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El documento aborda la relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, destacando la profecía de Isaías sobre el sufrimiento del Mesías y su cumplimiento en la Pasión de Cristo según el Evangelio de San Juan. Se enfatiza cómo las Escrituras anticipan y reflejan el sacrificio de Jesús, estableciendo un vínculo entre ambas partes de la Biblia. Además, se invita a reflexionar sobre la fe como una respuesta personal al amor de Dios revelado en la historia de la salvación.

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El documento aborda la relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, destacando la profecía de Isaías sobre el sufrimiento del Mesías y su cumplimiento en la Pasión de Cristo según el Evangelio de San Juan. Se enfatiza cómo las Escrituras anticipan y reflejan el sacrificio de Jesús, estableciendo un vínculo entre ambas partes de la Biblia. Además, se invita a reflexionar sobre la fe como una respuesta personal al amor de Dios revelado en la historia de la salvación.

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UCA.TEOLOGÍA.

TRABAJO PRÁCTICO N°2

TEMA: Introducción a la Sagrada Escritura.


Importancia y relación del Antiguo Testamento con el Nuevo Testamento.
1)​ Lee la siguiente cita bíblica del Ant. Testamento donde mucho antes del nacimiento
de Jesús el profeta Isaías predijo la muerte y el sufrimiento del Mesías : Isaías 52,
13 _53, 12.:
He aquí que prosperará mi Siervo, será enaltecido, levantado y ensalzado
sobremanera. Así como se asombraron de él muchos pues tan desfigurado tenía el
aspecto que no parecía hombre, ni su apariencia era humana otro tanto se
admirarán muchas naciones; ante él cerrarán los reyes la boca, pues lo que nunca
se les contó verán, y lo que nunca oyeron reconocerán.

¿Quién dio crédito a nuestra noticia? Y el brazo de Yahveh ¿a quién se lo reveló?


Creció como un retoño delante de él, como raíz de tierra árida. No tenía apariencia
ni presencia; (le vimos) y no tenía aspecto que pudiésemos estimar.

Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias,


como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta.

¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que
soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado.

Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el
castigo que nos trae la paz, y con sus heridas hemos sido curados. Todos nosotros
como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino, y Yahveh descargó sobre él
la culpa de todos nosotros.

Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era


llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la
boca.

Tras arresto y juicio fue arrebatado, y de sus contemporáneos, ¿quién se preocupa?


Fue arrancado de la tierra de los vivos; por las rebeldías de su pueblo ha sido
herido; y se puso su sepultura entre los malvados y con los ricos su tumba, por más
que no hizo atropello ni hubo engaño en su boca.

El Señor quiso aplastarlo con el sufrimiento, quebrantarlo con dolencias. Si se da a


sí mismo en reparación, verá descendencia, alargará sus días, y lo que plazca a
Yahveh se cumplirá por su mano. Por las fatigas de su alma, verá luz, se saciará.

Por su conocimiento justificará mi Siervo a muchos y las culpas de ellos él


soportará. Por eso le daré su parte entre los grandes y con poderosos repartirá
despojos, ya que indefenso se entregó a la muerte y con los rebeldes fue contado,
cuando él llevó el pecado de muchos, e intercedió por los rebeldes.
2)​ Luego compara esta cita anterior con la siguiente cita del Nuevo Testamento según
San Juan; y elabora una conclusión personal marcando similitudes y conexiones
entre ambas citas del AT y NT.
Sugerencia: Puede ayudarte a profundizar y visualizar este tema la película: “La
Pasión de Cristo” de Mel Gibson.

Del santo Evangelio según san Juan 18, 1-19, 42​


En aquel tiempo, Jesús fue con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde
había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el traidor, conocía también el
sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos.

Entonces Judas tomó un batallón de soldados y guardias de los sumos sacerdotes y


de los fariseos y entró en el huerto con linternas, antorchas y armas.

Jesús, sabiendo todo lo que iba a suceder, se adelantó y les dijo: "¿A quién buscan?".
Le contestaron: "A Jesús, el nazareno". Les dijo Jesús: "Yo soy". También estaba con
ellos Judas, el traidor. Al decirles "Yo soy", retrocedieron y cayeron a tierra. Jesús les
volvió a preguntar: "¿A quién buscan?". Ellos dijeron: "A Jesús, el nazareno". Jesús
contestó: "Les he dicho que soy yo. Si me buscan a mí, dejen que éstos se vayan". Así
se cumplió lo que Jesús había dicho: "No he perdido a ninguno de los que me diste".

Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió a un criado del sumo
sacerdote y le cortó la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces
Jesús a Pedro: "Mete la espada en la vaina. ¿No voy a beber el cáliz que me ha dado mi
Padre?".

El batallón, su comandante y los criados de los judíos apresaron a Jesús, lo ataron y lo


llevaron primero ante Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año.
Caifás era el que había dado a los judíos este consejo: "Conviene que muera un solo
hombre por el pueblo".
Simón Pedro y otro discípulo iban siguiendo a Jesús. Este discípulo era conocido del
sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se
quedaba fuera, junto a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo
sacerdote, habló con la portera e hizo entrar a Pedro. La portera dijo entonces a Pedro:
"¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?". Él dijo: "No lo soy". Los
criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban.
También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose.

El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina. Jesús


le contestó: "Yo he hablado abiertamente al mundo y he enseñado continuamente en la
sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a
escondidas. ¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que me han oído, sobre lo
que les he hablado. Ellos saben lo que he dicho".

Apenas dijo esto, uno de los guardias le dio una bofetada a Jesús, diciéndole: "¿Así
contestas al sumo sacerdote?". Jesús le respondió: "Si he faltado al hablar, demuestra
en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?" Entonces
Anás lo envió atado a Caifás, el sumo sacerdote.

Simón Pedro estaba de pie, calentándose, y le dijeron: "¿No eres tú también uno de sus
discípulos?". Él lo negó diciendo: "No lo soy". Uno de los criados del sumo sacerdote,
pariente de aquél a quien Pedro le había cortado la oreja, le dijo: "¿Qué no te vi yo con
él en el huerto?". Pedro volvió a negarlo y enseguida cantó un gallo.

Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era muy de mañana y ellos no entraron
en el palacio para no incurrir en impureza y poder así comer la cena de Pascua.

Salió entonces Pilato a donde estaban ellos y les dijo: "¿De qué acusan a este
hombre?". Le contestaron: «Si éste no fuera un malhechor, no te lo hubiéramos traído».
Pilato les dijo: "Pues llévenselo y juzguenlo según su ley". Los judíos le respondieron:
"No estamos autorizados a dar muerte a nadie". Así se cumplió lo que había dicho
Jesús, indicando de qué muerte iba a morir.

Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo: "¿Eres Tú el rey de los
judíos?". Jesús le contestó: "¿Eso lo preguntas por tu cuenta o te lo han dicho otros?".
Pilato le respondió: "¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han
entregado a mí. ¿Qué es lo que has hecho?". Jesús le contestó: "Mi Reino no es de este
mundo. Si mi Reino fuera de este mundo, mis servidores habrían luchado para que no
cayera yo en manos de los judíos. Pero mi Reino no es de aquí". Pilato le dijo: "¿Con
que tú eres rey?". Jesús le contestó: "Tú lo has dicho. Soy rey. Yo nací y vine al mundo
para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz". Pilato le
dijo: "¿Y qué es la verdad?".

Dicho esto, salió otra vez a donde estaban los judíos y les dijo: "No encuentro en él
ninguna culpa. Entre ustedes es costumbre que por Pascua pongan en libertad a un
preso. ¿Quieren que les suelte al rey de los judíos?". Pero todos ellos gritaron: "¡No, a
ése no! ¡A Barrabás!" (El tal Barrabás era un bandido).

Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Los soldados trenzaron una corona
de espinas, se la pusieron en la cabeza, le echaron encima un manto color púrpura, y
acercándose a Él, le decían: "¡Viva el rey de los judíos!», y le daban de bofetadas.

Pilato salió otra vez y les dijo: «Aquí lo traigo para que sepan que no encuentro en Él
ninguna culpa". Salió, pues, Jesús, llevando la corona de espinas y el manto color
púrpura. Pilato les dijo: "Aquí está el hombre". Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y
sus servidores gritaron: "¡Crucifícalo, crucifícalo!". Pilato les dijo: "Llévenselo ustedes y
crucifíquenlo, porque yo no encuentro culpa en él". Los judíos le contestaron: "Nosotros
tenemos una ley y según esa ley tiene que morir, porque se ha declarado Hijo de Dios".

Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más, y entrando otra vez en el
pretorio, dijo a Jesús: "¿De dónde eres Tú?". Pero Jesús no le respondió. Pilato le dijo
entonces: "¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y
autoridad para crucificarte?". Jesús le contestó: "No tendrías ninguna autoridad sobre
mí, si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso, el que me ha entregado a ti tiene un
pecado mayor".

Desde ese momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban: "¡Si sueltas a
ése, no eres amigo del César!; porque todo el que pretende ser rey, es enemigo del
César". Al oír estas palabras, Pilato sacó a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el sitio que
llaman "el Enlosado" (en hebreo Gábbata). Era el día de la preparación de la Pascua,
hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos: "Aquí tienen a su rey". Ellos gritaron:
"¡Fuera, fuera! ¡Crucifícalo!" Pilato les dijo: "¿A su rey voy a crucificar?". Contestaron los
sumos sacerdotes: "No tenemos más rey que el César". Entonces se los entregó para
que lo crucificaran.

Tomaron a Jesús y Él, cargando con la cruz, se dirigió hacia el sitio llamado "la
Calavera" (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron, y con él a otros dos,
uno de cada lado, y en medio Jesús. Pilato mandó escribir un letrero y ponerlo encima
de la cruz; en él estaba escrito: "Jesús el nazareno, el rey de los judíos". Leyeron el
letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús y
estaba escrito en hebreo, latín y griego. Entonces los sumos sacerdotes de los judíos le
dijeron a Pilato: "No escribas: 'El rey de los judíos', sino: Este ha dicho: 'Soy rey de los
judíos' ". Pilato les contestó: "Lo escrito, escrito está".

Cuando crucificaron a Jesús, los soldados cogieron su ropa e hicieron cuatro partes,
una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de
una pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: "No la rasguemos, sino echemos suertes
para ver a quién le toca". Así se cumplió lo que dice la Escritura: Se repartieron mi ropa
y echaron a suerte mi túnica. Y eso hicieron los soldados.

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de


Cleofás, y María Magdalena. Al ver a su madre y junto a ella al discípulo que tanto
quería, Jesús dijo a su madre: "Mujer, ahí está tu hijo". Luego dijo al discípulo: "Ahí está
tu madre". Y desde entonces el discípulo se la llevó a vivir con él.

Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se
cumpliera la Escritura dijo: "Tengo sed". Había allí un jarro lleno de vinagre. Los
soldados sujetaron una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo y se la
acercaron a la boca. Jesús probó el vinagre y dijo: "Todo está cumplido", e inclinando la
cabeza, entregó el espíritu.

Entonces, los judíos, como era el día de la preparación de la Pascua, para que los
cuerpos de los ajusticiados no se quedaran en la cruz el sábado, porque aquel sábado
era un día muy solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y los quitaran
de la cruz. Fueron los soldados, le quebraron las piernas a uno y luego al otro de los
que habían sido crucificados con él. Pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto,
no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le traspasó el costado con
una lanza e inmediatamente salió sangre y agua.

El que vio da testimonio de esto y su testimonio es verdadero y él sabe que dice la


verdad, para que también ustedes crean. Esto sucedió para que se cumpliera lo que
dice la Escritura: No le quebrarán ningún hueso; y en otro lugar la Escritura dice:
Mirarán al que traspasaron.
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, pero oculto por miedo
a los judíos, pidió a Pilato que lo dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó.
Él fue entonces y se llevó el cuerpo.

Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de
una mezcla de mirra y áloe.

Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con esos aromas, según se


acostumbra enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron,
y en el huerto, un sepulcro nuevo, donde nadie había sido enterrado todavía. Y como
para los judíos era el día de la preparación de la Pascua y el sepulcro estaba cerca, allí
pusieron a Jesús.

3)Según el Catecismo de la Iglesia Católica Dios se revela por Amor y por pura
iniciativa suya al hombre. Este encuentro con el Dios hecho hombre transforma y
renueva nuestra humanidad haciéndola nueva, y nos implica dar una respuesta de Fe
a este Dios Amor. Lee la siguiente definición de la FE y elabora tu propia definición
de fe basada en tu propia historia de vida y de fe.

«La fe es una adhesión personal del hombre entero a Dios que se revela. Comprende
una adhesión de la inteligencia y de la voluntad a la Revelación que Dios ha hecho de
sí mismo mediante sus obras y sus palabras. “Creer” entraña, pues, una doble
referencia: a la persona y a la verdad; a la verdad por confianza en la persona que la
atestigua. No debemos creer en ningún otro que no sea Dios, Padre, Hijo y Espíritu
Santo. La fe es un don sobrenatural de Dios. Para creer, el hombre necesita los
auxilios interiores del Espíritu Santo. “Creer” es un acto humano, consciente y libre,
que corresponde a la dignidad de la persona humana. “Creer” es un acto eclesial. La
fe de la Iglesia precede, engendra, conduce y alimenta nuestra fe. La Iglesia es la
madre de todos los creyentes. “Nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a la
Iglesia por madre” (San Cipriano de Cartago)

Oración del Papa Francisco​


Imprime, Señor, en nuestros corazones sentimientos de fe, de esperanza, de caridad,
de dolor por nuestros pecados. Y llévanos a arrepentirnos de nuestros pecados que
te han crucificado. Llévanos a transformar nuestra conversión hecha de palabras, en
conversión de vida y de obras. Llévanos a mantener en nosotros un recuerdo vivo de
tu rostro desfigurado, para no olvidar nunca el alto precio que has pagado para
liberarnos.

Jesús crucificado, refuerza en nosotros la fe, que no caiga frente a la tentación.


Reviva en nosotros la esperanza, que no se desvanezca siguiendo las seducciones
del mundo.

Cuida en nosotros la caridad, que no se deje engañar por la corrupción y la


mundanidad. Enséñanos que la cruz es vía a la Resurrección. Enséñanos que el
Viernes Santo es camino hacia la Pascua de la luz. Enséñanos que Dios no olvida
nunca a ninguno de sus hijos, y no se cansa nunca de perdonarnos y abrazarnos con
su infinita misericordia. Pero enséñanos también a no cansarnos nunca de pedir
perdón y creer en la misericordia sin límites del Padre.

(Homilía de S.S. Francisco, 3 de abril de 2015).

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