Adoración Martes Corpus Christi
Canto: Al estar en la presencia
Jesús, hoy, cerca de la fiesta del Corpus, queremos ser todavía un poco más conscientes de
tu presencia. Hacemos un acto de fe. Y te decimos: Creo Jesús que estás realmente
presente en el altar. Te adoramos y te damos gracias por tanto amor derramado, por tanta
intimidad que quieres tener con nosotros que te das a comulgar, que te quedas vivo, real y
presente.
No quieres construir una relación meramente intimista. Estás aquí para hacernos como tú,
para que nos demos cuenta que estás presente en el hermano, en la comunidad, en los
pobres. Para aprender a darnos como tú. Para hacer de nosotros también pan partido y
repartido, que alimenta, que transforma, que hace presente el Reino.
Decía Benedicto XVI: “La Eucaristía nos introduce en la lógica de Dios: no la del rendimiento
y la utilidad, sino la del don y la gratuidad. Es un sacramento para los pobres, no solo de
pan, sino de sentido, de amor, de verdad. Y por eso debemos comulgar con alma humilde, y
volvernos también nosotros pan partido para los demás.”
Volvernos pan partido para los demás. Jesús el camino de la entrega es el que se ve más
claro en la Eucaristía. Te haces entrega por amor, te quedas porque nos quieres y quieres
que nos queramos. Que hermoso poder adorarte y al mismo tiempo dejar que trabajes en
nosotros para que nos hagas como tú.
San Agustín decía: “Sed lo que veis, y recibid lo que sois: el Cuerpo de Cristo. El pan es uno,
y así nosotros, aunque muchos, somos un solo cuerpo, porque participamos de un solo pan.
No solo está Cristo en el pan, sino que al comerlo, entramos en su misterio, y Él entra en
nosotros, para transformarnos en Él.” Adora a Jesús, él nos hace lo que somos: hijos,
comunidad, iglesia, familia… Mírale y ábrele tu corazón
(momento de silencio) repetimos el estribillo:
Y, ahora, igual que el pan se convierte en Eucaristía por la acción del Espíritu,
también nosotros pedimos ese mismo Espíritu que nos inunde, nos transforme, nos haga
entrar en adoración. Ven, Espíritu santo. Ven a esta asamblea que se recoge en silencio
ante el Hijo.
Ven a preparar nuestro interior para escuchar, para entender, para adorar. Ven, Espíritu
Santo. Despierta en nosotros el asombro, enciende el fuego, haznos capaces de dar lo poco
que tenemos… porque contigo se convertirá en mucho. Ven, Santo Espíritu somos como
aquellos cinco panes y dos peces que, puestos en manos de Jesús, y con tu presencia
alimentaron a una multitud. Ven!
Canto al Espíritu:
Del evangelio según San Lucas 9, 11b-17 (Corpus Christi – ciclo C)
El día comenzaba a declinar…
«Dadles vosotros de comer.»
… Jesús tomó los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición
sobre ellos, los partió y se los fue dando a los discípulos para que se los sirvieran a la gente.
Comieron todos y se saciaron, y recogieron las sobras: doce cestos.
Reflexión: Cuando los discípulos van a decirle a Jesús que despida a la gente porque se hace
tarde es ya evidente que no hay solución humana posible. Jesús le da la vuelta, les implica,
les saca de la comodidad. Buscad vosotros la solución. Imposible.
Busca la solución de una iglesia vacía, busca la solución de un mundo que da la espalda a
Jesús, busca la solución a tu vida que está vacía tantas veces… Y la buscan, pero no la
encuentran.
Hay aquí un muchacho que tiene cinco panes y dos peces. Pero… Hay un puñado de gente a
la que le duele ver la gente lejos de Dios, pero que es eso para tantos…. Hay unos pocos
que están hartos de este mundo egoísta, superficial y lleno de mentiras, pero que eso para
tantos… Y aquí, hermanos, viene la clave de todo: Jesús tomó los cinco panes y dos peces.
Jesús tomó la vida de aquel puñado de personas dispuestas a entregarse, Jesús tomó tu
tiempo, tus fuerzas, tus cinco panes y tus dos peces e hizo el milagro. Que lo que era
objetivamente insuficiente se convirtiese en sobreabundante.
Hay aquí un paralelo con la Eucaristía. Nuestro pan, nuestra vida, nuestra oración… se lo
damos a Jesús y él hace el milagro: transforma el pan en su presencia viva y real,
transforma un grupo de personas en una comunidad, te transforma a ti en hijo de Dios
lleno de poder y fuerza. Ojalá nos lo creyésemos en cada Eucaristía. Es el milagro de lo
humano transformado en divino, el milagro de Dios que lo hace todo nuevo, el que hace
posible lo imposible.
Tomó, alzó la mirada, pronunció la bendición, partió y se lo dio. Nos recuerda a la última
cena. Tus panes y tus peces no son poca cosa si están en manos de Jesús. En cada misa, Él
sigue tomando, bendiciendo, partiendo y entregando… y si tú te dejas, hará de tu vida un
milagro.
ORACIÓN: Jesús, aquí estoy.
Con mis cinco panes y dos peces.
Con mi tiempo frágil, mi fe pequeña, mis fuerzas limitadas.
Con mi corazón lleno de deseos… y también de miedos.
A veces siento que no tengo nada que darte.
Pero tú no pides grandezas, solo que entregue a ti.
Solo que me atreva a darte lo poco, para que tú hagas lo imposible.
Porque no me pides más, sólo lo que tengo, sólo lo que puedo. Pero todo.
Tú tomaste aquellos panes,
alzaste la mirada al cielo, pronunciaste la bendición,
los partiste… y los fuiste dando, una y otra vez,
hasta que todos se saciaron.
Es más, los diste a tus discípulos para que los repartieran.
Haces el milagro y nos haces protagonistas. Parece que lo hemos hecho nosotros.
Pero sin ti, ni se nos hubiera pasado por la cabeza.
Haz lo mismo conmigo, Señor.
Tómame, bendíceme, rompe mis resistencias, y entrégame.
Haz que mi vida alimente a otros.
Haz que tu presencia en mí sea más fuerte que mi miedo y mi cansancio.
Haz que crea, de verdad, que en cada Eucaristía tú me transformas.
Que lo que tocas, lo haces nuevo.
Y que en tus manos, hasta mi pobreza puede dar fruto.
Jesús Eucaristía, hazme pan partido,
hazme vida entregada, hazme discípulo tuyo, hazme tuyo.
Canto:
De la primera carta a los Corintios 1 Corintios 11, 23-26
Hermanos: Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he
transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y,
pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo:«Esto es mi cuerpo, que se entrega por
vosotros. Haced esto en memoria mía».
Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza
sellada con mi sangre; haced esto, cada vez que lo bebáis, en memoria mía».
Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor,
hasta que vuelva.
Reflexión: Es de noche.
La habitación está en silencio.
Solo unas lámparas de aceite y el temblor de los corazones.
Jesús lo sabe todo.
Sabe que esta es su última cena,
sabe que le van a traicionar,
sabe que va a morir.
Pero no huye. Se queda.
Y en lugar de defenderse… se entrega.
Toma el pan en sus manos.
Levanta los ojos al cielo.
Da gracias. Lo parte. Y pronuncia:
“Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros.”
Y ese gesto, esa palabra, ese silencio,
atraviesan el tiempo y llegan hasta aquí.
Esta hostia que adoramos ahora
es la misma entrega, el mismo cuerpo, la misma sangre.
Aquí, ahora, se concentra todo:
la fuerza de su Pasión,
la luz de su Resurrección,
el poder del Espíritu,
el abrazo eterno del Padre,
todo el amor de Dios… aquí.
Pero nosotros, a diferencia de los que estaban en aquella sala,
sabemos el final.
Sabemos que la muerte no lo detuvo,
que la tumba quedó vacía,
que la cruz no fue derrota sino puerta,
y que el Espíritu ha sido derramado sobre nosotros.
Sabemos que en esta mesa no solo se parte el pan,
se abre el cielo.
Sabemos que Jesús vive,
y que su presencia aquí no es un eco del pasado,
sino una llamada viva, poderosa y amorosa,
que transforma, que resucita, que envía.
Y por eso adoramos.
Con todo el corazón.
Porque Él está.
Y lo ha hecho todo por amor.
Oración de respuesta: Jesús, estás aquí. Lo creo. Estás aquí.
Tan cerca. Tan vivo.
Tan entregado como aquella noche.
No encuentro palabras.
Este corazón que se deja mirar,
que se deja amar,
que se deja tocar.
Gracias por haberte quedado.
Gracias por partirte por mí.
Gracias por hacerte pan,
por convertir la cruz en mesa,
la herida en salvación,
la muerte en camino a la vida.
Yo no estuve allí aquella noche,
pero hoy lo sé todo.
Sé que venciste.
Que el sepulcro no pudo retenerte.
Que tu Espíritu ha venido.
Que el cielo se ha abierto
y me llama por mi nombre.
Hoy te adoro, Jesús.
Con el alma abierta,
con la mirada fija en Ti,
con el deseo de no olvidarlo nunca:
que estás aquí, que me amas,
que me lo das todo… en cada Eucaristía.
Recibe mi alabanza,
recibe mi vida,
recíbeme, Señor.
Canto: