WENDY NICHOLS
Wendy Nichols es una mujer blanca, soltera, de 47 años de edad, a quien derivan
a un centro ambulatorio de salud mental por presentar un cuadro mixto de ánimo
bajo y ansiedad generalizada. Nunca había tomado psicofármacos, aunque sí
había realizado un ciclo de terapia cognitivo-conductual para un episodio
depresivo previo 5 años antes.
En los antecedentes personales físicos de la Sra. Nichols no había nada que
reseñar. Vivía sola en un apartamento de dos dormitorios y no tenía familia ni
amigos cerca. Tenía un título universitario y trabajaba como dependienta a tiempo
parcial en un comercio de artículos de segunda mano. Dijo que había salido con
chicos en la universidad, pero que había estado “quizá demasiado ocupada” en los
últimos años.
En la exploración inicial se presentó como una mujer bien vestida y con buena
capacidad de expresión, coherente y colaboradora. Tenía el ánimo claramente
bajo. Se quejó de mala concentración y problemas para organizarse. Dijo que no
consumía drogas.
El clínico observó que el bolso que llevaba la Sra. Nichols estaba repleto de
facturas y otros papeles. Al preguntarle, la paciente se encogió al principio de
hombros, diciendo que “llevo la oficina encima”. Al insistir el entrevistador, resultó
que a la Sra. Nichols le costaba desprenderse de los papeles de trabajo
importantes, los periódicos y las revistas desde que recordaba. Creía que todo
había empezado cuando la madre le tiró los juguetes viejos a los 12 años de edad.
Ahora, muchos años después, el apartamento de la Sra. Nichols estaba hasta
arriba de libros, cuadernos, adornos, cajas de plástico, embalajes de cartón y todo
tipo de cosas. Dijo que sabía que era un poco raro, pero que todo aquello podía
serle útil algún día. Añadió: “quien guarda, halla”. Refirió también que muchas de
sus posesiones eran bonitas, únicas e insustituibles, o que tenían gran valor
sentimental. La idea de deshacerse de cualquiera de estas posesiones le causaba
gran angustia.
A lo largo de una serie de entrevistas, el clínico llegó a tener una idea más clara
de la magnitud del problema. Las habitaciones del apartamento de la Sra. Nichols
se habían empezado a llenar cuando tenía treinta y pocos años y, en el momento
de la entrevista, le quedaba ya poco sitio para vivir. La cocina estaba llena casi del
todo, por lo que usaba una nevera pequeña y un horno tostador que había logrado
incrustar entre montones de papeles en el vestíbulo. Comía en la única silla
disponible. Por la noche, quitaba un montón de papeles de la cama y los pasaba a
la silla para poder acostarse. La Sra. Nichols seguía comprando cosas en la tienda
de segunda mano en que trabajaba y se llevaba también los diarios gratuitos, que
pensaba leer en el futuro.
Avergonzada por el estado de su apartamento, no le había dicho a nadie lo que
hacía y llevaba 15 años sin invitar a nadie a la casa. Evitaba también las
relaciones sociales y las citas porque -a pesar de ser de naturaleza sociable y
sentirse muy sola- sabía que no podía devolver las invitaciones a casa. Le
sorprendía habérselo contado al clínico porque no se lo había dicho ni siquiera a
su propia madre, que estaría dispuesta a ayudar. Rechazó la oferta del clínico de
visitar la casa, pero le ofreció mostrarle algunas fotografías tomadas con el
teléfono móvil. Las fotos mostraban muebles, papeles, cajas y ropas apilados del
suelo al techo.
Aparte de sus sentimientos de tristeza y soledad desde hacía mucho tiempo, y de
la ansiedad que aparecía cada vez que intentaba limpiar o cuando alguien quería
ofrecerle amistad, la Sra. Nichols dijo no tener más síntomas psiquiátricos, como
delirios, alucinaciones, obsesiones y otras conductas compulsivas.