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3 John Locke

John Locke, filósofo británico del siglo XVII, es conocido por su enfoque empirista, argumentando que todo conocimiento proviene de la experiencia sensorial y que la mente humana es una 'tabula rasa' al nacer. Locke distingue entre cualidades primarias, que reflejan propiedades reales de los objetos, y cualidades secundarias, que son percepciones subjetivas. Además, aboga por la libertad de pensamiento, la igualdad de género y la separación de poderes en el Estado, sentando las bases para ideas liberales que florecerían durante la Ilustración.

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3 John Locke

John Locke, filósofo británico del siglo XVII, es conocido por su enfoque empirista, argumentando que todo conocimiento proviene de la experiencia sensorial y que la mente humana es una 'tabula rasa' al nacer. Locke distingue entre cualidades primarias, que reflejan propiedades reales de los objetos, y cualidades secundarias, que son percepciones subjetivas. Además, aboga por la libertad de pensamiento, la igualdad de género y la separación de poderes en el Estado, sentando las bases para ideas liberales que florecerían durante la Ilustración.

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JOHN LOCKE (1632 – 1704)

La última vez hablamos de Descartes y Spinoza. Dijimos que tenían una importante cosa
en común: los dos eran racionalistas. Y un racionalista es uno que tiene mucha fe en la
razón.
Si, un racionalista cree en la razón como fuente de conocimientos. Opina que el ser
humano nace con ciertas ideas, que existen por tanto en la conciencia de los hombres
antes de cualquier experiencia. Y cuanto más clara es la idea, mayor es la seguridad de
que corresponde a algo real. Recordarán que Descartes tenía una clarísima imagen de lo
que es un «ser perfecto». Partiendo de esta idea deduce que verdaderamente existe un
Dios.
Este modo racionalista de pensar era típico de la filosofía del siglo XVII, y también había
sido corriente en la Edad Media. Lo recordamos de Platón y de Sócrates. Pero en el siglo
XVIII estuvo expuesto a críticas cada vez más profundas. Varios filósofos adoptaron el
punto de vista de que no tenemos absolutamente ningún contenido en la conciencia antes
de adquirir nuestras experiencias mediante los sentidos. Este punto de vista se llama
empirismo.
Los empiristas, o filósofos de la experiencia, más importantes fueron Locke, Berkeley y
Hume, y los tres eran británicos. Los racionalistas dominantes en el siglo XVII eran el
francés Descartes, el holandés Spinoza y el alemán Leibniz. Por ello solemos distinguir
entre el empirismo británico y el racionalismo continental.
Un empirista desea hacer derivar todo conocimiento sobre el mundo de lo que nos cuentan
nuestros sentidos. La fórmula clásica de una actitud empírica viene de Aristóteles, quien
dijo que «no hay nada en la conciencia que no haya estado antes en los sentidos». Este
punto de vista implicaba una crítica acentuada de Platón, que había opinado que los
hombres traían consigo una serie de «ideas» innatas del mundo de las Ideas. Locke retoma
las palabras de Aristóteles, y las dirige contra Descartes.
No tenemos ninguna idea innata sobre el mundo. En realidad no sabemos nada de este
mundo en el que nos han colocado antes de haberlo visto. Si tenemos una idea o un
concepto que no se puede conectar con hechos experimentados, se trata de un concepto o
de una idea falsa. Cuando por ejemplo usamos palabras como «Dios», «eternidad» o
«sustancia», la razón funciona sin combustible, porque nadie ha llegado a conocer ni a
Dios, ni la eternidad, ni aquello que los filósofos llaman «sustancia». De esa forma se
pueden escribir tesis eruditas que en el fondo no contienen ningún tipo de conocimiento
nuevo. Un sistema filosófico de esa clase puede parecer impresionante, pero no son más
que quimeras. Los filósofos de los siglos XVII y XVIII habían heredado una serie de tesis
eruditas de ese tipo. Ahora había que estudiarlas con lupa. Había que limpiarlas de vacíos.
Quizás pudiéramos compararlo con el lavado del oro. La mayor parte es arena pero,
dentro, resplandecen las pepitas de oro. Entonces, esas pepitas de oro son conocimientos
auténticos, o por lo menos, pensamientos que se pueden relacionar con los conocimientos
humanos. Para los empiristas británicos era muy importante analizar todas las ideas
humanas, con el fin de ver si podían ser demostradas mediante experiencias auténticas.
El primero fue el inglés John Locke, que vivió entre 1632 y 1704. Su libro más importante
se tituló “Ensayo sobre el conocimiento humano” y fue publicado en 1690. Locke intenta
aclarar dos cuestiones. En primer lugar pregunta de donde recibe el ser humano sus ideas
y conceptos. En segundo lugar si podemos fiarnos de lo que nos cuentan nuestros
sentidos.
Locke está convencido de que todo lo que tenemos de pensamientos y conceptos son solo
reflejos de lo que hemos visto y oído. Antes de captar algo con nuestros sentidos, nuestra
conciencia es como una «tabula rasa», o «pizarra en blanco».
Antes de captar algo con los sentidos, la conciencia está tan vacía y falta de contenido
como la pizarra antes de entrar el profesor en la clase. Locke también compara la
conciencia con una habitación sin amueblar. Pero luego empezamos a captar con los
sentidos. Vemos el mundo a nuestro alrededor, saboreamos, olemos y oímos. Y nadie lo
hace con más intensidad que los niños pequeños. De esta manera surgen lo que Locke
llama «ideas simples de los sentidos». Pero la conciencia no solo recibe esas impresiones
externas de un modo pasivo. Algo sucede también dentro de la conciencia. Las ideas
simples de los sentidos son elaboradas mediante el pensamiento, el razonamiento, la fe y
la duda. Así surge lo que Locke llama «ideas de reflexión de los sentidos». Como ves,
distingue entre «sentir» y «reflexionar». Pues la conciencia no es siempre una receptora
pasiva. Ordena y elabora todas las sensaciones que entran poco a poco en la conciencia.
Locke subraya que lo único que recibimos a través de los sentidos son impresiones
simples. Cuando me como una manzana, por ejemplo, no capto con los sentidos toda la
manzana en una sola sensación. En realidad recibo una serie de esas «sensaciones
sencillas», como que algo es verde, huele a fresco y sabe jugoso y ácido. Después de
haber comido muchas veces una manzana, soy consciente de estar comiendo una
manzana. Cuando éramos pequeños y probamos por primera vez una manzana, no
tuvimos esa sensación. Pero vimos algo verde, saboreamos algo fresco y jugoso, y
también un poco ácido. Poco a poco vamos juntando esas sensaciones formando
conceptos como «manzana», «pera» o «naranja». Pero todo el material de nuestro
conocimiento sobre el mundo entra al fin y al cabo por los sentidos. Por lo tanto, los
conocimientos que no pueden derivarse de sensaciones simples, son conocimientos falsos
y de ben ser rechazados.
La primero pregunta que Locke ha contestado es de dónde recibimos nuestras ideas y
conceptos. Pero luego también se pregunta si el mundo realmente es como nosotros lo
percibimos. Porque eso no resulta tan evidente.
Locke distinguía entre lo que llamaba cualidades «primarias» y «secundarias» de los
sentidos. En este punto conecta con los filósofos anteriores a él, por ejemplo con
Descartes.
Con «cualidades primarias de los sentidos», se refiere a la extensión de las cosas; su peso,
forma, movimiento, número. En cuanto a estas cualidades podemos estar seguros de que
los sentidos reproducen las verdaderas cualidades de las cosas. Pero también captamos
otras cualidades de las cosas. Decimos si algo es dulce o agrio, verde o rojo, frio o
caliente. Locke llamaba a estas «cualidades secundarias de los sentidos». Y estas
sensaciones, como color, olor, sabor o sonido, no reflejan las verdaderas cualidades que
son inherentes a las cosas mismas, sino que solo reflejan la influencia de la realidad
exterior sobre nuestros sentidos.
Las cualidades primarias, tales como tamaño y peso, es algo sobre lo que todo el mundo
puede estar de acuerdo, porque están en las cosas mismas. Pero las cualidades
secundarias, tales como color y sabor, pueden variar de un animal a otro y de una persona
a otra, según la constitución de los sentidos de cada uno.
Cuando alguien come una naranja adopta exactamente la misma expresión que otras
personas cuando comen un limón. Y tú a lo mejor encuentres la misma naranja dulce y
rica. Ahora bien, ninguna de las dos tiene razón, y ninguna está equivocada. Simplemente
describen cómo la naranja actúa sobre sus sentidos.
Lo mismo ocurre con la percepción del color. A lo mejor a ti no te gusta el color rojo. Si
alguien acaba de comprarse un vestido precisamente de ese color, a lo mejor sería
inteligente por tu parte callarte tu opinión. Tienen diferentes pareceres sobre el color,
pero el vestido no es ni feo ni bonito.
En lo que se refiere a la realidad extensa, Locke está de acuerdo con Descartes en que
esta realidad tiene ciertas cualidades que los seres humanos pueden captar con su razón.
Locke también dio pie a lo que él llamaba «conocimiento intuitivo» o «demostrativo».
Opinaba por ejemplo que para todos existen ciertas reglas básicas, y defiende la llamada
idea de «derecho natural», que es un rasgo racionalista. Otro rasgo igualmente racionalista
de Locke es que pensaba que es inherente a la mente del hombre el pensar que hay un
Dios. Pero no lo deja en una simple cuestión de fe. Opina que el reconocimiento de los
hombres de la existencia de Dios emana de la razón humana. También eso es un rasgo
racionalista. También hay que añadir que abogó por la libertad de pensamiento y la
tolerancia. Además le interesaba la igualdad entre los sexos. Pensaba que la idea de que
la mujer estuviera sometida al hombre era una idea creada por los seres humanos. Por lo
tanto también puede ser alterada por ellos.
Locke fue uno de los primeros filósofos de la época moderna que se preocupó por los
papeles de los sexos. Tendría una gran importancia para su tocayo John Stuart Mill, que
jugaría a su vez un importante papel para la igualdad entre los sexos. Locke anticipó en
general muchas ideas liberales que más adelante, durante la Ilustración, llegaron a florecer
en la Francia del siglo XVIII. Por ejemplo él fue quien primero habló a favor de lo que
llamamos principio de división de los poderes. Lo que quiere decir que el poder del Estado
queda repartido en varias instituciones. El «poder legislativo» o la asamblea nacional.
Luego viene el «poder judicial» o los tribunales de justicia, y finalmente el «poder
ejecutivo», o el gobierno.
Esta tripartición proviene del filósofo francés Montesquieu, de la época de la Ilustración.
Locke había señalado que, ante todo, los poderes legislativo y ejecutivo deberían estar
separados, con el fin de evitar la tiranía. Fue contemporáneo de Luis XIV, quien había
reunido todo el poder en una sola mano.
«El Estado soy yo», dijo. Decimos que fue autocrático. Hoy en día lo habríamos
considerado un Estado sin derecho. Con el fin de asegurar un Estado de derecho, los
representantes del pueblo deberían legislar y el rey o el gobierno ejecutar las leyes,
pensaba Locke.

Bibliografía
Gaarder, J. (1994). El mundo de Sofía. Novela sobre la historia de la filosofía. Siruela.

EDUCADOR IGNACIANO

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