Un alcohólico alcanza la sobriedad absteniéndose del alcohol, pero, dado que la
adicción al trabajo es una adicción de proceso (es decir, una adicción a un comportamiento
y no a una sustancia), es difícil decidir cuándo nos estamos abandonando a ella. El truco
está en definir el exceso de trabajo, y aquí es donde solemos mentirnos a nosotros mismos,
regateando para seguir aferrados a esos comportamientos abusivos que siguen siéndonos
útiles.
Para protegernos de la racionalización es muy útil establecer un límite absoluto. El
límite absoluto de cada persona es diferente, pero debería mencionar especialmente
aquellos comportamientos que se sabe que están prohibidos. Para la rehabilitación
inmediata es preferible hablar de estos comportamientos específicos que la resolución vaga
y general de hacer las cosas mejor.
«La vida sin examen no merece la pena vivirse».
PLATÓN Si realmente no tienes tiempo, necesitas hacer un hueco. Es más probable,
sin embargo, que tengas tiempo pero lo estés aprovechando mal. Tu registro temporal te
ayudará a encontrar esas áreas donde necesitas crear fronteras (frontera es otra manera de
decir límite absoluto). «Límite absoluto, no voy a___________»: ésa es tu frontera. (Véase
«Establecer un límite absoluto» en la lista de tareas de esta semana).
Como sucede con los giros creativos de 180 grados, recuperarse de la adicción al
trabajo puede exigir que echemos mano de nuestros amigos. Cuéntales lo que estás
intentando conseguir. Pídeles que te recuerden con suavidad cuándo te has desviado de tu
camino (aunque este tiro te saldrá por la culata si echas mano de personas que son ellas
mismas adictas al trabajo o que son tan controladoras que te controlarán demasiado a ti).
Ten presente, no obstante, que éste es tu problema. Nadie puede ser el policía de tu
rehabilitación, pero ya hay reuniones de Adictos al Trabajo Anónimos que puede que sean
de enorme ayuda para ti.
Una forma muy sencilla pero eficaz de comprobar el avance de tu propio proceso de
rehabilitación es colgar un cartel en tu zona de trabajo. Y cuélgalo también en otros sitios
donde vayas a leerlo: uno en el espejo del baño y otro en la nevera, uno en la mesilla de
noche, uno en el coche... En el cartel pondrá: LA ADICCIÓN AL TRABAJO ES UN
BLOQUEO, NO UN BLOQUE CON EL QUE CONSTRUIR.
SEQUÍA
En cualquier vida creativa hay temporadas estériles. Estas sequías surgen de la nada
y se estiran hacia el horizonte como las vistas del Valle de la Muerte. La vida pierde su
dulzura y nuestro trabajo resulta mecánico, vacío, forzado. Sentimos que no tenemos nada
que decir y estamos tentados de no decir nada. Éstas son las temporadas en las que las
páginas matutinas son más difíciles y más valiosas.
Durante una sequía el mero acto de presentarse ante la página, como el acto de
caminar por un desierto sin rutas, nos obliga a poner un pie delante del otro sin destino
aparente. Las dudas nos acechan, sigilosas como víboras. «¿De qué sirve?», nos silban, o
«¿Qué esperas?». Las sequías nos dicen que durarán para siempre, a diferencia de nosotros
mismos. Una inquietante anticipación de nuestra propia muerte, que nos cerca mucho antes
de estar preparados para ella, mucho antes de que hayamos hecho nada de valor, riela ante
nosotros como un espantoso espejismo.
«Vende tu astucia y compra perplejidad».
JALAL UD-DIN RUMI ¿Qué hacemos? Seguir adelante a duras penas. ¿Cómo lo
hacemos? Seguiremos haciendo las páginas matutinas. Esta norma no es sólo para los
escritores, pues las páginas no tienen nada que ver con la escritura, aunque pueden
facilitarla como facilitan cualquier forma de arte. Para todos los seres creativos, las páginas
matutinas son un salvavidas, el rastro que exploramos y el rastro que nos lleva de vuelta a
casa.
Durante una sequía las páginas matutinas nos resultan tan dolorosas como
estúpidas. Parecen gestos vacíos (como preparar el desayuno para un amante que sabemos
que va a abandonarnos de todas formas). Esperando, contra toda esperanza, que algún día
volvamos a ser creativos, nos comportamos siguiendo una pura fórmula. Nuestra
conciencia está reseca. No sentimos ni una gotita de gracia.
Durante una sequía (acabo de teclear, acertadamente aunque se me haya escapado el
dedo, duda[5]) estamos luchando contra Dios. Hemos perdido la fe, tanto en el Gran
Creador como en nuestro yo creador. Tenemos alguna cuenta que ajustar, y hay cuentas que
ajustar por todas partes. Éste es el desierto del corazón. Buscando alguna señal
esperanzadora, lo único que vemos son los restos descomunales de los sueños que
perecieron por el camino.
Y sin embargo seguimos escribiendo nuestras páginas matutinas porque debemos
hacerlo.
Durante una sequía las emociones se agotan. Como el agua, tal vez existan en algún
lugar bajo tierra, pero no tenemos acceso a ellas. Una sequía es una época de dolor sin
lágrimas. Nos hallamos entre un sueño y otro. Sin fuerzas siquiera para ser conscientes de
lo que hemos perdido, vamos llenando una página detrás de otra, más por la fuerza de la
costumbre que por esperanza.
Y sin embargo seguimos escribiendo nuestras páginas matutinas porque debemos
hacerlo.
Las sequías son terribles. Las sequías duelen. Las sequías son temporadas de dudas
largas, asfixiantes, que nos hacen crecer, nos otorgan capacidad de compasión y florecen
tan inesperadamente como el desierto, con flores repentinas.
Las sequías terminan, de verdad.
Las sequías terminan porque hemos seguido escribiendo nuestras páginas. Terminan
porque no nos hemos tirado al suelo de nuestra desesperación y nos hemos negado a
movernos. Hemos dudado, sí, pero hemos seguido adelante, aunque fuera a rastras.
En una vida creativa las sequías son una necesidad. El tiempo en el desierto nos da
claridad y caridad. Cuando estés en una sequía ten presente que es con un objetivo. Y sigue
escribiendo las páginas matutinas.
«Ciertamente, es en la oscuridad donde uno encuentra la luz, de forma que cuando estamos
en la desolación es cuando más cerca estamos de la luz».
MEISTER ECKHART Escribir es poner las cosas en su sitio. Más tarde o más
temprano —siempre más tarde de lo que nos gustaría— nuestras páginas pondrán las cosas
en su sitio. Surgirá un camino. Un hallazgo se convertirá en un mojón que muestra cómo
salir de la jungla. Bailarín, escultor, actor, pintor, dramaturgo, poeta, artista de
performance, ceramista, para todos los artistas las páginas matutinas serán tanto nuestra
jungla como nuestro rastro.
FAMA
La fama nos anima a creer que si no ha sucedido ya, no sucederá nunca. Claro, eso
es la fama. La fama no es lo mismo que el éxito, y en el fondo de nuestra alma lo sabemos.
Conocemos —y hemos sentido— el éxito al final de un buen día de trabajo. Pero ¿la fama?
Es adictiva y siempre nos deja con hambre.
«El inconsciente quiere la verdad. Deja de hablar con quienes quieren algo diferente a la
verdad».
ADRIENNE RICH La fama es una droga espiritual. Muchas veces es un producto
colateral de nuestro trabajo artístico pero, igual que los residuos nucleares, puede ser un
producto colateral muy peligroso. La fama, y el deseo de obtenerla, el deseo de aferrarte a
ella, puede producir el síndrome «¿Qué tal voy?». Esta pregunta no es la misma que «¿Qué
tal va el trabajo?». Esta pregunta es «¿Cómo lo ven los demás?».
El meollo del trabajo es el trabajo. La fama interfiere en esa percepción. En lugar de
que el meollo de actuar sea actuar, el meollo pasa a ser convertirse en un actor famoso. En
lugar de que el meollo de escribir sea la escritura, el meollo pasa a ser el reconocimiento,
no ya el ser publicado.
A todos nos gusta que se reconozca lo que hay que reconocer, y como artistas, no
siempre recibimos ese reconocimiento. Y, sin embargo, centrarse en la fama —en si
estamos consiguiendo lo suficiente— crea una continua sensación de carencia. Nunca
tenemos bastante de la droga fama. Querer más siempre nos estará mordiendo los talones,
desacreditando nuestros logros, erosionando nuestra alegría ante los logros de otros.
(Para comprobar este extremo, lee cualquiera de las revistas para fans —People, por
ejemplo— y luego examina si tu vida nos da una sensación más pobretona, como de
merecer menos la pena. He aquí la droga de la fama en acción).
«El verdadero aprendizaje tiene lugar cuando cesa el espíritu competitivo».
JIDDU KRISHNAMURTI Recuerda, tratarte como un objeto precioso te hará más
fuerte. Cuando te has intoxicado con la droga de la fama necesitas desintoxicarte a base de
mimos. Lo que necesita esta situación es mucha dulzura y algunos comportamientos que
hagan que te gustes a ti mismo. Enviar postales es un gran truco. Envíate una que diga, «Lo
estás haciendo genial...». Es muy agradable recibir cartas de fans de nosotros mismos.
A largo plazo las cartas de fans de nosotros mismos —de nuestro yo creativo— son
lo que en realidad estamos buscando. La fama no es más que un atajo hacia la
autoaprobación. Intenta aprobarte exactamente tal cual eres, y mimarte hasta el exceso con
placeres de niño pequeño.
De lo que tenemos miedo en realidad es de que sin fama no seremos amados, ni
como artistas ni como personas. La solución a este miedo son acciones de amor concretas,
pequeñas. Debemos nutrir nuestro yo artista de forma activa, consciente, consistente y
creativa.
Cuando la droga de la fama te golpea, ve a tu caballete, a tu ordenador, a tu cámara
o a tu arcilla. Coge las herramientas de tu trabajo y empieza a hacer un poco de juego
creativo.
Pronto, muy pronto, la droga fama debería empezar a aflojar el puño. La única cura
para la droga de la fama es el esfuerzo creativo. Sólo cuando estamos siendo
placenteramente creativos podemos liberarnos de la obsesión con los demás y con cómo les
va a ellos.