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Leer A Freud C Pla Capitulo1 y 2

El capítulo I de 'Leer a Freud' de Cecilia Pla explora los inicios del psicoanálisis a través de la relación entre Freud y Breuer, destacando la influencia de la histeria y la hipnosis en su desarrollo teórico. Se analiza la experiencia de Anna O. y cómo Freud, inspirado por Charcot y Bernheim, comenzó a formular sus ideas sobre la histeria como un conflicto psíquico que se manifiesta a través de síntomas físicos. La obra establece la base para entender el psicoanálisis como un método de investigación y tratamiento de las perturbaciones neuróticas, enfatizando la importancia de la memoria y el recuerdo en la terapia.

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Leer A Freud C Pla Capitulo1 y 2

El capítulo I de 'Leer a Freud' de Cecilia Pla explora los inicios del psicoanálisis a través de la relación entre Freud y Breuer, destacando la influencia de la histeria y la hipnosis en su desarrollo teórico. Se analiza la experiencia de Anna O. y cómo Freud, inspirado por Charcot y Bernheim, comenzó a formular sus ideas sobre la histeria como un conflicto psíquico que se manifiesta a través de síntomas físicos. La obra establece la base para entender el psicoanálisis como un método de investigación y tratamiento de las perturbaciones neuróticas, enfatizando la importancia de la memoria y el recuerdo en la terapia.

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Leer A Freud - Cecilia Pla

Capítulo I
Los comienzos

Según sus historiadores, Sigmund Freud recibió de parte de Josef Breuer, su amigo y protector, la llave
de entrada al mundo de la histeria. Breuer, catorce años mayor que Freud, era en esa época un médico
experimentado y acreedor de un sólido prestigio en la comunidad científica de Viena. Había conducido el
tratamiento de una joven hasta que, azorado, sin entender qué había pasado y qué responsabilidad le
cabía, se vio compelido a interrumpirlo. Tiempo después relataría al joven Freud las vicisitudes de esa
experiencia.
Berta Pappenheim, conocida en la literatura psicoanalítica con el nombre de Anna O., presentaba
numerosos y variados síntomas histéricos. En 1880 consulta a Breuer y en junio de 1882 éste da por
finalizado el tratamiento luego de que en uno de sus trances, y en medio de los dolores de parto con que
culminaba su embarazo histérico, la paciente dijera: "Ahora llega el hijo de Breuer". De este modo, Anna
daba expresión al desbordante amor que su médico había despertado en ella y al que él respondió con una
rápida y, supongo, angustiosa huida.
Recién trece años más tarde esta historia dará sus frutos en la mesa de trabajo. En el transcurso de este
tiempo, Freud conocerá a dos eminentes médicos de la época dedicados a la investigación yal tratamiento
de la histeria: Charcot, quien trabajaba en el hospital de La Salpêtrière de París, y Bernheim, discípulo de
Liebault, médico en Nancy.
La personalidad del primero impresionó fuertemente a Freud, también sus conocimientos y su trabajo
sobre la histeria, así como las presentaciones de pacientes en donde desplegaba sus dotes de
hipnotizador. Gozaba del hallazgo de lo nuevo, se complacía con sus prolijas descripciones en las que
procuraba un nombre a cada manifestación patológica y se consideraba un ser visual pues basándose en la
observación rigurosa de los fenómenos mórbidos aparentemente caóticos construyó una novedosa
nosografía. (1)
Freud reconoció a Charcot el haber otorgado a los fenómenos histéricos una realidad en el seno de las
preocupaciones de la neuropatología y el haber devuelto a dichos fenómenos su dignidad al atribuirles una
autenticidad opuesta al antiguo criterio que consideraba a la histeria como mera simulación.
Más allá de concebir a la herencia mórbida como causa única de la histeria, y del resto de las neurosis,
Charcot produjo un gran avance al arrancar la raíz del fenómeno sintomático de lo oscuro, teatral o,
incluso, demoníaco e insertarlo en el terreno de las neurosis. Llevado por el estudio de ciertas afecciones,
particularmente las parálisis histéricas consecutivas a un trauma, concluye que la reproducción de las
mismas en pacientes sometidos al estado hipnótico prueba que en la producción de todo síntoma histérico
tiene participación cierto mecanismo psíquico. (2)
Además de sus estudios en La Salpêtrière, Freud tuvo la posibilidad, gracias a la obtención de una beca,
de viajar a Nancy y ver a Bernheim aplicar la sugestión bajo hipnosis con el propósito de utilizar ese poder
provocador, la sugestión, no sólo a los fines de la investigación sino también como método curativo.
Así es como, gracias a las distintas fuentes, la teoría de Freud comienza por abrevar en estos tres
enriquecedores aportes: el relato de la experiencia de una cura llevada adelante por Breuer que concluyó
abruptamente, la trasmisión de una teoría sobre la histeria elaborada por Charcot y, por último, el empleo
de una herramienta útil para el tratamiento de los síntomas neuróticos.
Hasta ese momento la histeria había sido considerada en los límites del poder médico, incluso existía la
creencia que ella era el resultado de una posesión demoníaca. ¡Cuántas y cuántas hogueras de la
Inquisición encendió esa creencia!
Pareciera como si la histeria misma hubiese interrogado a Freud, hubiese ido gestando sus preguntas:
¿qué la motiva?, ¿qué mecanismo interviene en la producción de síntomas?
En 1893, año de la muerte de Charcot, Freud escribe junto a Breuer la Comunicación preliminar, (3)
trabajo de gran valor por presentamos el despunte de la concepción freudiana sobre el fenómeno histérico
a contracorriente de las ideas de su mentor bien ajustadas al espíritu científico de esa época.
En aquel texto encontramos, junto a las histerias hipnoide y de retención, una nueva hipótesis sobre lo
que denomina "histeria de defensa" y será en el seno de un conflicto psíquico a descifrar donde Freud
investigará el mecanismo a expensas del cual se produce el síntoma histérico.
La importancia de este planteo consiste en la atribución de una causalidad psíquica a la afección
histérica; esto quiere decir que cualquier eco de una discusión, de esas que aún hoy escuchamos, sobre la
determinación orgánica de las afecciones psíquicas sencillamente es dejada de lado, no porque la
desestime -Freud le adjudica un lugar en las series causales complementarias- sino porque la influencia del
componente orgánico ni determina ni es causa de la enfermedad psíquica.
Freud es contundente al decir que el síntoma histérico es producido por la acción de un mecanismo de
defensa. Dicho de otra manera: es por la actuación de la defensa que el conflicto psíquico se dirime con la
producción del síntoma.
Si el síntoma es el producto que resulta como solución a un conflicto de naturaleza psíquica, si el
síntoma es la memoria del hecho traumático olvidado, entonces, se puede lograr su desaparición con la
aplicación del método catártico que Breuer empleó, o quizá inventó, con Anna O. El procedimiento hallado
con Anna -ella lo llamaba talking cure (4)- consistía en despertar el recuerdo del proceso provocador del
conflicto con la ayuda de la hipnosis, herramienta capaz de allanar el camino obstruido de la memoria
despierta, y junto al recuerdo recuperado lograr la expresión verbal del afecto que le correspondiese. La
terapia consistía en esa derivación del afecto por reacción y permitía, al mismo tiempo, la investigación del
fenómeno.
Muchos años después, en 1910, Freud propone la siguiente definición del psicoanálisis: "Psicoanálisis es
el nombre:

1. De un método para la investigación de procesos anímicos incapaces de ser accesibles de otro


modo;
2. De un método terapéutico de perturbaciones neuróticas basado en tal investigación; y
3. De una serie de conocimientos psicológicos así adquiridos, que van constituyendo
paulatinamente una nueva disciplina científica". (5)

Así concebido, el psicoanálisis implica una articulación por la cual el método con que se investiga es el
mismo que el utilizado para curar; podría pensarse como una inflexión en la actividad que cura mientras
investiga e investiga curando. Dicho de otro modo, no es posible pensar una actividad sin la otra y ambas
decantan en la construcción de la teoría que, si bien requiere otro nivel de abstracción, sólo surge del paso
dado por el terreno de la investigación y el de la práctica clínica. Su figura topológica corresponde a la
banda de Moebius que permite pasar del interior al exterior, y viceversa, sin atravesar borde
alguno.

Ya en la Comunicación preliminar Freud sitúa dos problemas: en primer lugar, no todas las personas son
hipnotizables; además, queda planteada la pregunta acerca de la especificidad de la histeria: ¿qué es lo que
la caracteriza?, ¿qué la diferencia de otras neurosis?
Avanzando sobre estas dificultades y a causa de ellas mismas podrá revisar y modificar el método
catártico inicial al mismo tiempo que irá construyendo las hipótesis sobre el conflicto psíquico.
En el transcurso de sus investigaciones, Freud se encuentra con un cuadro patológico monótono sin
intervención de un mecanismo psíquico, la neurastenia, del que recorta otro, la neurosis de angustia. El
procedimiento curativo no tiene efecto en ninguno de los dos casos pues en ambos la acumulación
de la tensión sexual se manifiesta como angustia por no encontrar una adecuada descarga. Si bien ningún
mecanismo psíquico causa estos cuadros, lo cual impide el acceso terapéutico, la excitación sexual mal
empleada actúa sobre la vida psíquica creando fobias, hiperestesias, dolor, abulia. (6)
A diferencia de la neurosis de angustia y la neurastenia, la histeria y la neurosis obsesiva se originan en
el seno de un conflicto psíquico. El factor sexual motiva la adquisición de la neurosis y el síntoma aparece
por la acción de un mecanismo psíquico.
El complicado engranaje que se revela en la neurosis obsesiva se mantiene enteramente en el nivel
psíquico al igual que el síntoma, mientras que en la histeria el síntoma conversivo
evidencia un salto de lo psíquico a lo somático que se sostiene gracias a una conexión simbólica. La
histérica "dice" en el cuerpo lo que a nivel de la palabra quedó amordazado por la defensa (las náuseas, por
ejemplo, expresan una repugnancia moral).
El esquema del conflicto psíquico se plantea en los siguientes términos: un trauma psíquico, de carácter
sexual, ocurre en la vida de un sujeto. Su recuerdo, al producir un efecto displaciente para el yo, es
rechazado por la defensa y en su lugar aparece el síntoma como prueba de la acción eficaz del agente
motivador (el recuerdo inaccesible).

Trauma psíquico → Recuerdo Acción → eficaz presente

Es importante destacar que, desde el comienzo, Freud distingue el hecho traumático de su recuerdo y
aduce que es a nivel psíquico donde se inscribe una marca que posibilita posteriormente la emergencia del
recuerdo sobre el cual actuará la defensa.
Con respecto a la histeria dice: "[…] el histérico padecería principalmente de reminiscencias (7). Dichas
reminiscencias nos hablan de un recuerdo al cual el sujeto no tiene acceso y que sin
embargo ha conservado, aún después de largo tiempo, su nitidez y acentuación afectiva de manera
asombrosamente intacta y precisa.
El método catártico se muestra eficaz en la histeria, puede aplicarse a la neurosis obsesiva y también
permite operar sobre las consecuencias psíquicas de la neurosis de angustia. Su eficacia no se sitúa a nivel
de las condiciones causal es sino exclusivamente a nivel sintomático.
A partir de estas investigaciones Freud se propone avanzar sobre el problema de la determinación del
síntoma y sostiene la existencia de una sobredeterminación de la neurosis.
La sobredeterminación de la neurosis se debe a que al trauma psíquico se suman otros factores
predisponentes (8) y es por la puesta en juego y combinación de estos elementos, factores predisponentes
+ trauma psíquico, que el recuerdo inaccesible llega a formar un grupo psíquico separado, es decir, privado
de asociación con otros grupos psíquicos y por eso cristalizado.
El esquema sería, entonces, el siguiente:

Representación intolerable
Representación patógena
Diversos factores → Recuerdo inaccesible → Síntoma
+ Trauma psíquico (Acción eficaz presente)
|
Grupo psíquico separado
Núcleo de cristalización

Con anterioridad hemos dicho que uno de los problemas con que Freud se encuentra en el curso de sus
investigaciones es que no todos los sujetos son capaces de entrar en estado hipnótico. Al aplicar el método
de Breuer advierte que, más allá de la disposición sincera a curarse por parte de los pacientes, aparece
siempre una voluntad contraria a la hipnosis. No es sólo la habilidad o no de Freud para hipnotizar lo que
provoca tropiezos en la búsqueda del nódulo patógeno sino una oposición que mantiene al paciente
despierto.
Para superar el problema retoma las enseñanzas de Bernheim, modifica en algunos casos el método y
prescinde de la hipnosis. Ahora apoya su mano sobre la frente del paciente y le ordena recordar
acontecimientos ligados a lo buscado. Este apremio sorprende al yo que, momentáneamente, reduce su
oposición a la percatación consciente de las representaciones patógenas.
Si la defensa es para Freud el medio por el cual se procura evitar el dolor moral que causaría al yo la
representación ligada a lo traumático, o sea, la forma de eludir y olvidar lo displaciente y lo vergonzoso, el
síntoma sería lo que aparece como resultado de esa acción, suerte de monumento conmemorativo en la
histeria pero ilegible, incomprensible para el sujeto. Lo que llega a descubrir, entonces, es que la fuerza que
en el tratamiento se opone al trabajo asociativo que conduce a lo reprimido sería la misma que en su
momento ha creado el síntoma.
Esa fuerza parte del yo, allí la ubicamos, en tanto el yo es la sede del obstáculo para la prosecución de la
cura.
Poco a poco Freud irá dilucidando la complejidad y función del yo." En principio, el juego de estas
fuerzas, la de defensa y la de resistencia, provocan un alejamiento del yo de la cualidad de conciencia, que
es su principal atributo. Si bien al comienzo Freud parece endilgar a la voluntad consciente el ejercicio de la
defensa, muy pronto va dejando de lado esta idea pues la resistencia, lejos de manifestar una mala
voluntad del sujeto es ejercida a pesar de su voluntad.
Si la resistencia se alza para impedir la labor que permita alcanzar el núcleo patógeno es porque ella
encierra, resguarda, la representación insoportable que la cura intentará liberar para llegar al corazón de la
verdad oprimida en el sujeto; pero para llegar hasta allí deberá, inexorablemente, atravesar la barrera de la
resistencia.
En el camino hacia el vencimiento de la resistencia Freud encuentra representaciones intermedias que
conducen a la proximidad del nódulo patógeno. La idea podría esquematizarse
de la siguiente manera:

Las representaciones intermedias se hallan constituidas por series de pensamientos y recuerdos que
son asequibles al yo con el influjo terapéutico, a pesar de la resistencia del yo, o sea, el trabajo de
asociación transcurre a pesar de la resistencia y la censura (que se encuentra al servicio de la resistencia) y
revela, por eso, un carácter que excede al yo. Este carácter está dado por la forma de ordenamiento del
material: "[...] no hallándose a disposición del yo ni desempeñando papel alguno en la memoria ni en la
asociación, se encuentra, sin embargo, dispuesto y en perfecto orden [ ... ]. El material psíquico patógeno
parece pertenecer a una inteligencia equivalente a la del yo normal"."
Es justamente en el campo de las representaciones intermedias que transcurre el análisis, allí se
desenvuelve la complejidad de los fenómenos que a partir de Lacan llamamos fenómenos del significante.
El hallazgo de los caminos indirectos por la vía de las asociaciones intermedias conduce a Freud a una
modificación de la concepción inicial que podemos encontrar en la Comunicación preliminar y que dice que
el nódulo patógeno tiene sobre el síntoma una influencia directa. En Psicoterapia de la histeria despunta el
pensamiento freudiano con toda su originalidad y comienza a esbozarse su descubrimiento.
Según esta nueva versión, el nódulo patógeno carece de acceso directo. Su cristalización no implica que
funcione como un cuerpo extraño, absolutamente separado, sino que se comporta a la manera del
"infiltrado", (11) o sea, parece estar constituido por capas que se infiltran en el yo conformando partes de
este último' tanto como la organización patógena misma. Todo el mapa de la infiltración que recorre desde
el yo normal hasta el recóndito nódulo es lo que Freud describe como archivo, conjunto de legajos
ordenados según tres formas:

1) formación de un tema, inventarios de recuerdos;


2) estratificación concéntrica de los diferentes recuerdos en torno al nódulo formando capas de igual
resistencia;
3) enlace por hilos lógicos conforme al contenido ideológico, de carácter dinámico a diferencia de las
dos anteriores.

En la medida en que las representaciones intermedias pasan ahora al centro de la escena, la tercera de
estas formas será la que Freud destaque porque corresponde a la línea en zigzag que une distintos puntos,
sin importar su cercanía, de acuerdo con conexiones lógicas. Además confluyen distintas líneas en focos de
entrecruzamiento, motivo por el cual sostiene la múltiple determinación del síntoma. Las figuras elegidas
por Freud para establecer una comparación con este ordenamiento son las del salto del caballo en el
ajedrez y la del rompecabezas. (12)
Freud pone un énfasis especial en un hecho que comprueba en su clínica: el acceso directo al material
patógeno no es posible. Aun si fuera posible no serviría de nada, porque el paciente recibiría ese saber
cómo extraño. Se requiere todo el trayecto asociativo pues en él se constituye el campo de las
representaciones intermedias sobre las que Freud trabaja. La interpretación realiza esas acrobacias por las
cuales se establecen enlaces reveladores.
¿No es una forma de enlace entre representaciones el desplazamiento? ¿No son los desplazamientos y
las condensaciones los que procuran el disfraz a la representación para que pase la censura del yo? (13)
“Las manifestaciones más importantes -dice Freud- aparecen a veces -como princesas disfrazadas de
mendigos- acompañadas de la siguiente superflua observación: «Ahora se me ha ocurrido algo, pero no
tiene nada que ver con lo que tratamos. [ ... ]»”. (14) Alrededor del problema del disfraz Freud despliega
una hipótesis sobre la transposición que no es ajena a su teoría de las formas de producción del sentido a
espaldas de la conciencia bajo el régimen del proceso primario ya que los enlaces diferentes producen
diversos efectos de sentido. (15)
La dilucidación del enlace falso le proporciona a Freud un elemento de gran importancia para el
esclarecimiento del padecer de la neurosis y lo conduce a otro terreno donde la resistencia juega su papel.
En el penúltimo apartado del capítulo III de Psicoterapia de la histeria también reconoce la existencia de un
fenómeno que perturba la relación del paciente con el médico. Se trata de la presencia indeseada, por el
obstáculo que genera para la consecución del tratamiento, de la transferencia por falsa conexión sobre la
persona del médico de representaciones que provocan displacer.
Esta resistencia cuyo origen se encuentra en la transferencia suma sus fuerzas a la resistencia que
proviene de la defensa para seguir manteniendo la distancia con lo reprimido.
Se trata de lograr, por el camino de la asociación, la expresión verbal de lo silenciado. El análisis es un
trabajo en contra del yo, concebido como una masa de ideas, un conjunto de creencias y prejuicios, una
organización de representaciones que imponen, de acuerdo a su peculiar orientación, la posibilidad de
conciencia. Lo silenciado, lo reprimido, lo que ha visto denegado su acceso a la conciencia será conducido
por el camino de la asociación libre -que constituye el trabajo del análisis- a la posibilidad de obtener su
expresión verbal. Lo que asombra a Freud es la permanencia e inmutabilidad de lo que ha sido objeto de la
defensa y en 1915 (16) repensará esta idea hasta llegar a afirmar que el hecho de ser reprimida garantiza a
la representación su inmortalidad.
El primer recurso que Freud encuentra para vencer las resistencias es tomado del ámbito común de las
relaciones personales. Se trata de imponer respeto y autoridad pues sólo sobre la base del respeto a la
autoridad fundada en un saber sobre las neurosis podrá el médico ejercer su influencia en el paciente. Nos
encontramos frente a la misma táctica que aplica el hipnotizador, el maestro, el padre, todas figuras a las
que se les supone poseer un saber: sobre la enfermedad, sobre la ciencia, sobre la vida. Pero cabe pensar,
además, que esta regla abre las puertas a un problema ético: ¿implica esa influencia un sometimiento del
paciente por el ejercicio de un poder dominante?
A mi juicio, esta pregunta va encontrando la vía de su respuesta al postular Freud la teoría de la pulsión y
la del objeto porque gracias a su formulación se separan definitivamente las concepciones ideológicas,
morales, religiosas, de lo que en psicoanálisis se constituye como motivo, elemento causal del
padecimiento psíquico. Si la cura pretende conducir a una adaptación, a un encuentro feliz con un objeto
adecuado, entonces no se está trabajando en el marco del psicoanálisis porque para ejercer una influencia
avasallante hay que saber lo que le conviene al sujeto en cuestión. Y esto es, precisamente, lo que el
analista no sabe.

Volviendo a Freud, en el capítulo III de Psicoterapia de la histeria se enriquece el esquema que


corresponde al fenómeno histérico de acuerdo al enunciado de las siguientes hipótesis:

 La histeria surge por la represión de una representación intolerable.


 La representación perdura como huella mnémica poco intensa y el afecto que se le ha arrebatado por la
acción de la defensa es utilizado para transponerse en una inervación somática.
 La representación afectada por la defensa (la huella mnémica poco intensa) adquiere carácter patógeno y
queda situada en el exterior del yo (desde el comienzo, muchas veces) convirtiéndose de este modo en
causa de síntomas.
 El síntoma es la prueba de la insistencia de lo reprimido a la vez que da cuenta de un triunfo parcial sobre la
defensa. (17)
 La histérica padece de reminiscencias.

Al acceder a las representaciones intermedias, éstas se presentan como cualquier complejo de


representación donde ciertos enlaces han podido ser conservados y otros, o bien han desaparecido o
bien han sido sustituidos por falsas conexiones. Todo el complejo representacional constituye una
memoria inaccesible al yo y el nódulo patógeno que se busca, a través del vencimiento de las
resistencias, no admite más que una cercanía ya que ese extenso material de varias dimensiones y
triple estratificación se encuentra cercando al nódulo que Freud imagina como un recuerdo
inaccesible del suceso o del proceso mental traumático,
En las Nuevas observaciones sobre las neuropsicosis de defensa, (18) en el capítulo dedicado a "La
etiología «específica» de la histeria", el trauma sexual infantil es situado en el lugar del agente
provocador de la histeria, antes ocupado por el grupo psíquico separado o nódulo patógeno. Un hecho
traumático padecido en la infancia, de carácter sexual y violento, era relatado por los pacientes y
adjudicado a un adulto seductor. El mismo se tornaba traumático por tratarse de la imposición de la
sexualidad adulta sobre un inocente.
El trauma es, entonces, concebido por Freud como un suceso realmente ocurrido y constituido en
dos tiempos. En el momento de acontecido el hecho, la inocencia del sujeto impedía su comprensión
pero una vez atravesada la pubertad, en el momento del florecimiento de la sexualidad, la aparición
de otro acontecimiento nimio puesto en relación con el primero a través de algún lazo asociativo
despierta el hecho traumático hasta entonces dormido e indiferente. Es por la asociación de ambas
escenas que la primera adquiere el carácter de traumática y es confinada a lo reprimido mientras que
la segunda aparece regularmente en la conciencia cualificada como displaciente, incomprensible,
generando angustia y síntomas.
No es el suceso en sí -graves ataques sexuales cometidos por allegados adultos contra el niño que
producen una irritación real de los genitales en procesos análogos al coito- sino su recuerdo en una
época posterior lo que constituye el trauma. El lugar otorgado a la disposición -factor predisponen te- es
ocupado ahora por la escena de seducción sufrida en la infancia que, como huella indiferente, queda a la
espera de su significación en el momento de la madurez sexual.
En base a esta observación Freud formuló la teoría traumática de la histeria, observación que también
extendió hacia la neurosis obsesiva y le permitió llegar a la conclusión que la diferencia entre ambas se
sitúa en el papel que cumple el sujeto en la escena: en la histeria, pasivo, de carácter displaciente; en la
neurosis obsesiva, activo, con obtención de placer. A su vez, este hallazgo le permite acercar la histeria
traumática - resultado de un trauma ocurrido en la edad adulta- a la histeria adquirida.
Resulta sumamente llamativo que más allá de las diferencias en cada caso -diferentes escenarios
personajes, contexto en que acontecía el suceso- todos los pacientes relatasen una escena con la misma
estructura, por ende cabe hacer la siguiente pregunta: ¿siempre, en todos los casos, un adulto cercano al
niño comete un ataque sexual? La existencia real de un acontecimiento traumático en la infancia se torna
algo muy difícil de aceptar y Freud entiende, finalmente, que aquello que sus pacientes relataban era una
construcción psíquica sin existencia real.
En la Carta 69, dirigida a Fliess el 21 de septiembre de 1897, (19) Freud advierte el fenómeno de la
mentira en la histeria con una lucidez asombrosa." Ahora bien, cuando dice: "[...] ya no creo en mis
neuróticos", él está refiriendo a diferentes cuestiones. En primer lugar, al fracaso en el tratamiento de
muchos pacientes debido a la acción insuperable de resistencias que entorpecían el curso de la asociación.
En segundo lugar, a que el hecho de seducción relatado es imposible de creer en su existencia real. ¡No
puede ser que todos los padres o adultos cercanos a los niños sean perversos! Además, lo inconciente –el
recuerdo inaccesible del suceso traumático- nunca puede superar la resistencia de la conciencia y a esta
irreductibilidad de lo inconciente se agrega el hecho que en él no existe un signo de realidad.
Estas deducciones terminan por cuestionar los cimientos de su propia teoría sobre la histeria según la
cual un trauma sexual acontecido en la infancia habría actuado como agente motivador de la enfermedad.
Sin embargo, el atolladero en el que Freud se encuentra es, en un sentido, aparente ya que en otro, lejos
de considerar vencidos sus esfuerzos, el reconocimiento de sus objeciones lo lleva a realizar, sobre la base
de fundamentos más sólidos, un viraje que dará nuevo curso a su pensamiento.
A partir de este momento Freud pasa a considerar que es imposible saber si una vivencia infantil
relatada corresponde a un hecho real, es decir, no es posible distinguir la verdad tiente a una ficción
afectivamente cargada ya que en el inconciente no se dispone del signo de realidad. A la vez, la
constitución de esa vivencia como traumática, reprimida, hace a su imposibilidad para acceder a la
conciencia ya que el nudo traumático no puede superar la resistencia. Por lo tanto, -"en realidad tengo más
bien la sensación de un triunfo que de una derrota", escribe Freud a su amigo en la carta antes
mencionada- este punto de inflexión lo lleva a distinguir la fantasía del hecho real y a darle a la primera (a
la fantasía) el lugar que le corresponde. El recuerdo real, del suceso real, cede su lugar a la fantasía, con lo
cual será la fantasía de seducción, capaz de producir una excitación sexual real en el cuerpo, la que domine
la escena traumática en la histeria."
El acontecimiento en sí, real o no, queda por siempre perdido para lo psíquico, por lo cual en nada
incumbe al psicoanálisis. Lo que se constituye como esencialmente traumático -la escena sexual e infantil
queda irremediablemente perdida para la conciencia y ello indica la existencia de un núcleo imposible de
hacerse conciente, es decir, una resistencia radicalmente diferente a la resistencia inherente a la asociación
de representaciones. De este modo se esboza la capacidad de lo primariamente reprimido para atraer hacia
sí otras representaciones.
En síntesis, el tratamiento que Freud propone consiste en aplicar un método que permita fundir la
resistencia y abrir las vías asociativas en el conjunto de los complejos de representaciones. Esta labor es
larga, complicada y es inútil pretender llegar directamente a lo buscado pues como ha podido leerse hasta
aquí, es imposible que lo inconciente reprimido aparezca tal cual en la conciencia. Se trata, en cambio, de
trabajar en la periferia del núcleo patógeno que está constituida por las representaciones intermedias e ir
realizando ese movimiento en zigzag que nos permita reconstruir los hilos lógicos que se delatan en las
lagunas del pensamiento atendiendo a los defectos de un relato que disimula esas conexiones lógicas por
medio de los falsos enlaces.
Todo transcurre por la palabra, hablar constituye una acción psíquica de pleno derecho, sin embargo la
asociación tiene su límite. Lo inconciente constitutivo del núcleo reprimido no puede vencer la resistencia,
no accede a la palabra, pero sí puede vencer parcialmente a la defensa penetrando de manera disfrazada,
irreconocible.
A su vez, el tratamiento se encuentra perturbado por la acción de una resistencia que proviene de los
fenómenos de transferencia con el médico que responden al falso enlace entre la figura del médico con
representaciones que provocan displacer y asientan en una engañosa imaginación.
La imaginación engañosa es el carácter principal del yo que se ofrece a la cura como su aliado y se
descubre como su obstáculo, salvable, a diferencia de otros obstáculos resistenciales de más oscura
procedencia.
NOTAS

(1) Sigmund Freud: "Charcot'', en Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva,


Madrid, 1968, tomo 1, pág. 17.
(2) Dice Freud que Charcot logró demostrar que las parálisis histéricas "(...) eran consecuencia de representaciones
dominantes en el cerebro del enfermo, en momentos de especial disposición, quedando así explicado por vez primera el
mecanismo de un fenómeno histérico" (ibíd., págs. 22-23).
(3) Sigmund Freud: "La histeria", en Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva,
Madrid, 1968, tomo 1
(4) Talking cure: cura hablada.
(5) Sigmund Freud: "Esquema del psicoanálisis", en Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1968, tomo II, pág. 111.
(6) El tratamiento puede aplicarse sobre estos síntomas secundarios.
(7) Sigmund Freud: "La histeria", en Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva,
Madrid, 1968, tomo 1, pág. 27.
(8) La discusión sobre la predisposición incluye las nociones aportadas por
Breuer, fundamentalmente el llamado estado hipnoide. Este autor intenta dar cuenta de la existencia de un estado
psíquico particular que impide la descarga de lo traumático por medio de una acción adecuada.
Considera tres circunstancias que corresponden, las dos primeras al hecho traumático y la última a una intención
subjetiva:
1) la naturaleza misma del trauma impide una reacción (un duelo, una catástrofe);
2) las circunstancias sociales lo impiden (ofensa, humillación por parte de un superior);
3) el sujeto las quiere olvidar y las rechaza, las expulsa de la conciencia.
Pero es el estado psíquico en que se encuentra en el momento del suceso lo que aporta un factor predisponen
te del lado del sujeto. Estado de sobresalto (interesante para leer a la luz de los desarrollos de 1920), estados psíquicos
anormales, estado semihipnótico. En este momento el estado hipnótico de la conciencia explica la asociación psíquica
restringida.
(9) Es importante observar que Freud, desde el comienzo de su clínica, atribuye al yo el ejercicio de una oposición o
resistencia que no sabe que está ejerciendo. El yo, representante oficial del sujeto, no lo sabe todo acerca de sí mismo. La
noción freudiana del yo se irá trabajando en los siguientes capítulos.
(10) Sigmund Freud: "La histeria", en Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1968, tomo 1, pág. 120. En págs. 113 y 115
se encuentran referencias a esta ingeniosa inteligencia superior.
(11) ibíd., pág. 122.
(12) En estas figuras se advierte que las relaciones entre los elementos no se establecen en forma lineal y no forman vías
directas de acceso a lo que se busca; por el contrario entrañan una estrategia que requiere de desvíos, saltos y enlaces
por atención a detalles como es el caso del rompecabezas.
(13) La condensación y el desplazamiento serían los dos mecanismos del proceso primario. Se trabajarán en el capítulo sobre
lo inconciente.
(14) Sigmund Freud: "La histeria", en Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva,
Madrid, 1968, tomo r. pág. 116.
(15) Condensación y desplazamiento (que dependen del régimen del proceso primario y permiten la transposición)
constituyen las formas de producción del sentido de modo similar a las figuras retóricas de la metáfora y la metonimia en
el lenguaje, tal como enseña Lacan cuando trabaja el aforismo: "El inconciente está estructurado como un lenguaje".
(16) Sigmund Freud: "Metapsicología", en Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1968, tomo I.
(17) Parcial, pues accede a expensas de la desfiguración.
(18) Sigmund Freud: "Nuevas observaciones sobre las neuropsicosis de defensa", en Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva,
Madrid, 1968, tomo 1.
(19) Sigmund Freud: "Los orígenes del psicoanálisis", en Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1968, tomo III, pág.
777.
(20) En la Carta 59 Freud dice haber encontrado una nueva pieza que le faltaba para resolver el rompecabezas de la histeria:
la fantasía histérica. Las fantasías (…) arrancan invariablemente de cosas que los niños oyeron en la primerísima infancia y
que sólo más tarde llegaron comprender" (ibíd., pág. 757).
(21) La teoría sobre la fantasía en el lugar de la causa sella el fin de la teoría de la histeria basada en un hecho traumático
efectivamente ocurrido.
Capítulo II
La búsqueda causal

En 1895 y 1896 Freud intenta formalizar lo que ha trabajado hasta el momento sobre el aparato
psíquico. Dos escritos cortos, el Manuscrito K (1) y la Carta 52 (2), y otro más extenso, al que no se decide
ponerle nombre, son el resultado de ese esfuerzo. Este último trabajo aparece publicado recién en 1950
con el título Proyecto de una psicología para neurólogos (3), pero algunos conceptos allí vertidos,
articulados a su vez con lo elaborado en Nuevas observaciones sobre las neuropsicosis de defensa (4),
pueden leerse en el Manuscrito K. Por su parte, en la Carta 52 trabaja el tema de los signos psíquicos y su
transcripción.
Correlativamente al planteo sobre la naturaleza del conflicto psíquico nos encontramos con el que
corresponde a los efectos resultantes de dicho conflicto. De estos efectos podemos decir que exceden al yo
pues aparecen merced a la defensa y a las resistencias levantadas en el trabajo asociativo y que ellos
mismos son articulaciones, es decir, formas de relación de los elementos psíquicos entre sí. A estos
elementos Freud los llama representaciones y las distingue del signo, o impresión perceptual, y de la huella
mnésica. (5)
Un enlace particular entre representaciones surge por efecto de la defensa, o sea que en el campo de
las asociaciones intermedias, aquellas que conducen al límite infranqueable del nódulo traumático, llegan a
advertirse conexiones de tipo lógicas. La tarea del analista, la interpretación, debe apuntar a develar dichos
nexos lógicos pues Freud nos enseñó que una representación, en relación con otras, muestra la presencia
del creador de esos nexos -al que en sus comienzos calificó como "ingeniosa inteligencia superior", claro
anticipo de lo inconciente, capaz de establecer conexiones entre representaciones.
La defensa es clave para producir el efecto, por ejemplo, el síntoma en la histeria. Venciendo la
resistencia de asociación es posible investigar la determinación del efecto producido, pero la búsqueda
causal deberá avanzar para responder qué motiva la defensa.
En el Proyecto de una psicología para neurólogos, Freud presenta el caso Emma (6) y su análisis nos
permite esclarecer los siguientes puntos:

 Situar los nexos lógicos entre representaciones.


 Advertir la constitución de lo traumático en dos tiempos.
 Justificar que sólo aquello de carácter sexual puede advenir traumático

Emma no puede entrar sola a una tienda y relaciona su dificultad actual -compulsiva, dice Freud, pues
no puede sustraerse a ella- con un suceso ocurrido a los doce años. El hecho desencadenante de su fobia se
centra en la risa cómplice de los dos dependientes de una tienda. Presa de una especie de susto, Emma
echó a correr. Tiene dos ocurrencias con respecto al suceso: la primera, que se habían reído de sus
vestidos; la segunda, que uno de los vendedores le había resultado atractivo.
En el trabajo asociativo surge un segundo recuerdo que había permanecido olvidado hasta el análisis. A
los ocho años, un pastelero alcanzó a tocarle los genitales a través de su vestido mientras ella compraba
confites. Pese a lo sucedido, Emma volvió por segunda vez a la pastelería, reprochándose luego a sí misma
el haber retornado, como si al hacerla hubiese querido provocar la agresión. Recuerda también que el
pastelero acompañó el manoseo con una mueca sardónica.
Tenemos así un primer suceso, en sí mismo incomprensible, que toma del segundo su significación.
El esquema con que Freud nos presenta la conexión entre las representaciones sería el siguiente:
 Dependientes / Pastelero
 Risa / Mueca sardónica
 Vestidos / Vestidos
Estas equivalencias se logran por el siguiente camino: las risas de los dependientes que aparecen en la
primera escena despiertan la mueca sardónica con que el pastelero acompañó el atentado sexual, el
manoseo de los genitales de la niña a través del vestido. En ocasión de la escena más cercana en el tiempo,
las risas de los dependientes despiertan la mueca sardónica del pastelero y al establecerse la conexión
entre las representaciones de una y otra, la escena más antigua adquiere el carácter de traumática por la
significación sexual que la segunda le aporta.
Esto significa que el trauma, una experiencia sexual infantil, se constituye en dos tiempos pues al momento
de ocurrir dicha experiencia sólo deja una marca, es indiferente para el niño "inocente", quedando así a la
espera de su significación.
Luego del despertar sexual de la pubertad, otra escena que presenta elementos cercanos por
asociación con la primera será la que aporta el significado sexual.
Es debido a la conexión establecida a partir del segundo acontecimiento que la antigua escena se
entroniza, a posteriori, como traumática, razón por la cual la defensa es convocada a operar reprimiendo el
suceso traumático correspondiente a la escena del pastelero y creando el símbolo "vestidos".
Esta representación, la más inocente, asume la significación del conjunto y el afecto que acompaña a la
representación "vestidos", el susto experimentado frente a los dependientes, puede ser calificado de
original pues antes no había sido sentido, es decir que sólo puede explicarse por la asociación con la escena
de la pastelería.
Es importante destacar que la escena antigua, la del pastelero, deviene traumática por el enlace que se
establece con la escena más cercana en el tiempo, la de los dependientes.
La evocación del símbolo "vestidos' que hace de nexo entre ambas escenas despierta en Emma un
afecto tan intenso que le impide en forma compulsiva ingresar a una tienda. El símbolo se produce por
acción de la defensa, pero una vez producido escapa a la comprensión del yo.
Utilizando este caso como ejemplo, Freud nos enseña que la emergencia del recuerdo relativo a los
sucesos sexuales infantiles es significada por un acontecimiento posterior al desencadenamiento sexual de
la pubertad provocando un afecto muy intenso no vivido en el momento de producirse el hecho. Dado que
la vida sexual se halla sujeta a un desarrollo en dos tiempos, el despertar sexual de la pubertad aporta una
comprensión nueva a las representaciones sexuales, a consecuencia de lo cual el recuerdo del suceso
infantil se convierte en trauma. El significado traumático adviene en la conexión.
Vemos entonces, retornando la parte izquierda del esquema propuesto en el capítulo I, que podemos
reformular los términos del conflicto psíquico. Las huellas mnémicas, marcas del suceso infantil, han
quedado poco catectizadas, a la espera de un suceso posterior que por asociación provoque la significación,
o sea, su carga con un monto de afecto. Pero, al arribar a su significado traumático, displacentero, llaman a
la represión.

A continuación de lo dicho puede leerse en Freud la siguiente pregunta: ¿cuál es el origen del
displacer que actúa para convocar a la represión? En otras palabras: ¿qué motivo provoca a la defensa?

 La represión actúa contra representaciones capaces de provocar displacer en el momento actual.


Un recuerdo -sería mejor decir una huella poco intensa- provoca un afecto diferente, de mayor
intensidad, una reacción poderosa no producida en el momento original.

 Los únicos recuerdos capaces de un efecto de tal naturaleza son los que corresponden a la vida
sexual, la cual, como hemos dicho, se desenvuelve en dos tiempos. El desencadenamiento sexual
de la pubertad aporta a las experiencias anteriores una comprensión de la que, hasta ese
momento, carecían
Pero, en el Manuscrito K se interroga sobre los motivos por los que la sexualidad provoca displacer al yo.
Sus primeras respuestas atribuyen al pudor, la moralidad y la repugnancia el rol de aportar el displacer que
pone en marcha la fuerza represora. Sin embargo, inmediatamente desestima esos argumentos porque el
pudor es insignificante en los sujetos masculinos, la moral varía en las distintas clases sociales y la
repugnancia (7) puede quedar embotada bajo condiciones de vida particulares, por ejemplo, la vida
campesina. De esto Freud deduce que no se puede concebir que exista represión en estos casos. Además, si
la libido es intensa no se experimenta repugnancia alguna, la moral es fácilmente superada y en cuanto al
origen del pudor, éste "[...] guarda con la vivencia sexual una relación más profunda" (8)
Freud concluye que "[...] debe existir en la vida sexual una fuente independiente para la provocación de
displacer; una fuente que, una vez establecida, es susceptible de activar las percepciones repugnantes, de
prestar fuerza a la moral, y así sucesivamente. (9)
La sexualidad humana se presenta complicada pues, por un lado, es una fuente de placer privilegiada
pero, por otro, aparece rodeada de obstáculos como el pudor, la moralidad, la repugnancia, ninguno de los
cuales llega a dar cuenta de los motivos que ocasionan la defensa. Más bien parecería que el displacer que
activa la defensa emana de una fuente independiente (¿de esos motivos ocasionales?), propia de lo sexual
como tal.
Dado que esa "fuente independiente" es capaz de provocar un exceso de excitación que emana de lo
sexual más allá de las contingencias de la vida habrá que dilucidar por qué lo sexual, por sus características
propias, es la causa del llamado a la represión. Mi lectura se centrará ahora, salto conceptual mediante, en
la teoría de las pulsiones presentada por Freud en 1915 y reformulada en 1920 en Más allá del principio del
placer.
En el curso del tratamiento, a la resistencia proveniente de la defensa suma sus fuerzas la resistencia de
transferencia y juntas se oponen al trabajo asociativo. Ambas están situadas del lado de yo y su función es
mantener la distancia con lo reprimido. A esta dupla se agrega otra resistencia, de procedencia más oscura.
Su origen sería la mencionada fuente independiente de displacer que enquista lo reprimido en el origen,
haciéndolo impenetrable e inaccesible por asociación, y suma su potencia al llamado de actuación de la
defensa.
En Construcciones en psicoanálisis (1937) Freud prefiere pensar que la tarea del psicoanalista es la
construcción pues la interpretación se aplica a los elementos sencillos del material (asociación, parapraxia).
(10) La construcción, en cambio, permite "[...] hacer surgir lo que ha sido olvidado a partir de las huellas
que ha dejado tras sí […]”. (11) En efecto, el objeto que el psicoanalista intenta traer a la luz es, por un lado,
inaccesible al paciente pero, por el otro, deja sus rastros en las repeticiones de reacciones infantiles que se
producen y, fundamentalmente, con todo lo que de esas repeticiones se actualiza en la transferencia. La
construcción opera como llave a lo inaccesible gracias a la vía transferencial.
Eso impenetrable al análisis, lo que no accede al recuerdo, es descripto en Análisis terminable e
interminable (1937) con una sugestiva metáfora: la roca viva, (12) es decir, aquello que de la sexualidad no
retorna sino como repetición.
En aquel texto Freud sostiene que la dificultad para llevar a término un análisis radica principalmente
en dos cuestiones: la intensidad pulsional-factor cuantitativo- y las particularidades del yo -sus alteraciones,
entre las que tendrían un lugar prevalente los rasgos de carácter (13)-, a la vez que menciona la intensidad
del influjo traumático.
La causa de la neurosis es solidaria con la causa por la cual el tratamiento no arriba a buen término, a
su final, a cegar completamente las lagunas mnémicas del recuerdo. (14) Sin embargo, cegar las lagunas
mnémicas, ¿implicaría resolver en forma permanente la demanda pulsional? Freud afirma que silenciar la
demanda para nunca más escuchar de ella no sólo es indeseable sino también imposible. (15)
Es en el terreno del síntoma donde se torna factible cegar esas lagunas, el trabajo del análisis hace
posible la rememoración y el desvanecimiento del síntoma en cuestión, pero en tanto lo inconciente
muestra su pertinencia más allá de los límites de la patología, Freud se ve llevado en su investigación a
atravesar la frontera de los fenómenos patológicos. De este modo, la acción de la represión se descubre
también en productos normales tales como el sueño, los actos fallidos, el chiste.
Si concebimos el terreno de lo psíquico como un espacio limitado, la laguna se dibuja como escotoma,
como agujero.
Esto quiere decir que la línea discursiva evidencia, en el trabajo de rememoración, una fractura, un corte,
momento en que la laguna mnésica se hace presente.

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Corte en la línea discursiva

"Laguna" sería la forma imaginaria' de nombrar un corte, una interrupción en el discurso, una fractura
que puede aparecer de múltiples maneras: "no recuerdo", "no sé", "¿qué dije?", "¿qué es esto?", "¿por qué
me pasa esto?". Lo común a todas esas formas es que poseen la capacidad de provocar sorpresa y
desequilibrio al yo que habla pues lo lacunar coincide con lo ajeno, con lo distante al yo, como aquella
caracterización tan particular que Freud nos da del síntoma: ese "[...] dominio extranjero; un dominio
extranjero interior", (16) es decir, la extraña irrupción de algo que desconcierta y sorprende al sujeto sin
que éste pueda reconocerse allí.
Las equivocaciones orales constituyen un lugar privilegiado para advertir esa suerte de atropello al
recinto yoico y es en el olvido donde Freud advierte la impronta de esa presencia ajena al yo pues el olvido
es la marca por excelencia de la laguna en el discurso. (17)
En el quiebre, la fisura, el tropiezo del decir irrumpe otra cosa, algo distinto de lo que se quería decir, y lo
inconciente no es otra cosa que la causa de esa irrupción, de lo que tropieza en el discurso.

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Lo inconsciente

La escena sexual infantil reprimida insiste pues lo inconciente reprimido no ceja en su marcha hacia
adelante. (18) La eficacia de la defensa reside en el disfraz del producto que hará irrupción desde lo
inconciente, lo cual lo torna ajeno e incomprensible para el yo.
El motivo que impulsa la defensa ha de buscarse en el displacer causado por lo sexual, que se revela así
como problemático, complejo, paradojal, Esa fuente independiente capaz de provocar un exceso de
excitación proveniente de lo sexual y que va más allá de las contingencias de la vida podría anticipar un
concepto central de la teoría: el concepto de pulsión.
Hemos dicho ya en qué se basa la eficacia de la defensa pero también debemos agregar que,
paradójicamente, ella logra parcialmente su cometido pues su accionar lo inferimos a través de aquello que
retorna de lo reprimido, es decir, porque se produce un retorno de lo reprimido suponemos la acción de la
defensa. En la medida en que esos retornos no son privativos de la enfermedad sino que lo inconciente
forma síntomas, sueños, actos fallidos, queda allanado el camino para establecer lo inconciente como
propio de lo psíquico humano. En otras palabras, la escisión psíquica no depende de factores patógenos.
Desde los primeros trabajos de Freud puede advertirse el comienzo de una conceptualización que
radicalizará su alejamiento de aquellas otras teorías que adscriben la división o escisión del psiquismo a una
razón de orden mórbido, quedando también planteada la inaccesibilidad de lo reprimido en su corazón, su
núcleo, claro antecedente de la noción de represión primaria u originaria. Será la represión primaria la que,
como ya sabemos, carga a su cuenta la escisión constitutiva del psiquismo.
La determinación de las formaciones del inconciente es investigada en el seno de las representaciones,
las cuales se presentan siempre en conexión con otras. El develamiento de las conexiones pone de
manifiesto un hilo lógico, entramado organizado no por azar sino bajo el régimen de una ley que Freud
llamará proceso primario.
La causa, lo que empuja para producir esas formaciones extrañas al yo, no es ninguna voluntad oculta,
ningún oscuro designio sino lo sexual infantil no realizado exigiendo su satisfacción. Pero en tanto esa
realización exigida nunca es alcanzada, lo sexual se escabulle y reaparece cada vez a espaldas del yo, en
marcando en la fisura de su conocimiento (el del yo) una falta central que atañe a lo que Freud nombrará-
cuando avance en el estudio de las fantasías y descubra el Edipo- complejo de castración. (19)
Lo insoportable de lo sexual va a ser estudiado desde dos perspectivas articuladas pero distintas: el
complejo de Edipo y la noción de pulsión.
Esa falta, situada en primer término como laguna, es evocada por la hiancia donde lo inconciente se
produce pues en el tropiezo del proceder conciente es donde se delata su irrupción, es decir, lo inconciente
causa -lo inconciente forma síntomas, fallidos, sueños- en el lecho de una falta, falta de la cual brotará
también el deseo inconciente.
¿Trabajos germinales? No creo que la investigación freudiana pueda leerse en términos de avances con
respecto a un desarrollo gradual. Creo, más bien, que cuando se produce el encuentro entre Freud y la
histeria se abre una enigmática caja de Pandora, difícil de cernir, pero frente a la cual el maestro vienés no
cede, no renuncia, a pesar de la férrea resistencia que el universo científico de su época le opone y del cual
aún hoy escuchamos sus ecos.
El epígrafe que piensa Freud primero para el síntoma, luego para la represión y termina por utilizar en
La interpretación de los sueños bien puede signar el ámbito de su descubrimiento: "Flectere si nequeo
superos Acheronta movebo" (20)
Leer a Freud es una experiencia valiosa por lo que él transmite: una intuición genial sometida luego a
un riguroso trabajo. Leer al Freud de los comienzos es encontrar esa intuición destellante, fresca, tan
indomable como el deseo que él descubre y reconoce indestructible.

NOTAS

(1) Sigmund Freud: "Los orígenes del psicoanálisis", en Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1968, tomo III, pág.
716.
(2) ibíd. , pág. 740.
(3) Sigmund Freud: "Proyecto de una psicología para neurólogos", en Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1968,
tomo III, pág. 883.
(4) Sigmund Freud: "Nuevas observaciones sobre las neuropsicosis de defensa", en Obras Completas, Ed., Biblioteca Nueva,
Madrid, 1968, tomo 1, pág. 219.
(5) La denominación Wahrnehemungzeichen (signo perceptivo) es utilizada en la Carta 52. En el capítulo 9 de La
interpretación de los sueños, en el apartado “La regresión", desarrolla el esquema del aparato psíquico y considera las
transcripciones de la Carta 52 como sistemas o instancias. El primero, sistema P, contiene elementos P; los signos
perceptuales. La representación propiamente dicha, por su parte, sobre la que actúa la defensa, es la huella mnésica
investida, siendo ésta inscripción, marca, memoria del aparato. No siempre Freud sostiene esta diferencia entre huella y
representación. Así, es frecuente el uso de la locución "representación inconciente" para aquella representación que ha
sido desprovista del afecto por acción de la represión, es decir que ha quedado en calidad de "huella poco
intensa". Posteriormente. en Lo inconciente vuelve sobre la diferencia entre representaciones según sean inconcientes
o preconscientes e intenta superar las teorías de la doble inscripción de las representaciones y del cambio de estado
propuestas en La interpretación de los sueños sosteniendo una diferencia intrínseca a la representación (objetiva o
verbal o bien cosa o palabra).
(6) Sigmund Freud: "Proyecto de una psicología para neurólogos". en Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva. Madrid. 1968,
tomo III, pág. 937.
(7) La repugnancia se asocia a lo sexual por proximidad tal como se revela en la famosa frase de San Agustín: lnter faeces
et urinam nascimur ("Entre heces y orina nacemos").
(8) Sigmund Freud: "Manuscrito K", en Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1968, tomo III, pág. 718.
(9) ibíd.
(10) Sigmund Freud: "Construcciones en psicoanálisis", en Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1968, Tomo III,
pág. 573.
(11) ibid., pág. 574.
(12) Sigmund Freud: "Análisis terminable e interminable", en Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1968, tomo III,
pág. 572.
(13) En el capítulo 9 de La interpretación de Los sueños, por ejemplo, defendiendo su tesis de que los recuerdos son
inconcientes en sí, Freud dice: "Aquello que denominamos nuestro carácter reposa sobre las huellas mnémicas de
nuestras impresiones, y precisamente aquellas impresiones que han actuado más intensamente sobre nosotros, o sea
las de nuestra primera juventud, son las que no se hacen concientes casi nunca". Ofrecen, por lo tanto, la más férrea
resistencia (Sigmund Freud: "La interpretación de los sueños", en Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1968,
tomo 1, pág. 546).
(14) Las proposiciones sobre un final de análisis llegarán cuando Jacques Lacan, retomando un antiguo problema freudiano,
introduzca el objeto a, reconocido por aquél como su único invento en el psicoanálisis.
(15) Sigmund Freud: "Análisis terminable e interminable", en Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1968, tomo III
pág. 548. Freud no considera posible alcanzar ese dominio. Habla, en cambio, de la "domesticación" de la pulsión, que a
su vez queda sujeta a la magnitud de la excitación pulsional. La domesticación alude a una capacidad (idealizada) de
integrar la demanda pulsional a la armonía del yo.
(16) Sigmund Freud: "Nuevas aportaciones al psicoanálisis", en Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1968, tomo II,
pág. 905.
(17) Dice Freud- "El estudio, durante el análisis, de un grado preliminar del olvido nos proporciona una prueba convincente
de la naturaleza tendenciosa del olvido del sueño puesto al servicio de la resistencia". Y luego: "Este fragmento onírico
arrancado del olvido, resulta ser siempre el más importante y más próximo a la solución del sueño, razón por la cual se
hallaba más expuesto que ningún otro a la resistencia" (Sigmund Freud: "La interpretación de los sueños", en Obras
Completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1968, tomo 1, págs. 535-536).
(18) La marcha progresiva, hacia adelante, se trabajará en el capítulo sobre el aparato psíquico.
(19) Octave Mannoni: Freud, el descubrimiento del inconciente, Ed. Nueva Visión, Buenos Aires, 1977, pág. 49. Dice
Mannoni: "Cuatro meses antes del abandono del trauma, la percepción del drama edípico se anunció en un sueño", se
refiere al sueño comentado en la carta del 31 de mayo de 1897. Freud se encuentra en los umbrales del descubrimiento
del complejo de Edipo, cuyas primeras comunicaciones corresponden a la Carta 71 del 15 de octubre de 1897. Mannoni
y otros autores relacionan este momento del trabajo de Freud con la muerte de Jacob, su padre, ocurrida el 23 de
octubre de 1896.
(20) Sigmund Freud: "Los orígenes del psicoanálisis", en Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1968, tomo III, págs. 739 y
836. El verso corresponde a la Eneida

Capítulo III
El aparato psíquico

Tal como se ha dicho en el capítulo anterior, a poco de comenzar sus investigaciones Freud advierte
que el retorno de lo reprimido no se limita al campo de los fenómenos patológicos. El sueño opera así
como bisagra fundamental para sumar al terreno de aquellos fenómenos el de las manifestaciones de la
vida normal.
La interpretación de los sueños, obra clave que sienta las bases generales de la nueva concepción
freudiana, es concluida en 1898, pero el capítulo teórico por excelencia, "Psicología de los procesos
oníricos", (1) data de 1900, año con que el editor fecha toda la publicación. Al momento de su aparición, el
libro no despierta demasiado interés para el público en general ni genera una encarnizada oposición (ésta
surgirá recién a partir de 1905).
Dado que no se trata de un manual de procedimientos para la interpretación de los sueños, en su
lectura asistimos no sólo al descubrimiento de un método eficaz para operar sobre los síntomas neuróticos
sino al nacimiento del psicoanálisis mismo, pues en la obra mencionada se desarrollan las hipótesis de
base, la explicación de las leyes que rigen el funcionamiento psíquico, en suma, se construye la teoría.
En el capítulo "Psicología de los procesos oníricos", Freud se propone "[...] no aplazar por más tiempo la
iniciación de nuestras investigaciones psicológicas, para las que ya nos hallamos preparados". (2) Los
resultados obtenidos hasta el momento permiten afirmar:

 Que el sueño es un acto psíquico importante y completo que se integra, de pleno derecho, a la vida
anímica.
 Su fuerza impulsora es el deseo.
 Su apariencia (contenido manifiesto) es irreconocible por la acción de la censura que impone una
deformación a las ideas latentes del sueño. (3)
 La acción deformadora se ejerce por obra de la condensación y el desplazamiento con el fin de
lograr la transposición de las ideas en imágenes sensoriales.
 Algunas veces el sueño evidencia un particular cuidado por presentar un aspecto racional e
inteligible (4) (necesidad que se impone al durmiente al pensar en su sueño, una vez despierto, o al
contado).

Dos elementos concurren para hacer posible que en el sueño una idea, la que entraña el deseo, quede
objetivada y representada como si se tratara de una escena vivida:
1) el tiempo utilizado por el sueño es el presente;
2) se produce una transformación de las ideas en imágenes y en palabras.

La utilización del presente, la puesta en escena en el tiempo actual, posibilita modificar el optativo
("desearía que", "me gustaría que", "ojalá", etc.) convirtiendo lo deseado en un hecho consumado (“es
así”).
En el sueño de la inyección de Irma, (5) ejemplifica Freud, la expresión "Otro es el culpable" aparece en
lugar del desiderativo "¡Ojalá fuese Otto el culpable!". Lo mismo ocurre con los ensueños diurnos pues las
fantasías concientes terminan por transformar la realidad en versiones modificadas a gusto de la fantasía,
así, el humillado se sueña héroe o el amante rechazado transforma a su amada en complaciente. (6)
La transformación en imágenes, en cambio, es un fenómeno que sólo ocurre en el sueño. (7) Los
pensamientos se transforman en imágenes a las que damos crédito y, además, creemos estar en la escena
alucinada.
Los sueños pueden, en ocasiones, no cumplir con esta última condición pues la deformación puede
llevarse a cabo en el nivel de las representaciones exclusivamente sin que se produzca su transposición en
imagen visual. (8) A pesar de esta excepción, el fenómeno que despierta la atención de Freud, por ser el
que más asombro provoca en los sueños, es la formación de esa escena alucinada.
La hipótesis con la que trabaja el maestro vienés propone situar una escena, la del sueño, diferente a
otra donde se desarrolla la vida despierta. (9)Esta diferenciación de escenas lo conduce a imaginar la
existencia de localidades psíquicas distintas que no se corresponden con la anatomía ni son una
esquematización del proceso del sueño. Se trata de lo que obra como soporte, terreno de todas las
funciones psíquicas.
Basándose en sus investigaciones en el campo de las neurosis y del sueño, Freud se ve autorizado a
postular una construcción teórica a la que llama aparato psíquico, la cual, a su vez, se apoya en hipótesis
auxiliares sobre los principios que rigen su funcionamiento.
En sus inicios, el aparato psíquico teorizado por Freud aspira, de acuerdo al principio de constancia (10)
principio rector en este momento-, a la descarga de la cantidad proveniente de los estímulos, es decir que
trata, en lo posible, de mantenerse libre de estímulos (que son los que aportan la cantidad). (11) Lo
primario de dicha acción consistiría en la derivación hacia la motilidad de la carga de excitación, pero
pronto las exigencias de la vida obligan a una complejización de su funcionamiento.
En este modelo, la experiencia de satisfacción es propuesta como aquello que abre el camino para la
realización de deseos; no olvidemos que la aspiración del aparato consiste en liberarse de una cantidad, de
modo que los deseos no lo son de nada nombrable sino que son los que posibilitan la descarga de
excitación. La cantidad equivale a la cualidad de displacer y lo que se procura justamente es evitar el
displacer,
La criatura humana está sometida a las exigencias de la vida que involucran las grandes necesidades
físicas. El surgimiento de la necesidad impacta al aparato psíquico, aporta una cantidad de excitación y
provoca un intento de derivación hacia el plano motor que no puede ir más allá de una expresión del
displacer: gritos, llanto, pataleo. Esto significa que el infante se encuentra en una situación de desamparo
inicial pues no puede satisfacer por sí mismo sus urgencias corporales, requiere la asistencia del auxilio
ajeno para que la experiencia de satisfacción sea alcanzada. La marca inicial de desvalimiento acarreará
importantes consecuencias a nivel de lo psíquico. (12)
Para que la experiencia de satisfacción sea posible se requiere la acción de un otro que aporte el objeto
capaz de calmar la necesidad. Lo que de esta experiencia se inscribe en el aparato psíquico son dos marcas,
dos huellas, una junto a la otra, la del objeto que llevó a la descarga por la vía de la satisfacción y la que
corresponde a la emergencia de la necesidad. Estas conexiones serán privilegiadas, quedando facilitado así
su tránsito posterior pues cada vez que la primera huella sea reactivada también lo será la segunda, de
modo que el aparato ahora está capacitado para obtener placer a través de la reanimación de las huellas
del circuito, es decir, de manera alucinada.
Según Freud, el deseo sería el impulso que reaviva las huellas y la reaparición alucinada de la
percepción, la realización del deseo. Esta primera actividad psíquica se corresponde, entonces, con el logro
de una identidad de percepción.
La experiencia de satisfacción en tanto suceso, hecho ocurrido, se pierde en el inicio, es por ello que
adquiere carácter mítico, ingresando al psiquismo sólo el signo perceptual que ha de ser conserva-
do como huella, nunca aislada sino siempre en relación con otras.
Muy pronto, otra complicación exigirá una mayor complejidad al funcionamiento del aparato psíquico
pues no resulta acorde a la continuación de la vida que la satisfacción se logre sin el aporte real de lo que la
provoca. Entonces, la satisfacción alucinada facilita transitoriamente, a través de la conexión entre huellas,
la descarga de excitación pero falla en el punto donde lo real del cuerpo no verifica la satisfacción.
Así, se requiere una nueva operación, un nuevo sistema capaz de realizar un examen de realidad que
desvíe el proceso, una vez despertada la huella ligada a la necesidad, del camino más corto que conduce a
la alucinación. Este segundo sistema se sustenta en el logro de la identidad de pensamiento que permite
establecer una distinción entre la representación del objeto aportado en la realidad con la del conservado
por la facilitación. El pensamiento es el sustituto de la alucinación y el objeto hallado es siempre un
sustituto del originario. (13)
El sueño conserva esa forma primitiva de alcanzar la satisfacción por el camino más corto y es la
actividad privilegiada para advertir un funcionamiento que será paradigmático con relación al
cumplimiento del deseo. El sueño es una función que cumple, entre otras, el aparato psíquico.
El aparato psíquico es representado como un instrumento complejo, al estilo del microscopio
compuesto o del aparato fotográfico, (14) y su esquema es desarrollado por Freud en tres pasos:

El aparato está compuesto por elementos que Freud denomina instancias o, preferentemente, sistemas
ψ, a cada uno de los cuales adscribe una función particular. Las características del modelo del aparato
psíquico postulado son las siguientes:

 Existe un orden de ubicación fijo de los sistemas ψ, encontrándose uno a continuación del otro.
 La excitación recorre los sistemas ψ conforme a una sucesión temporal determinada.
 La actividad psíquica comienza con el impacto de un estímulo (interno o externo) y termina en
inervaciones que posibilitan la motilidad.
 El proceso psíquico recorre los sistemas desde el extremo sensorial (P) hasta el opuesto, de la
motilidad (M). Por ejemplo, el impacto de una luz que hiere el ojo (extremo perceptual) provoca el
parpadeo (extremo motor).

Si bien el orden espacial es fijo para los sistemas, no lo es la dirección en que la excitación realiza el
recorrido, ésta puede variar. Tal es el caso de los fenómenos regresivos, por ejemplo el de la satisfacción
alucinada, donde la excitación en lugar de avanzar hacia la motilidad se dirige hacia el polo de la
percepción.
La figura 1 indica el derrotero de los procesos psíquicos de P a M y la dirección está señalada por las
Hechas. Si bien se incluyen sistemas ψ, éstos no se encuentran diferenciados, no se adjudica lugar a la
conciencia, y en cuanto al estímulo, éste tampoco figura ya que de su presencia sólo importa la captación
sensible. (15)
En la figura 2, en cambio, se especifican los sistemas y las funciones a ellos asignadas. El sistema P es el
encargado de recibir los estímulos y mantener una capacidad constante para la captación de nuevas
estimulaciones. Ninguno de sus elementos debe modificarse en forma permanente pues la modificación de
alguno podría llegar a impedir nuevas percepciones.
Este sistema, ubicado en la parte anterior del aparato, recibe el impacto de roda la información
procedente del interior y del exterior y no conserva nada de ella. Las impresiones que llegan al aparato
impactan en P y pasan a los otros sistemas Hm donde dejan su huella, su rastro, su impresión, por lo tanto
P permanece inalterado. En cambio, la huella (Erinnerungsspur) involucra una modificación permanente en
otro sistema (Hm ', por ejemplo) cuya función es la memoria. De lo dicho puede deducirse que percepción y
memoria constituyen sistemas excluyentes.
Los sistemas Hm sufren constantes modificaciones en sus elementos y su estratificación obedece a
diferentes criterios. El primero fijará asociaciones por simultaneidad y en los sucesivos las asociaciones se
fijarán según otros órdenes de coincidencia.
Estos sistemas mnémicos constituyen la base de la asociación que se produce siguiendo la menor
resistencia, de modo que una vez establecida una asociación, la misma tiende a mantenerse. A este camino
abierto Freud lo llamó facilitación.
Sin duda dicho problema fue tomado por Freud con un interés muy particular ya que poder precisar la
función de la memoria es esencial para un estudio de los procesos anímicos. (16)Dada la estrechez y
evanescencia de la conciencia, la memoria se convierte en el fundamento mismo del psiquismo. Este tema
aparece desarrollado en distintos lugares de la obra freudiana, entre otros en el Proyecto y en cartas a
Fliess, en especial la Carta 52 (17) y en El block maravilloso. (18)
En El block maravilloso, Freud sitúa al lector ante el problema, tan frecuente en los neuróticos, de
querer preservar los recuerdos cuando al mismo tiempo se siente una gran desconfianza por la capacidad
de la memoria. Cualquier método que suponga dejar escrito en forma imborrable el suceso (con tinta en un
papel, con tiza en un pizarrón) tiene el inconveniente de agotar, en algún momento, el material dispuesto
para la notación (el papel, el pizarrón). (19)
Freud sostiene que la capacidad de memoria excluye la capacidad de recepción. Por eso adjudicad cada
una de estas funciones a un sistema distinto. El llamado "block maravilloso", artículo que se vende en los
comercios y que ha sido conocido con el nombre de pizarra mágica, presenta para Freud una similitud muy
llamativa con el modelo de aparato psíquico propuesto en La interpretación de los sueños.
El block está compuesto por dos capas, de las cuales, la capa superficial consta de dos hojas: la externa
es de celuloide y cubre un papel encerado, traslúcido. Debajo de ésta encontramos la segunda capa que
está compuesta de resina o cera de color oscuro. Un punzón es el elemento empleado para escribir, pero
en lugar de grabar directamente la hoja de celuloide marca, por mediación del papel encerado, la capa de
cera oscura. Una vez marcados los rasgos, el color oscuro de la cera hace que éstos aparezcan en la hoja de
celuloide. Si se desea borrar la anotación basta con separar las capas, pues lo que mantiene la inscripción
es la presión del punzón que las ha juntado, pero al despegar sólo la hoja de celuloide del papel encerado y
traslúcido puede observase que el celuloide vuelve a estar limpio mientras que la inscripción permanece
intacta sobre la capa de cera.
¿Qué función cumple la hoja de celuloide? Proteger la delgada capa de cera que de estar directamente
expuesta al punzón se rasgaría. Este block es, en efecto, maravilloso para Freud.
Cuando en 1920 retorne el problema del aparato psíquico incluirá algunos elementos ya contemplados
en el Proyecto ... , por ejemplo, el extremo sensible del aparato, el sistema P, compuesto por dos capas: una
exterior, destinada a disminuir la magnitud de los estímulos ejerciendo así la función de protección, y otra
encargada de la recepción de los estímulos ya aligerados.
La primera prueba con el block le permitió a Freud asemejar la capa exterior con el polo perceptual del
aparato psíquico a la vez que encontrar otras similitudes pues, por ejemplo, de levantarse toda la capa
superficial (celuloide y capa delgada de cera), lo escrito desaparece, no deja tras de sí huella alguna, con lo
cual la capa superficial queda limpia y apta para recibir nuevas inscripciones. Pero, y aquí viene lo más
interesante, lo escrito persiste en la segunda capa (de cera o resina), la cual según Freud cumple con la
función de conservación propia de la memoria. (20)
La similitud asombra dado que dos sistemas distintos pero perfectamente enlazados entre sí se ocupan
de dos funciones excluyentes como son la recepción de nuevas impresiones en una superficie limpia, sin
alteraciones, y su conservación en el sistema posterior. De todas maneras la conservación no implica
que las impresiones se mantengan inmodificadas.
Pero la similitud acá concluye pues el aparato demuestra mayor complejidad que el ofrecido por el
block.

En síntesis:

 El aparato psíquico se compone de una serie de sistemas que mantienen un orden de sucesión
establecido.
 La excitación recorre los sistemas conforme a una sucesión temporal determinada (puede alterarse
en determinados procesos).
 Posee una dirección: la excitación ingresa por P, extremo sensible del aparato, y se descarga por M,
extremo motor, capaz de abrir las puertas de la motilidad.

Freud incorpora los datos obtenidos en el estudio sobre los sueños y propone adjudicar un lugar a las
dos instancias allí localizadas: la inconciente (Inc) y la preconsciente (Prec). Esta última, más próxima a la
conciencia (Cc.), obra de pantalla entre ésta y la instancia de lo inconciente. (21)

El inconciente es objeto de la crítica por parte del preconsciente, que esgrime argumentos compatibles
con los de la vida despierta. Lo inconciente, en cambio, es a descifrar pues no accede a la conciencia sin las
deformaciones impuestas por la censura a manera de peaje, es decir, no hay paso directo de lo inconciente
a la conciencia.
El extremo sensible, a su vez, presenta una diferenciación:

 P recibe las impresiones sensoriales y no conserva nada de ellas, es el encargado de aportar las
cualidades sensibles.
 Los sistemas de Hm transforman la momentánea excitación de P en modificaciones
permanentes y duraderas que constituyen la base de la asociación y la memoria. Los recuerdos
no poseen cualidad sensorial, en comparación con la percepción, por lo tanto memoria y
cualidad se excluyen mutuamente.
Las cualidades no sólo aluden a la diversidad de sensaciones y a la serie placer-displacer sino que los
diferentes elementos pueden o no tener, además, la cualidad de conciencia.
En la figura 3, el extremo sensible podría abarcar los sistemas de huellas dado que el inconciente se
delimita a continuación. Es importante tener presente las diferentes funciones que operan en este
extremo. El signo, impresión perceptual, deja su marca en los sistemas de huellas. Éstas, si bien pueden
permanecer inconcientes, pueden adquirir la cualidad de conciencia.
Las marcas que permanecen inconcientes son las que producen los mayores efectos, corresponden a las
primerísimas impresiones, las más intensas, (22) y no presentan cualidad sensorial alguna. Una huella es
perdurable en tanto que inconciente. Al trabajar el problema de la represión en 1915, Freud retornará esta
idea y afirmará que una representación por el hecho de ser reprimida tiene asegurada una vida eterna.
Si bien la conciencia no aparece entre las figuras, sí es mencionada como muy cercana al extremo
motor. La derivación de la cantidad requiere la apertura de las esclusas de la motilidad, por lo tanto
necesita de la conciencia. No se consideran, por supuesto, los actos reflejos e involuntarios y asoma el
sonambulismo como excepción.
La toma de conciencia se incluye como un tema a explicar pues toda la operatoria podría producirse sin
su intervención. Según Freud el paso a la conciencia requiere de una intensidad determinada, de una huella
con carga suficiente y de su captación por la atención, función esta última que corresponde al sistema
preconsciente, (23) que además juega otro papel, imponer la deformación necesaria para atravesar la
censura de la resistencia.
En La interpretación de los sueños Freud advierte que la idea inconciente aspira a su traducción a lo
preconsciente, pero este último sistema se conduce como una instancia crítica. Dicha traducción no
consiste en la formación de la idea en otra localidad psíquica, o sea, una doble inscripción -en un sistema y
en el otro-, tampoco quiere decir que ante un cambio -de inconciente a preconsciente o a la inversa, por
acción de la represión- la idea sea disuelta en un lugar para aparecer en otro a expensas de un cambio
funcional.
La hipótesis que propone Freud considera que la movilidad de la carga con la que esta investida una
representación será lo que determine su ubicación en una u otra instancia y que tenga o no posibilidad de
acceso al sistema preconsciente y de allí a la conciencia. La represión impide el paso a la conciencia porque
actúa sobre el producto psíquico a reprimir separando el afecto -la carga- y transfiriéndolo a otra
representación, entonces, lo que aparece dotado de movimiento es el afecto, no la representación.
La teoría del paso a la conciencia no es ajena a la teoría de la representación propuesta por Freud, En la
aplicación de estos conceptos surgen no pocas dificultades e impasses.
La noción de representación (Vorstellung) tal como ha sido utilizada en filosofía y en psicología implica
la toma de conciencia pues se trata de re-presentar-se algo a un sujeto. Freud concibe a la representación
en tanto contenido ideacional que se acompaña de una cantidad de afecto. Ambos, representación y
afecto, constituyen de pleno derecho la Vorstellung freudiana.
Cuando por acción de la represión es separada la carga de afecto, la representación pasa a convertirse en
una huella poco intensa. A la vez son huellas las que forman la memoria inaccesible del sujeto, que, en
determinadas condiciones, pueden ser reactivadas.
La conciencia parece corresponder más a un órgano sensorial que a un sistema. (24) Sería lo que puede
o no captar, iluminar un contenido psíquico "en su lugar". Así, en 1920 Freud dice que hay conciencia de lo
percibido cuando la conciencia toma el lugar de la huella mnémica (¡alumbra ahí!). (25)
En 1925, pensando el proceso al revés, dirá que la conciencia se apaga cuando al sistema perceptor se
le retira la carga. (26) Estas investiduras llegan al sistema P desde el interior y desde allí son retiradas. La
insensibilidad periódica del sistema P se debe a la discontinuidad en el envío de las cargas desde el interior,
desde lo inconciente.
Lo inconciente revela una discontinuidad ya intuida por Freud cuando, desde otra perspectiva, advierte
lo lacunar del recuerdo inaccesible que se vehiculiza en el tropiezo. La discontinuidad lo lleva a pensar el
problema del tiempo propio de lo inconciente.
En las figuras propuestas para esquematizar el aparato psíquico, la conciencia aparece cercana a lo
preconsciente, al paso a la motilidad y la descarga, pero, a la vez, próxima a la percepción. (27) Las flechas
que marcan el sentido de la circulación de la excitación no tienen cómo indicar que al llegar al Prec abren su
paso a P.
Entre percepción y conciencia, tan cercanos, sin embargo se juega... lo inconciente.
En 1964, al comentar el modelo freudiano, Lacan dirá: "Este modelo representa cierto número de
capas, permeables a algo análogo a la luz y cuya refracción se supone que cambia de capa en capa. Ése es el
lugar donde se pone en juego el asunto del sujeto del inconciente. Y no es, dice Freud, un lugar espacial,
anatómico, pues, ¿cómo, si no, concebirlo tal como nos lo presentan? -inmenso despliegue, espectro
especial, situado entre percepción y conciencia, como se dice entre carne y pellejo. Ya saben que estos dos
elementos formarán m.is tarde, cuando haya que establecer la segunda tópica, el sistema percepción
conciencia, Wahrnehmung-Bewusstsein pero será preciso no olvidar, entonces, el intervalo que los separa,
en el que está el lugar del Otro, donde se constituye el sujeto”. (28)
El aparato psíquico propuesto por Freud sirve, entonces, no sólo para explicar la formación de los
sueños. La escena del sueño despliega su enigma y abre las puertas para que Freud construya con lo
descubierto sobre él y arras fenómenos -el síntoma, los actos fallidos, el chiste- las bases de su teoría
aunque, nos dice Freud que "[...] La interpretación onírica es la vía regia para el conocimiento de lo
inconciente en la vida anímica". (29)

NOTAS

(1) Sigmund Freud: "La interpretación de los sueños", en Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1968, tomo 1, capítulo VII en
el original; IX en la obra traducida por Luis López-Ballesteros.
(2) Ibid., págs. 546-547.
(3) El contenido manifiesto refiere al sueño tal como es relatado mientras que las ideas latentes son aquellas que aluden al deseo y
deben ser deformadas para vencer la censura.
(4) Lo racional e inteligible del sueño sólo puede presentarse gracias a la operación de elaboración secundaria del sueño la que, a
diferencia de la elaboración primaria interviniente en su formación, implica el problema de cómo decir una imagen sensorial, cómo
articular elementos que aparecen sin conexión, etc.
(5) El sueño de la inyección de Irma será trabajado más exhaustivamente en el capítulo V.
(6) Freud recurre a un ejemplo tomado de Daudet: "Cuando Mt. Joyeuse, el célebre personaje de Daudet, vaga sin ocupación alguna a
través de las calles de París para hacer creer a sus hijas que tiene un destino y se halla desempeñándolo, sueña con los
acontecimientos que podrían proporcionarle un protector y una colocación y se los imagina en presente" (Sigmund Freud: "La
interpretación de los sueños", en Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1968, tomo 1, pág. 544).
(7) Obviamente, también en fenómenos patológicos alucinatorios.
(8) Sigmund Freud: "La interpretación de los sueños", en Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1968, tomo 1, pág. 405. El
sueño que denomina Autodidasker no revela una transformación de las palabras en imágenes. Se asemeja a un sueño diurno pues se
trata de pensamientos que se oponen a temores en donde no juegan un papel destacado las imágenes.
(9) Ibid., pág. 544. Freud cita a Fechner quien plantea en la Psicofísica la existencia de escenas diferentes en el sueño y la vida despierta.
(10) Dado que la aspiración de mantenerse el aparato libre de cantidad no es compatible con la vida, pues se requiere cierto nivel de
energía para hacer frente a sus exigencias, el principio de constancia procurara que dicha cantidad sea la mínima posible
manteniendo su nivel constante. Un aumento de energía quiebra la constancia y genera displacer, Este es pues el motor de la
actividad y el deseo lo que impulsa a la descarga.
(11) Sigmund Freud: Op cit., pág. 558. Dice Freud: "Es indudable que para llegar a su perfección actual ha tenido que pasar éste aparato
por una larga evolución. Podemos, pues, representárnoslo en un estado anterior de su capacidad funcional".
(12) Sigmund Freud: "Proyecto de una psicología para neurólogos", en Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1968, tomo III,
pág. 909.
(13) El examen de realidad permite que la coincidencia se produzca entre huellas, la del objeto de la experiencia de satisfacción con la
de otro que aporte la realidad, siempre sustituto del primero, por tanto, nunca enteramente coincidente.
(14) "Este esquema no es más que la realización de la hipótesis de que el aparato psíquico tiene que hallarse construido como un
aparato reflector. El proceso de reflexión es también el modelo de todas las funciones psíquicas" (Sigmund Freud: "La
interpretación de los sueños", en Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1968, tomo I, pág. 545).
(15) El impacto sensorial no es el hecho, dista mucho de serio, por ende tampoco forma parte del problema aquí planteado que esa
captación -la imagen- se corresponda o no con un estímulo determinado.
(16) Dice Freud: "Toda teoría psicológica digna de alguna consideración habrá de ofrecer una explicación de la «memoria-" (Sigmund
Freud: "Proyecto de una psicología para neurólogos", en Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1968. Tomo III, pág. 890).
(17) Sigmund Freud: "Los orígenes del psicoanálisis", en Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1968, tomo III, pág. 740.
(18) Sigmund Freud: "El block maravilloso", en Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1968, tomo II, pág. 506.
(19) Es evidente que cualquier superficie destinada a la escritura (papel, pizarrón) en algún momento agota su superficie limpia.
(20) ¿La vida copia al psicoanálisis?
(21) Se trata del segundo sistema mencionado mis arriba cuando se evita la satisfacción alucinatoria (paso de la identidad de percepción
a la identidad de pensamiento).
(22) Constituyen el fundamento de los rasgos de carácter, como también de las creencias más férreas, ligadas a los prejuicios y cercanas
al fanatismo.
(23) La función de la atención, adscripta al yo, es responsable de la búsqueda activa de las huellas catectizadas.
(24) Sigmund Freud: "Proyecto de una psicología para neurólogos", en Obras Completas, EJ. Biblioteca Nueva, Madrid, 1968, tomo III, pág.
901.
(25) Sigmund Freud: "Mas allá del principio del placer", en Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1968, tomo l, pág. 1106. Dice
Freud: "En este sentido se halla inspirado el esquema incluido por mí en la parte especulativa de mi interpretación de los sueños. Si
se piensa cuan poco hemos logrado averiguar, por otros caminos, sobre la génesis de la conciencia, tendremos que atribuir al
principio de que la conciencia se forma en lugar de la huella mnémica, por lo menos, la significación de una afirmación determinada
de un modo cualquiera".
(26) Sigmund Freud: "El block maravilloso", en Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1968, tomo I, pág. 508. Freud concluye
sus observaciones estableciendo una comparación entre la aparición y desaparición de lo escrito con la actividad de la conciencia.
(27) Sigmund Freud: "La interpretación de los sueños", en Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1968, tomo I, pág. 547. Dice
Freud en nota al pie: "[...] hemos de suponer que el sistema siguiente al Prec es aquél al que tenemos que adscribir la conciencia y
que, por tanto, P=C".
(28) Jacques Lacan: El Seminario, Libro XI: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Ed. Paidós, Buenos Aires, 1987, pág. 53.
(29) Sigmund Freud: "La interpretación de los sueños", en Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1968, tomo I, pág. 578.

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