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Disciplinas Cristianas

El documento aborda la importancia de las disciplinas espirituales en la vida del creyente, dividiéndolas en internas, externas y colectivas. Se enfatiza que estas prácticas son esenciales para profundizar la vida espiritual y no deben ser vistas como exclusivas de 'gigantes espirituales'. La meditación, en particular, se presenta como una herramienta fundamental para la comunión con Dios y el crecimiento personal, desafiando conceptos erróneos sobre su práctica.

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Disciplinas Cristianas

El documento aborda la importancia de las disciplinas espirituales en la vida del creyente, dividiéndolas en internas, externas y colectivas. Se enfatiza que estas prácticas son esenciales para profundizar la vida espiritual y no deben ser vistas como exclusivas de 'gigantes espirituales'. La meditación, en particular, se presenta como una herramienta fundamental para la comunión con Dios y el crecimiento personal, desafiando conceptos erróneos sobre su práctica.

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INTRODUCCIÓN.

Aunque en el Capítulo II estuvimos hablando sobre actitudes éticas


que debe guardar todo creyente, es importante que en esta última
unidad, estudiemos de otras características que deben ser parte de la
vida espiritual del creyente o disciplinas espirituales, que se dividen
en:

1. Disciplinas internas: Meditación, oración, estudio y ayuno;

2. Disciplinas externas: Sencillez, retiro, sumisión y servicio; y

3. Disciplinas colectivas: Confesión, alabanza, gozo y consejería.

La razón para estudiar estos otros temas en este curso se debe a que
si el cristiano se limita a ser solamente ético, será una buena
persona; pero si a una conducta ética correcta le inyecta estas otras
disciplinas, entonces podrá ser llamado “cristiano”, es decir, un
imitador de Cristo.

A. Las Disciplinas Espirituales.


Uno de los grandes males de nuestro tiempo es la vida
superficial. Somos testigos de una teología de la satisfacción
inmediata, que carcome lo más profundo de la vida espiritual y se
piensa erróneamente que si en la Iglesia hay muchas personas
profesionales, con muchos estudios y talentos, hay éxito espiritual;
pero no se toma en cuenta que lo que necesitamos en las
congregaciones es gente que tenga una vida espiritual profunda.
Para lograr una vida espiritual profunda es necesario que
practiquemos las disciplinas espirituales más básicas. Estas nos
llevan a las mismas raíces del Reino de los Cielos, pero al mismo
tiempo nos convierten en la respuesta que tanto busca este mundo
superficial y vano.
Si usted ha pensado que las disciplinas espirituales son solo
para los que se ha considerado que son “gigantes espirituales”, está
equivocado. Ellos llegaron a ser “gigantes espirituales” porque
practican las disciplinas espirituales. Las administradoras del hogar,
oficinistas, aseadores, profesionales, teólogos, mecánicos, etc., son
los invitados a practicar las disciplinas espirituales básicas y
convertirlas en parte de su vida cotidiana. Si estas disciplinas van a
producir algún cambio transformador, es necesario que sean
aplicadas en todo lo que hagamos. Nadie que quiera adelgazar,
compra una máquina para hacer ejercicio y la guarda en una bodega
y ni siquiera la saca de la caja, sino que la pone en un lugar
apropiado y cada día la utiliza hasta que haga efecto.
No es correcto pensar que las disciplinas básicas cristianas son
una insípida práctica monótona que tiene como fin el apagar la
sonrisa de la gente y transformar la cara del creyente en semejanza a
la de los monjes que se enclaustraban durante la Edad Media,
olvidándose de todo lo que les rodeaba. El propósito de estas
disciplinas es liberar al hombre de la sofocante esclavitud que
encadena al hombre al egoísmo y el temor.

1. Las Disciplinas Internas.


a. La Disciplina de la Meditación.
Hay tres cosas en la sociedad de hoy que son básicas: El
ruido, la prisa y las multitudes. Estas son las verdaderas
herramientas que usa Satanás para mantenernos alejados de la
comunión con Dios. Casi estamos de acuerdo con el siquiatra C. G.
Jung cuando dijo: “La prisa no es del diablo; es el mismo diablo”.
Si queremos alejarnos de la vida superficial, especialmente de
la espiritual, tenemos que estar dispuestos a estar en el mundo
interno de la contemplación. Los maestros de la meditación se
esfuerzan por despertarnos a la comprensión del hecho de que el
universo es mucho más grande que lo que conocemos; que hay
inmensas regiones internas no exploradas que son tan reales como el
mundo físico que “conocemos”. Nos hablan acerca de emocionantes
posibilidades de nueva vida y nueva libertad. Nos hacen un
llamado a la aventura, a ser pioneros en esta frontera del espíritu.
Aunque esto pueda sonar extraño a los oídos modernos, sin ninguna
vergüenza debiéramos inscribirnos como estudiantes de la escuela
de la oración contemplativa.

1) Conceptos erróneos comprensibles.


Con frecuencia nos preguntamos si se puede hablar de la
meditación como algo cristiano o si es más bien algo exclusivo de las
religiones orientales. Quizá estemos pensando que los únicos que
deben ocuparse de la meditación son los miembros del grupo que se
hace llamar “Meditación Trascendental”, o que vamos a utilizar una
palabra secreta para recitar mientras meditamos.
Como la meditación es algo extraño a la mayoría de los
occidentales, no debe parecernos increíble que los cristianos
tengamos vidas tan superficiales. Si revisamos la historia del
cristianismo nos encontraremos que la meditación ha sido siempre
una parte clásica y fundamental de la devoción cristiana, una
preparación decisiva para la oración y una obra conjunta con ella.
Sin duda alguna, parte de la ola de interés en la meditación oriental
se debe a que la Iglesia ha abandonado este campo. Es sumamente
deprimente que un estudiante universitario que busca conocer la
enseñanza cristiana sobre la meditación, descubra que son pocos los
maestros vivientes de la oración contemplativa, y que casi todos los
escritos serios sobre este tema son de hace siete siglos o más. No es
raro que el estudiante se vuelva al Zen, o al Yoga o a la Meditación
Trascendental.
La meditación no fue extraña a los autores de la Biblia: “Y
había salido Isaac a meditar al campo, a la hora de la tarde”[1]; “Cuando
me acuerde de ti en mi lecho, cuando medite en ti en las vigilias de la
noche”[2]. Estas eran personas que estaban cerca del corazón de
Dios. Dios no les habló por cuanto tenían capacidades especiales,
sino porque estaban dispuestos a oír.
Los salmos cantan virtualmente las meditaciones del
pueblo de Dios en la ley de Dios. “Se anticiparon mis ojos a las vigilias
de la noche, para meditar en tus mandatos”[3]. El salmo que sirve de
presentación para todo el Salterio, llama al pueblo a imitar al varón
“bienaventurado” que “…en la ley de Adonay está su delicia, y en su ley
medita de día y de noche”[4].
Los escritores cristianos, a través de los siglos, han hablado
acerca de una manera de oír a Dios, de comunicarse con el Creador
del cielo y de la tierra, de experimentar al Amante eterno del
mundo. Pensadores magníficos como Agustín, Francisco de Asís,
Francois Fénelon, Madame Guyon, Bernardo de Clairvaux,
Francisco de Sales, Juliana de Norwich, Hermano Lawrence, George
Fox, John Woolman, Evelyn Underhill, Thomas Merton, Frank
Laubach, Thomas Kelly y muchos otros hablaron acerca de este
camino más excelente.
La Biblia nos dice que Juan “estaba en el Espíritu en el día del
Señor”[5], cuando recibió la visión apocalíptica. Es decir, se
encontraba en un plano superior, estaba meditando.
Los cristianos, los que decimos ser imitadores de Cristo, los
que muchas veces criticamos y juzgamos a David por sus
debilidades, deberíamos aprender a hacer las cosas buenas que él
hacía, como lo afirma en Salmos 119.78: “Pero yo meditaré en tus
mandamientos”.
La dificultad se presenta cuando pensamos que meditar es
sinónimo del concepto que tienen las religiones orientales. En ellas,
lo que se intenta es solamente desocupar la mente. Que todos los
pensamientos sean eliminados para recibir la iluminación. En la
meditación cristiana, la idea es desocupar la mente de los asuntos
carnales y materiales, para llenarla con la Palabra de Dios.
Las formas de meditación oriental insiste en la necesidad de
despegarse del mundo, de perder la personalidad para fusionarse en
una mente cósmica. Lo que se busca es ser liberado de las cargas y
dolores de la vida para ser absorbido en el “Nirvana”. Es tan solo un
escape de la miserable existencia, sin que exista un Dios en el cual
descansar. En la Meditación Trascendental no es necesario creer en
el reino espiritual; en realidad es solo un método para controlar las
ondas cerebrales a fin de mejorar el bienestar físico y emocional. Las
formas de meditación trascendental más avanzadas envuelven la
naturaleza espiritual, y entonces toman exactamente las mismas
características de las demás religiones orientales.
La meditación cristiana va mucho más allá de la idea del
desprendimiento. Hay necesidad de desprendimiento. El
desprendimiento de la confusión que está alrededor de nosotros es
para tener solidaridad, más fuerte a Dios y a los demás seres
humanos. La meditación cristiana nos conduce a una integridad
interna, necesaria para entregarnos a Dios libremente; y a la
percepción espiritual, necesaria para atacar los males sociales. En
este sentido, es la más práctica de todas las disciplinas.
Hay un peligro al pensar solo en la función del
desprendimiento, como lo indicó Jesús en su relato acerca del
hombre que había quedado vacío de lo malo, pero que no se llenó
de lo bueno, “Cuando el espíritu inmundo sale del hombre...va, y toma
otros siete espíritus peores que él; y entrados, moran allí; y el postrer estado
de aquel hombre viene a ser peor que el primero”[6].
Algunos creen que la meditación puede ser algo demasiado
difícil, complicado. Tal vez sea mejor dejársela al profesional que
tiene más tiempo para explorar las regiones internas. Pero se
equivocan. Los “gigantes espirituales” pensaron que al meditar
estaban haciendo una actividad tan natural e importante como la
respiración. Ellos pueden decirnos que no necesitamos ningún don
especial, ni facultades síquicas, sino solamente disciplinar y ejercitar
las facultades ocultas que hay dentro de nosotros.
Sin embargo, no debemos extraviarnos pensando que hay tener
alguna conexión cósmica misteriosa y peligrosa. Nadie debe
emprender la meditación por simple diversión o porque otros la
practican. Debemos tener conciencia de la importancia que hay en
ella, así como de su dificultad al iniciar, aunque cuando ya la
hacemos parte de nuestra vida, será algo tan difícil, pero al mismo
tiempo tan fácil, como lo es el respirar o el que nuestro corazón
bombee la sangre. No se debe pensar que el “esperar en Dios” es
pérdida de tiempo o señal de ocio, sino que es un trabajo que va a
afectar no solamente nuestra vida, sino la del Universo.
Tampoco caigamos en el error de creer que la meditación se
encuentra fuera del contexto del siglo XXI y que nos lleve a
comportarnos como muchos de los “fariseos” que han plagado la
historia de la humanidad, tratando de apartarnos del mundo y
amargando nuestro ser por esa repulsión a lo que consideramos
incorrecto, pero que al mismo tiempo nuestro corazón desea tanto
que somos como aquel enamorado que al verse constantemente
rechazado por su amada, decide asesinarla para que nadie más
pueda gozarla.
Más bien, la meditación debe tomar el control del timón de
nuestro ser, de tal modo que podamos hacer frente con éxito a la
vida. Ni tampoco podemos creer que la meditación nos debe alejar
de la realidad que nos rodea, sino más bien debemos pensar como lo
hace Meister Eckhart, autor cuáquero, el grupo más contemplativo
que existe, cuando dice: “Aun si un hombre fuera arrebatado hasta el
tercer cielo como San Pablo, y en esta condición supiera que otro hombre
tiene necesidad de alimento, sería mejor que le diera de comer, y no que
permaneciera en éxtasis”.
El concepto erróneo más común de todos es que la meditación
es una forma religiosa de manipulación sicológica. Puede tener
valor como medio para bajar la presión sanguínea o para aliviar la
tensión. Incluso, puede ofrecernos algunos discernimientos
significativos al ayudarnos a ponernos en contacto con nuestra
mente subconsciente. Pero la idea de un contacto real y de
comunión con la esfera de existencia espiritual suena como algo
anticientífico y vagamente irrazonable. Si piensa que vivimos en un
universo puramente físico, considerará la meditación como una
buena manera para obtener un patrón de onda cerebral alpha, que
es lo que busca hacer la Meditación Trascendental, haciéndola muy
atractiva para el mundo secular. Pero si cree que vivimos en un
universo creado por el Dios infinito y personal que se deleita en que
nosotros tengamos comunión con él, entenderá la meditación como
una comunicación entre el Amante y el ser amado.
Estos dos conceptos de meditación están completamente
opuestos. Uno nos confina a una experiencia totalmente humana; el
otro nos lanza a un encuentro de lo divino con lo humano. Uno
habla acerca de la exploración del subconsciente; el otro se refiere a
“reposar en Aquél a quien hemos hallado, quien nos ama, nos oye, viene a
nosotros y nos acerca a él”.
Los dos pueden parecer religiosos y aun usar el vocabulario
religioso, pero el primero, no puede hallar lugar para la realidad
espiritual.
La fe ciega no debe ser la guía de los que buscan la
experiencia de la meditación. La realidad interna del mundo
espiritual está disponible para todos los que estén dispuestos a
buscarla. Con frecuencia descubrimos que aquellos que con tanta
libertad desprestigian el mundo espiritual, nunca se han tomado ni
siquiera diez minutos para investigar si tal mundo existe realmente
o no. Como en cualquier otro empeño científico, nos formamos una
hipótesis y experimentamos con ella para ver si es verdadera o no. Si
nuestro primer experimento falla, no desesperemos, ni califiquemos
todo el asunto de fraudulento. Volvamos a examinar nuestro
procedimiento, y tal vez ajustemos la hipótesis y volvamos a hacer
el experimento. Por lo menos, debiéramos tener la sinceridad de
perseverar en este trabajo hasta el mismo punto en que lo haríamos
en cualquier campo de la ciencia. El hecho de que muchísimos no
estén dispuestos a hacer eso, no traiciona su inteligencia, sino su
prejuicio.

2) Deseando oír la voz de Dios.


La mayoría de las personas, pero especialmente los
cristianos, hablamos de lo delicioso que es estar a solas con Dios.
Pero la realidad es que la mayoría tenemos la tendencia a esperar
que sea otra la persona que hable con Dios acerca de nuestros
problemas. Estamos conformes con recibir el mensaje de Dios de
segunda mano. Así lo hizo el pueblo de Israel al pie del monte Sinaí,
cuando clamó a Moisés: “Habla tú con nosotros, que [nosotros] oiremos;
y no hable Dios con nosotros, para que no muramos”[7]. Más tarde,
cuando era Dios el que reinaba sobre Israel, el pueblo insistió en
tener un rey humano[8]. Al analizar la historia de la religión,
veremos que es una lucha casi desesperada por tener un rey, un
mediador, un sacerdote, un intermediario. Así se nos quita la
responsabilidad de acudir a Dios personalmente. ¿No ha sido usted
blanco de ciertas personas que siempre están pidiéndole que
presente los problemas de ellos ante Dios? ¿Por qué no oran ellos?
La razón es que de esta manera nos libramos de la responsabilidad
de cambiar, porque estar en la presencia de Dios significa cambiar.
Además, si actuamos de esta manera, tendremos una “respetabilidad”
religiosa, pero sin que exista una transformación moral. Por ello,
cuando se nos habla de meditación, vemos alguna especie de
amenaza para nuestra forma de vida. Esta nos está pidiendo que
entremos de modo personal en la presencia viviente de Dios. Esto
nos lleva a que tomemos la responsabilidad dada por el mismo
Señor de que cada cristiano es un sacerdote ante Dios.

3) Preparándonos a meditar.
Así como es imposible dar un curso sobre aprender a
pensar, también lo es dar uno sobre aprender a meditar. Para
aprender a meditar, hay que meditar. Pero si tenemos una pocas
sugerencias que le pueden ayudar a practicar la meditación, aunque
no lo tome como si fuera una receta mágica para poder hacerlo.
Conforme su vida espiritual avance, la práctica de la
meditación le será más fácil. Es importante que usted dedique
algunos minutos cada día en la meditación formal. Quizá usted es
de las personas que dedican algunos minutos del día para ejercitarse
o para alguna disciplina que quiere mejorar, así que eso debe
motivarle también para que dedique un poco de tiempo para
meditar.
En el momento en que llegamos a la convicción de que
necesitamos separar tiempo para meditar, también debemos
comprender que no debemos practicar ciertos ritos religiosos que
para algunos significa que estamos meditando. El meditar es, como
la oración, una actividad que ocupa toda nuestra vida, pero al
mismo tiempo nuestra mente debe estar ejercitada a que e
determinado momento del día, todo lo que vivimos, será material
para ser analizado en el instante de la meditación, sin que esto
implique que frenesí de la vida nos va a estorbar en nuestro tiempo
de silencio con Dios.
Una mente atormentada por los asuntos de la vida material no
está preparada para la meditación. Los “Padres de la Iglesia” hablaron
en varias ocasiones sobre el “ocio santo”. Esto es, un sentido de
equilibrio en la vida; la capacidad de estar tranquilo en medio de las
actividades cotidianas para disfrutar de la belleza que nos rodea, un
tiempo para descansar y regular nuestros pasos.
Uno de los consejos que podemos dar para meditar sanamente
es el buscar un lugar donde podamos estar tranquilos, sin
interrupciones; sin teléfono; si es posible, que tenga una vista hacia
plantas, montañas o playas. No debemos estar cambiando de lugar,
sino las bellezas de nuevos sitios nos quitarán la atención de lo que
nos ocupa.
La postura no establece ninguna diferencia, así como la
hora. En la Biblia encontramos gente orando en las más diversas
posturas. En las religiones orientales se asume que para meditar hay
que tomar la postura que llaman “flor de loto”, pero eso es una de las
tantas posiciones que puede tomar el cuerpo. Lo mejor es tomar la
postura más cómoda y la que permita menos distracción. Quizá la
postura más cómoda sea la sentada, porque por lo general, se puede
durar más de esta manera. En veces es mejor mantener los ojos
cerrados para quitar toda distracción para poder centrarnos en el
Cristo vivo.

4) Los primeros pasos para meditar.


Para meditar es necesario utilizar la imaginación. No
apreciamos mucho la imaginación en nuestra sociedad occidental.
Hay que tomar en cuenta que la imaginación es más fuerte que la
voluntad. En Occidente le damos mucha importancia al
racionalismo y dejamos de lado la imaginación, pero ¿será lo
correcto?
Jesús acostumbró a enseñar con el uso de la imaginación y los
sentidos. Al usar la imaginación nuestra mente queda limitada a lo
que estamos meditando, para que no vague de aquí para allá.
Algunos consideran que es mejor usar solo la fe y concebir el tema
de una manera completamente mental y espiritual o imaginar que
las cosas ocurren dentro de su propia alma.
Nosotros debemos convencernos de la importancia de pensar y
experimentar por medio de imágenes. Esa era la manera en que lo
hacíamos cuando niños, pero conforme fuimos creciendo, se nos
enseñó que eso era malo. Pero así como los niños necesitan aprender
a pensar lógicamente, los adultos debemos de aprender a usar la
imaginación.
Si usted quiere aprenderse las historias bíblicas, represéntelas
mentalmente. De seguro que para usted es más fácil recordar una
historia que vio en una película, que si usted solamente ha leído el
libro.

2. La Disciplina de la Oración.
La oración nos lanza a la frontera de la vida espiritual. Es una
investigación original en un territorio no explorado. La meditación
nos introduce en la vida profunda, pero la disciplina de la oración
nos lleva a la obra más profunda y más elevada del espíritu
humano. La verdadera oración crea la vida y la transforma. William
Carey escribió: “La oración secreta, ferviente y de fe, está en la raíz de
toda santidad personal”.
Orar es cambiar. La oración es la avenida principal que Dios usa
para transformarnos. Si no estamos dispuestos a cambiar,
abandonaremos la oración como característica notable de nuestra
vida. Cuánto más cerca lleguemos al corazón de Dios tanto más
comprenderemos nuestra necesidad y desearemos parecernos a
Cristo.
Dice Santiago 4.3: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para
gastar en vuestros deleites”. Pedir correctamente involucra una
transformación de las emociones, una total renovación. En la oración
real comenzamos a pensar como Dios piensa; a desear lo que Él
desea; a amar lo que Él ama. Más adelante, se nos enseña a ver las
cosas desde su punto de vista.
Todos los que han andado con Dios han considerado la oración
como la principal tarea de la vida. Marcos 1.35 dice: “Levantándose
muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto,
y allí oraba”. Es interesante que se comente esto de Jesús. Él es Dios,
no necesita nada, todo lo tiene y puede; pero aun así, se levantaba
de madrugada a orar. El deseo que David tenía de Dios rompió las
cadenas complacientes del sueño: “... De madrugada te buscaré…”[9].
Cuando los apóstoles se sintieron tentados a emplear sus energías
en otras tareas importantes y necesarias, determinaron entregarse
continuamente a la oración y al ministerio de la palabra[10].
Martín Lutero decía: “Tengo tanto que hacer, que no puedo
continuar sin pasar tres horas diariamente en oración”, además decía: “El
que ha orado bien, ha estudiado bien”. Por su parte, Juan Wesley decía:
“Dios no hace nada que no sea en respuesta a la oración”, y para
respaldar su dicho, oraba dos horas diarias.
William Penn decía de George Fox: “Por encima de todo, sobresalió
en la oración;…tengo que decir que él alcanzó en la oración la estatura más
impresionante, viviente y digna de reverencia que yo jamás haya
experimentado o visto”.
Muchos, en vez de sentirnos desafiados por tales ejemplos, nos
sentimos desanimados. Esos “gigantes de la fe” están tan lejos de
cualquier cosa que nosotros hayamos experimentado, que nos
sentimos tentados a desesperar. Pero debemos recordar que Dios
siempre nos busca donde estamos y nos lleva hacia las cosas más
profundas. Los que trotan ocasionalmente no entran de repente en
la carrera olímpica. Se preparan y entrenan durante un período, y
así debemos hacer nosotros. Cuando progresamos así, podemos
esperar orar con más autoridad y buen éxito espiritual dentro de un
año que ahora.
Es muy fácil que nos sintamos derrotados, ya que se nos ha
enseñado que todo en el Universo ya está establecido, de modo que
las cosas no pueden cambiarse. Pero eso no es lo que la Biblia
enseña. Ahí se nos dice que los que oraban lo hacían con la
convicción de que sus oraciones podían producir una diferencia
objetiva. Pablo enseñaba que somos “colaboradores de Dios”[11], es
decir, estamos trabajando al lado de Dios para ver resultados. Son
los estoicos los que enseñan que el Universo es cerrado, la Biblia no.
Los que piensan de esa manera, son más seguidores de Epicteto que
de Cristo.
Moisés fue osado para orar, por cuanto creyó que podía
cambiar las cosas, incluso la mente de Dios. De hecho, la Biblia
destaca tan enérgicamente la apertura del Universo que, mediante
un antropomorfismo difícil de entender para los oídos modernos,
habla de que Dios cambia constantemente su manera de pensar en
conformidad con su inmutable amor[12].
¡Estamos trabajando con Dios para determinar lo futuro!
Ocurrirán ciertas cosas en la historia si oramos correctamente.
Debemos cambiar el mundo por medio de la oración. ¿Qué otra
motivación necesitamos para aprender que este ejercicio humano es
el más grande de todos?
La oración es un tema tan amplio, que instantáneamente
reconocemos la imposibilidad de siquiera tocarlo levemente en
todos sus aspectos en una sola unidad. Se ha escrito gran cantidad
de libros genuinamente buenos acerca de la oración, pero ninguno
de ellos contiene todo lo que se puede hablar de este tema.
Ahora vamos a dedicarnos a aprender a orar con éxito
espiritual a favor de otras personas. Tanto las mujeres como los
hombres modernos necesitan desesperadamente de la ayuda que les
podamos dar; así que, nuestras mejores energías debieran dedicarse
a esta tarea.

a. Aprendiendo a orar.
La oración es algo que se aprende. He visto con tristeza que
muchos se conforman con predicar y no enseñan a sus ovejas
ejercicios tan necesarios como el de la oración, aunque el tema de
sus mensajes sea este. Los discípulos se acercaron a Jesús y le
pidieron: “Enséñanos a orar”[13]. Como judíos ellos habían recibido
la enseñanza de los rabinos acerca de la oración, pero vieron que
cuando Jesús oraba, algo ocurría. Si la oración de ellos debía
producir algo, entonces debían aprender cómo hacerlo.
Cuando comprendemos que la oración es un proceso,
recibimos liberación. Cuando aprendemos, podemos preguntar,
experimentar y aun fracasar. Quizá tenemos años de orar, pero no
hay victoria. Si es así, debemos aprender a hacer las cosas de manera
diferente. Quizá debe abrir los Evangelios y buscar todos los pasajes
que hablen de la oración; luego debe leerlas de una sola sentada. ¡Se
dará cuenta de cosas tremendas! Le aseguro que podrá ver que
muchas de las cosas que usted ha aprendido por años de la oración,
¡no son bíblicas!
Quizá deba aprender a orar de acuerdo a lo que enseña
Jesús. Y una de las cosas más sorprendentes cosas de la oración de
Jesús es que cuando oraba a favor de otros, no decía “si es tu
voluntad”. Tampoco vemos esto en los otros ejemplos de oraciones a
favor de otros. Parece que cuando estas personas oraban por otros,
ya sabían cuál era la voluntad de Dios. Estaban tan cautivados por el
Espíritu Santo, que cuando se encontraban en alguna situación,
sabían exactamente qué había que hacer. Su oración era tan positiva,
que en ocasiones más bien parecía mandato: “Anda”, “Sé sano”,
“Levántate”. Cuando oramos por los demás, no hay tiempo para
indecisiones.
Mientras usted estudia acerca de la oración, comience a
orar por otros con la esperanza de que algo ocurra. No se espere
hasta saber todo acerca de la oración, o a ser perfecto, o cuando haya
arreglado todas las cosas. ¡Comience a orar!
Conforme avance verá que cada fracaso encierra una
lección. Deje que Jesús mismo le enseñe, para que llegue a creer Juan
15.7: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid
todo lo que queréis, y os será hecho”.
Si entendemos que la obra de la oración tiene que ver con
un proceso de aprendizaje, nos salva de desecharla por considerarla
falsa o irreal. Es como si encendiéramos nuestro televisor, pero no
funciona. No vamos a decir por esto que no existen las ondas de
televisión que viajan por el aire. Si el aparato encendió, pero no
funciona, nos fijaremos en la antena o cambiaremos de emisora, e
investigaremos por qué no podemos tener recepción. Así ocurre con
la oración. Si nuestra oración no da frutos, algo anda mal y debemos
buscar qué es. Tal vez nuestra oración está siendo equivocada, hay
algo en nosotros que debe ser cambiado, puede ser que hay
principios de la oración que no hemos comprendido, puede ser que
necesitamos paciencia y persistencia o tal vez la respuesta de Dios a
nuestra oración es “¡NO!”.
Las oraciones por intercesión muchas veces no son
escuchadas por Dios por una simple razón: ¡Nosotros no estamos
escuchando a Dios primero! En el momento en que escuchamos el
apacible trueno del Señor de los ejércitos es cuando debemos orar,
de otra manera, nuestra oración es tan solo aire caliente. La oración
no es solo hablar, sino saber escuchar.
De esto podemos establecer que antes de entrar en la oración
de intercesión, necesitamos primeramente meditar. Tenemos que
oír, conocer y obedecer la voluntad de Dios antes de pedir que se
cumpla en la vida de otros.
Entonces, lo primero que hay que hacer para aprender a
orar por otros es escuchar la dirección del Señor. Al inicio es mejor
dejar de lado la artritis de nuestra tía de 80 años, para primero
escuchar a Dios en la meditación, para aprender cómo funciona el
poder del Señor.
También debemos dejar de lado los temores. Algunas personas
consideran que hay temas por los cuales ellos no pueden orar y
creen que solo el pastor o el evangelista están capacitados para
hacerlo. Si nuestra fe es del tamaño de un grano de mostaza,
¡esperemos que las montañas se muevan!
Con frecuencia las oraciones no surten efecto porque lo
que nos hace falta es “compasión”. Sabemos de alguien que está
enfermo y oramos por esta persona, pero no tomamos tiempo para
visitarla. Jesús siempre demostró compasión por la gente y ese es el
rasgo evidente en todos los actos de sanidad que ocurrieron en el
Nuevo Testamento. Cuando oramos por la gente, ¡no oramos por
cosas! Estamos orando por personas con sentimientos y emociones.
Si tenemos compasión por ellas, oraremos más fervientemente y
veremos más fácil la gloria de Dios.

b. ¿En qué consiste la oración?


Nunca debiéramos complicar demasiado la oración. Tenemos
la inclinación a hacer esto tan pronto como entendemos que la
oración es algo que tenemos que aprender. También es fácil
rendirnos a esta tentación, pues cuanto más compliquemos la
oración tanto más las personas dependerán de nosotros para
aprender a orar. Pero Jesús nos enseñó a acudir como niños al
Padre. Franqueza, honestidad y confianza caracterizan la
comunicación del niño con su padre. Hay una intimidad entre el
padre y el hijo que da lugar tanto a la seriedad como a la risa.
Jesús nos enseñó a orar por el pan de cada día. El niño
pide pan para el desayuno con la absoluta confianza de que se le
proveerá. Él no necesita guardar en un lugar secreto los panes de
hoy por temor a que mañana no habrá nada. Desde el punto de vista
de él, hay una interminable provisión de panes. Al niño no le parece
difícil ni complicado hablarle a su padre, ni le parece vergonzoso
hablarle sobre la más simple necesidad.
Todo cristiano necesita estar empapado de oración. Pablo
oró por su pueblo y pidió a su pueblo que orara por él. C. H.
Spurgeon atribuyó su éxito a las oraciones de su congregación.
Frank Laubach decía a sus auditorios: “Soy muy sensible, y sé si
ustedes están orando por mí. Si alguno de ustedes me deja abandonado, yo
lo siento. Cuando ustedes están orando por mí, yo siento un extraño poder.
Cuando todas las personas de la congregación oran intensamente mientras
el pastor está predicando, ocurre un milagro”. Satura los servicios de
adoración con tus oraciones. Imagínate al Señor en su trono alto y
sublime y que llena el santuario con su presencia[14].
Se puede orar por la persona que tiene desviaciones
sexuales, con la seguridad de que puede ocurrir un cambio real y
duradero. Lo sexual es como un río: Es bueno y es una bendición
maravillosa cuando se mantiene dentro de su propio canal. Cuando
el río se desborda se vuelve peligroso, y así son también las
tendencias sexuales pervertidas. ¿Cuáles son los límites creados por
Dios para lo sexual? Se expresan de la siguiente manera: Que un
hombre se una con una mujer en matrimonio de por vida. Se siente
gozo al orar por individuos que tienen problemas sexuales; uno se
representa mentalmente un río desbordado e invita al Señor para
que lo vuelva a su cauce natural.
Tus propios hijos pueden y deben cambiar por medio de la
oración. Durante el día ora por ellos y con ellos. Ora por ellos de
noche mientras están dormidos. Como sacerdote de Cristo, puedes
realizar un maravilloso servicio al tomar a tus hijos en los brazos y
bendecirlos. Según la Biblia, los padres no le presentaron los niños a
Jesús para que él jugara con ellos ni siquiera para que los enseñara;
sino para que pusiera las manos sobre ellos y los bendijera[15]. Él te
dio la capacidad de hacer lo mismo. ¡Bienaventurado el niño que es
bendecido por adultos que saben bendecir!
No debemos esperar hasta sentir el deseo de orar por otros.
La oración es como cualquier trabajo: Tal vez no sintamos el deseo
de hacerlo, pero tan pronto como hayamos estado un rato
realizándolo, comenzamos a sentir el deseo de trabajar. Tal vez no
tengamos el deseo de practicar ejercicios, pero tan pronto como
comenzamos, sentimos el deseo de seguir haciéndolo. De la misma
manera, los músculos de nuestra oración necesitan hacer ejercicios
preliminares durante un rato, y tan pronto como comienza el fluir
sanguíneo de la intercesión, descubriremos que tenemos el deseo de
orar.
No tenemos que preocuparnos en el sentido de que este
trabajo nos tomará demasiado tiempo, porque “No toma tiempo, sino
que ocupa todo el tiempo”. El asunto no consiste en agregar oración al
trabajo, sino en orar simultáneamente con el trabajo. Ore antes del
trabajo, envuelva su trabajo en oración y ore después del trabajo. La
oración y el trabajo se unen.
Aún nos queda mucho por aprender. Ciertamente, al anhelo
de nuestros corazones se sumó al de Archibald Campbell Tait
cuando dijo: “Quiero una vida de oración más grande, más profunda, más
verdadera”.

3. La Disciplina del Estudio.


El propósito de las disciplinas espirituales es la transformación
total de la persona. Su meta es la de reemplazar los antiguos hábitos
destructivos de pensar por unos nuevos hábitos que producen vida.
En ninguna parte este propósito se ve más claramente que en la
disciplina del estudio.
El apóstol Pablo nos dice que la manera de ser transformados
es por medio de la renovación de la mente[16]. El entendimiento se
renueva al aplicarle aquellas cosas que lo transformarán: “Por lo
demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo
justo…todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay
virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad”[17]. La
disciplina del estudio es el primer vehículo que nos lleva a cumplir
con el precepto: “En esto pensad”. Por tanto, debiéramos regocijarnos
por el hecho de que no quedamos entregados a nuestras propias
habilidades, sino que se nos han dado los medios de gracia de parte
de Dios para la transformación de nuestro espíritu.
Muchos cristianos permanecen como esclavos de los temores y
de los afanes, simplemente porque no aprovechan la disciplina del
estudio. Pueden ser fieles en cuanto a asistir a la Iglesia y sinceros en
cuanto a cumplir sus deberes religiosos, pero aun así no han
cambiado. Aquí no me refiero solamente a los que se someten a
fórmulas religiosas, sino a aquellos que genuinamente buscan
adorar y obedecer al Señor Jesucristo como Señor y Maestro. Estos
pueden cantar con gusto, orar en el Espíritu, vivir de una manera
tan obediente hasta donde sus conocimientos les permiten, y sin
embargo, su vida permanece sin cambio. ¿Por qué? Porque nunca
han tomado uno de los métodos fundamentales que Dios usa para
cambiarnos: El estudio. Jesús declaró inequívocamente que el
conocimiento de la verdad es lo que nos hará libres: “…y conoceréis
la verdad, y la verdad os hará libres”[18]. Los buenos sentimientos no
nos harán libres. Las experiencias extáticas no nos harán libres. El
hecho de fascinarnos con Jesús tampoco nos libertará. Sin el
conocimiento de la verdad no seremos libres. Este principio es
verdadero en todo aspecto de la conducta humana. Es cierto en
biología y en matemáticas. Es cierto en las relaciones matrimoniales
y en las otras relaciones. Pero es especialmente cierto en lo que se
refiere a la vida espiritual. Muchos son los que tienen grandes
obstáculos y viven confundidos en la vida espiritual por el simple
hecho de que ignoran la verdad. Peor aun, muchos han sido
llevados a una esclavitud sumamente cruel por las falsas
enseñanzas: “…recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y una vez
hecho, le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros”[19]. Por
tanto, ocupémonos en aprender lo que constituye la disciplina
espiritual del estudio, a identificar sus complicaciones ocultas, a
practicarla con gozo y a experimentar la liberación que produce.

a. ¿Qué es el estudio?
El estudio es una clase específica de experiencia en la cual, a
través de la cuidadosa observación de estructuras objetivas,
hacemos que nuestro proceso de pensamiento se mueva en
determinada manera. Tal vez estudiemos un árbol o un libro. Lo
vemos, lo sentimos. Al hacerlo, nuestro proceso de pensamiento adopta
un orden en conformidad con el orden que hay en el árbol o en el libro.
Cuando esto se hace con concentración, percepción y repetición, se
forman en nosotros hábitos arraigados de pensamiento.
En el Antiguo Testamento se dieron instrucciones para que
las leyes se escribieran en las puertas y en los postes de las casas, de
tal modo que fueran “por frontales entre vuestros ojos”[20]. El
propósito de esa instrucción era dirigir la mente repetida y
regularmente hacia cierto modo de pensamiento con respecto a Dios
y a las relaciones humanas. Por supuesto, el Nuevo Testamento
reemplaza las leyes escritas en los postes por leyes escritas en el
corazón y nos conduce hacia Jesús nuestro Maestro interno, siempre
presente.
Una vez más tenemos que insistir en que los hábitos de
pensamiento, que están formados, se conformen al orden de aquello
que se está estudiando. Lo que estudiamos determina la clase de
hábito que se ha de formar. Esa fue la razón por la que Pablo nos
insta a concentrar nuestros pensamientos en todo lo que es
verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo
amable y de buen nombre.
El proceso que ocurre en el estudio debe distinguirse del de la
meditación. La meditación es devota; el estudio es analítico. La
meditación saboreará una palabra; el estudio la explicará.
Aunque la meditación y el estudio con frecuencia se entrelazan,
constituyen dos experiencias distintas. El estudio ofrece cierta
estructura objetiva dentro de la cual la meditación puede funcionar
con éxito.
En el estudio hay dos clases de “libros” que se han de
estudiar; los escritos y los no escritos. Los libros y las conferencias,
por tanto, solo constituyen la mitad del campo del estudio, tal vez
menos. El mundo de la naturaleza y, aun más importante, la
cuidadosa observación de los eventos y de las acciones son los
campos principales de estudio que no están escritos.
La tarea principal del estudio es la percepción de la realidad
de una determinada situación, determinado encuentro, o de un
determinado libro.

b. Cuatro pasos del estudio.


El estudio envuelve cuatro pasos:

1) La repetición.
La repetición es una manera de concentrar regularmente
la mente en una dirección específica, para arraigar así los hábitos de
pensamiento. La repetición ha recibido cierta mala reputación hoy.
Sin embargo, es importante entender que la repetición por sí sola,
sin siquiera entender lo que se está repitiendo, afecta la mente
interna. Los arraigados hábitos de pensamiento pueden formarse
con solo la repetición, con lo cual se cambia así la conducta.
Esa es la razón por la cual el asunto de la programación para
la televisión es muy importante. Si en el programa de televisión de
mayor audiencia se informa sobre los innumerables crímenes que se
cometen cada noche, la sola repetición preparará la mente interna
para que adopte patrones destructivos de pensamiento.

2) La concentración.
Si además de dedicar la mente repetidamente al tema, la
persona se concentra en lo que está estudiando, el aprendizaje
aumenta inmensamente. La concentración enfoca la mente. La
atención se enfoca en lo que se está estudiando. La mente humana
tiene una capacidad increíble para concentrarse. Constantemente
está recibiendo millares de estímulos, cada uno de los cuales ella
puede almacenarlos en su banco de memoria mientras se enfoca solo
en unos pocos. Esta capacidad natural del cerebro se intensifica
cuando con singularidad de propósito concentramos nuestra
atención en el objeto de estudio que deseamos.
Cuando no solo canalizamos de manera repetida la
mente hacia una dirección en particular, y concentramos la atención
en el tema, sino que también entendemos lo que estamos
estudiando, llegamos a un nuevo nivel. La comprensión nos
conduce a la penetración y al discernimiento. Nos ofrece la base
para la verdadera percepción de la realidad.

3) La reflexión.
Aunque la comprensión define lo que estamos estudiando,
la reflexión define su significado. El hecho de reflexionar, de rumiar
los eventos de nuestro tiempo, nos conducirá a la realidad interna
de ellos. La reflexión nos lleva a ver las cosas desde el punto de vista
de Dios. En la reflexión no sólo llegamos a entender nuestro tema de
estudio, sino a entendernos a nosotros mismos. Jesús habló con
frecuencia acerca de oídos que no oyen y de ojos que no ven.
Cuando ensalzamos el significado de lo que estudiamos, llegamos a
oír y ver las cosas de una nueva manera.

4) La humildad.
Pronto se hace obvio que el estudio demanda humildad. El
estudio no puede ocurrir mientras no estemos dispuestos a
someternos al tema. Tenemos que someternos al sistema. Tenemos
que acudir como estudiantes, no como maestros. Y el estudio no
solo depende directamente de la humildad, sino que también
conduce a ella. La arrogancia y el espíritu educable se excluyen
mutuamente.
Todos conocemos a individuos que han tomado algún curso
de estudio, o que han obtenido algún grado académico, y que
exhiben la información que han obtenido de una manera ofensiva.
Debemos sentir una profunda compasión por tales personas. No
entienden la disciplina espiritual del estudio. Ellos han confundido
la acumulación de información con el conocimiento. Han establecido
una ecuación entre el chorro de palabras y la sabiduría. ¡Qué trágico!
El apóstol Juan definió la vida eterna como el conocimiento de Dios:
“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a tí, el único Dios verdadero, y a
Jesucristo, a quien has enviado”[21]. Aun un toque de este
conocimiento experimental es suficiente para darnos un profundo
sentido de humildad. Habiendo colocado el fundamento,
movámonos ahora a la ejecución práctica de la disciplina del
estudio.

c. El estudio de libros.
Quizá, al escuchar la palabra “estudio” lo primero que nos
trae a la mente son libros o escritos. Los libros son claramente
importantes porque constituyen la mitad del material de estudio.
Desdichadamente, la mayoría de las personas piensan que estudiar
un libro es cosa sencilla. De ahí se desprende que son muchos los
que exhiben pésimos hábitos de estudio. Así como para cualquier
arte, el estudiar un libro requiere de mucha práctica, de tal manera
que pueda dominar los mil y un detalles necesarios.
El principal obstáculo que existe en que una persona se
convenza de que el estudio de un libro no es fácil es que tiene que
aceptar que debe aprender a estudiar. La mayoría de las personas
creen que porque saben leer palabras, saben estudiar. Por eso es que
aunque se venden millones de libros, hay mucha ignorancia en casi
todos los temas de la vida.
Hay tres leyes esenciales y tres leyes no esenciales para
poder tener éxito en el estudio de un libro. Al principio, las leyes
esenciales nos van a pedir hacer tres lecturas separadas del material.
La primera incluye el entendimiento del libro, lo que el autor quiere
decirnos. La segunda incluye entender el libro, lo que el autor quiere
que entendamos. La tercera incluye la evaluación del libro, si el
autor tiene razón o no. La mayoría de las personas hacen
simplemente la tercera lectura y ninguna de las otras dos. En
ocasiones juzgamos el libro por la ilustración que trae en la portada,
o si esta es satinada o mate. Por algo Salomón dice en Eclesiastés
que hay tiempo para todo, incluso para juzgar un libro.
Pero estas leyes no son adecuadas si no tomamos en
cuenta las leyes no esenciales, que son: La experiencia, los otros
libros y la discusión.
La experiencia es lo que nos permite interpretar y relacionar
lo que leemos. Es necesario que entendamos y reflexionemos de
acuerdo a la experiencia que hemos tenido. También requerimos de
otros libros como son diccionarios, comentarios y otros libros de
ayuda o referencia. Pero no olvidemos los libros que fueron escritos
antes y los que fueron escritos después del que estudiamos. Con
frecuencia, los libros solo tienen un significado si se toma en cuenta
otros. Por ejemplo, si uno no conoce el Antiguo Testamento, le será
muy difícil entender las cartas a los Romanos y Hebreos.
El primer libro y el más importante que debemos estudiar
es la Biblia. El salmista preguntó: “¿Con qué limpiará el joven su
camino?” Luego respondió a su propia pregunta: “Con guardar tu
palabra”. Y agregó: “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar
contra ti”[22]. Aunque el salmista se refería principalmente a la Ley,
los cristianos a través de los siglos hemos descubierto que esto es
cierto en el estudio de toda la Escritura: “Toda la Escritura es inspirada
por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir
en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente
preparado para toda buena obra”[23]. Fíjese que el propósito básico no
es la pureza doctrinal, aunque sin duda eso está incluido, sino la
transformación interna. Cuando acudimos a la Escritura no
acudimos a acumular información, sino a ser cambiados.
Tenemos que entender, sin embargo, que existe una
inmensa diferencia entre el estudio de la Escritura y la lectura
devota de ella. En el estudio de la Escritura se le concede una alta
prioridad a la interpretación: Lo que significa. En la lectura bíblica
devota se concede una alta prioridad a la aplicación: lo que significa
para mí. En el estudio no buscamos el éxtasis espiritual; de hecho, el
éxtasis podría ser un obstáculo. Cuando estudiamos un libro de la
Biblia buscamos estar dominados por la intención del autor.
Estamos determinados a oír lo que él dice, no lo que nos gustaría
que dijera. Estamos dispuestos a pagar el precio de pasar días
difíciles hasta que el significado sea claro. Este proceso revoluciona
nuestra vida.
El apóstol Pedro halló algunas cosas en las epístolas de
“nuestro amado hermano Pablo” que eran “difíciles de entender”[24]. Si a
Pedro le pareció así, a nosotros también.
La lectura devota diaria ciertamente es recomendable, pero
eso no es estudio. Cualquiera que esté buscando “una palabrita de
Dios para hoy” no está interesado en la disciplina del estudio.
El promedio de clases de escuela dominical para adultos es
demasiado poco, muy dedicado a lo devoto, por lo que no nos
ayuda en el estudio bíblico; aunque algunas iglesias no creen
suficientemente en el estudio como para ofrecer cursos bíblicos en
serio.
Pero la experiencia nos enseña que muchas de las verdades
más profundas las encontramos cuando dedicamos tiempo al
estudio privado. Cuando tomamos varios días para analizar un
tema. Quizá para la mayoría no es posible sacar varios días para
estar dedicado solo en el estudio de un tema bíblico, pero existe la
gran posibilidad de hacerlo en ratos. Lo mejor es hacerlo bien de
mañana, antes de que nadie más se levante en casa, cuando aun está
oscuro y hay paz. ¡Hágalo! Dedique una hora diaria de su sueño a
estudiar la Palabra, con un tema en particular. Se va a dar cuenta de
cuán provechoso es y pronto querrá dejarlo dentro de su rutina.
¿Qué debo estudiar? Eso depende de la necesidad. Todos
tenemos necesidades diferentes, pero quizá una de las más grandes
entre los cristianos de hoy es simplemente la de leer grandes
porciones de la Biblia. Gran parte de nuestra lectura bíblica es
fragmentaria y esporádica.
En el Instituto Bíblico tuve compañeros que tuvieron que
recibir un curso básico de la Biblia porque no sabían cómo estaba
compuesta y jamás habían leído siquiera uno de sus libros, ¡y así
calificaron como estudiantes para ser predicadores y teólogos!
Quizá debemos escoger un libro largo de la Biblia como
Génesis o Jeremías, y leerlo por completo. Analizar la estructura y el
desarrollo del libro. Ver los aspectos difíciles y volver a ellos más
tarde. Apuntar pensamientos e impresiones. Algunas veces es
conveniente combinar el estudio de la Biblia con el estudio de
alguno de los grandes clásicos devocionales. Tales experiencias de
retiro pueden transformar tu vida.
Otro método para el estudio de la Biblia consiste en escoger
un libro más pequeño, como Efesios ó 1 Juan, y leerlo por completo
todos los días durante un mes. Más que cualquier otro esfuerzo
particular, este colocará la estructura del libro en la mente. Léalo sin
tratar de adaptarlo a categorías establecidas. Espere oír nuevas cosas
de nuevas maneras. Lleve un diario de lo que vaya descubriendo.
En el transcurso de estos estudios, obviamente querrá usar el mejor
material secundario de apoyo que tenga a su disposición.
Además del estudio de la Biblia, no descuide el estudio de
alguno de los clásicos de la literatura cristiana. Tampoco debemos
olvidar la cantidad de literatura escrita por individuos de muchas
disciplinas. Muchos de estos pensadores tienen extraordinarias
percepciones de la situación humana. Entre éstos están algunos
escritores orientales como Lao-Tse, de China; Zoroastro, de Persia; y
otros como Shakespeare y Milton, Cervantes y Dante, Tolstoy y
Dostoevski.
No se sienta abrumado ni desanimado a causa de todos los
libros que no ha leído. Recuerde que la clave de la disciplina del
estudio no consiste en leer muchos libros, sino en experimentar lo
que leemos.

d. Estudio de lo que no está escrito.


Hay un campo de estudio poco reconocido, pero tal vez el más
importante: La observación de la realidad en las cosas, los eventos y
las acciones. Podemos comenzar con la naturaleza. No podemos
negar que el orden de la creación tiene algo que enseñarnos. Isaías
nos dice: “…los montes y los collados levantarán canción delante de
vosotros, y todos los árboles del campo darán palmadas de aplauso”[25]. La
obra del Creador nos habla y enseña, si escuchamos.
El estudio de la naturaleza lo comenzamos poniendo
atención. Vemos las flores o los pájaros. Los observamos
detenidamente y en oración. Un hecho que para muchos puede ser
sencillo y hasta despreciable como una mariposa saliendo de su
crisálida, nos puede llenar de asombro y de una actitud de
adoración. Si tenemos una actitud de reverente observación, sin
llegar a caer en el panteísmo, una hoja puede hablarnos del orden y
la variedad, así como de la complejidad y la simetría.
Además de la naturaleza, podemos observar las relaciones
que existen entre los seres humanos, cuántas de nuestras palabras
tienen por objeto justificar nuestras acciones. ¿Por qué sentimos ese
deseo de dejar todo en claro? Quizá el orgullo y el temor tengan
mucho que ver. Puede observar esto en todos los que se ganan la
vida hablando: Vendedores, pastores, escritores, profesores,
políticos, etc. Muchas veces nos recuerdan a uno de los hombres que
subió a orar y decía: “Dios, te doy gracias porque no soy como los otros
hombres…”[26].
Esté atento a las relaciones cotidianas en todo lugar a donde
vaya: En el hogar, trabajo, escuela, etc. Note las cosas que dominan a
las personas. Pero recuerde: ¡Usted no es juez de nadie! Esto es solo
un ejercicio de observación. Al hacer todo esto, no estamos tratando
de llegar a ser sicólogos o sociólogos aficionados. Estudiamos estos
asuntos con un espíritu de humildad y con el reconocimiento de que
necesitamos una gran dosis de gracia.
Haríamos bien en estudiar las instituciones y las culturas y
las fuerzas que les dan forma. También debiéramos reflexionar en
los eventos de nuestro tiempo y notar qué es lo que nuestra cultura
considera un “gran evento”, y qué es lo que no considera como tal.
Eche una mirada a los sistemas de valores de una cultura: No a lo
qué las personas dicen que son, sino a lo que realmente son. Y una
de las maneras más claras de ver los valores de la cultura consiste en
observar los comerciales de televisión. Pregunte: ¿Cuáles son las
ventajas y desventajas de nuestra sociedad tecnológica? ¿Qué efecto
ha producido la industria de alimentos de preparación rápida en la
tradición familiar de reunirse a la hora de comer? ¿Por qué en
nuestra cultura nos parece difícil apartar tiempo para desarrollar las
relaciones? ¿El individualismo occidental es valioso o destructivo?
¿Qué de nuestra cultura está de acuerdo con el evangelio y qué no?
Una de las funciones más importantes de los cristianos de
nuestro día es la capacidad para percibir las consecuencias de
diversos inventos y de otras fuerzas de nuestra cultura, y hacer
juicios de valor sobre ellos.
El estudio produce regocijo. Quizá nos parecerá un trabajo
duro al principio. Pero cuanto más sea nuestro aprovechamiento,
mayor será nuestro gozo.

4. La Disciplina del Ayuno.


En una cultura en donde el paisaje está salpicado de altares a
los arcos de oro de McDonald's y a cierta clase de templos de Pizza
Hut, el ayuno parece estar fuera de lugar, fuera de moda. De hecho,
el ayuno ha sido materia de controversia tanto dentro como fuera de
la Iglesia durante muchos años.
¿Qué explicaría este rechazo casi total de un tema que se
menciona tantas veces en la Biblia y fue tan ardientemente
practicado por los cristianos a través de los siglos? Hay dos cosas:

a. El ayuno consiguió mala reputación como resultado de las


excesivas prácticas ascéticas de la Edad Media. Con el declive de la
realidad interna de la fe cristiana, se desarrolló una creciente
tendencia a hacer énfasis solo en lo que quedaba: La forma externa.
Y cada vez que hay una forma desprovista de poder espiritual, la ley
ocupa el puesto, ya que la ley siempre tiene consigo un sentido de
poder manipulador. De ahí que el ayuno fuera sometido a los más
rígidos reglamentos y practicado con extrema mortificación y
flagelación. La cultura moderna ha reaccionado vigorosamente
contra esos excesos y ha tendido a confundir el ayuno con la
mortificación.

b. El ayuno pasó por épocas difíciles el siglo XIX. La constante


propaganda que nos insiste sobre la alimentación hoy, nos ha
convencido de que si no tomamos las debidas comidas al día y aun
más, estamos al borde de morir de hambre. Esto, unido a la
creencia de que satisfacer todo apetito humano es algo positivo, ha
hecho que el ayuno parezca obsoleto. A cualquiera que intente en
serio ayunar, se lo bombardea con objeciones. Aunque el cuerpo
humano solo puede sobrevivir un corto tiempo sin aire o agua,
puede permanecer durante muchos días, generalmente cerca de
cuarenta, antes que comience el síndrome clínico del hambre, si es
una persona saludable, aunque no estamos sugiriendo que se hagan
ayunos muy largos.
No vamos a caer en el juego de algunos grupos religiosos que
tratan el ayuno como un súper poder, pero no vamos a negar
tampoco que el ayuno puede producir efectos físicos beneficiosos,
cuando se practica en forma correcta.
La Biblia dice mucho acerca del ayuno. Haríamos bien en
echar de nuevo una mirada a esta antigua disciplina. La lista de los
personajes bíblicos que ayunaron llega a ser un informe sobre
“Quién es quién” en la Escritura: Moisés, el legislador; David, el rey;
Elías, el profeta; Ester, la reina; Daniel, el vidente; Ana, la profetisa;
Pablo, el apóstol; Jesucristo, el Hijo encarnado. Muchos de los
grandes cristianos a través de la historia de la iglesia ayunaron y
dieron testimonio del valor del ayuno; entre ellos podemos
mencionar a Martín Lutero, Juan Calvino, Juan Knox, John Wesley,
Jonatán Edwards, David Brainerd, Charles Finney y el pastor Hsi,
de China.
El ayuno no es una disciplina exclusivamente cristiana; todas
las religiones principales del mundo reconocen su mérito. Zoroastro
practicó el ayuno, también Confucio, los Yogis de la India, Platón,
Sócrates y Aristóteles ayunaron. Hasta Hipócrates, el padre de la
medicina moderna, creyó en el ayuno. Ahora bien, el hecho de que
todos estos individuos, dentro y fuera de la Escritura, tuvieran el
ayuno en alta estima no hace que sea bueno, ni siquiera deseable;
pero debiera obligarnos a hacer una pausa suficiente para estar
dispuestos a reevaluar las suposiciones populares de nuestro día
con respecto a la disciplina del ayuno.

c. El ayuno en la Biblia.
En toda la Biblia, el ayuno se refiere a abstenerse de alimentos
con propósitos espirituales. Se distingue de la huelga de hambre,
cuyo propósito es el de lograr el poder político o el de atraer la
atención hacia una buena causa. También se distingue de la dieta
para la salud, que se hace con propósitos físicos y no espirituales.
A causa de la secularización de la sociedad moderna, el
“ayuno”, en caso de que se haga alguno, está motivado por la
vanidad o por el deseo de poder. Este no es el propósito del ayuno
del que habla la Biblia. El ayuno bíblico siempre se centra en
propósitos espirituales.
Según la Escritura, la manera normal de ayunar consistía en
abstenerse de toda clase de alimento, sólido y líquido, pero no de
agua. En el ayuno de cuarenta días que hizo Jesús, se nos dice que
“no comió nada”, y que al final del ayuno “tuvo hambre”, y que
Satanás lo tentó a comer y en la tentación indicó la abstención del
alimento, pero no del agua[27]. Desde el punto de vista físico, esto
es lo que generalmente implica el ayuno.
Algunas veces se describe lo que pudiéramos considerar como
un ayuno parcial; es decir, hay restricción de la dieta, pero no
abstención total. Aunque Daniel parece que tenía la costumbre de
ayunar normalmente, se menciona una ocasión en que, durante tres
semanas no comió manjares ni carne, ni vino y aun tampoco usó
aceite para ungirse, según la costumbre oriental con la que se
protegen la piel del sol y el calor[28]. No dice la razón por la cual se
apartó de su práctica normal de ayunar. Tal vez sus tareas de
gobierno se lo impedían.
Hay también varios ejemplos en la Biblia de lo que
correctamente se ha llamado un “ayuno absoluto”, es decir, una
abstención total tanto de alimento así como de agua. Parece haber
sido una medida desesperada para hacer frente a una emergencia:
Ester, al saber que a ella y a su pueblo les esperaba la ejecución, le
dio las siguientes instrucciones a Mardoqueo: “Vé y reúne a todos los
judíos…, y ayunad por mí, y no comáis ni bebáis en tres días, noche y día;
yo también con mis doncellas ayunaré igualmente…”[29].
Pablo, después de su encuentro con Cristo, se dedicó a un
ayuno absoluto de tres días[30]. Puesto que el cuerpo humano no
puede permanecer sin agua por más de tres días, tanto Moisés como
Elías se empeñaron en ayunos que deben considerarse
sobrenaturales de cuarenta días[31]. Tiene que destacarse que el
ayuno absoluto fue excepcional.
En la mayoría de los casos, el ayuno es un asunto privado entre
el individuo y Dios. Hay, sin embargo, ocasiones en que hubo
ayunos de grupo o públicos. El único ayuno público anual que
exigía la Ley de Moisés era el del día de la expiación[32]. Ese debía
ser el día del calendario judío en que el pueblo debía entristecerse y
afligirse como expiación por sus pecados. Gradualmente se
agregaron otros días de ayuno hasta que llegó el día en que había
más de veinte.
Además, se convocaba a ayunos en tiempos en que había
emergencias de grupos o a nivel nacional. “Tocad trompeta en Sión,
proclamad ayuno, convocad asamblea”[33]. Cuando Judá fue invadido,
el rey Josafat convocó a la nación al ayuno[34]. En respuesta a la
predicación de Jonás, toda la ciudad de Nínive, incluso los animales,
involuntariamente, ayunó. Antes de regresar Esdras a Jerusalén,
hizo que los exiliados ayunaran y oraran por la seguridad en el viaje
por un camino infestado de bandidos[35].
El ayuno en grupo puede ser algo maravilloso y poderoso
siempre que haya un pueblo preparado que esté unánime en estos
asuntos. La Iglesia u otros grupos que tengan problemas serios,
pudieran resolverlos sustancialmente por medio de un grupo
unificado en oración y ayuno. Cuando un número suficiente de
personas entienden correctamente lo que implican la oración y el
ayuno, un llamado nacional a orar y a ayunar pudiera también dar
resultados beneficiosos. En 1756, el rey de Inglaterra convocó a un
solemne día de oración y ayuno por causa de que los franceses
amenazaban con una invasión. John Wesley registró en su diario el 6
de febrero: “El día de ayuno fue un día glorioso, como raras veces lo ha
visto Londres desde la restauración. Todas las iglesias de la ciudad estaban
más que llenas, y en los rostros había una solemne seriedad. Ciertamente
Dios oye la oración, y habrá aún una prolongación de nuestra
tranquilidad”. En una nota marginal él escribió: “La humildad se tornó
en regocijo nacional, pues la amenaza de invasión por parte de los franceses
fue desviada”.
A través de la historia también se desarrollaron lo que pudiera
llamarse ayunos regulares. En el tiempo de Zacarías, se habían
desarrollado cuatro ayunos regulares[36]. La jactancia del fariseo, en
la parábola de Jesús, evidentemente indica la práctica de su tiempo:
“…ayuno dos veces a la semana”[37]. La Didaché instaba a observar
dos ayunos semanales: Uno el miércoles y otro el viernes. En el
Segundo Concilio de Orleáns, en el siglo VI, se estableció obligatorio
el ayuno regular. John Wesley trató de revivir la enseñanza de la
Didaché e instó a los primeros metodistas a ayunar los miércoles y
los viernes. Él tenía un sentimiento tan fuerte sobre esta materia que,
de hecho, se negaba a ordenar para el ministerio metodista a
cualquiera que no observara estos dos días de ayuno. El ayuno
regular o semanal ha producido tan profundo efecto en la vida de
algunos, que ellos han tratado de hallar alguna base bíblica para
poderlo promover insistentemente entre todos los cristianos. La
investigación ha sido en vano. Simplemente, no hay normas bíblicas
que establezcan el ayuno regular.
Nuestra libertad en el evangelio, sin embargo, no significa
libertinaje, sino oportunidad. Puesto que no hay leyes que nos
obliguen, estamos libres para ayunar cualquier día. Para el apóstol
Pablo, la libertad significó que se dedicó a “muchos ayunos”[38].
Siempre debemos tener en mente el consejo apostólico: “…no uséis la
libertad como ocasión para la carne…”[39].

d. ¿Es el ayuno un mandamiento?


Son muchos los que viven preocupados por saber si hay
obligación bíblica para que los cristianos practiquen el ayuno.
También son muchas y variadas las respuestas. Thomas Cartwriht
en 1580 trató de defender la tesis afirmativa basándose en Mateo
6.16, en donde se deja entrever que una de las costumbres del
pueblo era ayunar, aunque necesitaba una instrucción correcta. Pero
también debemos comprender que esas palabras de Jesús no
constituyen un mandamiento. Jesús estaba instruyendo
apropiadamente lo que se debía hacer en una práctica común de su
tiempo. No dijo si esta práctica debía estar presente para siempre.
En otra ocasión, los discípulos de Juan se sentían admirados de
que ellos debían ayunar, mientras que los de Jesús no. La respuesta
de Jesús es clara: “¿Acaso pueden los que están de bodas tener luto entre
tanto que el esposo está con ellos? Pero vendrán días cuando el esposo les
será quitado, y entonces ayunarán”[40]. Quizá esta es la declaración
más importante que se halla en el Nuevo Testamento sobre si los
cristianos deben ayunar hoy día. Con la venida de Jesús había
llegado un nuevo día. El reino de Dios había llegado a estar entre los
discípulos. El Esposo estaba en medio de ellos; era un tiempo para
alegrarse y no para ayunar. Sin embargo, llegaría un tiempo en que
sus discípulos ayunarían, aunque no de acuerdo con el legalismo del
antiguo orden.
Lo más natural es interpretar que los días en que los
discípulos de Jesús ayunarían corresponden a la era de la Iglesia, en
vista de la íntima relación que esto tiene con la declaración de Jesús
sobre los días del Reino de Dios, la cual viene inmediatamente[41].
Así parece que lo entendieron los mismos discípulos porque fue en
ese momento en que ayunaron[42].
No hay manera de escapar de la fuerza que Jesús imprimió a
sus palabras en dicho pasaje. Dijo claramente que esperaba que sus
discípulos ayunaran cuando Él se marchara. Aunque las palabras no
se expresaron en forma de mandamiento, eso solo se debió a un
tecnicismo semántico. De este pasaje se desprende claramente que
Cristo apoyó la disciplina del ayuno, y que previó que sus
seguidores ayunarían.
Tal vez sea mejor evitar el término mandamiento, puesto que
en el sentido más estricto, Jesús no mandó ayunar. Pero es obvio que
procedió basado en el principio de que los hijos del Reino de Dios
ayunarían. Para la persona que anhela un andar más íntimo con
Dios, estas declaraciones de Jesús son atractivas.
Quizá en nuestra sociedad en que se destaca la abundancia, el
ayuno represente un sacrificio mayor que el dar dinero.

e. El propósito del ayuno.


Es un hecho solemne el comprender que en la primera
declaración que Jesús hizo acerca del ayuno se refirió al motivo[43].
El uso de las cosas buenas para nuestros propios fines es siempre la
señal de la religión falsa. ¡Qué fácil es tomar algo como el ayuno y
tratar de usarlo para obligar a Dios a hacer lo que nosotros
queremos! A veces se hace tanto énfasis en las bendiciones y en los
beneficios del ayuno, que nos sentimos tentados a creer que con un
poco de ayuno pudiéramos tener al mundo e incluso a Dios,
comiendo de lo que les demos con nuestra propia mano. El ayuno
tiene que centrarse perdurablemente en Dios. Tiene que ser iniciado
por Dios y ser ordenado por Él. Como la profetisa Ana, necesitamos
estar “sirviendo…con ayunos”[44]. Cualquier otro propósito tiene que
estar subordinado a Dios. Como ocurrió con el grupo apostólico de
Antioquía, los términos “ministrando” y “orando” deben decirse en el
mismo lapso de respiración[45].
C. H. Spurgeon escribió: “Los tiempos oportunos de ayuno y
oración que tenemos en el Tabernáculo han sido verdaderamente sublimes;
las puertas del cielo nunca antes han estado tan abiertas; nunca antes
nuestros corazones ha estado más cerca de la gloria central”.
En los días de Zacarías, Dios preguntó al pueblo: “Cuando
ayunasteis... ¿habéis ayunado para mí?”[46]. Si nuestro ayuno no es
para Dios, hemos fracasado. Los beneficios físicos, el éxito en la
oración, etc., nunca deben reemplazar a Dios como centro de
nuestro ayuno. El ayuno debe hacerse con los ojos puestos en el
Señor y que nuestra única intención sea glorificar al Padre celestial.
Es el único modo como nos salvaremos de amar la bendición más
que a Quién la da.
Tan pronto como el propósito fundamental está firmemente fijado en
nuestros corazones, quedamos en libertad de entender que también hay
propósitos secundarios en el ayuno. Más que cualquier otra disciplina, el
ayuno pone de manifiesto las cosas que nos dominan. Este es un
maravilloso beneficio para el verdadero discípulo que anhela ser
transformado a la imagen de Jesucristo. Nosotros cubrimos lo que tenemos
adentro con alimento y otras cosas buenas, pero en el ayuno estas cosas
salen a la superficie. Si el orgullo nos domina, se manifestará casi de
inmediato. David dijo: “Lloré afligiendo con ayuno mi alma”[47]. Si dentro
de nosotros hay ira, amargura, envidia, rivalidad, temor; estas cosas saldrán
a la superficie durante el ayuno. Al principio pensaremos que nuestra ira se
debe a que tenemos hambre; luego comprenderemos que tenemos ira por
cuanto la disposición de la ira está dentro de nosotros.
Podemos regocijarnos por saber esto por cuanto entendemos que la sanidad
está a nuestra disposición por medio del poder de Cristo.
La oración nos ayuda a mantener el equilibrio en la vida. ¡Con
cuánta facilidad permitimos que las cosas no esenciales tomen
prioridad en nuestra vida! ¡Con qué rapidez anhelamos cosas que
no necesitamos hasta que nos esclavizan! Pablo escribió: “…todas las
cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna”[48].
Nuestros anhelos y deseos humanos son como un río que tiende a
desbordarse; el ayuno ayuda a mantenerlos en su propio canal.
Pablo dijo: “…golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre…”[49]. De
igual modo, David escribió: “Afligí con ayuno mi alma…”[50]. Esto no
es ascetismo, es disciplina; y la disciplina trae libertad.
Son numerosas las personas que han escrito sobre muchos
otros valores del ayuno, tales como el aumento de la eficacia en la
oración de intercesión, la ayuda de Dios en las decisiones, el
aumento de la concentración, la liberación de los que se hallan en
esclavitud, etc. En esto, como en todas las cosas, podemos esperar
que Dios recompense a los que con diligencia lo buscan.

f. La práctica del ayuno.


La gente hoy, ignora muchos de los aspectos prácticos del
ayuno. Los que desean ayunar necesitan familiarizarse con esta
información.
Como ocurre con todas las disciplinas, debe observarse un
desarrollo progresivo; es prudente aprender primero a andar para
luego correr. Comience con un ayuno parcial de 24 horas. Muchos
han descubierto que el mejor lapso para hacer esto es el que
transcurre entre almuerzo y almuerzo. Esto significaría que
suspenderá dos comidas. El jugo de frutas frescas es excelente.
Intente esto una vez por semana durante varias semanas. Al
principio, quedará fascinado por los aspectos físicos de esta práctica;
pero lo más importante que tiene que verificar es la actitud interna
de adoración. Externamente, estará realizando los deberes regulares
del día, pero internamente estará en oración y adoración, rindiendo
culto y alabanza al Señor. Termine el ayuno con una comida liviana
de frutas frescas y verduras y mucho regocijo interno.
Después de dos o tres semanas, ya está preparado para
intentar un ayuno normal de 24 horas. En esta oportunidad, tome
solo agua pura en buenas cantidades. Si el sabor del agua no le
gusta, agréguele una cucharadita de jugo de limón. Probablemente
sienta algunos dolores por causa del hambre, o incomodidad antes
que termine su período de ayuno. Eso no es hambre real; su
estómago se ha entrenado a través de años de acondicionamiento a
dar señales de hambre a ciertas horas. En ciertos sentidos el
estómago es como los niños malcriados. No es necesario
complacerlo; lo que necesita es disciplina. Martín Lutero dijo: “…la
carne estaba habituada a refunfuñar terriblemente”. No tiene que
rendirse ante estos “refunfuños”. En corto tiempo pasará el hambre.
Si no le pasa, tómese otro vaso de agua, y su estómago quedará
satisfecho. Tiene que ser señor y no esclavo de su propio estómago.
Recuerde: La idea no es aguantar hambre, ahora dedique el tiempo
en que normalmente comería a la meditación y a la oración.
No es necesario decir que debe seguir el consejo de Jesús en el
sentido de guardarse de llamar la atención hacia lo que está
haciendo. Los únicos que deben saber que está ayunando son los
que tienen que saberlo. Si llama la atención al hecho de que está
ayunando, la gente se impresionará por ello y, como Jesús lo dijo,
esa será su recompensa.
Después de haber logrado ayunar varias veces las 24 horas,
puede pasar a un ayuno de 36 horas. Hay personas que gustan
ayunar más tiempo. Si usted siente que quiere hacerlo, no se olvide
primero de consultar a un médico, no sea que la bendición que
puede lograrse con el ayuno, se convierta en una grave enfermedad.
Ningún atleta serio se lanza a correr un maratón si antes no consulta
al médico.
Es bueno saber el proceso por el cual pasa su cuerpo en el
transcurso de un ayuno más prolongado. Los primeros tres días son
por lo general los más difíciles en lo que se refiere a la incomodidad
física y a los dolores por causa del hambre. El cuerpo comienza a
librarse de las toxinas que se han acumulado a través de los años en
que se ha tenido malos hábitos alimenticios. Ese proceso no es
agradable. Esta es la razón por qué se forma una capa de “sarro”
sobre la lengua y se produce el mal aliento. No se perturbe por esto;
más bien de gracias por el mejoramiento de la salud y el bienestar
que le vendrán como resultado. Durante este tiempo, puede que
experimente dolores de cabeza, especialmente si está acostumbrado
a tomar café o té. Esos son leves síntomas de retiro, que pasarán,
aunque podrían ser muy desagradables por algún tiempo.
Hacia el cuarto día, los dolores por causa del hambre
comienzan a ceder, aunque sentirá debilidad y desvanecimientos
ocasionales. Estos vértigos son solo temporales y los producen los
cambios repentinos de posición. Muévase más lentamente y no
tendrá dificultades. La debilidad puede llegar al punto en que la
tarea más simple exige un gran esfuerzo. El mejor remedio es
descansar.
Hacia el sexto o sétimo día, comenzará a sentirte más fuerte y
despierto. Los dolores por causa del hambre continuarán
disminuyendo hasta que hacia el noveno o el décimo día, sentirá
solo una irritación menor. El cuerpo habrá eliminado el volumen de
toxinas y se sentirá bien. Se intensificará su capacidad de
concentración y sentirá que podría continuar ayunando
indefinidamente. Desde el punto de vista físico, esta es la parte del
ayuno que más se disfruta.
En cualquier momento entre los 21 días y los 40, o antes, lo
cual depende de cada individuo, vuelven los dolores a causa del
hambre. Esta es la primera etapa del síndrome clínico del hambre e
indica que el cuerpo ha agotado todas las reservas que tenía en
exceso y está comenzando a recurrir al tejido vivo. Es tiempo de
terminar el ayuno.
La pérdida de peso durante el ayuno varía grandemente según
el individuo. Es normal perder al principio un kilogramo por día, lo
cual va reduciéndose a medida que avanza el ayuno hasta llegar a
medio kilogramo diario. Durante el ayuno sentirá más frío,
simplemente por el hecho de que el metabolismo del cuerpo no
produce la acostumbrada cantidad de calor. Si uno tiene el cuidado
de permanecer abrigado, esto no causa dificultad alguna.
Es obvio que algunas personas definitivamente no deben
ayunar. Los diabéticos, las mujeres embarazadas, quien padece de
úlceras gástricas o gastritis y los pacientes del corazón no deben
ayunar. Insistimos, antes de iniciar un ayuno, es mejor consultar al
médico.
Antes de comenzar un ayuno prolongado, algunos se sienten
tentados a ingerir una buena comida para “almacenar”. Eso es
incorrecto. De hecho, es mejor comer algo más liviano que lo normal
durante uno o dos días antes de comenzar el ayuno. Sería un buen
consejo abstenerse de tomar té o café durante tres o cuatro días antes
de iniciar un ayuno prolongado. Si la última comida que queda en el
estómago es de frutas frescas y verduras, no debe tener ninguna
dificultad con el estreñimiento.
La primera comida después de un ayuno prolongado debe ser
jugo de frutas o verduras. Al principio se deben tomar pequeñas
cantidades. Recuerde que el estómago se ha contraído
considerablemente y que todo el sistema digestivo ha entrado en
cierta clase de hibernación. El segundo día, después de haber
terminado el ayuno, debe comer frutas y yogurt. Luego puede
comer ensaladas frescas y vegetales cocidos. Evite en la ensalada
todos los aderezos y todo lo que tenga grasa o almidón. Debe
tenerse un extremo cuidado de no comer mucho. En este tiempo es
bueno pensar en la dieta futura y en los hábitos de comer, para ver
si debe ser más disciplinado y tener dominio de su apetito.
Aunque los aspectos físicos del ayuno nos intrigan, nunca
debemos olvidar que el principal propósito del ayuno bíblico está en
el área del espíritu. Lo que ocurre espiritualmente tiene
consecuencias mucho más importantes que lo que sucede
corporalmente. Estará en una batalla espiritual para la cual
necesitará todas las armas que nos habla Efesios 6. Uno de los
períodos espiritualmente más críticos ocurre cuando acaba el ayuno
físico; es cuando nos viene la tendencia natural de relajarnos. Pero
no piense que todo ayuno es una fuerte lucha espiritual. También
hay “…justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo”[51].
El ayuno puede traer bendiciones en la vida espiritual que
nunca pudieran obtenerse de ninguna otra manera. Es un medio de
la gracia de Dios y una bendición que no debiera descuidarse por
más tiempo. No solo por conocimiento es que el Pueblo de Dios ha
sido dirigido al ayuno en toda la historia como un medio, sino que
ha sido enseñado sobre esto por el mismo Dios, mediante
revelaciones claras y expresas de Su Voluntad. Ahora bien,
cualquiera que haya sido las razones que movieron a los de tiempos
atrás para el ardiente y constante cumplimiento de este deber, esas
razones deben ser de igual valor para estimularnos a nosotros hoy.
B. Las Disciplinas Externas.
1. La Disciplina de la Sencillez.
El diccionario define la sencillez como lo que carece de
ostentación y adornos. Por otra parte, uno de los antónimos de la
sencillez, es la soberbia u orgullo. Y es que la sencillez es libertad,
mientras que el orgullo es esclavitud; la sencillez nos trae gozo y
equilibrio, mientras que el orgullo nos trae temor. Salomón escribió:
“Cuando vino la soberbia, vino también la deshonra; mas con los humildes
es la sabiduría”[52].
La disciplina cristiana de la sencillez es una realidad interna
que da como resultado de un estilo de vida externo. No podemos
tratar de engañarnos pensando en que podemos ser sencillos y
humildes, cuando pasamos la vida henchidos de orgullo. Solo un
hombre tonto puede decir: “Estoy orgulloso de mi humildad”.
Si tratamos de arreglar el exterior de nuestra vida, sin que
nuestra realidad interna haya cambiado, estaremos en la vía hacia el
legalismo mortal. La sencillez comienza en lo más profundo de
nuestro corazón. Cuando experimentamos la realidad interna de la
sencillez, nuestro exterior se verá liberado. Se acabará aquel deseo
de ser el centro del universo, no necesitaremos de la extravagancia y
pompa del mundo para saber que somos importantes, ya que
sabremos que somos importantes para Dios y Él es lo más
importante. Las cosas materiales no nos van a atar y si se nos llevara
a un desierto donde no hay comodidades, seríamos felices.
La cultura occidental moderna es una de adquisiciones y gastos
superficiales. No valemos por lo que somos sino por lo que tenemos.
El hombre moderno está fracturado y fragmentado internamente.
Cuando salimos para la Iglesia, no podemos alabar libremente
porque estamos preocupados por las posesiones que dejamos solas
en nuestra casa. Estamos atrapados en un laberinto de compromisos
que compiten entre sí. Vivimos atormentados por el qué dirán y nos
convertimos en sicóticos consumistas, anhelando cosas que no
necesitamos y que aun no tenemos tiempo para disfrutar.
Compramos cosas para impresionar a personas a las que en nuestro
interior odiamos y como queremos que ardan de envidia, se las
paseamos por la cara. Vivimos de acuerdo a la moda y desechamos
en la basura cosas que hace solo unos días compramos porque ya
son “obsoletas”. Nos sentimos avergonzados de nuestra ropa si ya no
se encuentra en los aparadores de las tiendas y si podemos
cambiaremos nuestro auto del año pasado por el de este, aunque
casi tenemos que alquilar un globo cada vez que tenemos que pagar
las cuotas en el banco porque nuestras deudas están por las nubes.
Los medios de comunicación nos han convencido de que si no
estamos con la moda, no vivimos de acuerdo a la realidad.
Ya es hora que los cristianos despertemos de el embrujo de
la sociedad moderna y enferma. Si no comprendemos que una
sociedad que a lo bueno llaman malo y a lo malo bueno está
trastornada, estaremos tan trastornados como ella y no podremos
desear la sencillez cristiana.
Este mundo psicótico nos dice que la heroína es la muchacha pobre
de campo que llega a la ciudad y se casa con el hijo de la familia a la que
llegó a servir y así se convierte ella en una gran dama, mientras deja en el
olvido a hombres ricos que renunciaron a los placeres materiales para servir
al prójimo. A la codicia se le llama “ambición”. A la avaricia, “prudencia”
o “industria”. Se ha llegado a creer que el estilo de vida superficial es un
mejoramiento de la sociedad. Al abrir el diario y ver la programación de la
televisión, podemos contar por lo menos cinco o seis programas que
dedican tiempo y dinero a investigar las intimidades del mundillo
farandulero. El que una “actriz” que salió en una película de segunda
categoría por cinco segundos llegue a casarse en una de las playas de
nuestro país, es motivo para que se pase la “noticia” en tres de los
telenoticieros en todas sus ediciones.
La cultura contraproducente en la que vivimos es un reflejo
de los peores rasgos de la antigua sociedad enferma. La revolución
no es legalizar el uso de las drogas o el aborto o las bodas entre
homosexuales, sino que son parte de la perversión del antiguo
orden y una expresión de muerte.
La sencillez cristiana nos impulsa a que nos opongamos a la
psicosis reinante. Los cristianos debemos ser osados y debemos
aprender a decir ¡no! a todas las expresiones de muerte de la
sociedad moderna. La disciplina de la sencillez cristiana no es un
sueño perdido o utópico, sino es más bien una visión recurrente a
través de la historia que puede ser recapturada hoy mismo.

a. La Biblia y la sencillez.
Para poder recapturar la disciplina de la sencillez
cristiana, debemos destruir la idea de que la Biblia es anticuada y no
sirve para responder a asuntos importantes como la economía. A
menudo se cree que nuestra respuesta a la riqueza es un asunto
individual. Se dice que esto es un asunto de interpretación privada y
en algunos grupos religiosos se enseña que solo los exitosos en
asuntos económicos son los verdaderos cristianos. La Biblia no
enseña nada de esto. La Biblia desafía todos los conceptos de la
economía de la sociedad consumista moderna. En el Antiguo
Testamento se niega el concepto de la propiedad privada. La tierra
pertenece a Dios y por ello nadie podía poseerla a perpetuidad y por
ello en el año del jubileo, todos los que habían comprado un terreno,
debían devolverlo a quien se lo vendió. ¿No es interesante que Toro
Sentado, el jefe indígena norteamericano pensara lo mismo sin haber
leído jamás la Biblia?
Si Israel hubiera cumplido fielmente con el año del jubileo,
nunca hubiera habido pobreza en esa nación y no serían los
israelitas los que controlaran la economía mundial el día de hoy.
La Biblia condena el apego a las riquezas. “Si se aumentan
las riquezas, no pongáis el corazón en ellas”[53]. El décimo
mandamiento de la Ley se dirige contra la codicia, ese apasionado
deseo de tener, que conduce al robo, asesinato y opresión. Jesús
mismo condenó a “mammón”, el término arameo que se traduce
como “riqueza”. También dijo: “Ningún siervo puede servir a dos
señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o se allegará al uno y
menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas”[54]. Jesús
manifestó que para un rico era más difícil entrar al Reino de Dios y
les advirtió que ya habían recibido el consuelo que querían[55]. Él
vio las garras de la riqueza alrededor del cuello de quien las posee y
manifestó: “…donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro
corazón”[56]; por ello pidió a sus discípulos que no se hicieran
tesoros en la tierra[57]. Él no está diciendo que un cristiano no
puede tener riquezas, sino que su confianza no debe estar en esas
riquezas.
Jesús habló sobre la cuestión de la economía más que de
cualquier otro asunto social. Si nuestro Señor hizo énfasis en los
peligros espirituales de la riqueza, en una sociedad tan sencilla
coma la del siglo I, cuánto más nosotros que vivimos en una
sociedad sumamente rica debiéramos tener en serio la cuestión
económica.
Pablo también se ocupo en este sentido. “Porque los que
quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias
y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición”[58]. El
obispo debe ser “no avaro”[59]. Los diáconos no deben ser “codiciosos
de ganancias deshonestas”[60]. El escritor de Hebreos dijo: “Sean
vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque
él dijo: No te desampararé, ni te dejaré”[61]. Santiago echó la culpa de
las muertes y de las guerras a la pasión por tener posesiones:
“Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar;
combatís y lucháis…”[62]. Pablo llamó a la avaricia “idolatría”, y
ordenó a la iglesia de Corinto que ejerciera una severa disciplina
contra cualquier avaro[63]. Él enumeró la avaricia junto con el
adulterio y el robo y declaró que los que viven en esas cosas no
heredarán el Reino de Dios. Aconsejó, además, que los ricos no
confíen en sus riquezas, sino en Dios, y a que compartan
generosamente sus riquezas con los demás[64].
Pero de nuevo aclaramos que no es que Dios quiere que
los cristianos vivamos en la pobreza. Toda la creación es buena y fue
hecha para que la disfrutáramos, pero los ascéticos enseñan que lo
material es malo y por lo tanto solo hay que ocuparse en lo
espiritual. El ascetismo y la sencillez se oponen entre sí. No se deje
engañar: Una persona no es sencilla porque sea pobre. Hay pobres
que enorgullecen de su condición y jamás salen de ella, porque
creen que el mundo les debe. El ascetismo renuncia a las posesiones,
la sencillez pone a las posesiones en perspectiva. El ascetismo no
puede ver las bendiciones de Dios para sus hijos, la sencillez se
regocija tanto en la estrechez como en la abundancia[65]. La
sencillez es lo único que puede reorientar suficientemente nuestra
vida, de tal modo que disfrutemos genuinamente de nuestras
posesiones sin destruirnos. Sin la sencillez, las riquezas nos
posesionarán o caeremos en el ascetismo legalista anticristiano. Los
dos conducen a la idolatría, uno a las riquezas y el otro al “orgullo de
ser humildes”.

b. Apoyados correctamente.
Arquímedes dijo: “Denme un punto de apoyo y moveré la
tierra”. Esto es necesario también en cualquier disciplina,
especialmente en la de la sencillez, ya que ella es la más visible y
expuesta a la corrupción.
La mayoría de los cristianos no nos ocupamos de la
sencillez y pasamos por alto lo que Jesús enseñó sobre ella porque
desafía los intereses de nuestra vida, además que nos libera de
tentaciones hacia el legalismo. Si no tomamos en cuenta la sencillez,
no hay problema en la ropa que usamos o en las cosas que hacemos,
porque estamos viviendo de acuerdo a la corriente del mundo.
Jesús enseñó: “No os afanéis por vuestra vida, qué habéis
de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir.
¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad
las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y
vuestro Padre celestial las alimenta, ¿no valéis vosotros mucho más que
ellas? ¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su
estatura un codo? Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los
lirios del campo, cómo crecen: No trabajan, ni hilan; pero os digo, que ni
aun Salomón con toda su gloria se vistió como uno de ellos. Y si la hierba
del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, se viste así, ¿no hará
más a vosotros, hombres de poca fe? No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué
comeremos o qué beberemos o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan
todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe de qué tenéis necesidad
de todas estas cosas. Más buscad primeramente el reino de Dios y su
justicia y todas estas cosas os serán añadidas”[66].
Lo más importante para la disciplina de la sencillez
consiste en buscar el Reino de los Cielos y su justicia. Para Jesús era
muy importante que se mantuvieran las “primeras cosas” como
primeras. Nada es más importante que el Reino de los Cielos, ni
siquiera la sencillez, ya que esta podría convertirse en idolatría,
cuando esta es más importante que el buscar el Reino de los Cielos.
Para poder ser ciudadanos del Reino de los Cielos
necesitamos ser libres de los afanes, incluso el afán por vivir
sencillamente; y esta libertad se caracteriza por tres actitudes
internas:

1) Aceptar que lo que tenemos es un don de Dios. Él está


al cuidado de nosotros y nos da lo que necesitamos, por lo que no es
correcto que nos apeguemos a las cosas que Él da de acuerdo a Su
misericordia. Es cierto, trabajamos para adquirir nuestras finanzas,
pero si Dios no nos da salud, perderemos la oportunidad de
trabajar. No tenemos trabajo porque somos muy capaces, sino por la
gracia de Dios. El aire, el sol y el agua son bendiciones de parte de
Dios.

2) Aceptar que el cuidado de lo que tenemos es asunto de


Dios y no nuestro. Dios protege lo que tenemos. Podemos confiar en
Él. Esto no significa que usted va a dejar las llaves de su auto en la
ignición o que la puerta de la casa puede quedarse abierta cuando
toda la familia sale o que dejaremos de pagar el seguro contra
incendios. Pero estamos conscientes que no es la cerradura o las
rejas de la ventana lo que está protegiendo nuestro hogar. El sentido
común nos dice que debemos ser precavidos, pero eso no quiere
decir que debemos estar afanados. No existe una precaución a
prueba de ladrones, ellos entran a robar incluso a los bancos que
están súper protegidos. Estas cosas no solo se limitan a las
posesiones, sino que incluye nuestra reputación y el empleo.

3) Las bendiciones que Dios nos da deben estar a disposición


de los demás. Lutero dijo: “Si nuestros bienes no están a disposición de
la comunidad, son bienes robados”. El temor al futuro hace que
temamos a esta frase, pero si aprendemos a creer lo que nos dice la
Escritura, el temor no va a gobernarnos.

c. La sencillez manifestada externamente.


La sencillez no puede limitarse a lo interno. Si algo interno
no tiene una manifestación externa, es falso. Claro, se corre el riesgo
de que cuando aplicamos la sencillez a lo externo, estamos
expuestos a caer en el legalismo. Pero es un riesgo que hay que
correr.
Vamos a enumerar diez principios que controlan la
manifestación externa de la sencillez; pero no los consideremos
como leyes, sino como un intento por incorporar el significado de la
sencillez en la vida del siglo XXI:

1) Compre cosas por la utilidad y no por el nivel social que van


a manifestar. No piense cómo va a impresionar a los demás. Si usted
tiene una familia de cuatro, ¿para qué necesita una casa de diez
dormitorios? ¿Para qué pagar cierta cantidad de dinero por unos
tenis de marca si puede comprar por menos de la mitad otros de
una marca no tan conocida? No se deje guiar por lo que dicen las
revistas de modas. Los artículos que ahí se escriben son pagados por
los dueños de las industrias que los fabrican, a quienes les interesa
solamente que usted compre, aunque no lo necesite. No impresione
a las personas con lo que tiene, sino con la manera en que vive.

2) Rechace cualquier cosa que le produzca vicio. Aprenda a


distinguir entre una necesidad y una adicción. Elimine las bebidas
gaseosas ya que están cargadas de azúcar, el cual es disimulado con
el gas, así como cualquier otra que lo aprisione. Si no puede vivir
con el televisor apagado, es mejor desecharlo. Si el dinero es su
vicio, comience a ayudar a los necesitados y viva con lo necesario.

3) Regale cosas. El dar produce gozo. Hay personas que


tienen su ropero lleno y cuando pasa un mendigo pidiendo ayuda,
le dicen que no tienen nada que dar. Cuando tenga la oportunidad,
invite a un indigente a almorzar en un restaurante. Nunca va a
olvidar el gesto de admiración y agradecimiento que recibirá de esa
persona. Deje de acumular cosas en su casa; dentro de un tiempo le
serán estorbosas y verá que están dañadas por falta de uso, así que
tendrá que tirarlas a la basura, mejor regálelas antes.

4) No crea en todos los comerciales que ve en la televisión.


Lo que se inventó para ahorrar tiempo, casi nunca lo logra. La
mayoría de estos aparatos son de poca vida productiva. Hoy existe
una plaga en la industria de fabricar cuerpos esbeltos y musculosos.
Todos los días se anuncian muchos artículos para hacer perder peso
que van desde pastillas hasta aparatos complicadísimos y caros, y ¡el
nuevo hace todo lo que hacían los demás, pero mejor! Las niñas son
bombardeadas con “nuevas muñecas”, la que se sienta, la que llora, la
enfermera, la maestra, la que va a la playa, etc.; y si usted le quita la
ropa a todas, ¡verá que son la misma! ¿Ha visto usted que el 25 de
Diciembre en toda casa donde hay niños se escuchan sirenas y
pitoretas de los autos de juguete, pero que para el 1 de Enero todas
se han apagado? Déle a sus niños juguetes educativos. Si
pusiéramos algo de esfuerzo en tratar de conservar el medio
ambiente, dejaríamos de comprar tantas cosas para el hogar:
Microondas, ollas arroceras, freidoras, calentadores, enfriadores,
saca polvo, purificadores, etc. ¿Sabe diferente el hielo porque un
cubito es sacado de una vieja refrigeradora y el otro sale de una
nueva con “ice maker”?

5) Aprenda a disfrutar de las cosas sin poseerlas. Nuestra


cultura, que por lo general nos han inyectado por la televisión, nos
dice que debemos tratar de ser los dueños del mundo, pero ¿qué nos
llevaremos cuando muramos? Usted puede disfrutar de la playa sin
necesidad de comprarla, o de un atardecer, o del viento fresco.

6) Aprecie más la creación. Acérquese a la tierra. Deje a un lado


su automóvil y camine. Escuche el canto de las aves, disfrute del
olor de la tierra cuando llueve. Admire la gama de colores que hay
en la naturaleza, recuerde que “de Adonay es la tierra y su
plenitud”[67].

7) Procure no comprar al crédito. En la Biblia, el hecho de la


usura es considerado una explotación inhumana y una negación del
cristianismo. Es cierto que hay artículos que es muy difícil comprar
al contado, como una casa o un vehículo, pero ¿para qué se va a
meter en una deuda por comprar un televisor? ¿Por qué no guarda
mejor algo de dinero cada quincena y compra lo que quiere cuando
ya tenga lo suficiente? Le aseguro que le saldrá más barato y le
librará de muchos pesares. Si usa una tarjeta de crédito, úsela
sabiamente, puede pagar con su salario quincenal la deuda de la
tarjeta y comprar con ella, eso le generará puntos o premios y no le
cobrarán intereses.

8) Procure hablar de forma sencilla. Jesús dijo: “Pero sea


vuestro hablar sí, sí, o no, no; porque lo que es más que esto, del mal
procede”[68]. Si se comprometió a hacer algo, hágalo. No use elogios
para su jefe o patrón. A nadie le caen bien los lisonjeros. No utilice
vocabulario de doble sentido ni vulgar. No porque la mayoría lo
dice o aun, porque una palabra aparece el Diccionario de la Real
Academia Española de la Lengua, es correcta.

9) Nunca oprima a los demás. No hagamos con nuestros


hechos que otros se empobrezcan ni permitamos que otros hagan los
trabajos que son de nuestra responsabilidad. Hay padres que están
deseando que sus hijos crezcan para mandarlos a trabajar y que los
mantengan. Los hijos no tienen obligación de mantener a sus padres
a no ser que estén muy viejos y enfermos. Los prejuicios raciales y
sexuales jamás deben estar en la mente de un cristiano. Una persona
no es más o menos porque su piel es más clara u oscura o porque
haya nacido en tal o cual país. Una mujer que desempeña un trabajo
similar al de un hombre, debe recibir igual salario.

10) Evite cualquier cosa que lo distraiga de su meta principal.


No se involucre en los negocios del mundo. No trabaje horas extra
cuando debía estar en la reunión de la Iglesia. No ponga en primer
lugar las “grandes responsabilidades” de la vida sobre las
responsabilidades con Dios, la familia y la iglesia. Recordemos que
Jesús nos exhorta: “Buscad primeramente el reino de Dios y su
justicia…”

2. La Disciplina del Retiro.


La mayoría de los seres humanos fuimos criados con la idea de
que siempre debemos estar acompañados. Creemos que cuando una
persona no está acompañada, no “está en ambiente”. Hemos llegado a
considerar que un anciano solo en el asilo, está sufriendo, aunque no
vamos a decir que es bueno dejarlos abandonados.
Como estamos tan deseosos de estar acompañados, dejamos
que el ruido y las multitudes nos absorban. Queremos estar
enterados de las novedades y que nuestro vocabulario sea igual al
de nuestros contemporáneos. Debemos estar a la moda. Debemos
andar con radios que nos dicen que no estamos solos, condenados al
silencio.
Aunque hay momentos en que es bueno estar con otros, como
cuando nos reunimos en la Iglesia; no siempre debemos estar
acompañados. Debemos aprender a cultivar el retiro y el silencio.
Pero aclaremos. El retiro no es un lugar. El retiro es un estado
mental. La presencia de la multitud o su ausencia, tiene muy poca
relación con el retiro interno. Usted puede irse a vivir al desierto en
una cueva y nunca encontrar la paz del retiro. Pero si tenemos un
retiro interno, nunca nos sentiremos solos. El ruido y la confusión
no van a alterar nuestro retiro.
El retiro interno también se manifestará externamente.
Podemos estar a solas, no para estar retirados de la gente, sino para
oír mejor a Dios. Jesús se retiró por 40 días al inicio de su ministerio
(Mateo 4.1-11). Antes de escoger a los doce Enviados, pasó la noche
en el desierto (Lucas 6.12). Cuando Juan el Bautista murió, Jesús “se
apartó de alí en una barca a un lugar desierto y apartado…” (Mateo
14.13). Después de alimentar a la multitud, “subió al monte a orar
aparte…” (Mateo 14.23). En otra ocasión, “levantándose muy de
mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí
oraba” (Marcos 1.35). Al regresar los discípulos de su misión, les dijo:
“Venid vosotros aparte a un lugar desierto…” (Marcos 6.31). Y así
podemos continuar buscando pasajes que hablan de los momentos
en que Jesús y sus discípulos se retiraron aparte.
Necesitamos buscar la tranquilidad recreativa del retiro, si
queremos estar con otras personas de manera significativa. Tenemos
que buscar el compañerismo y confiar en la responsabilidad de
otros, si queremos estar a solas con seguridad. Tenemos que cultivar
las dos cosas si queremos vivir obedientemente.

a. El retiro y el silencio.
Estamos acostumbrados al bullicio de cada día, tanto que
cuando llegamos a un lugar silencioso, nos extrañamos, pero sin
silencio no hay retiro. Aunque el silencio envuelve algunas veces la
ausencia de palabras, siempre envuelve el acto de oír. El solo hecho
de no hablar, sin que el corazón esté oyendo a Dios, no es silencio.
Un día lleno de bullicio puede ser un día de silencio, si los
ruidos se convierten para nosotros en un eco de la presencia de
Dios; si las voces son mensajes de Dios. Cuando hablamos de
nosotros mismos y estamos llenos de nuestro ego, dejamos el
silencio. Cuando repetimos las íntimas palabras que Dios ha dejado
dentro de nosotros, el silencio permanece intacto.
Tenemos que entender la relación que hay entre el retiro
interno y el silencio interno. Los dos son inseparables. Todos los
maestros de la vida interna hablan de los dos en el mismo sentido.
Hay un antiguo proverbio que dice: “El hombre que abre su
boca, cierra sus ojos”. El propósito del silencio y del retiro es poder
ver y oír. La clave del silencio no es la ausencia de ruido, sino el
control de este. El hermano del Señor sabía que quien puede
gobernar su lengua es perfecto[69]. Al introducirnos en la disciplina
del retiro, aprendemos cuándo hablar y cuándo callar. Hay personas
que se han equivocado en esto y se proponen no hablar por cierto
tiempo, pero lo que están haciendo es confundiendo la disciplina
con una ley. Por algo decía Tomás de Kempis: “Es más fácil estar
completamente en silencio que hablar con moderación”. Y Salomón
escribe que hay “tiempo de callar, y tiempo de hablar”[70].
La persona disciplinada es la que puede hacer lo que es
necesario hacer cuando es necesario hacerlo. Lo que distingue al
equipo campeón de baloncesto es que puede anotar los puntos
cuando sea necesarios. La mayoría podemos meter la bola en el aro
de vez en cuando, pero quizás no lo podamos hacer cuando sea
necesario. De igual manera, la persona que se ha sometido a la
disciplina del silencio puede decir lo que es necesario que se diga
cuando sea necesario decirlo. “Manzana de oro con figuras de plata es la
palabra dicha como conviene”[71]. Si guardamos silencio cuando
debemos hablar, no estamos practicando la disciplina del silencio. Si
hablamos cuando debemos callar, de nuevo estamos equivocados.
b. El sacrificio de los necios.
“…acércate más para oír que para ofrecer el sacrificio de los
necios. No te des prisa con tu boca, ni tu corazón se apresure a proferir
palabra delante de Dios; porque Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra;
por tanto, sean pocas tus palabras”[72]. El sacrificio de los necios es la
conversación religiosa iniciada humanamente.
Cuando Jesús tomó a Pedro, Jacobo y Juan, y los llevó al
monte y se transfiguró delante de ellos, aparecieron Moisés y Elías,
y sostuvieron una conversación con Jesús. El texto continúa:
“Entonces Pedro dijo a Jesús:…si quieres, hagamos aquí tres
enramadas…”[73]. Este hecho es revelador. Nadie estaba hablando
con Pedro. Él estaba ofreciendo el sacrificio de los necios.
Muchas veces no logramos permanecer en silencio y
hablamos, para luego darnos cuenta de que cometimos graves
errores. Hablamos porque nos sentimos indefensos. Estamos
acostumbrados a confiar en que las palabras controlen a los demás.
Si callamos, ¿quién tomará el control? Le aseguro que ¡Dios lo hará!
Pero mientras no confiemos en Él, esto no ocurrirá. La lengua es un
arma poderosa para manipular a nuestros semejantes. Mire a los
políticos. Ellos, con su lengua, manipulan la mente de las personas y
llevan a la mayoría a hacer lo que es un bienestar, por lo general,
para la minoría. Cuando hacemos algo incorrecto, buscamos con
palabras, manipular el pensamiento de los demás para que
aprueben lo que hicimos. El silencio es una disciplina que hace que
todo esto se detenga.
El silencio produce libertad para permitir que nuestra
justificación descanse por completo en la mano de Dios. El silencio
nos liberta del “espíritu de esclavitud” por medio del que muchos
están sujetos a la voluntad de otros seres humanos.
La lengua es un termómetro que indica nuestra
temperatura espiritual y al mismo tiempo un termostato para
controlar esa temperatura. En el retiro es donde llegamos a
experimentar el “silencio de Dios” y a recibir el silencio interno en
nuestro corazón.

c. La tenebrosa noche del alma.


Juan de la Cruz habló de una “tenebrosa noche del alma” que es
algún punto de nuestra vida, que no es malo ni bueno, sino que es
como una persona enferma aceptaría una intervención quirúrgica.
Esta noche de tinieblas no quiere hacernos daño, sino libertarnos,
guiarnos.
Entramos en esa tenebrosa noche por un sentido de sequedad,
de depresión o de perdición. Nos quita la dependencia de la vida
emocional. Muchos cristianos desean vivir en paz, consuelo, gozo y
júbilo, dejando ver cuán superficial es su vida espiritual. Pero
cuando entramos en la noche tenebrosa, Dios nos lleva al silencio, a
la calma, en donde Él se mueve y ahí es donde nos transforma.
¿Cómo podemos llegar a la noche tenebrosa? Lea la
maravillosa historia de Elías, quien se encontró en un momento de
gloria cuando Dios le respondió contra los profetas de Baal, pero
luego, cuando tuvo que huir al desierto y se escondió de Jezabel,
clamó a Dios incluso para que lo matara. Y vino un fuerte viento y
luego un terremoto y después un fuego, pero Dios no estaba en estas
cosas tan impresionantes. Más cuando se escuchó un silbo apacible
y suave, el profeta pudo sentir la presencia de Dios y su ministerio y
misión fueron restaurados[74].

3. La Disciplina de la Sumisión.
Quizá esta es la disciplina cristiana de la cual se ha abusado
más a lo largo de toda la historia de la Iglesia. Por algo Engels y
Marx decían que la religión es el opio de los pueblos. Son muchos
los que se han aprovechado de someter a las masas con el pretexto
de la religión.
Hay que tomar en cuenta que toda disciplina tiene su libertad.
Si nos gusta usar la disciplina de la retórica, podemos pronunciar
libremente un discurso conmovedor en el momento adecuado, pero
eso no nos obliga a que siempre hablemos de esa forma. Nuestra
meta es la libertad, no la disciplina.
Por sí solas, las disciplinas no valen nada. Solo tienen valor
cuando las usamos como medio para ser útiles en la Obra de Dios y
esto produzca libertad. La disciplina no es la respuesta, sino que nos
conduce a ella.

a. Libres en la Sumisión.
Aunque parece una contradicción, podemos ser libres al
estar sumisos. Se nos alienta a tratar de salirnos siempre con
nuestros deseos. Somos como bebés berrinchosos que buscamos que
siempre se nos ponga atención y como no siempre podemos salirnos
con la nuestra, nos llenamos de “estrés” y de úlceras estomacales.
Al practicar la disciplina de la sumisión, quedamos libres
para dejar todas las cosas de lado y olvidarlas. La verdad es que la
mayoría de las cosas en la vida no son tan importantes. Lo que hoy
parece de vida o muerte, mañana ni siquiera lo recordaremos.
En casi todas las congregaciones, en realidad en todas, se
producen pleitos y divisiones. Se pelea por el color de las cortinas, la
forma del cesto de las ofrendas, la velocidad de los cantos, la versión
de la Biblia, el largo del cabello, el tamaño y número de las copas de
la Santa Cena, si usamos vino o jugo de uvas, etc. Lo que ocurre es
que nos negamos a rendir nuestra voluntad a la de los demás.
Insistimos en que la marca del jugo de uvas es algo crítico y un
principio sagrado. Solo la sumisión nos capacita para distinguir
entre lo vital y lo superficial. Si comprendemos que no todo en la
vida es fundamental, podemos vivir con moderación.
No estamos diciendo que debemos aceptar todo lo que los
demás quieran imponer, sino que debemos saber distinguir entre la
importancia de las cosas, en si hay un mandato directo en las
Escrituras o más bien quedamos en libertad para escoger como
hacer o usar las cosas. Por ejemplo: La Biblia no dice si el jugo de
uva de la Santa Cena debe ser repartido en muchas copitas o se debe
usar una sola copa, así que eso no es relevante; pero la Biblia si dice
que el matrimonio debe estar compuesto por un hombre y una
mujer, así que si queremos salirnos de estos límites estaríamos
pecando.
Con la sumisión quedamos libres para evaluar, no juzgar, a
otras personas. Sus sueños y planes se vuelven importantes para
nosotros. Hemos entrado en una libertad nueva, maravillosa y
gloriosa, la libertad de renunciar a nuestros propios derechos por el
bien de los demás. Por primera vez podemos amar a las personas
incondicionalmente. Renunciamos al derecho de que ellas nos
devuelvan el amor. Ya no sentimos que tenemos que ser tratados de
cierta manera. Podemos regocijarnos por el éxito de ellas. Sentimos
tristeza verdadera cuando fracasan.
Al practicar la disciplina de la sumisión descubrimos que
es mucho mejor servir a nuestro prójimo que lograr nuestros
caprichos. Quedamos libres de la ira y la amargura porque los
demás no hacen lo que decimos. Se cumple el mandato de Jesús:
“Amad a vuestros enemigos…y orad por los que os ultrajan y os
persiguen”[75].
b. La base bíblica.
Todo lo que hacemos los cristianos debe tener una base
bíblica innegable. Para afirmar la disciplina de la sumisión,
podemos usar Marcos 8.34: “Y llamando a la gente y a sus discípulos, les
dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su
cruz, y sígame”. La verdad es que estamos más cómodos con frases
como “satisfacción personal”, “nuestra realización” o “nuestros
derechos”, que con “renunciar”. La negación produce en nosotros
imágenes de servilismo y aborrecimiento personal. Nos vemos en
una actitud de auto mortificación.
Jesús habló de auto negación sin necesidad de
aborrecimiento. Negarse a uno mismo es llegar a entender que no
tiene que hacerse nuestra voluntad. La felicidad no depende de lo
que queremos. Negarnos no es sinónimo de perder la identidad,
sino todo lo contrario, ahí la encontramos.
Auto negación no es lo mismo que desprecio. Este
significa afirmar que no tenemos valor alguno, pero negarnos es
declarar que somos de valor infinito. El desprecio niega lo bueno de
la creación, mientras que negarnos es declarar esa bondad. Jesús dijo
que debíamos amarnos a nosotros mismos para poder amar a los
demás[76], y esto no contradice el negarse a uno mismo[77].
Renunciar significa la libertad para dar lugar a otros.
Significa poner los intereses de los demás por encima de los propios.
Nos libra de la auto compasión.
Cuando leemos las palabras de Jesús en Marcos 8.34: “Si
alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y
sígame”, causa un extraño sentimiento ya que no entendemos que el
cristianismo consiste en negar la auto satisfacción. Salvar la vida es
perderla.

c. La sumisión según Jesús.


En Occidente se ha llegado a pensar que el cristianismo es
la religión de este hemisferio y se le distingue de las otras religiones,
llamando a aquellas “religiones orientales”. La verdad es que el
cristianismo es originario, no de Oriente, sino de Dios. Aunque los
occidentales le dimos nuestro toque característico cambiando la idea
de la sumisión por una de grandeza. No aceptamos que el líder es el
siervo y se nos olvida que Jesús “se humilló a sí mismo, haciéndose
obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”[78]. Pero él no solo murió
en la cruz, sino que llevó una “vida de cruz”. Jesús vivió en sumisión
a los seres humanos, siendo siervo de todos. Rechazó los títulos
culturales, aunque era el Maestro, no quiso que le llamaran
“Rabí”[79]. Contrario a lo acostumbrado, tomó en serio a las mujeres
y dedicó tiempo a los niños. Estuvo dispuesto a lavar los pies de los
discípulos y prefirió la corona de espinas que la del rey.
La vida de Jesús nos habla de la renuncia a los privilegios,
de un cambio en el concepto del liderazgo. Él dijo: “Si alguno quiere
ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos”[80]. La
vida de cruz es la vida de la sumisión voluntaria. La vida de cruz es
la vida que libremente acepta la servidumbre.

d. La sumisión según las epístolas.


El apóstol Pablo es claro en cuanto a la sumisión cuando
dice: “estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo”,
teniendo en mente que Jesús se despojó a sí mismo y tomó forma de
siervo[81]. Pedro no se queda atrás cuando escribe: “Pues para esto
fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos
ejemplo, para que sigáis sus pisadas;…quien cuando le maldecían, no
respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba
la causa al que juzga justamente”[82].
Esta disciplina ha sido explotada por unos. La sumisión es
un tema ético que encontramos por todo el Nuevo Testamento. Es
una posición obligatoria del cristiano: Hombres, mujeres, hijos,
amos y esclavos, recibimos el mandato a vivir sujetos.
La única razón de la negación es que Jesús la practicó y
nosotros queremos imitarlo en todo.
Las epístolas del Nuevo Testamento llaman primero a la
subordinación a aquellos que, en virtud de tener determinada
cultura, ya están subordinados. “Casadas, estad sujetas a vuestros
maridos,…Hijos, obedeced a vuestros padres en todo,… Siervos, obedeced
en todo a vuestros amos terrenales…”[83]. Lo revolucionario de esto es
que se dirige a personas a quienes la cultura del primer siglo no les
ofrecía ninguna clase de alternativa, como si fueran libres agentes
morales. Dios les concedió responsabilidad moral a aquellos que no
tenían condición legal ni moral en su cultura. Él hace que decidan
aquellas personas a quienes se les prohibía tomar decisiones.
Luego, el Nuevo Testamento se vuelve al individuo
culturalmente dominante de la relación, y también lo llama a la vida
de cruz de Jesús. El mandato a la sujeción es para ambos: “Maridos,
amad a vuestras mujeres,…Padres, no exasperéis a vuestros hijos,…Amos,
haced lo que es justo y recto con vuestros siervos…”[84]. Tal vez la
ilustración más perfecta de la sumisión voluntaria sea la epístola a
Filemón. Onésimo, un esclavo de Filemón que se había escapado, se
convirtió a Cristo. Voluntariamente iba de regreso a casa de
Filemón. Pablo instó a Filemón a que recibiera a Onésimo, “no ya
como esclavo, sino como más que esclavo, como hermano amado”[85]. Casi
podríamos decir que de forma muy diplomática, Pablo pide a
Filemón que le conceda la libertad a Onésimo, que a su vez se
sometería a Filemón, y este a él[86].
Aunque no encontramos en el Nuevo Testamento un
mandato o una oposición directa a la esclavitud, el mandamiento de
la sumisión hace que los cristianos busquen vivir en un nuevo
orden, en donde no se necesita de la esclavitud porque todos
estamos sujetos a los demás.

e. ¿Hasta dónde alcanza la sumisión?


Cuando la sumisión comienza a afectar nuestra vida de tal
manera que sentimos que nos está destruyendo, es cuando hemos
llegado al límite de la sumisión. Algunos han querido someter a
otros por la fuerza o por temor, pero eso viola la ley del amor[87].
Pedro habló de una sumisión a “toda institución humana, ya
sea al rey, como a superior, ya los gobernadores…”[88]. Pero cuando el
gobierno quiso prohibir a Pedro que anunciara a Cristo, él
respondió: “juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes
que a Dios; porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y
oído”[89]. Más adelante dijo: “Es necesario obedecer a Dios antes que a
los hombres”[90]. También Pablo le dice a los romanos “Sométase toda
persona a las autoridades superiores”[91], pero cuando se encontró que
los gobernadores no estaban haciendo lo justo, protestó[92].
Los Enviados no estaban contradiciendo lo manifestado, sino
que comprendieron que había ciertos límites en donde si se pasa, la
sumisión puede ser destructiva. Pablo aconseja a las esposas que se
sometan a sus maridos, pero si un esposo hace violencia contra su
esposa, ¿debe ella seguir sometiéndose o acusarlo ante las
autoridades? No hay pecado si lo acusa, ya que ella podría estar
exponiéndose incluso a la muerte con ese hombre.
Con frecuencia es sumamente difícil definir cuáles son los
límites de la sumisión. ¿Qué diremos del profesor que califica
injustamente al estudiante? ¿Se somete el estudiante, o resiste? ¿Qué
diremos del patrón que promueve a sus empleados basado en el
favoritismo y en los intereses creados? ¿Qué hace el empleado que
es despojado de su ascenso correspondiente, especialmente si este
ascenso es necesario para el bien de su familia?
Estas son preguntas sumamente complicadas por el hecho
de que las relaciones humanas son complicadas. Son preguntas que
no exigen respuestas simplistas. No existe nada que se llame la ley
de la sumisión, que cubra toda situación.
No es una evasión del asunto decir que al definir los límites
de la sumisión tenemos que depender profundamente del Espíritu
Santo. Que es un agudo discernidor de los pensamientos y de las
intenciones del corazón, tanto en las demás personas como en
nosotros.

f. Los actos de la sumisión.


La sumisión y el servicio funcionan juntos, sin embargo hay
siete actos de sumisión que debemos comentar brevemente:

1) A Dios. Al iniciar nuestro día esperamos delante del


Señor, rindiendo nuestro cuerpo, mente y espíritu a Sus propósitos.
Pasamos el resto del día sometidos a Él, dando muestras de nuestra
rendición y en la noche, antes de ir a dormir, nos entregamos de
nuevo a Él.

2) A la Biblia. Al aceptar la Biblia como la Palabra de Dios,


oyéndola, recibiéndola y obedeciéndola, permitimos al Espíritu
Santo que fructifique en nuestra vida.

3) A la familia. Si obedecemos las benditas palabras de


Filipenses 2.4: “No mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual
también por lo de los otros”, nuestra familia será un remanso de paz,
pudiendo compartir todas las bendiciones de Dios.

4) A los que nos rodean. Con una vida sencilla y bondadosa


nos sometemos a ellos. Brindando nuestra ayuda cuando es
necesario, al saludarlos sinceramente y manifestarles cortesía,
compartiendo con ellos algo de las bendiciones que el Señor nos
regala, etc.

5) A la Iglesia. No solo debemos reunirnos con la


congregación, sino que debemos compartir con ellos en las
diferentes tareas que hay que realizar, ya sea en la parte material,
como lo es el arreglo del edificio, como lo es en la parte espiritual
como salir a evangelizar.

6) A los quebrantados y despreciados. En toda sociedad hay


“viudas y huérfanos”, personas desvalidas, indefensas[93], a quienes
debemos brindar nuestra mano de amor.

7) Al mundo. La comunidad en la que nos movemos no es


independiente, sino interdependiente. No podemos encerrarnos en
una burbuja y olvidarnos que el resto de la gente existe. Tenemos
responsabilidades con la biodiversidad. Cada cosa que daña al resto
del mundo nos afecta a nosotros de forma indirecta, así que es
nuestra responsabilidad atacar esas cosas dañinas de forma directa
para salir beneficiados de forma indirecta.

4. La Disciplina del Servicio.


La costumbre en cuanto a reuniones especiales en la tierra de
Israel en el siglo I decía que los pies debían ser lavados por el siervo
más insignificante de la casa. Los discípulos ya habían discutiendo
sobre quién de ellos sería el menor[94], lo que indicaba que alguno
tendría que ser el menor. Quizá no nos importe tanto no ser el más
importante, pero nadie quiere ser el menos importante.
Al estar reunidos para la Pascua, como nadie quería ser el
menor, todos se postraron en la mesa con los pies sucios. A pesar de
que todos conocían la costumbre, ninguno estaba dispuesto a
discutir nada. Jesús tomó una toalla y una vasija de agua porque iba
a redefinir la grandeza. Él había venido como siervo y llama a sus
discípulos a una vida de servicio: “Pues si yo, el Señor y el Maestro, he
lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los
otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros
también hagáis”[95].
Tal vez no se nos hace tan difícil entender el llamado de Jesús
acerca de dejar a los padres, la casa y las propiedades para seguirlo
a Él. Pero qué complicado lo es el asunto de lavar los pies de los
demás. Si nos vamos como misioneros a evangelizar a los indígenas
del Amazonas queda la posibilidad, si es necesario, de morir como
mártires y héroes; pero inclinarnos a lavar los pies de los hermanos
es algo demasiado profano y ordinario.
En la disciplina del servicio hay también gran libertad. El
servicio nos ayuda a decir “no” a los juegos de promoción y
autoridad del mundo. Elimina nuestra necesidad de una “ley del más
fuerte”. Los que hablan de esa “ley” se parecen a ¡las gallinas! En el
gallinero hay un gran alboroto hasta que se defina quién es mayor y
quién menor. Un grupo de personas no puede reunirse en paz hasta
que se establezca quién manda.
No estamos diciendo que no debe haber líderes, esto es
imposible. Aun entre Jesús y su grupo había un liderazgo. Pero
Jesús enseña que el liderazgo no está en manos del que más levanta
la voz, sino del que más hace por el bienestar del grupo, del que está
dispuesto a servir[96].

a. ¿Fariseos o siervos?
Pero no debemos confundirnos, ya que hay quienes sirven de
forma farisaica, es decir, los que se desgastan a sí mismos haciendo
cálculos de las ganancias que le pueden resultar. El servicio farisaico
se impresiona con lo grande. Se preocupa por que lo que ha hecho
se anuncie a toda voz. Es como el político que en su campaña
electorera llama a la prensa para que hagan un artículo de él cuando
estaba recogiendo una bolsa de basura. El siervo verdadero hace lo
que debe y si nadie lo vio, se siente mejor. Lo que él quiere es servir.
El servicio farisaico necesita de las cosas externas. Necesita que
lo reconozcan. Se vuelve fanático de los resultados y se molesta
cuando estos no son efectivos. El servicio verdadero se contenta con
servir, incluso a los que lo odian, mientras que el fariseo escoge a
quién servir y por ello busca hacerlo a los poderosos o delante de
ellos.
El que sirve de la manera farisaica se siente motivado o no por
las disposiciones de ánimo y los caprichos. Solo puede servir cuando
“siente el deseo de servir”, o como dicen algunos “movido por el
Espíritu”. El verdadero siervo lo hace cuando ve la necesidad. El
fariseo sirve de manera temporal; el verdadero siervo hace del
servicio un estilo de vida, tiene principios de servicio que hacen que
ayude espontáneamente.
El fariseo es insensible, solo quiere cubrir una necesidad,
aunque haga daño. Él exige la oportunidad de ayudar. El siervo de
Dios sabe esperar antes de actuar.

b. El servicio y la humildad.
Cuando servimos nos llenamos de la gracia de la humildad,
que es una de las virtudes que llega sin que la busquemos. Cuanto
más queramos ser humildes, más lejos estaremos de la humildad. Si
pensamos que somos humildes, somos orgullosos. Pero hay que
hacer algo para que la humildad llegue a nosotros.
Si usted cree que la humildad le caerá un día sobre su cabeza,
está equivocado. La disciplina del servicio nos conducirá a la
humildad. Cuando trabajamos en el servicio a los demás, tendremos
un cambio profundo en nuestro ser. Al servir, la carne se disciplina.
La carne se queja cuando hay que servir, ella solo quiere el honor y
el reconocimiento. Tratará de llamar la atención hacia lo que hace;
pero si no le hacemos caso, la estamos crucificando y con ella el
orgullo y la arrogancia. Para mantener a raya las pasiones carnales,
se necesita la más estricta disciplina diaria. La carne tiene que
aprender la dolorosa lección de que no tiene derechos propios. El
resultado de la disciplina diaria de la carne será el surgimiento de la
gracia de la humildad. Penetrará en nosotros inadvertidamente.
Aunque no sintamos su presencia, estaremos conscientes de un
fresco deleite y de un gozo en la vida. Es entonces cuando nos
admiramos del nuevo sentido de confianza que tienen nuestras
actividades. Aunque las demandas de la vida son tan grandes como
siempre, vivimos con un nuevo sentido de una paz sin prisas.
Aquellos a quienes una vez envidiábamos, ahora los vemos con
compasión, ya que ahora vemos su dolor. Ahora son agradables.
Pero pasa algo más dentro de nosotros, estamos conscientes
de un amor y gozo más profundo en Dios. Nuestro día se realizan
con expresiones de alabanza y adoración. Un regocijado servicio
oculto a los demás es una oración representada de acción de gracias.
Pareciera que estuviéramos dirigidos por un nuevo centro de
control; y en realidad lo estamos.

c. La indecisión.
Cualquier estudio serio que hagamos sobre el servicio nos
invitará a la indecisión. Esta, hasta cierto punto, es buena porque
calculamos el costo antes de involucrarnos en algo que debe ser de
por vida. El temor se presenta porque nos da miedo de que los
demás se aprovechen de nosotros y nos pisoteen.
También es importante saber diferenciar entre decidir servir
y decidir ser un siervo. Cuando decidimos servir, tenemos la
libertad de servir cuando queramos y a quién, tenemos la dirección.
Pero cuando decidimos ser siervos, renunciamos a todos los
derechos. Nadie puede aprovecharse de nosotros porque ya no
tenemos voluntad. Llegamos a ser disponibles y vulnerables. No
hay temor a ser pisoteados porque ahora hemos decidido aceptarlo
libremente.
Todo esto es algo que nos puede sonar extraño en un mundo
que nos dice que lo más importante es que a nosotros se nos sirva.
La nueva teología dice que el cristiano debe estar a la cabeza, nunca
en la cola; que el cristiano debe ser prosperado en todo, nunca debe
ser ese personaje casi invisible. Y por supuesto, los “siervos de Dios”,
los pastores, evangelistas y profetas, deben ser vistos como grandes
señores, nunca como servidores de los demás.
Por eso es tan difícil pensar en que nosotros podemos dar el
paso al servicio de los demás.

d. La importancia de nuestro servicio.


En veces pensamos que el servicio es una lista de cosas que
hay que hacer, un código al cual seguir. Pero servir, así como
adorar, es un estilo de vida. No es lo mismo hacer algunas cosas
para servir a los demás, que tener una vida de servicio. Cuando
necesitamos algo, buscamos al especialista en eso y él nos sirve, pero
cuando acaba su trabajo, le pagamos y se va. Pero cuando servimos,
nuestro trabajo nunca acaba, no podemos irnos.
El servicio, para que sea tal, tiene que formarse y configurarse
en el mundo en que vivimos, por lo que necesitamos comprender la
importancia de nuestro servicio. Hay varias clases de servicio:

1) El servicio oculto. Incluso los líderes públicos pueden


servir en secreto a otros. El servicio que efectuamos delante de
todos, tiene su recompensa. Hay que contentarse con la falta de
alabanza, esto es un duro golpe a la carne. El servicio oculto no solo
afectará a la persona directamente beneficiada, sino que a otros de
quienes nunca sabremos nada.

2) El servicio en cosas pequeñas. Es el trabajo que ha


cía Dorcas. Encontramos la manera de hacer “túnicas y vestidos”
para las viudas[97]. Es ayudar en cosas sencillas, como abrir una
puerta, cederle nuestro asiento a un anciano en el bus, ayudarle a
alguien a cargar sus compras en el supermercado, etc., lo cotidiano.
Las grandes tareas requieren gran sacrificio por un momento, las
tareas pequeñas requieren sacrificio constante. Hay una canción
infantil de Luis Aguilé que dice: “Supermán, Supermán, si eres tan
valiente, trae un trozo de pan. El héroe es mi papá, porque sale a trabajar,
la heroína es mi mamá, porque me sabe a mi cuidar”.

3) Servir cuidando la reputación de otro. Es un servicio de


caridad que nos mantiene lejos de la murmuración y el chisme.
Aunque digamos que “no es una crítica, sino una opinión”, caemos en
ese horrible pecado. Las calumnias son un cáncer que afecta a
nuestra moderna sociedad.

4) Permitir que otros sirvan. Pedro se opuso al principio


cuando vio a Jesús sirviendo. Esto no era humildad, sino orgullo.
Cuando permitimos que otros nos sirvan, somos sumisos.
Agradecemos el servicio sin estar obligados a devolverlo.

5) La cortesía. Como con las cosas pequeñas, este es un servicio


que parece más extraño cada día. Una sonrisa, un “buenos días” a alguien
que nos encontramos en el camino o al conductor del autobús, un “muchas
gracias” al vendedor de periódicos, etc. Pablo dice que los cristianos
debemos ser “amables, mostrando toda mansedumbre para con todos los
hombres”[98]. Las reglas de cortesía reconocen a los demás y afirman su
valor. Hoy, aunque se habla de la “era de la comunicación”, es más que
nunca necesario que los cristianos mostremos la cortesía con nuestros
semejantes ya que cada cual está sumergido en su propio mundo y el
hombre está viajando solo.

6) El servicio de la hospitalidad. Pedro nos insta: “Hospedaos


los unos a los otros sin murmuraciones”[99]. Pablo hace lo mismo y
establece la hospitalidad como uno de los requisitos para el oficio de
obispo[100]. Nos hemos vuelto desconfiados y vivimos tras barrotes,
alejándonos de los demás. La antigua idea de “casas de huéspedes” se
ha vuelto obsoleta a causa de la proliferación de modernos hoteles y
restaurantes; pero pudiéramos preguntarnos en serio si este cambio
ha representado un progreso. Es lamentable que en ocasiones nos
invitan a predicar a alguna congregación lejos de nuestro hogar y en
vez de hospedarnos en la casa del pastor o de alguno de los
hermanos, nos alquilan un cuarto en un hotel, o incluso, en
congregaciones cercanas, en lugar de invitarnos a almorzar en la
casa, se nos envía a un restaurante donde la iglesia ya ha contratado
los alimentos. ¡Cómo si fuera más importante la dádiva que la
comunión!

7) El servicio de escuchar. Escuchar y oír son cosas diferentes.


Siempre estamos rodeados de sonidos que oímos, pero escuchar es
concentrarnos en lo que oímos. Los sicólogos modernos están
haciendo su “agosto” porque ya nadie quiere escuchar, aunque todos
queremos que se nos escuche. Para este servicio es necesario que nos
llenemos de compasión y paciencia. Quizá no tengamos las
respuestas necesarias, pero en la mayoría de los casos no importa.
Ponga atención en lo que hace un psicólogo: Él dice al paciente:
“Hábleme con libertad”, luego de escuchar, pregunta al paciente: “¿Y
por qué cree usted que ocurre eso”. Cuando el paciente responde, él
pregunta: “¿Cómo puede solucionarse este problema?” Si usted presta
cuidado, el paciente es en realidad el que da las soluciones ¡no el
psicólogo! El hecho de oír a otros aquieta y disciplina la mente para
oír a Dios. Crea una obra interna en el corazón que transforma los
afectos, aun las prioridades, de la vida. Cuando nos volvemos
tardos para oír a Dios, haríamos bien en oír en silencio a los demás
porque quizá de esa manera volveremos a escuchar a Dios.

8) Llevar las cargas de los demás. Pablo escribe: “Sobrellevad


los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo”[101]. ¿Cuál
“Ley de Cristo”? ¿No era que ya no estábamos bajo la “Ley”? La “Ley
real” de la que habla Santiago 2.8 es la “Ley del amor”, que se cumple
no cuando le decimos a los demás cuánto los amamos, sino cuando
sobrellevamos sus heridas, sus sufrimientos, cuando lloramos con
ellos.

9) Compartir la Palabra. Nadie puede decir que ha


escuchado todo lo que Dios querías decir al hombre. Necesitamos de
los demás para comprender las profundas verdades de la Palabra. El
miembro más sencillo de la congregación, puede encontrarse con
una verdad que tal vez nosotros no hemos visto a pesar de los
muchos años de estudiar la Escritura.

Recuerde, el servicio que está motivado por la obligación, hiede


a mortandad. Jesús nos llama al “ministerio de la toalla”. Tal vez usted
quiera comenzar su trabajo en este ministerio con una oración para
que Dios le dirija cómo y dónde debe servir.
C. Las Disciplinas Colectivas.
1. La Disciplina de la Confesión.
Dios siempre ha deseado perdonar y bendecir. Por eso utilizó
la cruz como la culminación de todo el proceso redentor,
confirmándolo con la resurrección. Muchas personas creen que Dios
es un ser vengativo, que necesitaba que golpear a alguien por la
maldad del hombre y por ello mandó a Jesús para que recibiera ese
castigo.
¡Eso no es cierto! Lo que Jesús hizo en la cruz fue un acto de
amor. En el Gólgota no se manifestó la ira de Dios, sino Su gran
amor. Jesús absorbió todo el mal de la humanidad para poder
sanarla y perdonarla. Por ello, cuando le ofrecieron hiel con vinagre,
que era un calmante para el dolor, lo rechazó. Él quería estar
consciente durante todo el proceso de redención. Pero no solo estaba
actuando en el presente, porque como Él es Dios, vive en el eterno
ahora, y de esta manera podía actuar en el pasado, presente y
futuro.
La cruz no fue un momento de derrota, al contrario, Jesús
estaba obteniendo la gran victoria de Dios. Él se identificó
completamente con la humanidad, siendo Dios, se convirtió a sí
mismo en pecado[102].
Este proceso de redención es un gran misterio escondido en
el corazón de Dios. Pero sabemos que es verdadero. Lo sabemos no
solo porque la Biblia lo dice, sino porque aun vemos sus efectos en
muchas personas, entre las cuales estamos nosotros.
Basados en esto, podemos saber que la confesión y el perdón de los
pecados son realidades que transforman. Sin la cruz, la disciplina de la
confesión solo sería una terapia psicológica. Pero ella envuelve un cambio
objetivo en nuestra relación con Dios y un cambio subjetivo en nosotros. Es
un medio de sanidad y transformación para el espíritu. La cruz no solo nos
habla de la salvación, sino que nos habla de perdón. La salvación es un
proceso constante, como dice Filipenses 2.12: “…ocupaos en vuestra
salvación con temor y temblor".
Los cristianos necesitamos entrar en la gracia perdonadora
de Dios. Esta gracia incluye la disciplina de la confesión, que ayuda
al creyente a llegar a ser “un varón perfecto, a la medida de la estatura de
la plenitud de Cristo”[103].
La confesión es una gracia y al mismo tiempo una disciplina.
Si Dios no da la gracia, no podemos confesar genuinamente; pero es
una disciplina porque hay cosas que tenemos que hacer.
La confesión es una disciplina colectiva porque aunque es
algo individual, debe ser incluida la persona ofendida. Dice
Santiago 5.16: “Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por
otros…”
La confesión es una disciplina muy difícil para nosotros; porque
consideramos que la comunidad cristiana es una confraternidad de
santos, en vez de considerarla como una confraternidad de
pecadores. Llegamos a pensar que todos los demás han avanzado
tanto en la santidad, que estamos aislados y solos en nuestro
pecado. No seríamos capaces de manifestar nuestros fracasos y
faltas a los demás. Imaginamos que somos los únicos que no hemos
encontrado la ruta para llegar al cielo. Por eso, nos escondemos y
practicamos una vida de mentiras e hipocresía.
Pero si aceptamos que el pueblo de Dios en primer lugar es una
comunidad de pecadores, quedamos en libertad para oír el llamado
incondicional del amor de Dios, y para confesar abiertamente
nuestra necesidad ante nuestros hermanos en Cristo. Sabemos que
no estamos solos en nuestro pecado. El temor y el orgullo, que se
nos pegan como garrapatas, también se pegan a los demás. Somos
pecadores en conjunto. En actos de mutua confesión se pone en
movimiento el poder que nos sana. No se niega nuestra humanidad,
sino que es transformada.

a. Autorizados para perdonar.


Los cristianos tenemos la autoridad para recibir la confesión
y perdonar. Juan 20.23 dice: “A quienes remitiereis los pecados, les son
remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos”.
No nos confundamos. El pecador debe pedir perdón a la
persona que ofendió, y esa persona no solo tiene la autoridad, sino
el deber de perdonar al pecador arrepentido. Es una maravillosa
oportunidad de abrirles la puerta a los demás para que se acerquen
a la cruz. Esa es una llamada de trompeta que anuncia la libertad a
los cautivos de un sistema eclesiástico confesional.
Dios nos perdona a través de la confesión privada. Por ella
podemos recibir el gozo de la liberación del pecado. Pero también
hay personas que además de eso, necesitan ayuda para recibir el
perdón. No logran experimentar el gozo y el alivio de haber sido
perdonados, se sienten confundidos y desesperados y sienten que
Dios no les ha escuchado, aun no han sido curados. Es entonces
cuando es necesaria la intervención de otro cristiano, de un
sacerdote del Dios altísimo que nos apoye, que nos ayude a sentir el
perdón de Dios de tal manera que sea una realidad para nuestra
vida.
Las Escrituras nos hablan del sacerdocio de los creyentes en
1 Pedro 2.9. Aunque los cristianos reconocemos que el sacrificio final
fue hecho por Cristo y que al mismo tiempo se convirtió en nuestro
Sumo Sacerdote, Él nos deja a nosotros como el real sacerdocio, no
para presentar sacrificios, sino para ministrar en Su nombre y es por
ello que los creyentes podemos dar el aliento del perdón a los
demás, recordando que “si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo
para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”[104].

b. Confesando nuestros pecados.


Para hacer una buena confesión, necesitamos tres cosas:

1) Examen de conciencia.
Es el tiempo en que permitimos que nuestra alma se ponga
bajo la lupa de la Palabra de Dios. Siempre estamos bajo la mirada
de Dios, pero en este tiempo nos abrimos voluntariamente a su
examen, haciendo que nuestra culpa real no pueda evadirse. En el
examen de conciencia, el orgullo, la avaricia, la ira, el temor, la
pereza, la glotonería, los deseos desordenados, etc., quedan
expuestos.

2) La tristeza.
En este caso no estamos hablando solamente de la emoción
que nos viene cuando algo malo afecta nuestra vida, sino que es un
aborrecimiento por haber cometido el pecado, por haber ofendido a
Dios. Esta es una tristeza que tiene que ver con la voluntad, que es
una manera de tomarla en serio.

3) La determinación a evitar el pecado.


Al confesarnos, pedimos a Dios que nos de la fortaleza y el
anhelo de vivir santamente. Si tuviésemos un centenar de
predicadores que no le temieran a nada, sino solo a Dios, con eso
sacudiríamos las puertas del infierno y propagaríamos el Reino de
Dios por toda la tierra. Lo que buscamos de Dios cuando nos
confesamos, es la fortaleza para no volver a pecar. Tenemos que
desear ser vencidos por Dios y que nos domine.
Aunque estas cosas parecen complicadas, le aseguramos que
es más fácil la práctica que la teoría. Recordemos que Dios es
amante y Él se arriesga cual pastor que va tras la oveja perdida. No
necesitamos convencer a Dios que nos perdone, Él está dispuesto,
pero somos nosotros los que muchas veces nos negamos a recibir Su
perdón.
Tenga presente, que aunque comenzamos la confesión con
tristeza, la terminamos con gozo.

2. La Disciplina de la Alabanza.
Muchas veces confundimos “adoración” con “alabanza”. Adorar es
experimentar la realidad, tocar la Vida. Es un estilo de vida, tanto
que Jesús mismo declaró: “Mas la hora viene, y ahora es, cuando los
verdaderos adoradores adorarán al Padre en Espíritu y en verdad; porque
también el Padre tales adoradores busca que le adoren”[105]. La
adoración es entonces una característica de todos los verdaderos
cristianos, es algo que llegamos a hacer tal como la respiración, que
es parte de nuestro diario vivir, aunque podríamos suspenderla, lo
cual nos traería la muerte. Así también, si el cristiano deja de adorar,
se muere espiritualmente.
Por otro lado está la alabanza. En ella el cristiano conoce, siente,
experimenta a Cristo resucitado en medio de la congregación de los
santos. Es cuando penetramos en la “gloria” de Dios, o mejor aún, la
gloria de Dios lo llena a uno.
La alabanza a Dios es la respuesta del humano redimido a la
acción de Dios, que desde siempre ha querido comunión con sus
criaturas. Con ella respondemos al amor de Dios y es la manera que
nuestro espíritu se une al Espíritu de Dios. Es el momento en que
recibimos el “toque de Dios” que nos liberta. La oración, el canto, la
ofrenda, el estudio de la Palabra, la celebración de la Cena, son
manifestaciones de la alabanza, pero esta va más allá, porque
necesitamos que el “fuego de Dios” esté encendido en nuestro
corazón.

a. El objeto de nuestra alabanza.


El único Dios verdadero es quien merece nuestra alabanza.
El Dios al que Cristo vino a revelar y quien dijo: “No tendrás dioses
ajenos delante de mí”[106].
Necesitamos urgentemente comprender quién es Dios: Leer lo
relacionado con la revelación que Él hizo de Sí mismo a Su pueblo
Israel; meditar en sus atributos; fijar la mirada en la revelación de su
naturaleza a través de Jesucristo. Cuando nosotros vemos al Señor
de los ejércitos “alto y sublime”, pensamos en su infinita sabiduría y
en su conocimiento, nos maravillamos de su insondable
misericordia y amor, no podemos menos que alabarle.
Al enfrentarnos con la grandeza del Señor, no queda otra
cosa más que confesar. Pensemos en la reacción de Isaías cuando se
encontró con la gloria de Dios y como exclamó: “¡Ay de mí! que soy
muerto; que siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de
pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, el SEÑOR de
los ejércitos”[107]. El pecado del hombre se manifiesta de manera
tremenda cuando se contrasta con la santidad de Dios. Entender Su
gracia es entender nuestra culpa.
La alabanza sale de nuestros labios no solo por lo que Dios
es, sino por lo que hizo. Algunos han querido creer que Dios no
actúa sino que está solo como un espectador, pero Su bondad,
fidelidad, justicia y misericordia, son palpables cada día. Él es la
única respuesta razonable para nuestro culto y adoración[108].

b. La importancia de la alabanza.
Ya dijimos que la adoración es el estilo de vida del cristiano,
pero además de que todos nuestros actos deben ser de adoración, la
alabanza debe tener prioridad en nuestro diario vivir. Cuando Jesús
manda: “…amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu
alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas…”[109], nos coloca en
una posición tal que nos muestra qué es lo que tiene que ser más
importante para el hijo de Dios. En algunas congregaciones tienen
un rótulo que dice: “Entramos para adorar, salimos para servir”. Este es
el orden de nuestras prioridades: Primero es el servicio a Dios y
luego viene el servicio a nuestros semejantes. El verdadero servicio
fluye de nuestra alabanza a Dios. Cuando ponemos en primer lugar
el servicio a los semejantes, caemos en el pecado de idolatría. El
Señor les muestra a los sacerdotes lo que Él quiere que ellos hagan
cuando dice: “…ellos se acercarán a mí para ministrarme, y delante de mí
estarán para ofrecerme…”[110]. Esto refleja de forma clara lo que el
Señor espera, no solo de los sacerdotes del antiguo Pacto, sino que
de los del nuevo también.

c. Preparándonos para alabar.


Una y otra vez encontramos en la Biblia al pueblo
presentándose delante de Dios. Ellos esperaban escuchar la voz de
Dios. Reconocían que los sacerdotes, al ingresar al Tabernáculo,
estaban en la presencia de Dios. Esto mismo ocurrió con la iglesia
del siglo I. Los hechos que hoy nos sorprenden relatados por Lucas
y que ocurrieron al inicio de la Iglesia, eran para ellos algo normal
porque entendían que Dios estaba con ellos. Cuando el velo del
Templo se rompió, los creyentes llegaron a entender que era el
tiempo en que cada cristiano entrara directamente hasta el trono de
la gracia de Dios.
Los cristianos del siglo XXI debemos cultivar también esta santa
expectación que invadía los corazones de los creyentes del siglo I.
Para poder ingresar en una alabanza que llegue hasta la gloria de
Dios, es necesario que esta esté primero en nuestro corazón. Si
somos adoradores en espíritu y en verdad, nuestro espíritu y
voluntad estarán dispuestos a rendir alabanza al Señor que merece
todo. Así como podemos vivir en una constante adoración, podemos
de la misma manera, hacer que nuestro espíritu convierta cada
actividad en alabanza al Dios vivo.
Una de las cosas que debemos aprender es que la creación
entera canta alabanzas a Dios y que cada unos de nosotros, como
creación de Dios, debemos estar alabando a Dios siempre. Quizá al
principio no sea fácil, pero conforme lo vayamos practicando
encontraremos que se convertirá en parte de nuestra naturaleza.
Si queremos que la alabanza en las reuniones de la iglesia sea
más avivada, sigamos los siguientes consejos:

1) Vivamos cada día como un heredero del Reino, oyendo la


voz de Dios y obedeciendo Su Palabra.

2) Lleguemos al culto con bastante tiempo de anticipación.

3) Elevemos nuestro corazón al Rey de la gloria,


contemplando Su majestad revelada a través de Cristo.

4) Permitamos que el Espíritu Santo nos lleve hasta la


presencia del Señor.

5) Participemos con todos los hermanos unánimemente en


todos los actos del culto, cantando con alegría y sencillez de
corazón, orando con fervor, dando con alegría y escuchando la
enseñanza con sed genuina.

3. La Disciplina del Gozo.


Durante mucho tiempo se creyó que el ser cristiano era
sinónimo de ser serio, aburrido, sin alegría; y de hecho, algunos
grupos religiosos en la historia, han exigido a sus miembros que se
abstengan de reír o gozar. Pero cuando vemos la Biblia, nos
encontramos que el gozo está en el corazón del camino de Cristo. El
entró en el mundo con una alta nota de júbilo: “…os doy nuevas de
gran gozo (exclamó el ángel), que será para todo el pueblo”[111].
Cuando dejó este mundo dijo a sus discípulos: “Estas cosas os he
hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea
cumplido”[112]. El inicio del ministerio de Jesús nos habla de una
proclama de gozo[113] y los cristianos somos llamados a vivir en
completo gozo, siendo este el segundo fruto del Espíritu[114].
En el Antiguo Testamento, todas las estipulaciones sociales del
año de jubileo: La anulación de todas las deudas, la libertad de los
esclavos, el hecho de no planificar cosechas, la devolución de las
posesiones a su propietario original; constituían un júbilo por la
bondadosa provisión de Dios. Se podía confiar en que Dios
proveería lo necesario. Él había declarado: “…yo os enviaré mi
bendición…”[115]. La libertad de los afanes y preocupaciones
constituyen la base del júbilo. Por el hecho de que sabemos que Él
nos cuida, podemos echar toda nuestra ansiedad en Él.
En la sociedad moderna no existe el espíritu libre de cuidados
y de gozosa festividad. La apatía y aun la melancolía, dominan en
nuestros tiempos. Y cuando quieren festejar, lo hacen con
“carnavales”, con fiestas carnales que a lo único que llevan es al
pecado.

a. El gozo fortalece la vida.


El gozo nos hace fuertes. Nehemías 8.10 nos dice que “…el
gozo del SEÑOR es vuestra fortaleza…” Podemos tratar de aprender a
tocar un instrumento musical a fuerza de la voluntad, pero sin gozo,
no podemos recibir la enseñanza por mucho tiempo. Si no estamos
gozosos en lo que hacemos, de nada sirve.
Toda disciplina espiritual debe estar sazonada con el gozo, de
lo contrario se volverá monótono y farisaico. El gozo es el motor que
mantiene en marcha todo lo demás. Si las demás disciplinas no están
cargadas con el gozo, pronto las abandonaremos.
b. El camino al gozo.
La única manera de obtener gozo es el obedecer. Por algo el
himnólogo nos aconseja: “Obedecer, cumple a nuestro deber, si queréis
ser felices, debéis obedecer”[116]. Jesús mismo enseñaba acerca de la
obediencia como parte de la felicidad[117].
Definitivamente, el gozo viene por la obediencia que nosotros
demostremos a la Palabra de Dios. Sin la obediencia, el gozo es
falso, rápidamente se pierde, porque no tiene raíces. Es por ello que
vemos a personas que viven en su casa como perros y gatos, y luego
asisten a la iglesia y cantan con la esperanza de que el Espíritu Santo
les llene de gozo para poder pasar la semana, sin ningún éxito. Ellos
quieren una especie de “transfusión celestial” que ignore su vida
cotidiana y los llene de gozo, pero el deseo de Dios no es pasar por
encima de nuestros problemas, sino transformar nuestra vida.

c. Siempre gozosos.
Cuando Pablo escribe a los Filipenses: “Regocijaos en el Señor
siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!”[118], nos da la impresión de que
no tenía problemas. La verdad es que el apóstol casi siempre estuvo
rodeado de dificultades. Entonces, ¿cuál era su secreto? Pablo creía
fielmente sus palabras cuando dice: “Por nada estéis afanosos”. Esto
ya lo había dicho antes Jesús en Mateo 6.25. El afán es un
sentimiento que nos roba el gozo. Es algo contradictorio, la sociedad
nos incita a vivir preocupados desde nuestra más tierna infancia,
pero el cristianismo nos dice: “No se preocupe”. ¿Cuál tiene la razón?
Si aprendemos a no afanarnos, podemos confiar en Dios
plenamente. El año del Jubileo significaba eso precisamente: Confía
en Dios. ¡Nadie que desconfiara de Dios pasaría todo un año sin
cultivar sus tierras!
Al dejar de lado el afán, podemos dedicarnos a la oración,
obedeciendo la Palabra que nos dice: “…sean conocidas vuestras
peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias”.
La oración es el medio por el cual depositamos toda nuestra
ansiedad en las manos de Dios y en donde encontramos descanso.
Pero el consejo bíblico no acaba ahí, sino que nos invita a fijar
nuestra mente en todas las cosas verdaderas de la vida, las honestas,
justas, puras, amables y de buen nombre. Si nuestra mente está
ocupada en estas cosas, no tendremos tiempo para el afán y seremos
felices. Si el gozo consistiera solo en cantar y orar, nos
desilusionaríamos, pero al llenar la vida con las cosas sencillas y
buenas, dando gracias a Dios por ellas, disfrutaremos del gozo, y
aunque los problemas seguirán llegando, estos quedan escondidos
en Cristo.
La decisión de poner la mente en las cosas más elevadas de la
vida es un acto de la voluntad. Por esta razón el júbilo es una
disciplina. No es algo que cae sobre nuestra cabeza. Es el resultado
de un modo de pensar y de vivir que elegimos conscientemente.
Cuando elegimos ese camino, el gozo será un resultado inevitable.
Una de las cosas importantes del gozo es que evita que nos
tomemos demasiado en serio. Por mucho tiempo, los cristianos
querían practicar las disciplinas espirituales, pero no tomaban en
cuenta el gozo, lo que les volvía aburridas, serias y hasta repulsivas.
Los cristianos, más que ninguno, debemos ser personas llenas de
alegría. De seguro que usted no puede imaginarse a Jesús como un
hombre amargado. Él era tan alegre y jovial que los niños querían
estar cerca de él y algunos llegaron hasta acusarlo de “comilón y
bebedor”. No queremos decir que vamos a participar del pecado, sino
que expresemos el gozo que da la libertad de él.
Los cristianos hemos sido llamados a ser la luz del mundo y sal
de la tierra. Quiere usted ver a las demás personas sonriendo,
sonríales primero; salúdelas cordialmente, si son de su confianza,
déles un buen apretón de manos o un abrazo; hable claramente y
con entusiasmo y luego nos cuenta los resultados.
El gozo hace que lleguemos a reírnos incluso de nuestras
locuras. Nos damos cuenta de que sin Dios, somos seres amargos,
pero con Dios, las cosas nos resultan más sencillas. Tanto, los que se
creen poderosos, como los que se ven a sí mismos pequeños, son
vistos en la realidad en que están. El rico y el pobre conocen que lo
único que tienen es lo que Dios ha querido prestarles, así que no
deben sino gozarse en Él. Y una de las grandes cualidades del gozo
es que nos libera del espíritu crítico.

4. La Disciplina de la Consejería.
Nunca antes el mundo entero ha estado tan ansioso de escuchar
el consejo. Lo vemos en las campañas políticas, como la gente se deja
guiar por uno u otro candidato por la cantidad de promesas de
cambios que hacen. El siglo XX fue uno que estuvo lleno de líderes
que sabían mover a las masas, desde Lenín en la desaparecida
U.R.S.S., pasando por Mao, Hitler, Mussollini, Roosevelt, Kennedy,
Castro, etc., hasta terminar con líderes religioso-políticos como
Malcom X, Martin Luther King, Billy Graham y Juan Pablo II.
Hoy sigue esperando que un pueblo guiado por el poder del
Espíritu Santo, surja y aconseje cómo deben hacerse las cosas. Este
debe ser un pueblo disciplinado, que se una libremente y que
experimente la verdadera vida en Cristo. Ya ha ocurrido en otro
tiempo y puede repetirse la historia.
Este pueblo no surgirá mientras no haya una experiencia más
profunda con Dios. El Espíritu Santo está esperando que ese pueblo
quiera someterse a su guía, pero esa guía no va a salir de pronto con
voz de trompeta desde el cielo, sino que tiene que venir al reconocer
la consejería colectiva, sin que estemos hablando de una consejería
en el sentido de organización, sino en el sentido orgánico y
funcional.
La enseñanza acerca de la dirección divina a sido
completamente deficiente en el aspecto colectivo. Tenemos
excelentes enseñanzas sobre cómo Dios nos dirige por medio de la
Biblia, las circunstancias y el mover del Espíritu Santo; pero casi no
sabemos nada de cómo Dios nos guía por medio de Su pueblo, el
Cuerpo de Cristo, la Iglesia.
Dios hace un pacto individual, cada persona que acepta el
sacrificio vicario de Jesús, es parte de ese pacto, pero también guía a
grupos de personas y se mueve en la experiencia del grupo.
De nuevo tenemos problemas con nuestra cultura occidental
que nos enseña a desarrollarnos de forma individual, pero al leer la
Biblia, nos vamos a encontrar que en la Iglesia del siglo I y en el
Israel del Antiguo Testamento, no fue así.
Dios podía haber levantado una gran nación de Moisés,
como lo había hecho con Abraham, pero prefirió sacar al pueblo
hebreo de Egipto en donde estaban esclavizados. Todos veían la
nube y la columna de fuego. No se movían como un grupo de
individuos que la casualidad los había reunido para ir a tal lugar
juntos, como ocurre cuando nos montamos en el autobús. Ellos
estaban fusionados como un solo pueblo que estaba bajo un
gobierno teocrático que los cubría a manera de incubadora.
Pero llegó un momento en que el pueblo se dio cuenta de
que estar bajo la presencia de Dios de forma directa era demasiado
terrible y gloriosa, por lo que suplican a Moisés: “…no hable Dios con
nosotros, para que no muramos”[119]. De esta forma Moisés se
constituye en una especie de mediador entre Dios y los hombres y es
así como surge el ministerio profético que tiene la labor de recibir la
Palabra de Dios y transmitirla al pueblo.
Ese fue el primer paso de alejamiento que dio el pueblo,
oponiéndose a la dirección colectiva del Espíritu Santo, aunque
todavía mantenían la idea de ser un pueblo bajo el gobierno de Dios.
Pero llegó el momento en que se rechaza incluso al profeta, y con él
a Dios, prefiriendo un rey. A partir de ese momento, el profeta se
convierte en un extraño, en la voz solitaria que clama en el desierto a
quien en ocasiones se le hacía caso, pero la mayoría no, por lo que
para acallarlo, había que proceder al asesinato.
Aun así, Dios continuó con Su plan y cuando vino el
cumplimiento del tiempo, envió a su Hijo, Jesús. Con él comienza
un nuevo día. De nuevo el pueblo que deseaba vivir bajo el gobierno
teocrático guiado por el Espíritu Santo, se reunía. Jesús enseñó cómo
vivir en respuesta al amor de Dios y de cómo la voz del ser humano
podría ser escuchada de nuevo en la gloria del Padre: “…si dos de
vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que
pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde
están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de
ellos”[120]. Estas palabras infundieron seguridad y confianza en los
discípulos. Había una seguridad de que cuando el pueblo se une en
Su nombre, podría comprender Su voluntad. El Espíritu Santo
coordinaría los latidos del corazón de los creyentes con los del
corazón del Padre.
Es cierto que Jesús fue rechazado por la mayoría de los
suyos, pero los que creyeron eran “…de un corazón y un alma; y
ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas
las cosas en común. Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la
resurrección…”[121], convirtiéndose en una contagiosa banda de
testigos que iban por doquier enseñando que Dios vive y que desea
que le obedezcamos.
Puede ser que lo más impresionante de esta comunidad de fe
fuera su sentido de consejería colectiva. No fue sino hasta que el
Espíritu Santo aconsejó a la comunidad para que Bernabé y Saulo
fueran apartados, que comenzó la verdadera misión cristiana en el
mundo y que llegaría a cambiar la historia para siempre[122]. Hay
que notar que el llamamiento de ellos se produjo cuando un grupo
de personas habían estado reunidas durante cierto tiempo en donde
incluyeron disciplinas como el ayuno y la oración.
Las iglesias hoy se preocupan mucho en la motivación para
que las personas hagan trabajo misionero, se dan cursos y talleres de
cómo hacer la obra, etc.; pero la mayoría de veces se deja de lado el
modelo que vemos en Antioquía. Pero no solo para el asunto
misionero, sino para enfrentar las crisis que atacan a la Iglesia en
diferentes momentos, como ocurriera en Hechos 15. Si la Iglesia
escucha el Consejo de Dios, los problemas tendrían soluciones más
efectivas. En aquel momento, los creyentes pudieron decir “…ha
parecido bien al Espíritu Santo y a nosotros…”[123].
Tal vez alguien pueda sentirse tentado a pensar que Pablo
obtuvo una gran victoria en esa situación, pero la victoria en
realidad fue del método usado para resolver problemas. Si algo así se
presentara en algunas denominaciones, probablemente se
nombraría un comité para que estudie el asunto y pasarían los
meses y habría algunas expulsiones y cortes de comunión y los
“ganadores” podrían inflarse muy satisfechos. Pero la Iglesia es el
pueblo que decidió vivir bajo la guía y el consejo del Espíritu Santo.
Los cristianos del siglo I rechazaron el totalitarismo humano, no
hacían “votaciones” para que Dios “hablara” por la mayoría y todo
esto funcionó.
De seguro, estas experiencias de comprender la voluntad de
Dios en la comunidad contribuyeron mucho a la teología paulina
acerca del Cuerpo de Cristo. Pablo comprendió que los dones del
Espíritu Santo fueron dados a la Iglesia de tal manera que se
garantizaba una interdependencia. Nadie poseía todos los dones.
Incluso, las personas más sencillas en la congregación, tienen algo
con lo cual contribuir. Nadie puede decir que todo el consejo divino
le ha sido revelado a él solamente.
Tristemente debemos aceptar que para el final del siglo I, la
comunidad de los creyentes comenzaban a enfriarse. Para los
primeros años del siglo III, la Iglesia estaba dispuesta a aceptar un
rey humano. Pero la visión no murió. A pesar de todo, siempre ha
habido un grupo por aquí y otro por allá que sigue buscando el
Consejo de Dios bajo la dirección del Espíritu Santo.

a. El director espiritual.
Tratar de ingresar en un viaje interno sin director
espiritual sería tan peligroso como querer visitar alguna de esas
cavernas que tienen su fondo a cientos de metros. Somos conscientes
de que este es un término que la mayoría de los cristianos modernos
no entienden, quizá solo entre los monjes católicos.
La historia nos relata de los “Padres” que fueron los
primeros directores espirituales y que eran tenidos en gran estima
por su capacidad de discernimiento. Muchos eran los que no temían
viajar grandes distancias por el desierto para escuchar unas pocas
palabras de consejería que les ayudara a vencer la situación en la
que estaban. El “Apophthegmata” o “Los Dichos de los Padres”, son un
testimonio fiel de la sencillez y profundidad de este tipo de
Consejería Espiritual.
El director espiritual es el encargado de guiar a las almas
por el camino de Dios, no según su pensamiento o capricho. Su
función es pura, dirigiendo con la fuerza de su propia santidad
personal. No es superior, sino un amigo que aprende junto con su
aconsejado.
La dirección espiritual se relaciona con la persona en toda
su integridad y en todas las relaciones de la vida. La dirección
espiritual toma las experiencias concretas diarias de nuestra vida y
les da un significado sagrado, como diría el Enviado: “Si, pues,
coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de
Dios”[124]. Nace de las relaciones naturales espontáneas.
El director espiritual tiene que ser un individuo que haya
desarrollado una agradable aceptación de sí mismo. Es decir, una
madurez genuina tiene que impregnar toda la vida de dicha
persona. A tales personas no les afectan los cambios de los tiempos.
Ellos absorben el egoísmo, la mediocridad y la apatía que les rodean
y los transforman en cosas positivas. Deben tener compasión y
dedicación, tal como Pablo, que pensaba de Timoteo como su
“amado hijo”, sin tolerar el pecado caprichoso. El conocimiento de la
psicología es necesario en estas personas, para que no refuercen las
necesidades infantiles e inconscientes de autoritarismo.
Como el director también es una persona que busca el camino
a la perfección, debe estar dispuesto a compartir sus propias luchas
y dudas, buscando con su alumno la respuesta de Dios en oración.

b. Límites de la consejería colectiva.


Existen límites en la consejería colectiva, así como en la
búsqueda personal de la dirección divina. Es muy peligroso caer en
la manipulación, de la cual muchas mentes débiles son víctimas. El
profeta Isaías, al referirse a Cristo dijo que él no quebraría “…la caña
cascada, ni apagará el pabilo que humeare”[125]. Jesús nunca buscó
controlar a nadie, ni apagó las esperanzas, aunque fueran pequeñas.
Otro peligro que se corre con la consejería colectiva es que
llegue a separarse de las normas bíblicas. La Escritura tiene que
impregnar y penetrar todos nuestros pensamientos y acciones. El
Espíritu Santo nunca nos guiará de manera contraria a la Palabra
escrita que Él inspiró. Siempre tiene que haber la autoridad bíblica
externa así como también la autoridad interna del Espíritu Santo. De
hecho, la misma Biblia es una forma de consejo colectivo. Es una
manera como Dios habla a través de la experiencia de su pueblo.

[1] Génesis 24.63.


[2] Salmos 63.6.
[3] Salmos 119.148.
[4] Salmos 1.2.
[5] Revelación 1.10.
[6] Lucas 11.24-26.
[7] Éxodo 20.19.
[8] 1 Samuel 8.
[9] Salmos 63.1.
[10] Hechos 6.4.
[11] 1 Corintios 3.9.
[12] Éxodo 32.14; Jonás 3.10.
[13] Lucas 11.1.
[14] Isaías 6.1.
[15] Marcos 10.13-16.
[16] Romanos 12.2.
[17] Filipenses 4.8.
[18] Juan 8.32. RV1960
[19] Mateo 23.15. RV1960.
[20] Deuteronomio 11.18.
[21] Juan 17.3.
[22] Salmos 119.9, 11.
[23] 2 Timoteo 3.16-17.
[24] 2 Pedro 3.15-16.
[25] Isaías 55.12.
[26] Lucas 18.11.
[27] Lucas 4.2- 13.
[28] Daniel 10.3.
[29] Ester 4.16.
[30] Hechos 9.9.
[31] Deuteronomio 9.9; 1 Reyes 19.8.
[32] Levítico 23.27.
[33] Joel 2.15.
[34] 2 Crónicas 20.1-4.
[35] Esdras 8.21-23.
[36] Zacarías 8.19.
[37] Lucas 18.12.
[38] 2 Corintios 11.27.
[39] Gálatas 5.13.
[40] Mateo 9.15.
[41] Mateo 9.16-17.
[42] Hechos 13.2-3.
[43] Mateo 6.16-18.
[44] Lucas 2.37.
[45] Hechos 13.2.
[46] Zacarías 7.5.
[47] Salmos 69.10.
[48] 1 Corintios 6.12.
[49] 1 Corintios 9.27.
[50] Salmos 35.13.
[51] Romanos 14.17
[52] Proverbios 11.2.RV2000.
[53] Salmos 62.10.
[54] Lucas 16.13.
[55] Lucas 6.20, 24.
[56] Mateo 6.21.
[57] Mateo 6.19.
[58] 1 Timoteo 6.9.
[59] 1 Timoteo 3.3.
[60] 1 Timoteo 3.8.
[61] Hebreos 13.5.
[62] Santiago 4.1-2.
[63] Efesios 5.5; 1 Corintios 5.11.
[64] 1 Timoteo 6.17-19.
[65] Filipenses 4.12.
[66] Mateo 6.25-33.
[67] Salmos 24.1.
[68] Mateo 5.37.
[69] Santiago 3.1-1.
[70] Eclesiastés 3.7.
[71] Proverbios 25.11.
[72] Eclesiastés 5.1-2.
[73] Mateo 17.4.
[74] 1 Reyes 18-19.
[75] Mateo 6.44.
[76] Mateo 22.39.
[77] Mateo 10.39.
[78] Filipenses 2.8
[79] Mateo 23.8-10.
[80] Marcos 9.35.
[81] Filipenses 2.4-7.
[82] 1 Pedro 2.21-23.
[83] Colosenses 3.18-22.
[84] Colosenses 3.19-4.1.
[85] Filemón 16.
[86] Efesios 5.21.
[87] Mateo 22.37-39.
[88] 1 Pedro 2.13-14.
[89] Hechos 4.19-20.
[90] Hechos 5.29.
[91] Romanos 13.1.
[92] Hechos 16.37.
[93] Santiago 1.27.
[94] Lucas 9.46.
[95] Juan 13.14-15.
[96] Mateo 20.25-28
[97] Hechos 9.39.
[98] Tito 3.2.
[99] 1 Pedro 4.9.
[100] Romanos 12.13; 1 Timoteo 3.2; Tito 1.8.
[101] Gálatas 6.2.
[102] 2 Corintios 5.21.
[103] Efesios 4.13.
[104] 1 Juan 1.9.
[105] Juan 4.23.
[106] Éxodo 20.3.
[107] Isaías 6.5.
[108] Romanos 12.1.
[109] Marcos 12.30.
[110] Ezequiel 44.15.
[111] Lucas 2.10.
[112] Juan 15.11.
[113] Lucas 4.18-19
[114] Gálatas 5.22.
[115] Levítico 25.21.
[116] P. Grado; D.B. Tower. Cuando Andemos con Dios.
[117] Lucas 11.27-28.
[118] Filipenses 4.4.
[119] Éxodo 20.19.
[120] Mateo 18.19-20.
[121] Hechos 4.32-33.
[122] Hechos 13.1-3.
[123] Hechos 15.28.
[124] 1 Corintios 10.31.
[125] Isaías 42.3.

Conclusión

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