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Guion - Texto Scott - TP4

El documento aborda la relación entre género y trabajo, destacando la visibilidad de la mujer trabajadora en el siglo XIX y cómo se convirtió en un objeto de estudio debido a la revolución industrial. Se discuten las divisiones sexuales del trabajo y cómo estas se institucionalizaron, afectando las condiciones laborales y la percepción social de las mujeres en el ámbito laboral. Además, se analizan las prácticas de los empleadores y la economía política que contribuyeron a la construcción de una narrativa que justificaba la desigualdad salarial y la clasificación de trabajos según el género.

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Guion - Texto Scott - TP4

El documento aborda la relación entre género y trabajo, destacando la visibilidad de la mujer trabajadora en el siglo XIX y cómo se convirtió en un objeto de estudio debido a la revolución industrial. Se discuten las divisiones sexuales del trabajo y cómo estas se institucionalizaron, afectando las condiciones laborales y la percepción social de las mujeres en el ámbito laboral. Además, se analizan las prácticas de los empleadores y la economía política que contribuyeron a la construcción de una narrativa que justificaba la desigualdad salarial y la clasificación de trabajos según el género.

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Cátedra de Psicología Laboral/2021

Prof. Adjunta a cargo: Dra. M. Constanza Zelaschi

GUIÓN DEL VIDEO / PPT - TP 4: “GÉNERO Y TRABAJO”

Cuestiones a tener en cuenta para abordar este TP: “Género y Trabajo”:

-Los textos ponderan la PERSPECTIVA DE GÉNERO y por tanto aportan a los análisis de
las organizaciones y las condiciones de trabajo

-Permiten reconstruir, desde un paradigma histórico y de los estudios sociales del trabajo, la
categoría “DIVISIÓN SEXUAL DEL TRABAJO”

-Resaltan la importancia de la INTERSERCCIONALIDAD, es decir, el entrecruzamiento de


categorías que permiten detectar diferentes niveles de vulnerabilidad en términos de
derechos: género, grupo etario, clase social, etnia, diversidad sexual, etc.

-Permiten reflexionar sobre los avances y retrocesos, en términos POLÍTICAS PÚBLICAS y


LEGISLACIÓN en torno a las desigualdades históricas.

TEXTO: “La mujer trabajadora en el Siglo XIX” - Joan Scott

El objetivo de este ensayo es estudiar el discurso acerca del género que hizo de la mujer
trabajadora un objeto de investigación y un tema de historia.

En primer lugar, lo que interesa destacar de este texto es que la mujer trabajadora alcanzó
una notable preeminencia durante el siglo XIX. Si bien, la existencia de la mujer trabajadora
es anterior al advenimiento del capitalismo industrial, es en el siglo xix donde se convierte
en un objeto epistémico, en un objeto de indagación. Se la observa, se la describe y se la
documenta con una atención sin precedentes. La mujer trabajadora fue un producto de la
revolución industrial, no tanto porque la mecanización creara trabajo para ella allí donde
antes no había, sino porque en el transcurso de la misma se convirtió en una figura
problemática y visible.

¿Cuáles son las condiciones que posibilitaron que la mujer trabajadora se convierta en un
objeto de indagación? ¿Por qué se convirtió en una figura problemática y visible?

La visibilidad de la mujer trabajadora fue una consecuencia del hecho de que se la


percibiera como un problema que se describía como nuevo y que había que resolver sin
dilación.

¿Qué problemas se discutían en torno a la figura de la mujer trabajadora?

Los debates del SXIX que se planteaban alrededor de la mujer trabajadora eran en términos
morales y categoriales, tales como: ¿debe una mujer trabajar por un salario? ¿Cómo influye
el trabajo asalariado en el cuerpo de la mujer y en la capacidad de ésta para cumplir sus
funciones maternales y familiares? ¿Qué clase de trabajo era idóneo para una mujer?
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Estos problemas que empezaron a tener visibilidad y a entrar en escena en el debate
público, implicaba la discusión acerca de cuál era el verdadero significado de la feminidad y
su compatibilidad con el trabajo asalariado. En el siglo XIX, como producto de la revolución
industrial, se problematiza la relación de la feminidad con el trabajo asalariado.

La mayoría de las partes que intervenían en estos debates acerca de la mujer trabajadora,
encuadraban sus argumentos en el marco de una reconocida oposición, entre el hogar y el
trabajo, entre la maternidad y el trabajo asalariado, entre feminidad y productividad.

Es así que un legislador francés Jules Simón afirmaba en 1860 “una mujer que se convierte
en trabajadora ya no es una mujer”.

En este panorama, la mujer trabajadora se convierte en un “problema”, en la medida que


constituía una anomalía en un mundo, en el que trabajo asalariado y las responsabilidades
familiares se habían convertido en empleos a tiempo completo, y espacialmente
diferenciado.

En general, los debates del siglo XIX trataban sobre una historia causal implícita en torno a
la revolución industrial, que en la mayor parte de las historias posteriores de mujeres
trabajadoras se tuvo como un supuesto. Esta historia localizaba la fuente del problema de
las mujeres trabajadoras en la sustitución de la producción doméstica por la producción
fabril, que tuvo lugar durante el proceso de industrialización.

Se pensaba que en el período preindustrial las mujeres compaginaban con éxito la actividad
productiva y el cuidado de los hijos, el trabajo y la vida doméstica. Se dijo que el supuesto
traslado en la localización del trabajo hacía difícil tal cosa, cuando no imposible.

La interpretación corriente de la historia del trabajo de las mujeres sostenía, que la


industrialización estableció una separación entre el hogar y trabajo, rompiendo una
supuesta armonía entre las actividades domésticas y actividades productivas. En
consecuencia, dio lugar y contribuyó, a la construcción de una “ideología de la
domesticidad”, una “doctrina de esferas separadas”, sustentadas por la opinión médica,
científica, política y moral de la época.

Perdura la imagen idealizada de períodos anteriores de una fuerza de trabajo cooperativa


de base familiar, de padre que teje, madre e hijas que hilan y niños que preparan el hilo.
Esta imagen sirvió para construir un contraste entre el mundo preindustrial, en el que el
trabajo de las mujeres era informal, a menudo no remunerado, y en que la prioridad era la
familia, y por otro lado, el mundo industrializado de la fábrica que obligaba a ganarse la vida
fuera de la casa.

Para Scott, la historia corriente del trabajo femenino que enfatiza la importancia causal del
traslado de la casa al lugar del trabajo, descansa sobre un modelo esquemático de la
trasferencia de producción de la granja a la fábrica, de la industria domiciliada a la
manufactura, de las actividades artesanales y comerciales a pequeña escala a empresas
capitalistas a gran escala.
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La autora remarca, que si bien este modelo familiar de trabajo describe un aspecto laboral
de los siglos XVII y XVIII, resulta excesivamente simplista, porque las mujeres previo a la
industrialización ya trabajaban regularmente fuera de sus casas. Casadas y solteras
vendían bienes en los mercados, eran pequeñas comerciantes, niñeras, lavanderas,
trabajaban en talleres de alfarería, de seda, de encaje, de confección de ropa. Si el trabajo
entraba en conflicto con el cuidado de los hijos, las madres, antes que dejar el empleo,
preferían enviar a sus críos a nodrizas u otras personas que se hicieran cargo de ellos.

Durante el período pre industrial, la mayor parte de las mujeres trabajadoras eran jóvenes y
solteras. En general trabajaban fuera de sus casas. También, las mujeres casadas
formaban parte activa de la fuerza de trabajo. También en su caso, la localización de trabajo
era variable, una granja, una tienda, un taller, y el tiempo que invertían en tareas domésticas
dependía de las presiones de trabajo y las circunstancias económicas de la familia.

Esta descripción también caracteriza al período de industrialización del siglo XIX, en la cual
la fuerza de trabajo femenino estaba formada en su mayoría por jóvenes y solteras, tanto en
el servicio doméstico como en la nueva área emergente de la manufactura textil.

En el curso del siglo XIX, se produjo un desplazamiento de vasto alcance, de servicio


doméstico (urbano y rural, de hogar, oficio, y agrícola) a los empleos de cuello blanco, tales
como empleos de oficina, dependientas de tienda, maestras, enfermeras, etc. Esta
transformación del servicio proporcionó nuevas ocupaciones para las mujeres, en particular
para las mujeres de clase media, pero también representó una continuidad: la permanente
asociación entre las mujeres asalariadas con el servicio antes que con empleos productivos
industriales.

El traspaso del grueso de la población asalariada femenina no tuvo lugar, por tanto, del
trabajo en el hogar al trabajo fuera de casa, sino de un tipo de lugar de trabajo a otro.

Por tanto, para Scott ,no hay que tomarse en serio el argumento de que la industrialización
provocó una separación entre el hogar y el trabajo, y forzó a las mujeres a elegir entre la
domesticidad o el trabajo fuera del hogar. Ni tampoco cabe tomarse en serio la afirmación
según la cual esto fue la causa de los problemas de las mujeres, al restringirlas a empleos
marginales y mal pagos. Más bien, parece que un conjunto de afirmaciones axiológicas,
acerca del trabajo de las mujeres orientó las decisiones de contratación de los empleadores,
con total independencia de la localización del trabajo. Dónde trabajaban las mujeres y qué
hacían no fue resultado de ciertos procesos industriales ineludibles, sino al menos en parte
de cálculos relativos al coste de la fuerza de trabajo ya que las mujeres se asociaban a la
fuerza de trabajo barato.

Si la tan mentada separación objetiva de casa y trabajo no cuenta en el “problema” de las


mujeres trabajadores en el siglo XIX ¿qué es lo que cuenta?.

Para Scott, lo que cuenta en la historia de la mujer trabajadora no son tanto causas técnicas
o estructurales específicas, sino más bien procesos discursivos mediante los cuales se
constituyeron las divisiones sexuales del trabajo como si respondiera a una división natural,
producto de las diferencias biológicas entre hombres y mujeres.
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La identificación de la fuerza de trabajo femenina con determinados tipos de empleo y como
mano de obra barata quedó formalizada e institucionalizada en el Siglo XIX. Llegó a
convertirse en un axioma, en un patrimonio del sentido común.

En efecto, el “problema de la mujer trabajadora” comienza a resultar visible en el siglo XIX


porque empieza a institucionalizarse la división sexual del trabajo, como un efecto de
discurso más que como resultado de un proceso de desarrollo industrial.

Esta división sexual del trabajo, se interpretaba, en la época, como una división natural.
División que tenía consecuencias sociales, políticas y económicas, ya que se suponía que
lo que producían las mujeres era de menor valor que los hombres y que existían trabajos
idóneos para mujeres. Se consideró que esta división del trabajo, constituía un hecho social
objetivo, derivado de la naturaleza. La división del trabajo respondía a las supuestas
diferencias funcionales y biológicas entre mujeres y hombres, y terminaban por legitimar
estas diferencias como base de la organización social.

Si bien las distinciones relativas al sexo no fueron nuevas en el siglo XIX, sí podemos decir
con Scott, que las mismas se articularon de un modo novedoso con nuevas consecuencias
sociales, económicas y políticas.

ECONOMÍA POLÍTICA

Fue uno de los terrenos donde se originó el discurso sobre la división sexual del trabajo.
Pese a las diferentes corrientes teóricas de este campo entre países y escuelas, había
ciertos postulados básicos comunes. Entre ellos, se hallaba la idea de que los salarios de
los varones debían ser suficientes no solo para su propio sostén, sino también para el de la
familia. Por otro lado, los salarios de las esposas habida cuenta de la atención que debían
brindarle a los hijos e hijas no debían superar lo suficiente para su propio sustento.
Otros economistas ampliaban esto a todas las mujeres, es decir sin importar el estado civil.
El economista político frances Jean Baptiste Say, por ejemplo afirmaba que los salarios de
las mujeres caerían siempre por debajo del nivel de subsistencia debido a que las mujeres
se apoyaban en el sostén familiar y no tenían que depender de sus salarios. En
consecuencia, las mujeres que no poseían dicho sostén, caerían irremediablemente en la
pobreza. Según sus cálculos, los salarios de los varones eran primordiales porque cubrían
el coste de la reproducción; en cambio el de las mujeres era suplementario. Los varones se
convertían entonces en responsables de la reproducción, mientras que las mujeres proveían
de la “materia prima” en relación a gestar y criar. La transformación de hijos e hijas en
adultos y adultas, era obra entonces del salario del padre; era este quien daba valor
económico y social porque su salario implicaba la subsistencia de los hijos.
Según esta teoría la medida del valor era el dinero y puesto que el salario del padre incluía
la subsistencia de la familia, era el único que importaba. Por tanto ni la actividad doméstica,
ni el trabajo remunerado de las madres eran visibles ni significativos.
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La descripción que la economía política hacía de las leyes sobre los salarios de las mujeres
creaba una lógica circular: por un lado,daban por supuesto una menor productividad, por
otro entonces, se daba por sentado que no podían trabajar tanto como los varones.

“La mujer desde el punto de vista industrial, es un trabajador imperfecto” escribía Eugene
Buret en 1840. En la última década del siglo XIX, el socialista Sidney Webb concluía un
informe sobre los salarios diciendo: “Las mujeres ganan menos que los hombres no sólo
porque producen menos, sino también porque lo que ellas producen tiene en general un
valor inferior en el mercado”. El autor observaba que a estos valores no se llegaba por
ninguna cuestión científica o racional porque tal inferioridad no existía.

La mayoría de los reformadores sostenían que no se debía exigir a las mujeres que
trabajaran. A finales del siglo XIX, en Inglaterra, Francia y Estados Unidos, esto implicaba
pedir a los empleadores que pusieran en práctica el ideal del «salario familiar», suficiente
para mantener mujer e hijos en el hogar. Este pedido aceptaba como inevitable la mayor
productividad e independencia de los varones, así como la menor productividad y la
necesaria dependencia de las mujeres respecto de aquellos.

LA CLASIFICACIÓN SEXUAL DE LOS EMPLEOS: LAS PRÁCTICAS DE LOS


EMPLEADORES
Las prácticas de los empleadores también aportaban a la producción del discurso sobre la
división sexual del trabajo. Cuando los empleadores tenían que cubrir empleos, en general
estipulaban no sólo la edad y el nivel de cualificación profesional requerido, sino también el
sexo (y, en los Estados Unidos, la raza y la etnia) de los trabajadores. Era frecuente que las
características de los empleos y de los trabajadores se describieran en términos de sexo.

Ciertos propietarios de fábricas escoceses se negaban a emplear mujeres casadas; otros


realizaban distinciones más minuciosas, como, por ejemplo, aquel administrador de una
fábrica de papel de Cowan (en Penicnick), cuando, en 1865, explicaba así su política: «Con
el propósito de evitar que los niños queden descuidados en sus casas, no empleamos
madres de niños pequeños, a menos que se trate de viudas o mujeres abandonadas por
sus maridos, o cuyos maridos sean incapaces de ganarse la vida»

A su vez, las tareas que requerían delicadeza, dedos ágiles, paciencia y aguante, se
distinguían como femeninas, mientras que el vigor muscular, la velocidad y la habilidad eran
signos de masculinidad. Tales descripciones y las decisiones de emplear mujeres en ciertos
sitios y no en otros, terminaron por crear una categoría de “trabajo de mujeres”.
También a la hora de fijar los salarios se tenía en mente el sexo de los trabajadores. En
verdad, a medida que los cálculos de beneficios y pérdidas y la busca de una ventaja
competitiva en el mercado se intensificaban, el ahorro de costes laborales se convertía en
un factor cada vez más importante para los empleadores. Por ende, la contratación de
mujeres solía significar que los empleadores estaban procurando ahorrar dinero.
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En muchos ámbitos de trabajo, como lo fue la imprenta, los trabajadores se negaban a la
feminización del espacio y por ende a la contratación de mujeres. En las áreas en
expansión del trabajo profesional y de oficina ( “de cuello blanco”), las mujeres resultaron
empleadas muy convenientes por muchas razones. En la enseñanza y el cuidado de niños
se veía una tarea de crianza y formación que les era propia, la dactilografía se asimilaba a
la ejecución pianística y los trabajos de oficina se suponían muy adecuados a su naturaleza
sumisa, a su tolerancia v su capacidad de repetición, así como a su gusto por los detalles.
Se consideraba que estos rasgos eran «naturales», tanto como el «hecho» de que el coste
de la fuerza de trabajo femenina fuese necesariamente menor que el de la masculina.

En el servicio de telégrafo francés, en los años ochenta, mujeres y hombres trabajaban en


habitaciones separadas y en diferentes turnos. Se supone que para disminuir el contacto
entre los sexos y las inmorales consecuencias que de ello podían derivar. Además, los
espacios tajantemente diferenciados subrayaban los diferentes estatus de trabajadores y
trabajadoras, estatus que se reflejaban a su vez en diferentes escalas salariales para cada
grupo. La organización del trabajo en el servicio telegráfico en París era una evidente
demostración de la división sexual del trabajo y, al mismo tiempo, su realización concreta.

La organización espacial del trabajo, las jerarquías de los salarios, la promoción y el


estatus, así como la concentración de mujeres en determinados tipos de empleo y en
ciertos sectores del mercado de trabajo, terminó por constituir una fuerza de trabajo
sexualmente escindida. Los supuestos que estructuraron en primer lugar la segregación
sexual -el de que las mujeres eran más baratas y menos productivas que los hombres, el de
que sólo eran aptas para el trabajo en ciertos períodos de la vida (cuando eran jóvenes y
salteras) y el de que sólo eran idóneas para ciertos tipos de trabajo (no cualificados,
eventuales y de servicio)- daban la impresión de ser el producto de los modelos de empleo
femenino que ellos mismos habían creado. La autora agrega “he sostenido, en cambio, que
nunca existió nada parecido a una división sexual “natural”, del trabajo y que tales divisiones
son, por el contrario, productos de prácticas que las naturalizan, prácticas de las que la
segregación del mercado laboral en razón del sexo es simplemente un ejemplo”.

SINDICATOS
Otro ejemplo de la índole discursiva de la división sexual del trabajo puede hallarse en la
política y las prácticas de los sindicatos. En su mayor parte, los sindicatos masculinos
trataban de proteger sus empleos y sus salarios manteniendo a las mujeres al margen de
sus organizaciones y, a largo plazo, al margen del mercado de trabajo. Aceptaron la
inevitabilidad del hecho de que los salarios femeninos fueran más bajos que los de los
hombres y, en consecuencia, trataron a las mujeres trabajadoras más como una amenaza
que como potenciales aliadas.

Un ejemplo que plantea la autora fue el Congreso de Gotha de 1875, reunión fundacional
del Partido Socialdemócrata Alemán, donde los delegados discutieron la cuestión del
trabajo de las mujeres y, finalmente, pidieron que se prohibiera el “trabajo femenino allí
donde podría ser nocivo para la salud y la moralidad”.
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Los portavoces sindicales invocaron estudios médicos y científicos para sostener que las
mujeres no eran físicamente capaces de realizar el «trabajo de los hombres» y también
predecían peligros para la moralidad de las mismas. Las mujeres podían llegar a ser
«socialmente asexuadas» si realizaban trabajos de hombre y podían castrar a sus maridos
si pasaban demasiado tiempo ganando dinero fuera de casa. De hecho, los tipógrafos
norteamericanos en 1850 advertían que la afluencia de mujeres en el oficio y en el sindicato
volverían «impotentes» a los hombres en su lucha contra el capitalismo.

Por supuesto, hubo sindicatos que aceptaban mujeres como afiliadas y sindicatos formados
por las propias trabajadoras. Esto ocurrió principalmente en la industria textil, la de la
vestimenta, la del tabaco y la del calzado, donde las mujeres constituían una parte
importante de la fuerza de trabajo. En algunas áreas, las mujeres eran activas en los
sindicatos locales y en los movimientos de huelga aun cuando los sindicatos nacionales
desalentaban o prohibían su participación. En otras, formaban organizaciones sindicales
nacionales de mujeres y reclutaban trabajadoras de un amplio espectro de ocupaciones.

Por grandes que fueran sus esfuerzos en las huelgas o por convincente que fuera su
compromiso con la organización sindical, las mujeres trabajadoras no consiguieron
conmover la creencia predominante de que no eran plenamente trabajadoras esto es, que
no eran nombres con un compromiso de por vida con el trabajo asalariado.

Se concebía a la mujer trabajadora como radicalmente distinta del trabajador varón. Si en el


caso de este último se suponía que el trabajo creaba la posibilidad de independencia e
identidad personal, en el caso de la mujer se lo concebía como un deber para con los
demás. De joven y soltera, el trabajo de una mujer cumplía con las obligaciones familiares;
una vez casada y madre, se lo interpretaba como una señal de problemas económicos en la
casa. La “mujer trabajadora” se convirtió en una categoría aparte, más a menudo en un
problema a enfrentar que en un electorado a organizar. Encerradas en trabajos de mujeres,
agrupadas separadamente en sindicatos femeninos, la situación de las mujeres se convirtió
en una demostración más de la necesidad de reconocer y restaurar las diferencias
“naturales” entre los sexos.

LEGISLACIÓN PROTECTORA

Lo que ocurría en los sindicatos por una razón ocurría también, por otras razones, bajo los
auspicios del Estado.
Los reformadores, a quienes repugnaba interferir «la libertad individual de los ciudadanos
[varones]», no experimentaban ninguna dificultad al respecto cuando se trataba de mujeres
y de niños. Puesto que no eran ciudadanos y no tenían acceso directo al poder político, se
los consideraba vulnerables y dependientes y, en consecuencia, con necesidad de
protección.
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La vulnerabilidad de las mujeres se describía de muchas maneras: su cuerpo era más débil
que el de los hombres y, por tanto, no debían trabajar tantas horas; el trabajo «pervertía»
los órganos reproductores y afectaba la capacidad de las mujeres para procrear y criar hijos
saludables; el empleo las distraía de sus quehaceres domésticos; los empleos nocturnos las
exponían al peligro sexual en el taller, así como en el camino hacia y desde el lugar de
trabajo; trabajar junto con hombres o bajo supervisión masculina entrañaba la posibilidad de
corrupción moral.

Si bien sus proponentes hablaban en términos generales acerca de las mujeres (y los
niños), la legislación que se aprobó era muy limitada. Las leyes que reducían la jornada de
trabajo femenino y prohibían por completo el trabajo nocturno a las mujeres, sólo se
aplicaron en general al trabajo fabril y a aquellas actividades con predominio masculino.
Quedaron completamente excluidas muchas áreas de trabajo, entre ellas la agricultura, el
servicio doméstico, los establecimientos minoristas, tiendas familiares y talleres domésticos.
Estas áreas constituían en general las principales fuentes de trabajo para las mujeres.

La conclusión de Stewart es justa: “El resultado más sorprendente de los horarios laborales
con especificidad sexual fue una arraigada y exagerada división sexual del trabajo”. Así,
pues, la premisa de la ley se convertía en su consecuencia, de tal modo que la brecha entre
el trabajo masculino y femenino se ahondaba. Tras haber definido el papel reproductor de la
mujer como su función primaria, el Estado reforzaba el estatus secundario de su actividad
productiva.

EL PROBLEMA DE LA MUJER TRABAJADORA - A MODO DE CONCLUSIÓN


La documentación que se proporcionó en informes parlamentarios, investigaciones privadas
y testimonios personales, muestra que las mujeres trabajaban por una variedad de razones:
para mantener a sus familias o mantenerse a sí mismas, como parte de una larga tradición
de oficios femeninos cualificados (por ejemplo, en costura o sombrerería de damas), o
porque se las reclutaba para nuevos tipos de trabajo.

Tal documentación podría utilizarse para argumentar que, para la mujer, el trabajo
empeoraba su situación y las explotaba, o bien que proporcionaba un medio para lograr una
cierta autonomía, un lugar en el mundo. El trabajo asalariado podía presentarse como una
extorsión insoportable, como un mal necesario o como una experiencia positiva.

Cuando las sindicalistas reclamaron iguales salarios para las mujeres, no solo daban por
supuesto que tendrían que seguir trabajando, sino que podrían querer hacerlo, que el deseo
de tener una ocupación contaba tanto como la necesidad económica para explicar la
presencia de mujeres en la fuerza de trabajo.

La definición del «problema de la mujer trabajadora» hizo visibles a las trabajadoras no ya


como agentes maltratados de producción, sino como patología social. Pues en general no
se lo presentaba en términos de las satisfacciones o las dificultades que el trabajo ofrecía a
las mujeres individualmente, ni de su larga y continuada historia de participación en la
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fuerza de trabajo, ni de la desigualdad de sus salarios por debajo del nivel de subsistencia,
sino más bien en términos de los efectos del esfuerzo físico sobre las capacidades
reproductoras de su organismo y el impacto de su presunta ausencia del hogar en la
disciplina y la limpieza de la casa.

La actividad en la casa no se consideraba un trabajo productivo. Aun cuando el énfasis


sobre la domesticidad parecía realzar el estatus social de las mujeres y ensalzar así la
influencia afectiva y moral de éstas, se trataba de un trabajo desprovisto de valor
económico. Las amas de casa no eran trabajadoras, o no se las suponía tales; en verdad, a
veces incluso cuando percibieran salarios por coser o realizar otras tareas en su casa, los
encuestadores no consideraban tal cosa un auténtico trabajo, pues ni las ocupaba «a
tiempo completo», ni se realizaba fuera de la casa. En consecuencia, gran parte del trabajo
remunerado de las mujeres fue ignorado en las estadísticas oficiales; puesto que era
invisible, no podía convertirse en objeto de atención o de mejora.

En el discurso acerca de la división sexual del trabajo, la tajante oposición entre mujeres y
trabajo, entre reproducción y producción, entre domesticidad y percepción de salario,
hicieron de la mujer todo un problema. Esto hizo que la discusión de las soluciones se
desentendiera de las condiciones del trabajo femenino, de sus bajos salarios o de la falta de
sostén para el cuidado de los hijos, todo lo cual se tenia como síntomas de la violación de la
diferencia «natural» entre hombres y mujeres, y no como causas de las penurias de las
mujeres que percibían salario. La consecuencia de todo ello fue la prescripción de una única
meta deseable: la eliminación de las mujeres, en todo lo posible, del trabajo asalariado
permanente o a tiempo completo.

“Cuando escribimos la historia del trabajo femenino como la historia de la


construcción discursiva de una división sexual del trabajo, no pretendemos legitimar
o naturalizar lo que sucedió, sino cuestionarlo. Podemos abrir la historia a múltiples
explicaciones e interpretaciones, preguntarnos si las cosas podían haber ocurrido de
otro modo y ponernos a pensar de nuevo de qué otra manera podría concebirse y
organizarse hoy el trabajo de las mujeres”.

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