LAS JARCHAS
La jarcha es un poemita muy breve que aparece al final de una estructura
poemática más extensa llamada moaxaja (de hecho, jarcha significa “salida”). La
moaxaja es un género poético árabe nacido en Al-Andalus. Concretamente, su
invención se atribuye a un tal Muhammad de Cabra, poeta ciego que había vivido
en la ciudad cordobesa de Cabra a finales del siglo X.
La moaxaja tiene poco que ver con la poesía árabe clásica, cuyo género más
representativo es la qasida, monorrima y sin división estrófica. La moaxaja, en
cambio, tiene entre 4 y 7 estrofas, entre las cuales se establece un curioso juego de
rimas: las unas mantienen la unidad estrófica, mientras que las otras dan
coherencia a toda la composición: bbAA, cccAA, dddAA... Como en este ejemplo:
Se trata de una composición bastante compleja, como sugiere el propio nombre, ya
que moaxaja significa “cinturón de doble vuelta”, es decir, un objeto suntuoso
formado por una doble hilera de perlas o de piedras preciosas.
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En principio, la moaxaja es un género poético árabe. Más tarde, los poetas hebreos
de la Península, que seguían muy de cerca las tendencias de la literatura árabe,
introdujeron la moaxaja en la literatura hebrea.
Si leéis la moaxaja anterior, veréis que uno de los rasgos que más llama la
atención es el contraste tan marcado que se establece entre la jarcha y el resto del
poema. El más evidente es el contraste lingüístico: mientras que el cuerpo central
de la moaxaja está escrito en árabe o hebreo clásicos, la estrofita final está en una
lengua distinta, que puede ser:
la lengua romance que se habla en Al-Andalus, el mozárabe.
árabe vulgar (dialecto del árabe que se hablaba en Al-Andalus)
árabe clásico, como el resto de la moaxaja (poco habitual)
Sabemos que muchos musulmanes, judíos y cristianos eran en realidad bilingües o
trilingües. Y es en este ambiente de multilingüismo y mestizaje donde tenemos
que situar la realidad poética de las moaxajas (pensemos en la actual poesía
chicana, que también emplea un código lingüístico bilingüe donde el español y el
inglés conviven en un mismo poema).
Las invasiones de los almorávides (a partir del 1086) y de los almohades (desde
1146), llegados del Norte de África, diezmaron las comunidades cristianas de Al-
Andalus y supusieron la pérdida progresiva de esta lengua romance, que será
definitiva en el siglo XIII.
Además del evidente contraste lingüístico, se observa también un contraste
temático, una cierta “incongruencia” entre moaxaja y jarcha. Mientras que la
moaxaja está siempre en boca de un yo lírico masculino (que entona un poema de
amor o la alabanza de algún personaje importante), la jarcha suele estar en boca de
una muchacha enamorada.
¿Qué sentido tiene este contraste, esta doble disonancia lingüística y temática? A
veces se ha interpretado como un indicio muy claro de que el poeta culto, árabe o
hebreo, tomaba una cancioncilla popular, preexistente, y a partir de ahí escribía
una composición más extensa. Esto explicaría que la jarcha parezca un cuerpo
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extraño incrustado en otro poema. Pero la gran pregunta, imposible de responder,
es si las jarchas son realmente cancioncillas populares, preexistentes, o si son obra
del autor de la moaxaja. Si efectivamente las tomaron de la calle, o si las
compusieron ellos mismos (quizá a imitación de las que escucharon en la calle...).
Las jarchas fueron descubiertas por Samuel Miklos Stern en el año 1948. Stern era
un hebraísta y arabista húngaro que se dio cuenta de que varias moaxajas
(localizadas en el trastero de una sinagoga de El Cairo) acababan con unos versos
que no estaban escritos ni en árabe ni en hebreo, sino en una lengua de aspecto
romance, aunque muy híbrida. Publicó el resultado de sus investigaciones en la
revista Al-Andalus con el título “Los versos finales en español de las muwashahas
hispano-hebraicas”. El impacto fue tremendo: eran las primeras muestras de
poesía en lengua vernácula de toda la Romania, anteriores a los trovadores
provenzales (la primera se ha fechado en el año 1042).
Inmediatamente, hispanistas como Dámaso Alonso o Menéndez Pidal se hicieron
eco de este fantástico descubrimiento y lo dieron a conocer en la Revista de
Filología Española (1949) y en el Boletín de la Real Academia Española (1951).
Ahora bien, ¿cómo es que tardaron tanto tiempo en descubrirse? Las jarchas
plantean muchísimos problemas y desafíos.
Primero, debemos contar con el problema de la transcripción. La jarcha no se
transcribe usando los caracteres del alfabeto latino, sino caracteres semíticos,
árabes o hebreos. Estos alfabetos tienen unos signos muy imprecisos para indicar
las vocales (sólo se explicitan en contadas ocasiones, como cuando se trata de
libros sagrados). Por tanto, es el lector quien distribuye las vocales, siguiendo unas
normas no siempre unívocas. De ahí que la transliteración de una jarcha (de
caracteres árabes a caracteres latinos) sea toda una aventura que no siempre llega a
buen puerto. Una vez transliterada y con las vocales restituidas, ya “sólo” queda
interpretarla.
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Segundo, hay que contar con una serie de problemas relacionados con la
transmisión. Los manuscritos con moaxajas que han llegado hasta nosotros se
copiaron en época tardía y fuera de la Península Ibérica (habitualmente, en el norte
de África: Marruecos, Egipto y Túnez, es decir, regiones donde se ignoraba la
lengua romance). Los copistas que transcribían las moaxajas, al no ser mozárabes
ni estar familiarizados con su lengua, no acababan de entender esos versos finales.
Y tenían dos opciones: (a) ignorar esa estrofa final (poco habitual: ¿quién se atreve
a amputar un poema precisamente por el final?), (b) copiarla, aun sin
comprenderla del todo, en caracteres arábigos o hebreos. Esto da como resultado
lecturas erróneas y manipulaciones de todo tipo por parte de estos copistas. En sus
manos, las jarchas acaban convertidas en un galimatías incomprensible.
A partir de los años 70 empezaron a aparecer voces discrepantes, filólogos que
cuestionaban la existencia de las jarchas. Richard Hitchcock, por ejemplo, dice
provocadoramente que las jarchas no existen... A ver, sí que existen esas estrofitas
finales que cierran las moaxajas, pero tal vez no debamos asumir tan alegremente
que estén escritas en una lengua romance. Es en este sentido que afirma que no
existen; es decir, no existen para la historia de la literatura española. Según este
crítico, el deseo de descubrir palabras romances por todos lados llevó a algunos
filólogos a forzar la lectura y a alejarse peligrosamente del texto original, cuando,
a lo mejor, una explicación a partir del árabe dialectal hubiese resultado más fácil
y plausible.
¿Y qué decían los preceptistas de la época? Ninguno de ellos dice
inequívocamente que la jarcha tenga que estar compuesta en romance. Ibn Bassam
se refiere a “expresiones de uso coloquial” que deben ser incorporadas por los
poetas al final de la moaxaja (pero no dice que tengan que ser en romance). Ibn
Sana al-Mulk, en un pasaje bastante oscuro, afirma que la jarcha puede ser
compuesta en una lengua no árabe.
Es evidente que en una jarcha encontramos palabras no árabes. Pero, ¿son mayoría
o minoría? ¿Son tantas como para afirmar que se trata de cancioncillas escritas en
otra lengua, o son tan pocas que pueden atribuirse al ambiente de multiculturalidad
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y bilingüismo de al-Andalus? ¿De qué estamos hablando: de un mozárabe
salpicado de arabismos, o de un árabe salpicado de mozarabismos? Esta es la
pregunta básica.
La mayoría es un batiburrillo de árabe y romance (como aquella canción de
“Dindirindín”, que es una mezcla de catalán y castellano):
Por otra parte, no perdamos de vista las fechas en las que se levanta todo el
revuelo por el descubrimiento de las jarchas: 1948-1951. La dictadura franquista
sigue con su labor de exaltación patriótica. Y, de la noche a la mañana, el régimen
se encuentra con un regalo inesperado que le sirve para defender la preeminencia
de la literatura castellana en toda la Romania: resulta que las muestras líricas más
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antiguas escritas en lengua romance se encuentran en España y escritas en español
(no en mozárabe...). En este estado de euforia, se minimizan los mil interrogantes
y dudas que rodean las jarchas. Se sacan conclusiones muy atrevidas y poco
rigurosas. Sin tener en cuenta que los hispanistas que se ponen a interpretar jarchas
no saben árabe, lo cual es bastante arriesgado.
Tal vez, como conclusión, puedan consolarnos las palabras de Margit Frenk a
propósito de las jarchas:
“Hablar de esa poesía sigue significando hablar de problemas más que de
‘hechos’; significa, básicamente, adentrarse en una enmarañada selva de
discusiones. Al final de la aventura quizá lo que quede es la aventura misma y,
como botín, una gran carga de dudas y un pequeño puñado de convicciones”
[M. Frenk, Las jarchas mozárabes y los comienzos de la
lírica románica, El Colegio de México, 1985, pág. 5].
Os enlazo un artículo de Martín Baños, muy completo y clarificador, donde
repasa toda la polémica en torno a las jarchas. Ofrece, además, un corpus y una
bibliografía comentada.