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Libro Autismo (Abril)

El libro aborda el neurodesarrollo infantil y el Trastorno del Espectro Autista (TEA), proporcionando una visión integral sobre el desarrollo cerebral y los factores que influyen en él. Se enfatiza la importancia del diagnóstico temprano y la intervención adecuada para mejorar el bienestar de los niños con TEA, así como la necesidad de comprender la neurodiversidad y las influencias ambientales en el desarrollo. La obra busca empoderar a padres y profesionales con información clara y accesible sobre estos trastornos y sus implicaciones.

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El libro aborda el neurodesarrollo infantil y el Trastorno del Espectro Autista (TEA), proporcionando una visión integral sobre el desarrollo cerebral y los factores que influyen en él. Se enfatiza la importancia del diagnóstico temprano y la intervención adecuada para mejorar el bienestar de los niños con TEA, así como la necesidad de comprender la neurodiversidad y las influencias ambientales en el desarrollo. La obra busca empoderar a padres y profesionales con información clara y accesible sobre estos trastornos y sus implicaciones.

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EL LIBRO AZUL, neurodesarrollo y trastorno del espectro autista.

2da Edicion.

Revisado y Ampiado, 2025

Cesar Rengifo

1
CONTENIDO
Introducción.

CAPÍTULO I

1. NEURODESARROLLO INFANTIL, UNA VISION INTEGRAL


Organización estructural del sistema nervioso: La base genética del cerebro 7
Desarrollo cognoscitivo: La influencia de los factores sociales y ambientales 8

1.1 FACTORES DE TRASTORNO DEL PERIODO FETAL.


Primer Trimestre del Embarazo: Desarrollo y Riesgos 9
Desarrollo Temprano del Feto 10
Segundo Trimestre: Crecimiento y Neurodesarrollo 11
Tercer Trimestre del Embarazo: Maduración y Vida Extrauterina 13

1.2 NEUROTRANSMISORES: EL LENGUAJE QUÍMICO DEL CEREBRO


Neurotransmisores Excitatorios: Respuesta Rápida e Intensa 14
Neurotransmisores Inhibitorios: Respuesta Lenta y Controlada 17
La Teoría de la Personalidad 19
Equilibrio entre Excitación e Inhibición 20
El equilibrio y la dualidad del sistema nervioso autónomo 22
Integración Neurosensorial 24

1.3 RAZONAMIENTO INTUICIÓN Y LÓGICA


Razonamiento Intuitivo, o empatía intuitiva 25
Razonamiento Lógico: Análisis y Evidencia 27

1.4 LAS EMOCIONES


Emociones innatas 28
Emociones y sistemas nerviosos simpático y parasimpático 30
Emociones, cultura y aprendizaje 30

1.5 SISTEMA DE REPRESENTACIÓN


Sistemas representacionales en PNL 31
El Impacto de la Tecnología en los Sistemas de Representación 33

1.6 REMODELACIÓN CEREBRAL


La plasticidad neuronal 34
Primeros mil días de Vida 36
Intervención prenatal
Primeros 6 meses 38
Retraso psicomotor 39
6 meses a 2 años

2
Desarrollo motor 45
Autonomía y la crisis de los 2 años 47
Retraso en la adquisición de habilidades 49
2 a 6 años
Lateralización y maduración cerebral 50
Señales de alerta 57

CAPÍTULO 2

2. TRASTORNO DEL ESPECTRO AUTISTA

Clasificación del Trastorno del Neurodesarrollo 59

2.1 UN POCO DE HISTORIA. 59

2.2 DETECCIÓN PRECOZ EN EL AUTISMO.


Intervención temprana 62
Detección de signos tempranos, primeros 6 meses 63
6 meses a 2 años: manifestaciones iniciales del autismo 66
2 a 6 años: diagnóstico definitivo 72
Diagnóstico del Trastorno del Espectro Autista 73

2.3. EVALUACION DEL AUTISMO EN SUS DIFERENTES ASPECTOS.


EVALUACIÓN POR ESPECIALISTA EN SALUD MENTAL
Trastorno del comportamiento 77
Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad 78
Tratamiento Médico y Farmacológico
Trastorno del aprendizaje 80
Abordaje terapéutico
Alteraciones del Lenguaje 82
La intervención en el trastorno del lenguaje
Síndrome de desconexión funcional 85

Comorbilidades Médicas.
Epilepsia 86
Variabilidad Genética 87
Problemas de la Movilidad 88
Defectos de la Visión 92
Complicaciones Ambientales.
Metales Tóxicos 93
Exposición a Químicos 99
Importancia de la evaluación y tratamiento temprano
Sistema Digestivo 102
Microbiota Intestinal 105
Alergia vs. Intolerancia Alimentaria 109

3
Abordaje y soluciones
Dentición. 112
Alteraciones Inmunológicas 113
Diagnóstico y Rol del Inmunólogo

2.4 CAMINO HACIA EL APOYO Y EL CRECIMIENTO DEL NIÑO.


Reflexión inicial tras el diagnóstico 114
0-6 meses. 115
6 meses- 2 años. 116
2 - 6 años. 118

CAPÍTULO 3

3. AUTISMO EN EL ADOLESCENTE Y EL ADULTO JOVEN.


Adolescencia y pubertad 125
Cambios neuropsicológicos en la regulación emocional 127

3.1 ADOLESCENCIA Y TRASTORNO DEL ESPECTRO AUTISTA


Liderazgo parental. 129
Reevaluación diagnóstica. 130
Identificar comorbilidades.
Trastorno del lenguaje. 134
Intervenciones para el trastorno del lenguaje en adolescentes con TEA.
Impacto de las Toxinas en la Poda Neuronal 135
Manejo de la exposición a tóxicos.
Trastornos gastrointestinales 136
Enfoques de tratamiento.
Alteraciones del sueño 137
Manejo de estas alteraciones.
Trastornos Motores y Sensoriales 138
Terapias físicas y ocupacionales.

3.2 CAMINO HACIA EL APOYO Y EL CRECIMIENTO FAMILIAR EN EL TEA.


Duelo de los padres. 141
Actitud Correcta: Aceptación y Acción Proactiva 142
Pautas para Padres de Niños con TEA 143

3.3 INTERACCIÓN CON UNA PERSONA AUTISTA


Consejos para quienes interactúan con personas en el espectro. 145
Mensaje final. 147

3.4 REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS RECOMENDADAS 148

3.5 SOBRE EL AUTOR 159

4
INTRODUCCION, ACERCA DE ESTE LIBRO.

A pesar de los avances que la medicina ha logrado en el siglo XXI, existen aún
enfermedades y trastornos que cargan con un fuerte estigma, como los trastornos del
neurodesarrollo. Entre estos, se incluyen el Trastorno de Déficit de Atención, el Trastorno
del Espectro Autista (TEA), el Trastorno del Lenguaje y el Síndrome de Down, entre otros.
Estos trastornos pueden generar una gran preocupación en las familias, especialmente en
los padres que reciben un diagnóstico reciente. La incomprensión de las conductas de sus
hijos, las opiniones diversas de familiares y amigos, la información dispersa en internet y las
diferencias de criterio entre los especialistas, son solo algunos de los retos que enfrentan.
Para los profesionales no especialistas en el ámbito del autismo y los trastornos del
neurodesarrollo, este libro ofrece una oportunidad para adentrarse en un tema de gran
complejidad y relevancia. La dispersión de información disponible sobre estos trastornos
puede resultar confusa para los profesionales de la salud, que, aunque bien intencionados,
no cuentan con formación específica en este campo. A lo largo de este libro, se organiza y
sintetiza información clave para que los lectores puedan comprender los distintos aspectos
del autismo y otros trastornos relacionados, y cómo pueden influir en el desarrollo infantil.
Para los profesionales, este contenido puede servir como una base para reconocer las
señales tempranas de estos trastornos y para colaborar de manera más efectiva con los
padres en la implementación de estrategias que favorezcan el bienestar y el progreso de los
niños.
Uno de los elementos más importantes para ayudar a un niño con autismo es el
diagnóstico temprano. Reconocer a tiempo que algo no está funcionando de la manera
esperada permite a los padres acceder a recursos y herramientas que fomentan el
aprendizaje y el desarrollo en las áreas donde el niño presenta dificultades. Este tiempo, en
el ámbito del neurodesarrollo, puede marcar una gran diferencia en cuanto a la adquisición
de habilidades clave para la vida futura. Por esta razón, el libro comienza con una
explicación sobre el desarrollo infantil típico, que servirá como guía para que el lector pueda
entender mejor el desafío al que se enfrentan.
Asimismo, este libro busca empoderar a los padres, brindándoles los
conocimientos necesarios para poder identificar las necesidades y fortalezas tanto del niño
como de la familia. La finalidad de las siguientes secciones es ofrecer una mirada clara y
comprensible sobre los diferentes aspectos del autismo, y facilitar la búsqueda activa de
soluciones para los diversos desafíos que pueden surgir. De esta manera, se procura evitar
el desperdicio de tiempo y recursos económicos, enfocándose en intervenciones que
realmente favorezcan el bienestar y el progreso del niño.

5
Es importante también resaltar que, desde la publicación de la primera edición de
este libro en el 2020, la incidencia de Trastorno del Espectro Autista era de 1 en 100 niños,
hoy en día es 1 en 36, y el Trastorno de Déficit Atención e Hiperactividad es uno de los
trastornos del neurodesarrollo más prevalentes en la población infantojuvenil. Por lo cual
ha cobrado gran relevancia la investigación sobre el impacto de factores ambientales
tóxicos, gastrointestinales y sociales en los trastornos del neurodesarrollo.
Estos factores, que han sido identificados como influyentes en una proporción
significativa de los casos de autismo y otros trastornos relacionados, pueden ser clave para
entender las causas subyacentes y las posibles intervenciones. En muchos casos, el
tratamiento adecuado de estas condiciones puede llevar a una mejora sustancial en el
desarrollo del niño. Por ello, el presente libro no solo proporciona una guía comprensible
sobre el autismo, sino que también pone énfasis en la importancia de abordar estos factores
ambientales y biológicos, los cuales representan una parte significativa de los casos
tratables y con potencial de mejora.
También quiero expresar un inmenso agradecimiento a todas aquellas personas
que colaboraron activamente en la elaboración de este libro, sin lo cual no hubiese sido
posible enriquecer esta edición, particularmente a la Dra Karolina López.

El Autor

6
NEURODESARROLLO INFANTIL, UNA VISION INTEGRAL

Independientemente de las grandes diferencias regionales, estructuras sociales y


valores culturales, los niños universalmente presentan cierto número de características
comunes y pasan por las mismas etapas del desarrollo (Michelle D. H. de Haan, 2023). A
medida que gana tamaño y peso, el cerebro del niño desarrolla conexiones neuronales en
forma armoniosa a través de la remodelación de las mismas, este proceso adaptativo
cerebral se denomina plasticidad neuronal, siendo muy intenso en la etapa fetal y los
primeros años de vida.
El cerebro del niño no es una réplica en miniatura de su cerebro como adulto, sino
que es un cerebro en continuo desarrollo, con un crecimiento a veces vertiginoso, y sujeto
a un sinfín de modificaciones y conexiones debidas a la continua estimulación que le
proporciona factores internos y externos, que dependen del entorno en el que se
desarrolla.
El desarrollo del cerebro ocurre en dos partes: en primer lugar, la organización
gradual de la estructura nerviosa lo cual viene determinado genéticamente. Y, segundo, el
desarrollo cognoscitivo que implica los cambios en las habilidades motrices, aprendizaje y
control de las emociones, que tiene un patrón distintivo individual, pues depende de la
influencia de factores sociales y ambientales. Estos dos procesos no solo describen cómo se
desarrolla el cerebro de manera general, sino que también nos ofrecen un marco para
entender la neurodiversidad y la neurodivergencia, dos conceptos fundamentales en la
comprensión moderna de las variaciones neurológicas de cognición y comportamiento.

Organización estructural del sistema nervioso: La base genética del cerebro.

La organización estructural del cerebro es un proceso genéticamente determinado


en su mayor parte. Durante la gestación y los primeros años de vida, el cerebro experimenta
una plasticidad neuronal extremadamente alta, lo que significa que las conexiones
neuronales se desarrollan rápidamente, se reorganizan y se refinan. Este proceso está
guiado por las instrucciones genéticas heredadas, pero también puede verse afectado por
factores ambientales en ciertas etapas críticas (Thomas W Frazier, 2015). En este sentido,
las bases genéticas del cerebro son el punto de partida, pero no son definitivas ni predicen
de manera rígida el destino de cada individuo, la relación con diferentes factores
ambientales (edad y salud de los padres, estilo de vida, exposición toxica), contribuye
notablemente en moldear la expresión de los genes.
El hecho de que la organización estructural del cerebro no sea homogénea implica
que la neurodiversidad forma parte de la variedad natural de la condición humana. La
neurodiversidad no es solo un concepto biológico o psicológico, sino una idea
profundamente filosófica, pues si la diversidad es una ley natural, ¿por qué la mente
7
humana debería ser la excepción?. Las diferencias en la estructura y la función cerebral no
deben ser vistas como "anomalías", sino como diferentes formas de organización del
sistema nervioso, cada una con sus propias fortalezas y limitaciones, y nos obliga a repensar
cómo definimos la "norma" (Hugo Cornejo, 2024).

Desarrollo cognoscitivo: La influencia de los factores sociales y ambientales

El desarrollo cognoscitivo, es el proceso mediante el cual el niño adquiere


habilidades motrices, aprende y regula sus emociones. Este desarrollo cognoscitivo no es
determinado únicamente por la genética; está profundamente influenciado por factores
sociales y ambientales.
La neurodivergencia se refiere a las formas de procesar, percibir y responder a los
estímulos del entorno que se desvían de lo que se considera “neurotípico” o “normal”. El
término neurotípico hace referencia a las personas cuyo desarrollo y funcionamiento
cerebral se ajustan a las expectativas sociales y culturales predominantes. En otras palabras,
las personas neurodivergentes tienen cerebros que funcionan de manera diferente, y estas
diferencias pueden ser producto tanto de la herencia genética como de la interacción con
el entorno.
El desarrollo de las habilidades motrices, el aprendizaje y el control emocional no
ocurre de manera lineal ni uniforme en todos los niños. La variabilidad en estos aspectos es
un ejemplo claro de cómo los niños pueden desarrollarse de manera diferente, aunque
sigan un patrón general de crecimiento. Por ejemplo, los niños con Trastorno del Espectro
Autista (TEA) pueden tener dificultades para regular sus emociones o para desarrollar
habilidades sociales de acuerdo con las expectativas convencionales. Esta “diferencia” en el
desarrollo no necesariamente implica una patología en sí misma; simplemente refleja una
adaptación en el patrón de desarrollo cognitivo que depende en gran medida de las
características biológicas del niño y del entorno en el que crece.
El entorno social es esencial en el desarrollo cognitivo, ya que la interacción con
los cuidadores, los hermanos, los compañeros y la comunidad en general tiene un impacto
profundo en la capacidad del niño para aprender y regular sus emociones. Por ejemplo, un
niño que crece en un ambiente rico en estímulos emocionales positivos y que recibe apoyo
para manejar sus dificultades emocionales tendrá más posibilidades de desarrollar un mejor
control, independientemente de su configuración genética o estructural.
El impacto del aislamiento por COVID-19 sobre los estímulos ambientales en los
niños fue notable como lo señalo la Dra. Catalina Sau Man (2022), en su trabajo sobre el
tema. Mientras que los niños neurotípicos experimentaron desafíos relacionados con la
estructura educativa y social, los niños neurodivergentes se enfrentaron a obstáculos
adicionales, como la interrupción de sus terapias y la falta de rutinas estructuradas. Ambos

8
grupos, sin embargo, experimentaron un aumento en el estrés y la ansiedad debido a la
incertidumbre, la falta de contacto social y las alteraciones en sus rutinas diarias.
Lo que pone en contexto que no existe un único modo "correcto" de ser o
funcionar cognitivamente, sino que el cerebro humano presenta una diversidad natural de
formas de funcionamiento, cada una válida en su contexto. Este enfoque pone en duda las
nociones de "normalidad" o "anomalía", promoviendo una visión más inclusiva y respetuosa
hacia las diferencias neurológicas, tema que abordaremos en mayor profundidad.

FACTORES DE TRASTORNO DEL PERIODO FETAL.

La influencia genética y ambiental del desarrollo del cerebro se inicia durante la


etapa fetal, ya en la novena semana de gestación se aprecia el crecimiento del sistema
nervioso, y se completa con el desplazamiento de las neuronas desde su lugar de
nacimiento hasta su destino definitivo en la corteza cerebral del recién nacido (llamado
migración neuronal). Las neuronas cuando migran a través del cerebro, es para conectarse
con otra neurona, y esta debe ser precisa. Encajan unas con otras como un inmenso
rompecabezas, proceso que continua hasta el primer año de vida.
En este periodo es importante la detección de la presencia de factores ambientales
(salud de los padres, estilo de vida, exposición toxica), que perjudiquen el desarrollo
intrauterino saludable del niño en gestación. Las condiciones durante el embarazo juegan
un papel determinante en el neurodesarrollo infantil, y algunos factores externos pueden
tener efectos devastadores. El embarazo tiene tres periodos críticos: El primer trimestre
que comienza con la fecundación hasta el final de la semana 12. El segundo trimestre que
va de la semana 13 hasta el final de la semana 26. Y el tercer trimestre que se extiende de
la semana 27 hasta el final del embarazo en la semana 38 a la 40.
Es fundamental que las futuras madres reciban atención prenatal adecuada, ya que
ciertos factores ambientales, como la exposición a toxinas, medicación, malnutrición o
infecciones, pueden interferir con este proceso de desarrollo cerebral, aumentando el
riesgo de trastornos del neurodesarrollo en la infancia.

Primer Trimestre del Embarazo: Desarrollo y Riesgos

El primer trimestre del embarazo es un período crítico en el que se inicia el


desarrollo de los órganos principales del feto. A partir de la fecundación y la posterior
implantación del embrión en el útero, comienza un proceso complejo de división celular,
diferenciación y migración celular que permitirá la formación de los órganos y sistemas del
cuerpo humano. Estos procesos están predominantemente determinados por la genética y
son modulados por los cambios hormonales que experimenta la madre.

9
Desarrollo Temprano del Feto. Durante este período, se forman las bases de todos
los órganos, pero muchos aún no están completamente desarrollados o funcionales. A
medida que avanza el primer trimestre, comienzan a formarse estructuras clave como el
sistema nervioso central y el sistema circulatorio. Un hito importante es la aparición de los
latidos del corazón fetal, que generalmente pueden percibirse hacia la sexta semana. A
finales del primer trimestre, los riñones comienzan a funcionar, y el feto ya es capaz de
eliminar líquido amniótico en forma de orina.
El primer trimestre es también el período de mayor riesgo para la pérdida del
embarazo o aborto espontáneo, que puede ocurrir por diversas razones. Aunque muchas
veces no se puede identificar con exactitud la causa de un aborto espontáneo, hay factores
conocidos que aumentan el riesgo, algunos de los cuales son prevenibles. Estos incluyen:

Consumo de sustancias nocivas: El consumo de alcohol, drogas y el tabaco


durante el embarazo son factores de riesgo bien establecidos para abortos espontáneos y
malformaciones fetales.

Exposición a productos químicos tóxicos: Son más difíciles de identificar pues


muchas veces la exposición es pasiva durante el embarazo, ellos incluyen sustancias como
dioxinas y disruptores endocrinos (presentes en algunos productos plásticos, y
combustibles); Metales como el arsénico, plomo y mercurio que pueden interferir en el
desarrollo fetal, causando alteraciones genéticas o disfunciones en el proceso de
diferenciación celular; Pesticidas y agroquímicos presentes en muchos alimentos y el agua
que dependiendo de su naturaleza pueden actuar como disruptores endocrinos o tener
presentes metales tóxicos.

Medicamentos: La exposición a ciertos medicamentos durante el primer


trimestre también puede afectar el desarrollo intrauterino, por lo que es crucial que las
embarazadas eviten tomar medicamentos sin la recomendación de un profesional de la
salud, y esto incluye productos naturales.
La Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) ha establecido una
Clasificación de Medicamentos y su Riesgo durante el Embarazo. Esta clasificación es crucial
para minimizar los riesgos de malformaciones o daño fetal:

Categoría A: Medicamentos con un historial bien documentado de seguridad en


mujeres embarazadas. No hay evidencia de riesgo de malformaciones ni otros efectos
dañinos para el feto. Ejemplos: Ácido fólico, ciertos antibióticos.

10
Categoría B: Medicamentos que han sido administrados a un número limitado
de mujeres embarazadas sin demostrar un aumento en las malformaciones, pero con
evidencia de efectos adversos en estudios animales. Los datos en humanos son inciertos.
Ejemplos: Amoxicilina, paracetamol (acetaminofén).

Categoría C: Medicamentos que han mostrado efectos adversos en estudios con


animales, pero que carecen de estudios adecuados en humanos. Estos fármacos pueden
usarse si los beneficios superan los riesgos, pero siempre bajo la supervisión de un médico.
Ejemplos: Algunos antidepresivos, medicamentos para la hipertensión.

Categoría D: Medicamentos que han demostrado causar o se sospecha que causan


malformaciones o daño fetal. Estos deben evitarse a menos que el beneficio para la madre
justifique el riesgo para el feto. Ejemplos: Algunos medicamentos contra el cáncer y
anticonvulsivos.

Categoría X: Medicamentos que tienen un alto riesgo de causar daño irreversible


al feto y no deben usarse durante el embarazo bajo ninguna circunstancia. Ejemplos:
Isotretinoína (usada en tratamientos contra el acné), algunos medicamentos para el cáncer.

Segundo Trimestre: Crecimiento y Factores Ambientales en el Neurodesarrollo.

El segundo trimestre del embarazo es un período de crecimiento acelerado para el


feto, en el que muchos órganos ya están formados y comienzan a ser funcionales. Esta fase
marca una serie de desarrollos clave que establecen las bases para el crecimiento y la salud
a largo plazo del bebé. Durante este trimestre, varios sistemas importantes comienzan a
funcionar de manera más efectiva:
Hígado: Ya es capaz de producir enzimas que ayudan a descomponer la
bilirrubina fetal, un subproducto de la descomposición de los glóbulos rojos.
Páncreas: Comienza a segregar insulina, crucial para regular el metabolismo.
Cerebro: Las áreas especializadas del cerebro se activan, lo que permite que el
feto comience a interactuar de manera más activa con su entorno, aunque de una forma
muy limitada. Además, se inician los ciclos circadianos, lo que refleja la sincronización de
los ritmos biológicos con los ciclos de luz y oscuridad.
Sexo: A estas alturas, se puede definir el sexo del feto, y en las ecografías se
puede observar con mayor claridad.
Aunque el segundo trimestre es una fase de crecimiento, el feto sigue siendo
vulnerable a los factores ambientales y a los problemas de salud maternos. Cualquier factor

11
adverso, ya sea de origen genético, ambiental o relacionado con la salud de la madre, puede
condicionar el desarrollo del feto y predisponerlo a problemas de salud al momento del
nacimiento.
Enfermedades crónicas de la madre: Enfermedades como el hipotiroidismo,
diabetes, problemas respiratorios o renales, así como otras condiciones crónicas de salud,
aumentan el riesgo de un ambiente alterado que puede afectar el crecimiento fetal y
predisponer a trastornos del neurodesarrollo. Los medicamentos utilizados para tratar
estas afecciones también pueden representar un riesgo para el feto, ya que algunos de ellos
pueden interferir con el desarrollo adecuado de los órganos y sistemas.
La Dieta Materna. Una nutrición adecuada durante este trimestre es fundamental
para asegurar el correcto neurodesarrollo. La dieta materna debe proporcionar los
aminoácidos esenciales, vitaminas y minerales necesarios para el crecimiento y la
maduración del cerebro fetal. Una deficiencia en estos nutrientes puede comprometer el
desarrollo neuronal y aumentar el riesgo de alteraciones en el neurodesarrollo.
La exposición a metales pesados o tóxicos. El mercurio, plomo y arsénico tienen
un impacto negativo directo en el desarrollo cerebral del feto. Estos metales interfieren con
la capacidad de la madre para proveer al feto los nutrientes esenciales necesarios para un
crecimiento saludable (Caitlin G Howe, 2022).
Mercurio: El mercurio afecta directamente el desarrollo neuronal y puede
interferir con la conversión de la hormona tiroidea T3, que es esencial para el
metabolismo y la función cerebral. Además, se ha comprobado que el mercurio agota
las reservas de selenio del feto, un mineral crucial para el adecuado funcionamiento
del sistema nervioso.
Plomo: Este metal afecta en primer lugar los huesos en formación del feto, pero
a medida que avanza el embarazo, el plomo puede atravesar las membranas
neuronales, acumulándose en el cerebro y afectando el desarrollo cognitivo. Al nacer,
los efectos del plomo pueden manifestarse como retardo en el crecimiento,
hiperactividad, deficiencia intelectual y agresividad.
Arsénico: La exposición al arsénico durante el embarazo se ha asociado con
diversas malformaciones congénitas en los recién nacidos, como tumores
abdominales, labios fisurados o leporino y polimalformaciones.

Tercer Trimestre del Embarazo: Maduración y Vida Extrauterina.

El tercer trimestre del embarazo es una fase crucial de maduración para el feto, ya
que se perfeccionan los órganos, se incrementa su peso y tamaño, y se finalizan los procesos
que permitirán que el bebé pueda vivir de manera independiente fuera del útero. Aunque

12
el sistema inmunológico del feto aún está inmaduro, a través de la placenta, la madre
transfiere inmunoglobulinas, proporcionando al bebé protección frente a infecciones en los
primeros meses de vida.
Maduración del Sistema Nervioso Central y la Migración Neuronal. Uno de los
procesos más relevantes durante el tercer trimestre es la maduración del sistema nervioso
central. En esta fase, el cerebro del feto experimenta una intensa organización estructural,
un proceso fundamental para su funcionamiento futuro. Las neuronas continúan su
migración hacia las áreas específicas donde se realizarán sus funciones, un fenómeno crucial
para la configuración de los circuitos neuronales que darán lugar a la cognición, el
movimiento y la respuesta emocional. Etapa, que se extiende hasta el primer año de la
infancia.
El proceso de migración neuronal es acompañado por la mielinización de las fibras
nerviosas, lo que permite la transmisión más rápida de los impulsos nerviosos. La migración
neuronal ineficiente o alterada puede dar lugar a deficiencias en la organización y
remodelación del sistema nervioso en los primeros años de vida, crítica para el
establecimiento de las bases neurológicas del aprendizaje, la memoria y las capacidades
cognitivas.
Desarrollo de los Ritmos Biológicos y la Diferenciación Neuronal. Durante este
trimestre, el feto también comienza a establecer sus ritmos biológicos o ciclos circadianos.
Estos ciclos son patrones regulares de actividad fisiológica que ocurren a intervalos
específicos, y están determinados genéticamente; Ciclos de frecuencia alta: Se refieren a
patrones que ocurren rápidamente, como el latido cardíaco, la frecuencia respiratoria y la
actividad cerebral. Ciclos de frecuencia media: Incluyen los ritmos de sueño y vigilia, que
ocurren generalmente cada 12-24 horas. Ciclos infradianos: Son ciclos más largos, como los
ciclos hormonales que pueden durar más de 24 horas.
La diferenciación neuronal, y la interacción entre ciclos de distintas frecuencias es
un proceso fundamental para el aprendizaje, ya que ayuda a establecer las bases para la
capacidad del cerebro de procesar y responder a estímulos internos y externos del
ambiente, y es clave para la adaptación del feto a su entorno.
Una parte esencial del funcionamiento del cerebro es la comunicación entre
neuronas y con otros órganos a través de neurotransmisores, que son mensajeros químicos
producidos por las propias neuronas. Existen más de 150 sustancias que actúan como
neurotransmisores, transmitiendo información en forma de impulsos nerviosos. Estos
impulsos pueden causar reacciones de excitación o inhibición cerebral, y son esenciales
para una serie de funciones vitales.

NEUROTRANSMISORES: EL LENGUAJE QUÍMICO DEL CEREBRO

13
La comunicación neuronal se lleva a cabo a través de un proceso denominado
sinapsis, que implica la liberación de neurotransmisores en el espacio entre dos neuronas,
conocido como hendidura sináptica. Estos neurotransmisores se unen a receptores
específicos en la neurona siguiente, transmitiendo la señal que, en última instancia, da lugar
a una respuesta; Movimiento, contracción y relajación muscular, que permite los
movimientos corporales; Regulación hormonal, los neurotransmisores también juegan un
papel en la secreción de hormonas, lo que contribuye a la regulación de funciones
fisiológicas esenciales como el metabolismo y el crecimiento; Cambio en el estado
emocional, esta interacción entre neuronas es crucial para todo lo que hacemos: pensar,
reaccionar y comunicarnos.
El adecuado equilibrio y funcionamiento de los neurotransmisores es fundamental
para el establecimiento de una función cerebral saludable, el desarrollo motor y la
regulación de las emociones. La naturaleza de la respuesta ante un estímulo depende en
gran medida de la frecuencia, duración e intensidad, de la sinapsis, y el tipo de
neurotransmisor involucrado. Los neurotransmisores se dividen en dos grandes categorías
según su efecto sobre la actividad neuronal: excitatorios e inhibitorios.

NATURALEZA DEL NEUROTRANSMISOR

SISTEMA EXCITATORIO. SISTEMA INHIBITORIO.

Glutamato Acetilcolina GABA Glicina

Dopamina Serotonina
Noradrenalina
Melatonina

Adrenalina Endorfinas

Neurotransmisores Excitatorios: Respuesta Rápida e Intensa

Los neurotransmisores excitatorios aumentan la probabilidad de que una neurona


transmita la señal a la siguiente, acelerando el proceso de comunicación. Esto se traduce en
una respuesta más rápida y más intensa ante los estímulos. Los dos neurotransmisores más
conocidos de esta categoría son:

14
Acetilcolina (ACh): La acetilcolina es un neurotransmisor crucial tanto en el sistema
nervioso periférico como central. Fue el primer neurotransmisor descubierto por el biólogo
y premio Nobel Otto Loewi en 1921, lo que marcó un hito en el estudio de la
neurotransmisión. La acetilcolina desempeña un papel fundamental en varios procesos
biológicos esenciales, tanto a nivel físico como cognitivo.
A nivel físico, la acetilcolina es responsable de la contracción muscular, incluyendo
los músculos del sistema gastrointestinal. En este contexto, facilita la movilidad y función
de órganos clave, permitiendo adaptaciones críticas para la supervivencia, como el
movimiento y la digestión. Es el principal responsable de la transmisión del impulso nervioso
hacia los músculos, facilitando desde simples movimientos voluntarios hasta las
contracciones involuntarias del corazón y el intestino.
En el cerebro, la acetilcolina desempeña un papel en funciones cognitivas
superiores como:
Rendimiento intelectual: Facilita el pensamiento rápido, la creatividad y la
flexibilidad mental, lo que permite adaptarse rápidamente a situaciones
cambiantes.
Memoria: Es crucial para la formación de memorias a corto y largo plazo,
interviniendo en procesos de aprendizaje y consolidación de recuerdos. Una
disminución de acetilcolina está asociada con trastornos de la memoria.
Atención y concentración: La acetilcolina también regula la atención y la
concentración, favoreciendo el enfoque en tareas específicas y la capacidad de
mantenerse alerta en ambientes exigentes.

La acetilcolina no actúa de manera aislada en el cerebro, sino que interactúa con


otros neurotransmisores que amplifican o modulan su efecto. Los dos neurotransmisores
más relevantes con los que se asocia la acetilcolina son:
Noradrenalina (Norepinefrina): La noradrenalina trabaja principalmente en el
sistema nervioso simpático, preparando al cuerpo para acciones vigorosas en respuesta a
situaciones de amenaza o estrés. Esto es parte de la famosa respuesta de lucha o huida:
Aumenta el ritmo cardiaco, dilata las pupilas, aumenta la sudoración, Eleva la respiración,
inhibe la digestión y aumenta el flujo sanguíneo a los músculos.
Estimula la liberación de adrenalina, amplificando los efectos anteriores. Este
sistema de activación rápida del cuerpo es esencial para la supervivencia en situaciones de
emergencia, pero su activación prolongada o excesiva puede contribuir a trastornos como
la ansiedad crónica o el trastorno de estrés postraumático.
Glutamato: El glutamato es el principal neurotransmisor excitador en el cerebro, y
amplifica la señal de acetilcolina en áreas clave del cerebro, como la corteza prefrontal. Su
función es amplificar la actividad neuronal, acelerando la señalización entre las neuronas.

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Este efecto amplificador es útil para el aprendizaje rápido y la adaptación a estímulos
complejos. Sin embargo, si no está adecuadamente regulado, puede tener efectos
negativos.
Si el glutamato actúa de manera descontrolada, puede sobrecargar las neuronas,
llevando a un exceso de actividad excitatoria que destruye las células neuronales llamado
excitotoxicidad. Este fenómeno, puede ocurrir en trastornos como esclerosis lateral
amiotrófica (ELA), accidente cerebrovascular, lesiones cerebrales traumáticas y en el uso de
drogas (Carlos Beas Zárate, 2005).
El exceso de glutamato y acetilcolina puede generar respuestas emocionales
inadecuadas o extremas, como pánico o parálisis emocional, que se manifiesta en
situaciones de miedo o dolor extremo. Este desequilibrio puede llevar a episodios de
colapso nervioso o incluso pérdida de conciencia.
La disfunción de la acetilcolina tiene implicaciones significativas en el trastorno del
neurodesarrollo. Es un neurotransmisor fundamental para la plasticidad sináptica, la
organización neuronal y la comunicación entre áreas del cerebro, procesos esenciales para
un desarrollo neurológico adecuado. Puede influir en déficits funcionales en la atención,
memoria, aprendizaje, regulación emocional y las funciones ejecutivas, lo cual es más
evidente en trastornos como el Trastorno del Espectro Autista (TEA) y el Trastorno por
Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Tema que ahondaremos en el siguiente
capítulo.

Dopamina: Llamado el neurotransmisor del placer y la motivación, pero es mucho


más que eso. Es un neurotransmisor clave producido en diversas áreas del sistema nervioso
central, con funciones esenciales en el aprendizaje, la memoria, la atención, el placer y la
regulación de emociones positivas. Su acción no solo influye en cómo procesamos las
experiencias placenteras, sino también en nuestra capacidad para planificar, pensar
estratégicamente, mantener la motivación y realizar comportamientos repetitivos que
buscan recompensas o satisfacciones.
Según los neurofisiólogos, los circuitos neuronales de la dopamina están
íntimamente relacionados con la pasión. Durante el enamoramiento, la dopamina genera
comportamientos obsesivos y apasionados, caracterizados por una falta de lógica o razón.
Posteriormente, neurotransmisores como la serotonina y la oxitocina ayudan a equilibrar
estos sentimientos, otorgando al amor un carácter más estable y socialmente adaptado
(Fisher, H. E, 2006).
La dopamina está asociada a la liberación de las endorfinas, neurotransmisores que
amplifican las señales de felicidad y ayudan a reducir el estrés y el miedo. También
desempeñan un papel en mitigar el dolor físico y emocional. Participan en momentos de

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gratificación como lograr metas, recibir abrazos, reír, practicar ejercicio físico, y en
experiencias íntimas como las relaciones sexuales.
La dopamina es un neurotransmisor esencial para nuestra vida diaria, vinculada
tanto al placer como a funciones vitales como la atención, la memoria y el aprendizaje. Sin
embargo, su desequilibrio puede contribuir a diversos trastornos, desde problemas
conductuales en la infancia hasta condiciones graves como la psicosis o las adicciones. Los
niños con TDAH suelen presentar niveles desbalanceados de dopamina, adrenalina y
noradrenalina, lo que dificulta el control de la conducta impulsiva. Aunque la hiperactividad
es el síntoma más visible, el verdadero desafío está en el déficit de atención, que afecta el
aprendizaje y el desarrollo de la memoria (Isabel Margarita López, 2009).
Sustancias como el café, el té, la nicotina y otras estimulantes incrementan la
liberación de dopamina. Por ello, estas prácticas son comunes en contextos sociales y
laborales para mejorar la atención, la memoria y el bienestar emocional. Comprender el
funcionamiento de la dopamina y buscar un equilibrio adecuado es clave para promover un
desarrollo saludable y un bienestar emocional sostenible.

Neurotransmisores Inhibitorios: Respuesta Lenta y Controlada

Por otro lado, los neurotransmisores inhibitorios disminuyen la probabilidad de


que una neurona dispare la señal a la siguiente, generando una respuesta más lenta y
menos intensa. Esto permite que el cerebro regule y controle las respuestas a estímulos,
evitando reacciones exageradas. Dos ejemplos preponderantes de neurotransmisores
inhibitorios son:

El Ácido Gamma-aminobutírico (GABA) es el principal neurotransmisor inhibitorio


del sistema nervioso central, encargado de regular la actividad neuronal y mantener la
calma y el equilibrio frente a estímulos excitatorios. Inhibe la actividad excesiva de otros
neurotransmisores excitatorios, promoviendo un pensamiento reflexivo, organizado y
equilibrado, especialmente en situaciones de estrés o crisis. Previene la sobreexcitación
neuronal, evitando la excitotoxicidad, que puede llevar a daño o muerte celular.
Mantiene la calma emocional al reducir la intensidad de las reacciones al miedo y
al estrés, fomentando la autoconfianza y una actitud resolutiva ante los problemas.
Disminuye el tono muscular, lo que contribuye a la relajación general del cuerpo, facilitando
la transición hacia el sueño profundo, etapa esencial para la regeneración y la liberación de
la hormona del crecimiento, vital para la reparación celular y el desarrollo físico.
En colaboración con el aminoácido glicina, modula la transmisión de estímulos
dolorosos y normaliza la percepción sensorial, evitando la hiperexcitación provocada por
neurotransmisores como la acetilcolina. A nivel periférico favorece una digestión más lenta,
optimizando la función gastrointestinal.
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De manera paradójica, el GABA (ácido gamma-aminobutírico) y el glutamato, a
pesar de ser neurotransmisores con efectos funcionales diametralmente opuestos, están
profundamente interrelacionados desde el punto de vista metabólico, ya que ambos
derivan del mismo aminoácido: la glutamina. Cuando la glutamina es captada por las
neuronas, se convierte en glutamato, un neurotransmisor excitatorio de vital importancia
para la activación de diversas funciones cerebrales. En cambio, cuando la glutamina es
absorbida por las células gliales, se transforma en GABA, que tiene un efecto inhibitorio
crucial en la regulación de la excitación neuronal y el control de la actividad del sistema
nervioso central.
Este delicado y preciso equilibrio entre GABA y glutamato es fundamental para la
estabilidad y el funcionamiento adecuado del sistema nervioso. Cualquier alteración en este
balance, ya sea por factores internos o externos, puede generar efectos profundos sobre la
salud mental y emocional. Factores tales como la exposición a toxinas ambientales, el estrés
crónico, o la presencia de emociones intensas, pueden alterar este equilibrio bioquímico,
con consecuencias directas sobre el estado de ánimo y las funciones cognitivas. Este
desajuste está vinculado con el desarrollo de trastornos psiquiátricos como la depresión y
el trastorno bipolar, evidenciando la relevancia de mantener un funcionamiento adecuado
entre estos dos neurotransmisores para preservar la salud mental.
La disfunción del GABA con niveles bajos de este neurotransmisor se asocian con
trastornos de ansiedad, estrés crónico y dificultad para relajarse. Puede interrumpir la
calidad del sueño, impidiendo el descanso profundo y la regeneración física y mental.
También una regulación deficiente del GABA puede aumentar la percepción del dolor,
contribuyendo al desarrollo de condiciones de dolor persistente. El déficit de GABA puede
provocar una hiperexcitabilidad neuronal que desencadena episodios epilépticos.

La serotonina es uno de los neurotransmisores más importantes y versátiles del


cuerpo humano, presente tanto en el sistema nervioso central como en otros órganos como
el intestino y las plaquetas. Sin embargo, la serotonina (5-HT) producida fuera del cerebro
no puede cruzar la barrera hematoencefálica (BHE). Por lo tanto el sistema nervioso central
depende exclusivamente de la serotonina que se sintetiza en el cerebro (Escobar Alfonso,
2008).
Influye directamente en el pensamiento emocional y en el manejo de las
reacciones al estrés y al miedo, modulando las respuestas del sistema nervioso simpático.
Asociada a sensaciones de bienestar, felicidad y satisfacción emocional, desempeñando un
papel crucial en la prevención de trastornos del estado de ánimo como la ansiedad y la
depresión.
Además de asociarse al bienestar, la serotonina regula el movimiento
gastrointestinal y está involucrada en el ritmo de la digestión y la generación de náuseas y

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vómitos, especialmente en situaciones de estrés o durante el consumo de alimentos
irritantes. También está relacionada con la sensación de saciedad y de asco, siendo este
último una respuesta protectora del organismo frente a sustancias o experiencias
potencialmente peligrosas, tema que abordaremos en “las Emociones”.
Actúa como precursor de la melatonina, la hormona responsable de regular el ciclo
del sueño y los ritmos circadianos. Esto la convierte en un elemento clave junto al GABA,
para un descanso reparador y para mantener un ciclo sueño-vigilia equilibrado.
A diferencia de la dopamina, la síntesis y liberación de serotonina no puede ser
fácilmente inducida mediante acciones concretas; su producción depende de un
aminoácido esencial llamado triptófano, que se obtiene exclusivamente a través de la dieta.
Alimentos ricos en triptófano favorecen la producción de serotonina: chocolate oscuro,
frutos secos, dátiles, plátanos, carnes de aves y pescados.
Bajos niveles de serotonina están estrechamente asociados con ansiedad,
trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) y depresión. Puede aumentar la impulsividad, las
conductas agresivas y la dificultad para manejar emociones intensas, y afecta la síntesis de
melatonina, lo que puede ocasionar insomnio o alteraciones en el ciclo sueño-vigilia. Un
desequilibrio de serotonina en el tracto gastrointestinal puede causar síndrome del
intestino irritable, náuseas o vómitos recurrentes.

La Teoría de la Personalidad. Dentro del campo de la psiquiatría y la psicología han


surgido propuestas interesantes que vinculan la personalidad con el predominio de ciertos
neurotransmisores en el cerebro. “La Teoría de la Personalidad” del psiquiatra Alan
Braverman plantea la existencia de cuatro tipos de personalidad que corresponden a un
predominio de un neurotransmisor específico:

Tipo Dopaminérgico: Neurotransmisor predominante Dopamina.


Características: Las personas con una personalidad dopaminérgica tienden a
ser enérgicas, extrovertidas y motivadas por recompensas. Están orientadas hacia metas,
son curiosas y buscan experiencias novedosas. Estas personas tienden a disfrutar de la
estimulación, pueden ser inquietas y a menudo tienen una alta tolerancia al riesgo. Son
propensas a la impulsividad y la toma de decisiones rápidas.

Tipo Acetilcolinérgico: Neurotransmisor predominante Acetilcolina.


Características: Las personas acetilcolinérgicas son más analíticas, profundas y
reflexivas. Tienden a ser introspectivas y prefieren una vida más tranquila y contemplativa.
Estas personas pueden ser muy intelectuales, buscando comprender el mundo a través del
análisis y la reflexión profunda. A menudo se enfocan en la perfección y la precisión, a veces
siendo un poco distantes en sus relaciones interpersonales.

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Tipo GABAérgico: Neurotransmisor predominante Ácido Gamma-aminobutírico.
Características: Las personas con una personalidad GABAérgica son relajadas,
tranquilas y a menudo tienen una gran capacidad para manejar el estrés y la ansiedad. Son
más pasivas y prefieren la estabilidad y la paz en sus vidas. Suelen ser personas que buscan
evitar conflictos y tensiones. Tienen una capacidad destacada para calmarse a sí mismas y
a los demás, y pueden ser muy sensibles al estrés.

Tipo Serotoninérgico: Neurotransmisor predominante Serotonina.


Características: Las personas serotoninérgicas son más equilibradas y
calmadas. Son meticulosas, reflexivas y pueden ser muy organizadas y cuidadosas en su vida
diaria. Este tipo de personalidad tiende a buscar la armonía, la seguridad y la estabilidad
emocional. Pueden ser más introvertidas y menos propensas a los cambios, prefiriendo la
rutina y la previsibilidad.

La Teoría de la Personalidad de Braverman vincula las diferencias en la


personalidad con la neuroquímica cerebral, particularmente los neurotransmisores. Uno de
los principales puntos débiles de la teoría es que reduce la personalidad humana a una
interacción predominantemente química. Aunque es cierto que los neurotransmisores
afectan el comportamiento, la personalidad es el resultado de una interacción compleja
entre factores biológicos, psicológicos, sociales y ambientales (Hermangómez, L. 2012).
A pesar de las limitaciones científicas de la teoría, algunos aspectos de la propuesta
de Braverman pueden ser útiles en la práctica clínica. La identificación de patrones de
comportamiento relacionados con ciertos neurotransmisores puede ser útil para orientar
el tratamiento de trastornos relacionados con el desequilibrio neuroquímico, como la
depresión, la ansiedad o el trastorno obsesivo-compulsivo. Sin embargo, los psicólogos y
psiquiatras no suelen usar este test como una herramienta única o definitiva para la
clasificación de la personalidad.

Equilibrio entre Excitación e Inhibición

El estudio de los neurotransmisores y sus efectos es fundamental para comprender


cómo el cerebro responde ante el mundo que lo rodea. Estos mensajeros químicos son
responsables de las interacciones más complejas que tenemos con nuestro entorno, desde
las respuestas automáticas hasta las emociones y los pensamientos conscientes. El correcto
funcionamiento de los neurotransmisores, y su equilibrio, es esencial no solo para las
funciones motoras y cognitivas, sino para la salud mental, el desarrollo neurológico, el
bienestar emocional y la regulación fisiológica. El cerebro, como todo sistema complejo,
necesita un ajuste fino entre excitación e inhibición para funcionar de manera óptima.
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El cerebro es un director de orquesta, y las cien mil millones de neuronas que
tenemos son sus músicos. Cada una usa su instrumento (los neurotransmisores) para
mantener el equilibrio entre la excitación y la calma, orquestando cada acción y emoción.
El Dr. Eduardo Calixto (2023), neurofisiólogo de la Universidad Nacional de México, nos guía
en un fascinante viaje por este concierto diario. Vamos a explorar juntos cómo el cerebro,
con sus circuitos neuronales, dirige cada momento del día.

3:00 AM: La Melatonina cede el paso


A medida que la madrugada avanza, la melatonina, la hormona del sueño,
comienza a disminuir. Es como si el telón del teatro se levantara lentamente para anunciar
el acto final del descanso nocturno. Tu sueño se vuelve más ligero, preparándote para
despertar.
6:00 AM: ¡Buenos días, Dopamina!
Los primeros rayos del sol o el temido sonido del despertador actúan como un
director dando el compás inicial. La dopamina entra en acción, activando tu cerebro y
preparando tu cuerpo. Además, la hormona tiroidea acelera el metabolismo, como si
pusiera en marcha un motor bien afinado.
¿Ducha matutina? ¡Más dopamina! Tu cerebro se despierta por completo. Sin
embargo, el hambre empieza a hacer ruido en escena, y aquí entra la acetilcolina, activando
el sistema gástrico. El estrés por no haber comido hace que el cortisol y la noradrenalina
entren al escenario, recordándonos que necesitamos combustible.
7:00 AM: El desayuno y el beso
Con el primer bocado, la insulina entra en escena como un repartidor eficiente,
llevando glucosa a cada rincón de tu cuerpo. Al terminar, te sientes satisfecho, pero el
acelerado pensamiento provocado por la acetilcolina te recuerda que es hora de salir.
El beso de despedida tiene un papel estelar: libera serotonina y oxitocina, bajando
los niveles de estrés. Te sientes relajado y contento mientras cruzas la puerta. Pero no todo
es calma.
8:00 AM: Tráfico y adrenalina
El tráfico matutino puede ser la escena más tensa del día. Aquí, la adrenalina se
roba el espectáculo, activando el sistema nervioso simpático: tus pupilas se dilatan, tu pulso
se acelera y tus músculos se tensan. El glutamato entra en acción, aumentando la
agresividad y la competitividad, lo que puede hacerte caer en provocaciones. Por si fuera
poco, la hormona tiroidea incrementa la temperatura corporal. ¡El caos neuronal está en su
punto máximo!
9:00 AM: GABA al rescate

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Al llegar a la oficina y tomar un vaso de agua, la vasopresina entra en escena,
obligándote a ir al baño. Afortunadamente, el GABA activa el sistema parasimpático,
ayudándote a relajarte y enfocarte en el trabajo.
12:00 PM: El placer del almuerzo
El hambre regresa como un reloj suizo, y con el primer bocado del almuerzo,
comienza la magia. La glicina, el GABA, la serotonina, la dopamina y las endorfinas entran
al escenario en perfecta armonía. El resultado: una mezcla de placer, calma y esa dulce
somnolencia postprandial que te invita a tomar una siesta... aunque estés en tu escritorio.
Tarde: Café y risas para sobrevivir
El cansancio de la tarde pone a prueba tu concentración, que solo dura entre 20 y
30 minutos. Para romper la monotonía, te ríes, te mueves, y alguien sugiere un café. Si estás
cerca del día de pago, quizá lo acompañes con un dulce. Este combo libera dopamina y
endorfinas, inyectándote energía para terminar la jornada laboral.
Noche: Hogar, dulce hogar
Al llegar a casa, el contacto con tu familia eleva los niveles de serotonina y
oxitocina, creando una atmósfera de conexión y calma. Después de la cena, sin que te des
cuenta, el GABA y la melatonina toman el control. El telón comienza a caer lentamente,
llevándote a un sueño profundo. Durante este, se libera hormona de crecimiento,
reparando y restaurando tu cuerpo para un nuevo día.
El Gran Finale
Este ciclo diario, repetido con precisión asombrosa, no es solo un conjunto de
reacciones químicas. Es una sinfonía en la que cada neurotransmisor tiene su papel único,
equilibrando la excitación y la calma. En esta danza neuronal, tu cuerpo elige entre dos
caminos: crecer, aprender y desarrollarse, o activar los sistemas necesarios para defenderse
y sobrevivir. ¿No es fascinante pensar que todo esto ocurre sin que te des cuenta?

El equilibrio y la dualidad del sistema nervioso autónomo

Este balance dinámico de neurotransmisores es especialmente evidente en el


sistema nervioso autónomo, compuesto por dos ramas principales: el sistema nervioso
simpático y el sistema nervioso parasimpático, que trabajan en oposición complementaria
para regular funciones esenciales como la frecuencia cardíaca, la respiración y la respuesta
emocional. Este equilibrio está mediado por neurotransmisores excitatorios e inhibitorios.
La interacción precisa permite al simpático respuestas rápidas al estrés y a un peligro,
predomina para movilizar recursos físicos y garantizar la supervivencia, pero una vez que la
amenaza desaparece, el parasimpática toma el control, reduciendo los niveles de excitación
y promoviendo la recuperación física, emocional y la restauración de la calma.
El sistema simpático, conocido como el sistema de "lucha o huida", se activa en
situaciones de estrés o peligro. Sus principales neurotransmisores excitatorios, generan
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respuestas inmediatas: aumentan la frecuencia cardíaca, dilatan las pupilas y redirigen la
sangre hacia los músculos, preparando al cuerpo para la acción. Estas sustancias químicas
excitan las sinapsis neuronales, lo que resulta en una activación rápida y potente que
prioriza la supervivencia.
Por otro lado, el sistema parasimpático, apodado el sistema de "reposo y
digestión", contrarresta la activación simpática, promoviendo la relajación y la recuperación
del organismo. Este sistema se encarga de restablecer el equilibrio después de un evento
estresante, devolviendo al cuerpo a un estado de reposo: se reduce la frecuencia cardíaca,
dilata los vasos sanguíneos y facilita la digestión, que promueve la regeneración celular que
también puede reducir la inflamación y el dolor.
Un ejemplo claro de este balance ocurre en el acto de respirar. En situaciones de
calma, la respiración lenta y profunda activa el parasimpático, reduciendo el estrés y
mejorando la digestión y el sueño. En cambio, durante el ejercicio o en momentos de
peligro, la respiración rápida y superficial activa el simpático, optimizando el transporte de
oxígeno y preparando al cuerpo para responder al entorno. Este sistema dual no solo regula
la fisiología, sino que también influye en el razonamiento, favorece la claridad mental, la
capacidad de tomar decisiones y la regulación emocional. Por el contrario, un desequilibrio
puede predisponer a estados de ansiedad, irritabilidad o incluso depresión.
El desequilibrio en esta interacción puede tener efectos adversos. Una
sobreactivación del sistema simpático, sin una adecuada compensación parasimpática,
puede llevar a estados crónicos de estrés, caracterizados por niveles elevados de cortisol y
una disminución en la capacidad del organismo para repararse. Por otro lado, un
predominio excesivo del parasimpático puede generar apatía, lentitud metabólica y
dificultad para responder a estímulos externos.
El desequilibrio entre el sistema simpático y parasimpático o desconexión
funcional, ha sido identificado como un factor relevante en condiciones como el TEA y el
TDAH. Se ha observado en ambos trastornos una hiperactividad del sistema simpático y una
disfunción del sistema parasimpático, lo que provoca dificultades en la regulación
emocional y en la respuesta al estrés (Robert Melillo, 2015).
En el TEA hay una respuesta exacerbada al estrés ambiental, como sensibilidad a
estímulos sensoriales (ruidos fuertes, luces brillantes o contacto físico inesperado),
incremento en la liberación de adrenalina y noradrenalina, lo que lleva a una mayor
frecuencia cardíaca y tensión muscular incluso en situaciones que no lo justifican. La
hipofunción del parasimpático dificulta entrar en un estado de calma después de una
activación simpática, hay alteraciones del sueño y la digestión, siendo este último uno de
los factores contribuyentes a la disbiosis y trastornos digestivos.
En el TDAH, el desequilibrio también tiende a inclinarse hacia una actividad
exacerbada del simpática, pero con particularidades relacionadas con la impulsividad y la

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hiperactividad típicas del trastorno. Aumento constante de la excitación fisiológica, lo que
puede dificultar la concentración en tareas específicas y promover una conducta impulsiva.
Elevados niveles de cortisol y adrenalina, que contribuyen a una mayor irritabilidad y
dificultad para gestionar el estrés. El déficit parasimpático no permite relajarse para lograr
un estado de calma, incluso en situaciones que requieren enfoque y atención sostenida.
También hay problemas de sueño, debido a una menor capacidad para disminuir la
activación fisiológica antes de dormir y alteraciones digestivas.

Integración Neurosensorial
La integración neurosensorial se refiere al proceso mediante el cual el sistema
nervioso central organiza, interpreta y responde a la información que recibe de los
diferentes sentidos del cuerpo, como la vista, el oído, el tacto, el gusto, el olfato, y también
las señales internas del cuerpo (como las de los órganos y los músculos). Esta integración es
crucial para la percepción consciente del mundo y para generar respuestas adecuadas a los
estímulos que nos afectan.
Los órganos sensoriales (ojos, oídos, piel, etc.) detectan estímulos del entorno o
del interior del cuerpo. Estos estímulos se convierten en señales eléctricas que viajan desde
los receptores hasta áreas específicas del cerebro a través de las vías neuronales. En el
cerebro, las señales sensoriales son procesadas e interpretadas por áreas especializadas,
como la corteza somatosensorial (para el tacto), la corteza auditiva (para el sonido) o la
corteza visual (para la visión). La corteza insular frontal, juega un rol importante en integrar
información sensorial de dentro del cuerpo, como las señales de los órganos internos
(interocepción).
Después de procesar y organizar los estímulos sensoriales, el cerebro toma
decisiones sobre cómo responder. Esto puede involucrar respuestas motoras (movimiento
físico) y respuestas emocionales (como una reacción de miedo al ver algo peligroso). Las
áreas cerebrales como la corteza motora, el cerebelo y la corteza prefrontal también
intervienen en este proceso. En muchas situaciones, el cerebro no procesa los estímulos de
manera aislada. La integración multisensorial ocurre cuando el cerebro combina la
información de múltiples sentidos para construir una percepción coherente y completa del
entorno:
En una conversación, no solo procesamos lo que alguien está diciendo
(información auditiva), sino que también interpretamos las expresiones faciales y el
lenguaje corporal (información visual) y las intenciones emocionales (información afectiva),
lo que permite que podamos responder de manera adecuada.
Caminar en un entorno oscuro: Aunque no puedas ver bien debido a la falta de luz,
aún puedes caminar utilizando señales de otros sentidos, como el tacto (al sentir el suelo

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bajo tus pies) y el oído (al escuchar ruidos que te indican la proximidad de objetos). El
cerebro integra esta información para guiar tus movimientos.
Al comer, experimentamos una integración neurosensorial de diversos sentidos. El
gusto se combina con el olfato, el tacto y, a veces, la vista para generar una experiencia más
rica y precisa de lo que estamos consumiendo. Además, el cuerpo también recibe señales
internas, como la sensación de saciedad.
La corteza insular es un área clave en la integración de la información sensorial. Es
especialmente importante en la interocepción, que es la percepción de los estados internos
del cuerpo, como el dolor, la temperatura, la presión o el hambre. También tiene un papel
en la integración de la información emocional y cognitiva y en la conciencia de las
sensaciones del cuerpo, permitiendo que la percepción sensorial se convierta en una
experiencia consciente.
Cuando la integración neurosensorial no funciona correctamente, pueden surgir
una variedad de trastornos. A menudo observados en personas con trastorno del espectro
autista (TEA), donde los individuos pueden tener dificultades para procesar y reaccionar a
estímulos sensoriales de una manera que sea adaptativa. Trastornos del procesamiento
sensorial de la corteza insular pueden llevar a dificultades en la integración de señales
sensoriales y emocionales, lo que puede causar alteraciones: en la conciencia corporal, la
percepción emocional, la toma de decisiones, control de impulsos, y capacidad de percibir
los estados internos del cuerpo, como el hambre, el dolor, la sed y otros estados fisiológicos.
Se puede decir que es esencial para el procesamiento de información emocional compleja,
la interacción social y la toma de decisiones bajo condiciones emocionales y físicas.

RAZONAMIENTO INTUICIÓN Y LÓGICA


La integración entre el hemisferio izquierdo y el derecho del cerebro es
fundamental para el desarrollo cognitivo, emocional y conductual. El hemisferio izquierdo
está asociado con el lenguaje, el pensamiento lógico y la secuenciación, mientras que el
hemisferio derecho se relaciona con la creatividad, la percepción espacial y la regulación
emocional. Una adecuada comunicación entre ambos, permite que las personas procesen
la información de manera equilibrada, combinando el análisis racional con la intuición y la
emoción.
Desde el nacimiento, la interacción del bebé con un mundo lleno de estímulos y
cambios impredecibles activa una adaptación constante de sus ritmos biológicos. El
razonamiento intuitivo y el razonamiento lógico son dos formas distintas de pensar y tomar
decisiones. El razonamiento intuitivo es rápido y automático, mientras que el lógico es más
lento, reflexivo y deliberado, buscando una solución bien pensada. Ambos tipos de
razonamiento son útiles dependiendo de la situación.

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Razonamiento Intuitivo, o empatía intuitiva
El pensamiento intuitivo tiene su base en el hemisferio derecho, particularmente
en el sistema límbico y el lóbulo temporal derecho, áreas especializadas en emociones,
instintos, atención y memoria episódica. Este hemisferio piensa en imágenes, símbolos y
sentimientos, conectando experiencias previas con situaciones actuales. Su característica
distintiva es el pensamiento creativo, que relaciona ideas que conscientemente no
vinculamos.
Este razonamiento es rápido, automático y basado en experiencias previas o
instintos. No requiere un análisis profundo y se genera sin un esfuerzo consciente, a
menudo guiado por emociones o patrones de pensamiento habituales. Es útil para
decisiones rápidas, pero puede estar sujeto a sesgos y errores. Este proceso impulsa el
desarrollo de respuestas anticipatorias que llamamos intuición. Estas conductas iniciales
son inconscientes y basadas en emociones y sensaciones, lo que permite al organismo
responder rápida y eficientemente a los cambios del entorno, siempre y cuando la
anticipación sea correcta.
Por ejemplo, cuando un bebé escucha acercarse a alguien, su cuerpo responde con
un estrés anticipatorio: el ritmo cardíaco y la respiración se aceleran, aumentando el flujo
sanguíneo y la oxigenación a órganos clave. Sus sentidos se agudizan para identificar si
quien se aproxima es su madre. Si es ella, el bebé experimenta placer, calma y seguridad. Si
no, surge una respuesta aversiva, que puede manifestarse en llanto o irritación.

Las Neuronas Espejo. En 1996, Giacomo Rizzolatti y su equipo en la Universidad de


Parma hicieron un descubrimiento revolucionario: las neuronas espejo. Estas células
permiten comprender las acciones y emociones de los demás mediante la imitación,
fomentando el aprendizaje y la empatía. Desde el nacimiento, los niños imitan gestos,
expresiones y palabras.
Cuando un bebé observa las expresiones faciales y posturas corporales de otras
personas, sus neuronas espejo se activan, provocando que el cerebro simule internamente
las mismas respuestas emocionales y químicas. Al hacerlo, el bebé no solo refleja las
emociones que observa, sino que también experimenta una respuesta instintiva en sus
propios músculos, lo que le permite sentir lo que los demás sienten. A través de este
mecanismo, las experiencias emocionales se registran profundamente en su cerebro,
facilitando su capacidad para conectar y comprender las emociones ajenas. Algunas
emociones se transmiten también a través de este mecanismo, como la risa y el asco. El
caso de la risa es explotado por muchos cómicos, que ríen para provocar que los demás se
rían.
Cuanto más se repite una conducta observada, mayor es la activación de estas
neuronas, potenciando el aprendizaje y afinando la intuición. Aunque en la adultez las

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neuronas espejo ya no se activan tanto para aprender mediante imitación, siguen
permitiendo entender las emociones y acciones de los demás. Por esta razón, nos
emocionamos viendo una obra de teatro o una película, a pesar de saber que no es real.
Las respuestas emocionales ante acciones presenciales son más potentes y
estimulantes que sus representaciones, como es el caso de los dispositivos electrónicos.
También el aislamiento social y las restricciones implementadas durante la pandemia de
COVID-19 (reducción de contactos presenciales como abrazos, expresiones faciales y gestos
corporales), tuvieron un impacto significativo en diversos aspectos del desarrollo cerebral,
incluyendo el funcionamiento y crecimiento de las neuronas espejo de los niños y
adolescentes.

Razonamiento Lógico: Análisis y Evidencia


El razonamiento reflexivo es más lento, deliberado y lógico. Involucra un proceso
consciente de análisis, evaluación y planificación. Se utiliza cuando se requiere tomar
decisiones complejas, considerando múltiples factores y alternativas. Este tipo de
razonamiento es más preciso, pero consume más tiempo y energía cognitiva.
Este tipo de razonamiento se encuentra en el hemisferio izquierdo,
particularmente en el lóbulo frontal, responsable del lenguaje verbal, las habilidades
matemáticas y el pensamiento lineal. Además, alberga la memoria semántica o de
conocimientos, y su motor principal es la curiosidad. A diferencia de la intuición, el
pensamiento lógico se basa en evidencias, no en emociones. Es crítico, consciente y busca
soluciones prácticas dividiendo los problemas en partes pequeñas, que luego analiza para
tomar decisiones fundamentadas. Además, opera mediante un pensamiento lineal y binario
(como más/menos, antes/después) y fomenta la curiosidad y la resolución de problemas
complejos, como cálculos matemáticos o decisiones estratégicas.
Aunque el predominio de un hemisferio puede influir en la personalidad y los
patrones de pensamiento, ninguno tipo de razonamiento es más importante que el otro.
De acuerdo a estudios del Dr. Van Gaal (2011), de la Universidad Case Western Reserve, «El
cerebro humano no puede utilizar simultáneamente los razonamientos intuitivo y analítico;
al emplear uno, el otro queda suprimido temporalmente». Sin embargo, ambos son
esenciales y complementarios.
El razonamiento intuitivo y el lógico no son opuestos, sino piezas de un sistema
integrado. La intuición permite respuestas rápidas basadas en la experiencia, mientras que
la lógica brinda soluciones analíticas y fundamentadas. El verdadero potencial del cerebro
humano radica en su capacidad de usar ambos enfoques según la situación, creando un
equilibrio dinámico que es la base del desarrollo personal. Esta capacidad de integrar redes
neuronales diversas, otorga al cerebro una flexibilidad operativa que permite adaptarse a
las demandas del entorno y promover el crecimiento personal.

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Un ejemplo claro de esta integración ocurre en el trabajo de un escritor. Mientras
el hemisferio izquierdo analiza reglas ortográficas y de sintaxis, el hemisferio derecho
participa construyendo las emociones y sensaciones que acompañan las palabras escritas.
Este proceso conjunto demuestra cómo ambos hemisferios trabajan en armonía para lograr
tareas complejas, como crear una obra que no solo cumpla con estándares técnicos, sino
que también conecte emocionalmente con el lector. Como vimos, cuando hay dificultades
en la integración, pueden surgir problemas en la regulación emocional, el aprendizaje y la
adaptación social.

LAS EMOCIONES

Entre los muchos factores que condicionan y moldean las respuestas conductuales
se encuentran las emociones. Estas actúan como filtros que modifican la percepción de la
realidad y permiten que, en un momento dado, una reacción sea espontánea e intuitiva o,
por el contrario, producto de un pensamiento racional y lógico. Las emociones son innatas,
inconscientes, comunes y universales. De acuerdo con la teoría clásica del psicólogo
estadounidense Paul Ekman, las emociones básicas son seis: felicidad, tristeza, miedo, ira,
sorpresa y asco.
Un ejemplo didáctico de la importancia de las emociones se encuentra en la
película animada Inside Out (Intensamente o Del Revés). Esta obra de Pixar explora cómo
las emociones influyen en las decisiones y el comportamiento de Riley, una niña de 11 años.
A través de sus personajes, que representan las emociones básicas, se muestra cómo estas
actúan como guías esenciales para afrontar los desafíos y adaptarse a los cambios.
En Inside Out 2, Pixar amplía esta exploración emocional al introducir nuevas
emociones, mostrando cómo la complejidad emocional aumenta con la adolescencia. La
narrativa destaca cómo las emociones trabajan en equipo para manejar situaciones más
sofisticadas y desafiantes, como la búsqueda de identidad y las relaciones interpersonales.
Este enfoque refuerza la idea de que todas las emociones, incluso las percibidas como
negativas, cumplen funciones críticas para el desarrollo y la adaptación.

Emocionales innatas. Las emociones no son aprendidas, son respuestas,


universales y biológicas que todos los seres humanos experimentan desde el nacimiento,
están programadas en el cerebro humano como mecanismos de supervivencia y
adaptación. A través de ellas, los individuos responden a estímulos del entorno de manera
automática y sin necesidad de un proceso cognitivo complejo. Aunque la expresión y el
manejo de estas emociones pueden ser influenciados por el entorno cultural y social, la
base biológica de las emociones es compartida por todos los seres humanos, lo que permite
una comunicación emocional primaria y una conexión con los demás, incluso antes de
desarrollar habilidades cognitivas complejas.
28
Felicidad. Un estado emocional agradable que transmite al cuerpo una sensación
de energía positiva, plenitud, placer y pasión. Esta emoción nos impulsa hacia la creatividad
y la acción. Se percibe como una recompensa por acciones que nos benefician, lo que
motiva a repetir la experiencia. La felicidad también favorece la conexión social, siendo una
de las emociones que más se permite expresar en público. Se asocia con la risa y estados de
hiperactividad, especialmente en los niños.

Tristeza. Una de las emociones percibidas como más negativa, la tristeza implica
una disminución de la energía y del estado de ánimo, reduciendo la capacidad de
aprendizaje y la interacción social. Sin embargo, también cumple una función adaptativa
importante, permitiendo enfocar recursos psicológicos en la pérdida, fomentar la
recuperación emocional y generar nuevas estrategias. Está asociada con la creatividad, pues
muchas obras artísticas surgen de momentos de introspección y melancolía. Culturalmente,
la expresión de la tristeza puede estar restringida, especialmente en los varones, lo que
podría llevar a conductas ambivalentes.

Miedo. El miedo es una emoción que se asemeja a una reacción inmediata


destinada a garantizar la supervivencia ante un peligro inminente. Activa el sistema
nervioso simpático, aumentando la frecuencia cardíaca, la respiración, la sudoración y
dilatando las pupilas. Es una herramienta clave para el aprendizaje, ya que fomenta
respuestas protectoras. Aunque a menudo se confunde con la ansiedad, esta última es más
bien una respuesta anticipatoria frente a amenazas abstractas o poco claras.

Ira. Percibida también como una emoción negativa, la ira genera energía que
prepara al cuerpo para enfrentar situaciones frustrantes o aversivas. Al igual que el miedo,
activa el sistema simpático, incrementando la liberación de neurotransmisores como la
adrenalina. Aunque es una emoción ambigua, ya que no siempre el objeto de la ira está
claramente definido, también cumple una función adaptativa al permitir establecer límites
o resolver conflictos.

Sorpresa. La sorpresa se considera una emoción neutral y breve, que surge ante
eventos inesperados. Su función principal es interrumpir los patrones de pensamiento
automáticos y activar la atención hacia el estímulo novedoso, facilitando una exploración
rápida que deriva en otra emoción, como felicidad, tristeza o miedo.

Asco. El asco es una emoción de protección que nos ayuda a evitar sustancias,
alimentos o situaciones que podrían ser peligrosas o nocivas. Se asocia a una sensación de

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desagrado intenso que puede manifestarse con náuseas o malestar gastrointestinal.
Además, puede tener un carácter social, promoviendo el rechazo hacia conductas o
individuos considerados "tóxicos". Al igual que el miedo, el asco deja una marca profunda
en la memoria.

Emociones y sistemas nerviosos simpático y parasimpático

Las emociones tienen un impacto directo sobre el equilibrio entre los sistemas
nerviosos simpático y parasimpático. Por ejemplo, el miedo y la ira activan
predominantemente el simpático, generando respuestas de lucha o huida que preparan al
organismo para la acción. En cambio, la tristeza podría favorecer la actividad parasimpática,
promoviendo un estado de introspección y recuperación. Este equilibrio entre ambos
sistemas es fundamental para la regulación emocional y el bienestar.

Emociones, cultura y aprendizaje

El papel de la cultura en la modulación de las emociones es crucial. Muchas


sociedades exageran, minimizan o incluso prohíben la expresión de ciertas emociones,
especialmente las negativas. Sin embargo, desde una perspectiva psicológica, la expresión
emocional es esencial para el neurodesarrollo, ya que permite procesar experiencias y
desarrollar estrategias de afrontamiento. Las emociones también funcionan como
"marcadores orgánicos", guiando decisiones y respuestas futuras según las experiencias
previas.
Las emociones y los procesos cognitivos como vimos se encuentran
profundamente interconectados. Por ejemplo, la sorpresa facilita el aprendizaje al
interrumpir patrones automáticos y abrir espacio para el razonamiento consciente. De
manera similar, la felicidad potencia la creatividad, mientras que el miedo y el asco moldean
conductas de protección y supervivencia.
Es cierto que las experiencias emocionales negativas forman parte del aprendizaje
y del desarrollo emocional de los niños. Estas experiencias permiten que los niños
desarrollen resiliencia, habilidades para afrontar desafíos y una mejor comprensión de sus
propias emociones y las de los demás. La sobreprotección, al evitar o impedir
completamente estas situaciones, puede limitar su capacidad para enfrentar el estrés,
manejar la frustración y aprender de los errores.
Sin embargo, esto no significa que los niños deban estar expuestos a experiencias
negativas sin orientación o apoyo. Es importante que los adultos acompañen a los niños en
estas situaciones, brindándoles un entorno seguro y ayudándolos a procesar y comprender
lo que sienten. Este equilibrio entre permitir que enfrenten desafíos y ofrecer apoyo es
esencial para su desarrollo emocional saludable.

30
Las emociones son, en esencia, una forma de comunicación interna y externa. La
interpretación de estas señales determina cómo respondemos y nos relacionamos con
nuestro entorno, permitiendo tanto el crecimiento personal como la supervivencia. A pesar
de que la industria farmacéutica a menudo busca suprimir y medicar las emociones
negativas, estas son fundamentales para nuestro desarrollo y adaptación a lo largo de la
vida.

SISTEMA DE REPRESENTACIÓN

Los sentidos (auditivo, visual, olfativo, gustativo, táctil y propioceptivo) son


esenciales en la forma en que percibimos el mundo, interactuamos con él y aprendemos.
Sin embargo, cada persona tiene una preferencia por uno de estos sentidos, que influye en
cómo asimila y procesa la información. En el campo de la neurolingüística, este fenómeno
se conoce como sistemas de representación.
El concepto de sistemas representacionales en programación neurolingüística
(PNL) tiene la intención de ayudar a las personas a identificar cómo procesan la información
y cómo pueden mejorar su comunicación y aprendizaje. Al ser conscientes de su sistema de
representación dominante, pueden ajustar su comunicación para hacerla más efectiva,
utilizando el lenguaje y los estímulos sensoriales que mejor se adapten a su modo de
procesamiento (Grinder, 1980).

Sistemas representacionales en PNL.


Aunque las personas tienden a tener una preferencia, los tres sistemas básicos de
representación (visual, auditivo y kinestésico) no son mutuamente excluyentes, y todos
pueden coexistir en una misma persona, pero uno de ellos suele ser más dominante. Esta
preferencia, a lo largo del tiempo, puede influir en el aprendizaje y en la reorganización
cerebral.
Sistema Visual. Las personas con predominancia en el sistema visual tienden a
procesar la información en forma de imágenes, diagramas y representaciones gráficas.
Organizan la información visualmente, a menudo utilizando mapas conceptuales o
esquemas que les permiten identificar patrones y relaciones. Son detallistas con la palabra
escrita, notan cambios sutiles en su entorno y tienen una excelente memoria para los
detalles visuales, como colores, formas y escenas. Estas personas también tienden a ser
ordenadas, con una buena capacidad para la planificación y la abstracción. Si bien prefieren
procesar información visual, no suelen ser tan eficientes con la información auditiva y
pueden no distraídos en ambientes con música o ruido de fondo.

Sistema Auditivo. Los individuos que prefieren el sistema auditivo procesan la


información principalmente a través de los sonidos, especialmente la palabra hablada. Su
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forma de organizar la información tiende a ser secuencial y verbal, por lo que tienen una
gran capacidad para recordar detalles de conversaciones, letras de canciones o
instrucciones verbales. Los auditivos suelen tener una gran facilidad para aprender idiomas
y musicalidad, poseen un vocabulario extenso y disfrutan de la interacción social y las
conversaciones. Su memoria auditiva es excelente, y a menudo recuerdan con claridad lo
que se les ha dicho, siguen bien instrucciones. Son buenos conversadores, dando énfasis a
la expresión verbal, en muchas ocasiones son bromistas, les gusta la actividad en grupos.
Sin embargo, cualquier ruido o música puede distraerlos mientras realizan tareas. Prefieren
leer en voz alta, lo que facilita su comprensión y retención.

Sistema Kinestésico. Las personas kinestésicas procesan la información a través de


sensaciones físicas, el movimiento, equilibrio, el tacto y el gusto. Estas personas aprenden
a través de la experiencia directa, tocando y manipulando objetos, incorporan las
emociones, lo que deja una huella más profunda en su memoria. Su aprendizaje puede ser
más lento en comparación con los visuales o auditivos, pero la información que asimilan de
forma kinestésica tiende a perdurar. A menudo son percibidos como "inquietos" o
"hipercinéticos", aunque no deben confundirse con los trastornos como el TDAH. No suelen
realizar representaciones esquemáticas del aprendizaje, por lo que tienden a ser menos
organizados. La música o ruido agradable de fondo puede aumentar su capacidad
aprendizaje. Son más creativos y expresivos a través del movimiento y el lenguaje corporal,
y tienen una mayor facilidad para aprender actividades manuales y deportes. Además,
suelen vivir más intensamente el momento presente, teniendo una conexión limitada con
la noción de tiempo.

La Identificación Temprana del Sistema de Representación es uno de los aspectos


más importantes en las familias modernas, el identificar el sistema de representación
dominante de los niños, mejora la calidad de la comunicación y del aprendizaje. En el
pasado, cuando las familias eran más numerosas, los hermanos solían compartir un sistema
de representación similar, ya sea visual, auditivo o kinestésico. Esto favorecía la empatía y
la conexión, ya que, por ejemplo, los hermanos visuales solían compartir momentos de
dibujo o lectura, los auditivos disfrutaban de las conversaciones, y los kinestésicos se
involucraban en actividades físicas.
Hoy en día, con familias más pequeñas y una mayor diversidad de intereses y
preferencias, los niños pueden experimentar dificultades en la comunicación y el
aprendizaje si no comparten el mismo sistema de representación que sus padres. Por
ejemplo, si los padres tienen una preferencia visual y su hijo es auditivo, el niño puede
sentirse incomprendido, ya que sus padres podrían parecer "sordos" a su necesidad de
comunicación verbal. De manera similar, un niño kinestésico podría percibir a sus padres

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como "insensibles" si no comprenden su necesidad de moverse y experimentar de forma
física las expresiones de cariño.

El Impacto de la Tecnología en los Sistemas de Representación

La tecnología y los medios electrónicos también tienen un impacto en los sistemas


de representación de los niños. Los dispositivos electrónicos como tabletas, teléfonos y
computadoras proporcionan información en formas visuales y auditivas, lo que obliga a los
niños a adaptarse a nuevas formas de interacción. Sin embargo, se pueden observar
diferencias en cómo los niños interactúan con estos dispositivos: algunos prefieren la
estimulación visual (como videos e imágenes), otros buscan una combinación de sonidos y
música, y otros pueden moverse o bailar mientras interactúan con los dispositivos.
Este fenómeno resalta la necesidad de que los padres y educadores estén
conscientes de las preferencias sensoriales de cada niño para poder ofrecerles una
adaptación curricular más personalizada y efectiva. La comprensión de estos sistemas de
representación puede mejorar la relación y la enseñanza, promoviendo un ambiente donde
cada niño se sienta comprendido y apoyado en su proceso de aprendizaje.
Las emociones también juegan un papel crucial dentro de los sistemas de
representación, ya que no solo influyen en cómo percibimos la información, sino también
en cómo la procesamos y almacenamos en la memoria. Cada tipo de emoción —ya sea la
alegría, la tristeza, el miedo o la ira— activa diferentes áreas del cerebro, lo que a su vez
puede potenciar o limitar la efectividad de cada sistema de representación.
Por ejemplo, una persona visual puede asociar una emoción intensa, como la
felicidad, con imágenes vibrantes o escenas específicas, mientras que un individuo auditivo
puede evocar esa misma emoción a través de sonidos o palabras clave. En el caso de los
kinestésicos, las emociones se manifiestan a través de sensaciones físicas y movimientos, lo
que les permite integrar sentimientos y experiencias de manera más visceral y profunda.
Así, las emociones no solo refuerzan la forma en que procesamos la información, sino que
también personalizan nuestra interacción con el mundo, afectando cómo aprendemos,
recordamos y nos comunicamos.

REMODELACIÓN CEREBRAL

Al nacer, las conexiones neuronales del cerebro son inicialmente determinadas


genéticamente, pero rápidamente comienzan a modificarse en función de la interacción del
niño con su entorno físico y social. Esta interacción establece circuitos neuronales únicos
que dan forma a la estructura cerebral, y es por ello que, aunque los gemelos monocigóticos
sean genéticamente idénticos, tienen diferencias en su personalidad y habilidades (Adriana
Estrella González, 2008). Este concepto subraya el cambio de la visión del neurodesarrollo

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como un proceso estático y predeterminado, a una perspectiva dinámica, única e
irrepetible. Como expresamos con anterioridad, términos como neurodiversidad y
neurodivergencia buscan reforzar la idea de que el cerebro es flexible y puede adaptarse a
diversas experiencias a lo largo de la vida.
La estimulación ambiental juega un papel crucial en este proceso. Los circuitos
cerebrales que no se utilizan tienden a desaparecer, mientras que los más utilizados se
refuerzan, un fenómeno conocido como remodelación cerebral. Este proceso es
particularmente intenso durante los primeros seis años de vida, que es cuando se establece
la base para el aprendizaje, la adquisición de nuevas habilidades y hábitos. A través de la
repetición y el entrenamiento, ya sea en habilidades motoras, cognitivas o tecnológicas, se
pueden potenciar diversas capacidades.
Los niños, durante sus primeros años, aprenden intensamente a través de la
imitación y la repetición, por lo que el juego y el ejercicio físico son fundamentales para este
proceso. Los niños universalmente siguen un patrón de desarrollo y de adquisición de
habilidades claras, lo que llamamos hitos del neurodesarrollo. Una nueva habilidad lleva a
otra nueva habilidad, esto no ocurre en forma aleatoria, sino ocurre en forma secuencial
planificada en un momento dado del neurodesarrollo.

La plasticidad neuronal, es la capacidad del cerebro para cambiar su estructura y


funcionalidad en respuesta a nuevas experiencias. Aunque esta plasticidad es más
pronunciada en la infancia, persiste a lo largo de la vida, permitiendo que el cerebro se
reestructure durante el aprendizaje de nuevas habilidades o incluso tras lesiones cerebrales
(Kempermann, 2021). Este proceso de remodelación es posible no solo por las neuronas,
sino también por las células gliales, que son más abundantes que las neuronas y
desempeñan funciones clave como el mantenimiento, la formación de mielina y la
eliminación de células neuronales no funcionales (Urte Neniskyte, 2017).
El entorno físico y social en el que crece un niño tiene un impacto directo en su
desarrollo neurológico. Estímulos excesivos o inadecuados, como la sobrecarga sensorial
(luces intensas, ruidos fuertes) o la estimulación social deficiente, pueden afectar
negativamente la organización del cerebro, retrasando el desarrollo físico, motor y
emocional. La calidad de la interacción social, el sueño, la nutrición y otros factores
ambientales son determinantes en el crecimiento neuronal y el equilibrio emocional del
niño.
La Poda Neuronal. A lo largo del proceso de remodelación, el cerebro elimina
sinapsis y neuronas que no son necesarias o que no están funcionando de manera eficiente.
Este proceso de poda es fundamental para el desarrollo cerebral, ya que permite una
optimización de las redes neuronales, mejorando la eficiencia y la precisión en la
comunicación entre las neuronas, permitiendo la especialización de estas redes.

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La poda neuronal ocurre en varias etapas del desarrollo. Esta "eliminación" o poda
neuronal es más prominente durante dos períodos críticos: los primeros años de vida
(particularmente en los primeros dos años) y la adolescencia. Inicialmente, en la infancia
hay una exuberancia sináptica, en la cual se forman un gran número de conexiones
neuronales. Con el tiempo, a medida que el cerebro madura, mantiene las conexiones más
fuertes y eficientes, mientras que aquellas que no se activan con suficiente regularidad son
desechadas. Este proceso de poda continua hasta la adolescencia, donde se cree que es
crucial para la maduración de áreas cerebrales clave, lo que a su vez mejora la eficiencia de
la comunicación entre diferentes regiones del cerebro y optimiza las funciones cognitivas,
emocionales y conductuales.
Durante estos dos periodos, el cerebro es altamente plástico, lo que significa que
puede adaptarse y reorganizarse en respuesta a las experiencias sociales y exposición
ambiental. En la infancia, la poda está especialmente vinculada al desarrollo de habilidades
cognitivas y motoras, mientras que, en la adolescencia, afecta áreas como la corteza
prefrontal, que es responsable de funciones ejecutivas como la planificación, el control de
impulsos, la toma de decisiones y el juicio.
La exposición a sustancias como los metales, el alcohol, las drogas o incluso ciertos
contaminantes ambientales pueden interferir con la poda neuronal, alterando su curso
natural, lo que resulta en un desarrollo cerebral menos eficiente. Asimismo, el estrés
crónico, especialmente durante la infancia, puede afectar la actividad del eje hipotálamo-
hipófisis-adrenal, lo que incide directamente en la plasticidad neuronal y la poda (Jennifer
Guadamuz Delgado, 2022).
Una poda neuronal insuficiente o defectuosa puede llevar a la persistencia de
conexiones sinápticas redundantes o inapropiadas, afectando la eficiencia de la
comunicación neuronal, con consecuencias importantes en el desarrollo cognitivo y
emocional. En niños con trastornos del neurodesarrollo como el Trastorno por Déficit de
Atención e Hiperactividad (TDAH) o el Trastorno del Espectro Autista (TEA), se ha observado
que la poda neuronal alterada podría contribuir a las dificultades típicas de estos trastornos,
tales como: Dificultades para concentrarse y aprender tareas complejas. Dificultades en la
toma de decisiones y control de impulsos. Problemas de comunicación y habilidades
sociales.
Durante la adolescencia, las alteraciones en este proceso de poda pueden afectar
gravemente el desarrollo de las funciones ejecutivas, lo que puede resultar en una falta de
madurez en el control emocional, la toma de decisiones impulsivas y problemas en la
regulación de comportamientos complejos. Este fenómeno es particularmente relevante en
los adolescentes con TEA o TDAH, ya que las alteraciones en la poda durante esta etapa
también pueden influir en el riesgo de desarrollar trastornos psiquiátricos concomitantes

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(ansiedad o depresión), condiciones que son comunes en personas con TEA o TDAH
(Cardozo PL, 2019).
La importancia de la metilación en la poda neuronal. Durante el desarrollo, el
cerebro necesita un equilibrio entre la formación de nuevas conexiones (sinaptogénesis) y
la eliminación de las sinapsis no necesarias (poda). La metilación del ADN es una
modificación química en la que un grupo metilo (CH₃) se une a una de las bases del ADN
(citosina). Este proceso puede modificar la expresión de los genes sin cambiar la secuencia
del ADN (lo que se conoce como un cambio epigenético). La metilación generalmente
silencia o reduce la actividad de los genes, impidiendo que sean leídos y traducidos,
regulando una amplia variedad de procesos biológicos, en respuesta a factores ambientales
como la nutrición, el estrés y las experiencias sociales tempranas. En el cerebro, la
metilación juega un papel clave en la regulación de las funciones neuronales (plasticidad
neuronal, poda, maduración y el desarrollo cerebral).
Alteraciones en los patrones de metilación del ADN pueden tener un impacto
significativo en el proceso de poda neuronal y en el desarrollo cerebral en general. Un
desajuste en este proceso puede contribuir a una variedad de trastornos neurológicos,
como: Trastornos del espectro autista (TEA), Trastornos del aprendizaje o Esquizofrenia en
la adolescencia (Zhang, 2019).

Primeros mil días de vida.


Los primeros 1000 días de vida constituyen el período de tiempo que trascurre
desde la concepción hasta finalizados los primeros dos años de vida de un bebé.
Comprendiendo los 270 días del embarazo (desde la concepción hasta el nacimiento), más
365 días del primer año de vida y más otros 365 días del segundo año de vida. Durante este
tiempo, se desarrollan de manera fundamental los sistemas biológicos, cognitivos y
emocionales del niño. Este período es considerado un "momento ventana" para el
desarrollo saludable, dado que el cerebro y otros órganos clave son altamente sensibles a
las influencias externas, tanto ambientales como nutricionales.
Desde una perspectiva médica, se considera que una nutrición adecuada, la
estimulación temprana, el cuidado prenatal y postnatal, y un ambiente saludable son
esenciales para optimizar el desarrollo físico y cognitivo del niño, y prevenir problemas de
salud a largo plazo. Las investigaciones muestran que los primeros 1000 días impactan de
forma significativa en la arquitectura cerebral, lo que influye en el aprendizaje, el
comportamiento y el bienestar a lo largo de la vida ( José-Manuel Moreno-Villares, 2019).
El conocimiento sobre la importancia de los primeros 1000 días ha llevado a un
enfoque más integral en la prevención de enfermedades y trastornos en la infancia. De
hecho, la salud materna, la calidad de la nutrición prenatal, el entorno postnatal y el

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acompañamiento en este período son fundamentales para evitar alteraciones en el
crecimiento físico y mental del niño.
Desde el punto de vista médico, la malnutrición o las deficiencias en los primeros
1000 días pueden dar lugar a retrasos en el crecimiento, dificultades cognitivas, problemas
de conducta e incluso contribuir a trastornos metabólicos y enfermedades crónicas en la
vida adulta. El monitoreo de estos aspectos es esencial para garantizar el desarrollo óptimo
de los niños.
El diagnóstico temprano del Trastorno del Espectro Autista (TEA) dentro de este
marco temporal es crucial, ya que los primeros signos del autismo pueden ser evidentes en
los primeros 12 a 18 meses de vida, periodo en el que la plasticidad cerebral es más alta y
las intervenciones tempranas pueden mejorar considerablemente el pronóstico a largo
plazo. Este diagnóstico se basa en la observación y evaluación sistemática de los hitos del
desarrollo, tales como hemos visto: la comunicación social, la reciprocidad emocional, el
desarrollo de la motricidad y el lenguaje adecuado.
El diagnóstico de TEA a menudo involucra una combinación de pruebas clínicas,
evaluaciones psicométricas, entrevistas con los padres y la observación directa del niño. La
identificación temprana de signos de alarma como la falta de contacto visual, la ausencia
de sonrisas sociales o la falta de interés en la interacción con otros niños, puede ser clave
para un diagnóstico temprano.

Intervención prenatal
Como acabamos de ver, muchas sociedades médicas han ampliado el concepto de
atención temprana hasta el periodo prenatal, proponiendo estrategias preventivas para
reducir la exposición del feto a factores adversos que puedan comprometer el
neurodesarrollo durante la gestación. En este contexto, la prevención durante la gestación
no busca realizar un diagnóstico, sino identificar y minimizar riesgos que podrían afectar el
desarrollo del sistema nervioso del feto:
Exposición materna a factores ambientales tóxicos: La exposición de la madre a
factores ambientales tóxicos (metales, disruptores endocrinos, pesticidas), durante el
embarazo puede tener efectos adversos significativos en el desarrollo fetal y la salud
materna. Estos factores pueden afectar de diversas maneras al feto, desde alteraciones en
el neurodesarrollo hasta malformaciones congénitas y problemas de crecimiento. La
gestión y prevención de esta exposición es fundamental para promover un embarazo
saludable, es importante conocer ambientalmente estos riesgos para procurar la reducción
de la exposición a dichos contaminantes (agroquímicos, solventes, plomo, cadmio, mercurio
y medicamentos).

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Estado nutricional: El estado nutricional durante el embarazo desempeña un papel
fundamental en el desarrollo saludable del feto y en la salud de la madre. Una dieta
equilibrada y la suplementación adecuada, bajo supervisión médica, no solo garantiza que
el bebé reciba los nutrientes esenciales para su crecimiento, sino que también reduce el
riesgo de complicaciones obstétricas y enfermedades a largo plazo en ambos.

Cuidado emocional: El cuidado emocional durante el embarazo no solo mejora la


calidad de vida de la madre, sino que también tiene un efecto protector en el desarrollo
físico y emocional del bebé. Un enfoque integral que contemple el bienestar mental y
emocional es indispensable para garantizar un embarazo saludable y establecer bases
sólidas para el desarrollo futuro del niño.

Infecciones virales: Las infecciones virales durante el embarazo representan un


desafío clínico significativo debido al potencial impacto sobre la salud materna y el
desarrollo fetal (citomegalovirus, rubéola, herpes simple, varicela zoster). Algunos virus
pueden atravesar la placenta, infectar al feto y causar efectos adversos que van desde
anomalías congénitas hasta complicaciones graves para el embarazo. La prevención, el
diagnóstico temprano y el manejo adecuado son esenciales para minimizar los riesgos
asociados.
La vacunación durante el embarazo es importante porque protege a la madre y al
bebé de enfermedades. Las vacunas administradas a la madre durante el embarazo
permiten la transferencia de anticuerpos al feto, lo que proporciona protección al recién
nacido durante los primeros meses de vida, antes de que pueda recibir sus propias vacunas.
Las vacunas son una parte fundamental de la atención prenatal. Hoy en día se sabe que las
vacunas no tienen relación directa con el desarrollo de trastornos del neurodesarrollo
(Carlos Cabrera Lozada, 2023).

PRIMEROS 6 MESES.
Durante los primeros meses de vida, el cerebro del niño continúa desarrollándose,
los primeros seis meses son fundamentales para la adquisición de habilidades motoras y de
comunicación. En este periodo, las conexiones neuronales comienzan a organizarse en
respuesta a la estimulación visual, auditiva y táctil, y la interacción con el entorno. El apego,
por ejemplo, es una de las primeras formas de comunicación emocional en los recién
nacidos, y se establece a través del contacto físico, que favorece el vínculo afectivo y la
confianza (Marinus van Ijzendoorn, 2005).
Durante los primeros 6 meses de vida, la conducta del bebé se convierte en su
principal forma de comunicación, ya que aún no ha desarrollado un lenguaje verbal. Desde
el nacimiento, predominan respuestas automáticas e inconscientes que facilitan la

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homeostasis o el equilibrio interno del organismo, como las funciones de la frecuencia
cardíaca, respiratoria, digestión, evacuación, sudoración y salivación. Estos mecanismos
fisiológicos permiten la adaptación del bebé a su entorno y le ayudan a sobrevivir,
preparándolo para enfrentar nuevos estímulos y desafíos. Un ejemplo de este proceso
adaptativo es la salivación ante el estímulo del alimento, lo que anticipa la digestión.
A medida que avanzan los meses, el bebé comienza a depender más de sus órganos
sensoriales para interactuar con el mundo. Desde los primeros minutos de vida, el bebé
abre los ojos y puede percibir el entorno, aunque su visión es borrosa y limitada. En este
periodo, los recién nacidos no son capaces de enfocar con precisión ni percibir colores, y su
visión se limita a una percepción en primer plano.
Esta visión difusa les protege de la sobrecarga sensorial, pues el desarrollo visual
es gradual, y en los primeros meses se enfoca en captar los estímulos más cercanos. La
respuesta visual se va afinando gradualmente, y hacia los 2-3 meses, el bebé empieza a
reconocer detalles faciales, especialmente los de la madre, lo que refuerza su vínculo
afectivo. Este es el momento en el que el bebé empieza a mostrar señales claras de interés
social al fijar su mirada y también de desinterés, ya que aprende a dirigir su atención a otra
cosa de manera voluntaria.
Además, a medida que mejora la visión, el bebé desarrolla la capacidad de
distinguir el movimiento y la profundidad, lo que le permite anticipar eventos y ajustar su
comportamiento. Por ejemplo, ante la presencia de una persona conocida o un objeto
familiar, el bebé puede emocionarse, anticipando la interacción, mientras que, si no espera
ese acercamiento, puede sentirse molesto. Este tipo de conducta anticipatoria es una forma
temprana de razonamiento intuitivo, un reflejo del desarrollo cognitivo que se activa
cuando el niño aprende a prever lo que ocurrirá.
La piel, en este período, también juega un papel crucial como un órgano de
comunicación, y algunos autores la consideran la "parte externa del cerebro", dado que
ambos tienen un origen embrionario común. La piel no solo actúa como protección del
cuerpo, sino que también es un importante canal de comunicación sensorial, con
terminaciones nerviosas que permiten una interacción constante entre el sistema nervioso
y el entorno (Ana Francisca Ramírez, 2001).
El contacto físico directo, como el abrazo o las caricias "piel con piel", tiene efectos
profundos sobre el bebé, ya que provoca la liberación de oxitocina, una hormona que
fortalece el vínculo afectivo y emocional, facilitando la formación del apego. Esta hormona
no solo promueve la confianza y el apego a las figuras parentales, sino que también
disminuye el estrés al reducir los niveles de cortisol, la hormona del miedo. La ropa que
impide el contacto físico puede interferir en este proceso de apego, ya que bloquea una de
las formas más efectivas de establecer esta conexión.

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El apego es el vínculo emocional más significativo en la primera infancia, ya que
establece las bases para el desarrollo cognitivo y afectivo. Un vínculo seguro con los padres
o cuidadores permite al bebé sentirse protegido, lo que le proporciona la seguridad
necesaria para explorar el mundo, aprender a anticipar eventos, comprender la realidad
que lo rodea y establecer metas a futuro. La presencia de estímulos adversos repetidos,
como el estrés o la falta de afecto, puede afectar negativamente este proceso, llevando a
comportamientos de apego inseguro y dificultades emocionales. Los bebés que no logran
establecer un apego seguro pueden experimentar niveles más altos de ansiedad,
desconfianza y temor al abandono, lo que puede dificultar su desarrollo emocional y social.
A medida que el bebé avanza en su desarrollo, también se observan cambios
significativos en las habilidades motoras. Inicialmente, los movimientos son reflejos e
involuntarios, los miembros superiores e inferiores se muevan de modo simétrico, con
movimientos espontáneos, de igual intensidad tanto en brazos como en piernas, estos son
normales y esperados. Esta simetría es un indicador importante del desarrollo neurológico
normal del bebé.
Pero entre los 2 y 3 meses, el bebé empieza a adquirir control sobre su cuerpo y a
realizar movimientos más voluntarios. Esto se observa en la coordinación de la succión y la
prensión, es decir, el bebé es capaz de llevar objetos a la boca y sostenerlos con las manos.
A los 3 meses, se produce la integración de la visión y la prensión, permitiendo al bebé
localizar objetos visualmente y manipularlos activamente. Asimismo, el bebé también
comienza a coordinar la visión y la audición, ya que puede seguir un objeto con la vista si
este hace un sonido o volverse ante la voz de una persona conocida, como su madre.
El sueño en los niños de 0 a 6 meses es una de las etapas más importantes para su
desarrollo, ya que no solo contribuye al descanso físico, sino que también favorece el
crecimiento cerebral y la consolidación de aprendizajes. Durante este periodo, el patrón de
sueño es muy diferente al de los adultos y evoluciona rápidamente conforme el bebé crece.
Los bebés recién nacidos (0-28 días) necesitan entre 16 y 18 horas de sueño al día,
aunque esta cantidad puede variar. El sueño es fragmentado, con periodos de descanso de
2 a 4 horas seguidas, ya que los bebés necesitan alimentarse con frecuencia. Además, su
reloj biológico (el ritmo circadiano) aún no está desarrollado, lo que significa que no tienen
la capacidad de diferenciar entre el día y la noche, lo cual contribuye a la irregularidad de
los tiempos de sueño. A medida que el bebé crece, la cantidad de sueño durante el día
disminuye y se alarga el tiempo de sueño nocturno.
Es importante que los padres ayuden al bebé a regular sus ritmos de sueño a través
de la exposición a la luz natural durante el día y la creación de un ambiente oscuro y
tranquilo por la noche. Establecer una rutina consistente, crear un ambiente adecuado y
comprender las necesidades del bebé durante la noche puede ayudar a promover un buen
descanso para el niño y los padres.

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Entre los 2 y 6 meses, el patrón de sueño empieza a consolidarse un poco más, y el
bebé suele dormir entre 14 y 16 horas en total, con un sueño nocturno más largo (de 5 a 6
horas seguidas) y varias siestas durante el día. El número total de siestas disminuye de 4 o
5 durante los primeros meses a 3 siestas hacia los 6 meses.
A los 6 meses, la mayoría de los bebés ya han comenzado a adaptarse más a un
horario de sueño regular, durmiendo aproximadamente de 10 a 12 horas por la noche, con
2 a 3 siestas durante el día. Sin embargo, aún pueden despertarse por la noche, sobre todo
si tienen hambre o necesitan consuelo.

Hitos del desarrollo neurológico. En este periodo, es fundamental monitorear los


hitos del desarrollo neurológico para asegurarse de que el bebé esté alcanzando las
habilidades apropiadas para su edad cronológica. En este contexto, el conocimiento sobre
el desarrollo neurológico y la remodelación cerebral es clave para identificar cualquier
retraso en el desarrollo motor o cognitivo. Como se había señalado, dado que el aprendizaje
de las habilidades es secuencial, también el “saltarse” un hito y seguir hacia el próximo (por
ejemplo, que el niño camine sin gatear), más que una habilidad especial es una señal de
alerta. El cerebro no puede omitir los aprendizajes, debe pasar por todas las etapas de
desarrollo para consolidar un progreso completamente funcional.
Existen diversas herramientas estandarizadas que permiten evaluar el patrón
normal de desarrollo físico y neuronal en los niños, lo que ayuda a los profesionales de la
salud a monitorear su crecimiento y detectar posibles retrasos a tiempo. Entre las más
comunes se encuentran las tablas de percentiles, que miden indicadores como la talla, peso,
circunferencia cefálica e índice de masa corporal (IMC). Estos percentiles permiten
comparar el desarrollo de un niño con el de otros de la misma edad cronológica, ayudando
a identificar desviaciones del patrón esperado. Cualquier valor que se aleje de los rangos
considerados normales puede ser una señal de que el desarrollo físico o neurológico está
presentando irregularidades, lo que permite iniciar un seguimiento más cercano o
intervenciones a tiempo.
Además, dentro del campo del neurodesarrollo, se han diseñado tablas y escalas
específicas que evalúan no solo el crecimiento físico, sino también el desarrollo de los tres
parámetros fundamentales: habilidades cognitivas, motrices y sociales. Un ejemplo de esto
son el test de Denver y la escala Haizea-Llevant, herramientas que examinan el progreso de
las destrezas: Motoras (control postural), la capacidad de mantenerse erguido. Motricidad
fina, que miden la habilidad para agarrar objetos con los dedos. Sociales, de lenguaje
(comunicación, tanto comprensiva como expresiva), observando las conductas sociales y
los gestos no verbales del bebé, como la mirada, la sonrisa, el estiramiento de los brazos
hacia personas conocidas, y cognitivas, la imitación de sonidos. Estas herramientas
permiten clasificar a los niños de acuerdo con su ritmo de desarrollo y ayudan a detectar

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tanto retrasos en el desarrollo como alteraciones que puedan ser indicativas de condiciones
subyacentes.
Por ello, el uso de estas herramientas de evaluación en esta etapa temprana por
parte de los profesionales (médicos generales, pediatras), es crucial para la detección de
cualquier irregularidad, ya que el diagnóstico precoz permite un mejor abordaje y
tratamiento especializado, optimizando las oportunidades de intervención y el pronóstico
de los niños.

Retraso psicomotor. Un retraso en el desarrollo no siempre indica una condición


patológica, pero sí puede señalar la necesidad de intervenciones tempranas. Las causas de
un retraso pueden ser diversas, incluidas complicaciones al nacer, condiciones médicas
subyacentes o factores ambientales como una nutrición deficiente o una estimulación social
inadecuada.
Esta categoría incluye a preescolares menores de 6 meses que presentan un
desarrollo lento en algunas habilidades. A esta edad, los bebés son demasiado pequeños
para aplicar pruebas cognitivas estandarizadas, lo que hace que la evaluación del desarrollo
se base principalmente en test en la observación de los hitos motores, sociales y
comunicativos. En muchos casos, el retraso en el desarrollo puede ser transitorio y
reversible, especialmente si se detectan temprano y se interviene de manera adecuada.
Además, no siempre hay un retraso global en todas las áreas del desarrollo; más
comúnmente, la demora afecta solo a algunas áreas específicas. Por lo tanto, un niño con
este diagnóstico debe ser monitoreado periódicamente, ya que, al resolverse la causa
subyacente, puede haber una recuperación significativa del desarrollo.
Es fundamental distinguir entre un retraso en el desarrollo, que se caracteriza por
una adquisición más lenta de habilidades dentro de los rangos típicos de desarrollo, y una
alteración discreta o moderada del desarrollo, que podría sugerir una variación atípica en
el proceso de maduración. Esta distinción no siempre es fácil, los retrasos en el desarrollo
pueden estar relacionados con factores temporales o ambientales, mientras que las
alteraciones del desarrollo suelen estar vinculadas a condiciones médicas, genéticas o
neurocognitivas que demandan intervención especializada.
Los signos tempranos de alarma, como la falta de respuesta a estímulos o
dificultades en la adquisición de habilidades motoras básicas, deben ser evaluados. El
seguimiento constante, así como la detección de factores de riesgo que pueden influir en el
retardo del desarrollo se pueden clasificar en tres categorías principales:

Complicaciones al nacer: Las condiciones que afectan al bebé desde el


nacimiento son una causa frecuente de retardo en el desarrollo. Entre ellas se incluyen la
prematuridad, el bajo peso al nacer y la exposición prenatal a sustancias tóxicas como el

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alcohol y las drogas. Estos factores pueden afectar de manera directa el desarrollo neuronal
y motor en los primeros meses de vida.

Condiciones médicas: Los problemas médicos también pueden ser responsables


de un retraso en el desarrollo. Entre las condiciones médicas más comunes se encuentran
los trastornos metabólicos, los problemas oculares y auditivos, las infecciones, los déficits
hormonales y los traumatismos físicos. Estas condiciones pueden interferir con el correcto
desarrollo de las habilidades motoras, sensoriales y cognitivas del niño.

Condiciones ambientales: El entorno en el que el bebé crece desempeña un


papel crucial en su desarrollo. Una nutrición deficiente, la exposición a metales tóxicos o
sustancias químicas, así como situaciones familiares difíciles o traumáticas, pueden afectar
negativamente el desarrollo del niño. Además, períodos prolongados de hospitalización o
aislamiento social pueden retrasar la adquisición de habilidades importantes para la
interacción social y el desarrollo motor.

Desarrollo motor y señales de alarma. El desarrollo motor implica la adquisición


progresiva de habilidades que permiten mantener el control postural adecuado,
desplazarse y realizar destrezas manuales. Este proceso incluye la desaparición gradual de
los reflejos involuntarios y la transición hacia respuestas motoras voluntarias. Si un bebé no
alcanza los hitos del desarrollo motor esperados en esta etapa, esto debe considerarse una
señal de alarma y justificar un seguimiento cercano.
Primer mes: Es fundamental que el bebé fije la mirada, aunque sea por breves
momentos, en fuentes de luz o en el rostro de la madre. La incapacidad para hacer esto,
junto con una respuesta escasa o nula ante los sonidos del entorno, puede indicar un
problema de desarrollo. La succión deficiente, que dificulta la alimentación, también es una
señal preocupante, al igual que la irritabilidad constante y la dificultad para consolar al
bebé. En esta etapa, la comunicación se basa principalmente en la interacción social, y la
falta de respuesta a la interacción podría ser indicativa de un retardo en el desarrollo.
Segundo mes: En esta etapa, el bebé debería ser capaz de seguir objetos con la
mirada y sonreír en respuesta a las interacciones sociales. La ausencia de estas habilidades
puede ser una señal de alarma. Aunque el bebé pueda sobresaltarse con los sonidos, no
mostrar un interés claro en ellos ni en las voces conocidas, puede indicar una falta de
desarrollo en la audición y la respuesta emocional. La falta de respuesta al contacto físico,
persistencia de la irritabilidad y la dificultad para consolar al bebé (un llanto que resulta
difícil de interpretar por la madre), también son indicadores de que el desarrollo no está
avanzando según lo esperado.

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Tercer mes: A esta edad, el bebé debería comenzar a sostener la cabeza de
manera firme. La incapacidad para hacerlo y la presencia de asimetría en la actividad de las
manos pueden indicar un posible retraso en el desarrollo motor. La lateralidad precoz, que
es cuando el bebé muestra preferencia por un lado de su cuerpo, también puede ser una
señal de alarma, ya que el control motor debe ser más simétrico en esta etapa.
Final de los 6 meses: A los 6 meses, un bebé que no ha alcanzado hitos
importantes como la risa voluntaria, el balbuceo o los sonidos guturales debe ser evaluado
con mayor detalle. La presencia de rigidez o hipertonía en los miembros y flacidez o
hipotonía en el tronco y cuello también es motivo de preocupación. Estos signos indican
una falta de tono muscular adecuado, lo que puede interferir con el desarrollo de la
motricidad gruesa y fina. Además, la incapacidad para realizar movimientos como rotarse
cuando está acostado o mantener la posición sentada con apoyo es otra señal de que el
desarrollo motor no está avanzando adecuadamente. La ausencia de prensión voluntaria y
la falta de interacción social, como la falta de respuesta a las caras o gestos de las personas
cercanas, también son señales claras de retraso.
El bebé que parece abstraído, menos exigente o activo que sus coetáneos, puede
estar mostrando una desconexión emocional, lo que podría reflejar problemas en el
desarrollo socioemocional. Finalmente, la persistencia del sobresalto ante ruidos, un reflejo
innato que debería desaparecer durante los primeros meses, también puede ser una señal
de que el bebé no está alcanzando el desarrollo esperado.
Es crucial que los cuidadores y profesionales de la salud realicen un seguimiento
adecuado y oportuno para detectar cualquier signo de retraso en el desarrollo. Reiteramos,
si bien muchos de estos retrasos pueden ser transitorios y corregirse con el tiempo, la
intervención temprana es esencial para maximizar el potencial de desarrollo del niño.

Problemas comunes del sueño: Es completamente normal que los bebés recién
nacidos y pequeños se despierten con frecuencia, ya que sus necesidades de alimentación
y confort son más urgentes. Sin embargo, cuando los trastornos del sueño persisten o se
vuelven crónicos, puede ser un indicador temprano de posibles problemas de desarrollo,
tanto físicos como emocionales subyacentes; gastrointestinales, emocionales o incluso
afecciones más complejas como la disfunción en el sistema nervioso central.
Trastornos gastrointestinales: Algunos lactantes presentan reflujo
gastroesofágico, lo cual puede ocasionarles molestias, interrumpiendo su sueño y
provocando despertares frecuentes durante la noche. Asimismo, los cólicos
infantiles son una condición común que genera episodios de incomodidad y llanto
en los bebés, lo que puede llevar a despertares nocturnos. Aunque la etiología
exacta de los cólicos sigue siendo incierta, se sabe que esta afección aflige a un gran

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número de neonatos entre las 2 y 4 semanas de vida, y puede persistir hasta los 6
meses de edad.
Ansiedad por separación: Aunque los bebés recién nacidos no muestran
ansiedad por separación, alrededor de los 4-6 meses algunos bebés pueden
empezar a sentir ansiedad al ser dejados solos, especialmente en la noche. Esto
puede hacer que se despierten con más frecuencia y que tengan dificultades para
calmarse por sí mismos.

El sueño interrumpido de forma constante también puede interferir con el


desarrollo cognitivo y emocional del bebé, afectando su capacidad para consolidar la
memoria y procesar experiencias diarias, lo que podría tener repercusiones a largo plazo en
su comportamiento y en el establecimiento de vínculos afectivos saludables.
Además, los trastornos del sueño en los bebés pueden influir directamente en el
bienestar de los padres, creando un círculo vicioso de estrés y agotamiento que agrava aún
más la situación. La privación del sueño afecta la capacidad de los padres para responder
adecuadamente a las necesidades del bebé y gestionar sus propias emociones, lo que puede
generar una tensión innecesaria en la dinámica familiar.
Reconocer a tiempo los trastornos del sueño y buscar intervención temprana es
crucial para minimizar los impactos negativos en el bebé y en la familia, y garantizar que el
niño desarrolle un patrón de sueño saludable que promueva su crecimiento físico,
emocional y cognitivo de manera óptima.

6 MESES A LOS 2 AÑOS.


Durante este período, el desarrollo del niño se caracteriza por un ritmo más
pausado, pero igualmente importante, consolidando las habilidades adquiridas en las áreas
motoras, sociales, cognitivas y comunicacionales. Este es un tiempo clave en el que los niños
alcanzan una mayor independencia, mientras siguen necesitando apoyo emocional y
afectivo.

Desarrollo motor. En esta etapa 6-12 meses, los niños progresan de la posición
sentada al gateo y, hacia el final del primer año, pueden empezar a ponerse de pie y caminar
con apoyo. Los hitos motores grueso incluyen la capacidad de caminar sin ayuda a los 18
meses, y hacia los 2 años, muchos niños pueden correr, patear una pelota, arrastrar objetos
al caminar y subir escaleras con apoyo.
Desarrollo motor fino: A medida que los niños adquieren más destrezas
manuales, pueden manipular objetos pequeños, abrir cajones, usar una cuchara para comer
y realizar tareas más complejas como vestirse y desvestirse con ayuda. La pinza entre el

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pulgar y el índice, que aparece alrededor de los 15 meses, permite a los niños apilar bloques,
hacer garabatos y realizar otras actividades detalladas.
Hacia los 2 años, empieza a observarse la lateralización, cuando un niño muestra
preferencia por usar una mano sobre la otra para ciertas actividades. La lateralización
continúa a medida que el niño desarrolla habilidades motoras, lenguaje y control
emocional, aunque aquí no se observe con claridad la preferencia manual (diestro o zurdo),
esta no está definida completamente hasta los 6 años de edad.

Desarrollo de la comunicación. A los doce meses, el niño empieza a decir sus


primeras palabras. Para los 18 meses, puede combinar dos palabras, y al final de los 2 años,
el vocabulario se amplía significativamente (alrededor de 60 palabras bisílabas). A esta
edad, el lenguaje se convierte en la herramienta principal de comunicación.
Interacción: Aunque todavía se aprende por imitación, a esta edad los niños
pueden señalar para expresar lo que quieren si no saben cómo decirlo. Es importante
recordar que la corrección constante de la pronunciación puede ser contraproducente, ya
que puede generar frustración y retrasar el desarrollo del habla.
Aunque los niños más pequeños no siempre pueden expresar sus emociones con
palabras, su capacidad para comunicar sus necesidades se ve reflejada en los gestos y
actitudes hacia los demás.

Desarrollo social y emocional. Los niños de esta edad comienzan a imitar


comportamientos de adultos y otros niños, lo que favorece la interacción social y el
aprendizaje a través del juego simbólico. Si bien aprenden a compartir y jugar con otros
niños, aún pueden ser posesivos y egoístas, sobre todo en lo que respecta a sus objetos y la
atención de los padres. Los niños experimentan celos, especialmente cuando se sienten
desplazados o cuando hay una nueva figura en el entorno familiar.
Aunque aún son muy dependientes emocionalmente, empiezan a mostrar señales
de independencia, el niño comienza a reconocer que es un ser separado de sus padres y
quiere afirmar su autonomía. El aumento de su autonomía puede generar episodios de
frustración, sobre todo cuando no pueden realizar algo por sí mismos.

Cognición, resolución de problemas y memoria. La cognición, la resolución de


problemas y la memoria son procesos fundamentales en el funcionamiento del cerebro
humano, y están estrechamente interrelacionados. A esta edad, los pequeños comienzan a
explorar activamente su entorno, utilizando el juego como una herramienta fundamental
para experimentar y aprender. Este período es crucial para fomentar su desarrollo, ya que
las experiencias ricas y positivas contribuyen al fortalecimiento de estas habilidades
cognitivas fundamentales.

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Imaginación y creatividad: Entre los 18 meses y los 2 años, los niños
demuestran un avance significativo en sus habilidades cognitivas. La cognición se
manifiesta en su capacidad para reconocer patrones, relacionar objetos con sus
funciones y responder a estímulos de forma cada vez más compleja. La resolución
de problemas emerge de manera práctica, como cuando intentan alcanzar un
juguete fuera de su alcance utilizando una silla. Comienzan a participar en juegos
simbólicos como alimentar muñecos o pilotar naves imaginarias. Pueden también
buscar objetos escondidos, imitar sonidos de animales y completar frases de
canciones conocidas.
Desarrollo de la memoria: En este período, los niños desarrollan la memoria
episódica (recuerdos personales) y la memoria semántica (conocimientos
generales). La memoria también juega un papel importante, ya que permite a los
niños recordar rutinas, personas conocidas, canciones y las consecuencias de ciertas
acciones, lo que guía su comportamiento y aprendizaje. La repetición de actividades
y juegos es crucial para consolidar recuerdos y habilidades. La memoria episódica
se forma a partir de experiencias significativas, mientras que la memoria semántica
está relacionada con el conocimiento de hechos y conceptos generales.
Aprendizaje por repetición: El aprendizaje por repetición en niños de 2 años es
una estrategia clave para el desarrollo de habilidades cognitivas, motoras y del
lenguaje. A través de la repetición constante de actividades como canciones, juegos
o rutinas diarias, los niños fortalecen las conexiones neuronales, lo que les permite
internalizar conceptos y mejorar su capacidad de recordar y aplicar lo aprendido. Se
sabe que el cerebro de los niños es altamente receptivo a las repeticiones. Este
proceso, además de ser natural en esta etapa, brinda seguridad y refuerza su
comprensión del entorno, convirtiendo la repetición en una herramienta esencial
para el aprendizaje temprano.

Autonomía y la crisis de los 2 años. A medida que los niños alcanzan los 2 años,
experimentan un gran avance en su autonomía, lo que puede manifestarse a través de una
conducta más desafiante y una mayor insistencia en hacer las cosas por sí mismos. Esta
etapa se caracteriza por la llamada "crisis del No" u "oposición", donde el niño comienza a
rechazar las instrucciones de los adultos y a afirmar su independencia.
Aunque aún tienen un vocabulario limitado, descubren el poder de la palabra
"no" y la usan para expresar su oposición a las demandas de los padres, y para afirmar su
individualidad (Lois Bloom. 1993). Este comportamiento no debe interpretarse como una
actitud rebelde sino como una etapa normal del desarrollo, en la que el niño empieza a
entender su propia identidad a través de la oposición.

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Patrones de sueño. El sueño en niños de 6 meses a 2 años experimenta cambios
significativos en cuanto a patrones y necesidades. Durante este período, el sueño sigue
siendo crucial para el desarrollo físico, cognitivo y emocional del niño, pero las
características de su sueño evolucionan conforme a su crecimiento. A continuación, se
detallan los aspectos más relevantes del sueño en esta etapa.
7-12 meses: En esta etapa, los bebés comienzan a consolidar una rutina de sueño
más estable. Muchos de ellos duermen entre 12 y 15 horas en un ciclo de sueño nocturno
más largo, junto con una o dos siestas durante el día.
12-18 meses: El sueño nocturno sigue siendo largo, con una media de 11-14
horas de sueño. La mayoría de los niños de esta edad ya duermen toda la noche, aunque
algunos pueden seguir despertándose para alimentarse o por la necesidad de consuelo. A
esta edad, los bebés pueden tener dificultades para calmarse solos y pueden necesitar la
presencia de los padres para volver a dormirse, lo cual se relaciona con la ansiedad por
separación que comienza a manifestarse en este periodo.
Se establecen más firmemente las siestas diarias, generalmente entre una y
dos. Hacia los 18 meses, algunos niños pueden necesitar una sola siesta de
aproximadamente 2 horas. A esta edad, también se comienza a ver un patrón más
estructurado en cuanto a la hora de dormir y los rituales previos al sueño (como el baño, la
lectura o las canciones de cuna), lo que ayuda a que el niño asocie ciertos momentos con el
descanso.
18-24 meses: Los niños generalmente siguen durmiendo entre 11 y 13 horas
durante la noche, y la mayoría de ellos continúan con una siesta diurna. Sin embargo,
algunos niños pueden comenzar a mostrar señales de estar listos para eliminar la siesta,
especialmente hacia el final de los 2 años.
La transición del sueño de una siesta a dormir toda la noche sin interrupciones
puede ser difícil para algunos niños. Sin embargo, otros simplemente continúan durmiendo
toda la noche con poco o ningún despertar. El sueño en este período también está muy
influenciado por la consistencia de la rutina. Si el niño tiene un ambiente de sueño tranquilo
y predecible, es más probable que pueda dormir sin dificultades.
Los niños de esta edad pueden experimentar despertares nocturnos debido a
pesadillas, ansiedad por separación o simplemente porque aún no tienen la capacidad de
calmarse por sí mismos. A medida que el niño crece, también lo hace la capacidad de
autorregularse en el sueño. Durante el primer año de vida, los niños dependen de los padres
para calmarse y dormirse, pero a medida que alcanzan los 2 años, comienzan a desarrollar
la habilidad de consolarse a sí mismos y a seguir una rutina de sueño más predecible.

Pesadillas: Los niños de esta edad comienzan a desarrollar una imaginación más
activa, aumentando la cantidad de cosas que pueden asustarlos. A veces le es difícil desligar

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la imaginación de la realidad. En esta etapa aparecen las pesadillas. Este tipo de sueños
suele generar mucho miedo, en él se puede detectar vestigios de impulsos, emociones y
temores que afloran a la consciencia a través del sueño. Sucede en la fase más superficial
del sueño, donde precisamente hay más ensoñación. Genera miedo en el niño, el cual luego
de despertarse le cuesta dormir y busca consuelo de los padres o cuidadores, y en la
mañana generalmente hay recuerdo de la experiencia onírica, pero al ir madurando, el niño
aprenderá que son solo sueños.

Terrores nocturnos: A diferencia de las pesadillas, los terrores nocturnos ocurren


durante las fases más profundas del sueño y pueden involucrar episodios de agitación física,
puede llorar, gritar, tener hiperventilación, sudoración, puede sentarse en la cama y verse
asustado, con los ojos abiertos, y luego se duerme pues realmente no estaba despierto. En
casos raros puede llevarlo al sonambulismo. Estos episodios no suelen generar recuerdos
en el niño. Aunque pueden preocupar a los padres, se atribuye a factores como tensión
emocional, sucesos traumáticos, ansiedad, fatiga, horarios irregulares del sueño, fiebre o la
toma de algún medicamento.

Retraso en la adquisición de habilidades

El “retraso en la adquisición de habilidades” es un término clave en el desarrollo


infantil temprano, particularmente cuando los hitos motores, comunicativos y sociales no
se logran dentro de los marcos de tiempo típicos. Este retraso puede ser un indicio
temprano de un trastorno del neurodesarrollo, que se manifiesta en la falta de estas
habilidades.
Desarrollo motor grueso: un niño que no logra mantenerse sentado, caminar de
manera autónoma, podría estar experimentando un déficit significativo en su desarrollo.
Además, los trastornos relacionados con problemas musculares (comunes a esta edad) o
articulares (como la hipermovilidad articular) pueden interferir en el desarrollo motor,
exacerbando la lentitud en el progreso. En estos casos, la intervención temprana se
convierte en un factor crucial para evitar que las dificultades se agraven con el tiempo.
Desarrollo motor fino: Si un niño de 18 meses no puede hacer tareas como apilar
cubos, garabatear o beber de un vaso, o si presenta un vocabulario muy limitado, puede ser
indicativo de un retraso en el desarrollo.
Interacción social y comunicación: En esta etapa, los niños deberían comenzar a
usar el lenguaje para expresar sus deseos y emociones. Si un niño de 2 años no responde
adecuadamente al contacto visual o no muestra reciprocidad en las interacciones sociales,
podría ser un signo de trastorno del desarrollo.
Cuando estos signos se observan, es vital que los padres busquen un diagnóstico
temprano para entender mejor el origen del retraso y comenzar un tratamiento adecuado.
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Recibir el diagnóstico de un trastorno del neurodesarrollo puede ser devastador para las
familias, sobre todo porque aún persiste la idea que tienen una causa definitiva: genética o
neurológica, que impida el desarrollo. Sin embargo lo más común son los factores
ambientales negativos, que afectan el desarrollo cerebral y pueden conducir a un
enlentecimiento en el progreso, los cuales se pueden intervenir de manera efectiva.

El trastorno del neurodesarrollo regresivo, no es un diagnóstico específico en el


DSM-5, sin embargo, sí reconoce los trastornos del neurodesarrollo regresivos, como un
grupo de afecciones que comienzan en la etapa del desarrollo infantil. Es una condición
particular que afecta alrededor del 30% de los autistas, en donde un niño que parecía estar
alcanzando sus hitos del desarrollo de manera normal, presenta una pérdida significativa
de habilidades adquiridas, como el lenguaje, las habilidades motoras o las destrezas sociales
(Jinan Zeidan, 2022).
Este trastorno puede estar relacionado con diversas causas, entre ellas; Factores
ambientales (exposición a metales, pesticidas, o contaminantes ambientales); Genéticos
(anomalías cromosómicas, microdeleciones y genes específicos); Encefalopatías (disfunción
inmunitaria, cambios cerebrales); Trastornos metabólicos (trastornos gastrointestinales,
disfunción mitocondrial, estrés oxidativo) (Víctor Ruggieri, 2017). A veces, los síntomas del
retraso de adquisición de habilidades no se hacen evidentes hasta que las demandas del
entorno comienzan a exceder las capacidades del niño, o pueden estar enmascarados por
habilidades compensatorias aprendidas.
En estos casos, es fundamental identificar las posibles causas y abordarlas de
manera efectiva, para mitigar sus efectos y promover la recuperación y el desarrollo
adecuado del niño. Es aquí donde también es importante un enfoque multidisciplinario que
resulta esencial: pediatras, psicólogos, neurólogos, deben colaborar para identificar el
origen del trastorno y ofrecer una intervención adecuada. Igualmente, la orientación
integral a la familia, con una comunicación asertiva entre todos los profesionales
involucrados, es crucial para evitar tensiones y malentendidos, y para maximizar los
beneficios de las terapias.

2 a 6 AÑOS.
La etapa que abarca de los 2 a los 6 años, es un período crucial en el desarrollo
integral del niño, caracterizado por avances significativos en el lenguaje, la motricidad y la
interacción social. Durante este tiempo, se producen cambios notables en el cerebro y el
cuerpo, sentando las bases para el aprendizaje y las habilidades futuras.
La idea de que el crecimiento cerebral se centra "casi exclusivamente" en el
hemisferio derecho durante los primeros años de vida, y luego se desplaza al izquierdo, es
una simplificación. En realidad, el cerebro humano crece de manera integrada en ambos

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hemisferios desde las primeras etapas de vida, con diferentes énfasis en las áreas de cada
hemisferio de acuerdo al desarrollo cronológico del niño: el hemisferio derecho con
funciones como el procesamiento de la emoción, la creatividad y el reconocimiento de
patrones, mientras que el hemisferio izquierdo en el lenguaje y el pensamiento lógico.

Lateralización y maduración cerebral


En esta etapa, se consolida la asimetría o lateralización cerebral, es decir, la
especialización de las funciones de los dos hemisferios cerebrales. El hemisferio izquierdo
suele dominar en habilidades lingüísticas y motoras finas, mientras que el derecho está más
vinculado a procesos espaciales y emocionales. Al final del período preescolar, muchas
áreas cerebrales completan la mielinización, proceso llamado maduración cerebral, lo que
permite una transmisión neuronal más eficiente y optimiza el funcionamiento cognitivo y
motor. Aunque la mayor parte del proceso de lateralización se completa alrededor de los 6
años, no termina completamente en esa etapa. Algunas funciones cognitivas y motoras
siguen especializándose durante la adolescencia debido a la maduración de las conexiones
neuronales y la plasticidad cerebral (Mónica Rosselli, 2003).
Este progreso coincide con la definición de la lateralidad, que se refiere al
predominio funcional de un lado del cuerpo sobre el otro (ojo, oído, mano y pie). Aunque
la mayoría de la población es diestra (más del 70 %), también se observan un 10 a 20% de
zurdos, aunque los números son estimados pues no hay consenso entre diferentes autores
(Paracchini, S., 2024). También hay casos de lateralidad cruzada, predominio de los sentidos
(ojo-oído) y motor (mano-pie) en lados opuestos, o mixta (sin un predominio claro). Estas
variaciones pueden influir en el aprendizaje y, en algunos casos, asociarse con dificultades
en la lectoescritura, la orientación espaciotemporal y el razonamiento lógico.
Actualmente, se enfatiza el estudio de la lateralidad cruzada o disarmonica,
considerada un trastorno neurofisiológico que puede impactar el desarrollo cognitivo y
motor. Es fundamental identificarla con pruebas de predominio motor mano-pie y sensorial
ojo-oído, a tiempo, para implementar estrategias que minimicen sus efectos en el
aprendizaje.

Desarrollo motor
Entre los 2 y los 6 años, los niños perfeccionan tanto su motricidad gruesa como la
motricidad fina. A los 6 años, la mayoría ya tiene habilidades motoras similares a las de un
adulto en términos de coordinación, precisión y velocidad. Este progreso motor contribuye
a una mayor autonomía, ya que los niños comienzan a realizar tareas básicas de
autocuidado, como vestirse, comer y controlar esfínteres.
Motricidad gruesa: Mejor coordinación y equilibrio, capacidad para correr, saltar
y mantener una postura estable.

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Hitos clave: Montar correctamente una bicicleta, donde se desarrolla la
integración neuronal de los cuatro miembros y el equilibrio dinámico.
Motricidad fina: Manipular objetos pequeños con precisión, dibujar figuras más
detalladas, escribir, mayor destreza para recortar y usar herramientas como cubiertos.
Hitos clave: Aprender a atarse los cordones, y desarrollar la coordinación ojo-
mano.

Desarrollo del lenguaje


El desarrollo del lenguaje en esta etapa es vertiginoso. A los 2 años, los niños
manejan un vocabulario básico, mientras que a los 6 años pueden usar más de 2,000
palabras, y formar frases complejas correctamente: Conjugar verbos en diferentes tiempos.
Utilizar adjetivos para describir objetos y emociones. Formular preguntas para explorar el
mundo que lo rodea. Narrar experiencias y expresar deseos o necesidades con claridad.
Además, la capacidad de articular sonidos mejora, y en condiciones normales,
deberían hablar sin dificultades significativas de pronunciación (dislalias). Este desarrollo
lingüístico no ocurre de manera aislada; está profundamente influenciado por la interacción
social y el entorno cultural. La familia, los cuidadores y los compañeros de juego
desempeñan un papel crucial en el enriquecimiento del vocabulario y en la modelación de
habilidades conversacionales. Es también una herramienta esencial para la resolución de
problemas.
El desarrollo del lenguaje durante la etapa preescolar es un proceso acelerado y
esencial, no solo para la adquisición de habilidades comunicativas, sino también para el
establecimiento de relaciones sociales y la integración en el entorno. En este período, el
lenguaje actúa como el puente principal entre el niño y su entorno, permitiéndole
interactuar, expresar emociones, resolver conflictos y construir su identidad en relación con
los demás. También está estrechamente vinculado a la plasticidad neuronal, así como al
progreso físico, psicológico y social (Moreno-Torres, 2017).

Desarrollo cognitivo
En el plano cognitivo, los niños comienzan a comprender conceptos más
abstractos, como la moralidad, las normas y las reglas. Sin embargo, el pensamiento en esta
etapa sigue siendo egocéntrico y mágico, lo que significa que perciben el mundo desde su
perspectiva y creen que pueden influir en los eventos con su imaginación o deseos. Desde
esta perspectiva los hechos los toman en forma literal, los considera inalterables. Los tipos
de pensamiento más comunes incluyen:
Generalización: Asumen que una experiencia siempre se repetirá igual.
Saltar a conclusiones: Llegan a juicios apresurados sin información suficiente.
Magnificación: Ven un error aislado como un fracaso total.
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Pensamiento catastrófico: Anticipan consecuencias extremas o negativas ante
eventos menores.
El concepto de inteligencias múltiples, desarrollado por el psicólogo Howard
Gardner, plantea que no existe una única forma de ser inteligente, sino que las personas
poseen diferentes tipos de inteligencia que se desarrollan a lo largo de la vida. En la etapa
preescolar (2 a 6 años), estas inteligencias comienzan a manifestarse a través de juegos,
actividades y experiencias cotidianas, moldeadas por el entorno familiar, educativo y social.

Inteligencia lingüística. Se refiere a la capacidad de comprender, expresar y


manipular el lenguaje hablado o escrito. Con el desarrollo rápido del vocabulario, tiene
interés por los cuentos, canciones y rimas.

Inteligencia lógico-matemática. Implica la habilidad para razonar, resolver


problemas y trabajar con números. Uso de habilidades básicas como contar, clasificar y
ordenar objetos. Curiosidad por los conceptos de cantidad, tamaño y tiempo, y resolución
de problemas simples a través de ensayo y error.

Inteligencia visual-espacial. Se relaciona con la capacidad de interpretar y


manipular imágenes, formas y espacios. Interés por el dibujo, la pintura y las manualidades
y habilidad para reconocer colores, formas y ubicarse en el espacio.

Inteligencia musical. Es la habilidad para percibir, interpretar y crear sonidos y


ritmos. Capacidad para repetir ritmos y tararear melodías conocidas y uso espontáneo de
objetos para crear sonidos o música.

Inteligencia kinestésica-corporal. Se refiere a la habilidad para controlar los


movimientos del cuerpo y manipular objetos. Progreso en habilidades motoras finas, como
recortar, pegar y escribir, e interés por actividades físicas como bailar o practicar deportes
básicos.

Inteligencia interpersonal. Es la capacidad de interactuar y comunicarse


eficazmente con los demás. Capacidad para reconocer emociones en los demás, se interés
por juegos grupales o de roles.

Inteligencia intrapersonal. Se refiere al autoconocimiento y la capacidad de


comprender los propios sentimientos y pensamientos. Inicio del control de impulsos y
autorregulación emocional y desarrollo de preferencias personales.

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Inteligencia naturalista. Es la capacidad para identificar y clasificar elementos del
entorno natural, como plantas, animales o fenómenos meteorológicos. Disfrute de
actividades al aire libre.

En la etapa preescolar, todas las inteligencias interactúan entre sí,


contribuyendo al desarrollo integral del niño. Aunque cada niño muestra fortalezas
específicas en ciertas áreas, es fundamental ofrecer experiencias variadas que fomenten el
crecimiento equilibrado de todas las inteligencias. Este enfoque promueve no solo el
aprendizaje académico, sino también el desarrollo emocional, social y creativo, sentando
las bases para su futuro.

Normas y limites
La etapa preescolar es un periodo crucial para el aprendizaje y la internalización de
normas y límites. Entre los 2 y 6 años, los niños comienzan a desarrollar habilidades
cognitivas, emocionales y sociales que les permiten comprender las reglas del entorno
familiar, escolar y social. El papel de las normas y los límites no solo tienen la función de
disciplinar, sino que también proporcionan al niño un marco de referencia que les genera
seguridad y predictibilidad en su mundo:
Regulación emocional: Las normas enseñan a los niños a manejar sus emociones,
especialmente en situaciones de frustración.
Socialización: Les ayuda a comprender la dinámica de convivencia con otros, como
esperar turnos, compartir y respetar el espacio ajeno.
Autonomía: Los límites claros permiten que el niño desarrolle una estructura
interna para tomar decisiones y autocontrolarse en ausencia de los adultos.
Los niños aprenden las normas y los límites principalmente a través de la
observación del comportamiento de los adultos y de otros niños. Imitan lo que ven y ajustan
su conducta según las reacciones que reciben. La repetición de las reglas y una aplicación
constante de los límites son esenciales para que el niño internalice las normas. Si los límites
varían según la situación o la persona que los establece, el niño puede confundirse y
resistirse a cumplirlos (UNICEF, 2023).
Las rabietas, también conocidas como pataletas, son una manifestación típica de
la etapa preescolar y reflejan el desarrollo emocional del niño. Los niños pequeños tienen
un lenguaje limitado para expresar lo que sienten o quieren, lo que los lleva a experimentar
frustración cuando no logran comunicar sus necesidades (independencia y toma de
decisiones), las pataletas suelen ocurrir cuando sienten que sus deseos no son tomados en
cuenta. Otros factores como el cansancio, la falta de sueño, el hambre o la
sobreestimulación pueden reducir la tolerancia del niño y aumentar la probabilidad de
rabietas.

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Aunque pueden ser desafiantes para los cuidadores, las rabietas son parte normal
del proceso de maduración y representan el intento del niño por expresar su frustración,
deseos, y también pueden ser un medio para probar los límites establecidos por los padres,
y deducir hasta dónde pueden llegar. Se debe abordar las rabietas como oportunidades de
enseñanza, ayudando al niño a desarrollar habilidades de autorregulación y a construir una
base emocional sólida para el futuro.
El establecimiento de normas y límites claros es esencial para reducir la frecuencia
y la intensidad de las pataletas. Los niños necesitan comprender que las reglas no son
arbitrarias, sino que están diseñadas para protegerlos y guiarlos. Al mismo tiempo, es
importante ser flexibles y entender que las rabietas son una forma natural de explorar sus
emociones y límites. Son fundamentales para guiar a los niños en este proceso de
adquisición de normas, la paciencia, la consistencia y el afecto por parte de los adultos

Sueño y siestas.
El sueño sigue teniendo un papel crucial en el avance integral de los niños en la
etapa preescolar, ya que contribuye al crecimiento físico, la consolidación de la memoria,
la regulación emocional, el desarrollo de funciones ejecutivas y el equilibrio metabólico.
Durante este período, los patrones de sueño se estabilizan progresivamente, aunque
pueden surgir desafíos relacionados con hábitos, miedos y comportamientos típicos de esta
etapa.
Los niños de 2 a 6 años necesitan entre 10 y 12 horas de sueño diario, incluyendo
siestas en los más pequeños, que suelen desaparecer gradualmente a partir de los 4 años,
especialmente cuando el niño inicia la escolaridad. Es común que los niños en esta etapa se
resistan a ir a la cama y prefieran jugar o interactuar en lugar de dormir.
También siguen siendo comunes los despertares nocturnos relacionados con las
pesadillas y terrores nocturnos. La enuresis o micción involuntaria durante la noche, que es
común en esta edad, suele resolverse espontáneamente.

Funciones Ejecutivas y socialización.


Entre los 2 y 6 años, las áreas prefrontales (donde se localizan las funciones
ejecutivas) comienzan a madurar significativamente. Aunque estas funciones no alcanzarán
su pleno desarrollo hasta la adolescencia, se observan hitos importantes en esta etapa.
Las funciones ejecutivas son un conjunto de habilidades cognitivas esenciales para
el control y la regulación del comportamiento, que se desarrollan progresivamente durante
la infancia, para establecer las bases del pensamiento estratégico, la autorregulación
emocional y el aprendizaje social.
En esta etapa, los niños empiezan a resistir la tentación de actuar
inmediatamente (ej., esperar su turno para hablar o jugar). Esta habilidad es clave para
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seguir reglas y adaptarse a entornos sociales. Empiezan a evaluar sus propias acciones y
ajustar comportamientos según las consecuencias.
Desarrolla la memoria de trabajo que permite retener y manipular información a
corto plazo, ya a los 2 a 3 años los niños empiezan a mostrar signos de control de impulsos
y habilidades de memoria de trabajo. Ejemplo: Comprenden instrucciones simples en dos
pasos, (como "primero recoge los juguetes y luego lávate las manos"), que es esencial para
el aprendizaje escolar y la resolución de problemas. 4 a 5 años hay una mejora significativa
en la inhibición, la planificación y la flexibilidad cognitiva. Ejemplo: Participar en juegos que
requieren atención sostenida y cambios de reglas, como "Simón dice". A los 6 años
consolidan estas habilidades ejecutivas más complejas, son más capaces de seguir rutinas
escolares y trabajar en equipo con otros niños.
En esta etapa, los niños comienzan a entender que pueden existir varias maneras
de resolver un problema o realizar una tarea, habilidad para adaptarse a cambios en reglas
o situaciones. Aprenden progresivamente destreza para planear, organizar la información y
la capacidad para controlar impulsos (manejar la frustración sin recurrir a rabietas) y a
expresar sus emociones de manera más controlada, que permiten la flexibilidad del
pensamiento para el logro de metas específicas. Este desarrollo marca el final de una época,
va prevaleciendo la función ejecutiva, siendo cada vez menos efectivo el aprendizaje por
imitación, que también permite que la experiencia module las distorsiones en la percepción
del pensamiento del niño.
El niño de esta etapa avanza en la interacción social, desarrollando habilidades
como la empatía, la gratitud y la solidaridad. Aunque comienzan a comprender conceptos
como la amistad, todavía son egocéntricos y se consideran autosuficientes. Aparece una
mayor curiosidad por el mundo, expresada en preguntas constantes sobre su entorno.
La sexualidad también marca un hito importante. Los niños reconocen su identidad
masculino o femenino y pueden explorar sus cuerpos, lo cual es una parte normal de su
desarrollo. Manipula sus genitales para obtener placer y puede demostrar interés en los
genitales de otros niños y el de sus padres.
El psicólogo y biólogo Jean Piaget en los años 80 teorizó que la capacidad cognitiva
y el conocimiento era variable en cada edad, que no se hacía en peldaños sino en ondas o
curvas en U, siendo en muchos aspectos la edad de 7 años la parte más baja de una de esas
curvas de aprendizaje. No resulta difícil comprender esta curva pues con los cambios en la
asimetría cerebral, la lateralidad, el pensamiento y el desarrollo de las funciones ejecutivas,
el aprendizaje de las funciones básicas de socialización, lenguaje y motricidad,
progresivamente se van haciendo más difícil y compleja.
Resulta, entonces, fundamental que los docentes, pediatras, y todo profesional de
la salud, que atiende niños, conozca a profundidad las complejas características de
transformación y consolidación en el desarrollo infantil entre los 2 y los 6 años. Cada etapa

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tiene hitos específicos que deben ser monitoreados, ya que cualquier desviación puede
indicar la necesidad de evaluaciones y correcciones oportunas. Hay ventanas para la
adquisición del conocimiento en ciertas áreas, fuera de las cuales el aprendizaje se hace
más difícil e incompleto.
Como hemos expresado aun cuando la plasticidad cerebral perdura toda la vida, el
neurodesarrollo en la etapa preescolar es un período caracterizado por el rápido avance en
habilidades motoras, cognitivas, lingüísticas, sociales y emocionales. Durante esta etapa, la
plasticidad cerebral está en su punto más alto, lo que permite un aprendizaje acelerado y
la consolidación de habilidades fundamentales. Sin embargo, esta plasticidad también
implica una mayor vulnerabilidad a factores adversos, como la falta de estímulos,
enfermedades, un ambiente toxico o un entorno social poco adecuado.

Señales de Alerta
Las señales de alerta en el desarrollo infantil son indicativos de que un niño podría
estar experimentando dificultades que requieren atención profesional. En la etapa
preescolar, algunos de los signos más comunes de un trastorno del neurodesarrollo
incluyen retrasos en el habla y el lenguaje, problemas de comunicación social, falta de
habilidades para interactuar con otros niños o adultos, y patrones de comportamiento
rígidas. Además, puede haber una notable dificultad para comprender las normas sociales
o adaptarse a los cambios en su entorno. La detección temprana y la intervención adecuada
pueden ser clave para ayudar a los prescolares a superar o manejar mejor sus desafíos y
alcanzar su potencial.

Es importante recordar que cada niño tiene su propio ritmo de desarrollo y que no
todos los comportamientos inusuales necesariamente indican un trastorno del
neurodesarrollo. Sin embargo, cuando estas señales de alerta se presentan de forma
persistente y afectan la capacidad del niño para funcionar en su vida diaria, una evaluación
más profunda por parte de un profesional de la salud es esencial. Este proceso permitirá
identificar las posibles dificultades y orientar a los padres y cuidadores sobre las mejores
estrategias de intervención y apoyo para fomentar el bienestar y el desarrollo del niño.
Tema que desarrollaremos en el próximo capitulo.

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TRASTORNO DEL ESPECTRO AUTISTA (TEA)

El Trastorno del Espectro Autista (TEA) es un trastorno del neurodesarrollo que ha


sido objeto de extensos estudios científicos en las últimas décadas. Se ha sugerido que su
origen es multifactorial, con una combinación de factores neurobiológicos, ambientales y
genéticos, que condicionan principalmente neuroinflamación, disfunción en la conectividad
neuronal y alteración de la genética. A estos factores biológicos se les suma una influencia
significativa de los factores ambientales, que juegan un papel crucial en la variabilidad de
las manifestaciones clínicas de cada individuo afectado (Noriyoshi Usui, 2023).
Los criterios diagnósticos del DSM-V para el TEA son, dificultades significativas en
la interacción social, la comunicación, y la presencia de intereses restringidos:
- Deficiencias persistentes en la comunicación social (verbal y no verbal) y en
la interacción social en diversos contextos.
- Patrones restrictivos y repetitivos de comportamiento, intereses o
actividades.
- Los síntomas causan un deterioro clínicamente significativo en lo social,
laboral u otras áreas e interfieren en el funcionamiento habitual del día a día.

Los síntomas están presentes en las primeras fases del período de desarrollo,
aunque pueden no manifestarse hasta que se superen las capacidades limitadas. Los criterios
diagnósticos de este trastorno, sin embargo, pueden solaparse con otras subcategorías
dentro de los trastornos del neurodesarrollo, lo que puede dificultar su diagnóstico precoz y
preciso.
El diagnóstico y la evaluación del TEA se basan en diversas pruebas cognitivas, las
cuales estudian los procesos mentales relacionados con la percepción, la memoria, el
lenguaje y las funciones ejecutivas. Estas pruebas permiten evaluar el grado de deterioro
en el neurodesarrollo, tanto en términos de déficits globales como de limitaciones en áreas
específicas. El TEA de acuerdo al Manual Diagnóstico de Enfermedades Mentales (DSM-V)
y la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11), forma parte de un grupo más
amplio de trastornos del neurodesarrollo. Dentro de esta clasificación, el TEA se considera
uno de los trastornos más complejos debido a que puede involucrar la comorbilidad de
varios trastornos simultáneamente.
Es importante subrayar que, en el contexto del diagnóstico, hablamos de
"trastornos" y no de "enfermedades", dado que no existe una correlación directa de causa-
efecto de los factores que inducen la alteración de la salud. Aunque este término es
adecuado desde el punto de vista semántico, no debe entenderse como una minimización
de la gravedad de los trastornos del neurodesarrollo. De hecho, cada uno de los trastornos
que conforman esta clasificación, puede presentarse en diferentes grados de severidad, lo

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que implica que el grado de compromiso neurológico y la capacidad de adaptación del
paciente pueden variar ampliamente.

CLASIFICACION DE TRASTORNOS DEL NEURODESARROLLO DSM –V

Discapacidad Intelectual

Trastornos por déficit de la


atención con hiperactividad

Trastornos motores

Trastorno específico del


aprendizaje
Trastorno del espectro autista

Trastornos de la
comunicación

Trastornos alimentarios y de
la ingestión de alimentos

Trastorno de la eliminación

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), la prevalencia del


Trastorno del Espectro Autista (TEA) está en aumento (1 de cada 100 niños en el mundo
tiene un trastorno del espectro autista, OMS 2023). Sin embargo, esta cifra es una
estimación media, ya que la prevalencia varía considerablemente entre los distintos países.
En respuesta a esta creciente preocupación global, en mayo de 2014, la 57ª
Asamblea Mundial de la Salud aprobó la resolución titulada “Medidas integrales y
coordinadas para gestionar los trastornos del espectro autista”. Esta resolución fue
respaldada por más de 60 países e insta a la OMS a colaborar estrechamente con los estados
miembros y otros organismos internacionales para fortalecer las capacidades nacionales en
la atención y gestión de los trastornos del neurodesarrollo infantil.

UN POCO DE HISTORIA: UN VIAJE DE INCREÍBLES DESCUBRIMIENTOS

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Si nos paseamos por la historia del autismo, resulta que este trastorno, aunque
tiene un nombre moderno, ha estado dando vueltas por la historia mucho antes de que
fuera reconocido oficialmente. La primera vez que alguien lo describió de manera formal
fue en 1943, cuando el psiquiatra Leo Kanner publicó su famoso artículo titulado
«Alteraciones autistas del contacto afectivo». Apenas un año después, el pediatra Hans
Asperger, por su parte, también se dio cuenta de que había niños con síntomas similares y,
como buen académico, publicó su propio artículo titulado «Psicopatía autista en la
infancia».
Ahora bien, aunque estas descripciones son las que sentaron las bases de lo que
hoy conocemos como autismo, la cosa viene de mucho más atrás. Si miramos con una lupa
histórica, encontramos que personas con rasgos autistas, que por lo general tenían
habilidades sensoriales excepcionales (como una visión, gusto u olfato particularmente
afinados), probablemente desempeñaron roles cruciales en la estabilidad de sus
comunidades. Tal vez eran esos individuos con una percepción del mundo distinta que, al
notar detalles que los demás pasaban por alto, se convirtieron en piezas clave para la
supervivencia en tiempos antiguos.
Estos individuos con habilidades excepcionales —desde la memoria prodigiosa
hasta habilidades sobresalientes en arte, música, matemáticas o ingeniería— jugaron un
papel importante en la evolución de los oficios especializados, particularmente en épocas
preindustriales. Los artesanos, por ejemplo, eran personas altamente valoradas, casi
místicas, capaces de transformar materiales en obras de arte funcionales. Su rol estaba
envuelto en un halo de respeto social, ya que su capacidad para crear era algo codiciado.
Sin embargo, la llegada de la Revolución Industrial en el siglo XIX cambió todo. Los
artesanos, que antes eran respetados por sus habilidades únicas, fueron absorbidos por las
fábricas, convirtiéndose en obreros especializados en un proceso de globalización industrial
que transformó radicalmente la dinámica social.
Y si de neologismos hablamos, aquí viene una curiosidad: la palabra autismo
proviene del griego autos (uno mismo) e ismos (condición), y fue acuñada por el psiquiatra
suizo Eugen Bleuler en 1908. Inicialmente, Bleuler la utilizó para describir a pacientes
esquizofrénicos que mostraban un aislamiento extremo, pero no fue sino hasta los estudios
de Kanner y Asperger que el término comenzó a adquirir la forma que conocemos hoy.
Por supuesto, la comunidad médica no estaba totalmente de acuerdo sobre cómo
clasificar el autismo. Mientras algunos médicos pensaban que se trataba de una patología
que afectaba solo a los adultos, otros lo veían como un trastorno infantil. Y fue en las
primeras ediciones de la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE) en 1948 donde
el autismo se incluyó, pero no encontraba su lugar en las secciones dedicadas a los
trastornos de la infancia. ¡Toda una confusión de categorías!

60
No fue hasta los años 80 que el autismo se reconoció oficialmente como un
trastorno infantil en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM)
y pasó a formar parte de los Trastornos Generalizados del Desarrollo y mucho más tarde en
1992 fue incluido en el CIE. Y desde entonces, tras una importante revisión del DSM en el
2013 (versión 5) y en el 2019 el CIE (versión 11), el autismo es reconocido como un trastorno
del neurodesarrollo con afectación en tres áreas principales: interacción social,
comunicación y comportamiento. Luego en el 2022 hubo una revisión (DSM-5-TR) en el cual
no hubo modificaciones estructurales en los criterios diagnósticos del TEA, pero el texto
explicativo fue revisado para mayor claridad y precisión.
No solo los expertos tienen diferentes opiniones sobre el autismo, sino que, en el
ámbito social, también hay un debate en curso. Los profesores de Psiquiatría y Genética de
la Universidad de Yale, Renato Polimanti y Joel Gelernter (2017), por ejemplo, sugieren que
el autismo podría ser un ejemplo de selección positiva en la evolución humana, ya que
algunas de las variantes genéticas asociadas con el trastorno también están relacionadas
con una alta inteligencia. Lo cual, según estos investigadores, podría ser ventajoso para la
evolución humana, ¡como si el autismo fuera una especie de superpoder!. Por otro lado, la
OMS recalca que, aunque algunas personas con autismo pueden tener altas capacidades y
llegar a vivir de manera independiente, otras requieren apoyo constante debido a las
severas limitaciones en sus capacidades.
A pesar de los avances en la comprensión del trastorno, el autismo sigue siendo un
tema estigmatizado, a menudo incomprendido, y desafortunadamente, es un diagnóstico
que genera gran desconcierto en las familias y en la sociedad en general. Muchas veces, los
padres se sienten perdidos, especialmente cuando enfrentan las dificultades que el autismo
impone a lo largo de la vida en los aspectos personales, sociales, académicos y laborales del
paciente.
Una de las grandes ironías de todo esto es que, aunque el autismo suele ser
evidente entre los 12 y los 24 meses de vida, el diagnóstico se realiza, en muchos casos,
mucho después. Es decir, los padres ya han notado ciertas señales, pero los médicos, al ser
cautelosos y no querer sobrevalorar los síntomas, retrasan el diagnóstico. A veces, este
retraso de varios años puede significar la diferencia entre una intervención temprana
efectiva o la oportunidad perdida de apoyar al niño en etapas críticas de su desarrollo.
Y para complicar aún más las cosas, no existen pruebas diagnósticas claras para el
autismo. No hay una simple radiografía, prueba genética o análisis de sangre que pueda dar
la respuesta. Todo se basa en la observación clínica, lo que hace que el diagnóstico dependa
en gran medida de la experiencia y los criterios del profesional que esté evaluando al niño.
Además, los instrumentos (pruebas psicométricas) para detectar el autismo, aunque
existen, no son ampliamente conocidos ni fácilmente accesibles para el personal de
atención primaria, como pediatras, médicos familiares o psicopedagogos. A menudo, el uso

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de estas herramientas requiere una especialización específica que no siempre está al
alcance de todos.
A pesar de estos desafíos, la buena noticia es que los avances en el diagnóstico y
tratamiento del autismo han sido significativos. Y aunque no estamos aún en una etapa en
la que se pueda hablar de una "cura", el tratamiento temprano, basado en una intervención
multidisciplinaria adecuada, puede marcar una gran diferencia en el desarrollo de la
persona con TEA. Quizá, en el futuro cercano, debamos hablar de autismos, y no de un único
trastorno, pues cada persona en el espectro tiene una experiencia única, ¡y tal vez ahí
radique la verdadera magia!

DETECCIÓN PRECOZ EN EL TRASTORNO DEL ESPECTRO AUTISTA

La detección temprana del Trastorno del Espectro Autista (TEA) es crucial para una
intervención eficaz, que puede mejorar significativamente el pronóstico de los niños
afectados. A medida que el conocimiento sobre el neurodesarrollo y el TEA ha avanzado, se
ha comprendido que cuanto más temprano se diagnostique el trastorno y se inicie la
intervención, mayores son las probabilidades de mejorar las habilidades del niño y reducir
el impacto del trastorno en su vida (Zwaigenbaum, L., 2015).
El neurodesarrollo en las personas con Trastorno del Espectro Autista (TEA) no
sigue una línea uniforme o neurotípica. Este fenómeno se refleja en la adquisición dispareja
de habilidades en distintas áreas: comunicación verbal y gestual, motricidad, interacción
social y conductas. El ritmo de desarrollo no es constante, ya que ciertas áreas pueden
evolucionar más rápido que otras, o incluso pueden mostrarse estancadas. Es importante
comprender que la variabilidad en el desarrollo y la adquisición de habilidades es una
característica intrínseca del TEA, y esta se ve influenciada por diversos factores, que pueden
influir profundamente en la velocidad de adquisición de habilidades y en la manera en que
se procesan los estímulos del entorno (Amitta Shah, 1993). Además, el apoyo especializado
juega un papel crucial en maximizar las oportunidades de desarrollo dentro de las
capacidades individuales del niño. La combinación de apoyo adecuado y la estimulación
correcta de las habilidades puede resultar en avances significativos.

Intervención Temprana: Un Enfoque Potencialmente Reversible.

Cuando se habla de detección precoz, el enfoque se centra en diagnosticar y


comenzar la intervención antes del segundo año de vida. Este enfoque implica observar
cuidadosamente las conductas del niño, la dinámica familiar, y la interacción entre
ambos para identificar posibles alteraciones en el desarrollo que podrían ser indicativas
de TEA.

62
Como se había señalado los primeros 1000 días de vida son cruciales debido a la
plasticidad cerebral, que permite que las intervenciones tempranas tengan un impacto
significativo en la adquisición de habilidades, en la adaptación y recuperación del niño.
La detección precoz permite identificar signos de alerta desde las primeras etapas de la
vida y abordar el trastorno con estrategias terapéuticas específicas y eficaces.

EVALUACION DEL TRASTORNO DEL NEURODESARROLLO POR EDADES.

Preocupación sobre el desarrollo o conducta del niño.

Menor de 6 meses 6 a 12 meses 12 meses – 2 años

Detección de señales de Retraso en Retraso en Regresión de


alarma en hitos del alcanzar hitos del alcanzar hitos del habilidades
desarrollo neurodesarrollo neurodesarrollo adquiridas

Prueba despistaje Prueba despistaje


Observación

CSBS DP M-CHAT / PEDS


Evaluación de
factores prenatales.
Positivo Positivo

Pruebas Diagnósticas de TEA

Evaluación de Evaluación de factores


complicaciones médicas ambientales

Detección de Signos Tempranos, primeros 6 meses.

En las primeras semanas y meses después del nacimiento, la atención se centra en


detectar señales tempranas de alerta en lugar de establecer un diagnóstico definitivo. Estas
señales, aunque inespecíficas, pueden indicar la necesidad de una evaluación más
detallada. Detectar estas señales a tiempo permite implementar estrategias que
promuevan un desarrollo saludable y prevengan el avance de posibles déficits.

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Este enfoque proactivo puede marcar una diferencia significativa en el pronóstico
del niño, ayudando a evitar complicaciones mayores y facilitando una mejor integración
social y funcional en el futuro.
Entre el nacimiento y los seis meses de vida, los bebés experimentan un proceso
de desarrollo rápido y diverso que sigue un patrón individual. Aunque en esta etapa
temprana no se puede hablar de retraso en el desarrollo, es crucial observar señales de
alarma (no alcanzar hitos del neurodesarrollo) que podrían indicar la necesidad de una
evaluación más detallada. Estas señales pueden surgir en tres áreas clave del desarrollo:
motora, social y emocional.
Desarrollo Motor:
- Persistencia de movimientos reflejos involuntarios más allá del tiempo
esperado (como el reflejo de Moro o de prensión).
- Falta de control intencional del movimiento al final de los seis meses.
- Escasa tonicidad muscular (hipotonía) o rigidez muscular (hipertonía).
Interacción Social:
- Ausencia de contacto visual sostenido con los cuidadores.
- Falta de respuesta emocional ante las interacciones sociales (por ejemplo,
ausencia de sonrisa social).
- Desinterés por los rostros humanos o estímulos sociales, prefiriendo observar
objetos o patrones no sociales.
Emocionalidad y Apego:
- Ausencia de conductas que reflejen apego emocional, como la búsqueda de
cercanía con los cuidadores.
- Escasa o nula reacción a la voz humana o al contacto físico.

SEÑALES DE TRASTORNO DEL NEURODESARROLLO 3 MESES


Tomo muscular bajo. Dificultad para succionar
Parece no responder a sonidos fuertes.
No observa sus manos a los 2 meses.
No sonríe al sonido de su voz a los 2 meses.
No sigue los objetos en movimiento con sus ojos a los 2 o 3 meses.
No agarra ni sostiene objetos a los 3 meses.
No sonríe a las personas a los 3 meses.
No puede sostener bien su cabeza a los 3 meses.
No toma ni agarra juguetes a los 3 a 4 meses.
No se gira para los lados al estar acostado a los 3 a 4 meses.

No balbucea a los 3 a 4 meses.

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SEÑALES DE TRASTORNO DEL NEURODESARROLLO 6 MESES
No se lleva objetos a la boca a los 4 meses.
Comienza a balbucear, pero no intenta imitar ninguno sonidos a los 4 meses.
No empuja sus piernas hacia abajo al colocar sus pies sobre una superficie firme a los 4 meses.
No presta atención a rostros nuevos o parece asustado con rostros o entornos nuevos.
Tiene problemas para mover uno o ambos ojos en todas las direcciones.
No gira la cabeza para identificar sonidos a los 4 meses.
No se voltea en ninguna dirección (desde la posición boca abajo hacia arriba ni de boca arriba hacia
abajo) a los 5 meses.
No sonríe espontáneamente a los 5 meses.
Parece inconsolable por las noches, después de los 5 meses.
Parece muy rígido, con sus músculos tensos.
Parece demasiado flexible, como una muñeca de trapo.
La cabeza se sigue yendo hacia atrás cuando está sentado.
Alcanza las cosas solamente con una mano.
Se rehúsa a ser abrazado o acurrucado.
No muestra afecto hacia la persona que lo cuida.
No responde a los sonidos a su alrededor.
Tiene dificultad para llevar objetos a su boca.
Tiene problemas gastrointestinales, estreñimiento, gases, reflujo.
Infecciones a repetición, principalmente otitis.

No se alarme si el desarrollo de su bebé toma un curso ligeramente diferente.


Informe al pediatra si su bebé muestra cualquiera de las siguientes señales de un posible
retraso en el desarrollo en alguna de estas áreas, es fundamental realizar evaluaciones
especializadas por neuropediatria. Estas deben incluir:
Evaluación neurológica: Para descartar afecciones estructurales o funcionales del
sistema nervioso.
Pruebas de desarrollo: Aplicación de herramientas como cuestionarios para
identificar retrasos en el logro de hitos específicos.
Factores Contribuyentes a Considerar: Es esencial descartar y abordar posibles
factores que puedan estar influyendo negativamente en el desarrollo temprano del
bebé, entre ellos:
Complicaciones neonatales:
Prematuridad.
Bajo peso al nacer.
Traumas durante el parto.

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Exposición prenatal:
Drogas, alcohol y metales (u otras sustancias tóxicas).
Infecciones:
Prenatales o neonatales, que podrían afectar el sistema nervioso central.

La importancia de la observación temprana y la identificación precoz de señales de


alarma en los primeros meses de vida, permite, en caso de sospecha: iniciar estimulación
adecuada de manera temprana, incluso antes de establecer un diagnóstico definitivo.
Corregir los factores ambientales negativos (alimentarios, tóxicos, sociales), maximizando
las oportunidades de mejora en el desarrollo del niño. A esta edad, el cerebro tiene una alta
plasticidad, lo que facilita mejores respuestas a las intervenciones terapéuticas,
contribuyendo a un desarrollo más armónico en las áreas afectadas.

6 meses a 2 años: manifestaciones iniciales del autismo

Aunque el diagnóstico formal de TEA se realiza típicamente entre los 2-4 años de
edad, si se identifican signos evidentes del trastorno a una edad temprana, el diagnóstico
se basará en los mismos criterios, pero la clasificación y las recomendaciones de
intervención pueden diferir ligeramente en función de la edad y el desarrollo del niño.
Entre los seis meses y los dos años de vida, las señales de alarma de autismo
pueden volverse más evidentes, y muchos padres comienzan a notar que el niño no
responde de manera típica. Los niños con TEA en esta etapa pueden mostrar un marcado
retraso en la comunicación, como el uso limitado de gestos o expresiones faciales, y suelen
tener dificultades para establecer contacto visual. Su interacción con otros niños es escasa,
y aunque algunos muestran cierto afecto hacia sus padres, tienden a preferir la soledad. Un
niño con TEA también podría mostrar un interés limitado por su entorno y, a diferencia de
otros niños, es menos probable que participe en juegos imaginativos o de roles. En su lugar,
el niño puede involucrarse en juegos repetitivos, manipulando objetos de manera reiterada
sin comprender el simbolismo del juego.
La regresión en el desarrollo entre los 6 meses y los 2 años es un signo de alerta
crucial, ya que en esta etapa temprana el cerebro atraviesa un período de intensa poda
neuronal y adquisición de habilidades fundamentales. La pérdida de capacidades
previamente adquiridas, o la detención repentina del aprendizaje, puede indicar la
presencia de trastornos neurológicos, metabólicos, genéticos, enfermedades degenerativas
o presencia de tóxicos. Identificar estos cambios a tiempo permite un abordaje diagnóstico
y terapéutico temprano, lo que aumenta las posibilidades de intervención efectiva y mejora
el pronóstico del desarrollo infantil.

Evaluación Integral
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Es esencial que el diagnóstico del Trastorno del Espectro Autista (TEA) se base
en un enfoque integral, que no se limite solo a las observaciones clínicas, sino que también
considere factores intervinientes respaldados por evidencia científica. Este enfoque
holístico es clave para evitar conclusiones erróneas. Un ejemplo de desinformación que ha
circulado en el pasado es la "hipótesis de la madre fría", que culpaba a la actitud distante
de la madre como la causa del autismo. Afortunadamente, esta teoría ha sido
completamente refutada, ya que se ha demostrado que el TEA tiene bases neurobiológicas
y no está relacionado con la calidad de la relación madre-hijo.
Retrasos en el Lenguaje y la Comunicación: El retraso en el desarrollo del lenguaje
es uno de los primeros signos que suelen preocupar a los padres en niños de 6 meses a 2
años con sospecha de TEA. Estos niños pueden presentar dificultades tanto en el lenguaje
expresivo como receptivo, lo que retrasa su capacidad para comunicarse y comprender el
entorno. Esto se puede manifestar en la falta de balbuceo, el uso limitado de gestos y una
capacidad reducida para interactuar socialmente. Aunque algunos niños pueden repetir
palabras o frases, su lenguaje sigue siendo básico y carece de creatividad, lo que impacta
en su desarrollo cognitivo y social.
Trastornos del Comportamiento: En niños de 6 meses a 2 años con sospecha de
TEA, es común observar comportamientos desafiantes, como rabietas intensas, irritabilidad
o conductas repetitivas (como aleteo de manos o balanceo). Estos comportamientos suelen
ser el resultado de la frustración por dificultades en la comunicación, y pueden ser
indicativos de comorbilidades como trastornos de regulación emocional o ansiedad. Dado
que en esta etapa los niños no comprenden el significado de castigos o correcciones, estas
intervenciones suelen aumentar la frustración en lugar de modificar el comportamiento, lo
que resalta la necesidad de enfoques más adaptados y comprensivos para abordar estas
conductas.

SEÑALES DE TRASTORNO DEL NEURODESARROLLO 1 AÑO


Le dificulta arrastrase a los 7 a 9 meses.
No gatea 8 meses.
Se le dificulta levantarse por sí mismo hasta pararse 11 a 14 meses.
Le es difícil caminar agarrándose de los muebles.

No dice palabras sueltas (“mamá” o “papá”).


No Imita gestos, como decir adiós con la mano o mover la cabeza para decir no.
No apunta hacia objetos o imágenes.
No entiende ordenes sencillas.
Se le dificulta meter y sacar objetos de un contenedor.
Es indiferente y no lora cuando su madre o su padre se van.
Persiste trastorno del sueño.

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SEÑALES DE TRASTORNO DEL NEURODESARROLLO 2 AÑO
No puede caminar a los 18 meses.
Camina pero no logra desarrollar una pisada (punta-talón) adecuada, o camina exclusivamente sobre
los dedos de los pies.
Poca destreza para subir y bajar de los muebles sin apoyo.
Poca destreza para agarre de pinza.
No dibuja garabatos.
Poca habilidad para usar objetos cotidianos: cepillo de pelo, teléfono, tenedor, cuchara, vaso.
No usa oraciones de dos palabras a los 2 años.

Muestra poco entusiasmo cuando está en compañía de otros niños, sin Juego imaginativo.
No sigue instrucciones, ni acata normas y límites.
Persiste pataletas, no hay comportamiento desafiante.
Poco o nula interacción social, no imita las acciones o palabras.
Trastorno del sueño

La evaluación de comorbilidades en niños de 6 meses a 2 años con sospecha de


Trastorno del Espectro Autista (TEA), es fundamental no solo para identificar los signos
propios del trastorno, sino también detectar tempranamente posibles condiciones
adicionales que puedan coexistir. Aunque diversas comorbilidades se hacen más evidentes
con el crecimiento, muchas pueden manifestarse desde esta edad, permitiendo una
intervención precoz que optimice el desarrollo del niño, las cuales abordaremos en
profundidad.

Pruebas de Despistaje.
Las pruebas de despistaje son herramientas clave en la detección temprana de
trastornos del neurodesarrollo, incluido el Trastorno del Espectro Autista (TEA). Estas
pruebas se utilizan para identificar señales de alarma en los primeros años de vida y permitir
que los profesionales de la salud tomen decisiones informadas sobre la necesidad de
evaluaciones más profundas o derivaciones a especialistas.
Estas pruebas por su naturaleza son breves, de fácil aplicación, y
fundamentalmente diseñadas para identificar problemas generales en el neurodesarrollo,
las cuales son especialmente útiles para profesionales no especializados en estos trastornos
(pediatras y médicos generales).

El Cuestionario del Bebé y Niño Pequeño (CSBS DP), está diseñado para ser
utilizado en niños de 6 meses a 2 años y ayuda a detectar problemas en la comunicación
social, el lenguaje expresivo y el lenguaje simbólico. El cuestionario consta de 24 preguntas
que son contestadas por los padres, cuidadores o personas que tienen contacto frecuente

68
con el niño. Las preguntas cubren áreas como la imitación, el interés social, el contacto
visual, la expresión facial y el uso de gestos.
Si el cuestionario arroja puntuaciones bajas, puede indicar un riesgo elevado de un
trastorno del espectro autista o de otros problemas del neurodesarrollo. Aunque no es un
diagnóstico, sirve como una herramienta de detección para derivar a los niños a una
evaluación más detallada por parte de un especialista.

El Cuestionario de Desarrollo Comunicativo y Social en la Infancia (M-CHAT) es


otra herramienta ampliamente utilizada para la detección temprana de Trastorno del
Espectro Autista (TEA). Este cuestionario está diseñado para niños de entre 16 y 48 meses
y está enfocado en la identificación de deficiencias en la interacción social y la
comunicación.
Consta de 23 preguntas que deben ser respondidas por los padres. Las preguntas
están orientadas a identificar comportamientos típicos o atípicos en áreas como el interés
por el entorno, la respuesta al nombre, la imitación social, la flexibilidad de las rutinas y la
orientación social. Un puntaje positivo (al menos tres respuestas indicativas de conductas
atípicas) sugiere un riesgo elevado de TEA, y el niño debe ser derivado para una evaluación
diagnóstica más exhaustiva.

La Evaluación del Estatus del Desarrollo (PEDS), también esta herramienta es útil
para despistaje, utilizada para identificar posibles retrasos o dificultades en el desarrollo de
los niños que ya presentan signos de retraso en el desarrollo. El cuestionario consta de 10
preguntas que son respondidas por los padres, cuidadores o personas cercanas al niño. Las
preguntas están orientadas a identificar posibles retrasos o anomalías en el desarrollo
motor y cognitivo. Se evalúan aspectos como el habla, el comportamiento, las habilidades
motoras, las interacciones sociales y la capacidad para realizar tareas diarias.
El PEDS es utilizado por pediatras, médicos generales y otros profesionales de la
salud, y está aprobado por diversas organizaciones de salud por su validez y confiabilidad
en la detección de problemas de desarrollo (Frances Page Glascoe, 2003). Si las respuestas
sugieren un retraso o preocupación en alguna de las áreas evaluadas, indica la necesidad
de una evaluación formal para determinar si existe un trastorno específico, como el
Trastorno del Espectro Autista (TEA) u otros trastornos del desarrollo.
Las principales sociedades científicas, incluida la Academia Americana de Pediatría,
recomiendan la realización de pruebas psicométricas de despistaje a intervalos regulares (a
los 9, 18 y 24 meses) para detectar posibles trastornos del neurodesarrollo y hacer un
seguimiento hasta los 5 años (CDC, 2024). La detección temprana permite determinar las
fortalezas y desafíos singulares del niño, también puede ayudar a las personas que se
encargan de los niños a determinar qué servicios, programas educativos y terapias

69
conductuales tienen mayor probabilidad de serles útiles a esos niños. Lo que puede hacer
una diferencia significativa en el desarrollo del niño.

Intervención Integral
La intervención terapéutica adecuada en el TEA no se limita únicamente a
tratamientos médicos o psicoterapéuticos parciales de los síntomas visibles. Es importante
que los esfuerzos terapéuticos aborden las comorbilidades en una etapa temprana. Esto
incluye no solo el tratamiento de los aspectos médicos y neurológicos, sino también la
corrección de los factores ambientales y psicoemocionales, que permite una intervención
más efectiva y puede mejorar significativamente el pronóstico del niño a medida que
avanza en su desarrollo.
Durante esta etapa, la evaluación de las comorbilidades debe ser integral y
realizada de manera multidisciplinaria, involucrando a pediatras, psicólogos, terapeutas
ocupacionales, especialistas en lenguaje, entre otros profesionales. Es crucial llevar a cabo
pruebas para identificar factores que puedan contribuir a comorbilidades adicionales. Este
enfoque permite una intervención temprana y más efectiva, mejorando las perspectivas de
desarrollo del niño. Las comorbilidades más comunes incluyen:

Problemas Sensoriales: Los niños con TEA suelen presentar una sensibilidad
sensorial atípica, que puede manifestarse como hipersensibilidad (reacción exagerada) o
hiposensibilidad (baja respuesta) a estímulos como luces, sonidos, texturas o sabores. Estas
alteraciones pueden influir en su comportamiento y adaptación al entorno, generando
respuestas inusuales ante ciertos estímulos. Dado que forman parte integral del diagnóstico
del TEA, su identificación temprana es clave para implementar estrategias de apoyo
adecuadas.

Trastornos de Ansiedad: Aunque los trastornos de ansiedad suelen ser más


notorios a medida que el niño crece, algunos niños comienzan a mostrar señales de
ansiedad desde los 2 años, como temor a situaciones nuevas, apego excesivo a rutinas o un
comportamiento de evitación en ciertas circunstancias. La ansiedad puede generar un
aumento en los problemas de comportamiento, como llanto o rabietas, y puede complicar
el manejo de los síntomas del TEA.

Trastornos del Desarrollo Motor: Algunos niños con sospecha de TEA presentan
retrasos en el desarrollo motor, lo que se manifiesta en dificultades para alcanzar hitos
como sentarse, caminar o manipular objetos. También pueden exhibir movimientos
inusuales, como aleteo de manos o torsión corporal, que podrían indicar un trastorno motor
asociado.

70
Un aspecto relevante en esta etapa es la hiperelasticidad articular
(hipermovilidad), caracterizada por una movilidad excesiva en las articulaciones debido a la
laxitud de los ligamentos. En niños de 6 meses a 2 años, esta condición puede afectar el
desarrollo motor, comprometiendo el control postural y la coordinación. Como
consecuencia, pueden observarse movimientos inestables, torpeza motriz, debilidad
muscular o hipotonía, lo que resalta la importancia de una evaluación temprana para
determinar su impacto en el desarrollo global del niño.

Riesgo de Epilepsia: Aunque la epilepsia suele diagnosticarse en edades


posteriores, algunos estudios indican que los niños con signos de alerta de TEA tienen un
mayor riesgo de desarrollar crisis epilépticas a lo largo de su vida (Emma W Viscidi, 2013).
Si bien las convulsiones no son comunes en los primeros dos años, es fundamental
monitorear de cerca cualquier indicio de anomalías neurológicas, como disritmias, para una
detección temprana y un manejo farmacológico adecuado.

Trastornos Gastrointestinales: Muchos niños con TEA presentan alteraciones


gastrointestinales, como estreñimiento, diarrea o dolor abdominal recurrente, que pueden
influir en su bienestar general. Estas afecciones no solo generan malestar físico, sino que
también pueden afectar el comportamiento, el sueño y la capacidad del niño para
interactuar con su entorno. La identificación y el manejo temprano de estos problemas son
fundamentales para mejorar su calidad de vida y optimizar su desarrollo.
Es esencial que el tratamiento aborde de manera integral una intervención
dietética adecuada, desintoxicación (si corresponde), dado que en los niños los síntomas de
intoxicación por metales pueden solaparse con las manifestaciones propias de los
Trastornos del Neurodesarrollo, lo que dificulta el diagnóstico temprano.

Trastornos del Sueño: Los trastornos del sueño son frecuentes en niños con TEA,
incluso en los primeros dos años de vida (Ashura Williams Buckley, 2020). Pueden
manifestarse como insomnio, despertares nocturnos frecuentes, dificultades para conciliar
el sueño y patrones irregulares de descanso. La falta de un sueño adecuado no solo impacta
el bienestar general del niño, sino que también puede agravar problemas de
comportamiento y dificultades en el aprendizaje, haciendo fundamental su detección y
abordaje temprano.

Este enfoque de intervención más completo tiene el potencial de proporcionar


resultados más significativos a largo plazo, ayudando a maximizar las habilidades en función
de las capacidades y limitaciones del niño, mejorando su calidad de vida. Las intervenciones
terapéuticas inadecuadas, o mal dirigidas en el manejo del Trastorno del Espectro Autista

71
(TEA) pueden resultar en un tratamiento no óptimo, que prolonga y dificulta el desarrollo
de sus habilidades, afectando su calidad de vida e integración social. Además, la familia se
ve profundamente afectada, enfrentando mayores niveles de estrés, frustración y
agotamiento debido a la incertidumbre en torno al futuro del niño. También pueden
generar costos elevados, tanto emocionales como económicos a largo plazo, para las
familias afectadas, los sistemas de salud y educación.

2 a 6 años: diagnóstico definitivo

Entre los 2 y 6 años, los signos del Trastorno del Espectro Autista (TEA) se vuelven
más evidentes, lo que generalmente permite un diagnóstico más claro y definitivo. Durante
esta etapa preescolar, los niños con TEA presentan dificultades notables en su capacidad de
comunicación, tanto verbal como no verbal. Este grupo de niños a menudo se muestra
incapaz de utilizar la mirada, la postura y las expresiones faciales para comunicarse, lo que
hace que la interacción social sea limitada. La reciprocidad emocional también está
comprometida: no responden adecuadamente a los gestos de afecto, como un abrazo o un
beso, y tienden a estar más centrados en sí mismos, a menudo encerrados en su propio
mundo, con escasas interacciones con los demás.
A pesar de que en algunos casos se alcanzan ciertos hitos del neurodesarrollo,
como el lenguaje y las habilidades motrices, estas habilidades suelen presentarse de
manera retardada. A los 6 años, muchos niños con TEA tienen dificultad para comprender
las expresiones faciales de los demás y los conceptos abstractos, lo que les impide hacer
preguntas o entender ideas complejas. En cuanto a la comunicación verbal, aunque algunos
pueden emitir frases, es común que utilicen los pronombres de forma incorrecta y que no
comprendan completamente el significado de muchas palabras, lo que limita su capacidad
para mantener una conversación fluida con otros niños de su edad.
Además, en este período también pueden exacerbarse ciertos comportamientos
motores repetitivos, como el caminar con torpeza o realizar movimientos de manos
similares al aleteo. También es frecuente observar una fuerte preferencia por determinadas
rutinas que no tienen un propósito funcional claro, y una preocupación excesiva por objetos
que carecen de valor afectivo o simbólico. Los niños en esta etapa tienden a ser
extremadamente sensibles a cualquier cambio en su rutina diaria, lo que puede generar
altos niveles de frustración, ansiedad y cambios abruptos de humor.

Diagnóstico del Trastorno del Espectro Autista

El diagnóstico del TEA requiere inicialmente la participación de profesionales de la


salud especializados en psicología infantil o autismo. Existen pruebas psicométricas
objetivas que permiten realizar una evaluación exhaustiva y precisa para clasificar y evaluar

72
los distintos trastornos del neurodesarrollo, incluyendo el TEA. Aunque las pruebas
psicométricas son eficaces para identificar el grado y la localización del déficit, no son
capaces de determinar el origen subyacente de los trastornos. En este sentido, el
diagnóstico del TEA sigue siendo un reto, ya que no existen pruebas biológicas específicas
que confirmen su presencia, lo que hace imprescindible un enfoque multidisciplinario en su
evaluación.
El diagnóstico no solo debe centrarse en los aspectos neuropsicológicos, sino que
debe considerar también la presencia de otras condiciones médicas asociadas (Thinking
Autism, 2021). En la práctica clínica, es común encontrar que los niños con TEA padecen
diversas comorbilidades como trastornos digestivos, hormonales, anemia, problemas
renales, alergias, asma y dermatitis. Estas condiciones pueden complicar el cuadro clínico y
deben ser evaluadas de manera integral para poder ofrecer un tratamiento adecuado.
La evaluación debe considerar los sistemas implicados en el trastorno, como el
sistema neurológico, ocular, auditivo y muscular, así como las condiciones ambientales que
puedan estar influyendo, como una nutrición inadecuada, especialmente en niños que
presentan una alimentación muy selectiva, o la exposición a metales y químicos
neurotóxicos, así como la presencia de trastornos gastrointestinales (estreñimiento,
disbiosis, sibo, reflujo).
Es crucial también considerar aspectos del aparato motor y de la integración
neurosensorial, ya que muchos niños con TEA presentan problemas en el desarrollo motor,
como la dispraxia, la hiperflexibilidad articular o dificultades en la coordinación motora
(Dziuk MA, Larson, 2007). Igualmente, se debe identificar posibles dificultades familiares o
situaciones adversas que puedan estar interfiriendo en el bienestar del niño.
Este enfoque integral es esencial para diseñar un plan de intervención que aborde
todas las áreas del desarrollo y las comorbilidades del niño de manera armónica,
permitiendo avanzar tanto en el tratamiento del TEA como en la mejora de las condiciones
de salud físicas y emocionales asociadas. El objetivo debe ser siempre proporcionar una
intervención que considere todos los aspectos del niño y su entorno, buscando un progreso
armónico, adecuado a la edad y las necesidades específicas del joven. Solo con una visión
integral se podrá promover un desarrollo más equilibrado y efectivo para consolidar las
competencias propias de su edad.

73
EVALUACION DEL AUTISMO EN SUS DIFERENTES ASPECTOS.

Equipo diagnóstico de TEA. Evaluación de retraso en


alcanzar hitos del neurodesarrollo o regresión.

Psicólogo infantil Neuropediatra Toxicólogo

Evaluación por Evaluación de Evaluación de


especialista en salud comorbilidades comorbilidades
mental médicos ambientales

Trastorno del
Trastornos Exposición a
comportamiento.
neurológicos metales
Déficit en la
interacción social

Defectos
Retardo del Trastornos del
genéticos
Aprendizaje. sistema
Alteraciones del digestivos
lenguaje. Genetista
Trastorno de la Gastropediatra
movilidad,
Alteraciones
dispraxia
inmunológicas

Foniatra Terapista Nutricionista


Inmunólogo
Ocupacion
al

Un aspecto clave que debe resaltar es la importancia de un enfoque


multidisciplinario en el tratamiento del TEA. Muchas veces, los padres se concentran
únicamente en las terapias de estimulación cognitiva o de comunicación, pero pueden no
observar avances significativos si no se abordan otras posibles condiciones subyacentes.
Por ejemplo, si un niño con dificultades en la comunicación presenta problemas en el oído,
el aparato fonador o la motricidad, será crucial evaluar y tratar esas áreas, de modo que las
terapias de estimulación del lenguaje puedan ser efectivas. Además, si hay retrasos
motores, será necesario descartar posibles problemas articulares, intoxicación por metales
o disfunciones en la integración neurosensorial.

EVALUACIÓN POR ESPECIALISTA EN SALUD MENTAL

74
El diagnóstico del Trastorno del Espectro Autista (TEA) es un proceso complejo que
requiere la utilización de herramientas especializadas en combinación con la experiencia
clínica. Las pruebas psicométricas desempeñan un papel fundamental para evaluar
características específicas del TEA, la severidad de los síntomas y las áreas del desarrollo
afectadas. Sin embargo, es importante resaltar que estas herramientas no reemplazan el
juicio clínico, sino que lo complementan.

Escala de Observación para el Diagnóstico del Autismo (ADOS-2). Es una de las


herramientas más empleadas por los especialistas en autismo (psicólogos, psiquiatras,
pediatras con especialización en desarrollo infantil). Desarrollada por la Dra. Catherine Lord,
directora del Centro de Autismo del New York Presbyterian Hospital. Esta prueba está
diseñada para evaluar comportamientos relacionados con las destrezas sociales y las
conductas del niño. Se divide en módulos que se aplican según la edad y el nivel
comunicativo del paciente.
Para niños pequeños: Existe un módulo basado en el juego para edades de 12 a 30
meses. Durante la prueba, el examinador observa y puntúa el comportamiento del niño de
manera subjetiva, enfocándose en aspectos como el contacto ocular, la reciprocidad social
y las conductas repetitivas.
Según la Dra. Lord, es crucial interpretar los comportamientos dentro de su
contexto. Por ejemplo, evitar el contacto ocular puede deberse a factores como ansiedad
(en niños con TDAH) y no necesariamente a un déficit social, o la cara de una niña podría
ser inexpresiva porque está aburrida o distraída, y no porque es menos expresiva en
general. Esto subraya la importancia de evitar diagnósticos prematuros basados
únicamente en pruebas psicométricas.
Así mismo, la Dra. Susan Epstein, neuropsicólogo en el Child Mind Institute, dice
que no es lo mismo el escaso contacto ocular que tiene un paciente autista a aquel de un
niño tímido, error común al aplicar la prueba ADOS. Por su parte la Dra. Rebecca Grzadzinski
de la Universidad de North Carolina (2016), en una investigación clínica reportó que en un
30% de los casos de TDAH, fue erróneamente confundido con un trastorno del espectro
autista. De allí como habíamos señalado la cautela de muchos especialistas en no dar un
diagnostico a priori de Trastorno del Espectro Autista.
Otra prueba ampliamente usada es la Escala de Valoración del Autismo Infantil
(CARS). Está estructurada para ser usada en niños mayores de 24 meses, se usa con menor
frecuencia porque se ha constatado la limitación de la escala al aplicarla a niños pequeños
(Yue Yu, 2023). Se realiza la valoración de 15 ítems con posterioridad a la observación del
comportamiento en una situación de juego libre del niño de aproximadamente 30 a 45
minutos, a partir de lo cual se da una calificación total.

75
También está la Entrevista para el Diagnóstico de Autismo (ADI-R), es una
entrevista clínica que explora tres grandes áreas (lenguaje/comunicación, interacciones
sociales y conductas e intereses restringidos, repetitivos y estereotipados) a través de 93
preguntas que se le hacen al progenitor, cuidador o al propio individuo mayor de 2 años.
Esta prueba permite una evaluación a fondo del sujeto cuando ya se sospecha un Trastorno
del Espectro Autista. Ha demostrado ser muy útil para orientar el diagnostico hacia los
planes educativos y de tratamiento.
Es importante tener en cuenta que las pruebas mencionadas no son todas las que
existen, sino solo algunas de las más representativas de las más de cincuenta y tres pruebas
que se usan tanto para el diagnóstico como la evaluación de la severidad del TEA, pues ellas
se complementan con pruebas de personalidad o déficit para áreas específicas.
Dos pruebas también de importancia en evaluar las comorbilidades: Inventario del
Espectro Autista (IDEA), evalúa la gravedad de las características del TEA, así como de otros
trastornos del neurodesarrollo. Escala de Conners Revisada (EDAH), esta herramienta es
relevante para distinguir entre TEA y TDAH, dos condiciones que a menudo pueden ser
confundidas.
Es importante evaluar la capacidad intelectual general de un niño, así como un
perfil detallado de sus fortalezas y debilidades en áreas específicas de la cognición. Esta
información es útil para los psicólogos y otros profesionales en la identificación de
habilidades cognitivas excepcionales, así como en la detección de posibles retrasos en el
desarrollo intelectual. La Escala de Inteligencia Wechsler para Niños (WISC-V) proporciona
una medida de las dificultades con la memoria de trabajo y con el tiempo que se tarda en
procesar la información (velocidad de procesamiento). A menudo hay dificultades con el
razonamiento perceptivo.
El diagnóstico debe ser un proceso integral y personalizado. La elección de las
pruebas debe adaptarse a las necesidades y características del niño, permitiendo un
abordaje adecuado y una intervención efectiva. Además, es fundamental que los
profesionales comuniquen claramente los resultados a los padres, ayudándoles a
comprender la importancia de un enfoque multidisciplinario para abordar no solo el TEA,
sino también las condiciones asociadas que puedan estar presentes. Este enfoque permitirá
diseñar planes educativos, terapéuticos y médicos que optimicen el desarrollo y el bienestar
del niño.

Trastorno del comportamiento

El trastorno del comportamiento lo define el DSM-V como un patrón repetitivo y


persistente de comportamiento en el que no se respetan los derechos básicos de otros, las
normas o reglas sociales propias de la edad, lo que se manifiesta por la presencia en los
doce últimos meses, de tres de los quince criterios diagnóstico.
76
El manejo del trastorno del comportamiento en niños con TEA es un desafío
significativo tanto para los profesionales de la salud como para las familias, pues provoca
un malestar clínicamente significativo en las áreas social y académica (agresión a personas
y animales, destrucción de la propiedad, engaño o robo, incumplimiento grave de las
normas). El tratamiento de estos trastornos requiere un enfoque que combine estrategias
médicas, psicológicas, educativas y ambientales, con el fin de ofrecer un plan integral y
personalizado que abarque tanto la intervención inmediata como la prevención a largo
plazo. El primer paso en el manejo de los trastornos de comportamiento en niños con TEA
es una evaluación exhaustiva que contemple varias áreas clave:

Evaluación neurológica: Se debe examinar el sistema nervioso central para


descartar condiciones comórbidas, como la epilepsia, que es prevalente en niños con TEA,
y que puede contribuir a alteraciones en el comportamiento. El electroencefalograma
puede ser útil para detectar patrones anormales que sugieren crisis no evidentes
clínicamente.

Evaluación psicológica y del desarrollo: Es fundamental que se realice una


valoración psicopedagógica que identifique las necesidades cognitivas, emocionales y
sociales del niño. Esto incluye pruebas de desarrollo cognitivo, conductual, y la evaluación
de la adaptación social.

Evaluación gastrointestinal: A pesar de que los problemas gastrointestinales no son


exclusivos de los niños con TEA, en los últimos años ha sido un tema de creciente interés en
la investigación clínica. Su prevalencia es notablemente mayor en este grupo, y la
interrelación entre los síntomas gastrointestinales y los comportamientos característicos
del trastorno; como la irritabilidad, la hiperactividad, la agresividad y las conductas
repetitivas (Mohammed Al-Beltagi, 2023).
Se ha sugerido que la microbiota intestinal juega un papel fundamental en la
regulación del sistema nervioso central (SNC) a través del eje intestino-cerebro, lo que
implica que la alteración en la microbiota intestinal (disbiosis intestinal), puede estar
vinculados a una inflamación sistémica crónica y una disfunción inmunológica con un
impacto directo en el comportamiento (Caitlin S M Cowan, 2020).

Evaluación genética y epigenética: La variabilidad genética y la expresión


epigenética pueden influir en la severidad y el tipo de trastornos de comportamiento en los
niños con TEA. Si bien no existe un marcador genético único para el autismo, la investigación
epigenética reciente en el TEA está ganando terreno, ya que busca comprender cómo

77
factores genéticos y ambientales, como la exposición a contaminantes, pueden jugar un
papel crucial en el desarrollo de la expresión de los rasgos autistas.

Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad

El Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), según el DSM-5, es


un trastorno neurobiológico caracterizado por un patrón persistente de inatención y/o
hiperactividad-impulsividad que interfiere con el funcionamiento o el desarrollo. Para el
diagnóstico, los síntomas deben estar presentes en al menos dos contextos (por ejemplo,
en casa y en la escuela).
La inatención se refiere a dificultades para mantener la concentración, organizar
tareas, seguir instrucciones o completar tareas. Mientras que la hiperactividad-impulsividad
implica comportamientos como moverse excesivamente, correr, saltar, hablar sin parar y
tener dificultades para esperar turnos. El TDAH se clasifica en tres tipos según los síntomas
predominantes: tipo combinado (tanto inatención como hiperactividad/impulsividad), tipo
inatento (predomina la inatención) y tipo hiperactivo-impulsivo (predomina la
hiperactividad/impulsividad). La principal diferencia entre el TDAH con y sin hiperactividad
radica en la presencia de síntomas de hiperactividad e impulsividad.
Históricamente, el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) y el
Trastorno del Espectro Autista (TEA) se consideraban mutuamente excluyentes, pero las
revisiones del DSM-5 permiten el diagnóstico dual, reconociendo que ambas condiciones
pueden coexistir y afectar mutuamente. En el estudio de Jennifer Rico-Moreno et al. (2016),
publicado en Anales de Psicología, entre el 30% y el 50% de los niños con TEA cumplen los
criterios para el TDAH, especialmente en casos de autismo de alto funcionamiento. Este
hallazgo es consistente con otros estudios que sugieren una alta tasa de comorbilidad entre
el TDAH y el TEA (Carmen Berenguer, 2018).
A pesar de tener características clínicas distintas, su solapamiento en la práctica
clínica es considerable, lo que plantea desafíos para el diagnóstico y el tratamiento. La
coexistencia de estas condiciones tiende a agravar los síntomas conductuales, emocionales
y académicos. Sin embargo, mientras que el TDAH se caracteriza principalmente por:
Inatención severa, que puede complicar la capacidad del niño para el aprendizaje educativo
y conductual, la hiperactividad-impulsividad, que Incrementa las dificultades de interacción
social, y aumenta las conductas disruptivas y puede conducir a comportamientos peligrosos
o socialmente inapropiados. En el TEA la atención puede ser excesivamente enfocada en
intereses restringidos. La hiperactividad puede estar relacionada con sobreestimulación
sensorial o frustración. Además, incluye déficits en la comunicación social y
comportamientos repetitivos (Erika Proala, 2013).

78
Tratamiento Médico y Farmacológico. En los últimos años, el enfoque inicial para
tratar los trastornos de comportamiento en niños con Trastorno del Espectro Autista (TEA)
ha experimentado un cambio significativo. Cada vez más, las intervenciones no
farmacológicas se consideran la primera línea de tratamiento, especialmente en niños
pequeños, priorizando un enfoque integral que aborde las necesidades específicas del niño
y de su entorno. La intervención temprana, basada en un orientación multidisciplinario y
colaborativo, que considere tanto la intervención psicológica, educativa y la prevención
ambiental, y médica farmacológica, es clave para mejorar los resultados a largo plazo
(Kholoud Al Ghamdi, 2024).

Intervención Psicopedagógica y Conductual. El trabajo con terapeutas


ocupacionales, psicólogos y educadores es fundamental para abordar los trastornos de
comportamiento en niños con TEA. Las estrategias deben estar enfocadas en mejorar las
habilidades de comunicación, el manejo de la frustración, y el control de impulsos. Algunas
de las estrategias clave incluyen:
Terapia de análisis conductual aplicado (ABA): El enfoque ABA ha demostrado
ser eficaz en la modificación de conductas problemáticas. A través de recompensas y
refuerzos, los terapeutas trabajan en aumentar las conductas adaptativas y reducir las
conductas disruptivas.
Este abordaje terapéutico puede ser efectivas para afrontar conductas impulsivas
e inatentas en casos de TEA con TDAH. Estas terapias incluyen enseñar estrategias
específicas para manejar conductas disruptivas e hiperactividad a los padres.
Entrenamiento en habilidades sociales: Dado que muchos niños con TEA tienen
dificultades para interactuar adecuadamente con sus pares, la enseñanza de habilidades
sociales es crucial. Esto incluye ayudar al niño a entender y manejar sus emociones, a
identificar y responder a las señales sociales de otras personas, y a desarrollar habilidades
de comunicación funcionales.
Terapias de estimulación sensorial: Como muchos niños con TEA tienen
alteraciones en la integración sensorial, las terapias que aborden sus sensibilidades
sensoriales pueden ser útiles para mejorar su capacidad para regular su comportamiento.
Esto puede incluir terapias ocupacionales, con el uso de actividades sensoriales
estructuradas y el manejo de estímulos ambientales que provocan sobrecarga sensorial.
Ayudan a manejar las respuestas hiperactivas derivadas de la sobrecarga sensorial.
Intervención temprana educativa: Los programas educativos especializados, como
el modelo TEACCH o el modelo Denver de intervención temprana, son eficaces para enseñar
habilidades cognitivas y sociales de manera estructurada y con apoyo constante.

79
Intervención de los factores ambientales: Estos juegan un papel crucial en el
comportamiento de los niños con TEA. Un ambiente adecuado, tanto en el hogar como en
la escuela, puede reducir significativamente los trastornos del comportamiento (Bellinger,
2019). Las estrategias de prevención ambiental incluyen:
Reducción de la exposición a tóxicos: Como se mencionó anteriormente, los
niños con TEA pueden ser más susceptibles a los efectos de los metales pesados y otros
contaminantes ambientales. La exposición a sustancias como el aluminio, plomo, mercurio,
y arsénico puede alterar la función neurológica y comportamental, así como aumentar la
hiperactividad y déficit de atención. Asegurarse de que el ambiente sea libre de
contaminantes y es esencial seguir las recomendaciones para reducir la exposición a estos
elementos.
Terapias complementarias: En algunos casos, las terapias con antioxidantes y
suplementos nutricionales, como el glutatión o los ácidos grasos omega-3, pueden ser útiles
para reducir el estrés oxidativo y mejorar la función cerebral. Además, la administración de
vitaminas del complejo B y magnesio podría tener un efecto positivo sobre los síntomas
conductuales.
Manejo del estrés ambiental: Minimizar factores de estrés crónico en el entorno
del niño, como ruidos fuertes, luces brillantes o cambios bruscos en la rutina, puede ayudar
a reducir comportamientos disruptivos. En los casos donde se identifican factores
emocionales y psicológicos como desencadenantes, es clave proveer un ambiente seguro,
estructurado y predecible.

Intervención farmacológica: Si bien no existe un fármaco específico para el TEA, se


pueden utilizar medicamentos para tratar síntomas comórbidos como la ansiedad, la
agresión, las crisis epilépticas y los trastornos del sueño. Los antipsicóticos atípicos, como
la Risperidona, pueden ser útiles para manejar comportamientos agresivos o irritables.
Además, algunos niños con TEA con trastornos de ansiedad pueden requerir ansiolíticos o
antidepresivos inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina, donde pueden ser
considerados, dependiendo del perfil del niño y la valoración del riesgo-beneficio.
Psicoestimulantes: Medicamentos como Metilfenidato han mostrado eficacia para
la hiperactividad e inatención en casos severos en niños con TEA y TDAH, pero debe
manejarse con precaución pues pueden empeorar los síntomas de irritabilidad y ansiedad
(Storebø OJ, 2023).

Trastorno del aprendizaje

Los trastornos del aprendizaje comprenden un grupo heterogéneo de condiciones


que afectan la adquisición, el procesamiento y la expresión de la información, interfiriendo
significativamente en el rendimiento académico y las actividades de la vida diaria. Estos
80
trastornos tienen una base neurobiológica y pueden manifestarse en dificultades
específicas en lectura, escritura, cálculo matemático y habilidades relacionadas con la
organización y el razonamiento.
De acuerdo al Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-
5), se define como una dificultad persistente en el aprendizaje y el uso de habilidades
académicas clave (Dificultades en la lectura, comprensión lectora, ortografía, expresión
escrita o habilidades matemáticas), por debajo del esperado para la edad del individuo, que
se presenta por al menos seis meses a pesar de la implementación de intervenciones
dirigidas. No pueden explicarse mejor por discapacidades intelectuales, trastornos
neurológicos, problemas sensoriales, falta de instrucción adecuada u otras condiciones
médicas o ambientales.
Típicamente el inicio de los síntomas ocurre en la edad escolar, aunque pueden no
manifestarse completamente hasta que se requieran habilidades más avanzadas. Los
trastornos del aprendizaje (Dislexia, Disgrafía y Discalculia) tienen una base multifactorial
que involucra factores genéticos, neurobiológicos y ambientales, pueden contribuir o
coexistir con los otros trastornos del neurodesarrollo. Se han identificado diferencias en la
activación y conectividad de áreas cerebrales relacionadas con el procesamiento
fonológico, la memoria de trabajo y las funciones ejecutivas (Catalina Quintero López,
2022).
El diagnóstico de un trastorno del aprendizaje requiere una evaluación integral
(psicólogos, neurólogos o neuropsicólogos, pedagogos y maestros), para valorar el perfil
cognitivo y académico del paciente. Pruebas estandarizadas para determinar el nivel de
desempeño en lectura, escritura y matemáticas. Estudios complementarios, como
neuroimagen o evaluación genética, en casos específicos. Requiere una identificación y
abordaje oportunos para minimizar su impacto en el desarrollo académico y social del
individuo.
Abordaje terapéutico. Este debe ser interdisciplinario, incluyendo estrategias
pedagógicas especializadas, terapia cognitivo-conductual y, en algunos casos,
farmacoterapia para tratar comorbilidades asociadas. La intervención temprana y el diseño
de adaptaciones curriculares son fundamentales para mejorar el pronóstico del paciente.

Intervención Psicopedagógica: Utiliza técnicas que faciliten el aprendizaje de


nuevas habilidades, adaptadas a las dificultades de cada niño, como el uso de apoyos
visuales, herramientas tecnológicas, y enfoques individualizados.

Terapias específicas: En caso de dislexia, dislalia u otros trastornos específicos del


aprendizaje, se pueden usar técnicas de reestructuración fonológica y entrenamiento de la
memoria de trabajo.

81
Terapias de lenguaje y comunicación: En los casos de trastornos fonológicos, se
pueden utilizar métodos como el método Orton-Gillingham para desarrollar habilidades
fonológicas, pero también puede usar el enfoque global para mejorar el reconocimiento de
palabras de alta frecuencia.

Entrenamiento en Funciones Ejecutivas: Se debe trabajar en aspectos como la


planificación, organización, control inhibitorio y la memoria de trabajo, a través de juegos,
actividades prácticas y terapias cognitivo-conductuales que estimulen el pensamiento
flexible y la autorregulación.

Terapias de apoyo emocional: Para trabajar la autoestima, la gestión de la


ansiedad, mejorar la autorregulación emocional y las dificultades sociales derivadas de la
percepción de fracaso académico.

Entrenamiento a padres: Ofrecer estrategias a los padres para manejar las


dificultades que se presentan en el hogar, promover la motivación y el desarrollo de
habilidades de apoyo a la autonomía del niño, para mejorar la dinámica familiar y ayudar a
los padres a gestionar el estrés relacionado con el trastorno del aprendizaje.

Uso de software educativo: Hay numerosas herramientas tecnológicas que pueden


apoyar el proceso de aprendizaje, como programas de lectura asistida, aplicaciones para
mejorar la memoria de trabajo y la organización, o juegos interactivos que ayuden en la
estimulación cognitiva.

La clave del éxito de este enfoque es la coordinación constante entre los miembros
del equipo para compartir información, ajustar las intervenciones y asegurar que todas las
áreas del desarrollo y aprendizaje del niño sean atendidas de manera adecuada. Esto
implica reuniones regulares y el uso de informes escritos para evaluar el progreso y realizar
ajustes en los tratamientos.

Alteraciones del Lenguaje


La evaluación de las alteraciones del lenguaje en los niños, ya sea por retraso en su
adquisición o por la pérdida de habilidades previamente adquiridas, debe considerar dos
componentes fundamentales:
Lenguaje receptivo: Problemas para entender lo que dicen los demás.
Lenguaje expresivo: Dificultades para comunicar pensamientos mediante el
lenguaje hablado.
El lenguaje, más allá de la capacidad de hablar, forma parte de un sistema complejo
de comunicación que incluye elementos verbales y no verbales, como el tono, la fluidez, la

82
postura, los gestos y la mímica. Este proceso, además de regular la conducta social, es clave
para estructurar el pensamiento y la acción.

Evaluación del Lenguaje Receptivo: Integridad Auditiva. Una causa frecuente de


problemas en el lenguaje receptivo es la pérdida auditiva. La evaluación de la audición es
crucial y debe ser realizada por un especialista en audiología o foniatría, especialmente en
niños pequeños donde la valoración puede ser más compleja.
Para los niños menores de 2 años se usa la audiometría de juego con reforzamiento
visual, donde se condiciona al niño a girar la cabeza al escuchar sonidos. En niños de 2 a 4
años se usa también la audiometría de juego, donde se le enseña al niño a colocar un objeto
(como una pelota en un recipiente) cuando escucha un tono. Para los más grandes la
audiometría clásica, donde se da un estímulo sonoro en frecuencias y potencia (decibeles)
predeterminados. La variación en la intensidad y frecuencia de los tonos da una indicación
del rango de pérdida auditiva.
También se puede realizar audiometrías más complejas; de potenciales evocados,
donde se da un estímulo sonoro, y con electrodos a nivel del cráneo, se registran estas
ondas o potenciales eléctricos que transmiten los diferentes componentes del cerebro por
el sistema nervioso, por lo que se puede evaluar su integridad. La audiometría de
potenciales evocados se utiliza en situaciones en las que otras pruebas de audición
tradicionales no proporcionan información suficiente o cuando se necesita evaluar de
manera más detallada la respuesta del sistema nervioso central a los estímulos auditivos.
Esta técnica es especialmente útil en los casos de niños muy pequeños o no
colaborativos, niños con dificultades cognitivas significativas, que no pueden responder
adecuadamente a estímulos sonoros durante las audiometrías convencionales, y en
situaciones clínicas complejas con pérdida auditiva no clara o enmascarada por otras
condiciones.

Evaluación del Lenguaje Expresivo: Complejidad y Subtipos. Aunque el psicólogo


no realiza evaluaciones clínicas directas del habla, puede ser crucial en la evaluación del
lenguaje expresivo si el trastorno está relacionado con dificultades emocionales, cognitivas
o sociales. La evaluación del lenguaje expresivo puede revelar dificultades leves hasta
disfunciones graves. Puede ir desde la agnosia auditiva verbal, donde el niño no interpreta
el lenguaje recibido, ni utiliza elementos no verbales como gestos o dibujos para
comunicarse. Hasta lenguaje fuera de contexto como uso de jerga ininteligible, ecolalia y
discursos vacíos, donde hay un parloteo carente de contenido, aunque con entonación
aparentemente estructurada.
El entorno en el que se desarrolla el niño juega un papel crucial en estas
alteraciones del lenguaje. Los niños que pasan muchas horas solos, sin una estimulación

83
adecuada, tienden a presentar retrasos significativos. Es igualmente importante considerar
el impacto del uso excesivo de pantallas en el desarrollo del lenguaje en algunos niños
(Gago-Galvagno, 2025). En estos casos, el lenguaje que el niño emplea puede ser una simple
imitación de lo que escuchan en programas de televisión o de sus personajes favoritos, sin
comprender su significado o contexto. También en situaciones de estrés, el niño puede
optar por no hablar, evitando interactuar verbalmente.
En muchos casos, los trastornos del lenguaje expresivo pueden estar relacionados
con problemas en la integración sensorial, que afectan la forma en que el niño procesa los
estímulos sensoriales (sonidos, toques, etc.), dificultad para secuenciar ideas, problemas
para entender el contexto y las señales no verbales en las interacciones sociales (Parra
Reyes, 2018). También los trastornos motores y el trastorno del lenguaje no son condiciones
mutuamente excluyentes y pueden coexistir en el mismo niño. La dispraxia motora que es
un trastorno que afecta la coordinación y la planificación de movimientos, puede contribuir
a un trastorno del lenguaje, ya que hay dificultades para coordinar los movimientos de los
músculos orales y faciales que pueden afectar la capacidad de articulación o problemas para
emitir sonidos específicos.
En niños con TEA de mayor funcionamiento, el lenguaje expresivo puede ser
cualitativamente rico, pero carecer del uso social adecuado: dificultades para ajustar el
tono, el volumen y el ritmo del habla según la interacción social. Falta de contacto visual
durante la conversación. Problemas para iniciar o finalizar una conversación, respetar
turnos y cambiar de tema. Limitaciones en la comprensión del lenguaje figurado.
Interpretación literal de metáforas, frases de cortesía, dobles sentidos y giros gramaticales
(Paula Fernanda Pérez Rivero, 2014). Este lenguaje tiene un impacto en la percepción del
interlocutor: Las alteraciones en el tono, las pausas y la entonación del lenguaje dificultan
la interpretación emocional, generando confusión en las intenciones del discurso.

La intervención en el trastorno del lenguaje. En los primeros seis años de vida es


esencial el abordaje del trastorno del lenguaje, debido a la plasticidad cerebral, que facilita
la adquisición o recuperación del lenguaje. En esta etapa, el cerebro aún no ha consolidado
completamente la lateralización de funciones, permitiendo que el hemisferio derecho
pueda compensar déficits lingüísticos (Paola M. Muñoz Phi, 2023)
Un abordaje temprano y multidisciplinario que aborde simultáneamente las
comorbilidades; que incluya especialistas en psicología, foniatría, terapia ocupación y
terapia de lenguaje, es clave para optimizar el desarrollo del lenguaje y la comunicación en
los niños con TEA u otras condiciones asociadas.
También es importante que los docentes den al niño apoyo individual, refuerzo
académico y promover la inclusión en el aula. Así como un entorno familiar estimulante,

84
Incentivar conversaciones abiertas y pacientes, el uso de apoyos visuales, y el refuerzo
positivo al elogiar los esfuerzos en la comunicación para mejorar la autoestima.

Síndrome de desconexión funcional


La desconexión interhemisférica hace referencia a la disfunción en la comunicación
entre los dos hemisferios del cerebro, sin que se haya producido ningún daño anatómico,
lo que puede interferir con la coordinación de las funciones cerebrales. En la neurociencia,
la desconexión interhemisférica se asocia con varias patologías, especialmente en
trastornos del neurodesarrollo como el trastorno del espectro autista (TEA), el trastorno
por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) y el trastorno obsesivo-compulsivo (Robert
Melillo, 2009). La validez de la desconexión interhemisférica como una patología médica,
aunque respaldada por estudios en neurociencia, aún está en discusión y continúa siendo
un campo activo de investigación.
Estudios en neuroimagen funcional (resonancia magnética funcional) han
mostrado patrones atípicos de conectividad en individuos con trastornos del
neurodesarrollo (Jeffrey S Anderson, 2010). Estas técnicas de imagen miden la actividad
cerebral y la conectividad entre diferentes áreas del cerebro, revelando patrones inusuales
de interacción neuronal en individuos con condiciones como el trastorno del espectro
autista (TEA), el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) y otros trastornos
del neurodesarrollo. En particular, se ha observado que en estos individuos existe una
alteración en la sincronización interhemisférica, es decir, en la comunicación entre los dos
hemisferios cerebrales. Este fallo en la sincronización puede interferir con procesos
cognitivos esenciales, como la percepción, el lenguaje y la toma de decisiones.
Además, los estudios han identificado problemas en la integración de redes
neuronales específicas (desbalance en la actividad del sistema nervioso autónomo,
específicamente en la regulación entre el sistema simpático y parasimpático), lo que implica
que las diferentes regiones cerebrales no se comunican de manera eficiente. Las redes
cerebrales que participan en funciones clave como la atención, la memoria y el
procesamiento social pueden no funcionar de forma coordinada, lo que afecta el
comportamiento y las habilidades sociales en los individuos con trastornos del
neurodesarrollo. Por ejemplo, se ha demostrado que en personas con TEA, las redes
responsables de la percepción social y la cognición social están desorganizadas, lo que
podría explicar las dificultades en la interacción social y la comprensión de las emociones
de los demás.

Terapéutica en la desconexión funcional. El neurofeedback es una técnica


terapéutica basada en la autorregulación cerebral, que implica la medición de la actividad
cerebral en tiempo real, y la retroalimentación al paciente sobre su propio patrón de ondas

85
cerebrales. A través de esta retroalimentación, el paciente aprende a modificar la actividad
de su cerebro para mejorar ciertos aspectos de su funcionamiento, como la atención, la
autorregulación emocional y el control de impulsos. En el contexto de trastornos del
neurodesarrollo, como el trastorno del espectro autista (TEA), el trastorno por déficit de
atención e hiperactividad (TDAH) y otros trastornos relacionados con la desconexión
cerebral, el neurofeedback ha mostrado ser una intervención prometedora.
En cuanto a la validez en la medicina, el neurofeedback es una técnica en
evolución, y su eficacia sigue siendo un área de discusión. Si bien varios estudios
preliminares han demostrado mejoras en el rendimiento cognitivo y emocional en personas
con trastornos del neurodesarrollo, los resultados no son uniformes, y la evidencia científica
aún no ha alcanzado una robustez que permita su aceptación generalizada como
tratamiento convencional en todas las áreas médicas (Luisa Himmelmeier, 2024).

Comorbilidades Médicas: Epilepsia


La epilepsia constituye un conjunto de trastornos cerebrales caracterizados por la
presencia de descargas neuronales anormales, lo que altera el patrón normal de actividad
eléctrica en el cerebro. Dependiendo de la región del cerebro afectada, estas descargas
pueden provocar diversos síntomas, tales como dificultades en el aprendizaje, alteraciones
de la memoria, inestabilidad emocional, trastornos conductuales y, en muchos casos, crisis
convulsivas acompañadas de pérdida de conciencia.
Cabe destacar que no todas las crisis epilépticas son evidentes o se presentan como
crisis convulsivas tónico-clónicas clásicas. En algunos casos, particularmente en niños
pequeños, las crisis pueden ser sutiles, con alteraciones electroencefalográficas mínimas,
lo que dificulta su diagnóstico temprano.
La epilepsia es el trastorno neurológico más frecuente en la infancia, y se observa
con mayor prevalencia en niños con Trastorno del Espectro Autista (TEA), lo que conlleva a
un diagnóstico dual (Diana E Schendel, 2016). Es importante destacar que la prevalencia
puede variar según factores como la edad, el grado de severidad del TEA y la presencia de
discapacidad intelectual asociada. Un alto porcentaje de estos niños logran superar las crisis
a medida que alcanzan la adolescencia. Es esencial realizar una evaluación exhaustiva que
incluya no solo un estudio neurológico, sino también una exploración integral del sistema
nervioso periférico y de los sentidos.
Las crisis epilépticas pueden ser desencadenadas por diversas causas, muchas de
las cuales tienen tratamiento. Entre las etiologías más comunes se incluyen las encefalitis
(inflamación cerebral de origen viral o bacteriano). También inciden factores
medioambientales que afectan la función cerebral como son la exposición a la
contaminación. La presencia de metales en el organismo y su relación con la epilepsia es un
tema de creciente interés en la investigación neurológica. Varios estudios han demostrado

86
conexiones entre ciertos metales y la epilepsia, especialmente en lo que respecta al estrés
oxidativo y la excitabilidad neuronal, lo que resalta la importancia de monitorear la
presencia de metales y tratar adecuadamente estos trastornos (de la Torre-Munilla P,
2021).
En la última década, ha aumentado significativamente la incidencia de síndromes
inflamatorios autoinmunes que inducen epilepsia donde los anticuerpos atacan el tejido
cerebral. Es importante destacar que la relación entre autoinmunidad y epilepsia es
compleja y bidireccional. Las crisis convulsivas pueden generar disfunción de la barrera
hematoencefálica, permitiendo el paso de células inmunes autorreactivas al cerebro
(Emma Krögh-Orellana, 2021).

Comorbilidades Médicas: Variabilidad Genética


Los genes conformados por el ADN en el núcleo de las células, influyen en la
variabilidad genética del desarrollo y características de un individuo, no solo en las
características físicas (fenotipo), sino también ciertos comportamientos y predisposiciones.
En los estudios genéticos sobre el Trastorno del Espectro Autista (TEA), se ha evidenciado
que la visión tradicional de asociar el trastorno exclusivamente con mutaciones genéticas
heredadas ha sido desafiada. Diversas investigaciones han sugerido que factores genéticos
esporádicos, como mutaciones de novo (mutaciones que ocurren espontáneamente y no
se heredan de los padres), y otros mecanismos epigenéticos juegan un papel más
importante de lo que se pensaba inicialmente (F. Kyle Satterstrom, 2020).
En alrededor de un 5% de los casos de autismo, está presente trastornos
monogénicos, con errores en un solo gen (síndrome de Rett, síndromes X frágil, de Di
George, de West, síndrome de Angelman, enfermedad de Alexander, Esclerosis tuberosa).
Aunque son poco frecuentes, en niños con un desarrollo inicial normal y luego síntomas
neurológicos y orgánicos de aparición progresivo debe descartarse factores genéticos
asociados.
Sin embargo, la genética por sí sola no explica completamente la variabilidad en la
expresión del trastorno. Se ha observado que en las mutaciones de novo y la influencia de
factores ambientales aumenta el riesgo de que una persona desarrolle TEA. En este
contexto la epigenética, que se refiere a los mecanismos que regulan la expresión génica
sin alterar la secuencia del ADN, juega un papel esencial en la modificación de la expresión
genética diferente a las mutaciones.

Epigenética y Metilación. Uno de los aspectos fundamentales de la epigenética es


la metilación del ADN, proceso bioquímico en el cual grupos metilo (CH₃) se adhieren a las
bases del ADN, alterando su capacidad para ser expresado sin cambiar la secuencia
genética. La epigenética actúa como un puente molecular entre los factores genéticos y

87
ambientales, este proceso dinámico permite una gran adaptación a múltiples factores del
entorno, pero también una vulnerabilidad al desarrollo de diversas patologías.
La carga epigenética se refiere a los cambios en la expresión génica que no están
relacionados con alteraciones en la secuencia del ADN, sino con modificaciones en la forma
en que los genes se activan o desactivan. Estos cambios pueden ser influenciados por
factores ambientales modificables, como la exposición producida por la contaminación, el
estrés, la dieta y otros elementos del estilo de vida. Pueden alterar la metilación y la
regulación epigenética, modificando la expresión de genes clave para el desarrollo cerebral
y las funciones cognitivas como el Trastorno del Espectro Autista (TEA) (Mayelin Castillo
Batist, 2023). La disfunción epigenética explica por qué individuos con los mismos genes
pueden expresar el TEA de manera diferente, como en los gemelos.
En términos generales, tanto el padre como la madre tienen una carga epigenética
transmisible, pero la carga epigenética materna suele ser más prominente debido a la
mayor influencia de factores ambientales como la dieta, el estrés o la exposición a toxinas,
que afectan al óvulo, y la regulación temprana de la madre sobre el embrión que ocurre a
través de la placenta. Sin embargo, la epigenética paterna también juega un papel
importante, especialmente en lo que se refiere a aspectos del comportamiento y el
metabolismo, y está sujeta a un interés creciente en la investigación (Feinberg JI, 2015).
A la luz de estos conocimientos, la comprensión integral de los mecanismos
genéticos, epigenéticos y ambientales que influyen en los trastornos del neurodesarrollo,
es esencial considerarlos para abordar estas causas tanto en las intervenciones médicas
como los enfoques preventivos, ya que, a diferencia de las mutaciones genéticas, los
cambios epigenéticos son reversibles. Es fundamental promover hábitos de vida saludables,
que incluyan una dieta rica en antioxidantes, ejercicio físico adecuado, disminuir la
exposición a contaminantes, asimismo, minimizar el estrés crónico, para reducir el impacto
negativo de los radicales libres en la genética y mejorar la salud cerebral en el desarrollo
infantil.

Comorbilidades Médicas: Problemas de la Movilidad


La evaluación de los problemas de movilidad en niños con Trastorno del Espectro
Autista (TEA) constituye un aspecto fundamental en el abordaje clínico integral,
especialmente por parte del neurólogo infantil. Entre los aspectos principales a valorar se
encuentran las habilidades motoras gruesas (como la marcha), las habilidades motoras finas
(manipulación de objetos) y la praxia o coordinación motora, que implica la capacidad de
ejecutar secuencias de movimientos necesarios para llevar a cabo una acción específica. Los
niños con TEA presentan alteraciones motoras desde edades tempranas, aunque no todos
exhiben el conjunto completo de estos trastornos.

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Trastorno de la marcha. Los patrones de marcha en niños con Trastorno del
Espectro Autista (TEA) presentan características particulares que pueden variar en su
manifestación, pero que frecuentemente reflejan alteraciones en el desarrollo motor, la
coordinación y la propiocepción (Linlin Gong, 2020).
La propiocepción es esencial para una marcha eficiente y segura, ya que
proporciona al cerebro la información constante y precisa sobre la posición y el movimiento
del cuerpo. Además, su importancia en el crecimiento cerebral no puede subestimarse, ya
que es uno de los estímulos sensoriales más continuos y potentes, por el efecto constante
de la gravedad en el organismo, por lo cual contribuye no solo al desarrollo de las
habilidades motoras, el equilibrio y la coordinación, sino también para el desarrollo
cognitivo y la salud general del cerebro. Las peculiaridades en la marcha suelen ser motivo
de preocupación para los padres y requieren evaluación por especialistas para identificar la
causa subyacente y orientar el tratamiento adecuado.
Caminar de puntillas: Es uno de los patrones más observados en el TEA,
especialmente en etapas tempranas. Puede estar relacionado con la hipersensibilidad táctil
(rechazo a apoyar completamente los pies en el suelo), alteraciones en el tono muscular, o
hábitos motores compensatorios. puede observarse en diferentes manifestaciones clínicas
y puede presentarse con diferentes niveles de gravedad tanto en niños con desarrollo típico
como en niños con un trastorno del neurodesarrollo, incluido el TEA.
Marcha con base amplia: Los niños tienden a caminar con las piernas separadas,
aumentando la base de sustentación para mejorar la estabilidad. Este patrón está asociado
con un intento de compensar alteraciones en el equilibrio o la propiocepción.
Paso corto y lento: La longitud del paso se reduce, lo que resulta en una marcha
más lenta y controlada. Este comportamiento puede deberse a una percepción inadecuada
del espacio o a una falta de confianza en su equilibrio.
Aumento del tiempo de apoyo del pie: Los niños con TEA tienden a mantener más
tiempo el pie en contacto con el suelo durante cada paso. Este fenómeno incrementa el
esfuerzo físico al caminar, lo que puede llevar a fatiga prematura.
Marcha rígida o robótica: Algunos niños presentan movimientos torpes o limitados
en la flexión y extensión de las articulaciones, lo que da lugar a una marcha rígida. Esto
puede deberse a dificultades en la planificación motora o a hipotonía muscular.
Dificultad para alternar ritmos o patrones complejos: Al intentar cambiar el ritmo
o realizar movimientos más complejos, como subir escaleras o correr, los niños con TEA
pueden mostrar una marcada torpeza o falta de coordinación.

Hiperlaxitud articular en el TEA. En otros casos, es fundamental evaluar la


presencia de hiperlaxitud articular, caracterizada por una movilidad excesiva de las
articulaciones debido a una elasticidad incrementada de los ligamentos, acompañada de un

89
desarrollo muscular insuficiente. Aunque generalmente no representa una enfermedad,
este cuadro puede retrasar el logro de hitos motores en edades tempranas y, en etapas
escolares, interferir con el desarrollo de habilidades motoras finas como la escritura, cortar
o manipular objetos pesados.
Aunque puede presentarse en la población infantil general, en los niños con
Trastorno del Espectro Autista (TEA) parece tener una mayor prevalencia estimada mayor
al 25% y estar asociada a otros desafíos del desarrollo motor y sensorial (Carolina Baeza-
Velasco, 2018). Es importante diferenciar este cuadro clínico benigno en los niños con TEA
de condiciones genéticas como el síndrome de Ehlers-Danlos o el síndrome de Marfan, que
sí tienen implicaciones médicas significativas. En nuestra experiencia clínica hemos
observado una relación entre la hiperlaxitud articular y la intoxicación por los metales
aluminio, vanadio y mercurio. En la literatura médica esta condición asociada al TEA esta
poco documentada.
La movilidad articular excesiva puede ser evidente en tareas simples, como
flexionar las muñecas, o extender las rodillas o los codos más allá de lo habitual. A menudo,
la hiperlaxitud se combina con un tono muscular bajo (hipotonía), lo que puede dificultar
actividades físicas prolongadas o que requieran esfuerzo, los niños pueden mostrar fatiga
prematura al caminar, correr o participar en actividades deportivas. La falta de estabilidad
en las articulaciones, aumenta el riesgo de lesiones o caídas.

Dispraxia o trastornos de coordinación motora. La dispraxia, también conocida


como trastorno del desarrollo de la coordinación, es una condición que afecta la capacidad
para planificar y ejecutar movimientos voluntarios, dificultando la realización de actividades
motoras cotidianas (Anjana Narayan Bhat, 2020). Existen diferentes tipos de dispraxia,
entre los cuales destacan:
Dispraxia motora: Dificultad en movimientos corporales generales.
Dispraxia verbal (apraxia del habla): Experimentan dificultades significativas para
ejecutar las secuencias motoras que permiten articular palabras de manera
correcta y fluida.
Dispraxia ocular: Limitaciones que afecta la capacidad de planificar y coordinar
los movimientos oculares, dificultando tareas como leer, escribir o seguir objetos
en movimiento.
Esta alteración está estrechamente relacionada con el déficit en la integración
neurosensorial, un proceso mediante el cual el cerebro organiza y procesa la información
recibida de los sentidos (vista, oído, tacto, gusto, olfato y propioceptivo) para generar
respuestas funcionales. Un déficit en este proceso puede interferir con la capacidad del niño
para interactuar de manera adecuada con su entorno.

90
La dispraxia y el déficit en la integración neurosensorial están interconectados (Del
Aguilar, 2019). Para realizar una acción motora eficiente, el cerebro necesita integrar
adecuadamente la información sensorial proveniente del medio ambiente y del propio
cuerpo. En niños con TEA, esta integración suele estar alterada, lo que contribuye a las
dificultades de coordinación y planificación motora.
Ambos trastornos pueden manifestarse en niños con Trastorno del Espectro
Autista (TEA), afectando actividades de la vida diaria que requieren automatización motora:
Caminar sin tropezar o esquivar obstáculos. Coordinar movimientos al usar herramientas
como lápices, tijeras, utensilios de comida, o hablar. Realizar tareas que demandan
equilibrio, como subir escaleras o jugar. Por ejemplo: Un niño con hiposensibilidad
propioceptiva puede no percibir adecuadamente la posición de su cuerpo, dificultando
movimientos precisos. Si el sistema vestibular está afectado, el equilibrio y la orientación
espacial también se ven comprometidos, limitando actividades como correr o saltar, así
como orientarse en un espacio.

Importancia de la evaluación y tratamiento temprano. Los problemas motores no


entran en los criterios diagnóstico del autismo, aunque todo el mundo sabe que existen, no
es tan normal que se evalúen e intervengan en la práctica tradicional. Estas dificultades, si
no son tratadas, pueden impactar negativamente en la autoconfianza del niño; limitando
su disposición a explorar nuevas actividades y afectando el desarrollo intelectual; Impacto
emocional por la exacerbación de la frustración por no poder realizar actividades similares
a las de sus pares que puede generar baja autoestima, afectándolo socialmente.
La valoración temprana de las alteraciones motoras y sensoriales es crucial para el
diseño de estrategias terapéuticas eficaces. Pruebas estandarizadas como el SIPT (Sensory
Integration and Praxis Test): Evalúa la capacidad de integración sensorial y habilidades
motoras. El TSI (DeGangi-Berk Test of Sensory Integration) y el TSFI (Test of Sensory
Functions in Infants) permiten una evaluación detallada de las habilidades sensoriales y
motoras gruesas y finas del niño. Estas herramientas son esenciales para orientar
intervenciones en el TEA y otras condiciones asociadas como el TDAH y los trastornos del
comportamiento infantil.
La intervención terapéutica pasa por Terapia ocupacional: Implementa estrategias
para mejorar la integración sensorial y desarrollar habilidades motoras. Incluye actividades
adaptadas como juegos con texturas, ejercicios de equilibrio y uso de herramientas
específicas. También de acuerdo a las teorías de la Psicología del Desarrollo de Rudolf
Steiner, es importante actividades al aire libre como: rodar bicicleta, jugar en parques,
colchonetas y piscina de pelotas para fortalecer la musculatura, mejora la coordinación
motora, estimular y regular los sistemas sensoriales, lo cual además refuerza los lazos
sociales del niño y promueven el aprendizaje en contextos naturales.

91
Comorbilidades Médicas: Defectos de la Visión
Aunque no se ha identificado una patología visual específica del autismo, los
defectos refractivos como la miopía, el astigmatismo y la hipermetropía, comunes en la
población infantil, también afectan a muchos niños con TEA. Sin embargo, la evaluación
clínica de estos problemas puede ser desafiante debido a las limitaciones en la
comunicación, características del trastorno. Esto dificulta la detección temprana y la
corrección adecuada de dichos defectos.

Motilidad Ocular y Dispraxia Ocular. Como mencionamos en el punto anterior, un


aspecto relevante en los niños con TEA son los trastornos de la motilidad ocular,
particularmente la dispraxia ocular u oculomotor. Específicamente, se manifiesta en
problemas para iniciar, mantener o cambiar la dirección de la mirada de manera voluntaria
y eficaz. Estas dificultades pueden afectar la capacidad de seguir objetos en movimiento,
realizar fijaciones visuales precisas o coordinar la mirada con otras acciones motoras y
cognitivas.
La dispraxia ocular puede comprometer los movimientos sacádicos, que son
esenciales para seguir objetos en movimiento. Este déficit está relacionado con dificultades
en el procesamiento sensorial y en la coordinación motora, lo que lleva a una preferencia
por observar detalles específicos en lugar de obtener una visión global. Por ejemplo, un niño
con TEA puede tener dificultad para realizar un barrido visual de su entorno al entrar en una
habitación, lo que limita su capacidad para procesar y comprender el contexto visual de
forma integral.
Según el Dr. Melvin Kaplan, director del "Center for Visual Management" en Nueva
York, publico en el 2015 que las alteraciones como problemas de convergencia visual y
desalineamiento ocular, incluido el estrabismo, afectan a aproximadamente el 20% de los
niños con TEA, en comparación con el 4% de la población general.

Contacto Visual y Procesamiento Visual. Algunos estudios han sugerido que la


peculiaridad de cómo los niños con TEA perciben el mundo podría explicar el escaso
contacto visual característico del trastorno. Una segmentación visual atípica (detección de
sus bordes y separación del objeto de su fondo) podría contribuir a una percepción
deficiente de los rostros (C. van den Boomen, 2019). A menudo, fijan su atención en un
punto focal en lugar de observar el rostro completo de la persona que les habla. Esta
limitación visual podría influir en la socialización, la empatía y la capacidad de imitación
mediante la mirada.
Pero no todo es negativo, investigaciones han demostrado que, en pruebas de
habilidades espaciales y de detalle visual, las personas con TEA suelen obtener mejores

92
resultados que el promedio. Esto sugiere que tienen una capacidad única para detectar
detalles que suelen pasar desapercibidos para los demás.

Evaluación y Seguimiento Visual. La revisión sistemática de la vista debe formar


parte de los chequeos médicos regulares desde el nacimiento. En el recién nacido, se evalúa
la integridad de la visión en la sala de parto, y durante el primer año de vida se incluyen
pruebas en las consultas pediátricas de rutina. La Asociación Americana de Oftalmología
recomienda realizar exploraciones de agudeza visual y alineación ocular a los 3 y 5 años de
edad. Si se identifican anomalías, el niño debe ser evaluado por un neuroftalmólogo.
Es fundamental estar atentos a signos como: Mala alineación ocular. Movimientos
oculares no coordinados. Inclinación constante de la cabeza para enfocar. Frecuente
frotamiento de los ojos o guiños repetidos. El test de desarrollo de coordinación de Beery-
Buktenica (Beery VMI) es una de las principales pruebas que se utilizan para identificar
problemas visomotores asociados a la dispraxia.
Muchos programas de intervención para niños con TEA incluyen actividades que
requieren un adecuado procesamiento visual y una buena coordinación ojo-mano. Si
existen problemas visuales no diagnosticados, el desempeño del niño en estas terapias
podría ser significativamente limitado, afectando su progreso. Por ello, identificar y tratar
cualquier alteración visual es esencial para maximizar el impacto de las intervenciones
terapéuticas.

Comorbilidades Ambientales. Metales Tóxicos.


Cuando se habla de contaminación ambiental, a veces se percibe como algo lejano,
en parte porque la contaminación es un proceso lento y gradual. Muchos de los tóxicos
generan cambios que al principio son imperceptibles, por lo cual no se le da la importancia
necesaria. El organismo va adaptándose, agotando las reservas operativas, alterando no
solo la bioquímica celular sino generando cambios de la expresión epigenética, para luego
entrar en un daño profundo. Esta huella tóxica en muchos casos se le puede hacer la
trazabilidad para disminuir la exposición y dar tratamiento.
En el mundo actual la toxicidad por exposición ambiental se ha modificado,
principalmente por el aumento y variabilidad de los agentes presentes industrialmente, los
metales encabezan esta lista. Son sustancias corrosivas que lesionan directamente
diferentes estructuras de las células, sobre todo de los órganos más vulnerables: corazón,
órganos de los sentidos y cerebro, particularmente en los casos que nos atañen, como son
los trastornos del neurodesarrollo y el autismo (Segovia Candela, 2023).
El organismo utiliza y acumula unos 32 metales para su funcionamiento normal,
los cuales se denominan minerales. Aquellos que se consideran minerales esenciales están
en concentraciones grandes y forman parte de las diferentes estructuras del organismo.

93
Hay otro grupo que está en concentraciones muy reducidas denominados minerales trazas
u oligoelementos, que actúan como catalizadores en procesos enzimáticos. Esta
clasificación es un poco arbitraria pues la mayoría de los minerales, sean esenciales o trazas,
son fundamentales para la buena salud.
Se pudiese pensar que el resto de los 119 elementos metálicos conocidos en la
tabla periódica por no tener valor nutricional o biológico son tóxicos, pero la realidad es que
solo se denominan así a un grupo reducido de metales de uso industrial a los cuales se les
conoce su mecanismo por el cual son dañinos, y tienen límites de exposición establecidos,
siendo los más comunes: aluminio, antimonio, arsénico, berilio, cadmio, mercurio, plomo y
uranio.
La historia está llena de casos de metales que en un principio se creían “seguros”,
sustituyendo industrialmente uno más tóxico, pero en realidad era solo que se desconocía
su mecanismo de acción. Después de la Segunda Guerra Mundial se popularizaron las
baterías secas de óxido de mercurio, sobre todo para la industria fotográfica. Pero debido
a su toxicidad fue sustituido en los años 70 por sales de cadmio (níquel-cadmio) por ser este
último poco tóxico. Resultando que el cadmio es un metal tan reactivo y tóxico como el
mercurio. Ahora están siendo sustituidas por baterías de níquel metal hidruro (NiMh).
Igual sucedió con el aluminio, que siendo uno de los metales más abundantes de
la corteza terrestre, se usa ampliamente en la vida diaria; en la medicina como antiácido,
excipiente en los medicamentos, coadyuvante en las vacunas, antitranspirante en los
desodorantes, base de los cosméticos, clarificante para el agua potable, aditivo como
antiaglomerante en las harinas y la sal refinada, para envasar los alimentos y en utensilios
de cocina. Hoy en día está cuestionado su uso por los efectos neurotóxicos de su
acumulación en el organismo.

Impacto Ambiental y Persistencia de Metales Tóxicos. Si bien la metalurgia ha


permitido los mayores avances industriales de la historia de la humanidad, nos tiene
sumergidos en un ambiente tóxico del cual nuestros organismos no se adaptan. Muchos
metales no se degradan con el tiempo, sino que por el contrario recirculan, y al entrar en la
cadena alimentaria implican una grave amenaza, sobrecargando a muchos ecosistemas y
afectando la salud humana. Aquellos que se degradan pueden persistir en el organismo
desde días como el arsénico, hasta 20 años como el cadmio y el plomo.

Mecanismos Bioquímicos de Toxicidad de Metales. Cada metal tóxico tiene un


mecanismo de acción particular que explica su efecto dañino sobre los sistemas biológicos.
A continuación, se describen algunos de los mecanismos más relevantes:

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Aluminio: Algunos autores como el profesor Christopher Exley, bioquímico de la
Universidad de Keele en Inglaterra, y Alfred Bernard, toxicólogo de la Universidad Católica
de Lovaina en Bélgica, opinan que el aluminio carece de utilidad funcional en el organismo,
y es un neurotóxico asociado a una larga lista de trastornos como el TDAH, Alzheimer,
demencia y otras patologías neurodegenerativas (Krista Jones, 2017).
Una vez que la exposición al aluminio excede la capacidad natural del cuerpo de
eliminarlo, este se acumula. Su alta reactividad química le permite unirse a grupos fosfato,
sulfhidrilos y carboxilos, interfiriendo no solo con funciones enzimáticas esenciales, como
la producción de GABA, Serotonina y Dopamina, sino modificando sus receptores
(Fernandes, R., 2020). La principal afección neurológica que produce, sobre todo en los
niños es hiperactividad e hipersensibilidad (sensibilidad anormal a los cambios de
temperatura, aversión al ruido, tacto y olores).
En los últimos tiempos también ha estado en la polémica medica los daños que
puede ocasionar el aluminio en las vacunas. Este se coloca como hidróxido de aluminio
como adyuvante para potenciar y prolongar la reacción del sistema inmunológico al
antígeno vacunal. En un principio se hablaba del efecto directo del aluminio, sin embargo,
desde el 2011 se han venido publicando una serie de trabajos clínicos que describen un
síndrome inflamatorio autoinmune por adyuvantes–ASIA (vasculitis, encefalitis infantil,
neuropatías autoinmunes y disautonomia; desregulación del sistema autónomo), que no
solo produce el aluminio sino otros adyuvante inmunológicos que se colocan en las distintas
vacunas (Jan Willem Cohen Tervaert, 2023).
Hasta ahora se esgrime una predisposición genética en la aparición de este
síndrome, sin embargo, no se sabe a ciencia cierta cómo afecta a esta predisposición, los
niveles de aluminio que se acumulan crónicamente en los primeros meses de vida, por una
ingesta diaria aumentada en los alimentos, ciertos medicamentos y las vacunas. El aluminio
en sí mismo no es generalmente considerado un alérgeno clásico, la relación entre el
aluminio, las alergias ambientales y la autoinmunidad no es completamente directa, y los
mecanismos exactos de cómo el aluminio podría influir en estas respuestas siguen siendo
objeto de estudio.

Arsénico: A pesar de que muchas legislaciones limitan o prohíben el uso de los


compuestos de arsénico en la agricultura, estos compuestos se usan ampliamente como
plaguicidas; principalmente en frutas, tomate, papa, algodón, tabaco y en el control de
maleza.
Interfiere con la producción de energía celular al inhibir enzimas como la piruvato
deshidrogenasa y la succinato deshidrogenasa en las mitocondrias, disminuyendo un
proceso que se llama fosforilación oxidativa y la producción de energía celular. La
deficiencia de la fosforilación oxidativa mitocondrial, puede presentar una gran variedad de

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síntomas en órganos que usan mucha energía: hipotonía muscular, cardiopatía,
encefalopatía, neuropatía periférica, contribuyendo al retraso psicomotor y deterioro
cognitivo (Olmos, Valentina. 2018).

Cadmio: La exposición al cadmio procede de los alimentos, pues se trata de un


elemento común en los fertilizantes. Es un disruptor metabólico que interfiere con el
transporte de calcio, hierro y zinc en las células. El cadmio inhibe enzimas antioxidantes
como el glutatión, peroxidasa y la superóxido dismutasa, aumentando el estrés oxidativo.
Además, genera alteraciones epigenéticas al modificar patrones de metilación del ADN. El
cadmio también compromete el funcionamiento mitocondrial, reduciendo la actividad de
la fosforilación oxidativa mitocondrial, lo cual afecta directamente la disponibilidad
energética celular (Concepción Nava-Ruíz, 2011).
Por otro lado, su acumulación afecta la microbiota intestinal, promoviendo un
aumento de la candidiasis intestinal y la disbiosis, que es el desequilibrio en la composición
de las comunidades microbianas. Este fenómeno puede amplificar el daño del arsénico al
cuerpo, al incrementar la inflamación crónica y reducir la capacidad del organismo para
manejar otros tóxicos.

Mercurio: No en vano el Programa Internacional de Seguridad Química de las


Naciones Unidas, tiene al mercurio como uno de los seis peores contaminantes del planeta.
Tanto el mercurio elemental como sus sales producen efectos neurotóxicos. El
metilmercurio que es la forma como este metal se incorpora a las plantas, el suelo y el agua,
atraviesa fácilmente la barrera hematoencefálica y se acumula en el cerebro, donde altera
la liberación y recaptura de neurotransmisores, y tiene un impacto significativo en el
sistema nervioso central. Su relación con trastornos del desarrollo neurológico, como la
dispraxia, es un tema de creciente interés en la investigación. También interfiere con los
receptores NMDA, afectando la plasticidad cerebral (Rust Lee, 2019).
En las mitocondrias, el mercurio altera la fosforilación oxidativa al inhibir enzimas
claves, disminuyendo la generación de energía celular. Estas alteraciones pueden provocar
una disfunción en la sincronización de las redes neuronales necesarias para movimientos
precisos y debilidad muscular o hipotonía.
El mercurio también se ha asociado al síndrome inflamatorio autoinmune por
adyuvantes-ASIA, y la producción de autoanticuerpos y a lesiones complejas inmunitarias.
Se usan las sales de mercurio, principalmente Timerosal (etilmercurio), como bactericida
para mantener estériles las vacunas infantiles y de adultos.

Plomo: Este metal carente de valor biológico sustituye minerales esenciales como
el calcio, hierro y zinc, lo que le permite entrar en procesos biológicos, con resultados

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desastrosos y de difícil eliminación. El plomo inhibe enzimas claves, lo que altera la
señalización celular dependiente de estos minerales, principalmente el calcio.
Inicialmente provoca problemas médicos inespecíficos como anemia, insomnio,
osteoporosis, y posteriormente retardo del crecimiento, nefrotoxicidad y neurotoxicidad,
con reducción de las habilidades cognitivas y desordenes del comportamiento como el
TDAH, incluso a niveles de exposición mucho más bajas de las que hasta ahora se
consideraban peligrosas (González-Alzaga, 2014).

Uranio: Hoy en día con el regreso de las plantas de energía nuclear, hay una
preocupación creciente de la exposición a este metal, contaminando las fuentes de agua
potable, suelos y alimentos. Es tóxico principalmente debido a su afinidad por los fosfatos,
lo que le permite acumularse en los huesos y riñones. El uranio también genera daño en las
membranas celulares y en el ADN favoreciendo mutaciones (ATSDR, 2013).
El uranio se acumula en los riñones, órgano que desempeña un papel crucial en la
eliminación de este y otros metales del cuerpo, causando alteraciones en la función renal.
Los niños pueden ser más susceptibles a los efectos tóxicos del uranio debido a su mayor
tasa de absorción en el tracto gastrointestinal, sobre todo en aquellos casos donde hay
disbiosis con permeabilidad intestinal aumentada, además, el sistema renal infantil aún está
en proceso de maduración, lo que puede hacer que los riñones sean más vulnerables a la
acumulación de sustancias tóxicas como el uranio.

Pero tampoco los minerales están exentos de riesgos a la salud, algunos tienen
rangos máximos de ingesta diaria, por encima del cual la exposición excesiva puede causar
daño al organismo o ser toxico (Hierro, Fosforo, Cromo, Cobre, Zinc, Magnesio, Potasio,
Sodio) Así mismo algunos oligoelementos cuando exceden su rango de seguridad actúan
como tóxicos, particularmente interfiriendo funciones metabólicas críticas (Litio produce
hipotiroidismo, Vanadio da neurotoxicidad, Estaño produce descalcificación de huesos,
Zirconio condiciona neuroinflamación, etc.).
Es importante con el auge del consumo de productos naturales sin prescripción, a
la hora de tomar un suplemento de minerales la asesoría de un médico. Los límites actuales
de exposición a metales y minerales demasiado altos es un tema relevante y en constante
discusión en la comunidad científica. A pesar de que existen normativas y regulaciones
internacionales establecidas por organismos como la Organización Mundial de la Salud, la
Agencia de Protección Ambiental de EE. UU. y la Unión Europea, las investigaciones
continúan sobre si estos límites son adecuados, especialmente a medida que avanzan los
estudios sobre los efectos a largo plazo de la exposición a metales y minerales.

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Estrés Oxidativo y Salud Cerebral. Durante el metabolismo normal de las células
se generan moléculas inestables de alta energía llamados radicales libres, si estas moléculas
se acumulan en las células (estrés oxidativo), pueden dañarlas, y este daño aumenta el
riesgo de enfermedades.
El estrés oxidativo es un estado en el cual en el organismo la producción de
radicales libres supera la capacidad de los sistemas antioxidantes de neutralizarlos. Esto
genera daño celular que puede afectar múltiples sistemas, especialmente el cerebro. Los
niños, cuyos órganos aún están en desarrollo, son particularmente susceptibles al estrés
oxidativo, lo que puede interferir con el desarrollo físico, la neuroplasticidad, el aprendizaje
y control emocional.
El cuerpo humano produce antioxidantes glutatión, CoQ10, peroxidasas, entre
muchas otras, además de los que se aportan a través de la dieta que incluyen las vitaminas
A, C y E, así como los carotenos y flavonoides derivados de frutas y vegetales. Sin embargo,
la investigación ha mostrado que las dietas ricas en azúcares, grasas, ultra procesados, la
exposición al estrés crónico, los metales y los contaminantes ambientales, pueden
desencadenar un proceso que aumenta la producción de radicales libres y contribuir al
deterioro del organismo, alteraciones epigenéticas, neurodegenerativas, daño
inmunológico y envejecimiento (Serena Galiè, 2019).

El Papel del Óxido Nítrico en el Estrés Oxidativo. El óxido nítrico (NO) es una de
esas moléculas clave que regula múltiples funciones biológicas, que aparte de su rol en
normalizar la presión sanguínea, desempeña un papel considerable en la regulación en la
interacción entre el sistema nervioso central y el sistema inmunológico. Sin embargo, en
condiciones de estrés oxidativo, el NO se produce en exceso y se combina con radicales
libres, lo que genera neurotoxinas capaces de dañar las neuronas y afectar los procesos
cognitivos y conductuales.
Un funcionamiento alterado de estos mecanismos puede contribuir al desarrollo
de enfermedades autoinmunes, donde el desequilibrio entre el estrés oxidativo y los
sistemas antioxidantes genera un estado de inflamación crónica y daño tisular (Jordi
Bañerasa, 2022).
La exposición crónica a factores ambientales como metales, contaminación
atmosférica y otros agentes tóxicos puede alterar la síntesis de óxido nítrico, lo que agrava
el estrés oxidativo y la inflamación cerebral, contribuyendo a la disfunción neurológica. Este
fenómeno puede ser especialmente perjudicial en niños con TEA, quienes ya enfrentan
desafíos en términos de manejo inadecuado del estrés, dietas incorrectas y problemas en
el neurodesarrollo.

Exposición a Químicos

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La relación entre la exposición a sustancias químicas y los trastornos del
neurodesarrollo, incluido el Trastorno del Espectro Autista (TEA), sigue siendo objeto de
investigación y debate científico. Aunque esta conexión no está tan claramente establecida
como la existente con los metales tóxicos, es un área que genera creciente preocupación
debido al aumento de la exposición a múltiples compuestos químicos en la vida cotidiana.
Estudios liderados por el Dr Haitham Amal de la Facultad de Farmacia de la Universidad
Hebrea de Jerusalén, afirman que actualmente convivimos con más de 80.000 sustancias
químicas, de las cuales al menos 200 son reconocidas como neurotóxicas.
La exposición a toxinas y otros factores ambientales amenaza el frágil equilibrio
entre una vida saludable o una mala salud. Desgraciadamente, mucha de la evidencia que
se ha ido generando en los últimos años también indica que las nuevas generaciones que
ahora nacen -así como especialmente las mujeres embarazadas- serán las más afectadas en
el futuro, siendo siempre la infancia la más vulnerable a las noxas ambientales.

Exposición a Pesticidas y Riesgos Neurológicos. Los pesticidas, incluidos


herbicidas, fungicidas e insecticidas, han sido implicados como factores potenciales en el
daño neurológico, especialmente durante las etapas críticas del desarrollo prenatal. De
acuerdo a un informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la
Agricultura (FAO, 2022), El uso de plaguicidas aumentó de 2,2 millones de toneladas en
1990 a 3 millones en 2000, y superó los 4 millones de toneladas en 2022, en los cultivos (las
frutas, verduras y cereales) que comemos y damos a nuestros hijos.
Se ha demostrado una asociación entre la exposición ambiental a compuestos
como organofosforados, carbamatos, piretroides y glifosato, y el riesgo de retrasos en el
desarrollo fetal y TEA, particularmente durante el segundo y tercer trimestre del embarazo
(Gladis Magnarelli, 2014).
La mayor exposición suele ocurrir a través de fumigaciones inadecuadas, más que
por el consumo de alimentos contaminados. Esto se debe, en muchos casos, a la violación
de normativas sanitarias sobre el uso seguro de agroquímicos. En otros casos, se emplean
sustancias prohibidas como el DDT, clordano y mezclas altamente tóxicas que combinan
metales con pesticidas, tales como el paratión etílico con sales de mercurio o el arsenianato
de plomo.

Mecanismos Cerebrales de Respuesta a Químicos. La microglía, un tipo


especializado de células, que forma parte del sistema inmunológico del cerebro,
desempeña un papel fundamental en la respuesta a la exposición a químicos y metales
tóxicos. Ante una agresión química, estas células responden activando procesos
inflamatorios que, dependiendo de su intensidad y duración, pueden derivar en inflamación
crónica, neurodegeneración e hipersensibilidad del sistema nervioso.

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La microglía también participa en la poda sináptica y la eliminación de neuronas
poco funcionales. Sin embargo, la exposición a sustancias tóxicas puede interferir en este
delicado equilibrio, provocando una remodelación sináptica anómala. En los periodos
críticos del desarrollo y remodelación neuronal, como el prenatal, los primeros dos años de
vida, y la adolescencia, estas alteraciones contribuyen significativamente al riesgo de
trastornos del neurodesarrollo.
La exposición a sustancias químicas neurotóxicas durante el desarrollo fetal y la
infancia puede alterar procesos clave como la neurogénesis, la sinaptogénesis y la
plasticidad cerebral. Estos cambios estructurales y funcionales pueden tener implicaciones
profundas en las habilidades cognitivas, sociales y de comportamiento de los niños,
aumentando el riesgo de TEA y otros trastornos del neurodesarrollo (American Academy of
Pediatrics. 2020).

Importancia de la evaluación y tratamiento temprano. La intoxicación por


metales representa un riesgo significativo para la salud infantil, especialmente en niños con
Trastorno del Espectro Autista (TEA). Estos niños suelen tener una mayor susceptibilidad a
los efectos tóxicos de los metales debido a diferencias en el metabolismo, posibles
alteraciones en los mecanismos de desintoxicación y una mayor prevalencia de
comportamientos que pueden aumentar la exposición.
Como se expuso en el segmento anterior, en los niños los síntomas de intoxicación
por metales pueden superponerse con las manifestaciones propias de los Trastornos del
Neurodesarrollo, lo que representa un desafío para el diagnóstico temprano. Entre los
signos a tener en cuenta se incluyen:
Cambios en el Comportamiento: Incremento en la irritabilidad, agresividad o
regresión en habilidades previamente adquiridas.
Alteraciones Neurológicas: Deterioro en la atención, hiperactividad o
empeoramiento de las conductas repetitivas.
Problemas Gastrointestinales: Constipación crónica o diarrea, frecuentes en niños
con TEA y exacerbadas por intoxicación.
Deficiencias Cognitivas y Motoras: Dificultades adicionales en el aprendizaje y
disminución en la coordinación motora.
La evaluación oportuna de la intoxicación por metales en niños con trastornos del
neurodesarrollo requiere un enfoque adaptado a sus necesidades particulares, con una
evaluación Interdisciplinaria: Incluir especialistas en toxicología, neurología pediátrica,
psicología y gastroenterología pediátrica, para correlacionar los hallazgos clínicos con los
comportamientos asociados al TEA.
Hacer determinación con pruebas toxicológicas adecuadas (metales en cabello: útil
para detectar exposición ambiental), para identificar intoxicación aguda o crónica. Las

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pruebas en sangre y orina son mucho más específicas, cuando ya se conoce el metal al cual
se está expuesto o verificar la capacidad de eliminación renal del metal en procedimientos
como la quelación.
Un tratamiento temprano y adaptado puede prevenir el deterioro adicional en
niños con TEA, maximizando su potencial de desarrollo. La suplementación "detox" y la
quelación son intervenciones controvertidas en el manejo de problemas de salud,
especialmente en niños con Trastorno del Espectro Autista (TEA). Es fundamental analizar
cuidadosamente los riesgos y beneficios, dado que ambas estrategias no están exentas de
efectos adversos y su eficacia es motivo de debate en la comunidad médica.
Estos tratamientos se fundamentan en la premisa donde la exposición a metales
contribuye al desarrollo de trastornos del desarrollo o exacerba los síntomas, incluyendo al
TEA, lo cual no es aceptada por todas las comunidades médicas. En algunos países aún se
mantiene que no hay pruebas robustas que respalden que los metales sean una causa
subyacente del TEA, ni que su eliminación mejore los síntomas, por ello no aplican
protocolos biomédicos y muchos de sus seguros médicos no cubren estas terapias.

Suplementación Détox: Los antioxidantes como el glutatión, N-Acetilcisteína,


CoQ10, vitamina C y vitamina E pueden jugar un papel crucial al neutralizar el estrés
oxidativo generado por la exposición a metales. Así como el aporte de minerales esenciales
como calcio, zinc, selenio, silicio y magnesio que compiten con los metales tóxicos en
procesos metabólicos. Este enfoque estriba en la teoría de reducción de la carga tóxica,
apoyo a órganos de detoxificación (hígado, riñones) para reducir la absorción y facilitar la
excreción.
A pesar de que tiene menos riesgos en comparación con la quelación y puede ser
utilizados como medidas complementarias o preventivas a largo plazo, algunos
suplementos contienen ingredientes no regulados que a dosis altas (vitaminas/minerales)
pueden ser dañinas, por lo cual es indispensable la supervisión médica especializada. Así
mismo se necesita evaluar en conjunto trastornos gastrointestinales como disbiosis y
permeabilidad intestinal porque pueden limitar la absorción y eficacia de los suplementos
suministrados.
Quelación Personalizada: Un agente quelante es una sustancia química que se une
con un metal formando un compuesto que tiene una mayor solubilidad en agua y una mayor
estabilidad en comparación con el metal libre, gracias a lo cual se puede eliminar por la
orina con más facilidad. El uso de agentes químicos quelantes como DMSA, DMPS, BAL o
EDTA deben administrarse bajo estricta supervisión médica, dado que estos agentes no
están exentos de efectos secundarios, no son selectivos, pueden eliminan minerales
esenciales como calcio, hierro y zinc.

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Es fundamental monitorear los niveles de metales y los posibles efectos
secundarios: hipocalcemia, daño renal, y en casos extremos, alteraciones cardíacas. Tienen
como ventaja la eliminación rápida del metal en situaciones de exposición aguda.
Hay que evitar terapias no reguladas (zeolita, dióxido de cloro, carbón activado,
sales de Epsom, hidroterapia de colon, pediluvio), la automedicación o la consulta con
profesionales no acreditados que pueden exponer al niño a riesgos innecesarios, sobre todo
con el auge de “coach” en salud, y la difusión de tratamientos “milagrosos” basados en
experiencia anecdótica y no en evidencia médica. Estos protocolos de tratamiento siempre
deben discutirse con un médico especializado en pediatría, toxicología o medicina
integrativa.
Otro aspecto a tomar en cuenta es cuando hay alteraciones hormonales,
disrupción del crecimiento, obesidad, cambios en el neurodesarrollo, la posible exposición
a disruptores endocrinos (Bisfenol A, ftalatos, parabenos, dioxinas) presentes en plásticos
e hidrocarburos. También en regiones agrícolas descartar la presencia de pesticidas o
herbicidas (organofosforados, carbamatos, piretroides), donde crónicamente aparece daño
renal, hepático o pulmonar.
la prevención es la medida más efectiva dado que en muchos casos no existe
antídoto especifico. Se debe Identificar y retirar las fuentes domésticas, laborales o
ambientales de tóxicos (pinturas antiguas, ambientes industriales cercanos, juguetes
contaminados, agua potable, utensilios de cocina, alimentos). También puede ayudar a
mitigar el daño oxidativo asociado una dieta rica en antioxidantes (vitaminas A, C, E; selenio;
zinc).
Por último, debe haber educación sobre el uso seguro de pesticidas. La evidencia
actual subraya la necesidad de políticas más estrictas para regular el uso de químicos y
metales potencialmente peligrosos, promover prácticas agrícolas e industriales seguras y
aumentar la conciencia pública sobre los riesgos asociados con la exposición ambiental a
estas sustancias, especialmente durante el embarazo y la infancia temprana. Pero nos toca
a nosotros las medidas preventivas y el tratamiento en los casos de intoxicación.

Comorbilidades Ambientales. Sistema Digestivo


El sistema digestivo no solo es crucial para la nutrición, sino que mantiene una
compleja interacción con la salud mental y las emociones, lo que lo convierte en un eje
fundamental del bienestar humano (Camila Rowland, 2017). Factores como los trastornos
alimentarios, la microbiota intestinal y los problemas dentales están estrechamente
vinculados entre sí y con el estado mental y la conducta del individuo. Comprender esta
interrelación puede mejorar las estrategias de intervención clínica y promover hábitos
saludables que beneficien tanto al sistema digestivo como al bienestar general.

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Es fundamental aclarar un concepto importante: la dieta de un niño, sin importar
cuán limitada o inadecuada pueda ser, no es la causa directa de trastornos como el autismo,
el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), trastornos de conducta, o las
diversas alteraciones neurológicas que estamos observando en la actualidad. Sin embargo,
los problemas neurológicos subyacentes en estos trastornos, en su mayoría, pueden
contribuir al desarrollo de trastornos alimentarios.
En muchos casos, una dieta inadecuada puede agravar el cuadro clínico, haciendo
que los síntomas se intensifiquen y empeoren el pronóstico general. Por lo tanto, aunque
no se debe simplificar la causa de los problemas a un único factor, la relación entre la
alimentación y los trastornos del neurodesarrollo debe ser comprendida en un contexto
más amplio, donde la interacción de factores biológicos, ambientales y psicológicos juega
un papel fundamental (Bauer, P., 2019).

Sistema Nervioso Entérico y su Función Autónoma e Interdependiente. El sistema


digestivo alberga una red neuronal única denominada sistema nervioso entérico (SNE),
formada por aproximadamente 600 millones de neuronas. Este sistema, aunque no tan
complejo como el cerebro, es el cúmulo neuronal más grande fuera del sistema nervioso
central (SNC). Está compuesto por dos plexos principales:

El plexo de Auerbach: Coordina los movimientos musculares del tracto


gastrointestinal llamado peristaltismo, que permite el transporte de los
alimentos a lo largo de las diferentes secciones para el procesamiento de los
mismos.

El plexo de Meissner: Regula la secreción de enzimas, hormonas y moco en el


tracto gastrointestinal, así como el control del flujo sanguíneo intestinal. Y está
involucrado en la transmisión de sensaciones viscerales, como el dolor y la
distensión abdominal.
El SNE se conecta con el SNC a través del nervio vago o neumogástrico, que
transporta señales entre el bulbo raquídeo en el tallo cerebral y diversos órganos del
sistema digestivo, incluyendo los músculos de la deglución, el estómago, páncreas, hígado
y el intestino. Aunque es independiente, el SNE está modulado por el sistema nervioso
autónomo simpático/parasimpático, que influye en sus funciones mediante
neurotransmisores como la acetilcolina, dopamina, serotonina, GABA, y óxido nítrico,
además de varias hormonas gastrointestinales.
La comunicación entre el cerebro y el sistema digestivo es bidireccional, lo que
permite que estos sistemas se influyan mutuamente. H R Berthoud y W L Neuhuber (2000)
realizaron una revisión exhaustiva de la organización anatómica del nervio vago,

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destacando que el 80% era fibras aferentes, es decir que la comunicación es ascendente,
del intestino al cerebro. Esto implica que este eje cerebro-intestino, aunque no es evidente
a primera vista, impacta significativamente en la calidad de vida y tiene implicaciones tanto
en el estado emocional como en la función digestiva:

Impacto de la alimentación en el estado emocional: Los alimentos pueden


generar respuestas emocionales como felicidad, satisfacción o aversión,
dependiendo del contexto social y las asociaciones previas.

Impacto de las emociones en la digestión: La ansiedad puede provocar hambre


o antojos, mientras que emociones intensas como el miedo o la ira pueden
inducir náuseas, secreción ácida excesiva o indigestión. Sentimientos positivos,
como la alegría, pueden generar sensaciones físicas como las conocidas
“mariposas en el estómago”.

El gusto. Este sentido es fundamental no solo para la supervivencia, sino también


para la interacción social y emocional. Las papilas gustativas de la lengua son responsables
de identificar los cinco sabores básicos: dulce, salado, ácido, amargo y umami. Este último,
descubierto por Kikunae Ikeda a principios del siglo XX, está asociado con el glutamato
monosódico, un potenciador de sabor ampliamente utilizado en la cocina asiática y en
alimentos procesados (Sonia Luz Albarracín, 2016).
El sabor es una experiencia multisensorial que combina el gusto, el olfato y la
textura de los alimentos. Aunque las papilas gustativas detectan los sabores básicos, la
percepción de los matices y aromas proviene principalmente del olfato retronasal, que
actúa mientras los alimentos se mastican e ingieren.
Tanto el sistema gustativo como el olfativo tienen una notable capacidad de
neuroplasticidad, ya que las neuronas que los conforman se renuevan continuamente a lo
largo de la vida. Esta regeneración contribuye a la adaptación sensorial, permitiendo que el
sistema mantenga su eficacia a pesar del envejecimiento o los cambios en el entorno.
La alimentación también está vinculada a la memoria episódica. Los sabores y los
lugares donde se experimentan quedan grabados en el cerebro, formando una "memoria
gustativa" que tiene una función evolutiva clave. Este vínculo es particularmente relevante
en la infancia, donde una variedad de experiencias culinarias en el hogar fomenta hábitos
alimentarios saludables y la diversidad nutricional.

Procesos Fisiológicos de la Digestión. El tracto gastrointestinal está revestido por


células especializadas que detectan la composición química de los alimentos, lo que

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desencadena a través del plexo de Meissner la secreción de enzimas y sustancias esenciales
para la digestión. Estos incluyen:
Amilasa: Descompone los carbohidratos digeribles (fécula y azúcar) en
moléculas más sencillas.
Ácido clorhídrico: Descompone los alimentos y activa enzimas digestivas.
Tripsina y otras enzimas pancreáticas: Degradan proteínas, carbohidratos y
lípidos.
Sales biliares y bicarbonato: Neutralizan la acidez gástrica y facilitan la
emulsificación de grasas.
Este proceso enzimático asegura la adecuada descomposición y absorción de
nutrientes, que son esenciales para el funcionamiento del cuerpo y el cerebro.

Microbiota Intestinal
La interrelación entre la microbiota y el organismo humano trasciende el eje
intestino-cerebro. Los avances de los últimos 15 años han demostrado que los
microorganismos que residen en el intestino no son simples comensales que viven en
simbiosis con su huésped, sino que desempeñan un papel fundamental en el
mantenimiento de la salud general, como lo señalo Cowan en el 2020, en su revisión del
tema. Esto ha motivado un cambio en su denominación, pasando de "flora bacteriana
intestinal", un concepto estático, a "microbiota o microbioma intestinal", que refleja un
cuerpo de microorganismos funcionales y propios de cada individuo.
En el ser humano habitan más de 1.000 especies de bacterias. Aunque colonizan la
piel, cavidad nasal, oral y urogenital, el intestino es la región más densamente poblada. En
el colon se encuentran entre 1010 y 10¹² bacterias por centímetro cúbico, superando en
número a las células del cuerpo humano. Estas bacterias representan el 70% del peso seco
de las heces. En el feto, el sistema digestivo es estéril, pero al nacer y pasar por el canal del
parto o la cesárea, se produce una colonización microbiana que se estabiliza alrededor de
los cuatro años, alcanzando una composición similar a la de un adulto.
La colonización inicial no es aleatoria, sino dirigida por inmunoglobulinas A (IgA),
presentes en la mucosa intestinal, modulado por factores genéticos. Los microorganismos
intestinales están adaptados a su hábitat, interactúan entre ellos y conviven en armonía con
el huésped. Contribuyen a la digestión de proteínas, la degradación de azúcares complejos,
y la producción de vitaminas y ácidos grasos esenciales para la salud. Estas funciones
nutricionales pueden suplir deficiencias dietéticas, destacando la importancia de mantener
una microbiota sana.
En condiciones normales, la microbiota intestinal es relativamente estable a lo
largo de la vida. Inicialmente predominan bacterias del género Lactobacillus debido a la
alimentación láctea exclusiva del lactante. Con la introducción de alimentos más complejos,

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aumenta la diversidad microbiana, predominando en la adultez bacterias de las familias
Firmicutes y Bacteroidetes. En menor cantidad, pero no por eso menos importantes,
también son residentes de la microbiota intestinal: Actinobacterias, Proteobacterias,
Verrucomicrobios, Fusobacterias y Cyanobacterias, además de enterococos, lactobacilos,
estreptococos, y especies transitorias como las levaduras. Estas bacterias no solo cumplen
funciones metabólicas, sino que también regulan la proliferación de hongos y levaduras en
el intestino.

El equilibrio entre las familias bacterianas. Firmicutes y Bacteroidetes es crucial


para la salud intestinal y sistémica. Los Firmicutes son una familia de bacterias
grampositivas que forman una parte importante de la microbiota intestinal humana.
Desempeñan varias funciones clave en el intestino, entre las que destacan:
Metabolismo energético y aprovechamiento de nutrientes, tienen una
capacidad especial para descomponer carbohidratos complejos en moléculas más
simples, como ácidos grasos de cadena corta (AGCC): acetato, propionato y
butirato, que mantiene la integridad de la barrera intestinal.
Producción de compuestos beneficiosos, producen vitaminas como la biotina y
el folato, con propiedades antiinflamatorias y antioxidantes.
Competencia con patógenos, ayudan a mantener el equilibrio microbiano
(homeostasis intestinal) al competir con microorganismos potencialmente
dañinos, limitando su crecimiento.
Modulación del sistema inmunológico, estimulan el sistema inmunológico de
manera controlada, ayudando a entrenarlo para distinguir entre bacterias
beneficiosas y patógenas.
Influencia en la salud mental, a través del eje intestino-cerebro, los
metabolitos producidos por los Firmicutes pueden influir en la salud mental y
emocional, afectando la producción de neurotransmisores como la serotonina.

Los Bacteroidetes por su parte son una familia de bacterias gramnegativas que
desempeñan funciones esenciales en el intestino humano, contribuyendo al equilibrio de la
microbiota y la salud general. Estas bacterias tienen un papel clave en varios procesos:
Digestión y metabolismo, se asocian con una mayor eficiencia en la
degradación de fibras dietéticas que no pueden ser digeridas por las enzimas
humanas, transformando estos compuestos en ácidos grasos de cadena corta
(AGCC), como el acetato y el propionato, que ayudan a regular el metabolismo
energético del cuerpo.

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Mantenimiento de la barrera intestinal, contribuyen a la producción de moco
y a la integridad del epitelio intestinal, previniendo la translocación de bacterias
o toxinas al torrente sanguíneo.
Competencia con microorganismos patógenos, producen compuestos
antimicrobianos que ayudan a inhibir el crecimiento de bacterias patógenas, lo
que mantiene un equilibrio saludable en el microbioma.
Modulación del sistema inmunológico, interactúan con el sistema
inmunológico para estimular una respuesta controlada, lo que ayuda a prevenir
inflamaciones innecesarias y juegan un papel en limitar la capacidad de
patógenos para establecerse en el intestino.
Producción de vitaminas y metabolitos clave, participan en la síntesis de
vitaminas, como algunas del grupo B, con funciones antiinflamatorias y
antioxidantes.

Un desequilibrio en la proporción de Firmicutes en relación con otros


microorganismos como los Bacteroidetes puede estar relacionado con diversas afecciones
como: síndrome metabólico (relacionados con obesidad, resistencia a la insulina y
enfermedades inflamatorias), sobre crecimiento de microorganismos patógenos (asociados
a disbiosis intestinales, parasitosis, trastornos diarrea/estreñimiento) y enfermedad
inflamatoria intestinal y neuroinflamación. Mantener un balance adecuado entre ambas
familias favorece la integridad de la barrera intestinal, regula la inflamación y optimiza la
absorción de nutrientes esenciales, al consumir una dieta rica en fibras dietéticas (frutas,
verduras, cereales integrales). Incluir alimentos prebióticos (como ajo, cebolla y plátanos)
que promuevan su crecimiento. Evitar el consumo excesivo de alimentos procesados y
azúcares refinados.
Hay factores, además de una dieta inadecuada que alteran la microbiota, entre los
más comunes se encuentran: estrés, uso de medicamentos, especialmente antibióticos
(Zhao, L., 2018). Adicionalmente, la exposición a químicos y metales tóxicos también tiene
efectos nocivos en la salud intestinal. Estos compuestos bioacumulables alteran las
funciones enzimáticas y bioquímicas de las bacterias, favoreciendo mutaciones y el
desarrollo de cepas dañinas. En particular, bacterias como Escherichia coli, Helicobacter
pylori, Pseudomonas y Clostridium, pueden producir toxinas que desencadenan reacciones
inmunológicas exacerbadas, alteraciones digestivas, inflamación y desórdenes como
diarrea, estreñimiento, cólicos, acidez e intolerancia alimentaria.
También favorece la proliferación de hongos como Candidas, que aumenta la
producción de aldehídos y alcohol mediante la fermentación intestinal de azúcares. Esto
afecta especialmente a niños y adultos mayores, influyendo en el comportamiento y la
salud mental.

107
Permeabilidad intestinal. En 2012, la Academia Americana de Pediatría reconoció
por primera vez que la permeabilidad intestinal aumentada, conocida como "intestino
permeable" o "leaky gut", es una condición real y que está directamente relacionada con el
autismo (Daniel L. Coury, 2012). Es importante destacar que, aunque la permeabilidad
intestinal aumentada puede estar presente en individuos con autismo, no se considera una
causa directa del trastorno. Más bien, se reconoce como un factor que puede influir en la
manifestación y gravedad de los síntomas en algunos casos.
La permeabilidad intestinal ocurre cuando la barrera intestinal, formada por una
capa de células epiteliales conectadas por uniones estrechas, se ve comprometida,
permitiendo el paso de sustancias no deseadas desde el intestino hacia el torrente
sanguíneo. Esto favorece la entrada de toxinas, microorganismos y antígenos al torrente
sanguíneo, lo que puede desencadenar: Inflamación sistémica, reacciones autoinmunes,
que puede agravar los síntomas asociados al Trastorno del Espectro Autista (TEA).
Dentro de los principales factores de esta alteración están: Disbiosis intestinal;
desequilibrio en la microbiota que debilita las uniones celulares. Infecciones intestinales;
virus, bacterias o parásitos. Medicamentos; uso crónico de antiinflamatorios (AINEs),
esteroides o antibióticos. Alimentos proinflamatorios; dietas ricas en grasas saturadas,
azúcares refinados y aditivos. Tóxicos; la presencia de sustancias toxicas, particularmente
los metales afectan el balance de la microbiota. Estrés crónico; activación constante del
sistema simpático y disfunción parasimpática (Barker, G, 2017).
Como recordaremos del capítulo anterior, el sistema nervioso autónomo regula las
funciones involuntarias del cuerpo, y su componente parasimpático es responsable de la
"respuesta de descanso y digestión". El sistema parasimpático, a través del nervio vago,
regula la producción de moco intestinal, la secreción de enzimas y la respuesta inmune
local. Su disfunción puede llevar a una inflamación intestinal y debilitar la barrera epitelial.
Cuando existe un desequilibrio hacia una predominancia simpática, disminuyen las
funciones regenerativas y digestivas. Hay disminución del flujo sanguíneo intestinal, con
alteración de la motilidad, que causa estreñimiento o diarrea. Se reduce la capacidad
regenerativa de la mucosa, con inflamación crónica de bajo grado, que contribuye al
deterioro de las uniones estrechas, y aumenta los niveles de cortisol, lo que exacerba la
inflamación y debilita aún más las uniones estrechas (Luis María Bustos-Fernández, 2022).
La alteración de la permeabilidad y la función digestiva puede llevar a la absorción
de proteínas parcialmente digeridas con efectos neurotóxicos. En la década de 1970, el Dr.
Paul Shattock, de la Escuela de Salud Pública de la Universidad Drexel, identificó que en
pacientes con Trastorno del Espectro Autista (TEA) ciertas proteínas no digeridas, como la
casomorfinas del lácteo o las gliadomorfinas del gluten, se depositaban en las neuronas,
alterando el sistema sensorial. Estos compuestos tienen un impacto negativo en
enfermedades mentales, exacerbando síntomas de TEA.

108
Pero en el contexto de la disfunción parasimpática y el aumento de la
permeabilidad intestinal, los estudios han señalado que otras proteínas parcialmente
digeridas no solo producen daño neurotóxico, sino actúan como antígenos, activando
células inmunitarias y desencadenando inflamación local y sistémica, que amplifica la
disfunción parasimpática y el estrés oxidativo, creando un ciclo vicioso:
Gliadina y otras prolaminas. Fuente: Trigo, cebada, centeno, avena.
Caseína. Fuente: Leche y productos lácteos.
Proteínas de la soja. Fuente: Productos de soja, incluidos tofu, leche de soja.
Proteínas de huevo (Ovoalbúmina y ovomucoide). Fuente: Clara de huevo.
Lectinas y glicoproteínas de cereales. Fuente: Frijoles, lentejas, arroz integral.
Proteínas de pescados y mariscos (Tropomiosina). Fuente: Mariscos como
camarones, cangrejos, langostas.

Alergia vs. Intolerancia Alimentaria


Existen dos conceptos importantes en el ámbito de los trastornos alimenticios: las
alergias y la intolerancia alimentaria. Aunque sus orígenes son distintos, a menudo se usan
de manera equivocada e indistinta como sinónimos. Al evaluar a un niño, es crucial
comprender ambos conceptos, ya que la interpretación de los test de alergias e
intolerancias alimentarias tiene bases diferentes y debe analizarse correctamente para no
privarlo de elementos esenciales en su dieta.

Alergia Alimentaria. La alergia alimentaria es una reacción inmunológica que


ocurre cuando erróneamente un alimento normalmente inofensivo es identificado como
una amenaza e interactúa con las inmunoglobulinas E (IgE). Esto provoca síntomas casi
inmediatos, como:
Prurito en la piel, cara y cuerpo.
Hinchazón de la cara, labios y ojos.
Enrojecimiento cutáneo.
Dolor abdominal.
En casos extremos, puede desencadenar una reacción alérgica intensa con
náuseas, vómitos, tos y dificultad respiratoria, constituyendo una emergencia médica.
Las alergias alimentarias se diagnostican mediante pruebas específicas de IgE en
sangre o en piel para el alimento sospechoso. Los inmunólogos suelen comenzar con
pruebas inespecíficas de provocación o exposición, aplicando alérgenos bajo la piel
mediante un pequeño pinchazo. Tras un tiempo de observación, se examina la reacción en
la zona. Si la prueba en piel es positiva, se realizan pruebas específicas de IgE en sangre para
confirmar el diagnóstico.

109
Intolerancia Alimentaria. Por otro lado, la intolerancia alimentaria, es mucho más
común que las alergias, tiene diversas etiologías, pero involucra al sistema digestivo, no al
sistema inmunológico. No producen una reacción alérgica, más bien, produce una
respuesta gastrointestinal inflamatoria con síntomas mentales y conductuales que pueden
tardar de horas hasta varios días en aparecer.
Los síntomas de intolerancia alimentaria suelen ser más sutiles y tardíos:
Inflamación, gases, irritabilidad, impulsividad, trastorno del sueño, y menos frecuentes
náuseas, dolor abdominal, diarrea o estreñimiento. Rara vez se presentan prurito o
enrojecimiento cutáneo, característicos de las alergias. Se debe a la dificultad del cuerpo
para digerir o metabolizar ciertos alimentos. Las intolerancias más comunes incluyen:
Deficiencias enzimáticas que no permiten la adecuada digestión del alimento:
Lactosa (azúcar de la leche).
Fructosa (azúcar de las frutas).
Sorbitol (edulcorante en alimentos procesados).
Caseína (leche).
Gluten (cereales).
Proteínas transgénicas (algunos cultivos).
Presencia de toxinas naturales en algunos alimentos:
Escombrotoxina (pescado y mariscos).
Aflatoxina (cereales y granos).
Condiciones propias de los alimentos:
Contaminación bacteriana.
Agroquímicos como glifosato, organofosforados y pesticidas.

Es posible ser intolerante a variedades específicas de un mismo alimento. Por


ejemplo, algunos niños toleran el trigo duro utilizado en pastas, pero no el trigo blando de
pan. Asimismo, pueden preferir una variedad de plátano como el guineo Cavendish y no
tolerar el tipo oro Titiaro. Las manifestaciones clínicas son difíciles de asociar directamente
con la causa, ya que pueden aparecer hasta 48 horas después de la exposición. Además, la
alteración de la microbiota intestinal puede prolongar los efectos.

Abordaje y soluciones. Un abordaje conjunto con gastropediatria y nutricionista


puede ser esencial para tratar el aumento de la permeabilidad intestinal y la disfunción
parasimpática, especialmente en niños, dado el impacto en su desarrollo y bienestar. Este
enfoque multidisciplinario se centra en identificar causas, mitigar síntomas y optimizar la
salud intestinal y nutricional. Evaluación inicial por el gastropediatra; Determinar factores
desencadenantes, como infecciones gastrointestinales previas, uso de antibióticos, estrés
crónico o condiciones autoinmunes. Pruebas de permeabilidad intestinal e inflamación:

110
zonulina, lactulosa/manitol, calprotectina, proteína C reactiva (PCR). Análisis de
microbioma para identificar disbiosis.
Para descartar intolerancias requiere un proceso de observación y dietas
selectivas. Hay que aclarar que actualmente se tiende a simplificar este proceso con
pruebas rápidas que miden inmunoglobulinas G (IgG) para determinar supuestas
“intolerancias alimentarias”. Algunas pruebas comerciales afirman detectar intolerancias
alimentarias midiendo anticuerpos de IgG contra ciertos alimentos, pero al presente no
existe evidencia científica sólida que respalde su utilidad clínica.
La presencia de IgG específica contra un alimento generalmente indica exposición
previa y tolerancia, no intolerancia. Se ha demostrado que las personas sanas pueden tener
niveles elevados de IgG contra alimentos que consumen con frecuencia, sin que esto
signifique que deban evitarlos.
Es fundamental un enfoque integrativo: Restaurar la barrera intestinal. Tratar la
disbiosis intestinal. Reequilibrar el sistema nervioso autónomo a través del ejercicio físico
regular y mantener una rutina de sueño adecuada. Por otra parte, el nutricionista debe
diseñar un plan dietético personalizado para reducir el daño intestinal, controlar la
inflamación y promover una alimentación adecuada. Evaluar patrones alimentarios
deficientes y posibles alimentos problemáticos. Planificar protocolos de eliminación
temporal de alimentos con alto potencial alérgico o intolerante y monitorear la posterior
reintroducción gradual.

Uso de Probioticos. Desde 1908, cuando el premio Nobel ruso Iliá Mechnikov
sugirió que la ingesta de yogur con lactobacilos disminuía el número de bacterias que
producen toxinas en el intestino y contribuía a la longevidad de los campesinos búlgaros, el
uso de probioticos para restaurar el equilibrio microbiano y mejorar la función intestinal es
valioso (Rankola E. et al. 2023).
El uso de probióticos en disbiosis debe ser personalizado, con criterios claros de
tiempo de duración, dosis, y si están complementado con prebióticos, de acuerdo a la
condición clínica que se desee corregir. Su indicación se recomienda siempre bajo
supervisión médica, pues no es un suplemento, en casos como el sobrecrecimiento
bacteriano del intestino delgado (SIBO), enfermedad intestinal severa, su uso debe ser
evaluado con precaución, pues los probióticos pueden empeorar los síntomas.
Este abordaje requiere comunicación constante entre el gastropediatra, el
nutricionista, los padres y, si es posible, un psicólogo o terapeuta que trabaje el impacto
emocional de la condición en el niño. Para muchos padres preocupados por la alimentación
de sus hijos, es fundamental señalar que, sin una consulta adecuada, los cambios dietéticos
basados en pruebas sin valoración por parte de especialistas dentro del contexto clínico,

111
pueden llevar a dietas altamente restrictivas, desnutrición por déficit de nutrientes
esenciales y un posible empeoramiento del trastorno del neurodesarrollo.

Dentición.

La mayoría de los niños con Trastorno del Espectro Autista (TEA) no presentan
anomalías dentales, ya que su morfología dental es generalmente normal. En el periodo
preescolar, a partir de los seis meses de edad, comienzan a aparecer los primeros dientes
temporales, y para el final de este periodo, el niño debe contar con un total de 20 dientes.
Posteriormente, a partir de los seis años, esta dentadura temporal es reemplazada por la
dentadura permanente. La secuencia de aparición de los dientes está genéticamente
determinada.
Sin embargo, ciertas patologías dentales son más frecuentes en niños con TEA,
entre estas se incluyen:
Erupción tardía y mal posicionamiento dental: Estas condiciones pueden estar
relacionadas con una alimentación deficiente, especialmente en niños con
preferencias dietéticas muy restrictivas.
Mineralización dental pobre: La formación de esmalte puede ser deficiente debido
a un desbalance mineral asociado con intoxicación por metales como plomo,
aluminio y estaño. Este defecto en el desarrollo de los dientes permanentes
incrementa el riesgo de caries dentales.
Lesiones orales traumáticas: Las caídas frecuentes pueden ocasionar daños al
esmalte y la dentina.
Bruxismo: El rechinar o apretar los dientes, muchas veces relacionado con un mal
manejo del estrés o crisis convulsivas, puede conducir al desgaste temprano de
los dientes.
Dificultades en la masticación: Un nivel de masticación deficiente puede
comprometer la erupción dental y el proceso digestivo del niño.
Higiene dental deficiente: La capacidad reducida para entender y participar en el
cepillado diario, junto con una baja producción de saliva debido a infecciones
recurrentes y el uso frecuente de antibióticos en la edad preescolar, favorecen la
aparición de caries.

Estrategias para el Cuidado Dental. Es fundamental establecer una consulta


temprana con un odontopediatra. Este paso inicial busca familiarizar al niño con el
ambiente odontológico y promover una rutina de higiene oral adecuada. Algunos aspectos
importantes son:
Plan de desensibilización: Es esencial implementar un enfoque gradual para que el
niño se sienta cómodo con las consultas odontológicas.
112
Evaluaciones periódicas: Estas permiten monitorear el desarrollo dental y prevenir
la necesidad de tratamientos de emergencia.
Rutinas de higiene oral: Crear hábitos consistentes y supervisados en casa para
mejorar la limpieza dental diaria.
En este contexto, la planificación y el seguimiento continuo son clave para
garantizar una salud bucal óptima en niños con TEA, minimizando complicaciones y
promoviendo su bienestar general.

Comorbilidades Ambientales. Alteraciones Inmunológicas

El sistema inmunitario protege al cuerpo de las infecciones bacterianas y virales,


además de eliminar células dañadas o muertas. Sin embargo, cuando este sistema se
desregula, produce inmunoglobulinas que atacan a células sanas, provocando
enfermedades autoinmunes. Actualmente, se estima que un 20% de la población padece
alguna de estas patologías.
El Dr. Yehuda Shoenfeld, reconocido experto en el campo (profesor de la Facultad
de Medicina de la Universidad de Tel Aviv y fundador del Centro Zabludowicz para las
Enfermedades Autoinmunes), describe la autoinmunidad como un “mosaico de
enfermedades”. Esta definición refleja la diversidad de manifestaciones de estas patologías,
que incluyen lupus, psoriasis, artritis, asma, vitíligo, entre muchas otras. Prácticamente
cualquier órgano del cuerpo puede verse afectado por la autoinmunidad, y las
manifestaciones clínicas abarcan casi todas las ramas de la medicina. Existen más de 80
enfermedades autoinmunes descritas, lo que implica que todas las especialidades y
subespecialidades médicas tienen relación con alguna de ellas.
En 2011 se publicó un artículo muy interesante en Physiological Reviews, en el que
se exploraba el papel de la permeabilidad gastrointestinal, la genética y el riesgo de
desarrollo de enfermedades autoinmunes (Fasano A, 2011). Para que ocurran tiene que
funcionar inadecuadamente el sistema digestivo y el inmunológico.

Encefalitis Autoinmune. Una de las patologías autoinmunes con mayor relevancia


actual son las encefalitis, la prevalencia y la incidencia de la encefalitis autoinmune es
comparables a las de la encefalitis infecciosa y, su reconocimiento está aumentando con el
tiempo (Divyanshu Dubey, 2018). Se caracteriza por inflamación de las estructuras
cerebrales debido a la agresión del sistema inmunológico, los anticuerpos atacan los
receptores de neurotransmisores cerebrales como GABA, serotonina y glutamato,
alterando la neurotransmisión. Esto genera una amplia variedad de síntomas, que pueden
incluir: cefalea, alteraciones conductuales, ansiedad. Insomnio y crisis epilépticas.
Los factores que contribuyen al desarrollo de enfermedades autoinmunes pueden
clasificarse en:
113
Factores intrínsecos: Predisposición genética. Deficiencia de inmunoglobulinas A
(IgA) en el intestino y sistema respiratorio, lo que permite la entrada de sustancias extrañas
al organismo.
Factores ambientales: Exposición a metales tóxicos y sustancias químicas diversas
y el estrés oxidativo. Estos factores hacen que el estudio de estas enfermedades sea
particularmente complejo.

Diagnóstico y Rol del Inmunólogo


El inmunólogo desempeña un papel crucial en la sospecha y diagnóstico de
enfermedades autoinmunes. Mediante pruebas de laboratorio, se buscan anticuerpos
específicos que actúan como marcadores diagnósticos. Una detección temprana permite
realizar intervenciones oportunas, evitando complicaciones graves como las observadas en
enfermedades neurodegenerativas y condiciones asociadas al autismo.

CAMINO HACIA EL APOYO Y EL CRECIMIENTO DEL NIÑO.

El diagnóstico de autismo, basado en pruebas psicométricas que evalúan la tríada


de problemas en interacción social, comunicación y conductas, no proporciona información
sobre las causas subyacentes que afectan al neurodesarrollo. Esto significa que dos
personas con la misma clasificación diagnóstica pueden presentar condiciones
completamente distintas, mientras que dos personas con afecciones similares pueden
recibir diagnósticos diferentes. Por esta razón, toda intervención debe ser cuidadosamente
individualizada, atendiendo a las necesidades específicas de cada paciente.
Es crucial entender que la severidad del diagnóstico no determina el pronóstico.
Como hemos explicado extensamente, existen factores que puedan contribuir a
comorbilidades adicionales que al ser intervenidos terapéuticamente pueden modificar
significativamente la evolución del trastorno, mejorando tanto el pronóstico como el
avance en distintas áreas. Por ello, es imprescindible un diagnóstico multidisciplinario
asertivo, que considere y descarte factores médicos y ambientales cuya modificación puede
tener un impacto positivo en el desarrollo del paciente.
Los padres no deben asumir un rol de meros espectadores, sino involucrarse
activamente en el proceso. Conviértase en el arquitecto del futuro de su hijo mediante una
planificación efectiva orientada al neurodesarrollo. Este camino empodera a través del
conocimiento y del acompañamiento consciente, permitiendo afrontar con claridad y
coherencia los retos propios del desarrollo infantil. Transforme su rol de acompañante en
una experiencia de aprendizaje mutuo que fortalezca la conexión emocional y fomente una
relación basada en la confianza con el niño y los terapeutas.

114
Reflexión inicial tras el diagnóstico
Superado el impacto inicial que puede generar un diagnóstico de trastorno del
neurodesarrollo, es importante evitar tomar decisiones apresuradas basadas únicamente
en la urgencia emocional. Antes de inscribir al niño en todas las terapias recomendadas, es
fundamental detenerse a observarlo con una mirada libre de estereotipos. Cada niño es
único, con fortalezas, debilidades y desafíos particulares, como cualquier otro ser humano.
Muchos de los enfoques tradicionales en la intervención de niños con dificultades
del desarrollo tienden a centrarse exclusivamente en la modificación de conductas, la
mejora de habilidades comunicativas o el refuerzo de estrategias educativas. Sin embargo,
con frecuencia, estos métodos no contemplan de forma integral la complejidad
neurobiológica que subyace en cada caso.
Un aspecto esencial, y a menudo subestimado, es el abordaje de las
comorbilidades médicas y ambientales que pueden estar interfiriendo con el
funcionamiento cerebral. Alteraciones metabólicas, trastornos digestivos, cargas tóxicas o
desequilibrios sensoriales pueden incidir significativamente en la regulación emocional, la
atención, el sueño, el lenguaje y la conducta del niño. Ignorar estos factores puede llevar a
intervenciones parciales, que abordan el síntoma, pero no la raíz del problema.
La intervención efectiva debe nacer del conocimiento profundo del niño, con una
visión integradora que articule lo emocional, lo biológico y lo social, y no solo una lista de
técnicas o programas aplicados en serie. Entender y acompañar a un niño con un trastorno
del neurodesarrollo implica, antes que nada, comprender su funcionamiento cerebral y
corporal, para así construir una ruta terapéutica coherente con sus verdaderas necesidades.

0-6 meses.
Recuerde que en esta etapa no se habla de retardo sino señales de alarma. Dado
que el aprendizaje aquí es innato, es decir se aprende por imitación, se debe proporcionar
un ambiente rico en estímulos de los aspectos del neurodesarrollo motor y social, haciendo
énfasis donde no ha alcanzado el nivel esperado para su edad.
1. Debemos estar atento a los factores del desarrollo: peso, talla, circunferencia
cefálica, dentro de los cuales, si están por debajo del percentil esperado para su
edad, debe evaluarse en mayor profundidad.
2. Mantener una comunicación fluida y cercana con el pediatra respecto a los
hábitos de alimentación y el patrón de sueño del niño, resulta fundamental para
garantizar un desarrollo saludable y prevenir posibles alteraciones en estas
áreas clave del crecimiento infantil.

Así mismo se debe mantener una rutina estable, las rutinas brindan seguridad y
estructura al niño. Estrategias prácticas para aplicar en casa:

115
1. Establece rutinas predecibles. Luz solar en la mañana, ambiente oscuro y
silencioso durante las horas de sueño. Comidas a libre demanda, esto significa
ofrecer el pecho cada vez que el bebé lo pida, sin horarios fijos, tanto de día
como de noche. Repite las actividades en el mismo orden cada día, tanto como
sea posible.
2. Incluir momentos diarios de conexión emocional. Dedica al menos 10-15
minutos diarios solo para jugar, abrazar o conversar con tu hijo sin distracciones
(sin pantallas ni multitarea). Estos momentos fortalecen el vínculo emocional,
ayudan al niño a sentirse seguro y estimulan el desarrollo neurosensorial.
Mantén el espacio tranquilo y sin sobrecarga de estímulos. Observa las señales
del bebé: si se ve incómodo, fatigado o sobreestimulado, detén la actividad. La
mejor estimulación es la interacción humana: hablarle, mirarlo, responder a sus
señales.
3. Crear espacios sensoriales.
- Luz tenue (puede ser natural o con lámparas cálidas).
- Sonidos suaves: música instrumental, sonidos de la naturaleza o el ritmo del
corazón.
- Rincón visual. Estimular la atención visual y la exploración boca arriba con:
móviles de alto contraste (blanco, negro y rojo) a una distancia de 20–30 cm.
- Boca abajo o acostado de lado: espejo acrílico seguro en posición horizontal o
vertical. Imágenes simples en cartón o tela para mirar durante el tiempo boca
abajo.
- Estímulo auditivo y ritmo. Voz de los padres hablándole o cantándole (lo más
importante). Usar lenguaje claro y concreto, habla con frases cortas y simples.
Sonajeros suaves o maracas con movimientos lentos. Caja musical con melodías
suaves y repetitivas.

Exploración táctil. Desarrollar la percepción del cuerpo y el contacto con


diferentes texturas.
- Juegos suaves de masaje infantil con aceites naturales (aprobados para bebés),
especialmente después del baño.
- Alfombra de juego o manta con texturas variadas (algodón, terciopelo, toalla).
Muñecos de tela de diferentes texturas y formas (sin piezas pequeñas).
- Mecedor o silla cómoda para cargar al bebe o durante la lactancia.
- Tiempo boca abajo (supervisado). Permite fortalecer cuello, espalda y
estimular la integración sensorial. Iniciar con pocos minutos al día e ir
aumentando progresivamente. Hacerlo sobre la manta sensorial, con objetos
visuales o auditivos al alcance. Siempre bajo supervisión directa.

La comunicación cercana con el pediatra es crucial. Pregúntale cómo puedes reforzar


el aprendizaje en casa. Comparte tus observaciones y avances desde el hogar: ¡tú conoces
a tu hijo mejor que nadie!

6 meses- 2 años.

116
En esta etapa las señales de retardo o dificultades en el desarrollo en las áreas:
motor, lenguaje o social son más evidentes porque la interacción rebasa las capacidades del
niño, en otros casos hay una regresión con pérdida de las habilidades adquiridas.
Cuando un niño presenta dificultades en el lenguaje, el problema no se reduce
únicamente a una limitación en el vocabulario. Es posible que su sistema nervioso no esté
procesando la información auditiva de manera eficiente, lo que afecta la comprensión y
producción del lenguaje.
Si experimenta crisis emocionales frecuentes, no debe interpretarse simplemente
como un problema conductual. En muchos casos, el sistema nervioso se encuentra en un
estado de hiperalerta constante, sin los recursos neurofisiológicos necesarios para
autorregularse ante estímulos estresantes.
Cuando existen dificultades en la interacción social, no debe asumirse que el niño
carece de interés en socializar. Es probable que su cerebro tenga desafíos para integrar
adecuadamente la información sensorial, dificultando la interpretación de señales sociales
y la emisión de respuestas adaptativas al entorno.
En este contexto, el problema no radica en el niño como tal, sino que hay que
explorar las comorbilidades que pueden estar afectando el desarrollo armónico. Por lo
tanto, no basta solo con el abordaje terapéutico de su neurodesarrollo.
La clave no está en condicionar al niño para que "aprenda" determinadas
habilidades de forma forzada, sino en ofrecerle: un entorno enriquecido, una nutrición
adecuada, estímulos neurofuncionales apropiados, evaluar y corregir factores ambientales
que trastornan el neurodesarrollo, que en conjunto permitan la formación natural de
nuevas conexiones neuronales. Este enfoque, basado en el respeto por los procesos
individuales del desarrollo cerebral, es esencial para favorecer una evolución sostenida en
el tiempo.
Aun cuando el comportamiento disruptivo (crisis de llanto) y la falta de desarrollo
del lenguaje son lo más llamativo, hay señales más sutiles que deben observarse y
abordarse precozmente: trastornos en la alimentación, trastorno del sueño, falta de
reciprocidad social, saltarse la secuencia en el desarrollo motor (pararse antes de gatear).

1. Evaluación multidisciplinario.
Evaluación neurológica: Para descartar afecciones estructurales o funcionales del
sistema nervioso (pediatra del desarrollo y comportamiento o un neuropediatra).
Pruebas de desarrollo: Aplicación de herramientas como cuestionarios o pruebas
psicométricas para identificar retrasos en el logro de hitos específicos, con lo cual
se podrá diseñar un plan de terapia funcional.

117
Descartar presencia de metales. Realizar pruebas toxicológicas específicas
(mineralograma) a fin de detectar y abordar la presencia de metales neurotóxicos
(medico toxicólogo).
Evaluación gastroenterología. Tener el soporte profesional en la introducción de
alimentación sólida y manejo de trastornos del área gastrointestinal (pediatra
nutricionista o asesoramiento por gastropediatria).
Con esta información se podrá estructurar estrategias prácticas para el desarrollo
motor y neurosensorial: terapia ocupacional y conductual (a partir de los 12 meses), pues
sin una integración neurosensorial y motricidad adecuada es difícil para este niño poder
avanzar en el control emocional, interacción social y lenguaje.

2. Desde el hogar.
También podemos complementar el trabajo terapéutico que refuerce el desarrollo
infantil:
- Establecer rutinas estructuradas, mantener horarios consistentes para
actividades diarias.
- Crear un entorno predecible y libre de distractores: Disponer de un espacio
adecuado y tranquilo para realizar las actividades que permite una mayor
concentración y mejor aprovechamiento del tiempo.
- Reforzar positivamente los logros: Valorar y celebrar los avances, por
pequeños que sean, fortalece la autoestima y motivar al niño a continuar
con su proceso de aprendizaje.
- Incorporar el juego como herramienta terapéutica: Utilizar actividades
lúdicas adaptadas a los objetivos del tratamiento facilita la generalización
de habilidades en un contexto natural y significativo.

Estimulación motora.
El objetivo es fortalecer el control postural, la coordinación y la movilidad:
Tiempo boca abajo, practicar diariamente, extendido a mayor tiempo y con
juguetes motivadores delante.
Incentivar el arrastre y el gateo colocando objetos a corta distancia para que el
niño intente alcanzarlos.
Jugar a sentarlo con apoyo (almohadas, regazo) y favorecer que mantenga el
equilibrio.
Hacer juegos suaves de movimientos rítmicos: mecer, levantar suavemente en el
aire, girar con cuidado.

Estimulación neurosensorial.
Permite regular y organizar la información e interacción sensorial del entorno:
Estimular la atención visual, con juguetes de colores vivos y contrastantes, de
diferentes texturas: rugosos, suaves, vibratorios.

118
Fomentar la atención auditiva, hablarle y narrarle lo que ocurre (“Ahora vamos a
bañarte”, “Mira cómo cae el agua”).
Cantar canciones con gestos, repetir rimas y juegos con palmas.
Repetir sonidos vocálicos y consonantes simples (“ma-ma”, “pa-pa”) y
esperar su respuesta.
Jugar con instrumentos musicales sencillos: sonajeros, tambores, campanas.

Estimulación cognitiva.
Promover la curiosidad y la exploración:
Uso de cajas con objetos de diferentes tamaños y colores para explorar (bajo
supervisión).
Juegos con recipientes: llenar y vaciar, abrir y cerrar.
Actividades con agua (jugar con salpicaduras, transferencias entre recipientes).

Fomentar la seguridad afectiva y el apego.


Juego de imitación facial y emocional: sonreír, sacar la lengua, hacer sonidos.
Masajes diarios con aceites naturales, favoreciendo el contacto piel a piel.

Favorecer la comunicación funcional.


Uso de espejo seguro para mirarse juntos y nombrar lo que se ve.
Juegos de interacción: “palmas-palmitas”, “este dedito compró un huevito”.
Promover el uso de palabras, gestos o sistemas aumentativos de comunicación
durante las interacciones cotidianas.

Las personas con autismo suelen tener intereses limitados y apegarse estrictamente
a las rutinas. En este contexto, es fundamental concentrarse en sus capacidades en lugar
de enfocarse en lo que no pueden hacer. Ayúdalos a adaptarse progresivamente al
cambio: introduce variaciones en sus rutinas diarias. Estos cambios deben implementarse
de manera gradual, con paciencia y determinación, evitando cambios bruscos o un exceso
de información nueva que pueda sobrecargarlos.
Mantener una comunicación constante con el equipo terapéutico: Informar sobre
avances, dificultades o cambios en la conducta del niño en el hogar permite ajustar el plan
de intervención y fortalecer el trabajo colaborativo.

2 - 6 años.
Durante este periodo, resulta pertinente realizar una reevaluación del diagnóstico
inicial, así como una valoración objetiva de los avances del niño en las distintas áreas de su
desempeño. Es importante destacar que este proceso no tiene el propósito de obtener una
segunda opinión ni de cuestionar un posible error diagnóstico. Por el contrario, busca
ofrecer una visión integral que contemple no solo las dificultades en el logro de los hitos del

119
neurodesarrollo, sino también las fortalezas y habilidades del niño, las cuales son
igualmente relevantes y deben ser estimuladas de manera oportuna.
La evaluación multidisciplinaria debe incluir un enfoque integral que haga especial
énfasis en la identificación de comorbilidades, las cuales, en muchos casos, no han sido
exploradas adecuadamente en la etapa inicial del diagnóstico. Esto puede deberse a que,
en una primera aproximación, suele otorgarse mayor relevancia a aspectos sociales como
el lenguaje, la interacción o el comportamiento, dejando de lado otras áreas igualmente
importantes del neurodesarrollo. La detección oportuna y el abordaje adecuado de estas
comorbilidades permiten optimizar el plan terapéutico y mejorar el pronóstico funcional
del niño.

1. Evaluación del desarrollo motor.


Aunque los trastornos motores a menudo se identifican y tratan en el lactante
mayor (0 a 2 años), algunos no se resuelven completamente y pueden continuar
afectando significativamente la adquisición y consolidación de habilidades
motoras gruesas y finas.
En esta etapa del desarrollo, el enfoque diagnóstico debe centrarse en descartar
alteraciones neuromotoras tales como dispraxia, hiperlaxitud articular o hipotonía
muscular, condiciones que suelen ser abordadas en conjunto por las
especialidades de Neurología y Terapia Ocupacional.
La terapia ocupacional tiene como objetivos centrales el fortalecimiento de la
coordinación motora, la mejora de la estabilidad postural, la integración
neurosensorial y la optimización de la planificación motriz. Desde el punto de vista
terapéutico, se plantea una intervención combinada que integre el trabajo clínico
del terapeuta ocupacional con actividades de refuerzo en el hogar. Este abordaje
busca alcanzar un desempeño motor progresivamente funcional, con parámetros
de coordinación, precisión y velocidad de ejecución comparables a los esperados
para su madurez neurológica.
En este sentido, los ejercicios realizados en casa por los padres, presentados en
forma de juegos estructurados, seguros y adaptados al nivel del niño, constituyen
una herramienta fundamental para consolidar los logros terapéuticos. Estas
actividades no solo refuerzan el tono y la fuerza muscular, sino que también
estimulan la integración sensoriomotriz a nivel del sistema nervioso central:

- Usa juegos, no ejercicios formales: el niño aprende mejor si se divierte.


- Repite la rutina 10–15 min al día, no más, para evitar fatiga o frustración.
- Refuerza el logro con aplausos o abrazos, no solo con palabras.
- Hazlo en espacios seguros y bajo supervisión.
- Respeta los límites del niño: si hay dolor o incomodidad, detenerse.

Se trabaja con actividades dirigidas a activar la musculatura postural y


favorecer el control del tronco y las extremidades, lo cual es fundamental para una

120
base motora estable. Asimismo, se incorporan ejercicios destinados a mejorar la
estabilidad articular y el control del movimiento, procurando siempre evitar
estiramientos pasivos y la sobreextensión de los rangos articulares, especialmente
en casos de hiperlaxitud.
En el caso de niños con dispraxia, las intervenciones se orientan a estimular la
coordinación de movimientos secuenciales y la ejecución de patrones motores
complejos, facilitando la integración de la planificación motora con la acción, a
través de actividades estructuradas, repetitivas y guiadas.

Actividades en espacios cerrados. Bajo supervisión y con colchonetas o alfombra


si es posible. Repetir los movimientos muchas veces y con indicaciones claras y
pausadas:
- Rodar sobre colchoneta como salchicha.
- Juegos de arrastre boca abajo (como soldado): usando brazos y piernas.
- Sentarse en pelota de terapia (grande): balancearse suavemente, jugar a
mantener el equilibrio.
- Empujar objetos pesados: una caja con libros o botellas plásticas.
- Pintar en la pared con esponjas mojadas: requiere sostén de hombros y
muñecas.
- Transportar objetos con cucharón o bandeja: mejora estabilidad de muñeca
y codo.
- Empujar con brazos extendidos sobre una pared (flexiones de pared).
- Caminar por líneas marcadas con cinta adhesiva: mejora control del paso.

Actividades combinadas divertidas. Circuito motriz casero:


- Caminar sobre una línea → saltar 3 veces → pasar bajo una silla → lanzar una
pelota al cesto. Mejora planificación, fuerza y propiocepción.
- Jugar a “seguir al líder”: (levantar brazos, tocar nariz, saltar; Da un paso,
aplaude, gira, siéntate). El adulto guía una serie de movimientos. Ideal para
dispraxia y tono postural.
- Carrera de cucharas o con pompones. Equilibrio y control motor fino sin riesgo
de rotura.

Actividades en espacios abiertos. Es momento de dejar el aula y salir de casa.


Las actividades al aire libre ofrecen una excelente oportunidad para fortalecer el
desarrollo motor y la integración sensorial, además permite la regulación
emocional del niño, la socialización y poner en práctica las normas y limites
aprendidos. En este contexto, se recomienda la incorporación de ejercicios que
favorezcan el equilibrio, la coordinación y la resistencia física, siempre bajo
supervisión y en un entorno seguro.
- Uso de bicicleta (con o sin rueditas de apoyo): estimula el equilibrio, la
coordinación bilateral y la fuerza en extremidades inferiores. En los más
pequeños se puede iniciar con triciclo.

121
- Juego en parques infantiles: trepar, deslizarse, columpiarse y balancearse
promueven la integración sensorial, el tono muscular y la orientación
espacial.
- Paseos imitando animales: caminar como oso, rana o cangrejo permite
trabajar el control postural, la planificación motora y la fuerza en tronco y
extremidades.
- Subir y bajar escalones de uno en uno con apoyo: favorece el control del
movimiento, el equilibrio dinámico y la coordinación de miembros
inferiores.

2. Evaluación de factores ambientales


En esta etapa del desarrollo infantil, resulta fundamental incluir la evaluación
de aspectos toxicológicos, como la posible presencia de metales pesados, así
como una orientación profesional especializada en el manejo de trastornos
digestivos frecuentes, tales como la disbiosis intestinal, la selectividad
alimentaria y las intolerancias alimentarias.
Estos factores pueden interferir de manera significativa en la consolidación
del neurodesarrollo, un proceso crítico en el cual se establece la lateralización
motora y diversas funciones cognitivas superiores. En este sentido, una dieta
balanceada y adaptada a las características individuales del niño constituye un
pilar esencial para el funcionamiento óptimo del sistema nervioso central. La
adecuada disponibilidad de nutrientes favorece la maduración de las distintas
áreas cerebrales involucradas en el desarrollo de habilidades cognitivas, motoras,
sensoriales y emocionales.
Por tanto, se hace indispensable la articulación entre el especialista en
toxicología, el gastroenterólogo pediatra y el nutricionista clínico, con el objetivo
de garantizar una evaluación integral. La identificación de posibles cargas tóxicas,
como la acumulación de metales pesados, junto con el abordaje apropiado de las
alteraciones gastrointestinales mencionadas, son pasos clave para asegurar una
absorción eficiente de nutrientes y un entorno metabólico favorable al desarrollo
neurológico del niño.
El equilibrio metabólico adecuado favorece la estabilidad progresiva de
diversas funciones neuropsicológicas esenciales durante esta etapa del
desarrollo. Entre ellas se encuentran la regulación emocional, el desarrollo de las
funciones ejecutivas y la consolidación de patrones de sueño. Estos aspectos
están estrechamente relacionados con la adquisición de hábitos, la superación de
miedos evolutivos y la aparición de comportamientos característicos de esta
etapa infantil.

122
Por tanto, mantener un entorno metabólico equilibrado, a través de una
alimentación adecuada, un abordaje digestivo apropiado y la evaluación de
posibles cargas tóxicas, representa un elemento clave para promover un
desarrollo integral y armónico.

3. Evaluación del lenguaje/comportamiento.


Una vez consolidado el desarrollo motor y abordados los factores comórbidos
de origen ambiental previamente señalados, es el momento oportuno para
reevaluar el lenguaje y el comportamiento del niño. La adquisición de habilidades
comunicativas constituye un pilar fundamental para el establecimiento de
relaciones sociales significativas y para su integración funcional en distintos
entornos.
En esta etapa, el lenguaje se convierte en el principal medio de interacción
con el entorno, permitiendo al niño expresar emociones, resolver conflictos,
formular pensamientos y construir progresivamente su identidad en relación con
los demás. Su desarrollo adecuado no solo influye en la comunicación efectiva,
sino también en la autorregulación emocional, la empatía y la adaptación social.
La participación activa de los padres en el fortalecimiento del lenguaje es
clave para potenciar los avances logrados en terapia del lenguaje. En esta etapa
del desarrollo, es fundamental limitar el uso de dispositivos electrónicos como
medio principal de estimulación lingüística. Si bien pueden ser herramientas
complementarias en ciertos contextos, no sustituyen el valor del vínculo humano
directo, la mirada compartida y el intercambio emocional real. La interacción con
una figura significativa, que sintonice con las emociones del niño, responda con
empatía y regule afectivamente, es clave para el desarrollo del lenguaje
pragmático y social.
La resonancia emocional, es decir, la capacidad del adulto para reflejar y
validar los estados emocionales del niño, favorece la seguridad afectiva y crea el
contexto ideal para que el lenguaje emerja y se estructure con significado. Es en
el juego cara a cara, la conversación cotidiana y el contacto afectivo donde el niño
aprende a comunicar, interpretar intenciones y construir su identidad lingüística
y social.
Las siguientes actividades están esbozadas para estimular tanto el lenguaje
literal (comprensión y uso del significado explícito de las palabras) como el
lenguaje pragmático (uso social del lenguaje en contextos reales):

- Narración de cuentos y descripción de imágenes.

123
- Leer cuentos cortos con apoyo visual permite mejorar la comprensión literal del
lenguaje. Se recomienda pausar para hacer preguntas sencillas como:
¿Qué pasó primero?, ¿qué hizo este personaje?, ¿cómo crees que se siente?
Esto promueve el uso de vocabulario, la secuenciación narrativa y el
reconocimiento de emociones.

Juegos de roles cotidianos.


- Simular situaciones sociales como “ir al mercado”, “visitar al médico” o “jugar al
restaurante” favorece el desarrollo del lenguaje funcional y pragmático. El niño
practica turnos conversacionales, fórmulas de cortesía, entonación y contacto
visual.

Uso de preguntas abiertas y modelado verbal.


- Durante la rutina diaria, realizar preguntas que inviten a la reflexión y a la
expresión personal:
¿Por qué crees que eso pasó?, ¿qué harías tú si…?
Los padres deben modelar respuestas claras y completas, estimulando la
estructuración de frases.

Juegos de mesa con reglas simples.


- Actividades como “Memoria”, “Jenga” o “Uno” ayudan a practicar turnos, seguir
instrucciones verbales, anticipar acciones y hacer comentarios apropiados en un
contexto social.

Diario de emociones con imágenes o dibujos.


- Invitar al niño a expresar cómo se sintió en distintas situaciones del día,
utilizando dibujos, pictogramas o fotos, fomenta el lenguaje emocional y
narrativo, así como la introspección.

Canciones con gestos y rimas.


- Cantar canciones infantiles que incluyan movimientos repetitivos o palabras
encadenadas ayuda al ritmo, entonación y estructura gramatical. También
favorece la memoria auditiva verbal.

Estas actividades, cuando se integran con propósito comunicativo y social en la vida


cotidiana, se convierten en una herramienta poderosa para reforzar el trabajo terapéutico.
Su implementación contribuye a un desarrollo más armónico de la motricidad y del lenguaje
en todas sus dimensiones, al estar enraizadas en experiencias significativas para el niño.

124
AUTISMO EN EL ADOLESCENTE Y EL ADULTO JOVEN

De Condición Rara a Diagnóstico Global


A lo largo del siglo XX, la comprensión del TEA pasó por diversas etapas.
Inicialmente, fue considerado una condición rara y, a menudo, confundido con otros
trastornos psiquiátricos o de desarrollo. En las décadas de 1960 y 1970, teorías como la de
las "madres frigoríficas" culparon incorrectamente a los padres, especialmente a las
madres, por la aparición del autismo en sus hijos.
El paradigma comenzó a cambiar en las décadas de 1980 y 1990 con la publicación
del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-III y DSM-IV), que
incluyó criterios más claros para el diagnóstico. La inclusión de una "espectro" ayudó a
englobar una variedad de manifestaciones clínicas bajo un mismo diagnóstico.
Esto nos lleva a este tema del libro, estas décadas de diagnósticos inciertos ha
permitido que aun hoy en día existen muchos adultos jóvenes con trastornos del
neurodesarrollo sin diagnóstico, a quienes no se les realizó una evaluación adecuada en su
momento. También el tema del autismo en el adolescente es un tema tremendamente
preocupante para los padres de niños con TEA de hoy, pues en algún momento estos niños
van a ser adolescentes y adultos, y es muy poco lo que se ha avanzado en el
acompañamiento adecuado a las necesidades de estos jóvenes, cuando ya no estén bajo la
tutela de los padres. Lo que se ha convertido en un reto grande para las distintas
autoridades gubernamentales y la comunidad científica.

Adolescencia y pubertad.
La adolescencia es la etapa final del desarrollo del niño hacia el adulto joven, que
se inicia típicamente con los cambios hormonales propios de la pubertad, aunque no son
sinónimos. Hay un crecimiento general de la estatura, con aumento de la masa muscular, la
grasa corporal, y desarrollo de la dentición completa. Aparición de los caracteres sexuales
secundarios en forma secuencial.
La pubertad universalmente comienza entre los 10 y 12 años en las niñas y los 12
a 14 años en el varón, terminando alrededor de los 18 años. Estos cambios están
determinados genéticamente y son variables en diferentes grupos sociales y orígenes
étnicos. En cambio, hay un consenso más generalizado, que psicológicamente se habla de
adulto joven a partir de los 21 años de edad.

Crecimiento acelerado y propiocepción. La pubertad es una etapa de transición


en el desarrollo humano que implica importantes cambios físicos, hormonales, emocionales
y neurológicos. Durante la pubertad, el crecimiento acelerado puede alterar
125
temporalmente la propiocepción, ya que el cerebro debe reajustar su percepción del
cuerpo para adaptarse a las nuevas dimensiones. Estos cambios en principio no son fáciles
de sobrellevar pues implican una remodelación cerebral del esquema corporal que tenía el
niño de sí mismo. Es común observar que los adolescentes experimenten cierta torpeza e
inseguridad en sus movimientos mientras el sistema nervioso central se adapta a los
cambios físicos.

Influencia de las hormonas sexuales. El aumento de estrógenos y testosterona


inducen aumento del vello pubiano, axilar y piernas, inestabilidades vocales y
modificaciones acústicas que ocurre tanto en varones como en hembras. En el varón barba
y bigote y aumento de los testículos. En las hembras crecimiento de las mamás y aparición
de la menarquia. También pueden intervenir en la plasticidad cerebral, afectando la
coordinación motriz y la integración sensorial, incluyendo la propiocepción. Estos cambios
pueden influir en la capacidad del cuerpo para percibir su posición y movimiento en el
espacio (Perry, A. N, 2019).
A medida que aumenta la masa muscular, el sistema propioceptivo
(particularmente los receptores en músculos y tendones) se adapta a los cambios en fuerza
y control motor. Esto puede mejorar gradualmente la precisión de los movimientos. Los
adolescentes involucrados en deportes o actividades físicas pueden experimentar cambios
significativos en su rendimiento debido a la combinación de estos factores físicos, lo cual es
temporal, hasta consolidar la adaptación del sistema propioceptivo.

La Poda Neuronal. Durante el desarrollo, también el cerebro en la adolescencia


pasa por un proceso de "poda" o eliminación de sinapsis y neuronas que no son necesarias
para el desarrollo funcional. Recordemos que este proceso está asociado con la maduración
de áreas clave del cerebro, como la corteza prefrontal, que es responsable de funciones
ejecutivas, toma de decisiones, control de impulsos, y habilidades sociales (Cardozo PL,
2019).
En la adolescencia, la poda neuronal es particularmente intensa, además se
termina el proceso de maduración con la mielinización que mejora la velocidad y eficiencia
de las conexiones entre las regiones del cerebro: como la corteza prefrontal, la corteza
temporal y otras áreas involucradas en la regulación emocional y el control de impulsos,
facilitando un procesamiento cognitivo más sofisticado. Este proceso no solo optimiza las
funciones cognitivas, sino que también contribuye al desarrollo de la identidad personal y
la capacidad de adaptación social.
La maduración de la corteza prefrontal permite a los adolescentes reflexionar
sobre conceptos abstractos como el futuro, el significado de la vida y las consecuencias de

126
sus acciones. El desarrollo de la metacognición (capacidad de pensar sobre el propio
pensamiento) fomenta la introspección y la exploración personal.

Cambios neuropsicológicos en la regulación emocional.


La adolescencia es una etapa de transformación profunda en términos
neuropsicológicos y de la personalidad, impulsada por cambios biológicos, psicológicos y
sociales. Los cambios en el cerebro adolescente tienen un impacto significativo en el
desarrollo cognitivo, emocional y conductual.
Por los cambios en la regulación emocional hay mayor sensibilidad al estrés y una
tendencia a respuestas emocionales intensas debido al desequilibrio entre la corteza
prefrontal y el sistema límbico (Shapiro, D., 2017). La regulación emocional mejora
progresivamente con la maduración cerebral y las experiencias de aprendizaje social.

Corteza prefrontal: Es la última región del cerebro en alcanzar la madurez,


completándose alrededor de los 25 años. Esta área es clave para la toma de decisiones, el
control de los impulsos y la planificación a largo plazo. Durante la adolescencia, la corteza
prefrontal está en desarrollo, lo que puede explicar la impulsividad y la preferencia por
recompensas inmediatas.

Sistema límbico: Estructuras como la amígdala y el núcleo accumbens (asociados


con emociones y recompensas) experimentan una activación intensa durante la
adolescencia. Esto provoca una mayor reactividad emocional y una inclinación hacia
conductas de riesgo, dado que el sistema límbico madura antes que la corteza prefrontal.
Los cambios neuropsicológicos y de personalidad están influenciados por:
Factores biológicos: Hormonas sexuales, predisposición genética.
Factores sociales: Relaciones familiares, culturales y educativas.
Factores psicológicos: Experiencias individuales, traumas, resiliencia.

Funciones ejecutivas. Son el conjunto de procesos cognitivos de “dirección y


control” que el cerebro usa para regular la conducta y el pensamiento: incluyen la memoria
de trabajo (retener y manipular información a corto plazo), la atención sostenida (mantener
el foco sin distracciones), el control inhibitorio (frenar impulsos y posponer gratificaciones),
la planificación y organización (trazar pasos y usar recursos), la flexibilidad cognitiva
(cambiar de estrategia o perspectiva) y la resolución de problemas (analizar situaciones
nuevas y elegir la mejor respuesta).
Estas habilidades localizadas principalmente en el lóbulo frontal, actúan de manera
integrada para permitirnos aprender, adaptarnos a entornos cambiantes, tomar decisiones
y comportarnos de forma socialmente adecuada.

127
Desarrollo de la identidad. La adolescencia es un periodo de cambios en la
personalidad., moldeado por factores internos y externos. Buscan construir un sentido de
sí mismos, explorando roles, valores y creencias. Según el psicólogo y psicoanalista Erik
Erikson, esta etapa se centra en la crisis de "identidad frente a confusión de roles", donde
el adolescente busca responder a la pregunta: "¿Quién soy y qué quiero ser?".
La búsqueda de propósito y valores en la adolescencia es un proceso central en el
desarrollo de la identidad. Durante este período, los jóvenes comienzan a reflexionar
profundamente sobre su papel en el mundo, sus metas a largo plazo y los principios que
guiarán su comportamiento y decisiones. Este desarrollo se encuentra influenciado por
factores biológicos, psicológicos, sociales y culturales.

Independencia y autonomía. La adolescencia es un período en el que se busca una


mayor autonomía, decidir y actuar por sí mismo, “salirse de la zona de confort”, es lo que
el psicólogo Carl Jung definió como “el dolor necesario”. Los cambios psicológicos de
autoafirmación hacia la “independencia”, van acompañados de una buena dosis de
conductas oposicionistas, de rebeldía y resistencia a las normas establecidas, pues permite
la aceptación de los hechos, reconocer los límites y estar en contacto con los sentimientos.
Se desarrolla una mayor independencia de los padres y figuras de autoridad, acompañada
por la búsqueda de autonomía en la toma de decisiones.
Uno de los primeros cambios que notan los padres, es un distanciamiento
afectivo y la oposición sobre todo a la figura materna. Esto de ninguna manera es un
complot, sino que es un paso necesario para desarrollar una identidad personal más
definida, al mantener una cierta distancia de los padres, principalmente de la figura
omnipresente y protectora del cuidador primario, que la mayoría de las veces lo desempeña
mamá. Este proceso puede generar conflictos interpersonales y emociones de
ambivalencia.
Como recordaremos en la primera sección del libro, el primer vínculo afectivo del
bebé es el apego, esta proximidad a la madre permite aprender a regular las emociones; a
través de los sentimientos positivos de seguridad, afecto y confianza. En esta nueva etapa
de autonomía adolescente, también hay un componente emocional importante. En la
exploración afectiva se necesita este distanciamiento para que se crean nuevos apegos, que
adquieren una nueva dimensión con fluctuación y sentimientos ambivalentes: confianza-
seguridad, miedos-inseguridad. Por otra parte, hay que diferenciarlo del sufrimiento, este
va un paso más allá, surge cuando son incapaces de aceptar la realidad, una consecuencia
no necesaria del cambio adolescente, lo cual exploraremos a profundidad en el joven TEA.

128
Influencia del entorno social. Los amigos y grupos sociales adquieren un papel
central en la formación de la personalidad. Los adolescentes suelen experimentar presión
social, lo que puede influir en su autoestima y toma de decisiones.
Se podría decir que la interacción social en la adolescencia es cuando se usa en su
máxima expresión el lenguaje gestual, y la afectividad aprendida durante la infancia. Una
mirada sostenida, un roce casual, una expresión de doble sentido, son todos elementos
sutiles que juegan un papel importante en esta etapa de la socialización. Las fluctuaciones
emocionales, están influenciadas por elementos tomados de sensaciones o situacionales
pasadas; anticipar conductas en función del contexto en que se producen de acuerdo a la
experiencia acumulada. La estabilidad emocional suele ser menor durante la adolescencia,
dado el desarrollo de estrategias de afrontamiento aún inmaduras.

ADOLESCENCIA Y TRASTORNO DEL ESPECTRO AUTISTA.


El desarrollo del adolescente con TEA no difiere mucho del neurotípico, pues su
condición autista de ningún modo va a detener los cambios físicos de la pubertad y la
transformación psicológica de esta etapa del desarrollo. La diferencia está en la dificultad
en la adaptación en aquellos aspectos donde los hitos del neurodesarrollo no fueron
alcanzados. Caso crítico el de la socialización.
Recuerde que la supervisión parental en este periodo es difícil pues el joven no la
desea y la rechaza. Independientemente de las áreas de déficit, este joven va a tener
necesidades y deseos cambiantes (más allá de lo relacionado con la comunicación y
socialización), las cuales deben ser detectadas y atendidas oportunamente. Esta es la etapa
para empezar a planificar la transición de atención médica del hijo a profesionales de la
salud para adultos, pues hasta un 25% de los casos no logran esa transición sin una recaída
(Adalia del Carmen Guerra-Ortega, 2025). Las estrategias clave para optimizar la transición
entre servicios de salud infanto-juveniles y de adultos incluyen transferencia de
información, atención paralela y participación activa que mejoren el seguimiento,
promoviendo procesos anticipados, individualizados y corresponsables entre pacientes,
familias y profesionales para promover una atención integral y efectiva.
Comprender y acompañar esta evolución para preparar al individuo para la vida
adulta, desde un enfoque neuropsicológico y psicosocial puede facilitar una adaptación más
saludable y equilibrada. La evaluación y el manejo del Trastorno del Espectro Autista (TEA)
durante la adolescencia requieren un enfoque integral, ya que esta etapa implica desafíos
únicos relacionados con los cambios físicos, emocionales y sociales que los adolescentes
enfrentan.

Liderazgo parental.

129
Una de las herramientas más poderosas para acompañar el desarrollo de un
adolescente con necesidades particulares es el fortalecimiento del liderazgo parental. Este
concepto no se refiere al control autoritario, sino a la capacidad del padre, la madre o el
cuidador de guiar con claridad, contención emocional y coherencia afectiva en los
momentos de mayor desafío.
Aprender y aplicar estrategias de liderazgo parental permite a los adultos manejar
de forma más efectiva las situaciones emocionalmente intensas, responder con mayor
serenidad y firmeza, y evitar respuestas impulsivas o reactivas que puedan intensificar el
malestar del joven. A través de este tipo de liderazgo, los cuidadores se convierten en una
figura de referencia segura, capaz de sostener emocionalmente al adolescente incluso
cuando su sistema nervioso se encuentra desregulado. Algunas de estas estrategias
incluyen:
- Establecer límites claros y consistentes desde un lugar de respeto y contención,
no desde la imposición o el castigo.
- Regular primero las propias emociones, entendiendo que el autocuidado y la
autorregulación del adulto son condiciones esenciales para poder ayudar al
adolescente a regularse.
- Validar las emociones sin sobreproteger ni minimizar, reconociendo lo que siente
y acompañándolo a transitar su experiencia con empatía y estructura.
- Modelar comportamientos saludables frente a la frustración, el estrés y los
cambios, enseñando con el ejemplo.
- Cultivar la presencia consciente en el día a día, dedicando momentos de calidad
en los que el adolescente se sienta visto, escuchado y valorado sin condiciones.

Convertirse en un líder emocional en el hogar no significa tener todas las


respuestas, sino estar dispuesto a crecer junto con el adolescente, guiándolo desde el amor,
la comprensión y la firmeza. Esta forma de acompañar no solo favorece el desarrollo
cerebral, sino que fortalece el vínculo afectivo y contribuye a un ambiente familiar más
armónico y resiliente.

Reevaluación diagnóstica.
Es importante confirmar y ajustar el diagnóstico inicial si es necesario, ya que los
síntomas del TEA pueden cambiar con el tiempo. Se debe valorar el nivel de funcionalidad
del adolescente, incluyendo habilidades sociales, comunicación, independencia y
desempeño académico.
Social: Observación de interacciones sociales, habilidades para entablar relaciones,
y manejo de situaciones sociales complejas.

130
Cognitiva: Identificar fortalezas y debilidades en el aprendizaje, memoria y
resolución de problemas.
Sensorial: Identificar sensibilidades o hiposensibilidades que puedan interferir
con la vida cotidiana.
En estos casos los psicólogos especializados usan pruebas adecuadas a la edad;
como el Cuestionario de Exploración del Espectro del Autismo de Alto Funcionamiento
(ASSQ), en otras circunstancias se usan escalas para calcular la edad mental como el test de
Bender y el test de Karen Machover, o más conocido como de figura humana. También el
Child Behavior Checklist (CBCL) es un cuestionario que tiene una versión que se puede
aplicar a adolescentes de 11-18 años, evalúa comportamiento y problemas emocionales. La
evaluación por psiquiatría es valiosa para la identificación de síntomas relacionados con
ansiedad, depresión o trastornos de la conducta.
Es importante la evaluación cognitiva, suelen tener dificultades con la memoria de
trabajo y con el tiempo que se tarda en procesar la información (velocidad de
procesamiento). A menudo hay dificultades con el razonamiento perceptivo. La Escala de
Inteligencia Wechsler para Adultos (WISK-V) evalúan estas dificultades mediante pruebas
de memoria de trabajo y velocidad de procesamiento.

Apoyo psicológico y emocional. Los adolescentes con TEA pueden luchar con el
autoconocimiento y la aceptación de su condición. La interacción social puede tornarse
estresante, justamente por no comprender el contexto social y temer que su respuesta sea
inapropiada. En muchos casos estas conductas fuera de lugar, “sin filtros”, son parte de un
aprendizaje, pues cuando niños se tomaban a chiste, y no se hacia la orientación pertinente,
pero ya una vez que se hace adolescente, las acciones se tornan inadecuadas e inaceptables,
confundiendo mucho a este joven pues es una conducta aprendida.
Para estos jóvenes en el campo de la terapéutica está teniendo mucha relevancia
la terapia cognitiva conductual (TCC), que ayuda cambiando la forma en que piensan y
manejan los conflictos y mejorar la autoestima. Esta técnica de psicoterapia está basada en
el concepto de que los pensamientos, sentimientos, sensaciones y las acciones están
interconectadas, y que los pensamientos y sentimientos negativos te pueden atrapar en
conductas recurrentes inadecuadas. El analizar las conductas en pequeñas partes ayuda a
identifica y modificar patrones negativos (Xinyuan Wang, 2021).
Aun cuando la TCC no puede remediar los problemas subyacentes de esta
condición, estas intervenciones cortas, permiten a los jóvenes lidiar mejor con sus
sentimientos, ansiedad y depresión, en una forma práctica y dinámica, no enfocado en las
experiencias pasadas, sino en buscar modificar la dirección más apropiado a las conductas
habituales de la vida diaria desarrollando habilidades sociales.

131
Manejo médico y farmacológico. Debe haber una consulta regular con
especialistas: Neurólogo, Psiquiatra o Psicólogo clínico para el seguimiento continuo. En la
adolescencia hay mayor prevalencia de epilepsias y otras condiciones neuropsiquiátricas.
En algunos casos es necesario la intervención y medicación preventiva para las
convulsiones, ansiedad, depresión o TDAH, para evitar que pueda llevar a conductas
disruptivas, agresividad o pensamientos suicida.

Orientación vocacional. La orientación vocacional en adolescentes con Trastorno


del Espectro Autista (TEA) es una herramienta clave para ayudarlos a descubrir sus
intereses, talentos y metas, a fin de promover su desarrollo personal, social y profesional.
Este proceso debe ser individualizado, flexible y centrado en las fortalezas y necesidades de
cada adolescente. Promover y enseñar competencias prácticas que sean transferibles a un
entorno laboral o educativo.
Además de identificar capacidades destacadas y áreas que requieran apoyo, como
habilidades sociales, también se debe evaluar habilidades cognitivas, comunicativas,
sensoriales y motoras para determinar opciones laborales viables. Este proceso (plan que
integre formación académica, técnica o laboral, adaptado a sus metas y necesidades) va a
fomentar la autoconfianza y la percepción de sus capacidades para enfrentar retos laborales
o educativos, que va a facilitar la transición a la adultez.

Desarrollo de habilidades sociales. Esta dificultad en tener amigos, ser popular,


puede hacerlo asumir otro enfoque conductual, que es el de mantener la conducta de
imitación para mimetizarse con un grupo social para ser aceptado, lo cual lo pone en riesgo
de asociarse con ciertos grupos inadecuados, ser presionado para tener conductas
antisociales o delictivas, contacto con drogas, exponer su vida con actos arriesgados, así
como el mal uso del tiempo libre con bajo rendimiento escolar.
Estos jóvenes se deben incorporar a actividades sociales con sus pares, según los
intereses del adolescente, que fomenten la interacción y la cooperación: teatro juvenil,
baile, música, voluntariado, esas actividades en ambientes menos estructurados lo ayudan
para ganar confianza y experiencia. Participación en programas de mentores que sirvan de
modelo para mejorar la socialización.
Se requiere entrenamiento para mejorar la interacción con compañeros, docentes,
supervisores y clientes en un entorno académico o laboral. Enseñar estrategias para cumplir
horarios, planificar tareas y manejar la rutina académica y laboral. Practicar cómo manejar
situaciones inesperadas en el trabajo o la formación, con apoyo en la TCC.
También es importante actividades extracurriculares en el entorno laboral a través
de programas de pasantías: Experiencias supervisadas en entornos laborales reales para
familiarizar al adolescente con dinámicas de trabajo. Talleres prelaborales para el

132
entrenamiento en habilidades prácticas como manejo de herramientas, tecnología o tareas
específicas.

Acompañamiento en la búsqueda de oportunidades. Un aspecto importante es el


apoyo para seleccionar programas de formación técnica, profesional o universitaria que se
alineen con sus intereses y habilidades, pues no todos los entornos educativos o laborales
son inclusivos y sensibles a sus necesidades (ej., ajustes sensoriales o comunicativos).
Estrategia clave es el enfoque en fortalezas, valorar las áreas donde el adolescente
sobresale, como atención al detalle, memoria o creatividad, pues no se debe crear falsas
expectativas.
Es importante la colaboración interdisciplinaria, Involucrar a terapeutas
ocupacionales, educadores y psicólogos en el proceso. La participación activa de los padres
y cuidadores es esencial. También el uso de tecnologías, incorporar herramientas
tecnológicas para desarrollar habilidades y explorar intereses. Es importante que fomenten
la independencia del adolescente, lo apoyen en la exploración de sus metas y lo respalden
emocionalmente durante el proceso. Además, la colaboración con la comunidad puede
facilitar la integración y sensibilización en los entornos educativos y laborales.
El enfoque debe ser individualizado, respetando las necesidades específicas del
adolescente y sus objetivos a corto y largo plazo. Algunos campos que suelen adaptarse
bien a sus fortalezas incluyen:
Tecnología: Programación, diseño gráfico, análisis de datos.
Artes: Música, pintura, escritura.
Ciencias: Investigación, actividades de laboratorio.
Tareas prácticas: Jardinería, carpintería, cocina, restauración de objetos.
Atención al cliente en roles estructurados: Gestión de inventarios, servicios en
bibliotecas o museos.
El trabajo con la familia incluye la formación a los padres sobre cómo apoyar al
adolescente en casa y en la comunidad. Participación en grupos de apoyo para familias de
adolescentes con TEA. Asesoramiento para el paso hacia la adultez, incluyendo la
independencia, educación superior o empleo.

Identificar comorbilidades médicas.


La identificación de comorbilidades en adolescentes, especialmente aquellos con
condiciones como el Trastorno del Espectro Autista (TEA), es esencial para un manejo
integral que aborde tanto las características principales del diagnóstico como los posibles
problemas asociados que impacten su calidad de vida.

133
Impacto funcional: Las comorbilidades pueden agravar los desafíos asociados al
diagnóstico principal, afectando áreas como el desempeño académico, social y
emocional.
Estrategias de tratamiento: Un diagnóstico adecuado permite diseñar
intervenciones personalizadas y eficaces.
Prevención de complicaciones: La identificación temprana ayuda a evitar el
deterioro de los síntomas y a mejorar el pronóstico.

Trastorno del lenguaje.


Puede tener graves consecuencias en el desarrollo social y emocional del
adolescente. La dificultad para comprender e intercambiar ideas puede llevarlo a retirarse
socialmente. Es frecuente en esta etapa el acoso escolar y requiere una vigilancia constante
y estrategias de intervención. También estar vigilantes ante problemas emocionales:
ansiedad social, frustración y dificultades en la gestión de cambios.
Sobre todo, en esta etapa es más evidente alteraciones pragmáticas del lenguaje:
Dificultades para iniciar o mantener una conversación. Respuestas fuera de contexto o
repetitivas. Falta de ajuste en el tono, volumen o ritmo del habla según la situación.
Dificultad para entender instrucciones complejas o ideas abstractas.
Es necesario una evaluación del lenguaje, con pruebas específicas e involucrar a
terapeutas del lenguaje, psicólogos, maestros y la familia para obtener una evaluación
integral:
Evaluación de habilidades expresivas (producción del lenguaje oral y escrito).
Evaluación de habilidades receptivas (comprensión de palabras, frases y textos).
Pruebas de habilidades pragmáticas (uso social del lenguaje).

Intervenciones para el trastorno del lenguaje en adolescentes con TEA.


Fortalecimiento de habilidades expresivas, incrementar el vocabulario y mejorar la
estructura gramatical mediante ejercicios específicos. Fomentar el uso de frases completas
y coherentes en conversaciones.
Entrenamiento en habilidades pragmáticas con técnicas de simulación de
situaciones sociales para practicar habilidades como turnos conversacionales, empatía y
manejo de interrupciones, narrativas, interpretar metáforas y figuras literarias. Ayudar a
entender y responder adecuadamente a situaciones sociales.
La formación en oratoria permite tácticas y estrategias pragmáticas (tanto verbales
como no verbales) que el hablante utiliza de forma consciente para construir e interpretar
los discursos de forma apropiada al contexto y para interactuar con eficacia en la
comunicación. Mejorará la comunicación no verbal: el uso de gestos, contacto visual y
comprensión del lenguaje corporal.

134
En casos donde la comunicación verbal sea limitada, se desarrolló la terapia de
integración auditiva (AIT) como una técnica para mejorar la sensibilidad sonora anormal en
personas con trastornos de conducta, incluidos los trastornos del espectro autista. La AIT
por el método Bernard implica escuchar música modificada electrónicamente emitida por
auriculares durante dos sesiones de media hora cada día durante 10 días. El dispositivo AIT
utiliza un filtro para amortiguar las frecuencias pico a las que el individuo es "hipersensible"
y emite sonidos modulados por amortiguación aleatoria de frecuencias e intensidades altas
y bajas.
La terapia sonora Tomatis, utiliza voz humana y música modificada
electrónicamente. Los programas son individualizados, la duración de la terapia varía y se
programan descansos entre los bloques de tratamiento. Terapia de sonido Samonas,
consiste en escuchar a través de auriculares música filtrada, voces y sonidos de la naturaleza
grabados electrónicamente. La terapia se lleva a cabo bajo la supervisión de un terapeuta y
también en el hogar. La duración y frecuencia del tratamiento para cada paciente queda a
criterio del terapeuta y no existen pautas específicas.
Como muchas intervenciones en el TEA, las AIT no están exentas de controversias,
pues para muchos profesionales existen preocupaciones sobre la validez y la base teórica
de la terapia. Los padres deben ser conscientes que, en ausencia de evidencia sólida, el
tratamiento debe considerarse experimental, además del costo que implica seguir estos y
otras terapias sonoras que guardan similitudes con la terapia de integración auditiva. Es
importante evaluar beneficios con el terapeuta del lenguaje y psicólogos.
Con una intervención adecuada, los adolescentes con trastorno del lenguaje
pueden mejorar significativamente sus habilidades comunicativas, lo que facilita su
integración social, su desempeño académico y su calidad de vida en general. Es esencial un
enfoque constante y colaborativo entre la familia, los terapeutas y el entorno educativo.

Impacto de las Toxinas en la Poda Neuronal.


La exposición a sustancias tóxicas durante este periodo crítico de desarrollo de la
adolescencia, puede interferir en la poda neuronal, alterando la capacidad del cerebro para
eliminar sinapsis y neuronas de manera eficiente.
La corteza prefrontal es una de las áreas más afectadas durante la poda neuronal
en la adolescencia, y es responsable de las funciones ejecutivas, tales como la planificación,
el control de impulsos y la toma de decisiones. Las toxinas pueden interferir con la
remodelación de esta área, afectando la capacidad de los adolescentes para regular su
comportamiento, lo que puede contribuir a la aparición de trastornos emocionales,
conductuales y de adaptación social, como la agresividad.

135
El desequilibrio en el desarrollo de las redes neuronales y la alteración de las
conexiones cerebrales pueden predisponer a los adolescentes a trastornos psiquiátricos
como la depresión, el trastorno bipolar y ansiedad generalizada.

Manejo de la exposición a tóxicos. Las conductas disruptivas en adolescentes


pueden estar influenciadas por una variedad de factores, uno de ellos es la presencia de
metales en el cuerpo. Algunos estudios sugieren que la exposición a metales como el
aluminio, plomo, mercurio, arsénico y cadmio puede estar relacionada con problemas de
comportamiento (concentración y atención, Irritabilidad y agresividad) ya que estos
metales pueden afectar el desarrollo neurológico y emocional de los jóvenes.
El manejo comienza por evitar fuentes conocidas de contaminación: Por ejemplo,
uso de filtros de carbón activado en el agua contaminada, controlar los alimentos o ciertos
productos como cosméticos de baja calidad que pueden contener mercurio, aluminio y
otros metales. Así como evitar disruptores endocrinos presentes en los plásticos. Es
importante que los adolescentes tengan chequeos regulares y, si se sospecha una
exposición a metales pesados, se realicen pruebas para medir los niveles en el organismo.

Trastornos gastrointestinales.
Los trastornos gastrointestinales en adolescentes pueden ser bastante comunes,
problemas como estreñimiento, reflujo o dolor abdominal funcional son frecuentes, lo cual
está influenciado por factores emocionales como el estrés crónico. La exposición al estrés
adverso incluye situaciones de trauma, abusos, negligencia, violencia, que pueden tener un
impacto negativo en el bienestar físico y emocional de un joven.
En muchos casos, los adolescentes pueden experimentar dolor abdominal que no
tiene una causa física identificable, pero que se ve exacerbado por el estrés y la ansiedad.
Estos dolores pueden ser recurrentes y pueden interferir con las actividades diarias del
adolescente, debido a la interacción entre el cerebro, el sistema nervioso autónomo y el
sistema digestivo:
Síndrome del intestino irritable (SII): Este es uno de los trastornos
gastrointestinales más frecuentes en adolescentes con antecedentes de estrés o trauma. El
SII se caracteriza por dolor abdominal recurrente, distensión, y cambios en los hábitos
intestinales (diarrea, estreñimiento o ambos). El estrés y la ansiedad pueden desencadenar
o empeorar los síntomas.
Reflujo gastroesofágico (ERGE): La exposición crónica al estrés puede contribuir a
la aparición del reflujo gastroesofágico, donde los ácidos del estómago regresan al esófago,
causando sensación de ardor en el pecho y dificultad para tragar. También puede aparecer
trastorno del sueño con despertares nocturno por ERGE en la madrugada.

136
Úlceras gástricas: El estrés prolongado aunado a trastornos en la alimentación
puede contribuir a la formación de úlceras en el estómago o el intestino delgado. Las úlceras
gástricas pueden causar dolor abdominal, náuseas y vómitos, y al igual que el reflujo es un
factor de trastorno del sueño.
Trastornos de la motilidad intestinal: El estrés y la ansiedad pueden alterar la
motilidad gastrointestinal, lo que puede dar lugar a sensación de plenitud, estreñimiento,
o diarrea. Esta alteración en la motilidad está relacionada con la actividad del sistema
nervioso autónomo.

Enfoques de tratamiento. Dependiendo del trastorno gastrointestinal específico,


los gastroenterólogos pueden prescribir medicamentos para controlar a corto plazo los
síntomas, como antiácidos para el reflujo gastroesofágico, laxantes para el estreñimiento,
o antiespasmódicos para el dolor abdominal. En algunos casos, modificar la dieta para evitar
alimentos que irriten el sistema digestivo (alimentos grasos, picantes, cafeína o
ultraprocesados), puede ayudar a reducir los síntomas gastrointestinales. Así como abordar
nutricionalmente los trastornos de la conducta alimentaria como la restricción alimentaria
o rechazo a ciertos alimentos, o en casos más graves, desarrollo de anorexia o bulimia,
muchas veces vinculados a factores emocionales.
Este tratamiento debe incluir terapias centradas en las emociones, como la terapia
cognitivo-conductual (TCC) o la terapia de exposición, que ayudan a los jóvenes a lidiar con
el estrés y los traumas pasados, lo que a su vez puede mejorar los síntomas
gastrointestinales. Estas estrategias deben ir acompañadas de ejercicio regular, que son
útiles para reducir la activación del sistema nervioso autónomo simpático y mejorar la
función gastrointestinal.

Alteraciones del sueño.


Las alteraciones del sueño en adolescentes son bastante comunes y pueden
afectar tanto su salud física como emocional. Durante esta etapa, los adolescentes
experimentan cambios hormonales y de desarrollo que influyen en sus patrones de sueño
(B. Francesca Solari, 2015). La dificultad para conciliar el sueño o mantenerlo puede estar
relacionado con el estrés, las preocupaciones sociales, el uso excesivo de dispositivos
electrónicos antes de dormir, entre otros factores.

Retraso en el inicio del sueño: Muchos adolescentes tienden a dormir más tarde,
lo que se conoce como "síndrome de la fase retrasada del sueño". Esto se debe a cambios
en los ritmos circadianos, donde la producción de melatonina ocurre más tarde, lo que
dificulta que se duerman temprano.

137
Apnea del sueño: Se refiere a interrupciones breves en la respiración durante el
sueño. Aunque es más común en adultos, también puede afectar a los adolescentes,
especialmente si tienen sobrepeso, rinitis u otros problemas de salud.

Sueño fragmentado: Los adolescentes a veces experimentan despertares


frecuentes durante la noche, lo que resulta en una calidad de sueño deficiente. Esto puede
estar relacionado con el estrés, las malas prácticas de higiene del sueño, problemas
emocionales o consumo de sustancias como las bebidas energéticas o con cafeína.

Hipersomnia: Es la tendencia a dormir más de lo habitual, y puede ser un síntoma


de depresión u otros trastornos emocionales. También puede estar relacionada con un
cansancio crónico por fatiga acumulada por la falta de sueño de calidad.

Manejo de estas alteraciones. Involucra mejorar la higiene del sueño (establecer


horarios regulares para acostarse y levantarse, evitar el uso de pantallas antes de dormir,
regular el consumo de bebidas estimulantes, crear un ambiente propicio para el descanso)
y en algunos casos, puede requerir la intervención de un profesional si las alteraciones
persisten o son graves: Insomnio, despertares frecuentes o apnea del sueño.

Trastornos Motores y Sensoriales


Los trastornos motores y sensoriales durante la adolescencia son condiciones que
afectan el desarrollo y funcionamiento normal de los sistemas motor y la integración
neurosensorial. Aunque estos trastornos a menudo se identifican y tratan en la infancia,
algunos no se resuelven completamente y pueden continuar afectando al individuo durante
la adolescencia. Estos trastornos pueden variar en gravedad e interferir con las actividades
diarias, la escolaridad, las relaciones sociales y el bienestar emocional del adolescente.
Los adolescentes con trastornos del procesamiento sensorial, como
hipersensibilidad auditiva, visual o táctil, muchas veces se sienten abrumados en entornos
ruidosos, con luces brillantes, texturas de la ropa o ciertos olores, que pueden ser
incómodos o causarles ansiedad. Por el contrario, también pueden soportar estímulos
sensoriales intensos, potencialmente perjudiciales, si no los experimentan de manera
adecuada.
Trastornos como la dispraxia, trastorno del desarrollo de la coordinación,
hiperelasticidad articular o hipotonía muscular pueden afectar la capacidad de realizar
movimientos finos y gruesos, como escribir, atarse los zapatos o andar en bicicleta. Algunas
veces esta condición viene de la niñez pues no fue abordada y consolidada en su momento.
Los niños pueden desarrollar conductas compensatorias en las habilidades motoras y

138
sensoriales, pero debido a factores hormonales y de crecimiento, estos trastornos pueden
volverse más evidentes en la adolescencia.
Los adolescentes con trastornos motores pueden ser torpes, descoordinados o
tener dificultades con tareas que requieren fuerza y habilidades motoras fina: uso de
herramientas y equipo de laboratorio, capacidad de escribir con claridad, realizar
procedimientos clínicos (por ejemplo, tomar muestras de sangre, administrar inyecciones o
realizar suturas). Realizar actividades donde deben estar de pie por periodos prolongados
o moverse rápidamente entre diferentes lugares puede ser extenuante.
La presencia de tics motores (movimientos repentinos e involuntarios) y tics
vocales (sonidos repetitivos o palabras involuntarias), suelen comenzar en la infancia, pero
pueden continuar y volverse más notorios durante la adolescencia. Los tics pueden afectar
la comunicación verbal (dificultades en la fluidez verbal o pronunciación), haciendo que
estos jóvenes pueden sentirse incómodos o estigmatizados en un entorno donde la
comunicación clara y precisa es esencial.

Terapias físicas y ocupacionales. Los adolescentes con trastornos motores y


sensoriales pueden enfrentar desafíos emocionales y sociales, como el aislamiento o la
inseguridad, que suelen agravarse en un entorno altamente competitivo como el
universitario o laboral. La falta de confianza en sus habilidades podría influir en su
desempeño académico. El apoyo adecuado, que puede incluir terapia ocupacional,
fisioterapia y asesoramiento psicológico, es fundamental para ayudar al adolescente a
manejar estos trastornos.
Para personas de hasta 21 años, el BOT2 (Prueba Bruininks-Oseretsky de
Competencia Motora – 2. ª Edición) puede utilizarse como una prueba de diagnóstico de
dispraxia adicional. El BOT2 evalúa la competencia motora a través de varias pruebas
interesantes que evalúan las habilidades motoras finas y gruesas, incluido el mantenimiento
del equilibrio al estar de pie sobre una pierna, trazar un círculo o hacer rebotar una pelota.
El especialista puede utilizar cuestionarios como el DASH (Disabilities of the Arm,
Shoulder and Hand) para analizar la forma en que las dificultades con la escritura a mano
interfieren con el estudio académico, las actividades sociales y el empleo. Como parte de la
evaluación se examinará el espaciado, la alineación, el control del lápiz, la pintura, los
movimientos que involucran la coordinación de los músculos pequeños de los ojos, la
postura al pintar con los dedos, el agarre de lápices y objetos, y la postura durante la
escritura a mano. El psicólogo identificará las áreas en las que la persona necesita más
apoyo y acordará un plan de acción para mejorar.
La fisioterapia se centra en ejercicios específicos para mejorar la fuerza y la
coordinación de los músculos. Esto puede ser especialmente útil en adolescentes con
trastornos como hiperelasticidad e hipotonía muscular, que afectan la función motora.

139
Implementar ejercicios de coordinación para mejorar la precisión de los movimientos, lo
que resulta crucial para tareas como escribir, caminar o realizar actividades físicas.
Los ejercicios para mejorar el equilibrio y la estabilidad pueden ser especialmente
beneficiosos para los adolescentes con dispraxia o problemas relacionados con la
coordinación motora gruesa. Los deportes adaptados o actividades físicas modificadas
(como natación, ciclismo, karate, caminatas) o actividades en grupo tipo crossfit pueden ser
muy beneficiosos. Estas actividades no solo mejoran la fuerza y la coordinación, sino que el
ejercicio físico intenso tiene un impacto positivo al reducir el estrés y la ansiedad,
mejorando la regulación emocional y la autoconfianza para personas con Trastorno del
Espectro Autista (TEA) (Chrystiane V.A. 2021). Los entrenamientos grupales ofrecen una
oportunidad para practicar la interacción social.
Para algunas personas con TEA el entorno deportivo puede ser ruidoso o
visualmente estimulante, lo que podría ser un desafío por la sobrecarga sensorial. Puede
ser útil considerar entrenar en horarios con menos aglomeración o en un espacio más
tranquilo para hacer una desensibilización gradual a estímulos que le resulten incómodos.
Así mismo los entrenadores especializados en trabajar con personas con TEA deben ajustar
los ejercicios para asegurarse de que sean adecuados, permitiendo que inicialmente los
movimientos sean más sencillos o repetitivos si es necesario.
Los terapeutas ocupacionales pueden trabajar con los adolescentes para mejorar
las habilidades de motricidad fina, que son esenciales para tareas como escribir, abrocharse
los zapatos o usar utensilios o herramientas. Esto se logra a través de ejercicios prácticos y
adaptaciones específicas. También ayudan a los adolescentes a desarrollar estrategias para
llevar a cabo actividades cotidianas de manera más eficiente, como vestirse, organizar su
entorno o manejar el estrés físico relacionado con ciertas actividades.
El uso de herramientas adaptativas (como bolígrafos ergonómicos, teclados
especiales o dispositivos de asistencia) puede facilitar la realización de tareas cotidianas,
permitiendo que el adolescente tenga más control sobre sus movimientos. Para los jóvenes
con hipersensibilidad auditiva, el uso de auriculares con cancelación de ruido durante
situaciones ruidosas puede ser útil, sin embargo, en muchos ambientes educativos y
laborales no son permitidos. Existe tecnología de asistencia como software de dictado por
voz o lectores de pantalla para ayudarles a leer textos.
La terapia cognitivo-conductual (TCC) u otros enfoques terapéuticos pueden ser
útiles para manejar la ansiedad, el estrés y otros aspectos emocionales relacionados con las
dificultades motoras y sensoriales. El apoyo psicológico ayuda a los adolescentes a
desarrollar habilidades de afrontamiento efectivas para lidiar con las frustraciones y las
preocupaciones sociales relacionadas con sus trastornos.

CAMINO HACIA EL APOYO Y EL CRECIMIENTO FAMILIAR EN EL TEA.

140
Un aspecto prioritario para el manejo del Trastorno del Espectro Autista (TEA) es
la atención interdisciplinaria a la familia, la cual debe convertirse en un verdadero pilar de
apoyo para el paciente. El diagnóstico inicial suele ser un evento traumático para los padres,
quienes ven derrumbarse los sueños y expectativas construidas desde el nacimiento de su
hijo. Este choque emocional trasciende clases sociales y económicas, generando miedo y
desconcierto ante una realidad inesperada y difícil de procesar.

Duelo de los Padres

Es natural que, tras recibir el diagnóstico, la familia pase por un proceso de duelo
compuesto por varias etapas: negación, rabia/ira, negociación, depresión y finalmente
aceptación. Se debe aclarar que este desarrollo no es lineal, muchas veces hay retrocesos,
vivencia de dos etapas en simultaneas, que dependen del grado de empatía,
acompañamiento e información que obtenga la familia.
En las etapas iniciales, los padres suelen quedar atrapados en la idea de un
diagnóstico erróneo, buscando múltiples opiniones e interconsultas. La ira es una reacción
emocional de rabia, envidia, resentimiento y hostilidad y es dirigida hacia todo el entorno
que se percibe como sano o responsable del diagnóstico, ya sea personal sanitario,
familiares, amistades, hacia Dios e incluso el propio niño. También incluye la ira u hostilidad
dirigida de los padres hacia sí mismo al culparse de haber provocado la enfermedad, que
pueden conducir al aislamiento social de la familia o incurrir en conductas de riesgo
autodestructivas.
Aunque poco documentada, la dinámica familiar puede ser profundamente
afectada. Un estudio realizado en 2017 por la Dra. Noris Moreno de Flagge, del Servicio de
Neurología Pediátrica del Hospital de Niños de Calidonia, en Panamá, reveló que un 37% de
las familias con hijos autistas son monoparentales, debido principalmente al abandono del
hogar por parte del padre. Aunque algunos continúan brindando apoyo económico, la
madre suele quedar como única cuidadora principal.
Otro desafío es que algunos padres, incluso después de años conviviendo con el
autismo, permanecen "anclados" en etapas iniciales del duelo. Cuando fracasa el proceso
de adaptación frente a una pérdida considerada fundamental, aparece el duelo patológico,
imprevisible en cuanto a duración, consecuencias y secuelas, incapaces de aceptar
plenamente la condición de su hijo. Persisten en la búsqueda de soluciones “milagrosas”, lo
cual retrasa la implementación de terapias efectivas.
Por otro lado, hay quienes, al percibir que la condición no es severa, tienden a
minimizarla, lo que resulta igualmente perjudicial pues es un duelo complicado o no
resuelto. Este grupo incluye frecuentemente a padres de jóvenes con TEA de alto
funcionamiento, quienes requieren igualmente un enfoque terapéutico integral. Además,
algunas familias responden con sobreprotección o resignación, lo que tampoco contribuye
141
al progreso del niño. Estas actitudes, aunque bien intencionadas, refuerzan barreras que
dificultan la inclusión y el desarrollo pleno del paciente.

Estigmatización Social y su Impacto. Un fenómeno que puede agravar el duelo


familiar es la estigmatización socialmente aceptada. En 1963, Gerald Gasson introdujo el
símbolo del rompecabezas multicolor como representación del autismo, enfatizando su
diversidad y complejidad. Aunque este símbolo ayudó a visibilizar el trastorno en un
contexto de desconocimiento, también perpetuó la idea de que las personas con TEA son
“enigmáticas” o “difíciles de entender”.
En 2010, la organización “Autism Speaks” incorporó el color azul a sus campañas
de concienciación. Aunque inicialmente efectiva, esta estrategia se ha banalizado en los
últimos años, dando paso a expresiones como “mi príncipe azul” u “orgullo TEA.” Estas
tendencias, aunque bien intencionadas, pueden fomentar una aceptación parcial del
trastorno, anclada en la resignación y la piedad. Críticos como Max Sparrows (multifacética
escritora y bloguera autista), ha señalado que estos símbolos no son “simpáticos” porque
no reflejan adecuadamente la realidad de las personas con autismo y sus familias.
Otros expertos, como la psicóloga clínica Sofía Barahona, propone alternativas
simbólicas más integradoras, como el cubo de Rubik. Este símbolo ilustra mejor las múltiples
facetas del autismo y las combinaciones terapéuticas necesarias para alcanzar una
integración plena. También en la última década, la comunidad autista ha ido abandonando
la tradicional “pieza de rompecabezas” azul y ha adoptado el símbolo del infinito multicolor
arcoíris o dorado. Que simboliza: “No hay dos personas autistas idénticas; el espectro es tan
amplio como continuo”. “El bucle sin fin subraya que las habilidades y necesidades pueden
evolucionar durante toda la vida’”.

Actitud Correcta: Aceptación y Acción Proactiva.


La actitud más sana para los padres es aceptar que su hijo tiene un neurodesarrollo
atípico, con áreas de alta potencialidad y otras con desafíos significativos que requerirán
apoyo creativo y constante. Esto no es diferente a los retos que enfrentan muchos niños en
su aprendizaje, solo que en el caso del TEA se necesitan estrategias más especializadas.
Para ello, es fundamental: Informarse y entender a profundidad el diagnóstico, las
intervenciones farmacológicas y no farmacológicas, y las particularidades de cada etapa del
desarrollo. Evitar el agotamiento físico y emocional, que puede llevar a recaer en etapas
iniciales del duelo. Desconfiar de soluciones milagrosas o terapias sin evidencia científica,
especialmente aquellas promovidas en internet que no involucran la supervisión de un
profesional.
Numerosas investigaciones en neurociencias han demostrado que los procesos de
aprendizaje y adaptación cerebral (neuroplasticidad), están estrechamente vinculados con

142
la repetición sistemática y la exposición constante a estímulos pertinentes y bien
estructurados (Lori L. Desautels, (2023). En este sentido, la estimulación en el entorno
familiar constituye un pilar fundamental para la consolidación y generalización de los
avances alcanzados durante las intervenciones terapéuticas. La participación activa de los
cuidadores y la implementación coherente de estrategias en el hogar no solo refuerzan lo
aprendido, sino que también favorecen la transferencia funcional de dichas habilidades a
contextos de la vida diaria, optimizando así el impacto terapéutico a largo plazo.
Es crucial recordar que el Trastorno del Espectro Autista (TEA) es solo un aspecto
de la personalidad del niño. Cada persona es única y merece ser conocida, valorada y
apoyada en su individualidad. Involúcrate activamente en su vida, celebra sus logros y
bríndale herramientas para superar los desafíos. El amor, la paciencia y la comprensión son
los cimientos para construir un camino de inclusión y desarrollo pleno.

Pautas para Padres de Niños con TEA


También es importante tomar en cuenta los valiosos aportes de otros padres que
han enfrentado retos similares en el día a día de convivir con una persona con Trastorno del
Espectro Autista (TEA). La experiencia compartida puede ofrecer estrategias prácticas y
apoyo emocional. En este sentido, la organización “Madres Azules, Movimiento de TEA” ha
compartido recomendaciones significativas para los padres, que presentamos a
continuación:
1. No mantengas a tu hijo encerrado en casa. Sabemos lo complicado que
puede ser salir de viaje, ir de compras, asistir a paseos, cumpleaños u otros eventos sociales.
A menudo, los niños con TEA tienden a correr sin rumbo, tienen dificultad para esperar o se
sienten incómodos ante el exceso de estímulos.
Sin embargo, la mejor manera de enseñarles a tolerar y manejar estos estímulos
es exponerlos gradualmente. Haz salidas cortas y planificadas, aumentando el tiempo y la
complejidad a medida que el niño se sienta más cómodo.

2. Conéctate con otros padres en situaciones similares. Al recibir el diagnóstico,


es normal sentirse abrumado. Aunque los profesionales pueden orientarte, el apoyo de
otras familias con experiencia en el TEA puede ser invaluable.
Una de las herramientas más poderosas para acompañar el desarrollo de un niño
con necesidades particulares es el fortalecimiento del liderazgo parental al compartir
vivencias y aprender de otros enfoques exitosos, puede darte herramientas prácticas y
esperanza.

3. Cuestiona y pregunta siempre. Si el médico sugiere un medicamento,


pregunta por qué, cuál es su propósito y si existen alternativas. Si las terapias se realizan a

143
puertas cerradas, solicita informes detallados. Es tu derecho como padre estar informado,
porque se trata de la vida y el bienestar de tu hijo.

4. No tengas miedo de cambiar de terapeuta o médico. Es natural crear un


vínculo con los profesionales que tratan a nuestros hijos. Sin embargo, si notas que el
enfoque no está funcionando o que después de meses no hay progresos significativos,
puede ser momento de replantear la situación. Cambiar de terapeuta o médico no es un
fracaso; es un paso necesario hacia un tratamiento más efectivo.

5. Sé constante: repite, persiste y no te rindas. Los niños con TEA a menudo


necesitan mucha repetición para adquirir habilidades o cambiar conductas. Aunque pueda
ser agotador, la constancia es clave. Con el tiempo, verás resultados que te sorprenderán.

6. Cree firmemente en tu hijo. La confianza de los padres es esencial para que


un niño con TEA supere sus retos. Si siente que sus padres no creen en él, será más difícil
que avance. Confía en su potencial y celebra cada pequeño logro.

7. Nunca hables de tu hijo como si no estuviera presente. Aunque algunos


niños con TEA no puedan hablar, comprenden más de lo que parece. Hablar de ellos como
si no estuvieran presentes o compararlos con otros puede ser muy dañino. Piensa cómo te
sentirías si hablaran de ti sin darte la oportunidad de responder.

8. Sé tolerante, incluso con quienes no lo merecen. La falta de comprensión


social hacia los niños con TEA puede generar situaciones incómodas o discriminatorias. En
lugar de reaccionar impulsivamente, mantén la calma y el respeto. No puedes controlar la
actitud de los demás, pero sí puedes elegir cómo responder.

9. No pierdas el sueño pensando en el futuro. Aunque es normal preocuparse,


obsesionarse con el futuro solo genera angustia y ansiedad. Confía en los avances de la
ciencia y las terapias. Vive el presente y enfócate en lo que puedes hacer hoy por tu hijo.

10. Pide ayuda cuando la necesites. Criar a un hijo con TEA es como correr un
maratón. Si sientes que el cansancio te abruma, que no ves una salida o que estás lidiando
con síntomas de depresión, ¡no dudes en pedir ayuda! Cuidarte a ti mismo es esencial para
poder cuidar de tu hijo.
Los niños, especialmente aquellos con desafíos en el neurodesarrollo, son
altamente sensibles al clima emocional que los rodea. Si los padres, el entorno familiar o
los cuidadores se encuentran en un estado de estrés crónico, ansiedad o agotamiento

144
emocional, es muy probable que el niño internalice (de forma inconsciente) ese estado
afectivo. Esta resonancia emocional impacta directamente en el sistema nervioso del niño,
aumentando su reactividad, disminuyendo su capacidad de autorregulación y dificultando
los procesos de aprendizaje y vinculación social.

INTERACCIÓN CON UNA PERSONA AUTISTA


El Trastorno del Espectro Autista (TEA) abarca una amplia variedad de
manifestaciones clínicas que incluyen desafíos en la comunicación, interacción social y
patrones de comportamiento repetitivos o restringidos. Para mejorar la interacción social
con una persona con TEA, no solo es necesario el conocimiento médico o psicológico, sino
también una aproximación humana, cercana y respetuosa.
A pesar de que el objetivo sigue siendo el mismo para todos, interactuar, ser
reconocido como individuo, relacionarse, expresar emociones y alcanzar la felicidad, las
personas con autismo presentan características únicas que moldean su forma de
experimentar el mundo. Suelen tener dificultades con el manejo del ruido de fondo, la luz
excesiva y la sobresaturación sensorial, al tiempo que poseen una notable capacidad para
percibir detalles específicos mientras pueden excluir otros estímulos del entorno.
Estas diferencias en la percepción pueden llevar a que su visión de la realidad sea
distinta. Frente a esta hipersensibilidad, es común que eviten ciertas situaciones o
contactos físicos, no como un acto de rechazo hacia las personas, sino como una respuesta
a un entorno que les resulta abrumador y agotador.

Consejos para interactúan con personas en el espectro.


Para comprender a una persona con Trastorno del Espectro Autista (TEA), es
fundamental ponerse en sus zapatos. La escritora británica Alis Rowe, quien tiene Síndrome
de Asperger, ofrece consejos valiosos para quienes interactúan con personas en el espectro.
Algunas de estas ideas incluyen:

Evitar la Presión en la Interacción con Personas con TEA. Es fundamental permitir


que la persona con Trastorno del Espectro Autista (TEA) participe a su propio ritmo, ya que
la presión social puede generar una profunda ansiedad. Socializar suele ser un desafío
mayor para ellos, pues no siempre es una habilidad que se desarrolle de manera natural.
Aspectos como la interpretación de emociones, la predicción del comportamiento de otros
y la adaptación a situaciones sociales pueden resultar particularmente complejos,
especialmente para aquellos que no han desarrollado adecuadamente la intuición o la
expresión gestual.
En el caso de los niños, se puede fomentar su autonomía preguntándoles qué
desean hacer. Tal vez quieran unirse a un juego grupal, pero podrían sentirse abrumados
145
por el ruido o la intensidad de la situación y prefieran jugar en soledad, en un entorno
tranquilo. Es importante respetar estas decisiones y evitar forzarlos si se muestran
reticentes.
Algunas personas con autismo, especialmente las niñas en edad escolar, pueden
llegar a ser muy hábiles imitando comportamientos sociales comunes. Aunque puedan
aparentar socializar con facilidad, esta habilidad suele requerir un esfuerzo enorme y puede
volverse más difícil a medida que crecen. Cuando observes dificultades, es esencial hacer
una pausa, analizar el contexto y explicar lo que ocurre al niño de manera comprensible.
Al mismo tiempo, es crucial no caer en la sobreprotección. Es necesario exponer al
niño a interacciones con sus pares, ya que durante el juego puede aprender, por imitación
y repetición, conductas apropiadas para su edad. El papel del adulto es intervenir
únicamente para regular la intensidad de estas interacciones, asegurándose de que se
mantengan dentro de los límites de las normas sociales aceptables.

Sea Claro y Directo. El uso de un lenguaje preciso y directo es esencial al interactuar


con personas con Trastorno del Espectro Autista (TEA). Evite el sarcasmo, las metáforas
confusas y los mensajes ambiguos. Es útil hacer pausas más frecuentes que en una
conversación típica para darles tiempo de procesar la información. Asimismo, deje espacio
para que la persona autista participe en la conversación, haciendo preguntas directas que
fomenten su respuesta. Si sus respuestas son breves, adapte su comunicación utilizando
frases igualmente cortas y claras, lo que facilita su comprensión.
Es importante escuchar atentamente, ya que las palabras en boca de una persona
autista suelen tener un significado literal, carente de matices emocionales o subjetivos. Esto
puede llevar a malentendidos si no se considera este enfoque. En niños mayores, integrarlos
en conversaciones cotidianas puede ayudar a flexibilizar su comprensión literal del lenguaje
y permitirles captar gradualmente matices como el humor o el doble sentido.
Otro aspecto esencial es la comunicación no verbal. Dependiendo del contexto, las
expresiones gestuales y el lenguaje corporal suelen comunicar más que las palabras. Sin
embargo, estas señales no siempre son claras para una persona con TEA. Enfatice lo
importante de forma explícita, ya que interpretar señales sociales obvias puede no ser
intuitivo para ellos.
Es fundamental recordar que las personas con TEA pueden tener dificultades para
procesar el lenguaje hablado, lo cual no debe interpretarse como una falta de habilidades
intelectuales. Para facilitar la conversación, descubra qué le interesa a la persona con TEA.
Hablar sobre sus intereses específicos no solo ayuda a captar su atención, sino que también
promueve una interacción más enriquecedora y natural.

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Respete sus Límites. Evite forzar el contacto visual, las interacciones físicas o
actividades que puedan generar incomodidad. El contacto visual, en particular, tiene un
significado social profundo: puede transmitir desafío, interés, afecto o, en su ausencia,
desinterés. Sin embargo, para un joven con Trastorno del Espectro Autista (TEA), la falta de
contacto visual no necesariamente refleja desinterés. Este aspecto puede enseñarse
progresivamente, con paciencia y sensibilidad, destacando su importancia social sin
imponerlo de manera abrupta.
Lo que para una persona neurotípica puede ser motivo de felicidad, para una
persona con TEA podría ser motivo de preocupación. Las emociones actúan como filtros
que moldean la percepción de la realidad, facilitando la toma de decisiones y respuestas
conductuales apropiadas. En las personas con TEA, este aprendizaje intuitivo de las
emociones a menudo no se adquiere de forma típica, lo que puede dificultar la gestión de
sus respuestas y hacerlas parecer inadecuadas a los ojos de los demás.
Cuando una emoción es intensa, no solo se expresa a través de gestos, sino que
también se verbaliza. Sin embargo, para las personas con TEA, este proceso puede generar
ansiedad debido a las dificultades para encontrar las palabras adecuadas que describan lo
que sienten. Esto puede derivar en conductas ambivalentes o confusas, ya que los demás
podrían no comprender el conflicto emocional subyacente.

Entendiendo estas particularidades podemos no solamente ayudarlo a lograr sus


metas, sino disfrutar la interacción con este niño o joven al ir superando pequeños retos.
Pues muchos de los síntomas del autismo, van a ir mejorando con el desarrollo de conductas
compensatorias que le permiten ser competentes en algunas áreas del neurodesarrollo, a
pesar del déficit.
Para evitar crisis emocionales o de conducta, es crucial identificar y comprender
los detonantes de la sobresaturación sensorial. Crear un entorno estructurado y predecible
puede minimizar estas situaciones, mientras que enseñar al niño o joven a reconocer y
manejar sus propias emociones favorecerá su desarrollo emocional y social.

Mensaje Final
Es importante recordar que el autismo constituye solo una parte del perfil del
niño, pero no lo define en su totalidad. Cada niño es un ser único, con su propia manera de
percibir el mundo, de sentir y de expresarse. Conócelo profundamente, disfrútalo, celebra
cada uno de sus logros —por pequeños que parezcan— y acompáñalo con sensibilidad en
los retos que deba enfrentar.
Tu presencia activa y empática es irremplazable. Involúcrate en sus rutinas, en sus
juegos y en sus terapias, y procura que las personas que lo rodean frecuentemente: abuelos,
tíos, maestros y demás cuidadores, comprendan su estilo de comunicación, sus necesidades

147
particulares y sus formas de vincularse. Esta red de apoyo afectiva y coherente es
fundamental para su bienestar y para potenciar su desarrollo integral.

148
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CAPITULO 1

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SOBRE EL AUTOR

César Rengifo González es Médico egresado de la


Facultad de Medicina de la Universidad Central de Venezuela;
Médico Toxicólogo del Centro Nacional de Referencias
Toxicológicas del Hospital de Emergencias Médico Quirúrgicas Dr.
Leopoldo Manrique Terrero en Caracas; Diplomado en Microbiota
del Grupo Regenera Madrid, España. Profesor de Farmacología de
la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Experimental
Francisco de Miranda; Adjunto al Centro Médico Cardón en Punto
Fijo, Edo Falcón.
Toxicología Médica y Neurodesarrollo: Especialista en
la intersección entre la toxicología y los trastornos del neurodesarrollo. Desde el 2006 se ha
enfocado en el impacto de factores ambientales y biológicos en el autismo y otros trastornos
relacionados. Ha demostrado que la exposición a toxinas puede tener un papel significativo
en la manifestación de trastornos del neurodesarrollo, y aboga por tratamientos que aborden
estos factores. Su investigación ha puesto de manifiesto la importancia de diagnosticar y
tratar tempranamente los trastornos del neurodesarrollo.
Educación y Formación Académica: Como profesor en la Universidad Nacional
Experimental Francisco de Miranda (UNEFM), ha impartido conocimientos sobre
farmacología y neurodesarrollo, impulsando un enfoque integral en la formación de los
estudiantes. Es autor de varias obras de referencia, incluyendo: El Libro Azul,
neurodesarrollo y trastorno del espectro autista 1era edición, y Serpiente, Veneno y
Tratamiento Médico en Venezuela, 3era edición, en los cuales ha condensado su
conocimiento sobre estos temas fundamentales.
Miembro de Sociedades Especializadas: Como miembro de la Sociedad
Venezolana de Toxicología y la Sociedad Americana de Toxicología, se mantiene al tanto de
los avances en la investigación toxicológica y su aplicación en el tratamiento de trastornos
del neurodesarrollo, siempre buscando integrar los últimos descubrimientos en su práctica
clínica.
Para más información sobre el autor, visita Instagram: @[Link]

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El libro Azul: Neurodesarrollo y Trastorno del Espectro Autista
– Segunda Edición –

En esta segunda edición de El Libro Azul, ofrecemos una guía clara, accesible y
profunda sobre el neurodesarrollo y el Trastorno del Espectro Autista (TEA), diseñada tanto
para padres que enfrentan un diagnóstico reciente como para profesionales no
especializados. A través de un enfoque integral, exploramos los aspectos clave que definen
el desarrollo infantil, desde sus bases biológicas hasta los factores ambientales que influyen
en la aparición de trastornos del neurodesarrollo, incluyendo el impacto de toxinas y
problemas gastrointestinales, elementos cruciales en un alto porcentaje de los casos
tratables.
Este libro no solo proporciona un marco de
referencia para entender el desarrollo típico y atípico, sino
que también empodera a los padres con la información
necesaria para reconocer las necesidades y
potencialidades individuales de su hijo, facilitando la
búsqueda de soluciones prácticas y efectivas. Además, se
invita a los profesionales a ahondar en un campo tan vasto
como el autismo, desentrañando la dispersión de
información disponible y ofreciendo un enfoque centrado Autor: Abraham Castro, 8 años.
Boceto con bolígrafo durante la consulta médica.
en intervenciones basadas en la evidencia.
El Libro Azul es más que una simple guía; es una
herramienta transformadora para aquellos que buscan comprender y abordar el TEA desde
una perspectiva actual, multidimensional y, sobre todo, esperanzadora.

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