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Textos Literarios Sobre Eva Perón

El documento presenta una serie de relatos de diferentes autores, cada uno explorando temas de la muerte y la mitología en la cultura argentina. Los textos incluyen 'El simulacro' de Borges, que reflexiona sobre la representación de la muerte de Eva Perón, y 'Ella' de Onetti, que narra el impacto de su fallecimiento en la sociedad. A través de estos relatos, se examinan las emociones y reacciones colectivas ante la pérdida de figuras emblemáticas.

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Textos Literarios Sobre Eva Perón

El documento presenta una serie de relatos de diferentes autores, cada uno explorando temas de la muerte y la mitología en la cultura argentina. Los textos incluyen 'El simulacro' de Borges, que reflexiona sobre la representación de la muerte de Eva Perón, y 'Ella' de Onetti, que narra el impacto de su fallecimiento en la sociedad. A través de estos relatos, se examinan las emociones y reacciones colectivas ante la pérdida de figuras emblemáticas.

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Índice

“El simulacro” (Jorge Luis Borges, 1953) .............................................................................. 2

“Ella” (Juan Carlos Onetti, 1953) ............................................................................................. 3

“La señora muerta” (David Viñas, Las malas costumbres, 1963) ...................................... 6

Eva Perón [fragmentos] (Copi, 1969, traducido por Jorge Monteleone) ........................ 12

“El único privilegiado” (Rodrigo Fresán, 1991) ................................................................... 15


“El simulacro” (Jorge Luis Borges, 1953)

En uno de los días de julio de 1952, el enlutado apareció en aquel pueblito del
Chaco. Era alto, flaco, aindiado, con una cara inexpresiva de opa o de máscara;
la gente lo trataba con deferencia, no por él sino por el que representaba o ya era.
Eligió un rancho cerca del río; con la ayuda de unas vecinas armó una tabla sobre
dos caballetes y encima una caja de cartón con una muñeca de pelo rubio.
Además, encendieron cuatro velas en candeleros altos y pusieron flores
alrededor. La gente no tardó en acudir. Viejas desesperadas, chicos atónitos,
peones que se quitaban con respeto el casco de corcho, desfilaban ante la caja
y repetían: «Mi sentido pésame, General». Éste, muy compungido, los recibía
junto a la cabecera, las manos cruzadas sobre el vientre, como mujer encinta.
Alargaba la derecha para estrechar la mano que le tendían y contestaba con
entereza y resignación: «Era el destino. Se ha hecho todo lo humanamente
posible.» Una alcancía de lata recibía la cuota de dos pesos y a muchos no les
bastó venir una sola vez.
¿Qué suerte de hombre (me pregunto) ideó y ejecutó esa fúnebre farsa? ¿Un
fanático, un triste, un alucinado o un impostor y un cínico? ¿Creía ser Perón al
representar su doliente papel de viudo macabro? La historia es increíble pero
ocurrió y acaso no una vez sino muchas, con distintos actores y con diferencias
locales. En ella está la cifra perfecta de una época irreal y es como el reflejo de
un sueño o como aquel drama en el drama, que se ve en Hamlet. El enlutado no
era Perón y la muñeca rubia no era la mujer Eva Duarte, pero tampoco Perón era
Perón ni Eva era Eva sino desconocidos o anónimos (cuyo nombre secreto y cuyo
rostro verdadero ignoramos) que figuraron, para el crédulo amor de los arrabales,
una crasa mitología.
“Ella” (Juan Carlos Onetti, 1953)

Cuando Ella murió después de largas semanas de agonía y morfina, de


esperanzas, anuncios tristes desmentidos con violencia, el barrio norte cerró sus
puertas y ventanas, impuso silencio a su alegría festejada con champán. El más
inteligente de ellos aventuró: «Qué quieren que les diga. Para mí, y no suelo
equivocarme, esto es como el principio del fin».
Tantas cosas, pobres millonarios, les había hecho tragar Ella. Y lo triste era
que Ella había sido infinitamente más hermosa que las gordas señoras, sus
esposas, todavía con olor a bosta como dijo un argentino. Ahora también podían
tragarse las sonrisas cordiales con que habían acogido las órdenes y las
humillaciones. Porque todos sentían, sin más pruebas que discursos vociferados
en la Plaza Mayor, que Ella era, en increíble realidad, más peligrosa que las
oscilaciones políticas, económicas y turbias, de Él, el mandatario mandante, el
que a todos nos mandaba.
Cuando al fin Ella murió, rematando esperanzas y deseos, estábamos a fin
de julio; en una fecha abundante en crueldades, en frío, viento, aguacero. De los
cielos negros de nubes y noche, caía una lluvia lenta, implacable, en agujas que
amenazaban ser eternas. Se desinteresaban de abrigos y pieles humanas para
empapar sin dilaciones huesos y tuétanos.
La humedad aumentaba el mal olor de las gastadas ropas de luto
improvisado: casi inmóviles, sin palabras porque su desdicha tenía un sólo
culpable y éste no podía ser nombrado aunque dueño del frío, de la lluvia, el
viento y la desgracia.
Según la pequeña historia, tantas veces más próxima a la verdad que las
escrita y publicadas con H mayúscula, cinco médicos rodeaban la cama de la
moribunda. Y los cinco estaban de acuerdo en que la ciencia tiene sus límites.
Y en la planta baja, impaciente, paseándose, atendiendo las preguntas
telefónicas que le hacían los periodistas amigos o dadivosos, había otro hombre,
tal vez también médico, aunque esto no tenga la menor importancia.
Era un catalán, embalsamador de profesión conocida y llamado por Él desde
hacía un mes para evitar que el cuerpo de la enferma, siguiera el destino de toda
carne.
Y había una lucha silenciosa pero tenaz entre los cinco de arriba y el solitario
de abajo. Porque si éste sólo creía con distracción en la Virgen de Montserrat,
los de encima, estaban divididos entre la de Luján, la de La Rioja, la de las Siete
Llagas, entre la de San Telmo y la del Socorro. Pero coincidían en lo fundamental,
en la Santa Iglesia Apostólica Romana. Y creían en los eructos dominicales de
los curas.
Para cumplir lo contratado con Él, el embalsamador catalán tenía que aplicar
una primera inyección al cadáver media hora antes de ser decretado tal. Los
pertinaces creyentes del piso superior se oponían a toda intención de
embalsamar, pese a que el contratado catalán había repartido generoso pruebas
indiscutibles de su talento. Recuerdo la foto, en un folleto, de un niño muerto a
los doce años, plácidamente colocado en un sillón y luciendo un traje marinero
impecable. Lo exhibían cada vez que la momia hubiera tenido que cumplir años
—él se burlaba, el tiempo no existía, sus mejillas seguían rosadas y sus ojos de
vidrio brillaban con malicia— cuando inexorablemente, cumplía una fecha de
muerto. Dos veces al año ocupaba el puesto de honor y los parientes que le iban
quedando —el tiempo existía— lo rodeaban tomando té con pasteles y alguna
copita de anís.
Se oponían a la primera e imprescindible inyección. Porque la Santa Fe que
los aunaba repartía almas para que escucharan eternamente música de ángeles
que jamás cambiarían de pentagrama —o tal vez sus cabecitas equívocas las
hubieran grabado— o para disfrutar suplicios nunca concebidos por un policía
terrestre.
De modo que, cuando aquellos litros de morfina dejaron de respirar, se
miraron asintiendo y consultaron relojes. Eran las veinte en punto. Alguno
encendió un cigarrillo, otros rindieron sus fatigas a los sillones.
Ahora esperaban que la pudrición creciera, que alguna mosca verde, a pesar
de la estación, bajara para descansar en los labios abiertos. Porque la Santa
Iglesia les ordenaba respirar cadaverina, hediondez casi enseguida, y adivinar la
fatigosa tarea de siete generaciones de gusanos. Todo esto adecuado a los
gustos de Dios que respetaban y temían. Los minutos pasan pronto cuando un
diplomado vela por su fe.
Emilio, el más obediente a las manifestaciones indudables de la Divinidad,
dijo:
—Che, aumentá la calefacción.
Más tarde, resolvieron bajar para dar la noticia, triste y esperada.
Él estaba cenando y asintió con la cabeza. Luego agradeció los servicios
prestados y rogó que le fueran enviados los honorarios. Después señaló con un
dedo a uno cualquiera de los uniformados y le ordenó ordenar a las radios,
primicia para la suya, que difundieran la noticia.
Y quedó así, rehecha, corregida, discutida: «El Ministerio de Información y
Propaganda cumple con el doloroso deber de anunciar que a las veinte y
veinticinco Ella pasó a la inmortalidad».
El médico catalán subió los escalones de dos en dos, molestado por su
pequeña maleta. Preparó, la inyección y estuvo consternado palpando la frialdad
del cuerpo.
Las puertas no se abrían y la multitud comenzó a porfiar y moverse. Los
policías dejaron de ofrecer vasitos de café enfriado y de inmediato aparecieron
vendedores de chorizos, de pasteles, de refrescos entibiados, de maníes, de
frutas secas, de chocolatines. Poco ganaron porque el primer contingente
comenzó a llegar a las nueve de la noche y provenía de barriadas desconocidas
por los habitantes de la Gran Aldea, de villas miseria, de ranchos de lata, de
cajones de automóviles, de cuevas, de la tierra misma, ya barro. Ensuciaron la
ciudad silenciosos y sin inhibiciones, encendían velas en cuanta concavidad
ofrecieran las paredes de la avenida, en los mármoles de ascenso a portales
clausurados. A algunas llamas las respetaban las lluvias y el viento; a otras no.
Allí fijaban estampas o recortes de revistas y periódicos que reproducían infieles
la belleza extraordinaria de la difunta, ahora perdida para siempre.
A las diez de la mañana les permitieron avanzar unos metros cada media
hora, y pudieron atravesar la puerta del Ministerio, en grupos de cinco,
empujados y golpeados, los golpes preferidos por los milicos eran los rodillazos
buscando lo ovarios, santo remedio para la histeria.
A mediodía corrió la voz de cuadra en cuadra, metros y metros de cola de
lento avanzar: «Tiene la frente verde. Cierran para pintarla».
Y fue el rumor más aceptado porque, aunque mentiroso, encajaba a la
perfección para los miles y miles de necrófilos murmurantes y enlutados.
“La señora muerta” (David Viñas, Las malas costumbres, 1963)

—No me gusta el olor de la goma quemada —fue lo primero que dijo esa mujer.
Moure la miró un rato antes de contestar, pero no como la había estado
observando hasta ese momento, desde que la descubrió en la cola apoyada a
medias contra la pared, con un gesto resignado e insolente a la vez. "Levante",
se dijo. "Levante seguro", y le sonrió:
—No es goma lo que están quemando.
—Ah, ¿no? —esa mujer lo miraba con desconfianza— ¿Qué es entonces?
—Inmundicias —murmuró Moure con malestar.
—¿Y de quién?
—De todos... de todos los de la cola. Hace dos días que vienen haciendo lo
mismo.
Desde atrás, los que estaban en medio de la penumbra que flotaba sobre la calle,
los empujaron para que avanzaran: ella se dio vuelta, apenas molesta de que la
tocaran o de que le arrugaran el vestido, murmuró. Ya va, ya me di cuenta, qué
tanto, y avanzó unos pasos ceremoniosamente. Se había apoyado contra la
chapa de un hotel y se miraba en el reflejo: era un enorme cuadrado de bronce y
Maure advirtió que se palpaba los labios.
—¿Le duelen? —se le acercó.
—No. Estoy despintada.
Y esa mujer seguía mirándose aunque esa chapa la reflejase deformada, con una
boca más ancha y unos ojos estirados.
—Usted no tiene esa boca —señaló Moure.
Ella abrió y cerró la boca varias veces, como si estuviera en un parque de
diversiones, con la desconfianza de un chico o de un provinciano:
—Sí, tengo una boca de muñeco —se juzgó con aire despreciativo.
—No, no... —protestó Moure.
—Pero me gusta tener una boca así.
Unos metros más adelante se fue levantando un murmullo que aumentó la
densidad y se prolongó un rato, como un moscardoneo. "No me puede fallar", se
propuso Moure. Una mujer con la cabeza cubierta con una pañoleta se le arrodilló
delante, agachada la frente y parecía rezongar con una confusa irritación
mientras se frotaba las manos; cuando la fila avanzó de nuevo, la mujer se fue
arrastrando sobre las rodillas sin dejar de gangosear eso que decía, sin dejar de
frotarse las manos.
—Rezan, ¿no?
—Sí —dijo Moure.
—Ah... —ella se persignó y lo hizo con torpeza, velozmente; parecía alarmada y
miró ese cielo bajo como si hubiera escuchado el ruido de un avión y tratara de
localizarlo. Pero el cielo estaba negro y no se veía nada. Después se tranquilizó,
lo miró a Moure, se sonrió a medias, agradecida de algo y apoyó la cabeza contra
la chapa del hotel.
—¿Está cansada? —la sostuvo Moure mientras se repetía "No me falla; no me
puede fallar". Al fin de cuentas, él había ido a la cola para eso.
Pero ella balanceaba la cabeza: eso no quería decir ni que sí ni que no, solamente
que no estaba segura. —¿Quiere irse? —
—Cuando me sienta bien cansada. Moure le oprimió el brazo.
—Pero mire que tenemos para rato. Ella frunció las cejas:
—¿Lo dice en serio?
—Yo siempre hablo en serio.
—¿Y cuánto dice que falta?
Moure miró hacia adelante y calculó dos cuadras, tres, una mancha larga que se
estremecía en medio de la penumbra, los de atrás que volvieron a empujar con
una pesadez insistente, la mujer de la pañoleta que seguía murmurando algo que
no se entendía muy bien, ahí arrodillada, un soldado con una olla humeante que
brilló bajo el farol:
—Unas tres horas dijo.
—¿Tanto?
Moure presintió que a ella no le interesaba mucho lo que había preguntado, ni le
interesaban las palabras que había usado, ni ninguna palabra: —Y, hay mucha
gente —reflexionó. —A la gente le gusta.
—¿Estar en la cola?
—Sí —dijo ella con desgano—. Le gusta esperar algo, cualquier cosa...
La mujer arrodillada por momentos parecía irritarse con lo que rezaba,
cabeceaba y fruncía la frente. "Esta noche no puede fallarme", seguía pensando
Moure. Y toda esa fila avanzaba muy lentamente, mucho más despacio que en
una procesión. Moure calculó: allá adelante estarían por cruzar un puente, se le
habrían roto las ruedas a un carro o el caballo se habría muerto en medio de la
calle. Algo así pasaría. "Seguro". Y había tan poca luz con esos trapos negros que
envolvían los faroles y todo era tan borroso.
—¿Me permite? —ella se le apoyó bruscamente en un brazo se descalzó, primero
un pie, después el otro y se los sobó con unos quejiditos de satisfacción. Pero
cuando estaba en eso, volvieron a empujarla para que avanzase y ella repitió —
Ya está, ya va, no ven lo que estoy haciendo. Me van a pisar, tengo los pies
desnudos... La mujer de la pañoleta levantó un momento la cabeza, verificó quién
había dicho eso y siguió con su rezo.
—¿Un poco de sopa? —ofreció Moure.
—No —ella todavía estaba con los pies desnudos y pugnaba por mantener el
equilibrio y calzarse— Me aburre la sopa.
—¿Ni un poco?
—No.
Moure señaló:
—Pero mire que le están ofreciendo...
Un soldado le había tendido una taza pero tuvo que recogerla; tenía una cara
adormecida y se esforzaba por sonreírse: la contempló a esa mujer, intentó
sonreírse con más convicción y lo único que logró fue un parpadeo, entonces la
miró humildemente pero ella había hundido las manos en los bolsillos y sacudía
los hombros:
—Me aburre la sopa —repetía—. De chica, me la hacían tragar: de arvejas, de
sémola, de verduras, era un asco.
Moure sacó un cigarrillo y lo golpeó muchas veces antes de encenderlo. "Papa
comida", se felicitó. Estaban muy cerca de uno de esos montones de basura que
habían quemado y que soltaban un calor denso, incómodo y un poco tembloroso;
algunas personas salían de la fila, se acercaban, la cara y el pecho se les
enrojecían y se quedaban un rato frotándose las manos como si estuvieran
redondeando algo entre las palmas, un poco de harina o de barro. Después
volvían a la fila y les susurraban a los que tenían al lado vayan, vayan; no les dicen
nada. Moure la codeó a esa mujer y señaló: otro se despegaba de la fila con una
carrerita parecida, casi avergonzado, casi alegre.
—¿Fuma? —preguntó Moure.
Ella miró a los costados, atentamente, después un poco a la mujer que seguía
arrodillada y rezongando:
—¿Aquí?... —y no sacó las manos de los bolsillos.
Moure encendió el cigarrillo y largó unas bocanadas para que ella oliera: eso era
bueno, caliente y llenaba la boca y el pecho. "Esto marcha solo", se alegró. Ella le
miraba la mano, sin indiferencia y de vez en cuando le espiaba los labios y la
nariz se le hinchaba como si le costara respirar o como si todavía le molestara
ese olor que había creído era de goma quemada.
—¿A usted le gustaba? —dijo de pronto.
Moure se sobresaltó pero largó una lenta bocanada: —¿Quién?
—La Señora... ¿Quién va a ser si no?
Moure tomó el cigarrillo entre las dos manos, lo acható y arrancó una hebra con
la misma cautela con que se hubiera cortado una cutícula; después levantó la
vista y la miró a esa mujer: era joven, tendría unos veinticinco, no mucho más. "Si
me la pierdo soy un...". Pero no se la iba a perder. Los de atrás empujaban, ésos
no respetaban nada, no se dio por enterado y siguió mirándola: el cuello, ese
pecho tan abierto, el vientre y la deseó bastante. Por fin dijo: —Era joven...
—¿Usted cree que la podremos ver?
—Y, no sé. Habrá que esperar.
—Dicen que está muy linda.
—¿Sí?
—La embalsamaron. Por eso.
Había quedado un espacio entre ellos dos y la mujer arrodillada.
—Hay que correrse —dijo ella como si se tratara de algo inevitable.
—Sí —advirtió Moure—. Sí.
Y se quedaron mirando vagamente hacia adelante: la mujer de la pañoleta se
puso de pie y estuvo un buen rato observándose y tocándose las rodillas, un
chico empezó a llorar y una mujer deslizó una mancha blanca sobre su mano y
ahí la sostuvo y de nuevo pasaron los soldados, ésta vez ofreciendo café, sin
saltearse a nadie, desapasionadamente. Ella murmuró algo y Moure le escrutó la
cara para ver qué quería. No. Me estaba acordando de algo. Nada más, dijo ella
sin sacar las manos de los bolsillos; Moure advirtió que era de piel el sacón que
tenía porque lo rozaba contra el dorso de la mano y pensó que le hubiera gustado
acariciarlo con los dedos, con el pulgar sobre todo, pero no se animó.
—¿Vio? —era ella que señalaba con el mentón desganadamente.
Moure volvió la cabeza y vio a un hombre que orinaba al borde de la vereda y se
sintió irritado, justamente irritado, porque ése podría haber ido a otro lugar o se
hubiese aguantado o, en último caso, no se hubiera puesto en la fila, entre tantas
mujeres, porque esas cosas siempre pasan y uno debe saber lo que se puede
aguantar.
—Está mal, ¿no? —murmuró.
Pero ella se había apoyado contra una vidriera y bostezaba, olvidada de sus pies
y de ese hombre que orinaba, y lo hizo varias veces, porque no fue un solo
bostezo prolongado sino una serie de tres o cuatro que la obligaron a fruncir la
nariz y a secarse unas lágrimas con la punta del pañuelo.
—¿Tiene sueño?
Ella negó sin dejar de bostezar: —Hambre tengo.
—¿Quiere...?
—Sí.
Y fue ella misma quien lo tomó del brazo y la que dijo que subiera a un auto y
fueran primero a cualquier lugar. Algo cerca, fue lo único que exigió y no
perentoriamente, sino como si recordara algún requisito o alguna ventaja. Se
arrinconó a su lado en el auto y contemplaba sin ningún asombro las piernas de
los que iban en las plataformas de los tranvías iluminados, a uno que llevaba
sandalias, a los que la miraban largamente sin atreverse a sonreírse pero con
muchas ganas de hacerlo cada vez que el auto se detenía en cualquier bocacalle.
Cuándo un marinero se inclinó un poco para verla mejor, ella golpeó con la mano
en el vidrio. A ése lo espanté, suspiró. Y usaba un perfume de malva, un perfume
de vieja o de casa con pisos de madera. ¿Y cuánto querés? Lo que vos quieras y
el auto siguió corriendo. Moure se sintió agradecido, entusiasmado y le pasó el
brazo sobre los hombros. Cerca, ¿no?, volvió a preguntar ella y Moure sacudió la
cabeza. Esa cola, la gente que esperaba con tanta indiferencia, amontonados,
pasivos, la calle en tinieblas, él había esperado demasiado. Era lento y lo sabía,
pero tampoco se podía atropellar. Pero ya estaba. Y solo, esas cosas se hacen
solas. Cuanto más se piensa, sale peor. Cuando el coche se detuvo por primera
vez y Moure advirtió que el chofer esperaba una nueva orden mirando en el
espejito, apenas dijo a otra. Pero cerca. Cuando ocurrió la segunda vez, eso de
toparse con una puerta cerrada cuando alguien piensa exclusivamente,
cálidamente en entrar de una vez y quedar a solas como dos chicos que se
esconden dentro de un ropero para que el mundo de los adultos tan ordenado y
con tanta gente que mira se desvanezca, Moure se empezó a irritar. No hay lugar
—informaba el chofer—. ¿Los llevo a otro? Sí, sí. Pronto. Y anduvieron dando
vueltas por unas suaves calles arboladas y ella empezó a reírse porque sentía
las manos de Moure que le oprimían las piernas, pero no como para acariciarla,
como si ella fuera ella, es decir, una mujer, sino como si su piel fuera un pañuelo
o una baranda o la propia ropa de Moure, algo de lo que se aferraba para secarse
o para no caerse. Por favor... por favor, repetía Moure y le estrujaba la carne.
También estaba la mirada del chofer, que delante de esos portones cerrados
soltaba el volante como para dar explicaciones porque él no tenía nada que ver
con todo eso. ¿Los llevo a otro? Sí. Pronto... Pero, pronto por favor... Y toparon
con otro portón, una gran tabla pintada de gris cerrada con un candado, y la risa
de esa mujer aumentó mientras Moure pensaba que lo que a ella le correspondía
era quedarse en silencio, tomarlo de la mano y tranquilizarlo o pasarle los dedos
por las sienes para que se le desarrugara la frente, pero las mujeres se ponen
nerviosas y no sirven para nada y por eso son mujeres. El coche había parado
por cuarta vez o sexta y el chofer repetía ese mismo ademán de prescindencia.
—¿Todo está cerrado? —gritó Moure. Los ojos del chofer apenas temblaron en
ese espejito y ella se rió con una risa que le dobló la espalda. —¡No te rías más,
mujer! —la sacudió Moure. Y ella sólo negó con la cabeza, sin hablar pero con
más ganas de reírse, apretando los labios y no cubriéndose la boca con una
mano. —¿No se puede ir a otra parte? —Moure se había tomado del respaldo del
chofer. —Y, no sé...
—¿Nada hay?
—Más lejos...
—¿Dónde?
—En la provincia.
—¿Seguro?
—No; seguro, no.
—Estaba de Dios que tenía que pasar esto —cabeceó Moure.
—Hay que aguantarse —el chofer permanecía rígido, conciliador—. Es por la
señora.
—¿Por la muerte de?... —necesitó Moure que le precisaran.
—Sí, sí.
—¡Es demasiado por la yegua esa!
Entonces bruscamente, esa mujer dejó de reírse y empezó a decir que no, con un
gesto arisco, no, no, y a buscar la manija de la puerta.
—Ah, no... Eso sí que no —murmuraba hasta que encontró la manija y abrió la
puerta—. Eso sí que no se lo permito..., — y se bajó.
Eva Perón [fragmentos] (Copi, 1969, traducido por Jorge Monteleone)

(…)

Abre un segundo baúl. La MADRE guarda el contenido del primero en su lugar.

MADRE: ¡Pero mirá un poco este desorden! ¡Tomá, ahí Tenés tu vestido! ¿No es
éste?

EVITA: ¿Dónde lo encontraste? ¡Dámelo!

MADRE: Ahí en el piso. Los tirás en cualquier parte. Mirá cómo está arrugado. Un
vestido tan lindo. Te lo voy a planchar para esta noche.

EVITA: No, me lo voy a poner así como está. ¡andá a buscar a los otros!

MADRE: ¡No despertés al pobre Perón, que tiene migraña, Evita!

EVITA: ¿Y qué? Yo tengo cáncer.

MADRE: No empecés con tu historia del cáncer.

EVITA, mientras se viste: ¡Tengo cáncer! ¡Y estoy harta de las migrañas de Perón!
¡Un cáncer no se cura con una aspirina! ¡Voy a morirme y a vos te importa un pito!
¡A nadie le importa! ¡Están esperando el momento en que yo reviente para
heredarme! ¿Querés conocer el número de mi caja fuerte en Suiza? ¿eh, vieja
zorra? ¡El número de mi caja fuerte no se lo doy a nadie! ¡Me voy a morir con él!
¡Vas a tener que ir a pedir limosna! ¡O a hacer la calle, como antes! ¡andá a
despertar a los demás!

MADRE: ¡No le contestés así a tu madre! ¡Ahora no voy! ¡No voy, no voy nada! Así
vas a aprender a insultar a tu madre. ¡Como si no fuera a tener bastantes
disgustos siendo una pordiosera cuando te mueras!

(…)

EVITA: Sentate. Dejá de moverte. ¿Dónde está Perón?


MADRE: Tiene migraña. Está en su cuarto. Recién me pidió que bajara la radio.
Evita ¿creés que es prudente dar un baile?
EVITA: ¿Prudente? ¡Pero mirá cómo aprendiste palabras chics desde que estás
en la Riviera!
MADRE: Evita, no estoy bromeando. ¿Sabés lo que dicen en la radio?
EVITA: ¿Qué dicen en la radio?
MADRE: Hablan todo el tiempo de vos. Pasan tu vida en la novela y después dicen
que estás por morirte. Hay mucha gente que espera del otro lado de la puerta.
EVITA: ¿Y qué?
MADRE: ¡Que no podés dar un baile! ¿Y si se dieran cuenta? No es lógico.
EVITA: Callate, yo sé lo que hago. ¿Usted escuchó la radio?
ENFERMERA: Sí, señora. Pasan comunicados sobre su estado de salud, señora.
Dicen que usted está inconsciente y que su señora madre y el general Perón
velan a la cabecera de su cama.
EVITA: ¡Pero qué bien! ¡Voy a tener una muerte hermosa! ¡Preste atención! ¡Mire
lo que esta haciendo!
ENFERMERA: ¡Disculpe, señora!

(…)

EVITA: ¿Y afuera? ¿En la calle? ¿Qué hacen?


IBIZA: ¿Afuera? ¿En la calle? No hacen nada.
EVITA: Siempre pasa lo mismo cuando tienen miedo. Se acurrucan en sus
escondites y no se mueven. Los conozco bien. Es como el día en que llegamos,
las calles estaban vacías. Siempre es así cuando tienen miedo. Tienen miedo de
mi muerte. ¿Apestan de miedo, no?
IBIZA: Sí.
EVITA: ¡Pero qué cagada, carajo! ¡Qué lástima que no estoy ahí! Si estuviera ahí
haría un discurso desde el balcón. ¡Qué lástima! Sería grandioso: mi mejor
discurso. ¡Mierda, qué fiesta me perdí! Hubieran salido todos a la calle, estarían
en la plaza, millares aclamando, gritando como locos. Les hubiera dado la
jubilación a los cincuenta años y el aborto gratis. ¡Les hubiera dado todo, todo,
todo! ¡Pero qué lástima, carajo! Yo creía que iba a estar muerta hace una semana.
IBIZA: No se podía prever.
EVITA: ¡Qué cagada! ¡Pero qué cagada, carajo! Esto dura demasiado. Tendría que
morirme mañana, a más tardar. ¿No podés empezar la campaña presidencial
justo después de mis funerales? ¡Qué enfermedad de mierda! Ni siquiera se
puede estar segura de que va a terminar pronto. ¿Están los de la televisión
yanqui?
IBIZA: Sí, están.
EVITA: ¿Y los embalsamadores? ¿Estás seguro de que es el mejor? Me dijiste
que es el mismo que embalsamó a Stalin. Pero es un español. ¿Estás seguro de
que un norteamericano no hubiera sido mejor?
IBIZA: No, es el mejor del mundo.
EVITA: ¿Y los faroles? ¿Qué hay de mi idea de ponerle tul negro a las lámparas?
IBIZA: Está todo previsto. No pensés más en eso.
EVITA: No, claro. Si voy a pensar en las amapolas de Córdoba. Mirá, escuchame
bien. Lo demás no me preocupa, pero quiero estar en la C.G.T. y no en cualquier
lado: en el anfiteatro grande. ¡Y quiero estar siempre ahí! ¡No quiero estar en un
mausoleo! ¿Entendido? Lo dije bien clarito en el mensaje que van a difundir antes
de las elecciones. ¡Si me meten en otra parte te cago las elecciones!
IBIZA: Vas a estar en la C.G.T.
EVITA: Y con mis vestidos alrededor. Y todo lo que hay en las valijas lo quiero
puesto en vitrinas, rodeándome también. ¡Y todas mis joyas! Y cada año para mi
cumpleaños van a agregar otras. Ya elegí los brillantes en Cartier; incluso creo
que ya están pagados. ¡Me muero, carajo! Llamá a la enfermera. Me siento mal.
IBIZA: Vení a descansar.

(…)
“El único privilegiado” (Rodrigo Fresán, 1991)

Venía de una estirpe de exitosos mitómanos, nada le estaba prohibido. Sus


mentiras tenían la sustancia de lo verídico, su realidad muchas veces se hacía
dudosa y nadie disfrutaba esta paradoja más que él, amparado por la fuerza de
su apellido, moviéndose por entre los pasillos invisibles de una fiesta con la
seguridad de quien se sabe hijo de lo irrefutable.

Se me acercó y me dijo lo mismo que tantos otros: Usted es escritor, ¿no? Pero
a partir de ahí su discurso (porque fue un discurso que no admitía interrupciones
y que tampoco las necesitaba) me llevó por comarcas que yo no conocía y, poco
a poco, la terraza donde estábamos y la luz de los farolitos chinos se fue
haciendo más difusa, reservando su nitidez para el resto de los honestos
invitados, mientras el escritor y el mentiroso desenfundaban linternas como
cowboys al mediodía.

Así habló el mentiroso:

Soy consciente de que mi fama precede a mi persona, por lo que ni siquiera


intentaré convencerlo de que es cierto lo que voy a contarle. Después de todo, su
oficio tiene más de un punto en común con el mío. Los dos mentimos, los dos
hacemos de lo inexistente un arte aunque, se entiende, nuestras musas
inspiradoras no se saludarían de encontrarse en la calle. Pero en el fondo, como
dije, somos lo mismo. Y es esta camaradería implícita la que me impulsa a
decirle todo esto como si fuera la verdad y nada más que la verdad, a no insistir
sobre la legitimidad de mis palabras y a contarle lo que sigue con los mismos
modales de quien le hace un favor o un obsequio. Porque lo que va a escuchar
es, ante todo, una buena historia.

Yo tenía cinco años y mi casa diecisiete habitaciones. Un parque copiado de


algún palacio francés y una brigada de ocho sirvientes, entre los que se contaba
un tutor nacido en Leeds, me mantenían confortablemente apartado de lo que,
con el tiempo, entendí era la realidad de las cosas. Un inmenso retrato de mis
padres presidía el comedor. En ocasiones, cuando alguno de ellos entraba en mi
habitación para recitar un puñado de preguntas que siempre eran las mismas, no
podía evitar preguntarme si no sería una de las figuras del cuadro que, gracias a
los beneficios de una ciencia oscura, había trascendido los límites del marco
dorado y se paseaba ahora sin prisa por la casa, dispuesto a cubrir el lugar
siempre vacío de mis verdaderos progenitores.

Recuerdo que había fiestas y risas y, una noche, hasta hubo un bailarín ruso
puliendo con sus pies voladores el mármol rosado del gran salón; vi alzarse su
cabeza coronada con dos cuernos y resplandecer una flauta en sus manos. Lo
vi girar desde arriba, por entre las columnas de la escalera, desde el primer piso,
y temblé pensando que ese diablo se quedaría a vivir en mi casa, en el cuartito
vacío al final del pasillo. Por suerte el diablo se fue y el cuartito fue ocupado por
Mónica. Y es acerca de Ménica que voy a hablar ahora, porque Mónica es la
protagonista de esta historia. No lo supe entonces pero creo haberlo intuido
desde aquel remoto sitio que pronto sería mi adolescencia.

Mónica no podía llevarme más de cuatro años la mañana en que llegó a casa,
trayendo una valija tan liviana que parecía llena de helio. Mi padre la fue a buscar
a la estación y nos la presentó con una mezcla de respeto y vergüenza. Mi madre
procedió a odiarla casi de inmediato. Odió su belleza diferente y salvaje, la
aristocracia no comprada de sus gestos y, lo supe con los años, la odió
especialmente por ser quien era. Mónica era la consecuencia real de una
abstracción cometida por mi padre tiempo atrás con una mujer de provincias.
Ahora la madre de Mónica había muerto y la noticia se había filtrado en forma de
carta vagamente amenazadora escrita a mi padre por el cura del pueblo. Por
entre los vericuetos de una letra angulosa y repleta de hispanismos se informaba
allí que había llegado el momento de tomar medidas, si se quería evitar un
escándalo de proporciones respetables.

Como verá, amigo, crecí entre mentiras y me nutrí de ellas hasta llegar a ser quien
soy. No hay día en que, repasando la historia familiar, no salte una imprecisión
sospechosa, una errata perfectamente invisible para todos aquellos que no
conocen el exquisito método de esta disciplina.

Yo tenía cinco años y estaba aprendiendo. Era un novato, y como tal acepté la
llegada de Mónica y la supuesta razón de su presencia. Iba a ser una especie de
dama de compañía para mí y nada más que para mí. Iba a jugar a lo que yo
quisiera. Iba a dar vueltas en auto conmigo y su presencia acabaría para siempre
con el silencio impermeable de Ramos, el chofer. Iba a ser un juguete irrompible.
Me la habían regalado y ella aceptó esto con una dignidad que superaba la
resistencia de cualquier ingenio mecánico.

No está de más afirmar, llegado este punto, que yo fui cambiando mientras
sumaba centímetros de estatura y que el país hizo lo mismo, quizás, en sentido
proporcionalmente inverso. Pero aquí se inmiscuye en el relato una persona que
no soy yo y que soy yo varias décadas después.

Sepa que por aquel entonces yo era una suerte de idiota ilustrado. Brillante en
idiomas, especialista en Salgari y auténticamente infradotado en cuanto a la
percepción de lo que ocurría más allá de las rejas que aislaban mi casa. Le
parecerá increíble pero los diarios me eran negados por razones tan extrañas
como inviolables. Compré mi primer diario, recuerdo, en una escapada iniciática
con amigos de familias tan irreprochables como la mía a los cabarets del Bajo.
Volvimos a la luz del amanecer, la noche todavía nos ardía en los ojos y yo me
hice con mi primer La Nación mientras mantenía un precario equilibrio
generosamente alcoholizado, trastabillando por el filo exacto de mis veinte años.

Considero útil esta aclaración para explicar mi desconocimiento de ciertos


temas que hacían al... al quehacer nacional, como gustan decir en los noticieros
y que, no pongo las manos en el fuego por esto, me habrían hecho actuar de una
manera diferente de haberlos frecuentado.
Me estoy adelantando. Ahora la casa es la misma pero yo tengo once años y
Mónica dieciséis. Me sorprende descubrir que la amo y la odio, y no entiendo del
todo por qué sueño todas las noches con ella. Sueño cosas que me cuesta
recordar al día siguiente, sueño con Mónica y con un resplandor ambarino que
parece haber barnizado la superficie del aire de pared a pared. Me despierto
aliviado y furioso por haber abierto los ojos. Miento con gracia, fumo a
escondidas y atribuyo mis ojeras a las pesadillas con monstruos que dejé de
tener un par de años atrás.

La versión psicologista del asunto sería que yo odiaba a Mónica porque Mónica
era lo único genuinamente verdadero en esa casa rebosante de antigüedades
probas y de acuarelas autenticadas. Pero no me conforma. Uno no espía a quien
odia a través de ojos de cerradura, no cae en éxtasis ante la más ligera de sus
desnudeces, no cree enloquecer cuando descubre en uno de los cajones de ella
la foto de un hombre a caballo que viste uniforme y sonríe con todos los dientes.

Estoy seguro de que fueron los celos los que plantaron la piedra fundamental de
mi primera venganza. Fue tan fácil, tan sencillo, que considero este acto infame
como piedra fundamental de todos los que vendrían después. Me limité a robar
el anillo favorito de mi madre y esconderlo mal en ese maldito cajón de la
cómoda de Mónica, el mismo donde sonreía el infeliz a caballo. Eso fue todo y
con eso alcanzó. Después de la cena me alcanzaron los gritos, los llantos y el
ruido de demasiadas puertas al cerrarse.

Esa noche, como bien habrá supuesto, soñé con Mónica. La contemplé mientras
sorteaba innumerables peligros, la vi desfallecer sin saber que la culpa era mía.
La vi sin ropa, con los brazos abiertos y ondulando las caderas, caminando hacia
mí sin mover los pies. Lloraba en silencio y me asustó descubrir que sus lágrimas
se demoraban en los bordes de la más voluptuosa sonrisa que jamás había visto.

La impostergable necesidad de pedirle perdón y el dolor de una erección que se


negaba a dejarme me despertó en el centro mismo de la noche. Me moví por la
casa a oscuras, adiviné el mapa vertical de las escaleras y abrí la puerta de su
cuarto sin llamar.

Yacía sobre la cama. Desnuda y perfecta. Su cuerpo parecía emitir un débil reflejo
azulado. Caminé hacia ella como quien camina por el fondo del mar y su propio
resplandor la hizo diferente a mis ojos. Su rostro parecía otro sin dejar de ser el
mismo. Era el rostro de una santa. Era como si hasta ese momento yo sólo
hubiera conocido el boceto del artista y, de improviso, me tropezara con la obra
terminada. Toqué su hombro y rocé su nombre sin obtener respuesta alguna. La
imaginé suicida trágica, como esas heroínas de melodrama barato, y me asumí
villano de bigote mefistofélico. No recuerdo el momento en que empecé a llorar
pero sí puedo precisar la emoción que me cubrió como una ola cuando la abracé
con brazos y piernas y cubrí su boca de besos. En algún momento sentí que algo,
un fuego tibio, se fundía en mi bajo vientre, pero no por eso me detuve. La besé
con furia, como un príncipe azul descarrilado ante la fría sensualidad de su
Blancanieves.
Fue entonces cuando entraron mi padre y mi madre. Mi madre gritó hasta
desmayarse, no sin antes cruzarme la cara con un cachetazo que todavía late en
mi mejilla cuando los días son muy húmedos. Mi padre me arrancó de esa cama
y me retorció el brazo hasta quebrarlo –no supimos esto hasta la hinchazón de
la mañana siguiente– y se hizo a un lado para permitir la entrada de cuatro
hombres de uniforme que colocaron el cuerpo dentro de un cajón y se lo llevaron
para siempre. Revistas y diarios futuros me harían saber de la abanderada de los
pobres, de su eterno y secreto tránsito de reliquia religiosa por diferentes osarios
europeos y de la grandeza de mi blasfemia.

Pero, como dije, yo entonces no sabía nada de todo esto porque qué sentido tenía
saberlo.

Mónica –la Mónica que yo había conocido, la verdadera Ménica, mi obsesión–


volvió a casa un par de días después cuando, en medio de un delirio anestesiado,
confesé mi culpabilidad en cuanto al robo del anillo y a tantas otras cosas.
Algunos años más tarde me inició en los misterios del sexo sin que yo tuviera
que pedírselo, aunque me parece que mi padre tuvo algo que ver en todo eso.
Terminó casándose con un empleado de banco. Se fue de casa y no la volví a ver
más. Mi madre me dijo que murió atropellada por un autobús a la salida de un
baile de carnaval, pero creo ver en esto una expresión de deseo más que un
hecho cierto. El detalle del autobús apesta a terrores de gran dama que, de
seguro, no podía concebir destino más humillante que el de perecer bajo las
ruedas de una máquina con destino Villa Crespo.

Mentiras. Son tan hermosas, ¿no es cierto? Me gusta tomarlas entre mis dedos
y verlas a contraluz. Me gusta verlas brillar. Me gusta cuando me iluminan con
sus secretos implícitos. Porque detrás de una mentira bien dicha se esconden
las mejores verdades... Pero entremos, entremos; nuestra anfitriona va a decir
unas palabras y después podremos disfrutar, como si fuéramos inocentes, de
esa falsa orquesta de Glenn Miller que va a masacrar In the Mood por centésima
vez.

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