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Leyendas 2

La leyenda de la Virgen de Ka'akupe narra la historia de José, un joven indio que se pierde en el bosque mientras busca madera y es perseguido por guerreros mbya. Al encontrarse en peligro, reza a la Virgen María prometiendo tallar su imagen si sobrevive, lo que logra y posteriormente crea dos imágenes de la Virgen, una de ellas venerada en la Basílica de Caacupé. Otras leyendas presentadas incluyen la transformación de una mujer en perdiz, el castigo de un joven por descuidar a su madre, y el hallazgo de un Cristo en la selva que se convierte en símbolo de un pueblo.

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Leyendas 2

La leyenda de la Virgen de Ka'akupe narra la historia de José, un joven indio que se pierde en el bosque mientras busca madera y es perseguido por guerreros mbya. Al encontrarse en peligro, reza a la Virgen María prometiendo tallar su imagen si sobrevive, lo que logra y posteriormente crea dos imágenes de la Virgen, una de ellas venerada en la Basílica de Caacupé. Otras leyendas presentadas incluyen la transformación de una mujer en perdiz, el castigo de un joven por descuidar a su madre, y el hallazgo de un Cristo en la selva que se convierte en símbolo de un pueblo.

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LA LEYENDA DE LA VIRGEN DE KA'AKUPE

Es el bosque sembrado de luces, de sombras, de chillidos y cantos. Es la tarde brillante


de oros y verdes azulados. Es el paraíso para el muchacho indio que se ha internado
en el monte en busca de maderas apropiadas para el trabajo. El indio ha salido de las
Misiones con ese objetivo y recorre el monte observando los árboles, la magnificencia
del paisaje, las luces, las sombras, los chillidos, los cantos. Los pájaros y los animales
han llamado su atención y se ha alejado de las Misiones tal vez demasiado. El indio ha
recogido algunas maderas que lleva consigo pero, extasiado ha ido de aquí para allá
extraviando el camino. Esconde la madera que ha juntado en un sitio que le parece
seguro y comienza a buscar el camino de regreso.
José es el nombre cristiano del indio. Se lo han puesto los misioneros al bautizarlo.
José es joven y fuerte. Avanza seguro de sí mismo. Seguro de encontrar el camino de
regreso. Pasan las horas y José no puede hallar el camino, tan denso es el bosque que
se ha perdido. Ya no podría decir con exactitud ni tan siquiera dónde dejó las maderas
que ha recogido para las tallas que se proponía encarar.
Ha aprendido el oficio de tallar la madera y todos en las misiones lo consideran un
artista. José es feliz allí. Trabaja para sí inismo y para los demás. Aprende cosas
nuevas. Honra a Dios y no le falta nada. ¿Qué más podría pedir?
José y el monte, hermoso y escabroso. De pronto José siente que alguien lo sigue.
Escucha murmullos. José apura el paso. Trata de alejarse de aquellas voces. ¿Lo han
escuchado? ¿Lo han visto? José teme que sí y trata de despistar a quien lo sigue. Ahora
corre. Avanza entre las lianas y los arbustos que le lastiman la piel.
José corre. Desconoce el monte en esta zona y cada vez. Ir parece estar internándose
en regiones más lejanas y sombrías.
Lo persigue un grupo de guerreros mbya. La tribu que no se ha hecho amiga de los
misioneros. La tribu que rechaza la evangelización. Terribles y poderosos son los
guerreros mbya. José presiente que se trata de ellos. Lo han descubierto y lo
persiguen como el cazador persigue a su presa. Lo rodean. Dan gritos. Se comunican
en una lengua que José no entiende.
La persecución es larga. José está agotado. No sabría cómo seguir. Se detiene en un
claro. ¿De dónde vendrán estos guerreros? ¿Estaré rodeado? piensa José. Y se lanza de
nuevo hacia la espesura a ciegas. Ha logrado salir nuevamente del círculo que los
mbya le tienden A punto de desfallecer, José llega junto a un gran árbol. Se detiene
apoyándose en su tronco enorme. Se acurruca. Reza ahora José. Implora. Clama a la
Virgen María. Hace su promesa: "si salgo con vida de ésta te prometo Virgencita que
he de tallarte una hermosa imagen con la madera de este mismo árbol que ahora me
protege", dice para sí mismo José.
Escucha los pasos de los guerreros. Ellos lo huelen. Está seguro de eso. José se esconde
en una grieta que el tronco tiene hacia seis grandes raíces.
Ya se escuchan las voces de los guerreros acercándose. EI círculo se hace cada vez más
pequeño. Ahora José puede verlos. Vienen hacia él. Son siete los guerreros. Están
armados y son fuertes y jóvenes. Están furiosos de haber descubierto a un intruso en
sus tierras. José reza en silencio.
Los mbya pasan junto al árbol, perciben la presencia del extraño pero no lo ven. Pasan
los guerreros junto a José sin verlo y desconfiados continúan su búsqueda yéndose
hacia otros lugares del bosque. José respira aliviado y agradece a la Virgen. Los mbya,
a juzgar por sus gritos y señales que se escuchan a lo lejos, han perdido el rastro.
Una vez que los mbya se alejan, José arranca del árbol un buen pedazo de madera y
retoma el camino de regreso. Ahora cree reconocer el lugar donde se encuentra y sin
problemas retorna a las Misiones. De inmediato se dispuso a cumplir con la promesa
hecha a la Virgen y comenzó a tallar una imagen con aquella madera. Semanas más
tarde tenía lista dos imágenes de la Virgen. Una, destinada a la veneración pública y
otra más pequeña para su culto personal. La primera reposa hoy en el altar de la
iglesia de Tobatí y la más pequeña es la milagrosa imagen venerada por cientos de
miles de personas de todo el mundo en la Basílica de Caacupé.
LEYENDA - YNAMBÚ GUASÚ

La perdiz grande de los prados. Érase una señora muy pobre que mantenía su familia
con el producto de cien trampas para cazar pájaros: ñujha o pyvo. Un día, antes de
salir a hacer su recorrido habitual, y mientras tomaba el mate, se quejaba
amargamente de su destino. Aquel día, halló en el primer lazo, una perdiz; en el
segundo, otra; en el tercero, otra; y así sucesivamente hasta verse obligada a arrancar
el ysypó (bejucos) para asegurar tanta presa. Y, al agacharse para coger la perdiz de la
última trampa, levantaron vuelo las perdices, arrastrando consigo a la señora. Tras
mucho buscar, sus afligidos hijos dieron con ella, hallándola detrás de un enorme
tacurú (hormiguero), rodeada de la bandada de perdices.
"¿Ndei co, mamita?" (¿eres tú, mamita), gritaron los hijos, acercándosele corriendo
para pedirle la bendición.
"Che, jha nda chef" (soy yo y no soy yo) exclamó la señora, al ser metamorfoseada en
ave para escarmiento para los que no se conforman con su destino; siendo éstas las
palabras que pronuncia hasta el presente.
Ynambú guasú, llamada por los mbyá Ynambú pyta (perdiz roja) figura, según la
teogonía guaraní, entre los primeros seres que poblaron la tierra:

Mbói ymá, tatú i, ynambú pyta,


ñande Ru yvy mongyha ypy haré.

La víbora antigua (ñandurié, el pequeño armadillo, la perdiz roja) son los que
originariamente ensuciaron la tierra de nuestro Padre.
KARÃU/LEYENDA

Según la leyenda, Karãu fue un joven que, en una noche en que su madre estaba muy
enferma, éste salió a buscar remedios para ella. Pero en el camino encontró una fiesta
y allí se quedó a bailar con la señorita más hermosa de la noche, prometiéndose que
sólo se quedaría un momento.
A la medianoche, cuando la diversión empezaba a aumentar, se le acercó un amigo que
muy serio le empezó a hablar. Le dijo que deje de bailar, que traía la noticia de que su
madre había muerto. El joven, como si no le importara lo que había escuchado, pidió
que siguiera sonando la música, pues seguiría bailando, y dijo a su amigo que el que
murió ya murió y el que está vivo sigue vivo, y que habría tiempo para llorar.
Ya por la madrugada, el joven preguntó a su dama dónde quedaba su casa, a lo que la
mujer le respondió que su casa quedaba lejos, pero que podría ir a visitarla los días en
que extrañe a su madre. Luego de escuchar estas palabras, el joven se dio cuenta de lo
que había hecho y se arrepintió. Salió del lugar llorando amargamente, repitiendo que
su madre ya se murió.
Dijo que desde ahora vagaría sin rumbo por los esteros y en esos lugares se vestiría
por siempre como perro. Por haber sido un mal hijo, Tupã lo castigó y lo convirtió en
un pájaro negro y estaría condenado a llorar todos los días.2
LA LEYENDA DEL CRISTO DE PIRIBEBUY

Maderas y yerba trae la caravana. Suben la última cuesta. El camino no ha sido fácil
pero ahora llegan a la posta y ya se nota en los hombres la expectativa. Los
movimientos de las carretas parecen agilizarse ante la vista del lugar. Numerosas
carretas descansan llenas de mercancías que llevan rumbo a Asunción. Un rancho
grande e iluminado es el centro de aquella romería donde los hombres hablan en alta
voz y algunos se emborrachan con caña.
Don Taní dirige la caravana. Ahora los peones desenganchan los bueyes, los llevan a
pacer hacia una zona de yuyales que han visto al llegar. Don Taní cuenta el ganado.
¡Falta una mula! dice en altavoz. ¡Ramón!, llama Don Taní y al instante Ramón, un
muchacho de veinte años, está junto al capataz. Falta una mula, ve a buscarla, ordena
Don Taní, habrá quedado en el bajo. Parte Ramón a toda prisa. Quiere volver pronto y
sumarse al jolgorio. La oscuridad de la noche no intimida a Ramón. Es joven y fuerte,
¿qué puede pasarle?
Al poco tiempo, escucha el rebuzno grave, se orienta y ayudado por la luz de la luna,
encuentra la mula perdida. Intenta llevarla por el sendero más corto pero la mula se
resiste. La mula toma el camino que ella quiere. Seguramente habrá olido agua, piensa
Ramón. La deja ir. Hay que tener paciencia. La noche es larga. A mitad de camino
Ramón cree ver un bulto tirado junto a un árbol, pero no es ésto lo que llama la
atención de Ramón, sino unos sollozos que escucha como viniendo de aquel bulto.
Lastimeros y ahogados son los sollozos. Ramón escapa del lugar tironeando la mula
como puede y llega agitado junto a su capataz. Don Taní, dice Ramón, usted tal vez no
me crea pero he visto algo, un bulto, cerca de un árbol allá en el bajo y el bulto
sollozaba todo el tiempo. Yo no quise acercarme solo. La verdad que me dio un poco
de miedo. Pero, qué jodido, le contesta chancero, el capataz. Andá con José y Ricardo y
traigan ese bulto. Mirá si alguien abandonó una criatura. Eso suele pasar. Los tres
peones vuelven al lugar y efectivamente encuentran un tercio de cuero al que primero
no se animan a acercarse debido a los lastimeros sollozos que escuchan. Al final,
Ricardo, el más corajudo, avanza seguido de cerca por los otros dos y abre la bolsa.
¡Un Cristo! exclama Ricardo. ¡Un Cristo! repiten a coro e incrédulos los otros dos.
Efectivamente, dentro de la bolsa de cuero, encuentran un cristo de madera de
grandes dimensiones. Al abrir la bolsa los llantos han cesado. Nos estaba llamando,
dice Ramón. Y vos no te animabas, le contesta socarrón, Ricardo. Vuelven los hombres
llevando al Cristo en andas dentro de la bolsa de cuero. Llaman a su capataz y le
muestran lo hallado. Bien, bien, dice Don Taní mirando la imagen, si Dios quiso que lo
encontremos, pues lo llevaremos con nosotros hasta Piraju. Allí le voy a construir un
oratorio. ¿Quién sabe quién dejó allí el Cristo? La mano de Dios...
No tardaron en descubrir el hallazgo los parroquianos viajeros que paraban en la
posta y quisieron ver la imagen. Al fin Don Taní cedió y la imagen fue vista por todos.
Maravillados miraban aquel enorme Cristo tallado en madera con los brazos
articulados. Como era de esperar hubo quienes estuvieron de acuerdo en que Don
Taní se lleve la imagen y otros que opinaban que debía quedarse allí para proteger a
los viajeros. Si allí había aparecido, allí debía quedarse, decían. Pese a la insistencia de
éstos últimos, Don Taní se mantuvo firme y al otro día, cuando despuntaba el alba,
cargó la bolsa con el Cristo sobre una mula y se dispuso a partir. Extrañamente la
caravana toda se puso en marcha pero la mula que llevaba el Cristo se empacó y no
quiso avanzar. Cambiaron al Cristo de mula y ésta tampoco quería ponerse en marcha.
Así estuvieron todo el día. Don Taní, presionado por el dueño del rancho no sabía qué
hacer. Por un lado quería aquel Cristo, pero por el otro parecía milagroso aquello de
que las mulas no quieran marchar sólo cuando llevaban cargada la imagen. Al final se
mantuvo en sus trece. Lo llevaré yo mismo hasta Piraju, dijo Don Taní. Dio un día de
descanso a sus peones y decidió pernoctar allí mismo.
Esa noche Don Taní comenzó a sentirse mal. Una fuerte descompostura le arrebataba.
Sentía dolores horribles en el vientre y no había nada que le calmara. Le prepararon
infusiones que ningún resultado daban. Los dolores seguían y Don Taní sufría
enormemente. La cosa se agravó al caer la noche. Don Taní maldecía la comida. Pero
en realidad la familia dueña de la posta era la que le atendía con mayor cuidado. Le
dieron la mejor cama de la casa. Le ponían paños de agua fría en la cabeza... Porque
Don Taní volaba de fiebre. Extraño mal, éste que aqueja a Don Taní, no hay con qué
pararlo, decía moviendo negativamente la cabeza Filomeno, el dueño del rancho.
Al otro día y después de haber sufrido dolores insoportables, Don Taní, para sorpresa
de todos, murió. Lo enterraron cerca de allí con profunda tristeza, pues era asiduo de
aquel lugar. Enviaron un mensajero a Piraju para avisar a su familia y la caravana que
el dirigía se puso en marcha lentamente llevando sus mercancías ahora con hondo
pesar. Todos interpretaron que el Cristo debía quedarse allí. Vieron una clara señal en
la muerte de Don Taní, el Cristo quiere quedarse, era la voz de la mayoría de los
viajeros. No hay vuelta que darle...
Desde entonces, el Cristo se alojó en el rancho de la posada. Años más tarde y con la
colaboración de los viajeros, se construyó un oratorio junto al rancho. Alrededor de
estas dos construcciones se fueron multiplicando las casas. Las gentes se asentaban
allí para obtener la protección de Ñandejára Guasu, como comenzaron a llamar al
Cristo. El caserío formó en poco tiempo un pueblo que fue llamado Capilla Guasu,
población que dio origen a la pintoresca Piribebuy, en cuya iglesia reposa la imagen de
aquel Cristo de extraña procedencia.
LA LEYENDA DEL TAJY

Cuenta la leyenda que el Dios de los guaraníes cuando estaba dispuesta la separación
de los hermanos Tupi y Guaraní, un día antes de la partida de Guaraní les dijo los dos
son y serán siempre conquistadores de tierras, el símbolo en sus conquistas era, que
ustedes al asentarse en una comunidad marcarán con grandes árboles los distintos
colores cuyo nombre será Tajy.

“Las tierras conquistadas” y así Tupa Tenondete les entregó la semilla, de estos
fornidos árboles, que había traído del “Yvoga” prometiendo que si cultivaban las
semillas crecerían los árboles más grandes y ellos utilizarían la madera para todos
utensilios que se necesitarán: canoas, cubiertos, armas, flechas, casas.

Desde que comenzó la conquista de los guaraníes se puede disfrutar por todos los
caminos los zapatos de diversos colores: blancos, amarillos y rosados. Desde ese
tiempo los guaraníes afirman que los lapachos siempre trae la fortaleza de Tupa a
todo el pueblo, pues al mirarlo y tocarlo el árbol les trasmite una fuerza incomparable,
marcando claramente el territorio que pertenece a esta tribu. Por esto los guaraníes lo
llaman “El árbol de Yvoga”; el árbol de Tupa Tenondete.

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