto de interminables corredores del
palacio de justicia, buscando un despacho donde debía presentarme con
una citación por violación de normas de tráfico, cuando desde atrás oí la
voz de Michel llamándome. Al preguntarle cómo había sabido que esta-
ba allí dijo:
-Has pasado por delante de mí cuando salía de una sala del tribunal.
Sabía que eras tú.
-Pero ¿cómo sabías que era yo? ¿Por mi colonia? ¿Por el sonido de
los pasos?
-Por todo... y por nada en particular, ¡pero sabía que eras tú!
-¿Y puedes reconocer también a otras personas?
-Sólo a las que me importan.
Impresionado por lo que había sucedido decidí, días más tarde, in-
tentar un experimento para cerciorarme de los elementos por los que Mi-
chel me reconocía. Sabía en qué parada bajaba del autobús y qué calle
tomaba para volver a casa cuando acababa el trabajo en el tribunal. Lla-
mé al tribunal para saber qué días estaba de servicio y sustituí mi colonia

103
habitual por otra. Le esperé a mitad de camino entre la parada del auto-
bús y su casa, en la acera por donde vendría él.
Cuatro metros antes de llegar donde yo estaba, Michel, moviendo su
bastón blanco de lado a lado para poder cruzar la calle a salvo, empezó a
mostrarse más y más inquieto. Redujo el paso y su cabeza comenzó a se-
guir casi los movimientos laterales del bastón, como si estuviera buscan-
do algo. Me apoyé contra la pared para dejarle más sitio. Cuando pasaba
frente a mí, miró instintivamente hacia donde yo estaba, frunciendo la fren-
te y oliendo el aire, pero continuó caminando despacio. Luego se detuvo
como esperando que yo dijera algo. Seguí callado e inmóvil, sintiéndo-
me culpable por mi ardid, y él prosiguió la marcha.
Al día siguiente repetí el experimento, pero esta vez esperé en la ace-
ra opuesta. Michel pasó por las mismas reacciones del día anterior. Sus
ojos sin vida me miraron otra vez; luego, siguió caminando.
Pensé que me llamaría uno de aquellos días, pero no fue así. Dejé pa-
sar una semana y le hice una visita, llevando mi colonia de siempre. En
el transcurso de la conversación, preguntó si yo había cambiado de colo-
nia en los últimos tiempos. Respondí que sí.
-¡De modo que eras tú! -exclamó-. Sabía que eras tú. Me resistía a
llamarte porque el olor de la colonia era diferente y no quería ponerme en
ridículo en el barrio al llamarte por el nombre, ¡pero hubiera apostado a
que eras tú!
Expliqué a mi amigo los motivos que me habían impulsado a hacer
aquel experimento, y me perdonó.
Si no podía olerme u oír mis pasos, ¿cómo había sido capaz de perci-
bir mi presencia?
-¡Tenía una sensación inexplicable, una certeza incontrolable! -dijo
Michel.
¿Clarividencia o telepatía?

Desde que dejáramos Djanet, Iken iba sentado sobre la rueda de re-
cambio, que estaba sujeta al capó.
-Necesito respirar el olor del desierto -había explicado-. Eso me
dice dónde estoy; cada sitio tiene un olor particular. No puedo oler si voy
dentro del coche. Y desde aquí oigo los diferentes ruidos que hacen los
neumáticos al pisar el suelo; también eso me dice mucho con respecto al
terreno.
»Debéis fijaros atentamente en los gestos que yo haga para guiaros.
Con la mano izquierda señalo que debéis ir hacia la izquierda; con la de-
recha, que debéis ir hacia la derecha. Las dos manos levantadas son para
que aceleréis, las dos manos extendidas lateralmente quieren decir que
paréis, y para reducir la velocidad, agitaré ambas manos en el aire. Tam-

104
bien necesito ayuda de todos vosotros. (Yo iba acompañado por Daniéle
y por mi ayudante, Philippe.) No habléis mientras conducís, y mirad de-
tenidamente el paisaje que os rodea.
-¿Por qué? -pregunté, sabiendo la respuesta pero deseando oírsela
decir.
-Porque también eso me ayuda a ver dónde estoy -dijo.
No era fácil conducir con Iken sentado en el capó, tapando la vista.
Siguiendo las instrucciones que me daba, yo tenía que ir zigzagueando
con cuidado entre los obstáculos naturales: arenas movedizas, enormes
rocas volcánicas, dunas, profundas grietas excavadas por antiguos ríos.
Para maniobrar bien, debía sacar la cabeza por la ventanilla a fin de ver
lo que pasaba por mi izquierda, mientras Philippe, mirando por la venta-
nilla derecha, daba indicaciones de lo que pasaba por su lado.
Pese a estos problemas de índole técnica, Iken seguía mereciendo toda
mi confianza.
Un día, las manos de Iken ordenaron parar el coche. Le ayudamos a
bajar del capó. Se sentó sobre los talones y cogió un puñado de arena que
olió intensamente durante largo rato. Luego acarició la arena y jugueteó
con los granos, estudiando cuidadosamente su textura. Al cabo se irguió
y libre de toda preocupación dijo:
-Ahora sé dónde estamos. Debemos proseguir en esta misma dirección.
Y su mano indicaba el camino.
Una noche buscábamos desesperadamente un pozo porque estába-
mos escasos de agua. Lejos de encontrarlo, dimos de bruces con un enor-
me arbusto reseco, de más de un metro de alto. Iken acarició las ramas
muertas, olió todo lo que crecía o estaba seco alrededor de él y por fin dio
instrucciones. Pocas horas después encontramos agua.
Llegamos a Tombouctou según lo previsto. Era imposible perderse
llevando a Iken de guía. En lo que concierne a sus facultades, podría ar-
güirse que no todas pertenecen al ámbito de la telepatía, que algunas es-
tán más cercanas a la clarividencia. Pero lo importante es que Iken sinto-
nizaba con una faceta del cerebro que le permitía guiarnos a través del
desierto.
-¿Y ahora qué harás, Iken? -pregunté cuando nos separábamos.
-Quedarme aquí y visitar a unos cuantos amigos que no he visto en
años. Luego buscaré una caravana que vaya en dirección a mi casa -res-
pondió.
Otros tuareg que luego hicieron de guías para nosotros, también rehu-
saron ir dentro del coche, pero por razones diferentes. Acostumbrados a
viajar en camello, no podían reconocer los puntos sobresalientes del pai-
saje desde el interior del vehículo, ya que la configuración del relieve del
terreno estaba dibujada en su memoria tal como la veían desde su pers-
pectiva a lomos del camello. Por tanto, viajaban en el techo del coche,

105
que aproximadamente tenía la misma altura de la silla de montar puesta
sobre la joroba del animal. Pero esto era fuente de problemas: yo no po-
día ver al guía, y con el ruido del motor resultaba imposible oír sus indi-
caciones. En consecuencia, Philippe tenía que sentarse sobre la rueda de
recambio del capó y actuar de intermediario entre el guía y yo, transmi-
tiendo sus mensajes e instrucciones.
Había aún otro problema con estos guías: el de conducir por la noche
con los faros encendidos. Como estaban habituados a viajar con la luz de
las estrellas y la luna, no sabían orientarse de noche porque la luz de los
faros distorsionaba la apariencia del terreno. Yo debía conducir entonces
con las luces apagadas. Sin embargo, debo admitir que es una experien-
cia extraordinaria, verdaderamente mágica, conducir a la luz de la luna y
las estrellas, con la sensación de estar suspendido entre lo ignoto y lo
misterioso, formando parte, al fin, de la realidad cósmica donde todo, has-
ta lo imposible, podría ocurrir.
Estos relatos reflejan mis experiencias personales con los tuareg. En
el desierto australiano y en el Kalahari, estando con los bosquimanos, he
oído muchas historias que también atestiguan que las gentes de los gran-
des desiertos -donde es necesario recorrer larguísimas distancias para
poder encontrar a otros seres humanos- parecen estar más sintonizadas
con esa parte del cerebro que da cabida a la telepatía, porque ello es ne-
cesario para asegurar la supervivencia.
Son muchos los fenómenos de esta índole que he conocido gracias a
los pueblos de tradición. No pueden ser mera coincidencia. A veces pien-
so, no obstante, que algunos son producto de la intuición, para la que es-
tos pueblos parecen tener predisposición al verse forzados a valerse de
ella para sobrevivir. Empero, no debemos rechazar la posibilidad de que
muchos pueblos del Cuarto Mundo sean diestros telépatas. Muchos de no-
sotros hemos tenido experiencias telepáticas al menos una vez en la vida.
Pero en nosotros esta facultad tiende a atrofiarse por falta de utilización
en la vida cotidiana. Coger el teléfono para llamar o escribir una carta es
mucho más común y más fácil que concentrarse para enviar un mensaje
a alguien.
Me he dado cuenta de que muchos pueblos de tradición viven más acor-
des consigo mismos que nosotros. Han desarrollado la intuición y los
sentimientos animales primitivos más que el razonamiento. Viviendo en
estrecha relación con la naturaleza, implicándose íntima y profundamen-
te en ella, han aprendido su lenguaje. Quizá porque no tienen opción para
sobrevivir de otra manera, se han visto obligados a sintonizar con aque-
llos aspectos del cerebro que les permiten adquirir niveles de conscien-
cia más altos.

106
5
Chamanes y hechiceros de los Andes

Cuando mi amigo Michel Drachoussoff, realizador de documentales,


volvió del viaje que durante todo un año había hecho por los Andes boli-
vianos, me contó tantas cosas y tan extraordinarias sobre ciertos hombres
que curan con plantas y con plegarias secretas, que decidí ir yo mismo a
los Andes, siguiendo sus pasos.
Mi búsqueda de chamanes, curanderos y hechiceros comenzó en La
Paz, Bolivia, la ciudad más alta del mundo. Cualquier persona que caiga en-
ferma tiene la posibilidad de ser visitada por médicos formados en Estados
Unidos. Pero si la terapia moderna fracasa, cabe la alternativa de probar la
medicina nativa que los indios emplean siempre. En la calle Villares, en el
llamado mercado mágico, se venden cientos de plantas que curan todas las
enfermedades conocidas y otras que también sirven para ahuyentar a los
malos espíritus. Junto con las hierbas nativas como la ayahuasa y el estin-
go, es posible encontrar marihuana, tabaco, lana de vivos colores, plumas
de flamingo y fetos de llama momificados, esenciales para hacer magia.
No todo es superstición. Científicos de la Universidad de Lima han
ido a Bolivia para llevar a cabo una investigación progresiva sobre los
efectos de la coca, la datura, la quinua y otras plantas medicinales.
Hasta el momento de la invasión inca, se consideraba que las hojas de
coca eran sagradas, y sólo se utilizaban con una finalidad religiosa o me-
dicinal. En el imperio inca, la coca quedaba reservada para la familia im-
perial, los sacerdotes y los dignatarios. Al pueblo tan sólo se le permitía
beber mate de coca, una infusión de coca que ejerce un efecto sedante y
calmante, y que es un remedio eficaz contra el dolor de cabeza, el dolor
de muelas y el reumatismo; cocida con miel, cura las infecciones de boca.
Los mineros quedaban excluidos de las restricciones en el consumo de
coca. Les estaba permitido masticar hojas de coca porque así soportaban
mejor las penalidades del trabajo.

107
Tras la invasión española, el privilegio de los mineros pasó a ser el
hábito de todo un pueblo. De hecho, millones de indios se vieron reduci-
dos de golpe a la esclavitud, y tan sólo tenían dos maneras de olvidar su
nueva condición: el alcohol y la coca. A fines del siglo xvi, solamente en
la ciudad de Potosí se vendían unas mil toneladas de hojas de coca al año.
Los indios se privaban de comer para conseguir unas cuantas de estas ho-
jas, conocidas como hojas del olvido.
Hoy en día, el consumo de hojas de coca entre la población india de
ciudades y pueblos es todavía muy elevado. Impregnada de saliva y mas-
ticada con un trozo pequeño de lejía (cenizas de quinua que han sido
mezcladas con otros ingredientes y posteriormente solidificadas), la coca
disminuye la sensación de hambre y calma el dolor. En el campo, el con-
sumo de coca es mucho más bajo. Allí se emplea sobre todo para medi-
car, y para las ceremonias religiosas y de adivinación. El filósofo López
Albujar escribió:

La coca es la biblia verde hecha con miles de hojas. En cada una


de ellas hay un salmo de paz. La coca es una virtud, no un vicio;
como tampoco es vicio el vaso de vino que el sacerdote bebe cada día
en la misa. La coca es el sello de todos los pactos del indio, el acto sa-
cramental de todas sus celebraciones, el consuelo de todas sus pesa-
dumbres, el incienso de todas sus supersticiones, el remedio para to-
das sus enfermedades, la hostia consagrada de todos sus cultos.

Desde los albores de la humanidad, la enfermedad ha sido relaciona-


da con la presencia de malos espíritus, y los rituales mágicos se han ocu-
pado de ella, pero incluso así, todas las culturas han sido conscientes de
las propiedades curativas de las plantas y de otros elementos naturales, y
se han servido de ellos para prevenir y sobrevivir a las enfermedades. Por
añadidura, estos elementos naturales se han utilizado para curar, tanto en
los sistemas homeopáticos como en los alopáticos. La curación por me-
dios naturales se ha venido practicando sola, o como complemento a otros
métodos curativos.
Hace varios miles de años, el sanador chino Kwang Ti ya escribió so-
bre las propiedades medicinales de las plantas. Li Che Ten, en su Peng
T'Sao, que podría remontarse al 2500 a. de C., daba los nombres de mil
cien plantas medicinales divididas en sesenta y ocho categorías, y tam-
bién ocho mil recetas y fórmulas distintas para prepararlas.
Hace cuatro mil años, los egipcios aprendieron de China, la India y Per-
sia el arte de hacer infusiones de plantas, que ya se practicaba en estos paí-
ses desde hacía miles de años. Y los griegos lo aprendieron de los egipcios.
Pero las plantas no son los únicos elementos naturales que pueden
curar; existen también numerosos minerales y materiales orgánicos que

108
gozan de propiedades medicinales: huesos, fetos animales, cuernos... Bas-
ta visitar cualquier tienda de los barrios chinos especializada en remedios
naturales para curar enfermedades, para hacerse una idea de la diversidad
de la farmacopea china.

Los indios de los Andes ignoran, por lo común, los pormenores de la


anatomía humana, y tampoco tienen noción de la existencia de gérme-
nes. Para ellos, la enfermedad es el resultado de un desequilibrio provo-
cado por un enemigo -ya sea un elemento natural o un hechizo-, al que
uno debe enfrentarse.
Según los indios, hay dos categorías de enfermedades: las de Dios y
las del diablo. Las enfermedades de Dios tienen generalmente una causa
natural: el frío, el viento, el calor, una caída... Entre las enfermedades del
diablo están las de origen nervioso, como la epilepsia, el colapso nervio-
so y otras. Se cree que estas últimas están provocadas por dioses airados,
o bien que son producto de conjuros hechos por los hechiceros; pueden
ser obra de los demonios, que se llevan el alma de la persona enferma o
una parte de su cuerpo, o que han introducido algo extraño en esa persona.
Las enfermedades de Dios pueden ser tratadas por un curandero con
plantas medicinales, es decir, con un proceso de curación natural, o bien
por un médico de la ciudad. Las enfermedades del diablo, sin embargo,
sólo pueden ser tratadas por un sanador, que, a fin de evitar la desinte-
gración psíquica y física del paciente, debe recuperar el elemento perdi-
do y devolvérselo, o espantar la materia extraña; en otras palabras, el sa-
nador debe reequilibrar las energías. Para restituir el equilibrio psíquico
y físico del paciente, el sanador debe realizar un sacrificio que le aliará
con la fuerza de las más poderosas divinidades. Luego dará plantas me-
dicinales al paciente como complemento al tratamiento mágico.
Lejos de los dispensarios y los hospitales, y demasiado pobres para
pagarlos, el 80% de los campesinos piden los servicios del curandero
cuando caen enfermos. Desde un punto de vista religioso, social y médi-
co, los curanderos son indispensables para el equilibrio físico y psíquico
de la comunidad. Desde luego, hay algunos charlatanes que se aprove-
chan de la credulidad y la ingenuidad de los campesinos para sacarles
unos cuantos pesos. Pero en la mayoría de los casos, son personas de ta-
lento e integridad.
Las funciones del curandero pueden ser asumidas por el chamán si éste
es sanador; de lo contrario, el collasiri es quien hace los trabajos de cu-
ración. Un collasiri es un miembro del clero que se dedica a la medicina.
Hay una diferencia fundamental entre los chamanes de los Andes y
los del Amazonas. Los chamanes del Amazonas están dotados de todos los
poderes. Los de los Andes, aunque también son los principales jefes es-

109
pirituales y son capaces de conectar con el mundo sobrenatural durante
un estado de trance inducido por drogas (cocaína o el cactus de San Pe-
dro, que es un potente alucinógeno), pueden estar dotados de todos los
poderes, pero no de manera sistemática. Y si no están dotados, pueden
rodearse de otros personajes que posean poderes de los que ellos carecen.
Por ejemplo, en un pueblo puede haber un chamán, un collasiri dedi-
cado a la medicina, un yatiri, que es diestro en el arte de la adivinación, un
pako, que hace magia blanca, y un laika, que practica la magia negra. Por
tanto, los chamanes pueden ser una combinación de collasiri, yatiri, pako
y laika, pero ninguno de estos individuos es chamán.
Es bastante común también que los collasiri tengan más de un poder
y asuman más de una función. Por ejemplo, en algunas zonas de los An-
des donde no crecen plantas medicinales, estos miembros del clero sue-
len servir también de hechiceros y magos, y tratan a sus pacientes con
técnicas curativas mágicas.

En los pueblos de las laderas nororientales de los Andes viven los


khallawayas; se considera que son la élite de los sanadores andinos. Son
chamanes cuya reputación en el arte de curar ya era conocida hace cinco
siglos, en tiempos de los incas.
Cuando en el siglo xv, los incas invadieron las altas mesetas bolivia-
nas, descubrieron un valle al este del lago Titicaca que ellos llamaban
Quollo Suyo y que significa «la tierra de los remedios». Los habitantes
tenían un conocimiento religioso extraordinario y sus artes de curación
eran superiores a las practicadas por los doctores y adivinos de la familia
imperial, cuya corte estaba en Cuzco, la capital inca. El descubrimiento
de estas gentes, de avanzada cultura médica, astrológica y mágica, im-
presionó de tal modo a los incas que les llamaron khallawayas (en mach-
chaj juyai, la lengua secreta inca, khalla quiere decir «sacerdote», y wa-
yai, «libaciones»), y les invitaron a ejercer su arte y desarrollar sus ta-
lentos en Cuzco. Los khallawayas adoptaron el quechua, lengua que se
hablaba en la región, y además aprendieron la lengua sagrada de los in-
cas, que aun hoy en día emplean en sus ceremonias.
La súbita llegada de los conquistadores obligó a los khallawayas a re-
tornar al valle donde habían vivido, en la región de Charazani, y allí sobre-
vivieron y siguen viviendo, inmutables frente a los caprichos de la historia.
El origen de este pueblo y de su cultura todavía constituye un miste-
rio. Su nombre podría derivar de las palabras quolla waya, que en lengua
aymara significan respectivamente «medicación» y «llevar al hombro».
Su conocimiento médico es muy complejo y ha merecido reconocimien-
to científico. En la Exposición Universal de París, en 1900, Bolivia pre-
sentó la colección más importante de plantas medicinales que jamás se

110
había reunido: la farmacopea khallawaya. En la actualidad, la Facultad de
Medicina de Lima invita a algunos khallawayas, maestros en la ciencia
de las plantas medicinales, a impartir clases con regularidad. Dos mues-
tras de su conocimiento son el uso que de la penicilina y la oxitetracicli-
na han hecho a lo largo de los siglos. Descubrieron la penicilina durante
el período inca; mezclan un fermento extraído del platanero, o moho de
maíz o grasa, con tela de araña y forman una pasta negruzca que se apli-
ca sobre las heridas infectadas, como una pomada. Obtenida a partir del
barro negro, la oxitetraciclina se utiliza como cataplasma fría o caliente.
La farmacopea khallawaya comprende cientos de plantas que los sa-
nadores cultivan o recogen en laderas de entre 300 y 3.000 metros de al-
titud que, por sus diferentes microclimas, ofrecen una gran variedad de
especies.
El prestigio de estas gentes no acaba en el arte de curar. Hasta los
mismos incas quedaron impresionados por su filosofía y su concepto de
lo divino, materias que han venido desarrollando desde sus orígenes.
Para entender mejor la faceta esotérica en las artes curativas de este pue-
blo, merece la pena explicar brevemente sus principios religiosos.
Para los khallawayas, hay tres divinidades principales: Tutujanawin,
Pacha Caman y Unaru Khochaj. Tutujanawin es el ser supremo que go-
bierna toda la existencia visible e invisible. Es la energía que alimenta al
universo y da vida a los seres. Es la personificación de la realidad cós-
mica, que se manifiesta en la fusión de lo que existe y lo que no existe.
Este principio es el fundamento de la doctrina khallawaya de los opues-
tos. Para este pueblo, el concepto de existencia radica en el equilibrio
producido entre las fuerzas opuestas. El mundo no podría existir sin las
fuerzas que, oponiéndose mutuamente, crean su estabilidad: el bien se
opone al mal, el día a la noche, la salud a la enfermedad. Hay estrellas y
planetas que emiten emanaciones benéficas, otros las emiten maléficas.
Pacha Caman («luz suprema») creó a los seres humanos. Es el padre del
dios sol Pacha Tata (o Inti, el dios sol inca), de la diosa tierra Pacha Mama,
y de la diosa luna Ocelo. Inti fecunda permanentemente a Pacha Mama para
que pueda parir seres humanos, animales y plantas. Pacha Caman es, en
realidad, el dios que dirige el mundo.
Unaru Khochaj es el hijo de Inti. Simboliza la pureza y la justicia. Ha
sido enviado a la tierra para predicar el amor y desterrar la envidia y el
rencor del corazón de las gentes. (Observe el lector que el panteón reli-
gioso khallawaya existía ya mucho antes de que los conquistadores in-
trodujeran el catolicismo en Sudamérica.) Unaru Khochaj se correspon-
de con el dios Viracocha del pueblo aymara, y guarda ciertas similitudes
con Pachacamac, el dios de los indios que habitaban en la costa peruana.
El panteón religioso de los khallawayas tiene también muchos san-
tos, demonios, dioses y diosas. Estos son los principales:

111
• Purun Runa es el hombre mítico que vive en las montañas, el que cap-
tura a las mujeres jóvenes y las seduce.
• La diosa Achalay reside en las selvas y en los lugares aislados; subyu-
ga a los hombres jóvenes.
• Pachagargarey es la diosa del amanecer y de la esperanza.
• Ekeko es el dios de la felicidad y del bienestar; es pródigo dispensan-
do favores a los humanos.
• Illapa es el dios del trueno y del relámpago; coge la lluvia que los hu-
manos necesitan de un río que atraviesa el cielo (la Vía Láctea).
• La mujer Chchasca es la belleza; es la personificación de la estrella
Venus.
• Supay es el genio del mal; ostenta toda la riqueza del mundo. (Puede
compararse con el dios hindú Shiva.)
• Yawar Chchonga es un hechicero vampiro.

Los khallawayas también rinden culto a los espíritus, los antepasados


y los achachillas, o almas de quienes pertenecían a las generaciones pa-
sadas. Los achachillas, que viven en las montañas, los ríos y los valles,
influyen en los destinos de las gentes; se les invoca durante algunas ce-
remonias religiosas.
Para los khallawayas, el ser humano está compuesto de tres elemen-
tos vitales: el cuerpo, el alma y el espíritu. El cuerpo, única sustancia tan-
gible del ser, no puede vivir sin el alma, que es el aliento divino de Pacha
Caman: vida, sensibilidad, movimiento y facultad de pensar. Cuando el
alma marcha, el cuerpo muere. El espíritu es el fluido que da consisten-
cia al cuerpo; se ocupa del control patológico del mismo, sin causar ni la
vida ni la muerte. Cuando el espíritu se va del cuerpo, éste no muere,
pero padece un estado anormal que constituye la enfermedad. Sin em-
bargo, durante el sueño, el espíritu también puede salir del cuerpo y va-
gar por el mundo exterior. A veces lo abandona y rehusa volver; la causa
de ello puede estar en una maldición. Entonces, el khallawaya tendrá que
llamar al espíritu para que regrese, realizando una serie de rituales mági-
cos y religiosos.

Cada vez que nuestro grupo llegaba a un pueblo khallawaya, tenía-


mos que pasar por el mismo ritual. Primero había que pedir permiso al
jefe para quedarnos en el pueblo. Luego, debíamos discutir las razones
que inspiraban nuestra solicitud con el consejo de ancianos. Por último,
cuando los espíritus ya habían tomado una decisión sobre nuestra estan-
cia (sólo ellos sabían si éramos buenas o malas personas y sólo ellos po-
dían prever los resultados de nuestro comportamiento con los habitantes
del pueblo), el jefe llamaba al chamán del lugar para que hiciera un ka-

112
pita, ritual de adivinación con hojas de coca. Lo que sigue es la descrip-
ción detallada de una sesión de adivinación que es similar a las que se lle-
van a cabo en otros pueblos de los Andes.
El chamán se reunía con nosotros. Sentado en un banco, extendía so-
bre su regazo el kapita -un trozo pequeño de tejido de lana de colores-,
desenvolvía otro pedazo de tejido y de allí sacaba un puñado de hojas de
coca. (En todos los Andes, las hojas de coca es el instrumento más utili-
zado para la adivinación.) Elegía una docena de hojas de forma regular y
perfecta, de un bonito color verde, las colocaba sobre el kapita, y empe-
zaba a mascar las otras.
Cuando comenzaba a sudar, señal inconfundible de que entraba en
otro estado de consciencia, en una especie de trance, tomaba las hojas que
había elegido y las frotaba suavemente entre las manos, mientras invoca-
ba como aliadas a sus divinidades preferidas; ellas debían tomar parte en
la decisión sobre nuestra estancia en el pueblo. Luego llevaba la boca ha-
cia las manos unidas, que aún encerraban las hojas de coca, y susurraba:
-Coca, madrecita, tú que lo sabes todo, dime todo en nombre de los
antepasados; ¿podemos admitir a estos extraños?
Entonces, muy concentrado y con los ojos cerrados, abría a medias las
manos hacia el cielo y soplaba tres veces para dar vida a las hojas de coca.
Ellas serían intermediarias entre él y las divinidades. Preguntaba de nue-
vo a las hojas para asegurar la comunicación y otra vez invocaba a las di-
vinidades. Después abría las manos y dejaba caer las hojas una por una
encima del kapita, estudiando concienzudamente cómo caían y qué posi-
ción adoptaban.
Repetía el procedimiento tres veces. Luego recogía las hojas del ka-
pita, las masticaba, las sacaba de la boca y miraba su aspecto. La apa-
riencia y el buen sabor confirmaban la respuesta divina:
-Sí, podéis quedaros tanto como deseéis.
La respuesta fue la misma en todos los pueblos que visitarnos, salvo
en uno.
Derrochando paciencia y valiéndome de una complicada red de con-
tactos, logré por fin, junto con mis acompañantes (uno de ellos hablaba
quechua, lengua que se emplea en toda la cordillera andina), dar con un
pueblo donde vivía un sanador khallawaya. Se llamaba don Florentino y
tenía fama de poder curar enfermedades como la tuberculosis y la polio.
Tras muchos días de recelos, nos permitió acompañarle en el recorrido
que diariamente hacía para recoger las plantas medicinales en su jardín y
en las escarpadas laderas del valle. Y nos contó la historia de su forma-
ción en el arte de sanar.
-Cuando tenía doce años -dijo-, mi tío me dio a probar una mezcla
secreta de plantas. Y vi un jaguar, tan alto como un hombre, que estaba a
punto de destrozarme con sus garras de acero. Luego el jaguar se trans-

113
formó en Pacha Mama y dejó que mamara de sus pechos, mientras can-
taba una canción. Más tarde, cuando desperté, canté esa canción a mi tío;
él dijo que ésa era la canción correcta y aceptó enseñarme a curar y a re-
conocer las plantas. Esto fue hace treinta años.
Una semana después aconteció lo que yo esperaba: llamaron a don
Florentino para que curara a un vecino de un pueblo cercano. Consintió
en que le observáramos mientras trataba al paciente.
Fuimos al pueblo por delante del sanador khallawaya y de su apren-
diz, con la esperanza de poder examinar al paciente e interrogar a su fa-
milia. La casa donde vivía el enfermo con su esposa y con su hermana es-
taba al final de un sendero bordeado de cactus de San Pedro, que son po-
tentes alucinógenos. La esposa y la hermana nos dieron la bienvenida en
un patio que había sido pulcramente barrido.
El paciente, un hombre de unos cuarenta años, estaba tumbado en un
lado del patio, muy débil y con muchísima fiebre, y tenía enormes difi-
cultades para respirar normalmente; deliraba. Su esposa explicó que des-
de hacía meses tenía un fuerte dolor en el pecho, pero que hasta poco
tiempo antes no había empezado a echar sangre cuando tosía. Hacía un
mes habían ido a un dispensario, pero pese a la medicación que el doctor
había dado al enfermo, su salud empeoraba. Nosotros creíamos que el
hombre padecía una infección pulmonar grave, probablemente un caso
serio de tuberculosis.
Las dos mujeres, cubiertas con los mantos más bonitos que tenían, se
levantaron cuando don Florentino y el aprendiz entraron en el patio.
Mientras el sanador khallawaya intercambiaba unas palabras con las dos
mujeres, el aprendiz colocó sobre un pequeño altar de piedra una chusi-
lla, un tipo de mantel tejido con lana de alpaca, que a su vez cubrió con
una istalla, tela ricamente ornamentada. Luego el sanador sacó de la bol-
sa los elementos básicos de la mesa, que en este caso significa ofrenda.
Y ése fue el inicio de la ceremonia, donde se mezclan los dos elementos
curativos primordiales: la religión y la ciencia, es decir, los rituales má-
gico-religiosos y la ciencia de las plantas medicinales.
-Las plantas curativas son la parte menos importante del ritual -ex-
plicó don Florentino-. El universo está hecho de fuerzas opuestas: el
bien y el mal, lo equivocado y lo correcto. Es el equilibrio entre las fuer-
zas opuestas lo que hace que algo exista. A lo largo de los años he reco-
gido objetos de bien y objetos de mal, y los he utilizado conforme al re-
sultado que quería conseguir. Hoy, antes de examinar al paciente, he
puesto un feto de llama sobre la istalla, junto con dos cosas malogradas:
unos huevos podridos y un trozo de lana mal tejida, y con dos cosas bue-
nas: hojas de coca y resina de copal. Cuando dispongo estas cosas enci-
ma de la istalla, ésta se convierte en un campo de batalla. Con ello digo
a Pacha Mama que quiero restablecer el equilibrio entre lo que está bien

114
y lo que está mal en este hombre. Entonces ya puedo manipular para él
las fuerzas de la enfermedad y las fuerzas de la salud.
-¿Cuál es el significado del feto de llama momificado? -pregunté,
sabiendo que es el artículo más caro de los mercados.
-La llama es un animal semidivino. Un aborto es un nacimiento anor-
mal. Así, el feto de llama es la evidencia de que incluso los dioses de la
fertilidad pueden cometer errores. Genera fuerzas mágicas muy potentes.
Este objeto, en manos de un hechicero, puede convertirse en un arma po-
derosa para hacer el mal. Pero ahora debo orar; a veces Pacha Mama es
muy imprevisible.
Don Florentino se arrodilló y empezó a concentrarse, murmurando
plegarias a Pacha Mama. Mientras tanto, la esposa y la hermana del pa-
ciente tomaron asiento y, al igual que el sanador, dispusieron su propia
istalla sobre una pequeña banqueta y allí colocaron los elementos de su
ofrenda: amuletos, hojas de coca, resina de copal, cabos de lana, un hue-
vo y un feto de llama.
Cuando acabó sus oraciones a Pacha Mama, don Florentino se alzó y
se dirigió hacia la istalla de las dos mujeres para coger sus ofrendas.
Mientras recitaba invocaciones sagradas en la lengua secreta de los in-
cas, mezcló las ofrendas de las mujeres con las suyas propias.
-Para viajar por el universo invisible -dijo-, necesito estar en el cen-
tro de éste. Invoco las siete direcciones: norte, sur, este, oeste, arriba, aba-
jo y centro.
Entonces echó al fuego todo lo que llevaba. Cerró los ojos y quedó
inmóvil mucho rato, como si su espíritu hubiera abandonado a los vivos.
-Para recordar a Pacha Mama que mantenga todo en equilibrio -dijo al
cabo-, quemo las dos mesas. Nosotros respiramos el humo y Pacha Mama
también. Cuando el mundo queda reequilibrado justamente aquí, en este
punto, es cuando me permito diagnosticar la enfermedad del paciente.
Primero se curan el alma y el espíritu restableciendo el equilibrio en-
tre fuerzas opuestas, y luego se trata el cuerpo.
Don Florentino se acercó al paciente e inició el siguiente paso en el
proceso curativo: la limpia, o purificación. Sacó un conejillo de Indias
vivo de debajo de su poncho y frotó con él el cuerpo del hombre, pidién-
dole que espirase sobre el animal. Mientras esto hacía, el sanador apretaba
el cuello del conejillo para que al tiempo muriera por asfixia. La muerte
del animal tenía que coincidir con el fin de la operación. Ahora el pa-
ciente quedaba libre de las influencias maléficas que habían provocado
su enfermedad; ésta había pasado al conejillo.
-El paciente no podía respirar -explicó el sanador khallawaya-, de
modo que hice una transferencia entre él y el conejillo de Indias. Ahora
el enfermo puede respirar con facilidad y el conejillo es quien se asfixia.
El aprendiz cortó el cuello del animal y puso su sangre y sus visceras

115
en una concha vacía. (De todos los métodos de adivinación que se prac-
tican en los Andes, el más extendido es el de examinar las visceras.) Don
Florentino miró el contenido de la concha y dijo:
-El problema con los doctores de la ciudad es que diagnostican la en-
fermedad del paciente diseccionándolo. En lugar de eso, nosotros disec-
cionamos al conejillo y estudiamos detenidamente de qué manera coagula
la sangre y cuál es la consistencia de los excrementos en el intestino in-
ferior. En este caso, ya que todo está suelto, sólo tiene tuberculosis. Este
hombre tiene suerte: el augurio dice que las divinidades han aceptado
nuestras plegarias. No tendré que combatir a ningún demonio sobrenatu-
ral para tratarlo.
Entonces don Florentino sacó de su bolsa las plantas que, con ayuda
de las divinidades, iban a ser el tratamiento para aquel cuerpo dañado por
la enfermedad. Lo que nosotros denominaríamos parte médica del trata-
miento fue muy breve. La cabeza del paciente fue envuelta en hojas de
eucalipto y luego se le administró una bebida diluida de hojas de coca y
cenizas de quinua hervidas en agua. Pronto cesó la fiebre y el enfermo
empezó a hablar coherentemente. Cuando lo vimos un mes más tarde,
trabajaba como cualquier hombre sano, sin dolores en el pecho ni toses
con sangre. Decía que no se había sentido tan bien en mucho tiempo.
Sólo tras un aprendizaje que puede durar hasta doce años, puede el hijo
o un miembro de la familia del sanador khallawaya obtener la autorización
de la asamblea de ancianos y notables para ejercer su arte. Los a veces pro-
digiosos resultados que logran estos sanadores khallawaya parecen ser
prueba de la eficacia de su ciencia. Son simultáneamente psicólogos, psi-
quiatras, herbolarios, homeópatas y médicos; su arte es complejo, pero di-
cen que sin la ayuda de las divinidades no tendrían poder curativo alguno.
Nos resulta difícil comprender los métodos de los sanadores khalla-
waya, pero don Florentino insistía en que la parte más importante de sus
curas es sobrenatural, sobre todo si la enfermedad es la manifestación de
un hechizo de magia negra.
Con los sicuyas tuvimos oportunidad de presenciar la curación de un
paciente que padecía una enfermedad demoníaca; era víctima de un con-
juro lanzado por un hechicero.
Temidos por sus vecinos debido a su fiereza en la lucha y considera-
dos salvajes y antropófagos por las otras tribus indias de la región norteña
de Potosí, los sicuyas han conservado intactas sus antiguas tradiciones má-
gico-religiosas, agrícolas y artesanales. Solamente hablan quechua cuando
han de entrar en tratos comerciales, pero entre ellos hablan el aymara, que
consideran la lengua de la intimidad, los sentimientos y la poesía, así como
del secreto y la magia.
La sesión de adivinación que iba a decidir si podíamos quedarnos en
el pueblo corrió a cargo del hechicero sanador, un hombre de mediana edad

116
llamado Silverio. Había nacido con la mano izquierda deforme. Tiempo
después nos dijo que todos los hechiceros tienen algún defecto físico, que
ésa es la manera en que los dioses marcan a quienes poseen poderes espe-
ciales. Las divinidades dieron una respuesta favorable a nuestra solicitud,
y a los dos días de estar allí ya éramos amigos del hilankho, el jefe de la
tribu. (Este título se vuelve a otorgar cada año. El hilankho preside el con-
sejo de ancianos, cuyos miembros pertenecen a éste hasta que mueren.)
Rápidamente establecimos una relación muy cálida con Panfilo, el maes-
tro. Su hijo de cinco años padecía epilepsia, enfermedad que los médicos
de La Paz habían sido incapaces de curar. Pregunté a Panfilo si había
considerado la posibilidad de que el hechicero sanador curara a su hijo.
-¡De ninguna manera! -respondió-. Todo eso son supersticiones.
Las convicciones del maestro eran coherentes con el papel que el go-
bierno le había encargado desempeñar: enseñar a los indios a cambiar su
modo de vida para introducirlos en la era moderna. El proceso empieza
por aconsejar a los escolares que desconfíen de la medicina tradicional
que los hechiceros practican y que, en lugar de acudir a él, vayan a los
dispensarios y hospitales donde los médicos administran medicación
química. El maestro exalta la ciencia y la vida moderna, y les insta a ves-
tir la ropa que llega de la ciudad. Los niños aprenden matemáticas, geo-
grafía y lengua española.
Sin embargo, llegó el día en que Panfilo se mostró dispuesto a hacer
cualquier cosa con tal de ayudar a su hijo, cuya salud empeoraba. Para mi
sorpresa, pidió a Silverio que intentara una cura ritual para su hijo. El he-
chicero, viendo la oportunidad de demostrar al maestro que de verdad te-
nía poderes, aceptó de buena gana e hizo los preparativos del ritual para
aquella misma noche.
A las ocho nos reunimos en casa del maestro; allí estaba también su
esposa, su hijo, Silverio y el hilankho. Cerraron la puerta por dentro para
que nadie -ni hombres ni espíritus- pudiera entrar durante la ceremonia.
Nos congregamos en la habitación principal, tan sólo iluminada con ve-
las y el fuego del hogar. Sobre la mesa había hojas de coca, cerveza de
chicha, cutí (granos de maíz que el hechicero utilizaría en la adivinación)
y diversas plantas medicinales, junto con un corazón de llama que había
sido sacrificada unos días antes para servir a otros fines religiosos.
Silverio repartió hojas de coca y cerveza de chicha entre todos noso-
tros, salvo al hijo de Panfilo. Y todo el mundo empezó a beber y a mas-
car en silencio. (La chicha dejó de gustarme cuando supe cómo la elabo-
ran: las viejas mastican el maíz y lo escupen en un cuenco, donde fer-
menta. Se dice que cuando los hechiceros beben mucha chicha, a veces
tienen una visión: Pacha Mama amamanta a todos los animales del cam-
po y les da vida para un año más.)
El silencio quedaba interrumpido de vez en cuando por las palabras

117
del hechicero, que, entre murmullos, empezaba a hacer la adivinación con
el cuti, leyendo la posición que adquirían los granos de maíz en la palma
de su mano después de cogerlos de la mesa. Cuatro horas más tarde nada
había pasado, salvo que estábamos todos bastante ebrios. Los efectos de
la coca y del alcohol habían creado una atmósfera de irrealidad. El he-
chicero no dejaba de susurrar la misma palabra: «suerte».
Súbitamente, el hechicero y el jefe de la tribu tomaron cada uno un
incensario, lo llenaron con pequeñas brasas que ardían en el hogar y por
encima echaron resina de copal y otro incienso. Silverio rezó:
-Pacha Mama, Tierra Sagrada, deberás proteger esta casa. No permi-
tas que la enfermedad haga presa en sus habitantes. Protégelos de toda
desgracia. Pacha Mama, protégeme del mal y el año próximo te serviré
aún mejor.
Cuando la habitación estaba llena del olor y del humo del incienso
quemado, el hechicero y el jefe de la tribu, cada uno con su incensario,
dejaron la casa para orar a Pfarsi Mamay, la diosa luna; con las manos al-
zadas hacia el brillante orbe, rogaron también a la Virgen de Copacaba-
na. (Mejor poner todas las posibilidades a favor de uno; dos divinidades
tienen más poder que una sola.)
Cuando volvieron a la casa, el hechicero masticó más hojas de coca
y un pedacito de cactus de San Pedro para poder conseguir el trance, es-
tado que le permitiría comunicarse con lo sobrenatural.
Al cabo de una hora más o menos, vimos que estaba entrando en tran-
ce: su cara envejeció varios años y la voz quedó convertida en un susu-
rro. Empezó a golpear entre sí dos varas de madera o hantis. Los hantis
son los bastones mágicos que abren un pasadizo o puente hacia el otro
mundo. El hechicero los utiliza para despertar los poderes ocultos. Y es
gracias a estos hantis como la voz de los espíritus puede manifestarse.
Golpeando todavía los hantis, el hechicero se aproximó al maestro y
le murmuró algo al oído. Luego, de repente, dejó caer los hantis y se
arrodilló en cada uno de los cuatro puntos cardinales. Después, con una
rodilla apoyada en el suelo, comenzó a girar más y más rápido mientras
invocaba a las divinidades. Pasó sin transición a insultar a los demonios,
corriendo por toda la habitación para ahuyentarlos. Luego salió de la
casa gritando. Durante un rato pudimos oír sus gritos mientras corría has-
ta desaparecer en la noche.
Estábamos petrificados.
Pregunté a Panfilo qué le había dicho el hechicero.
-Dice que la epilepsia de mi hijo se debe a los conflictos inconscien-
tes que sostiene con nosotros.
Y admitió que su hijo tenía ataques de epilepsia cada vez que él y su
esposa discutían.
Luego añadió:

118
-Pero Silverio dice que hay otro problema. Un hombre de un pueblo
vecino ha enviado una maldición al cuerpo de mi hijo y ha roto su armo-
nía interna; ésa es la causa de que su cuerpo sufra con los conflictos in-
conscientes que tiene con nosotros. Primero, Silverio tiene que conseguir
el reequilibrio definitivo devolviendo la maldición a su origen, al hom-
bre que la hizo. Después curará a mi hijo. La maldición será ahora mu-
cho más potente, mortal al volver de donde vino. Por esta razón, Silverio
no quiere que veamos esa parte de la ceremonia.
Pasamos la noche en blanco pensando en todo ello.
A la mañana siguiente nos despertamos muy temprano; según el ri-
tual curativo, Silverio debía ofrecer el corazón de llama al sol naciente. Nos
reunimos con el maestro y su esposa, que estaban con el niño sentados
junto a una mesa puesta en el patio. Sobre ella, todos los ingredientes de
la ofrenda de la noche anterior: hojas de coca, cerveza de chicha, lejia,
cuti, diversas plantas medicinales y el corazón de llama.
Poco después llegaba el jefe de la tribu. Pero el hechicero no apare-
cía. Esperamos mucho rato, y empezábamos a preocuparnos porque ya
se adivinaba la salida del sol, cuando apareció Silverio sonriendo. Nos
saludó con una carcajada, como si nada hubiera sucedido la noche ante-
rior; se sentó a la mesa junto al niño, y comenzó a mascar hojas de coca
y a beber alcohol.
Mientras masticaba y bebía sin interrupción, cogió un cuenco de me-
tal, puso los granos de maíz que utilizara la noche anterior y los trituró.
Añadió unos coágulos de sangre de llama y luego examinó cuidadosa-
mente la mezcla durante largo rato. Después agregó un pedacito de la
parte inferior del corazón de llama y unas cuantas hojas de coca.
Cuando hubo preparado la mezcla, el hechicero se puso en pie y, mien-
tras murmuraba conjuros mágicos, por tres veces movió el cuenco en torno
a la cabeza del niño; luego rozó con el cuenco la superficie de su cuerpecito.
Tomó unos cuantos granos de maíz con la mano y, sonriendo, la ex-
tendió hacia nosotros mostrándonos el mensaje divino:
-¡Suerte, suerte! ¡El niño sanará!
Después cogió el cuenco, todavía lleno con la mezcla, y lo sacó de la
casa para ir a la iglesia. (Había pasado mucho tiempo desde que un sa-
cerdote católico oficiara por última vez en la pequeña iglesia; en el tem-
plo, el sagrario había sido sustituido por una estatuilla de san Juan, santo
patrón de los indios.) El hechicero sanador se arrodilló delante del pórti-
co principal. Luego se alzó, giró hacia el sol y volvió a arrodillarse. Se le-
vantó de nuevo y lanzó el contenido del cuenco en dirección a Inti, el
dios sol. Era señal de que la ceremonia curativa había finalizado.
Más tarde nos enteramos de que una persona del pueblo vecino había
muerto repentinamente la noche anterior. Y el maestro nos dijo que su
hijo estaba muchísimo mejor desde que Silverio lo tratara. ¿Fue una cura

119
psicológica, o fue resultado de lo que el hechicero calificaba de reequili-
brio definitivo?

Mis experiencias con hechiceros han sido numerosas, y gracias a ellos


sé que una maldición no puede romperse: tiene que ser devuelta a quien
la envía. Siempre había querido estar presente en este tipo de ceremonia,
pero los hechiceros nunca lo permitían, alegando que eso podía ponerme
en peligro porque esta clase de rituales les obliga a crear una maldición
más fuerte y mucho más poderosa. Y tal cosa es como jugar con fuego.
Solamente una vez permitió un hechicero que yo observara una cere-
monia de estas características, pero aun así sólo me dejó mirar hasta que
puso una cruz pequeña, hecha con dos espinas atadas, sobre una muñeca
que al parecer representaba al hombre que había lanzado la maldición.
Pocos días más tarde, supe que la magia había surtido su efecto: el hom-
bre había muerto misteriosamente.
Aunque no pudimos presenciar la ceremonia que Silverio realizó para
matar a la persona responsable de la dolencia del hijo del maestro, ima-
gino que utilizó una muñeca maligna.
Un día, sin embargo, en otro lugar de los Andes, un hechicero accedió
a que nos quedáramos mientras llevaba a cabo un ritual en el que utilizaba
los poderes de una muñeca maligna. Era una ceremonia de hechizamiento.
Este hechicero, que ejercía la magia negra, estaba a punto de cumplir
el encargo de una mujer mayor que quería lanzar una maldición sobre un
hombre de otro pueblo al que odiaba. Una noche, iluminando el camino
con linternas, seguimos al hechicero hasta la iglesia católica del pueblo,
vieja y abandonada; allí debía desarrollarse la ceremonia. Hacía muchos
años que en la iglesia no se habían oficiado servicios por falta de verda-
deros creyentes, pero sobre el altar aún pendía una enorme cruz.
El hechicero se colocó en una esquina de la iglesia, sacó dos velas de
la bolsa que llevaba, las puso sobre las losas del suelo y las encendió.
Luego dispuso un pequeño mantel ritual de muchos colores entre las dos
velas y así hizo su mesa. Vació sobre ella el contenido de la bolsa: trapos,
hierba, largas espinas de cactus y otros pequeños objetos rituales. Des-
pués fue hasta la otra esquina de la iglesia, levantó una losa que tapaba
un agujero y, para nuestra sorpresa, sacó tres cráneos humanos, a uno de
los cuales faltaba una sección circular, y los colocó sobre la mesa. Co-
menzaron las plegarias y conjuros.
Una hora más tarde, se abrió la puerta de la iglesia; en el umbral se
dibujaba una silueta: era la mujer para quien oficiaba el hechicero. Al en-
trar y vernos pareció asustarse. Estaba a punto de irse, cuando el hechi-
cero le dijo que volviera y la tranquilizó diciendo que nosotros, amigos
personales suyos, no diríamos nada de la ceremonia. Más calmada, la

120
mujer se acercó al hechicero y le tendió una bolsa con un trozo de ropa,
un mechón de cabello y trozos de uña que pertenecían a la futura víctima,
cosas todas ellas más que suficientes para lanzar sobre él una temible
maldición.
Con la hierba, los trapos y los elementos que la mujer había traído, el
hechicero confeccionó una muñeca que representaba, mágicamente, al
enemigo personal de la mujer. Empezó a insultar y a maldecir despiadada-
mente a la muñeca mientras pinchaba la cabeza y el cuerpo con las espinas
de cactus. Arremetió otra vez contra la muñeca lanzando imprecaciones
e insultos rebosantes de odio. Luego mandó marchar a la mujer.
Gracias a los conocimientos que su maestro le había transmitido
cuando le iniciara, el hechicero sabía que al alcanzar el punto culminan-
te, el mal puede llegar y dar con la víctima designada. En este punto, el
hechicero llama al cliente, pone la muñeca y los demás adminículos ma-
léficos sobre la mesa, y da comienzo a la ceremonia final de la magia ne-
gra. Todos los hechiceros que arrojan maldiciones mantienen al cliente a
su lado durante la ceremonia porque, según ellos, su papel es el de am-
pliar el odio que el cliente genera y transformarlo en fuerzas malignas,
que envían a la víctima por medio de un ritual.
Cargado de fuerzas del mal, el hechicero enterrará la muñeca cerca de
la casa de la víctima, y para incrementar la eficacia y el poder de la mu-
ñeca, encontrará la manera de hacer saber a la víctima que sobre ella pesa
una maldición; el terror será tal que los primeros síntomas del mal apa-
recerán pronto. Los indios temen tanto este tipo de prácticas que, cuando
saben que les han lanzado una maldición, suelen sumirse en el abati-
miento, convencidos de ser impotentes frente a las fuerzas del mal.

Un día o dos después de nuestra llegada al pueblo de Silverio, el jefe


de la tribu y Silverio nos contaron una historia de lo más inquietante.
Tres semanas antes de que llegáramos, dos hermanos regresaron precipi-
tadamente de las altas planicies adonde habían ido con su rebaño. Allí lo
habían abandonado todo, y parecían estar absolutamente aterrorizados.
Decían haber visto al demonio, y lo describieron como si fuera un vam-
piro. Al día siguiente, el hermano mayor cayó enfermo; a los pocos días
murió. El otro hermano cayó enfermo a su vez y murió también.
Un hermano más joven de estos dos enfermó justo antes de nuestra
llegada. El jefe de la tribu juraba que una noche de luna llena había visto
el fantasma blanco y transparente del tercer hermano; el fantasma lloraba.
Según él, eso era un mal presagio que anunciaba la muerte del muchacho.
-¿Podemos verle? Tal vez nuestras medicinas le ayudarían -dije, preo-
cupado de que si el chico moría nos atribuyeran la culpa de su enfermedad
y muerte, y nos obligaran a dejar el pueblo, si no nos mataban antes.

121
-¡No! -dijo el jefe de la tribu-. Aunque las divinidades dijeron que
podíais quedaros con nosotros, hay gente del pueblo que cree que sois li-
kitchiris y que por tanto sois culpables de la enfermedad del muchacho.
(Un likitchiri es un espíritu malévolo que se transforma en hombre blan-
co y que por la noche, cuando todos duermen, viene a llevarse la grasa de la
parte baja de la espalda, el símbolo de la fuerza vital. Esta creencia de
origen precolombino rebrotó con fuerza durante la invasión española; se
dice que algunos monjes aprovechaban el sueño de los indios para cerce-
nar un trozo de la parte baja de la espalda de éstos, a fin de hacer un acei-
te con el que luego ungían a los obispos.)
El jefe de la tribu fue a hablar con Silverio. Cuando se hubieron reu-
nido, nos pidieron que no saliéramos de casa hasta nuevo aviso. Sabía-
mos que el hechicero sanador haría aquella noche una ceremonia para
tratar al muchacho.
Hacia el mediodía del día siguiente el jefe de la tribu nos llamó para
que saliéramos. A su lado estaba el muchacho, pálido pero vivo. La ma-
gia curativa del hechicero había surtido efecto, y con ello demostraba que
nosotros éramos verdaderos hombres blancos, no likitchiris. ¡Gracias a
Dios!

Estos ejemplos ponen de manifiesto que los indios de los Andes dan
suma importancia a lo que ellos llaman equilibrio. Si la gente hace algo
indebido o de algún modo perturban el equilibrio de la vida, ello acarrea
el desequilibrio de sus energías y su armonía interna, que a su vez dese-
quilibra a los dioses y a la armonía cósmica; consecuentemente, sobre-
vienen la enfermedad y en ocasiones las tormentas y otras catástrofes na-
turales. Un pueblo entero o toda una región pueden padecer por el error
de una sola persona. De manera que, aunque la armonía entre su pueblo
y el cosmos no haya sufrido quebranto, cabe la posibilidad de que el he-
chicero realice alguna ceremonia para restablecer el equilibrio como me-
dicina preventiva, al objeto de apaciguar de antemano a las divinidades.
Ofrezco ahora la descripción de una de estas ceremonias de restable-
cimiento del equilibrio. Oficiaba Silverio. Con ella pretendía calmar la
furia destructiva de Apu Illampu, el dios del rayo y del trueno, ya que la cer-
cana cosecha dependía de su benevolencia.
El día de la ceremonia era un 25 de julio, día del apóstol Santiago. En
la mayoría de los pueblos andinos se celebraba el mismo ritual. Apu
Illampu se identifica con el apóstol Santiago desde que los indios vieran
a los conquistadores disparando sus arcabuces contra el ejército de los
incas, al grito de «¡Santiago!». La asociación del trueno y el rayo (pro-
ducido en este caso por los arcabuces) con el apóstol Santiago nació así,
y así ha sobrevivido al transcurso de los siglos, pese a la intensiva cris-
tianización a que fueron sometidos.

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La plaza principal de la villa estaba repleta de gente mientras Silve-
rio, conversando con los dioses, estudiaba la caída de las hojas de coca.
-«Sumarr» («Todo está bien») -decía el hechicero sanador, cuya faz
consumida y voz ronca testificaban que había llegado al estado de trance.
Con un dedo señaló una hoja de coca que yacía sobre el mantel sa-
grado. Su posición y rasgos predecían que el dios del trueno aceptaría el
sacrificio.
-¿Traerás lluvia en abundancia, oh, Apu Illampu? ¿Ordenará tu voz que
el agua del cielo se una a Pacha Mama, nuestra tierra bendita, para
que crezcan las cosechas?
Silverio abrió la mano y sobre el mantel sagrado cayeron una docena
de hojas de coca. La multitud que rodeaba al hechicero guardaba silencio.
Nadie habría osado interrumpir el diálogo entre Silverio y Apu Illampu,
que contestaba a través de las hojas sagradas.
Después de esto, cuatro hombres se pusieron en pie y asieron a una
llama, que no tenía la más mínima idea de que su sangre serviría a la cau-
sa de los habitantes del pueblo. Sin resistirse, dejó que la tumbaran de
costado y, resignada, tan sólo hizo un ligero gesto de espanto cuando la
cuchilla rozó su cuello. Se acercó Silverio con una larga cuchara de ma-
dera que solamente se utiliza en los rituales. La sangre brotó de la yugu-
lar del animal y al instante colmó la cuchara sagrada.
-Las hojas de coca dicen que Apu Illampu acepta la ofrenda de la lla-
ma. La llama sacrificada no es un obsequio para él; ya que a veces las al-
mas de los muertos se reencarnan en las llamas, lo que hacemos es enviar
a uno de nuestros antepasados para que hable con Apu Illampu y resuel-
va las cosas. Necesitamos lluvia para las cosechas, pero si cae granizo es
el desastre. Si la sangre de la llama se coagula, la lluvia se coagulará en
granizo -explicaba el hechicero, al tiempo que examinaba atentamente la
sangre del animal en la cuchara ritual-. En este caso la sangre es clara;
buena señal, muy buena señal. ¡Suerte, suerte!
Susurrando plegarias e invocaciones mágicas, el hechicero fue hasta
el borde de la plaza, lindante con un pequeño valle, y arrojó la sangre de
llama para fecundar a Pacha Mama, la Madre Tierra.
Mientras tanto, el ayudante del hechicero había abierto el pecho de la
llama y había apartado el diafragma. Y, tal como habían hecho los incas
cinco siglos atrás, arrancó el corazón con sus propias manos.
El ambiente dejó de estar tenso y el ruido comenzó a llenar la plaza,
a medida que el alcohol llegaba a manos de la multitud. Antes de beber,
todo el mundo vertía unas cuantas gotas al suelo en honor de Pacha
Mama. Locuaces, hacían comentarios sobre los mensajes que Apu Illam-
pu transmitía y sobre el sacrificio de la llama. Unos hombres trincharon
la carne de la llama para guisarla en unas ollas enormes; eso sería la cena.
Entretanto, el hechicero había desaparecido con el corazón de la lla-

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ma, que luego habría de servir para otros rituales mágicos. (Era el mismo
corazón que Silverio emplearía más adelante en la ceremonia de cura-
ción del hijo del maestro.)

Si las energías de todo un pueblo pueden reequilibrarse con una inten-


ción preventiva, así ocurre también con las energías de una región entera.
-Una vez al año -dijo Silverio-, las tribus indias y los hechiceros de
todos los Andes se congregan en un pueblo cuyo nombre debe mante-
nerse en secreto. Es uno de los puntos inhabitados más altos de la mon-
taña. Allí restablecemos el equilibrio de los Andes. Primero se fija el eje
del mundo, porque si el mundo gira sobre un mal eje, todo va mal; en-
tonces padeceríamos terremotos, enfermedades, inanición. Pero si du-
rante tres días hacemos el ritual indicado, nuestros pueblos sobrevivirán
el resto del año.
Este festival se celebra en el equinoccio de primavera.
Llegamos al pueblo secreto el primer día de los tres que había de du-
rar el festival. Más de un millar de indios ya estaban allí danzando, co-
miendo, bebiendo y pasándolo bien. Algunos habían caminado varios
días; otros habían acudido a lomos de burro o en camiones.
Cada grupo, al llegar, hacía un alto a cincuenta metros de un antiguo
calvario construido a unos cien del pueblo. Allí los hombres se ponían el
traje que habían de llevar durante el festival. Algunos se vestían de con-
quistadores, con yelmos de metal o de cuero y con escudos y espadas;
llevaban campanillas de cobre atadas a los tobillos y golpeaban el suelo
con los talones. Otros vestían el traje tribal tradicional. Las tribus laime
y jukumane, por ejemplo, llevaban espléndidos tocados hechos con plu-
mas de flamingo. Otras tribus exhibían tocados con plumas de cóndor.
Los músicos preparaban los instrumentos: tambores, trompetas, flau-
tas de diferentes tamaños, sicus y hullas hullas, que son tubos de bambú de
diversas medidas que en ocasiones alcanzan el metro y medio de largo.
Después de que las mujeres desplegaran los estandartes tribales, todo
el grupo fue hacia el calvario. Los presentes se arrodillaron al pie de la
cruz -que para los indios ya existía como símbolo mucho antes de la lle-
gada de los conquistadores y que representa el árbol de la vida—, y se san-
tiguaba a la manera india (se tocan la frente, el pecho y la boca con el
puño). Luego empezaron a tocar los instrumentos y así siguieron los tres
días enteros.
Entonces, cada grupo portando la cruz de su pueblo y cada hechicero
cargando a cuestas un poste hecho con un tronco de árbol derribado por
un rayo, emprendieron el camino hacia el pueblo andando en fila y to-
cando música. Las mujeres iban por delante agitando banderas rojas y
blancas. La bandera blanca denota que la tribu está en tiempos de paz; la

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bandera roja, que está en guerra con las tribus vecinas. Exhibir los colo-
res era muy importante porque la mayoría de las tribus congregadas en el
pueblo -los laimes, los jukumanes, los chullpas, los sicuyas, los machas,
los pocoatas- eran guerreras y cada tribu tenía su propio enemigo. Pero
ese día hasta las más encarnizadas enemistades se dejaban a un lado para
que los hechiceros pudieran crear la armonía y el equilibrio.
A medida que llegaba, cada grupo era saludado por los habitantes del
pueblo en la plaza principal; se arrodillaron todos. Luego intercambiaron
ramas de molle (un arbusto del valle bajo), signo de vida renovada. Des-
pués, todavía tañendo los instrumentos, se trasladaron al pórtico de la
iglesia; los hombres se arrodillaron para orar al Señor de la Exaltación de
la Cruz. Tras ello fueron a comer y a beber cerveza de chicha servida con
cuchara de madera, que es símbolo de fertilidad.
Continuaron llegando indios. Al tercer día ya eran más de dos mil. Y los
tres días fueron un constante desfilar de colores ante los ojos, con domi-
nio del púrpura. Las mujeres se cubrían con collares de perlas y espejos.
Algunos llevaban máscaras que representaban osos, cóndores o conejos;
otros lucían tocados de pluma de cóndor o un cóndor entero disecado. Un
hombre tañía una flauta rarísima hecha con un hueso de cóndor; había in-
dios vestidos de conquistadores que parodiaban a los invasores españo-
les, imprimiendo a sus danzas un aire brutal y destructivo que evocaba el
de aquellos que aniquilaron el imperio inca. A lo largo de tres días estas
gentes rezaron, tocaron música, bailaron, comieron y bebieron. Fue una
discordancia instrumental a base de tambores, trompetas y flautas; no ce-
saban de repetir los mismos sonidos penetrantes las veinticuatro horas
del día. El ambiente era una combinación de fe, exaltación y embriaguez.
Al tercer día todos los hechiceros empezaron a bailar en torno a un
poste erigido en el centro de la plaza, símbolo del eje del mundo. Los
músicos tocaban tambores y trompetas hechas con tubos de bambú de un
metro y medio de largo, con una calabaza atada al extremo para crear re-
sonancia; estos extraños instrumentos emiten un sonido profundo, y tan
sólo unos años antes habían sido empleados para anunciar la guerra.
Entonces, los hechiceros más respetados cogieron los troncos tocados
por el rayo y los clavaron alrededor del poste, haciendo un templo sim-
bólico. Sentimos una extraña frialdad en el aire. ¿Era sólo imaginación?
-Es importante que todos los dioses trabajen en armonía -explicó
Silverio-. Rezamos a todos ellos. Apu Illampu, dios del trueno, danos el
viento del norte que insufla vitalidad, no el viento del sur que insufla en-
fermedades. Cóndores, mensajeros del sol, llevad nuestras plegarias so-
bre vuestras alas hasta Viracocha, creador del sol y de su hermana, la
luna. Conservad el equilibrio del cielo y nosotros conservaremos el equi-
librio de nuestros pueblos y familias, y todos gozaremos de una buena
vida otro año más.

125
Gitanos, namibios, chamanes de Java,
derviches ululantes y Kataragama

Este capítulo describe algunos sucesos extraños que he tenido opor-


tunidad de ver, y relata rituales misteriosos que los gitanos, una tribu de
Namibia, los chamanes de Java, los kurdos iraníes y las gentes de Sri
Lanka acostumbran llevar a cabo.

Gitanos

Los gitanos tienen fama de ser excelentes adivinos. Ofrezco cierta in-
formación sobre estas gentes, que aún son tildadas de misteriosas, para
intentar aclarar algunos extremos sobre sus técnicas de adivinación.
A fin de estudiar sus costumbres, a lo largo de los años he pasado mu-
cho tiempo con los gitanos. He compartido sus experiencias cotidianas
mientras se desplazaban desde la India hasta el norte de África, pasando
por Oriente Medio y Europa. Y he aprendido muchísimo sobre ellos y de
ellos. Tan pronto fui aceptado por algunas tribus gitanas, me estuvo per-
mitido presenciar alguna de sus ceremonias de brujería; tales ceremonias
se valen de antiquísimos rituales que no sólo tienen su origen en la India,
patria de los gitanos, sino que también recogen rituales de todos los paí-
ses por los que han pasado.
Gracias sobre todo a la lingüística, los antropólogos han podido de-
terminar el origen étnico de este pueblo nómada. En cualquier sitio del
mundo donde vivan, hablan todavía la lengua gitana, que procede de una
vieja forma del sánscrito utilizada alrededor del siglo ix en Rajasthan y
en algunas regiones hindúes de la India.
Se cree que hacia el siglo x, por razones que aún ignoramos, algunos
grupos de gitanos abandonaron la India y emprendieron el camino de Oc-
cidente, asentándose muchos en los distintos países por los que atravesa-

126
ban. Nunca, o casi nunca, se han mezclado con los otros pueblos, a los
que llaman gadje, pero sí han aprendido las diversas lenguas y la música
autóctona, en la que son maestros gracias a su destreza como músicos.
No siempre era fácil conseguir la aceptación de los gitanos, aunque
fuera presentado a ellos por alguien del clan. Para ponerme a prueba, con
frecuencia me veía obligado a pasar por un ataque simulado, un tipo de
desafío primordial parecido a los de las tribus papua. La primera vez me
llevé una impresión tremenda, ya que desconocía esa costumbre; ningún
libro de los que había leído sobre los gitanos describía algo semejante.
La cosa sucedió en una aldea griega, donde Muro, un amigo gitano, iba a
presentarme al jefe de su clan.
El jefe estaba tomando una copa de coñac y jugando al dominó con
los amigos en la terraza de un bar pequeño cercano al campamento gita-
no. Muro dijo que me sentara a una mesa próxima y se acercó a hablar
con el jefe, explicando las razones que yo tenía para querer pasar una
temporada con su clan. Mientras hablaban, el jefe no dejaba de jugar; dos
o tres veces me echó una ojeada. Respondí a cada una de sus miradas con
una sonrisa, pero él no se inmutó.
Muro tomó asiento detrás del jefe. Y esperé. Pasaron veinte minutos.
Yo observaba a Muro y al jefe, en espera de una reacción. Pero los dos
parecían estar tan concentrados en el juego que era como si yo ya no
existiera.
De pronto el jefe se puso en pie y empezó a gritarme. Sus gritos aler-
taron al campamento y todos se acercaron a ver qué pasaba. Yo seguía en
mi silla, en espera de que Muro reaccionara y al mismo tiempo mirando
al jefe, intentando mantener una actitud tranquila y con la sonrisa en los
labios. ¡Cosa nada fácil, por cierto!
El jefe agarró su silla y me amenazó con ella. Y sin más, la lanzó ha-
cia mí. La silla aterrizó sobre la mesa en que yo estaba y se estrelló con-
tra mi brazo, que había levantado para proteger la cara. Los gitanos rom-
pieron a reír. El jefe lanzó un vaso, pero no logró alcanzarme. Luego tiró
otro, que se rompió al dar con la mesa. Después, como si nada hubiera
pasado, se sentó, vació el vaso de coñac de un amigo y continuó jugando
al dominó. Muro indicó con la mano que me acercara.
Temblando un poco y manteniendo a duras penas la sonrisa, me apro-
ximé al jefe. Sin mirarme ordenó que trajeran dos vasos de coñac, y des-
pués de brindar dijo:
-Bienvenido.

Casi todas las mujeres gitanas reivindican ser expertas en la lectura


de manos. Como en la cultura china, leer las manos es el método del que
los gitanos se sirven con mayor frecuencia para ver el pasado y el pre-

127
senté, y predecir el futuro. Muchos libros se precian de enseñar a desci-
frar los complicados juegos de líneas que se entrecruzan en las palmas de
las manos. Sin embargo, tal como aprendí de los gitanos, el contacto fí-
sico entre la lectora y el sujeto tiene mucho que ver con el buen empleo
de este método de adivinación. La lectora intenta interpretar las ondas
corporales, las sensaciones y energías que percibe en el cuerpo del suje-
to mientras sostiene su mano.
Aunque alguna vez me han leído la mano y revelado cosas interesan-
tes sobre mi pasado y mi presente, jamás he logrado aprender más de lo
que ya sabía con respecto a mi destino. Y, francamente, yo sería muy
cauto a la hora de hacer caso a lo que la lectora dijera sobre mi futuro,
aunque haya sido certera con respecto al pasado y al presente. Sospecho que
en lo concerniente a la lectura de manos impera la charlatanería, ya que no
es preciso poseer facultades psi para ser buen adivino. Con un poco de
psicología y de práctica, cualquiera puede sentir las sutiles reacciones
de un sujeto mientras lee su mano. El conocimiento de la morfología hu-
mana -cómo reconocer el tipo anatómico y los distintos tipos de carác-
ter- también ayuda a discernir cuáles son los rasgos del individuo.
Me cuesta más entender otros métodos de adivinación en los que las
mujeres gitanas son diestras, como es el de examinar en el fondo de la taza
los posos del café o las hojas de té, después de que el sujeto ha consumi-
do la bebida. Aquí no hay contacto físico que encamine a la lectora en una
determinada dirección. En ocasiones la lectora busca atentamente ciertos
símbolos: por ejemplo, los posos de café que han quedado pegados muy
próximos al asa indican el principio o el fin del año. Pero parece que esta
técnica se utiliza más como instrumento para centrar la atención y con-
centrarse, igual que ocurre con la bola de cristal. Es posible que la lectora
emplee otra parte del cerebro para leer mentalmente al sujeto.
Muchas mujeres gitanas también destacan en el arte de decir la bue-
naventura con las cartas (cartomancia). Para algunas es suficiente con
una baraja de naipes, pero la mayoría prefieren utilizar cartas de tarot,
porque los veintidós arcanos mayores representan arquetipos que son re-
lativamente fáciles de interpretar.
Se cree que la lectura de cartas de tarot data de los tiempos de los
egipcios. Aparentemente, los gitanos introdujeron esta técnica en Euro-
pa, allá por los siglos xiv o xv. Las cartas de juego que hoy conocemos
surgieron de los tarots originales egipcios. El cero se convirtió en el loco
o el comodín; las espadas en picas; los pentáculos o discos, en diaman-
tes; los cetros ahora son tréboles; las copas, corazones.
En esta técnica de adivinación, el papel de la lectora de cartas con-
siste en captar la energía psíquica que el sujeto ha puesto en las cartas al
barajarlas. La lectora da forma consciente a las respuestas que están en el
inconsciente del sujeto.

128
Los tuareg, también
conocidos como
los hombres azules,
recorren el desierto
del Sahara.
(Véase capítulo 4.)

Gitanos
de Golubinci,
Yugoslavia.
(Véase capítulo 6.'
El noventa por ciento
de la población
de Haití
es practicante
de lafe vudú.
(Véase capítulo 7.)
Una iniciada vudú
cubierta
por la sangre
de un animal
sacrificado.
(Véase capítulo 7.)

Dibujos mágicos
(vévés) utilizados
para llamar
a los loas.
(Véase capítulo 7.)
Los practicantes
vudú suelen
oponer resistencia
al loa que quiere
poseerlos.
(Véase capítulo 7.
Cementerio
de Soissons, Haití.
Las tumbas
están pintadas
con motivos
que recuerdan
a Miró, Picasso
o Modigliani.
(Véase capítulo 7.)
El hombre que
levitaba desciende
del árbol donde
aterrizó. La mujer
que tiende la mano
para ayudarle a bajar
es súbitamente
poseída
por un espíritu.
(Véase capítulo 7.)

Interior
de un santuario
de houmfort.
(Véase capítulo 7.)
Un toa puede poseer
a un creyente vudú
en cualquier
momento
y en cualquier lugar.
(Véase capítulo 7.)

Un houngan
realizando
un exorcismo.
(Véase capítulo 7.)
Los cementerios
de Haití están
protegidos
con cruces
que simbolizan
a Barón Samedi,
el loa que es «Señor
de los Muertos».
(Véase capítulo 7.)

Dos assons dan la bienvenida a los toas


que toman posesión de los hombres
que tocan los tambores.
Un houngan
da comienzo
a una ceremonia
vudú. (Véase
capítulo 7.)

Cualquier persona
que durante
las ceremonias
guédé sea poseída
por el alma
de un difunto,
destaca por las
cenizas que cubren
su rostro. (Véase
capítulo 7.)
En las ceremonias
dedicadas
a los loas guédé,
las posesiones
son muy violentas.
(Véase capítulo 7.)

Mujer en trance
durante
una ceremonia
dedicada a los toas
guédé. (Véase
capítulo 7.)
Exorcismo
de una niña
que padecía
tuberculosis
avanzada.
(Véase capítulo 7.)

-r^ v/V M
t?i\
Fachada de un
houmforten la zona
rural de Haití.
Las pinturas y los
epitafios expresan
la dedicación
de la comunidad
y los poderes
del houngan.
(Véase capítulo 7.)
Creyente vudú
entrando en trance
profundo durante
una ceremonia
de exorcismo.
(Véase capítulo 7.)

Una cruz que


representa a Barón
Samedi custodia
un cementerio.
(Véase capítulo 7.)
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-' ' v •, , A , . ,', ,.
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El altar
de un santuario
donde se celebran
ceremonias
•9- 5r de magia negra.
(Véase capítulo 8.)

Cráneo humano
sobre un altar
dedicado
a la práctica
de la magia negra.
(Véase capítulo 8.)
Detalle de otro altar
dedicado
a la magia negra.
(Véase capítulo 8.)

Un bokorde Haití
dirigiendo
una ceremonia
de magia negra.
(Véase capítulo 8.)
Mujer haitiana
participando
en una ceremonia
de magia negra.
(Véase capítulo 8.)

Interior de un
santuario de magia
negra: el ataúd
contiene un cadáver
robado del
cementerio. El bokor
se servirá del alma
del difunto para
hacer magia negra.
(Véase capítulo 8.)
Un houngan
frente a la tumba
de un varón difunto,
llevando a cabo
la ceremonia de
«sacar al alma
de las aguas»,
que forma parte
del ritual vudú
haitiano.
(Véase capítulo 9.)
En este campo me he llevado sorpresas interesantes. No obstante, vale
más no fiarse del primer echador de cartas que se encuentre. Leer cartas
no es una técnica que pueda aprenderse en los libros, a menos que además
se sea un psíquico. Pienso que esto es cierto igualmente para el I Ching o
las runas.
Según los gitanos, el hecho de avistar un sapo mientras se está pen-
sando hacer algo concreto es una bendición, una señal divina indicadora
de que hay que llevar a cabo lo que se está pensando.
Cuando pregunté sobre ello a mi amigo Yarko, un brujo gitano que
vive en Francia, respondió:
-¿Has visto alguna vez un sapo muerto?
-Sí, muchas veces. ¿Por qué?
-¿No hay nada que haya llamado tu atención?
-No.
-La próxima vez fíjate bien. El sapo muerto no se corrompe, se seca.
-¿Por qué?
-Porque posee energías. Poderosas energías. Nosotros utilizamos sa-
pos para curar mágicamente, pero también para echar maldiciones. El
sapo es el principal de los amuletos maléficos que se dejan junto a las ca-
sas de las víctimas. Pero ante todo, los sapos traen buenos augurios.
Al ver mi incredulidad, Yarko sonrió:
-Pruébalo. Te sorprenderá.
La sonrisa dejó al descubierto los dientes de Yarko, todos enfundados
en oro. Era orfebre y había hecho buena parte de su fortuna yendo de
iglesia en iglesia para revestir de oro los objetos rituales sagrados. Des-
de que saliera licenciado de la Academia de Bellas Artes francesa, era
bien recibido en todas las iglesias católicas de Francia.
El recuerdo de las palabras de Yarko en lo referente a los sapos me
obligó muchas veces a darle la razón. En una ocasión acaeció algo ver-
daderamente extraordinario.
Estábamos en una pequeña ciudad costera del sur de Francia. Era in-
vierno, y yo había dado una conferencia en el teatro principal. Alrededor
de la medianoche acabé de meter los aparatos de proyección y sonido en
el coche, que había dejado en el garaje del teatro. Había estado lloviendo
toda la noche, pero al fin la lluvia cesó. Resplandecía la luna llena. Fui
andando al hotel y allí encontré a dos personas, un hombre y una mujer,
esperándome en la puerta; querían hacerme unas preguntas sobre la con-
ferencia. Ella era directiva de una pequeña empresa fabril; él, maestro en
la escuela de la ciudad.
Nos sentamos en un banco que daba al gran patio de cemento del ho-
tel, iluminado por una lámpara colgada encima de la puerta. Fue él quien
empezó a preguntar; después prosiguió la mujer, que tendría unos treinta
años, era bastante gruesa y tenía un aspecto comente.

129
Dijo que había nacido en Casablanca. A los siete años su abuela le re-
galó un anillo que había cambiado su vida: empezó a desear que sus pa-
dres la odiaran. Se obligaba a comer en exceso, convirtiéndose así en una
persona obesa y fea. («Ahora tengo una bolsa de aire en el estómago con
capacidad para cuatro litros», dijo.) Dejó de tener sensación de hambre o
sed, de frío o de calor; no sentía afecto alguno ni por sí misma ni por los
demás. Pero curiosamente, era capaz de conseguir todo cuanto quisiera
desde el punto de vista material.
-Cuando deseo algo, me llega inmediatamente. Si quiero un trabajo,
me contratan. Si ese trabajo ya lo tiene otra persona, despiden a esa per-
sona y me lo ofrecen a mí -dijo.
-¿Qué es lo que quiere de mí? -pregunté.
-En realidad, no lo sé. Quizá usted pueda ayudarme a cambiar -re-
puso con voz triste.
-¿Había algo especial en su abuela, la que le dio el anillo? -inquirí.
-Era soltera, fea, teníamos miedo de ella. Toda la familia la temía.
Acostumbrábamos llamarla «la bruja». Murió de repente el día en que
me dio el anillo. A ella se lo había dado otra mujer de la familia que lle-
vaba el mismo tipo de vida y proyectaba el mismo miedo a su alrededor;
también murió el día que dio el anillo a mi abuela.
Pedí ver el anillo. Lo sacó del dedo y lo puso en mi mano. No sé por
qué -tal vez fue por la espantosa historia que me había contado-, pero al
contacto con el anillo sentí algo parecido a una descarga eléctrica; esta-
ba tan conmocionado que dejé caer el anillo al suelo. Ella me miró sin
delatar la más mínima sorpresa.
-Póngaselo en el dedo para que pueda verlo bien -dije.
A estas alturas, el compañero de la mujer empezó a sentirse inquieto.
Ella se colocó el anillo en el dedo y extendió la mano hacia mí. Era un
imponente anillo de oro con grabados e inscripciones de extraño diseño.
-Debe de ser muy antiguo -dije, sosteniendo su mano y mirando el
anillo con atención.
—Una vez quisieron comprarlo por una buena cantidad de dinero; de-
cían que era cátaro. Pero no pude venderlo.
Dije a la mujer que el anillo probablemente estaba cargado de ener-
gías maléficas transmitidas de generación en generación, y que lo mejor
sería deshacerse de él. Le costó un rato poderlo sacar, pero al fin lo hizo
y lo arrojó lejos. Comenté que era preciso destruir el anillo porque cual-
quiera que lo encontrara podría ser víctima de las energías maléficas.
Los tres comenzamos a buscarlo. De pronto oímos el croar de un
sapo; era enorme, y estaba en medio del patio.
-¡Es un presagio! ¡Hay que destruir el anillo a toda costa! -dije casi
a gritos, temblando incontroladamente al recordar las palabras de mi ami-
go gitano.

130
Para nuestra gran sorpresa, el sapo se movió, recorrió una corta dis-
tancia y dejó el anillo al descubierto; luego permaneció inmóvil. Pedí a
la mujer que recogiera el anillo. Lo hizo. Y el sapo abandonó lentamen-
te el patio.
No sé por qué, pero intuía que debíamos quemar el anillo, que con el
fuego pondríamos fin a esas energías, y que luego teníamos que tirarlo al
mar. El maestro dijo conocer una playa donde podríamos encender fuego
y propuso que fuéramos en su coche.
De camino hacia la playa, pasamos por un bosque. Le dije que nece-
sitábamos madera seca, papel y cerillas.
-Tengo en casa -respondió, y comenzó a hacer la maniobra de cam-
bio de sentido.
En un momento determinado detuvo el coche y a mi lado, en la ca-
rretera, vi una gran caja de cartón. Salí, abrí la caja y descubrí que en su
interior había papel, cerillas y madera seca, cosa de todo punto sorpren-
dente si tenemos en cuenta que había llovido toda la noche.
Aparcó el coche en lo alto del acantilado.
-La playa queda ahí abajo -dijo-. El sendero tiene mucha pendiente.
Hay que tener cuidado.
Él pasó delante; siguió la mujer, que hasta entonces no había dicho ni
una palabra, y detrás fui yo. El camino estaba resbaladizo por el barro.
Si no era por mar, no había otro modo de llegar a la playa, que que-
daba encerrada entre las paredes del acantilado. Recogimos todos los tro-
zos de madera que encontramos por allí. En medio de la playa dispuse los
papeles y la leña seca, junto con la madera que habíamos recogido, y nos
sentamos uno al lado de otro, con la mujer entre nosotros y dando la es-
palda al mar para resguardar el fuego de la brisa. El maestro y yo tem-
blábamos de frío y de inquietud.
Advertí al maestro que no sabía lo que podría pasar al echar el anillo
al fuego. No respondió.
Cuando el fuego ya ardía con viveza, pedí a la mujer que arrojara el
anillo y empecé en silencio a recitar todas las plegarias que se me ocunían.
El anillo desprendía llamas de diferentes colores. Entonces vi formarse
extraños rostros en el humo, rostros que el mismo humo configuraba. El
maestro interrumpió mis pensamientos, susurrando:
-Douchan..., ¿ves eso?
Antes de que pudiera responder, la mujer, que se había sentado con
las piernas cruzadas y miraba fijamente el anillo, empezó a adelantar la
cabeza y el tórax hacia el fuego, lentamente primero, con mayor rapidez
después, como si fuera atraída por él. Habría caído al fuego si no lo hu-
biéramos impedido.
De súbito el maestro y yo oímos un ruido raro a nuestra espalda, una
especie de chapuzón. Nos volvimos; nuestros ojos comtemplaban a un

131
hombre enorme, de sólida constitución y vientre abultado. Llevaba traje de
baño. Chorreando agua se aproximó a la hoguera y quedó en pie frente a
nosotros, al otro lado del fuego. El maestro y yo estábamos sin habla; la
mujer seguía mirando el anillo, que todavía desprendía llamas de colores.
-Nací en Casablanca -dijo el gigante-, y quería que mis padres me
odiaran. Deseaba ser feo y llegué a comer tanto que ahora tengo en el es-
tómago una bolsa de aire con capacidad para cuatro litros.
Estábamos petrificados. Pido al lector que intente hacerse una idea de
la situación: las dos de la madrugada, pleno invierno, aparece ese hom-
bre y nos cuenta la misma historia que había contado la mujer. Al fin el
hombre dijo:
-Bien... Veo que no puedo hacer nada para deteneros. De modo que
sólo me resta hacer una cosa.
Se dirigió a un extremo del acantilado, cogió un enorme tronco de ár-
bol como si no pesara, y nos miró. El maestro y yo estábamos paralizados,
aterrorizados hasta la médula. El hombre estrelló el tronco contra la pared
del acantilado. La madera estalló en mil pedazos. Cogió los trozos, los arro-
jó al fuego y, tras echarnos una última mirada, volvió lentamente al mar.
Rezando todavía, saqué el anillo del fuego con un palo pequeño y lo
tiré al mar. La mujer empezó a temblar.
-Tengo frío, tengo hambre -dijo, con lágrimas en los ojos-. Es tan
bueno sentir la necesidad de llorar...
Un año más tarde recibí carta de ella. Estaba trabajando en Nueva York
con una institución religiosa que se ocupa de las personas sin hogar y de
aquellos que necesitan ayuda y cariño.

Namibios

En Namibia, al sudoeste de África, conocí una tribu que mereció todo


mi interés. Como todos los pueblos de tradición, las gentes de esta tribu
creen profundamente en el poder de lo sobrenatural y es frecuente que
consulten a su sangoma, o brujo, para saber qué les depara el destino. Yo
deseaba conocer a ese sangoma. Cuando al fin pude hablar con él, me
dijo que nos reuniríamos una noche de luna nueva. (Más tarde supe que
esta tribu cree que el ciclo lunar rige la suerte.)
Llegó el día; el sangoma y yo estábamos sentados cara a cara en las
afueras del poblado, cerca de una pequeña hoguera encendida bajo un ár-
bol de grandes proporciones, símbolo del eje mágico que une el mundo
visible al invisible. Desató las cintas de una bolsita de cuero y pidió que
extendiera la palma de la mano; allí vació el contenido de la bolsita: una
serie de huesos para hacer adivinación.
El brujo trabaja con un equipo que consta de seis huesos de pollo, cua-

132
tro piedrecitas de colores, y dos trozos pequeños de corteza de árbol extra-
ñamente esculpidos. Los doce objetos están emparejados simbólicamente
como si fueran hombre y mujer. El más grande de cada pareja es el hombre.

• Los dos huesos de pollo más largos (los que unen la rótula con la pata)
representan los caracteres principales: el hombre y la mujer.
• Los cuatro huesos de pollo más pequeños (trozos de las patas) repre-
sentan a los niños, miembros de la unidad familiar.
• Los dos trozos de corteza de árbol representan a los espíritus ancestra-
les, fuerzas positivas que son símbolo de vigilancia y protección.
• Las dos piedras rojas representan cocodrilos: las fuerzas negativas del
mundo oculto.
• Las dos piedras de color marrón dorado representan los ojos videntes
del hombre y de la mujer: sabiduría y percepción.

Tales componentes simbolizan los caracteres humanos y las fuerzas


positivas y negativas que influyen en la vida de esta tribu.
El sangoma me pidió que soplara sobre estos objetos de adivinación y que
recitara con él un conjuro para que el espíritu fluyera entre los huesos y yo:
-Insuflo mi alma y el alma de mi espíritu guía sobre vosotros.
Luego, tomó los huesos que yo tenía en la mano, los arrojó al suelo y
los examinó cuidadosamente, ya que el destino se lee en ellos conforme
a la posición que adoptan. Es una manera de predecir el amor, la fertili-
dad, la salud y la prosperidad. La predicción solamente es para el mes en
curso, de luna nueva a luna nueva.
El estado de salud de cada miembro de la familia se determina por la
posición del hueso correspondiente: si cae cara arriba es señal de que la sa-
lud será buena durante el mes; si cae cara abajo, habrá enfermedad y ma-
lestar. El amor y la fertilidad vienen indicados por la posición de las fuer-
zas positivas y negativas entre el hombre y la mujer. Para predecir la
prosperidad, se trazan dos líneas imaginarias, una que une las dos fuerzas
positivas y otra que une las dos fuerzas negativas. Si estas líneas atraviesan
alguno de los caracteres, significa que éstos caerán bajo la influencia de la
buena o la mala fortuna. Los caracteres que caen bajo influencias negati-
vas serán capaces de percibir y contrarrestar las fuerzas sólo cuando los
ojos videntes hayan quedado más cerca de ellos que de las fuerzas negativas.

Chamanes de Java

¿Cuál es la fuente de los poderes del hombre? Vienen de la mente,


tanto si la mente es su fuente real como si es sólo una especie de trans-
formador de las energías procedentes del cosmos. Esta explicación se

133
basa en el hecho de que la mente ejerce completo control sobre el cuer-
po. Es posible encontrar evidencia de ello en una extraordinaria ceremo-
nia de chamanismo que vi en una aldea de Java central, en Indonesia; los
neófitos del chamán, en un intento por descubrir su unicidad con la natu-
raleza, se doblegan a la voluntad del maestro y, durante un período de
tiempo, se convierten en animales salvajes.
En Java central, el chamanismo sobrevivió al Islam; las gentes rinden
culto a las dos religiones por igual. Los habitantes de la zona, aunque son
musulmanes, tienen una fe profunda e inconmovible en el poder absolu-
to de su chamán. Creen que solamente él puede desplazarse entre el mun-
do del hombre y el mundo invisible e inmaterial de los espíritus. La ce-
remonia tenía por objeto hacer exhibición de los poderes del chamán.
Aunque desde luego no podía demostrar a los presentes su facultad para
viajar entre los dos mundos, sí podía transformar a dos de los neófitos en
animales salvajes. El chamán sabía que demostrando visiblemente el po-
der que ejercía sobre los hombres, los lugareños acabarían por creer que
también tenía poder sobre los espíritus.
La ceremonia comenzó a una hora temprana de la mañana. Un grupo
de músicos -equipados con xilófonos javaneses o gamelanes, tambores y
una especie de clarinetes- se reunieron en un lateral de la plaza y empe-
zaron a tocar. La música atrajo a las gentes hasta la plaza, donde, después
de que bailaran unos cuantos hombres travestidos (a las mujeres no les está
permitido tomar parte en estas danzas rituales), aparecieron los dos no-
vicios del chamán montados sobre caballitos de juguete, que son símbo-
lo de la transportación hacia el mundo invisible.
El chamán trazó con cenizas un círculo mágico. Sería en este círculo
de unos cinco metros de diámetro donde el chamán lanzaría sus conjuros.
Cuando acababa de trazar el círculo, un hombre vestido de tigre saltó al
centro. En toda Asia este animal es símbolo de poder, fortaleza física y
valentía. El chamán combatió con el tigre para extraer de él todas sus
fuerzas míticas, y para probar su dominio sobre este animal extremada-
mente poderoso. Derrotando al felino, él demostraría ser el más podero-
so de todos los seres humanos; no hay hombre corriente que pueda so-
brevivir a un combate con un tigre. Una vez hubo sometido al animal, ya
estaba en condiciones de llevar a sus ayudantes a un mundo desconoci-
do: el mundo de los animales salvajes.
El chamán preparó entonces una combinación de polvos mágicos con
trocitos de piel de tigre y pelos del bigote del felino, para hacer tres amu-
letos; uno lo ató a su muñeca y los otros dos a la cintura de cada uno de
los neófitos. De este modo establecía un vínculo entre los jóvenes y él.
Luego, posando las manos en la cabeza de los muchachos, introdujo a és-
tos paulatinamente en un profundo trance, sustituyendo su consciencia
humana por la de un animal. Con ello no pretendía retrotraerlos a un es-

134
tado salvaje, sino más bien contribuir a que experimentaran la faceta más
primaría y genuina de su ser, tal vez facilitando a los jóvenes la posibili-
dad de volver a valerse del antiguo cerebro reptil, que se remonta a los
tiempos del Jardín del Edén, tiempos en que la especie humana hablaba
una lengua común a todas las criaturas. Por medio de aquella ceremonia
-parte de una larga iniciación para que los muchachos llegaran algún día
a ser chamanes-, los neófitos empezarían a experimentar el ser un canal
de comunicación entre las especies.
De repente los chicos se pusieron a escarbar la tierra, resoplando y
gruñendo. Psicológicamente, habían sido transformados en jabalíes; no
es que se comportaran como ellos, es que pensaban, sentían así; eran ja-
balíes. Igual que los de una bestia, los párpados de los muchachos que-
daron inmóviles, la mirada errática y fiera. Impulsados por el hambre, los
hombres jabalí se precipitaron hacia los campos corriendo en todas di-
recciones, buscando desesperadamente raíces de mandioca, su alimento
favorito. Con un pequeño tambor a cuestas, el chamán partió tras ellos,
mirándoles fijamente con sus ojos hipnóticos; estaban bajo su control y
seguirían así mientras él quisiera.
Los hombres desenterraron las raíces de mandioca y las destrozaron
con los dientes, engullendo tierra al mismo tiempo. Pero ahí residía un
terrible peligro: la mandioca cruda contiene arsénico, veneno que es mor-
tal para los hombres, pero no para los jabalíes. Si su cuerpo no estaba su-
ficientemente controlado por la consciencia animal, sufrirían un envene-
namiento.
Por fin, el chamán golpeó el tambor atrayendo a los hombres jabalí
de vuelta al círculo mágico; allí dio comienzo la parte más delicada de la
ceremonia: devolverles a la condición de seres humanos. Imponiéndoles
las manos sobre la cabeza y mirándolos fijamente, primero desconectó a
los neófitos de la consciencia animal y éstos cayeron en un coma pro-
fundo: salvo por la respiración, que era muy superficial, estaban, en efec-
to, muertos. Limpió los restos de mandioca de la boca de los neófitos
para evitarles el envenenamiento y la asfixia cuando recuperaran la cons-
ciencia humana. Era sabedor de que en sus manos tenía la más preciosa
de las posesiones: la mente. Un solo desliz bastaría para que quedaran
por siempre inconscientes. Lentamente los sacó del coma. Para ellos fue
como si renacieran al mundo de los humanos. Los hombres se levantaron
despacio, sacudiendo la cabeza. Se había roto el conjuro.
Una vez tras otra, el chamán transformó a los novicios en diferentes
animales para que pudieran identificarse con la fauna del entorno. Allí
había monos, y como monos rompieron la cascara de los cocos con los
dientes. Fueron transformados en zorros, y se acercaron furtivamente a
las gallinas que estaban sueltas por todo el pueblo; cuando cazaron una,
se la comieron viva.

135
Se convirtieron en nutrias, y en el arroyo olfatearon el aire para de-
tectar el peligro. Luego, siguiendo sus instintos animales, entraron en el
agua; deslizándose y resbalando escudriñaron el arroyo en busca de co-
mida. Desaparecieron muchas veces bajo el agua y allí permanecieron
cada vez entre cinco y diez minutos. Por fin salió uno de ellos con la pre-
sa: llevaba un pez entre los dientes, tal como habría hecho una nutria. El
segundo hombre hizo lo mismo.
A la llamada del tambor, los dos hombres nutria regresaron al círcu-
lo con el pez debatiéndose todavía entre los dientes. El chamán inició de
nuevo el lento proceso de la vuelta a la consciencia humana. Desconec-
tó la consciencia de nutria y luego, antes de traerlos al mundo humano,
retiró los peces de la boca de los hombres y con los dedos quitó de la
boca y la garganta los restos de espinas y carne que habían ingerido a me-
dias. Dulcemente, como si de recién nacidos se tratara, extrajo el agua
de los pulmones con su propia boca para evitar que se ahogaran al recu-
perar su condición de hombres. Después, les devolvió la consciencia hu-
mana.
Antes de partir hacia el siguiente destino, el chamán pidió a todos los
hombres del pueblo que le acompañaran a un bosque cercano. Una vez
allí, dio instrucciones para que extendieran una red de ciento ochenta me-
tros de largo y casi dos metros de alto, en forma de V. Los hombres, ar-
mados con machetes y palos gruesos, se situaron a cada extremo de la V.
El chamán se agazapó fuera del vértice de la V y prescindió de su cons-
ciencia humana para conectar con la consciencia del jabalí, transformán-
dose para atraer jabalíes hacia los cazadores. El resultado va más allá de
todo lo creíble. Llamados por el chamán-jabalí, de entre los arbustos sa-
lieron más de veinte jabalíes que en pequeños grupos corrían hacia el
chamán. Cuando los jabalíes quedaron atrapados en la red, los hombres
saltaron sobre ellos y los mataron.
Ése fue el regalo de despedida del chamán a los habitantes de aquel
poblado.

Derviches ululantes

Para algunas culturas, el fenómeno del trance significa que el cre-


yente cobra un estado en el que es poseído por una divinidad y que, por
tanto, él mismo se convierte en divinidad. Para otras, el trance conduce
al devoto a una experiencia mística a la que llega por medio del dolor au-
toinfligido, experiencia que supone el contacto con lo divino.
Fue en Mahabad, Irán, donde tuve la oportunidad única de contem-
plar una ceremonia de lo más inusual entre los miembros de una secta que
se autodenomina «derviches ululantes». Sus integrantes son kurdos, una

136
minoría oprimida que tiempo ha poseía su propia tierra, el Kurdistán, y
de la que hoy se han apoderado Irak, Irán, Turquía y la Unión Soviética.
Los orígenes de los derviches ululantes se remontan al siglo xiv. Los
rituales que celebran sólo pueden ser plenamente entendidos por quienes
han superado la iniciación secreta. Como los sufíes, los derviches son
místicos islámicos. Durante el día, estos hombres llevan una vida nor-
mal; son terratenientes, tenderos, funcionarios. Uno de los signos indica-
dores de su pertenencia a la sociedad es el pelo largo, que normalmente
ocultan bajo el turbante. La razón para dejarse crecer el pelo es ésta:
«Cuando Alá quiera sacarnos de este mundo, podrá cogernos por el pelo».
Se dicen musulmanes. Pero ya que muchas ramificaciones del Islam
prohiben los daños físicos infligidos por propia mano, los derviches es-
tán proscritos. Se reúnen para el culto una vez a la semana y por la noche,
momento del día que para los musulmanes es el de la vergüenza. En las
paredes del recinto donde se reúnen puede verse una pintura de Alí, el
hijo del profeta Mahoma. Ciertos musulmanes creen que Alí era la en-
carnación de Dios.
Sólo cuando los derviches han sido transformados por la fe, pueden
abandonar su condición humana y acercarse a Dios. Mirar lo que estos
hombres tienen intención de hacerse no es agradable, pero es el modo de
expresar una fe profunda que debe entenderse sin prejuicios de tipo reli-
gioso o cultural. Si su fe no es lo suficientemente fuerte, pueden produ-
cirse accidentes: pérdida de los ojos, perforación de intestinos, hemorra-
gias, infecciones.
En una atmósfera de exaltación provocada por el canto, los tambores
y el continuo girar de las cabezas, los derviches alcanzan el estado de
trance, los rostros cubiertos de sudor. Un hombre coge un espetón -pare-
cido a los que empleamos para asar- y se lo clava, empujándolo desde el
abdomen hasta que aparece por el otro lado de su cuerpo. No hay rastro
de sangre; el derviche controla mentalmente todo su cuerpo. Otro se cla-
va el espetón en una mejilla, que atraviesa la lengua y sale por la otra me-
jilla; tampoco hay sangre, no muestra síntomas de dolor.
Un hombre pasa descalzo sobre el filo de una espada, que otros dos
derviches sostienen; pone todo su peso sobre el filo y luego salta varias
veces encima. Uno de los derviches más gruesos apoya el cuerpo sobre
otra espada, separa los pies y las manos del suelo, apoyando el cuerpo so-
bre el filo, e invita a otro hombre a que se ponga en pie sobre él. Podría
quedar partido en dos, pero ni siquiera sangra.
Un derviche se clava la mortífera hoja de un cuchillo bajo el ojo. Otro,
que es ciego porque años atrás perdió momentáneamente la concentración
mientras hacía lo mismo, mastica vasos de cristal. En condiciones norma-
les, ingerir trozos de cristal acarrearía una muerte lenta, una larga agonía,
pero este hombre, recobrada la fe, vuelve a tener control sobre su cuerpo.

137
Con cada encuentro, estos hombres fuerzan más el cuerpo y se some-
ten a los sufrimientos más violentos, poniendo siempre a prueba su fe y
demostrando que están preparados para conocer a Dios.
Se estima que todavía quedan entre doscientos mil y trescientos mil
derviches en el Kurdistán. Una vez por semana cada uno de ellos, a so-
las, llamará a Dios con un grito de dolor, grito que los derviches creen
que es una ayuda para entrar en el reino divino. Con la purificación por
el dolor autoinfligido, los derviches aspiran a alcanzar un estado de éxta-
sis, un contacto con lo divino; muchos lo consiguen.

Kataragama

En Sri Lanka, una vez al año se celebra un festival de diez días dedi-
cado al dios Kataragama; en su transcurso, los devotos se infligen inusi-
tadas torturas. Para ellos es un medio de sentirse llenos del mundo sacro.
Algunos recorren rodando con el cuerpo el camino que separa su pueblo,
a veces muy distante, del recinto del festival. Allí coinciden hindúes, bu-
distas y musulmanes.
El templo de Amahadva está dedicado al dios Kataragama, también
llamado Supramanya, Kandakumara, Hermosa Juventud, Nacido de los
Ojos, Venido de las Pléyades, Nacido del Ganges, Nacido del Fuego, Seis
Caras o Seganda. En el interior del templo se oculta algo a lo que llaman
Yantra. Nadie sabe qué es porque de cada generación, tan sólo dos sacer-
dotes están autorizados a cogerlo, y cuando lo hacen, el Yantra permane-
ce tapado con una tela sagrada.
El festival se inicia con un ritual llamado «el corte de las aguas». En
la parte honda de un río cercano, el sacerdote, completamente cubierto de
hojas, hace una reverencia y hiende el agua con una gran espada a fin de se-
parar el bien del mal. Esta ceremonia dura un minuto; después, la multi-
tud pasa horas enteras bañándose alegremente en las aguas frescas del río.
Avanzado el festival, llega el día de mortificarse. Hombres, mujeres
y niños soportan sobre los hombros el peso de complicadas estructuras
de madera, en su afán por purificarse superando el dolor del esfuerzo fí-
sico.
De repente, todo el mundo deja de hablar. Los ojos adquieren un bri-
llo más intenso, las miradas quedan vacías. Embriagados por los cantos,
las danzas y la música, empiezan a caer en trance. Los rostros expresan
felicidad; los cuerpos están en perfecta armonía. Poseídos por otra fuer-
za, preparan la mente para aceptar el dolor.
Las mortificaciones empiezan cuando las gentes han conseguido un
estado de trascendencia. Espero y observo. Ahí están quienes pueden so-
breponerse al dolor. Hay muchos con ganchos prendidos en la piel de la

138
espalda, de los que pende una cuerda. Tiran hacia adelante con todas sus
fuerzas mientras la gente estira el otro extremo de la cuerda, reteniéndo-
los como si quisieran reducir a un animal salvaje. En las mejillas se cla-
van lancetas de plata similares a la legendaria lanceta que utilizara Kata-
ragama para matar a un pérfido enemigo. Una mujer joven que está de
pie junto a mí, consiente en que sus mejillas sean atravesadas, cuidado-
samente, por una larga aguja de plata. Antes de clavarla en la otra meji-
lla, cuelgan de ella una cobra de plata. Tardan varios minutos en colocar
bien la cobra y la aguja; la mujer parece sufrir, pero les alienta a conti-
nuar. Las personas que después hablan sobre estas experiencias dicen
que sienten el dolor en toda su intensidad, pero que están tan llenas con
el pensamiento de Dios que el dolor pasa a ser algo trivial.
En el punto culminante de la ceremonia, unos hombres se ponen en
pie sobre mortales pinchos afilados; otros son elevados en el aire tirando
de cuatro garfios clavados en la carne. Se han convertido en marionetas
de los dioses. Y puesto que están en contacto con lo sagrado, ellos mis-
mo son divinos. Las gentes les rodean para hacerles preguntas y oír sus
profecías.
Asistí a ese festival con el propósito de explicarme algunas cosas y
esclarecer otras. Pero confrontados con un estado de consciencia que va
más allá de toda lógica y de todo razonamiento, los por qué, cuándo y
cómo de repente pierden sentido, y aunque nos ofrezcan explicaciones
exhaustivas, seguimos siendo incapaces de comprender plenamente lo
que estas gentes sienten, porque no viven con arreglo a nuestra lógica.
Un hombre en trance está poseído por fuerzas poderosas. El trance viene
provocado por la música, las drogas, la oración o el dolor; podríamos lla-
marlo histeria colectiva. Pero lo importante es el resultado: el éxtasis.
Ahí es donde los dioses hablan con las criaturas que han creado a su ima-
gen y semejanza. Y para oír las voces de los dioses hay que aceptar la ló-
gica de los dioses. De acuerdo con esta lógica, para ser marioneta de los
dioses, el dolor debe ser superado; para superar el dolor, hay que olvidar
la creencia humana de que las posibilidades y los poderes son limitados;
solamente cuando uno olvide su condición de humano, recordará que es
un dios.

139
7
Vudú en Haití

Algunas palabras ejercen un extraño poder sobre la imaginación hu-


mana. Vudú es una de ellas. La sola palabra evoca imágenes de magia ne-
gra, ceremonias bárbaras y sangrientas, muertes misteriosas. Es inevita-
ble representarse muñecas con agujas clavadas, y zombis a la espera de
recibir órdenes de sus amos.
¿Y por qué no? Todo cuanto sabemos sobre el vudú lo hemos visto en
las películas de terror y en las sesiones de madrugada de la televisión, o
lo hemos leído en la literatura barata. Si alguien entra en una iglesia ca-
tólica durante la misa y oye la voz del sacerdote diciendo: «Tomad y co-
med, ésta es mi carne; tomad y bebed, ésta es mi sangre...», y no entien-
de esta fase del ritual ni su contexto, podría decir que ha asistido a una
ceremonia caníbal.
Pero el vudú es real y existe hoy en día en Haití, de donde es origina-
rio. También se practica en Estados Unidos debido a la inmigración de
haitianos. Los médicos y los psiquiatras ya no descartan los hechizos del
vudú como causa posible de las enfermedades de sus pacientes. El De-
partamento de Policía de Nueva York ya no se desconcierta ante los mis-
teriosos restos de animales sacrificados que aparecen en los parques. En
Nueva Orleans hay mercados que venden animales para el sacrificio ri-
tual, de la misma manera que los mercados kosher* venden carne espe-
cial para quienes profesan la fe judía.
Sin embargo, me ha costado años enteros de investigación en Haití
comprender que bajo la denominación de vudú, hay muchas realidades
diferentes; ninguna es superstición, y todas pueden dar resultado.
Cuando los esclavos fueron llevados a Haití —la mayoría procedían
de Nigeria, Dahomey (hoy Benin); otros eran originarios de Guinea, Se-

* Autorizados por la religión judía. (N. de la T.)

140
negal, Mozambique y el Congo (hoy Zaire)-, también llevaron consigo
su sistema de creencias religiosas. Una vez allí, conocieron la religión de
los últimos supervivientes de los indios arawak (los arawak eran una tri-
bu caribeña de la cuenca del Amazonas que emigraron a Haití hacia el si-
glo vil, y que más tarde fueron diezmados por los españoles), y la religión
de sus amos, que profesaban la fe católica.
Lentamente, con el paso del tiempo, los diferentes grupos étnicos
africanos de Haití, unidos por su trágico destino, concentraron sus creen-
cias religiosas en los rituales sagrados de Benin. A éstos incorporaron
creencias de los indios arawak y del catolicismo. La mezcla de todo ello
es el vudú. (Aunque también basados en rituales conducentes al trance y
a las posesiones, el condamblé en las Antillas, el quimbois en las Antillas
Francesas, el macumba en Brasil, la santería en Cuba, la tromba en Ma-
dagascar y otras variantes del vudú, aunan las diferencias regionales y ét-
nicas de los esclavos africanos que fueron llevados a estos lugares; los ri-
tuales africanos predominantes y el cúmulo de creencias que éstos extra-
jeron del catolicismo y de la religión indígena.)
En la Edad Media y con un desarrollo paralelo, Europa vio florecer
cientos de sectas que practicaban la hechicería y tenían que ver con el
vampirismo, el espiritismo, el satanismo, los hombres lobo, las brujas
voladoras... Esto sucedía sobre todo en Francia, y estas creencias se ins-
talaron en Haití junto con los primeros colonos franceses, los piratas y,
más tarde, los sacerdotes católicos que el clero expulsó de Francia por
ser francmasones o practicar la magia negra (y que, por ende, habían he-
cho tratos con el diablo). Estos sacerdotes introdujeron tratados de alqui-
mia, esoterismo, ocultismo, la cabala, la teosofía y la alta magia.
La religión vudú contiene muchos aspectos de la francmasonería, así
como del esoterismo, la cabala, el ocultismo, la alquimia, la astrología, la
metafísica y la teosofía. En sus rituales se utilizan los principios de la alta
magia y se trata con los misterios y los secretos de la orden de los caba-
lleros templarios, cuya presencia es apreciable en los trajes ceremoniales
que llevan los houngans (sacerdotes vudú) en cierto tipo de ceremonias.
De modo que, básicamente, la religión vudú viene inspirada por los
sistemas africanos de creencias religiosas y por sus prácticas, pero los ri-
tuales que lleva a cabo -hasta los realizados por los hechiceros- se basan
en los principios de la magia francesa e indoeuropea.
El vudú ejerció una fuerza tremenda a la hora de unir a los haitianos
en una rebelión contra sus amos, que culminó en 1804 con la indepen-
dencia del país, convirtiéndose así en la primera nación negra que la con-
seguía. El vudú los ha mantenido espiritual y moralmente vivos desde
entonces, aportándoles esperanza, perseverancia y una especie de fatalis-
mo con respecto al sentido de su vida en la tierra, que ven sólo como algo
temporal; su tarea principal en ella es el desarrollo de la vida espiritual.

141
Pese a la miseria, estas gentes tienen una.joie de vivre que se deriva de
una fe profunda en su sistema religioso.
Allí la miseria posee el ritmo encantado del merengue, el aroma de la
fiesta y la celebración, el color de las pinturas nai'f. Su fe está escrita en
todas partes. Pasear por las ciudades es como visitar una galería de arte o
participar en una procesión religiosa. Las pinturas nai'f cubren autobuses
y taxis, que llevan nombres como: «Ave María», «Pater Noster», nom-
bres de santos y de apóstoles, o lemas como «Dios es mi señor», «Sé pa-
ciente, el Señor cuida de ti», «Un alma poderosa en un cuerpo limpio» o
«Dios es amor». Allí ves una tienda que se llama «La gloria de Jesús»;
más allá una panadería con el nombre de «Felizmente Dios me ama. Pa-
nadería mensajera de la felicidad».
Hasta los cementerios son obras de arte, no sólo por su arquitectura
colorista -las tumbas suelen ser más espectaculares y lujosas que las ca-
sas—, sino también por las pinturas místicas que recubren las sepulturas,
como es el caso del cementerio Saint Soleil, donde las gentes se reúnen
para jugar a las cartas y al dominó, o para charlar, los domingos después
de la misa.
Los sacerdotes católicos lucharon contra el vudú durante décadas, en
un intento por abolirlo. Cuando Papa Doc (Fran9ois Duvalier) tomó el
poder en Haití, declaró el vudú religión oficial, tan válida como todas las
religiones cristianas del país, pero prohibió la hechicería y, por tanto, to-
das las prácticas de magia negra y la transformación de hombres en zom-
bis, entre otras. En consecuencia, la hechicería pasó a ser clandestina
pero continuó practicándose en secreto, en templos similares a los dedi-
cados al vudú, para aparentar que se trataba de otra forma de vudú en lu-
gar de hechicería. Por tal motivo, no es fácil disociar al vudú de la he-
chicería. En este capítulo sólo me referiré al verdadero vudú.
Los teólogos han empezado a considerar el vudú como un conjunto
de creencias más sagrado y solemne de lo que en principio pensaron. Más
que una religión, el vudú es una mística, una cultura, una filosofía, un
modo de vida. Se trata de una religión viva y dinámica que, lejos de ser
dogmática y moralista -como la mayoría de las religiones occidentales-,
se basa en principios iniciáticos metafísicos y metapsíquicos. Estos ras-
gos hacen imposible describir el vudú en lenguaje coloquial. Solamente
se puede experimentar.
Recuerdo lo que dijo un houngan cuando yo le interrogaba sobre los
misterios de su religión:
-Siempre está haciendo preguntas, pero no hay más palabras para
responder. Las he utilizado todas. Las palabras adquieren diferentes ni-
veles y valores de comprensión a medida que uno se introduce en otras
realidades; ha llegado el momento de que experimente usted las palabras
dentro de otras realidades.

142
Inevitablemente pensé en P. B. Randolph, que en su Magia Sexual es-
cribía:

La palabra es anémica, el pensamiento está repleto de sangre. La


palabra tiene una resonancia amortiguada, el pensamiento vibra como
el metal. La palabra es una imagen estática, el pensamiento es un ser
dinámico.

No pretendo dar un informe completo del estudio que del vudú hice
en Haití, ya que para ello necesitaría escribir un libro entero, sino fami-
liarizar al lector con otra manera de percibir el mundo.

Generalmente se acepta que la palabra vudú viene de voundoun, que


en la lengua de Benin significa Dios. Otros estudiosos son más partida-
rios de fijar su origen en la palabra vodun, que en la lengua de la tribu fon
significa Dios, fantasma o sobrenatural.
Según el vudú sólo hay un Dios, que es el creador del universo. Creó el
mundo visible y el invisible, a veces denominado mundo espiritual. Tras la
creación se retiró, dando loas a los humanos, para que sirvieran de inter-
mediarios entre los seres vivos y Dios; también les dio libertad para utili-
zar la energía cósmica, que puso a nuestra disposición. Esta fuerza no es
benéfica ni maligna. Es para que la usemos como queramos: con buenos o
malos fines. Por tanto sus consecuencias pueden ser positivas o negativas.
El mundo invisible está alrededor de nosotros, entre nosotros, más allá
del espejo cósmico. Este mundo es como un reflejo de nuestro mundo vi-
sible. Los habitantes tienen las mismas necesidades y pasiones que no-
sotros. Está poblado por las almas de los difuntos y por un número infi-
nito de loas, que son los habitantes originales de este mundo. A veces lla-
mados espíritus o ángeles, los loas son energías o entidades que han sido
divinizadas. Se dividen en diferentes familias, grupos y subgrupos. Al-
gunos tienen enormes poderes.
Debido a que el vudú es una religión viva -el número de loas con los
que los creyentes tratan, varían de una comunidad a otra-, es imposible
hacer una clasificación completa de los loas.
Las principales familias de loas, aquellas que tienen mayores poderes
y prestigio, proceden del panteón religioso africano, sobre todo de las tri-
bus yoruba y fon. Están representados por los elementos de la naturale-
za, y cada uno asume una responsabilidad específica.
Legba es el padre y protector de las entradas principales, de los um-
brales y los portales.
Djamballah-Wedo es la energía de la fecundidad, simbolizada en una
serpiente.

143
Aida-Wedo es su esposa.
Calfou (de la palabra francesa carrefour) es el gobernador de los cru-
ces de caminos.
Ogoune-Feraille es la energía de la guerra, simbolizada en un trozo
de hierro.
Shango es la energía del trueno y del rayo.
Ezili o Erzuli es la energía del amor y del sexo.
Ogoué es la energía del mar, simbolizada en un barco; es el Neptuno
del vudú.
Otra poderosa familia de loas son los guédés, guardianes de los di-
funtos. Su jefe es el Barón Samedi (Barón Sábado), también conocido
por el Bravo, cuyo símbolo es una cruz o una sepultura. Es el guardián de
todo el conocimiento de los muertos; controla el paso entre la vida y la
muerte, y es la energía de la vida del alma. Tiene dos ayudantes, Barón
la Croix (Barón Cruz) y Barón Cimetierre (Barón Cementerio).
Los loas de menor prestigio toman el nombre de las tribus africanas:
ibo, bambara y nago, y de las regiones africanas, como Congo y Siniga
(Senegal). Algunos loas tienen su origen en las creencias de los indios
arawak. Otros son más recientes.
Los loas pueden estar representados por piadosas imágenes católicas.
El símbolo de Djamballah-Wedo es una serpiente, de ahí que se le represen-
te en la figura de san Patricio pisando una serpiente. Djamballah-Wedo no
se convierte en san Patricio, sino que san Patricio es Djamballah-Wedo.
No hay sustitución, sino transferencia del catolicismo al vudú. San Pedro
es Legba, san Jaime es Ogoune-Feraille, santa Teresa es Erzulie, Moisés es
Ogoué, y así sucesivamente. Esto explica la presencia de imágenes reli-
giosas y objetos católicos dentro y fuera de los templos vudú. La mezcla
de catolicismo y vudú también se pone de manifiesto en el hecho de que
para ser iniciado en el vudú, el creyente debe estar previamente bautiza-
do por el rito católico.
El principal propósito de las ceremonias vudú es que cada creyente
establezca comunicación con los loas, que actuarán de guía en el mundo
visible y de intermediarios con Dios en el mundo invisible, algo parecido
a lo que ocurre con los ángeles guardianes en el catolicismo. Los loas em-
plean diversos modos de comunicarse con los creyentes; pueden entrar
en sus sueños, o poseerlos en el transcurso de los rituales. Estos fenóme-
nos son muy comunes en Haití y pueden acaecer en cualquier momento.
Es más raro que los loas se materialicen y aparezcan en forma visible.
Los loas disfrutan de la doble condición de maléficos y benéficos.
Aunque algunos sienten propensión a ejercer el mal —a éstos les llaman
loas petro (la palabra viene de Petro [don Pedro], un sacerdote católico
del siglo xvm, hechicero con grandes poderes que utilizaba la fuerza cós-
mica para hacer el mal)-, y otros están más inclinados a ejercer el bien -a

144
éstos les llaman loas rada (es posible que la palabra rada proceda de Ara-
da, un viejo reino de Benin)-, generalmente los loas no son en sí mismos
ni malos ni buenos, pero sí pueden utilizarse para ejercer la maldad o la
bondad.
El vudú es una religión que busca lo sagrado: sólo emplea la fuerza
cósmica de manera positiva y nunca convoca a los loas con propósitos
malignos. «Solamente se pondrán en contacto con nosotros los loas que
representan energías benéficas, porque nuestra mente crea vibraciones
positivas»; son palabras que me dijo un sacerdote vudú. Así que en el
contexto del vudú, todos los rituales son rituales rada.
Abundan las sectas que llevan una existencia paralela al vudú; todas
ellas son practicantes de la hechicería, utilizan a los loas para conseguir
beneficios personales en el mundo visible y sus fines son perversos, es
decir, no pretenden alcanzar el mundo de lo sagrado. Los rituales cele-
brados fuera del contexto del vudú reciben por tanto el nombre de ritua-
les petro. Para establecer la distinción entre el vudú y estas otras creen-
cias y rituales, los haitianos dicen a veces: «Hay vudú de mano izquier-
da [hechicería] y vudú de mano derecha [verdadero vudú]», o bien «Hay
Vudú rada [verdadero vudú] y Vudú petro [hechicería]».
El jefe espiritual del vudú se llama houngan si es varón, y mambo si
es mujer. Cabe traducir la palabra houngan por «sacerdote vudú», pero la
traducción más acertada es «sanador de la mente y el cuerpo». Se consi-
dera que la mente es lo que anima el cuerpo; si la mente sufre un dese-
quilibrio, el cuerpo estará descompensado y por tanto enfermo. La prin-
cipal misión del houngan es mantener equilibradas las energías que fluyen
entre el cuerpo, la mente, el alma y los loas del iniciado, para crear una
armonía entre lo físico y lo cósmico, entre el individuo y lo sagrado, o
bien para restablecer el equilibrio cuando éste ha sido perturbado. Para
hacer esto, el houngan utiliza plantas y otros ingredientes naturales que
repararán el daño causado al cuerpo de resultas de la enfermedad, es de-
cir, del desequilibrio cósmico.
Como el chamán, el houngan es un guardián del ritual, un iniciado en
el conocimiento secreto y en los misterios. Es sanador, exorcista y adivi-
no; sabe tratar con los invisibles y entrar en su mundo sobrenatural y por
tanto es capaz de comunicar con las almas de los difuntos. Según cuál sea
su grado de iniciación en el conocimiento secreto (o sea, la aptitud para
entrar en el mundo invisible y utilizar la fuerza cósmica), el houngan tie-
ne capacidad para valerse de sus facultades psíquicas y para manejar los
poderes sobrenaturales. El houngan está capacitado para utilizar la magia
en sus obras, pero jamás utilizará la fuerza cósmica con propósitos malé-
ficos, ni utilizará a los loas malignos. Su vida y sus facultades están de-
dicadas únicamente al bien, ya que su religión quiere alcanzar el mundo
sacro.

145
Sin embargo, hay houngans que, tentados por las comodidades mate-
riales, traicionan sus principios. Cuando llega el caso, dejan de ser houn-
gans con todos los principios y valores ligados a su función sacerdotal y
pasan a ser bokors, dedicados a la hechicería y al empleo de los loas pe-
tro, los espíritus malignos y las almas de los difuntos a fin de ejercer el
mal. (El capítulo 8 trata de los bokors.)
El houngan es un patriarca autónomo, en el sentido bíblico de la pa-
labra. Es enteramente responsable del bienestar de los fieles a los que ha
iniciado en el vudú; éstos adquieren condición de miembros de la comu-
nidad que frecuenta su templo, o houmfort. Pero además de ser consejero
espiritual y protector, el houngan también tiene la obligación de ayudar a
los miembros de su comunidad en la vida social: buscarles trabajo, ali-
mentar a quienes padecen hambre, dar cobijo en el houmfort a los que no
tienen hogar. A cambio, los miembros de la comunidad le obedecen, pa-
gan sus servicios con lo que pueden y le ayudan durante las ceremonias.
Hay houngans con empresa propia; son ganaderos, o tienen granjas
de cerdos, cabras, pollos, o plantaciones de caña de azúcar, pero siempre
apartan algunos animales para los sacrificios ceremoniales y para ali-
mento de la comunidad. En estos casos, los miembros de la comunidad
trabajan en la granja y reciben remuneración por sus servicios.
He vivido en muchos houmforts. Aparte del ambiente cálido y fraternal
que se respira en ellos, lo que más me ha emocionado es que los miem-
bros de la comunidad llaman padre a su houngan y madre a su mambo.
Al contrario que en el catolicismo, en el vudú no existe una jerarquía
de tipo piramidal. Desde el primer día de su iniciación en el vudú, hasta
el día en que llega a ser houngan, el neófito se integra en la comunidad
del houngan que lo ha iniciado y está a su entera disposición. Cuando ya
es houngan, queda liberado de esta obligación y es independiente y autó-
nomo. Son diversas las razones que abocan al creyente a ser houngan: fe,
vocación, la llamada de un loa, otro houngan que ha descubierto faculta-
des espirituales y psíquicas en él...
Ser houngan significa haber pasado años enteros de estudio y apren-
dizaje, siguiendo un largo y arduo camino de humildad que conduce has-
ta la sabiduría y la iluminación. El primer grado en la iniciación vudú es
el lavé-téte, una especie de bautismo celebrado cuando el neófito es in-
vestido por su primer loa, que recibe el nombre de loa-téte (loa director).
En el segundo grado de la iniciación, el neófito ya es un iniciado en vudú,
un kanzo o hounsi. Ya está en condiciones de asistir al houngan en algunas
de sus funciones.
El tercer grado de la iniciación le convierte en francmasón, para que
sepa comprender y manejar los símbolos de la tradición oculta. Es una
introducción en el conocimiento esotérico de la alquimia, la astrología, la
cabala, la metafísica, los principios metafísicos y la teosofía; ya es capaz

146
de hablar con los loas en los estados de posesión -suyos o de otros-, y
ello le da derecho a poseer su propio houmfort y a ser jefe de una comu-
nidad, porque ya es houngan. Se procura entonces un asson, una calaba-
za pequeña llena de vértebras de serpiente que en ocasiones lleva atada
una campana. El asson es una especie de bastón mágico, símbolo de su
profesión sacerdotal, el cetro de los altamente iniciados, un instrumento
de poder sobre los invisibles. Hacerlo sonar le confiere poder para llamar
a los loas a su houmfort.
Es frecuente que el houngan prosiga sus estudios para alcanzar gra-
dos más elevados de iniciación y conocimiento. Algunos se hacen discí-
pulos de houngans mayores, otros consiguen más conocimientos gracias
a su loa-téte. El cuarto grado de iniciación, por ejemplo, es una ceremo-
nia secreta llamada la prise des yeux (la toma de los ojos), en la que el
houngan adquiere poderes de clarividencia. A partir de ella tiene la fa-
cultad de leer el pasado y el futuro por diversos medios. (Una vez, un
houngan describió con toda precisión mi pasado y mi presente; además
predijo unos cuantos sucesos que habrían de ocurrir años más tarde, como
así fue. Lo hizo examinando la superficie del agua que llenaba un cuen-
co; antes, yo había soplado sobre ella.)
Llegado a este punto, el houngan es sanador psíquico y mago; es ca-
paz de penetrar en los misterios de la vida y del universo, y de conversar
con las almas de los difuntos por medio de un govi, o cántaro pequeño.

El culto vudú puede practicarse en casa, frente a la capilla familiar


donde, diariamente, el cabeza de familia lleva a cabo pequeños rituales
de salutación a los loas del hogar y a las almas de los parientes muertos.
Aunque consisten en ofrendas de alimentos y, en ocasiones, sacrificios
de animales, estos rituales domésticos rara vez inducen al trance o a la po-
sesión.
Las grandes ceremonias del vudú tienen lugar en el houmfort; allí se
celebran con arreglo al calendario religioso del lugar, y con tanta fre-
cuencia como la comunidad las necesita.
El houmfort se compone de un peristilo —un recinto de grandes dimen-
siones donde se celebran las ceremonias- y de numerosas habitaciones
pequeñas o santuarios, con capillas dedicadas a los loas que la comuni-
dad venera. Dependiendo de su importancia y de la riqueza de la comu-
nidad, el houmfort puede ser tan sólo un espacio abierto con techumbre
de hojas de palmera, rodeado de pequeñas cabanas hechas de barro seco;
también puede ser un grupo de casas pequeñas que albergan los santua-
rios, construidas en torno a una estructura más grande.
El houmfort suele ser reconocible por dibujos e inscripciones mági-
cas y por pinturas místicas llenas de color, o por representaciones piado-

147
sas de los santos católicos, que adornan sus paredes interiores y exterio-
res. Las pinturas recuerdan a Chagall, Miró y Mondrian. Para el iniciado
que puede descifrarlo, el arte vudú revela los loas que la comunidad ve-
nera, e indica qué tipo de magia y de rituales se llevan a cabo. El arte
también describe los poderes del houngan, las fuerzas mágicas que do-
mina y los mundos ocultos en que es capaz de entrar.
Siempre hay una gran cruz de madera erigida en las proximidades de
la entrada principal del houmfort. No es una cruz cristiana; más bien sim-
boliza el árbol de la vida, la intersección entre el mundo visible o físico,
y el mundo invisible o espiritual. El travesano horizontal marca la sepa-
ración entre el mundo visible de abajo y el mundo invisible de arriba; el
poste vertical es el eje mágico, el pasaje místico que une los dos mundos.
En cierto sentido, la cruz es el punto de convergencia de todas las energías.
Sabemos que este símbolo existía mucho antes del surgimiento de la
cristiandad, que de hecho asimiló la cruz igual que otros principios sa-
grados de religiones más antiguas. Pero el vudú ha conservado los valo-
res originales y místicos de la cruz.
A veces se ve una cruz clavada en una falsa tumba. Esta tumba sim-
boliza al Barón Samedi, el jefe de los guédés. No lejos de la cruz, un tro-
zo de hierro hincado en la tierra representa a Ogoune-Feraille, la energía
de la guerra (que también simboliza el poder de la vida). Cada árbol, pie-
dra grande, pequeño arroyo, o cualquier otro elemento de la naturaleza
situado cerca del houmfort es un lugar susceptible de ser habitado por
los loas.
En medio del peristilo del houmfort hay un poste, denominado pote-
au-mitan, que une el suelo con el techo. Al igual que los tótems de los in-
dios norteamericanos, representa el eje del cosmos metapsíquico, el pa-
sillo mágico que conecta el mundo visible con el mundo invisible. Lleva
a los invisibles las súplicas y las plegarias de las gentes, y es el paso del
que se valen los loas para descender hasta el peristilo. (En algunos tem-
plos el poste es sustituido por una cuerda con una piedra atada al extre-
mo final, que cuelga del techo.) También hay un altar arrimado contra la
pared sobre el que siempre arde una lucecilla roja, similar a la luz eterna
que simboliza la presencia divina en las iglesias católicas. Sobre el altar
pueden verse varios objetos rituales, una impresionante colección de ad-
minículos de todos los colores: velas, pinturas piadosas, estatuas en plás-
tico de los santos, botellas llenas y semivacías de refrescos, whisky, ron
y otras clases de bebidas alcohólicas; piedras carbonizadas por los rayos,
alfarería arawak, botellas rituales decoradas con cráneos y huesos cruza-
dos que contienen ron santificado; flores de plástico, y a veces, si en el
pueblo hay electricidad, luces navideñas intermitentes.
Alineados contra otra pared hay una serie de tambores muy parecidos
a los africanos. Cada tambor está decorado de una manera diferente, tie-

148
ne una forma y tamaño único y produce un sonido distinto. Elementos
muy importantes en las ceremonias vudú, se considera que los tambores
no son simples instrumentos musicales: son el hogar de los loas, que se
expresan a través de quienes tocan los tambores. Los músicos son mé-
diums que expresan el lenguaje musical con que los loas se dirigen a los
creyentes.
Esto nos lleva a hacer un interesante aparte. Lo primero que el clero
católico destruía durante las campañas anti-vudú, eran los tambores; en-
tre ellos los más importantes eran los assotors, tambores gigantes hechos
de madera africana. En su libro Le vadou haitien, el etnólogo francés y
experto en vudú Alfred Métraux, escribía que ya no quedaban assotors
en Haití. Estaba equivocado. Yo he tenido el privilegio de ver los dos
únicos que se salvaron de la destrucción. Todavía se tocan en una aldea
haitiana una vez al año, con motivo de las ceremonias vudú de Semana
Santa.
Los santuarios del exterior son habitáculos con celosías en las venta-
nas, iluminados sólo por las velas encendidas en un altarcillo. Un aroma
extraño invade la oscura atmósfera; es una mezcla de olor a velas que-
madas y diversos perfumes fuertes que se ofrecen a los loas, en especial
a los femeninos como Erzulie, la energía del amor y del sexo.
En todos los santuarios hay relicarios sobre el altar; representan a los
santos católicos que son símbolo de los loas a quienes está dedicado
el santuario. Como el del peristilo, los altares de los santuarios están re-
pletos de objetos diversos; también reluce la lucecilla roja que simboliza
la divina presencia.
Además de estar dedicados a un loa concreto, cada santuario cumple
otra función más. Uno es el lugar donde los iniciados van a encontrarse
con el houngan. En otro, el houngan cura y exorciza. Hay santuarios se-
cretos donde únicamente el houngan está autorizado a entrar. En el que
se llama bagui (la cabana de los misterios), el houngan tiene tratos con el
mundo de los invisibles. Las ceremonias de iniciación se llevan a cabo en
djevo o soba, habitáculos completamente oscuros en los que los adeptos
permanecen encerrados durante toda la iniciación, que puede prolongar-
se hasta un mes entero.

Contacto con lo divino

A lo largo de la historia, todas las culturas han creído posible tener


contacto con lo divino, es decir, ver, oír, hablar con, o tener alguna rela-
ción directa con Dios o con las divinidades. Desde la primera civilización
antigua conocida hasta el presente, desde los pueblos de tradición a cier-
to número de católicos devotos que están aquí y ahora, muchos han sido

149
los casos de testigos, profetas y sacerdotes que dicen haber comulgado
con los poderes de lo alto. Pero ¿quién puede decir si estos contactos son
reales o imaginarios?
En el seno de los pueblos de tradición se producen cosas que no tie-
nen explicación racional, como no sea la posibilidad de tomar contacto
con lo divino. Y aunque esto no pueda ser probado, aquellos que han pa-
sado por tal experiencia mística han entrado en una realidad que tal vez
sea incognoscible para los que no han pasado por ella.
Hay tres maneras de tomar contacto con lo divino. En la primera, el
sujeto ve lo divino pero no recibe mensaje alguno. En la segunda, el su-
jeto ve lo divino y se beneficia de ese contacto al recibir mensajes audi-
bles. En la tercera, el sujeto habla con lo divino y puede adoptar la con-
dición de divino por medio del trance y de la posesión.

Ver lo divino

En Katmandú, Nepal, conocí a una diosa viviente. O para ser más exac-
to, conocí a una niña que era la Kumari, la diosa virgen, niña que según
creían los budistas, era la encarnación de la diosa Taleju, adorada tam-
bién por los hindúes.
Para que una niña sea declarada diosa virgen, debe tener entre 3 y 5 años
de edad, y tener un cuerpo y una salud perfectos; además, tiene que pasar
por treinta y dos pruebas diferentes para demostrar que es la encarnación de
la diosa Taleju. Una de estas pruebas consiste en que la niña pase una no-
che sola, rodeada de cientos de cabezas de búfalos recién sacrificados; no
debe demostrar miedo alguno cuando los perros, enloquecidos por la san-
gre, pelean disputándose las cabezas; ninguna diosa lloraría ante esta visión.
Si supera las pruebas, la candidata adopta el nombre de Kumari y es
entronizada; los reyes hacen reverencias frente a ella. Pero la vida de Ku-
mari es triste y solitaria. Se le prohibe hablar; ni siquiera puede sonreír o
asentir con la cabeza, y puesto que el suelo es impuro, tampoco debe an-
dar, sino ser transportada a todas partes. Su carrera divina termina el día
en que pierde sangre por una herida, o cuando alcanza la pubertad y tie-
ne su primer período menstrual. Incluso después de eso, no le está per-
mitido contraer matrimonio; su divinidad transitoria conlleva una maldi-
ción: cualquier hombre que ose desposarla, morirá al cabo de un año.
No puedo decir si estas niñas son o no verdadera encarnación de la
diosa Taleju, pero si lo son, tal como dicen las tradiciones hindúes y bu-
distas, para mí está claro que sus devotos obtienen una única ventaja: la de
creer que están en contacto con lo divino. No reciben mensaje alguno de es-
tas niñas, no reciben enseñanzas que les permitan un crecimiento espiri-
tual y personal.

150
Ver y oír lo divino

El segundo tipo de contacto con lo divino, difiere del primero en que


verdaderamente se reciben mensajes procedentes de la aparición divina.
La Biblia abunda en referencias sobre seres invisibles y divinos que
aparecen repentinamente en forma visible. Dios, por ejemplo, se apare-
ció ante Moisés en forma de un arbusto en llamas y habló con él; el ar-
cángel san Gabriel se apareció a la Virgen María, y cómo éstos, la Biblia
registra otros casos.
En el siglo xix, la Virgen María se apareció muchas veces a una niña
en Fátima, e hizo revelaciones. En 1858, en Lourdes, apareció dieciocho
veces ante la niña de catorce años Bernadette Soubirous, quien también
dijo que la Virgen le había anunciado qué hacer para salvar el mundo.
Mientras escribo este libro, la Virgen María sigue apareciéndose en
Fátima y en Yugoslavia, donde la ven incluso aquellos que no son católi-
cos. Los tres muchachos y la muchacha que la ven con frecuencia y reci-
ben sus mensajes, han sido examinados por científicos de todo el mundo.
Los electroencefalogramas descartan la histeria, y la ciencia no puede
ofrecer otra explicación.

Hablar con lo divino y hacerse divino

La tercera manera de tener contacto con lo divino, es a través de una


experiencia mística que podría implicar fenómenos de posesión. Sucede
en todas las culturas donde los rituales religiosos se basan en los princi-
pios de trance y posesión. Los devotos no solamente tienen contacto con
lo divino, sino que pueden llegar a conversar con las entidades divinas y,
por medio de la posesión, convertirse ellos mismos en divinos y en canal
para lo sagrado.
He visto fenómenos de esta clase en todo el mundo. Pero fue en Hai-
tí -allí viví cinco años estudiando el vudú y otros sistemas de creencias
religiosas haitianos— donde pude observar detenidamente estos fenóme-
nos de cariz religioso. Allí he visto lo que la Iglesia católica llama teofa-
nía, es decir, la manifestación de Dios o de las divinidades en forma hu-
mana.
Antes de su iniciación en el vudú, que puede tener lugar a cualquier
edad, pero nunca antes de la pubertad, y sólo si ha sido bautizado católi-
co, el novicio recibe del houngan una serie de enseñanzas religiosas.
Cuando el maestro cree que el estudiante está preparado, empieza la ini-
ciación propiamente dicha.
Parte del proceso consiste en procurarse un loa-téte para el novicio;
este loa será su protector durante toda la vida, le ayudará a resolver los

151
problemas materiales cotidianos y le protegerá del hambre, la enferme-
dad y la mala suerte. Más importante aún, este loa será su intermediario
con Dios y asegurará para su alma un puesto próximo a Dios después de
la muerte.
Durante el primer grado de la iniciación, que puede durar hasta un
mes, mantienen al novicio completamente enclaustrado y a oscuras en un
santuario de reducidas dimensiones; allí lleva una existencia ascética:
soledad y silencio..., soledad y silencio... sólo roto por las enseñanzas
místicas del houngan. Y vuelta otra vez a la soledad y al silencio..., sole-
dad y oración. Enseñanzas sagradas. Silencio y autoconfrontación. Si-
lencio, y soledad, y lágrimas. Oscuridad y soledad. El silencio y la sole-
dad producen pesadumbre y arrepentimiento, lágrimas y miedo. El temor
a la muerte surge y se hace fuerte.
En este punto, el houngan provoca la muerte ritual del novicio; lue-
go, comienza de nuevo el mismo proceso de silencio, soledad, oración y
enseñanzas. El miedo sensibiliza al cuerpo con respecto a las fuerzas
cósmicas; la mente reclama la ayuda de los loas. Pero con el paso del
tiempo surge el miedo hacia los loas quienes, en cualquier momento, po-
drían desproveer momentáneamente al novicio de su alma y poseer su
cuerpo. Lágrimas y gritos rompen el silencio y las plegarias. El neófito
se convierte en una virgen excitada por la erección masculina, deseosa de
ser penetrada pero temerosa de lo que suceda. La mente empieza a crear
invocaciones para coartar el silencio, la oscuridad y la soledad, que ya
son insoportables. Con las enseñanzas y la oración llega el descubrimien-
to y la aceptación del yo; aparece la autoestima.
Ha llegado el momento en que el houngan lleve a cabo el ritual de re-
nacimiento del novicio. Más silencio, más oración, más enseñanzas; al
cabo vuelve el houngan, esta vez con el asson, el sonajero sagrado que le
otorga poder para llamar a los loas. Y durante horas el instrumento pro-
duce ritmos mágicos, señales cósmicas destinadas a otros universos.
Cada día, el silencio, las plegarias y las enseñanzas quedan interrumpi-
das por la llamada cósmica del asson.
Y de repente acontece lo esperado. Un loa echa fuera la mente del no-
vicio y se apodera de su cuerpo. Está poseído. El houngan, interrogando
a la entidad por medio del iniciado poseído, es capaz de reconocer qué
loa se ha encarnado en su cuerpo. Y ya que, a medida que el tiempo avan-
za, el loa viene con mayor frecuencia en respuesta a su llamada para que
posea al novicio, el houngan sabe que ésa entidad es el loa-téte del novi-
cio. Es la primera iniciación en el mundo del vudú.
Al término del segundo grado de iniciación en el vudú, el novicio ya
será un iniciado. Y justamente entonces, el houngan capturará el aliento
del iniciado por medio de un ritual mágico y lo encerrará en un recipien-
te de terracota llamado pot-de-téte, que vendrá a sumarse a los demás

152
pots-de-téte de los miembros iniciados en la comunidad del houngan. Y
a partir de entonces, mientras pertenezca a esta comunidad, el iniciado
estará mágicamente ligado al houngan.
La presencia de un nuevo iniciado en el pueblo siempre es motivo
para celebrar ceremonias místicas y a menudo terroríficas, durante las
que el poder de los hombres reclama el poder de las entidades divinas. El
iniciado viste de blanco, símbolo de la pureza del renacimiento. Mientras
él ora en el interior del santuario donde ha sido iniciado, los creyentes y
otros iniciados, también vestidos de blanco, van entrando lentamente en
el peristilo, charlando y riendo.
Se preparan los tambores. Con harina y cenizas consagradas, el houn-
gan traza un gran rectángulo al pie del altar, y lo llena de mensajes. Lue-
go hace una serie de dibujos mágicos, o véves, delante de los tambores y
alrededor del poteau-mitan. Cada uno de los dibujos representa el em-
blema de un loa concreto que será llamado por el asson del houngan; su
misión es atraer y fijar la energía del loa. Además del simbolismo masó-
nico y alquímico, es posible reconocer en estos dibujos la influencia de
la astrología, la cabala, la metafísica y la teosofía.
Todos los dibujos son perfectamente simétricos. La mitad del dibujo
simboliza el emblema del loa como si estuviera reflejado en el espejo
cósmico que separa el mundo visible del invisible; la otra mitad simboliza
la continuación del emblema a través del espejo, alcanzando el mundo
invisible. Pero en tanto que el dibujo sea perfectamente simétrico, éste
no puede generar poder porque las dos fuerzas opuestas se mantienen
equilibradas. De modo que, justo antes de que empiece la ceremonia, el
houngan añadirá una línea pequeña a un solo lado del dibujo con el fin de
romper la simetría y por tanto, el equilibrio entre las dos fuerzas opues-
tas. La tensión de estas dos fuerzas para re-crear la armonía generará el
poder necesario para atraer al loa que está representado en el dibujo.
El houngan debe hacer otra cosa más: desequilibrar todas las fuerzas
que hay en el interior del peristilo. Para ello, corta los dibujos mágicos en
el aire con un machete ritual. Esto libera las fuerzas que aún conservan la
armonía, y marca el inicio de la ceremonia.

El houngan entona un cántico religioso católico en latín. Los nuevos


iniciados entran en el peristilo y se dirigen hacia las familias respectivas,
que les saludan con unción. En el patio, fuera del peristilo, otros devotos
lavan animales para purificarlos, luego los cubren con pañuelos de seda
de colores en preparación de su sacrificio en honor de los loas.
El houngan toma el asson y comienza a cantar una serie de breves sa-
lutaciones e invocaciones a los loas en criollo, el idioma nativo de Haití;
los creyentes se unen a él en los estribillos. El sonajero dirige los cánti-

153
eos marcando el ritmo, y llama a los loas invitándolos a tomar parte en la
celebración.
Al cabo de una hora, comienzan a sonar los tambores; seguirán sonan-
do hasta el fin de la ceremonia, que puede durar hasta seis y siete horas,
e incluso más. Los tambores son el sustento rítmico de las ceremonias
vudú. Cada tambor tiene un sonido específico y sigue su propio ritmo.
Hay redobles que marcan el principio y el fin de las danzas, redobles que
llaman a los loas y redobles para darles la bienvenida; toques para ahu-
yentar a las energías maléficas y a las entidades indeseables; toques que
arrojan a los creyentes a un estado de trance. Y cuando alguien es poseí-
do, hay redobles que acompañan cada fase de la posesión.
Los cantos y los tambores llenan de energía eléctrica el peristilo, hay
una sensación de sacralidad que penetra en el cuerpo por todos los poros
de la piel. Todavía agitando el asson, el houngan cruza el peristilo a tra-
vés de la multitud y se detiene entre el poteau-mitan y el altar, desde don-
de se gira para saludar a las cuatro direcciones y al arriba y al abajo, se-
ñalando de este modo el centro del universo. Repite las salutaciones va-
rias veces para engrandecer la magia del ritual.
Después, coge un cuenco con agua y una botella llena de ron santifi-
cado, y vierte el contenido de ambos sobre el suelo para dar la bienveni-
da a las almas de los muertos. A continuación, vierte agua y ron sobre
cada uno de los vevés mágicos para saludar a los loas que representan,
empezando por el dibujo de su loa-téte.
Va hacia los tambores y frente a cada uno de ellos da una vuelta
de 360 grados. Vierte agua al pie del tambor y bebe un sorbo de ron, que
rocía sobre el tambor y sobre la persona que lo toca, saludando así al loa-
tambour (loa tambor). Luego se dirige hacia el punto donde ha estableci-
do el centro del universo y vierte agua y ron sobre el suelo; da otro sorbo
de ron y vuelve a rociar en todas direcciones, para saludar a lo bajo, al
este, al sur, al oeste, al norte y a lo alto.
Moviéndose con los incesantes e hipnóticos ritmos de los tambores
reforzados por el sonido omnipresente del sonajero del houngan, las gen-
tes empiezan a agitar el cuerpo, danzando y cantando cantos en criollo y
en antiguos dialectos africanos. Es tal el frenesí y el ambiente está tan
colmado de energías sumamente poderosas e intensas que a las dos horas
debo salir fuera y mojarme la cabeza con agua.
El ambiente de música y movimientos enloquecidos induce a estados
de trance. Ya hay unos cuantos creyentes con los ojos cerrados o con la
mirada errática; los cuerpos, cubiertos de sudor, comienzan a sacudirse
desenfrendada y violentamente. El creyente en estado de trance es extre-
madamente receptivo; es vulnerable a la posesión. Al contrario de lo que
sucede en otras culturas de tradición, los creyentes vudú no ingieren al-
cohol ni consumen psicodélicos para provocar el estado de trance. El

154
trance es inducido por la sinergia de las danzas, los cantos y los potentes
redobles de tambor.
Sintiendo la presencia de los loas, el houngan pide el manger-loa, el
alimento de los loas. Tal como he mencionado anteriormente, los loas
son ayudantes valiosísimos de los iniciados vudú, tanto en el mundo vi-
sible como en el invisible. A cambio de ello, los iniciados deben honrar
a sus loas en sus pensamientos, plegarias y rituales, y tiene la obligación
de alimentarlos durante una parte de la ceremonia. Olvidar o negarse a
dar alimento a los loas, acarreará la ira y la venganza de éstos. Pero hay
otras dos razones para hacer el sacrificio: dar gracias al loa por algo que
ha hecho, o pedirle un favor. Esta última razón sigue un interesante prin-
cipio, que merece la pena explicar porque también es propio de nuestra
conducta. En circunstancias normales, existe una relación equilibrada en-
tre el loa y el devoto. El devoto no está en deuda con el loa, ni el loa está
en deuda con el creyente. En consecuencia, al ofrecer un sacrificio al loa,
el devoto rompe el equilibrio de la relación y pone al loa en situación de
deberle un favor. El dicho reza: «Da algo a una divinidad, y la divinidad
te lo devolverá centuplicado».
A una señal del sonajero del houngan, los tambores cambian de ritmo
y apaciguan casi instantáneamente a los participantes, sacándolos del
trance. Prosiguen las danzas y los cantos, pero con un aire diferente. Las
veinte o treinta personas que ofrecerán un sacrificio abrazan y acarician
a los animales para demostrarles amor y respeto, y para crear la unidad
con ellos. Dependiendo de la importancia del favor que pidan y de su ri-
queza, los creyentes sacrificarán pollos, cabras, palomas, cerdos e inclu-
so toros.
El houngan coloca sobre cada dibujo unos cuantos granos de maíz y
un pequeño cuenco lleno de agua. Los devotos conducen a sus animales
hasta los dibujos y uno por uno, los sitúan sobre ellos. Si el animal come
algunos granos de maíz y bebe agua, significa que el loa acepta la ofren-
da. Si no es así, o si el animal sólo come, o solo bebe, lo sacan fuera para
darle otro baño ritual.
Con los mismo polvos que utilizara para trazar los dibujos mágicos,
el houngan hace una cruz sobre el lomo de los animales aceptados por los
loas. Pero aún falta otra cosa antes de sacrificarlos: el houngan debe de-
terminar si los loas están en disposición de comer. Elige a un creyente
que todavía esté en trance, lo pone sobre el punto donde ha establecido el
centro del universo, y alza una gallina frente a él. El houngan espera a que
el devoto sea poseído por el loa protector del houmfort, quien dará a en-
tender si la comida puede empezar o no. Si nada ocurre en los cinco mi-
nutos posteriores, se impone retrasar el manger-loa. Pero la ceremonia
proseguirá entre cantos y danzas, hasta que los loas hagan saber que es-
tán preparados para recibir los sacrificios.

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Y así sucede. El creyente, inmóvil al principio, con los ojos semice-
rrados, parece recibir el impacto repentino de una potente energía que sa-
cude violentamente su cuerpo. Sus ojos se abren de par en par. Coge a la
gallina con los dientes y degüella al animal, cuya cabeza sin vida, ensan-
grentada, queda prendida entre los dientes.
El houngan pasa las manos por encima de la cabeza del hombre po-
seído quien, lentamente, suelta la cabeza de la gallina. Los loas están dis-
puestos para el festín. Los sacrificios pueden empezar. Los toques de
tambor se vuelven más vigorosos, los cantos y las danzas expresan júbilo.
El houngan toma una gallina con cada mano y las pasa sobre la cabe-
za de los creyentes, que llegan hasta él de uno en uno y ante él se incli-
nan. Esto crea unidad con los animales, convirtiendo a los creyentes en
parte del sacrificio. Entonces, entre gritos de gallina, alas que baten, tam-
bores y cantos, todo el que tiene una gallina para sacrificar quiebra las
patas y las alas del animal, sin interrumpir el baile.
Así transforman a las gallinas: pierden su cuerpo astral, etéreo, del
que los loas se alimentarán. Los danzantes arrancan la lengua a las galli-
nas -la lengua simboliza el lenguaje, y por tanto la posibilidad de men-
tir-, y las pegan sobre el poteau-mitan. El houngan vierte una gota de
sangre sacrificante sobre la frente de cada creyente para atestiguar el sa-
crificio y para asegurar la inmortalidad.
Cogiendo a las gallinas por la cabeza, los devotos las hacen girar y
girar hasta romperles el cuello mientras prosiguen cantando y bailando
en círculo alrededor del poteau-mitan. Después, ponen a las gallinas muer-
tas una junto a otra sobre los dibujos mágicos que hay al pie del altar.
Han finalizado los sacrificios. El manger-loa ha terminado. Después
de la ceremonia, en el transcurso de un banquete ritual, la comunidad dará
buena cuenta de las gallinas. Los tambores empiezan otra vez a sonar vio-
lentamente. (El vigor físico de los músicos es absolutamente prodigioso;
son capaces de tocar sin descanso durante siete u ocho horas.) Y de nuevo
el frenesí provoca trances, preparando a los presentes para la posesión.
Hay diversas maneras de experimentar el trance; varían de unas per-
sonas a otras. En algunos casos, es una especie de gozo estático; en otros,
una prueba emocional horripilante y dolorosa. En este último caso, la
persona parece presentar resistencia al loa, que fuerza su entrada en el
cuerpo intentado desalojar a su espíritu para poder dominar la voluntad
de la persona y poseerla por completo. Con los ojos abiertos de par en
par, la visión de la invisible presencia ante sí, la persona grita histérica-
mente o llora, la cara completamente distorsionada por el dolor y el pá-
nico. La lucha por librarse de la energía que pretende anular su voluntad
provoca escenas asombrosas, imponentes.
Literal y visiblemente atacado por el loa, el cuerpo del creyente co-
mienza a sacudirse con violencia; las manos se retuercen de un modo in-

156
creíble. La cabeza es brutalmente proyectada hacia atrás, como si unas
manos invisibles hubieran tirado con fuerza de los cabellos. (De hecho, a
los loas se les llama jinetes divinos: montan a horcajadas sobre los cre-
yentes, que a su vez se convierten en las monturas de lo divino.) En oca-
siones, -y lo he visto más de una vez-, el cuerpo es elevado en el aire y
sacudido como una marioneta, para ser arrojado luego en otra dirección
y caer al suelo.
Si los creyentes no se entregan a la voluntad de los loas, el houngan
les ayuda a ello pasando las manos por la cabeza y ciñendo unos pañue-
los en torno a la cintura del creyente; la lucha cesa instantáneamente. La
cara del devoto adquiere una expresión estática cuando por fin es capaz
de experimentar calmadamente la posesión divina. Todos los poseídos
son cuidadosamente observados y tratados con delicadeza, tanto por el
houngan como por quienes no están poseídos por los loas.
La posesión puede durar unos pocos minutos u horas enteras. El cre-
yente puede ser poseído muchas veces por el mismo loa o por loas dife-
rentes, e incluso por alguno que no pertenece a su ámbito. Hay creyentes
que no serán poseídos aunque quieran. Parece ser que el estado de pose-
sión no depende de la voluntad del creyente, sino de la elección del loa.
Del mismo modo, los loas pueden poseer a personas que no quieren ser
poseídas o que no están en trance, dondequiera que sea.
Cuando han sido poseídos por los loas, los creyentes son capaces de
hacer cosas sorprendentes. He visto comer cristales, caminar sobre fue-
go, levitar, perder la forma material. Algunos creyentes yacen sobre
grandes hogueras sin que el fuego prenda en sus ropas. Otros se convier-
ten en canales de lo divino, y hacen predicciones y profecías, o entregan
mensajes secretos y dan consejo a quienes se acercan a preguntar. Mu-
chos rompen a hablar en una lengua desconocida para ellos, una especie
de galimatías que solo entienden a la perfección los houngans y otros al-
tos iniciados; es el lenguaje de lo divino. Se trata de un fenómeno que re-
cibe el nombre de glosolalia.
Por fin, a una señal del houngan, cambia el ritmo de los toques de
tambor para que se vayan los loas; la paz vuelve de nuevo al peristilo. La
ceremonia que ha comenzado hace diez horas, está a punto de terminar.
El houngan celebra un ritual que restablece el equilibrio de energías que
antes ha quebrado. Retorna la armonía. Quienes han sido poseídos co-
mienzan a recobrarse de una experiencia mística que jamás recordarán,
porque el loa, cuando abandona el cuerpo del creyente, se lleva sus re-
cuerdos. Pero el creyente sabe que ha formado parte de lo sagrado. Los
que no han sido poseídos están satisfechos porque han sostenido un con-
tacto, y tal vez han conversado, con lo divino. Todos marchan a casa, ago-
tados pero felices.
Excepto yo, que me pregunto qué es lo que mis ojos han visto.

157
Ahora quisiera relatar al lector ciertas historias que considero intere-
santes. La primera es un perfecto ejemplo de que los loas pueden poseer
a cualquier persona en cualquier momento.
Un houngan realizaba un exorcismo en el interior de un pequeño san-
tuario. El santuario estaba atestado de miembros de la comunidad senta-
dos en bancos arrimados a las paredes. El único sitio donde mi anterior
esposa y yo podíamos sentarnos era el suelo, con la espalda apoyada con-
tra las rodillas de quienes estaban sentados. No había tambores en esa ce-
remonia, solamente se oía el castañeteo del asson del houngan mientras
oraba y decía invocaciones que la multitud repetía con suavidad.
Sentadas justo detrás de nosotros había dos mujeres que charlaban de
la ropa y de los precios. En voz baja, dije a mi mujer:
-Qué curioso es esto: nosotros no pertenecemos a esta cultura religiosa
y aquí estamos, asombrados y sensibilizados por esta atmósfera sagrada,
mientras detrás estas dos mujeres parecen ignorar por completo donde están.
Apenas había acabado de hablar cuando la mujer que estaba detrás de
mí saltó sobre mi cabeza y con el cuerpo agitándose como una marione-
ta, flotó en el aire justo delante de nuestros ojos, a un metro y medio del
suelo, durante mucho tiempo más del que las leyes de la gravedad per-
miten. Y entonces, en vez de caer verticalmente, fue arrojada al otro ex-
tremo del santuario, donde cayó junto al houngan. Literalmente fue
como si una fuerza invisible hubiera tirado de ella y la hubiera sacudido
antes de lanzarla a un lado. Mi esposa y yo nos pellizcamos para saber
que no soñábamos.

El segundo caso me demostró que no es necesario profesar la fe ni


comulgar con la visión del vudú para ser poseído por un loa.
Un querido amigo mío, al que llamaré Jean, me ofrecía su hospitali-
dad cada vez que yo iba a Haití. Científico francés con varios doctorados,
Jean se instaló en Haití para reestructurar la Facultad de Ciencias de la
universidad y para enseñar física. Nunca se había interesado por el vudú
y sistemáticamente rechazaba mis numerosas invitaciones para que me
acompañara a las ceremonias vudú. Ni siquiera lograba despertar su cu-
riosidad con mis relatos sobre los extraordinarios fenómenos que yo ha-
bía presenciado. Para él, el vudú eran las ingenuas supersticiones de un
puñado de gentes histéricas.
-¡La religión es la última esperanza de los débiles y los ignorantes!
-solía decir, intentando persuadirme de que un día la ciencia probaría la
inexistencia de Dios.
Un día, sin embargo, consintió en acompañarme a una ceremonia vudú
que yo quería filmar. Lo hizo como un favor, porque no tenía a nadie más
que me ayudara con la grabación del sonido.

158
-Solamente voy para ayudarte, Douchan -repetía sin cesar durante el
trayecto hasta el houmfort.
La ceremonia estaba dedicada a los guédés, los loas guardianes de las
almas de los muertos. Se les honra día y noche en sucesivas ceremonias
desde el día de Todos los Santos hasta finales de noviembre.
Lo interesante de tales ceremonias -en las que no hay sacrificios de
animales, y en las que los creyentes pueden ser poseídos por los guédés
y también por las almas de los difuntos-, es la técnica que el houngan
emplea para cerciorarse de que los devotos están poseídos. Les da un puro
de treinta centímetros de largo y una botella con una bebida especial. Fu-
marse un buen puro no es una proeza meritoria, pero acabar el contenido
de la botella, que consiste en un litro de ron en el que se ha marinado casi
un kilo de guindillas durante todo un año, es algo que nadie podría hacer
en circunstancias normales.
Yo bebí un sorbo para probar el líquido e inmediatamente brotaron
las lágrimas de mis ojos; empecé a transpirar al instante y durante un rato
fui incapaz de articular palabra. Horas después, y pese a haber bebido
muchísima agua, aún me quemaban los labios, la lengua y la garganta.
Allí donde el líquido atroz había rozado la piel, tenía una irritación. El
sólo hecho de abrir una botella provocaba el lagrimeo de toda la multitud
congregada. Pero cuando el devoto es poseído por un Guédé o por un
alma de difunto, es capaz de beber unas cuantas botellas de esta pócima
sin sentir la más mínima molestia.
Jean estaba en pie junto al poteau-mitan, con la grabadora colgada
del cuello; él se encargaría de dirigir los micrófonos hacia la escena que
yo estuviera filmando. Mientras, yo me desplazaría entre la multitud y
filmaría todo aquellos que juzgara interesante.
Como de costumbre, los tambores, los cantos y los bailes cargaron el aire
de poderosas energías. Dos horas más tarde, aquello era un puro frenesí. Al-
gunos creyentes en estado de trance se agitaban de pies a cabeza; otros, su-
friendo una posesión violenta, bebían ron especiado y fumaban puros. (La
posesión por un guédé es mucho más violenta que la posesión por un loa.)
Eché una ojeada hacia donde estaba Jean y lo vi saltar hacia un lado,
como si le hubiera sido blanco de una descarga eléctrica. Luchaba por
mantener el control de sí mismo. Comencé a filmarle, y seguí haciéndo-
lo hasta que cayó al suelo y desapareció entre la multitud. Pensando en
que quizá estaba sufriendo un ataque al corazón, me precipité hacia el si-
tio en que lo vi caer y lo encontré prostrado en el suelo, inmóvil excepto
por los pies, que se movían al ritmo de los tambores. Su cara, normal-
mente rubicunda, estaba pálida y cubierta de sudor; tenía frías las manos.
Me disponía a buscar ayuda cuando se aproximó el houngan.
-¡No se preocupe! Su amigo acaba de ser poseído por un guédé -dijo
tomando la mano de Jean con ternura y respeto.

159
-¡Es imposible! -respondí.
-Ya verá -dijo el houngan, atando una pañuelo púrpura al cuello de Jean.
(El púrpura es el color de los guédés.) Jean se puso repentinamente
en pie y con la mirada extraviada, bebió la botella entera de ron especia-
do que el houngan le tendía y comenzó a dirigirse a él en lengua sacra,
lengua que de ningún modo podía conocer. Luego, fumando el puro que
el houngan le había dado, arrancó a bailar enloquecido.
Yo filmé y tomé fotografías de la escena, pero apenas podía dar cré-
dito a lo que veía. Jean, que nunca bebía alcohol ni consumía especias
porque le afectaban al estómago, vació varias botellas de aquel ron. El
hombre, que tampoco podía soportar el humo del tabaco ni en los sitios
al aire libre, fumó un puro detrás de otro.
Al cabo de una hora Jean se desplomó como si hubiera sufrido un
desmayo. Cuando recobró la consciencia, dijo sentirse relajado: no tenía
resaca ni sentía molestias en el estómago. Pero no recordaba nada de lo
acontecido. Por supuesto, cuando le conté lo que había hecho durante la
ceremonia, no creyó una sola palabra.
-Tienes una imaginación desbocada, Douchan -dijo riendo-. ¿Qué
intentas demostrar? Estas cosas no le pasan a una persona tan propensa a
lo racional como yo.
Una semana después, le mostré las fotos.
-Si esto no te convence, la próxima vez traeré la película para que la
veas -dije.
Cogió las fotos y desapareció en su cuarto; allí estuvo dos días. Cuan-
do Jean me devolvió las fotografías, supe que jamás volveríamos a ha-
blar de su aventura mística. Sin embargo, desde entonces consintió en
acompañarme a otras ceremonias en busca, imagino yo, de la explicación
científica y lógica de lo que había experimentado. A partir de aquel día,
fue para mí un valioso testigo de los muchos fenómenos científicamente
inexplicables que ocurrían ante nuestros ojos.

El relato que a continuación expongo demuestra que la posesión por


un loa no depende del deseo y la voluntad del creyente, sino de la volun-
tad del loa.
Si una mujer católica decide dedicar su vida a rendir culto a Dios, se
hará monja. Entre otras cosas, hará votos de celibato y llevará un anillo
de matrimonio que es símbolo de su pertenencia a Dios. También en el
vudú las mujeres -y los hombres- pueden dedicar toda su vida a un loa y
desposarse con la divina entidad. Estos matrimonios mágicos, sin em-
bargo, son raros; estar casado con un loa exige obligaciones y responsa-
bilidades draconianas que pocos hombres y mujeres están dispuestos a
asumir.

160
Yo tuve el privilegio de poder ver y filmar una ceremonia en la que
una mujer de veintidós años se casaba con Djamballah-Wedo, el loa que re-
presenta la energía de la fecundidad y cuyo símbolo es la serpiente.
Cuando cumplió los diecinueve años, Marie, una iniciada en vudú,
comenzó a ver en sueños a una serpiente; esto la obsesionaba. Consultó
a un houngan y éste le dijo que no se preocupara, que la serpiente sólo
podía ser Djamballah-Wedo. Entonces, al cumplir los veinte, soñó que la
serpiente quería desposarla. Respondiendo a esta llamada mística, deci-
dió casarse con él pese al consejo adverso del houngan, quien la advirtió
de las responsabilidades y obligaciones que contraería para toda la vida.
En lo que al fenómeno de posesión se refiere, la ceremonia de casa-
miento fue tal vez la más impresionante y perturbadora de las que he
visto.
El houngan -un hombre de cuarenta años a quien yo ya conocía por
haber filmado varias ceremonias en su houmfort—, se mostró conforme
con que yo filmara la boda. Allí estábamos mi amigo Jean y yo, junto con
una pareja amiga -Steven Ball y Virginia, ambos norteamericanos- que
había llegado el día anterior para ver por primera vez una ceremonia
vudú. Steven era arquitecto y Virginia, diseñadora de interiores. Los dos
muy racionales, no daban crédito a lo que yo les contaba sobre el vudú y
habían decidido venir a Haití para verlo por sí mismos.
Disponiendo dos sillas frente al altar para los futuros esposos, el
houngan me dijo:
-Generalmente soy yo el poseído por Djamballah-Wedo. Mírame y
verás cómo se manifiesta Djamballah-Wedo cuando posee a alguien.
Unos minutos más tarde, cuando trazaba los dibujos mágicos, añadió:
-Me gustaría que volviera otro día para enseñarme la película que fil-
me esta noche, porque nunca he visto qué aspecto tengo cuando estoy po-
seído.
El peristilo estaba a rebosar de fieles cantando en criollo; retumbaban
los tambores. El servicio comenzó con el ritual y las salutaciones de ri-
gor a las almas de los difuntos y a varios loas. Luego, seguidos por la no-
via, que llevaba un vestido de colores y un gran sombrero de paja, el
houngan y dos ayudantes mambo desfilaron por el peristilo llevando las
banderas sagradas de la comunidad, cuyos tejidos multicolores represen-
taban el emblema de Djamballah-Wedo. Esto se prolongó durante tres
horas, acompañado del castañeteo del asson, los cantos y las invocacio-
nes del houngan para llamar al novio.
Entonces, ya que Djamballah-Wedo dilataba el momento de su pre-
sencia, el houngan decidió realizar otro ritual para convocarlo. Las ban-
deras sagradas fueron devueltas a uno de los santuarios y tras ello, apa-
reció el houngan agitando el asson, cantando y entonando invocaciones
con las mambo a su lado, seguidos los tres por la novia. Una mambo lle-

161
vaba un cuenco pequeño lleno de leche; la otra un taza de jarabe de ce-
bada y tres huevos de gallina, alimentos favoritos de la serpiente. Pasa-
ron otras dos horas.
De repente llegó Djamballah-Wedo, pero no tal como el houngan ha-
bía anticipado. Aunque él era generalmente poseído por este loa, y aun-
que deseaba ser poseído para que le filmara en ese estado, el poseído por
Djamballah-Wedo no fue él, sino la mambo que llevaba el cuenco de
leche.
Como golpeada por un rayo la mambo salió proyectada hacia arriba
y cayó al suelo, donde, con los ojos cerrados (que mantuvo así durante
toda la posesión), empezó a arrastrarse y a silbar como una serpiente, sa-
cando la lengua igual que el reptil. Deslizándose velozmente y con una
facilidad considerable, desapareció rápida entre la multitud, que vivió
momentos de verdadero pánico. El houngan y la otra mambo salieron
tras ella; cuando la cogieron, tuvieron dificultades para sujetar su cuerpo,
que culebreaba en todas direcciones. Tan sólo cinco minutos antes era
una mujer vieja que apenas podía arastrar su cuerpo cansado. Ahora ya
no era ni siquiera mujer, sino una serpiente que se movía con el cuerpo
de una mujer.
Habiéndola dominado por fin, el houngan y la mambo la pusieron
junto a la novia. Las dos miraban hacia el altar, donde esperaba un re-
presentante del ayuntamiento (el gobierno reconoce estos matrimonios
místicos). La encarnación de Djamballah-Wedo se apaciguó de repente,
pero siguió silbando y sacando la lengua como una serpiente. Cogida de
la mano de la mambo poseída, la novia irradiaba júbilo.
El funcionario dio comienzo a la lectura del contrato oficial de ma-
trimonio, que ennumeraba todas las obligaciones, deberes y responsabi-
lidades que la pareja adquiría. Por ejemplo, además de prometer obe-
diencia y fidelidad, Marie tuvo que acceder a entregarse en cuerpo y
alma a su marido, todos los jueves durante las veinticuatro horas del día,
en una habitación de su casa que estaría dedicada a él. Por su parte,
Djamballah-Wedo, debía asegurar a Marie su protección y ayuda en lo fí-
sico y lo económico, en la vida diaria.

No hace mucho estuve en París, y allí conocí a un francés que había


visto mi película sobre el vudú. Me contó la siguiente historia.
En el transcurso de un viaje de negocios a Haití, trató de convencer a
una camarera del hotel donde se alojaba para que pasara las noches con
él. Ella se negaba pese al dinero que ofrecía. Una noche, sin embargo, la
camarera accedió. De vuelta en Francia, comenzó a tener sueños en los
que era atacado por un hombre con cabeza de serpiente.
Ignorándolo todo sobre el vudú, jamás estableció conexión alguna

162
entre sus pesadillas y la aventura sexual que había sostenido en Haití con
la camarera. Las pesadillas continuaban, y además sufrió una serie de
desgracias: su esposa le dejó por otro hombre, perdió el trabajo, empezó
a padecer crisis nerviosas y otros problemas de salud.
Un mes más tarde, apareció la camarera en la pesadilla, de pie detrás
del hombre con cabeza de serpiente. Entonces estableció la relación. De-
cidió volver a Haití, dar con la muchacha y poner en orden sus proble-
mas. Pese a las advertencias de los amigos, reunió el dinero y voló a
Puerto Príncipe para averiguar que la camarera había sido despedida por
problemas de salud; nadie sabía donde estaba.
La búsqueda de la muchacha duró una semana y cuando la encontró,
ésta le dijo que estaba casada con Djamballah-Wedo. Y que para sobre-
vivir a la furia de su divino marido, había tenido que pasar por una serie
de rituales de purificación que habían puesto fin a las adversidades y a
los problemas de salud que había empezado a padecer después de su in-
fidelidad. Ayudó al francés a encontrar un poderoso houngan para que le
hiciera un exorcismo. Su vida volvió a recomponerse; recuperó a su mu-
jer, su trabajo y su salud.

Algunos estudiosos dicen que las posesiones no son sino manifesta-


ciones psicopatológicas. ¿Debemos considerar entonces que el 90% de
los haitianos y varios cientos de millones de personas de todo el mundo
que practican religiones basadas en los principios de trance y posesión,
tan sólo son unos histéricos cuya fe se apoya en creencias supersticiosas?
Tras muchos años de atenta observación, todavía no encuentro expli-
cación a los fenómenos de posesión, pero sé que la posesión no es una
manifestación psicopatológica, ni es fingimiento. Sin embargo, sí he he-
cho algunas reflexiones sobre los fenómenos de posesión en relación con
el vudú, ya que se trata de una religión que he estudiado y observado a
fondo.
Los rituales vudú se basan en tres potentes generadores de energía: la
música (toques de tambor), el canto y la danza. Los sonidos y ritmos
emitidos por los tambores inducen al trance, que ponen al cuerpo en un
estado susceptible de ser poseído.
El canto ha sido siempre parte importante de todos los rituales reli-
giosos; acaso tan importante como su significado, el ritmo de las pala-
bras en conjunción con la melodía, libera o genera energías.
La danza también es fuente de energía. En el contexto religioso, la
danza es para el cuerpo lo que la meditación es para el espíritu. Este ri-
tual físico puede acarrear un estado psíquico alterado que pone al dan-
zante en sintonía con determinadas facetas del cerebro que inducen nive-
les más altos de consciencia.

163
Ahora se nos plantea un interrogante, ¿qué convocan los creyentes
con la sinergia de la música, el canto y la danza?; ¿qué es lo que los po-
see? Su respuesta es que convocan a las divinidades, y que las divinida-
des los poseen.
Podemos aseverar que las divinidades en verdad existen; o que exis-
ten en verdad sólo para aquellos que les rinden culto; o que verdadera-
mente existen, pero solamente porque han sido creadas por el poder de la
fe del hombre; o que hay entidades que ciertamente existen entre noso-
tros y que han sido calificadas de divinidades; o que las fuerzas y las
energías cósmicas que gobiernan el universo han sido percibidas como
divinidades y calificadas de tales.
Pero tal vez, a fuerza de intentar encontrar explicaciones estamos
complicando las cosas. Porque sean cuales sean las divinidades, lo cier-
to es que parecen poseer verdaderos poderes y energías. De lo contrario,
¿por qué el hombre ha tenido necesidad, a lo largo de los siglos, de llevar
a cabo rituales mágico-religiosos para llamarlas?
En lo que a Haití concierne, yo diría que la miseria abre una puerta al
mundo invisible, porque la fe es precisa para entrar en esa esfera. Acaso
los haitianos aceptan más fácilmente su trágico destino gracias a su fe en
lo sagrado, lo imaginario y lo mágico. Pero ¿sólo es fe lo que lleva al
hombre hasta lo sobrenatural y lo Divino?; ¿es la fe lo que custodia el
mundo de lo sagrado, lo imaginario, lo mágico?; ¿es fe lo que permite
el contacto con lo Divino?
No lo creo. La fe solamente es un medio por el que podemos des-
prendernos de las creencias negativas que nos inhiben de hacer lo que
nos gustaría hacer y lo que podríamos hacer si no nos impusiéramos lí-
mites: mover montañas o llegar a ser divinos. Las facultades de nuestra
mente son ilimitadas, pero nuestro sistema de creencias pone restriccio-
nes a nuestros poderes y capacidades. Las puertas de la verdad y de los
misterios parecen estar cerradas para nuestra mente racional y lógica. Es
gracias a su ilimitada imaginación que los niños pueden entrar en el mun-
do de lo imaginario. «La experiencia unitaria del infante y de la mística
es semejante», escribió Claire Myers Owens en Main Currents in Mo-
dern Thought.

Curación mágica

En Haití pude ver una ceremonia impresionante destinada a sanar a


un niña que padecía una tuberculosis avanzada. Yo conocía muy bien a la
pequeña. Vivía en un pueblecito de la región Artibonite. De hecho, yo
la había puesto dos veces en manos de la ciencia médica oficial. ¿El diag-
nóstico? Que estaba en una fase terminal de tuberculosis. Al saberlo, lle-

164
vé a la pequeña para que la viera un houngan conocido por sus poderes
curativos.
Según el diagnóstico del houngan, la niña era víctima de una maldi-
ción mortal que había desequilibrado sus energías y quebrado su campo
de energías protectoras; ello había permitido que la enfermedad hiciera
mella en su cuerpo. En consecuencia, hizo un exorcismo para ahuyentar
el mal provocado por la maldición. Luego, a solas en su santuario, el
houngan hizo lo que se requería para devolver la maldición a quien la ha-
bía generado.
A continuación procedió a restaurar el equilibrio en las energías de la
pequeña, lo que automáticamente expulsó la enfermedad de su cuerpo.
La parte final de la ceremonia consistió en administrar a la niña una me-
dicación natural (diversas plantas y minerales pulverizados), que repara-
rían el daño que la enfermedad había causado al cuerpo.
Cuando fuimos por primera vez con la niña a ver al houngan, tuve
que llevarla en brazos porque no podía andar. Después de la ceremonia
se sintió mucho mejor. Una semana más tarde se había repuesto por com-
pleto y ya podía jugar y correr con sus amigos.
Cuando los dos médicos que habían diagnosticado la enfermedad ter-
minal vieron las radiografías de los pulmones ya sanos de la pequeña,
ambos dijeron que su diagnóstico había sido equivocado.

Levitación

Tenía veinte años cuando vi levitar por primera vez. El acontecimien-


to tuvo lugar en la India, en un lugar no lejos de Cachemira donde había
un monasterio budista; yo tenía autorización para pasar allí cinco días.
Había hecho alto en la India volviendo de Filipinas a Bruselas. En
aquel entonces, 1967, los hippies todavía no habían invadido la India y el
Nepal, aunque allí residían algunos extranjeros que habían acudido a la
llamada mística de las filosofías orientales, en busca de una nueva espi-
ritualidad.
La cabeza visible del monasterio era un lama de edad muy avanzada
que decía estar en la cuarta reencarnación. Pasaba muchas horas conmi-
go y respondía con paciencia a mis preguntas, poniendo sus conocimien-
tos y sabiduría a mi alcance. (Cuando volví a casa, un amigo me pregun-
tó en qué idioma hablaba con el lama. Imposible acordarme. Para mí si-
gue siendo un misterio.)
Entre los muchos pensamientos que el monje compartía conmigo, re-
cuerdo uno en el que me decía que el conocimiento y la sabiduría no se
alcanzan quedándose sentado a esperar que venga alguien y te enseñe. Es
la búsqueda personal, la indagación interna lo que ilumina el camino ha-

165
cia la respuesta. Y que cualquiera que haya llegado a ese estado mental,
es capaz de descubrir claves en un libro, una conversación, en una pelí-
cula, en cualquier parte. Todo puede dar una respuesta a quien se ha crea-
do la necesidad de ella.
En otra ocasión le pregunté por qué algunas personas parecen tener
más suerte que otras. Contestó a mi pregunta con otra:
-¿Cómo llega la sabia a las últimas hojas del árbol? Sin contribución
mecánica, la sabia se desplaza contra la gravedad.
-No lo sé -respondí-. Quizá por capilaridad.
-Porque el árbol ha creado esa necesidad -repuso él-. Cuando, como
un árbol, alguien crea la necesidad de algo, ese algo llegará a él. Pero si
ese alguien espera pasivamente que algo, como la suerte, llegue hasta él
sin emplear la imaginación, nada llegará. Necesitar algo es un estado
mental que origina energías con poder de convocatoria y atracción.
De modo que dediqué el resto de mi estancia en el monasterio a crear,
como el árbol, la necesidad de conseguir cualquier cosa que me ilumina-
ra en un sentido u otro. Y dio resultado: mi necesidad encontró respues-
ta en el trascurso de una ceremonia que se celebró la última noche de mi
estancia allí.
Aquella noche vi al lama, que estaba sentado en la posición del loto,
elevarse lentamente en el aire hasta llegar a una altura de más de medio
metro sobre el suelo; allí permaneció al menos tres o cuatro minutos.
Por la mañana ya sabía que no podría abandonar el monasterio sin
hacer al lama unas cuantas preguntas sobre lo que había hecho. Saliendo
en su busca, tropecé con un monje que llevaba mi bolsa de viaje.
-Nuestro jefe espiritual dice que usted debe partir ahora -susurró
en torpe inglés, mientras me acompañaba a la puerta de salida del mo-
nasterio.

La segunda vez que vi levitar fue ocho años después, en un poblado


del Zaire. Se celebraba una ceremonia nocturna.
Desbordados por el frenesí colectivo, los devotos comenzaron a saltar
por encima de una gran hoguera y a caminar por las brasas sin quemarse.
Cuando llegó el turno de hacer lo mismo, el hechicero del poblado se su-
mergió en el fuego igual que un buceador se sumerge en el agua, pero en
lugar de caer, se mantuvo a un metro por encima del fuego, en posición
paralela a éste, el tiempo suficiente como para que me preguntara qué es-
taba pasando. Entonces, como a cámara lenta, su cuerpo cambió de posi-
ción hasta quedar erecto otra vez, con los pies tocando las brasas; luego
salió de la hoguera.
No puede interrogarle aquella noche porque él estaba demasiado ebrio
después de la ceremonia, pero a la mañana siguiente me dijo:

166
-Esto ocurre algunas veces, cuando los espíritus están presentes.
Yo deseaba saber más, pero no quiso hablar.

Después de haber visto al lama y al hechicero africano, yo estaba in-


clinado a pensar que la levitación era un fenómeno real. Pero con el paso
del tiempo y las reacciones negativas de quienes escuchaban mi relato de
ambas experiencias, empecé a desconfiar de lo que había visto y a pen-
sar que quizá había sido víctima de un engaño.
No obstante, años más tarde, recorriendo todo Haití, vi hombres y
mujeres levitar muchísimas veces. Y ahora creo que lo que vi era veraz,
aunque no encuentro explicación al fenómeno. También sé que no es
algo anormal, sino el reflejo de los poderes de la mente humana sobre la
materia.
La primera vez que vi levitar a una persona en Haití, fue en un san-
tuario vudú. Ya he relatado este incidente en un fragmento anterior de
este mismo capítulo; una mujer que estaba sentada detrás de mí brincó en
el aire durante un exorcismo. La mujer estaba sentada en un banco apo-
yado contra una pared. De repente, saltó al aire, pasó por sobre mi cabe-
za, y flotando recorrió unos tres metros y medio desde mi espalda hasta
quedar frente a mi campo de visión; allí estuvo suspendida más de diez
segundos, a una altura de metro y medio sobre el suelo. Desde allí, se
desplazó hacia mi izquierda y por último cayó al suelo a seis metros de
donde estaba. Durante todo el rato que estuvo «flotando», no tocó el sue-
lo para nada. (Recorrió una distancia de unos diez metros desde su asien-
to hasta que cayó al suelo; hizo un recorrido en forma de L.)
Es interesante reparar en que los innumerables fenómenos de levita-
ción que vi en Haití estaban protagonizados por personas poseídas en el
transcurso de una ceremonia. No siempre recoman distancias largas con
un trazado complicado, pero todos levitaban dando un salto en el aire y
quedándose por encima del suelo más tiempo del normal en cualquier
salto, para luego golpearse contra el suelo, y no siempre cayendo en pie.
El lector podrá pensar que las levitaciones tenían lugar durante cere-
monias nocturnas y en el interior de habitáculos mal iluminados, donde
yo podía ser víctima de un engaño urdido por el houngan para exhibir
ante mí sus poderes y los poderes del vudú. En muchos casos he pensa-
do en esta posibilidad. Pese a ello, casi todas las ceremonias se realiza-
ban en peristilos que por lo general estaban bien iluminados, y en cual-
quier caso, había luz suficiente para que el techo fuera bien visible. Otras
ceremonias se celebraban de día, cuando la luz entraba a raudales en el
peristilo. Por tanto, me hubiera sido fácil ver si quien levitaba estaba sus-
pendido en el aire por una cuerda o cualquier otro medio físico.
Además, como tuve muchas ocasiones para ver este fenómeno, tam-

167
bien tuve oportunidad de estudiarlo meticulosamente. Después de unos
cuantos incidentes, superé el estado de temor reverente y de sorpresa que
podrían haber empañado mis primeras impresiones, y fui capaz de ob-
servar las situaciones con calmado racionalismo; fui capaz de buscar el
posible fraude, e incluso de aproximarme al sujeto levitante lo suficiente
como para ver si lo que sucedía era cierto.
También se producían levitaciones en ceremonias que se celebraban
en el exterior, al aire libre, con las estrellas por dosel. En las pequeñas al-
deas haitianas, donde no es frecuente que haya electricidad, las comuni-
dades vudú son demasiado pobres para construir peristilos de grandes di-
mensiones. Los santuarios del houmfort son pequeñas cabanas hechas
con barro seco y con paja; y cuando se prevé la asistencia de un gran nú-
mero de creyentes, la plaza principal de la aldea se convierte en peristi-
lo, con un poste erigido en el centro que sirve de poteau-mitan.
En un lugar así, presencié algo de lo más asombroso. La plaza del
pueblo tenía unos nueve metros cuadrados y estaba bordeada de árboles
en tres lados; en el cuarto se alineaban cabanas y un árbol grande, más
allá del cual había una camino sin asfaltar. En uno de los lados, ardía una
gran hoguera para iluminar la plaza que proyectaba las sombras de los
creyentes danzantes sobre las paredes de las cabanas. La luz de las lám-
paras de kerosene atadas a cuatro postes y el sonido de los tambores crea-
ban un ambiente propenso a la alucinación.
Todos los creyentes danzaban con frenesí, saltando y agitando el
cuerpo con violencia. De repente un cuerpo dejó de retorcerse y empezó
a moverse como a cámara lenta. El hombre, con el cuerpo completamen-
te vertical, comenzó a elevarse despacio en el aire como si no pesara y se
separó del resto de la gente, que aún bailaba briosamente. Cuando estu-
vo por encima de la multitud, todavía en posición vertical y bailando a
cámara lenta, empezó a darse la vuelta boca abajo.
Estaba boca abajo, con la cabeza a una distancia de casi dos metros
del suelo, cuando repentinamente se desplazó por el aire a una velocidad
increíble, precipitándose hacia el árbol grande y aterrizando, todavía
boca abajo, sobre el tronco, a medio camino entre el suelo y las ramas ba-
jas del árbol. En la misma posición, comenzó a trepar por el tronco has-
ta alcanzar las ramas altas, donde recobró la posición normal. Al oír los
vítores de los creyentes allí reunidos, descendió del árbol como si nada
hubiera pasado.
Antes de levitar, el hombre había estado bailando con un grupo de quin-
ce personas, justo delante de cinco tambores dispuestos en hilera. Yo po-
día moverme con facilidad alrededor de los danzantes con la cámara y el
sistema de iluminación portátil, a excepción de dos zonas -una era la del
árbol grande- que estaban demasiado atestadas de gente que se agitaba y
bailaba.

168
Mientras yo me movía en busca de una buena toma, mi ayudante se-
guía mis pasos aprovechando la luz de filmación para disparar la cámara
de foto fija, que estaba cargada con una película de diapositivas de velo-
cidad normal. Cuando yo apagaba los reflectores, él tomaba fotos con
otra cámara cargada con película de alta velocidad.
En un momento determinado, yo estaba filmando a unos dos metros
de los bailarines por detrás de los tambores, cuando de pronto se apaga-
ron los reflectores y mi cámara dejó de filmar. (Luego haré unas cuantas
consideraciones sobre este problema técnico.) Cegado durante unos se-
gundos, reparé en el hombre que bailaba lentamente porque sus movimien-
tos contrastaban con los giros enloquecidos de los otros danzantes. Cuan-
do estaba en el aire por encima de los danzantes, comenzando a ponerse
boca abajo, yo me desplacé hacia la izquierda del grupo sin perderle de
vista y continué observándole. Yo volvía a estar a unos dos metros de los
bailarines y allí seguí hasta que el hombre descendió del árbol.
La proximidad me permitió ver que, mientras el hombre daba la vuel-
ta lentamente hacia abajo, los faldones de la camisa no colgaban; es de-
cir, la camisa también levitaba.
Busqué posibles trucos, pero el hombre no llevaba atada cuerda algu-
na. Podría pensarse que llevaba una cuerda negra, invisible por la noche,
pero el árbol quedaba demasiado distante -por lo menos a nueve metros
de los danzantes- como para que estuviera atada allí y que el hombre se
elevara en vertical por encima de los danzantes, flotara en el aire, e hi-
ciera el cambio de posición justo encima de ellos. Tampoco vi ninguna
cuerda tendida entre la techumbre de una de las cabanas y el árbol. Por
añadidura, si hubiera llevado una cuerda negra atada en torno a la cintu-
ra, habría contrastado con su camisa blanca y con las camisas igualmen-
te blancas de los demás danzantes cuando él bailaba con ellos y también
más tarde, cuando empezaba a levitar. Si el primer tramo de la cuerda hu-
biera estado pintado de blanco para pasar desapercibida sobre su camisa
y la de los otros, habría contrastado con la oscuridad al elevarse en el
aire. Pero en cualquiera de los dos casos la cuerda no hubiera podido
mantenerlo en vertical mientras se elevaba por encima de los danzantes,
y no podría haber mantenido al hombre verticalmente cuando estaba
boca abajo. Además, la cuerda le habría constreñido al hacer el movi-
miento de cambio de posición hacia abajo.
Pero tal vez la cuerda estuviera oculta bajo la camisa. Eso le habría
permitido elevarse en vertical, pero hubiera impedido que diera la vuelta
hacia abajo y mantener esa posición hasta aterrizar en el tronco del árbol.
En definitiva, pese a examinar minuciosamente todas las explicacio-
nes posibles, no pude hallar evidencia alguna de engaño. Tuve que en-
frentar el hecho de que, dado el marco en el que se desarrollaba la escena
y el modo en que tuvo lugar la levitación, existían muy pocas o ninguna

169
posibilidad, técnicamente hablando, de que aquello fuera un truco. He
llegado a la conclusión de que tampoco había engaño en los otros fenó-
menos de levitación que he tenido oportunidad de ver.
Es interesante destacar que nunca he podido fotografiar o filmar del
todo estos fenómenos. Siempre había algo que interfería la filmación o la
fijación de las escenas sobre la película.
Era frecuente que las pilas de la cámara de filmación se acabaran jus-
to en el momento en que empezaba la levitación. Lo cierto es que no sólo
eran las pilas de la fumadora, sino también la batería del sistema de ilu-
minación portátil, las de las grabadora y las pilas de mi reloj; todas deja-
ban de funcionar cuando alguien empezaba a levitar.
El que un juego de pilas deje de funcionar repentinamente, puede en-
contrar explicación en el fallo técnico. Pero que los distintos juegos se
acabaran todos al mismo tiempo y repetidamente -más de veinte veces,
cada vez que se producía un fenómeno de levitación-, plantea serios in-
terrogantes que no creo que tengan una explicación meramente técnica.
¿Podría ser que para superar las fuerzas de la gravedad y acaso otros
principios de la física, alguien que levita necesite una cantidad tan gran-
de de energía que descargue todas las baterías y pilas próximas? ¿O de-
beríamos quizá considerar que el estado de levitación, es decir, la mani-
pulación gravitacional de las fuerzas y posiblemente de otras fuerzas re-
lacionadas con los principios de la física genere tal cantidad de energía
que cortocircuite todas las baterías, anulándolas al instante?
Debo admitir que cada vez que veía una levitación, se me ponían de
punta todos los pelos del cuerpo -soy muy velloso-, igual que cuando me
acerco a una pantalla de televisor. Los haitianos tienen el cabello corto y
rizado, y por tanto no me era posible ver si a ellos les pasaba igual. Pero
al preguntarles, todos decían sentir una especie de estremecimiento que
recorría todo su cuerpo. Para ellos, esto era prueba de la presencia de los
loas encarnados en los creyentes. Además, cada vez que podía acercarme
a las personas que levitaban, yo notaba que desprendían calor, un calor
que no tenía nada que ver con el que imperaba en el peristilo. Tal vez ese
exceso de calor fuera producido por la sobreexcitación o las danzas en-
loquecidas.
En dos ocasiones, sin embargo, no se descargó la batería de mis apa-
ratos al coincidir con un fenómeno de levitación; acaso no estaba situado
demasiado cerca del sujeto. En lugar de ello, algo igualmente raro inter-
firió con el funcionamiento normal del equipo de filmación o con el pro-
ceso fotográfico, afectando a la calidad de las secuencias filmadas o fo-
tografiadas. Una vez procesada, la película reveló que todo lo filmado te-
nía claridad, nitidez y un vivido colorido, a excepción de las secuencias
que recogían el momento de la levitación. Ahí la película estaba tan os-
cura y desenfocada que resultaba absolutamente imposible ver lo que su-

170
cedía. Era como si hubiera filmado toda la escena con un filtro que oscu-
reciera y emborronara la película.
En lo que se refiere a las fotos fijas, yo empleaba tres cámaras Nikon.
La cámara A, acoplada a un flash, estaba cargada con película de diapo-
sitivas de sensibilidad normal; la cámara B estaba cargada con película
de diapositivas de alta sensibilidad, y la cámara C contenía un rollo de
película en blanco y negro. De este modo, independientemente del tipo
de iluminación, yo (o mi ayudante en la mayoría de los casos), podíamos
siempre tomar fotografías. Sin embargo, también aquí, en el momento de
la levitación algo interfería con el proceso fotográfico dando resultados
insatisfactorios o, diría yo, de todo punto pasmosos.
Por ejemplo, en el transcurso de la ceremonia que he descrito, mi ayu-
dante utilizó la cámara B cuando la batería del sistema de iluminación
cesó de funcionar en el momento que el hombre iniciaba la levitación. Du-
rante la ceremonia disparó cinco rollos de película de alta velocidad y
treinta y seis exposiciones. Los rollos fueron procesados en el laborato-
rio Kodak de Bruselas, pero al examinar las diapositivas se nos planteó
un enigma. Las primeras veintiuna diapositivas del primer rollo exhibían
imágenes claras, bien definidas y con colores vivos; eran las escenas pre-
vias a la levitación. Desde la diapositiva 22 del primer rollo de película,
hasta la diapositiva decimoquinta del quinto rollo -138 diapositivas des-
de el momento en que el hombre empezara a moverse a cámara lenta has-
ta los instantes anteriores a su descenso del árbol-, no había ni una sola
imagen en la película; estaba completamente negra. A partir de la diapo-
sitiva decimosexta del quinto rollo, las imágenes volvían a ser claras y
nítidas, y se veía al hombre descendiendo del árbol, vitoreado por la mul-
titud, y otras escenas del resto de la ceremonia.
Fijé una cita con el supervisor del laboratorio y le mostré todas las
diapositivas, incluyendo las fallidas, haciendo hincapié en el orden en
que se habían tomado pero sin decirle cuál era el contenido de la cere-
monia. Pregunté qué tipo de problema técnico podía haber causado que
tantas diapositivas salieran completamente negras.
-La única explicación plausible es que el obturador fallara momentá-
neamente -repuso. Luego, después de examinar a fondo las diapositivas,
añadió-: Las diapositivas no están insuficientemente expuestas, así que
el fallo no parece ser del obturador. Las diapositivas están completamen-
te negras y sin imágenes porque usted ¡no ha fotografiado nada!
Si todas las levitaciones que he visto hubieran sido ardides, ilusiones
ópticas, efectos especiales, resultado de la hipnosis, o alucinaciones in-
ducidas por drogas, nada en absoluto habría interferido en el funciona-
miento de las baterías, ni en el equipo de filmación ni en el proceso foto-
gráfico. En lugar de revelar la nada, las diapositivas defectuosas habrían
al menos captado imágenes de la plaza del pueblo iluminada por la ho-

171
güera y por las lámparas de kerosene, e imágenes de los danzantes bai-
lando alrededor de los tambores. En vez de estar totalmente desenfo-
cadas, la película habría mostrado claramente las escenas filmadas; en
cambio, sólo había omitido la visión de las personas que levitaban.
En consecuencia, debido al hecho de que, fueran cuales fueran las ra-
zones, algo interfería con el funcionamiento de las baterías y de los pro-
cesos fotográficos cada vez que presenciábamos un fenómeno de pose-
sión -algo que no se atenía a las reglas y lógica de la ciencia-, concluyo
que la causa de la interferencia es algo muy poderoso. Y concluyo que
lo que veíamos era cierto, a menos que estemos de acuerdo en que un
equipo técnico tenga capacidad de reacción frente a las alucinaciones de
las personas.
Merece la pena resaltar que estos fenómenos se presentaban cuando
los creyentes estaban en un estado distinto del normal, es decir, cuando me-
ditaban, estaban en trance o habían sido poseídos. Quizá es que la medita-
ción, el trance o la posesión acarrean consigo un estado de embriaguez
que elimina las creencias negativas —esas que por ejemplo nos impiden le-
vitar-, y libera el inconsciente, que nos da poder para realizar tales proezas.

172.
8
Hechicería, muerte por magia, zombis,
hombres voladores y hombres lobo

Hasta cierto punto, de una manera u otra, todos somos supersticiosos.


Algunos no pasaríamos jamás por debajo de una escalera; otros con-
sideraríamos que el día se ha echado a perder si nos cruzamos con un gato
negro.
Al mismo tiempo, miles de echadores de cartas y lectores de manos,
consejeros psíquicos, astrólogos y otros chamanes de los tiempos mo-
dernos abren negocios para ofrecer sus servicios; utilizan abiertamente
los medios de comunicación para hacer publicidad de sus facultades.
Muchos iremos a visitarlos en busca de consejo.
Tanto si tememos un accidente de coche, como si deseamos ganar
una competición deportiva o alcanzar una determinada posición social,
intentaremos ejercer influencia sobre nuestro futuro. Llevaremos amule-
tos de la suerte u objetos religiosos para atraer sobre nosotros la gracia de
Dios; colgaremos medallones de san Cristóbal en el coche; vestiremos
un traje concreto o llevaremos un color determinado, todo para proteger-
nos del mal de ojo o para influir por algún medio en el destino; o, in-
conscientemente, para protegernos de las energías o los invisibles malé-
ficos.
Esta misteriosa necesidad del hombre ha perdurado a lo largo de los
siglos pese a las enseñanzas religiosas y a la natural incredulidad del ser
humano, y sigue planteando un reto a nuestra mentalidad racional y nues-
tra lógica científica. Tal comportamiento, ¿se basa en la superstición, o
se deriva por lo menos de algunos poderes reales? ¿Ser supersticioso es
superstición? ¿De dónde viene la atracción que sentimos por creer en lo
mágico? ¿Es cultural? ¿Instintivo? ¿Tan distintos somos de las gentes del
Cuarto Mundo, que hasta el día de hoy han seguido creyendo en la magia?
Las tribus del Cuarto Mundo, igual que muchos pueblos de tradición,
también utilizan fetiches, amuletos y otros talismanes para protegerse del

173
mal de ojo y neutralizar las energías malignas. En su caso son cráneos
humanos o animales; polvos; plantas; partes secas de animales; pieles de
animales; huesos, dientes y plumas; espinas y escamas de pez; conchas y
otras cosas por el estilo, a las que se atribuyen poderes mágicos de pro-
tección. También pueden ser estatuillas de madera, barro o metal, que re-
presentan a las divinidades tribales cuya misión es proteger.
Pero a lo largo de la historia todas las culturas, incluso las más avan-
zadas, han creído en los objetos mágicos. La palabra amuleto, por ejem-
plo, viene de la palabra latina amuletum que el historiador romano Plinio
empleaba para designar al objeto que preservaba de la enfermedad; se
consideraba que la enfermedad era consecuencia de un hechizo maligno.
El amuleto estaba hecho con una sustancia animal o herbácea.
Más sofisticados y potentes que los amuletos y los fetiches son los ta-
lismanes. La palabra procede del Árabe tilsam o talasim, que vienen del
griego telesma y cuyo significado es «objeto consagrado»; tal vez la pa-
labra griega provenga de tselem, vocablo hebreo que significa «imagen».
Ya que la influencia que le ha sido atribuida al talismán está sujeta al razo-
namiento simbólico, analógico y a veces lógico, el talismán es un objeto
científico que puede confeccionarse conforme a unas reglas concretas. Si
los amuletos y los fetiches protegen de las energías malignas, los talis-
manes, más evolucionados, tienen cada uno un propósito específico. Un
talismán protege de los insectos, otro de los hechiceros, otro más de los
espíritus maléficos y así sucesivamente. En lo que a su acción específica
se refiere, los talismanes se asemejan a los pentáculos (del griego penta-
klea).
Los pentáculos sirven para reforzar las operaciones de alta magia.
Llenos de símbolos esotéricos y de diversas palabras religiosas y sagra-
das con capacidad de actuar como catalizadores de las energías cósmi-
cas, los pentáculos no son solamente protectores, sino también transmi-
sores de poderosas energías. Estos objetos mágicos han formado parte de
todas las tradiciones esotéricas y a su vez, todas las tradiciones esotéri-
cas han contribuido a la ciencia de los pentáculos.
Desde la India hasta el Tíbet, los creyentes hacen girar el molinillo de
oraciones mientras dan gracias a las divinidades y solicitan sus favores,
con la esperanza de que influyan en su destino. Por los mismos motivos,
nosotros encendemos velas delante de santos concretos. En Bretaña, las
gentes de la costa clavan agujas en un determinado tipo de piedra como
rito de fecundidad. En Katmandú, Nepal, los creyentes clavan clavos en
unos postes de madera y luego besan los clavos para expulsar a los ma-
los espíritus.
Desde el surgimiento de la humanidad han sido numerosas las gran-
des civilizaciones que han estudiado las tradiciones esotéricas y las cien-
cias naturales y físicas; algunas han llegado a dominar amplios territo-

174
rios. Han invertido muchísimo tiempo, energías, imaginación y reflexio-
nes para crear objetos de gran complejidad técnica y con poderes mági-
cos para influir en su destino, atraer la buena suerte, protegerles de las in-
fluencias negativas y de los espíritus y entidades malévolos, y para pre-
venirles contra las maldiciones de los hechiceros. Y lo han hecho así
porque creían en la existencia de las influencias astrales de signo negati-
vo, de invisibles que habitan en el mundo invisible, y en el poder de la
magia, que es capaz de utilizar y transmitir fuerzas cósmicas que sólo la
voluntad del hombre puede convertir en benéficas o en malignas. De ahí
que podamos especular con la posibilidad de que haya algo de cierto en
todas estas creencias.

Hechicería

Tal como he dicho, hay una sola fuerza universal que ni es maligna ni
es benéfica, pero que puede utilizarse para hacer el bien o hacer el mal y
que acarrea consecuencias positivas o negativas según la utilización que
se haga de ella. Por tanto, puede jugar a favor del hombre y sanarlo, o
puede herir y matar. Estos principios también son aplicables a los loas.
En el contexto del vudú, los loas no pueden hacer daño; son capaces
sólo de ayudar al hombre actuando como intermediarios entre los huma-
nos y Dios. Pero fuera del marco del vudú, los bokors o los hechiceros
también utilizan esta fuerza, y a los loas, con fines perversos.
Hay varios medios al alcance del hechicero -según cuál sea su grado
de conocimiento- para lanzar maldiciones que influyan en la voluntad de
su víctima, provocar la enfermedad e incluso causar la muerte. Entre es-
tos medios están:

• los venenos
• amuletos malignos y muñecas mágicas
• las energías negativas existentes o las que se convierten en malignas
gracias a un ritual concebido para tal efecto, o bien espíritus y otros in-
visibles malévolos.

Venenos

Hemos visto que algunos magos pueden en verdad curar personas en-
fermas utilizando para ello su farmacopea de medicina natural. Por tan-
to, también entra en lo posible que algunos hechiceros conozcan ciertas
plantas y otros elementos naturales que acarreen enfermedades misterio-
sas o la muerte repentina.

175
El método tradicional para provocar la enfermedad o la muerte con-
siste en mezclar un veneno en la bebida o la comida de la víctima —los
asiáticos desconfían de todo aquel que lleve uñas largas porque pueden
contener veneno-, o poniendo el veneno directamente sobre una herida
de la víctima. Estos venenos suelen estar hechos a base de plantas que
tienen propiedades tóxicas, como la raíz de mandioca, que contiene áci-
do cianhídrico; o bien a base de ciertos minerales o animales, como cier-
tas arañas, las tarántulas, los escorpiones, etcétera; o, tal como era cos-
tumbre en los Borgia, a base del líquido altamente tóxico extraído del ca-
dáver en descomposición de una persona.

Amuletos malignos y muñecas mágicas

Los fenómenos que más difíciles resultan de comprender son aque-


llos en los que están presentes los amuletos malignos que los hechiceros
crean durante los rituales de magia negra y que utilizan para echar mal-
diciones que alteran la voluntad de la víctima y traen consigo la enfer-
medad, e incluso la muerte. Del mismo modo que algunos magos pueden
curar al enfermo restableciendo el equilibrio entre mente y cuerpo, otros
pueden ser capaces de destruir ese equilibrio y provocar la enfermedad o
la muerte repentina. Un amuleto maligno puede ser cualquier sustancia u
objeto, o la combinación de ambos. En Haití, los bokors (hechiceros ma-
lévolos) emplean los huesos pulverizados de los recién nacidos o los ni-
ños pequeños que han muerto antes del bautismo. Luego, por medio de
un ritual mágico, cargan este polvo con propiedades mortíferas o perni-
ciosas.
Los usuarios de tales amuletos son numerosos: el granjero que quie-
re apoderarse de la cosecha del vecino; el hombre que desea que una mu-
jer se enamore de él; el hombre que quiere ver roto el matrimonio de la
mujer que lo rechazó; el hombre que desea a las esposas de sus amigos;
la mujer que quiere eliminar a una rival; alguien que quiere deshacerse
de un enemigo personal.
Por lo general, estos amuletos malignos se esparcen por el camino
que conduce a la casa de la víctima o por el patio de la vivienda; la cala-
baza medio vacía que contiene el amuleto se deja en las cercanías, con el
fin de que el poder de sugestión venga a añadirse a la angustia de la víc-
tima cuando tropiece con el amuleto.
En África y las Antillas, existe una poción que se vierte en el camino
frecuentado por la víctima. Cuando ésta pasa por encima, la poción le
provoca elefantiasis en los pies, dolencia que poco a poco desemboca en
la muerte.
Los gitanos dejan los amuletos -cuyo ingrediente principal suelen ser

176
sapos secos-, a la vista de la víctima, junto a su casa. En Europa estos
amuletos son cadáveres de gatos negros enterrados junto a la vivienda de
la víctima.
En algunos casos los amuletos son reducidos a un polvo que se echa
sobre la víctima. El polvo del amor, por ejemplo -polvo que hace a una mu-
jer enamorarse del hombre que lo echa sobre la cabeza de ella-, está he-
cho con el cadáver seco y pulverizado de un colibrí; a éste se agrega po-
len y esperma del galán. Hay unos polvos que, echados sobre un rival,
impiden al rival dormir durante dos o tres meses y cubren todo su cuerpo
de enormes granos purulentos.
Hay hechiceros que también tienen poder para echar maldiciones sin
dejar el amuleto en el camino frecuentado por la víctima o cerca de su
casa. Son, por ejemplo, los amuletos que se guardan en el lugar donde el
hechicero celebra el ritual. Pueden estar escondidos dentro de una muñe-
ca hecha de madera, barro, cera o trapos, cuyo aspecto se asemeja tosca-
mente al de la víctima. El hechicero emplea el amuleto para enfocar y
concentrar las energías malignas dentro de la muñeca. La muñeca, acti-
vada por la aguja que el hechicero le clava, actúa como transmisora de
estas energías, enviándolas hacia la víctima; esto funciona hasta que la
muñeca es destruida.
Los amuletos y las muñecas malignas son aún más potentes cuando
contienen alguna materia orgánica del cueipo de la víctima designada, como
son el sudor, cabellos, uñas de manos o uñas de pies (por esta razón, los
peluqueros, manicuros y pedicuros de muchos países asiáticos, queman
siempre el pelo y las uñas de los clientes en presencia de éstos); o cuan-
do contienen algo que real o simbólicamente pertenece a la víctima; pue-
de ser un trozo de ropa o algo que ha estado en contacto con ella, como
por ejemplo un montoncillo de tierra que rodea la cabana donde nació la
víctima.
A estos amuletos malignos se les suele llamar muñecas vudú, pero no
tienen nada que ver con él, en primer lugar porque en el vudú no cabe la
práctica de la magia negra; en segundo lugar, porque hace siglos que es-
tas técnicas se vienen utilizando en todo el mundo. Desde los primitivos
hechiceros, pasando por los egipcios de la antigüedad, los mayas, y los
incas, las muñecas malignas han constituido siempre un arma poderosa
en manos de la hechicería. Y continúan siéndolo.
En la Introducción describía una experiencia vivida en África en los
años de la infancia: un guardián nativo había matado a una persona de
otro poblado utilizando una muñeca maligna. Los hechiceros de los An-
des también las emplean en las ceremonias de magia negra.
En Haití, he estado presente en muchas ceremonias donde también se
utilizaban estas muñecas. En una ocasión, un bokor se sirvió de una de
ellas para enviar una maldición letal a alguien que vivía en Nueva York.

177
No pude verificar si la maldición surtió efecto, pero desde luego, la cere-
monia fue impresionante.
Según las palabras de todos los hechiceros que he interrogado en el
transcurso de mis viajes, no hay modo de romper un hechizo maligno. La
víctima debe encontrar rápidamente un hechicero poderoso que sea ca-
paz de devolverlo a quien lo envió. Normalmente no es el hechicero
quien lo recibe, porque sabe cómo protegerse, sino el cliente en cuyo
nombre él ha celebrado la ceremonia. Acaso esto explique por qué los
hechiceros insisten en tener al cliente consigo cuando echan una maldición.
Los extranjeros y los extraños raramente tienen oportunidad de pre-
senciar ceremonias de magia negra con muñecas malignas, pero en Hai-
tí los cementerios están repletos de estas figurillas, sobre todo en noviem-
bre, mes que se dedica a las almas de los difuntos. ¿Creen quienes hacen
estas pequeñas armas de trapo que las muñecas reciben potentes cargas
de las almas de los muertos? No lo sé, pero he visto muchas muñecas de
éstas esparcidas sobre las tumbas, con agujas clavadas en el cuerpo.

Energías negativas ya existentes

Hay hechiceros que tienen poder para someter a las energías negati-
vas del universo y a las que por obra de los rituales han sido convertidas
en malignas, o bien para utilizar los espíritus malignos y otros invisibles
(como los loas petro en Haití).
Cuando pregunté al houngan que había sanado a la niña de una tu-
berculosis avanzada (caso descrito en el capítulo anterior), si había em-
pleado una muñeca mágica para devolver la maldición mortal que había
provocado la enfermedad a quien fuera que la hubiera originado, respon-
dió que no, que había otras maneras de nacerlo.
Verdaderamente yo no sé qué tipo de energías utilizó, pero causa ex-
trañeza que unos días más tarde muriera misteriosamente una mujer del
pueblo donde vivía la pequeña. Indagué y descubrí que esta mujer no ha-
bía podido tener hijos; pese a reiterados intentos, todos sus embarazos
terminaban en abortos. Había sido vista muchas veces en compañía de la
niña, a la que al parecer quería tanto que incluso preguntó a sus padres si
dejarían a la criatura vivir con ella, pero la pequeña se negó. ¿Fueron es-
tas negativas emocionalmente dolorosas para ella las que tornaron su
amor en celos y odio, abocándola a desear la muerte de la pequeña? Na-
turalmente, sólo se trata de una hipótesis, porque nadie pudo probar que
la mujer requiriera los servicios de un hechicero para echar una maldi-
ción sobre la niña, ni nadie podía estar seguro de que su muerte fue debi-
da a la devolución de la maldición.
Asistir a las ceremonias de magia negra obviamente entraña ciertos

178
peligros, sobre todo cuando uno no es plenamente consciente de lo que
ocurre, ni sabe qué tipo de energías se están manifestando, ni sabe cómo
protegerse de las energías malignas.
En marzo de 1982 emprendí una gira de conferencias por el sur de
Francia. Prácticamente, yo acababa de llegar de uno de mis frecuentes
viajes a Haití, donde esta vez había trabado contacto con los hechiceros
para estudiar su magia y sus poderes. Dos días después del inicio de la
gira, empezaron a pasarme cosas muy extrañas: cada vez que tocaba un
aparato eléctrico, éste explotaba debido a un cortocircuito que se produ-
cía sin causa aparente.
La primera vez fue con un proyector de dieciseis milímetros; volvió
a ocurrir con el proyector que sustituía al anterior. Luego, cuando lo to-
qué, explotó el equipo de sonido. Y esa misma noche, volviendo de la
conferencia hacia el hotel, se apagaron los faros del coche. Paré en un ta-
ller, donde los mecánicos de servicio examinaron el coche; todo funcio-
naba a la perfección. Y así fue hasta que dejé el taller: dos minutos más
tarde los faros volvieron a apagarse. Cuando entré en la habitación del
hotel y di el interruptor de la luz, las bombillas dejaron de funcionar ins-
tantáneamente. A la mañana siguiente, no pude poner el coche en mar-
cha; en cambio el conserje sí pudo. Para poder proseguir con la gira, me
vi obligado a contratar un conductor y un técnico que manejara el equi-
po de alquiler.
Al principio pensé que, por razones que se me escapan, yo estaba
cargado con un exceso de energía. Casi resultaba divertido. Cada vez que
empezaba a pensar en lo ridiculo que era para mí aceptar la derrota de la
mente sobre la materia, tocaba un interruptor... y veía extinguirse las bom-
billas.
Al cabo de unos días y después de otros incidentes, empecé a preo-
cuparme seriamente. Me asusté mucho preguntándome qué habría hecho
de malo en Haití para que me sucedieran cosas tan raras. De modo que
fui a ver a un sacerdote católico, conocido por ser un exorcista de gran
poder, y le pedí ayuda. Sin mencionar las experiencias de Haití, le conté
mis desgracias.
-¿Es usted católico? -preguntó.
-¡Sí! -respondí.
-¿Cree que todo esto puede ser obra de Satanás?
-No lo creo -dije-. Quizá sólo se trata de una maldición o de algo si-
milar.
Para abreviar una larga historia: el sacerdote explicó que no podría
hacer demasiado para ayudarme si no creía que aquello era obra de Sa-
tán. Y aun cuando yo cambiara de opinión, antes tendría que rellenar
múltiples solicitudes y ser visitado por un psiquiatra; por su parte, él ten-
dría que obtener autorización de sus superiores, todo lo cual llevaría se-

179
manas enteras. Comprendiendo la urgencia del caso, me remitió a un al-
quimista contemporáneo que vivía en Niza y que también tenía poderes
para exorcizar, pero antes advirtió implorante:
-Por favor, no diga al alquimista que le envío yo.
Llamé al alquimista para pedir cita. Respondió que fuera inmediata-
mente. Cuando entré en su oficina, el alquimista, un hombre fascinante
que tendría unos cincuenta años, dijo al momento:
-Cuando me llamó, sabía que tenía usted problemas. Pero ahora que
veo lo que queda de su aura, sé que corre peligro.
Me pidió que tomara asiento. Yo tenía la sensación de estar en la con-
sulta de un médico. Cuando iba a contarle las cosas que me pasaban, dijo
que no contara nada. Trajo un cuenco lleno de sal y me pidió que sopla-
ra. Luego abrió el lateral de una cámara negra que contenía una cámara
Polaroid, enfocada hacia abajo. Colocó el cuenco bajo la cámara, cerró la
caja y oprimió un disparador.
—Dentro de un minuto sabremos los resultados -dijo sonriendo.
La fotografía reflejaba la superficie de la sal, cubierta por diversas
sombras. Tomó un lápiz y empezó a unir unas sombras con otras, hasta que
la fotografía quedó llena de trazos. Entonces, mientras estudiaba concien-
zudamente la fotografía, comenzó a hablar. Cuanto más hablaba, más ate-
rrorizado estaba yo. He aquí lo que dijo:
—No es en África. Pero veo poderes africanos. Parece una isla. Pero
no entiendo por qué esta isla queda tan distante de África. Veo una gran
hoguera, tambores, gente que baila alrededor de ellos. Están en trance.
Usted ha tomado parte en la ceremonia. Usted y otra persona de raza cau-
cásica. Es una ceremonia de magia negra. Rituales maléficos. Hace unas
dos, tres semanas. Le han dicho que no salga del círculo mágico, el círcu-
lo de protección. Pero usted ha hecho caso omiso. Ha cometido un grave
error. Todas sus energías vitales habían sido absorbidas mientras estaba
en el interior del círculo mágico. Es probable que el hechicero se sirvie-
ra de ellas. Pero usted podría haberlas recuperado al término de la cere-
monia. En lugar de ello, usted salió del círculo y sin energías vitales que
le protegieran, atrajo sobre sí, como un imán, a los poderes negativos y
malignos. También veo serpientes en torno a usted y a su amigo. Y algo
que tiene que ver con perros. Un sacrificio de perros. No, veo algo que
está relacionado con perros sacrificados que intentan protegerle. Pero no
bastaba con eso. Sólo ha servido hasta hace unos días.
—¿Cuál es el veredicto? -pregunté lleno de pánico al concluir la lec-
tura.
-Debe ayunar un día, y yo debo ayunar dos. Volveremos a vernos den-
tro de tres días y entonces celebraré una ceremonia que le purificará por
completo y le ayudará a recobrar sus energías vitales. Gracias a Dios que
no ha dejado pasar mucho tiempo antes de venir a verme.

180
Lo más asombroso de aquella lectura es que me reveló un suceso que
yo desde luego había vivido y olvidado totalmente. Sí, el suceso que con
tanta precisión describiera el alquimista había tenido lugar en la isla de
Haití, tan lejos de África, pero tan llena de poderes africanos. Sí, había
una gran hoguera, y tambores, y personas en trance, personas bailando y
personas poseídas. Sí, fue una ceremonia de magia negra, que yo filmé
con ayuda de mi amigo Jean. Sí, abandonamos el círculo mágico pese a
la prohibición del hechicero, porque yo necesitaba pilas nuevas para la
cámara. Lo cierto es que el hechicero estaba tan inquieto porque hubié-
ramos salido del círculo mágico que al acabar la ceremonia, mi compa-
ñero y yo tuvimos que pasar por un espeluznante ritual de purificación.
El algo relacionado con perros sacrificados era un collar hecho de dientes
de perro efectivamente sacrificados que recibí de la tribu kirdi, en Ca-
merún. El collar es un talismán de protección. Lo llevo casi siempre,
pero el alquimista no pudo verlo porque lo había dejado en Bruselas.
Fue capaz de determinar todo esto con un cuenco de sal sobre la que
yo había soplado.
Tres días después, el alquimista llevó a cabo la ceremonia, una espe-
cie de exorcismo. Todos mis desventuras terminaron al punto. El alqui-
mista me enseñó a protegerme de las energías malignas. Y quizá eso fue
la lección más grande que he recibido nunca. Siempre había creído que
nada malo podía pasarme porque en general soy una buena persona y
porque sólo asistía a este tipo de ceremonias llevado por la curiosidad
científica. No pretendía hacer nada malo. Creía que mientras viviera en
estado de amor y bondad, despojándome de la envidia y del odio, yo es-
taría protegido del mal y de la maldad de las personas. Pues bien, estaba
equivocado.
Cuando llamé a Jean, me dijo que también él estaba pasando una
temporada de desgracias. Todo volvió a la normalidad en cuanto fue a vi-
sitar a un exorcista para que lo purificara.
Lo que nos ocurrió en Haití fue esto:
Ayudado por Jean, yo filmaba la ceremonia de magia negra. El ritual
tenía lugar en el interior de un gran círculo blanco trazado en el suelo por
el bokor al inicio de la ceremonia. Se supone que el círculo mágico pro-
tege el ritual de los espíritus malévolos y de las energías malignas.
El bokor había advertido repetidas veces que, una vez comenzado el
ritual, las personas no iniciadas tenían prohibido salir del círculo.
-¿Por qué? -pregunté.
-¡Es peligroso! -dijo como única explicación.
Mientras se celebraba el ritual, las pilas de la fumadora y las de la
grabadora se extiguieron de pronto por razones desconocidas. En nuestro
afán por resolver el problema, Jean y yo olvidamos la advertencia del bo-
kor y corrimos al coche a buscar más pilas.

181
Cuando volvimos, la reacción del bokor no se hizo esperar. Llamó a
unos cuantos ayudantes que nos metieron con rudeza en una habitación
oscura, unos de los santuarios del houmfort. Pasamos de estar más sor-
prendidos que asustados, a estar más asustados que sorprendidos porque
por encima del sonido de los tambores que venía de fuera, oíamos silbi-
dos de serpientes procedentes de las esquinas del recinto.
Parcialmente cegados por la oscuridad, nos desplazamos hasta el
centro del santuario y tropezamos con una cama sobre la que saltamos
sin perder un segundo. Cuando nos acostumbramos a la oscuridad, vimos
una docena de formas humanas que, silbando, se arrastraban hacia la cama.
Estábamos rodeados de hombres y mujeres en trance profundo, todos po-
seídos por Djamballah-Wedo. Estábamos demasiado aterrorizados como
para apartarlos de nosotros. Sin dejar de silbar, nos hicieron bajar de la
cama y arrastrándose sobre nosotros, nos lamieron el cuerpo con la len-
gua. Estuvimos echados con estas serpientes humanas más de veinte mi-
nutos hasta que nos dejaron a solas. Volvimos a la cama y allí permane-
cimos, sin habla, mientras esperábamos que acabara la ceremonia. Nos
preguntábamos qué otra sorpresa desagradable nos esperaba.
Al cabo de una hora, cesaron los tambores. Dos hombres entraron en
tromba en el santuario y nos llevaron de nuevo al centro del peristilo,
donde tuvimos que desnudarnos totalmente. El bokor nos dio un baño ri-
tual para purificarnos, dijo, de los espíritus malévolos y de las energías
malignas que se habían avalanzado sobre nosotros.
No estoy seguro de que aquel ritual surtiera un efecto completo.

Los talismanes, amuletos, pentáculos y otras protecciones mágicas,


¿son eficaces de verdad? ¿Hay cosas malignas contra las que en verdad
debemos protegernos?
A la primera pregunta responderé que sí; la protección mágica funcio-
na en ocasiones, ya sea por un poder real que le es inherente o porque cre-
yendo en ellos uno crea y se rodea de energías protectoras que son ver-
daderamente eficaces. Puede que el talismán sea solamente el centro de
nuestros pensamientos positivos, o puede que acumule las energías pro-
tectoras que uno genera y de las que uno se rodea. Acaso surta efecto por
combinación del poder de la mente con sus cualidades protectoras inhe-
rentes.
A la segunda pregunta también responderé que sí. Ciertamente hay
cosas de las que uno debería protegerse: energías malignas, tanto si son
las que están de forma natural en el universo, como si son las de los es-
píritus malignos y los demonios (si es que existen), o las generadas por
la hechicería. Más que a ninguna otra cosa, sin embargo, temo a las ener-
gías producidas por los pensamientos inspirados en la envidia y el odio.

182
Las personas que sienten envidia u odio tienen capacidad para enviar, por
lo común inconscientemente, energías malignas que pueden hacer mu-
cho daño. El peligro es mayor en las ciudades grandes, donde impera el
afán de competición. El odio y la envidia son en sí mismos potentes ge-
neradores, proveedores y transmisores de energías maléficas.
Si uno no goza de protección mágica, ha de rodearse de buenos pen-
samientos. Los pensamientos bondadosos, como el estado del amor, pro-
ducen energías positivas: los pensamientos inspirados en la maldad, ha-
cen que uno sea vulnerable a las energías maléficas de los demás.

Zombis

Cuando pensamos en zombis, acuden a nuestra mente imágenes de


novelas y películas de terror que tratan de lo sobrenatural. Sin embargo
los zombis son reales, pero no tal como los describen muchos escritores
y directores de cine de fértil imaginación. Los zombis no son un produc-
to de la magia negra, ni son muertos vivientes; no obstante, la realidad
que envuelve a los zombis es tan espantosa como la ficción.
En Haití, el término zombi designa a alguien del que se cree que es un
muerto viviente, pero también se refiere a los recién nacidos y a los niños
muy pequeños que mueren antes de ser bautizados (cuyas almas pueden
ser capturadas con varios propósitos).
A excepción del mes de noviembre, ningún haitiano en su sano juicio
pasaría nunca de noche por delante de un cementerio, por miedo a en-
contrarse con un zombi. Los haitianos creen que si un zombi les mira,
también ellos se convertirán en zombis, a menos que arrojen sal a los ojos
del zombi, cosa que le hará inofensivo o le hará desaparecer. De modo
que todo el que debe desplazarse por la noche siempre lleva sal consigo.
Nadie sabe con exactitud cuándo y dónde se hicieron los zombis por
primera vez. La antigua literatura hindú menciona una planta que trans-
forma a las personas en zombis, y ello me lleva a pensar que tal fenóme-
no tenga su origen en la India. Sin embargo, en África he sabido que hay
hechiceros que, valiéndose de tradiciones seculares, todavía crean zombis.
Tampoco sabemos si la creación de zombis tiene una faceta religiosa,
pero podemos especular con el hecho de que los zombis fueran común-
mente utilizados como esclavos. Es sobre todo para tal propósito que los
bokors de Haití hacen zombis hoy en día. Efectivamente, muchos bokors
son propietarios de grandes granjas y no son dados a pagar la mano de
obra que necesitan. Creando zombis tienen un acceso fácil a trabajadores
que sólo requieren cobijo y alimento. También emplean zombis para to-
car los tambores en las ceremonias. Agobiados por el trabajo, agotados
por la falta de sueño y no siempre bien alimentados y cuidados, estos es-

183
clavos de los tiempos modernos no viven demasiado y se les puede sus-
tituir con facilidad.
La mayoría de los bokors ocultan el fenómeno de los zombis bajo un
aura de sobrenaturalidad y misterio. Ello contribuye a que las gentes crean
que los zombis son muertos devueltos a la vida por obra de sus poderes
de magia negra. Pero hacer un zombi no es más que un sencillo proceso
químico resultante de la ingestión de una mezcla determinada, que los
haitianos llaman concombre-zombi (pepino de zombi). Se ha escrito co-
piosamente sobre el concombre-zombi y son abundantes los datos que
circulan sobre el tema; los propios bokors, que desean guardar la mezcla
en secreto, son autores de una gran parte, en buena medida falsa. Me cos-
tó mucho tiempo y mucha paciencia ganar la confianza de uno de los nu-
merosos bokors con los que tomé contacto para reunir datos, pero al final
tuvo a bien transmitirme el secreto para hacer un zombi.
Mezclada con otras plantas o con un pez especial previamente pulve-
rizado, el ingrediente principal del pepino de zombi es la flor de la datu-
ra, una planta tóxica que crece en casi todas partes del mundo y que está
presente en todas las farmacopeas porque tiene diferentes propiedades,
según la dosis que se administre. Una dosis minúscula de datura es sufi-
ciente para provocar los efectos alucinógenos que algunas tribus emplean
en los rituales de iniciación y en los ritos de pasaje. Una dosis más alta
crea zombis, y una dosis completa mata instantáneamente a quien tiene
la mala suerte de ingerirla.
Se impone hacer una interesante consideración sobre la datura; tal
consideración merece un aparte. Utilizada en ciertas dosis y preparada de
una manera ligeramente distinta, con la flor de la datura se hace una po-
ción que constituye un potente abortivo. De hecho, durante la Guerra de
los Cien Años, las autoridades francesas dieron orden de destruir la da-
tura y otras plantas abortivas que crecían por todo el país, para forzar a
las familias a tener numerosa descendencia que serviría para engrosar las
filas del ejército. No obstante, quedaron vivas muchas plantas y aun hoy
en día son utilizadas por los curanderos de las zonas rurales de Francia
para hacer pociones abortivas con destino a las granjas ganaderas y en
ocasiones, a las personas.
Cuando un bokor se ve precisado de un zombi, viaja a los rincones
más remotos de la zona rural en busca de alguien que quiera deshacerse
de un enemigo. Cuando encuentra a esa persona, el hechicero le vende el
polvo de concombre-zombi para que lo eche en los alimentos de su ene-
migo, convenciéndolo de que este polvo le provocará una enfermedad fa-
tal y no dejará rastro del crimen.
Si la futura víctima ingiere el polvo, poco a poco empezará a mostrar
síntomas visibles de una misteriosa enfermedad que da toda la sensación
de culminar con la muerte al cabo de unas dos o tres semanas; pero la

184
víctima sólo tendrá apariencia de muerta. La mayoría de los médicos y
de los hospitales modernos no saben diagnosticar esta enfermedad; mé-
dicos y hospitales son muy escasos en Haití. (Solamente hay un médico
para cada cien mil habitantes, y casi ninguno en las zonas rurales, ya que
ganan mucho más en las ciudades.)
Lo que sucede a la víctima es esto: el polvo zombi produce un dese-
quilibrio en el metabolismo. La víctima no tarda en perder el apetito y se
vuelve perceptiblemente más delgada y más pálida; a veces pierde el pelo.
Por fin llega el día en que según todas las apariencias, muere; el cuerpo
está frío y rígido. En esencia, lo que ha pasado es que su metabolismo
trabaja tan despacio que no da señales de vida. Por tanto, se certifica la
defunción y le dan sepultura antes de veinticuatro horas para evitar la pu-
trefacción del cuerpo que, en los climas tropicales, es rápida.
Pero la víctima no está muerta; está en coma profundo, en estado ca-
tatónico. El corazón late todavía, pero sólo a dos o tres latidos por minu-
to, nivel que es imperceptible en el pulso. La respiración es tan lenta y
tan superficial que no puede ser detectada poniendo un espejo bajo la na-
riz. (Debido a esto, en el ataúd hay oxígeno suficiente como para que la
víctima pueda seguir viva cuatro o cinco días; pasado este plazo, morirá
por asfixia.) La semejanza con la muerte es tan real que, por lo menos en
un caso del que tengo noticias, el hospital americano de Haití certificó la
defunción de una persona -posteriormente enterrada-, que reapareció al
tiempo convertida en zombi.
El temor lleva a muchas familias a enterrar a sus muertos junto con
un puñado de semillas de sésamo, o un carrete de hilo y una aguja con el
ojo roto. Creen que si el difunto está ocupado contando las semillas o in-
tentando enhebrar la aguja, éste no responderá a la llamada del hechice-
ro. También ocurre que algunas familias estrangulan al difunto o le des-
trozan el corazón, e incluso lo mutilan decapitándolo o extrayendo algu-
nos órganos vitales para que la resurrección sea imposible.
Casi todos los zombis que he entrevistado han dicho que oían todo
cuanto sucedía en el momento de la supuesta muerte y ya que no podían
decir nada ni mover ninguna parte del cuerpo, ellos mismos creyeron es-
tar muertos; era sabido que todos los muertos pueden seguir oyendo la
voz de los vivos. Recordaban haber oído los lamentos de la familia, los
martillazos sobre el ataúd al cerrar la tapa y el ruido de la tierra estre-
llándose contra el ataúd.
Dos o tres días después de la supuesta muerte de la víctima, el hechi-
cero y algunos de sus ayudantes zombis vuelven al cementerio, ya avan-
zada la noche. Desentierran el ataúd, sellan la tumba y se llevan el ataúd
al houmfort del bokor.
De regreso en el houmfort, el bokor abre el ataúd en el interior de uno
de los santuarios, que tan sólo unos días antes ha transformado en un es-

185
cenario teatral que representa una especie de infierno; hay hogueras en-
cendidas a lo largo de las paredes. También hay una puerta pequeña que
el bokor utiliza para salir y entrar sin que le vea la víctima. El bokor ad-
ministra a la víctima un antídoto de la mezcla zombi que lentamente res-
tablecerá el equilibrio metabólico, y acelererá el bombeo de sangre y la
respiración. Después, ata a la víctima a pared, ciñendo largas cadenas a
los tobillos y a las muñecas.
Cuando la víctima recobra la consciencia, cuidan de ella hasta devol-
verle la salud, proceso que dura más o menos un mes. Sin embargo, du-
rante todo este tiempo el bokor prosigue con la triquiñuela de hacer creer
a la víctima que está en el infierno pagando por sus pecados. El bokor se
disfraza de demonio y tortura físicamente a la víctima.
Hay otros momentos en que el hechicero presenta la apariencia de
bokor bondadoso. Lleva a la víctima alimento y agua. Le dice que ha ve-
nido porque quiere devolver la vida a las buenas personas. Naturalmente
la víctima le pide ayuda; quiere retornar a la tierra, volver con su esposa
y su familia. El bokor responde que verá lo que puede hacer.
El objeto de todo este proceso de lavado de cerebro es conseguir que
la víctima esté dispuesta a aceptar cualquier proposición que haga el he-
chicero. A cambio de sacarla del infierno, la víctima consentirá en perte-
necer para siempre al bokor y ser su sirviente de por vida. Le obedecerá,
hará cualquier cosa que le pida y jamás volverá a ver a su familia. Ade-
más, el bokor la convence de que necesitará beber una poción mágica
todos los días para poder seguir viva. Sin ella, volverá a morir y regresa-
rá al infierno para enfrentarse a la ira del demonio. Pero si es un sirvien-
te bueno y obediente hasta la vejez, su dueño le mandará directamente al
cielo. Y la víctima cree que el bokor tiene tales poderes.
Cuando el bokor sabe que el lavado de cerebro ha surtido efecto, orga-
niza una espectacular huida del infierno. Pero mientras le libera de las ca-
denas, dice que el demonio está a punto de venir y esconde a la víctima en
un agujero oculto tras la pared diciendo que volverá tan pronto como se
vaya el demonio. Llegada a este punto, la víctima suele estar tan aterrori-
zada que pide al bokor que la saque de allí en seguida. Haciendo caso omi-
so, el bokor la deja allí para regresar al santuario en su papel de demonio.
Al descubrir que la víctima ha escapado monta en cólera y promete
en voz alta que si la coge, la arrojará al fuego por toda la eternidad. Más
tarde, el bokor va al encuentro de la víctima, que está horrorizada y sigue
oculta en la cavidad, y le da a beber una poción para dormirla.
Cuando la víctima despierta en el houmfort del bokor, cree que la
huida del infierno ha culminado con éxito y que es un muerto viviente en
deuda eterna de agradecimiento con su dueño. A partir de entonces, ser-
virá al bokor trabajando en sus campos durante el día y tocando los tam-
bores por la noche, siempre que sea preciso.

186
De todos los zombis que he conocido, los pocos que podían hablar
normalmente respondían de igual manera a mis preguntas. ¿Por qué no
escapaban de su amo y volvían con su familia?
-Sí, tengo familia, esposa e hijos. Pienso en ellos todos los días; to-
davía oigo sus lloros el día de mi muerte y el día del entierro. Claro que
me gustaría volver con ellos, pero si escapo o desobedezco al amo, no
podré tomar como cada día la poción que me mantiene con vida. ¡Usted
no sabe lo que es estar muerto! ¡No sabe lo que es estar en el infierno!
La única manera que tengo de seguir vivo y evitar al demonio es que-
darme con el amo, porque él tiene poder para enviarme directamente al
cielo.
¿Cómo podía yo hacerles ver quiénes eran en realidad? Para que re-
conocieran ser seres humanos vivos y no muertos vivientes, hubiera teni-
do que desprogramarlos por completo del lavado de cerebro al que habían
sido sometidos durante semanas, y dar con la manera de convencerles de
que no había ni infierno ni demonio, que no existía tal poción mágica.
Hubiera tenido que luchar contra el recuerdo de su propia muerte. Hu-
biera tenido que combatir su sólida creencia en los muertos vivientes,
que está tan arraigada entre los haitianos.
Verdaderamente, muchos de ellos tenían razón con respecto a una
cosa: escapar del bokor puede acarrear una muerte repentina y cierta.
Hay pociones mágicas que no contienen nada especial, pero algunos bo-
kores las mezclan con un veneno, con una sustancia tóxica que crea adic-
ción y que el cuerpo necesita para seguir con vida.
Muy pocos zombis pueden hablar con normalidad. Tal como es de es-
perar, el cerebro ha sufrido daños durante el proceso de zombificación.
Son muchos los factores que les impiden volver a ser normales: la dosis
de datura, la toxicidad de otros ingredientes que se añaden a la mezcla
zombi, el grado de pérdida de oxígeno cuando la víctima está en el ataúd;
el contenido químico y la dosis del antídoto; la intensidad del sufrimien-
to físico y emocional padecidos durante el lavado de cerebro; el veneno
contenido en la poción mágica. Cada uno de estos factores, aisladamen-
te, puede por sí solo causar graves daños al cerebro. Algunos zombis pa-
recen ser capaces de pensar aunque hablen con dificultad; otros pueden
hablar pero han dejado de pensar hace tiempo: ya no tienen memoria. Y
también hay zombis que han perdido la facultad de hablar y de pensar, y
que se mueven como los personajes de las películas de terror, con la mi-
rada vacía y extraviada.
Los que han dejado de pensar y ya no son conscientes de las iras que
despertarán en su amo si lo abandonan, los que de repente se tornan am-
nésicos, son los zombis que se libran de la esclavitud; se les ve andando
por los caminos o cruzando las calles de las ciudades. Con un poco de
suerte, serán reconocidos por un amigo o un pariente. Imagine el lector

187
las emociones de un amigo o de un padre al encontrarse con alguien al
que habían llorado y enterrado tiempo atrás.
Si esto llega a suceder, la familia a veces lleva al zombi al hospital,
de ahí van a Puerto Príncipe, a la clínica del doctor Lamarck Douyon, un
psiquiatra haitiano que ha dedicado muchos años de su vida a curar zom-
bis con medicinas diversas. Y lo consigue si los daños causados al cere-
bro no son irreversibles.

Hombres voladores

¿Quién no ha volado en sueños o ha soñado con volar? Estoy seguro


de que todo el mundo lo ha hecho al menos una vez. De niños teníamos
la imaginación plagada de sultanes sobre alfombras voladoras, de brujas
que volaban en escoba y de magos que atravesaban paredes. Ser capaz de
volar ha sido desde siempre y desde mucho antes que Icaro y Da Vinci,
el deseo más ansiado por el hombre. Pero ¿y si el hombre hubiera en-
contrado la manera de convertirse en pájaro mágico?
Yo he visto gente volar, es decir desmaterializarse y materializarse de
nuevo en otro lugar. Si alguien dijera que ha visto a un hombre atravesar
una pared, seguro que pensaríamos que no está en su sano juicio. Pero yo
he oído un relato de estas características de labios de un sacerdote cató-
lico que me dio su palabra de honor sobre la veracidad de la historia. He
aquí lo que ocurrió: su sacristán se precipitó hacia la pared y en vez de
estrellarse contra ella, desapareció como si la estuviera atravesando; apa-
reció al otro lado y prosiguió tranquilamente su carrera.
El sacerdote que me contó la historia es un respetado profesor con ti-
tulación equivalente a un doctorado norteamericano en filosofía y en so-
ciología. Pasó muchos años de misionero en Haití; además de ser experto
en vudú, es autor de dos libros que relatan ciertos misterios que tuvo opor-
tunidad de presenciar. Este sacerdote es francés, y se llama Jean Kerboull.
Creí la historia del padre Kerboull porque cuando pregunté al lama
que había visto levitando en el monasterio budista acerca de la posibili-
dad de hacer viajes astrales, el lama respondió:
—Sí, es posible desplazarse físicamente a través de los objetos sólidos
y del espacio. Yo lo he hecho y puedo hacerlo cada vez que lo necesito.
-¿Cómo puede desplazarse el cuerpo humano a través del espacio y
atravesar objetos sólidos?
Respondió con otra pregunta, tal como hacía a menudo.
-¿Cómo puedes hacer pasar un trozo de hielo a través de una túnica?
—No lo sé -repuse.
-Es fácil. Cambiando la naturaleza del trozo de hielo. Caliéntalo y se
convertirá en agua; calienta el agua y será vapor. El vapor puede pasar a

188
través de la túnica. Luego invierte el proceso. El vapor refrigerado se con-
vierte en agua; el agua sometida al frío vuelve a ser hielo.
-Comprendo -dije-. Pero ¿cómo se puede cambiar la naturaleza del
cuerpo humano?
-El ser humano está compuesto por dos cosas: un cuerpo físico, el
que vemos, y un cuerpo invisible, al que llamamos cuerpo astral o etéreo.
Cuando quiero ir a un lugar determinado que puede estar a muchos kiló-
metros de aquí, tan sólo tengo que pensar en que estoy allí: el pensa-
miento puede engendrar acción; esto envía y sitúa allí al cuerpo invisible
de manera instantánea. Si aumento la frecuencia de onda del cuerpo físi-
co, el cuerpo se hace invisible; si aminoro la frecuencia de onda del cuer-
po invisible, vuelvo visible el cuerpo. De este modo puedo desplazarme
por el espacio y atravesar objetos sólidos al instante.
Por todo ello, creí la historia del padre Kerboull, pero deseaba verla
con mis propios ojos. Desafortunadamente estábamos en París y él no
podía volver a Haití.
-La próxima vez que vayas a Haití -aconsejó-, intenta localizar a mi
sacristán; debe estar trabajando en otra parroquia. Si no lo consigues,
tendrás otras oportunidades de ver este tipo de fenómenos; en Haití exis-
te una sociedad secreta de hombres voladores que se dedica a estas cosas.
La sociedad tiene muchas logias por toda la isla, pero sus miembros son
muy reservados con respecto a la pertenencia a esa secta. Sé paciente e
intenta infundir confianza antes de hacer preguntas.
Cuando regresé a Haití unos meses más tarde, empecé por buscar al
sacristán. Visité casi todas las parroquias católicas de las zonas rurales.
Jamás logré dar con él, pero en cambio conocí a varios misioneros que
llevaban instalados mucho tiempo allí y que me contaron sus encuentros
con lo desconocido y lo extraordinario. El padre S., por ejemplo, un mi-
sionero católico de nacionalidad belga, me confió este relato:
-Cuando llegué a Haití hace treinta años, esta parroquia abarcaba to-
das las aldeas en un radio de cien kilómetros, sin carreteras que las co-
municaran con la iglesia; sólo había senderos que los campesinos re-
corrían a pie, en burro, en muías o a lomos de caballo. A mi llegada, tan
sólo había un sacerdote a cargo de todas estas almas. Como ya era viejo
y estaba cansado, yo iba para ayudarle. Él se quedaría en la misión ocu-
pándose de los asuntos de la iglesia, el dispensario, el internado y el co-
legio, y yo me dedicaría a visitar con el jeep todas las aldeas de nuestra
parroquia, incluso aquellas que solamente son accesibles a caballo.
»Una Semana Santa de hace veinticinco años, mientras mi superior
hacía los preparativos para la celebración de la pascua en nuestra iglesia,
yo me disponía a dejar la misión para ir a cada una de las aldeas princi-
pales y celebrar la misa de Semana Santa, para que toda la comunidad tu-
viera la oportunidad de celebrarla.

189
»A las siete de la mañana, Fierre Louis, un interno de catorce años
que venía conmigo en calidad de acompañante y de cantor, terminó de
cargar el jeep. Salimos de la misión, y alrededor de las cinco de la tarde,
tras un viaje agotador de diez horas durante las que sólo recorrimos se-
tenta kilómetros en línea recta, llegamos a la primera aldea donde había
de celebrarse la misa, aquella misma tarde.
»La aldea estaba llena de fieles venidos de las cercanías. Fierre Louis
descargó el jeep mientras yo arreglaba el altar.
»A las seis, Fierre Louis me comunicó que faltaba la caja grande don-
de guardábamos las hostias. Registré el jeep entero, pero fue en vano.
Para las gentes de allí, una misa sin comunión no es misa; no tenía más
remedio que regresar de inmediato a la misión y luego de nuevo a la al-
dea. Me volví hacia Fierre Louis, que para mí era responsable del olvido
por ser él quien estaba encargado de cargar el jeep, y le grité para calmar
la ira que sentía. Fierre Louis comenzó a llorar y dijo que no me preocu-
para; el volvería a la misión a recoger las hostias. Al oír estas estupide-
ces, no puede resistir propinarle un bofetón.
»—Sí, ve solo a la misión, ¡pero no vuelvas más! -dije, y Fierre Louis
marchó.
»A1 cabo de pocos minutos, mientras cargaba de nuevo el jeep, Fie-
rre Louis tocó mi hombro, sonriente. Llevaba la caja de hostias en la
mano. Volví a darle un bofetón por gastar una broma tan tonta, y me pro-
metí castigarle por hacerme enfadar. Pero tras la misa yo olvidé el inci-
dente y ya no hablé de él en todo el viaje.
»A los pocos días de nuestro regreso a la misión, mi superior pre-
guntó que por qué no había ido yo mismo a pedir la caja de hostias.
»-Porque estaba en la aldea -repliqué al pronto.
»Luego, dándome cuenta de que pasaba algo raro, pregunté:
»-¿A qué se refiere? ¿De qué caja de hostias está hablando?
»-La caja que olvidaste coger y que dejaste en el garaje.
»-¿Quién vino a por ella? —pregunté nervioso.
»-Pierre Louis -respondió-. ¿Quién más podría haber sido?
»-¿Cuándo?
»-El lunes por la noche, el mismo día que os fuisteis de viaje.
»—¿A qué hora?
»—No sé, a las seis o las siete de la tarde.
»Sin decir nada más, dejé a mi superior y corrí al colegio en busca de
Fierre Louis. Cuando lo encontré, admitió tranquilamente que había vo-
lado a la misión, visto al superior y preguntado por la caja de hostias; la
había recogido y había vuelto volando a la aldea para dármela. Añadió
que su padre era jefe de una secta de hombres voladores y que le había
enseñado a volar.
»Desde entonces, Fierre Louis me acompañó siempre en todos los

190
viajes. Me divertía hacerle encargos para poner a prueba sus habilidades
voladoras. Lo vi muchas veces, como lo veo a usted, desmaterializarse y
materializarse ante mis ojos.
»Me propuse visitar a su familia y hablar con su padre, pero como vi-
vían muy alejados del territorio de la parroquia, no encontré tiempo para
hacerlo. Tres o cuatro meses más tarde, Fierre Louis desapareció de la
misión, dejando una nota en la que decía que regresaba a la aldea porque
su padre estaba enfermo. No he vuelto a tener noticias de él.
-¿Recuerda el nombre del pueblo, padre? -le pregunté, ansioso.
-Creo que nunca llegué a saberlo. Era una de esas aldeas diminutas
que no tienen nombre, perdida entre riscos. Fierre Louis tenía que lle-
varme hasta allí, pero ya no volvió.
Yo estaba maravillado con la historia del padre S. Otros misioneros
me contaron historias parecidas. Durante los dos años siguientes intenté
seguir la pista de Fierre Louis, pero hay cientos de personas de su edad
que se llaman igual. Poco a poco me fui olvidando de él, pero continué la
búsqueda de alguien que pudiera llevarme ante un miembro de los hom-
bres voladores.
Cuando iniciaba el quinto año de mis múltiples estancias en Haití,
conocí a un haitiano llamado Saint-Germain que vivía en la Artibonite,
una región seca y áspera. Saint-Germain, de unos cuarenta años, había
recibido una excelente educación; su familia lo había enviado a estudiar
a un colegio católico. Yo le traía libros de Francia, sobre todo tratados de
alquimia y de alta magia. El me abrió las puertas de las sectas secretas
porque comprendió mis motivos.
Un día oí que alguien le llamaba P'tit Louis, que es una abreviatura
francesa de Pequeño Luis. Le pregunté por qué le habían llamado así.
-Yo prefiero que me llamen Saint-Germain por aquel hombre -repu-
so, refiriéndose al misterioso y polémico conde de Saint-Germain. (Hay
quien dice que el conde era un renombrado alquimista francés del siglo die-
cisiete que dominaba a la perfección la trasmutación de la materia en oro;
a su vez, ello había puesto en sus manos el secreto de la vida física eterna.)
-Entonces, ¿tu verdadero nombre es P'tit Louis -pregunté.
-No, es un diminutivo; mis padres me llamaban así porque era me-
nudo. Mi nombre verdadero es Fierre Louis.
Apenas daba crédito a sus palabras. Pregunté si recordaba del colegio
a un sacerdote llamado padre S.
Durante unos segundos dudó en contestar, pero al fin dijo:
-Sí, lo recuerdo muy bien. Yo le acompañaba en sus viajes por las aldeas.
Dije lo que sabía sobre él y le pedí ayuda para investigar a los hom-
bres voladores. Se mostró conforme, y dispusimos que al día siguien-
te, después de medianoche, yo le recogería delante de un determinado
houmfórt.

191
Yo conocía el lugar muy bien. Era un houmfort doble, una parte es-
taba a cargo de un houngan dedicado al vudú y la otra estaba a cargo del
hermano del houngan, un bokor que practicaba la hechicería. Había es-
tado allí en varias ocasiones para asistir a las ceremonias y a veces, fil-
marlas.
El sonido de los tambores hizo de guía hasta llegar al pueblo, en torno
a la medianoche. La plaza principal estaba atestada de fieles que, vesti-
dos de rojo y con pañuelos rojos en la cabeza, danzaban frenéticamente
alrededor de una enorme hoguera que iluminaba los rostros y proyectaba
las sombras sobre las paredes pintadas del houmfort. Los fieles no vestían
de blanco; eso me hizo sospechar que no se trataba de una ceremonia
vudú, sino de una secta secreta.
Había tanta gente que era imposible ver si Saint-Germain estaba allí.
Nadie es bien recibido en una ceremonia religiosa si no ha sido previa-
mente invitado, de modo que esperé en el coche, aparcado en las cerca-
nías, para que pudiera verme.
A las 12.45 aún duraba la ceremonia, más enloquecida que nunca. Yo
no quería perder a Saint-Germain y salí del coche con los nervios en ten-
sión; fui hacia la gente esperando que me echaran de allí en cualquier
momento. Mientras buscaba a mi amigo, tropecé con el bokor, que esta-
ba fumando un cigarrillo y tenía los ojos enrojecidos por el alcohol.
—Saint-Germain me dijo... -empecé a decir farfullando, pero él me
interrumpió.
-¡ Ah, Douchan, estábamos esperándole! -dijo, exhalando a un tiem-
po el humo del cigarro y el olor a ron.
-Vengo por Saint-Germain -dije, algo nervioso-. ¿Dónde está?
-¡Pronto se mostrará! Venga conmigo.
Tomó mi mano y me condujo a través de la multitud hasta un sitio
desde donde podía ver toda la ceremonia.
-¿Qué es esta ceremonia? —pregunté al bokor.
-Una que es el motivo de su venida. Acaba de empezar.
-¿Vengo yo... por esta ceremonia? -pregunté, sorprendido pero tam-
bién receloso.
—Sí. Nos lo dijo Saint-Germain.
Apenas había dicho estas palabras cuando cambió el ritmo de los
tambores y Saint-Germain hizo su aparición, vestido con un magnífico
uniforme militar de color blanco, el pecho y el gorro cuajados de meda-
llas. Su llegada provocó un renovado frenesí y los fieles comenzaron a
saltar y a caminar a través del fuego.
-¿Por qué lleva este uniforme? -pregunté al bokor.
-Debe llevarlo. Es el emperador.
No podía creer en mi suerte. No solamente había encontrado a Fierre
Louis por casualidad, sino que además era emperador de los hombres vo-

192
ladores, el título más alto que la sociedad secreta puede otorgar. Esto sig-
nificaba que era el jefe de todas las logias de Haití.
Más tarde supe que este título sólo se da a quien tiene la mayor capa-
cidad para volar. Fierre Louis también me habló de unas cuantas cosas
sobre la iniciación y las pruebas que deben superarse para llegar a ser
miembro de esta sociedad, pero tuve que hacer juramento de silencio. Lo
único que puedo decir es que los rituales de los hombres voladores no en-
troncan con el contexto del vudú.
Gracias a Saint-Germain, he visto cosas sobrecogedoras. Por ejem-
plo, esa noche, durante la ceremonia, vi desaparecer a dos fieles ante mis
ojos. Uno era varón, y bailaba con otros miembros de la secta, todos en
trance profundo, cuando de repente se volatilizó. Una hora después de-
sapareció una mujer. Terminada la ceremonia, los dos creyentes aún no
habían aparecido. Saint-Germain explicó que sólo los más iniciados son
capaces de volar sin necesidad de una ceremonia. Los otros, como aque-
llos dos creyentes ausentes, tienen que regresar por otros medios, como
personas normales -a pie o en autobús- desde el lugar al que les han lle-
vado sus vuelos.
Saint-Germain también dijo que muchos miembros de los hombres
voladores tienen la facultad de bilocarse: es decir, mientras el sujeto per-
manece apegado a la tierra, su cuerpo astral es visto por otras personas
allí donde él lo envía. (Yo no he visto este fenómeno, pero sí cuento con
el testimonio fiable de muchas personas que han corroborado la declara-
ción de Saint-Germain.)
Según Saint-Germain, para poder volar -o sea, para desmaterializar-
se en un lugar y rematerializarse en otro-, el creyente debe alcanzar un
estado de trance y esperar a que le posea Erzulie-Yeux-Rouges (Erzulie
Ojos Rojos), loa femenino al que se rinde culto como diosa del amor y
del sexo.
Una vez al año, en enero, todos los miembros de las logias de los
hombres voladores de Haití se reúnen una única noche en un lugar deter-
minado, al que solo deben llegar volando. Saint-Germain me invitó a
esta asamblea junto con mi amigo Jean. Aquel año el encuentro sería en
el desierto de Artibonite. Para que no nos perdiéramos, Saint-Germain
dispuso que un miembro de su secta hiciera de guía para nosotros.
Sobre las once de la noche llegamos al lugar elegido, que parecía un
decorado cinematográfico. A la luz de veinte o treinta lámparas de kero-
seno, una docena de personas finalizaban la construcción de grandes aloja-
mientos abiertos, hechos con maderas y hojas de palma que habían traído en
camión (junto con cajas de cerveza, ron y refrescos). Los alojamientos,
uno para cada secta, estaban erigidos alrededor de un gran espacio abier-
to donde, según nuestro guía, todos los hombres voladores empezarían a
aterrizar algo después de la medianoche.

193
Sentados en el tejado del alojamiento de la secta de Saint-Germain,
Jean y yo mirábamos el cielo desde la medianoche, esperando ver llegar
a los hombres voladores. Veíamos las estrellas centelleando entre las nu-
bes. Dada la naturaleza del acontecimiento que esperábamos y la atmós-
fera de secreto y de misterios que lo envolvía, era imposible no compa-
rarlo con los sabbats de las brujas en la Edad Media, esas reuniones noc-
turnas en que las brujas volaban sobre las escobas.
A la una de la madrugada no habíamos visto a un solo invitado llegar
volando. Pero entonces nos dimos cuenta de que ya había un centenar de
personas en la gran plaza, moviéndose, fumando y charlando. Todas lle-
vaban pañuelos y ropa del color que los identificaba con su logia. Algu-
nos cargaban con pesados tambores. Y entonces, de pronto, cientos de
minúsculos puntos luminescentes aparecieron en el cielo y tras las nubes
durante unos breves segundos, su movilidad contrastando con la inmovi-
lidad de las estrellas. Y antes de poder decir nada, la plaza entera estaba
llena de fieles, unos seiscientos o setecientos, todos vestidos con el color
de su logia. ¿Quién apareció justo debajo de nosotros? Saint-Germain,
naturalmente. Sonrió al vernos. Los tambores empezaron a sonar.
Después de unos cuantos redobles, unos hombres con velas llevaron
un ataúd negro de tamaño normal al centro de la gran plaza. Lo coloca-
ron, rodeado con las velas, encima de una mesa frente a la que pusieron
una gran banqueta. Cantando y acompañándose por los tambores, un gru-
po de personas de la misma logia salió de su alojamiento, cruzó el amplio
círculo formado por la multitud y deteniéndose delante del ataúd, empe-
zó a bailar. Al rato quedaron inmóviles y su jefe subió a la banqueta para
dirigirse a la multitud, que con frecuencia hacía preguntas o se expresa-
ba aplaudiendo, riendo o gritando.
El propósito de estas asambleas anuales era dar a todos los hombres
voladores la oportunidad de congregarse, pero también brindaba la opor-
tunidad para que cada logia informara de sus actividades y manifestara
los problemas o las preocupaciones sobre cualquier asunto concerniente
a la sociedad.
Dos horas más tarde Jean y yo seguíamos sentados sobre el tejado para
poder ver todo cuanto pasaba. Aunque Saint-Germain me había prohibi-
do filmar o fotografiar, grabé un par de discursos. Esperábamos ansiosos
a que acabaran las ceremonias para ver la partida de los hombres vola-
dores. Pero entonces, a causa de una discusión entre Saint-Germain y un
jefe de logia que no deseaba nuestra presencia, tuvimos que abandonar
nuestro puesto e ir a una barraca alejada de la plaza donde la gente iba a
beber cuando no estaba en la ceremonia.
Desgraciadamente, no tardamos en tener junto a nosotros a un Ton-
ton-Macoute que nos pidió los papeles. (Los Tonton-Macoutes, la policía
especial del régimen de Duvalier, eran libres de hacer lo que quisieran

194
para obtener información; incluso llegaban a matar. Todo el mundo los
temía.) Envalentonado por el alcohol y la Magnum que esgrimía, el agen-
te exigió la entrega de veinte dólares en efectivo si no queríamos que nos
arrestara. La cantidad era suficiente para que una familia entera viviera
todo un mes en la capital, y cuatro meses en las zonas rurales. Antes de
poder responder, nos pidió cien dólares y siguió aumentando la cantidad.
Pudimos distraer su atención y escapamos, pero nos perdimos el despe-
gue de los hombres voladores.
Para ser franco, debo decir que, en cuanto a estas desapariciones, pude
haber sido víctima del engaño en muchas ocasiones. Siempre era de no-
che y como no se sabe de antemano quién va a desaparecer, era vano, si
no imposible, fijar la atención en una sola personas entre todas, que por
añadidura bailaban y se movían constantemente en todas direcciones. Sal-
vo las pocas ocasiones en que verdaderamente vi desaparecer a una per-
sona, la única prueba de que el creyente se había desmaterializado y vo-
latilizado era el hecho de que no estaba allí.
Las raras veces en que se me permitía filmar, algo afectaba al funcio-
namiento de las pilas e interfería con el proceso fotográfico normal; ocu-
rría igual que con las levitaciones. Esto solo sucedía cuando alguien es-
taba a punto de desaparecer. De nuevo tenía motivos para creer que algo
poderoso, extraño y misterioso pasaba; algo que, una vez más, desafiaba
toda lógica científica.

Yo solía pedir a Saint-Germain que me enseñara cómo atravesaba una


pared, para comprobar cómo era el proceso de desmaterialización y re-
materialización. Siempre se negaba diciendo que hacer eso fuera del con-
texto de un ritual religioso iba contra las reglas de los hombres volado-
res. Una noche, sin embargo, estábamos tomando unas copas de ron (o,
para ser exacto, él bebía; yo lo hacía ver porque pretendía conseguir que
se desmaterializara ante mí), y charlando en la habitación de mi hotel en
Gonaive, una pequeña ciudad costera de la región Artibonite. Ebrio por
el ron y exasperado por mis interminables preguntas y peticiones, Saint-
Germain preguntó por qué lo presionaba siempre para demostrar sus ha-
bilidades.
-¿No confías en mí? -dijo a gritos en un momento determinado-.
¿Crees que te engañamos?
—No, no, no, amigo mío -repliqué suavemente para calmarlo-. Sólo
quiero que lo hagas por mí, como un favor.
Saint-Germain continuó bebiendo en silencio durante una hora.
-¡De acuerdo! -exclamó de repente, poniéndose en pie, la cara cu-
bierta de sudor-. De acuerdo, ¿qué quieres ver?
Le pedí que atravesara la pared de la habitación e hiciera un viaje as-

195
tral hasta el cuarto que yo ocupaba en casa de mi amigo Jean en Puerto
Príncipe, a trescientos kilómetros de allí. No dijo una palabra, pero cuan-
do pregunté si podía filmar la escena, replicó con una carcajada:
-¿Para qué? No saldrá en la película, siempre pasa igual.
De todos modos preparé la cámara y dije que ya estaba listo. El me
miraba con la cara sudorosa -no sabría decir si por el trance o por el al-
cohol y el calor-, se volvió hacia la pared y caminó derecho hacia ella.
Cuando estaba a punto de estrellarse contra ella, vi con mis propios ojos
cómo Saint-Germain atravesaba la pared de mi habitación. O para ser
preciso, cómo desaparecía literalmente -desmaterializándose— antes de
estrellarse. Mientras esto ocurría, sentí escalofríos por todo el cuerpo;
también sentí que se erizaban mis cabellos y una especie de calor que lle-
gaba del sitio donde Saint-Germain había desaparecido.
Salí corriendo de la habitación y lo encontré esperando al otro lado
de la pared.
Cuando entramos de nuevo en la habitación, descubrí que la pilas del
equipo de filmación y las de repuesto se habían extinguido. Al preguntar
a Saint-Germain si sabía algo sobre esto, no dio ninguna explicación.
-Ocurre incluso con las pilas de nuestros flashes cuando los ponemos
muy cerca de nosotros -dijo.
Puede que yo estuviera alucinando, pero algo descargó la pila de la
cámara y otras pilas que tenía en la habitación. La cámara únicamente
filmó a Saint-Germain mirándome mientras empezaba a caminar en di-
rección a la pared. Después, nada.
Insistí a Saint-Germain para que fuera a casa de Jean en Puerto Prín-
cipe, entrara en mi cuarto, cogiera cualquier cosa y antes de marchar, pa-
sara por el cuarto de Jean y lo saludara.
-¿Por qué? -preguntó sorprendido-. No te entiendo. Si puedo atra-
vesar una pared, también puedo ir a Puerto Príncipe sin problemas. Es el
mismo principio, tanto si atravieso una pared como si decido desplazar-
me a cualquier sitio.
Tenía razón. Atravesar paredes y hacer viajes astrales están basados
en el mismo principio: el envío del acuerpo astral al destino elegido.
Mientras el cuerpo astral se materializa y se hace visible, el cuerpo visi-
ble se desmaterializa y se convierte en cuerpo astral, que a su vez puede
reconvertirse en cuerpo visible y viceversa, si el viajero astral desea re-
gresar al punto de partida.
—Estoy de acuerdo contigo, amigo mío..., pero hazlo como un favor...,
¡te lo ruego!
Saint-Germain vació otro vaso de ron y pidió que le explicara detalla-
damente dónde estaba la casa, y donde estaba el cuarto de Jean y el mío.
—¿No puedes encontrarla por ti solo? Quiero decir, si eres capaz de
volar también podrías...

196
Saint-Germain me interrumpió nervioso.
-¡Lo que acabas de decir es poco considerado por tu parte!
-Lo siento. Sólo..., sólo pensaba en voz alta. No quería que...
Yo no sabía como calmarlo.
-Volar es una cosa, pero si no sé dónde tengo que ir, ¿cómo quieres
que llegue?
Estaba en lo cierto. Le di todos los detalles para que encontrara la
casa y nuestros respectivos cuartos.
Y desapareció de pronto ante mis ojos, desmaterializándose por com-
pleto. No era un proceso lento; las partes del cuerpo no se volatiliza-
ban una detrás de otra. No. Desapareció entero y de inmediato, en un
abrir y cerrar de ojos. Moviendo las manos por delante de mí, fui hacia
el punto donde Saint-Germain había estado unos segundos antes y lue-
go recorrí toda la habitación, pero no estaba allí. Había desaparecido de
verdad.
Mientras Saint-Germain estaba ausente, yo confiaba en que Jean es-
tuviera en casa para atestiguar que había visto a Saint-Germain por la no-
che, y lamenté no haber pensado en dar una nota al viajero astral para que
la entregara a Jean, o la dejara en su cuarto por si acaso no estaba en casa.
Me quedé en pie junto a la puerta para tener bien a la vista toda la ha-
bitación y no perderme la reaparición de Saint-Germain. Exactamente
treinta y dos minutos después de su desaparición, reapareció. Se mate-
rializó junto a la cama y llevaba un cuaderno pequeño donde yo acos-
tumbraba a tomar notas sobre el contenido de las cintas grabadas, un cua-
derno que nunca llevaba conmigo cuando salía de Puerto Príncipe, porque
temía perderlo.
En el momento de la desaparición y reaparición de Saint-Germain,
sentí escalofríos y se me erizaron los cabellos. De nuevo sentí un calor
que venía del punto donde había desaparecido; lo mismo sucedió a su
vuelta del viaje astral.
Yo estaba sin habla. Excitado y al borde del desmayo, mi corazón la-
tía descontrolado, las rodillas me temblaban. Para mí había sido más ex-
traordinario que ver levitar, o que ver a Saint-Germain atravesando la pa-
red. Tuve que obligarme a reconocer que lo que llevaba entre las manos
era mi cuaderno, y que el cuaderno había hecho un viaje astral y se había
desmaterializado por un breve período de tiempo.
-¿Dónde lo has encontrado? -pregunté.
-Donde lo habías dejado, ¡encima de la mesa, con las cintas! -res-
pondió.
-¿Has visto a Jean?
-No estaba allí.

197
Estoy seguro de que el lector tiene muchas dudas sobre la veracidad
de la levitación y de los viajes astrales; no le culpo. Yo jamás hubiera creí-
do en tales fenómenos si no los hubiera visto. Y como es mi intención
convencerlo de que hay personas capaces de manipular las fuerzas de la
gravedad y desafiar las leyes de la física, espero de verdad que algunos
de ustedes reconsideren la posibilidad de que tales fenómenos existan.
Al fin y al cabo, la hagiografía -la historia de la vida de los santos—, está
repleta de relatos de levitación, proyección astral y viajes astrales vivi-
dos por miembros del clero católico.
También la investigación de lo psíquico refuerza el contenido de mis
narraciones. Según los parapsicólogos, ciertamente el hombre puede po-
seer un cuerpo no material (astral) y un cuerpo físico. Bajo determinadas
circunstancias, los dos cuerpos pueden separarse; la conciencia acompa-
ña al cuerpo astral. Por ende, existen abundantes informes parapsicoló-
gicos referentes a las proyecciones astrales, llamadas experiencias fuera-
del-cuerpo, en las que el sujeto sigue apegado al suelo. Aunque el cuer-
po astral suele permanecer invisible, hay casos en que ha sido visto por
otras personas. (Remito al lector a dos libros que tratan del tema: Jour-
neys Out ofthe Body, de Robert A. Monroe, y The Enigma ofOut-of-Body
Travel, de Susy Smith.)
Al describir las misteriosas desapariciones que he tenido oportunidad
de ver, he omitido un detalle tan importante como interesante. Las oca-
siones en que estuve seguro de ver a alguien que desaparecía en el trans-
curso de una ceremonia -por estar muy cerca del sujeto-, y de nuevo
cuando Saint-Germain desapareció al atravesar la pared de la habitación
del hotel, mis ojos captaron una imagen que se destacaba con claridad.
Esta imagen era siempre la misma: la persona que acababa de desapare-
cer, vista por la espalda, parecía ir seguida de algo que asemejaba un pu-
ñado de plumas. Al reflexionar sobre ello, mi primer pensamiento fue
que la imagen recordaba a alguien montado en una escoba, una imagen
similar a la representación de las brujas dirigiéndose hacia el sabbat.
Mucho antes de viajar a Haití, leí un libro titulado Vingt et un ans
chez les Papaus, escrito por el padre André Dupeyrat, un misionero ca-
tólico francés que vivió con los papuas en Nueva Guinea. En el libro des-
cribe su encuentro con los hombres casuario, una secta de hechiceros que
hacen viajes astrales. El padre Dupeyrat narra asombrosas historias sobre
un hechicero amigo que era capaz de desaparecer instantáneamente de-
lante de él, recorrer largas distancias sobre montañas y valles, y reapare-
cer al instante en un poblado determinado. Naturalmente el padre Du-
peyrat no dio crédito hasta que fue al poblado e indagó. En efecto, el he-
chicero había llegado al pueblo justo cuando desaparecía de la vista del
padre Dupeyrat.
En el libro decía que estos hechiceros se llaman hombres casuario

198
porque cualquiera que los ve desaparecer, tiene la impresión de que éstos
vuelan montados en un casuario, ave nativa parecida al avestruz que tie-
ne plumas muy largas en la cola.
Cuando tomé la decisión de ir a Nueva Guinea, llamé al padre Du-
peyrat y gracias a él llegué a conocer a uno de los hechiceros que men-
ciona en el libro. El hechicero hizo cuanto le pedí. Por la noche -sólo
vuelan por la noche-, desaparecía ante mí acompañado por un sonido ex-
traño parecido a un batir de alas de pájaro grande, y yo también pensé
que le había visto montado a lomos de un casuario.
Pero fue en Haití, donde por primera vez percibí esta imagen cada
vez que alguien desaparecía ante mis ojos; fue allí donde establecí una
relación con los hombres casuario. Cuando vi que el hechicero papua, al
desaparecer, iba seguido de algo similar a las plumas, concluí que eran
las plumas de la cola de un casuario porque era lo que esperaba ver; me
habían dicho que pasaría eso mismo. Si nadie hubiera comentado nada al
respecto, tan sólo habría retenido la imagen del hechicero visto desde
atrás, seguido por lo que parecían plumas; y habría llegado a la conclu-
sión de que iba montado sobre una escoba porque ésa es mi referencia
cultural. Si esta misma imagen es recogida por los papuas cuando se des-
materializa el hechicero, ellos, que no tienen la referencia cultural de la
escoba, habrían concluido de modo natural que el hechicero alzó el vue-
lo a lomos de un casuario.
Según los relatos que datan de la Edad Media europea, las gentes de
entonces veían brujas volando en escoba. Si el casuario fuera un ave eu-
ropea, tal vez las gentes del medievo habrían visto a las brujas montadas
en casuarios.
En Arabia, cuando ven a un mago desmaterializándose -he conocido
árabes que sostienen que tales magos existen aun hoy en día-, también
captan la imagen que he descrito. Ya que sus referencias culturales no
son ni el casuario ni la escoba, los árabes perciben una imagen que re-
cuerda flecos de alfombra. He aquí el origen de los cuentos cuyos perso-
najes viajan en alfombras voladoras. En cada una de estas culturas, las
gentes identifican la imagen que sus ojos captan cuando un viajero astral
alza el vuelo, con cualquier cosa conocida de antemano: una escoba, un
casuario, una alfombra. Los pocos sacerdotes haitianos que han visto de-
saparecer a alguno de sus feligreses, dicen que primero desprenden un
brillo intenso y después se desvanecen de inmediato, dejando tras de sí
una estela luminosa. Todo lo cual, por suspuesto, no prueba que verda-
deramente se produzca el vuelo. Lo que sí sucede es que cuando la gente
ve, o cree ver, a alguien que se desmaterializa, la imagen visual es siem-
pre la misma.
Aunque no queramos creer en los viajes astrales, por lo menos el fe-
nómeno pone de manifiesto que algo muy potente cobra vida en ese mo-

199

i
mentó concreto; de lo contrario, ¿por qué gentes de culturas tan distintas,
a lo largo de diversas épocas, han percibido la misma imagen?
¿Es posible que todos los mitos y leyendas surjan de la realidad? ¿Es
posible que los mitos no sean tales, sino historias reales basadas en los an-
tiquísimos poderes del hombre? Hoy más que nunca, creo que esto es cier-
to. Y tal vez sea la idea más fascinante de todas, al menos para mí, ya que
significa que todo es posible.

Licántropos

Una tarde, a última hora, recorriendo en coche una zona rural recón-
dita, vi a dos hombres corriendo a lo lejos. Iban vestidos de negro, y co-
rrían en zigzag por un campo; cada uno llevaba el extremo de una pa-
rihuelas sobre las que había una caja larga y negra que parecía un ataúd.
Sorprendido por la escena, detuve el coche y miré por los binoculares. La
caja negra resultó ser un ataúd, y los dos hombres llevaban levita y chis-
tera. Tal como cabría esperar, el hecho despertó mi curiosidad, de modo
que aceleré, adelanté a los hombres, salí del coche y me dirigí hacia la
extravagante procesión.
Agotados, con los rostros de piel negra brillantes de sudor, los dos
hombres estaban visiblemente asustados y no dejaron de correr cuando
les di alcance. Tuve que correr a la par con ellos para poder preguntarles.
-¡Hola!, ¿cómo están? -pregunté.
No contestaron.
-¿Por qué corren así?
—¡Para perder al diablo! -dijo uno de ellos, sin aliento.
—¿Cuánto hace que corren?
—Desde esta mañana -respondió el otro.
-¿Cuándo pararán?
-Cuando estemos seguros de que hemos perdido al diablo -dijo el
primer hombre.
—Y luego, ¿qué piensan hacer?
—¡Buscar un cementerio y enterrarlo!
-Enterrar, ¿a quién?
-Al que está dentro del ataúd.
-¿Quién es?
-¡Un hombre lobo! -respondieron los dos hombres a un tiempo.
Yo no podía creer lo que acababa de oír.
—Amigos míos -dije, empezando a perder el aliento, más por excita-
ción que por cansancio-. ¡Creo que merecen fumar un cigarrillo! Tengo
tabaco americano en el coche. Un paquete para cada uno. ¿De acuerdo?
No respondieron.

200
-¿Qué tal una pequeña gratificación para recompensar su esfuerzo?
-tenté, mostrando un billete de diez dólares.
Silencio.
-Un billete para cada uno, ¡naturalmente! -proseguí, colocando el bi-
llete ante los ojos del primer hombre.
-Está bien -dijo-. ¡Vayamos al coche!
Y corriendo, pero esta vez en línea recta, llegamos al coche.
-¿Qué les parece si descansamos un poco? -propuse, abriendo la por-
tezuela y cogiendo un par de cajetillas de tabaco-. Dejen el ataúd en el
suelo.
-No podemos. Es peligroso -repuso el primer hombre.
-Les daré veinte dólares a cada uno si me dejan fotografiar lo que hay
dentro del ataúd.
-No podemos. Es muy peligroso para todos -repitió el otro hombre.
Rebusqué en mis bolsillos para dar con más billetes de veinte dóla-
res, pero sólo tenía de cincuenta.
-¡Cincuenta dólares para cada uno, o se van sin nada! -dije, pensan-
do en que cien dólares era una fortuna para ellos e incluso para mí, pero
yo quería ver un hombre lobo a toda costa.
-Dénos el dinero -dijo el primer hombre, mientras dejaban las pa-
rihuelas en el suelo-. ¡Y los cigarrillos! Llámenos cuando acabe de ce-
rrar el ataúd y volveremos a recogerlo.
Y salieron corriendo como posesos.
Mientras abría el ataúd ayudándome con un desmontador de neumá-
ticos, vi que los dos hombres aguardaban a una distancia más que pru-
dente fumando sendos cigarrillos.
Cuando levanté la tapa del ataúd, los hombres echaron a correr toda-
vía más deprisa y más lejos, y yo comencé a sentir cierta intranquilidad.
No es que creyera de verdad encontrar un hombre lobo allí dentro, sino
que entre los hombres que huían despavoridos y yo que abría un ataúd a
solas en una zona remota, lo cierto es que la escena adquiría tintes in-
quietantes. Cogí la cámara con una mano mientras con la otra abría el
ataúd, dispuesto a tomar fotos por si acaso algo saltaba repentinamente
del ataúd.
Nada saltó del ataúd. Y aunque el hombre que yacía allí dentro hu-
biera querido saltar, no habría podido; tenía manos y pies sujetos con cla-
vos al fondo del ataúd. Tendría unos cincuenta años y llevaba una camisa
y unos pantalones de pijama, las dos piezas cubiertas de sangre. Además
de los pies y de las manos atravesados por gruesos clavos, tenía un cru-
cifijo clavado en el corazón y otro en la frente. Cerré rápidamente el ataúd
y llamé a los hombres.
-¿Quién es este tipo? -pregunté cuando llegaron.
Los dos estaban obviamente sorprendidos de que nada hubiera pasa-

201
do al abrir el ataúd. Noté que se tranquilizaban; tampoco a ellos podía ya
pasarles nada.
-El hombre lobo -respondieron al unísono.
-¿Cuándo lo cogieron?
—Alrededor de las tres o las cuatro de esta madrugada -dijo uno de
ellos.
-¿Cómo saben que es un hombre lobo?
-Era un hombre lobo cuando lo cogimos, pero tan pronto como lo
matamos atravesando su corazón con la cruz, volvió a convertirse en
hombre.
-¿Ustedes dos lo vieron?
-Yo no. No estaba allí cuando lo prendieron, pero él sí. Él vio como
se convertía otra vez en hombre -dijo el primero, señalando al otro.
-Sí, lo vi todo, todo..., igual que lo veo a usted. Ayudé a cogerlo y a
matarlo. ¡Vi como volvía a ser hombre! -dijo, tartamudeando por la emo-
ción al recordar lo que había visto.
Y los dos hombres me contaron la historia desde el principio.
La semana anterior, la gente del pueblo había encontrado en los cam-
pos los cadáveres mutilados de cuatro personas, un hombre, dos mujeres
y un niño. Las heridas indicaban que las cuatro víctimas habían sido ata-
cadas y muertas por un animal que tenía zarpas afiladas y puntiagudas, y
poderosas mandíbulas con largos dientes. Además, el animal había utili-
zado la fuerzas de las manos para desmembrar a las víctimas, abrirles el
pecho y arrancarles el corazón; por ello sabían los vecinos del pueblo que
las muertes no habían sido obra de los perros.
Luego, dos noches más tarde, tres vecinos vieron una criatura extra-
ña del tamaño de un hombre, que caminaba sobre las patas traseras. Su
cuerpo estaba cubierto de pelo largo y negro, y tenía una cola larga. En-
cima de la cabeza, que era la de un perro enorme, brillaba una luz débil.
Y sus ojos eran de color rojo.
—¡Ahora tenemos que irnos! -dijo el primer hombre de pronto.
-¡Eh, esperen! Quiero saber toda la historia. ¡Quiero saber cómo co-
gieron a esa criatura! -rogué.
—Ahora no. Debemos enterrar al hombre lobo y yo quiero estar de
vuelta el pueblo esta noche. Vamos a hacer una batida para intentar apre-
sar al otro hombre lobo.
-¿Qué quiere decir? ¿Hay otro hombre lobo? ¿Cómo lo sabe? -pre-
gunté, sintiendo que mi corazón latía más aprisa.
-Justo después de coger a éste, una mujer vio otro. Esto supone que
hay dos hombres lobo.
Pregunté dónde quedaba el pueblo y conduje a toda velocidad hacia
allí, dispuesto a ver al supuesto hombre lobo. Mientras me dirigía hacia el
pueblo, recordé una historia de mi infancia.

202
En las selvas del Zaire, donde pasé los primeros años de vida, era ha-
bitual que mis padres hablaran de una secta secreta: los hombres leopar-
do. Mis padres contaban que estos hombres estaban asolando la región
donde vivíamos, a fuerza de cazar personas como si de presas se tratara
y de darles muerte; todo ello formaba parte de un ritual nocturno que te-
nía lugar una vez al mes. Los nativos creían que en el transcurso de estas
ceremonias los miembros de la secta se transformaban en verdaderos leo-
pardos. De hecho, por sus mutilaciones parecía que las víctimas habían
sido atacadas por leopardos; las heridas, de gran profundidad, habían sido
infligidas por zarpas largas, fuertes y afiladas.
En una ocasión en que mi padre salió de viaje por la noche, y en otra,
un misionero católico que era amigo de la familia, vieron a la luz del los
faros delanteros del coche a una pequeña banda de hombres que cruza-
ban el camino, cubiertos por una piel de leopardo. Iban pertrechados con
largas zarpas de hierro, y para ellos hubiera sido fácil cazar y matar a la
presa igual que los leopardos. Ambas visiones pusieron punto final a
la leyenda de los hombres que se transformaban en leopardos, a menos
que esos hombres fueran neófitos.
En cualquier caso, mientras me aproximaba al pueblo haitiano donde
esperaba ver a un hombre lobo, me preguntaba si aquellos hombres lobo
de Haití no serían similares a los hombres leopardo de África.
Me presenté ante los vecinos que habían visto y examinado los cuer-
pos mutilados; confirmaron, efectivamente, que aquello no podía ser obra
de perros, ya que éstos no pueden utilizar las garras para desmembrar,
abrir el tórax y arrancar el corazón.
Hablé con las cuatro personas que decían haber visto al hombre lobo;
todas dieron descripciones similares de la bestia.
Además, entrevisté a siete de los ocho hombres -el que llevaba el ataúd
aún no había llegado-, que habían apresado y dado muerte al hombre
lobo. Uno de los hombres había sido herido en un hombro por la bestia.
Vi que la herida era profunda, hecha por un golpe fuerte de zarpa.
Los miembros de la partida de caza del hombre lobo también me con-
taron la historia; entre ellos estaban el alcalde y dos policías.
De vuelta a casa, uno de los hombres había tropezado con el hombre
lobo, que en aquel momento cruzaba la calle principal del pueblo ergui-
do sobre las dos patas traseras, como un hombre. Corrió a alertar a un po-
licía que vivía en una casa no lejos de allí. La esposa del policía abrió la
puerta y dijo que su marido estaba jugando al dominó en casa del otro po-
licía. El vecino fue corriendo hasta la casa y encontró a los dos agentes.
Eran las once de la noche. Cogieron las pistolas y las linternas y salieron
a toda prisa con el vecino en busca del hombre lobo.
Por el camino llamaron al alcalde, que se unió a la partida con una
linterna de gran potencia. Mientras registraban el pueblo, dos hombres

203
más se sumaron a la partida, uno de ellos era el que después se haría car-
go del ataúd y el otro, un amigo. Éste cogió un crucifijo y lo sostuvo en
alto durante la batida, en la creencia de que asustaría a los hombres lobo
y a los vampiros.
Sobre la una de la madrugada, el grupo encontró a un hombre com-
pletamente enloquecido y aterrorizado porque acababa de ver al hombre
lobo: su esposa había sido una de las víctimas. Este hombre les condujo
allí donde había visto a la bestia. Tras una corta búsqueda dieron con la
criatura; la persiguieron pero la perdieron de vista. Más tarde encontra-
ron a otro vecino (el octavo hombre de la partida) que justo había visto al
hombre lobo corriendo sobre las cuatro patas, como un perro, y luego lo
vio ponerse en pie sobre las patas traseras y entrar en casa de un hombre
viudo llamado Sophocle.
El grupo se precipitó a casa de Sophocle y buscó por todas las habi-
taciones, provocando el pánico entre los tres sirvientes. Cuando llegaron
al dormitorio de Sophocle, en el segundo piso, la puerta estaba cerrada
por dentro. Tiraron la puerta abajo y encontraron al hombre lobo dur-
miendo en la cama de Sophocle, pero éste no estaba allí. Luego se pro-
dujo la lucha en la que uno de los vecinos resultó herido en el hombro.
Dejaron inconsciente a la bestia, que ya no pudo oponer resistencia.
Con ayuda de un policía y del hombre del ataúd, otro de los hombres
clavó el crucifijo en el corazón del hombre lobo utilizando la pistola como
martillo, mientras los demás sujetaban fuertemente a la bestia por si des-
pertaba. El hombre lobo lanzaba gritos y su cuerpo fue presa de temblores
mientras agonizaba. El grupo buscaba otro crucifijo para clavarlo en la
frente del hombre lobo, cuando éste se convirtió en Sophocle ante sus ojos.
El cuerpo que yo había visto esa misma tarde en el ataúd, era el de So-
phocle. La historia me resultaba muy difícil de creer, pese al hecho de
que personas de educación y de crédito hubieran sido testigos de ella. El
alcalde, por ejemplo, no cesaba de repetir:
-Nunca había creído en estos cuentos, pero cuando vi al lobo meta-
morfoseándose en Sophocle..., sufrí una enorme conmoción emocional;
todavía estoy bajo sus efectos.
Pregunté si había bebido aquella noche. Dijo que no, que estaba so-
brio cuando se acostó a eso de las nueve de la noche.
Acompañé dos noches a la partida de caza, que entonces tenía ya
quince miembros. Desafortunadamente no tuvimos éxito. Tal vez el otro
hombre lobo marchara a otro pueblo; acaso algún vecino del pueblo se
diera cuenta de que no era momento de jugar al hombre lobo.

Probablemente nunca llegaré a ver a un hombre lobo con mis propios


ojos, pero son tantos los relatos que de primera mano he oído al respec-

204
to, que me pregunto qué hay detrás de este fenómeno. He aquí uno de los
muchos relatos que corroboran el anterior.
Más o menos una semana después del episodio del hombre lobo, yo
estaba en un café de Saint-Marc, una pequeña ciudad costera no muy le-
jos de Gonaives, tomando unas copas y charlando con un grupo de hai-
tianos. Tres de las personas más interesantes del grupo eran el alcalde, un
comandante del ejército y el jefe de policía. El alcalde, que había sido
educado en París, era muy versado en literatura francesa (igual que la
mayoría de los haitianos educados). Constantemente citaba a los grandes
poetas y dramaturgos franceses, y me incitaba para que yo dijera alguna
cita, a la que él respondía con el nombre del autor. Apelando a mi educa-
ción clásica, también yo acabé por recitar a Verlaine, Rimbaud y otros
grandes poetas franceses y por hablar de las obras de Baudelaire y Saint-
Exupéry.
El comandante y el jefe de policía habían sido criados en Estados Uni-
dos, donde las familias respectivas habían pedido asilo político. Uno ha-
bía estudiado en Nueva York y el otro tenía diversas diplomaturas conse-
guidas en Miami. Ambos habían regresado a su tierra natal cuando Baby
Doc, que sucedió a su padre en la presidencia, abrió las puertas del país
a los adversarios políticos del régimen de su antecesor. Decidieron esta-
blecerse en Saint-Marc ya que los dos eran de allí, y aún tenían familia.
(Menciono la posición social y las funciones de estos hombres solo para
reforzar la autoridad de su testimonio.)
Tras varias horas de juegos literarios, conté el episodio del hombre
lobo, que concluí con un comentario resaltando lo sorprendentes que se
me antojaban las creencias de los habitantes de las zonas rurales. El alcal-
de miró a los hombres sentados a la mesa y luego a mí, y dijo muy serio:
-No debería tomárselo a risa. ¡Los hombres lobo existen de verdad!
Y el resto de la tarde y durante dos días más, estos tres hombres y lue-
go el comisionado de la región, me contaron historias increíbles, todo re-
latos de primera mano, sobre los hombres lobo (y sobre los vampiros, de
los que hablaré más adelante).
Ofrezco al lector una de estas historias. Yo la creo cierta, teniendo en
cuenta la credibilidad de las personas que me la contaron.
Una noche, el comandante circulaba en coche por la ciudad, junto
con el jefe de policía y el alcalde, que iba sentado a su lado en el asiento
delantero. Buscaban a un vendedor ambulante para comprar algo de co-
mer. Cuando pasaban por un cruce, uno de ellos vio desde el coche a un
vendedor que bajaba por una callejuela. El comandante detuvo el coche,
retrocedió hacia la intersección y vio que, efectivamente, había alguien
que parecía ser un vendedor ambulante: había una luz encima de su ca-
beza que era similar al resplandor emitido por las brasas calientes que los
vendedores transportan en un perol sobre la cabeza.

205
Cuando el coche giraba la esquina para entrar en la callejuela, el co-
mandante y sus dos amigos vieron a la luz de los faros que lo que habían
pensado era un vendedor, era otra cosa. Mientras el comandante acelera-
ba para dar alcance a la criatura, que huía corriendo como un ser huma-
no, el jefe de policía asió la pistola y disparó a la bestia. La criatura paró,
volvió el rostro hacia el coche unos segundos, y luego cruzó la calle co-
rriendo a cuatro patas y desapareció entre dos casa. Pese a buscarla, no
pudieron encontrar de nuevo a la bestia.
Los tres hombres sabían que la extraña criatura era un hombre lobo.
Habían podido verla el tiempo suficiente como para saber que no se tra-
taba ni de un perro, ni de un hombre. Los detalles del episodio se corres-
pondían por entero con los de otras historias que se contaban: el hombre
lobo estaba cubierto de pelo largo y negro, y tenía una larga cola. La ca-
beza era como la de un perro de gran tamaño que tuviera ojos rojos, lu-
minescentes, y un resplandor emanaba de ella. Cuando vieron a la cria-
tura cara a cara, el alcalde y el comandante tuvieron tiempo de divisar su
pene, que era rosáceo y por tanto resaltaba sobre la piel negra. Al cruzar
corriendo la calle sobre cuatro patas, daba largas zancadas, demasiado
elevadas como para ser las de un perro.
La presencia de estos hombres había sido requerida muchas veces en
los pueblos para examinar los cuerpos mutilados por los hombres lobo.
Incluso antes de su encuentro personal con el hombre lobo aquella no-
che, todas las investigaciones anteriores les habían llevado a la conclusión
de que el fenómeno de los hombres lobo no era producto de la imagina-
ción de las gentes, sino que podía estar vinculado a sectas secretas.
Siguiendo su consejo, adquirí la costumbre de leer los periódicos lo-
cales con mayor atención y descubrí que, en efecto y con mayor frecuen-
cia de la que habría sospechado, había abundantes informes oficiales de
personas que había visto hombres lobo; también había informes de ase-
sinatos supuestamente cometidos por hombres lobo.
Si hacemos caso de las muchas fábulas que sobre los hombres lobo
eran tan populares en la Edad Media en Europa, y que todavía se cuentan
en algunas partes de África y Europa, el hombre lobo puede convertir a
sus víctimas en hombre lobo y tenerlas bajo su completo dominio. Mis
investigaciones en Haití revelaron que esto podría ser posible con el con-
curso de un determinado loa petro. (Tal como menciono en el capítulo 7,
los loas petro pueden fácilmente cargarse de energías negativas y se em-
plean en las ceremonias de magia negra; por el contrario, el vudú se vale
de los loas rada, cuya energía es neutra o admiten la carga de energías po-
sitivas.) Este loa tiene la facultad de manifestarse en forma animal y de
otorgar el mismo poder a los iniciados que, a su vez, pueden transfor-
marse a sí mismos o a sus víctimas en hombres lobo.
De igual modo, los iniciados de otras sectas secretas pueden utilizar

206
los poderes de otros loas petro que existen en el panteón haitiano de ma-
gia negra, para transformarse a sí mismos o a sus víctimas en otros anima-
les: cerdos, gallos, perros, gatos, burros, murciélagos y lechuzas blancas.
Como yo ya había presenciado una ceremonia asombrosa en la que
un chamán javanés había transformado psicológicamente a sus neófitos
en animales salvajes (descripción que el lector encontrará en el capítu-
lo 6), no veo por qué un hombre no puede ser convertido en hombre lobo
(o en lechuza blanca, o en vampiro, o para el caso en cualquier otro ani-
mal), no para que meramente actúe como tal criatura, sino para que pien-
se, sienta y sea un hombre lobo. Todo es cuestión del poder de la mente:
un bokor puede hacer creer a un hombre, o a sí mismo, que es un hombre
lobo; o puede desconectar la consciencia humana, o la suya propia
-como hacen los chamanes-, y sustituirla por el estado consciente de un
hombre lobo; pero en este caso el sujeto conservaría la forma humana.
Lo que me inquieta es que todas las descripciones sobre los hombres
lobo aportadas por testigos corroboran y coinciden en afirmar que la
criatura no tenía aspecto humano. ¿El poder de la mente es tal que llegue
a originar una metamorfosis física completa, que cambie al hombre en
animal? Desde luego la respuesta sería afirmativa si concediéramos la
posibilidad de que el espíritu que posee a un hombre es capaz de provo-
car tal transformación física.

Lechuzas blancas

Fue en un houmfort conocido porque albergaba prácticas de hechice-


ría donde por primera vez oí hablar de una secta secreta de hechiceras que
podían encarnar su alma en lechuzas blancas, volar por encima de las ca-
sas y matar niños de corta edad absorbiendo mágicamente su fuerza vital.
Yo conocía al amo del houmfort, un bokor que tenía fama de lanzar
conjuros muy potentes. Me había permitido asistir a diversas ceremonias
de magia negra que tuvieron lugar dentro de varios santuarios, cada uno de
ellos dedicado a un loa petro con mucho poder y con sed de sangre. Gra-
cias a ello yo había visto el interior de muchos santuarios de su houmfort.
Sin embargo, había uno en el que yo tenía prohibido entrar.
Un día, después de haberle visitado durante muchos meses, decidió,
sin razón aparente, enseñarme ese santuario. Pobremente iluminada por
unas cuantas velas que ardían sobre un pequeño altar, la misteriosa es-
tancia estaba adornada con pinturas místicas y era vigilada desde el inte-
rior por un zombi inmóvil que iba armado con un machete atado con una
soga alrededor de su cintura, y que estaba sentado junto al poste central.
En la mano sostenía una caracola y me dirigió una mirada errática y des-
provista de vida. A sus pies y todo alrededor del poste, el suelo estaba re-

207
pleto de calabazas decoradas con cruces negras, figurillas y artefactos pre-
colombinos de piedra y de terracota, y docenas de tarros de terracota to-
talmente sellados, vasijas pot-de-téte que contenían el aliento de los ini-
ciados.
Lechuzas blancas de gran tamaño colgaban muertas boca abajo y con
las alas desplegadas, las patas atadas a una cuerda extendida entre dos
paredes del santuario.
-¿Qué son? -pregunté al bokor, que había permanecido en silencio
fumando un cigarrillo tras otro.
-Lechuzas -repuso, exhalando el humo.
-Eso me parecía..., pero como es la primera vez que veo algo así en
un santuario, me preguntaba por qué las tiene ahí colgadas.
-¿Cuántas hay? -preguntó el bokor.
-Ocho -contesté después de contarlas.
-¡Mírelas de cerca y diga qué piensa!
Las miré con atención.
-Están bien conservadas. ¿Qué ha hecho para que estén así?
-¡Nada!
-¿Cuánto hace que murieron? -inquirí, preguntándome qué querría
decir el bokor.
—Algunas hace muy poco, otras hace mucho tiempo...muchísimo
tiempo.
-¿Cómo es que no se han corrompido? Con la humedad que hay, ten-
drían que haberse descompuesto.
-¡Exacto! Son como los sapos muertos; no se pudren.
-Sí, eso lo sé -Y de hecho sabía que los sapos siempre se secan en lu-
gar de corromperse-. Pero por lo común, los pájaros no se desecan.
-Estas lechuzas son encarnaciones de mujeres. Desgraciadamente, le
han dado muerte.
-A quién, ¿a las mujeres?
-¡No!, a las lechuzas.
-¿Quién las ha matado?
-La gente del pueblo. Ellos saben que las brujas pueden metamorfo-
searse en lechuzas; tienen miedo y las matan.
-¿Qué pasó con las brujas?
-¡También murieron!
-Pero si estos pájaros son brujas metamorfoseadas, cuando el ave mue-
re volverá a convertirse en bruja.
-No. La bruja en realidad conserva el cuerpo físico; solamente en-
carna el alma en la lechuza. Pero si la lechuza muere, la bruja, por trans-
ferencia, también muere. Sin embargo, la lechuza jamás se descompone.
-¿Cómo sabe todo eso? -pregunté, aunque ya sabía cuál sería la res-
puesta.

208
-Soy el líder de la secta de las lechuzas blancas aquí, en este pueblo.
Por este motivo las lechuzas están en mi houmfort. Cuando una lechuza
en la que alguien de mi secta se ha encarnado, es atacada y herida, siem-
pre puede volver aquí guiada por la llamada de la caracola -dijo el bokor
señalando al zombi.
Entre las muchas historias que al respecto me han contado, he elegi-
do la siguiente, porque el padre Jean Kerboull ya la había investigado an-
tes de relatarla en su libro Voodoo: magie u religión.
En una ciudad pequeña, conocida por Duvalierville, vivía una fami-
lia feliz con muchos hijos. Súbitamente, varios de los hijos murieron sin
razón aparente. El padre fue a la policía y juró disparar y matar a cual-
quiera que se acercara demasiado a la casa.
Una tarde, la madre del hombre dijo que iba a una ciudad cercana por
un asunto de negocios y que regresaría al día siguiente. La mujer marchó
de casa. Aquella noche, la familia oyó el ruido que una enorme lechuza
blanca hacía al posarse sobre el tejado, y a continuación un chillido. Al
mismo tiempo, uno de los hijos empezó a perder el sentido. El padre sa-
lió de la casa a toda prisa con la escopeta y al ver a la lechuza, disparó
dos veces. Herida en las patas, el ave alzó el vuelo con dificultad y el chi-
quillo recobró la conciencia.
A la mañana siguiente, la familia se sorprendió al descubrir que la
abuela estaba en la cama en lugar de en la ciudad. Al preguntar el moti-
vo, adujo que no había podido viajar esa noche por haber caído enferma
y tener una fiebre muy alta. Queriendo arroparla bien para que estuvie-
ra caliente, el hijo levantó la ropa de cama y descubrió sangre por toda la
cama: en ambas piernas tenía múltiples heridas de perdigón. Interrogada
por el hijo, finalmente admitió ser bruja y responsable de la muerte de los
niños, pero dijo haber sido coaccionada para hacerlo por una fuerza inex-
plicable.

Vampiros y canibalismo

El vampirismo está relacionado con la transformación psicológica, o


la metamorfosis del hombre en animal. Los vampiros son bien conocidos
en las civilizaciones antiguas: perduran historias sobre ellos en Oceanía,
China, Japón, África, las Antillas, Europa y Sudamérica (en los Andes).
Pero el vampiro más célebre es, sin duda, Drácula.
Según los historiadores este hombre existió. Nacido en Transilvania
y educado en Turquía, Drácula (el nombre significa «hijo del dragón», o
«hijo del diablo») regresó a su país para ser príncipe de Valaquia. Era co-
nocido sobre todo por su crueldad: torturó y asesinó a más de cuarenta
mil personas inocentes. En 1476 los turcos pusieron fin a su vida sangui-

209
naria decapitándole. Desde entonces, su nombre es sinónimo de vampiris-
mo y su reputación se ha extendido por toda Europa y el resto del mundo.
En Haití supe que existen sectas de vampiros; sus presas siguen siendo
los seres humanos. Aunque se cree que algunas mujeres nacen vampiras
-una madre sanguinaria puede transmitir esa condición a su hija-, cual-
quier persona puede llegar a ser vampiro uniéndose a una de las muchas
sectas secretas que practican el vampirismo, similares a las que practican
la transformación en hombres lobo y en otros animales, y la comunica-
ción con Satán.
De acuerdo con los resultados de mis investigaciones, la mayoría de
estas sectas secretas de Haití -y de cualquier otro país-dan caza y apre-
san seres humanos. Pero no todas ellas hacen lo mismo con las víctimas.
Unas se limitan a extraer el alma o la fuerza vital; otras utilizan la sangre
de las víctimas en el transcurso de sus rituales. Algunas matan a las víc-
timas para beber su sangre; otras las ofrecen en sacrificio. Y hay sectas
que practican el canibalismo ritual, llamando a las víctimas por el nom-
bre de cerdo o de cabra.
Estas sectas criminales, que en Haití son escasas, nada tienen que ver
con el vudú tradicional, y deben verse como fenómenos aislados. Los
principios del vampirismo, como los de las sectas secretas dedicadas a la
transformación del hombre en bestia, son aquellos que se relacionan con
la magia resultante de los rituales con sacrificio humano y canibalismo.
Marcel Mauss, antropólogo francés, escribió en su libro Sociología y an-
tropología:

Por lo que sabemos, el tema del sacrificio y, especialmente, del sa-


crificio de niños, es común en la práctica de la antigua magia y en la
magia de la Edad Media; es posible encontrar ejemplos de ello en
casi todas partes; sin embargo, llegan hasta nosotros como mito, no
como práctica mágica.

El sacrificio como parte de un rito de pasaje o de fertilidad, o como


ofrenda para los difuntos o las divinidades, ha sido practicado por todas
las culturas en un momento u otro de su historia, y en algunos lugares,
aún se practica. En las selvas asiáticas, el cazador de cabezas tiene que
decapitar a la víctima para demostrar su valor y para que su hombría sea
plenamente aceptada. En muchos países africanos, el cadáver del jefe de
la tribu debe ser enterrado encima de cabezas de niños; cuantas más ca-
bezas, más energía absorberá el alma del difunto para existir en el más allá.
El Antiguo Testamento ya daba fe de la proliferación del sacrificio
humano. También queda claro que, además del sacrificio humano, el ca-
nibalismo ritual se practicaba entonces en aquella parte del mundo.
Allí donde se practicaba o practica el canibalismo, se ha llamado a la

210
carne humana por el nombre usado para designar la carne de cerdo, por-
que parece, huele y sabe como la carne de cerdo. En una gran ciudad mo-
derna del África central, llevé a cabo el siguiente experimento. Fui a un
mercado al aire libre que los nativos frecuentan y pedí carne de cerdo. El
vendedor dijo que no había existencias. Posteriormente envié a un nativo
a comprar carne de cerdo y volvió con un trozo, carísimo, envuelto en
papel de periódico. Un amigo médico realizó un análisis de la carne, que
resultó ser humana.
Desde el canibalismo alimentario hasta el canibalismo sagrado, la an-
tropofagia se ha desarrollado y extendido por todo el mundo. Al igual
que el sacrificio humano, todas las culturas han venido practicándolo, y
en algunas zonas todavía se practica.
Una de las principales razones por las que la gente comía carne hu-
mana, razones que están vigentes hoy en día, es la creencia de que su con-
sumo incrementa los poderes mentales y físicos de la persona: uno asi-
mila las cualidades y virtudes de la víctima al ingerir su carne, y se apro-
pia de la juventud si la víctima es un niño.
Los antiguos griegos proclamaban que la sangre era portadora de
cualidades, virtudes y recuerdos. Por tanto, comer carne de animal junto
con su sangre suponía apropiarse de sus cualidades, virtudes y recuerdos
de bestia. De ahí que las gentes empezaran a consumir sólo la carne de
aquellos animales que habían sido muertos, sangrados y bendecidos por
sus jefes religiosos. Sin embargo, en la India, los hindúes se percataron
de que se hiciera lo que se hiciera la carne seguía conteniendo sangre, y
entonces declararon prohibido el consumo de carne.
Estoy completamente de acuerdo con los antropólogos Cari Vogt y
Girard de Raille en que las naciones más primitivas no son sistemática-
mente caníbales y en que el canibalismo también está presente en las na-
ciones modernas. Y tal como escribió Hermán Melville en Taipi: «Tan
reprobable como es esta costumbre [canibalismo], afirmo no obstante
que quienes la conservan son [...] íntegros y humanos».

He conocido hechiceros africanos que podían ver durante la noche


con tanta claridad como durante el día. Decían que era uno de sus pode-
res. Sin embargo, después de indagar este poder supuestamente sobrena-
tural, descubrí que se trata de una facultad que guardan en secreto, pa-
sándola de iniciado en iniciado.
La técnica es simple. Ellos la descubrieron observando a los gatos,
que son capaces de ver perfectamente por la noche. El gato nace con los
ojos cerrados y continúa así hasta que el sistema ocular del animal se ha
desarrollado por completo. Cuando una mujer de la tribu está a punto de
dar a luz, la llevan a un sitio oscuro; en la isla de Pascua hay profundas

211
cuevas naturales para tal propósito. Cuando nace el niño, no permiten
que la luz entre en contacto con él hasta que el ojo y el sistema ocular es-
tán completamente formados y han adquirido fuerza y resistencia a la
luz; esto lleva unas cuantas semanas, después dejan que entre la luz. El
resultado es que el niño ve en la oscuridad tan claramente como a la luz
del día. Tal cosa explicaría cómo han podido pintarse el interior de las pi-
rámides y de otros recintos sagrados, donde no hay huellas ni de humo ni
de hollín que demuestren la utilización de algún tipo de iluminación.
Aunque algunos fenómenos tienen explicación racional, hay otros que
continúan siendo un misterio, como los hacedores de lluvia del Sahel,
una amplia y abrupta extensión de sabana que bordea la parte sur del Sa-
hara y se prolonga por el sur hasta los trópicos. He vivido con estas gen-
tes y conozco cuáles son sus poderes para atraer la lluvia.
En las pequeñas islas del océano índico, en África, en Sri Lanka y en
otros países asiáticos, he observado a mis anchas a personas que son ca-
paces de caminar por el fuego y tumbarse sobre brasas encendidas sin su-
frir quemaduras y sin que el fuego prendiera en sus ropas; estoy conven-
cido de que no hay truco. En otros lugares he visto hombres comer cris-
tales cortantes sin resultar heridos.
Ciertas historias que contaban sobre un hechicero que podía sumer-
gir las manos en aceite hirviendo sin sufrir quemaduras, me llevaron a un
pequeño pueblo del Zaire. Cuando conocí al hechicero en cuestión, se
avino a realizar ante mí, y bajo mi total supervisión, semejante proeza.
Cuando el aceite de palmera arrancaba a hervir dentro de una gran
olla de hierro puesta sobre la hoguera, pedí al hechicero que me dejara
inspeccionar sus manos. Mojé mi dedo y lo pasé por las dos manos del
hombre; luego lamí el dedo para comprobar si su sabor delataba alguna
sustancia extraña con la que el hechicero pudiera protegerse las manos,
tal vez algún ungüento. Pero no encontré nada. Pese a ello, le pedí que se
lavara las manos delante de mí, con el jabón que yo llevaba en la mochila.
Después de hacerlo, se sentó frente a la olla de aceite hirviendo y dijo:
-Siéntese a mi lado.
Luego pidió algo de dinero. Pensando que una vez más había sido
víctima de engaño, saqué del bolsillo un billete de escaso valor. Pareció
sorprendido y dijo:
-El billete se quemará en el aceite. ¡Déme algunas monedas!
Yo mismo arrojé dos monedas al aceite hirviendo. El hechicero co-
menzó a susurrar algunos cantos y pronto rompió a sudar bajo la in-
fluencia del trance. Súbitamente hundió su mano derecha en el aceite
hasta la muñeca, moviéndola para buscar las monedas. Cuando ya había
pasado tiempo más que suficiente como para sufrir quemaduras de tercer
grado, sacó la mano: entre los dedos llevaba las dos monedas. Sonriente,
alargó su mano hacia mí. Atónito, abrí la palma de mi mano sin pensar, y

212
él dejó caer una moneda. Grité de dolor. Era insoportable. El hechicero
reía. Aún llevo la cicatriz de la quemadura.
Ciertamente he presenciado innumerables fenómenos que no tienen
explicación científica. Y no obstante, existen; son reales. Quizá las perso-
nas involucradas en estos fenómenos tengan una visión del mundo distin-
ta; lo que para nosotros es imposible, para ellos es realidad. El respetado
etnólogo Alfred Métraux observaba: «Desde temprana edad, los haitia-
nos oyen hablar de hombres lobo, de gente que lanza conjuros, de espíri-
tus maléficos [...]. Sin aceptar del todo [estas asombrosas historias], uno
se pregunta si tras esas artes mágicas no hay antiguos secretos africanos
que ponen a los houngans en posición de [...] desafiar nuestra miserable
ciencia».
Nosotros, las gentes de mundo moderno, no estamos preparadas para
valemos del fenómeno del trance -inducido por los cantos, las danzas, la
meditación y la oración, o por el alcohol y las drogas-, fenómeno que
nos capacitaría para alncanzar un estado alterado que erradica la racio-
nalidad y deja aisladas las creencias de cariz negativo que nos impiden
utilizar los poderes de la mente. Los pueblos de tradición son más pro-
pensos a creer que todo lo pueden, ya que han sido criados en el seno de
una cultura que no ha contaminado su razonamiento con nuestro tipo
de lógica y de racionalismo. Es nuestro razonamiento basado en la lógi-
ca científica: «entender primero y creer después» en oposición a su en-
tendimiento basado en la fe: «creer primero y entender después». Es el
poder de la creencia que provoca milagros en contraposición a los mila-
gros que produce la ciencia. Nuestra inteligencia permite que construya-
mos naves espaciales para llegar a los cielos; su inteligencia es como una
meditación progresiva que propicia encuentros con lo divino, una pro-
funda conciencia de estar en conexión con las fuerzas eternas del universo.

213
9
Vida después de la muerte

Son muy numerosos los libros y los ensayos que versan sobre la vida
después de la muerte; son obra de médicos y de otros científicos, o de
personas que han vivido la experiencia. Muchas de estas publicaciones
quieren aportar evidencias de que la vida es posible tras la muerte, de que
el alma continúa existiendo y que, acaso, se reencarna en un cuerpo nue-
vo para iniciar otro recorrido vital en la tierra.
Yo no me precio de saber la verdad sobre el tema, porque aún no he
muerto ni he vuelto a la tierra, o por lo menos, no recuerdo haberlo he-
cho. Tampoco conozco a nadie que me haya llamado tras su muerte para
decirme cómo se vive allí, aunque sí he tenido alguna experiencia muy
extraña relacionada con mi padre muerto. Sin embargo, tengo ciertas
opiniones sobre este tema que están basadas en lo que he aprendido a lo
largo de la vida y de las estancias pasadas en muchos rincones del mundo.
En este capítulo me gustaría compartir con el lector la visión que so-
bre la vida después de la muerte tienen los pueblos del Cuarto Mundo y
los pueblos de tradición del Tercer Mundo, así como su reacción frente a
la muerte.

La existencia de las almas

Tal como he mencionado en la Introducción, cuando era crío y vivía-


mos en el Zaire, un sirviente de la familia, Joseph, apareció ante mi ma-
dre cuando expiraba en un hospital lejano. Mi padre llegó a la conclusión
de que había sido el alma de Joseph la que apareció ante mi madre des-
pués de su muerte. Ya entonces, este hecho me proporcionó la evidencia
de que el alma puede sobrevivir a la muerte.
Y tal creencia se fortaleció aún más cuando mi propio padre falleció

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años después. Tras su muerte, estuvo más próximo a mí de lo que había
estado en vida. Yo sentía su presencia a mi alrededor y dentro de mí.
Echaba de menos su voz, sus abrazos, sus besos y su presencia física, que
había sido tan tanquilizadora, pero jamás me sentí abandonado por él. Al
contrario, llegó a ser un compañero con el que charlar a diario. Le oía ha-
blar desde mi interior. Muchas veces me pregunté si no soy explorador
gracias a él. Mi vida ha sido la que él había soñado para sí, la realización
de sus ansias de aventura. Y si hoy aún estoy vivo, a él se lo debo. Estoy
convencido de que era él quien me enfrentaba a los mayores peligros y
también quien me ayudaba a sobrevivir a los peores. Pero tras muchos
años de disfrutar de su compañía, un día me sentí solo y me di cuenta de
que se había ido; había ido apartándose, lenta y dulcemente, para prose-
guir el viaje por su cuenta.
Hoy en día, no estoy tan seguro de que fuera el alma de Joseph la que
apareciera ante mi madre. Tal vez sí, pero quizá fuera el mismo Joseph
quien vino a nuestra casa por vía de la proyección astral, o por una expe-
riencia fuera-del-cuerpo o bien en viaje astral.
Pero todavía creo en la supervivencia del alma después de la muerte.
Mi creencia ha cobrado aún más fuerza porque vaya donde vaya en mis
viajes, encuentro culturas que creen en la existencia de un alma y la su-
pervivencia de ésta tras la muerte. Es una creencia propia de todos los
pueblos de tradición; por sí misma ya constituye un testimonio curioso
de la posible verdad que se encierre en ella. Por añadidura, son tantas y
tan impresionantes las similitudes entre las costumbres de los pueblos de
tradición en lo tocante a la experiencia de la muerte, que no hay más re-
medio que preguntarse si nuestra civilización occidental no habrá ido
perdiendo por el camino la conciencia de pertenecer al ente universal.
Los pueblos de tradición creen que el alma tiene su alojamiento en la
cabeza. En algunos casos se desprende de ahí un tabú en lo referente a to-
car la cabeza de un niño. En Tailandia, en un área rural recóndita, come-
tí sin querer el error de acariciar la cabeza de un pequeño. El padre des-
cargó sobre mí toda su ira; temía que yo hubiera hechizado a su hijo, o que
hubiera querido apoderarme de su alma. Se puso tan furioso que, impe-
dido de explicarle el significado de mi acción, tuve que salir corriendo
para salvar la vida. Desde entonces, jamás toco la cabeza de un niño
cuando estoy entre las gentes de un pueblo de tradición.
Las tribus cazadoras de cabezas decapitan a sus enemigos cuando
aún están vivos porque creen que con la intervención de un cierto ritual
mágico, el alma quedará encerrada en el interior del cráneo y que por me-
dio de las ofrendas de alimentos a las almas cautivas, podrán aprovechar
el poder de éstas. Por la misma razón, los asmat de Nueva Guinea llevan
colgados alrededor del cuello los cráneos de sus progenitores varones,
que también emplean como almohada cuando duermen.

215
Rituales fúnebres

En nuestra sociedad, cuando alguien muere, pasamos por el ritual


pertinente con tanta rapidez como podemos: derramamos unas lágrimas,
musitamos una oración, ponemos flores sobre la tumba e intentamos ol-
vidar. Pero los pueblos de tradición hacen justamente lo contrario, es de-
cir, dilatan la despedida de los difuntos.
Para las culturas de tradición, la muerte no es un punto final; más
bien es otro estado del ser. En la muerte se produce una separación entre
el alma y el cuerpo; el cuerpo ha muerto para siempre, pero el alma re-
torna al mundo primordial -el Jardín del Edén, el mundo de los invisi-
bles- donde las divinidades, los antepasados y las almas de los muertos
continúan viviendo por toda la eternidad. En ese mundo invisible, la vida
se desarrolla de igual manera que en la tierra, con una única salvedad: ya
que se trata del paraíso eterno, no hay lugar para la lucha por la supervi-
vencia.
Casi todas las culturas de tradición consideran que la muerte es el úl-
timo y el más importante de los ritos de pasaje que el individuo lleva a
cabo durante la vida. De ahí que las celebraciones funerarias sean tan
complejas y prolongadas. Realizada por los jefes religiosos de la comu-
nidad y por los familiares del fallecido, la ceremonia del funeral suele
consistir en una serie de rituales que tienen como fin cumplir cinco fun-
ciones principales:

• Ahuyentar a los espíritus malignos que pueden dañar al alma del di-
funto y capturarla con propósitos igualmente malévolos.
• Facilitar la separación entre alma y cuerpo. El alma duda en abando-
nar este mundo pese a la promesa del paraíso perdido, porque aún de-
sea vivir las pasiones humanas: el amor, los placeres físicos de toda ín-
dole.
• Abastecerle de combustible para el viaje hacia el mundo primordial
donde viven sus antepasados. (Tal viaje es peligroso por los malos es-
píritus y otras entidades y energías malignas que el alma encuentra de
camino hacia el mundo invisible.)
• Ayudar al alma a que sea aceptada por sus antepasados. Conseguido
este extremo, la familia y el clan del difunto cuentan a su vez con la
ayuda material y espiritual que el alma del difunto les proporcionará.
• Mantener el alma con vida. Las energías emitidas por los recuerdos de
quienes han sobrevivido al difunto alimentan la existencia del alma.
Sin estas energías, el alma dejaría de existir.

Estos rituales fúnebres incluyen conjuros mágicos y plegarias; músi-


ca, bailes y cantos; sacrificios de animales, y en ocasiones, de seres hu-

216
manos; ofrendas de comida y de ropas. Los actos del sacrificio y de la
ofrenda tienen el mismo propósito: hacer llegar lo que se sacrifica y se
ofrenda al mundo invisible para que los espíritus, antepasados y otras al-
mas de difuntos puedan gozar de ello. El sacrificio y la ofrenda liberan la
quintaesencia o el cuerpo astral (que anima el cuerpo físico del objeto o
del animal; sin esta quintaesencia, el objeto o el animal deja de existir).
La creencia es que si se envía la quintaesencia del alimento, las divinida-
des, antepasados y almas de difuntos se nutrirán con ella. De modo simi-
lar, el animal sacrificado cumplirá su misión de animal. El vestido servirá
de vestido.
Si los rituales funerarios no son los adecuados o no están perfecta-
mente ejecutados, el alma del difunto seguirá apegada a la tierra, o no lle-
gará a salvo hasta sus antepasados, o bien, si llega, no será aceptada por
éstos. En cualquier caso, el alma de la persona muerta podría provocar
desgracias de diversa índole a su familia y a su clan. El alma expresa así
su disgusto y hará saber a la familia por medio del chamán u otro jefe es-
piritual qué rituales se requieren para que ella pueda unirse a sus antepa-
sados. El Tao reconoce que el alma que no recibe los rituales apropiados,
igual que aquellas personas que cometen suicidio, pueden llegar a ser
fantasmas airados que se dedican a molestar a los vivos.
En el vudú, además del cuerpo físico que muere y se convierte en pol-
vo, el ser humano se compone de un ángel pequeño y de un ángel gran-
de. El primero, es el espíritu que mantiene vivo el cuerpo. Durante nue-
ve días después de la muerte, su espíritu vaga alrededor del cadáver y
luego se fusiona con la fuerza cósmica de la vida.
El ángel grande es el doble espiritual del individuo: su alma. Tras la
muerte, el alma no se decide a dejar el mundo de los vivos porque aún
quiere vivir, amar y disfrutar de los placeres terrenales. Por ello perma-
nece junto al cuerpo muerto entre cien y doscientos días, acaso con las
esperanza de que el cuerpo reviva. (Es interesante, y a un tiempo pertur-
bador, observar que muchas culturas de tradición -de hecho, la mayoría-
no solamente creen que el alma sigue rondando el cuerpo muerto, sino
que también lo hace durante el mismo período de tiempo y por las mis-
mas razones; de ahí que todas ellas lleven a cabo rituales funerarios que
intentan forzar una separación rápida entre el alma y el cuerpo.)
Cuando muere un creyente vudú y se le da sepultura (generalmente a
las veinticuatro horas de la muerte porque el clima cálido de Haití acele-
ra la descomposición del cuerpo), el houngan abre el pot-de-téte que con-
tiene el aliento de la persona muerta y lo libera. (Recuérdese que el alien-
to se encierra en esta vasija el día en que el creyente es iniciado en el
vudú.) A ésta liberación siguen una serie de rituales encaminados a ace-
lerar la separación de alma y cuerpo, y facilitar el abandono del mundo
de los vivos. Estas ceremonias pueden durar unas pocas semanas o más,

217
dependiendo de la fuerza del deseo que el alma tenga de quedarse entre
los vivos.
Cuando el houngan decide que el alma ha partido, da comienzo otra
ceremonia. Con este ritual, el alma es enviada a las aguas purificantes o
purgatorios -una reminiscencia del catolicismo-, y allí debe permane-
cer 101 días lavando sus pecados. Si tras este período de tiempo el alma
no ha sido requerida (en una ceremonia posterior y con ayuda de los loas
de la persona muerta), es que se ha perdido y estará condenada al olvido
eterno, o lo que es lo mismo, al concepto vudú de infierno. Si el alma es
requerida, entonces abandona las aguas purificantes e inicia el largo y
peligroso viaje hasta el mundo invisible, viaje que puede realizar a salvo
con ayuda de los loas de la persona muerta. Cuando llega a Dios y a la di-
vina eternidad, puede a su vez convertirse en un loa que la familia del di-
funto invoca en busca de ayuda. De este modo la familia incorpora la in-
teligencia, el conocimiento, la sabiduría y los poderes del fallecido.
En una de estas ceremonias concebidas para enviar al alma a las aguas
purificantes, que siempre tiene lugar en un cementerio y sobre la tumba
del difunto utilizada a modo de altar, vi a la viuda cavar con sus manos
un hoyo junto a la tumba, en línea con el lugar donde debía reposar la ca-
beza del difunto. Cuando terminó de cavar, introdujo en el hoyo una carta
de amor que había escrito a su amado aquella misma mañana; después,
metió media docena de cigarrillos y una botellita de ron. Lo hizo así por-
que creía que la quintaesencia de aquellos presentes llegaría hasta el mun-
do de los invisibles y por tanto, al alma de su marido.

En la sociedad de los apayaos de Filipinas, cuando alguien muere, la


familia sacrifica diversos animales que después servirán de alimento a
quienes van a llorar al muerto; normalmente acude el pueblo entero,
aparte de todos los miembros del clan. El funeral dura tres días como mí-
nimo, pero puede prolongarse tanto tiempo como la familia pueda dar de
comer a los asistentes.
Tras lavarlo y vestirlo con ropas ceremoniales, el difunto es el primero
en disfrutar del festín. Mientras un miembro de la familia mantiene abier-
ta su boca y apartada su lengua, otro introduce carne y arroz bien adentro
de la garganta. Como colofón de esta última comida, vierten por su boca un
poco de vino de arroz, tras lo cual cierran y atan la boca del difunto.
Antes de que sobrevenga el rigor mortis, el difunto es colocado en
una silla funeraria y atado a ella. Y mientras dura el funeral -yo he visto
celebrar uno de cinco días-, la familia reparte tabaco, betel y vino de
arroz a todos los presentes, quienes entre cantos, lágrimas, risas, y dando
buena cuenta de bebidas, comidas y tabaco, visitan al difunto, bailan ante
su cuerpo y exaltan su vida con interminables cánticos.

218
Cuando acaba la comida, los parientes se llevan al difunto, todavía
sentado en la silla de la muerte, al tiempo que entonan este canto: «Te de-
jamos para siempre. Con todos estos rituales y sacrificios de animales, te
hemos dado el funeral de precepto... Ahora debes marchar. Y no nos mal-
digas, sino implora a tus antepasados para que nos den felicidad y pros-
peridad».
Después los apayaos celebran una procesión que recorre todo el pue-
blo con el difunto. En su transcurso, las gentes cantan: «Tienes todo
cuanto necesitas: arroz, pollo y carne de cerdo para alimentarte, así como
las ropas que vestirás cuando llegues a la morada de tus antepasados. Has
dejado tus bienes terrenales a tus hijos y parientes para que puedan dis-
frutarlos en vida igual que tú disfrutaste de ellos mientras vivías.»
La procesión serpentea para llegar hasta el lugar del enterramiento.
Prosiguen los cantos: «Ruega a tus antepasados para que nos den felici-
dad y prosperidad, y protección contra nuestros enemigos; haz que la
caza sea abundante... Espanta a las ratas, los insectos y otros predadores
que destruyen las plantas de arroz... Impide que la enfermedad mate a
nuestras aves y a nuestros animales. Envíales fertilidad para que poda-
mos seguir ofreciéndote sacrificios. Danos buena salud para vivir tanto
tiempo como sea posible y dar así continuidad a nuestras tradiciones y
ofrecer sacrificios».
Luego, antes de dar sepultura al difunto y dejarlo allí en posición fe-
tal -que simboliza su nacimiento en otro mundo-, junto con comida, be-
bida y en ocasiones, armas y joyas, la multitud canta: «Te decimos adiós
para siempre... Sólo hasta aquí podemos llegar para guiarte hacia la mo-
rada de tus antepasados... ¡Ve y vive por siempre con ellos!».
El entierro pone punto final a la ceremonia funeraria colectiva, pero
la familia proseguirá durante un tiempo celebrando otros rituales para
ayudar al alma en el viaje repleto de penalidades.

En Mustang, un reino del Himalaya que bordea el sur del Tíbet, pude
presenciar el funeral de un trabajador muerto a consecuencia de un des-
lizamiento de rocas. El ritual se atenía a las costumbres del budismo y del
bon-po, una antigua religión indígena tibetana que ha sobrevivido al bu-
dismo y que en muchos lugares, se ha mezclado con él. Según la religión
bon-po, el cuerpo muerto del hombre debe ser devuelto a uno de los cua-
tro elementos naturales: el agua, la tierra, el fuego o el aire. El astrólogo
sagrado de Mustang, tras estudiar el horóscopo del trabajador, decidió
que sus restos debían retornar al aire.
Apilaron tres piedras frente a la entrada de la casa del hombre muer-
to para espantar a los malos espíritus. Dentro, mientras algunos miem-
bros de la familia preparaban comida para sustentar al alma en su viaje

219
hacia el nirvana, otros ponían el cuerpo en posición fetal y lo envolvían
como una momia. Después, una procesión de familiares, parientes y ve-
cinos dejó la casa del hombre llevando su cuerpo en parihuelas, empren-
diendo el camino del río.
En cabeza del desfile iban algunos monjes budistas que interpretaban
música religiosa tradicional del Tíbet con tambores, trompetas y cuernos.
Un largo paño blanco unía el cadáver con el lama que caminaba delante
de él, guiándole por el camino de la luz clara. El chamán bon-po leyó del
Libro de los Muertos: «Oh, noble hijo, tiempo es de llevarte por el sen-
dero del paraíso; el guía te muestra el camino».
Al llegar a la orilla, el cuerpo del hombre muerto fue solemnemente
desmembrado por los sirvientes del aire: los buitres. El sonido lastimero
de una caracola convocó a los pájaros que habían de llevarse el cuerpo.
Y la multitud celebró nuevas ceremonias para que el alma del hombre
muerto alcanzara el nirvana con bien.

Ninguna cultura aventaja a los toradios de las islas Célebes en lo que


respecta a la cantidad de tiempo dedicado a los ritos funerarios, e inclu-
so a los momentos anteriores a la muerte. Allí un funeral, que ellos lla-
man Festival de las Lágrimas, puede prolongarse hasta veinte años y se
divide en varias fases.
En primer lugar, cuando el corazón de un hombre deja de latir, se le
declara enfermo, no muerto. Después guardan su cuerpo en una casa en-
tre nueve meses y diez años; entonces se organiza el primer funeral. Ma-
tan un búfalo y se declara al hombre oficialmente muerto; a partir de ese
momento, el alma puede emprender el largo y penoso viaje hasta la otra
vida. Sin embargo, su cuerpo sólo será enterrado cuando pueda celebrar-
se un segundo funeral, que también puede retrasarse bastante tiempo. Este
segundo ritual ayudará al alma del difunto a entrar en el cielo de los to-
radios y a ser aceptado por sus antepasados.
Hay una razón práctica para que dejen pasar tanto tiempo entre el mo-
mento en que un hombre toradio está clínicamente muerto y todos y
cada uno de los funerales. Los toradios creen que cuantos más animales
sacrifiquen, más posibilidades tiene el alma de viajar sin riesgos al más allá
y de llegar hasta sus antepasados; como los animales tienen que ser mu-
chos y cuestan una fortuna, la familia tarda tiempo en reunir el dinero ne-
cesario.
Estos funerales toradios también generan vida nueva. Los jóvenes acuden
a ellos desde los lugares más lejanos. Vestidos con sus mejores galas, los
hombres danzan y las mujeres lloran. Todo el mundo está cargado de emoti-
vidad y enamorarse es fácil. Dos meses después del funeral, se celebran ma-
trimonios; nueve meses después de un gran funeral, nacen muchos niños.

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Asistí a un segundo Festival de las Lágrimas en honor de un hombre
cuyo corazón había dejado de latir veinte años atrás. Se trataba de un prín-
cipe, de modo que tardaron mucho tiempo en construir los magníficos
alojamientos que habrían de ocupar los parientes y amigos asistentes al
funeral. Habían invitado a personas de noventa pueblos -en total, unos
veinte mil invitados- a una ceremonia fúnebre que duraría varias semanas.
Como era un acontecimiento de gran envergadura, la familia y los in-
vitados habían aportado gran número de cerdos y de búfalos para el sa-
crificio; sus almas acompañarían al hombre muerto durante el largo viaje
hasta el cielo. (Debido a que el muerto era príncipe y por tanto se reque-
ría una enorme cantidad de animales, algunos invitados contrajeron deu-
das de por vida para poder contribuir con su parte; éste es otro de los mo-
tivos por los que este funeral no se celebró en seguida.) A cada animal se
le otorga un nombre ritual antes del sacrificio; la hora, el lugar y el mé-
todo para realizar cada sacrificio vienen fijados por la tradición.
Llegaron primero los habitantes de los pueblos más cercanos, carga-
dos con regalos. A su vez, éstos recibieron de la familia del difunto taba-
co, betel y vino de arroz. A su llegada, dio comienzo el Ma-Badong con
el elogio de los muertos, un compendio de poesía, canción y baile que
duraría el mismo tiempo que el Festival de las Lágrimas. El tominas («el
que sabe») dirige el canto: «Todos nosotros, que hemos venido en la os-
curidad de la noche, no hablaremos, rezaremos nuestras plegarias y can-
taremos canciones de alabanza. Así será para todos: no hablar, sino can-
tar; no decir una sola palabra, sino hacer poesía para vosotros los que ha-
béis muerto».
Los miembros de la familia del hombre muerto permanecían senta-
dos en silencio. Cuando el hombre murió, habían guardado su cuerpo en
casa, sobre el suelo, con los pies orientados al oeste; la familia no había
dejado de ofrecerle comida. Cuando el príncipe fue oficialmente decla-
rado muerto, trasladaron su cuerpo al último piso y todos habían ido a vi-
sitarle y a hablar con él, conservado viva su alma en los recuerdos.
Proseguía el Ma-Badong; el tominas recitaba versos que relataban la
vida del príncipe y la multitud respondía a coro. Todo lo que recuerda
la gente -de bueno y de malo- sobre la vida del hombre muerto se pre-
senta en el Ma-Badong en forma de canción y de baile.
—No lloraste cuando te circuncidaron -canta el tominas—. Fuiste va-
liente cuando limaron tus dientes. No lloraste cuando llegó el momento
de marcar con fuego tus brazos y tus muslos, marcas que protegen a los
hombres de los demonios.
El tominas canta la adolescencia del príncipe, su primer amor, su ma-
trimonio, su alegría ante el nacimiento de los hijos. Ensalzaba a las mu-
jeres del pueblo por ser generadoras de vida, responsables de las cose-
chas y de la riqueza familiar. Sin embargo, no siempre estaba triste y era

221
solemne el Ma-Badong. Aunque vi gentes que rompían a llorar, en oca-
siones sus rostros se iluminaban con la sonrisa, o reían recordando algu-
na anécdota divertida que el difunto había protagonizado, alguna acción
que ponía de relieve su inteligencia.
A una señal del tominas, la comitiva fúnebre se reúne para oírle ha-
blar del momento crítico al que cada alma debe enfrentarse en su viaje a
los cielos:
-En el horizonte del oeste, hay un portal cuyo guardián es un herrero
tullido llamado Lankuda. Deja pasar a los niños, pero pregunta a los hom-
bres: «¿Cuántas cabezas has cogido?». Y a las mujeres: «¿Cuántos aman-
tes has tenido?». Si la respuesta no le satisface, aplasta el alma; pero si el
difunto ha vivido una vida plena, Lankuda permite el paso hacia cual-
quier sitio.
Día tras día, semana tras semana, llegaban gentes con presentes y co-
mida. Y, como fondo rítmico para los sacrificios de animales y para los
rituales, continuaba el Ma-Badong. El tominas seguía cantando:
—Tu frente ardía de fiebre y cayó todo tu pelo; la voluntad de tus an-
tepasados para que te unieras a ellos fue perseverante. Preguntamos al
sacerdote de la muerte qué ritual haríamos para ti, qué animales debían
ser sacrificados y dónde.
Los invitados al funeral continuaban a su vez:
-Padre, ahora devuelvo todo el amor y los cuidados que prodigaste.
Desciende y bésame por última vez. Deja que te glorifique. Llegarás a
ser tan resplandeciente como las alhajas y tan puro como el oro.
Yo estaba en casa del hombre, sentado junto a su familia. Su cuerpo
(o lo que quedaba de él) llevaba allí veinte años. Los gentes se emocio-
naron y rompieron a llorar pensando en que aquella sería su última noche
en la casa. El cuerpo había sido untado con aceites y yacía en la habita-
ción contigua, con los pies apuntando hacia el este y la cabeza orientada
hacia el oeste. (Para los toradios, igual que para los antiguos egipcios, los
rituales de la vida y la fertilidad siempre van dirigidos al humo ascen-
dente, es decir, a la salida del sol, al este. Los rituales de muerte se diri-
gen al humo descendente, el oeste, donde el sol desaparece para reunirse
con los dioses.)
Cerca del pueblo se extendía un campo grande lleno de piedras en-
hiestas; cada una representaba a un muerto del pueblo. Las piedras de los
parientes fallecidos más íntimos del príncipe estaban todas decoradas.
En algunas casos las piedras llegaban a tener una altura de seis metros y
varias toneladas de peso. (Recordaban a los menhires, las piedras de los
celtas; tales piedras, propias de muchas religiones antiguas, conectan la
tierra y el cielo de modo simbólico y conforman un pasadizo para trans-
mitir las bendiciones de las divinidades y transportar las almas de los an-
tepasados.) Un grupo de hombres cruzó el campo de piedras alzadas por-

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tando una pequeña efigie del príncipe, a quien fueron presentando for-
malmente ante cada uno de sus antepasados. Algunas personas pusieron
ofrendas en lo alto de largos postes de bambú hincados en el campo (y
que también servían de puente entre este mundo y el cielo).
El corazón del príncipe llevaba veinte años inactivo, pero hasta hoy
el cuerpo del principe no emprendería el trayecto final. Desde hace tiem-
po ha reducido a huesos, el cuerpo fue envuelto en muchas capas de tela
para darle la forma de un cilindro llamado banka (que significa «barca»).
Miles de años atrás los toradios fueron navegantes y todavían utilizan
una barca ritual para transportar a los muertos desde el pueblo hasta los
acantilados, que es el lugar del enterramiento.
El Ma-Badong seguía su curso mientras el cuerpo era sacado de la
casa:
-Oh, dioses del fuego descendente, éste es el ritual para que el muer-
to nos proteja y nos bendiga. Oh, dioses del oeste, dioses que custodiáis
la puesta del sol, vosotros que dais plantas, vosotros que protegéis el
mundo, un hombre retorna a sus antepasados.
Mecido el banka por oleadas humanas, la procesión dio una vuelta al-
rededor de la casa del hombre muerto, atravesó el pueblo y se encaminó
hacia los campos de arroz. Los parientes más cercanos y los seres queri-
dos ocultaban sus lágrimas bajo blancos ropajes. La procesión entonaba
un cántico sobre la inminente partida del fallecido.
Celebrar la marcha de un alma es importante no sólo para el muerto,
sino también para los vivos. Se pasea el cuerpo por los dominios de la fa-
milia para que la cosecha de los años venideros reciba las bendiciones
del difunto. El tominas detenía la procesión de vez en cuando para es-
coger el animal más indicado para el sacrificio; la gente esperaba en si-
lencio.
Tras cruzar los campos de arroz y los bosquecillos de bambú, el ban-
ka arriba a su último puerto, un acantilado de sesenta metros de alto don-
de se hallan las tumbas excavadas en la roca, una tumba por familia, cada
una con una puerta de madera embellecida. Una vez en el interior, se re-
tiran los ropajes que envuelven e] cuerpo y se disponen los huesos junto
a los restos de los familiares, el cráneo de cada esqueleto tocando los pies
de otro. Se dejan ofrendas y el Ma-Badong resuena entre las paredes de
piedra:
-¿Verdad que la lluvia cae sobre todos nosotros? ¿Verdad que el agua-
cero moja a todo el mundo? La lluvia empapa por igual a hombres libres
y a esclavos; cae sobre los viejos y los recién nacidos. Cuando cae la llu-
via, se derrama sobre uno y sobre todos a la vez; nadie puede evitarla, no
hay escondrijos bastantes para ocultarse. Escoge a uno de nosotros cada
vez, y nos cala cuándo y dónde ella quiere. Y no hay tristeza en mi cora-
zón porque está escrito que la lluvia caerá.

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Se había erigido un menhir en memoria del príncipe muerto; durante
la noche habían esculpido en madera una estatua del príncipe a tamaño
natural. El tominas oraba:
-La estatua parece un hombre, pero no respira; la estatua adquiere
identidad de hombre, pero no habla.
Vistieron la estatua con las ropas del hombre y luego la colocaron en
uno de los muchos balcones que sobresalían del acantilado, junto con las
estatuas de sus antepasados, todas mirando en dirección al pueblo para
que sus habitantes les recordaran. Mientras las estatuas fueran visibles,
creían ellos, las almas de los muertos serían inmortales.
El último canto del Ma-Badong puso fin al Festival de las Lágrimas:
-Cuando nuestro ser querido haya entrado en el cielo, más allá de las
nubes, será envuelto por las brumas. Allí no hay fuego, pero es feliz por-
que ya no anda errante y está en compañía de todos sus antepasados. Se
tornará dios, será una estrella de resplandores amarillos; se convertirá en
la constelación de las Pléyades. Jamás le olvidaremos. Cuando baje la
mirada y nos vea, romperá a llorar y sus lágrimas serán la lluvia de la ma-
ñana.

La existencia del infierno

El concepto de infierno no suele estar presente en las culturas de tra-


dición. Los hombres que han cometido errores reciben su castigo en vida,
a manos del propio clan, y desde luego los expía plenamente mientras
vive. Su alma no queda marcada por los pecados, ni éstos interfieren en
su vida en el más allá. Acaso el infierno sea morir sin celebrar por él ri-
tuales funerarios.
(Es interesante señalar que muchos pueblos de tradición no han acu-
ñado un término para designar el infierno, como tampoco lo tienen para
designar la culpa o el pecado, entre otras palabras. Si una lengua no
cuenta con palabras tales como «culpa», es que quizá la culpa no existe;
podemos aplicar el mismo argumento para «infierno» y otros términos
ausentes en su vocabulario. Por otro lado, si una lengua crea una palabra
para determinar el concepto de culpa, pecado y perdón, está claro que el
individuo se ve abocado a cometer pecados, a conocer la culpa y a ser
perdonado.)

Acompañar a las almas de los muertos

Muchas culturas creen que los muertos -o más bien, su alma- gustan
de estar en compañía de los vivos y de gozar de los cuidados de éstos. Por

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ejemplo, nosotros tenemos la costumbre de visitar a nuestros muertos el
día de Todos los Santos; llevamos flores al cementerio, rezamos un ora-
ción, pensamos en el ser querido. De modo similar, en países como Fili-
pinas, la familia entera se reúne en torno a las tumbas de los parientes y
allí hacen un picnic y charlan durante todo el día.
En Haití se cree que las almas de los seres queridos que murieron en
el transcurso del año están aburridas, esperando infatigablemente que su
cadáver vuelva a la vida. De ahí que desde el día de Todos los Santos y
durante toda la primera semana de noviembre, los cementerios de Haití
se transformen en teatros de comedia. Las gentes se encaraman a las tum-
bas y ante un público de seres vivos (y la presencia muerta de los invisi-
bles), saltan de júbilo, bailan, tocan música, cantan y cuentan chistes ver-
des, como si hablar de sexo y de partes íntimas pudiera exorcizar la muerte
y provocar la risa en los muertos.

Comunicarse con las almas

En el mundo hay un ingente número de personas que creen posible el


contacto con las almas de los difuntos y la comunicación con ellas. Exis-
ten innumerables chamanes, magos, hechiceros, brujos, curanderos y
otros jefes religiosos de los pueblos de tradición que dicen ser guiados
por los espíritus y tener facultades de médium que les dan poder para
conversar con los muertos. A veces incluso sostienen que tienen poder
para hacer que las almas muertas se materialicen; llevan a cabo sus ri-
tuales en cementerios y en recintos dedicados al culto.
Las personas que dicen tener poderes para hablar con los muertos,
suelen ser elegidas a una edad temprana por gozar de facultades para
ello. La elección y posterior preparación del elegido corre a cargo de un
maestro que le enseña a explotar su capacidad.
En Taipei, capital de Taiwan, está el llamado Templo del Mal, donde
hay mujeres que son médiums profesionales y que ejercitan su habilidad
para comunicar con las divinidades y las almas de los difuntos. Cual-
quiera que desee hablar con una persona muerta puede contratar sus ser-
vicios. La médium entra en trance y empieza a llamar al alma, hasta que
ese alma se apodera de su cuerpo. Entonces habla de la misma manera
que la persona muerta hablaba en vida, y responde a las preguntas del
cliente. En ocasiones escribe mensajes con un estilo de redacción que se
asemeja al del fallecido.
Estados Unidos se ha visto invadido por una ola de esplritualismo
que propugna que los seres humanos estamos dotados de alma, que el
alma sobrevive a la muerte -es decir, que hay vida después de la muerte-
y que la comunicación con las almas de quienes han ido al más allá es po-

225
sible gracias a los médiums. Tanto si se practica en el contexto religioso
del esplritualismo como de manera independiente, hay distintas técnicas
que permiten la comunicación con los muertos.
Normalmente, la comunicación se produce en el transcurso de las se-
siones de espiritismo. El alma se expresa por medio de golpes en la mesa
o moviendo un vaso de cristal sobre las letras del alfabeto impresas en el
tablero Ouija; otras veces, el médium recibe un mensaje del alma y lo
transmite a la persona que quería comunicar con ella. También es posible
que el médium caiga en un estado de trance que propicie que el alma se
apodere de su cuerpo; entonces la comunicación puede ser verbal o bien
a través de escritura automática.
No estoy en condiciones de corroborar la validez de estas técnicas, ya
que siempre me he negado a tomar parte en las sesiones de espiritismo;
soy consciente de los peligros reales que pueden acarrear. En este tipo de
rituales nunca hay que descartar la presencia de malos espíritus, a los que
frecuentemente se suele invocar de manera involuntaria y accidental.
Los bokors y los houngans de la religión vudú también declaran ser
capaces de comunicar con las almas por medios diversos, muchos de
ellos similares a los descritos arriba. Sin embargo, esta labor resulta más
fácil para ellos, ya que a veces, sin que los parientes la hayan llamado, el
alma de un difunto se encarna en una persona que ha favorecido la pose-
sión por medio del trance. Yo he visto un fenómeno de estas característi-
cas mientras asistía a una ceremonia vudú en Haití, y en mi opinión se
trata de un fenómeno muy inquietante.
En el instante exacto en que el houngan abría el pot-de-téte de una
mujer muerta liberando así su aliento, muchos miembros de la comuni-
dad que concurrían a la ceremonia cayeron al suelo súbitamente poseí-
dos. Uno de ellos rompió a hablar como la mujer muerta, agradeciendo a
los demás que hubieran asistido a su funeral y dando mensajes de cariz
personal a unos cuantos participantes.
El caso más desconcertante de encarnación que yo haya visto sucedió
durante las ceremonias guédés, que siempre se llevan a cabo en noviem-
bre. Es habitual que en estas ceremonias los creyentes caigan en estado
de trance debido a los tambores, los cantos, los bailes y al ambiente crea-
do. Todo ello genera condiciones para que los creyentes sean poseídos
por alguna entidad, ya sea un loa o el alma de una persona muerta. Pero
cuando en el creyente se encama el alma de una persona muerta y se re-
conoce como tal encarnación, se empolva el rostro del creyente para dis-
tinguirlo de los que, en la misma ceremonia, han sido poseídos por los
loas guédés o por otras entidades. Cuando esto sucede, el creyente reac-
ciona del mismo modo que si fuera poseído por un loa; primero opone re-
sistencia al asalto, brinca en el aire y a veces, incluso levita o yace sobre
brasas encendidas.

226
Cabría pensar que el alma de una mujer muerta sólo poseería a una
mujer, y que el alma de un hombre muerto, sólo poseería a un varón. Pues
bien, no es así, y a mí la experiencia me pareció perturbadora. He vis-
to muchas mujeres poseídas por el alma de un hombre muerto; y he visto
hombres poseídos por el alma de mujeres muertas.
Cuando el alma de un difunto varón se encarna en una mujer, sus mo-
vimientos en el baile son más violentos; al dirigirse a los presentes, su
voz es la de un hombre. La voz del hombre poseído por el alma de una
mujer muerta se hace femenina y suave, y alrededor del pecho ata un pa-
ñuelo en imitación de un sujetador.
Es frecuente que entre la multitud alguien reconozca en la persona
poseída los modales, la voz, la entonación de un miembro de la familia
fallecido unos meses atrás. Recuerdo un caso en el que un hombre poseí-
do por el alma de otro hombre muerto hacía poco en un accidente de au-
tomóvil, fue utilizado por el difunto para decir a su hijo, que asistía a la
ceremonia, en qué lugar de la casa había escondido una cierta cantidad
de dinero. Yo mismo llevé al muchacho a su casa; una vez allí rebuscó en
el ático siguiendo las instrucciones que su padre había dado a través del
hombre poseído: el dinero apareció escondido dentro de una lata vieja.
Empieza a haber psiquiatras y psicoanalistas que reconocen ciertas
enfermedades mentales, dígase la esquizofrenia, como un estado en el
que el sujeto es poseído por una o más entidades, pero sin atreverse a
identificar a estas entidades con almas de personas muertas. En Los
Ángeles, he tenido el privilegio de asistir a un encuentro que con fre-
cuencia mensual celebran los más renombrados psiquiatras y psicoana-
listas del mundo. En uno de estos encuentros, invitaron a una mujer que
tenía poderes reales y reconocidos para ejercer de médium. La ocasión se
aprovechó para que cada uno de los asistentes concentrara sus pensa-
mientos en uno de sus pacientes; la médium entró en trance. Empezó a
hablar como si fuera uno de los pacientes de un determinado médico, uti-
lizando la voz, las palabras, las actitudes y las poses de aquel paciente
cuando estaba en crisis. El médico en cuestión interrogó a la entidad que
se manifestaba a través de la médium para que le revelara su identidad y
las razones que tenía para poseer a su paciente. La entidad respondió que
era un alma errante y que quería seguir formando parte del mundo de los
vivos para poder dar satisfacción a sus deseos. Para ello, le había basta-
do con poseer a alguien que padecía un transtorno nervioso y que por
tanto, estaba impedido de ofrecer mayor resistencia.
Después de la sesión, estos médicos, en vez de tratar a los pacientes,
comenzaron a tener trato con las entidades que los poseían, en un inten-
to por obligar a éstas a abandonarlos. (Supongo que cuando estas entida-
des se van, buscan a otra persona para poseerla.)
En las sociedades modernas se conocen muchos casos de almas de

227
difuntos que de un modo u otro se han materializado, por ejemplo en for-
ma de fantasma. Además, existen cientos de relatos que hablan de casas
encantadas. Hay varias explicaciones para este fenómeno. Una de ellas
es que una pared de la casa encantada esté impregnada de algún hecho te-
rrible que aconteciera a alguno de sus habitantes, conviertiéndose así en
generador de invisibles energías. También puede ser que el alma dolien-
te haya buscado refugio entre las paredes de la casa en tanto se celebran
los rituales funerarios pertinentes.

Las almas de los difuntos como vehículo para ejercer el mal

Si hacemos caso de las creencias propias de numerosas culturas, el


hecho de que las almas de los muertos pasen serias dificultades para de-
jar definitivamente el mundo de los vivos y por tanto, ronden el cuerpo
durante un cierto período de tiempo, brinda a los hechiceros la oportuni-
dad y el lugar idóneos para llevar a cabo sus prácticas de hechicería: los
cementerios. Allí pueden manipular las energías de las almas. Los hechi-
ceros visitarán el cementerio, por ejemplo, cada vez que quieran transfe-
rir la enfermedad de una persona a un individuo sano, o cada vez que
quieran recargar amuletos con energías maléficas con el propósito de ha-
cer algún hechizo.
En Haití, uno de los ingredientes más buscados por las energías que
desprende, es cualquier parte del cadáver de un niño muerto antes de ser
bautizado. Los hechiceros buscan las tumbas de los niños para apropiar-
se de los huesos de los dedos. A veces llegan a secuestrar el cadáver en-
tero con el propósito de realizar rituales para capturar su alma.
Sin embargo, los hechiceros más poderosos son aquellos que tienen
capacidad de tratar directamente con las almas de los difuntos, empleán-
dolas para llevar a cabo alguna acción que suele ser de índole maléfica.
Una vez tuve ocasión de tomar parte en una búsqueda de este estilo; fue
una experiencia pavorosa. La ceremonia se celebraba por la noche, en un
cementerio de las zonas más remotas de la región Artibonite.
El houmfort del bokor era el centro de la reunión. Todos los miem-
bros de su comunidad estaban allí; eran unas veinte personas a las que yo
conocía bien. Iban vestidas de blanco; las mujeres, así como algunos
hombres, llevaban en la cabeza pañuelos del mismo color. El bokor me
advirtió que no utilizara el flash ni cualquier otra fuente de luz en el ce-
menterio, porque el resplandor espantaría a las almas y tal vez las irrita-
ría. Como andaba escaso de película de alta sensibilidad, lo cual me hu-
biera permitido filmar a la luz de la luna, de las antorchas y de las velas
que la gente llevaba, dejé el equipo de filmación dentro del houmfort y
sólo cogí la grabadora, dos recambios de pilas y dos micrófonos.

228
Aunque yo debía pasar la noche en el houmfort (el lugar estaba ale-
jado de cualquier hotel), el bokor me aconsejó que salvara en coche la
distancia que separaba al houmfort del cementerio. Él no tenía ganas de
andar aquella noche y se decidió que viniera conmigo. Acompañado por
el bokor y con cuatro tambores en el coche, me dirigí directamente al ce-
menterio, donde los miembros de la comunidad se unieron a nosotros al
cabo de una hora y media.
La primera parte de la ceremonia se celebró alrededor de los tambo-
res para que la música y los bailes propiciaran el trance y prepararan a los
creyentes a ser poseídos por las almas de aquellos que habían muerto re-
cientemente. A continuación, portando las velas y las antorchas, el gru-
po entero echó a andar entre las tumbas. Las ropas blancas, las luces titi-
lantes, la luna llena, las estrellas, todo contribuía a crear una atmósfera
de alucinación.
En cabeza de la procesión iba el bokor recitando conjuros que los
presentes repetían a coro. Se dirigía a las almas invitándolas a manifes-
tarse en los creyentes, que ya estaban preparados para ser poseídos.
De súbito, un hombre comenzó a sacudirse y a saltar. El bokor se
aproximó a él e hizo varias preguntas para determinar que entidad le ha-
bía poseído. Por las respuestas, el bokor dedujo que no se trataba de un
loa, sino de un hombre muerto. El bokor tranquilizó al creyente ponien-
do las manos sobre su cabeza. Con su propio pañuelo, enjugó cuidadosa-
mente el sudor de la frente y lo ató alrededor de su cintura. Luego pre-
guntó al alma si consentiría en hacer todo cuanto él quisiera durante un
período de tres meses. Hablando por boca del hombre poseído, el alma
pidió hacer el amor antes de dar una respuesta. El bokor aceptó. El hom-
bre poseído estuvo en calma unos segundos mientras miraba a su alrede-
dor. Después echó a andar lentamente entre la gente del grupo y, con un
repentino frenesí, se abalanzó sobre una mujer y la besó. Vociferando y
gritando hizo el amor con ella.
Cuando finalizó el acto sexual, el hombre poseído se acercó al bokor
y estalló en carcajadas. De golpe, cayó al suelo inconsciente. Unas cuan-
tas personas rodearon al hombre intentando revivirlo. El bokor sabía que
el alma se había ido y que él se había puesto en ridiculo. Cuando el hom-
bre recobró la consciencia, el grupo inició de nuevo su paseo entre las se-
pulturas en busca de un alma que se aviniera a cerrar un trato con el bokor.
Según las palabras del bokor, cuando el alma de una persona falleci-
da acepta el trato, ésta hará cualquier cosa que el bokor quiera mientras
dura el trato, desde ayudarle en las ceremonias de magia negra, hasta au-
mentar los poderes de los talismanes protectores del bokor; desde causar
molestias a alguien, hasta acarrear la enfermedad o la muerte a una per-
sona. A cambio, el bokor le proporcionará gente dispuesta a ser poseída
por él y así satisfacer sus pasiones terrenales.

229
El hechicero que tiene tratos con las almas de los muertos, también
tiene el poder de obligar al alma a cumplir el trato; sólo cuando el plazo
del acuerdo haya vencido, el bokor dejará el alma libre y hará los ritua-
les necesarios para acelerar su viaje hacia el más allá.
Muchas almas respondieron a las sucesivas llamadas del bokor aque-
lla noche y se manifestaron en el cuerpo de los fieles, pero sólo para be-
ber ron, fumar y tener relación sexual. Por dos veces, las almas quisieron
luchar con los creyentes.
En un momento determinado de la noche, yo estaba en pie junto al
bokor grabando la conversación que éste sostenía con un alma encarna-
da en una mujer. Cuando estaban a punto de llegar a un acuerdo, otra mu-
jer que estaba frente a mí fue poseída a su vez; desquiciada empezó a
apartar a la gente a empujones y se arrojó contra mí. Yo tenía una mano
ocupada con el micrófono y con la otra intentaba proteger la grabadora
que llevaba colgada al cuello y, al mismo tiempo, apartar a la mujer.
Eché a andar hacia atrás confiando en que alguien la detendría; para
entonces, ella me escupía, su cara cubierta de sudor y distorsionada por
el odio y por la ira, la mirada completamente extraviada. Después empe-
zó a insultarme, pero no con voz de mujer, sino con voz grave de hom-
bre. Algunos intentaron agarrarla, pero tenía demasiada fuerza. Tropecé
y caí de espaldas. Ella trató de ponerse encima de mí; entonces solté el
micrófono y con las dos manos la cogí por el cuello y comencé a apretar,
mientras mantenía los brazos extendidos para impedir que me golpeara
la cara.
Por fin, unos cuantos presentes lograron sujetarla fuertemente y em-
pezaron a apartarla de mí. Quité las manos de su garganta y ella rompió
a reír. Yo me quedé paralizado porque el tono de su risa era potente, mas-
culino. Y con la voz grave propia de un varón, de nuevo comenzó a in-
sultarme y a decir cosas que me era imposible entender. Mientras el
houngan calmaba a la mujer, alguien me ayudó a ponerme en pie.
Yo había luchado contra piratas, huido de las garras de animales sal-
vajes, sobrevivido a los ataques de fieros guerreros y confrontado los peo-
res peligros imaginables, pero jamás había sido atacado por el alma de
una persona muerta. Las rodillas apenas podían sostenerme y temblaba
de arriba abajo. Necesitaba un cigarrillo.
Había perdido el paquete de cigarrillos durante la refriega, de modo
que fui hasta el coche para coger otro. Cuando la nicotina había surtido
su efecto y yo estaba más calmado, dirigí la mirada hacia el cementerio y
vi a la gente vestida de blanco corriendo por todas partes. Desde el coche
oía sus cantos y sus gritos; se había producido una nueva posesión y yo
sabía que no podría enfrentarme a otra alma de muerto ni aquella noche,
ni nunca. Puse en marcha el coche y fui directo a Puerto Príncipe, que
quedaba a más de ciento cincuenta kilómetros de allí, y pasé el resto de

230
la noche en un bar, bebiendo cerveza y mirando chicas bonitas que ven-
den amor por pocos dólares; ésa es mi manera de exorcizar las experien-
cias con lo desconocido.
El sueño borró las huellas de aquella pesadilla. Decidí escuchar las
grabaciones, pero la grabadora se negaba a funcionar. Pensando que las pi-
las se habían agotado, conecté el aparato a la red, pero en vano. Mi caída
no había podido ser la causa de la avería, ya que la grabadora era de la
marca Nagra, el Rolls Royce de este tipo de aparatos. Mientras daba
vueltas al asunto, llegó mi amigo Jean. Le conté la historia. Jean exami-
nó la grabadora. (En aquel entonces él todavía no había experimentado la
posesión que describo en el capítulo 7.)
-¡No funcionará porque los fusibles están quemados! -dijo.
Efectivamente, los dos fusibles, de 250 voltios y 5,5 amperios cada
uno, estaban quemados. Aquello no tenía sentido, porque yo utilizaba un
juego de doce pilas de 1,5 voltios cada una; 18 voltios en total no podían
quemar dos fusibles de 250 voltios.
-A lo mejor los has quemado esta mañana al conectar el aparato a la
red -dijo Jean buscando una explicación racional. Pero tampoco ésa era
la causa, porque en Haití la corriente es de ciento diez voltios.
Arreglamos los fusibles, pero el Nagra continuó sin funcionar.
Para abreviar una larga historia diré que un mes más tarde, cuando
emprendí el regreso a Europa, dejé la grabadora en el servicio técnico de
Nagra en Nueva York para que la repararan; prometieron que estaría
arreglada a mi vuelta, prevista al cabo de un mes.
Muerto de curiosidad por saber qué había pasado con la grabadora, lla-
mé al servicio técnico una semana más tarde. El técnico me dijo que el
ingeniero de sonido debía haber conectado el Nagra a una red de alto vol-
taje, de más de 500 voltios (también se habían quemado algunos con-
densadores que estaban preparados para soportar 500 voltios), cosa que
había destruido todo el sistema eléctrico del aparato. Expliqué que yo ha-
bía sido la única persona que lo había manejado en el momento de que-
marse, y que entonces la alimentación era de 18 voltios. Por toda res-
puesta se hizo un silencio al otro lado del teléfono; yo pedí que comen-
zara la reparación del Nagra.
De camino a Haití, hice un alto en Nueva York para recoger el aparato.
—Es muy extraño lo que ha sucedido con este Nagra -dijo el técnico.
Y pasó a explicar que por el micrófono había penetrado un alto vol-
taje y que a partir de ahí se había extendido por todo el sistema eléctrico
quemando los dos fusibles; el voltaje también había destruido unas cuan-
tas pilas que aún estaban en el Nagra.
-Las dos únicas explicaciones racionales que tengo para este asunto
—conluyó el técnico-, son que alguien conectara por error las entradas de
los micrófonos a la red, o que un rayo cayera sobre los mismos micrófo-

231
nos, pero en este último caso también estarían quemados. Probamos los
micrófonos y descubrimos que efectivamente estaban quemados.
No quise decirle que aquella noche el cielo estaba cuajado de estre-
llas y que si hubiera caído algún rayo yo lo habría sabido; era yo quien
llevaba el micrófono. No, esa noche no hubo rayos, tan sólo una mujer
poseída por el alma de un hombre muerto que me atacó entre risota-
das y gritos. Pero nunca sabré cómo es posible que un alma destruyera
la grabadora. Y si no fue el alma quien lo hizo, entonces ¿quién o qué
era aquello?
Cuando a los dos días del episodio en el cementerio volví al houmfort
para recoger el equipo de filmación que había dejado allí, el bokor me
preguntó por qué me había marchado con tanta premura después del ata-
que de la mujer poseída. Mentí y dije que había recordado un asunto que
reclamaba mi presencia aquella noche en Puerto Príncipe. Después le
pregunté si podía ver de nuevo a la mujer. El bokor la mandó llamar.
La mujer se reunió con nosotros; tenía un aspecto demasiado frágil
para ser alguien capaz de superar en fuerza a muchos de los hombres
congregados en el cementerio. Estrechó mi mano con suavidad y pidió
perdón con voz femenina y apacible:
-Los demás me han contado lo que hice con usted. Lo siento muchí-
simo. No tengo ningún motivo para haberlo hecho. Jamás en la vida he
peleado con nadie, ni siquiera con una mujer. Fue el alma del hombre que
me poseyó -añadió con la voz súbitamente sobrecogida.
—¿Por qué? -pregunté-. ¿Recuerda usted por qué hizo eso el alma?
-¡No, lo siento! -respondió-. Nunca recuerdo lo más mínimo después
de la posesión. Nadie recuerda nada.
—Probablemente el hombre muerto tenía sus razones, pero no tuve
tiempo de preguntarle -intervino el bokor.
-¿Cómo sabe que fui atacado por el alma de un hombre difunto? ¿No
podría ser que la mujer estuviera poseída por un loa petro? -pregunté al
bokor cuando la mujer se hubo ido.
—No. Los loas sólo hablan en la lengua. -Se refería a la lengua que
sólo entienden los más altos iniciados-. El alma del hombre muerto ha-
blaba criollo.
De camino al santuario donde el bokor había guardado mi equipo
bajo llave, nos detuvimos frente a la puerta de otro santuario; allí era
donde practicaba magia negra. Abrió la puerta. En la estancia, cuyas pa-
redes estaban repletas de dibujos mágicos y pinturas multicolores que re-
presentaban a diversos loas petro, había un ataúd negro.
-De modo que finalmente ha hecho un trato con un alma -dije.
Él asintió.
-Y supongo que el propietario del alma está ahí -añadí, señalando el
ataúd.

232
-Sí. Es un hombre, y ése es su ataúd original. ¡No fue fácil sacarlo de
la tumba y traerlo hasta aquí sin el coche!
-¿No tiene miedo? -pregunté.
-No, tengo un trato con el alma -dijo-. Y mientras yo cumpla mis pro-
mesas, el alma no puede hacerme daño. Si el alma se niega a colaborar,
puedo obligarla a ello porque yo tengo aquí el cuerpo del hombre muerto.
-¿Y las otras almas? ¿No suponen un peligro para usted?
-Tengo mis talismanes.
-¿Y si un alma se encarna en algún miembro de su comunidad para
intentar agredirle?
-¡Es imposible! Además, sé calmar a un poseído imponiendo mis
manos sobre su cabeza. De todas maneras, ninguno de los míos podría
dañarme, ni siquiera los poseídos. Yo tengo control sobre ellos porque
poseo su aliento.
-¿Las almas no pueden poseerle a usted y tratar de hacerle daño?
-Yo me preparo para la posesión sólo cuando estoy en el houmfort y
desde luego, ¡nunca en un cementerio!
Estaba a punto de salir cuando el bokor me invitó a quedarme.
-Voy a hacer la primera ceremonia con este alma. Quédese y observe.
-Gracias. Me encantaría, pero debo volver a Puerto Príncipe. Espero
poder quedarme en otra ocasión -dije. Pero en realidad pensaba que no
quería saber nada más de todo aquello.

Reencarnación

De los cientos de religiones que se profesan en el mundo, tan sólo


unas cuantas tienen en común la doctrina de la reencarnación, la idea de
que el alma de una persona muerta se reencarna en otro cuerpo humano
para iniciar una nueva vida como persona distinta. Y son muy escasas las
que creen en la resurrección del cuerpo original; es el caso del catolicis-
mo. Éste es un punto interesante porque si los principios de una religión
fueran el mero producto de las esperanzas y los sueños del hombre por
ser eterno, entonces todas las religiones creerían, de un modo u otro, en
la reencarnación física, salvo en las culturas que ven la vida como una
aventura tan ardua y difícil que prefieren creer en que, una vez muertos,
ya no se verán obligados a vivir otra vez en la tierra.
Pocas religiones sostienen que el alma se reencarna permanentemen-
te en la materia. Para los indios de los Andes, por ejemplo, la materia es
eterna porque continuamente se transforma. El ser humano debe su ori-
gen a la tierra y a la tierra vuelve tras la muerte. La tierra es, por tanto, el
nirvana de los indios; el indio se reencarnará en una montaña, una colina
o un lago si su vida ha sido buena; en caso contrario, será por siempre un

233
espíritu errante a quien la reencarnación en la materia está vedada. Ahí
reside la explicación del respeto que los indios sienten por la naturaleza:
es el recipiente de almas humanas reencarnadas.

El hecho de que existan puntos comunes que vinculan entre sí a todas


las culturas de tradición, me lleva a creer que hay verdades por descubrir
en ellas; ¿por qué si no los pueblos del mundo creen en las mismas co-
sas? Examinemos cuáles son estas creencias comunes en lo referente a la
vida después de la muerte.

• Además del cuerpo físico, el ser humano posee un alma que es invisi-
ble y sobrevive a la muerte del cuerpo.
• Tras la muerte del cuerpo, el alma pasa dificultades para dejar a los vi-
vos y por tanto, se queda cerca del cuerpo durante un cierto período de
tiempo. (Si esto es cierto, la cremación del cadáver plantea un grave
problema en lo concerniente a la supervivencia del alma, porque que-
mar el cuerpo implica también la destrucción del alma. Con el fuego
se destruía a las brujas y a cualquier persona que fuera indeseable para
la sociedad; eran quemadas vivas para garantizar que las almas eran
destruidas y no podían sobrevivir para hechizar a los vivos.)
• Los vivos pueden invocar y comunicarse con el alma de una persona
muerta.
• El alma de una persona muerta puede manifestarse y entablar comuni-
cación con los vivos poseyendo a alguien que se ha preparado para re-
cibirla, o que goza de una natural predisposición para la posesión. Pero
ello entraña ciertos peligros; por este motivo, los pueblos de tradición
dejan esta labor en manos de sus jefes espirituales o bajo su superivi-
sión, ya que son ellos quienes con su conocimiento pueden evitar que
los creyentes sean poseídos por almas malevolentes, espíritus malig-
nos u otras entidades maléficas.
• Existe un mundo invisible donde todas las almas se congregan. Podría
tratarse del mundo primordial de la eternidad -el primitivo Jardín del
Edén- donde viven los Divinos, o bien de la Inteligencia Cósmica, que
el alma alcanza y nutre con su autotransformación.
• El alma de una persona fallecida necesita de rituales funerarios. Con
ellos queda protegida de las energías malignas, consigue ayuda para li-
berarse del cuerpo y de las pasiones humanas, obtiene el impulso y la
protección precisos para emprender el largo y penoso viaje hacia el
más allá, y recibe ayuda para conseguir la aceptación de sus antepasa-
dos o de lo divino, sea ello lo que sea.
• Las almas de los muertos pueden ayudar a los vivos en la consecución
de bienes materiales y espirituales.

234
• Es posible que las almas de las personas difuntas que no recibieron los
rituales pertinentes, o las de aquellas que sufrieron una muerte trágica,
como el suicidio, continúen una existencia invisible entre los vivos, y
causen molestias a éstos de un modo u otro.
• Los rituales, tanto como los recuerdos de las personas vivas, contribu-
yen a que el alma de los muertos conserve vida.

Después de más de veinte años de viajar por el mundo y de vivir con


gentes de distinta tradición, me pregunto si la función esencial del culto
a los muertos -rituales funerarios, respuestas a la necesidad que las al-
mas tienen de ser acompañadas y cuidadas por los vivos- no es más que
la de producir un amor y una rememoración continuos de los fallecidos,
acciones que generan las energías necesarias para que el alma siga viva.
De hecho, ya que el amor es el acto más grande y poderoso de la creación
y de la magia, la energía del amor junto con el poder del recuerdo podrían
en verdad ser capaces de salvaguardar la eternidad, la inmortalidad de
un alma. Acaso sólo se muere de verdad cuando no hay nadie que pien-
se en la persona muerta; mientras esa persona siga viva en el corazón y
en el recuerdo de los vivos, su alma se mantendrá viva en la eternidad.
Los ifugaos de Filipinas, los maoríes de Nueva Zelanda, los dayak de
Borneo y muchas otras tribus son capaces de recitar el nombre de sus an-
tepasados remontándose al menos veinte generaciones. Para ellos, la in-
mortalidad es ser recordado por los vivos. En consecuencia, si la vida de
una persona deja que desear, tal vez corra el riesgo de morir sin que los
vivos le lloren y le proporcionen las energías precisas para seguir viva,
para hacer el viaje de la transformación y para asegurarse la inmortali-
dad. Y si el infierno existe, entonces el verdadero infierno quizá sea ver-
se morir por falta de las energías que emanan de los vivos. Y si el paraí-
so existe, éste es de amor y de remembranzas.
Para los pueblos de tradición, esto también es cierto en el caso de los
dioses, ya que hemos sido creados a su imagen y semejanza (y así cerra-
mos el círculo: de lo divino a seres humanos; de seres humanos volvemos
a lo divino). Estos pueblos creen que los mismos dioses desaparecen cuan-
do los humanos ya no les honran; cuando las gentes no los necesitan más
y se desvanecen en sus recuerdos, los dioses pierden la inmortalidad.
Una vez me dijo un cazador de cabezas de Borneo:
-Los dioses nos necesitan tanto como nosotros a ellos. Son nuestra
esperanza de una vida mejor, y nosotros somos su inmortalidad. Nos han
creado para que les alimentemos con nuestras ofrendas y para existir gra-
cias a las energías de nuestra fe; a cambio, ellos han creado la naturaleza
para que nosotros nos alimentemos y el paraíso donde viviremos como
dioses.

235
Si algo hay que aprender de los pueblos de tradición, yo diría que es
el valor que conceden a la muerte porque es lo que da a la vida un valor
mayor. Eliphas Levi escribió: «Amar la vida más intensamente de lo que
uno teme las amenazas de muerte, es merecer la vida».
En las sociedades modernas ya no vemos la muerte cara a cara, in-
cluso evitamos utilizar la palabra. En lugar de decir «ha muerto», deci-
mos «se ha marchado», «nos ha dejado», «le hemos perdido» y otras fra-
ses similares. Empleamos el término seguro de vida cuando deberíamos
utilizar el de seguro de muerte, ya que ése es su propósito. Vemos a nues-
tros muertos en la sala de la funeraria, envueltos en suaves oleadas de
música clásica, maquillados para devolverles el color de la vida y perfu-
mados para disfrazar el olor de la muerte. La muerte es un fenómeno que
se oculta; creemos ser inmortales.
Todo en nuestra sociedad refuerza tal creencia. Las tarjetas de crédito
nos aseguran que aún viviremos al cabo del mes; ¿por qué si no nos da ese
plástico el banquero? Comprar un coche a plazos pagaderos en tres años, o
una casa en treinta, nos proporciona un crédito de vida por tres, por trein-
ta años; de lo contrario, ¿nos daría el crédito el banco? Suscribimos planes
de jubilación porque dicen que a los sesenta y cinco años nos reintegrarán
el dinero invertido. Confiamos en recuperar algún día la infancia perdida,
pero vivimos pendientes de cómo viviremos mañana, del próximo fin de se-
mana, las vacaciones, del aumento de sueldo, de la compra de otra casa, de
otro coche. Y al morir, gritamos en silencio que la vida es demasiado corta.
El olor de la muerte y la visión de los cuerpos en descomposición son
la clave de los pueblos de tradición para comprender la grandeza de la
vida. En otras palabras, sabemos apreciar el día si reconocemos que exis-
te la noche y estamos dispuestos a pasarla. La muerte de los seres queri-
dos da a los pueblos de tradición la necesidad de vivir la vida profunda y
plenamente, como si el mañana no existiera.
Quizá mientras estamos vivos, no sepamos qué nos espera después
de la muerte; tan sólo nos queda especular. Por tanto, yo prefiero vivir la
vida de manera que, si hay algo después de la muerte, mi alma forme par-
te de un estado de autotransformación, sea el que sea. Es decir, elijo vi-
vir la vida en plenitud de amor y de pasión, ya que es mi deber de perso-
na viva; elijo recordar que ya que soy hombre y tengo capacidad para el
cambio, sería un crimen no intentarlo; elijo considerar que soy mi propio
dios y que mi religión es el amor, un amor que incluye el respeto, la con-
miseración y la comprensión, amor por mi pareja, por mis hijos, por mi
familia y por la gente que me rodea; y elijo aceptar que mi libertad ter-
mina donde empieza la de los demás.
Creo firmemente que al morir, Dios o la Inteligencia Cósmica o Ella
sólo me hará una pregunta:
-Te he dado la vida. ¿Qué has hecho con ella?

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índice

Agradecimientos 9

Introducción 11

1. Los pueblos de tradición y la perspectiva moderna 17


2. La cosmología de los pueblos de tradición 38
3. Los filipinos 65
4. El pueblo tuareg 80
5. Chamanes y hechiceros de los Andes 107
6. Gitanos, namibios, chamanes de Java, derviches ululantes y
Kataragama 126
7. Vudú en Haití 140
8. Hechicería, muerte por magia, zombis, hombres voladores y
hombres lobo 173
9. Vida después de la muerte 214

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