Crespy Georges - Ensayo Sobre Teilhard de Chardin
Crespy Georges - Ensayo Sobre Teilhard de Chardin
GEORGES CRESPY
ENSAYO SOBRE
TEILHARD DE CHARDIN
De la ciencia a la teología
EDICIONES SIGÚEME
Apartado 332
SALAMANCA
1967
Tradujo LEANDRO CUADRADO sobre el original francés De la setén-
ete á la théologie. Essai sur Tellhard de Chardin, publicado en
1965 por Delachaux et Niestlé de Neuchátel (Suiza)
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No es esta la primera vez que el autor se
asoma, sin aires impugnativos ni fáciles apologé-
ticas, al panorama de la "teología" de Teilhard1.
Este libro es descendiente legítimo suyo por vía
de parentesco conceptual y de crítica objetiva y
posee envidiables cualidades. Por ejemplo, el
respeto. Para ser respetuosos con un pensamien-
to, no es preciso pregonarlo, sino serlo de veras
y efectivamente, manteniéndose dentro de una
fidelidad al mismo bajo el doble signo de la ex-
posición y de la interpretación. Georges Crespy,
cristiano evangélico, ha escrito un libro de donde
trasciende una manifiesta simpatía por la con-
cepción teilhardiana del mundo. Por ser el libro
sugerente y sugeridor, no quiere decir que no
nos haga perceptibles los límites de las intuicio-
nes teilhar dianas.
Aún se desprenden de la obra, según confe-
sión del propio autor, aires de diálogo ecuménico
y cordial desde fronteras teológicas diversas que
no coinciden necesariamente con las fronteras
confesionales. Debido a su original destino, la
obra posee un ritmo metódico-ascensional, didác-
tico si se prefiere, conjugando una serie de planos
que van desde el científico, histórico y teológico
para desembocar en el sentido de la historia, en
la escatología. Teilhard mismo le ha facilitado el
logrado intento, orgánico, de semejantes planos.
Bastaría, para hacerlo entrever, la división del
ensayo en varios capítulos, que si tienen reminis-
10
cencías de conferencias ante un público oyente,
al ofrecerse a un público lector, no se hallan en-
claustrados en sí mismos, sino meditados con
tránsitos abiertos hacia el siguiente.
Según avanzamos en la lectura nos percata-
mos de que nada es tan exigente de repristinar
sus cauces esenciales como la teología. Las con-
cepciones del mundo y el hecho científico de la
evolución son signos patentes de los que no nos
es dado sustraernos y su peso debe hacernos sen-
tir la necesidad de un "retorno a las fuentes".
El autor se siente especialmente sensible al
imperativo de lo histórico, a su dinamismo. Por
ello nos parece que el capítulo sobre la cristolo-
gía, matriz y eje de la temática teilhardiana, es
el centro gravitatorio de la obra* Ni mundo sin
hombre, ni éste sin mundo. Ni mundo ni hombre
sin historia. Ni hombre ni mundo ni historia sin
Dios. Ni Dios sin Cristo. De otra forma, no hay
cristología posible sin cosmología. Ni hay esca-
tología sin la pregunta sobre el destino del mun-
do, sobre su fin. El señorío de Cristo sobre el
mundo no le es advenedizo, foráneo. Al término
del proceso histórico, el Cristo de Teilhard apa-
rece como el Cristo de la parusía. Y si la escato-
logía otorga un sentido al proceso histórico, será
menester descubrir los valores éticos relativos a
dicho fin.
12
PROLOGO
13
cié"1. En diversas ocasiones, el diálogo que se-
guía a cada lección nos ofrecía la oportunidad
de descubrir que nuestras fronteras teológicas no
coincidían siempre con las fronteras confesio-
nales.
1. "Encantadora experiencia".
14
1
LA EVOLUCIÓN Y SUS PROBLEMAS
15
nerse una elección patética: o bien el mundo es
la libre, total y definitiva creación de Dios, en
seis días, o bien el mundo está formado, en su
pasado, y continúa formándose probablemente
día a día mediante un proceso inteligible que
hace surgir el nuevo del antiguo. De otra forma:
o el hombre es la criatura especial y específica-
camente creada por Dios del limo, como corona
y espuma de la creación, o es producto de la ma-
teria vitalizada y simplemente una etapa en la
ruta que recorre la vida. Nadie tenía la gallardía
de creer que los términos de lo que se manifes-
taba entonces como dolorosa alternativa pudie-
ran concillarse fácilmente.
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un muestrario de "hechos" (criticados extrava-
gantemente) acuden con toda oportunidad en
auxilio de su intento. El intento ha tenido éxito
asombroso en ciertos medios, pues hace tan sólo
un par de años, una publicación integrista hizo
suyo el pensamiento de estos autores y añadía,
a la par, que Galileo había sido condenado jus-
tamente, puesto que la tierra no sigue dando
vueltas. Este último detalle nos abre la vía de
una profunda comprensión de lo que estaba en
liz (y continúa, en ciertos ambientes) en la con-
troversia antidarwinista.
17
2. ENSAYO
"telescópico", pues se supone que las especies
salen unas de otras un poco a la manera de seg-
mentos "embotellados" unos en otros dentro de
un telescopio. ¿Qué ley preside este desarrollo?
Un darwinista responderá que la selección na-
tural, ley que implica la eliminación de los "dé-
biles", en beneficio de los "fuertes". La struggle
jor lije es el tema darwiniano por excelencia.
Un lamarckiano, por ejemplo un biólogo mar-
xista, pensará que es la actitud para adaptarse
a las dificultades del medio la que mide la vi-
talidad de las especies, y que la necesidad de
adaptación explica cumplidamente las modifica-
ciones estructurales presentadas por cada espe-
cie en el curso de su evolución. Un mutacionista
tendrá en cuenta los cambios bruscos que inter-
vienen a veces en una línea, cambios aparente-
mente inmotivados, y concluirá que las especies
se transforman mediante modificaciones radica-
les, bruscas e irreversibles.
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conceder una importancia decisiva a la relación
hombre-medio, concibiendo esta relación dialéc-
ticamente y explicándola como oposición polar
(pero dialécticamente superada) de tesis y antí-
tesis. Un principio de explicación no puede es-
capar a esta servidumbre. La objetividad, en
semejante materia, no significa reducción a los
fenómenos —pues, por sí mismos, los fenómenos
no usan un lenguaje muy claro— sino un punto
de vista sobre los fenómenos, que intenta englo-
barlos a todos, aun respetando la original singu-
laridad de cada uno de ellos. Por este motivo,
una teoría de la evolución es también, y acaso
más que nada, un problema de mentalidad, una
situación del espíritu.
19
"moderno") para confusión —se cree— y ver-
güenza de este último. Con mayor frecuencia
ingenuamente se "cargan a la cuenta" de la "cul-
tura" bíblica todas las hipotecas y presupuestos
cuturales de la generación precedente y se cree
"simplemente bíblico" lo que es únicamente re-
traso de una generación.
20
cionar; en una palabra, eliminar para llegar a
una descripción bíblica de las cosas. Por otra,
dichas representaciones se refieren a una men-
talidad que no es la nuestra, mentalidad que
lleva consigo imágenes, símbolos o modos de
pensar que apenas nos dicen nada, al menos li-
teralmente.
Sí
teridad; el primer hombre castigado justamente
en sus hijos, y el género humano maldecido por
Dios; la primera promesa de redención y la vic-
toria futura de los hombres sobre el demonio
que los ha engañado... etcétera.
22
mente a Bossuet. Antes de que Simón inventara
la crítica bíblica, nadie podía sospechar siquiera
el carácter compuesto del Pentateuco. La idea
de que el pecado tenía un substrato biológico era
entonces tanto más fácilmente aceptada cuanto
que se sabía muy poco, casi nada, de biología
humana. De igual forma, la historia de las re-
ligiones, entonces en su infancia, no podía in-
terpretar las posibles significaciones del arque-
tipo del paraíso.
Pero, tal como suena, el texto citado ofrece
a nuestra consideración un doble interés. En rea-
lidad, muestra hasta la evidencia no sólo cómo
la lectura de la Biblia por parte de Bossuet es
falsamente ingenua, sino además constituye un
fehaciente testimonio de lo que era entonces la
lectura cristiana de los relatos "primitivos" en
los momentos en que fue formulada la teoría
de la evolución, pues esta lectura apenas había
sufrido alteraciones desde el comienzo del si-
glo xvin. El mundo de Bossuet es el mundo de
Georges Salet y Louis Lafont, el mundo de la
evolución regresiva, o de la "involución", usando
la expresión del filósofo A. Lalande. En este
mundo, todo está dado desde los primeros mo-
mentos. No hay "historia" posible; más aún, la
historia debería caminar en un sentido degra-
dante hasta la intervención milagrosa del re-
dentor que restituye la "naturaleza" a su inte-
gridad primera.
Nos hallamos, pues, en presencia de una
Weltanschauung, o mejor dicho y para no sa-
limos de la terminología alemana, de una Welt-
23
bild, de una imagen del mundo, expresada a tra-
vés de una conceptualidad determinada. Esta
imagen del mundo depende, a su vez, de una ima-
gen de Dios, absolutamente determinada tam-
bién. Dios en ella está concebido como rey su-
premo de la creación, trascendente a ella aunque
sea su autor. Recorre el mundo con idéntica ma-
jestad con que Luis XIV recorría el jardín de
Versalles; hace justicia, dirige la historia como
un monarca absolutista pudiera hacerlo, pero
con mayor autoridad. Las relaciones entre mun-
do y Dios son exclusivamente de este tipo: re-
lación entre objeto y fabricante del objeto. Sin
embargo, acontece algo excepcional: por una
malicia, por otra parte inexplicable, el objeto se
ha torcido, deteriorado, de suerte que su empleo
es mucho más difícil.
24
ración ontológica afirmada en el punto de par-
tida.
Hemos afirmado que esta visión del mundo
se acomodaba a una mentalidad, a una actitud
del espíritu frente a problemas planteados por
la inteligibilidad de los fenómenos materiales.
A decir verdad, y hablando con toda exactitud,
esta mentalidad no plantea un problema de la
materia. Al contrario, tiende a eliminarlo. El
"mundo" como "materia" carece de significacio-
nes propias. Es únicamente el hackground 1 de
una drama del pecado y de la redención. En
Bossuet esto es meridianamente claro. Como me-
ridianamente claro es asimismo para todos los
cartesianos, incluyendo en ellos a los messieurs
de Port-Royal, que practicaban beatíficamente la
vivisección por afirmar que los gritos de los ani-
males no eran, en definitiva, sino chirridos de la
máquina animal. El hombre participaba, es cier-
to, de la animalidad como organismo fisiológico,
pero dicha participación no implicaba ningún
efecto ontológico. El hombre tenía passiones, es-
taba sometido al pati, puesto que tenía además
un cuerpo; pero lo que constituía propiamente
hablando su ser, es decir el hecho de pensar (co-
gito), escapaba al pati y constituía su ontología
propia. Dicho de otra forma: el mundo no par-
ticipaba seriamente en la realidad "óntica" del
hombre. Únicamente Pascal, por la peculiar dis-
posición de su genio, supera este simplismo on-
tológico. Sabe que el tormento del hombre con-
1. "trasfondo".
25
siste en no saber "a qué carta quedarse", tendido
como está entre un infinito de grandeza que le
abruma y un infinito de pequenez para el que
le parece que no tiene medida común; y cuando
subraya que toda la dignidad del hombre con-
siste en el pensamiento, no hace de éste la antí-
tesis radical de la materia. Sabe perfectamente
que el pensamiento puede estar condicionado por
la presencia de una "piedra" en el uréter, así
como la historia del mundo ha sido condicio-
nada por la longitud de la nariz de Cleopatra.
Pero la intuición pascaliana no caracteriza en
modo alguno la situación de mentalidad de la
teología latina respecto del "mundo".
26
Pero el hecho de que se pueda caricaturizar la
idea cristiana del mundo, muestra a todas luces
el extremo a donde ha llegado esta idea. Una
caricatura no es sino un retrato muy bien lo-
grado.
27
\
es la antítesis del mundo. Es "semejante" al
mundo, y por ende separado de Dios, a través de
toda la distancia que separa al espíritu de la
materia. Pero como la materia no está acabada,
terminada, sino al revés, en estado de evolución,
o bien Dios debe definirse como involucrado en
este movimiento —lo cual es una definición de
tipo panteísta—, o bien es menester olvidarse
de Dios, o lo que es lo mismo, situarlo en los
"orígenes" del cosmos y dejarle allí. En suma,
el evolucionismo parecía apremiarnos a la ne-
gación apasionada de todas sus afirmaciones o a
la renuncia radical de la Weltbild cristiana. En-
frentamiento o sumisión. Parece que no tenemos
otra alternativa.
28
que se ha introducido, hace algunos decenios,
en la "teología del mundo".
Fue necesario, al mismo tiempo, descubrir
que el "mundo" no era un medio neutro en el
cual se podía desenvolver culquier representa-
ción religiosa, de la clase que fuere. La apologé-
tica moderna es un testigo fidedigno de este des-
cubrimiento.
Sus intenciones, no obstante, son diversas y
solamente con cierta arbitrariedad podemos in-
tentar señalarlas. Intentémoslo sin embargo. Po-
demos distinguir, grosso modo, tres grandes tipos
de apologías. Unas son pura y simplemente
negativas. Su finalidad consiste en mostrar que
todas las adquisiciones científicas reunidas bajo
el tema de evolución, no son ni tan claras ni tan
ciertas como se cree. Otras, toman su punto de
partida de ciertos resultados parciales de la in-
vestigación geológica y biológica, pero se es-
fuerzan por demostrar que el orden de investi-
gación científica, en su conjunto, no concierne
absolutamente y por tanto no atenta en modo
alguno a la visión cristiana del mundo (o, más
generalmente, religiosa). Finalmente, las últimas
se esfuerzan por integrar en la cosmovisión acep-
tada como bíblica todos los fenómenos señalados
y descritos por la ciencia.
29
miento religioso y bíblico, el evolucionismo, por
el contrario, lo confirma. Ninguna de estas po-
siciones es la de Teilhard de Chardin. Pero la
actitud de Teilhard de Chardin resaltará más y
evitaremos acaso algunos contrasentidos del pa-
dre, si nos detenemos unos instantes en el exa-
men de las apologías tradicionales.
Apologías propiamente negativas no hay nin-
guna, o casi ninguna. De dos cosas, es menester
elegir una: o bien el evolucionismo es efectiva-
mente una aberración y es inútil perder tiempo
refutándole y caerá por sí mismo; o bien el evo-
lucionismo es un modo de comprender los he-
chos innegables por sí mismos y este modo es
discutible. Pero discutirlo equivale a situarlo en
relación con la doctrina cristiana, lo que nos
conduce a la segunda actitud (o a una de sus
variantes).
Esta comienza por mencionar las "lagunas"
de la teoría de la evolución; encuentra una de-
lectación siempre nueva constatando la ausen-
cia del missing link2, y está persuadida de que
es absolutamente imposible probar la descenden-
cia animal del hombre. No rehuye, sin embargo,
el resaltar ciertas semejanzas, pero segura de
que la esencia del hombre no es reductible a la
esencia material del mundo viviente. Se puede
mostrar magnánima respecto del evolucionismo.
Tal es, por ejemplo, la posición defendida por
los autores de un Essai d'une somme catholique
30
contre les sans-Dieu que tuvo, antes de la gue-
rra, considerable éxito. Al final de un esforzado
estudio de todas las lagunas del transformismo,
llega a la conclusión tranquila y casi gloriosa:
Después de haber expuesto y examinado im-
parcialmente los argumentos transformistas, nos
permitimos concluir que la ciencia de la evolu-
ción de formas vivientes no se opone, en modo
alguno, y menos aún que otra ciencia cualquiera,
a las enseñanzas esenciales de la religión tales
como las formula la autoridad legítima que ha
recibido de Dios la misión de transmitirlas a los
hombres.
31
gen a la teoría de la evolución, no se advierte
dónde podría surgir el problema. Si esta ense-
ñanza, por el contrario, tiene una visión similar
a la del evolucionismo, se advierte, de golpe,
que el problema está planteado. Mas esto no
significa resolverlo, ni siquiera adelantar la so-
lución, sino declarar que no hay incompatibili-
dad entre ambas. Es necesario llegar a saber si
se dan la mano en un punto determinado y dón-
de. O el "mundo" del que habla la Iglesia en su
enseñanza no es en modo alguno el que la teoría
transformista intenta comprender, y es inútil
hacer apologética; o es el mismo "mundo" el que
está en liza y no se puede salir de apuros afir-
mando que no existe incompatibilidad entre los
dos tipos de investigación. Expresemos esta al-
ternativa ayudándonos del lenguaje matemático.
Si dos series, A y B, no tienen ningún elemento
N en común, es menester plantear entonces el
problema de su relación, y no nos deberíamos
limitar a afirmar que la presencia de N en la
serie A no contradice a la presencia de N en
la serie B. No basta que el evolucionismo no
contradiga la enseñanza de la Iglesia; es nece-
sario además saber si esta enseñanza puede de-
jarse informar por el evolucionismo o, eventual-
mente, si aquélla puede tener algo que decir al
evolucionismo.
32
confirma el punto de vista evolucionista. Para
descubrir esto basta considerar, por ejemplo, los
"días" de la creación según el relato del primer
capítulo del Génesis, como "períodos geológicos".
La intuición del autor de este texto le hubiera
llevado a enunciar, en un lenguaje cuyo alcance
no comprendería él mismo siquiera, la verdad
que sería descubierta muchos siglos más tarde.
Esta solución del problema ha tentado frecuente-
mente los espíritus más preocupados por respetar
la autoridad de la Escritura. Desgraciadamen-
te, este respeto es más aparente que real. Ha-
ciendo de la Escritura algo similar a las pro-
fecías de Nostradamus, se corre el riesgo de
desnaturalizar su sentido. Yom, en hebreo, no ha
significado jamás período geológico; y "hubo tar-
de y mañana", nunca ha querido decir: trans-
currieron dos o tres millones de años. El intento
de colgarle intenciones que nunca han sido las
suyas significa violentar la Biblia. Fenómeno cu-
rioso: en el momento y hora en que se quiere
mostrar que la Biblia es respetable se deja de
respetarla.
33
3. ENSAYO
científica y el orden de la fe. Todo el problema
consiste ante todo en saber si este hiatus es in-
superable o no.
Dicho de otra forma, todo el problema reside
en saber si debemos vivir interiormente desga-
rrados, intelectualmente divididos dentro de nos-
otros mismos, o si existe una posibilidad de re-
encontrar en nosotros mismos la unidad. El que
haya comprendido este problema está dispuesto
a comprender a Teilhard de Chardin. Porque
precisamente el pensamiento de Teilhard de
Chardin es un prodigioso esfuerzo para devol-
vernos el sabor de la unidad, y toda su obra es
un mensaje de esperanza para quienes la buscan,
sin facilidad ni complacencia.
En un corto artículo de la revista "Esprit" 3 ,
en el que se pregunta por el estado actual del
conflicto entre la fe y la ciencia, Teilhard alude
a lo que él denomina "la reacción de los cre-
yentes". En realidad se t r a t a de su reacción
personal, y es necesario ser muy optimista para
creer que sea, incluso hoy a más de veinte años
de distancia de la redacción de este texto, la
reacción de los creyentes en general. He aquí
lo que escribe Teilhard:
3. Agosto (1946)
34
brimientos; conceder, a lo sumo, que la evolu-
ción era una hipótesis plausible, pero siempre
frágil. A esto se limitaba en líneas generales
su estrategia *.
35
vuelve a menudo a repetir la necesidad de u n
cambio de referencias cosmológicas d e la teolo-
gía. Especialmente, vuelve sobre el asunto en u n
texto de 1945, significativamente titulado Chris-
tianisme et Evolution. Suggestions pour servir
á une theologie nouvelle. Escribe entre otras
cosas:
36
terio de Cristo no contradecía en modo alguno,
en el fondo, a una mentalidad para la cual el
cosmos, aunque en movimiento, no estaba en
evolución. La situación hubiera sido distinta con
el logos estoico, pero dejémosla a un lado.
En una mentalidad determinada, se pueden
elegir "modelos" muy diferentes para pensar el
mundo. Estos modelos tendrán siempre en co-
mún una referencia a la mentalidad en la que
cobran sentido y esta mentalidad es su fondo
común. El problema es distinto cuando se trata
de acomodar a una mentalidad evolucionista un
conjunto de temas que han nacido y se han
expresado siempre en una tradición fijista.
En realidad, entre fijismo y evolucionismo
existe la misma diferencia que entre las dos
teorías fijistas (o las dos teorías evolucionistas)
mucho más alejadas una de otra de lo que nos
podemos imaginar.
Esto mismo reconocía Teilhard explícitamen-
te en un ensayo de 1953, titulado Le Dieu de
l'Evolution:
Hace un siglo —escribe— la evolución, como
se dice, podía aún considerarse como una simple
hipótesis local, formulada para tratar el pro-
blema del origen de las especies, y especialmen-
te para tratar el problema de los orígenes del
hombre. Pero, desde entonces, es preciso recono-
cer que ha invadido y que impera en la actua-
lidad la totalidad de nuestra experiencia. "Dar-
winismo", "Transformismo", estas palabras no
tienen sino un interés histórico. Desde los más
37
ínfimos y más inestables elementos nucleares
hasta los vivientes más elevados, no existe nada,
lo vemos ahora, absolutamente nada pensable
en la naturaleza, sino en función de un enorme
y único proceso conjugado de "corpusculización"
y de "complejificación", en el curso del cual se
delinean las fases de una gradual e irreversible
interiorización —"concienciación"— de lo que
llamamos materia, sin saber lo que es".
38
"pensamiento", también de origen divino, "ex-
tensión" que podríamos pensar absolutamente
con el solo auxilio de las intuiciones matemá-
ticas, homogénea en todos sus puntos y reduc-
tible, de esta forma, al espacio de los geómetras.
Nos hallamos en presencia de una realidad móvil
y en movimiento, cuyas propiedades no son idén-
ticas en todos los momentos de su desarrollo. Por
ejemplo, ya no asistimos al proceso de la trans-
misión de los caracteres en biología, sino que
nos hallamos obligados a suponer que, en el
pasado, este proceso ha desempeñado un papel
determinante. Pero, recíprocamente, el espíritu
juega un papel decisivo a nuestros ojos en la
organización de esta fracción del mundo que se
llama tierra, cuando hace solamente unos mi-
llones de años la forma humana no desempe-
ñaba ningún papel, al menos bajo la forma en
que nosotros podíamos verdaderamente experi-
mentarla.
Esta transformación que afecta a nuestra sen-
sibilidad de "hombres modernos", abre ante nues-
tros ojos una aventura intelectual ante la cual
se comprende que, al menos en un primer mo-
mento, retrocedamos. Todas nuestras referencias
intelectuales se tornan problemáticas ante ella.
Pensemos, por ejemplo, en el problema de
Dios. Para una visión fijista del mundo, este
problema se plantea en términos relativamente
simples, aunque, bajo la simplicidad de los vo-
cablos, el hecho en sí sea tremendamente com-
plicado. Aun siéndonos ofrecido el "mundo" en
su perennidad y estabilidad relativas, nos es for-
39
zoso investigar cómo ha podido aparecer su ser.
¿De dónde se deduce que haya un mundo? He
aquí el problema que tenemos que plantearnos.
Como tenemos cierta experiencia de los procesos
creativos, sabemos que un ser determinado, el
ser de una estatua, para usar una imagen aris-
totélica que a su vez ha sido tomada de Platón,
procede de una causalidad que es menester bus-
car. Para hacer una estatua debemos tener una
idea de la estatua, del mármol, de los útiles y
manos al servicio de la idea rectora.
40
los cuales deducimos a Dios del mundo. Kant
los ha descrito y criticado con una sagacidad tal
que su demostración parece exhaustiva. Quedé-
monos sencillamente con esto: Dios es, efecti-
vamente, el nomen que conviene al ser creador
de la realidad. Dios es causa del mundo.
Quienes no hayan interrumpido los ejercicios
mentales de la filosofía expresarán aproximada-
mente la misma idea diciendo que era necesario
que el mundo saliera un día de Dios, porque no
hay cosa alguna que pueda salir de la nada. Es-
tos partirán de un hecho dado, determinado,
acabado para concluir en la existencia de un ser,
igualmente dado, perfecto, acabado. Dios y el
mundo coexistirán por necesidad lógica, e inclu-
so si esta forma de pensar no es completamente
satisfactoria, aparece relativamente simple, in-
mediata, parece que brota evidentemente de sí
misma.
No acontece lo mismo si el mundo está en
movimiento. En efecto, no se trata solamente de
reflexionar sobre lo que ha podido suceder en
un momento originario, sino de penetrar si un
sentido agita el movimiento del mundo, si el
"mundo" está arrastrado por una finalidad que
se expresaría a través de su urdimbre moviente.
Dios, desde esta perspectiva, no puede ser con-
templado como el ser necesario, causa externa
de la realidad. Es menester una resolución para
pensarlo como sentido de la realidad, a medida
que la realidad se desarrolla. Si el mundo es
movimiento, Dios es entonces historia, o al me-
nos Dios no puede pensarse como inmóvil, eter-
41
ñámente anclado en su ser, sino que debe ser
pensado como ligado de alguna manera al mo-
vimiento del mundo.
42
Para caracterizarlo sumariamente, y antes de
describirlo con detalle, digamos que se presenta,
en bloque, como la dialéctica de dos afirmaciones
de fe: la "fe en Dios" y la "fe en el mundo".
Estas expresiones se encuentran constantemente
en la pluma de Teilhard. Deben ser, sin embar-
go, aclaradas, so pena de un grave malentendido.
La "fe en Dios" no es el acto por el cual se
plantea la existencia de Dios, sino el acto por
el cual Teilhard va a encontrar en el tema del
Cristo universal el íntimo sentido del mundo en
evolución. Recíprocamente, la "fe en el mundo"
no es el acto por el cual Teilhard se llega a per-
suadir de que el mundo es digno de confianza,
sino el acto por el cual Teilhard va a afirmar
que precisamente el mundo encuentra en Cristo
un sentido.
43
Toda la vida y obra de Teilhard constituyen
una respuesta a esta pregunta; y esta respuesta
la ha formulado él mismo muy claramente en
el artículo de la revista "Esprit" que hemos ci-
tado anteriormente.
En la experiencia, la cristología tradicional
no solamente se muestra capaz de tolerar una
estructura evolutiva del mundo; más aún, con-
trariamente a todas las previsiones, en favor de
esta curvatura particular del espacio ligado al
tiempo es donde ella se desarrolla con mayor
libertad y amplitud. En semejante curvatura es
donde adquiere la cristología su verdadera fiso-
nomía. Los grandes atributos cósmicos de Cristo
(especialmente en san Pablo y san Juan), los
que le confieren una primacía universal y final
sobre toda creación se han podido acomodar
perfectamente a una explicación moral y jurí-
dica. Pero únicamente en el marco de la evo-
lución es donde adquieren su pleno sentido. Con
esta condición (a la que justamente se inclina
toda la ciencia en la medida en que ella se de-
cide a buscar al hombre un puesto en el cos-
mos) : que esta evolución sea a la vez de tipo
espiritual y convergente. Hecha esta salvedad,
nada más fácil ni más fascinante que buscar en
la cristogénesis revelada una explicación última
y un coronamiento final a la cosmogénesis de
los sabios. Cristianismo y evolución: no son dos
visiones irreconciliables, sino dos perspectivas
hechas para encajarse y complementarse mutua-
mente. En el fondo, esta alianza ¿no estaba ins-
crita desde hace mucho tiempo en los hallazgos
instintivos del lenguaje hablado? "Creación, en-
carnación, redención", estas mismas palabras,
por su forma gramatical, ¿no evocan la idea de
44
un proceso mejor que la de un gesto local o ins-
tantáneo?
45
2
EL PROYECTO DE TEILHARD
47
sar, por consiguiente, cosmológicamente a Cristo
y teológicamente al mundo. Dicho de otra for-
ma, ante todo los órdenes que nos preocupan
deben ser cuidadosamente distinguidos. Al in-
tentar acercarlos demasiado de prisa, correría-
mos el riesgo de no respetar suficientemente las
exigencias metodológicas de este tipo de dialéc-
tica, y de caer de este modo en los defectos de
las apologéticas ingenuas que confunden con
harta frecuencia los géneros y fracasan en vir-
tud de esta confusión. Tendremos que pregun-
tarnos, en definitiva, si Teilhard de Chardin se
ha mantenido alertado frente a esta necesidad.
Si ha pensado cosmológicamente el mundo, con
un rigor sin desmayo y una probidad científica
irreprochable, acaso no ha sabido siempre, o no
ha podido, pensar a Cristo como la ciencia teo-
lógica reclama. Como consecuencia, esto debería
brindar a su lector teólogo un sentimiento de
frustración tanto más violento cuanto que el teó-
logo se considera frecuentemente frustrado en
la aventura científica. Pero no nos anticipemos
y dejemos bien sentado en estas consideraciones
que las conclusiones de Teilhard de Chardin han
sido logradas en el plano de la reflexión cien-
tífica, sin que haya intervenido un afán de orto-
doxia teológica. Esto no significa, naturalmente,
que Teilhard no haya podido nunca ni querido
separar sus intuiciones y hacer vivir bajo dos
regímenes radicalmente heterogéneos su fe y su
ciencia. Sabe, por el contrario, lo supo siempre,
que la unidad era evidente. Más exactamente, lo
supo desde su retiro en Hastings, en el noviciado
de los jesuítas, es decir desde el momento en que
48
se interesó por la evolución. El mismo nos hace
esta confidencia, en un pasaje del ensayo Le
coeur de la matiére, donde nos habla precisa-
mente de una división interior superada:
Por educación y religión, yo había admitido
dócilmente hasta entonces —sin reflexionar en
ello, por lo demás— una heterogeneidad funda-
mental entre materia y espíritu, cuerpo y alma,
inconsciente y consciente: dos "sustancias" de
naturaleza diferente, dos "especies" de ser, in-
comprensiblemente asociadas en el compuesto
viviente y de las que era necesario a toda costa
—se me aseguraba—, mantener que la primera
(mi divina materia) no era más que una hu-
milde esclava (por no decir adversaria) de la
segunda. Esta, es decir el espíritu, quedaba re-
ducida a mis ojos, por este mismo hecho, a no
ser más que una sombra, a la que era menester
estimar sobremanera por principio, pero ante la
cual (emotiva e intelectualmente hablando) no
experimentaba en realidad ningún interés vital.
Juzgúese, por consiguiente, de mi impresión in-
terior de liberación y alegría cuando, en mis
primeros pasos, aún indecisos en un universo
"evolutivo", comprobé que el dualismo en el
que había venido instalado hasta entonces se
disipaba como la bruma al salir el sol. Materia
y espíritu: no, no son dos cosas, sino dos esta-
dos, dos caras de una misma urdimbre cósmica,
según se la mire o se la prolongue, en el sen-
tido en que (como dijo Bergson) se hace o, al
contrario, según se deshace.
49
4. ENSAYO
cómo —y a veces dolorosamente— Teilhard se
esforzó por no perder de vista nunca su objetivo
que era comprender conjuntamente fe y ciencia;
como en el texto que acabamos de citar, materia
y espíritu, inconsciente y consciente, cuerpo y
alma, etcétera.
Precisamente porque el dualismo implicado
en estos términos está ya lentamente superado, a
nivel de sus intuiciones fundamentales, Teilhard
se mostrará capaz de proseguir, sin excesiva in-
quietud con relación a su "fe en Dios", una inves-
tigación científica serena, cuya intención y me-
dios intentamos caracterizar. Conocerá, es cierto,
la angustia —a veces camina a ciegas— pero no
transigirá con lo que él cree que es la verdad.
La situación en la que debe insertarse el tra-
bajo de Teilhard es de las más confusas. Todo
el mundo habla de evolución, pero se trata aún
de una categoría biológica, inutilizable, al pare-
cer, por el psicólogo o el químico, por el físi-
co o historiador. Nadie sabe con excesiva cla-
ridad cómo extender a otro terreno distinto a
aquel de donde ha nacido, este concepto incitante
y difícil. Es necesario decir además que el pro-
greso de la investigación científica hace prácti-
camente imposible la trasferencia de una disci-
plina a otra de los resultados e instrumentos de
trabajo. Cada ciencia posee su aparato intelec-
tual y su campo específico de actividad, sus há-
bitos mentales y sus dogmas. En esta época, los
"modelos" no han hecho su aparición en la pro-
blemática de las ciencias teóricas. Además, el
"mundo", la "evolución" son muy raramente
50
examinados —y casi exclusivamente por los fi-
lósofos— como una realidad y un proceso aptos
para ayudar y comprender la totalidad de los
que tiene por "objeto" la ciencia. Existe un
"mundo físico", un "mundo biológico", un "mun-
do social", un "mundo político", un "mundo es-
piritual", e t c . , pero estos "mundos" no se cono-
cen. Más exactamente, todo esfuerzo por reducir
a cierta unidad a todos estos "mundos" dispersos
llevan un sesgo abstracto: las ecuaciones de los
físicos (Einstein, Heisenberg), miden realmente
algo que es más o menos común a todos los ór-
denes de conocimiento del mundo "material"
pero nadie podría decir exactamente cómo. Si
el biólogo presiente que la ecuación de la rela-
tividad generalizada tiene cierta incidencia sobre
el desarrollo de los procesos de la vida, no ad-
vierte cuál es. Cuando el físico se convierte en
biólogo, cambia de mentalidad.
52
lo que hace de un árbol un árbol es la ascensión
continua de la savia, desde la raíz al follaje.
Teilhard opera una distinción terminológica
significativa entre la palabra bloc y la palabra
todo. Un bloc es una colección de objetos aglu-
tinados sin orden; un todo es un conjunto de
objetos orgánicamente ligados unos a otros. De
este modo, distingue entre colección, "montón"
y totalidad. Consideremos, por ejemplo, un mon-
tón de arena. Lo que caracteriza esta forma de
agrupamiento es que está indefinidamente abier-
to: siempre podemos añadir un grano más a un
montón de arena; sin embargo, no cambiaremos
su naturaleza. ¿Cuándo cambia de naturaleza el
"montón"? Nunca. Por definición, es algo a lo que
se le puede añadir algo más, como la lista de los
números racionales.
El mundo no es un montón, sino un todo. En
la profundidad del tiempo, los elementos que lo
constituyen están en relación unos con otros de
tal forma que sus encuentros originan nuevas
unidades de s e n t i d o , relativamente acabadas.
Pero esto no aparece sino al que se entrega al
tiempo. Es por el tiempo como el mundo deviene
y, deviniendo, cobra sentido.
Esta es, en toda su sencillez, la primera de las
grandes intuiciones teilhardianas: el tiempo es
el vector a lo largo del cual se organiza el mundo.
Resta saber cómo se opera esta organización, se-
gún qué modelo y por qué procedimientos. El
que logre esto poseerá de golpe una visión de
conjunto sobre la realidad cósmica, conocerá las
53
"leyes" que presiden todos los fenómenos. Ten-
drá, por consiguiente, la clave que abre el cono-
cimiento.
Ahora bien, esta clave es relativamente fácil
de descubrir, aunque su descubrimiento exige
un esfuerzo semejante a una verdadera conver-
sión. Para comprender cómo el mundo deviene,
basta contemplar el mundo como realidad en la
que el hombre está incluido, no solamente como
"espectador", sino como "contemplado", según
propias palabras de Teilhard. Si el mundo no es
solamente lo que el hombre contempla desde
fuera, sino aquello en lo que el hombre se con-
templa en sí mismo, cambian las perspectivas
habituales de la ciencia.
Bultmann alude en cierto lugar a la posibili-
dad ofrecida al hombre moderno de tomar con-
ciencia de sí, bien como materia, bien como espí-
ritu. Según Teilhard, semejante alternativa no
debería aceptarse. Como materia y espíritu a la
vez es como el hombre debe tomar conciencia de
sí; o mejor dicho, toda toma de conciencia, toda
"Selbstverstandnis" del hombre le fuerza a des-
cubrir que las categorías "espíritu" y "materia"
no expresan en modo alguno su verdadero puesto
en el mundo y, por consiguiente, su verdadera si-
tuación ante sus propios ojos.
55
la "reducción eidética" y la "reducción fenome-
nologica". De hecho, toda filosofía que quiera
tomar en serio la "mundanidad" del hombre de-
berá pasar por la fenomenología.
56
Es en el tiempo donde el hombre es "munda-
no". Su "mundanidad" no está solamente religa-
da a su cuerpo, sino a la historia de este cuerpo
y, a través de ella, a la historia de los cuerpos en
general.
Se puede desembocar en la misma problemá-
tica por otro camino. Cada vez que yo intento
comprenderme a mí mismo, soy remitido a mi
historia, pues yo no existo sino por ella. Pero mi
historia no es únicamente mía, es historia de la
humanidad; es decir, además de mía, historia de
una especie biológica y, por consiguiente, histo-
ria del "mundo" en la cual ha aparecido la vida.
Todo lo que yo puedo decir sobre mí me remite
a un discurso más amplio, a un discurso sobre el
"mundo". La primera evidencia que me sorpren-
de es la evidencia de mi relación con esa totali-
dad que llamo "mundo".
Pero, al mismo tiempo, esta totalidad no po-
dría ser comprendida sin comprenderme. Hablar
del "mundo", en general, sin hablar de mí, hom-
bre, en la medida en que estoy comprendido en
el mundo, no es hablar del mundo, es hablar
de una abstracción, puesto que significa hablar de
una realidad de la que estoy abstraído, de modo
absolutamente ilegítimo. Todo discurso coheren-
te sobre el mundo es también un discurso sobre
el hombre, pues todo discurso sobre el hombre
es, en definitiva, un discurso sobre el mundo.
He aquí, pues, planteada la pregunta esencial:
¿Cuál es el lugar del hombre en la naturaleza?
Este es, por lo demás, el título que se ha dado
57
en reciente edición a una obra del padre Teilhard
de Chardin: El grupo zoológico humano1.
Para hacernos una idea de ese lugar, podría-
mos partir de la meditación pascaliana —a la que
tendremos ocasión de aludir— de los infinitos.
El hombre se nos muestra, en una primera apro-
ximación, como un "medio" entre nada y todo,
como un imposible término medio entre el cero
y el infinito. Es esta una situación desesperada y
realmente angustiosa, pues si se puede ima-
ginar ser Dios o ser nada, no se puede imaginar
nada que esté a media distancia del todo y de la
nada. Nos sentimos, pues, contradictoriamente
aplastados por el mundo y abrumados en relación
con los microorganismos que f o r m a n nuestra
"materia primera".
Pascal era un gran matemático, pero era un
matemático. Dicho de otra forma, se sentía incli-
nado a pensar toda relación en términos mate-
máticos. Desde este angosto punto de vista, efec-
tivamente, el hombre se halla casi casi a medio
camino entre el átomo y el universo sideral. La
intuición pascaliana es, pues, matemáticamente
exacta.
Teilhard, sin embargo, va a introducir una
noción nueva que dotará a las conclusiones pas-
calianas de nueva fuerza: la noción de "comple-
jidad". Comparado con un átomo, el hombre no
es solamente mayor; comparado con una nebulo-
58
sa, el hombre no es solamente más pequeño. En
ambos casos, es, ante todo, mucho más complejo.
Millones y millones de moléculas no bastan para
hacer un hombre. Es necesario, además y sobre
todo, que estas moléculas estén dispuestas entre sí
de forma que puedan producir otras células y és-
tas, a su vez, tejidos; los tejidos, sistemas (nervio-
so, circulatorio, etc.). Los sistemas deben estar
dispuestos de tal forma que produzcan un orga-
nismo. Si comparamos los materiales iniciales y el
organismo acabado, no afirmaremos que un hom-
bre es mayor que una molécula, diremos que es
más complejo. Al lado de estos dos infinitos, hay
lugar para un tercer infinito que Teilhard deno-
minará "infinito de complejidad".
El lugar del hombre en la naturaleza no es
ante todo y sobre todo el de un ser que ocupa
una posición intermedia. Entre todos los seres
de los que tenemos experiencia, el hombre es
indiscutiblemente el más complejo que conoce-
mos, y de ahí que sea, sin duda alguna, la deli-
cada flor de la evolución.
Se nos plantea aquí un grave problema. Nues-
tra aventura cultural más reciente nos fuerza
a dudar, cuando hablamos del hombre, entre un
orgullo y un desprecio casi igualmente desmesu-
rados. Para el que está avizorando el aspecto
"espiritual" del fenómeno humano, el hombre
está situado incomparablemente por encima de
todos los demás seres. Quien, por el contrario,
presta atención preferente a su aspecto "mun-
dano" declarará de buen grado, que el hombre,
si lo pensamos detenidamente, no es más que un
59
animal y no de los mejores. Se rebelará inmedia-
tamente contra la idea bíblica de que el hombre
es la cima de la creación. Se declarará absurda
esta pretensión e ingenua semejante antropolo-
gía. Un sabio como Jean Rostand, por ejemplo,
desencadenará s u s consideraciones pesimistas
sobre el porvenir de los cromosomas que nos
constituyen. Pero quien toma en serio la "com-
plejidad", cesa inmediatamente de desesperar-
se y de desolarse, e igualmente de temer un
antropocentrismo ingenuo.
No hay que dejarse intimidar —escribe Teil-
hard— por el reproche de antropocentrismo. Se
declara infantil y vanidoso para el hombre el
resolver el mundo por relación a sí mismo. Pero,
¿no es una verdad científica que, en el campo
de nuestra experiencia, no hay más que pensa-
miento humano? ¿Es culpa nuestra si co-exis-
timos con el eje de las cosas? ¿Y puede ser de
otra forma puesto que somos inteligentes? (Córa-
me je vois).
60
evolución tenga precisamente por resultado el
proporcionarnos una clave para comprender la
evolución en su totalidad. Esta Clave ni siquiera
nos la proporcionará la noción de complejidad.
El ser más complejo no podrá comprenderse a
sí mismo, si quiero descubrir su l u g a r en el
mundo, sin comprender el mundo bajo la rela-
ción de complejidad; y puesto que el mundo está
en evolución, el ser más complejo no podrá com-
prenderse a sí mismo sin comprender la comple-
jidad, a su vez, como una "complejidad cre-
ciente".
61
La idea genialmente sencilla de Teilhard ha
consistido en utilizar el "parámetro de compleji-
dad creciente" para la inteligencia de todos los
fenómenos que caen en el ámbito de las ciencias.
Por lo demás, llegados a este punto de nuestra
exposición, podemos reservar para más adelante
el examen detallado de los instrumentos utiliza-
dos por Teilhard. Este examen será más fácil si,
un poco a la manera de los pintores de frescos,
describimos ahora, siguiendo de cerca el plan del
libro El grupo zoológico humano, la visión de
Teilhard. Señalaremos sobre la marcha los di-
versos usos del "parámetro de complejidad cre-
ciente".
Cuando intentamos imaginar el origen del
universo, disponemos de un haz considerable de
representaciones diversas. Los teóricos poseen en
sus almacenes casi todo lo que podemos desear
como tipo de teorías. ¿Queremos una creación
continua? Nos dirigimos a Hoy le: si deseamos
una degradación constante, existe el artículo de-
seado; que preferimos una creación instantánea,
hay que mirar de perfil al canónigo Lemaitre,
etc... De hecho, no sabemos nada del origen del
cosmos. Mejor dicho, sabemos esto: que no es
nada despreciable. Vengan de donde vengan ori-
ginariamente, los átomos constituyen la materia
primera del universo.
62
un espacio sumamente estrecho, desde hace siete
a nueve mil millones de años. Espacio, según los
cálculos de Lemaitre, cuyas dimensiones no se-
rían superiores a las de nuestro actual sistema
solar. Supongamos que esta materia estaba en-
tonces en estado de concentración pre-atómica.
Como se sabe, si mediante la imaginación supri-
miéramos el "vacío" que separa unos de otros
a los elementos constitutivos de los átomos, la
tierra no ocuparía espacio mayor que el de una
avellana. Henos aquí en presencia de una mate-
ria ultrapesada e indiferenciada. Supongamos
ahora que se produce una explosión comparable
a una explosión atómica (aunque en una escala
infinitamente más amplia). Con ella nacería la
historia. Proyectado en el espacio infinito (e in-
finitamente vacío), el núcleo cósmico original,
en razón de su movimiento que le impulsaría,
quedaría reducido al estado de polvo impalpable,
de átomo" precisamente, o mejor aún de par-
tículas atómicas. Así comenzaría el mundo.
63
menester que haya estado, antes, progresivamen-
te constituida. De ahí que el mismo átomo tiene
una historia y, por consiguiente, del átomo de
hidrógeno, el más simple que conocemos, a los
átomos más pesados, se debería distinguir un tipo
de formación por complejidad creciente. En
suma, algo similar a esto se imaginaban los filó-
sofos "atomistas" desde Leucipo: los átomos ori-
ginales, lanzados unos sobre otros por su trayec-
toria "oblicua", por su "clinamen", se unen para
formar cuerpos complejos. Estos átomos comple-
jos, a su vez, se unen entre sí (y con los átomos
más ligeros) para formar moléculas, y las mo-
léculas por su parte se unen para formar cuerpos
"simples". Del átomo más ligero al cuerpo más
simple habría de este modo una continuidad fá-
cilmente discemible y expresable en términos
de "complejidad creciente". Como advierte Teil-
hard, la complejidad aquí se manifiesta por re-
laciones matemáticas, y es relativa al número de
elementos que entran en la composición. En el
reloj cósmico del canónigo Lemaitre, esta "com-
plejificación" habría durado alrededor de seis
billones de años. Pero, naturalmente, en este te-
rreno, nadie puede pronunciar una palabra de-
finitiva con autoridad.
64
que las ha capacitado para producir fenómenos
completamente nuevos.
65
5. ENSAYO
simples, como en los organismos más verti-
ginosamente complicados. Aunque todas las cé-
lulas de mi cuerpo (exceptuadas las nerviosas)
se renueven, aunque el volumen incluso de este
cuerpo haya cambiado considerablemente en el
curso de mi existencia, yo permanezco idéntico
a mí mismo, no solamente por la identidad de
mi conciencia, sino por la identidad de mi orga-
nización somática. La unidad de mi cuerpo es de
orden dinámico. La vida es ante todo la propie-
dad que presenta la materia, en algunos de sus
estados complejos, de crecer y variar sin des-
hacerse.
66
i
i
tipo de organización de la célula "madre". Este
proceso alcanza, en los organismos más diferen-
ciados, una complicación realmente impenetra-
ble. Pero el esquema de base es relativamente
sencillo: se enseña a los bachilleres. Gracias
a esta propiedad, los "seres" vivos, desde su apa-
rición, van a pulular sobre la tierra hasta el
punto de que toda la corteza del planeta estará
cubierta de vida. Se designa bajo el nombre de
"biosfera" el espacio "vitalizado".
Pudiéramos mencionar además otras propie-
dades de la materia viva. Por ejemplo, el hecho
de que cambie constantemente con el "medio"
que la rodea. La planta se alimenta del suelo
y del sol, los animales se alimentan de vegeta-
les y animales en un ciclo indefinidamente re-
petido, en relación con los grandes ritmos cós-
micos, la ronda de las estaciones. Se podría
señalar, igualmente, asimismo, que lo que espera
a toda vida es la muerte, es decir el retorno a los
elementos químicos constitutivos, por desorga-
nización del equilibrio dinámico en el cual han
estado instalados. Pero sin duda alguna, es ne-
cesario sobre todo subrayar, por lo que toca a
nuestro propósito, la más notable de las apti-
tudes que presenta la materia viva, la que Teil-
hard denomina la "interligazón de los elemen-
tos". Citemos algún párrafo donde esta noción
está detalladamente descrita:
67
a crecer regularmente en ella durante el curso
de las edades: me refiero a la extremada inter-
ligazón de los elementos que constituían su masa
todavía informe y flotante. Porque la compleji-
dad no podría desarrollarse en el interior de
cada corpúsculo sin arrastrar, correlativamente
y en rápida sucesión, un entrelazamiento de re-
laciones, un equilibrio delicado y perpetuamente
móvil, entre corpúsculos vecinos... Por el mo-
mento retengamos tan sólo que, por granulada y
discontinua que haya podido aparecer en sus
comienzos la capa de materia vitalizada, ya des-
de esta fase elemental una red de afinidades
y de atracciones profundas (destinada a afirmar-
se cada vez más) reunía y tendía a acercar cada
vez más estrechamente sobre sí misma, en una
amplia simbiosis, esta multitud innumerable de
partículas tan cargadas de potencia germinal 3 .
68
dar origen alternativamente a los vegetales, más
tarde a los moluscos, luego a los peces, a con-
tinuación a las aves, finalmente a los mamíferos
en una especie de progresión constante? Sería
menester encontrar, en este caso, un primer tipo
de organización de donde emergiera toda orga-
nización ulterior. Pero se advierte de inmediato
que esta "solución" al problema de la evolución
plantea más problemas que resuelve y que en
última instancia no resuelve absolutamente nada.
¿Para qué, pues, este extraño itinerario? ¿En
virtud de qué principio ha debido tomar la evo-
lución esta ruta y no otra?
• 69
el árbol de los vegetales, el de los artrópodos
y el de los vertebrados.
70
mos comprender esta noción partiendo de un
ejemplo que no es de Teilhard. Cuando compa-
ramos la conducta de una ameba, de un gusano,
de un perro y de un hombre, salta a la vista que
nos hallamos en presencia de una escala de com-
plejidad creciente. La ameba actúa por lo que
se designa bajo el nombre de tactismo, el gusano
por el tropismo, el perro por los reflejos com-
puestos, y el hombre (al menos en principio) por
la inteligencia. La complejidad no crece sola-
mente en razón de la complicación relativa de
las operaciones efectuadas por el uso de instru-
mentos que acabamos de describir (tactismo, tro-
pismo, e t c . ) . Crece además en razón de la au-
tonomía revelada por dichas operaciones, o, si
se prefiere, en virtud del "juego" (los mecánicos
hablan del papel que "juega" una pieza) que en
ella se manifiesta. Un tactismo no ofrece más
que dos posibilidades: eludir la gota de ácido,
integrar la gota de azúcar. Los tropismos pre-
sentan ya ciertas variantes, permitiendo combi-
naciones. Los reflejos son tan complejos que
apenas pueden medirse o (lo que es lo mismo)
preveerles sin utilizar una instrumentación esta-
dística de nivel matemático bastante alto. Final-
mente, con la inteligencia penetramos en lo
sumamente imprevisible, es decir en el "juego"
integral o casi integral. La noción de interiori-
zación evoca fenómenos de este tipo. Se advierte,
de inmediato, su ligazón a la noción de "tem-
peratura psíquica". Es necesario, efectivamente,
para que la interiorización crezca, que aumente
la "psiché". Ahora bien, este crecimiento se com-
prueba claramente cuando se compara la estruc-
11
tura de los sistemas nerviosos. Lo cual no equi-
vale a decir que la inteligencia se reduzca al
sistema nervioso. Pero es evidente que el ser
más "interiorizado" es también aquel cuyo sis-
tema nervioso es más complejo.
72
inquietante pregunta de nuestros antepasados.
Comprobamos, sin embargo, que no se plantea
tan simplistamente como en las controversias
darwinianas. No llegamos a la afirmación brutal
y provocadora de una pura y simple descenden-
cia simiesca del hombre (no se sabría para quién
sería más halagüeño si para el mono o para el
hombre). Teilhard va a mostrar cómo, en efecto,
el problema de los orígenes del hombre no es
ante todo un problema de filiación.
73
A la teoría de la "arborescencia" inicial debe
corresponder una t e o r í a similar, destinada a
comprender la aparición del hombre. En esto
consiste la teoría del "desarrollo en hoja de
alcachofa", o también "la hipótesis de las esca-
mas". Sería un error considerar los diversos ti-
pos de antropoides fósiles que conocemos como
hijos unos de otros. Al contrario,
74
zación". No por una mutación única y brusca
a partir de un gran simio, sino por las aproxi-
maciones sucesivas, por salidas de tanteo y di-
vergentes. ¿Es posible saber más?
75
podemos adivinarlo, los hechos humanos. De pa-
sada aclarábamos la afirmación metodológica de
la unidad fundamental del mundo y como con-
secuencia evidenciábamos además que dicha con-
tinuidad tenía su lugar en el tiempo. La coheren-
cia del proceso de la evolución quedaba asegurada
por el empleo del "parámetro de complejidad
creciente".
76
tino de la evolución después de la aparición del
hombre.
77
desmesurada, tan desmesurada que no tenemos
comparación posible cuando se consideran los
efectos del fenómeno "vida", presentes en ésta
y ausentes en aquélla. Dicho de otra forma, la
continuidad lleva en sí misma la posibilidad de
una discontinuidad. La fenomenología teilhar-
diana es el estudio de los cambios radicales que
afectan a los fenómenos en razón de su com-
plejidad, es el estudio de lo discontinuo en lo
continuo, estudio de la discontinuidad del con-
tinuo.
78
mos por retrospección tan sólo en la medida en
que lo conocemos prospectivamente.
Desde este momento se puede comprender la
fecundidad de la problemática teilhardiana. Sea
lo que fuere lo que vayamos a saber del hombre
a continuación, sabremos que este hombre es el
parámetro de la evolución por el sólo hecho de
su inclusión en ella. Habíamos partido de él,
cuando encontrábamos en él —es decir en nos-
otros— la exigencia de unidad del conocer y
del ser. No debemos sorprendernos que hayamos
llegado a él.
79
3
LA INTENCIÓN TEOLÓGICA
DE TEILHARD
81
6. ENSAYO
permite contemplarnos como desde fuera, pro-
piedad que Pascal denominaba pensamiento y
que Teilhard designa bajo el término de co-re-
flexión.
82
conciencia. Efectivamente, el pensamiento no
existe nunca en general, y en sí. Cuando no sé
qué pienso, no pienso en absoluto. Desde Husserl
este tema se ha convertido en baladí: un pen-
samiento sin objeto, un cogito sin cogitatum es
absolutamente inconcebible. Yo no soy ser pen-
sante sino en la medida en que pienso algo. Pero
no puedo pensar algo sino en la medida en que
este algo "da en qué pensar" (para usar una
expresión que Paul Ricoeur aplica al símbolo),
es decir se ofrece al sentido. Ahora bien, ¿qué
significa ofrecerse al sentido? El ser es ya, secre-
tamente, portador de un sentido que es menester
descubrir. El mundo es portador de un sentido
enigmático, pero cierto (aunque yo no logre des-
cubrirlo) . Este sentido puede ser inesperado, ex-
traño, tal vez digamos: es un no-sentido. Poco
importa; ahí está implícito o explícito como algo
que espera ser descubierto por un pensamiento.
Es, sin embargo, urgente añadir que cada objeto
del mundo no ofrece un sentido sino por su re-
lación con otros objetos, igualmente significati-
vos, como Merlau-Ponty ha mostrado luminosa-
mente. Esta mesa no ofrece el sentido "mesa"
sino en su relación con la silla, pared, suelo, etc.,
en una palabra, con el conjunto ordenado de
que forma parte. Aislada radicalmente (supo-
niendo que tal aislamiento fuese pensable) no
diría rigurosamente nada.
83
a que el mundo se presenta a nuestra experien-
cia como un cosmos. Sabemos que esta palabra
significa un conjunto de armonías, ritmos y mo-
vimientos ordenados del mundo. Querámoslo o
no, digamos lo que digamos, no podemos captar
el mundo sino como cosmos, y esta experiencia
es tan general, presenta tal carácter de uni-
versalidad que parece exigir todo nuestro cono-
cimiento y designar inicialmente, no nuestra
representación de las cosas, sino su íntima natu-
raleza.
84
Sarniento la tierra no sería tierra. El hombre es
la culminación, provisoria tal vez, no lo discu-
tamos ahora, del cosmos, pero es precisamente su
culminación.
He aquí lo que resulta de una lectura correc-
ta, según Teilhard, del fenómeno de la homini-
zación.
Queda ahora por describir, siguiendo lo más
cerca posible la descripción teilhardiana, el fe-
nómeno en sí mismo. Como parece imposible, no
obstante, limitarse a repetir a Teilhard —lo cual
significaría abandonar nuestra tarea de comen-
tador— nos vemos obligados a tomar un poco
de altura.
Sin embargo, debemos hacer una observación
de orden general sin tardanza. Cometeríamos un
grave contrasentido, si por un breve instante
siquiera perdiéramos de vista que la hominiza-
ción, tal y como Teilhard la concibe, es ante
todo y a lo largo de su desarrollo, una mutación
biológica. El tránsito hasta el hombre y el des-
pliegue de la humanidad no son hechos cuya
explicación requiere la introducción de princi-
pios nuevos, radicalmente distintos a los que han
evidenciado su utilidad cuando se trataba de
comprender la evolución de la "materia" no ho-
minizada. En realidad, el mismo Teilhard sub-
rayará por su parte y en el momento preciso,
todo lo que en la biología del hombre no depen-
de en absoluto de la biología animal y justifica
la elección de nuevos instrumentos. Presentará
estos nuevos instrumentos con un vigor sin pa-
85
rangón. Pero la descripción de la hominización
no exige este cambio de utensilios. Juzguemos
por los textos:
86
"nous" por espíritu, lo cual nos lleva a pensar
que la "noosfera" debe ser, sin más, la esfera
del espíritu, de donde podríamos concluir que
el hombre es, sencillamente, un espíritu. Nada
más opuesto al pensamiento de Teilhard. La
"noosfera" no indica, en su opinión, el carácter
"espiritual" de la aventura humana, sino ante
todo el hecho de que la complejidad, descubierta
hasta ahora como complicación matemática en
el mundo material y luego como desarrollo del
sistema nervioso en el mundo de la vida, se va
a convertir en conciencia con el hombre. El tér-
mino "noosfera" designa, pues, no sólo un nuevo
parámetro sino además lo que este nuevo pará-
metro mide. Claude Cuénot, en su Lexique Teil-
hard de Chardin lo define así:
87
aspectos biológicos de la existencia humana, sino,
por el contrario, que ponga en claro, del modo
más rápido y convincente, la irreductibilidad del
"alma" a la "materia", pues claramente se en-
tiende que la "religión" está del lado del "alma".
Así, las antropologías cristianas más tradicionales
se esfuerzan por subrayar el momento (y acci-
dentalmente el lugar) en que se "pasa" del ani-
mal al hombre mediante una "espiritualización"
brusca. De esta forma, intentan evitar un posible
"materialismo". Sin que por el momento entre-
mos en la cuestión, sin embargo nos parece ne-
cesario subrayar que el pensamiento de Teil-
hard, en este nivel y en este aspecto, podría
más bien emparentarse con la perspectiva bíblica
y no tanto con las antropologías teológicas tradi-
cionales.
88
a las delicias de la especulación ontológica.
¿Cómo se puede explicar, a no ser por una serie
de contradicciones, el hecho de que el espíritu
(sustancia ontológica rigurosamente antitética de
la materia) se ponga y afirme —tesis— en el
cuerpo (que es, por definición, un aspecto de la
sustancia ontológica material) ? Un hombre com-
puesto de cuerpo y espíritu, de carne y alma no
solamente es un ser paradójico. Es un ser im-
posible. No hay reconciliación ontológica capaz
de hacer cohabitar lo que, por definición, se ex-
cluye. Se puede recurrir a todos los artificios que
la fecundidad del espíritu filosófico es capaz de
inventar, pero nunca se logrará una unidad por
una composición de contrarios.
89
hombre (carne, alma, espíritu, corazón y todo lo
que queramos) tiene una necesidad urgente de
reconciliarse con Dios y consigo mismo.
Momentáneamente, limitémonos a declarar
que desde la Biblia correctamente leída, nada
parece oponerse a lo que en realidad se puede
describir en términos biológicos de las peculia-
ridades del phylum humano.
Más que "biológicos" tendríamos que decir:
bio-sociológicos, o mejor aún: bio-psico-socioló-
gicos.
Efectivamente, la primera característica de
la "noosfera" consiste en lo que Teilhard deno-
mina socialización. Este difícil término evoca
a la vez la fuerza de la especie humana sobre
la tierra, su expansión y las modalidades de esta
fuerza, la naturaleza peculiar del hombre que
ni existe, ni crece, ni se logra sino según un tipo
especial de ordenación, inédito, o casi inédito,
en el reino animal. Una imagen nos dará a en-
tender lo que queremos decir. Por otro lado,
presenta la ventaja de aplicarse a múltiples ór-
denes de la realidad. Citamos palabras del mismo
Teilhard:
90
sobre sí misma. Pues bien, pudiéramos decir
que el establecimiento de la noosfera se realiza
históricamente siguiendo un ritmo muy similar.
Desde sus orígenes hasta nuestros días, la hu-
manidad, replegándose y organizándose ya in-
coativamente sobre sí misma, ha atravesado en
realidad por un período de establecimiento geo-
gráfico, en el curso del cual en primer lugar se
trataba, para ella, de multiplicarse y ocupar la
tierra. Y sólo en última instancia, una vez "fran-
queada la frontera", han aparecido en el mundo
los primeros síntomas de un repliegue definitivo
y global de la masa pensante en el interior del
hemisferio superior, en el que sólo podría ir
contrayéndose y concentrándose por efecto del
tiempo 2.
92
tierra con sus técnicas, sus ritos y sus organiza-
ciones sociales ya muy diferenciadas.
92
Se ha podido plantear seriamente el proble-
ma de si la hominización no se aproximaba, por
vía de pulverización y desmigaj amiento, a su
fase final 3.
Y más adelante:
93
sí misma, lo cual tiene como efecto la necesidad
de organizarse económica y técnicamente a es-
cala mundial.
Pero esta necesidad de organización implica
el sorprendente r e s u l t a d o (si no esperado
para el biólogo) de que, bajo el aguijón de esta
necesidad y de esta búsqueda, y como efecto de
los nuevos dispositivos imaginados, lo que pa-
recía en principio no ser más que una tensión
mecánica y un reagrupamiento cuasi-geométrico
impuestos a la masa humana, se traduce ahora
en una ascensión de interioridad y de libertad en
el seno de un conjunto de partículas reflexivas
mejor armonizadas entre sí 5 .
94
La mónada humana como adquisición defini-
tiva de una evolución irreversible. Representa
un valor original e indestructible del universo
que Dios asocia, por amor, a su vida eterna 6.
95
evolución camina en una dirección hasta ahora
desconocida.
Mejor dicho, la evolución no se detiene; pero
conformándose en todos los puntos a los "mode-
los" que ofrecía en el pasado, se halla impulsada
por la aventura humana, con una fuerza nueva,
sobre un nuevo plano y hacia un fin nuevo. Así
como la aparición de la vida orientó la evolución
hacia un tipo de complejidad que un día debía
producir lo reflexivo, igualmente en su fase "ho-
minizada" la evolución se dirige hacia una nue-
va cualidad de las cosas.
Escribe Teilhard:
En verdad, ¿no es la evolución la que con-
centra sus fuerzas en un impulso de nuevo signo,
hecho posible por la conciencia que ahora tiene
de sí misma? ¿Una evolución (evolución refle-
xiva) de segunda especie? O como decía, el se-
gundo cohete que sale, teniendo por cero la
velocidad adquirida por el primero... Impeca-
blemente por lo demás, en el mismo sentido,
siempre en el mismo sentido: el de una más
alta cerebralización 7.
96
canzado la más discutida fama (si no la m á s
discutible).
97
7. ENSAYO
ga: la de un foco universal (que yo he deno-
minado omega, no tanto de exteriorización y
expansión físicas, cuanto de interiorización psí-
quica, hacia el cual parece estar destinada a des-
embocar, dentro de algunos millones de años, la
noosf era terrestre en vías de concentración (por
complejiflcación). Espectáculo muy notable, en
realidad, este de un universo fusiforme cerrado
en sus dos vértices (por detrás y por delante)
por dos cimas de naturaleza inversa.
Semejante en esto al átomo primitivo de Le-
maitre, el punto omega así definido, se sitúa,
estrictamente hablando, fuera del proceso expe-
rimental que acaba de clausurar; puesto que
para alcanzarlo (incluso en el gesto de acceder
a él) salimos del espacio y del tiempo. Sin em-
bargo, esta trascendencia no le impide presen-
tarse a nuestro pensamiento científico como do-
tado necesariamente de ciertas propiedades ex-
presables 9.
98
conciencia, crece la libertad. Mejor dicho, la exis-
tencia de este riesgo exige el desarrollo de con-
sideraciones que desbordan la descripción pura-
mente fenomenológica...
Y es en este punto, si no me equivoco, donde
la ciencia de la evolución (para que la ciencia
de la evolución se muestre capaz de funcionar
en un medio hominizado) debe insertar el pro-
blema de Dios, motor, colector y consolidador
hacia adelante de la evolución w.
99
al Génesis. Esta circunstancia y la tendencia del
espíritu latino a remontarse hacia el pasado cuan-
do se intenta comprender un fenómeno, ha llega-
do a otorgar una prioridad a la doctrina de la
creación en el desarrollo de la teología sistemá-
tica. La creación aparece no tanto como principio
del mundo sino como comienzo obligado de todo
proyecto teológico. Este enfoque parece tener de
su parte la evidencia lógica; y a esto obedece sin
duda que no haya sido seriamente discutido hasta
Karl Barth. Llega, en suma, a suponer a Dios en
un primer momento —a suponérselo o a sacarlo
de la razón, de la experiencia, etc..— para car-
gar inmediatamente sobre este Dios, "deducido"
del mundo o de la naturaleza del espíritu, la res-
ponsabilidad de ambos, mundo y espíritu. Está
claro —y Kobinson lo ha subrayado recientemen-
te— que semejante Dios, si en rigor puede ser el
del deísmo, no debiera ser el de la teología cris-
tiana. Pero éste no es, por ahora, el problema.
La cuestión es saber si la doctrina de la creación
merece justificadamente esta prioridad lógica de
la que advertimos está incesantemente impreg-
nada. Sea lo que fuere, la merecería solamente
si el mundo estuviese acabado, terminado, dado
para siempre. Dicho de otro modo, la merecería
en una mentalidad jixista. Si nunca cambia nada,
conocer el comienzo equivale a conocer la natu-
raleza del todo. Es el viejo problema del "arché"
de los griegos.
100
menos que el conocimiento de los fines. Ahora
bien, si se puede confiar en una imagen de Dios
(creador, hacedor del mundo ex nihilo, etc.) para
comprender los orígenes, dicha imagen resulta
totalmente insuficiente cuando se trata de com-
prender el télos. El deísmo mostrará, en este ni-
vel, su magnífica pobreza intelectual. Será me-
nester contemplar no a un Dios responsable del
mundo, sino a un Dios "motor, colector y conso-
lidado^ hacia adelante, de la evolución".
101
universo, es decir reconocer que Cristo, en mu-
chos de sus atributos divinos y humanos, sobre
todo estudiados hasta ahora por los teólogos,
posee en virtud del mecanismo de la encar-
nación, atributos universales y cósmicos, que
hacen de él el centro personal sospechado y
exigido por la física y la metafísica de la evo-
lución. Estas perspectivas se hallan en sorpren-
dente armonía con los textos más fundamentales
de san Juan y san Pablo y con la teología de
los padres griegos.
102
guno sino por su relación con el hombre —lo cual
no es falso a juicio de Teilhard—; pero de donde
se deduce además que el mundo podría ser cual-
quier cosa y podría presentarse de cualquier for-
ma sin que la relación entre el hombre y Dios
sea perturbada o afectada. Cristo, que juzga a los
hombres, los juzga en la medida en que perte-
necen al mundo, pero de hecho no es al mundo
al que juzga. Tal vez por este motivo "los textos
más fundamentales de san Juan y san Pablo"
aparecen como marginales y prácticamente no
se usan en nuestra más constante tradición teo-
lógica.
¿Es posible enfocar de manera radicalmente
distinta la relación Cristo-mundo-hombre, de tal
suerte que llegue a integrar todas las declara-
ciones cosmocristológicas del Nuevo Testamen-
to? Este es, para Teilhard de Chardin, el pro-
blema esencial.
Como se ve, su teología se va a encontrar
totalmente polarizada por el problema de la "cos-
micidad" de Cristo. De este problema arrancará
su originalidad y fuerza. La intención teológica
de Teilhard va a intentar reconciliar, en una
cristología dinámica, la idea de un mundo en
evolución y la idea de un Dios presente en dicho
mundo. En este sentido es donde esta teología
será provocadora.
Pues si efectivamente es imposible —como
comprobábamos al principio de este estudio—
pensar la tierra sin el hombre, Teilhard inten-
tará persuadirnos de que es imposible pensar la
103
tierra y el hombre sin Dios, es decir sin Cristo.
He aquí llegado el momento en que los discípu-
los ateos de Teilhard van a negarse a seguirlo.
Pero también es claro que numerosos cristianos
no le seguirán tampoco. Esta afinidad de retrai-
mientos bastará para señalarnos que nos halla-
mos en presencia de un problema esencial, pro-
blema que compromete el destino de toda la
teología, pues se tratará, en última instancia, de
saber qué logos habla más correctamente del
tfieos, y si el logos de Teilhard de Chardin está
de acuerdo con el theos que ha amado con todo
su corazón y ha intentado amar con todo su
pensamiento.
104
4
LA CRISTOLOGIA DE TEILHARD
105
secuente. Por otra parte, a esto se limitan las
semejanzas formales; pues mientras la cristología
de Karl Barth está exigida por su lectura del
kerigma bíblico, la de Teilhard de Chardin pa-
rece estar exigida, a su vez, como una primera
aproximación, por su lectura de la evolución.
106
minar con Teilhard punto omega. Las hipótesis
que acabamos de describir concernientes a la
naturaleza de la evolución, nos permiten creer
que el punto omega debe ser la meta definitiva
de la concentración de la "noosfera" sobre sí
misma, punto de convergencia de la humanidad
y, a través de ella, de toda la evolución. En de-
finitiva, el término del recorrido, el fin del pro-
ceso o, mejor dicho, su culminación.
107
cosa sino precipitar la caída de la evolución,
puesto que la conciencia es su más delicada flor,
y es la conciencia la que tendría que descubrir
que ella no existe para nada, que todo, final-
mente, es vanidad. Si la evolución no conduce
a ninguna parte —más aún, dicho con otras pa-
labras de idéntico significado, si no conduce sino
a un "agrupamiento totalizado y reversible"—
sería menester, afirma Teilhard, "desarmar (nos),
y en esto consistiría la huelga", la gran huelga
de la humanidad para quien la conciencia no
sería entonces más que una "enfermedad", se-
gún el célebre dicho de Unamuno.
Hemos llegado al momento en que el proble-
ma se plantea en términos dolorosos, cuando
conviene preguntarse si el sentido mismo de la
evolución —y por consiguiente, la certidumbre
de su buen fin— no se nos presentaría en la
más radical intimidad de nuestra experiencia re-
ligiosa correctamente analizada.
Teilhard aborda este problema por distintos
caminos. Con mayor frecuencia nos explica que
una sana crítica de las religiones —fenómenos
también inscritos en la evolución— debe hacer
ostensible que la humanidad desde hace mucho
tiempo ha presentido la necesidad de una supe-
ración de sí misma hacia una cima. Pero esta
investigación no ha alcanzado sus logros porque
los hombres han oscilado incesantemente entre
la adoración de un gran todo donde todo se pier-
de —comenzando por las personas— (éste sería
la ruta del oriente) y el culto de una historia
a realizar por todos los medios, siguiendo un sen-
208
timiento muy agudizado del progreso, pero sin
comprender suficientemente el carácter necesa-
riamente trascendente de la historia (éste sería
la ruta de la civilización occidental). En definiti-
va, el oriente habría desarrollado el sentido del
todo, pero con detrimento de la persona, mientras
que el occidente poseería sólidamente el sentido
del progreso, pero desconociendo el espíritu.
Evidentemente, quedaría por examinar, en
este inventario de religiones, el mismo cristianis-
mo. Pero ahí comienza nuestra decepción, pues
en las expresiones más tradicionales, el cristia-
nismo parece reducir la fe a las dimensiones de
una realidad puramente individual, y la relación
entre hombre y Dios queda reducida a las di-
mensiones de una relación "jurídica" cuyo en-
foque no supera la salvación individual. Seme-
jante Dios no es en modo alguno apto para llevar
la evolución del mundo.
Pero, ¿es éste el Dios que la fe cristiana ado-
ra en realidad? No, pues en términos cristianos,
la fe es fe en Cristo. Por otro lado, es aquí donde
el malentendido se agrava, pues Cristo es pre-
cisamente quien está a la cabeza del mundo; pero
la mayoría de los teólogos se han mostrado in-
capaces de comprenderlo desde esta perspectiva.
Si por el contrario otorgamos a Cristo todos sus
atributos, si nuestra fe le reconoce la totalidad
que le pertenece según la misma Escritura, todo,
absolutamente todo cambia.
109
colocarlo al frente del universo que he adorado
desde mi nacimiento. Y el resultado de esta
tentativa consiste en que, desde hace veinticinco
años, me maravillo incesantemente ante las in-
finitas posibilidades que las "universalizaciones"
de Cristo abren al pensamiento religioso (Córa-
me je crois).
110
omegas frente a frente: el exigido por la cien-
cia moderna y el experimentado por la mística
cristiana? Correspondencia, e incluso paridad.
Pues Cristo no sería el consumador tan apasio-
nadamente descrito por san Pablo, si no estu-
viera revestido con toda justicia de los atributos
del maravilloso polo cósmico ya virtualmente (si
no explícitamente aún) exigido por nuestro nue-
vo conocimiento del mundo para anudar en su
cima la marcha de la evolución i.
111
esse Filium hominis? A lo que san Pedro con-
testó impetuosamente: Tu es Christiis, Filius
Dei vim. Lo que era a la vez una respuesta y
una no-respuesta: puesto que toda la pregunta
consistía en saber quién era exactamente "el
Dios vivo y verdadero".
Ahora bien, desde los orígenes de la Iglesia,
toda la historia del pensamiento cristiano, ¿no
es una única, lenta y persistente explicación del
testimonio dado por Pedro al Hombre-Jesús?
Fenómeno absolutamente único y extraño.
Cuando, invariablemente a través de los siglos,
todas las grandes figuras de los profetas se des-
dibujan o se transforman en pitias en la con-
ciencia de los hombres, sólo Jesús y únicamente
él, se convierte con el tiempo en un ser cada
vez más real para una fracción particularmente
viva de la humanidad; esto además por un doble
movimiento que, paradójicamente, la personaliza
y la unlversaliza siempre más a la vez, a medida
que los años transcurren. Para millones y mi-
llones de creyentes (tomados entre los más des-
piertos de los humanos), Cristo, desde que ha
aparecido, no ha cesado nunca, después de cada
crisis histórica, de resurgir más presente, más
urgente, más fascinador que nunca.
112
mitado, en su operación, a una simple "reden-
ción" de nuestro planeta.
Y la segunda consiste en esto: en que en un
universo donde, ahora ante nuestros ojos, todo
co-reflexiona siguiendo un único eje, Cristo no
esté suficientemente ofrecido a nuestra adora-
ción (como consecuencia de una sutil y perni-
ciosa confusión entre lo "sobrenatural" y "extra-
natural") como una cima distinta y rival de la
cima "a donde conduce la pendiente biológica-
mente prolongada de la antropogénesis" 2.
P a r a que Cristo, adorado ya como omega del
Apocalipsis, se convierta efectivamente en el
omega de la evolución, basta que se le unlver-
salice con las dimensiones del cosmos total (pues-
to que el pensamiento debe estar presente en
otros lugares además de nuestro planeta) y que
se le sitúe —es la segunda condición— en la
cúspide misma (esta cima conjetural y supuesta)
de la evolución. En una palabra, basta que se
entienda la "cosmogénesis" como una "cristogé-
nesis". Esta "cristogénesis" consolida entonces la
transformación —o mejor, la promoción— del
medio humano de la "noosfera" en "medio di-
vino". Pero este "medio divino", a su vez, no se
separa en modo alguno del mundo en que está
insertado, pues en el omega de la evolución, Cris-
to aparece brillando "físicamente" sobre el mun-
do. Se convierte en el verdadero "primer motor"
de la evolución e, ipso jacto, adquiere y des-
arrolla, con toda plenitud, una verdadera omni-
presencia de transformación.
2. Le Dieu de l'évolution.
113
8. ENSAYO
Toda energía, todo acontecimiento para cada
uno de nosotros está sobreanimado por su in-
fluencia y por su atractivo 3.
3. Le christlque, Inédito.
114
ferimos a las genealogías de san Mateo y san
Lucas— una "filogénesis" absolutamente "mun-
dana". Teilhard dice a veces que a la "cristo-
génesis" del mundo corresponde la "cosmogene-
sis" de Cristo.
Pero, ¿cómo comprender la inserción, en el
mundo, de una realidad destinada no solamente
a animar el movimiento de la evolución, sino
también a darle su último sentido fijándole su
fin? He aquí, replanteado sobre nuevas bases, el
viejo problema de la encarnación: Cur Deus
homo? En la perspectiva de Teilhard de Chardin,
la encarnación no ha sido motivada —se duda
de ello— por la necesidad de reparar el pecado
original del hombre, ni ha tenido por fin la sa-
tisfactio vicaria ofrecida por Jesús como Hijo
a Dios Padre o a toda la Trinidad. El fin de la
encarnación —o mejor aún, su sentido— no apa-
rece sino en relación con el proceso global de
la cosmogenesis. Oigamos a Teilhard en este
punto:
El cristianismo descubre inmediatamente a
nuestros ojos y a nuestro corazón, para ganar
nuestro amor y consolidar nuestra fe, la apasio-
nante, insondable realidad del Cristo histórico,
en quien la vida ejemplar de un hombre indi-
vidual oculta este drama misterioso: el Señor
del mundo que lleva, como elemento del mundo,
no sólo una vida elemental, sino (además y por
ella) la vida total del universo que él asume
y asimila al experimentarla por sí mismo 4.
115
Se advierte aquí una tensión entre Cristo
como "señor del mundo" y Cristo como "ele-
mento del mundo" que nos recuerda la tensión
tradicional entre la "divinidad" y la "humani-
dad" de Cristo. Sabemos, desde los grandes sím-
bolos ecuménicos, que los teólogos, ante la im-
posibilidad de comprender cómo un hombre po-
día ser Dios, o cómo Dios podía convertirse en
hombre, decidieron afirmar conjuntamente la di-
vinidad y la humanidad de Cristo, Deus vero y
homo verum. La cristología de Teilhard escapa
a esta dificultad, no porque ignorase radical-
mente "la naturaleza divina" y la "naturaleza
humana" de Cristo, sino porque Cristo conside-
rado como señor del mundo (lo que corresponde
más o menos a su divinidad) no tiene necesidad
de cambiar de "naturaleza" para convertirse en
un elemento del mundo (lo que corresponde más
o menos a su humanidad), pues en cualquier
caso el mundo es el tertium comparationis entre
la cualidad de "señor" y la cualidad de "elemen-
to". Lo que caracteriza a Jesús como Dios es su
dominium, su señorío sobre el mundo, señorío
que ejerce precisamente viviendo sobre todo en
el mundo como "elemento" de él. Las conside-
raciones anteriores pueden aparecer un tanto
oscuras. Aclarémoslas con un texto de Teilhard:
116
Y esto es así porque
por efecto transformador de la resurrección,
el elemento individual nacido de María se halla
elevado al estado no sólo de elemento (o medio
o curvatura), sino de centro psíquico de agru-
pamiento universal 6.
6. Ibidem.
7. Comment je crois, inédito.
111
hombre y por ser hombre puede ser señor, pues-
to que el mundo cuya evolución es ahora asegu-
rada por el hombre (al menos en la tierra) no se
logrará totalmente sino por el poder del Señor-
Jesús.
En torno a este tema privilegiado es donde
se ordena toda la cristología de Teilhard. Con él,
nos hallamos en su mismo centro. Las nociones
fundamentales que van a intervenir en los escri-
tos de Teilhard, desde la Misa sobre el mundo has-
ta Lo crístico, pasando por El medio divino, esta-
rán todas, más o menos, de acuerdo con esta visión
de conjunto. Por ejemplo, el "cristo universal",
"centro orgánico del todo el universo", como
escribe Cuénot 8 , es Cristo en la medida en que
"ama" toda la evolución. El "Cristo total" es
Cristo en cuanto que toda la creación se reca-
pitula en él. El "cuerpo de Cristo" es el orga-
nismo nuevo, salido de él, "un mundo natural
y nuevo, un organismo animado y moviente en
el cual todos estamos unidos psíquicamente, bio-
lógicamente", pues "el cristianismo no es más
que un phylum de amor en la naturaleza".
El vocabulario de Teilhard de Chardin intro-
duce nociones que nos sorprenden por su extra-
ñeza y sobre todo por nuestro olvido de las refe-
rencias neotestamentarias que las han originado
en la meditación teilhardiana. Así, por ejemplo,
el "Cristo universal" es el mismo que declara
según san Juan: "Y si yo fuere levantado de la
118
tierra, atraeré todos a mí" 9 . El "Cristo total" es
el que realiza la unión, bajo una sola cabeza, de
todas las conciencias, según el sentido fecundí-
simo del bello término griego usado por san
Pablo: anákephalaiosis. En cuanto al "cuerpo de
Cristo", no es ciertamente la Iglesia bajo sus
múltiples denominaciones, sino el conjunto de
creyentes en Cristo, unidos por una misma fe
para constituir, en el mundo, un orden nuevo
como san Pablo anuncia.
De esta forma, los conceptos teilhardianos no
son en modo alguno creaciones propias. A lo
sumo, reciben en Teilhard un nuevo sentido, más
amplio y a la vez más concreto, pues designan
todas las realidades que la fe experimenta o pue-
de experimentar en el mundo. Sin embargo, el
creyente, y más aún el teólogo, se siente des-
concertado ante estos conceptos. Toda nuestra
tradición teológica nos presenta un Cristo muy
terreno en el sentido de frágil, pobre, abando-
nado, doliente, etc... Lo que hemos aprendido de
nuestros maestros, llámense san Agustín, santo
Tomás de Aquino, Lutero o Calvino (para no
citar sino autoridades antiguas) es que Cristo
debe morir antes de ser elevado a la gloria. Teil-
hard de Chardin, ¿no corre el riesgo de con-
ducirnos demasiado rápidamente a la contem-
plación de un Cristo glorioso, aceleradamente
glorioso? Y al mismo tiempo, ¿no nos conduce
a los espacios de una theologia gloriae que no
podría ser al mismo tiempo una theologia crucis?
9. Jn 12, 32.
119
Teilhard se defenderá muy vigorosamente
contra este reproche. Presenta una especie de
defensa cuando escribe en El medio divino:
El Cristo místico, el Cristo universal de san
Pablo no puede tener sentido ni valor ante nues-
tros ojos sino como una expansión del Cristo
nacido de María y muerto en la cruz. De éste
saca aquél su cualidad fundamental de ser in-
contestable y concreto. Por lejos que se deje
uno llevar por los espacios divinos abiertos a la
mística cristiana, nunca se sale del Jesús del
evangelio. Por el contrario, se siente una ne-
cesidad creciente de envolverse cada vez más
fuertemente en su verdad humana 10.
120
no se plantea el problema de la encarnación en
sí mismo y por sí mismo, y menos aún se plantea
el problema de la crucifixión. Todo lo que él
piensa y dice de Cristo, lo piensa y lo dice en
la perspectiva del Cristo universal, animador y
consumador de la evolución.
Un ejemplo suplementario de esta manera de
pensar nos lo ofrece lo que Teilhard afirma de la
resurrección de Cristo. Como podemos advertir
en el texto mencionado, concede una importancia
enorme a la resurrección, aunque no aborde de
ningún modo el problema planteado por la críti-
ca y la exégesis, el problema de la historicidad
del acontecimiento. Menos aún alude al problema
"biológico de la naturaleza del cuerpo resucitado,
aunque en diversas ocasiones ha presentado la
muerte como un tránsito, análogo al "paso de la
vida", es decir como el momento en que un or-
ganismo se ve forzado a reorganizarse totalmen-
te, a redistribuir sus estructuras y a alzar un
nuevo vuelo partiendo de una nueva situación.
La resurrección de Cristo tiene, según Teilhard.
un "efecto transformador", pues constituye el
elemento del mundo que es Jesús como "centro
psíquico y reunificación universal". Por el mero
hecho de haber resucitado, Cristo puede ocupar
el puesto axial que ocupa en la cumbre y en el
centro de la evolución.
121
figura que obtenemos es un círculo cuyo centro
es el vértice del cono. Una sección vertical nos
dará la imagen de un triángulo isósceles cuyo
vértice será el punto de convergencia de los la-
dos. Apliquemos ahora esta imagen al Cristo-
omega. Considerada según la verticalidad, es el
punto de convergencia de la ascensión del mun-
do; desde la dimensión de horizontalidad, es el
centro de todo. Sigamos con la imagen del cono
tal como la hemos descrito. Si continúa la evolu-
ción, como desde el interior de un cono se eleva
una generatriz, entonces es evidente que aproxi-
mándose a Cristo-vértice se aproxima también
a Cristo-centro. A esto alude Teilhard cuando
afirma que el mundo se enrola más y más estre-
chamente en torno a Cristo. Es evidente, si per-
manecemos fieles a la lógica de la imagen, que
cuanto más estrechamente se enrola en torno a
Cristo tanto más se acerca a lo que Teilhard de-
nomina su "consumación" en Cristo, al final de
lo que debe ser su historia. Se comprende enton-
ces por qué Teilhard puede hablar de "pleromi-
zación" para designar el crecimiento del mundo
en Cristo.
122
como dice Teilhard. Se debería, pues, otorgar
más importancia al hecho de la resurrección.
Sin embargo, como se habrá advertido, lo que
sobre todo parece interesar a Teilhard no es el
aspecto acontecional de Cristo. Son raras las alu-
siones a la existencia histórica de Jesús de Na-
zaret.
Más que el Jesús de la historia, es el Cristo
de la fe el que encontramos en el fondo radical
del pensamiento teilhardiano. Incluso dentro de
él lo encontramos más en su función de anima-
dor y de colector de la evolución que en su con-
dición de ser divino.
Esto se comprende fácilmente cuando se ha
llegado a descubrir que Teilhard tiende a susti-
tuir el Dios del "hacia arriba" por el Dios que
denomina del "hacia adelante". Esta distinción
es naturalmente muy anterior a la de Robinson
y tiene alcance muy distinto. Por muy claro que
sea el pensamiento de Robinson, parece intentar
sustituir un juego de representaciones inadecua-
das de Dios ("hacia arriba", "hacia adelante")
por una representación más adecuada, puesto
que sugiere, con Tillich, la dimensión de "pro-
fundidad" y el tema del ground of the Being11.
Pero esta modificación, aunque afecte a la "espa-
cialidad" de Dios —puesto que en definitiva Ro-
binson nos exige renunciar a toda localización
de Dios—, no parece que afecte a la misma eco-
nomía de la actividad divina. "Hacia arriba",
123
"hacia adelante" o "hacia abajo" —incluso si "ha-
cia abajo" designa la profundidad del ser, es decir
una realidad para la que ninguna cualificación
espacial es adecuada— Dios permanece separado
del mundo con toda la distancia que separa a
una naturaleza "divina" de una naturaleza "mun-
dana". Lo que sí prueba es el afán de Robinson
de afirmar y asegurar la trascendencia del amor
como "ground" 12 del ser. El Dios de Robinson
puede adaptarse —podemos decir— a cualquier
especie de mundo; exactamente igual que el Dios
de Bultmann. No se podría decir lo mismo del
Dios de Bonhoeffer, ni tampoco del Dios de Karl
Barth.
El Dios de Teilhard —o de modo equivalente
el Cristo de Teilhard, puesto que es en Cristo
únicamente donde Teilhard encuentra a Dios—
no está en modo alguno "hacia arriba", sino "ha-
cia adelante". Mediante esta metamorfosis ver-
bal, Teilhard no opera solamente una conversión
en las representaciones de Dios; sugiere un modo
de acción, una economía, un querer-ser de Dios
que lo distingue radicalmente de lo que el teísmo
concibe y describe bajo el nombre de Dios.
12. "Fundamento".
124
su base, pero no lo es si lo hacemos girar noventa
grados en el sentido en que se mueven las agujas
de un reloj. En efecto, entonces el vértice está
"hacia adelante" —al menos para quien recuerde
la orientación positiva de los vectores en geome-
tría euclidiana— sin cesar de estar, no obstante,
"hacia arriba" para quien camina en el interior
del cono. Perdonen esta gimnasia matemática y
comprendan lo que quiero subrayar: el Dios de
Teilhard no se ajusta a cualquier especie de mun-
do, sino que está, por así decirlo, constantemente
"impulsado" hacia adelante por el movimiento
evolutivo del mundo.
Al final de este proceso, es evidente que el
Cristo de Teilhard se presenta a nuestros ojos
fundamentalmente hacia adelante, absolutamen-
te igual que el Cristo de la parusía. En el tím-
pano de la puerta central de la catedral de Char-
tres, una escultura representa al Cristo del fin
de los tiempos, sentado sobre su trono de juez.
Es interesante advertir que este Cristo está es-
culpido en una ojiva cónica, tocando su cabeza
casi el vértice. Nadie sabe, naturalmente, si el
escultor era teilhardiano antes de leerlo, pero
lo pudo ser, puesto que en definitiva nos sugiere
que todo debe convergir hacia la parusía de
Cristo.
De hecho, la cristología de Teilhard es una
escatología, o mejor dicho la escatología reab-
sorbe, haciendo convergir sobre sí a todos los
"elementos" de la cristología dispersos por do-
quier. Cada vez que nos interesamos por uno de
ellos, nos conduce, inevitablemente, a la parusía.
125
La concepción teilhardiana de la parusía está
a la vez muy próxima y alejada de las concep-
ciones más tradicionales. Ya a propósito del pun-
to omega, exigido por extrapolación del proceso
de evolución, Teilhard había acentuado que este
punto permanece distinto de la totalidad que
converge hacia él enrollándose. Como meta de
todo, y debido a su función de "reunificador",
debía tener una naturaleza "particular", desco-
nocida si partimos de lo que conocemos, es decir
de los seres que tienden hacia él.
126
la presencia de Cristo, silenciosamente acre-
centada en las cosas, se revelará bruscamente...
como el rayo, como un incendio, como el dilu-
vio, la atracción del Hijo del hombre aprehen-
derá, para reunirlos o someterlos a su cuerpo, a
todos los elementos arremolinados del univer-
so 13.
127
5
EL PENSAMIENTO DE TEILHARD
SOBRE EL MAL
129
9. ENSAYO
la obligación intelectual de hacer coexistir un
Dios inmóvil y responsable del ser y un hombre
en situación de ser-acabado y, asimismo, respon-
sable. Esta sería, en definitiva, la posición fijista
del pensamiento que crearía el problema.
Efectivamente, el problema del mal se pre-
senta la mayor parte de las veces a nuestros ojos
como un problema de posición. Tenemos por una
parte un Dios puesto perfectamente bueno y
omnipotente, y por otra un mundo puesto bue-
no y convertido en malo. ¿De dónde proviene
que el signo posicional más se haya transforma-
do en signo posicional menos"! ¿Cómo es que el
menos procede del más, o mejor —y ahora con
términos agustinianos— cómo el no-ser puede
nacer del ser y desarrollarse hasta convertirse
en anti-ser"! ¿Quién es responsable de este cam-
bio de signo?
A este problema se han dado tradicionalmen-
te tres respuestas; pero ninguna de ellas parece
satisfactoria.
Se dice que este cambio había sido imprevisto
por Dios y que su responsable es el hombre. Si
fuese así, sería necesario que el hombre "cria-
tura-puesta" pudiera sacar de su condición de
criatura cierta oposición a un creador no sola-
mente bueno (y por consiguiente incapaz de ha-
ber creado un ser capaz de hacer el mal) sino
también omnipotente (y por consiguiente, inca-
paz de tolerar la existencia, por otra parte sor-
prendente, de una realidad, el mal, que no cae
bajo su poder).
130
Se dice asimismo —y esta es la segunda "so-
lución"— que Dios ha puesto el mal en el mundo
del mismo modo a como ha puesto el bien; y
que precisamente nuestro error consiste en di-
vidir la realidad en buena y mala, pues estas
calificaciones son nuestras y solamente se refie-
ren a nuestras reacciones. La sabiduría de Dios
sabría que lo que nosotros denominamos mal no
es más que un bien disfrazado. Tal es la ruta
estoica. Pero, ¿de dónde nos provendría entonces
la extraña posibilidad de llamar mal a lo que
nosotros creemos que es mal y bien a lo que
creemos es bien? Esta división, ¿no se fundará
en alguna experiencia? Y si nosotros tenemos
realmente y universalmente experiencia de eso
que denominamos inmediatamente mal, ¿es me-
nester hacer a Dios el autor del mal?
131
vacío de ser en el seno del ser y, como conse-
cuencia, en ciertos aspectos, una aspiración a ser.
132
logia "el famoso problema no existe" 15 , ha sub-
rayado también y muy vigorosamente, que "una
cosa es explicarnos racionalmente la co-posibi-
lidad del mal y de Dios, y cosa muy distinta
soportar el sufrimiento en nuestra carne y en
nuestro espíritu" 16 . La explicación del mal no
responde en modo alguno al hecho del mal. Des-
de este punto de vista, ya podemos suponer que
la "solución" de Teilhard se mostrará relativa-
mente inadecuada. Pero antes de juzgarla, inten-
temos presentarla. Para esto, leamos un pasaje,
a mi juicio capital, de su ensayo Comment je
vois, inédito:
133
frimiento en el viviente, pecado en el terreno de
la libertad, carencia de orden en formación que,
en todos los grados, no implica desorden. Repito,
nada en esta condición ontológica (o más exac-
tamente ontogénica) del participado que signi-
fique detrimento de la dignidad o ponga límites
a la omnipotencia del creador. Nada en absoluto
que "huela" a maniqueísmo de cualquier tipo.
De suyo, lo múltiple puro, inorganizado, no
es malo; pero por ser múltiple, es decir some-
tido esencialmente a un juego de cambios en
sus uniones, no puede absolutamente por menos
de caminar hacia la unidad sin engendrar (por
libre que sea) algún mal aquí o allí por nece-
sidad estadística. Necesarium est ut adveniant
scandala. Si (creo que es inevitable el admitirlo)
a la mirada de nuestra razón no existe más que
un modo posible para que Dios cree —a saber,"
evolutivamente, ñor vía de unificación—, el mal
es un subproducto inevitable, aparece como una
pena inseparable de la creación 17 . ————
134
de Berdiayef, puesto que, como sabemos sin duda
alguna, para este autor la libertad increada es
el fondo radical de todo ser. Al teólogo que más
se aproxima Teilhard en este problema tal vez
sea san Agustín. El obispo de Hipona ha des-
arrollado la idea de que el mal procedería de la
nada de la que han sido sacadas las criaturas,
y consistiría, de algún modo, en el no-ser inte-
rior a todo ser creado. Desde esta perspectiva,
nada escapará al mal sino el Verbo, puesto que
el Verbo, nacido del mismo Dios, no ha sido
creado 18 .
Pero la diferencia entre san Agustín y Teil-
hard consiste en que el universo agustiniano es
fijo (incluso en la novedad que pueda advenirle
en virtud de la célebre teoría de las rationes
seminales, según la cual las cosas creadas en el
primer día, o por lo menos algunas de ellas,
contienen en potencia nuevos seres destinados
a nacer en cualquier momento, debido al poder
de generación espontánea que se la consideraba
operante en el mundo en tiempos de san Agus-
tín). El universo de Teilhard, sin embargo, es
un universo en evolución. En efecto, si el mundo
evoluciona y esta evolución tiende hacia la rea-
lización de la persona, es menester que el no-ser
decrezca. La disminución del no-ser es corre-
lativa al crecimiento del ser.
135
tema de la unión. No es posible, dentro del marco
de una exposición como ésta, desarrollar amplia-
mente toda la ontología teilhardiana. Nos limita-
remos a señalar que para Teilhard, esse es idén-
tico a uniré, pues el ser no existe nunca in se
y per se. El ser no existe más que "unido a", y
esto se aplica igualmente al ser de Dios, puesto
que el Dios cristiano se define precisamente como
Trinidad. Entonces se comprende por qué "crear"
es "componer, unificar poco a poco". Pero a la
par se comprende también por qué toda actividad
creadora implica, ipso /acto, desorden y fracasos.
Poner en orden, unir, es necesariamente además
eliminar, suprimir, dejar caer. Para que una es-
pecie nueva, mejor "centrada", mejor alineada
a la flecha de la evolución, surja de la "arbores-
cencia" anterior (los vertebrados de la arbores-
cencia inicial de la vida, o el homo sapiens de la
arborescencia de los antropoides, por ejemplo)
es necesario que numerosas especies no vayan
más allá de las potencialidades que han realiza-
do efectivamente, es menester que se estanquen.
Ahora bien, estancarse, en un mundo en evolu-
ción, es regresar. Por "necesidad estadística",
pues, aparecen las desarmonías y los sufrimien-
tos. Naturalmente, no se puede englobar bajo la
denominación general de "mal" todo lo que se
presenta a nuestra experiencia como inacabado.
En cualquier momento, dentro de la evolución,
se dan una especie de "recaídas", pues lo que no
asciende desciende; pero estas recaídas han per-
mitido el crecimiento de lo que se eleva, la as-
censión de lo que sube. ¿Diríamos que es un
"mal" que los dos primeros tramos de un cohete
136
caigan uno tras otro, cuando han contribuido po-
derosamente a colocar en órbita "la cápsula"?
Siguiendo este símil, sería menester dotar a cada
uno de estos cohetes parciales del deseo de as-
cender más arriba y, por consiguiente, de la de-
cepción de no poder conseguirlo. De hecho, el
mal no se nos manifiesta como tal sino con rela-
ción a un bien posible; como, según una imagen
que a Teilhard le gustaba mucho, el pie de una
montaña no parece bajo sino cuando se contem-
pla también la cumbre.
137
el hombre se siente tentado a replegarse "hasta
el fondo de su prisión en u n aislamiento feroz"
o incluso a dispersarse en esfuerzos desesperados
para romper sus cadenas, o finalmente a disolver
su angustia en el placer. De este modo se presen-
ta el mal a la conciencia, como faz del dolor de
vivir, en virtud del movimiento que nos exige.
Escribe Teilhard:
138
Sobre la cruz, estamos expuestos, tal vez,
a no ver más que un sufrimiento individual y
de simple expiación. El poder creador de esta
muerte se nos escapa... 2"
139
cificado lo ha superado efectivamente. Por otra
parte, en términos cristianos, esto se nos ha re-
velado precisamente "en la muerte crucificada
de este ser adorable". Pero esta revelación tiene
como contrapartida lo que Teilhard denominará
"revelación de una caída original (que da razón)
Se ciertos excesos en el ripghnrHamipntn HPI pe-
cado y del sufrimiento"^ Este tema, aparente-
mente insólito, se esperaba sin embargo; pues no
se concibe que Teilhard haya podido darlo de
lado, aunque lo hubiese querido. Hay muchas
personas que preferirían renunciar a la reden-
ción antes que renunciar al pecado original.
Como hay muchas personas que preferirían re-
nunciar al paraíso si no hubiese infierno... para
los demás.
140
las dos características más acusadas de nuestra
nueva Weltanschauung. Dichas características no
afectan a los ejes cardinales del dogma cristia-
no, pero es evidente que el pensamiento teológico
debe expresarse de acuerdo con ellas para salva-
guardar la homogeneidad y la coherencia de la
verdad. De ello se desprende que es necesario
un reajuste, que a su vez se impone especialmen-
te cuando se trata de la teoría del pecado origi-
nal. En la formulación aún corriente hoy día, el
pecado original es, a la vez, una tortura, es decir
un escándalo para las buenas voluntades dubi-
tantes y un refugio para los espíritus estrechos.
Ahora bien, bastaría corregir, en las representa-
ciones habituales, un simple defecto de perspec-
tiva, para que dichas representaciones cesasen de
paralizar la constitución de una visión cristiana
del mundo plenamente humana. Ordinariamente,
el pecado original está considerado como un
acontecimiento comprendido en una serie o ca-
dena de acontecimientos, en el interior de la
historia. ¿No sería preferible considerarlo pri-
mordialmente, como una realidad trans-histórica
que afecta a la totalidad de nuestra visión del
mundo?
141
En realidad, para tocar las raíces de la muer-
t te habría que ir más allá. En efecto, ¿qué es la
muerte, sino el efecto de la "desintegrabilidad
esencial en toda estructura corpuscular"? Desde
este punto de vista, la muerte se manifiesta desde
el átomo. Imposible salir de lo "mortal" sin salir
del mundo. La muerte afecta e infecta a todo
tiempo y a todo espacio. Si, pues, hay un pecado
original, generador de la muerte, está necesaria-
mente en todas partes y en todo tiempo. Ahora
bien, llegados a este punto —es decir a esta con-
clusión teológica que confirma las comprobacio-
nes experimentales—, nos preguntamos si no
podemos llevar hasta el fin "las exigencias más
ortodoxas de la cristología".
En efecto, el objetivo de la ortodoxia cristia-
na se reduce en última instancia a esto: "a man-
tener a Cristo al frente de la creación" por
inmensa que ésta sea.
Ahora bien, ¿subraya suficientemente el co-
rolario de este primer principio?
Si el pecado fue un acontecimiento localizado
en el terciario, el poder dominador y redentor de
Cristo "no desbordaría un corto y pobre huso del
universo en torno a nosotros". Nos es, pues, ne-
cesario reflexionar en el fenómeno del pecado
...para ver cómo se podría concebir e imaginar
éste, no tanto como un hecho aislado, sino como
una condición general que afecta a la totalidad
de la historia
142
Esta línea de investigación no es absoluta-
mente nueva. Y ha sido explorada especialmente
por la escuela de Alejandría que estudiaba el
proceso o r i g i n a l (creación-pecado) siguiendo
estas cuatro etapas esquemáticas: creación ins-
tantánea de una humanidad perfecta (primer
Adán), o mejor aún "fase edénica"; desobedien-
cia del primer Adán, bajo la forma que se pueda
imaginar; caída en "lo múltiple" y, hablando
rigurosamente, alumbramiento de lo múltiple
como tal: "fase precósmica de involución"; y
finalmente, ascensión redentora, por re-organiza-
ción y re-unificación progresiva hacia y en el
segundo Adán: "fase cósmica, histórica, de evo-
lución". Este esquema tiene, efectivamente, en
cuenta las condiciones actualmente planteadas a
toda teoría del pecado, puesto que nos parece
—por encima del tercer estadio descrito— que
nos hallamos realmente comprendidos en el mo-
vimiento mediante el cual lo múltiple revierte
evolutivamente a la unidad con la muerte siem-
pre presente. La solución nos parece admisible.
Sin embargo, numerosas razones nos invitan
a corregirla. Ante todo los tres primeros actos
del drama son puramente imaginarios y gratui-
tos; después, la creación instantánea del primer
Adán se comprende bien como una operación
ininteligible, bien como una palabra, como una
declaración puramente verbal que enmascara la
ausencia de todo esfuerzo de explicación. Final-
mente,
...en la hipótesis de un ser único y perfecto,
puesto a prueba una sola vez, la suerte de la
143
caída es tan débil que, realmente, en el aconte-
cimiento, el creador aparece como un desgra-
ciado.
Por todas estas razones, Teilhard se ha sen-
tido atraído por otro tipo distinto de solución
"más digno, a la vez, del mundo y de Dios". Nos
la presenta bajo el título de Création évolutive
et origine statistique du mal.
En la tesis de la escuela de Alejandría, lo
múltiple, de donde sale la evolución, es a la par
una realidad secundaria y un producto del pe-
cado; es resultado de una unidad rota y pulve-
rizada. Por el contrario, consideremos lo múltiple
como original, representémoslo como "Nada-
creable", no-ser, que Dios va a llamar al ser or-
denándolo, unificándolo. Para esto, nos es nece-
sario descubrir que crear es unir y llegar a decir
que la unión crea. Si alguien objetase que la
unión supone elementos pre-existentes —y, por
tanto, o existe una creación anterior o existe
la eternidad de la materia— recuerde que la físi-
ca ha demostrado (en el caso de la masa) que,
experimentalmente, el móvil es engendrado por
el movimiento.
144
sulten de estados colectivos desordenados, dolor
a nivel del ser vivo, pecado a partir del hombre.
Si se admite esto, el problema del pecado
original se halla resuelto. En efecto, los datos de
la ciencia se respetan, puesto que el marco expe-
rimental del dogma coincide con el de la evolu-
ción; pero además
...el problema intelectual del mal se desvanece.
Pues en esta perspectiva, sufrimientos físicos y
deficiencias morales se introducen inevitable-
mente en el mundo, no en virtud de una defi-
ciencia del acto creador, sino por la intima es-
tructura del ser-participado (es decir a título de
sub-producto, inewtable estadísticamente, de la
unificación de lo múltiple); dichos sufrimientos
y defectos no contradicen ni al poder ni a la
bondad de Dios.
145
10. ENSAYO
Se advierte cómo la hipótesis cada vez más
tosca de una primera pareja humana ya no se
impone. En suma, basta "reemplazar por una
"matriz" y una herencia colectivas el seno de
nuestra madre Eva".
146
considerarlo como una realidad estadísticamente
inevitable, nada cambia el problema.
Por lo demás, es cierto que no se reconoce
exactamente la naturaleza del pecado (original
o no). En efecto, no se advierte por qué la nece-
sidad de sufrir para unirse, dentro de la creación,
exige las "compensaciones redentoras" a las que
a veces alude Teilhard. La redención, de cual-
quier manera que se piense, es algo distinto de
una compensación, puesto que el pecado es algo
muy distinto a una necesidad estadística.
Se podrían multiplicar las observaciones de
este tipo, y quien intentase demostrar que la
teoría de Teilhard no aporta una solución satis-
factoria al problema del mal dispondría de bue-
nos elementos. Se dispone de ellos, por otra parte,
siempre que se trata de destruir las teorías sobre
el mal. Todo esfuerzo para dar al mal una signi-
ficación racional debe inevitablemente chocar (ya
toda teoría sobre el mal es un esfuerzo de este
tipo), puesto que lo que caracteriza precisamente
al mal es su irracionalidad fundamental^ como
lo han observado perfectamente los filósofos exis-
tencialistas. Por lo demás, es precisamente esta
irracionalidad lo que hace que la doctrina tradi-
cional del pecado de origen —la expuesta por
Bossuet, por ejemplo— sea profundamente insa-
tisfactoria. También dicha doctrina se presenta
como una racionalización de lo irracional, esto
es, como una empresa intelectualmente destina-
da al fracaso. No se debería, pues, oponerla a la
solución teilhardiana como se opone la verdad
al error. La idea de que el pecado de una pareja
147
original haya arrastrado a toda la humanidad al
pecado no es otra cosa, en sí misma, sino la ra-
cionalización de la experiencia de ruptura y des-
dicha del ser de la que nos habla la Biblia y que
adquiere toda su hondura y todo su sentido del
hecho de que los hombres no pueden huir de
Dios, incluso aun cuando se persuadan de que
Dios no existe.
148
En primer lugar, nos conduce a situar mejor
el mal en nosotros borrando la idea de que la
materia es mala en sí misma. Cuando un león
devora a una gacela, tal vez es un bien para el
león (es decir, para la Weltanschauung que la
especie leonina tuviera si pudiera filosofar); pero
es realmente un mal para la gacela. Para el sa-
bio es un hecho, uno de los millones de hechos
que aseguran el equilibrio biológico de la tierra.
Mediante la proyección sobre este hecho, y te-
niendo en cuenta las consideraciones adquiridas
en el ejercicio de la vida moral humana, podre-
mos denominarlo bueno o malo, según estemos
identificados con el león o la gacela. El juicio
no proviene del hecho; está impuesto por una
exigencia que resulta de la forma humana de
vida. Es cierto que cuando decimos que la "ma-
teria" es mala, no pretendemos afirmar más que
esto: aparece mala a nuestra conciencia. Pero
sobre todo aparece como tal por la imposibilidad
en que nos hallamos de discernir el fin, la fina-
lidad (el télos) de la materia. Si los procesos
materiales no tienen importancia, no tienden ha-
cia nada, e t c . . la materia existe entonces ab-
surdamente y la podemos encontrar "mala". Esta
apreciación debe cambiar desde el momento en
que el mundo cobra un sentido para nosotros.
249
perdido de vista esta bondad porque hemos pro-
yectado sobre ella la idea de una imposible per-
fección moral. Teilhard, mostrándonos cómo el
mundo tiende hacia un perfeccionamiento, nos
ayuda a descubrir de nuevo que el mundo es
"bueno", en el sentido en que la Biblia nos habla
de su "bondad".
Al mismo tiempo, nos ayuda a descubrir nue-
vamente que el mal, en el mundo, o no es un
mal sino un hecho, o es un mal; pero entonces
es un hecho nuestro, bien sea porque hemos obra-
do mal o bien porque, víctimas de la naturaleza
desencadenada, la experimentamos como mala.
De todas formas, la proposición: el mundo
es malo, está desprovista de sentido, a no ser
que por "mundo" entendamos el mundo humano.
Igualmente, la proposición: el mundo es perfec-
to, estará también carente de sentido. El mundo
ni es malo ni perfecto; es bueno, es sencilla-
mente lo que puede y deber ser un mundo que,
contemplado desde nuestro ángulo y según nues-
tras posibilidades de apreciación, está en evolu-
ción y tiende a realizarse a través del hombre. El
mal es asunto del hombre; lo cual no significa
que todo mal provenga necesariamente del hom-
bre, sino que todo mal es mal para el hombre.
150
menos bajo esta forma. Por lo demás, no es bí-
blica, pues Adán, tanto en el Antiguo como en
el Nuevo Testamento, no es el nombre de un
individuo, sino un término genérico, y la idea
de una herencia del pecado, por vía de descen-
dencia biológica, no es ni mucho menos una idea
bíblica. La que sí es bíblica, como compensación,
es la idea de solidaridad del grupo, lo que Whee-
ler Robinson ha denominado idea de "persona-
lidad corporativa". Según dicha idea, el individuo
representa a todo el grupo, en el espacio y en el
tiempo, y recíprocamente, todo el grupo es res-
ponsable para el individuo. Dicho de otro modo,
ningún acto humano, bueno o malo, es acto ais-
lado de un individuo solamente. Todo acto com-
promete al grupo y, en última instancia, debido
a las inter-relaciones entre grupos, a toda la
humanidad. Podríamos desarrollar muy bella-
mente este tema (muy teilhardiano, por cierto)
mostrando particularmente cómo el mundo se
"aprieta" y crece más y más, y se refuerza la
influencia de los actos aislados, individuales, bue-
nos o malos. Acaso sea interesante comprobar
de paso que la vida y la muerte de los hombres
de hoy dependen tal vez de decisiones, buenas
o malas, tomadas por un escaso número de hom-
bres de quienes nada nos permite pensar, a prio-
ri, que son más sabios, inteligentes o mejores
que los demás; pero lo que sí es claro es que
cada uno obra como representante de grandes
masas humanas de quien es responsable y por-
taestandarte. ¿No se da ahí, de algún modo, "per-
sonalidad corporativa"? ¿A qué escala? La gran
idea de Teilhard consiste en que los hombres
151
son cada vez más responsables unos de otros, de
tal forma que el mal que hacemos provoca ma-
yores males y el bien cada vez nos beneficia
más a todos.
Pero si esta es hoy nuestra situación, si tal
debe ser nuestra situación, ¿quién no advierte
entonces que lo que llamamos mal surge en el
mundo en el momento preciso en que aparece
el hombre ligado al hombre? Ahora bien, el
vínculo de hombre a hombre es perfectamente
original y primario. Existe, como ha observado
perfectamente Teilhard, antes de toda historia,
puesto que la historia comienza con él. El mal
no es un accidente contingente de nuestra con-
dición; es una parte de esta misma condición,
o mejor es cierto resplandor de nuestra condi-
ción; es nuestra condición en la medida en que
podemos rehusarla o, por el contrario, zambu-
llirnos en ella, por temor a creer que podría
cambiar.
152
dad de estructuras del ser-hombre, a través del
tiempo y del espacio. Realmente, se trata de algo
irracional, se trata de algo que está dado, siem-
pre y por doquier, en nuestras estructuras, sin
que nada pueda dar cuenta exacta de ello. Tam-
bién en este sentido el problema del mal es in-
soluble.
Sin embargo, Teilhard tiene razón una vez
más cuando afirma que el mal no lo es sino evo-
lutivamente, es decir con relación a un bien fu-
turo. El mal no es mal sino en función de una
pasión de lo mejor. Dicho de otra forma, una
vez más, no hay mal a no ser que el mundo vaya
hacia alguna parte, si tiene un sentido, y el mal
es entonces el no-sentido de este sentido. Un
no-sentido que no puede ser superado más que
cuando quien es el sentido mismo del mundo,
llegue a padecer la ley del no-sentido y dé un
sentido al absurdo de su pasión y de su muerte.
No estoy seguro de que estas fórmulas sean
muy teilhardianas. Únicamente Teilhard podría
decirlo; y él ha muerto víctima también del
aparente triunfo del no-sentido. Pero el que se
pueda prolongar de esta forma la meditación teil-
hardiana muestra fehacientemente que, por in-
satisfactoria que sea su propia racionalización
del mal, Teilhard no es un maestro de indife-
rencia y de impasibilidad.
Nos queda por descubrir si ha hecho exac-
tamente justicia al bien y al mal como compo-
nentes constantes de la actividad humana. Ese
es, en realidad, el mayor problema de la historia.
153
6
LA BIOLOGÍA, LA HISTORIA
Y EL PENSAMIENTO DE TEILHARD
155
cubre la observación, incluye —al menos par-
cialmente— la historia de la humanidad y, en
virtud de esta inclusión, el mal, bajo todas sus
formas —incluso el pecado del hombre—. La ex-
plicación teilhardiana de la evolución la podemos
denominar "biológica" sin violentar demasiado el
pensamiento de Teilhard. Esta explicación "bio-
lógica", ¿es absolutamente satisfactoria? He aquí
lo que vamos a examinar ahora.
256
los componentes de la realidad histórica, ¿esta
realidad se desarrolla por su propio impulso sin
que nada pueda efectivamente perturbarla?
Existe un terreno común en las preguntas que
acabamos de plantear; mejor dicho, estas pre-
guntas se hallan comprendidas y "focalizadas"
en un concepto único: el concepto de progreso.
Estudiando este concepto en el texto de Teilhard,
y especialmente en la Nota sobre el progreso,
con la que se abre su compendio El porvenir del
hombre, podemos abrigar la esperanza de des-
cubrir una respuesta a las preguntas que aca-
bamos de hacernos.
157
múltiple. Esta división bipartita de mentalida-
des puede extenderse a toda clase de objetos.
Teilhard advierte, humorísticamente, que los "in-
movilistas" creen tener de su parte, j u n t a m e n t e
con el buen sentido, la moral y la religión. Por
otro lado, en realidad nada parece haber cam-
biado desde que la memoria humana funciona,
...ni las ondulaciones del suelo, ni las formas
de vida, ni el genio del hombre, ni siquiera su
bondad 2 .
Al contrario, parece que el esfuerzo de la hu-
manidad hacia lo mejor no haya hecho sino
...exacerbar males como la guerra, el sufri-
miento, el vicio
puesto que cada innovación ha comenzado por
romper el frágil equilibrio conseguido hasta en-
tonces. Sin embargo, a pesar de todas estas tortu-
radoras e innegables comprobaciones, ante nues-
tros ojos
...todas las cosas se entretejen y cobran un sen-
tido; el universo, incoherente y estático, adopta
la figura de un movimiento 3.
Existe un progreso, o por lo menos una pro-
gresión.
Es evidente, ante todo, que el mundo, en su
estado actual, es el resultado de un movimiento.
Sobre este punto, el geólogo, el biólogo, el
paleontólogo y el especialista en lingüística están
2. Ibid. 22.
3. Ibid, 22.
158
de acuerdo: "nada hay comprensible sino a tra-
vés de su historia". La "naturaleza" es "devenir".
Nada de lo que hoy existe era idéntico ayer.
Incluso el alma humana se halla dentro de esta
"ley común". Dígase, o se piense lo que se quie-
ra, "el cosmos se movió en otro tiempo todo él"
"...Pero, ¿se mueve todavía!" Este es el proble-
ma de la evolución.
En efecto, "la plasticidad universal" de la na-
turaleza parece haberse detenido. No se puede
"hacer doblegar por la fuerza la más mínima de
las direcciones de la vida". Es verdad que esta
fijeza aparente podría ocultar únicamente la len-
titud de los movimientos que afectan al cosmos:
"¿Quién ha visto plegarse a una capa geológica?"
La vida misma no se mueve sino por sacudidas
muy espaciadas, tan espaciadas que escapan a
nuestras experiencias. Es, pues, difícil "probar
científicamente" la rigidez actual del cosmos.
Aceptamos, sin embargo, la hipótesis "de una
detención definitiva en la evolución terrestre",
y nos preguntamos si es justa. Intentémoslo, y
veamos si no nos vemos obligados a descartarla.
De hecho,
...la transformación morfológica de los seres
parece haberse hecho más lenta en el preciso
momento en que emergía el pensamiento sobre
la tierra4.
Si relacionamos e s t a comprobación con el
tema de la "cerebralización creciente" como eje
4. O. c , 25.
159
y flecha de la evolución, ¿no llegamos entonces
a imaginar que los phyla de psiquismo superior
han drenado todas las fuerzas disponibles de la
vida? Todo acontece, en efecto, como si el hom-
bre asumiese en sí mismo todas las posibilidades
de la evolución. Ya hemos tocado este tema en
precedentes análisis.
Por tanto, "preguntarse si el universo se des-
arrolla todavía equivale a decidir, afirmativa
o negativamente, si el espíritu humano se halla
todavía en vías de evolución".
A esta cuestión, Teilhard responde sin vaci-
laciones afirmativamente; con una doble condi-
ción, no obstante. Primera: "No debemos olvidar
el valor biológico (morfogenético) de la acción
moral". Segunda: "Hay que admitir la natura-
leza orgánica de las conexiones inter-individua-
les" s.
Con estas dos condiciones se puede advertir
que la evolución prosigue, pero que se halla lo-
calizada en el terreno de la conciencia colectiva.
¿Qué diferencia existe entre los hombres del
siglo x x y nuestros más lejanos antepasados?
Indudablemente, desde el punto de vista orgá-
nico, ninguna; sus facultades eran tan vigorosas
como las nuestras. A mediados de la última épo-
ca glaciar, tenemos testimonios estéticos de una
inteligencia y de una sensibilidad "desarrolladas
hasta un límite que nosotros no hemos supera-
5. O. C, 26.
160
do". "El instrumento individual del pensamiento
y de la acción debe considerarse como definiti-
vamente fijado"6. Dicho de otra forma, el ele-
mento humano ha logrado su perfección y su
cima.
Pero en otro nivel de la realidad la diferencia
es notable. Hemos aprendido mejor a conocer-
nos, a situarnos mejor en el espacio y en el tiem-
po, y somos "conscientes de nuestras conexiones
y de nuestra responsabilidad universales". Sabe-
mos mejor a qué mundo pertenecemos y cómo
nos situamos en él.
Hemos descubierto que había un todo, y nos-
otros somos sus elementos. Hemos dado realidad
al mundo en nuestro espíritu i.
Ahora bien,
6. O. c , 26.
7. El porvenir del hombre, 27.
8. Ibid., 28.
161
11. ENSAYO
específica. Indudablemente, nuestra voluntad no
es más enérgica que la de Platón o san Agustín.
Como individuos, no somos mejores que nuestros
padres.
9. Ibid., 29.
10. El porvenir del hombre, 30.
162
En este preciso momento es cuando aparece
la opción final: "la rebeldía o la adoración del
mundo".
163
no designa, bajo este vocablo, un perfecciona-
miento moral (el tránsito de la barbarie a la ci-
vilización, por ejemplo, como se entendía a fi-
nales del siglo xix), ni un perfeccionamiento
del espíritu en sus íntimas estructuras (como
el descubrimiento de la perspectiva en la pin-
tura o la gama dodecafónica en música). La
idea de progreso, en sí misma, es una idea
difícil. Es fácil afirmar que un niño progresa
porque únicamente se intenta decir con ello que
adquiere conocimientos y t i p o s de conducta
que hacen de él, poco a poco, un adulto. Pero
ahí se trata puramente de valores relativos y
estadísticos. No se ve claramente en qué pueda
ser un adulto, por ejemplo un melómano despier-
to, superior al niño Mozart; ni en qué pueda ser
superior un experto contable al niño Pascal que
descubre por sí mismo las 32 proposiciones de
Euclides. ¿Quién podría contar cuántos Pascal y
Mozart han muerto sin haber dejado huella en
la historia de la humanidad? ¿Y quién va a creer
ingenuamente que, multiplicando las reglas de
la higiene, vamos a alumbrar generaciones de
genios como Mozart y Pascal? Por término me-
dio, no somos más inteligentes que los hombres
de hace treinta o cuarenta siglos. Sin embargo,
como término medio también, hemos acumulado
cantidades de conocimientos de los que nuestros
antepasados no podían tener idea. ¿Es esto el
•progreso''.
164
aprendido también a aprender mejor y más de
prisa. Nuestros instrumentos intelectuales, por
término medio, son mucho más complejos y más
eficaces que nunca. Heidegger, es cierto, no dice
sustancialmente nada que no esté sustancialmen-
te en Sócrates; y sin embargo, si Sócrates viviese
entre nosotros, tendría necesidad de un serio
aprendizaje para comprender a Heidegger... su-
poniendo que llegase a comprenderlo.
¿Es esto el progreso, un perfeccionamiento
constante de instrumentos? ¿Quién no advierte
que esta noción tiene mucho de equívoca? La
bomba atómica es testimonio de un innegable
perfeccionamiento de todos nuestros instrumen-
tos a nuestra disposición, intelectuales y materia-
les. Pero, ¿constituye en sí misma un progreso?
Afirmarlo equivaldría a confundir el instrumento
y la acción; y esta confusión se halla desgracia-
damente muy extendida.
La originalidad de la concepción teilhardiana
del progreso es doble. Por un lado, no separa el
perfeccionamiento del aparato intelectual de la
totalidad en la que este perfeccionamiento está
inserto; por otro, no separa la acción de su pro-
pio fin.
Nosotros hemos a p r e n d i d o , efectivamente,
gran cantidad de cosas. Las cosas que hemos
aprendido nos ayudan a situarnos más correcta-
mente y a insertarnos mejor en el mundo. Ade-
más, esta mejor inserción en el mundo se nos
ofrece teniendo como finalidad hacer avanzar al
mundo hacia su propia realización. Así, el pro-
165
greso no se mide, ante todo y sobre todo, por la
distancia recorrida, sino por la distancia que que-
da por recorrer; mejor dicho, la distancia reco-
rrida no cobra sentido sino en virtud de la dis-
tancia que aún queda por recorrer. Pero el hecho
mismo de pensar en términos de distancia que es
menester recorrer, reclama nuestra atención so-
bre la esencia de la concepción teilhardiana del
progreso. El progreso es la certidumbre de avan-
zar. Dicha certidumbre ha sido conquistada muy
recientemente con ocasión del prodigioso des-
arrollo de las ciencias desde hace dos siglos.
Todo el problema consiste en saber si este des-
arrollo va a desembocar en una nueva toma de
conciencia generadora de nuevas acciones o en
un despilfarro desalentador de energías y de los
recursos de la tierra. Este problema es el pro-
blema esencial del progreso.
166
nos interesa y, como contrapartida, la idea de
progreso no ha hecho sino conducirnos a ella.
Al principio, existía la co-rejleoción, realidad
por la cual se ha producido la emergencia del
hombre como hombre. Con ella se inauguraba un
modo de ser absolutamente nuevo sobre la tierra
entre las especies vivientes. Gracias a ella, la hu-
manidad se desarrolló como una especie capaz de
divergencia, sin perder, no obstante, el sentido
de su convergencia. En el transcurso del tiempo,
el hombre ha ocupado la tierra creando diferen-
tes civilizaciones capaces de enriquecerse unas
a otras. Estos comienzos nos son ya conocidos,
puesto que hemos tenido ocasión de describirlos
sumariamente en un capítulo precedente.
Insistamos, a la inversa, sobre lo que ha acon-
tecido en una época muy reciente puesto que no
nos conduce más allá de unos siglos. Cuando los
hombres vivían en grandes masas, separados los
unos de los otros, aunque desarrollando técnicas
—y hasta cierto número de artes— similares, el
desarrollo de las técnicas de navegación multi-
plicó las posibilidades de contacto y los hombres
comenzaron a tomar conciencia de la extensión
real de la tierra y de la unidad de la especie
humana en su diversidad. Los hombres se abrían
a la visión de lo universal.
167
La tierra se llenaba cada vez más de hombres,
cuando estos hombres disponían de un poder in-
cesantemente acrecentado. Por la transforma-
ción de las culturas, bajo los influjos de la ciencia,
una universalización de hecho coincidía con una
búsqueda de lo universal, hecho posible por la
ciencia misma. De ahí surgió la aparición y el
desarrollo de una nueva conciencia que Teilhard
caracteriza precisamente partiendo de su concep-
ción del progreso.
En suma, todo ha sucedido como si después
de varios siglos de lentas preparaciones, a través
de la ramificación múltiple de la especie humana,
un fenómeno de emergencia se hubiese produci-
do recientemente, llevando en su seno, a título
de promesa —y solamente de promesa, pues la
historia no está sometida a ninguna fatalidad—
un porvenir del h o m b r e que, probablemente,
será muy distinto de su pasado.
No podremos por menos de sentir admiración
ante este carácter "biológico" de esta visión de
las cosas. La especie humana se considera en ella,
en definitiva, como una especie animal cualquie-
ra, y en ella la co-reflexión casi reemplaza a la
espontaneidad aparente del proceso de la vida.
Identidad formal y sin embargo diferencia esen-
cial. Estas dos categorías permiten comprender
la biología histórica de Teilhard, como vamos
a ver.
El desarrollo de la especie humana parece
obedecer, en una primera apariencia, a idénticos
ritmos que el desarrollo de otras especies anima-
168
les. Más exactamente, a idéntico ritmo que el
desarrollo de las especies animales en general.
En el principio está la diferenciación y, con ella,
el esbozo, por tanteos, de las estructuras que se
buscan, como en la explosión inicial del mundo
animal. Progresivamente, después un "phylum"
predomina merced al crecimiento de su comple-
jidad. Igual que los mamíferos conocieron un
predominio notable del sistema nervioso supe-
rior, lo que ha multiplicado sus posibilidades de
dominar el mundo animal, del mismo modo la
humanidad occidental ha visto crecer considera-
blemente sus fuerzas merced a la ciencia y la
técnica. Se ha producido una selección, o mejor
dicho una "centracion" de la humanidad sobre
sí misma, a través de la fracción occidental de
dicha humanidad. Finalmente, viene la tercera
etapa, la más reciente: así como ha aparecido la
"co-reflexión" como una nueva dimensión de la
realidad en la especie humana, cuando ésta se
ha diferenciado de los antropoides, del mismo
modo una nueva conciencia está en trance de
aparecer: el sentido de un mundo que es menes-
ter consumar unificándolo.
269
hablar así— cuya función consiste en "colectivi-
zar" los individuos proporcionándoles una visión
cada vez más clara de una unidad que es menes-
ter consumar. Este "órgano" está producido por
el ejercicio de la co-reflexión humana en un
mundo que es cada vez más pequeño, puesto que
los hombres, dentro de él, son cada vez más nu-
merosos. En la medida en que la humanidad está
considerada como una especie, este "órgano" apa-
rece como efecto y resultado de la evolución de
dicha especie. Su nacimiento —o mejor dicho su
rápido crecimiento— procede de la complejidad
creciente del organismo humano, de la sociedad
humana considerada como un todo. El proceso
que le transmite la vida no es sustancialmente
diferente de los procesos que han hecho germi-
nar la misma vida y, más tarde, el hombre.
170
No teniendo en cuenta más que la complica-
ción de este conjunto, la evolución parece, por
otro lado, tan improbable, que se ha llegado a
suponer la existencia de mecanismos coordina-
dores que actúan con una especie de infalibilidad
que nos causa admiración. De cualquier forma,
nos hallamos en presencia de automatismos que
proporcionarían, para cada modificación, cierto
número de probabilidades.
172
también, en muchos aspectos, de la naturaleza—
son sujetos de la historia.
Desde este ángulo, la biología humana es ab-
solutamente singular. Esto es, sin duda, lo que
Teilhard subraya cuando describe el peculiar
modo de ser de la especie humana.
Se puede advertir cómo las formulaciones
teilhardianas, atentas a consagrar la continuidad
entre el hombre y la evolución que lo envuelve,
tienen en cuenta, sin embargo, todo lo que le
distingue de su entorno biológico. Son, tal vez,
singularidades del mismo tipo que la Biblia ha
vislumbrado cuando, presentándonos al hombre
sacado de la tierra, como todos los demás seres
vivientes, nos lo presenta además como domi-
nando a los animales y nombrándolos. Es me-
nester que, en cada contexto cultural, el hombre
intente explicarse a sí mismo por qué tiene una
historia y no solamente una naturaleza.
Pero, el reconocimiento de estos caracteres
propios de la existencia humana, ¿es suficiente
para fundamentar la existencia histórica del
hombre?
Teilhard, estudiando el destino pretérito y
presente de la especie humana, ¿no trabaja como
biólogo cuando evoca los accidentes y azares de
una aventura cuya meta debe ser aún una "fi-
le tización"? Su temor de ver al individualismo
triunfador —temor que por ser retrospectivo no
es menos significativo— no subraya, "por el con-
trario" su afán predominante por borrar las as-
172
perezas individuales en beneficio de las curvas
del conjunto.
¿No debería buscarse, dentro de ese mismo
afán, la razón de su relativa desatención al acon-
tecimiento histórico de la encarnación? Podemos,
en todo caso, adelantar esta hipótesis sin ex-
cesivos riesgos. Por otra parte, es interesante
comprobar su casi total indiferencia al Antiguo
Testamento. Esta historia atormentada de las
relaciones entre Dios y el pueblo que él se ha
elegido, ¿no es aparentemente muy peculiar?
No podemos por menos de pensar en estos
momentos en Kierkegaard, en su insistencia so-
bre el individuo, en el particular, en su descon-
fianza respecto de lo general. Es posible, además,
que el espíritu del hombre moderno esté des-
garrado secretamente entre dos mentalidades
contradictorias; aquella de la que es poeta Teil-
hard y de la que Kierkegaard ha sido cantor.
Pero esta oposición, ¿oculta simplemente las que
hemos evocado entre lo uno y lo múltiple, la
inmovilidad y el movimiento? El problema debe
plantearse, pues compromete precisamente a la
conciencia que el hombre moderno tiene de sí
mismo, es decir su propia historia.
173
todavía, el nuevo modelado según líneas de fuer-
za más amplias y menos variadas, de conciencias
colectivas apenas despiertas a la idea de nación.
Lejos de adherirse a la búsqueda apasionada de
una unidad de la especie, los románticos se re-
belaban contra la idea de cierta prioridad de la
especie sobre el elemento individual. La visión
de la historia que nos han legado (pensemos en
Michelet, por ejemplo) es una constelación de
destinos ejemplares y fuera de serie; está cons-
tituida, en última instancia, por una especie de
canción de gesta, con numerosos episodios, que
hace desfilar ante nuestros ojos héroes cuya ca-
racterística común consiste en haber tenido des-
tinos excepcionales. Todos, más o menos, han
desafiado a los dioses y a los elementos para
afirmar, en una actitud rayana en la desmedida,
la hybris de los trágicos griegos, la primacía
indiscutible del individuo. Realmente, el héroe
de la historia romántica no existe sin referen-
cias cósmicas; está vinculado al mundo, a la
naturaleza, al cielo y a la tierra. No existiría
sin su desafío. En él es una totalidad también
la que está en juego; pero una totalidad reunida
en el tiempo de una existencia, es decir, de
hecho, en el instante.
174
impulsan de nuevo cuando se hunde en la in-
movilidad de épocas sin historia. Sobre todo, pa-
rece no caminar hacia una meta definida; mejor
dicho, recomienza incesantemente. Gira literal-
mente en redondo, aunque esté secretamente
tentada por la idea de un progreso que podría
lograrse después de la última revolución. De
todas formas, permanece en un constante vai-
vén, puesto que se halla entregada a la impre-
visible aparición de hombres excepcionales.
175
la historia. Pero precisamente es el individuo y
no la especie quien es un microcosmos. Casi se
podría afirmar que el individuo es un microcos-
mos en la medida en que se dirige contra la
especie y tiene razón contra ella antes de tener
razón de ella (incluso aunque sea a veces aplas-
tado por ella). El objetivo, pues, no es en modo
alguno la acción según las leyes de la especie
—estas leyes serían tan espirituales como Teil-
hard las vislumbra— sino la afirmación del in-
dividuo ante la especie y finalmente para la
especie, pero a pesar de la especie.
176
rales del progreso del conocimiento, sino efectos
de la victoria que es menester conseguir sobre
el no-sentido en la intimidad del conocimiento.
La misma vida de Teilhard aboga, sin saberlo,
por esta última consideración. Su certidumbre
de que la humanidad ha emprendido una gran
lucha por su unidad, no ha sido adquirida sin
combate. También para Teilhard el sentido es
una conquista difícil y precaria.
177
12. ENSAYO
bados" por la cruz. Cuando Teilhard trate este
tema, hablará de "ramificación", porque estará
atento al phylum constituido por el conjunto de
quienes se congregan en torno al crucificado. De
esto da testimonio además su sentido muy ca-
tólico de la Iglesia como "entidad". En la teo-
logía romántica, al contrario, todo se centra, en
definitiva, en un drama de salvación individual,
pues el problema importante consiste en escapar
del infierno cuando llegue el final de los tiempos.
Sabemos que la misión ha hallado su justifi-
cación teológica en la idea de que quienes no
estaban salvados por un acto personal de arre-
pentimiento debían ser enviados irremediable-
mente al infierno. Sabemos también que la pre-
dicación de los padres misioneros aludía de
buen grado a las llamas donde debían un día
consumirse los republicanos y otros incrédulos.
El célebre esquema: arrepentimiento, justifica-
ción, salvación, ha dominado toda la antropología
teológica del siglo xix y no debemos excluir que
domine aún parcialmente la del xx en ciertos
sectores de la vida eclesiástica. Entonces se com-
prende que Teilhard haya podido protestar con-
tra la estrechez de la perspectiva de la redención
con dimensiones de un acto puramente jurídico.
Si no se tiene en c u e n t a el sentimentalismo
romántico, la redención queda reducida a un
esquema de este tipo.
178
Pero de ahí se sigue que el "mundo" como
tal no tiene ninguna consistencia. El mundo no
es más que la decoración necesaria del drama;
necesaria en razón de todas las determinaciones
negativas de que está cargado. Pues el mundo
es exactamente todo lo contrario del cielo, como
la vida "mundana" es todo lo contrario de la
vida de los elegidos. De hecho, es imposible que
Cristo sea el señor del mundo; a lo sumo reina
sobre las almas salvadas y reinará, un día, sobre
un mundo regenerado. De esta forma, la cris-
tología no tiene relación alguna con la cosmo-
logía; y, por otra parte, la cosmología se declara
prácticamente inexistente. Con mayor precisión,
corre el riesgo de convertirse, merced a la orien-
tación de todo el pensamiento teológico, en una
disciplina estrictamente negativa. El mundo es
el mal; pues el mal no es, de hecho, un accidente
de su historia, es principio y motor de esta his-
toria. La historia no es sino un campo de batalla
donde se despliegan sin cesar las fuerzas del
mal, y como consecuencia Cristo viene al mundo
a ser vencido por él e interviene en la historia
para ser excluido de ella. De ahí que Cristo con-
firma el carácter maléfico del mundo y de la
historia. Instala a la historia en su negatividad.
179
en el sentido; pero ha renunciado a descubrir
el sentido posible de la historia porque no ha
llegado a ver cómo el no-sentido podía encon-
trarse perfectamente en el sentido. Ha deses-
perado del sentido, estando intimidada por el
no-sentido. Mejor dicho, ha rehusado reconocer
que el sentido dado por la encarnación a la exis-
tencia humana podía coincidir con el sentido ín-
timo del mundo, sentido en cuyo fondo radica
alguna partícula de no-sentido.
180
mente. Fue menester descubrir que la existencia
biológica no desembocaba necesariamente en la
armonía histórica como Spencer, Auguste Comte
y algunos representantes del socialismo utópico
habían creído. Como era de esperar, recíproca-
mente, el pesimismo histórico de la teología he-
redera de la tradición romántica se normalizó
también. Se descubría de nuevo la consistencia
del mundo y algunas implicaciones cosmológicas
de la cristología. Paradójicamente, cuando bió-
logos como Jean Rostand no ocultaban su pe-
simismo respecto al porvenir del hombre, los
teólogos, formados sin embargo en la escuela de
la "crisis", afirmaban, con la segunda generación
barthiana (iba a decir con el segundo Barth,
aunque no hay primero ni segundo Barth; sólo
hay un Karl Barth que nos tendrá reservadas
sorpresas mientras viva), la "bondad" del mun-
do como el grande y siempre nuevo descubri-
miento de la fe.
181
7
LA HISTORIA, LA ESCATOLOGIA
Y EL PENSAMIENTO DE TEILHARD
183
tarlo. Este es, en efecto, el mejor medio de vol-
ver después sobre el presente y el pasado, para
intentar descubrir la plenitud de su sentido:
partir del futuro y descender imaginariamente
por el tiempo a pesar de ser irreversible. Real-
mente, partiendo del origen, ya se pueden com-
prender ciertas líneas de fuerza del destino y
desarrollar después cierto conocimiento de la
historia. Se puede en todo caso descubrir en ella
el sentido suficiente para poder construir un
porvenir coherente. Pero la explicación por el
pasado se mantiene enigmática: ¿cómo conocer
lo que era verdaderamente importante? Sólo el
futuro puede dar contestación a esta pregunta.
Es, pues, menester construir imaginariamente el
futuro si se quiere desentrañar, tanto en el pa-
sado como en el presente, lo que tiene un valor
permanente de lo que es puramente anécdota.
Entre 1914 y 1918, los occidentales tuvieron el
presentimiento de que vivían un momento de-
cisivo de la historia y que valía la pena com-
prometerse en dicho momento. Pensaban así
porque esperaban confusamente la paz perpetua
procedente casi necesariamente del progreso de
la técnica. ¿Quién diría hoy que tenían razón?
284
escatología retrospectiva. Su pregunta secreta es
siempre ésta: ¿Cómo se ha llegado ahí?
Más sencillamente todavía —incluso si no te-
nemos el afán de explicar el pasado por los efec-
tos que ha producido o sigue produciendo—:
la escatología está exigida por el hecho de ser la
historia movimiento, movimiento humano de un
mundo en movimiento. Es necesario insistir so-
bre este punto, pues nos va a permitir acercarnos
a Teilhard.
Mientras podamos pensar que el mundo es
inmóvil, estático, acabado, el problema de su fin
apenas se nos plantea. En una visión enteramen-
te estática del mundo —si fuese posible— la
idea de un fin no se nos impondrá naturalmente.
No hay escatología platónica. Mejor dicho, un
drama del destino individual ocupa el lugar de
la escatología en el platonismo. Podremos ver,
con toda seguridad, la importancia de infiltra-
ciones neoplatónicas en la teología cristiana, con
muy discretos acentos escatologicos. Si, por el
contrario, existe una escatología judía, una au-
téntica escatología cristiana, es porque la visión
judío-cristiana del mundo es histórica. Dios, por
el acto creador de su palabra, dirige una historia
de hombres y, a través de esta historia, una his-
toria del mundo. La caída de Adán arrastra la
maldición de la tierra, los numerosos pecados
de los hijos de Adán provocan el diluvio, la
bendición de Noé establece una nueva relación
con la naturaleza, la encarnación del Hijo, según
san Pablo, abre una nueva economía del Espí-
ritu, en la cual la creación está "en parto" a la
185
F"
186
totalmente de vista la escatología, exigida sin
embargo por la íntima estructura del pensa-
miento bíblico. Esta situación no se torna crí-
tica hasta que los hombres despiertan al movi-
miento del mundo. Pero desde el momento en
que se produce este descubrimiento —o se re-
hace sobre bases nuevas— la escatología adquie-
re de nuevo sus más estrictos derechos. Es me-
nester comprender el movimiento, comprender
la historia y comprender a ambos desde su fin.
Entonces, para paliar la ausencia de una escato-
logía cristiana, es necesario inventar escatologías
"secularizadas". Así han nacido, en los tiempos
modernos, las filosofías de la historia. Se han
instalado, de algún modo, en el lugar que ha
dejado vacío la defección de la teología de la
historia, preocupada excesivamente por desarro-
llar el tema de la inmortalidad del alma (po-
dríamos casi fijar la fecha de esta preocupación
y conocemos algunos textos de Fenelón muy
ilustrativos de este proceso).
187
petuoso con la letra del texto bíblico, pero muy
alejado de su espíritu. El milenarismo moderno,
en efecto, no se preocupa de ningún modo de la
suerte del mundo creado, no se ocupa más que
de la liberación de las almas tendiendo a con-
fundir la salvación y el salvamento. No tiene, de
hecho, escatología; tan sólo un elemental apoca-
lipsis. En resumen, embarulla el fin de la histo-
ria para evitarse el trabajo de pensarlo teoló-
gicamente.
¿Estamos condenados a elegir entre el hege-
lianismo bajo cualquier forma que se presente, y
el milenarismo?
Hay que temer incluso que tengamos que
hacernos esta especie de elección, pues la ex-
periencia demuestra que la historia continúa a
pesar de los requerimientos milenaristas y sin
conformarse a los esquemas hegelianos. Como
advierte Teilhard, el hombre del siglo x x es un
hombre triste. Y esto, ¿por qué? Precisamente
porque hereda construcciones escatológicas que
no le afectan y no se atreve a fabricar otras
nuevas. Se construyen mejor "rascacielos" que
esperanzas.
Sin embargo, apenas hace unos cien años (es-
cribía Teilhard en 1952)
el hombre, aun sabiendo que tenía por delan-
te muchos años para vivir, ignoraba que poseía
un porvenir i.
188
El hombre logra este descubrimiento cuando
ha considerado al género humano como una es-
pecie:
Ahora, puesto que era una especie, y puesto
que las especies cambiaban, podía comenzar a
esperar y a conquistar algo completamente nue-
vo por delante de él... 2.
Entonces nacía y se desarrollaba la fe en el
progreso "bajo la forma más simplista".
Hoy, por el contrario, parece dominar "otra
evidencia científica... la de que la especie se ex-
tingue". Indudablemente, siempre según el pen-
samiento teilhardiano, es una evidencia "que pa-
radójicamente ensombrece y endurece a nuestra
generación". Para enfrentarse con la amenaza
provocada por este fin probable de la especie,
se utilizan, en general, dos líneas de repliegue:
nos cobijamos en la infinitud del tiempo y nos
refugiamos en las profundidades del espacio.
Esperamos que el hombre tenga ante sí algunos
millones de años aún, puesto que la vida media
de un phylum se cuenta por millones de años.
Esperamos además que si los recursos de la tie-
rra se agotan rápidamente, será posible organi-
zar una emigración astronáutica "a cualquier
rincón de los cielos". Tales son las esperanzas
de que se alimenta comúnmente la ansiedad de
los hombres de hoy. Estas son, a los ojos de Teil-
hard, no solamente pobres, sino científicamente
falsas. En efecto, ignoran radicalmente las ca-
2. Ibid., 366.
189
racterísticas fundamentales del phylum humano,
su aptitud para converger, esto es para producir
"al final de su carrera" una mutación en u n es-
tado "paroxísmico de maduración". El fin de la
especie humana no es una m u e r t e sino "una
nueva salida, u n re-nacimiento (esta vez fuera
del espacio y del tiempo), incluso por exceso
de unificación y co-reflexión".
Naturalmente, esta perspectiva parece difícil-
mente admisible por diversas razones, principal-
mente porque se contempla de ordinario —y tal
vez en virtud de atavismos intelectuales y sen-
timentales sumamente poderosos— el fin de la
especie humana como una "edad de oro". Pero
es menester rebelarse contra esta idea. La pro-
testa de Teilhard debe ser citada completa por-
que incluye uno de los grandes temas de la
escatología teilhardiana:
190
r^
4. Le 12. 15.
191
El ser no depende del tener; al contrario, la
multiplicación del haber corre el riesgo de de-
pauperar al ser; mejor dicho, de ahogarlo, como
ciertas vegetaciones tropicales sofocan los árbo-
les sobre los cuales se levantan. Bienestar no
es ser-más. Lo advertimos claramente en nues-
tras sociedades, enfermas de tener demasiado y
de no tener bastante. Tal vez llegue el momento
para una parte de la humanidad en que sea me-
nester elegir entre tener y ser, y esta elección
será dramática, precisamente porque será difícil
romper con el sentimiento espontáneo de una
relación íntima e inmediata entre el ser y el
haber, sentimiento en el que hunde sus raíces
el efectivo materialismo (Teilhard diría el pa-
ganismo) de nuestra civilización occidental.
De todas formas, del análisis teilhardiano re-
sulta que, si las "leyes de la biogénesis" con-
ducen a la humanidad a mejorar su situación
económica, las exigencias de la "noogénesis" la
conducen por otro camino, de manera que el fin
de la especie no está exigido por factores de
orden técnico. Todo acontece aquí —volvamos
a nuestra imagen inicial— como si el segundo
cohete económico de la cápsula, no tuviese otro
destino que lanzar un tercer cohete, proporcio-
nándole una rapidez inicial. Lo que quedase del
segundo cohete caería necesariamente sobre la
tierra, como el hombre rico de la parábola per-
manece prisionero de sus bienes cuando se pre-
gunta seriamente sobre su vida.
Si esto es así, ¿en qué debe consistir la pro-
ximidad del fin? ¿Cómo podemos imaginarla?
192
La humanidad se encuentra, desde ahora, en
u n a situación tal que los hombres, "presionados
unos contra otros por crecimiento de su número
y multiplicación de sus relaciones", están al mis-
mo tiempo "apretados unos contra otros por el
despertar de una fuerza común y el sentimiento
de una común angustia". De esta forma, en el
futuro, no podrán "formar más que una sola
conciencia".
En este momento
193
13. ENSAYO
...con la más poderosa atracción orgánica que
pueda concebirse —¡la fuerza interna de cohe-
sión del universo!— (es decir, más sencillamente,
el poder del Cristo universal),
194
total de las cosas, implacable irreversibilidad de
la historia, e t c . . Todas estas expresiones desig-
nan un proceso natural, mejor aún —hemos vis-
to por qué y cómo— un proceso sobrenaturál-
mente natural, puesto que ha madurado merced
al poder animador y atrayente de Cristo.
¿Existe aquí, por lo menos, una paradoja en
el hecho de mantener conjuntado un movimiento
evolutivo continuo y una crisis parusíaca que
revela la categoría del discontinuo exactamente
igual a como existía una paradoja en la yuxta-
posición de un omega naturalmente exigido por
la evolución y un omega crístico? Estos dos orne-
gas finalmente se confunden en uno solo, hallán-
dose en el exterior del mundo que se consuma
en ellos.
195
í
196
ritmos, cuando leemos la literatura más direc-
tamente afectada por el problema del fin de la
historia: la utopía. Pues la utopía nos presenta
siempre una sociedad cerca del fin de los tiem-
pos históricos, una sociedad construida al lado
de la historia en la que las tensiones que animan
a la historia han desaparecido teóricamente. El
mundo utópico es un nuevo mundo donde la paz,
la igualdad y la justicia reinan, donde los hom-
bres son todos virtuosos y los príncipes están
siempre preocupados por servir a los hombres
su hermanos.
Sabemos que el marxismo ha criticado vio-
lentamente el socialismo denominado utopista.
Le ha reprochado no haber prestado atención
a la historia, suponer el problema resuelto cre-
yendo que la revolución ya está efectuada y
negar de este modo el aspecto trágico de la his-
toria. Estas críticas le alcanzan plenamente, pues
la utopía, en efecto, no nos presenta una historia
convulsionada y renovada por sus flujos y reflu-
jos, sino una historia mejorada en cierta manera,
más higiénica y salvada por la higiene de lo
trágico. Una crítica cristiana de la utopía hará
resaltar, además, que el Dios que aparece en
ella —cuando aparece, que es lo corriente— no
está implicado en ninguna historia. Dios, para
el utópico, es el sabio legislador que ha formu-
lado las reglas de la higiene social y que deja
a los hombres el cuidado de aplicarlas. En una
palabra, es el Dios del deísmo.
¿No es digno de consideración que cuando
se saca a Dios de la historia —aunque sea en un
197
mundo imaginario, como en la utopía— la his-
toria cesa, de repente, de estar agitada como un
torrente que se precipita hacia un océano para
convertirse en calma como una marisma cuyo
destino consiste únicamente en evaporarse? La
historia pierde al mismo tiempo su fuerza y su
dirección y, a la par, el mundo pierde su ser.
Cuando se relega a Dios al cielo, se pierde de
vista no solamente la vida de los hombres, sino
también el sentido de la existencia del mundo.
El mundo no es más que el trasfondo de una
existencia inmersa en un tiempo sin espesor. En
la ciudad perfecta, es necesario que exista la
muerte, puesto que estamos condenados a morir
de aburrimiento.
Las reflexiones precedentes, lejos de alejar-
nos de nuestro tema, nos conducen a él. La di-
gresión rápida por las regiones de la utopía nos
pone de manifiesto cómo todo se relaciona: el
fin del mundo, la historia, el hombre y el mun-
do. Estos términos están relacionados unos con
otros por una unidad de sentido y vinculados
a su vez a la representación que tenemos de
Dios. Pero Teilhard de Chardin ha advertido
todo esto con rara perspicacia. Por esta razón, nos
coloca ante los ojos a través de sus descripcio-
nes, la exigencia de una escatología plenamente
coherente.
Esto no equivale a decir que su propia es-
catología sea irreprochable. Parece ser que no
reconoce suficientemente, de modo especial, el
elemento de gratuidad que se deriva de la inter-
vención de Dios en la historia, intervención que
198
arranca de la suprema libertad de Dios. Quien
tiene la iniciativa del comienzo debe tener tam-
bién la iniciativa del fin. Si la persona es un
centro de decisión, es preciso que el Dios per-
sonal se anuncie como el ser por excelencia cuya
actividad brota de una voluntad solidaria de una
libertad, como lo ha afirmado toda la tradición
cristiana. Mejor dicho, el Dios de quien testifica
la Escritura que "cambia sus designios" en la
relación siempre viva que mantiene con su pue-
blo: se "arrepiente", cambia sus decisiones, e t c . .
Estos rasgos no deben imputarse a un ingenuo
antropomorfismo; describen la intimidad de Dios,
pues este Dios no es la inmovilidad fría del
Dios c r e a d o por el antropomorfismo distinto
del teísmo). Por el contrario, tiene una vida que
dudaríamos en otorgar a Dios si hubiese que ele-
gir. Su "historicidad" deriva precisamente de
esta "naturaleza" singular, es decir singular para
un Dios. Tal es el "Dios de Abrahán, de Isaac y
de Jacob, no el de los sabios y filósofos".
Indudablemente es muy poca cosa reconocer
su espontaneidad así como el reconocerle como
Dios que organiza libremente el fin de este mun-
do cuando este mundo está cerca de su fin.
Pero, p a r a d ó j i c a m e n t e , es absolutamente
igual reconocer su historicidad —y por ende su
libertad— como rehusar excluirlo de la historia
del mundo. El Dios de la Biblia no actúa según
su fantasía o su capricho, sino según la situación
de su pueblo, es decir según la historia que los
hombres fabrican. Incluso la idea de su sobe-
ranía no puede comprenderse más que en esta
199
V
200
tiva del fin del mundo —o de un mundo próximo
a terminar— sería puramente especulativa si no
exigiese una ética.
De hecho, a nivel de la ética, nos encontra-
mos de nuevo con todos los problemas plantea-
dos por la historia y su fin. En efecto, una ética
o no es más que la codificación más o menos
arbitraria de reglas de conducta vagamente re-
lacionadas con el bien y el mal, definidos en sí
mismos, o bien es lo que se desprende de una
visión de la historia. En el primer caso, pode-
mos imaginar mil éticas diferentes; en el segun-
do caso, no se trata más que de ser coherente, y
en cierta manera, lógico. En realidad, ¿qué ra-
zones tenemos para preferir el bien al mal,
o para definir una conducta como buena y otra
como mala"! ¿Por qué preferir una virtud a otra?
Los valores que nuestras sociedades fabrican,
¿son normativas por el mero hecho de que los
fabriquen nuestras sociedades?
201
Adorar, ahora, consiste en consagrarse en
cuerpo y alma al acto creador, adhiriéndose a él
para perfeccionar el mundo mediante el esfuerzo
y la investigación.
Amar al prójimo, antes, consistía en no ha-
cerle daño y curar sus heridas. La caridad, en
lo sucesivo, sin dejar de ser compasiva, se con-
sumará en la vida consagrada al avance común.
Ser puro, antes, consistía principalmente en
abstenerse, en mantenerse intacto. La castidad,
mañana, se denominará sobre todo sublimación
de los poderes de la carne y de toda pasión.
Ser desprendido, antes, consistía en no inte-
resarse por las cosas y no tomar de ellas sino lo
menos posible. Ser desprendido, ahora, consistirá
cada vez más en superar sucesivamente toda
verdad y toda belleza, precisamente por la fuer-
za del amor que se les profesa.
Ser resignado, antes, podía significar acepta-
ción pasiva de las condiciones presentes del uni-
verso. Ser resignado, ahora, no le estará permi-
tido más que al luchador desfalleciente en brazos
del ángel 7.
202
(adorar) y del amor (caridad con el prójimo)
están sostenidas por la esperanza, por lo menos
teniéndonoslas que haber con los dos manda-
mientos en que se resumen la ley y los profetas:
amar a Dios (adorarlo) y al prójimo. Los tres
párrafos siguientes pudieran a l u d i r perfecta-
mente a los votos monásticos: castidad, pobreza
y obediencia, considerados desde las "virtudes"
que los fundamentan. Es muy frecuente en Teil-
hard que las discretas alusiones a estructuras
de la piedad, muy clásicas, sirvan de hilo con-
ductor a descubrimientos aparentemente revo-
lucionarios. Sabemos que el plan del "medio
divino" recuerda el marco de los "ejercicios es-
pirituales" de san Ignacio de Loyola.
He aquí, pues, algunas actitudes "éticas" des-
critas a partir de aquellos temas donde se expre-
sa ordinariamente la más alta ética concebible
en el mundo en que vive Teilhard. Advertimos
que Teilhard propone, por doquier, transformar
los aspectos negativos de conducta que estos te-
mas exigen en aspectos positivos. Advertimos
además que la positividad de estos nuevos pre-
ceptos están en relación con la urgencia de "con-
sumar" el universo. Todas las conductas deben
pensarse con vistas al fin de la evolución. Es
este fin el que les proporciona su dirección y
sentido a los actos humanos. En una palabra,
el fin exige la elaboración y el servicio de valores
de la ética.
Si trabajando en este camino, Teilhard pa-
rece que se nos presenta como un innovador,
obedece únicamente a que nuestras éticas —com-
203
prendidas incluso las éticas cristianas tradicio-
nales— se instalan en una tradición fijista y no
tienen, por así decirlo, una vertiente escatoló-
gica. Los valores que figuran en ellas, con har-
ta frecuencia, están considerados como eternos,
como siempre actuales, y esto acaso porque
nunca lo han sido.
Ahora bien, la relación entre ética y escato-
logía es decisiva, no solamente para la búsqueda
de conductas moralmente buenas —por supues-
to— sino también para la inteligencia de la his-
toria y de nuestra orientación en la misma. Si
por el contrario, la historia tiene un fin, si una
escatología le otorga sentido, entonces es me-
nester descubrir, inventar valores relativos a
dicho fin o recibirlos de este fin, como tal parece
ser el caso de una ética cristiana atenta a acep-
tar la enseñanza bíblica.
La ética cristiana comienza, en nuestros días,
a abrirse a esta exigencia, tiende a convertirse
en "histórica", como se ha visto en R. Niebuhr,
por ejemplo; es decir, a proponer a la obediencia
de la fe valores concretos emanados de una me-
ditación sobre el significado de la escatología.
Desde esta perspectiva, la ética de Teilhard no
es en modo alguno singular, insólita o peligrosa.
Se instala en la lógica de una marcha que se
identifica con la marcha de la ética cristiana.
Indudablemente, implica elementos a prime-
ra vista sorprendentes: la vida dada por el avan-
ce común, la consumación del mundo por el
esfuerzo y la investigación, la superación de toda
204
belleza y verdad, e t c . . Pero la presencia de
estos elementos deriva de la inclusión de la
historia humana en la historia del cosmos. Teil-
hard desde el principio al fin, es coherente y
lógico. Además, precisamente por el espectáculo
de esta coherencia, estimula el pensamiento de
los teólogos.
205
8
LA TEOLOGÍA SEGÚN TEILHARD
1. RT 64 (1964) 424.
207
tantos sistemas, tantos autores de celebridad
provisoria, ¿no obedece esto a que los grandes
problemas, planteados desde siempre, permane-
cen siempre insolubles? Sin embargo, creemos
vislumbrar "la última palabra" —y los entusias-
mos, tan pronto alzados como decaídos, nacen de
esta ilusión—, pero es necesario, siempre y a la
larga, bajar el diapasón. Los problemas superan
por doquier a los sistemas en que se los encierra,
y nunca diremos la última palabra. Al menos en
esta tierra. Escribe san Pablo: "Ahora vemos
por un espejo y oscuramente, entonces veremos
cara a cara" 2.
208
greso de la vida del espíritu? ¿No es avanzar
saber cada vez mejor cómo se defienden los ver-
daderos problemas? Bien pensado, a pesar de no
conocer sino parcialmente ¿no hemos aumenta-
do en esa minúscula parte nuestro conocimien-
to? Sin contar todos los problemas muertos, o
sin contar los que están aletargados, que es exac-
tamente igual, cuyo conjunto forma la paleon-
tología del pensamiento. ¿Quién va a perder un
minuto de sueño siquiera buscando una respues-
ta a la célebre pregunta de Pedro Lombardo:
"Qui plus peccavit, Adam vel EvaV
209
14. ENSAYO
falsa— es que nosotros sabemos tal vez un poco
mejor que Pedro Lombardo que la problemática,
en cuyo interior se sitúa, se ha demostrado in-
fecunda en un proyecto total de conocimiento
de nosotros mismos (no es necesario decir que
no se trata aquí del conocimiento de sí mismo,
individualmente).
210
es para mejor resaltar otra evidencia: un ver-
dadero problema está siempre en relación con
la conciencia más o menos clara que nosotros
tenemos de nuestra situación en el mundo. Nos
parece verdadero en razón de las relaciones que
presentamos entre su formulación y el senti-
miento global que tenemos de ser-en-el-mundo
y que toma necesariamente alternativas en los
diversos momentos de nuestra existencia huma-
na. Es difícil precisar este sentimiento, porque
precede a toda reflexión.
211
alumbrado quería decir, en realidad, que todas
las coordenadas de la raíz existencial de la per-
sona, en un mundo en el que el gas del alumbra-
do había sido inventado, le impedían plantearse
el problema de Dios como se lo planteaban en el
pasado los hombres que ignoraban las posibi-
lidades que han desembocado en la invención
del gas del alumbrado.
Ante él, Dios no se imponía como solución
completa a los problemas de los hombres, puesto
que los hombres se habían hecho capaces de pro-
ducir la fuerza, una fuerza comparable a las que
atribuían a Dios. Pensaba, sin poder expresarlo,
que el conocimiento de sí mismo se presentaba
entonces como un proyecto absolutamente dis-
tinto del antiguo proyecto que rechazaba. Como
se ve, el gas del alumbrado no es ni un senti-
miento, ni una pura intelección; se trata aquí
del elemento en que se simbolizaba, para este
hombre, la realidad existencial de la persona.
En realidad, este elemento nos parece marginal,
inesencial y, efectivamente, es todo esto. Pero
parece evidente que otros "elementos" menos
secundarios exigen nuestra radical realidad per-
sonal.
212
blemas" que Teilhard nos lega. Naturalmente, la
obra de Teilhard plantea además otros muchos
problemas, científicos y teológicos, pero todos
ellos están en íntima relación con los expuestos.
Naturalmente, además Teilhard no ha sido el
primero en planteárselos, pero su manera de
preguntar es bastante original como para que se
le pueda considerar como un innovador a pesar
de sus predecesores. Más aún, y tocamos ahora
el núcleo vivo de la empresa teilhardiana, a
través de tentativas de respuesta es como Teil-
hard interroga y es lo que va a otorgar al deba-
te teilhardiano toda su importancia. Pues no
solamente estamos en presencia de problemas
que no importa quién podría solucionarlos; nos
hallamos en presencia de un esbozo de solución
a través del cual sólo los problemas cobran toda
su importancia y su peso.
213
llamado la atención sobre el carácter compuesto
de nuestras representaciones de Dios. Los te-
mas que sugiere, Dios "up there" 4 o Dios "out
there" 5 forman parte aún de nuestro utillaje
simbólico, aunque no respondan a imágenes es-
peciales aceptables. Un análisis serio de nuestro
lenguaje haría resaltar que, en casi todos los
terrenos, nuestras "representaciones verbales"
han roto toda amarra con sus orígenes semánti-
cos. Podríamos ilustrar este fenómeno partien-
do de la evolución de las matemáticas moder-
nas: nuestras referencias especiales espontáneas
proceden casi todas de la geometría euclidiana,
mientras que sería imposible dar un paso ade-
lante, en la física contemporánea, si tuviésemos
en cuenta esta geometría.
4. "Allá".
5. "Lejos o fuera de aquí".
214
que una tensión que normalmente suele darse
por el conflicto de generaciones.
215
No hemos intentado aquí en qué medida di-
cho debate interesa a los científicos como tales.
La ciencia es muy jovencita para no sentirse
sometida a los vaivenes de la adolescencia; en-
contramos biólogos, físicos, tan obstinadamente
opuestos a Teilhard como fanáticos de Teilhard.
Y casi siempre por idénticas razones. Tal vez,
en última instancia, porque los problemas plan-
teados por Teilhard no son problemas cientí-
ficos.
216
hace mucho tiempo. Teilhard propone hacer
una nueva lectura. Algunos teólogos aceptan
esta proposición —éstos son, decimos, teilhar-
dianos— otros la rechazan —los antiteilhardia-
nos— y otros finalmente no saben si aceptarla
o rechazarla. Estos son la mayoría. Los opo-
nentes parece que tienen razón: la nueva lec-
tura que propone Teilhard es prácticamente
incompatible con la lectura clásica de los lu-
gares teológicos discutidos. Pero en el preciso
momento en que triunfan, sucumben. Pues la
lectura de los dogmas a que se refieren, apare-
ce, en ese preciso momento, incapaz de aguan-
tar el reto de lo que constituye la fuerza de las
posiciones de Teilhard: la profunda raíz per-
sonal a que hemos aludido. De suerte que mu-
chos teólogos llegarían, si se atreviesen, a la
contradictoria conclusión, a la vez imposible y
necesaria, de ser teilhardianos. Imposible, por-
que a pesar de sus afirmaciones, no basta corre-
gir ligeramente las perspectivas tradicionales
para acomodarlas a su visión de la evolución,
sino que es menester además adoptar nuevas
perspectivas (aunque sean nuevas, propiamen-
te hablando, únicamente para la teología lati-
na). Necesaria, porque si la evolución es tal
como la concibe Teilhard, algunos lugares teo-
lógicos, los más cuidadosamente elaborados por
la teología latina, y concretamente la antropo-
logía, estarán carentes de sentido, o lo que es
lo mismo, pertenecerán a la prehistoria del
pensamiento teológico.
217
en el núcleo del debate. Si Teilhard tiene razón,
es decir si la evolución tal como la entiende es
el trasfondo de todas las especulaciones, de to-
das las teorías, incluso de todos los problemas
que un teólogo puede y debe plantearse, Teil-
hard o c u p a una posición inatacable, aunque
sus propios intentos de revisión de los enuncia-
dos dogmáticos no sean satisfactorios. La evo-
lución es lo que encontramos en el fondo de
la controversia teilhardiana como en el fondo
de nuestra radical existencia personal. Toda la
fuerza provocadora del pensamiento teilhar-
diano consiste en el supremo rigor con que se
esfuerza en sacar todas las consecuencias del
hecho de la evolución; pues la evolución se le
presenta como un hecho.
228
na teoría científica lo es. El concepto de verdad
se puede aplicar perfectamente a ideas pero no
a teoría científica. Tan verdadera es la física
de Aristóteles como la física de Galileo y la
física de la relatividad. Una teoría científica es
un esfuerzo para ordenar las comprobaciones
experimentales obtenidas trasformando los he-
chos de la experiencia banal en hechos cientí-
ficos. Cuando un hombre se cae del último piso
del Empire State Building, cuando una man-
zana cae de la rama de un árbol, cuando un
meteorito cae del cielo (he aquí tres hechos de
experiencia banal), la velocidad de su caída se
expresa así: v = y t . Debido a esto, estos tres
hechos son "científicos". La teoría de Newton,
la teoría de Einstein son esfuerzos para ex-
presar lo más sencillamente posible y con la
mayor precisión que cabe, según ciertas coor-
denadas, qué relaciones inventariables y cons-
tantes producen y producirán fenómenos de
este tipo.
219
Efectivamente, según toda la tradición de la
filosofía occidental, repetida por la teología, es
verdadero lo que está fuera de toda duda. La
teoría de la evolución no sigue esta regla por
no estar construida sobre hechos actuales, fá-
cilmente experimentables, sino sobre hechos
irrevocablemente pasados. Y esto por definición.
Por tanto, no es realmente verdadera. Pero,
por otro lado, es la más correcta que conocemos
(al menos por el momento), pues es la que
engloba todos los hechos con la mayor coheren-
cia que podemos desear.
220
dad de Dios creador no excluía en modo algu-
no esta generación espontánea. Generalizando
un poco más, cuando una teoría científica se
esfuerza por convertirse en verdadera, debe ex-
cluir lo que toda ciencia tiene de problemático
y buscar, fuera de la ciencia, en la razón, en la
historia, en Dios... lo que haga verdadera a di-
cha ciencia.
221
sea correcta? La respuesta no ofrece duda: de
su referencia a la verdad. Esto ya aparece a ni-
vel de las teorías científicas. Una teoría no es
tan sólo una síntesis de una serie de enuncia-
dos, correctos cada uno de por sí; es, además,
de algún modo, esquema de un sistema fuera
del alcance de la duda, una tentativa esencial de
la corrección en la verdad. Aunque, según sus
apariencias se limite a confrontar fenómenos,
tiene siempre en perspectiva el ser. Acontece
esto porque el ser está siempre latentemente
presente bajo todas las apariencias fenomena-
les. Dicho de otro modo —y como Descartes lo
vio perfectamente— no hay corrección que no
nos remita a una verdad. Toda lucha compro-
metida en torno a una corrección de una teoría
es secretamente —o claramente a veces— una
lucha sobre la verdad. Desde esta perspectiva,
las controversias del siglo pasado sobre las teo-
rías de la evolución estaban efectivamente en
relación con la verdad y no únicamente como
muchos darwinianos pensaban sobre todo con
la corrección de los fenómenos. Si Darwin tenía
razón, era menester cambiar de verdad, puesto
que la verdad que sostenía la Weltanschauung
común era dudosa. Todo esfuerzo de corrección
de nuestras representaciones parece implicar un
esfuerzo paralelo de revisión de la verdad, pues
para la verdad, ser recibida correctamente sig-
nifica de hecho cambiar. No un cambio en sí,
puesto que la verdad en sí misma parece inac-
cesible, sino cambiar para nosotros.
222
mar la corrección de la teoría de la evolución
en verdad sino refiriéndose a una verdad que
adviene de fuera; pero apenas afirma esta ver-
dad, cesa de ser extraña a la evolución, para
convertirse en la verdad de la evolución. No
solamente aquello por lo cual la teoría de la
evolución es correcta, sino aquello por lo cual
es problema de verdad, cuando es problema de
evolución.
223
serie de correcciones podrían casualmente bas-
tar. Creyó que no se trataba, en definitiva, sino
de desplazar algunos acentos para que la verdad
resplandeciese con sus nuevos ropajes. General-
mente —y parece ser que cada vez más, a me-
dida que avanzaba en edad-^, usó el prefijo neo
para significar la transformación necesaria de los
enunciados dogmáticos y para darles vida: neo-
Cristo, neo-Dios, neo-logos, neo-Iglesia, e t c . .
224
ejemplo, a propósito del pecado original, donde
Teilhard intenta comprender el esquema "ale-
jandrino" (a falta de un esquema latino muy
rebelde a todo ajustamiento), partiendo de una
idea de evolución que no aparecía en él.
225
el hombre es historia. Esta evidencia ha ganado
poco a poco el campo de la investigación teoló-
gica, ha llevado a una nueva lectura de la Es-
critura. De ahí brotan, ante nuestra mirada, nue-
vos conceptos y nuevos problemas. De hecho, en
nuestros días se está realizando una revolu-
ción teológica de capital importancia. Es impo-
sible caracterizarla en cuatro palabras, pero pu-
diéramos tal vez dejar vislumbrar su significado
limitándonos a afirmar que ningún teólogo —o
casi ninguno— no puede ya pensar la Iglesia sin
la humanidad y a Cristo sin la historia y a Dios
sin el mundo. Ahora bien, estas influencias recí-
procas de los temas más tradicionales y de las
realidades más banales para el hombre de hoy
—puesto que constituyen como hemos señalado,
una parte nada despreciable de su profunda raíz
personal— no desembocan en una revisión de
los lugares teológicos bajo la forma de "puesta
al día". La experiencia muestra que, más que
de "una puesta al día" se trata de una especie de
"retorno a las fuentes".
226
hombre se comprende a sí mismo, Teilhard exige
a la teología plantearse de una forma nueva el
problema de la presencia de Dios en el mundo.
Esto es de una importancia capital.
227